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LA FUNCION DEL LAICO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

LA FUNCION DEL LAICO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

comunidad cristianaL.G. 31 (…) Los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.(…)

A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida.

Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.

A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

El Concilio Vaticano II pretende renovar la Iglesia volviendo a las fuentes, a la vida de los primeros siglos orientándose en el Nuevo Testamento y los santos padres. Un momento en que los laicos no son la masa de una sociedad de cristiandad, en la que algunos se hacen religiosos o sacerdotes para vivir la santidad, sino un pueblo de conversos bautizados, que en medio de una cultura pagana hacen presente la novedad de la vida de Dios manifestada en Cristo y el don del Espíritu Santo. (LG 32, 2; AA 1).

Por eso define a todo el Pueblo de Dios como llamado sin distinción a la santidad, según diversos estados de vida y ministerios, pero todo el consagrado para vivir en santidad y con una misión apostólica que es común a todos sus miembros: dar testimonio de Cristo, anunciando el Evangelio y llamando a la conversión, y transformando el mundo hacia su Reino de justicia. (LG cap V; AA 2). De esta única vocación y misión de toda la Iglesia participan los laicos desde su vida en medio de las instituciones del mundo.

LO QUE NO SON LOS LAICOS

a) El peso histórico del clericalismo:

La historia deja siempre su huella impresa en nuestra historia. La personal y la colectiva. La historia de la Iglesia también. A partir de la “conversión de Constantino”, pasa a vivirse para una gran parte del pueblo un cristianismo de conveniencia. Ser cristiano en la era de las persecuciones suponía plantearse necesariamente la Conversión en serio y un largo catecumenado. El testimonio, el “martirio”, la “santidad” entre los “laicos”, entre las madres y los padres de familia, los niños, estaba al orden del día. Ser cristiano tutelado por el poder del Cesar, pues no tanto. Surge entonces ya ese largo proceso en el que los que quieren plantearse en serio su bautismo decidirán que tienen que hacerlo alejándose de la masa, del pueblo,… mediante una especial consagración a Cristo. El Espíritu que no deja de soplar, nos presenta la imagen de la “santidad” de la Iglesia entre los apologistas, los Padres de la Iglesia, los monjes, los frailes, las grandes órdenes religiosas, … Han sido siglos de historia en los que el “verdadero cristiano” tenía como referencia al clero, ya fuera este secular o regular.

El laicado actual vive necesariamente la herencia de esta historia. El clero también. El propio Congar, predecesor imprescindible de la teología del laicado que impregnaría el Concilio Vaticano II, confesaba que hasta la categoría del laico se había definido desde la categoría de “clero”.

Por eso esta reflexión comienza diciendo que el laico NO ES ya un cristiano de segunda categoría, un monaguillo adulto o un miembro de la tercera orden, la de los legos, de las grandes órdenes religiosas o de un cófrade. El que se casa ya no es el que simplemente no sirve para cumplir con el peso del celibato y los demás “votos”. Y sin embargo, yo no me atrevería a decir que ya estamos fuera de esta mentalidad, a juzgar por la realidad laical, incluso asociada, que llena nuestras Iglesias. No estoy diciendo que los laicos no lean las lecturas en la misa o no hagan las peticiones, o pasen el cestillo o hagan de catequistas o participen en hermosos coros o que gestionen las “obras” que los religiosos, por falta de vocaciones, ya no pueden gestionar. Pero de ahí a que eso se convierta en muchos casos en su principal quehacer… Que eso sea lo que le pide de específico la Iglesia a los laicos,  pues creo que no es acertado.

Hay también una concepción a mi juicio restrictiva de la misión del laico. En ella se distinguen sin confusión posible, dos mundos: el de la vida “religiosa”, privado, pietista, ligado a las “prácticas” piadosas y al altruismo generoso con las instituciones confesionales; y el de la vida secular, que tiene sus propias reglas de juego y en el que, como mucho y en el caso de los “laicos más conscientes”, debe vivirse la “honradez” personal: ser un buen trabajador, llevarse bien con todos, poner paz, tener relaciones y trato exquisito con los compañeros, sin meterse en demasiados líos desde luego.

La mayoría de los laicos vive con su conciencia cristiana tranquila formando parte por un lado de un “grupo de la Iglesia” y por otro de una situación, un cargo, un trabajo o una profesión que a la luz de una visión de fe de la realidad está colaborando, aún desde la buena voluntad, en una “estructura de pecado” (Juan Pablo II).

b) El peso actual del secularismo.

Del otro lado, hay un laicado comprometido conscientemente en las realidades temporales, en las mediaciones políticas, sindicales, económicas, culturales… como fruto de sus convicciones cristianas que no se siente corresponsable de la Iglesia en su conjunto y que habla de que ellos son “la otra Iglesia”, la de la base, la de la comunidad, la viva, la encarnada en la realidad.

Su identidad está más marcada por las instituciones “temporales” a las que están ligados y por las “capillas” que en nombre de la autenticidad, de la libertad del Espíritu, “que no sopla sólo en la Iglesia”, han abierto en la su Iglesia. La otra Iglesia, la jerárquica, está desde los tiempos de los primeros tiempos del concubinato trono- altar, viviendo fuera del mundo, no suficientemente abierta a los signos de los tiempos.

En el fondo son la otra cara de una misma moneda, porque se mantiene aún una dualidad que no acaban de resolver entre Institución- Comunión,  Estructura- vida, Poder- Carisma, Jerarquía- Pueblo; Sacerdote- laico,…

Es verdad que esta postura es mucho más minoritaria que la anterior. Pero también que tiene poderosos  altavoces mediáticos

c) No hay cristianismo sin CONVERSIÓN, sin COMUNIÓN y sin MISIÓN

Lo que realmente está en crisis es la CONVERSIÓN. La generación actual, ni la siguiente, ya no tiene en su equipaje, en su ropaje, en su ajuar, en su herencia, tan siquiera la fe de tradición. Y no hay cristiano, ni laico ni clérigo, sin proceso de Conversión. Europa es país de misión. España es país de misión.

Y hoy como ayer, la Conversión nace de un encuentro con la Iglesia militante, que es el encuentro con el mismísimo Cristo que vive, sufre, lucha, combate, se angustia, se alegra y goza con los gozos, los gritos, las angustias, los combates, el dolor, la vida de los hombres y, preferentemente, de los pobres del Señor. Es significativo en dónde crece la Iglesia actual, en dónde no hay crisis de vocaciones. ¡NO es nuevo! Allá dónde nos encontramos con la Gloria de Dios, con los que mantienen la fidelidad radical a su Amor, en medio de la persecución y la lucha por la dignidad del hombre, la lucha por la Justicia.

Y tampoco hay cristianismo sin Comunión. Desde nunca la fe ha sido una cuestión individual. Siempre ha sido apostólica, eclesial. Creemos en un Dios que, como gritaba Juan Pablo II, es Comunión Solidaridad, un Dios trinitario. Y hemos sido creados a imagen suya, es decir, para la Comunión Solidaridad. El que se embarca en la vida de entrega incondicional, de servicio, de amor en serio, se termina encontrando con el Dios fuente de Solidaridad- Comunión.

Y es en este ENCUENTRO en el que se nos lanza a una misión. Inseparable de la experiencia de encuentro con Cristo: llevad esta Buena Nueva. Anunciadla. Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen,… los pobres son evangelizados: Hágase tu voluntad. Venga tu Reino. El pan compartido. El perdón recibido y regalado. Ser fermento, ser sal, ser luz, ser levadura.

Ahora veremos la especificidad que el laico puede aportar a esta misión de toda la Iglesia.

UN LARGO RECORRIDO HASTA EL CONCILIO VATICANO II

a) Jalones del término “laico” en la historia de la Iglesia

Sin ánimo de ser muy exhaustivo, sólo a modo de explicación breve, el recorrido del término “laico” nos puede ayudar a perfilar su definición.

En el Nuevo Testamento no se encuentra la palabra laico. En el griego profano, laós (pueblo), con la terminación ikos, indicaba, dentro de un pueblo, a una clase social distinta de los jefes; los que eran gobernados.

En el inicio de la Iglesia la forma de designarse entre los cristianos era con la categoría de “nosotros”. No necesitaban otros términos para hablar de una forma de ser de ciertos bautizados que se diferenciaran del resto de los miembros de la comunidad:

El primer uso del término laico entre los cristianos parece deberse a Clemente Romano, quien lo utiliza en su carta a la comunidad de Corinto hacia el año 96. En ella hace referencia a aquellas personas pertenecientes a la comunidad que se encuentran en una condición cristiana común y que son distintos a los que tienen responsabilidades específicas.

Con el tiempo, el término pasó al latín (laicus) para señalar a los cristianos que no pertenecían al clero[i]. Es en el siglo III cuando comienza a hacerse habitual su uso entre los cristianos.

Bajo una concepción piramidal de Iglesia, en la Edad Media, el laico está situado en la base de la pirámide que tiene en la cúspide a los clérigos y a los monjes[ii]. Al final de este período también se usa el término laico para designar a las experiencias o a las personas que se distancian o se oponen a la Iglesia[iii].

A comienzos del siglo XX empieza una recolocación del laico en la Iglesia cuando nace y se desarrolla la teología del laicado, que intenta superar los estrechamientos generados a lo largo de la historia, ofreciendo una valoración positiva del laico y su pertenencia a la Iglesia, pero sin lograr la superación del binomio clérigo-laico[iv]. Esta teología y los movimientos laicales hicieron posible la aportación del Vaticano II[v].

b) El laico en el Concilio Vaticano II. Lumen Gentium.

Con la denominación de laicos el Concilio entiende lo siguiente:

“Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”[vi].

 “El carácter secular es propio y peculiar de los laicos (…) A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y, de este modo, descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” [vii].

En el decreto sobre el apostolado de los seglares, número 5, además se dice:

“Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Por consiguiente, los seglares, siguiendo esta misión, ejercitan su apostolado tanto en el mundo como en la Iglesia, lo mismo en el orden espiritual que en el orden temporal”

c) Juan Pablo II. “La era del laicado”

En una visión unitaria de la historia de la Iglesia en medio de la historia de la humanidad, Juan Pablo II llega a afirmar, cuando se plantea la nueva evangelización que esta la harán los laicos o no se hará. Y también que la familia será la pieza clave de esta nueva evangelización.

Decía que había ciertamente en esta afirmación una lectura de los “signos de los tiempos” porque tiene en cuenta dos tendencias claras que aparecen en ambas historias. La historia de la Iglesia puede leerse, partiendo de la separación entre “pueblo” y  “santidad” como un continuo proceso de gestación de mediaciones dónde poder vivir la identidad cristiana en su totalidad que partiendo de la “separación del mundo” van progresivamente injertándose en él, en un permanente intento de recuperar la vida de los primeros cristianos. Por otro lado, la historia de la humanidad en su conjunto, en su proceso de “autonomía” de Dios, de secularización científico- técnica, de globalización, también exige un protagonismo especial de los laicos.

Por eso irá un poco más allá del Concilio en Christifideles Laici. en los nº 15-17:

“Permitidme, queridos amigos, una última reflexión concerniente a la índole secular, que es característica de los fieles laicos. En el entramado de la vida familiar, laboral y social, el mundo es lugar teológico, ámbito y medio de realización de su vocación y misión (cf. Christifideles laici, 15-17). Todos los ambientes, las circunstancias y las actividades en los que se espera que resplandezca la unidad entre la fe y la vida están encomendados a la responsabilidad de los fieles laicos, movidos por el deseo de comunicar el don del encuentro con Cristo y la certeza de la dignidad de la persona humana” [viii].

III. CORRESPONSABLES EN LA IGLESIA- TESTIGOS EN EL MUNDO

a) Lo que es común del laico a todo BAUTIZADO: CONVERSIÓN y compromiso bautismal.

El laico tiene exactamente las mismas exigencias de fe que cualquier otro bautizado. Ni más ni menos. Todo su ser, su vivir y actuar nace de encarnar la gracia que aceptó de Cristo en el Bautismo. Su deber de buscar la santidad no es menos exigente que el de cualquier otro consagrado. Su fidelidad contiene todos los “votos” que tiene cualquier otro ministerio, aunque no sean públicos. Por el bautismo todos contraemos el compromiso de una vida de pobreza, obediencia (humildad) y castidad (sacrificio de fidelidad). El bautismo es el “si”, la decisión firme, libre y total de la voluntad humana para abandonar el hombre viejo y optar por el hombre cristificado. Este “si” a la muerte del “yo” para poner en el centro a Cristo, le vamos haciendo consciente y le vamos renovando en el día a día, en el minuto a minuto. Este es el punto central y decisivo de la vida del cristiano. Por el bautismo aceptamos la vida de Cristo en nosotros, la gracia. Todos los demás sacramentos están en función de hacer posible crecer esta Gracia bautismal y los compromisos y promesas que hacemos y renovamos en ella.

Por el bautismo nos incorporamos al Cuerpo Mística de la Iglesia y participamos de su misma misión como sacerdotes, profetas y reyes llamados a prolongar mediante sus vidas y su lucha las manos del Señor que es cabeza de la Iglesia en el testimonio del Evangelio, la consagración del mundo y la extensión del Reino aprovechando 24 horas al día todas situación personal, ambiental o institucional (LG 35, 4; AA 4; 6)

Profetas que con su testimonio preparan la acogida a la Palabra de Dios en los lugares donde no llega de otro modo la Iglesia (el taller, la clase, el autobús, la cola del paro…). Son una provocación con su vida personal y con su quehacer institucional a que otros se planteen la pregunta sobre Dios, Y están dispuestos sin miedo a responder exponiendo las razones de su esperanza.

Cuando el concilio presenta esta tarea se refiere de modo explícito al papel de los laicos en las estructuras, es en ellas donde se expresa el dominio del mal –lo que desde Juan Pablo II se llama estructuras de pecado– y es en el testimonio institucional donde se les pide particularmente hacer presente el Evangelio, no tanto como discurso, cuanto vivencia comunitaria del Mandamiento Nuevo. Este trabajo prepara la acogida del evangelio y las conversiones, pues eleva permanente el tono moral de la sociedad, presentan como posibles y deseables los grandes principios morales y, con ello, prepara la tierra para que caiga en ella la semilla del Evangelio predicado por la Iglesia. Así al anuncio explicito de Cristo, dirá Pablo VI, precede toda esta tarea de desarrollo, liberación, testimonio… que se llama pre-evangelización.

– Los laicos son sacerdotes que participan del Sacerdocio de Cristo que los capacita para ello, su trabajo es entrega junto a Cristo que se ofrece al Padre en la cruz, y además es parte imprescindible de la consagración del mundo (LG 36). Esto se hace presente en cada Eucaristía donde el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres se convierte en Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin la vida profesional de los labradores, transportistas, molineros, panaderos, comerciantes… no hay Eucaristía, son  una parte imprescindible del Sacramento. Este trabajo no sólo transforma la materia sino también las instituciones.[ix] Consagrar el mundo es, literalmente, hacerlo santo, que las estructuras de pecado o se transformen en estructuras de gracia y solidaridad.[x]

– Los laicos son reyes como Cristo, que se hace rey al servir y ocupar el último lugar. Y así la política es el mayor servicio, la forma más importante de la caridad que se entrega por los hermanos, por dar vida al mundo. Y es cierto, hoy más que nuca, que sin dar la vida en una vivencia martirial de la política y el compromiso hoy no se vence a la Cultura de Muerte.[xi] Esto es una llamada a gestionar según Dios (LG 31) de modo que

–          en la economía se encarne la pobreza y comunión de vida de las bienaventuranzas

–          en la política el protagonismo de cada persona y de las familias haciendo verdadera comunidad

–          la empresa sea comunidad de persona y no de capitales

–          los medios de comunicación sirvan a la verdad y encuentro entre los pueblos

–          exista desarrollo justo y de todos para que no se tenga que emigrar y las migraciones que se den libremente sean el anticipo de una comunión entre pueblos y culturas.

Que estos criterios se encarnen en instituciones eso significa que Cristo reina en ellas.

De este modo la vida y las responsabilidades que el laico tiene por lo que es, bautizado y ciudadano, trabajador, consumidor, vecino, padre, votante, etc. son la materia de su vocación. Su conversión personal y el ejercicio de sus responsabilidades en las instituciones van unidos, haciendo de su vida y su misión un entramado que está llamado a la unidad. Unidad en la que encontrarán respuesta tanto la llamada que Dios le hace a la santidad, como el anuncio del Evangelio y la transformación del  mundo, que son propios de su misión.

En el laico convergen la Iglesia y el mundo, lo que exige también distinguir lo que hace al interior de la Iglesia o representándola en ocasiones. A lo que hace bajo su responsabilidad en campos como la ciencia, la política, la economía… que tienen su autonomía y en los que debe tomar sus decisiones técnicas o políticas entre las muchas posibles INSPIRADO en los principios morales de la fe, pero sin atribuirse la representación de la Iglesia, pues otros cristianos, igualmente con una conciencia bien intencionada, se posicionaran en otras decisiones técnicas o política diferentes. Los confesionalismos quieren acaparar el prestigio de la Iglesia (la instrumentalizan) tanto para silenciar a otros creyentes que piensen distinto, como para usar a la Iglesia a su servicio. Por eso, en política, los rechaza el concilio (GS 43)

b) Lo que es específico del laico.

Una manera específica de vivir su vocación a la santidad: el matrimonio- la familia (vocación de estado)  y la profesión (vocación profesional)

 

Ahora bien, lo específico del laico no puede definirse desde lo que no es propio del ministerio sacerdotal o la vida religiosa consagrada. Lo específico del laico TAMBIÉN responde a una VOCACIÓN. No puede hablarse ya de vocación en el sentido restrictivo en el que a veces se hace. Se pide por que haya “vocaciones”. Y se pide bien. Pero no podemos referirnos con ello sólo a las “vocaciones al sacerdocio” o a las “vocaciones a la vida consagrada religiosa”. Ser laico es también una vocación.

La llamada a vivir LA SANTIDAD- vocación primera y determinante de todas las demás-  es una llamada a vivir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros personalmente dentro del plan que Dios tiene para toda la Creación. El cristiano bautizado entonces va al mismo tiempo descubriendo que su aportación al PLAN DE DIOS, que su fidelidad al Amor de Dios, exige la consagración a un Estado de vida y a un servicio a la comunión, a la fraternidad humana ( a esto es a lo que llamo “profesión”)

Y el laico es entonces el que descubre en el matrimonio la manera de consagrar su estado de vida. Y la castidad consiste entonces en la fidelidad al sacramento, en la entrega incondicional de todas las fuerzas de la afectividad y la sexualidad a tu mujer (o a tu marido), para llegar a constituir con ella UNA SÓLA CARNE. El laico descubre en el matrimonio una manera de vivir su santidad.  Y también el laico es el que descubre en su profesión la manera de aportar sus cualidades y aptitudes a la construcción de la fraternidad. El laico es el que decide VIVIR SU COMPROMISO BAUTISMAL en medio del mundo, en el llamado “ámbito secular”. COMO VOCACIÓN. Por eso el matrimonio ha llegado a ser un sacramento (costó ocho siglos según el teólogo Borobio): un ámbito de encuentro con la Gracia, un signo del Amor trinitario de Dios al Mundo.

Podemos constatar que este proceso de discernimiento vocacional no se lleva a cabo con los jóvenes. Ni en las Escuelas Cristianas, ni en las catequesis, ni mucho menos en otros ámbitos formativos donde ha desaparecido hasta la palabra vocación. Y el que no descubre esto en su vida está condenado a fracasar como persona, a no encontrar nunca su lugar en el mundo.

Su “índole secular”: ser fermento EN MEDIO DEL MUNDO.

Otra de las especificidades del laicado es este EN MEDIO DEL MUNDO. Los laicos se realizan como cristianos en la medida en que se comprometen a vivir su fe “en el entramado de la vida familiar, laboral y social”[xii]. Según el Papa, los laicos son personas “comprometidas… para crecer como discípulos y testigos del Señor”[xiii]. Es decir, que crecerán como cristianos, como discípulos y testigos del Señor en la medida en que se comprometan a vivir su fe en “todos los ambientes, las circunstancias y las actividades” [xiv] de su vida. Su ser está inseparablemente unido a su actuar, a su misión.

Aquí tenemos planteado el problema de la dualidad de vida. ¿Cómo debemos entender la “presencia” de los cristianos en el mundo? ¿Cómo debemos entender este ser cristianos “EN MEDIO DEL MUNDO, en todos los ambientes, circunstancias y actividades”? ¿Cómo vivir la fe, la esperanza, la caridad en medio del mundo? Vivir en cristiano cuando me lavo, me peino, me visto,… cuando como, bebo,… cuando atiendo a mis hijos,…cuando decido dónde voy a vivir, en qué casa,… cuando me relaciono en el vecindario, en el barrio, en la calle por dónde paso o paseo, cuando empleo el transporte público, cuando voy a comprar, cuando pienso con mi mujer el presupuesto para la familia, cuando me compro un coche… cuando voy a trabajar, cuando deposito mi dinero en el banco… ¿Es esto lo que dice el texto? Si, esto es lo que dice el texto: ¡en todos los ambientes, circunstancias y actividades!

Por eso un laico debe ser en primer lugar muy consciente de en qué mundo vive. Y tiene que discernir y tener un juicio sobre hasta qué punto el mundo en el que vive, el “mundo” que necesariamente me está continuamente influyendo, está en armonía con ese plan de Dios, está ajustado a ese plan de Dios o desajustado, es justo o es injusto.

Muchos laicos ni siquiera se plantean este tema. ¿Por qué? Sería un buen motivo de reflexión. Lo cierto es que la Iglesia nos está ofreciendo siempre luz para que hagamos este esfuerzo. ¿Por qué la mayoría de los laicos desconocen este tesoro de la Iglesia que es su Doctrina social?

Juan Pablo II, en Evangelium Vitae, hizo una de las afirmaciones que más transcendencia y motivos de reflexión debieran tener para un laico: ESTAMOS ANTE UNA AUTÉNTICA GUERRA DE LOS PODEROSOS CONTRA LOS DÉBILES. En términos igualmente preocupantes se manifiestan muchos otros documentos dirigidos a los laicos también: tendencia al imperialismo, tendencia al totalitarismo, dictadura del relativismo,… En la visión de fe de la realidad en medio de la que vivimos los laicos la doctrina destaca tres notas:

1.- Un mundo construido SIN DIOS, como si Dios no existiera. La negación de Dios. Y entonces la doctirna social de la Iglesia (DSI) desarrolla el tema del laicismo o del secularismo

2.- La negación del Hombre. Y la DSI nos habla de la Negación de la Vida. Y también lo hace de la Explotación del Hombre sobre el Hombre y de la negación de la dignidad de todo ser humano desde que es concebido hasta su muerte natural.

3.- La negación de la Moral. La dictadura del relativismo como perversión de la Verdad, el Amor y la Libertad

Una misión específica: Consagración del mundo.

Frente a todo este panorama, una misión: Que el mundo CANTE LA GLORIA DE DIOS. Y como decía San Ireneo “la Gloria de Dios es que EL HOMBRE VIVA”. Traducido quiere decir algo elemental:  que se respete la DIGNIDAD INVIOLABLE, INALIENABLE, sagrada, de toda persona. Consagrar el mundo significa que la persona, la dignidad de la persona, su desarrollo integral, Y LA DE TODAS LAS PERSONAS, se coloquen en el centro de todas las decisiones, de toda organización, de toda institución.

No se trata de “salvar mi alma”, de hacerme individualmente santo. Se trata de entregar mi vida en esta misión, en esta tarea que me encomienda la Iglesia. Se trata de vivir mi IDENTIDAD en esta tarea, de configurar mi identidad cristiana en esta tarea, en esta misión. Benedicto XVI dedica unas palabras sobre qué significa “consagrar” en el libro Jesús de Nazaret. Y dice algo que nos deja abismados: “Consagración significa que Dios reivindica para sí al hombre en su totalidad, lo que comporta al mismo tiempo una misión para los pueblos”.

Consagrar el mundo a Dios es que la Economía se organice en función de la dignidad del hombre. Por eso la Iglesia nos propone que debemos luchar por la dignificación del Trabajo, por la primacía del Trabajo sobre el Capital. No por una banca ética o cristiana, que coloque el fruto de beneficios que salen de los pobres en “proyectos” que benefician a unos pocos pobres. Sino por una economía que no robe a los pobres.

Consagrar el mundo a Dios es que la Política se organice para servir al Bien Común, que es la Justicia. Por eso la Iglesia nos propone el principio de Subsidiariedad UNIDO, inseparablemente unido, al principio de Solidaridad. Con ello, dibuja un orden político institucional en el que las instituciones más lejanas a la persona, no pueden nunca suplantar la iniciativa y la responsabilidad de las más cercanas. Donde la sociedad, y en primer lugar la familia, tiene primacía sobre un Estado que no puede ser nunca subordinador sino coordinador. Y todo ello ordenado al Bien Común, es decir, sin perder nunca de vista el horizonte de toda la humanidad y, en ella, de los más empobrecidos, los más débiles, los más hambrientos. ¡Que distinto, yo diría que opuesto, es hablar de bien común en lugar de hablar de intereses generales! Una vez que se firmó el compromiso firme de descolonizar la India le preguntaron a Gandhi qué planes eran necesarios para gobernar esta nación. Gandhi respondió: “Siempre que hagas cualquier plan piensa en la persona más pobre que conozcas”.

Consagrar el mundo a Dios implica que la Ciencia y la Tecnología se pongan al servicio de las necesidades del hombre, de todos los hombres, en primerísimo primer lugar. Y por eso la Iglesia nos habla del “auténtico desarrollo” y nos previene sobre la voluntad de totalidad, de poder, que demuestra el actual cientificismo materialista. Y por lo tanto a los laicos nos lanza a invertir el motor de toda la gran investigación actual que es capaz de ir a Marte y dejar que se mueran de diarrea miles de niños al día por no poder pagar el tratamiento.

Consagrar el mundo a Dios implica que la Educación- de la que los padres son los primeros aunque no los únicos responsables-  permita el máximo desarrollo de todos los niños y niñas del mundo sin excepción y tengan las deficiencias que tengan. También que descubran en ese proceso su vocación, el lugar en el que mejor pueden servir a los demás. Qué distinto es esto de una educación organizada como un proceso de selección y segregación en función de las necesidades del “capital humano” que determinan las grandes empresas.

Y así podemos seguir con todos los ámbitos en los que transcurre la vida del hombre.

El concilio deja claro que todo lo que se dice del Pueblo de Dios se dice de cada uno de sus miembros. Es decir, que si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, la manifestación de la comunión de la Trinidad en medio de la historia, un Pueblo Santo en que todos somos sacerdotes, profetas y reyes,… esto define el ser y la misión de los laicos como miembros de ese pueblo (AA 2; LG 31).

Esta es su dignidad y su responsabilidad. No es una misión delegada por la Jerarquía (como se decía desde Pío XI), sino es recibida como un deber y un derecho en el Bautismo y la Confirmación. No son los ejecutores de una estrategia cultural, política., económica… emanada del Vaticano (expresión de los tiempos de san Pío X) sino cristianos adultos, responsables que hacen su discernimiento de la situación (ver, juzgar y actuar) para hacer presente el Reino de Dios en el mundo. (Pablo VI, Octogesima adveniens, 4)

El misterio de Dios se manifiesta en la Iglesia, consagra a cada uno de sus miembros, y por cada uno de ellos se hace presente Dios en el  mundo, allí donde se desarrolla su vida. Así, igual que en su conjunto la Iglesia representa a Cristo lumen gentium en la historia, cada bautizado es  la Iglesia en el mundo, esa levadura, luz, sal… escogida y enviada por Dios para hacerse presente en ese preciso tiempo y lugar. La misión del laico es la misma de toda la Iglesia, es parte la misión apostólica de todo el Cuerpo Místico que tiene como fin la extensión del Reino de Dios. No es un encargo de una tarea, sino que SER iglesia,  por su misma naturaleza, la vida del laico está llamada a ser apostolado. (AA 2)

La urgencia de una CARIDAD ADECUADA a nuestro tiempo: LA CARIDAD POLÍTICA. Testigos de la Caridad en la Verdad.

En esto voy a valerme de la autoridad del Papa Benedicto XVI. Creo que nadie ha formulado más claro esta exigencia actual de la Caridad. Nadie lo ha dicho con tanta contundencia. En el número 7 de Caritas in Veritate nos dice:

“Desear el Bien Común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad” (7). CARIDAD POLÍTICA: “Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales”. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Esta es la vía institucional- también política, podríamos decir- de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la polis. El COMPROMISO POR EL BIEN COMÚN, CUANDO ESTÁ INSPIRADO POR LA CARIDAD, TIENE UNA VALENCIA SUPERIOR AL COMPROMISO MERAMENTE SECULAR Y POLÍTICO”.

El laico no puede prescindir, ni por razón histórica ni por razón de su fe, de la dimensión institucional de su vida y del mundo. Esta dimensión no es externa a él sino que forma parte de si mismo. Y, por lo tanto, su Caridad debe abarcar necesariamente esta dimensión no como algo añadido, o superpuesto o alienante, sino como algo consustancial a la Caridad. En descubrir esta dimensión nos jugamos demasiado, es decir, se juegan demasiado los más pobres.

Resulta del todo acientífico y del todo irracional que ante la realidad de hambre, de dolor, de sinsentido, de explotación y esclavitud,… que ante esta Cultura de la Muerte,  no nos preguntemos el porqué, las causas de esta continua sucesión de hechos.  Está claro que Benedicto XVI y todos los Papas no nos están diciendo que nuestra razón quede anulada, que renunciemos a buscar la verdad con la razón. Está claro que detrás de los hechos se ponen de manifiesto la existencia no de “intenciones subjetivas” o “voluntades personales” sino de auténticos “mecanismos” y “estructuras de pecado”. En estos términos se expresaba Juan Pablo II en la Sollicitudo Res Socialis.

Escuchamos con frecuencia  a muchos laicos muy comprometidos con su fe maldecir el paro de sus hijos, familiares o vecinos y proponerles como remedio “orar con mucha confianza para que Dios haga el milagro de que encuentren un trabajo”. Pero esta actitud manifiesta una mentalidad individualista impropia de un proceso histórico en dónde viene madurando una conciencia social desde hace más de siglo y medio. Desde luego que el Señor ha puesto generosamente en la Tierra los bienes necesarios para que no le falte a nadie el pan. Desde luego que necesitamos los bienes sobrenaturales de la Oración y los Sacramentos. Pero los necesitamos para no desfallecer en nuestra misión de consagrar el mundo a Dios, para vivir, EN MEDIO DEL MUNDO, sin ser del mundo.

Las tres tentaciones o reducionismos ante los que estar alerta:

Conviene en este momento al menos advertir de tres tentaciones, o tres grandes debates con muchos nombres, que han estado presentes siempre entre el laicado en su recorrido sobre todo a lo largo del siglo XIX y XX, aunque evidentemente son de siempre en la historia de la Iglesia. Nos las ponía muy claramente de manifiesto Congar en su estudio “Jalones para una teología del laicado”:

El confesionalismo

Congar sitúa esta postura simbólicamente en la Edad Media. Plantear el confesionalismo del Estado o de ciertas instituciones que pretenden influir “desde arriba”, desde “el poder”, desde “el rey”, nos retrotrae, según Congar, a la cristiandad medieval. Es la tentativa de instaurar el Reino de Dios sobre la Tierra sin respetar la “autonomía” del mundo. La tentación por lo tanto sería la de no respetar la autonomía de lo “temporal”, la de crear un “orden temporal” gobernado por la Iglesia. Para Congar, confesionalismo y clericalismo van de la mano.

Aunque no parece probable que podamos volver atrás, no podemos desdeñar en muchas manifestaciones y, sobre todo, en alguna de las acciones de la Iglesia y los laicos la expresión nostálgica de un orden político y social que se plegara a la voluntad de la Iglesia.

El secularismo o laicismo.

Se trata de la postura de signo contrario. Congar sitúa su apogeo “simbólico” en el siglo XIX, en pleno fervor positivista cientificista.  Nosotros la encontramos muy actual. La Iglesia, a la sacristía. La religión al ámbito de lo privado. La autonomía del mundo es absoluta. Lo primero es el pan, la revolución y luego ya vendrá la evangelización. Dejemos de hablar de Caridad y hablemos de justicia. Cristo vendrá luego. Que la Iglesia se preocupe más de si misma. Que la Iglesia se “adapte” al mundo: más democracia, sacerdocio de las mujeres, más pobreza,…

La separación de los dos planos y la opción por el “compromiso temporal” llevó a dos realidades: la disolución de la identidad de los militantes cristianos, que terminaban defendiendo la identidad del partido, el sindicato o la asociación en la que volcaban su compromiso sobre su propia identidad eclesial; y, en segundo lugar, la dependencia ideológica de los laicos del clero sobre todo regular, que marcaba las pautas de análisis y acción de los grupos de militantes.

Por otro lado, lo cristiano quedaba relegado a “prácticas de oración comunitarias” fuera de toda la normativa litúrgica, limitadora por naturaleza de las realidades vitales y carismáticas. Es muy fácil encontrar, en esta tendencia a laicos más adictos al yoga, el Pilates, o el New Age que a la Eucaristía y la Confesión.

El espiritualismo desencarnado.

Se trata de una huída del mundo. Una huída que al final acaba siendo otro dualismo, porque hay que convivir en todo momento con el mundo y nadie se puede salir de él. Se buscan espacios incontaminados dónde vivir un cristianismo auténtico. Se refugian en la piedad, en los medios piadosos, en las obras piadosas. Se sitúan en el otro polo del laico secularista.

El laico está llamado, desde la Iglesia a superar todos estos reduccionismos, a vivir la unidad entre la fe y la vida. Pio XII ya nos decía que querer hacer esta separación entre la fe y la vida, entre lo sobrenatural y lo natural, entre la Iglesia y el mundo, es abiertamente anticristiano.

Hacia una espiritualidad “laical”

No podemos dejar de decir algunas palabras sobre la necesidad de ir alumbrando una espiritualidad que lógicamente no puede ser la del monje, la del consagrado célibe al ministerio del sacerdote, la del fraile o la del religioso. La misión que el laico tiene como Iglesia, que es la misión también de toda la Iglesia, la presencia consciente del militante cristiano en medio del mundo lanza un reto: la necesidad de unir, sin separar y sin confundir, la identidad creyente propia y la inserción secular.

El punto central lo constituye el cultivo de un deseo voluntario, libre y conciente de entrar en un proceso de Conversión permanente, lo que implica necesariamente el desarrollo de la conciencia de nuestro compromiso bautismal.

El punto de partida consiste en proceso de formación del  militante cristiano laico. En ella, formación y desarrollo de la espiritualidad vienen a ser lo mismo ya que este proceso formativo nos plantea la centralidad la Conversión a Cristo, a su Iglesia y la encarnación en la vida de los empobrecidos. Dicho proceso contiene tres elementos inseparables:

  1. La vida solidaria que nos permita el paso del “individuo” al equipo y del equipo a la familia apostólica y que se basa en el crecimiento en la comunión de bienes, vida y acción que tiene como referencia la encarnación en la vida de los empobrecidos y la colaboración en tarea de la misión laical de la Iglesia. En estos equipos se integran todas las realidades vitales: jóvenes, familias, solteros, viejos…       Y estos constituyen la base de la asociación, que viene a ser la familia de familias. Estos equipos deben ser auténticas células de la Iglesia en el mundo, y permiten a la “familia natural” de sangre superar sus múltiples limitaciones de cara a la acción apostólica
  2. La vida de Unión con Dios en la oración y los sacramentos. Evidentemente la Eucaristía y la Reconciliación se convierten es sacramentos imprescindibles para los militantes laicos. Todos los miembros trazan planes personales, familiares y de grupo para crecer en esta vida de unión con Dios y la asociación se encarga de tener ámbitos permanente donde vivir, alentar y revisar estos planes.
  3. La acción apostólica organizada en común desde plataformas y mediaciones propias creadas y revisadas por los propios militantes.

[i] Cf. M. Semeraro, Laico/Laicidad, en L., Pacomio y V., Mancuso (Edrs.), Diccionario Teológico Enciclopédico, Estella (Navarra) 19993, 555.

[ii] Cf. Ibid.

[iii] Cf. E. Bueno, Laico, 417.

[iv] Cf. Ibid., 419; R. Berzosa Martínez, Laico, en AAVV, Diccionario del Sacerdocio, Madrid 2005, 399; M. Semeraro, Ibid.

[v] Cf. E. Bueno, ¿Redescubrimiento de los laicos o de la Iglesia?, en Revista Española de Teología, 48 (1988), 224.

[vi] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 31, “AAS” 57 (1965) 37.

[vii] Conc. Vaticano II, Ibid., 31, “AAS” 57 (1965) 37-38.

[viii]Ibid., 672.

[ix] Así lo afirma Juan Pablo II tras hablar de cómo la solidaridad vence a las estructuras de pecado (SRS 48). Una idea muy querida por el concilio, que recuerda como la Eucaristía anticipa esa consumación definitiva del mundo entero por Cristo, que  sustenta nuestra esperanza (GS 38-39).

[x] Es tan poderosa que Benedicto XVI la compara a la fisión nuclear: La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de ‘fisión nuclear’, por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1 Co 15,28). (SC 11)

[xi] Con su vida y trabajo los laicos extienden el reinado de Cristo. La herramienta más eficaz para ello dice el concilio que es una vida de santidad que impregna el mundo del espíritu de Cristo y alcanza eficazmentela justicia en la caridad y en la paz. Se une aquí la eficacia de los medios propios de cada profesión con la búsqueda de una más justa distribución de que estos sirvan a todos los hombres.

[xii]Ibid.

[xiii]Ibid., 671.

[xiv]Ibid., 672.


Fuente: http://auladsi.net/2016/04/02/la-funcion-del-laico-en-la-sociedad-actual/

 

Categorías:Laicos

Teología del Apostolado Seglar Introducción del punto 1 al 4

comunidad cristiana

 

JOAQUÍN SABATER MARCH

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS

 

INTRODUCCIÓN

SUMARIO: § 1. Razón de esta obra. — § 2. Terminología general. — § 3. Laicología. — § 4. Apostolado de los seglares. — § 5. Acción Católica y asociaciones religiosas de seglares. — § 6. Teología de la Acción Católica. — § 7. Gracias y carismas en la Acción Católica. —- § 8. Plan de la obra.

§ 1. RAZÓN DE ESTA OBRA

En torno a este movimiento tan noble y consolador, cada día más en auge y extendido por doquier, que, procedente de diversas zonas, está reclamando el apoyo de los estudiosos para revalorizar doctrinalmente y dejar en su justo medio al seglar católico en su condición plena de miembro de la Iglesia y bajo cualquier aspecto de sus legítimas posiciones o actividades en que se le considere; y en fuerza de la voz autorizada de la misma Iglesia que por boca del Jefe supremo, el Romano Pontífice[1], al que secundan con ahínco, presteza y generosidad los obispos del orbe católico, puestos por el Espíritu Santo para adoctrinar y regir la grey[2] que les ha sido confiada, florece una copiosa literatura que cuenta ya con prestigiosas obras o tratados, en la que, mientras los teólogos van escudriñando las fuentes bíblicas y su exégesis y levantan el hermoso edificio de la doctrina revelada o de ella dimanante, con los peldaños por los que pueda subir y situarse el laicado, los canonistas elaboran denodadamente la estructuración orgánica y visible del expresado edificio en conformidad con lo básico y perenne del sistema eclesiástico-disciplinar, y a ellos se han unido los historiadores que se esfuerzan en entresacar de las fuentes probadas y certeras lo que sobre este particular ha sido objeto de solicitud por parte de la Iglesia en el decurso de los tiempos y, de un modo especial, en los orígenes y siglos primeros del cristianismo.

Secundando también este indicado movimiento y respondiendo humildemente a la invitación expresada de la jerarquía eclesiástica, aparece la presente obra, la cual, como diminuto grano de arena, pretende colaborar en esa parte de la ciencia sagrada sobre el laicado y, en especial, el apostolado de los seglares.

§ 2. TERMINOLOGÍA GENERAL

El epígrafe general y el subtítulo de este libro indican ya, a simple vista, sobre qué rama de las ciencias sagradas versa la sucesión de temas que lo componen. Pero quizá no se comprenda del todo su contenido ni tampoco sus límites por la imprecisión que aún hoy día reina acerca de esas materias eclesiales. Por ello es obligado aclarar el sentido que los epígrafes pueden tener tanto con miras al actual estado de la ciencia como en su mutua y recíproca conexión en esta obra.

La expresada literatura eclesial ha brotado con los siguientes títulos: Apostolado de los seglares, Acción Católica, Laicología y Teología acerca del laicado.

No hay todavía fijeza en los conceptos de los referidos epígrafes o términos, los cuales son empleados no en sentido unívoco por los tratadistas[3], ni se presenta fácil el puntualizarlos, si no como conceptos autónomos e independientes, por impedirlo su íntima conexión, sí con propio y peculiar significado que apunte, al menos, determinadas características o notas en cada uno de ellos como privativas suyas, aunque tenga otras que sean también comunes y afines a los restantes.

Sin adentrarse en disquisiciones científicas y profundas, no cabe duda que con cada uno de los expresados títulos se expone un concepto diverso de los demás, a lo menos, en cuanto a la extensión del significado. Pues si la teología del apostolado de los seglares y Acción Católica forma parte de la teología acerca del laicado, ésta lo es también de la simple laicología.

§ 3. LAICOLOGÍA

Es aquella rama de la ciencia sagrada que se ocupa directa e inmediatamente de la posición que guarda el seglar en la Iglesia en cualquiera de sus aspectos, sea teológico, litúrgico, moral, jurídico o histórico. Su ámbito es extensísimo, si bien de hecho suele ceñirse primordialmente a la parte teológica y canónica.

De la consideración de la Iglesia como sociedad u organismo divinamente jerárquico, en el que sus miembros unos son clérigos, distintos de los laicos o seglares, aunque no todos los clérigos sean de institución divina[4], toma origen la laicología en cuanto tiende a estructurarse y sistematizarse como ciencia. Cuán lejos esté todavía de formar un conjunto orgánico, se echa de ver con sólo hojear los manuales que traten de laicología.

§ 4. APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

Por apostolado de los seglares entendemos la actividad que éstos ejercen en las tareas que se derivan de la misión confiada por Cristo a su Iglesia[5]. Cuando esta actividad es fruto de la sola iniciativa y dirección de los simples fieles, tenemos entonces el apostolado seglar libre, para el cual es suficiente y necesario “mantenerse siempre dentro de los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes”[6]. Mas cuando esa misma actividad responde a una “misión canónica” o “mandato” dado por la Iglesia jerárquica a los laicos organizados en particular, surge el apostolado oficial de los seglares, ya que éstos en su actividad apostólica siguen en todo la voluntad y elección de la jerarquía.

La denominación nueva de apostolado oficial de los seglares, en la disciplina eclesiástica, comprende, por una parte, el expresado “mandato” o “misión canónica”, y, por otra, se contrapone al referido apostolado seglar libre.

Estas dos facetas en el apostolado de los seglares no deben considerarse como antagónicas e incompatibles, incluso para un mismo individuo, puesto que ambas podrán entrar en la actividad inspirada en el celo apostólico de un fiel laico al realizar, en forma sucesiva, tareas de uno y otro apostolado.

Pero ya desde estas páginas preliminares conviene puntualizar la naturaleza de ese mandato o misión canónica, el cual puede ser diferente o igual, según los casos, para sacerdotes, incluso actuando en fuerza de su cargo sacerdotal, y para seglares. Así, uno es el mandato que la jerarquía confiere para la predicación sagrada, el cual implica potestad de magisterio, y otro, el que se da para la instrucción catequética y formación religiosa de los fieles. El primero sólo pueden recibirlo los clérigos, dentro de los límites y condiciones que establece la ley canónica[7]; el otro es exactamente de la misma naturaleza aplicado a clérigos o a seglares[8], pues ni en aquéllos ni en éstos importa prerrogativa de potestad sagrada. Por eso, el párroco llama, por ejemplo, indistintamente a sacerdotes y seglares, para que le ayuden en la función catequística. En este llamamiento, va incluido el mandato o misión canónica para la catequesis. Por razón de este último mandato, el apostolado no se distingue en jerárquico y en seglar oficial; es, entonces, la consideración de la persona, v. gr. el carácter sacerdotal o el simplemente bautismal el determinante, por causa del agente, de uno y otro apostolado. En cambio, cuando el mandato incluye potestad sagrada, aunque sea imperfecta, el apostolado es exclusivo de la jerarquía.

La misión canónica o mandato que los seglares reciben de la jerarquía para el apostolado, implica impulso, dirección, señalamiento, voluntad de beneplácito, precepto, conforme a la tradicional disciplina de la Iglesia. Que en casos más o menos aislados el Romano Pontífice ha conferido a seglares misión canónica con potestad sagrada o jerárquica, no puede ponerse en duda, verbigracia, en la preparación y firma del Concordato y Tratado de Letrán, en superiores de la Orden de San Juan de Dios, en jueces italianos para conocer y fallar causas de separación conyugal; y que pueda extender cuantitativa y cualitativamente esas prerrogativas canónicas, nadie se atreverá a negarlo. Pero en tales casos, cabe preguntar si ese mandato intrínsecamente jerárquico por su contenido, dado a seglares, convierte en apostolado jerárquico las tareas que éstos desarrollen. Parece que en dichas circunstancias más bien se ejerce el apostolado de la Iglesia jerárquica, porque cuanto realice el representante deberá atribuirse al representado, que en el presente caso es la jerarquía eclesiástica.

Esa misión canónica que, en el aspecto social o disciplinar, admite pluralidad de formas y que difícilmente podrá ser reducida a un solo tipo canónico-administrativo, representa y constituye la envoltura de realidades o vivencias teológicas de más intenso interés que su simple configuración canónica. Cuál sea ese contenido teológico, será objeto de estudio en el desarrollo de sucesivos temas.

[1] Discorso di S.S. PióXIsu l’Azüme Cattolica a 1.000 alunni degli Istituti Ecclcsiastici di Roma (12-3-19.36), Tipografía Poliglotta Vaticana, 1936. p. 13.

[2]Ac 20 28.

[3] A. Avelino ESTEBAN ROMERO, La teología del laicado, en “XIII Semana Española de Teología” (14-19 sep. 1953). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto “Francisco Suárez”. Madrid, 1954, pp. 1-76. — A. ALONSO LOBO, Laicología y Acción Católica, Madrid-Buenos Aires, 1955, p. 14. — M. J. CONGAR, Jalons pour une théologie du laicat, París, 1953, pp. 159-313; id., Pour une théologie du laicat, en “Études”, vol. CCLVI, 1948, p. 45.

 

[4] 4. C. 107.

[5] 5. Pïo XII, Discurso al II Congreso mundial del apostolado de los seglares (5 octubre 1957), en L’Osservatore Romanot 7-8 oct. 1957.

[6] Discorsi e Radiomcssaggi, vol. xm, p. 298.

[7] 7. Cáns. 1333, 1334, 1381 § 3.

[8] 8. Cáns. 1328, 1337 ss.

Material de Adviento

Con el gusto de iniciar este tiempo de adviento les enviamos un cordial saludo desde la Junta Nacional.
Adjuntamos archivo con material de Adviento y Navidad; puede se útil para la lectura personal, para el estudio y reflexión en el grupo y para la aplicación en la familia y en la comunidad.
Hemos hecho este trabajo de investigación y recopilación con mucho cariño y con la esperanza de que sea un medio de evangelización que llegue a mucha gente.
Por lo anterior les pedimos, de la manera más atenta, nos hagan favor de compartir este material, ya sea reenviando a sus contactos o bien imprimiendo y dando copias a las personas que no usan este medio.
Agradecemos sus atenciones y seguimos a sus órdenes.
Saludos
Carmen Torres
Junta Nacional
De la Acción Católica Mexicana

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS, prologo

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JOAQUÍN SABATER MARCH

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS

Gracias y carismas en la Acción Católica

Prólogo del

Obispo Secretario del Episcopado español

Excmo. y Rvmo. Monseñor

VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN

Obispo de Solsona

BARCELONA

EDITORIAL HERDER

1958

 

 

 

 

NIHIL OBSTAT: El censor, JOSÉ M.a MURALL, S. I.

IMPRÍMASE: Barcelona, 7 de febrero de 1958

+ GREGORIO, Arzobispo-Obispo de Barcelona

Por mandato de su Excia. Rvma.

ALEJANDRO PECH, Pbro., Canciller-Secretario

© Editorial Herder, Barcelona, 1958

Es PROPIEDAD

PRINTED IN SPAIN

GRAFESA, Torres Amat, 9 – Barcelona

Depósito legal, B. 5003 -1958

 

A la piadosa memoria de FEDERICO OZANAM el apóstol seglar más universal que ha tenido la Iglesia.

 


PRÓLOGO

del Obispo Secretario del Episcopado Español,

EXCMO. Y REVMO. MONS.

VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN

Obispo de Solsona

“Sería desconocer la verdadera naturaleza de la Iglesia y su carácter social el distinguir en ella un elemento activo: las autoridades eclesiásticas, y, por otra parte, un elemento puramente pasivo: los seglares”, dijo el Papa en el discurso al II Congreso Mundial de Apostolado Seglar (octubre 1957).

Esta afirmación, que hace cincuenta años hubiese sorprendido a no pocos — sacerdotes y seglares —, expresa hoy un estado normal de conciencia en todos los hijos de la Iglesia.

Desde que Pïo XI organizó la Acción Católica, entroncando el apostolado de los seglares con el apostolado jerárquico, se ha revalorizado la figura del seglar bautizado. Los seglares se sienten miembros activos de la Iglesia y quieren participar en las tareas apostólicas. Los sacerdotes hemos empezado a comprender que necesitamos de la colaboración de los seglares y que también ellos tienen su actividad propia en el desarrollo y perfeccionamiento del Cuerpo místico de Cristo.

Esta realidad, que hoy se manifiesta en todas las latitudes, es una de las pruebas más evidentes de la eterna juventud de la Iglesia. Porque “las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares”, como ha dicho el Papa. Y esta exigencia es mucho más apremiante en nuestros días, cuando la sociedad, constituida y organizada al margen de la doctrina de Cristo, nota que le fallan los fundamentos materialistas sobre que se asentaba y reclama una inyección de vida que no puede venirle más que del Evangelio. Pero es necesario para ello que el “mensaje evangélico” se encarne en las estructuras sociales. Y esta encarnación no pueden realizarla más que los seglares. El Papa ha dicho, en el mismo discurso, que “la consecratio mundi es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, de hombres que se hallan mezclados íntimamente con la vida económica y social, que forman parte del gobierno y de las asambleas legislativas”. Por eso el apostolado de los seglares es de suma urgencia en nuestros días, cuando precisamente los seglares se nos están ofreciendo gozosos para trabajar en esas empresas cristianas.

El momento es interesante a la vez que peligroso. Interesante porque los seglares irrumpen con fuerza arrolladora en el campo del apostolado y nos ofrecen la posibilidad de salvar a este mundo en crisis y conseguir el “mundo mejor” que el Papa preconiza y que todos deseamos. Difícil, porque ese despertar de la conciencia eclesial de los seglares puede seguir rumbos excesivos para caer en un “seglarismo” que sería pernicioso.

Es el momento propicio para que se aclaren bien las ideas y se encauce convenientemente esa actividad seglar. Esto es lo que ha hecho el Papa, en el discurso a que me he referido anteriormente, presentando algunos puntos fundamentales del apostolado de los seglares e invitando a la Jerarquía y a los fieles a estudiar con seriedad el problema de la coordinación efectiva de todas las fuerzas católicas.

La dificultad del momento presente y la invitación del Papa nos obligan a todos — particularmente a los sacerdotes que hemos de formar la conciencia de los fieles — a estudiar a la luz de la revelación y de las circunstancias actuales los problemas que presenta el apostolado seglar. Tan sólo así podrá conseguirse que esta esperanza que nos ofrecen los buenos deseos de los seglares se convierta en hermosa realidad.

El doctor don Joaquín Sabater March, que nos ha dado reiteradas pruebas de su preparación teológica y canónica y que estudió distintos aspectos de este problema en sus libros Derecho constitucional de la Acción Católica y Derechos y deberes de los seglares en la vida social de la Iglesia, ha aceptado esa invitación del Papa y nos presenta este nuevo libro la TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS. Basta leer el índice para darse cuenta de la amplitud con que ha enfocado el tema y del interés de este estudio.

Porque la que se ha llamado “teología de los seglares” no está suficientemente hecha. Se han publicado algunos ensayos dignos de mención, pero no se ha llegado a conclusiones precisas y definitivas. Y se han producido ya algunas desviaciones que el Papa se ha visto obligado a señalar.

La obra que hoy sale a luz es un paso más, e importante, en esa tarea de precisar la posición del seglar en la Iglesia y de fundamentar sólidamente su actividad apostólica. El doctor Sabater March ha sabido acudir a las fuentes y ha recogido todas las enseñanzas pontificias para darnos un avance de la verdadera teología del apostolado de los seglares. Y creo que lo ha conseguido plenamente.

Con ocasión del discurso del Papa al que he hecho referencia, se ha producido un desconcierto en algunos ambientes. La sugerencia que transmitió al Congreso sobre el posible cambio de nombre y de estructura de la Acción Católica extrañó a no pocos. A mi juicio, porque, fijándose demasiado en lo accidental de ese movimiento inspirado por Pío XI, se había descuidado lo fundamental: la teología del mismo. Con ideas claras y precisas sobre lo que significa la Acción Católica en la vida de la Iglesia, a nadie puede extrañar la orientación que se manifiesta en las palabras papales.

Por eso creo que es oportunísima la obra del doctor Sabater March, que estudia los fundamentos teológicos de ese movimiento seglar y puede dar mucha luz para entender las orientaciones pontificias.


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ADVIENTO UNA NUEVA OPORTUNIDAD PARA DEJAR NACER A DIOS EN NUESTRO CORAZÓN

ADVIENTO UNA NUEVA OPORTUNIDAD PARA DEJAR NACER A DIOS EN NUESTRO CORAZÓN
Publicado en el año 2006 
1.   ¿QUÉ ES ESO DEL ADVIENTO?
 
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Los cristianos estamos de nuevo esperando. Comenzamos el tiempo que nos traerá al Mesías inaugurando un tiempo nuevo en un mundo nuevo. Tener esperanza es síntoma de vida: cuando alguien no espera es que ha decidido que su vida no merece la pena. Nada hay más positivo y rejuvenecedor que esperar con ilusión un acontecimiento, más aún si lo sabemos cercano y
extraordinario.   Eso   sí,   únicamente   comienzan   algo   los   que   tienen esperanza. Nosotros, los cristianos, somos o deberíamos ser los hombres y las mujeres de la esperanza, dispuestos a empezar siempre, a levantarnos por encima de nuestras debilidades, fracasos y angustias, porque sabemos, una vez más, que Dios extiende su mano en la persona de Jesús de Nazaret.
 
Adviento  es posibilidad, descubrimiento,  acercamiento, abajamiento, conversión, discernimiento, contemplación, asombro, espera, profecía, alegría, esperanza, confianza, camino, fiesta… Adviento es Jesús de Nazaret.
 
Este año hemos pensado que sería muy gráfico trabajar con la figura de una mano, que simboliza la mano que Dios nos tiende. Cada domingo, la mano se irá abriendo un poco e irá apareciendo una indicación procedente de la Palabra de Dios. Dios, mediante su Palabra, nos indica el itinerario vital y creyente que debemos hacer si queremos descubrir a Jesús, si queremos experimentar en nuestra propia vida cómo Jesús, encarnándose en nuestra humanidad, es la mano que Dios nos tiende. Jesús que se hace hermano nuestro.
 
Celebrar el Adviento significa dejar que Dios con su mano y su Palabra toque nuestro corazón y lo habite, lo haga confortable, lo serene, lo llene de paz, de sitio libre para acogerlo. En Adviento, Dios extiende su mano: No dejemos escapar esta nueva oportunidad.
 
La Palabra de Dios esboza un itinerario catequético precioso, que no deberíamos dejar pasar por alto. Dicho itinerario nos presenta cuatro indicaciones básicas para poder acercarnos al Misterio de la Navidad, a ese Dios que extiende su mano a la humanidad encarnándose en Jesús de Nazaret: DESPIERTA, PREPÁRATE, CONVIÉRTETE, CAMINA.
 
Las cuatro indicaciones poseen un tono directo, claro, exhortativo y señalan las etapas de un proceso de crecimiento, de todo proceso vocacional de cada proceso de madurez.
En este Adviento, Dios Padre va abriendo su mano y nos va mostrando el itinerario para encontrarnos con su Hijo, para que vivamos con esperanza su venida: “Jesús: Dios no puede decir más de sí mismo”.
 
En este Adviento, Dios nos invita a despertar de lo de siempre, de nuestra rutina y adormilamiento, a poner manos a la obra; nos invita a prepararnos, por dentro y por fuera, personal y comunitariamente; nos invita a convertirnos, a ser y estar de otra manera, a usar nuestras manos también para otras tareas, para otras  personas;  nos  invita  a  caminar,  a  extender  nuestra  mano  y  bendecir  (hablar  bien,  ensalzar, reconocer) a los otros, va a vivir como hombres y mujeres que han encontrado a Jesús y se han dejado transformar por su vida y su mensaje.

2.   NUESTRO ITINERARIO PARA EL ADVIENTO

 

¡DESPIERTA! Evangelio: LC 21,25-28.34-36)

 

La primera señal que Dios nos hace es ¡Despierta!

 

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser. Su grito de alerta Levantaos, alzad la cabeza; andaos con cuidado …”, no ha perdido actualidad,  pues las personas seguimos matando la esperanza y embotando nuestra existencia de muchas maneras.

 

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Cuando en una sociedad las personas tienen como objetivo casi único de su vida la satisfacción de sus apetencias y se encierra cada una en su propio disfrute,  allí  muere  la  esperanza.  Uno  de  los  efectos  más  graves  y generalizados  de  vivir  en  una  sociedad  como  la  nuestra  puede  ser  la frivolidad, la ligereza en el planteamiento de los problemas más serios de la vida,  la  superficialidad  que  lo  invade  todo,  y  que  se  traducen  personas

satisfechas que no quieren cambiar el mundo. No se rebelan frente a las injusticias. Nada más lejos de aquel Extiende tu mano” de Jesús, que implica toda la vida de las personas y que desborda todas sus esperanzas.

 

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Resulta tentador instalarnos en nuestro pequeño mundo, gozar de la abundancia y vivir tranquilos y cómodos, sin mayores aspiraciones y sin problemas, pero no lo olvidemos: sólo aquellos que se han insensibilizado pueden sentirse a gusto en un mundo como éste. Quien ama de verdad la vida y se siente solidario, quien tiene la esperanza del Reino, sufre la tensión y la

intranquilidad de comprobar que todavía no podemos disfrutar la felicidad a la que estamos llamados.

 

De la frivolidad y el embotamiento sólo es posible liberarse despertando, aprendiendo a vivir de forma más lúcida. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a vivir vigilantes y discernir, despertando de tanta frivolidad y asumiendo la vida de manera más responsable.

 

La verdadera esperanza ni embota ni adormece, sino que nos desinstala y nos pone en pie. La esperanza cristiana es la espera creadora de los comprometidos a favor de una sociedad más justa y más fraterna.

 

     ¡PREPÁRATE! (Evangelio: LC 3,1-6)

 

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Esta  es  la  nueva  pauta  de  Dios  en  boca  de  Juan  el  Bautista:

¡Prepárate!

Juan, un hombre que no pertenece a ninguna jerarquía y que no posee poder ni dinero ni autoridad alguna, es el único que escucha la palabra de Dios, que debe oír todo el pueblo.

Siempre es así: es al pobre al que hay que escuchar, para poder oír en lo más hondo de nuestro ser la llamada al cambio y poder ver la salvación de Dios. Cuando una persona sincera es capaz de aprender a

mirar la vida desde la perspectiva del pobre y del indefenso, se siente llamada a renovar su vida. Escuchar a la persona que nos grita desde el desierto de   su pobreza es siempre escuchar una llamada a la conversión.


Hoy, un grito estridente y doloroso resuena en nuestro mundo: el clamor de los pobres, los indefensos,  los  atropellados  por  la  injusticia,  los  ancianos,  los  humillados,  los  manipulados,  los emigrantes, los que carecen de trabajo… los menores.

Es una voz que nos urge a empeñarnos de manera personal y comunitaria. Esa voz nos habla de ponernos manos a la obra, de allanar, enderezar, igualar. Sólo así, podremos ver todos la salvación de Dios.

 

Vivimos más y mejor informados que nunca y, sin embargo, son más cada vez los que se sienten desprovistos de razones convincentes para dar sentido a su vida. Hoy es posible una comunicación rápida y eficaz entre las personas y los pueblos y, sin embargo, cada vez somos menos capaces de entablar relaciones de amor y amistad. La sociedad está mejor equipada para luchar contra el dolor, la enfermedad y el mal, pero, al mismo tiempo, parece que las personas se sienten más débiles para enfrentarse al sufrimiento y las contrariedades de la vida. Cada vez son mayores las posibilidades de viajar, divertirse y cultivar toda clase de aficiones y deseos, pero sigue creciendo a la vez el número de personas insatisfechas…

 

Muchos hombres y mujeres se encuentran con falta de ilusión, sentido, horizonte, alegría… Lo que caracteriza a los cristianos es que, al diseñar nuestra vida, al darle un sentido y vivirla, tenemos como punto de referencia clavel a Jesús. De ahí la importancia de escuchar con atención la voz del profeta: Preparad el camino al Señor”. Para que Jesús nazca en nosotros debemos prepararnos, y esta preparación consiste en la igualación definitiva de las relaciones humanas, que han de pasar de la desigualdad a la igualdad, de la injusticia a la justicia, expresado simbólicamente en la nivelación de los terrenos.

 

No basta el cambio interior: el camino y los senderos hacen referencia a algo que tiene relación con todos, a un mundo nuevo, a una nueva sociedad. La voz del profeta es un reto para todos. No se puede ver la salvación de Dios si no hay conversión, si no hay cambio, si no hay praxis concreta del compartir y la solidaridad, si no ponemos nuestras manos al servicio de los demás.

 

     CONVIÉRTETE (Evangelio: LC 3, 10-18)

 

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Esta es la indicación más dura y directa, que nos dice lo que hemos de hacer: ¡Conviértete!

 

Hoy escuchamos muchas llamadas al cambio, a la responsabilidad ética y la solidaridad, pero casi nadie se da por aludido. La conversión es

imposible cuando se da por supuesta. Además, los medios de comunicación social nos informan, cada vez con más rapidez de toda la realidad que

acontece entre nosotros: conocemos cada vez mejor las injusticias, las miserias y los abusos que se cometen, lo que crea en nosotros cierto sentimiento de solidaridad, e incluso de culpabilidad, pero a la vez acrecienta nuestra sensación de impotencia: ¿y qué podemos nosotros hacer?

 

Las sencillas palabras de Juan el Bautista ponen el dedo en la llaga y nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nuestro corazón.

 

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En estos tiempos tan duros para los pobres y marginados, la denuncia de Juan cobra nueva vigencia. Es el momento de compartir y ser solidario, de “abrir los dedos y

hacer de nuestras manos, manos abiertas que acaricien, pidan y trabajen y que adopten un gesto de espera; que saluden, que inviten y den; manos limpias que ofrezcan una amistad sincera, manos llenas de amor, manos incansables… manos abiertas.


     CAMINA (LC 1,39-45)

 

Esta es la indicación del cuarto domingo de Adviento.

 

El primer gesto de María, tras acoger las palabras del ángel y decir a la propuesta divina, es ponerse en camino y marchar aprisa junto a otra mujer que necesita en esos momentos su cercanía.

 

Hay una manera de amar que debemos recuperar en nuestros días:  consiste en acompañar a vivir a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad, marginado por la droga o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de vida. Se trata de acompañar a vivir a cada persona su propia historia personal.

 

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Estamos consolidando una sociedad hecha sólo para los fuertes, los agraciados, los jóvenes, los sanos, los triunfadores y los que son capaces de gozar y disfrutar de la vida. Convertimos la amistad y el amor en un intercambio mutuo de favores, pero así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida.

 

No es fácil aceptar el mensaje evangélico de ponerse en camino”, cuando

nos consideramos “tan ocupados” en tareas y nos sentimos tan agobiados que confesamos no tener tiempo ni para nosotros mismos. Esto difícilmente se casa con la actitud de María.

 

Es falso creer que Dios se ha hecho hombre buscando la liberación plena de la humanidad y no esforzarse a la vez por ser persona cada día y trabajar por un mundo más humano y liberado. Es mentira creer en un Dios que se desprende, abaja y humaniza y al mismo tiempo, considerar que lo mío, mi tarea, mi trabajo, mis actividades son sagradas e intocables. Es mentira creer en un Dios que camina y nos visita y, a la vez, encerrarnos en nuestro pequeño mundo y en nuestros problemas.

 

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Hemos sido invitados a despertar, prepararnos, convertirnos y caminar, para poder experimentar y ser testigos de que Dios viene a nuestro encuentro, de que Jesús encarnado en nuestra humanidad es la mano que Dios extiende a cada uno de nosotros.

 

3.   DESCUBRAMOS A DIOS CON NOSOTROS

 

Queridos amigos y amigas:

Seguro que ya os habéis enterado. Es tiempo de Adviento y me sale del alma comunicarme con los que sois mis amigos para celebrar este tiempo fuerte. Nos estrenamos para celebrar algo que Dios ha hecho por nosotros: ser Dios con nosotros. Reconocer a Dios en nuestra vida ordinaria y vivir divinamente” lo ordinario se nos da mal; nos cuesta,   por eso debemos prepararnos como ya hemos venido diciendo: vamos a darnos un tiempo para entrenarnos, para hacernos más sensibles y poder acoger la presencia de Dios entre nosotros.

 

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     Necesitamos sensibilizarnos porque estamos muy insensibles a los otros y al Otro. Nos hace falta mirar con ojos de ternura a nuestro mundo y a las heridas de los hombres y mujeres de hoy. Detrás de las apariencias hay duras realidades y mucho dolor callado y mucha soledad ahogada. ¿Cómo reconocer a Dios y su voz si no reconocemos la voz de los próximos…?

Es  hora  de  entrenarnos  en  mirar  y  reconocer  a  quien tenemos al lado (al esposo, a la esposa, al padre, a la madre, al

hijo, al hermano, al vecino, al compañero de trabajo, al extranjero, al herido, al excluido…

No es verdad que aceptemos A Dios-con-nosotros si no nos acogemos próximo –con-el-prójimo. Dios se cruza cada día contigo y conmigo, aunque no caigamos en la cuenta…


     Necesitamos aprender a abajarnos. Suenan por todas partes voces que llaman a ser triunfadores”.

La vida se convierte en una continua Operación Triunfo”. Tienes que subir, llegar, alcanzar, superar…  Pero  ¿dónde  vamos?  Hay  que  llegar  a  la  cima  profesional  y  ser  un  fracaso  es insoportable.  Es  una  guerra  permitida  y  admitida  para  subsistir:  si  no  luchas,  te  devoran, desapareces, por lo que tienes que luchar y triunfar. Pero, ¿podremos entender lo que significa el Dios que desciende? Descender, abajarse, encarnarse es asumir andar junto a los que están más abajo, junto a los que no pueden y no les dejan subir. Es hora de entrenarnos en bajar hacia los que Dios mira con más complacencia y a los que llama bienaventurados: los pobres, los que lloran, los que no se las dan de nada…

 

     Necesitamos aprender a intimar con Dios. Sin intimidad todo es vacío. La intimidad hace milagros, es la que lanza e impulsa. Es hora de íntimos y de intimidad. Hagamos de nuestra vida humana una vida más íntima para aprender a intimar también con Dios.

 

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     Necesitamos aprender la grandeza de lo pequeño.  La  Navidad comercial  es  atrayente,  deslumbrante,  pero  es  la  hora  de  lo pequeño, de lo sencillo. Tenemos que inaugurar gestos de Navidad densos y sencillos, tan sencillos como la levadura o el grano de mostaza. Cuando inundemos de gestos pequeños el espacio y el tiempo que abarcamos, escucharemos el deseo de paz de Dios. Lo pequeño tiene nombre: una sonrisa, una palabra, un minuto dado, un gesto inesperado de cercanía y comprensión, una oración callada… Tienes que saber que todo lo que Dios inicia, siempre tiene orígenes pequeños.

4.   CORRESPONDENCIA CON DIOS A) Carta a Dios

 

Querido Dios:

Te escribo desde el planeta Tierra. Estoy oyendo que vas a venir, que es Adviento, y se me ha ocurrido ponerte unas líneas para informarte sobre el lío en que te vas a meter. verás lo que haces. Me perdonarás si acentúo un poco las tintas negras…

Lo primero de todo es preguntarte por qué vienes, quién te ha pedido que vengas…. No creo que haya salido de los humanos esta idea. Si es cosa tuya, te admiro. Debes estar muy admirado de nosotros. Oye, saber que alguien se acuerda de nosotros tanto es como para sorprenderse… De paso, se te agradece la idea… Ya sé que para el amor no hay razones, para el amor la única razón es el amor.

Yo no digo que no haya gente que te espera y suspira por ti, pero son los menos. No te creas que te vas a encontrar con muchos esperadores. Aquí, Dios, tú interesas poco. Has pasado a segundo lugar, mejor, estás pasado de moda. Se puede vivir sin ti y no pasa nada. ¿Para qué tener un compromiso con Dios si se puede vivir sin Dios tan ricamente? Dicen que creer en ti es ser un poco trasnochado.

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La gente de la Tierra no te necesita, lo que necesita es trabajo, dinero, salud, pasarlo lo mejor posible, subir un poco más, tener un poco más. Con este panorama, ¿qué vas a hacer entre nosotros? ¿Qué musiquilla celestial nos vas a tocar? Estamos en otra onda. Imagino que te vas a llevar un chasco si vienes.

Bueno, y no te cuento los líos que tenemos montados de conflictos, de guerras, de olvidos de la gente pobre… Es cierto  que  hay  personas  que  están  muy  sensibilizadas  y trabajan lo que pueden y dan todo lo que tienen por ayudar a

los más desfavorecidos. Hay más millones que lo pasan mal que bien.


Como opinión particular, no logro comprender cómo unos humanos juegan y explotan tanto a otros. El bolsillo y el placer de unos hace a otros esclavos, pobres y juguetes. No entiendo, por eso muchas veces decimos ¡Pero  dónde vamos a llegar!

He exagerado un poco, pero que conste que es verdad todo lo que te digo. Y, en el fondo, el corazón de los humanos sigue vacío, buscando, insaciable…

Tenemos tanto que hacer, que lo esencial, ser personas y querernos, no lo hacemos. Vamos muy acelerados y no nos damos tiempo para aprender a amar, ni para saber esperar y perdonar.

Bueno, supongo que en algún sitio encontrarás gente maja que te acogerán bien, junto a la mula y el buey. Donde hay riqueza tendrás menos sitio porque allí no te necesitan. Donde no hay, te harán un hueco en seguida… ¡Cosas de este planeta!

Nada más, que conste que me alegro de que vengas. Tendremos que mirar menos al cielo si tú estás en la tierra, aunque no si te reconoceré. ¿Cómo yo dónde vas a estar, si vas a dar conferencias y a que hora? Si no nos dices con claridad estas cosas, no vas a tener mucho público.

No  sabes  la  cantidad  de  cosas  que  se  anuncian,  nos  sobran  y  pasamos  de  ellas.Espero  que enciendas alguna estrellita para seguirla y poder encontrarte, pues en el fondo tengo ganas de ti y de encontrarte, aunque lo disimule… ¡Anda, guíñame el ojo, que te necesito, aunque no lo grite muy alto! Un abrazo para ti y toda la familia celestial,

 

Un hombre

 

B) CARTA DE DIOS AL HOMBRE

Querido hombre:

 

Esto del correo electrónico es un invento buenísimo que hasta lo hemos instalado en el cielo. El sistema es especial y no dependemos de vuestras multinacionales. ¡Eternidad de planes económicos! ¡Una gran ventaja!

Gracias por el panorama que me presentas. Es un tanto pesimista pero dices verdades. Yo sí que sé dónde están los que esperan de verdad. Suele ser siempre gente sencilla que no ha perdido la cabeza ni se le han embotado los ojos por el resplandor de la ambición. No te preocupes: conozco dónde están los que me esperan. Iré a los sencillos.

Otra cosilla: no es que haya decidido visitar” la Tierra. Lo que he decidido es hacerme hombre y vivir con vosotros para hablaros al corazón. Un pequeño matiz: no voy de visita, voy para estar con vosotros y para que escuchéis las palabras que no se os ocurren a vosotros. Llevo en el corazón las palabras de mi Padre y os la anunciaré.

Tenéis que tener en cuenta que no voy a la tierra porque seáis buenas personas, sino para que seáis buenas personas…, claro, el que quiera.

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El clamor de los que sufren, las heridas de los heridos, los gemidos de los explotados, las lágrimas de los niños llegan hasta el cielo. no lo sabes, pero muchos que se las dan de felices son unos pobres infelices. Ya te digo que desde aquí se ven las cosas de otra manera. ¡Si supieras lo que hablan los corazones cuando calla el ruido y llega el silencio! Es cierto que el corazón de los humanos, de no usarlo o usarlo mal, se hace corazón de piedra. Pero yo confío: no está todo perdido. El amor despedaza las piedras. Merece la pena cualquier cosa por ablandar el corazón de los hombres y mujeres del planeta Tierra. Yo me propongo dejar todo y abajarme, con tal de que una de las cien ovejas perdidas vuelva a la majada…

muy bien querido hombre, que no voy a recoger frutos. Voy a sembrar palabras de vida, de amor, de contradicción… Germinarán sólo si caen en buena tierra… Lo importante es que tengáis semilla de vida y de novedad para hacer una tierra nueva y un cielo en la tierra… Te preocupa no reconocerme.

Te aseguro que nos toparemos: la señal es que voy revestido de persona. Donde veas una persona, escucha y trátala como me tratarías… Te aseguro que nos encontraremos. Te sorprenderé y te hablaré en silencio al corazón.

Hasta pronto: en cualquier lugar o persona, te esperaré… EL DIOS VERDADERO.


P R E P Á R A T E Y AS Í LO PO D R Á S V E R

 

Del evangelio de M a rcos (1,18)

 

“Una voz grita en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Juan bautizaba en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.

Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y que se bautizaran, para que se les perdonasen sus pecados. Acudía gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:

-Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo.”

 

Guardo silencio y pienso si esteadvientome está ayudando a prepararmea su llegada

 

 

 

Momento para compartir en oración:

(En clima de silencio y con tranquilidad, leemos la primera  bienaventuranza y, antes de pasar a la siguiente, cada uno expresa lo que le evoca; en caso de no evocarle nada, sencillamente, la vuelve a leer en voz alta. Hacemos lo mismo con cada una de ellas).

 

Dichosos lo que encuentran en este Dios la fuerza que les ayuda a mantenerse esperanzados en medio de su debilidad personal…

 

Dichosos lo que encuentran en este Dios la fuerza para mirar y amar a los hermanos como son. Sin resignación ni juicio. Con amor paciente que aprende a cargar con los demás…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para sufrir y encajar los contratiempos y fracasos de cada día, la dureza, especialmente de algunos días…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para permanecer en la oración cuando muchas veces no sienten sino aburrimiento, desazón o sólo silencio…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para hacer lo que pueden hacer, para no ceder ni a la actividad frenética ni a la retirada…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para no despreciar los pequeños detalles, los pequeños gestos, los encuentros cuidados, los trabajos sencillos, no reconocidos ni valorados. Los que no buscan el brillo del reconocimiento sino que se alegran de veras porque sus nombres están grabados en el corazón de Dios…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para estar entre los pobres de todo tipo sin pretensiones, sin ruido, sin paternalismos, con valentía…

 

Dichosos lo que encuentran en este Dios su fuerza para no desanimarse ante el peso de su mala salud, la falta de relevancia, el poco y lento cambiar de las cosas…

 

… porque ellos engendran Reino de Dios.

 

… porque ellos reconocerán a Dios en el pesebre.

 

(Mikel Hernansanz OFM, Revista “Frontera-Hegian”, nº 43)


Acabamos con esta oración en boca de Juan que recitamos leyendo un párrafo cada uno.


Jesús, soy Juan,

que estaba en el desierto bautizando

y predicando un bautizo de conversión, para que desapareciese

todo lo que estaba alejando a Dios de la humanidad.

Lo dice la Sagrada Escritura por boca del profeta Isaías:

yo envío mi ángel delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.

 

Yo preparaba, Jesús, tu camino;

era el ángel que iba delante de ti

para que tu pueblo se abriese a tu venida.

 

Tú eres el esposo que viene al encuentro de tu esposa,

de la humanidad entera, el pueblo de Dios. Yo preparaba a la esposa con agua,

para que tú la ungieses con Espíritu Santo.

 

Acudía hacia mí la gente de Judea y de Jerusalén,

pero llegaste desde Nazaret, de la Galilea llena de paganos.


Fuiste sumergido por mí en el Jordán, apenas subiste del agua,

viste que el cielo se rasgaba.

 

Sí, Jesús,

en ti el cielo se abre,

se abre a la plena comunicación entre Dios y la humanidad.

 

El Espíritu bajaba hacia ti, como al principio se cernía

en forma de  paloma sobre las aguas.

 

Y se o una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado en ti me complazco”.

Tú eres el Hijo de Dios,

que, como el Siervo del Señor,

llevas el amor de Dios a todas las naciones.

 

A lo largo de toda tu vida fuiste tentado, intentaron alejarte de tu estilo,

adulterar tu espíritu;

pero tú siempre te mantuviste firme en medio de las fieras

y los ángeles te servían.

 

Jesús, yo quiero ser siempre

el ángel que te prepare el camino.

 

“Cómo oran los personajes del Evangelio”. Rodolf Puigdollers


 
 
 
 
 
La Oración no acaba aquí, llévala a tu vida!!!!
 
 
 
 
 
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Categorías:Liturgia

Carta Apostólica Misericordia et misera del Papa Francisco en PDF y versión web

 

Carta Apostólica del Papa Francisco “Misericordia et misera”

El Papa firma la Carta Apostólica “Misericordia et misera” – ANSA

21/11/2016 10:30
(RV).- “Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios”.
Así se lee en el último párrafo de la Carta Apostólica Misericordia et Misera, que el Santo Padre Francisco firmó el domingo 20 de noviembre, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, en la conclusión del Año Santo Extraordinario de la Misericordia.

Se trata de un documento que se articula a lo largo de veintidós puntos, en el que, ante todo, el Papa Bergoglio desea “misericordia y paz” a todos los que lo leerán. Como su nombre lo indica, Misericordia et misera, son las dos palabras con las que san Agustín comenta el encuentro entre Jesús y la adúltera, es decir, la miserable y la misericordia; del que se desprende la enorme piedad y justicia divina y cuya enseñanza ilumina – tal como escribe el Pontífice – la conclusión de este Jubileo de la Misericordia, a la vez que indica el camino que estamos llamados a recorrer.

El Obispo de Roma vuelve a recordarnos que “nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón”. Por lo que ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia que siempre es un acto de gratuidad del Padre celestial, un amor incondicionado e inmerecido; una acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida.

En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, el Santo Padre recuerda que se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre las cuales muchos jóvenes, puesto que el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. Por esta razón escribe que “se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales”.

Del Año intenso que acaba de celebrarse el Papa escribe que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Y que como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. De ahí que se sienta la necesidad de dar gracias al Señor, porque en este Año Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercanía del Padre, que mediante la obra del Espíritu Santo le ha hecho más evidente el don y el mandato de Jesús sobre el perdón.

Una vez concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina – manifiesta asimismo el Pontífice –. Y pide que no limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.

En cuanto a la cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, Francisco escribe que “hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás”. Con todo – añade hacia el final de esta Carta Apostólica – “las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social”, que nos impulsa a “ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas”, llamados a construir con nosotros una “ciudad fiable”.

“Esforcémonos entonces – afirma el Papa – en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia, cuyo carácter social “obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta”.

Francisco concluye explicando que a la luz del “Jubileo de las personas socialmente excluidas”, mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuyó que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la “Jornada mundial de los pobres”, que constituirá la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir, precisamente, de las obras de misericordia.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto de la Carta Apostólica Misericordia et Misera:

FRANCISCO

a cuantos leerán esta Carta Apostólica

misericordia y paz

Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8,1-11). No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia».[1] Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.

1. Esta página del Evangelio puede ser asumida, con todo derecho, como imagen de lo que hemos celebrado en el Año Santo, un tiempo rico de misericordia, que pide ser siempre celebrada y vivida en nuestras comunidades. En efecto, la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo. En este relato evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido el deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno (cf. Jn 8,9). Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (vv. 10-11). De este modo la ayuda a mirar el futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera.

2. Jesús lo había enseñado con claridad en otro momento cuando, invitado a comer por un fariseo, se le había acercado una mujer conocida por todos como pecadora (cf. Lc 7,36-50). Ella había ungido con perfume los pies de Jesús, los había bañado con sus lágrimas y secado con sus cabellos (cf. vv. 37-38). A la reacción escandalizada del fariseo, Jesús responde: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco» (v. 47).

El perdón es el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida. No existe página del Evangelio que pueda ser sustraída a este imperativo del amor que llega hasta el perdón. Incluso en el último momento de su vida terrena, mientras estaba siendo crucificado, Jesús tiene palabras de perdón: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicionado e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona.

La misericordia es esta acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida. Así se manifiesta su misterio divino. Dios es misericordioso (cf. Ex 34,6), su misericordia dura por siempre (cf. Sal 136), de generación en generación abraza a cada persona que se confía a él y la transforma, dándole su misma vida.

3. Cuánta alegría ha brotado en el corazón de estas dos mujeres, la adúltera y la pecadora. El perdón ha hecho que se sintieran al fin más libres y felices que nunca. Las lágrimas de vergüenza y de dolor se han transformado en la sonrisa de quien se sabe amado. La misericordia suscita alegría porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva. La alegría del perdón es difícil de expresar, pero se trasparenta en nosotros cada vez que la experimentamos. En su origen está el amor con el cual Dios viene a nuestro encuentro, rompiendo el círculo del egoísmo que nos envuelve, para hacernos también a nosotros instrumentos de misericordia.

Qué significativas son, también para nosotros, las antiguas palabras que guiaban a los primeros cristianos: «Revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y desprecia la tristeza […] Vivirán en Dios cuantos alejen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría».[2] Experimentar la misericordia produce alegría. No permitamos que las aflicciones y preocupaciones nos la quiten; que permanezca bien arraigada en nuestro corazón y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida cotidiana.

En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre ellas muchos jóvenes. En efecto, el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. De ahí surgen a menudo sentimientos de melancolía, tristeza y aburrimiento que lentamente pueden conducir a la desesperación. Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales. El vacío profundo de muchos puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella. Hay mucha necesidad de reconocer la alegría que se revela en el corazón que ha sido tocado por la misericordia. Hagamos nuestras, por tanto, las palabras del Apóstol: «Estad siempre alegres en el Señor» (Flp 4,4; cf. 1 Ts 5,16).

4. Hemos celebrado un Año intenso, en el que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. Y delante de esta mirada amorosa de Dios, que de manera tan prolongada se ha posado sobre cada uno de nosotros, no podemos permanecer indiferentes, porque ella cambia la vida.

Sentimos la necesidad, ante todo, de dar gracias al Señor y decirle: «Has sido bueno, Señor, con tu tierra […]. Has perdonado la culpa de tu pueblo» (Sal 85,2-3). Así es: Dios ha destruido nuestras culpas y ha arrojado nuestros pecados a lo hondo del mar (cf. Mi 7,19); no los recuerda más, se los ha echado a la espalda (cf. Is 38,17); como dista el oriente del ocaso, así aparta de nosotros nuestros pecados (cf. Sal 103,12).

En este Año Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercanía del Padre, que mediante la obra del Espíritu Santo le ha hecho más evidente el don y el mandato de Jesús sobre el perdón. Ha sido realmente una nueva visita del Señor en medio de nosotros. Hemos percibido cómo su soplo vital se difundía por la Iglesia y, una vez más, sus palabras han indicado la misión: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

5. Ahora, concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina. Nuestras comunidades continuarán con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelización en la medida en que la «conversión pastoral», que estamos llamados a vivir,[3] se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia. No limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.

En primer lugar estamos llamados a celebrar la misericordia. Cuánta riqueza contiene la oración de la Iglesia cuando invoca a Dios como Padre misericordioso. En la liturgia, la misericordia no sólo se evoca con frecuencia, sino que se recibe y se vive. Desde el inicio hasta el final de la celebración eucarística, la misericordia aparece varias veces en el diálogo entre la asamblea orante y el corazón del Padre, que se alegra cada vez que puede derramar su amor misericordioso. Después de la súplica de perdón inicial, con la invocación «Señor, ten piedad», somos inmediatamente confortados: «Dios omnipotente tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna». Con esta confianza la comunidad se reúne en la presencia del Señor, especialmente en el día santo de la resurrección. Muchas oraciones «colectas» se refieren al gran don de la misericordia. En el periodo de Cuaresma, por ejemplo, oramos diciendo: «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, qué aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados; mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas».[4] Después nos sumergimos en la gran plegaria eucarística con el prefacio que proclama: «Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado».[5] Además, la plegaria eucarística cuarta es un himno a la misericordia de Dios: «Compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca». «Ten misericordia de todos nosotros»,[6] es la súplica apremiante que realiza el sacerdote, para implorar la participación en la vida eterna. Después del Padrenuestro, el sacerdote prolonga la plegaria invocando la paz y la liberación del pecado gracias a la «ayuda de su misericordia». Y antes del signo de la paz, que se da como expresión de fraternidad y de amor recíproco a la luz del perdón recibido, él ora de nuevo diciendo: «No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia».[7] Mediante estas palabras, pedimos con humilde confianza el don de la unidad y de la paz para la santa Madre Iglesia. La celebración de la misericordia divina culmina en el Sacrificio eucarístico, memorial del misterio pascual de Cristo, del que brota la salvación para cada ser humano, para la historia y para el mundo entero. En resumen, cada momento de la celebración eucarística está referido a la misericordia de Dios.

En toda la vida sacramental la misericordia se nos da en abundancia. Es muy relevante el hecho de que la Iglesia haya querido mencionar explícitamente la misericordia en la fórmula de los dos sacramentos llamados «de sanación», es decir, la Reconciliación y la Unción de los enfermos. La fórmula de la absolución dice: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz»;[8] y la de la Unción reza así: «Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo».[9] Así, en la oración de la Iglesia la referencia a la misericordia, lejos de ser solamente parenética, es altamente performativa, es decir que, mientras la invocamos con fe, nos viene concedida; mientras la confesamos viva y real, nos transforma verdaderamente. Este es un aspecto fundamental de nuestra fe, que debemos conservar en toda su originalidad: antes que el pecado, tenemos la revelación del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro. Por tanto, abramos el corazón a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestro pecado.

6. En este contexto, la escucha de la Palabra de Dios asume también un significado particular. Cada domingo, la Palabra de Dios es proclamada en la comunidad cristiana para que el día del Señor se ilumine con la luz que proviene del misterio pascual.[10] En la celebración eucarística asistimos a un verdadero diálogo entre Dios y su pueblo. En la proclamación de las lecturas bíblicas, se recorre la historia de nuestra salvación como una incesante obra de misericordia que se nos anuncia. Dios sigue hablando hoy con nosotros como sus amigos, se «entretiene» con nosotros,[11] para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía. Qué importante es la homilía, en la que «la verdad va de la mano de la belleza y del bien»,[12] para que el corazón de los creyentes vibre ante la grandeza de la misericordia. Recomiendo mucho la preparación de la homilía y el cuidado de la predicación. Ella será tanto más fructuosa, cuanto más haya experimentado el sacerdote en sí mismo la bondad misericordiosa del Señor. Comunicar la certeza de que Dios nos ama no es un ejercicio retórico, sino condición de credibilidad del propio sacerdocio. Vivir la misericordia es el camino seguro para que ella llegue a ser verdadero anuncio de consolación y de conversión en la vida pastoral. La homilía, como también la catequesis, ha de estar siempre sostenida por este corazón palpitante de la vida cristiana.

7. La Biblia es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus páginas está impregnada del amor del Padre que desde la creación ha querido imprimir en el universo los signos de su amor. El Espíritu Santo, a través de las palabras de los profetas y de los escritos sapienciales, ha modelado la historia de Israel con el reconocimiento de la ternura y de la cercanía de Dios, a pesar de la infidelidad del pueblo. La vida de Jesús y su predicación marcan de manera decisiva la historia de la comunidad cristiana, que entiende la propia misión como respuesta al mandato de Cristo de ser instrumento permanente de su misericordia y de su perdón (cf. Jn 20,23). Por medio de la Sagrada Escritura, que se mantiene viva gracias a la fe de la Iglesia, el Señor continúa hablando a su Esposa y le indica los caminos a seguir, para que el Evangelio de la salvación llegue a todos. Deseo vivamente que la Palabra de Dios se celebre, se conozca y se difunda cada vez más, para que nos ayude a comprender mejor el misterio del amor que brota de esta fuente de misericordia. Lo recuerda claramente el Apóstol: «Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tm 3,16).

Sería oportuno que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, renovase su compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura: un domingo dedicado enteramente a la Palabra de Dios para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo. Habría que enriquecer ese momento con iniciativas creativas, que animen a los creyentes a ser instrumentos vivos de la transmisión de la Palabra. Ciertamente, entre esas iniciativas tendrá que estar la difusión más amplia de la lectio divina, para que, a través de la lectura orante del texto sagrado, la vida espiritual se fortalezca y crezca. La lectio divina sobre los temas de la misericordia permitirá comprobar cuánta riqueza hay en el texto sagrado, que leído a la luz de la entera tradición espiritual de la Iglesia, desembocará necesariamente en gestos y obras concretas de caridad.[13]

8. La celebración de la misericordia tiene lugar de modo especial en el Sacramento de la Reconciliación. Es el momento en el que sentimos el abrazo del Padre que sale a nuestro encuentro para restituirnos de nuevo la gracia de ser sus hijos. Somos pecadores y cargamos con el peso de la contradicción entre lo que queremos hacer y lo que, en cambio, hacemos (cf. Rm 7,14-21); la gracia, sin embargo, nos precede siempre y adopta el rostro de la misericordia que se realiza eficazmente con la reconciliación y el perdón. Dios hace que comprendamos su inmenso amor justamente ante nuestra condición de pecadores. La gracia es más fuerte y supera cualquier posible resistencia, porque el amor todo lo puede (cf. 1 Co 13,7).

En el Sacramento del Perdón, Dios muestra la vía de la conversión hacia él, y nos invita a experimentar de nuevo su cercanía. Es un perdón que se obtiene, ante todo, empezando por vivir la caridad. Lo recuerda también el apóstol Pedro cuando escribe que «el amor cubre la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Sólo Dios perdona los pecados, pero quiere que también nosotros estemos dispuestos a perdonar a los demás, como él perdona nuestras faltas: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12). Qué tristeza cada vez que nos quedamos encerrados en nosotros mismos, incapaces de perdonar. Triunfa el rencor, la rabia, la venganza; la vida se vuelve infeliz y se anula el alegre compromiso por la misericordia.

9. Una experiencia de gracia que la Iglesia ha vivido con mucho fruto a lo largo del Año jubilar ha sido ciertamente el servicio de los Misioneros de la Misericordia. Su acción pastoral ha querido evidenciar que Dios no pone ningún límite a cuantos lo buscan con corazón contrito, porque sale al encuentro de todos, como un Padre. He recibido muchos testimonios de alegría por el renovado encuentro con el Señor en el Sacramento de la Confesión. No perdamos la oportunidad de vivir también la fe como una experiencia de reconciliación. «Reconciliaos con Dios» (2 Co 5,20), esta es la invitación que el Apóstol dirige también hoy a cada creyente, para que descubra la potencia del amor que transforma en una «criatura nueva» (2 Co 5,17).

Doy las gracias a cada Misionero de la Misericordia por este inestimable servicio de hacer fructificar la gracia del perdón. Este ministerio extraordinario, sin embargo, no cesará con la clausura de la Puerta Santa. Deseo que se prolongue todavía, hasta nueva disposición, como signo concreto de que la gracia del Jubileo siga siendo viva y eficaz, a lo largo y ancho del mundo. Será tarea del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización acompañar durante este periodo a los Misioneros de la Misericordia, como expresión directa de mi solicitud y cercanía, y encontrar las formas más coherentes para el ejercicio de este precioso ministerio.

10. A los sacerdotes renuevo la invitación a prepararse con mucho esmero para el ministerio de la Confesión, que es una verdadera misión sacerdotal. Os agradezco de corazón vuestro servicio y os pido que seáis acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios. Así como Jesús ante la mujer adúltera optó por permanecer en silencio para salvarla de su condena a muerte, del mismo modo el sacerdote en el confesionario tenga también un corazón magnánimo, recordando que cada penitente lo remite a su propia condición personal: pecador, pero ministro de la misericordia.

11. Me gustaría que todos meditáramos las palabras del Apóstol, escritas hacia el final de su vida, en las que confiesa a Timoteo de haber sido el primero de los pecadores, «por esto precisamente se compadeció de mí» (1 Tm 1,16). Sus palabras tienen una fuerza arrebatadora para hacer que también nosotros reflexionemos sobre nuestra existencia y para que veamos cómo la misericordia de Dios actúa para cambiar, convertir y transformar nuestro corazón: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí» (1 Tm 1,12-13).

Por tanto, recordemos siempre con renovada pasión pastoral las palabras del Apóstol: «Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18). Con vistas a este ministerio, nosotros hemos sido los primeros en ser perdonados; hemos sido testigos en primera persona de la universalidad del perdón. No existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina. Hay un valor propedéutico en la ley (cf. Ga 3,24), cuyo fin es la caridad (cf. 1 Tm 1,5). El cristiano está llamado a vivir la novedad del Evangelio, «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8,2). Incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina.

Nosotros, confesores, somos testigos de tantas conversiones que suceden delante de nuestros ojos. Sentimos la responsabilidad de gestos y palabras que toquen lo más profundo del corazón del penitente, para que descubra la cercanía y ternura del Padre que perdona. No arruinemos esas ocasiones con comportamientos que contradigan la experiencia de la misericordia que se busca. Ayudemos, más bien, a iluminar el ámbito de la conciencia personal con el amor infinito de Dios (cf. 1 Jn 3,20).

El Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente se le impida acceder al amor del Padre, que espera su retorno, y a todos se les ofrezca la posibilidad de experimentar la fuerza liberadora del perdón.

Una ocasión propicia puede ser la celebración de la iniciativa 24 horas para el Señor en la proximidad del IV Domingo de Cuaresma, que ha encontrado un buen consenso en las diócesis y sigue siendo como una fuerte llamada pastoral para vivir intensamente el Sacramento de la Confesión.

12. En virtud de esta exigencia, para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios, de ahora en adelante concedo a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto. Cuanto había concedido de modo limitado para el período jubilar,[14] lo extiendo ahora en el tiempo, no obstante cualquier cosa en contrario. Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre. Por tanto, que cada sacerdote sea guía, apoyo y alivio a la hora de acompañar a los penitentes en este camino de reconciliación especial.

En el Año del Jubileo había concedido a los fieles, que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, la posibilidad de recibir válida y lícitamente la absolución sacramental de sus pecados.[15] Por el bien pastoral de estos fieles, y confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios, la plena comunión con la Iglesia Católica, establezco por decisión personal que esta facultad se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición, de modo que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia.

13. La misericordia tiene también el rostro de la consolación. «Consolad, consolad a mi pueblo» (Is 40,1), son las sentidas palabras que el profeta pronuncia también hoy, para que llegue una palabra de esperanza a cuantos sufren y padecen. No nos dejemos robar nunca la esperanza que proviene de la fe en el Señor resucitado. Es cierto, a menudo pasamos por duras pruebas, pero jamás debe decaer la certeza de que el Señor nos ama. Su misericordia se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción. Enjugar las lágrimas es una acción concreta que rompe el círculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados.

Todos tenemos necesidad de consuelo, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión. Cuánto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos y de la rabia. Cuánto sufrimiento provoca la experiencia de la traición, de la violencia y del abandono; cuánta amargura ante la muerte de los seres queridos. Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas. Una palabra que da ánimo, un abrazo que te hace sentir comprendido, una caricia que hace percibir el amor, una oración que permite ser más fuerte…, son todas expresiones de la cercanía de Dios a través del consuelo ofrecido por los hermanos.

A veces también el silencio es de gran ayuda; porque en algunos momentos no existen palabras para responder a los interrogantes del que sufre. La falta de palabras, sin embargo, se puede suplir por la compasión del que está presente y cercano, del que ama y tiende la mano. No es cierto que el silencio sea un acto de rendición, al contrario, es un momento de fuerza y de amor. El silencio también pertenece al lenguaje de la consolación, porque se transforma en una obra concreta de solidaridad y unión con el sufrimiento del hermano.

14. En un momento particular como el nuestro, caracterizado por la crisis de la familia, entre otras, es importante que llegue una palabra de gran consuelo a nuestras familias. El don del matrimonio es una gran vocación a la que, con la gracia de Cristo, hay que corresponder con al amor generoso, fiel y paciente. La belleza de la familia permanece inmutable, a pesar de numerosas sombras y propuestas alternativas: «El gozo del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia».[16] El sendero de la vida lleva a que un hombre y una mujer se encuentren, se amen y se prometan, fidelidad por siempre delante de Dios, a menudo se interrumpe por el sufrimiento, la traición y la soledad. La alegría de los padres por el don de los hijos no es inmune a las preocupaciones con respecto a su crecimiento y formación, y para que tengan un futuro digno de ser vivido con intensidad.

La gracia del Sacramento del Matrimonio no sólo fortalece a la familia para que sea un lugar privilegiado en el que se viva la misericordia, sino que compromete a la comunidad cristiana, y con ella a toda la acción pastoral, para que se resalte el gran valor propositivo de la familia. De todas formas, este Año jubilar nos ha de ayudar a reconocer la complejidad de la realidad familiar actual. La experiencia de la misericordia nos hace capaces de mirar todas las dificultades humanas con la actitud del amor de Dios, que no se cansa de acoger y acompañar.[17]

No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios, participar activamente en la vida de la comunidad y ser admitido en ese Pueblo de Dios que, sin descanso, camina hacia la plenitud del reino de Dios, reino de justicia, de amor, de perdón y de misericordia.

15. El momento de la muerte reviste una importancia particular. La Iglesia siempre ha vivido este dramático tránsito a la luz de la resurrección de Jesucristo, que ha abierto el camino de la certeza en la vida futura. Tenemos un gran reto que afrontar, sobre todo en la cultura contemporánea que, a menudo, tiende a banalizar la muerte hasta el punto de esconderla o considerarla una simple ficción.

La muerte en cambio se ha de afrontar y preparar como un paso doloroso e ineludible, pero lleno de sentido: como el acto de amor extremo hacia las personas que dejamos y hacia Dios, a cuyo encuentro nos dirigimos. En todas las religiones el momento de la muerte, así como el del nacimiento, está acompañado de una presencia religiosa. Nosotros vivimos la experiencia de las exequias como una plegaria llena de esperanza por el alma del difunto y como una ocasión para ofrecer consuelo a cuantos sufren por la ausencia de la persona amada.

Estoy convencido de la necesidad de que, en la acción pastoral animada por la fe viva, los signos litúrgicos y nuestras oraciones sean expresión de la misericordia del Señor. Es él mismo quien nos da palabras de esperanza, porque nada ni nadie podrán jamás separarnos de su amor (cf. Rm 8,35). La participación del sacerdote en este momento significa un acompañamiento importante, porque ayuda a sentir la cercanía de la comunidad cristiana en los momentos de debilidad, soledad, incertidumbre y llanto.

16. Termina el Jubileo y se cierra la Puerta Santa. Pero la puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta, de par en par. Hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros (cf. Os 11,4) para que también nosotros podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos. La nostalgia que muchos sienten de volver a la casa del Padre, que está esperando su regreso, está provocada también por el testimonio sincero y generoso que algunos dan de la ternura divina. La Puerta Santa que hemos atravesado en este Año jubilar nos ha situado en la vía de la caridad, que estamos llamados a recorrer cada día con fidelidad y alegría. El camino de la misericordia es el que nos hace encontrar a tantos hermanos y hermanas que tienden la mano esperando que alguien la aferre y poder así caminar juntos.

Querer acercarse a Jesús implica hacerse prójimo de los hermanos, porque nada es más agradable al Padre que un signo concreto de misericordia. Por su misma naturaleza, la misericordia se hace visible y tangible en una acción concreta y dinámica. Una vez que se la ha experimentado en su verdad, no se puede volver atrás: crece continuamente y transforma la vida. Es verdaderamente una nueva creación que obra un corazón nuevo, capaz de amar en plenitud, y purifica los ojos para que sepan ver las necesidades más ocultas. Qué verdaderas son las palabras con las que la Iglesia ora en la Vigilia Pascual, después de la lectura que narra la creación: «Oh Dios, que con acción maravillosa creaste al hombre y con mayor maravilla lo redimiste».[18]

La misericordia renueva y redime, porque es el encuentro de dos corazones: el de Dios, que sale al encuentro, y el del hombre. Mientras este se va encendiendo, aquel lo va sanando: el corazón de piedra es transformado en corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de amar a pesar de su pecado. Es aquí donde se descubre que es realmente una «nueva creatura» (cf. Ga 6,15): soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva; he sido «misericordiado», entonces me convierto en instrumento de misericordia.

17. Durante el Año Santo, especialmente en los «viernes de la misericordia», he podido darme cuenta de cuánto bien hay en el mundo. Con frecuencia no es conocido porque se realiza cotidianamente de manera discreta y silenciosa. Aunque no llega a ser noticia, existen sin embargo tantos signos concretos de bondad y ternura dirigidos a los más pequeños e indefensos, a los que están más solos y abandonados. Existen personas que encarnan realmente la caridad y que no llevan continuamente la solidaridad a los más pobres e infelices. Agradezcamos al Señor el don valioso de estas personas que, ante la debilidad de la humanidad herida, son como una invitación para descubrir la alegría de hacerse prójimo. Con gratitud pienso en los numerosos voluntarios que con su entrega de cada día dedican su tiempo a mostrar la presencia y cercanía de Dios. Su servicio es una genuina obra de misericordia y hace que muchas personas se acerquen a la Iglesia.

18. Es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia. La Iglesia necesita anunciar hoy esos «muchos otros signos» que Jesús realizó y que «no están escritos» (Jn 20,30), de modo que sean expresión elocuente de la fecundidad del amor de Cristo y de la comunidad que vive de él. Han pasado más de dos mil años y, sin embargo, las obras de misericordia siguen haciendo visible la bondad de Dios.

Todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed, y despiertan una gran preocupación las imágenes de niños que no tienen nada para comer. Grandes masas de personas siguen emigrando de un país a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz. La enfermedad, en sus múltiples formas, es una causa permanente de sufrimiento que reclama socorro, ayuda y consuelo.

Las cárceles son lugares en los que, con frecuencia, las condiciones de vida inhumana causan sufrimientos, en ocasiones graves, que se añaden a las penas restrictivas. El analfabetismo está todavía muy extendido, impidiendo que niños y niñas se formen, exponiéndolos a nuevas formas de esclavitud. La cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana.

Con todo, las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas, llamados a construir con nosotros una «ciudad fiable».[19]

19. En este Año Santo se han realizado muchos signos concretos de misericordia. Comunidades, familias y personas creyentes han vuelto a descubrir la alegría de compartir y la belleza de la solidaridad. Y aun así, no basta. El mundo sigue generando nuevas formas de pobreza espiritual y material que atentan contra la dignidad de las personas. Por este motivo, la Iglesia debe estar siempre atenta y dispuesta a descubrir nuevas obras de misericordia y realizarlas con generosidad y entusiasmo.

Esforcémonos entonces en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia. Esta posee un dinamismo inclusivo mediante el cual se extiende en todas las direcciones, sin límites. En este sentido, estamos llamados a darle un rostro nuevo a las obras de misericordia que conocemos de siempre. En efecto, la misericordia se excede; siempre va más allá, es fecunda. Es como la levadura que hace fermentar la masa (cf. Mt 13,33) y como un granito de mostaza que se convierte en un árbol (cf. Lc 13,19).

Pensemos solamente, a modo de ejemplo, en la obra de misericordia corporal de vestir al desnudo (cf. Mt 25,36.38.43.44). Ella nos transporta a los orígenes, al jardín del Edén, cuando Adán y Eva se dieron cuenta de que estaban desnudos y, sintiendo que el Señor se acercaba, les dio vergüenza y se escondieron (cf. Gn 3,7-8). Sabemos que el Señor los castigó; sin embargo, él «hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió» (Gn 3,21). La vergüenza quedó superada y la dignidad fue restablecida.

Miremos fijamente también a Jesús en el Gólgota. El Hijo de Dios está desnudo en la cruz; su túnica ha sido echada a suerte por los soldados y está en sus manos (cf. Jn 19,23-24); él ya no tiene nada. En la cruz se revela de manera extrema la solidaridad de Jesús con todos los que han perdido la dignidad porque no cuentan con lo necesario. Si la Iglesia está llamada a ser la «túnica de Cristo»[20] para revestir a su Señor, del mismo modo ha de empeñarse en ser solidaria con aquellos que han sido despojados, para que recobren la dignidad que les han sido despojada. «Estuve desnudo y me vestisteis» (Mt 25,36) implica, por tanto, no mirar para otro lado ante las nuevas formas de pobreza y marginación que impiden a las personas vivir dignamente.

No tener trabajo y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condición social…: estas, y muchas otras, son situaciones que atentan contra la dignidad de la persona, frente a las cuales la acción misericordiosa de los cristianos responde ante todo con la vigilancia y la solidaridad. Cuántas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida más humana. Pensemos solamente en los niños y niñas que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegría de la vida. Sus rostros tristes y desorientados están impresos en mi mente; piden que les ayudemos a liberarse de las esclavitudes del mundo contemporáneo. Estos niños son los jóvenes del mañana; ¿cómo los estamos preparando para vivir con dignidad y responsabilidad? ¿Con qué esperanza pueden afrontar su presente y su futuro?

El carácter social de la misericordia obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta. Que el Espíritu Santo nos ayude a estar siempre dispuestos a contribuir de manera concreta y desinteresada, para que la justicia y una vida digna no sean sólo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios.

20. Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos. Las obras de misericordia son «artesanales»: ninguna de ellas es igual a otra; nuestras manos las pueden modelar de mil modos, y aunque sea único el Dios que las inspira y única la «materia» de la que están hechas, es decir la misericordia misma, cada una adquiere una forma diversa.

Las obras de misericordia tocan todos los aspectos de la vida de una persona. Podemos llevar a cabo una verdadera revolución cultural a partir de la simplicidad de esos gestos que saben tocar el cuerpo y el espíritu, es decir la vida de las personas. Es una tarea que la comunidad cristiana puede hacer suya, consciente de que la Palabra del Señor la llama siempre a salir de la indiferencia y del individualismo, en el que se corre el riesgo de caer para llevar una existencia cómoda y sin problemas. «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8), dice Jesús a sus discípulos. No hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que él se ha identificado con cada uno de ellos.

La cultura de la misericordia se va plasmando con la oración asidua, con la dócil apertura a la acción del Espíritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercanía concreta a los pobres. Es una invitación apremiante a tener claro dónde tenemos que comprometernos necesariamente. La tentación de quedarse en la «teoría sobre la misericordia» se supera en la medida que esta se convierte en vida cotidiana de participación y colaboración. Por otra parte, no deberíamos olvidar las palabras con las que el apóstol Pablo, narrando su encuentro con Pedro, Santiago y Juan, después de su conversión, se refiere a un aspecto esencial de su misión y de toda la vida cristiana: «Nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir» (Ga 2,10). No podemos olvidarnos de los pobres: es una invitación hoy más que nunca actual, que se impone en razón de su evidencia evangélica.

21. Que la experiencia del Jubileo grabe en nosotros las palabras del apóstol Pedro: «Los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión» (1 P 2,10). No guardemos sólo para nosotros cuanto hemos recibido; sepamos compartirlo con los hermanos que sufren, para que sean sostenidos por la fuerza de la misericordia del Padre. Que nuestras comunidades se abran hasta llegar a todos los que viven en su territorio, para que llegue a todos, a través del testimonio de los creyentes, la caricia de Dios.

Este es el tiempo de la misericordia. Cada día de nuestra vida está marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar. Es el tiempo de la misericordia para todos y cada uno, para que nadie piense que está fuera de la cercanía de Dios y de la potencia de su ternura. Es el tiempo de la misericordia, para que los débiles e indefensos, los que están lejos y solos sientan la presencia de hermanos y hermanas que los sostienen en sus necesidades. Es el tiempo de la misericordia, para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida. Es el tiempo de la misericordia, para que cada pecador no deje de pedir perdón y de sentir la mano del Padre que acoge y abraza siempre.

A la luz del «Jubileo de las personas socialmente excluidas», mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada mundial de los pobres. Será la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia (cf. Mt 25,31-46). Será una Jornada que ayudará a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituirá también una genuina forma de nueva evangelización (cf. Mt 11,5), con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia.

22. Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de noviembre, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del Año del Señor 2016, cuarto de pontificado.

Francisco

 


[1] In Io. Ev. tract. 33,5.

[2] Pastor de Hermas, 42, 1-4.

[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 27: AAS 105 (2013), 1031.

[4] Misal Romano, III Domingo de Cuaresma.

[5] Ibíd., Prefacio VII dominical del Tiempo Ordinario.

[6] Ibíd., Plegaria eucarística II.

[7] Ibíd., Rito de la comunión.

[8] Ritual de la Penitencia, n. 102.

[9] Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos, n. 143.

[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 106.

[11] Cf. Id. Const. dogm. Dei Verbum, 2.

[12] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 142: AAS 105 (2013), 1079.

[13] Cf. Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 30 septiembre 2010, 86-87: AAS 102 (2010), 757-760.

[14] Cf. Carta con la que se concede la indulgencia con ocasión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, 1 septiembre 2015: L’Osservatore Romano ed. Española, 4 de septiembre de 2015, 3-4.

[15] Cf. ibíd.

[16] Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 19 marzo 2016, 1.

[17] Cf. ibíd., 291-300.

[18] Misal Romano, Vigilia Pascual, Oración después de la Primera Lectura.

[19] Carta. enc. Lumen fidei, 29 junio 2013, 50: AAS 105 (2013), 589.

[20] Cf. Cipriano, La unidad de la Iglesia católica, 7.

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de noviembre,

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo,

del Año del Señor 2016, cuarto de pontificado.

FRANCISCO

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