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Apuntes para una espiritualidad del laico

Apuntes para una espiritualidad del laico

Pironio Espiritualidad Laical

APUNTES PARA UNA ESPIRITUALIDAD DEL LAICO

“Revestíos del hombre nuevo…como elegidos de Dios,
santos y amados…
Revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (cfr.Col.3,3-17).
“Revestíos más bien del Señor Jesucristo” (Rom.13,14)

Introducción
1.- El itinerario espiritual del laico –como el de todo cristiano- arranca desde el Bautismo y supone esencialmente una “nueva creación”, un “revestimiento de Jesucristo” un progresivo crecimiento de las virtudes teologales particularmente del amor.

2.- No vamos a presentar ahora una “Teología espiritual para los laicos”. Simplemente, son unos apuntes que tienden a provocar la respuesta de los laicos a partir de su propia experiencia cristiana: cómo viven ellos su itinerario bautismal, su responsabilidad eclesial, su compromiso cristiano con el mundo. Qué significa para ellos tomar cada día su cruz y seguir al Señor, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, vivir en el mundo las bienaventuranzas evangélicas.

3.- Entendemos por “espiritualidad” la “vida según el Espíritu”. Deseo, por eso, recordar aquí tres textos de San Pablo relativos al Espíritu:
a) “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rom. 8,14). Pablo conecta este Espíritu con las exigencias de la vida nueva, con la tensión escatológica, con la riqueza de la libertad, con la fuerza de la esperanza universal, con la intimidad del Espíritu que habita en nosotros, con la oración que el Espíritu hace en nuestro interior “con gemidos inefables”. Convendría releer todo el Cap. 8, en una constante referencia al laico que vive particularmente inmerso en “los sufrimientos del tiempo presente” y en medio de una creación, redimida en esperanza pero todavía sujeta a esclavitud, que “desea vivamente la revelación de los hijos de Dios” y que vive “en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. Es toda la fuerza de una esperanza cristiana, basada en el Misterio Pascual de Jesús, que abarca la totalidad de la persona (alma y cuerpo), de la entera comunidad humana y de todo el cosmos.
b) “Porque en un solo Espíritu hemos sido bautizados, para no formar más que un cuerpo… y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1Cor.12,13). Pablo introduce esta afirmación para iluminar el Misterio de una Iglesia “Cuerpo de Cristo” y las exigencias de comunión y de participación de todos sus miembros. La espiritualidad del laico, como la de todo cristiano, tiene sus raíces en el bautismo que lo incorpora al único Pueblo de Dios, sacerdotal, profético y real. El bautismo trae sus exigencias de santidad y comunica las energías del Espíritu para la vida nueva. San Pablo llama a los cristianos simplemente “los santos”, “los elegidos”, “los amados por Dios”. Una auténtica espiritualidad del laico dice siempre referencia al bautismo, al sacerdocio común, a la comunión eclesial; podríamos decir que es simplemente una “espiritualidad cristiana”.
c) ¡Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu” (Gal.5,-25). Es la coherencia del cristiano comprometido desde la fe a transformar el mundo. Es la exigencia profunda de nuestra vida bautismal y eclesial: crecer cotidianamente en Cristo de novedad en novedad, hasta la novedad definitiva de nuestra Pascua final, cuando “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (I Jn.3,2). Pablo conecta esta vida nueva en el Espíritu con dos realidades esenciales: la libertad cristiana y la caridad. “Para ser libres nos libertó Cristo” (Gal.5,1); “Hermanos, habéis sido llamados a la libertad: sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes lo contrario, servíos por amor los unos a los otros. Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os devoráis mutuamente, mirad no vayais mutuamente a destruiros” (Gal.5, 13-15). Esto es esencial para el laico llamado particularmente a construir una nueva sociedad –libre, fraterna, justa-, una verdadera civilización de la verdad y del amor. Pablo dice: “el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz” (Gal.5,22). La paz –fruto de la verdad, de la justicia y del amor- es, antes que nada, don de Dios; hay que obtenerlo con la oración y la conversión.
Estos “apuntes para una espiritualidad del laico” tienen particularmente en cuenta la Relación Final del último Sínodo Extraordinario (1985), que nos presenta una eclesiología cristocéntrica y trinitaria, una eclesiología de comunión y participación, una eclesiología de misión y de esperanza.
Deseo presentar tres puntos, a la luz de estas palabras de San Pablo: “Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (Ites. 1,3).

I.- La teología de la cruz

“Yo sólo me glorificaré en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo,
por quien el mundo está crucificado para mí,
como yo lo estoy para el mundo” (Gal.6,14).

Ante todo es necesario volver a hablar de “la tenacidad de la esperanza”. Sobre todo, tratándose del laico. Es urgente hoy. La esperanza está en el centro de la relación Iglesia-mundo. Me parece esencial comenzar por aquí. Es significativo el hecho de que el último Sínodo Extraordinario haya planteado el tema de una “teología de la cruz” precisamente al tratar de la misión de la Iglesia en el mundo. No con una visión pesimista, sino con el realismo de una esperanza teologal. Es en esta relación –misionera y redentora- de la Iglesia con el mundo donde precisamente se ubica la vocación y misión del laico. No que separemos ambas realidades –Iglesia y mundo-como dos espacios diferentes (mucho menos, opuestos o contradictorios) de la única misión salvadora de Jesús: la Iglesia para los clérigos, el mundo para los laicos. La Iglesia es una e indivisible y toda ella es “sacramento universal de salvación”. Es toda la Iglesia –comenzando por sus pastores- la que se siente enviada al mundo como en su lugar “propio y peculiar” de santificación y de evangelización. (cfr. L.G. 31; E.N. 70). Su camino de santidad se realiza en el ámbito de las realidades temporales: familia, trabajo, cultura, sociedad, política. Es allí donde particularmente el laico tiene que dar testimonio de la resurrección del Señor: en lo cotidiano de su vida tiene que anunciar a los hombres la Buena Nueva de Jesús. Pero que sea verdaderamente “buena” y cotidianamente “nueva”. Allí tiene que construir, desde adentro, la nueva sociedad.
Cuando hablamos de “la teología de la cruz”, para una auténtica espiritualidad del laico, queremos tres cosas:

a)que la ubicación del laico en el mundo y su respuesta evangélica a los desafíos actuales de la historia tienen que ser dada desde la esperanza pascual que nace de la cruz;

b)que la maduración del laico hacia la santidad tiene que ser un progresivo crecimiento –a través de las virtudes teologales- en la “gratiacrucis” dada por el bautismo;

c)que el seguimiento cotidiano y práctico de Jesús supone una generosa asunción del sufrimiento de los hombres para iluminarlo en Cristo y redimirlo, transformarlo en gracia de redención.

1.- La esperanza Pascual: el laico tiene que ser en el mundo testigo del amor de Dios y profeta de esperanza. No el hombre que ilusiona fácilmente a sus hermanos; sino el hombre que sabe descubrir, desde la fe y la oración, las causas profundas del dolor y se compromete generosamente a remediarlas. El hombre que grita que Cristo resucitó y vive. La esperanza no sólo ilumina la cruz, sino que la convierte en semilla de resurrección y de vida. Una teología de la cruz es necesariamente una teología de la esperanza. La difícil situación actual –tan marcada por los signos negativos del hambre y la miseria, la injusticia, la opresión y las torturas, la violencia, el terrorismo y la guerra- es un dramático desafío a la esperanza cristiana. “Aquella esperanza que no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”(Rom.5,5). La esperanza nos ayuda a valorar el tiempo y las cosas temporales: ayuda al laico a descubrir la riqueza del “hoy” y del “aquí” del Reino. Pero, al mismo tiempo, nos ayuda a superar la provisoriedad de este mundo que pasa. La esperanza está conectada con el Espíritu que habita en nuestro corazón, con los “sufrimientos del tiempo presente” y “con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”(cfr. Rom.8,18).
La esperanza cristiana supone dos cosas tener una gran capacidad contemplativa para releer evangélicamente los nuevos signos de los tiempos y seguir creyendo en la actualidad del mensaje de Jesucristo crucificado “fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor. 1,24). Pero es el Espíritu Santo –que nos “guiará hasta la verdad completa” (Jn. 16,13)- quien nos abrirá plenamente la verdad sobre Cristo y sobre el hombre.

2.- Maduración de la “gratia crucis”. El bautismo nos incorpora a Cristo muerto y resucitado: ““1uimos con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom.6,4). El Misterio Pascual está en el centro de la vida cristiana, como su fuente y origen.
El bautismo presenta al cristiano una exigencia de santidad (“nos eligió para que fuéramos santos”, Ef.1,4), le comunica las energías para el progresivo crecimiento en Cristo (el Espíritu de la filiación adoptiva, cf. Ef.1,5) y le propone un camino concreto de discipulado del Señor: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz cada día y me siga” (Lc.9,23).
No es un propuesta de muerte, sino una invitación a la vida y a la fecundidad: “Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn.12,24). Lo central en el cristianismo no es la muerte o la cruz, sino la vida y el amor. Por eso la propuesta fundamental para todo cristiano la hace el Señor en las Bienaventuranzas. Y el mandamiento principal es el amor. ¿Cómo vive el laico, comprometido con las realidades temporales, las bienaventuranzas evangélicas? ¿Qué significa para él –en su familia, en su trabajo, en su tarea política- ser pobre, ser misericordioso, tener hambre y sed de justicia, ser limpio de corazón, comprometerse a construir la paz?. Todo esto supone en el laico una capacidad honda de ascetismo gozoso; como para Cristo el despojo de la encarnación y el anonadamiento de la pasión. Para ser verdaderamente feliz hay que tener una gran capacidad de sufrimiento.

¿Qué significa para el laico amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo? Pareciera que esto fuera más fácil para el sacerdote o la religiosa, particularmente comprometidos “en la casa del Padre”(Lc.2,41). Para el laico el ámbito de “la casa del Padre” lo constituye el campo de sus actividades temporales: allí vive y expresa a Cristo, allí edifica sacerdotalmente la Iglesia y allí construye cotidianamente la ciudad de los hombres.
La “gratia cursiva haciendo al laico más sereno y fuerte, más transparente y luminoso, más signo y comunicación del Cristo resucitado. Cuando hablamos de la “gratia crucis” en el laico, nos referimos a una realidad fundamental y primera: la gracia de su bautismo, que es semilla de la gloria. Es adelantar en el tiempo el gozo y la fecundidad de la vida eterna. Sólo así se puede iluminar y asumir redentoramente las cruces de los hombres. Hablar de una “teología de la cruz” para los laicos –como para toda la Iglesia- no es una invitación a la resignación, sino un llamado a la tenacidad de la esperanza y a la cotidiana de la caridad (cfr. 1 Tes.1,3).

3.- Asumir el sufrimiento de los hombres. Cuando hablamos de “teología de la cruz” en la espiritualidad del laico queremos también indicar esto: que el sufrimiento de los hombres –los pobres, los enfermos, los oprimidos- es un desafío concreto a la santidad del laico.
En este sentido es muy interesante la referencia del Sínodo Extraordinario a “la opción preferencial por los pobres y la promoción humana”. Recordando la conciencia más honda de la Iglesia, después del Concilio Vaticano II, “de su misión al servicio de los pobres, los oprimidos y los marginados”, la Relación Final nos dice: “La Iglesia debe denunciar, de manera profética, toda forma de pobreza y de opresión, y defender y fomentar en todas partes los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana” (R.F.II.D,6). Una verdadera espiritualidad del laico tiene particularmente en cuenta la situación de los pobres y los que sufren. El contacto inmediato con la pobreza –con los pobres- nos hace bien; no sólo sacude nuestra conciencia, sino que nos invita a la conversión y nos comunica una nueva presencia del Señor.
La “teología de la cruz” ubica la espiritualidad del laico, desde la comunión eclesial, en estos dos puntos: una relación esencial y dinámica hacia Cristo y una apertura misionera al mundo. La cruz de Jesucristo no sólo hace fecundo nuestro propio sufrimiento, sino que ilumina el camino de la historia, tan dramáticamente marcado por el sufrimiento de los hombres. Después de haber señalado algunos de los nuevos “signos de los tiempos” –que aumentan “las angustias y las ansiedades”- el Sínodo Extraordinario nos propone, como respuesta evangélica, la “teología de la cruz”: “Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, de manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo. Por ello, hay que explicar, a la luz del misterio pascual, la relación entre la historia humana y la historia de la salvación” (R.F.II,D,2). En este sentido la Liturgia nos invita a rezar: “Salve, oh cruz, nuestra única esperanza”.

II.- La comunidad cristiana, como signo y escuela de formación para la espiritualidad del laico.

“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hechos 4,32).

Toda espiritualidad cristiana se desarrolla en el interior de una Iglesia comunión. Es fruto del mismo Espíritu que no sólo renueva los corazones –los hace cada vez mas discípulos, testigos y profetas- sino que los funde en una riquísima y variada comunión misionera.
Cuando conectamos la espiritualidad del laico con la comunidad, queremos subrayar tres cosas:
a.- que la espiritualidad cristiana es espiritualidad de comunión;
b.- que vive de las mismas fuentes de la Iglesia comunión (Palabra y Liturgia) y se desarrolla en una comunidad;
c.- que la verdadera santidad del laico hace crecer la comunión eclesial; si el laico vive verdaderamente su vida teologal hace crecer la comunidad, la hace más operante en el mundo del amor del Padre, de Cristo resucitado y del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.

1.- Espiritualidad de comunión. Ante todo, comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu. Lo cual supone una profunda vida de oración. ¿Es posible el silencio y realizable el desierto? Sí, en la medida en que el silencio no sea una evasión y el desierto un refugio. El silencio es el espacio donde se acoge la Palabra; el desierto es el ámbito donde se experimenta la fuerza del Espíritu (la lucha y la victoria, la tentación y la gracia). Lo importante es que el Espíritu cree en nosotros capacidad contemplativa, instale el desierto en nuestro corazón.
Cuando hablamos de espiritualidad de comunión subrayamos, también, la generosa disponibilidad del laico para asumir en la Iglesia su corresponsabilidad participativa. A veces la participación falta porque los clérigos no ofrecemos o alentamos espacios; a veces, porque los laicos mismos prefieren la pasividad y dejarse simplemente conducir. Una espiritualidad de comunión y de participación supone, en el laico, fortaleza y coraje para asumir su responsabilidad eclesial. Supone, también, capacidad para saber morir a proyectos personales o de grupo, a fin de entrar plenamente en una pastoral de conjunto, diocesana o parroquial. La comunión se hace luego más amplia y universal y abarca a toda la comunidad humana: la Iglesia camina con los hombres, como signo e instrumento de salvación:

2.- como toda la Iglesia, el laico vive de la Palabra de Dios y de la Liturgia. Trata de escuchar en silencio la Palabra de Dios, de acogerla en su pobreza y de realizarla en gozosa disponibilidad. Es la bienaventuranza de María: “Felices, más vale, los que escuchan la Palabra de Dios y la realizan”. Esto exige en el laico mucho silencio y pobreza, exige, también, fidelidad a todo el Evangelio y una lectura comunitaria de la Palabra de Dios. No basta que sea leída; tiene que ser acogida, gustada contemplativamete y comunicada. Cada discípulo de la Palabra se convierte enseguida en profeta y en testigo: la Palabra de Dios es transmitida, por la fuerza del Espíritu, a través de la palabra, de los hechos y la vida del discípulo-servidor y del testigo-profeta. “La Palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza” (Col.3,16).
La Palabra lleva a la Liturgia. La prepara, la ilumina, la actualiza. El Pan de vida –bajado del cielo para la vida del mundo y aceptado en la fe- se convierte para nosotros en Pan de la Eucaristía. Una verdadera Eucaristía no sólo nos transforma en Cristo y nos diviniza, sino que nos hace más hermanos y servidores. Cada sacramento tiene una esencial dimensión de compromiso con la historia. La espiritualidad del laico vive de la riqueza fecunda del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía: cada día más hijos, más testigos, más hermanos; cada día más presencia transparente y salvadora de Jesús. El Sacramento del matrimonio significa para el laico una fuente especial de santidad y nos trae sus exigencias específicas. Un modo concreto de vivir la caridad.
El laico no sólo vive de una Palabra recibida y de una Liturgia celebrada en la comunidad. La misma comunidad cristiana es la mejor escuela de crecimiento espiritual: sea una comunidad eclesial de base, sea una parroquia, sea la diócesis. Pienso que la mejor escuela de formación es la Eucaristía dominical. Allí se acoge comunitariamente la Palabra de Dios y se ilumina la realidad concreta de la semana; allí se vive comunitariamente el Misterio Pascual de Jesús que hace fecunda nuestra cruz y engendra nuestra esperanza. Pero hace falta que la celebración eucarística sea verdadera: llena de la gloria de la Trinidad, del sufrimiento de los hombres y del compromiso de los cristianos:

3.- Una última reflexión sobre el crecimiento de la comunidad eclesial desde la santidad del laico. Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr. LG V). El camino hacia la santidad, en todo cristiano, no es un derecho, es una obligación. La mediocridad del cristiano no sólo lo perjudica a él (lo deja a medio camino de su realización personal y de su felicidad), sino que daña el crecimiento de la Iglesia e impide la transformación del mundo. El bautismo nos incorpora a un cuerpo, a un pueblo, a un templo; cualquier falla nuestra hará necesariamente que el cuerpo no crezca, que el pueblo no se desarrolle, que el templo no se edifique equilibradamente. La espiritualidad del laico depende de una comunidad orante (nace y se desarrolla en ella), pero la comunidad crece en la medida de la intensidad de la oración personal de cada miembro. También depende de una comunidad misionera –abierta a las necesidades del hombre y de su historia- el espíritu de encarnación y de presencia de los laicos; pero la comunidad se hace cotidianamente más misionera en la medida del crecimiento en Cristo de cada miembro que la compone. Si no hay una sociedad nueva, más fraterna y hermana, sino se construye más sólidamente la paz, depende en gran parte de la falta de respuesta personal de los cristianos al llamado de Dios a la santidad.
En el interior de esta comunidad cristiana obra particularmente el dinamismo de la caridad (cfr. I Cor.13). Son buenos y necesarios los carismas, pero lo óptimo, completo y definitivo es la caridad. En la espiritualidad del laico –que vive en el corazón del mundo para transformarlo en Cristo- es importante examinar dos páginas centrales del Evangelio: “¿quién es mi prójimo?” (cfr. Lc. 10, 29-37), “¿cuándo, Señor, te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?” (Mt. 25,44). Prójimo es todo aquel que yo encuentro en mi camino y me necesita.

III.- Discípulo de Cristo

“Mi madre y mis hermanos son aquellos
que oyen la Palabra de Dios y la cumplen”
(Lc. 8,21)

Aún para María, lo primero es ser discípulo de Jesús: “Felices, más vale, los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc. 10.28).

Volvemos a un punto central de la espiritualidad del laico: ser discípulo de Cristo, en el corazón de una Iglesia que es su sacramento, que viene de la Trinidad, expresa y comunica a la Trinidad, vuelve a la Trinidad. Es una visión de fe la que nos hace penetrar en el Misterio de la Iglesia .compuesta por hombres y hecha signo de salvación para los hombres- desde su origen divino (cf. Ef. 1,3-14) hasta su consumación escatológica (cf. Apoc. 21,1-5). Esta Iglesia nuestra- “santa y necesitada de purificación” (L.G.8)- viene de Dios y peregrina hacia la eternidad. Es la Iglesia de la encarnación y la presencia, de la misión y la evangelización, de la Pascua y Pentecostés, de la comunión y del Espíritu, edificada sobre el colegio de los apóstoles que preside Pedro. Es la comunidad de los discípulos del Señor, de los que acogen y realizan su Palabra.

En esta Iglesia de Jesús todos estamos llamados a ser santos y a reproducir su imagen, cada uno según su estado y condición: “nos eligió para que fuéramos santos” (Ef. 1,4), nos “predestinó a reproducir su imagen” (Rom. 8,29). El último Sínodo extraordinario ha insistido mucho, retomándola del Concilio (cf. L.G.cap.V), en esta doctrina de “la vocación universal a la santidad”. Partiendo de la centralidad del Misterio de Cristo en la Iglesia. Cristo es “la Luz de los pueblos” (LG:) y su claridad tiene que resplandecer en el rostro de la Igleia. La Iglesia se hace más creíble si predica más a Cristo y Cristo crucificado y lo expresa evangélicamente en su vida.

Por eso es necesario insistir en esta relación del cristiano –todo cristiano, todo “christifidelis”- a Cristo: todos somos esencialmente discípulos del Señor. ¿Qué significa ser discípulos de Jesús? Quiero simplemente indicar estos tres aspectos:
a) el seguimiento de jesús;
b) la pertenencia a una comunidad;
c) el envío al mundo para anunciar el Reno y curar a los enfermos.

1.- El seguimiento de Jesús. Precede siempre un acto del amor gratuito de Jesús: “Como el Padre me amó, también yo os he amado a vosotros” (Jn.15,9). La frase es válida para cualquier tipo de llamada del Señor: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn.15,16). “Llamó a los que él quiso” (Mc.3,13). Sólo corresponde la alegría de la gratitud y una plena fidelidad a la llamada.

El seguimiento de Jesús implica capacidad cotidianamente nueva de escucharlo y de asimilar sus formas de vivir (pobreza, oración, amor al Padre, servicio a los hombres hasta dar la vida). Ser discípulos de Jesús significa asumir totalmente sus sentimientos y su estilo de vida; reproducir su imagen (la del “Siervo del Señor”) y transparentarla; ser discípulos de Jesús es estar dispuestos a dar la vida;

a) El discípulo escucha y acoge al Señor. Esto exige una gran pobreza interior, una honda capacidad de silencio, una gozosa disponibilidad. El Señor habla todos los días de nuevo; sólo pueden escucharlo los contemplativos. El Señor viene a nosotros todos los días de nuevo; sólo pueden acogerlo con gratitud los pobres. El Señor nos habla y se nos comunica de múltiples maneras: la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la oración personal y la litúrgica, la vida de la Iglesia, el sufrimiento de los hombres, los acontecimientos de la historia. Cada hombre que sufre –un pobre, un enfermo, un anciano- nos trae un mensaje nuevo del Señor. Hay que saber escuchar y acoger todos los día de nuevo al Señor; sólo así entenderemos la actualidad del mandamiento supremo del Señor, de las parábolas del Reino y de las bienaventuranzas. Cuando nos ponemos a escuchar y a acoger al Señor –en la fe y la fe y la caridad, en la pobreza y la oración- descubrimos fácilmente quién es nuestro prójimo y por qué nos necesita. La fe nos hace descubrir inmediatamente la presencia de Jesús en el que sufre e impide que pasemos desentendidamente de largo.
¿Qué significa, para el laico, escuchar y acoger al Señor? Tener una gran capacidad contemplativa (fruto de la fe y de la oración, don del Espíritu Santo) para descubrirlo con admiración, alegría y entusiasmo, en las cosas más simples y cotidianas de su vida: la familia, el trabajo, la profesión, los amigos, los compromisos sociales, las opciones políticas. Eso le dará mucha serenidad interior en lo que hace, en lo que busca, en lo que arriesga. Eso le dará la imprescindible y esencial unidad interior entre la fe y la vida, la oración y el compromiso, la actividad intraeclesial y la presencia en el mundo;

b) Ser discípulos de Jesús significa comprometerse, cada uno según su condición, a asumir plenamente los sentimientos de Jesús y su estilo de vida. Subrayo particularmente lo siguiente: su espíritu de adoración y glorificación del Padre, su pobreza y disponibilidad para los que sufren, su amor al hombre y su entrega a la voluntad del Padre hasta la cruz. Pablo escribe a todos los cristianos de Filipos: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo” y les propone, para su reconciliación y unidad, un camino de anonadamiento, de pobreza, de servicio, de muerte en la cruz. (cf. Fl.2,5-11);

c) Estar dispuestos a dar la vida. “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn. 15,13). Lo que verdaderamente cuenta es la disponibilidad; no importa el modo: se puede dar la vida de muchas maneras. Para el laico esto significa asumir cotidianamente su familia y su trabajo, su compromiso secular con las realidades temporales, sus riesgos y sus esperanzas. Dar la vida es ofrecer todo lo que tiene: posibilidades y límites, alegrías y cruces, salud y enfermedad, descanso y trabajo, vida y muerte. En definitiva, todo es de Dios.

2.- La pertenencia a una comunidad. Ya hablamos de esto, pero ahora me interesa subrayar la idea de “la comunidad de los discípulos”; porque es al interior de ella donde se manifiesta el Señor y se comunica el Espíritu para el crecimiento en la santidad y la fecundidad de los frutos. “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seais mis discípulos”. (Jn. 15,8).
Jesús llama a los que él quiere y los agrupa en torno a su Persona. El es el Maestro y Señor. Forma una comunidad de discípulos, entre los cuales luego instituirá a “los Doce” (cfr. Mc. 3,13-19; Lc. 6,12-16). Jesús los instruye en los secretos del Reino y los prepara para la misión; esa comunidad privilegiada es testigo de la oración de Jesús, de su ministerio apostólico, de sus milagros; es, sobre todo, testigo de su pasión y muerte, de su resurrección y ascensión a los cielos. En Pentecostés, el Espíritu Santo consumará la unidad interior y misionera de esa comunidad de discípulos, que permanecerán fieles “a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” .
¿Cuál es, para el laico, la comunidad de los discípulos donde vive cotidianamente su experiencia del amor de Dios y del sufrimiento de los hombres? ¿Dónde percibe inmediatamente el laico el dolor de sus hermanos y la presencia esperanzadora del Cristo de la Pascua? En su familia (“iglesia doméstica”), en su comunidad eclesial de base, en su parroquia. Pero hay, también, un lugar privilegiado donde el laico siente esta presencia de Jesús y su invitación al crecimiento interior y a su misión evangelizadora: son las diferentes asociaciones y movimientos. El Espíritu Santo los ha multiplicado providencialmente en estos últimos años; pero hay que cuidar que sean verdadera “comunidad de discípulos”, expresión de una Iglesia comunión. En el interior de cada movimiento o asociación el Espíritu Santo guiará a una sapiencial penetración en el Misterio de Cristo, a una más fuerte y dinámica comunión eclesial, a una más comprometida y salvadora presencia en el mundo. Todo esto supone un proceso de constante conversión renovada fidelidad a Jesucristo.

3.- Enviados al mundo para anunciar el Reino y curar a los enfermos. Es la misión evangelizadora de toda la Iglesia “sacramento universal de salvación”. Implica el anuncio de la Buena Nueva de Jesús y la salvación integral de todos los hombres. Los laicos participan en ella con pleno derecho, de acuerdo a las exigencias y gracias del bautismo que los hace miembros de un pueblo sacerdotal y profético. No suplen al sacerdote (aunque en determinadas circunstancias lo hagan); ejercitan una misión que les es propia, como partícipes del sacerdocio profético de Cristo. Esto les impone nuevas exigencias de formación y coherencia evangélica, de crecimiento en Cristo y de presencia en el mundo.

El laico vive en el mundo; allí anuncia la Buena Nueva de Jesús y se compromete a transformar el mundo desde adentro, a modo de fermento (cf. L. G. 31). Toda la Iglesia está hoy comprometida en una “nueva evangelización”; lo exige la grave situación de secularismo que vivimos; lo exige la esperanzadora hambre de Dios que se manifiesta en las generaciones jóvenes; lo exige, en nombre de Cristo, la particular insitenica del Santo Padre Juan Pablo II. Esta “nueva evangelización” es un llamado a la conversión de toda la Iglesia, de todos los discípulos de Jesús, de toda la comunidad cristiana.

Queremos construir una nueva civilización de la verdad y del amor. Queremos construir una nueva sociedad en la justicia, en la reconciliación, en la libertad. Todos somos artífices de esta nueva civilización; todos nos comprometemos a construir esta nueva sociedad; todos somos llamados, como hijos de Dios, a trabajar por la paz. Pero los laicos por vocación y misión específica, tienen que sentir particularmente los desafíos de esta hora. Es la hora de los laicos en la Iglesia (no se puede pensar en los laicos sino desde el interior de una Iglesia comunión); es la hora de la Iglesia (de toda la comunidad cristiana: pastores, religiosos y laicos) en la justa valoración y animación de los laicos, miembros del Pueblo de Dios, en la edificación de la Iglesia y en la transformación del mundo. La entera comunidad crisitiana tiene que asumir plenamente en esta hora el desafío de una formación más completa y de una espiritualidad más honda del laico en la Iglesia.

Conclusión
Quiero terminar con este augurio de San Pablo a todos los laicos de Tesalónica: “Que El, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama y es él quien lo hará.” (1Tes. 5,23-24).

Cuando hablamos de una “espiritualidad del laico” queremos indicar el estilo peculiar con que el “cristiano laico” vive cotidianamente las exigencias radicales del Evangelio: su vida en el Espíritu, el amor a Dios y al prójimo, la alegría de las bienaventuranzas, la oración conteemplativa, la fecundidad de la cruz. No hay un cristianismo más fácil para el laico, como no se da en la Iglesia un cristiano de segunda categoría. Todos somos Iglesia –Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo- aunque cada uno según los dones recibidos, los ministerios confiados, las funciones asignadas (cf.1 Cor. 12,4-6).

Lo esencial en el “cristiano laico” es que viva concretamente su vida “según el Espíritu”: que vaya creciendo en Cristo, para la gloria del Padre, a través del dinamismo de una fe con obras, de un amor con fatigas y una esperanza en nuestro Señor Jesucristo con firme constancia (cf. 1 Tes. 1,3). En un contexto de cotidianidad y de compromiso normal con las realidades temporales en las que vive inmerso por voluntad de Dios. Totalmente vuelto a Dios (como receptivo de Dios) y totalmente insertado en la historia de los hombres (como signo e instrumento de salvación en la Iglesia).

Miramos a María, la primera y más perfecta discípula del Señor en quien Dios realizó maravillas porque fue pobre. Porque vivió cada día con sencillez su fidelidad de esposa y de madre; y allí, como laica, fue “la humilde servidora del Señor”.

Eduardo F. Card. Pironio
Bogotá, 17 de noviembre de 1986

Categorías:Laicos

TESTAMENTO ESPIRITUAL Cardenal Eduardo Francisco Pironio

TESTAMENTO ESPIRITUAL

Cardenal Eduardo Francisco Pironio

¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén! ¡Magnificat!

Fui bautizado en el nombre de la Trinidad Santísima, creí firmemente en Ella, por la misericordia de Dios, gusté su presencia amorosa en la pequeñez de mi alma (me sentí inhabitado por la Trinidad). Ahora entro “en la alegría de mi Señor”, en la contemplación directa, “cara a cara”, de la Trinidad. Hasta ahora “peregriné lejos del Señor”. Ahora “lo veo tal cual Él es”. Soy feliz ¡Magnificat!

“Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”. Gracias, Señor y Dios mío, Padre de las misericordias, porque me llamas y me esperas. Porque me abrazas en la alegría de tu perdón.

No quiero que lloren mi partida. “Si me amáis, os alegréis: porque me voy al Padre”. Sólo le pido que me sigan acompañando con su cariño y oración y que recen mucho por mi alma.

¡Magnificat! Me pongo en el corazón de María, mi buena Madre, la Virgen Fiel, para que me ayude a dar gracias al Padre y a pedir perdón por mis innumerables pecados.

¡Magnificat! Te doy gracias. Padre, por el don de la vida. ¡Qué lindo es vivir! Tú nos hiciste, Señor para la Vida. La amo, la ofrezco, la espero. Tú eres la Vida, como fuiste siempre mi Verdad y mi Camino.

¡Magnificat! Doy gracias al Padre por el don inapreciable de mi Bautismo que me hizo hijo de Dios y templo vivo de la Trinidad. Me duele no haber realizado bien mi vocación bautismal a la santidad.

¡Magnificat! Agradezco al Señor por mi sacerdocio. Me resentido extraordinariamente feliz de ser sacerdote y quisiera transmitir esta alegría profunda a los jóvenes de hoy, como mi mejor testamento y herencia. El Señor fue bueno conmigo. Que las almas que hayan recibido la presencia de Jesús por mi ministerio sacerdotal, recen por mi eterno descanso. Pido perdón, por toda mi alma, por el bien que he dejado de hacer como sacerdote. Soy plenamente conciente de que ha habido muchos pecados de omisión en mi sacerdocio, por no haber sido yo generosamente lo que debiera frente al Señor. Quizás ahora, al morir, empiece a ser verdaderamente útil: “Si el grano de trigo… cae en tierra y muere, entonces produce mucho fruto”. Mi vida sacerdotal estuvo siempre marcada por tres amores y presencias: el Padre, María Santísima, la Cruz.

¡Magnificat! Doy gracias a Dios por mi ministerio de servicio en el Episcopado. ¡Qué bueno ha sido Dios conmigo! He querido ser “padre, hermano y amigo” de los sacerdotes, religiosos y religiosas, de todo el Pueblo de Dios.
He querido ser una simple presencia de “Cristo, Esperanza de la Gloria”. Lo he querido ser siempre, en los diversos servicios que Dios me ha pedido como Obispo: Auxiliar de la Plata, Administrador Apostólico de Avellaneda, Secretario General y Presidente del CELAM, Obispo de Mar del Plata y luego, por disposición del Papa Pablo VI, Prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y finalmente, por benigna disposición del Papa Juan II, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos.
Me duele no haber sido más útil como Obispo, haber defraudado la esperanza de muchos y la confianza de mis queridísimos Padres los Papas Pablo VI y Juan Pablo II. Pero acepto con alegría mi pobreza. Quiero morir con un alma enteramente pobre.

Quiero manifestar mi agradecimiento al Santo Padre, Juan Pablo II, por haberme confiado, en abril de 1984, la animación de los fieles laicos. De ellos depende, inmediatamente, la construcción de la “civilización del amor”. Los quiero enormemente, los abrazo y los bendigo, y agradezco al Papa su confianza y su cariño.

¡Magnificat! Doy gracias a Dios, que por el Santo Padre Pablo VI, me ha llamado ha servir la iglesia Universal en el privilegiado campo de la vida consagrada. ¡Cómo los quiero a los Religiosos y Religiosas y a todos los laicos consagrados en el mundo! ¡Cómo pido a María Santísima por ellos! ¡Cómo ofrezco hoy con alegría mi vida por su fidelidad! Soy Cardenal de la Santa Iglesia. Doy gracias al querido Santo Padre Pablo VI por este nombramiento inmerecido. Doy gracias al Señor por haberme hecho comprender que el Cardenalato es una vocación al martirio, un llamado al servicio pastoral y una forma más honda de paternidad espiritual. Me siento así feliz de ser mártir, de ser pastor, de ser padre.

¡Magnificat! Agradezco al Señor el privilegio de su Cruz. Me siento felicísimo de haber sufrido mucho. Sólo me duele no haber sufrido bien y no haber saboreado siempre en silencio mi cruz. Deseo que, al menos ahora, mi cruz comience a ser luminosa y fecunda. Que nadie se sienta culpable de haberme hecho sufrir, porque ha sido instrumento providencial de un Padre que me amó mucho. ¡Yo sí pido perdón, con toda mi alma, porque hice sufrir a tantos!

¡Magnificat! Agradezco al Señor que me haya hecho comprender el Misterio de María en el Misterio de Jesús y que la Virgen haya estado tan presente en mi vida personal y en mi ministerio. A ella le debo todo. Confieso que la fecundidad de mi palabra se la debo a Ella. Y que mis grandes fechas –de cruz y de alegría- siempre fueron fechas marianas.

¡Magnificat! Agradezco al Señor que mi ministerio se haya desarrollado casi siempre, de un modo privilegiado, al servicio de sacerdotes y seminaristas, de religiosos y religiosas y últimamente de los fieles laicos. A los sacerdotes a quienes, en mi largo ministerio, pude hacerles algo de bien les ruego la caridad de una Misa por mi alma. A todos les agradezco el don de la amistad sacerdotal. A los queridos seminaristas –a todos los que Dios puso un día en mi camino- les auguro un sacerdocio santo y fecundo: que sean almas de oración, que saboreen la cruz, que amen al Padre y a María. A los queridísimos religiosos y religiosas, “mi gloria y mi corona”, les pido que vivan con alegría honda su consagración y su misión. Lo mismo les digo a los queridísimos laicos consagrados en la providencial llamada de los Institutos Seculares. A todos les pido que perdonen mis malos ejemplos y pecados de omisión.

¡Magnificat! Doy Gracias a Dios por haber podido gastar mis pobres fuerzas y talentos en la entrega a los queridísimos laicos, cuya amistad y testimonio me han enriquecido espiritualmente. He querido mucho a la Acción Católica. Si no hice más es porque no he sabido hacerlo. Dios me concedió trabajar con los laicos desde la niñez campesina de Mercedes (Argentina) hasta el Pontificio Consejo para los Laicos. ¡Magnificat!

Pido perdón a Dios por mis innumerables pecados, a la Iglesia por no haberla servido más generosamente, a las almas por no haberlas amado más heroica y concretamente. Si he ofendido a alguien, le pido que me perdone: quiero partir con la conciencia tranquila. Y si alguien cree haberme ofendido, quiero que sienta la alegría de mi perdón y de mi abrazo fraterno.
Agradezco a todos su amistad y confianza. Agradezco a mis queridos padres –a quienes ahora encontraré en el cielo- la fe que me transmitieron. Agradezco a todos mis hermanos su compañía espiritual y su cariño, especialmente a mi hermana Zulema.

Amo con toda mi alma al Papa Juan Pablo II, le renuevo mi eterna disponibilidad, le pido perdón por todo lo que no supe hacer como Prefecto para la Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y como Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos. Dios es testigo de mi absoluta entrega y de mi total buena voluntad. Le agradezco la delicadeza y la bondad de haberme querido nombrar Cardenal Obispo de la Diócesis Suburbicaria de Sabina Poggio Mirtito.

Renuevo a las queridas Siervas de Cristo Sacerdote, que me acompañaron durante tantos años, toda mi gratitud, mi cariño paternal y mi profunda veneración por su vocación específica, tan providencial en la Iglesia. Las quiero mucho, rezo por ellas y las bendigo en Cristo y María Santísima.

Agradezco a mi querido y fiel Secretaria el R. P. Fernando Vérgez, Legionario de Cristo, su cariño y su fidelidad, su compañía tan cercana y eficaz, su colaboración, su paciencia y su bondad.

Pido que hagan celebrar misas por mí y rezar por mi alma y las de tantos por quienes nadie se acuerda. De un modo especial quiero que hagan rezar por la santificación de los sacerdotes, de los religiosos y religiosas y de todas las almas consagradas.

Quiero morir tranquilo y sereno: perdonado por la misericordia del Padre, la bondad maternal de la Iglesia y el cariño y comprensión de mis hermanos. No tengo ningún enemigo, gracias a Dios, no siento rencor ni envidia a nadie.
A todos les pido me perdonen y recen por mí.

¡Hasta reunirnos en la Casa del Padre! ¡Los abrazo y bendigo con toda mi alma por última vez en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo! Los dejo en el corazón de María, la Virgen pobre, contemplativa y fiel. ¡Ave María! A Ella le pido: “Al final de este destierro muéstranos el fruto bendito de tu vientre, Jesús”.
+ E. Card. Pironio
Roma, 11 de febrero de 1996

  1. Yrigoyen 785 4ºL (1086) | Tel/Fax: (011) 4343-9694/4343-3650

    instituto@pastoraldejuventud.org.ar

 

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Después del Concilio, ¿tiene todavía razón de ser la A. C. y por qué?

CHARLA A LA . A. C. PARROQUIAL

 

Por Mons.: Roberto Juan González Raeta

Párroco

http://www.inmaculadamg.org.ar/images/stories/instituciones/ACA_parroquial/charla_ACA_20031122.html

 

  • Breve diagnóstico sobre nuestra hora.

 

  • El rol del laico en el anuncio del Reino y la defensa y afirmación del nombre         católico.

 

  • La A. C. antes y después del Concilio.

 

 

 

Pregunta a trabajar:

 

Después del Concilio, ¿tiene todavía razón de ser la A. C. y por qué?

2-XI-2003.-

Santa Cecilia.

Paz y Bien.

Charla a la A. C. Parroquial.

 

  • Breve diagnóstico de nuestra hora:

 

“La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo” (EN 20).

En nuestra cultura se dan condiciones favorables a la negación radical, a la crítica demoledora, a la búsqueda de un presunto realismo fundamentalmente ateo (ateísmo práctico: “exagera tanto el deseo de independencia del hombre que hace difícil cualquier dependencia con respecto a Dios. Los que profesan este ateísmo pretenden que la libertad consiste en que el hombre es fin en sí mismo, único artífice y demiurgo de su propia historia” (G. S. 20).

Hoy el ateísmo se manifiesta como “secularismo: una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios; Dios resultaría, pues, superfluo y hasta un obstáculo. Por reconocer el poder del hombre, acaba de sobrepasar a Dios e incluso por renegar de El” (EN 54).- A esto llamamos el drama del humanismo ateo. “En que los hombres revelan sus peores cualidades, en que la verdad y el derecho y Dios son puestos en duda” (Ana Frank).

Dios es presentado como problema; y la solución del problema es, por un complejo de causas, dirigido a desilusionar el pensamiento de poder asignar a Dios un puesto en la certeza y un influjo irradiante sobre la vida del hombre. Otras veces el “itinerarium mentis” estaba espontáneamente dirigido a la conquista de algo superior y de un iluminado conocimiento de Dios; más aún, de cierta relación con El, que imprimía a la vida un sentido propio, un orden propio, un movimiento propio. Hoy el “itinerarium” tiende al alejamiento, al apartamiento de Dios, ya sea que este alejamiento se detenga en la sustitución de la teología por la antropología, esto es, hacer del hombre el ser primero, el valor absoluto y medido de todas las cosas, este “itinerarium” lleva al abismo de la nada o al menos de lo absurdo; y a menudo de la locura o de la desesperación. Este itinerarium” es el del drama del humanismo ateo.

La hora exige reforzar las convicciones religiosas, poniéndolas en contraste con las corrientes de pensamiento que las someten a una impugnación problemática y sistemática. (Objetivo de la pastoral universitaria y de profesionales).

Es una hora incierta y revuelta del pensamiento humano; éste ha perdido confianza en sí mismo. No quiere ni lógica formal ni metafísica; no quiere sistemas orgánicos de verdades, por autorizados que sean; no quieren razonamientos probatorios y silogísticos; no quieren esquemas prefijados y ordenados; todo es mito (regresión: del logos al mito); todo es discutible, todo es incierto; solo el pensamiento científico conserva un valor provisional, sin que el mismo pueda esclarecer los profundos problemas de la inteligencia y pueda dar a la vida y sus exigencias espirituales y religiosas cualquier útil respuesta. El pragmatismo, suple de algún modo este vacío, pero a menudo más para agudizar el hambre de verdades supremas que para saciarlas.

El servicio de la A. C. es especialmente a la Verdad: la caridad de la verdad; que trata de descubrir algún nuevo sendero que nos saque de la “selva salvaje, áspera y fuerte” para el hombre que está necesitado de encontrar un renovado sentido religioso y, en la fe el concepto de la vida humana y de su destino, “el pastor (también el laico) debe tener siempre los ojos abiertos sobre el mundo” (Pablo VI), ya que el progreso de la fe y el desarrollo de la Iglesia están íntimamente relacionados con el descubrimiento de la realidad temporal. En la exploración de la realidad descubrimos el abandono del “ars cogitandi”que nos lleva a perder la brújula de una orientación hacia la verdad, a la cual se tiende sin tener ya la guía de criterios seguros de razonamientos. Pregunto ¿miembros de la A. C., es el caso de ustedes o no por estar anclados en la certeza de la formación cristiana?; pero sí es el caso de tantos hermanos que piensan con el cerebro de otros y que son conducidos por las corrientes de la opinión pública. Mirando a esta situación del pensamiento humano se comprende como la afirmación de Dios se oscurece y casi se disuelve, generando el espectáculo impresionante del desastre mental que lleva a los contemporáneos a caminar, peregrinar por arenas movibles. (Cáp. 4, Cultura adolescente. Card. Bergoglio) Este es fruto del abandono del arte de pensar al que Pablo VI hacía alusión, cuando escribía en 1931; “El tiempo no es bueno para la filosofía. La estación no es favorable. La juventud está desorientada; y pierde la confianza no solo en la idea, sino también en el ideal (….). No temer al pensamiento. No sustituir la molesta concentración de la mente por el color afectivo de la devoción. No divagar en la simplicidad operativa del bien por desconfianza en la especulación conquistadora de la verdadera. No rechazar las ascensiones doctrinales solo porque éstas son arduas, difíciles, no populares. Nada de empirismos en las acciones misioneras por la gula de rápidos y amplios sucesos” (Le idee di San Paolo…”, in “Studium” 27,1931, p. 43).

El de ustedes; miembros de la A. C., es sobretodo un apostolado que es servicio, servicio de la verdad.

“Tras el Concilio Vat. II, el laicado – decía Juan Guitton_ como en la Iglesia primitiva, ha recibido más que nunca la carga de la Verdad”. Más aún, se puede notar que antes incluso del Concilio, especialmente en Francia, fueron escritores laicos (Claudel, Blondel, Wilson, Maritain Gabriel Marcel, Francois Mauriac, Julián Green, Barnanos y otros), quienes mostraron más atrevimiento en decir lo que consideraban verdad. Fueron los laicos quienes, de hecho, tuvieron más audiencia.

De suerte que el deber de romper el silencio sobre lo esencial corresponde más al elemento laico de la Iglesia. ¡Cuántas veces habré oído al Papa Pablo VI decirme (el que fue posiblemente el primer Papa de espíritu laico), que la tarea de un laico no es transmitir la verdad revelada a la manera de un sacerdote, sino que el laico debe brindar un testimonio personal, fundado sobre su propia historia, sobre su propia experiencia. Pablo VI aprobaba el brindis del Card. Newman, que al final de un banquete decía: “Bebo a la salud de mi conciencia, en primer lugar, y a continuación a la salud del Papa”. (“Diálogos con Pablo VI”).

No tengan miedo, pues debemos recordar que si existe un itinerario nuestro hacia Dios, existe también y mucho más valioso, mucho más misterioso, mucho más bello, un itinerario de Dios hacia nosotros.

 

  • El rol del Laico en el anuncio del Reino y en la defensa y afirmación del nombre católico.

 

El reconocimiento que el Concilio viene proclamando de la dignidad del laicado, de su vocación a la plenitud de la vida cristiana y de su misión de apostolado, todavía se está por decepcionar.

Es necesario un programa concreto de trabajo, que sensibilice las conciencias, encienda las voluntades y haga crecer el sentido de responsabilidad en todos los creyentes; es necesario sacudir cierta pereza, que parece en ocasiones adueñarse de los buenos ante las formas más vistosas de ciertas maneras de ser incisivas, malsanas y provocativas; es necesario comunicar grandes ideas, alimentar fuertes convicciones sobre la grandiosa misión de una vida íntegramente cristiana que nace de la conciencia de su inserción en la comunidad de amor y de gracia, que se nos ofrece en el misterio de la Iglesia, y que quiere vivir a fondo sus exigentes compromisos, con la ayuda siempre presente de Cristo Santificador.

 

Ustedes han rastreado las huellas de la A. C., han dirigido la mirada hacia el pasado, para profundizar en su naturaleza y misión, ya que en el pasado se encuentra la guía y estímulo para el presente y el futuro. La A. C. podemos decir que también ayuda a preparar el Concilio Vat. II (Juan y Margarita).

Los invito, como duda metodológica, que nos preguntemos: después del Concilio, ¿tiene todavía razón de ser la A. C.; y por qué? Ustedes saben mi respuesta, sí, la A. C. tiene razón de ser; más aún, tiene motivos para continuar con conciencia y vigor y ponerse a actuar, hoy más que nunca; pero debe recuperar la autoconciencia de quien es, cuál es su naturaleza y misión.

“Nos atrevemos a decir que nunca ha habido un momento como el nuestro en el curso de la historia contemporánea que tanto necesita fundamento y defensa para las conquistas humanas modernas: la justificación y tutela de la persona, la dignidad y sacralidad de la vida, la libertad moral, y civil del hombre, las razones superiores e intangibles de la fraternidad entre los hombres, es decir, de la solidaridad entre los pueblos y de la paz interna y externa de las naciones, etc.…Diremos con grandes voces: hijos fieles de la Iglesia, católicos ansiosos de dar testimonio de vuestra fe, jóvenes creyentes y ardientes que andáis buscando ideas y formas dignas de comprometer vuestra vida con un grandioso programa, la A. C. es la fórmula buena, digna de almas que han comprendido el deber fundamental del cristiano, deber tan aclamado por el Concilio, de ser activos defensores y difusores de la fe, es digno de quien quiera dar a su prosaica existencia un valor ideal, no efímero o egoísta, fútil o utópico, sino denso en verdad y misterio, efectivo y generoso, útil, con una finalidad, con esa caridad que salva la vida propia y la de los demás…La A. C. es la fórmula buena” (a los dirigentes de la A. C. 20-III-1966, Pablo VI).

La A. C. debe ponerse a la cabeza de la reforma Conciliar, debe ser la primera en vivir a fondo la vocación laical; “vocación específica que los coloca en el corazón del mundo, en las más variadas tareas temporales, ejerciendo por lo mismo una forma singular de evangelización” (EN 70).

En la línea de grandes directrices que el Concilio propone a toda la Iglesia y que llama a seguir a todo el laicado con fervor ejemplar y renovada fidelidad, debe la A. C. ponerse al frente de este desafío – la hora es grande, y no hay lugar para los mediocres, pusilánimes y acomodaticios. Recordemos que el cristiano quedó en esta vida expuesto al pecado y no puede por consiguiente prevalerse de su bautismo como título seguro de salvación (M. de la Hist., J. Danielou).

Todo esto exige ante todo una profunda renovación interior, porque ello debe ser, ante todo interior. Lo decía S. Pablo: “Es preciso que renovéis vuestra mente y os revistáis del hombre nuevo” (Ef. 4,23). Y lo repite el Concilio, lo exhortaba de Pablo VI: “os exhortamos a entrar en el espíritu del Concilio, espíritu que exige de cada uno de nosotros un esfuerzo interior que no nos disponga a pensar y a realizar las cosas buenas, vitales y cristianas que el Concilio propone a todos; a vosotros los laicos, especialmente: el sentido de la Iglesia, la santidad y la actividad apostólica”.

Solo renovarán a la A. C. sí se renueva el corazón: “El alma de la reforma es la reforma del alma”.

“¡Ha llegado el momento de ser cristianos Verdaderos y fuertes! Bendecid al Señor que os ha llamado en este grande y peligroso momento de nuestra historia: ¡No desertéis de las filas!, ¡Tened fe y coraje! Que la Virgen Madre de la Iglesia los bendiga y acompañe”. (Pablo VI).

 

 

 

  1. in D.
Categorías:General

PRESENTACIÓN DE LOS MATERIALES DE LA XIII ASAMBLEA GENERAL DE LA HOAC EN LA DIÓCESIS DE CÁDIZ Y CEUTA

PRESENTACIÓN DE LOS MATERIALES DE LA XIII ASAMBLEA GENERAL DE LA HOAC EN LA DIÓCESIS DE CÁDIZ Y CEUTA

lunes, 10 de noviembre de 2014

 

El pasado sábado 08 de NOVIEMBRE de 2014, en Cádiz, en la Parroquia de La Asunción de Ntra. Sra. sita en c/ Alcalde Blázquez, 11 en el Barrio de Cerro del Moro, tuvo lugar la Asamblea diocesana de la HOAC de Cádiz y Ceuta.  Para la presentación de los materiales de la XIII Asamblea General de la HOAC, que se celebrará en Segovia del 13 al 16 de agosto de 2015, nos visitan las compañeras de la diócesis de Huelva Milagros Villamarín Casals y a Mª José Gómez que la acompaña, a las que se le damos nuestra acogida y bienvenida.

La Asamblea da comienzo recordando las palabras del Concilio Vaticano II:

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.  Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. (Gaudium et Spes, 1)

CARTEL DE LA XIII ASAMBLEA GENERAL DE LA HOAC

Dos invitaciones a tener presente a lo largo de toda la preparación de esta XIII Asamblea General de la HOAC.

La invitación a la que nos llama el Papa Francisco:


La invitación a la que nos llama G. Rovirosa:

Una propuesta: Sobre la que tenemos que discernir.

Tomar decisiones personal y comunitariamente.

Avanzar en ser Iglesia, Acción Católica encarnada
en el mundo obrero y del trabajo.

Avanzar en comunión de bienes, vida y acción desde
la centralidad de los empobrecidos.

Lo que queremos HACER:

Dialogar.

Acordar.

Celebrar/compartir.

–      Antes de empezar queremos…
 ponernos en las manos de Dios.

–      Dejarnos interpelar por Jesucristo.

–      Abrirnos a la acción de su Espíritu.

–      Para centrarnos en lo fundamental.

–      Lo que necesitamos los empobrecidos del mundo obrero.

–      Vivir la HOAC, como comunidad que vive con la Alegría
 y el entusiasmo del Evangelio.

–      Cada militante y toda la HOAC siendo instrumento de Dios para la liberación y promoción de los empobrecidos del mundo obrero.

A LA REALIDAD

Una realidad de creciente empobrecimiento
y deshumanización del mundo obrero
que clama justicia y una presencia
profética de la Iglesia.

¡¡¡Esta realidad no nos gusta!!!


Necesitamos reflexionar y desarrollar medios concretos que nos ayuden a avanzar en comunión con el mundo obrero más empobrecido.

Cómo hemos de SER para combatir
el empobrecimiento y la deshumanización.

“Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio”. Octavio Paz

Lo que haremos para crecer en Comunión
de Bienes, Vida y Acción con el Mundo Obrero


¡¡¡Con el Mundo Obrero empobrecido!!!

Activamente indignados


“Trabajo digno para una sociedad decente”

Queremos seguir dando pasos… Juntos

“La Alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.  Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento.  Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.  E.G. (1)

Agradeciendo a las militantes de la diócesis de Huelva el esfuerzo realizado para compartir este tiempo con nosotros, nos despedimos dando gracias al Padre por los beneficios que nos concede y rezamos juntos la “Oración a Guillermo Rovirosa”, dándose por finalizada la Asamblea.


FOTOS PREVIAS AL INICIO DE LA ASAMBLEA DIOCESANA
Cádiz, 8 de noviembre de 21014

 

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Gran sorpresa en la asamblea de la ACM la autora del Himno

 
LA GRAN SORPRESA DE LA ASAMBLEA</p>
<p>Encontramos a la autora del Himno de la Acción Católica Mexicana, la Madre Magdalena María Esther Torres Arpi, que siendo militante de la JCFM y postulante de una congregación religiosa, participó en un concurso en 1942 y obtuvo el primer lugar....desde entonces en todo el país entonamos ese bello himno, que es una composición literaria perfecta en el género de la poesía lírica.</p>
<p>Ella se fue de misionera a China y Japón de 1948 a 2005, y jamás escuchó cantar el himno, es parte de la Congregación Misioneras Eucarísticas de la Santísima Trinidad, quienes desde su fundación en 1936, todos los días hacen oración por la Acción Católica, pues esta congregación fue fundada por una militante de la JCFM.</p>
<p>El nombre del autor del himno siempre se mantuvo en el anonimato pues se publicaba las letras TEM, que fue el seudónimo con que concursó, las cuales hacen referencia a dos cosas: Torres Esther María y también a Trinidad, Eucaristía, Misión.</p>
<p>El Señor la puso en nuestro camino y ha sido muy emotivo encontrarla y descubrir toda esta información. Este día 8 de noviembre fue la invitada de honor de la Asamblea; nuestro presidente de la Junta Nacional la entrevistó y esta entrevista fue grabada y muy pronto se difundirá.</p>
<p>Además se le otorgó la máxima presea: Medalla Cristo Rey y por primera vez, después de 72 años, escuchó cantado el himno de la ACM en la voz de todos los dirigentes nacionales y diocesanos congregados en Asamblea.</p>
<p>También se le entregó una tésera honoraria para este nuevo ciclio, con el folio número 2, aclarando que la primera ha sido enviada al Papa Francisco.</p>
<p>Toda la investigación histórica, el análisis literario, el relato de cómo la encontramos, la reflexión sobre la actualidad del himno, la partitura y los documentos del archivo histórico serán plasmados en un libro que escribirá nuestro presidente de la Junta Nacional. </p>
<p>¡Adelante milicia de Cristo!<br />
Gracias Madre Magdalena

LA GRAN SORPRESA DE LA ASAMBLEA

Encontramos a la autora del Himno de la Acción Católica Mexicana, la Madre Magdalena María Esther Torres Arpi, que siendo militante de la JCFM y postulante de una congregación religiosa, participó en un concurso en 1942 y obtuvo el primer lugar….desde entonces en todo el país entonamos ese bello himno, que es una composición literaria perfecta en el género de la poesía lírica.

Ella se fue de misionera a China y Japón de 1948 a 2005, y jamás escuchó cantar el himno, es parte de la Congregación Misioneras Eucarísticas de la Santísima Trinidad, quienes desde su fundación en 1936, todos los días hacen oración por la Acción Católica, pues esta congregación fue fundada por una militante de la JCFM.

El nombre del autor del himno siempre se mantuvo en el anonimato pues se publicaba las letras TEM, que fue el seudónimo con que concursó, las cuales hacen referencia a dos cosas: Torres Esther María y también a Trinidad, Eucaristía, Misión.

El Señor la puso en nuestro camino y ha sido muy emotivo encontrarla y descubrir toda esta información. Este día 8 de noviembre fue la invitada de honor de la Asamblea; nuestro presidente de la Junta Nacional la entrevistó y esta entrevista fue grabada y muy pronto se difundirá.

Además se le otorgó la máxima presea: Medalla Cristo Rey y por primera vez, después de 72 años, escuchó cantado el himno de la ACM en la voz de todos los dirigentes nacionales y diocesanos congregados en Asamblea.

También se le entregó una tésera honoraria para este nuevo ciclio, con el folio número 2, aclarando que la primera ha sido enviada al Papa Francisco.

Toda la investigación histórica, el análisis literario, el relato de cómo la encontramos, la reflexión sobre la actualidad del himno, la partitura y los documentos del archivo histórico serán plasmados en un libro que escribirá nuestro presidente de la Junta Nacional.

¡Adelante milicia de Cristo!
Gracias Madre Magdalena

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