Archive

Archive for 14 diciembre 2008

CAP XIV APOSTOLADO DEL JOVEN CATÓLICO

CAPITULO XIV APOSTOLADO DEL JOVEN CATÓLICO

 

SUMARIO: 1. Ideal de un hombre de acción. – 2. £1 Joven católico y su posición en el apostolado. – 3. La formación religiosa, moral, profesional, intelectual y social. – 4. Ideales de la juventud. – 5. Compañero de viaje. ¡Juventud, adelante! ¡Os pertenece el porvenir!

1.-IDEAL DE UN HOMBRE DE ACCION.-

Es hora de trabajar, es la hora de los grandes trabajos. Trabajemos. La impiedad ha asestado rudos golpes a la Iglesia y a sus obras. Es el tiempo de restaurarlas. Por todas partes han pasado los destructores; que se presenten ahora los reconstructores. Faltan jefes y faltan obreros. Dorada está la mies en el trigal divino: hay que segarla.

Se necesitan hombres de decisión, hombres de acción que arrastren, que enseñen a triunfar de los obstáculos. Esos hombres existen. ¿Cuáles son ellos? El hombre de acción es aquél que está dotado de una actividad ardiente, vigorosa; de una voluntad fuerte; impaciente de obrar, de querer. Es el hombre de claro espíritu que ve prontamente el fin que hay que alcanzar: el hombre de espíritu justo y práctico que aprecia de un golpe de vista los medios apropiados; es el hombre de tacto y oportuno que conoce bien el medio y el momento; que sabe contemporizar para esperar la hora y se sobresalta desde que suena aquélla. Es el ser que no obedece a otra palanca que a la verdad, la justicia y el derecho; que no tiene otro amor que el bien y la honradez; es intrépido, que no duda jamás, porque conoce la verdad, la justicia y el bien siempre invencibles.

He aquí el hombre de acción. He aquí el hombre que arrastra a los demás hombres y que les hace producir un fruto, que no parecían capaces de rendir. La mirada de hombre se baña en la luz; mira y sabe ver. Ve la obra que hay que ejecutar. Es difícil, casi imposible. Pero entonces, dominador, calla y observa. Leemos en Víctor Hugo: “Dondequiera que iluminan los rayos del mediodía, si la roca forma una pequeña hendidura, allí va el trabajador, cargado de bolsas y espuertas de tierra, y en esta tierra, en Pro-venza, planta un olivo; y en el Rhin planta una cepa.

De la misma manera, el hombre de acción observa donde hay una empresa que acometer. Ve las hendiduras sobre las cuales podrá echar bolsas de tierra. Ve el sol que prestará su calor. Ve el olivo que podrá plantar aquí, y la cepa que podrá plantar allá. Ve al mismo tiempo la fatiga que producirá este esfuerzo y de antemano siente la pesadumbre; pero el bien general le reclama y acepta entonces el sufrimiento.

Ve que nada puede hacerse sin sufrimiento, sin sacrificio. Ve todo esto y se atreve. Y acepta el peso del trabajo y de las responsabilidades. Se atreve y comienza. Da un paso; Dios da ciento. Sobreviene una dificultad; Dios la resuelve.

Extiende la mano y Dios ejecuta la obra. Hay que tener fe en Dios. ¿Hay que reconstruir? Entonces se atreve a reconstruir. Hay que atreverse a todo cuando se trabaja por la verdad, la justicia y el derecho. Tanto mejor si se sucumbe. San Pablo sucumbió y ésa es su gloria.

“Si el crimen es vergonzoso, no lo es el cadalso”, dice Corneille.

Por cada uno que sepa morir se presentarán dos. Los ejemplos de heroísmo hacen nacer valientes. Sí, es preciso reconstruir. La impiedad no ha dejado más que ruinas. Nosotros, en lugar de ruinas edifiquemos un monumento.

“Señor: habéis abierto vuestras manos y han caído los soles, en las inmensas extensiones del espacio, como cae el grano de las manos del labrador; Padre, que habéis derramado rosas a manos llenas en los jardines y estrellas en la noche”, dice bellamente Ernesto Helio. Padre: a vuestras obras devastadas enviad alas de voluntad enérgica, de clara inteligencia que reconstruyan en un plan más hermoso, más majestuoso aún que el primero, todo lo que ha sido destruido.

El Padre de familia nos llama a trabajar. Si saliese todavía a la plaza pública vería cuántos obreros no hacen nada bueno ni nada útil, y los enviaría a trabajar. Hacen falta brazos, pero ¡no falta Dios!

2.-EL JOVEN CATÓLICO Y SU POSICIÓN EN EL APOSTOLADO.-

Os he mostrado al hombre de acción. En ese ideal debe plasmar la juventud católica sus actividades de apostolado.

¡Juventud, vida, acción!   eso sois vosotros.

Flor de vida, de esperanza, preparáis el porvenir. Ese porvenir depende de vosotros. Se ha dicho que en la guerra que hundió tronos y borró fronteras, triunfó la juventud y entonces ella se ha formado conciencia de su fuerza, de su personalidad; es capaz de cambiar la faz del mundo.

Pero hay juventudes arrastradas por los caballos del deportivismo o por los alados corceles del espíritu, en frase de un escritor.

Los primeros, rodean al joven de un ambiente de materialismo que aprovechan los enemigos de la Iglesia para disminuir sus fuerzas espirituales. A esos jóvenes se les puede decir la frase de la parábola: “¿Qué estáis haciendo aquí todo el día ociosos? Porque en el campo católico son fuerzas desaprovechadas e inútiles. Junto a esa juventud vive otra, espiritual y trabajadora, porque tiene un ideal espiritual, sólido, inmutable como lo divino.

“Todos los otros ideales van cayendo uno a uno; los años los desmoronan. Pero el ideal del joven católico fundado en la peña viva de la Iglesia de Jesucristo, vive perenne y es eterno”.

A esa juventud nos dirigimos.

“La Acción Católica juvenil es, en concreto, toda la Acción Católica”, decía un ilustre purpurado italiano. Y él mismo lo comentaba. “Hay que convenir que los jóvenes de la post-guerra, de lo muchísimo que hacen, mucho lo hacen bien. Parece ser que sus facultades, sus iniciativas, su comprensión que antes estaban como dormidas y atadas, se hayan despertado y soltado. Queda, es cierto, el defecto de la edad y la falta de experiencia, pero es un defecto que se corrige todos los días”. Y continúa el Excmo. Sr. Nuncio en Madrid: “La Juventud católica es, en concreto, toda la Acción Católica”.

Y al decir, el Excmo. Sr. Nuncio en Madrid: “La Juventud Católica es, en concreto toda la Acción Católica”, no quiso significar la inactividad e ineficacia de tantas organizaciones adultas, pero es repetir la palabra del Cardenal Gibbons: “Que si la organización de adultos ha de ser el cerebro pensador, la juventud representa el brazo y toda la energía desplegada en la lucha”. Además el joven siente ansias de lucha, y oye la palabra de Cristo: “El que tenga sed quo venga a Mí y beba”. Y el joven va, y bebe del agua que brota de la peña que es Cristo.

¿Y cuál es el campo de la Acción Católica juvenil?

En la asamblea de Charleroi de la Acción Católica de la juventud belga, se definía así: “Su campo es el que por manos divinas fue confiado a la misma Iglesia. No traspasará sus fronteras, pero tampoco perderá un palmo de terreno. Allí donde la religión es combatida, allí se toma ella el encargo de formar escuadrones de combate”,

¡El campo de la Iglesia! Palabra audaz, propia para entusiasmar a una juventud que contempla la mies que amarillea.

“Pero hay que guardarse de un error, dice Mons. Tedeschini, que puede infiltrarse fácilmente como se infiltró en otras Apartes, donde tanto perjudicó a la Acción Católica que la mató; error que consiste en creer que el fin predominante de la Juventud católica pueda ser profesional. No; vuestro fin primario, sustancial, esencial y hasta único, en razón de su importancia, no puede ser sino espiritual, es decir: la formación espiritual, religiosa y moral de los jóvenes; y después, como complemento, la intelectual, social y profesional. Juventud Católica es Acción Católica”. “Acción Católica es la que se rige con principios católicos, tiende a la formación católica y está bajo la dependencia de las autoridades católicas. Asociaciones que no tengan estos principios, ni estos fines, ni esta dependencia, no son asociaciones católicas, ni forman parte de la Acción Católica; serán, cuanto más, asociaciones inspiradas en los principios católicos, pero de ellas no responde ni las puede hacer suyas la Autoridad católica”.

3.-LA FORMACIÓN RELIGIOSA Y MORAL PROFESIONAL, INTELECTUAL Y SOCIAL.-

E1 fin primario de la juventud católica es formarse, y formarse espiritual-mente. Tener una conciencia cristiana exquisita, según la palabra de Benedicto XV. El ideal es que se formen conciencias cristianas, libres de errores, que mantengan siempre recta la bandera de la fe. Se ha dicho que formarse es el arte de las artes; porque formar el hombre no es modelar el corazón y pulir el entendimiento, sino modelarlo todo. Inteligencias formaba Sócrates en sus silencios y discursos, las formaban los peripatéticos en sus paseos de estudio… pero hombres no los formaban. Y así los vicios reinaban en los corazones de sabios e ignorantes.

“Hay que formarse espiritualmente, dice Tedeschini, según tres espíritus que os llevarán como en alas de gracia: el espíritu de fe, el espíritu de oración y el espíritu de sacrificio”.

Formarse en el espíritu de fe, porque ésta es una asociación católica que nada tiene de humana en su esencia, en su constitución, en sus medios y en sus fines.

Formarse según el espíritu de oración, porque es lo que necesitamos y para lo que no tenemos fuerzas equivalentes, por ser un don de orden superior a nosotros, y ese orden es el orden sobrenatural y de la gracia divina, que hay que pedir y sólo se pide orando.

Formarse según el espíritu de sacrificio, porque el apostolado, la constancia, la vida en Cristo, son alejamiento de todo lo que es mundo; son reacción contra todas las tendencias del exterior, de las compañías, del medio ambiente humano que nos rodea.

Luego la formación moral. Inútil un fundamento a la educación moral fuera de la religión. Ya la época en que se fundaba la moral en “los predicados de la conciencia universal” y otras frases por el estilo, desapareció. La moral se ha de apoyar en la religión o no existe. Y esa moral que supone el vencimiento continuo de las pasiones siempre en continua rebeldía, supone asimismo la formación de un carácter entero y varonil, fin supremo y universal de toda educación. Sin esfuerzo continuo, cual es el exigido por la religión cristiana, que ve en nosotros los dos hombres, el hombre pecador y el hombre de la gracia, no hay carácter; como tampoco lo hay sin que todas las actividades se concentren y giren alrededor de un ideal sólido y eterno, que no puede ser otro que Jesucristo.

Acerca de la formación intelectual, social y profesional, dice Mons. Tedeschini: “Formación cultural, intelectual, porque no es lícito a nuestros jóvenes católicos ignorar nuestro patrimonio religioso, nuestra doctrina, la constitución y la historia de nuestra Iglesia, nuestras glorias artísticas, nuestros santos y nuestros héroes, nuestros escritores, nuestros ascetas, místicos, navegantes, descubridores, conquistadores y colonizadores; para poder con estos auxilios, como con la armadura fortísima de todos los siglos, defender lo que tenemos de más sagrado e invulnerable: la honra y los méritos de nuestra Madre la Iglesia, y de la que también es nuestra madre: la Patria católica”.

Formación social después y en la ciencia social; este arte, clasificado en nuestros tiempos como nuevo, es un arte antiguo como antiguo es el Evangelio; arte que abarca todos los problemas que la edad nueva suscita y todas las dificultades que agitan a la masa social; arte con el cual lograremos tener orientaciones en la confusión babilónica de los que con sus intentos pretenden dar nuevos derroteros al mundo, nuevo rumbo a la sociedad, nuevo decálogo a los derechos y a los deberes, y nueva solución a todos los problemas que nos mantienen en una situación de espanto, de angustia y de temor: todo eso comprendido en la enseñan/a sencilla, clara y universal de la Iglesia, única Maestra de todas las cuestiones referentes a los individuos y a los pueblos, odiada por la vana ciencia social del mundo, que a sus luminosas verdades ha sustituido perniciosos errores; Maestra que aunque no fuese más que con la “Rerum Nova-rum”, ha enseñado con tanta luz y tan concentrado esplendor, que todas las mariposas de los sistemas de todos los tiempos tendrán que girar en torno de ella, y acabar por caer en su ámbito, si quieren, al fin, en algo acertar.

Formación profesional, en fin, porque, compuestos de alma y cuerpo y nacidos para vivir en este mundo, justo es que cuidemos de nuestros legítimos intereses y los cuidemos con la ayuda tan poderosa de la Iglesia y la cooperación de las organizaciones invencibles que en ella se inspiran; y justo es que como se pedía a Cristo el alimento del alma y el alimento del cuerpo, pidamos a la Iglesia, defensora de todo lo justo, amparo en nuestros derechos y guía en nuestras reivindicaciones; lo cual la Iglesia, aunque fundada para los espíritus, suele, sin embargo, prestar con tanto éxito, cual si sólo hubiera sido instituida para nuestro bien temporal.

4.-IDEALES DE LA JUVENTUD.-

“Feliz el hombre que teniendo un ideal logra sacrificárselo todo” dice Pas-teur. Por desgracia, en nuestro siglo ya no se conoce la pasión por el ideal. En la mayor parte de la juventud contemporánea parece dominar la vulgaridad y la medianía; arrastra una existencia vacía, tanto de sentimientos como de ideas y jamás saca su vida de las hondonadas donde se arrastra. No sólo carecen de ideal esos jóvenes sino que se burlan de él.

Estas injurias contra el ideal son verdaderas injurias contra la inteligencia, decía Fouillée. Seguramente la ostra… no tiene ideal; pero tampoco tiene ciencia ni filosofía. Desde el punto y hora en que se realiza labor inteligente, se distingue, se clasifica, se aprecia y se calcula.

El resplandor ha desaparecido de los ojos de la generación contemporánea. Escribía Daudet: “Un viento de cementerio sopla sobre nuestro siglo; se aspira la muerte desde un extremo al otro de Europa”.

No; un cerebro de veinte años necesita un ideal, grande y noble para entregarle el alma con todas sus potencias, capaz de hacerle digno de cumplir su misión; porque sólo él puede hacer de él un hombre de voluntad enérgica, de carácter sólido y duradero como el granito de las montañas y firme como el acero.

Es necesario mostrar a la inteligencia lo que debe pensar, a la voluntad lo que debe querer; es necesario dar un objeto preciso a la vida. Tener un ideal es tener una razón para vivir, ha dicho Bourgeois. Es también un medio para vivir una vida más amplia y más elevada.

Tened siempre ante vuestros ojos un ideal; contempladlo, estudiadlo, dejaos absorber por él, amadlo con pasión, con verdadera locura. Entonces, desplegadas todas las velas, emprended confiadamente la navegación. Es el único medio de ser algo y ser alguien en el mundo. “Un hombre no vale nada si no profesa Una ardiente devoción al ideal”, escribía el presidente Roosevelt, en “La Vida intensa”.

Por eso ¡tened un ideal! ¿Cuál debe ser? Aquél de que habla el ilustre político español Francisco Cambó: “Únicamente con la restauración de los valores morales y con la convicción de que el hombre en esta vida es algo más que estómago y médula, puede salvarse la sociedad. Y el ideal que ha de salvarla es un ideal patriótico para la vida presente y un ideal religioso para la vida futura”.

¡Qué bellas palabras! Un ideal patriótico, un ideal religioso.

Tened ese ideal. No sólo debéis tener un ideal: también debéis colocarlo muy alto en las luchas que os aguardan. Habéis comenzado el combate, larga es la jornada, lleno de polvo está el camino, abrasador es el sol. Pero recordad el grito del poeta americano: ¡Excelsior! siempre más arriba. ¡A la cumbre, al ideal!

Colocad muy alto vuestro ideal en medio de tantas cobardías morales, de tanto apocamiento de caracteres, de tantos tránsfugas miserables.

Hoy vemos desgraciadamente a una juventud que apenas pasa los umbrales del colegio, se olvida de su fe y vuelve la espalda al sacerdote que puso a su servicio inteligencia, voluntad, corazón, toda su vida; hoy vemos a una juventud que tiene miedo de vivir, miedo de sus convicciones religiosas… ¡Oh, el Nerón del Miedo! de que ya hemos hablado. Poned muy alto vuestro ideal en medio de las cobardías morales, más alto que los astros.

Un ilustre Prelado francés felicitaba al gran sabio Leverrier por el descubrimiento del planeta Neptuno y le decía estas palabras: “De este modo habéis colocado vuestro nombre a la altura de los astros”. “Monseñor, contestó Leverrier; espero colocarlo algo más arriba”…

Más arriba que los astros: colocad a esa altura vuestro ideal. Y defendedlo en las luchas morales que tenéis que sostener. El mundo vive de mentira, vive de la esclavitud. Hay cadenas para la inteligencia, para el corazón, para las actividades, para la conciencia. El mundo es un mundo de esclavos que arrastran la cadena. Sed almas libres, hay en el mundo algo que brilla y algo que quema; lo que brilla es el lujo, la belleza, la riqueza, el poder, la carcajada; lo que quema: la pasión, la envidia, el remordimiento, el orgullo. ]¡Qué lucha debéis sostener! Sólo vuestro ideal religioso os hará triunfar, sólo la religión sentida y vivida. Que ese ideal sea el mentor que os acompañe corno a Telémaco en la travesía de los mares, si no queréis señalar la primera etapa de vuestra vida con un naufragio moral.

Finalmente haced de ese ideal un apostolado, cooperando con la Jerarquía en las nobles actividades de la Acción Católica.

Esto es hermoso: siendo apóstoles del bien, evangelistas de la verdad, sacerdotes del ideal. Subid a esa cumbre y llena quedará vuestra vida.

5.-COMPAÑERO DE VIAJE, JUVENTUD, ADELANTE, OS PERTENECE EL PORVENIR –

Hay una hermosa página en el Evangelio. Los discípulos de Emaús se dirigen a su castillo y se les aparece un hombre de dulce fisonomía. -¿Qué pláticas tratáis entre vosotros -les dice- y por qué estáis tristes?” Cleofás le dijo: -¿Eres forastero en Jerusalén que no conoces lo que allí ha pasado en estos días? -¿Qué ha sucedido?, preguntó el desconocido. Y ellos respondieron: -A Jesús Nazareno que fue un varón profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, los sumos sacerdotes y nuestros príncipes le entregaron para ser condenado a muerte y le crucificaron.

Nosotros esperábamos de El la redención de Israel, y he aquí que han pasado tres días desde que han acontecido estas cosas… Todo ha terminado y ya nada hay que esperar. El Maestro a quien tanto amábamos está muerto para siempre. -¡Oh necios y tardos de corazón!- replicó el desconocido -. ¿Así comprendéis lo que los Profetas han dicho de vuestro Cristo? Pues ¿no era necesario que Cristo padeciese estas cosas y así entrase en su Gloria?.. .

Y caminando.. . llegaron a Emaús; las sombras ya obscurecían los lejanos horizontes y entonces los discípulos dijeron: -“Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya declinando el día”.

Y entrando en el castillo, fueron a la mesa, y, al partir el pan, conocieron que era el Señor.. . Y entonces dijeron los discípulos: -¿Por ventura no ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando en este mismo camino nos hablaba y nos explicaba el sentido de las Escrituras?”

Esta admirable página del Evangelio parece arrancada al libro de nuestra propia vida. Todo va bien cuando el Maestro está a nuestro lado. Hay luz, hay paz. Pero hay horas en que Jesucristo parece ocultarse…

Entonces el día declina rápidamente y una mortal tristeza se apodera de nosotros. Y entonces las pasiones nos atenazan, la ley divina se cubre de sombras, el cielo se cubre de nubes; nuestros ojos no ven al Maestro. Otras veces cae la noche negra y fría. No nos desconciertan las injurias de que Jesucristo es objeto, así como los sufrimientos de la Iglesia. El mundo entero se ha levantado contra ello. “Nosotros también esperábamos la redención de Israel”. Pero parece que Cristo-Rey se ha eclipsado para siempre.

En estas horas tristes debemos decir con los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, porque ya se hace tarde y el día declina”.. .

¡No nos abandonéis! Peregrinos del camino de la eternidad, necesitamos sentiros a nuestro lado. Caminad con nosotros; sostenednos en la lucha; curad nuestros pies ensangrentados en los guijarros del camino; consolad nuestro corazón entristecido.. . cuando las espinas de los zarzales le arranquen a jirones sus amores y sus ensueños…

“Quédate con nosotros, Señor” porque ha caído la tarde de la vida, han caído las sombras sobre el mundo, las sombras del vicio y del error; porque ya viene la noche, el frío glacial del egoísmo que reina en el corazón de esta sociedad. Quédate con nosotros que necesitamos de tu palabra orientadora, palabra de luz y de amor que guíe los destinos de esta sociedad donde reina la inquietud, que preside los destinos de los pueblos que buscan anhelantes la paz que brotó de tus labios, la justicia y el amor que palpitan en tu Corazón divino… “Quédate con nosotros, Señor” ¡porque han caído las sombras sobre el mundo, la negra noche del Dolor… sobre las almas… ¡Juventud Católica!: ahí tenéis a vuestro compañero de viaje.

Y ahora os diré con el Conde de Mun: ¡Juventud! Adelante… os pertenece el porvenir. Trabajad en el apostolado de la Acción Católica; consagrad a Dios las primicias de vuestra vida, todo el perfume de vuestro corazón; y entonces, un día, los que ya hemos descendido de la cumbre de la Juventud, tendremos la gloria de vivir la hora de las grandes almas…

CAP XIII APOSTOLADO DE LA JOVEN CATÓLICA

CAPITULO XIII APOSTOLADO DE LA JOVEN CATÓLICA

SUMARIO: 1. La joven y el apostolado. Cualidades. – 2. El sentido social 7 la mujer. – 3. La Joven y la acción social. – 4. La formación social 7 su necesidad.

 

1. – LA JOVEN Y EL APOSTOLADO. CUALIDADES. –

La juventud generosa, sembradora de los grandes ideales, como la llama Bazin, posee admirables cualidades para el apostolado.

El entusiasmo que caracteriza a la juventud, que bien encauzado y dirigido puede llevar a las realizaciones más sorprendentes, es la primera de estas cualidades.

Ese entusiasmo es en las obras del apostolado, lo que la savia a las plantas, causa y principio de las más espléndidas floraciones y de los más deleitosos frutos.

¿Qué puede ser imposible a un corazón de veinte años? Donde otras más maduras demuestran el “savoir faire”, la joven, llevada de energía, de vigoroso empuje, es como un resorte poderoso que galvaniza todas las energías, multiplicándolas.

La mujer, en sus actividades, aun las más idealistas, persigue un fin positivo y práctico. Por eso en el apostolado, obra divina, el corazón femenino ha de encontrar necesariamente su satisfacción plena y su más dulce encanto.

El apostolado requiere corazones rebosantes de amor, ansiosos de sacrificios. Y el corazón de la joven, ante todo quiere amar. Tal inclinación, si permanece dentro del orden, a la altura debida, no tenemos por qué ocultarla. Dios mismo es amor. Y en virtud de esta deliciosa propiedad divina, el Creador se movió a dar la existencia, a dar la vida por todos los seres de la creación.

Al sacrificarse por los demás, la mujer se siente elevada, dignificada. El apostolado, con sus caminos de espinas, le ofrece ocasiones innumerables de elevarse, de engrandecerse.

En el fondo del alma femenina se revela el sentimiento de la maternidad. Niña aún se la ve arrullando a su muñeca. Es como la tendencia innata de su ser. La mayor parte de las jóvenes llegarán a esa maternidad dentro del matrimonio cristiano. Y a esa misión maternal les prepara el apostolado, calmando de antemano su legítima impaciencia. Porque, dar a las almas la vida sobrenatural de la gracia, contribuyendo a su conversión o colaborando por medio de la instrucción, de la propaganda y de tantas otras maneras, a que se conserven y permanezcan en esta vida sobrenatural ¿no es ser madre en espíritu y en verdad, de una manera misteriosa pero real y sublime e inefablemente fecunda?

Y entonces, se puede decir que es dos veces madre: porque es dar la vida del espíritu, velar y proteger a aquéllos que no son carne de su carne. La joven irradia simpatía, como la flor su perfume. Eso constituye su centro de atracción. Pero esa cualidad ó puede elevarla a los amores sublimes o arrastrarla hacia el abismo. Y en virtud de esa cualidad maravillosa la joven se encuentra en situación privilegiada para la obra sublime de la conquista de las almas por medio del apostolado.

Ya hemos hablado del sentido del apostolado, que no es sino la continuación en el mundo de la obra que vino a realizar en la tierra el mismo Dios: la salvación de los hombres. ¿Qué joven dotada de un corazón noble y generoso, de una alma cristiana, no ha sentido santa emulación al contemplar la misión divina de los sacerdotes, su poder, su grandeza, su divina aureola?

¿No sería posible hacer participar de tan divina misión a la mujer? Y no sólo es posible… sino que la Iglesia, por la autoridad suprema del Pontífice, invita a la mujer a colaborar en obra tan excelsa y tan divina al llamarla a la Acción Católica.

¿Qué joven no acudirá a este honroso llamado? Ya hemos hecho notar que la actividad apostólica es el elemento central de la Acción Católica. Todos debemos responder a este llamado del Vicario de Cristo.

Hay multitudes que todavía están asentadas en las tinieblas, esperando la luz que las despierte a la vida. Hay muchedumbres de seres que jamás han conocido el don de Dios o no han sabido conservarlo y apreciarlo. Jesucristo nos llama por la voz del Pontífice, confía en nuestra generosidad; está como inmovilizado en la Cruz, esperando que le llevemos almas. Tengo sed de almas… Apaguemos esa sed divina llevándole almas.

Haciéndole conocer, haciéndole amar. Haciendo que nuestra vida sea una vida plena de hermosos bienes. “Dies pleni”. ¡Qué diferencia entre una vida superficial de una joven entregada a bagatelas y frivolidades, y la vida llena y fecunda de una joven-apóstol!

La juventud es flor de la vida y ¡qué dicha si se la puede ofrecer al Señor con todos sus perfumes, con todos sus encantos!

Lejos los pesimismos. El campo es inmenso y variado. “La mies es mucha”.

Y podéis ejercer el trabajo de apostolado en todos los órdenes de vuestra vida. En el templo, en el hogar, en la espuela, en las relaciones sociales, con vuestra oración, con vuestra modestia, con vuestro ejemplo, con vuestra palabra.

“Si no puedes ser una estrella del cielo, sé lámpara de tu casa”.

La juventud debe huir de las exhibiciones de la vanidad. Sería una desgracia convertir las obras de apostolado, que deben ser para Dios, en pedestal de la propia vanidad.

No se debe confundir la actividad con el movimiento. Obras, trabajo, perseverancia. El éxito no está en nuestras manos sino en las manos de Dios. Pero busquemos ese éxito con la labor humilde, abnegada, sacrificada, con la oración fervorosa.

Y Dios nos dará en recompensa el Paraíso. Quien salva un alma salva su propia alma, dice el Apóstol.

Todo debe encender en mi alma el fuego del apostolado: el amor que debo a Dios no puede ser indiferente a su gloria. “El que no tiene celo, no tiene amor”. El amor al prójimo. ¿Qué hago por mis hermanos? De ellos debo preocuparme, como nos dice el libro divino.

Y luego el llamado de la Iglesia, nuestra propia santificación. Trabajando por Dios, cooperando a su obra salvadora, me santifico.

Mons. Gay expresa este pensamiento: “Trabajo, sufrimiento, sacrificio, no retrocedáis por nada, nada es demasiado; el crucifijo inspira la tentación de decir que nada es bastante”.

Y dad una mirada: veréis las almas alejadas de Dios; la sociedad que desconoce a Jesucristo; las multitudes que van hacia el abismo en brazos del vicio y del error. Todo esto reclama apóstoles. ¿Llevo dentro de mí la esperanza de un mundo nuevo? Tú debes ser uno de sus constructores.

Algunos datos sugestivos que nos indican la necesidad del apostolado. En toda la extensión de la tierra hay unos dos mil millones de vivientes. De ellos, dice un escritor, más de mil millones de paganos… La mitad del mundo… Del resto, una mitad, católica: la otra, cismática o protestante.

¡Mil millones! ¿Me doy cuenta de lo que son mil millones?

Mil millones de minutos desde el nacimiento del Salvador, llevan hasta el 18 de abril de 1902… ¡Mil millones de paganos!

Significa esto que si desfilasen en hileras de cuatro por segundo, debajo de mi ventana, yo emplearía ocho años… y cincuenta y seis días viéndolos pasar… ¿Y puedo vivir en la ociosidad? ¿Y la pesadilla de la salvación del mundo no hurga en mi alma? ¡Qué inmensa mies! ¿Y si yo me convirtiese en uno de los obreros del campo divino?

Todo reclama el apostolado, todo lo pide. Amor a Dios, al prójimo, llamado de Iglesia, defensa, conquista. Escuchad la invitación. Las almas esperan. El mundo tiene necesidad de apóstoles, el campo de obreros. ¿No iréis a segar la dorada mies? Da mihi animas… “Dadme almas”: debe ser tu ideal, tu programa, la acción de tu hermosa vida, iluminada por la luz de dieciocho primaveras…

2.- EL SENTIDO SOCIAL Y LA MUJER.-

Las costumbres y las leyes abren cada vez más a la mujer de nuestros días, las esferas dilatadas de la cultura intelectual, de la acción social y de la misma vida cívica.

Este ha de ser título especial que le obligue a utilizar estos nuevos medios de influencia, para promover en todas partes el respeto de la familia, el cuidado de la educación cristiana de los hijos y la protección de la pública moralidad. Ante todo ¿qué son obras sociales? Hay quienes llaman obra social aun a la limosna callejera, por el hecho de que con ella se hace un bien a la sociedad, y hay quienes llaman sociales a ciertas obras u organizaciones. Duval expresa que una obra es una rueda de la función y sólo alcanza a las profesionales. La obra caritativa se ejerce siempre al margen de la función y sólo alcanza a los individuos. La obra social es democrática y hace a todos sus miembros partícipes del gobierno. La obra caritativa es autoritaria y no reconoce en sus administradores ningún derecho a la dirección.

La obra social toma del ahorro y de la ayuda recíproca los medios y fuerzas necesarias para su fin, su prosperidad; la obra caritativa para dar a los menesterosos recurre a los que poseen. Socorre sin enseñar la previsión. La obra social es una célula orgánica y viviente de la sociedad que nace espontáneamente y sin tutela; la obra caritativa es un paliativo universal, destinado a atenuar el mal funcionamiento de las células sin previsión. La obra social es fruto de la justicia social, que le fija los límites de que no puede pasar; la obra caritativa no es efecto de la justicia ni tiene otros límites que los de la bondad.

Pongamos ejemplos. Si cuidáis de que jóvenes caritativas confeccionen prendas de vestir para darlas a los niños pobres; si enviáis a la sierra o al mar a los niños enclenques de nuestras grandes ciudades; si a vuestra costa y con vuestra dirección fundáis una escuela doméstica; si edificáis casas baratas, higiénicas y cómodas; si introducís en vuestro pueblo la industria del encaje y distribuís el trabajo entre algunas obreras; si procuráis al obrero más salud por medio de mayor higiene, más alegría por medio de más arte, mayor paz, mayor moralidad, hacéis obras benéficas.

Pero ¿fundáis un sindicato que esté dirigido por sus socios, que defienda sus intereses, que perciba sus cuotas a fin de repartirlas en caso de paro? ¿Establecéis una mutualidad profesional y familiar que socorra a los socios con fianza para llenar sus arcas y no necesite acudir a la generosidad de ricos filántropos? ¿Establecéis una lechería cooperativa, dejando enteramente a los agricultores los beneficios, la dirección y la administración? ¿Juntáis familias cristianas para que, sin intermediarios, compren directamente los comestibles y los repartan entre sí, en las mejores condiciones? ¿Formáis, en fin, una caja de paro que únicamente los obreros sostengan y administren? Si todo esto hacéis, realizáis obra de organización social.

Las obras sociales  se  caracterizan,  según  otros,  por la previsión; sostienen al que está en pie para que no caiga, le ayudan a levantarse si está caído; y le ayudan a hacerse capaz de bastarse a sí mismo y cooperar al bien general; provocan la cooperación de los socorridos; excitan su esfuerzo personal; no los llevan, sino que más bien les muestran el camino para que anden por su propios pies; ayudan a ayudarse. La obra social previene la necesidad para que no sobrevenga; la benéfica, la remedia cuando ha sobrevenido La primera podría compararse a la higiene; la segunda, a la medicina.

Ya conocemos lo que es la obra social. ¿Cómo ejercitarse en su apostolado, en su acción?

3. – LA JOVEN Y LA ACCIÓN SOCIAL –

No creáis haber cumplido con vuestro deber cuando hayáis dado limosna al pobre que se oculta o perece en el camino. Acudir en su ayuda, consolarlo, curarlo, es cosa laudable y meritoria. Más, ponerlo al abrigo de su necesidad, prevenir el mal alejando sus causas, es cosa mejor aún.

Siempre habrá pobres, enfermos, ancianos abandonados y siempre serán necesarios asilos abiertos de la caridad para recogerlos. Pero habrá menos, si se tiene más cuidado en proporcionarles, cuando trabajan, condiciones de retiro que los pongan, en su ancianidad, al abrigo de la necesidad; y así se prevén para sus hijos condiciones de vivienda que les permitan cuidar de la vejez de sus padres.

Siempre habrá pobres, víctimas de sus malas pasiones, de su falta de sentido práctico, de su prodigalidad; pero habrá menos si se gasta una parte de nuestro dinero en ayudarlos en seguida, en desarrollar al principio las instituciones y las obras susceptibles de curarlos, de defenderlos contra ellos mismos, de hacerlos cobrar el hábito y el gusto del orden, del trabajo y de la limpieza. El interesarse activamente en una organización de asistencia por el trabajo, en una sociedad de casas baratas, de escuelas de enseñanza familiar y doméstica, es en todo caso, más sabio y más útil que extenderse en recriminaciones amargas y sin fin contra la incapacidad del mundo obrero para llegar a ser sobrio, económico y trabajador.

Y si es meritorio aliviar en la montaña o en la costa a los niños enfermizos, es más meritorio todavía el interesarse activamente en mejorar la misma vivienda.

Dignos de aplauso son los que contribuyen a la fundación de un dispensario antituberculoso o a un sanatorio popular; pero sería mejor si comenzasen por no obligar a trabajar en condiciones higiénicas deplorables, focos propicios a la tuberculosis.

Estas observaciones ha de tener presentes la joven de hoy, si desea comprender y llenar sus deberes del día de mañana, si quiere que su caridad sea algo distinta de una vana apariencia. El apostolado social de la mujer no significa abandono del hogar. Tal apostolado no será sino un apostolado familiar ampliado a la vida del taller, de la fábrica, de la oficina, de la Escuela, de la Municipalidad, del Estado.

La mujer hace demasiado poco en su hogar cuando encerrándose en él, consiente que se propague el incendio en las casas vecinas con inminente peligro de la propia. La educación de los hijos es la obra primordial de las madres. Sin duda. Pero ésta no será completa mientras el ambiente social y profesional, en que esos hijos han de vivir, de tal manera se encuentre corrompido que constituya un inminente peligro para su salud física y moral.

Por tanto, incumbencia de las madres es el saneamiento de ese ambiente que amenaza las vidas que han engendrado.

La vocación maternal coincide también con el deber social. La humanidad es una inmensa familia. Hay que esclarecer ignorancias, sostener debilidades, etc. Una predestinación orienta a todas las mujeres a esa maternidad amplificadora que no es otra cosa que el deber social.

 

El título de católico es un motivo más que nos debe empujar al apostolado social. Somos miembros de un mismo cuerpo místico, dice San Pablo.

Y demostraremos si somos miembros vivos de ese cuerpo, si sentimos los dolores de los otros miembros vivificados por la misma sangre. Si nos desentendemos de esos miembros, ofendemos a Cristo, cabeza de ellos.

Quien no abarca el Cristianismo con todas sus consecuencias, no es cristiano en espíritu y en verdad. La actual situación reclama una intensa labor social. Para esta labor necesaria y urgente, necesita la mujer una caridad más universal e ilustrada, un celo más activo y consciente, una educación cristiana y social más integral y más en armonía con las exigencias de la vida moderna.

4.-LA FORMACIÓN SOCIAL Y SU NECESIDAD.-

Para realizar el apostolado social, debe educarse la joven en el sentido social. Hay un sentido artístico, un sentido moral, un sentido cristiano y también un sentido social. El sentido social es el de los intereses colectivos, el sentido de la solidaridad y de la interdependencia de los hombres.

Si consideramos los problemas de la vivienda, de la higiene, de la educación infantil, de la criminalidad juvenil etc., hacemos una obra de caridad familiar.

Pero si nuestra vista se levanta sobre las miserias humanas y abarcamos a la sociedad entera, para remediar sus necesidades y miserias y nos interesamos por los problemas del salario, de la profesión, de las condiciones del trabajo, de la legislación y sobre todo, si nos esforzamos por hallar en la asociación, en la mutualidad, en la cooperación, en el sindicato, es decir, en una organización más perfecta de la sociedad, el remedio principal de los sufrimientos que la torturan, entonces la caridad se llama social. Y quien tenga caridad social posee el sentido social.

El sentido social es cristiano por excelencia. El verdadero hombre social y regenerador de la humanidad es Jesucristo. Su doctrina social será siempre la fuente pura e inagotable a donde irán a beber todos los espíritus generosos que sientan los nobles anhelos de salvar la sociedad.

El sentido social es espiritualista y desinteresado, caritativo y pacífico, y ennoblecedor como era el espíritu de Cristo. Por eso, quien posee el sentido social, siente sobre el yo egoísta, el nosotros fraternal; porque tiene presente que Jesucristo nos ha enseñado a decir: “Padre nuestro, el pan nuestro dánoslo hoy”; y no “Padre mío, el pan mío dame hoy”.

El sentido social es el discernimiento prudente de lo que la justicia o la caridad cristiana imponen o aconsejan a la sociedad y a nosotros misinos, en las relaciones mutuas de los hombres. Quien quiera formar a la juventud en el sentido social debe procurar formar en su corazón el espíritu de sacrificio, basado en convicciones religiosas; debe hacerle conocer el verdadero concepto de la sociedad, que es el concepto cristiano; hágale reflexionar sobre el estado actual de la sociedad, con sus instituciones modernas y miserias materiales y morales; acostúmbrele, no sólo a remediar los males presentes, sino también a prevenir los que amenazan para mañana; haciéndole ver que más importante que dotar un asilo de ancianos es organizar Casas de vejez, más trascendental que levantar magníficos hospitales es procurar una legislación que mire por la higiene del trabajo y la vivienda; y, en fin, enséñele a preferir aquellas obras que, aunque más lentas y menos aparatosas, y por consiguiente menos halagüeñas a la vanidad, son, con todo, de un influjo mucho más eficaz y duradero para el mejoramiento de la sociedad.

“Quien no sienta lo social, dice Palau, ni perciba agudamente los males de la sociedad; quien no se sienta solidario y responsable de esos males como miembro que es del cuerpo social, es un individualista, un perfecto egoísta que vive para sí, y que tal vez subordine hasta la misma acción social a su particular interés. Ese tal no se dedique a la sociología ni a obras sociales; no hará más que daño y deshonrará la bandera mil veces bendita del catolicismo. Católico social e individualista, son dos conceptos que mutuamente se excluyen” (V. Feliz).

El Incidente

El Incidente

EDUCAR HOY

POR PEDRO J. BELLO GUERRA.

Peridico AM, Queretaro, 07/12/08

 

Vivimos en una época demasiado agitada, en donde las prisas, la angustia y el estrés hacen presa de la gente volviéndola irritable, menos eficaz y a veces desconsiderada con quien le rodea, se diría, como dice el dicho, que “nos ahogamos en un vaso de agua”’ y hacemos grande cualquier pequeño incidente, lo mismo si alguien tropieza con nosotros, que si la cajera del banco tarda en atender a la persona que está delante nuestro, o si el tráfico es intenso y vamos a llegar tarde a un compromiso. Todo es prisas, todo urge, hasta aquellos sitios en que deberíamos estar tranquilos, atentos, concentrados y evitando cualquier interrupción, aún en esos lugares -conferencias, reuniones, misa- mucha gente sale disparada para contestar el celular en cuanto suena, porque urge atender a quien llama como es debido, aunque eso implique interrumpir la reunión en que nos encontramos -como si los asistentes a esa reunión, conferencia o acto de culto no fueran el objeto prioritario de atención en ese momento- para responder a llamadas generalmente intrascendentes.

También suele suceder que hacemos los problemas más grandes cuando un hijo reprueba una materia, cuando a mamá se le pasó un poco la mano con la sal en la comida, cuando el pantalón o la blusa preferida aún no está lavada, y qué decir cuando rompemos un objeto o tenemos un accidente en el auto nuevo…, en vez de preocuparnos por lo realmente importante que son las personas –lo demás son sólo objetos o resultados que se pueden arreglar-, le reprochamos a nuestro interlocutor sus ‘errores’ y ‘descuidos’.

No nos vendría mal de vez en cuando, recordar cuales son nuestras prioridades: nuestra familia y seres queridos, nuestro trabajo y quienes laboran con nosotros, nuestra comunidad…, y fortalecer día a día esas relaciones que dan sentido a toda nuestras acciones.

Una joven mujer regresaba a su casa en su coche, después del trabajo. Manejaba con suma precaución porque el coche era nuevo, flamante. Lo había sacado el día anterior de la agencia y lo había comprado con los ahorros, sobretodo de su esposo, quien había renunciado a muchas cosas para comprar ese modelo. .

En un crucero particularmente difícil, la mujer tuvo un momento de indecisión y con la salpicadera se fue contra la defensa de otro coche. La pobre mujer estalló en lágrimas. ¿Cómo podría explicar al esposo el daño hecho?

El conductor del otro auto fue comprensivo, pero explicó que tenían que presentar la licencia de conducir, la tarjeta de circulación y los datos del seguro al oficial competente. La mujer buscó los documentos en un gran sobre de plástico. Un pedazo de papel se cayó. Con decidida escritura masculina estaban escritas estas palabras: “En caso de accidente… recuerda, tesoro, que yo te amo a ti, no al coche”.

Ojalá y todos reaccionáramos así, ¿a quién no le gustaría tener un papá que ante un fracaso escolar nos da una palmada en el hombro y nos dice,” estoy seguro que con un poco más de estudio la siguiente vez obtendrás buenos resultados’; o cuando nos peleamos en casa o en la escuela, nuestros padres nos regañan haciéndonos ver que mediante la violencia no se resuelven los conflictos, y después de pedirnos que nos disculpemos y hagamos las paces, nos dan un abrazo o un beso y nos dicen que nos quieren…; y, desde luego, ¿qué esposa no desearía tener un marido como éste para quien lo más importante es ” su esposa ‘ y no” su coche?’, y se lo hace saber no sólo con un recado sino con un abrazo y un “¿tú estás bien?, eso es lo único que importa, lo demás lo resolveremos”.

La vida está llena de ‘incidentes’ como el de la señora del cuento, pero ¿estará llena de personas comprensivas y que tienen claras sus prioridades como el marido?

pjbellog@colegíoalamos.edu.mx

Categorías:Cuentos para educar

Espantapájaros

Espantapájaros

EDUCAR HOY

POR PEDRO J. BELLO GUERRA.
pjbellog@colegioalamos.edu.mx
Periódico AM, 14/12/08

 

Decía la Madre Teresa de Calcuta al hablar del amor al prójimo, que “hay quedar hasta que duela”, no porque necesitemos hacernos daño en el cuerpo, sino porque la generosidad y el desprendimiento a veces cuestan.

No es fácil ayudar en la tarea a un hijo cuando alguien llega cansado del trabajo; menos fácil aún es explicarle la tarea a un vecino, al hijo de un amigo, o en un voluntariado en una escuela, cuando ese alumno es inquieto o le cuesta entender. Tampoco es fácil perdonar a quien nos ha ofendido, nos pone mala cara, o nos contradice en lo que decimos; perdonar es aún más difícil que dar nuestro tiempo. Y dar un donativo en dinero, despensa, ropa o ayudas a las personas necesitadas también cuesta porque es desprendernos de cosas que a veces sobrevaloramos como muy importantes para nosotros o muy nuestras; es un poco como sentir que al dar nos empobrecemos o nos desprendemos de una “parte de nosotros”, y nada más alejado de la realidad porque el que comparte, el que es generoso se enriquece a nivel humano y espiritual al convertirse en una mejor persona, se vuelve útil y responde al llamado de solidaridad y contribución al bien común impreso en su conciencia.

Me gustaría compartir con ustedes la siguiente historia que refleja esa generosidad y espíritu de sacrificio al que estamos llamados con nuestros familiares, amigos y cualquier otro ser humano:

“Una vez un cazador lastimó el ala de un jilguero. Por algún tiempo éste logró sobrevivir con lo que encontraba en la tierra. Después llegó el terrible y gélido invierno.

Una fría mañana, mientras buscaba algo que comer, el jilguero se encontró con un espantapájaros. Era un espantapájaros muy diferente, gran amigo de las urracas, cornejas y otras aves.

Su cuerpo era de paja, metida en un viejo traje de gala: la cabeza era una gran calabaza anaranjada; los dientes estaban hechos con granos de maíz; su nariz era una zanahoria y sus ojos dos nueces.

-¿Qué te sucede, jilguero? -preguntó el espantapájaros, cortés como siempre.

-Las cosas van mal -suspiró el jilguero-. El frío me está matando y no tengo dónde refugiarme, por no hablar de comida. Creo que no veré la primavera.

-No tengas miedo. Puedes meterte aquí en el saco. Mi paja está seca y caliente.

De este modo el jilguero encontró una casa en el corazón de paja del espantapájaros. Quedaba todavía el problema del alimento. Cada vez era más difícil para el jilguero encontrar bayas o semillas. Un día en que todo se estremecía bajo el velo gélido de la escarcha, el espantapájaros le dijo dulcemente al jilguero:

-Jilguero, cómete mis dientes, son excelentes granos de maíz.

-Pero te quedarás sin boca.

-Así pareceré más sabio.

El espantapájaros se quedó sin boca, pero le alegraba ver a su pequeño amigo vivo, y le sonreía con los ojos de nuez.

Después de algunos días, llegó él turno ala nariz de zanahoria.

-Cómela, tiene muchas vitaminas -le decía el espantapájaros al jilguero.

Luego el turno de las nueces que hacían de ojos.

-Me bastará con escucharte -decía.

Finalmente el espantapájaros le ofreció también la calabaza que le serví a de cabeza.

Cuando llegó la primavera el espantapájaros ya no existía. Pero el jilguero estaba vivo y levantó el vuelo en el cielo azul”.

Esta historia puede parecer exagerada, porque a nadie se nos pide que nos mutilemos o que alimentemos con nuestro cuerpo a los hijos, y mucho menos a desconocidos, pero metafóricamente hablando, el espantapájaros dio todo cuanto podía dar, y nosotros ¿qué tanto de nuestro tiempo, amor, trabajo y compañía estamos dispuestos a dar?

Categorías:Cuentos para educar