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¡CONFLICTOS! ¿Solucionarlos? o ¿el arte de transformarlos?

¡CONFLICTOS! ¿Solucionarlos? o ¿el arte de transformarlos?

José Cristo Rey García Paredes, cmf –

Nos encontramos en situaciones conflictivas más veces de las que desearíamos. Acontecen en los ámbitos más variados: conflictos en la política (polarización de partidos que se niegan a dialogar y entenderse y generan enfrentamientos de consecuencias incalculables, irreversibles), conflictos de identidades nacionales (que se vuelven cada vez más virales y generan guerras psicológicas e incluso armadas); conflictos cuotidianos en las relaciones interpersonales, tanto en la convivencia ciudadana, como en el trabajo o en la familia que frecuentemente se resuelven por vía judicial. Este mundo conflictivo también está presente en las comunidades de la Iglesia, en las actividades pastorales y misioneras.

I. “Como quien ve el rostro de Dios: el paradigma de dos hermanos reconciliados (¡dos pueblos!)

Un caso paradigmático de conflicto e itinerario hacia la reconciliación transformadora –para quienes nos sentimos hijos de Abraham (judíos, cristianos y musulmanes)- lo encontramos en el relato de Génesis 25-33, donde se nos narra el conflicto entre dos hermanos, Esaú y Jacob (1). Isaac y Rebeca – los padres –  hubieron de esperar el milagro de la gravidez. Finalmente, en el seno de Rebeca, fueron concebidos dos mellizos que se entrechocaban:

“dos pueblos hay en tu vientre, dos naciones que, al salir de tus entrañas se dividirán. La una oprimirá a la otra; el mayor servirá al pequeño” (Gen 25,23).

A partir de ahí comienza la división en la familia:

  • el mayor goza del aprecio de su padre, el menor de su madre.
  • Rebeca morirá con una familia rota.
  • Isaac es un anciano que no se puede levantar de su cama, que no puede ver. Hubo de decirle por tres veces a su hijo preferido que ya no tenía bendición para él. Su familia entró en el caos y la ruptura.
  • Esaú lloró de rabia y se sintió profundamente decepcionado y frustrado por la injusticia que se había cometido contra él.
  • Jacob es un fugitivo, consciente del mal que había realizado; sin familia y trabajando arduamente para conseguir formar el hogar que anhelaba.

Estos cuatro personajes (Isaac, Rebeca, Esa y Jacob) se podían preguntar: ¿porqué a mí? ¿a dónde ir? ¿porqué, Dios mío?

Este conflicto familiar paradigmático tiene como causante la experiencia de una humillación: el padre Isaac y el hijo Esaú son humillados y no se les reconoce en principio su dignidad como seres humanos. Y esto mantiene separados a los hermanos Esaú y Jacob por un largo tiempo, casi 25 años. Hasta que Dios se dirige a Jacob y le dije:

“Vuelve a la tierra de tu padre. Estaré contigo” (Gen 31,3).

Jacob se encamina hacia su hermano Esaú que viene a su encuentro con 400 hombres. Decide enfrentarse con su mayor conflicto. Por eso le suplica a Dios:

“Oh Dios de mi padre… Líbrame de la mano de mi hermano, porque le temo, no sea que venga y nos mate a la madre junto con los hijos” (Gen 32,10.12).

La confianza en Dios no priva a Jacob de sus incertidumbres y dudas. Ante el encuentro Jacob:

“se inclina en tierra siete veces hasta llegar donde su hermano. Esaú, a su vez, corrió a su encuentro, lo abrazó y se le echó al cuello, lo besó y lloró” (Gen 33,3-4).

“El sol salía” (Gen 32,32).

Y Jacob instó a su hermano Esaú para que acogiera los regalos que le ofrecía con estas magníficas palabras, que reflejan el misterio de toda reconciliación:

“Si te alegras de verme, toma el regalo que te doy, ya que he visto tu rostro como quien ve el rostro de Dios y me has mostrado gracia” (Gen 33,10).

La transformación reconciliadora acontece en un lugar, que se convierte en “lugar de memoria”: donde contemplado el rostro del hermano se contempla el rostro de Dios y uno se contempla a sí mismo con una nueva identidad.

Este magnífico relato nos muestra que la reconciliación es un camino que va desde el conflicto entre hermanos hasta la transformación, que es un encuentro y que es un lugar donde aparece el sol, donde amanece un día nuevo. Y la dignidad del humillado se ve restaurada.

II. Oportunidad de transformación

A partir de este relato mi intención -en esta reflexión- no es hablar del conflicto en cuanto tal, sino de la “oportunidad de transformación”, de reconciliación, que todo conflicto nos ofrece. Y, para ello, voy a presentar unos criterios –basados en la sabiduría que el Espíritu derrama en nuestro tiempo (2) y contemplar esos criterios a la luz de las enseñanzas de Jesús, nuestro Maestro-.

1. Es normal que existan conflictos, aunque el pecado los envenena

El conflicto emerge fácilmente en nuestras relaciones con los demás. El Creador nos quiso diferentes y no clones. Él valoró –ya desde el inicio- la diversidad y la libertad. El conflicto no es, en sí mismo, pecado. Pero el pecado trata de entrometerse cuando abordamos nuestras diferencias interpersonales: el pecado nos hace creernos superiores al otro, ególatras, que odian y tratan de imponerse.

El conflicto nos acompaña a lo largo de nuestra vida, porque nosotros mismos y las relaciones que establecemos con los demás son muy cambiantes. No somos estatuas. Nuestras relaciones se tensan, o destensan; van y viene como las olas dentro de un mar en constante movimiento y, muchas veces, impredecible. El conflicto nos desestabiliza, nos puede volver violentos, nos hace sufrir, se torna a veces destructivo.

2. Bueno es resolver los conflictos, pero ¡mejor transformarlos!

Resolvemos los conflictos cuando superamos cada “episodio” con una solución que lo des-activa. Recurrimos a veces a soluciones drásticas, como alejar a quienes viven el conflicto: “muerto el perro, se acabó la rabia” –dice nuestro refranero-. Pero ese alejamiento quizá resuelva el conflicto, pero no transforma a sus protagonistas. Jacob y Esaú se separaron. Desapareció el conflicto exterior. Pero no, el conflicto interior. La transformación del conflicto es otra cosa.

“Los conflictos existen siempre; no tratéis de evitarlos, sino de entenderlos” (Lin Yutang).

Y, para entenderlos necesitamos descubrir que detrás de cada uno de ellos hay alguna razón; y ¡es ahí donde está la clave, no solo para resolverlos, sino para convertirlos en oportunidad de transformación, en motor de cambio! Es necesario pasar del “episodio” al “epicentro” que genera un conflicto y después otro y otro. Albert Einstein apuntaba a ello cuando decía:

“Se requieren nuevas formas de pensar para resolver los problemas creados por las viejas formas de pensar”

El conflicto está, ante todo, en la mente, en la conciencia que se tiene de la realidad, en el sentido que se le da. Cuando, en cambio, se adoptan nuevas formas de conciencia, de pensamiento, se ataca el conflicto en su misma raíz, en su epicentro. La solución precipitada y meramente exterior del conflicto, acaba con él, pero no transforma, ni nos encamina hacia una situación nueva, más dinámica y creadora.

Cuando nos situamos en el “epicentro” del conflicto podemos adquirir una visión global que nos permite ver las cosas de otra manera y generar –desde ahí- un nuevo sistema de relaciones y de conducta.

Para Jesús el “epicentro” estaba, no tanto en la acción exterior, cuanto en el corazón: ¡qué bien lo entendió Jesús cuando ante un paralítico o una pecadora o adúltera exclamaba: “Tus pecados te son personados” (Mt 9,5; Lc 7,48; Jn 8,11). El “no peques” sonaba en la boca de nuestro Maestro como una invitación a entrar en el reino del amor:

“ama a Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y al prójimo como a ti mismo” (Lc 6,36; Mt 22,37).

El reino de la “triple y única referencia amorosa”: Dios, prójimo y yo.

En el Reino de la Vida se adquiere la capacidad extraordinaria de ver y saludar en el “otro” e incluso en “uno mismo” la presencia de “lo divino”, de “lo sagrado”. Es así cómo se produce un cambio real en nuestras relaciones y pasamos de la tensión a la dis-tensión, del enfrentamiento a la co-laboración creadora. ¡Amanece un nuevo día!

3. Diseñar el mapa del conflicto: nueva conciencia y apertura al milagro

Este diseño

  • se inicia describiendo la historia del conflicto, desde el pasado hasta el presente: en sus episodios y en su epicentro, en los modelos de relación que nos han determinado;
  • se continúa orientándose hacia un horizonte soñado y deseado: este horizonte podrá ser visto, pero nunca tocado ni controlado;
  • se finaliza trazando un camino concreto que nos permita abrirnos y acoger el porvenir transformador (3).
  • Para diseñar el mapa del conflicto:
  • es importante desarrollar la capacidad de pensar dos realidades -aparentemente opuestas- “al mismo tiempo”;
  • es necesario reconocer que es legítimo que dos personas sean diferentes;
  • hay que aprender a reformular las cuestiones para ver las dos partes.

Así se descubren energías que está por dejado y que pueden confluir para hacernos superar las aparentes incompatibilidades. Así se maneja la complejidad (4). Así se adquiere una nueva conciencia. En la conciencia se inicia el cambio, la transformación.

4. El relato de Jacob y Esaú, modelo de análisis: el epicentro del conflicto

El relato de los padres “Isaac y Rebeca” y de los dos hermanos “Jacob y Esaú” es para nosotros un modelo de análisis de las raíces del conflicto: ¡no solo de los episodios conflictivos, sino del epicentro del conflicto!

  • Esaú y también Isaac sufrieron una gran humillación. Esaú se vio privado del reconocimiento de su dignidad e identidad de primogénito. Fue víctima de exclusión y humillación. No hay conflicto mayor que aquel que surge por el no-reconocimiento de la identidad del otro. De ahí surgió la violencia, el caos, las amenazas de muerte, la huida, la soledad de todos los personajes. Para superar el conflicto es necesario desarrollar la capacidad de escuchar y comprometerse con las voces de la identidad., tanto a nivel de grupos como de personas individuales. Y como la identidad está siempre en proceso, es necesario tener una especial sensibilidad para apreciarlo y reajustar las relaciones al compás de ese proceso.
  • La aventura interior de Jacob –encuentro con su conciencia, su lucha con Dios y consigo mismo le llevó a inclinarse siete veces ante su hermano Esaú, reconocer así su dignidad, “dignificarlo como hermano” y acoger el milagro de verlo venir corriendo –conmovido- hacia Él y abrazarlo y besarlo. En él descubre Jacob el rostro de Dios.
  • La transformación que se produce entre los dos hermanos es presentada por el Génesis como un largo camino. Camino es todo proceso de reconciliación, de transformación. En él encontramos a Dios, a los otros y a nosotros mismos.
  • En el camino todo se va reajustando en la conciencia y en la conducta.
  • Esta es también la metodología de Dios en su misión reconciliadora.
  • Este camino es la esencia del Evangelio: nuestra misión consiste en alinearnos con Dios que “reconcilió consigo todas las cosas” (Col 1,20; Hech 3,20-26).

5. “En espiral”: así es el movimiento hacia la transformación

El movimiento hacia la transformación –que se inicia en el epicentro- no es ni circular, ni lineal, sino “en espiral”.

  • Uno no se reconcilia cuando quiere, sino cuando le es concedido. La reconciliación no es “futuro” –creado por nosotros-, sino apertura al “porvenir” –que nos es concedido-, o al futuro emergente.
  • Alienta nuestro deseo de reconciliación la promesa de Dios: “¡No temas, estoy contigo!” El “porvenir transformador”, sin embargo, no nos anula, sino que la gracia, el milagro, cuenta con nuestra complicidad y colaboración: el deseo activo: “nada es imposible para el que cree”.
  • Para que el conflicto se convierta en transformación se requiere un paciente movimiento “en espiral”. No hay que temer al “dar vueltas y más vueltas”. Así se produce el progresivo desplazamiento hacia el sueño deseado: ¡sin prisas, sin parálisis, sin ansiedad, sin miedos! Hay que saber combinar el corto con el largo plazo.
  • El epicentro del conflicto se convierte entonces en una especie de trampolín que permite saltar y lanzarse –enérgicamente y en constante diálogo circular- hacia la superación. Y al saltar nos arriesgamos, como Jacob se arriesgó al salir audaz y humildemente al encuentro de su hermano, que llegaba acompañado de 400 hombres, mientras que él solo iba acompañado de su familia (mujeres e hijos).

Sin asumir riesgos nunca nos acercaremos al milagro de la transformación reconciliadora.

III. Hacia la transformación

Existen diversas formas de afrontar los conflictos.

  • Unos tienden a no abordarlos a causa del miedo o el disgusto que nos producen. Permanecen pasivos y asumen la dosis de sufrimiento causan.
  • Otros asumen el desafío del conflicto, lo encaran, se comprometen con él, siguiendo el camino que acabamos de exponer.
  • Hay finalmente otros, que, ante el conflicto, descubren cómo se despierta en ellos o ellas el lado más batallador y polémico y deciden afrontar el conflicto, no para transformarse, sino para resolverlo por la vía de la victoria destruyendo al otro.

Cuando observamos la realidad de nuestra humanidad, en este momento histórico, descubrimos que nos envuelve una gran y seria conflictividad global: política, económica, religiosa. Todos somos hermanos y hermanas y, sin embargo, ¡cuánta desigualdad! ¡cuánto desconocimiento y desatención mutuas! La misma conflictividad se descubre en las familias, donde se esconde tanto sufrimiento anónimo. La conflictividad está también presente en el trabajo, en las organizaciones y se muestra en relaciones sumamente deterioradas y excluyentes.

La conflictividad está también presente en la Iglesia y en sus comunidades. La historia de Jacob y Esaú sigue presente. Y, a pesar de que ¡todos somos hermanos y hermanas!

Como los conflictos son tan omnipresentes, ¿no será el momento de acentuar muchísimo más en nuestra misión la dimensión reconciliadora? O dicho quizá mejor: ¡en este momento el Espíritu Santo nos pide que colaboremos en su Misión reconciliadora, en que seamos facilitadores de reconciliación allí donde estemos, en los contextos más difíciles de la humanidad (5). No resolveremos los conflictos con la equidistancia, ni con referencias abstractas a los principios. Se hace necesaria una actitud profética, que supere tanto el legalista como el egocentrismo.

Entremos progresivamente en el camino de la reconciliación transformadora, que Dios no espera para hacer posible el milagro. Es el momento del “let go” – “let come”. Del salto del trapacista que abandona la tabla en la que se balancea para arrojarse el vacío y esperar la llegada de la otra tabla que le hará continuar su balanceo.

“Que brille en nuestro rostro la irradiación de la complejidad, que los vientos del cambio bueno soplen en nuestras espaldas, que nuestros pies se encaminen por sendas de autentividad, que la red del cambio comience ya” (John Paul Lederach). (6)


(1) Cf. John Paul Lederach, Reconcile: conflict transformation for ordinary Christians, Herald Press, Harrisonburg, 2014. Cf. el cap. 2: “Turning toward the Face of God”: Jacob and Esau.

(2) Me mueve a ello una reciente lectura de John Lederach, profesor de procesos internacionales de paz en la Universidad de Notre Dame; y que ha influido en intentos de reconciliación y paz tanto en América Latina, como en Asia, África y Norteamérica: cf. John Paul Lederach, The Little Book of conflict transformation, Good Books, New York, 2014; Id., Reconcile: Conflict Transformation for ordinary Christians, Herald Press, Harrisonburg, 2014.

(3) Hablo de “porvenir” y no de “futuro” porque como acertadamente dice Jacques Derrida, el futuro es aquello que va desde nosotros hacia delante, el porvenir es aquello que nos sobreviene desde adelante hacia nosotros: el futuro está bajo nuestro control y posibilidades; el porvenir es incontrolable; es necesario estar abierto a él en su imprevisibilidad.

(4) No es lo mismo “lo complicado” que “lo complejo”, como explica Edgar Morin. Lo complicado responde al esquema causa-efecto. Lo complejo responde al reino de la libertad, lo imprevisible e im-programable: así es la vida, la libertad humana.

(5) Cf. Robert J. Schreiter, Reconciliation: Mission and Ministry in a changing social order, Orbis Books, Maryknoll – New York, 1992; Robert A. Baruch Busch – Joseph P. Folger, The promise of Mediation: the transformative approach to Conflict, Josse-Bass, 2005.

(6) J.P. Lederach, Little Book of Conflict Transformation. Conclusion.

Extraído del blog “Ecología del Espíritu

 

Fuente: http://www.ciudadredonda.org/articulo/conflictos-solucionarlos-o-el-arte-de-transformarlos

 

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Categorías:Liderazgo

Lider a quien imitar

Lider a quien imitar

Raúl González Pinto

raulqro@gmail.com

www.amqueretaro.com, 131118

 

No existe, desde luego, el líder ideal. Sin embargo, algo que me queda claro es que el buen líder debe mostrar una combinación de dos ingredientes básicos: sensibilidad y fortaleza. Si bien de entrada uno y otro parecerían chocar entre sí, el éxito de esta fórmula reside en la naturaleza opuesta de ambos: el yin de la sensibilidad se complementa con el yang de la fortaleza.

Si examinamos al puñado de líderes extraordinarios del presente, una figura destaca sobre las demás: el Papa Francisco. Si bien su cálida sonrisa nos lleva a relacionarlo de inmediato con su gran corazón, al actual pontífice lo distingue también su fortaleza de espíritu, evidenciada en su prestigiada carrera eclesiástica.

En septiembre pasado, la publicación jesuíta “América” publicó una extensa entrevista con el papa. Pensando en el santo padre como cabeza de su iglesia, te comparto lector/lectora algunos de los pasajes en los que muestra su humildad, su toque humano y su nítida inteligencia, cualidades fundamentales del modelo de líder del Siglo XXI que tan importante resulta en el mundo actual. Puesto que la entrevista íue publicada en inglés, te presento mi propia traducción de algunos de los planteamientos de tan extraordinaria figura pública;

UN LÍDER HUMILDE

“Soy un pecador…Esto no es una figura retórica…Soy un pecador…Sí, tal vez pudiera [también] decir que soy un poco astuto, que me puedo adaptar a las circunstancias, pero también es cierto que soy algo ingenuo…Soy un pecador al que Dios ha dirigido su mirada…Soy un pecador, pero confío en la misericordia y paciencia divina de nuestro Señor Jesucristo, que acepto con ánimo de penitencia”.

UN LÍDER QUE VIVE EN COMUNIDAD

“Siempre estuve en la búsqueda de una comunidad. Nunca me vi como un sacerdote que anduviese por su cuenta. Necesito una comunidad. . .No puedo vivir sin la gente. Necesito vivir con otros.. .No existe una identidad completa sin pertenecer a la gente. Nadie recibe la salvación solo, como un individuo aislado, sino que Dios nos atrae contemplando la com- ileja red de relaciones que tiene ugar en la comunidad humana. Dios se incorpora a esta dinámica, a esta participación en la red de relaciones humanas”.

UN LÍDER CON GRANDEZA DE CORAZÓN

“La virtud de lo grande y lo pequeño es la magnanimidad. Gracias a la magnanimidad siempre podemos ver hacia el horizonte desde la posición en que nos encontremos. Esto significa hacer las cosas pequeñas de cada día con un gran corazón, abierto a Dios y a los otros. Supone apreciar las cosas pequeñas dentro de los grandes horizontes, aquellos del reino de Dios”.

UN LÍDER QUE PROPICIA EL CAMBIO DESDE EL DISCERNIMIENTO

“Muchos piensan que los cambios y reformas se pueden hacer en un corto plazo. Yo creo que siempre requerimos de tiempo para apuntalar los cimientos de la realidad, el cambio efectivo. Y el actual es un tiempo de discernimiento. Aveces el discernimiento nos urge a hacer precisamente aquello que tenías pensado hacer después. El discernimiento siempre debe hacerse en presencia del Señor, buscando os signos, escuchando las cosas que suceden, el sentir de la gente, especialmente el de los pobres…El discernimiento en el Señor me guía en mi forma de gobernar”.

UN LÍDER QUE SABE CONFIAR

“Cuando confío algo a alguien, confío totalmente en dicha persona, la cual necesitaría cometer un gran error antes de que la reprenda”.

El autor de este espacio es consultor empresarial, catedrático universitario, coach, traductor de libros y doctor en comunicación organizacional. Bibliografía: Spadaro, A. (septiembre 30,2013). “A bigheartopen to God: The conclusive interview with Pope Francis”, America Magazine.

 

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