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Archive for 23 junio 2016

El “vicio del clericalismo” es alimentado por los laicos

El “vicio del clericalismo” es alimentado por los laicos

Entrevista con el analista e historiador mexicano Jorge Traslosheros

Mass with a Lady who is not looking at the priest - es

Solange PARADIS/CIRIC

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“Al interior de la Iglesia existe un horroroso vicio llamado clericalismo, el cual entorpece la participación de los laicos de manera creativa y constructiva. Tiene distintas manifestaciones, pero comparten el hecho de pretender reducir la vida de la Iglesia a la acción del clero”, ha escrito el analista e historiador mexicano Jorge Traslosheros en un reciente artículo publicado en varios periódicos del país.

Sobre este particular y sobre algunos temas decisivos para la Iglesia en América Latina, Aleteia presenta la siguiente entrevista.

En días pasados se dio a conocer una carta del Papa Francisco, dirigida al Cardenal Marc Ouellet en su calidad de Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, como motivo de una reunión en la que trataron sobre la participación de los laicos. En su misiva, identifica el clericalismo como la principal amenaza para la evangelización en América Latina.  ¿Qué opinión le merece a usted esta misiva?

Con gran caridad dirige la carta a sus hermanos obispos, para reflexionar sobre las distintas actitudes que fomentan la clericalización de los laicos. Para evitar este vicio, apunta, es necesario entender la Iglesia desde una perspectiva más profunda, vivencial y bíblica, esto es, como el Pueblo fiel de Dios. En esta lógica, afirma, se dan pasos decisivos contra el clericalismo cuando el obispo se ubica, no como el mandón del pueblo, sino como pastor capaz de seguir, orientar y confiar en la feligresía.

¿Qué ejemplos de este nuevo caminar propone el Papa en su carta al cardenal Oullet?

Francisco pone como ejemplo de un laicado maduro que sabe caminar en comunión con sus pastores, las muy diversas manifestaciones de la religiosidad popular, por ser un espacio de inculturación del Evangelio. Ahí, a través de una permanente purificación profética, se hace realidad la vida del laico como actor de la Iglesia en su vida espiritual, sacramental y litúrgica, en el testimonio de la fe y la esperanza vivida en la caridad.

Es algo históricamente equivocado lo que ha derivado en eso que usted llamaba en su artículo “el horroroso vicio del clericalismo”, ¿no le parece?*

El Papa sostiene que el clericalismo se origina en una relación equivocada del obispo con la feligresía, y tiene razón. Sin embargo, como laico del común también entiendo que, las peores actitudes clericalistas no provienen de sacerdotes, obispos o religiosos. El vicio es alimentado principalmente por nosotros, los laicos.

¿Cómo es eso?

Invito a los lectores a reflexionar sobre tres actitudes muy comunes entre nosotros, dos de las cuales son leña seca en las llamas del clericalismo: el infantilismo, el adolescente contestatario y el laico maduro. Estas formas de pararse en la Iglesia no tienen nada que ver con la edad de las personas, mucho menos con el nivel de escolaridad. He visto niños con una fe verdaderamente madura y adultos cuya berrinchuda actitud haría palidecer al más huraño de los adolescentes.

 ¿Podría ser más explícito?

El infantilismo es lo que normalmente entenderíamos por una actitud clericalista. El laico exige al clero resolverlo todo, para seguir sus instrucciones, evadiendo la toma de decisiones y responsabilidades. Observa una tramposa docilidad pues, cuando el “padrecito” no hace lo que el laico quiere, se desatan los berrinches y las patadas hasta que al pobre hombre no le queda más remedio que dar las órdenes apropiadas.

El laico adolescente contestatario presume de ser independiente; pero entiende por ello una corrosiva actitud criticona contra el clero, especialmente contra los obispos. Los “padrecitos” deben ser y hacer como ellos digan, so pena de sufrir el juicio lapidario. La caridad, obvio, no es su fuerte. Abundan en medios académicos, intelectuales y opinocráticos. Suelen identificarse a sí mismos como los auténticos católicos. Unos se ubican en los márgenes de la vida eclesial bajo el chantaje de haber sido exiliados, cuando deberían hablar de autoexilio; mientras otros se trepan a los escritorios de los obispos.

¿Los “maduros” son una especie en peligro de extinción?

Entienden la fragilidad de la condición humana al interior de la Iglesia, pero también el llamado de la gracia que se realiza en la acción, en la oración, en la liturgia y en la comunión de bautizados. Porque asumen su responsabilidad cotidiana, son capaces de convertirse en misioneros y discípulos de Jesús, según dones y carismas propios, ahí donde Dios les ponga, siembre o mande.

¿Existen en su país?

En México, estoy seguro, son la mayoría silenciosa de la Iglesia. Sin embargo, atentos al llamado del Papa, ha llegado el momento de juntar al testimonio honrado, la palabra franca.

Categorías:General, Laicos

Dominicos OP-tantes optan por misión laical en un mundo posmoderno

Dominicos OP-tantes optan por misión laical en un mundo posmoderno

19.06.16 | 23:25.

La revista OPtantes (http://www.revistaoptantes.org.co/ ), de los OP optan por un nuevo compromiso cristiano, propio de los Hermanos Predicadores (Frailes Dominicos) de Colombia, en un número dedicado a la misión de los laicos en la iglesia.

El número trata del Laicado, en sus diversas formas, e incluye 13 contribuciones de gran valor, escritas en su mayoría por la nueva generación de los Frailes Dominicos, llamados a realizar un intensa misión en la nueva Iglesia. He tenido el honor de escribir el primer trabajo del número, como encuadre temático del conjunto:

— Laicos (del laos o pueblo de Dios) son todos los cristianos, antes de toda división entre ministros ordenados y “simples” fieles (palabra que en sí misma resulta inexacta).

— Laicos son de un modo especial los hermanos predicadores…, tal como empezaron siéndolos los OP (Ordo Fratrum Predicatorum: Orden de los hermanos predicadores).

— Por eso el envío a predicar el evangelio es un envío laical. En esa línea, mi trabajo trata de las voces laicales en un mundo posmoderno.

Resumen

Frente al surgir de un nuevo ídolo (el Poder y Capital), la Iglesia debe mantenerse vigilante al seguimiento de Jesús. La tesis de este artículo gira entorno al AMOR de los creyentes laicos como CAPITAL de la Iglesia. Es el amor que se hace en sí mismo misionero, palabra de predicación y testimonio, a favor de la verdad y de la dignidad humana. Es el amor que proviene de Jesús, por encima de las leyes del mercado, un amor que transfigura y recrea la existencia humana.

La nueva misión de la Iglesia en el siglo XXI, será una misión laical, de hermanos que anunciar el evangelio con la palabra de su vida.

ÍNDICE

Enviados a predicar el Evangelio. Xabier PIKAZA
Ser laico comprometido es tener vocación de servicio. Filiberto PATIÑO GARCÍA
Contracorriente en la posmodernidad Fr. Diego Armando GALÍNDEZ DÍAZ, O.P.
Formación integral. El quehacer docente del laico tomista. Nohora Lucía REYES
Aportes desde la pedagogía de la respuesta. Fr. Hernán ARCINIEGAS VEGA, O.P.
El laicado: una presencia de conversión Fr. Carlos CÁCERES PEREIRA, O.P.
El laico y su espiritualidad. Fr. Walter Oswaldo RUEDA BRIEVA, O.P.
El laicado en el carisma dominicano. Fr. Yamil SAMALOT-RIVERA, O.P.
Cebs, una Iglesia viva. fr. Diego SÁNCHEZ BARRETO, O.P.
Hacia una luz como evangelizador: el laico. Fr. Andrés VIAÑA FERNÁNDEZ, O.P.
Laico en la Iglesia universal, perspectiva histórica. Fr. E. Y. ORDUÑA O.P.
El ser histórico del laico. Fr. Juan David MONTES FLÓREZ, O.P.
Ver más lejosUna crítica a la globalización. Fr. Pedro ÁLVAREZ , O.P.

“ENVIADOS A PREDICAR EL EVANGELIO…VOCES LAICALES EN UN MUNDO POSMODERNO
Xabier Pikaza

1. Principio de amor, el “capital” de la Iglesia

Predicar es dar testimonio del evangelio de Jesús, con la propia vida, para que hombres y mujeres, de unos pueblos y otros, puedan vivir en libertad como hermanos, discípulos de Cristo, conforme a la palabra final del evangelio (Mt 28, 16-20). Se han ensayado otros medios, de lucha o adoctrinamiento, persecución o disputa racional, pero no son evangélicos y acaban siendo inútiles. La única respuesta cristiana es la palabra y testimonio del amor que se expresa en el encuentro personal y el pan compartido, desde la pobreza.

Un sistema político-social, que se dice demócrata pero es impositivo, quiere globalizar el mundo desde el Dios-Capital, considerado como fundamento o sustancia (cf. Lc 15, 13) de todo lo que existe, ‘mamona’ antigua (Mt 6, 24; Lc 16, 13), ídolo supremo de la modernidad. Ése es el gran adversario, un ídolo o “demonio” perverso y fuerte, que engaña o enmascara todas las relaciones humanas, en clave de producción, al servicio del mercado donde el capital culmina su despliegue, y quiere hacerse dueño de cuerpos y almas.

Éste es el riesgo, la gran herejía moderna, mucho más peligrosa que a lucha de loa albigenses en tiempos de Santo Domingo de Guzmán. En contra de ella, la tradición cristiana sabe que el único Dios real es el Amor, revelado donación y regalo de sí mismo, sin acudir al poder ni a la guerra, desde la fraternidad concreta, a ras de tierra, como los primeros compañeros de Domingo y de Francisco de Asís, que se llamaron hermanos predicadores y que eran laicos más que grandes obispos o presbíteros.

Esto lo más importante: la realidad no es capital para tener, producir y vender, sino don para dar y compartir, descubriendo de esa forma el misterio del Dios de la Vida, que es el Dios de Jesús. Un tipo de hombre moderno siente vacío, no conoce su valor como persona, y por eso quiere asegurar la vida en lo que tiene, es decir, en el capital y así se per-vierte (vierte su riqueza) y construye formas de vinculación humano o globalización que destruyen a los pobres. Pues bien, en contra de eso, la Iglesia no tiene otra respuesta que el amor personal y social, desde su propia pobreza, entendida en forma de comunión gratuita de la vida. Ésta es la tarea primera, una tarea laical, de pueblo de Dios antes que de jerarquía.

La riqueza asegura a cada uno en lo que tiene, afirmando en su poder a los que tienen, para imponerse así sobre los otros, pues ella crea siempre jerarquías impositivas. Pues bien, por encima de ella, está el Amor generoso, que supera toda imposición, pues da gratuitamente lo que tiene, no sólo dinero, sino (sobre todo) solidaridad personal y palabra.

El que interpreta la vida como riqueza material (Capital) debe defenderla y defenderse, para así asegurar lo que tiene, producir más y venderlo, para afirmar la propia vida en lo tenido, es decir, en algo externo. Esta idolatría del Capital (no del dinero entendido como medio de relación e intercambio de bienes) nace de la envidia y del miedo de unos otros. Para mantener lo que quiero, y sentirme seguro, en ese plano, debo dominar a los demás, y competir con ellos, pues de lo contrario me dominarían.

Así nace la idolatría del Capital, que es la máxima mentira, pues me impide conocerme de verdad y ser yo mismo, dando lo que soy y recibiendo de un modo gratuito el don de los demás, sin miedo ni afán de supremacía. Frente a ella se eleva la “misión” cristiana del amor, propio de aquellos que predican con la vida, dándose a sí mismos, como “laicos” (miembros del laos o pueblo cristiano), sin más títulos que el de ser hermanos, como pone de relieve Mt 23, 8-12: “No llaméis a nadie Padre, ni Maestro, pues tenéis todos un Padre que es Dios y vosotros sois todos hermanos”.

− La verdadera riqueza es dar. Quien ama es rico dando, dándose a sí mismo, regalando su vida y su tiempo, de un modo gratuito, sin cálculos de rentabilidad. Así decimos que Dios ha creado por amor todas las cosas, por generosidad, sin pedir nada a cambio. Sólo se tiene de verdad (riqueza) lo que se da.

− La vida es regalo. El Capital busca seguridades, imponiendo su ley. El que ama, en cambio, se regala y se da a sí mismo, de tal manera que renuncia a su seguridad, poniéndose a merced de sus amados. Así hace Dios al encarnarse en Cristo (y en cada uno de los hombres), como sabe San Pablo, que ve el amor (1 Cor 13) como centro y sentido de todos los servicios cristianos (1 Co 12-14). Esta es la vida, el “capital” de la Iglesia.

2. Una iglesia “regalada”, todos hermanos

En lo anterior se funda el ministerio de pan compartido, que es signo de amor concreto, por el que cada uno regala a los demás lo que tiene, superando el nivel de un capital que se busca a sí mismo, utilizando (y matando) a las personas. El capital no ama, ni valora a los hombres y mujeres, sino que se consigue con esfuerzo y se conserva con violencia, de manera que unos deben enfrentarse con otros para mantenerlo y todos corren el riesgo de quedar sometidos bajo su poderío, como instrumentos bajo su servicio. Por el contrario, el Amor-Vida que es Dios actúa sólo para las personas, esto es, para que los hombres y mujeres vivan, como expresa el signo de la eucaristía.

La iglesia es la comunión de aquellos que creen en el Dios de la vida y la fraternidad, revelado por Jesús como principio de comunidad universal. A veces ella parece que se ha olvidado de esto, como si la jerarquía no tuviera obligación de cumplir el evangelio. De esa forma ha surgido a veces una especie de disociación. Como individuos y pequeños grupos los cristianos se sienten llamados a vivir el Amor-Pobreza de Dios, sabiendo que su verdadero “capital” consiste en darlo todo, en darse. Pero, como institución, la Iglesia ha buscado a veces su propia seguridad, con leyes y privilegios que puedan convertirla en un tipo de ‘capitalismo espiritual’. Este es quizá su mayor riesgo: querer asegurarse en su riqueza. Pues bien, ella tiene que desandar ese camino, para situarse de nuevo ante el Dios de Jesús, en gesto de pobreza radical.

La Iglesia no es una institución o sociedad como las otras, que depende de su “capital” monetario o social, político o jurídico, para realizar sus fines, sino una comunión que brota del Amor de Dios, pues su única finalidad es ofrecer el testimonio de su pobreza y comunión abierta a todos los hombres. Sólo volviendo a ese principio, en fe radical, ella puede llamarse cristiana, esto es, misionera, Lógicamente, su primer ministerio es un ministerio laical, propio de todos los cristianos.

Por eso, la Iglesia debe renunciar a otros poderes, abandonando la riqueza-honorable de sus instituciones, para ponerse sobre el suelo firme de la vida, que es el amor de Dios (amor humano y solidario) que se expresa y triunfa de un modo gratuito, en esta misma tierra. Otras instituciones no pueden renunciar a sus poderes, pues si lo hiciera quedarían sin nada, desnudas, perdidas. La Iglesia, en cambio, sólo es verdadera y rica en la medida en que renuncia a otros poderes, para así presentarse como un “orden” o comunión de hermanos pobres, que predican con su propia vida, enuncia a la violencia, dándose a sí mismos, en favor de todos (cf. Mt 6, 19-21 par).

Solamente así, haciéndose pobre por decisión (y para compartir la vida con los pobres del), ella mostrará que es rica y creyente, en manos del Dios-Amor. Por eso, en cuanto Iglesia, ella no debe buscar nada propio, de manera que los posibles bienes de sus miembros no han de ser para ella, sino para los pobres (cf. Mc 10, 21). Sólo a partir de ese principio podrá hablarse de “vocaciones” cristianas para el evangelio, que empiezan siendo vocaciones laicales:

− La iglesia no es una institución entre (como las) otras, sino comunión de personas que creen en el Amor creador. Por eso, en contra de la visión del capitalismo donde importa ante todo el dinero, en la Iglesia importan ante todo (y solamente) las personas, cada uno de los hombres y mujeres, hijos de Dios, hermanos de Jesús “predicadores” del evangelio con su vida. Como testigo del Dios-Amor, sin Capital alguno, inició Jesús su travesía mesiánica, aunque sus discípulos, en cuanto ciudadanos de este mundo tenían ciertos bienes, que podían poner al servicio de la comunión (multiplicaciones: cf. Mc 6, 36-38; 8, 4 par) o de la destrucción humana (en la línea de Judas, cf. Mc 14, 10-11 par). Sin Capital comenzaron los primeros ministros cristianos, anunciando el evangelio y creando comunidades de creyentes hermanos, volviéndose signo comunitario de la riqueza de Dios y protesta frente a los riesgos del Capital.

− Dentro de esa Iglesia surgirán vocaciones para los “nuevos ministerios” no clericales, como los de los primeros hermanos de Domingo de Guzmán, a partir de la misma dinámica eclesial, no desde el poder o dinero, sino desde el impulso del Espíritu de Dios, que se expresa en la vida de los creyentes, como decía San Pablo (cf. 1 Cor 12-14). En principio, esos ministerios no son “clericales”, no empiezan por los obispos y presbíteros, sino por creyentes impulsados por la voz del evangelio, en medio de un mundo que pierde su rumbo y que corre el riesgo de perderse, destruyéndose a sí mismo.

− La empresa capitalista organiza a sus “ministros” al servicio de la producción y consumo; no le interesan las personas como tales, sino su propio engranaje, el crecimiento sin fin del mismo sistema, hasta “explotar” un día por falta de base humana. En esa línea, el capitalismo ha venido a convertirse en la única empresa real de este mundo, poniendo a su servicio tierras y culturas, pueblos y estados, universidades e incluso religiones. Todo parece hallarse bajo el mando de esta institución suprema, donde el Capital es Dios y el Mercado la única Iglesia, sin más fin que la enriquecerse a sí misma, produciendo y gestionando de bienes de consumo.

− La misión eclesial proviene, en cambio, del Dios de Jesús y está al servicio de la comunión personal entre los hombres, es decir la fraternidad abierta hacia la Vida del mismo Dios, que es Resurrección (que es el .triunfo y plenitud de los expulsados, asesinados, marginados de la historia). Su nota básica es la gratuidad. Ella no quiere producir para vender, ni convertirse en simple oficina de servicios sociales, con unos costes y tareas, unos rendimientos y evaluaciones que pueden programarse y planearse de un modo mundial. Ciertamente, ella realiza múltiples servicios sociales (acoge a los niños sin familia, asiste a los enfermos, defiende a los oprimidos, acompaña a los pobres…). Pero quiere ni puede ser rentable en línea de producción para el mercado, sino en clave de gratuidad, para bien de los hombres, pues su tesoro está en el cielo (cf. Mt 6, 19-21), es decir, no se contabiliza en PIB, ni en fondos del FMI, sino en humanidad, en crecimiento gratuito de la vida.

3. Una misión de hermandad

Hay actualmente una “crisis de vocaciones clericales”, al menos en las iglesias de las naciones más “desarrolladas” (¡perdónese esta palabra, que es no sólo injusta sino mentirosa!). Da la impresión de que un tipo de “empresa clerical’ está en crisis (como estaba en crisis un tipo de monacato, en tiempo de Domingo de Guzmán). Pues bien, mirada en profundidad, esa “crisis” de seminarios (de vocaciones para los ministerios jerárquicos actuales) puede ser un reto positivo, una bendición, pues nos obliga a plantear mejor el tema de las vocaciones laicales.

− La gran Empresa Capitalista quiere hacernos funcionarios al servicio de sus “bienes”, según las necesidades de un mercado (regulado por el Capital). Ella “forma” (y deforma) para eso, de manera que el mundo entero se ha vuelto una gran ‘fábrica’, una empresa productora ramificada en mil empresas menores, pero gobernadas por el mismo capital-mercado.

− La Iglesia, en cambio, no es una empresa productora al servicio de algún tipo de “poder” espiritual, sino una comunidad de comunidades. Por eso, sus ministros no han de distinguirse por su eficacia externa (productora), sino por su capacidad de ponerse al servicio de la comunión de todos, empezando por los pobres, ofreciendo experiencia de gratuidad personal por encima de cualquier sistema.

Ciertamente, la empresa productora es necesaria en un nivel de mundo pues el hombre debe ‘dominar y organizar la tierra’, comiendo con el “sudor” de sus manos y su mente (cf. Gen 1, 26-27; 2, 15-17). Más aún, hay modelos de producción que pueden resultar mejores que otros, desde el pastoreo y labranza directa de la tierra hasta las redes más complejas de electrónica. Pero allí donde la producción/empresa se deja en manos de sí misma, en un camino que lleva del Capital al Mercado, el hombre corre el riesgo de perder su identidad. Lo que de verdad importa en el nivel humano no es la producción, en términos de eficacia, sino la vida de los pobres, la defensa de los oprimidos: que los hombres y mujeres “sean”, que reciban, compartan y entreguen la vida, en libertad, como personas. Desde aquí deben entenderse las tareas y los ministerios laicales:

− Tarea primera: amor que suscita gratuitamente vida personal.
No hay ninguna empresa o producción más alta que ésta de ofrecer la vida, en gratuidad personal, para bien de otros seres humanos. No hay capital ni empresa que pueda dar así vida y compartirla, no hay máquina que pueda sustituir al amor humano.

− Segunda: amor que vincula. Los ministros cristianos han de ser hombres-mujeres que aman, al servicio de la comunión del evangelio, en comunidades concretas. A diferencia de la empresa del capital produce objetos exteriores de consumo, redes de información impersonal, ellos quieren extender fraternidad.

− Tercera: una misión gratuita, es decir, sin posesiones, volviendo al ideal de Domingo de Guzmán y de sus hermanos “mendicantes”, que eran signo de gratuidad, de una iglesia que no tiene bienes propios, sino que vive compartiendo todo, al servicio de los cojos-mancos-ciegos, los pobres y expulsados del sistema, los “amigos” de Jesús.

Para realizar su tarea de gratuidad, este Jesús “dominicano” (ministro laico del evangelio) no necesita una empresa fundada en medios económicos, sino que la empresa es él, somos nosotros, ofreciendo y compartiendo la vida, desde la palabra, cuerpo a cuerpo, en fraternidad concreta.

4. Una misión concreta, un ideal de iglesia

La misión de la Iglesia no está al servicio de cosas o redes de administración que pueden separarse de la vida de los hombres y mujeres, y que necesitan gran capital para producirse y mantenerse. La misión es la misma vida de la Iglesia, al servicio del amor y de la libertad de los demás. Por eso le importan las personas, los hermanos misioneros, los hermanos misionados, al final todos hermanos:

− La iglesia es siembra de humanidad, no empresa en competencia con otras empresas (cf. Mc 4, 1-11 par). No busca el rendimiento exterior, no toma para sí misma los frutos de su posible ‘viña’ (cf. Mc 12), sino que se limita a sembrar Palabra, como hacía Jesús (Mc 4). Ciertamente, quiere ‘buenos operarios’, pues la mies es mucha y los obreros pocos (Mt 9, 37), pero no como funcionarios de empresa, que producen y calculan, en competencia con otros, sino como voluntarios agradecidos de la vida.

− La iglesia no contabiliza ganancias al modo de la empresa. No quiere aumentar la producción en beneficio propio, pues ella no es fin, sino medio, al servicio del Reino; ni lleva cuenta de sus inversiones, porque invierte todo, dándose a sí misma; no factura las posibles ganancias, porque todo lo regala; no necesita asegurarse, pues no quiere la seguridad de una “inversión de fondos buitre”, sino que sus creyentes comulguen entre sí, compartiendo en gratuidad la vida. No tiene libros de registro, pues sus bienes o ganancias se registran en otro nivel de gratuidad, por encima de la competencia y de los ladrones del mundo, sobre la polilla y el paso del tiempo que todo lo corrompe (cf. Mt 6, 19-21).

− La iglesia es comunión que permanece, pues ‘las puertas del infierno no podrán vencerla’ (cf. Mt 16, 18-19). Por eso, los cristianos dicen que ella es infalible, indefectible, de manera que se mantendrá en la verdad de su entrega por siempre, pero sólo en la medida en que se entrega por los otros. El día en que ella pretenda mantenerse por sí misma morirá, como las demás instituciones del mundo.

De esa forma tenemos que superar la globalización del Mercado, donde no importa la humanidad, donde todo lo que existe es mercancía que se compra-vende, desde el oro hasta los cuerpos y almas de hombres, como afirma de un modo inquietante Juan profeta (mercado de Roma, en Ap 18, 13), a la Comunión de los santos, donde nada se compra ni se vende, sino que se ofrece como Amor gratuito, de manera que todos pueden beber gratis el agua de la vida, bebiendo en amor los unos de los otros (cf. Ap 22, 17). Especialista en gratuidad fue Jesús, suscitando con la entrega de su vida la comunión de los ‘salvados’, que viven desde ahora en esperanza de resurrección. Especialistas en gratuidad, hermanos abiertos a la vida, desde los más pobres, fueron en el siglo XIII Francisco y Domingo. Su inspiración y ejemplo sigue siendo fuente de Iglesia en el siglo XXI.

Así culmina la “inversión” del evangelio (invertir vida humana, subvertir las relaciones de poder que existen en el mundo), y a su servicio quieren ponerse los ministros del evangelio, como ratifica Pedro, cuando rechaza a Simón Mago, que quería comprar por dinero los dones de la iglesia, enriqueciéndose por ellos (cf. Hech 8, 14-24). El sistema neo-liberal tiende a convertir este mundo en mercado, sin amor ni misterio, sin gratuidad ni esperanza, y así nos sacrifica en aras de su gran empresa, queriendo o sin quererlo, pues no pide permiso para ello. La iglesia, en cambio, sabe que la Vida es un regalo de Amor, puro don, que se funda en la Gracia de Cristo y se despliega en forma de Comunión de creyentes, abierta a todos los humanos.

Eso significa que los creyentes, mensajeros de Jesús, sólo reciben de verdad y sólo tienen como propio, aquello que regalan, dándose a sí mismos. Esta es la experiencia de fondo de la resurrección, que los creyentes vinculan al mensaje y entrega de Jesús, de manera que, al decir los ciegos ven, los cojos andas, los pobres son evangelizados, ellos pueden añadir que los muertos resucitan, es decir, que la vida triunfa de la muerte (cf. Mt 10, 8; 11, 2-4).

Portadores de esa tarea de evangelio, que es una ósmosis de amor, son los ministros de la iglesia, no como sabios capaces de anunciar o proponer nuevas teorías, sino como creyentes que dicen el mensaje de Jesús diciéndose a sí mismos y mostrando aquello que Dios ha realizado en sus vidas por Cristo, haciéndoles capaces de amar por encima de las leyes del mercado.

Categorías:General, Laicos

La Acción Católica en México

La Acción Católica en México

Durante los siglos XIX y XX los grupos que se debatían por el poder de la todavía incipiente nación mexicana, convirtieron a la Iglesia en el centro de sus ataques por considerar que representaba un obstáculo a las ideas de progreso de una nación moderna. A través de los postulados liberales de igualdad y libertad de pensamiento se ejerció coerción en contra de ella para despojarla de tres de los sectores en los que tenía ingerencia: el educativo, el económico y el ideológico…

La Acción Católica en México

Por Martha Patricia Acosta Gallardo

Considerar que la interferencia que tuvo el Estado liberal en los sectores mencionados,fue tan sólo una lucha de poder, significaría el presentar una visión restringida de los hechos; puesto que para la Iglesia fue más que eso. Representó más que un simple movimiento evidente de secularización, que atentó no sólo contra su propia ideología doctrinal, sino que le obstaculizó la posibilidad con el modo seguir siendo un poder ideológico y hegemónico en estos ambientes. En éste contexto la Iglesia se ve limitada en sus acciones, por lo cual requería de ganar espacios con la finalidad de retomar el control de su hegemonía social ya decadente para 1927 y a más de 1929. El nuevo gobierno mexicano que se estaba gestando después de la Revolución Mexicana, aplicó severamente las leyes emanadas de la Constitución Mexicana a la Iglesia, con la intención de limitar su autoridad y de forjar en la sociedadunanuevatendencia, esto es, quela población concibiera a la religión como parte de lo privado de las personas y de introducir a otras religiones, con la finalidad de restarle al catolicismo la influencia que tenía desde la conquista en casi todos los aspectos de la vida cotidiana.

A mediados del siglo XX, los problemas de la Iglesia católica con el Estado, sumaban a los anteriores conflictos de Guerra de Reforma, la promulgación de la Constitución de 1917 con sus artículos anticlericales y los sucesos ocurridos durante el mandato del presidente Plutarco Elías Calles, en los que se hicieron cumplir lo estipulado en los artículos 3º, 124º y 130, acciones que constriñeron la tarea de la Iglesia, pues evitaron que ésta interviniera en los asuntos considerados exclusivos del Estado mexicano y que sirvieron de preámbulo para que se gestara la Guerra Cristera. El movimiento cristero fue una guerra ubicada en el centro occidente de nuestro país. Fueron campesinos católicos principalmente los que se levantaron en armas, con la finalidad de defender tanto a la jerarquía eclesiástica, como sus costumbres ya asimiladas que determinaban desde muchos años atrás su estilo de vida y que se encontraba permeado fuertemente por el catolicismo.

La revuelta la motivó la clausura de iglesias y escuelas, así como la expulsión de clérigos extranjeros en 1927.Para 1929 poco a poco va decreciendo, porque ya no era tolerado tanta muerte, por ello se aceleró la institucionalización de la Acción Católica Mexicana, (ACM). Así durante el papado de Pío XI (1922-1939), se da a conocer que es insostenible el permitir que por medios violentos se quisiese detener las acciones del gobierno mexicano. Se hizo un exhorto a los fieles para que fuese por medios teológicos el que se contribuyera al crecimiento y fortalecimiento de la iglesia. La Iglesia prefiere iniciar una batalla contra las presiones ejercidas por el Estadoa través de la creación de la Acción Católica en 1929, se integró a laicos en apostolados con el propósito de catequizar a obreros, campesinos, trabajadores, niños, mujeres, hombres, jóvenes en el campo de lo social, pero bajo la sujeción de la jerarquía. La Acción Católica fue presentada formalmente a los seglares bajo el amparo de la doctrina social de la Iglesia, siempre subordinada a la jerarquía eclesiástica. Su tarea más importante fue la de cristianizar a la sociedad en los hogares, el trabajo, las escuelas, los medios de comunicación; Trabajos que se plantearon como un apostolado y como parte de un ejercicio de caridad humana y despolitización en el ambiente católico después de los “arreglos”.

Antes de 1929 fecha en que oficialmente se fundó la Acción Católica en México,ya se encontraban trabajando algunas asociaciones, que se sumaron a la A.C.M. con el nombre de “sociedades confederadas”; que estaban autorizadas a realizar labores pastorales en el plano nacional, diocesano o parroquial. El trabajo femenino dentro de las agrupaciones fue el más evidente; en ellos se estableció la moral como un compromiso o un deber que les permitía la interiorización de virtudes que se contraponían a lo descrito como frivolidades, ligerezas y egoísmos, y que no era más que la cosmovisión deldeber ser del modernismo que se suponía secularizaba a la sociedad. La Iglesia involucró organizadamente a las mujeres desde 1912, fecha en que fue fundada la Asociación de Damas Católicas Mexicanas quienes se encargaban de difundir las acciones de caridad y de recaudarlos fondos económicos para llevarlas a cabo. Las responsabilidades de estas mujeres se transfirieron posteriormente a las ramas femeninas de la Acción Católica que eran la Unión Femenina Católica Mexicana y de la Juventud de Católicas Femeninas Mexicanas.

Dentro del proyecto de la A.C .M. se estimó que era factor primordial la preparación, por ello se creó un instituto de cultura femenina, cuya finalidad fue la de capacitación en la doctrina, el espíritu, métodos y técnicas pedagógicas y demás conocimientos propios para llevar a cabo su labor, que era la de propagar los preceptos de la Iglesiacatólica en todos los ámbitos de la sociedad.

La Factoria Historica

https://factoriahistorica.wordpress.com/2011/03/22/la-accion-catolica-en-mexico/

Categorías:Accion Catolica, General

La Familia

Les compartimos un segundo tema de reflexión.

Recordamos que estos temas son de problemáticas actuales e iluminados con los mensajes del Papa Francisco en su visita a nuestro país.

El contenido es extenso, es para la lectura personal y tener mayor información.

Quienes deseen analizarlo en reunión del grupo pueden hacerlo en dos o tres sesiones, de acuerdo a sus realidades locales.

Les pedimos de favor difundir entre sus contactos y asegurarse de que llegue a todos los grupos parroquiales.

Favor de imprimir para que regalen una copia a quienes no usan este medio. Gracias.

Dios los diga bendiciendo.

Saludos
Omar Peña
Junta Nacional

Elaborado por la Junta Nacional de la Acción Católica Mexicana

TEMA LA FAMILIA

ANALIZAR

UNA MIRADA A NUESTRA REALIDAD

El Diccionario de la Lengua Española define a la familia, entre otras cosas, como un grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas, lo que lleva implícito los conceptos de parentesco y convivencia.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos es un documento declarativo adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en ésta se recogen en sus 30 artículos los derechos humanos considerados básicos.

Citemos el artículo 16 de dicha declaración:

  1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio.
  2. Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.
  3. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.

Si analizamos de una manera textual el artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, encontramos que se habla de hombres y mujeres en edad de casarse que tienen el derecho de fundar una familia, sin restricciones por su raza, nacionalidad o religión; en ningún momento se expresa la opción de preferencias sexuales, simplemente se habla de hombre y mujer.

Además vemos cómo se enaltece el concepto de familia como elemento natural y fundamental de la sociedad, por ello es muy común la expresión “la familia es el núcleo de la sociedad”, entendiéndose por núcleo la parte central, fundamental o más importante de algo, en este caso, eso es la familia para la sociedad.

Ahora analicemos nuestra ley, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el artículo 4° de nuestra Carta Magna, expresa lo siguiente:

“El Varón y la mujer son iguales ante la ley. Ésta protegerá la organización y el desarrollo de la familia”.

Como podemos ver, es una obligación del Estado proteger la organización y el desarrollo de la familia, entendiendo por organización tradicional de la familia aquella a la que tienen el derecho de fundar un hombre y una mujer según la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Desde hace varias décadas se ha expresado con más insistencia el concepto de “preferencia sexual”, la cual se entiende como los sentimientos de atracción sexual y emocional hacia personas del mismo o del otro sexo. Esto ha ido en crecimiento y ahora existen en nuestra sociedad múltiples opciones para que los seres humanos “elijan” la clasificación en la que se sientan aceptados y realizados: al hombre y la mujer se les llama heterosexuales, pero además existen palabras como: bisexual, homosexual (gay y lesbiana), y de ahí se desprenden otras preferencias como transexual o transgénero.

Los cristianos bien sabemos que las Sagradas Escrituras nos dicen que Dios creó al hombre (Gn 2, 7) y que posteriormente Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera sólo y creó a la mujer (Gn 2, 18 -22) y “Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y son los dos una sola carne” (Gn, 2, 24). La historia de la creación es tan bella porque en ella Dios nos resalta el amor y confianza que tiene en el hombre y la mujer, a pesar de nuestras debilidades y fallas.

Jesús viene a salvarnos y los Evangelios nos narran la importancia que Jesús le da al matrimonio, recordemos que nos dice: Al principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá con su esposa y serán dos en una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre (Mc 10, 6-9; Mt 19, 4-6).

Está bastante clara la voluntad de Dios: hombre y mujer. Pero no nos toca a nosotros juzgar a las personas que han decidido optar por orientaciones sexuales diferentes, pues detrás de cada ser humano hay una historia que va forjando la conducta, el carácter y las decisiones de las personas; no sabemos qué los llevó a tomar esas decisiones, pero sí sabemos que son seres humanos, hijos de Dios que debemos amar por igual. No somos jueces, somos pecadores que constantemente experimentamos la misericordia de Dios.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2358, nos dice:

“Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”.

Lo que si nos toca a nosotros es defender el Sacramento del Matrimonio, pues como sacramento es un signo sensible, instituido por Cristo, para darnos la gracia, al respecto el Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1625, nos dice:

“Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su consentimiento. Ser libre, quiere decir:

  • no obrar por coacción
  • no estar impedido por una ley natural o eclesiástica”

Por ley natural entendamos aquella que los seres humanos podemos conocer por medio de la razón; por lo tanto se requiere de un hombre y una mujer para participar de la naturaleza del matrimonio y del amor conyugal que están ordenados a la procreación y la educación de sus hijos que son el don más excelente del matrimonio (Cfr Catecismo de la Iglesia Católica n. 1652).

De nuevo dejemos que el Catecismo de la Iglesia Católica nos ilumine, en el número 1653 nos dice:

“Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos. En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida”.

Por todo lo anterior entendamos la familia como una comunidad, una unidad de convivencia en el amor, no una simple suma de individuos. Es el escenario donde la persona inicia su crecimiento y la superación de su soledad, gracias a la interacción de sus miembros. Es el medio donde la persona entra en contacto y practica los valores que orienta a la sociedad, como la solidaridad, el respeto, la honestidad y la responsabilidad. Adopta gradualmente las actitudes ante la vida y acepta o rechaza determinados comportamientos de los miembros de la familia y, en consecuencia, de la sociedad.

Los grandes problemas de la humanidad radican en la familia. Cuando una persona crece en medio de estructuras familiares complejas puede existir confusión, falta de valores o una percepción superficial y bastante relajada de la moral y las buenas costumbres. En ocasiones, algunas conductas de rechazo, intolerancia o indiferencia al bien común y a las cosas de Dios, vienen de situaciones adversas vividas en la familia.

 

Hoy en día cada vez son más los que desean fundar una familia haciendo a un lado al matrimonio, olvidando o no importando que esa sea la unión que Dios quiso bendecir. Estas personas argumentan que “no necesitan contratos para ser felices”.

En otros casos, cada vez hay más mujeres dispuestas a ver la maternidad como una superación personal y no como un acto de amor conyugal, y se conforman con decir “que pueden ser padre y madre”; en estos casos se piensa en la propia realización y en cierta seguridad de compañía a futuro, creyendo que un padre para sus hijos no hace falta ni en lo económico ni en lo emocional.

También existe la otra cara, las mujeres que son madres solteras, no por decisión, si no por otros factores como abandono de la pareja, embarazo no deseado o incluso violación. Algunas de ellas toman decisiones equivocadas y acaban con la vida practicando el aborto, en algunos casos de forma legal bajo el nombre de “interrupción del embarazo”. En otros casos, muchas mujeres valientes defienden la vida de sus hijos, los traen al mundo, los educan y salen adelante con ellos, pero muchas veces en un modelo de familia disfuncional en las que les corresponde intentar hacer el papel de padre y madre.

Los divorcios son otro grave problema para la desintegración de las familias, en ellos los más afectados suelen ser los hijos.

También existe la violencia en las familias, en donde alguno de los miembros se convierte en agresor de los demás, ya sea de manera física o emocional, o ambas.

Todo lo anterior pueden ser factores que propicien que las personas crezcan con una educación completamente lejana de los valores, y la falta de valores es lo que genera egoísmo, corrupción y maldad.

Pero ahora miremos a las familias que si están integradas por un matrimonio, en las que existe la figura paterna, materna y los hijos, muchas de estas familias sufren de crisis económica, desempleo, enfermedad, falta de oportunidades de educación y desarrollo y poco a poco pueden empezar a desesperarse hasta caer en prácticas indebidas. En todos estos casos hace mucha falta no alejarse de la presencia de Dios.

Y qué decir de las familias en donde la vida es económicamente más desahogada o incluso con bastante solvencia económica; ahí se puede correr el riesgo de la desintegración familiar por múltiples causas como la falta de interés de unos por otros, el uso inadecuado de la libertad y los recursos para conseguir lo que desee, las malas compañías y muchas cosas más. No siempre la abundancia material es la mejor forma de educar en los valores. Estas familias también necesitan a Dios para no equivocar el camino y no pensar sólo en generar riqueza privándose de gozar de su familia.

En todas las familias se puede hacer presente la tentación, en cualquiera de sus miembros, de amenazas como: infidelidad, drogadicción, alcoholismo, sexualidad mal orientada, prostitución, narcotráfico y muchas cosas más que atentan contra la persona.

Toda familia necesita revalorarse, interesarse unos por otros, conocer sus problemas e inquietudes, solo la comprensión, el diálogo y el perdón ayudarán a superar cualquier obstáculo. Es tiempo de hablar, de mirarnos con misericordia y de apoyarnos unos a otros para que todos los miembros de nuestras familias sean factores de cambio para la sociedad.

ESCUCHAR LA VOZ DEL PAPA

Tomado del mensaje de S.S. Francisco en el Encuentro con las Familias en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 15 de febrero de 2016.

“Creo que es lo que el Espíritu Santo siempre quiere hacer en medio nuestro: “echarnos ganas”, regalarnos motivos para seguir apostando a la familia, soñando y construyendo una vida que tenga sabor a hogar y a familia”.

“Y es lo que el Padre Dios siempre ha soñado y por lo que desde tiempos lejanos el Padre Dios ha peleado. Cuando parecía todo perdido esa tarde, en el jardín del Edén, el Padre Dios le echó ganas a esa joven pareja y le dijo que no todo estaba perdido. Y cuando el Pueblo de Israel sentía que no daba más en el camino por el desierto, el Padre Dios le “echó ganas” con el maná. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Padre Dios le “echó ganas” a la humanidad para siempre y nos mandó a su Hijo”.

“De la misma manera, todos los que estamos acá hemos hecho experiencia de eso, en muchos momentos y de diferentes formas el Padre Dios le ha “echado ganas” a nuestra vida. Podemos preguntarnos: ¿Por qué?

Porque no sabe hacer otra cosa: ¡Nuestro Padre Dios no sabe hacer otra cosa que querernos y de echarnos ganas, y empujarnos y llevarnos adelante! ¡No sabe hacer otra cosa!… porque su nombre es amor, su nombre es donación, su nombre es entrega, su nombre es misericordia. Eso nos lo ha manifestado con toda fuerza y claridad en Jesús, su Hijo, que “se la jugó” hasta el extremo para volver a hacer posible el Reino de Dios. Un Reino que nos invita a participar de esa nueva lógica, que pone en movimiento una dinámica capaz de abrir los cielos, capaz de abrir nuestros corazones, nuestras mentes, nuestras manos y desafiarnos con nuevos horizontes. Un Reino que sabe de familia, que sabe de vida compartida. En Jesús y con Jesús ese Reino es posible. Él es capaz de transformar nuestras miradas, nuestras actitudes, nuestros sentimientos muchas veces aguados en vino de fiesta superficial. Él es capaz de sanar nuestros corazones e invitarnos una y otra vez, setenta veces siete, a volver a empezar. Él es capaz de hacer siempre todas las cosas nuevas”.

“Muchos adolescentes sin ánimo, sin fuerza, sin ganas… muchas veces esa actitud nace porque se sienten solos, porque no tienen con quien hablar. Piensen los padres, piensen las madres: ¿hablan con sus hijos y sus hijas o están siempre ocupados, apurados? ¿Juegan con sus hijos y sus hijas?”.

“Pensemos en toda la gente, en todas las mujeres que pasan por la precariedad, la escasez, el no tener muchas veces lo mínimo nos puede desesperar, nos puede hacer sentir una angustia fuerte ya que no sabemos cómo hacer para salir adelante y más cuando tenemos hijos a cargo. La precariedad no sólo amenaza el estómago (y eso es ya decir mucho, ¿eh?), sino que puede amenazar el alma, nos puede desmotivar, sacar fuerza y tentar con caminos o alternativas de aparente solución, pero que al final no solucionan nada. Existe una precariedad que puede ser muy peligrosa, y que se nos puede ir colando sin darnos cuenta, es la precariedad que nace de la soledad y el aislamiento. Y el aislamiento siempre es un mal consejero”.

“La forma de combatir esa precariedad y aislamiento, que nos deja vulnerables a tantas aparentes soluciones, se tiene que dar a diversos niveles. Una es por medio de legislaciones que protejan y garanticen los mínimos necesarios para que cada hogar y para que cada persona pueda desarrollarse por medio del estudio y un trabajo digno. Por otro lado, cuando buscamos la manera de transmitir el amor de Dios que hemos experimentado en el servicio y en la entrega a los demás. Leyes y compromiso personal son un buen binomio para romper la espiral de la precariedad”.

“La familia está siendo debilitada, cómo está siendo cuestionada. Cómo se cree que es un modelo que ya pasó y que ya no tiene espacio en nuestras sociedades y que, bajo la pretensión de modernidad, propician cada vez más un modelo basado en el aislamiento. Y se van inoculando en nuestras sociedades, se dicen sociedades libres, democráticas, soberanas; se van inoculando colonizaciones ideológicas que las destruyen y terminamos siendo colonias de ideologías destructoras de la familia, del núcleo de la familia que es la base de toda sana sociedad”.

“Es cierto, vivir en familia no es siempre fácil, muchas veces es doloroso y fatigoso, pero creo que se puede aplicar a la familia lo que más de una vez he referido a la Iglesia: prefiero una familia herida, que intenta todos los días conjugar el amor, a una familia y sociedad enferma por el encierro o la comodidad del miedo a amar. Prefiero una familia que una y otra vez intenta volver a empezar a una familia y sociedad narcisista y obsesionada por el lujo y el confort”.

“Prefiero una familia con rostro cansado por la entrega a una familia con rostros maquillados que no han sabido de ternura y compasión”.

 

“Padre, una familia perfecta nunca discute”, ¡Mentira! Es conveniente que de vez en cuando discutan y que vuele algún plato, está bien, no le tengan miedo. El único consejo es que no terminen el día sin hacer la paz, porque si terminan el día en guerra, van a amanecer ya en guerra fría y la guerra fría es muy peligrosa en la familia, porque va socavando desde abajo.

“La vida matrimonial tiene que renovarse todos los días. Como dije antes, prefiero familias arrugadas, con heridas, con cicatrices, pero que siguen andando, porque esas heridas, esas cicatrices, esas arrugas son fruto de la fidelidad, de un amor que no siempre les fue fácil”.

“El amor no es fácil, no es fácil, no; pero es lo más lindo que un hombre y una mujer se pueden dar entre sí: el verdadero amor, para toda la vida”.

“Ustedes queridos mexicanos tienen un plus, corren con ventaja. Tienen a la Madre: la Guadalupana quiso visitar estas tierras y esto nos da la certeza de tener su intercesión para que este sueño llamado familia no se pierda por la precariedad y la soledad. Ella es madre y está siempre dispuesta a defender nuestras familias, a defender nuestro futuro; está siempre dispuesta a “echarle ganas” dándonos a su Hijo”.

“Y no nos olvidemos de San José, calladito, trabajador pero siempre al frente, ¿eh? Siempre cuidando a la familia”.

PRIMEREAR

TENEMOS QUE ACTUAR

1.       – Orar por las familias.

Sugerencias:

  • -Orar todos los días por nuestra propia familia y por todas las familias del mundo.
  • Como grupo podemos promover acciones como: Misa por las Familias, Hora Santa por las Familias, Rosario para las Familias.

2.       – Invitar a la reflexión.

Sugerencias:

  • -Hacer campañas de concientización del valor de la familia.
  • Difundir información sobre la familia y el plan de Dios.
  • -Organizar pláticas o conferencias sobre la familia.

3.       – Hacer propósitos concretos.

Sugerencias: -Incrementar la comunicación en nuestras familias.

  • Promover reuniones de familia para convivir sanamente. -Conocer las inquietudes de todos los miembros de la familia y apoyarnos mutuamente.
  • Como grupo, salir a las calles a visitar hogares o en los cruceros a promover el valor de la familia.
  • Organizar eventos para las familias en donde se Jesús sea el invitado principal.
  • Promover los Retiros Espirituales para Matrimonios.
  • Incluir en los planes de formación actividades que involucren a las familias.
  • Conocer, apoyar y difundir a todas las instituciones que defienden la familia y la vida.
  • En elecciones de gobernantes votar por candidatos que defiendan la familia y den testimonio de ello.

INICIATIVA DE LEY

Es importante que sepas que existe una organización a nivel internacional que le llaman Lobby LGBT (Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual) que inició luchando por defender los derechos de los homosexuales que eran víctimas de la discriminación. Con el paso de los años ha ido tomando fuerza en varios aspectos: económico, político y presencia en muchos países.

Existe un día que han declarado para celebrar el día internacional de la diversidad sexual, y resulta que el pasado 17 de mayo fue dicha celebración. Ese mismo día el Presidente de la República presentó al Senado una iniciativa de ley para modificar el artículo 4° de la Constitución y establecer el concepto de “matrimonio igualitario”, que se trata de permitir y proteger todo tipo de uniones de cualquier preferencia sexual y con ello darles todos los derechos como esposos.

Muchas asociaciones, instituciones, la Iglesia y muchas iglesias de diversas religiones se empezaron a manifestar al respecto. La postura es muy clara: se pide no llamar matrimonio a esas uniones, pues va en contra de la naturaleza. Además podemos decir que por defender los derechos de unos pocos se están pisoteando lo derechos de las mayorías, pues un tema tan delicado requiere diálogo con la ciudadanía.

Lamentablemente hay mucha desinformación al respecto y muchos, incluso católicos, han caído en el juego de palabras. Por ejemplo a los no piensan igual que ellos y no apoyan esa iniciativa los llaman “homofóbicos”, todos sabemos que una fobia es un miedo y pánico indescriptible, y no se ha expresado sentir eso por ellos, sólo se ha dicho que no estamos de acuerdo.

Cuando se defiende a la familia y a los niños salen muchas personas a recordar errores de algunos sacerdotes que como Iglesia nos duele mucho. Es decir, no hay capacidad de respeto o diálogo, y lo más triste es que una gran mayoría de los que piensan así son bautizados.

 

Es tiempo de reflexión, de estar informados, de seguir de cerca este asunto. No siempre los medios de comunicación nos van a informar con claridad, es bueno recurrir a las redes sociales y las orientaciones de nuestros obispos y sacerdotes. Si no sabes usar una computadora pide a tus familiares que te mantengan informado.

Además se está trabajando un programa para las escuelas en las que se quiere informar con detalle a los menores sobre estos asuntos y darles a elegir la preferencia que ellos deseen. Es un derecho de los padres educar a sus hijos en los valores que ellos consideren necesarios y eso pisotea ese derecho.

No olvidemos, estas personas merecen respeto y amor, el hecho de que no pensemos como ellos no quiere decir que los odiemos, nuestra tarea es defender la familia y el matrimonio según el plan de Dios.

Oremos por nuestro Presidente de la República y por todos los gobernantes y legisladores.

Pidamos a Dios que ilumine a todos los que están confundidos o desinformados y que en este y en todos los casos reine el amor que Cristo nos ha traído y con ello los valores de su reino: justicia, paz, amor y verdad.

Elaborado por la Junta Nacional de la Acción Católica Mexicana

 

Categorías:Familia

El amigo Joselito

El amigo Joselito

Publicado en web el 9 de junio, 2016

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” Jn 15, 13

jlsanchez

La amistad es uno de los dones más grandes que todos tenemos y que siempre los manifestamos con nuestras palabras y nuestras acciones. Esta amistad siempre está unida y guiada de una manera especial por el amor al prójimo.
José Sánchez del Río es un testimonio de amistad entre el hombre y Dios; tanto que, a ejemplo de Cristo, que dio su vida por sus amigos, que somos nosotros, Joselito también dio su vida por dar testimonio del gran amor que le tenía a su amigo Jesucristo y sus hermanos.
Sabemos muy bien que nadie defiende lo que no se conoce, y mucho menos lo que no se ama. Por tanto, Joselito, desde niño, gracias a sus padres y a sus hermanos, conoció a Nuestro Redentor, se enamoró de su propuesta de vida y lo defendió hasta dar su vida por Él.
Los biógrafos de Joselito mencionan testimonios, de viva voz, de que era muy amistoso con todos sus compañeros, ayudaba a todos los que le pedían ayuda y, sobre todo, muy devoto de la Virgen y de Jesucristo, ya que rezaba el Rosario diario y cuando iba a misa lo hacía gustoso y con gran devoción.
La amistad sincera y firme con Jesucristo, con los años, fue incrementándose y solidificándose, y que al momento de la persecución religiosa por parte de los gobernantes, Joselito defendió a su Amigo Cristo Rey, a pesar de que tenía poca edad. Esta defensa a su Amigo Jesús la hacía desde su casa con la oración y sus rezos, pero lo quiso llevar a las obras; tanto, que quería enlistarse en las filas de los soldados que defendían la Fe Católica, pero por tener poca edad, al principio no lo admitieron; los jefes notaron el gran amor que tenía a Jesucristo, y sabiendo que lo defendería al límite, le dieron permiso de estar con los soldados de una manera sencilla pero significativa: primero, llevaba la bandera de su Batallón, y posteriormente, siendo el clarín del General; y espiritualmente, era quien dirigía el Rosario, daba palabras de aliento, oraba por los soldados caídos, siempre con una entrega generosa a Dios, que motivaba a los demás a entregarse por el ideal de Cristo, que en ese momento era la defensa de la Fe.
Cuando lo apresaron, nos dio la muestra de la generosidad, lealtad y valentía que cualquiera de nosotros podemos tener para sus amigo: cedió la oportunidad de salvarse a su Capitán, y así cayo prisionero. Ya estando prisionero, a todos los que junto a él estaban encarcelados por causa de Cristo, los alentaba a ser fuertes y sentirse orgullosos de ser prisioneros por el nombre de Cristo, tal como San Pablo y San Pedro, entre otros cristianos.
Joselito nos dio prueba de que defendía a su Amigo Jesucristo y a sus “pertenencias”, cuando vio el ultraje que los soldados habían hecho de la Casa de Dios; hizo un gesto semejante como lo hizo Jesús al expulsar a los vendedores del Templo, porque no le daban el valor al espacio reservado para el culto a Dios; limpió el presbiterio donde muchas veces había hecho oración de rodillas para pedirle el don del martirio.
Los soldados, encabezados por su padrino, lo golpearon brutalmente para que traicionara a sus amigos de guerra y, sobre todo, renegara de su gran Amigo: Jesús. Pero cada golpe que le daban a él, era un aliciente que iba suscitando dentro de él para fortalecerlo y abrazarse más a su Amigo, porque sabía que nunca lo iba a dejar solo.
Antes de morir, con mucha tristeza le escribió una carta a su madre para despedirse, pero no sin antes pedir el Sacramento de la Eucaristía para fortalecer el caminar duro y doloroso que iba a padecer; camino que lo conduciría al encuentro amoroso con su gran Amigo.
Los auténticos amigos nunca se traicionan, inclusive en peligro de muerte, y como dice San Juan, “no hay más dicha que dar la vida por sus amigos” (Cfr Jn 15,13). Joselito nunca traicionó a su Amigo Jesús.
Este testimonio de auténtica amistad lo muestra un adolescente que vivió entre nosotros y que nos ayuda a que nuestra amistad con Dios, basada en su ejemplo, vaya creciendo y cimentando cada día y en cada instante, a través de frecuentar los Sacramentos, hacer oración, meditar la Palabra de Dios y hacer vida el amor con nuestras obras en cada instante y en cada lugar donde nos desarrollemos. La verdadera amistad no es sólo de palabra, que se dice en un instante, sino una manera de pensar y vivir por el otro que cada día se va solidificando en el amor; tanto, que podamos dar nuestra vida por los amigos.
Joselito es un testimonio de amistad con Dios real y alcanzable para cualquiera de nosotros. Pidamos su intercesión para que nos ayude a unirnos más a Dios y que su testimonio de vida nos inspire a entregarnos totalmente a nuestro Salvador Jesucristo.

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TESTIMONIO

Paulina Gálvez, la mamá de Ximena Guadalupe, quien por intercesión de Joselito sana, nos cuenta cómo ha sido su vida y la de su hija al lado de “su niño”, como cariñosamente le dice.
Conoció a José Sánchez del Rio desde niña, ya que su abuela y una tía abuela le tenían mucha devoción. Les llamaba la atención que un niño tan chiquito hubiera sido tan valiente.
Cuando nació Ximena y empezó con los problemas de salud, que les llevaron a ir de un médico a otro y recibir diferentes diagnósticos, Paulina dice que “se agarró de la mano de su niño”, y a pesar de los pronósticos de los médicos, ella no dudaba de que Joselito iba a interceder por la salud de su pequeña.
El día que la iban a desconectar porque médicamente no había ya nada que hacer, pidió que la dejaran tomarla en sus brazos, y en ese momento la pequeña abrió los ojos y empezó a sonreír. Paulina supo en el instante que su niño había escuchado sus oraciones y había intercedido por la salud de su hija.
Desde ese día, su vida ha cambiado radicalmente. Fueron muchos años de estudios, pruebas, entrevistas, para comprobar el milagro que llevará a José Sánchez del Rio a los Altares. Paulina nos cuenta que, desde el milagro, ha podido conocer más a Dios, lo grande que es y lo grande que es su Misericordia, y también descubrir que día a día vivimos milagros.
Paulina dice que lo que más ha marcado su vida, de la vida de Joselito, es ver su valor a tan corta edad , capaz de dar la vida por Cristo.
Actualmente, Paulina y Ximena comparten su testimonio como una forma de agradecimiento a José para que más personas conozcan su vida; pero, sobre todo, crean en los milagros.

Fuente:

http://www.semanario.com.mx/ps/2016/06/el-amigo-joselito/

Categorías:beatos y Santos, General

Papel del Laico a la luz del Compendio de DSI

Papel del Laico a la luz del Compendio de DSI

https://i2.wp.com/auladsi.net/wp-content/uploads/2016/02/compendio-doctrina-social-de-la-iglesia-200x259.jpgFUENTES DE LA DOCTRINA SOCIAL

Cardenal Renato Raffaele Martino

 

Introducción

El Compendio de la doctrina social de la Iglesia, fue elaborado por el Consejo Pontificio Justicia y Paz por encargo del Papa Juan Pablo II, y presentado a la prensa en octubre de 2004. Este documento está destinado a esparcir sus semillas de modo extenso, para fertilizar el suelo del edificio de la sociedad durante un largo período, para motivar y guiar la presencia de los católicos en la historia, y no simplemente de una manera improvisada.

Estructura y propósito del Compendio

El Compendio de la doctrina social de la Iglesia brinda un cuadro completo de las líneas fundamentales del «corpus» doctrinal de la enseñanza social católica. El documento, fiel a las autorizadas indicaciones que el Santo Padre Juan Pablo II dio en el número 54 de la exhortación apostólica Ecclesia in America, presenta «de manera completa y sistemática, aunque de forma sintética, la doctrina social, que es fruto de la sabia reflexión del Magisterio y expresión del compromiso constante de la Iglesia, en fidelidad a la gracia de la salvación de Cristo y en amorosa solicitud por el destino de la humanidad» (Compendio, n. 5;.)

El Compendio tiene una estructura sencilla y clara. Después de una Introducción, siguen tres partes: la primera, que consta de cuatro capítulos, trata sobre los presupuestos fundamentales de la doctrina social: el designio amoroso de Dios con respecto al hombre y a la sociedad, la misión de la Iglesia y la naturaleza de la doctrina social, la persona humana y sus derechos, y los principios y valores de la doctrina social. La segunda, que consta de siete capítulos, trata sobre los contenidos y los temas clásicos de la doctrina social: la familia, el trabajo humano, la vida económica, la comunidad política, la comunidad internacional, el medio ambiente y la paz. La tercera, muy breve -consta de un solo capítulo-, contiene una serie de indicaciones para la utilización de la doctrina social en la praxis pastoral de la Iglesia y en la vida de los cristianos, sobre todo de los fieles laicos. La conclusión, titulada Para una civilización del amor, resume la idea de fondo de todo el documento.

El Compendio tiene una finalidad precisa y se caracteriza por algunos objetivos claramente enunciados en la Introducción, que reza así:

«Se presenta como instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los complejos acontecimientos que caracterizan a nuestro tiempo; como guía para inspirar, en el ámbito individual y en el colectivo, comportamientos y opciones que permitan mirar al futuro con confianza y esperanza; como subsidio para los fieles en la enseñanza de la moral social».

Asimismo, es un instrumento elaborado con el objetivo preciso de promover «un nuevo compromiso capaz de responder a las demandas de nuestro tiempo y adecuado a las necesidades y a los recursos del hombre, y sobre todo al anhelo de valorar, con formas nuevas, la vocación propia de los diversos carismas eclesiales con vistas a la evangelización del ámbito social, porque ‘todos los miembros de la Iglesia participan de su dimensión secular’» (Compendio, 10).

Un dato que conviene poner de relieve, pues se halla presente en varias partes del documento, es el siguiente: el texto se presenta como un instrumento para alimentar el diálogo ecuménico e interreligioso de los católicos con todos los que buscan sinceramente el bien del hombre. En efecto, en el número 12 se afirma: «Este documento se propone también a los hermanos de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, a los seguidores de las otras religiones, así como a los hombres y mujeres de buena voluntad que se interesan por el bien común».

En efecto, la doctrina social, además de dirigirse de forma primaria y específica a los hijos de la Iglesia, tiene un destino universal. La luz del Evangelio, que la doctrina social refleja sobre la sociedad, ilumina a todos los hombres: todas las conciencias e inteligencias son capaces de captar la profundidad humana de los significados y de los valores expresados en esta doctrina, así como la carga de humanidad y humanización de sus normas de acción.

Evidentemente, el Compendio de la doctrina social de la Iglesia atañe ante todo a los católicos, porque «la primera destinataria de la doctrina social es la comunidad eclesial en todos sus miembros, dado que todos tienen que asumir responsabilidades sociales. En las tareas de evangelización, es decir, de enseñanza, catequesis y formación, que suscita la doctrina social de la Iglesia, está destinada a todo cristiano, según las competencias, los carismas, los oficios y la misión de anuncio propios de cada uno» (Compendio, 83).

La doctrina social implica, asimismo, responsabilidades relativas a la construcción, organización y funcionamiento de la sociedad: obligaciones políticas, económicas, administrativas, es decir, de índole secular, que corresponden a los fieles laicos de modo peculiar, en virtud de la condición secular de su estado de vida y de la índole secular de su vocación; mediante esas responsabilidades los laicos ponen en práctica la doctrina social y cumplen la misión secular de la Iglesia.

El Compendio  y la misión de la Iglesia

El Compendio pone la doctrina social de la Iglesia en el corazón mismo de la misión de la Iglesia. Se muestra así, sobre todo en el capítulo II, el aspecto eclesiológico de la doctrina social, es decir, cómo esta doctrina se conecta de modo íntimo con la misión de la Iglesia, con la evangelización y la proclamación de la salvación cristiana en las realidades temporales. De hecho, entre los instrumentos de la misión específica de la Iglesia de servicio al mundo, que consiste en ser signo de la unidad de toda la humanidad y sacramento de salvación, se encuentra también su doctrina social.

Los misterios cristianos de la resurrección y la encarnación del Verbo atestiguan que el mensaje de salvación, que alcanzó su clímax en la Pascua, a toda persona y a todas las dimensiones de lo que es humano, puesto que la labor redentora de Cristo, «aunque esencialmente busca la salvación de la humanidad, incluye también la renovación del entero orden temporal».

La Iglesia, existiendo en el mundo y para el mundo, aunque no sea del mundo, no puede descuidar su misión propia de inculcar dentro del mundo el espíritu cristiano: la Iglesia «tiene una dimensión secular auténtica, inherente a su naturaleza y misión internas, que está profundamente enraizada en el misterio del Verbo encarnado». Cuando la Iglesia logra implicarse en la promoción humana, cuando proclama las normas de una nueva coexistencia en paz y justicia, cuando trabaja, junto con todas las personas de buena voluntad, por establecer relaciones e instituciones que sean más humana, es entonces cuando la Iglesia «enseña el camino que el hombre debe seguir en este mundo para entrar en el Reino de Dios. Su enseñanza se extiende, por tanto, a todo el orden moral, y especialmente a la justicia que debe regular las relaciones humanas. Ésta forma parte de la predicación del Evangelio».

El Catecismo de la Iglesia católica explica que la Iglesia «cuando cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina». Es bueno resaltar las palabras de este pasaje «anunciar el Evangelio» y «misión», pues indican la vida y acción de la Iglesia, su mismo propósito según la voluntad de su Fundador. Esto significa que, cuando ella presenta su doctrina social, la Iglesia no está haciendo otra cosa que cumplir su misión más íntima: «enseñar y extender su doctrina social pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia y es parte esencial del mensaje cristiano».

Se ha hecho factible entender la doctrina social de la Iglesia en el contexto del misterio de la creación, de la redención de Cristo y de la salvación -que es integral en sí misma que Él trae: «Jesús viene a traer la salvación integral, que abarca a toda la persona y a toda la humanidad, y abre la maravillosa perspectiva de la filiación divina». Se ha hecho factible encuadrarla mejor dentro de la relación que existe entre evangelización y promoción humana, que están íntimamente conectadas pero no deben confundirse: «Entre evangelización y progreso humano -desarrollo y liberación- hay profundos lazos». Se ha hecho factible considerarla conectada más de cerca de toda la vida cristiana porque es «una parte integrante de la concepción cristiana de la vida», según la memorable expresión de Mater et Magistra.

El hecho de que el Compendio coloque la doctrina social dentro de la misión propia de la Iglesia nos anima, por una parte, a no considerarla como algo añadido o periférico a la vida cristiana y, por otro lado, nos ayuda a entenderla como perteneciente a la comunidad. De hecho, el único sujeto que satisface propiamente la naturaleza de la doctrina social es la comunidad eclesial entera.

El Compendio, en el n. 79, indica:

«La doctrina social pertenece a la Iglesia porque la Iglesia es el sujeto que la formula, la disemina y la enseña. No es una prerrogativa de un cierto órgano del cuerpo eclesial, sino de la comunidad entera: es la expresión de la forma en que la Iglesia comprende la sociedad y su posición sobre las estructuras y cambios sociales. El conjunto de la comunidad de la Iglesia sacerdotes, religiosos y laicos- participa en la formulación de esta doctrina social, cada uno según sus diferentes tareas, carismas y ministerios dentro de ella».

La Iglesia es un cuerpo con muchos miembros que, «aunque muchos, son un único cuerpo» (1 Co 12, 12). La acción de la Iglesia es igualmente una, es la acción de un solo sujeto, pero es llevada a cabo según una variedad de dones a través de los cuales pasa toda la riqueza del cuerpo entero. «Toda la comunidad cristiana» está llamada a un discernimiento con el fin de «escudriñar los ‘signos de los tiempos’ e interpretar la realidad a la luz del mensaje evangélico», pero «cada persona individual» también está llamada a esta misma tarea. «Cada uno por su parte» y «cada persona individual»: el servicio al mundo, en la forma en que se puedan conocer los caminos del Señor, surge a través del específico -que al mismo tiempo abarca todo compromiso de cada componente de la comunidad eclesial. En esta perspectiva, deseo ofrecer una reflexión sobre la contribución de estos diversos componentes eclesiales.

 

El laico y el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia

El Compendio se pone sobre todo en manos del laico. En virtud de su bautismo, el laico se coloca dentro del misterio de amor de Dios al mundo que Cristo ha revelado y del que la Iglesia es memoria y continuación en la historia. Por ello, el laico comparte el misterio, la comunión y la misión que caracterizan a la Iglesia, pero lo hacen de acuerdo a una naturaleza particular, su naturaleza secular. Las vidas de los laicos están directamente envueltas en la organización de la vida secular, en las áreas de la economía, la política, el trabajo, la comunicación social, el derecho, la organización de las instituciones en que se toman las decisiones y las opciones que hacen las estructuras sociales afecten a la vida civil.

El laico no está en el mundo más de lo que lo están otros sujetos eclesiales, está en el mundo de una forma diferente. Trata directamente los asuntos seculares, construyendo la arquitectura de las relaciones entre los miembros de las comunidades sociales y políticas, dejando la marca de su trabajo en curso de los acontecimientos mundiales, determinando los aspectos organizativos y estructurales de estos acontecimientos.

El cristiano laico, con su capacidad profesional y su experiencia de la vida, sirve a la evangelización de la sociedad al seguir su vocación de «buscar el Reino de Dios implicándose en los asuntos temporales y ordenándolos de acuerdo con el designio de Dios». Aportan a la comunidad cristiana su pasión por las necesidades humanas y su apertura a aprender de los demás, puesto que Dios opera también más allá de los confines oficiales de la Iglesia. Aportan al mundo su saber cristiano que ordena las cosas según el designio de Dios y su deseo de servir a la comunidad eclesial que, por medio de sus manos y de su trabajo, alcanza los recovecos de la sociedad donde vive la gente.

El cristiano laico -con su competencia y capacidad profesionales, y tomando la responsabilidad de trabajar en un contexto particular- completa de cierta forma la doctrina social de la Iglesia a nivel práctico y media en su necesario impacto sobre las realidades concretas. La evangelización es la proclamación de una nueva vida; la evangelización de la sociedad no es una propuesta ideológica abstracta, sino la encarnación de nuevos criterios de comportamiento en la labor de hombres y mujeres.

De esta forma, la doctrina social no es un mero conocimiento teórico, sino un medio «de acción»; se orienta hacia la vida, se aplica con creatividad y ha de ser encarnado. El laico tiene un papel muy particular, aunque no exclusivo, en esta área. Puesto que la doctrina social es el encuentro entre la verdad del Evangelio y los problemas humanos, el laico debe guiar estas directrices de la doctrina social para la acción hacia resultados operativos concretos y efectivos, incluso si estos resultados son sólo parciales.

Los laicos son hombres y mujeres que están dispuestos a correr riesgos y que también experimentan concretamente esta doctrina. Elaborando soluciones históricas concretas para los problemas de la humanidad, ellos no son, por decirlo de alguna manera, un apéndice a la doctrina social de la Iglesia, sino el mismo corazón de esta doctrina, puesto que ésta tiene un profundo carácter «de experiencia».

El laico no debe abandonar esta labor de abrir nuevas fronteras y de lograr nuevas respuestas. Toda la comunidad cristiana les sostendrá y les animará de modo que, aunque de una parte sus opciones sólo pueden atribuirse a ellos mismos sin implicar a toda la comunidad, por otro lado, sus esfuerzos son sentidos por la comunidad como esfuerzos de la misma comunidad; su dura labor y sus expectativas son apreciadas y valoradas. La comunidad cristiana no debería frenarse en su implicación en un esfuerzo colectivo en las realidades temporales, por temor a que la comunidad se vea comprometida o sufra divisiones internas.

La responsabilidad de trabajar en la vanguardia y de hacer de esta doctrina una experiencia vivida no se puede relegar únicamente al laico como individuo. Si las decisiones últimas sobre las esferas política y social deben ser tomadas por los laicos con su responsabilidad autónoma, las decisiones fundamentales de orientación e incluso la creación de lugares para la experiencia concreta de esta doctrina y para el diálogo deben ser empresa de toda la comunidad.

El laico cristiano es intermediario entre los principios de reflexión, de una parte, los criterios de juicio y las directivas para la acción que se encuentran en la doctrina social de la Iglesia, y, de otra, las situaciones concretas y únicas en las que los fieles laicos deben actuar y tomar decisiones. Pero mediación no significa falta de coraje, tendencia a la debilidad o al compromiso. Si los cristianos han de ser sal, luz y levadura, deben esforzarse por volver incluso más claro todo lo que es auténticamente humano en las relaciones sociales, audaces y con apertura y esperanza de cara al futuro. En esto, cuentan con la asistencia de la comunidad eclesial, con el estímulo de los sacerdotes y de los hombres y mujeres en la vida consagrada, con la participación en la vida sacramental y litúrgica, y con las indicaciones que les llegan desde los lugares de discernimiento comunitario de los signos de los tiempos.

Testimonio

Para concluir estas reflexiones sobre el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, quisiera poner de relieve una doble dimensión de la presencia de los cristianos en la sociedad, una doble inspiración que nos viene de la doctrina social misma y que en el futuro exigirá que se viva cada vez más en síntesis complementaria. Me refiero, por una parte, a la exigencia del testimonio personal y, por otra, a la exigencia de un nuevo proyecto para un auténtico humanismo que implique las estructuras sociales.

Nunca se han de separar ambas dimensiones, la personal y la social. Yo albergo la gran esperanza de que el Compendio de la doctrina social de la Iglesia haga madurar personalidades creyentes auténticas y las impulse a ser testigos creíbles, capaces de modificar los mecanismos de la sociedad actual con el pensamiento y con la acción. Siempre hay necesidad de testigos, de mártires y de santos, también en el ámbito social. Los Sumos Pontífices a menudo han hecho referencia a las personas que han vivido su presencia en la sociedad como «testimonio de Cristo Salvador».

Se trata de todos los que la Rerum Novarum consideraba «muy dignos de elogio» por haberse comprometido a mejorar, en esos tiempos, la condición de los obreros. De ellos la Centesimus Annus dice que «han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad». «A impulsos del Magisterio social, se han esforzado por inspirarse en él con miras al propio compromiso en el mundo. Actuando individualmente o bien coordinados en grupos, asociaciones y organizaciones, han constituido como un gran movimiento para la defensa de la persona humana y para la tutela de su dignidad».

Son los innumerables cristianos, en su mayoría laicos, que «se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida». El testimonio personal, fruto de una vida cristiana «adulta», profunda y madura, no puede por menos de contribuir también a la construcción de una nueva civilización, la civilización del amor

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“PRESENCIA EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA EN LOS NUEVOS ESCENARIOS SOCIALES”

“PRESENCIA EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA EN LOS NUEVOS ESCENARIOS SOCIALES”

XX Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 10-12 de septiembre de 2012

Lourdes Azorín Ortega
ACCIÓN CATÓLICA

Lo primero que creo conveniente hacer es echar un vistazo al contexto social y religioso de la sociedad en la que nos movemos. No voy a hacer un examen detallado, un análisis pormenorizado de la realidad que vivimos.

Me conformaré con unos brochazos que enmarquen el terreno de juego en el que nos movemos.  Como rasgos sociales destaco, entre otros, los siguientes:

  • Individualismo que ha llevado al traste a los ideales asociados de compromiso y nos aboca a una privacidad y comodidad individual.
  • Primacía del sentimiento y exaltación de la libertad. La razón está modulada por una exaltación del sentimiento y de la afectividad que da cabida al imperio del hedonismo.
  • Cambio continuo y acelerado de la sociedad que lleva a las personas con la lengua de fuera detrás del último cacharro que se ha inventado sin haber podido experimentar y sacar el rendimiento posible al anterior. Nos embarca en el deseo de cosas que nos aboca al consumismo.
  • Mentalidad científico-técnica como forma de pensamiento dominante.
  • Enganchados a la red. La Generación.com están totalmente instalados en esta nueva era de las comunicaciones y las relaciones se despersonalizan y se descomprometen todavía mas.
  • Pluralismo de ofertas de sentido. La sociedad cristiana europea se ha transformado, tras confrontarse con la Ilustración, en una sociedad pluralista donde la fe cristiana, en cuanto cosmovisión global que otorga sentido a la realidad, tiene que compartir este puesto con otras visiones del mundo, no solo religiosas sino también agnósticas y ateas.
  • Crisis económica profunda que pone en riesgo los cimientos del estado del bienestar con muchísimas personas que están en procesos de marginalización por el desempleo y la pobreza que sufren. Esta crisis económica ha hecho despertar a muchos de la embriaguez de consumo y deseo de tener y puede ser ocasión para que redimensionemos y redefinamos la escala de valores, muchas personas están experimentando como nunca la importancia de la familia para afrontar la vida en circunstancias tan críticas.

En la aproximación religiosa a esta sociedad destaco tres rasgos.

  • La cultura de la increencia. Durante los últimos doscientos años ha nacido en Europa una nueva cultura en la que apenas ha penetrado el espíritu evangélico. El abismo existente entre la fe y la cultura moderna es un drama de nuestro tiempo.
  • El proceso de la secularización por el que la religión pasa del ámbito de lo público al privado, con la consiguiente falta de relevancia a la hora de organizar y administrar la sociedad.
  • La vuelta de lo religioso. Estamos asistiendo a un florecimiento de prácticas religiosas de todo tipo.

En este contexto nos encontramos y es aquí donde tenemos que asumir el reto de evangelización.

También ahora nos llama Benedicto XVI en la convocatoria del Año de la Fe: “La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de la Verdad que el Señor Jesús nos dejó.”… “El Año de la Fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo.”[1]

El papa nos llama a convertirnos seriamente al seguimiento de Jesús, a enraizarnos hondamente en la experiencia del encuentro con Jesucristo y desde ahí, seguirle. Para que esto sea posible necesitamos un laicado formado, adulto y corresponsable, una profunda formación de la identidad cristiana. Una formación que nos permita encarnar la fe en la cultura actual y en el aquí y ahora de cada uno de nosotros, una formación experiencial que ponga en pie una identidad cristianas que aúne nuestra forma de sentir, pensar y actuar de forma que seamos un laicado articulado que asuma la pretensión publica de la fe y su significatividad social. Un laicado que puede dar razón de la esperanza que lo habita, una formación que aúne logos y ágape con el eje vertebrador de la fe.

Esta formación nos hará reasumir y reapropiarnos de la gracia bautismal que nos constituye en sacerdotes, profetas y reyes y que no solo asumamos el mandato del amor como motivo vital, que también asumamos el mandato de la evangelización y seamos así apóstoles. La formación ha de propiciarnos una síntesis personal y actual de la fe de forma que esta sea operativa, de compromiso cristiano que no sea un activismo sino que despliegue una acción cristiana, eclesial y política que sea respuesta amorosa a aquél que nos amo primero, un compromiso cristiano que sea caridad que se mueva por la misericordia y compasión.

En la exhortación Ecclesia in Europa Juan Pablo II hacía un llamamiento a la formación de los laicos en Europa, cuando dice: “La actual situación cultural y religiosa de Europa exige la presencia de católicos adultos en la fe y de comunidades cristianas misioneras que testimonien la caridad de Dios a todos los hombres. El anuncio del Evangelio de la esperanza comporta, por tanto, que se promueva el paso de una fe sustentada por costumbres sociales, aunque sean apreciables, a una fe más personal y madura, iluminada y convencida.

Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos.

La formación de la que hablamos tiene como objetivo la conciencia cristiana unitaria integral capaz de armonizar nuestros deseos, sentimientos, pensamientos y acciones. Que desarrolla de un modo armónico las dimensiones fundamentales de la misma:

DIMENSIÓN PERSONAL DE LA FE CRISTIANA

La identidad cristiana tiene una dimensión fundamental que es la dimensión personal, este aspecto de conformar yo mis deseos, mis sentimientos con Cristo, construirme como  una persona que pueda decir: No soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí. Esto, como veis, es para toda la vida.

DIMENSIÓN SOCIOPOLÍTICA

La identidad cristiana tiene una dimensión sociopolítica que  hay que desplegar. Si  no, no hay una identidad cristiana plena.

La dimensión política de la caridad, la caridad política de la que se ha hablado en muchos momentos, supone asumir con conciencia la necesidad y la gracia de colaborar en la construcción del reino de Dios. Esto es política en el mejor y  más genuino sentido de la palabra, es hacernos cargo de la ciudadanía, de las relaciones humanas y transformar la realidad.

DIMENSIÓN ECLESIAL

La identidad cristiana tiene una dimensión, que está basada en la radical sociabilidad del ser humano, que es la dimensión eclesial. No somos personas aisladas.

El ser humano no es un individuo. Esta es una concepción que se nos ha querido  meter, pero  no es verdad. No somos individuos, venimos de una comunión, de una comunidad, de ese Dios trino; siempre estamos referidos a otros en comunidad y en comunión y a la comunión estamos destinados.

En este contexto socio-cultural, nuestros procesos de formación tienen que tener como eje conductor la búsqueda permanente de la unidad fe-vida mediante una formación integradora y unificadora. Quiere contribuir a vivir en la unidad “dimensiones que, siendo distintas, tienden con frecuencia a escindirse:

  • vocación a la santidad y misión de santificar el mundo;
  • ser miembro de la comunidad eclesial y ciudadano de la sociedad civil;
  • condición eclesial e índole secular, en la unidad de la novedad cristiana;
  • solidario con los hombres y testigos del Dios vivo;
  • servidor y libre;
  • comprometido en la liberación de los hombres y contemplativo;
  • empeñado en la renovación de la humanidad y en la propia conversión personal;
  • vivir en el mundo, sin ser del mundo, como el alma en el cuerpo, así los cristianos en el mundo”[2].

El compromiso y la presencia de los cristinos es al servicio de la dignidad humana y esto se concreta en el compromiso en las realidades más cercanas

Esta es la clave de nuestro quehacer en medio del mundo. Yo empezaría con la familia. La familia es la célula de la sociedad, el ámbito en el que todos estamos presentes. Hemos de tomar en consideración los problemas que vive la familia, pero no la familia en abstracto, sino las familias concretas del pueblo, las familias concretas del  barrio, las familias concretas del ámbito social. Ahí hay problemas de todo tipo, laborales, políticos, humanos, psicológicos, en las relaciones del hombre y la mujer, de la pareja, de los padres con los hijos.

Esos problemas humanos son los que en todos los ámbitos, desde los más cercanos a los más generales, exigen de una reflexión constante. Después, a través de nuestro vivir y de actuar en cristiano, en primer lugar, y luego con nuestras propuestas, nuestras acciones y con nuestro compromiso, hacer posible que la familia sea una familia de acuerdo con el plan de Dios para la familia.

Vamos a otro ámbito, el mundo laboral. En el mundo laboral me voy a encontrar con problemas y situaciones de todo tipo y la ley interna de la evangelización me dice encárnate en esos problemas, tómalo en consideración, con seriedad, discierne con conciencia cristiana y propón soluciones, propón alternativas, para que esos problemas se puedan solucionar. Esto significa que lo que caracteriza a los laicos cristianos en el terreno social es un quehacer de presencia en la vida, en toda su riqueza, en la vida social, la vida política, la vida cultural, una presencia en la vida en donde nuestra aportación específica cristiana va a ser intentar ver, juzgar esos problemas y proponer soluciones en diálogo con todos. Presencia por lo tanto encarnada.

El lugar adecuado, más específico y más humano de la vida apostólica y la misión primordial del laico sabemos que no es otra que el vivir su fe en la realidad de cada día, transmitir su fe en la vida y expresar su fe en los ambientes que vive y  comprometerse en la transformación y la renovación continua de la sociedad de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia. Esa es su tarea social.

A la luz de la Doctrina Social de la Iglesia

Un segundo elemento en el quehacer social del laico sería la Doctrina Social de la Iglesia. La actuación se tiene que caracterizar por anunciar, proclamar y practicar la Doctrina Social de la Iglesia.

Esto implica que la formación de los laicos ha de estar continuamente al día mediante la profundización en la Doctrina Social de la Iglesia que no consiste en saberse de memoria las encíclicas de los Papas, sino que es una praxis comunitaria del discernimiento cristiano en orden a la acción a partir de los criterios fundamentales para el compromiso en la vida pública.

Vamos a señalar a continuación los criterios que en armonía con la fe y la Doctrina Social de la Iglesia permiten a cada cristiano juzgar por sí mismo y realizar el compromiso político social que estime conveniente:

    • El reconocimiento teórico y práctico de la prioridad de la persona. En primer lugar la dignidad de la persona humana. La Iglesia me dice que juzgue, valore los problemas y actúa sobre ellos, a la luz que da el reconocer que cada persona tiene una dignidad. Esto implica que en la óptica del cristiano tiene que estar presente esta valoración de la dignidad de la persona humana, y de ahí se deduce un conjunto de posicionamientos y de actuaciones que son ineludibles. Esta valoración abarca a todos los ámbitos de la vida: familia, vida, trabajo, cultura, ocio, política, relaciones humanas…
    • La coherencia de la actividad y del compromiso político del cristiano con la fe y la espiritualidad que la fe genera. Esta coherencia sólo puede adquirirse a través de una formación explícita en este campo.
    • El bien común, la exigencia de la solidaridad, que consiste en el conjunto de condiciones que hacen posible la liberación y plena realización de cada persona y de todas las persona, de cada pueblo y de todos los pueblos.
    • La preferencia hacia los pobres y oprimidos, expresada en una solidaridad activa y en comunión efectiva con ellos.
    • La prioridad de la sociedad sobre el estado, exigencia del principio de subsidiariedad.
    • El progreso de la democracia real para que la sociedad sea sujeto de sí misma, como expresión de corresponsabilidad y de verdadera vida comunitaria.
    • El fomento de la cultura popular y de la ética social sin las que la sociedad no puede ser protagonista de su propia vida ni el hombre puede alcanzar su realización.
    • La tendencia a la autogestión económica como expresión de la democracia real en ese campo.
    • El realismo en los objetivos y en el modo de trabajar por ellos.

Todos estos principios y criterios aplicados convenientemente permiten emitir un juicio sobre las situaciones, las estructuras, los sistemas, las leyes, los proyectos políticos y los programas que se presentan en la sociedad. Los cristianos no nos limitaremos a proponer los principios, sino que hay que hacer posible un discernimiento de manera que todos se puedan orientarse con suficiente claridad y saber qué es y no es coherente con los principios y criterios cristianos.

Se trata de reflexionar, discernir e iluminar la conciencia de los cristianos. Una reflexión que  respeta la libertad de opción política a que cada uno tiene derecho. Se trata de promover actitudes de crítica objetiva y constructiva.

El seguimiento de Jesús nos constituye discípulos del Buen Samaritano no dejamos a nadie en la cuneta librado a su suerte.

Sostener un compromiso enraizado en la experiencia del encuentro con Jesucristo, del que nace la fe y que nos vierte al amor y a la entrega, solo se puede sostener en una dinámica de esperanza, la de aquellos que saben de quién se han fiado. Una dinámica de la esperanza que afirma la vida, la reconstrucción antropológica de la persona humana que es religiosa, que tiene sed de verdad, de bien, de belleza. Estamos abiertos a la trascendencia y aunque ceguemos esa sed con cualquier ídolo, estamos destinados a la bondad para ser felices y el mundo espera que se le anuncie y se le muestre cómo ser más plenamente humanos y felices, que se les acerque a aquél que puede dar vida eterna.


[1] Carta Apostólica en forma de motu propio PORTA FIDEI. 6

  1. Cf. CLIM 77.
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