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FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

Capítulo segundo

FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

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SUMARIO: § 16. Lo perenne y accidental en la Acción Católica. — § 17. Aspecto teológico y aspecto disciplinar de la Acción Católica.— § 18. Primeros esbozos evangélicos de la Acción Católica.— § 19. — La institución de la Acción Católica por Jesucristo y su promulgación solemne. — § 20. La Acción Católica en la evangeli- zación de San Pablo.

§ 16. LO PERENNE Y ACCIDENTAL EN LA ACCIÓN CATÓLICA

El apostolado, por el mero hecho de ser tal, tiende a exteriorizarse porque lo externo es el medio exigido por la naturaleza del hombre para ayudar a nuestros semejantes. La Acción Católica, verdadero apostolado, tendrá, pues, que manifestarse en la vida social de la Iglesia según la forma o formas que mejor le cuadren para acomodarse a las circunstancias de cada lugar, tiempo y personas.

Efectivamente, de muchas y diversas maneras se ha exteriorizado este movimiento o actividad externo-social llamado Acción Católica. Preséntase, unas veces, configurado en pías uniones o cofradías; otras, como simples asociaciones eclesiásticas, ora colectivas o morales, sin ulterior determinación; y otras también, al margen de todo organismo estrictamente tal, aunque no tome dicha denominación, pero que en verdad entra de lleno y en estricto rigor en el referido movimiento del laicado en la Iglesia. Ejemplo de esto último nos lo ofrecen los catequistas seglares de las misiones de la Guinea española, los cuales, nimbados de verdadero espíritu apostólico, ayudan constantemente en todo y por todo a los ínclitos misioneros claretianos, especialmente durante sus ausencias, en la evangelización de los territorios coloniales continentales e insulares[1]. No ha faltado tampoco en el decurso de la historia, y acaso haya sido la más numerosa, la colaboración ocasional del laicado a la jerarquía de la Iglesia, motivada por las circunstancias diversas y particulares de cada lugar, sin sujeción a formas estables y canónicamente prefijadas.

Ante esta variedad de formas, cabe preguntar, ¿qué es lo básico o esencial de la Acción Católica? Ciertamente que los diferentes matices de organización eclesiástica pregonan a las claras lo accidental y variable de esta institución que se remonta a los mismos orígenes del cristianismo, y cuyas huellas o vestigios aparecen manifiestamente en las correrías apostólicas de San Pablo.

Lo perenne, inmutable, que da vida e impulso a ese variado movimiento, es su entronque inmediato o nexo íntimo y forzoso con las instituciones de derecho divino en la Iglesia, y cuyo concepto preciso nos ha sido puntualizado merced a la definición clásica que de la Acción Católica trazó el papa Pío IX, de un valor teológico inestimable: “la colaboración del laicado en el apostolado jerárquico”[2]  de la Iglesia.

§ 17. ASPECTO TEOLÓGICO Y ASPECTO DISCIPLINAR DE LA ACCIÓN CATÓLICA

El expresado concepto eminentemente teológico está desligado por completo de cualquier plasmación de tipo jurídico- disciplinar o canónico-administrativo; pero es aptísimo para ser acomodado a cualquier organización o manifestación del laicado en los diferentes territorios de la Iglesia y en los diversos tiempos o épocas. Por donde la Acción Católica, mientras en su aspecto teológico es algo perenne y perfectamente definido y típicamente configurado, resulta amorfa, variable e imprecisa, porque sólo dice relación con lo meramente accidental, en su aspecto administrativo-disciplinar[3].

Con la distinción esbozada, se deslindan debidamente dos campos que, si se enlazan y completan de un modo perfectísimo, son muy diversos, y cuyas manifestaciones y apreciaciones podrían dar por resultado consecuencias también distintas y, a veces, opuestas por no considerar suficientemente los rasgos fundamentales y los accidentales de esta institución.

El título y subtítulo de la presente obra indican ya en qué zona debemos movernos, al menos, preferentemente. La consideración teológica de la Acción Católica es la que debe abrirnos el camino para examinar, exponer y concretar la moción divina de la gracia sobre el alma de los seglares llamados a participar y colaborar en la misión de la Iglesia jerárquica.

Antes, empero, de analizar la riqueza doctrinal de la referida definición pontificia, es preciso dar una idea de la Acción Católica tal como se nos presenta en las fuentes sagradas y, de esta manera, apreciar el nexo o correlación entre dicho concepto y la realidad sobrenatural que nos ofrecen los libros del Nuevo Testamento.

§ 18. PRIMEROS ESBOZOS EVANGÉLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

La dicción “Acción Católica”, o apostolado de los seglares, no se halla, desde luego, en los libros sagrados; pero el concepto de participación y colaboración de los laicos en el apostolado jerárquico se presupone y va incluido en algunos hechos referidos en las sagradas escrituras.

En la vida pública de Jesucristo hallamos no sólo una imagen de la Acción Católica o, mejor, su arquetipo, porque le supera en dignidad y perfección, sino que además vemos en ella la promulgación del apostolado de los simples fieles junto con el de los apóstoles y, luego, obispos.

El arquetipo o imagen perfecta de la Acción Católica sobresale o emerge de la conjunción de los siguientes hechos o realidades : Cristo, que fue concebido y nació sacerdote, elige un puñado de hombres, los apóstoles, a quienes bautiza y a los que asocia a su ministerio divino; y a los que, finalmente, consagra sacerdotes u obispos en la noche en que, después, fue entregado a sus enemigos para ser crucificado.

Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, es sacerdote eterno: “ Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec”[4]; y con esta función sacerdotal inaugura su obra mesiánica. Los actos que pondrá durante toda su vida pública, responderán a este carácter de sacerdote y pastor supremo de las almas; nunca dejará de actuar como tal porque su sacerdocio se funda en la unión hipostática del Verbo divino con la humanidad sacratísima de Cristo.

Y da comienzo a esta misión evangelizadora eligiendo a doce discípulos, que le acompañarían, como así le siguieron, durante el resto de su vida terrena, y los asocia en forma permanente a su obra redentora después de haberles bautizado.

Los evangelios no nos dicen cuándo fueron bautizados los apóstoles con el sacramento del bautismo, pero sí sabemos ciertamente que lo fueron por el mismo Jesucristo. Primero, porque Jesús encarece a Nicodemo la necesidad absoluta del bautismo sacramental con las siguientes palabras: “quien no renaciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios ”[5]; y además, porque Él mismo delegó a los discípulos para que bautizaran a las gentes — “bien que Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos” [6]—. Con esto advierte San Agustín: “no faltó el ministerio de bautizar, para tener siervos bautizados, por los que bautizase a los demás”[7], del mismo modo que para darles ejemplo de humildad les lavó Cristo los pies[8]. Si Cristo quería, pues, que cuantos creyesen en Él fuesen bautizados, y que todos fuesen humildes, para lo cual Él mismo quiso lavar los pies a los apóstoles, también les bautizó a fin de que sus discípulos bautizaran a los demás y diesen a todos ejemplo de humildad.

Conocidos son otros ministerios que Jesús confió a sus discípulos cuando le acompañaban de aldea en aldea y de ciudad en ciudad por los confines de Palestina[9].

Pero sus discípulos no fueron ungidos sacerdotes, obispos, hasta la última cena, cuando después de haber instituido la Sagrada Eucaristía les dijo Cristo: “Haced esto en memoria de mí”[10]. Ellos, durante la vida terrena de Cristo, eran simples cristianos o, empleando la terminología teológico-canónica, seglares, si bien adornados con carismas extraordinarios y personalísimos por su condición privilegiada de apóstoles de Cristo.

Por la expresada función que ejercieron con Jesús, sin haber recibido la colación del sacerdocio, son los discípulos de Cristo el modelo ejemplar o arquetipo del apostolado de la Acción Católica, como es el de la obra apostólica de los seglares —en este caso, de los apóstoles antes de su consagración sacerdotal — en unidad con los que representan a Jesucristo en la vida social y sobrenatural, y que son el Romano Pontífice y los obispos y cuantos participan de los poderes divinos. No puede negarse, por tanto, que el primer vestigio que tuvo la Acción Católica arrancó de la elección de los apóstoles por Cristo y de su colaboración durante los años de su vida pública. Sin duda se tendrá como excepcional este ejemplo, pero no deja de ser el prototipo que supera todo otro cualquiera por la elevación sobrenatural y carismática de las personas evangelizadoras que intervinieron: Jesucristo, único y sempiterno sacerdote, y los Apóstoles, sus colaboradores continuos y entregados totalmente a la misión de salvar las almas.

Pero obsérvese ya que los apóstoles inician su colaboración con el Maestro, no por propia iniciativa, sino por el llamamiento que a cada uno de ellos les hizo Cristo. Con este llamamiento recibían los discípulos el cúmulo de gracias para ellos mismos y, a la vez, para santificar a los demás. Igualmente, pues, ser miembro de la Acción Católica, es decir, militante ante Dios, sólo es posible por un llamamiento de Cristo, por el cual derrame Dios sobre el alma las gracias de la propia santificación personal y carismas para utilidad de la Iglesia.

§ 19. LA INSTITUCIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA POR JESUCRISTO Y su PROMULGACIÓN SOLEMNE

La proclamación solemne de la Acción Católica, que, en síntesis, es la unidad de apostolado de los seglares con el jerárquico, fue hecha por Jesús en la última parte de su oración sacerdotal[11].

Después de rogar Jesús por sí mismo y por sus discípulos, en forma separada de la oración por los otros fieles, dirije a su Padre celestial la siguiente oración: “ Como tú me enviaste al mundo, yo también los envié al mundo. Y por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad. No ruego por éstos solamente sino también por los que crean en mí por medio de su palabra; que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos en nosotros sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste”.

Jesús en esta oración destaca su carácter de “Enviado” para su misión redentora. Dice que la vida eterna consiste en “que te conozcan a ti, el solo Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo”[12]; y pondera su misión al decir: “manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo”[13]; “las palabras que me confiaste, yo las he comunicado a ellos [los discípulos] ”[14]; “cuando yo estaba con ellos, yo los guardaba en tu nombre; a los que me has dado, los custodié”[15]; “yo les he comunicado tu palabra”[16].  Y al final de esta oración insiste en la idea que expresa el carácter de su misión divina entre los hombres: “yo les he comunicado la gloria que tú me has dado”[17] ; “para que conozca el mundo que tú me enviaste”[18]; y, por última vez, dice: “yo les manifesté tu nombre, y se lo manifestaré”[19].

En el pensamiento de Cristo rebosa la idea de “Enviado” y la de que como tal ha actuado y actuará hasta la total glorificación del Hijo, que será a la vez la glorificación del Padre.

En fuerza, pues, de su obra redentora como Enviado, dijo Jesús, refiriéndose a sus discípulos: “como tú me enviaste al mundo, yo también los envié al mundo ”[20]; y a tal fin pedía: “ conságralos en la verdad ”[21], lo cual significa: destínalos al servicio de Dios, según mi misión; pues la santidad del Antiguo Testamento era sombra y figura, la del Nuevo Testamento es realidad y verdad. Con esta santificación pide Jesús al Padre que santifique a los discípulos: consagrados en la verdad para anunciar la palabra de Dios, que es verdad[22].

Jesús ruega por sus discípulos, sobre todo en su calidad de “enviados”, en su misión para los demás, pues dice: “no ruego por éstos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra”[23]. Cristo se dirige al Padre presentándole sus discípulos como evangelizadores, y en esta función ruega primordialmente por ellos para que los otros crean en Él; y nunca, en toda su oración sacerdotal, deja de considerarles en calidad de enviados por Él. Y después que Cristo ha rogado por sus discípulos como “enviados”, pasa en seguida a rogar por todos los demás, y quiere “que todos sean uno” para el supremo fin de todo apostolado: “para que el mundo crea que tú me enviaste”[24]. Cristo, por tanto, pide unidad de todos los bautizados o creyentes con los apóstoles, a quienes y por quienes ruega “como enviados”, mensajeros, como hombres que ejercen actividad divina y sobrenatural, y pide que los demás creyentes estén unidos con los apóstoles y sus sucesores en la expresada actividad de “enviados”, en la misión divina que han recibido, cuyo fin es “para que el mundo crea que tú me enviaste”. Con ello, pues, Jesucristo traza la unidad de apostolado de los simples fieles con la obra de la jerarquía eclesiástica, representada, primero, por los apóstoles y, luego, por los obispos, sus sucesores. Esta unidad dinámica es precisamente la Acción Católica en su puro aspecto teológico, con abstracción omnímoda de la organización canónico-positiva que pudiera tener en el fuero social. Por consiguiente, Cristo quiere, y por esto ruega al Padre, que los simples fieles formen una unidad con los apóstoles en cuanto éstos son “enviados” y en cuanto, como tales, ejercen una actividad, que es su misión divina. Ahora bien, la unidad de los simples fieles con los apóstoles o sus sucesores, los obispos, en el ministerio que éstos ejercen es precisamente la realidad teológica de la Acción Católica.

Pero obsérvese que Cristo no se limita a señalar la unidad de los simples fieles al decir “que todos sean uno” con los apóstoles en su calidad de enviados, sino que hace más: ruega por ellos a fin de que formen la referida unidad. Con lo que Cristo ruega por la Acción Católica, y con su ruego al Padre le obtiene todas las gracias y auxilios que podrá necesitar en el decurso de todos los tiempos. Por esta unidad entre los apóstoles como “enviados” y los otros creyentes, sellada con la oración sacerdotal de Cristo y robustecida por el cúmulo de dones que el Padre derramará por la intercesión de su Divino Hijo, la Acción Católica adquiere la cualidad de institución perenne y sobrenatural en la Iglesia y el título apelativo a las gracias divinas que podrá necesitar para el logro del fin prefijado por Jesucristo.

La Acción Católica es, por tanto, obra de Jesucristo, y subsistirá mientras actúe la Iglesia militante con la exhuberante fecundidad que le proporciona el ruego u oración de Cristo a su Padre celestial.

§ 20. LA ACCIÓN CATÓLICA EN LA EVANGELIZACIÓN DE SAN PABLO

Siendo la Acción Católica obra de Jesucristo mismo, fue lógico que aparecieran ya manifestaciones de su actividad en el propio albor de la Iglesia naciente, cuando empezaba a extenderse por doquier merced a las fatigas de sus discípulos. Y así la vemos cómo florece o fructifica frondosamente en las primeras comunidades de cristianos fundadas y dirigidas por los apóstoles.

San Pablo, el gran Doctor de los gentiles, valióse para la evangelización de los pueblos y fundación de las primeras comunidades cristianas, no sólo de sacerdotes y diáconos, sino también de simples fieles, e incluso mujeres. Así lo declaran algunos pasajes bíblicos. Escribiendo a los romanos, dice: “Os recomiendo a Febe[25], nuestra hermana, que es, además, diaconisa de la Iglesia de Cencreas ”[26]; y “ saludad a Prisca y Aquila, mis colaboradores en Cristo, quienes por mi vida expusieron su cabeza”, “y a la Iglesia que se congrega en su casa”[27].

En la Epístola a los filipenses dice el Apóstol: “Recomiendo a Evodia, y recomiendo a Síntique[28] que tengan un mismo sentir en el Señor. ¡Ea!, a ti también te ruego, mi leal compañero, que les prestes ayuda, ya que ellas lucharon a mi lado en pro del Evangelio a una con Clemente y los demás colaboradores míos”[29].

A Filemón, el amigo querido, le llama San Pablo “colaborador nuestro”, y le habla de la iglesia que se reúne en casa de él[30].

También a este respecto vienen al caso los relatos sobre las comunidades cristianas de Filipo[31] y de Tesalónica[32], a cuya fundación prestaron ayuda o apoyo varias mujeres.

Merece notarse que los textos sagrados, tratando de la colaboración de los seglares en el apostolado jerárquico, lo hacen en forma general; no la limitan a determinadas materias. No es que no existan límites, puesto que la misma condición de seglar los impone para todas aquellas obras cuya realización exige ora potestad de orden ora de jurisdicción; pero sí que, dentro de la aptitud o capacidad que tiene el simple fiel respecto a sus actividades apostólicas, San Pablo no pone cortapisas a esa labor apostólica seglar en unidad con la de los miembros de la jerarquía; y por eso habla simplemente de los “colaboradores”, de quienes trabajan en pro del Evangelio, de las que están consagradas al ministerio de la Iglesia, para expresar una deputación y actividad permanente o perpetua y universal en ese apostolado de los seglares. En este concepto de oblación para dichas obras y de aceptación universal y permanente del seglar en pro del Evangelio, sin limitarlo a esta o aquella obra apostólica, va incluido el de la Acción Católica, que con mano maestra y entendimiento sutil nos ha legado el papa Pío XI.

Del expresado concepto estrictamente teológico de la Acción Católica se desprende que este apostolado nunca podrá consistir en la sola agregación externa o inscripción canónica a determinado organismo o actividad social; sino que, ante todo, requiere o exige el ofrecimiento u oblación interna del seglar a Dios para contribuir o colaborar en el apostolado jerárquico. Ante la Iglesia, o sea, canónicamente, será militante de Acción Católica todo aquel que externamente se hubiese ofrecido para tal fin; mas ante Dios, o teológicamente, sólo milita en este movimiento apostólico quien de todo corazón se ha ofrecido para dicho apostolado y ha obtenido la correspondiente aceptación por parte de la jerarquía eclesiástica.

Para aquel acto simplemente externo o social, bastan las solas fuerzas humanas de toda persona bautizada, pero para efectuar el otro acto interno, que se presupone en el externo o social, ya es menester un auxilio especial y sobrenatural de Jesucristo, el cual viene a integrar lo que los teólogos llaman precisamente “el carisma de la Acción Católica”[33]. Pues si para invocar saludable y meritoriamente el nombre de Jesús, como nos enseña San Pablo, necesitamos de la gracia divina[34], con mucha mayor razón debemos necesitar de auxilios o gracias sobrenaturales para disponernos a obrar, y luego actuar de hecho, en todo aquello que es capaz de realizar el simple fiel en favor del prójimo, según la voluntad de la jerarquía de la Iglesia, incluso hasta verter la propia sangre en defensa de los ministros del Señor, como así se ofrecieron los esposos Prisca y Aquila para liberar de la muerte a San Pablo, del cual eran abnegados colaboradores apostólicos, y, de este modo, pudiese el Apóstol continuar propagando aún más a todas las gentes el evangelio de Jesucristo.

Dedúcese de lo anterior que la idea genuina de la Acción Católica está contenida no sólo en germen, sino sustancialmente puntualizada en los escritos paulinos, los cuales nos la presentan o describen como la oblación total y perpetua del seglar, dentro de sus condiciones de vida, al entero servicio de la jerarquía eclesiástica, la cual, en méritos de dicho ofrecimiento sincero y manifestado, recaba del seglar las operaciones para cuya prestación debe estar dispuesto a soportar toda clase de trabajos, fatigas y sacrificios, no sin excluir la posibilidad de ofrecer el derramamiento de su propia sangre. Cuán grave, dificultoso y abnegado sea este apostolado en no pocos casos, y del que han aflorado ya mártires en la Iglesia, no es difícil entrever; como tampoco puede dudar nadie de cuántos auxilios sobrenaturales no necesita continuamente el seglar consagrado a esta obra apostólica para no defraudar a la jerarquía en su misión de conquistar el mundo para Cristo y conservarlo según el ideal prefijado por Dios.

 

[1] 1. Leoncio FERNÁNDEZ, Quince años de evangelización, Barcelona, 1939, p. 34 s.; íd., Memorias de un viejo colonial y misionero sobre la Guinea continental española, Madrid, 1950, pp. 147, 149, 151, 163, 188, 213.

[2] 2. Plus xi, Encycl. “Ubi arcano”, 23 dic. 1922: AAS 14, 681; Epist. “Laetus sane”, ad Card. Segura, 6 nov. 1929: AAS 21, 665; Epist. “Quae nobis”, ad Card. Bertram, 13 nov. 1928: AAS 20, 384.

 

[3] Para estudiar la organización jurídico-disciplinar de la A. C., vv.: J. SATÍATFR MAKCH, O. C., pp. 180-189, 209 ss.A. ALONSO LOBO, O.C.} p. 287 ss.

[4] Ps 109 4. — Heb 5 6; 7- 17.

[5] lab 3 5.

[6] loh 4 2.

[7] S. AUGUSTINUS, Epíst. Ad Seleucianum, ep. 265: ML 33, 1088.

[8] Ioh 13 5.

[9] Lo 9 16.

[10] Mt 26 26-29.— Me .14 22-25. — Le 22 19-20. — 1 Cor 11 23-26.

[11] loh 17 18-21.

5 S March • Teología.

[12] Ioh 17 2.      .

[13] Ioh 17 6.

[14] Ioh 17 8.

[15] Ioh 17 12.

[16] Ioh 17 16.

[17] Ioh 17 22.

[18] Ioh 17 23.

[19] Ioh 17 26.

[20] Ioh 17 18.

[21] Ioh 17 17.

[22] J. M.a BOVER — F. CANTERA, Sagrada Biblia, cometit. Toh 17 17.

[23] Ioh 17 20.

[24] Ioh 17 21.

[25] Tenía esta mujer los carismas del ministerio y de la asistencia; pero que fuese verdadera diaconisa, en el sentido técnico-canónico que más tarde se dio a esta palabra, no consta. Sin embargo, su ejemplo fue considerado como modelo de las dia- conisas, conforme a una inscripción del siglo vi, hallada en Monteoliveti, según la cual Sofía es denominada segunda Febe (J. M.ft BOVER-F. CANTERA, O. C., coment. Rom 16 1).

[26] Commendo autem vobis Phoeben sororem nostram, quae c.st in ministerio Ec- clesiae, quae est in Cenchris (Rom 16 1).

[27] Salutate Priscam, et Aquilam adiutores meos in Christo Icsu; (qui pro anima mea suas cervices supposuerunt…) et domesticam Ecclesiam eorum (Rom 16 3*5).

[28] Eran dos mujeres que tenían preponderancia en la comunidad filipense, y entre las que habían surgido disensiones.

[29] Evodiam rogo, et Syntychen deprecor idipsum sapere in Domino. Etiara rogo et te, germane compar, adiuva illas, quae mecum lavoraverunt in Evangelio cum Clemente, et ceteris adiutoribus meis (Phil 4 2-3).

[30] Paulus, vinctus Christi Iesu, et Timotheus frater: Philemoni dilecto, et adiu- tori nostro, et Appiae sorori charissimae… et Ecclesiae, quae in domo tua est (Phi- lem 1-3).

[31] Ac 16 13-15, 40.

[32] 17 4, 12.

[33] J. M.* BOVER, Teología de San Pablo, Madrid, 1952, p. 844.

[34] 34.   “Nadie puede decir: ‘Señor Jesús’, sino por el Espíritu Santo” (1 Cor 12 3).

PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL APOSTOLADO

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Título primero  PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL APOSTOLADO

 

Fuente: TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS, JOAQUÍN SABATER MARCH

Capítulo primero MISIÓN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

 

SUMARIO: § 9. Fin sobrenatural de la Iglesia. — § 10. Comunicación del orden sobrenatural. — § 11. Manifestación visible de orden sobrenatural. — § 12. El Cuerpo Místico de Cristo. — § 13. La actividad del Cuerpo Místico. — § 14. a) El poder de representación.— § 15. b) La actividad privada o libre.

 

§ 9. FIN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

La reparación y elevación de la humanidad caída al orden sobrenatural efectuada por Cristo se aplica a todos los hombres mediante su incorporación a la Iglesia. El hombre ha sido elevado al orden sobrenatural al objeto de que, conociendo a Dios de un modo superior a cuanto le pueda suministrar la razón puramente natural y obteniendo fuerzas y auxilios que rebasan la potencialidad de la naturaleza humana, tenga que dirigirse a Dios, como su último fin, dentro de ese mismo orden sobrenatural. No es posible a la humana criatura llegar a Dios en el orden puramente natural, renunciando a su felicidad sobrenatural que es la posesión beatífica del mismo Dios, porque ello implicaría desprecio a la verdad y bondad divinas. La consecución de su bienaventuranza eterna se impone al hombre en forma que no le es dable escoger entre su felicidad puramente natural y la sobrenatural, sino que necesariamente tiene que dirigirse a esta última para conseguir su fin supremo.

Jesucristo ha confiado a la Iglesia la perpetuación y aplicación de su obra redentora; y llama a todos los hombres sin distinción de raza, tribu, pueblo o nación a ingresar en ella, confiriendo a la misma Iglesia todos los medios necesarios conducentes al fin sobrenatural del hombre. Por esto Jesucristo ha depositado en la Iglesia, no sólo la enseñanza de las verdades de orden sobrenatural, sino que también le ha otorgado exclusivamente los auxilios eficaces por los que el hombre pueda obtener su perfección sobrenatural y, de este modo, llegar a su último fin necesario. De tal manera Dios ha vinculado ese depósito de la fe o magisterio y ese tesoro de gracias a la Iglesia, que fuera de ella no hay salvación. Pertenecer a la Iglesia se impone como necesario con necesidad de medio para salvarse, al menos con el deseo implícito a cuantos la desconocen o no les ha sido suficientemente propuesta, o con el deseo explícito a los que, queriendo ingresar en ella, no les ha sido posible efectuarlo mediante el bautismo sacramental, cuyo efecto interno-social es incorporar al bautizado a la Iglesia de Cristo.

En méritos de la misión divina que Jesucristo señaló a su Iglesia al instituirla y promulgarla, su actividad, es decir, su vida interior y social, es esencialmente de orden espiritual y sobrenatural. Porque si los medios para ser aptos han de guardar proporción con su fin, y siendo el fin de la Iglesia esencialmente de orden sobrenatural, síguese que los medios de que tendrá que valerse para lograrlo, deberán ser superiores a cuanto la sola naturaleza humana pudiese suministrar.

Nacida la Iglesia del costado abierto de Cristo, como organismo viviente, no debe ni puede quedar ociosa o indiferente en la prosecución de su fin. Podrá haber defecciones en sus miembros, propias de la flaqueza humana proclive de suyo al mal, ya que el hombre, por su perversidad, es capaz de corromper el plan trazado por Dios, pero la Iglesia siempre tenderá a su fin, continua e indefectiblemente estará unida a Cristo, su Esposo, y nunca podrá pararse en el camino ascensional que le señalara su Divino Fundador.

Mas esa actividad de la Iglesia presupone y exige una acción intermitente de Dios sobre ese organismo integrado por los hombres regenerados por las aguas bautismales, la cual no es más que el cúmulo incesante y sobreabundante de gracias y dones sobrenaturales que derrama sobre la Iglesia para que pueda cumplir su misión santificadora y llevar, de este modo, las almas al fin para el que han sido creadas. La vida de la Iglesia es primordialmente la vida de la gracia sobrenatural, y así como todo organismo viviente está caracterizado por una actividad interna, sea la circulación de la sangre o el nutrimiento de la savia, así también la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Jesucristo, está vivificada por la gracia y dones sobrenaturales. Ser miembro de este organismo, o sea; ser cristiano, equivale, según la ordenación divina, a desarrollar actividad bajo el influjo de la gracia. Por consiguiente, la condición de cristiano es operosa en el orden sobrenatural de la gracia; es un concepto que, si bien expresa una realidad estable, incluye, a la vez, dinamismo, acción, cooperación y perfección.

§ 10. COMUNICACIÓN DET. ORDEN SOBRENATURAL

La redención del género humano mediante el sacrificio cruento de la Cruz, fundación de la Iglesia e institución de los sacramentos, comunica al hombre la vida sobrenatural con una riqueza insondable de maravillas que colocan el alma en intimidad con Dios.

La elevación del hombre a ese orden, y de su actividad en él, se verifica por un sinnúmero de favores divinos que exceden todo cuanto la humana naturaleza pudiera desear.

De Dios recibe el hombre sin cesar favores ilimitados para su santificación personal y la del prójimo y también para ornamento de la Iglesia. Unos le son comunicados sin interposición alguna entre Dios y el alma; otros le vienen a través de una causa instrumental, como son los sacramentos o las oraciones de la Iglesia. Unos caen dentro del plan ordinario de santificación, y otros son verdaderamente excepcionales y extraordinarios.

El alma se pone en contacto con Dios en fuerza de los múltiples y variadísimos auxilios divinos que en forma gratuita le son conferidos. Se compendian ellos en las llamadas gracias actuales, consistentes en iluminaciones en el entendimiento y en ilustraciones o mociones en la voluntad que Dios causa en el alma.

De la cooperación a estas gracias dimana para el alma lo más excelso que en esta vida puede alcanzar: la posesión de la gracia santificante o habitual, o estado de gracia que, como se expondrá, es cierta participación analógica de la naturaleza divina. Con ella el hombre adquiere un nuevo ser, el ser sobrenatural que tanto le ensalza y tantas prerrogativas le proporciona. La gracia santificante es la esencia y fundamento sustancial dél orden sobrenatural en el hombre. El que esté privado de la gracia santificante estará fuera de dicho orden; quien la posea, vivirá en intimidad sobrenatural con Dios.

Esta vida divina en el interior del alma, aunque de suyo no se extinga, perdura mientras quiere el hombre. Mas, por estar dotado de libertad, es capaz el hombre de privarse de la gracia santificante con actos personales opuestos a su fin sobrenatural. Dios, por su parte, con la gracia habitual le infunde las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad para que el hombre pueda adherirse a su último fin, y no se aparte del mismo, con esa creencia, esperanza y amor que le son convenientes o adecuados por participar de la naturaleza divina[1].

Como derivaciones de las tres virtudes teologales, enriquece Dios el alma con los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Llámanse del Espíritu Santo porque se dan sin ánimo de retribución, es decir, importan una donación gratuita, cuya causa es el amor. Ahora bien, el Espíritu Santo procede como amor, y por este motivo es considerado como el primer don. A este respecto dice San Agustín que “por el don que es el Espíritu Santo, son repartidos muchos estrictos dones entre los miembros de Cristo”[2]

Tales dones son ciertas perfecciones del hombre, por las que éste se dispone a obrar siguiendo el instinto divino[3]. Pues para obrar en relación con el último fin sobrenatural no es suficiente la sola moción o dictamen de la razón, sino que es menester el instinto y moción del Espíritu Santo, “porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios… y también herederos”[4]; y además: “tu buen espíritu me guiará a tierra de rectitud”[5]. Sobre lo cual dice el Doctor Angélico que a la herencia de aquella tierra de bienaventurados nadie puede llegar si no es movido y guiado por el Espíritu Santo[6].

Existen, además, las virtudes intelectuales[7] y morales, cuyos principios son los expresados dones divinos. Con lo que son tres los géneros de las virtudes: las teologales, por las que la mente humana se adhiere a Dios; las intelectuales, por las que queda perfeccionada la razón, y las morales, por las que las fuerzas del apetito se perfeccionan para obedecer a la razón. Los dones del Espíritu Santo hacen que todas las potencias del alma se dispongan a obrar bajo la moción divina[8].

De los dones, tres radican en el apetito racional o voluntad, a saber: el don de la fortaleza, el de la piedad y el del temor; los restantes están en la parte cognoscitiva[9]. Pero todos guardan tal conexión que, teniendo uno, se poseen todos y con ellos la caridad; y a la inversa, faltando uno, faltan todos.

Diferente es la función o finalidad a que se ordenan los dones y las virtudes. Los primeros perfeccionan el hombre para seguir los toques que Dios da al alma; las otras lo perfeccionan para seguir el dictamen de la razón[10]. Con todo, los dones se extienden también a todas las cosas a las que se ordenan las virtudes intelectuales y morales, ya que todas las fuerzas del alma existen para ser guiadas y movidas por la acción divina como por cierta potencia superior[11].

Comunicación de vida sobrenatural es también el carácter que en el alma imprimen indeleblemente los sacramentos del bautismo, confirmación y orden. Son estos caracteres cierta participación del sacerdocio de Cristo, es decir, por ellos los fieles son configurados en el sacerdocio de Cristo, pero no todos de la misma manera. Jesucristo nació sacerdote: “un mediador entre Dios y los hombres”[12] y “sacerdote para siempre”[13]; y toda su vida fue un verdadero sacerdocio cuyo acto principal culminó en el sacrificio de la Cruz. El carácter sacramental es un signo, un distintivo de Cristo, que Él mismo imprime en el alma. De ahí que por el carácter se participe del sacerdocio de Cristo. Esta participación es común a todos cuantos reciben los sacramentos del bautismo y de la confirmación, pero se diferencia de la que tienen cuantos han recibido el carácter del sacramento del orden, en que sólo por éste se obtiene la participación del sacerdocio de Cristo para reproducir real e incruentamente el sacrificio del Calvario mediante el sacrificio del altar.

Como el sacerdocio de Cristo es fuente inagotable de vida sobrenatural, la participación en ese sacerdocio es también comunicación de vida divina en las almas, la cual se opera en ellas por medio del carácter sacramental.

Todavía en la comunicación de ese orden sobrenatural, además de la acción divina dirigida directa e inmediatamente a que el hombre se justifique por ella, existen las gracias gratis dadas o carismas, los cuales tienden a que los hombres cooperen a la justificación de su prójimo.

La acción divina en las almas, que global y sucintamente se ha perfilado, se reduce a los medios ordinarios de que se vale Dios para la santificación de las almas. Pero hay, además, otra acción divina sobrenatural que bien puede llamarse extraordinaria, constituida por los carismas verdaderamente extraordinarios que Dios otorga a algunas almas. Tales son las revelaciones privadas, el poder de realizar milagros, el profetizar, etc., que ha dado Dios a no pocos fieles. Cualesquiera que sean los designios divinos en el otorgamiento de esas gracias, coinciden todos en dotar a las almas de una mayor perfección de vida sobrenatural. Por eso toda la acción ordinaria y excepcional de Cristo en las almas tiende a una comunicación de vida sobrenatural.

§11. MANIFESTACIÓN VISIBLE DE ORDEN SOBRENATURAL

La constitución de la Iglesia en sociedad visible, la naturaleza del hombre, que es un compuesto de alma y cuerpo, la administración de la gracia divina por causas instrumentales y sensibles, como son los sacramentos, y la finalidad de la concesión de las gracias gratis dadas o carismas en producir efectos externos para comunicarse uno con el prójimo, causan de continuo manifestaciones externas de orden sobrenatural.

Ya en la Iglesia primitiva o naciente abundaron los carismas, incluso extraordinarios; e intervenciones excepcionales de Dios se dieron en la elección del Apóstol Matías[14], en la vocación de Paulo[15], en la admonición de Pedro para la admisión de paganos[16], y en simples fieles[17].

Toda esa manifestación externa de los efectos de la gracia y la administración de los sacramentos quedan supeditadas enteramente a la decisión de la jerarquía eclesiástica; de modo que, contra su voluntad, ni puede haber aquella manifestación, aunque se tratase de carismas cuya finalidad fuese la de enseñar, ni tampoco la colación de sacramentos. Jesucristo confió a la sola jerarquía el gobierno de lo religioso. Por donde, todo fiel, aunque sea vidente, está sujeto a la autoridad eclesiástica en esas exteriorizaciones de religiosidad, puesto que cuantos ejercen cargos jerárquicos en la Iglesia han recibido verdaderos carismas de gobierno para juzgar de toda manifestación que se produzca en el orden social.

De este principio es consectario de ineluctable evidencia que todo apostolado externo u organizado tiene que estar bajo la entera dependencia de la jerarquía eclesiástica so pena de ser apostático, en vez de apostólico. Nadie, por carismas sobrenaturales de que se crea estar investido o adornado, podrá sustraerse de esa completa sujeción a la jerarquía de la Iglesia so pretexto, incluso, de que se descuida determinada acción apostólica o de que determinada labor cosecharía abundantes frutos en bien de los fieles. Pues, por un lado, tenemos certeza manifiesta de la concesión de poderes a San Pedro y sus sucesores, por Cristo, y su extensión a todos los apóstoles, bajo la sujeción a aquél: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, “a ti te doy las llaves del reino de los cielos”[18]; “toda potestad me es dada en el cielo y sobre la tierra. Por tanto, id y amaestrad todas las gentes”[19]; y, por otro, existe el ejemplo de la Iglesia naciente, en que todos los fieles que habían sido enriquecidos con carismas extraordinarios para una mayor y más rápida difusión y propagación del cristianismo se sujetaban a los apóstoles y sus sucesores a fin de comprobar la verdadera genuinidad de sus carismas divinos y qué dones especiales habían recibido de Dios[20].

§ 12. EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

Por el magisterio eclesiástico se ha dicho que la denominación Cuerpo Místico de Cristo, fundadísima en la Sagrada Escritura y los Santos Padres[21], frecuente en la historia y la tradición, familiar en el pueblo fiel, es la definición cristiana de la Iglesia. Verdad fecunda de aplicaciones prácticas en la vida religiosa. Buen fundamento teológico constituye para la colaboración de los seglares en el apostolado de la jerarquía eclesiástica, es decir, para la Acción Católica[22].

La doctrina del Cuerpo Místico, insinuada con metáforas por los profetas[23], fue enseñada por el mismo Jesucristo con la parábola de la vid: “ Yo soy la vid verdadera — nos dice —, y mi padre es el labrador… vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése lleva mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permaneciere en mí, es arrojado fuera como el sarmiento, y se seca, y lo recogen y echan en el fuego, y se quema”[24]. Y después de su admirable ascensión a los cielos la recuerda a Paulo al llamarle a la fe, cuando éste se dirigía a Damasco, y, cegado por una luz celestial, cayó en tierra y “ oyó una voz que le decía: Sau- lo, Saulo, ¿por qué me persigues?… Yo soy Jesús, a quien tú persigues”[25]. Perseguir a los cristianos es perseguir a Jesús. Esa identidad se basa en la unidad de ese cuerpo místico que forman los fieles con Cristo, el cual es su cabeza y cuya alma es el Espíritu Santo que se comunica a los miembros, los cristianos, por la gracia santificante, virtudes y dones sobrenaturales. Los fieles son, pues, miembros de ese cuerpo[26].

Luego Paulo, ya constituido apóstol de Jesucristo, explana con amplitud esa doctrina y describe la función de cristiano como miembro de ese cuerpo. Véase, pues, el desarrollo de la idea de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, según San Pablo:

“Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.

“Porque en un solo Espíritu todos nosotros somos bautizados, ya judíos, ya griegos, ya esclavos, ya libres, en razón de formar un solo cuerpo. Y a todos se nos dio a beber un mismo Espíritu.

“Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos…

“Mas ahora Dios dispuso los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo, como quiso.

“Que si fueran todos ellos un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

“Mas ahora muchos son los miembros, uno, empero, el cuerpo.

“Ni puede el ojo decir a la mano: “No tengo necesidad de ti”; ni tampoco la cabeza a los pies: “No tengo necesidad de vosotros.”

“Antes mucho más los miembros del cuerpo que parecen ser más débiles son necesarios; y los que pensamos ser menos honrosos del cuerpo, a ésos los cercamos de mayor honor; y los indecorosos en nosotros son tratados con mayor decoro. Que los decorosos en nosotros no lo necesitan. Mas Dios concertó el cuerpo, dando mayor honor a lo que más lo necesitaba, a fin de que no haya escisión en el cuerpo, sino que los miembros tengan la misma solicitud los unos de los otros.

“Y si padece un miembro, juntamente padecen todos los miembros; y si se goza un miembro, juntamente se gozan todos los miembros. Y vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros cada uno por su parte”[27].

Todo el linaje humano “pertenece verdaderamente a la persona de Cristo, como cuerpo suyo, mas no de un modo tan íntimo que la independencia y personalidad de los demás miembros — como ocurrió en la humanidad que fue asumida — quedasen absorbidas por completo en la Persona del Verbo. Los demás miembros conservan su subsistencia personal. Mas así como la unidad de linaje perdura no obstante la subsistencia personal y aun en ésta misma, como esta subsistencia no es aislada, cerrada, pueden las personas pertenecientes al linaje ser también asumidas de un modo más elevado y misterioso por una Persona que domina todo el linaje, pueden con su personalidad ser propiedad de esta personalidad más alta, ser abarcadas y penetradas por ella, de modo que pertenecen más a ésta que a sí misma, y en este sentido más amplio forman con ella una sola persona, de un modo análogo a la humanidad propia de Cristo, despojada por completo de su subsistencia.

“El linaje suele llamarse Cuerpo místico de Cristo; la humanidad propia de Cristo se denomina el Cuerpo real de Cristo, así como también la unidad del linaje con Cristo se llama mística, y la de su propio cuerpo con su Persona divina se designa como unidad real”[28].

En esa realidad mística lo fundamental es el rasgo de la unidad de los cristianos con Cristo, y como derivación de esa misma unidad está el rasgo de la unidad de los fieles entre sí. A esa unidad completa va ordenada toda la acción sobrenatural de Dios en las almas para edificación del Cuerpo Místico de Cristo. La absorción moral de la personalidad de cada uno por la del Cristo total, que hizo exclamar a San Pablo: “Vivo no ya yo, más vive Cristo en mí”[29], marca la meta de toda la actividad de los fieles en la unión con Cristo y en la de todos sus miembros. Por eso, antecedentemente a todo mandato de la Iglesia, y sólo de la disposición del orden sobrenatural en la actual economía divina, los fieles han de procurar ser excelentes en la edificación de la Iglesia[30]30, haciéndolo todo para edificación del Cuerpo Místico de Cristo[31]. He aquí, pues, que el fundamento o razón de todo apostolado en la Iglesia estriba en la misma organización del orden sobrenatural comunicado por Jesucristo a los hombres, es decir, arranca de esa misma existencia del orden sobrenatural para marcar, dirigir e imponer el fin inmediato y necesario a todo fiel en su actuación dentro del plan divino: “hacedlo todo para edificación” del Cuerpo Místico de Cristo. La interdependencia, por tanto, de los miembros de ese Cuerpo es forzosa y universal. Es menester que actúen para estar unidos a la Cabeza — la cual significa al mismo tiempo comunidad de unidad a modo de entrega[32] — y para que los miembros lo estén también entre sí. De esta manera se comprende cómo deben latir al unísono los esfuerzos para trabajar en la santificación personal y en la de los demás.

La savia divina que comunica la vida sobrenatural a las almas, incorporándolas al Cuerpo Místico de Cristo, es la gracia santificante con el noble cortejo de las virtudes, gracias y dones del Espíritu Santo. Sin la gracia habitual no es posible ser miembro vivo de ese Cuerpo Místico y cumplir la misión que le está señalada a cada miembro. De aquí que la posesión de la gracia santificante sea la condición indispensable en todo momento y para cualquier actuación en orden a contribuir para la edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

§ 13. LA ACTIVIDAD DEL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

En este organismo sobrenatural, cuya Cabeza es Cristo y cuyos miembros son cada uno de los fieles, cabe distinguir perfectamente dos actividades: la propia del ser colectivo u organismo como tal, y la de cada uno de sus miembros en cuanto están unidos a Jesucristo. Una y otra actividad, que, aunque distintas, se complementan y perfeccionan, tienen idéntica meta, van encaminadas a un mismo fin: hacerlo todo para edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

Pasando de este lenguaje ascético al simplemente teológico, se distingue también esa doble actividad: la de la Iglesia o ser de orden sobrenatural, y la de cada uno de sus fieles; y, trasladándonos a la esfera canónica, se hablará de la actividad pública u oficial, y de la actividad privada o particular.

Significado idéntico tienen las expresiones de función del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia, o función o actividad pública; como también se expresa idéntica realidad al hablar de la acción de los miembros, de los fieles y de la actividad privada.

§14. a) EL PODER DE LA REPRESENTACIÓN

Es necesario y propio de todo ser moral, y, por consiguiente, de la Iglesia, el que actúe por sus órganos de representación. Necesita de quien la represente mediante la investidura de las oportunas facultades. Esta representación está vinculada a la sagrada jerarquía eclesiástica. El miembro de este Cuerpo Místico, el fiel que es asumido, de entre muchos, para quedar incorporado a la jerarquía eclesiástica, adquiere esa representación dentro de la actividad que le ha sido asignada. Todo partícipe de la potestad jerárquica, sea de orden, sea de jurisdicción, siempre que opere en virtud de la misma y no se exceda en sus atribuciones, obra en nombre de la Iglesia, actúa representando al Cuerpo Místico de Cristo, su acción es pública aunque se realice en secreto; siempre es la Iglesia el autor principal del acto que pone, el sujeto a quien se atribuye la acción eclesial. Se vale para ello de su representante, que es el ejecutor del acto o su causa instrumenta.

Lo que realiza el obispo, el párroco, el sacerdote, el diácono u otro partícipe de la potestad sagrada, se atribuye, principalmente, a la Iglesia e, instrumentalmente, al ejecutor del acto, siempre que aquéllos obren en virtud de lo que al cargo o representación compete; sus actos son siempre eclesiales, públicos, son obra del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia. Por esto los actos de la jerarquía eclesiástica son las obras de las personas que tienen carácter público; por lo que también el apostolado de la jerarquía será el apostolado público[33].

Pero ese representante del Cuerpo Místico no queda despojado de la condición de miembro; continúa percibiendo todo el cúmulo de gracias y dones sobrenaturales que Dios derrama en los fieles, y, por lo mismo que están en pie todos sus derechos de miembro de la Iglesia, persisten igualmente sus obligaciones con Dios, con la Iglesia y con sus prójimos. Pues no sólo debe ser miembro vivo, es decir, vivificado y santificado por la gracia y favores divinos, sino que ha de crecer interiormente en santidad y llevar dentro de ese organismo social del Cuerpo Místico una vida interior y exterior cual corresponda a quien es ministro representante de Cristo y de la Iglesia. A esta función y principio responde la admonición que el Código de la Iglesia da a los clérigos, que son quienes la representan: “Los clérigos deben llevar una vida interior y exterior más santa que los laicos y sobresalir como modelos de virtud y buenas obras”[34].

§ 15. b) LA ACTIVIDAD PRIVADA O LIBRE

Cualquier actividad realizada por quienes no forman parte de la jerarquía eclesiástica, por meritoria que sea sobrenaturalmente, lo cual equivale a decir que responde a las gracias que Dios derrama sobre las almas y que, por consiguiente, está enteramente conforme a lo que exige el ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, nunca podrá revestir ese carácter de obra oficial de la Iglesia, porque siempre será obra privada, cuya responsabilidad irá ligada únicamente a la de un particular.

Como se echa de ver, trátase aquí de la actividad de los miembros que se ejerce bajo el influjo de la divina gracia, esto es, de la que en realidad sirve para edificación de la Iglesia y que, por lo mismo, se realiza en completo acuerdo con la acción general del Cuerpo Místico de Cristo.

Con todo, es de notar que en dos ocasiones el miembro de la Iglesia, es decir, el simple fiel, adquiere verdadera representación de la Iglesia por voluntad del mismo Jesucristo, por lo que, con su actuación dentro de los límites que se dirán, actúa la Iglesia, pone un acto público u oficial de ese organismo llamado Cuerpo Místico de Cristo.

En efecto, en la administración del sacramento del bautismo y en la del matrimonio, el simple fiel puede ser, en el primer caso, y necesariamente es, en el segundo, el ministro que confiere dichos sacramentos; él asume la representación de Cristo y de la Iglesia desde el momento que se propone hacer y hace lo que con aquellos actos quiere hacer la Iglesia. El acto que él pone ora cuando dice: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, al tiempo que infunde el agua sobre el que se bautiza, ora dando y recibiendo el consentimiento matrimonial, se atribuye a la Iglesia. Por voluntad del mismo Jesucristo, todo hombre obtiene esa representación al objeto de facilitar el ingreso en la Iglesia; como también los que se unen en matrimonio cristiano simbolizan y representan la unión de la Iglesia con Cristo. El ministro de estos sacramentos, aun siendo simple fiel, y, para el bautismo, incluso también pagano, actúa como representante oficial de la Iglesia y obtiene directamente de Jesucristo esa representación al disponerse a hacer lo que hace la Iglesia en semejantes actos.

Excepcionalmente, un simple fiel obraría en nombre de la Iglesia si obtuviese del Romano Pontífice participación de la potestad pública eclesiástica para determinados actos. Así, actúan por especial disposición pontificia y concordada, que es derogación parcial de la disciplina común eclesiástica, los jueces seglares italianos que conocen de las causas eclesiásticas de separación conyugal, cuyas sentencias, siempre que sean a tenor de las leyes canónicas, son decisiones de la Iglesia[35]. A tales jueces, que son instrumentos de la Iglesia y portadores oficiales de su voz y potestad jurisdiccional, les incumbe el deber de ser no sólo miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, sino el de exteriorizarse en todo momento como representantes dignos y santos de la Iglesia, ya que, al participar de esa potestad judicial que es de derecho divino, obtienen también mayores gracias y luces sobrenaturales para cumplir con su cometido que redundan en el bien espiritual de su alma. A quien recibe comisión o delegación de la Iglesia no le faltará una ayuda especial del cielo para que todo se haga para edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

Pero además de esa representación eclesial de orden jurídico-canónico, existe la representación, que puede ser conferida por la Iglesia jerárquica, incluso a seglares, de índole moral y espiritual con eficacia en la vida religioso social. Aquella representación es formalmente jerárquica; esotra, en cambio, carece de potestad pública, porque no va aneja al mandato o misión canónica con que se otorga.

Reservamos para más adelante abordar el tema de la representación moral y espiritual, por la que los simples fieles pueden representar a la Iglesia, no para poner actos de orden jurídico, sino sólo ante Dios y en el orden moral.

Ahora bien, existiendo en la Iglesia esas dos actividades: la del ser moral o cuerpo místico como tal, que es pública u oficial, y la que corresponde a cada fiel o miembro de la Iglesia, que, como se ha expuesto, es de orden privado, interesa indagar a qué género de actividad pertenece la de la Acción Católica. ¿Es de carácter oficial o público su apostolado o, a la inversa, es privado? El apostolado de la Acción Católica, siendo oficial por el mandato o misión canónica que reciben sus miembros, no lleva involucrado ejercicio de potestad jerárquica.

Aunque ya sepamos qué resolución se da a ese dilema, interesará exponer las razones por las que se llega a dicha conclusión.

[1] Summa Theol., 1-2, q. 58, 3 ad 5; q. 61, 1 ad 2; q. 62, 1.

[2] De Trinitate, 15, 24: ML 42, 1088.

[3] Summa Theol., 1, q. 38, 2 c; q. 43, 5 ad 1.

[4] Rom 8 14, 17.

[5] Ps 142 10.

[6] Summa Theol., 1-2, q. 68, 2 c.

[7] Sabiduría, entendimiento, ciencia, prudencia y arte.

[8] Summa Theol., 1-2, q. 68, 8 c.

[9] Summa Theol., 2-2, q. 8, 6 c.

[10] Summa Theol., 2-2, q. 52, 1 c.; q. 121, 1 c.; 3, q. 7, 5 c.

[11] Summa Theol., 1-2, q. 68, 4 c.

[12] 12.      Tim 2 5.

[13] 13.      Ps 109 4.

[14] 14.      Ac 1 15-26.

[15] 15.      Ac 9 1 s.

[16] 16.      Ac 10 9 s.

[17] 17.      Me 16 17.— 1 Cor 12 7 s.

4 S. MARCH • Teología.

 

[18] 18.      Mt 16 18-19.

[19] 19.      Mt 28 18-19.

[20] 20.      1 Cor 14 29. — Véase: I. A. ZEIGER, Historia inris canonici: vol. n. De historia institntorum canonicorum, Roma, 1940, p. 35.

[21] 21.      S. IRENEUS, Adversus haereses, 5, 18, 2: MG 7, 1173. — ORÍGENES, Contra Celsum, 6, 48: MG 11, 1373. — S. AUGUSTINUS, Enarrationes in Psalmos, 90, 2, 1: ML 37, 1159; id., Sermo, 267, 4, 4: ML 38, 1231; id., De agone christiano, 20: ML 40, 301. — Sancti Thomae Aquinatis Doctoris Angelici opera omnia, Parma, 1852, s., 11, 451; Id., De vertíate, q. 29, a. 4.

[22] 22.      J. MADOZ, La Iglesia de Jesucristo, Madrid, 1935, p. 239.

[23] 23.      Is 5 1-7. — Ez 15 2-6. — Ece 24 25.

[24] 24.      Ioh 15 1, 5-6.

 

[25] 25.      Ac 9 1-5.

[26] 26.      Col 1 18.

[27] 27.      1 Cor 12 12 s.

[28] 28.      J. M. SCHEEBEN, Los misterios del cristianismo, trad. de A. Sancho, Barcelona, 1953, p. 391.

[29] 29,      Gal 2 20.

[30] 30.      1 Cor 14 2.

[31] 31.      1 Cor 14 26.

[32] 32.      J. M. SCHEEBXN, o. c., p. 372, nota 7.

[33] 33. No está por demás advertir el significado equívoco que tiene en la disciplina canónica el término “público”. Unas veces expresa lo que ‘es externo, visible o que puede probarse ante la sociedad; otras, indica lo que se realiza con potestad sagrada, En este último sentido se habla en el texto de apostolado público de la Iglesia.

[34] 34 C. 124.

[35] 35, Concordato da Petrán, art, 34 | 3; AAS 21, 351.

Teología del Apostolado Seglar Introducción del punto 5 al 8

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SUMARIO: § 5. Acción Católica y asociaciones religiosas de seglares. — § 6. Teología de la Acción Católica. — § 7. Gracias y carismas en la Acción Católica. —- § 8. Plan de la obra.

§ 5. ACCIÓN CATÓLICA Y ASOCIACIONES RELIGIOSAS DE SEGLARES

Hasta el presente, al menos, por Acción Católica se ha entendido el apostolado oficial de los seglares que, en algún aspecto, fuese universal, es decir, que se extendiese a toda obra capaz de ser realizada por el seglar católico en su condición de tal. Todo otro apostolado que no reuniera esa universalidad, no se le tenía por Acción Católica en la organización positivo-canónica de la Iglesia.

Sin embargo, con buen criterio se ha enseñado y defendido que tanto la Acción Católica como las asociaciones eclesiásticas de seglares son del mismo orden o naturaleza, y se distinguen al igual que el todo se diferencia de sus partes. La Acción Católica coincide con cada una de las diferentes asociaciones de laicos, según su mayor o menor extensión en el programa apostólico señalado por la jerarquía. Mas el apostolado es idéntico en todo lo que haya coincidencia de programa entre la Acción Católica y esas organizaciones de laicos.

Esa identidad hace que la Acción Católica, lo mismo que las asociaciones religiosas de fieles, se catalogue en el apostolado oficial de los seglares, porque en todas ellas existe aquella misión canónica o mandato dado por la jerarquía, señalando, impulsando, preceptuando, si conviene, las tareas apostólicas que deben asumir los fieles seglares. De ahí que por apostolado oficial se comprenda el ejercido por la Acción Católica y las expresadas asociaciones y, además, también el apostolado del culto y el desarrollado fuera de organismos eclesiásticos siempre que obedezca o responda al referido mandato o misión canónica. Pero nadie dejará de ver que en ese mismo apostolado oficial de seglares viene comprendido el de las religiosas y el de varones religiosos que no pertenezcan al orden clerical, siempre y cuando actúen a tenor de las respectivas constituciones de su religión y con sujeción a sus legítimos superiores.

El límite que actualmente separa o distingue los organismos de Acción Católica de las demás asociaciones religiosas de fieles, con ser muy tenue, es de índole canónico-administrativa, pero no de orden teológico, ya que no afecta a la naturaleza del apostolado en sí.

Fácil es reducir a una unidad conceptual, y prácticamente a una misma realidad, los organismos de Acción Católica y las demás asociaciones de fieles seglares.

Cierto es que, en los organismos de Acción Católica, el seglar se ofrece a la Iglesia jerárquica para realizar cualquier actividad de apostolado propia de los laicos; y, en las demás asociaciones, dicho ofrecimiento versa únicamente sobre los fines que, como propios de determinada asociación, han sido señalados por la jerarquía. Por lo que no hay universalidad de programa apostólico, sino únicamente alguna o muchas tareas que cumplir. Con todo, esa diferencia más bien es teórica o idealística que decisiva y trascendente en el terreno de las realidades.

En efecto, aunque el seglar se ofrezca para toda clase de tareas apostólicas en la Acción Católica, su actividad, de hecho, está limitada necesariamente por esta triple serie de causas:

  1. no todas las necesidades de la Iglesia concurren en cada lugar, parroquia o diócesis; por lo que el seglar tendrá excluidas de su programa apostólico todas aquellas actividades que, si bien son necesarias en otros lugares, no tienen razón de ser allí donde habita o ejerce su apostolado;
  2. dentro de las necesidades a llenar en cada territorio o lugar, no todos los seglares están adornados de las cualidades de orden externo o social que son indispensables para determinadas tareas apostólicas; es más, otros, incluso con dichas cualidades, no tienen expedito el camino para el apostolado por un sinfin de motivos, como son los de ambiente, familia, trabajo, enfermedades, etc.; y
  3. el ejercicio u ocupación en unas obras impide, de hecho, la realización simultánea de otras más o menos incompatibles, por lo que es menester que unos se dediquen a unas tareas, y otros, a otras distintas; y aun en ese ejercicio ismo, puede incluirse la voluntad de la jerarquía señalando preponderantemente los trabajos a realizar.En el terreno teológico, la identidad de apostolado aparece todavía con más claridad en la llamada Acción Católica y en las demás asociaciones religiosas de fieles. Pues si aquélla es la colaboración del laicado en el apostolado de la Iglesia, que en cada lugar viene determinada, según las circunstancias, por la jerarquía, dichas asociaciones implican igualmente colaboración del laicado en el apostolado jerárquico, según determinación, más o menos fija en cuanto a su programa, por la misma jerarquía, y así, la cofradía de la Doctrina Cristiana es la colaboración de fieles y clérigos en el apostolado de magisterio de la Iglesia jerárquica.Desde el punto de vista teológico, en todas estas instituciones eclesiales se verifica, en pleno sentido formal, colaboración del laicado en el apostolado de la Iglesia jerárquica, en virtud de misión canónica o mandato. De lo cual se infiere que, teológicamente, son sinónimos los referidos institutos de seglares.Tanto por apostolado oficial de los seglares como por Acción Católica quedan comprendidas las asociaciones religiosas de seglares; pero con éstas no se abarca toda la amplitud del apostolado oficial o Acción Católica, por el límite que impone la disciplina eclesiástica, al configurarlas en verdaderos organismos canónicos; y así, con ser dichas asociaciones estricto apostolado oficial de los seglares, no tienen toda su extensión o amplitud, ya que no comprenden el apostolado oficial que se ejerce fuera de organismos creados por la jerarquía para los laicos, como es, por ejemplo, además del anteriormente citado, el de los que sirven en las funciones del culto público de la Iglesia.En cuanto al término “seglar” o “seglares” empleado en este lugar y en todo el decurso de la obra, se le da significado eminentemente teológico. De esta manera, seglar es todo cristiano que no pertenezca al orden clerical, aunque sea miembro de una orden o congregación religiosa o sociedad equiparada, salvo que, por el contexto de la frase en temas sucesivos, aparezca su antinomia con el religioso que no ha sido recibido en la clerical milicia. Bajo esta consideración teológica son, por tanto, seglares las religiosas y los religiosos que no sean clérigos, a pesar de que los de uno y otro sexo gocen, por derecho positivo-eclesiástico, de las prerrogativas clericales.
  4. Como conclusión, pues, de lo expuesto, por apostolado oficial de los seglares o Acción Católica se comprende también el de las asociaciones religiosas para laicos; pero con éstas no se expresa, ni en ellas se contiene, todo el apostolado oficial, o sea, toda la extensión de la Acción Católica.
  5. Por lo que hace al aspecto administrativo-canónico o disciplinar, en razón de que la Acción Católica, conforme ha proclamado la Santa Sede, “no cristaliza rígidamente en esquemas fijos”[1], y ha sido impulsada con amplitud de criterio, no sólo dentro de los tipos de organización unitaria o federativa, sino también al margen de todo organismo canónico, como sucede en parroquias rurales o de exiguo número de habitantes que no permite o aconseja la creación de organismos, y también en asociaciones civiles, las cuales, como las Conferencias de San Vicente de Paúl, se ponen enteramente a disposición de la Iglesia jerárquica para desarrollar, allí donde indique o señale, toda clase de obras de misericordia[2], mediante previa misión canónica[3], Apostolado oficial de los seglares y Acción Católica se funden en idéntica unidad conceptual y realidad, en forma que ambas expresiones son verdaderamente sinónimas.
  6. Toca, pues, puntualizar el sentido que en este tratado u obra se da a las expresiones Apostolado oficial de los seglares Acción Católica y Asociaciones religiosas de seglares o laicos, para llegar a la apetecida unidad de terminología.
  7. Comparando, ahora, la labor apostólica de un militante de Acción Católica con la de un miembro de asociaciones religiosas de seglares, aparece que uno y otro ejercen la misma naturaleza de apostolado; y si a veces, no siempre, existe mayor extensión de programa en uno que en otro, este más o menos no altera ni modifica la índole del apostolado de la Acción Católica y de las referidas asociaciones. Precisamente, por esas consideraciones, la Acción Católica se ha organizado bajo dos tipos que, si externa o socialmente presentan alguna diferencia, coinciden exactamente en su contenido sustancial: apostolado oficial de los seglares. Tales son: la organización de tipo unitario, en la que si los seglares, dentro de su organismo, son capaces de realizar cualquier faceta propia de su apostolado oficial, en la práctica, empero, está restringida su capacidad por aquella triple serie de limitaciones reseñadas; y la de tipo federativo, la cual abarca las referidas asociaciones de seglares para diferentes fines, y en las que los fieles ingresan para desarrollar el apostolado señalado por la Iglesia jerárquica a cada una de las mismas.

§ 6. TEOLOGÍA DE LA ACCIÓN CATÓLICA

Con este epígrafe se restringe el tema concerniente al apostolado oficial de los seglares o Acción Católica. Nos fijamos tan sólo — y el campo de estudio es extensísimo — en la realidad sobrenatural que representa en la Iglesia esa institución y movimiento del laicado en cuanto colabora en el apostolado jerárquico, dejando de lado las prescripciones positivas que emanen de la jerarquía a ese respecto. Mientras, pues, la laicología abarca todo lo referente al fiel seglar, la Acción Católica le considera primordialmente en su cualidad de miembro del Cuerpo Místico de Cristo, como adornado de valores sobrenaturales para actuar externamente en favor del prójimo, al estilo como lo hacen quienes son partícipes de la potestad jerárquica.

Dentro del estudio de la Acción Católica o apostolado oficial de los seglares, nos situamos más concretamente en la parte que, por ser perenne e inmutable, fluye de los fundamentos dogmáticos de la verdad revelada y que constituye, con toda propiedad, la teología de la Acción Católica.

Este tratado, por su matiz teológico, prescinde de la organización positivo-eclesiástica que pueda darse a nuestra institución teológica, para determinar su entidad y actividad en la esfera social. Pero en la configuración inmutable de esa realidad eclesial se pretende destacar lo que ante Dios representa esa colaboración del laicado en la misión de la Iglesia jerárquica, con sus varias facetas que origina, tanto en orden al propio colaborador como al prójimo y a la Iglesia en general.

Siendo, por consiguiente, la teología del apostolado de los seglares una rama especial de la teología acerca del laicado, a nadie debe extrañar que, para su exposición y desarrollo, se invoquen o apliquen verdades o principios, alguna vez algo remotos, de la teología general sobre los laicos, a fin de trazar la sistemática perenne e inmutable de dicho apostolado, cuya institución y actividad sobrenatural son, hoy más que nunca, tan acariciadas por la jerarquía y por el elemento seglar.

§ 7. GRACIAS Y CARISMAS EN LA ACCIÓN CATÓLICA

La presencia de este subtítulo general: gracias y carismas en la Acción Católica, determina el contenido primordial de esta obra acerca del estudio teológico del apostolado oficial de los seglares, que no es más que la riqueza sobrenatural de energías para quienes estén llamados a colaborar con la Iglesia jerárquica para la salvación de las almas. Sin tener presente esta vivencia de gracias y carismas, los temas adquirirían, quizá, un aspecto puramente académico; serían como bisecciones que se operasen en la mesa de estudio; carecerían, sin duda, de la vitalidad que pudiese alentar al lector a tomar iniciativas, seguir consejos, realizar obras y, en concreto, colaborar con la jerarquía. En cambio, enfocando nuestro objetivo a la virtualidad y necesidad de las gracias y dones en el apostolado de los seglares, la exposición temática misma constituye ya una invitación a actuar en el campo de las realidades, en forma que tanto para los miembros de la jerarquía, a quienes incumbe enseñar, ponderar, dirigir y encauzar los destinos de la Acción Católica, como para los seglares mismos que estén interesados en ella, represente como toques de gracia, vivencias sobrenaturales que penetren en las almas generosas de amor hacia el prójimo, para dar nuevos impulsos a la Acción Católica.

Todo ello no es óbice, empero, que, siendo ante todo un trabajo teológico, se expongan como sostén o marco de referencia las bases sobre las que deba cimentarse la acción de la gracia en este apostolado de los seglares.

Insistiendo más concretamente en el subtítulo de la presente obra, debe reconocerse que todo lo tocante a la gracia divina viene comprendido en el estudio de la teología y por eso, en nuestro caso, en la teología del apostolado de los seglares. Sin embargo, por el expresado epígrafe subtitular se pone de relieve la importancia que en el apostolado asume la acción de la gracia sobrenatural. En términos algo generales puede decirse que la simple teología de la Acción Católica describe y analiza los elementos constitutivos que les son esenciales; y la doctrina de la gracia enseña, en cambio, cómo funciona esta institución, cuáles son sus energías y qué se requiere para que ella y cualquier otro apostolado den frutos y en abundancia, y qué obstáculos será necesario vencer. Ejemplo de esta realidad de la gracia divina puede verse en los apóstoles. Ellos recibieron, ya en la última cena, de Jesucristo mismo la plenitud del sacerdocio. Con todo, a pesar de esta consagración ontológica que recibieron en forma indeleble, se muestran, antes y aun después de la resurrección de Jesucristo, sin fuerzas, sin aliento, apagados. Mas llega el día de Pentecostés, y con él la venida del Espíritu Santo; movidos entonces por el impulso divino, que es la gracia de Jesucristo, transfórmanse los apóstoles en otros hombres; y, en Jerusalén, es ésta una maravilla para todos. Los que hasta entonces fueron tímidos hasta la cobardía, ocultos y encerrados en el cenáculo por temor a la policía judía, de repente manifiestan tal ardor en predicar a Jesús crucificado y resucitado, que sus oyentes ven en ello el efecto de una embriaguez pasajera[4]. Lo maravilloso del caso es que esa embriaguez perdurará mientras vivan los discípulos. Ni los látigos del sanedrín, ni los cepos de los carceleros, ni la cruz de los esclavos o el hacha de los líctores, lograrán acabar con la grandeza de ánimo de los apóstoles. “Si son humanos este consejo o esta empresa — había dicho Rabbi Gamaliel —, se disolverán por sí mismos, pero si de Dios proceden, no conseguiréis detenerlos, pues sería esto luchar contra Dios”[5]. No tarda en cumplirse la palabra del doctor en Israel: todavía llenos los ojos de la visión de Jesús resucitado, consagran los discípulos lo que les queda de vida a ganar almas para el Maestro conocido y amado de ellos, y mueren en confirmación de su fe[6].

Estos maravillosos y fecundos efectos de la gracia en las almas no se acabaron con los apóstoles; siguió la serie de cansinas con que Dios adornó a muchos fieles, cual convenía a la Iglesia naciente, para edificación del Cuerpo de Cristo[7]; y continúa en todos los cristianos en conformidad con la promesa divina: “Sabed que estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”[8] .

Abordar la doctrina de la necesidad y eficacia de la gracia divina en el apostolado de los seglares y, en especial, en la Acción Católica, es el objetivo primordial de esta obra, y al que se subordina siempre toda otra disquisición teológica referente a la teología de la Acción Católica en cuanto a la sistematización y desarrollo de temas.

  • 8. PLAN DE LA OBRA

Cuatro partes, enumeradas y clasificadas en títulos, constituyen el substrato o plan de esta obra, la cual va precedida de la presente introducción y termina con un epílogo.

El primer título tiene carácter preliminar porque reúne los fundamentos sobre los que se apoyan los tres restantes. El segundo se ocupa del aspecto subjetivo de la Acción Católica en cuanto supone una determinación del individuo, causada por la acción divina, para consagrarse ante Dios y la Iglesia al apostolado. El tercero estudia la Acción Católica como institución en sí, es decir, en su aspecto objetivo, y, además, la incorporación del seglar a la misma con todo lo que a este efecto es menester, en especial, la colación carismática al fiel seglar. Y en el cuarto y último título se desarrolla lo que es consecuencia conjunta de uno y otro elemento subjetivo y objetivo: la vida apostólica del seglar relacionada con Dios, consigo mismo y el prójimo, como efluvio de la asistencia divina. Para este último objetivo se ha tomado como ideal la vida de apostolado en San Pablo, según el modelo que nos presenta uno de sus mejores exegetas[9], a fin de exponer los dones y virtudes sobrenaturales que integran la vida apostólica en los seglares.

Aplicando una terminología más técnica a esta materia[10], podemos decir que el título segundo trata de la colaboración constitutiva, la cual fluye del seglar en cuanto se ofrece, movido por la gracia, a la jerarquía para actuar en su apostolado; el tercero versa sobre la participación carismática que obtiene el seglar al incorporarse en el apostolado de la Acción Católica; y el cuarto expone la colaboración consecutiva propia de los seglares, que se origina de los dos expresados antecedentes, y cuya plasmación interna y social es la vida apostólica o actuación de la realidad carismática que informa y robustece la oblación del seglar a Dios y a la Iglesia en favor del apostolado jerárquico.

 

[1] .  Pius XI, Encycl. “Firmissiman constantiam” ad episcopos mexicanos, 28 mart. 1937: AAS 28, 210.

[2]  Véase: Reglamento General de la Sociedad de San Vicente de Paúl, Madrid, 1905, Art. 1, p. 28.

[3] “…Hemos de tener gran respeto a los consejos que nos diere la sociedad o sus jefes; y, sobre todo, seguir con absoluta docilidad la dirección que los Superiores eclesiásticos tengan a bien darnos. San Vicente de Paúl no quería que sus discípulos emprendiesen ninguna obra buena sin la anuencia de sus respectivos párrocos y sin haber recibido su bendición [mandato o misión canónica]. Nunca, pues, hagamos nada nuevo ni importante en el distrito de una jurisdicción eclesiástica, sin ponerlo en conocimiento del que la ejerce” (Reglamento General de la Sociedad de San Vicente de Paúl, p. 19).

3 S. MARCH – Teología.

[4] 12.        Ac 2 13.

[5] 13.        Ac 5 38-39.

[6] 14.        P. ROUSSELOT-J. HUBY, El Nuevo Testamento: en “Christus” o Manual de Historia de las Religiones, trad. de la 5.a ed. franc., Barcelona, 1929, p. 896.

[7] 15.     Ef 4 12.

[8] 16.        Mt 28 20.

[9] 17.        C. CORNEX.II A LAPIDE, Effigies divi Pauli sive Idea Vita Apostólica, ed. 27, R. Galdós, Westmalle, 1938.

[10] 18.      J. SABATEK MARCH, Derecho constitucional de la Acción Católica, Barcelona, 1950, p. 26.

Teología del Apostolado Seglar Introducción del punto 1 al 4

comunidad cristiana

 

JOAQUÍN SABATER MARCH

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS

 

INTRODUCCIÓN

SUMARIO: § 1. Razón de esta obra. — § 2. Terminología general. — § 3. Laicología. — § 4. Apostolado de los seglares. — § 5. Acción Católica y asociaciones religiosas de seglares. — § 6. Teología de la Acción Católica. — § 7. Gracias y carismas en la Acción Católica. —- § 8. Plan de la obra.

§ 1. RAZÓN DE ESTA OBRA

En torno a este movimiento tan noble y consolador, cada día más en auge y extendido por doquier, que, procedente de diversas zonas, está reclamando el apoyo de los estudiosos para revalorizar doctrinalmente y dejar en su justo medio al seglar católico en su condición plena de miembro de la Iglesia y bajo cualquier aspecto de sus legítimas posiciones o actividades en que se le considere; y en fuerza de la voz autorizada de la misma Iglesia que por boca del Jefe supremo, el Romano Pontífice[1], al que secundan con ahínco, presteza y generosidad los obispos del orbe católico, puestos por el Espíritu Santo para adoctrinar y regir la grey[2] que les ha sido confiada, florece una copiosa literatura que cuenta ya con prestigiosas obras o tratados, en la que, mientras los teólogos van escudriñando las fuentes bíblicas y su exégesis y levantan el hermoso edificio de la doctrina revelada o de ella dimanante, con los peldaños por los que pueda subir y situarse el laicado, los canonistas elaboran denodadamente la estructuración orgánica y visible del expresado edificio en conformidad con lo básico y perenne del sistema eclesiástico-disciplinar, y a ellos se han unido los historiadores que se esfuerzan en entresacar de las fuentes probadas y certeras lo que sobre este particular ha sido objeto de solicitud por parte de la Iglesia en el decurso de los tiempos y, de un modo especial, en los orígenes y siglos primeros del cristianismo.

Secundando también este indicado movimiento y respondiendo humildemente a la invitación expresada de la jerarquía eclesiástica, aparece la presente obra, la cual, como diminuto grano de arena, pretende colaborar en esa parte de la ciencia sagrada sobre el laicado y, en especial, el apostolado de los seglares.

§ 2. TERMINOLOGÍA GENERAL

El epígrafe general y el subtítulo de este libro indican ya, a simple vista, sobre qué rama de las ciencias sagradas versa la sucesión de temas que lo componen. Pero quizá no se comprenda del todo su contenido ni tampoco sus límites por la imprecisión que aún hoy día reina acerca de esas materias eclesiales. Por ello es obligado aclarar el sentido que los epígrafes pueden tener tanto con miras al actual estado de la ciencia como en su mutua y recíproca conexión en esta obra.

La expresada literatura eclesial ha brotado con los siguientes títulos: Apostolado de los seglares, Acción Católica, Laicología y Teología acerca del laicado.

No hay todavía fijeza en los conceptos de los referidos epígrafes o términos, los cuales son empleados no en sentido unívoco por los tratadistas[3], ni se presenta fácil el puntualizarlos, si no como conceptos autónomos e independientes, por impedirlo su íntima conexión, sí con propio y peculiar significado que apunte, al menos, determinadas características o notas en cada uno de ellos como privativas suyas, aunque tenga otras que sean también comunes y afines a los restantes.

Sin adentrarse en disquisiciones científicas y profundas, no cabe duda que con cada uno de los expresados títulos se expone un concepto diverso de los demás, a lo menos, en cuanto a la extensión del significado. Pues si la teología del apostolado de los seglares y Acción Católica forma parte de la teología acerca del laicado, ésta lo es también de la simple laicología.

§ 3. LAICOLOGÍA

Es aquella rama de la ciencia sagrada que se ocupa directa e inmediatamente de la posición que guarda el seglar en la Iglesia en cualquiera de sus aspectos, sea teológico, litúrgico, moral, jurídico o histórico. Su ámbito es extensísimo, si bien de hecho suele ceñirse primordialmente a la parte teológica y canónica.

De la consideración de la Iglesia como sociedad u organismo divinamente jerárquico, en el que sus miembros unos son clérigos, distintos de los laicos o seglares, aunque no todos los clérigos sean de institución divina[4], toma origen la laicología en cuanto tiende a estructurarse y sistematizarse como ciencia. Cuán lejos esté todavía de formar un conjunto orgánico, se echa de ver con sólo hojear los manuales que traten de laicología.

§ 4. APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

Por apostolado de los seglares entendemos la actividad que éstos ejercen en las tareas que se derivan de la misión confiada por Cristo a su Iglesia[5]. Cuando esta actividad es fruto de la sola iniciativa y dirección de los simples fieles, tenemos entonces el apostolado seglar libre, para el cual es suficiente y necesario “mantenerse siempre dentro de los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes”[6]. Mas cuando esa misma actividad responde a una “misión canónica” o “mandato” dado por la Iglesia jerárquica a los laicos organizados en particular, surge el apostolado oficial de los seglares, ya que éstos en su actividad apostólica siguen en todo la voluntad y elección de la jerarquía.

La denominación nueva de apostolado oficial de los seglares, en la disciplina eclesiástica, comprende, por una parte, el expresado “mandato” o “misión canónica”, y, por otra, se contrapone al referido apostolado seglar libre.

Estas dos facetas en el apostolado de los seglares no deben considerarse como antagónicas e incompatibles, incluso para un mismo individuo, puesto que ambas podrán entrar en la actividad inspirada en el celo apostólico de un fiel laico al realizar, en forma sucesiva, tareas de uno y otro apostolado.

Pero ya desde estas páginas preliminares conviene puntualizar la naturaleza de ese mandato o misión canónica, el cual puede ser diferente o igual, según los casos, para sacerdotes, incluso actuando en fuerza de su cargo sacerdotal, y para seglares. Así, uno es el mandato que la jerarquía confiere para la predicación sagrada, el cual implica potestad de magisterio, y otro, el que se da para la instrucción catequética y formación religiosa de los fieles. El primero sólo pueden recibirlo los clérigos, dentro de los límites y condiciones que establece la ley canónica[7]; el otro es exactamente de la misma naturaleza aplicado a clérigos o a seglares[8], pues ni en aquéllos ni en éstos importa prerrogativa de potestad sagrada. Por eso, el párroco llama, por ejemplo, indistintamente a sacerdotes y seglares, para que le ayuden en la función catequística. En este llamamiento, va incluido el mandato o misión canónica para la catequesis. Por razón de este último mandato, el apostolado no se distingue en jerárquico y en seglar oficial; es, entonces, la consideración de la persona, v. gr. el carácter sacerdotal o el simplemente bautismal el determinante, por causa del agente, de uno y otro apostolado. En cambio, cuando el mandato incluye potestad sagrada, aunque sea imperfecta, el apostolado es exclusivo de la jerarquía.

La misión canónica o mandato que los seglares reciben de la jerarquía para el apostolado, implica impulso, dirección, señalamiento, voluntad de beneplácito, precepto, conforme a la tradicional disciplina de la Iglesia. Que en casos más o menos aislados el Romano Pontífice ha conferido a seglares misión canónica con potestad sagrada o jerárquica, no puede ponerse en duda, verbigracia, en la preparación y firma del Concordato y Tratado de Letrán, en superiores de la Orden de San Juan de Dios, en jueces italianos para conocer y fallar causas de separación conyugal; y que pueda extender cuantitativa y cualitativamente esas prerrogativas canónicas, nadie se atreverá a negarlo. Pero en tales casos, cabe preguntar si ese mandato intrínsecamente jerárquico por su contenido, dado a seglares, convierte en apostolado jerárquico las tareas que éstos desarrollen. Parece que en dichas circunstancias más bien se ejerce el apostolado de la Iglesia jerárquica, porque cuanto realice el representante deberá atribuirse al representado, que en el presente caso es la jerarquía eclesiástica.

Esa misión canónica que, en el aspecto social o disciplinar, admite pluralidad de formas y que difícilmente podrá ser reducida a un solo tipo canónico-administrativo, representa y constituye la envoltura de realidades o vivencias teológicas de más intenso interés que su simple configuración canónica. Cuál sea ese contenido teológico, será objeto de estudio en el desarrollo de sucesivos temas.

[1] Discorso di S.S. PióXIsu l’Azüme Cattolica a 1.000 alunni degli Istituti Ecclcsiastici di Roma (12-3-19.36), Tipografía Poliglotta Vaticana, 1936. p. 13.

[2]Ac 20 28.

[3] A. Avelino ESTEBAN ROMERO, La teología del laicado, en “XIII Semana Española de Teología” (14-19 sep. 1953). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto “Francisco Suárez”. Madrid, 1954, pp. 1-76. — A. ALONSO LOBO, Laicología y Acción Católica, Madrid-Buenos Aires, 1955, p. 14. — M. J. CONGAR, Jalons pour une théologie du laicat, París, 1953, pp. 159-313; id., Pour une théologie du laicat, en “Études”, vol. CCLVI, 1948, p. 45.

 

[4] 4. C. 107.

[5] 5. Pïo XII, Discurso al II Congreso mundial del apostolado de los seglares (5 octubre 1957), en L’Osservatore Romanot 7-8 oct. 1957.

[6] Discorsi e Radiomcssaggi, vol. xm, p. 298.

[7] 7. Cáns. 1333, 1334, 1381 § 3.

[8] 8. Cáns. 1328, 1337 ss.

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS, prologo

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JOAQUÍN SABATER MARCH

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS

Gracias y carismas en la Acción Católica

Prólogo del

Obispo Secretario del Episcopado español

Excmo. y Rvmo. Monseñor

VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN

Obispo de Solsona

BARCELONA

EDITORIAL HERDER

1958

 

 

 

 

NIHIL OBSTAT: El censor, JOSÉ M.a MURALL, S. I.

IMPRÍMASE: Barcelona, 7 de febrero de 1958

+ GREGORIO, Arzobispo-Obispo de Barcelona

Por mandato de su Excia. Rvma.

ALEJANDRO PECH, Pbro., Canciller-Secretario

© Editorial Herder, Barcelona, 1958

Es PROPIEDAD

PRINTED IN SPAIN

GRAFESA, Torres Amat, 9 – Barcelona

Depósito legal, B. 5003 -1958

 

A la piadosa memoria de FEDERICO OZANAM el apóstol seglar más universal que ha tenido la Iglesia.

 


PRÓLOGO

del Obispo Secretario del Episcopado Español,

EXCMO. Y REVMO. MONS.

VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN

Obispo de Solsona

“Sería desconocer la verdadera naturaleza de la Iglesia y su carácter social el distinguir en ella un elemento activo: las autoridades eclesiásticas, y, por otra parte, un elemento puramente pasivo: los seglares”, dijo el Papa en el discurso al II Congreso Mundial de Apostolado Seglar (octubre 1957).

Esta afirmación, que hace cincuenta años hubiese sorprendido a no pocos — sacerdotes y seglares —, expresa hoy un estado normal de conciencia en todos los hijos de la Iglesia.

Desde que Pïo XI organizó la Acción Católica, entroncando el apostolado de los seglares con el apostolado jerárquico, se ha revalorizado la figura del seglar bautizado. Los seglares se sienten miembros activos de la Iglesia y quieren participar en las tareas apostólicas. Los sacerdotes hemos empezado a comprender que necesitamos de la colaboración de los seglares y que también ellos tienen su actividad propia en el desarrollo y perfeccionamiento del Cuerpo místico de Cristo.

Esta realidad, que hoy se manifiesta en todas las latitudes, es una de las pruebas más evidentes de la eterna juventud de la Iglesia. Porque “las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares”, como ha dicho el Papa. Y esta exigencia es mucho más apremiante en nuestros días, cuando la sociedad, constituida y organizada al margen de la doctrina de Cristo, nota que le fallan los fundamentos materialistas sobre que se asentaba y reclama una inyección de vida que no puede venirle más que del Evangelio. Pero es necesario para ello que el “mensaje evangélico” se encarne en las estructuras sociales. Y esta encarnación no pueden realizarla más que los seglares. El Papa ha dicho, en el mismo discurso, que “la consecratio mundi es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, de hombres que se hallan mezclados íntimamente con la vida económica y social, que forman parte del gobierno y de las asambleas legislativas”. Por eso el apostolado de los seglares es de suma urgencia en nuestros días, cuando precisamente los seglares se nos están ofreciendo gozosos para trabajar en esas empresas cristianas.

El momento es interesante a la vez que peligroso. Interesante porque los seglares irrumpen con fuerza arrolladora en el campo del apostolado y nos ofrecen la posibilidad de salvar a este mundo en crisis y conseguir el “mundo mejor” que el Papa preconiza y que todos deseamos. Difícil, porque ese despertar de la conciencia eclesial de los seglares puede seguir rumbos excesivos para caer en un “seglarismo” que sería pernicioso.

Es el momento propicio para que se aclaren bien las ideas y se encauce convenientemente esa actividad seglar. Esto es lo que ha hecho el Papa, en el discurso a que me he referido anteriormente, presentando algunos puntos fundamentales del apostolado de los seglares e invitando a la Jerarquía y a los fieles a estudiar con seriedad el problema de la coordinación efectiva de todas las fuerzas católicas.

La dificultad del momento presente y la invitación del Papa nos obligan a todos — particularmente a los sacerdotes que hemos de formar la conciencia de los fieles — a estudiar a la luz de la revelación y de las circunstancias actuales los problemas que presenta el apostolado seglar. Tan sólo así podrá conseguirse que esta esperanza que nos ofrecen los buenos deseos de los seglares se convierta en hermosa realidad.

El doctor don Joaquín Sabater March, que nos ha dado reiteradas pruebas de su preparación teológica y canónica y que estudió distintos aspectos de este problema en sus libros Derecho constitucional de la Acción Católica y Derechos y deberes de los seglares en la vida social de la Iglesia, ha aceptado esa invitación del Papa y nos presenta este nuevo libro la TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS. Basta leer el índice para darse cuenta de la amplitud con que ha enfocado el tema y del interés de este estudio.

Porque la que se ha llamado “teología de los seglares” no está suficientemente hecha. Se han publicado algunos ensayos dignos de mención, pero no se ha llegado a conclusiones precisas y definitivas. Y se han producido ya algunas desviaciones que el Papa se ha visto obligado a señalar.

La obra que hoy sale a luz es un paso más, e importante, en esa tarea de precisar la posición del seglar en la Iglesia y de fundamentar sólidamente su actividad apostólica. El doctor Sabater March ha sabido acudir a las fuentes y ha recogido todas las enseñanzas pontificias para darnos un avance de la verdadera teología del apostolado de los seglares. Y creo que lo ha conseguido plenamente.

Con ocasión del discurso del Papa al que he hecho referencia, se ha producido un desconcierto en algunos ambientes. La sugerencia que transmitió al Congreso sobre el posible cambio de nombre y de estructura de la Acción Católica extrañó a no pocos. A mi juicio, porque, fijándose demasiado en lo accidental de ese movimiento inspirado por Pío XI, se había descuidado lo fundamental: la teología del mismo. Con ideas claras y precisas sobre lo que significa la Acción Católica en la vida de la Iglesia, a nadie puede extrañar la orientación que se manifiesta en las palabras papales.

Por eso creo que es oportunísima la obra del doctor Sabater March, que estudia los fundamentos teológicos de ese movimiento seglar y puede dar mucha luz para entender las orientaciones pontificias.


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