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Los rasgos del rostro de la Ac conciliar para el Tercero Milenio

Los rasgos del rostro de la Ac conciliar para el Tercero Milenio

Beatriz BUZZETTI THOMSON

Coordinadora de Secretariado de FIAC

 

Veamos cuales son los rasgos del rostro de la AC en este inicio de tercer milenio. Para vislumbrar ese rostro debemos partir de la realidad fundante del Bautismo por el cual todos somos incorporados al Pueblo de Dios, hijos todos del Padre, miembros de la Iglesia, de la cual Cristo es la cabeza.

Por el Bautismo todos hemos sido llamados a la santidad. Esta es la vocación común de todos los christifideles, sean clérigos o laicos. Esta común vocación a la santidad adquiere en nosotros, laicos, características propias pues por vocación divina los laicos debemos vivir en el mundo y tender allí a la plenitud de la vida en la santidad. Es decir esta es la modalidad propia de nuestra existencia cristiana y es a la vez la función específica de nuestra tarea apostólica. El Concilio Ecuménico Vaticano II nos lo expresa con suma precisión: el ámbito propio de la tarea del laico en la Iglesia es “todo lo que constituye el orden temporal” (AA 7). “A los laicos les corresponde por su propia vocación tratar de obtener el reino de Dios, gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” (LG 31). La Constitución Gaudium et Spes nos plantea con toda claridad esta misión eclesial del laico que es a su vez el camino de su santificación. Dice la Gaudium et Spes en su número 43: “el cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes para con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”.

Es pues, con la conciencia de esta doble pertenencia a la comunidad eclesial y a la comunidad civil, que debemos vivir y ayudarnos a vivir la Iglesia, misterio de comunión misionera. Estamos llamados a hacer presente la Iglesia en el corazón del mundo y al mundo en el corazón de la Iglesia. Esta es exigencia derivada del Bautismo, para todos los laicos.

Nosotros hemos respondido al llamado del Señor y queremos vivir esta identidad laical desde nuestra especial vocación de Acción Católica.

¿Y qué es lo esencial de la Acción Católica? Cuáles son los rasgos de su rostro?
En la eclesiología conciliar de comunión y misión, se define la identidad de la Acción Católica a través del conjunto de las cuatro notas de Apostolicam Actuositatem: eclesialidad, laicidad, organicidad, colaboración con la Jerarquía (AA 20). En estas cuatro notas confluye la riqueza de la tradición y de la experiencia de la AC preconciliar.

La primer nota, la eclesialidad, es constitutiva de la AC, porque su fin es el mismo fin apostólico de la Iglesia, porque está llamada a trabajar para que la Iglesia testimonie su unidad en la diversidad ante el mundo y proclame audazmente el Evangelio a todos los hombres. Este fin apostólico de la Iglesia que la AC hace suyo, no se vive en abstracto sino que tiene su concreción histórica y geográfica en la Iglesia particular, en la Diócesis. La AC se caracteriza por su inserción en la pastoral diocesana.

La segunda nota, la laicidad, el carácter laical. La AC es obra de laicos que cooperan como tales con la jerarquía, aportando su experiencia y asumiendo su responsabilidad en la dirección y organización de la institución y en el desarrollo de sus métodos de acción. De este su carácter laical se deriva la responsabilidad ineludible de la AC en el trabajo apostólico en los ambientes.

La tercer nota: la organicidad. No se trata de la tarea de personas aisladas. En la AC los laicos trabajan unidos a la manera de un cuerpo orgánico. Este estilo asociativo y comunitario tiene en cuenta las distintas realidades, las diversas etapas de la vida y los diversos campos apostólicos donde sus miembros deben prestar su servicio evangelizador tanto en la comunidad eclesial como en el espacio propio de la sociedad civil. Es una organización conducida por laicos que responde a la realidad de cada momento histórico y esta al servicio de la misión. La organización es esencial (no la forma organizativa concreta).

La cuarta nota, la colaboración con la Jerarquía completa, simultáneamente con las otras notas, la identidad de la AC. Esta especial vinculación con la Jerarquía requiere de la AC un particular servicio para la comunión y la misión. Está profundamente ligada a la servicialidad y la disponibilidad pastoral propia de la AC, a su concreta inserción en la Pastoral Diocesana. En función de este servicio y disponibilidad a los planes pastorales es que la Ad Gentes señala a la AC entre los ministerios necesarios para la plantación de la Iglesia (AG 17).

Luego del Concilio Ecuménico Vaticano II, el surgimiento de muchos movimientos laicales dio nueva vida a la Iglesia y aportó una gran riqueza en la variedad de carismas suscitados por el Espíritu. En este contexto se celebra el Sínodo para los Laicos, cuyas recomendaciones son recogidas en la Exhortación Apostólica “Sobre la vida de los laicos en la Iglesia y en el mundo” y allí Juan Pablo II nos explicita con claridad estas enseñanzas conciliares al ubicar, en medio del panorama de todos los movimientos eclesiales a la AC como aquella institución llamada a “servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda comunidad cristiana, a los proyectos pastorales, a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida.” (ChL 31).

La AC esta llamada a vivir en plenitud la comunión eclesial, a ofrecer el testimonio de una comunión firme y convencida con el Papa y con los Obispos que se expresa en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales y de un modo concreto en hacer suyos los planes pastorales trabajando junto otros movimientos y asociaciones.

La AC se compromete a una presencia activa en la sociedad humana, que a la luz del Magisterio Social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad del hombre. Su acción no se dirige a un sector determinado sino a toda la comunidad y a todos los ámbitos y ambientes de la sociedad, como la misma Iglesia. En la infancia, la juventud, la adultez, la familia, el mundo del trabajo, de la cultura, de la política, de la economía, de la educación, de la ciencia y del arte, en todos quiere ser presencia y expresión de Iglesia, quiere plantar el Evangelio y plantar la Iglesia.

Para lograr esta misión la Christefidelis laici señala que la AC cuenta con un estilo formativo propio. La formación es pues también esencial a la AC. Una formación que tiene sus notas características:

  • Formación para la comunión: entendida como el desarrollo de una especial sensibilidad para crear comunión, comunión en la Iglesia, comunión en el mundo. Para ello es necesario amar, sentir la Iglesia, esta Iglesia concreta; amar, sentir como propia esta realidad social y cultural concreta, en la que vivimos y en la que Dios nos pensó desde toda la eternidad. Sólo así podremos ser constructores de reconciliación en medio de nuestras comunidades y países.
  • Formación que conduzca a la unión de fe y vida: que posibilite ser testigos de la Resurrección en nuestros ambientes.
  • Formación en la Doctrina Social de la Iglesia: que permita impregnar el ámbito de la cultura, de la política, de la economía, de la educación, de la salud, del arte, de la comunicación, de la familia.
  • Una formación en el crecimiento interior y progresivo de la santidad de vida, de una espiritualidad de encarnación.

En síntesis: una formación para la comunión, que conduzca a la unión entre fe y vida y al crecimiento interior y progresivo de la santidad de vida laical. La formación en la AC expresa el dinamismo bautismal y tiene como objetivo lograr cristianos conscientes de su ser bautismal y de su responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad. Justamente la Ecclesia in Europa n. 41 se señala la necesidad de programas pedagógicos que capaciten a los fieles laicos a proyectar la fe sobre las realidades temporales, y que proporcionen no solamente doctrina y estimulo sino también una orientación espiritual adecuada que anime el compromiso vivido como autentico camino de santidad.

Estos son los rasgos esenciales del rostro de la AC, la de ayer, la de hoy y la de siempre, la de aquí y la de tantos otros países en todo el mundo. Este es el don, permanente del Espíritu Santo a su Iglesia.

Descubrimos en la AC de los distintos países distintas formas de concretar estos rasgos esenciales, de acuerdo a las características históricas, culturales y eclesiales de cada lugar. Pero a todos se nos exige hoy una profunda mirada a nuestro interior para revisar en que medida encarnamos hoy estos rasgos del rostro de la AC.

Esto supone el empeño renovado en la búsqueda y construcción del bien común. Es urgente que nosotros nos comprometamos y sumemos a otros en esta búsqueda y construcción del bien común.

Esto exige una tarea formativa, una profunda revisión de nuestras actitudes pero también y simultáneamente una acción decidida. Todos tenemos algo que hacer, en nuestras comunidades, en nuestros países, los niños, los jóvenes, los adultos, nadie puede sentirse excluido. Es necesario contribuir a la renovación de las parroquias como nos lo pide la Ecclesia in Europa para que sean “un espacio para un real ejercicio de la vida cristiana, para que sean un lugar de autentica humanización y socialización tanto en un contexto de dispersión y anonimato de las grandes ciudades modernas, como en las zonas rurales de escasa población” (Cf EiE, 15).

Si nos comprometemos en serio en esta tarea podremos posibilitar el advenimiento de una Europa nueva, que dé una respuesta a esta justicia tan largamente esperada por tantos hermanos nuestros y que sea la base de un mundo, más humano, más fraterno, más solidario.

Sabemos por la fe que este momento que nos toca vivir pertenece al designio del Padre y es esencialmente tiempo de gracia, tiempo de salvación. Jesús nos abre el camino para convertirlo en tiempos providenciales, tiempos de esperanza.
Escuchemos las palabras de Juan Pablo II: “Duc in altum Acción Católica”, y tengamos el coraje del futuro.

III Encuentro Europa-Mediterràneo – Sarajevo, 3-7 de septiembre 2003
El contributo de la Acción Católica POR UNA EUROPA FRATERNA

 

Categorías:Documentos AC

SACERDOTES Y LAICOS JUNTOS FORMAN UN SOLO PUEBLO SACERDOTAL

SACERDOTES Y LAICOS JUNTOS FORMAN UN SOLO PUEBLO SACERDOTAL

Por Monseñor Oscar Cantú
Para Today’s Catholic
En el proceso de escribir uno de los documentos fundamentales en el Segundo Concilio Vaticano, los padres conciliares debatieron sobre el orden de los capítulos del documento que llegaría a ser “La Constitución Dogmática sobre la Iglesia” (Lumen Gentium). Una de las sugerencias hechas al segundo proyecto de documento por uno de los cardenales fue que un capítulo sobre “El Pueblo de Dios” se colocara antes que el capítulo sobre la jerarquía de la iglesia. La sugerencia fue aceptada. Este fue un cambio significativo, ya que señalaba que el pueblo de Dios, en algunos aspectos importantes, tiene precedencia a la estructura de la iglesia. En efecto, los dos primeros capítulos de la Lumen Gentium (“El misterio de la Iglesia” y “El Pueblo de Dios”) hablan de la naturaleza de la iglesia, mientras que los capítulos tercero y cuarto (“La constitución jerárquica de la Iglesia” y “Los Laicos”) tratan sobre la estructura de la iglesia.
Cuando hablamos de un pueblo sacerdotal hablamos de la naturaleza de la iglesia. La iglesia es en sí misma sacerdotal, en el sentido de que continúa el ministerio sacerdotal de Jesucristo. Es en este segundo capítulo clave, “El Pueblo de Dios”, que los padres conciliares hacen la siguiente declaración: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual”. (LG 10) Esta frase es fundamental en la descripción de la relación y la distinción entre el sacerdocio ministerial (de los ordenados) y el sacerdocio común (de los bautizados). La frase por lo tanto merece un análisis. En primer lugar, notamos que, como otros han señalado, la estructura gramatical de la frase refleja el contenido. Es decir, la frase se compone de una oración principal y luego una oración subordinada. El contenido de la cláusula principal, por lo general, tiene un mayor peso, y este es el caso en esta frase importante. Así, el hecho de que el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común están ordenados el uno hacia el otro tiene más peso que el hecho de que difieren no sólo en grado sino también en esencia. La verdad de la cláusula dependiente, sin embargo, no es negada.
¿Qué significa entonces, esta exposición teológica (y gramatical) para nosotros? Por un lado, significa que Jesucristo es el único sumo sacerdote, y que nosotros participamos de su sacerdocio. En segundo lugar: sí, los sacerdotes ordenados se diferencian de los bautizados en el sentido de que los sacerdotes, en virtud de su ordenación, son ordenados a Cristo, cabeza y pastor de la iglesia. Y en tercer lugar, sacerdotes y laicos, juntos, llevan a cabo la misión de Jesucristo y su iglesia. Cuando un sacerdote es ordenado, sigue siendo parte del mismo Cuerpo de Cristo, pero es colocado en un papel y capacidad distintos. Ejerce esta función y capacidad singulares en el servicio al resto del cuerpo, la iglesia. Por su ministerio ayuda a construir la iglesia. El sacerdocio común a su vez, ejerce su misión bautismal de santificar el mundo. En cierto modo, el sacerdote es para la iglesia lo que la iglesia es para el mundo. Es decir, la iglesia, en particular los laicos, ejerce su misión sacerdotal en la santificación del mundo. Sacerdotes y laicos no pueden trabajar simplemente en paralelo, como si tuvieran misiones separadas. Más bien, juntos llevan a cabo la única misión de Jesucristo y de su iglesia, de santificar y transformar el mundo y permitir que el reino de Dios se manifieste.
El sacerdote ministerial necesita de la misión y la cooperación de los laicos. En el capítulo sobre los laicos, la Lumen Gentium dice: “Ellos (los laicos) son llamados por Dios … (para) contribuir a la santificación del mundo, desde dentro como la levadura, mediante el cumplimiento de sus funciones propias”. (LG 31) Es misión particular de los laicos traer la presencia de la verdad del reino de Dios, la justicia y la paz al mundo en que viven y trabajan. Los laicos construyen el mundo con su propia santidad, influyendo en el mundo secular con la verdad del Evangelio. Los Padres Conciliares continúan: “los laicos están llamados de modo especial a hacer la iglesia presente y operante en aquellos lugares y circunstancias en que sólo a través de ellos puede convertirse en la sal de la tierra”. (LG 33) Por lo tanto, es tarea de los laicos, no sólo hacer el trabajo de la iglesia dentro de las paredes de las aulas y los pasillos de la iglesia, sino también llevar la verdad del Evangelio a los mercados y las calles, donde las personas trabajan y viven.
Por su parte los sacerdotes deben “reconocer y promover la dignidad, así como la responsabilidad de los laicos en la iglesia”. (LG 37) Una visión distorsionada y limitada del papel de los laicos de “pagar, orar y obedecer” no es válida desde el punto de vista de la iglesia. Su dignidad y responsabilidad son cada vez más evidentes a medida que los sacerdotes ven diariamente el testimonio del compromiso y santidad de vida de sus feligreses. Se recuerda a los sacerdotes las palabras sabias y bellas del gran San Agustín: “Para ustedes, soy un obispo (o sacerdote); con ustedes, soy cristiano. El primero es un oficio, el segundo, una gracia; el primero, un peligro; el segundo, la salvación”. El documento del Vaticano II sobre la vida y ministerio de los sacerdotes dice lo siguiente: los sacerdotes “deben escuchar de buen grado a los laicos, considerar sus necesidades en un espíritu fraterno, reconociendo su experiencia y competencia en las diferentes áreas de la actividad humana, para que junto con ellos, sean capaces de reconocer los signos de los tiempos”. (Presbyterorum Ordinis, 9) Los laicos necesitan sacerdotes que sirvan como cabeza y pastores; los sacerdotes necesitan a los laicos para que el reino de Dios realmente penetre y transforme el mundo.
En una carta a los sacerdotes el Papa Benedicto XVI explicó que el ejemplo del Cura de Ars “me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos ‘para llevar a todos a la unidad del amor: “amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua”. (Papa Benedicto XVI, Carta para la convocación de un año sacerdotal) Oremos para que el Año Sacerdotal sea de renovación para nuestros ministros ordenados, los sacerdotes, así como para todos los bautizados que comparten en el sacerdocio común de Jesucristo.
Categorías:Laicos

¿Porqué nos persignamos?

¿Porqué nos persignamos?

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Acerca de esto no encontraremos una base bíblica; Pero si indagamos un poco mas en la historia de la Iglesia veremos que la persignacion solo fue, por decirlo así, como una contraseña usada en las persecuciones del primer siglo. Luego que descubrieran el famoso Maranatha (Cristo viene), los cristianos comenzaron a usar diferentes formas de poder identificarse en medio del publico y así no ser descubiertos y formar una contienda que pudiera descubrirlos o descubrir su lugar de reunión, usaron la persignacion, un pescado, extensión de sus brazos, etc. La historia de la iglesia nos puede ayudar a entender varias cosas que otros practican mas no entendemos.

Es cierto y esto no se puede negar, que dicha practica ha sido totalmente desvirtuada y se le ha dado un matiz espiritual que no tiene, y esto no solo en el catolicismo sino también en el ambiente evangélico. Creo que la mayoría de las veces que ignoramos algo preferimos catalogarlo como, no de Dios, antes de esforzarnos un poco e investigar mas adentro, procurando así tener una mejor base y elemento de juicio antes de declarar esto es o no es de Dios.

Por lo general si no esta escrito en la biblia decimos esto no viene de Dios, viene de los hombres. Quiero referirlos a un pasaje biblico muy curioso por cierto.

Si abren sus biblias en 1 Corintios 7:10-12 encontraremos:

Al Apóstol Pablo impartiendo unas instrucciones y podemos notar que luego de escribir lo que dice el Señor, el también hace su aportación cuando dice,”Pero a los demás digo yo, no el Señor”. Simple y llanamente el Espíritu de Dios esta activo en la Iglesia y de acuerdo a las épocas y sus necesidades El ha dado sabiduría y capacidad a su pueblo para resolver problemas del momento.

Lo que atestigua el texto de Tertuliano es que ya en el año 200 es costumbre cristiana persignarse. No sabemos de cuanto tiempo atrás los cristianos lo tienen por costumbre. Sobre el propósito, bueno, como decía Demócrito, la intención varía un poco en cada persona, pero yo diría que se podría decir en general que persignarse es un modo de pedir la bendición de Dios. Es también un modo de sentirse unido a Cristo a través del signo cristiano por excelencia: la Cruz

En la actualidad hay muchas personas las cuales se persignan al pasar frente a una iglesia y muchas que no, las que se persignan, se persignan generalmente por costumbre o porque sienten una obligación en realizar ese acto y las que no lo hacen es porque no sienten nada al hacerlo frente una iglesia y prefieren en muchos casos hacerlo luego de rezar o al visitar una iglesia que le tengan respeto.

Una breve explicación de como persignarse (para los que no sepan):

Para persignarse se emplea la mano derecha. Se coloca el índice doblado detrás del pulgar, para formar una cruz. Y los tres dedos restantes se dejan extendidos y juntos. Algunos liturgistas dicen que ponerlos en esta posición nos ayuda a tener presente a la Santísima Trinidad al persignarnos.

Entonces con los dedos en cruz, se trazan tres cruces pequeñas, dibujándolas imaginariamente, empezando por la parte superior del palo vertical, luego la parte inferior, luego el extremo izquierdo del palo transversal y luego el extremo derecho. Se traza una cruz sobre la frente, otra sobre los labios y otra sobre el pecho.

Algunas personas suelen persignarse diciendo para sí: ‘por la señal de la Santa Cruz’ (al trazar la cruz sobre la frente), ‘de nuestros enemigos’ (al trazarla sobre los labios), ‘líbranos Señor, Dios nuestro’ (al trazarla sobre el pecho).

Después de eso, se dejan los dedos extendidos y unidos entre sí, y se traza una gran cruz que va de la frente al pecho y del hombro izquierdo al hombro derecho. En los países hispanoamericanos solemos terminar este rito colocando nuevamente el dedo índice y pulgar en forma de cruz y besándola.

Al trazar esta gran cruz se dice: ‘En el nombre del Padre’ (al tocarse la frente), ‘del Hijo’ (al tocarse el pecho), ‘y del Espíritu Santo’ (al tocarse el hombro izquierdo y después el derecho), ‘Amén’ (al besar la cruz hecha con los dedos índice y pulgar).

El persignarse con las tres cruces pequeñas (sobre frente, labio y pecho) se suele emplear, por ejemplo, antes de la proclamación del Evangelio en Misa.

El otro modo de persignarse se emplea en forma más común (antes de orar, al terminar la oración, al inicio de la Misa, al final de la misma, etc.).

Es incorrecto persignarse apresuradamente, trazando una especie de garabato que no se entiende, como si diera pena trazarse la cruz; tampoco se deben trazar más cruces de las mencionadas ni más veces de las mencionadas, no se trata de un ritual supersticioso, sino de expresar lo que pide Jesús en el Evangelio que se proclama hoy en Misa, que somos apóstoles de Cristo, enviados a anunciar al mundo la Buena Nueva en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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LA ACCION CATOLICA

LA ACCIÓN CATÓLICA

Victorio Oliver Domingo. Obispo de Orihuela-Alicante

PRESENTACIÓN

Comienzo esta presentación de la Acción Católica un recuerdo sugerente del profeta Isaías. Está en la segunda parte, en el libro de la consolación. Isaías hace revivir al pueblo un nuevo éxodo.

Decía el profeta: Algo nuevo está brotando ¿no lo notáis? Is 43,19). Mirad, todo lo hago nuevo, se lee casi al finalizar el Apocalipsis (21,5) Ha brotado para siempre un Germen, un retoño, del seco tocón (Is 6,13;11,1).

En este clima, hablamos de la Acción Católica, después de etapas, de largas etapas de desierto, en el que, sin embargo, el Espíritu del Señor ha estado trabajando. Tal vez era necesario recorrer una ruta de arena ardiente y de sol calcinante, de sed, de perseverancia aguante, de estar era camino de búsqueda. Hablo así, por seguir aplicando la imagen bíblica.

Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis? No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo. El profeta nos sitúa en el presente y nos orienta hacia el futuro. ¿Será verdad que han pasado los días de la sequedad y, que vienen tiempos nuevos?

Para confirmarlo, os presento algunos datos de esta novedad, del nuevo aire y del nuevo clima que vive la Acción Católica, de su nueva etapa, para este tiempo histórico comprometido seriamente con la evangelización. Son nueve datos de eso nuevo, que está brotando.

1

No en vano se repite entre nosotros la necesidad de aportar brazos y esperanza fresca para una nueva evangelización (ChL 34). Es tema persistente en los escritos del Papa y es objetivo preferente y repetido en los planes pastorales de la Conferencia Episcopal y de tantas diócesis españolas. De la nuestra también. Un anuncio del Evangelio con parresía y con signos, que llegue a la transformación radical de la sociedad según los valores del Reino.

En el horizonte de la evangelización se ha movido la Acción Católica. Todo lo que suena o huele a Evangelio le interesa vivamente a la Acción Católica, le ha apasionado desde el primer momento de su nacimiento y durante toda su existencia. Nació para evangelizar a hombros de laicos. Fue entonces algo nuevo. Hoy es hora de los laicos, se dice en Los cristianos laicos, Iglesia en mundo. Si somos fieles a la novedad inagotable de la evangeliza- ción, estaremos recreando la Acción Católica cada día y en cada época, para servir al Evangelio y para aproximarlo a los hombres con palabras inteligibles y con voz convincente. Por eso mismo nacieron los movimiento especializados de la Acción Católica, y se colocaron en avanzadilla, porque había que evangelizar ambientes resecos y en erial. Una característica de novedad, además del vigor y del método, es que la realizan los laicos. Tienen voz, la han recuperado, como Aquila y Priscila (Hch 18, 2.18-26; Rom 16,13).

Es el primer dato de esta novedad. Una nueva Acción Católica para una nueva evangelización. De esto debe ser consciente la Acción Católica y debe romper rutinas, como debe explorar caminos no recorridos. No nos está permitido replegarnos en los cómodos cuarteles de invierno.

Segundo dato. Aunque han pasado diez años, el texto mantiene el calor de la novedad. En noviembre de 1991 la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal aprobaba, y se difundió posteriormente, un documento conocido y estudiado. Es el CLIM, «Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo». Este escrito ha dado pie a numerosos encuentros en las diócesis. Los laicos lo conocen. Se le ha considerado como la carta del Apostolado Seglar hoy. Fue preparado por muchos y durante largos meses. Pues bien, al final del documento, se da la salida a la Acción Católica. Se la define y se cuenta con ella. La Acción Católica recibe, en él, su carné de identidad, que se concretará en las Bases. De este modo, se envía a la Acción Católica por las Iglesias de España.

3

Otro dato importante para esta nueva etapa, ha sido la aprobación de las Bases de la Acción Católica Española y de los Estatutos de la Federación de Movimientos de Acción Católica, de que acabo de hablar. Los dos documentos fueron aprobados por la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, en noviembre de 1993.

Con esta aprobación se completa un período largo, que ha servido para dialogar ampliamente los obispos y los movimientos, para conocer mejor las entrañas de la Acción Católica. Durante muchos años se vivió con excesiva espontaneidad, y fueron los mismos Movimientos quienes sugirieron la necesidad de ahondar y de entrar, con calor y con rigor, en el ser de la Acción Católica. Fue en el curso 1986-1987. Y, como sin darnos cuenta, fuimos rehaciendo y realizando la acción Católica, en lo que tiene de comunión, de misión, de corresponsabilidad y de eclesialidad fecunda.

Las Bases no sólo sustituyen a los antiguos Estatutos, superados por la vida misma, sino que dan la medida v el espíritu de lo que hoy debe ser la acción Católica. Así los obispos de la CEAS y los movimientos hemos leído juntos, detenidamente, el Concilio y hemos releído las NOTAS, que definen la Acción Católica. La hemos leído hoy, las hemos leído al calor de la historia de la misma Acción Católica, y a la luz de otros documentos del Concilio (CLIM, 128). Hemos encontrado acentos nuevos, que son signo del vigor de un cuerpo, que vive y crece, como crece y vive la Acción Católica.

En los Estatutos, se configura la nueva organización de la única Acción Católica (CLIM, 128). Ya se hizo frecuente, en diálogos y en escritos de aquel momento, una expresión acuñada: Nueva configuración de la Acción Católica. Era el vino nuevo, pero necesitaba también odres nuevos (Mt 9,17). Hemos de caer en la cuenta de lo que supone esta novedad. Ya no vale apelar a modelos nostálgicos, ni a modelos que no existen. No penséis en lo antiguo, decía Isaías. A la única acción Católica se llegó también por un proceso de mesa redonda v de acercamiento de todos los Movimientos en las Comisiones Nacionales y en las Diócesis.

4

La aprobación de las Bases y Estatutos, por parte de la Conferencia Episcopal Española, supone un gesto amplio de confianza. Y éste es el cuarto dato, que expongo. No fue una aprobación rutinaria, precipitada o a mano alzada. Hubo un largo debate y una mirada atenta al texto presentado. Al fin, se sancionaba afirmativamente el camino recorrido. La confianza de los obispos se traducía en interés. La Acción Católica es algo que interesa, se la llama a las parroquias, porque se la necesita en ella. Una voz autorizada y exigente de esta llamada llegó desde el Congreso de Parroquia evangelizadora en noviembre de1988 (Doc. final 26 c.) De esta aprobación, como decía, se deduce la confianza sin reticencias que la Iglesia española deposita en la Acción Católica. Y la Iglesia llama decididamente a la Acción Católica General y a la Especializada, para realizar el proyecto evangelizador de la misma Iglesia. Así la confianza se convierte en esperanza, y con la esperanza, hoy renovada, encaramos el futuro de la Acción Católica.

 

Un quinto dato es el hecho de que la Acción Católica General, como se describe en el CLIM, 126, inició ya su camino hace nueve años. Han sido aprobados sus Estatutos en la LX Asam­blea Plenaria de la Conferencia Episcopal, en noviembre de 1993. Fue audaz el nacimiento. Fue un gesto de eclesialidad y, de realismo. Ha empezado a andar en muchas diócesis.

6

El sexto dato. Como decía, se ha trabajado seriamente en este tiempo. Fruto de ello, pedido y también necesario, son los Materiales de iniciación. Además del Espíritu, siempre activo, la esperanza de la Acción Católica tiene ya andaderas. Estos materiales demuestran que el proyecto es posible, y si es posible, podremos apostar por él. Quiero destacar el empeño de las Comisiones Generales en renovar, de modo permanente, y en adaptar los Materiales de Iniciación. Porque se ahogan los Movimientos, que no inician.

7

Los datos precedentes desembocan en una conclusión, que es el séptimo apunte: Se ha pasado de un cierto anonimato a un conocimiento de la Acción Católica, de una creída irrelevancia a una publicidad, de ser ignorada en muchas zonas a ser invitada en distintas diócesis. Y así, tanto el Consiliario General como el Secretario General de la Acción Católica han hecho kilómetros para dar a conocer, de forma directa, el momento que vive la Acción Católica y su nueva configuración, con que quiere trabajar al servicio de las diócesis, de las parroquias, y al servicio de la evangelización nueva.

8

El encuentro de abril de 1995 con el Cardenal Pironio. Eran 300 sacerdotes, también jóvenes. Recordaba tiempos muy antiguos. Importante fue el número de participantes, pero, sin duda, más sorprendente fue el clima que se vivió y la responsabilidad, que hizo nacer, por muchas Diócesis, a la CEAS y, sobre todo, a los Movimientos. Este hecho se repitió con sorpresa y con gozo en Pascuas posteriores.

9

He de recordar una alusión de novedad a nuestra Diócesis. Se ha recorrido un camino sereno y positivo, para constituir el Consejo Diocesano, con Estatutos aprobados en septiembre de 1999, y erigido canónicamente el 15 de noviembre de 2000. Fueron muchas horas de diálogo, de convergencia y comunión, de acercamiento de todos los Movimientos, que han dejado un buen recuerdo, y quiere apoyar y mantener el sentido diocesano. Fue trabajo de la Coordinadora, desde 1992.

Os he recordado nueve datos, que avalan la afirmación de que algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis? Para la Acción Católica es una oportunidad extraordinaria, también por parte del Señor y de su Espíritu. «Momento histórico», dijo un obispo en la Asamblea Plenaria.

Por mi parte, digo esta convicción: Que, en todo proceso de la nueva Acción Católica, poco se podrá hacer sin los sacerdotes y poco se podrá hacer sin los laicos.

Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?. La positiva acogida de este documento, ¿dice que se avecina una mañana de Pascua para la Acción Católica? ¿Lo veis así? La conclusión es que ha habido una clara apuesta por la Acción Católica.

He de hacer una matización. Es ésta: que no se piense que ahora se crea, de la nada, la Acción Católica. Vivía ella y tiene historia también reciente, como tiene raíces. La novedad pertenece al ser que está vivo. Algo nuevo de ella es lo que está brotando en nuestros tiempos.

Después de esta presentación de la «novedad que vive la Acción Católica», paso al cuerpo de la exposición que divido en dos partes desiguales en extensión. A la primera llamo: Hay que ser realistas En la segunda intentaré definir la Acción Católica con tres apartados. Terminara, como es lógico, con una conclusión. Y tengo que decir, desde el principio, que esta presentación no está exenta de interés por la Acción Católica. Interés, que no oculto, y gratitud a Dios, también, por la Acción Católica. Por lo que en la historia de la Iglesia del siglo pasado ha realizado y por la espléndida oferta que hoy presenta. Porque es de hoy.

Tal vez no la hemos sabido presentar. Tal vez su realidad extraordinaria queda matizada y diluida por testimonios pobres. Quiero igualmente afirmar que la Acción Católica no reclama privilegios, sino un puesto para evangelizar. Por eso, da gracias a Dios por el creciente protagonismo de los laicos, por el nacimiento de formas nuevas de apostolado laical. Con tal que el nombre del Deñor sea anunciado. Reconociendo a la Acción Católica, se aprende a amar a la Iglesia y a todos los frutos que de su tronco fecundo hace nacer y crecer el Espíritu.

  1. 1.    HAY QUE SER REALISTAS

Hablar de la Acción Católica, a cara descubierta, me produce un temor, que manifiesto con franqueza: ¿No será hacer una oferta en el vacío? ¿No será ir a vender abrigos en el desierto caluroso? Y lo digo por el ambiente general, que, a veces, me parece respirar.

De cara a la Acción Católica, las comunidades y grupos, algunos movimientos, también sacerdotes, se sitúan de distinta manera. Enumero actitudes que he escuchado:

1.1.           Hay gente que cree que no existe la Acción Católica. «La Acción Católica, ¿es que todavía existe? La creíamos muerta, o muy aviejada. ¿Dónde esta, que no se le nota la vida? ¿Queda algo de ella, después de su crisis?»

1.2.           Otros no creen en ella, aunque conocen su existencia. Ha pasado el tiempo de la Acción Católica. Y pasan de la Acción Católica. Hoy han surgido nuevos movimientos eclesiales. Nosotros esperábamos que resurgiera, y, como ocurrió a los dos de Emaús, abandonan el intento de buscarla. Que el Señor venga a caminar con nosotros y con muchos en este relanzamiento de la Acción Católica.

1.3.           ¿Qué Acción Católica? La antigua, que es la del recuerdo, no convence. La Acción Católica actual, ¿cuántos son? ¿No es conflictiva?

1.4.           ¿Para qué sirve? Se puede hacer lo mismo «sin nombre», sin ese nombre.

1.5.           En muchos existe la imagen fija de algo que existió, y lo asocian a banderas y multitudes. No tienen la fotografía actual y conservan una diapositiva anticuada. No han renovado su álbum. Es más, el nombre repele.

1.6.           Hay recelos y se crean resistencias y reticencias, desconfianza. Porque se hacen esta pregunta: ¿A qué obedece este empeño de los obispos? ¿Qué hay detrás de él?

1.7.           En algunos suscita miedo y temores, existen prejuicios. El miedo de que sea un movimiento excluyente, avasallador y que reclama para sí privilegios únicos y primacías sobre otros. ¿No es monopolizadora la Acción Católica?

1.8.           El miedo que produce adivinar un trabajo exigente y un método riguroso. Este miedo se da en los laicos y existe, en los sacerdotes, y, por eso, se prefiere otro tipo de asociación y metodología menos exigentes. Como el miedo que parece existir en algunos. Temen la mayoría de edad de los laicos, da la impresión de temor hacia el laicado adulto responsable.

1.9.           Se junta a todo lo anterior, la abundancia de creatividad y de excesiva espontaneidad. Hacemos grupos a «medida» y cuando cambia el sacerdote, si el siguiente tiene otra medida, cambia el grupo. En todo caso, nos gusta ser dueños más absolutos de lo que es exclusivamente nuestro.

1.10.       Otros no apuestan por la Acción Católica porque creen que es un esfuerzo inútil. Es más fácil hacer nacer un niño, que resucitar y poner en pie un cadáver.

1.11.       No hay conciencia de qué es ser consiliario, y qué significa y exige el acompañamiento nuestro, que reclama la Acción Católica.

1.12.       Se da, en general, un alejamiento también del clero joven. Algunos se acercan a los Movimientos juveniles, al Junior. Nadie les ha hablado. No la conocen.

1.13 . El pastor, que sufre con lo inmediato y concreto, escoge lo que ya le ofrece «algo», y no acepta la paciencia de procesos formadores largos.

1.14. Finalmente otros creen en la Acción Católica, aunque, a veces, la vean «como el pequeño resto de Yahvé», apuestan por la formación y el protagonismo de los laicos. Están hoy comprometidos con la Acción Católica en la nueva etapa.

El Señor quiera que alguno de los que se encuentran en alguna de las posiciones anteriores de incertidumbre o de recelo, apueste por la última, después de reflexionar y leer este escrito. Por mi parte, lo escribo con esta confianza.

  1. 2.     ¿Pero qué es la Acción Católica?

Quiero presentarla no con mis palabras, ni con testimonios muy antiguos. Ya os he citado documentos del Papa y de la CEE. Uno más antiguo es de hace casi 30 años:

«Orientaciones sobre Apostolado Seglar» (1972). Otro, más reciente, es de noviembre de 1991. Es el CLIM. Y, desde luego, su carné de identidad renovado es de noviembre de 1993, cuando se aprueban las Bases y Estatutos.

Os presento la Acción Católica en tres capítulos:

  1. 1.                 Quiénes son sus miembros
  2. 2.                 Para qué se reúnen
  3. 3.                 Donde viven y trabajan

Con estos apartados describo la eclesialidad de la Acción Católica.

  1. 1.     ¿QUIÉNES SON SUS MIEMBROS?

Son cristianos; suelen llamarse «militantes», no porque sean belicistas, sino con el nombre mismo de la Iglesia, que también se llama «militante». Indica su concepción de la vida como campamento, así viene desde el evangelio de S. Juan. Entienden la fe como «milicia», como le gustaba describirla a S. Pablo. Epafrodito era «compañero de armas» (Flp 2,25). A Timoteo le dice que sepa «soportar la fatiga como buen soldado» (2 Tim 2,3). Repite la idea de combate (2 Cor 10,3), e indica contra quién combatimos y contra quién no. «Combate el buen combate», dice también a Timoteo (1 Tim 1,18). Otras veces habla de «armas», armas originales: son las «armas de la justicia» (Roen 6,13), o «armas de la luz» (Rom 13,2; 2 Cor 6,7). Son las armas de Dios (Ef 6,11.13). Y hablará de la coraza (Ef 6,14), de la coraza de la fe y de la caridad (1 Tes 5,8); del «yelmo de la salvación» (Ef 6,17), o de la esperanza (1 Tes 5,8), o del «escudo de la fe» (Efó,16), o de la «espada» del espíritu (Ef 6,17), que es la Palabra de Dios, más cortante que espada de dos filos (Hech 4,12).

Es decir, la fe no es cómoda; nos habla de desafío; de tener conciencia de la presencia del mal, como nos lo recuerda la oración del Señor. También, con las armas, la fe nos da seguridad.

Estos creyentes, que así encaran la vida, quieren vivir como discípulos de Jesús, lo siguen. Ponen la fe en la vida. Viven la vida como fe, que actúa por la caridad (Gál 5,6). Hacen vida los valores del Reino. Profundizan en la fe de la Iglesia y lo hacen -notadlo- a partir de su vida y de la Palabra. Unen la Palabra y la vida. Ven la vida desde la Palabra. Tienen igualdad de planes de formación. Celebran con gozo la Eucaristía y el perdón, porque creen que necesitan una conversión permanente. Practican la oración personal y comunitaria. Crecen constantemente en la comunión eclesial. Es la coraza de la fe; el escudo de la fe.

Se proponen testimoniar la fe en Jesucristo muerto y resucitado. Lo hacen personal y comunitariamente. Como los primeros creyentes hacen de su vida un testimonio. Son «testigos del Dios vivo».

Les importa el Reino de Dios. Por él trabajan en solidaridad entre ellos y con todos los que tienen buena voluntad, y con quienes sienten preocupación por un hombre nuevo, por una sociedad nueva en la que reine la verdad, la justicia, la libertad y la paz, y en la que se cultive la «civilización del amor».

Anuncian, con sus palabras también, el mensaje de Jesús e invitan a los hombres a adherirse a Cristo y a la comunidad de los que creen en Él: así plantan la Iglesia en solares nuevos o la refuerzan en los lugares donde ya ha crecido. Animan igualmente a los hombres, a los creyentes a trabajar por el Reino, y tienen clara meta que transciende lo mediato y lo temporal: es la salvación plena y eterna en Cristo. Oíd resonancias de la Tertio Millennio adveniente y de la Nono Millennio Ineunte. Recordad el capítulo segundo de esta última carta que invita a contemplar el rostro de Cristo, y el capítulo tercero que alienta a caminar desde Cristo por los caminos de la santidad, de la oración y de los sacramentos, para ser testigos del amor, que viven con pasión la comunión, que apuestan por la caridad y afrontan los actuales desafíos para la misión y el diálogo a la luz del Concilio. Nos hace bien escuchar del Papa: ¡Mar adentro!

Es decir, están especialmente preocupados por la evangelización del mundo, por la transformación de la sociedad en que viven. De siempre ha sido una preocupación sentida y esencial. Descubrieron en su tiempo, hace mucho tiempo, que la evangelización también avanzaba a hombros de los laicos. Descubrieron que, por ser Iglesia, su solar adecuado es el mundo de los hombres con quienes viven.

Ellos mismos se llaman « Iglesia»; saben que son Iglesia, porque viven el Bautismo y la Confirmación. Saben que la Iglesia se vive en cada diócesis, como porción del pueblo de Dios, unida por el Espíritu, presidida por el obispo. La diócesis es única matriz y es, al mismo tiempo, su casa de familia. Y viven la comunidad parroquial.

Para realizar estas tareas hacen dos cosas: se forman de un modo progresivo y permanente, y, además, se asocian de un modo estable.

Al escuchar esta descripción podréis decir que nada nuevo he dicho, que pueda ser específico de la acción Católica. Nada original. Todo esto es propio de todos los cristianos. Y es verdad. La originalidad de los militantes de Acción Católica es que son cristianos diocesanos sin más. Son cristianos no sólo en la Diócesis o para la Diócesis; son de la Diócesis. De ella nacen y de ella únicamente viven. No tienen otra fuente u otra mesa. ¿Es mejor así? No lo sé. Digo lo que son (Bases, I).

He recordado que se reúnen y lo hacen de modo estable. Para seguir definiendo la Acción Católica, digo a continuación para qué se reúnen.

  1. 2.       – ¿PARA QUÉ SE REÚNEN?

Vernos dicho que estos cristianos militantes se reúnen de modo estable. A la asociación suelen llamarle «movimiento». Trabajan necesariamente organizados, como aconseja el Concilio (AA 18). Se reúnen para hacer efectivas las 4 NOTAS de la Acción Católica. Estas notas son capaces de vertebrar la Acción Católica y expresan su eclesiología.

Es oportuno recoger las páginas en que el Concilio se refiere: expresamente a la Acción Católica. Por supuesto en AA, el número 20, con una recomendación expresa al final del número. Es muy importante que la Acción Católica sea también señalada en el Decreto «Ad Gentes», en el número 15. Y a los obispos recomienda el Concilio que ayuden y apoyen a la Acción Católica (CD 17). Otro dato: En Christifidelis laici es la única asociación consignada por su nombre, en el número 31, y se cita igualmente en el número 47 de Catechesi tradendae.

Desde el Concilio, la Acción Católica se ha precisado y definido por 4 características, que se llaman las NOTAS. Donde se den esas 4 NOTAS a la vez, en principio, se da la Acción Católica.

Digo «en principio», porque para que una asociación sea reconocida como Acción Católica Española de ámbito nacional, es preciso que se inscriba en la Federación de Movimientos de la Acción Católica, porque se atiene a las Bases Generales de la misma Acción Católica, y porque ha sido erigida canónicamente por la Conferencia Episcopal (Estatutos, art 4.5).

Las 4 NOTAS se refieren: 1°, al fin apostólico de la Acción Católica; la 2a, a la dirección seglar: la 3a habla de la organización, y por último, la 4a matiza una especial vinculación con la Jerarquía, de modo que se manifieste en una más estrecha e inmediata colaboración con el apostolado jerárquico (LG 33; AA 24).

Después del Concilio, estas 4 NOTAS, explicitadas en AA 20 -que es el texto fundamental de la Acción Católica-, han sido leídas, como he apuntado, a la luz de otros documentos del Concilio, como la LG, GS, AG, y se han leído también en la historia de la Acción Católica.

Deletreo brevemente estas 4 NOTAS, y sigo un orden distinto al enunciado en AA. No sé si lograré ser más pedagógico.

2.1.           En primer lugar se reúnen. En los Movimientos de Acción Católica los seglares trabajan unidos a la manera de un cuerpo orgánico, para dos fines: manifestar mejor la comunidad de la Iglesia y para que resulte más eficaz el apostolado (AA 20 c). Es la 3° NOTA.

Esta nota pide a los Movimientos un modo eclesial de trabajar. Han de poner especial empeño por contribuir y reforzar la comunión eclesial, que es tema recientemente recordado con insistencia en Tertio Millennio Adveniente y Novo Millennio Ineunte, y hacerlo así en los ámbitos en que están organizados los Movimientos: parroquial, diocesano, supradiocesano. La organización no es, ante todo, por razones de eficacia, sino para anudar la comunión y expresar la eclesialidad. La Acción Católica es eclesial por el fin, pero también por el estilo, es decir, al estilo de la Iglesia. Palabra clave es «unidos». Esta apertura a la comunidad eclesial es especí­fica de la Acción Católica. Como quiere el Papa Juan Pablo II, la Acción Católica está llamada a ser una gran fuerza de comunión intraeclesial. ¿No será una afirmación de la posibilidad y necesidad de conjuntar la pastoral?

Se unen también, porque entienden que es más eficaz el testimonio común de los valores del Reino; porque aseguran una participación más responsable de sus miembros, y porque aúna y coordina sus esfuerzos (AA 18).

2.2.           El protagonismo de los laicos, es la 2a NOTA, «aportan su experiencia y asumen la responsabilidad en la dirección» (AA 20 b).

Se reconocen, por esta NOTA, los derechos y deberes de los laicos, que nacen de su unión con Cristo y del Bautismo y la Confirmación, que les capacitan para ello (LG, cap IV; AA 13). La

Acción Católica es obra de laicos. La Acción Católica es muy secular. Por eso mismo, el mundo, la actividad humana v sus relaciones es lugar adecuado y privilegiado de la Acción Católica; la presencia en el mundo es responsabilidad del apostolado seglar, y así lo asume la Acción Católica, y no puede retirarse de este compromiso. «Iglesia en el mundo» son los laicos cristianos y no lo olvida la Acción Católica. Presentes en el mundo. En esta NOTA, palabras claves son «responsabilidad y experiencia».

  •          Responsabilidad en la dirección. Cuando se extiende el nombramiento de presidente, se hace con esta clara afirmación. Él es quien preside el movimiento en el ámbito parroquial, diocesano o general.
  •          Responsabilidad y experiencia «en el examen cuidadoso de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia». La Acción Católica no ha nacido para sí. Vive en la Iglesia y vive para la Iglesia. Esto implica que esta NOTA se lea a la luz de la GS, la «Iglesia en el mundo», la Iglesia para el mundo, como lo fue el Señor, para gloria de Dios Padre, y como se ha recordado unas líneas más arriba.
  •          Responsabilidad y experiencia en la elaboración de los programas de trabajo, en su seguimiento y en su evaluación.

Quienes vana realizar el fin apostólico de la Iglesia son los laicos, y lo realizan del único modo posible: en comunión y cooperación con las orientaciones diocesanas y supradio- cesanas, de los Obispos y del Papa. El laico de Acción Católica conoce, como norma eclesial, el viejo adagio: «Nada sin el Obispo». Pero también, en dirección recíproca, los obispos y los sacerdotes los escuchan fraternalmente, promueven su corresponsabilidad, les encomiendan tareas, y les dejan en libertad (PO 9; cfr LG 37).

2.3      Se reúnen para un fin inmediato, «el fin apostólico de la Iglesia», es decir, «la evangelización y la santificación de los hombres, la formación cristiana de sus conciencias, de tal manera que puedan imbuir del espíritu del Evangelio las diversas comunidades y los diversos ambientes» (AA 20 a). Este fin global de la Iglesia es la primera NOTA.

El proceso se inició describiendo la Acción Católica, como «participación en el apostolado jerárquico». Posteriormente como «una cooperación con ese apostolado jerárquico», para descubrir que la relación radical es, ante todo, con la Iglesia, como lo es la minina Jerarquía. Palabra clave la eclesialidad. En la fisonomía genuina de la Acción Católica, se destaca, por tanto, su eclesialidad. Sin esta referencia, manifiesta y vivida, no existe la Acción Católica. Así es, porque asume el fin global de la Iglesia. Y se destacan tres aspectos eclesiológicos:

1° El fin general apostólico de la Iglesia, con tres verbos: evangelizar, santificar, formar. Es el Señor quien destina a los laicos para este fin (LG 30,33; AA 3; ChL 24). Es decir, la Acción Católica no tiene un fin específico suyo propio, sino que hace suyo el triple objetivo de la Iglesia en cualquier campo o ambiente y también en el ámbito de la comunidad.

Nace para evangelizar. Es su pasión evangelizar en la comunidad, pero, sobre todo, donde el mundo y sus realidades necesitan ser transformadas según los valores del Evangelio. Nace, además, como una fuerte llamada a la santidad. Y el tercer empeño permanente de la Acción Católica es la formación de sus militantes, niños, jóvenes o adultos.

2° En la Iglesia particular es el segundo aspecto eclesiológico. La Acción Católica se define también por su fundamental referencia a la Iglesia particular. Por eso, la Acción Católica debe consolidar fortificar la comunidad parroquial y la diocesana, y la consolida también por su comunión suprad iocesana y universal.

3° Por último, como se dice en esta NOTA, que habla de ambientes, la Acción Católica nace para «plantar la Iglesia» (AG 15), más allá de las parcelas cultivadas. Este empeño serio hizo nacer la Acción Católica Especializada, que hoy sigue teniendo vigor necesario. La Acción Católica es expresión y presencia de la Iglesia en el mundo infantil, de jóvenes y de adultos, en el mundo obrero, rural y universitario; en el matrimonio y en la familia, con los enfermos y minusválidos, en el campo del turismo y de los medios de comunicación social. La Acción Católica está, o debe estar, presente en estos ambientes, como exigencia de su fe, en actitud de participación y solidaridad.

Por todo esto el Papa Pablo VI la llamó una «singular forma de ministerialidad laical» (AG 15). Paso a describir la cuarta NOTA.

2.4      Bajo la superior dirección de la Jerarquía. Esta NOTA hay que leerla y estudiarla después de las anteriores. Las supone y las tiene en cuenta. Es NOTA específica de la Acción Católica e igualmente más difícil de definir, de explicar y de entender, también de vivir. Aunque se presiente lo que es y significa, cuando se vive.

La «superior dirección» es un plus añadido a lo que, en toda ocasión, se debe pedir a cualquier Asociación de fieles (AA 20 d). Usa dos expresiones, que son palabras clave para aproximarnos el sentido más exacto, no erróneo, en el que debe entenderse esta específica dirección.

a)                    La primera expresión es la directa cooperación con el apostolado jerárquico. Directa, es decir, sin intermediarios; sin otras dependencias eclesiales; exclusivamente. Cooperación, porque en la Iglesia siempre se coopera. Es un estilo, un hábito, una forma estable de trabajar. Es roce, es cercanía, es humildad. Es la eclesiología de comunión. Supuesta la cooperación directa viene la segunda palabra clave,

b)                   La segunda expresión es la dirección de la Jerarquía que, a veces, es «un mandato explícito».

  •           No es la dirección necesaria del Obispo en toda actividad pastoral de las asociaciones (AA 24)
  •           No puede suprimir, por otra parte, la dirección responsable de los laicos; no puede minimizar la condición laical; ni es una dirección permanente en la marcha habitual de los Movimientos.
  •           Supone el respeto de la NOTA 2a, «la dirección de los laicos» y el respeto de la 3a el «carácter orgánico».
  •           Nace de una teología viva, nace de un proyecto común de evangelizar y santificar, nace de la fe en el ministerio de la unidad.
  •           Es un trabajo evangelizador y misionero en común. Es un trabajo fuertemente asociado. Nace de la 1a NOTA. Se expresa en este trabajo en común y también nace de ese estilo de trabajo.
  •           En todo caso hay que conjugar el ejercicio de la función propia del Ministerio Pastoral (LG cap. 3), con la misión propia, que corresponde a los laicos (LG cap. 4). No niego que esta forma de entender el apostolado esté exenta de tensión. Pero es como la realidad viva del Evangelio, que nos coloca más allá de lo rutinario o de lo simple. El Evangelio es sencillo, pero no es fácil.
  •           Requiere diálogo, acogida, estima cordial, profunda comunión y unidad, corresponsabilidad, trabajo común no al final sólo, sino en todo el trayecto. Es un estilo de pastoral. Como es enriquecedor para el Ministerio Jerárquico el trabajo cercano de laicos y pastores, es igualmente enriquecedor para los laicos trabajar en común con los pastores bajo su «superior» dirección.

Quien hace presente al Obispo en la Acción Católica es el consiliario. El consiliario, por esta NOTA y por la eclesiología de comunión, hace que un grupo sea Acción Católica.

Una consecuencia correlativa es que, como se dice en AA, el Ministerio pastoral, con respecto a la Acción Católica, asume una responsabilidad especial, y, además, puede promo­ver v encarecer la adhesión a ella (CD 17).

Reunid estas palabras clave: Unidos a modo de cuerpo orgánico, con responsabilidad y experiencia, con eclesialidad, y con cooperación directa e inmediata con la Jerarquía y bajo su superior dirección para el fin global de la Iglesia, y habéis hecho nacer la Acción Católica.

Es mucho más lo que podría decirse. Pero, para terminar tengo que anotar que estas cuatro NOTAS deben darse al mismo tiempo, y no pueden desguazarse, que la originalidad de la Acción Católica es la presencia de castos cuatro rasgos simultáneos. ¿No os convence una asociación así? ¿No deberíamos promoverla decididamente?

2.5.      Me queda hacer referencia a un quinto rasgo, que en su historia ha ido asumiendo y desarrollando la Acción Católica hasta convertirse en elemento integrante de su identidad. No es una NOTA reseñada en AA 20. Me refiero a la pedagogía activa, propuesta por el Concilio en AA 32, sancionada en MM 236; avalada en ChL 31; recogida en el CLIM 124s. (Bases 3).

Esta pedagogía supone un estilo de acercarse ante la realidad y ante la vida; un modo de educar partiendo de la vida; no disocia fe y vida; descubre la presencia del Espíritu en la historia, que fue y es el libro de la manifestación de Dios; actúa para ser fermento en esa realidad (LG 31).

Tiene conciencia de que la formación y evangelización de las personas es un proceso, a veces, lento; respeta la acción de la gracia y el ritmo de cada uno; valora el pequeño grupo, que está abierto a grupos más amplios y que debe ser fermento transformador.

Se la llama «revisión de vida», «análisis de la realidad desde el Evangelio», «lectura cristiana de la vida», «método de encuesta: ver, juzgar y actuar».

Este método de pedagogía activa se integra también en un programa de formación sistemática, que implica la lectura asidua de la Palabra de Dios, una catequesis viva y orgánica, una creciente formación teológica y un análisis global de la sociedad según las exigencias de la misión evangelizadora de la Iglesia, para ejercer un discernimiento y un juicio cristiano.

Termino diciendo que «formar» ha sido un viejo y permanente empeño de la Acción Católica. Formar para ser seguidor del Señor, unir la fe y la vida, celebrarla en los sacramentos v en la oración. Formar desde la acción y para la acción transformadora. Sustantivo de esta asociación es la «acción», en todos los ámbitos. Es una acción, que nace de un modo de ser cristiano, seguidor de Jesús, en la Iglesia y para el mundo, como la misión de la misma Iglesia.

El resultado es que merece la pena apostar por este modelo de Apostolado Seglar laical. Si se entiende bien, habría que crearlo, si no existiera. Son laicos diocesanos. Por eso, habrá que valorarlo y potenciarlo donde ya existe.

  1. 3.       – ¿DÓNDE VIVEN?

También este dato pertenece a la eclesiología de la Acción Católica.

Para terminar la definición y descripción de la Acción Católica, ya brevemente, me refiero a su «geografía». A su domicilio. ¿Dónde vive y crece la Acción Católica?

3.1.           Su casa única -no tiene otra- es la Iglesia particular. La identidad de la Acción Católica, como ya he dicho, se define, como por un rasgo esencial, por su referencia a la Iglesia particular. La Acción Católica es diocesana en caos sentidos: pertenece a la Diócesis, es propiedad de la Diócesis, por eso no puede cerrarse en el «parroquialismo»,aunque la parroquia sea también su domicilio, porque siempre ha vivido en la parroquia. Y, además es diocesana, porque recibe su vida únicamente de la Diócesis y la devuelve al proyecto de la Diócesis, ya que ella no tiene proyecto propio (CLIM c.I).

Eso mismo requiere y exige la 4a NOTA, que supone una estrecha cooperación con el Ministerio jerárquico y pastoral.

3.2.           Por eso, la Acción Católica vive cómoda en la parroquia. Entre nosotros, fue su primer domicilio y a él quiere volver. Insisto en que la Acción Católica General tiene un espacio vital y propio en el ámbito de la parroquia. Con un encargo, aportar a la parroquia dinamismo en la madurez v crecimiento de los laicos y de su responsabilidad y protagonismo, y el dinamismo Misionero, que se ocupa de los alejados y de las personas en situaciones sociales de pobreza y marginación.

Y recuerdo algo que la Acción Católica está viviendo: Si su ámbito es el campo especializado, tantas veces alejada de la Iglesia y, de la parroquia, sin embargo, ha de tener en todo momento una fuerte vinculación eclesial, diocesana siempre, habitualmente a través de la parroquia.

3.3.           Dice también referencia necesaria a la comunión de las diversas Iglesias particulares y, en concreto, a la CEE. De este modo -y ya repito- ofrece a la Iglesia particular la necesaria dimensión de apertura a la comunión intraeclesial.

3.4.           Pero también su casa está en la intemperie y al descubierto. Los laicos de Acción Católica, como otros seglares, son Iglesia en el mundo. Por ser Iglesia, son comunión. Pero su destino es el mundo. Será el barrio o serán las ambientes. No es Acción Católica, si sólo se recluye en las templos. Su casa está descrita en Gaudium et Spes, en Lumen Gentium, en Sollicitudo rei socialis, en Familiaris consortio (CLIM, cIII).

 

CONCLUSION

Me preguntaba si este empeño no será una utopía en vano. ¿Merece la pena hacer el esfuerzo de relanzar la Acción Católica? ¿Es tan extraterrestre la Acción Católica, que he presentado?

Y                    no he hecho más que leer el Concilio.

¿Por qué no nos decidimos los sacerdotes? ¿Por qué no se deciden muchos laicos? No os creáis sólo mis palabras. «Creemos no por lo que tú nos dices, sino porque lo hemos visto» (Jn 4,42)

He abierto la casa de la Acción Católica. Entrad. Deteneos. Conocedla mejor. No tiene el corazón aviejado. Es bonita. «Venid y lo veréis». Tal vez toque a los sacerdotes levantar al­gún ladrillo y recrearla, porque algunos se empeñan sólo en restaurar lo viejo, para dejarlo arcaico y como pieza de museo. No es eso. Los cuerpos vivos no se restauran, viven y crecen.

Me pregunto, además, qué puede aportar la Acción Católica a los sacerdotes.

Puede darnos una clara visión de la Iglesia diocesana y una apuesta por ella; a nosotros, que no somos «sacerdotes parroquiales», sino diocesanos, aunque entreguemos la vida en las parroquias.

Nos ofrece una teología viva del laicado.

Hace una apuesta por la evangelización, conscientes de que, en este momento histórico, «o la hacen los seglares o no se hará» (CLIM).

Nos dará hermanos laicos adultos, aunque sean jóvenes o niños.

Ofrece un instrumento evangelizador, que no tiene dependencias externas.

Nos da un puesto de trabajo, porque exige nuestra presencia de Consiliario, y nos da la oportunidad de romper la inercia o la rutina, o la improvisación.

En fin, la Acción Católica nos hace más sacerdotes.

Y  hace más laicos. Los laicos enteramente diocesanos. A ellos les presento un extraordinario modo de vivir en la Iglesia su bautismo y confirmación. Ha sido camino recorrido por millares de hombres y mujeres, jóvenes y niños, que han vivido con pasión y adhesión a Cristo, su amor a la Iglesia, su compromiso evangelizador audaz, su servicio incondicional.

No digo que sea fácil. Afirmo que es apasionante y necesario. Y que merece cualquier esfuerzo.

Ha de ser verdad, en nuestra Diócesis, que algo «nuevo está brotando». Por la fuerza del Espíritu.

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El Mandato Cristiano De Amar A La Patria

El Mandato Cristiano De Amar A La Patria

José María Permuy Rey

http://hispanismo.org/religion/735-el-mandato-cristiano-de-amara-la-patria.html

 

 

Juan Pablo II, en el último de sus libros, Memoria e identidad, dedica todo un capítulo a hablar sobre el patriotismo:

“Si se pregunta por el lugar del patriotismo en el decálogo –escribe el recientemente fallecido Papa- la respuesta es inequívoca: es parte del cuarto mandamiento, que nos exige honrar al padre y a la madre. Es uno de esos sentimientos que el latín incluye en el término pietas, resaltando la dimensión religiosa subyacente en el respeto y veneración que se debe a los padres, porque representan para nosotros a Dios Creador. Al darnos la vida, participan en el misterio de la creación y merecen por tanto una devoción que evoca la que rendimos a Dios Creador. El patriotismo conlleva precisamente este tipo de actitud interior, desde el momento que también la patria es verdaderamente una madre para cada uno. Patriotismo significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. La patria es un bien común de todos los ciudadanos y, como tal, también un gran deber”.

No se trata de un tema opinable, en el que Karol Wojtyla propone su visión personal sobre el asunto, ni es tampoco una cuestión novedosa, sino que el predecesor de Benedicto XVI se limita a exponer el Magisterio de siempre de la Iglesia sobre la virtud cristiana del patriotismo, sobre el deber cristiano -derivado del cuarto mandamiento de la ley de Dios- de amar a la patria.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que el cuarto mandamiento se extiende a los deberes de los ciudadanos respecto a su patria (2199) “El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”. (2239).

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes y en el Decreto Apostolicam actuositatem, aborda asimismo el tema del patriotismo: “Los ciudadanos deben cultivar la piedad hacia la patria con magnanimidad y fidelidad. En el amor a la patria y en el fiel cumplimiento de los deberes civiles, siéntanse obligados los católicos a promover el verdadero bien común”.

Pío XI, en la encíclica Divini illius magistri, afirma: “El buen católico, precisamente en virtud de la doctrina católica, es por lo mismo el mejor ciudadano, amante de su patria y lealmente sometido a la autoridad civil constituida, en cualquier forma legítima de gobierno”.

León XIII, en Sapientiae christianae enseña que el amor a la patria es de ley natural: “Por la ley de la naturaleza estamos obligados a amar especialmente y defender la sociedad en que nacimos, de tal manera que todo buen ciudadano esté pronto a arrostrar hasta la misma muerte por su patria”.

También han hablado los Romanos Pontífices sobre los pecados, por exceso o por defecto, contra el sano patriotismo. Se peca por exceso incurriendo en nacionalismo exagerado cuando el amor patrio “que de suyo es fuerte estímulo para muchas obras de virtud y de heroísmo cuando está dirigido por la ley cristiana, pasados los justos límites, se convierte en amor patrio desmesurado” (Pío XI. Ubi arcano Dei consilio); pero también se puede pecar, por defecto, de cosmopolitismo: “No hay que temer que la conciencia de la fraternidad universal, fomentada por la doctrina cristiana, y el sentimiento que ella inspira, se opongan al amor, a la tradición y a las glorias de la propia patria, e impidan promover la prosperidad y los intereses legítimos; pues la misma doctrina enseña que en el ejercicio de la caridad existe un orden establecido por Dios, según el cual se debe amar más intensamente y ayudar preferentemente a los que nos están unidos con especiales vínculos. Aun el Divino Maestro dio ejemplo de esta preferencia a su tierra y a su patria, llorando sobre las inminentes ruinas de la Ciudad santa” (Pío XII. Summi Pontificatus).

Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, prescribe el culto a la patria: “Aunque de modo secundario, nuestros padres, de quienes nacimos, y la patria, en que nos criamos, son principio de nuestro ser y gobierno. Y, por tanto, después de Dios, a los padres y a la patria es a quienes más debemos. De ahí que como pertenece a la religión dar culto a Dios, así, en un grado inferior, pertenece a la piedad darlo a los padres y a la patria. Y en el culto de la patria va implícito el de los conciudadanos y el de todos los amigos de la patria. La piedad se extiende a la patria en cuanto que es en cierto modo principio de nuestra existencia, mientras que la justicia legal tiene por objeto el bien de la misma en su razón de bien común”. (Suma Teológica – II-IIae (Secunda secundae) q. 101)

Ramiro de Maeztu, en su Defensa de la Hispanidad, recoge las siguientes frases de San Agustín, Padre de la Iglesia: “Ama siempre a tus prójimos, y más que a tus prójimos, a tus padres, y más que a tus padres, a tu patria, y más que a tu patria, a Dios”. “La patria es la que nos engendra, nos nutre y nos educa .Es más preciosa, venerable y santa que nuestra madre, nuestro padre y nuestros abuelos. Vivir para la patria y engrendar hijos para ella es un deber de virtud. Pues que sabéis cuán grande es el amor de la patria, no os diré nada de él. Es el único amor que merece ser más fuerte que el de los padres. Si para los hombres de bien hubiese término o medida en los servicios que pueden rendir a su patria, yo merecería ser excusado de no poder servirla dignamente. Pero la adhesión a la ciudad crece de día en día, y a medida que más se nos aproxima la muerte, más deseamos dejar a nuestra patria feliz y próspera”.

Resumiendo lo hasta aquí visto, el dominico Royo Marín, al tratar en su Teología moral para seglares los fundamentos teológicos del patriotismo, nos ofrece una concisa pero completa síntesis de la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el amor a la patria:

“Cuatro son las principales virtudes cristianas que se relacionan más o menos de cerca con la patria:

a)  La piedad, que nos inspira formalmente el culto y veneración a la patria en cuanto principio secundario de nuestro ser, educación y gobierno. En este sentido se dice rectamente que la patria es nuestra madre.

b)  La justicia legal, que nos relaciona con la patria, considerando el bien de la misma como un bien común a todos los ciudadanos, que tienen todos ellos obligación de fomentar.

c)  La caridad, cuyo recto orden obliga, en igualdad de condiciones, a preferir al compatriota antes que al extranjero.

d) La gratitud, por los inmensos bienes que la patria nos ha proporcionado y los servicios inestimables que continuamente nos presta”.

En cuanto a los deberes generales para con la patria, Royo Marín afirma que “pueden reducirse a uno solo: el patriotismo, que no es otra cosa que el amor y la piedad hacia la patria en cuanto tierra de nuestros mayores o antepasados. Sus principales manifestaciones son cuatro:

a)  Amor de predilección sobre todas las demás naciones; perfectamente conciliable, sin embargo, con el respeto debido a todas ellas y la caridad universal, que nos impone el amor al mundo entero.

b)  Respeto y honor a su historia, tradición, instituciones, idioma, etc, que se manifiesta, v.gr., saludando o inclinándose reverentemente ante los símbolos que la representan, principalmente la bandera y el himno nacional.

c)  Servicio, como expresión efectiva de nuestro amor y veneración. El servicio de la patria consiste principalmente en el fiel cumplimiento de sus leyes legítimas, sobre todo las relativas a tributos e impuestos, condición indispensable para su progreso y engrandecimiento; en el desempeño desinteresado de los cargos públicos que el bien común nos exija; en el servicio militar obligatorio y en otras cosas por el estilo.

d) Defenderla contra sus perseguidores y enemigos interiores o exteriores: en tiempo de paz, con la palabra o con la pluma, en tiempo de guerra, empuñando las armas y dando generosamente la vida, si es preciso, por el honor o la integridad de la patria”.

 

Según este mismo autor, al sano patriotismo se “oponen dos pecados:

a)  Por exceso se opone el nacionalismo exagerado, que ensalza desordenadamente a la propia patria como si fuera el bien supremo y desprecia a los demás países con palabras o hechos, muchas veces calumniosos o injustos.

b)  Por defecto se opone el internacionalismo de los hombres sin patria, que desconocen la suya propia con el especioso pretexto de que el hombre es ciudadano del mundo”.

 

Así pues, ni el nacionalismo exacerbado ni el cosmopolitismo son opciones legítimas para un cristiano, sino pecados contrarios al cuarto de los preceptos del decálogo. Si amar a la patria más que a Dios es idolatría, amar a Dios sin amar a la patria es mentira, porque a Dios se le ama, precisamente, cumpliendo sus mandatos, entre los cuales honrar a la patria es el primero de la segunda tabla de la ley que Yahvé esculpió en el Sinaí. No existe contradicción entre el amor a la patria y el amor a Dios. Contradictorio es, más bien, pretender amar a Dios sin amar a la patria.

José María Permuy Rey

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Fe y patriotismo

 

Fe y patriotismo

http://riial.org/evangelizacion/016%20Fe%20y%20patriotismo.pdf

 

Comenzamos con una pregunta inesperada: ¿Se pueden oponer DIOS y PATRIA?

O bien: La fe y la religión, ¿están reñidas con el patriotismo?

Más todavía: ¿no será Dios el que garantice como nadie la estabilidad de la Patria, y no será la Patria quien deba salir siempre por los fueros de Dios?…

Hablar de la Patria nos enardece mucho a todos. Y a los católicos nos enardece mucho más aún cuando, al amor de la Patria, sabemos unir el entusiasmo de nuestra fe.

No tenemos más que mirar, escuchar y seguir a Jesucristo para saber que debemos amar a la Patria, en la cual encontramos al Dios de nuestros padres, como el mismo Jesucristo encontró en el corazón de Israel la fe, el amor y la adoración de su Padre celestial, cuyo celo le consumía.

El que Jesucristo no aceptase de ningún modo la lucha armada que en su pueblo llevaban adelante los llamados zelotas contra el poder de los romanos, no quiere decir que Jesús no sintiese, y más que nadie, el amor a su pueblo, al que quería independiente de toda esclavitud.

Más, aunque no lo dijese clara y explícitamente, dejó insinuado que Dios tenía preparada incluso la salvación de la nación judía de haber recibido al Mesías que Dios le enviaba. No otra cosa podían significar aquellas palabras:

–            ¡Si conocieses tú, Jerusalén, lo que te conviene para la paz!… (Mateo 22,21)

Un gran canciller alemán —fue llamado el Canciller de Hierro— se había formulado este lema:

–            Me gasto sirviendo a la Patria (Bismark: “Patriae inserviendo consumor”)

Muy noble. Y, orientado por nosotros, muy cristiano también. Esto es digno de aquel dicho de los antiguos romanos, que tenían como un lema, más que un refrán: Es dulce y honroso el morir por la patria.

Servir a la Patria es servir a los valores más grandes del hombre. La Humanidad entera no se ha equivocado al colocar el amor a la Patria en las mayores alturas del espíritu. ¿Qué significa, si no, el Altar al soldado desconocido?…

Jesucristo, además, al decirnos: Dad al César lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios, estableció una regla válida para siempre, respuesta certera a las preguntas que nos acabamos de hacer: nos debemos del todo a Dios y a la Patria, de modo que Dios no nos quita el amor a la Patria, ni la Patria nos debe mermar el amor a Dios.

En efecto, la Patria, rectamente servida y gobernada, garantizará todos los derechos de Dios; y Dios será la fuerza de cohesión que mantendrá unida y robusta a la Patria.

El Papa Pío XI nos lo dijo con precisión incontestable:

–            El buen católico, precisamente en virtud de la doctrina católica, es por lo mismo el mejor ciudadano, amante de su patria, y lealmente sometido a la autoridad civil constituida, en cualquier forma legítima de gobierno (Pío XI, DIM)

No se nos podía hablar más claro y con mayor autoridad.

Además, si examinamos bien las cosas, prescindir de Dios como ciudadanos es cometer el último disparate con la Patria.

Serán inmortales las palabras de Franklin, cuando se trató de establecer los puntos fundamentales por que se regirían los recién nacidos Estados Unidos de Norteamérica: Señores, recemos. Ya soy viejo; pero, cuanto más vivo, con mayor claridad veo que el destino de la Humanidad depende de Dios. Si no cae al suelo un pájaro sin su permiso, ¿cómo podría tener fuerza un país sin su auxilio?

Y hacemos una observación muy válida para nuestros días.

Al querer engrandecer a la Patria, nunca recalcaremos bastante la importancia que la fe cristiana y católica tiene en nuestros países.

Entrañada en lo más íntimo de nuestro ser nacional, si suprimimos nuestra fe católica habremos dado el golpe de gracia a nuestro patriotismo.

El mejor católico es el más patriota, y el mejor patriota es también el mejor católico.

Conocemos la historia del rey de Inglaterra Enrique VIII. Antes, había defendido con ardor la fe católica. Pero cuando el Papa se negó a anular su matrimonio con la legítima esposa, apostató de la fe escandalosamente. No sólo esto, sino que desató una tremenda persecución contra la Iglesia Católica.

Amenazado por el rey, un ciudadano hubo de abandonar Inglaterra y emigrar a Roma, donde murió de pura añoranza. En su sepulcro se inscribió este epitafio:

– Aquí descansa un inglés católico, que, al separarse Inglaterra de la Iglesia, abandonó su patria porque no podía vivir sin su fe; vino a Roma y murió, porque no podía vivir aquí sin su patria (Robert Peham, Iglesia San Gregorio)

Ciudadanos y católicos, nos preguntamos con seriedad: ¿merecerían nuestra fe y nuestro patriotismo un elogio semejante?…

Llevar en el corazón el amor a la Patria es llevar dentro uno de los amores más nobles y generosos.

Trabajar por la Patria es cumplir una de las tareas más gloriosas y beneméritas.

El amor a la Patria es bendecido por Dios lo mismo que por los hombres.

Entonces, sacamos una conclusión que nadie nos va a poder discutir: si nadie nos gana a buenos cristianos, tampoco nadie nos va a ganar a buenos patriotas.

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LA ACCIÓN CATÓLICA

LA ACCIÓN CATÓLICA

Victorio Oliver Domingo. Obispo de Orihuela-Alicante

PRESENTACIÓN

Comienzo esta presentación de la Acción Católica un recuerdo sugerente del profeta Isaías. Está en la segunda parte, en el libro de la consolación. Isaías hace revivir al pueblo un nuevo éxodo.

Decía el profeta: Algo nuevo está brotando ¿no lo notáis? Is 43,19). Mirad, todo lo hago nuevo, se lee casi al finalizar el Apocalipsis (21,5) Ha brotado para siempre un Germen, un retoño, del seco tocón (Is 6,13;11,1).

En este clima, hablamos de la Acción Católica, después de etapas, de largas etapas de desierto, en el que, sin embargo, el Espíritu del Señor ha estado trabajando. Tal vez era necesario recorrer una ruta de arena ardiente y de sol calcinante, de sed, de perseverancia aguante, de estar era camino de búsqueda. Hablo así, por seguir aplicando la imagen bíblica.

Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis? No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo. El profeta nos sitúa en el presente y nos orienta hacia el futuro. ¿Será verdad que han pasado los días de la sequedad y, que vienen tiempos nuevos?

Para confirmarlo, os presento algunos datos de esta novedad, del nuevo aire y del nuevo clima que vive la Acción Católica, de su nueva etapa, para este tiempo histórico comprometido seriamente con la evangelización. Son nueve datos de eso nuevo, que está brotando.

1

No en vano se repite entre nosotros la necesidad de aportar brazos y esperanza fresca para una nueva evangelización (ChL 34). Es tema persistente en los escritos del Papa y es objetivo preferente y repetido en los planes pastorales de la Conferencia Episcopal y de tantas diócesis españolas. De la nuestra también. Un anuncio del Evangelio con parresía y con signos, que llegue a la transformación radical de la sociedad según los valores del Reino.

En el horizonte de la evangelización se ha movido la Acción Católica. Todo lo que suena o huele a Evangelio le interesa vivamente a la Acción Católica, le ha apasionado desde el primer momento de su nacimiento y durante toda su existencia. Nació para evangelizar a hombros de laicos. Fue entonces algo nuevo. Hoy es hora de los laicos, se dice en Los cristianos laicos, Iglesia en mundo. Si somos fieles a la novedad inagotable de la evangeliza- ción, estaremos recreando la Acción Católica cada día y en cada época, para servir al Evangelio y para aproximarlo a los hombres con palabras inteligibles y con voz convincente. Por eso mismo nacieron los movimiento especializados de la Acción Católica, y se colocaron en avanzadilla, porque había que evangelizar ambientes resecos y en erial. Una característica de novedad, además del vigor y del método, es que la realizan los laicos. Tienen voz, la han recuperado, como Aquila y Priscila (Hch 18, 2.18-26; Rom 16,13).

Es el primer dato de esta novedad. Una nueva Acción Católica para una nueva evangelización. De esto debe ser consciente la Acción Católica y debe romper rutinas, como debe explorar caminos no recorridos. No nos está permitido replegarnos en los cómodos cuarteles de invierno.

Segundo dato. Aunque han pasado diez años, el texto mantiene el calor de la novedad. En noviembre de 1991 la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal aprobaba, y se difundió posteriormente, un documento conocido y estudiado. Es el CLIM, «Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo». Este escrito ha dado pie a numerosos encuentros en las diócesis. Los laicos lo conocen. Se le ha considerado como la carta del Apostolado Seglar hoy. Fue preparado por muchos y durante largos meses. Pues bien, al final del documento, se da la salida a la Acción Católica. Se la define y se cuenta con ella. La Acción Católica recibe, en él, su carné de identidad, que se concretará en las Bases. De este modo, se envía a la Acción Católica por las Iglesias de España.

3

Otro dato importante para esta nueva etapa, ha sido la aprobación de las Bases de la Acción Católica Española y de los Estatutos de la Federación de Movimientos de Acción Católica, de que acabo de hablar. Los dos documentos fueron aprobados por la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, en noviembre de 1993.

Con esta aprobación se completa un período largo, que ha servido para dialogar ampliamente los obispos y los movimientos, para conocer mejor las entrañas de la Acción Católica. Durante muchos años se vivió con excesiva espontaneidad, y fueron los mismos Movimientos quienes sugirieron la necesidad de ahondar y de entrar, con calor y con rigor, en el ser de la Acción Católica. Fue en el curso 1986-1987. Y, como sin darnos cuenta, fuimos rehaciendo y realizando la acción Católica, en lo que tiene de comunión, de misión, de corresponsabilidad y de eclesialidad fecunda.

Las Bases no sólo sustituyen a los antiguos Estatutos, superados por la vida misma, sino que dan la medida v el espíritu de lo que hoy debe ser la acción Católica. Así los obispos de la CEAS y los movimientos hemos leído juntos, detenidamente, el Concilio y hemos releído las NOTAS, que definen la Acción Católica. La hemos leído hoy, las hemos leído al calor de la historia de la misma Acción Católica, y a la luz de otros documentos del Concilio (CLIM, 128). Hemos encontrado acentos nuevos, que son signo del vigor de un cuerpo, que vive y crece, como crece y vive la Acción Católica.

En los Estatutos, se configura la nueva organización de la única Acción Católica (CLIM, 128). Ya se hizo frecuente, en diálogos y en escritos de aquel momento, una expresión acuñada: Nueva configuración de la Acción Católica. Era el vino nuevo, pero necesitaba también odres nuevos (Mt 9,17). Hemos de caer en la cuenta de lo que supone esta novedad. Ya no vale apelar a modelos nostálgicos, ni a modelos que no existen. No penséis en lo antiguo, decía Isaías. A la única acción Católica se llegó también por un proceso de mesa redonda v de acercamiento de todos los Movimientos en las Comisiones Nacionales y en las Diócesis.

4

La aprobación de las Bases y Estatutos, por parte de la Conferencia Episcopal Española, supone un gesto amplio de confianza. Y éste es el cuarto dato, que expongo. No fue una aprobación rutinaria, precipitada o a mano alzada. Hubo un largo debate y una mirada atenta al texto presentado. Al fin, se sancionaba afirmativamente el camino recorrido. La confianza de los obispos se traducía en interés. La Acción Católica es algo que interesa, se la llama a las parroquias, porque se la necesita en ella. Una voz autorizada y exigente de esta llamada llegó desde el Congreso de Parroquia evangelizadora en noviembre de1988 (Doc. final 26 c.) De esta aprobación, como decía, se deduce la confianza sin reticencias que la Iglesia española deposita en la Acción Católica. Y la Iglesia llama decididamente a la Acción Católica General y a la Especializada, para realizar el proyecto evangelizador de la misma Iglesia. Así la confianza se convierte en esperanza, y con la esperanza, hoy renovada, encaramos el futuro de la Acción Católica.

 

Un quinto dato es el hecho de que la Acción Católica General, como se describe en el CLIM, 126, inició ya su camino hace nueve años. Han sido aprobados sus Estatutos en la LX Asam­blea Plenaria de la Conferencia Episcopal, en noviembre de 1993. Fue audaz el nacimiento. Fue un gesto de eclesialidad y, de realismo. Ha empezado a andar en muchas diócesis.

6

El sexto dato. Como decía, se ha trabajado seriamente en este tiempo. Fruto de ello, pedido y también necesario, son los Materiales de iniciación. Además del Espíritu, siempre activo, la esperanza de la Acción Católica tiene ya andaderas. Estos materiales demuestran que el proyecto es posible, y si es posible, podremos apostar por él. Quiero destacar el empeño de las Comisiones Generales en renovar, de modo permanente, y en adaptar los Materiales de Iniciación. Porque se ahogan los Movimientos, que no inician.

7

Los datos precedentes desembocan en una conclusión, que es el séptimo apunte: Se ha pasado de un cierto anonimato a un conocimiento de la Acción Católica, de una creída irrelevancia a una publicidad, de ser ignorada en muchas zonas a ser invitada en distintas diócesis. Y así, tanto el Consiliario General como el Secretario General de la Acción Católica han hecho kilómetros para dar a conocer, de forma directa, el momento que vive la Acción Católica y su nueva configuración, con que quiere trabajar al servicio de las diócesis, de las parroquias, y al servicio de la evangelización nueva.

8

El encuentro de abril de 1995 con el Cardenal Pironio. Eran 300 sacerdotes, también jóvenes. Recordaba tiempos muy antiguos. Importante fue el número de participantes, pero, sin duda, más sorprendente fue el clima que se vivió y la responsabilidad, que hizo nacer, por muchas Diócesis, a la CEAS y, sobre todo, a los Movimientos. Este hecho se repitió con sorpresa y con gozo en Pascuas posteriores.

9

He de recordar una alusión de novedad a nuestra Diócesis. Se ha recorrido un camino sereno y positivo, para constituir el Consejo Diocesano, con Estatutos aprobados en septiembre de 1999, y erigido canónicamente el 15 de noviembre de 2000. Fueron muchas horas de diálogo, de convergencia y comunión, de acercamiento de todos los Movimientos, que han dejado un buen recuerdo, y quiere apoyar y mantener el sentido diocesano. Fue trabajo de la Coordinadora, desde 1992.

Os he recordado nueve datos, que avalan la afirmación de que algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis? Para la Acción Católica es una oportunidad extraordinaria, también por parte del Señor y de su Espíritu. «Momento histórico», dijo un obispo en la Asamblea Plenaria.

Por mi parte, digo esta convicción: Que, en todo proceso de la nueva Acción Católica, poco se podrá hacer sin los sacerdotes y poco se podrá hacer sin los laicos.

Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?. La positiva acogida de este documento, ¿dice que se avecina una mañana de Pascua para la Acción Católica? ¿Lo veis así? La conclusión es que ha habido una clara apuesta por la Acción Católica.

He de hacer una matización. Es ésta: que no se piense que ahora se crea, de la nada, la Acción Católica. Vivía ella y tiene historia también reciente, como tiene raíces. La novedad pertenece al ser que está vivo. Algo nuevo de ella es lo que está brotando en nuestros tiempos.

Después de esta presentación de la «novedad que vive la Acción Católica», paso al cuerpo de la exposición que divido en dos partes desiguales en extensión. A la primera llamo: Hay que ser realistas En la segunda intentaré definir la Acción Católica con tres apartados. Terminara, como es lógico, con una conclusión. Y tengo que decir, desde el principio, que esta presentación no está exenta de interés por la Acción Católica. Interés, que no oculto, y gratitud a Dios, también, por la Acción Católica. Por lo que en la historia de la Iglesia del siglo pasado ha realizado y por la espléndida oferta que hoy presenta. Porque es de hoy.

Tal vez no la hemos sabido presentar. Tal vez su realidad extraordinaria queda matizada y diluida por testimonios pobres. Quiero igualmente afirmar que la Acción Católica no reclama privilegios, sino un puesto para evangelizar. Por eso, da gracias a Dios por el creciente protagonismo de los laicos, por el nacimiento de formas nuevas de apostolado laical. Con tal que el nombre del Deñor sea anunciado. Reconociendo a la Acción Católica, se aprende a amar a la Iglesia y a todos los frutos que de su tronco fecundo hace nacer y crecer el Espíritu.

  1. HAY QUE SER REALISTAS

Hablar de la Acción Católica, a cara descubierta, me produce un temor, que manifiesto con franqueza: ¿No será hacer una oferta en el vacío? ¿No será ir a vender abrigos en el desierto caluroso? Y lo digo por el ambiente general, que, a veces, me parece respirar.

De cara a la Acción Católica, las comunidades y grupos, algunos movimientos, también sacerdotes, se sitúan de distinta manera. Enumero actitudes que he escuchado:

1.1.           Hay gente que cree que no existe la Acción Católica. «La Acción Católica, ¿es que todavía existe? La creíamos muerta, o muy aviejada. ¿Dónde esta, que no se le nota la vida? ¿Queda algo de ella, después de su crisis?»

1.2.           Otros no creen en ella, aunque conocen su existencia. Ha pasado el tiempo de la Acción Católica. Y pasan de la Acción Católica. Hoy han surgido nuevos movimientos eclesiales. Nosotros esperábamos que resurgiera, y, como ocurrió a los dos de Emaús, abandonan el intento de buscarla. Que el Señor venga a caminar con nosotros y con muchos en este relanzamiento de la Acción Católica.

1.3.           ¿Qué Acción Católica? La antigua, que es la del recuerdo, no convence. La Acción Católica actual, ¿cuántos son? ¿No es conflictiva?

1.4.           ¿Para qué sirve? Se puede hacer lo mismo «sin nombre», sin ese nombre.

1.5.           En muchos existe la imagen fija de algo que existió, y lo asocian a banderas y multitudes. No tienen la fotografía actual y conservan una diapositiva anticuada. No han renovado su álbum. Es más, el nombre repele.

1.6.           Hay recelos y se crean resistencias y reticencias, desconfianza. Porque se hacen esta pregunta: ¿A qué obedece este empeño de los obispos? ¿Qué hay detrás de él?

1.7.           En algunos suscita miedo y temores, existen prejuicios. El miedo de que sea un movimiento excluyente, avasallador y que reclama para sí privilegios únicos y primacías sobre otros. ¿No es monopolizadora la Acción Católica?

1.8.           El miedo que produce adivinar un trabajo exigente y un método riguroso. Este miedo se da en los laicos y existe, en los sacerdotes, y, por eso, se prefiere otro tipo de asociación y metodología menos exigentes. Como el miedo que parece existir en algunos. Temen la mayoría de edad de los laicos, da la impresión de temor hacia el laicado adulto responsable.

1.9.           Se junta a todo lo anterior, la abundancia de creatividad y de excesiva espontaneidad. Hacemos grupos a «medida» y cuando cambia el sacerdote, si el siguiente tiene otra medida, cambia el grupo. En todo caso, nos gusta ser dueños más absolutos de lo que es exclusivamente nuestro.

1.10.       Otros no apuestan por la Acción Católica porque creen que es un esfuerzo inútil. Es más fácil hacer nacer un niño, que resucitar y poner en pie un cadáver.

1.11.       No hay conciencia de qué es ser consiliario, y qué significa y exige el acompañamiento nuestro, que reclama la Acción Católica.

1.12.       Se da, en general, un alejamiento también del clero joven. Algunos se acercan a los Movimientos juveniles, al Junior. Nadie les ha hablado. No la conocen.

1.13 . El pastor, que sufre con lo inmediato y concreto, escoge lo que ya le ofrece «algo», y no acepta la paciencia de procesos formadores largos.

1.14. Finalmente otros creen en la Acción Católica, aunque, a veces, la vean «como el pequeño resto de Yahvé», apuestan por la formación y el protagonismo de los laicos. Están hoy comprometidos con la Acción Católica en la nueva etapa.

El Señor quiera que alguno de los que se encuentran en alguna de las posiciones anteriores de incertidumbre o de recelo, apueste por la última, después de reflexionar y leer este escrito. Por mi parte, lo escribo con esta confianza.

  1. ¿Pero qué es la Acción Católica?

Quiero presentarla no con mis palabras, ni con testimonios muy antiguos. Ya os he citado documentos del Papa y de la CEE. Uno más antiguo es de hace casi 30 años:

«Orientaciones sobre Apostolado Seglar» (1972). Otro, más reciente, es de noviembre de 1991. Es el CLIM. Y, desde luego, su carné de identidad renovado es de noviembre de 1993, cuando se aprueban las Bases y Estatutos.

Os presento la Acción Católica en tres capítulos:

  1.  Quiénes son sus miembros
  2.  Para qué se reúnen
  3.  Donde viven y trabajan

Con estos apartados describo la eclesialidad de la Acción Católica.

  1. ¿QUIÉNES SON SUS MIEMBROS?

Son cristianos; suelen llamarse «militantes», no porque sean belicistas, sino con el nombre mismo de la Iglesia, que también se llama «militante». Indica su concepción de la vida como campamento, así viene desde el evangelio de S. Juan. Entienden la fe como «milicia», como le gustaba describirla a S. Pablo. Epafrodito era «compañero de armas» (Flp 2,25). A Timoteo le dice que sepa «soportar la fatiga como buen soldado» (2 Tim 2,3). Repite la idea de combate (2 Cor 10,3), e indica contra quién combatimos y contra quién no. «Combate el buen combate», dice también a Timoteo (1 Tim 1,18). Otras veces habla de «armas», armas originales: son las «armas de la justicia» (Roen 6,13), o «armas de la luz» (Rom 13,2; 2 Cor 6,7). Son las armas de Dios (Ef 6,11.13). Y hablará de la coraza (Ef 6,14), de la coraza de la fe y de la caridad (1 Tes 5,8); del «yelmo de la salvación» (Ef 6,17), o de la esperanza (1 Tes 5,8), o del «escudo de la fe» (Efó,16), o de la «espada» del espíritu (Ef 6,17), que es la Palabra de Dios, más cortante que espada de dos filos (Hech 4,12).

Es decir, la fe no es cómoda; nos habla de desafío; de tener conciencia de la presencia del mal, como nos lo recuerda la oración del Señor. También, con las armas, la fe nos da seguridad.

Estos creyentes, que así encaran la vida, quieren vivir como discípulos de Jesús, lo siguen. Ponen la fe en la vida. Viven la vida como fe, que actúa por la caridad (Gál 5,6). Hacen vida los valores del Reino. Profundizan en la fe de la Iglesia y lo hacen -notadlo- a partir de su vida y de la Palabra. Unen la Palabra y la vida. Ven la vida desde la Palabra. Tienen igualdad de planes de formación. Celebran con gozo la Eucaristía y el perdón, porque creen que necesitan una conversión permanente. Practican la oración personal y comunitaria. Crecen constantemente en la comunión eclesial. Es la coraza de la fe; el escudo de la fe.

Se proponen testimoniar la fe en Jesucristo muerto y resucitado. Lo hacen personal y comunitariamente. Como los primeros creyentes hacen de su vida un testimonio. Son «testigos del Dios vivo».

Les importa el Reino de Dios. Por él trabajan en solidaridad entre ellos y con todos los que tienen buena voluntad, y con quienes sienten preocupación por un hombre nuevo, por una sociedad nueva en la que reine la verdad, la justicia, la libertad y la paz, y en la que se cultive la «civilización del amor».

Anuncian, con sus palabras también, el mensaje de Jesús e invitan a los hombres a adherirse a Cristo y a la comunidad de los que creen en Él: así plantan la Iglesia en solares nuevos o la refuerzan en los lugares donde ya ha crecido. Animan igualmente a los hombres, a los creyentes a trabajar por el Reino, y tienen clara meta que transciende lo mediato y lo temporal: es la salvación plena y eterna en Cristo. Oíd resonancias de la Tertio Millennio adveniente y de la Nono Millennio Ineunte. Recordad el capítulo segundo de esta última carta que invita a contemplar el rostro de Cristo, y el capítulo tercero que alienta a caminar desde Cristo por los caminos de la santidad, de la oración y de los sacramentos, para ser testigos del amor, que viven con pasión la comunión, que apuestan por la caridad y afrontan los actuales desafíos para la misión y el diálogo a la luz del Concilio. Nos hace bien escuchar del Papa: ¡Mar adentro!

Es decir, están especialmente preocupados por la evangelización del mundo, por la transformación de la sociedad en que viven. De siempre ha sido una preocupación sentida y esencial. Descubrieron en su tiempo, hace mucho tiempo, que la evangelización también avanzaba a hombros de los laicos. Descubrieron que, por ser Iglesia, su solar adecuado es el mundo de los hombres con quienes viven.

Ellos mismos se llaman « Iglesia»; saben que son Iglesia, porque viven el Bautismo y la Confirmación. Saben que la Iglesia se vive en cada diócesis, como porción del pueblo de Dios, unida por el Espíritu, presidida por el obispo. La diócesis es única matriz y es, al mismo tiempo, su casa de familia. Y viven la comunidad parroquial.

Para realizar estas tareas hacen dos cosas: se forman de un modo progresivo y permanente, y, además, se asocian de un modo estable.

Al escuchar esta descripción podréis decir que nada nuevo he dicho, que pueda ser específico de la acción Católica. Nada original. Todo esto es propio de todos los cristianos. Y es verdad. La originalidad de los militantes de Acción Católica es que son cristianos diocesanos sin más. Son cristianos no sólo en la Diócesis o para la Diócesis; son de la Diócesis. De ella nacen y de ella únicamente viven. No tienen otra fuente u otra mesa. ¿Es mejor así? No lo sé. Digo lo que son (Bases, I).

He recordado que se reúnen y lo hacen de modo estable. Para seguir definiendo la Acción Católica, digo a continuación para qué se reúnen.

  1. – ¿PARA QUÉ SE REÚNEN?

Vernos dicho que estos cristianos militantes se reúnen de modo estable. A la asociación suelen llamarle «movimiento». Trabajan necesariamente organizados, como aconseja el Concilio (AA 18). Se reúnen para hacer efectivas las 4 NOTAS de la Acción Católica. Estas notas son capaces de vertebrar la Acción Católica y expresan su eclesiología.

Es oportuno recoger las páginas en que el Concilio se refiere: expresamente a la Acción Católica. Por supuesto en AA, el número 20, con una recomendación expresa al final del número. Es muy importante que la Acción Católica sea también señalada en el Decreto «Ad Gentes», en el número 15. Y a los obispos recomienda el Concilio que ayuden y apoyen a la Acción Católica (CD 17). Otro dato: En Christifidelis laici es la única asociación consignada por su nombre, en el número 31, y se cita igualmente en el número 47 de Catechesi tradendae.

Desde el Concilio, la Acción Católica se ha precisado y definido por 4 características, que se llaman las NOTAS. Donde se den esas 4 NOTAS a la vez, en principio, se da la Acción Católica.

Digo «en principio», porque para que una asociación sea reconocida como Acción Católica Española de ámbito nacional, es preciso que se inscriba en la Federación de Movimientos de la Acción Católica, porque se atiene a las Bases Generales de la misma Acción Católica, y porque ha sido erigida canónicamente por la Conferencia Episcopal (Estatutos, art 4.5).

Las 4 NOTAS se refieren: 1°, al fin apostólico de la Acción Católica; la 2a, a la dirección seglar: la 3a habla de la organización, y por último, la 4a matiza una especial vinculación con la Jerarquía, de modo que se manifieste en una más estrecha e inmediata colaboración con el apostolado jerárquico (LG 33; AA 24).

Después del Concilio, estas 4 NOTAS, explicitadas en AA 20 -que es el texto fundamental de la Acción Católica-, han sido leídas, como he apuntado, a la luz de otros documentos del Concilio, como la LG, GS, AG, y se han leído también en la historia de la Acción Católica.

Deletreo brevemente estas 4 NOTAS, y sigo un orden distinto al enunciado en AA. No sé si lograré ser más pedagógico.

2.1.           En primer lugar se reúnen. En los Movimientos de Acción Católica los seglares trabajan unidos a la manera de un cuerpo orgánico, para dos fines: manifestar mejor la comunidad de la Iglesia y para que resulte más eficaz el apostolado (AA 20 c). Es la 3° NOTA.

Esta nota pide a los Movimientos un modo eclesial de trabajar. Han de poner especial empeño por contribuir y reforzar la comunión eclesial, que es tema recientemente recordado con insistencia en Tertio Millennio Adveniente y Novo Millennio Ineunte, y hacerlo así en los ámbitos en que están organizados los Movimientos: parroquial, diocesano, supradiocesano. La organización no es, ante todo, por razones de eficacia, sino para anudar la comunión y expresar la eclesialidad. La Acción Católica es eclesial por el fin, pero también por el estilo, es decir, al estilo de la Iglesia. Palabra clave es «unidos». Esta apertura a la comunidad eclesial es especí­fica de la Acción Católica. Como quiere el Papa Juan Pablo II, la Acción Católica está llamada a ser una gran fuerza de comunión intraeclesial. ¿No será una afirmación de la posibilidad y necesidad de conjuntar la pastoral?

Se unen también, porque entienden que es más eficaz el testimonio común de los valores del Reino; porque aseguran una participación más responsable de sus miembros, y porque aúna y coordina sus esfuerzos (AA 18).

2.2.           El protagonismo de los laicos, es la 2a NOTA, «aportan su experiencia y asumen la responsabilidad en la dirección» (AA 20 b).

Se reconocen, por esta NOTA, los derechos y deberes de los laicos, que nacen de su unión con Cristo y del Bautismo y la Confirmación, que les capacitan para ello (LG, cap IV; AA 13). La

Acción Católica es obra de laicos. La Acción Católica es muy secular. Por eso mismo, el mundo, la actividad humana v sus relaciones es lugar adecuado y privilegiado de la Acción Católica; la presencia en el mundo es responsabilidad del apostolado seglar, y así lo asume la Acción Católica, y no puede retirarse de este compromiso. «Iglesia en el mundo» son los laicos cristianos y no lo olvida la Acción Católica. Presentes en el mundo. En esta NOTA, palabras claves son «responsabilidad y experiencia».

  •  Responsabilidad en la dirección. Cuando se extiende el nombramiento de presidente, se hace con esta clara afirmación. Él es quien preside el movimiento en el ámbito parroquial, diocesano o general.
  •  Responsabilidad y experiencia «en el examen cuidadoso de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia». La Acción Católica no ha nacido para sí. Vive en la Iglesia y vive para la Iglesia. Esto implica que esta NOTA se lea a la luz de la GS, la «Iglesia en el mundo», la Iglesia para el mundo, como lo fue el Señor, para gloria de Dios Padre, y como se ha recordado unas líneas más arriba.
  •  Responsabilidad y experiencia en la elaboración de los programas de trabajo, en su seguimiento y en su evaluación.

Quienes vana realizar el fin apostólico de la Iglesia son los laicos, y lo realizan del único modo posible: en comunión y cooperación con las orientaciones diocesanas y supradio- cesanas, de los Obispos y del Papa. El laico de Acción Católica conoce, como norma eclesial, el viejo adagio: «Nada sin el Obispo». Pero también, en dirección recíproca, los obispos y los sacerdotes los escuchan fraternalmente, promueven su corresponsabilidad, les encomiendan tareas, y les dejan en libertad (PO 9; cfr LG 37).

2.3      Se reúnen para un fin inmediato, «el fin apostólico de la Iglesia», es decir, «la evangelización y la santificación de los hombres, la formación cristiana de sus conciencias, de tal manera que puedan imbuir del espíritu del Evangelio las diversas comunidades y los diversos ambientes» (AA 20 a). Este fin global de la Iglesia es la primera NOTA.

El proceso se inició describiendo la Acción Católica, como «participación en el apostolado jerárquico». Posteriormente como «una cooperación con ese apostolado jerárquico», para descubrir que la relación radical es, ante todo, con la Iglesia, como lo es la minina Jerarquía. Palabra clave la eclesialidad. En la fisonomía genuina de la Acción Católica, se destaca, por tanto, su eclesialidad. Sin esta referencia, manifiesta y vivida, no existe la Acción Católica. Así es, porque asume el fin global de la Iglesia. Y se destacan tres aspectos eclesiológicos:

1° El fin general apostólico de la Iglesia, con tres verbos: evangelizar, santificar, formar. Es el Señor quien destina a los laicos para este fin (LG 30,33; AA 3; ChL 24). Es decir, la Acción Católica no tiene un fin específico suyo propio, sino que hace suyo el triple objetivo de la Iglesia en cualquier campo o ambiente y también en el ámbito de la comunidad.

Nace para evangelizar. Es su pasión evangelizar en la comunidad, pero, sobre todo, donde el mundo y sus realidades necesitan ser transformadas según los valores del Evangelio. Nace, además, como una fuerte llamada a la santidad. Y el tercer empeño permanente de la Acción Católica es la formación de sus militantes, niños, jóvenes o adultos.

2° En la Iglesia particular es el segundo aspecto eclesiológico. La Acción Católica se define también por su fundamental referencia a la Iglesia particular. Por eso, la Acción Católica debe consolidar fortificar la comunidad parroquial y la diocesana, y la consolida también por su comunión suprad iocesana y universal.

3° Por último, como se dice en esta NOTA, que habla de ambientes, la Acción Católica nace para «plantar la Iglesia» (AG 15), más allá de las parcelas cultivadas. Este empeño serio hizo nacer la Acción Católica Especializada, que hoy sigue teniendo vigor necesario. La Acción Católica es expresión y presencia de la Iglesia en el mundo infantil, de jóvenes y de adultos, en el mundo obrero, rural y universitario; en el matrimonio y en la familia, con los enfermos y minusválidos, en el campo del turismo y de los medios de comunicación social. La Acción Católica está, o debe estar, presente en estos ambientes, como exigencia de su fe, en actitud de participación y solidaridad.

Por todo esto el Papa Pablo VI la llamó una «singular forma de ministerialidad laical» (AG 15). Paso a describir la cuarta NOTA.

2.4      Bajo la superior dirección de la Jerarquía. Esta NOTA hay que leerla y estudiarla después de las anteriores. Las supone y las tiene en cuenta. Es NOTA específica de la Acción Católica e igualmente más difícil de definir, de explicar y de entender, también de vivir. Aunque se presiente lo que es y significa, cuando se vive.

La «superior dirección» es un plus añadido a lo que, en toda ocasión, se debe pedir a cualquier Asociación de fieles (AA 20 d). Usa dos expresiones, que son palabras clave para aproximarnos el sentido más exacto, no erróneo, en el que debe entenderse esta específica dirección.

a)                    La primera expresión es la directa cooperación con el apostolado jerárquico. Directa, es decir, sin intermediarios; sin otras dependencias eclesiales; exclusivamente. Cooperación, porque en la Iglesia siempre se coopera. Es un estilo, un hábito, una forma estable de trabajar. Es roce, es cercanía, es humildad. Es la eclesiología de comunión. Supuesta la cooperación directa viene la segunda palabra clave,

b)                   La segunda expresión es la dirección de la Jerarquía que, a veces, es «un mandato explícito».

  •  No es la dirección necesaria del Obispo en toda actividad pastoral de las asociaciones (AA 24)
  •  No puede suprimir, por otra parte, la dirección responsable de los laicos; no puede minimizar la condición laical; ni es una dirección permanente en la marcha habitual de los Movimientos.
  •  Supone el respeto de la NOTA 2a, «la dirección de los laicos» y el respeto de la 3a el «carácter orgánico».
  •  Nace de una teología viva, nace de un proyecto común de evangelizar y santificar, nace de la fe en el ministerio de la unidad.
  •  Es un trabajo evangelizador y misionero en común. Es un trabajo fuertemente asociado. Nace de la 1a NOTA. Se expresa en este trabajo en común y también nace de ese estilo de trabajo.
  •  En todo caso hay que conjugar el ejercicio de la función propia del Ministerio Pastoral (LG cap. 3), con la misión propia, que corresponde a los laicos (LG cap. 4). No niego que esta forma de entender el apostolado esté exenta de tensión. Pero es como la realidad viva del Evangelio, que nos coloca más allá de lo rutinario o de lo simple. El Evangelio es sencillo, pero no es fácil.
  •  Requiere diálogo, acogida, estima cordial, profunda comunión y unidad, corresponsabilidad, trabajo común no al final sólo, sino en todo el trayecto. Es un estilo de pastoral. Como es enriquecedor para el Ministerio Jerárquico el trabajo cercano de laicos y pastores, es igualmente enriquecedor para los laicos trabajar en común con los pastores bajo su «superior» dirección.

Quien hace presente al Obispo en la Acción Católica es el consiliario. El consiliario, por esta NOTA y por la eclesiología de comunión, hace que un grupo sea Acción Católica.

Una consecuencia correlativa es que, como se dice en AA, el Ministerio pastoral, con respecto a la Acción Católica, asume una responsabilidad especial, y, además, puede promo­ver v encarecer la adhesión a ella (CD 17).

Reunid estas palabras clave: Unidos a modo de cuerpo orgánico, con responsabilidad y experiencia, con eclesialidad, y con cooperación directa e inmediata con la Jerarquía y bajo su superior dirección para el fin global de la Iglesia, y habéis hecho nacer la Acción Católica.

Es mucho más lo que podría decirse. Pero, para terminar tengo que anotar que estas cuatro NOTAS deben darse al mismo tiempo, y no pueden desguazarse, que la originalidad de la Acción Católica es la presencia de castos cuatro rasgos simultáneos. ¿No os convence una asociación así? ¿No deberíamos promoverla decididamente?

2.5.      Me queda hacer referencia a un quinto rasgo, que en su historia ha ido asumiendo y desarrollando la Acción Católica hasta convertirse en elemento integrante de su identidad. No es una NOTA reseñada en AA 20. Me refiero a la pedagogía activa, propuesta por el Concilio en AA 32, sancionada en MM 236; avalada en ChL 31; recogida en el CLIM 124s. (Bases 3).

Esta pedagogía supone un estilo de acercarse ante la realidad y ante la vida; un modo de educar partiendo de la vida; no disocia fe y vida; descubre la presencia del Espíritu en la historia, que fue y es el libro de la manifestación de Dios; actúa para ser fermento en esa realidad (LG 31).

Tiene conciencia de que la formación y evangelización de las personas es un proceso, a veces, lento; respeta la acción de la gracia y el ritmo de cada uno; valora el pequeño grupo, que está abierto a grupos más amplios y que debe ser fermento transformador.

Se la llama «revisión de vida», «análisis de la realidad desde el Evangelio», «lectura cristiana de la vida», «método de encuesta: ver, juzgar y actuar».

Este método de pedagogía activa se integra también en un programa de formación sistemática, que implica la lectura asidua de la Palabra de Dios, una catequesis viva y orgánica, una creciente formación teológica y un análisis global de la sociedad según las exigencias de la misión evangelizadora de la Iglesia, para ejercer un discernimiento y un juicio cristiano.

Termino diciendo que «formar» ha sido un viejo y permanente empeño de la Acción Católica. Formar para ser seguidor del Señor, unir la fe y la vida, celebrarla en los sacramentos v en la oración. Formar desde la acción y para la acción transformadora. Sustantivo de esta asociación es la «acción», en todos los ámbitos. Es una acción, que nace de un modo de ser cristiano, seguidor de Jesús, en la Iglesia y para el mundo, como la misión de la misma Iglesia.

El resultado es que merece la pena apostar por este modelo de Apostolado Seglar laical. Si se entiende bien, habría que crearlo, si no existiera. Son laicos diocesanos. Por eso, habrá que valorarlo y potenciarlo donde ya existe.

  1. – ¿DÓNDE VIVEN?

También este dato pertenece a la eclesiología de la Acción Católica.

Para terminar la definición y descripción de la Acción Católica, ya brevemente, me refiero a su «geografía». A su domicilio. ¿Dónde vive y crece la Acción Católica?

3.1.           Su casa única -no tiene otra- es la Iglesia particular. La identidad de la Acción Católica, como ya he dicho, se define, como por un rasgo esencial, por su referencia a la Iglesia particular. La Acción Católica es diocesana en caos sentidos: pertenece a la Diócesis, es propiedad de la Diócesis, por eso no puede cerrarse en el «parroquialismo»,aunque la parroquia sea también su domicilio, porque siempre ha vivido en la parroquia. Y, además es diocesana, porque recibe su vida únicamente de la Diócesis y la devuelve al proyecto de la Diócesis, ya que ella no tiene proyecto propio (CLIM c.I).

Eso mismo requiere y exige la 4a NOTA, que supone una estrecha cooperación con el Ministerio jerárquico y pastoral.

3.2.           Por eso, la Acción Católica vive cómoda en la parroquia. Entre nosotros, fue su primer domicilio y a él quiere volver. Insisto en que la Acción Católica General tiene un espacio vital y propio en el ámbito de la parroquia. Con un encargo, aportar a la parroquia dinamismo en la madurez v crecimiento de los laicos y de su responsabilidad y protagonismo, y el dinamismo Misionero, que se ocupa de los alejados y de las personas en situaciones sociales de pobreza y marginación.

Y recuerdo algo que la Acción Católica está viviendo: Si su ámbito es el campo especializado, tantas veces alejada de la Iglesia y, de la parroquia, sin embargo, ha de tener en todo momento una fuerte vinculación eclesial, diocesana siempre, habitualmente a través de la parroquia.

3.3.           Dice también referencia necesaria a la comunión de las diversas Iglesias particulares y, en concreto, a la CEE. De este modo -y ya repito- ofrece a la Iglesia particular la necesaria dimensión de apertura a la comunión intraeclesial.

3.4.           Pero también su casa está en la intemperie y al descubierto. Los laicos de Acción Católica, como otros seglares, son Iglesia en el mundo. Por ser Iglesia, son comunión. Pero su destino es el mundo. Será el barrio o serán las ambientes. No es Acción Católica, si sólo se recluye en las templos. Su casa está descrita en Gaudium et Spes, en Lumen Gentium, en Sollicitudo rei socialis, en Familiaris consortio (CLIM, cIII).

 

CONCLUSION

Me preguntaba si este empeño no será una utopía en vano. ¿Merece la pena hacer el esfuerzo de relanzar la Acción Católica? ¿Es tan extraterrestre la Acción Católica, que he presentado?

Y                    no he hecho más que leer el Concilio.

¿Por qué no nos decidimos los sacerdotes? ¿Por qué no se deciden muchos laicos? No os creáis sólo mis palabras. «Creemos no por lo que tú nos dices, sino porque lo hemos visto» (Jn 4,42)

He abierto la casa de la Acción Católica. Entrad. Deteneos. Conocedla mejor. No tiene el corazón aviejado. Es bonita. «Venid y lo veréis». Tal vez toque a los sacerdotes levantar al­gún ladrillo y recrearla, porque algunos se empeñan sólo en restaurar lo viejo, para dejarlo arcaico y como pieza de museo. No es eso. Los cuerpos vivos no se restauran, viven y crecen.

Me pregunto, además, qué puede aportar la Acción Católica a los sacerdotes.

Puede darnos una clara visión de la Iglesia diocesana y una apuesta por ella; a nosotros, que no somos «sacerdotes parroquiales», sino diocesanos, aunque entreguemos la vida en las parroquias.

Nos ofrece una teología viva del laicado.

Hace una apuesta por la evangelización, conscientes de que, en este momento histórico, «o la hacen los seglares o no se hará» (CLIM).

Nos dará hermanos laicos adultos, aunque sean jóvenes o niños.

Ofrece un instrumento evangelizador, que no tiene dependencias externas.

Nos da un puesto de trabajo, porque exige nuestra presencia de Consiliario, y nos da la oportunidad de romper la inercia o la rutina, o la improvisación.

En fin, la Acción Católica nos hace más sacerdotes.

Y                    hace más laicos. Los laicos enteramente diocesanos. A ellos les presento un extraordinario modo de vivir en la Iglesia su bautismo y confirmación. Ha sido camino recorrido por millares de hombres y mujeres, jóvenes y niños, que han vivido con pasión y adhesión a Cristo, su amor a la Iglesia, su compromiso evangelizador audaz, su servicio incondicional.

No digo que sea fácil. Afirmo que es apasionante y necesario. Y que merece cualquier esfuerzo.

Ha de ser verdad, en nuestra Diócesis, que algo «nuevo está brotando». Por la fuerza del Espíritu.

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