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LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA

LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA

http://jabenito.blogspot.mx/2013/10/los-fieles-laicos-en-la-vida-de-la.html

 

En el marco del Año de la Fe, del 3 al 5 de octubre, la Diócesis de Tacna – Moquegua organizó el Primer Congreso Diocesano, denominado “El Laico: Vocación y Misión a la Luz del Concilio Vaticano II”, y que se desarrollara en el coliseo del Colegio “Santa Ana” de Tacna.

El congreso se inició con una Solemne Eucaristía, que será presidida por Monseñor Marco Antonio Cortez Lara, Obispo de Tacna – Moquegua. Siguió luego con el tema: “La Constitución Lumen Gentium: Los laicos y la llamada universal a la santidad”.

En tanto, el viernes 4 de octubre se llevaron a cabo las ponencias: “Especificidad de la condición laical”, “Los fieles y las realidades temporales”, “Responsabilidad de los laicos en el desarrollo social”, y “¿Católico y político? Compatibilidad entre la fe y la tarea política” (Dr. Luis Solari de la Fuente, médico, Decano de la Facultad Ciencias de la Salud)

El evento culminaró el sábado 5 de octubre, con la ponencia: “Los laicos en la vida de la Iglesia” (Dr. José Antonio Benito, historiador, director CEPAC).

Finalmente, se proclamaron las conclusiones y los compromisos de los participantes del congreso (se abrieron varios libros en los que se estampó la firma y se dejó la dirección) y una Santa Misa de Clausura presidida por el Nuncio de Su Santidad. El objetivo del evento ha sido  “redescubrir la importancia de la misión de los laicos en la Iglesia y su compromiso en el mundo, desde las enseñanzas del Concilio Vaticano II”.

Les comparto mi ponencia, muy agradecido por la invitación y por el entusiasmo contagiante de los 1.500 participantes.

LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA

Congreso Diocesano “EL LAICO: VOCACIÓN Y MISIÓN A LA LUZ DEL CONCILIO VATICANO II”,

Tacna, 5 de octubre 2013

José Antonio Benito /30 abril 2013; joseantoniobenito1@gmail.com; blog:jabenito

¡Recordando a Manolo un fiel laico de nuestro tiempo!

El 7 de mayo del 2012, lunes, a las 7.30 de la mañana, me encontré caído en la calle a un fiel laico que dio su vida por la Iglesia. Estaba con una cartera, apuntes para las clases, exámenes corregidos…iba presuroso para llegar en punto pero el Señor se lo llevó a sus 62 años, un día después de haber celebrado con sus alumnos del colegio San Martín de Porres, el jubileo de los 50 años de su canonización en la catedral de Lima. Y se ha convertido para mí en un modelo cercano de un fiel laico en la vida de la Iglesia. Manolo Tomás Amorós, cruzado de Santa María, que vivió de lleno su bautismo y aprendió la misión aquí en Tacna, en el Colegio Champagnat y en las diversas actividades que organizó para los jóvenes. Quiero comenzar mis palabras agradeciendo a Nuestra Señora del Rosario por haberle dado la oportunidad de vivir aquí en su querida Tacna los primeros años de su misión en el Perú y América. Y le agradezco por su entrega a los jóvenes, por disfrutar de la vida saboreando siempre la comida y los momentos de convivencia, por sus canciones, sus chistes, sus charlas y meditaciones. Como buen alumno salesiano y profesor de colegio marista, llevaba el rosario de María Auxiliadora en su bolsillo. Pendiente de sus queridos jóvenes multiplicaba sus “razones” para creer, para esperar, para amar.

El testimonio de este laico cualificado nos habla de la grandeza y la debilidad del ser humano, de sus dolores y gozos, como magistralmente recoge el Concilio Vaticano II

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los  hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren,  son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos  de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su  corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos  en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el  reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para  comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente  solidaria del género humano y de su historia”. (Proemio, Gaudium et spes)

Este conocido texto del Vaticano II –a los 50 años de su convocatoria- sin duda que nos conecta de inmediato con nuestro congreso y en concreto con algo muy familiar los dolores y gozos de los laicos en la vida de nuestra Iglesia.

I.       LAICO, EL FIEL DE CRISTO PARA EL MUNDO:

 

¿Qué no es la espiritualidad laical?

  1. Prácticas espirituales. No confundir la beatería o cucufatería con la espiritualidad auténtica. Ni siquiera hemos de pensar que es solamente algo cultual: novenas, procesión,…Hay que vivificar todas estas prácticas. De cultual a cultural, de doctrinal a comprometido con la vida.  En este sentido hemos de cuidar en vivificar las numerosas prácticas cultuales
  2. Sustitutos del clero. No hay que olvidar que no somos religiosos ni sacerdotes ministeriales; ellos dejan el mundo por el convento. Nuestro monasterio, nuestra celda son las calles, las clases, la familia, el trabajo… Hay que evitar el peligro de clericalizarnos, de recargarnos de funciones y de actividades eminentemente propias de sacerdotes o de religiosos.

A este propósito cuenta el Beato Cardenal Newman: “Cuentan que un recién convertido preguntó al sacerdote la víspera de bautizarse cuál es el papel del laico en la Iglesia. Aquél le respondió: “La posición del laico en nuestra Iglesia es doble: ponerse de rodillas ante el altar, es la primera; sentarse frente al púlpito es la segunda”. El cardenal añadía con cierta ironía: “se le olvidó añadir una tercera: meter la mano en el portamonedas”.

 

¿Qué es?

  1. “Cristo-fideles” de a pie ungidos en el BAUTISMO por el Espíritu. Triple unción: profética, sacerdotal, regia.

 

“Ungidos por el Espíritu Santo en el bautismo y la confirmación, el cristiano puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres” CFL (Christifideles laici, 13).

  1. En las circunstancias ordinarias de la vida diaria. En la calle.

 

Lo que caracteriza con más fuerza a los laicos no es tanto la espiritualidad propia de todo bautizado sino su secularidad, su vivencia del cristianismo en las realidades temporales, fuera de los ámbitos conventuales. Se trata de rescatar su lugar teológico, más allá del lugar sociológico. El grito paulino “Para mi vivir es Cristo” (Flp. 3,7-11) debe traducirse en un estar en el mundo pero sin ser.

Nuestra vida persigue el convertir la prosa cotidiana, lo ordinario (nuestro trabajo, nuestras relaciones…) en un extraordinario poema heroico.

“Los fieles laicos han de considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándolos a la comunión con Dios en Cristo”, CFL 17.

Las “dimensiones esenciales de la espiritualidad del laico serán: encontrar al Señor en las realidades temporales, dar a sus actividades el sentido de la caridad cristiana, renovar su presencia e identidad cristiana con la Palabra de Dios, la Eucaristía, los sacramentos y la oración” Puebla, III CELAM, nn. 796-8.

“Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo en la competencia profesional, en el trabajo, en la familia, en el servicio social y político son ocasiones providenciales para un continuo ejercicio de la fe, esperanza y caridad” CFL 59

  1. Estar sin ser. En el mundo, para el mundo, por el mundo, desde el mundo, pero sin ser del mundo, sin mundanizarnos. Toda nuestra tarea la desarrollamos no como un revestimiento o ropaje, sino como el ámbito natural de santificación, lugar teológico, en el que se desarrolla su vida. Amamos al mundo porque Dios lo hizo bueno, y porque -si el hombre lo hace malo por el pecado- nosotros tenemos el deber de restaurar todo en Cristo.
  2. Cumplimiento ejemplar del deber de estado, nuestra profesión, para renovar el orden temporal. El trabajo es cantera de todos los valores humanos. Les proporciona el material indispensable. Reflexión, constancia, responsabilidad, corazón viven y se desarrollan en el mundo sin fin del trabajo, entendido en su sentido más amplio. Para un bautizado, trabajo, amor, es toda su vida. La vida para él se reduce a trabajar amando, o amar trabajando, con y en Jesús, a vivir «en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma» (Ef 5,2). Trabajo para extirpar defectos y plantar virtudes. León XIII denunciaba como «cosa vergonzosa e inhumana, explotar a los hombres como si fuesen mercancías» (Rerum novarum). Hoy se olvida que la dignidad del trabajo, sea manual o intelectual, arranca de la grandeza sublime de la persona humana que lo presta.
  3. Vocación universal a la santidad; “sed perfectos”.

 

“La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las realidades terrenas” CFL, 13. Por otra parte, toda la actividad secular, que tan profundamente está herida por el pecado, ha de ser santificada por Cristo en los cristianos y a través de ellos. Según esto, «es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de instaurar rectamente el orden de los bienes temporales, ordenándolos hacia Dios por Jesucristo. Corresponde a los pastores manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo, y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el orden de las cosas temporales. Pero es preciso que los laicos asuman como obligación suya propia la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, actúen directamente y en forma concreta» (Vat.II, AA 7de). Santos en el mundo antes de que naciesen las modernas instituciones seculares: Contardo Ferrini, catedrático de Universidad; José Moscati, médico de Nápoles; Matt Talbot, cargador de muelle; Claudio López Bru, marqués de Comillas, financiero; J. Dorado, empleado de Banco martirizado en el Cerro de los Ángeles; León Harmel, empresario en Vals-les-Bois… «No sólo se ha de hacer buena la profesión y santificarla. Debe ser considerada como santificante, como camino de perfección» (Pablo VI a los juristas católicos, 15-XII-63).

  1. En todos los lugares: la familia, iglesia doméstica; la vida cívica: asociaciones profesionales, locales, políticas, sociales, culturales…Hay que promover un sano humanismo cívico en el compromiso de un mundo más justo y solidario. Ello conlleva una participación en asociaciones barriales, cívicas…Los nuevos areópagos como las redes sociales, el 6º planeta.

 

II.      NUESTRA RESPUESTA A LOS DESAFÍOS ACTUALES

 

Cada uno de nosotros -como nos dijese el penúltimo sínodo de los obispos sobre la palabra de Dios en la Iglesia- es fruto de una Palabra: Las mías fueron escuchadas en unos Ejercicios Espirituales: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”…”El que sabe hacer bien y no lo pone en práctica, peca”. Y en un Movimiento, la Milicia de Santa María, al que pertenezco desde los 15 años. Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra

  1. La Nueva Evangelización (en su ardor, expresión y métodos) o se hace con los laicos o no se hace. Y si nosotros, laicos cualificados, no nos ponemos en marcha, la movilización del laicado quedará en proyecto. “Hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (Puebla) en los nuevos areópagos. Imaginación de la caridad. Santos laicos: La mayor necesidad de nuestro tiempo: Responder a los retos del secularismo y relativismo posmoderno: Ayuda a los pobres Diálogo interreligioso. Entre los retos actuales más importantes cabe enunciar: Guerras catastróficas, Desequilibrio ecológico, Derechos humanos, Comprometerse en la defensa de la vida humana, Las biotecnologías, Valores humanos, La caridad como servicio: la política, la economía, la familia, la cultura…
  2. Laicos en marcha. La llama si no se propaga, se apaga. Hay en la curación del endemoniado de Gerasa un claro modelo de lo que debe ser el apostolado laical. El que ha sido curado por Jesús quiere seguirle, “dejar el mundo”, pero el Señor le da otro mensaje: “Vete a tu casa y a los tuyos y cuéntales cuanto el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de Ti. Y él se fue y comenzó a predicar en la Decápolis cuanto le había hecho Cristo” (Mc 5, 19).Soy otro Cristo. Hoy Cristo no tiene otra boca, otros pies, otro corazón que el mío. Me espera la Universidad, me esperan los Pueblos Jóvenes, las familias, los medios de comunicación, los niños, los hermanos separados en las sectas…Todos buscan sin saberlo la seguridad maternal de la Iglesia, “una roca, pero una roca que navega” (Pablo VI).
  3. Nos urge a todos descubrir nuestra propia vocación y disponibilidad para vivirla en la misión. Decía Teresa de Calcuta que lo importante en la vida es tener una vocación y entregarse a ella por entero. Decía León XIII: No hay profesiones indignas, sino indignos profesionales. Tu profesión para la misión.
  4. Formación integral para vivir como miembro de la Iglesia y de la sociedad (CFL 59); corazón de la Iglesia en la sociedad y corazón de la sociedad en la iglesia, de acuerdo con las áreas siguientes:

 

  • Área instrumental: Idiomas, informática, mass media, estilo pedagógico, formación catequética, oratoria-redacción-pensar creativamente, dinámica de grupos…
  • Área propia de cada instituto: Dar razón de nuestra esperanza: Fundador, historia de la espiritualidad, estilo genuino, Constituciones…
  • Área teológica: fundamental, dogma, moral, Sagrada Escritura, Formación espiritual (oración viva, liturgia activa, sacramentos dinámicos, María), Pastoral, Derecho Canónico
  • Área antropológica:

 

  1. El hombre: Quién es (Antropología), Cómo es (Psicología), Cómo debe ser (Pedagogía; asunto capital de nuestra exposición); Por qué (Ética).
  2. Ser social: Doctrina Social de la Iglesia…
  3. Ser histórico: Síntesis histórica, desde la realidad del hombre actual, conectando con la filosofía, cultura, economía, política…

 

Cuatro puntos cardinales en la forja de hombres según el P. Morales: Mística de exigencia, espíritu combativo, cultivo de la reflexión, escuela de constancia.

  1. Actualidad y belleza de nuestra misión. Transformar el mundo desde dentro. No podemos dejar a la jerarquía o a los consagrados el protagonismo de la evangelización. Todos somos Iglesia

 

Un gran desafío, transformarse en agente de una nueva síntesis entre la máxima adhesión posible a Dios y a su voluntad y la máxima participación posible en las alegrías y esperanzas, angustias y dolores del mundo, para orientarlos hacia el proyecto de salvación integral que Dios Padre nos ha manifestado en Cristo y que continuamente pone a nuestra disposición por el don del Espíritu Santo.

Testigos de Cristo.  Levadura y sal del mundo

  1. En la Escuela de María, nuestro modelo

 

María. Ella vivió siempre en su casa, sin necesidad de buscar un lugar especial en un monasterio o convento. El mariscal alemán, Hindenburg, decía que en su tienda de campaña figuraba la imagen de la Virgen porque en ella veía “la encarnación de los valores que necesito para mi vida”. El primero de ellos, el “fiat”, “hágase” (generosidad de la Anunciación), “stabat” (perseverancia junto a la cruz del Calvario), maduraba todas las cosas en su corazón, en Caná (“haced lo que Él os diga”), en grupo (perseveraban unánimes en la oración, con María).

CONCLUSIÓN CON LA PALABRA DE NUESTROS PASTORES Propuestas del reciente Sínodo de la Nueva Evangelización, la “Lumen Fidei”,  y la Jornada Mundial de la Juventud en Río:

EL ROL DE LOS FIELES LAICOS EN LA NUEVA EVANGELIZACIÓN (SNE, 45J

La vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las estructuras terrenas, para que cada comportamiento y actividad humana sea informada por el Evangelio. Este es el motivo por el cual es tan importante orientar a los laicos cristianos hacia un conocimiento íntimo de Cristo, a fin de formar una conciencia moral por medio de una vida en Cristo. El Concilio Vaticano II señala cuatro aspectos principales de la misión de los bautizados: el testimonio de sus vidas, las obras de caridad y de misericordia, la renovación del orden temporal y la evangelización directa (cf. Lumen Gentium, Apostolicam actuositatem). De esta manera, serán capaces de dar testimonio de una vida que sea verdaderamente coherente con su fe cristiana, como individuos y como comunidad.

LOS JÓVENES Y LA NUEVA EVANGELIZACIÓN (SNE, 51)

En la Nueva Evangelización, los jóvenes no solo son el futuro sino también el presente (y regalo) en la Iglesia. No son solo destinatarios sino también agentes de evangelización, especialmente con sus coetáneos. Los jóvenes están en el proceso de búsqueda de la verdad y del sentido de la vida que Jesús, que es la Verdad, y su amigo, puede proporcionar. A través de cristianos adultos ejemplares, de los santos, especialmente los santos jóvenes, y a través de los ministros comprometidos con jóvenes, la Iglesia es visible y creíble para los jóvenes.

Donde quiera que estén, en casa, en la escuela o en la comunidad cristiana, es necesario que los evangelizadores encuentren a los jóvenes y pasen tiempo con ellos, que les propongan y los acompañen en el seguimiento de Jesús, les guíen a descubrir su vocación en la vida y en la Iglesia. Mientras que los medios de comunicación influyen mucho en la salud física, emocional, mental y espiritual de los jóvenes, la Iglesia, a través de la catequesis y de la pastoral juvenil, se esfuerza en capacitarles y equiparles para discernir entre el bien y el mal, para elegir los valores del Evangelio en lugar de los valores del mundo y a formar sólidas convicciones de fe. Las celebraciones de la Jornada Mundial de la Juventud y el YouCat, son herramientas especiales de la Nueva Evangelización.

MARÍA, ESTRELLA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN (SNE, nº 58)

El Concilio Vaticano II presentó a María en el contexto del misterio de Cristo y de la Iglesia (cfr. Lumen gentium, 52-68). El papa Pablo VI la declaró “Estrella de la Evangelización”. Ella es por lo tanto el modelo de la fe, de la esperanza y del amor. Ella es el primer apoyo que lleva a los discípulos al Maestro (cf. Jn. 2). En el Cenáculo, es la madre de los creyentes (cf. Hch. 1,14). En cuanto Madre del Redentor, María se convierte en testigo del amor de Dios: Ella cumple libremente la voluntad de Dios. Ella es la mujer fuerte, que junto con Juan, permanece al pie de la Cruz. Ella intercede siempre por nosotros y acompaña a los fieles en su camino hacia la cruz del Señor. Como Madre y Reina, es un signo de esperanza para los pueblos que sufren y los necesitados. Hoy ella es el “misionero” que nos ayudará en las dificultades de nuestros tiempos, y con su cercanía abrirá los corazones de los hombres y de las mujeres a la fe.

Fijemos nuestra mirada en María. Ella nos ayudará a proclamar el mensaje de salvación a todos los hombres y mujeres, para que ellos también puedan convertirse en agentes de evangelización. María es la Madre de la Iglesia. A través de su presencia, la Iglesia puede convertirse en un hogar para muchos y Madre de todos los pueblos.

PAPA FRANCISCO “LUMEN FIDEI”: Fe y bien común. La Doctrina Social de la Iglesia en acción

  1. Al presentar la historia de los patriarcas y de los justos del Antiguo Testamento, la Carta a los Hebreos pone de relieve un aspecto esencial de su fe. La fe no sólo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás. El primer constructor es Noé que, en el Arca, logra salvar a su familia (cf. Hb 11,7). Después Abrahán, del que se dice que, movido por la fe, habitaba en tiendas, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos (cf. Hb 11,9-10). Nace así, en relación con la fe, una nueva fiabilidad, una nueva solidez, que sólo puede venir de Dios. Si el hombre de fe se apoya en el Dios del Amén, en el Dios fiel (cf. Is 65,16), y así adquiere solidez, podemos añadir que la solidez de la fe se atribuye también a la ciudad que Dios está preparando para el hombre. La fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos. No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable.
  2. Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La unidad entre ellos se podría concebir sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar. La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza. La Carta a los Hebreos pone un ejemplo de esto cuando nombra, junto a otros hombres de fe, a Samuel y David, a los cuales su fe les permitió « administrar justicia » (Hb 11,33). Esta expresión se refiere aquí a su justicia para gobernar, a esa sabiduría que lleva paz al pueblo (cf. 1 S 12,3-5; 2 S 8,15). Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios.

 

EL EJEMPLO DE SANTO TORIBIO

Santo Toribio fue un joven laico que escuchó la voz del Señor y respondió generosamente. Toribio, vivía en el marco de una buena familia de Mayorga, pueblecito de Valladolid-León; Hizo su secundaria en Valladolid, en ese momento, el centro del mundo hispánico, luego en Salamanca, de ahí supo levantarse para ser juez inquisidor…y cuando tenía 39 años, simple laico, le llaman para ser arzobispo. Sintió que era superior a sus fuerzas, pero aceptó… Durante la juventud, estuvo a punto de ingresar en la orden cisterciense como recuerda una escultura del Museo Provincial de Salamanca. En Granada, ya como juez inquisidor, ve claramente que Dios le habla a través de la autoridad personificado en el Consejo de Indias, el Rey Felipe II y el Papa Gregorio XIII. Me impresionó en Huánuco como hay un colegio y convento fundados por la autorización del Santo y que fue debido a la petición popular. Él respondió a pesar de faltarle las órdenes ministeriales y movido por la necesidad del momento. El Perú tiene unos 10 millones de jóvenes, sólo en Lima hay más de 400 pandillas; miles de jóvenes lejos de Dios… ¿No sientes la voz del Señor? Él te dice: “Ven, sígueme; si no cuento contigo, laico, mi amigo…con quién voy a contar”. Así resume su vida su primer biógrafo, A. León Pinelo: “Fue su vida una rueda, un movimiento perpetuo, que nunca paraba. Y si la del hombre, es milicia en la tierra, bien mereció el título de soldado de Cristo Señor Nuestro, pues nunca faltó a lo militante de su Iglesia, para conseguir el premio en la triunfante, que piadosamente entendemos que goza”.

Su ejemplo sigue iluminándonos. Recuerdo lo que supuso para los GAM (Grupos de Apoyo Misionero) en Tacna, cuando veníamos desde España grupos de universitarios para trabajar en la Sierra, o los centenares de jóvenes tacneños que acudían a los poblados para tener una experiencia misionera.

Ser cristiano, fiel de Cristo, es ser misionero. Nos lo recuerda Aparecida. La campana de la misión nos recuerda que ahora nos toca a nosotros. UN MOMENTO CRUCIAL PARA EL MUNDO, PARA LA IGLESIA, PARA TI. Todos podemos, todos debemos, con el auxilio de María lo conseguiremos. Apoyemos al Papa Francisco, “dulce Cristo en la Tierra” en la tarea de “restaurar la Iglesia” “con olor a oveja y a pastor, hasta la periferia pero sin perder el centro”. Que el Señor y Nuestra Señora del Rosario nos lo concedan.

 

Categorías:Laicos

Acercamiento a una teología laical

Acercamiento a una teología laical en COMUNIDADES DE VIDA CON perspectiva liberadora[2]

Francisco Antonio Serna Gallego[3]

Fecha de recepción: 20 de mayo de 2012 Fecha de aprobación: 10 de julio de 2012

Resumen.

Este escrito aborda unos lineamientos iniciales para el desarrollo de una teología de corte laical referida a pequeñas comunidades de vida1 conformadas por laicos y laicas. Trata de articular una propuesta que considere los aspectos más importantes para el desarrollo de la tesis de que las comunidades laicales representan una manera auténtica de vivir el seguimiento de Jesús, son una propuesta apropiada y atractiva para la Iglesia actual, y podrían servir como base para la elaboración de una propuesta coherente de acción en dichas comunidades.

Palabras clave: Eclesiología, laicado, clero, comunión, misión.

 

Introducción

¿Cómo ser una comunidad laical activa y comprometida en la construc­ción del Reino de Dios, en un mundo secularizado, pluralista, desde una perspectiva liberadora y profética?

Esta pregunta se debe responder teniendo en cuenta la condición actual de los laicos y laicas en la Iglesia, así como su compromiso real en los diferentes ámbitos en los que interactúan, su vivencia de fe en comunidad y los aportes que hacen a partir de sus diferentes talentos, gracias y profesiones. Esto permitiría encontrar la contribución efectiva que se hace desde el laicado a la construcción del Reino en medio del mundo actual, con todas sus luces y sombras.

El presente artículo no pretende hallar una respuesta definitiva a la pregunta planteada, sino hacer un abordaje inicial del problema y dejar en los lectores la inquietud de encontrar una manera diferente de ser y hacer en la Iglesia, trabajando unidos como bautizados que son, sin diferencias insalvables y estableciendo sinergias a partir de las fortalezas mutuas para servir a los más necesitados de la sociedad.

EllaicoenlaIglesia

¿Quién es un laico o laica en la Iglesia? A mediados del siglo XX, antes del Concilio Vaticano II, el padre Yves Congar planteaba la situación que vivían en la cotidianidad eclesial los llamados laicos:

Aun siendo cristianos en pleno ejercicio en cuanto a la vida en Cristo, no tienen competencia o no tienen más que una competencia restringida en cuanto a los medios propiamente eclesiales de la vida en Cristo, medios que son de la competencia de los clérigos.. .[4]

El padre Congar afirma la importancia de legitimar el ejercicio cristiano de todos los bautizados. Manifiesta en sus escritos que los laicos y laicas tienen una vocación de compromiso con la justicia y la salvación cristianas dentro de las estructuras del mundo, y que deben propender siempre por la liberación social, política, económica, cultural y personal.

El compromiso del laico por llevar el mensaje liberador de Cristo al mundo que habita y quiere transformar se debe hacer desde la vivencia de la fe de cada uno de los fieles. Ésta ha de conducir a un imperativo verdaderamente cristiano que oriente su acción y tenga en cuenta que las opciones del creyente son opinables y falibles y, por tanto, ha de respetarse el pluralismo.

Después, en su obra, Congar anota: “.ser laico es correr, con todos los recursos que están en nosotros, la aventura de esta búsqueda de justicia y de verdad cuya hambre nos consume, y que es la sustancia misma de la historia humana”.[5]

Es necesario dar gran importancia al papel que juegan los laicos en el desarrollo de la historia de la humanidad, y por supuesto, en la historia de la salvación. El ser conocedor de primera mano de los elementos y de las situaciones de tipo seglar que se presentan, le otorga un lugar pri­vilegiado en las cosas del mundo.

Un laico es un hombre para quien las cosas existen: para quien su verdad no está como absorbida y abolida por una referencia superior. Pues, para él, cristianamente hablando, lo que se trata de referir al absoluto, es la realidad misma de los elementos de este mundo cuya figura pasa.[6]

El sentido original y bíblico de la palabra laico nace en la raíz griega laos, que significa pueblo. En el Antiguo Testamento se hacía referencia al pueblo elegido por Dios, en contraposición a los pueblos paganos, y no al pueblo común. Laico significa lo mismo que los tér­minos bíblicos discípulo, hermano, santo, cristiano. Por tanto, la igualdad fundamental entre todos los creyentes y bautizados es anterior a cualquier diferenciación que posteriormente se haya hecho entre los términos clérigo y laico. Dice Walter Kasper:

La gran obra del Concilio Vaticano II volvió a destacar este elemento común que une a todos los cristianos. Para ello, en la constitución de la Iglesia Lumen gentium incluyó un capítulo sobre el pueblo de Dios, antes de los capítulos sobre la jerarquía y los laicos, en el que se trata de la vocación y misión comunes para todos los cristianos, así como de su participación en el sacerdocio común de todos los bautizados y en el ministerio profético, sacerdotal y real de Jesucristo.[7]

Formasdeasumirellaicado

Se presentan varias formas de asumir el laicado, en particular, dos:

El laico de tipo pasivo, quien acepta las disposiciones del clero sin mayores problemas y sin hacer preguntas, no tiene conciencia de su papel en el desarrollo de la Iglesia, no asume responsabilidad ni adquiere compromiso alguno; su único objetivo es ser “buen cristiano”, cumplir con lo mínimo que se pide.

Otro es el laico de tipo comprometido, quien vive su fe de manera responsable, participa activamente de la liturgia, tiene sentido de pertenencia, es líder y empuja transformaciones en la Iglesia, igual que en la sociedad, comenzando por su comunidad más cercana; quiere vivir su vida con coherencia cristiana y con actitud crítica propositiva. En esta última forma de asumir la condición de laico se halla el sustrato para la conformación de comunidades laicales de vida.

Se enfrentan, sin embargo, dos problemas muy frecuentes: el primero se refiere a las pocas personas que desean comprometerse con este estilo de vida; el otro consiste en que, a nivel de la interacción con el clero, el liderazgo es asumido de manera general por los presbíteros, relegando al laico a un segundo plano. Muchas veces, sus servicios son requeridos en tareas no apropiadas a su condición de miembro activo y propositivo, con lo cual pierde fuerza la misión laical en el mundo y se convierte tan solo en “colaborador de segundo nivel” del clero.

Comuniónymisióndelclero-laicado

Es urgente que se pase de una Iglesia patriarcal, clerical y jerárquica a una Iglesia más incluyente, participativa y equitativa en la cual todos los bautizados sean corresponsables en la construcción del Reino, para desarrollar las tareas propias y apoyar las labores de los otros, de acuerdo con la misión particular de cada quien; todo esto, en un ambiente de camaradería y solidaridad, sin protagonismos innecesarios.

En el Concilio Vaticano II quedó claro que la Iglesia es principal­mente comunión o koinonia entre bautizados, orientados hacia la mi­sión. Una Iglesia así constituida será capaz de atraer con mayor facilidad a quienes nunca han pertenecido a ella, e incluso a quienes la han abandonado. En la comunión está el fundamento de la fecundidad de la misión. La comunión es de por sí misionera, pues mediante ella la Iglesia se presenta y actúa como sacramento visible de unidad salvífica.

Sin embargo, ¿cuál es el camino de comunión entre bautizados? Fundamentalmente, la unidad en la pluralidad, como lo presenta la ecle- siología de la comunión. En las inevitables situaciones de conflicto que puedan surgir, la actitud de todos los miembros de la Iglesia no ha de ser aplastar al que discrepa, ni conseguir la paz pasando por encima de las personas, o la primacía del modelo jefe-subalternos; la única alternativa evangélicamente válida, según Jesús, es el amor al hermano, el servicio liberador y desinteresado. De acuerdo con el Concilio Vaticano II:

.ello exige que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Los lazos de unión de los fieles son muchos más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.[8]

Comunión sin misión hace que se constituya una Iglesia sectaria; misión sin comunión tiende a la dispersión de esfuerzos sin comunidad de apoyo, sin formar verdaderamente Iglesia.

De lo expuesto hasta aquí se puede colegir que todos los bautizados son laicos, porque hacen parte del pueblo de Dios, con diferentes mi­nisterios, carismas y vocaciones, pero que tienen la misma dignidad de hijos de Dios, están unidos por el Espíritu de Cristo que anima a su Iglesia y la empuja a la misión de evangelizar el mundo, que corresponde a todos y todas.

La comunión de los cristianos es la manifestación de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión trinitaria, de su vida eterna. La oración de Jesús por la unidad de los cristianos es la oración dirigida al Padre, para que se cumpla su diseño de salvación.

UnidadenlaIglesia

Las divisiones entre los cristianos están en abierta contradicción con la verdad que se empeñan en difundir, y por ello, hieren gravemente su misión.

Los resultados de la evangelización del mundo están íntimamente ligados al testimonio de la unidad de la Iglesia. La Iglesia en comunión no solo reúne a todos los creyentes, sino se prolonga a la unión con Dios y con los hermanos, hasta abrazar a la humanidad entera. Lo hace testimoniando de palabra y de obra la Buena Nueva de Jesucristo, quien no vino al mundo a “ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45).

En este sentido, la misión de los laicos, revalorizada en la eclesio- logía de comunión, desempeña una función muy importante, pues son quienes “están llamados a actuar en las realidades temporales y en el campo de sus capacidades para la construcción de una sociedad im­pregnada de los valores evangélicos”.[9]

Corresponde al laico llevar el mensaje del Evangelio a todos los ambientes de la sociedad, incluso el político; y tiene la responsabilidad de pronunciar una palabra autorizada y sustentada desde el Evangelio en todos los campos de la actividad humana.

Para ello, se requieren fieles debidamente formados, capaces de mantener un diálogo con el mundo y con la cultura de hoy; que sean a la vez cristianos con fe adulta y probada, pues la Iglesia sabe que en su peregrinaje ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones, además de persecuciones. El campo de acción del laico es el mundo mismo, “el ámbito de los asuntos temporales”, como diría Yves Congar, de acuerdo con las condiciones propias y personales de cada quien.

Por tanto, su primera labor es cumplir muy bien con las tareas seculares que le corresponden: ser buen padre o madre, cónyuge, veci­no, profesional, estudiante, deportista; dar ejemplo y testimonio de vida cristiana responsable y sana. Luego estaría el compromiso con la trans­formación del mundo, para hacerlo más humano, optando por quienes sufren las injusticias, insolidaridades, penurias, marginación, es decir, los más necesitados de la sociedad.

Misiónpropiadellaico

De acuerdo con el Concilio Vaticano II, corresponde a los laicos la mi­sión de sanear las estructuras del mundo desde dentro de los diferentes ambientes en los que intervienen cotidianamente.[10] Han de evangelizar a las personas con quienes interactúan; y además, acercar las estructuras que habitan y conocen al ideal del Reino. Y en sentido contrario, deben llevar al interior de la Iglesia su experiencia de vida, preocupaciones, in­terrogantes, expectativas del ser humano en el mundo actual.

Finalmente, deben comprometerse apostólicamente -tanto de manera personal como comunitaria, sobre todo, de esta última forma-, pues así será más fácil y satisfactorio realizar la labor, cuidar de la propia espiritualidad, formarse de manera integral para la misión, madurar su pertenencia e identidad como miembros de la Iglesia, discernir la voca­ción, así como el compromiso cristiano, y por último, dar verdadero testimonio de fraternidad y de unión.

La identidad laical debería nacer de un seguimiento de Cristo ver­dadero y consciente, al encarnar los sentimientos y actitudes del Señor; y al ponerse de manera incondicional al servicio del Reino de Dios renuncia a todo lo que no sea la voluntad del Padre, que es la felicidad plena para todos sus hijos e hijas.

Igualmente, el laico o laica ha de ejercer con propiedad su calidad de miembro activo de la Iglesia, con pleno derecho y autoridad de acción, pero también con obligaciones y responsabilidades; ha de ser un real creyente practicante, por lo que debería acudir con regularidad a la eucaristía y alimentar así una intensa práctica sacramental; ha de experimentar una vida de oración en la cotidianidad y leer hermenéuticamente la Palabra; y por último, debe tener un acompañante espiritual que lo escuche y apoye en este camino, vivir con radicalidad el seguimiento evangélico según el espíritu de las bienaventuranzas y preocuparse por su formación permanente, para mejor amar y servir.

 

perspectivaliberadoradelamisiónlaical

¿Cuál sería entonces la forma más adecuada de vivir esta misión laical? He aquí algunas pistas sobre una laicidad comprometida con los aspectos políticos y de justicia social, vivida como verdadera comunidad de creyentes cristianos, que desde una perspectiva liberadora trabaja para el pueblo de Dios:

La comunidad cristiana puede significar la puerta de entrada (desde el punto de vista del pueblo) a la política como compromiso y práctica en búsqueda del bien común y de la justicia social. El cristianismo es la religión del pueblo; todo lo entiende y lo organiza a partir de ello; un cristianismo que se religa a las expectativas y demandas de los oprimidos emerge como liberador y la comu­nidad de base como liberadora. Se percibe que en las comunidades, el capital simbólico de la fe constituye la fuente, casi única, de motivaciones en orden al compromiso político; el Evangelio y la vida de Jesús llevan a la liberación de las injusticias. Conviene, sin embargo, advertir que se trata únicamente de un primer paso; detrás de él vendrá el paso analítico y entonces la política aparecerá como campo en su autonomía relativa; no se hace dimisión de la fe, sino que ésta adquiere su verdadera dimensión de mística de animación que apunta a una liberación que trasciende la historia y permite verla ya anticipada históricamente en el proceso liberador de la sociedad que gesta formas menos inicuas de convivencia.[11]

Esta manera de abordar la laicidad hace que el creyente redimen­sione su acción dentro de la Iglesia y señala campos muy claros en los cuales intervenir, aportando todas sus capacidades y carismas a la cons­trucción del Reino. De aquí se desprende que una teología laical de perspectiva liberadora, para ser verdaderamente evangélica, debe op­tar preferencialmente por los más pobres: debe ir más allá del orden establecido, rompiendo con las expectativas y exigencias que éste im­pone; debe ser una teología de la praxis, no como reacción moral de la comunidad cristiana ante el estado de injusticia y marginación de la mayoría de la población, sino como praxis del Evangelio de Jesús, con el poder de transformar, de cambiar lo que destruye la dignidad del ser humano; por tanto, debe ser netamente bíblica, con la hermenéutica adecuada para evitar el fundamentalismo.

La misión laical ha de tener un marcado carácter profético. Se debe prestar atención a la dimensión pública de la Palabra de Dios, tal como aparece en las Escrituras, especialmente en los libros proféticos. Es importante no olvidar la nota característica de la Iglesia cuando ha querido ser profética: la persecución. Si el cristiano ha de dar testimonio de su fe y de su esperanza para la transformación de este mundo, necesariamente debe enfrentarse a los intentos religiosos y políticos para acallarlo.

La eclesiología de comunión, en la cual reine la equidad, la verdad y el deseo de ser siempre mejores en el servicio a los demás, es la manera más auténtica de vivir el cristianismo. Las pequeñas comunidades laicales son un buen sustrato para que se desarrolle esta eclesiología, sin la dependencia del clero y sin romper la comunión con los demás cristianos.

Una eclesiología de comunidades laicales no solo tiene gran im­portancia teológica, sino está cargada de consecuencias sociales. Un cris­tianismo con mentalidad comunitaria y congregacional puede prestar innegables contribuciones a la tarea de transformar este mundo tan carente de democracia en todos sus ámbitos. La comunión debe incluir, además, otras confesiones religiosas cristianas, al promover un fructífero diálogo ecuménico que enriquezca a todos y que acerque sensibilidades tanto de católicos como evangélicos y protestantes.

La salvación de la humanidad es aquí y ahora, transcurre en la historia del hombre en su relación con otros hombres y con Dios, no fuera de ella. Esta es la manera como el laico puede transformar y aportar a la historia de la salvación. Ignacio Ellacuría propone una visión desde la praxis histórico-social en el anuncio de la salvación:

El signo de credibilidad que es la Iglesia debe realizarse en la praxis histórico-social. La salvación debe ser anunciada pero debe ser anunciada significativamente, y la condición de signo exige atender tanto lo que debe ser significado como a quien debe significarse. Lo que debe ser significado es la salvación total del hombre por su intrínseca deificación y a quién debe ser significado es al mundo de hoy, empeñado en la salvación de la historia que lleva sobre sus hombros. Y es así la salvación en la historia el signo actual de la historia de la salvación.[12]

Eclesiologíadecomuniónyteologíadelaliberación

Para el cristiano, la Iglesia debe ser sacramento de salvación y liberación histórica aquí y ahora; de ahí que la opción preferencial por las más pobres y necesitados construye el camino de salvación del mundo. Al respecto, Juan Pablo II anota:

La atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera pre­ferencial a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede ser interpretado como signo de particularismo o de sectarismo; amando a los pobres el cristiano imita las actitudes del Señor.[13]

La eclesiología de comunión que se puede vivir al interior de las pequeñas comunidades laicales permite que se lleve al interior de la Iglesia la dimensión comunitaria-popular de la evangelización y la liturgia, la educación de la fe y la vida apostólica comunitaria con perspectiva laical. La eclesiología de comunión es integradora y propicia la solidaridad que lleva a la liberación.

El seguimiento a Cristo exige una solidaridad que parta del testi­monio auténtico de pobreza evangélica, desde el estilo de vida personal del cristiano hasta las estructuras eclesiales, y que lleve hasta el encuentro con el otro, de manera pobre y humilde. La opción preferencial por los pobres, en una Iglesia solidaria, tiene un gran potencial evangelizador y posibilita contraponer una cultura de vida, a la luz del Evangelio, a la cultura de la muerte que impone el sistema social actual.

Es vital, para la supervivencia de la Iglesia, que todos sus miem­bros tomen conciencia de su situación como “pueblo de Dios”, com­prometiéndose con lo que les corresponde hacer desde sus particulares posiciones en la sociedad y en la Iglesia misma, haciéndose más cercanos con los necesitados, con los excluidos; y también -con la autonomía necesaria respecto de las estructuras jerárquicas- salvaguardando su voz y su opinión acerca de los temas cruciales del mundo actual. Se debe aportar de manera ilustrada, razonable, y buscar soluciones conjuntas entre todos los bautizados. Y se ha de tener presente que la construcción del Reino ha de hacerse tal y como lo enseñó Jesús.

Conclusión

Para acercarse a la respuesta de la pregunta planteada en la introducción del presente documento, es iluminador el siguiente pronunciamiento del magisterio de la Iglesia, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI, que trata el tema de las pequeñas comunidades laicales y la manera como deberían operar luego del Concilio Vaticano II:

Estas comunidades […] buscan su alimento en la Palabra de Dios y no se dejan aprisionar por la polarización política o por las ideologías de moda, prontas a explotar su inmenso potencial humano; evitan la tentación siempre amenazadora de la contestación sistemática y del espíritu hipercrítico, bajo pretexto de autenticidad y de espíritu de colaboración; permanecen firmemente unidas a la Iglesia local en la que ellas se insertan, y a la Iglesia universal, evitando así el peligro muy real de aislarse en sí mismas, de creerse, después, la única auténtica Iglesia de Cristo y, finalmente, de anatematizar a las otras comunidades eclesiales; guardan una sincera comunión con los pastores que el Señor ha dado a su Iglesia y al magisterio que el Espíritu de Cristo les ha confiado; no se creen jamás el único destinatario o el único agente de evangelización, esto es, el único depositario del Evangelio, sino que, conscientes de que la Iglesia es mucho más vasta y diversificada, aceptan que la Iglesia se encarne en formas que no son las

 

de ellas; crecen cada día en responsabilidad, celo, compromiso de irradiación misioneros; se muestran universalistas y no sectarias.[14]

Esta exhortación muestra el deber ser -según el magisterio- de las pequeñas comunidades cristianas que desean permanecer fieles al mensaje evangélico, incrustadas en las entrañas mismas de la Iglesia universal, al pretender llevar la Buena Noticia del Reino a todas las esferas con las que se relacionan. Se plantea entonces el reto de vivir la vida corriente en comunidad, amando y respetando a los hermanos con quienes se comparte la cotidianidad, y también con quienes no hacen parte directa del grupo de referencia.

Finalmente, resultan programáticas las palabras del padre Jesús An­drés Vela, S.J., que se refieren al paso de una Iglesia vertical y centralizada a una Iglesia más horizontal conformada por pequeñas comunidades:

De una institución fuertemente monárquica y centralizadora pasamos a una Iglesia más carismática y profética, unida por vivencias litúrgicas de fe y de caridad. Los pastores serán puntos de unión como representantes de Cristo- cabeza, interpretando los carismas de la comunidad a la luz de una viva tradición apostólica. Así el pueblo cristiano puede mantenerse “fiel” a la memoria del acontecimiento pascual.[15]

El camino está claro: la vida comunitaria es, para la Iglesia, una propuesta actual, apropiada para los tiempos de hoy; cumple con los ideales evangélicos de unión y amor entre los hermanos que siguen -jun­tos en comunidad- el ejemplo dado por Jesucristo.

Bibliografía

Andrés, Jesús. Las comunidades de base y una Iglesia nueva. Buenos Aires: Guadalupe, 1969.

Boff, Clodovis. “Epistemología y método de la teología de la liberación.” En Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, dirigido por Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, I, 79-113. San Salvador: UCA, 1993.

Boff, Leonardo. Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia. Santander: Sal Terrae, 1980.

Concilio Vaticano II. “Constitución Lumen gentium”, En Documentos completos del Concilio Vaticano II, 30-38. Bogotá: Paulinas, 1995.

____ . “Constitución pastoral Gaudium etspes.” En Documentos com­pletos del Vaticano II, 135-220. Bogotá: Paulinas, 1995.

Congar, Yves. Jalones para una teología del laicado. Barcelona: Estela, 1965.

Ellacuría, Ignacio. Teología política. San Salvador: Secretariado Social Interdiocesano, 1973.

Juan Pablo II. “Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Bra­sil”, L’Osservatore Romano, 30 de mayo de 1995, 4.

Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in America. Bogotá: Paulinas, 1999.

Kasper, Walter. “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mun­do.” En Selecciones de teología 110 (1989): 101-110.

Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Bogotá: Paulinas, 1975.

 

[2] Escrito de reflexión realizado para el seminario “Introducción a los métodos sistemáticos” en la Maestría de Teología, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, dirigido por el profesor Edgar López.

[3] Estudiante de primer semestre de la Maestría de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá; Ingeniero Agrícola de la Universidad Nacional de Colombia; egresado del Seminario de Planificación Pastoral de la Casa de la Juventud de la Compañía de Jesús y la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana. Expresidente y miembro activo de la asociación laical Comunidad de Vida Cristiana de Colombia-CVX; miembro del equipo de pastoral juvenil de la Casa de la Juventud. Correo electrónico: servinet_ltda@yahoo.com

1 Una comunidad de vida es un grupo de personas asociadas con el objeto de llevar una vida en común, basada en la permanente ayuda mutua. El grado de vida común y de ayuda mutua varía ampliamente según la comunidad. En todas las culturas y todos los tiempos han existido diversas clases de comunidades; la primera forma natural e indiscutible es la familia, luego viene la sociedad en general y sus distintas divisiones.

[4] Congar, Jalones para una teología del laicado, 38.

[5] Ibid., 42.

[6] Ibid., 45.

[7] Kasper, “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, 2.

[8] Concilio Vaticano II, “Constitución pastoral Gaudium et spes”, 92.

[9] Juan Pablo II, “Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Brasil”, 19.

[10] Concilio Vaticano II, “Constitución Lumengentium”, 30-38.

[11] L. Boff, Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia, 67.

[12] Ellacuría, Teología política, 50.

[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America, 58.

[14] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 58.

[15] Andrés. Las comunidades de base y una iglesia nueva, 14.

Categorías:Laicos

Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2014

Categorías:Accion Catolica

El debate teológico sobre la secularidad cristiana

El debate teológico sobre la secularidad cristiana

(1930-1990)

Josep-Ignasi SARANYANA

 

Resumen. Las enseñanzas de Pío XI sobre naturaleza de la Acción Católica abrieron un amplio debate sobre la condición teológica de los seglares o laicos y la distinción entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común o real. Paul Dabin fue el máximo teórico de la cuestión. Después 1940 la reflexión se abrió a considerar si lo propio del laico es su relación con el mundo. Así, por ejemplo, Yves Congar y Gérard Philips. Karl Rahner dio otro giro a la discusión: la condición laical no se define exclusivamente por la inserción en el mundo. Esto sólo sería la condición material. Según Pedro Rodríguez quedaba por determinar lo característico y específico de la condición laical. Esto sería, siguiendo Lumen gentium, que: «a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios». Aquí cabe recordar —con la predicación de San Josemaría Escrivá— que el Señor quiere entrar en comunión de amor con cada uno de sus hijos, en la trama de las ocupaciones de cada día, en el contexto ordinario en el que se desarrolla la existencia.

Palabras clave: Acción Católica, laicado, Yves Congar, Karl Rahner, Josemaría Escrivá, Vaticano II.

Abstract. The teachings of Pius XI on the nature of Catholic Action gave rise to a wide debate regarding the theological conditions of the laity and the distinction between the ministerial priesthood and common or royal priesthood. Paul Dabin was the foremost intellectual figure on this question. After 1940, the concern extended to the question on whether one’s relationship with the world is deemed to be what is most proper of the lay person. Examples of this line of thinking are Yves Congar and Gérard Philips. Karl Rahner gave a different twist to the debate claiming that the lay condition is not exclusively defined by one’s insertion in the world. The latter is but a material condition. Pedro Rodríguez points out that what is characteristic and specific of the lay condition remained unanswered, which in Lumen Gentium is articulated as follows: «by reason of their special vocation, it belongs to the laity to seek the kingdom of God by engaging in temporal affairs and directing them according to God’s will». This reminds us —echoing the preaching of St. Josemaria Escrivá— that God wants to enter into a communion of love with each one of his children, in the network of one’s daily occupations, in the ordinary context of one’s existence.

Key words: Catholic Action, laity, Yves Con- gar, Karl Rahner, Josemaría Escrivá, Vatican II.

1.      Prenotandos y definiciones

Ya desde su primera encíclica Ubi arcano, de 23 de diciembre de 1922, Pío XI comenzó a tratar el tema de la Acción Católica. Al principio, como es bien sabido, se alineó con las directrices de León XIII y San Pío X. Seis años más tarde, sin embargo, en su exhortación apostólica Cum ex epistula, de 15 de agosto de 1928, el Pontífice ya había madurado sus ideas acerca de la Acción Católica, que describía como un compromiso personal, serio y exigente, una elección singular para una empresa que no distaba mucho del oficio sacerdotal. Pocas semanas después, el 13 de noviembre, en su exhortación apostólica Quae nobis dirigida al cardenal de Breslau, presentaba a los fieles adscritos en la Acción Católica como colaboradores del apostolado jerárquico. Estas precisiones técnicas pasaron a las normas concordatarias, recogidas en el Tratado de Letrán, de 11 de febrero de 1929, por las que el Reino de Italia, entonces bajo el régimen fascista, se comprometía a reconocer «las organizaciones de la Acción Católica italiana, en cuanto que, por decisión de la Santa Sede, habrían de desarrollar sus actividades […] bajo la dependencia inmediata de la Jerarquía eclesiástica».

Ya con anterioridad, en agosto de 1926, Pío XI había señalado que «desde los tiempos apostólicos [habían existido] colaboradores en el Apostolado»; y en la citada carta de 1928 al Cardenal de Breslau, el papa descubría los orígenes de la Acción Católica en la primitiva Iglesia: «A decir verdad, se trata de una obra que no fue desconocida en tiempos de los Apóstoles». Esta rápida evolución de las nociones teológico-canónicas, que acabo de recordar, es suficientemente conocida y no voy a detenerme más en ella. Las importantes intervenciones de Pío XII en 1951, precisando algunas cuestiones terminológicas, sólo llevarían a sus últimas consecuencias los conceptos acuñados por su antecesor en la sede romana.

Es conocido también que los documentos de Pío XI recién mencionados causaron una cierta perplejidad en los ambientes teológicos católicos más perspicaces, que detectaron una solución de continuidad entre el magisterio de León XIII y San

Pío X, por una parte, y las nuevas ideas de Pío XI. Un texto expresivo de la sorpresa que las directrices pontificias de Pío XI habían causado se publicaba el 20 de septiembre de 1928, en el semanario católico Autorité, editado en Bruselas. Ese artículo se titulaba: «Acción directa o indirecta». Tomo esta noticia de Paul Dabin, jesuita belga del que hablaremos ampliamente. El artículo bruselense resumía la cuestión con acierto y, por otra parte, con la prudencia que en aquellos años se requería a la hora de discrepar de las directrices pastorales vaticanas:

«Dos medios hay para combatir el socialismo antirreligioso. El uno indirecto, que fue el primero que se ensayó [se refiere a León XIII y Pío x], consistente en la creación de obras destinadas a enfrentarse con los socialistas, y cuya finalidad, que no es otra que la de poner coto a la propaganda del error socialista, está disimulada por el atractivo de las ventajas materiales [sic]. Ante los resultados bien poco satisfactorios de este método, se ha adoptado otro simultáneo y directo, que consiste en preservar a la juventud obrera por medio del movimiento jocísta. Este segundo sistema ha resultado excelente y ha obtenido pleno éxito. Cabe, por tanto, entrever y aun desear la desaparición de múltiples obras sociales cristianas. No serán ya necesarias las mutualidades, las cooperativas, las agrupaciones profesionales, porque todos sus servicios serán bien pronto absorbidos oficialmente por el Estado. No deben, por consiguiente, los católicos distraer sus actividades en tanto terrenos diversos; basta con el método directo, basta con la Acción Católica» .

Desde el punto de vista teológico, el texto bruselense pre-anunciaba un debate de gran alcance sobre la secularidad cristiana, al que procuraremos seguir la pista, en la medida en que el tiempo nos lo permita.

1.  Antes de la Segunda Guerra Mundial

2.  Los términos del problema según Paul Dabin

El jesuita belga Paul Dabin gozaba por aquellos años de Pío XI, y aun después de la segunda guerra mundial, de muy merecida fama. Había destacado ya en 1926 por sus posicionamientos contra Charles Maurras . Pero descollaría, sobre todo, como teólogo de la Acción Católica.

Su libro titulado L’Action catholique. Essai de synthèse, aparecido en 1929, inauguró una trilogía monográfica completada con: L’Apostolat laïque y Principes d’Action Catholique. La segunda obra de esta trilogía  fue particularmente alabada por L’Osservatore Romano . En ella, Dabin sostenía una tesis que convendrá no perder de vista: «Unidos a la jerarquía en su apostolado —decía—, los laicos están igualmente unidos a ella en su dignidad sacerdotal. Ellos tienen también, en un sentido que convendrá precisar, su sacerdocio» . Una dignidad, en definitiva, que confiere a sus adheridos una eminente condición que se compara a la dignidad misma del ministerio sacerdotal. En palabras del propio Pío XI, en la carta antes citada al cardenal de Breslau: «Cuantos procuran el incremento de la Acción Católica son llamados por una gracia enteramente singular de Dios a un ministerio que no dista mucho del sacerdotal, ya que la Acción Católica no es, al cabo, otra cosa que el apostolado de los fieles cristianos, los cuales, dirigidos por los Obispos, prestan su cooperación a la iglesia de Dios y completan en cierto modo su ministerio pastoral». «Los seglares —terminaba Dabin— se convierten de este modo en auxiliares irrecusables del clero» .

Esta definición de la Acción Católica era puesta en relación, por el mismo Pío XI, con el conocido texto de San Pedro (I Ptr 2, 9): «Sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa». La vinculación del citado pasaje petrino con la definición de la Acción Católica contenía en germen —según Dabin— «toda una teología sobre el estado seglar de los fieles, o para decirlo con un término apropiado, una laicología», que vendría a ser una parte del tratado De membris Ecclesiae .

Junto a la anterior tesis sobre el «ministerio cuasi-sacerdotal» de los fieles de la Acción Católica, conviene retener también otra: «El problema que plantea la Acción Católica —añadía Dabin— no es, pues, diferente del que plantea la religión. Se trata de la cuestión filosófico-teológica por excelencia: de la conciliación ortodoxa entre lo trascendente y lo inmanente por medio de la religión» .

Partiendo, además, de que no existen en concreto acciones indiferentes, puesto que toda acción humana roza de alguna forma con lo religioso y lo trascendente, Dabin se circunscribía a distinguir entre el objeto directo de la Acción Católica (sería lo religioso, es decir, el cuidado de la formación y de la santificación de sus adheridos) y lo indirectamente afectado por ella, o sea los esfuerzos particulares de cada uno de sus adheridos en los diferentes campos (social, económico, político, artístico, etc.). Pocas veces la Acción Católica debía actuar directamente en lo que era su objeto indirecto: en concreto, sólo en aquellas situaciones extremas en que se tratase de defender la libertad de la Iglesia y sus derechos. En todo lo demás, es decir, en el espacio indirecto, los miembros gozaban de la justa libertad, según había determinado Pío XI. En tales casos, evitarían comprometer indebidamente el nombre de la Acción Católica al expresar sus convicciones personales.

Así, pues, lo que prometía mucho quedó en muy poco. El análisis del ámbito afectado indirectamente por la Acción Católica se limitó a un puro recordatorio de la libertad que gozan los cristianos en las cuestiones temporales, es decir, a rememorar su justa autonomía, aunque en unos términos todavía bastante estrechos, si contemplamos tales planteamientos a la luz del Vaticano II. Con todo, suponía un paso notable con relación al non expeditde las décadas anteriores.

3.  Los puntos de vista de Jacques Maritain

Siguiendo el orden cronológico, debemos decir algunas palabras de las posiciones de Jacques Maritain, que en 1934 había dictado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander un ciclo célebre de conferencias, que publicó primeramente en castellano, en 1935, y posteriormente en francés, en 1936, con el título que haría famoso el libro: L ’humanisme intégral .

La tesis mariteniana tendría después una amplia acogida en el capítulo III de los Jalons de Congar, monografía de la que hablaremos, pero también suscitaría un amplio rechazo entre los capellanes de la Acción Católica especializada, como Chenu, entre otros.

Maritain parece sostener, simplificando un tanto los términos de su exposición, que el Reino y la edificación de la ciudad temporal van como en paralelo. Un párrafo suyo, si bien cuidadosamente matizado, parece confirmar esa interpretación un tanto reductiva del maritenismo:

«Al mismo tiempo [ha hablado antes de la aparición de los materialismos comunista y capitalista como formas que se imponían por doquier] aparece lo que puede llamarse misión propia de la actividad profana cristiana respecto al mundo y a la cultura; diríase que mientras la Iglesia, cuidadosa ante todo de no enfeudarse a ninguna forma temporal, se libera cada día más, no del cuidado de juzgar desde lo alto, sino del de administrar y gestionar lo temporal y el mundo, el cristiano se encuentra entregado a ello cada vez más, no en cuanto cristiano o miembro de la Iglesia, sino en cuanto miembro de la ciudad temporal, es decir, en cuanto miembro cristiano de esta ciudad, consciente de la tarea que le incumbe, de trabajar por la instauración de un nuevo orden temporal del mundo» .

Aplicando estos puntos de vista a la Acción Católica, expresaba su conocida tesis de que esa asociación debía limitarse a preparar a los laicos para la acción política y para la solución de los problemas temporales, y formulaba, en tal contexto, su pensamiento en torno a «las formaciones políticas concebidas como hermandades temporales [cristianas]», que «en un principio serían, evidentemente, formaciones minoritarias, que actuarían como fermentos y estarían sujetas a las iniciativas de un corto número de personas» .

La crítica de Marie-Dominque Chenu a Maritain, aunque bastante posterior, refleja bien el punto de vista de los primeros aumôniers franceses de la JOC. Chenu no podía aceptar que, en política, se hablase de «agir en chrétien» (político cristiano), mientras que en el terreno espiritual y apostólico se debía «agir en tant que chrétien» (cristiano político) . Ello implicaba, según su forma de ver las cosas, un claro extrinsecismo o separación entre naturaleza y gracia en el orden político y social. Suponía, a su entender, la primacía de lo espiritual, y, al cabo, un desenganche entre lo espiritual y lo temporal. La única salida al maritenismo sería, según Che- nu, un partido confesionalmente católico o cristiano, lo cual, evidentemente, rechazaba. Repudiaba la «sacralización de las ideologías», según expresión suya; y estimaba que había que repensar, por consiguiente, la estrecha relación de los dogmas de la creación y la Encarnación , y considerar que la historia del mundo es relevante para los designios de Dios .

* * *

Tenemos ya recapitulados los tres temas susceptibles de debate y profundización, que los buenos teólogos del momento no dejarían pasar en vano:

1)      la analogía entre la acción apostólica primitiva y la Acción Católica;

2)      la participación de los miembros de la Acción Católica en el sacerdocio de Cristo por su unión a la Jerarquía y su consiguiente asimilación, en algún sentido, al ministerio sacerdotal; y

3)      la difícil conciliación entre lo trascendente y lo inmanente, es decir: lo religioso, lo espiritual, lo sobrenatural o el Reino, por una parte, y lo «profano», lo «secular» o el «mundo», por otra .

II.      Después de la Segunda Guerra Mundial

4.  Congar se interesa por la Acción Católica

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, que obligó a un cierto parón de las actividades de la Acción Católica, al menos en los países beligerantes, Yves-Marie Congar reanudó el análisis de los dos ámbitos (el directo y el indirecto), en una conferencia dictada en 1946 ante los capellanes de la Acción Católica Obrera . Las intervenciones de Congar parecen muy influidas por el jesuita francés Yves de Montcheuil, sacerdote de la resistencia, fusilado en 1944 por las tropas de ocupación nazis .

Congar distinguía dos tipos de actividad apostólica de los laicos católicos. Una actividad de «cristiandad», destinada a asegurar la influencia cristiana en la sociedad por medio de instituciones cristianas, en la línea de instaurar el reinado social de Cristo, que sería la propia de la Acción Católica; y otra actividad de evan- gelización, que remitiría a una actividad puramente individual, representada por el apostolado espontáneo de los laicos. La Acción Católica se encontraría en tensión entre estas dos actividades.

El propio Congar volvería dos años más tarde sobre la distinción entre actividad institucional y actividad de salvación o de evangelización. La primera, la de carácter institucional, supone el aporte de Cristo «desde arriba», en la que la Jerarquía eclesiástica aparece como mediadora de la gracia. Junto a ella, la actividad evangelizadora es ex spiritu. Ésta última depende de las particulares circunstancias en que el Espíritu Santo sitúa al laico cristiano. Su ámbito, no asumible directamente por la Jerarquía o iglesia institucional, es el «mundo». En el mundo, y con respecto a él, encuentra el laico su determinación apostólica inmediata, que debe entenderse como una vocación; no es, pues, misión de «estructuración», es decir, que no lo sitúa en la estructura eclesiástica.

La pregunta era, y sigue siendo, si tales actividades temporales no estructurantes tienen alguna relación positiva con el Reino de Dios. Aquí señalaba Congar que era preciso proceder con cautela y distinguir cuidadosamente. En efecto, es innegable que hay una discontinuidad entre esfuerzo humano y Reino; pero, al mismo tiempo, conviene subrayar que el trabajo humano aporta «algo» al acabamiento de la obra divina de la creación y de la salvación. Evidentemente, Congar tenía a la vista los pasajes de Aquino sobre las relaciones entre gracia y naturaleza (la gracia supone la naturaleza y la perfecciona). Por ello, sin participar de la actividad jerárquica, los laicos, por su condición sacerdotal, real y profética, según el Espíritu Santo que obra en ellos, construyen la sociedad de los servidores de Dios. Todo ello se realiza dentro de la historia y en clave cristológica, tomando análogamente las definiciones del Concilio de Calcedonia sobre las relaciones entre las dos naturalezas de Cristo (inconfuse, immutabiliter, indivise, inseparabiliter [DS 302]). Además, y según el conocido pasaje apocalíptico (Apoc 22, 13), tales actividades evangelizadoras se llevan a cabo en la historia, es decir, entre Alfa y Omega, el principio y el fin.

Según Congar, el tema del Reino, tan vinculado a la espiritualidad difundida por Pío XI con su encíclica Quasprimas, de 1925, aparecía aquí como una categoría teológica; muy explotada por la Acción Católica, replanteaba de forma novedosa las relaciones entre el más acá y el más allá, vertiendo nueva luz sobre una vexata quaestio luterana, relativa a los dos reinos o regímenes . En el campo católico, esa discusión había tomado otros derroteros, encaminándose, poco a poco, hacia la doctrina sobre la autonomía de las realidades terrenas , pero separando excesivamente los dos órdenes, quizá por precaución.

En efecto; en 1954, unos seis años después de los cortos ensayos que hemos estudiado de Congar, el tema del Reino se había transformado en el argumento central del famoso capítulo III de sus Jalons . En ese largo capítulo, el dominico pretendía estudiar la «posición [=lugar] del laicado», analizando las nociones de Reino, Iglesia, mundo, jerarquía y pueblo fiel. Él mismo era consciente de la dificultad, cuando se excusaba con las siguientes palabras: «Los conceptos que figuran en el título de este capítulo, como podrá verse, tienen tal amplitud que no es de extrañar debamos remontarnos muy alto si queremos comprenderlos convenientemente, examinando sus primeros principios» . Es, según los especialistas, en este capítulo III donde más se aprecia el influjo de Maritain en Congar, aun cuando no lo haya citado ni una sola vez explícitamente . Sin embargo, las referencias a la dualidad iglesia-mundo, en el tiempo histórico, muestran con relativa claridad su dependencia mariteniana: «El tiempo intermedio se caracteriza porque, aun teniendo Cristo poder sobre todo, deja que las leyes naturales jueguen por su cuenta, permitiendo a las Potencias del mal hacer daño y al “Príncipe de este mundo” ejercer todavía su dominio. Así, la realeza de Cristo admite ciertos límites durante el tiempo que separa la Ascensión de la Parusía, los cuales responden a los dos sentidos que la Biblia reconoce en la palabra “mundo”: el cosmos como orden de la naturaleza y el mundo como imperio del Demonio» .

Con los años, las relaciones Cristo-iglesia-Reino cobrarían una importancia capital, aunque en otro contexto, concretamente en algunos análisis de la teología de la liberación.

5.  La cuestión del sacerdocio de los fieles según Dabin

La condición del adherente a la Acción Católica constituía un «ministerio» que, en definitiva, y según Pío XI, no distaba mucho del ministerio sacerdotal. La expresa referencia, por parte del pontífice, al pasaje petrino sobre el «sacerdocio real» abría nuevas puertas de reflexión, que Dabin procuró transitar durante varios años. Primero publicó un libro, en 1941, sobre el sacerdocio real en los «libros santos» , y, en 1950, y como monografía póstuma, un excelente estudio sobre el mismo tema en la tradición antigua y moderna . Evidentemente, los estudios de Dabin no fueron los únicos. Conviene mencionar dos trabajos que se adelantaron a Dabin: uno de Lionel Audet  y otro de Lucien Cerfaux , y los dos estudios de Congar, que ya hemos comentado. La distinción entre sacerdocio ministerial y sacerdocio real o común de los fieles iba a constituir una vertiente muy fecunda para la laicología, porque, amén de establecer oportunas distinciones entre ambos sacerdocios, abriría las puertas a la índole organice exstructa de la Iglesia (cfr. Lumen gentium, 11) o las precisiones de Lumen gentium (n. 10), sobre la diferencia esencial y no sólo de grado entre ambos sacerdocios: el ministerial y el real o común de los fieles.

En efecto: el libro de Dabin sobre el sacerdocio, publicado en 1950, había alcanzado una calidad sorprendente, para su época, demostrando cuánto se había desarrollado, en sólo dos décadas, la teología del laicado. Dabin sostenía ocho tesis fundamentales, 1          sacerdocio real de los fieles y sacerdocio del orden o ministerial, difieren radicalmente; el sacerdocio real y profético de los fieles no se aplica sólo a la colectividad de los fieles, sino a cada fiel individualmente;

2   la tradición es casi unánime en desechar, como término de comparación del sacerdocio real, el sacerdocio del orden o ministerial;

3   la gran mayoría de los Padres y teólogos descarta que la noción de sacerdocio real tenga sólo carácter metafórico: muchos textos patrísticos, teológicos y litúrgicos refieren tal sacerdocio a la Eucaristía (tema cultual), pero más todavía lo relacionan con la incorporación a Cristo y la consiguiente participación en los tres oficios o munera de Cristo;

4   la mayoría de los teólogos, sobre todo desde la polémica antiluterana, identifican el sacerdocio real con el carácter sacramental, que, siguiendo la definición de Santo Tomás (completada por Domingo de Soto), nos sitúa en la participación del sacerdocio de Cristo (Cristo fue ungido sacerdote para siempre por la gracia de unión);

5   por ello, y esto sería la conclusión más interesante, el sacerdocio real se vincula a los caracteres de los sacramentos del bautismo y de la confirmación (Dabin pensaba que esta doctrina es católica y que, en algunos puntos, puede ser de fe).

Hasta aquí la teología sobre el sacerdocio real, ya madura para las últimas precisiones del Vaticano II.

Es obvio que los tres temas enunciados por Dabin en 1929 (relación de los fieles de la Acción Católica con el sacerdocio ministerial, relaciones entre inmanencia y trascendencia en la historia, y analogía entre la acción de los Apóstoles y la Acción Católica) comenzaban a tomar forma. Congar ya había tratado las relaciones entre la acción intrahistórica y el advenimiento del Reino, en sus dos pequeños ensayos sobre la Acción Católica, de 1946 y 1948. El propio Dabin había ana- lizado las relaciones entre sacerdocio real y ministerial. Quedaba todavía el tercer tema: la analogía entre la acción apostólica y la Acción Católica.

Mientras tanto iba a tener lugar el primer «Congrès mondial pour l’apostolat des laïques», en 1951, cuyas actas se publicaron en Roma, en dos volúmenes, en 1952. Los intentos de homogeneización que se discutieron en el congreso, fueron objeto de prolongados debates, que suscitaron importantes críticas.

6.  Misiones jerárquicas y subjerárquicas

Raimondo Spiazzi, en un estudio primerizo de 1951, continuado en 1957, desarrolló el tema de la continuidad/discontinuidad entre la misión canónica, única e irrepetible de los Apóstoles, y la misión de los laicos (concretamente de los adheridos a la Acción Católica) . A los fieles que participan del apostolado jerárquico (como colaboradores, sin poderes directos) les asignaba una acción subjerárquica, movida por el impulso del Espíritu. Sin embargo, y esto nos parece importante, Spiazzi reconocía también un apostolado no jerárquico de los fieles (extrajerárqui- co o parajerárquico), movidos también por el Espíritu, no determinado por formas fijas, ni por esquemas bien delineados. Esto es importante y en ello se advierte cierta influencia de los planteamientos de Congar.

Con todo, Spiazzi parecía circunscribir la participación privilegiada en los tres munera sólo a los fieles que son llamados por la jerarquía a una colaboración oficial con ella. La propuesta de Dabin se había encogido y casi cerrado. Es más: según Spiazzi, que creía seguir en esto a Santo Tomás, el carácter sacramental sería el fundamento de la acción «oficial» de los seglares en la Iglesia. En definitiva, la confirmación constituiría oficialmente a los fieles en soldados y cooperadores de la jerarquía .

La espontaneidad ex spiritu, propuesta por Congar, para la dimensión evan- gelizadora no estructurante de los laicos, habría sido reconducida a la actividad institucional de la Iglesia.

7.  Las críticas de Philips a los «Jalones» de Congar

Siguiendo el hilo cronológico de la discusión (Congar, Dabin, Spiazzi) debemos tratar las aportaciones de Gérard Philips, tan vinculadas a los Jalons de Congar. Es muy interesante repasar cómo Philips resumía las dos principales conclusiones del teólogo dominico , a los pocos meses de la aparición de Jalons . Su crítica es relevante, porque tenía lugar a tres escasos años del Primer Congreso Mundial del Apostolado de los Laicos, celebrado en Roma en 1951.

Según Philips, Jalons se podría recapitular en dos tesis fundamentales:

«1°. Los laicos no viven exclusivamente para las realidades celestes; lo que es, en la medida que la condición presente lo permite, la condición de los religiosos. En otros términos: el laico es radicalmente un cristiano comprometido en las estructuras creacionales con vistas a la plenitud de la misión de la iglesia. El laico se inserta en el mundo fundamentalmente por su trabajo y por el matrimonio.

2°. Los laicos, aun siendo cristianos en pleno ejercicio en cuanto a la vida en Cristo, no tienen competencia o no tienen más que una competencia restringida en cuanto a los medios propiamente eclesiásticos de la vida de Cristo, medios que son de la competencia de los clérigos».

Conviene advertir, ante todo, que Philips había descubierto dónde radica el meollo de la cuestión: concretamente en la palabra insertar. La cuestión fundamental es si el laico se inserta o el laico está en el mundo. He aquí su crítica:

«Estaríamos de acuerdo con Congar con un ligero retoque. El religioso no vive solamente para, sino también dentro de las realidades celestiales, cualquiera que sea su ocupación material. El laico, a su vez, puede y debe obrar en vista de los valores eternos, por lo menos como fin último de su actividad, pero no puede [obrar] fuera de las condiciones de la vida ordinaria. Ni material ni espiritualmente entra en el claustro [está legalmente “encuadrado en la vida del mundo”]. A fin de cuentas, es la “situación” la que determina las clasificaciones mayores. Los laicos tienen que santificarse en y por el trabajo del siglo» .

Philips advirtió, en su crítica, que la noción congariana de laico era un tanto rígida, porque resultaba excesivamente laico y poco fiel, dicho en términos un tanto simplistas . Seguidamente, Congar no avanzaría tanto por el estudio de las relaciones entre naturaleza y gracia, sino, sobre todo, por el estudio de las relaciones iglesia- mundo, es decir, la dinámica de la creación y la redención, en la cual intervienen los sacramentos, que son los medios o caminos que Cristo dejó a la iglesia para el perfeccionamiento de los miembros de su cuerpo místico. De todas formas, por su insistencia en el carácter «carismático» de la vida laical, Congar abriría una puerta importante a la posterior investigación, que, siguiendo el Vaticano II (Lumen gentium, 31), se referirá a la índole secular propia de los laicos como una vocación particular (particu- laris vocatio), encuadrando la definición de laico en el binomio «misión-vocación».

Al referir ejemplos concretos de vida laical y de apostolado de los laicos, Philips tomó la precaución de citar algunos casos nada ambiguos con respecto a su propia tesis, con oportunos comentarios: aludió a Blaise Pascal, Léon Bloy, Jacques Maritain, Maurice Blondel, Paul Claudel, Charles Péguy, Ernest Psichari, Emmanuel Mounier, Johann Joseph von Gorres, Ludwig von Pastor, Christian Dawson, Gilbert Keith Chesterton, Giuseppe Toniolo, Contardo Ferrini, Giorgio Lapira, etc. (¡ningún español en su lista!). Philips, por tanto, se inscribe —como ha señalado acertadamente Illanes— en la corriente teológica que describía la condición laical por su referencia al mundo, entendido éste como tarea: el laico era, pues, el cristiano llamado por Dios a santificar el mundo en y desde las estructuras y actividades temporales . Este enfoque tenía ventajas innegables, pero exigía todavía una larga reflexión, que finalmente llegaría a término con el Vaticano II, especialmente con Lumen gentium, 31 y 41.

Philips recapitulaba su pensamiento sobre esta compleja cuestión, que quizá ya no tenga ahora demasiada actualidad, pero que entonces era motivo de amplias discusiones, en los siguientes términos:

«Quizá se haya preocupado la Acción Católica demasiado exclusivamente, a veces, de añadir a la vida profana cierto adorno religioso, así como las almas piadosas intercalan oraciones jaculatorias en medio de su trabajo. Más importante es santificar el trabajo mismo, trabajo que ha de ser de calidad y escrupulosamente honrado. Educar una familia, regular la producción, gobernar el país con vistas al bienestar temporal, todo esto no incumbe a los curas, sino a los padres de familia, a los industriales y a las instituciones civiles. Hay que tener en cuenta la parte de Dios y la del César. No quiere decir que el príncipe nada tenga que ver con Dios, ni que, a fin de cuentas, Dios no haya de juzgar al príncipe; pero entre tanto es necesario reconocer los derechos del príncipe y obedecerlos» .

Al hilo del largo párrafo que acabo de transcribir, que tiene un contexto cul- tural-religioso bien determinado, se comprenderá la sintonía de Mons. Philips, años más tarde, con la homilía de San Josemaría Escrivá, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra, el 7 octubre de 1967, titulada Amar al mundo apasionadamente. La reseña de Philips fue una de las más entusiastas e inmediatas . San Josemaría, que desde 1928 insistía, de una forma u otra, en la santificación del fiel cristiano en la vida corriente, había hallado, en la citada homilía, fórmulas muy expresivas y de gran calado teológico, que fueron detectadas por la fina sensibilidad teológica de Philips.

Volvamos al libro de Philips de 1954. El teólogo belga se distanciaba de las expresiones acuñadas por Raimondo Spiazzi en 1951, quien había distinguido, por una parte, entre apostolado jerárquico (los seglares de Acción Católica) y apostolado laical extrajerárquico o parajerárquico; y, por otra, la actividad «ex missione» o «ex officio», propia del clero. Además, Philips se manifestaba receptivo con un aspecto de las tesis de Hans Urs von Balthasar, para quien la Acción Católica sería una «tentativa suprema y desesperada de clericalización»; y, al mismo tiempo, se mostraba muy crítico con la segunda parte de la tesis balthasariana, según la cual la salvación sólo podría venir de los laicos encuadrados en los institutos seculares . Finalmente, no comprendía las críticas que Karl Rahner formulaba a la condición estrictamente laical del seglar implicado en el apostolado jerárquico.

8.  Karl Rahner entra en el debate

En 1954, Rahner decidió intervenir en la discusión acerca de la «secularidad» de los miembros de la Acción Católica. Lo hizo en un breve artículo publicado en una revista poco conocida por los teólogos profesionales. Pero, cuando en 1956 el artículo fue traducido del alemán al francés, provocó un gran escándalo , que aumentó al año siguiente, es decir, en 1957, cuando tuvo lugar el segundo Congreso Mundial sobre el apostolado de los laicos, que está vez giró, sobre todo, en torno a la noción de «consecratio mundi» .

El revuelo armado por la tesis del jesuita se refleja en la versión de ese artículo incluida en sus obras completas, donde, con una pizca de humor, cuenta lo siguiente: «De las declaraciones posteriores de Pío XII [en buena medida provocadas por el propio Rahner] se deduce que los cristianos [los miembros de Acción Católica], que según este artículo [el que reproduce en sus obras completas] ya no deberían contarse entre los seglares, deben con todo llamarse seglares. Hemos, pues, de atenernos a la nomenclatura deseada por el Ministerio eclesiástico, aunque, por otra parte, tampoco podemos negar que existen dos clases de seglares entre sí muy distantes: los seglares corrientes y los íntimos colaboradores de la jerarquía» . Esta era precisamente la tesis de Spiazzi, Congar y Philips, sólo que Rahner aceptaba de mala gana la verdadera condición laical de los «íntimos colaboradores de la jerarquía».

Para Rahner, por tanto, «la verdadera condición de seglar cesa allí donde se participa en sentido propio y de manera habitual en los poderes propios de la jerarquía, de modo que el ejercicio de tales poderes imprima, por así decirlo, carácter a la vida del interesado; es decir, modifique su puesto en el mundo. En esto es insignificante, desde el punto de vista teológico, el que en la práctica real de la Iglesia tales poderes se transmitan o sean transmisibles mediante ordenación o sin ella» . Aquí, como se habrá ya advertido, Rahner pensaba en las órdenes menores, que fueron posteriormente suprimidas por Pablo vi y sustituidas por unos «ministerios laicales», y quizá también en la Acción Católica. Y concluía: «Ese puesto [que entronca al seglar con el mundo] es constitutivo material y límite de su condición de cristiano en cuanto contradistinta de la de clérigo [y del religioso]». Es más: lo que caracteriza el ser cristiano del seglar es su entronque con el mundo; seglar es el que está situado, como miembro de la Iglesia, donde hay mundo .

Con su habitual perspicacia y su estilo provocativo, Rahner había comprendido que la condición laical no se define exclusivamente por la inserción en el mundo. Esto implicaría sólo el aspecto material de la definición. Faltaría, pues, la vertiente formal, la específica y esencial, que tendría aspecto positivo.

Por consiguiente, vistas las diferencias, según Rahner, entre la condición clerical y la del seglar o laico, pasaba a considerar la caracterización positiva de éste. He aquí la parte más creativa de sus aportaciones, que brevemente podemos recapitular en unos pocos puntos, propiamente eclesiológicos, pues la caracterización del laico debía hacerse en el marco de una «eclesiología total», como ya había intuido Congar.

El seglar está llamado a la santidad por la gracia de Jesucristo. «El seglar está bautizado sacramentalmente; es participante activo en el sacrificio de la santa Iglesia; está destinado a su “función mundana” por un encargo comprobable, propio, expreso y sacramental en la confirmación» , contribuyendo, de esta manera, a la epifanía de la Iglesia. El laico puede ser portador de carismas, que son, por su propia índole, dones libres de Dios, no organizables, no calculables de antemano y, por tanto, ni administrables ni algo que pueda servir de fundamento para un «estado», como lo son las funciones jerárquicas o los consejos evangélicos; son caris- mas que, por otra parte, no deben confundirse con una forma eventual entusiástica de manifestación de los mismos. El laico toma parte, pues, en la misión y tarea de la Iglesia, lo cual no quiere decir, ni con mucho, que tome parte en la misión de la jerarquía, o sea, del clero. Por todo ello, las funciones eclesiásticas sólo pueden imponerse al laico con el libre consentimiento de éste. En consecuencia, el llamamiento de los laicos por derecho eclesiástico positivo a cooperar en las tareas de la Iglesia tiene sus límites intrínsecos.

Quien haya leído Jalons, que se había publicado pocas semanas antes que el original de Rahner, advertirá las concomitancias entre ambos autores. Quizá el tono más contundente del teutón, por contraposición al estilo más complejo y matizado del francés, y la brevedad del ensayo publicado en alemán, frente a la amplitud y el desbordante aparato crítico de Congar, hicieron más «digerible» los puntos de vista de Congar que los de Rahner. Sin embargo, entre los dos mediaban dos diferencias no pequeñas: una distinta perspectiva con respecto a los seglares comprometidos con el apostolado jerárquico; y un diferente encuadramiento eclesiológico (Congar lo había situado sobre todo en el marco Iglesia-mundo; Rahner se inclinaba por ubicarlo en el marco naturaleza-gracia o, si se prefiere, en el encuadre histo- ria-escatología).

III.     Después del Concilio Vaticano II

9.  Hacia una tipificación positiva del laico

Rahner había advertido que la inserción en el mundo era la materia de la definición de laico. Faltaba determinar lo positivo, lo que Pedro Rodríguez ha denominado lo proprium del laico.

Conviene aquí que recordemos algunos acontecimientos, antes de proseguir con nuestro análisis. Como se sabe, en otoño de 1987 tuvo lugar en Roma la reunión ordinaria del Sínodo de los Obispos, para reflexionar sobre la «Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo veinte años después del Concilio Vaticano II». Con tal motivo, y conociendo ya los lineamenta, se celebró en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, del 22 al 24 de abril de 1987, un simposio internacional de teología, concebido como una aportación científica a petición de la Secretaría General del Sínodo.

De particular relieve resultó, a mi entender, la ponencia de Pedro Rodríguez , que resumiré en alguno de sus puntos principales, concretamente en sus reflexiones en torno a lo que él denominó entonces lo proprium del laico, es decir, lo característico y específico de la condición laical, algo que había quedado pendiente en la discusión preconciliar —aunque Rahner la había rozado— y que ahora ya podía abordarse a la luz de los documentos conciliares.

Pedro Rodríguez partía del capítulo iv de Lumen gentium (n. 31/b), donde se leen las siguientes palabras: «El carácter secular es propio y peculiar de los laicos [laicis indoles saecularispropria etpeculiaris est]»). Y añadía: «La cuestión es ésta: esa nota que “se da” como propia del laico, la “secularidad”, ¿es una realidad teológica o es un dato sociológico?». Después de determinar que es un dato teológico, basándose en una afirmación de Juan Pablo II , continuaba: «Mi respuesta [al problema] es: a) que el Concilio entiende la secularidad como una realidad humana que por vocación divina adquiere carácter escatológico; b) que esa “vocación” debe ser entendida como la donación de un carisma del Espíritu, que configura en consecuencia una posición estructural en la Iglesia» . Y para ello se remitía a la siguiente afirmación del Concilio, en el mismo párrafo citado de Lumen gentium: «A los laicos corresponde, por propia vocación (ex vocatione propria), tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios».

Rodríguez evitaba expresamente la discusión con la canonística y con la sociología; por ello insistía en situar su análisis en el plano teológico, consciente de que cada disciplina tiene su objeto formal quod y su objeto formal quo o motivo. Y una vez situado en el plano en el que se sentía más cómodo, sobre todo con el respaldo de la autoridad de Juan Pablo II, podía hablar de una verdadera vocación laical, para lo cual echaba mano de la doctrina acerca de los carismas, que venía desarrollándose desde la inmediata postguerra mundial, sobre todo por obra de Yves-Marie Congar, aunque con algunas matizaciones por parte del magisterio, que había denun

ciado algunos «falsos misticismos» . Era, como se recordará, la cuestión del apostolado laical no jerárquico, que Congar había denominado espontáneo o ex spiritu. Por otra parte, Rodríguez superaba la visión congariana, adhiriéndose a las intuiciones rahnerianas. Rahner, en efecto, había advertido que el estar-en-el-mundo sólo constituía lo material de la definición de la secularidad o de la laicidad.

La vocación laical se inscribía, en consecuencia, en el ámbito del advenimiento del Reino, es decir, en un nuevo contexto eclesiológico (como Congar había intuido), pero en el plano salvífico-escatológico, como ya habían sospechado Dabin, Rahner y los teólogos más perspicaces de la liberación, como el malogrado Ignacio Ellacuría. Se recuperaba, así, el binomio vocación-misión sobre bases más sólidas. Según las distintas vocaciones ex spiritu, los cristianos o christifideles desarrollan en la Iglesia distintas funciones de servicio, perfectamente coordinadas: la Iglesia se ofrece, pues, como una comunidad sacerdotal organice exstructa (Lumen gentium, 11). En tal contexto: «[el laico] por propia vocación, trata de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios» (Lumen gentium, 31/b).

Pero quedaba todavía una cuestión pendiente, porque —y esto me parece obvio— ni estar en el mundo, ni gestionar las cosas temporales determinan, en sentido estricto, los caracteres definitorios de la secularidad. La secularidad exige que esas dos coordenadas (estar en el mundo y gestionar lo temporal con vistas a la vida eterna) constituyan la profesión, es decir, lo asumido como profesado, por contraposición a lo asumido como algo accesorio, complementario o circunstancial. A lo largo de la historia, en efecto, hallamos muchos ejemplos de eclesiásticos que han asumido tareas relevantes de carácter secular. Basta recordar la lucha por las investiduras, que tuvo, como substrato histórico, la invención y difusión de las Decretales pseudo-isidorianas y la leyenda de la Donatio Constantini. Por otra parte, qué duda cabe que los monjes trabajan en el mundo, donde realizan su ideal de «ora et labora», y que los mendicantes viven en las ciudades.

10.       La santidad en la vida ordinaria

En 1928 había venido al mundo el Opus Dei. Desde el primer momento, San Josemaría Escrivá  se sintió impulsado por Dios a promover la santificación de los cristianos en el trabajo y en la vida ordinaria. Para encontrar a Dios y unirse con Él, decía, no es necesario abandonar el mundo y la condición de vida que, dentro del mundo, a cada uno le es propia, ya que cabe encontrar a Dios y amarle en el mundo, y a partir del mundo y de las cosas del mundo. Aunque el tema fue enseñado incansablemente por el Fundador del Opus Dei desde los comienzos de la Obra, permítasenos ahora referirnos a un escrito suyo más tardío, que constituye, a nuestro entender, uno de los hitos destacados de su predicación sobre este punto: la homilía pronunciada en la Universidad de Navarra en 1967, que se publicó con el título Amar al mundo apasionadamente.

Illanes glosó un conocido pasaje de esa homilía , con las siguientes palabras: «La luz de la fe y la fuerza de la gracia nos hacen, en efecto, reconocer al mundo como venido de Dios y nos permiten orientarlo y conducirlo hacia él» . Las condiciones o circunstancias de vida no constituyen sólo el marco y la ocasión o materia donde el laico busca la santidad; «la santidad no se edifica al margen de la realidad creada, sino en ella». Y remitiendo al capítulo capítulo iv de Lumen gentium, donde se trata acerca de la vocación universal a la santidad en la Iglesia, subrayaba la importancia de un inciso de esa constitución (Lumen gentium, 41g). Allí dice el Concilio, refiriéndose a los laicos: «per illa omnia, in dies magis sanc- tificabuntur [a través de todas esas cosas se santificarán de día en día]» . Añadiendo el Concilio un detalle a continuación, que no debe pasarse por alto: «[se santificarán de día en día] si lo aceptan todo con fe [venido] de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo» .

Algunos años más tarde, en 1982, Álvaro del Portillo, el primero de los sucesores de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, expresaba de forma muy neta que la secularidad cristiana no es un revestimiento exterior que se yuxtapone a la condición cristiana. La secularidad cristiana —decía, dirigiéndose a los fieles de la Prelatura— no consiste «en un camuflaje con el fin de lograr una determinada eficacia; no se queda en una táctica pastoral o apostólica; es concretamente el lugar donde nos coloca el Señor […] para santificar este mundo, en el que compartimos las alegrías y tristezas, los trabajos y las distracciones, las esperanzas y las faenas cotidianas de los demás ciudadanos, nuestros iguales» .

Con ocasión del congreso de 1992, promovido para conmemorar el centenario del fundador del Opus Dei, y aludiendo a esa misma homilía de 1967, ya citada, Juan Pablo II decía:

«Desde los comienzos de su ministerio sacerdotal, el Beato Josemaría Escri- vá puso en el centro de su predicación la verdad de que todos los bautizados están llamados a la plenitud de la caridad, y que el modo más inmediato de alcanzar esta meta común se encuentra en la normalidad diaria. El Señor quiere entrar en comunión de amor con cada uno de sus hijos, en la trama de las ocupaciones de cada día, en el contexto ordinario en el que se desarrolla la existencia. A la luz de estas consideraciones, las actividades diarias se presentan como un valioso medio de unión con

Cristo, pudiendo transformarse en ámbito y materia de santificación, en terreno de ejercicio de las virtudes y en diálogo de amor que se realiza en las obras. El espíritu de oración transfigura el trabajo y así es posible permanecer en la contemplación de Dios, incluso mientras se realizan diversas ocupaciones. Para cada bautizado que quiera seguir fielmente a Cristo, la fábrica, la oficina, la biblioteca, el laboratorio, el taller y el hogar pueden transformarse en lugares de encuentro con el Señor, que eligió vivir durante treinta años una vida oculta. ¿Se podría poner en duda que el período que Jesús pasó en Nazareth ya formaba parte de su misión salvífica? Por tanto, también para nosotros la vida diaria, en apariencia gris, con su monotonía hecha de gestos que parecen repetirse siempre iguales, puede adquirir el relieve de una dimensión sobrenatural, transfigurándose así» .

La clave se halla, pues, en el valor sotereológico de la vida oculta de Cristo en Nazaret. Dicho brevemente y con ánimo provocativo: o los años galileanos de Cristo carecieron de sentido salvífico, siendo inútiles los treinta años de vida oculta; o tuvieron valor redentor, en cuyo caso también tiene valor correndentor toda vida oculta y aparentemente anónima, aunque carezca de brillo y de reconocimiento social.

Puesto que el trabajo profesional (es decir, el que caracteriza la actividad laboral y la inserción social de una persona) constituye normalmente la principal de las tareas cotidianas, no puede extrañarnos que el trabajo constituya el quicio en torno al cual gira el espíritu del Opus Dei, según aquella máxima, tantas veces repetida por Escrivá: santificarse en el trabajo (vocación), santificar a los demás con el trabajo (misión), santificar el trabajo (creación-redención). Tal trabajo debe ejecutarse según las normas deontológicas propias y armónicamente impregnadas por la práctica cristiana, es decir, en perfecta unidad de vida.

En este contexto se inscribe la consideración de la Misa «como centro y raíz de la vida cristiana». No me resisto a copiar un texto de San Josemaría, de 24 de octubre de 1966, en que se ejemplifica perfectamente cómo vivía él la celebración eucarística y deseaba que se viviera: «A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso [alude aquí a una experiencia mística, después de muchos años de esfuerzo]. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la Cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino» .

Recapitulando cuanto hemos dicho a propósito del espíritu del Opus Dei, resulta expresivo un texto de San Josemaría muy tempranero, en el que se señala la unión, en la vida cristiana, del aspecto ascético con el apostólico y secular: «Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación —cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria para contribuir a reconciliar el mundo con Dios—, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es este un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?» .

El espíritu secular del Opus Dei, unidad orgánica de sacerdotes y laicos, ha advertido que, con la ayuda de la gracia, todos pueden santificarse en la vida cotidiana particularmente en su trabajo (en su ministerio, en el caso de los sacerdotes). El descubrimiento de ese «quid divinum» que se halla escondido en la vida corriente, ha sido una de las aportaciones más destacadas al capítulo quinto de Lumen gentium, en la que se vierte la enseñanza que desde los comienzos de la Obra, San Josemaría Escrivá predicó incansablemente .

11.       Todavía algo más sobre la secularidad

Hemos visto, a lo largo de nuestra exposición cómo confluían distintos temas teológicos en la cuestión que nos ocupa, es decir, la especificación del seglar (como antes se decía) o fiel laico.

Por una parte, se señaló que el fiel laico se inserta en el mundo. Esto puso a punto una importante reflexión sobre las relaciones Iglesia-mundo. Es evidente que el fiel laico está en el mundo y vive inmerso en las estructuras temporales; pero, el estar en el mundo no lo define, porque, en última instancia todos los hombres y mujeres están en el mundo. Algunas expresiones de Cristo en su discurso sacerdotal son inequívocas: «No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal» (Ioan. 17, 15). En todo caso, la larga discusión sobre la definición de la categoría «mundo» no ha ayudado mucho a la solución del problema, aunque nunca puede decirse que una discusión teológica generosa y de alto nivel pueda considerarse tiempo perdido.

En segundo lugar, la promoción de la Acción Católica abrió insospechados campos de análisis, al plantear por vez primera la colaboración orgánica entre el sacerdocio ministerial y el laicado encuadrado en el apostolado jerárquico. La posterior discusión sobre el sacerdocio real o común de los fieles, culminada en el Vaticano II, ha permitido precisar la naturaleza de ambos sacerdocios (el ministerial y el real) y poner de relieve el significado y trascendencia de los caracteres bautismal y de la confirmación, aunque este último es todavía asignatura pendiente de la teología. La relación entre ambos sacerdocios ha permitido, en última instancia, comprender, bajo la perspectiva de mutua ayuda y servicio complementario, ambos sacerdocios.

En tercer lugar, la mayor atención a la teología de los carismas ha abierto puertas para una mejor comprensión del binomio vocación-misión, de modo que, desde el Vaticano II, se puede situar lo propio o específico del fiel laico en gestionar las cosas temporales en orden a Dios. Esto nos sitúa también en el plano del binomio historia-escatología.

En cuarto lugar, el Concilio ha insistido que el lugar de los laicos son las circunstancias ordinarias: «ibi a Deo vocantur». Y también ha señalado que por medio de esas cosas debe encontrar a Dios: «et per illa omnia». Lo cotidiano ha pasado a ser el lugar de encuentro de la naturaleza y la gracia, aunque habrá que hacer todavía unas matizaciones sobre el significado de lo cotidiano.

En todo caso, hemos llegado al meollo de la cuestión. Pedro Rodríguez ha ensayado algunas soluciones en un reciente trabajo publicado en la revista Nuestro Tiempo . Como se sabe, y Matthias Joseph Scheeben recordó ampliamente en su famosa primera monografía titulada Natur und Gnade (de 1861), el tema central de la reflexión teológica de la Edad Moderna, desde Lutero a nuestros días, ha sido la relación entre naturaleza y gracia. Es cierto que este tema ha revestido distintas modalidades: naturaleza y salvación, libertad y gracia, historia y escatología, etc., por citar algunos de los más significativos. Es destacable que el mismo Scheeben escribiera otro ensayo, al año siguiente, con el siguiente título: Quid esthomo, sive de statu naturae purae (1862). Pues bien; en tal contexto se inscribe la cuestión de la secularidad cristiana, al menos según nuestra forma de entender las cosas, que, además, no fue ajena a la terrible discusión sobre la naturaleza pura, desatada con motivo de la publicación de algunos escritos de Henri de Lubac, estimulada por una lectura un tanto interesada de la encíclica Humani generis, en 1950, y continuada en los años siguientes.

El analogado principal es la Unión hipostática. Pero no pueden obviarse algunas cuestiones del tratado de creatione. Cuando Álvaro Huerga, en su pequeño pero importante opúsculo titulado La espiritualidad seglar , insistía en que sólo son sujetos de elevación el alma y sus potencias, tenía razón. Pero olvidaba algo fundamental: que también la naturaleza se salvará por el hombre.

Huerga acertaba, porque el cosmos, en sí mismo considerado, carece de alma: no tiene libertad, no puede, por ello, ser sujeto de la gracia. En consecuencia, ni la mera inserción en el mundo, ni la comunión con Dios en la cotidianidad son, en cuanto tales, suficiente especificación de la secularidad cristiana. Se precisa todavía algo más: tomar en cuenta la misión vocacional de santificarse en la gestión de los asuntos temporales, ordenándolos a Dios. Se trata, por ende, de restaurar el orden primigenio, preparando el advenimiento del Reino. Y ello se puede conseguir sólo con una ocupación profesional que imite y reproduzca, en la medida de lo posible, el trabajo del Adán íntegro, tal como por partida doble nos lo presenta el Pentateuco: en la tradición yahvista más antigua (Gen 2, 5-25) y en la fuente sacerdotal más moderna (Gen 1, 1-2, 4ª).

Un ejemplo quizá facilite la comprensión de esta hipótesis de trabajo. Se salva el hombre entero, pero por el alma. El alma subsiste después de la muerte. Recuperará su cuerpo en la resurrección de la carne, transformado según sea su condición en ese momento: glorioso, si ella gozaba de la bienaventuranza; oscuro, si padecía la definitiva condenación. Esto no es romper una lanza a favor de la dualidad platónica, ni mucho menos; es sólo recordar que el dualismo antropológico tiene de algún modo su correlato también en el orden sobrenatural.

El recordatorio de Gaudium et spes (n. 22), de que el hombre sólo se reconoce contemplando a Cristo, nos lleva a una conclusión importante: la secularidad cristiana exige la conjugación simultánea de cuatro tratados teológicos: cristología, gratología, De Deo creante y escatología. Sólo el hombre «cristificado», llamado por vocación a ordenar el mundo a Dios por medio de un trabajo que le asemeje al del Adán íntegro —que laboraba una tierra buena puesta a su servicio— puede redimir la creación con vistas a los «cielos nuevos y la nueva tierra» (Apc 21, 1; II Ptr 3, 13). Tal es la tarea específica del laico.

Convendría, pues, releer despacio la encíclica Redemptor hominis, de 4 de marzo de 1979, en particular su segundo capítulo sobre el misterio de la Redención. Las sugerencias de Juan Pablo II ofrecen pistas interesantísimas para continuar nuestras pesquisas en este tema capital de la secularidad cristiana y de la determinación de la condición laical.

Josep-Ignasi Saranyana Instituto de Historia de la Iglesia Universidad de Navarra E-31080 Pamplona saranyana@unav.es

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Concilio Vaticano II y Acción católica. Balance y perspectivas

XIX encuentro de Acción Católica en los Negrales

XIX Encuentro de sacerdotes, seminaristas y consiliarios

“Concilio Vaticano II y Acción católica. Balance y perspectivas”

En la Iglesia deseamos aportar optimismo y modos de hacer creativos

Redacción, 05 de abril de 2013 a las 09:33

En la Casa de Oración de Santa María de los Negrales (Madrid), los días 2 y 3 de Abril, sacerdotes y seminaristas de distintas diócesis españolas, junto con los presidentes de los Movimientos de Acción Católica, hemos participado en el Encuentro de Formación organizado anualmente por la Federación de los Movimientos de Acción Católica -presididos por el Obispo consiliario, Mons. Carlos Escribano-.

En esta ocasión, el tema a tratar ha sido “Concilio Vaticano II y Acción Católica. Balance y perspectivas”. A la luz de la ponencia de Imanol Zubero -Sociólogo en la Universidad del País Vasco y militante cristiano-, hemos descubierto los cambios culturales que están determinando el momento actual que podemos denominar como “modernidad líquida” (ambiente social regido por el individualismo con una importante carga de relativismo y ambigüedad) y que marcan retos e interpelaciones a la Iglesia si quiere ser evangelizadora con novedad.

El sujeto humano, en este contexto, vive una situación de extrañamiento en la realidad, de desconexión con ella, de deculturación y, consecuentemente, con un alejamiento de la institución religiosa, de la vivencia comunitaria y organizada de la fe, en un cisma soterrado de desencuentro mutuo de la ciudadanía y de la Iglesia.

Hemos analizado, desde la propia experiencia pastoral y personal, cómo la fe y su transmisión, en este sentido, también vive su debilidad y queda al amparo de la elección, la indiferencia o la absolutización de alguna forma parcial.

Sin embargo, notamos cómo ese mismo hombre ansía y necesita caminar con horizonte y utopía (Abrahán), sanarse y reconstruirse (samaritano), vivir en profundidad y espiritualidad (Pentecostés) y sentirse querido y reconocido en comunidad humana y fraterna (Jerusalén).

La reflexión teológica de Santiago Madrigal -eclesiólogo en la Facultad de Teología de Comillas- nos ha adentrado en el ser y hacer de la Iglesia a la luz del Concilio Vaticano II, atendiendo a ese eje transversal e identificador eclesial que es la misión.

A los cincuenta años del Concilio, y para ser fieles a él, nos reafirmamos en la necesidad de una nueva evangelización para el mundo de hoy, que sepa verter el tesoro de siempre en las vasijas nuevas de esta generación, a la que estamos obligados a posibilitar su encuentro con Jesucristo y su Evangelio.

La Acción Católica, identificada con el Concilio, tanto en su eclesiología de comunión como de misión, así como de la relación Iglesia-mundo propuesta por él, se alegra de haber servido en estos cincuenta años al avance de la evangelización del mundo y sus ambientes.

En fidelidad a este momento cultural y a la Iglesia que quiere ser fiel y dejarse interpelar por el hoy, descubrimos llamadas y retos fundamentales para reencontrarnos y reinterpretarnos en nuestro ser y hacer ministerial en la Acción Católica, así como en todos los espacios eclesiales y sociales en los que desarrollamos nuestra labor.

Aspiramos y soñamos -animados por las palabras y gestos del Papa Francisco- una iglesia verdaderamente samaritana, que arriesgue en gratuidad y libertad, se haga cargo de la realidad encarnándose a favor de los últimos, ofrezca espacios y vida comunitaria, sea corresponsable y se fundamente en la persona de Cristo y sus sentimientos. Para favorecer la nueva evangelización y colaborar en esta Iglesia samaritana nos sentimos llamados:

– A cuidar en todos nosotros la espiritualidad ministerial, en comunión unos con otros, así como en la praxis del acompañamiento, para compartir vidas y procesos con todas las personas que nos vamos encontrando. Sentimos especial llamada a renovarnos en la gratuidad y caridad pastoral.

– Queremos aportar y promover en la Acción Católica la priorización del Evangelio y la entrega sobre la organización, y a buscar procesos de acompañamiento y de reflexión que nos ayuden a buscar caminos nuevos de evangelización, profundización en las riquezas propias de la pedagogía de la acción y de la fe, así como de la Revisión de Vida. Buscaremos también la propia autocrítica en orden a ser más creativos y audaces en la misión eclesial.

En la Iglesia deseamos aportar optimismo y modos de hacer creativos y compartidos, que generen esperanza para el momento cultural e histórico que estamos viviendo. El cuidado de los procesos en los espacios eclesiales, y la búsqueda de la inserción de los laicos en la sociedad para gestionar la autonomía de lo secular lo consideramos urgente, así como la preocupación por los que más sufren en nuestra sociedad y en el mundo.

Todas nuestras reflexiones y aspiraciones las ponemos en manos de Dios Padre, desde el agradecimiento profundo a todo lo que nos está concediendo personal y pastoralmente el acompañamiento; nos sentimos agraciados por haber sido educados en la mirada evangélica, sentir gozosos la corresponsabilidad, y disfrutar de la encarnación y de los signos del reino que a diario pasan por nuestras vidas, gracias a la Acción Católica.

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Encuentro del Papa Francisco con la Acción Católica 03 mayo 2014

Encuentro del Papa Francisco con la Acción Católica 03 mayo 2014

http://www.accioncatolicageneral.es/index.php?option=com_content&view=article&id=804:encuentro-del-papa-francisco-con-la-accion-catolica&catid=1:noticias&Itemid=19

 

Martes, 06 de Mayo de 2014 10:13

 

El pasado 3 de mayo el Papa Francisco ha tenido un encuentro en el aula Pablo VI con la Acción Católica Italiana y una representación del Foro Internacional de la Acción Católica (FIAC). El encuentro se ha celebrado en el contexto de la celebración de la XV Asamblea Nacional de la Acción Católica Italiana, que ha tenido lugar del 30 de abril al 3 de mayo.

 Han participado en el encuentro con el Papa Francisco un representante de cada una de las parroquias en las que la Acción Católica Italiana está presente y los 1000 delegados diocesanos que han representado a todos los laicos miembros de la ACI. En total unas 7.000 personas han podido saludar al Papa y escuchar sus palabras dirigidas a toda la Acción Católica.

 En el mensaje que el Papa ha dirigido a la Acción Católica, destacamos los tres verbos con los que el Papa nos invita a vivir: permanecer, ir y alegrarse. Permanecer con Jesús, permanecer gozando de su compañía. Para ser anunciadores y testigos de Cristo se necesita permanecer sobre todo cercanos a Él. Segundo verbo: ir. Por favor, jamás una Acción Católica inmóvil. No detenerse: ¡avanzar! Ir por las calles de sus ciudades y de sus países y anunciar que Dios es Padre y que Jesucristo se los ha hecho conocer, y por esto su vida ha cambiado: se puede vivir como hermanos, llevando dentro una esperanza que no desilusiona. Y finalmente, alegrarse. Alegrarse y exultar siempre en el Señor. Ser personas que cantan a la vida, que proclaman la fe. Esto es importante: no sólo recitar el Credo, recitar la fe, conocer la fe: proclamar la fe. Decir la fe, vivir la fe con alegría se llama “cantar la fe”.

 A continuación pueden descargarse el mensaje íntegro del Papa Francisco.

 mensaje del Papa a la Acción Católica.

Queridos amigos de la Acción Católica,

Doy la bienvenida a todos ustedes, que representan esta bella realidad eclesial. Saludo a los participantes de la Asamblea nacional, a los presidentes parroquiales, a los sacerdotes asistentes y a los amigos de la Acción Católica de otros países. Saludo al presidente Franco Miano, a quien agradezco la presentación que ha realizado, y al nuevo asistente general, Mons. Mansueto Bianchi al cual deseo todo bien para esta nueva misión, y a su predecesor Mons. Domenico Sigalini, que ha trabajado tanto: le agradezco por la dedicación con la cual ha servido por tantos años a la Acción Católica. Dirijo un saludo especial al cardenal Angelo Bagnasco, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, y al Secretario General Mons. Nuncio Galantino.

El tema de su Asamblea “Personas nuevas en Cristo Jesús, corresponsables de la alegría de vivir”, se inserta bien en el tiempo pascual, que es un tiempo de alegría. Es la alegría de los discípulos en el encuentro con Cristo resucitado y esta alegría, necesita ser interiorizada, dentro de un estilo evangelizador capaz de incidir en la vida. En el actual contexto social y eclesial, ustedes, laicos de la Acción Católica son llamados a renovar la elección misionera, abierta a los horizontes que el Espíritu indica a la Iglesia y expresión de una nueva juventud del apostolado laical. Ésta es una elección misionera: todo en clave misionera. Todo. Es el paradigma de la Acción Católica: el paradigma misionero. Ésta es la elección que hoy hace la Acción Católica. Sobre todo las parroquias, especialmente aquellas marcadas por el cansancio y la cerrazón, y hay tantas. Parroquias cansadas, parroquias cerradas… ¡Ay! Cuando yo saludo a las secretarias parroquiales, les pregunto: ¿pero usted es secretaria de aquellas que abren la puerta o de aquellas que cierran la puerta? Estas parroquias necesitan de su entusiasmo apostólico, de su plena disponibilidad y de su servicio creativo. Se trata de asumir el dinamismo misionero para llegar a todos, privilegiando quien se siente lejano y a los estratos más débiles y olvidados de la población. Se trata de abrir las puertas y dejar que Jesús pueda salir. ¡Tantas veces tenemos a Jesús encerrado en las parroquias con nosotros y nosotros no salimos y no dejamos que Él salga! ¡Abrir las puertas para que Él salga, al menos Él! Se trata de una Iglesia “en salida”: siempre una Iglesia en salida.

Este estilo de evangelización, animado por una fuerte pasión por la vida de la gente, está particularmente adaptado a la Acción Católica, formada por el laicado diocesano que vive en estrecha corresponsabilidad con los Pastores. En esto les es de ayuda la popularidad de su Asociación, que a los compromisos intraeclesiales, sabe unir aquellos de contribuir a la transformación de la sociedad para orientarla al bien.

He pensado en entregarles tres verbos, tres verbos que pueden constituir, para todos ustedes, un tramo de camino. El primero es: permanecer. Pero no permanecer cerrados, no. Permanecer, ¿en qué sentido? Permanecer con Jesús, permanecer gozando de su compañía. Para ser anunciadores y testigos de Cristo se necesita permanecer sobre todo cercanos a Él. Es a partir del encuentro con Aquel, que es nuestra vida y nuestra alegría, que nuestro testimonio adquiere, cada día, un nuevo significado y una fuerza nueva. Permanecer en Jesús, permanecer con Jesús.

Segundo verbo: ir. Por favor, jamás una Acción Católica inmóvil. No detenerse: ¡avanzar! Ir por las calles de sus ciudades y de sus países y anunciar que Dios es Padre y que Jesucristo se los ha hecho conocer, y por esto su vida ha cambiado: se puede vivir como hermanos, llevando dentro una esperanza que no desilusiona. Que haya en ustedes el deseo de hacer llegar la Palabra de Dios hasta los confines, renovando así su compromiso de encontrar al hombre en cualquier lugar se encuentre allí donde sufre, allí donde espera, allí donde ama y cree, allí donde están sus sueños más profundos, las preguntas más verdaderas, los deseos de su corazón. Allí, los espera Jesús. Esto significa: salir afuera. Esto significa: salir.

Y finalmente, alegrarse. Alegrarse y exultar siempre en el Señor. Ser personas que cantan a la vida, que proclaman la fe. Esto es importante: no sólo recitar el Credo, recitar la fe, conocer la fe: proclamar la fe. Decir la fe, vivir la fe con alegría se llama “cantar la fe”, y esto no lo digo solo yo. Esto lo dijo hace 1600 años San Agustín: cantar la fe. Personas capaces de reconocer los propios talentos y los propios límites, que saben ver en las propias jornadas, también en aquellas más oscuras, los signos de la presencia del Señor. Alegrarse, porque el Señor los ha llamado a ser corresponsables de la misión de su Iglesia. Alegrarse, porque en este camino no están solos: está el Señor que los acompaña, tienen tantos obispos y sacerdotes que los sostienen, están sus comunidades parroquiales, sus comunidades diocesanas con las cuales compartir el camino. No están solos. Con estos tres comportamientos, permanecer en Jesús, ir a los confines y vivir la alegría de la pertenencia cristiana, podrán llevar adelante su vocación y evitar la tentación de la “quietud”, que no tiene nada que ver con el permanecer en Jesús, evitar la tentación de la cerrazón y aquella del intimismo, tan edulcorada, desagradable por más dulce que sea, aquella del intimismo. Y si ustedes “van adelante”, no caerán en esta tentación. Y también evitar la tentación de la seriedad formal. Con este permanecer en Jesús, ir a los confines, vivir la alegría evitando estas tentaciones, evitarán de llevar adelante una vida más parecida a estatuas de museo que de personas llamadas por Jesús a vivir y a difundir la alegría del Evangelio. Si ustedes quieren oír el consejo de su asistente general, es tan manso, porque lleva un nombre manso, es Mansueto. Si ustedes quieren seguir su consejo, sean como burritos, pero jamás estatuas de museo, por favor, jamás.

Pidamos al Señor para cada uno de nosotros, ojos que sepan ver más allá de la apariencia, orejas que sepan oír los gritos, susurros y también los silencios, manos que sepan sostener, abrazar, cuidar. Pidamos sobre todo un corazón grande y misericordioso, que desea el bien y la salvación de todos. Los acompañe en el camino María Inmaculada y también mi bendición.

Les agradezco porque sé que rezan por mí. Ahora los invito a rezarle a la Virgen, que es nuestra Madre, y que nos acompañará en este camino. La Virgen siempre iba detrás de Jesús, hasta el final: lo acompañaba.

Recémosle que nos acompañe siempre en nuestro camino, este camino de la alegría, este camino del salir, este camino del permanecer con Jesús. Ave María.

El compromiso de los laicos entre laicidad y laicismo

El compromiso de los laicos entre laicidad y laicismo

Fuente: Zenit.org

Autor: Alfonso Carrasco Rouco

 

http://www.mercaba.org/ARTICULOS/L/laicidad_laicismo.htm

Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia

 

Los fieles laicos “tienen como vocación propia buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social … Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro, …, muestren a Cristo a los demás.” (LG 31).

Ahora bien, el fiel laico existe y vive como miembro del Cuerpo que es la Iglesia, y no puede ser considerado de modo individualista o aislado, separado de su pertenencia eclesial. Al contrario, por el bautismo el laico es incorporado a Cristo y participa a su modo de los tria munera, sacerdotal, profético y real, de modo que su presencia y vocación son constitutivas del Pueblo de Dios, junto con la de los ministros ordenados. Su participación en la vida eclesial es imprescindible para la existencia de la Iglesia, como también, al mismo tiempo, para su propia identidad y misión como fiel laico. Le es necesario, por tanto, participar activamente modo suo en la celebración de los sacramentos, acoger con corazón obediente el anuncio apostólico de la fe y perseverar en el esfuerzo de su inteligencia y comprensión viva, dando testimonio de ella según la medida que le otorgue el Espíritu, y vivir las propios dones y tareas en la plena comunión de la Iglesia.

El enraizamiento y la pertenencia eclesial viva es imprescindible para que el fiel laico pueda cumplir adecuadamente su misión, y ello también teniendo en cuenta que su rasgo específico es el de la presencia en medio de la sociedad. Sin vivir realmente la comunión de la Iglesia universal, en toda la concreción de sus diversas expresiones particulares, el fiel laico difícilmente podrá testimoniar su fe de forma madura e incidente en la realidad. Pero, igualmente, sin la presencia y la experiencia creyente de los fieles laicos que viven su fe en medio de la sociedad, la Iglesia tampoco consigue dar un testimonio suficiente de la verdad del Evangelio como principio de vida y de salvación del hombre. Pues, como enseña LG, toda la Iglesia, como pueblo unido “por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4), es sacramento, es decir, signo e instrumento de la unidad con Dios y de la salvación ofrecida a los hombre en Cristo.

Tiene una importancia radical, por tanto, que la Iglesia no ceda a la tentación del repliegue sobre sí misma, mantenga intacta la parresía de la fe, y precisamente a propósito de la misión de los laicos; ya que nada puede sustituir el testimonio que ellos están llamado a dar desde dentro de las realidades temporales. Por otra parte, así la Iglesia será ayudada a encontrar las vías y las palabras más pertinentes para el diálogo con el mundo de hoy. Pues la experiencia del fiel laico hará más fácil la percepción de los problemas reales y de los obstáculos particulares que encuentra la transmisión de la fe en una sociedad concreta; y, por otro lado, su presencia constituye un testimonio fundamental –no único, pero sí imprescindible– de un afecto real, de un amor lúcido por la creación y por el mundo, que es seguramente presupuesto importante para que el hombre de hoy acepte un diálogo verdadero, se abra a un camino de evangelización.

De esta manera podrá ponerse de manifiesto la afirmación primera del cristianismo: que la Encarnación del Hijo de Dios introduce la salvación en la historia y significa la afirmación definitiva del mundo, ratificando la positividad profunda de todas las cosas, que, como creación de Dios, “están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte” (GS 36). Esta legítima autonomía de las realidades creadas, esta sabiduría profunda presente en las leyes de la naturaleza, es afirmada por la actividad del fiel laico, no sólo de palabra sino también a través de sus obras: en el ámbito de su trabajo, en el que destacan los esfuerzos del arte y de la ciencia, que “escruta lo escondido de las cosas” (Ib.) siguiendo como método precisamente la atención escrupulosa a la manifestación de la profunda razonabilidad de toda la realidad –cuyo origen reconoce el cristiano en el Logos Creador.

Este respeto profundo de todas las cosas significa, por un lado, afirmar concretamente su verdad y consistencia propia, e implica que no pueden ser reducidas a puro material informe a disposición de lo que el hombre quiera hacer por medio de una razón meramente instrumental. Por otra parte, es propio del fiel laico también poner de manifiesto el sentido de una secularidad verdadera, abierta al uso de la razón, dejando atrás posibles concepciones míticas del mundo (presentes hoy a su modo, por ejemplo, en la New Age o en la teoría de la semejante dignidad de hombres y animales).

Particularmente significativa es la iluminación que la fe cristiana aporta a la comprensión del hombre, parte principal de la creación, pues sólo en Jesucristo se desvela plenamente el enigma de su dignidad, vocación y destino (GS 22).

Esta verdad profunda del cristianismo, negada muchas veces en el mundo, es puesta de manifiesto de modo radical y singular por los fieles laicos a través del sacramento del matrimonio. El matrimonio cristiano es un signo particularmente claro de la luz y de la salvación aportadas por Cristo, que entra en las entrañas del mundo, lo libra del mal y le hace posible la realización de sus posibilidades más hondas. Pues la naturaleza del amor esponsal proviene ya de las manos del Creador, que formó al hombre a su imagen; pero la posibilidad de su realización en la historia, venciendo la fragilidad y el pecado del hombre, es dada en Jesucristo. Por ello, el matrimonio cristiano constituye un aspecto fundamental de la misión propia de los fieles laicos, que hacen presente en medio del mundo la verdad profunda del amor humano, convertido en signo de la salvación presente de Dios.

Hemos mencionado así dos grandes dimensiones del compromiso de los fieles cristianos en el mundo: En primer lugar, la relación razonable con la realidad creada, con las cosas, que puede sintetizarse con el término “trabajo” y que implica el conocimiento científico, pero también las diferentes artes, que ponen de manifiesto la profundidad de la realidad, que no se agota en su tratamiento técnico. En segundo lugar, el gran ámbito del afecto y del amor humano, simbolizado de modo paradigmático por el matrimonio.

Hay que mencionar ahora, en particular, el gran significado que tiene el compromiso del fiel laico en la sociedad para la percepción y la afirmación social de la libertad del hombre. Ello acontece ante todo a través de la propia existencia del cristiano, que, iluminado por el Evangelio, lleva a cabo un legítimo esfuerzo por conformar su vida según la verdad sobre el hombre y el mundo. Se introduce así, en el corazón de la sociedad, la afirmación de Jesús mismo, que sostiene toda adecuada relación Iglesia-Estado: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Hoy sabemos con claridad plena que la libertad de la conciencia, que busca conocer la verdad plena, la verdad sobre el Misterio de Dios que fundamenta la realidad, para poder dar forma a la propia existencia (cf. DH 2), es el centro de la libertad del hombre. Lo han demostrado hasta la saciedad los totalitarismos de la historia reciente de nuestro mundo, que han pretendido penetrar y apoderarse de las conciencias de los hombres, llegando a los mayores desastres.

Pues bien, la presencia de los fieles laicos en el mundo hace surgir con fuerza siempre nueva la cuestión de la libertad religiosa; y, por consiguiente, hace presente en medio de la sociedad la afirmación de la libertad de la conciencia humana, del respeto profundo que se debe a su dignidad.

En este compromiso, los laicos son ayudados por su experiencia cristiana, que mantiene viva la percepción de la dignidad de toda persona como hijo adoptivo de Dios, no reducible, por tanto, a una parte del mecanismo del mundo o de la sociedad, sino dotado de libertad y conciencia propias e inalienables, por estar vinculadas en lo profundo con Dios mismo. Por otra parte, como miembro del Pueblo de Dios, el fiel laico puede superar la inevitable fragilidad del hombre, ayudado por la compañía de sus hermanos, por el testimonio de su fe y de su caridad. Puede entonces, a su vez, amar al prójimo como el Señor quiere y ser así capaz de afirmar y defender la dignidad singular de su conciencia y el valor de su libertad.

Pues también este esfuerzo por reconocer y defender la dignidad y libertad propia del hombre tiende siempre a decaer. Al disminuir el ímpetu de la búsqueda y la capacidad de afirmar la libertad del prójimo en aquel que no encuentra la verdad plena –que es el Evangelio de Jesucristo–, es fácil concluir contentándose con algún sistema ideológico o de poder, que no podrá dar cabida a la estatura propia del ser humano. Así pues, ante la tendencia constante a decaer en la afirmación de la dignidad y de los derechos fundamentales del hombre, el fiel laico, individual y comunitariamente, ofrece a la sociedad un testimonio de valor inapreciable: que quien cree en el Señor Jesús descubre la grandeza de la dignidad y del destino del hombre, y es ayudado a vivir según las exigencias de esta verdad reconocida.

Este aspecto del compromiso del fiel laico en medio del mundo sigue teniendo urgencia y actualidad también en nuestros países democráticos. Pues se da en ellos la tentación de confundir la legítima laicidad del Estado con el laicismo, así como la de fundamentar la convivencia democrática en un cierto “relativismo ético”, según el cual habría que renunciar a todo reconocimiento de la verdad moral para poder vivir en paz en una sociedad plural.

El principio de la laicidad, de por sí legítimo, “se entiende como la distinción entre la comunidad política y las religiones”, y expresa una concepción profundamente democrática del Estado, en la que éste se concibe al servicio de los derechos del hombre en el respeto a su libertad de conciencia. El laicismo, en cambio, confunde a la sociedad con el Estado, y ya que el Estado ha de cuidar del bien común respetando las diferentes creencias sin imponer ninguna como propia, pretende negar a las religiones u otras concepciones del mundo el derecho de existir en el ámbito de la vida pública, de la sociedad, imponiendo así, en realidad, una propia ideología desde el Estado. Pero laicidad no es laicismo.

En este contexto, los fieles laicos pueden dar una gran contribución a la salvaguardia de la libertad y de la armonía en la convivencia de la sociedad, en primer lugar buscando conocer y defender, por medios lícitos, la justicia, la libertad, los derechos de la persona. Pues defendiendo el bien del hombre y de la sociedad en las diferentes problemáticas, no se están proponiendo “valores confesionales”, como diría el laicista, ni se ejerce intolerancia religiosa alguna, como objeta el relativista; ya que se trata de verdades radicadas en el ser humano y que la razón puede conocer. Aunque la fe cristiana permita afirmarlas con mayor certeza, su afirmación es un servicio razonable a la verdad y al bien del hombre.

Ni los fieles cristianos ni la Iglesia en su conjunto pueden permitir que se acalle su voz en el debate sobre cuestiones de relevancia moral, que afecten al modo en que se construye la vida y la sociedad. Pues vivir social y políticamente conforme a la propia conciencia no es una forma de confesionalidad ni de imposición intolerante; al contrario, es la manifestación de la madurez de la persona en su inteligencia de la realidad y en la decisión de su libertad a favor de un orden social más justo. En cambio, negarle al fiel laico que actúe de forma coherente con su conciencia, descalificándolo por sus convicciones, es una forma de intolerancia.

El compromiso del fiel laico, entre laicidad y laicismo, significa, pues, evitar la tentación común en nuestra sociedad de separar el ámbito de la conciencia y el de las propias posiciones públicas. Ello no es exigido por la legítima laicidad del Estado, sino que, al contrario, socava los fundamentos de la convivencia democrática: el reconocimiento de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, de los derechos fundamentales del hombre, anteriores a toda estructura de poder social.

Por otra parte, asumir la insignificancia de la propia conciencia en la vida pública implicaría aceptar una sociedad donde no se valora y busca la verdad, donde se debilita toda forma auténtica de ejercicio de la libertad. Y, al mismo tiempo, significaría silenciar lo más propio de la fe cristiana, que descubre en Cristo la revelación definitiva de la verdad sobre Dios junto con la verdad plena sobre el hombre.

Para el fiel laico, en cambio, lo secular es el ámbito privilegiado en que ha de manifestarse la verdad y la fecundidad de la fe, la esperanza y la caridad que mueve su existencia. Su presencia en el ámbito del trabajo y de la vida pública de la sociedad, su defensa de la dignidad y de los derechos del hombre, la realidad de su amor esponsal realizado en el matrimonio, constituye un testimonio imprescindible, que sólo pertenece y puede ser dado por los fieles laicos, de la verdad del Evangelio de nuestro Señor y de su presencia en medio del mundo a través de la realidad de ese pueblo sui generis (Pablo VI) que es su Iglesia.

Intervención de don Alfonso Carrasco Rouco, decano de la Facultad de Teología «San Dámaso» (Madrid) pronunciada en la videconferencia mundial de teología organizada por la Congregación para el Clero sobre «Los fieles laicos», el 30 de marzo de 2004.

 

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