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Apostolado Seglar cap III lugar del seglar en la iglesia

CAPITULO   III PUESTO QUE OCUPA EL SEGLAR EN LA IGLESIA

Libro Apostolado Seglar

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

Para fijar con exactitud el lugar que ocupa el seglar dentro de la Iglesia es preciso delinear antes con brevedad la naturaleza y estructura de ésta.

1) La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, ampliación y complemento de la Encarnación, permítasenos la expresión. El Verbo no se contentó con unir a su Persona hipostáticamente una sola naturaleza humana. Quiso además incorporar a El todos los elegidos de manera incomprensible, pero real. Por eso, en la terminología de S. Agustín, la Iglesia es el mismo Cristo, el Cristo total: “Congratulémonos y demos gracias por haber sido hechos no sólo cristianos, sino Cristo. ¿Comprendéis, hermanos, la gracia de tener a Dios por cabeza nuestra? Llenaos de espanto, alegraos, pues hemos sido convertidos en Cristo. Pues si El es la cabeza, nosotros somos los miembros; el hombre completo, él y nosotros”[1]. Y en otro lugar: “No consiste Cristo sólo en la cabeza, y no en el cuerpo, el Cristo entero es la cabeza y el cuerpo”[2].

Pío XII explica la naturaleza de este Cuerpo Místico en su Encíclica Mystici Corporis, del 29 de junio de 1943: es una realidad sobrenatural, no una pura ficción mental. Se distingue, sin embargo, del cuerpo físico y del moral. En el cuerpo físico se da una verdadera e intrínseca unión entre las diversas partes, pero las partes pierden su propia individualidad y actividad autónoma, a pesar de la estrecha unión con que se juntan para formar ese cuerpo único. Por otra parte, en el cuerpo moral las partes continúan con su carácter individual, y su unión es sólo externa y accidental: en el Cuerpo Místico, a pesar de la plena individualidad y personalidad de cada miembro, el Espíritu Santo, como alma que es del Cuerpo Místico, informa todos sus miembros y los reduce a una verdadera unidad sobrenatural. En fin, la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, es anterior a sus miembros, y en esto se distingue de cualquier sociedad humana. No nace ella de sus miembros: la Iglesia engendra a la Iglesia, dice maravillosamente S. Agustín[3].

2) “Dos vidas-escribe S. Agustín-posee la Iglesia: una en fe, otra ya manifiesta; la primera, de trabajo durante ei tiempo de su peregrinación ; la segunda, de reposo en la mansión eterna; una, en el camino; la otra, en la patria; una consiste en el esfuerzo de la acción; la otra, en la recompensa de la contemplación…; una de ellas es buena, aunque desventurada; la otra es más perfecta y además dichosa”[4].

Ahora tratamos de la Iglesia que peregrina, y en ese estadio transitorio continúa siendo un misterio y un sacramento. La Iglesia militante consta de dos elementos esenciales, que son su vida interna e invisible y, por otra parte, su organización externa y visible. Del mismo modo que en Cristo se dan juntas la Divinidad oculta y la Humanidad visible; y en los sacramentos igualmente hay una gracia invisible y un signo externo. Vida interna de la Iglesia es la gracia; estructura externa es su organización jerárquica visible.

Si la miramos desde el primer punto de vista, la Iglesia es la Comunión de los Santos; bajo el otro aspecto, es una obra de Salvación[5]. El Espíritu Santo es el principio de su unidad interna; de la exterior lo es la autoridad jerárquica. No se deben separar al hablar de la Iglesia estos dos aspectos, el de incorporación y el institucional. Cristo, por medio del Espíritu Santo, comunica vida interna a la Iglesia. Es igualmente Jesucristo quien, por medio de la jerarquía, la amaestra, gobierna exteriormente y santifica, proporcionando a los fieles los medios de salvación y los instrumentos de la gracia, como son la regla de la fe, las normas de vida y los sacramentos. La actividad invisible de Cristo y la visible están estrechamente unidas entre si. La invisible tiene un ámbito mucho más amplio que la visible y puede sustituir la ausencia de ésta cuando halla impedimentos. Si se dan las dos juntas, la invisible se acomoda a la otra; de este modo nunca existe oposición entre las inspiraciones del Espíritu Santo y las directivas de la Jerarquía.

                   Posición del laico en la iglesia

Con estas nociones podemos ya determinar el lugar que corresponde a los seglares en la Iglesia:

a) Hay en la Iglesia desigualdad por lo que se refiere al ministerio e identidad de vida. La desigualdad se ve por los pocos que son elegidos para representar la persona de Cristo en la enseñanza, el gobierno y la administración de los sacramentos. Están por encima del resto de los fieles. Tal preeminencia y poder no les pertenecen en propiedad. Son de Cristo, que es el agente principal, cuya acción conserva toda su eficacia, sean dignos o indignos los ministros. Pero los ministros, como personas individuales, son también cristianos y, por consiguiente, necesitan de los mismos medios de salvación que los demás fieles. En este punto es idéntica la vida de todos los fieles. Escribe S. Agustín: “Por nuestro oficio de dispensadores tenemos cuidado de vosotros, mas queremos asimismo ser cuidados junto con vosotros. Para con vosotros somos pastores, mas somos ovejas, como vosotros, sometidos al verdadero Pastor. Tenemos ante vosotros el oficio de doctores y somos al mismo tiempo vuestros condiscípulos en la escuela del gran maestro”[6] (39). En otro lugar: “Cuando me aterra el pensar qué soy para vosotros, me consuelo pensando que soy uno de vosotros. Para Vosotros soy Obispo, con vosotros soy cristianó. Aquél es nombre del oficio recibido, éste lo es de la gracia; aquél trae peligro, éste salvación… Por tanto, si me causa mayor alegría el haber sido rescatado junto con vosotros, que el hecho de ser superior vuestro; procuraré entonces serviros con mayor abnegación, como manda el Señor, para no ser ingrato al precio con que merecí ser consiervo vuestro”[7].

b) La Jerarquía, como órgano autorizado de la acción visible de Cristo en la Iglesia, es sin duda su parte más importante. Sin embargo, la Jerarquía no es ella sola toda la Iglesia, del mismo modo que los cimientos y las columnas no son toda la casa; han de venir piedras y ladrillos a “completar lo que aún falta”. Por eso escribía San Pedro a los primeros cristianos: “Vosotros, como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual”[8]. San Pablo amplía esta misma figura: “Por tanto, ya no sois extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y de los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien bien trabada se alza toda la edificación para templo santo del Señor, en quien vosotros también sois edificados para morada de Dios en el Espíritu”[9] (42). De aquí la gran paradoja: lo más digno se ordena a lo de más bajo nivel, la Jerarquía a los fieles, y no al contrario, los fieles a la Jerarquía: “Todo es vuestro; ya Pablo, ya Apolo, ya Cefas, ya el mundo, ya la vida, ya la muerte, ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro, y vosotros de Cristo y Cristo de Dios”[10] .

Dice S. Agustín: “No hemos sido hechos Obispos para nosotros mismos sino para vosotros, a quienes comunicamos el sacramento y la palabra del Señor”[11] (44); en otro lugar: “¿Qué sería de nosotros si vosotros desaparecierais? Una cosa somos como personas privadas y otra distinta lo que poseemos en orden a vosotros. En cuanto personas individuales, somos cristianos; clérigos y Obispos somos sólo para vuestro bien. No se dirigía San Pablo a clérigos, Obispos ni sacerdotes cuando decía: vosotros sois miembros de Cristo. Hablaba a la turba. Hablaba a los fieles, a los cristianos: vosotros sois miembros de Cristo”[12]  (*).

c) Además de la Jerarquía-visible, que es la Autoridad, existe dentro de la Iglesia una gradación invisible que, por analogía con la anterior, podría denominarse jerarquía de méritos. Esta no tiene por fuerza que coincidir con la anterior. Mientras que los instrumentos de la gracia son administrados sólo por la autoridad jerárquica, esa manera de comunicarse la gracia llamada Comunión de los Santos depende también mucho de la jerarquía de méritos. Por eso los Pastores en algunas ocasiones son apacentados por sus ovejas.

Por otra parte, la forma jerárquica de la Iglesia visible es una institución provisional, pasajera, sólo para el tiempo de peregrinación. En la Patria la Iglesia ya no tendrá necesidad de doctrina, leyes ni sacramentos: allí Cristo hará felices a los suyos por sí mismo y no por medio de ministros. No obstante el carácter sacerdotal continuará en los bienaventurados para mayor gloria suya. Mas el orden fundamental se establecerá en el cielo a base de los méritos, jerarquía de gracia y de gloria.

Concluyamos con las palabras de Pío XII, ya citadas anteriormente: “Los seglares no solamente pertenecen a la Iglesia, sino que son la misma Iglesia”[13].

                   Actividad de los laicos en la Iglesia

Existe en la Iglesia una doble actividad: la acción infinita de Cristo, que lo es todo, y la “infinitesimal” de los fieles que, debido a la gracia, ayuda algo. La actividad espiritual de los fieles brota necesariamente de su orgánica e íntima unión con Cristo, que es la Cabeza. No hay miembro en un organismo viviente que pueda permanecer pasivo, sino que deben todos, para conservar la vida, obrar e influir de alguna manera con su actividad en todo el cuerpo. Esta mutua influencia de todos los miembros y la consiguiente circulación de la vida espiritual a través de todo el Cuerpo Místico es lo que se llama Comunión de los Santos. En esa actividad Interna del Cuerpo Místico, todos los miembros reciben la gracia y además se convierten en centros para la distribución y el aumento de la gracia, más o menos potentes, según su mayor o menor colaboración con ella De este modo pueden prestar ayuda a las necesidades de los demás, especialmente por medio de la oración. Hasta los miembros en apariencia más humildes pueden muy bien ser verdaderos apoyos de las columnas de la Iglesia. Escribía Pío XII en la Encíclica Mystici Corporis: “del mismo modo que en nuestra constitución mortal participa todo el cuerpo del dolor que aflige a un miembro, y los miembros sanos prestan sus cuidados a los enfermos, así también en la Iglesia cada miembro no vive sólo para sí, sino que ayuda a los demás, prestándose mutuamente apoyo, para común alivio de todos y para una más amplia edificación de todo el Cuerpo (…)- No debe, sin embargo, creerse que la estructura del Cuerpo de la Iglesia, ordenada o, como algunos prefieren llamarla, orgánica conste de solos los diversos grados de la Jerarquía. Ni tampoco, como pretenden los defensores de la sentencia contraría, se compone únicamente de cristianos carismáticos, aunque estos privilegiados con dones extraordinarios nunca ciertamente han de faltar en la Iglesia… Es más, no debe olvidarse nunca, y mucho menos en las actuales circunstancias, que los padres y madres de familia, los padrinos y madrinas en el bautismo, y sobre todo los seglares que unen sus esfuerzos a los de la jerarquía eclesiástica en la difusión del reino de Cristo, ocupan un puesto honroso, aunque con frecuencia humilde, dentro de la sociedad cristiana. También ellos pueden, con la inspiración y ayuda de Dios, alcanzar la santidad heroica que, por especial promesa de Jesucristo, nunca ha de faltar en la Iglesia”[14] (47).


[1]              Tractatus in Jo. Evang., 21, 8  (PL  (Garnier), 35, 1568).

[2]              Loc. cit., 28, I,   (ibíd., 1622).

[3]              Cfr. Serm.. E92, 2 (PL, 38,  1012);   De sancta virginitate, 2 (PL (Garnier), 40, 397);  etc.

[4]              Tract. in Jo. Evaii’j., 124, 5 (PL (Garnier), 35, 1914).

[5]              Esto no ha de entenderse como si la Iglesia constase sólo de justos. Mientras peregrina en este mundo cuenta entre sus miembros justos y pecadores:  “No hay que pensar-escribe Pío XII-que el Cuerpo de la Iglesia, por el hecho de honrarse con el nombre de Cristo, aun en el  tiempo de esta peregrinación terrena, consta única mente de miembros eminentes de santidad, o se forma

            solamente de la agrupación de los que han sido predestinados a la felicidad eterna, porque la infinita misericordia de nuestro Redentor no niega ahora un lugar en su Cuerpo místico a quienes en otro tiempo no negó la participación en el convite. Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía. Ni la vida se aleja completamente de aquellos que, aun cuando hayan perdido la caridad y la gracia divina pecando, y, por lo tanto, se hayan hecho incapaces de mérito sobrenatural, retienen con todo la fe y esperanzas cristianas, e iluminados por una luz celestial, son movidos por las internas inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo a su saludable temor, y excitados por Dios a orar y a arrepentirse de su caída” (Mystici Corporis, AAS, 35 (1943), p. 203).

[6]              Enarrationes in psalmos, 126, 3 (PL, 37, 1669).

[7]              Sermones. 340, I (PL, 38, 1483)

[8]              Sermones. 340, I (PL, 38, 1483)

[9]              . Ef 2. 19-22.

[10]             1 Cor. 3, 22-23.

[11]             Contra  Cresconium  Donatistam,   II,   13   (PL.   43. 474)

[12]             Sermones inediti, 17, 8 (PL, 46, 880)

                (*) El mismo san Agustín, hablando a los fieles, se expresaba asi: “Hermanos, no penséis que le Señor dijo estas palabras, Donde yo estoy allí estará también mi servidor, solamente de los obispos y clérigos buenos. Vosotros podéis servir también a Cristo viviendo bien, haciendo limosnas, enseñando su nombre y su doctrina a los que pudiereis, haciendo que todos los padres de familia sepan que por este nombre deben amar a la familia con afecto paternal. Por el amor de Cristo y de la vida eterna avise, enseñe, exhorte, corrija, sea benévolo y mantenga la disciplina entre todos los suyos ejerciendo en su casa este oficio eclesiástico y en cierto modo episcopal, sirviendo a Cristo para estar con El eternamente.” In Evan. Joan., tract. 51, n. 13. Texto español de la B. A. C., Obras de San Agustín, t. 14 (Madrid, 1957), p. 295.

[13]             Cfr. más arriba la nota 3. – 47 –

[14]             AAS, 35 (1943), pp. 200-201

Las confesiones del Papa

Las confesiones del Papa

Luis Fernando Valdés

Periódico AM Querétaro, 16/mayo/2010

 

Benedicto XVI realizó en Portugal su 15e viaje pastoral fuera de Italia. Después de cada una de las visitas apostólicas de este Papa a los diversos países, la imagen del Pontífice ha quedado reforzada. Entre los nubarrones de la crisis mediática de la Iglesia, provocada por los escándalos de abusos por parte de sacerdotes, ahora “conquistó” a… los propios periodistas.

Este viaje apostólico (del 11 al 14 de mayo pasados) inició con la tradicional conferencia de prensa en el avión, camino hacia Lisboa. Le preguntaron al Papa por el “tercer secreto” de Fátima, y el Santo Padre dio una respuesta bastante inesperada, por lo fuerte de sus palabras, por lo profundo de la autocrítica por parte de la cabeza de la Iglesia.

Explicó que esa revelación privada ya se cumplió, pero que su mensaje de penitencia sigue siendo actual: “se habla, se ve la necesidad de una pasión de la Iglesia, que naturalmente se refleja en la persona del Papa, pero el Papa está por la Iglesia y, por tanto, son sufrimientos de la Iglesia los que se anuncian”.

Y explicó que estos sufrimientos tan fuertes son provocados por la Iglesia misma: “La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia”.

A continuación, el Sucesor de Pedro dio un mensaje escalofriante: que estamos presenciando “la mayor persecución de la Iglesia”, la cual “no. procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia”.

Ante esta claridad del Romano Pontífice, las reacciones no se hicieron esperar. Rachel Donadío, la corresponsal del “New York Times”, periódico que ha mostrado una especial agresividad en su cobertura de la crisis de los abusos en la Iglesia, reconoció que “Benedicto XVI emitió sus declaraciones más contundentes sobre la crisis de abuso sexual que barre a la Iglesia Católica” (www. nytimes.com del 12.V.2010).

Por su parte, el vaticanista del diario español “El País”, Miguel Mora, conocido por su poca simpatía hacia Juan Pablo II, escribió un sorprendente artículo, en el que alaba al actual Pontífice. Según Mora, “cuando el escándalo de la ocultación de la pederastia clerical ha generado la peor crisis de la Iglesia católica en décadas, Ratzinger ha dado lo mejor de sí mismo y ha liderado, con un coraje y una ferocidad de gladiador solitario, impropios en un hombre de 83 años” (“El gladiador solitario”, en www.elpais.es del 12.V.2010).

La sincera actitud del Papa Joseph Ratzinger de aceptar los problemas de la Iglesia, y de enfrentarlos con valentía, empieza a ser reconocida por algunos de los vaticanistas menos favorables al Obispo de Roma; pero desde mucho antes fue ya reconocida y admirada por la gente común y comente. La prueba es que durante la Misa celebrada en la explanada del Santuario de Fátima el 13 de mayo, se reunieron 500 mil personas, mientras que justo 10 años antes, ahí mismo, Juan Pablo II fue acompañado por 400 mil.

Benedicto XVI no ha intentado maquillar la crisis de la Iglesia, sino que la ha denunciado con valentía. Por eso, este Papa en poco tiempo será reconocido por la fortaleza para enfrentar los problemas profundos de la Iglesia.

Correo: lfvaldes@gmail.com http://columnafeyrazon.blogspot.com

Categorías:General, Reflexiones

Ponerse metas altas

Ponerse metas altas

Educar Hoy

Por Pedro J, Bello Guerra.

Periódico AM Querétaro, 16/mayo/2010

 

La meta es el fin u objetivo de una acción o plan. Por ejemplo, “mi meta es terminar la carrera y viajar a Estados Unidos”, “La meta de Ramón es ahorra hasta poder comprarse un coche”. Meta es por otro lado el término señalado a una carrera, “el primero en cruzarla meta, gana”, mientras más altas sean las metas nos moverán a esforzarnos más por conseguirlas y en algunas ocasiones esas metas se convertirán en nuestro proyecto de vida, como, “mi meta es casarme con Laura y formar una familia y así ser felices por siempre”.

Mientras mas metas tengamos, estaremos animosos por alcanzarlas como esos deportistas que se van poniendo metas o récords que romper y así luchan día a día, minuto a minuto para conseguirlas.

Ahora pongamos mucha atención a esta bonita historia:

“La primera vez que Luis escuchó hablar de la Isla de los Inventos era todavía muy pequeño, pero las maravillas que oyó le sonaron tan increíbles que quedaron marcadas para siempre en su memoria. Así que desde que era un niño, no dejó de  buscar e investigar cualquier pista que pudiera llevarle a aquel fantástico lugar. Leyó cientos de libros de aventuras, de historia, de física y química e incluso música, y tomando un poco- de aquí y de allá llegó a tener una idea bastante clara de la lsla de los Inventos: era un lugar secreto en que se reunían los grandes sabios del mundo para aprender e inventar juntos, y su acceso estaba totalmente restringido. Para poder pertenecer a aquel selecto club, era necesario haber realizado algún gran invento para la humanidad, y sólo entonces se podía recibir una invitación única y especial con instrucciones para llegar a la isla,

Luis pasó sus años de juventud estudiando e inventando por igual. Cada nueva idea la convertí a en un invento, y si algo no lo comprendía, buscaba quien le ayudara a comprenderlo. Pronto conoció otros jóvenes, brillantes inventores como él, a los que contó los secretos y maravillas de la Isla de los Inventos. También ellos soñaban con recibir “la carta”, como ellos llamaban a la invitación. Con el paso del tiempo, la decepción por no recibirla dio paso a una colaboración y ayuda todavía mayores, y sus interesantes inventos individuales pasaron a convertirse en increíbles máquinas y aparatos pensados entre todos. Reunidos en casa de Luis, que acabó por convertirse en un gran almacén de aparatos y máquinas, sus invenciones empezaron a ser conocidas por todo el mundo, alcanzan no a mejorar todos los ámbitos de la vida; pero ni siquiera así recibieron la invitación para unirse al club. No se desanimaron. Siguieron aprendiendo e inventando cada día, y para conseguir más y mejores ideas, acudían a los jóvenes de más talento, ampliando el grupo cada vez mayor de aspirantes a ingresar en la isla. Un día, mucho tiempo después, Luis, ya anciano, hablaba con un joven brillantísimo a quien había escrito para tratar deque se uniera a ellos-Le contó el gran secreto de la Isla de los Inventos, y de cómo estaba seguro de que algún día recibirían la carta. Pero entonces el joven inventor le interrumpió sorprendido:

  • ¿Cómo? ¿Pero no es ésta la verdadera Isla de los Inventos? ¿No es su carta la auténtica invitación?

Y anciano como era, Luis miró a su alrededor para darse cuenta de que su sueño se había hecho realidad en su propia casa, y de que no existía más ni mejor Isla de los Inventos que la que él mismo había creado con sus amigos. Y se sintió feliz al darse cuenta de que siempre había estado en la isla, y de que su vida de inventos y estudio había sido verdaderamente feliz.”

Existen metas muy buenas como conseguir liquidez financiera, un buen trabajó, hacer deporte y muchas otras más; cuando las metas que nos ponemos involucran a otros para hacer el bien, vamos creciendo más y más, es por eso importantísimo que nos preocupemos primero de nosotros mismos; pero después hay que pensar en los otros, en el prójimo, que es el más próximo como Luis que descubrió al final de su vida que sus buenas acciones habían remediado muchos males y producido mucho bien a la humanidad.

pedrobelloguerra@gmail.com

La Virgen que salvo al Papa

La Virgen que salvó al Papa

La  Voz   Del   Papa

José   Martínez   Colín*

Periódico AM Querétaro, 16/mayo/2010

 

1)     Para saber

El pasado trece de mayo, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, el papa Benedicto XVI estuvo presente en el Santuario que se erigió en el mismo lugar de las apariciones de la Virgen María. Con ello celebró también el 10° aniversario de la Beatificación de Jacinta y Francisco, dos de los niños que vieron a la Virgen.

En la homilía pronunciada en la explanada del Santuario, el Papa dijo que había llegado como un peregrino a Fátima: “para alegrarme de la presencia de María y de su protección maternal…, para rezar, con María y con tantos peregrinos, por nuestra humanidad afligida por miserias y sufrimientos…, para confiar a la protección maternal de María a los sacerdotes, los consagrados y las consagradas, los misioneros y a todos los agentes de bien que hacen acogedora y benéfica la Casa de Dios”.

2)     Para pensar

El Papa rezó frente a la Imagen de la Virgen coronada y evocó el malogrado atentado para asesinar a su predecesor Juan Pablo II, que fue precisamente un trece de mayo, del año 1981.

No hay la menor duda que fue la Virgen quien salvó al Papa. Como había comentado el frustrado asesino Alí Agca, ya en la cárcel, “quienes planearon el atentado habían pensado todo muy bien, menos en una cosa”. Y cuando los carceleros le preguntaron qué era esa cosa, respondía: “La fecha, la fecha”. Efectivamente, nunca pensaron que la Virgen, en su día, salvaría al Papa. Hubo muchas circunstancias que evitaron su muerte: El mismo Papa Juan Pablo II admitía que “una mano disparó y otra dirigió la bala”, pues ésta había pasado a milímetros de la aorta abdominal, gracias a lo cual no fue inminente su muerte.

También sucedió que una semana antes del atentado habían donado una ambulancia para casos de emergencia, sin imaginar que la estrenaría el Papa. Un factor importante era llegar rápido al hospital y se logró gracias a que había un chofer que vivía cerca del hospital y conocía muy bien las calles, haciendo un tiempo record de veinte minutos. El médico cirujano, por su parte, pudo enterarse por el radio de su carro del atentado, gracias a lo cual pudo dirigirse de inmediato al hospital y operar sin pérdida de tiempo al Papa en cuento llegó.

Por ello, cuando se cumplió el primer aniversario del atentado, Juan Pablo II fue a Fátima para agradecerle a la Virgen María su socorro y puso en la parte interior de su corona la bala con que fue herido, y que aún se conserva ahí.

El Papa Benedicto XVI rezó ante esta imagen y agradeció su maternal protección. Pensemos si contamos ante nuestras dificultades con esa ayuda celestial.

3)     Para vivir

El Papa recordaba lo que la entonces niña Jacinta, de siete años, exclamaba: “¡Me gusta tanto decir a Jesús que le amo! Cuando se lo digo muchas veces, me parece tener un fuego en el pecho, pero no me quemo” (Memorias de Sor Lucía, 1,42).

Y comentaba el Papa que tal vez querríamos participar también de esas visones, pero no “olvidemos las palabras que Jesús nos dice: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20, 29). Nosotros también podemos repetirle muchas veces al día al Señor que le amamos y El nos llenará con el fuego de su Amor.

*José Martínez Colín es sacerdote, Ingeniero en Computación por la UNAM y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra (e-mail:padrejosearticulos@gmail.com)

Categorías:General, Reflexiones

Capitulo II Que es un laico?

               CAPITULO II ¿QUE ES UN “LAICO”?

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

Laós, de donde está tomado el nombre de Laico, significa en griego pueblo. Es muy usado en el Antiguo Testamento para designar al “Pueblo de Dios”. En la versión de los Setenta sobre todo, el término recibe este sentido exclusivamente religioso. En el Nuevo Testamento se encuentra algunas veces- la palabra laós para designar sencillamente el pueblo o la turba. Mas también aquí pronto prevaleció el sentido religioso, significando pueblo de Dios o pueblo elegido, como puede verse en los escritos de los Apóstoles: “Simón nos ha dicho de qué modo Dios por primera vez visitó a los gentiles para consagrarse de ellos un pueblo (laós) a su nombre”[1]. “Pero vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo (laós) adquirido… Vosotros, que en un tiempo no erais pueblo (laós), ahora sois pueblo (laós) de Dios: no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis conseguido misericordia”[2]. En los textos citados laós se contrapone claramente a gentiles. Laós significa, por tanto, en el lenguaje apostólico, pueblo elegido, o sea los fieles, que también reciben el nombre de hermanos, santos, cristianos, etc.

El significado de laós se determino aún más en la época posterior a los Apóstoles. Fue menester marcar bien la diferencia no sólo entre cristianos y paganos, sino también dentro del cristianismo, entre sacerdotes y no sacerdotes. Entonces se reservó la palabra “laico” para designar al pueblo cristiano, como distinto del clero. La distinción aparece por vez primera en los escritos de San Clemente de Roma. En este sentido, laico se contrapone a clérigo. A mediados del siglo tercero surge una nueva categoría de fieles que hacen aún más complicada la terminología. Son los monjes. El monje tiene que ser, por fuerza, clérigo o laico. De ahí que la división en tres categorías no sea del todo adecuada. Pasado algún tiempo, clérigos y monjes fueron englobados en el mismo grupo, en oposición al estado laical. El motivo de esta fusión entre clérigos y monjes fue su creciente semejanza, al irse dedicando también los monjes al culto, mientras los clérigos les imitaban en el celibato.

Entre tanto, la palabra “laico” fue perdiendo su primitivo significado religioso y su hálito de santidad, para revestir significación de algo “profano”. En una antigua traducción latina de la Sagrada Escritura se nos habla de “panes laicos”, por oposición a los panes de la proposición[3] . El mundo moderno aún ha llevado esta palabra a un sentido más profano. En labios de algunos políticos y sociólogos, “laico”, “laical”, “laicismo”, indican no ya algo profano o seglar, sino francamente antirreligioso.

                   Definición de “laico”

El Código de Derecho Canónico no nos da una definición explícita del laico, como lo hace con el clérigo. Aun la misma palabra emplea muy raramente. En general, prefiere los términos “fieles”, “fieles cristianos”. Leemos en el canon 107: “Por institución divina existen en la Iglesia clérigos y laicos, aun cuando no todos los clérigos son de institución divina; unos y otros pueden ser “religiosos”. La Tercera Parte del libro segundo trata de los Seglares. Comienza con el canon 682, que dice así: Los seglares tienen derecho a recibir del clero, en conformidad con las disposiciones eclesiásticas, bienes espirituales y, en primer lugar, los auxilios necesarios para su salvación”. A continuación habla de las Asociaciones de fieles y emplea casi siempre este mismo término: fieles (*).

(*)   I Sínodo Romano.

208. Con el nombre de laicos se designan en los artículos del presente Sínodo aquellos que, habiendo recibido el bautismo, son miembros del Cuerpo Místico de Cristo, gozan en la Iglesia de personalidad jurídica (cfr. Can. 87). se distinguen de los clérigos y religiosos y están sujetos a la legítima Jerarquía.

209.     El laico tiene una personalidad insuprimible en la Iglesia y, por lo mismo, en el sentido y límites de los sagrados cánones, goza de derechos inalienables. Por tanto, todo conato de renunciar al propio Bautismo, además de ser un pecado gravísimo, es inválido.

210.     § 1.   Por razón de su dignidad y del fin sobrenatural al cual han sido llamados,  los laicos no pueden contentarse  con  una  vida  naturalmente  honesta, sino que deben tender también a una vida sobrenaturalmente buena, preocupándose,  sobre todo,  de vivir siempre  en gracia de Dios.

212. § 1. Todos los católicos, según sus posibilidades, apoyen y defiendan su propia religión, teniendo presente que cualquier incerteza u omisión equivaldría a una ayuda prestada a los enemigos de su fe.

214. El orden universal, establecido por Dios, exige que la economía no sea separada de la moral; recuerden, por tanto, los fieles, que deben obedecer a las normas de la moral también en su actividad económica.

220. Los católicos no se dejen pasivamente dominar por el progreso técnico, sino diríjanlo a gloria del Creador, al desarrollo de la personalidad humana, al bienestar y paz universal.

Hablando con propiedad, el laico debe definirse: el fiel cristiano, o sea, “un hombre viador, bautizado y perteneciente a la Iglesia visible”; éstos son precisamente sus elementos positivos. Son los clérigos y religiosos los que necesitan de ulterior determinación. Prácticamente, “laico” se toma en sentido negativo, como contra distinto de clérigo o religioso. En consecuencia, se definen también de modo negativo, señalando, más que sus propiedades, aquello que no es. En este sentido pueden llamarse laicos a “aquellos fieles que no están ordenados ni siquiera destinados al sagrado ministerio por la tonsura, ni, por otra parte, se han obligado por medio de los votos públicos a un abandono total del mundo”. Todo parece negativo en esta definición. Contiene, sin embargo, un elemento positivo: sus relaciones con el mundo. Los seglares no huyen del mundo como los religiosos, ni se les prohíbe el cuidado de las cosas temporales como a los clérigos. Su vida se desarrolla totalmente dentro del mundo, y son ellos el vínculo que necesariamente debe existir entre el orden espiritual y el temporal. Bajo este aspecto podríamos definir al laico: es el cristiano que, viviendo cristianamente en medio del mundo, se esfuerza por ganar para Cristo el mundo material y todo lo perteneciente al orden temporal. Esta idea positiva del laicado es la que actualmente se está imponiendo cada día con más claridad en las mentes de todos. En ella quedan incluidos los múltiples aspectos del apostolado moderno.

                   Institutos seculares

Ya hemos dicho anteriormente que la clasificación de los religiosos ocasionó cierta confusión en la distinción de los fieles en clérigos y laicos. Esta última división pertenece a la estructura esencial de la Iglesia visible. El estado religioso pertenece más bien a la vida de la Iglesia, por cuya autoridad ha sido elevada a categoría jurídica dentro de la misma Iglesia. En otras palabras: el estado de perfección proviene de Cristo; las normas jurídicas, concretas y seguras para conseguirlo son obras de la Iglesia. “Las otras dos categorías de personas canónicas, clérigos y seglares, son de origen divino, al que se añade la institución eclesiástica. Surgen de la naturaleza misma de la Iglesia, en cuanto es una sociedad jerárquicamente ordenada. Existe además una clase media entre clérigos y laicos, a la que unos y otros pueden pertenecer. Son los religiosos, cuya razón de ser estriba totalmente en sus íntimas relaciones con el fin mismo de la Iglesia, al que tienden con especial eficacia y medios adecuados”[4]. Como ya hemos advertido, los religiosos, aun los que no son clérigos, más que a los seglares, se asemejan a los clérigos por su apartamiento del mundo y sus actividades ordinariamente espirituales. Gozan además algunos privilegios clericales, y con mayor facilidad se les encomiendan ocupaciones propias de clérigos. Se distinguen, pues, claramente de los laicos propiamente dichos.

La reciente aparición de los Institutos Seculares agravó la dificultad ya existente en la clasificación de los fieles. Lo mismo que podemos preguntarnos que si los religiosos son clérigos o laicos, así ahora nace, la duda acerca de los miembros de esos Institutos: ¿Son religiosos o seglares? Vamos a responder a esta pregunta, para que se vea claramente en qué sentido tomamos aquí la palabra “laico”.

Los Institutos Seculares, como las Ordenes Religiosas, abrazan ambos estados, el de clérigos y el de laicos: “Se llaman Institutos Seculares, para mejor distinguirlos de otras asociaciones ordinarias entre los fieles, las Sociedades, clericales o laicales, cuyos miembros han profesado observar en el mundo los consejos evangélicos, con el fin de adquirir la perfección cristiana y darse al apostolado”[5]. Sin embargo, por lo que diremos a continuación, se verá cómo tales Institutos se ordenan más bien a los laicos.

Se les llama “Seculares” para distinguir los miembros del Instituto de los “Regulares”, que son los verdaderos religiosos, hablando jurídicamente. Lo esencial en el concepto jurídico de “religioso” son los votos públicos y una forma de vida determinada por la Regla y las Constituciones. En los Institutos, por el contrario, los votos son privados, y el modo de vida, fuera de lo indispensable para adquirir la perfección evangélica, se rige -por las circunstancias de lugares y personas, y las exigencias del apostolado. Esa nota de secularidad es esencial para el concepto jurídico del Instituto: “Al elevar esta asociación de fieles a la categoría superior de Instituto Secular, y siempre que se realice alguna nueva ordenación, general o particular, de cualquier Instituto, nunca debe perderse de vista el carácter propio y específico de los Institutos, que es el ser seculares, pues aquí apoya toda la razón de su existencia. Nada hay que quitar de una seria perfección cristiana, bien fundada en los consejos evangélicos, y en lo esencial auténticamente religioso. Pero sin olvidar que esa perfección debe practicarse en el mundo y, por consiguiente, en conformidad con la vida del siglo en todo aquello que no sea incompatible con los deberes de esa misma perfección”[6] (27).

La Sagrada Congregación de Religiosos, el día 19 de marzo de 1948, declaró perjudiciales todas aquellas cosas “que no conformaban con la naturaleza y la finalidad de los Institutos Seculares, como son, por ejemplo, un hábito que no esté conforme con el modo de vida de un seglar, la vida común tal como se lleva en las Ordenes Religiosas y otros modos de vida que en la organización externa pueden equipararse a éstos”[7].

El objeto de esa “secularidad” es el siguiente: “Llevar vida de perfección en todo momento y lugar; aun en casos en que la vida estrictamente religiosa no sería posible o conveniente; procurar una profunda renovación cristiana de la familia, de la profesión, de la sociedad civil, poniéndoles en contacto íntimo y constante con una vida de perfección y consagrada enteramente a la virtud; ejercer el apostolado en lugares, tiempos y circunstancias inaccesibles a sacerdotes y religiosos. Para todos estos fines pueden muy bien servir los Institutos”[8]. De aquí se ve también claramente cómo los Institutos son más apropiados para seglares. En el ejercicio de su apostolado los miembros son totalmente y en sentido estricto laicos. “Debe practicarse con fidelidad ese apostolado de los Institutos Seculares, que no sólo se desarrolla en el mundo, sino además como que nace del mundo, y, por consiguiente, en sus formas, circunstancias y lugares se adapta mejor a la vida del mundo”[9] (30).

No puede, sin embargo, llamarse seglar en todo rigor el estado de esos miembros. Es un estado de perfección; pues sus miembros se obligan por los votos a la observancia de los consejos evangélicos. La Constitución apostólica Provida Mater Ecelesia asigna a los Institutos dos fines de igual importancia: “Adquirir la perfección cristiana y entregarse de lleno al apostolado”[10]. El primero se obtiene con la observancia de los consejos; el segundo, con la forma seglar de vida, Son, pues, religiosos en sentido teológico y seglares en sentido jurídico; religiosos en su vida interior, seglares en sus actividades externas (*Tal vez deberían llamarse Religiosos Seculares.). “Los Institutos Seculares, por el estado de perfección que profesan y por la entrega total al apostolado a que se obligan, tienen una misión mucho más elevada, en orden al apostolado y a la perfección, que los demás fieles alistados en la Acción Católica o en otras Asociaciones piadosas puramente seglares”[11]. “Por la Constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, los Institutos Seculares se cuentan con todo derecho entre los estados de perfección ordenados y aprobados jurídicamente por la Iglesia, pues, aunque viven en el mundo, se consagran con aprobación eclesiástica al servicio de Dios y de las almas y poseen una organización interdiocesana y universal con diversos grados”[12].

Tenemos, pues, una vida religiosa desarrollándose en un ambiente de mundo. Es el movimiento contrario a aquel otro tradicional en el que el religioso por su apartamiento del mundo, se asemejaba al estado clerical. Podría del siguiente modo expresarse la diferencia que media entre la vida religiosa concebida tradicionalmente y esta otra más nueva: la esencia del estado de perfección consiste en la total renuncia al mundo, provista de un carácter permanente y firme por la pronunciación de los votos. A esta renuncia se añade, según el concepto tradicional de vida religiosa, una mayor o menor separación del mundo, que completa la renuncia y facilita su práctica. En los Institutos, por el contrario, se impone únicamente la renuncia, no el alejamiento del mundo. Aquí radica la distinción entre seglares y los miembros de un Instituto. Estos se obligan a una renuncia plena y actual del mundo. Mientras que los fieles están, en verdad, obligados a un abandono potencial, del mundo, debiendo estar dispuestos a privarse de cualquier bien temporal que se oponga a la gloria de Dios o a la salvación de su alma, mas no tienen ninguna obligación de renunciar simplemente al mundo. Por lo dicho resulta evidente que los miembros de un Instituto no pertenecen a la categoría de los seglares propiamente dichos: se hallan en estado de perfección del mismo modo que los religiosos. En su manera de vida, sin embargo, y en el apostolado se asemejan a los seglares. Todo lo que en el presente estudio digamos acerca del apostolado de los seglares deberá aplicarse también a los miembros de los Institutos, a no ser que lo impida el contexto; por ejemplo, cuando nos referimos al apostolado de los padres de familia.


[1]              Act.  15,  14.

[2]              1 Pet. 2, 9-10.

[3]              1 Sam. 21, 4.

[4]              Const. apost. “Provida Mater Ecclesia”, del 2-2-1947 (AAS, 39 (1947), p. 116).

[5]              Ibid, p.  120.

[6]              Motu proprio “Primo feliciten, del 12-3-1948 (A AS, 40  (1948), p. 284).

[7]              Instructio de saecularibus Institutis (AAS, 40(1948), p. 926).

[8]              Const, apost. “Próvida Mater Ecelesia”, del 2-2-1947 (AAS, 39 (1947), p. 116).

[9]              Motu proprio “Primo feliciten, del 12-3-1948 (AAS 40 (1948), p. 285).

[10]             AAS, 39  (1947), p. 120.

[11]             S. C. de Religiosos, instructio de institutis Saecularibus, del 19-3-148  (ASS, 40 (1948), p. 2S6).

[12]             Motu proprio “Primo feliciter”, del 12-3-1948 (ib.d., pp. 285-286).