La Cristiada, aquella singular gesta durante la cual México asombró al mundo ofreciéndole una muchedumbre de héroes que fueron santos, aún tiene mucho que contarnos.


México; la Cristiada, Anacleto


Por lo pronto, fue San Juan Pablo II, aquel inolvidable Papa “venido de un país lejano”, quien se interesó por estudiar a fondo dicha gesta; y, al comprobar que muchos de los sacrificados lo fueron por odio a la fe y perdonando a sus verdugos, no dudó en elevarlos a los altares, entre ellos, aparte de los numerosos sacerdotes y seglares sacrificados, dos héroes nacidos en los Altos de Jalisco: un fraile dominico y un intelectual de altos vuelos.

El fraile dominico fue Fray Luciano Reginaldo Hernández, nacido en San Miguel el Alto, Jalisco, martirizado nada menos que en España, cuando, en 1936, el gobierno de la II República inició una feroz persecución contra la Iglesia. Este héroe del cristianismo contemporáneo fue beatificado por Benedicto XVI en octubre de 2007.

El intelectual de altos vuelos –pensador, orador y dirigente social– fue Anacleto González Flores, nacido en Tepatitlán, Jalisco, martirizado en 1927 por los esbirros de Plutarco Elías Calles y beatificado también por Benedicto XVI, en noviembre de 2005.

Mucho es lo que se ha escrito acerca de Anacleto González Flores, tanto que cualquier intento por estudiar a fondo su figura está condenado de antemano al fracaso.

El maestro Anacleto era licenciado en Derecho, lector incansable, orador elocuente y poseedor de un envidiable estilo literario que hacía las delicias de sus lectores.

Anacleto, consciente de que los dones que había recibido no eran para adornarse frívolamente, sino más bien para ponerlos al servicio de la causa de Cristo Rey, decidió convertirse en un activista del pensamiento y de la acción todas las horas del día.

En Jalisco fundó la Unión Popular, desde la cual, organizando cuadros y formando jefes católicos, supo desafiar al gobierno callista en el terreno de las ideas llevadas a la práctica. Muchos de sus artículos pueden leerse en dos libros suyos: “El plebiscito de los mártires” y “Tú serás Rey”.

Al tener una amplísima visión de la realidad, Anacleto comprendió muy bien la esencia hispano-católica, tanto de México como del resto de las naciones hermanas. Amplísima visión que se resume en el siguiente párrafo:

“Nuestra vocación tradicionalmente, históricamente, espiritualmente, religiosamente, políticamente, es la vocación de España, porque de tal manera se anudaron nuestra sangre y nuestro espíritu con la carne, con la sangre, con el espíritu de España, que desde el día en que se fundaron los pueblos hispanoamericanos, desde ese día quedaron para siempre anudados nuestros destinos, con los de España. Y en seguir la ruta abierta de la vocación de España, está el secreto de nuestra fuerza, de nuestras victorias y de nuestra prosperidad como pueblo y como raza”.

Ni duda cabe que quien lea el párrafo anterior, por momentos, creerá estar leyendo al intelectual español Ramiro de Maeztu, quien fuera el primero en señalar la vocación de los pueblos hispánicos.

Y así como en España un Ramiro de Maeztu y también un Manuel García Morente ponían los cimientos de la ideología hispano-católica, aquí en México dicho honor le correspondió a un valiente alteño nacido en el pintoresco pueblo de Tepatitlán.

Quizás por eso lo odiaron tanto, odio que se manifestara con la saña con que lo torturaron antes de matarlo.

Vale la pena reproducir unos pensamientos expresados por el mártir antes de ser sacrificado:

“He trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el cielo, el triunfo de la religión en mi patria”.

Un intelectual no solamente valioso sino también valeroso.

Sus restos se veneran en el Santuario de Guadalupe, en Guadalajara. Sobre la placa que cubre el nicho, una inscripción en latín: “VERBO, VITA ET SANGUINE DOCUIT”, lo cual, en buen romance, significa: “Enseñó con la palabra, con la vida y con la sangre”.

@yoinfluyo

redaccion@yoinfluyo.com

* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com