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Apostolado Seglar de Accion Catolica Introduccion

APOSTOLADO SEGLAR DE ACCIÓN  CATÓLICA

 

LUIS MARÍA ACUÑA C. Pbro.

 

OBRA DE FORMACIÓN PARA TODOS

 

Prólogo de Miguel Ulloa O. Pbro.

EDITORIAL DIFUSIÓN, S. A. TUCUMAN 1859 BUENOS   AIRES

    

PREFACIO

Por el Exorno. Dr. D. Manuel Larrain E., Obispo de Talca

Hablar del apostolado seglar es tocar un tema, que siendo antiguo como la Iglesia, encierra hoy para Ella uno de los problemas de más actualidad.

Hacer del laicado católico una gran milicia que en su lugar, su orden y su terreno colabore con la Jerarquía en una obra común: la conquista del mundo para Cristo, es sin duda el medio providencial dado por Dios a la Iglesia para responder a las necesidades de un mundo que se renueva en angustiosa transformación.

Así lo han comprendido los últimos Pontífices, que han hecho del llamado al apostolado seglar la voz de orden de sus pontificados.

Así también comienzan a comprenderlo muchos católicos. Han sentido que este llamado al apostolado no es algo optativo en su vida, sino un imperativo solemne que brota de su propia condición de miembros del Cuerpo místico de Cristo; se han penetrado de que al unirse al apostolado jerárquico de la Iglesia, ejecutan aquel sublime sacerdocio que les fue conferido en lo” sacramentos del Bautismo y Confirmación; han meditado la responsabilidad que para ellos se encierra en las palabras solemnes que S. S. Pió XI, de santa memoria, dirigía al mundo en su primera Encíclica “Ubi Arcano Dei”, cuando escribía: “Decid! a vuestros fieles del laicado que cuando ellos, unidos a sus sacerdotes y a sus Obispos, participan en las obras de apostolado y de redención individual y social, entonces más que nunca son el “genus electus et regale sacerdotium, la gens sancta”, el pueblo de Dios que San Pedro ensalza.” (I. Petr., II, 9.)

Ha existido en muchos fieles una falsa concepción de su rol dentro de la Iglesia, se han sentido miembros pasivos de Ella, algo así como los “socios honorarios” de una Institución, no han comprendido que es necesario ser miembros activos que vivan y hagan vivir a otros la sublime vocación sobrenatural a que hemos sido llamados. El gran General Castelnau ha llamado a estos católicos inactivos “.los emboscados de la parroquia”. A los graves problemas de los nuevos tiempos no cabe otro remedio: la conciencia formada en todos los católicos del deber del apostolado seglar.

A ilustrar esta obligación viene la nueva obra del Poro. D. Luis María Acuña, el infatigable apóstol de la prensa de nuestra patria, a quien tan sólidos y prácticos libros de cultura religiosa y social le debemos.

Llega esta obra en una hora en que el apostolado seglar, la Acción Catolica, necesita intensificarse en nuestra patria haciéndose cada re; más consciente y ardoroso. Apostolado consciente, y la obra de D. Luis María Acuña nos ilustra sobre los orígenes y bases doctrinales de la Acción Católica; apostolado ardoroso, y este libro escrito con ferrar de Cruzado llama a las almas a consagrarse a la obra sublime de extender el reino de Cristo entre los hombres.

Es obra que debe estar en todas las manos, del sacerdote y del seglar, recordándoles a todos la necesidad de ser en estos difíciles tiempos HERALDOS DEL GRAN REY, y obreros infatigables de su reinado social entre los hombres.

MANUEL LARRAIN E.
OBISPO DE TALCA

 


ACCIÓN CATÓLICA

1. – Principio y fundamento teológico del Apostolado Seglar. –

2. – Campos de Apostolado más urgente en nuestro tiempo. –

3. – Examen de conciencia y Crítica constructiva

Estudio preliminar del  Pbro.  D.  MIGUEL  ULLOA  OSSANDON,  Secretario General del Obispado de Valparaíso (Chile) y Asesor del Secretariado de Prensa y Propaganda de la Acción Católica.

 

EVOCACIONES EVANGÉLICAS

Fue una de las más encantadoras tardes evangélicas: en las graciosas colinas de Judea y en las rubias playas del Mar de Tiberíades repercutió el acento divino del Cristo que antes de ascender a los cielos de su gloria, arengaba a sus apóstoles diciendo: Ite, docete omnes gentes “ID y enseñad a todas las gentes”…

Y enmudecieron los labios benditos del Cristo y su mirada infinita dilatóse en la lontananza inmortal de la historia… y rodaron los siglos en la corriente vertiginosa de los tiempos, y en todas las edades, por paganizadas que sean, el poder maravilloso y taumaturgo de Jesús de Nazareth, ha encontrado eco generoso en las almas abnegadas de los sacerdotes y de los misioneros que no han economizado sacrificios para erigir un trono al Rey inmortal de los siglos, dondequiera que haya idos trozos que se crucen para formar una Cruz y se alce una piedra para levantar un Altar”…

Pero hoy la realidad tangible de los pueblos nos demuestra más que nunca la triste verdad de estas palabras quejumbrosas del Maestro: “La Mies es mucha y los operarios son muy pocos”: en esta misma civilizada tierra nuestra, en las soledades de nuestros campos, en las quebradas y pendientes de nuestros cerros, en el bullicio y conferí de nuestras urbes, en el estrepitoso rechinar de nuestras fábricas, hay miles y miles de nuestros hermanos de tierra y de raza, imbuidos en las sombras de nefandos errores, porque nunca han recibido la irradiación del Evangelio ni un rayito de luz del Catecismo…

En medio de tanta indiferencia que aparta a las almas del Templo, y de esa espantosa escasez sacerdotal que constituye una de las crisis más hondas del espiritualismo católico, el Dulce Cristo en la tierra ha hecho en los modernos tiempos un llamado oficial a este nuevo Sacerdocio de los Apóstoles Seglares de la Acción Católica, llamado imperioso, solemne y decisivo que es como el “Mandatum Novum”, el Mandamiento Nuevo de Cristo en esta época nueva y luminosa de la Iglesia…

El gran Papa de la Acción Católica, el inolvidable Pío XI, en la Encíclica inaugural de su Pontificado, “Ubi Arcano Dei”, escribía: “La Acción Católica pertenece sin duda más que nunca, por una parte al Ministerio Pastoral, y por otra, a la Vida Cristiana… de aquí que cuanto se ha hecho o se ha dejado de hacer en favor de ella, ha sido en favor o en contra de los inviolables derechos de la conciencia y de la Iglesias… “La Acción Católica -decía el Episcopado Español- no sólo es conveniente en nuestros tiempos, sino también absolutamente necesaria” … “El Apostolado de la Acción Católica – agregaba el Episcopado Argentino- obliga tanto a los Sacerdotes como a los Seglares”.

¿Y cómo no recordarlo -porque nos loca más de cerca-, cómo no repetir y grabar estas palabras que el entonces Emmo. Sr. Secretario de Estado, Eminentísimo Cardenal Pacelli, y hoy Su Santidad Pío XII, gloriosamente reinante, dirigiera a los Obispos y Pastores de la Iglesia en Chile? Dándonos normas precisas sobre las relaciones de la Acción Católica con las actividades políticas y sociales, nos declara “que si los fieles quieren contribuir, como es necesario, de una manera eficaz al bien de la Iglesia y de la Patria, nada será más útil que la constitución y el desarrollo de la Acción Católica, según las normas repetidamente dadas por el Santo Padre y que “grandes serán sin duda las ventajas que la Acción Católica traerá a esta noble Y querida Nación”.

Estas evocaciones del Evangelio y este Mandamiento Nuevo de la Iglesia deberían bastar para impulsarnos poderosamente a trabajar los amplios campos de la Acción Católica. Pero ante la insistencia amistosa de prologar por tercera vez otro Libro -como todos los suyos- luminoso y atrayente del incansable y erudito escritor Pbro. D. Luis María Acuña, al mismo tiempo que recomiendo encarecidamente esta obra que tanto esperábamos, quisiera insistir en estas tres ideas:

  1. Principio y fundamento teológico de la obligatoriedad del Apostolado Seglar.
  2. Los campos de apostolado más urgentes en nuestro tiempo.
  3. Examen de conciencia 7 critica constructiva de nuestro Apostolado.

 

1.-PRINCIPIO Y FUNDAMENTO TEOLÓGICO DEL APOSTOLADO SEGLAR

No sé si por la rutina o la costumbre de ver que “todo” lo hicieran el Clero y los Religiosos, aún hay muchos católicos “seglares” que creen y siguen creyendo que el Apostolado es competencia exclusiva del sacerdocio y que ellos cuando mucho no tienen mayor obligación que la de asistir a Misa los domingos y días festivos, confesarse y comulgar una vez al año y ojala los primeros viernes,- pero nada más…

Más aún: no han faltado quienes, al eco de la sentida muerte de S. S. Pío XI, que insistía casi diariamente sobre su obra creadora de la Acción Católica, no sé si en broma o en serio y tal vez frotándose las manos, se dijeron: “Murió el Papa de la Acción Católica se acabó la Acción Católica”…

Más que con el fin de desvanecer estos pobres prejuicios, con el ardiente deseo de contribuir a despertar la “Conciencia del Apostolado”, quiero recordar brevemente el “principio y fundamento teológico de la fuerza obligatoria del Apostolado Seglar”.

 

TODOS SOMOS MIEMBROS DEL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

En memorable Carta Apostólica de 28 de marzo de 1937 al Episcopado Mejicano, Su Santidad Pío XI nos recordaba este Dogma tan olvidado y tan fecundo:

“Todo cristiano consciente de su dignidad y de su responsabilidad, como hijo de la Iglesia y miembro del Cuerpo Místico de Jesucristo, no puede menos que reconocer que entre todos los Miembros de este Cuerpo, debe existir una comunicación recíproca de vida y solidaridad de intereses. De aquí las obligaciones de cada uno en orden a la vida y al desarrollo de lodo el organismo, “in redificationem Corporis Christi” de aquí también la eficaz contribución de cada miembro a la glorificación de la Cabeza y de su Cuerpo Místico. De estos principios claros y sencillos, ¡que consecuencias tan consoladoras, qué orientaciones tan luminosas brotan para muchas almas, indecisas todavía y vacilantes, pero deseosas de orientar sus ardorosas actividades, qué impulsos para contribuir a la difusión del Reino de Cristo y a la salvación de las almas ¡…”

 

LA  CONFIRMACIÓN:  SACRAMENTO DE LA  ACCIÓN CATÓLICA

Si es verdad que iodo católico, por ser miembro vivo del Cuerpo Místico de Cristo, que es su Iglesia, está obligado a trabajar o contribuir en alguna forma de Apostolado, es mucho más cierto que esta obligación alcanza en forma más apremiante y más fuerte al que ha sido armado “soldado de Cristo y paladín de su Iglesias por el Sacramento de la Confirmación, que, según expresión de Santo Tomás de Aquino, “incorpora al fiel entre los miembros de la milicia cristiana”.

Con cuánta razón S. P. Pío XI afirma en Carta Apostólica al Cardenal Patriarca de Lisboa: “Por la Confirmación somos constituidos soldados de Cristo, y es evidente, para cualquiera que lo medite serenamente, que el soldado debe afrontar lis fatigas y combates, no tanto en provecho propio, cuanto por el bien de los demás.

Monseñor Fontenelle en el “Pequeño Catecismo de la Acción Católica”, escribe: “Sobre todo por parle de los que ostentan cargos de la Acción Católica, esta misión exige que se aprovechen plenamente del Sacramento de la Confirmación, el cual ha merecido con razón el nombre de “Sacramento de la Acción Católica”, precisamente porque constituye a los confirmados en perfectos soldados de Cristo y de su Iglesia…”

Monseñor Civardi, en su excelente “Manual de Acción Católica”, agrega: “El Deber del Apostolado se manifiesta explícitamente entre las obligaciones de la Confirmación, pues este Sacramento, al aumentar en nosotros la Gracia Santificante, nos da la madurez espiritual y la robustez de fuerzas, que nos hace aptos para empuñar las armas y soportar las fatigas y los peligros de la Milicia Espiritual. Pero, ¿qué es la milicia, sino dedicación absoluta a un interés colectivo? Un soldado egoísta es un contrasentido, es como decir un sacerdote incrédulo, un maestro ignorante, un juez injusto…”

“La Confirmación -afirma finalmente el P. Dabin-, es por excelencia el Sacramento de la Acción Católica, porque capacita al confirmado para su labor de militante y defensor de la Iglesia, y lo habilita para ser soldado que actúa en comisión de servicio, que es el carácter esencial de la actividad desplegada por los seglares en el seno de la Acción Católica”.

“El Bautismo nos hace piedras (del edificio) de Cristo” la Confirmación nos hace arquitectos de Cristo”. – (Cardenal Faulhaber, Arzobispo de Munich.)

 

FORMACIÓN PARA EL APOSTOLADO POR LA VIDA INTERIOR-EUCARISTICA Y LA CULTURA RELIGIOSO-SOCIAL

Los Apóstoles, como los soldados, no se improvisan, deben formarse tanto cuanto lo reclamen los intereses de Cristo y las necesidades actuales de la Iglesia y de la Patria.

Al oído y al corazón del Apóstol deben repercutir incesantemente estas palabras del Maestro que encierran todo un programa fecundo de Vida Interior, que es la base del Apostolado: Sine me, nihil potestis facere: “Sin Mí, nada, absolutamente nada podéis hacer”… Quaerite primum Regnus- Dei: “Buscad primero el Reino de Dios y su Justicia y todo lo demás vendrá por añadidura”.

Jamás debemos olvidar en nuestras actividades apostólicas esta sentencia que el gran San Bernardo, Abad de Claraval, dirigía al Papa Eugenio III, preocupado del gobierno universal de la Iglesia: “Sed para vos, el primero y el último, y recordad que en el negocio de vuestra salvación, nadie es más prójimo vuestro que el hijo único de vuestra madre…i

Profundamente penetrado de este principio admirablemente expuesto por Dora Chautard en “El alma de todo Apostolado”, que ojala leyera todo apóstol seglar: “El Apostolado es el desbordamiento de la Vida Interior”, el soldado de Cristo debe formarse, entrenarse y velar sus armas con la Misa litúrgica y prácticamente vivida, con la Comunión frecuente y fervorosa, con la Confesión sincera y una metódica Dirección Espiritual, con la Meditación sagrada, según su condición y circunstancias, con el diario Examen de Conciencia, y con la práctica oportuna de los Ejercicios Espirituales, que son la “Palestra del Apostolado”, según el decir de S. S. Pío XI en su Encíclica Mens nostra.

Esta Vida Interior fervorosa y fecunda, que al decir del Padre Plus sea capaz de “IRRADIAR A CRISTO”, debe completarse con la Cultura Religiosa social que forme “Conciencias integralmente cristianas” (Pío XI).

En su Carta al Cardenal Berthram insiste S. S. Pío XI en estos requisitos indispensables de Apostolado: “una sólida Piedad, un conocimiento adecuado de la Verdad Religiosa, y una Vida integérrima, que son el fundamento necesario para cualquiera participación en el apostolado jerárquico”.

Esta Cultura Espiritual tan necesaria ^n esta época de tanta ignorancia religiosa, puede adquirirse o enriquecerse con las

 

Clases y los Círculos, de Acción Católica, con las Conferencias periódicas de Cultura, con la lectura asidua de los mejores autores que tanto abundan hoy día y que están al alcance de la mayoría de las personas de buena voluntad.

Sintetizando estos pensamientos a lodos los Apóstoles seglares, repetimos esta arenga de S. S. Pío XI a las Juventudes Católicas :

“Sed Angelicalmente puros,

Eucarísticamente Piadosos,

Apostólicamente activos…”

Y el Excmo. y Rvdmo. señor Obispo de Córdoba, Monseñor Laffile, agregaba:

“Sed Eucarísticos, para ser Piadosos,

Sed Piadosos, para ser Apóstoles,

Sed Apóstoles para salvar el mundo…”

 

2.-CAMPOS DE APOSTOLADO MAS URGENTE EN NUESTRO TIEMPO

Formado convenientemente el Apóstol seglar en la Vida Espiritual y en la Cultura Intelectual de su Fe, puede y debe dedicarse a los amplios campos de actividad que le presenta el mundo y la Iglesia: la recristianización de la familia, la educación cristiana de la juventud; el apostolado catequístico de los niños, las Cruzadas Eucarísticas, los Patronatos y Escuelas Nocturnas de niños y jóvenes pobres, los Círculos de estudio, la defensa de la Moralidad, la propaganda por la prensa y por la radio, etc., etc.

 

CONQUISTA DE LA JUVENTUD OBRERA (J. O. C.)

Pero entre todos los campos de Apostolados el que más urge, dadas las circunstancias actuales, es sin duda la conquista y la recristianización del mundo obrero, de tal modo que las mismas actividades anteriormente enumeradas -sin desatender las demás clases sociales, pues todos somos hermanos en Cristo- deben dirigirse preferentemente a nuestros hermanos obreros.

El genial Papa de la Acción Católica, en su Caria Apostólica al Episcopado Mejicano, nos decía: “En oposición a las frecuentes acusaciones que se hacen a la Iglesia de descuidar los problemas sociales o ser incapaz de resolverlos, no ceséis de proclamar que solamente la doctrina y la obra de la Iglesia -a la que asiste su Divino Fundador- puede dar el remedio para los gravísimos males que afligen a la humanidad… Esta Íntervención en la Cuestión Social os dará oportunidad de ocupar con celo particular de tantos pobres obreros que tan fácilmente caen presa de la propaganda descristianizadora, engañados por el espejismo de las ventajas económicas que se les presentan ante los ojos, como precio de su apostasía de Dios y de la San Iglesia.  Si amáis verdaderamente al obrero (y debéis amarlo porque su condición se asemeja más que ninguna otra a la d Divino Maestro), debéis prestarle asistencia material y religiosa. Asistencia material, procurando que se cumpla en su favor r sólo la Justicia Conmutativa, sino también la Justicia Social, es decir, todas aquellas providencias que miran a mejorar la condición   del   Proletario,  y  asistencia  religiosa,  prestándole le auxilios de la Religión, sin los cuales viviré hundido en un materialismo que lo embrutece y lo degrada” (Pío XI, 1937).

Y en el mismo mes y año, en su admirable y valiente Encíclica “Divini Redemploris” sobre el Comunismo Ateo, insiste nuevamente el Papa providencial en la urgencia imperiosa de Apostolado Obrero:

“En modo particular recordemos a los Sacerdotes la exhortación de nuestro predecesor León XIII, tantas veces repetida, de ir a los Obreros, exhortación que Nos hacemos nuestra y completamente: “ID a los Obreros, especialmente al Obrero Pobre, y en general, id a los Pobres”, siguiendo en esto las enseñanzas de Jesús y de su Iglesia… Si el sacerdote no va a los Obreros y a los Pobres, para premunirlos o desengañarlos de los prejuicios y de las falsas teorías, éstos se convertirán en fácil presa de los apóstoles del Comunismo)… En las Parroquias, los Sacerdotes -aun dando naturalmente lo que sea menester al cuidado ordinario de los fieles- reserven la parte mayor y mejor de sus fuerzas y de sus actividades para reconquistar las masas de trabajadores para Cristo y para la Iglesia…”

“Después del Clero, dirigimos Nuestra paternal invitación a los queridísimos hijos que militan en las filas de la para Nos tan querida Acción Católica… Serán los primeros e inmediatos colaboradores de sus compañeros de trabajo y se convertirán en preciosos auxiliares del Sacerdote para llevar la luz de la Verdad y remediar las miserias materiales y espirituales, en innumerables zonas refractarias a la acción del Ministro de Dios, ya sea por inveterados prejuicios contra el Clero, ya por deplorable apatía religiosa… Finalmente, nuestros queridos Obreros Católicos, jóvenes y adultos, bajo la guía de sus Obispos y de sus Sacerdotes deben hacer volver a la Iglesia y a Dios la inmensa multitud de sus Hermanos de Trabajo que, exacerbados por no haber sido comprendidos o tratados con la dignidad a que tenían derecho, se han alejado de Dios… Los Obreros Católicos, con su ejemplo, con su palabra, demuestren a estos hermanos suyos, que la Iglesia es una tierna Madre para todos los que trabajan y sufren, y jamás ha omitido ni omitirá nunca su sagrado Deber Materno de defender a sus Hijos…”

A principios del mismo año (29 de enero de 1937) el Eminentísimo Cardenal Eugenio Pacelli, entonces Secretario de Estado de Su Santidad Pío XI, y ahora S. S. Pío XII, escribía con motivo del X aniversario de la J. O. C., Juventud Obrera Católica, de Francia, estas preciosas palabras que son una arenga irresistible y deben promover movimientos colectivos similares en el orbe católico:

“Es de extrema urgencia, para detener los progresos del mal y reconquistar las almas de los Trabajadores, extender e intensificar más aún el Movimiento Providencial de la J. O. C., que como una vasta Y saludable red, se extenderá sobre aquellas multitudes descarriadas y las hará penetrar en una vivificante y sobrenatural atmósfera de luz y caridad… No se puede en este campo hacer obra verdaderamente eficaz y duradera sino recurriendo a los métodos de Conquista del Medio Social por el mismo Medio Social; método que S. S. Pío XI ha señalado para mejor responder a las necesidades de nuestra época. En su Encíclica “Cuadragésimo Armo” dio una definición magistral de esta Metodología de la Acción Católica: “Para hacer volver a Cristo las diversas categorías de hombres que se han separado de El, es necesario, ante todo, reclutar y formar, en su mismo medio social, auxiliares de la Iglesia que comprendan su mentalidad y sus aspiraciones, sepan hablarle a su corazón en un espíritu de fraternal y caritativa comprensión. De esta manera LOS PRIMEROS APOSTÓLES DE LOS OBREROS, LOS APOSTÓLES INMEDIATOS DE LOS OBREROS SERÁN LOS MISMOS OBREROS.. “Las Clases Trabajadoras -terminaba el Emmo. Cardenal Secretario de Estado, hoy Su Santidad Pío XII- tienen en la formación del Mundo Nuevo, una importancia cada vez mayor, que sería vano e injusto desconocer. La Sociedad de mañana será Cristiana, en gran parte, en la medida en que los Representantes del Trabajo hayan sido penetrados de los Principios del Evangelio”.

En esta misma ocasión y celebrando los triunfos palpables de más de cien mil Jóvenes Jocistas, dirigía en París estos vibrantes votos y estos felices augurios el Eminentísimo Cardenal Verdier, uno de los cerebros más robustos y vidente de los últimos tiempos:

“El inmenso escándalo de un Proletariado descristianizado, que según la palabra de Pío XI, es el mayor escándalo del mundo moderno, ¿está pues a punto de desaparecer? Ni las protestas del egoísmo, ni la fuerza, ni siquiera las legislaciones sociales, pueden hacerlo cesar. Vosotros, queridos miembros de la J. O. C., con Cristo, con la Iglesia, alimentados con la doctrina y llenos de la vida de vuestro Cristianismo, habéis jurado obrar un Milagro que vuestra timidez ya no esperaba. Mañana, gracias a vuestras sabias doctrinas, el Mundo del Trabajo, para su felicidad y para la nuestra, para gloria de la Patria y bien de la humanidad, se arrojará en brazos de Cristo, nuestro Dios. ¡Hijos del Milagro, os bendecimos: Que Dios haga fructuoso vuestro esfuerzo!. .. Realizaréis vuestro Ideal… y mañana la Patria os bendecirá, pues el Hogar y el Trabajo restaurado, será el bienestar de todos, será la Paz Social, será la Patria, capaz de reanudar en adelante en el mundo su marcha gloriosa y bienhechora. ..”

Insistiendo en esta Obra Impostergable, cómo no meditar el Manifiesto glorioso del heroico y dinámico Canónigo Cardijn, alma de la J. O. C. en el magno Congreso de julio de 1937:

v     Basta ya de palabras y de discursos: ellos nos han engañado y desilusionado…

v     Basta de amenazas y de golpes: ellos nos han herido…

v     Basta de agitaciones estériles: ellas nos han traicionado…

v     Solos y dispersos, somos nada…

v     Unidos, agrupados, somos ya una fuerza irresistible…

“Por encima de todas las doctrinas y de todas las agitaciones del odio y de las violencia, surge el Frente Mundial de los Jóvenes Trabajadores, agrupados en torno del Único Príncipe de la Paz y del Único Realizador de la Justicia:-el Divino Obrero de Nazareth… Por El, con El y en El, la Nueva Juventud Obrera quiere también hacer un Mundo Nuevo.”

“La Masa Obrera -terminemos con un periodista que sabe auscultar las palpitaciones populares- no puede ser reconquistada de un modo eficaz y duradero, sino por los militantes sacados de la Masa, por los Catequistas de la Masa, por los Misioneros de la masa, que viven su misma vida y en su mismo medio… Sólo aquí está la solución: La Acción Católica en la clase obrera, junto a la clase obrera, con la clase obrera, para la reconquista de la Clase Obrera…

” Entre el Ateísmo Totalitario – que es la expresión extremista del Laicismo moderno- y el Laicado Católico -que debe desarrollar todas las fuerzas vivas de la Iglesia Militante- se prepara un duelo gigantesco: i puede caber a la J. O. C. la inmensa dicha de dotar a la Iglesia de su Milicia más fiel!… I El Laicado Obrero-Cristiano será la salvación de la masa Obrera, la verdadera Redención del Proletariado”

 

3.-EXAMEN DE CONCIENCIA Y CRITICA CONSTRUCTIVA DE NUESTRO APOSTOLADO

El Apóstol generoso, ansioso de desarrollar sus actividades según las necesidades de la época y las incomparables normas que irradian desde la Cátedra Inmortal del Vaticano, encontrará en las páginas substanciosas de este Libro actualísimo del Pbro. Sr. Acuña, haces de luz, de verdad doctrinal y de acción positiva.

Y tratándose de Acción y Apostolado, y a pedido de su ilustrado autor, me permito estampar aquí con toda sinceridad algunas Observaciones Prácticas, que me ha tocado palpar o anotar en el camino hermoso y consolador de la vida apostólica, y que ojala sirvieran para desarrollar e incrementar en iodos los sectores la Obra genial de la Acción Católica.

 

ESPÍRITU DE LA ACCIÓN CATÓLICA:

 

v     Más Espíritu… menos materia…

v     Menos esqueleto… más Alma…

v     No compliquemos…   simplifiquemos la Acción Católica…

v     Mínimo de reglamentación… Máximo de Oración y de Acción…

Sin desentendernos de las normas necesarias y precisas y amplias de Organización eficaz, insistamos en un espíritu más amplio de Apostolado, según la intención heroica de San Pablo: “Me he hecho todo para iodos (amplitud del Apóstol), para ganarlos a todos a Cristo (espíritu del Apóstol)”.

 

ACCIÓN APOSTÓLICA, PRACTICA Y AMPLIA:

 

Menos teoría               más práctica…

Menos reunión más Acción…

 La Acción Católica no es sólo para ciertos grupos, sino para todos… Católica significa Universal… aun para aquellas personas de buena voluntad que quisieran, pero no pueden asistir a las reuniones, reglamentarias sí, pero que algunos creen obligatorias y siempre, absolutamente para todos…Si la Acción Católica consistiera preferentemente en Reuniones, se llegaría a la conclusión de que siendo todos, de derecho, Y muchísimos, de hecho, llamados a la Acción Católica, prácticamente no habría Asesores suficientes para atender tantos socios, ni forma posible de congregarlos convenientemente… Hay un gran porcentaje de almas generosas que no pueden… que no deben… asistir a las reuniones reglamentarias, por sus obligaciones primordiales de estado, por circunstancias especiales de familia, de profesión, etc. Precisa, pues, una metodología práctica, más amplia, más humana, en los dirigentes, para los que puedan ir a todas las reuniones… para los que puedan ir a algunas… para los que no puedan ir a ninguna; pero desean trabajar por Cristo Y su Iglesia según sus posibilidades Y con normas generales en las campañas comunes. Así no alejaremos, sino que atraeremos Y aprovecharemos todas las fuerzas vivas de Apostolado… 

GRADUACIÓN EN LAS OBLIGACIONES DE LA ACCIÓN CATÓLICA

No seamos exageradamente exigentes: acordémonos que el mismo Papa Pío XI, que tanto exigía de la Acción Católica, también, ante las circunstancias tangibles Y las dificultades prácticas, decía: “Donde falta la posibilidad, cesa el deber…” (29 de septiembre de 1924).Por eso con su reconocida autoridad escribe Monseñor Luis Civardi: tAunque el deber de la Acción Católica es general, sin embargo, no obliga a todos los fieles del mismo modo Y en igual medida, por lo cual puede establecerse como una graduación de obligaciones”.

Con cuánto sentido práctico escribía el Emmo. Cardenal Secretario de Estado, el 2 de octubre de 1923, al Presidente General de la Acción Católica Italiana (Y esto en Italia, que no sufre, como nosotros, de escasez de Asesores Y Dirigentes de A. C.): (Así como todo católico debe sentir la necesidad Y el deber de DEDICARSE, o al menos de CONTRIBUIR a esta Obra de Apostolado (la Acción Católica), así también debe sentir la necesidad Y el deber de COORDINARSE, según la posibilidad, con los órganos de Acción reconocidos, si no quiere exponerse al riesgo de hacer estéril, cuando no perturbadora y dañina, su Obra”.

 

Según explica el mismo Monseñor Civardi, se deducen de aquí tres Obligaciones determinadas por la Santa Sede:

 

  1. Primera Obligación: DEDICARSE, militando y trabajando directamente en las filas de la Acción Católica.
  2. Segunda Obligación: Pero no todos son aptos… no todos pueden hacerlo… Estos deben CONTRIBUIR a la Acción Católica de otras maneras: con la oración, la propaganda, con el apoyo moral y material.
  3. Tercera Obligación: COORDINARSE con la Acción Católica, y ésta incumbe a los que ejercitan el Apostolado en Asociaciones y Obras afines, llamadas por Pío XI, “Auxiliares de la misma Acción Católica”.

 

Con este sistema basado en estos poderosos argumentos de autoridad, de experiencia y hasta de sentido común, con estos tres grados, al mismo tiempo que no se debilitaría ninguna Asociación ni Centro, se multiplicarían los Apóstoles bajo un Ideal Universal y con táctica prudente y entusiasta, paulatinamente muchos que ahora no pueden más que contribuir o coordinarse con la Acción Católica, pasarían también a dedicarse a este gran Apostolado.

 

EVITEMOS…

El Naturalismo: trabajar únicamente por motivos o simpatías naturales, por sport… “Con este Cura, con este Padre, con toda el alma…”, pero se cambió el Cura o el Padre o el Asesor o el Dirigente, y hasta luego… y adiós Acción Católica…

El Personalismo, por ansias de figurar… y suplantar a los demás y de imponer a toda costa su manera de pensar…

La Dictadura de Dirigentes: menos fiscalización de policía o de investigaciones… No obstaculizar, sino impulsar las obras… Haciéndose cargo de las dificultades prácticas, y de que no es siempre lo mismo proyectar o dirigir desde un gabinete, que trabajar en el mismo terreno/ ir y descender con más voces de alíenlo, con más armonía fraternal…

La Burocracia, que complica el Apostolado que es más sencillo y práctico y <íue a veces confunde la Acción con el papeleo exagerado de un oficinismo estéril: sube el papeleo… I y baja la Acdónl…

El Repentinismo: afán de inventar cosas nuevas: antes, estudiar el ambiente y medios seguros o probables de realizarlos.

El Quimerismo: (No hay que lanzarse a realizar obras imposibles sin recurso personal, sin preparación técnica”. (Carabajal, Vademécum de A. C.)

El Centralismo. Menos estrechez de normas… Dejar campo abierto a la iniciativa privada y a las aspiraciones y postulados regionales… JCuántas órdenes, empresas o campañas, son fáciles de cumplir o realizar en las metrópolis o urbes/ pero qué difícil y casi imposible en otras regiones y en otros campos, sobre todo si no se mandan medios eficaces y oportunos.

El Exclusivismo. Lo mejor no es enemigo de lo bueno… (Cuántas exageraciones contraproducentes en ciertas propagandas y campañas, que por su forma, se han hecho antipáticasI… Acerquemos a los fieles al Altar según el tespírilu de la Iglesia”; pero no los alejemos, por un idealismo personal… “No condenemos nosotros lo que la Iglesia nunca ha condenado. (P. Charles, (Friere des Toules les Heures”).

La Antipatía por la Acción Católica, cansando a los dirigentes, hastiando a los socios, sin fijarnos en sus obligaciones primeras de la vida de hogar, etc., alejando a los probables socios que entrarían en las filas, si no cayéremos en estas exageraciones que hacían exclamar a un Asesor francés, después de larga experiencia: “Parece que esta reglamentación hubiera sido hecha únicamente por solteros y para solteros…*

El Criticismo; más tino y tacto para criticar las actividades Y orientaciones apostólicas… Si debemos criticar un asunto, que nuestra crítica sea constructiva y fraternal, jamás destructiva y fratricida… (Las batallas no las ganan los que critican sino los que luchan”. (R. P. Rullen.)

 

EL PROSELITISMO SIN LA ÉLITE  LA ÉLITE SIN EL PROSELITISMO

Combinemos la (Élite” o selección, con el Proselitismo o la conquista…

Si exageramos el Proselitismo, caeremos en el pecado original de muchas de nuestras obras: la conquista y la inscripción al lote, a granel…

Si exageramos la “élites nos quedaremos “in aetemum” con el “grupito rotativo” de una Acción que no es Católica, porque no se dilata…

 

CONCLUSIÓN Y RESOLUCIONES PRACTICAS

Católico-Apóstol, que leerás, estudiarás, meditarás y leer este libro tan claro como oportuno del Pbro. Sr. Acuña, consciente de tus deberes y de tus responsabilidades, no te quedes con los brazos cruzados, en las cumbres olímpicas de las teorías y de los idealismos…, desciende al campo y terreno vivo de las realidades…

Inscríbele en los registros de la Acción Católica… Pero no basta la inscripción, ¡no seas como tantos seudo-católicos a medias, que se contentan con estar inscritos en el Libro de los Bautismos!… Fórmate piadosa e intelectualmente para el Apostolado Católico, con el cumplimiento cabal de tus deberes cristianos, lectura seria del Evangelio y del Catecismo, con la asistencia a las sesiones y clases de la Acción Católica.

Trabaja organizadamente, en conciencia, según tus posibilidades/ si no puedes dedicarte completamente, al menos contribuye, coopera directa o coordinadamente, pero siempre con abnegación y constancia por amor a Dios y a la Iglesia en alguna de las muchas actividades religioso-sociales que le muestran tus Jefes y te inspira tu celo.,. Conquista nuevos apóstoles a las filas de la Acción Católica, y habrás cumplido así este “Manda-lum Novum”, este Mandamiento Nuevo que ha dado Cristo, por labios de su Vicario, a los católicos sinceros y valientes del siglo XX…

En tus trabajos y en tus conquistas apostólicas no olvides este sencillo pero práctico Decálogo de Apostolado:

 

Decálogo del apostolado

I.-Acción con oración.

II.- Santificarse para santificar.

III.-Conocer para hacer conocer.

IV.- Sacrificio y constancia.

V.-Ejecución sin precipitación.

VI. – Organización con selección.

VIL-Trabajar y hacer trabajar.

VIII. – Dirección sin absorción.

IX. – Coordinación sin centralización.

X.-Armonía con autonomía.

 

Refieren los Libros Santos que, indignada la Justicia Divina por los enormes pecados individuales y las prevaricaciones colectivas de los pueblos, desató las cataratas de los cielos para castigar a los hombres y pacificar la tierra… Y en medio de esa hecatombe universal del primer diluvio, sólo quedó flotando sobre la superficie de las inmensas aguas, el Arca Salvadora, como símbolo eterno de supremas esperanzas…

Los tiempos no han cambiado. En medio de este diluvio moderno de crisis económicas, de apostasías nacionales y de escándalos sociales, de costumbres depravadas, y de ese horrendo maremágnum de neopaganismo que desborda por doquiera con irritantes impudicias, la Iglesia nos presenta la divina panacea de la Acción Católica y de la Acción Social, como Arca Salvadora de las almas y de las humanas sociedades.

Si la Acción Católica no logra purificar, regenerar, recristianizar y levantar de su postración moral -o mejor dicho, “inmoral”- al siglo XX, nuestro siglo está perdido, porque en tal caso habría fracasado, entre desquiciamientos mortales, el último resorte que nos ha proporcionado la Providencia Divina para la salvación de la pobre, doliente y paganizada humanidad contemporánea.

“O el mundo se salva por la Acción Católica, bien comprendida y sabiamente dirigida -decía S. S. Pío XI al Arzobispo de Quito- o se hunde en el Comunismo ateo y salvaje…”

Católico de los tiempos nuevos: si quieres salvarle,- si quieres salvar a tus hermanos/ si quieres salvar a tu Patria y al mundo de este derrumbe universal, comienza a “vivir tu Cristianismo” con tu Conciencia pura, con tu Fe viva, con-tu Piedad profunda e ilustrada, con tu Vida ejemplar y apostólicamente conquistadora de las Almas.

Medita esta gráfica sentencia del gran Tertuliano: “Si no eres un Apóstol… eres un Apóstata” de la altísima misión que te señala tu Fe…

Una vez .más, te recomiendo el estudio reposado y entusiasta de este Libro, que te abrirá nuevos y luminosos horizontes/ y si antes, víctima tal vez de esa apatía mortal que nos deshonra y nos postra y nos consume, estabas hasta ahora indeciso y con los brazos cruzados, leyendo estas páginas, seguramente exclamarás con Goethe: “Yo dormía y soñaba que la vida era Belleza… desperté y vi que la vida era Deber”.

Consecuente con esta doctrina que despertará la conciencia dormida de tu deber cristiano y de tus responsabilidades apostólicas, cooperarás con los Sacerdotes a la obra redentora de Cristo y a la acción salvadora de la Iglesia. No importa que entre los hombres, que se guían por las apariencias, seas un Apóstol o un Héroe anónimo. Ante Dios, que penetra las conciencias, no hay “Soldados Desconocidos”…

 

Y un día merecerás que la misma mano divina que te escogió y te invitó para el Apostolado popular y social, con estas palabras triunfales que compendian la Vida, la Muerte y el Cielo del niño angelical Aldo Marcozzi, grabe sobre tu tumba este epitafio, que será la llave de tu gloria:

(Digne ínter Apostólos numeratus esl;

Digne ínter Angeles quiescit”.

“En la Tierra trabajó entre los Apóstoles…

En el Cielo descansa dignamente entre los Angeles”.

Pbro. MIGUEL ULLOA  OSSANDON Secretario General del Obispado y Asesor Diocesano del Secretariado de Prensa y Propaganda de la Acción Católica de Valparaíso.

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EJERCICIO DE LAICIDAD

EJERCICIO DE LAICIDAD

ORLANDO FERNÁNDEZ GUERRA

Muchísimas veces, durante nuestra vida de fe, tenemos que enfrentar los grandes retos que suponen hacer presente a Cristo. No sólo en nuestro ser sino, fundamentalmente, en nuestro quehacer, en un medio que se muestra sordo a los reclamos del Evangelio.
Lo genuinamente cristiano se define, precisamente, a partir de esta adecuación del modo de ser y actuar del cristiano, con el modo de ser y actuar de Cristo. Lo esencial del cristianismo está en el amor y en lo que por amor se hace. Todo en la Iglesia tiene que ver con este principio fundamental, si se quiere ser fiel al que nos dijo: “por el amor que se tengan unos a los otros, reconocerán todos que son mis discípulos (Jn. 13, 34)”. Pero no es este un amor abstracto o pasivo. Ni un amor de conveniencias o de ocasión. Este es un amor activo, dinámico, hecho de comunicación y sacrificio. Un amor que tiene que concretarse en obras. En acciones semejantes a las de Jesús para que sea suficiente, sincero, coherente. Por eso, comunicar la fe es amar, perdonar ofensas es amar, compadecerse del pobre, el desvalido, el preso, es amar. Llenar de esperanza cada oscuro rincón es amar. Y amar con un amor único e irrepetible, amar con el amor de Dios.
Tarea nada fácil, si se cuenta con las propias fuerzas. Pero esta obra no nace del propio yo, del afán de gloria, riqueza o poder; ni la fundamenta ninguna ideología. Esta obra viene de Dios como un don para los que Él ama. De Dios recibimos los cristianos la inspiración, el modelo, el entusiasmo, incluso las fuerzas. Por eso esta tarea es para nosotros vocación. Los laicos tenemos, por imperativo evangélico, una doble vocación: una vocación a la santidad y una vocación al apostolado. Vocación bautismal a través de la que participamos en la misión profética, sacerdotal y real de Cristo, haciéndonos parte de su cuerpo místico. Esta triple participación en el ministerio de Cristo la realizamos en el mundo. Inmerso en el mundo, el cristiano laico está llamado a vivir su vocación a la santidad. Dios le invita a santificarse, a unirse con Él y a cumplir su voluntad, en actitud de servicio, buscando que pueda irse realizando el Reino de Dios en la tierra. Para ello no nos está vedado ningún campo: la política, la sociedad, la economía, la cultura, las ciencias y las artes, la familia, la educación, el trabajo profesional, el amor, el dolor…
Todas estas manifestaciones del quehacer del hombre en sociedad son susceptibles de ser mejoradas, humanizadas, por el Evangelio. Es en esto, precisamente, en lo que consiste el apostolado del laico cristiano. En una participación, implicación y compromiso en la evangelización y santificación de los hombres. El fiel cristiano laico debe llevar a cabo su trabajo de perfección y de misión en medio de la realidad cotidiana. De ahí que su vocación a la santidad se convierte en misión de santidad, en la medida en que sienta la urgencia de no conformar su mentalidad con la del mundo, sino de transformarla y renovarla como Dios quiere , teniendo por modelo a Cristo. La animación y perfeccionamiento de las tareas cotidianas con un espíritu auténticamente evangélico, es algo que se deriva de nuestro ser cristiano y miembros de la Iglesia, para encarnar en nuestra vida la actitud de srvicio a los hombres de nuestro Maestro y señor.
Por esta misma vocación a la santidad y al apostolado tiene el laico una misión específica en el mundo. El Papa Pablo VI afirmaba que la primera e inmediata tarea del laicado no es la instalación y desarrollo de la comunidad eclesial, esta es la función específica de los pastores, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas, en las cosas del mundo (EN 70).
Muchos son los campos de la misión del laico en la sociedad. La humanidad precisa ser orientada al descubrimiento de los valores que hacen a la persona, y su vida, digna de ser vivida. El hombre necesita para descubrir y realizar en sí y para sí lo que le es natural, en relación con su identidad. Es aquí, donde la opción cristiana adquiere todo su relieve, frente a las otras utopías. Donde se puede mostrar la magnitud y veracidad del Evangelio.
La familia es el primero de los campos de apostolado y misión del laico. Esta institución que hoy sufre por pérdida de valores, y por precariedad económica, su estabilidad y sanidad, ha de ser un espacio privilegiado donde el laico haga presente su compromiso. Si educamos a las jóvenes parejas en la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal estaremos dando los primeros pasos para una paternidad responsable y para una valoración positiva de la sexualidad.
La solidaridad es otro de los campos de acción. Hay que crear espacios que hagan posible una cultura de la solidaridad, en la que todos los miembros de la sociedad se preocupen por aquellos que no gozan del bienestar. Por aquellos que sufren la pobreza y la marginación . El laico cristiano no puede dejar de hacerse cargo de este servicio a la sociedad, a fin de liberar al hombre de sus condicionamientos, y promoverlo a su verdadera dignidad como hijo de Dios y hermano en Cristo.
Es tarea necesaria e importante del cristiano trabajar por la paz. Bien sumo que es preciso tutelar y buscar con todas las fuerzas. Trabajar por la paz es la obra primera y fundamental de la solidaridad. Aspiración que ha de hacerse realidad en un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo a las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad (PT 167). Para realizar este ideal es preciso practicar la tolerancia, la pluralidad de opiniones, el respeto hacia otras religiones e ideas políticas. No hay que colaborar, bajo ninguna condición, con aquellas situaciones que puedan conducir a la guerra, o al odio entre los pueblos. Hay que estar abiertos al diálogo fraterno y a la colaboración con toda obra que exalte y promueva al hombre en su dignidad fundamental.
Uno de los campos que no se puede obviar es el del compromiso político. El Vaticano II en su Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo nos dice:” los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y propia que tienen en la comunidad política, preocupándose de ejercerla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. (GS 75)”.
Ahora bien, la Iglesia no se identifica totalmente con ninguna opción política, social o económica. Reconoce que son muchos los sistemas y diversos los caminos que se pueden seguir en la búsqueda de soluciones a los diferentes problemas de nuestro tiempo. Es el laico el que tiene que discernir cuál es el más adecuado en cada momento de la historia, teniendo siempre presente la búsqueda del bien común de la nación. O sea, el bien que beneficie al mayor número posible de personas, cualquiera que sea su cosmovisión o su filiación política. De ahí que una misma fe pueda conducir a compromisos socio-políticos diferentes.
La Iglesia invita a todos los cristianos a la doble tarea de animar y renovar el mundo con espíritu evangélico. A perfeccionar las estructuras para acomodarlas mejor a las verdaderas necesidades actuales (OA 50). Ello debe ser pensado y realizado, con espíritu de servicio y mediante la promoción y tutela de los derechos fundamentales del hombre. Por eso el magisterio de la Iglesia exhorta al cristiano laico a comprometerse en la actividad política con el objeto de que se coloque en el centro mismo de las atenciones de la vida económica social, tal como Cristo lo hizo en su tiempo. Este empeño en la política debe ser considerado, como un modo particularmente exigente de vivir la caridad al servicio de los demás, en la perspectiva del bien común.
Es por eso, que la postura escéptica no tiene razón de ser entre los cristianos. En las sociedades modernas quizás sea éste, de todos, el más privilegiado de los ámbitos para un real y efectivo compromiso en la praxis de liberación cristiana. Únicamente tomando lo político como misión podrá comprenderse eficazmente, y hacer comprender, que las estructuras están al servicio del hombre y no el hombre al servicio de las estructuras. Dándole a lo político una ética fundada en prioridades, que partan de los valores propios de la conciencia natural, y no de las ideologías. Lo primero es el hombre, autor, centro y fin de toda la vida política, económica y social de una nación; cuya razón suprema ha de ser honrarle y promoverle en su dignidad humana.
Muchos piensan que la Iglesia es sólo para rezar. Que su preocupación social es transitoria, y que una constante o eficiente proyección cívica, le es totalmente ajena. No hay opinión más errada que esta. La Iglesia está en el mundo y es en el mundo donde ha de irse construyendo el Reino que Jesús inauguró en lo material y lo espiritual.
Si así no fuera ¿Cómo podríamos sentirnos llamados a trabajar por una sociedad nueva? ¿Cómo podríamos interpretar la existencia propia, y la historia colectiva, como un progresivo caminar hacia la liberación de toda injusticia, según el plan divino de salvación? ¿Cómo evitar que se sigan machacando, ¡todavía hoy!, los clavos sobre la cruz del Señor, sino es haciendo de éste el mejor de los mundos posibles?.
La más coherente de las respuestas sería: Trabajando porque el proyecto liberador cristiano llegue a ser una realidad consumada. La oración sola no basta para aniquilar el flagelo de la desesperanza, hace falta la acción. Y esta sensibilidad evangélica sólo se adquiere en contacto directo con el dolor y la pobreza. Y se sostiene, mirándonos en Cristo como un espejo. Reducir lo religioso al ámbito de lo privado no hace sino despojar al evangelio de la más original de sus dimensiones: la social. ¿Cómo vamos a mostrar nuestra fe con obras, rechazando todo efectivo compromiso con los desposeídos de este mundo?
Ser cristianos implica un grave compromiso social. Al templo venimos a rezar sí, y a buscar en la celebración eucarística las fuerzas necesarias para ser auténticamente cristianos en nuestra vida diaria. Pero la Iglesia, que es el pueblo de Dios, no vive en el templo sino en el mundo. Trabaja en la Viña cosechando rostros de Dios y ningún bautizado debería permanecer ocioso durante la vendimia; porque el ocio es pecado. Este es el momento más importante de la historia. De la única historia que nos ha sido dado vivir, nuestro “aquí y ahora”. Nuestra vocación y misión es hacer propias las opciones de Cristo, por más radical que estas sean. Y hacerlo con el mismo entusiasmo que él las vivió, sin temer al riesgo o al rechazo, porque únicamente así podemos estar seguros de cumplir con su voluntad.

Revista Vitral No. 48 * año VIII * marzo-abril 2002


Orlando Fernández Guerra
Profesor de Filosofía en el Instituto María Reina de la CONCUR, y de Teología en el Instituto de
Ciencias Religiosas P: Félix Varela (I.I.T..D.).

Categorías:Laicos

CIRCULO DE ESTUDIO

CIRCULO DE ESTUDIO

OBJETIVO

Trabajo que lleva a discusión, profundización de un tema, colocando los resultados como fruto común del esfuerzo del grupo.

TIEMPO: 1h 35′

ORIENTACIÓN

El “Círculo de estudio” es una dinámica que desarrolla las habilidades de pensar reflexivamente, argumentar y comunicar.

Ayuda en el estudio de una unidad nueva, ampliando conocimientos y comprensiones, desvaneciendo dudas con relación a temas ya estudiados, ayudando en la integración y sistematización de nuevos conocimientos.

Consiste en una discusión de un grupo de personas que tienen como meta examinar todos los ángulos de una cuestión propuesta. Es dirigida por un animador que expone el tema y lo entrega a los participantes para su estudio.

El asesor propone anticipadamente el tema e indica algunas fuentes de consulta para que cada participante profundice sobre el tema, haciendo un estudio serio.

Organización de los grupos con 10 personas cada uno. Elección del animador y secretario-relator de cada grupo. Presentación de las etapas del trabajo. 

REALIZACIÓN

Pequeños grupos (60′)

Todos los participantes en un Círculo de Estudio reflexionan en torno al mismo tema, aportando cada uno su experiencia y reflexiones, criticando lógicamente los argumentos de los compañeros.

En la realización del círculo de estudio para ayudar en la reflexión del grupo, emplear la Técnica del eco que consiste en la repetición de frases significativas dichas en la discusión. Este proceso aglutina a los participantes en un sentido de adhesión a las soluciones más adecuadas.

También se puede solicitar a un participante que ejerza el papel de problematizador. Tiene como función presentar ideas que revelen probables limitaciones o aspectos divergentes del tema, texto o problema en estudio.

Para que la discusión sea sistematizada se debe seguir un orden de pensamiento en que sucedan etapas distintas e interrelacionadas. Por ejemplo:

  Definición y limitación (extensión) del problema.  Análisis, con observación y apreciaciones desde el mayor número posible de ángulos.  Hipótesis de solución o de interpretación, con ensayos de inducción, deducción, o analogía.  Apreciación crítica de las soluciones con el objetivo de seleccionar las más válidas  Verificación o crítica más profunda para encontrar entre las soluciones válidas, la más satisfactoria  Verificación de los medios: todo lo que sirve para orientar la acción local, personas, crédito, material, etc.  Finalmente la evaluación que es verificar cómo se consiguieron las metas, establecer la proporción entre:         lo que se quería y lo que se consiguió;        lo que se tenía por realizar y lo que se pudo realizar;        entre lo que se consiguió y lo que se conservó así por ejemplo: entre los papeles de los participantes
se podría recordar.

EI animador, debe:

  Hacer al grupo centrar la atención en los puntos más significativos del tema.  Disciplinar la participación de todos.  Estimular la comunicación entre los miembros del grupo  Sintetizar el pensamiento del grupo para que el secretario-relator anote lo más importante sin sustituir la grabadora…  Mantener al grupo concentrado en su tarea.
El secretario-relator debe:  Anotar los mejores pronunciamientos.  Subrayar puntos fundamentales llamando la atención hacia lo incompleto, lo insuficientemente estudiado.  Presentar su relato cuando se le solicite.  Recoger toda la documentación del trabajo.
Los participantes deben:
  Expresar sus dudas.  Proponer conceptos.  Exponer su punto de vista, justificando el porqué y cómo llegaron a  Dar ejemplos  Relatar experiencias.  Argumentar lógicamente y contra-argumentar con lógica y objetividad.

Comunicación al grupo (20′)

Organización: Uno de los animadores es escogido para coordinar la asamblea. También es elegido un secretario-relator para hacer las anotaciones en el pizarrón.

Los oyentes en la asambfea deben:

  Anotar puntos que necesiten mayores aclaraciones.  Anotar puntos discutibles.  Sugerir puntos no presentados.

Evaluación plenario (15′)

Para evaluar la participación y sucesiva integración de los participantes en el proceso de discusión el asesor puede organi­zar fichas o registros de observación o simplemente pedir un relato descriptivo de la actuación de los participantes y de la dinámica del trabajo, oral o por escrito.

En el círculo de estudio en grupo se discute un tema para presentarlo en plenario, generalmente en forma de panel. Puede también cada círculo estudiar un tema (sea con igual enfoque, sea con enfoque diferente). Cuando todos los círculos trata­ron de los mismos temas en plenario, el asesor debe subrayar:

  Los puntos constantes.  Los puntos de divergencia.  Puntos que no quedaron claros.  Puntos que piden nuevos estudios.

La Asamblea es el momento en que el trabajo de cada uno (cada círculo) llega a todos los participantes. Generalmente una asamblea es de tipo parlamentario todos aportan por orden. Puede ser orientada con diferentes dinámicas:

  Todos tratan simultáneamente de todos los puntos (cada círculo agota su temario de una vez)

O todos tratan primero un punto, después el segundo… es decir que se escucha todo lo que hay con respecto a cada punto de estudio, antes de seguir adelante.

Puede ser con o sin debates.

Fuente

Serie Pastoral

Centro de reflexion teologica, A.C

Jose Marins, Loelide Irevisán, Carolee Chanona

Categorías:Dinamicas

Teologia del laicado

 1. IGLESIA PUEBLO DE DIOS              En el Antiguo Testamento se nos presenta la Historia de la Salvación protagonizada no por individuos aislados, sino por un pueblo, el Pueblo de Dios. Se trata de un pueblo muchas veces anónimo, pero que está siempre presente a través de la vida, las luchas, los acontecimientos que nos narra la Biblia. Pero este pueblo, además, no es un pueblo cualquiera, sino un pueblo creado, elegido y llamado por Dios mismo. Un pueblo que no se funda por motivos culturales, genéticos, ni siquiera religiosos, sino que nace a partir de un proyecto político, de una propuesta histórica. El Éxodo, proceso de liberación de un conjunto de tribus esclavas en Egipto, va a ser el acontecimiento fundacional del pueblo de Israel. Una vez inmerso en este proceso, el pueblo descubrirá que era precisamente Dios quien los invitaba a realizarlo, quien los llamaba a hacerlo realidad, que era voluntad de Dios que saliesen de la esclavitud para comenzar una historia nueva. “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo” (Ex 6,7) va a ser el paradigma de este pueblo. Dios se elige un pueblo esclavo, lo atiende en el sufrimiento, lo anima para que enfrente su realidad y emprenda la aventura de la libertad y lo acompaña en esta empresa.             Dios libera a este pueblo para establecer un pacto, una alianza en la que Él mismo se entrega, se da. A cambio Israel tendrá que ser un “pueblo de sacerdotes”, consagrado para una misión (Ex 19,5-6). Dios no se elige este pueblo para sí, sino para ser testigo de lo que han vivido. Israel ha experimentado cómo es Dios, lo ha descubierto dentro de su propia historia, animándola, empujándola hacia la libertad (porque Dios quiere hombres libres, porque el amor genera libertad). Ahora Israel es invitado a ser como Dios es para con los demás pueblos, para que toda la humanidad descubra a este Dios cercano, comprometido, que nos llama a la verdadera humanidad, a la “dignidad y libertad de los hijos de Dios”.             En el momento preciso de la historia, este pueblo sacerdotal, descubrió la presencia total y definitiva de Dios en un hombre, en Jesús de Nazaret. Dios se hace hombre para confirmarnos nuestra vocación más profunda: ser imagen y semejanza de Dios. Jesús nos enseñó el camino para llegar a la verdadera humanidad, única puerta para la auténtica divinidad. Jesús reúne entorno a sí a un nuevo pueblo, formado de nuevo no por lazos de sangre, sino por la respuesta al llamado de Dios a ser santos como Él es santo (1Pe 1,16). En Jesús descubrimos todas las posibilidades del ser humano, toda la entrega de este Dios cercano, juntos ahora en un único proyecto: el Reino de Dios.             Jesús vino a comunicarnos la gran noticia del Reino, única posibilidad de auténtica felicidad para nuestro mundo y nuestra historia. Jesús convocó a un pueblo para ser testigos de esta Buena Nueva, viviéndola, testimoniándola y construyéndola incluso a través de las mediaciones históricas de cada tiempo.             Este pueblo reunido tras los pasos de Jesús es la Iglesia de Dios. La historia fue transcurriendo, pero sus palabras no pasaron, porque había un grupo humano que quiso hacerlas realidad, al descubrir que en ellas encontraba el sentido de sus vidas, la razón de su existir.             La Iglesia es también, toda ella, sacerdotal, en cuanto llamada a encarnar y hacer presente el proyecto del Reino, la voluntad de Dios para toda la humanidad. Esta misión se realiza a través del testimonio, siendo semillas de nueva sociedad, de nueva humanidad. La Iglesia está llamada a recrear las relaciones humanas, descubriéndonos todos hermanos, hijos de un mismo Padre. Está llamada a contrastar los paradigmas de nuestra sociedad, para hacerlos humanos, generadores de libertad, de dignidad, de felicidad para todos. 

2. IGLESIA COMUNIDAD              Esta misión se concreta en la vida de la comunidad cristiana, porque ella es la Iglesia, no sólo parte de la Iglesia. Los seguidores de Jesús que comparten y celebran la vida y la fe, que ponen en común los bienes, que construyen el Reino entre ellos mismos y en su entorno, que se organizan fraternal y ministerialmente (descubriendo los dones con que Dios nos ha creado a cada uno y aceptándolos como servicio a la comunidad) forman Iglesia. Comunidades de hermanos que se sienten unidos a otras comunidades cristianas que, como ella, quieren vivir según el estilo y el proyecto de Jesús, conformando la Iglesia universal.             Para Pablo, la Iglesia es, ante todo, la comunidad local (“la Iglesia de Dios que está en…”) y no como partes de la Iglesia universal, sino la Iglesia entera de Dios aconteciendo en un determinado lugar. En estas comunidades lo realmente importante y obra de Dios es la experiencia de fe que acontece como en el origen de la Iglesia, gracias al don recibido por la tradición apostólica. Por lo tanto, la comunidad eclesial es la auténtica responsable de su fe, porque en ella está aconteciendo lo decisivo: la actuación de Dios. 

3. IGLESIA CUERPO DE CRISTO              La comunidad cristiana es el cuerpo de Cristo (1Cor 12,12.27), en cuanto significa la presencia real, histórica de Jesús. La Iglesia conserva y alarga la misión recibida de Jesús, realizando en su historia concreta y a través de su vida el Reino de Dios. En su vida, si misión, y en la eucaristía como culmen de ambas, se hace presente Jesús y su proyecto.             Hasta el siglo VII la imagen del cuerpo de Cristo fue utilizada para identificar a la Iglesia, mientras que se hablaba de la eucaristía como “cuerpo místico de Cristo”. Al comienzo de la edad media y con el proceso de clericalización, de sacralización de la eucaristía y de espiritualización de la Iglesia, el uso de ambas imágenes se invirtió. Ahora la Iglesia será el cuerpo místico, mientras la eucaristía se convierte en el cuerpo histórico. De esta forma la Iglesia pierde su significación histórica para resaltar su dimensión sagrada, en la que el clero tiene todo el protagonismo, ya que es el encargado de hacer que la Iglesia sea fiel a su destino espiritual, a la vez que posee el poder de hacer históricamente presente a Cristo en la eucaristía. A la vez el clero pierde su referencia eclesial, para convertirse en un estado u orden que se basta por sí mismo, en cuanto tiene la potestad para consagrar.             Recuperando la teología paulina, la Iglesia vuelve a ser “sacramento de salvación”, lo cual realiza a través de su propia existencia concreta, histórica. La comunidad es un cuerpo formado por muchos miembros, necesitados unos de otros, todos importantes e imprescindibles. Este cuerpo actualiza la misión y la vida de Jesús, y a través de su unidad y dinamicidad hacen presente al mismo Cristo, cuya presencia encuentra su cenit en la comunidad que se entrega como ofrenda para la redención y salvación del mundo en la eucaristía, haciéndose uno con Jesús muerto y resucitado. 
 

4. IGLESIA MINISTERIAL              La Iglesia es comunitaria y dentro de ella todos somos miembros plenos de un mismo cuerpo. La condición común cristiana es anterior, teológica y cronológicamente, a la diversidad de funciones, carismas y ministerios. Más aún, toda la Iglesia es ministerial, apostólica, carismática y profética (aunque no de la misma manera todos). Los ministerios (funciones específicas al servicio de la comunidad) surgen de la misma comunidad, como forma de organizar su vida interna y su misión. Dentro de la comunidad, hay algunos que tienen unas capacidades propias que, puestas al servicio de los demás, la enriquecen y ayudan para un seguimiento más fiel de Jesús. Dios llama a todos de la misma manera, pero no para los mismos proyectos, así, algunos son elegidos para realizar funciones concretas al servicio de la comunidad. Cuando la comunidad reconoce la capacidad (don), la posibilidad (preparación) y la disponibilidad (aceptación), aparece el ministerio. 

4.1. MINISTERIOS DIVERSOS Y MINISTERIOS ORDENADOS              La Iglesia necesita de la ministerialidad, es decir, necesita de diversos ministerios que realicen la misión de Jesús, contribuyendo a la edificación de la comunidad y a la evangelización del mundo. La entraña del ministerio es el servicio, el ponerse a disposición de la comunidad eclesial, el atender preferentemente a los más pobres, a los débiles y pecadores, el fomentar una conciencia filial y fraternal respecto a Dios y a los hombres. Esta misión, que es la de Jesús, se realiza en la comunidad a través de los diversos ministerios, concretados según las necesidades de la Iglesia y del mundo en el que se encuentra inmersa.             Dentro de esta diversidad de ministerios, destaca por su importancia el de los sucesores de los apóstoles, escogidos por la comunidad y consagrados por el sacramento del orden. El ministerio ordenado realiza de manera especial, con total disponibilidad de tiempo, con plena dedicación y entregando toda su vida, la misión apostólica que compete a toda la Iglesia. El ministro ordenado encarna la misión de Jesús y la forma en la que Él mismo la realizó, entregándose por entero a la comunidad y al proyecto de evangelización, mediante el servicio y el sacrificio por los demás. 

4.2. LAICOS Y MINISTROS ORDENADOS              Toda la Iglesia es sacerdotal, en cuanto consagrados por el bautismo como sacerdotes, profetas y reyes. Este sacerdocio consiste en revivir hoy el único y definitivo sacerdocio de Cristo, su ofrenda plena, su entrega radical a través de la cual nos reveló la realidad total de Dios, uniendo definitivamente la historia de Dios y la historia de la humanidad. El sacerdocio cristiano no es mediación, sino testimonio pedagógico de la cercanía definitiva de Dios.             El sacerdocio ministerial surge como un servicio a la existencia sacerdotal de los creyentes. El cristiano ordenado sacerdote es integrado por ese sacramento a la estructura ministerial, para que continúe la misión apostólica. Su función, como la de los apóstoles, consiste en vigilar el depósito de la fe, gobernar colegialmente las Iglesias en las que ejerce su ministerio, presidir los sacramentos y cuidar de la vida de fe de la comunidad, garantizar la misión evangelizadora y discernir los carismas para la edificación de la comunidad.             No se trata de una jerarquización por poder, santidad o méritos, sino en orden a la realización de funciones concretas. La comunidad, toda ella ministerial y sacerdotal, designa a algunos para desempeñar la función apostólica, recibiendo para ello el sacramento del orden. Se les habilita así para un ministerio (servicio a la comunidad) que sólo pueden desempeñar los que han sido elegidos para ello. El sacerdocio ministerial es el instrumento o medio para que la comunidad viva sacerdotalmente y se una con su vida al sacerdocio de Cristo.             El sacerdocio ministerial no tiene sentido sin la comunidad de creyentes de la cual surge y a la que debe servir. Tampoco la comunidad cristiana puede prescindir de los ministros ordenados, si es que quiere mantener eficazmente su apostolicidad. 

4.3. MINISTERIOS LAICALES              La estructura ministerial de la Iglesia no se reduce a los “servicios” principales que forman parte del sacramento del orden, sino que abarca multitud de tareas, funciones y necesidades que son desarrolladas por los cristianos de forma activa, a veces por propia iniciativa y otras por designación de la comunidad, sea de forma permanente o coyuntural, según lo requiera las necesidades eclesiales.             En la primitiva Iglesia encontramos, entre todas las funciones y carismas, el papel tan importante que ejercen los profetas y maestros. Ambos completan la apostolicidad de la Iglesia, aportando la dimensión profética y magisterial. Tanto la profecía (don para reconocer la presencia y voluntad de Dios en la historia) como el magisterio (don para comprender, interpretar y enseñar la Escritura) son funciones diferentes a la del ministro ordenado (sacerdote u obispo), aunque a lo largo de la historia, terminasen siendo controladas y asumidas (o relegadas) por esta última.             Estos ministerios laicales surgen de las necesidades concretas de la comunidad, por lo que no es necesario que exista un reconocimiento jerárquico ni una institucionalización, que terminen clericalizándolos. La Iglesia no es un grupo sociológico formado por laicos y clero, sino una comunidad de cristianos organizados ministerialmente, con una estructura jerárquica basada en la coordinación y el servicio, no en la delegación de poder. 

5. LA VOCACIÓN LAICAL              Hasta ahora hemos hablado del laicado desde el punto de vista eclesial y, específicamente, ministerial, pero el laicado, además de una condición es una vocación específica. El laico está llamado a vivir su fe y misión cristianas desde una vida totalmente inmersa en las condiciones, relaciones y actividades propias de la sociedad en la que vive, es decir, en su profesión civil, en la vida familiar, en las relaciones sociales, políticas y económicas. De esta forma, el laico está llamado a realizar en su vida la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc 13,21), aportando con su vida una Buena Noticia al mundo, para transformarlo y recrearlo desde los valores del Reino. La misión del laico es también sacerdotal: mostrar con su ejemplo el auténtico camino de salvación para la humanidad, camino realizado por Jesús y que nos lleva a reconocer a Dios como el único Señor de la historia y la única posibilidad para nuestra total felicidad.             El laico no sólo forma parte de la Iglesia, sino que crea Iglesia, al realizar su vocación cristiana que es, por esencia, comunitaria. Además está llamado a hacer patente la eclesialidad del mundo, de la sociedad que habita y crea, a descubrir la presencia del Espíritu en medio de las relaciones, laborales, políticas, económicas, familiares y sociales.             El laico es sacramento de la encarnación de nuestro Dios que, en Jesús, asumió la humanidad con todas sus condiciones, sus limitaciones, sus relaciones y su necesidad de organizarse social y políticamente. Toda la Iglesia vive inserta en el mundo, pero es el laico quien, con su estilo y estado de vida, significa de manera especial esta dimensión eclesial.             Las diferentes vocaciones que surgen en la Iglesia se complementan de tal manera que, todas ellas juntas, son parábola de toda la vida de Cristo, de su misión y de su manera concreta de realizarla. Si Jesús encarna totalmente el Reino, la Iglesia, mediante la reciprocidad de todas sus vocaciones, carismas y ministerios, es sacramento de ese Reino que busca, siembra y construye. Así pues, la secularidad se convierte en una nota distintiva del laicado, pero no exclusiva, como en el caso de la apostolicidad respecto a los sacerdotes. Toda la Iglesia es apostólica, ministerial, profética, maestra, secular, pobre, casta y obediente a la voluntad de Dios, aunque lo realice mediante la concreción vocacional carismática de todos cuantos forman esa Iglesia. Cada persona es llamada a realizar la experiencia cristiana y eclesial de una manera concreta y parcial.   

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA 

CODINA, V. Para comprender la eclesiología desde América Latina, Verbo DivinoVELASCO, R. La Iglesia de Jesús, Verbo DivinoESTRADA, J.A. La identidad de los laicos, Ed. PaulinasESTRADA, J.A. La espiritualidad de los laicos, Ed. Paulinas

 Agradecemos cualquier aporte, corrección o matización que se pueda hacer a este documento y que nos la hagan llegar. Grupos cristianos “Fe y vida”. Colegio Calasanz, Caracas / calasanzcfc@eldish.net

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Identidad de la Accion Catolica en el contexto eclesial y pastoral actual

Identidad de la Accion Catolica en el contexto eclesial y pastoral actual
S. E. Mons. Baltazar Enrique PORRAS CARDOZO
Celebro con gozo la realización de esta IIIa Asamblea Ordinaria del Foro Internacional de Acción Católica. También el año jubilar del 2000 es una ocasión privilegiada para avanzar en el camino de la identidad de la AC. Esta vive y se desarrolla dentro de un contexto concreto tanto en lo eclesial y pastoral, como en los desafíos provenientes del mundo en el que vivimos.
Agradezco la invitación a compartir con Uds. esta Asamblea; es una hermosa ocasión para enriquecerme espiritualmente y aprender de la variedad de expresiones de la AC en el mundo. Esta ponencia, por muchas razones, es incompleta. Primero, no desarrollo la eclesiología de comunión y su consecuencia para la vocación y misión del fiel cristiano laico a partir de la realidad bautismal, como lo subraya la Christifidelis luici. Este es el trasfondo teolólgico sin el cual no se comprende lo que propongo en esta disertación. Segundo, no podemos ignorar la celebración del Congreso Mundial del Laicado, aquí en Roma, la semana pasada. Habrá que recoger sus líneas y acentos fundamentales.
Resalto tres puntos que, me parece, debemos asumir: primero la insistencia del Santo Padre de releer y estudiar lo establecido por el Concilio Vaticano II. Segundo, los testimonios de los participantes que recogen al mismo tiempo, la superación de una atmósfera de crisis y la conciencia de nuevos y grandes desafíos, unida a un clima de esperanza, de confianza, de comunión. Y, tercero, creo que se ha reiterado la percepción de una desproporción de la presencia laical, a favor de la acción intraeclesial. Hay un déficit de presencia en la vida pública, en el foro secular.
Creo que estos aspectos los debemos tener en cuenta en el trabajo de este Foro Internacional de Acción Católica.
Mis palabras quieren ser solamente una voz fraterna, condicionada por la realidad – profana y eclesial – del continente latinoamericano.
En él, ha habido una historia de la AC llena de luces y sombras, – muy desigual según los países. Al presente, en los lugares donde está estructurada, no es ajena a los avatares de un mundo que se transforma aceleradamente, ni a los retos eclesiales de la asunción y maduración de la eclesiología de comunión, clave para la vivencia de la fe a partir del Concilio Vaticano II.
Adentrarse en la identidad de la Acción Católica, en los umbrales del tercer milenio, exige un análisis y un discernimiento que rebasa los límites de cualquier organización eclesial. Uno de los esfuerzos más significativos del Foro Internacional de la Acción Católica desde sus inicios es la búsqueda sincera y desprejuiciada por encontrar su puesto y su razón de ser en el hoy plural del mundo y de la Iglesia.
Qué es la Iglesia, qué dice de sí misma, cómo vive o debe vivir el cristiano su realidad mundana, forman el marco desde el cual todo bautizado debe vivir su fe. Claro está que esto se puede realizar de múltiples formas, lo cual “lejos de ser un mal, la diversidad de las formas asociativas es más bien una manifestación de la libertad soberana del Espíritu Santo que respeta y alienta la diversidad de tendencias, temperamentos, vocaciones, capacidades, etc. existente entre los hombres. (Juan Pablo II, “Osservatore Romano”, 24-394, Ecclesia, 2681(1994) 618).
Es una responsabilidad personal y comunitaria. La diversidad y complementariedad de ministerios y servicios, hacen del trabajo laical, no un añadido, ni una suplencia. Los laicos realizan también, la misma misión confiada a la Iglesia por Cristo.
Todos los aquí presentes conocemos los criterios que permiten reconocer la eclesialidad de las asociaciones de fieles: la primacía otorgada a la santidad y a la perfección de la caridad; el compromiso de confesar responsablemente la fe católica; la participación en la finalidad apostólica de la Iglesia en medio de la sociedad humana; y el testimonio de comunión concreta con el Papa y con el propio obispo.
La Acción Católica, al asumir estas “notas”, se ha caracterizado siempre por la estrecha unión mantenida con la jerarquía, y por tener “como objetivo la evangelización y la santificación del prójimo, la formación cristiana de las conciencias, la influencia sobre las costumbres y la animación religiosa de la sociedad” (Juan Pablo II, ibidem).
Teniendo presente este sello propio y característico de la AC quiero compartir con ustedes algunos interrogantes que se presentan en América como desafíos a la Iglesia. La Exhortación apostólica Ecclesia in America afirma: “La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia”… “Gracias a los fieles laicos, la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial, en la diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La secularidad es la nota característica y propia del laico y de su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida familiar, social, laboral, cultural y política, a cuya evangelización es llamado. En un continente en el que aparecen la emulación y la propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y la corrupción, los laicos están llamados a encarnar valores profundamente evangélicos como la misericordia, el perdón, la honradez, la transparencia de corazón y la paciencia en condiciones difíciles. Se espera de los laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una vida coherente con el Evangelio”. (n. 44 passim).

Esta larga cita del Papa pone el acento en el conflicto de ser cristiano en medio de condiciones dramáticas que hieren el mandamiento supremo del amor. Es necesario crear o potenciar una espiritualidad dotada de virtudes propias de los tiempos nuevos y recios que nos toca vivir. Parafraseando al Cardenal Martini el cristiano necesita tres virtudes fundamentales: la primera es la honestidad intelectual, entendida ésta como aspiración a conocer a fondo los problemas que han de afrontarse. Una tal honestidad debe ser método de vida, de investigación, de expresión cultural.
La segunda virtud es el coraje más allá de todo límite. Un coraje no nacido del terror (producido por la violencia, la pobreza, el autoritarismo…), sino de un camino de reconciliación y de diálogo serio. El mal mayor que amenaza a la humanidad es el caos moral que pesa sobre el universo. Y la tercera virtud, es la libertad interior de las cadenas de la violencia, en todas sus formas. Esta libertad sólo puede ser conseguida a través de una verdadera educación interior y exterior. Y a través de la ascética, el hombre ha de aprender a convertirse en “señor de su ser”, superándose y renunciando a sí mismo (cf Carlo María Martini, “Sueño una Europa del Espíritu”. BAC 2000, Madrid. pp. 9-11).
Es decir, el cristiano del tercer milenio, se encuentra ante un mundo nuevo, inédito en muchas de sus expresiones, hostil o lejano a los parámetros fundamentales del cristianismo. La secularidad y lo religioso, la pluralidad, el relativismo, la cultura light, y los flagelos de la pobreza y la explotación son un reto: ¿Cómo ser cristiano en el futuro próximo? El Informe del Celam 2000 así lo visualiza: “aunque crece la convicción de que todos somos Iglesia y entre todos compartimos su misión en el mundo, sin embargo en la vida cotidiana por la palabra Iglesia se sigue designando a los obispos, presbíteros y los miembros de la vida consagrada…la mayor parte de los bautizados no toman aún plena conciencia de su responsabilidad en la misión de la Iglesia… es preciso volver a la categoría conciliar de la Iglesia como pueblo de Dios…es necesario recuperar la visión del Sínodo de los laicos en los que se puso énfasis en la condición común del cristiano como sujeto activo de comunión y agente dinámico de la misión”. (El Tercer Milenio como desafío pastoral. Celam, Bogotá. 1999, pp 88-89).
Todo lo anterior nos lleva, primero, a ver la realidad del mundo y de la Iglesia. La virtud de la honestidad intelectual nos exige saber dónde estamos parados para poder buscar caminos hacia donde ir. Sólo así se puede concretar la espiritualidad del coraje y de la libertad interior para dar pie a la esperanza cristiana, de esperar contra toda esperanza, de construir la ciudad ce-leste en medio de la ciudad terrena, de abrir cauces a la resurrección desde la memoria de la pasión.
Allí debe situarse la Acción Católica del futuro.

¿Cuál futuro nos espera?
Hoy no se planifica nada sin un estudio previo de los “escenarios” posibles, como expresión de racionalidad en sus posibilidades, límites y contradicciones. El futuro se construye desde la dirección que le damos en el presente a la política, la economía, la industria…Tampoco podemos pensar en construir la Iglesia del mañana, la vigencia de lo cristiano o de lo religioso en el futuro sin un ejercicio parecido. Nada más cercano a la espiritualidad más tradicional acerca del tiempo. “La eternidad ha entrado en el tiempo” como nos recuerda Juan Pablo II (TMA 9). La historia, para el creyente, es un peregrinar en el que se realiza la acción del Espíritu. En el tiempo presente de Dios está el futuro de la historia humana, es la hora de Dios, portadora de su gracia. Por ello tenemos que discernir los signos de los tiempos para descubrir los signos de Dios.
El primer signo dramático de nuestros tiempos es la pobreza creciente que alcanza porcentajes enormes de la población mundial. Con la pobreza ha crecido también la desigualdad. Si la pobreza nos sitúa en el umbral de la satisfacción de las necesidades básicas, la desigualdad nos pone ante la distancia, la brecha, entre los miembros de la sociedad. ¡El presupuesto anual de algunos de los clubes de futbol europeos es mayor que el presupuesto anual de varios países del mundo!
Resulta fácil echar la culpa de dicha pobreza a las víctimas: la pobreza sería el efecto de las élites corruptas e ineficientes de los países pobres. Algo hay de verdad en ello. Pero esta no es la respuesta global, pues no se ve entonces cómo explicar la pobreza en los países ricos. No es verdad que los países más ricos sean menos corruptos. Los más ricos corrompen en mayor cuantía. No puede haber corrupción sin la participación de dos. Desde el punto de vista que nos incumbe es necesario profundizar en la “etiología de la pobreza”. Al igual que un cuerpo enfermo o débil es más propenso a enfermedades y el sano resiste mejor, lo mismo pasa con la pobreza. Las sociedades ricas tienen mayores defensas (económicas, políticas y culturales) que las sociedades pobres.
¿Qué hacer? ¿Cómo influir? para que la situación mejore. Y hablo desde la perspectiva religiosa, desde la creación o ampliación del radio de la caridad cristiana. Vivimos en un mundo impredecible donde no existen equilibrios estables. Los conflictos del Medio Oriente o los inmigrantes ilegales en Europa son prueba de ello. Hay que caminar hacia un pacto global en el que se defienda a las personas y los países frente a lo imprevisto, y arbitrar políticas contra la pobreza y la desigualdad, promoviendo educación y salud, principalmente.
Un segundo desafío nos viene de la tecnociencia y su impacto en el futuro. Las repercusiones, positivas y negativas, que ha tenido el desarrollo científico y tecnológico a lo largo del siglo XX hablan por sí solas. Este desarrollo lo podemos reducir a tres aspectos: energía, información y reproducción. Hoy sabemos que materia y energía son dos aspectos de una misma realidad.
La energía es la fuente de toda vida pero al mismo tiempo es el motor de toda destrucción. La especie humana sobresale por su progreso en la utilización de su capacidad cerebral. Asistimos a la revolución de la información. El acceso a la información y su disponibilidad están cambiando profundamente las relaciones socioeconómicas. En el futuro inmediato será más importante tener acceso a la información que poseer bienes materiales. (Y por último, la continuidad de la especie tiene dos vertientes: una biológica y otra cultural. Heredamos lo que genéticamente se nos trasmite, pero también el bagaje cultural acumulado por nuestros mayores. La posibilidad de intervenir en los mecanismos de la información genética nos abre un campo insospechado que no podemos soslayar.
La situación y desarrollo de los campos anteriormente señalados va a tener un extraordinario impacto sobre la vida individual y colectiva en las próximas décadas. Tienen un gran valor positivo pero nos permiten imaginar aberrantes conductas para la explotación y control de los seres humanos. La utilización tecnológica de los conocimientos es positiva si nos permite avanzar en el sentido de un auténtico progreso humano. E1 verdadero juicio ético está en las finalidades, en los ritmos y al servicio de quien está. Aquí entra el viejo problema de la relación ciencia y fe. La fe no sirve para explicar lo que la ciencia todavía no puede explicar, pero sí nos hace descubrir el mensaje de amor y de solidaridad de Dios para con nosotros. La fe no ilumina “el qué” pero sí “el porqué”. Creer no cambia nuestros conocimientos. Ha de cambiar nuestras actitudes. “Pretender que la Fe pueda obligar a lo no aceptación de las evidencias científicas es un absoluto desconocimiento de su naturaleza. Y a la inversa, convertir las verdades científicas en fuente de valor, pretendiendo que todo lo que es científicamente posible es bueno, supone desconocer la naturaleza profunda del destino humano, de sus exigencias personales y de su convivencia colectiva”.
Aquí juega un papel importante el que la Iglesia cuente con una jerarquía y con unos laicos capaces de establecer unas nuevas relaciones de crecimiento en la fe vivida y compartida. Es el reto de la creatividad. Juntos, en la diversidad de ministerios y carismas, somos constructores y responsables de la edificación de la Iglesia. No hay allí un campo fecundo para la Acción Católica? Su cercanía e identidad con la jerarquía obliga a encontrar, en una sana creatividad, nuevos caminos, nuevo areópagos, nuevas formas de hacer presente el Evangelio.

La Iglesia que soñamos
La frase que hizo famosa Martín Luther King, y más recientemente el Cardenal Hume y el Cardenal Martini, no es sino la veta más auténtica de la esperanza cristiana. Es una de las virtudes más significativas del catolicismo popular latinoamericano. Creer contra toda esperanza, sonreir en medio de circunstancias adversas, compartir abundantemente desde la pobreza. Es uno de los compromisos asumidos recientemente por la Iglesia Latinoamericana: “La sociedad en la cual les dejamos para crecer tiene sus luces y sus sombras, sus avenidas y sus callejones, sus parques y sus periferias. Delante de los jóvenes nos comprometemos a encender más luces y apagar más sombras. Pero lo más importante, les dejamos el don de la fe para que con la ayuda de Dios hagan más y mejor, para que algún día América Latina sea un hogar digno para todos sus ciudadanos sin distinción de clase, raza o género” (El Tercer milenio como desafío pastoral, o.c. p. 112).
En primer lugar, debemos asumir con convicción que la figura visible de la Iglesia es el rostro del Dios invisible. Es el mayor sentido de la encarnación: Jesús es el rostro humano de Dios y la Iglesia como prolongación de Cristo es la realidad humana simbólica del rostro de Dios en el mundo. Lo humano y lo divino de la Iglesia es lo que la convierte en sacramento de salvación y de liberación integral. De allí emerge la eclesiología de comunión como figura perceptible y como manera significativa de hacer presente en la histora humana la gracia de Dios. Es la tarea que de forma incompleta, vamos haciendo los creyentes, en el orden individual, colectivo, institucional, estructural. E1 actuar en la cultura, en los valores, en la vida social y pública, obliga siempre a revisarse, a reformarse (Ecclesia semper reformanda).
En segundo lugar, el crecimiento del pluralismo en el mundo, obliga a trabajar por una Iglesia en la que existan grupos de creyentes conscientes, convencidos, decididos. Los apoyos externos, sociológicos, seguramente serán menores, y nos obliga a repensar la espiritualidad, la formación, el seguimiento, el ofrecimiento de posibilidades a las masas que de alguna forma se sienten o dicen cristianos, y a ser fermento a través de muchas formas comunitarias o asociativas nuevas. Es un reto en un mundo crecientemente individualista, perdido en la masa, con pertenencias a pequeños grupos muy tangenciales a sus intereses más íntimos y trascendentes.
La Iglesia está llamada a ser, cada vez más, comunidad donde la fraternidad se vive intensamente. La diversidad existente en razón de los carismas y minis-terios está supeditada a la verdadera igualdad en la llamada a la santidad, a la misma fe, a la común dignidad y actividad para la edificación del cuerpo de Cristo. Igualdad no significa nivelación o indiferenciación. Es la búsqueda de una vivencia de la solidaridad, de la amistad, de la cercanía, del servicio, de la misericordia, de la compasión por caminos a lo mejor desconocidos o poco tomados en cuenta. Es el verdadero “martirio” de hacernos, como Pablo, judío con los judíos, esclavo con los esclavos, servidor por encima de todo.
La pluralidad es una de las características del mundo de hoy. La globalización ha llevado también a la exaltación de lo local, de lo propio. Esto tiene también una larga tradición en la vida de la Iglesia, no exenta de luces y sombras. Cómo vivir la unidad en medio de tanta diversidad? Esto es un desafío para la vida intraeclesial y para nuestro relacionamiento con los “otros” creyentes o no que nos rodean.
Desde América Latina, el amor preferencial por los pobres y marginados, es exigencia de servicio y de presencia fraterna. “La actividad de la Iglesia en favor de los pobres en todas las partes del Continente – nos dice Juan Pablo II – es importante; no obstante hay que seguir trabajando para que esta línea de acción pastoral sea cada vez más un camino para el encuentro con Cristo, el cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza. Se debe intensificar y ampliar cuanto se hace ya en este campo, intentando llegar al mayor número posible de pobres” (n. 58).

Conclusión
Identidad de fidelidad y renovación de la Acción Católica en el contexto actual no es otra cosa sino identidad con el ser y la misión de la Iglesia. La cercanía de la AC a la jerarquía no la convierte en servidora callada, sin voz, en una especie de acólitos en su sentido peyorativo. A1 contrario, este suave yugo de identificarse más plenamente con lo esencial de la Iglesia y con las opciones de la jerarquía, la convierten en compañera de camino que ayude a buscar, descubrir, construir y diseminar, no una, sino mil formas de ser cris-tiano en un mundo plural y cambiante. Es una bella vocación específica y una noble misión y tarea.
Termino recordando esta bella oración del Cardenal Pironio: “somos jóvenes y adultos, hombres y mujeres, que quieren vivir la Iglesia en el corazón del mundo, como tu Hijo nos lo pide. Bien comprometidos con la hora y el tiempo que vivimos. Queremos vivir con fidelidad serena, fuerte y humilde, unidos a nuestros pastores – obispos y sacerdotes – a los religiosos y todos los fieles laicos en comunión de Iglesia misionera. Nos sentimos marcados por el fuego del Espíritu Santo y enviados nuevamente por Tu Hijo para anunciar a todas las gentes la Buena Nueva del Reino: el amor del Padre”.
Es lo que pido para la Acción Católica de todo el mundo.

III ASAMBLEA ORDINARIA – Roma, 2-6 de diciembre de 2000
Acción Católica: fieles laicos que viven la novedad del Evangelio y son signo de comunión
LA PERMANENTE ACTUALIDAD DE UN DON DEL ESPÍRITU

http://www.fiacifca.org/esp/activitates/asambleas/ordinariras/III_2000/Cardozo

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Categorías:Accion Catolica

ACCIÓN CATÓLICA, DON DEL ESPÍRITU SANTO

FIAC – FORUM INTERNACIONAL DE ACCIÓN CATÓLICA
ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA
en collaboración con el PONTIFICIO CONSEJO PARA LOS LAICOS

Duc in altum Acción Católica,
ten el coraje del futuro!”


Congreso Internacional sobre l’Acción Católica
Roma-Loreto, 31 de agosto/5 de septiembre 2004

ACCIÓN CATÓLICA, DON DEL ESPÍRITU SANTO
PARA LA IGLESIA DE NUESTRO TIEMPO
Conferencia de apertura del Congreso Internacional sobre la Acción Católica

Mons. STANISLAW RYLKO
Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos – Vaticano

Roma, 1 septiembre 2004

1. El tema de la presente relación nos introduce directamente en el corazón mismo de nuestro congreso. Es un congreso que quiere estimular el redescubrimiento de la Acción Católica como – precisamente – don del Espíritu Santo para la Iglesia de nuestro tiempo. Se trata de una cuestión de vital importancia para esta meritoria asociación laical. Su propuesta formativa y de evangelización – como veremos – es de extrema actualidad, por esto no debemos ceder a la tentación de una estéril “nostalgia del pasado” – como hacen algunos -, sino que debemos reencontrar el coraje y el espíritu profético para proyectarla confiadamente hacia el futuro.
El intento de este nuestro congreso, por consiguiente, quiere ser el de redescubrir la identidad de esta asociación y su necesidad en la Iglesia. En este punto, sin embargo, surge una pregunta: La Acción Católica necesita verdaderamente ser descubierta?.
Es una asociación laical muy notable, de larga historia y muy rica en sus frutos. Pensamos en tantas generaciones de fieles, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, para los cuales la Acción Católica ha sido y es aún hoy una escuela de sólida formación cristiana. Cuánto compromiso apostólico y amor por la Iglesia ha conseguido desencadenar en tantos fieles. Para cuántos laicos se ha convertido en una escuela de radicalidad evangélica y de auténtica santidad. Es muy extenso, en efecto, el elenco de santos y beatos que se cuentan entre las filas de los miembros de Acción Católica. Cuántas vocaciones sacerdotales, y religiosas han nacido de entre sus filas. Ha sido propiamente la Acción Católica quien preparó el terreno para la “hora del laicado” en la Iglesia de nuestro tiempo y para la renovación de la teología del laicado que ha llegado a su cumbre en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Qué rico es el magisterio que los Pontífices han querido dedicarle a esta asociación que ha gozado siempre de su particular solicitud pastoral. Basta tan solo dar una mirada a nuestra biblioteca, hay tantos volúmenes escritos sobre la Acción Católica a lo largo de su historia. Y no obstante todo esto estamos persuadidos que en la actualidad la Acción Católica necesita ser redescubierto en la Iglesia. Debemos buscar redescubrirla todos: laicos y pastores, también sus asociados de larga data. Debemos descubrirla propiamente como don del Espíritu Santo para la Iglesia de nuestro tiempo.
Nuestro Congreso quiere ser, por tanto no sólo un momento de estudio, de diálogo, de intercambio de experiencias, sino sobretodo un tiempo de atenta escucha de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cfr. Ap 2,7) en este momento de la historia, al inicio del nuevo milenio de la era cristiana.

2. Nuestra reflexión sobre la Acción Católica se inscribe en el contexto actual de la vida de la Iglesia, contexto caracterizado por una “nueva época asociativa de los fieles laicos” suscitada por el Concilio Vaticano II; una circunstancia muy importante que debemos tener en cuenta. Al respecto escribe Juan Pablo II: “ En estos últimos tiempos el fenómeno de la asociativo laical se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad. Si siempre en la historia de la Iglesia las asociaciones de los fieles han representado en cierto modo una línea constante, como testimonian aún hoy las varias confraternidades, terceras órdenes y diversos sodalicios. Sin embargo, en los tiempos modernos, este fenómeno ha experimentado un singular impulso, y se han visto nacer y difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos, comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época asociativa de los fieles laicos. En efecto Junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces, han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisonomía y finalidad específica. Tanta es la riqueza y la versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta el tejido eclesial y tanta es la capacidad de iniciativa y la generosidad de nuestro laicado.” (Christifideles laici, 29).
Qué cosa quiere decir en realidad esta “nueva época asociativa”? Quiere decir ante todo un dato de la realidad que consiste en una estupenda riqueza de los nuevos carismas, de nuevas comunidades y agregaciones de laicos que el Espíritu Santo suscita hoy en la Iglesia. Es un gran signo de esperanza, signo de aquella “primavera cristiana” de la cual Juan Pablo II no se cansa de hablar. (cfr. Redemptoris missio, 86). Pero la “nueva época asociativa de los laicos” no es sólo un dato de la realidad Es también un desafío lanzado a todas las asociaciones laicales a vivir y a testimoniar esta “novedad” este “kairos” particular, esto es a reencontrar el entusiasmo y el arrojo espiritual de los propios orígenes, que con el paso del tiempo corren siempre el riesgo de debilitarse. En este sentido también la Acción Católica, ella en particular, está llamada a formar parte de los protagonistas de esta “nueva época”. Es una tarea muy comprometida y un gran desafío que la Acción Católica debe asumir.

3. Como guía segura en el redescubrimiento del rostro auténtico de la Acción Católica hemos escogido a Juan Pablo II. Este Papa ha dedicado mucha atención a esta asociación laical: El volumen recientemente publicado que recoge los discursos que él ha dirigido a la Acción Católica Italiana en el transcurso de sus 25 años de pontificado, consta de más de 300 páginas (cfr. “So che voi ci siete”. Venticinque anni di magistero sull’Azione Cattolica 1978-2003, Ed. AVE, Roma, 2003). Es una enseñanza dirigida a la Acción Católica Italiana pero sin ninguna duda de valor universal. Es una enseñanza extremadamente rica e iluminadora, con un fuerte valor profético. Es una enseñanza enraizada profundamente en la doctrina del Concilio Vaticano II, especialmente en la referida a la vocación y la misión de los fieles.
En el magisterio de Juan Pablo II sobre la Acción Católica no falta una significativa novedad, entre las cuales, una en particular concita nuestra atención. El discurso sobre la Acción Católica venía ligado tradicionalmente a la dimensión institucional de la Iglesia, según el paradigma clásico: la Iglesia local al centro y los laicos como colaboradores del apostolado jerárquico. En vez, en los últimos años las enseñanzas del Papa presentan, precisamente una importante novedad. Con fuerte insistencia el Santo Padre vuelve a hablar de la dimensión “carismática”. Parece que esta lectura por así decir “pneumatologica” de la naturaleza de esta asociación constituye verdaderamente un elemento nuevo y muy importante desde el punto de vista eclesiológico. Escribe el Papa: “Vuestra larga historia ha tenido origen en un carisma, esto es en un particular don del Espíritu del resucitado, el cual no hace faltar a su Iglesia los talentos y los recursos de la gracia de los que los fieles necesitan para servir a la causa del Evangelio. Queridos hermanos, reflexionad, con santo orgullo e íntima alegría, sobre el carisma de la Acción Católica “(8 de septiembre de 2003).
Esta impronta abre delante de la Acción Católica un horizonte nuevo y sumamente rico de consecuencias teológicas y prácticas. Ante todo recuerda a la Acción Católica la fuente originaria de su vitalidad y de su dinamismo la que continuamente debe informar el Espíritu Santo. En el plano práctico es una impronta que conduce necesariamente a la creación de puntos de contacto entre la Acción Católica y las nuevas comunidades, los nuevos carismas que el Espíritu Santo no cesa de hacer florecer en la Iglesia de hoy.

4.“Reflexionad/…/ con santo orgullo y con íntima alegría el carisma de la Acción Católica…” Esta es nuestra tarea durante este Congreso.
Reflexionar, redescubrir, acoger con renovado entusiasmo y con renovada fidelidad el carisma de la asociación. El Papa insiste “Abrios con docilidad al don del Espíritu! Acoged con gratitud y con obediencia el carisma que el Espíritu Santo no cesa de donar generosamente! No olvidéis que cada carisma es dado para el bien común, esto es en beneficio de toda la Iglesia. (30 de mayo de 1998).

Examinemos más de cerca este carisma: cuáles son sus rasgos distintivos? El Concilio Vaticano II lo ha caracterizado sintéticamente con cuatro notas esenciales que en este punto vale la pena recordar: a) el fin inmediato de la Acción Católica es el fin apostólico de la Iglesia, esto es la evangelización y la santificación de los hombres y la formación cristiana de sus conciencias; b) los laicos colaboran con la Jerarquía según el modo que les es propio, aportando su experiencia y asumiendo su responsabilidad; c) los laicos actúan unidos a la manera de un cuerpo orgánico a fin de que se exprese mejor la comunidad de la Iglesia y el apostolado resulte más eficaz; d) los laicos actúan “bajo la superior dirección de la Jerarquía” la que puede sancionar esta cooperación incluso por medio de un “mandato”explícito. (cfr. Apostolicam Actuositatem, n. 20). El Papa sintetiza todo esto en cuatro palabras: misionariedad, diocesanidad, unitariedad y laicidad, (cfr. 8 septiembre 2003). En la lectura de estas notas conciliares nos golpea un poco el lenguaje un poco descarnado y esquemático. No olvidemos, sin embargo, que detrás de esta terminología se esconde la vida cristiana muy intensa de tantos cuadros de laicos, hombres y mujeres, adultos y jóvenes; se esconde su santidad auténtica, una fidelidad incondicional al Evangelio, un amor generoso a Cristo y a su Iglesia.
No obstante el paso de los años el carisma de la Acción Católica conserva su actualidad en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo. Juan Pablo II no se cansa de repetir que la Iglesia tiene una gran necesidad: “la Iglesia no puede prescindir de la Acción Católica. La Iglesia necesita un grupo de laicos que, fieles a su vocación y congregados en torno a los legítimos pastores, estén dispuestos a compartir, junto con ellos, la labor diaria de la evangelización en todos los ambientes./…/ necesita laicos dispuestos a dedicar su existencia al apostolado y a entablar, sobre todo con la comunidad diocesana, un vínculo que deje una huella profunda en su vida y en su camino espiritual. Necesita laicos cuya experiencia manifieste, de manera concreta y diaria, la grandeza y la alegría de la vida cristiana; laicos que sepan ver en el bautismo la raíz de su dignidad, en la comunidad cristiana a su familia, con la cual han de compartir la fe, y en el pastor al padre que guía y sostiene el camino de los hermanos”. (26 de abril de 2002)
Esta afirmación “ La Iglesia no puede prescindir de la Acción Católica” pone la atención ya sea en la Iglesia en la cual esta asociación vive y actúa ininterrumpidamente desde hace largos años, ya sea en aquella – en particular en Europa central y oriental – donde la Acción Católica renace después de largos años de supresión por parte del sistema totalitario del comunismo ateo. El Papa alienta fuertemente este renacimiento diciendo a los Obispos polacos en visita “ad limina”: “Es necesario que renazca. Sin ella la infraestructura del asociacionismos católico en Polonia sería incompleto” (12 de enero de 1993)
La Iglesia de nuestro tiempo necesita de la Acción Católica y son grandes las expectativas sobre ella. El Papa en este punto se muestra como un maestro muy exigente y pone por delante unas metas de mucho compromiso. Ha dicho recientemente: “La Iglesia tiene necesidad de una Acción Católica viva, fuerte y bella (26 de abril de 2002). Estos tres adjetivos son muy importantes y vale la pena reflexionar sobre ellos durante nuestro Congreso

5. Volvamos ahora a dos de los rasgos de la Acción Católica. Entre sus notas específicas “la estrecha relación con el Papa y con los Obispos”, es decir, la “diocesanidad” ocupa sin duda un lugar central.
Es obvio que todas las asociaciones laicales católicas están llamadas a vivir la comunión eclesial y jerárquica. Basta recordar los criterios de eclesialidad formulados en la Christifideles laici, n. 30. Pero para la Acción Católica estos son de los elementos, por así decir, constitutivos, en los cuales debe sobresalir. Juan Pablo II pone frecuentemente en evidencia esta nota esencial. Ya al inicio de su pontificado decía: “Yo confío en ustedes, porque la Acción Católica, por su íntima naturaleza, tiene una particular relación con el Papa y por ende con los Obispos y con los sacerdotes: esta es su característica esencial. Cada grupo “eclesial” es un modo y un medio para vivir más intensamente el Bautismo y la Confirmación, pero la Acción Católica debe hacerlo de un modo muy especial, porque ella se ubica en ayuda directa a la Jerarquía, participando de sus preocupaciones apostólicas (30 de diciembre de 1978).
En otra ocasión el Santo Padre agrega: “es esta la característica que os debe distinguirlos, es a la vez la fuente y el secreto de la fecundidad de vuestro trabajo por la edificación de la comunidad eclesial” (27 de septiembre de 1980). Esta relación particular con la Jerarquía debe generar en los miembros de la Acción Católica una actitud de escucha y de filial obediencia con el Magisterio y con la disciplina eclesial.
Queda subrayado finalmente que la estrecha colaboración con los sacerdotes no tiene nada que ver con la “clericalización” de los laicos. Ella implica, por el contrario, un profundo respeto recíproco de la especificidad de la vocación de cada uno. Particularmente no elimina, ni siquiera limita en la vida de los laicos, su libertad de iniciativa y su justa “autonomía”. No es por tanto un límite, sino un modo más profundo y más radical de vivir la comunión eclesial, que es una comunión orgánica en la que todas las vocaciones y todos los estados de vida conviven armónicamente.
El “servicio a la Iglesia local”– al que nos hemos referido precedentemente – es la segunda nota distintiva importante del carisma de la Acción Católica. Es una expresión de su intenso y apasionado “sentire cum Ecclesia” en todo su realismo, en el que el misterio de la Iglesia se encarna en una comunidad diocesana y parroquial concreta y se convierte así en casi tangible. El Papa explica que este particular tipo de eclesialidad debe traducirse en “compromiso de asociación que deviene escuela de apóstoles y de discípulos, que viven para la Iglesia local en la que se encuentran, al servicio de su vida y de su proyecto pastoral” (9 de diciembre 1983).
Tal carisma genera en los laicos un verdadero amor a la Iglesia particular (diocesis, parroquia), un fuerte sentido de corresponsabilidad por la comunidad cristiana local, un generoso compromiso de servir a la comunidad y a su misión.
Para recapitular, recordamos nuevamente las palabras del Papa: “la Iglesia os necesita, porque habéis elegido el servicio a la Iglesia particular y a su misión como orientación de vuestro compromiso apostólico: porque habéis hecho de la parroquia el lugar en el que día a día expresáis una entrega fiel y apasionada” (8 de septiembre de 2003).
Es necesario decir, sin embargo, que esta perspectiva de “diocesanidad” tan fuerte en la vida de la Acción Católica, no se opone en absoluto a la apertura universal. Por el contrario, en este momento histórico de la vida de la Iglesia tal apertura resulta particularmente importante. Esto se traduce concretamente, entre otras cosas, en las relaciones y contactos entre las asociaciones nacionales de Acción Católica para favorecer el conocimiento recíproco, la reflexión común sobre la identidad de la asociación misma y el intercambio de experiencias acerca de los modos de afrontar los grandes desafíos de la evangelización en el mundo contemporáneo.
Este intercambio de experiencias entre las asociaciones nacionales de la Acción Católica ya ha dado como fruto un creciente sentido de solidaridad entre los cristianos de varios países, junto al descubrimiento de la dimensión mundial de los grandes problemas de la sociedad contemporánea a nivel social, económico, político y cultural, frente a los cuales los cristianos no pueden permanecer indiferentes, sino que deben dar la propia respuesta. (la globalización!).
Es desde esta exigencia que ha nacido una iniciativa nueva en el ámbito de la Acción Católica que asumió la forma del “Forum Internacional de la Acción Católica“ (FIAC), aprobado por nuestro Dicasterio primero en 1995 “ad experimentum” y después en el año 2000 en forma definitiva. El Pontificio Consejo para los Laicos acogió esta iniciativa con gran satisfacción, porque desde su inicio vio en este nuevo organismo un instrumento providencial para dar un nuevo impulso a la vida de la Acción Católica que en algunos países mostraba signos de cansancio y de debilitamiento en el camino.
Es importante notar que el presente Congreso nació y fue realizado propiamente por el FIAC junto con la Acción Católica Italiana. A ellos van por tanto nuestras vivas felicitaciones y nuestra profunda gratitud.

6. Entre los grandes desafíos que la Iglesia afronta en nuestra época, la formación cristiana de los fieles laicos es sin duda uno de los más importantes y urgentes. Sin un intenso esfuerzo educativo, hablar de “la hora del laicado” en la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una retórica vacía. Dice Juan Pablo II: “En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y reclama modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta duramente a prueba y no raramente sofocada. Se advierte, por tanto, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. Necesitamos hoy personalidades cristianas maduras, concientes de la propia identidad bautismal, de la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Necesitamos comunidades cristianas vivas!” (30 de mayo de 1998).
La formación cristiana siempre ha tenido como epicentro el encuentro con la persona viva de Jesucristo. En el momento en el que él entra en la vida de una persona, la cambia radicalmente. Por eso el rol central en todo proceso educativo en la fe se centra en el redescubrimiento del Bautismo. Escribe el Papa: “No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a lo lleva a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, para que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación recibida de Dios” (Christifideles laici, n.10).
En este contexto la Acción Católica se presenta como un instrumento privilegiado de formación cristiana del laicado. La formación ha sido siempre su gran prioridad. El Papa la caracteriza del siguiente modo: “La Acción Católica es escuela de formación permanente, porque abraza todas las edades y las condiciones de vida, es gimnasio de educación integral, humana, cultural y pastoral, por su fin mismo que es el mismo fin global apostólico de toda la Iglesia. Poned al centro de cada uno de vuestros proyectos formativos el primado de la vida espiritual, así lo exige la respuesta que todos, como bautizados debemos dar a la llamada fundamental a la santidad“ (24 de abril de 1992). Al mismo tiempo el Papa pone en guardia contra el riesgo de un replegamiento sobre sí mismo, de un intimismo, de una fuga hacia un espiritualismo desencarnado y no comprometido en el mundo. Por eso recuerda que “la dimensión formativa sería evidentemente comprendida de un modo erróneo y restringido si estuviera aislada de aquella actividad, de la “acción” precisamente, como dice el nombre mismo de vuestra asociación, o peor aun si estuviera absurdamente contrapuesta. Por el contrario, como la formación es la raíz de la misionariedad, la formación debe ser intrínsecamente misionera, orientada a la acción apostólica. De esto deriva también su extensión. Una auténtica formación de laicos de Acción Católica debe abarcar junto a la temática espiritual y teológica, la Doctrina Social de la Iglesia y todo lo que sea idóneo para impregnar con la fuerza redentora del Evangelio el interior de las realidades temporales” (25 de abril de 1986).
El Papa supera el debate, típico de los años setenta, entre los que afirmaban la “elección religiosa” de la Acción Católica y quienes la consideraban ya superada. La “elección religiosa” para el Papa comprende intrínsecamente el compromiso social. Es ésta una característica muy importante en el contexto actual, cuando la cultura dominante trata de encerrar la religión en el ámbito exclusivamente privado, quitándole así de todo valor social y público.
Señalamos, finalmente, que la formación en el interior de la Acción Católica tiene un carácter puramente eclesial en el sentido que está radicada profundamente en el mismo tejido de la comunidad parroquial. No al lado, no paralelamente, sino en el interior de la Iglesia local. Es una formación que crea en los laicos un fuerte sentido de pertenencia que se expresa en la actitud de corresponsabilidad y en la identificación psicológica con la parroquia (la formación de un vivo y profundo “nosotros” comunitario!)
Teniendo en cuenta su larga y fructífera experiencia educativa, el Papa confía a la Acción Católica el delicado encargo de ser “modelo” del camino formativo para los otros cristianos. (cfr. 8 de diciembre de 2001). No se trata de una pretensión “monopólica” o sea de una actitud de superioridad en la comparación con las otras asociaciones, sino fundamentalmente de una llamada a un humilde servicio en la comunidad eclesial para ayudar a los otros a alcanzar la madurez de la fe. Se trata de poner el carisma de la asociación y la pedagogía de la educación cristiana que nace, al servicio de la Iglesia particular.

7. La Iglesia vive en nuestro tiempo un kairos particular. Entre los grandes y dramáticos desafíos que el mundo contemporáneo lanza a los cristianos, no faltan las luces de esperanza encendidas por el Espíritu Santo. Él continua ininterrumpidamente su obra en el mundo y “renueva la faz de la tierra”. Vienen a mi mente las palabras que Dios pronunció por boca del profeta: “ yo estoy por hacer algo nuevo, ya está germinando, ¿no lo reconocéis? “ (Is 43, 19).
Como he dicho al comienzo, nuestro Congreso quiere ser un tiempo de escucha de lo que “el Espíritu dice a la Iglesia” hoy (cfr. Ap 2, 7). Esto quiere ser para todos nosotros una escuela de esperanza, pero no de una esperanza fácil, ilusoria, de poco valor, sino de una esperanza que no defrauda. Por eso hemos elegido como guía de nuestra reflexión al Papa Juan Pablo II, gran profeta de esperanza de nuestro tiempo. Hablando de los signos de esperanza presentes en la Iglesia en los umbrales del tercer milenio, el Papa ha dicho: “ El Espíritu Santo impulsa hoy a la Iglesia a promover la vocación y la misión de los fieles laicos. Su participación y corresponsabilidad en la vida de la comunidad cristiana y su multiforme presencia de apostolado y de servicio en la sociedad nos inducen a aguardar con esperanza, en el alba del tercer milenio, una epifanía madura y fecunda del laicado (25 de noviembre de 1998).
Ésta es pues la gran tarea que se perfila delante de la Acción Católica: dar su propia contribución a esta “epifanía madura y fecunda del laicado” No es una tarea fácil! Requiere de toda la Acción Católica, en sus variadas manifestaciones y formas organizativas, una renovación profunda y continua. Requiere especialmente un nuevo espíritu profético para una presencia fuerte e incisiva en la Iglesia y en la sociedad: ser la sal evangélica que da sabor, ser la luz que ilumina, ser la levadura que transforma. Requiere el coraje renovado de ir contra la corriente respecto a la cultura laicista, sin tener miedo de poner al hombre contemporáneo frente a las exigencias radicales del Evangelio.
Una Acción Católica “viva, fuerte y bella”- como dice el Papa- pero sobre todo clara y exigente en la propuesta de vida cristiana, que tenga siempre como horizonte la llamada universal a la santidad. Una Acción Católica fiel a su carisma originario que- como hemos visto – Juan Pablo II, sobre el camino de tantos de sus predecesores, ha descrito con colores tan fascinantes. Es esto una utopía? No, es una llamada, una tarea y un programa a seguir. Y esta la gran aventura del Espíritu para la Acción Católica que ya ha comenzado. El Papa gran profeta de la esperanza no cesa de alentarla: “Acción Católica no tengas miedo! Tu perteneces a la Iglesia y estáis en el corazón del Señor, que no cesa de guiar tus pasos hacia la novedad jamás descontada y nunca superada del Evangelio” (26 de abril de 2002). Y en otra ocasión “Duc in altum, Acción Católica! ten el coraje del futuro; no te dejes tomar por la nostalgia del pasado. No tengas miedo de confiarte al viento del Espíritu y de transitar la ruta siempre nueva del Evangelio. No tengas temor de renovarte” (29 de abril de 2004).
Tengamos en cuenta que está en juego una importante causa de la Iglesia – nuestra causa! Res nostra agitur! A esta causa el Pontificio Consejo para los Laicos busca dar su propia contribución. Estoy aquí como su Presidente, para reconfirmar delante de vosotros que la Acción Católica, en sus variadas formas organizativas, constituye una de las importantes prioridades en la misión de nuestro dicasterio al servicio de los laicos. Buscamos ser intérpretes fieles de la solicitud pastoral de los Pontífices en relación con esta meritoria asociación eclesial.
En conclusión, solo me resta augurar que este Congreso llegue a ser una verdadera piedra angular, un encuentro que abra en la vida de la Acción Católica una nueva estación de primavera, y que la haga redescubrir por muchos como don del Espíritu para la Iglesia de nuestro tiempo.


 

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El camino de la Acción Católica en el Tercer Milenio

El camino de la Acción Católica en el Tercer Milenio
Beatriz Buzzetti Thomson
Coordinadora del Segretariato del FIACQuisiera aprovechar este momento para reflexionar junto a ustedes, acerca de qué se espera de la Acción Católica en el tercer milenio.
Yo diría, en primer término que lo que la Iglesia y la sociedad esperan de la Acción Católica es que sea fiel a su misión, que seamos fieles a nuestra identidad.
Porque es cierto que muchas veces, en este peregrinar por este mundo, nos vamos distrayendo de lo esencial, nos vamos apegando a algunas cosas y desviamos el camino. Por eso creo es bueno tomar conciencia de nuestro ser, aquí y ahora, con nuestros dones y nuestra historia, llamados a una vocación personal, pero también asociativa e institucional, que nos exige una continua conversión.
Se trata de discernir qué es lo esencial, lo que permanece, lo que nos identifica para poder ver qué significa ser Acción Católica hoy. En este discernimiento a mi me ayudó muchísimo la experiencia de Acción Católica internacional. Ustedes saben que hace poco más de cinco años coordino el FIAC, y esto me ha dado la oportunidad de conocer desde adentro la Acción Católica de muchos países, de América, de Asia, de Europa, de África, con distintas características, formas y modalidades, sin embargo compartiendo esto que es lo esencial.
Y qué es lo esencial?
Partimos de la realidad fundante del Bautismo por el cual todos somos incorporados al Pueblo de Dios, hijos todos del Padre, miembros de la Iglesia, de la cual Cristo es la cabeza.
Por el Bautismo todos hemos sido llamados a la santidad, ésta es la vocación común de todos los christifideles, sean clérigos o laicos. Esta centralidad de la santidad en la vida del cristiano es uno de los aspectos presentes en todas las alocuciones del Santo Padre en este último tiempo.
Esta común vocación a la santidad adquiere en nosotros, laicos, características propias pues por vocación divina los laicos debemos vivir en el mundo y tender allí a la plenitud de la vida en la santidad. Es decir esta es la modalidad propia de nuestra existencia cristiana y es a la vez la función específica de nuestra tarea apostólica. El Concilio Ecuménico Vaticano II nos lo expresa con suma precisión: el ámbito propio de su tarea de Iglesia es “ todo lo que constituye el orden temporal” (A.A.: 7). “A los laicos les corresponde por su propia vocación tratar de obtener el reino de Dios, gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios (L.G. 31).
Estamos llamados a hacer presente la Iglesia en el corazón del mundo y al mundo en el corazón de la Iglesia
Yo creo que muchas veces nosotros no reparamos lo suficiente en esta responsabilidad. Miren yo recuerdo los años inmediatos al Concilio, yo estaba por entonces en el Consejo Nacional de las Jóvenes de la Acción Católica Argentina y estudiábamos fervorosamente los documentos conciliares y recuerdo perfectamente cuando por primera vez encontré en la Constitución Gaudium et Spes una grave advertencia que nos plantea con toda claridad esta misión eclesial del laico que es a su vez el camino de santificación. Dice la G et Sp en su número 43 “ el cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes para con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”.
A mí esto me cambió la vida porque me permitió ver con absoluta claridad cuáles son nuestros deberes ineludibles. Es pues, con la conciencia de esta doble pertenencia a la comunidad eclesial y a la comunidad civil, que debemos vivir y ayudarnos a vivir la Iglesia, misterio de comunión misionera. Esta es exigencia derivada del Bautismo, para todos los laicos.
Este llamado a la santidad recibido en el Bautismo nos exige un encuentro personal con Cristo, – que como expresaba bellamente el Sínodo de América- es camino para la conversión, la comunión y la solidaridad con todos nuestros hermanos, especialmente con los más necesitados.
Nosotros hemos respondido al llamado del Señor y queremos vivir esta identidad laical desde nuestra especial vocación de Acción Católica.Y qué es lo esencial de la Acción Católica?
En la eclesiología conciliar de comunión y misión, se define la identidad de la Acción Católica a través de las cuatro notas de Apostolicam Actuositaten: eclesialidad, laicidad, organicidad, colaboración con la Jerarquía (AA20). En estas cuatro notas confluye la riqueza de la tradición y de la experiencia de la AC preconciliar.
La eclesialidad: es constitutiva de la Acción Católica, porque su fin es el mismo fin apostólico de la Iglesia, porque está llamada a trabajar para que la Iglesia testimonie su unidad en la diversidad, ante el mundo y proclame audazmente el Evangelio a todos los hombres.
La laicidad: el carácter laical: De allí la responsabilidad ineludible de la Acción Católica en el trabajo apostólico en los ambientes.
La organicidad: No se trata de la tarea de francotiradores sino de una acción orgánica que manifiesta la unicidad de la Acción Católica. La organización al servicio de la misión. Una organización conducida por laicos que responde a la realidad de cada momento histórico. La organización es esencial (no la forma organizativa concreta)
La colaboración con la Jerarquía. Esta especial vinculación con la Jerarquía requiere de la Acción Católica un particular servicio para la comunión y la misión. Está profundamente ligada a la servicialidad y la disponibilidad pastoral propia de la Acción Católica. En función de este servicio y disponibilidad a los planes pastorales es que la Ad Gentes señala a la Acción Católica entre los ministerios necesarios para la plantación de la Iglesia
Luego del Concilio Ecuménico Vaticano II, el surgimiento de muchos movimientos laicales dio nueva vida a la Iglesia y aportó una gran riqueza en la variedad de carismas suscitados por el Espíritu. En este contexto se celebra el Sínodo para los Laicos, cuyas recomendaciones son recogidas en la Exhortación Apostólica “Sobre la vida de los laicos en la Iglesia y en el mundo” y allí Juan Pablo II nos explicita con claridad estas enseñanzas conciliares al ubicar, en medio del panorama de todos los movimientos eclesiales a la Acción Católica como aquella institución llamada a “servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda comunidad cristiana, a los proyectos pastorales, a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida.”
Para lograrlo la Christefidelis laici señala que la Acción Católica cuenta con un estilo formativo propio.
La formación es pues también esencial a la Acción Católica. Una formación que tiene sus notas características
Formación para la comunión: entendida como el desarrollo de una especial sensibilidad para crear comunión, comunión en la Iglesia, comunión en el mundo. Para ello es necesario amar, sentir la Iglesia, esta Iglesia concreta; amar, sentir como propia esta realidad social y cultural concreta, en la que vivimos y en la que Dios nos pensó desde toda la eternidad. Sólo así podremos ser constructores de reconciliación en medio de nuestras comunidades y países
Formación que conduzca a la unión de fe y vida: que posibilite ser testigos de la Resurrección en nuestros ambientes. Yo me pregunto muchas veces cuántos hermanos nuestros nunca llegarán a conocer a Jesús porque nosotros no hemos sido lo suficientemente transparentes para dejarlo ver a través de nuestras vidas.
Formación en la Doctrina Social de la Iglesia: que permita impregnar el ámbito de la cultura, de la política, de la economía, de la educación, de la salud, del arte, de la comunicación, de la familia.
Una formación en el crecimiento interior y progresivo de la santidad de vida , de una espiritualidad de encarnación.
Estos son los rasgos esenciales de la Acción Católica, la de ayer, la de hoy y la de siempre, la de aquí y la de tantos otros países en todo el mundo. Este es el don, permanente del Espíritu Santo a su Iglesia: Acción Católica, laicos que viven la novedad del Evangelio en el mundo y son signos de comunión.
Cómo encarnamos nosotros hoy, este don, a los inicios del tercer milenio?
Muchas veces advertimos en nuestras comunidades, laicos muy preocupados en la vida “intra eclesial”, pero con poca presencia en el mundo, con poca conciencia de su responsabilidad en la construcción de un mundo más humano, más fraterno, más solidario, con justicia y en paz.
Por eso es bueno que nos interroguemos acerca de cuál es nuestra presencia y nuestro compromiso en los distintos ámbitos de la realidad, en el trabajo, en la educación, en la economía, en la política, en la familia, en la salud y en el medio ambiente?
Cómo vivimos y expresamos nuestra fe en los distintos ambientes en que nos toca vivir?
Este nuestro compromiso nos exige un profundo encuentro con el Señor, un crecimiento de nuestra vida espiritual y una renovada conversión. Juan Pablo II en la NMI 49 nos dice: “ Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: “He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado de beber; fui forastero y me habéis hospedado, desnudo y me vestisteis, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme”(Mt. 25,35-36)” NMI 49.
Preguntémonos si estamos siempre inquietos y alertas para descubrir las necesidades y responder con la Buena Nueva a los hermanos que nos rodean.
Nuestros grupos de AC, funcionan como una cueva en la que nos refugiamos para protegernos del exterior o son una catapulta que nos lanza con fuerza en medio del mundo? Debemos tener clara conciencia de que no podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena y asumir la responsabilidad laical que nos cabe, aumentando nuestra conciencia como ciudadanos, incrementando nuestro compromiso socio,político económico.
Esto supone el empeño renovado en la búsqueda y construcción del bien común. Es urgente que nosotros nos comprometamos y sumemos a otros en esta búsqueda y construcción del bien común. Empeñando todo lo que tenemos, con sacrificio, con dolor. Si no estamos dispuestos a esto, si no somos capaces de reconocer que ya no hay más espacio para egoísmos individuales o sectoriales, si cada uno espera el gesto y el sacrificio del otro para comenzar a hacer el propio, estamos condenados al fracaso.
Esto exige una tarea formativa, una profunda revisión de nuestras actitudes pero también y simultáneamente una acción decidida. Todos tenemos algo que hacer, en nuestras comunidades, en nuestros países, los niños, los jóvenes, los adultos, nadie puede sentirse excluido.
Si nos comprometemos en serio en esta tarea podremos posibilitar el advenimiento de otra sociedad que dé una respuesta a esta justicia tan largamente esperada por tantos hermanos nuestros y que sea la base de un mundo, más humano, más fraterno, más solidario.
Queremos vivir esta difícil situación que atravesamos según el Espíritu. Nuestro mundo está lleno de profetas de calamidades, y muchas veces nosotros, miembros de Acción Católica, en nuestro accionar cotidiano actuamos como si el Señor no hubiera resucitado, como si todo estuviera por estallar en mil pedazos y ese fuera el fin. Sabemos por la fe que este momento que nos toca vivir pertenece al designio del Padre y es esencialmente tiempo de gracia, tiempo de salvación. Jesús nos abre el camino para convertirlo en tiempos providenciales, tiempos de esperanza.
En esta hora queremos ser hombres y mujeres que impulsados por nuestra pertenencia a la Acción Católica, vivamos insertos en el tejido social y eclesial asumiendo el compromiso de concretar, como nos lo pide el Papa “hechos de grandeza” que reconstituyan los vínculos sociales de nuestras comunidades, que redescubran los valores esenciales que nos posibiliten salir de esta encrucijada actual y que la crisis, de la que somos parte, se transforme en caminos de esperanza activa.
La Acción Católica, quiere asumir con humildad, pero con convicción tenaz para estos años y para la historia que le toca escribir, con hechos concretos, sencillos, austeros, pero profundos; esta invitación y este llamado.
Duc in Altum Azione Cattolica
Yo tuve la gracia de participar, junto a Sebastián, de la Asamblea Nacional de la Acción Católica Italiana. Y el 26 de abril, el Santo Padre nos recibía en audiencia especial y nos hablaba, con mucho cariño a toda la Acción Católica . En esos momentos yo sentía que cada uno de ustedes, cada uno de los miembros de la Acción Católica del mundo estaba allí junto al Papa. Por eso quisiera terminar con sus palabras. Él nos decía:
“La Iglesia necesita la Acción Católica, porque necesita laicos dispuestos a dedicar su existencia al apostolado y a entablar, sobre todo con la comunidad diocesana, un vínculo que deje una huella profunda en su vida y en su camino espiritual. Necesita laicos cuya experiencia manifieste, de manera concreta y diaria, la grandeza y la alegría de la vida cristiana; laicos que sepan ver en el bautismo la raíz de su dignidad, en la comunidad cristiana a su familia con la cual han de compartir la fe, y en el pastor al padre que guía y sostiene el camino de los hermanos; laicos que no reduzcan la fe a un hecho privado, y no duden en llevar la levadura del Evangelio al entramado de las relaciones humanas y a las instituciones, al territorio y a los nuevos lugares de la globalización, para construir la civilización del amor.
(…) Precisamente porque la Iglesia necesita una Acción Católica viva, fuerte y hermosa, quiero repetiros a cada uno: Duc in altum!(…)
?Duc in altum, Acción Católica! Ten la valentía del futuro (…)
Duc in altum ! Sé en el mundo presencia profética, promoviendo aquellas dimensiones de la vida a menudo olvidadas y por tanto cada vez más urgentes(…)
Duc in altum! Ten la humilde audacia de fijar tu mirada sobre Jesús para hacer partir de Él tu auténtica renovación.
Y al despedirnos nos decía: Acción Católica, no tengas miedo! Perteneces a la Iglesia y te ama el Señor, que guía siempre tus pasos hacia la novedad jamás descontada y jamás superada del Evangelio. Cuantos formáis parte de esta gloriosa asociación sabed que el Papa os sostiene y acompaña con la oración en este itinerario y, a la vez que os invita cordialmente a perseverar en los compromisos asumidos, os bendice de corazón a todos.”
Que en el silencio de la oración podamos descubrir qué quiere Dios de nosotros, y qué tenemos que hacer para cambiar la historia. Es esta una invitación a levantar la mirada, a abrir el corazón y a unir nuestras manos. No hay tiempo para el desaliento. En las manos de María Nuestra Madre, la Virgen fiel, pongamos nuestro trabajo, que ella nos guíe y nos enseñe el camino de la Acción Católica en este milenio que se inicia y nos ayude a ser fieles a llamado del Señor.II ENCUENTRO CONTINENTAL AFRICANO – Bujumbura, 21-25 de agosto de 2002
Realidad, retos y perspectivas para la formación y la misón de los fieles laicos.
La aportación de la Acción Católica/2 –
SEREIS MIS TESTIGOS EN AFRICA

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