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Antonio Sosa: «Si no existiera la Acción Católica, habría que inventarla»

Antonio Sosa: «Si no existiera la Acción Católica, habría que inventarla»

El sacerdote Antonio Sosa, consiliario de Acción Católica General en Málaga, en su parroquia María Madre de Dios
Publicado: 15/05/2016: 3995

Antonio J. Sosa (Málaga, 1970) es el consiliario de Acción Católica General de Málaga. En la Solemnidad de Pentecostés, le preguntamos por la salud de los seglares y de la Acción Católica en la Diócesis de Málaga.

«La Acción Católica nos recuerda que el sitio del laico es el mundo, pues éste es el sitio de la Iglesia»

Pentecostés es la fiesta de los seglares y de la Acción Católica, ¿cómo lo celebran?

En Pentecostés, el Espíritu Santo fortalece al Pueblo Santo de Dios, en su gran número de fieles laicos, para que sea apostólico y misionero. La Acción Católica, que es el laicado ordinario y habitual asociado de la Iglesia, se siente de fiesta por ser, desde su identidad, apostólico.

¿Pero no suena la Acción Católica a algo ya del pasado en la Iglesia?

La Acción Católica ha pasado por diferentes momentos históricos, ahora estamos en otro momento de la vida de la Iglesia. El laicado en las parroquias necesita un proyecto que lo organice, lo forme, le dé
espiritualidad y lo ilusione a ser evangelizador en sus ambientes. Si no existiera, habría que inventarla de nuevo. Los grupos de Acción Católica quieren ser fermento (en sus parroquias9 del apostolado laical asociado. Los grupos que ya están en nuestras parroquias de niños, jóvenes y adultos son ya Acción Católica General pues, como dicen los obispos españoles en un documento del año 1991, “…la Acción Católica (sea o no con estas siglas) tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica (de los laicos de la diócesis) como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana”. CLIM nº 95.

¿Que caracteriza a la Acción Católica?

La Acción Católica se basa en varios argumentos del documento para los laicos: Apostolicam actuositatem nº 20, del Concilio Vaticano II. Su fin es el fin apostólico de la Iglesia: la evangelización, con
una clara organización laical, con una organización que manifiesta mejor la comunidad eclesial y cooperando con la jerarquía. El nuevo proyecto de Acción Católica habla de la espiritualidad como fuente y meta del laico; presenta la misión del laicado, que no es otra que la evangelización; da
una importancia fundamental a la formación integral; y concluye también con la necesidad de
organización.

¿Dónde están los laicos hoy día: en las parroquias, en el mundo…?

La Acción Católica nos recuerda que el sitio del laico es el mundo, pues ése es el sitio de la Iglesia. El ser de la Iglesia es evangelizar y el laicado vive en la parroquia para formarse con una preparación seria y recia de la fe, vivir los sacramentos, vivir a la Iglesia como la comunidad y la familia que nace de la fe en Jesús y sentirse enviado por ella. Los laicos tienen la misión de llevar la buena noticia de Jesús a sus vecinos y paisanos en los diferentes espacios familiares, sociales, económicos, culturales. La parroquia necesita del laico para ser “hospital de campaña” entre sus vecinos mal heridos y accidentados. Algunos también son llamados a servir en algunos ministerios en la comunidad como catequistas, servidores de la caridad, de la liturgia, de los enfermos… Pero el sitio del laico no son ni los salones parroquiales ni el templo parroquial son los diferentes ambientes de nuestra sociedad.

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PERFIL DE VIDA DEL MILITANTE DE LA ACCIÓN CATÓLICA

PERFIL DE VIDA DEL MILITANTE

 

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Material surgido del trabajo realizado con los Responsables del Àrea en el Encuentro de Dirigentes de Embalse. Acción Católica Argentina, www.accioncatolica.org.ar.

 

Queremos que ese compromiso concreto que debemos asumir en la institución, sea parte de nuestro proyecto de vida como jóvenes, reafirmar que el ser militante joven de la AC “es aceptar y hacer propio un proyecto de vida, definido por las notas de la identidad institucional y que queremos ayudar a concretar en la vida de cada joven”.

 

El Joven militante de Acción Católica:

1   Tiende decididamente a la Santidad en lo cotidiano

2   Asume con plenitud la espiritualidad laical: oración, vida sacramental y dirección espiritual

3   Da testimonio comprometido, siendo protagonista en su ambiente

4   Se ocupa de su formación integral

5   Tiene apertura a la unidad, con profundo sentido eclesial

6   Vive la mística institucional con alegría y pasión

 

 

 

1       Tiende decididamente a la Santidad en lo cotidiano

 

Un día fui a visitar a un anciano al hospital. Él estaba viviendo sus últimos días; no lo decía, pero se notaba ni bien uno entraba en la habitación. Es como dicen, se percibía en el aire. Lo visité durante dos días hasta que falleció.

En una de las variadas conversaciones con él, me transmitió algunas de sus dudas. No eran preguntas directas, sino reflexiones que él se hacía, y que uno bien podría planteárselas, pero sin la claridad de un hombre que ha recorrido más de ochenta años y con más de media docena de nietos.

Entre sus pequeñas grandes reflexiones se cuestionaba por las cosas que podría haber hecho y no hizo, en las que debería haber puesto más énfasis, ser más intransigente; en otras ser más compasivo, más reflexivo.

Estas cuestiones con el tiempo fueron mellando mi joven espíritu, sin proponérmelo, lentamente revolucionaron mi ser. ¿Sería demasiado tarde?. Todavía sigo remando hacia la mitad de mi vida. Aquel anciano se lo preguntaba y no llegaba a encontrar la respuesta. Y yo que aún soy joven ¿Será demasiado tarde?. ¿Tarde para qué?. ¿Demasiado?. ¿He hecho mi aprovisionamiento de aceite?, (Mt. 21,1), ¿o estoy al límite de los recursos?.

Sin lugar a dudas uno de los tesoros que nosotros los jóvenes no sabemos aprovechar es el tiempo.

Jesús con sus queridos apóstoles estuvo poco tiempo, y los hizo nacer de nuevo, los fogueó fuerte y parejo. ¡¡Solo estuvo tres años con ellos!!.

Nosotros si queremos podemos hacer que Jesús está más tiempo con nosotros, en nuestra pequeña barca. Los apóstoles en este aspecto eran unos incrédulos, como nosotros hoy día, cuestionaban todo lo que Jesús les decía (Lc. 24,18 / Lc. 24,38)

El mundo de hoy nos suscita interrogantes, muchos de los cuales nos dejan atónitos y sin respuesta; llenan de temor y niebla nuestra vida. El camino a seguir está sembrado de cardos, espinillos, piedras puntiagudas, ramas bajas que castigan nuestro cuerpo por los cuatro costados, pero la recompensa es grande (Jn. 21,6.) La barca en la que estamos subidos es la Acción Católica; el mar, nuestros ambientes; y nuestro derrotero la Santidad.

Así como San Esteban se entregó, porque él vio la recompensa (Hch. 7,56) que Jesús le regalaba; que Jesús te regala hoy y todo los días. (Proy. Inst. de la A.C.A. Pág. 29)

“…Su ayuda a las familias que necesitaba no se restringía a dinero y alguna palabras de consuelo. Buscaba alojamiento a quien no lo tenía, compraba zapatos para los chicos, conseguía medicinas, asesoraba o realizaba trámites burocráticos, hacía mudanzas empujando desde atrás carros cargados de muebles… Solía decir, Jesús en la Santa comunión me hace una visita todas las mañanas, yo se la devuelvo, con mis pobres medios visitando a los pobres.” (Anécdotas de la vida del Beato Pier Giorgio Frassati)

 

 

2       Asume con plenitud la espiritualidad laical:  oración, vida sacramental y dirección espiritual

 

Como militantes de la Acción Católica muchas veces hemos escuchado hablar de espiritualidad laical, de que es distinta a otras, de que tiene una proyección más profunda en nuestros ambientes. Pero no sabemos exactamente que quiere decir laicos. Y nos encontramos con una respuesta que se opone decididamente a lo que nosotros deberíamos tender: Laico es sinónimo de lo que no es religioso, de lo que está alejado de la religión, lo contrario.

Entonces, ¿Cómo entender la espiritualidad laical, si suena como una frase con conceptos antagónicos?. Si nos quedáramos en esta reflexión, solo estaríamos caminando superficialmente, sin tener en cuenta otras características de este “hombre laico”.

Encontramos pues que éste está bautizado y no pertenece al orden religioso, ni estado religioso reconocido en la Iglesia. En resumen, es un tipo como vos y yo, pero que por el bautismo tiene una vocación distinta (C.I.C. 898 y ss), una misión especial en este mundo (Mc. 6,7.)

Los apóstoles que habían recibido el Espíritu Santo en Pentecostés, estaban preparados para eso, igual que nosotros, con las mismas armas; los tiempos eran otros, claro está. Ellos fueron enviados a proclamar la Buena Nueva a todo el mundo, nosotros a nuestras familias, nuestra sociedad… Ellos tenían todo por hacer, pero eran muy pocos… (Mt. 9,37.) Tenían la responsabilidad de comenzar algo nuevo. Aquel Maestro que ya no estaba con ellos les había dejado sus enseñanzas, que las recordaban apenas.

Pero como Jesús divisó de antemano nuestras debilidades, para trabajar en la viña, dejó como al pasar olvidadas algunas herramientas, que si no las usamos seguido perdemos la práctica: la oración, los sacramentos, la dirección espiritual…, como para que no nos quedemos haraganeando, y contribuyamos a aumentar la cosecha…

Y tú querido militante, ¿Qué clase de trabajador eres?. ¿Has llegado a la viña por casualidad o escuchaste la voz del viñador en el cruce de los caminos?.

Jesús no nos pide que trabajemos haciendo barullo, que demostremos y que nos demostremos que somos los enviados; más bien como lo hacía aquel servidor san Sebastián, que en silencio y secretamente suscitó muchas conversiones.

“El secreto de su celo apostólico y de su santidad hay que buscarlo en el itinerario ascético y espiritual que recorrió, en la oración, en la perseverante adoración, incluso nocturna del Santísimo Sacramento, en su sed de la Palabra de Dios, escrutada en los textos bíblicos, en la serena aceptación de las dificultades de la vida, incluida la familiar, en la castidad vivida como disciplina alegre y sin compromisos, en la predilección diaria del silencio y la “normalidad de la vida”. Precisamente en estos factores nos ha hecho descubrir la fuente profunda de su vitalidad espiritual” (Homilía de Juan Pablo II durante la misa de beatificación de Pier Giorgio Frassati,  mayo de 1990)

 

3       Da testimonio comprometido, siendo protagonista en su ambiente

 

Cuantas veces te has encontrado frente a una encrucijada que complicaba aún más tus diarias decisiones: ser de Cristo o ser de la tierra; sal en la tierra o un insípido. Y aparecía nuevamente esa frase: “Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap. 3,16.) Enunciado que tiene un impulso tajante, y en cierta medida, desolador, sacude hasta el más fuerte. Pero por otro lado, cuantos la han hecho carne para hacerle frente a las adversidades de la vida, de este peregrinar hacia la Casa del Señor.

Tomar la posta, de aquel hombre que deambulaba por Judea hace dos mil años, es bastante difícil, complicado; quema como hierro al rojo vivo. Pero así y todo un grupo de personas que acompañaron a este Hombre, tomó ese desafío. En un principio hubo preguntas que quedaron sin respuestas, pero se fueron disipando a medida que transcurría el tiempo.

Primero Jesús tuvo que ganarse la confianza de estos rudos marineros y pescadores; pues como trabajadores que eran conocían poco de palabras, pero más de hechos. En esto Jesús fue contundente y se la conquistó, jugándoles en su mismo terreno: ante el temor de una extraordinaria tormenta, y ya solos en la barca… (Mt. 8,24)

Estos novatos compañeros de Jesús, lo siguieron sin preocuparse por qué comer o vestir (Mt. 6,26.)Pero como pecadores, hombres terrenales que se debían a su tiempo, aún no habían madurado el mensaje de la Buena Nueva en sus corazones, y caían en pozos de soledad. Entonces cuando se acercó el final inevitable, lo traicionaron, lo vendieron como un esclavo, a la corrupta facción de políticos…

Hoy, en nuestra sociedad, en nuestro tiempo, hay muchos que apostaron, y apuestan por Jesús; que sabiendo por las pruebas que deberán pasar se arriesgan igual. Tantos santos, beatos y mártires han dado la vida por el Galileo, que ha dado la vida por nosotros (Lc. 9,24.) No ajenos a esta situación y queriéndolo imitar, muchos jóvenes de nuestra amada institución también, han entregado sus vidas por los demás, y son como pequeños jalones que nos guían en nuestro caminar. A algunos los conocemos por su nombre… a otros no. Cristo cuando estuvo entre nosotros hizo mucho barullo, porque los hombres de aquella sociedad estaban sordos al nuevo mensaje, estaban tuertos y con corazón duro.

La meta que buscamos todos es la santidad; pero como este camino es largo, sinuoso, y con inesperados contratiempos, no lo podemos caminar solos. Muchas veces los obstáculos que se nos presentan, exigen al límite nuestras fuerzas físicas, nuestro temperamento, y así y todo no los podemos esquivar. Es que por eso este pequeño gran Hombre nos dejó a Alguien para que nos ayudara y no estemos solos (Hch. 1,8), inclusive pondrá en nuestras bocas que decir en el momento oportuno (Lc. 12,12.)

Podríamos estar días enteros buscando ejemplos de santidad cotidiana, y encontraríamos muchos, y que es muy posible y que los caminos para conseguirla son numerosos y muy variados. Comenzando por ser testigos en nuestros ambientes como nos exhorta la Acción Católica, es una manera muy hermosa. Un ejemplo de esto es nuestro querido beato Pier Giorgio Frassati, que supo hacer de las adversidades de la vida un camino de alegría que lo condujera a Cristo. ¿No te parece que hay demasiada coincidencia entre nosotros y aquel pequeño grupo de pescadores?. Tal vez no seamos pescadores, ni tengamos redes, pero si tenemos algo irreemplazable: los planos y la libertad que Él nos da, que es el Amor.

 

4       Se ocupa de su formación integral

 

Desde pequeños somos instruidos en muy variados temas. Desde aquellos que nos enseñan a comportarnos en el entorno social que imparten nuestras familias, hasta los que la sociedad nos enseña. Se habla entonces de una educación general, lo suficientemente amplia como para que comprendamos nuestro ambiente y nos integremos a la sociedad.

Y así comenzamos con la educación formal. Escuela y estudios superiores nos hacen asequibles las más variadas herramientas para desenvolvernos con mayor autonomía en el cambiante mundo que nos rodea.

Adquirimos así conocimientos de toda índole y especie, muchos terminan por ser superfluos y de poco alcance intelectual.

Por otro lado nuestro Ser único e irrepetible vive en una disonancia parcial. Hay algo en nuestro interior que pide ser alimentado, socorrido, aliviado. Nuestra “otra parte” a la que llamamos espiritual necesita de algún otro tipo de instrucción.

Así nos encontramos frente a otra formación, que la sociedad no nos aporta, y que solamente la Iglesia como Madre y Educadora fundamental nos acerca. Esta formación que nos había sido suministrada no nos completaba como seres humanos: Cuerpo y Alma vivían en una continua dicotomía, que mantenía a nuestra existencia sin la posibilidad de trascender.

El camino, que en un principio era claro, con el paso del tiempo descubrimos que se hace cada vez más difícil de distinguir. Necesitamos de ayuda para poder continuar, y recurrimos, entonces, a los que nos precedieron en el camino que nosotros empezamos a recorrer: los Padres de la Iglesia que nos dicen: […] “En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana” […] (Ch. L. 59.)

No solo los documentos de la Iglesia nos exhortan a completar nuestra formación; entre tantos caminos que se pueden elegir, el de nuestra institución es uno de los más apreciados, uno de los que más y mejor capacita a sus miembros en un proceso formativo integral; de tal forma que somos irreemplazables colaboradores del Dios Educador, por medio de nuestra inserción en el mundo, como integrantes de una Iglesia viva.

Es que por eso los militantes están llamados y comprometidos con el mismo fin apostólico de la Iglesia, a educar en la fe y mostrar el camino de la perfección cristiana. En este aspecto podemos rescatar por ejemplo la vida de san Basilio, uno de los Padres de la Iglesia, en sus comienzos, que puso al servicio de los desamparados, hambrientos y pobres toda su fortuna material, intelectual y espiritual.

 

 

5       Tiene apertura a la unidad, con profundo sentido eclesial

 

Habían transcurrido casi tres días y no pasaba nada. Las promesas se diluían lentamente, casi sin pensarlo. Un grupo de hombres mascullaba los presagios que se les estaban por venir. Temerosos de correr la misma suerte que aquel que había sido condenado días previos a la pascua judía.

Pero las tinieblas de la duda pronto se disiparon, (Mt. 28,17) pues el fuego del Espíritu Santo se posó sobre ellos (Hch. 2,3.)

La confirmación de los discípulos en la tarea apostólica era contundente. Ante aquella tamaña entrega en la cruz por amor, no había otra forma de responder que con la misma moneda.

Había que amar con la misma intensidad, con la misma convicción. La Buena Nueva era esa: Amar al prójimo.

Este fruto que ahora se veía maduro era consecuencia de la unidad con la que habían vivido estos años. Y se reflejaba en las cosas cotidianas, de tal manera que los que los veían quedaban asombrados, pues vivían como si tuvieran una sola alma, un solo corazón.

Era esa misma unidad que con un voto “secreto” había quedado sellada (Mc. 14,22-25 / Lc. 24,30-31.) Esa unidad con Cristo era la que ahora los llevaba por caminos distintos, por oriente y occidente. Ese pacto secreto unía a los hombres con Dios en un acto de amor que fue testigo de tribulaciones y de amargo llanto (Mt. 26,75)

Desde aquellos momentos la Iglesia había quedado instituida. Los pequeños pescadores tenían un reto inimaginable. Cada uno con su carisma aportaría lo suyo para sacar adelante esta empresa.

Nosotros en estos tiempos tenemos muchas “empresas” que llevar adelante, y en cada obstáculo que encontramos allí estará Cristo para ayudarnos, y nos preguntará “¿Pedro, tú me amas?”. La respuesta que demos será la que nos guíe en nuestro andar diario.

[…] “Como militantes habéis elegido vivir para la Iglesia y para la totalidad de su misión “dedicados (como os escribieron vuestros obispos) con un vínculo directo y orgánico a la comunidad diocesana” para hacer que todos redescubran el valor de la fe que se vive en comunión, y para hacer de cada comunidad cristiana una familia solícita con todos sus hijos […] J. P. II a la A.C.I; 08/09/2003

Santa Catalina de Siena en este aspecto es un magnífico ejemplo, ella ha sido elegida como patrona de los jóvenes mayores de la AC. Ella dio su vida por la Iglesia: “Si muero, estad seguro que la única causa de mi muerte es el celo por la Iglesia que me abraza y me consume.”

 

 

6       Vive la mística institucional con alegría y pasión

 

Si buscamos en el diccionario la palabra mística tiene varios significados: – parte de la teología que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus; – misterio o razón oculta de una cosa.

Nosotros utilizamos el término mística para expresar el “estilo propio”, el “espíritu” de la Acción Católica. “El mismo que le da vida, es decir la fuente que esta en el corazón del cuerpo eclesial, de la esencia orgánica del pueblo comunitario y jerárquico. Por eso son características de nuestro apostolado algunos aspectos que difícilmente se encuentran reunidos en otras expresiones de la actividad apostólica de la Iglesia.” (Pablo VI, OR, 18/78/1971)

Por tanto, la mística de la Acción Católica esta expresada pro sus notas y características propias que conforman ese “estilo propio”, ese “espíritu”, el ambiente donde los laicos a través de una decisión personal y libre se comprometen a vivir su vocación laical asumiendo responsablemente los asuntos temporales y la vida eclesial en comunión con los pastores, ofreciendo su orgánica y sistemática colaboración  para la implantación del Reino de Dios.

El 14 de mayo de 1922 Pier Giorgio se inscribe al círculo “Milites Mariae” de la Sociedad de la Juventud Católica (Rama Masculina de la Acción Católica Italiana) en su parroquia de Turín.

El “lema” de la JAC era: “oración, acción, sacrificio”. Tres palabras que resumen el compromiso cotidiano de sus miembros. Pier Giorgio encuentra en ellas el espejo de su modo de ser, un auténtico programa de vida.

Es un hombre de oración, en continuo diálogo con Dios en las liturgias comunitarias, en las adoraciones nocturnas, desgranando las cuentas de un rosario por las calles y en el secreto de su habitación.

Es un hombre de acción, que comprendió verdaderamente que seremos juzgados por aquello que hemos testimoniado del Evangelio en palabras y obras, y que es fiel a su tarea. Es un hombre de sacrificio, que no teme la renuncia de algo si esto le permitirá servir a Dios y  a sus hermanos. De manera particular, si se trata de hacer el bien a sus hermanos pobres.

Pier Giorgio vive la experiencia de la Acción Católica con intensidad. Se siente unido a sus compañeros por los mismos ideales, los mismos sueños, el mismo compromiso.

Pier Giorgio cree fuertemente en el asociarse. Él mismo es socio de muchas organizaciones, y se compromete para su difusión. En julio de 1923, cuando en Pollone, el pueblo de origen de los padres en el cual los Frassati tienen una villa de vacaciones, se funda el círculo de la JC, se le pedirá ser el padrino de la bandera.

De la Juventud Católica aprende la importancia de la dimensión nacional. Los grandes encuentros lo entusiasman, y si puede participa. Ama estrechar relaciones con los jóvenes de regiones lejanas. La fe es una unión más fuerte que cualquier distancia.

 

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

JMJ day 4-195

Mensaje del Santo Padre Francisco

para la XXIX Jornada Mundial de la Juventud (2014)

 

Queridos jóvenes:

Tengo grabado en mi memoria el extraordinario encuentro que vivimos en Río de Janeiro, en la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud. ¡Fue una gran fiesta de la fe y de la fraternidad! La buena gente brasileña nos acogió con los brazos abiertos, como la imagen de Cristo Redentor que desde lo alto del Corcovado domina el magnífico panorama de la playa de Copacabana. A orillas del mar, Jesús renovó su llamada a cada uno de nosotros para que nos convirtamos en sus discípulos misioneros, lo descubramos como el tesoro más precioso de nuestra vida y compartamos esta riqueza con los demás, los que están cerca y los que están lejos, hasta las extremas periferias geográficas y existenciales de nuestro tiempo.

La próxima etapa de la peregrinación intercontinental de los jóvenes será Cracovia, en 2016. Para marcar nuestro camino, quisiera reflexionar con vosotros en los próximos tres años sobre las Bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de San Mateo (5,1-12). Este año comenzaremos meditando la primera de ellas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3); el año 2015: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8); y por último, en el año 2016 el tema será: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).

1. La fuerza revolucionaria de las Bienaventuranzas

Siempre nos hace bien leer y meditar las Bienaventuranzas. Jesús las proclamó en su primera gran predicación, a orillas del lago de Galilea. Había un gentío tan grande, que subió a un monte para enseñar a sus discípulos; por eso, esa predicación se llama el “sermón de la montaña”. En la Biblia, el monte es el lugar donde Dios se revela, y Jesús, predicando desde el monte, se presenta como maestro divino, como un nuevo Moisés. Y ¿qué enseña? Jesús enseña el camino de la vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. En toda su vida, desde el nacimiento en la gruta de Belén hasta la muerte en la cruz y la resurrección, Jesús encarnó las Bienaventuranzas. Todas las promesas del Reino de Dios se han cumplido en Él.

Al proclamar las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a seguirle, a recorrer con Él el camino del amor, el único que lleva a la vida eterna. No es un camino fácil, pero el Señor nos asegura su gracia y nunca nos deja solos. Pobreza, aflicciones, humillaciones, lucha por la justicia, cansancios en la conversión cotidiana, dificultades para vivir la llamada a la santidad, persecuciones y otros muchos desafíos están presentes en nuestra vida. Pero, si abrimos la puerta a Jesús, si dejamos que Él esté en nuestra vida, si compartimos con Él las alegrías y los sufrimientos, experimentaremos una paz y una alegría que sólo Dios, amor infinito, puede dar.

Las Bienaventuranzas de Jesús son portadoras de una novedad revolucionaria, de un modelo de felicidad opuesto al que habitualmente nos comunican los medios de comunicación, la opinión dominante. Para la mentalidad mundana, es un escándalo que Dios haya venido para hacerse uno de nosotros, que haya muerto en una cruz. En la lógica de este mundo, los que Jesús proclama bienaventurados son considerados “perdedores”, débiles. En cambio, son exaltados el éxito a toda costa, el bienestar, la arrogancia del poder, la afirmación de sí mismo en perjuicio de los demás.

Queridos jóvenes, Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Jn 6,67). Y Simón, llamado Pedro, tuvo el valor de contestar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Si sabéis decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida joven se llenará de significado y será fecunda.

2. El valor de ser felices

Pero, ¿qué significa “bienaventurados” (en griego makarioi)? Bienaventurados quiere decir felices. Decidme: ¿Buscáis de verdad la felicidad? En una época en que tantas apariencias de felicidad nos atraen, corremos el riesgo de contentarnos con poco, de tener una idea de la vida “en pequeño”. ¡Aspirad, en cambio, a cosas grandes! ¡Ensanchad vuestros corazones! Como decía el beato Piergiorgio Frassati: «Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, y sin sostener, en una lucha continua, la verdad, no es vivir, sino ir tirando. Jamás debemos ir tirando, sino vivir» (Carta a I. Bonini, 27 de febrero de 1925). En el día de la beatificación de Piergiorgio Frassati, el 20 de mayo de 1990, Juan Pablo II lo llamó «hombre de las Bienaventuranzas» (Homilía en la S. Misa: AAS 82 [1990], 1518).

Si de verdad dejáis emerger las aspiraciones más profundas de vuestro corazón, os daréis cuenta de que en vosotros hay un deseo inextinguible de felicidad, y esto os permitirá desenmascarar y rechazar tantas ofertas “a bajo precio” que encontráis a vuestro alrededor. Cuando buscamos el éxito, el placer, el poseer en modo egoísta y los convertimos en ídolos, podemos experimentar también momentos de embriaguez, un falso sentimiento de satisfacción, pero al final nos hacemos esclavos, nunca estamos satisfechos, y sentimos la necesidad de buscar cada vez más. Es muy triste ver a una juventud “harta”, pero débil.

San Juan, al escribir a los jóvenes, decía: «Sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno» (1 Jn 2,14). Los jóvenes que escogen a Jesús son fuertes, se alimentan de su Palabra y no se “atiborran” de otras cosas. Atreveos a ir contracorriente. Sed capaces de buscar la verdadera felicidad. Decid no a la cultura de lo provisional, de la superficialidad y del usar y tirar, que no os considera capaces de asumir responsabilidades y de afrontar los grandes desafíos de la vida.

3. Bienaventurados los pobres de espíritu…

La primera Bienaventuranza, tema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, declara felices a los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos. En un tiempo en el que tantas personas sufren a causa de la crisis económica, poner la pobreza al lado de la felicidad puede parecer algo fuera de lugar. ¿En qué sentido podemos hablar de la pobreza como una bendición?

En primer lugar, intentemos comprender lo que significa «pobres de espíritu». Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, eligió un camino de pobreza, de humillación. Como dice San Pablo en la Carta a los Filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres» (2,5-7). Jesús es Dios que se despoja de su gloria. Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9). Es el misterio que contemplamos en el belén, viendo al Hijo de Dios en un pesebre, y después en una cruz, donde la humillación llega hasta el final.

El adjetivo griego ptochós (pobre) no sólo tiene un significado material, sino que quiere decir “mendigo”. Está ligado al concepto judío de anawim, los “pobres de Yahvé”, que evoca humildad, conciencia de los propios límites, de la propia condición existencial de pobreza. Los anawim se fían del Señor, saben que dependen de Él.

Jesús, como entendió perfectamente santa Teresa del Niño Jesús, en su Encarnación se presenta como un mendigo, un necesitado en busca de amor. El Catecismo de la Iglesia Católica habla del hombre como un «mendigo de Dios» (n.º 2559) y nos dice que la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed (n.º 2560).

San Francisco de Asís comprendió muy bien el secreto de la Bienaventuranza de los pobres de espíritu. De hecho, cuando Jesús le habló en la persona del leproso y en el Crucifijo, reconoció la grandeza de Dios y su propia condición de humildad. En la oración, el Poverello pasaba horas preguntando al Señor: «¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo?». Se despojó de una vida acomodada y despreocupada para desposarse con la “Señora Pobreza”, para imitar a Jesús y seguir el Evangelio al pie de la letra. Francisco vivió inseparablemente la imitación de Cristo pobre y el amor a los pobres, como las dos caras de una misma moneda.

Vosotros me podríais preguntar: ¿Cómo podemos hacer que esta pobreza de espíritu se transforme en un estilo de vida, que se refleje concretamente en nuestra existencia? Os contesto con tres puntos.

Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. Se trata de buscar lo esencial, de aprender a despojarse de tantas cosas superfluas que nos ahogan. Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede liberar de las idolatrías que nos convierten en esclavos. ¡Fiaros de Dios, queridos jóvenes! Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros. Así como cuida de los lirios del campo (cfr. Mt 6,28), no permitirá que nos falte nada. También para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche. Igual que se necesita valor para ser felices, también es necesario el valor para ser sobrios.

En segundo lugar, para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales. A vosotros, jóvenes, os encomiendo en modo particular la tarea de volver a poner en el centro de la cultura humana la solidaridad. Ante las viejas y nuevas formas de pobreza –el desempleo, la emigración, los diversos tipos de dependencias–, tenemos el deber de estar atentos y vigilantes, venciendo la tentación de la indiferencia. Pensemos también en los que no se sienten amados, que no tienen esperanza en el futuro, que renuncian a comprometerse en la vida porque están desanimados, desilusionados, acobardados. Tenemos que aprender a estar con los pobres. No nos llenemos la boca con hermosas palabras sobre los pobres. Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre.

Pero los pobres –y este es el tercer punto– no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres! Un santo del siglo XVIII, Benito José Labre, que dormía en las calles de Roma y vivía de las limosnas de la gente, se convirtió en consejero espiritual de muchas personas, entre las que figuraban nobles y prelados. En cierto sentido, los pobres son para nosotros como maestros. Nos enseñan que una persona no es valiosa por lo que posee, por lo que tiene en su cuenta en el banco. Un pobre, una persona que no tiene bienes materiales, mantiene siempre su dignidad. Los pobres pueden enseñarnos mucho, también sobre la humildad y la confianza en Dios. En la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14), Jesús presenta a este último como modelo porque es humilde y se considera pecador. También la viuda que echa dos pequeñas monedas en el tesoro del templo es un ejemplo de la generosidad de quien, aun teniendo poco o nada, da todo (cf. Lc 21,1-4).

4. … porque de ellos es el Reino de los cielos

El tema central en el Evangelio de Jesús es el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios en persona, es el Enmanuel, Dios-con-nosotros. Es en el corazón del hombre donde el Reino, el señorío de Dios, se establece y crece. El Reino es al mismo tiempo don y promesa. Ya se nos ha dado en Jesús, pero aún debe cumplirse en plenitud. Por ello pedimos cada día al Padre: «Venga a nosotros tu reino».

Hay un profundo vínculo entre pobreza y evangelización, entre el tema de la pasada Jornada Mundial de la Juventud –«Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19)– y el de este año: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). El Señor quiere una Iglesia pobre que evangelice a los pobres. Cuando Jesús envió a los Doce, les dijo: «No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino; ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento» (Mt 10,9-10). La pobreza evangélica es una condición fundamental para que el Reino de Dios se difunda. Las alegrías más hermosas y espontáneas que he visto en el transcurso de mi vida son las de personas pobres, que tienen poco a que aferrarse. La evangelización, en nuestro tiempo, sólo será posible por medio del contagio de la alegría.

Como hemos visto, la Bienaventuranza de los pobres de espíritu orienta nuestra relación con Dios, con los bienes materiales y con los pobres. Ante el ejemplo y las palabras de Jesús, nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de conversión, de hacer que la lógica del ser más prevalezca sobre la del tener más. Los santos son los que más nos pueden ayudar a entender el significado profundo de las Bienaventuranzas. La canonización de Juan Pablo II el segundo Domingo de Pascua es, en este sentido, un acontecimiento que llena nuestro corazón de alegría. Él será el gran patrono de las JMJ, de las que fue iniciador y promotor. En la comunión de los santos seguirá siendo para todos vosotros un padre y un amigo.

El próximo mes de abril es también el trigésimo aniversario de la entrega de la Cruz del Jubileo de la Redención a los jóvenes. Precisamente a partir de ese acto simbólico de Juan Pablo II comenzó la gran peregrinación juvenil que, desde entonces, continúa a través de los cinco continentes. Muchos recuerdan las palabras con las que el Papa, el Domingo de Ramos de 1984, acompañó su gesto: «Queridos jóvenes, al clausurar el Año Santo, os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención».

Queridos jóvenes, el Magnificat, el cántico de María, pobre de espíritu, es también el canto de quien vive las Bienaventuranzas. La alegría del Evangelio brota de un corazón pobre, que sabe regocijarse y maravillarse por las obras de Dios, como el corazón de la Virgen, a quien todas las generaciones llaman “dichosa” (cf. Lc 1,48). Que Ella, la madre de los pobres y la estrella de la nueva evangelización, nos ayude a vivir el Evangelio, a encarnar las Bienaventuranzas en nuestra vida, a atrevernos a ser felices.

Vaticano, 21 de enero de 2014, Memoria de Santa Inés, Virgen y Mártir

 

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Fuente: http://www.laici.va/content/laici/es/sezioni/giovani/magistero/beati-i-poveri-in-spirito.html

 

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LA CONDUCCIÓN PASTORAL DE LA PARROQUIA

LA CONDUCCIÓN PASTORAL DE LA PARROQUIA

Por Alejandro W. BUNGE

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INTRODUCCIÓN

Es posible que a esta altura del curso ya esté madura en todos los participantes la conclusión más simple y abarcadora que podemos esperar de él: la parroquia es, en esencia, una determinada comunidad de fieles dentro de la Iglesia particular[1]. Sin embargo, hasta allí estamos prestando atención a uno solo de los dos polos esenciales de la realidad parroquial, la comunidad de fieles.

La Parroquia es una pluralidad de personas reunidas en torno a la Palabra de Dios y la Eucaristía (y los demás sacramentos), en la que se expresa y se vive localmente la comunión de la Iglesia, signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y de todo el género humano[2]. Pero la presencia efectiva de la Palabra de Dios y de los sacramentos, especialmente su centro y su culmen, la Eucaristía, está asegurada en la Iglesia, y en la Parroquia, por el sacramento del Orden, que perpetúa en el tiempo el ministerio de Jesús, recibido y transmitido por los apóstoles[3].

El ministerio del que se participa a través del sacramento del Orden, continuación del ministerio apostólico, no es una realidad externa a la Iglesia, que se le agrega accidentalmente, como si la Iglesia pudiera comprenderse y sostenerse también sin él. El sacramento del Orden y el ministerio del que por su recepción se participa es un elemento esencial de la Iglesia (y de la Parroquia), sin el cuál ésta no podría subsistir.

En nuestra exposición abordaremos este otro polo de la definición de la Parroquia que nos ha entregado el Código de Derecho Canónico: el cuidado pastoral, que se encarga a un párroco como pastor propio, para que haga presente el servicio ministerial por el que Jesucristo sigue alimentando a su Iglesia con la Palabra de dios y los sacramentos.

Nos ocuparemos, entonces, del cuidado pastoral de la Parroquia, considerando a los pastores y a su ministerio como elementos esenciales de toda comunidad eclesial, que se reciben sacramentalmente (a través del sacramento del Orden), y que tienen una función irremplazable en la construcción de la Iglesia como comunidad de fieles reunida por la Palabra de Dios y los sacramentos.

Es cierto que toda la comunidad parroquial participa de la misión de la Iglesia, de conducir a los hombres hacia la salvación, a través de la triple función de enseñar santificar y regir. Pero para que esto sea posible, es necesario que alguien haga presente en la comunidad parroquial el ministerio apostólico, con la Palabra de Dios y los sacramentos.

De la misma manera que el ministerio ordenado es esencial a la Iglesia, lo es también a la parroquia. Así como por institución divina, hay entre los fieles de la Iglesia algunos ministros sagrados que se denominan clérigos, mientras que los otros son llamados laicos, así, analógicamente, en la Parroquia, entre los fieles que la forman, algunos se distinguen por la función que cumplen, a causa del ministerio para el que han sido ordenados y por la misión canónica que les otorga una función y un ministerio específicos[4].

Esto, que debe decirse de la triple dimensión del ministerio apostólico, presente en la parroquia a través del oficio del párroco y de sus colaboradores que han recibido el sacramento del Orden, es necesario recordarlo y afirmarlo especialmente del ministerio de conducción pastoral, para que no sea interpretado desde un punto de vista meramente organizativo sino que, por lo contrario, se tenga siempre en cuenta su dimensión sacramental.

Tratándose de una comunidad eclesial, la Parroquia es una comunidad jerárquicamente organizada. Por esta razón entra en la definición canónica no sólo la comunidad de fieles, sino también su pastor propio, que es el párroco, y el Obispo, bajo cuya autoridad el párroco desempeña su misión pastoral.

La presencia del Obispo, miembro del Colegio episcopal, mediante su comunión con este Colegio y con su Cabeza, el Papa, asegura la pertenencia de la Parroquia a la Iglesia particular y a la Iglesia universal. El párroco, bajo la autoridad del Obispo, garantiza la realización concreta de la Iglesia en esa comunidad y en ese lugar que se ha confiado a su cuidado pastoral. Es el pastor propio de esa concreta comunidad jerárquicamente organizada en comunión con toda la Iglesia. Pero otros fieles, conforme a sus propias capacidades, habilidades y funciones u oficios, compartirán con él la conducción pastoral.

Aplicando analógicamente el canon 129, y sin entrar en la discusión de escuelas sobre la naturaleza jurídica de la potestad del párroco[5], podemos decir que son “sujetos hábiles” para la conducción pastoral de la Parroquia los que han recibido el Orden sagrado (sacerdotes y diáconos), y pueden “cooperar en el ejercicio” de dicha conducción pastoral los fieles laicos[6].

A partir de esta consideración general, nos ocuparemos ahora de exponer sobre la participación de los fieles en el ministerio de la conducción pastoral de la Parroquia, conforme a los diversos oficios con los que se distribuye y se organiza esta función pastoral. Nos ocuparemos en primer lugar de los pastores, comenzando por el párroco, siguiendo con los vicarios parroquiales, otros presbíteros colaboradores en la tarea parroquial y los diáconos. A continuación nos dedicaremos a la colaboración de los fieles laicos en la conducción pastoral de la Parroquia, para detenernos finalmente en algunos organismos en los que se concreta especialmente la participación de los fieles en la tarea conductiva.

Damos por supuesto en este momento que el cuidado pastoral que se confía al párroco con la colaboración de otros ministros sagrados (contando, como hemos dicho, con la colaboración de los fieles laicos), abarca el triple oficio de enseñar, santificar y regir[7]. Pero los dos primeros han sido desarrollados con detalle en ponencias anteriores[8]. Por esta razón, nosotros nos limitaremos estrictamente a la responsabilidad de los pastores en la conducción pastoral (oficio de “regir”), y de la colaboración que pueden prestar otros fieles, sin volver sobre los aspectos referidos al munus docendi y al munus sanctificandi, ya tratados anteriormente[9].

 

I.- RESPONSABILIDAD DE LOS PASTORES

Detengámonos primeramente en la función de los pastores. En la Iglesia, como en cualquier otra sociedad jerárquicamente organizada, cuando se confía a algunas personas determinadas funciones que miran al bien público, se otorga también la potestad que permite ejercerlas adecuadamente.

En la Iglesia, la potestad es de origen divino. Jesús la ha confiado a los apóstoles, para que puedan llevar adelante la misión que les ha confiado de hacer de todos los pueblos sus discípulos, bautizándolos y enseñándoles a cumplir lo que les ha mandado[10]. Sin entrar en la discusión teológica y canónica sobre las vías de comunicación de esta potestad en la Iglesia[11], podemos afirmar, sin sobrepasar lo que estarían dispuestos a aceptar los representantes de todas las escuelas, que existe una potestad que se transmite a través del sacramento del Orden, que al menos en algunos casos o para algunas funciones debe ser completada, o determinada, o liberada para su ejercicio, a través de una intervención de la autoridad eclesiástica, que generalmente se realiza otorgando la misión canónica. Así, por ejemplo, aunque todos hayan recibido la misma ordenación sacerdotal, y bajo este aspecto no se distinguen los párrocos y los vicarios parroquiales, el oficio que se les ha confiado determina de modo distinto el espacio de ejercicio de su ministerio sacerdotal.

Podemos considerar que son funciones propias de los pastores en la conducción pastoral de la comunidad parroquial aquellas que reclaman el sacramento del Orden en quienes las ejercen. Per no podemos individualizar fácilmente cuáles son estas funciones, si no es teniendo en cuenta las normas canónicas, que nos especifican las tareas propias de los pastores, señalándonos su alcance y su contenido. Hagamos, por lo tanto, el análisis de estas normas, al menos las de carácter universal, indicando en algún caso otras especificaciones o determinaciones que podrían agregarse en las normas particulares de cada diócesis.

 

  1. El párroco

Nos detendremos en primer lugar en el párroco, que es el pastor propio de la comunidad parroquial[12]. El cuidado pastoral de los fieles que se le encarga con este oficio abarca la triple dimensión del ministerio eclesial, y la conducción pastoral que le corresponde como pastor propio de esta comunidad también se extiende a los tres ámbitos de la actividad eclesial: enseñar, santificar y regir. Como ya hemos dicho, nosotros nos estamos limitando a estudiar la función de regir, y consecuentemente ahora nos detenemos en la parte principal que al párroco le compete en la misma[13].

Conviene advertir desde el inicio que el papel del párroco como pastor propio de la comunidad parroquial no justifica de ninguna manera una potestad de gobierno totalitaria o despótica. Por una parte, habrá que tener en cuenta que la norma canónica señala con precisión los límites de esta potestad. Pero, además, como veremos poco más adelante, la potestad de conducción del párroco está compartida y coordinada con otras dentro de la parroquia, comunidad jerárquicamente constituida y organizada. Desde este punto de vista, será siempre útil volver a las palabras de Jesús, para que tengamos presente que el poder (y por consiguiente, la potestad), no puede entenderse en la Iglesia como un modo de privilegio y distinción, sino como un compromiso de servicio[14].

¿Será siempre necesario que la conducción pastoral de la parroquia esté a cargo de un sacerdote, que, con el oficio del párroco, sea su pastor propio? A esta pregunta es necesario responder afirmativamente, teniendo en cuenta la primera exposición del curso. Existen situaciones especiales en las que, por falta de sacerdotes, el Obispo puede confiar a otros, incluso a laicos, una participación en la cura pastoral de una parroquia que no tiene párroco. Sin embargo, el encargado de dirigir la actividad pastoral siempre deberá ser un sacerdote[15]. Esto se justifica fácilmente, si se tiene en cuenta que la cura pastoral requiere el ejercicio del Orden sacerdotal, razón por la que no puede confiarse válidamente un oficio con plena cura de almas a quien no es sacerdote[16], y que la conducción pastoral de la parroquia, como dijimos recién, se extiende a la triple dimensión del ministerio eclesial.

El oficio de la conducción pastoral del párroco viene descripto principalmente en el canon 529, aunque es necesario tener en cuenta también algunos otros para tener su descripción completa según la norma canónica universal.

 

  1. a) Solicitud pastoral por todos los fieles

En primer lugar, se le recuerda el alcance de su solicitud pastoral por todos los hombres y mujeres que viven dentro del ámbito de su parroquia[17]. Para poder llevar adelante esta solicitud, su primera obligación será conocer a los fieles que se le han confiado, participar de sus preocupaciones y angustias, brindarles el consuelo espiritual en sus dolores y ejercer con ellos, cuando resulta necesario, la corrección prudente. Un instrumento irremplazable para el ejercicio de este acercamiento a los fieles será la visita a las familias[18]. Es evidente que, con las dimensiones y la cantidad de fieles que suelen tener las parroquias de nuestro país, ésta resulta una misión irrealizable, si el párroco pretende encargarse de ella sólo en forma personal. Podemos pensar que las misioneras de manzana, u otras estructuras similares que existen en nuestras parroquias, son instrumentos adecuados e irremplazables para ayudar al párroco a tener el conocimiento suficiente y el contacto indispensable con todos sus fieles.

Dentro de su solicitud por los fieles, el párroco deberá tener una particular preocupación por aquellos que se le confían especialmente: los enfermos (principalmente los moribundos), los pobres, los afligidos, los que se encuentran solos, los emigrantes, los que sufren especiales dificultades, en una palabra, todos aquellos que por su condición o situación requieren una cura pastoral especial. En particular, debe ocuparse de los cónyuges y demás padres, brindándoles todos los medios para que puedan cumplir sus deberes y se fomente la vida cristiana en el seno de las familias de su parroquia que son, como iglesias domésticas, verdaderas células de la comunión parroquial[19].

 

  1. b) Apostolado laical y comunión eclesial

En segundo lugar, la conducción pastoral de la parroquia requiere que el párroco se ocupe de reconocer y promover la parte propia de los laicos en la misión de la Iglesia[20]. La participación de los laicos que el párroco debe reconocer y promover no abarca sólo su presencia en el mundo, sino también dentro de la Iglesia, donde les corresponde aportar una contribución propia y específica, tanto en forma individual como asociados con otros. De allí que el párroco deba también favorecer las asociaciones que quieran realizar los laicos con fines religiosos, respetando el derecho que tienen a fundar y dirigir estas asociaciones[21].

Teniendo en cuenta que la parroquia es sólo una parte, una comunidad determinada dentro de la Iglesia particular, el párroco no podrá considerar agotada su tarea promoviendo la comunión de los fieles en la dimensión parroquial. Deberá cooperar con el Obispo y con el resto del presbiterio de la diócesis, que participa de la misión pastoral del Obispo sobre toda la Iglesia particular, para que los fieles, viviendo la comunión parroquial, se sientan también parte de la diócesis y de la Iglesia universal[22].

Podríamos describir esta comunión por la que el párroco debe trabajar, en virtud de su oficio de conducción pastoral, como una comunión en círculos concéntricos, el primero de los cuales y el más tangible es el de la comunión parroquial. Viviendo ésta, y a través de la comunión del párroco con su Obispo, los fieles se integran en la comunión diocesana. Y a través de ella, y por la comunión del Obispo diocesano con el Colegio episcopal y su Cabeza, el Papa, los fieles se integran a la comunión de la Iglesia universal.

 

  1. c) Otros deberes y funciones

El párroco representa a la parroquia en todos los negocios jurídicos, y es su administrador[23]. Esto supone una enorme responsabilidad, y además un campo importante del ejercicio de la conducción de la parroquia que corresponde el párroco. Para esta tarea el párroco cuenta con la ayuda del consejo de asuntos económicos de la parroquia, que no puede faltar en ninguna de ellas[24]. En otra ocasión nos hemos ocupado más detalladamente a estos consejos de asuntos económicos de las parroquias, razón por la que remitimos a ese lugar para más detalles[25].

Digamos simplemente que, como administrador de la parroquia, el párroco deberá guiarse por las prescripciones sobre la administración de los bienes eclesiásticos, en especial las que el derecho universal de la Iglesia le recuerda a él expresamente[26]. Todas estas prescripciones, que no abordaremos en detalle en este momento ya que nos llevarían más allá de nuestro cometido, nos muestran los límites y al mismo tiempo el terreno propio de la administración que corresponde al párroco.

También tiene éste, como conductor de la actividad pastoral de la parroquia, la responsabilidad de llevar constancia en los libros parroquiales de todos aquellos servicios que tienen, de una u otra manera, efectos jurídicos. Así, por derecho universal se manda llevar en la parroquia los libros de bautismos, matrimonios y difuntos. El párroco tiene la responsabilidad de velar para que en estos libros se vuelquen con exactitud todos los datos correspondientes, y que se vele por ellos diligentemente[27]. La Conferencia episcopal o el Obispo diocesano pueden prescribir otros libros que deban llevarse en las parroquias de su jurisdicción. La Conferencia Episcopal Argentina ha ordenado que en cada parroquia se lleve también el libro de confirmaciones y ha recomendado que se lleve el de enfermos. Asimismo, ha dispuesto que se lleve un libro inventario de los bienes parroquiales, muebles e inmuebles y de los objetos del patrimonio cultural y religioso, así como un libro de entradas y salidas[28].

El libro de bautismos, tiene una importancia capital, porque se convierte en el testigo del estado canónico del bautizado. El párroco tendrá que volcar sobre él todas aquellas circunstancias que cambien el estado canónico del bautizado[29]. No sólo el bautismo mismo, dejando constancia del ministro que lo bautizó, los padres, padrinos o testigos, si los hubo, el lugar y la fecha del bautismo y el día y el lugar del nacimiento del bautizado[30], sino también la confirmación[31], el matrimonio (salvo que se trate de un matrimonio secreto)[32], la nulidad del matrimonio, cuando la sentencia se ha hecho ejecutiva[33], la dispensa del matrimonio rato y no consumado[34], y por analogía cualquier otra disolución del vínculo[35], la adopción[36], la posible ordenación diaconal o sacerdotal[37], la profesión perpetua en un instituto religioso[38], el cambio de rito[39].

Así como le corresponde al párroco llevar el registro de los actos parroquiales con efectos jurídicos sobre la condición canónica de las personas, también es tarea suya dar fe de cualquier constancia de estos registros, como también de cualquier otra acta parroquial que pueda tener valor jurídico. Todos los certificados y demás constancias de estos actos y actas deberán llevar el sello de la parroquia y la firma del párroco, o de alguien que ha sido delegado para ello por el párroco[40]. Es interesante revisar la práctica habitual de nuestras parroquias, en las que los certificados y constancias que tienen que ver con los libros parroquiales suelen ser extendidas y firmadas por las secretarias parroquiales, para que, de alguna forma, conste que cuentan con la delegación del párroco para extender estos testimonios.

El párroco, como administrador de los bienes temporales de la parroquia, tiene que velar por su correcta preservación[41]. Dentro de esta preocupación se puede inscribir el particular cuidado que debe tener para conservar los archivos parroquiales, en los que se deben conservar los libros que hemos mencionado hasta el momento, así como también las cartas de los Obispos y otros documentos que pueden resultar de valor para la parroquia; en especial deberá velar por los libros parroquiales más antiguos, para los que pueden existir normas particulares específicas[42].

Se le confían al párroco algunas autorizaciones para que puedan realizarse algunas celebraciones en condiciones especiales. Así, puede autorizar al rector de una Iglesia de su radio parroquial para que celebre algunas de las funciones especiales que el canon 530 confía al párroco[43]. También le corresponde autorizar a un ministro que no está asignado a su parroquia para que celebre bautismos dentro de su jurisdicción[44]. Finalmente, se le atribuye la posibilidad de autorizar la celebración de un matrimonio en una Iglesia distinta a la parroquial, o en un oratorio[45] (pero no en una casa, ya que es una autorización que excede la facultad del párroco, y que sólo puede conceder el Ordinario del lugar)[46].

Podemos considerar ahora la obligación que tiene el párroco de residir en la casa parroquial, cerca de la Iglesia parroquial[47]. Es cierto que esta obligación tiene relación con el triple oficio del párroco, de enseñar, santificar y regir, ya que lo que se pretende es que, viviendo en este lugar, pueda estar disponible y sea fácil para los fieles dar con él cuando lo necesitan. Pero de un modo particular la podemos relacionar con su responsabilidad en la conducción pastoral de la parroquia.

Circunstancias especiales podrán llevar al Ordinario del lugar a permitir que el párroco habite en otro lado. El ejemplo previsto por la misma norma universal es el de la convivencia con otros presbíteros en una casa común[48]. Pero, fuera de estas autorizaciones expresas, el párroco tendrá cuidado de no ausentarse de su residencia parroquial más de un mes a lo largo del año por causa de sus vacaciones, salvo que sea por ausencias justificadas a tenor del derecho[49].

 

  1. d) Facultad de dispensar algunas leyes

La potestad del párroco no es estrictamente una potestad de gobierno, al menos en su sentido completo, como potestad legislativa, ejecutiva y judicial[50]. Todo lo que venimos describiendo hasta el momento, podría ser entendido simplemente como un conjunto de competencias de carácter administrativo. Sin embargo, puede admitirse que la facultad del párroco de dispensar a sus fieles de algunas leyes universales de la Iglesia constituye una verdadera atribución de potestad ejecutiva[51]. Siempre se tratará de los casos en los que expresamente se le ha concedido al párroco esta facultad.

En primer lugar, el párroco podrá dispensar, a sus fieles y a los que de hecho se encuentren en el territorio parroquial, la forma canónica que debe observarse para la celebración del matrimonio y los impedimentos matrimoniales de derecho eclesiástico (salvo el del Orden del presbiterado), si se encuentran en peligro de muerte y no es posible acudir al Ordinario del lugar[52]. Podrá dispensar también los impedimentos eclesiásticos, menos los que están habitualmente reservados a la Sede Apostólica[53], siempre que el impedimento se descubra cuando ya está todo preparado para la boda y hubiera peligro de provocar un grave daño si se posterga la celebración hasta conseguir por otro medio la dispensa, con la condición de que se trate de un caso oculto[54]. Esta potestad se aplica también para convalidar un matrimonio ya celebrado, si existe el mismo peligro en la demora y no hay tiempo para recurrir a la Sede Apostólica o al Ordinario del lugar, y se trata de impedimentos que se pueden dispensar[55].

También puede dispensar el párroco, a sus fieles y a los transeúntes que se encuentran en su parroquia, los votos privados, siempre que no se lesione con esa dispensa legítimos derechos de terceros[56]. Del mismo modo, puede dispensar la obligación de guardar un día de fiesta o de penitencia, o conmutar las obligaciones de esos días por otras obras piadosas[57]. En éstos, como en todos los casos vistos en los que el párroco puede dispensar de una ley universal de la Iglesia, tendrá que tener en cuenta que la dispensa resultará inválida, si la concede sin que exista una causa justa[58].

 

  1. Los vicarios parroquiales

Dentro de la corresponsabilidad de todos los cristianos que forman parte de la Iglesia en un lugar concreto, la parroquia, se ubica la colaboración más específica de algunos que, como ministros que han recibido el sacramento del Orden, participan en la cura pastoral junto con el párroco. En primer lugar entre ellos los vicarios parroquiales. Pero también, como veremos enseguida, otros presbíteros colaboradores del párroco, y los diáconos.

Este oficio es el único oficio de colaboración presbiteral con el párroco que hoy nos ofrece el Código de Derecho Canónico. El vicario parroquial, que debe ser necesariamente sacerdote[59], es un ayudante y un colaborador del párroco, que comparte su solicitud pastoral, bajo su autoridad. Entre el párroco y el vicario se da una relación jerárquica de colaboración, sin que esto menoscabe la clara prescripción que los considera conjuntamente responsables de la cura pastoral de la parroquia. Entre ellos debe darse un trato fraternal, que mantenga siempre viva la mutua caridad y respeto, de modo que puedan ayudarse mutuamente con consejos, auxilio y ejemplos, para proveer al cuidado de los fieles que se les han confiado con voluntad concorde y común empeño[60].

El vicario parroquial puede ser nombrado para ayudar al párroco en todo el ministerio de la cura pastoral en todo el ámbito de la parroquia. Esto será lo que habrá que suponer como norma general en todo nombramiento de vicario parroquial, mientras no conste algo distinto en el decreto con que el que se lo ha nombrado[61]. Pero también puede ser nombrado de una manera restringida, ya sea que se le confía ayudar al párroco en todo el ministerio pastoral pero sólo en una parte de la parroquia, o para un determinado grupo de fieles de la parroquia, o se le encarga un determinado ministerio de la cura de almas, en una o más parroquias de la diócesis[62].

Conforme a esto, y recordando que nosotros estamos analizando sólo la conducción pastoral de la parroquia, podremos decir que el vicario parroquial tendrá participación en esta conducción pastoral, como ayudante y colaborador del párroco que comparte su responsabilidad sobre la cura pastoral de la parroquia, siempre que no le sea excluida esta participación en el decreto con el que ha sido nombrado.

Las obligaciones y los derechos del vicario parroquial tienen una fuente normativa múltiple. En primer lugar, habrá que tener en cuenta lo que le es asignado por el derecho universal de la Iglesia[63]. Además deberá contemplarse lo que establezcan los estatutos diocesanos para los vicarios parroquiales, que podrán agregar tanto obligaciones como derechos a los que ya se definen en el derecho universal. Pero todavía será necesario acudir al decreto del nombramiento dado por el Obispo diocesano, que podrá definir con más detalle tanto las obligaciones y los derechos. Y finalmente habrá que referirse al mandato del párroco, que no podrá desconocer las obligaciones y los derechos que las instancias anteriores confieren al vicario parroquial, pero sí determinarlos[64]. Podemos mencionar aquí las obligaciones y los derechos contemplados en la norma universal, debiéndose estudiar el resto en cada caso.

En primer lugar, como ya dijimos, el vicario parroquial debe ayudar al párroco. Esto se aplica también al ámbito de la conducción pastoral. Pero además, debe suplirlo cuando está ausente, salvo que el Obispo diocesano haya nombrado un Administrador parroquial o haya provisto de otro modo, y hacerse cargo de la parroquia si ésta queda vacante o el párroco está impedido de ejercer su oficio[65]. Durante esta suplencia, corresponden al vicario parroquial todas las funciones del párroco en la conducción de la parroquia, ya que asume todo el régimen de la misma. Si hubiera más de un vicario parroquial en una parroquia en la que se dan estas circunstancias, será el más antiguo en su nombramiento en esa parroquia el que cumplirá la función de suplencia o se hará cargo de la misma.

 

  1. Otros presbíteros colaboradores

Además de los vicarios parroquiales, el párroco puede contar con otros sacerdotes que colaboren con él en el cuidado pastoral, y específicamente en la conducción pastoral de la parroquia.

En primer lugar, y aún sabiendo que nos extendemos un poco más allá de los límites de nuestro tema, podemos mencionar a los sacerdotes que, sin ser vicarios parroquiales, cumplen una tarea auxiliar limitada, por ejemplo celebrando alguna Misa o atendiendo confesiones los Domingos y demás días de precepto, o atendiendo a los enfermos, o la asistencia espiritual a algún grupo de fieles. En estos casos, si no existe un nombramiento donde se especifiquen las funciones que realizará el sacerdote auxiliar, sería conveniente la firma de algún tipo de convenio escrito entre el párroco y este colaborador, en el que se precisen el ámbito y los límites de la ayuda comprometida, así como la compensación económica convenida por la misma.

En segundo lugar hay que tener en cuenta los posibles rectores de iglesias que se encuentren dentro del radio parroquial. Estos rectores son sacerdotes a quienes se les encarga la atención de una iglesia no parroquial ni capitular, ni anexa a la casa de una comunidad religiosa o de una sociedad de vida apostólica, para que, en virtud de su oficio, celebren en ella los oficios litúrgicos[66]. No corresponde a estos rectores de iglesias realizar los actos propios del ministerio parroquial, salvo que se cuente para ello con el consentimiento del párroco, y la debida delegación, si fuera necesario[67]. Por esta razón, es importante que se aclaren también por escrito los posibles acuerdos entre el párroco y los rectores de iglesias de su territorio en cuanto a las funciones parroquiales que no les corresponden por derecho propio.

En tercer lugar, también pueden existir dentro de la jurisdicción parroquial capellanes a quienes, en virtud de su oficio, se les ha encomendado de modo estable la atención pastoral, al menos en parte, de alguna comunidad o de un grupo peculiar de fieles, para que la ejerza a tenor del derecho universal y particular[68]. En este caso se trata de sacerdotes a quienes se les ha confiado al menos una parte de la cura pastoral de los fieles, que corresponde también al párroco.

Pueden presentarse, por lo tanto, problemas de superposición e incluso de oposición, entre la conducción pastoral planteada por el párroco y por el capellán a los mismos fieles. En este caso el capellán tendrá que tener cuidado de guardar la debida unión con el párroco. Habrá que tener en cuenta los alcances de la función del capellán conforme a la definición de su oficio específico, y el posible carácter cumulativo de las respectivas jurisdicciones, teniendo en cuenta que convendrá, seguramente, acudir a la decisión del Obispo diocesano, toda vez que resulte necesario para superar diferencias irreconciliables[69].

 

  1. Los diáconos adscriptos al servicio de la parroquia

Trataremos este tema sin distinguir entre el diácono permanente y aquel que ha recibido este grado del sacramento del Orden como parte de su camino hacia el sacerdocio, ya que ambos tienen idéntica capacidad en cuanto al ejercicio de su ministerio.

En el Código de Derecho Canónico encontramos algunas referencias al ministerio propio de los diáconos, pero no una alusión explícita a su ejercicio en el ámbito parroquial. Esto se explica suficientemente teniendo en cuenta que el intento del Concilio de rescatar el diaconado como grado permanente del sacramento del Orden, y no sólo como un paso hacia el sacerdocio, es todavía muy reciente. Es posible que el legislador haya querido dejar el espacio y la libertad necesaria para que la experiencia vaya señalando con más precisión el lugar del diácono en el ministerio parroquial, limitándose a definir en forma general la función propia del diácono en el munus docendi y en el munus sanctificandi.

Actualmente contamos con mayores precisiones, que han sido promulgadas en el reciente Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes, publicado en conjunto con las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes[70]. En su segunda parte, sobre el Ministerio del diácono, se nos presenta su triple diaconía, de la Palabra, de la liturgia y de la caridad, correspondientes a la triple función de la Iglesia, de enseñar, santificar y regir al pueblo de Dios[71]. Como venimos haciendo hasta ahora, también en el caso de los diáconos nosotros nos vamos a limitar a la función de regir, ya que los de enseñar y santificar han correspondido a exposiciones anteriores[72].

En cuanto a la función de regir, el Directorio afirma que los diáconos pueden prestar su servicio especialmente en las obras de caridad y en la administración de los bienes eclesiásticos, así como en la conducción pastoral de las comunidades dispersas de una parroquia extensa, teniendo en cuenta que se trata de una función de suplencia, que se aplica en aquellos lugares en los que se da una efectiva escasez de presbíteros[73].

Lo que está claro es que, cualquiera sea en definitiva la tarea que se confíe al diácono en la conducción pastoral de la parroquia, no podrá ser relegado a ocupaciones marginales o trabajos que ordinariamente pueden ser realizados por fieles no ordenados, sino que debe ocupar funciones de verdadera responsabilidad pastoral. Por otra parte, la unidad del ministerio del que participan a través del tercer grado del sacramento del Orden sugiere la conveniencia de no limitarlo a una sola de sus funciones (enseñar, santificar o regir), sino que se abarque toda su amplitud[74].

El derecho universal de la Iglesia no atribuye un nombre determinado y no define un oficio que corresponda desempeñar al diácono que es asignado a una parroquia, pero sí menciona que puede conferírsele el encargo de cooperar en el cuidado pastoral de la misma[75]. En todo caso, resulta necesario que se definan claramente por escrito las competencias que se le atribuyen, ya sea en el momento en que el Obispo diocesano lo destina a la parroquia, o después, cuando el párroco le determina más detalladamente sus funciones.

Pero se puede evitar que en cada caso en que el Obispo diocesano confía una participación en el cuidado pastoral de una parroquia a un diácono, tenga que extenderse en el detalle de sus funciones y competencias. Sería aconsejable que, por vía legislativa, defina para su diócesis el contenido de este oficio en sentido estricto[76]. A partir de allí, bastará conferir a un diácono este oficio definido en forma precisa, para saber con idéntica precisión cuáles son sus funciones y competencias, quedando siempre abierta la posibilidad de agregar ulteriores determinaciones, ya sea a través del decreto de colación del oficio que realiza el Obispo diocesano, o a través de las directivas del párroco en cada caso.

Digamos por último que, cuando se le confía a un diácono una participación en el cuidado pastoral de una parroquia, debe tenerse en cuenta que, por derecho, es miembro del consejo pastoral de dicha parroquia, si éste existe[77].

 

II.- COLABORACIÓN DE LOS FIELES

No sólo los ministros ordenados toman parte en la conducción pastoral de la parroquia. También los fieles bautizados (y, con mayor motivo, los confirmados). Unos y otros pueden desarrollar ministerios en nombre de la Iglesia dentro de la comunidad parroquial. Ya hemos visto lo específico de los ministros ordenados en la conducción pastoral. Ahora avanzaremos sobre la colaboración que los fieles pueden prestar en este ministerio.

Para comprender esto conviene volver a la definición de parroquia, considerada como una comunidad determinada de fieles dentro de lo Iglesia particular, cuyo cuidado pastoral se ha confiado al párroco. La parroquia, así concebida, es un instrumento, muy apto por cierto, que la Iglesia particular ha encontrado ya desde el siglo IV, para organizarse. Pero, teniendo en cuenta que la Iglesia existe para evangelizar[78], es decir, que su estructura está en función de su misión, comprendemos que la parroquia no es sólo un modo de dividir la diócesis[79], sino que es también un instrumento para que ésta pueda llevar adelante su misión.

Todos los fieles cristianos tienen parte en esta misión[80]. También los laicos, para quienes trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo  no es sólo un derecho, sino también una obligación[81]. Y esto, que se dice de los laicos como miembros de la Iglesia en general, se debe decir también de los laicos como miembros de la parroquia. Pero además, los laicos que puedan ser considerados idóneos, por sus conocimientos, prudencia y honestidad, tienen la capacidad de ser llamados a desempeñar aquellos oficios eclesiásticos y funciones que pueden asumir según las prescripciones del derecho, por ejemplo prestando su ayuda como peritos o como consejeros, también formando parte de los consejos que existen, a tenor del derecho, con esta función[82].

Esto basta para justificar que nos ocupemos ahora de la colaboración que los fieles laicos pueden prestar en la conducción pastoral de la parroquia, tratando de poner luz sobre las normas universales que la rigen. Lo haremos prestando atención en primer lugar a los ministros laicos, para detenernos a continuación en una tarea muy especial, como es la que se lleva a cabo en la secretaría parroquial.

 

  1. Ministros laicos

Es necesario abordar primero una cuestión terminológica, que se plantea a partir de la última Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes. Conforme a esta Instrucción, el término ministerio es, de suyo, propio de los ministros ordenados. Por esta razón, aunque en algunos casos se utiliza para los laicos (ministro extraordinario de la eucaristía, ministro del matrimonio)[83], no debe extenderse indebidamente su aplicación para las funciones que realizan los laicos. Ellos deberán ser designados con el término concreto de la función que se les confía: catequista, acólito, lector, y, en el caso de la conducción pastoral, los diversos términos correspondientes a las funciones que enseguida analizaremos[84].

Por otra parte, también hay que tener en cuenta que, aunque no es unívoco el uso de los términos por parte de todos los autores y en todas las ocasiones, cuando hablamos de oficio (officium), estamos refiriéndonos a una realidad canónicamente muy precisa, cuya provisión compete a la autoridad a la que le corresponde erigirlos[85]. Dentro de la diócesis, será el Obispo diocesano quien erija los oficios, y consecuentemente quien los provea. Por lo tanto, no debería usarse el término canónico “oficio” para aquellas funciones que desarrollan los laicos dentro de la parroquia, para las que el párroco designa los titulares. En estas ocasiones es conveniente hablar de “encargo” y no de “oficio”.

Podemos, entonces, hablar de los laicos ejerciendo verdaderos ministerios dentro del cuidado pastoral de la parroquia, aunque en estos casos se tratará de tareas más de orden litúrgico, ya sea como ministros extraordinarios de la Eucaristía o como lectores o acólitos[86]. También de laicos que asumen diversos encargos que les confía el párroco, en los que se ejerce de alguna manera la función de la conducción pastoral, en campos como la catequesis, la liturgia o la caridad, siempre en forma subordinada al ministerio del párroco, y, donde hayan sido debidamente erigidos y conferidos por el Obispo diocesano, de laicos que ejercen “oficios” eclesiásticos de conducción pastoral, como parte del cuidado pastoral de una parroquia.

Conviene preguntarse si en estos casos de ministerios, encargos u oficios ejercidos por laicos dentro de la parroquia, es posible pensar en un derecho a una remuneración justa y equitativa. La respuesta a esta pregunta tiene mucha importancia, no sólo en el orden canónico, sino también por sus implicancias en el orden civil. No es posible aquí abordar todos los aspectos del asunto[87].

La respuesta canónica la tenemos en la norma universal de la Iglesia, que proclama el derecho de los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial dentro de la Iglesia, a una conveniente remuneración que responda a su condición, y con la cual puedan proveer decentemente a sus propias necesidades y a las de sus familias, de acuerdo también con las prescripciones del derecho civil, así como el derecho de que se provea debidamente a su previsión y seguridad social y a la llamada asistencia sanitaria. De todos modos, habrá que tener también en cuenta que la sola colación de los ministerios de lector y acólito no confiere a quienes los han recibido el derecho de recibir de la Iglesia sustentación o remuneración, sino sólo en la medida en que, en virtud de esos ministerios, ejercen efectivamente un servicio a tiempo pleno o parcial[88].

Sin embargo, la respuesta práctica dependerá de los lugares y las circunstancias, entre las que habrá que tener en cuenta principalmente el tiempo de dedicación a las tareas, la preparación que tiene quien las ejerce, la condición económica del laico que las realiza y de la misma comunidad parroquial. En todo caso, será difícil no reconocer al menos cierto derecho a esa remuneración cuando el tiempo que se dedica a la tarea parroquial impide al laico que la realiza disponer otro modo de solventar sus necesidades y las de su familia. Es bastante habitual, por ejemplo, al menos en muchas parroquias de nuestro país, que uno de estos encargos, del que nos ocuparemos enseguida de modo especial, como es el del/la secretario/a parroquial, sea rentado.

 

  1. Secretario/a parroquial

Abordamos ahora esta función infaltable en la parroquia, que es la del/la secretario/a parroquial. El/ella desempeñan una serie de tareas que resultan imprescindibles en una parroquia pastoralmente bien conducida, y aunque no es absolutamente irreemplazable la figura del/la secretario/a parroquial, ya que sus tareas pueden ser realizadas también directamente por el párroco, es una ayuda invalorable, que permite a éste dedicarse a otras funciones en las que sí es único.

El/la secretario/a parroquial es la primera persona que atiende a los fieles que se presentan en la secretaría parroquial reclamando variados sacramentos y/u otros servicios de la parroquia. Es, para muchos fieles que no viven en contacto activo con su parroquia, el primer rostro visible de la comunidad parroquial. Es la puerta que los fieles encuentran, abierta o cerrada. Su actitud es interpretada por muchos fieles que acuden a la secretaría parroquial como el signo de una Iglesia que los acoge o los rechaza.

El/la secretario/a parroquial es también la fuente de información en la que los fieles encuentran, ya sea la propuesta de un camino a seguir, necesario para alcanzar los bienes naturales o sobrenaturales que han venido a buscar en la Iglesia, o, cuando se les presenta de una manera poco pastoral, el conjunto de requisitos que se le exigen para acceder a los sacramentos o a otros bienes espirituales o materiales que esperan de la parroquia.

Si quisiéramos describir las tareas del/la secretario/a parroquial a partir de una observación de lo que sucede en una parroquia tipo de nuestro país, deberíamos decir que es quien muchas veces prepara, con mayor o menor prolijidad, los libros parroquiales de bautismos, confirmaciones, matrimonios, enfermos, difuntos, intenciones de Misa, etc., que después son firmados por el párroco. También diríamos que el/la secretario/a parroquial prepara los expedientes matrimoniales, e incluso a veces realiza el interrogatorio de los novios y de los testigos antes de la celebración del matrimonio. Otras veces encontramos que el/la secretario/a parroquial lleva la agenda del párroco y de los otros sacerdotes que prestan servicios en la parroquia, constituyéndose muchas veces el filtro o la barrera que los fieles no siempre consiguen superar en su intento de entrar en contacto directo con los pastores.

A esta altura es necesario preguntarse de dónde le vienen al/a la secretario/a parroquial todas estas atribuciones, para poder fundamentar su legitimidad. La primera respuesta es que no encontramos en el derecho universal de la Iglesia una definición del oficio del/la secretario/a parroquial, con la correspondiente atribución de competencias[89]. Esto explica por qué la designación del/la secretario/a parroquial no es una atribución del Obispo diocesano, como debería ser normalmente si se tratase de un oficio definido canónicamente dentro de la Iglesia particular, sino que es competencia del párroco.

Ahora bien, si comparamos las tareas que hemos descripto como habituales de un/a secretario/a parroquial en una parroquia de nuestro país con los deberes que hemos reconocido como propios del párroco en su tarea de conducción pastoral, se nos hará evidente que son ocupaciones cuya responsabilidad corresponde al párroco. Por lo tanto, podemos concluir fácilmente que estas funciones que realiza el secretario/a parroquial son una delegación recibida del párroco.

Convendrá tener en cuenta, entonces, algunas prescripciones sobre la delegación de la potestad ejecutiva, que se aplicarán en este caso en forma analógica. En primer lugar, hay que recordar que cuando se concede por delegación una potestad, se lo hace a la persona por sí misma, y no en virtud del oficio que desempeña. Además, quien recibe por delegación una potestad, tiene la carga de probar la delegación que se le ha concedido. Por otra parte, debe considerarse nulo todo lo que hace quien ha sido delegado, cuando su actuación excede los límites del mandato que se le ha dado. Cuando se ha recibido una delegación que puede aplicarse para la generalidad de los casos, puede a su vez hacer el delegado una subdelegación, pero sólo para cada caso. La delegación que se ha recibido de una potestad que puede aplicarse para la generalidad de los casos debe interpretarse en forma amplia. Y cuando ha sido concedida a varios una misma delegación, debe suponerse, mientras no se demuestre lo contrario, que se ha concedido en forma solidaria, y, por lo tanto, cualquiera de ellos puede usar en forma personal esa delegación[90]. Por otra parte, también hay que recordar que cuando una autoridad delega una potestad, no pierde por eso la responsabilidad que le cabe en el asunto, ya que lo que hace el delegado debe atribuirse a la responsabilidad del que lo ha delegado.

Con todo esto a la vista, se comprenderá que, por importante que sea la tarea y la responsabilidad del secretario/a parroquial, el párroco no puede descargar en él/ella la responsabilidad que personalmente le corresponde. El tendrá que juzgar sobre la preparación y la capacidad que debe exigir a su secretario/a parroquial al que pretende delegar algunas funciones, y conforme a ello deberá hacer en forma expresa, preferentemente por escrito, la debida delegación, sin que ello signifique una resignación de las responsabilidades que se le han asignado con su oficio.

Además, es necesario recordar algunos límites que tiene el párroco para la delegación de funciones al/a la secretario/a parroquial, sobre todo en el campo administrativo.

Un primer ejemplo lo tenemos en el campo de la preparación de los matrimonios. Conforme al decreto general de la Conferencia Episcopal Argentina sobre esta materia, el examen de los contrayentes debe ser realizado por el párroco en forma personal, por separado y bajo juramento, y sólo existiendo una causa justa podrá autorizar al vicario parroquial, al diácono o a una persona idónea que cuente con la aprobación del Obispo para que realice este examen[91].

En este mismo terreno, la declaración de los testigos de información que deben presentar los novios debe ser hecha por el sacerdote o el diácono, lo cual parece excluir al/a la secretario/a parroquial que no cuenten con el sacramento del Orden[92].

Además, para que el/la secretario/a parroquial pueda extender certificaciones sobre el estado canónico de los fieles a partir de los datos de los libros parroquiales, así como firmar todas las actas que puedan tener importancia jurídica, debe contar con una delegación expresa del párroco, que necesitará también para encargarse de cuidar los archivos en los que se guardan los libros parroquiales y los demás documentos de interés para la parroquia[93].

 

III.- ORGANOS DE PARTICIPACIÓN

Además de estas colaboraciones personales que pueden prestar los laicos en la conducción pastoral de la parroquia, a través de los ministerios y la secretaría parroquial, nos encontramos con algunas de orden colegial que han sido previstas por la norma universal de la Iglesia, el consejo de asuntos económicos de la parroquia y el consejo pastoral. Nos ocuparemos del segundo de ellos, ya que el primero ha sido tratado en otro Curso, y ya ha sido publicado lo dicho en ese momento[94].

Por otra parte, también dedicaremos algunos párrafos en esta parte a otras estructuras organizativas, como son los equipos parroquiales y las capillas o comunidades menores dentro de la parroquia, de las que tenemos sólo una referencia general en el Código[95].

 

  1. Consejo pastoral

Como ya hemos dicho suficientemente, la parroquia es tarea de todos y necesita la cooperación de todos, todos tienen en ella el derecho a que les sea reconocida una verdadera igualdad fundamental en la dignidad y la acción[96]. Por otra parte, la parroquia, considerada como comunidad de fieles, es una persona jurídica pública dentro de la Iglesia, que no tiene carácter colegial, ya que su actividad no es necesariamente determinada por todos sus miembros[97].

Sin embargo, los dos polos de la realidad parroquial que mencionábamos en la introducción, la comunidad de fieles y el párroco, no se enfrentan antagónicamente. En primer lugar, porque el párroco, así como también los otros pastores que hemos mencionado, son parte integrante de la comunidad de fieles. Pero además, porque entre ellos se da una convergencia que podemos llamar, con términos estrictamente teológicos, sinodal.

El ministerio ordenado en la Iglesia, y en la parroquia, asegura la presencia de la acción de Cristo, presente por su Palabra y por los sacramentos. Pero los pastores no tienen todos los carismas, ya que éstos son distribuidos por el Espíritu Santo entre todos los fieles. La comunidad eclesial, y la parroquial, no es tal sin el ministerio ordenado. Pero tampoco está completa sin la pluralidad de los carismas que el Espíritu Santo distribuye entre los fieles.

Esto lo podemos expresar a través del carácter sinodal de la Iglesia, y de la parroquia, que hace a todos corresponsables de su misión, aunque a todos los fieles no les corresponda igual responsabilidad, ya que la misma estará siempre en relación con el propio ministerio (determinado por medio del sacramento del orden y por la misión canónica) y con el carisma recibido.

Esta sinodalidad propia de la parroquia como comunidad eclesial encuentra una de sus expresiones canónicas en el consejo pastoral de la parroquia, formado por los pastores que participan del cuidado pastoral de la parroquia y por otros fieles. No se trata de un consejo que deba existir obligatoriamente en todas las parroquias en virtud de la norma universal, sino que depende del juicio prudencial de cada Obispo diocesano, que puede exigirlo en su diócesis, después de haber oído sobre el asunto a su consejo presbiteral[98].

La norma universal traza líneas muy generales sobre el consejo pastoral. Simplemente le asigna la función de prestar colaboración para fomentar la actividad pastoral en la parroquia[99], y confía a las normas diocesanas la decisión de ulteriores determinaciones.

Para la confección de estas normas diocesanas, que podrían promulgarse como los estatutos de los consejos pastorales de las parroquias, puede ser útil acudir, salvando las distancias, a la analogía con las normas universales para los consejos pastorales diocesanos. De esta manera, podría precisarse que la función del consejo pastoral de la parroquia es estudiar todo lo concerniente a la actividad pastoral dentro de la misma, valorar las posibles respuestas a los problemas que se presentan en las circunstancias concretas, y proponer las conclusiones prácticas pertinentes[100].

También por analogía con el consejo pastoral de la diócesis, conviene entender el consejo pastoral de la parroquia no tanto como un grupo de expertos o especialistas, sino más bien de fieles, entre ellos todos los que participan del cuidado pastoral de la parroquia, que ayudan al párroco a descubrir lo que el Espíritu Santo dice a la Iglesia en ese lugar, en orden a llevar adelante con la mayor eficacia posible su misión. De esta manera, no se lo debe entender necesaria y principalmente como un grupo de acción. Tiene más el carácter de una “caja de resonancia” donde se hace sentir la voz de los fieles y de los pastores acerca de los desafíos pastorales que se presentan a la parroquia y de las respuestas que es posible implementar ante ellos[101].

Este grupo de fieles, en el que necesariamente se incluyen los que ejercen un cuidado pastoral de la parroquia, estará formado, ajustándose a la analogía propuesta, principalmente por laicos, que deben configurar toda la realidad del Pueblo de Dios en la parroquia, teniendo en cuenta las diversas regiones de la parroquia, las diversas condiciones sociales y profesiones[102].

En cuanto a la designación de los miembros, puede ser útil aplicar una cierta analogía con el consejo presbiteral, en virtud de la cual algunos fieles serían miembros natos del consejo pastoral, en virtud de la función que cumplen en la parroquia[103], otros lo serían porque son elegidos por los fieles[104], y finalmente otros podrían ser elegidos por el párroco, sin que en ningún caso superen estos últimos la mitad del total de los miembros[105].

La participación de los fieles en el consejo pastoral no constituye estrictamente una representación, según la cual los que han sido elegidos por los fieles o directamente por el párroco deban sujetarse a una relación como la del mandatario con el mandante, respecto a quienes los han elegido. Todos los miembros del consejo pastoral, cualquiera haya sido el camino por el que haya sido designado, participa del consejo bajo su entera y personal responsabilidad. Los diversos caminos de designación no tienen la finalidad de crear una representatividad de carácter parlamentario, sino de lograr, con la mayor fidelidad posible, una imagen de la realidad parroquial.

El consejo pastoral de la parroquia tiene, de suyo, sólo voto consultivo[106]. Pero no hay que suponer que esto le quita toda importancia y trascendencia. El carácter consultivo tiene un alcance muy especial y muy profundo en los organismos de la Iglesia. No se trata simplemente de la obligación del párroco o de la conveniencia de “oír” lo que dicen algunos fieles antes de tomar las decisiones. Estamos ante un organismo que le permite al párroco estar atento a los signos de los tiempos y a los soplos del Espíritu Santo, que hace oír su voz a través del Pueblo de Dios y de las circunstancias por las que el mismo atraviesa.

Si entendemos a la parroquia como una comunidad de fieles cuyo cuidado pastoral se ha confiado al párroco, el consejo pastoral aparecerá perfectamente justificado como un instrumento muy útil para la búsqueda de una elaboración de las decisiones pastorales, que son finalmente tomadas por el párroco, a quien le corresponden, pero en la que han intervenido los fieles a través del estudio de los problemas y la propuesta de las posibles soluciones. De esta manera, sin darle al consenso de los fieles un peso determinante, que condicione la acción pastoral de la Iglesia, el trabajo pastoral de los fieles y de los pastores podrá encontrar en el consejo pastoral de la parroquia un excelente instrumento de comunión, condición indispensable y a la vez meta de toda actividad evangelizadora.

 

  1. Equipos parroquiales

Teniendo en cuenta la función que hemos considerado propia del consejo pastoral de la parroquia, centrada más en el estudio, la ponderación y la sugerencia de conclusiones ante los desafíos pastorales, que en la realización de las diversas decisiones tomadas por el párroco, cabe preguntarse quién lleva adelante las actividades parroquiales, una vez que se ha llegado a la fase operativa.

Aunque no encontramos sugerencias en las normas canónicas sobre este momento de la acción pastoral, podemos decir que éste es el lugar de los equipos parroquiales, generalmente organizados en conformidad a la consideración de la triple vertiente de la misión de la Iglesia, como equipos de catequesis, de liturgia y de caridad. También es posible, y en muchos casos se hace así, organizarlos conforme a los diversos sectores o ámbitos de la actividad pastoral, como pueden ser los jóvenes, los matrimonios y las familias, el colegio parroquial, etc., o también de una manera en que se combinen ambos criterios.

En estos equipos se reúnen las personas que efectivamente dirigen y realizan la actividad de la parroquia, cada uno en su propio campo de acción. Sin embargo, no hay que entenderlos como meros ejecutores mecánicos de las decisiones propuestas por el consejo pastoral y tomadas por el párroco. Sus miembros tienen también su propio juicio y opinión sobre las actividades que realizan, y consecuentemente, resulta importante que sean tenidos en cuenta al tomar las decisiones pastorales, no sólo para aquellas actividades que directamente los involucran, sino sobre la vida y la actividad de toda la comunidad parroquial.

 

  1. Capillas y comunidades menores

La parroquia, como hemos dicho repetidamente, es una determinada comunidad de fieles, cuyo cuidado pastoral se confía a un párroco, que es para ella su pastor propio.

Sin embargo, las dimensiones y el número de fieles que conforman hoy muchas de nuestras parroquias hace impensable que pueda concretarse de una manera realmente participativa dicha comunidad. No sólo puede resultar difícil al párroco acercarse a todos los fieles de su comunidad parroquial, si es muy numerosa o extensa, sino que también resultará difícil a los fieles acercarse a una parroquia con esas características, y vivir un espíritu de pertenencia y de participación.

Sin embargo, también en estos casos debería poder hacerse visible la descripción que nos daba el Papa Juan Pablo II de la parroquia, entendida como la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas[107]. Esto supone una parroquia que no se conforma con quedar a la distancia, sino que busca por todos los medios acercarse a la casa de todos. En este contexto se inscribe la loable preocupación de muchos pastores de multiplicar los lugares en los que se reúnen los fieles para la realización de la catequesis, la celebración de la liturgia y la concreción de la caridad, dentro del territorio de una parroquia.

Así han nacido las capillas, los centros misionales y otras comunidades menores, entre ellas las comunidades eclesiales de base, que toman vida dentro de una parroquia grande, haciendo realidad la concepción de ésta como “comunidad de comunidades”.

Estas capillas y comunidades menores, con el correr del tiempo, se convierten en el germen de futuras parroquias, que podrán ser erigidas cuando sus estructuras apostólicas sean lo suficientemente fuertes, su condición económica asegure lo mínimo necesario para la sustentación de los ministros y el desarrollo de las funciones principales, y cuando el Obispo diocesano pueda asegurar de modo estable la provisión de un pastor propio.

Mientras tanto, el desafío misionero que lleva a la multiplicación de estas comunidades dentro de la comunidad parroquial deberá compaginarse adecuadamente con el desafío de la comunión de las diversas comunidades entre sí y con el ministerio del pastor propio.

Los vicarios parroquiales, los diáconos y, en lo que les pueda ser delegado, también los laicos podrán ayudar en la conducción pastoral de estas capillas y comunidades menores. Y el consejo pastoral de la parroquia podrá ayudar a integrar la comunión de todos los fieles con su pastor, que deberá cultivarse siempre, como un bien impostergable.

En la medida en que estas capillas y comunidades menores se encuentran en el camino que las lleva con mayor o menor inmediatez a constituirse como nuevas parroquias, convendrá que se vayan desarrollando en ellas en forma progresiva las estructuras con las que deberá contar como comunidad parroquial. Habrá que velar, entonces, para que vayan teniendo su propio consejo pastoral y sus equipos de catequesis, de liturgia y de caridad, de jóvenes y de matrimonios, etc., sin descuidar por eso la vinculación con la comunidad parroquial de la que son parte.

 

CONCLUSIONES

Concluyendo nuestro análisis, podemos comenzar diciendo que la conducción pastoral que se confía al párroco tiene su base sacramental en el Orden sagrado que el párroco ha recibido. Otros fieles que han recibido este sacramento colaboran con él en esta conducción, ya sean presbíteros o diáconos. Pero además, y teniendo en cuenta que en este caso se da una diferencia no sólo en el grado sino en la capacidad misma de colaboración, también fieles laicos pueden ayudar al párroco a conducir la parroquia[108].

La tarea de conducción del párroco tiene siempre una función pastoral. Sin embargo, alcanza una cantidad de responsabilidades de orden administrativo, de las que el párroco no puede desentenderse, ya que, aún en el caso en que delegue algunas de ellas en sus colaboradores (como por ejemplo en el/la secretario/a parroquial), siguen perteneciendo a su oficio.

Al mismo tiempo, sin dejar de tener en cuenta las dos conclusiones anteriores (la base sacramental de la conducción pastoral de la parroquia y la imposibilidad del párroco de desligarse de las responsabilidades administrativas propias de su oficio), es evidente, a la luz del camino que hemos recorrido, que el párroco no puede llevar adelante la conducción pastoral de la parroquia en forma despótica y totalitaria, como si todo tuviera que depender nada más que del él, y admitiendo como colaboradores sólo a fieles que se limiten a hacer lo que él les ordena.

La misión pastoral de la parroquia abarca todos los ámbitos de la acción pastoral de la Iglesia, dentro de su propio territorio (enseñar, santificar y conducir la comunión eclesial). Es una nota característica de la parroquia su carácter universal, en virtud del cual debe hacer presente todo el misterio de la Iglesia en un lugar. Supone una actividad múltiple, imposible de imaginar, y mucho más imposible aún de realizar, sin que todos y cada uno de los fieles asuma la parte que les es propia en esta misión.

También en la conducción pastoral, entonces, el párroco tendrá que tener la capacidad de integrar adecuadamente a los diversos colaboradores, para que todos ellos puedan prestar su propio servicio, enriqueciendo con sus propios dones a toda la comunidad parroquial.

Digamos finalmente que una conducción pastoral que dé el debido espacio y participación a los fieles no sólo permitirá una acción más eficaz de la parroquia, sino que también ayudará a que ésta sea más fielmente lo que está llamada a ser, conforme a su definición en el derecho universal, como “una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuyo cuidado pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio”[109], teniendo en cuenta que el oficio pastoral está siempre al servicio de la comunidad, que es el sujeto de la definición canónica y teológica de la parroquia.

Cortesía de Alejandro W. Bunge

 

[1] Cf. can. 515 § 1.

[2] Cf. Lumen gentium, n. 1.

[3] Cf. Mt 28, 18-20.

[4] Cf. can. 207.

[5] Cf. más arriba la exposición de Mons. J. Bonet Alcón, Los pastores en la parroquia, págs. 46-47.

[6] Canon 129: § 1. De la potestad de régimen, que existe en la Iglesia por institución divina, que se llama también potestad de jurisdicción, son sujetos hábiles, según las prescripciones del derecho, los sellados por el orden sagrado. § 2. En el ejercicio de dicha potestad, los fieles laicos pueden cooperar conforme al derecho.

[7] Es interesante comprobar que de las 27 veces en las que se menciona la cura pastoral en el Código de Derecho Canónico, 17 de ellas se refieren exclusivamente al ministerio del párroco y otras dos incluyen este ministerio. Cf. J. Ochoa, Index verborum ac locutionum codicis iuris canonici, voz Cura pastoralis, pág. 121.

[8] Cf. N. C. Dellaferrera, La Parroquia, comunidad de fe, págs. 91-109 y V. Pinto, La Parroquia, comunidad de culto y santificación, págs. 111-121.

[9]Siempre será útil tener en cuenta que los tres aspectos del ministerio eclesial no son absolutamente distinguibles entre sé, ya que el ejercicio de cualquiera de ellos incluye de alguna manera a los otros. Cuando se enseña al Pueblo de Dios, se está también santificándolo y guiándolo. Cuando se realiza el ministerio de la santificación, también se enseña y se conduce, y cuando se gobierna a los fieles, también se les está enseñando y mostrando el camino de la santificación.

[10] “Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo»” (Mt 28, 18-20).

[11]Cf. A. Celeghin, Origine e natura della potestà sacra. Posizioni postconciliari, Brescia 1987, 496 págs.

[12]Cf. cáns. 515 § 1 y 519.

[13]En cuanto al oficio de enseñar del párroco, se podría acudir a los cánones 528 § 1, 757, 767 § 4, 770, 771, 774 § 2 , 776, 777, entre otros. Para el oficio de santificar del párroco, deberían estudiarse los 528 § 2, 851, 2°, 855, 861 § 2, 867 § 1, 874, 877, 883, 890, 895, 911, 914, 958,, 968, 1067, 1070, 1079 § 2, 1080, 1081, 1105 § 2, 1106, 1108 § 1, 1109, 1110, 1111, 1115, 1118 § 1, 1121 § 1, 1122 § 2.

[14]Cf. Mc 10, 42-45.

[15]Cf. can. 517 § 2.

[16]Cf. can. 150.

[17]Cf. can. 529 § 1.

[18]Cf. Christus Dominus, n. 30, 2.

[19]Cf. Presbyterorum ordinis, n. 6, c.

[20]Cf. can 529 § 2; también puede verse Presbyterorum ordinis, n. 9, b. Esta preocupación se afirma también como un deber de todos los clérigos; cf. can. 275 § 2.

[21]Cf. can. 215.

[22]Cf. can. 529 § 2, Christus Dominus, n. 30 y Presbyterorum ordinis, nn. 7-9.

[23]Cf. cáns. 532 y 1279 § 1.

[24]Cf. can. 537.

[25]Cf. A. Bunge, Los consejos de asuntos económicos, AADC V (1998) 33-55.

[26]Cf. can. 532, que remite a los cáns. 1281-1288.

[27]Cf. can. 535 § 1.

[28]Conferencia Episcopal Argentina, Decreto general aprobado en la 57a Asamblea Plenaria, Reconocido el 3 de febrero de 1989 y promulgado el 13 de marzo de 1989.

[29]Cf. can. 535 § 2.

[30]Cf. can. 877 § 1.

[31]Cf. can. 895.

[32]Cf. cáns. 1121 y 1133.

[33]Cf. can. 1685.

[34]Cf. can. 1706.

[35]Disolución del matrimonio in favorem fidei.

[36]Cf. can. 877 § 3.

[37]Cf. can. 1054.

[38]Curiosamente, aunque esté mencionada en el can. 535 § 2, la anotación en el libro de bautismos de la profesión perpetua en un instituto religioso no aparece aludida en los cánones sobre los institutos religiosos.

[39]También la anotación del cambio de rito en el libro de bautismos es mencionada sólo por el can. 535 § 2.

[40]Cf. can. 535 § 3.

[41]Cf. can. 1284 § 2, 1°.

[42]Cf. can. 535 §§ 4 y 5.

[43]Cf. can. 558.

[44]Cf. can. 862.

[45]Cf. can. 1118 § 1.

[46]Cf. can. 1118 § 2.

[47]Cf. can. 533 § 1.

[48]Cf. ibid, y can. 280, para todos los clérigos.

[49]Cf. can. 533 § 2.

[50]Cf. can. 135.

[51]Cf. cáns. 85 y 89.

[52]Cf. can. 1079 § 2.

[53]Cf. can. 1078 § 2.

[54]Cf. can. 1080 § 1.

[55]Cf. can. 1080 § 2.

[56]Cf. can. 1196, 1°.

[57]Cf. can. 1245.

[58]Cf. can. 90 § 1.

[59]Es un oficio al que corresponde la plena cura animarum; cf. cáns. 150 y 546.

[60]Cf. cáns. 545 § 1 y 548 § 3; cf. también Christus Dominus, n. 30, 3.

[61]Cf. can. 548 § 2.

[62]Cf. can. 545 § 2.

[63]Cáns. 515-552.

[64]Cf. can. 548 § 1.

[65]Cf. cáns. 541 § 1, 548 § 2 y 549.

[66] Cf. can. 556.

[67] Cf. cáns. 558 y 530, nn. 1-6.

[68] Cf. cáns. 564 y siguientes.

[69] Cf. can. 571.

[70] Cf. Congregación para la Educación Católica y Congregación para el Clero, Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes y Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes, Ciudad del Vaticano 1998, 149 págs.

[71] Cf. Congregación para el Clero, Directorio…, nn. 23-38.

[72] En cuanto al oficio de enseñar, habría que estudiar al menos los cáns. 764 y 767 § 1, y el Directorio…, nn. 23-27. Para el oficio de santificar las referencias obligadas serían los cáns. 861 § 1, 907, 910 § 1, 929, 930 § 2, 943, 1079 § 2, 1080, 1081, 1111 § 1, 1112 § 1, 1116 § 1, 1121 § 2 y 1169 § 3, y el Directorio…, nn. 28-36, especialmente los nn. 31 y 33.

[73] Cf. Directorio…, nn. 38 y 41.

[74] Cf. Directorio…, n. 40.

[75] Cf. Directorio…, n. 41.

[76] Cf. can. 145 § 2.

[77] Cf. can. 536 § 1 y Directorio…, n. 41; más adelante en este trabajo nos ocuparemos de los consejos pastorales (cf. III, 1).

[78] Cf. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 14.

[79] Cf. can. 374 § 1.

[80] Cf. can. 204 § 1.

[81] Cf. can. 225 § 1.

[82] Cf. can. 228.

[83]Cf. cáns. 230 § 3 y 1112, respectivamente.

[84]Cf. Aa. Vv., Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, art. 1.

[85]Cf. can. 145.

[86] Cf. can. 230.

[87] Se refirió a este tema en el Curso dado en nuestra Facultad el profesor P. Erdö. Sus exposiciones fueron publicadas en la Revista de la Facultad. Cf. P. Erdö, Uffici e funzioni pubbliche nella Chiesa, AADC III (1996) 65-78.

[88] Cf. cáns. 231 § 2 y 230 § 1.

[89] Cf. can. 145 § 1.

[90] Cf. cáns. 131 §§ 1 y 3, 133 § 1, 137 § 3, 138, 140 § 3.

[91] Cf. Conferencia Episcopal Argentina, Decreto general promulgado el 8 de diciembre de 1988, n. 2.

[92] Cf. ibid., n. 4

[93] Cf. can. 535 §§ 3 y 4.

[94] A. Bunge, Los consejos de asuntos económicos, AADC V (1998) 33-55.

[95] Cf. can. 516 § 2.

[96] Cf. cáns. 204 § 1 y 208.

[97] Cf. cáns. 515 §§ 1 y 3, 115 § 2 y 116 § 1.

[98] Cf. can. 536 § 1.

[99] Cf. can. 536 §§ 1 y 2.

[100] Cf. can. 511.

[101] Cf. can. 512 § 1.

[102] Cf. can. 512 § 2.

[103] Sería el caso de los sacerdotes y diáconos que participan del cuidado pastoral de la parroquia, y de algunos fieles laicos responsables de las áreas más importantes de la tarea pastoral, por ejemplo catequesis, liturgia y caridad.

[104] Podría ser el caso de los representantes de las diversas capillas o barrios de la parroquia.

[105] Cf. can. 497.

[106] Cf. can. 536 § 1.

[107] Cf. Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 26.

[108] Cf. Lumen gentium, n. 10.

[109] Can. 515 § 1.

 

 

Fuente:

http://www.mercaba.org/Codigo/Organiza/la_conduccion_pastoral_de_la_par.htm

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ENCUENTRO DE LAICOS DE PARROQUIA – III ASAMBLEA CAMINO DE SANTIAGO

  • Información General
  • Objetivos
  • Destinatarios
  • Cartel y Tríptico

Información General de la Asamblea y el Camino de Santiago

La Acción Católica General ofrece, con motivo de su próxima asamblea, un encuentro abierto donde laicos de parroquias de todas las diócesis puedan reflexionar sobre su propia vocación para ayudar a construir “parroquias con actitud de salida”.

Pretende ser un espacio de reflexión, oración y celebración, en el que buscar respuestas conjuntas a los desafíos evangelizadores que nos plantea nuestro contexto social. Este encuentro, junto con el Camino de Santiago que se oferta para la semana previa, pueden ser una oportunidad para afianzar lazos entre el laicado de nuestras iglesias locales.

 

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COMUNICADO DE LA COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA PASTORAL SOCIAL CON MOTIVO DE LA SITUACIÓN ECONÓMICA DEL PAÍS

COMUNICADO DE LA COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA PASTORAL SOCIAL CON MOTIVO DE LA SITUACIÓN ECONÓMICA DEL PAÍS

COMUNICADO DE LA COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA PASTORAL SOCIAL CON MOTIVO DE LA SITUACIÓN ECONÓMICA DEL PAÍS

A LAS COMUNIDADES Y TODOS LOS FIELES CATOLICOS A LAS AUTORIDADES FEDERALES Y ESTATALES
A LOS SECTORES PRODUCTIVOS
A LOS HOMBRES Y MUJERES DE BUENA VOLUNTAD

Hemos iniciado un año lleno de retos y contrariedades, donde sin duda el que más ha trastornado el entorno social y de paz en nuestra patria, ha sido el gasolinazo que se ha agravado con protestas de los mexicanos por el enojo y el descontento de la sociedad pues el aumento al precio de la gasolina y el diésel provoca la presión para el incremento de precios a muchos productos y servicios que dependen de estos combustibles.

Ante el hartazgo de los ciudadanos y la posibilidad de que la situación precaria en la que viven millones de mexicanos se agudice, los obispos de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social, queremos sumarnos al comunicado de la CEM para pedir a todos que miremos a las comunidades, pueblos y barrios y nos dejemos interpelar por cada familia y persona que sufre, no solo por un aumento a los combustibles, sino por las décadas en las que la pobreza crece, la corrupción se mantiene y la dependencia de las decisiones en los grandes mercados internacionales se perpetúa.

Desde nuestra opción de vida como pastores y con el deber profético de anunciar la Buena Nueva, queremos profundizar en el mensaje social del Evangelio y hacer resonar las palabras del Papa Francisco en su discurso sobre el mundo del trabajo, en Ciudad Juárez, Chihuahua, cuya premisa es que cada persona tenga Techo, Tierra y Trabajo dignos.

Por ello nos atrevemos a preguntar:

  1. Si el aumento a la gasolina era necesario por los precios internacionales de dicho combustible y el precio del dólar y no con fines recaudatorios, entonces ¿es necesario disminuir el impuesto (IEPS) que supera el 30% para minimizar el impacto de dicho aumento?
  2. Respecto de que el subsidio a la gasolina es en beneficio sólo de la clase rica, ya que los más pobres no reciben un solo peso de ese beneficio, habrá que explicar ¿quién absorberá el impacto en los medios de transporte de personas, transporte de mercancías, producción del campo y la industria, productos y servicios que también consumen los más pobres de México?
  3. Habrá que preguntarse si vivimos un tiempo de un Estado pobre, o de una recaudación insuficiente, o bien, ¿tenemos exceso de corrupción y robo al Estado por una serie de personajes que permanentemente dejan vacías las cuentas a nivel municipal, estatal y federal?

La percepción de la gente, es que los recursos de todos no son distribuidos de forma solidaria ni con el objetivo de romper con las asimetrías que se han generado por muchos años. En nuestro país se encuentran las fortunas más grandes frente a los millones de empobrecidos por un sistema que nos ha hecho perder la capacidad de mirarnos con confianza y que nos invita permanentemente a competir. En este sistema económico globalizado, las mercancías y los productos tienen acceso entre fronteras pero las personas son rechazadas y expulsadas sistemáticamente.

Las crisis económicas internacionales son fatales para nuestra economía, las elecciones y decisiones políticas de nuestros vecinos paradójicamente son tan importantes en nuestra dinámica como país, pero no tenemos siquiera la posibilidad de opinar.

Definitivamente, el cansancio de la gente no es por el nuevo costo de la gasolina, sino por la imposibilidad de acceder al desarrollo humano, integral y solidario, de aspirar a que México sea un país cuya meta esté en función de que cada persona tenga acceso a un Techo, a una Tierra y a un Trabajo. El Papa Francisco nos invita a “… decir no a una economía de la exclusión y la desigualdad. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión.” (EG, 53).

En el Directorio de la Pastoral Social en México tenemos un “llamado a humanizar la economía que de muchas formas el magisterio de la Iglesia ha expresado que enfrenta actualmente un sistema económico dominante inspirado históricamente en el capitalismo liberal a esta economía individualista y globalizada” (493).

Ante las crisis tenemos la oportunidad de generar estrategias creativas que nos desinstalen y nos impulsen a cambiar. Proponemos:

  1. Promover con verdadero énfasis el fortalecimiento del mercado local, antes de poner en competencia productos de importación de los que dependeremos, como lo hacemos hoy, apagando las iniciativas locales y la generación de empleos, especialmente los comunitarios y familiares.
  2. Facilitar la formación, implementación y seguimiento de proyectos desde la economía solidaria cuyo eje principal es el trabajo colectivo con igualdad de beneficios y responsabilidades. Que el ser humano y su trabajo tenga preeminencia sobre el dinero.
  3. Globalizar la cultura, la educación, la tecnología, la solidaridad y la paz. En las relaciones económicas necesitamos ser menos dependientes. Este no será un camino corto, pero podemos comenzar a caminarlo ya.

Animamos a todos, especialmente a los cristianos, a comprometerse y participar ciudadanamente, es necesario que entremos en diálogo con diversos actores. Condenamos todo acto que se ejerza con violencia. La violencia como camino ensucia la libre expresión de quienes buscan cambios eficaces y no sólo palabras.

Esperamos con ansia la disminución de la brecha entre ricos y pobres a través de la generación de empleos estables y aumentando los salarios para que estos sean acordes a las necesidades básicas de cada familia.

La fe en Jesús no puede ser vivida egoístamente, sin compromiso social, sin buscar el bien común. Invitamos por ello, a todas las comunidades parroquiales a promover la pastoral social que evolucione del asistencialismo a la transformación social para que todos, especialmente los más pobres de su comunidad, aprendan a organizarse solidariamente para necesitar menos programas sociales gubernamentales que generan un apoyo mínimo y que incluso, podrían estar bloqueando proyectos de verdadero crecimiento. El desarrollo social no es dar ayudas intermitentes sin promover y generar proyectos serios de desarrollo comunitario, los individuos deben ser sujetos de su propio desarrollo.

La grandeza de nuestro país está en su gente. Como miembros de un mismo cuerpo (1Cor 12, 12), pedimos a María, madre de Jesús, que nos enseñe a ser animadores de nuestro pueblo, como ella lo es.

Que el Señor de la paz, bendiga nuestra Nación.

S.E. Mons. José Leopoldo González González Obispo de Nogales
Presidente
Pastoral Social-Cáritas

S.E. Mons. Carlos Garfias Merlos Arzobispo de Morelia
Justicia Paz y Reconciliación, Fe y Política

S.E. Mons. Domingo Díaz Martínez Arzobispo de Tulancingo
Pastoral de la Salud

S.E. Mons. Jorge Alberto Cavazos Arizpe Obispo de San Juan de los Lagos Pastoral del Trabajo

S.E. Mons. Guillermo Ortíz Mondragón Obispo de Cuautitlán
Pastoral de la Movilidad Humana

S.E. Mons. José de Jesús González Hernández Obispo de la Prelatura del Nayar
Pastoral Indígena

S.E. Mons. Andrés Vargas Peña Obispo Auxiliar de México Pastoral Penitenciaria

Categorías:Iglesia

Los obispos vuelven la mirada a la Acción Católica

Los obispos vuelven la mirada a la Acción Católica

Una asamblea general y una peregrinación a Compostela escenificarán la apuesta por su “proyecto renovado”

 

JOSÉ LORENZO | La Acción Católica se reivindica y, cincuenta años después de la crisis que la descabezó, vuelve a contar con la confianza de una Conferencia Episcopal que asiste “con una expectación muy positiva” al relanzamiento que, en 2009, dio lugar en Cheste (Valencia) a la Acción Católica General (ACG). La escenificación de esta apuesta será en una asamblea que se celebrará en Santiago de Compostela del 3 al 6 de agosto, y a la que la ACG invita a laicos de todas las diócesis y edades, sean o no militantes, bajo el lema Salir, caminar y sembrar siempre de nuevo.

Además, del 27 de julio al 2 de agosto, siguiendo la estela de la importante peregrinación de la Acción Católica en 1948 a Compostela, los militantes –y probablemente algún obispo– recorrerán varios tramos del Camino para abrazar al Apóstol.

Hace tiempo que los obispos buscan y animan a los laicos a un compromiso efectivo en la vida pública que vaya más allá de la religiosidad popular. Por eso, en los últimos años acompañan el proceso de reflexión interna de la ACG, cuyos avances son estudiados en reuniones de la Asamblea Plenaria. “Desde nuestra constitución en 2009, la ACG se ha puesto a disposición de lo que la Iglesia necesita. Y este ofrecimiento se está llevando a cabo en cada una de las parroquias, en las diócesis y en la Conferencia. Los obispos están profundizando en nuestra propuesta, en los materiales que se ofrecen, en la forma de ponerlo en marcha y están promoviendo la implantación en sus diócesis, con las diversas adaptaciones que se requiere en cada una de ellas”, señala a Vida NuevaManuel Verdú, su consiliario. “No se trata del resurgimiento de un nuevo carisma, sino de un instrumento diocesano para colaborar en la maduración cristiana de la fe de los laicos”, subraya el sacerdote de la Diócesis de Cartagena.

“Es muy importante que haya un laicado que forme parte del tejido diocesano habitual con las características que propone la ACG de espiritualidad, formación y espíritu misionero. Y ese laicado es una de las grandes carencias que tenemos, quizás porque en los últimos años no hemos sabido darle preponderancia a su papel”, argumenta Carlos Escribano, consiliario nacional.

El también obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño confiesa que una de las cosas que más le “cautivó” del “proyecto renovado” de la ACG “es que hay notas muy exigentes, y eso ha salido de ellos”. “Por ejemplo –explica–, trabajar en profundidad lo que tiene que ser una espiritualidad fuerte, profundamente cristológica. Y el tema de la formación sistemática e integral, que es algo básico y una de las grandes carencias del laicado en España. O ese trabajo para profundizar en la cuestión misionera y evangelizadora en línea con Francisco”.

Escribano insiste en valorar que todo este proceso –para el que los militantes de la ACG ya han preparado unos completos materiales– ha surgido de los propios laicos y los sacerdotes que les acompañan. “Este esfuerzo inicial hace que se mire otra vez con especial agrado este movimiento interno de la ACG”, señala. “Personalmente, y en lo que he podido hablar con mis hermanos obispos –añade–, creemos que puede aportar mucha luz a la consolidación de la vida de las parroquias dentro de esa propuesta misionera que se propone en Evangelii gaudium”.

El obispo valora que los militantes hagan suyos los planes diocesanos y parroquiales –“que es algo que está siempre un poquito en solfa”–, así como que sientan que su misión es la de la Iglesia diocesana. “Su propuesta intenta que, de manera orgánica, los seglares profundicen no solo desde el ministerio que se les encomienda, sino desde la realidad más profunda de la vida cristiana, intentado conseguir laicos maduros que puedan afrontar una tarea evangelizadora. Eso es lo que suscita un singular apoyo para presentar este proyecto a las diócesis. Y, a partir de ahí, se irá dando un tejido renovador”, apunta. Y este verano, en Compostela, se verá hasta dónde quieren llegar.

En comunión con los nuevos movimientos

Este apoyo a la Acción Católica General (ACG) se da en un momento –y bajo un pontificado– en donde los nuevos movimientos no tienen tanta visibilidad. Pero este aliento episcopal no significa que se dé la espalda a esas otras realidades. “Este impulso nace de la propia identidad de lo que es la Acción Católica: un instrumento que la Iglesia se da a sí misma. Pero no está para desbancar a los demás. Está al servicio de todos y uno de los elementos que tienen que procurar es la comunión con otras asociaciones. Y eso hay que subrayarlo”, señala el obispo Carlos Escribano.

Y parecen tenerlo claro en la ACG, en donde “de ninguna manera” se han sentido relegados en otras épocas por los nuevos movimientos. “Son una fuerza del Espíritu Santo y una realidad muy importante en la Iglesia. Es necesario que no vivamos la diversidad de carismas como una competencia, sino como una complementariedad”, afirma por su parte el consiliario Manuel Verdú.

Las cifras de la Acción Católica General

  • Número de miembros: 2.391 (1.958 adultos + 433 jóvenes).
  • Presente en 46 diócesis.
  • Diócesis con más militantes: Madrid (345), Oviedo (187) y Bilbao (176).
  • Diócesis donde hay jóvenes: 23.
  • Diócesis con más jóvenes que adultos: Ourense y Calahorra y La Calzada-Logroño.

Medio siglo perdido

JOSÉ LORENZO | Redactor jefe de Vida Nueva

Quieren los obispos una mayor visibilidad de los laicos en la vida pública, pero también dentro de la Iglesia, tomando más responsabilidades en las parroquias, en una apuesta por una dinamización pastoral ante el número menguante y la avanzada edad de los párrocos. Y han vuelto su mirada a la Acción Católica General, que vive un lento proceso de relanzamiento. Atrás parece quedar la dura travesía del desierto en donde se les dio por acabados mientras se abría la navaja multiusos de los nuevos movimientos.

Hablar de relanzamiento se antoja un poco ingenuo en medio de una realidad desoladora para el apostolado. Pero está bien que se intente. Y es un bonito gesto que, cincuenta años después de la debacle de esta asociación seglar, se haya organizado para 2017 un gran encuentro en Santiago de Compostela, siguiendo la estela de la peregrinación de 1948.

Quizás sería más adecuado hablar de “repensar”, porque los tiempos han cambiado y es difícil que vuelvan aquellas cifras de militantes y asociados, aquellos miles de centros por toda España. Lo bueno es que se haya aprendido la lección y que no se vuelva a desmantelar una realidad pujante en donde los laicos, sin romper la comunión, hicieron palpable su compromiso temporal.

Hoy, ante la insignificancia del hecho religioso, los prelados añoran aquello a lo que dieron la puntilla. Sucedió que las críticas a un régimen al que la jerarquía seguía sosteniendo precipitaron el cese de consiliarios, la dimisión de presidentes y el éxodo de afiliados hacia otras formaciones que alumbraron la Transición.

Tenemos hoy en la HOAC un ejemplo de perseverancia, a pesar del fuego amigo y de recelos que todavía persisten. Desde sus 70 años que acaba de conmemorar, mira al futuro “con pasión” y ha encontrado en Francisco el eco de tantas de sus denuncias incomprendidas. El presente les ofrece más futuro.

 

Categorías:Accion Catolica, General