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Sobre la pastoral del noviazgo: algunas premisas para articular un itinerario de fe para novios

Se siente con urgencia la necesidad de reestructurar la pastoral del noviazgo, ofreciendo una preparación al matrimonio mucho más integral y articulada, estructurada en forma de Itinerarios de fe para novios

El artículo sugiere algunos criterios para crear y articular esos Itinerarios de fe: la vocación al amor como un camino de fe, pues ambas realidades son inseparables y se iluminan recíprocamente; la importancia de conocer bien el perfil del sujeto −los novios− al que va destinado el Itinerario de fe; entender el noviazgo como un tiempo en que comienza a generarse una nueva identidad en el sujeto: su ser esponsal; redescubrir la centralidad de la vocación del cuerpo y el significado de la diferencia sexual; encuadrar el tiempo del noviazgo dentro de la estructura sacramental de la vida cristiana, si no queremos diluirlo en otros enfoques que desvirtúan su más neta identidad. Los diferentes momentos del Itinerario de fe para novios han de integrarse dentro de una liturgia familiar y doméstica que es, a día de hoy, una realidad que la pastoral familiar debe volver a recuperar.

Se siente con una urgencia cada vez mayor la necesidad de reestructurar la pastoral del noviazgo. La inquietud no es nueva, pues ya la recogió en su momento el concilio Vaticano II[1], la Familiaris consortio en el año 1982[2], el Directorio de la pastoral familiar en España[3], Benedicto XVI[4] y, más recientemente, el Papa Francisco[5]. Es importante tomar conciencia de que la atención pastoral a los novios es una responsabilidad de toda la Iglesia y, de una manera más concreta, de las diócesis, que son las que articulan en lo concreto la fisonomía de esta pastoral específica.

A día de hoy, la pastoral del noviazgo acusa la dirección por la que camina la pastoral en general, guiada aún por un principio cuanto menos cuestionable: se sigue dando la primacía al criterio de lo urgente, y se margina lo importante y necesario, quizá porque requiere más tiempo y, a la larga, implica mayor lentitud en los resultados. Es importante también no plantear el noviazgo como una situación a resolver, o como una realidad pastoral aislada, es decir, desvinculada de otros sectores de la pastoral, tal como ya indicó en su momento el Directorio de la pastoral familiar en España[6]. En particular, sería muy recomendable que la pastoral del noviazgo estuviera articulada en conexión con otras catequesis, sobre todo con la de los jóvenes que sepreparan para la Confirmación. Es verdad que la Iglesia tiene el deber pastoral de acompañar a los matrimonios y a las familias; pero, una pastoral familiar que quiera ser eficaz a medio y largo plazo, ha de comenzar por afianzar, desde el punto de vista catequético, todas las etapas previas al matrimonio hasta llegar a la etapa del noviazgo. Así, en la catequesis de Confirmación, o en la pastoral de jóvenes debería trabajarse ya, por ejemplo, toda la educación afectivo-sexual, tocando cuestiones que en el noviazgo pasan a ocupar un puesto central.

Es también un sentir general que los cursos de novios, tal como siguen planteándose en la actualidad, no responden adecuada y suficientemente al interés pastoral y existencial de esta etapa del noviazgo. Con una preparación al matrimonio que siga centrándose tan solo en los cursillos de novios seguiremos moviéndonos en una pastoral vocacional de mínimos que, en la práctica es permitida para el sacramento del matrimonio, pero no para el sacramento del orden o para la vida consagrada. En este sentido, los últimos Papas no han dejado de marcar claramente el horizonte hacia el que hay que caminar, insistiendo en la idea de una preparación al matrimonio mucho más integral y articulada, tanto remota, es decir, comenzando en la familia, como próxima e inmediata, es decir, estructurada en forma de Itinerarios de fe para novios[7]. Estos Itinerarios de fe no son solo catequesis o cursos sobre el matrimonio. Se trata, más bien, de una especie de catecumenado, es decir, una experiencia más integral, que busca suscitar, animar y sostener la fe y la conversión de los novios, a través del camino y de la experiencia del amor que ellos están haciendo. Estos Itinerarios pueden organizarse tanto a nivel parroquial como interparroquial; pero, en cualquiercaso, es importante que el criterio de la unidad guíe su estructuración en toda la diócesis. A este criterio de la unidad, pueden añadirse otros, que aquí sugerimos de manera breve y sucinta.

1. La vocación al amor como camino de fe

Evangelizar no es otra cosa que anunciar el Evangelio, para suscitar la fe en el sujeto, en el caso de que esa fe se hubiera perdido, y para suscitar una más profunda conversión de vida, en el caso de que el sujeto que se acerca tenga todavía una fe aún viva. En los milagros, en la predicación, en los diálogos con los distintos personajes del Evangelio, Cristo busca siempre una respuesta de fe en aquel que se le acerca. Pero, la fe está unida íntimamente al amor; es más, la fe es una forma de amar. En labios de Cristo, la pregunta “¿Crees en mí?” bien podía resonar en el corazón del que le escuchaba como un “¿Me amas?”. Por tanto, acompañar la experiencia de amor de los novios es ya una forma y un camino de evangelización, que toma pleno sentido cuando se trata de un camino acompañado desde las etapas previas de la catequesis. Hay una fuerte correlación entre la experiencia de fe de los novios y la experiencia de amor que ellos están viviendo[8]. Esa experiencia de amor que viven es tan profunda, toca tan en la raíz lo más íntimo de la persona, que sacude desde sus cimientos lo más central de su existencia. El noviazgo, además, supone una ocasión en que vuelven a replantearse muchas de las cuestiones más radicales de la vida, removidas por la experiencia impactante que supone la irrupción del amor y del otro en la propia vida. Por eso, en el contexto de esta experiencia de amor, el planteamiento de la cuestión de Dios y de la vivencia de la fe termina siendo algo ineludible en la relación de pareja y una ocasión privilegiada para el anuncio del evangelio del amor por parte de la Iglesia. Así pues, la atención evangelizadora de la Iglesia en esta etapa del noviazgo es crucial, pues en ella está en juego el fracaso o no de una vida y, por ende, el crecimiento o no en la fe.

La actual tendencia cultural inclina hacia una polisemia de significados en torno a la sexualidad y el amor, que incitan a la pareja de novios a inventar y reinventar su propia experiencia de amor, recluyéndola en el ámbito privado de sus deseos, proyectos y elecciones[9]. Ahora bien, frente a esta “invención del amor” por parte del sujeto, la pastoral del noviazgo ha de proponer más bien la “revelación del amor”, es decir, el descubrimiento de un Amor primero y originario, que se hace presente y acompaña la experiencia de amor de los novios. Ese Amor no es subjetivo, no nace en la voluntad o en el deseo de los novios, no lo diseñan ellos según su gusto o a su medida, sino que es objetivo, es decir, les precede, y ha de ser recibido y redescubierto por ellos en la experiencia de amor que les une. Una de las claves del noviazgo ha de ser precisamente ayudar a los novios a descubrir en sus vidas esta revelación del amor, este don inicial de un Amor primero y radical, que va por delante y que ellos reciben como un don en el camino de amor mutuo que están iniciando. Aprender a recibir este don primero del amor es importante para que los novios aprendan a amar y a entregarse el amor mutuamente. Después, el acompañamiento personal y toda la preparación que ofrezca el Itinerario de fe habrán de ayudar a los novios a dar el paso de ese amor, recibido inicialmente como don, al horizonte de una vida que ha de entenderse como don mutuo de sí. Así pues, una de las tareas evangelizadoras centrales a lo largo del noviazgo será la de enseñar a los novios a descifrar su experiencia de amor a la luz de la Revelación y del diseño divino sobre el amor humano, siendo conscientes de que en ese camino ambos pueden llegar a vivir una nueva e intensa experiencia deDios. Aquí está la verdadera catequesis hacia la que ha de orientarse el noviazgo, sabiendo aprovechar la pedagogía del amor para anunciarles, precisamente, el Evangelio del amor.

2. El sujeto del noviazgo

A la hora de dar perfil propio a la pastoral del noviazgo es fundamental conocer el destinatario a quien hemos de acompañar. Uno de los principales obstáculos para la evangelización en general, y para la pastoral del noviazgo en particular, es el sujeto romántico y emotivista con el que hemos de dialogar. Se le ha llamado “sujeto líquido”[10], es decir, afectivamente débil y frágil, que vive sumido en la soledad afectiva de su propio individualismo. Los novios que se acercan al matrimonio adolecen de esta personalidad narcisista y adolescente, que vive anclada en una visión del amor y del matrimonio definida desde la emoción y el sentimiento. Es la dificultad de fondo para entender el amor en clave de compromiso, donación de sí y comunión. Urge, por tanto, reconstruir el verdadero sujeto afectivo: un sujeto que sepa integrar toda su vida afectiva en la vocación al amor y en la lógica del don y la comunión, que es el eje del amor, primero en el noviazgo y, de una manera más clara y directa, en el matrimonio. Por eso, como hemos dicho antes, es importante preparar el noviazgo ya en las etapas catequéticas previas.

Este sujeto emotivista es, además, autónomo e individualista. Le cuesta integrar el valor de las relaciones personales en el proceso de formación de su propia identidad humana y personal. Esta es otra de las dificultades de fondo que tienen los novios para integrar en su proyecto de vida las nuevas relaciones que se empiezan a entablar y, sobre todo, para llegar a descubrir una de las más importantes conquistas del noviazgo: ese bien común que es el “nosotros”, una realidad que comienza a construirse ya en el noviazgo y que está llamada a ser el bien específico que se ha de buscar en la entrega mutua del matrimonio. El otro riesgo del individualismo será confundir la intimidad del amor con el intimismo y el subjetivismo, es decir, convertir el noviazgo en un espacio acotado y tranquilizador, en el que se busca ante todo la consonancia de sentimientos, emociones y estados de ánimo, más que el ideal por construir una entrega mutua y compartir un proyecto de vida. Es una forma más de convertir la experiencia amorosa en una experiencia puramente sentimental. Con el tiempo, muchas parejas que recorrieron así, sin el acompañamiento adecuado, este camino del noviazgo, comienzan la andadura de su matrimonio acusando muy pronto un desgaste afectivo grande y una clara desorientación, pues se casaron sin saber muy bien para qué.

La falta de unidad de vida caracteriza también a este sujeto, que es hijo de una cultura que vive sumida en una crisis de temporalidad. A su desestructuración afectiva se añade así la dificultad para plantearse la vida como un todo unitario e integrado, como un proyecto. La linealidad del tiempo deja paso a un tiempo fragmentado, concebido como un conglomerado de momentos y etapas, en el que hay poco espacio para un incierto futuro. En este ahora inmediato, el único que preocupa, se suceden los ámbitos, acciones y funciones, con el riesgo de convertir el matrimonio en una mera superposición de convivencias, de roles y de tareas, en el que difícilmente cabe un proyecto a medio o largo plazo. De aquí nace otra de las dificultades de fondo para plantearse el matrimonio no como algo pasajero sino como una vocación de vida, y no como una mera convivencia funcional y consensuada sino como un camino de comunión en el que prima el ideal común del “nosotros” conyugal. En esta perspectiva, los novios han de aprender a descubrir que la fuerza del amor verdadero, entendido como entrega y don de sí, es capaz de polarizar todas las dimensiones de la vida y todo el tiempo de la persona.

Es verdad que muchos de estos novios se acercan al matrimonio sin haber conocido en su vida un referente ejemplar y positivo. Cada vez más parejas proceden de familias desestructuradas, en las que han aprendido una vivencia del amor y del matrimonio al margen de la fe, y de las que heredan carencias afectivas de muy diverso tipo. Todo este bagaje recibido será una pieza clave del noviazgo, hasta el punto de que puede llegar a determinar en positivo o en negativo la experiencia de amor de la pareja a lo largo de esa etapa. El contraste es grande porque, con todos estos presupuestos negativos, el amor que los novios experimentan les abre de manera natural hacia un horizonte de infinitud que el mismo amor promete y hacia el que los novios se sienten atraídos de manera irresistible. La labor de acompañamiento personal, que también pueden realizar otros matrimonios estables y duraderos, será decisiva para hacer visible que el ideal del amor es posible. La guía personal habrá de ayudar a estos novios a integrar todas sus propias limitaciones y carencias en un horizonte mayor, hacia el que apunta el amor y que no es otro sino el descubrimiento de un Amor más grande, incondicional y eterno, en el que ambos han de apoyarse, si quieren dar solidez y permanencia a su camino.

3. Hacia una nueva identidad

El noviazgo es un tiempo en que se comienza a adquirir una nueva identidad: la identidad esponsal. Es el tiempo de pasar del yo al tú, del tú al nosotros, y del nosotros al “Dios en nosotros”. Entre estos diferentes niveles no se da un crecimiento lineal sino que se viven todos a la vez y se crece en la unidad de todos ellos. ¿Cuáles son las relaciones que hay que resituar? En primer lugar, la relación de cada uno consigo mismo, con su biografía personal, con todo ese bagaje personal que cada uno de los novios trae a la nueva relación de pareja. Muchas de las crisis que se van generando en la convivencia del matrimonio tienen su raíz en esa herencia familiar que cada uno aporta al propio matrimonio: su educación, el modelo de familia de sus padres, carencias afectivas, criterios de vida aprendidos de los padres, lo que cada uno ha sido o no antes del noviazgo… Lo difícil será, primero, reconocer ese legado que cada uno aporta a la relación de pareja; después, integrarlo en la nueva relación que se asume y, más tarde, en el proyecto común de matrimonio que se quiere buscar. Del contraste con las tradiciones y la herencia familiar del otro ha de surgir una ardua tarea de autocrítica y autoconocimiento que, por otra parte, encuentra en el amor del noviazgo el clima idóneo para la corrección, la mejora y la superación.

Están también los contenidos derivados de la relación de pareja que ambos han asumido y a la que tienen que ir dando fisonomía y perfil propio. De la atracción meramente física se llega a la atracción hacia los valores masculinos y femeninos del otro, con lo que se dispone ya el camino hacia un progresivo descubrimiento del significado personal del otro. Es el momento de cultivar actitudes interiores: la fidelidad, la estima mutua, el respeto recíproco, la comprensión y aceptación, la escucha… En este clima de creciente confianza e intimidad, el amor hace posible las tareas más arduas que conlleva el mutuo conocimiento, como corregir las desviaciones, contrastar pareceres, lograr conquistas comunes, vivir el perdón y la corrección… Todo esto supone un paso de maduración importante, dentro del ámbito psicológico y afectivo, en el que se va interiorizando cada vez más la mutua complementariedad. En este ámbito personal, se va conquistando un descubrimiento mayor: la totalidad de la persona amada, que se nos aparece como única, exclusiva e irrepetible. Este valor total de la persona va pasando a un primer plano, hasta el punto de que la relación yo-tú va encontrando su centro: buscar la felicidad con el otro y llegar a la propia plenitud en la mutua entrega de sí. El “nosotros” aparece ya como el bien común mutuamente buscado y habrá de convertirse en el pilar de la comunión conyugal.

Con el descubrimiento personal del otro llega también el descubrimiento del significado del compromiso. Tras las primeras fases del noviazgo, llega el momento de comprometerse juntos en un proyecto común que, si bien está llamado a madurar y crecer con el paso de los años, será uno de los pilares en los que se apoye la futura comunión conyugal y familiar. Se van integrando cuestiones que ayudan a apuntalar aún más esa relación de pareja: la uniformidad o no en el origen social, el ámbito del trabajo, los círculos de amistades, la relación con las familias de origen, el planteamiento de la relación con Dios, la vida eclesial, la sexualidad, el descanso, los hijos… Ahora no importan ya tanto las cualidades o los defectos sino, sobre todo, el fin que les une: ser felices. La cuestión de Dios se presenta aquí como un elemento aglutinante y potenciador de todos esos aspectos, hasta el punto de que será un factor decisivo en el éxito y maduración −o no− de la experiencia amorosa de los novios. Si saben compartir la fe, habrán sabido compartir todo lo demás o, al menos, resultará más allanado el camino para el consenso. Cuando los dos no buscan ya solo un bien humano sino que buscan juntos a Dios y ese bien que Dios tiene pensado para los dos, la relación amorosa comienza ya a vislumbrar su más firme punto de apoyo. En esta inicial comunión, ambos descubren la presencia de un misterio de amor que les trasciende y que no es otro sino Dios mismo haciéndose presente en su mutua experiencia amorosa. De este modo, la comunión con el otro en el amor se convierte en vía y camino hacia la comunión con Dios.

Este giro identitario necesita del tiempo para ser asimilado, articulado y construido en común. El tiempo del noviazgo no basta para ello y se prolonga especialmente a lo largo de los primeros años del matrimonio que es, por otra parte, cuando más crisis pueden darse, precisamente por este camino que ambos están haciendo hacia su nueva identidad esponsal[11]. Muchas parejas de novios se acercan al sacramento del matrimonio con un proyecto común muy débil, confuso y poco determinado, asentado en pilares meramente sentimentalistas. Otras sí que han llegado a madurar a lo largo del noviazgo ese proyecto común que ambos quieren buscar, pero, a medida que surgen las primeras dificultades en el matrimonio, no saben reajustar y crecer en ese proyecto inicial. Cobra así especial importancia el acompañamiento personal a estas parejas, no solo durante el noviazgo sino también, y de una manera especial, al inicio del camino matrimonial. Una buena labor de guía, una formación doctrinal clara en todas estas cuestiones y el apoyo en la amistad con otras parejas que quieren vivir el mismo camino de noviazgo, serán, sin duda, una valiosa ayuda para ayudarles a asumir su nuevo status esponsal y adecuar su nueva realidad de vida a la verdad más profunda que en ella se encarna. En este camino hacia la nueva identidad esponsal será crucial la acción interior del Espíritu Santo que, a través del amor, trabaja en ellos todos los dinamismos propios del don, la acogida y la comunión. Siendo el Espíritu Santo el “nosotros” del Padre y del Hijo en la Trinidad, comienza a serlo también de los novios a lo largo del noviazgo y de los esposos en el matrimonio.

4. Redescubrimiento del significado del cuerpo y de la diferencia sexual

La verdad del amor está unida inexorablemente a la verdad del cuerpo. Y, puesto que la pregunta por la corporeidad sexuada no se sitúa solo en el plano meramente biológico o subjetivo, sino que se trata de una cuestión radicalmente humana y personal, la experiencia del cuerpo es una de las líneas fundamentales en torno a las cuales se articula el camino del noviazgo. La relación con el otro ayuda a profundizar en el significado de la propia identidad sexuada y del propio cuerpo, como lugar de encuentro consigo mismo y con el otro. El noviazgo se presenta así como un tiempo privilegiado para redescubrir la vocación del cuerpo al amor y el significado de la diferencia sexual. El cuerpo es sacramento de la persona[12], es el lugar natural del don y de la comunión, por lo que está llamado a desempeñar, con una pedagogía propia, una importante labor de guía y de acompañamiento en el camino de amor que están realizando los novios.

La experiencia del amor filial, además de ser una dimensión antropológica irrenunciable, ocupa un puesto primario en el orden del amor. Lo humano aparece vinculado desde sus inicios a la experiencia del ser hijo, que consiste sobre todo en recibir el amor. Este significado filial de nuestro ser y de nuestra existencia es también una de las primeras verdades que nos enseña el cuerpo. Ser hijo significa recibir un cuerpo, tener nuestro origen en otro: en los padres y en Dios. La cuestión del Origen, por tanto, es clave para entender el amor. Nuestro cuerpo nos enseña que no tenemos en nosotros el fundamento del amor, que no somos sus dueños, pues su Origen nos precede. Nos antecede la realidad fundamental de un Amor absolutamente primero y radical que, al crearnos, nos capacita también para recibir el don y para dar amor, es decir, para amar como Él nos ama. Aprendemos a amar y podemos amar porque antes, nos descubrirnos amados y, por tanto, aprendemos a recibir de Otro el amor. Este Amor originario y creador de Dios está inscrito en la sexualidad humana, a través del dinamismo del don de sí; por eso, el cuerpo está orientado hacia una vocación propia que es amar a imagen de Dios. El cuerpo tiene, además, su propio lenguaje, el lenguaje de la masculinidad y feminidad, cuyo significado más profundo es expresar el amor y la donación esponsal de toda la persona.

La experiencia de este descubrimiento radical del Amor originario de Dios ha de estar en la raíz y en el horizonte de la experiencia de amor de los novios. El amor, por tanto, consiste primeramente, no en elegir a la persona amada, sino en recibir el Amor, en re-conocerlo presente en el origen de nuestra propia vida. A la luz de este re-descubrimiento, ambos han de escudriñar juntos cuál ha de ser su respuesta. Recibir y acoger juntos ese don, como una vocación y una llamada, hace que el noviazgo se conciba como un tiempo de especial discernimiento, en clave de correspondencia y de respuesta común al don primero de Dios. De ahí ha de nacer la conciencia de que el amor conyugal y el camino del matrimonio es, en realidad, una respuesta, un modo de corresponder, a través de la comunión y del don de sí, a ese Amor absolutamente primero que nos precede en todo. Por eso, el noviazgo se vive como un camino desde el “ser hijo” al “ser esposo”, un tiempo en que los novios descubren que la experiencia del amor filial les dispone y les abre hacia una plenitud mayor, que es el amor esponsal. En la relación con el otro, ambos van descubriendo que el “cuerpo recibido” está llamado a ser y hacerse “cuerpo entregado”. Ambos re-descubren los nuevos significados que la propia masculinidad y feminidad adquieren a la luz del encuentro con el otro: la diferencia sexual es una vocación, una llamada a la comunión y a la reciprocidad fecunda. Y esto se va aprendiendo también en el lenguaje del cuerpo: si el amor filial está vinculado, sobre todo, al modo de recibir el don, ahora es el momento de aprender que el amor esponsal está vinculado al modo de dar y de acoger el don del otro. Y porque el don ha de adecuarse plenamente a la medida y al valor de la persona, no puede ser sino un don total, exclusivo, permanente y fecundo, para que el don sea verdaderamente a imagen de Dios[13]. El noviazgo es el tiempo en que los novios se disponen para entregarse así, a imagen de Dios, y no según la medida de las propias ganas, gustos o caprichos.

Por todo ello, es importante que los novios aprendan a descubrir el significado y la vivencia del pudor, bien entendido, como una experiencia de profundo significado personal[14]. El pudor implica la defensa del significado personal del cuerpo, evitando que el propio cuerpo aparezca al otro como simple objeto sexual; es, por tanto, un movimiento de defensa natural de la persona, que no quiere ser rebajada al rango de objeto de placer sexual, sino que, por el contrario, quiere ser objeto del amor del otro. De este modo, ante la posibilidad de llegar a convertirse en objeto de placer para el otro, precisamente a causa de sus valores sexuales, la persona trata de ocultarlos, sobre todo en la medida en que en la conciencia del otro, esos valores sexuales constituyen un objeto de deseo y de placer. Por eso, el pudor respeta la naturaleza misma de la persona, lo ‘personal’ del cuerpo, y abre de forma natural el camino para el verdadero amor, en el que es esencial, precisamente, la afirmación del valor de la persona. De este modo, la necesidad de vivir el pudor se convierte en una exigencia del amor verdadero y regula, por tanto, las reglas de la relación mutua y de la comunión.

La necesidad de vivir el pudor hace del noviazgo un tiempo propicio para cultivar actitudes tan valiosas como el respeto, el saber esperar, la purificación interior de la mirada, la estima del valor personal del cuerpo, etc. En este horizonte se entiende que la vivencia de la castidad sea uno de los retos más importantes y más bellos del noviazgo, y que sea una tarea fundamental en el acompañamiento personal de las parejas. En el Itinerario de fe será importante dar espacio propio a esta vivencia del pudor, y acompañarla como experiencia de entrega personal al otro, así como a la formación en todo lo relacionado con el significado y la vocación del cuerpo y de la diferencia sexual. Es impensable que se pueda adquirir una identidad esponsal si no está firmemente asentada en la vocación humana y fundamental de la masculinidad y feminidad.

5. Carácter “sacramental” del noviazgo

No podemos plantear el noviazgo, de manera parcial y reductiva, solo como respuesta a una necesaria etapa humana de la vida. Tampoco basta plantear la pastoral prematrimonial solo como respuesta, o solución, a esa etapa. Olvidamos, quizá, que el noviazgo adquiere su significado fundamental en el hecho de que se trata de un tiempo de preparación a un sacramento, que será permanente y que durará toda la vida. Es, por tanto, un tiempo especial de gracia y de vivencia de Dios, que se engarza de manera admirable en el camino de amor humano que realizan los novios. Se trata de un tiempo pre-celebrativo, que ha de disponer a recibir y celebrar el sacramento del matrimonio con una mayor fructuosidad. Esto hace que el noviazgo tenga un status y una fisonomía propia[15], y que podamos situarlo en el orden de los sacramentales.

Los sacramentales son signos por los que se expresan efectos de carácter espiritual, que se obtienen por intercesión de la Iglesia; disponen, además, a recibir el efecto principal de los sacramentos y por ellos se santifican las diversas circunstancias de la vida[16]. En cuanto tiempo pre-celebrativo, el noviazgo no es una experiencia a-sacramental, sino que está sostenida y vivificada interiormente, en primer lugar, por los dinamismos sacramentales del Bautismo y Confirmación. Por eso, el noviazgo ha de concebirse como un fruto logrado y maduro de toda la Iniciación Cristiana. De ahí la importancia de su conexión pastoral con las etapas anteriores de la vida cristiana. Si, además, durante este tiempo se fomenta la participación en otros sacramentos como la Eucaristía y la Penitencia, tenemos ya un marco sacramental muy adecuado, que va dando sostén y trabazón interna a ese camino de amor que los novios están iniciando. Sin caer en automatismos sacramentales, dentro de la labor de guía y acompañamiento a las parejas, será una tarea importante ayudar a los novios a redescubrir y potenciar la presencia de estos dinamismos sacramentales en su propia experiencia.

Hay que reavivar el Bautismo, redescubriendo la dimensión filial del amor humano y, por tanto, del noviazgo. Los novios han de aprender a recibir de Dios el don del amor mutuo, que ambos están empezando a descubrir, para aprender así a entregarlo al otro. No puedo amar al otro si no me siento yo también amado primero, porque entregamos el amor que recibimos. Esta dimensión filial del amor repercute de manera importante en la búsqueda de ese bien común que es la comunión. En el camino de la complementariedad, ambos deben aprender a recibirlo todo del otro, lo bueno y lo malo, a tiempo y a destiempo, pues el otro me ayuda a ser más y mejor lo que soy: varón o mujer, esposo o esposa, padre o madre. Se trata de crecer en la propia identidad acogiendo y recibiendo el don del otro. Ese es, por otra parte, el dinamismo más esencial de la condición filial. La actualización del Bautismo a lo largo del noviazgo será importante, además, de cara a la profundización en el significado del signo sacramental del matrimonio. El consentimiento de los futuros contrayentes se convertirá en sacramento gracias precisamente a esos dinamismos bautismales que sostienen la vocación cristiana y que han sido renovados con fuerza a lo largo del noviazgo. Esta conciencia del fundamento bautismal del noviazgo hará que también el matrimonio se encuadre en lógica continuidad con la Iniciación Cristiana y se conciba como una respuesta al don primero de Dios, dentro de la propia vocación cristiana.

El recuerdo de la Confirmación ayudará a reavivar esa presencia del Espíritu Santo, que estaba ya presente en los novios de manera permanente desde la recepción de ese sacramento. El Espíritu Santo es quien une ahora a los novios de una manera nueva, a través del don mutuo del amor humano, y habita en ellos de un modo nuevo, a título propio, convirtiendo su intimidad en Templo de su presencia divina. Unidos a la persona Don y Amor que es el Espíritu Santo por el sacramento de la Confirmación, los novios son guiados interiormente en ese camino de amor que están iniciando, y son enseñados con su pedagogía divina a vivir ya en la lógica del don y de la comunión que será propia del matrimonio[17]. Cuando los novios lleguen a intercambiarse el consentimiento, lo harán sostenidos e impulsados por esta presencia interior del Espíritu Santo, presente en ellos desde el Bautismo y, de una manera nueva y especial, desde la Confirmación. Profundizar en este fundamento confirmatorio del noviazgo ayudará a que el matrimonio sea ya el lugar del Espíritu, ese Templo sagrado en el que los futuros cónyuges habrán de ser piedras vivas.

En los dinamismos sacramentales de la Penitencia se engarzan todas las experiencias de perdón, de conversión, de renovación interior, de conocimiento propio, de las que está cuajada el camino del noviazgo. Son esos dinamismos los que han de enseñar a los novios a vivir la propia conversión, no según la lógica de la justicia humana, sino según la lógica del amor, que es propia del perdón cristiano. Avivar esta dimensión penitencial del noviazgo ayudará a los novios a vivir también la experiencia del amor que perdona dentro del matrimonio. Muchas parejas terminan en el callejón sin salida de muchos roces y desencuentros, que pretenden zanjarse con la medida de la lógica de la justicia: “si tú haces esto, yo más”; “hasta que tú no cambies, yo no cambio”; “si tú no cedes, yo tampoco”; “siempre me toca a mí, tú en cambio…”; “como no cambies en eso te vas a enterar…” En la lógica del amor, el perdón y el reencuentro surgen cuando el amor necesita del otro; por eso, el que más perdona es el que más ama. El Espíritu Santo, que en la Trinidad es la unidad del Padre y del Hijo en la diferencia de ambos, es también quien une en comunión lo más distante y diferente de los novios. El camino del perdón cristiano se convierte así en un fruto logrado del amor, a medida que el Espíritu Santo va haciendo madurar los dinamismos propios del sacramento de la penitencia a través de la pedagogía del amor.

En la Eucaristía aprenden los novios a amarse y entregarse mutuamente a imagen de Cristo y de la Iglesia, anticipando ya de un modo propio lo que habrá de ser el estilo de vida de su matrimonio. Profundizar en este fundamento eucarístico del noviazgo ayudará a los novios a hacer de la Eucaristía el centro y el motor de su futuro amor conyugal. Será importante que los novios descubran en la práctica eucarística la relación tan viva que se da entre la comunión eucarística y la comunión conyugal. El matrimonio se articula precisamente en la lógica del don y de la acogida, que tiene su paradigma en el don esponsal de Cristo hacia su Iglesia. Esa donación esponsal es lo que hace de la Eucaristía el sacramento de los esposos y la realización litúrgica más plena de lo que ellos han recibido en el sacramento del matrimonio. Un buena catequesis sobre este tema les ayudará a entender cómo el matrimonio está llamado a ser una Eucaristía vivida, que encuentra en la Eucaristía celebrada su significado y su verdad más profunda[18].

De este modo, la Liturgia se convierte para los novios en pedagoga y maestra del amor humano, a la vez que les ofrece el armazón de la gracia, en el que los novios engarzan su propio camino de amor. La presencia de estos dinamismos sacramentales en la experiencia de amor de los novios hace también del noviazgo un tiempo post-celebrativo, alimentado por los dinamismos de cuatro sacramentos en juego: Bautismo y Confirmación, en los que se insertan los dinamismos sacramentales de la Penitencia y Eucaristía. Este tiempo post-celebrativo es, a su vez, un tiempo también pre-celebrativo, que prepara y dispone para el sacramento del matrimonio. El noviazgo supone un tiempo sacramental de especial intensidad, un tiempo fuerte en el que la gracia, una vez más, potencia y perfecciona la experiencia de amor que realizan los novios. En cuanto sacramental, el noviazgo dispone a recibir con especial fructuosidad uno de los dones principales del sacramento del matrimonio que es la caridad conyugal, al tiempo que santifica este particular e importante momento en el que se cierra una etapa de la vida y se comienza una nueva.

Con la actualización de todos estos dinamismos sacramentales, los novios se preparan ya a vivir esa específica liturgia de la vida conyugal y familiar que están llamados a celebrar juntos durante su matrimonio. El tiempo del noviazgo es, sin duda, un momento de especial redescubrimiento del sacerdocio bautismal y confirmatorio propio de la vocación cristiana, que ahora se polariza y se centra en torno a la tarea del amor. El “ministerio del amor” se convierte así en ese especial culto espiritual y sacerdocio conyugal, que los novios habrán de vivir y tributar a Dios a lo largo del camino de su matrimonio[19]. Si uno de los principales retos de la pastoral familiar es la recuperación del sentido del matrimonio como vínculo y sacramento, esa recuperación ha de pasar ineludiblemente por la recuperación de la estructura y de los dinamismos sacramentales del noviazgo.

6. ¿Cómo articular la estructura del noviazgo?

¿Cómo reforzar y acompañar, con una estructura pastoral, litúrgica y doctrinal adecuada, este momento tan importante en la vida de una persona que es la etapa previa al matrimonio? El Directorio de Pastoral Familiar presenta el noviazgo como un proceso de crecimiento vocacional[20]. Se trata de un tiempo de profundización, en primer lugar, en la propia vocación humana, es decir, la vocación a la masculinidad y feminidad. Este camino de la diferencia sexual está llamado a culminar, a través de la esponsalidad masculina y femenina, en la paternidad y maternidad propias del matrimonio. Además, los novios están llamados a profundizar también en su común vocación al amor, es decir, en ese ideal de comunión y de mutua entrega de sí, que será uno de los ejes que articule la vida conyugal. Por todo ello, el noviazgo es también un tiempo privilegiado para profundizar en la propia vocación cristiana que, desde el Bautismo y Confirmación, se ha ido especificando y modalizando hasta culminar ahora en el tiempo de noviazgo previo al sacramento del matrimonio. El noviazgo se ha de plantear así como un tiempo de especial discernimiento en los diversos órdenes de la persona. En este horizonte vocacional, el noviazgo presenta también una estructura responsorial: los novios quieren responder juntos a una misma vocación, a un mismo don y a una misma gracia sacramental del matrimonio que recibirán en su momento.

Este carácter vocacional del noviazgo reclama un marco adecuado, que supere −y a la vez integre− el esquema de los cursos de novios, o cursos prematrimoniales. Planteados como experiencias de fe y de amor, los Itinerarios de fe para novios se conciben como una especie de catecumenado, que busca suscitar, animar y sostener la fe de los novios, a través del camino del amor que ellos están haciendo. La duración podría ser de dos o tres años, con el fin de poder dedicar amplio espacio tanto al acompañamiento personal como a los contenidos del noviazgo, a las cuestiones más relacionadas con la vida conyugal y a la liturgia del sacramento del matrimonio. Aunque el número de parejas condiciona mucho el desarrollo del Itinerario, siempre es conveniente favorecer un trato lo más personalizado posible, con lo que el ideal sería poder distribuirse en grupos pequeños. La labor de coordinación puede ser asumida por uno o varios catequistas y/o matrimonios, que puedan testimoniar e introducir en la vida conyugal a los novios. A ellos se les puede encomendar no solo la labor de guía sino también la tarea de la acogida de los novios, pues de la cordialidad con que son recibidos depende en gran parte que las parejas se animen a integrarse en el camino del Itinerario. Junto a ellos, se hace también imprescindible la presencia y el acompañamiento de un sacerdote. Y, en cualquier caso, es importante la formación integral de estos responsables del Itinerario: una formación doctrinal, humana, espiritual y matrimonial adecuada, para la que deberán contar también con la ayuda de expertos y técnicos en las diferentes materias. Ahora bien, esa formación no basta −como no basta tampoco la buena voluntad−, si no va acompañada de un aspecto vocacional: es importante que estos responsables sientan su dedicación a los novios como una verdadera vocación, de la que ha de nacer la urgencia de saber acompañar a estas parejas en esta etapa tan importante de la vida cristiana.

El inicio del Itinerario, o bien el inicio del noviazgo, puede destacarse litúrgicamente con la celebración de la Bendición de los novios. A través de este sencillo rito, los novios expresan que están dispuestos a hacer de su experiencia amorosa un camino de fe. Por otro lado, en ese sencillo rito la Iglesia se compromete también con ellos a acompañarles y guiarles en ese camino. Se trata de una ocasión litúrgica idónea para que también participen, junto con los novios, las familias, los catequistas, otros novios y matrimonios amigos, y toda la comunidad cristiana. Si, además, esta Bendición de novios se hace coincidir con la renovación del compromiso matrimonial por parte de otros matrimonios que ya llevan años casados, cobran mayor fuerza ambas celebraciones.

Los contenidos de las sesiones deberían articularse en torno a la catequesis, la liturgia, la participación en la comunidad cristiana, y otras diversas actividades que se adecúen bien al perfil de los grupos. Naturalmente, todas estas circunstancias concretas deben adaptarse a los recursos y posibilidades de las parroquias. Pero, en cualquier caso, dos elementos serán las claves fundamentales para el éxito del Itinerario: por un lado, el acompañamiento personal a cada pareja, que puede realizarlo tanto el sacerdote, como los catequistas y matrimonios que hacen de guías; y la amistad entre las propias parejas de novios y otros matrimonios jóvenes, que ya han iniciado su andadura matrimonial y en los que pueden encontrar un apoyo añadido.

Puesto que el Itinerario se propone como un camino para los novios, es conveniente que se articule en etapas o pasos, distinguiendo, por ejemplo, las parejas que ya han tomado la decisión de casarse y las que aún no lo han hecho, o las que simplemente están empezando a salir juntos. Para esas parejas que ya han decidido casarse, podría introducirse como oficial el Rito de la promesa, intentando recuperar así, si bien de un modo nuevo y distinto, lo que antiguamente era el momento de los esponsales. Prácticamente en todas las culturas, la historia del rito del matrimonio contaba con este momento que, en origen, estuvo separado en el tiempo de la celebración de las bodas. El momento se presta, además, a una catequesis idónea sobre la categoría de la promesa, que ha de asumirse como parte integrante y fundamental del amor. El amor que viven los novios no es más verdadero porque se sienta más intensamente y porque atraiga de una manera irresistible, sino porque promete y apunta a una plenitud aún mayor, al tiempo que ofrece un camino y un apoyo para poder alcanzarla. En esta lógica de la promesa, la temporalidad es también otra categoría fundamental para entender el camino del amor: el tiempo no es contrario al amor; es más: el amor necesita del tiempo para crecer, madurar y hacerse más verdadero. Por eso el noviazgo se vive como tiempo de la promesa, es decir, abierto al futuro del matrimonio como el camino lógico en el que el amor ha de ir alcanzando su propia madurez. El Rito de la promesa sitúa el camino del noviazgo entre estas dos coordenadas, el tiempo y la promesa, y lo abre a un camino de futura plenitud, que contiene ya en germen el anuncio de la plenitud de la vida eterna.

Si la ocasión pastoral se presta a ello, el Rito de la promesa puede ir acompañado de la renovación de las promesas bautismales y del sacramento de la Confirmación. Es también una ocasión idónea para introducir el rezo o el canto del Veni Creator Spiritus, o alguna otra antífona dirigida al Espíritu Santo. Si resulta oportuno, también pueden introducirse las Letanías de los santos, recordando esa comunión de los santos, de la que es signo y anticipo la comunión que viven ya los novios y que están llamados a construir más plenamente en el matrimonio. Todos estos ritos deberían ayudar a mostrar más claramente el trasfondo sacramental que sustenta el noviazgo y la unidad de fondo que hay entre el noviazgo y la Iniciación Cristiana. Otros ritos que pueden introducirse a lo largo de las etapas del Itinerario pueden ser: la entrega del Evangelio, quizá aprovechando el tiempo litúrgico de Pascua o de Navidad; la entrega de la Cruz, aprovechando el tiempo litúrgico de la Cuaresma o alguna otra fiesta relacionada con ese misterio; la entrega del Rosario, quizá aprovechando alguna fiesta mariana significativa para la pareja o para la parroquia. Todos estos ritos, breves y sencillos, se prestan a una estupenda catequesis a propósito de la relación entre la Palabra de Dios, el misterio de la Cruz y la Virgen María con el camino hacia el matrimonio que los novios están realizando.

7. Hacia una liturgia doméstica y familiar del matrimonio

El Itinerario de fe de los novios culmina en la preparación más inmediata del sacramento del matrimonio. Esta fase de la pastoral prematrimonial podría aprovecharse como una ocasión óptima para recuperar la significación religiosa de la casa y de la familia, que ya estuvo presente en las culturas antiguas y en los inicios de la constitución de la Iglesia. La casa, en su sentido más originario, no era tanto el edificio de piedra sino la comunidad familiar, la estirpe, formada por los lazos de la descendencia. Tenía, además, un claro carácter sagrado: quien hería el mundo vital y religioso de la propia casa, atacaba también lo sagrado y lo divino. El culto de la casa, centrado en la adoración a los dioses familiares y a los antepasados, era oficiado por el padre y se articulaba en torno a una rígida composición de ceremonias, fiestas, fórmulas de oración y ritos, en las que no interfería para nada la religión estatal. También el matrimonio se inscribía en el ámbito de esta religión doméstica. Vivido como una realidad sagrada, era uno de los primeros y más santos deberes de los hijos y de los padres, pues sin descendencia no podía haber continuidad en el culto familiar. El adulterio era considerado como la máxima impiedad, porque suponía un quebrantamiento de la primera regla de esta religión doméstica: el legítimo nacimiento. De ahí también la dignidad especial de la mater familias, pues solo ella podía dar continuidad a la legítima descendencia. Este sentido religioso de la casa y de la familia se ha perdido hoy, en aras de un planteamiento meramente humano de la casa y la familia, que ha facilitado enormemente la secularización del matrimonio y de la familia iniciada ya en el siglo XVI[21].

Muchos de los ritos domésticos que rodeaban la liturgia matrimonial antigua fueron configurando poco a poco la liturgia matrimonial que se celebraba en los templos. Muestra de ello es la riqueza que caracterizó la antigua liturgia matrimonial hispana. Conocemos un gesto primitivo reservado al padre: la traditio puellae, es decir, la entrega de la esposa al esposo, que pasará del ámbito doméstico al ámbito litúrgico y que se difundirá más allá de la iglesia de España, hasta subsistir en los rituales medievales[22]. Esta liturgia matrimonial hispana tenía, además, la particularidad de la Liturgia de las Horas para el matrimonio. Hasta el s. XI, al menos para el Oficio de la mañana y el de la tarde, se conocía un Oficio del matrimonio. El Oficio de la tarde era celebrado la vigilia de la boda, mientras que el de la mañana se recitaba el mismo día de la boda[23].

La antigua religión doméstica y familiar así como la historia del rito del matrimonio invitan a recuperar algunos elementos, que podrían ayudar a configurar actualmente una liturgia doméstica y familiar del matrimonio. No hay que olvidar que la preparación más inmediata del matrimonio acompaña pastoralmente la conclusión de una etapa importante de la vida y el inicio de otra nueva, con la adquisición, además, de un nuevo status derivado del vínculo matrimonial. De este modo, en los días previos a la celebración de la boda podrían introducirse, precisamente en el ámbito doméstico y familiar, una serie de ritos breves y sencillos, que dieran un sentido más religioso a este momento. Nada impide recuperar, por ejemplo, en la vigilia de la boda, ese antiguo Oficio de la tarde, típico de la liturgia hispana, que formaba parte de la antigua Liturgia de las Horas del matrimonio. La celebración de vísperas en familia, acompañada de un ágape festivo, puede ser una ocasión propicia para que los novios reciban también la Bendición de los padres. El antiguo Oficio de la mañana de la liturgia hispana invita también a ofrecer el día de la boda que comienza, a través del rezo de la oración de Laudes, también realizado en familia. Ese mismo día, centrado ya en los preparativos para asistir a la ceremonia, puede hacerse, también en familia, la Oración de bendición de los vestidos, del novio y de la novia, así como la Oración de salida de la casa paterna. Recordando la antigua traditio puellae, puede introducirse una Oración de entrega de los hijos, que los padres pueden realizar, por ejemplo, en el momento en que se celebra el Rito de la promesa, o dentro del ámbito doméstico, por ejemplo, cuando los novios comunican a los padres su intención de casarse.

La vivencia tan secularizada del matrimonio hace pensar que las circunstancias actuales no favorecen la introducción de esta liturgia doméstica y familiar en torno a la celebración inmediata del matrimonio. La desestructuración de las familias de origen, el hecho de que muchas parejas llevan años de convivencia previa a la celebración del matrimonio, la centralidad que se pone en los preparativos materiales de la boda, etc., hace que resulte artificioso pretender añadir más tareas y requisitos a la preparación de la boda. Sin embargo, no hacerlo sería seguir favoreciendo la separación y la discontinuidad entre la preparación al matrimonio propia del noviazgo y la celebración de las bodas como tal. El Itinerario de fe debería acompañar a los novios hasta el final del noviazgo, que coincide precisamente con el final de una etapa de la vida y con los días inmediatos y previos a la celebración de la boda. Incluso la realización del Expediente matrimonial debería aprovecharse más como una ocasión pastoral de especial acompañamiento y ayuda a los novios por parte de la Iglesia. Así es, en realidad; pero, en la práctica, seguimos presentándolo como una mera sucesión de trámites o un requisito jurídico.

8. Conclusión

La pastoral del noviazgo no puede limitarse a resolver situaciones, es decir, a ayudar a cubrir el requisito de los cursos prematrimoniales, para que las parejas puedan recibir el sacramento del matrimonio. El anhelo de renovación de la pastoral prematrimonial, tan presente en las directrices de la Iglesia de las últimas décadas, pasa por una toma de conciencia más aguda y profunda de la trascendencia sacramental y evangelizadora de esta etapa del noviazgo.

No hay que obviar la tremenda secularización que afecta hoy a la vivencia del amor y, por tanto, a la realidad del matrimonio. Pero, hay que generar noviazgos cristianos, aunque sea en minoría. Hay que educar y modelar verdaderos novios cristianos que, desde una vivencia gozosa de su vocación al amor, den testimonio de que el plan de Dios sobre el amor humano, la sexualidad y el matrimonio no solo es posible, sino que es la vía para vivir el amor más bello. La pastoral no ha de buscar cambiar situaciones, sino cambiar personas, es decir, generar sujetos cristianos, en nuestro caso novios cristianos, capaces de asumir la radicalidad con que la gracia del sacramento del matrimonio transfigura la realidad humana del amor. Si no lográramos esto, tendríamos que pensar que la Revelación es un fracaso, que la gracia es incapaz de transformar el amor humano, o que el Evangelio del amor anunciado por Jesucristo es solo para unos pocos privilegiados. Es, quizá, el principal reto que nos plantea la cultura emotivista actual, con su concepción tecno-líquida del amor.

Carmen Álvarez Alonso

Doctora en Teología Dogmática por la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Profesora en la Facultad de Teología san Dámaso (Madrid). Profesora en el Pontificio Instituto Juan Pablo II (Madrid). Miembro de la Real Academia de Doctores de España.

Fuente: jp2madrid.es.

[Artículo publicado en Familia 55 (2017) 69-88].

 

[1] Cf. Apostolicam actuositatem n. 11.

[2] Cf. n. 66.

[3] Cf. nn. 72-127.

[4] Cf. Visita pastoral a Ancona. Discurso en el encuentro con los novios (11-09-2011); Discurso a un grupo de obispos de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos en visita ad limina (9-03-2012).

[5]Familia 51 (2015) 83-102.

[6] Cf. nn. 84. 87. 92.

[7] Cf. JUAN PABLO II, Familiaris consortio 51; BENEDICTO XVI, Visita pastoral a Ancona. Discurso en el encuentro con los novios (11-09-2011); FRANCISCO, Amoris laetitia 205-211.

[8] Cf. BENEDICTO XVI, Visita pastoral a Ancona. Discurso en el encuentro con los novios (11-09-2011): “Deseo volver de nuevo sobre un punto esencial: la experiencia del amor tiene en su interior la tensión hacia Dios. El verdadero amor promete el infinito. Haced, por lo tanto, de este tiempo vuestro de preparación al matrimonio un itinerario de fe: redescubrid para vuestra vida de pareja la centralidad de Jesucristo y de caminar en la Iglesia”.

[9] Cf. C. ÁLVAREZ ALONSO, “Más allá del género y del sexo: el lenguaje del cuerpo, según Juan Pablo II”: Familia 46 (2013) 113-124.

[10] Cf. Z. BAUMAN, Amore liquido. Sulla fragilità dei legami affettivi (Bari 2003); ID., Vita liquida (Bari 2006). Ver también T. DALRYMPLE, Sentimentalismo tóxico: cómo el culto a la emoción pública está corroyendo nuestra sociedad (Madrid 2016).

[11] Cf. L. MELINA (a cura di), I primi anni del matrimonio. La sfida pastorale di un periodo bello e difficile (Siena 2014). Cf. también Amoris laetitia 217-230.

[12] Cf. C. ÁLVAREZ ALONSO, “El cuerpo, sacramento de la persona. Aproximación a las Catequesis de Juan Pablo II sobre Teología del cuerpo”: Estudios Trinitarios XLVI /3 (2012) 513-550.

[13] Cf. C. ÁLVAREZ ALONSO, “La unidad humana en la diferencia sexual: una vía privilegiada de acceso al misterio trinitario de Dios”, en: ISTITITUTO DI STUDI SUPERIORI SULLA DONNA (a cura di), Differenza femminile? Prospettive per una riflessione interdisciplinare (Roma ²2016) 227-251.

[14] Cf. JUAN PABLO II, Amor y responsabilidad (Barcelona 1996) 211-230; J. NORIEGA, El destino del eros. Perspectivas de moral sexual (Madrid 2005) 153-159; M. GOTZON SANTAMARÍA GARAI, Saber amar con el cuerpo. Ecología sexual (Bilbao 1993) 55-71.

[15] Cf. M. MARTÍNEZ PEQUE, “Hacia un status eclesial del noviazgo”: Revista Española de Teología 56 (1996) 435-494.

[16] Así los define el concilio Vaticano II, en la Sacrosanctum concilium n. 60.

[17] Cf. C. ÁLVAREZ ALONSO, “El Espíritu Santo en el Ritual del matrimonio. Notas de pneumatología litúrgica”: Estudios Trinitarios XLVII/2 (2013) 225-273.

[18] Sobre este tema, cf. C. ÁLVAREZ ALONSO, “Matrimonio y Eucaristía, sacramentos nupciales. Notas sobre una analogía sacramental articulada en torno al lenguaje del cuerpo”: Anthropotes 29/2 (2013) 249-271

[19] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a los miembros del Tribunal de la Rota Romana (30-1-1986): “El matrimonio cristiano es un sacramento que realiza una especie de consagración a Dios (cf. GS 48); es un ministerio de amor que, por su testimonio, torna visible el sentido del amor divino y la profundidad del don conyugal vivido en la familia cristiana (…) Este ministerio se reafirmará y se realizará a través de una participación total en la misión de la Iglesia, en la que los esposos cristianos deben manifestar su amor y ser testigos de su mutuo amor y con sus hijos, en aquella célula eclesial, fundamental e insustituible que es la familia cristiana”.

[20] Cf. nn. 72. 75. Cf. CEE, La verdad del amor humano, n. 130, que presenta el noviazgo como una etapa de discernimiento de la vocación al amor esponsal.

[21] Cf. E. TEJERO, El evangelio de la casa y de la familia (Pamplona 2014); “La secularización inicial del matrimonio y la familia en la doctrina del s. XVI y su incorrecta comprensión de la Antigüedad”: Ius Canonicum LII/104 (2012) 425-464.

[22] Cf. Liber ordinum, ed. Ferotin, col. 439; K. RITZER, Le mariage dans les Eglises chrétiennes du Ie au Xie siècle (Paris 1970) 258-263; 415-417.

[23]Liber Ordinum 433, ed. M. Férotin (Paris 1904). El Antifonario de León (s. X) da el Oficio completo, ed. L. Serrano, Antiphonarium Mozarabicum de la Catedral de León, editado por los PP. Benedictinos de Silos (León 1928) 216-217. Cf. L. BROU-J. VIVES, Antifonario visigótico mozárabe de la Catedral de León, edición de texto, notas e índices en: Monumenta Hispaniae Sacra, Series Liturgica V/I (Barcelona-Madrid 1959) 454-455; Sacramentario de Vich, ed. A. Olivar, Monumenta Hispaniae Sacra, ser. Lat. 4 (Barcelona 1953) 208-215, nn. 1403-1429.

 

 Fuente: https://www.almudi.org/articulos/12183-sobre-la-pastoral-del-noviazgo-algunas-premisas-para-articular-un-itinerario-de-fe-para-novios
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El matrimonio y la familia Fundamentados en la Biblia y en el Derecho

El matrimonio y la familia Fundamentados en la Biblia y en el Derecho

El matrimonio y la familia  Fundamentados en la Biblia y en el DerechoEl matrimonio y la familia  Fundamentados en la Biblia y en el Derecho

Autor:

Salomón Domínguez Bermúdez, ijs

Más de uno se preguntará ¿qué tiene que ver el Derecho de la Iglesia en estas grandes y nobles instituciones del matrimonio y la familia? ¿Qué aporta el Derecho Canónico para su conocimiento, su desarrollo, su fortalecimiento, su santidad, su integridad, su proyección y eficacia, en medio de la sociedad y de la Iglesia? Éstas y muchas otras interrogantes serán el desafío de esta nueva sección que hemos iniciado el mes pasado para ustedes, queridos lectores y destinatarios de una revista que llega al corazón de todos.

Algunas notas históricas

¿Quién predomina en el matrimonio, el padre o la madre? Santo Tomás de Aquino decía que a “las cosas se les denomina por lo más relevante que hay en ellas”. Por eso se llama matrimonio. Porque proviene de una palabra latina, mater (madre), y munus (oficio), es decir, el oficio o función de la madre, “porque se sabe que el infante necesita más el auxiliar materno que el paterno, y se sabe que para ella fue oneroso antes del parto, doloroso en el parto y laborioso después del parto”. En Francia sobresale el aspecto paterno, donde la palabra viene de mariage, que significa matrimonio, boda, casamiento, pero que a su vez se deriva de marí, que significa marido, es decir, hace alusión al varón, al que engendra.

En los dos primeros siglos de la historia, el Derecho Romano acuñó conceptos que han sido aceptados universalmente y conservados en la actualidad. “La unión del varón y la mujer, que contiene (retiene) una costumbre inseparable de vida” (consuetudo, que es el punto clave de la vida conyugal). Igualmente Modestino (s. II) definió al matrimonio como “la unión del varón y la mujer y el consorcio de toda la vida, la comunicación del derecho divino y humano”.

El Concilio Vaticano II y el Codex Iuris Canonici de 1983

Sin duda, las anteriores notas históricas han influido en el concepto de matrimonio que consagra la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, en sus números 46 al 52, así como en el Codex Iuris Canonici (CIC), canon 1055, § (párrafo o parágrafo) número 1, como ya vimos en el mes anterior.

El número 48 de dicha Constitución dice, sobre la naturaleza del matrimonio:

“La íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente nace, aún ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio… Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como su corona propia. Por el pacto conyugal, el marido y la mujer ‘ya no son dos, sino una sola carne’” (Mt 19, 6).

Como podemos apreciar, estos conceptos de la doctrina del Concilio Vaticano II sobre el matrimonio van a ser definitivos para la normativa de la Iglesia sobre el particular. Ya no es sólo un contrato que da derecho al cuerpo para los actos generativos, sino una alianza mediante la cual los esposos se donan y se reciben mutuamente, de la cual nace la íntima comunidad conyugal de vida y amor. De aquí que el CIC incluya estos elementos constitutivos de la naturaleza del matrimonio en su concepto y en el de consentimiento.

 

El Antiguo y el Nuevo Testamento

En el Antiguo Testamento, el término alianza, que además de ser jurídico es bíblico, es más rico que el término contrato, dice Aznar Gil, porque expresa mejor el elemento personal (entrega y aceptación mutua) y evoca la relación peculiar de Dios con su pueblo elegido. La Sagrada Escritura define la naturaleza del matrimonio muy claramente en textos bastante conocidos: “Y los bendijo Dios diciéndoles: ‘crezcan y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen…’” (Gén 1, 28). “Por esta razón deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen uno solo” (Gén 2, 24). De estos textos, dice el Padre Antonio Molina Meliá, “… se deduce claramente la monogamia heterosexual y su relación con la procreación, y se insinúa la indisolubilidad”. Los Patriarcas hablan de fecundidad; los Profetas, de amor conyugal, como Oseas, Ezequiel e Isaías: “No temas, no quedarás en ridículo; no serás ofendida ni avergonzada… El Señor te llama de nuevo. ¿Puede ser rechazada la esposa tomada en la juventud? Por un breve instante te abandoné, pero ahora te recibo con inmenso cariño… el amor con que te amo es eterno…” (Is 54, 4-8).

En el Nuevo Testamento, san Pablo, en su Carta a los Efesios, sublima la educación de los hijos cuando dice: “Y ustedes, padres, no irriten a sus hijos, sino edúquenlos, corríjanlos y enséñenles tal como lo haría el Señor” (Ef 6, 4). En su Carta a los Colosenses, habla del amor como vínculo de la perfección: “Como elegidos de Dios, pueblo suyo y amados por él, revístanse de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense cuando alguno tenga motivos de queja contra otro. Del mismo modo que el Señor les perdonó, perdónense también ustedes. Y por encima de todo, revístanse del amor que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones; a ella los ha llamado Dios para formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos…” (Col 3, 12-15).

El Concilio Vaticano II tomará estas fuentes y las de los Santos Padres para la nueva Codificación de 1983, que define la naturaleza del matrimonio, “elevada a la dignidad de sacramento entre bautizados” (c. 1055), tema que retomaremos en el siguiente número.

Recuerda que puedes plantearnos tus inquietudes, preguntas y dudas a mi correo electrónico frsdcic@yahoo.com o directamente al de la revista redaccion@lafamiliacristiana.com.mx

http://www.lafamiliacristiana.com.mx/lfc/index.php?option=com_k2&view=item&id=179:Salom%C3%B3n%20Dom%C3%ADnguez%20Berm%C3%BAdez,%20ijs&Itemid=66

 

 

 

 

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LOS HIJOS: UNA EXPERIENCIA PARA ACERCARNOS A DIOS

LOS HIJOS: UNA EXPERIENCIA PARA ACERCARNOS A DIOS

 

 

María Carolina Sánchez Silva

Bogotá, octubre de 2005,

Colombia

 

Existen algunos imaginarios colectivos que rondan por ahí como verdades incuestionables y que se oyen así: “la religión es para los curas y las monjas”, “para hablar de Dios hay que ser religioso”, “si el sacerdote lo dice es porque es así”, “hay un camino más perfecto para llegar a Dios y ese es ser monja o cura”. Todas estas frases siguen vigentes para muchos cristianos que aún esperan que alguien les explique cómo es eso de la religión y también para algunos padres y madres que esperan que sus hijos sean acercados a Dios por alguien más experimentado que ellos en este asunto percibido como inmensamente difícil.

Por otra parte, es la época de los papás inseguros. Ya no existe el autoritarismo de antaño en el cual las cosas eran claras y las normas simplemente se obedecían porque mi papá lo dice o porque me da miedo. Los padres de hoy les pedimos permiso a nuestros hijos, dudamos, no sabemos si los estamos traumatizando con nuestras normas, nos sentimos culpables de no estar con ellos y queremos resarcirlos no imponiéndoles demasiadas cargas.

También los niños de hoy están más metidos en el mundo, recibiendo toda clase de informaciones indiscriminadamente, aprendiendo a cuestionar más y a exigir ante unos papás inseguros y confundidos.

Ante este panorama, ¿qué podemos decir de la experiencia de Dios? ¿Qué queremos transmitir sobre ella? ¿Cómo se relaciona con la crianza de nuestros niños y qué papel juega en semejante misión? ¿También estamos inseguros en este campo de la enseñanza de Dios a los hijos?

Las siguientes son algunas reflexiones sobre el papel de los laicos como padres, como detentadores del privilegio de acercar los hijos a Dios y poseedores de las herramientas más poderosas para hacerlo.

 

 

Cómo se nos fue abriendo el camino

En el devenir de la Iglesia a través de los siglos el concepto de laico se fue definiendo en oposición al clero. Según este enfoque de la Iglesia, el clero se ocupaba de las cosas sagradas en contraposición al laico dedicado a las cosas temporales. Los laicos venían a ser algo así como la plebe cristiana, gobernada por el clero.

A pesar de esta percepción del laico, en toda Europa, a partir del siglo XIII, surgen multiplicidad de organizaciones autónomas de laicos, hombres y mujeres dedicados a la práctica de la caridad en las formas más diversas: hospitales, posadas para proteger peregrinos, constructores de vías y puentes etc., todas con el propósito de ayudar a los pobres, enfermos y débiles.

 

Sin embargo, con el transcurrir de los siglos se acentuó más la condición subalterna de los laicos y se hizo claro que la Iglesia era una sociedad desigual donde unos estaban hechos para gobernar y otros para ser gobernados. Unos eran pastores y otros, ovejas, que necesitaban ser guiadas y dirigidas desempeñando, por lo tanto, un papel pasivo y limitándose a obedecer.

Este modo de mirar las cosas cambió a partir del Concilio Vaticano II que les devuelve a los laicos su pertenencia plena y su honda significación para la vida de la Iglesia. En la nueva visión, la Iglesia se describe como pueblo de Dios, integrado por todos los bautizados, todos iguales en dignidad, todos responsables de ella. Es decir las diferencias entre los miembros de la Iglesia son sólo de orden funcional. El Concilio considera que la vocación laical es la de tratar los asuntos históricos y seculares ordenándolos según Dios, pero sobre todo es una vocación al apostolado que los laicos tienen el derecho y la obligación de realizar en el medio social y cultural en que se encuentren.

 

La religión, la religiosidad y la fe

  1. Batista Libanio hace una diferenciación entre estos tres términos que ilumina nuestra pregunta sobre ¿cómo acercar a las familias a la experiencia de Dios? Nuestro presupuesto es que si acercamos a los padres a la experiencia de Dios, estamos automáticamente acercando a los hijos a la vivencia de la fe dentro de los medios que nos brinda nuestra Iglesia Católica.

Los tres términos van juntos, se encuentran en una relación dinámica e inseparable, no se entiende el uno sin el otro.

La religión es un sistema de medios que tiene el poder de organizar tiempos, sitios, personas, doctrina para que los seres humanos vivan su sentido religioso y expresen su fe.

La religiosidad es una dimensión humana, es la capacidad de percibir el mundo de la religión. La religiosidad es una capacidad humana para vivir el sistema religioso.

La fe es aceptar la palabra revelada de Dios en Jesucristo que nos pide un compromiso de vida con los demás.

Si relacionamos los tres elementos podemos decir que la religión existe para satisfacer nuestra dimensión religiosa (religiosidad). A su vez nuestra condición religiosa que quiere trascender pide una religión en donde se pueda expresar y vivir. Y la fe es nuestra vivencia central que nos pide conversión y compromiso al estilo de Jesús. La fe no es organización de ritos, ni sensibilidad religiosa. La fe es lo central, lo que no cambia, lo que se mantiene a pesar de que entremos en crisis con la religión o con la religiosidad.

Ningún elemento se entiende sin el otro puesto que es difícil vivir la fe sin religión y la religión sin religiosidad y sin fe.

El tiempo postmoderno y neoliberal que estamos viviendo en el cual cada quien piensa lo que quiere y hace lo que quiere, y también, nuestra experiencia como laicos, papás y mamás, nos hace percibir que la familia ha perdido la creencia fundamental de la fe, su vivencia, y se siente poco satisfecha con lo que su religión le propone para desarrollarse como creyentes comprometidos con este  mundo de hoy.

Creemos que nuestro camino como laicos apasionados y seducidos por Jesús puede ayudar a otros papás y mamás a acercarse al encuentro persona a persona con Jesús, centro de nuestra fe, y también, puede ayudar a crear nuevos caminos y formas que hagan de la vivencia de la fe en la religión católica, una nueva familia que se sienta escuchada y apoyada en la  integración de su fe con la realidad.

Es más, queremos decir también que la fe en Jesucristo ilumina nuestras relaciones al interior de la familia y nos da la guía necesaria a la luz del Evangelio para criar a nuestros hijos en un mundo tan sin sentido y en donde todo es relativo, individual y subjetivo.

 

Los laicos, evangelizadores de sus hijos

“Jesús sabe que el hecho de la familia es decisivo en la experiencia y en la vida de los hombres y mujeres. Por eso, habla frecuentemente de las relaciones familiares como modelo para explicar lo que es Dios o el reinado de Dios en el mundo. Y así, las relaciones del esposo, padre, madre, hijo, novio, hermano, aparecen repetidas veces en boca de Jesús cuando habla del reinado de Dios, de lo que es Dios para los hombres, de lo que éstos tienen que ser ante Dios, o de lo que todos debemos ser, los unos para con los otros. Desde nuestras experiencias en la vida de familia podemos todos comprender, de alguna manera al menos, lo que deben ser nuestras experiencias ante Dios y ante los demás. La familia es fuente de vida y fuente de alegría por la vida que transmite. En ella está Dios. Es un espacio humano privilegiado donde nace, crece y se cultiva el amor. Y con el amor, la felicidad, la generosidad, la entrega de unas personas a otras, la responsabilidad ante las propias tareas y obligaciones, la piedad honda y sincera” (J. L. Caravias)

La familia es el espacio en donde los laicos han tenido el privilegio y la casi exclusividad de la evangelización en todos los tiempos. Dentro del ámbito familiar, en las más variadas circunstancias y en medio de la complejidad de las relaciones entre padres e hijos, los padres son los únicos que pueden transmitir a las futuras generaciones el mensaje cristiano. Ni los sacerdotes, ni las instituciones educativas tienen la fuerza poderosa que nace de la íntima relación de un niño con su madre o con su padre desde que nace y que le hace el transmisor natural, a veces inconsciente, de los valores, las creencias y las actitudes ante la vida.

No hay un mundo nuevo sin hombres nuevos y en las manos de los laicos (esposos y padres), está el transmitir los valores fundamentales y la formación básica que ha de desembocar en hombres y mujeres que construyan una sociedad de acuerdo con los valores cristianos. En esta labor los padres no están solos; cuentan con la presencia y el apoyo de Dios que les revela, en el amor paternal y maternal, el amor incondicional del Padre por la humanidad. Es en la familia donde se entiende que no hay amor más grande que dar la vida por el otro, como están dispuestos a hacerlo los padres por sus hijos en todo momento. En el núcleo familiar, antes que en cualquier otra parte, se hace realidad ese amor incondicional que es la clave de la construcción del Reino.

Por otra parte, el trabajo de formar a los hijos no es sencillo. Podemos decir que existen dos aspectos esenciales en esta tarea: el primero y más importante es transmitir la experiencia de Dios; el segundo, imprescindible también, es dar a conocer las verdades de la fe, teniendo siempre como telón de fondo y punto de referencia, las dificultades y desafíos del mundo de hoy.

 

Transmitir la experiencia de Dios

Acerca del primero de estos puntos podemos decir que enseñar a conocer y a amar a Dios es, ante todo, enseñar a tener una experiencia de Dios. El niño debe sentir y experimentar que Dios existe, es real y cercano, convive con él y con sus padres, participa en sus decisiones, es alguien con quien se cuenta en todas las circunstancias. Ahora bien, esto únicamente puede experimentarlo a través de sus padres. Para el niño solo es absolutamente real aquello que lo es para sus padres. La importancia que conceda a Dios, la evidencia de la presencia divina en la vida cotidiana depende de la actitud de sus padres, de la forma como ellos transparenten una adecuada imagen de Dios.

Este hacer presente a Dios solo puede hacerse real en la vida cotidiana del niño. Al levantarse, al acostarse, durante sus juegos, en sus contactos con la realidad circundante, con las personas mayores, con otros niños. En todos esos momentos, los padres deben saber pronunciar la palabra adecuada, realizar el gesto oportuno para hacer presente y real a Dios. Es un asunto de creatividad y de oportunidad. Hay que saber aprovechar los momentos adecuados e inventarse las estrategias para que el mensaje sea asimilado por el niño no en un nivel intelectual, imposible para su edad, sino como una experiencia que se interioriza a un nivel tan profundo que llega a ser imborrable y, a partir de entonces, crece y se expande con la edad. La fe del adulto es el fruto maduro que surge de esta experiencia vivida en la infancia. Una fe que es fruto de la relación cálida, confiada y amorosa entre los padres y Dios, que el niño ha vivido y sentido durante toda su infancia y de la cual ha participado consiente e inconscientemente.

 

Enseñar una fe renovada y actual

Con respecto al segundo aspecto, hay que concientizarse de la necesidad de que los laicos padres y madres de familia actualicen sus conocimientos sobre las verdades centrales de la fe para que puedan dar a sus hijos las explicaciones adecuadas a los conocimientos que quieren transmitir. En épocas pasadas, se hablaba sin problemas de que un cristiano podía tener lo que se llamaba “la fe de carbonero” y que con ella bastaba. Hoy no es así. Empezando porque ya no hay “carboneros”; hasta el más humilde de los cristianos se encuentra hoy ante un televisor o ante el Internet desde donde recibe un bombardeo constante de informaciones y desinformaciones acerca de todas las materias, incluso religiosas, capaces de  llenar de confusión a cualquiera.

Ante esta situación sólo queda la ineludible necesidad de que los padres enseñen claramente a sus hijos desde pequeños las verdades centrales que debe conocer un católico con claridad, de acuerdo con las explicaciones actuales de la teología, iluminadas por las luces que nos dio en buena hora el Concilio Vaticano  II. Ya no hay excusa para transmitir conocimientos trasnochados y sin validez en el mundo actual. Le debemos a Dios el esfuerzo de presentar una imagen suya más verdadera, más real, más viva que aquella que muchos quieren imponernos en los medios de comunicación. No permanezcamos impasibles ante la deformación de la imagen de Dios.

De ahí la necesidad de que los padres busquen formas, que afortunadamente las hay, de actualizar sus conocimientos. Se ofrecen cursos, existen libros, hay grupos de cristianos interesados en estudiar la fe con una mirada nueva, con la mirada a la que estamos obligados los laicos del siglo XXI.

Se debe entonces establecer una nueva relación entre los laicos y el “clero”. Debe ser un apoyo mutuo, pero sobretodo ayudarles a los sacerdotes a asumir su papel de animadores y acompañantes en la fe. Con esta propuesta no se quiere dejar de lado la figura del sacerdote o de la religiosa, porque caeríamos en el otro extremo, se trata de buscar perspectivas acordes a la formación actual.

 

 

Anticiparnos a sus dificultades futuras

Ocurre el caso de niños que reciben una buena formación religiosa pero al crecer pierden la fe. Es muy frecuente que el choque entre una concepción poco clara acerca de Dios y las dificultades del mundo actual, haga zozobrar una fe débil y sin fundamentos sólidos. Por eso, una educación religiosa eficaz debe darle al niño herramientas con las cuales enfrentar y superar sus dudas y, en general, los obstáculos que se interpongan en el camino de su fe. Ello quiere decir que debemos educar para el futuro, anticiparnos a sus dudas, comprender las dificultades a las que tendrán que enfrentarse y fortalecer aquellos aspectos en los cuales sabemos que tendrán mayores dificultades para salir adelante. Demos algunos ejemplos:

El niño debe saber armonizar las verdades de la fe con los conocimientos científicos. Estos son logros maravillosos del hombre. No existe conocimiento científico que pueda apartar de Dios, creador del universo y de todo cuanto en él existe. Todo lo que la ciencia descubra y pueda crear, si es verdadero tiene que estar de acuerdo con Dios porque Dios es la verdad. Por lo tanto si un conocimiento científico, verdadero y comprobado, nos aleja de Dios es porque no conocemos a Dios, porque no tenemos una adecuada formación religiosa y estamos tergiversando y falsificando la revelación.

Otro ejemplo lo constituye la falsa interpretación sobre la actuación de Dios en el mundo. Interpretar las catástrofes o el mal en el mundo como castigo de Dios o como algo querido por Dios aleja a los niños de una adecuada percepción de la realidad. Tampoco hay que confundir la voluntad de Dios con los resultados de la acción destructora del hombre en el mundo. Desde pequeño el niño debe saber que la forma de actuar de Dios no es el milagro permanente ni la acción tremendista y espectacular.

Nada tan valioso como educar a un niño en la verdad. Los problemas deben ser enfrentados como problemas: si hay cosas que no entendemos acerca de Dios, de su actuación en el mundo, deben presentarse así, como problemas. Y el niño debe aprender que es responsabilidad de todos, suya también, buscar una respuesta. Si al niño se le dice siempre la verdad, de acuerdo a su edad, en forma sencilla, nunca se sentirá desilusionado de sus padres, ni de las cosas que le enseñaron. Si se le incentiva a buscar la verdad en aquellas situaciones difíciles de su relación con Dios, nunca se desilusionará de Dios.

La crianza de los hijos: una experiencia para acercarnos a Dios

Como se desprende de las reflexiones anteriores, la misión que Dios nos ha encomendado como padres y madres, si la tomamos en serio, implica asumirla con toda radicalidad. Somos la autoridad ante nuestros hijos, somos el ejemplo, el testimonio del cual ellos obtienen las herramientas necesarias para ser y hacer para sí y para los demás.

Y la cosa va más allá, tener un hijo o una hija en los brazos, no solo es desde el primer momento un milagro de la vida que Dios nos regala en abundancia, sino también la oportunidad que Dios nos da para ser mejores cristianos. ¿Queremos darles a nuestros hijos lo mejor? ¿Queremos que sean felices? Ellos no se llevarán lo mejor de nosotros si nosotros no dejamos que Dios entre en nuestra vida y nos dé la fuerza y el deseo de ser mejores personas para ellos.

En la experiencia de ser papás y mamás rápidamente comprobamos que nuestras cantaletas son poco efectivas, nuestros discursos poco llegan al corazón de nuestros hijos, pero nuestro ejemplo arrasa con todo, cala hondo. ¿Cómo enseñarles a nuestros hijos acerca de Dios si ellos ven que Él no es el centro de nuestras vidas, si no hace parte de nuestra cotidianidad? ¿Cómo van a aprender a vivir según Dios si hablamos mal de los demás y decimos mentiras, si enseñamos desprendimiento pero solo pensamos en acumular y nos llenamos de cosas, si no oramos en familia?

En la base de este compromiso de transmitir la fe está la relación de pareja. Son efectivas las semillas de fe que quedan en nuestros hijos cuando el amor al estilo de Jesús es una realidad que se intenta vivir todos los días y sin descanso en la pareja. La pareja es la comunidad fundante de aquella más amplia que es la familia. Vivir en cercanía con el otro, vivir bajo un mismo techo y compartiéndolo todo no es tarea fácil, pero sí es la oportunidad más concreta y más real para poner en práctica el amor de Jesús. El amor de Jesús sólo se hace realidad en comunidades pequeñas que caminando juntas, conformamos la gran Iglesia.

Que los hijos vean cómo sus padres se aman, no sin conflictos, es maravilloso. Que los hijos vean que sus padres son pareja, hacen frente unido así no piensen igual, sepan conciliar sus diferencias, sepan tratarse con cariño aceptándose el uno al otro, es el mejor espejo que se pueden llevar para plantear sus relaciones. Amarse en pareja al estilo de Jesús, es saber que a pesar de los problemas, las circunstancias difíciles y las diferencias, lo fundamental no se pone en juego: ese amor incondicional de apostarle a vivir con el otro amándolo en su singularidad y sabiendo que el otro es un regalo de Dios para la propia vida.

Porque no se pone en juego el amor fundamental es que se puede disentir, porque toda discusión puede acabar con una palabra o un gesto maravilloso que lo borra todo, es como se sabe que el otro sigue queriéndome y apostando a lo que estamos construyendo. Esta es la seguridad que los hijos necesitan para poder creer y para desplegar su fe en un Dios que es quien hace posible este tipo de amor.

Estar comprometidos con la comunidad de la familia como una prioridad implica para la pareja y para cada papá y cada mamá una minuciosa labor de discernimiento para saber en cada momento cómo quiere Dios que criemos con su amor. El verdadero, en el que creemos.

A veces nos desviamos y pensamos que el amor a los hijos es solo decirles frases cariñosas, o estar pendientes de ellos indicándoles qué hacer, qué decir, qué sentir, o a veces podemos pensar que es comprarles todo lo que se les antoja o incluso brindarles toda clase de oportunidades.

“El amor que verdaderamente les llega a los hijos se da cuando hay un profundo interés por ellos y un verdadero compromiso con su crianza. Se expresa cuando vemos y consideramos a nuestros hijos como algo muy especial, cuando disfrutar de su compañía es más importante que cualquier otra actividad, cuando les tratamos con tanto respeto y consideración como a nuestros más queridos amigos, cuando les escuchamos con mucha atención e interés, cuando les apoyamos en las dificultades y aceptamos sus fracasos o errores sin discriminarlos por haber fallado. Es un amor incondicional que incluye caricias y demostraciones afectivas, exige paciencia y tolerancia, requiere calidad y cantidad de tiempo y, por supuesto, darle más importancia a las personas que a los deberes y las cosas” (A. Marulanda, 2001).

Formar a nuestros hijos para que vean el mensaje de Jesús totalmente implicado en la vida misma es capacitarlos para que obren como Dios quiere en cada momento de la vida. Que ellos puedan hacer lo correcto, aunque nadie los vea, que puedan decir la verdad aunque no les convenga, que puedan superar las penas saliendo enriquecidos y sosteniendo la esperanza.

Hay que discernir siempre, pues a veces, ponemos el acento más en que los hijos se sientan bien y no en que sean buenas personas. Este carácter que queremos para nuestros hijos se establece con el ejemplo y se forma como resultado de las lecciones que nos da la vida. La tolerancia, la generosidad, la compasión, la perseverancia, la valentía, no se desarrollan en la abundancia sino en la moderación, y no se enriquecen en las diversiones sino en las dificultades. En efecto, es cuando no tenemos lo suficiente cuando más gozamos lo que recibimos, es cuando nos esforzamos cuando más apreciamos lo que logramos. De nada les servirán a nuestros hijos los grandes conocimientos, los títulos y una gran autoestima, si no tenemos el carácter para ponerlos al servicio de lo que nos hace plenamente humanos y felices: la satisfacción de hacer el bien y de obrar en forma correcta, como nos lo enseñó Jesús.

Y el reto no se queda allí para dentro, como dice Caravias, la verdadera familia cristiana enseña a vivir en profundidad el amor mutuo, pero rompiendo los muros en que instintivamente tiende a encerrarse ese amor. Será tanto más cristiana la familia cuanto más vaya dejando de ser exclusiva, cuanto más vaya queriendo como verdaderos hermanos a los que no lo son. A los prójimos hay que hacerlos cada vez más próximos; mirándolos a ellos hay que ver a Jesús.

 

Creemos que como padres, laicos y laicas, papás y mamás, parejas, tenemos el compromiso dentro de la Iglesia de formar a otros padres en la teología actual, de conformar grupos de apoyo que den herramientas más claras a los papás y mamás, para acercar a sus hijos a la experiencia de Dios, hecho que no se da si no se está viviendo en carne propia al resucitado.

Es Dios mismo encarnado en nuestros hijos quien nos invita a experimentarlo de manera más radical cuando somos pareja y padres. ¡¡¡Qué medio más maravilloso y qué tarea tan apasionante ha escogido para acercarnos  a él!!!

Dios se manifiesta a través de nuestros hijos invitándonos a seguirlo, a ser coherentes y radicales, y a no dudar ni tener temor de hablar de Dios a nuestros hijos. Él mismo es el más interesado en hacernos mejores personas como padres y como hijos. Es por eso que ya no tendremos más temor de anunciarlo, tanto cuando son pequeños como cuando son grandes. Queremos que se queden con nuestra más preciada herencia: la fortuna de tener fe en el Dios de Jesús, misericordioso, acompañante de camino, creador incansable y amante de todas las personas sin excepción.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bingemer, María Clara, Identidad del laico. En caravias Jose Luis. Recopilaciones en el CD Fe y Vida.

 

Caravias José Luis, “Matrimonio y familia a la luz de la Biblia”. Recopilaciones en CD Fe y vida.

 

Mosser Antonio o.f.m. “Fe cristiana, sexualidad y familia”. Recopilación en CD Fe y Vida

 

Marulanda Angela, “Creciendo con nuestros hijos”. 1998

 

Libanio joao Batista, “Vivir la fe en los comienzos del tercer milenio”. Curso oct. 2005. CIRE. Bogotá Colombia

 

Silva de Sánchez María Teresa, “Cómo hablar de Dios a los hijos”. Indoamerican Press service. 1995.

 

Categorías:Familia

La Familia

Les compartimos un segundo tema de reflexión.

Recordamos que estos temas son de problemáticas actuales e iluminados con los mensajes del Papa Francisco en su visita a nuestro país.

El contenido es extenso, es para la lectura personal y tener mayor información.

Quienes deseen analizarlo en reunión del grupo pueden hacerlo en dos o tres sesiones, de acuerdo a sus realidades locales.

Les pedimos de favor difundir entre sus contactos y asegurarse de que llegue a todos los grupos parroquiales.

Favor de imprimir para que regalen una copia a quienes no usan este medio. Gracias.

Dios los diga bendiciendo.

Saludos
Omar Peña
Junta Nacional

Elaborado por la Junta Nacional de la Acción Católica Mexicana

TEMA LA FAMILIA

ANALIZAR

UNA MIRADA A NUESTRA REALIDAD

El Diccionario de la Lengua Española define a la familia, entre otras cosas, como un grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas, lo que lleva implícito los conceptos de parentesco y convivencia.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos es un documento declarativo adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en ésta se recogen en sus 30 artículos los derechos humanos considerados básicos.

Citemos el artículo 16 de dicha declaración:

  1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio.
  2. Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.
  3. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.

Si analizamos de una manera textual el artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, encontramos que se habla de hombres y mujeres en edad de casarse que tienen el derecho de fundar una familia, sin restricciones por su raza, nacionalidad o religión; en ningún momento se expresa la opción de preferencias sexuales, simplemente se habla de hombre y mujer.

Además vemos cómo se enaltece el concepto de familia como elemento natural y fundamental de la sociedad, por ello es muy común la expresión “la familia es el núcleo de la sociedad”, entendiéndose por núcleo la parte central, fundamental o más importante de algo, en este caso, eso es la familia para la sociedad.

Ahora analicemos nuestra ley, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el artículo 4° de nuestra Carta Magna, expresa lo siguiente:

“El Varón y la mujer son iguales ante la ley. Ésta protegerá la organización y el desarrollo de la familia”.

Como podemos ver, es una obligación del Estado proteger la organización y el desarrollo de la familia, entendiendo por organización tradicional de la familia aquella a la que tienen el derecho de fundar un hombre y una mujer según la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Desde hace varias décadas se ha expresado con más insistencia el concepto de “preferencia sexual”, la cual se entiende como los sentimientos de atracción sexual y emocional hacia personas del mismo o del otro sexo. Esto ha ido en crecimiento y ahora existen en nuestra sociedad múltiples opciones para que los seres humanos “elijan” la clasificación en la que se sientan aceptados y realizados: al hombre y la mujer se les llama heterosexuales, pero además existen palabras como: bisexual, homosexual (gay y lesbiana), y de ahí se desprenden otras preferencias como transexual o transgénero.

Los cristianos bien sabemos que las Sagradas Escrituras nos dicen que Dios creó al hombre (Gn 2, 7) y que posteriormente Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera sólo y creó a la mujer (Gn 2, 18 -22) y “Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y son los dos una sola carne” (Gn, 2, 24). La historia de la creación es tan bella porque en ella Dios nos resalta el amor y confianza que tiene en el hombre y la mujer, a pesar de nuestras debilidades y fallas.

Jesús viene a salvarnos y los Evangelios nos narran la importancia que Jesús le da al matrimonio, recordemos que nos dice: Al principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá con su esposa y serán dos en una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre (Mc 10, 6-9; Mt 19, 4-6).

Está bastante clara la voluntad de Dios: hombre y mujer. Pero no nos toca a nosotros juzgar a las personas que han decidido optar por orientaciones sexuales diferentes, pues detrás de cada ser humano hay una historia que va forjando la conducta, el carácter y las decisiones de las personas; no sabemos qué los llevó a tomar esas decisiones, pero sí sabemos que son seres humanos, hijos de Dios que debemos amar por igual. No somos jueces, somos pecadores que constantemente experimentamos la misericordia de Dios.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2358, nos dice:

“Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”.

Lo que si nos toca a nosotros es defender el Sacramento del Matrimonio, pues como sacramento es un signo sensible, instituido por Cristo, para darnos la gracia, al respecto el Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1625, nos dice:

“Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su consentimiento. Ser libre, quiere decir:

  • no obrar por coacción
  • no estar impedido por una ley natural o eclesiástica”

Por ley natural entendamos aquella que los seres humanos podemos conocer por medio de la razón; por lo tanto se requiere de un hombre y una mujer para participar de la naturaleza del matrimonio y del amor conyugal que están ordenados a la procreación y la educación de sus hijos que son el don más excelente del matrimonio (Cfr Catecismo de la Iglesia Católica n. 1652).

De nuevo dejemos que el Catecismo de la Iglesia Católica nos ilumine, en el número 1653 nos dice:

“Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos. En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida”.

Por todo lo anterior entendamos la familia como una comunidad, una unidad de convivencia en el amor, no una simple suma de individuos. Es el escenario donde la persona inicia su crecimiento y la superación de su soledad, gracias a la interacción de sus miembros. Es el medio donde la persona entra en contacto y practica los valores que orienta a la sociedad, como la solidaridad, el respeto, la honestidad y la responsabilidad. Adopta gradualmente las actitudes ante la vida y acepta o rechaza determinados comportamientos de los miembros de la familia y, en consecuencia, de la sociedad.

Los grandes problemas de la humanidad radican en la familia. Cuando una persona crece en medio de estructuras familiares complejas puede existir confusión, falta de valores o una percepción superficial y bastante relajada de la moral y las buenas costumbres. En ocasiones, algunas conductas de rechazo, intolerancia o indiferencia al bien común y a las cosas de Dios, vienen de situaciones adversas vividas en la familia.

 

Hoy en día cada vez son más los que desean fundar una familia haciendo a un lado al matrimonio, olvidando o no importando que esa sea la unión que Dios quiso bendecir. Estas personas argumentan que “no necesitan contratos para ser felices”.

En otros casos, cada vez hay más mujeres dispuestas a ver la maternidad como una superación personal y no como un acto de amor conyugal, y se conforman con decir “que pueden ser padre y madre”; en estos casos se piensa en la propia realización y en cierta seguridad de compañía a futuro, creyendo que un padre para sus hijos no hace falta ni en lo económico ni en lo emocional.

También existe la otra cara, las mujeres que son madres solteras, no por decisión, si no por otros factores como abandono de la pareja, embarazo no deseado o incluso violación. Algunas de ellas toman decisiones equivocadas y acaban con la vida practicando el aborto, en algunos casos de forma legal bajo el nombre de “interrupción del embarazo”. En otros casos, muchas mujeres valientes defienden la vida de sus hijos, los traen al mundo, los educan y salen adelante con ellos, pero muchas veces en un modelo de familia disfuncional en las que les corresponde intentar hacer el papel de padre y madre.

Los divorcios son otro grave problema para la desintegración de las familias, en ellos los más afectados suelen ser los hijos.

También existe la violencia en las familias, en donde alguno de los miembros se convierte en agresor de los demás, ya sea de manera física o emocional, o ambas.

Todo lo anterior pueden ser factores que propicien que las personas crezcan con una educación completamente lejana de los valores, y la falta de valores es lo que genera egoísmo, corrupción y maldad.

Pero ahora miremos a las familias que si están integradas por un matrimonio, en las que existe la figura paterna, materna y los hijos, muchas de estas familias sufren de crisis económica, desempleo, enfermedad, falta de oportunidades de educación y desarrollo y poco a poco pueden empezar a desesperarse hasta caer en prácticas indebidas. En todos estos casos hace mucha falta no alejarse de la presencia de Dios.

Y qué decir de las familias en donde la vida es económicamente más desahogada o incluso con bastante solvencia económica; ahí se puede correr el riesgo de la desintegración familiar por múltiples causas como la falta de interés de unos por otros, el uso inadecuado de la libertad y los recursos para conseguir lo que desee, las malas compañías y muchas cosas más. No siempre la abundancia material es la mejor forma de educar en los valores. Estas familias también necesitan a Dios para no equivocar el camino y no pensar sólo en generar riqueza privándose de gozar de su familia.

En todas las familias se puede hacer presente la tentación, en cualquiera de sus miembros, de amenazas como: infidelidad, drogadicción, alcoholismo, sexualidad mal orientada, prostitución, narcotráfico y muchas cosas más que atentan contra la persona.

Toda familia necesita revalorarse, interesarse unos por otros, conocer sus problemas e inquietudes, solo la comprensión, el diálogo y el perdón ayudarán a superar cualquier obstáculo. Es tiempo de hablar, de mirarnos con misericordia y de apoyarnos unos a otros para que todos los miembros de nuestras familias sean factores de cambio para la sociedad.

ESCUCHAR LA VOZ DEL PAPA

Tomado del mensaje de S.S. Francisco en el Encuentro con las Familias en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 15 de febrero de 2016.

“Creo que es lo que el Espíritu Santo siempre quiere hacer en medio nuestro: “echarnos ganas”, regalarnos motivos para seguir apostando a la familia, soñando y construyendo una vida que tenga sabor a hogar y a familia”.

“Y es lo que el Padre Dios siempre ha soñado y por lo que desde tiempos lejanos el Padre Dios ha peleado. Cuando parecía todo perdido esa tarde, en el jardín del Edén, el Padre Dios le echó ganas a esa joven pareja y le dijo que no todo estaba perdido. Y cuando el Pueblo de Israel sentía que no daba más en el camino por el desierto, el Padre Dios le “echó ganas” con el maná. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Padre Dios le “echó ganas” a la humanidad para siempre y nos mandó a su Hijo”.

“De la misma manera, todos los que estamos acá hemos hecho experiencia de eso, en muchos momentos y de diferentes formas el Padre Dios le ha “echado ganas” a nuestra vida. Podemos preguntarnos: ¿Por qué?

Porque no sabe hacer otra cosa: ¡Nuestro Padre Dios no sabe hacer otra cosa que querernos y de echarnos ganas, y empujarnos y llevarnos adelante! ¡No sabe hacer otra cosa!… porque su nombre es amor, su nombre es donación, su nombre es entrega, su nombre es misericordia. Eso nos lo ha manifestado con toda fuerza y claridad en Jesús, su Hijo, que “se la jugó” hasta el extremo para volver a hacer posible el Reino de Dios. Un Reino que nos invita a participar de esa nueva lógica, que pone en movimiento una dinámica capaz de abrir los cielos, capaz de abrir nuestros corazones, nuestras mentes, nuestras manos y desafiarnos con nuevos horizontes. Un Reino que sabe de familia, que sabe de vida compartida. En Jesús y con Jesús ese Reino es posible. Él es capaz de transformar nuestras miradas, nuestras actitudes, nuestros sentimientos muchas veces aguados en vino de fiesta superficial. Él es capaz de sanar nuestros corazones e invitarnos una y otra vez, setenta veces siete, a volver a empezar. Él es capaz de hacer siempre todas las cosas nuevas”.

“Muchos adolescentes sin ánimo, sin fuerza, sin ganas… muchas veces esa actitud nace porque se sienten solos, porque no tienen con quien hablar. Piensen los padres, piensen las madres: ¿hablan con sus hijos y sus hijas o están siempre ocupados, apurados? ¿Juegan con sus hijos y sus hijas?”.

“Pensemos en toda la gente, en todas las mujeres que pasan por la precariedad, la escasez, el no tener muchas veces lo mínimo nos puede desesperar, nos puede hacer sentir una angustia fuerte ya que no sabemos cómo hacer para salir adelante y más cuando tenemos hijos a cargo. La precariedad no sólo amenaza el estómago (y eso es ya decir mucho, ¿eh?), sino que puede amenazar el alma, nos puede desmotivar, sacar fuerza y tentar con caminos o alternativas de aparente solución, pero que al final no solucionan nada. Existe una precariedad que puede ser muy peligrosa, y que se nos puede ir colando sin darnos cuenta, es la precariedad que nace de la soledad y el aislamiento. Y el aislamiento siempre es un mal consejero”.

“La forma de combatir esa precariedad y aislamiento, que nos deja vulnerables a tantas aparentes soluciones, se tiene que dar a diversos niveles. Una es por medio de legislaciones que protejan y garanticen los mínimos necesarios para que cada hogar y para que cada persona pueda desarrollarse por medio del estudio y un trabajo digno. Por otro lado, cuando buscamos la manera de transmitir el amor de Dios que hemos experimentado en el servicio y en la entrega a los demás. Leyes y compromiso personal son un buen binomio para romper la espiral de la precariedad”.

“La familia está siendo debilitada, cómo está siendo cuestionada. Cómo se cree que es un modelo que ya pasó y que ya no tiene espacio en nuestras sociedades y que, bajo la pretensión de modernidad, propician cada vez más un modelo basado en el aislamiento. Y se van inoculando en nuestras sociedades, se dicen sociedades libres, democráticas, soberanas; se van inoculando colonizaciones ideológicas que las destruyen y terminamos siendo colonias de ideologías destructoras de la familia, del núcleo de la familia que es la base de toda sana sociedad”.

“Es cierto, vivir en familia no es siempre fácil, muchas veces es doloroso y fatigoso, pero creo que se puede aplicar a la familia lo que más de una vez he referido a la Iglesia: prefiero una familia herida, que intenta todos los días conjugar el amor, a una familia y sociedad enferma por el encierro o la comodidad del miedo a amar. Prefiero una familia que una y otra vez intenta volver a empezar a una familia y sociedad narcisista y obsesionada por el lujo y el confort”.

“Prefiero una familia con rostro cansado por la entrega a una familia con rostros maquillados que no han sabido de ternura y compasión”.

 

“Padre, una familia perfecta nunca discute”, ¡Mentira! Es conveniente que de vez en cuando discutan y que vuele algún plato, está bien, no le tengan miedo. El único consejo es que no terminen el día sin hacer la paz, porque si terminan el día en guerra, van a amanecer ya en guerra fría y la guerra fría es muy peligrosa en la familia, porque va socavando desde abajo.

“La vida matrimonial tiene que renovarse todos los días. Como dije antes, prefiero familias arrugadas, con heridas, con cicatrices, pero que siguen andando, porque esas heridas, esas cicatrices, esas arrugas son fruto de la fidelidad, de un amor que no siempre les fue fácil”.

“El amor no es fácil, no es fácil, no; pero es lo más lindo que un hombre y una mujer se pueden dar entre sí: el verdadero amor, para toda la vida”.

“Ustedes queridos mexicanos tienen un plus, corren con ventaja. Tienen a la Madre: la Guadalupana quiso visitar estas tierras y esto nos da la certeza de tener su intercesión para que este sueño llamado familia no se pierda por la precariedad y la soledad. Ella es madre y está siempre dispuesta a defender nuestras familias, a defender nuestro futuro; está siempre dispuesta a “echarle ganas” dándonos a su Hijo”.

“Y no nos olvidemos de San José, calladito, trabajador pero siempre al frente, ¿eh? Siempre cuidando a la familia”.

PRIMEREAR

TENEMOS QUE ACTUAR

1.       – Orar por las familias.

Sugerencias:

  • -Orar todos los días por nuestra propia familia y por todas las familias del mundo.
  • Como grupo podemos promover acciones como: Misa por las Familias, Hora Santa por las Familias, Rosario para las Familias.

2.       – Invitar a la reflexión.

Sugerencias:

  • -Hacer campañas de concientización del valor de la familia.
  • Difundir información sobre la familia y el plan de Dios.
  • -Organizar pláticas o conferencias sobre la familia.

3.       – Hacer propósitos concretos.

Sugerencias: -Incrementar la comunicación en nuestras familias.

  • Promover reuniones de familia para convivir sanamente. -Conocer las inquietudes de todos los miembros de la familia y apoyarnos mutuamente.
  • Como grupo, salir a las calles a visitar hogares o en los cruceros a promover el valor de la familia.
  • Organizar eventos para las familias en donde se Jesús sea el invitado principal.
  • Promover los Retiros Espirituales para Matrimonios.
  • Incluir en los planes de formación actividades que involucren a las familias.
  • Conocer, apoyar y difundir a todas las instituciones que defienden la familia y la vida.
  • En elecciones de gobernantes votar por candidatos que defiendan la familia y den testimonio de ello.

INICIATIVA DE LEY

Es importante que sepas que existe una organización a nivel internacional que le llaman Lobby LGBT (Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual) que inició luchando por defender los derechos de los homosexuales que eran víctimas de la discriminación. Con el paso de los años ha ido tomando fuerza en varios aspectos: económico, político y presencia en muchos países.

Existe un día que han declarado para celebrar el día internacional de la diversidad sexual, y resulta que el pasado 17 de mayo fue dicha celebración. Ese mismo día el Presidente de la República presentó al Senado una iniciativa de ley para modificar el artículo 4° de la Constitución y establecer el concepto de “matrimonio igualitario”, que se trata de permitir y proteger todo tipo de uniones de cualquier preferencia sexual y con ello darles todos los derechos como esposos.

Muchas asociaciones, instituciones, la Iglesia y muchas iglesias de diversas religiones se empezaron a manifestar al respecto. La postura es muy clara: se pide no llamar matrimonio a esas uniones, pues va en contra de la naturaleza. Además podemos decir que por defender los derechos de unos pocos se están pisoteando lo derechos de las mayorías, pues un tema tan delicado requiere diálogo con la ciudadanía.

Lamentablemente hay mucha desinformación al respecto y muchos, incluso católicos, han caído en el juego de palabras. Por ejemplo a los no piensan igual que ellos y no apoyan esa iniciativa los llaman “homofóbicos”, todos sabemos que una fobia es un miedo y pánico indescriptible, y no se ha expresado sentir eso por ellos, sólo se ha dicho que no estamos de acuerdo.

Cuando se defiende a la familia y a los niños salen muchas personas a recordar errores de algunos sacerdotes que como Iglesia nos duele mucho. Es decir, no hay capacidad de respeto o diálogo, y lo más triste es que una gran mayoría de los que piensan así son bautizados.

 

Es tiempo de reflexión, de estar informados, de seguir de cerca este asunto. No siempre los medios de comunicación nos van a informar con claridad, es bueno recurrir a las redes sociales y las orientaciones de nuestros obispos y sacerdotes. Si no sabes usar una computadora pide a tus familiares que te mantengan informado.

Además se está trabajando un programa para las escuelas en las que se quiere informar con detalle a los menores sobre estos asuntos y darles a elegir la preferencia que ellos deseen. Es un derecho de los padres educar a sus hijos en los valores que ellos consideren necesarios y eso pisotea ese derecho.

No olvidemos, estas personas merecen respeto y amor, el hecho de que no pensemos como ellos no quiere decir que los odiemos, nuestra tarea es defender la familia y el matrimonio según el plan de Dios.

Oremos por nuestro Presidente de la República y por todos los gobernantes y legisladores.

Pidamos a Dios que ilumine a todos los que están confundidos o desinformados y que en este y en todos los casos reine el amor que Cristo nos ha traído y con ello los valores de su reino: justicia, paz, amor y verdad.

Elaborado por la Junta Nacional de la Acción Católica Mexicana

 

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20 Consejos Que Da Un Hombre Divorciado A Los Que Están Casados:

20 CONSEJOS QUE DA UN HOMBRE DIVORCIADO A LOS QUE ESTÁN CASADOS:

Fuente FB Fray Fernando Rodriguez Ofm

 

 

Los publicó en su Facebook al día siguiente de que su relación de 16 años llegó oficialmente a su fin. El mensaje ha sido compartido casi 130 mil veces. Gerald Rogers es un estadounidense que desde hace varios años realiza charlas motivaciones. Tiene cuatro hijos y hasta julio llevaba un matrimonio de 16 años con su esposa Jana. Pero el 27 de ese mes su relación llegó oficialmente a su fin. Y en lugar de lamentarse y no hacer nada, Gerald decidió sentarse frente a su computador y escribir todo lo que hará diferente la próxima vez que esté casado, porque está convencido de que alguna vez de nuevo tendrá ese estado civil que dice “amar”.

Sin embargo, no quería guardar sus pensamientos sólo para él, por lo que los compartió en su Facebook con el título “Los consejos sobre el matrimonio que me hubiera gustado tener”.

En total son 20 recomendaciones que -afirma- están orientadas a “aquellos esposos jóvenes cuyos corazones aún están llenos de esperanza, y a esas parejas quienes quizá olvidaron cómo amar”.

“Si tu matrimonio no es lo que tú querías que fuera, toma 100% de tu responsabilidad y comprométete a aplicar estos consejos mientras sea tiempo”, anima Gerald. Y aunque su mensaje está dirigido principalmente a los hombres, sostiene que también puede servirle a las mujeres.

Los tips de este hombre divorciado han tenido tanto éxito, que ya han sido compartidos casi 130 mil veces. A continuación te mostramos un resumen de ellos.

1.- Nunca dejes de cortejar. Nunca dejen de salir. Nunca jamás creas que la tienes asegurada. Nunca te olvides de que ella te eligió, así que no puedes descuidar tu amor.

2.- Protege tu propio corazón y ámate a ti mismo. Pero reserva un lugar especial en tu corazón donde nadie más que tu esposa pueda entrar.

3.- Enamórate una y otra y otra vez. Siempre habrá cambios, tanto en ella como en ti, y es por eso que ambos tendrán que reelegirse todos los días. Cuida su corazón, sino ella puede dárselo a otro y quizás nunca lo recuperes. Siempre lucha por ganar su amor tal como lo hiciste cuando la cortejabas.

4.- Siempre ve lo mejor de ella. Enfócate en lo que amas y no en lo que te molesta, y así te darás cuenta de que eres el hombre más afortunado sobre la Tierra por tener a esa mujer como esposa.

5.- No es tu trabajo corregirla, sino hacerla feliz. Debes amarla tal como es, sin esperar que ella cambie. Y si lo hace, ama en lo que se convierta.

6.- Hazte responsable de tus propias emociones. Mucho de lo que vives hoy viene de tu pasado. Si tus padres llevaban malas relaciones, necesitas estar muy atento… porque tiende uno a repetirlas. Muchas veces lo que sientes de molestia por tu esposa es eco de tu propio pasado. Está muy atento con esto.

7.- Nunca culpes a tu esposa si tú te frustras o enojas con ella. Son tus emociones y es tu responsabilidad. Cuando te sientas así, tómate tu tiempo y mira hacia tu interior.

8.- Déjala ser. Cuando esté triste o molesta, tu único trabajo es abrazarla y apoyarla. Hazle saber que la escuchas, que ella es importante y que tú eres el pilar sobre el cual siempre puede apoyarse. Así confiará en ti y te abrirá su alma. Nunca escapes a estos momentos, quédate y sé fuerte.

9.- Sé simpático. No te tomes todo tan seriamente. Ríe y haz que ella se ría. La risa hace todo mucho más fácil.

10.- Llena todos los días su alma. Conoce las maneras en que ella se siente importante, validada y apreciada. Pídele que haga una lista con 10 cosas que la hacen sentir amada, memorízalas y aplícalas todos los días para hacerla sentir como una reina. Si logras que ella sea feliz será una persona radiante… y tú disfrutarás de esa luz.

11.- Hazte presente. No sólo le des tu tiempo, sino también tu atención y tu alma. Trátala como si fuera tu cliente más valioso, al que no puedes perder.

12.- Estimula su sexualidad. Déjala que se derrita en su suavidad femenina, mientras sepa que puede confiar plenamente en ti… Aprende a entrar al ritmo de ella. Tú puedes terminar tu asunto en 5 minutos… ella necesita mucho más tiempo.

13.- No seas tonto, pero tampoco temas ser uno. Cometerás errores, pero intenta que éstos no sean demasiado grandes y aprende de ellos. No se supone que seas perfecto, pero sólo trata de no ser tan estúpido.

14.- Dale su espacio. Las mujeres son buenas para entregar y entregar, y a veces necesitan que se les recuerde que se tomen el tiempo para ellas mismas, sobre todo si tienen niños. Ellas necesitan ese espacio para renovarse, recentrarse y reencontrarse.

15.- Sé vulnerable. Puedes perder tu entereza de vez en cuando, y compartir tus miedos y sentimientos. Es formidable tener con quien poder llorar en su hombro.

16.- Sé totalmente transparente. Si quieres que ella confíe en ti, debes compartirlo todo, en especial lo que no quieres compartir. Quítate la máscara y así podrás experimentar el amor en toda su dimensión.

17.- Nunca dejen de crecer juntos. Cuando dejas de trabajar los músculos, éstos se atrofian. Lo mismo ocurre con las relaciones. Busquen metas comunes, sueños y visiones en las que pueden trabajar como un equipo. Hagan proyectos a futuro que los emocione a los dos: un viaje a Europa, una casa o un auto nuevo, el enviar los hijos a un buen colegio…

18.- No te preocupes demasiado por el dinero. Trabajen juntos y busquen la forma de equilibrar las fuerzas de ambos para ganarlo.

19.- Perdona de inmediato y concéntrate en el futuro. Aferrarse a los errores del pasado que tú o ella hayan cometido, es una pesada ancla que siempre detendrá a tu matrimonio. El perdón es libertad.

20.- Siempre elige el amor. En definitiva, éste es el único consejo que necesitas. Si éste es el principio que te guía, nada amenazará la felicidad de tu matrimonio

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Educar es hacer del hijo, fuerte en su personalidad

Educar es hacer del hijo, fuerte en su personalidad

 

Cuando uno llega del cine a las dos de la mañana y se encuentra que recién sus hijos se disponen a salir a disfrutar la noche………eso preocupa.

 

Cuando a uno lo despiden con un simple grito desde la puerta: ¡Chau, viejo! después de haber intentado que nos digan a dónde van y con quien van a volver…….eso también preocupa.

 

Pero cuando uno mira el reloj a las 7 de la mañana y los chicos todavía no llegaron y por más que uno ya sabe que normalmente no aparecen antes de las 8 de la mañana……..eso asusta.

 

El problema está en que la lógica y el sentido común nos dicen que hay que hacer algo y………no sabemos qué.

El ambiente de la diversión, los manipuladores de los adolescentes que lo que buscan es ganar dinero se nos han metido en casa. Los juntan de a miles en locales, estadios, conciertos, etc., cuando más amontonados mejor, es una manera de despersonalizarlos, que piensen poco y consuman mucho.

 

En estos tiempos tan lleno de soledades, el alma de muchas personas están atiborradas de “contactos”, “relaciones” y “conocidos”…….pero son un alma solitaria.

……………….y llegó el día que ya nos anunció Albert Einstein:

“Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad”

 El mundo solo tendrá una generación de distraídos.

¿Ustedes no han notado lo que está pasando con los nuevos celulares que no sé para cuantas cosas  sirven?

 

En una reunión de amigos, en una comida en familia, tomando el té unas amigas, en el campo de futbol, en el auto, cada uno está atento de su maquinita en vez de conversar, mirar el partido o el paisaje, cada uno está en su mundo encerrado en esa pequeña cajita.

En las Iglesias, cines y teatros tienen que rogar que los apaguen.

Menos mal que al menos cuando duermen, hacen lo que siempre hemos hecho: dormir.

 

Si bien podemos decir que la sociedad actual conduce a las personas a ser materialistas  debido al alto nivel de consumismo y de tecnicismo reinante, notamos también que este ambiente influye decisivamente en la configuración de personalidades cada vez más débiles.

De ahí que debemos hacer de nuestros hijos, hijos fuertes, formados, sino queremos que predomine en ellos la formación de un ambiente que está ahí y que no podemos evitar que influya en alguna medida en su persona.

 

Por eso, además de hacer todo lo posible por mejorar las costumbres, es importante equipar a cada hijo para enfrentar situaciones que nosotros como adultos nunca vivimos.

Si queremos hacerlos libres para que puedan enfrentar su realidad, los debemos hacer fuertes, firmes en sus actitudes, seguros de lo que son.

 

Educar en valores significa conseguir que una persona actúe de manera habitual de tal modo, que su comportamiento sea digno de imitarse.

Últimamente se habla mucho de la autoestima. Es lógico, porque nos vamos dando cuenta de que el valor de una persona es tan grande que merece que alguien la ame incondicionalmente; es decir que esa persona exista y sea plenamente él.

 

¿Y dónde se aprende esto, dónde se enseña, dónde se mama sin que uno se dé cuenta? En la familia, en el hogar. No hay otro lugar.

La familia es como el bosque. Si estás fuera de él, sólo ves su densidad. Si estás dentro, puedes ver que cada árbol tiene su propio lugar. (“Palmeras en la nieve”- Luz  Gabás)

¡Qué importante que haya ido mamando la esencia de cada uno!, para que sin darse cuenta, haya crecido, como crece cada uno de los árboles que forman un bosque.

 

La soledad es cuando uno está rodeado de personas pero el corazón no ve nadie cerca  (Luis Gonzaga Pinheiro)

El hijo necesita para su formación sentir que nunca está sólo.

El amor sin condiciones sólo lo puede dar la familia, es allí donde se nos quiere por lo que somos y no por lo que valemos.

Mientras uno no se sienta querido así, no sabrá cuánto vale ni tendrá noción de su propia dignidad: su valoración va depender del espejo de los otros.

Que importante es, que este espejo de los otros sean sus padres, sea lo que ha visto vivir. Si eso no es así, lo que será, será una persona que va a la deriva por la vida.

En el mundo moderno de hoy es esencial y necesario que su hogar sea un espejo dónde un día se pueda mirar.

 

Se dice que no importa la cantidad de tiempo que se pasa con los hijos, sino la calidad. De acuerdo. Pero convengamos que el afecto necesita un tiempo para ser expresado y para ser recibido.

Tiene que haber un tiempo para escuchar, un tiempo para clarificar lo que intuyo, un tiempo para conocer los motivos de múltiples actitudes.

Cuanto más tiempo dedique a mis hijos más profunda será la semilla que vamos sembrando cuya cosecha un día vendrá.

Algunos padres la ven otros no. Pero si no hay tiempo de siembra nunca puede venir la cosecha.

 

Un padre que se tiene confianza en si mismo, es un padre que transmite sus convicciones con seguridad, con claridad y no se dobla o cambia de parecer por presión alguna. Podrá si ser abierto a las nuevas situaciones, se esforzará en ser comprensivo y en aceptar reflexionar sobre lo que se debe hacer en cada caso.

La diferencia entre debilidad y capacidad de adaptación es que el débil no piensa, sino que cede, se entrega, baja los brazos. No tenía motivos propios para sostener una posición frente a sus hijos. Sin darse cuenta le está diciendo que no sabe qué hacer con él.

El padre que está seguro de su responsabilidad se esfuerza y asume la perspectiva de las cosas y reflexiona. Y hace lo que mejor pueda hacer.

 

La actitud de los padres tiene que ser la de quien tira para adelante y sostiene su manera de ver las cosas, haciendo de espejo donde el hijo pueda reflejarse.

 

Un punto importante es el optimismo.

Educar personalidades fuertes es enseñar a ver las cosas desde muchos puntos de vista, saber enfrentar las preocupaciones no como problema imposible de resolver, sino como una circunstancia de la vida que debo buscar el cómo arreglarla, aprender a disfrutar de lo que hago porque todo esfuerzo vale la pena.

 

En la vida no todo puede ser oscuridad, siempre acaba saliendo el sol.(Charlotte Valandrey)

A las preocupaciones que todos han de vivir, hay que sembrar que siempre se debe vivir en la esperanza, esforzándose, sabiendo que siempre sale el sol.

Dice Stephen Covey en uno de sus libros: A veces lo más proactivo a nuestro alcance es el ser feliz. La felicidad como la desdicha, es una elección.

Hay que enseñarles a saber elegir.

Para poder elegir el ser o no ser feliz, es necesario ser fuerte en lo que cada uno es. En lo que cada uno aprendió en su casa por contagio o lo aprenderá  en la vida a base de  golpes.

 

Elijamos………

Salvador Casadevall

salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

 

 

REFLEXIONES DESDE LA FAMILIA………..para acompañar a vivir

Galardonado con la Gaviota de Oro-Mar del Plata 2007  Programa “Día Internacional de la Mujer”

Galardonado con la Rosa de Plata-Buenos Aires 2007  Programa “Navidad”

Galardonado con la Gaviota de Oro-Mar del Plata 2006  Programa “Día del Niño”

Mención especial Premio  Magnificat-Buenos Aires 2005  Programa “Adultos Mayores”

 

Los cuatro primeros libros sobre estas reflexiones están disponibles y son vendidos por correo certificado de entrega.

 

Estas reflexiones pueden hallarse en los siguientes portales:

www.es.catholic.net de México

www.mensajesdelalma.org de Argentina

www.diosesvida.netfirms.com de Argentina

www.grupomatrimonios.com.ar  de Argentina

www.aragónliberal.es de  España

www.analisisdigital.com  de España

www.mfc.org.ar de Argentina

www.ideasclaras.org de México

www.yoinfluyo.com  de México

Si usted abre GOOGLE, o  YAHOO o ASK  y pone mi nombre en BUSCAR le aparecerán varias páginas WEB que alguna vez las han publicado y algunas hasta las han archivado. Para entrar en el archivo hay que usar el mismo camino: poner en BUSCAR mi nombre. .               

 

 

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Yo colaboro con el crimen organizado

Yo colaboro con el crimen organizado

Guadalupe Chávez Villafaña

Revista Acción Femenina julio 2007

Me costó trabajo aceptarlo, pero es verdad. Les cuento.

Durante muchos años solamente me dedicaba a criticar al gobierno y a vivir como una ciudadana normal, esto es  llevando una vida común y corriente. En las reuniones solía platicar con mis amigas y comentar los sucesos del país: nos escandalizábamos de la violencia, de la falta de valores, de que ya nada es como antes hasta que

UN BUEN DÍA…

mi hijo adolescente nos escuchó y cuando estuve sola me preguntó:¿Qué han hecho ustedes para evitar que nuestra patria esté como está? Si comentan que antes todo era mejor, ¿qué pasó para que llegáramos a esta situación? ¿Qué hicieron o dejaron de hacer ustedes, todos los mayores de 30, incluso los ancianos, para permitir que el mal se extendiera de esa forma?

No lo sé, contesté. Nosotros hemos llevado una vida decente, no le hemos hecho mal a nadie. ¿Qué más podemos hacer?

Entonces, mi hijo me dijo que su profesor de ética les ha demostrado que todos somos responsables, de una u otra forma, del país en el que vivimos y me preguntó:

¿Alguna vez tú o mi papá han dado mordida, ya sea en el tráfico o para realizar algún trámite?

Bueno, le contesté, es que si no lo hubiéramos hecho nos hubiéramos tardado mucho en poder abrir el changarro.

Mi hijo no me respondió pero me hizo otra pregunta:

¿Pagan impuestos regularmente, sin hacer tranza?

Hijo, ¿qué quieres? El gobierno se roba todo, es mejor no pagar, si lo podemos evitar.

¿Le pagas el sueldo justo a Tere, la trabajadora doméstica y a Rene, el dependiente del changarro, los tienes en el Seguro Social?

Ay, hijo, no se te hace que estás exagerando. No nos hubiera alcanzado si les pagamos más y los metemos al seguro. Ya con darles chamba es suficiente, ¡con tanto desempleo!

Mira mamá, el padre Suárez, mi maestro, nos dijo que ser buenos ciudadanos es construir la patria hasta en los pequeños detalles.  No creas, todo lo que tú me estás repelando se lo dijimos nosotros y nos hizo reflexionar.

SOMOS CÓMPLICES

El dar mordida es hacernos cómplices de la corrupción. Tanto peca el que mata la vaca como el que le detiene la pata. ¿Qué pasaría si nadie diera mordida? Bueno, por lo menos la mayoría.

Y los impuestos, ¿con qué crees que se hacen las obras públicas y los hospitales, y tantas cosas que hacen funcionar a las ciudades y al campo. ¿Que lo desvían? Todos sabemos que es cierto, que hay muchos funcionarios y políticos corruptos; incluso deberíamos decirlo claro, son ladrones, se roban el dinero que es nuestro, de todos los mexicanos, sobre todo de quienes más lo necesitan. Sin embargo no por ellos nosotros vamos a actuar igual y a dejar de pagar lo que nos corresponde. En ese caso, hay que denunciar y participar de alguna manera para exigirles cuentas y que se castigue a los culpables.

Y en cuanto a pagarles más a Tere y a Rene, ¿en verdad no nos hubiera alcanzado? ¿Para qué? ¿Acaso no se compró papá una mega pantalla para ver el fútbol? Y tú, ¿no cambiaste el refri, que bien que servía, pero querías uno que hace hielitos…? Yo no digo que les paguen una fortuna, solamente lo justo. Además Rene tiene hijos pequeños, ¿qué pasa si se le enferman?

No creas, el padre nos hizo pensar mucho, nos dijo que los videos piratas y, en general toda la mercancía pirata, además de no pagar impuestos, es de contrabando y está ligada al crimen organizado. En el salón de clase todos habíamos comprado cosas piratas, y no una sino varias veces.

Te cuento que Mario, mi amigo platicó que su papá va a un lugar de provincia a una agencia de coches a comprar su flotilla para el negocio, porque allá es más barato, dicen que es porque lavan dinero.

Y un compañero dijo que su hermano va a antros en donde se vende droga; que él no la consume pero ve que otros sí. Y decía que si no la consumía, ¿qué tenía de malo ir ahí? Y el padre le dijo que pagaba su consumo y aunque no fuera para droga ese dinero ayudaba a sostener un negocio ilícito.

Víctor dijo que ellos de vacaciones van a hoteles súper padres que son más baratos, que claro tienen fama de ser de empresarios que lavan dinero.

Después de que comentamos todo esto, el maestro nos contó lo que han hecho en Colombia y lo qué hicieron en Sicilia para acabar con la violencia, para ir disminuyendo la actividad de los cárteles y recobrar la paz.

Así, el padre nos hizo reflexionar y caímos en la cuenta que, de una u otra forma, todos nos hemos convertido en cómplices, que hemos colaborado a que esta situación de corrupción, de crimen y violencia se haya extendido y que está en nuestras manos hacer algo.

¿PREFIERES QUEDARTE CON LOS BRAZOS CRUZADOS?

Uf, hijo, ya me estás haciendo pensar, pero la verdad no creo que tú o yo, o tu papá podamos acabar con esta guerra.

Solitos, claro que no, má. Pero, si cada uno de nosotros pone su granito de arena y vamos convenciendo a familiares y amigos a que actuemos con justicia, que evitemos la corrupción y la complicidad, te aseguro que lo podremos lograr.

El padre Suárez nos recordó lo que han hecho persona para cambiar sus países, Aun Saan Su ky, un ama de casa que en Birmania, encabeza un movimiento independentista. Y nos recordó todo lo que logró,

Si damos soborno, ayudamos a la corrupción.

Gandhi, liberó a la India, nada más ni nada menos que de los ingleses y sin violencia. O en México, la señora Wallace.

¿En verdad prefieres quedarte con los brazos cruzados, y que nosotros tus hijos y luego tus nietos vivan en un país dominado por el crimen organizado?

No mamá, ya basta, podemos y debemos empezar hoy mismo. No hay tiempo qué perder. La violencia nos está alcanzado. En nuestras manos está el cambio, no requiere más que pequeñas acciones, pequeños actos de honestidad y de justicia que irán formando una gran cadena que romperá el mal.

Además, eso sí, el padre Suárez, nos recomendó que lo pongamos en manos de Jesús y de María y que oremos mucho, sobre todo en familia.

¡Qué tal si empezamos hoy en la noche antes de cenar, rezado todos juntos y luego, en la merienda platicamos qué podemos hacer cada uno de nosotros!

Y fue así como, de colaborar con el crimen  organizado, aunque hubiera sido sin querer, sin darme cuenta, pasé a ser una mujer activa, que lucha diariamente por un México mejor.

Y tú, ¿qué estás haciendo? ¿De qué lado estás?.