Para vivir el Tiempo de Cuaresma

 

Para vivir el Tiempo de Cuaresma

 Jueves, 28 de Enero de 2016 14:35

 Material de Cuaresma 2016 – ACG oprime para descargar

 

Desde Acción Católica General ofrecemos este material como ayuda para vivir con más intensidad el tiempo de Cuaresma, iluminados por el Jubileo de la Misericordia. Puede ser utilizado a nivel comunitario: en las reuniones de equipos de vida, tanto de adultos como de jóvenes, o en clave de Retiro Espiritual parroquial; o a nivel personal, como preparación semanal para la Pascua. Es un material variado que ofrece recursos para distintas situaciones o momentos, por lo que puede ser utilizado en su totalidad o haciendo uso de aquellos apartados que consideremos adecuados. Pensando en los niños podréis encontrar una adaptación para poder profundizar con ellos en este tiempo de gracia y en el sentido de la Misericordia.

 

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Fuente: http://www.accioncatolicageneral.es/index.php?option=com_content&view=article&id=882%3Apara-vivir-el-tiempo-de-cuaresma&catid=1%3Anoticias&Itemid=19

«En el corazón del mundo»

 

«En el corazón del mundo»

corazonmundo

«Los laicos son llamados por Dios para santificar el mundo desde dentro a modo de fermento» (LG 31)

DEL 18 AL 31 DE OCTUBRE DE 2009

 

En el curso 2010-11 nuestra Diócesis de Orihuela-Alicante celebrará un Congreso Diocesano sobre los laicos. Indudablemente tanto el acontecimiento mismo como el proceso previo serán una oportunidad para que todos nos asomemos a la ventana para ver la realidad sobre el laicado, reflexionemos a la luz del evangelio y de la enseñanza de la Iglesia, y propongamos líneas de avance.

«En el corazón del mundo»

Reza el lema del Congreso. Desde la conciencia sobre la dignidad, vocación y misión de los laicos se propone como un objetivo potenciar su presencia pública. No debe pasar desapercibido que el evento se enmarca dentro del último año del PDP cuyo objetivo es revitalizar la comunidad parroquial cuidando su presencia significativa en la «calle». Llevando el calor de nuestro hogar, hay que convivir con los moradores de las demás casas para construir juntos una sociedad donde se desarrolle la dignidad de la persona. Ese espacio común es la calle, lugar de relación con los demás: cercanía y proximidad, al mismo tiempo pluralidad y diferencias, y ello nos enriquece.

Los laicos somos «llamados por Dios para santificar el mundo desde dentro a modo de fermento» (LG 31). Un mundo complejo, plural, pero también valioso, donde debemos, a pesar de las dificultades, realizar una presencia evangélica desde nuestra peculiar tarea: «Los laicos incorporados a Cristo por el bautismo participan de la misión de la Iglesia y son ellos mismos misioneros» (CLIM 22).

La Iglesia no es para sí misma. Todos somos corresponsables de transmitir el misterio de amor del Dios Padre y Madre. Acabamos de finalizar el «Año Paulino» y el Apóstol de los gentiles nos recuerda el impulso constante que debe tener la Iglesia: «Ay de mí sino evangelizara» (1 Co 9,16) con el objeto de cooperar «a la dilación e incremento del Reino de Cristo en el mundo» (LG 35,4). Los laicos, somos protagonistas de la tarea evangelizadora de la Iglesia, así uniéndonos a nuestro Señor podremos decir: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor» (Is 61,1-2).

Por fidelidad al amor de nuestro Señor el lugar de la Iglesia es el mundo. Ella nace y vive al servicio de los hombres y mujeres. Desde estas claves desarrollamos los laicos nuestra vocación: «[…] Los laicos tienen, como vocación propia, buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio… irradiando fe, esperanza y amor, sobre todo con el testimonio de su vida, muestran a Cristo a los demás. […]» (LG 31).

Jesús nos emplaza en la vida. No podemos relegar su Buena Noticia a los espacios intraeclesiales o tener la tentación de reducir la fe a lo privado. Hay que escuchar las voces de este mundo. Estamos llamados a ser «sal de la tierra y luz del mundo» (Mt 5,13-14) en medio de nuestra realidades cercanas y en otras realidades públicas; desde ahí tendremos que desarrollar algunas tareas: promover la dignidad de la persona, respetar el derecho a la vida, exigir el derecho a invocar el nombre del Señor, servicio a la sociedad desde la familia y desde la participación en la vida pública pues «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política» , desde donde siempre habrán de situar a la persona en el centro de la vida económico-social   y evangelizar la cultura y las culturas (ChL 37-44).

Porque Dios creó al hombre no para vivir aisladamente sino para formar sociedad y nos mandó que nos tratáramos como hermanos, debemos contribuir a la realización humana de la sociedad viviendo el evangelio en una doble tarea: creación del «hombre nuevo» y sirviendo a la sociedad para que ésta sea cada vez más justa (ChL 33). Hoy la santidad no es posible sin el compromiso activo con la justicia y sin una solidaridad afectiva y efectiva con los pobres y oprimidos. Es una llamada a amar nuestra sociedad, conocerla de cerca y servirla desde el amor, así podremos decir que

«Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. (…) La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia» (GS 1).

Estamos necesitados de un laicado que transmita la Buena Noticia en la sociedad del siglo XXI desplegando los elementos esenciales de la evangelización: transformación, testimonio, anuncio, comunión eclesial, misión (EN 17-24). Un laicado que se hace Iglesia en el Mundo, en el corazón del mundo, desde el servicio (LG 3), encarnándose (GS 1.40-45) con misericordia y en actitud dialogante (GS 3.92) y apostando claramente por los más pobres. Toda la comunidad diocesana debe ayudar a que los laicos desarrollemos la dimensión socio-política de la fe y animarnos a participar en la vida pública. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte» (Mt 5,14).

Este es el mensaje que quiere transmitir el lema del Congreso. Os animamos a todos a ilusionaros con este proyecto, el mundo necesita el testimonio de nuestra esperanza.

Francisco Hernández Marín Director del Secretariado Diocesano de Acción Católica

 

Categorías:General, Laicos

SERIE LAICADO: cristianos en el mundo. Somos responsables.

SERIE LAICADO: cristianos en el mundo. Somos responsables.

Fuente: http://www.instituto-social-leonxiii.org/index.php/publicaciones/materiales-didacticos/810-serie-laicado-materiales-didacticos

 

Categorías:General

Los derechos y deberes de los fieles

Los derechos y deberes de los fieles

Desde 1983, el derecho canónico reconoce una carta de derechos y deberes del fiel.

Por: Pedro María Reyes Vizcaíno | Fuente: Catholic.net

Es novedad del Código de 1983 la relación de los derechos y deberes del fiel. Se debe recordar, aunque sea someramente, que en el proceso de renovación de la legislación canónica avanzaban simultáneamente tres normas: los dos Códigos -el latino y el oriental- y la Lex Ecclesiae Fundamentalis, la Ley Fundamental de la Iglesia, en la que se debían incluir las normas jurídicas de carácter constitucional comunes a toda la Iglesia, occidental y oriental. Este último proyecto no culminó; por ello, en los últimos momentos sus preceptos se debieron introducir en los dos Códigos, para no producir clamorosas lagunas legales. Entre estas normas están los cánones dedicados a los derechos fundamentales de los fieles. Se encuentran en los cánones 208 al 223 del Código de Derecho Canónico de 1983, para la Iglesia latina, y en los cánones 11 al 26 del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, para los fieles católicos de rito oriental.

Ofrecemos aquí una relación, aunque sea sucinta, de los derechos y deberes de los fieles. Pero antes se hace necesario precisar el concepto de fiel. En la Iglesia Católica se llama fiel al bautizado. Toda persona, por el hecho de ser bautizada, tiene la condición de fiel:

Canon 204 § 1: Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada una según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo.

Aquí se verán los derechos y deberes de los fieles: son derechos y deberes, por lo tanto, de todo católico, laico, sacerdote o religioso. Se ha querido ofrecer la relación de derechos y deberes de los fieles, lo que podríamos denominar la carta de derechos del fiel bautizado, transcribiendo los cánones correspondientes. Se pueden hacer varias divisiones de los derechos y deberes. Para facilitar la consulta, en este artículo se han agrupado adoptando una división que se refiere a la condición del fiel en la Iglesia.

Derechos y deberes relativos al fin de la Iglesia (derivados de la condición de bautizados de los fieles)

Canon 209 § 1: Los fieles están obligados a observar siempre la comunión con la Iglesia, incluso en su modo de obrar.

§ 2: Cumplan con gran diligencia los deberes que tienen tanto respecto a la Iglesia universal como en relación con la Iglesia particular a la que pertenecen, según las prescripciones del derecho.

Canon 210: Todos los fieles deben esforzarse, según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación.

Canon 213:Los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia, principalmente la palabra de Dios y los Sacramentos.

Canon 214: Los fieles tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia.

Canon 219: En la elección del estado de vida, todos los fieles tienen derecho a ser inmunes de cualquier coacción.

Derechos y deberes en cuanto a la participación de los fieles en la vida de la Iglesia

Canon 211: Todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero.

Canon 212 § 3: Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores, y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas.

Canon 215: Los fieles tienen la facultad de fundar y dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para conseguir en común esos mismos fines.

Canon 216: Todos los fieles, puesto que participan en la misión de la Iglesia, tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas, cada uno según su estado y condición; pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente.

Canon 218: Quienes se dedican a las ciencias sagradas gozan de una justa libertad para investigar, así como para manifestar prudentemente su opinión sobre todo aquello en lo que son peritos, guardando la debida sumisión al magisterio de la Iglesia.

Canon 222 § 1: Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad y el conveniente sustento de los ministros.

Derechos y deberes derivados de la condición societaria de la Iglesia

Canon 212 § 1: Los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana, todo aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia.

§ 2: Los fieles tienen la facultad de manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades, principalmente las espirituales, y sus deseos.

Canon 217: Los fieles, puesto que están llamados por el bautismo a llevar una vida congruente con la doctrina evangélica, tienen derecho a una educación cristiana por la que se les instruya convenientemente en orden a conseguir la madurez de la persona humana y al mismo tiempo conocer y vivir el misterio de la salvación.

Canon 220: A nadie le es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad.

Canon 221 § 1: Compete a los fieles reclamar legítimamente los derechos que tienen en la Iglesia, y defenderlos en el fuero eclesiástico competente conforme a la norma del derecho.

§ 2: Si son llamados a juicio por la autoridad competente, los fieles tienen también derecho a ser juzgados según las normas jurídicas, que deben ser aplicadas con equidad.

§ 3: Los fieles tienen derecho a no ser sancionados con penas canónicas, si no es conforme a la norma legal.

Canon 222 § 2: Tienen también el deber de promover la justicia social, así como, recordando el precepto del Señor, ayudar a los pobres con sus propios bienes.

Normas comunes

Canon 208: Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo.

Canon 223 § 1: En el ejercicio de sus derechos, tanto individualmente como unidos en asociaciones, los fieles han de tener en cuenta el bien común de la Iglesia, así como también los derechos ajenos y sus deberes respecto a otros.

§ 2: Compete a la autoridad eclesiástica regular, en atención al bien común, el ejercicio de los derechos propios de los fieles.

 

Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/23432/cat/792/los-derechos-y-deberes-de-los-fieles.html

Categorías:General, Laicos

TU TAMBIEN VEN A TRABAJAR A MI VIÑA

“TU TAMBIEN VEN A TRABAJAR A MI VIÑA”.

30 de diciembre: 27 aniversario de la exhortación “Christifideles Laici” del Papa Juan

Fuente: https://www.facebook.com/gonzalo.guerrerorenaud?fref=nf

El 30 de diciembre de 1988, el Papa Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Christifideles laici, sobre la vocación y misión de los laicos en la iglesia y en el mundo, nos recuerda que los fieles laicos están llamados:

  • a dar a la creación su valor originario;
  • a vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad y
  • a trabajar en la animación cristiana del orden temporal, a fin de que la Iglesia, por medio de nosotros, ofrezca una gran ayuda para hacer más humana la familia de los hombres y su historia.

En dicha exhortación se recuerda la parábola evangélica de los obreros de la viña, en la que un propietario salió varias veces durante el día a contratar obreros. Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vió que otros que estaban allí, y les dijo: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?” Le respondieron: “Es que nadie nos ha contratado”. Y él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”» (Mt 20, 6-7). No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor.

Se nos invita a examinar si ya somos trabajadores en la viña del Señor, como lo pedía San Gregorio Magno: «Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor. »

Los fieles laicos participan del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo. En el oficio sacerdotal, con el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (cf. Rm 12, 1-2). En el oficio profético de Cristo al acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía. En su oficio real, por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).

Santificarse en el mundo.

La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. «Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida. Los fieles laicos han de considerar la vocación a la santidad, antes que como una obligación exigente e irrenunciable, como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad.

Los laicos en la Iglesia-Comunión

Pueden desempeñarse en el Anuncio de la Palabra de Dios, el Lectorado y Acolitado.

Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del todo urgente que los fieles laicos posean una visión clara y precisa de la Iglesia particular en su relación originaria con la Iglesia Universal.

El Sínodo ha solicitado que se creen Consejos Pastorales Diocesanos. También lo que está previsto en el Derecho Canónico; la participación de los fieles laicos en los Sínodos Diocesanos y en los Concilios Particulares, Provinciales o Plenarios.

Debido a la falta de clero y por la posición geográfica de algunas parroquias; o por parroquias formada por inmigrantes, por esta razón piden una participación más activa de los laicos y fomentar las pequeñas comunidades eclesiales de base.

Hay criterios eclesiales claros y precisos de discernimiento y reconocimiento de la de la autenticidad eclesial de las asociaciones laicales.

  1. a) El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la SANTIDAD.
  2. b) La responsabilidad de confesar la fe católica.
  3. c) El testimonio de una comunión firme y convencida.
  4. d) La conformidad y la participación en el “fin apostólico de la Iglesia”.
  5. e) El comprometerse en una presencia en la sociedad humana.

Los laicos en la Iglesia – Misión

En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad.

Anunciar el Evangelio

Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo.

Vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad

Los fieles laicos participan en la misión de servir a las personas y a la sociedad. Es cierto que la Iglesia tiene como fin supremo el Reino de Dios, pero el Reino es fuente de plena liberación y de salvación total para los hombres: con éstos, pues, la Iglesia camina y vive, realmente y enteramente solidaria con su historia.

En esta contribución a la familia humana, los fieles laicos ocupan un puesto concreto, a causa de su «índole secular», que les compromete, con modos propios e insustituibles, en la animación cristiana del orden temporal.

Promover la dignidad de la persona

La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.

La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí.

Venerar el inviolable derecho a la vida

«La Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida.

Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación o profesión están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el “sí” de la Iglesia a la vida humana.

Libres para invocar el Nombre del Señor

El respeto de la dignidad personal, exige el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre.

Si no todos creen en esa verdad, los que están convencidos de ella tienen el derecho a ser respetados en la fe y en la elección de vida, individual o comunitaria, que de ella derivan. Esto es el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, cuyo reconocimiento efectivo está entre los bienes más altos y los deberes más graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de la persona y de la sociedad.

La familia, primer campo en el compromiso social

La expresión primera y originaria de la dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia: «Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio “los hizo hombre y mujer” (Gn 1, 27), y esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión entre personas humanas».

El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos.

La caridad, alma y apoyo de la solidaridad

Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y manifiestan su participación en la realeza de Jesucristo, esto es, en el poder del Hijo del hombre que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45).

Tal caridad, ejercitada no sólo por las personas en singular sino también solidariamente por los grupos y comunidades, es y será siempre necesaria.

Todos destinatarios y protagonistas de la política

Para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad— los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la «política»; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común.

El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección»

Situar al hombre en el centro de la vida económico-social

El servicio a la sociedad por parte de los fieles laicos encuentra su momento esencial en la cuestión económico-social, que tiene por clave la organización del trabajo.

Entre los baluartes de la doctrina social de la Iglesia está el principio de la destinación universal de los bienes.

Los fieles laicos han de comprometerse, en primera fila, a resolver los gravísimos problemas de la creciente desocupación, a pelear por la más tempestiva superación de numerosas injusticias provenientes de deformadas organizaciones del trabajo, a convertir el lugar de trabajo en una comunidad de personas respetadas en su subjetividad y en su derecho a la participación, a desarrollar nuevas formas de solidaridad entre quienes participan en el trabajo común, a suscitar nuevas formas de iniciativa empresarial y a revisar los sistemas de comercio, de financiación y de intercambios tecnológicos.

Evangelizar la cultura y las culturas del hombre

A la luz del Concilio, entendemos por «cultura» todos aquellos «medios con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a lo largo del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones, para que sirvan al progreso de muchos, e incluso de todo el género humano»

La Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes en los puestos privilegiados de la cultura, como son el mundo de la escuela y de la universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de la creación artística y de la reflexión humanista. Tal presencia está destinada no sólo al reconocimiento y a la eventual purificación de los elementos de la cultura existente críticamente ponderados, sino también a su elevación mediante las riquezas originales del Evangelio y de la fe cristiana.

Actualmente el camino privilegiado para la creación y para la transmisión de la cultura son los instrumentos de comunicación social. En todos los caminos del mundo, también en aquellos principales de la prensa, del cine, de la radio, de la televisión y del teatro, debe ser anunciado el Evangelio que salva.

Y culmina con un llamamiento y la oración y con una oración a la Virgen, en la que nos invita a pedirle:

“Virgen Madre, guíanos y sostennos para que vivamos siempre como auténticos hijos e hijas de la Iglesia de tu Hijo y podamos contribuir a establecer sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria”.

Categorías:General, Laicos

La Pedagogía Integral y el Formador

Lo que se presenta a continuación son unos elementos básicos de la pedagogía integral que el formador debe tener presente.
Fuente: Catholic.net


La Pedagogía Integral

Se puede afirmar que “en el centro de esta pedagógica está la persona humana”. Es obvio que la visión sobre el hombre determina las líneas pedagógicas y sus criterios de formación humana y cristiana de todo educador Católico. Por tanto, al analizar el sistema pedagógico Integral, es necesario ver, en primer lugar, aunque muy brevemente, la idea del hombre que se propone.

En este siglo han proliferado muchos humanismos de tipo horizontal. Sin embargo, no han llegado a dar una respuesta plena y satisfactoria a la pregunta sobre el hombre. “La pregunta, ¿quién es una persona auténtica?, se transforma de inmediato en esta otra: ¿qué es el hombre? No faltan las respuestas: la mayoría quedan muy cortas; no hacen honor al hombre, lo degradan a la condición de animal. Otras lo deprimen en una atmósfera de nihilismo existencialista. Esto sugiere que todo intento del hombre de autodefinirse a sí mismo, con las fuerzas de la sola razón y su ciencia, no produce resultado. Hay en el hombre un misterio que se siente, pero del que la razón no alcanza a dar razón. Se hace necesaria una iluminación de arriba: la luz de la revelación y de la fe; sólo bajo su luz se descubrirá la identidad plena del hombre. Hay personas no creyentes que ostentan un elevado grado de moralidad y de coherencia, pero debido a la ausencia de fe, ulteriores dimensiones ínsitas de su dinamismo espiritual se han quedado frustradas o falseadas”.

Es evidente que no basta una buena base antropológica para formar al hombre, sino que se necesita un criterio de fe y una perspectiva cristiana y católica, dado que se trata de formar a hombres creados por Dios y transformados -en virtud de la gracia- en hijos suyos. Las acciones y decisiones, la prudencia y la habilidad en el formador, deben brotar de la constante referencia al plano sobrenatural. No hay que olvidar la apelación de la Constitución pastoral Gaudium et Spes, en el número 22: “sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece el misterio del hombre”. Únicamente el formador que sabe acercarse al educando con una visión sobrenatural es capaz de formarlo como hombre verdadero e íntegro.

Se puede, por tanto, describir la visión antropológica de la pedagogía Integral, del siguiente modo: Imbuido del espíritu evangélico, el Educador católico tiene acerca del hombre y del mundo una mirada llena de amor, de profundo respeto, de admiración y de esperanza. Es consciente de los grandes valores que el hombre lleva en sí, de las aspiraciones que lo mueven, de su real capacidad para el bien y para el progreso moral, pero tiene también presente el espectáculo doloroso de las múltiples miserias materiales y morales que lo afligen, que entorpecen y detienen su marcha hacia el bien y le hacen olvidar su vocación divina.
En La comunidad de Educadores Católicos, por tanto, se busca ante todo que ese hombre realice su vocación divina. Es ésta, sin duda, una visión del hombre muy elevada; pero no por ello deja de ser la visión más real y auténtica. Todo hombre, como señalan los Santos Padres, está llamado a la divinización en Cristo; y esto, mediante el desarrollo en su vida de la gracia, de las virtudes humanas y sobrenaturales y de los dones del Espíritu Santo. Quienes están llamados a ser formadores y educadores deben, por tanto, rendir cuentas del logro de esa vocación divina a la que cada hombre ha sido llamado.

Definición de Educación y papel del Educador

Una definición de educación: “Una relación interpersonal, que parte de una persona -el educador, formador, maestro, director o consultor- y se dirige a otra persona -el educando, el alumno, el consultante o el cliente-, por medio de unos elementos enteramente personales, como es la presentación de unos móviles dirigidos a su inteligencia, a su voluntad y a su libre albedrío y responsabilidad. No es un camino de coacción y avasallamiento, sino de autoconvicción y promoción de la persona. Lograr que las personas descubran que han de abrazar una serie de valores y rechazar otros contravalores, no porque los propone y, menos aún, los impone el director, maestro o consultor, sino porque objetivamente los descubre y acepta como un bien para su condición de persona humana. Es un sistema fundado en una filosofía de valores y en una filosofía personalista”.

De este texto se pueden destacar fundamentalmente tres elementos:

a) En primer lugar, el elemento personal. La educación es algo humano que requiere la participación de los hombres y de todo el hombre, es decir, se requiere empeñar todas las fuerzas espirituales y humanas tanto de parte del educando como del educador. El muchacho percibe de inmediato si se están entregando enteramente a él, a su formación, buscando sólo su bien. Por su lado, el educador debe calibrar el grado de interés con que se reciben los elementos formativos que él quiere transmitir. Y no hay que olvidar que un buen formador no tiene medidas universales que aplica indiscriminadamente a todos. El buen formador conoce a cada uno en profundidad y actúa con cada uno de la forma más conveniente.

b) En segundo lugar, la presencia de resortes educativos en el educador. No toda relación humana es educativa. Se requiere una intencionalidad objetiva, es decir, una actitud educativa polarizante, que abarque lo más posible toda la actividad espiritual, intelectual y volitiva, y las acciones concretas de cara a las personas que se le han sido encomendadas. El educador busca en todo momento influir, enriquecer, dirigir, llevar a plenitud la personalidad del educando mediante la presentación concreta de unos contenidos, con la actuación de unas virtudes y actitudes y la asimilación de unos principios pedagógicos.

Algunos han pretendido identificar esta mediación del educador en la vida del educando como una manipulación. Pero pretender vivir en una “burbuja de cristal” donde nadie pueda recibir influencias de otros es una utopía. Hay muchos factores que influyen, y deben sanamente influir: personas, alimentación, clima, lugar de nacimiento, época histórica, etc. Es más, el hombre es un ser social y no alcanza su pleno desarrollo si no es en contacto con otros hombres. Esto que se da a nivel humano, se aplica, con mayor razón, en el plano sobrenatural de la fe, en el que se encuentran realidades como la de la paternidad espiritual, el magisterio, el cuerpo místico, etc.

c) En tercer lugar, la autoconvicción, el querer ser educado. Aquí entra en juego la variable libertad que hace que no siempre se logren los resultados deseados, por mucho que haya sido el esfuerzo del formador. Es necesario que el educando empeñe toda su persona para conseguir el fin; de lo contrario, la formación recibida puede reducirse a una ligera capa de barniz. El formador debe tener la pericia y el interés necesarios para despertar en el educando el deseo sincero de formarse: ofreciéndole grandes modelos e ideales, haciéndole ver las urgentes necesidades del mundo y la gran misión sobrenatural que tiene entre manos, lanzándole el reto ambicioso de forjarse una gran personalidad líder para servir mejor a Dios y al prójimo y construir así una sociedad más justa y solidaria; esto es lo que el educador debe presentar para despertar el “apetito” de la formación.

Importancia del papel del educador

Los que somos responsables de la enseñanza y formación de la niñez y de la juventud, debemos tener presente la importancia y trascendencia de nuestra misión, ya que colaboramos a fraguar futuro de las familias, de la sociedad civil y de la Iglesia. Hay que sentirnos estrechos colaboradores de los padres de familia, a quienes compete primariamente la educación de sus hijos. Desempeñemos nuestra labor con responsabilidad, madurez y diligencia. Mantengámonos permanentemente informados sobre las materias que enseñan y sobre los métodos pedagógicos más probados. Sean conscientes del influjo que ejercen en sus alumnos y de la fuerza que tienen su testimonio y su consejo, y busquen como meta de su labor educativa, con la transmisión de sus conocimientos, la madurez humana y social de los alumnos, la formación recta de su conciencia moral, el amor a la verdad y la promoción de auténticos valores humanos y cristianos.

Del anterior reflexión se pueden extraer tres elementos claves.

a) Primeramente, la importancia y el valor de la tarea educativa. Se trata, ni más ni menos, de formar la conciencia y el corazón de las personas; construyendo, ejemplo tras ejemplo, consejo a consejo, con cada motivación y cada corrección, con oraciones y sacrificios, el futuro y la eternidad de los educandos. Esto es algo muy serio que hay que meditar constantemente. Además, el adolescente, es como un arbolito tierno, rebosante de savia joven. Si se torció y no hubo quien lo enderezase, quedó torcido para siempre. “Formar es algo más que un concepto o una teoría, es un encauzar la persona hacia su plenitud y madurez, que equivale a orientarla hacia el fin último de su vida, su ideal, la voluntad de Dios. Formar es colaborar en la construcción del hombre nuevo en cada ser humano”.

b) En segundo lugar, se pide a los educadores una actualización permanente. El buen educador no se contenta con lo ya adquirido sino que trata de profundizar más, de estar al día. Es necesario observar constantemente a los que van por delante de uno y que más frutos recaban; hay que saber preguntar, dejarse aconsejar; y hay que leer también buenos libros. Un buen formador busca capacitarse constantemente con el fin de ofrecer un adecuado servicio en su misión, y sabe aprender a partir de su propia experiencia. La falta de preparación no se suple con nada.

c) En tercer lugar, hay que tener en cuenta los diversos objetivos de la actividad educativa: transmisión de conocimientos, madurez humana y social, formación de la conciencia moral, amor a la verdad y promoción de los valores humanos y cristianos. Algunos se ciñen solamente al más obvio, la transmisión de unos conocimientos, escudándose en el cargo inmediato que han recibido. Pero la acción del profesor, del prefecto, de todo educador, puede y debe llegar mucho más lejos. No hay que olvidar que cada palabra o gesto y todas las actitudes del educador, deben ser plenamente formativas. Del mismo modo, cada palabra, cada gesto y actitud del educando requieren ser formados según el estilo que se quiere construir y que debe permear toda su personalidad.


Actitudes Básicas del buen Educador

Una vez vistos algunos elementos generales de la educación y del papel del educador, se señalan en este apartado, sin pretender ser exhaustivos, algunos de los rasgos fundamentales que deben caracterizar la personalidad del buen formador.


Coherencia en la propia vida

La primera ley pedagógica es el ejemplo del educador. Se ha indicado anteriormente cómo los muchachos perciben la autenticidad de vida de sus formadores. Es inútil querer engañarles, al menos por largo tiempo. Es decisivo “el influjo que un formador deja, para bien o para mal, en la cera blanda del corazón de un adolescente”.
Ya es sabido que “nadie da lo que no tiene” y que “de la abundancia del corazón habla la boca”. Esto debe ser un reclamo constante para la sana autocrítica y para saber corregir con humildad, las continuas y pequeñas incoherencias en la vivencia de la propia vocación y en el desempeño de la misión. Asimismo, esto exigirá una convicción plena en la vivencia de los principios propios: conocerlos, aceptarlos y vivirlos incondicionalmente, integrándolos de modo armónico en la propia personalidad.
En definitiva, se es formador cuando se conquista el ascendiente moral, que sólo se logra cuando la madurez humana empapa y orienta todos los actos. Esta madurez implica la coherencia entre lo que se es y lo que se profesa, y tiene su expresión externa más convincente, también de cara a los propios educandos, en la fidelidad y responsabilidad en el cumplimiento de los compromisos y deberes contraídos con Dios, con la Iglesia, con el Movimiento y con los hombres.


Fe en la misión y realismo efectivo

El formador de adolescentes debe tener una gran certeza en el éxito, por su confianza ilimitada en la acción de Dios. Condición indispensable para que el ideal se pueda lograr es tener plena seguridad de que se va a lograr. En esta lucha sin tregua contra toda clase de obstáculos es necesario armarse de un gran espíritu de fe y de una confianza inmensa. Hay que luchar siempre con gran fuerza y energía.

El buen formador es consciente de estar construyendo sobre la acción de la gracia. Con esta conciencia busca contagiar su amor al ideal alimentándose de una profunda vida de oración y de sacrificio que garantice la fecundidad divina en su acción.

Por otro lado es necesaria, además, una buena dosis de realismo. Una acción es eficaz, a nivel humano, cuando hay una mente realista que observa, analiza y organiza. Esta visión queda sumamente enriquecida con una visión de fe; sin embargo, una cosa no anula a la otra. El formador líder puede errar en la dirección de su acción si le falta una correcta adaptación a la realidad. Por esto mismo el formador no se pregunta qué habría que hacer sino qué hay que hacer, y siempre actúa, después de haber tomado el tiempo necesario para reflexionar, aplicando con prudencia los principios pedagógicos generales a las situaciones concretas.

Se debe fomentar una capacidad para resolver problemas. Las condiciones ideales para el trabajo con adolescentes nunca se van a dar. Los problemas y dificultades serán parte constitutiva del trabajo cotidiano. Es necesario desarrollar una actitud resolutiva. Es inútil estar quejándose de las dificultades, de la falta de medios y de apoyo… El formador tiene que despertar su capacidad de iniciativa, sin esperar a que se lo den todo hecho.

Por otro lado, el formador debe trabajar con sentido de competencia y de conquista de metas y con mentalidad de resultados. Sería una grave omisión dejarse llevar de la improvisación o del trabajo con metas raquíticas. Además, los resultados objetivos han de ayudarle a ser realista, sanamente inconformista, o a saber rectificar el camino cuando sea necesario. Es verdad que con los adolescentes no siempre los resultados se ven de modo inmediato, pero sí se puede evaluar de forma muy precisa todos los medios, los recursos metodológicos, la eficacia y el tiempo real que se está empleando para el bien de las almas encomendadas.

Paciencia y constancia

El formador modela hombres. Sabe que está trabajando con material de barro. Su trabajo de formación trata no con cosas o leyes fijas, sino con personas libres, cargadas de virtudes y defectos, pasionales y sentimentales, y que por ello hay que exigir sin asfixiar y luchar sin desmayar.

Hay que tener muy presente siempre que estás trabajando con personas, con seres humanos débiles y cambiantes, con voluntades ricas y, a veces flojas, con libertades y sensibilidades particulares. Hay que tener paciencia, hay que saber esperar la hora de Dios sobre ellas, hay que animar siempre, manteniendo la esperanza del triunfo. Formar a un ser humano es muy difícil; el ser humano no es una piedra dócil que se deja golpear por el artista. El ser humano es libre, y se duele ante los golpes y se rebela, gime y rechaza la mano que le ayuda. Por eso, para ser un buen formador, hay que ser un hombre lleno de Dios

La constancia debe aplicarse a los grandes apartados de la formación, pero también a los pequeños detalles. “Una de las tácticas pedagógicas del buen formador es la perseverancia e insistencia en los detalles -suaviter in forma, fortiter in re-, hasta lograr que vayan calando los principios y buenos hábitos en cada uno. “El ser humano a base de recordar y repetir asimila, practica y vive lo que se le enseña”.

Bondad y exigencia

“Un buen educador entiende que debe guardar el equilibrio entre la intransigencia desmedida y la excesiva suavidad”. “Toda pedagogía auténtica se funda en el amor y la bondad rectamente concebida”. Un corazón noble muestra siempre actitudes bondadosas y comprensivas. Para orientar a un alma se necesita saber llegar a su corazón y esto sólo se logra con la aceptación de la otra persona.

“Procurará exigir hasta el máximo, sin condescendencias, blandenguerías, bonachonerías, pero al mismo tiempo con suavidad, afabilidad, caridad sobrenatural”.

Sólo el hombre prudente es capaz de discernir la dosis que se requiere aplicar en cada momento: “El formador humilde sabe ser prudente, sabe emplear aquellos medios que mejor le ayuden a realizar la obra de educar a su alumno. En ocasiones será exigir sin contemplaciones, como el médico cuando ha de zanjar un tumor maligno con el bisturí. Otras veces, será esperar, aceptar la andanada o el chaparrón provocado por las pasiones desencadenadas del alumno”.

Personalidad de líder y sentido de autoridad

El formador es líder y jefe porque sabe guiar sin dominar. El formador es auténtico líder cuando convence con la veracidad de sus principios, la altura y belleza de sus ideales y con la fuerza del testimonio de la donación de sí mismo. Un líder debe lograr admiración y estima por su estilo de vida, suscitando así en los que le rodean el deseo de seguirlo e imitarlo. Resulta indispensable, por consiguiente, que el auténtico liderazgo sea entendido como persuasión a través del propio ejemplo.

El formador inspira respeto en todo momento como fruto de su conciencia de estar desarrollando una gran responsabilidad. Este sentido de autoridad que debe poseer le llevará a hablar y actuar como líder, logrando el fruto de la dócil sumisión de sus formandos. El “respeto a la autoridad” no es una exigencia de la vanidad o el orgullo del formador, sino una necesidad pedagógica que se alcanza cuando el mismo formador sabe transmitir el sentido de autoridad en un clima de verdadera humildad y sencillez, y cuando él mismo es el primero en respetar al educando.

Calma, reflexión y dominio de sí.

Un buen formador nunca se deja agobiar por las circunstancias que le rodean. La serenidad inquebrantable es un medio eficaz para poder infundir valor a los demás en los momentos de mayor lucha y turbación. Estas virtudes definen la altura del liderazgo que ejerce el formador en sus formandos. Hay que aprender a controlar el nerviosismo si se quiere hacerse respetar por los muchachos.

Por ello, habrá ocasiones en que, quizá, la “retirada” será la aptitud más sensata: mejor no intervenir antes que hacerlo con pasión o con sumo nerviosismo. En otros momentos, habrá que afrontar la situación con firmeza, pero siempre bajo el dominio personal. El formador se encontrará en situaciones difíciles donde deberá tomar una serie de decisiones; en esos momentos deberá ser muy sincero consigo mismo para evidenciar los verdaderos motivos que le llevan a una determinada postura o indicación por el bien del muchacho.

Universalidad

Un buen formador buscará siempre crear un clima de universalidad y armonía que refleje una igualdad de trato en medio de las constantes reacciones de simpatía y antipatía que las almas pueden suscitar por su modo de ser o por comportamiento.”No quiera imponerles su criterio. Nunca los desprecie o tenga por menos, ámelos a todos con exquisita delicadeza y universalidad, evitando toda muestra de preferencia”.

Es lógico que habrá más cercanía con algunos, y se espera que éstos sean los que mejor responden a la invitación educativa y los que más pueden contribuir al bien de todos los demás.


Principios Pedagógicos Fundamentales


Formación integral

El hombre es un ser maravilloso, rico de elementos diversos y de matices, que requieren una atención y un adiestramiento adecuados. Es necesaria una formación integral de nuestros alumnos, como condición esencial para que cada uno alcance su madurez humana y cristiana. Esta formación integral abarca la dimensión espiritual, intelectual, apostólica y humana.
Se pretende formar a todo el hombre: inteligencia, voluntad, carácter, sentimientos, capacidades físicas y psicológicas, conciencia moral y religiosa; y hacerlo de una manera armónica. Si en el hombre falla alguna dimensión o aspecto, o si se da excesivo énfasis a alguno de ellos en detrimento de otros, no se habrá logrado formar a un hombre íntegro. Por ello, una función prioritaria de la formación es la de lograr lo más posible el equilibrio en todas las dimensiones del hombre, ajustando las fuertes diferencias que por naturaleza pueden darse en las diversas facetas de la personalidad.

Educación a cada uno

Hay que dar atención no masiva ni superficial. Dios no ha hecho a las personas en serie industrial, sino que cada una es obra de artesanía singular divina. El mismo ambiente cultural en que nos movemos hace más urgente reavivar en el corazón humano el deseo de establecer relaciones interpersonales profundas y maduras, duraderas y responsables.
No se trata de que el formando simplemente sienta que una persona está sobre ella para darle una serie de indicaciones y de contenidos formativos. Es clave la relación que se instaure entre formador y formando como camino de motivación y exigencia. El formando debe ver en su formador un modelo y un guía a seguir, de otra forma estaremos ofreciendo una formación y una disciplina sin alma.

Es necesario conocer a cada educando de forma omnicomprensiva: sus gustos, preferencias, cualidades, inquietudes, sus simpatías y antipatías, etc., y ofrecer a cada uno la ayuda que necesita y la exigencia proporcional a sus talentos y capacidades personales. Se debe conocer con la mayor perfección posible la personalidad del formando para ayudarlo, vigilarlo, motivarlo y encauzarlo debidamente. Y nunca hay que pensar que se ha hecho lo suficiente por él y que se puede, en consecuencia, dejarlo sin tanta atención.
Esta atención se hace absolutamente imprescindible al llegar al período tan crítico de la pubertad, cuando se desarrollan los problemas de la personalidad con sus reflejos de rebeldía, frialdad en la vida espiritual y apatía en sus estudios. Lógicamente, al joven de doce, trece o catorce años no se le puede exigir la madurez de una persona de veinte o de treinta; lo cual no quita que el formador exija, con las debidas motivaciones, las expectativas propias de la edad y de la etapa de formación de cada uno.

Autoconvicción del formando y capacidad de dirección del formador

El principio de autoconvicción es uno de los más importantes de la pedagogía integral y quizás una de sus aportaciones más específicas. No basta que el ambiente, los educadores, las herramientas de trabajo se encuentren en óptimas condiciones. Si el educando no desea formarse, no pone lo mejor de su parte, sencillamente no se formará. Llegará a tener una formación endeble y superficial que no calará hasta el interior.

A simple vista podría pensarse que la autoconvicción consiste en dejar solo al educando
para que alcance las metas que él crea conveniente. Es evidente que no se trata de esto.

Por más que muchos psicólogos y pensadores promuevan la liberación y la desinhibición de la persona en el abandono más completo a sus pasiones, caprichos y ocurrencias, marginar al niño en el momento más crucial de su vida cuando se abre precisamente con mayor inquietud e ilusión a su propio futuro, equivaldría a un verdadero crimen moral. En la siguiente parte de este documento se afrontará el modo como el adolescente, más o menos inconscientemente, espera ser dirigido en medio de sus incertidumbres y necesidades; manifestando así el deseo innato de todo hombre de ser orientado, como una exigencia constitutiva de la naturaleza humana, siempre en tensión hacia su fin. Poco a poco, la persona irá adquiriendo seguridad, conocimiento de lo que tiene entre manos para poder caminar por la vida basada en sus propias convicciones, libremente aceptadas.

Conocerse, aceptarse, superarse

La pregunta por la propia identidad es necesaria y lógica, ya que la realización personal y el cumplimiento del propio destino en el mundo tienen una importancia capital en la vida humana, y puesto que a la resolución de esa pregunta están ligadas la felicidad, la plenitud personal y el mismo sentido de la vida. El primer paso para poder hacer algo en la vida es conocerse bien a sí mismo, saber lo que se quiere con precisión y claridad y cuál es la meta a que se quiere llegar, así como los medios justos y concretos que se deben emplear para alcanzar esa meta.

El formador debe hacer entender este principio al muchacho y debe proporcionarle todos los elementos, también prácticos, para que lo pueda realizar en su vida cotidiana; de lo contrario, se encontrará con sorpresas desagradables, y a veces irremediables, en la formación del educando. No es difícil interesar a un adolescente en el tema de su propia personalidad. Lo difícil es lograr que se conozca objetivamente, que se acepte tal como Dios le quiere y que se supere a partir de su situación real.

Del conocimiento, que viene principalmente del autoexamen positivo y de una dirección espiritual asidua, se debe pasar a la aceptación, al saber apreciar y agradecer a Dios las propias cualidades y reconocer maduramente y sin complejos las propias limitaciones, sin envidiar las de otros, que muchas veces no son sino totalmente secundarias o simples apariencias. Es muy importante infundir esta actitud, pues, de no lograrse, será el inicio de muchos traumas y, no pocas veces, del alejamiento de Dios, a quien se verá como un ser injusto “porque no da a todos lo mismo”.
La superación vendrá como exigencia de tener que enfrentar fallos, deficiencias, caídas. No basta decir “yo soy así”. Como afirma Douglas Hyde: “líder es todo aquél que quiere serlo, a condición de que reconozca sus propios errores”. En definitiva, al muchacho le debe quedar claro que tiene que emprender una lucha continua por superarse cada día, que la personalidad no se le da elaborada, que la debe construir con el propio esfuerzo. Tiene que estar convencido de que el camino de la propia superación nunca termina: el día que se dice “hasta aquí”, se empieza a retroceder.

Motivación

Motivar es el arte que todo buen educador debe dominar. Cuando se quiere lograr algo de un muchacho, es necesario tener en cuenta que, antes de exigirle resultados, hay que motivarle y hacer que esa motivación sea efectivamente interiorizada.

Quienes actúan por temor nunca llegan a realizarse porque el hombre llega a su plenitud sólo en el amor. No se deben crear, ni es pedagógicamente acertado, personalidades que se muevan por extraños mecanismos de autodefensa. La pedagogía, Integral es eminentemente positiva y constructiva: educar la conciencia y la libertad para que se adhieran a la verdad y al bien movidos por la fuerza del amor.
En concreto, la motivación de la salvación de las almas es muy fuerte y puede ser un arma constante si se sabe presentar bien, pues la salvación de los propios familiares, compañeros y amigos, de los pecadores, etc., es una necesidad constante y real. Por supuesto, el amor a Cristo, el ayudar a su Iglesia, el evitar que sufra en sus miembros, el ayudar al Papa, son fuentes esenciales de motivación. De igual forma la motivación de ser un gran líder y de prepararse para hacer grandes cosas por Dios y por el mundo.

hay que hacer profundizar estos valores de la existencia del cristiano a través de la palabra, del ejemplo y del compromiso personal. Y, una vez logrado el liderazgo espiritual y humano, nos enseña a manejar dos registros en la vertiente psicológica: uno, el reconocimiento por lo objetivamente alcanzado, que se manifiesta de palabra y, sobre todo, con hechos y gestos; como por ejemplo, la confianza que se deposita en una persona al encomendarle una tarea u oficio de cierta envergadura; esto es un reconocimiento por lo realizado y, al mismo tiempo, un nuevo reto para alcanzar nuevas cotas. Otro, el estímulo para lograr nuevas metas, para “no dormirse en los laureles”, si es el caso, o sacudir el sopor o la pereza que impide el despegue. Este estímulo se manifiesta también de diversas maneras: expresando insatisfacción por los resultados obtenidos hasta ese momento, abriendo los ojos a nuevos horizontes, comentando los logros alcanzados por otras personas, etc.

Actitud preventiva

El sistema preventivo tiene, entre otras funciones, la misión de preservar a los educandos de todas las circunstancias que los pueden llevar al mal y educarles para que puedan reaccionar correctamente. Asimismo, este sistema ayuda a preparar a los muchachos para que sepan afrontar el mal o las circunstancias negativas inevitables. Hay que tener cuidado, sin embargo, de no sobreprotegerles para no hacerles incapaces de superar las dificultades con las que, ciertamente, tendrán que enfrentarse en su vida.

Un buen formador siempre estará vigilando, anticipándose y anticipando acontecimientos. Para el adolescente la vida es novedad, para el formador es una escuela para observar y enseñar. La constancia en la vigilancia es una manifestación clara del amor auténtico y del deseo de colaborar en la formación de las almas. De aquí brota un trato entre formador y formando análogo al del padre con el hijo, imagen del amor que Dios tiene por cada una de las almas que le confía.

La atención personalizada es uno de los mejores aliados del método preventivo. Cuánto ayuda a los adolescentes en su desarrollo el contar con un guía que les ayude a evitar el enfrentamiento con situaciones que no conllevan en sí ningún bien. El formador debe estar siempre alerta, siempre en vela. Una mirada penetrante y prudente hace que los ríos más impetuosos no se desborden de su cauce, gracias a una acción previsora y eficaz

Clima de confianza

Este clima se hace más necesario ante las incertidumbres e inseguridades de los adolescentes. Deben sentirse “a gusto” con sus formadores, con la seguridad de que serán aceptados y comprendidos siempre que les confíen algo. A fin de cuentas, el educando sabe que lo que se le dirá es para su bien y eso ayudará también a romper temores e inseguridades. Deben tener una certeza absoluta de la total discreción del director. La ruptura de este clima de confianza, sea por incomprensiones sea por indiscreciones, supone, en la mayoría de los casos, una ruptura definitiva de la labor educativa.

Para crear este clima de confianza es imprescindible trabajar por alcanzar unos resortes psicológicos básicos: serenidad emocional ante lo que el formador observa o le es relatado; aprender a escuchar sin interrumpir y sin distraerse; mostrar un verdadero interés con los gestos y las palabras; saber cuidar el ambiente externo y estar atento a las posibles interrupciones en el diálogo personal, etc. El adolescente conecta con quien sabe mirar acogedoramente, con quien no reprocha ni condena, con quien impulsa decididamente a hacer crecer al educando en su camino de maduración, asumiendo todas las consecuencias que esto implica. El educador preocupado por ayudar a los jóvenes y descubrir sus valores debe sobresalir en el arte de escuchar y de responder.

Disciplina

“La indisciplina es el principio de la ruina de toda sociedad humana y de toda persona”. Es una realidad que se puede constatar fácilmente a nivel social: grupos humanos que se hallan en la cumbre del florecimiento, se empiezan a desmoronar y caen en el abismo del abandono, precisamente cuando se introduce en ellos el desorden y la indisciplina.

Se debe partir de la convicción de que la disciplina interna es la que permite la formación integral y armónica. La disciplina externa es reflejo de la interna y, a su vez, consolidación de ésta en una especie de círculo virtuoso que se genera entre ambas. Esto permite además la disciplina en los grupos humanos, condición para la formación grupal y para la creación de buenos ambientes formativos.
Ciertamente, muchos adolescentes al principio no son todavía capaces de proceder en base al espíritu de convicción, por lo que la disciplina externa será ayuda imprescindible para generar la disciplina interna. También hay que tener en cuenta que el grado y el modo de la exigencia disciplinar, a veces, está en relación directa con las características de los jóvenes con los que se trabaja habitualmente. Por este motivo, en algunos momentos se empleará una disciplina de apariencia severa, viril y recia; como una exigencia del interés íntimo y personal que se ha puesto en cada uno de los muchachos.

No se trata de imponer a la fuerza, ni de ponerse “en plan policía”. Una disciplina así sería rechazada y no conseguiría sus frutos. Hay que hacer ver al joven la razón de ser de la disciplina y el por qué de cada norma (en especial, de aquellas cuyo cumplimiento les es más costoso); de lo contrario la rechazarán, al verla como algo caprichoso, molesto y sin razón de ser.

Unas palabras sobre la cuestión de los castigos. En primer lugar hay que decir que los castigos físicos quedan totalmente prohibidos. En segundo lugar, hay que analizar con qué actitud se impone el castigo. El adolescente, por su edad e índole, posee un agudo sentido de la justicia y está dotado de especial sensibilidad. Por ello, si él percibe que el castigo proviene de una actitud pasional del formador, adoptará una actitud negativa de rencor, de encerramiento, de orgullo herido; si percibe que el castigo se debe a una falta de liderazgo en el formador, perderá valor para él la autoridad y se le abrirá la puerta a una indisciplina mayor. Por el contrario, si la sanción es justa y está respaldada por una buena dosis de motivación por parte del formador, reaccionará, aunque no siempre inmediatamente, con nobleza y con fe, y procurará rectificarse.

Muchas veces los formadores se vuelven impacientes porque no pueden controlar la disciplina en las reuniones, en las actividades recreativas, en el dormitorio, etc., y recurren a los castigos o a las reprensiones, creando una situación peor y del todo antipedagógica. La solución no está en la “magia negra” de las caras largas, de los enojos, de los castigos, las amenazas o las llamadas de atención y las humillaciones públicas, ya que lo único que hacen es provocar una mayor desobediencia e indisciplina, favoreciendo la intriga, la sumisión forzada y la rebeldía interior. La solución en estos casos es, frecuentemente, muy sencilla y de elemental sentido común: tener desde el inicio buen ascendiente y dominio de la situación, preparar mejor las reuniones para que sean interesantes, programar mejor las actividades para lograr la animación y la recreación disciplinada. El castigo debería ser para un formador el último y extremo recurso.
Además de que el castigo debe ser justo, es decir, proporcional a la falta cometida, y puesto únicamente con un fin realmente pedagógico, el educador debe vigilar para no poner sanciones que luego él mismo no podrá exigir. Asimismo, debe discernir el momento y la circunstancia más oportuna para poner la sanción, aunque no conviene distanciarla mucho del momento en que se cometió la falta, de modo que no pierda su eficacia pedagógica ni se vea como un acto de resentimiento guardado.

Formación de liderazgo

Vale la pena invertir tiempo y energías en la formación del liderazgo de los educandos con más posibilidades, ya que de ellos se recibirán réditos mayores por el influjo positivo que ejercen sobre todo el grupo.
El educador debe aprender a conocer la psicología del líder para saber trabajar con él: saber cómo se ve el líder en relación con los demás; cómo entiende el papel de las relaciones humanas y sociales; cómo no puede no expresar sus dotes directivas, organizativas y creativas; cómo necesita una atención personalizada, esmerada y continua. El líder estará a la expectativa de recibir del formador todo lo que él está buscando; si no se lo saben ofrecer, pronto se alejará.

Trabajo en equipo

Ha de procurarse, en la medida de lo posible, que los equipos sean homogéneos y que en sus miembros exista una afinidad de amistad, educación, grupo social y edad, para que se desarrollen con mayor eficacia y espontaneidad.
Cuando un grupo humano está posesionado de una mística que lo une en el mismo ideal, los esfuerzos de todos confluyen en la persecución de un mismo fin; cada uno, aun trabajando en su propio campo, pone lo mejor de sí mismo en la construcción de la obra común, se suman los esfuerzos de todos y los resultados se multiplican, sin desperdiciar energías.

Asimismo, este principio implica el trabajo en equipo entre los mismos formadores, ya que la formación de la niñez, de la adolescencia y de la juventud es algo complejo. Cuánto ayuda en la conquista de los objetivos formativos el contar con un equipo de formadores en el que todos se puedan apoyar y estimular. La vigilancia de varios formadores, el constante intercambio de opiniones, la ayuda desinteresada en los momentos requeridos hacen que la labor educativa sea siempre progresiva y en constante enriquecimiento.

Esta labor exige, por parte de los formadores, la delimitación clara y el respeto a la función que cada uno tiene en relación con el educando. Existe siempre el peligro de confundir al muchacho cuando, desde diversas partes, le llegan consignas contradictorias. Asimismo, hay que cuidar que este trabajo en equipo no redunde en detrimento de la reserva y de la discreción, a la que antes hemos aludido, dentro de la cual el adolescente se abre, normalmente, a un formador más que a otros. No hay nada peor para un adolescente que el percibir que sus problemas “corren de boca en boca”. Además, por elemental sentido de prudencia y de respeto al derecho a la reserva en relación a la propia intimidad, un formador no se puede permitir violar lo que una persona le confía.

Está de por medio, también, la necesaria colaboración de todas las instancias educativas: la familia, la escuela, los grupos juveniles, etc. Sin la unión de estas instancias no será posible la formación: fácilmente se podrá destruir por una parte lo que se ha estado construyendo por otra.


Al centro de todo formación está Cristo

Es evidente que el verdadero arquetipo de la antropología cristiana es Cristo. Este principio tiene sus repercusiones pedagógicas. Por ejemplo, no se trata de ver ni proponer a los educandos las virtudes en general, sino encarnadas en la persona de Cristo. “Nunca queráis una virtud por sí misma, sino en cuanto que está encarnada en nuestro Señor”. Es por ello que todos los objetivos de la Pedagogía Integral, como se verá en el siguiente documento, están construidos sobre la base de Cristo, en su dimensión de liderazgo, como guía firme, como amigo fiel, y como apóstol que invita a ser apóstol. Si se entiende y aplica puntualmente este principio de la metodología, se habrá dado un paso clave hacia la verdadera eficacia educativa; la eficacia de quien entiende que el hombre busca un ejemplo concreto en quien reflejarse y a quien imitar. Sólo se forma integralmente quien asimila y asume en sí la personalidad de Cristo, verdadero hombre-Dios. Y hay que recordar que la verdadera eficacia sobrenatural parte de la gracia; sin ésta, nada se logra.


contenidos educativos: Desarrollo de las dimensiones de la persona

Hasta el presente se ha intentado dar una definición de lo que es la educación, de su importancia y del papel del formador. Posteriormente se han analizado las actitudes fundamentales que no pueden faltar en el formador; y, finalmente, se han señalado los principios pedagógicos básicos que deben aplicarse en el trabajo con los adolescentes. A continuación se hablará de los contenidos que no pueden faltar en la formación integral de los educandos.

Ante la dificultad de lograr el ideal, el formador debe redoblar su esfuerzo y vigilancia para proponer con elegancia y firmeza a los adolescentes un ideal de vida que valga la pena. Padres de familia, profesores, adultos… todos debemos sentir el reto de formar al futuro de la sociedad, a la juventud, siempre de cara a los grandes y perennes ideales. Educación en el amor de Dios, por el único ideal que perdura por siempre y unifica la vida del hombre creyente: Dios nuestro Señor, nuestro Padre y nuestro Creador.

Enseñar contenidos doctrinales y enseñar a usar la inteligencia. Educar las potencias humanas y las virtudes morales y sociales. Formar la dimensión espiritual-religiosa y apostólica del hombre.

Formación intelectual

Contenidos educativos

En primer lugar, la formación intelectual que dará a los muchachos las bases y herramientas para crecer como hombres maduros. Se debe lograr que los educandos gusten y amen la verdad, con mucha más razón cuando se trata de ofrecerles las herramientas básicas para conocer y defender su fe o para realizar su futura profesión con altura


Hábitos y estructura mental.

Además de la enseñanza de los contenidos necesarios, están las herramientas inmediatas para poder asimilarlos debidamente. La inteligencia tiene una forma de actuar: es necesario acoplarse a esta forma. Estos los buenos hábitos mentales (reflexión, capacidad de juicio, capacidad de síntesis y análisis). En este sentido, a los educadores les corresponde un papel fundamental. Ellos, además de transmitir unos conocimientos, tienen que formar esos hábitos intelectuales en sus educandos.
Hay dos formas de perfeccionar los hábitos. En primer lugar, mediante la repetición de actos apropiados (cada vez con mayor perfección); y en segundo lugar, realizando actos cada vez más complejos. Esta metodología debe estar presente de modo especial en el trabajo con los niños y adolescentes concursos de memorización y redacción, actividades dinámicas como debates, mesas redondas, etc; de manera especial las buenas lecturas…

La imaginación y las facultades estéticas.
Para orientar todas las potencias se hace imprescindible ayudar a los muchachos a ordenar su mundo imaginativo, de modo que puedan ponerlo al servicio de la razón y, sobre todo, de la fe. Sin duda que una imaginación bien aprovechada será una herramienta excepcional para fomentar una rica vida interior y una relación cercana con el Espíritu Santo que imprime interiormente la imagen de Cristo. De igual modo, se constata que en muchos frentes se busca desfigurar el mundo creado para así alejarlo del Creador y, así, se exalta lo que va contra la belleza, contra la proporción, contra el esplendor del ser y de la verdad, presentándolo falsamente como lo bueno, lo bello y lo verdadero. Es urgente, por ello, presentar a los niños y adolescentes todas las dimensiones positivas del mundo, enseñarles y hacerles gustar la belleza de lo creado, llevarles al goce de la contemplación estética, camino seguro para el descubrimiento de Dios como valor realmente atrayente, como valor absoluto de belleza, único capaz de colmar el ansia de belleza y de gozo que esconde el hombre en su totalidad de alma y cuerpo.


Aplicación.

Definitivamente, la presentación de los contenidos intelectuales necesarios para tener una visión adecuada de Dios, del mundo y del hombre, debe hacerse de forma sumamente dinámica y atractiva, siempre con la intencionalidad de la aplicación inmediata en la labor apostólica y espiritual que los muchachos deben realizar.
Es imprescindible que los que trabajan con adolescentes estudien bien los objetivos formativos para cada etapa evolutiva y la sugerencia de aplicación concreta, que se ofrece en el siguiente documento de este manual. En definitiva, los contenidos propuestos deben ser presentados a los muchachos en su totalidad, mediante las diversas actividades de la vida normal en un salón de clases.


Formación humana


Educar la sensibilidad y los sentimientos.

En la formación de la sensibilidad se procura “la integración de sus fuerzas afectivas y emotivas bajo el yugo suave de la fe, de la razón, de la voluntad y del amor sobrenatural. Se pueden definir los sentimientos como “reacciones de la psique al verse afectada por personas, cosas, acontecimientos, etc. Si son muy intensos y breves, los llamamos emociones”.

Hay diversas clases de sentimientos: están los corporales -hambre, sed, cansancio-; los de índole psíquica, como la tristeza que oprime, la alegría que exalta, la gratitud que conmueve, el amor que enternece; y, finalmente, los sentimientos espirituales que corresponden a una simpatía afectiva o empatía con el bien y la virtud, suscitados en el alma por la presencia o ausencia del bien moral (gratitud, amistad, caridad, pureza, piedad). Dentro de esta variedad de sentimientos es importante que se dé una justa jerarquía y que sean compatibles con la propia condición.

Es fácil caer en el peligro de dar a los sentimientos una papel central. El sentimentalismo es el enemigo número uno de toda formación sólida y constante. En lugar de regir la razón y la voluntad, gobierna el sentimiento, lo variable. Por eso, apoyar una formación sobre “lo que siento”, es exponerse a un fracaso cierto y a repetir la insensatez de aquel señor que edificó su casa sobre la arena movediza: vinieron los vientos, la lluvia, y todo se perdió.

Pero no hay que irse tampoco al otro extremo, es decir, al desprecio de los sentimientos. Cuando estos son gobernados por la voluntad y el entendimiento, se convierten en potencias enriquecedoras de la personalidad, necesarios para obtener el fin. Un hombre sin sentimiento es un ser incompleto. No cultivar los sentimientos significa, además, no cultivar la sensibilidad humana, moral y religiosa.
Asimismo, es de vital importancia que el educando aprenda a distinguir entre sentimientos y actos de la voluntad, entre sentir y consentir. La persona recibe continuamente impresiones negativas, sea interna que externamente, por ello debe discernir cuándo está participando activamente al consentimiento de esas impresiones y cuándo su voluntad las rechaza, a pesar de que puedan dejar una huella fuerte en la sensibilidad. Esto, bien explicado, evitará muchos problemas a las personas.

Educar para la madurez.

En todo hay que ver el fin, y el fin de la educación humana es el logro de la madurez. ¿A quién se puede considerar maduro? Se puede considerar madura a la persona que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente, es decir, de hacer opciones conscientes y responsables, sin nunca después arrepentirse de ellas y, menos aún, pasarse la vida replanteándose sus decisiones, por no haber adquirido una seguridad y una certeza válida sobre ellas. Se puede considerar madura a la persona cuyas fuerzas emotivas están bajo el dominio de la razón, que no vive de sentimentalismo, de impulsos, de tendencias, sino que se rige por principios y convicciones, aunque a veces las emociones o los sentimientos vayan en dirección contraria.

“El hombre maduro es también aquél que está siempre en actitud de donación, de apertura, de servicio, de entrega a los demás, mientras rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento, de particularismo, de individualismo”. Es en esto precisamente en lo que el formador debe tener puesta su mirada. Es lógico que no siempre le tocará ver frutos acabados pues, por definición, el adolescente es el que está en camino hacia esa madurez.

Educar la voluntad.

El hombre “es más hombre o lo es de verdad, por el dominio de sus facultades superiores sobre sus instintos, en cuanto haya logrado formar esta facultad. Porque aunque la inteligencia nos ilumina, la memoria nos recuerda y la fe nos enseña, el actuar o no actuar como hombres libres y creyentes, honestos y rectos, depende del grado de finura y robustez que hayamos logrado obtener en esta facultad timonel que es la voluntad”.

Una voluntad bien formada es la clave de todo el desarrollo posterior de la formación espiritual, humana e intelectual. La falta de voluntad puede convertirse en la guillotina de todas las aspiraciones y esfuerzos en el camino hacia la perfección. Por ello se debe luchar para que los educandos no conozcan derrotas definitivas y, sin duda alguna, la voluntad es un arma imprescindible para evitarlas.

Educar el carácter.

El carácter constituye “ese modo de ser propio” que distingue a un ser humano de otro, aparte de las diferencias existentes por su apariencia externa. En casos normales, no debe considerarse el carácter como una fatalidad en la vida humana, empujando al ser humano a obrar en una determinada forma. La psicología de la persona es el resultado de una interacción entre el substrato constitucional heredado, el ambiente y las decisiones de la propia voluntad. El primero elemento, a pesar de su fuerte inmutabilidad, es posible educarlo y dirigirlo en sus manifestaciones. El ambiente, puede estar en las propias manos crearlo o modificarlo en un determinado sentido.

Educación de las virtudes morales y sociales.

La formación humana debe tender a desarrollar aquellas virtudes morales que hacen más íntegro al hombre y más nobles sus relaciones con los demás, como son: la sinceridad, lealtad, fidelidad, gratitud, la justicia y la servicialidad, la determinación y constancia, la entereza de ánimo, etc. No siempre se procura el cultivo de estas virtudes ni existe el ambiente propicio para cultivarlas. El formador no las puede darlas por supuesto pues son fundamentos que, antes o después, hay que colocar como condición necesaria para la construcción de una personalidad sólida.

Especial importancia entraña la formación en la sinceridad. El formador debe hacer comprender al muchacho el valor de la integridad, de la transparencia y de la sinceridad en medio de las posibles miserias humanas. El muchacho debe comprender lo triste que es vivir con máscaras, dividido, con dobleces e hipocresías; debe comprender el peligro de ir deformando la conciencia poco a poco, mentira tras mentira.
Es imprescindible tener en cuenta la educación social. La educación social es la “tarjeta de presentación”, la puerta por donde se entra a la vida de los demás, ganando su confianza y su colaboración. El formador debe aprovechar toda circunstancia para educar al muchacho en esta dimensión social, enseñándole el valor de los detalles de la educación social, haciéndole gustar la posesión de una personalidad atenta y educada, fina en el trato, afable y acogedora. Es importante evitar el peligro de pensar que la formación social es sólo una máscara, una serie de ritos externos, una especie de representación para quedar bien ante los demás.
Educar las pasiones.

Al hablar de las pasiones no hay que olvidar que, por la huella del pecado original, han quedado desequilibradas, y que, por tanto, los educandos se ven seriamente afectados por ellas: la soberbia, que es la reina de las pasiones; la vanidad y la envidia, que son hijas de la soberbia. Y experimentarán, también, la lucha para vencer la tendencia a la comodidad, al hedonismo, a la posesión desenfrenada de las riquezas y de los bienes materiales. Todas estas luchas y enemigos se presentan, día tras día, en la vida de los hombres.

El punto de partida para la formación de las pasiones consiste en tener en cuenta que no se pueden extirpar, sino que es necesario encauzarlas adecuadamente. No hay que olvidar que la fuerza pasional, que puede desviarse hacia la soberbia y la sensualidad, debe reorientarse para ayudar a la conquista del ideal de formación, a la conquista de uno mismo, a la transformación en Jesucristo y para bien del trabajo por el Reino.

Educar la conciencia moral.
“Nos toca vivir en una época en la que es muy fácil la desorientación de los criterios morales y éticos. En efecto, estamos asistiendo a una desorientación gigantesca de la conciencia individual y social, hasta el punto de que a muchos les resulta difícil distinguir los límites de lo bueno y lo malo… Por ejemplo, nunca como hoy ha sido el hombre tan sensible a su libertad y nunca ha hecho peor uso de ella: así, por un lado, escribe una carta de los derechos humanos, y, por otro, los suprime de raíz por el aborto, la eutanasia… Por un lado, proclama a los cuatro vientos la propia madurez y, por otro, adopta como pauta de comportamiento normas tan volubles como la opinión pública, los eslóganes de moda y los modelos culturales y sociales del momento”.

La pedagogía Integral pone especial énfasis en los valores morales que norman el comportamiento humano. Pero como base para la recepción de dichos valores es necesario ayudar a las personas a formar una conciencia recta, cuyas normas de conducta se fundan en la ley objetiva que el hombre descubre y reconoce en su naturaleza humana, con ayuda de la recta razón, y cuya formulación general se resume en el adagio latino: Bonum est faciendum, malum vero vitandum (Hemos de hacer el bien y evitar el mal). En resumen, la conciencia recta es la que actúa según el bien objetivo que le presenta la ley natural y la ley divina.

“Puesto que la conciencia es centro de la persona y guía del obrar natural, esfuércense activamente por formarla recta y madura, temerosa de Dios, abierta siempre al bien y a las inspiraciones del Espíritu Santo, capaz de discernir lo bueno de lo malo y de la mentira, y eviten la insinceridad y la inautenticidad, tan contrarias al espíritu de Cristo.

Por otro lado, se debe explicar claramente al formando los tipos de conciencia y ayudarle a discernir cómo es la suya. Asimismo, hay que presentarle los medios más adecuados para la formación de la conciencia: su seguimiento fiel, el conocimiento y la obediencia a la ley de Dios y al magisterio de la Iglesia, la dirección espiritual, el examen de conciencia, etc.

Formación espiritual

De la conciencia moral se pasa a la genuina experiencia religiosa del hombre. El educador debe trabajar sin descanso para que el muchacho o joven experimente a Dios como el Amigo que lo interpela y le invita a llevar a cabo un proyecto de realización de sí mismo dignificante y pleno y que, por esto, se constituye en norma suprema de la conciencia. Todo el esfuerzo ético del hombre equivale a la respuesta personal, amigable y filial a esta interpelación de un Dios, Padre y Amigo. La conciencia, por el contrario, comienza a deformarse cuando deja de ser la voz del Amigo que pide, invita y sugiere.
“La clave de bóveda de esta concepción es la convicción de que la persona humana está abierta al Absoluto transcendente que es Dios, no como un valor al lado de otros valores, sino como la Causa que funda y de la que mana todo valor. En este sentido lo podemos llamar Valor supremo, en cuya posesión y fruición la persona humana alcanza su misma realización”.

Lo que primeramente define al hombre, por tanto, no es su libertad, sino su dependencia de Dios. Sin Él o al margen de Él, no sería nada. De aquí se derivan una serie de consecuencias; entre otras, la de que hay que dar a Dios el primer lugar en la propia vida. Además, se trata de obrar conforme a lo que Él quiere para cada uno. La libertad humana en sí misma podría, absurdamente, dictar la última palabra sobre el propio actuar alejándose de Dios, cayendo así en una contradicción. Pero la libertad se sabe para el amor, por eso su plena realización le viene en la búsqueda de la verdad, en la adhesión firme a la voluntad de Dios. Sin duda que es ésta una de las ideas principales que se deben clavar en la mente y en el corazón de las personas desde su primera infancia.

Desarrollo de la vida interior.

La vida interior consiste en el desarrollo de la semilla que Dios deposita en el alma del cristiano el día de su bautismo -la gracia y las virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad-, según la propia vocación. La vida interior es mucho más natural y sencilla de lo que muchos creen, porque es simplemente la unión real, natural, personal y constante con Dios, fundada en la vida de gracia. Es la identificación del corazón y de la voluntad con la voluntad santísima de Dios, hasta tener los mismos sentimientos de Cristo, como señala san Pablo. Es la actitud de amor filial y confiado que impulsa a mantener con Dios la postura de un hijo amante del Padre.

Formación de hábitos espirituales.

El educador debe tratar de formar en el educando unos hábitos determinados. Por ejemplo:

a) Hábito de vida de gracia, ayudado por la recepción frecuente de los sacramentos, y de vivir permanentemente en la presencia de Dios, para que siempre autenticidad, la honradez y la rectitud regulen sus relaciones con Dios, con el prójimo y con ellos mismos.

b) Hábito de oración y de intimidad con Cristo en la Eucaristía, para que sean hombres de Dios y jóvenes apasionados por la causa de Cristo.

c) Hábito de fe para que vivan en una dimensión sobrenatural y aprendan a contemplar la vida, los acontecimientos, las pruebas, los sufrimientos, todo, con los ojos de Dios.

d) Hábito de la adhesión inquebrantable a la voluntad de Dios, para que siempre y en todo momento ella constituya el valor supremo de sus vidas.

e) Hábito de celo apasionado por la salvación de las almas, para que la Iglesia y la instauración del Reino de Cristo polaricen siempre sus ilusiones, anhelos y proyectos.

f) Hábito de caridad y servicialidad, de forma que toda su vida cristiana tenga el sello de la autenticidad según el mandato de Cristo.

g) Hábito de la abnegación en el seguimiento de Jesucristo, para que forjen la verdadera vida cristiana, en donde la cruz tiene la primacía sobre el placer y el éxito humano.


Formación apostólica

El alumno debe aprender desde el inicio que recibe para dar. La llamada al apostolado es para todos los cristianos y resuena en todas las épocas y lugares. Pero Dios ha querido en nuestro tiempo suscitar una más clara, sentida y universal conciencia de esta obligación. Compete, pues, a todos los cristianos el responder activa y convincentemente a esta urgencia de Dios para extender su Reino entre los hombres.

El formador comprenda que no se trata de lograr que los muchachos dediquen algunas horas de su tiempo a realizar actividades apostólicas más o menos atractivas. De lo que se trata, primeramente, es de que cada adolescente sea profundamente consciente de que tiene que ser apóstol las veinticuatro horas de su día, de que tiene que pensar y vivir polarizado por la salvación de las almas que Dios le ha encomendado. Será necesario, pues, que el educador vaya formando, poco a poco, esta personalidad apostólica en cada muchacho, con entusiasmo, paciencia y decisión, aprovechando cualquier ocasión para encender el celo apostólico y para erradicar el egoísmo escondido detrás de una falsa concepción cristiana, individualista y minimalista.

EL NUEVO LAICADO: TENDENCIAS, PROMESAS E INCERTIDUMBRES

EL NUEVO LAICADO: TENDENCIAS, PROMESAS E INCERTIDUMBRES
                                               
Jeffrey Klaiber, S.J.
 
(Publicado como capítulo en el libro editado por Margit Eckholt y Fernando Barredo, S.J., Cuidadana y memoria: reflexiones en vista a la conmemoración del bicentenario de la Independencia, Quito: Abya-Yala, 2012, págs. 259-276).
    
Desde la perspectiva del Concilio Vaticano II, creo que podemos afirmar que el fenómeno más importante en la historia de la Iglesia latinoamericana entre 1930 y 1989 fue la emergencia de un laicado comprometido eclesial, política y socialmente.  Por cierto,  hubo grupo precursores en el siglo XIX y comienzos del XX que surgieron para defender la Iglesia y el catolicismo frente al liberalismo y al positivismo, pero estos grupos funcionaban en un marco muy estrechamente clerical y no tenían un proyecto social muy definido.  En cambio, la Acción Católica , que surgió en toda América Latina en los años 20 y 30 como una respuesta a los reiterados llamados del papa Pío XI, tenía un proyecto común y gozaba de gran vitalidad.  Los católicos militantes que formaban parte de la Acción Católica tomaron como modelo la Acción Católica italiana,  que establecía la parroquia como su base principal y dividía los miembros en secciones para hombres, mujeres y jóvenes. Con el tiempo surgieron también secciones especializadas, como la JOC (Juventud Obrera Cristiana), y grupos para profesionales, secretarias, etc.  La Acción Católica respondía a los retos de su tiempo: el liberalismo anticatólico, el marxismo y el protestantismo.
        Aunque la Acción Católica insistía en que no era un movimiento político, no obstante, en el trasfondo y entre líneas, subyacía el ideal de una nueva Cristiandad.  Se proponía retomar el control de la sociedad que había sido arrebatada por los liberales, quienes se habían esforzado en marginar la Iglesia del foro público con el fin de crear una sociedad puramente laica.  Por lo tanto, los militantes de la Acción Católica respondieron fundando partidos políticos católicos, sindicatos católicos, y dentro de las universidades, asociaciones de estudiantes católicos, etc.  El gran ideólogo de la Acción Católica fue Jacques Maritain quien, inspirándose en el concepto de la “democracia cristiana” previamente anunciada por León XIII, instó a los católicos a volver al foro público y retomar el terreno perdido.   A diferencia de la época anterior, en la que predominaban clérigos, los portavoces intelectuales de esta restauración católica eran laicos: en Brasil Jackson de Figueiredo y Alceu Amoroso Lima; en el Perú,  José de la Riva Agüero y Víctor Andrés Belaúnde, Laureano Gómez en Colombia, etc.  Sin embargo, no todos compartían la misma visión.  Algunos eran francamente integristas que soñaban con una sociedad católica con rasgos corporativos como en el caso de Portugal bajo Salazar o luego la España de Franco.  Otros, como Eduardo Frei Montalva y la generación de los socialcristianos en Chile, buscaban una sociedad cristiana, pero también socialmente justa y democrática.  Las semillas de las futuras divisiones entre católicos ya existían desde los años 30.
        En los años de la pos-guerra, por distintas razones, la Acción Católica comenzó a decaer.  Entre otras razones, algunos de sus dirigentes laicales sentían el llamado al sacerdocio, como por ejemplo, Helder Câmara, Gustavo Gutiérrez y José Dammert.  Otros dirigentes entraron directamente en la política, generalmente con el fin de fundar los nuevos partidos de la Democracia Cristiana.   Pero la razón principal de su decadencia fue el hecho de que la Acción Católica ya no respondía a los nuevos retos de la modernidad que encontró su expresión máxima en el Concilio Vaticano II.  En el Concilio se enfatizaba, ya no la confrontación, sino el diálogo, ya no la apologética, sino la persuasión y la profundización bíblica, con miras hacia la unión con los otros cristianos. En una palabra,  ya no la defensa cerrada frente al mundo hostil, sino la apertura hacia todas las personas de buena voluntad, sean católicos, protestantes o humanistas no creyentes.
        Antes de pasar a la etapa de la “Iglesia moderna”, sería conveniente resaltar los aportes positivos de la Acción Católica.   En primer lugar, representó una etapa de transición, de una Iglesia muy conservadora y cerrada frente al mundo moderno, a una Iglesia mucho más abierta.  También, la Acción Católica servía como una escuela de formación para los laicos, que se sentían un llamado a asumir un papel protagónico en defensa de la Iglesia.  En general, los militantes provenían de las clases medias urbanas.  Pero, hubo excepciones.  Rigoberta Menchú, por ejemplo, fue activista en la Acción Católica de su pueblo en Guatemala.  Ella atribuyó su capacidad de organizar como dirigente sindical a su experiencia en la Acción Católica en su juventud[1].  También, los militantes de la Acción Católica se empaparon de la doctrina social de la Iglesia.  No entraban en el foro público sólo para defender los intereses de la Iglesia , sino también para cambiar la sociedad y eliminar injusticias.  Finalmente, del lado positivo, la Acción Católica dio a los militantes un sentido de formar parte de una Iglesia latinoamericana: antes de los obispos, los laicos tenían un concepto de una Iglesia latinoamericana.
        Por otra parte, como ya hemos señalado, la Acción Católica a veces asumía una actitud demasiado defensiva frente al mundo moderno.  Al mismo tiempo, al enfatizar la formación intelectual, no atendía  los problemas afectivos o familiares.  Tampoco ofrecía una buena formación bíblica o litúrgica, lo cual sería una tarea más bien propia de la Iglesia pos-conciliar.
La Iglesia moderna: 1945-1968 
En los años de la pos-guerra surgió lo que podemos llamar la “Iglesia moderna” (1945-1968): “moderna” porque tomó como marco de referencia la Iglesia de las democracias occidentales,  sus valores y  actitudes, en el contexto de la Guerra Fría.   Entre los valores que se estimaban y que se priorizaban eran la democracia misma, el pluralismo, la eficacia y, por supuesto, el rechazo al comunismo.  En 1955 se creó el CELAM y al mismo tiempo se crearon las distintas conferencias episcopales: signos de una nueva mentalidad que privilegiaba la cooperación intercontinental como un medio más eficaz que los esfuerzos aislados de los obispos individuales.  A nivel pastoral surgieron ciertos movimientos que llenaron vacíos no atendidos por la Acción Católica : el Movimiento Familiar Cristiano y los Cursillos de Cristiandad.  Los cursillos, nacidos en España en 1949, gozaron de bastante popularidad entre hombres de clase media y en muchos casos sirvieron para que volvieran a la práctica de la religión.  Compartieron con la Acción Católica su carácter militar (y podemos agregar, “machista”).  Llama la atención el hecho de que la mayor parte de los militares en el gabinete de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) en el Perú y de Juan Onganía en Argentina (1966-69) fueran cursillistas.  También, en la época de la modernidad se construyeron seminarios y templos “modernos”, caracterizados por los espacios amplios y libres de “santos”.  Al mismo tiempo llegaron misioneros de las democracias occidentales en respuesta a los llamados de los papas (Pío XII y Juan XXIII especialmente) para enfrentar la crisis de la escasez sacerdotal.  En el trasfondo de esta nueva cruzada también había una preocupación creciente acerca de los avances del comunismo.  Efectivamente, aparecieron movimientos guerrilleros en varias partes que tomaron como su modelo la revolución cubana. 
El momento cumbre de la Iglesia moderna fue el mismo Concilio Vaticano II (1962-1965) que de forma solemne celebró la apertura de la Iglesia hacia el mundo moderno.  Las palabras “aggiornamento” y “diálogo” se pusieron de moda.  En sí, el Concilio no impactó notablemente en América Latina.  No obstante, el Concilio fue importante como una experiencia eclesial que abrió los ojos de muchos obispos y teólogos hacia la realidad de América Latina.   Un ejemplo notable fue el obispo Samuel Ruiz de Chiapas.  Cuando llegó a su diócesis como el obispo más joven de la Iglesia mexicana, se escandalizó al ver la multitud de idiomas mayas y la persistencia de prácticas pre-cristianas.  Durante el Concilio y a lo largo de los años sesenta llegó a apreciar el nuevo concepto de “inculturación”.  Al volver a su diócesis puso en marcha un programa para formar a catequistas indígenas que, por cierto, evangelizaban en sus propios idiomas.

La Iglesia popular: 1968-1992

 

         La etapa de la Iglesia moderna llegó a su fin muy rápido.  Había un sentimiento entre algunos de que la modernidad era un proyecto un tanto superficial que no respondía al llamado del Concilio en el contexto latinoamericano.  Como Samuel Ruiz en Chiapas, quien originalmente pensaba  “modernizar” su diócesis (enseñar castellano a los mayahablantes e imponer una Iglesia occidental), muchos llegaron a pensar que la nueva evangelización debería ser un proyecto nacido desde abajo y no impuesto desde afuera o desde arriba.  Mucho antes del Concilio ciertos obispos preclaros como Manuel Larraín de Talca eran concientes de la necesidad de aplicar el concilio a América Latina, pero tomando en cuenta la problemática propia de América Latina.  Así surgió la asamblea episcopal de Medellín en 1968.
        En ese contexto nació la Iglesia “popular” (1968-1992), que era creación de un proceso desde abajo y de corrientes intelectuales que se inspiraron en el proceso y que a su vez influyeron en el proceso.  En primer lugar, la teología de la liberación, que se presentó como un contraste a las teologías del desarrollo que correspondían a la etapa de la Iglesia moderna, se inspiró en el libro del Éxodo aplicado al mundo contemporáneo.  Así como Dios acompañó a los hijos de Israel en su búsqueda de la Tierra Prometida , en la actualidad también está acompañando a los pobres del Tercer Mundo en su búsqueda de la Tierra Prometida de paz y justicia.  Se trata de un proceso de liberación de estructuras injustas, y de la esclavitud de la ignorancia y del pecado individual y social que se manifiesta en esas estructuras injustas.  Al mismo tiempo, Paulo Freire aportó al proceso el concepto de “concientización”: en la medida en que los oprimidos se hacen concientes de la realidad social que los rodea, se hacen libres.  Un tercer concepto, que ya mencionamos en relación a Samuel Ruiz, es el de la “inculturacion”, originalmente asociado con las teologías de las iglesias jóvenes de Asia y África, pero que muy pronto se aplicó también a América Latina.  El concepto de la inculturación enriquece los conceptos de liberación y concientización porque propone la idea de que la cultura misma puede ser una fuente de esperanza o de resignación fatalista.  Evangelizar dentro de las categorías culturales de cada pueblo o cada etnia es aportar al proceso de la auto- conciencia y liberación.  Desde luego, hubo etapas en este proceso.  Juan Luis Segundo señaló dos etapas en la historia de la teología de la liberación[2].  En la primera etapa, que corresponde a los años iniciales, se priorizaba el diálogo con el mundo académico y con los universitarios.  Con frecuencia se recurría a categorías marxistas.  Se cuestionaba la religiosidad popular, al menos algunos aspectos, como alienantes.  Pero, luego, en la medida en que la misma teología llegaba al pueblo popular, y sobre todo bajo la persecución desatada por los escuadrones de la muerte en Centroamérica o las dictaduras militares en el Cono Sur y Bolivia o Sendero Luminoso en el Perú, hubo un cambio dramático en los enfoques.  Se acentuaba mucho más la Biblia como fuente de  inspiración.  Hubo una mayor comprensión de la religiosidad popular, y, como se observa en las obras del teólogo argentino Juan Carlos Scannone, un mayor aprecio de la religiosidad popular como una fuente y expresión de sabiduría popular[3].  
        Sería interesante tomar casos concretos de conversión, de la Iglesia moderna a la Iglesia popular, en la que influyeron todos estas nuevas corrientes.  El caso de los padres de Maryknoll en el Sur andino peruano sirve como ejemplo.  Los padres de Maryknoll llegaron al departamento de Puno en 1943 a solicitud del obispo como una respuesta a la escasez de sacerdotes.  Los padres de Maryknoll eran ejemplos por excelencia de sacerdotes “modernos”: norteamericanos, eficaces, con la mentalidad típicamente norteamericana de  know how, sin prejuicios clasistas ni racistas, dispuestos a trabajar codo a codo con la gente local.  Asumieron la dirección del seminario menor de Puno con el objetivo “moderno” de formar sacerdotes futuros.  Sin embargo, en el año 1969 cerraron el seminario menor.  Durante los 26 años en que funcionaba, cerca de 800 jóvenes de toda la región habían pasado por sus aulas.  Sólo 12 llegaron a ser sacerdotes[4].  Muy desanimados por ese hecho, pero también bajo la influencia de las nuevas corrientes en la Iglesia , los padres de Maryknoll cambiaron radicalmente su estrategia pastoral.  Decidieron ir a los pueblos y formar una Iglesia desde abajo.  Se dedicaron a formar catequistas adultos, en este caso quechua o aymara hablantes.  En  pocos años ya existía una red de centenares de catequistas indígenas por toda la región.  En realidad, los padres de Maryknoll estaban haciendo exactamente lo que Samuel Ruiz en Chiapas, Leonidas Proaño en Riobamba y muchos otros obispos, sacerdotes y laicos comprometidos en otras partes de América Latina estaban haciendo: dando origen a una Iglesia auténticamente indígena.    
En Chiapas, el padre Mardonio Morales, quien formó parte de una misión jesuita que se estableció  en la región en 1958, habla de cuatro etapas en el proceso de la creación de una iglesia indígena.  En la primera etapa, los jesuitas, con la típica mentalidad prevaticana, creían que su misión  consistía en “civilizar” a los indios, es decir, enseñarles a hablar y escribir castellano, con el fin de incorporarlos a la cultura del resto de la nación.  En su misión sólo el 6 % de los indios (en su mayoría de la etnia tzeltal) hablaba castellano.   Los misioneros también construyeron escuelas y clínicas, dieron clases de catecismo (por cierto en castellano) y organizaron una campaña contra el alcoholismo.  En una segunda etapa, que coincidió con el comienzo del Concilio Vaticano II (1962), los jesuitas comenzaron a cuestionar sus métodos y su estrategia pastoral.  Entre otras novedades, empezaron a apreciar la importancia de las fiestas locales.   En la tercera etapa, que empieza a fines de la década de los 60, las nuevas ideas acerca de la inculturación ya habían comenzado a influir en los misioneros.  En este contexto, los jesuitas invitaron a un grupo de antropólogos y sociólogos de la Universidad Iberoamericana para ayudarles a replantear su manera de trabajar.  La idea clave ahora era fomentar el desarrollo: fundar cooperativas de crédito, programas de alfabetización, enseñar nuevos métodos de agricultura, etc.  También, ahora los misioneros usaban el idioma nativo en la liturgia.  En la cuarta etapa, que comienza en 1971, y que claramente refleja la asamblea episcopal de Medellín y la teología de la liberación, los jesuitas comenzaron a denunciar la injusticia social.  Al mismo tiempo animaron a los nativos a participar directamente en la política con el fin de enfrentar las injusticias en la misma estructura del poder[5].  Finalmente, podemos hablar de una quinta etapa: los jesuitas se dedicaron a formar a catequistas adultos quienes se comunicaban con el pueblo en su propio idioma.   En 1970 había cerca de 400 catequistas.  En 1974 se realizó el primer Congreso Indígena que dio origen a varios grupos de autodefensa y de derechos humanos[6].   
        Desde luego, había consecuencias políticas y sociales directas de estos nuevos enfoques pastorales.  Los catequistas rurales, influidos por la teología de la liberación o sencillamente por el llamado de ser laicos comprometidos, entendieron la acción cívica y la participación en la política como una expresión de su compromiso como cristianos.  Desde luego, muchos cristianos participaron directamente en el movimiento sandinista para derrocar a Somoza en Nicaragua, y durante el régimen sandinista también participaron en las campañas de la alfabetización y ocuparon puestos en el gobierno[7].  En el caso de Chiapas, era un hecho conocido de que muchos de los zapatistas eran catequistas formados por el obispo Samuel Ruiz[8].  Este hecho explica  porqué el mediador propuesto por las bases zapatistas  para tratar con el gobierno federal fue el mismo Samuel Ruiz.   En el Perú, muchos catequistas rurales eran ronderos formados por el obispo Dammert de Cajamarca, y en el Sur andino, los catequistas formados en la nueva línea de Medellín constituían una red de resistencia frente al avance de Sendero Luminoso[9].   

Las comunidades eclesiales de base

        Paralelamente a este movimiento de catequistas rurales surgieron las comunidades eclesiales de base, sin duda uno de los fenómenos más importantes en la historia de la Iglesia latinoamericana.  Las comunidades tienen su origen en Brasil a comienzos de los años 60[10].  A mediados de los años 80, sólo en Brasil había alrededor de 80,000 comunidades eclesiales de base, y cada comunidad tenía entre 50 y 100 participantes [11].   En el resto de América Latina había a la sazón también unas 80,000 comunidades.  Si bien se crearon en parte para enfrentar la crisis de la escasez de sacerdotes, muy pronto adquirieron su propia fisonomía y dinámica interna.  Sobre todo, el propio Concilio Vaticano II, al proponer a la Iglesia misma como una comunidad, y no meramente una estructura jurídica, dio un impulso grande a la estrategia pastoral de formar pequeñas comunidades dentro de las parroquias.  La gran mayoría de los miembros es de escasos medios económicos,  y, según un estudio en el caso de Chile, el 70% son mujeres[12].  En los años 70 y 80 las fuentes principales de inspiración eran la misma Biblia y la teología de la liberación.  A diferencia de las antiguas cofradías, las comunidades tienen una conciencia eclesial bastante bien definida y crítica.  También, aunque muy pocos de los participantes han alcanzado estudios universitarios, no obstante, muestran un conocimiento bastante sofisticado de la política y la economía.   Suelen reflexionar sobre la problemática social y política desde una perspectiva bíblica y teológica.   Durante las dictaduras, las comunidades constituyeron los pocos espacios donde los cristianos podían reunirse y discutir libremente la situación social.  Las comunidades eran especialmente importantes para las mujeres de clase popular, ya que les ofrecían espacios donde podían sentirse protegidas al amparo de la  Iglesia.  También , como en el caso de Rigoberta Menchú en la Acción Católica , las comunidades, sin querer, se convirtieron en escuelas de liderazgo, ya que las discusiones les  abrieron los ojos acerca de realidades que no habían aprendido en el colegio.  Al mismo tiempo,  el compartir en grupos pequeños fortalecía su auto-estima y capacidad de expresarse.  También, las comunidades dieron origen a otras asociaciones populares para las mujeres de carácter más secular[13].    El crecimiento y el impacto de las comunidades fueron tan notables que el teólogo Leonardo Boff afirmó que ellas estaban “reinventando la Iglesia ” desde abajo[14].  Tal vez esa afirmación es un poco exagerada, no obstante, tiene mucho de verdad.  
        Mucho se ha escrito acerca de las comunidades eclesiales de base, tanto su crecimiento como su posterior declinación en número.  Algunos autores afirman que el pentecostalismo ha ocupado un espacio dejado por las CEBs ya que ofrece soluciones eficaces a problemas más inmediatos y apremiantes como, por ejemplo, el alcoholismo, el machismo, la violencia doméstica, etc.  En cambio, para muchos pobres es demasiado agobiante analizar los grandes problemas sociales, lo cual exige la teología de la liberación, y enfrentar al mismo tiempo los problemas cotidianos.   Al mismo tiempo, se notaba que la falta de crecimiento coincidía con el retorno a la democracia (Argentina, 1983; Brasil, 1985; Chile, 1990).   Algunos autores señalan que la teología de la liberación y la Iglesia popular, con su énfasis en el reino de Dios, creaba expectativas utópicas y casi mesiánicas.  Durante la gran lucha (contra las dictaduras, la pobreza, el imperialismo, y otros signos del pecado social) los militantes reforzaban los lazos de solidaridad en preparación para la gran liberación.  Desde luego, no eran fundamentalistas ni ingenuos.  Siempre creían que el “reino” es un proyecto de Dios que se realizará sólo al final de los tiempos.  Sin embargo, el retorno a la democracia, curiosamente, produjo cierto desencanto: la democracia no solucionaba los problemas más agravantes y al mismo tiempo se perdió algo de la mística de lucha, en parte porque nadie quería luchar contra la democracia, aunque por cierto, se seguía criticando el capitalismo neo-liberal, y en parte, porque en tiempo de paz es difícil vivir en constante tensión en preparación para la venida del Reino (una lección que aprendieron los primeros cristianos).  Con el retorno a la democracia, que coincidía con el advenimiento de la posmodernidad, los pobres volvieron a centrar su atención en los problemas cotidianos que se prestaban a algún tipo de solución, y dejaron los grandes problemas sociales para los políticos e intelectuales[15].  Además, los obispos conservadores desconfiaban de las comunidades eclesiales de base, y frecuentemente las tacharon de ser una “Iglesia paralela”.    Finalmente, en el contexto del retorno a la democracia, la teología de la liberación entró en una nueva fase “populista”.  En efecto, se convirtió en una suerte de teología populista que legitima y acompaña el movimiento popular[16].   

Movimientos bíblicos

         El movimiento de las comunidades eclesiales de base es el más conocido y estudiado, pero no es el único a nivel popular.  En Lima en 1981 un laico, Juan Huaylinos, fundó el Servicio Bíblico Católico que actualmente cuenta con alrededor de 1,000 miembros en todo el país.  Los participantes se reúnen en pequeños grupos durante la semana para rezar y estudiar la Biblia.  El SBC se parece en algo a las comunidades eclesiales de base y a la vez a las asambleas pentecostales.  No tiene la misma apertura a la problemática social que las comunidades, ya que enfatiza más bien la problemática familiar.  Movimientos parecidos han aparecido en toda América Latina y se han reunido en la Federación Bíblica Católica.  Éste y otros  movimientos similares, que claramente representan una respuesta católica al pentecostalismo, ponen de manifiesto la existencia de una nueva conciencia bíblica entre católicos de clase popular.   Algo parecido es el Camino Neocatecumenal, de origen español, que forma pequeñas comunidades en las parroquias y, en este caso, privilegia la liturgia que a veces puede durar dos horas.  También, fomenta la formación de fuertes lazos comunitarios que a su vez han ayudado a muchas personas a enfrentar y resolver problemas personales.  Por otro lado, el Camino Neocatecumenal ha sido criticado por sus tendencias sectarias y exclusivistas: sus comunidades no suelen compartir con otros grupos de la misma parroquia o bien, realizan sus actividades con poca referencia a la parroquia.   También, durante un tiempo, el movimiento carismático católico ( la Renovación Carismática Católica), que apareció en los años 70, tuvo una acogida notable entre ciertos sectores de las clases medias y populares.  Según estudios recientes parece que ha llegado a un tope y ya no crece como antes.

Otros Grupos en la línea del Conclio Vaticano II

        También existen grupos a nivel de clase media y clase media popular que tienen una historia más larga que la Iglesia popular.  Por ejemplo, las comunidades de Vida Cristiana de los jesuitas, antiguamente conocidas como las congregaciones marianas.  Las antiguas congregaciones estaban estrechamente vinculadas a los colegios y las parroquias de la Compañía de Jesús.  En los años 60 experimentaron una profunda renovación al calor del Concilio y las nuevas orientaciones de la Compañía durante el generalato de Pedro Arrupe.  Se inspiran en la espiritualidad ignaciana, y los miembros hacen los ejercicios espirituales anualmente.  Las comunidades son muy parecidas a las comunidades eclesiales de base: consisten en grupos relativamente pequeños, hacen una revisión de vida, y estudian la Biblia o algún documento eclesial, como, por ejemplo, el documento de la asamblea episcopal de Aparecida.  Ya no están vinculadas necesariamente a los centros educativos de la Compañía , sino, más bien, acogen a todos los que sienten un llamado a compartir  la espiritualidad ignaciana.   En otro ámbito, también existe una rama de seglares de los franciscanos: la Orden Franciscana Seglar, antiguamente conocida como la Tercera Orden Franciscana.  También ha experimentado una renovación al calor del Concilio y fue refundada con una nueva regla que fue aprobada por Pablo VI en 1978.   En 1992 había 120,000 miembros, todos laicos, de la Orden Seglar Franciscana en toda América Latina[17].  Hay otras asociaciones pre-vaticanas como la Legión de María (fundada en los años 20) que se han ajustado a los cambios.  Finalmente, hay muchos católicos comprometidos que laboran en asociaciones por la paz y  los derechos humanos.  Estas asociaciones u organizaciones no gubernamentales no están vinculadas necesariamente a la Iglesia oficial (como lo fueron, por ejemplo, la Vicaría de la Solidaridad en Chile o Tutela Legal en El Salvador); no obstante, los miembros son católicos comprometidos que consideran su trabajo como una expresión  de su fe. 

Los grupos conservadores

         Después del Concilio surgieron varias nuevas asociaciones laicales que, juntamente con algunas de la época pre-vaticana, constituyen una verdadera fuerza en la Iglesia, y muchas -no todas- son de corte muy conservador.  Entre estos movimientos podemos mencionar: el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, el Sodalicio de la Vida Cristiana, Schoenstatt, Comunión y Liberación, Tradición, Familia y Propiedad, y desde luego, el Camino Neocatecumenal y la Renovación Carismática, que mencionamos antes.
Para algunos autores la palabra “conservador” no precisa bien el carácter de estos movimientos; antes bien, reúnen muchos rasgos de una “secta”.  Entre otros rasgos, se establecen como enclaves autónomos en el seno de la Iglesia y no suelen cooperar con otros  grupos eclesiales, sobre todo si los últimos siguen los lineamientos del Concilio Vaticano II.  Con frecuencia se presentan ante el mundo como el verdadero portavoz de la Iglesia y critican a los que no están de acuerdo con su manera de pensar. Tachan a otros grupos identificados con el Concilio Vaticano II o los ideales propuestos por la asamblea episcopal de Medellín como “marxistas” o “herejes”.    Desde luego, su manera de ser y de obrar es típicamente pre-vaticana.  El ejemplo más claro es la Fraternidad de San Pío XI (que, por cierto, no es un movimiento laical), fundada por el obispo francés, Marcel Lefebvre.  Este grupo sencilla y llanamente rechaza el Concilio Vaticano II, y ellos mismos han sido separados de la Iglesia.   Aunque estos movimientos  hayan comenzado como asociaciones laicales, casi todos se han “clericalizado”, y hasta han creado sus propias ramas de sacerdotes que gozan de un estatus especial en la organización. Al interior de los movimientos, las líneas de autoridad suelen ser verticales y la organización ejerce un control estricto sobre los miembros.  Entre otros signos de este control, se desanima el compartir con personas fuera de la institución y no se fomenta el libre intercambio de ideas.   La sobre exaltación de la figura fundadora es otro rasgo que, curiosamente, comparten con ciertas denominaciones de índole para cristiana: los mormones, por ejemplo.  Casi todos estos movimientos dan prioridad al servicio de las elites económicas.  Desde luego, administran obras para los pobres, pero lo hacen dentro de un molde paternalista y conservador.  Inculcan en los estudiantes en sus colegios o en los pobres con quienes tienen contacto la importancia del trabajo, la honestidad, la auto-disciplina y la fe religiosa como elementos claves para avanzar en la vida.  Fomentan el “marianismo”: el hábito de sobre dimensionar la figura de María, que el propio Concilio Vaticano II ya no aprobaba.  Tienen una visión social muy individualista: cuando citan la doctrina social de la Iglesia , lo hacen de una forma tan abstracta y desconectada del mundo real, que la doctrina no tiene un significado verdadero en las vidas de los miembros.  Casi todos estos grupos enseñan una moral sexual rígida, típicamente pre-vaticana.  Desde luego, no practican ni creen en el ecumenismo.
        Si no lo tuvieron antes, casi todos estos grupos llegaron a adquirir un estatus jurídico dentro de la Iglesia , gracias a Juan Pablo II, que los apreciaba porque no criticaban a la misma Iglesia y porque reforzaban los vínculos entre la Iglesia y grupos políticos del centro y de la derecha.  Los miembros generalmente provienen de las clases medias y altas. En Brasil destaca Tradición, Familia y Propiedad, fundada en 1960 en São Paulo por Plinio Corrêa de Oliveira, antiguo integrista.  TFP organizó marchas contra el gobierno de João Goulart, que los militares aprovecharon para legitimar su golpe de estado en 1964.   A causa de sus actitudes extremistas (idealiza la Edad Media y condena el Concilio Vaticano II por haber abierto las puertas al diálogo con los protestantes y judíos) y sus críticas hostiles a  personas (en particular, a  Helder Câmara) en la misma Iglesia que no comparten sus ideas, fue desautorizada por los obispos brasileños[18].    El Opus Dei es ampliamente conocido.  Con alrededor de 30,000 miembros en América Latina en  2003, el Opus Dei tiene una fuerte presencia en México, Argentina y Chile, aunque, numéricamente, la mayor parte de sus obispos (inclusive uno de sus dos cardenales en el mundo) se encuentra en el Perú[19].  La Obra tiene numerosos colegios y algunas universidades.  Los Legionarios de Cristo fueron fundados en 1941 en México por el sacerdote Marcial Maciel. Posteriormente, en 1959, él fundó el Movimiento Regnum Christi, el brazo laical.  Los legionarios, con aproximadamente 65,000 miembros en el mundo, están presentes en casi toda América Latina (y en los Estados Unidos).  Igual que el Opus Dei, tienen muchos colegios (145) y varias  (9) universidades.  Sodalicio de la Vida Cristiana fue fundada en 1971 en el Perú por el laico Luis Fernando Figari.   Jurídicamente, goza del estatus de una “Sociedad de Vida Apostólica”.  Tiene una rama para mujeres y promueve la ordenación de sus propios sacerdotes (actualmente cuenta con dos obispos en el Perú).  Está presente en 26 países.  La prensa asociada con Sodalicio, ACI Prensa, se caracteriza por sus ataques a la teología de la liberación y sus comentarios, casi siempre distorsionados, acerca de los jesuitas y otros grupos en la Iglesia.  Comunión y Liberación fue fundada en 1954 por el sacerdote italiano Luigi Giussani.  Cuenta con 48,000 miembros en 64 países.  Está presente en casi toda América Latina.  Es conocida por su apoyo abierto al partido de la Democracia Cristiana en Italia.  Schoenstatt (el nombre del lugar donde se fundó) es el más antiguo de todos los demás movimientos.  Fundado originalmente en Alemania en 1914, tiene una presencia notable en Chile, Paraguay y Argentina.  Regenta colegios para las clases medias y altas.  De todos los movimientos es el que más destaca por el culto a María.  Hay otros grupos entre los nuevos movimientos como los Focolares (fundada en Italia en 1943) que son más discretos.  Los Focolares se dedican principalmente a promover los valores familiares.   Ya hemos señalado que el Camino Neocatecumenal y la Renovación Carismática tienen algunos rasgos de una secta.
        Se ha discutido ampliamente el porqué de estas tendencias tan marcadamente conservadoras en la Iglesia , sobre todo durante el pontificado de Juan Pablo II.  Por un lado, el propio Papa favorecía grupos y movimientos que, además de su entusiasmo y vitalidad, no cuestionan la misma Iglesia y que cierran filas frente a los críticos externos.  Al mismo tiempo, el mismo Papa socavaba ciertas reformas importantes del Concilio como, por ejemplo, la colegialidad episcopal.  Los obispos conservadores que él nombraba en todo el mundo eran, con frecuencia, hombres formados en el Derecho Canónigo y con poca experiencia o sensibilidad pastoral.  Desde luego, ellos reforzaban estas tendencias conservadoras en sus respectivas diócesis.  Obispos como el cardenal Alfonso López Trujillo en Medellín (y que posteriormente llegó a ser presidente de la Congregación de la Familia en Roma) y el arzobispo de Managua, Miguel Obando y Bravo, públicamente se parcializaron con la derecha política y rehusaron dialogar con católicos de otras tendencias. 
De otro lado, para muchos católicos, los cambios puestos en marcha por el Concilio pusieron en tela de juicio su propia fe religiosa.  Ellos anhelan, más bien, la paz y la seguridad que ofrece una Iglesia inmovilizada en el tiempo, con ritos que les recuerdan  su infancia y con estructuras de autoridad bien definidas. Sobre todo, añoran la seguridad de tener respuestas claras en un mundo donde todo cambia y todo se cuestiona.  Parafraseando a Eric Fromm, muchos cristianos, católicos y evangélicos, sienten “miedo a la libertad”: libertad religiosa, política o social.   Por otra parte, los años 60, 70 y 80 constituyeron una época de gran inseguridad en América Latina: hubo revoluciones, movimientos armados, y un nuevo movimiento popular que surgía con fuerza en todas partes.  A estas realidades habría que añadir otro factor obvio: para las elites económicas, el Opus Dei, los Legionarios, los Sodálites y otros grupos similares, constituyen refugios donde no se cuestionan sus valores y, antes bien, se inculcan en los miembros la creencia de que su manera de ser católico es superior a la de todos los demás[20].  

Conclusiones

         Los movimientos laicales se fundaron con el fin de influir en el curso de la historia, pero ellos también a su vez son productos de los tiempos en que nacieron.  La Acción Católica, con su carácter militante, respondía a los retos del liberalismo, positivismo, socialismo, protestantismo, etc.  Sin embargo, no todos los militantes compartían la  misma visión acerca de la sociedad y del catolicismo.  Los integristas propusieron cerrar filas frente a la modernidad y al pluralismo.  Pero los socialcristianos aceptaban la necesidad de convivir con la modernidad, después de distinguir entre los valores compatibles con el cristianismo de los valores que no eran.  Para ellos, la construcción de una democracia cristiana era el ideal.
        En la época de la Iglesia Moderna , muchos cristianos entendieron la modernidad como un llamado a ser más eficaces, más responsables socialmente, más dialogantes con otros sectores en la sociedad y más abiertos intelectualmente a nuevas corrientes.  Al mismo tiempo, en el contexto de la Guerra Fría , favorecían partidos de corte reformista como una alternativa a movimientos izquierdistas. También, al calor de la Alianza por el Progreso,  promovían proyectos de desarrollo.  Otros cristianos, de mentalidad integrista, apoyaron las dictaduras que se legitimaron bajo el concepto de la Seguridad Nacional (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Bolivia, Guatemala, entre otros). 
        En la etapa de la Iglesia Popular (Medellín hasta Santo Domingo), surgió en toda América Latina un movimiento popular que reclamaba el derecho de una mayor participación política.  Paralelamente, surgió un movimiento popular en la misma Iglesia que se expresó concretamente en las comunidades eclesiales de base, o bien, en distintos movimientos bíblicos, el Camino Neocatecumenal o la Renovación Carismática   y otros grupos similares.  Las comunidades eclesiales de base constituyeron, sin duda, el fenómeno más significativo en la historia de la Iglesia latinoamericana, ya que por primera vez los laicos de las clases populares se sentían verdaderamente protagonistas en la construcción de su propia Iglesia. 
        Pero, al mismo tiempo, surgió un movimiento conservador, fuertemente respaldado por el papa Juan Pablo II y los nuevos obispos conservadores.  El movimiento conservador en la Iglesia también era un reflejo de tendencias políticas y sociales de las elites económicas que desconfiaban del movimiento popular y más bien promovían el modelo neoliberal bajo la bandera de libertad.
        Al final de la década de los 80 y hasta hoy, y como consecuencia en buena parte de los nombramientos de obispos conservadores de mentalidad prevaticana, la Iglesia se encontraba y se encuentra actualmente profundamente polarizada.   Es tentador comparar esta época con la Independencia , ya que también en esa época había grandes divisiones internas: curas criollos enfrentados a obispos realistas, etc.   Si bien hay puntos de comparación, también destaca una gran diferencia.  En la época de la Independencia no se discutía el modelo de Iglesia, sólo la necesidad de convertir una Iglesia española en una Iglesia criolla.  Pero, después del Concilio Vaticano II y Medellín, lo que está en juego es el modelo mismo de Iglesia: o una Iglesia prevaticana, elitista, clerical, paternalista, autoritaria, o una Iglesia más pluralista, sensible pastoralmente a los problemas sociales y personales, ecuménica y que promueve el diálogo interno y la verdadera y real participación de los laicos, de todas las clases sociales.    A nivel político, el gran debate gira en torno a la pregunta de qué modelo de sociedad quieren los latinoamericanos.  Al mismo tiempo,  a nivel eclesial los católicos latinoamericanos se preguntan qué modelo de Iglesia prevalecerá.  Al comienzo del siglo XXI estas dos preguntas no se han resuelto.   Con toda seguridad, las tensiones que resultan de estas incertidumbres  se sentirán en  las discusiones y  los debates en torno a estos temas durante mucho tiempo.  
         


[1] Menchú, Rigoberta; Elizabeth Burgos Debray, Me llamo Rigoberta Menchú (Habana, Cuba: Casa de las Américas, 1983), pág. 208.
[2] Juan Luis Segundo, “The Shift within Liberation Theology”, The Month (octubre de 1984): 321-327.
[3] Juan Carlos Scannone, Teología de la liberación y doctrina social de la Iglesia (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987), pp. 133-144
[4] Jeffrey Klaiber,  La Iglesia en el Perú: su historia social desde la Independencia 3ªed.(Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1996), pp. 381-382.
[5] Jeffrey Klaiber, Los jesuitas en América Latina, 1459-2000 (Lima: Universidad Antonio Ruiz de Montoya, 2007), pp. 414-415.
[6] Ibid., pp. 415-416,
[7] Jeffrey Klaiber, Iglesia, dictaduras y democracia en América Latina (Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1997), 321-358.
[8] Ibid.,  pp. 425-426.
[9] Sobre el obispo Dammert y los catequistas rurales, véase Luis Mujica Bermúdez, Poncho y sombrero, alforja y bastón.  la Iglesia en Cajamarca: 1962-1992,  (Lima: Instituto Bartolomé de las Casas; Instituto Superior de Estudios Teológicos Juan XXIII; Centro de Estudios y Publicaciones, 2005); sobre los catequistas del Sur andino, véase la tesis doctoral de Esteban Judd, M.M., “The Emergent Andean Church: Inculturation and Liberation in Southern Peru, 1968- 1986” (Berkeley, California: Graduate Theological Union, 1987), pág. 41.
[10] Sobre los orígenes de las comunidades eclesiales de base, véase Marcello Azevedo, Comunidades eclesiais de base de inculturaçâo da fe (São Paulo: Ediçoes Loyola, 1986); Scott Mainwaring The Catholic Church and Politics in Brazil, 1916-1985 (Stanford, California: Stanford University Press, 1986); Guillermo Cook, The Expectations of the Poor.  Latin American Base Ecclesial Communities in Protestant Perspective (Maryknoll, Nueva York: Orbis Books, 1985) y Andrew Dawson, The Birth and Impact of the Base Ecclesial Communities and Liberation Theological Discourse in Brazil (San Francisco: Catholic Scholars Press, 1999). 
[11] Cook, The Expectation of the Poor, págs. 68.
[12] Gabriel Valdivieso R. y Carmen Silva D., Animadores de comunidades eclesiales de base: una promesa de corresponsabilidad laical (Santiago de Chile: Centro Bellarmino, Centro de Investigaciones Socioculturales,    [CISOC], 2001), pág. 7. 
[13] Sonia E. Alvarez, “Politicizing Gender and Engendering Democracy”, en Alfredo Stepan (ed.), Democratizing Brazil (Nueva York: Oxford University Press, 1989), pág. 210.
[14] Leonardo Boff,  Eclesiogénesis: las comunidades de base reinventan la Iglesia (Santander: Sal Terrae, 1979)
[15] Manuel A. Vásquez, The Brazilian Popular Church and the Crisis of Modernity (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1998),
[16] Véase Jeffrey Klaiber, “Prophets and Populists: Liberation Theology, 1968- 1986” , The Americas ( Academy of American Franciscan History ), XLVI, num. 1 (Julio de 1989): 1-15.
[17] Manuel Domínguez, O.F.M., La Orden Franciscana Seglar en el Perú: pasado y presente (Lima, 1992), págs.277-278.
[18] Sobre Tradición, Familia y Propiedad  véase Penny Lernoux, The People of God.  The Struggle for World Catholicism (Nueva York: Viking Penguin, 1989), págs. 338-346.
[19] John Allen, Opus Dei (Nueva York: Doubleday, 2005), págs. 253-255.
[20] Sobre los nuevos movimientos, véase el artículo de Daniel Moya, “Los nuevos movimientos en la Iglesia desplazan a los ejércitos más arraigados”, Revista Andar, año XXI, Nº 203 (diciembre de 2003), que ha sido reproducido en la página web de Pépe Rodríguez: http://www.peperodríguez.com/cristianismo/totalitarismo_católico_poder_es.htm. ; Michael A. Hayes, New Religious Movements in the Catholic Church (London: Burns & Oates, 2005).
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