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Los apóstoles laicos. Pablo, animador y maestro

Los apóstoles laicos. Pablo, animador y maestro

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Recordemos una anécdota interesante:

Rodeado un día el Papa San Pío X con algunos Cardenales y colaboradores del Vaticano, les preguntó medio en broma medio en serio, como hablaba tantas veces él:

– ¿Qué creen ustedes que es lo más importante para la reforma de la Iglesia?… Y los interrogados, sabiendo las aficiones y preferencias del Papa, iban respondiendo:

– La enseñanza de la Doctrina…, la renovación litúrgica…, la devoción a la Eucaristía…
El Papa movía la cabeza negativamente a cada respuesta: -¡No!…, ¡No!…

Y al fin él, serio en medio de su buen humor:
– ¿Saben ustedes qué es lo más importante? Reunir en torno a cada párroco un grupo de seglares, que tomen responsabilidad de la Iglesia, que trabajen bajo la dirección de los Pastores, y pronto tendremos una Iglesia totalmente renovada.

¿Tenía razón aquel Papa tan providencial, San Pío X?…
Era cuestión de que la Iglesia dejase de considerarse tan clerical, a la vez de que los seglares o laicos tomaran conciencia de su responsabilidad de cristianos, los cuales tienen el derecho y el deber de trabajar por el Reino de Dios, por la Iglesia de Jesucristo, por la salvación de sus hermanos.

Todo ello, con los Pastores como dirigentes, pero también con la autonomía y libertad que les confiere su condición de laicos metidos en el corazón del mundo.

Llegó el Concilio, y, con su Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, dio el espaldarazo a tantos laicos como hoy trabajan -vamos a usar palabras de San Pablo- como verdaderos apóstoles de las Iglesias y gloria de Jesucristo (2Co 8,23)

¿Ha inventado la Iglesia algo con esto del apostolado de los laicos?

¡No, ni mucho menos! La cosa viene desde al principio.

Si miramos los Hechos de los Apóstoles, y sobre todo las cartas de San Pablo, vemos que la actividad apostólica de los seglares es tan antigua como la misma Iglesia.

Comunidades eclesiales como Antioquía -y probablemente también la de Roma-, fueron fundadas por laicos, que llevaron desde Jerusalén la Buena Nueva del Señor Jesús.
Después, enterados los Apóstoles, mandaban sus delegados, o iban ellos mismos, para confirmar lo que el Espíritu Santo se había adelantado a hacer. Los apóstoles establecían presbíteros, organizaban y daban institución a una Iglesia iniciada por seglares.

En las cartas de San Pablo tenemos ejemplos admirables de apóstoles laicos, admirados, tan queridos y elogiados por Pablo. Los vemos en todas las cartas, pero el final de los Romanos es sumamente aleccionador.
Miremos a quiénes saluda:

Les recomiendo a Febe. Recíbanla en el Señor. Asístanla en todo lo que necesite, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo.
Saluden a Priscila y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús, que expusieron sus cabezas por salvarme, y saluden también a la iglesia que se reúne en su casa.
Saluden a María, que ha trabajado tanto por ustedes.
Saluden a Urbano, nuestro colaborador en Cristo.
Saluden a Trifena, Trifosa y Pérside, que tanto se fatigaron y trabajaron mucho en el Señor
(Ro 16,1-12).

¿Nos damos cuenta? Todos eran laicos. Y tal vez más mujeres que hombres.

El mero hecho de ser cristianos los autorizaba a colaborar con los apóstoles, obispos y presbíteros, e incluso a tomar ellos iniciativas importantes para el desarrollo de la Iglesia.

Pablo, al buscar y aceptar colaboradores, les dictaba la razón que los debía estimular:

Miren que son miembros del Cuerpo de Cristo. Y cada miembro debe trabajar “según su actividad propia, para el crecimiento y edificación en el amor” (Ef 4,16)

Comentando esta razón de San Pablo, les dice el Concilio a los seglares:

“El que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe considerarse como inútil para la iglesia y para sí mismo” (AA 2)
Pero, junto a la amenaza, el Concilio sabe animar:
“Insertos los seglares por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo y robustecidos por la confirmación, es el mismo Señor quien los destina al apostolado” (AA 3)

Aunque nos podemos preguntar: ¿Con qué auxilios cuenta el laico para el apostolado? ¿Qué gracia les da Dios?

Aquí vienen ahora los “carismas” del Espíritu Santo, el cual los reparte abundantes entre los laicos, hijos de la Iglesia, para que se entreguen a ella con generosidad, competencia, celo apostólico, y puedan hacer las maravillas que tantas veces nos toca contemplar.

El apóstol San Pablo es en esto el gran maestro. En las cartas a los Romanos (12,6-8), a los de Corinto (1ª, 12 y 14) y a los de Éfeso (4,11), enumera unas listas de carismas o dones del Espíritu Santo que nos dejan pasmados.
No todos los laicos valen para todos los apostolados, pero todos, hasta los más humildes, pueden ejercer ministerios valiosísimos. Pablo viene a decir a cada uno:

Tú, que sabes hablar, exhorta, predica, consuela. Haz de profeta.
Tú, que sabes instruir, trabaja como catequista.
Tú, doctor que dominas la doctrina del Señor, enseña con competencia.
Tú, que tienes tan buen corazón, dedícate a obras de misericordia con los necesitados.
Tú, tan diestro en oficios, sirve a la Iglesia en cosas materiales, a veces muy humildes.
Tú, inquieto siempre, propaga el Evangelio, habla, no te calles.
Tú, escritor y propagandista, difunde la Fe por “los medios”.
Tú, que eres líder por naturaleza, ponte al frente de los jóvenes inquietos y llévalos a todos al Señor.

Pablo puede seguir señalando con el dedo a cada uno y diciéndole lo que es capaz de hacer por el Señor en su Iglesia. Sus palabras son estimulantes:

“Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, los hemos de ejercitar en la medida de nuestra fe”

Entre las grandes gracias de Dios a su Iglesia en los tiempos modernos, resalta como ninguna la conciencia despertada en los laicos sobre su responsabilidad en el apostolado, conforme a la intuición de aquel Papa tan clarividente.

Sabemos lo que San Pablo hizo en Éfeso por medio de sus colaboradores -laicos en su inmensa mayoría-, con los cuales llenó del Evangelio toda la Provincia romana del Asia.
Y nos podemos preguntar: ¿Pensamos que los católicos seglares de hoy no pueden realizar maravillas semejantes?… Las pueden hacer, y las están haciendo.

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FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

Capítulo segundo

FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

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SUMARIO: § 16. Lo perenne y accidental en la Acción Católica. — § 17. Aspecto teológico y aspecto disciplinar de la Acción Católica.— § 18. Primeros esbozos evangélicos de la Acción Católica.— § 19. — La institución de la Acción Católica por Jesucristo y su promulgación solemne. — § 20. La Acción Católica en la evangeli- zación de San Pablo.

§ 16. LO PERENNE Y ACCIDENTAL EN LA ACCIÓN CATÓLICA

El apostolado, por el mero hecho de ser tal, tiende a exteriorizarse porque lo externo es el medio exigido por la naturaleza del hombre para ayudar a nuestros semejantes. La Acción Católica, verdadero apostolado, tendrá, pues, que manifestarse en la vida social de la Iglesia según la forma o formas que mejor le cuadren para acomodarse a las circunstancias de cada lugar, tiempo y personas.

Efectivamente, de muchas y diversas maneras se ha exteriorizado este movimiento o actividad externo-social llamado Acción Católica. Preséntase, unas veces, configurado en pías uniones o cofradías; otras, como simples asociaciones eclesiásticas, ora colectivas o morales, sin ulterior determinación; y otras también, al margen de todo organismo estrictamente tal, aunque no tome dicha denominación, pero que en verdad entra de lleno y en estricto rigor en el referido movimiento del laicado en la Iglesia. Ejemplo de esto último nos lo ofrecen los catequistas seglares de las misiones de la Guinea española, los cuales, nimbados de verdadero espíritu apostólico, ayudan constantemente en todo y por todo a los ínclitos misioneros claretianos, especialmente durante sus ausencias, en la evangelización de los territorios coloniales continentales e insulares[1]. No ha faltado tampoco en el decurso de la historia, y acaso haya sido la más numerosa, la colaboración ocasional del laicado a la jerarquía de la Iglesia, motivada por las circunstancias diversas y particulares de cada lugar, sin sujeción a formas estables y canónicamente prefijadas.

Ante esta variedad de formas, cabe preguntar, ¿qué es lo básico o esencial de la Acción Católica? Ciertamente que los diferentes matices de organización eclesiástica pregonan a las claras lo accidental y variable de esta institución que se remonta a los mismos orígenes del cristianismo, y cuyas huellas o vestigios aparecen manifiestamente en las correrías apostólicas de San Pablo.

Lo perenne, inmutable, que da vida e impulso a ese variado movimiento, es su entronque inmediato o nexo íntimo y forzoso con las instituciones de derecho divino en la Iglesia, y cuyo concepto preciso nos ha sido puntualizado merced a la definición clásica que de la Acción Católica trazó el papa Pío IX, de un valor teológico inestimable: “la colaboración del laicado en el apostolado jerárquico”[2]  de la Iglesia.

§ 17. ASPECTO TEOLÓGICO Y ASPECTO DISCIPLINAR DE LA ACCIÓN CATÓLICA

El expresado concepto eminentemente teológico está desligado por completo de cualquier plasmación de tipo jurídico- disciplinar o canónico-administrativo; pero es aptísimo para ser acomodado a cualquier organización o manifestación del laicado en los diferentes territorios de la Iglesia y en los diversos tiempos o épocas. Por donde la Acción Católica, mientras en su aspecto teológico es algo perenne y perfectamente definido y típicamente configurado, resulta amorfa, variable e imprecisa, porque sólo dice relación con lo meramente accidental, en su aspecto administrativo-disciplinar[3].

Con la distinción esbozada, se deslindan debidamente dos campos que, si se enlazan y completan de un modo perfectísimo, son muy diversos, y cuyas manifestaciones y apreciaciones podrían dar por resultado consecuencias también distintas y, a veces, opuestas por no considerar suficientemente los rasgos fundamentales y los accidentales de esta institución.

El título y subtítulo de la presente obra indican ya en qué zona debemos movernos, al menos, preferentemente. La consideración teológica de la Acción Católica es la que debe abrirnos el camino para examinar, exponer y concretar la moción divina de la gracia sobre el alma de los seglares llamados a participar y colaborar en la misión de la Iglesia jerárquica.

Antes, empero, de analizar la riqueza doctrinal de la referida definición pontificia, es preciso dar una idea de la Acción Católica tal como se nos presenta en las fuentes sagradas y, de esta manera, apreciar el nexo o correlación entre dicho concepto y la realidad sobrenatural que nos ofrecen los libros del Nuevo Testamento.

§ 18. PRIMEROS ESBOZOS EVANGÉLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

La dicción “Acción Católica”, o apostolado de los seglares, no se halla, desde luego, en los libros sagrados; pero el concepto de participación y colaboración de los laicos en el apostolado jerárquico se presupone y va incluido en algunos hechos referidos en las sagradas escrituras.

En la vida pública de Jesucristo hallamos no sólo una imagen de la Acción Católica o, mejor, su arquetipo, porque le supera en dignidad y perfección, sino que además vemos en ella la promulgación del apostolado de los simples fieles junto con el de los apóstoles y, luego, obispos.

El arquetipo o imagen perfecta de la Acción Católica sobresale o emerge de la conjunción de los siguientes hechos o realidades : Cristo, que fue concebido y nació sacerdote, elige un puñado de hombres, los apóstoles, a quienes bautiza y a los que asocia a su ministerio divino; y a los que, finalmente, consagra sacerdotes u obispos en la noche en que, después, fue entregado a sus enemigos para ser crucificado.

Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, es sacerdote eterno: “ Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec”[4]; y con esta función sacerdotal inaugura su obra mesiánica. Los actos que pondrá durante toda su vida pública, responderán a este carácter de sacerdote y pastor supremo de las almas; nunca dejará de actuar como tal porque su sacerdocio se funda en la unión hipostática del Verbo divino con la humanidad sacratísima de Cristo.

Y da comienzo a esta misión evangelizadora eligiendo a doce discípulos, que le acompañarían, como así le siguieron, durante el resto de su vida terrena, y los asocia en forma permanente a su obra redentora después de haberles bautizado.

Los evangelios no nos dicen cuándo fueron bautizados los apóstoles con el sacramento del bautismo, pero sí sabemos ciertamente que lo fueron por el mismo Jesucristo. Primero, porque Jesús encarece a Nicodemo la necesidad absoluta del bautismo sacramental con las siguientes palabras: “quien no renaciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios ”[5]; y además, porque Él mismo delegó a los discípulos para que bautizaran a las gentes — “bien que Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos” [6]—. Con esto advierte San Agustín: “no faltó el ministerio de bautizar, para tener siervos bautizados, por los que bautizase a los demás”[7], del mismo modo que para darles ejemplo de humildad les lavó Cristo los pies[8]. Si Cristo quería, pues, que cuantos creyesen en Él fuesen bautizados, y que todos fuesen humildes, para lo cual Él mismo quiso lavar los pies a los apóstoles, también les bautizó a fin de que sus discípulos bautizaran a los demás y diesen a todos ejemplo de humildad.

Conocidos son otros ministerios que Jesús confió a sus discípulos cuando le acompañaban de aldea en aldea y de ciudad en ciudad por los confines de Palestina[9].

Pero sus discípulos no fueron ungidos sacerdotes, obispos, hasta la última cena, cuando después de haber instituido la Sagrada Eucaristía les dijo Cristo: “Haced esto en memoria de mí”[10]. Ellos, durante la vida terrena de Cristo, eran simples cristianos o, empleando la terminología teológico-canónica, seglares, si bien adornados con carismas extraordinarios y personalísimos por su condición privilegiada de apóstoles de Cristo.

Por la expresada función que ejercieron con Jesús, sin haber recibido la colación del sacerdocio, son los discípulos de Cristo el modelo ejemplar o arquetipo del apostolado de la Acción Católica, como es el de la obra apostólica de los seglares —en este caso, de los apóstoles antes de su consagración sacerdotal — en unidad con los que representan a Jesucristo en la vida social y sobrenatural, y que son el Romano Pontífice y los obispos y cuantos participan de los poderes divinos. No puede negarse, por tanto, que el primer vestigio que tuvo la Acción Católica arrancó de la elección de los apóstoles por Cristo y de su colaboración durante los años de su vida pública. Sin duda se tendrá como excepcional este ejemplo, pero no deja de ser el prototipo que supera todo otro cualquiera por la elevación sobrenatural y carismática de las personas evangelizadoras que intervinieron: Jesucristo, único y sempiterno sacerdote, y los Apóstoles, sus colaboradores continuos y entregados totalmente a la misión de salvar las almas.

Pero obsérvese ya que los apóstoles inician su colaboración con el Maestro, no por propia iniciativa, sino por el llamamiento que a cada uno de ellos les hizo Cristo. Con este llamamiento recibían los discípulos el cúmulo de gracias para ellos mismos y, a la vez, para santificar a los demás. Igualmente, pues, ser miembro de la Acción Católica, es decir, militante ante Dios, sólo es posible por un llamamiento de Cristo, por el cual derrame Dios sobre el alma las gracias de la propia santificación personal y carismas para utilidad de la Iglesia.

§ 19. LA INSTITUCIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA POR JESUCRISTO Y su PROMULGACIÓN SOLEMNE

La proclamación solemne de la Acción Católica, que, en síntesis, es la unidad de apostolado de los seglares con el jerárquico, fue hecha por Jesús en la última parte de su oración sacerdotal[11].

Después de rogar Jesús por sí mismo y por sus discípulos, en forma separada de la oración por los otros fieles, dirije a su Padre celestial la siguiente oración: “ Como tú me enviaste al mundo, yo también los envié al mundo. Y por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad. No ruego por éstos solamente sino también por los que crean en mí por medio de su palabra; que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos en nosotros sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste”.

Jesús en esta oración destaca su carácter de “Enviado” para su misión redentora. Dice que la vida eterna consiste en “que te conozcan a ti, el solo Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo”[12]; y pondera su misión al decir: “manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo”[13]; “las palabras que me confiaste, yo las he comunicado a ellos [los discípulos] ”[14]; “cuando yo estaba con ellos, yo los guardaba en tu nombre; a los que me has dado, los custodié”[15]; “yo les he comunicado tu palabra”[16].  Y al final de esta oración insiste en la idea que expresa el carácter de su misión divina entre los hombres: “yo les he comunicado la gloria que tú me has dado”[17] ; “para que conozca el mundo que tú me enviaste”[18]; y, por última vez, dice: “yo les manifesté tu nombre, y se lo manifestaré”[19].

En el pensamiento de Cristo rebosa la idea de “Enviado” y la de que como tal ha actuado y actuará hasta la total glorificación del Hijo, que será a la vez la glorificación del Padre.

En fuerza, pues, de su obra redentora como Enviado, dijo Jesús, refiriéndose a sus discípulos: “como tú me enviaste al mundo, yo también los envié al mundo ”[20]; y a tal fin pedía: “ conságralos en la verdad ”[21], lo cual significa: destínalos al servicio de Dios, según mi misión; pues la santidad del Antiguo Testamento era sombra y figura, la del Nuevo Testamento es realidad y verdad. Con esta santificación pide Jesús al Padre que santifique a los discípulos: consagrados en la verdad para anunciar la palabra de Dios, que es verdad[22].

Jesús ruega por sus discípulos, sobre todo en su calidad de “enviados”, en su misión para los demás, pues dice: “no ruego por éstos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra”[23]. Cristo se dirige al Padre presentándole sus discípulos como evangelizadores, y en esta función ruega primordialmente por ellos para que los otros crean en Él; y nunca, en toda su oración sacerdotal, deja de considerarles en calidad de enviados por Él. Y después que Cristo ha rogado por sus discípulos como “enviados”, pasa en seguida a rogar por todos los demás, y quiere “que todos sean uno” para el supremo fin de todo apostolado: “para que el mundo crea que tú me enviaste”[24]. Cristo, por tanto, pide unidad de todos los bautizados o creyentes con los apóstoles, a quienes y por quienes ruega “como enviados”, mensajeros, como hombres que ejercen actividad divina y sobrenatural, y pide que los demás creyentes estén unidos con los apóstoles y sus sucesores en la expresada actividad de “enviados”, en la misión divina que han recibido, cuyo fin es “para que el mundo crea que tú me enviaste”. Con ello, pues, Jesucristo traza la unidad de apostolado de los simples fieles con la obra de la jerarquía eclesiástica, representada, primero, por los apóstoles y, luego, por los obispos, sus sucesores. Esta unidad dinámica es precisamente la Acción Católica en su puro aspecto teológico, con abstracción omnímoda de la organización canónico-positiva que pudiera tener en el fuero social. Por consiguiente, Cristo quiere, y por esto ruega al Padre, que los simples fieles formen una unidad con los apóstoles en cuanto éstos son “enviados” y en cuanto, como tales, ejercen una actividad, que es su misión divina. Ahora bien, la unidad de los simples fieles con los apóstoles o sus sucesores, los obispos, en el ministerio que éstos ejercen es precisamente la realidad teológica de la Acción Católica.

Pero obsérvese que Cristo no se limita a señalar la unidad de los simples fieles al decir “que todos sean uno” con los apóstoles en su calidad de enviados, sino que hace más: ruega por ellos a fin de que formen la referida unidad. Con lo que Cristo ruega por la Acción Católica, y con su ruego al Padre le obtiene todas las gracias y auxilios que podrá necesitar en el decurso de todos los tiempos. Por esta unidad entre los apóstoles como “enviados” y los otros creyentes, sellada con la oración sacerdotal de Cristo y robustecida por el cúmulo de dones que el Padre derramará por la intercesión de su Divino Hijo, la Acción Católica adquiere la cualidad de institución perenne y sobrenatural en la Iglesia y el título apelativo a las gracias divinas que podrá necesitar para el logro del fin prefijado por Jesucristo.

La Acción Católica es, por tanto, obra de Jesucristo, y subsistirá mientras actúe la Iglesia militante con la exhuberante fecundidad que le proporciona el ruego u oración de Cristo a su Padre celestial.

§ 20. LA ACCIÓN CATÓLICA EN LA EVANGELIZACIÓN DE SAN PABLO

Siendo la Acción Católica obra de Jesucristo mismo, fue lógico que aparecieran ya manifestaciones de su actividad en el propio albor de la Iglesia naciente, cuando empezaba a extenderse por doquier merced a las fatigas de sus discípulos. Y así la vemos cómo florece o fructifica frondosamente en las primeras comunidades de cristianos fundadas y dirigidas por los apóstoles.

San Pablo, el gran Doctor de los gentiles, valióse para la evangelización de los pueblos y fundación de las primeras comunidades cristianas, no sólo de sacerdotes y diáconos, sino también de simples fieles, e incluso mujeres. Así lo declaran algunos pasajes bíblicos. Escribiendo a los romanos, dice: “Os recomiendo a Febe[25], nuestra hermana, que es, además, diaconisa de la Iglesia de Cencreas ”[26]; y “ saludad a Prisca y Aquila, mis colaboradores en Cristo, quienes por mi vida expusieron su cabeza”, “y a la Iglesia que se congrega en su casa”[27].

En la Epístola a los filipenses dice el Apóstol: “Recomiendo a Evodia, y recomiendo a Síntique[28] que tengan un mismo sentir en el Señor. ¡Ea!, a ti también te ruego, mi leal compañero, que les prestes ayuda, ya que ellas lucharon a mi lado en pro del Evangelio a una con Clemente y los demás colaboradores míos”[29].

A Filemón, el amigo querido, le llama San Pablo “colaborador nuestro”, y le habla de la iglesia que se reúne en casa de él[30].

También a este respecto vienen al caso los relatos sobre las comunidades cristianas de Filipo[31] y de Tesalónica[32], a cuya fundación prestaron ayuda o apoyo varias mujeres.

Merece notarse que los textos sagrados, tratando de la colaboración de los seglares en el apostolado jerárquico, lo hacen en forma general; no la limitan a determinadas materias. No es que no existan límites, puesto que la misma condición de seglar los impone para todas aquellas obras cuya realización exige ora potestad de orden ora de jurisdicción; pero sí que, dentro de la aptitud o capacidad que tiene el simple fiel respecto a sus actividades apostólicas, San Pablo no pone cortapisas a esa labor apostólica seglar en unidad con la de los miembros de la jerarquía; y por eso habla simplemente de los “colaboradores”, de quienes trabajan en pro del Evangelio, de las que están consagradas al ministerio de la Iglesia, para expresar una deputación y actividad permanente o perpetua y universal en ese apostolado de los seglares. En este concepto de oblación para dichas obras y de aceptación universal y permanente del seglar en pro del Evangelio, sin limitarlo a esta o aquella obra apostólica, va incluido el de la Acción Católica, que con mano maestra y entendimiento sutil nos ha legado el papa Pío XI.

Del expresado concepto estrictamente teológico de la Acción Católica se desprende que este apostolado nunca podrá consistir en la sola agregación externa o inscripción canónica a determinado organismo o actividad social; sino que, ante todo, requiere o exige el ofrecimiento u oblación interna del seglar a Dios para contribuir o colaborar en el apostolado jerárquico. Ante la Iglesia, o sea, canónicamente, será militante de Acción Católica todo aquel que externamente se hubiese ofrecido para tal fin; mas ante Dios, o teológicamente, sólo milita en este movimiento apostólico quien de todo corazón se ha ofrecido para dicho apostolado y ha obtenido la correspondiente aceptación por parte de la jerarquía eclesiástica.

Para aquel acto simplemente externo o social, bastan las solas fuerzas humanas de toda persona bautizada, pero para efectuar el otro acto interno, que se presupone en el externo o social, ya es menester un auxilio especial y sobrenatural de Jesucristo, el cual viene a integrar lo que los teólogos llaman precisamente “el carisma de la Acción Católica”[33]. Pues si para invocar saludable y meritoriamente el nombre de Jesús, como nos enseña San Pablo, necesitamos de la gracia divina[34], con mucha mayor razón debemos necesitar de auxilios o gracias sobrenaturales para disponernos a obrar, y luego actuar de hecho, en todo aquello que es capaz de realizar el simple fiel en favor del prójimo, según la voluntad de la jerarquía de la Iglesia, incluso hasta verter la propia sangre en defensa de los ministros del Señor, como así se ofrecieron los esposos Prisca y Aquila para liberar de la muerte a San Pablo, del cual eran abnegados colaboradores apostólicos, y, de este modo, pudiese el Apóstol continuar propagando aún más a todas las gentes el evangelio de Jesucristo.

Dedúcese de lo anterior que la idea genuina de la Acción Católica está contenida no sólo en germen, sino sustancialmente puntualizada en los escritos paulinos, los cuales nos la presentan o describen como la oblación total y perpetua del seglar, dentro de sus condiciones de vida, al entero servicio de la jerarquía eclesiástica, la cual, en méritos de dicho ofrecimiento sincero y manifestado, recaba del seglar las operaciones para cuya prestación debe estar dispuesto a soportar toda clase de trabajos, fatigas y sacrificios, no sin excluir la posibilidad de ofrecer el derramamiento de su propia sangre. Cuán grave, dificultoso y abnegado sea este apostolado en no pocos casos, y del que han aflorado ya mártires en la Iglesia, no es difícil entrever; como tampoco puede dudar nadie de cuántos auxilios sobrenaturales no necesita continuamente el seglar consagrado a esta obra apostólica para no defraudar a la jerarquía en su misión de conquistar el mundo para Cristo y conservarlo según el ideal prefijado por Dios.

 

[1] 1. Leoncio FERNÁNDEZ, Quince años de evangelización, Barcelona, 1939, p. 34 s.; íd., Memorias de un viejo colonial y misionero sobre la Guinea continental española, Madrid, 1950, pp. 147, 149, 151, 163, 188, 213.

[2] 2. Plus xi, Encycl. “Ubi arcano”, 23 dic. 1922: AAS 14, 681; Epist. “Laetus sane”, ad Card. Segura, 6 nov. 1929: AAS 21, 665; Epist. “Quae nobis”, ad Card. Bertram, 13 nov. 1928: AAS 20, 384.

 

[3] Para estudiar la organización jurídico-disciplinar de la A. C., vv.: J. SATÍATFR MAKCH, O. C., pp. 180-189, 209 ss.A. ALONSO LOBO, O.C.} p. 287 ss.

[4] Ps 109 4. — Heb 5 6; 7- 17.

[5] lab 3 5.

[6] loh 4 2.

[7] S. AUGUSTINUS, Epíst. Ad Seleucianum, ep. 265: ML 33, 1088.

[8] Ioh 13 5.

[9] Lo 9 16.

[10] Mt 26 26-29.— Me .14 22-25. — Le 22 19-20. — 1 Cor 11 23-26.

[11] loh 17 18-21.

5 S March • Teología.

[12] Ioh 17 2.      .

[13] Ioh 17 6.

[14] Ioh 17 8.

[15] Ioh 17 12.

[16] Ioh 17 16.

[17] Ioh 17 22.

[18] Ioh 17 23.

[19] Ioh 17 26.

[20] Ioh 17 18.

[21] Ioh 17 17.

[22] J. M.a BOVER — F. CANTERA, Sagrada Biblia, cometit. Toh 17 17.

[23] Ioh 17 20.

[24] Ioh 17 21.

[25] Tenía esta mujer los carismas del ministerio y de la asistencia; pero que fuese verdadera diaconisa, en el sentido técnico-canónico que más tarde se dio a esta palabra, no consta. Sin embargo, su ejemplo fue considerado como modelo de las dia- conisas, conforme a una inscripción del siglo vi, hallada en Monteoliveti, según la cual Sofía es denominada segunda Febe (J. M.ft BOVER-F. CANTERA, O. C., coment. Rom 16 1).

[26] Commendo autem vobis Phoeben sororem nostram, quae c.st in ministerio Ec- clesiae, quae est in Cenchris (Rom 16 1).

[27] Salutate Priscam, et Aquilam adiutores meos in Christo Icsu; (qui pro anima mea suas cervices supposuerunt…) et domesticam Ecclesiam eorum (Rom 16 3*5).

[28] Eran dos mujeres que tenían preponderancia en la comunidad filipense, y entre las que habían surgido disensiones.

[29] Evodiam rogo, et Syntychen deprecor idipsum sapere in Domino. Etiara rogo et te, germane compar, adiuva illas, quae mecum lavoraverunt in Evangelio cum Clemente, et ceteris adiutoribus meis (Phil 4 2-3).

[30] Paulus, vinctus Christi Iesu, et Timotheus frater: Philemoni dilecto, et adiu- tori nostro, et Appiae sorori charissimae… et Ecclesiae, quae in domo tua est (Phi- lem 1-3).

[31] Ac 16 13-15, 40.

[32] 17 4, 12.

[33] J. M.* BOVER, Teología de San Pablo, Madrid, 1952, p. 844.

[34] 34.   “Nadie puede decir: ‘Señor Jesús’, sino por el Espíritu Santo” (1 Cor 12 3).

Alma sacerdotal y mentalidad laical

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Alma sacerdotal y mentalidad laical

N°34• Enero – Junio 2002 • Pág. 164
Alma sacerdotal y mentalidad laical

La relevancia eclesiológica de una expresión del Beato Josemaría Escrivá

Arturo Cattaneo

Facultad de Teología

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

 

1.     Llamada a la santidad y espiritualidad plenamente secular

 

El mensaje que difundió el Beato Josemaría a partir de 1928 ha contribuido no poco al pleno redescubrimiento de la llamada universal a la santidad, de modo particular entre quienes se encuentran inmersos en las realidades seculares. En 1930 él manifestaba así la conciencia de la misión recibida: “Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa –homo peccator sum(Lc5 ,8), decimos con Pedro–, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad”1. Como Juan Pablo II tuvo ocasión de observar, el fundador del Opus Dei efectivamente “desde los comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio”2.

Poco a poco aquel mensaje se fue abriendo camino para encontrar después una clara confirmación en el Vaticano II y, más precisamente, en el capítulo V de laLumen Gentium3. Al respecto Gérard Philips4, uno de los más competentes comentadores del Concilio, escribió: “La novedad de la declaración no puede pasar desapercibida para nadie. Podemos incluso predecir, sin temor a equivocarnos, que la insistencia del concilio en proclamar la universalidad de la vocación a la santidad, a medida que los años pasen, llamará más la atención”5. Han transcurrido casi cuarenta años y bien se puede decir que aquella enseñanza no ha perdido nada de actualidad. No es casualidad que en la Carta apostólicaNovo millennio ineunte, al recordar algunasprioridades pastorales, el Papa ponga en primer lugar la vocación universal a la santidad y que, refiriéndose explícitamente a los laicos, afirme: “Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria” (n. 31).

En los años siguientes al Concilio se ha hablado mucho de los laicos, pero el discurso ha estado con frecuencia dominado más por la idea de abrirles nuevos espacios de colaboración en los organismos eclesiásticos, que por la de ayudarlos a comprender y a vivir a fondo su vocación y misión específica6.

Muy diferente es lo que el Beato Josemaría enseñó desde la fundación de la Obra, como muestra por ejemplo el siguiente texto. “En 1932, comentando a mis hijos del Opus Dei algunos de los aspectos y consecuencias de la peculiar dignidad y responsabilidad que el Bautismo confiere a las personas, les escribí en un documento: ‘Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos. El apostolado de los seglares no tiene por qué ser siempre una simple participación en el apostolado jerárquico: a ellos les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión… la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de sus colegas, de sus amigos’”7.

 

El fenómeno pastoral, al que “por inspiración divina”8dio vida con el Opus Dei, resultaba –como a veces el mismo Fundador observaba– “nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio”9. Para apreciar mejor tal novedad es útil observar que en la universalidad de la vocación a la santidad y al apostolado10él supo resaltar no sólo la dimensión subjetiva (todos los fieles, de cualquier estado y condición tienen esta llamada), sino también la objetiva (todas las profesiones, todas las condiciones de vida familiar, social, etc., pueden y deben llegar a ser camino de santidad y de apostolado11).

En consecuencia, afirmaba sin vacilaciones que los laicos están llamados a la plenitud de la santidad y al apostolado noa pesarde encontrarse inmersos en las realidades temporales, sino precisamentetomando ocasión y por medio de ellas: una consideración que constituye el núcleo de aquella espiritualidad plenamente secular que en los decenios precedentes al Vaticano II se mostraba por muchos aspectos revolucionaria.

En efecto, G. Philips ha observado que “en no pocos cristianos se ha anclado durante mucho tiempo el prejuicio de que la santidad no podría florecer fuera del recinto de un convento”12. Si bien “no se pueda acusar de modo razonable a los religiosos de tal presunción”13, hay que observar que su camino de santificación –y de modo particular el de los monjes– implica una particular separación de las realidades temporales; una separación que pertenece a su misión eclesial, en el sentido de recordar con ella la fugacidad de las realidades terrenas y de preanunciar la gloria celeste. Sin embargo, cuando esta separación (estafuga mundi, para decirlo con los términos de la teología medieval) se consideró erróneamente como medio prácticamente necesario para todo aquel que aspirara a la santidad –como a veces, de un modo más o menos consciente, sucedió14-, el resultado fue lógicamente el de pensar que normalmente los laicos no están llamados a la plenitud de la vida cristiana, o al menos a una santidad excelsa, y que deberán intentar vivir las exigencias del Evangelioa pesardel hecho de encontrarse inmersos en las realidades temporales.

Se comprende así el motivo por el que, a través de muchos siglos, se difundió la idea de que la santidad requería aquella separación de los asuntos temporales que es propia del estado religioso, definido precisamente como el “estado de perfección” por antonomasia15–y por tanto la convicción, al menos inconsciente– de que los laicos están llamados a una santidad “menor”16.

2.     Peligros y tentaciones por superar

 

Las extraordinarias dotes de pastor y de guía espiritual que poseía el Beato Josemaría lo llevaron no sólo a difundir la llamada a la santidad, sino que además le permitieron mostrar con notable maestría la ruta a seguir y el modo de superar los obstáculos para avanzar hacia aquella meta.

De hecho él era muy consciente de los peligros y tentaciones que deben superar aquellos que, inmersos en las realidades seculares, desean avanzar por el camino de la santidad. En la memorable17homilíaAmar al mundo apasionadamente, pronunciada durante la Misa celebrada en elcampusde la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 196718, él se refirió a tales peligros y en particular al “espiritualismo desencarnado”, al “materialismo cerrado al espíritu” y al “clericalismo”.

En esta homilía, y en otros numerosos escritos, no se limita a analizar los peligros, sino que se detiene a ilustrar el modo en que se pueden superar. Para librarse los primeros dos peligros hay que reconocer una importancia decisiva a aquella que él denomina “alma sacerdotal”; el clericalismo en cambio se evita gracias a la “mentalidad laical”, que constituye otra de sus expresiones originales.

Antes de examinar el significado de tales expresiones, convendrá precisar mejor en qué consisten los mencionados peligros y tentaciones.

Su significado eclesiológico ilumina teniendo presente que la Iglesia “avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios” (GS 40). Esto tiene para los laicos una relevancia particular, que el Concilio describe recordando que “viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad” (LG 31).

La vocación-misión de los laicos está por tanto fundamentalmente determinada por su plena inserción tanto en la sociedad civil como en la Iglesia. Ellos son “ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna” (GS 43) y, en consecuencia, constituyen el punto neurálgico de la íntima conexión entre ambas. Ellos son “enviados al mundo”, pero “no son del mundo” (Jn 17,18); Jesús se ha dirigido al Padre diciendo: “no pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17,15). En esta perspectiva se comprende también por qué el Concilio ha señalado que “esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede percibirse por la fe; más aún, es un misterio permanente de la historia humana que se ve perturbado por el pecado hasta la plena revelación de la claridad de los hijos de Dios” (GS 40).

Este misterio de la historia humana, perturbada en su avance por el pecado, se manifiesta particularmente en las tentaciones a las que está sometida la misión –y por tanto la espiritualidad– de los laicos. De hecho, la íntima conexión entre realidades terrenas y realidades sobrenaturales, que ellos están llamados a realizar en su vida cotidiana, se encuentra expuesta a un doble peligro: el desepararlos dos ámbitos y el deconfundirlos. La separación puede ocurrir a causa de dos acentuaciones unilaterales: el espiritualismo desencarnado y el materialismo cerrado al espíritu19. La confusión, en cambio, es una de las manifestaciones del clericalismo.

Con breves pero incisivos trazos el Beato Josemaría ha ilustrado el espiritualismo desencarnado como una tendencia a “presentar la existencia cristiana como algo solamenteespiritual–espiritualista, quiero decir–, propio de gentespuras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí. Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie demundosegregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del Cristianismo, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él”20.

La exposición de los diversos aspectos que componen la auténtica visión cristiana de la secularidad, y que –como se verá– le permiten superar tal espiritualismo, es introducida en la mencionada homilía con palabras vigorosas: “en esta mañana de octubre, mientras nos disponemos a adentrarnos en el memorial de la Pascua del Señor, respondemos sencillamenteque noa esa visión deformada del Cristianismo”21.

Además del peligro de este espiritualismo, el Beato Josemaría toma en consideración otro error que, aun siendo bajo ciertos aspectos similar, es menos extremo y, precisamente por esto, puede resultar más insidioso. Quien piense que la separación de las realidades temporales constituye una condición necesaria para todo aquel que busque seriamente la santidad, podría ser inducido a aquelladoble vida, que el Fundador del Opus Dei describe con el siguiente testimonio: “Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que sabermaterializarla vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”22. Él, con el mismo vigor visto antes, introduce las sugerencias que se dirigen a superar una tentación semejante: “¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”23.

En la homilíaAmar al mundo apasionadamente, Josemaría Escrivá hace referencia además “a los materialismos cerrados al espíritu”24. Se trata, por así decir, del error opuesto al espiritualismo desencarnado, o sea el error de quienes “piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales” (GS 43). Esto lleva al secularismo, un fenómeno que se expresa con diversos matices, que no es posible analizar ahora. Baste recordar que la exhortación apostólicaChristifideles laici(1988) ha subrayado su incidencia, observando que hoy a menudo “el hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos ‘ídolos’. Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo; y no sólo afecta a los individuos, sino que en cierto modo afecta también a comunidades enteras” (n. 4).

Una difundida manifestación del secularismo se observa en aquellaicismo, en el cual los valores religiosos son explícitamente rechazados o relegados al recinto cerrado de las conciencias y a la penumbra de los templos, sin ningún derecho a penetrar y a influir en la vida social del hombre.

Además de estas manifestaciones, por así decir, extremas del secularismo, ha de recordarse también el difundirse, en la vida de muchos cristianos, de un secularismo práctico, que ofusca los ideales de santidad y conduce al indiferentismo religioso. El hecho de encontrarse inmersos en las realidades seculares puede fácilmente llevar a dejarse arrastrar por ambiciones puramente humanas, ocultando el sentido sobrenatural de la existencia. Tal fenómeno es causado por las tentaciones que provienen del mismo mundo, dado que –como el Señor nos advirtió– “las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril” (Mt13,22); en consecuencia Pablo exhorta: “no os amoldéis a este mundo” (Rm12,2). Pero, además de las tentaciones que provienen del mundo, también se ha de considerar, que “un motivo, el más profundo, está en nosotros mismos: no nos hemos convertido y por eso no somos libres cara a las cosas; ellas conservan para nosotros el carácter ambiguo debido a la avaricia y al desorden con que nos acercamos a ellas como consecuencia del pecado. Por esto, tienen el poder de distraernos y de seducirnos y así nos perdemos fácilmente en ellas”25.

Con referencia al términoclericalismo, se ha de observar que indica sobre todo aquel fenómeno caracterizado por las intromisiones de los clérigos en el ámbito civil26. Manifiesta una confusión entre los dos ámbitos, que provoca indebidas intromisiones de un ámbito en el otro a causa de un insuficiente reconocimiento de la legítima autonomía de las realidades temporales. Clericalismo es por tanto todo uso de la potestad sacra para fines temporales o el querer servirse de la Iglesia para conseguir ventajas en el ámbito civil.

El Beato Josemaría hace un uso analógico del término, aplicándolo a los laicos, en los que puede manifestarse un fenómeno muy semejante a cuanto ha sido descrito en el caso de los clérigos, en el sentido que se trataría igualmente de servirse de la Iglesia para fines temporales, no respetando la legítima autonomía del ámbito secular.

Descritos los peligros a los que debe hacer frente una espiritualidad plenamente secular, ha llegado el momento de analizar el valor y la importancia de lo que el Beato Josemaría llamaalma sacerdotal y mentalidad laical.

3.     Para evitar el espiritualismo y el materialismo: el valor de las realidades seculares y el alma sacerdotal

 

Para no caer en un espiritualismo desencarnado el Beato Josemaría exhorta a “materializarla vida espiritual”27, y recuerda que “el auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con ladesencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de unmaterialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu”28.

Esto implica el aprecio del valor cristiano de las realidades seculares. La bondad original y la apertura a la trascendencia de la “materia y de las situaciones que parecen más vulgares”29son descubiertas gracias a la luz que emana de la obra creadora, redentora y recapituladora de Cristo, contempladas con la conciencia viva de su unidad íntima en el plan salvífico divino.

Es ésta una de las características que distinguen la fe cristiana de tantas otras actitudes religiosas en las cuales aflora, de un modo o de otro, una especie de desconfianza, o incluso de rechazo, de todo aquello que es material: en el estoicismo, en los platonismos y gnosticismos, pero también en el budismo y en el hinduismo parece caer una sombra sobre la vida temporal. Precisamente aquí emerge la novedad absoluta del cristianismo: Dios se hace hombre y asume todo lo que es humano, histórico, material, transformándolo en medio de expresión del amor de Dios, en camino de santidad y de redención.

A la luz de la fe, el Beato Josemaría ha profundizado así en el alcance teológico de aquella “índole secular” (LG 31) que el Vaticano II reconocerá como característica propia y peculiar de los laicos. Con gran insistencia recordaba Josemaría Escrivá a quienes le escuchaban “que es la vida ordinaria el verdaderolugarde nuestra existencia cristiana” y que por eso “es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos”30. “Sabedlo bien: hayun algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”31.

Estas últimas palabras muestran cómo “el materialismo cristiano” propuesto por el Beato Josemaría no se contrapone sólo al espiritualismo desencarnado, sino también al materialismo cerrado al espíritu. Él comprendió de hecho que la índole secular –o secularidad– propia de los laicos no constituye simplemente un dato exterior y ambiental, sino que posee una dimensión teológica y vocacional. Esto ha sido reafirmado por laChristifideles laicicuando señala que en la situación intramundana dentro de la que se encuentran los laicos, “Dios les manifiesta su designio, y les comunica la particular vocación de ‘buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios’ (LG 31)” (n. 15).

La apertura al Espíritu que, en virtud de la gracia, transforma y eleva las realidades seculares implica por tanto una llamada dirigida a los laicos, para que descubran aquel “algosanto, divino, escondido en las situaciones más comunes”32. Subyace aquí la realidad del sacerdocio común, sacerdocio ejercido por cada fiel según las peculiaridades de la propia vocación. Para los laicos –caracterizados por su propia índole secular– esto significa que están llamados a ejercitarlo “en todas y en cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social (…). A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (LG 31).

El Fundador del Opus Dei, acuñando la expresiónalma sacerdotal33, ha subrayado el aspecto operativo y espiritual de la realidad ontológico-sacramental del sacerdocio común en la vida de los fieles. Desde el punto de vista lingüístico, es así puesto en evidencia el principio vital interno que tiende a informar cada acción del cristiano34. He aquí una de sus exhortaciones en las cuáles esto es puesto de manifiesto: “Si actúas –vives y trabajas– cara a Dios, por razones de amor y de servicio, con alma sacerdotal, aunque no seas sacerdote, toda tu acción cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida tu vida entera a la fuente de todas las gracias”35. En esta misma línea, él también ha observado que “se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor”36. “Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano”37.

En este sentido, él recordaba que todas “tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana”, “el inmenso panorama del trabajo”, “las situaciones más comunes”38, “aun lo que parece más prosaico” 39, todo esto se incluye en “un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor”40; movimiento ascendente que tiende a “recapitular en Cristo todas las cosas” (Ef1,10). En virtud del alma sacerdotal el cristiano está llamado por tanto a santificareltrabajo, a santificarseenel trabajo y a santificar a los otrosconel trabajo. Toda su existencia se transforma así en oración y apostolado41.

Esto evidentemente será posible –ha sido a menudo recordado por Josemaría Escrivá– sólo si se tiene una profunda vida contemplativa, una relación íntima y continua con Dios, que desarrolla “un instinto sobrenatural para purificar todas las acciones, elevarlas al orden de la gracia y convertirlas en instrumento de apostolado”42.

En diversas ocasiones el Beato Josemaría ha subrayado también que la fe y la vocación bautismal implican la vida entera. Así por ejemplo, él ha recordado que “todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia,para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo(1Pt2,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre”43. En esta perspectiva, él afirmaba con frase sugestiva que “la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…”44.

En una entrevista concedida en 1968, ha referido una de las principales experiencias sobrenaturales con las cuales el Señor precisó ulteriormente la luz fundacional del 2 de octubre de 1928: “Desde hace muchísimos años, desde la misma fecha fundacional del Opus Dei, he meditado y he hecho meditar unas palabras de Cristo que nos relata San Juan:Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Cristo, muriendo en la Cruz, atrae a sí la Creación entera, y, en su nombre, los cristianos, trabajando en medio del mundo, han de reconciliar todas las cosas con Dios”45. Varias veces él comentó esta intuición en la cual subyace una profunda convicción de la dimensión sacerdotal que caracteriza la vida de los fieles, “el significado salvífico de la secularidad cristiana y, en consecuencia, el camino para santificarla”46.

Mons. Álvaro del Portillo ha sintetizado esta enseñanza del Fundador, afirmando que “alma sacerdotal –alma deseosa de hacer fructificar en obras el sacerdocio espiritual recibido– es espíritu apostólico, afán de servicio, empeño en convertir las acciones más normales de cada día, las relaciones familiares y sociales, el trabajo profesional ordinario, en ocasión eficaz de un encuentro filial y continuo con Dios.”47.

El Beato Josemaría se sentía particularmente atraído por las enseñanzas y la vida de San Pablo, apreciando sobre todo el empeño por imitar al Señor, por tener “los mismos sentimientos de Cristo” (Flp2,5). Él veía en el apóstol un luminoso ejemplo de alma sacerdotal y apostólica, que se manifiesta por ejemplo cuando escribe a los Corintios: “Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos” (1Cor9,22); o cuando afirma: “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré por vuestras almas” (2Cor12,15).

Bajo esta luz, el Beato Josemaría ha recordado a menudo que tener un alma sacerdotal implica amor a la Cruz, anhelo de difundir por todas partes aquel fuego de amor que Jesús ha venido a traer a la tierra (cfr.Lc12,49), sabiéndonos llamados a ser en cierto sentido, corredentores con Él. “De ahí la responsabilidad apostólica del alma sacerdotal, que siente la urgencia divina, bautismal, de corredimir con Cristo”48. En la medida en que el hombre se une a Cristo participa de su misión universal salvífica. Cada actividad del cristiano adquiere entonces una dimensión apostólica –como enseña el Concilio Vaticano II– que hace que “todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo”49.

El Beato Josemaría ha indicado así el camino para evitar el espiritualismo desencarnado y el secularismo cerrado al espíritu, dos escollos que, como los míticos Escila y Caribdis, amenazan hacernos naufragar atrayéndonos hacia ellos. La síntesis entre los diversos aspectos hasta ahora considerados se contiene en el siguiente texto: “Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación –cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios–, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?”50Subyace en estas palabras aquella “unidad de vida”, de la cual habló el Beato Josemaría al menos a partir de 1931, y con la cual sintetizó la experiencia espiritual propia del Opus Dei51.

4.     El peligro del clericalismo y su antídoto: la mentalidad laical

 

Los laicos están llamados a establecer en la vida cotidiana la íntima relación entre las realidades terrenas y la fe. Esta tarea se encuentra obstaculizada, además de por el espiritualismo y por el secularismo, también por el clericalismo. Si la amenaza de las dos primeras es la de separar los dos ámbitos, el clericalismo tiende en cambio a confundirlos, a provocar indebidas intromisiones a causa de un insuficiente reconocimiento de la legítima autonomía de las realidades temporales. En una carta de 1954, el Beato Josemaría ha puesto de relieve entre otras cosas la autonomía de los dos ámbitos, deseando que no haya “clérigos que se quieran entrometer en las cosas de los laicos, ni laicos que se entrometan en lo que es propio de los clérigos”52.

Tal autonomía ha sido después afirmada claramente por el Concilio Vaticano II, reconociendo la libertad y la responsabilidad que corresponden a cada uno para resolver los problemas del ambiente en el que opera. Una libertad que no significa ausencia de referencia al Creador, sino que implica siempre el deseo de acoger la voluntad de Dios en cada circunstancia de la vida.

Esto se afirma sobre todo enGaudium et Spescuando enseña que “si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte” (GS 36)53.

De estos principios doctrinales se derivan consecuencias prácticas para el comportamiento de los laicos y de los pastores. Respecto a los primeros, el Concilio les exhorta a que no piensen que sus pastores “están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio. Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia” (GS 43).

Respecto a los pastores, se recuerda queLumen Gentiumles exhorta a que “reconozcan y promuevan la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia”, y añade: “Y reconozcan cumplidamente los pastores la justa libertad que a todos compete dentro de la sociedad temporal” (LG 37).

El error del clericalismo ha sido relevado por Josemaría Escrivá como el de aquel que dice que desciende “del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas”54. Con su acostumbrada energía añade: “¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas”55.

En contraposición al clericalismo, él desea una mentalidad laical56con la que intenta expresar laforma mentis, el modo de ver las realidades seculares a la luz de la fe, reconociendo y respetando su valor. Algunas características de esta mentalidad laical se encuentran sintetizadas en el siguiente texto: “Debéis difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que debe conducir a tres conclusiones: a ser suficientemente cristianos para respetar a los hermanos en la fe que proponen –en las materias opinables– soluciones distintas de la que sostiene cada uno de nosotros; y a ser suficientemente católicos para no servirse de la Iglesia, nuestra Madre, mezclándola en banderías humanas”57.

El espíritu de libertad58y de responsabilidad que caracteriza la mentalidad laical se contempla aquí bajo tres puntos de vista:

  • individual (“aceptar personalmente el peso de las propias responsabilidades”)59;
  • intersubjetivo (respeto al legítimo pluralismo “de los hermanos en la fe”)60;
  • eclesial (“no mezclar a la Iglesia en banderías humanas”)61.

 

La importancia que el fundador del Opus Dei reconoce a la libertad y la responsabilidad personal se manifiesta en las frases que vienen justo después de las tres consideraciones arriba citadas: “Es evidente que en este terreno, como en todos, no podréis realizar este programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no disfrutáis de toda la libertad que os viene reconocida por la Iglesia y por vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis, hijos míos, que yo siempre hablo de una libertad responsable.

“Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis –¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia– vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos –en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional–, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristianamentalidad laicalos permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo62–lo diré de un modo positivo–, os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social”63.

Recordando que en la homilía de la que se han extraído estas citas, el Beato Josemaría se dirige a los laicos, se comprende porqué no se detiene a considerar que el clericalismo constituye un peligro también para los sacerdotes. Vale la pena recordar que en otras ocasiones ha advertido enérgicamente también la existencia de tal peligro o tentación64. En una entrevista concedida en octubre de 1967 hacía notar que, a pesar de las solemnes enseñanzas del Vaticano II, persiste la idea del apostolado de los laicos como de una actividad pastoral “organizada desde arriba” y recordaba que el laicado no se puede considerar como la “longa manus Ecclesiae“65.

Para superar esta errónea visión del papel de los ministros sagrados, ha subrayado en diversas ocasiones que el sacerdocio ministerial es esencialmente un servicio al sacerdocio común de los fieles que son, en su gran mayoría, fieles laicos. En la perspectiva de tal servicio, ha deseado que también los sacerdotes tengan mentalidad laical. Así, con ocasión de una ordenación de presbíteros del Opus Dei, observaba: “Se hacen sacerdotes para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse –en un silencio incesante y divino– al servicio de todas las almas. Una vez ordenados sacerdotes, no se dejarán engañar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los laicos, aunque tales funciones les resulten bien conocidas por haberlas desarrollado hasta entonces y por haber consolidado en ellos un mentalidad laical que no perderán nunca más.

“Su competencia en diversas ramas del saber humano –de la historia, de las ciencias naturales, de la psicología, del derecho, de la sociología–, aunque necesariamente forme parte de esa mentalidad laical, no les llevará a querer presentarse como sacerdotes-psicólogos, sacerdotes-biólogos, sacerdotes-sociólogos: han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos, sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien”66.

El Beato Josemaría deseaba que los sacerdotes tuvieran mentalidad laical para que supieran, sobre todo, respetar la función propia de los fieles laicos, sin entrometerse indebidamente y sin considerarlos unalonga manusde la Jerarquía; la mentalidad laical, además, permite a los presbíteros valorar, comprender a fondo –se podría decir “por connaturalidad”– la belleza, pero también las dificultades de la función específica de los fieles que se encuentran plenamente insertos en las realidades seculares.

La mentalidad laical contribuye a hacer descubrir el valor cristiano de estas realidades y por tanto del trabajo, ocasión y medio de santificación. Respecto a los sacerdotes, el Beato Josemaría ha recordado que ellos también son llamados a santificarse en el propio trabajo cotidiano, aquel trabajo pastoral que tiene características específicas, pero que también eso obviamente puede y debe considerarse ocasión y medio de santificación.

A este respecto, resulta significativo el siguiente testimonio de Mons. Álvaro del Portillo: “Quisiera sólo consignar aquí –como uno más entre tantos vivos recuerdos– la alegría enorme con que el Fundador del Opus Dei, incansable predicador de la necesidad de ser ‘contemplativos en medio del mundo’, leyó este párrafo de la Constitución Lumen Gentium, que sale al paso de la objeción de que las ocupaciones del ministerio podrían ser impedimentos a la búsqueda de la santidad: ‘no deben (los sacerdotes) encontrar obstáculos en las preocupaciones apostólicas, en los peligros y en las contrariedades: más bien les deben servir para elevarse a una más alta santidad, alimentando e impulsando su acción por la abundancia de la contemplación, para aliento de toda la Iglesia de Dios’ (LG 41)”67.

Por eso el Beato Josemaría con razón señalaba que la santificación del trabajo “es el quicio de la verdadera espiritualidad para todos nosotros que –inmersos en las realidades terrenas– estamos decididos a cultivar una íntima relación con Dios”68.

5.     La íntima conexión entre alma sacerdotal y mentalidad laical

 

El Beato Josemaría ha sabido no sólo sintetizar con la expresión “alma sacerdotal y mentalidad laical” dos aspectos de gran relieve para la vida del cristiano, sino que también ha puesto en evidencia la íntima conexión y complementariedad que existe entre ellos. Los menciona juntos con frecuencia, y en diversas ocasiones ha hecho notar que la vocación al Opus Dei lleva a tener “alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical”69.

El significado de la complementariedad de alma sacerdotal y mentalidad laical puede explicarse recordando que el cristiano, inserto en las realidades temporales, está llamado a realizar una síntesis vital. Se trata de reconducir todas las cosas a Dios (alma sacerdotal), pero al mismo tiempo debe respetar la naturaleza propia de cada cosa y la libertad de cada persona (mentalidad laical).

La mutua complementariedad se puede evidenciar observando su recíproca implicación. Una mentalidad laical que no estuviese informada por el alma sacerdotal llevaría al laicismo o al materialismo cerrado al espíritu; y viceversa, un alma sacerdotal que no se manifestase según la mentalidad laical decantaría en el clericalismo70.

El alma sacerdotal tiende a establecer una unidad entre realidad terrena y sobrenatural71, superando la ruptura que podría derivar del espiritualismo descarnado o del materialismo cerrado al espíritu; la mentalidad laical, evitando toda intromisión indebida que se da con el clericalismo, garantiza que la unidad entre las realidades terrenas y las sobrenaturales no termine en una confusión entre los dos ámbitos.

En definitiva, se puede decir que justamente en virtud del alma sacerdotal y de la mentalidad laical, el fiel está capacitado para entender y llenar de valor cristiano las realidades seculares, elevándolas al plano de Dios. En este sentido se ha expresado Mons. Álvaro del Portillo, observando que la dimensión cristiana de la secularidad “puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical”72.

La conexión entre alma sacerdotal y mentalidad laical logrará que la tarea apostólica del laico esté caracterizada por un estilo plenamente laical. De diversas maneras el Beato Josemaría ha expuesto estas ideas; por ejemplo, en una homilía decía: “El apostolado cristiano –y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales– es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina”73.

También en las exigencias que describía el Beato Josemaría como necesarias para que el trabajo pueda ser santificado, se puede observar la íntima conexión entre alma sacerdotal y mentalidad laical. Ha recordado repetidas veces que la santificación del trabajo requiere dos presupuestos: que aquello esté humanamente bien hecho (de acuerdo con la mentalidad laical74), y además, que se lleve a cabo con y por amor a Dios y a los hombres (de acuerdo con el alma sacerdotal). Así se ha manifestado en una entrevista concedida en 1967: “Lo que he enseñado siempre –desde hace cuarenta años– es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios,operatio Dei, opus Dei”75.

El valor que el fundador de la Obra reconocía a la unión entre alma sacerdotal y mentalidad laical es fácilmente apreciable en aquello que escribió con ocasión de la primera ordenación sacerdotal de miembros de la Obra, el 25 de junio de 1944. Comentaba así este acontecimiento, al inicio de una carta dirigida a los miembros del Opus Dei: “Quiero que todos mis hijos, sacerdotes y seglares, grabéis firmemente en vuestra cabeza y en vuestro corazón algo que no puede considerarse en modo alguno como cosa solamente externa, sino que es, por el contrario, el quicio y el fundamento de nuestra vocación divina”.

“En todo y siempre hemos de tener –tanto los sacerdotes como los seglares–alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios y de la ciudad de los hombres”76.

Se puede advertir en estas consideraciones otro aspecto de notable relevancia eclesiológica. Cuando el Beato Josemaría se refiere a la necesidad de tener alma sacerdotal y mentalidad laical no se está dirigiendo únicamente a los fieles laicos, sino también a los ministros sagrados. Esto, sin duda, favorece el servicio que los presbíteros están llamados a ofrecer al sacerdocio común de los fieles laicos, al reconocer la específica vocación-misión de éstos77, y contribuye además a aquella cooperación orgánica que debe existir entre ministros sagrados y fieles laicos78.

Una reflexión parecida se puede ver, por ejemplo, en otras palabras suyas: “Si el trabajo de la Obra es eminentemente laical y, a la vez, el sacerdocio lo informa todo con su espíritu; si la labor de los laicos y la de los sacerdotes se complementan y se hacen mutuamente más eficaces, es exigencia de nuestra vocación que en todos los socios de la Obra se manifieste también esta íntima unión entre los dos elementos, de tal manera que cada uno de nosotros tengaalma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical”79.

Termino recordando brevemente los aspectos de mayor relevancia eclesiológica que se encuentran inmersos en las dos expresiones del Beato Josemaría que hemos examinado. La unidad entre la fe y la vida cotidiana está promovida, sobre todo, gracias a la consideración del valor cristiano de las realidades seculares y a la plena valorización del alma sacerdotal, en virtud de la cual los fieles participan en la recapitulación de todas las realidades terrenas en Cristo y en la misión apostólica. Al mismo tiempo, para evitar que la unidad entre las realidades temporales y el ámbito sobrenatural lleve a una confusión entre ambas, con intromisiones indebidas de un ámbito en el otro, él ha recordado la importancia de una mentalidad laical, que garantice la legítima autonomía de las realidades temporales, promoviendo además un auténtico espíritu de libertad, de responsabilidad, de respeto hacia todo legítimo pluralismo, y de servicio desinteresado a la Iglesia.

El Santo Padre ha mencionado la necesidad de poner la santidad como “fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio”80. En tal perspectiva resultan de gran actualidad y valor los aspectos presentados por el fundador del Opus Dei para desarrollar una auténtica espiritualidad secular –donde la fe informa la inteligencia y el corazón– que incide profundamente sobre cada aspecto de la vida cotidiana y promueve aquella inculturación de la fe, de primaria importancia para la nueva evangelización, a la cual todos debemos sentirnos llamados e involucrados.

fuente:

https://gloria.tv/article/8cdYA4sV4EmK3qprAbZ1pmpbS

 

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Laicos cristianos, levadura en la masa

Laicos cristianos, levadura en la masa

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José Ramón Peláez Sanz

Fuente: http://auladsi.net/2016/04/27/laicos-cristianos-levadura-en-la-masa/

El Concilio Vaticano II busca renovar la Iglesia volviendo a las fuentes y a los primeros siglos orientándose en el Nuevo Testamento y en los santos padres, un momento en que los laicos no eran la masa de la cristiandad, en la que algunos se hacen religiosos o curas para vivir la santidad, sino un pueblo de conversos bautizados, que en medio de una cultura pagana hacía presente la novedad de la vida de Dios manifestada en Cristo y el don del Espíritu Santo. (LG 32, 2; AA 1).

Por eso el Concilio define la Iglesia desde el misterio de la Trinidad una comunión en la que todo el Pueblo de Dios está llamado sin distinción a la santidad, según diversas vocaciones, carismas, estados de vida y ministerios, pero todos consagrados en el Bautismo para vivir en santidad y con una misión apostólica que es común a todos ellos: dar testimonio de Cristo, anunciando el Evangelio y llamando a la conversión, y transformando el mundo hacia su Reino de justicia. (LG cap V; AA 2). De esta única vocación y misión de toda la Iglesia participan los laicos desde su vida en medio de las instituciones del mundo.

Los laicos antes del Vaticano II

Esta comunidad de conversos de los primeros siglos fue desapareciendo con la conversión del imperio romano y la evangelización de los bárbaros (hecha de desde arriba, según el principio de que la conversión del rey es la conversión de un pueblo), va desapareciendo la vivencia de las primeras comunidades y se entiende la fe como un sistema establecido.

Esto supone que se relegan tres elementos muy importantes: El catecumenado que cultiva la conversión bautismal desaparece, y sólo se establece para territorios de misión. Se bautiza a los niños y la catequesis y la piedad popular va dando los contendidos de la fe. La conversión no se exige, ser creyente es vivir como “buenas personas” en unas “costumbres” que se suponen ya cristianizadas. No es ya frecuente el martirio y las persecuciones se dan ocasionalmente. Y la misión es algo que se hace en nuevos territorios fuera de la cristiandad.

En estas circunstancias se da la huida al desierto de los que quieren vivir la santidad bautismal. Una situación que se ratifica siglos después con la teoría de los “estados de perfección” según la cual los obispos y religiosos pueden vivir la santidad y los que están en el siglo (los curas seculares y los seglares) en menos medida, en especial los laicos que están en el matrimonio que se considera un estado inferior a la virginidad.

Aun así se mantiene una cierta tensión para que los laicos puedan acercarse a una vida cristiana con cierta intensidad: las cofradías, en torno a alguna devoción, o en torno al trabajo en los gremios; e las aldeas al toque de campana imitan la vida del claustro (rezo del ángelus o el rosario en vez del Oficio Divino); predicadores ambulantes con las misiones populares. Para algunos se dan ejercicios espirituales, dirección espiritual,… pero son formas reservadas a las élites. Para vivir la santidad se entiende que un laico debe asociarse a una forma de vida religiosa, mediante órdenes terceras os cofradías devocionales (el Carmen, el Rosario, Corazón de Jesús, la Milagrosa, etc.) Un camino retomado hoy ante la falta de vocaciones bajo el nombre misión compartida, sin autonomía adulta de los laicos.

El laico se define por su ser en Cristo

El Vaticano II vuelve a poner en el centro la santidad de todo el Pueblo de Dios y define al laico desde el misterio de Dios en el que participa por el Bautismo. El cristiano se ha incorporado a Cristo, es miembro de su Cuerpo que participa de la vida de la Trinidad. Dentro de esta dignidad común lo peculiar del laico es su índole secular.

Se define entonces al laico por lo que es y vive. Por su propio ser personal, familiar, profesional, político… y por la consagración que recibe en el Bautismo: está inserto en el mundo: la familia, el trabajo, la política, etc.. y es miembro de Cristo y de la Iglesia por el Bautismo. Su vida cotidiana es parte de la vida de la Iglesia, una piedra viva del Templo del Espíritu Santo, Iglesia en el mundo, es el misterio de Dios en medio del mundo. Ambos elementos marcan por igual su vocación, porque en su vida convergen la gracia redentora de Cristo y el mundo, que debe ser transformado para hasta que todo le tenga por Cabeza (LG 31).

De este modo la vida y las responsabilidades que el laico tiene por lo que es, bautizado y ciudadano, trabajador, consumidor, vecino, padre, votante, etc. que son la materia de su vocación. Su conversión personal y el ejercicio de sus responsabilidades en las instituciones van unidos, haciendo de su vida y su misión un entramado que está llamado a la unidad y a ser fermento con su vivir. Unidad en la que encontrarán respuesta tanto la llamada que Dios le hace a la santidad, como el anuncio del Evangelio y la transformación del  mundo, que son propios de su misión.

Como en el laico convergen la Iglesia y el mundo, esto exige también distinguir lo que hace al interior de la Iglesia o representándola en ocasiones a lo que hace bajo su responsabilidad en campos como la ciencia, la política, la economía… y en especial la política, ya que tienen su autonomía y en ellos debe tomar decisiones técnicas o políticas entre las muchas posibles INSPIRADO en los principios morales de la fe, pero sin atribuirse la representación de la Iglesia, pues otros cristianos, con una conciencia igualmente bien intencionada, se posicionaran en otras decisiones técnicas o política diferentes. Los confesionalismos quieren acaparar el prestigio de la Iglesia (la instrumentalizan) tanto para silenciar a otros creyentes que piensen distinto, como para usar a la Iglesia a su servicio. Por eso, en política, los rechaza el concilio (GS 43)

Normalmente vivimos en otras claves

Todos estos temas sobre el laicado nos cuesta entenderlos y más vivirlos en la Iglesia de hoy por su novedad histórica y porque se ha definido al laico desde y para el interior de la Iglesia y no por su ser y misión en el mundo. La falta de tensión misionera da excesivo peso a las tareas intraeclesiales y a la participación en la organización eclesiástica mediante consejos, delegaciones episcopales y cosas semejantes. Se habla de catequistas, voluntarios de Cáritas, agentes de pastoral, profesores de colegio de religiosos… más que de laicos en el mundo. Con ello se los define por lo que son en relación al clero o a tareas y preocupaciones clericales. Por ejemplo, desde Roma se llamó la atención a la Iglesia en Iberoamérica por insistir demasiado en los ministerios de delegado de la Palabra, catequista, etc. pues impedían madurar la  militancia laical.

También nos aleja de comprender la vida del laico el espiritualismo desencarnado, la separación entre fe y vida, que separa el cultivo de la espiritualidad de la vivencia concreta y la responsabilidad misionera que conlleva. Un fenómeno que muchas veces desgarra a esos catequistas, voluntarios, liturgos… ya que, por un lado, están los quehaceres eclesiales y por otro temas fundamentales como el trabajo, la educación, la hipoteca… en los que parece que nada aporta la fe; ni han oído siquiera que haya una Doctrina Social de la Iglesia que los orienta para dar una respuesta evangélica a esos problemas. Así que muchos cristianos comprometidos y con su agenda llena de tareas eclesiales pueden no cumplir del todo la misión laical de evangelizar la vida y las instituciones en las que están.

Los laicos llamados a vivir la misión de la Iglesia

El concilio deja claro que todo lo que se dice del Pueblo de Dios se dice de cada uno de sus miembros. Por eso la misión de los laicos no es una misión delegada por la Jerarquía (como se decía desde Pío XI), sino un deber y un derecho del Bautismo y la Confirmación. No son los ejecutores de una estrategia emanada del Vaticano (expresión de los tiempos de san Pío X) sino cristianos adultos, responsables que hacen su discernimiento de la situación en comunidad (ver, juzgar y actuar) para hacer presente el Reino de Dios en el mundo.

El misterio de Dios se manifiesta en la Iglesia-sacramento, consagra a cada uno de sus miembros, y por cada uno de ellos se hace presente Dios en el  mundo, allí donde se desarrolla su vida. Así, igual que en su conjunto la Iglesia representa a Cristo lumen gentium en la historia, cada bautizado es  la Iglesia en el mundo, esa levadura, luz, sal… escogida y enviada por Dios para hacerse presente en ese preciso tiempo y lugar. No es un encargo de una tarea, sino que SER iglesia,  por su misma naturaleza, la vida del laico está llamada a ser apostolado. (AA 2). Su origen es el vínculo con Cristo que se produce en el Bautismo donde cada uno hemos sido injertados en Cristo. Esta relación con Cristo es la fuente de nuestra identidad y de nuestra eficacia. El texto más citado para ello (por Pío XI, por Cardij, por Eugenio Merino… y hoy por el concilio y la Christifideles laici) es  Jn 15, 5: sin mi no podéis hacer nada. Una unión que no es individual, sino comunitaria y eclesial pues la otra referencia constante es el Cuerpo místico.

Lo que insiste el concilio es que esta unión con Cristo fundamenta una vocación a la santidad en la vida personal y en las tareas que se desempeñan en el mundo institucional. Una vocación que no es sólo la santificación individual (como habían propuesto san Francisco de Sales o san Josemaría Escribá), sino que incluye la transformación del mundo institucional; que no es sólo una circunstancia en que se desarrolla esa vida personal, sino que también debe ser consagrado para que tenga a Cristo por cabeza y toda realidad política, cultural, económica o social cante la gloria de Dios.

Transformar el mundo como la levadura

Los laicos tienen como propio el vivir esta consagración bautismal en la vida ordinaria, en sus responsabilidades profesionales, familiares, políticas… esto que es parte de su ser es el centro de su identidad y misión, pues ellos son el fermento llamado a transformar el conjunto de la masa del mundo con sus instituciones. Y no olvidemos que en una panadería el fermento es un puñado de harina que se amasa la tarde anterior, se le echa levadura y se deja reposar. Así somos la Iglesia, la nueva humanidad, sacada de cada generación con sus pecados, defectos y posibilidades y fermentada por la gracia bautismal para ser metida en la masa y transformarla. Una primicia se anticipa la Humanidad Nueva que anticipa los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva.

Esta levadura va a fermentar la masa del mundo que no es ajena al plan de Dios pues ya ha sido creada y redimida en Cristo, pues la redención de Cristo no abarca sólo a la humanidad, sino a todo el universo y todo está llamado a tenerle por cabeza (Ef 1, 10; Col 1, 18), a ser rescatado de la esclavitud del pecado… de modo que toda la creación –nos dice san Pablo- gime con dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios (Rm 8, 22). Por eso cuando se trata de la técnica, la política, la economía… el concilio subraya que las realidades creadas tienen un dinamismo propio, una autonomía, y también que su misma naturaleza las orienta a su plenitud en Cristo. Todas tienen  como fin estar orientadas al servicio del hombre, para que este cumpla su vocación personal y el bien común universal. Por el pecado se convierten en cauda de injusticia por lo que el hombre debe ponerlas de nuevo al servicio del plan de Dios, para canten su gloria y extender así su Reino (1Co 2, 23).

Así los laicos que gestionan estas diversas realidades deben ir haciendo esta transformación, que desentraña el sentido profundo de cuanto existe, el sentido para el que ha sido creado por Dios.  Es un proceso en el que Dios ha liberado a los creyentes por la fe y el bautismo, y estos como soberanos sobre todas las cosas y esclavitudes, están llamados a entregar todo a Cristo cumpliendo su voluntad (la justicia de Reino que todo lo ajusta al plan de Dios). Para que todo, con las leyes propias e internas que tiene la naturaleza, la política, etc. se ajuste al Reino y su justicia. (LG, 36; AA 7). En definitiva, su vocación es obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. (LG 31)

Esta vocación que tiene dos pilares que requieren una formación cuidada y en intensidad, basada tanto en la competencia profesional como en la caridad. De las dos cosas hablan mucho los textos conciliares. Pues al hablar de la autonomía de la política, o la ciencia o la economía… estas tienen sus leyes que una formación científica o profesional con visión de fe, humanista, solidaria… debe dominar. Esta competencia profesional no debe alejarse de una visión de fe que une contemplación y lucha. Pues lo que es cada profesión por su propia naturaleza (la biología, la educación, la construcción, la economía, la política…) responde al plan de Dios sobre el mundo. Así en ella –aunque desvelada por el pecado y por intereses que la deforman en estructura de pecado, está lo que Dios ha querido que sea. Y estamos llamados a descubrirlo y hacer que sea lo que deben en el plan de Dios: elevarlo y santificarlo hasta que sirva al Reino de Dios y su justicia.

Esto exige mayor competencia profesional, no conformarse con lo establecido, y, menos aún, conformarse con afrontarlo individualmente. Con otros profesionales del mismo campo, creyentes y hombres de buena voluntad, buscar todo lo que de verdad y de posible servicio al hombre y al bien común hay en ese campo del saber y de la técnica. Las posibilidades revolucionarias que tiene esa profesión para hacer solidaridad y poner en el centro a la persona. Como quien las lleva de fuera sino como quien es capaz de descubrir –como contemplativo en la acción- que en esa profesión Dios ya las puso desde el comienzo de los tiempos.

En esto de la profesión vivida con sentido de fe y de evangelización, creo que es en lo que peor nos las juega la dualidad de vida y de mirada que padecemos. No estaría mal retomar los discursos de Pío XII a cada profesión ofreciendo este camino. O el jubileo del año 2000 donde Juan Pablo II a cada profesión le marcaba sus posibilidades de santidad y lucha por el Reino.

Unas vocaciones profesionales impulsadas por la caridad, por el amor de Cristo que pone a los pobres en primer lugar. No tanto como destinatarios de atenciones –que son necesarias- sino como protagonistas de su propia liberación. Por eso el concilio al hablar de la caridad vivida por laicos apunta unas condiciones muy claras a este servicio al pobre, en la línea de la caridad política, que lucha contra las causas y les devuelve el protagonismo (AA 8).

Esta dimensión política es intrínseca a cada sector de la vida porque toda la vida humana se desarrolla en común a través de instituciones. La cultura se vive en un sistema educativo, en los medios de comunicación, etc.; la sociedad está vertebrada por asociaciones vecinales, profesionales, de familias,…. La economía en empresas, en el mercado… de modo que el mundo institucional y las decisiones políticas que lo organizan están ya en la vida del laico se mueva donde se mueve. Participar en ello es hacer política desde la sociedad, por lo que familia, la profesión… tienen ya su dimensión política con la necesaria transformación de las instituciones hacia el Reino. Además del existir lo que se suele llamar más propiamente “la política” encaminada a lograr el poder y la gestión en las instituciones del Estado, como un sector propio, con partidos que aspiran a lograr el poder e influir en la vida de todos los demás sectores.

Comprender esta dimensión política/institucional de toda la vida humana supone asumir la aportación de las asociaciones del Movimiento Obrero que tanto han subrayado tanto Juan Pablo II (LE 8) como Benedicto XVI (DCE 26) Solo asociados y en clave de hacer una revolución moral e institucional se vive esta caridad política. Asociación o muerte.

Fuente: http://auladsi.net/2016/04/27/laicos-cristianos-levadura-en-la-masa/

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No dejar que nos roben la Navidad

Mons. Aguer: “Nos han birlado la Navidad”
Martes 13 Dic 2016 | 08:57 am

 

 

La Plata (Buenos Aires) (AICA): El arzobispo de La Plata, Mons. Héctor Aguer, recordó que ¨antes todo el mundo sabía que en Navidad había nacido Jesucristo y que era eso lo que se festejaba y que el signo era el Pesebre, mientras que hoy nos han birlado la Navidad¨. Lo afirmó en su reflexión semanal efectuada el sábado 10 de diciembre por el Canal 9 de Televisión.

El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, recordó que “antes todo el mundo sabía que en Navidad había nacido Jesucristo y que era eso lo que se festejaba y que el signo era el Pesebre, mientras que hoy nos han birlado la Navidad”.

Lo afirmó en su reflexión semanal efectuada en el programa Claves para un mundo mejor, emitido el sábado 10 de diciembre por el Canal 9 de Televisión. “Acá se juega -expresó- algo que es importantísimo porque esta es una fiesta central del año cristiano así como la Semana Santa y sobre todo el Triduo Pascual que es el otro polo del año cristiano”.

“La cuestión -señaló- es cómo se celebra bien la Navidad. Una celebración no implica solamente la misa aunque ojalá todos los bautizados fueran a misa el día de Navidad, ojalá todos los bautizados, acá en la Argentina, supieran qué pasó en Navidad y por qué celebramos Navidad, por qué se brinda en la Nochebuena”.

“Notemos -continuó- que los cambios culturales han hecho evaporar la cultura cristiana de la Navidad. Antes todo el mundo sabía que en Navidad había nacido Jesucristo y que era eso lo que se festejaba y que el signo era el pesebre… Todo eso hoy día se ha perdido desgraciadamente”.

El prelado platense recordó que “antes en público aparecían figuras de la Navidad y eso también se ha perdido”, y agregó: ¿Cuál es la figura cultural, hoy, de la Navidad? Es ese gordo vestido de colorado, barbudo, que parece que sale del invierno porque, efectivamente, viene de otros horizontes, de otro hemisferio. La Coca Cola nos ha birlado la Navidad porque este señor, el gordo Papá Noel, ha sido la imagen de esa gaseosa. Cuando decimos Papá Noel, si conocemos algo de francés, sabemos que Noel significa Navidad pero detrás está Santa Claus aunque ahora ya nadie lo llama Santa Claus que es San Nicolás y, en realidad, es verdad que es una tradición cristiana que viene de los países del norte de Europa pero pasó a Estados Unidos y lo agarró la Coca Cola y allí se acabó el pesebre, se acabó Jesús y queda Papá Noel”.

“Por otra parte, antes, los regalos, nosotros, los chicos, los esperábamos el 6 de enero. En la noche del 5 de enero poníamos los zapatos, hasta poníamos pastito y agua para los camellos. Todo eso desapareció. Los regalos, en todo caso, aparecen en Navidad, a fin del año y algunos en Reyes, aunque no tanto”.

“La cuestión es esta: nos han birlado la cultura de la Navidad. Y eso es algo que, con delicadeza pero con claridad tenemos que restaurar, tenemos que recordar y hacer recordar que en Navidad se celebra el Nacimiento de Jesús Nuestro Salvador, que nació en el parto virginal de la Virgen María, que lo concibió virginalmente por obra del Espíritu Santo”.

Continuando con su reflexión, monseñor Aguer recordó que “el Pesebre de Navidad está iluminado por la presencia del Niño Dios y de su Madre. Hay pinturas preciosas, de grandes autores de los siglos XVI y XVII, que han pintado la escena de la Navidad y lo que llama la atención es que la luz sale del Niño y de su Madre. Los bordes son oscuros pero el que ilumina es el Señor, la pequeña figura del Señor. Esa es la verdad y a través de estos signos es cómo vamos comprendiendo las cosas”.

“Por eso la cuestión que yo digo acerca de la Coca Cola y Papá Noel no hay que tomarla a la ligera porque van a ver ustedes que la propaganda es esa: un arbolito con globitos y el gordo muchas veces sin el trineo. Por eso lo importante es volver al Pesebre y mostrar que allí está figurada la escena central de la historia humana que es el Nacimiento del Redentor”.

“Esta es una dimensión importante de nuestra preparación para la Navidad. Por supuesto que esta preparación es sobre todo la interior. En lo posible vamos a hacer una buena confesión de Navidad, vamos a comulgar en la Misa de Nochebuena o en la Misa del Día de Navidad. Pero los aspectos exteriores, sobre todo para la gente sencilla y para aquellos que no son practicantes, son valiosos. Si tienen un pesebre en su casa y entra un vecino cualquiera ustedes pueden explicarle las verdades fundamentales de la fe cristiana. Y es así como la Iglesia conserva su vigencia en la cultura, de lo contrario nos recluimos en nosotros mismos y dejamos que el vasto campo del mundo quede para el Diablo, al cual Jesús llamaba el Príncipe de este mundo”, concluyó.+

Texto completo de la alocución

No dejar que nos roben la Navidad

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa “Claves para un Mundo Mejor” (10 de diciembre de 2016)

Queridos amigos: hoy es el tercer sábado de Adviento. Este tiempo que la Iglesia nos ofrece para que preparemos bien la celebración de Navidad. Acá se juega algo que es importantísimo porque esta es una fiesta central del año cristiano así como la Semana Santa y sobre todo el Triduo Pascual que es el otro polo del año cristiano.

La cuestión es: ¿cómo se celebra bien la Navidad? Una celebración no implica solamente la misa aunque ojalá todos los bautizados fueran a misa el Día de Navidad, ojalá todos los bautizados, acá en la Argentina, supieran que pasó en Navidad y porqué celebramos Navidad, porqué se brinda en la Nochebuena. Hace poco le preguntaba a una persona que no tiene mucha formación si iba a festejar la Navidad, me dijo que sí, y le pregunté si sabía lo que se festejaba y me dijo “no sé bien, fin de año”. Así es y esa es la cuestión.

Notemos que los cambios culturales han hecho evaporar la cultura cristiana de la Navidad. Antes todo el mundo sabía que en Navidad había nacido Jesucristo y que era eso lo que se festejaba y que el signo era el pesebre. Permítanme un recuerdo de mi infancia: en casa, con mamá y una tía comenzábamos a preparar el pesebre como quince días antes porque era una cosa fantástica, ocupaba todo el rincón del vestíbulo, con montañas y un montón de figuras y después estaban los 3 Reyes que aparecían e iban caminando poco a poco hasta llegar el 6 de enero. Todo eso hoy día se ha perdido desgraciadamente.

Antes en público aparecían figuras de la Navidad y eso también se ha perdido. ¿Cuál es la figura cultural, hoy, de la Navidad? Es ese gordo vestido de colorado, barbudo, que parece que sale del invierno porque, efectivamente, viene de otros horizontes, de otro hemisferio. La Coca Cola nos ha birlado la Navidad porque este señor, el gordo Papá Noel, ha sido la imagen de esa gaseosa. Cuando decimos Papá Noel, si sabemos algo de francés, sabemos que Noel significa Navidad pero detrás está Santa Claus aunque ahora ya nadie lo llama Santa Claus que es San Nicolás y, en realidad, es verdad que es una tradición cristiana que viene de los países del norte de Europa pero pasó a Estados Unidos y lo agarró la Coca Cola y allí se acabó el pesebre, se acabó Jesús y queda Papá Noel.

Por otra parte, antes, los regalos, nosotros, los chicos, los esperábamos el 6 de enero. Como les decía, iban caminando los Reyes Magos por el pesebre hasta ese día. Y también nosotros la noche del 5 de enero poníamos los zapatos, hasta poníamos pastito y agua para los camellos. Todo eso desapareció. Los regalos, en todo caso, aparecen en Navidad, a fin del año y algunos en Reyes, aunque no tanto.

La cuestión es esta: nos han birlado la cultura de la Navidad. Y eso es algo que, nosotros, con delicadeza pero también con claridad tenemos que restaurar, tenemos que recordar y hacer recordar que en Navidad se celebra el Nacimiento de Jesús Nuestro Salvador, que nació en el parto virginal de la Virgen María, que lo concibió virginalmente por obra del Espíritu Santo. Hace un par de días, el 8 de diciembre, hemos celebrado la Inmaculada Concepción de la Virgen, es decir que Ella era totalmente pura.

El Pesebre de Navidad, la Gruta de Navidad, está iluminado por la presencia del Niño Dios y de su Madre. Hay pinturas preciosas, clásicos de grandes autores de los siglos XVI y XVII, que han pintado la escena de la Navidad y lo que llama la atención es que la luz sale del Niño y de su Madre. Los bordes son oscuros pero el que ilumina es el Señor, la pequeña figura del Señor. Esa es la verdad y a través de estos signos es cómo vamos comprendiendo las cosas.

Por eso la cuestión que yo digo acerca de la Coca Cola y Papá Noel no hay que tomarla a la ligera porque van a ver ustedes que la propaganda es esa: un arbolito con globitos y el gordo muchas veces sin el trineo. Por eso lo importante es volver al Pesebre y mostrar que allí está figurada la escena central de la historia humana que es el Nacimiento del Redentor.

Esta es una dimensión importante de nuestra preparación para la Navidad. Por supuesto que esta preparación es sobre todo la interior. En lo posible vamos a hacer una buena confesión de Navidad, vamos a comulgar en la Misa de Nochebuena o en la Misa del Día de Navidad. Pero los aspectos exteriores, sobre todo para la gente sencilla y para aquellos que no son practicantes, son valiosos. Si tienen un pesebre en su casa y entra un vecino cualquiera ustedes pueden explicarle allí estas verdades fundamentales de la fe cristiana. Y es así como la Iglesia conserva su vigencia en la cultura de lo contrario nosotros nos recluimos en nosotros mismos y dejamos que el vasto campo del mundo quede para el Diablo, al cual Jesús llamaba el Príncipe de este mundo. Por favor que no sea así.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

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PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL APOSTOLADO

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Título primero  PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL APOSTOLADO

 

Fuente: TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS, JOAQUÍN SABATER MARCH

Capítulo primero MISIÓN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

 

SUMARIO: § 9. Fin sobrenatural de la Iglesia. — § 10. Comunicación del orden sobrenatural. — § 11. Manifestación visible de orden sobrenatural. — § 12. El Cuerpo Místico de Cristo. — § 13. La actividad del Cuerpo Místico. — § 14. a) El poder de representación.— § 15. b) La actividad privada o libre.

 

§ 9. FIN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

La reparación y elevación de la humanidad caída al orden sobrenatural efectuada por Cristo se aplica a todos los hombres mediante su incorporación a la Iglesia. El hombre ha sido elevado al orden sobrenatural al objeto de que, conociendo a Dios de un modo superior a cuanto le pueda suministrar la razón puramente natural y obteniendo fuerzas y auxilios que rebasan la potencialidad de la naturaleza humana, tenga que dirigirse a Dios, como su último fin, dentro de ese mismo orden sobrenatural. No es posible a la humana criatura llegar a Dios en el orden puramente natural, renunciando a su felicidad sobrenatural que es la posesión beatífica del mismo Dios, porque ello implicaría desprecio a la verdad y bondad divinas. La consecución de su bienaventuranza eterna se impone al hombre en forma que no le es dable escoger entre su felicidad puramente natural y la sobrenatural, sino que necesariamente tiene que dirigirse a esta última para conseguir su fin supremo.

Jesucristo ha confiado a la Iglesia la perpetuación y aplicación de su obra redentora; y llama a todos los hombres sin distinción de raza, tribu, pueblo o nación a ingresar en ella, confiriendo a la misma Iglesia todos los medios necesarios conducentes al fin sobrenatural del hombre. Por esto Jesucristo ha depositado en la Iglesia, no sólo la enseñanza de las verdades de orden sobrenatural, sino que también le ha otorgado exclusivamente los auxilios eficaces por los que el hombre pueda obtener su perfección sobrenatural y, de este modo, llegar a su último fin necesario. De tal manera Dios ha vinculado ese depósito de la fe o magisterio y ese tesoro de gracias a la Iglesia, que fuera de ella no hay salvación. Pertenecer a la Iglesia se impone como necesario con necesidad de medio para salvarse, al menos con el deseo implícito a cuantos la desconocen o no les ha sido suficientemente propuesta, o con el deseo explícito a los que, queriendo ingresar en ella, no les ha sido posible efectuarlo mediante el bautismo sacramental, cuyo efecto interno-social es incorporar al bautizado a la Iglesia de Cristo.

En méritos de la misión divina que Jesucristo señaló a su Iglesia al instituirla y promulgarla, su actividad, es decir, su vida interior y social, es esencialmente de orden espiritual y sobrenatural. Porque si los medios para ser aptos han de guardar proporción con su fin, y siendo el fin de la Iglesia esencialmente de orden sobrenatural, síguese que los medios de que tendrá que valerse para lograrlo, deberán ser superiores a cuanto la sola naturaleza humana pudiese suministrar.

Nacida la Iglesia del costado abierto de Cristo, como organismo viviente, no debe ni puede quedar ociosa o indiferente en la prosecución de su fin. Podrá haber defecciones en sus miembros, propias de la flaqueza humana proclive de suyo al mal, ya que el hombre, por su perversidad, es capaz de corromper el plan trazado por Dios, pero la Iglesia siempre tenderá a su fin, continua e indefectiblemente estará unida a Cristo, su Esposo, y nunca podrá pararse en el camino ascensional que le señalara su Divino Fundador.

Mas esa actividad de la Iglesia presupone y exige una acción intermitente de Dios sobre ese organismo integrado por los hombres regenerados por las aguas bautismales, la cual no es más que el cúmulo incesante y sobreabundante de gracias y dones sobrenaturales que derrama sobre la Iglesia para que pueda cumplir su misión santificadora y llevar, de este modo, las almas al fin para el que han sido creadas. La vida de la Iglesia es primordialmente la vida de la gracia sobrenatural, y así como todo organismo viviente está caracterizado por una actividad interna, sea la circulación de la sangre o el nutrimiento de la savia, así también la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Jesucristo, está vivificada por la gracia y dones sobrenaturales. Ser miembro de este organismo, o sea; ser cristiano, equivale, según la ordenación divina, a desarrollar actividad bajo el influjo de la gracia. Por consiguiente, la condición de cristiano es operosa en el orden sobrenatural de la gracia; es un concepto que, si bien expresa una realidad estable, incluye, a la vez, dinamismo, acción, cooperación y perfección.

§ 10. COMUNICACIÓN DET. ORDEN SOBRENATURAL

La redención del género humano mediante el sacrificio cruento de la Cruz, fundación de la Iglesia e institución de los sacramentos, comunica al hombre la vida sobrenatural con una riqueza insondable de maravillas que colocan el alma en intimidad con Dios.

La elevación del hombre a ese orden, y de su actividad en él, se verifica por un sinnúmero de favores divinos que exceden todo cuanto la humana naturaleza pudiera desear.

De Dios recibe el hombre sin cesar favores ilimitados para su santificación personal y la del prójimo y también para ornamento de la Iglesia. Unos le son comunicados sin interposición alguna entre Dios y el alma; otros le vienen a través de una causa instrumental, como son los sacramentos o las oraciones de la Iglesia. Unos caen dentro del plan ordinario de santificación, y otros son verdaderamente excepcionales y extraordinarios.

El alma se pone en contacto con Dios en fuerza de los múltiples y variadísimos auxilios divinos que en forma gratuita le son conferidos. Se compendian ellos en las llamadas gracias actuales, consistentes en iluminaciones en el entendimiento y en ilustraciones o mociones en la voluntad que Dios causa en el alma.

De la cooperación a estas gracias dimana para el alma lo más excelso que en esta vida puede alcanzar: la posesión de la gracia santificante o habitual, o estado de gracia que, como se expondrá, es cierta participación analógica de la naturaleza divina. Con ella el hombre adquiere un nuevo ser, el ser sobrenatural que tanto le ensalza y tantas prerrogativas le proporciona. La gracia santificante es la esencia y fundamento sustancial dél orden sobrenatural en el hombre. El que esté privado de la gracia santificante estará fuera de dicho orden; quien la posea, vivirá en intimidad sobrenatural con Dios.

Esta vida divina en el interior del alma, aunque de suyo no se extinga, perdura mientras quiere el hombre. Mas, por estar dotado de libertad, es capaz el hombre de privarse de la gracia santificante con actos personales opuestos a su fin sobrenatural. Dios, por su parte, con la gracia habitual le infunde las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad para que el hombre pueda adherirse a su último fin, y no se aparte del mismo, con esa creencia, esperanza y amor que le son convenientes o adecuados por participar de la naturaleza divina[1].

Como derivaciones de las tres virtudes teologales, enriquece Dios el alma con los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Llámanse del Espíritu Santo porque se dan sin ánimo de retribución, es decir, importan una donación gratuita, cuya causa es el amor. Ahora bien, el Espíritu Santo procede como amor, y por este motivo es considerado como el primer don. A este respecto dice San Agustín que “por el don que es el Espíritu Santo, son repartidos muchos estrictos dones entre los miembros de Cristo”[2]

Tales dones son ciertas perfecciones del hombre, por las que éste se dispone a obrar siguiendo el instinto divino[3]. Pues para obrar en relación con el último fin sobrenatural no es suficiente la sola moción o dictamen de la razón, sino que es menester el instinto y moción del Espíritu Santo, “porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios… y también herederos”[4]; y además: “tu buen espíritu me guiará a tierra de rectitud”[5]. Sobre lo cual dice el Doctor Angélico que a la herencia de aquella tierra de bienaventurados nadie puede llegar si no es movido y guiado por el Espíritu Santo[6].

Existen, además, las virtudes intelectuales[7] y morales, cuyos principios son los expresados dones divinos. Con lo que son tres los géneros de las virtudes: las teologales, por las que la mente humana se adhiere a Dios; las intelectuales, por las que queda perfeccionada la razón, y las morales, por las que las fuerzas del apetito se perfeccionan para obedecer a la razón. Los dones del Espíritu Santo hacen que todas las potencias del alma se dispongan a obrar bajo la moción divina[8].

De los dones, tres radican en el apetito racional o voluntad, a saber: el don de la fortaleza, el de la piedad y el del temor; los restantes están en la parte cognoscitiva[9]. Pero todos guardan tal conexión que, teniendo uno, se poseen todos y con ellos la caridad; y a la inversa, faltando uno, faltan todos.

Diferente es la función o finalidad a que se ordenan los dones y las virtudes. Los primeros perfeccionan el hombre para seguir los toques que Dios da al alma; las otras lo perfeccionan para seguir el dictamen de la razón[10]. Con todo, los dones se extienden también a todas las cosas a las que se ordenan las virtudes intelectuales y morales, ya que todas las fuerzas del alma existen para ser guiadas y movidas por la acción divina como por cierta potencia superior[11].

Comunicación de vida sobrenatural es también el carácter que en el alma imprimen indeleblemente los sacramentos del bautismo, confirmación y orden. Son estos caracteres cierta participación del sacerdocio de Cristo, es decir, por ellos los fieles son configurados en el sacerdocio de Cristo, pero no todos de la misma manera. Jesucristo nació sacerdote: “un mediador entre Dios y los hombres”[12] y “sacerdote para siempre”[13]; y toda su vida fue un verdadero sacerdocio cuyo acto principal culminó en el sacrificio de la Cruz. El carácter sacramental es un signo, un distintivo de Cristo, que Él mismo imprime en el alma. De ahí que por el carácter se participe del sacerdocio de Cristo. Esta participación es común a todos cuantos reciben los sacramentos del bautismo y de la confirmación, pero se diferencia de la que tienen cuantos han recibido el carácter del sacramento del orden, en que sólo por éste se obtiene la participación del sacerdocio de Cristo para reproducir real e incruentamente el sacrificio del Calvario mediante el sacrificio del altar.

Como el sacerdocio de Cristo es fuente inagotable de vida sobrenatural, la participación en ese sacerdocio es también comunicación de vida divina en las almas, la cual se opera en ellas por medio del carácter sacramental.

Todavía en la comunicación de ese orden sobrenatural, además de la acción divina dirigida directa e inmediatamente a que el hombre se justifique por ella, existen las gracias gratis dadas o carismas, los cuales tienden a que los hombres cooperen a la justificación de su prójimo.

La acción divina en las almas, que global y sucintamente se ha perfilado, se reduce a los medios ordinarios de que se vale Dios para la santificación de las almas. Pero hay, además, otra acción divina sobrenatural que bien puede llamarse extraordinaria, constituida por los carismas verdaderamente extraordinarios que Dios otorga a algunas almas. Tales son las revelaciones privadas, el poder de realizar milagros, el profetizar, etc., que ha dado Dios a no pocos fieles. Cualesquiera que sean los designios divinos en el otorgamiento de esas gracias, coinciden todos en dotar a las almas de una mayor perfección de vida sobrenatural. Por eso toda la acción ordinaria y excepcional de Cristo en las almas tiende a una comunicación de vida sobrenatural.

§11. MANIFESTACIÓN VISIBLE DE ORDEN SOBRENATURAL

La constitución de la Iglesia en sociedad visible, la naturaleza del hombre, que es un compuesto de alma y cuerpo, la administración de la gracia divina por causas instrumentales y sensibles, como son los sacramentos, y la finalidad de la concesión de las gracias gratis dadas o carismas en producir efectos externos para comunicarse uno con el prójimo, causan de continuo manifestaciones externas de orden sobrenatural.

Ya en la Iglesia primitiva o naciente abundaron los carismas, incluso extraordinarios; e intervenciones excepcionales de Dios se dieron en la elección del Apóstol Matías[14], en la vocación de Paulo[15], en la admonición de Pedro para la admisión de paganos[16], y en simples fieles[17].

Toda esa manifestación externa de los efectos de la gracia y la administración de los sacramentos quedan supeditadas enteramente a la decisión de la jerarquía eclesiástica; de modo que, contra su voluntad, ni puede haber aquella manifestación, aunque se tratase de carismas cuya finalidad fuese la de enseñar, ni tampoco la colación de sacramentos. Jesucristo confió a la sola jerarquía el gobierno de lo religioso. Por donde, todo fiel, aunque sea vidente, está sujeto a la autoridad eclesiástica en esas exteriorizaciones de religiosidad, puesto que cuantos ejercen cargos jerárquicos en la Iglesia han recibido verdaderos carismas de gobierno para juzgar de toda manifestación que se produzca en el orden social.

De este principio es consectario de ineluctable evidencia que todo apostolado externo u organizado tiene que estar bajo la entera dependencia de la jerarquía eclesiástica so pena de ser apostático, en vez de apostólico. Nadie, por carismas sobrenaturales de que se crea estar investido o adornado, podrá sustraerse de esa completa sujeción a la jerarquía de la Iglesia so pretexto, incluso, de que se descuida determinada acción apostólica o de que determinada labor cosecharía abundantes frutos en bien de los fieles. Pues, por un lado, tenemos certeza manifiesta de la concesión de poderes a San Pedro y sus sucesores, por Cristo, y su extensión a todos los apóstoles, bajo la sujeción a aquél: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, “a ti te doy las llaves del reino de los cielos”[18]; “toda potestad me es dada en el cielo y sobre la tierra. Por tanto, id y amaestrad todas las gentes”[19]; y, por otro, existe el ejemplo de la Iglesia naciente, en que todos los fieles que habían sido enriquecidos con carismas extraordinarios para una mayor y más rápida difusión y propagación del cristianismo se sujetaban a los apóstoles y sus sucesores a fin de comprobar la verdadera genuinidad de sus carismas divinos y qué dones especiales habían recibido de Dios[20].

§ 12. EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

Por el magisterio eclesiástico se ha dicho que la denominación Cuerpo Místico de Cristo, fundadísima en la Sagrada Escritura y los Santos Padres[21], frecuente en la historia y la tradición, familiar en el pueblo fiel, es la definición cristiana de la Iglesia. Verdad fecunda de aplicaciones prácticas en la vida religiosa. Buen fundamento teológico constituye para la colaboración de los seglares en el apostolado de la jerarquía eclesiástica, es decir, para la Acción Católica[22].

La doctrina del Cuerpo Místico, insinuada con metáforas por los profetas[23], fue enseñada por el mismo Jesucristo con la parábola de la vid: “ Yo soy la vid verdadera — nos dice —, y mi padre es el labrador… vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése lleva mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permaneciere en mí, es arrojado fuera como el sarmiento, y se seca, y lo recogen y echan en el fuego, y se quema”[24]. Y después de su admirable ascensión a los cielos la recuerda a Paulo al llamarle a la fe, cuando éste se dirigía a Damasco, y, cegado por una luz celestial, cayó en tierra y “ oyó una voz que le decía: Sau- lo, Saulo, ¿por qué me persigues?… Yo soy Jesús, a quien tú persigues”[25]. Perseguir a los cristianos es perseguir a Jesús. Esa identidad se basa en la unidad de ese cuerpo místico que forman los fieles con Cristo, el cual es su cabeza y cuya alma es el Espíritu Santo que se comunica a los miembros, los cristianos, por la gracia santificante, virtudes y dones sobrenaturales. Los fieles son, pues, miembros de ese cuerpo[26].

Luego Paulo, ya constituido apóstol de Jesucristo, explana con amplitud esa doctrina y describe la función de cristiano como miembro de ese cuerpo. Véase, pues, el desarrollo de la idea de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, según San Pablo:

“Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.

“Porque en un solo Espíritu todos nosotros somos bautizados, ya judíos, ya griegos, ya esclavos, ya libres, en razón de formar un solo cuerpo. Y a todos se nos dio a beber un mismo Espíritu.

“Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos…

“Mas ahora Dios dispuso los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo, como quiso.

“Que si fueran todos ellos un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

“Mas ahora muchos son los miembros, uno, empero, el cuerpo.

“Ni puede el ojo decir a la mano: “No tengo necesidad de ti”; ni tampoco la cabeza a los pies: “No tengo necesidad de vosotros.”

“Antes mucho más los miembros del cuerpo que parecen ser más débiles son necesarios; y los que pensamos ser menos honrosos del cuerpo, a ésos los cercamos de mayor honor; y los indecorosos en nosotros son tratados con mayor decoro. Que los decorosos en nosotros no lo necesitan. Mas Dios concertó el cuerpo, dando mayor honor a lo que más lo necesitaba, a fin de que no haya escisión en el cuerpo, sino que los miembros tengan la misma solicitud los unos de los otros.

“Y si padece un miembro, juntamente padecen todos los miembros; y si se goza un miembro, juntamente se gozan todos los miembros. Y vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros cada uno por su parte”[27].

Todo el linaje humano “pertenece verdaderamente a la persona de Cristo, como cuerpo suyo, mas no de un modo tan íntimo que la independencia y personalidad de los demás miembros — como ocurrió en la humanidad que fue asumida — quedasen absorbidas por completo en la Persona del Verbo. Los demás miembros conservan su subsistencia personal. Mas así como la unidad de linaje perdura no obstante la subsistencia personal y aun en ésta misma, como esta subsistencia no es aislada, cerrada, pueden las personas pertenecientes al linaje ser también asumidas de un modo más elevado y misterioso por una Persona que domina todo el linaje, pueden con su personalidad ser propiedad de esta personalidad más alta, ser abarcadas y penetradas por ella, de modo que pertenecen más a ésta que a sí misma, y en este sentido más amplio forman con ella una sola persona, de un modo análogo a la humanidad propia de Cristo, despojada por completo de su subsistencia.

“El linaje suele llamarse Cuerpo místico de Cristo; la humanidad propia de Cristo se denomina el Cuerpo real de Cristo, así como también la unidad del linaje con Cristo se llama mística, y la de su propio cuerpo con su Persona divina se designa como unidad real”[28].

En esa realidad mística lo fundamental es el rasgo de la unidad de los cristianos con Cristo, y como derivación de esa misma unidad está el rasgo de la unidad de los fieles entre sí. A esa unidad completa va ordenada toda la acción sobrenatural de Dios en las almas para edificación del Cuerpo Místico de Cristo. La absorción moral de la personalidad de cada uno por la del Cristo total, que hizo exclamar a San Pablo: “Vivo no ya yo, más vive Cristo en mí”[29], marca la meta de toda la actividad de los fieles en la unión con Cristo y en la de todos sus miembros. Por eso, antecedentemente a todo mandato de la Iglesia, y sólo de la disposición del orden sobrenatural en la actual economía divina, los fieles han de procurar ser excelentes en la edificación de la Iglesia[30]30, haciéndolo todo para edificación del Cuerpo Místico de Cristo[31]. He aquí, pues, que el fundamento o razón de todo apostolado en la Iglesia estriba en la misma organización del orden sobrenatural comunicado por Jesucristo a los hombres, es decir, arranca de esa misma existencia del orden sobrenatural para marcar, dirigir e imponer el fin inmediato y necesario a todo fiel en su actuación dentro del plan divino: “hacedlo todo para edificación” del Cuerpo Místico de Cristo. La interdependencia, por tanto, de los miembros de ese Cuerpo es forzosa y universal. Es menester que actúen para estar unidos a la Cabeza — la cual significa al mismo tiempo comunidad de unidad a modo de entrega[32] — y para que los miembros lo estén también entre sí. De esta manera se comprende cómo deben latir al unísono los esfuerzos para trabajar en la santificación personal y en la de los demás.

La savia divina que comunica la vida sobrenatural a las almas, incorporándolas al Cuerpo Místico de Cristo, es la gracia santificante con el noble cortejo de las virtudes, gracias y dones del Espíritu Santo. Sin la gracia habitual no es posible ser miembro vivo de ese Cuerpo Místico y cumplir la misión que le está señalada a cada miembro. De aquí que la posesión de la gracia santificante sea la condición indispensable en todo momento y para cualquier actuación en orden a contribuir para la edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

§ 13. LA ACTIVIDAD DEL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

En este organismo sobrenatural, cuya Cabeza es Cristo y cuyos miembros son cada uno de los fieles, cabe distinguir perfectamente dos actividades: la propia del ser colectivo u organismo como tal, y la de cada uno de sus miembros en cuanto están unidos a Jesucristo. Una y otra actividad, que, aunque distintas, se complementan y perfeccionan, tienen idéntica meta, van encaminadas a un mismo fin: hacerlo todo para edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

Pasando de este lenguaje ascético al simplemente teológico, se distingue también esa doble actividad: la de la Iglesia o ser de orden sobrenatural, y la de cada uno de sus fieles; y, trasladándonos a la esfera canónica, se hablará de la actividad pública u oficial, y de la actividad privada o particular.

Significado idéntico tienen las expresiones de función del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia, o función o actividad pública; como también se expresa idéntica realidad al hablar de la acción de los miembros, de los fieles y de la actividad privada.

§14. a) EL PODER DE LA REPRESENTACIÓN

Es necesario y propio de todo ser moral, y, por consiguiente, de la Iglesia, el que actúe por sus órganos de representación. Necesita de quien la represente mediante la investidura de las oportunas facultades. Esta representación está vinculada a la sagrada jerarquía eclesiástica. El miembro de este Cuerpo Místico, el fiel que es asumido, de entre muchos, para quedar incorporado a la jerarquía eclesiástica, adquiere esa representación dentro de la actividad que le ha sido asignada. Todo partícipe de la potestad jerárquica, sea de orden, sea de jurisdicción, siempre que opere en virtud de la misma y no se exceda en sus atribuciones, obra en nombre de la Iglesia, actúa representando al Cuerpo Místico de Cristo, su acción es pública aunque se realice en secreto; siempre es la Iglesia el autor principal del acto que pone, el sujeto a quien se atribuye la acción eclesial. Se vale para ello de su representante, que es el ejecutor del acto o su causa instrumenta.

Lo que realiza el obispo, el párroco, el sacerdote, el diácono u otro partícipe de la potestad sagrada, se atribuye, principalmente, a la Iglesia e, instrumentalmente, al ejecutor del acto, siempre que aquéllos obren en virtud de lo que al cargo o representación compete; sus actos son siempre eclesiales, públicos, son obra del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia. Por esto los actos de la jerarquía eclesiástica son las obras de las personas que tienen carácter público; por lo que también el apostolado de la jerarquía será el apostolado público[33].

Pero ese representante del Cuerpo Místico no queda despojado de la condición de miembro; continúa percibiendo todo el cúmulo de gracias y dones sobrenaturales que Dios derrama en los fieles, y, por lo mismo que están en pie todos sus derechos de miembro de la Iglesia, persisten igualmente sus obligaciones con Dios, con la Iglesia y con sus prójimos. Pues no sólo debe ser miembro vivo, es decir, vivificado y santificado por la gracia y favores divinos, sino que ha de crecer interiormente en santidad y llevar dentro de ese organismo social del Cuerpo Místico una vida interior y exterior cual corresponda a quien es ministro representante de Cristo y de la Iglesia. A esta función y principio responde la admonición que el Código de la Iglesia da a los clérigos, que son quienes la representan: “Los clérigos deben llevar una vida interior y exterior más santa que los laicos y sobresalir como modelos de virtud y buenas obras”[34].

§ 15. b) LA ACTIVIDAD PRIVADA O LIBRE

Cualquier actividad realizada por quienes no forman parte de la jerarquía eclesiástica, por meritoria que sea sobrenaturalmente, lo cual equivale a decir que responde a las gracias que Dios derrama sobre las almas y que, por consiguiente, está enteramente conforme a lo que exige el ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, nunca podrá revestir ese carácter de obra oficial de la Iglesia, porque siempre será obra privada, cuya responsabilidad irá ligada únicamente a la de un particular.

Como se echa de ver, trátase aquí de la actividad de los miembros que se ejerce bajo el influjo de la divina gracia, esto es, de la que en realidad sirve para edificación de la Iglesia y que, por lo mismo, se realiza en completo acuerdo con la acción general del Cuerpo Místico de Cristo.

Con todo, es de notar que en dos ocasiones el miembro de la Iglesia, es decir, el simple fiel, adquiere verdadera representación de la Iglesia por voluntad del mismo Jesucristo, por lo que, con su actuación dentro de los límites que se dirán, actúa la Iglesia, pone un acto público u oficial de ese organismo llamado Cuerpo Místico de Cristo.

En efecto, en la administración del sacramento del bautismo y en la del matrimonio, el simple fiel puede ser, en el primer caso, y necesariamente es, en el segundo, el ministro que confiere dichos sacramentos; él asume la representación de Cristo y de la Iglesia desde el momento que se propone hacer y hace lo que con aquellos actos quiere hacer la Iglesia. El acto que él pone ora cuando dice: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, al tiempo que infunde el agua sobre el que se bautiza, ora dando y recibiendo el consentimiento matrimonial, se atribuye a la Iglesia. Por voluntad del mismo Jesucristo, todo hombre obtiene esa representación al objeto de facilitar el ingreso en la Iglesia; como también los que se unen en matrimonio cristiano simbolizan y representan la unión de la Iglesia con Cristo. El ministro de estos sacramentos, aun siendo simple fiel, y, para el bautismo, incluso también pagano, actúa como representante oficial de la Iglesia y obtiene directamente de Jesucristo esa representación al disponerse a hacer lo que hace la Iglesia en semejantes actos.

Excepcionalmente, un simple fiel obraría en nombre de la Iglesia si obtuviese del Romano Pontífice participación de la potestad pública eclesiástica para determinados actos. Así, actúan por especial disposición pontificia y concordada, que es derogación parcial de la disciplina común eclesiástica, los jueces seglares italianos que conocen de las causas eclesiásticas de separación conyugal, cuyas sentencias, siempre que sean a tenor de las leyes canónicas, son decisiones de la Iglesia[35]. A tales jueces, que son instrumentos de la Iglesia y portadores oficiales de su voz y potestad jurisdiccional, les incumbe el deber de ser no sólo miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, sino el de exteriorizarse en todo momento como representantes dignos y santos de la Iglesia, ya que, al participar de esa potestad judicial que es de derecho divino, obtienen también mayores gracias y luces sobrenaturales para cumplir con su cometido que redundan en el bien espiritual de su alma. A quien recibe comisión o delegación de la Iglesia no le faltará una ayuda especial del cielo para que todo se haga para edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

Pero además de esa representación eclesial de orden jurídico-canónico, existe la representación, que puede ser conferida por la Iglesia jerárquica, incluso a seglares, de índole moral y espiritual con eficacia en la vida religioso social. Aquella representación es formalmente jerárquica; esotra, en cambio, carece de potestad pública, porque no va aneja al mandato o misión canónica con que se otorga.

Reservamos para más adelante abordar el tema de la representación moral y espiritual, por la que los simples fieles pueden representar a la Iglesia, no para poner actos de orden jurídico, sino sólo ante Dios y en el orden moral.

Ahora bien, existiendo en la Iglesia esas dos actividades: la del ser moral o cuerpo místico como tal, que es pública u oficial, y la que corresponde a cada fiel o miembro de la Iglesia, que, como se ha expuesto, es de orden privado, interesa indagar a qué género de actividad pertenece la de la Acción Católica. ¿Es de carácter oficial o público su apostolado o, a la inversa, es privado? El apostolado de la Acción Católica, siendo oficial por el mandato o misión canónica que reciben sus miembros, no lleva involucrado ejercicio de potestad jerárquica.

Aunque ya sepamos qué resolución se da a ese dilema, interesará exponer las razones por las que se llega a dicha conclusión.

[1] Summa Theol., 1-2, q. 58, 3 ad 5; q. 61, 1 ad 2; q. 62, 1.

[2] De Trinitate, 15, 24: ML 42, 1088.

[3] Summa Theol., 1, q. 38, 2 c; q. 43, 5 ad 1.

[4] Rom 8 14, 17.

[5] Ps 142 10.

[6] Summa Theol., 1-2, q. 68, 2 c.

[7] Sabiduría, entendimiento, ciencia, prudencia y arte.

[8] Summa Theol., 1-2, q. 68, 8 c.

[9] Summa Theol., 2-2, q. 8, 6 c.

[10] Summa Theol., 2-2, q. 52, 1 c.; q. 121, 1 c.; 3, q. 7, 5 c.

[11] Summa Theol., 1-2, q. 68, 4 c.

[12] 12.      Tim 2 5.

[13] 13.      Ps 109 4.

[14] 14.      Ac 1 15-26.

[15] 15.      Ac 9 1 s.

[16] 16.      Ac 10 9 s.

[17] 17.      Me 16 17.— 1 Cor 12 7 s.

4 S. MARCH • Teología.

 

[18] 18.      Mt 16 18-19.

[19] 19.      Mt 28 18-19.

[20] 20.      1 Cor 14 29. — Véase: I. A. ZEIGER, Historia inris canonici: vol. n. De historia institntorum canonicorum, Roma, 1940, p. 35.

[21] 21.      S. IRENEUS, Adversus haereses, 5, 18, 2: MG 7, 1173. — ORÍGENES, Contra Celsum, 6, 48: MG 11, 1373. — S. AUGUSTINUS, Enarrationes in Psalmos, 90, 2, 1: ML 37, 1159; id., Sermo, 267, 4, 4: ML 38, 1231; id., De agone christiano, 20: ML 40, 301. — Sancti Thomae Aquinatis Doctoris Angelici opera omnia, Parma, 1852, s., 11, 451; Id., De vertíate, q. 29, a. 4.

[22] 22.      J. MADOZ, La Iglesia de Jesucristo, Madrid, 1935, p. 239.

[23] 23.      Is 5 1-7. — Ez 15 2-6. — Ece 24 25.

[24] 24.      Ioh 15 1, 5-6.

 

[25] 25.      Ac 9 1-5.

[26] 26.      Col 1 18.

[27] 27.      1 Cor 12 12 s.

[28] 28.      J. M. SCHEEBEN, Los misterios del cristianismo, trad. de A. Sancho, Barcelona, 1953, p. 391.

[29] 29,      Gal 2 20.

[30] 30.      1 Cor 14 2.

[31] 31.      1 Cor 14 26.

[32] 32.      J. M. SCHEEBXN, o. c., p. 372, nota 7.

[33] 33. No está por demás advertir el significado equívoco que tiene en la disciplina canónica el término “público”. Unas veces expresa lo que ‘es externo, visible o que puede probarse ante la sociedad; otras, indica lo que se realiza con potestad sagrada, En este último sentido se habla en el texto de apostolado público de la Iglesia.

[34] 34 C. 124.

[35] 35, Concordato da Petrán, art, 34 | 3; AAS 21, 351.

Los Laicos luchan en un mundo difícil

Los Laicos luchan en un mundo difícil

Publicado en web el 17 de noviembre, 2016
Fuente:
http://www.semanario.com.mx/ps/2016/11/los-laicos-luchan-en-un-mundo-dificil/

¡Felicidades a todos los Laicos en su día!
Riqueza y responsabilidad del bautizado

El domingo 20 de noviembre, Fiesta de Cristo Rey del Universo, la Arquidiócesis de Guadalajara, a través de la Comisión de Organismos Laicales, celebra a los bautizados y promueve los Movimientos y Grupos Laicales que tienen el objetivo de acercar a la Iglesia y llevar a la santidad al pueblo de Dios.

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Rebeca Ortega Camacho

El señor Cura Miguel Alfonso Sención Guerrero, Párroco de San Juan Crisóstomo y Asistente Eclesiástico de la Comisión de Organismos Laicales, en entrevista para Semanario, compartió la importancia de los Laicos en la Iglesia y el trabajo que realiza la Comisión para promover y atender los Movimientos Laicales.

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VIVIR COMO CRISTIANOS EN LO COTIDIANO
Ante el cuestionamiento de ¿qué es un Laico?, el entrevistado comentó: “Hemos oído hablar de la palabra ‘Laico’, y muchas veces no entendemos en qué consiste. Una definición muy clara es la que señalan las ‘Proposiciones Finales del Sínodo sobre los Laicos de octubre de 1987’, en la primera parte, que lleva el Título: “Alegres en la esperanza”, y asienta:
‘Laico es el cristiano que vive la riqueza y la responsabilidad del Bautismo en lo cotidiano. Vive su condición particular, su condición secular en el mundo; ahí está llamado a la santidad, a la construcción del Reino y en medio de las condiciones ordinarias de la vida familiar y social’. Una definición muy interesante, que da pie a reflexionar nuestra condición de Laicos. En ese sentido, no seríamos los Eclesiásticos o las Religiosas, que ya tenemos otra función y quehacer en la Iglesia, pero que formamos parte de esos Agentes de Pastoral, porque nosotros no podemos llegar a los lugares a donde pueden llegar los Laicos, el mundo secular.
“Laico es el cristiano que vive la riqueza y la responsabilidad del Bautismo en lo cotidiano; es decir, el Seglar, muchas veces, no se da cuenta de que es cristiano en primer lugar y que debe vivir la riqueza y la responsabilidad del Bautismo. A veces pensamos que el Bautismo se quedó en el pasado: ‘me bautizaron y lo único que tengo es mi Boleta’, pero no sabemos que incide y nos acompaña toda la vida. ¿De qué manera?, pues en nuestra lucha continua. El Laico (o Seglar) es el que está casado, soltero; trabajador, empleada doméstica, ama de casa, empresario, obrero; marca todas las categorías de personas en todos los estratos sociales.
“Ellos tienen esa responsabilidad de vivir su Cristianismo y su Bautismo en lo cotidiano; ahí están llamados a la santidad y a la construcción del Reino. No soy cristiano sólo cuando rezo; también cuando lucho por la vida, la familia, el matrimonio, cuando me comprometo a hacer de este mundo un mundo justo.
“El Laico tiene esa Misión de traer el Reino de Dios a este mundo, y por eso no debemos dejar que el Día del Laico pase desapercibido, sino hacer conciencia de que todos son Laicos y tienen ese llamado de vivir su Bautismo en lo cotidiano”.

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¿QUÉ ES LA COMISIÓN DE ORGANISMOS LAICALES?
“La Comisión de Organismos Laicales es parte de la Pastoral de la Arquidiócesis. Nuestra función es ser punto de enlace entre los Laicos organizados en Movimientos o nuevas realidades eclesiales con el Obispo, en este caso el Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara. Y somos el punto de unión entre estas dos realidades: la de nuestro Pastor, con sus Laicos. La Comisión se divide en tres Secciones, cada una con un Sacerdote y un Laico encargado de esa Sección.

“1. Movimientos Eucarísticos y de Caridad: Engloban a todos los Movimientos que son de piedad Eucarística y que tiene la visión de la solidaridad y de ir a los pobres; de la atención a los enfermos, pero desde un punto de vista no sólo espiritual, sino también presencial, de caridad concreta.

“2. Movimientos Marianos: Ahí están todos los Movimientos que tienen una característica y una misión mariana; han recibido de Dios un carisma que es el amor a nuestra Madre, porque no puede faltar para un buen católico la devoción a la Santísima Virgen.

“3. Movimientos de Evangelización: Son la gran mayoría, y se dedican en las Parroquias a evangelizar y a realizar Retiros de Evangelización; son los más numerosos”, señaló el Padre Miguel Sención.
Luego aclaró que todos los Movimientos pueden ser Eucarísticos, Marianos y de Evangelización, pero es importante la clasificación para su mejor atención. Dijo que son 86 los Movimientos registrados y actualmente aparecen en el Directorio Eclesiástico para la consulta de Sacerdotes y Laicos. La Comisión tiene su oficina en: Calle Jarauta 510, Sector Libertad, con teléfono 3618 0096, para cualquier información.
Además, por la iniciativa de los Laicos de Guadalajara y el auspicio de los Sacerdotes, surgió el Instituto de Formación para los Laicos (IFL), que sostiene como Lema: “Formar en Comunión para Evangelizar el Mundo”. Actualmente cuenta con cuatro sedes: la UNIVA, la Parroquia de San Enrique Emperador, la Acción Católica y las Oficinas de esta Comisión.

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¿QUÉ ES UN MOVIMIENTO?
“En los Movimientos encontramos hombres y mujeres Laicos que han recibido un carisma del Espíritu Santo, y es al Obispo a quien le corresponde discernir si realmente este grupo de personas es un Movimiento o no lo es. Los Movimientos comienzan como un Grupo Parroquial; después empiezan a crecer tanto, que aspiran a estar no sólo en una Diócesis, sino en muchas más, lo cual da pie a creer que es un Movimiento del Espíritu, y entonces es el Obispo el que sirve al Espíritu Santo.
“Vean qué hermoso: es el Espíritu Santo; pero, a la vez, el Movimiento se somete a la Autoridad del Espíritu para que sea el Obispo quien discierna si ese carisma es realmente de Dios o no. Es la manera en que se trabaja en la Arquidiócesis con los Movimientos; el que tiene la última palabra es el Obispo. Por eso debe de existir esa comunión y acercamiento de los Laicos con su Obispo y de su Obispo con sus Laicos. Cada Movimiento tiene un carisma recibido de Dios, y nosotros no pretendemos que se pierda, sino que lo fomenten, lo compartan y que lo contagien a los demás”, apuntó el Párroco de San Juan Crisóstomo.
También, cada Movimiento cuenta con un Asistente Eclesiástico que es nombrado por el Obispo. Y mediante votaciones, atestiguadas personalmente por el Padre Asesor, se elige al Dirigente del Grupo. Cada año se efectúan dos reuniones, denominadas: “Encuentros con el Pastor”, en las que participan el Asistente y Asesor Eclesiástico y el Laico Coordinador de cada Movimiento, con el objetivo de que exista esa comunión entre la Iglesia y sus fieles.
“A veces hay personas que vienen a formar un Grupo en Guadalajara y no saben qué hacer, pero nosotros les damos asesoría. Si alguien ha recibido un don, un carisma, tiene apoyo de los Sacerdotes y está creciendo, sería bueno que se acercara a nosotros para darle atención y para que el Cardenal les nombre un Asistente Eclesiástico.
“Es importante hacer notar que no todo Movimiento lo es porque así se autodenomine. Al que le toca discernir es al Cardenal. También hay Grupos que están en vías de reconocimiento, pero al estar inscritos con nosotros tienen la certeza de que están por buen camino. En cambio, todos aquellos que están fuera, no tienen la absoluta confianza de pertenecer a la Iglesia. Hay Grupos que suelen ser sectas o llevan a los fieles por otros caminos mediante Retiros donde les tapan los ojos o hacen dinámicas muy extrañas que nada tienen de católico o de cristiano; hay que tener cuidado con este tipo de Grupos que no son de la Iglesia, pero que pueden parecerlo. Por eso, hay que investigar, tanto los Sacerdotes como los fieles, si el Grupo al que estoy asistiendo o al que me invitaron es realmente un Movimiento avalado por la Iglesia, y una forma de saberlo es llamando a la Comisión de Organismos Laicales”, remarcó el Padre Sención Guerrero.
Finalmente subrayó la importancia de festejar a los Laicos: “Todos son Laicos, e independientemente de si están en un Movimiento o no, hay que celebrarles. De hecho, todos los Párrocos deberíamos de felicitar el 20 de noviembre a los feligreses y decirles: ¡Felicidades, porque ustedes son bautizados, son hijos de Dios!”.

INVITACIÓN PARA LOS LAICOS

La Comisión de Organismos Laicales invita a participar de las actividades organizadas para el domingo 20 de noviembre en el Santuario de los Mártires (recordando que un gran número de los Santos y Beatos Mexicanos fueron Mártires Laicos), dedicadas especialmente a todos los bautizados.
“Comenzamos a las 8.30 de la mañana con la Oración; después, una Conferencia Magna con el Presbítero Licenciado Armando González Escoto, quien impartirá el Tema: ‘El papel del Laico a través de la Historia en México’. Enseguida, la Santa Misa y, finalmente, un convivio en el cual todos los Grupos de Laicos exhibirán un stand (donde tendrán material, folletos, libros, etc.) para compartir su carisma, además de alimentos para compartir. Todos están invitados a participar”, resumió el Sacerdote informante.

Aniversario de la Beatificación de los Mártires Mexicanos
No se puede amar lo que no se conoce

A 11 años de la Beatificación de Anacleto González Flores y Compañeros Mártires, el Proceso para que puedan alcanzar la Canonización está detenido, además de que hace falta promover más su vida y obra.

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Dulce Natalia Romero Cruz

El Grupo de Fieles Laicos encabezado por Anacleto González Flores y Compañeros que fueron beatificados hace exactamente 11 años en el Estadio Jalisco por el Cardenal portugués José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, fue un regalo y un recordatorio para los católicos de la Arquidiócesis de Guadalajara. Un regalo, porque finalmente se dio la confirmación de la Iglesia a una gesta incómoda para la Historia, como fue la Persecución Religiosa en su fase de resistencia activa, que conocemos como Guerra Cristera.
A los ojos del mundo, de 1914 a 1940, fue una lucha que costó bastante y que no produjo nada, porque esas Leyes siguieron vigentes hasta 1992. A ello, el Pbro. Tomás de Híjar Ornelas, Historiador, explicó: “Al Gobierno, a la iglesia y a los observadores del mundo, nos dejó una lección que no debemos olvidar: un Estado totalitario está condenado al fracaso; un pueblo conculcado en sus intereses legítimos más íntimos termina por rebelarse en una forma insospechada, aunque carezca del apoyo material”.
La Guerra, aparentemente, terminó en junio de 1929, pero después los principales Jefes Cristeros fueron asesinados; otros lo perdieron todo y tuvieron que emigrar.

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LAICOS Y CONSAGRADOS
De modo que el reconocimiento de quienes participaron en esa resistencia activa con la palabra, con el ejemplo y con actividades muy puntuales, fueron Anacleto González Flores, Luis Padilla Gómez, Miguel Gómez Loza. “Pero también hubo muchos, la inmensa mayoría, católicos que sufrieron por serlo y aun a costa de su integridad física, de su salud, de su patrimonio y de su vida. Ellos están representados por los hermanos Jorge y Ramón Vargas González, Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez, y Luis Magaña Servín, fieles Laicos de la Arquidiócesis, que son ‘Embajadores’ de los miles de católicos, entre ellos también mujeres, niños, ancianos, enfermos, que por ser cristianos tuvieron que afrontar circunstancias muy crudas. Digamos que este número tan pequeño nos deja una sensación de ingratitud para los que se habían quedado en el tintero.
“Creo que la Beatificación de estos Mártires, Fieles Laicos, nos deja también el reto de llevar a feliz término estas Causas, que no han avanzado como sería deseable”. El Padre Tomás de Híjar, también Capellán del Templo de Santa Teresa y Cronista Arquidiocesano, comentó que falta difusión por parte de los responsables de los lugares donde se conservan sus reliquias; en segundo lugar, a los organizadores quienes integran la Comisión de Causas de Canonización, que después de la muerte de Monseñor Ramiro Valdés Sánchez, está paralizada. “Faltan acciones conjuntas entre las Diócesis de Guadalajara y de San Juan de los Lagos, de donde eran Luis Magaña Servín, Anacleto González y Miguel Gómez Loza. Creo que, a más de una década, podemos decir que los retos siguen siendo grandes para que pronto se lleve a cabo la Canonización de estos Beatos”.

FALTA CONOCER SU VIDA
El testimonio de la vida y la obra de nuestros Beatos Mártires Mexicanos sigue aún por esclarecerse; no se han hecho investigaciones profundas acerca de su vida y obra: “Lo que tenemos no es poco, pero no se ha actualizado ni se ha puesto de modo que sea operativo y práctico; la esencia es que defendieron su Fe, pero se necesita conocer más sobre actitudes y conductas para que puedan inspirar las de nosotros, para recordarlos y ser ejemplo… No se ama lo que no se conoce”
El entrevistado recomendó reactivar la Comisión de Causas de Canonización; que los responsables de la custodia de los restos de los Mártires, Párrocos de donde se veneran sus reliquias, formen parte de un Colegio donde estén intercambiando experiencias y puedan ofrecer cosas novedosas para que la gente se involucre en la vida y obra de los Mártires.

EL CONTEXTO

“La Persecución Religiosa tuvo varios capítulos, fue muy larga, de 1914 a 1940”, detalló el Padre Tomás de Híjar, Catedrático del Seminario Diocesano Mayor. “Durante este tiempo el Gobierno de Plutarco Elías Calles hizo cuanto pudo para descatolizar al pueblo y dirigir con toda la energía y recursos posibles a las instituciones públicas contra la Fe. En 1926, el Presidente produjo una legislación rabiosamente anticlerical, conocida como Ley Calles, adicionando un Capítulo al Código Penal Federal en materia de culto público y disciplina externa, en el que se imponían penas corporales y pecuniarias de hasta 10 años de cárcel y mil pesos (oro) en multas. El resultado fue que los católicos decidieron organizar ya no sólo la resistencia pasiva o boicot, sino la activa, lo que produjo una guerra civil.
“Ese capítulo de la Guerra Cristera, que nunca ha sido incorporado al proceso de Movimientos Sociales de México en el Siglo XX, en términos de pérdidas humanas ha sido el más sangriento en todos los tiempos de la Historia Patria. Un país con 15 millones de habitantes, en donde perdieron la vida directa o indirectamente 250 mil personas, nos habla de una gran masacre”.

Mensaje de los Obispos de México
En la construcción de una Nación conciliadora

Durante la CII Asamblea Ordinaria de la CEM, los Obispos, con la intención de responder al llamado del Papa Francisco que en su reciente visita dejó, de comprometerse a trabajar honestamente en su misión episcopal, hicieron un Proyecto Pastoral para fortalecer el caminar de los Laicos, iluminado por ellos.

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Dulce Natalia Romero Cruz

Con el Título “Planificar la siembra en la esperanza de una buena cosecha”, los Prelados integrantes de la Conferencia del Episcopado Mexicano, CEM, dirigieron un Mensaje como resultado de su Centésimosegunda Asamblea Ordinaria, en el que presentan un Proyecto que inicia ya, pero que pretende dar resultados a largo plazo, y que tendrá su culmen en la celebración del Quinto Centenario, en 2031, de las Apariciones de la Santísima Virgen de Guadalupe, con la pretensión de llegar con las manos llenas de frutos.

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MENSAJE
“Saludamos a todas las personas de buena voluntad que están abiertas a la esperanza de que, juntos, podemos construir una Patria más justa, reconciliada y en paz.
Somos conscientes de los amplios cambios culturales de nuestra época y deseamos asumirlos desde una comprometida y conjunta acción pastoral, enfrentando con responsabilidad sus posibilidades, peligros, retos y desafíos presentes y futuros.
“Nos hemos reunido para orar, reflexionar y redefinir nuestro caminar, a través de la elaboración y puesta en marcha de un ‘serio y cualificado Proyecto Pastoral’, como nos lo ha urgido el Papa Francisco en su reciente visita, expresado con un lenguaje claro y honesto que comprometa cada día más nuestra vida y misión episcopal, ante la grave situación que enfrenta nuestro país.

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CONSISTE EN…
“Con este ‘Proyecto Global de Pastoral’ queremos, en el contexto de la conmemoración del V Centenario de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe en el año 2031, y en el contexto del Segundo Milenio del Misterio de la Redención, en 2033, profundizar y responder, desde la Fe, a la realidad que desafía a nuestra Sociedad y a la Iglesia en México, impulsando nuevos procesos evangelizadores.
“Asimismo, con motivo del Primer Centenario de la Constitución Mexicana, que pronto celebraremos, estamos convencidos de que tanto el Gobierno como la ciudadanía hemos de superar con el diálogo las diferencias que han marcado nuestra Historia y los conflictos actuales. No se puede gobernar sin escuchar a los ciudadanos. Junto con la Sociedad, queremos repensar y construir una historia más reconciliada y reconciliadora.
“Nuestra vocación exige anunciar la Verdad en Cristo sobre la persona y el mundo, sin pretender imponerla, sino ofreciéndola como un servicio a nuestro pueblo. Estamos dispuestos a escuchar las distintas voces de la Sociedad mexicana, con humildad y apertura, y deseamos que este diálogo sea permanente, propositivo y respetuoso.

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LA ESENCIA DE TODOS: LAICOS Y CONSAGRADOS
“De esta manera, buscamos ser una Iglesia en salida, de puertas abiertas, dialogante, misericordiosa; que acoja, atienda y acompañe a la persona, y que sea pobre con y para los más pobres.
“Este Proyecto Global de Pastoral, a realizarse en los próximos años, lo viviremos inspirados en la Misericordia del Padre, que se nos manifiesta en Jesús, y bajo la mirada tierna de Santa María de Guadalupe, ‘que custodia los más altos deseos de nuestro pueblo, sus más recónditas esperanzas, sus alegrías y sus lágrimas’, y con el compromiso de todos los Pastores y Laicos de proyectar nuestra Fe, acompañando especialmente a las familias y a los jóvenes y colaborando en la construcción de una nueva y mejor Sociedad”.

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