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Cap X Consagracion del mundo (fin)

               CAPITULO X “CONSAGRACIÓN DEL MUNDO”

Libro Apostolado Seglar

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

 

¿Hay realmente valores naturales?

He aquí cómo plantea el problema Mrs. Gerardo Philips: “La cuestión es tal vez prematura, pero se propone frecuentemente. Abordémosla con plena sinceridad. No es raro entre los seglares creerse considerados por el clero cristianos de un grado inferior, a los que se concede -porque no se puede por menos-ocuparse de las cosas transitorias del mundo. A los ojos del sacerdote, nada tiene valor, fuera del Reino de Dios; y los “valores” temporales para él prácticamente no existen. Según ellos el mundo no es más que un puro medio para conseguir “otrn cosa”. No les interesa que el mundo progrese. Sus obras e instituciones de caridad no son mas que ardides para atraer a las almas. Los seglares han tomado este asunto muy en serio y se creen obligados a defender denodadamente los bienes humanos contra las continuas incursiones del clericalismo. De aquí nacen conflictos a cada paso.

“Este problema, va de por sí muy arduo, te agrava con las contiendas de naturalistas y sobre naturalistas. Aquéllos proclaman la existencia de bienes naturales creados por Dios y entregados al hombre; y advierten que un larvado maniqueísmo quiere condenar el mundo, como si fuera obra del espíritu maligno; censuran ásperamente a los místicos por despreciar, llevados de sus ansias espirituales, toda realidad terrena. Los sobre naturalistas, por el contrario, temen que atribuyamos a la naturaleza una especie de justicia intrínseca e independencia absoluta, oscureciendo así nuestra orientación hacia Dios. Condenan los encantos de las cosas terrenas por el peligro de ser enredados en ellas. Con tono profético nos advierten que pasa la figura de este mundo: ¿para qué gastar nuestros esfuerzos en un edificio que se derrumba?

“Este es el crudo problema del humanismo cristiano. Ni católicos, ni protestantes, ni ortodoxos han podido eludirle. La cuestión, que no se resolverá a base de silogismos, alcanza a la entraña del Evangelio y pone en juego la existencia misma del cristiano seglar en cuanto tal”[1] .

Creemos que toda esta controversia desagradable parte de una equivocada posición inicial: tanto los naturalistas, que ven en el mundo material un bien absoluto, como los seudo-supernaturalistas, que no ven otra cosa que un mal irremediable, ambos contemplan el mundo desencajado de su natural perspectiva: su relación a Dios. Y, cuando a una creatura se la considera sin atender a su relación a Dios, se sigue forzosamente una de estas dos consecuencias: idolatría o iconoclasmo. El cristiano debe contemplar el mundo únicamente en cuanto dice relación con Dios, y entonces es una cosa esencialmente buena, ordenada a la gloria de Dios y provecho de las almas. Estas dos finalidades son en cierto modo equivalentes; podemos usar del mundo para gloria de Dios, beneficiándose de este modo nuestra alma o, por el contrario, usar del mundo para nuestro provecho espiritual, ordenándolo todo a gloria de Dios. Si profundizamos un poco, vemos en seguida que estos dos aspectos no son simplemente dos maneras de expresar una misma realidad; son dos conceptos bien distintos. Si el mundo se ordenara únicamente al provecho espiritual del hombre, no serían necesarios grandes conocimientos de trigonometría o astrofísica; pero si el mundo está hecho para gloria de Dios, debe el hombre perfeccionarlo como sólo él puede hacerlo. Por eso “tomó Yavé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que le cultivase y guardase”[2] (*).

                   Actitud del cristiano ante el mundo

La doble finalidad que hemos indicado posee el mundo trae consigo una doble actitud de la mente cristiana hacia él: renuncia ascética éñ el plano subjetivo y personal, explotación generosa en el plano objetivo social. La primera se refiere al disfrute de las cosas temporales, la segunda a su rendimiento.

San Pablo define muy bien cuál debe ser la actitud personal de cada uno frente al mundo: “Digoos, pues, hermanos, que el tiempo es corto. Sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no llorasen; los que se alegran, como si no se alegrasen; los que compran, como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo como si no disfrutasen; porque pasa la apariencia de este mundo”[3]. Todos los bienes temporales están hechos para servicio del hombre, pero no todos los bienes son útiles a todos. Es tan necesario renunciar a lo superfluo como poseer lo necesario; y existe mayor peligro, dada la corrupción de la naturaleza humana, en la abundancia excesiva de bienes temporales que en su carencia. Las mismas cosas imprescindibles deben poseerse con espíritu de renuncia: los peldaños de una escalera nos prestan servicio cuando les pisamos y continuamos adelante, no cuando nos detenemos a descansar en ellos. Para dar un ejemplo palpable de esta verdad, algunas almas reciben llamamiento a una vida dé completa renuncia aun a las cosas que comúnmente se consideran imprescindibles. No practican solamente el espíritu de desprendimiento, cosa que deben hacer todos los fieles, sino que abandonan realmente todo, en cuanto lo permite la presente condición de vida. Da vida de éstos realiza concretamente el triunfo del espíritu sobre la materia.

Mas la renuncia total no es una negación de los “valores” temporales: hay un abismo entre la actitud del marxista y la del monje ante los bienes temporales. El marxista condena la propiedad privada (aunque él suele conservar la suya), como algo malo, al menos para los demás. El monje renuncia a la propiedad (sin condenarla) porque la cree una cosa buena, y, por tanto, digna de ser ofrecida a Dios. De ahí la sublime paradoja: los mayores defensores de la propiedad, de la familia y de la libertad son los que han renunciado a ellas.

La actitud integral del cristianismo con relación al mundo es un equilibrio entre el desprendimiento y la explotación: ser parco en el disfrute, y generoso en lo que se refiere a su explotación y mejoramiento. El asceta de Asís, habiendo renunciado al mundo, no por eso se hizo enemigo implacable del mundo, sino, todo lo contrario, cantor entusiasta de la naturaleza. Otro tanto hicieron los tres jóvenes en el horno ardiendo. La Iglesia repite hoy, en las fiestas, sus palabras de alabanza: “Bendecid al Señor todas las obras del Señor; cantadle y ensalzadle por los siglos”[4] . Por cierto, esto no es declarar la guerra.

Ha habido épocas en la historia de la Iglesia en que algunos confundían el cristiano desprendimiento del mundo con la indiferencia despectiva ante los “valores” temporales. Es lo que sucedió, por ejemplo, en tiempo de los apóstoles, cuando muchos cristianos creían que era inminente el fin del mundo. San Pablo se vio obligado a intervenir, reprendiendo ásperamente esta opinión insensata y la pereza de aquellos que, por seguirla, abandonaban toda labor material[5]. Lo mismo sucedió en los primeros siglos, cuando la Iglesia era perseguida por todas partes; era natural que muchos se sintiesen ajenos al mundo y no se preocupasen del’ progreso de éste. Contribuyó también a esta confusión de ideas al tomar la perfección monástica, en espíritu y en la práctica, como norma de la perfección cristiana. El neoplatonismo fomentó mucho el desprecio de los “valores” temporales. Muchos santos Padres consideran al estado civil como un mal inevitable, consecuencia de la caída del hombre.

Mas estos sentimientos pasajeros no lograron debilitar el verdadero y profundo sentir de la Iglesia. Escribía Pío XII: “Ya desde los primeros siglos, desde la época patrística y sobre todo con motivo de la lucha espiritual contra el protestantismo y el jansenismo, la Iglesia ha tomado una posición bien definida a favor de la naturaleza,… Se ha mostrado siempre generosa en reconocer todo lo bueno y grande, aunque existiese antes que ella o fuera de sus dominios”[6].

Este es el inmenso campo de apostolado reservado a los seglares, donde ellos pueden ejercitarse libremente y cosechar abundantes frutos. Como ya hemos dicho, a la Iglesia toca formar a los cristianos, y a éstos pertenece reformar el mundo en sus valores naturales, inyectándole nueva vida cristiana. Escribía el Cardenal Suhard: “No se le pide al cristiano despreciar o denigrar al mundo, sino al contrario, elevarlo, santificarlo, para poder ofrecerlo como obsequio a Dios. En esto consiste la verdadera encarnación: la fuerza de Dios invade a la humanidad para elevarla e introducirla en la esfera divina.” “El mantenerse unido a Dios en medio de la acción no requiere una mayor actividad. Exige únicamente-y ésta es una labor para toda una vida-que el cristiano se entregue a su tarea con una fe apasionada en la trascendencia divina, y con la convicción de que ella producirá las adaptaciones necesarias. Para el apostolado, tal como Jesucristo lo ha instituido, no es menos necesaria la fe viva que la técnica, la oración que el ingenio. Mejor dicho, une depende del otro. Se llega a los hombres pasando por Dios. En este sentido se ha llegado a decir que el apostolado está más allá de la contemplación”[7]. Solamente por medio de los apóstoles seglares podrá la Iglesia convertirse realmente en principio vital de la sociedad, y levantar el orden temporal a Dios. El Congreso de Cardenales y Arzobispos de Francia, en su declaración de marzo de 1946, escribía acerca del apostolado de los seglares: “La vida profana es el campo reservado a los seglares. Estos tienen la misión de cristianizarla, procurando, en las relaciones sociales, difundir su vida de gracia y de caridad. Están seguros de que, si ellos no lo hacen, no habrá nadie que les sustituya”[8].

BIBLIOGRAFÍA

NOTA.-Como ya existen bibliografías sistemáticas y bastante completas sobre el Apostolado seglar, las reseñamos aquí en primer lugar como fuentes, y después indicamos las más recientes publicaciones.

 

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

L’APOSTOLATO DEI LAICI: bibliografía sistemática. Univer-sita Cattolica del S. Coure; Ediwice “Vita e pensiero”, Milano, 1957.

GUJCDE    BIELIGRAPHIQÜE    SUR    I/APOSTOLAT   DES    LAICS    [1957-

1951]:  Supplément au Bulletin “Apostolat des Laies”, 1961, n. 2;  Piazza S. Callisto, 16, Roma.

PUBLICACIONES RECIENTES

ADVERSI, A.: II Laicato Cattolico: lineamenti storico-cano-

nistici. Editrice “Studium”, Roma, 1961.

BONAVENTURA D’AR. :  La Testimonianza del Laicato Cattolico. Roma, 1962. Bosc, R.: La Société Internationale et l’Eglise: sociologie et moróle des relations internationes. Paris, Spes, 1961.

CAPPELLINI, E.: Azione Cattolica e Movimenti politici di ispirazione Cristiana nell’insegnamento di Pío XII. Pont.

Univers. Lateranensis, Roma, 1960.

GARRE, A. M.:   Prétres et La’ics, apotres de Jésus-Christ. Paris, Cerf, 1961.

DESMEDT, E.:   Le sacerdoce des Fideles. Bruges, 1961.

DOHEN,  D.:   Vertus  áu  chrétien  dans  le monde. Paris, 1961.

PEDERICI.  T.:   Speranza  dei  Laici.   Quaderni  Missionari n. 2;  Edizioni Missioni Consolata, Torino, 1961.

GUERRY: L’Eglise dans la mélée des peuples. Paris, Bonne Presse, 1961. HIEMERL, H.:  Kirche, Klerus und Laien. Wien, 1961.

HORNEF, J.: II Diaconato. Brescia, Morcelliana, 1961.

KLOSTERMANN, P.:   Das christliche Apostolat. Innsbruck Wienn-München, 1962.

THOMAS, J.:  L’apostolat du militant d’action catholique. París, Lethielleux, 1961.

PHILIPS, G.:  Pour un christianisme adulte. Tournai, Casterman, 1962.

SEUMOIS, A.:  Apostolat: Structure théologique. Ed. tTrbanianae, Boma, 1961.


[1] Le role du laicat dans l’Eglise, París, 1954, p. 64; cfr. R. Spiazzi. La míssione dei laici, Roma, 1952, pp. 297-298.

[2] (147)   Gen. 2, 15.

(*) “Por todas partes… en donde auténticos valores de arte y de pensamiento son susceptibles de enriquecer la familia humana, la Iglesia está dispuesta a favorecer y alentar tales esfuerzos del espíritu. Ella misma, como sabéis, no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, a la que su historia se halla estrechamente ligada. Porque su misión pertenece a otro orden, al orden de la religión, y de la salvación eterna de los hombres. Pero la Iglesia, que goza de una tan rica juventud, incesantemente renovada con el soplo del Espíritu Santo, permanece dispuesta siempre a reconocer, más aún, a acoger y fomentar todo lo que constituye honor de la inteligencia y del corazón humano en las otras parte del mundo distintas de esta vertiente mediterránea, que fue cuna providencial del cristianismo…

“En este campo es necesario recordar también lo que sugirió nuestro inmediato predecesor Pío XII: a saber, que es deber de los fieles “multiplicar y difundir la Prensa católica en todas sus formas” y preocuparse asimismo de las “técnicas modernas de difusión y de cultura, pues es conocida la importancia de una opinión pública formada e iluminada”. No todo podrá hacerse en todas partes, pero es preciso no dejar pasar ninguna buena ocasión para proveer a estas reales y urgentes necesidades, a pesar de que a \eces “el que siembra no es el mismo que el que recoge”.

“Por eso ella provee también en los territorios de misión, con toda la generosidad posible, ‘a iniciativas de carácter social y asistencial que son de gran utilidad para las comunidades cristianas y para los pueblos en medio de los cuales aquéllas viven. Cuídese con todo de no estorbar el apostolado misionero con un complejo de instituciones de orden puramente profano. Limítese a aquellos servicios indispensables de fácil manutención y uso, cuyo funcionamiento podrá ser puesto lo antes posible en manos de personal local, y dispónganse las cosas en modo que el personal propiamente misionero tenga posibilidades de dedicar las mejores energías al ministerio de enseñanza, de santificación y de salvación.” Juan XXIII, Princeps Pastorum, AAS, 51 (1959), 844, 845, 846. Texto español en Ecclesia, XIX2 (1959), p. 691-092).

[3] 1 Cor. 1. 29-31.

[4] Dan. 3, 57.

[5] Cfr. 1 Thes. 2, 3.

[6] Alocución al X Congreso internacional de Ciencias Históricas, in AAS, 47  (1955), p. 674.

[7] Le sens de Dieu, París,  1948, pp. 45 y 49-50.

[8] Documentation Catholique, 43 (1946), p. 742.

(*) “Por otra parte, incluso independientemente del reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares. La “consecratio mundi” es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, de hombres que se hallan mezclados íntimamente con la vida económica y social, que forman parte del gobierno y de las asambleas legislativas. Del mismo modo, las células católicas que deban crearse entre los trabajadores de cada fábrica y en cada ambiente de trabajo, para conducir de nuevo a la Iglesia a los que se hallan separados de ella, no pueden ser constituida más que por los mismos trabajadores.

“Que la autoridad eclesiástica aplique también aquí el principio general de la ayuda subsidiaria y complementaria; que se confíen al seglar las tareas que éste puede cumplir tan bien e incluso mejor que el sacerdote y que, dentro de los límites de su función o de los que traza el bien común de la Iglesia, pueda actuar libremente y actuar su responsabilidad…

“Sn ocasión precedente Nos hemos evocado la figura de estos seglares que saben asumir todas sus responsabilidades. Son, dijimos, “hombres constituidos en su integridad inviolable como imágenes de Dios; hombres orgullosos de su dignidad personal y de su sana libertad; hombres justamente celosos de ser los iguales de sus semejantes en todo lo que se refiere al fondo más íntimo de la dignidad humana; hombres apegados de manera a su tierra y a su tradición”. Tal conjunto de cualidades supone que se ha aprendido a dominarse, a sacrificarse, y que se sacan sin cesar luz y fuerza de las fuentes de salvación que ofrece la Iglesia.

“E1 materialismo y el ateísmo de un mundo en el que millones de creyentes tienen que vivir aislados, obliga a formar en todos ellos personalidades sólidas. ¿Cómo resistirán si no a los influjos de la masa que los rodea? Lo que es verdad para todos lo es en primer lugar para el apóstol seglar, obligado no solamente a defenderse, sino también a conquistar.” Pío XII. Discurso a los participantes en el II Congreso Internacional del Apostolado Seglar, 5 de octubre 1957. Texto español en Ecclesía, XVH2, AAS, 49 (1957), 927-928. (1957), p. (1187 s.).

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La felicidad de los mexicanos anhelo perenne

FRENTE A LOS CENTENARIOS

Pbro. Dr. Manuel Olimon Nolasco

Revista Cultura Cristiana año mayo 2010

 

“–¡Mexicanos!

Ya sabéis

la forma

de ser libres.

Ahora os toca aprender

a ser felices!”
 

 

De acuerdo a “La memorias de Blas Pavón”, obra histórico novelada debida a la amena pluma de José Fuentes Mares, historiador chihuahuense insigne, no ha habido día en los fastos de México en que de tal modo se desbordara la alegría como la soleada mañana del 28 de septiembre de 1821, jornada de la recepción popular y solemne del Ejército trigarante a la flamante capital del nuevo Imperio mexicano. Gritos de alborozo, canastas de dulces, tinajas de pulque, corridas de toros, peleas de gallos y otras manifestaciones populares, compitieron con el desfile marcial, las flores que las muchachas arrojaron a los soldados, los repiques de las iglesias y el “Te Deum” en la catedral, presidido a regañadientes por el arzobispo Pedro Fonte, peninsular de origen.

Algunas pinturas un tanto “naif” del acontecimiento, realizadas al vuelo del entusiasmo y como “del natural”, muestran ese ánimo festivo: ampulosos vestidos y altos peinados de las damas, morriones  y plumajes  en  los sombreros militares y centenares de otros detalles coloridos. Tal parece que si acercamos el oído a la tela podemos escuchar las músicas al viento, los ¡huirás! y los ¡vivas! de ocasión tan señalada. ¡Un acontecimiento sin par!

En medio del ruido de un día que se antojaba que no llegara a su fin, se hizo el silencio o al menos se intentó hacerlo, pues algún pregón, el llanto de un niño apretado por la multitud y más de una voz rasposa y altisonante a causa de los humores del pulque se siguieron oyendo a lo lejos.

Para “escuchar” ese silencio, cierro las “Memorias” de Don Blas y abro las páginas de la “Historia de Méjico” de Lucas Alamán, que recibió noticias de “buena fuente”, como lo dejó escrito, pues tal vez le pareció poco digno de su categoría aparecerse en persona. Acallados los gritos y las melodías, el jefe del Ejército. Agustín de Iturbide, tomó la palabra y pronuncio el discurso más breve de los tantos que se han dicho en casi dos siglos. Sólo dijo a voz en cuello: “-¡Mexicanos! Ya sabéis la forma de ser libres. Ahora os toca aprender a ser felices!”

¡Menuda tarea la que nos dejó Don Agustín!

Todavía en la actualidad. como es sencillo comprobarlo, la forma de ser felices no es parte de los conocimientos que día a día utilizamos. Pero cuando se dieron los primeros balbuceos de la patria in-dependiente y sus primeros pasos en un ambiente internacional hostil y desconocido, las dificultades eran tales que la posibilidad de ser felices se vea como algo remoto y casi quimérico.

Habló primero de ambiente internacional hostil, pues, a partir de la definitiva derrota de Napoleón en Waterloo en 1815 y del Congreso de Viena celebrado meses después par; restaurar el orden entre las potencias europeas e intentar dejar todo como antes de la revolución francesa, parecía que España iba a recibir ayuda para que en América todo regresara al estado anterior. No obstante, esa ayuda sólo llegó en forma de exhortaciones.

Inglaterra, cautelosa y astuta, inclinada a expresar en palabras lo que no tenía en la mente, no apoyó de manera abierta la búsqueda de la emancipación porque temió no recibir de España el pago exigido por la defensa antinapoleónica y prefirió ponerse en secreto en contacto con quienes buscaban la independencia para, en su momento, aprovechar la apertura comercial que vendría y hacer que los bancos ingleses colocaran préstamos en manos de los nuevos gobiernos y comenzara a integrarse una deuda que los ligaría a ellos y a su hija americana, los Estados Unidos. No ha de asombrar, pues, que quienes se apresuraron a reconocer la independencia de las naciones nuevas fueran las dos mencionadas.

Difícil era el concierto internacional. Y no menos el panorama interno de quienes estrenaban vida emancipada.

En América del Sur el sueño de unidad continental alentado por Bolívar fue perdiendo fuerza y las rivalidades entre caudillos ocuparon un lugar tan destacado que acabó amargando al Libertador y alejándole del centro de las decisiones. En México, si rastreamos este fenómeno nos encontramos que, desde el comienzo del movimiento en 1810, el liderazgo moral que Hidalgo podía haber sostenido sin mayor ambición quiso transformarlo en liderazgo militar, neutralizando la estrategia que, con cono-cimientos específicos y disciplina interiorizada, habría conducido mejor Ignacio Allende.

Más adelante, los compañeros de Morelos, creyente éste en la división de poderes, en Zitácuaro y Apatzingán, dejándose llevar de mezquindad y ambiciones personales, desaprovecharon las cualidades que el antiguo párroco de Carácuaro había puesto al servicio tanto de la estrategia bélica como, sobre todo, de la configuración de un Estado.

A Iturbide, la fascinación del poder, la adulación y las “zancadillas” de quienes se  decían sus amigos, lo llevaron por el camino de la gloria efímera y en poco tiempo, a la muerte inmerecida. El 6 de enero de 1825, en una carta que Bolívar le dirigió a Santander reflexionaba el primero, formulando una lección para todos los potenciales caudillos hispanoamericanos: “[…] Dios nos libre de la carrera y de la suerte de Iturbide.. .El tal Iturbide ha tenido una carrera meteórica, brillante y pronta como una exhalación; este hombre ha tenido un destino singular: su vida sirvió a la libertad de México y su muerte a su reposo; no me canso de admirar que un hombre tan común como Iturbide hiciese cosas tan extraordinarias. Bonaparte estaba llamado a hacer prodigios; Iturbide no; y por lo mismo los hizo mayores que Bonaparte.”

A ese pronto derrumbamiento de los caminos de la felicidad tenemos que unir la problemática en la que se encontró la fe cristiana y las prácticas católicas. Nos hemos acostumbrado a ver a Hidalgo y Morelos, sacerdotes ambos, como líderes guerreros. Hemos tenido menos en cuenta la acción de otros dentro de las filas insurgentes y realistas y que en todos estos casos la guarda de la disciplina eclesiástica estuvo en jaque y el escándalo de los fieles a la orden del día. Por más que se quieran hacer maromas mentales, el ejercicio del sacerdocio y el derramamiento de sangre son incompatibles.

El uso y abuso de las armas espirituales -la excomunión y el entredicho-por motivos po-líticos sobre todo por los prelados españoles, debilitó mucho a la autoridad eclesiástica. La ausencia de los obispos, quienes se fueron a España en fidelidad al Rey y la falta de diálogo de los insurgentes causaron males muy grandes que dejaron huella indeleble en el sendero independiente de México.

“[…] -Ahora os toca aprender a ser felices” sigue ahí, en el aire.

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Mistica de la HOAC

HERMANDAD OBRERA DE ACCIÓN CATÓLICA

DIÓCESIS DE CÁDIZ Y CEUTA

http://www.redasociativa.org/hoac/

 
 

LA MÍSTICA DE LA HOAC

Ponencia presentada en la XII Asamblea General de la HOAC,

por Juan Fco. Garrido.

Su objetivo es situar cómo la mística hoacista es la respuesta que los y las militantes podemos dar ante el reto del empobrecimiento y la deshumanización.  Una mística que se concreta en una manera de vivir y de actuar de la HOAC y sus militantes para generar humanidad y comunión en las actuales circunstancias del mundo obrero, teniendo presente la revisión de la experiencia que estamos viviendo en torno al Quehacer Apostólico Comunitario y el Proyecto Evangelizador de los militantes.

Mística de la HOAC

1.                Presentación.

Con esta reflexión vamos a profundizar en lo que, al igual que muchos militantes que nos precedieron, hacéis vida en vuestros centros de trabajo, en vuestros barrios y hogares, en vuestras parroquias…  Lo que estamos haciendo vida aquí: la mística de la HOAC.

Pero es imposible profundizar en la mística de la HOAC, como más adelante vamos a hacer, si no partimos de Jesucristo crucificado, muerto y resucitado en los empobrecidos del mundo obrero y del trabajo.

Son los trabajadores y trabajadoras y sus familias, con los que durante estos años hemos ido amasando la amistad, la lucha por la justicia, el testimonio y el compromiso, el anuncio… a través de los Sectores, de nuestra Acción y Difusión Comunitaria, de nuestra participación en las organizaciones del mundo del trabajo, de nuestras parroquias en barrios obreros.  Ellas, las víctimas, son las que nos quitan el sueño y las que, en Jesucristo, nos abren sueños de futuro.  Somos testigos -junto a otros compañeros y compañeras de trabajo y lucha- de esa fuerza, ese impulso, esa convicción tan profunda que nos mueve, a pesar, en muchos casos, de nosotros mismos.

La intención de esta exposición es profundizar y sugerir cómo esa fuerza, ese impulso, esa convicción, esa mística de la HOAC es la clave por la que pasa la respuesta a los retos que se desprenden de la XII Asamblea General.  La Mística de la HOAC es la que puede, en estos momentos, generar y construir en nosotros una manera de sentir, de pensar y de actuar que sea visible y que constituya el nuevo modo de ser y vivir que ofrecemos a los demás[[1]].

Vamos, por tanto, a intentar resaltar algunos rasgos de esa mística de la HOAC desde esta perspectiva y, al mismo tiempo, algunas de las dificultades con las que, en la situación actual, nos encontramos los militantes hoacistas para vivirla y ofrecerla.  Dificultades que hemos de entender como la hace Pablo en la Carta a los Romanos:

«Más aún, estamos orgullosos también con las dificultades, sabiendo que la dificultad produce entereza, la entereza calidad, la calidad esperanza; y esa esperanza no defrauda, porque el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espírutu Santo que nos ha dado» (Rm 5,3‑5)

2.                Retos de nuestra XII Asamblea General y mística hoacista.

Situémonos y recordemos los retos compartidos en el primer material de nuestra XII A.G.: El reto principal que hemos compartido es combatir el empobrecimiento y deshumanización que genera el sistema social que domina nuestra sociedad y colaborar a construir un orden social más justo que ponga en el centro de la preocupación social a los empobrecidos (Reto n º1.  Material nº1.  Una realidad a evangelizar. Pág. 23).

Darle respuesta nos plantea un segundo reto afrontar la deshumanización que genera la cultura dominante en nuestra sociedad (Reto nº 2. Material nº1.  Una realidad a evangelizar. Pág. 23).  ¿Por qué?

Porque el empobrecimiento y la deshumanización son dos caras de la misma moneda.  La injusticia, y el empobrecimiento que provoca, están instalados en los pliegues de la sociedad.  Y nuestra cultura posibilita su desarrollo.  Este empobrecimiento rompe el proyecto humano de quién lo padece, reduce sus dimensiones y capacidades, merma su libertad, anula progresivamente a la persona.  Y por otro lado, el empobrecimiento deshumaniza a los que lo provocan y a quienes viven indiferentes al sufrimiento que genera.  Tanto unos como otros vivimos deshumanizados.

Además hemos experimentado que afrontar el problema de la injusticia, de la explotación y del empobrecimiento pasa por reconstruir la vida de las víctimas, lo que supone que desarrollen todas sus dimensiones, entre ellas la política, y sean sujetos protagonistas de su propia liberación.  Y supone, también, romper la indiferencia que nos hace cómplices de dicha situación.

Y es esta cultura dominante la que configura la vida de las personas en dicho sentido.  Una cultura que es el sistema económico convertido en modelo de organización social y en lo que se considera la manera natural de ser.  Una cultura que nos deshumaniza en la manera como configura nuestras formas de vida, nuestras maneras de actuar… nuestro proyecto humano y, por tanto, nuestras relaciones sociales.

Por este motivo, la clave evangelizadora está en que la Iglesia seamos capaces de proponer un proyecto de realización humana -Jesucristo- que responda al hombre y a la mujer de hoy y que seamos capaces de acompañarlo en su construcción y en su desarrollo.

¿Cómo la HOAC podemos colaborar a construir esta respuesta evangelizadora?  Desde el tercer reto respondemos: haciendo visibles realizaciones prácticas de esa nueva manera de ser y vivir en el seno del mundo obrer. (Reto nº 3. Material nº1.  Una realidad a evangelizar. Pág. 23).

Ello nos pide cambios importantes en nosotros mismos.  Nos pide conversión personal y comunitaria.  En la misma reflexión que hemos compartido sobre el contexto social y eclesial indicamos “…lo que hemos descrito (…) no es lo que les ocurre sólo a los demás.  Es también lo que nos ocurre a nosotros.  Todos somos víctimas de la deshumanización y de las dificultades para construir nuestra vida de forma humana y humanizadora”. (Reto nº 3. Material nº1.  Una realidad a evangelizar. Pág. 23).  También a nosotros nos cuesta trabajo vivir poniendo a los empobrecidos y su sufrimiento en el centro de nuestras vidas y de nuestro compromiso.

Por este motivo necesitamos un proyecto de humanización en Jesucristo.  Se convierte en un reto fundamental para nosotros generar y construir una manera de sentir, pensar y actuar que sea visible y que constituya el modo de ser y de vivir que ofrezcamos a los demás.

Podemos decirlo de otra manera: necesitamos construir nuestras vidas desde una antropología cristiana.  Necesitamos que broten en la cultura actual elementos de una nueva cultura que haga posible la vida plena de toda la persona y de todas las personas.  Los contenidos, los caminos para construirla y hacerla visible a los demás, la actitud de acogida y promoción de todo lo que nos viene de la realidad… es algo que ya hemos empezado a afrontar en esta Asamblea y que debemos seguir haciendo en los próximos años.

Hemos compartido que para responder al problema del empobrecimiento y al problema antropológico, que también nos afecta a nosotros, sólo podemos hacerlo replanteándonos nuestra manera de SER, nuestra VIDA.  Pero ésta se configura y expresa en una forma de HACER en la realidad del mundo obrero y, a la vez, sólo puede construirse en ese hacer desde la comunión con los empobrecidos del mundo obrero y con toda la creación.  Por este motivo el reto 4 compartido es fundamental, la HOAC hemos de dar especial importancia al reto que representa responder a cinco necesidades de la vida social y particularmente de nuestro mundo obrero (Reto nº 4. Material nº1.  Una realidad a evangelizar. Pág. 24) transformando la finalidad y la manera de vivir la política desde la centralidad de las víctimas y la lucha por la justicia.

El resto de los retos aprobados van dirigidos a repensar cauces fundamentales para dar respuesta a estos. (Q.A.C.[2], la Difusión, la Estructura Organizativa, la Comunión Eclesial).

Por este motivo, afrontar el reto del empobrecimiento y de la deshumanización supone que nos preguntemos a nosotros mismos: ¿cómo es posible que también seamos víctimas de la cultura, cuando la HOAC a través de la formación, de los retiros, de cursillos, celebraciones… intentamos construir otro tipo de vida, otra sensibilidad, otra manera de pensar, otra conducta en nosotros?  Probablemente la cultura ha conseguido en nosotros mostrarnos como normal nuestra propia deshumanización.  Una deshumanización que nos desencarna del sufrimiento de los empobrecidos del mundo del trabajo.  Y lo que necesitamos y necesita ese mundo obrero es que nuestra humanización en Jesucristo sea lo que nos parezca normal, lo que nos entusiasme y llene de sentido nuestra vida, el convencimiento profundo que nos mueva y nos haga caminar hacia una vida que antepone a los débiles a nosotros mismos.  Y este entusiasmo y este convencimiento son elementos de la mística de la HOAC.

Ante estos retos, y en concreto, ante la necesidad de configurar nuestra vida desde Jesucristo tenemos una convicción que históricamente ha estado presente siempre en la vida de la HOAC: sólo será posible responder a ellos si dichas respuestas están cimentadas en la experiencia, desde nuestra realidad obrera, de encuentro personal y comunitario con Jesucristo Resucitado, presente en su Iglesia.

Podemos decir, por tanto, como afirmamos en el material nº 3, que es ese encuentro con Jesucristo Resucitado, la experiencia mística, la respuesta ante el principal problema que hoy vivimos en nuestra realidad: La supervivencia y la humanización del ser humano[[3]].  Por este motivo, el hecho religioso, la vida de la Iglesia, la Vida Nueva en Jesucristo sigue siendo condición para la supervivencia del ser humano[[4]].  Para una vida en libertad y en comunión.

Es comprensible, desde esta perspectiva, la ya conocida expresión de K. Rahner: “El cristiano de mañana será místico o no será cristiano”. O esa otra frase: “Sólo el que viva el encuentro de gracia y se sienta movido por Dios y su reinado en el mundo como futuro absoluto podrá ser testigo transparente del Evangelio” (J. Espeja. “La espiritualidad cristiana”, pág. 169).

Y ese es nuestro desafío para ser militantes cristianos en el mundo del trabajo: vivir siendo místicos en el corazón del mundo obrero.  Construir desde esa experiencia una antropología en coherencia con Jesucristo, lo cual que supone una manera de hacer profundamente apostólica y eclesial.  Una manera de comprometernos, de construir nuestra vida y nuestra acción como verdaderos apóstoles en el mundo obrero.  Como verdaderos profetas que, en el mundo obrero, dicen y hacen en nombre del Señor.

Así podremos construir formas de vida y acción visibles, alternativas a la antropología que el sistema social y económico está configurando, formas de vida y acción que son expresión del proyecto de humanización que toda la Iglesia quiere y propone vivir (o al menos debe hacerlo) y que posibilite afrontar el reto del empobrecimiento y la deshumanización.

3.                Mística de la HOAC y proyecto de humanización.

La mística de la HOAC ha sido una constante siempre viva en su historia, como un proceso de conversión personal y comunitaria en Jesucristo.

Don Eugenio Merino ya escribió un librito en el año 1951(3) llamado la “Mística de la HOAC”: Él nos dice: “La mística de la HOAC no es mística exclusiva de la HOAC y de sus miembros.  Es la mística común a todos los cristianos y, por lo mismo a todos los Movimientos y Ramas de la A.C.”.  Ciertamente, la mística hoacista es mística cristiana que todos los cristianos están llamados a vivir.  No sólo es cosa de unos movimientos o cristianos concretos.  Pero, al mismo tiempo, la mística de la HOAC, desde su identidad de A.C. y su misión en el mundo obrero, aporta una singularidad.

Pero ¿Qué es la mística de la HOAC y cómo ayuda a configurar un proyecto de humanización desde Jesucristo que nos entusiasme y sea para nosotros la manera normal de vivir y actuar?  Diversas definiciones aparecen en distintos escritos y documentos de nuestra organización sobre la mística de la HOAC – desde publicaciones y artículos en el Boletín de militantes, formulaciones de Planes de Formación, Reflexión 32 del Material de Formación Inicial hasta el material nº 3 de nuestra XII A.G.

Pero todas ellas coinciden en que el FUNDAMENTO DE LA MÍSTICA DE LA HOAC ES EL ENCUENTRO PERSONAL Y COMUNITARIO CON JESUCRISTO QUE VIVE RESUCITADO EN SU IGLESIA Y AL QUE SÓLO PODEMOS SEGUIR DESDE LOS EMPOBRECIDOS DEL MUNDO OBRERO.

A partir de esta experiencia podemos sacar algunos rasgos y preguntarnos cómo nosotros vivimos esa Mística y configuramos nuestra humanidad desde ella.

Estos rasgos son:


1.                  La Mística de la HOAC está fundamentada en el convencimiento y el profundo agradecimiento de que Jesucristo Resucitado es Dios y sigue vivo y presente en la Iglesia.  Experiencia que nos hace también descubrir la presencia de Dios en la historia, en toda la realidad, pero de manera preferente en los pobres, y en cada uno de nosotros.

El místico es el que tiene experiencia de lo divino, que es la más grande de las experiencias humanas.  Experimentar que Jesucristo es Dios y que sigue vivo no nos puede dejar indiferentes.  Toda nuestra vida se transforma, se llena de entusiasmo y de una profunda motivación.  Esta experiencia es como “un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt 13,44)

La mística es un tesoro, es la convicción y experiencia profunda de haber encontrado la felicidad que proviene de que en Jesucristo uno se ha encontrado consigo mismo y sabe que ya nunca más estará solo.

 

2.                  Pero es más, es el profundo convencimiento de que en Jesucristo, por el bautismo, hemos nacido a la Vida Nueva que es la Vida del Padre animada y sustentada por el Espíritu.  Por ese motivo, la mística hoacista es una permanente renovación de nuestros compromisos bautismales: Hemos sido hechos hijos de Dios en Jesucristo; hemos sido incorporados al cuerpo de Cristo, a su Iglesia; y hemos unido nuestra suerte a esos hermanos más pequeños, a los empobrecidos, para obtener y ofrecer la Vida.

Y al ser incorporados, desde nuestra aceptación en libertad, a la vida de Dios hemos aceptado vivir desde Él, lo que significa: ser para Dios, ser para la Iglesia y ser para los pobres.  Por este motivo, cuando vivimos la mística de la HOAC, la mística cristiana en el mundo obrero, el militante es consciente de haber hecho, por el bautismo, un pacto con Dios, donde no caben las medias tintas.  Dios no nos pide un 20%, ni un 50%, ni un 90% de nuestra vida, nos pide el 100% de nuestra existencia.

Un pacto con Dios que:

2.1.      Transforma nuestra vida y que es un proceso de humanización.  Porque en esa vida de Cristo encontramos realmente la síntesis entre Dios y la persona humana y, entonces, desarrollamos lo más genuino del ser humano: su vocación al amor y a la comunión en libertad.  Es realmente como somos humanizados.

2.2.      Nos lleva a morir con Cristo a todo lo que nos deshumaniza para nacer en Jesucristo Resucitado.  Esto supone hacer vida la frase de Don Eugenio Merino: Lo que no es honrado no es cristiano.  Las 24 horas tenemos que vivir honradamente en Gracia.  Profundicemos en esta profética frase.

Vivir la Mística de la HOAC, vivir la nueva vida que Dios nos ofrece en Jesucristo Resucitado, nos hace vivir honradamente.  Hoy día la honradez en la vida personal, en la familia, en el trabajo y, máxime, en la vida social y política es clave para hacer creíbles y posibles proyectos verdaderamente humanos y cristianos.  Eso supone que no podemos valorar lo éticamente correcto, lo lícito en función de mi propio interés.  Las prácticas no honradas, que tanto proliferan, en concreto en la vida económica y política, no sólo provocan víctimas, las que sufren las consecuencias de esas prácticas, sino que además desvalorizan la preocupación por los demás generando un individualismo y una indiferencia -ante dichas prácticas y ante las víctimas- profundamente deshumanizantes.

Pero, siendo esto importante, no es lo fundamental para un cristiano.  Don Eugenio terminaba la frase “vivir honradamente en Gracia”.  No se trata sólo de ser honrado.  Se trata de dar un paso más, definitivo en ese pacto con Dios.  Rovirosa lo explica en su obra El primer traidor cristiano: Judas de keirot.  El apóstol.

“Ahora la opción es entre la Ley Natural y la Ley Sobrenatural.  Que no es una opción entre el bien y el mal” (Podemos decir entre ser o no ser honrado).  “…sino una opción entre lo bueno humano por una parte y lo sobrenatural por otra.  La legítima defensa es buena en el Derecho natural, pero el Derecho sobrenatural manda ofrecer la otra mejilla; así como manda amar y hacer el bien que se pueda a los que nos persigan y maltraten”.

Dicho con otras palabras no se trata de actuar correctamente desde una lógica del mundo sino desde la lógica de Dios que es la lógica del Amor desinteresado que siempre pone en el centro al otro y especialmente al empobrecido, la lógica de la comunión.  Abandonar la lógica del mundo es abandonar la lógica del amor propio: “Yo y lo mío en el centro del universo”.

Crecer económicamente, progresar en mi salario, en mi renta, vivir mejor, prosperar en mi trabajo, dejar a mis hijos un futuro resuelto… es una opción buena desde la lógica del mundo, pero desde la lógica del amor de Dios, lo que probablemente me pide, ante tanta desigualdad y empobrecimiento, es decrecer económicamente y poner mis bienes al servicio real del que menos tiene.  Es creer que mi propiedad tiene una hipoteca social y que mis bienes tienen un destino universal, no son realmente míos.  Es caminar hacia la pobreza para que otros salgan de su empobrecimiento.

Esta Nueva Vida en Jesucristo Resucitado, esta nueva lógica, sólo se puede entender desde el bautismo, que nos lleva, en palabras de Don Eugenio Merino, a vivir la Gracia santificante: La gracia es un ser divino que hace al hombre hijo de Dios y heredero del cielo.  Por este motivo vivir la Mística de la HOAC supone: Vivir 24 horas de vida honrada en Gracia.  Vida honrada acogiendo el Amor y la Vida que Dios nos dona.

2.3.      Ese pacto, que es el bautismo, entre Dios comunión -la Trinidad- y una criatura humana nos presenta una gran paradoja: “renunciando a todo nos hacemos propietarios de todo”.  El místico “pule” su naturaleza hasta hacerla transparente a la Vida que Dios le dona.  Jesucristo, en la medida que la persona renuncia a todo y se vacía de egoísmo, surge con más fuerza en él.  Y entonces la persona lejos de diluirse, de dejar de ser persona, se realiza plenamente como ser humano.  Desde Jesucristo surge la verdadera persona humano.  Ser como Cristo, ser como Él las 24 horas del día para que sea conocido y aceptado en el mundo obrero y del trabajo.

Dicho de otra manera, nuestra Vida comienza en el encuentro con Jesucristo que se produce en el interior de la persona cuando en el uso de nuestra libertad “le permitimos” que se convierta en la savia de nuestra vida, en el agua viva que nos da vida eterna, en el pan de nuestra vida…  Es un encuentro que produce un pequeño milagro: Dos –Jesucristo y yo- se convierte en Uno –Yo recreado- sin dejar de ser dos.  Pablo lo describe de esta profunda manera:

«Por esta razón doblo la rodilla ante el Padre, el que da apellido a toda familia en cielo y tierra, y le pido que, mostrando su inagotable esplendidez, os refuerce y robustezca interiormente con su Espíritu, para que el Mesías se instale por la fe en lo más íntimo de vosotros y quedéis arraigados y cimentados en el amor; con eso seréis capaces de comprender, en compañía de todos los consagrados, lo que es anchura y largura, altura y profundidad, y de conocer lo que supera todo conocimiento, el amor del Mesías, llenándoos de la plenitud total, que es Dios» (Ef 3,14‑19)
 

2.4.      Un pacto con Dios en el Amor que nos llena de plenitud y que nos hace descubrir la verdad sobre nuestra vida.  Entonces comenzamos a vivir sin miedos y nos posibilita vivir con normalidad la radicalidad del Evangelio.  Descubrir la verdad sobre nuestra vida supone:

a.    Que no somos fruto del azar o de un error, sino que hemos sido cada uno de nosotros pensados, amados por Dios y creados por Dios.  Nuestra presencia en el mundo es una decisión de Dios.

b.    La vida que Dios me ha dado es ETERNA, es una vida que vence a la muerte.  Todo cuanto hacemos nos encamina a gozar en plenitud de la vida que Dios nos ha preparado.  ¿Qué miedo podemos tener a gastar la vida por los demás?  Ello significa comenzar, ya aquí, a experimentar una vida verdaderamente lograda y feliz.  Una vida animada por el Espíritu de Jesucristo, que traspasará el muro de la muerte y florecerá en la plenitud de la gloria de Dios.

c.    Dios me ha creado para algo.  Soy un proyecto de Dios y Dios tiene un proyecto sobre mí.  Y mi felicidad consiste en la realización de ese proyecto. “Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad se hace libre” (Caritas in veritate, 1)

d.    Ese proyecto consiste en ser conscientes del amor recibido -y actualizado en cada momento de nuestra vida- (me siento agraciado) y convertido en amor ofrecido a las personas y a la sociedad (me siento agradecido).  Mi vida no tiene otro sentido que recibir el amor de Dios y ofrecerlo.  El mundo no sería el mismo sin mi presencia, soy necesario para el Plan de Dios sobre el mundo.  “Cada uno tiene su propio camino hacia Dios.  Cada uno y cada una tiene en el mundo su propia misión.  Si yo no le respondo a Dios, quedará un vacio que nadie puede llenar.  Nadie puede rezar con mis labios.  Nadie puede amar a los necesitados con mi corazón.  Nadie puede acariciar con mis manos…  Cada uno tenemos que responder desde nuestras fuerzas y posibilidades…”

e.    Aceptar este proyecto es una decisión libre y consciente, porque el amor exige libertad para ser amor.  Decisión libre y consciente que debo actualizar en cada momento de mi vida, porque cada decisión supone decir sí o no a Dios en Jesucristo.

f.     Y para actualizar esta decisión en cada momento necesitamos contar con Jesucristo, sin Él no podemos acceder a nada, ni superar nuestras limitaciones.

g.    Cuando vivimos siendo plenamente conscientes de que el Mesías se ha instalado por la fe en los más íntimo de nosotros y así hemos quedado arraigados y cimentados en el amor, entonces recibimos una fuerza, el Espíritu, que nos sobrepasa y nos lanza más allá de todas nuestras posibilidades.  Pablo lo dice así:

“Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con esa potencia que actúa eficazmente en nosotros, a él dé gloria la Iglesia con el Mesías Jesús por todas las generaciones, de edad en edad, amén” (Ef 3,20‑21)

h.    Y experimentamos que ese amor recibido y ofrecido es amor-justicia personal y social, es lucha por la justicia.

i.     Y que sólo la podemos vivir en comunidad, en su Iglesia.  Y nosotros hoacistas, en la HOAC.

Sobre estos puntos seguiremos profundizando a lo largo de la reflexión.
 

2.5.      La experiencia del bautismo, en la que Dios nos regala su Vida provoca una profunda actitud de agradecimiento.  “¿Qué es el hombre, Señor, para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?” (Salmo 8,5).  Por el bautismo, descubrimos todo lo que la persona significa para Dios.  Y por tanto, todo lo que las personas, mis hermanos, significan para mí.  Por este motivo la experiencia de este profundo agradecimiento se tienen que traducir en una acción de gracias, en un compromiso a favor de la vida de mis hermanos y a favor de la justicia.

La mística es “una auténtica génesis de vida nueva, que es la vida divina del Padre, participada en los creyentes por su Hijo Jesucristo en la efusión del Espíritu Santo” (Ruiz de la Peña).

Esta experiencia ha de transformar la vida de cada militante.  Y aquí tenemos una de las grandes dificultades que encontramos para ser místicos en el mundo obrero: Muchas veces nuestra vida, nuestros proyectos personales, nuestras familias las construimos desde un intento de ser honrados y hacer compatible la lógica del mundo y la lógica de Dios.  Es decir, tenemos un gran problema.  Por un lado queremos vivir desde el amor de Dios que pone en el centro de nuestras vidas a los que sufren pero al mismo tiempo queremos conciliarlo con nuestro amor propio: con nuestro tiempo, nuestra vida familiar, nuestra realización personal.  Para superar esta contradicción, hemos de descubrir vitalmente que la realización personal, el sentido de nuestra vida y la de nuestras familias, se hace plena en la medida que nos abandonamos en la Vida de Jesucristo; en la medida que ponemos a los que más sufren en el centro de nuestra existencia; en la medida que experimentamos la Verdad sobre nosotros mismos.

3.                  La mística de la HOAC nos ayuda a tener conciencia de nuestra permanente debilidad y de la misericordia de Dios con nosotros:

Morir al hombre viejo no termina de ser definitivo.  Permanentemente experimentamos el desierto y las tentaciones que nos apartan de Jesucristo y nos deshumanizan.  Muchos de los elementos de la cultura actual intentan configurar nuestra vida generando en nosotros una antropología deshumanizadora.  Tendencias que nos hacen vivir desde el amor propio.  Como nos plantea Rovirosa siguiendo a Pablo y a Juan, son tres concupiscencias -tendencias humanas que nos deshumanizan-: “La concupiscencia de los ojos, que nos empujan a poseer y a acaparar toda clase de bienes, representados en el dinero; la concupiscencia de la carne, que nos incita a disfrutar ilimitada e insolidariamente; y la concupiscencia de la vida que nos seduce con la idea de ser como dioses, hasta el punto de que los demás nos sirvan y os adoren”.

La experiencia con Jesucristo Resucitado nos hace sentir el perdón de Dios.  Nos ayuda a recrear en nuestra vida la parábola del hijo pródigo.  Él siempre nos espera en el camino y nos abraza cuando volvemos a su encuentro.  Nos vuelve a abrir de par en par las puertas de su casa.  La misericordia de Dios nos hace experimentar como la nueva vida nos libera del pecado, de las tendencias que nos deshumanizan y que nos hacen esclavos.  Cuando experimentamos el perdón, la vuelta a la Vida, la vuelta a la casa del Padre, entonces, sentimos la libertad de los hijos de Dios.  Esta experiencia de misericordia y de perdón de Dios hacia nosotros se convierte en camino de relación con mis hermanos.  “Perdona mis ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
 

 

4.                  Vivir la vida nueva, la lógica de Dios, sólo tiene un camino: El seguimiento a Jesucristo Resucitado.  ¿Y por dónde pasa dicho seguimiento?

“Y dirigiéndose a sus discípulos añadió:
‑ Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo,
cargue con su cruz, y me siga” (Mt. 16,24)

a.                  “… que renuncie a sí mismo,…”  Creo que ya hemos expuesto qué significa renunciar a uno mismo, cuando hemos hablado de la necesidad de morir a esa concepción de la vida en la que todo se refiere al yo, poniendo en su lugar a Jesús Resucitado, con su maravillosa concepción de la vida humana como vida de Dios que nos pone en relación a los demás.

b.                  “… cargue con su cruz…”: la cruz de la impotencia, la incomprensión, el rechazo o la persecución por causa de la opción por la justicia a favor de los pobres.  Y la cruz de la libertad para el amor.  “Para que seáis libres nos ha liberado Cristo” (Gál 5,1).  “Vosotros habéis sido liberados… para cuidar unos de otros por amor” (Gál 5,13).  Estas dos expresiones constituyen la buena noticia de Pablo a sus comunidades.  Por el bautismo la libertad humana se convierte en posibilidad para construir nuestra vida desde Jesucristo, vivir para el amor y la comunión, fuente de todo proceso de humanización.  Esa libertad no nos encierra en nosotros mismos, si no que realmente se expresa y se concreta en la función del Cirineo, del que asume la cruz de los otros y carga con la cruz del otro.

Por tanto, la libertad de Cristo que nos humaniza es liberación humanizadora que supone ponernos al servicio de Dios para quitar “los yugos” que esclavizan y deshumanizan a nuestros hermanos.

Esta experiencia choca hoy con la ideología en que se ha convertido el consumismo, que pregona que lo único importante es uno mismo y el cuidado de uno mismo.  En esta ideología el que te cuiden y el cuidar a los demás se percibe como una rémora a eliminar.

c.                  “…y me siga.”  Dios no quiere colaboradores sino seguidores.  Rovirosa nos muestra, de manera original y libre, cómo en este intento de colaborar con Jesús se encuentra la raíz de la traición de Judas y de todas las traiciones de todos los cristianos.

El sentido que utiliza Rovirosa cuando habla de “colaboración” es cuando intentamos en nuestra relación con Jesucristo que Él ponga su poder a nuestro servicio o a disposición de “mis” necesidades o cuando yo tengo un proyecto sobre mi vida o sobre la realidad e intento que Jesucristo, su Palabra y su Iglesia, se sujeten al mismo.

Lo que Jesucristo nos pide es que lo sigamos.  Aunque no lleguemos a entender bien sus caminos.  Que no tengamos más plan que el suyo, que se va desvelando en la trama de la historia (los signos de los tiempos) y en la escucha del Espíritu.  Ese seguimiento sólo puede darse si está fundamentado en una profunda confianza en Dios.  Confianza que nos lleva a negarnos a nosotros mismo, a nuestra propia voluntad, para no negarle nada a Dios.  Traicionamos nuestro bautismo, ese pacto libre y consciente que hemos hecho con Él, cuando afirmamos algo nuestro (mi trabajo, mi futuro y el de mi familia, etc.) y lo anteponemos a las cosas de Dios.  Entonces, muchas veces, terminamos “colaborando” con Dios para que en esa colaboración se haga mi voluntad.
 

Este seguimiento sólo puede entenderse desde “una profunda confianza en el Dios de Jesucristo a quién Él llama Abba.  Y en cuyas manos pone su vida para que se cumpla su voluntad.  Sin certidumbres, sin querer tener todo atado, sin cartas en la manga.  Dejándonos caer en los brazos del Abba aún no entendiendo plenamente nuestro presente”[[5]].

Esta confianza se ha de expresar, como nos dice Dietrich Bonhöffer, desde una obediencia sencilla de la Palabra de Dios y no con una obediencia complicada de la misma.  Obediencia complicada que reinterpreta el Evangelio desde nuestras necesidades y opciones para no hacer lo que nos pide.  Este es uno de los grandes problemas que los militantes de la HOAC nos encontramos.  Y es uno de los problemas más importantes que nos dificulta la experiencia cristiana y militante: configurar nuestras vidas, nuestros proyectos de humanización desde Jesucristo.  Es más, cuanto más tenemos, cuanto más complicamos nuestra vida entretejida en la red de consumo, más dificultad tenemos para obedecer de manera sencilla el Evangelio.

5.                  La mística es una experiencia cotidiana y personal de encuentro con Jesucristo Resucitado en lo más profundo de nuestro ser

Una experiencia entendida como vivencia.  La experiencia de un Dios que nos habita en lo más profundo de nuestro ser pero, que al mismo tiempo, nos trasciende en nuestras limitaciones.  La mística no es más que la convicción vivida de que Dios “pone su tienda” no sólo en la historia, sino también en la existencia personal del militante cristiano.

Es la experiencia de reconocer a Jesucristo en nuestras vidas, de sentirlo presente.  Es la experiencia de unión con Él, de comunicación y contemplación de Dios en nuestras vidas.  Es la experiencia de “Diosito nos acompaña siempre”

Y esto, necesita tiempo, necesita espacios para tomar conciencia, para sentirlo, para contemplarlo en nuestra vida.  De ahí la necesidad de la oración que es acogida de su presencia personal y viva, apertura, escucha, abandono y entrega confiada a Dios.  Oración en el Espíritu (Rom 8,16; Gal 4,7; Rom 8,26) para que Él ore en nosotros.  Una oración comunicación-diálogo con el Padre, en unión con Jesucristo, animados por el Espíritu poniendo ante Él nuestra vida real, nuestra vida eclesial, el mundo obrero, nuestra misión…  Sin comunicación personal (oración) se debilita la amistad y el seguimiento.

Esta presencia no es sólo de determinados momentos, aunque sean necesarios para esa toma de conciencia, sino que nos acompaña a lo largo de cada instante de nuestra vida.  Es la experiencia de vivir toda mi vida desde Él.

Es la experiencia de que Jesucristo no es un muerto ilustre sino una presencia viva y salvífica en mí.  Es, desde nuestra debilidad, hacer de nuestras vidas la experiencia permanente de aceptarnos a nosotros mismos como don de Dios.  Dios nos regala nuestra vida, nos acompaña y nos habita para que toda ella se llene de sentido desde Él.

 


 

6.                  Es, también, la experiencia de Jesucristo en toda la realidad y en la historia humana, especialmente, en los empobrecidos.

La experiencia de Jesucristo en nosotros nos hace captar también el Misterio y la presencia de Dios en toda la naturaleza.  Nos ayuda a superar el conocimiento cientifista y a leer a Dios en la realidad.  Nos hace tomar conciencia de que el mundo es “más de lo que es”.  Es la Creación de Dios en la que Él ha dejado su huella y nos sigue acompañando.  Y es en la naturaleza en la que nos hacemos participes de su acción creadora de forma corresponsable y liberadora.

Por otro lado, es la experiencia de Jesucristo en la realidad, entoda la realidad, en toda la historia humana, que nos hace descubrir todo lo que rompe el Plan de Dios -en las personas, en los ambientes y en las instituciones-, lo que nos deshumaniza e imposibilita la vida de comunión.  Cuando vivimos desde Jesucristo descubrimos el dolor, el sufrimiento y la injusticia que hay en el mundo.  La Mística de la HOAC nos hace descubrir cómo la raíz de ese sufrimiento es construir una vida personal y social de espaldas a Dios, a los hombres y a la moral.  Y cuando negamos a Dios y a nuestros hermanos, los utilizamos y somos indiferentes a su dolor, vivimos deshumanizados, no conforme a la lógica de Dios, y hacemos del propio disfrute y de los propios intereses el criterio de nuestra vida.

Pero la experiencia de Jesucristo en la realidad también nos ayuda a descubrir, afirmar y apoyar todo el bien que existe en el mundo: el reconocimiento y la promoción de los verdaderos valores personales y sociales; por ejemplo, los Derechos Humanos.  Todo ello es querido y alentado por el Espíritu de Dios en Jesucristo en el proceso de la historia.  El bien que existe en el mundo y el progreso humanista que encontramos en él consiste en todo cuanto afirma a Dios, a la persona y a la moral.  No vivir desde el amor propio, desde el egoísmo, pasa por la afirmación de Dios, pero esa afirmación no es un concepto, un discurso.  Es necesario caer en la cuenta que todo reconocimiento práctico de Dios supone afirmar al hermano y su dignidad.

La afirmación del carácter central y sagrado de toda persona es la mejor manera para combatir la explotación, la injusticia, el empobrecimiento.  Y esto requiere unos valores, una moral trascendente, que supere como criterio de conducta el capricho y el interés particular, fundamento del relativismo que genera inmoralidad.  Una moral que nos haga poder desarrollar una convivencia social en libertad y donde la vida de los más pobres sea el centro de la misma.  “Pero esta moral trascendente, que para nosotros está contenida en la Fe de la Iglesia, para la sociedad ha de surgir del diálogo y la reflexión con toda persona de buena voluntad, creyentes o no, y con todos los grupos que desean y buscan el bien de la persona humana y su humanización.”[[6]]

Pero además, la experiencia de Jesucristo nos lleva a encontrarnos con Él en la historia humana y, especialmente, en la vida de los empobrecidos: Los pobres son un lugar teológico.  Un lugar de encuentro con Jesucristo.

La Vida Nueva que encontramos en Jesucristo Resucitado (el encuentro con Él y en Él con nuestra humanidad) pasa por el encuentro personal y comunitario con Jesucristo Crucificado en los empobrecidos.  Jesucristo está en los empobrecidos, en las víctimas de este sistema.  En el encuentro con ellas nos encontramos con Él.  Por eso, en el encuentro con las víctimas está el camino de nuestra humanización.

Por otra parte, es en los empobrecidos, uniendo nuestra vida a ellos, compartiendo su vida y sus anhelos, donde más plenamente nos encontramos con Jesucristo, con nuestra humanidad más profunda.  Por eso, el camino de nuestra humanización está en hacernos uno de ellos, en vivir desde la solidaridad con los empobrecidos.

Encuentro y solidaridad con los empobrecidos para combatir esa situación de injusta e inhumana, para buscar construir comunión, para vivir desde la compasión, hecha de amor y lucha por la justicia, que construye relaciones personales y sociales humanas.  Así, la acción liberadora con los empobrecidos, con Jesucristo Crucificado, se convierte en la puerta de entrada para la Vida Plena, para la verdadera humanización en Jesucristo.

«Entonces el rey dirá a los de un lado: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme” (…)  Y el rey les responderá: “Os lo aseguro que cuando lo hicisteis con uno de esos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”». (Mt 25,34-36. 40)

La Mística de la HOAC nos hace, también, experimentar la Resurrección de Jesucristo como resurrección que afecta eficazmente a la historia presente, lo que nos posibilita vivir ya personal y socialmente, aunque no de modo pleno, como resucitados en la historia.  Y desde nuestra experiencia en la debilidad del mundo obrero, nos ayuda a comprender la resurrección de Jesús en su relación esencial con las víctimas, de modo que la esperanza que desencadena sea, ante todo, esperanza para las víctimas.  La resurrección de Jesús -víctima inocente, el Crucificado- “expresa no sólo el poder de Dios sobre la muerte, sino, en directo, el poder de Dios sobre la injusticia que produce víctimas” [[7]]

Pero es más, la existencia de los empobrecidos, la experiencia de Jesucristo en ellos, reclama de nosotros militantes cristianos la urgencia de vivir y comprometernos para que se reconozca prácticamente la paternidad de Dios sobre todas las personas.  La existencia de injusticias, de explotación, de víctimas, de empobrecidos es motivo de escándalo, que vela históricamente la paternidad de Dios.  Esa es nuestra tarea: Anunciar a Dios Padre haciendo posible y visible aquello que anunciamos: una familia humana, unas relaciones personales y sociales, que reconocen práctica y eficazmente la paternidad de Dios y la hermandad entre las personas.

Esta experiencia de Jesucristo en la historia y, especialmente, en los empobrecidos es camino de humanización que recrea nuestra existencia desde el Resucitado y que configura nuestra manera de hacer y actuar en nuestro mundo.

7.                  La mística de la HOAC nos hace vivir con la conciencia clara de estar incorporados, por el bautismo, al Cuerpo de Cristo en su Iglesia.

Por el bautismo nos insertamos en la comunidad eclesial, en la Iglesia, que es, sacramentalmente, Cristo en el mundo.  ¡Vaya Misterio!  Pero un misterio que si lo compartimos y experimentamos, transforma radicalmente nuestras vidas.

Rovirosa nos plantea una sugerente reflexión: Por la Encarnación Dios irrumpe en la historia humana a través de un hombre, Jesús.  Se hace Vida y se nos ofrece como la manera de “vivir” en Dios.  En Pentecostés, Dios hace una nueva opción.  Continúa en la Historia haciendo presente a su Hijo Resucitado a través de una comunidad.  Crea la Iglesia.  Se nos hace Con‑vivencia y se nos ofrece como la manera de “con-vivir”, de ser relato de Dios, que es comunión.  Sólo desde la comunión, desde un verdadero espíritu eclesial, podemos recrear en nuestras vidas y ofrecer la Vida de Dios.  Sólo insertos en Cristo Resucitado, que nos lleva a la comunión con Él y con los hermanos, y empujados por el Espíritu Santo podemos convertir nuestras vidas de manera consciente en Vida de Dios.

Dios es Comunión.  La vida humana auténtica es comunión.  La vida cristiana es comunión o no es humana ni cristiana.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, Él es la cabeza y cada uno de los bautizados formamos parte de este cuerpo.  Somos células de su cuerpo vivo que es la Iglesia en el mundo.  Por este motivo, la Iglesia no es sólo una realidad donde nos encontramos con Jesucristo Resucitado, sino que es también por la acción del Espíritu en Pentecostés, sacramento de Jesucristo Resucitado en el mundo.  Su razón de ser y su misión consisten en ser visualización humana y social de la Comunión Trinitaria y del Evangelio de la fraternidad-comunión universal de Jesucristo.

Pero la Iglesia es una realidad de Misterio.  ¿Cómo es posible que Dios siga haciéndose presente en la historia humana a través de una comunidad de hombres y mujeres creyentes?  La fuerza de Dios, su Amor, nos elige a nosotros, débiles y pecadores, para que unidos a Cristo y animados por su Espíritu sigamos ofreciendo la salvación a todas las personas.  Para llevar Vida a los sin vida: a las víctimas, a los empobrecidos.  Por este motivo la Iglesia tiene que vivir y construir la comunión.  Hacer visibles realizaciones prácticas de vida comunitaria.

Por el bautismo somos incorporados a la Vid que es Jesucristo Resucitado a través de la Iglesia.  ¡Cuánto agradecimiento a Dios y a su Iglesia que me ha transmitido este don y me permite, a pesar de mi debilidad y de mis fallos, seguir viviendo en ella!  Esta realidad, el místico, la vive con un profundo convencimiento: a pesar del pecado de las personas de la Iglesia que desfiguran el rostro de Cristo, el místico, que también se sabe débil, ama profundamente a la Iglesia de Jesucristo.

Y ama a la Iglesia que, a pesar del pecado y los fallos de sus miembros, es la Iglesia real, la única que existe.  Esta Iglesia es el gran regalo que Dios nos ha dejado en la historia.  Por este motivo, no vive enfrentado a ella, ni a las personas que la sirven -mejor o peor-, ni la percibe sólo como una realidad humana…  Sino que ese amor le lleva a la conversión personal y a trabajar por la conversión de la comunidad eclesial a través de la corresponsabilidad, el diálogo y la corrección fraterna.  Por el bautismo somos corresponsables de transparentar a Jesucristo en su Iglesia.  Todos hemos de caminar hacia Dios, hacia la comunión, hacia los pobres.

En la Iglesia, el místico hoacista, experimenta una nueva forma de sentir, de vivir y de actuar…, experimenta a Jesucristo.  Y esta realidad le lleva a la misión que toda la Iglesia tiene de hacer vida el Mandamiento Nuevo y de vivir anunciando y haciendo realidad el Reino de Dios.

Pero nuestro agradecimiento es aún mayor porque en la Iglesia experimentamos a Jesucristo Muerto y Resucitado en los Sacramentos, en su Palabra, en la vida y en el compromiso de sus comunidades.  Y nos acompaña en la oración, en la comunicación personal y comunitaria con el Abba.

De manera especial, el místico, cultiva la celebración de la Eucaristía.  En ella la vida nueva en Jesucristo se celebra y se alimenta.

Son varias las dificultades que tenemos para vivir hoy desde esta experiencia mística:

·           Vivimos en un mundo donde la Iglesia es percibida frecuentemente como una amenaza para la libertad de las personas y a la que no hay que dar demasiada importancia para la vida social.  Frecuentemente se percibe sólo como una realidad humana unida a posiciones retrógradas y fuera de lugar.  A veces, se insiste permanentemente en la realidad pecadora de la Iglesia, en su debilidad, que es cierta, pero que no anula el gran tesoro que es la presencia de Jesucristo Resucitado en ella.

·           A esta realidad le unimos nuestra propia vida, la de la Iglesia, que deja mucho que desear.  Nuestra falta de conversión desde los pobres, nuestras vidas poco traspasadas por Jesucristo, vidas construidas desde el individualismo y la insolidaridad que chocan con el mensaje cristiano de comunión y amor desinteresado.  Las propias prácticas de nuestra iglesia, en la que falta protagonismo de los seglares, opción por los pobres, actitud de diálogo con el mundo…, alimentan esa imagen.

·           Estas dos realidades, en la actualidad, también nos hacen mella a los militantes de la HOAC y nos dificultan vivir desde lo que la mística de la HOAC nos demanda.  Terminamos compartiendo una visión deformada de la Iglesia.  Además, nuestra manera de conocer el mundo choca con la manera de percibir y conocer el Misterio de Dios.  Toda esta realidad nos dificulta percibir la Iglesia y a Jesucristo Resucitado en ella; más aún, experimentar a la Iglesia como cuerpo de Cristo en nuestro mundo.  Y esta experiencia es fundamental para construir un proyecto de humanización donde el espíritu eclesial, el espíritu comunitario sea una realidad.

·           Y por último, la dificultad y el rechazo que encuentra, desde muchos ámbitos, también en nosotros mismos, configurar nuestras vidas desde un espíritu eclesial que nos haga vivir y actuar en comunión.  Es decir, avanzar con experiencias reales y concretas de formas de vida y acción en comunión.  La dificultad de abrir espacios en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en nuestros equipos de vida y de acción.  Experiencias que hagan confluir lo colectivo y lo personal en lo comunitario.  Experiencias que sólo tienen sentido si la comunidad eclesial se abre al mundo que la rodea para también ahí, con otros, posibilitar ese espíritu comunitario.

Estos fallos de la Iglesia y estas dificultades no han de disminuir nuestro amor a la Iglesia, sino todo lo contrario.  Han de condolernos y despertar en nosotros humildad, comprensión y compasión.  Cuando pensamos y hablamos sobre la Iglesia, estamos refiriéndonos a nosotros mismos, que somos Iglesia como cristianos y como HOAC.  El Espíritu nos incita a acrisolar nuestra fidelidad cristiana como militantes y como HOAC y a promover la renovación evangélica de la Iglesia, a través de la palabra y la acción corresponsable en todas las dimensiones y campos de la vida de la Iglesia.  Hemos de reconocer y dar gracias a Dios por el testimonio de vida de tantos cristianos e instituciones eclesiales y, a la vez, hemos de hablar y actuar dentro de la Iglesia con humildad, libertad y amor.


8.                  La Mística de la HOAC nos lleva a ser Iglesia desde la identidad de Acción Católica.

La experiencia de pertenecer a Cristo y a su Iglesia, la hacemos desde nuestra identidad eclesial como Acción Católica.  Y, en concreto, desde sus notas de identidad[8].

Nuestra mística es secular, nos inserta en el corazón del mundo para plantar allí a Cristo y a su Iglesia.  La llamada a la santidad y la formación son algo esencial. Una mística que nos lleva a la comunión con todos los ministerios y carismas de la Iglesia, funcionando como un cuerpo orgánico.

Una mística apostólica y misionera, como experiencia de que el regalo de Dios a través de la Iglesia, que es Jesucristo y la vida nueva que genera en nosotros, no puede vivirse sin comunicarlo, anunciarlo, hacerlo liberación para las víctimas.

Una mística seglar que siempre, como Acción Católica, nos hace verdaderos protagonistas de la vida y misión de la Iglesia.  Como seglares, los militantes de la HOAC, no escurrimos el bulto e intentamos ser puente entre los alejados de Jesucristo y su Iglesia.  Ese protagonismo y corresponsabilidad que vivimos nos lleva a abrir cauces para que toda la Iglesia y nuestros hermanos y hermanas en la comunidad eclesial lo vivan o puedan vivirlo.

La A.C. aparece designada en el Magisterio como un “ministerio eclesial”.  Es el ministerio eclesial propio de todo cristiano laico y, por tanto, insustituible.  En estos tiempos de escaso reconocimiento de la A.C. en la Iglesia española, la HOAC hemos de hacer valer con nuestro testimonio evangelizador la necesidad de la presencia activa de la A.C. en la Iglesia a nivel nacional, diocesano y parroquial.

9.                  Y ser Iglesia en la debilidad del mundo obrero y del trabajo.

Nuestra pertenencia eclesial como A.C. especializada en el mundo obrero nos hace vivir el encuentro con Jesucristo en la debilidad del mundo obrero.

El mundo obrero y del trabajo sigue siendo el lugar donde se entretejen las verdaderas causas de dicho empobrecimiento.  No todo el mundo obrero es pobre, pero sigue siendo la subordinación del trabajo y la vida de los trabajadores al capital la principal fuente de pobreza.

Por este motivo, el clamor de la debilidad del mundo del trabajo, sigue siendo para nosotros el grito desgarrado del Cristo Obrero de Nazaret.  Un trabajo que, en Jesucristo, es fuente de vida y de participación con Dios en su obra creadora y es experiencia de resurrección; pero que se convierte, por la negación de Dios, del hombre y de la moral, en expresión de muerte y desesperación.

La Mística de la HOAC, que nos hace encontrar a Jesucristo en la vida de los empobrecidos, nos ayuda a vivir nuestra condición obrera, la vida de nuestros compañeros de trabajo, de nuestros barrios obreros, de nuestras familias… como lugar privilegiado para el Encuentro.  Encontrarnos con Jesucristo es encontrarnos con Él en las víctimas de este sistema de producción y consumo que las empobrece y las deshumaniza.  El mundo obrero y del trabajo se convierte en la realidad en la que queremos vivir desde Jesucristo y ser vida resucitada en su dolor, en su injustica, en su explotación.

Como nos recuerda Jesús Martín en muchas reuniones, queremos hacer de nuestras vidas la ofrenda para devolver a Cristo Obrero de Nazaret a los trabajadores, la verdadera liberación y salvación para el obrero y para los obreros.  Un Cristo Obrero que históricamente le han robado.

Este trabajo significa poner en el centro de la vida de la Iglesia al Cristo Obrero muerto y resucitado en los acontecimientos históricos que vivimos, como por ejemplo las víctimas de la crisis económica.  Y significa, trabajar permanentemente para ayudar a que toda la Iglesia ponga el mundo del trabajo en un lugar privilegiado de su pastoral, de su catequesis, de su liturgia…  Por varios motivos: porque el mundo del trabajo es mayoritario entre los fieles; porque el mundo del trabajo necesita a la Iglesia y su mensaje de liberación; y porque la Iglesia necesita asumir como algo propio la debilidad y empobrecimiento del mundo obrero para seguir siendo la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia de los pobres:

«La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente “la Iglesia de los pobres”.  Y los “pobres” se encuentran bajo diversas formas…; aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano” (Juan Pablo II, “Laboren exercens” 8)»

La HOAC tenemos como misión llevar a Jesucristo y la Iglesia al mundo obrero y llevar el mundo obrero a la Iglesia.  Nos toca plantar la tienda de la Iglesia en el mundo obrero.

10.              La Mística de la HOAC nos lleva, por amor, a la encarnación en la debilidad del mundo obrero y del trabajo.[[9]]

Todo lo dicho hasta ahora, queda en papel mojado si no pasa la prueba de la encarnación.  El pacto consciente y libremente hecho con Dios nos lleva, como hemos dicho, a una profunda confianza en Él y a vivir desde la lógica de Dios que es la comunión, el Mandamiento Nuevo.  Y el amor, se encarnó en la naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación.  Se hizo persona humana y persona humana pobre.  Se encarnó en la debilidad humana y en la pobreza humana.

Es como si Dios nos diera una gran lección: Yo, que soy Dios, os ofrezco el camino para llevar la Salvación a vuestros hermanos.  La Salvación que ofrezco se tiene que acoger dentro del mundo.  Desde la libertad humana se ha de experimentar, ha de ser visible y creíble, ha de transformar la vida de las personas haciéndolas más humanas y protagonistas de sus vidas.

Esta experiencia de la manera de proceder de Dios, nos muestra la manera de proceder de los cristianos y de la Iglesia.  Dios sigue actuando en el mundo para llevarle la salvación.  Y toda la iglesia, todos los creyentes, unidos a Cristo Resucitado, estamos llamados a actuar al modo de Dios o, más bien, a convertirnos en agentes de la acción misma de Dios, compartiendo y adentrándonos en la vida de las personas.  Una salvación que, desde el testimonio de vida y el compromiso entre las víctimas del mundo obrero, haga actual y visible la liberación y salvación de Dios.  Salvación que se convierte en el centro de nuestras preocupaciones y que ofrecemos para que sea acogida por nuestros compañeros, haciéndolos protagonistas de sus luchas.

Experimentar a Jesucristo en nuestra vida es experimentarlo encarnado en mí por amor y esa experiencia se convierte irremediablemente, para ser verdadera, en ofrecimiento de toda mi existencia para que Él siga encarnándose en los más débiles del mundo obrero a través de mí.  La encarnación en los pobres no es una opción, a la que puedo optar, es una condición normativa para ser seguidor de Cristo.  Por tanto la encarnación es consecuencia del amor a Dios y a nuestros compañeros más débiles del mundo obrero.

D. Tomás Malagón, al reflexionar sobre la Encarnación en los pobres, dice:

“Encarnarse es asumir tales sentimientos y privaciones (de los pobres), participando de ellas.  Cristo asumió nuestra naturaleza humana y nosotros, para transmitir su Mensaje sin traicionarlo, debemos asumir de algún modo la vida de los pobres.

Hemos de participar de alguna manera de las aspiraciones, de las ideas, de los sentimientos y de la vida de los pobres.  Y no nos referimos aquí a las aspiraciones y sentimientos de éste o de aquel individuo en concreto (cada uno tan interesado y egoísta como nosotros y como la mayor parte de los hombres), sino que nos referimos al modo de ver la realidad, a las privaciones y al legítimo deseo de una mayor comunión, en cuanto notas características de la mentalidad y de la vida de los pobres como conjunto humano”[[10]]

Estamos llamados a encarnarnos en los trabajadores más pobres de cada momento.  En este momento el colectivo de trabajadores más pobres es, sin duda, el de los trabajadores inmigrantes.  Los tenemos por todas partes, cerca de cada uno de nosotros.  La persona concreta del inmigrante que vive a nuestro lado es nuestro prójimo, al que debemos acercarnos, ayudar y amar.  Los militantes y toda la HOAC quizás estemos hoy siendo invitados por el Señor a escuchar sus gritos y a procurar su liberación (cf. Ex 3)

La experiencia cristiana es en cada persona un proceso.  Un proceso de conversión al Evangelio, de maduración de la fe, de concreción del compromiso…  En definitiva un proceso donde vamos abandonando nuestra voluntad para vivir desde la voluntad de Dios.  Estos pasos en la experiencia de la fe conllevan un proceso que nos hace caminar por distintos grados de encarnación en los pobres.  Y para la HOAC, en los empobrecidos del mundo obrero.

“La encarnación tiene distintos grados[[11]]:

1.        Conocer la situación del mundo obrero, conocer el conflicto obrero y reconocer la injusticia y el derecho que asiste al mundo obrero (…).  Este es uno de los problemas principales que necesitamos abordar.  La HOAC y sus militantes necesitamos saber y compartir esa situación y ese conflicto de una manera vital y de una manera racional.  Este primer grado es obligatorio para todos, pero insuficiente para el apóstol.

2.        Mirar la realidad desde la situación del mundo obrero y retomar su patrimonio cultural histórico, sus valores, sus aspiraciones y mentalidad y hacerlas nuestras.  Debajo del manto de la uniformidad ideológica y cultural existe un patrimonio que ha sido construido como respuesta del hombre -imagen de Dios- a la injusticia.  Muchos de los valores encerrados en esa respuesta siguen siendo válidos y necesarios.  Este segundo grado es indispensable para ser aceptados por el mundo obrero.

3.        El tercer grado necesario para penetrar en el corazón de los pobres y demostrarles que la Iglesia los ama verdaderamente, es participar en la acción transformadora de personas, ambientes y estructuras cuya dimensión política es inevitable e irrenunciable.

4.        Por último, el cuarto grado, necesario también para un testimonio evangélico, consiste en participar cuanto más mejor, según sea posible, de las privaciones y sufrimientos de los oprimidos, de los pobres y humillados.”

La encarnación vivida como la estamos planteando es la respuesta que cada militante y la misma HOAC debemos dar a la pregunta de cómo concretar la fidelidad a Jesucristo desde su Iglesia y la fidelidad al mundo obrero y del trabajo desde sus condiciones de vida y sus posibilidades de liberación.  Creo que ésta es una de las claves fundamentales para dar respuesta a los retos formulados en esta Asamblea General.  Si no avanzamos en este proceso de encarnación será imposible que vivamos y actuemos de manera alternativa.

Y esto supone plantearnos cómo históricamente se han ido dando distintos tipos de encarnación en la HOAC:[[12]]

1.        Natural: Es la que realizan las personas que pertenecen a los sectores en los que se da la pobreza y la debilidad del mundo obrero, cuando descubren la Fe y viven desde ella su situación.

2.        De inserción: Militantes que al encontrarse con Jesucristo en el mundo obrero renuncian a estudios, trabajos y profesiones para situarse en el corazón de los sectores más empobrecidos y explotados y luchar con ellos contra la injusticia y explotación dando testimonio de fe para evangelizar.

3.        De servicio: Militantes que se han acercado a la HOAC dispuestos a evangelizar al mundo obrero desde la situación profesional y laboral que tengan, siempre que no sea un obstáculo para la misión.

Pero nos encontramos una gran dificultad: hoy, por la propia evolución y fragmentación del mundo obrero, por la promoción que la HOAC nos aporta, la mayor parte de los militantes nos encontramos en esta tercera situación.  La mística de la HOAC nos reclama que avancemos muchos de nosotros en una encarnación de inserción para que la HOAC estemos más cerca de la inserción natural.  Esto supone que la HOAC tendrá que fomentar y posibilitar que haya militantes capaces de renunciar a su profesión y trabajo para situarse en esos sectores.  Incluso capaces a cambiar residencia para insertarse en zonas donde vive la debilidad del mundo obrero.

Pero para que esto sea posible hemos de vivir la inserción de servicio desde unas claves[[13]]:

a.    Vivir la pobreza evangélica desde la opción por los empobrecidos en el mundo obrero, y para ello vivir pobremente y renunciando a todo cuanto no impida hacerlo.

b.    Conocer, desde la perspectiva de los pobres, los problemas obreros, la historia obrera, las utopías obreras, las luchas obreras… haciendo un discernimiento cristiano de todo ello y, desde él, dedicar todo el tiempo, esfuerzo y capacidad a defender y difundir la causa obrera como un aspecto indispensable de la tarea apostólica y de la fidelidad a los pobres y a la Iglesia.

c.    Oponerse, desde la defensa de los pobres del mundo obrero y desde la Fe de la Iglesia, a todo cuanto dificulte la promoción y liberación de los pobres, proceda de quien proceda.

Y, también, hemos de responder comunitariamente para que puedan existir experiencias de una encarnación de inserción.  Este testimonio hoy es fundamental para responder a los retos planteados.  Pero esa respuesta ha de ser comunitaria.  Son familias las que han de darla y equipos y asambleas de la HOAC las que han de acompañarlas.

Curiosamente, desde la lógica del mundo, esto que estoy planteando es una locura.  Pero la lógica de Dios nos pide que la Vida Nueva en Jesucristo sea para nosotros la del decrecimiento económico, social, etc., para que los empobrecidos tengan vida.

Ante este proceso que hemos de recorrer para caminar en radicalidad evangélica hemos de situarnos, como nos decía Juan Pablo II, desde la Ley de la gradualidad o camino gradual pero no desde la gradualidad de la Ley.  Es decir, estas opciones que me pide Jesús yo quiero avanzar hacia ellas, tengo claro que eso es lo que Él me pide y reconozco que ahí está la nueva vida.  Y también que es un proceso personal, familiar, comunitario en el que he de ir dando pasos.  Lo que es gradual es el camino para llegar a esa meta, a la propuesta de vida que Dios me ofrece.  Pero lo que es una traición a nuestro bautismo es decirme que el proyecto de Dios, la vida que me regala, no es para mí, sino que es para héroes.  Y como no estamos dispuestos asumirlos plenamente, entonces lo adaptamos a las circunstancias de cada uno.  Hacemos gradual la “ley”, recortamos el plan de Dios.

La fe cristiana nos dice que sin Cristo no es que podamos una 70%, o un 30% o un 5%.  Sin Jesucristo Resucitado no podemos nada, pero con Él podemos el 100%.  El proceso comunitario emprendido en las últimas Asambleas y, concretamente, en ésta, es un intento de caminar por este sendero de poner a las víctimas, a los empobrecidos en el corazón de nuestras vidas y de poner nuestras vidas encarnadas en la realidad empobrecida del mundo obrero.

11.              La mística de la HOAC nos aporta el sentido, la finalidad y el impulso de nuestra vida y militancia.

a.                  Una forma de vida: Comunión-Mandamiento Nuevo:

El encuentro con Jesucristo nos hace descubrir la vocación a la comunión.  Y esa es la mejor manera de construir nuestras vidas y de hacer frente a la injusticia y al empobrecimiento.  Ese es el camino para que las personas se realicen: vivir desde, por y para la Comunión.

Comunión que está sustentada e impulsada por la vida que genera en nosotros y en la realidad el Mandamiento Nuevo.  Nuestra tarea es cristificar nuestras vidas y la realidad y construir toda ella y nuestra existencia desde Él.

La Iglesia, como hemos dicho, es el Cuerpo Místico de Cristo.  Y en ella intentamos vivir y edificarla desde la comunión.  El camino para que la vida de comunión sea una realidad lo hemos de desarrollar a través de la triple comunión: comunión de bienes, comunión de vida y comunión de acción.  Y desarrollarla en toda la vida eclesial: en nuestras parroquias, en la HOAC, en las diócesis, en nuestras familias -Iglesia doméstica-…

Esa es, también, en la vida social nuestra tarea: hacer posible que el espíritu eclesial, la comunión, rija las relaciones personales y sociales.  El encuentro con Jesucristo Resucitado en su Iglesia nos lleva a no encerrar en la Iglesia su Espíritu sino a contagiar, poro a poro, a nuestros compañeros, sus relaciones, la vida vecinal, empresarial, el sindicato, la vida política, la vida económica.

El militante hoacista reconoce en la Palabra de Dios y en la Doctrina Social de la Iglesia criterios y orientaciones para vivir la comunión en toda la realidad: la búsqueda del bien común, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad…  Pero esta experiencia comunitaria, en la que la HOAC tiene una larga historia, hoy se encuentra con un importante problema.  Este texto de una editorial de N.O. (1484-1487) nos lo muestra:

“La vida consumista dificulta nuestro juicio y nuestra voluntad.  Nos sentimos seguros en nuestra seguridad material, y cuanto más seguros nos sentimos más nos alejamos de la seguridad definitiva que es la confianza en Dios.  Así nos creemos libres, pero en realidad, tenemos un miedo horrible a la libertad, porque la libertad está indisolublemente unida al amor, y éste, a la justicia.  Somos libres para amar, no para hacer lo que se nos antoje.  La cultura consumista nos propone, y educa nuestro deseo, para que hagamos lo que nos apetece en cada momento.  Pero, paradójicamente, esta manera de proceder se opone a la libertad, porque nos aparta del amor: nos aparta del Amor de Dios y de la confianza absoluta que brota de Él.  Y nos aparta del amor a los otros, que surge del amor de Dios.  El amor de Dios es el origen de toda libertad; el amor a los otros, su finalidad.”

Desde una concepción de la libertad basada en la capacidad de elegir y en valorar todo como objeto de consumo de lo que puedo prescindir… se hace muy complicado construir la comunión y la comunidad.  Desde esta experiencia todo lo terminamos valorando no como una posibilidad que Dios me ofrece sino como una imposición que se me hace.  Entonces la comunión de bienes, de vida y de acción, lejos de verse como el único camino para ser libres en Cristo, se percibe como una limitación y una intromisión en mi mal entendida libertad.

b.                 Una tarea a realizar: la construcción del Reino de Dios

La Mística de la HOAC nos lleva a descubrir en la vida nueva que Jesucristo nos ofrece qué es lo esencial de nuestra existencia.  La vida de muchos consiliarios y militantes de la HOAC, en este sentido, ha sido y es palabra viva de Dios.

Rovirosa y su esposa, después de unos ejercicios espirituales en el Escorial, toman conciencia de su bautismo y hacen un pacto con Dios.  Están dispuestos a dedicarse por completo al apostolado a cambio de que Él se haga cargo de lo que necesiten para vivir.  Una experiencia de radicalidad evangélica.  “No andéis preocupados pensando qué vais a comer o a beber para sustentaros (…) Esas son las cosas que les preocupan a los paganos.  Ya sabe vuestro padre celestial que las necesitáis”. Mt 6,25.32)

El testimonio de muchos cristianos, de muchos hombres y mujeres de la HOAC, es que esa fuerte experiencia de encuentro con Jesucristo resucitado les llevó a orientar su vida desde lo más esencial.  “Buscad el reino de Dios y su Justicia, lo demás Dios os lo dará” (Mt 6,33).  La experiencia del militante que vive el encuentro personal con Jesucristo es la de sentir que El Reino de Dios y su Justicia está cerca:

Por un lado, tiene la certeza revelada por la Palabra de Dios, que la historia camina hacia Cristo.  Que es Él quien tiene la última palabra.  Un Reino que ha de llegar y que ya en Jesucristo ha irrumpido en la historia.  Esta vivencia del tiempo mesiánico cada día se nos hace más difícil experimentarla por la vivencia del tiempo que nuestra sociedad productiva y consumista nos hace percibir.  El tiempo se vive como instantes que no tienen relación unos con otros.  Un tiempo de una gran rapidez donde no se espera nada.  El hombre productor y consumidor vive al día.  La historia comienza y acaba con él.  No se plantea un compromiso para el futuro ni se hace responsable de lo que nos ha de acontecer.  Vive desde la dictadura del presente.  Las promesas no existen.  Y no espera ni desea otro mundo, otra realidad, ni humana ni trascendente.  Los proyectos de cambio social, de revolución no tienen cabida.

Pero el militante de la HOAC tiene la certeza de que el Reino de Dios está cerca.  En la historia humana y en la historia personal.  Con la muerte no termina la Vida que Jesucristo nos ha regalado.

Y al mismo tiempo tenemos la certeza de que el Reino está cerca, fundamentalmente, del que sufre.  Tiene la experiencia de que el Reino se hace cercano al empobrecido a través de acciones de amor y de justicia y del anuncio de Jesucristo.  Nuestra encarnación, nuestro testimonio y nuestro compromiso son la manera de hacer realidad las palabras del Evangelio.

“Id y anunciad que el reino de los cielos está cerca.  Sanad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad de su enfermedad a los leprosos y expulsad a los demonios.  Gratis habéis recibido este poder: dadlo gratis” (Mt 10,7-8)

En la Mística de la HOAC es la experiencia histórica de hacer nacer día a día su Reino en las fábricas, en los talleres, en las minas… y en nuestras casas. (En nuestros hogares, en nuestras familias).

12.              La mística de la HOAC nos ofrece una espiritualidad desde donde construir nuestra humanización y ofrecerla a los demás: vivir las dimensiones del Mandamiento Nuevo.

Las virtudes cristianas de la pobreza, la humildad y el sacrificio son realmente las dimensiones que brotan y hacen posible el amor de Dios que antepone al otro a nuestra propia existencia.

Sin ellas es imposible construir la comunión, sin ellas nuestra vida responde a las tendencias que nos deshumanizan.  Sólo a través de la vivencia personal y comunitaria de la pobreza, de la humildad y del sacrificio podremos construir una manera de sentir, de pensar y de actuar desde Jesucristo.

La reflexión 32 de nuestro material de formación inicial nos las presenta:

“… la virtud de la Pobreza, la virtud de compartir haciendo al otro más uno que uno mismo, porque esa es la mejor lucha que puede realizarse para que los pobres dejen de serlo.  Virtud de la pobreza que nos lleva a dar y a darnos.”

“… la virtud de la Humildad y la actitud de servicio, la virtud de reconocernos como criaturas de Dios, destinados a cumplir su voluntad y reconocerle y amarle en los demás porque son Él mismo.  La virtud de la Humildad nos lleva a recibir a los demás como un don de Dios.”

“… la virtud del Sacrificio que hace posible nuestro Proyecto de Humanización.  La virtud del Sacrificio nos lleva a actuar removiendo todos los obstáculos que lo impidan.”

13.              En comunión con todos los santos y todos los cristianos.

La Mística de la HOAC también nos lleva a experimentar a Jesucristo Resucitado en todos los que están incorporados e injertados en Él.  ¡Tantos santos anónimos!  Es la experiencia de no estar solos.  Es la experiencia de comunión con los santos y con todos los militantes que nos presidieron: sus vidas, sus pensamientos, sus aportaciones.  ¡Gracias Dios mío!

María, la primera oyente de la Palabra, que acogió y nos dio a luz a Jesucristo, nos acompaña en nuestro caminar.

También están con nosotros: Guillermo Rovirosa, testigo del evangelio en el mundo obrero y profeta en la Iglesia; Eugenio Merino, místico de ojos abiertos en la realidad del mundo obrero oprimido; Tomás Malagón, acendrado en comunión eclesial y en disponibilidad al servicio de la HOAC y la formación de militantes cristianos; y tantos militantes cristianos en el mundo obrero que llevamos en nuestro corazón[14]

Esta experiencia de comunión nos lleva a sentir su cercanía cuando participamos en las luchas del mundo obrero, en sus organizaciones, en sus vidas y anhelos…  Cristo y todos los cristianos y militantes hoacistas están conmigo.

La mística de la HOAC nos hace sentir vivos a tantos militantes muertos en el campo del honor del trabajo y de la lucha.  Y a los militantes que comparten su vida con la nuestra.  Especialmente a los militantes enfermos que siguen viviendo la vida de Cristo en su debilidad y siguen, desde su oración, unidos al sufrimiento de las víctimas del mundo obrero.

14.              Y amando y construyendo la HOAC: una experiencia eclesial.

La Mística de la HOAC es la que puede configurar nuestro proyecto de humanización, es desde donde podemos vivir el Mandamiento Nuevo, desde donde podemos construir nuestras vidas como relato de Dios: en comunión.

Por tanto, nuestro proyecto de humanización no lo podemos concretar ni vivir de manera aislada, individual.  Sólo lo podemos concretar y vivir en comunidad, en comunión.  Sólo lo podemos concretar desde un profundo sentido y espíritu eclesial.  Y nosotros hemos sido llamados por Dios para concretarlo y vivirlo en la HOAC.  ¡Es tanto lo que le debemos!

Es más la HOAC es la experiencia de toda esta vida en Jesucristo, desde su Iglesia, en el mundo obrero.  Es, por tanto, una vocación puesta por Dios en nuestros corazones.  El militante de la HOAC ha sido creado por Dios para evangelizar el mundo obrero, esa es su vocación, su misión y su felicidad; ese es el proyecto que Dios tiene sobre él.  Cuando no partimos de esta experiencia y convicción estamos fuera de lugar, nos sentimos extraños, llamados por muchas pertenencias, opciones y actividades.

Por este motivo, queremos que los rasgos que hemos descrito de nuestra Mística: los compromisos bautismales, la experiencia del Amor de Dios y sus dimensiones, la vida de comunión, el seguimiento de Jesucristo, la encarnación, etc., sean las que vivamos de manera habitual y que se configuren en nuestra manera normal de ser y de vivir.  Para esto se deben convertir en la manera normal de sentir, de pensar y de actuar entre nosotros, en la HOAC y en nuestros ambientes.  Se han de convertir en cultura.

Entonces todo, la Iglesia, la formación, el equipo, los sectores, el compromiso, lo que la HOAC mi pide y me exige, el cómo vivo y administro las diferencias entre lo que la HOAC dice y hacer y mis propias convicciones, las respuestas que hay que dar a determinadas situaciones, etc.; todo se nos descubre con una nueva luz, porque todo lo descubrimos desde Jesucristo.

Vivir desde la Mística de la HOAC supone para la HOAC en estos momentos históricos un cambio importante en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestra militancia, en la propia HOAC.

Por experiencia sabemos que para provocar cambios en nuestra vida hemos de realizar compromisos, concreciones prácticas.  No valen sólo las buenas intenciones.  Construir un proyecto de humanización desde Jesucristo y unas relaciones nuevas entre nosotros, máxime en la cultura y realidad que vivimos, necesita de una HOAC que nos ayude a experimentar caminos que hagan reales y visibles nuevas formas de vivir y de actuar.  Formas de vida y de acción que ofertemos a nuestros compañeros, poniendo en el centro de las mismas la debilidad y el sufrimiento de los empobrecidos.

Pero hacer esto, responder al empobrecimiento y a la deshumanización desarrollando la HOAC formas de vida y acción que pongan a las víctimas en el centro de nuestras vidas y de nuestros intereses, hemos de vivir en nosotros un concepto de la libertad radicalmente distinto a como la cultura consumista nos impone.  Supone no desarrollar una militancia a la carta; es decir, vivir la “ley de la gradualidad” que nos humaniza, porque nos permite personalizar libremente las decisiones comunitarias; pero evitar la “gradualidad de la ley” que nos deshumaniza, porque supone someter las decisiones comunitarias a nuestra propia voluntad.  Nuestra libertad se construye y crece desde la comunión, no al margen de ella.

La vida de comunión necesita la actitud crítica y fraterna que nos hace avanzar a todos pero también necesita de la actitud confiada en Dios y en los hermanos.  No se trata tanto de hacer que nuestras ideas se impongan sino de descubrir la voluntad de Dios en las opiniones de mis hermanos.  Esta cultura que hemos de desarrollar debe llevarnos a la unidad desde la diversidad.  Sólo un profundo respeto y cariño puede ayudarnos a avanzar en comunión.

Y por último, la vida de comunión necesaria para que el militante construya su proyecto de humanización y la comunidad viva y realice su misión en el mundo obrero, pasa porque ésta juegue un papel clave en nuestras vidas.  La HOAC no es algo más.  La HOAC es central en mi vida.

Las propuestas de vida y acción que aprobemos, las líneas y el plan de trabajo que decidamos debemos entenderlos desde esta perspectiva.

“Dios crea al hombre como el mar a la playa: retirándose”. Hölderlin


[1] Extraído del tercer reto (pág. 24). Material nº 1. Una realidad a evangelizar.

[2] Q.A.C.: Quehacer Apostólico Comunitario.

[3] Pág. 137. Juan Martín Velasco: Mística y humanismo. PPC. 2007

[4] Ídem.

[5] Material nº 3 de la XII A.G. Pág. 6.

[6] Pág. 3, Reflexión 32, Material de Formación Inicial. HOAC

[7] Pág. 36. Jon Sobrino: La fe en Jesucristo. Ensayo sobre las víctimas.

[8] Notas de identidad de la Acción Católica en la vida de nuestros movimientos y del conjunto de la Iglesia:

Eclesialidad de la Acción Católica: El fin inmediato es el fin apostólico de la Iglesia.
Protagonismo de los laicos: Secularidad de la Acción Católica.
Unidos a manera de un cuerpo orgánico: Hay Acción Católica, si hay unidad.
En comunión orgánica con el Ministerio Pastoral: Bajo su superior dirección.

[9] A la hora de profundizar en la Encarnación creo que es muy interesante releer y meditar -para escuchar a Dios en lo más profundo de nuestro ser- la ponencia “La encarnación en la pobreza y debilidad del mundo obrero” recogida en el libro: HOAC. Testigos de Jesucristo en el Mundo Obrero.  Que fue impartida como ponencia sectorial en nuestra X Asamblea General.

[10] T. Malagón: Encuesta y Formación…, Ed. HOAC, 1999, pág. 120

[11] X Asamblea General. HOAC: Testigos de Jesucristo en el mundo obrero. Ed. HOAC, 1999, pág. 91

[12] X Asamblea General. HOAC: Testigos de Jesucristo en el mundo obrero. Ed. HOAC, 1999, pág. 92

[13] X Asamblea General. HOAC: Testigos de Jesucristo en el mundo obrero. Ed. HOAC, 1999, pág. 93

[14] Pepe Jiménez García (1953-2010), nace en Barbate (Cádiz) en el año 1953, tenía 57 años cuando fallecía el pasado 25 de agosto de 2010.
Pepe Jiménez ingresa en la HOAC en el año 1977, y es elegido Presidente General de la HOAC de 1989 a 1993. Estaba casado y tenía tres hijos
(dos hijas y un hijo).


 
 
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Categorías:Accion Catolica

Cap IX Actividad de los catolicos

CAPITULO IX ACTIVIDAD DE LOS CATÓLICOS

Libro Apostolado Seglar

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

Para que mejor se entienda lo que vamos a decir en este capítulo, hacemos las siguientes observaciones:

1) Con el nombre de actividad de los católicos designamos todo apostolado, individual o colectivo, que los seglares ejercen por iniciativa privada[1]. Los organismos que erigen los seglares por su propia cuenta no adquieren categoría de persona moral en la Iglesia, y, por tanto, sus acciones son de derecho privado, como los de cualquier individuo. Puede, sin embargo, la Iglesia recomendar tales corporaciones, como lo hace con frecuencia. Se lee en el canon 684: “Son dignos de alabanza los fieles que se inscriben en asociaciones erigidas o al menos recomendadas por la Iglesia.” Aquí se ve clara la distinción de las asociaciones piadosas en eclesiásticas (erigidas por la Iglesia) y laicales (fundadas por seglares y recomendadas por la Iglesia). A esta segunda categoría pertenecen las Conferencias de San Vicente de Paúl, la Legión de María, etc. Ante el estado civil pueden éstas gozar de personalidad jurídica, y de hecho así sucede en ocasiones (*).

2) No tratamos aquí del apostolado en su sentido estricto, sino en un sentido más amplio. Es difícil deslindar con precisión, afirma Pío XII, lo que pertenece al apostolado seglar propiamente dicho. Así, por ejemplo, podríamos preguntamos si son actividades apostólicas: la educación de los hijos por padres de piedad ardiente o maestros de vida auténticamente cristiana; la conducta de un buen médico católico, cuya conciencia no cede cuando entra en juego la ley natural o divina, y defiende enérgicamente la dignidad cristiana de los cónyuges y los derechos sagrados de la prole; la actuación de un político que trabaja por aumentar el número de viviendas proyectadas en pro de los menos favorecidos por la fortuna. Muchos lo niegan, por no ver en ello otra cosa que el cumplimiento de un deber. El Sumo Pontífice cree que es una labor de eficacia incomparable este sencillo cumplimiento del deber, que realizan miles y miles de fieles de una conciencia ejemplar[2].

3) La actividad de los católicos incluye, además de las actividades apostólicas de orden espiritual, aquellas de orden temporal que se refieren al fin secundario de la Encarnación.

                   1.   Actividad de los católicos en el orden espiritual

Es una cuestión que no necesita largas explicaciones. En el orden espiritual, la acción de los católicos tiene el mismo objeto y extensión que la Acción Católica. Este apostolado puede ser directo o indirecto, según que los medios utilizados para obtener su fin espiritual sean espirituales o temporales. Como ya hemos especificado, coinciden, en el primer caso, el fin de la obra y el del que la ejecuta; en el segundo caso, conservando la obra su ordenación a lo temporal, por la intención del individuo se convierte en actividad espiritual. De las asociaciones seglares mencionadas por el Código, podemos decir que las Cofradías se ocupan del apostolado directo, mientras las Pías Uniones del indirecto.

Es apostolado directo todo lo que hacen los fieles, individual o colectivamente, para fomentar el culto divino, la frecuencia de los sacramentos, prácticas piadosas, etc. Una de las normas principales de este apostolado es la instrucción religiosa. No se trata de la enseñanza oficial y pública, que, por delegación de la Jerarquía, ejercen algunos seglares, como, por ejemplo, los catequistas. Hablamos de la instrucción privada que todos los fieles pueden, y en ocasiones están obligados a hacer, para ayudar a la salvación de sus prójimos. Es un derecho, y al mismo tiempo un deber gravísimo y trascendental de los padres el de dar instrucción religiosa a sus hijos. Y esto no les pertenece por delegación de la Jerarquía, sino por institución divina. Todos están obligados por caridad, según las posibilidades de cada uno, a instruir en las verdades de la fe a cuantos las ignoran y si no es posible de palabra, al menos con el ejemplo.

Existe otra manera de magisterio que, aunque no público en sentido jurídico, lo es en sentido vulgar, es decir; se dirige a la multitud. Ejercen este magisterio los seglares competentes que con sus palabras y sus escritos propagan la fe católica. Su apostolado no es autoritativo, y, por consiguiente, carece de valor dogmático y moral en la Iglesia. Mas tienen autoridad los doctores ante el mundo, y de ahí nace su particularísima eficacia en el apostolado eclesiástico. Siempre ha habido en la Iglesia doctores y apologistas seglares, y sigue habiéndolos hoy día. León XIII elogia los servicios incalculables que su labor apostólica presta a la Iglesia: “Defender la integridad de la fe no es tarea exclusiva de la jerarquía. Todos están obligados, si la necesidad lo exige, a divulgar entre los demás su fe, instruir o corroborar a los ya creyentes, rechazar los ataques de los infieles[3] (…) Por derecho divino, el oficio de predicar y enseñar pertenece a los Obispos, encargados por el Espíritu Santo del gobierno de la Iglesia, y en primer lugar al Romano Pontífice (…) Con esto no se intenta excluir la colaboración de las personas privadas, y en particular a aquellas que Dios ha dotado de ciencia y ansias-de hacer el bien. Cuando las circunstancias lo pidan,- deben éstos, sin dárselas de doctores, divulgar entre los demás la doctrina que ellos mismos han aprendido de sus maestros. Tan oportuna y provechosa pareció a los Padres del Concilio Vaticano esta labor privada, que llegan a solicitarla: Rogamos por la misericordia de Jesucristo y mandamos con la autoridad del mismo Señor y Redendor nuestro, a todos los fieles cristianos, y en primer lugar a los que desempeñan cargos de gobierno o magisterio, que se apliquen con generosa entrega a destruir los errores que la Iglesia condena, haciendo brillar dondequiera la luz de la verdadera fe… [4]. Entre los deberes que tenemos para con Dios y la Iglesia, hay que contar sobre todo el que cada uno tiene de procurar con diligencia la difusión de la doctrina cristiana y su triunfo sobre el error”[5] .

El apostolado indirecto en el orden espiritual consiste, según hemos indicado ya, en utilizar medios temporales para la conversión o aprovechamiento de las almas. Mas no cualquier actividad temporal puede fácilmente convertirse en apostolado espiritual: es necesario que posea alguna aptitud natural para atraer a las almas. Los más eficaces son las obras de caridad, como: el cuidado de los enfermos y huérfanos, la educación de los niños, el socorro de los pobres, etc. En nuestros días, todo lo que contribuya a mejorar la condición del obrero o a suavizar la tensión existente entre las diversas clases sociales, es un medio magnífico de apostolado indirecto, por ser el más indicado para disponer los animos a recibir la verdad. Otros medios modernos, son, por ejemplo: la imprenta”, el cine; la radio, la televisión, etc. Pueden también utilizarse como medios de apostolado indirecto los “scouts”, “clubs” y otras corporaciones sociales. En un discurso del 5 de octubre de 1950, Pío XII dio bien a entender el ámbito inmenso de tal apostolado: no solamente los maestros y maestras, sino cualquier hombre o mujer pueden desplegar una labor apostólica eficacísima a través de su profesión. Mejor oportunidad aun tienen hoy los médicos, ingenieros y demás especialistas que, como miembros de la UNESCO u organismos similares, se encargan de la ayuda a naciones menos desarrolladas [6](145).

Con estas breves nociones sobre el apostolado seglar de orden espiritual, podemos ya explicar su actividad en el orden temporal, terreno reservado a ellos solos.

                   2 Apostolado de los seglares en el orden temporal (*)

Es uno de los puntos más importantes en la cuestión del apostolado de los seglares, pues sólo ellos pueden convenientemente desarrollar esta actividad, perteneciente al fin secundario de la Encarnación que, como ya dejamos explicado, es la redención y restauración en Cristo del mundo temporal y material. Jesucristo no quiso, mientras vivía en la tierra hacer uso de su dominio sobre el mundo, si quiere que actualmente lo haga la Iglesia. La nueva ordenación del mundo a Dios debe ser obra no de la jerarquía eclesiástica con su autoridad, sino de los fieles en particular, que lo conquisten sin violencias. La jerarquía forma a los cristianos, para que después los cristianos reformen al mundo. Vamos a deslindar antes un poco el apostolado espiritual indirecto del apostolado seglar de o orden temporal, pues hay peligro de confundirlos, ya que tienen muchas coincidencias externas y materiales :

1)      No se trata aquí del último fin del agente. Todo acto del cristiano, como de cualquier otro hombre, debe dirigirse en último término a Dios. El fin último de cualquier acto humano es siempre la gloria de Dios y la salvación eterna del que lo ejecuta en primer lugar, y luego de los demás. En esto coinciden el apostolado espiritual y el temporal.

2)      La diferencia fundamental entre las dos maneras de apostolado radica en el fin próximo de la acción:  ¿se identifican la intención del agente y el fin de la acción misma? En el apostolado de orden temporal, sí  (siempre que se trate de una acción naturalmente buena); en el apostolado espiritual indirecto el fin de la acción es solamente un medio para que el agente pueda conseguir un fin espiritual. En el primer caso, se busca el fin de la acción en si mismo; en el segundo, únicamente en orden a otra cosa. Un ejemplo: hace apostolado espiritual indirecto el médico misionero que se esfuerza por devolver la salud corporal a un enfermo, con el fin de que su alma esté mejor dispuesta a recibir la gracia de la conversión. Este busca ciertamente la salud, pero no como fin próximo, sino como medio para conseguirlo. Pongamos el caso de otro médico católico, lleno de caridad cristiana, que trabaja por la salud del enfermo, sin añadir otro fin próximo a su acción: para éste coinciden el objeto de la acción y su propia intención. Tratamos de averiguar si es un acto meritorio el de este segundo médico; si puede convertirse en auténtico apostolado.

3)      Adviértase que, en nuestras hipótesis, las acciones del segundo médico no carecen de último fin sobrenatural, sino solamente del fin próximo espiritual. Con relación al último fin, todos los demás fines, espirituales o temporales, no pasan de ser medios. Nuestra cuestión se plantea a la altura del fin próximo, y es la siguiente: ¿tiene el orden temporal en sí mismo algún valor que permita considerarlo fin próximo, o ha de ser por fuerza sólo medio ordenado a una ulterior finalidad espiritual? Intentaremos resolver este difícil problema.


[1] Como es natural, empleamos la terminología hasta ahora en uso, ya que la propone el Sumo Pontífice aún no se ha introducido en el uso; cuando ésta se difunda, todo apostolado organizado de los seglares en el orden espiritual queda incluido bajo la Acción Católica, y el término “acción de los católicos” designará el apostolado individual de los seglares en el orden espiritual y toda actividad de orden temporal que se refiera al fin secundario de la Encarnación. Por lo demás, el estudio conservará todo su valor.

(*) Que tales Asociaciones puedan, a veces, ejercer con mayor eficacia su apostolado y servir mejor al fin de la Iglesia permaneciendo puramente -laicas que si fuesen eclesiásticas, claramente lo da a entender el Decreto ya citado de la s. Congregación del Concilio, cuando escribe acerca de las Conferencias de San Vicente Paúl:

“Más bien los Romano-; Pontífices desearon que conservase su carácter de Asociación laica o no eclesiástica, en particular Gregorio XVI y Pío IX; los cuales juzgaron cosa acertada que tomase el carácter de obra laica, humilde ayuda del clero, no sometida a él y que así constituida podría servir los intereses de la religión” (Vida de Osanam, escrita por su hermano; traduc. italiana, p. 109). A saber: “Era fácil comprender que la unión de espíritu se habría roto tan pronto como cada Obispo biera organizado las conferencia de su propia diócesis y redactado sus estatutos según a él le hubiera parecido más conveniente” (ibid.).

“De aquí que la Asociación nunca se preocupó de tener personalidad jurídica en la Iglesia y, por el contrario, procuró obtenerla de la autoridad civil, para poder recibir legados y otras donaciones, sin las cuales no hubiera sido posible realizar con el provecho con que se hizo su .programa de regeneración de las clases más necesitadas.

“No obstante esto, es decir, que las Conferencias de San Vicente no sean una Asociación eclesiástica en sentido propio, tuvieron desde el principio y han conservado siempre una estrecha unión con el clero y las autoridades eclesiásticas. Aun cuando no están presididas efectivamente por el párroco, él es, o en su lugar otro pío sacerdote, el presidente de honor, que espiritualmente las dirige y en el sacrificio hace de verdadero asistente eclesiástico, sino espontáneamente pedido por la Asociación misma, guiada por aquel instinto verdaderamente cristiano que impele, en el ejercicio de las obras de caridad, a buscar ayuda y dirección en la autoridad de la Iglesia, a la que corresponde primariamente promover y favorecer tales obras.

“De ella decía León XIII (Ene. Humanum genus), hablando a los Obispos: “En este orden, no queremos dejar de mencionar aquella Asociación llamada de San Vicente, por el nombre de su fundador, tan altamente edificante y ejemplar y tan benemérita de las clases más humildes. Es sabido cuáles son sus empresas y sus propósitos: dedicarse enteramente a socorrer a los pobres y desgraciados, y esto con perspicacia y modestia admirables; la cual es tanto más apta para el ejercicio de la caridad cristiana y más oportuna para el remedio de las miserias, cuanto más procura permanecer oculta.” Tales alabanzas y recomendaciones se refieren a una Asociación que nunca fue erigida por la autoridad eclesiástica, ni por ella regida, sino por los mismos seglares; la cual, sin embargo, ha conservado siempre con las autoridades de la Iglesia una unión mayor que muchas Asociaciones y Hermandades verdaderamente eclesiásticas” (ibid. AAS, 13 (1921), 138, 140, 141). Casi lo mismo podría decirse de otras varias Asociaciones de seglares, sobre todo dé la Legión de María.

[2]  AAS.  43   (1951),   p.   787

[3]  II – II q. 3, a. 2, ad 2

[4] Constit. “De Filius”, hacia el final.

[5] Lit.   encic.   “Sapzeníiae   christianae”,   10-1-1890  (Leons XIII P. M. acta, t. 10, Romae, 1891, pp. 19, 21-22).

[6] “A este respecto, no-podemos-dejar de confirmar las observaciones que hicimos en nuestra al III Congreso Mundial de la unión Mundial de Maestros Cristianos, en Viena: “Pertenezca o no la actividad profesional de los maestros y de las maestras-católico-al-apostolado de los seglares en sentido propio, estad convencidos queridos hijos e hijas, de que el maestro cristiano, que por su formación y su abnegación está a la altura de su tarea, y que, profundamente convencido de su católica, da ejemplo -de ello a la juventud que le ha sido confiada, -como cosa espontánea y convertida en él en segunda naturaleza, ejerce al servicio de Cristo y de su Iglesia una actividad parecida al mejor apostolado de los seglares” (5 de agosto de 1957). Puede aplicarse esta afirmación a todas las profesiones, y principalmente a las de médicos o ingenieros católicos, sobre todo en la hora actual, en que están llamados en los territorios poco desarrollados y en las zonas de misión al servicio al servicio de los Gobiernos locales o de la UNESCO y de otras organizaciones internacionales, y dan con su vida y el ejercicio de su profesión el ejemplo de una vida cristiana plenamente madura” (AAS, 49 (1957), pp. 928-929).

(*)   “En general, como hemos dicho, no querer tomar parte  alguna en la vida pública sería  tan reprensible como no querer prestar ayuda alguna al bien común. Tanto mas cuanto que los católicos, en virtud de la misma doctrina que profesan, están obligados en conciencia a cumplir estas obligaciones  con toda fidelidad. De lo contrario, si se abstienen políticamente, los asuntos públicos caerán en manos  de personas cuya manera  de pensar  puede   ofrecer  escasas   esperanzas   de   salvación para el Estado. Queda, por tanto, bien claro que los católicos tienen motivos justos para intervenir en la vida política de los pueblos. No  acuden ni deben acudir a la vida política para aprobar lo que actualmente puede haber  de  censurable   en  las  instituciones  políticas   del Estado, sino para hacer que estas mismas instituciones se pongan, en lo posible, a servicio sincero y verdadero del bien público, como procurando infundir en todas las venas del Estado, como savia y sangre vigorosas, la eficaz influencia de la religión católica… De esta manera, los  católicos  conseguirán  dos resultados  excelentes.   E) primero, ayudar a la Iglesia en la conservación y propagación  de los  principios  cristianos.  El  segundo, procurar el mayor beneficio posible al Estado, cuya seguridad se halla en grave peligro a causa de nocivas teorías y malvadas pasiones”  (León XIII, Immortale Dei, ASS, 18, pp. 177-179. Versión española:   BAC, Documentos Políticos, pp. 216-219).

Card Newman: ciencia y fe en armonia

CARD. NEWMAN: CIENCIA Y FE EN ARMONIA

Fe y razon

Luis Fernando Valdés

 

No puedo dejar de escribir sobre un personaje que me es especialmente grato: John Henry Newman (1801-1890); ni tampoco puedo desaprovechar que su figura ha aparecido en los medios para hacer un comentario sobre el tema que más me apasiona: la relación entre la razón y la fe.

El Cardenal Newman, beatificadoelpasadol9 de septiembre por Benedicto XVI, es un modelo de intelectual de alto nivel, que se empeñó en buscar y encontrarla armonía entre el conocimiento científico y la revelación, que el pensamiento moderno perdió.

En la homilía de la ceremonia de beatificación del gran intelectual inglés, el Papa destacó que las intuiciones de Newman “”obre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada (…) fueron de gran importancia”, y “hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo”.

En nuestros días, al igual que durante la vida del Cardenal inglés, la oposición entre ciencia y fe es un tema que exige buscar soluciones, porque sin armonía entre la razón que busca certeza y el corazón que anhela a Dios es difícil ser feliz.

Newman explicaba que no puede haber conflicto entre ciencia y fe, porque tanto la Naturaleza como la Revelación son obra del mismo Autor. Cuando surge un conflicto entre ambas, éste procede más bien de las personas.

En un discurso titulado ‘Cristianismo y Ciencia Física’, el Card. Newman buscó la conciliación entre estos dos tipos de saberes. Explica- que hay dos mundos, el natural, cognoscible a través délos medios naturales, y el sobrenatural, conocido gracias a la Revelación. Aunque coinciden en algunos aspectos, son dos mundos separados y, por eso, no pueden entrar en contradicción.

La teología, como ‘filosofía del mundo sobrenatural’ y la ciencia, como ‘filosofía del mundo natural’, resultan incomunicables y, por eso, no pueden entrar en colisión en sus ideas y respectivos campos. Entonces habría que encontrar formas de conexión en lugar de necesidad de conciliación.

El Profesor de Oxford explica que los conflictos aparentes entre ciencia y doctrina católica tienen un carácter puramente aparente y temporal, y esto lo expresa en tres sentencias:

1)  la verdad no puede estar en contradicción con la verdad;

2)  con frecuencia la verdad parece estar en contradicción con la verdad; y

3)  es necesario ser paciente con estas apariencias y no precipitarse en el juicio. De este modo no cabe sorprenderse que, al comparar los datos científicos y los datos de fe, aparezcan discrepancias en algunos momentos.

Otra enseñanza muy actual de John Henry Newman consiste en superar la tentación del fideísmo. Se daba cuenta que bastantes personas que se entusiasmaban excesivamente por el progreso de la técnica y querían seguir siendo hombres devotos, terminaban por caer en el refugio cómodo del fideísmo.

Ante esa disyuntiva, Newman consideró una cobardía optar por una fe que no buscara la armonía con las realidades que la ciencia explicaba de manera contundente. Lo difícil era dialogar, y ése fue el camino que siguió.

Hoy di a necesitamos seguir este ejemplo. Nuestro México Bicentenario se ha constituido sobre la base de la disyuntiva: la fe o la razón, la utopía social o la praxis política; y muchos cristianos parecen haber optado por la fe y la caridad, renunciando ala razón y al compromiso social. La vida y el pensamiento del Beato Newman nos empujan a no ceder ante el dilema y entablar con gran esfuerzo el diálogo que lleve ala armonía.

Correo: lfvaldes@gmail.com

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De la gran tenochitlan al Mexico moderno

De la gran Tenochtitlan al México moderno

Ernesto Bañuelos C.

Revista Acción Femenina, México. Sept 2010/año77/948

La celebración de dos siglos de vida independiente de nuestra nación se vería mutilada si no se tuviera en cuenta la participación de la Iglesia en la gestación de su historia, en su desenvolvimiento, y su influencia no sólo en la vida religiosa, sino en los aspectos sociales, culturales, organizativos, técnicos e industriales.

LA ESPADA Y LA CRUZ

El 13 de agosto de 1521 cayó el águila de la gran Tenochtitlan bajo el dominio del águila de dos cabezas del imperio español. El 13 de agosto de 1523 llegaron a Veracruz, a instancias del propio emperador Carlos V, tres religiosos: fray Juan de Tecto, fray Juan de Ahora y fray Pedro de Gante.

Estos religiosos eran franciscanos y, además, sabios y santos. Muy pronto aprendieron el náhuatl e iniciaron la obra civilizadora y evangelizadora más extraordinaria que jamás se haya realizado. Poco después, el 13 de mayo de 1524 se sumaron otros doce franciscanos, encabezados por fray Martín de Valencia, quienes pusieron las bases de la Provincia Franciscana del Santo Evangelio.

El 2 de julio de 1526 arribaron los padres dominicos, quienes se consagraron a la defensa de los indios y a mantener pura la ortodoxia religiosa. Ellos se establecieron así: Provincia de Santiago en México, San Vicente de Chiapa y Guatemala; San Hipólito de Oaxaca y la provincia de Puebla.

Los agustinos llegaron el 22 de mayo de 1533. Su trabajo fue principalmente en el occidente, en donde establecieron las primeras casas de estudios, entre ellas la de Tiripetío, cuyo creador fue fray Alonso de la Veracruz, portento de saber y virtudes e introductor de la filosofía en México.

El 28 de septiembre de 1572 llegaron quince jesuitas, quienes crearon la Provincia de México,  de  la  que  llegaron  a  depender 25 colegios, 11 seminarios, 5 residencias y una casa profesa. Los jesuitas se consagraron a labores misionales y educativas; llevaron la fe a apartadas regiones del norte, donde constituyeron el asentamiento de la población novohispana.

Agreguemos a estos colosos de la fe la presencia de dieguinos, carmelitas, betlemitas, etc., que realizaron una gran obra en el campo misional, hospitalario y educacional.

DEFENSA DE LOS INDIOS Y PROMOCIÓN DE LA CULTURA

El primer obispo de la diócesis de México fue fray Juan de Zumárraga, defensor de los indios y gran promotor de la cultura. Zumárraga se preocupó de la educación femenina, introdujo la imprenta y creó el colegio de Santa Cruz de Tlatelolco en donde el humanismo europeo se difundió entre la población indígena. Impulsó la creación del colegio de San Juan de Letrán para mestizos, el Colegio de Nuestra Señora para niñas y la fundación de la Universidad de México.

La acción de la Iglesia tuvo fallas originadas por la tradición y las costumbres (concentración de la propiedad, la suntuosidad de muchos conventos e iglesias, concentración de clérigos en las grandes ciudades, fallas humanas), que llegaron incluso a provocar enfrentamiento con las autoridades civiles.

INDUSTRIA, AGRICULTURA Y CULTURA

La actividad misional, la creación de nuevas poblaciones con el surgimiento de hospitales y el consiguiente beneficio social y asistencial no puede dejarse en el olvido. Los misioneros introdujeron técnicas y métodos industriales y agrícolas modernos; construyeron puentes, acueductos y diques. Pero el aspecto que sigue asombrándonos es su labor educativa y cultural en todos los niveles y campos, es decir, difundieron tanto el Evangelio como la cultura: enseñaron el alfabeto, hicieron aprender el español y el latín.

Fray Pedro de Gante creó colegios de artes y oficios en donde se enseñó música, pintura y escultura. Ni qué decir de la proyección social de la obra de Vasco de Quiroga: dos hospitales a la orilla del lago de Pátzcuaro y la organización de las comunidades según los diversos oficios.

RETOS DEL FUTURO

Al contemplar a vuelo de pájaro, en el bicentenario de nuestra patria, esta brevísima síntesis histórica de los colosos que nos trajeron la fe y colocaron los cimientos de nuestra cultura y de nuestra Iglesia, no se puede sino agradecerles su visión, heroísmo y celo. Al mismo tiempo, quisiera pensar en un propósito de Iglesia que todos formamos y que sería el reto para cada uno de nosotros: imitar su celo apostólico, imitar verdaderamente la opción por los pobres e imitar su espíritu de servicio, alejados del poder.

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA

En su marcha de guerra desde el norte de la República hasta la capital (1914), las fuerzas de Carranza cometieron acciones sacrilegas y actos contra eclesiásticos. A partir de entonces las acciones antirreligiosas no dejaron de sucederse.

Durante la gestión de Plutarco Elias Calles se lograron las instituciones que darían forma al gobierno mexicano y así, don Plutarco se convirtió en el Jefe máximo de la Revolución (1928-1935). Durante esta época fue cuando se desató la persecución religiosa (1926-1929) en que los “cristeros” supieron ofrendar su vida para defender la libertad religiosa de los católicos mexicanos. Los acejotaemeros supieron poner un timbre de gloria a su lema “Por Dios y por la Patria”, siguiendo su programa de “piedad, estudio y acción” y acicateados por el verbo candente del hoy Beato Anacleto González Flores.

Cap VIII Accion Catolica

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CAPITULO VIII ACCIÓN CATÓLICA

Libro Apostolado Seglar

P. CIRILO BERNARDO PAPALI, o.c.d.

Profesor en la Univ. Pontif. “de Prop. Fide”,
en la Facul. Teolog. O. C. D. y en el Inst.
“Regina Mundl”. Miembro de la Com. Pontif. de
Apostolatum Laicorum poreparatoria del
Conc. Vaticano II

Comenzando a tratar del apostolado seglar propiamente dicho, damos la preferencia a la Acción Católica, que es una forma de dicho apostolado organizada por la autoridad. Expondremos, en primer lugar, el concepto de la Acción Católica que se ha tenido hasta el presente, añadiendo algunas modificaciones que en su estructura y organización Pío XII declaró oportunas.

Como ya hemos indicado antes, el apostolado de los seglares no es en sí mismo una institución orgánica u oficial, como lo es el apostolado de la jerarquía. Es más bien una actividad privada, dependiente de la iniciativa individual, que ha producido siempre en la Iglesia excelentes resultados. Pero en los tiempos modernos, a causa de la funesta separación entre la sociedad civil y la Iglesia, es aún más necesario intensificar el apostolado de los seglares y unirle más estrechamente al de la jerarquía. Todos los Papas, desde Pío IX, han reconocido esta necesidad, trabajando con sumo interés para dar al apostolado de los seglares una organización más eficaz. Pío IX debe ser considerado iniciador de la actual estructura de la Acción Católica, como confesaba Pío XI en su alocución del 3 de noviembre de 1928. Durante su pontificado se instituyeron diversas asociaciones de apostolado seglar: por ejemplo, Piusverein en Suiza, Ka-thoüscherverein en Alemania, Asociación de Laicos en España, Unión Catholique en Bélgica, Ligue Catholique pour la déjense de VEglise en Francia, Catholic Union en Inglaterra. También en Italia existían muchas asociaciones de este género. En 1874 fueron reunidas en Opere dei Congressi. A través de sus diversas instrucciones deja Pío IX una imagen suficientemente clara y completa, en lo que se refiere a los rasgos esenciales, de la Acción Católica actual.

León XIII dio aún mayor precisión a la idea recibida de su predecesor. En la Encíclica Graves de Communi (18 de enero de 1901) escribe sobre el modo de organizar las actividades del apostolado seglar: “La acción apostólica de los católicos, sea la que fuere, poseería una eficacia mucho mayor si todas sus asociaciones, conservando sus derechos, se uniesen bajo una sola guía, un único impulso. Oficio que queremos desempeñe en Italia el Instituto de los Congresos y Asociaciones Católicas, que tantas veces hemos elogiado. A él hemos encomendado Nos y Nuestro predecesor la dirección de la actividad unida de todos los católicos, siempre con la aprobación de los Obispos. Hágase otro tanto en las demás naciones, si existe en ellas algún organismo que pueda jurídicamente asumir tal autoridad sobré los demás”[1].

El continuo uso que de él hizo San Pío X dio a la expresión Acción Católica su verdadero valor y sentido propio. El 11 de junio de 1905, el Santo Pontífice publicó un documento sobre la Acción Católica con el título II fermo Proposito, donde dice, entre otras cosas: “Es amplísimo el campo de la acción católica, ya que nada de lo que directa o indirectamente se refiere a realizar la divina misión de la Iglesia queda fuera de él… Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, cuánta ayuda han prestado a la Iglesia esas milicias de católicos que se esfuerzan por unir todas sus energías vitales, para acabar por todos los medios legítimos, con la civilización anticristiana; para introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela y en la sociedad; para rehabilitar el principio de la autoridad humana como vicaria de la autoridad de Dios; para mirar solícitamente por los intereses del pueblo y, ante todo, de los obreros y campesinos. Infundir en los corazones de todos las verdades religiosas, única fuente del verdadero consuelo en medio de las miserias de la vida, enjugar sus lágrimas, aliviar sus penas, esforzándose por mejorar su situación económica con oportunos remedios, procurando que reine la justicia en las leyes públicas, que se cambien o supriman las injustas; en una palabra: luchan con verdadero espíritu católico por defender en todo los derechos de Dios y los no menos sagrados de la Iglesia… Entre varias obras que se han fundado para obtener estos fines, todas ellas dignas de encomio, sobresale por su singular eficacia una de carácter general, llamada Unión Popular. Esta busca unir los católicos de todas las esferas sociales y, sobre todo, la gran masa popular, en torno a su centro común de propaganda doctrinal y de organización social”[2] (110).

También Benedicto XV, a pesar de las muchas desgracias que cayeron sobre la Iglesia durante su Pontificado se preocupó de la Acción Católica en varias de sus alocuciones y Epístolas. Para darle mayor eficacia, fundó un organismo con el nombre de “Giunta Direttiva dell’Asione Caito-Kecz”.

Finalmente, Pío XI puso fin a esta gran obra, preparada con tanto cuidado por sus predecesores. El fue quien dio a la Acción Católica aspecto jurídico y carácter público dentro de la Iglesia. El apostolado seglar, que había sido hasta entonces una actividad privada y personal de algunos individuos, se convirtió en pública y oficial, ejercida en nombre de la Iglesia, como explicaremos a continuación. Pío XI llamó a la Acción Católica “pupila de sus ojos”, y le dispensó todos los cuidados como a obra predilecta de su Pontificado: alrededor de 600 documentos dan testimonio de esta solicitud suya. El último apareció la víspera de su muerte. No ha sido menor el interés de Pío XII por este asunto. Ha esclarecido notablemente el concepto de Acción Católica, recomendándola continuamente en sus Carta y Alocuciones. A lo largo de este artículo haremos oportunas referencias a las enseñanzas auténticas de estos dos últimos Pontífices.

                   Definición de la Acción Católica (*)

En su carta del 13 de noviembre de 1928 al Cardenal Bertram, escribe Pío XI acerca de la naturaleza de la Acción Católica: “… si se mira bien esto, se ve claramente que la Acción Católica no tiene otra finalidad que la de hacer participar a los seglares del apostolado de la jerarquía. Pues la Acción Católica no consiste solamente en que cada uno se esfuerce por conseguir la perfección cristiana, aunque éste sea su fin primario: exige, además, un auténtico apostolado, común a todos los católicos, cuya orientación y actividad vayan de acuerdo con lo de los centros legítimamente instituidos y aprobados por la autoridad episcopal. La sagrada jerarquía, que da el mandato, dará igualmente apoyo y estímulo a los fieles que. así unidos, estuvieren siempre dispuestos a secundar sus empresas. La Acción Católica, lo mismo que la misión encomendada por Dios a la Iglesia y el mismo apostolado jerárquico, no es exterior sino espiritual, no política sino religiosa”[3]. En la precedente descripción de la Acción Católica hemos subrayado algunas frases que merecen especial consideración. Son, en el pensamiento de Ho XI, los elementos esenciales del concepto de Acción Católica, Expondremos brevemente y por separado los siguientes:

1)      qué significa “participación de los seglares en el apostolado de la jerarquía”;

2)      qué se entiende por “mandato”;

3)      qué parte cabe a la jerarquía de este apostolado de los seglares;

4)      alcance y límites de la Acción Católica;

5)      ¿se reduce todo al apostolado seglar a la Acción Católica?;

6)      concepto de Acción Católica que nos ha dejado Pío XII.

                        1.   ¿”Participación” o “.colaboración”?

En su célebre definición de la Acción Católica, Pío XI dice que es una “participación de los seglares en el apostolado de la jerarquía”; definición que repite en muchas ocasiones: en sus Cartas al Cardenal Bertram, al Cardenal Gasparri (24-1-1927), al Episcopado Colombiano (14-2-1934), en alocución a los Seminaristas de Roma (12-3-1936), y a las jóvenes de Acción Católica de Italia (19-3-1937), etc. Más de una vez confesó el Papa haber ideado esta definición con especial luz divina, añadiendo que es exacta por contener todos los elementos de lo que se intenta definir[4].

Aunque en otras ocasiones el mismo Pío XI usó de los términos de “colaboración” y “cooperación” como sinónimos de “participación”. Así lo hace en la Carta al Episcopado Colombiano, cuando habla de lo necesaria que resulta “la ayuda diligente de los fieles, a la que hemos denominado con iluminación divina  “participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia”[5]; en una elocución a peregrinos de la Juventud Femenina de Acción Católica (6-4-1934), les decía que  “la Acción Católica es la participación o colaboración de los seglares en el apostolado de la Jerarquía”; llama igualmente a la Acción Católica cooperación de los seglares en el apostolado jerárquico, en el discurso que dirigió al IV Congreso Internacional de la Juventud Católica.

Pío XII usa muy raramente del vocablo “participación”; prefiere los de “colaboración” y “cooperación”. Mons. Dubourg, Arzobispo de Besaneon, después de una audiencia con Pío XII, escribe en un artículo de La Croix (13-14-1947) que la razón de preferir “colaboración” es su mayor aptitud para expresar con más fuerza la distinción que en el apostolado existe entre la parte perteneciente a los seglares y la de la Jerarquía. Los seglares poseen una actividad suya propia, que no conviene aminorar ni confundir con la de la Jerarquía. Esta misma explicación da también el Cardenal Piazza, Presidente de la Comisión Episcopal para la Acción Católica de Italia, de que se haya sustituido “participación” por “colaboración” en los nuevos estatutos de la Acción Católica Italiana[6].

La diversa terminología de los Sumos Pontífices dio ocasión a la diversidad de opiniones entre los autores. Algunos teólogos, como el P. Dabín, piensan que la definición de Pío XI es “estrictamente teológica, debiendo, por consiguiente las palabras “participación en el apostolado de la jerarquía” tomarse en sentido riguroso y pleno. Es más: para éstos, el fundamento de la Acción Católica es cierta equivalencia existente entre esas dos actividades, la de la Jerarquía y la de los seglares[7] (115).. Según J. Leclercq, “la Acción Católica se ha convertido oficialmente en uno de los elementos constitutivos de la Iglesia”[8] (116). Ni faltan autores convencidos de que esta “participación” incluye también una cierta comunicación de la potestad jerárquica.

Contra tales exageraciones declararon los Obispos alemanes en la Conferencia de Fulda de 1933: “La Acción Católica es una participación en el apostolado de la Jerarquía, no en. la Jerarquía misma.” Parecida a ésta es la declaración que hicieron los Cardenales y Arzobispos de Francia en marzo de 1946. Los excesos a que ha dado lugar la palabra “participación” parecen haber sido el motivo de que Pío XII la emplee con tanta reserva en sus documentos[9].

No faltan, por el contrario, pesimistas que no ven en la Acción Católica más que un nombre sin contenido, o lo que es peor, una forma de clericalismo disimulado. H. Úrs von Balthasar, en su obra El Lateado y el Clero (Einsiedeln, 1949), reprocha ásperamente a la Acción Católica el ser un organismo artificial, creado arbitrariamente por la suprema autoridad, que no es más que el esfuerzo desesperado del clero por continuar dominando en los seglares y en la esfera de lo temporal. Aún con mayor fuerza expresa E. Michel esta misma idea: “la unión de los seglares en la Acción Católica es una creación híbrida del moderno clericalismo, que busca de este modo librarse de su “ghetto” con ayuda de tales intermediarios, logrando únicamente traerlos consigo a él”[10].

Para esclarecer un poco tan difícil cuestión, ofrecemos algunas consideraciones:

a)      Como muchas veces ha afirmado Pío XI, la Acción Católica, en su esencia genérica, o sea, en cuanto apostolado seglar, no es cosa nueva en la Iglesia; lo es ciertamente en su forma orgánica actual. Con esta organización la Iglesia eleva el apostolado seglar de su condición privada e individual al nivel de lo público y oficial. La organización coordinada del apostolado de los seglares no es un intento del clero de reducir a normas la acción del Espíritu Santo, que se acomoda a las exigencias de cada época. Por lo demás, la organización oficial no absorbe toda la actividad apostólica de los seglares: les queda intacta como antes la facultad de entregarse a un apostolado personal.

b)      Además de coordenar el apostolado individual de cada seglar con el de los demás, la Acción Católica combina el de todos con el de la Jerarquía, insertándolo en éste. El hecho de que se integren y combinen no quiere decir que se confundan o se convierta uno en otro: ambos conservan su propia naturaleza distinta, pero se unen de manera que forman una serie, siendo uno continuación y complemento de otro. No se trata, por tanto, de comunicar a los seglares el poder y la actividad de la Jerarquía; ni la Jerarquía hace suya la actividad de los seglares ejerciéndola por medio de ellos. Es la unión e integración de ambas actividades, sin que ninguna salga de su propio campo, es un único apostolado de la Iglesia.

c)      ¿Qué palabra expresa mejor la integración del apostolado seglar en el jerárquico: “participación” o “colaboración”? Debe, ante todo, advertirse que no existe oposición alguna entre ellas. Se diferencian únicamente en que una hace resaltar un aspecto y otra otro, pero siempre dentro de la misma idea. Se completan mutuamente. “Participación” es más a propósito para dar a entender la unión íntima que existe entre el apostolado de ambos. Ponderando la importancia que tan íntima unión tiene en el concepto de Acción Católica, decía Pío XI, hablando a las Asociaciones Católicas de Roma (19-4-1931), que la Acción Católica perdería toda su razón de ser si se oscurecen, aunque sólo sea por un momento, estas ideas fundamentales o se afloja el vinculo esencial que la une con la Jerarquía. Mas conviene no perder nunca de vista la autonomía de la Acción Católica. Como advierte muy bien Pío XII, el apostolado de los seglares, aun cuando está íntimamente unido al de la Jerarquía, conserva siempre un campo suyo propio. Esta autonomía se pone más de relieve con el término “colaboración”. Al tratar de determinar las relaciones de la Acción Católica con el apostolado de la Jerarquía, deben resaltar ambos aspectos por igual. Es una unión especial, en que se funden sin confundirse, y que espera del estudio de los teólogos y juristas una formulación más precisa. Mientras ésta llega, puede muy bien servir el vocablo “integración”.

                        2.   ¿Qué es lo que confiere el “mandato”?

Escribe Pío XI en su carta al Cardenal Ber-trám:  “La sagrada Jerarquía, al mismo tiempo que el mandato, da también apoyo y estímulo a los fieles que, asi unidos, estuviesen siempre dispuestos a secundar sus empresas”[11]. Esta expresión es frecuente en sus documentos. También Pío XII hace referencia muchas veces al mandato. Nueva dificultad y nuevas controversias. ¿En qué sentido debe entenderse la palabra “mandato”? ¿Qué es lo que recibe la Acción Católica por medio de ese “mandato”?

Son pocos los que piensan que el “mandato” nada incluye; casi todos admiten que significa algo positivo. Según unos, indica la misión canónica en sentido estricto, por la que se comunica al mandatario una participación de la potestad jerárquica. De esta opinión es Monseñor Zacarías de Vizcarra, Asistente Eclesiástico de la Acción Católica Española, quien sostiene que los directores y los miembros de la Acción Católica con el mandato canónico reciben la potestad necesaria para participar oficialmente en el apostolado jerárquico, añadiendo que esa potestad que reciben es una participación del poder jurisdiccional de la misma Jerarquía[12]. M. V.’Pollet defiende esta misma opinión extremista: “La Acción Católica no es solamente colaboración o cooperación con la Jerarquía, sino además una verdadera participación de la potestad, de la autoridad y del mandato jerárquicos. La participación parece realizarse por vía de comisión o delegación, pues se trata de un mandato… La Acción Católica participa de la misión jerárquica en cuanto magisterial, y por cierto del magisterio ordinario…, no en lo que la Jerarquía posee de orden y jurisdicción”[13] (121); y continúa: “Es preciso que el participante y el participado tengan alguna cualidad común, que, en el caso presente, creemos sea el mandato apostólico. Se trata de un mismo mandato para todos. Lo recibieron los apóstoles, transmitiéndole por derecho divino a la Jerarquía. Finalmente, el Espíritu Santo, por medio del Romano Pontííice, ha hecho que se extienda también a los seglares por delegación o por comunicación”[14]. Esta última opinión parece muy peregrina y sin ninguna probabilidad, pues, según ella, la Iglesia se hubiera reservado para sí sola, durante casi veinte siglos, una potestad destinada a todos los fieles. El mandato de Cristo a los fieles ha sido siempre eficaz y puesto en obra. La Iglesia, según las exigencias de cada época, añade un nuevo mandato que, sin cambiar la naturaleza del apostolado seglar, le da una nueva estructura externa. Para otros autores, en cambio, “mandato” no tiene el sentido jurídico de comunicación de una potestad, sino el significado ordinario y literal de precepto, voluntad, norma, etc. Entre ellos se encuentra Arturo Lobo en su obra Qué es y qué no es la Acción Católica. Afirma el autor que recibir la Acción Católica el mandato de la Jerarquía significa sencillamente que está directa e inmediatamente a las órdenes de ella, como tantas otras asociaciones que reciben de la Jerarquía preceptos, consejos, estímulos, normas, etc. Según J. Sabater March, el “mandato” de que habla PíoXI es sinónimo de “voluntad y beneplácito”[15]. Del mismo parecer es el P. Regatillo, quien afirma que en el pensamiento de Pío XI, “mandato” tiene el sentido ordinario de precepto, norma, voluntad de la Iglesia[16]. Creemos que la raíz de la dificultad está en que los juristas en general, tanto los que admiten como los que niegan al “mandato” sentido canónico, pretenden reducir todo a las especies y divisiones jurídicas ya existentes en el Código. De aquí nace la tendencia de los autores a incluir sin distinciones la Acción Católica en una de las tres formas de Asociaciones de fieles descritas en el mismo Código; ése es igualmente el motivo de que unos vean en el “mandato” un contenido jurídico y otros crean que de jurídico no tiene nada. Mas unos y otros parecen olvidar que la promulgación del Código no coarta en nada la potestad de la Iglesia para fundar nuevas maneras de Asociaciones, cómo sé ve por la creación de los Institutos Seculares.

Por consiguiente, el “mandato” de que tratamos parece debe entenderse en un sentido especial y nuevo, que no es el sentido jurídico del Código, ni es tampoco un sentido meramente literal.

Por una parte, el mandato no comunica a los miembros de la Acción Católica potestad jerárquica, como tampoco se les encomienda ejerzan actividad alguna del apostolado jerárquico; les bastan sus propias actividades. Por otra parte, no sólo vincula a los seglares nuevamente a la Jerarquía por razón del mandato (en sentido de precepto y beneplácito), sino que además les confiere una nueva dignidad y un derecho nuevo. ¿Qué es, pues, el mandato? Podríamos explicar su naturaleza del modo siguiente: Por parte de la Jerarquía: La Jerarquía, en este caso, no se contenta con aprobar y dirigir, como hace con otras asociaciones laicales; ni se limita a erigir y gobernar, como suele hacer con las asociaciones de fieles que la Iglesia ha fundado, sino que además incorpora a sí misma este apostolado de los seglares, asumiendo junto a ellos la responsabilidad y ocupándose positivamente de su orientación. Por parte de los seglares: Estos someten libremente a la Jerarquía una actividad apostólica que podrían ellos ejercer sin depender directamente de aquélla; la adaptan de manera que sirva de complemento al apostolado de la Jerarquía, obteniendo de este modo el derecho a obrar en nombre de la Iglesia.

Tenemos una analogía con lo que sucede en la profesión religiosa. Los votos serán siempre una acción libre del individuo para con Dios. Puede, sin embargo, la Iglesia confirmar esa profesión con su autoridad, haciéndola de derecho público; entonces ya es una obligación a Dios no sólo por el individuo, sino por toda la Iglesia. El mandato, además de elevar la Acción Católica a la categoría de organismo público en la Iglesia, como lo hace la erección canónica con otras asociaciones, la incorpora a la Jerarquía, convirtiendo la actividad de sus miembros, mientras obran en virtud del mandato, en actividad de la Iglesia, que asume la dirección y responsabilidad. Es, en otras palabras, la elevación del apostolado seglar a un orden nuevo, sin cambiar la naturaleza: la actividad de los miembros de Cristo se convierte en actividad de todo el Cuerpo. Se les comunica algo jurídicamente indefinible: no es la potestad de orden o de jurisdicción, sino una especie de dignidad o de recho a obrar en nombre de la Iglesia, cosa de por sí reservada a la Jerarquía. Ha declarado el Congreso de Cardenales y Arzobispos de Francia que la palabra “mandato”, frecuente en los documentos de la Santa Sede y del Episcopado francés, parece la más indicada para designar las relaciones que median entre la Jerarquía y las organizaciones seglares. El apostolado seglar no pertenece al mismo orden que el apostolado del clero. Los miembros de Acción Católica no son vicarios seglares, sino que ellos mismos tienen su propia y trascendental misión que cumplir en la Iglesia. Sin que pierda nada de su dignidad ni cambie su naturaleza, el apostolado organizado de los seglares recibe por medio del mandato carácter oficial y público dentro de la Iglesia. Pero sigue siendo enteramente apostolado seglar[17] (125).

                        3.   Intervención de la Jerarquía en la Acción Católica

Como afirmaba Pío XII en su discurso al Congreso Internacional de Apostolado Seglar, la actividad apostólica de los seglares puede depender de la Jerarquía en muy diversa medida. Tal dependencia alcanza su grado máximo tratándose de la Acción Católica, que es por excelencia el apostolado oficial de los seglares. Las demás actividades apostólicas de éstos, estén o no organizadas, gozan de la más amplia libertad, según lo pide su peculiar finalidad. Se les exige únicamente fidelidad a la doctrina ortodoxa y obediencia a las disposiciones legítimas de la autoridad[18].

En esa gradación de dependencia, el último puesto corresponde a las asociaciones puramente seglares, es decir, a aquellas que la Iglesia no ha erigido en persona moral. Sobre éstas la Iglesia se limita a vigilar, como haría con la actividad apostólica de cualquier cristiano particular. Un ejemplo típico de esto son las Conferencias de San Vicente de Paul. Habiendo preguntado el Sr. Obispo de Corrientes (Rep. Argentina) a la Sagrada Congregación del Concilio “si la Sociedad de San Vicente de Paúl estaba sujeta y en qué medida a la potestad del Ordinario del lugar”, recibió esta respuesta de la Congregación: “El Ordinario del lugar tiene el derecho y el deber de vigilar para que en dicha Sociedad nada se haga contra la fe y las buenas costumbres. Si hubiera algún abuso, a él toca poner remedio”[19] (127).

Las asociaciones que han sido constituidas por la Iglesia están enteramente sujetas a la autoridad jerárquica, aunque ésta no se haga solidaria de su actividad. Se rigen por estatutos previamente aprobados por la Jerarquía.

La Acción Católica, además de ser erigida por la Iglesia, recibe de ella el “mandato”, como hemos explicado anteriormente. De este modo la Iglesia asume la dirección y la responsabilidad de ese apostolado seglar, haciéndolo en cierto modo suyo. La unión y dependencia llegan aquí al más alto grado.

No obstante, a los seglares, miembros de la Acción Católica, les queda intacta su libertad de acción. Al decir que la Acción Católica es como un instrumento en manos de la Jerarquía, sólo queremos indicar, dice Pío XII, que la Jerarquía usa de ella, como Dios hace con las creaturas racionales, respetando su libertad[20]. Lo mismo dijo a los Delegados de la Acción Católica Italiana: la Acción Católica no solamente no excluye, sino que estimula positivamente la iniciativa personal entre sus miembros. Estos no deben conducirse como ruedas inertes engranadas en una gran máquina, incapaces de moverse sin el impulso central; ni son tampoco sus directores especie de jefes de una fábrica eléctrica, encargados únicamente de mandar, cortar o regular el curso de la electricidad por el vasto tendido[21].

Para garantizar mejor la autonomía de la Acción Católica ha dispuesto la Iglesia que todos sus directores sean seglares. La Jerarquía, aunque íntimamente unida a ella, queda siempre al margen, interviniendo en la aprobación y dirección lo estrictamente necesario para hacerse responsable de tal actividad. Algo semejante a lo que sucede entre el gobierno civil y el ejército. Es el gobierno civil quien decide si hay que hacer la guerra, contra quién y cuándo; pero la estrategia o modo de hacerla es ya asunto diverso, que pertenece a los jefes del ejército. Por eso Pío XII exhorta a los Superiores eclesiásticos a que estimulen las iniciativas entre los apóstoles seglares y escuchen las sugerencias de éstos, las soluciones geniales son debidas a los que están en vanguardia[22].

                        4.   Amplitud y límites de la Acción Católica

San Pío X, que ha sido en gran parte el autor de la denominación “acción católica”, dejó ya definido en su Encíclica II termo Proposito, el ámbito de la Acción Católica: “Es amplísimo el campo de la Acción Católica, que de por sí nada excluye de lo que directa o indirectamente puede referirse al cumplimiento de la misión divina de la Iglesia”[23]. Mas, cuando el Papa escribía esto, la Acción Católica no tenía aún -forma oficial. Por tanto, podrían sus palabras referirse a toda clase de apostolado seglar. Pero poseemos la clara aserción de Pío XI, fundador de la Acción Católica en su forma oficial: dondequiera se trate de la gloria de Dios o de la salvación de las almas, de distinguir entre el bien y el mal, de interpretar o llevar a la práctica la ley de Dios, hasta allí se extiende el campo de la Acción Católica. A todo lo que abarque el apostolado de la Jerarquía, se extiende igualmente el de la Acción Católica. Sin exceder los límites del mandato recibido, tiene un campo inmenso, aunque dentro de él tenga normas concretas sobre el modo de desplegar su actividad[24]. Igualmente, según Pío XII, el apostolado de la Acción Católica abarca todo el campo religioso y social: todo lo que pueda caer dentro de la misión y actividad de la Iglesia[25]. El ámbito de la Acción Católica, por consiguiente, coincide con el de la Jerarquía, si exceptuamos lo que se refiere a la potestad de orden y a la de jurisdicción. Tiene, pues, una amplitud inmensa, que incluye, además del orden espiritual, todo lo temporal y material que tenga relación con él En su mismo extensión se ponen ya de manifiesto los límites de la Acción Católica. Escribe Pío XI: “La Acción Católica, al igual que la misión encomendada por Dios a la Iglesia, y aun al mismo apostolado jerárquico, no es puramente exterior, sino también espiritual, no política, sino religiosa. Podemos, sin embargo, llamarla “social”, ya que trata de difundir el reino de Cristo, cuya propagación trae a la sociedad el mayor de todos los bienes y otros que de él se derivan, son los llamados bienes políticos, que se refieren al estado general de la nación y son comunes a todos los ciudadanos, no a cada uno en particular. Todo esto puede y debe conseguirlo la Acción Católica si, observando fielmente las leyes divinas y eclesiásticas, se mantiene ajena a toda clase de partidos políticos”[26].

Por tanto, la Acción Católica, en cuanto tal, no se ocupa del orden temporal en sí mismo. La razón es manifiesta: el orden material queda fuera del campo de la Jerarquía. Por consiguiente, no puede ésta asumir la responsabilidad o hacerse cargo de la actividad de los fieles, en ese orden. La Acción Católica no comprende, pues, todo el apostolado de los fieles, sino solamente aquel que se desarrolla en el orden espiritual, entendiéndolo en el sentido amplio que le hemos dado más arriba. La acción de los católicos, en cuanto al objeto, es más amplia que la Acción Católica. En cambio, la Acción Católica es muy superior en lo que al orden espiritual se refiere, por &u vinculación orgánica al apostolado jerárquico y por su rango de actividad pública en la Iglesia. Podríamos también decir que coinciden en el objeto material, ya que nada humano existe en que no se mezcle algo de orden espiritual o moral. La diferencia formal está en que la Acción Católica mira al mundo únicamente desde el aspecto sobrenatural, mientras que la acción de los católicos incluye asimismo el orden temporal.

                        5.   La Acción Católica no es la única forma de apostolado seglar

Por el hecho de que la Acción Católica extienda su apostolado a todo el orden espiritual, no quedan excluidas otras organizaciones en ese mismo orden. La Iglesia, al instituir la Acción Católica, no pretende quitar importancia a otras asociaciones de fieles, ya erigidas por ella, ya por personas particulares. El apostolado individual de los fieles conserva en la Iglesia toda su necesidad y eficación. Bien ha puesto de relieve esta verdad Pió XII en su discurso al primer Congreso de Apostolado Seglar, afirmando que existen verdaderos apóstoles seglares, hombres y mujeres, que, sin pertenecer a la Acción Católica ni a otra alguna asociación aprobada por la Iglesia, despliegan una fecunda actividad; llamó la atención sobre la obra de aquellos seglares heroicos que, en regiones donde la Iglesia es perseguida como en los primeros siglos del cristianismo, suplen en lo posible, exponiendo muchas veces sus propia vida, al clero encarcelado, enseñan a los demás fieles la doctrina cristiana, fomentando en ellos el espíritu católico y la vida religiosa, les inculcan la frecuencia de los sacramentos y las prácticas de piedad, y en primer lugar la devoción a la Eucaristía. Contemplad, decía, a esos seglares en sus tareas; no preguntéis a qué organización pertenecen; admirad generosamente el bien inmenso que hacen; alegraos cuando veáis que muchos, guiados por el mismo Espíritu, trabajan fuera de vuestras filas por conquistar a sus hermanos para Cristo[27].

Todos los fieles tienen el deber de hacer apostolado, aunque no todos en forma rigurosamente organizada. He aquí cómo argumenta el Papa en el citado discurso: ¿Se puede afirmar que están todos llamados al apostolado, tomando este vocablo en un sentido único? Dios no ha concedido idéntica oportunidad ni las mismas cualidades para ello. No se puede pedir a una esposa o a una madre de familia, ocupada en la educación cristiana de sus hijos, en las labores domésticas y en ayudar al marido a sostener la economía familiar que se entregue a un apostolado de esa clase. No están, pues, llamadas a ejercer el apostolado organizado[28].

                        6.   Algunas modificaciones en el concepto de Acción Católica introducidas por Pío XII

El discurso de Pío XII (5-10-1957) al Segundo Congreso Internacional de Apostolado Seglar, ha dado nuevas orientaciones que, sin ser obligatorias, eran propuestas a la atenta consideración del mismo Congreso[29]. El motivo de introducir tal novedad es el siguiente: reservar el nombre “Acción’ Católica” exclusivamente para designar una forma determinada de apostolado ocasiona en la mente, del pueblo cierto prejuicio contra las demás formas organizadas de actividad apostólica, como si no fueran auténtico apostolado. Es ciertamente un error el de muchos que identifican la Acción Católica con el apostolado orgánico de los seglares. Pero esta mentalidad está muy difundida y acarrea graves daños a ‘Otras asociaciones de apostolado seglar que, a- pesar de su fecunda labor, pasan ordinariamente por secundarios y de escasa importancia. Y aun puede llegar el prejuicio a despojar de toda eficacia la actividad de aquéllas en las diócesis.

Para evitar este inconveniente, el Sumo Pontífice propone dos modificaciones: una, que se refiere a la terminología; otra, a la organización. En cuanto a la primera, debiera utilizarse en adelante la denominación “Acción Católica”, nombre hasta el presente aplicado a una forma particular de apostolado organizado, para designarlas todas en general: el nombre de una especie se generaliza. Automáticamente la estructura de la Acción Católica debe cambiar igualmente: deja de ser una organización homogénea, para convertirse en federación heterogénea. Todas las asociaciones tendrán el carácter general de “Acción Católica”, conservando siempre su propio nombre y su naturaleza especifica. La innovación también afecta al “mandato”, La Acción Católica, entendida en el sentido global que acabamos de explicar, no habrá de recibir necesariamente el mandato; la jerarquía podrá libremente concederlo rehusarlo a cada uno de las asociaciones particulares de que esta compuesta. No es licito, sin embargo a los obispos dejar fuera de la Acción Católica a algunas de la asociaciones de apostolado seglar.

La reforma aporta varias modificaciones a la Acción Católica es sus dos notas esenciales:

1)  Finalidad Universal. La Acción Católica se distingue de las demás asociaciones, sobre todo, por la universalidad de su fin, que abarca todo genero de apostolado. Ya lo había insinuado San Pio X en su encíclica  Il Fermo Proposito[30]. En su alocución a los delgados de la Acción Católica Italiana (3-4-1951) se expresa aún con mas fuerza Pío XII, diciendo que, mientras las demás asociaciones reciben el nombre de actividad particular a que cada uno desarrolla, esta se llama “Accion Catolica”, por tener una finalidad universal, ilimitada[31] (139). Mas ahora, con la innovación propuesta, este fin universal pertenecerá al conjunto de las diversas asociaciones federadas, conjunto que en adelante se denominará Acción Católica. Para que resulte la Acción Católica no es necesario que cada una de las asociaciones tenga el fin universal; basta que lo tengan entre todas. Esta idea no es completamente nueva en el concepto tradicional de Acción Católica. Ya en algunas regiones, donde no existía la Acción Católica en su forma unitaria, otras asociaciones de fieles con diversos fines se habían unido entre sí para formar una especie de Acción Católica de carácter federativo. Esta forma excepcional se convierte ahora en norma.

2)  El mandato. Es la otra propiedad que hasta el presente se consideraba esencial en el concepto de Acción Católica, que, por el mero hecho de serlo, se presuponía haberlo recibido. Mas ahora la finalidad universal se traslada, de manera que ya no pertenece a las asociaciones particulares, sino al conjunto; paralelamente, el mandato ya no se concede a la Acción Católica en general, sino a cada una de las asociaciones; cuando pareciere conveniente. Además, deja el mandato de ser un elemento necesario de la Acción Católica.

¿Qué significa, pues, “Acción Católica” en su nuevo sentido? A nuestro modo de ver, el Sumo Pontífice ha querido designar con este nombre el conjunto de asociaciones dedicadas al apostolado seglar. No simplemente el apostolado seglar, sino el apostolado orgánico; ni tampoco las diversas asociaciones de por sí, sino su conjunto. El Papa no ha determinado cuál haya de ser la naturaleza de esta federación y cuáles los vínculos entre las diversas corporaciones. Lo deja al estudio de los peritos.


[1] Leonis XIII P. M. acta, t. 21, Romae, 1902, p. 17

[2] Damos el texto conforme a la versión oficial latina aparecía en Acta Sanctae Seáis 37 (1904/5), pp. 744, 747-748, 755: cfr. Píi X P. M. Acta, t. 2, Roiriae, 1907, pp. 114, 117-118, 122-123.

(*) “En nuestra primera Encíclica hicimos ya resaltar los múltiples y graves motivos que imponen hoy, en todos los países del mundo, la necesidad de reclutar a los seglares “para el pacífico ejército de la Acción Católica, con la intención de tenerlos por colaboradores de la Jerarquía eclesiástica…” Y ahora queremos, con toda la urgencia de la caridad “que nos incita”, renovar la exhortación y llamamiento de nuestro predecesor Pío Xtt “sobre la necesidad de que todos los seglares de tierras de misiones, nutriendo con su gran número las filas de la Acción Católica, colaboren activamente con la Jerarquía eclesiástica en el apostolado”. Sin embargo, no se insistirá nunca lo bastante sobre la necesidad de adaptar convenientemente esta forma de apostolado a las exigencias y condiciones locales. No basta tratar de implantar en determinadas regiones lo que se ha hecho en otras partes,.. La Acción Católica es una organización de seglares “con propias y responsables tareas ejecutivas; de ahí que sean los seglares quienes compongan sus cuadros directivos”. Juan XXIII, Princeps Pastorum, AAS, 51 (1959), pp. 855-57. Texto español en Ecclesia, XIX2 (1959), p. (694).

(*)   Sínodo Romano. Can. 640.

§ 1.   La Acción Católica es una asociación de laicos que, según sus propios estatutos, bajo la directa y especial dependencia de los Obispos, coadyuva a la Jerarquía eclesiástica en el ejercicio de su misión por el triunfo del Reino de Dios en los individuos, en las familias y en la sociedad.

§ 2. Se ha de insistir de modo especial en nuestros días en la necesidad de esta colaboración, por cuanto el clero, debido a su escasez, se halla en la imposibilidad de satisfacer por sí mismo a todas las exigencias del apostolado y porque muchas obras apostólicas son convenientes o posibles sólo a los laicos.

[3] Epist. “Quas notas”  (AAS, 20  (1928), p. 385).

[4] Cfr. Epist. “Observantissimas litteras accejñmusí”, al Episcopado de Colombia, 14-2-1934 (AAS, 34 (1924), p. 248): “no sin divina inspiración dijimos…”; véase también Civardi, Manuele di Azione Cattlica. ed. 12, Roma, 1952, pp. 24-25

[5] Cfr. más arriba nota 112

[6] Citado en R. Spiazzi, La missione dei laici, Roma, 1952, p. 234

[7] L’apostolat laique, Mayenne, 1931, p. 82.

[8] Essai   sur   l’Action   catholique,   Bruxelles,   1929, p. 42

[9] Cfr. Ivés M. J. Congar, jalons por une théoloyie du Mcat, ed. 2, París, 1954, p. 510

[10] Cfr. G. Philips, Le role du la’icat dans l’Eglise, París, 1954, pp. 154-15.

[11] AAS, 20  (1928), p. 385.

[12] Curso de Acción Católica, Madrid, 1947, nn. 49, 50 y 52. Nótese, sin embargo, que a partir de esta tercera edición el autor ha mitigado mucho su sentencia.

[13] De Actione Catholica principa theologiae thomisticae dUuciáata. in Angelicum, 13   (1936), p. 456, nota  1 (de la página anterior).

[14] Ibíd., pp. 455-456

[15] Derecho   constitucional   de  la  Acción   Católica, Barcelona, 1950, pp. 47-48.

[16] Institutiones juris Canonici, t. I, Santander, 1951, p. 554.

[17] Cfr. Documentation catholique, 43 (1946), pp. 740, 743-744.

[18] AAS, 43 (1951), p. 789.

[19] Decreto del 13 de noviembre de 1920 (AAS, 13 (1921), p. 135).

[20] AAS, 43 (1951), p. 789.

[21] Ibíd., p. 377.

[22] ibíd., p. 789.

[23] Cfr. más arriba nota 110.

[24] “¿Cuál es el campo asignado a la Acción Católica? No hay dificultad en responder que ésta debe llegar a todas partes; es como decir que su campo está donde quiera que entre en juego la gloria de Dios, el bien de las almas, la razón, el juicio autorizado entre el bien y el mal, la ley de Dios, la aplicación de ésta… A todas partes adonde llega el  apostolado   jerárquico,  allá  debe llegar también, llamada por el mismo Apostolado en su ayuda, la Acción Católica… Esta, dentro de los límites de su mandato, tiene un campo propio ilimitado;   si bien en este campo tiene un medio peculiar de empeñarse” (Dis curso a los dirigentes de la Acción Católica de Roma, 19 de abril de 1931).

[25] Alocución a los Delegados de la Acción católica Italiana, 3-3-1951;   in AAS, 43  (1951), p. 375.

[26] (134)   A AS, 20 (1928), p. 385.

(*) .Juan XXHT, en su alocución a los miembros de Acción Católica “des Milleun independants”, les decía el 12 dé mayo de 1961: “Vuestra tarea es una tarea de evangelización. sois los enviados de la Iglesia en vuestro medio ambiente, sus misiones, sus apóstoles, pero eí apostolado, como bien sabéis, no es una empresa humana, con finalidades temporales. Es una empresa divina, plenamente sobrenatural en su origen y en sus fines.

“… Los Obispos, por su parte, asocian cada vez más en su actividad no sólo a los sacerdotes, que son sus cooperadores, sino también a determinados fieles, con-fiándoles la evangelización de los diversos estratos sociales; vuestro apostolado es un apostolado organizado.

“Si, pues, la unión es necesaria entre vosotros, fácilmente comprenderéis cuánto más necesaria es con el Obispo, cabeza del apostolado en la ‘diócesis. La presencia aquí de una representación tan nutrida del episcopado francés muestra claramente que sois conscientes de ello.

“Esta unión con el Obispo encierra diversas consecuencias referentes a vuestra actividad. La primera es, que debéis manifestar con entera confianza a vuestros superiores espirituales vuestras realizaciones,” vuestros proyectos, las dificultades encontradas en el ambiente a vuestro apostolado, vuestras sugerencias para vencerlas; y que reflexionéis con ellos en vista de una mayor eficacia de vuestras iniciativas apostólicas.

“La segunda, que después de haber referido filialmente, os sometáis con entera docilidad a las decisiones del superior de la diócesis, aun cuando ello suponga a veces sacrificar un punto de vista o preferencia personal. Con este precio, lo sabéis bien, vuestro apostolado será verdaderamente de la Iglesia, verdaderamente fructuoso, ciertamente bendecido por Dios.” Texjto francés en AAS, 53 (1961), 324-26.

[27] AAS, 43 (1951), pp. 787-783.

[28] Ibíd:, P.-787.

[29] “Para resolver esta dificultad se piensa en dos reformas prácticas: una, de la terminología, y, como corolario; otra, de estructura. En primer lugar, sería necesario devolver al término “Acción Católica” su sentido general y aplicarlo únicamente al conjunto de movimientos apostólicos seglares organizados y reconocidos como tales, nacional o internacionalmente, ya sea por los Obispos en el ámbito nacional o por la Santa Sede en cuanto a los movimientos que aspiran a ser internacionales. Bastaría, pues, que cada movimiento particular fuera designado por su nombre y caracterizado por su forma específica y no según el género común. La reforma de estructura seguiría a la fijación del sentido de los términos. Todos los grupos pertenecerían a la Acción Católica y conservarían su nombre y autonomía, pero todos ellos juntos formarían, como Acción Católica, una unidad federativa. Cada uno de los Obispos quedaría libre de admitir o de rechazar a determinado movimiento, de confiarle o no su mandato, pero no .le correspondería rechazarlo como si no fuera Acción católica por su misma naturaleza. La realización eventual de semejante proyecto requiere, naturalmente, atenta y prolongada reflexión. Vuestro Congreso puede ofrecer una ocasión favorable para discutir y examinar este problema, al mismo tiempo que otras cuestiones similares.

Parece necesario, al llegar a este punto, dar a conocer, al menos a grandes rasgos, una sugerencia que nos ha sido comunicada muy recientemente. Se señala que reina en la actualidad un penoso malestar bastante ampliamente extendido, que tendría su origen, sobre todo, en el uso del vocablo “Acción Católica”, Este término, en efecto, parecería reservado a ciertos tipos determinados de apostolado seglar organizado, para los que no entran en el cuadro de la Acción Católica así concebida-se afirma-aparecen como de menor autenticidad, dé importancia secundaria, menos apoyadas por la Jerarquía, y permanecen como al margen del esfuerzo apostólico esencial del elemento seglar. La consecuencia parecería ser que una forma particular de apostolado seglar, es decir, la Acción Católica, triunfa en perjuicio de las otras, y que se asiste al embargo de la especie sobre el género. Más aún, prácticamente, se le concedería la exclusiva, cerrando las diócesis a aquellos movimientos apostólicos que no llevasen la etiqueta de la Acción Católica” (AAS, 49 (1957), p. 929).

[30] Acta Santae Sedis, 37 (1904-5), p. 755; cfr. Mas arriba nota 110

[31] “Vosotros en cambio os llamáis sencillamente “Acción Católica” porque, teniendo un fin general y no partículas y específico, no sois un eje firme en torno ai cual gravite el mecanismo de una cualquiera organización, sino más bien un lugar adonde todos acuden, donde se reúnen y organizan los católicos de acción” (.AAS, 43 (1051), p. 375).