LA PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS Y LAICAS EN LA IGLESIA

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LA PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS Y LAICAS EN LA IGLESIA

Estrella Moreno Laiz

Instituto diocesano de Pastoral Bilbao

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Estrella Moreno es una cristiana de la diócesis de Bilbao con encomienda pastoral y remuneración desde hace 14 años. Comienza su estudio afirmando el resurgir de la vocación laical en la Iglesia. Un resurgir motivado por cuestiones teológicas e histórico-coyunturales. En su argumentación ve luces en este proceso y, también, algunas sombras. Propone seguir avanzando en colaboración y corresponsabilidad.

 

¿Es posible hoy describir la realidad de la Iglesia sin referirse a los laicos y laicas? En mi opinión, no. Gracias a la eclesiología del Pueblo de Dios y a la recuperación de la figura del laico surgidas del Concilio, en las últimas décadas hemos asistido a un renacimiento de la realidad laical de la Iglesia, que puede calificarse como una muy buena noticia para el conjunto de la comunidad eclesial. Se podría decir que nunca como hoy en la historia de la Iglesia ha habido tantos laicos vocacionalmente conscientes y corresponsables con la misión global de la Iglesia. Sin embargo, como todo en la vida, esta es una realidad con luces y sombras, con logros y retos pendientes, que es lo que voy a intentar desgranar a lo largo de esta exposición, según mi humilde experiencia y opinión.

Tengo que decir, también, para que vosotros, lectores, os situéis respecto a quién escribe, que soy una cristiana de la diócesis de Bilbao, laica, con encomienda pastoral y remuneración desde hace 14 años. Por lo tanto, escribiré desde lo que mi propia vivencia como persona eclesialmente comprometida me ha aportado, y desde las dificultades que he detectado, también en otros laicos, para poder ser realmente miembros adultos y corresponsables en nuestra Iglesia.

 

1.- Una realidad de laicos participando

La realidad laical de la Iglesia no sólo es amplia en número sino en formas. Comprende desde las vivencias más básicas de pertenencia eclesial a las más conscientes y comprometidas. Vamos a intentar recorrer esta pluralidad, pero desde una mirada concreta: la participación en la dinamización de la vida eclesial. En la descripción voy de menor a mayor participación y responsabilidad. También este es el orden temporal: en los últimos años se ha vivido con intensidad cómo los laicos se han hecho más presentes en el desarrollo de la acción evangelizadora, primero, y se han ido incorporando, después, a tareas de responsabilidad.

 

a) Los dominicales

El grupo más amplio dentro de los laicos sigue siendo aquel que mantiene un nivel básico de pertenencia eclesial, sobre todo a través de la celebración de la eucaristía. Es difícil hablar de este grupo como un verdadero colectivo, porque también en él podríamos diferenciar subgrupos con características propias. Se declaran creyentes y miembros de la Iglesia, pero en general no se plantean dar pasos hacia una mayor implicación con ella. No son dinamizadores, sino receptores de la acción eclesial, fundamentalmente litúrgica. Muchos necesitarían pasar de ser meros bautizados a ser creyentes conscientes de su vocación y misión, a vivirse como seguidores de Jesús. El reto, en este caso, es buscar espacios y herramientas adecuados para ir propiciando un encuentro transformador de estas personas con Jesús, que desemboque en una vivencia más consciente y comprometida de su fe.

 

b) Laicos implicados en el desarrollo de un área pastoral

Hoy hay un gran número de laicos y laicas participando en todas las áreas pastorales, desde la catequesis o los procesos con jóvenes y adolescentes, a otras que han ido tomando importancia como son la pastoral familiar (los procesos que preparan a los novios y a los padres que piden el bautismo para sus hijos, y los espacios que posteriormente se generan), la liturgia (desde los lectores que participan en la eucaristía a personas que dinamizan celebraciones de la Palabra entre semana o personas que dirigen las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero), y Caritas (que además de trabajadores cuenta con una infinidad de voluntarios en los que se apoyan los diferentes programas). Es decir, hay laicos implicados en todas las dimensiones de la acción eclesial: en el anuncio de la Palabra y la iniciación a la fe, en la celebración de la fe, en la práctica de la caridad y en la animación de la comunidad cristiana.

Son creyentes de todas las edades, aunque, mirados en conjunto, predominan los que se sitúan en la franja 50-65 años. En una mayoría abrumadora, mujeres: ellas son el sustento de la acción evangelizadora de la Iglesia hoy, en su dimensión real y práctica, aunque esto no se corresponda con el nivel de responsabilidad que detentan. Destacan también los jóvenes, que si bien son una minoría dentro de su colectivo juvenil, son muy activos. Debemos valorar mucho su compromiso en este contexto social apático e individualista, y religiosamente tan indiferente, sobre todo en este grupo de edad.

Estos laicos y laicas son los engranajes que hacen que los proyectos funcionen y el rostro visible y cercano de la Iglesia para muchas personas. Son personas entregadas, muchas de las cuales dedican un número muy importantes de horas y de desvelos, en un compromiso que se prolonga durante muchos años de la vida.  Pero más habitualmente de lo que nos gustaría son meros peones, sin oportunidad para participar en el diseño de los proyectos en los que participan. Generalmente son entendidos como colaboradores del párroco o cura correspondiente, pero no como co-responsables o responsables. Raramente han recibido un envío público por parte del responsable pastoral que les hace tomar conciencia a ellos y a la comunidad, por una parte, de que son encomendados por ella a desarrollar esa tarea, y por otra, del valor y la importancia de su participación. Se mueven en el terreno del voluntariado, generalmente durante muchos años de compromiso con un proyecto, habitualmente con dificultades para encontrar relevos que les sustituyan pasado un tiempo razonable. Muchos necesitarían reforzar su capacitación teológico-pastoral, pero a veces no reciben las ofertas adecuadas para ello, y otras veces, las propias urgencias pastorales impiden que puedan dedicar un tiempo a este menester.

 

c) Laicos responsabilizados en la coordinación-dinamización de un área pastoral.

Son personas responsables de áreas o de proyectos concretos que pueden referirse a una unidad pastoral o arciprestazgo (por ejemplo, la responsable del equipo de catequistas de la unidad pastoral, o la coordinadora de Caritas),  o de un nivel vicarial o diocesano (por ejemplo el delegado de Apostolado Seglar de una diócesis, o la directora del Secretariado Diocesano de Juventud). Estos laicos y laicas tienen un encargo pastoral que proviene de la comunidad parroquial, de una congregación religiosa, de las Unidades Pastorales, Arciprestazgos o vicarías, o de la cabeza diocesana. En algunas ocasiones este encargo tiene un reconocimiento institucional y se recoge por escrito en un documento oficial que llamamos encomienda donde se detalla en qué consiste la tarea a desarrollar y durante cuánto tiempo. Pero esta es una práctica aún poco extendida, lamentablemente.

Como he mencionado, hay algunas congregaciones religiosas, como la escolapia, que comenzaron favoreciendo la creación de comunidades de cristianos adultos que caminan en comunión con los religiosos, pero han dado un paso más proponiendo a personas de esas comunidades el ejercicio de ministerios en clave de corresponsabilización pastoral con los escolapios de la Provincia de Vasconia. Es todavía una experiencia incipiente que intenta responder a la nueva realidad de las congregaciones, la Iglesia y el mundo.

Los laicos y laicas que englobo en este grupo tienen un mayor nivel de responsabilidad y generalmente coordinan y dinamizan a un equipo de personas del perfil que hemos descrito en el apartado anterior. Normalmente están en relación directa con el párroco o consiliario responsable final del área, aunque en algunas diócesis, todavía como experiencias minoritarias, se han ido constituyendo equipos ministeriales donde se incorporan estos laicos. Estos son equipos donde, además de los curas, participan los laicos y/o religiosos responsables de las diferentes áreas, y en los que se intenta plantear y decidir la estrategia pastoral de conjunto. Las encomiendas de nivel diocesano, debido a sus características propias, tienen otros espacios de coordinación y control directamente gestionados por la cabeza diocesana.

Estos laicos son personas muy implicadas, con un compromiso en cuanto a horas invertidas y dedicación muy fuerte. Viven experiencias diversas, pero demasiado habitualmente, sobre todo cuando se refiere a los voluntarios, hablan de un déficit de acompañamiento en la tarea, la falta de responsabilidad real sobre ella y la dificultad de encontrar nuevas personas que vayan sustituyendo a las de más edad.

Cuando el volumen de la tarea así lo requiere, se ha abierto la vía de la remuneración para facilitar la dedicación necesaria de la persona a la misma, pero también ésta es una experiencia aún minoritaria, al menos cuando nos referimos al caso español, porque si extendiéramos nuestra mirada a la realidad europea, nos quedaríamos asombrados de la cantidad de laicos dedicados a la pastoral y remunerados que existen en Iglesias como la alemana, la francesa o la suiza[1]. La diócesis con más laicos dedicados a tareas pastorales con encomienda y liberación en  España es la de Bilbao, que actualmente cuenta con 35 personas en esta situación.

En el caso de la diócesis de Bilbao, se da gran importancia a la formación de estos laicos y laicas, especialmente de los que tienen remuneración, que deben cursar, al menos, la diplomatura en Ciencias Religiosas.

Un apartado especial merecen los profesores de religión. Son un colectivo numéricamente amplio y con una importante tarea a desarrollar. Estos laicos necesitan obligatoriamente el aval que otorga la Missio Canonica en virtud de una formación teológica y pedagógica obligatoria. Estos laicos sí reciben un envío o misión eclesial por parte de su obispo, casi los únicos en algunas diócesis. Es un colectivo muy heterogéneo, con distintos grados de vinculación eclesial y recorrido cristiano.

 

d) Laicos enviados participando en el ámbito secular

Una mención también a estos laicos, realmente minoría. No porque no haya muchos cristianos, que los hay, participando en el espacio civil desde su condición de creyentes y en una clave de compromiso transformador, sino porque pocos se sienten en esta tarea enviados por la comunidad cristiana, y muchos menos reciben explícitamente tal encomienda o envío. En este caso, es muy importante la labor que han hecho en este campo los movimientos apostólicos, que por una parte, han creado conciencia entre los laicos de la necesidad del compromiso transformador en medio del mundo, y que por otra, acompañan a los militantes a vivir desde la fe el conjunto de su vida.

 

2.- Elementos que han favorecido esta realidad

Yo distinguiría dos tipos de razones: las teológicas y las histórico-coyunturales.

 

a) Razones teológicas

La eclesiología del Pueblo de Dios por la que apostó el Vaticano II, supera un modelo eclesial piramidal y basado en el binomio clérigos-laicos, para sustituirlo por una Iglesia de comunión y misión que apuesta por el de comunidad-ministerios. En este marco, el Concilio recupera y revitaliza la figura del laico. Se le reconoce miembro del Pueblo de Dios, incorporado a Cristo por el bautismo, hecho partícipe de la función sacerdotal, profética y real de Cristo (LG 31). Por primera vez se reconoce la vocación laical como tal (vocación admirable LG 34).

Por otra parte, se considera que hay una única misión de todo el pueblo cristiano, la misión de la Iglesia, que es dilatar el Reino de Dios. El apostolado de los laicos, por tanto, no es uno derivado del de la jerarquía, sino que es expresión del único apostolado que es el de la Iglesia (LG 33). Aunque a la vocación laical se la sitúa prioritariamente en la construcción del Reino en la sociedad, se abre la posibilidad a los laicos a una “cooperación más inmediata con el apostolado de la jerarquía” (LG 33) en el ejercicio de determinados cargos eclesiásticos. Y se da un paso más cuando se plantea la posibilidad de llegar a suplir al clero en tareas propias (LG 35,4).

Con estas breves referencias sólo quiero poner de manifiesto que el Concilio abrió unas posibilidades enormes para la participación y la corresponsabilidad de los laicos en la Iglesia. Las Iglesias que han querido hacerlo, tenían razones para promover una nueva realidad eclesial con mayor protagonismo laical.

 

b) Razones coyunturales

Es evidente que la realidad eclesial actual ha favorecido una mayor participación de los laicos en la vida de la Iglesia.

En primer lugar, la precariedad que se vive entre el colectivo de curas con sus diferentes manifestaciones ha sido determinante:

 

  • Por un lado, el descenso del número de vocaciones al presbiterado y el envejecimiento del colectivo ha sido el factor fundamental. El número total de curas no tiene nada que ver con lo que era hace 30 años, y la gran mayoría de los que están en activo son mayores de 50 años.
  • Esto ha provocado una sobrecarga de tareas de los presbíteros en activo que se dan cuenta cada vez más de que no llegan a todo y de que necesitan ayuda. Así, se han visto en la tesitura de elegir entre dejar desatendida una parroquia o un área pastoral, o pensar en nuevas soluciones, que se han movido entre la reorganización territorial  y la incorporación de los laicos y laicas.
  • Por otro lado,  ha habido un colectivo importante de curas y obispos que han asumido la eclesiología conciliar y que han intentando hacerla realidad en sus parroquias y diócesis.

 

En segundo lugar, entre algunos laicos ha ido naciendo la conciencia de su vocación y su misión, ayudados por algunos curas, los movimientos apostólicos y otras organizaciones laicales. Eso ha favorecido tanto una disponibilidad mayor para participar eclesialmente, como que ellos mismos hayan tomado la iniciativa ofreciéndose para realizar diferentes tareas y generando nuevos proyectos. Pero en este terreno, aún queda mucho por hacer.

En tercer lugar, la secularización, la imagen negativa de la Iglesia entre muchos sectores sociales y el progresivo alejamiento de fieles de la Iglesia,  han obligado a replantear el papel de ésta en la sociedad y las formas de evangelización. De esta manera, el contexto social e histórico ha marcado un terreno de juego más propicio para que los laicos comiencen a ser un nuevo rostro de Iglesia, más aceptable para muchos.

Creo que todos estos factores deberían ser leídos positivamente, como oportunidades que el Espíritu ofrece a la Iglesia para renovarse.

 

3.- Luces en esta experiencia

La incorporación del laicado a la tarea evangelizadora ha supuesto poner en práctica una Iglesia más corresponsable y participativa, que está generando, gracias a la aportación laical:

 

  • Nuevas formas, nuevas maneras de llevar adelante la pastoral. Al cambiar los actores (de varones célibes centrados en el mundo eclesial a hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, solteros y casados, incorporados al mundo laboral o estudiantil, o disfrutando de la jubilación tras haber pasado por él, ciudadanos con distintas preocupaciones y sensibilidades respecto a la realidad social, con una relación distinta a la pastoral con el resto de vecinos del barrio,…) cambia también el análisis de la realidad, las preocupaciones e intereses, los medios desde los cuales afrontarlos, el lenguaje utilizado, las formas, las relaciones… Por ejemplo, necesariamente la pastoral familiar será distinta cuando las entrevistas personales a las parejas y los encuentros con ellos son llevados adelante por laicos. Aún cuando ellos no hayan decidido qué es lo que se tiene que hacer (por ejemplo qué proceso debe llevarse con los novios, en qué se concreta y qué temas hay que abordar), lo harán de manera distinta a la de un cura, probablemente en mayor conexión con el sujeto que se acerca demandando un sacramento.
  • Una mayor sensibilidad hacia los problemas del mundo y de la vida cotidiana. Los laicos y laicas viven inmersos en lo secular: ese es el espacio que el Concilio les señala como más propio, aunque no exclusivo. Son la cara y la voz de la Iglesia en la vida cotidiana, pero también tienen que ser la voz del mundo y de sus problemas dentro de la Iglesia. Son los que trasladan al conjunto de la Iglesia los desvelos y las ilusiones de la gente, las búsquedas de sentido y espiritualidad de muchas personas, las demandas y las críticas que le lanzan a la Iglesia como institución…. Porque ellos no dejan de ser parte de ese mundo, de esa gente, aunque con una conciencia y una mirada peculiar: la que les aporta la fe. En realidad, estas afirmaciones no deberían ser exclusivas de los laicos. Esta es una tarea de todos, y no de un solo grupo, porque toda la Iglesia es secular: la Iglesia es mundo y está en el mundo. Está formada por hombres y mujeres como los demás, configurada como institución, incluso como Estado, sujeta a las leyes de la biología y de las circunstancias históricas, con la misión de, desde su ser en el mundo, hacer presente en él la vida de Dios y su acción transformadora. Sin embargo, habitualmente ¿no funciona aún la lógica de que para acercarse a Dios hay que separarse del mundo? ¿Realmente asumimos que el encuentro con Dios es mediado por lo humano, por lo profano, por el mundo? ¿No están haciendo dejación de su responsabilidad el resto de las vocaciones cuando encargan a los laicos de la secularidad?
  • Una imagen de Iglesia renovada. La gente de la calle identifica la imagen pública de la Iglesia con sus dirigentes: el Papa, los obispos, los curas. Llegar a la parroquia y encontrarse en la acogida con una mujer, por ejemplo, puede sorprender pero, en general, agradablemente. Entre los no creyentes funciona una imagen negativa de la Iglesia, a lo que contribuye ver a los curas como los hombres “distintos”, separados de la realidad que ellos viven todos los días. Encontrar un laico desmonta esa imagen, siempre que sea una persona acogedora, dialogante, resolutiva, práctica.
  • Una organización con espacios más plurales. Se han dado algunos pasos en el terreno organizativo importantes. En la mayoría de parroquias existe el Consejo Parroquial como espacio de información y corresponsabilidad; también en muchas diócesis existe el Consejo Pastoral Diocesano, presidido por el Obispo y en el que participan laicos, religiosos y presbíteros. En muchas diócesis hay experiencias de participación en la elaboración de los Planes Pastorales y de Evangelización, además de experiencias de Sínodos y Asambleas diocesanas. La participación del conjunto de vocaciones aporta pluralidad, riqueza, diversidad.
  • Una nueva reflexión sobre los ministerios. La incorporación laical a tan diversas tareas, que implican a todas las dimensiones de la acción eclesial, obliga a repensar el tema de la ministerialidad en la Iglesia. Como hemos visto, la realidad de participación laical es variada, pero lo cierto es que existen casos de personas formadas, que se sienten vocacionalmente llamadas, ejerciendo tareas pastorales con un envío y una encomienda, algunos dedicados a jornada completa con una retribución económica, algunos también con largos años de dedicación y con disponibilidad para permanecer al servicio… Creo que hay situaciones donde deberían utilizarse sin miedo las palabras ministerio laical y reconocerse oficialmente. Es cierto que es un tema complicado:
    • Por una parte, porque entre los propios laicos hay muy poca reflexión hecha sobre el tema, y porque había que definir qué es un servicio pastoral y qué es un ministerio.
    • Por otra, porque esto supone repensar también el ministerio ordenado, su ser y misión, y su papel en una Iglesia toda ministerial. Esto es, a mi juicio, lo más complicado de hacer hoy porque genera muchos miedos y recelos entre la jerarquía eclesial, en mi opinión, no justificados.

Aún es un tema muy incipiente, en el que se han dado muy pocos pasos, pero lo menciono aquí porque probablemente lo poco que se ha hecho ha sido empujado por la constatación de la realidad de la participación laical.

  • Unos laicos más formados. En la medida en que los laicos han ido desarrollando tareas, han descubierto la necesidad que tenían de herramientas pastorales y de profundización teológica. La formación contribuye a ahondar en la identidad creyente, aporta claves para el diálogo con la Modernidad y la Post-modernidad, ayuda a tomar conciencia de la vocación y tarea del laicado y de la Iglesia, y aporta criterios y herramientas para llevarla adelante.

 

4.- Sombras

Sin embargo, dentro de esta experiencia hay también sombras y cuestiones graves que la oscurecen. Son verdaderos retos a afrontar si queremos consolidar esta experiencia.

 

  • Colaboradores, no corresponsables. Hasta ahora he destacado cómo ha habido una incorporación de los laicos en la acción de la Iglesia que es en sí misma muy positiva. Pero sus realizaciones más generalizadas no lo son tanto. La mayoría de la veces, el laico vive la experiencia del clericalismo, del paternalismo clerical y de vivir en una permanente minoría de edad en la Iglesia. Se siente trabajador y responsable, ilusionado con el proyecto en el que se ha implicado, pero a la vez decepcionado con el párroco, obispo o curia que sólo le considera “fuerza de trabajo”, pero que no le consulta, y cuando lo hace, le recuerda que los órganos de participación son meramente consultivos; que toma decisiones por él, arrogándose en perfecto conocedor de sus intereses y necesidades; que quiere que sea correa de transmisión de mensajes con los que ni siquiera sabe si está de acuerdo o no… Es cierto que en esto pesan mucho la historia y la costumbre: los laicos estamos poco acostumbrados a tomar la iniciativa y sentir que tenemos algo que decir, y los curas no están acostumbrados a trabajar en equipo, y menos con otros a los que consideran menos preparados y con poco criterio. Pero en este caso, claramente la responsabilidad mayor la tiene el ministerio ordenado.

 

La Comisión Episcopal de Apostolado Seglar reconocía esta situación así:

    • Los Obispos apenas consultamos a los seglares ni les ofrecemos puestos de alguna responsabilidad pastoral.
    • Los sacerdotes, por su parte,cuentan con los seglares para problemas concretos ya decididos previamente por ellos, o simplemente, prescinden de los seglares por considerar que complican más que ayudan en la vida pastoral.
    • En ocasiones todavía el ministerio pastoral es concebido como un poder más que como un servicio y la parroquia como un patrimonio personal.”[2]

Estas prácticas ponen en entredicho la eclesiología del Pueblo de Dios[3].  La igualdad fundamental de los hijos de Dios que nos hace hermanos (“…se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y la acción común de todos los fieles para edificación del cuerpo de Cristo” LG32) necesita visibilizarse realmente en estructuras. Toda actuación de la comunidad exige la participación de sus miembros en su diseño y puesta en práctica. De lo contrario, ¿cómo puede ser, si no, “de la comunidad”? ¿Cómo se pueden sentir los laicos concernidos e involucrados en ella?

La corresponsabilidad no pone en cuestión que en la Iglesia exista un principio de autoridad, pero ni ese principio debe estar ejerciéndose permanentemente (en la mayoría de nuestros procesos y decisiones eclesiales no se pone en juego la comunión ni la verdad de la fe) ni el ministerio ordenado tiene sentido sin la comunidad: ese servicio ministerial no puede ejercerse al margen de la vocación a la corresponsabilidad eclesial y el sentido de la fe fundados en el bautismo.

Nos encontramos con muchos casos de hombres y mujeres adultos, con responsabilidades familiares, con formación superior, en puestos de dirección en sus trabajos, que al llegar a la Iglesia son tomados por gente necesitada de permanente tutela y dirección. Con estas actitudes estamos provocando el hastío, la decepción, el éxodo de personas muy valiosas, en un contexto, además, en el que la gente se acerca a la Iglesia por convicción, no por costumbre ni obligación. Ni siquiera por razones utilitaristas, esta es una buena práctica.

Una cosa es la inexperiencia o la falta de formación y otra es la falta de capacidad. Las dos primeras sólo se solucionan si dejamos que los laicos se curtan en el terreno pastoral y tomen responsabilidad: es precisamente el ejercicio de esta lo que nos hace crecer.

 

  • Laicos realmente adultos en su fe. Los laicos que participan en la acción pastoral son los más eclesialmente identificados, los que viven mayor grado de pertenencia a la comunidad creyente y por tanto, con una fe más elaborada. Pero aún quedan muchos pasos que dar en ese sentido. Hay que avanzar en la experiencia de fe de este colectivo para que sea una fe basada en un encuentro personal con el Dios revelado en Jesucristo y que se traduzca en unión fe-vida. Es importante también ayudar a descubrir la condición laical como una verdadera vocación y de qué forma ésta se va concretando. En la medida en que seamos conscientes de nuestra dignidad y de nuestras posibilidades podremos también demandarlas.
  • Laicos insuficientemente formados. En el punto anterior decía que hoy tenemos un laicado con más formación, pero todavía son minoría en el conjunto.  La formación, en este caso me refiero a la teológico-pastoral, es un elemento que aporta al laico seguridad, criterios y opinión. Lamentablemente, para algunos curas esto le convierte en un elemento molesto, porque ante él van a necesitar argumentar sus decisiones. Pero para llegar a ser considerados adultos dentro de la Iglesia, este es un elemento irrenunciable.
  • Laicos no organizados. La mayoría de los laicos que participan en la acción pastoral de la Iglesia no pertenecen a un movimiento o una comunidad laical. Esto, a mi entender, no es imprescindible, pero es muy conveniente. Los movimientos apostólicos y las pequeñas comunidades son espacios donde cultivar la fe, donde crecer en formación, pero también son escuelas de participación y corresponsabilidad. Sobre todo la Acción Católica, que en una de sus notas señala como elemento de identidad de los movimientos el protagonismo laical. En los movimientos y comunidades se aprende a pensar juntos, a analizar la realidad a la luz de la Palabra, a plantear estrategias de acción con otros, a llevarlas adelante entre todos. Estos son elementos muy necesarios en cualquier ámbito de la vida, también para la vivencia eclesial. Pero además los laicos y laicas experimentan que existe verdadera corresponsabilidad también dentro de la Iglesia, que se puede ser adulto responsable en ella, que es posible el disenso y la pluralidad sin que eso signifique “estar fuera”. Por otra parte, la organización siempre tiene más fuerza que el individuo a la hora de tomar iniciativas o elevar una palabra pública.
  • Laicos cuestionados en su laicidad. Hay algunas voces, que cada vez se oyen más frecuentemente, que dicen que, siendo lo secular el ámbito propio del laicado, la dedicación a la pastoral supone una traición a la verdadera vocación y tarea del laico, y que genera una “clericalización” del colectivo. Me parece que este argumento esconde un deseo de alejar a los laicos de la responsabilidad eclesial, que han llegado a convertirse en un elemento molesto que no deja campar a algunos curas a sus anchas en lo que ellos consideran su feudo. Ante esta idea, hay diversos argumentos que esgrimir: los teológicos, los históricos y los prácticos.

 

    • Los primeros se refieren a que la misión de la Iglesia es una y para el conjunto de la Iglesia, y que separar lo secular para los laicos y lo eclesial para los ordenados no tiene razón de ser: todos debemos estar implicados en dilatar el Reino de Dios en el mundo, y en el mantenimiento de la comunidad eclesial que debe ser signo de la voluntad salvífica de Dios en medio de él.
    • Desde el punto de vista de la historia eclesial, por ejemplo, Pedro tenía suegra (Mc1, 29-31), es decir, tenía esposa; Pablo tenía un oficio y lo considera un signo de autenticidad apostólica (2Tes 3); en la carta de Timoteo, al mencionar las características de un obispo se dice que “ha de regir su familia con acierto,…, pues si uno no sabe regir la propia familia ¿cómo se ocupará de la Iglesia de Dios?” (1Tim 3, 1-7). ¿Debemos pensar, entonces, que estas personas no desempeñaban bien su tarea eclesial por su condición secular, o viceversa, que la secularidad no formaba parte de su identidad, anulada por su dedicación eclesial?
    • Por otro lado, pensar que dedicar tiempo a la tarea intraeclesial, aún cuando sea tanto como una jornada laboral, cuestiona la secularidad del laico es no conocer a los laicos. Por ser encomendados a una tarea eclesial no dejamos de ser padres y madres, hijos e hijas, amigos, ciudadanos, trabajadores, aficionados a diferentes hobbies,  consumidores,…, y uniendo todo eso, creyentes. ¿Acaso no es esto vivir en medio del mundo? ¿Acaso se puede pensar que nuestra familia nos preocupa menos que el proyecto pastoral en el que trabajamos? ¿Acaso no estamos llamados a construir Reino en todos los ambientes en los que nos movemos, en todos los ámbitos de la vida? ¿Acaso en ellos no está Dios?

 

Sólo recojo este argumento si quiere ser un aviso para que los laicos no caigamos en las prácticas que detectamos en algunos curas y que criticamos: acaparar información, acaparar poder, tender al autoritarismo respecto a otros laicos…

 

  • Una experiencia aún poco extendida y consolidada. Si pensamos en números absolutos, todavía somos pocos. Muy pocos en puestos de responsabilidad, muy pocos plenamente dedicados a la evangelización. Queda mucho por andar.
  • Los nuevos movimientos laicales. En los últimos tiempos asistimos al desarrollo de nuevos movimientos de laicos de corte tradicional, con una manera de vivir la fe más intimista y menos preocupada por el diálogo con el mundo y el compromiso transformador. Con esto quiero indicar que entre los laicos, como en el resto de la comunidad creyente, hay pluralidad y distintas apuestas respecto a qué modelo de Iglesia impulsar y qué papel deben jugar los laicos en ella. Y esta pluralidad tiene muy pocos lugares de encuentro y diálogo donde poder dejar caminos en paralelo y empezar a definir una vía por la que todos podamos avanzar.

 

5.- Mirando hacia delante

Por un lado, se constata que en la Iglesia en los últimos años vivimos una involución hacia posiciones más conservadoras en todos los campos. Desde ahí, podemos esperar que los máximos responsables eclesiales nogenerarán grandes avances en lo que se refiere a la corresponsabilidad laical. El modelo de laicado a potenciar será el laico colaborador, mero ejecutor de las indicaciones que el cura correspondiente le indique.

 

Sin embargo, también confío en que la realidad se irá imponiendo: la Iglesia no se sostiene, y cada vez menos se va a sostener, sólo con los curas. Contar con los laicos y laicas para desarrollar su tarea evangelizadora no será una opción que se pueda elegir o no, sino una obligación. Confío también, que las nuevas generaciones laicales, nuestros jóvenes de hoy, que mayoritariamente están viviendo unos procesos de iniciación cristiana más vivenciales y participativos, que toman la iniciativa cuando se trata de iniciar a otros jóvenes, que tienen mayor formación…, precisamente porque están viviendo otros modelos eclesiales, puedan seguir recreándolos y demandándolos. Creo que no podemos renunciar a nuestra tarea como laicos de reivindicar y buscar nuestro espacio en la Iglesia, pero un espacio de calidad, que reconozca nuestra dignidad y nuestras capacidades. Para eso es importante organizarse para no quedar diluidos en la globalidad eclesial. También apoyarse en los curas y obispos más proclives a ello, generando prácticas de corresponsabilidad al menos a niveles locales.

Lo fundamental es situarse en claves de cooperación y no de competencia. Los laicos no están ahí como adversarios en una lucha de poder, sino como seguidores de Jesús que quieren responder a su llamada y colaborar en la edificación de una Iglesia cada vez más fiel a Jesucristo. Confiemos en el Espíritu y su fuerza renovadora.

 

 

ESTRELLA MORENO LAIZ

 

[1] Una descripción detallada, también del caso español, en Jesús Martínez Gordo, Los laicos y el futuro de la Iglesia. Una revolución silenciosa,PPC, 2002.

[2] CEAS, El seglar en la Iglesia y en el Mundo , Edice, Madrid, 1987, p.28.

[3] De hecho, es sintomático que ya se haya sustituido este término, en el mejor de los casos, por el de eclesiología de comunión, porque generalmente se presenta la eclesiología conciliar como de comunión jerárquica.

 

Fuente: http://www.pastoraljuvenil.es/la-participacion-de-los-laicos-y-laicas-en-la-iglesia/

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Categorías:Laicos

Los principales líderes de la acción social de la Iglesia, protagonistas del XIX ‘Católicos y Vida Pública’

Los responsables de la ACdP RD

La XIX edición del congreso contará con la presencia de los presidentes de Mensajeros de la Paz, Ayuda a la Iglesia Necesitada, Justicia y Paz, la HOAC, Cáritas o el Foro de Laicos, así como al secretario general de Manos Unidas o Sant Egidio

(Jesús Bastante).- Diecinueve años después, el Congreso Católicos y Vida Pública ha logrado algo a lo que siempre aspiró, pero siempre tuvo dificultades para cumplir: convertirse en centro aglutinador de ‘toda’ la Iglesia católica en España, con sus distintos acentos y sensibilidades.

En esta edición, dedicada a “La acción social de la Iglesia”, la ACdP ha logrado incluir, en un mismo foro, a los principales líderes del ‘brazo social’ de la institución, ése que da credibilidad al mensaje evangélico en una sociedad que, cada vez más (encuestas mandan), coloca a la jerarquía fuera de las instituciones más valoradas.

Así, la XIX edición del congreso contará con la presencia, entre otros, de los presidentes de Mensajeros de la Paz, Ayuda a la Iglesia Necesitada, la Comisión de Justicia y Paz, la HOAC, Cáritas o el Foro de Laicos, así como al secretario general de Manos Unidas o la comunidad de Sant Egidio. Abrirá el foro Víctor Ochen, uno de los diez líderes más influentes de África; y lo cerrará el obispo de la sillas de ruedas de Camboya, Kike Figaredo.

 

 

La XIX edición del congreso coincide en el tiempo con la celebración de la I Jornada Mundial de los Pobres, instituida por el Papa Francisco, “un Papa increíble, con una influencia clave”, según señaló el presidente de la AcdP, Carlos Romero Caramelo, durante la presentación del mismo. Un congreso con muy poca presencia política, y donde la jerarquía eclesiástica apoya, avala, pero no protagoniza. Y es que “hay muchísima gente buena, que se deja la vida por los demás“, destacó el presidente de los propagandistas católicos.

“Hay muchas realidades que, desde el Evangelio, trabajan por un mundo más justo y que, por pudor, no sabemos dar a conocer”, admitió Romero Caramelo, quien subrayó cómo, uno de los objetivos, es dar visibilidad al impagable trabajo de decenas de miles de personas, de católicos, en todo el mundo.

De hecho, una de las ‘ofertas estrella’ de este Católicos y Vida Pública, tal y como anunció su coordinador, Rafael Ortega, es que cada ONG o institución social tendrá un stand en el congreso para dar a conocer su trabajo. También el CEU, cuya Escuela de Arquitectura es la artífice de las cabañas que se ven en todos los campos de refugiados del mundo.

Un tema, el de los refugiados, que estará presente en todo el congreso. Así, una de las conferencias girará en torno al caso de Ventimiglia, un municipio italiano próximo a la frontera francesa, donde se hacinan decenas de miles de personas sin que las autoridades de ambos países quieran hacerse cargo.

La responsable del voluntariado del campo, Alexandra Zunino, compartirá su experiencia en uno de los puntos de acogida más numerosos de Europa, en el que acuden como voluntarios profesores y alumnos del CEU. Además se estrenará el documental de CEUMEDIA ‘Una mochila para la vida’, con imágenes y testimonios de refugiados y de algunos de los voluntarios del CEU que colaboran en el citado campo de refugiados.

El trabajo en las otras “periferias existenciales” también se harán un hueco en el simposio, con experiencias de capellanes de prisiones, hospitales, voluntariado en la Cañada Real o con enfermos mentales. Tampoco faltará la denuncia de las dificultades laborales o las diferencias sociales.

La inauguración contará con la presencia del Nuncio, Renzo Fratini, quien leerá una bendición apostólica del Papa Francisco, y uno de los consiliarios de la AcdP, Fidel Hérraez. La misa conclusiva será oficiada por el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro.

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/solidaridad/2017/11/14/los-principales-lideres-de-la-accion-social-de-la-iglesia-protagonistas-del-xix-catolicos-y-vida-publica-religion-iglesia-acdp-ceu.shtml

Categorías:DSI

Los obispos españoles analizan con la Acción Católica el momento actual

Encuentro de los obispos españoles con la Acción Católica RD

No hay otro camino de generar apóstoles de Cristo que estando en los espacios que tenemos que estar, con el tiempo que nos lleva a la verdad de lo profundo y de lo coherente

(José Moreno Losada).- Me pongo a orar en la mañana y sigo con la colección de guiones de los ejercicios espirituales de este año con el lema de Hebreos: “Fijos los ojos en Jesús” (12,2). En concreto a la luz de la bienaventuranza “bienaventurados los ojos que ven lo que veis”, y la invitación a reavivar la esperanza.

Al contemplar este texto que me invita a vivir feliz en medio de aflicciones y dificultades, porque Cristo se deja ver y sostiene mi vida ministerial, recuerdo la vivencia de este fin de semana -Encuentro de consiliarios de JEC en Salamanca, reunión del equipo de profesionales en la sede de Madrid, encuentro con obispos en Arturo Soria -y en concreto la tarde de este domingo en la casa de Ejercicios, junto a Añastro, donde cuatro obispos de la CEAS (Javier Salinas, Carlos Escribano, Antonio Cantero, Antonio Algora) y el director del secretariado de dicha comisión (Luis Manuel), escucharon y dialogaron con los equipos permanentes de la Juventud Estudiante Católica y Profesionales Cristianos, atendiendo al sector del estudio, la escuela-universidad, la profesión y el ámbito cultural.

Un proceso de reflexión y vida

Para los obispos está siendo un trabajo maratoniano de diálogo y encuentro con los movimientos de la Acción Católica especializada de España. En la mañana habían estado con los movimientos de ámbito rural, por la tarde con nosotros y el lunes se encontraron en la mañana con la Frater, enfermedad y discapacidad, y los movimientos especializados en el sector obrero por la tarde.

Todos los movimientos han estado realizando un proceso de reflexión y puesta a punto durante tres años, acompañados por el obispo consiliario Carlos Escribano, y ahora es el momento de sentarse a la mesa y compartirlo en primer lugar con los obispos de la CEAS para después llevarlo y ofrecerlo a todos los demás obispos en la conferencia episcopal española.

El proceso ha invitado a analizar la realidad actual de los movimientos en el contexto secular y eclesial que vivimos, la actualización de su proyecto evangelizador y las posibilidades de evangelizar en el mundo actual con las nuevas claves y modos a los que se nos está llamando como conversión pastoral en estos momentos, desde la perspectiva de la Iglesia misionera, en salida que sabe y quiere estar en las fronteras, ocupando no solo los espacios sino viviendo también los tiempos y los procesos.

¿Un punto aparte?

El ambiente de este pasado domingo inspiraba la necesidad y el gozo de poder poner un punto y aparte y vivir una etapa nueva y viva, esperanzadora, de estos movimientos en conexión con los pastores y los proyectos pastorales de la Iglesia en España. No vivir de un pasado, salir de lo que pudiera separar y sospechar, para entrar con plena confianza en la tarea de evangelizar y llevar al hombre de hoy la buena noticia que le pertenece y que el Padre Dios quiere regalar a todos, especialmente a los que más sufren y desorientados viven.

Todos deseamos un nuevo momento. Reconocemos que la situación cultural, política y económica es nueva y está llena de dificultades y posibilidades. Ahora no es tiempo de quejas sino de encarnación amorosa y compasiva, desde la debilidad y la pequeñez, pero con la firmeza de un Evangelio que es válido para esta tierra y que llama a conversión a esta Iglesia que somos nosotros, para centrarnos en Jesús, nuestro Cristo, el verdadero Señor. Desde ahí el domingo nos autoconcienciamos, pastores y laicos, del potencial evangelizador que tenemos entre mano en estos movimientos, de la vida profunda y apuesta seria de jóvenes y adultos por el Evangelio y por el amor a la Iglesia que se entrega. Disfrutamos de una reflexión presentada por laicos jóvenes y profesionales de una altura y nivel admirable. Allí se detectaba formación, opciones, compromiso, fe y deseos de comunión para el único fin de esa Iglesia que somos como es el evangelizar.

Espacio, tiempo, proceso

Si algo quedó claro que no hay otro camino de generar apóstoles de Cristo que estando en los espacios que tenemos que estar, con el tiempo que nos lleva a la verdad de lo profundo y de lo coherente, y siendo fieles a los verdaderos procesos que no se quedan ni en sucesos ni en puros momentos. Que entienden que el Anuncio no puede serlo superficial ni el primer momento ni en el segundo y que todo esto es verdad no porque lo digamos nosotros o una doctrina, sino que la propia vida experimentada por estos laicos jóvenes y adultos lo confirma y valida.

Tiempo de escucha

Me maravilló ser y sentir a la Iglesia que escucha, durante casi dos horas los obispos y los consiliarios que allí estábamos: nos dejamos invadir por una reflexión llevada a cabo por dos laicos que traían los análisis y claves descubiertas a pie de calle y de vivencias de cientos de bautizados organizados para vivir su fe, sabiendo que le va la vida en ello.

Fue una verdadera experiencia de poder fijar los ojos en el Jesús que nos reaviva la esperanza: allí estaban los que venían de la vida, de la tribulación y los proyectos de esperanza y justicia, los expertos de la vida, los que saben de caminos andados, los que tienen corazones centrados y fijos en el Jesús del Evangelio, el Cristo, que enseñorea sus vidas. Lo hacen desde la realidad de lo pequeño, de la mostaza y la levadura, insignificantes pero fecundos, desde el pesebre, la cruz y compartiendo la mesa del Resucitado. Son los que se encuentran con los sufrimientos y alegrías de los hombres, siendo los suyos propios porque son unos más en la ciudadanía de lo secular y lo laical.

Un diálogo sincero

A partir de ahí el tiempo siguiente fue de comunión e interpelación en la comprensión mutua de pastores y laicos, sintiéndonos llamados a responder unidos en el Espíritu a este momento apasionante de la historia y de la Iglesia en nuestra sociedad, en nuestras realidades humanas cotidianas. La tarea sigue, la esperanza la mantiene, y lo de este domingo ha de ser un punto de partida de un momento nuevo porque los espacios y los tiempos así nos lo piden y así lo queremos todos.

Ayer la cuarta nota de la Acción Católica, estuvo más clara y más vida, y sobre todo fue fraterna. Esta Iglesia es la que realmente queremos y la Acción Católica especializada quiere seguir apostando por ella junto a sus pastores.

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Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/11/14/religion-iglesia-solidaridad-espana-obispos-espanoles-accion-catolica-coyuntura-actual-cultural-politica-economica.shtml

Categorías:Accion Catolica, General

VOCACIÓN DEL LAICO UN POCO DE HISTORIA

 

VOCACIÓN DEL LAICO UN POCO DE HISTORIA

TEMA 1

 

La historia de la Iglesia aporta una gran luz para captar la común vocación cristiana que subyace a las diferenciaciones que, desde ella, fueron apareciendo después.

 

 

1.- Nuevo testamento e Iglesia primitiva: Un pueblo de sacerdotes.

En el N.T. y en la Iglesia primitiva no se habla de laicos, ni de clero, ni de vida Religiosa. Se habla de la comunidad de los bautizados, de los hermanos, de los santos y elegidos, de los que siguen el Camino y se comienzan a llamar cristianos, que son Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu.

Y es que los evangelios y los escritos del N.T. narran la vida de Jesús y la interpretan mostrándonos una nueva idea de religión, un modo nuevo de vincularse con Dios y de lo que es una verdadera actividad sacerdotal que reconcilia y comunica con la divinidad, fr4ente el modo de concebir la religión que tenía el judaísmo de la época.

Los evangelios descalifican los comportamientos religiosos judíos tradicionales, sus mediaciones absolutas (la ley y el culto) y sus mediadores (los sacerdotes) para poner el acento en un modo de existencia humana que es la que permite conocer a Dios, relacionarse con él y vivir en comunión con la divinidad: la de Jesús. Él es el ejemplo y el que genera los comportamientos del hombre que vive según Dios.

Esto no lo entendieron las autoridades religiosas judías para quienes el cumplimiento perfecto de la Ley, las ofrendas y sacrificios del culto son lo esencial. Para ellas es incomprensible que sea misericordia y no el sacrificio lo que sea agradable a Dios y que el Dios Amor llame al hombre a amar de forma especial a los pobres, los marginados y pecadores (que son los más lejanos de él).

Jesús pone de manifiesto que el hombre “religioso” puede ser cumplidor de la ley y de sus obligaciones de culto y, sin embargo, no haya aprendido a querer a los demás y a confiar en Dios. Esto lo comprenden bien los pecadores que son los que se abren a esta afirmación de Jesús. Para ellos Jesús es la Palabra misma de Dios, el Hijo de Dios, porque les asoma a un horizonte en el que pueden confiar en Dios, abrirse al amor y afirmar su propia dignidad a pesar de su existencia pecadora. Jesús da un nuevo sentido a sus vidas y les revela el rostro de Dios.

Vivir como Jesús es tener libre acceso a Dios. En Jesús lo sacerdotal es su vida misma; al conocerlo, se conoce a Dios. Por eso para los sacerdotes y autoridades religiosas de Israel el comportamiento de Jesús era revolucionario y blasfemo. En Jesús se radicaliza la crítica de los profetas de Israel que denunciaban la separación entre culto y vida (ver Is. 29, 13; 1, 15 y ss; Os 6, 6; Am 5, 21; Mt 15, 3 y ss; etc).

Lo básico es la vida, y las relaciones con los demás cobran un nuevo significado. Los ritos no tienen un sentido en sí, al margen de la vida, sino que las actitudes y los comportamientos tienen significado de culto y sacrificio (Rom 12, 1-2). Es la vida la que da sentido al culto y a los ritos. Por eso el centro del culto está en el comportamiento cotidiano y la relación con Dios exige la solidaridad con los otros.

La vida de Jesús es una vida toda ella sacerdotal que se expresa en la conducta y el estilo con que afronta los acontecimientos. La Última cena es la síntesis y la plenitud de su entrega sacerdotal al Padre y a los hombres.

Lo sacerdotal y lo profético convergen en Jesús y en sus seguidores: el culto tiene que generar una vida santa y ser su expresión más adecuada. Es un sacerdocio profético. Se es sacerdote viviendo de una determinada manera, según el estilo de Jesús; no basta con ejercer funciones rituales y de culto.

Desde las tradiciones del N.T. y las comunidades primitivas no hay mas que un sacerdocio, el de Cristo, del que participa el conjunto de los cristianos que son un pueblo de sacerdotes de Dios y Cristo y siempre en una perspectiva existencial, no ritual.

Prevalece el polo comunitario de la Iglesia. Toda la comunidad participa de la vida eclesial, toda la Iglesia es misionera, toda la Iglesia se enfrenta a un mundo pagano y hostil, el Imperio romano, el Dragón apocalíptico, toda la Iglesia martirial, toda la Iglesia mantiene la tradición apostólica, toda la Iglesia recibe y asimila la Escritura, toda la Iglesia ora, toda la Iglesia es solidaria con los pobres, toda la Iglesia participa activamente en sínodos y concilios y en la elección de sus ministros, toda la Iglesia profundiza en su fe, actúa en el catecumenado y en la reconciliación de penitentes, toda la Iglesia es servidora y ministerial.

La primitiva comunidad, que vive en situaciones de desarraigo social y que espera impaciente la llegada de Cristo resucitado, tiene un sentido sacerdotal en cuanto testigo y seguidora de Cristo y de su proyecto de construcción del reino de Dios.

La vivencia que tienen del Espíritu es la que les hace subsistir en medio de persecuciones y hostilidad ambiental y participar en la misión como una comunidad profética y sacerdotal al mismo tiempo.

Es importante recalcar que estas afirmaciones se hacen en escritos del N.T. que conocen la existencia de ministros, de cargos y de dirigentes, ya que las comunidades cristianas están estructuradas jerárquicamente desde la pluralidad de carismas y ministerios. No todos son iguales en la comunidad ni todos tienen las mismas funciones, pero todos son sacerdotes y no hay mención de sacerdocio alguno que no sea el comunitario.

El pueblo de Dios consiste en esta Iglesia de hermanos que tienen una misma fe sin que jamás haya alusión al binomio clero/laicos. Hay una igualdad fundamental basada en la consagración bautismal. De ella se deduce una forma de vivir y de comportarse que es el sacramento de consagración por excelencia de la vida cristiana (Rom 6; 1 Cor 6, 15 – 20).

La originalidad de la comunidad cristiana respecto de la judía está en que en ella todos son sacerdotes y no sólo algunos; todos tienen acceso directo a Dios que les ha sido abierto por Cristo y les es dado por el Espíritu y todos son iguales en cuanto discípulos de Cristo.

Y, sin embargo, se trata de comunidades jerárquicas, con una estructuración ministerial y una gran pluralidad de funciones, carismas y ministerios. Esta variedad nunca puede desplazar la dignidad e igualdad común, la fraternidad en el estilo de vida y el ejercicio respetuoso y no autoritario de los cargos y responsabilidades.

La contraposición consagrado/no consagrado, sacerdotal/no sacerdotal se da siempre en el contraste entre cristianos y no cristianos y nunca como diferencia dentro de la comunidad.

Sin embargo, en el N.T. hay una diferencia sustancial entre los apóstoles, testigos de Cristo, y el pueblo de carismáticos, entre un ministerio apostólico y los diversos comunitarios. Esta diferencia no permite hablar de los primeros como sacerdotes y negar el sacerdocio a los segundos. Lo que afirma el N.T. es que todos son sacerdotes y que las dimensiones sacerdotales del ministerio apostólico, de las que sólo se cita la predicación de Pablo del evangelio, están al servicio del sacerdocio de todos.

El desarrollo posterior de las dimensiones sacerdotales del ministerio apostólico, que dará origen al “sacerdocio ministerial”, tiene que respetar y potenciar este sacerdocio de los fieles y no frenarlo o perjudicarlo.

Además, tanto el sacerdocio como el culto cristiano se dan en la vida y tienen consecuencias existenciales, más de comportamiento que de ritos. La división sagrado/profano es rebasada por una consagración personal, la bautismal, que hace todo en nuestra vida sagrado, toda ella en relación con Dios y ofrecida, como culto vivo, a Dios. La orienta toda a Dios y al servicio de los demás.

Las categorías sacerdotales del A.T. se leen en el N.T. desde la existencia profana y, sin embargo, sacerdotal de Jesús.

 

PARA REFLEXIONAR Y COMPARTIR

  • Jesús no vivió como sacerdote sino como laico y “profeta”; como ellos denunció el culto que no va unido a la confianza en Dios y a actitudes de amor y misericordia ¿recuerdas algunos pasajes evangélicos en los que se recoge esta actitud profética de Jesús ante la Ley o el Templo…?
  • Pero la carta a los Hebreos llama a Jesús “sacerdote”. Su vida y muerte fue mediación entre Dios y los hombres. Él es el único verdadero mediador. Los seguidores de Jesús estamos llamados a reproducir en nuestra propia vida el “sacerdocio profético” de Jesús.
  • En las primeras comunidades cristianas no hay diferencia entre clero y laicos, pero sí de funciones, ministerios y carismas. El ministerio apostólico es el primero y con el tiempo dará origen al “ministerio sacerdotal” (Ver 1Cor 12, 28 – 30)
  • En Jesús lo sacerdotal es toda su vida. Adhiriéndonos a Él por el bautismo también somos sacerdotes, profetas y reyes a su estilo. Lee Rom 12, 1 – 2 y piensa y expresa cómo podemos todos los cristianos ser sacerdotes de nuestra propia vida, ese “culto” de actitudes y comportamientos, de vida “ofrecida…”

 

 

2.- La Iglesia de cristiandad. De la “comunidad sacerdotal” a “el clero y los laicos”

A comienzos del s.III tenemos testimonios de que se designa con el título de sacerdotes a los ministros cristianos, se llama Sumo Pontífice al Obispo y se habla de funciones sacerdotales reservadas a los ministros ordenados.

Parece que todo esto está muy unido al desarrollo sobre la conciencia de la Eucaristía, su carácter de sacrificio que simboliza, representa y actualiza el sacrificio de Cristo que se entregó por nosotros. Se establecen correlaciones entre la Eucaristía y los sacrificios judíos y paganos a los que supera y anula, y los que presiden la Eucaristía acaban llamándose sacerdotes por analogía con los que ofrecen sacrificios judíos y paganos. Esta evolución histórica, teológica y eclesial constituye la base de la tradición dogmática que ve la fundación por Jesús del ministerio sacerdotal.

Además la expansión progresiva del cristianismo exige una multiplicación de presbíteros para atenderlos presidiendo pequeñas comunidades y Eucaristías en comunión con el obispo, pero con autonomía de él. El obispo, sin embargo, aunque al comienzo era el presidente nato de la Eucaristía, va siendo absorbido por funciones de gobierno y de administración de la Iglesia local y de enseñanza magisterial.

Desde el s. IV la sociedad se abre al cristianismo, primero como religión lícita y luego oficial. Surge la “cristiandad” y se anuncian los problemas que se agudizarán en la Edad Media. Decae el celo misionero, hay progresivamente un desplazamiento de lo bautismal a lo eucarístico y un alejamiento de las teologías del sacerdocio común. Se constituye una carrera clerical por grados, hasta llegar al último: el episcopal. Se crea poco a poco un cuerpo estamental con un estatus social, reconocido por el estado romano. Se desarrollan los privilegios que reciben los eclesiásticos de las autoridades y de los patricios. Se asemejan cada vez más a los funcionarios del estado y se distancian del pueblo. Padres de la Iglesia y teólogos protestaron, pero esta evolución prosperó.

También afectó a las condiciones de vida del pueblo cristiano y del sacerdote. Comienzan estos a “vivir del altar”, liberados por sus comunidades, y renuncian a una profesión profana. Se agrandan las diferencias entre el estado clerical y el pueblo. En el concilio de Elvira se adopta el celibato obligatorio para los clérigos de occidente.

Resumiendo, con el Constantinismo y la Cristiandad medieval, cuando desaparece la tensión Iglesia/mundo, porque todo el mundo ha sido bautizado, se agudizan las diferencias intraeclesiales: el ministerio apostólico se organiza en una estructura aparte, el clero, que sacraliza a los ministros haciéndolos mediadores entre Dios y el pueblo, los sitúa y ordena por encima de la comunidad, monopolizando los demás carismas, impone en occidente el celibato, margina a la comunidad de la elección de sus ministros, que se convierten así en funcionarios, dependientes, incluso económicamente, de la institución eclesiástica.

Como consecuencia, y al desarrollarse una parte de la comunidad (la jerarquía con su dimensión ministerial), surge un nuevo equilibrio eclesiológico. Surge el laicado, como el polo opuesto al clero y dentro de la Iglesia se hacen pasivos. Se empieza a equiparar Iglesia a clero y esto resta protagonismo a los laicos en la Iglesia.

Es verdad que en la eclesiología medieval siempre permanece la idea de que la Iglesia es una comunidad de personas, un pueblo, y el concepto de Iglesia designa indistintamente al conjunto de la Iglesia y a la sociedad. Hay una tendencia a resaltar la dimensión jerárquica pero se conserva una eclesiología comunitaria y personal.

Pero junto a esta teología comienza a abrirse paso otra que tiende a equiparar Iglesia y clero.

En una sociedad donde los señores laicos utilizaban los puestos eclesiásticos a su antojo como feudo o beneficio propio, los papas y eclesiásticos reformadores comienzan la lucha por liberar a la Iglesia del poderío laical. Uno de los instrumentos de reforma es precisamente éste: que los laicos se ocupen de los asuntos de la sociedad y los eclesiásticos de la vida interna de la Iglesia. La sociedad (el mundo) es de competencia de los laicos, la Iglesia es de incumbencia de los clérigos.

Esta contraposición de ámbitos dura hasta nuestros días y desde ella se hace plenamente comprensible la idea de que la Iglesia consiste principalmente (incluso a veces se equipara sin más) a los clérigos.

Esta visión se mantendrá hasta comienzos del siglo XX.

 

Pío X en la Vehementer Nos (1906) consagra esta visión eclesial: “La Iglesia es por su propia esencia, una sociedad desigual, es decir una sociedad que incluye a dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que ocupan un rango en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estas categorías son de tal forma distintas entre sí, que únicamente en el cuerpo pastoral reside el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir todos los miembros hacia el fin de la sociedad. Por lo que se refiere a la multitud, no tiene otro derecho sino el de dejarse guiar y, como rebaño fiel, seguir a sus pastores”.

La idea de Iglesia que subyace a esta visión es claramente vertical, jerárquica y piramidal. Esta eclesiología es la que ha consumado la separación de los ministros y los laicos y no ha desaparecido totalmente, a pesar de las correcciones del Vaticano II. Subsiste en muchas afirmaciones y documentos eclesiásticos, así como en la mentalidad popular. Cuando se dice: “la Iglesia afirma, piensa o hace algo”, se está pensando casi siempre en la jerarquía.

Con esta mentalidad no hay mucho lugar para acentuar la común igualdad y dignidad de todos los cristianos, que es anterior a la pluralidad de carismas y ministerios; el papel del Espíritu, que actúa en toda la comunidad de la que forma parte la jerarquía (sin que se niegue su función de autoridad jerárquica); la importancia del Bautismo y la Confirmación que hace de cada cristiano sujeto de derechos y obligaciones, tanto dentro como fuera de la Iglesia.

El Vaticano II ofrece un nuevo enfoque eclesial más comunitario, igualitario y espiritual (del Espíritu…) tanto de la Iglesia como del papel de los laicos.

PARA REFLEXIONAR Y COMPARTIR

  • Durante los siglos III, IV y V, el desarrollo y profundización en la Eucaristía, la importancia de las funciones sacramentales en la Iglesia y el aumento masivo de los bautizados van haciendo del clero un estamento cada vez más alejado del pueblo cristiano.
  • Surge la división clero/laicos, aunque se conserve una visión de la Iglesia como comunidad y se tenga claro que hay un sacerdocio de todo el pueblo de Dios.
  • En la Edad Media se añade un motivo más que va a separar en la Iglesia al clero de los laicos. Comienza en el siglo X, se consolida en el XI y llega prácticamente hasta el Vaticano II. Los laicos, el pueblo cristiano, se ocupa de las cosas seculares (del mundo, del siglo), los clérigos, de las cosas de la Iglesia. La visión de la Iglesia en este último caso es vertical, jerárquica y piramidal.
  • ¿Crees que la historia nos sirve para explicar mucha de la pasividad que existe aún hoy en nuestros laicos dentro y fuera de la Iglesia? Pon ejemplos.
  • ¿Qué idea de Iglesia crees que hay en los laicos que conocemos? ¿Y en nosotros?

 

Fuente: https://www.adcspinola.org/index.php/descargas-adcspinola/laicos-spinola/materiales-1/148-tema-1-vocacion-del-laico-haciendo-un-poco-de-historia-para-empezar

 

Categorías:Laicos

La labor de los laicos en la Iglesia

Introducción.

Cuando escuchamos hablar sobre qué es un laico en la Iglesia muchas personas piensan en cristianos de segunda categoría, hombres cuya labor en la Iglesia no es más que receptiva o meramente pasiva, frente a una “élite escogida” –la Jerarquía de la Iglesia– llamada a evangelizar y anunciar el Evangelio a las personas del mundo. Nada más equivocado de lo que es la realidad, y de lo que en es en verdad el Christifideles Laici o Laico cristiano.

La comprensión a través del tiempo sobre qué es fiel laico ha ido madurando a lo largo de la historia de la Iglesia. El laico no es un término inventado luego del Concilio Vaticano II para designar al resto fiel no clérigo como piensan algunas personas, es más bien una expresión hermosa de la diversidad de la Iglesia y de las múltiples funciones que hay en ella. Recordemos lo que nos dice S. Pablo: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo (1Co 12, 12)”.

En las primeras generaciones de cristianos convertidos por las misiones de los primeros apóstoles a lo largo del mundo, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Cristo, de ser parte de la comunión que se vive en torno a una persona que es Hombre-Dios, llegaba hasta el extremo de dar la vida por la fe. Vivir la vida cristiana era en serio. Llamarse “cristiano” era para muchos: sentencia de muerte. El amor que invadía los ardorosos corazones de estas personas por Dios y la Buena Nueva se expresaba en la sangre de su martirio, que a su vez eran semilla de nuevos cristianos. Ser cristiano era un don precioso, que ni la misma muerte podía arrebatar. Esto sin duda, a pesar de las diferencias del tiempo y del contexto, muestra el verdadero espíritu de lo que es ser cristiano ayer, hoy y siempre.

Siguiendo un poco más adelante en la historia, vemos la emergente santidad de diversos laicos cristianos que –a pesar de no ser muchos–, tuvieron un decidido compromiso con su fe y fueron testimonio para muchos de radical opción por seguir a Cristo y vivir los mandamientos hasta las últimas consecuencias. Entre ellos encontramos a los famosos eremitas y anacoretas como San Antonio, San Pacomio, Evagrio, entre otros. Además de estos, algunos laicos, gracias a la inspiración del Espíritu Santo fueron grandes fundadores de familias religiosas que persisten incluso hasta los días de hoy, como por ejemplo los benedictinos.

Con este pequeño recorrido de los primeros tiempos del cristianismo nos damos cuenta de cómo los laicos pueden contribuir de una manera original al desenvolvimiento del conocimiento y la práctica de la fe. Estos son y seguirán siendo una gran fuerza de la Iglesia para el cambio del mundo.

Ahora bien, el papel del laico y una cierta visión reducida sobre su identidad han existido en algunos sectores de la Iglesia en su historia. Eso, hay que aclarar, no es producto de que la misma Iglesia estuviese corrompida o no entendiera el mensaje cristiano, sino más bien producto de una natural madurez y comprensión de sus miembros. Una madurez, cabe decir, que va tomando forma más clara en las reflexiones y en el mismo resultado del Concilio Vaticano II.

El Concilio Vaticano II fue el principal acontecimiento eclesial del siglo XX, se realizó entre octubre de 1962 y diciembre de 1965 en un clima eclesial de renovación y apertura a los signos de los tiempos. Fue inaugurado por el “papa bueno” Juan XXIII que a los pocos años fue convocado a la casa del Padre y clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. El Concilio Vaticano II buscó responder a las inquietudes de la Iglesia y del mundo yendo a lo esencial, a su identidad más profunda, y desde ahí responder de manera renovada a los desafíos del mundo de hoy.

Uno de estos grandes desafíos que tuvo la Iglesia fue el de comprender mejor el lugar que ocupan los laicos en la misión de la Iglesia y lo sumamente necesarios que son para la construcción de la civilización del amor, en la que los mismos laicos –o seglares– son protagonistas esenciales.

El concilio tuvo 4 Constituciones, 4 columnas que sostienen el gran edificio de lo dicho por el magisterio pontificio en el Concilio Vaticano II. Una de ellas es la constitución dogmática “Lumen Gentium” que trata sobre la Iglesia; en ella separa el capítulo IV para hablar sobre los laicos, su papel y función dentro de la Iglesia y su misión en el mundo. También de los 9 decretos que existen del Concilio Vaticano II, uno habla sobre el apostolado de los Seglares: la Apostolicam Actuositatem. De estas dos perlas conciliares partirá mi reflexión sobre los laicos en el mundo de hoy.

¿Qué se entiende por laico?

La constitución Lumen Gentium nos da una definición a este término, dice:

“Con el nombre de laico se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo, según la parte que le corresponde”[1].

De aquí podemos extraer varios elementos que nos podrán ayudar a comprender la naturaleza del fiel laico:

a. Son miembros de la Iglesia: El laico se convierte en miembro de la Iglesia, se incorpora a Cristo como todo cristiano por medio del sacramento del bautismo. “Este carácter se aplica evidentemente también a los sacerdotes y a los religiosos; pero, puesto que el Concilio trata de estas dos categorías en otros lugares, limita aquí su punto de vista a los que no han recibido la ordenación sacerdotal ni se cuentan entre los miembros de un instituto religioso”[2]. Su participación activa en la Iglesia lo hace de manera consecuente llamado a la misión de la misma según las características particulares de su vocación laical.

Los laicos están “llamados a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación. El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia y a él todos están destinados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación. El laico es testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia”[3].

b. Participación a su manera de los 3 munus: La participación del laico en la Iglesia posee rasgos particulares pero se fundamenta en la misma de todo cristiano, es decir, en la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo.

Todo cristiano laico participa de la función sacerdotal por el hecho de ser bautizado. Es lo que se llama el sacerdocio común de los fieles. Como nos dice la constitución Lumen Gentium: «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque se diferencian esencialmente y no sólo en grado (essentia et non gradu tantum), se ordenan sin embargo el uno al otro; porque uno y otro participan a su peculiar manera (suo peculiari modo) del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad de la que goza, modela y dirige al pueblo sacerdotal, realiza in persona Christi el sacrificio eucarístico y lo ofrece en nombre de todo el Pueblo de Dios; los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la oblación de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y con la caridad operativa[4]». De esta manera los seglares están llamados según el modo que los caracteriza, a dar culto a Dios para la salvación de los hombres. Este culto es un “culto espiritual agradable al Padre[5]” que se expresa en la “entrega sincera de uno mismo a los demás[6]”. Los seglares dedican el mundo a Dios, y de este modo lo “consagran” –no el sentido de consecratio mundi– tanto por sus actos de adoración como por su actividad cotidiana. “El seglar consagra el mundo por el uso de los bienes terrenos con rectitud de conciencia, y por el respeto de su destino según los designios del espíritu[7]”. “Los laicos en cuanto adoradores, obrando santamente en todo lugar, consagran a Dios el mundo mismo”[8].

Con respecto a la función profética de los seglares “La misión que los seglares reciben de Cristo no implica la función de enseñar con autoridad en su nombre –como los clérigos–, pero sí la de rendirle testimonio por su fe e incluso por el don de la palabra. Tal carisma les es concedido para que aparezca la fuerza del Evangelio no sólo en el culto más o menos solemne sino también en la vida de cada día”[9]. El carácter de esta misión profética del laicado estará en dar a la palabra eficiente de Dios la ocasión de manifestar su fuerza en la familia y en la sociedad anunciando así que la existencia temporal no encuentra explicación, ni fin, ni satisfacción sino más allá de las fronteras terrenas.

La participación de los seglares en el servicio real se fundamente en el llamado de Jesús a que todos sus apóstoles y sucesores participen con Él en su “reino”. “Este reino no se consuma en un instante. En vías aún de perfeccionamiento, no está sino en su periodo inicial … la consumación, incluso para Él, se realizará más tarde, al final de los siglos, cuando Él someta a su Padre no sólo su propia persona sino toda la creación y cuando ya no quede ninguna resistencia”[10]. Y este reinado de Cristo se ve prístinamente en su entrega por nosotros en la cruz, dejando bien en claro que el camino que conduce a este reinado es el del servicio. El Señor no nos concede sólo los frutos del reino sino el mismo poder. Esto se realiza por medio de la conversión personal, del cambio de vida, de vivir una vida cada vez más santa. De esta manera nuestro mismo anuncio y testimonio extenderá el reino de Dios y arrastrará a muchos hermanos nuestros. Como nos dice S. Hilario “Reyes son, sobre quienes ya no tiene ningún poder el pecado; al contrario, tiene ellos el dominio de su propia persona, dominan esta carne que les obedece y les está sumisa. Son reyes y su Señor es el mismo Dios. Son también Señores, no los esclavos del pecado”[11].

c. Misión en la Iglesia y en el mundo: ¿Cuál es la misión de la Iglesia en el mundo? La misión de la Iglesia Católica es llevar a todos el mensaje que Cristo nos enseñó para nuestra felicidad y salvación, hacer lo que Él nos dice: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Sin embargo la gran obra de la Iglesia no la realiza cada persona de la misma manera. De acuerdo con propio llamado de cada uno se va realizando la gran misión de la Iglesia. En ese sentido, podemos encontrar diferentes maneras de cumplir esta misión evangelizadora. En cuanto a los laicos cuyo carácter secular es propio y peculiar de ellos “(les) pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor”[12].

La manera como el laico o cualquier estado de vida cumple la misión de la Iglesia es al fin y al cabo realizar ese llamado a la santidad que tenemos todos para mutua edificación del Cuerpo de Cristo.

La profundización de la identidad laical ha ido madurando a través del tiempo. Ha sido fundamental el desarrollo de la identidad laical que encontramos en la Lumen Gentium cap. IV y la Apostilicam Actuositatem; sin embargo esta era aún insuficiente y necesitaba de una mayor comprensión de esta realidad eclesial que llamamos “laicos”. El Sínodo de los Obispos en el año 1987 “sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo” fue un hito fundamental para esta madurez, siendo de esta el mayor fruto la publicación de la exhortación post-sinodal “Christifideles Laici” del Papa Juan Pablo II. En ella encontramos luces preciosísimas sobre quién es el laico. Recordemos que la definición que nos de la LG 31 no termina de ser conclusiva. Por ejemplo, cuando nos dice que el laico es un fiel cristiano incorporado a Cristo podemos decir que esto igual se aplica a los sacerdotes y los religiosos. O cuando nos habla de que el laico ordena las realidades temporales según Dios, también lo podemos aplicar en un sentido a los sacerdotes; miremos la realidad actual, hay muchos sacerdotes que son psicólogos, profesores o administradores, y eso no significa que estén traicionando su vocación sacerdotal.

Entonces ¿qué es lo propio del laico? Y ante esa pregunta la Christifideles Laici puede darnos algunas pistas fundamentales. Nos dice el Papa en esta exhortación que “no es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios”[13], es decir, lo fundamental del laico es ante todo que se reconozca como cristiano, llamado a asumir radicalmente su propio bautismo. “La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios”[14] ya sean clérigos o no clérigos, todos somos corresponsables con la misión de la Iglesia. Sin embargo, la dignidad bautismal que todo fiel cristiano tiene “asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado esta modalidad en la índole secular”[15]. Esta índole secular nos ayuda a captar completa, adecuada y específicamente la condición eclesial del fiel laico.

¿Y qué significa “índole secular”? más adelante la misma CL lo explica de esta manera: “Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar» de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular»”[16]. Hay una distinción que se hace aquí entre dimensión secular e índole secular; ambas cosas se refieren a dos cosas distintas. La dimensión secular es propia de toda la Iglesia, es esa misión que tiene la Iglesia de estar en el mundo pero sin ser del mundo. La índole secular sería como el modo en que se plasma este “ser del mundo sin ser del mundo” en el laico. El laico está llamado a transformar el mundo desde dentro, esta llamado no a salir del mundo, sino ser como fermento mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, manifestando a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad. El lugar y contexto donde el laico se desenvuelve no es una realidad solamente social, sino una realidad teológica y eclesial. Es decir, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, (ellos) no han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales[17].

Podemos concluir diciendo entonces que “La condición eclesial de los fieles laicos (su identidad más profunda) se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular.

Vocación al apostolado del laico

Los laicos son miembros del cuerpo de Cristo que cooperan en el desarrollo interno y externo de todo el cuerpo. Y como todo miembro de la Iglesia han sido llamados, convocados a una misión particular. El laico esta llamado por Dios al apostolado[18], y por medio del bautismo, la confirmación y la eucaristía –alma de todo apostolado– participa en la misma misión salvífica de la Iglesia. “Esta participación activa en la misión misma de la Iglesia no es simplemente ocasional o supletoria, de tal suerte que los seglares sean movilizados sólo cuando el clero sea escaso o falto de posibilidades. La misión de los seglares que aquí se describe es su tarea normal y universal, puesto que en su calidad de miembros ellos “son” la Iglesia”[19]. La responsabilidad por el cambio del mundo no recae pues en algunos pocos escogidos como mencionaba en la introducción, el cambio del mundo se realiza por que cada parte del cuerpo de la Iglesia realice lo que está llamado a ser y hacer, reconociendo su valor y protagonismo en la gran gesta evangelizadora en el mundo de hoy[20]. Si el laico no reconoce su verdadera identidad, sino vive con intensidad su vocación laical al apostolado estamos poco a poco haciendo que el gran gigante de la Iglesia siga adormecido y confundido sin saber a dónde ir.

[pullquote]Es importante también recordar que la fecundidad del apostolado laical depende de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor: “Permaneced en mí y yo en vosotros. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí nos podéis hacer nada” (Jn 15, 4-5). No existe, pues auténtico apostolado si es que primero no nos hemos hecho amigos del Señor, ya que nuestro anuncio brota de un encuentro profundo e íntimo con la persona de Cristo que transforma nuestras vidas y nos llama al anuncio[21] y el testimonio[22] de su persona en medio de este mundo adverso y que muchas veces no quiere oír el mensaje de salvación.[/pullquote]

Este apostolado por parte de la Iglesia a través de los laicos se puede realizar tanto individual como comunitariamente[23]. “El apostolado que ejerce cada uno[24] y fluye con abundancia de la fuente de la vida verdaderamente cristiana (ver Jn 4, 14), es el principio y fundamento de todo apostolado seglar, incluso asociado, y nada puede sustituirlo”[25]. Y a partir de este fundamento los laicos podrán reunirse en asociaciones, expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20), y cumplir el fin propuesto.

Los fines que el laico debe alcanzar están ordenados a su misma vocación y llamado; estos son principalmente participar en la obra redentora de Cristo en todos los órdenes[26], esto es, impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Cuando hablamos de orden temporal nos referimos a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas semejantes[27]. “Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo. Es preciso, con todo, que los laicos tomen como obligación suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos especiales y su responsabilidad propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme con los últimos principios de la vida cristiana, adaptándose a las variadas circunstancias de lugares, tiempos y pueblos[28].

A modo de conclusión

Termino estas reflexiones con el título de este trabajo “despertando al gigante dormido” que refleja muy bien la intención del trabajo: reavivar y tomar una conciencia cada vez mayor de que nosotros, los laicos, somos protagonistas importantísimos de la misión salvífica de la Iglesia, corresponsables con este llamado a evangelizar al mundo entero. El laico es ese gigante no solo por la cantidad de sus miembros que son la gran parte de la Iglesia sino por la fuerza y el ímpetu que tiene que tener para llegar a transformar el mundo desde sus cimientos.

Me uno de todo corazón a lo que nos dijo el Papa Juan Pablo II en la conclusión de la Christifideles Laici: “Toda la Iglesia, Pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”[29].

¡Despertemos del sueño de la pasividad y la ignorancia, asumamos con renovado esfuerzo y ardor nuestra vocación y misión de ser luz para el mundo, luz que nace desde dentro y que ilumina hasta las más oscuras realidades de este mundo!

[1] LG 31

[2] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 17

[3] Cf. LG 33

[4] LG 10

[5] 1 Pe 2, 5.

[6] GS 24

[7] Cf. La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 43-44

[8] Cf. LG 34

[9] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 45

[10] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 57

[11] San Hilario, In Ps., 67, 30; PL 9, 465; CSEL 22, p. 306

[12] LG 31

[13] CL 10

[14] CL 15

[15] CL 15

[16] CL 15

[17] Ver CL 15

[18] “La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”. AA 2

[19] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 35

[20] “En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad” CL 32

[21] “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo” CL 33

[22] “Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud”. CL 34

[23] Cf. AA 15 y sgtes.

[24]Aquí se remarca la importancia del apostolado personal como una clave para comprender el apostolado laical. Sin apostolado personal no se puede hablar de apostolado.

[25] AA 16

[26] Ver AA 5

[27] Ver AA 7

[28] AA 7

[29] CL 64

 

© 2016 – Luis Alfonso Sánchez Mercado para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 

Fuente: http://www.conectacec.com/despertando-al-gigante-dormido-la-labor-de-los-laicos-en-la-iglesia/

 

 

Categorías:Laicos

Fiesta de Cristo Rey. La realeza de Cristo y la Doctrina Social de la Iglesia.

Fiesta de Cristo Rey. La realeza de Cristo y la Doctrina Social de la Iglesia.

 

El año litúrgico concluye con la Fiesta de Cristo Rey, que este año se celebrará el domingo 24 de noviembre. En esta ocasión la Fiesta de Cristo Rey tiene un significado adicional, ya que también marca la conclusión del Año de la Fe, iniciado por voluntad de Benedicto XVI el 11 de octubre de 2012 y que concluirá, precisamente, el domingo 24 de noviembre de 2013. Por eso es importante preguntarse lo que significa esta Fiesta.

La doctrina de Cristo Rey en el Catecismo
 
En primer lugar es útil precisar que el señorío o realeza de Cristo es una enseñanza de la Iglesia contenida en el Catecismo. Se trata de una verdad de la doctrina de la fe, como escribió Pio XI, el Papa que instituyó la fiesta: «es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer» (encíclica Quas primas).
El párrafo 2105 del Catecismo dice: «El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (Dignitatis humanae, 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (Apostolicam actuositatem, 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (Dignitatis humanae, 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo. La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas».
El Reino de Dios está en Cristo mismo y su realeza se manifiesta en la creación (“por medio de él todas las cosas fueron creadas” dice el Evangelio de San Juan) y en la resurrección. Ella tiene un aspecto también mesiánico y escatológico: la realeza de Cristo se cumplirá definitivamente con su Regreso, cuando recapitule todas las cosas en sí mismo.
Muchos creen que la realeza de Cristo es una doctrina que pertenece a otra época. Por lo general, se considera una doctrina preconciliar desfasada. Sin embargo, como acabamos de ver, es una doctrina claramente afirmada en el Catecismo que Juan Pablo II publicó el 11 de octubre de 1982 (fijarse en la fecha) como consecuencia y fruto del Concilio. Por otra parte, en el párrafo 2105 que acabamos de leer hay numerosas referencias a algunos pasajes de documentos importantes del Vaticano II. No se puede, por lo tanto, separar la doctrina de Cristo Rey del Concilio.
La institución de la Fiesta con Pío XI
 
La Fiesta de Cristo Rey fue instituida en la encíclica Quas Primas de Pio XI, el 11 de diciembre de 1925, en la clausura del Año Santo. En esta encíclica el Pontífice, luego de recordar que ya en el Antiguo Testamento se habla proféticamente de la realeza de Cristo, explica que Él mismo se ha proclamado como tal, por ejemplo, respondiendo a una pregunta concreta de Pilatos y como los Evangelios lo proclaman repetidamente también.
Pio XI prosigue afirmando que Cristo no sólo es Rey por derecho de naturaleza, es decir, por lo que Él es Dios, sino también por derecho de conquista, en virtud de la Redención: «Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha».
Pio XI enseña que la realeza de Cristo se expresa en los tres poderes: legislativo («En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad»); judicial («el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo», Jn 5,22); ejecutivo: ( «es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse».).
Aunque la potestad de Cristo es principalmente de orden espiritual, su realidad es también de orden social: «erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio». No sólo las personas le deben obediencia, sino también la sociedad, porque «Él es, en efecto, la fuente del bien público y privado. […] No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria».
¿Una doctrina superada?
 
Las frases que acabamos de leer parecen no tener en cuenta la llamada “autonomía de las realidades terrenas”, y parecen afirmar que la política depende de la religión cristiana. Es por esta razón que muchos consideran esta doctrina superada, dado el actual contexto democrático y pluralista. Al respecto, lo primero que hay que decir es que los últimos Pontífices, ciertamente, no han condenado la democracia como los del siglo XIX, pero tampoco han dejado de proclamar el señorío de Cristo en el ámbito social y político.
Un ejemplo muy elocuente es la famosa invitación de Juan Pablo II a abrir las puertas a Cristo, invitación pronunciada en su primera homilía como Pontífice, el domingo 22 de octubre de 1978: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce “lo que hay dentro del hombre”. ¡Sólo Él lo conoce!». Aquí el Papa no dice abrir las puertas a Cristo sólo de los corazones y las almas, sino también de los sistemas políticos; se trata por tanto de una realeza también social.
Benedicto XVI lo ha repetido innumerables veces: «Un Dios que no tenga poder es una contradicción en los términos»; «Lejos de Dios el hombre está inquieto y enfermo»; «El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano»; «No debemos perder a Dios de vista si queremos que la dignidad humana no desaparezca»; «Con el apagarse la luz procedente de Dios la humanidad ha perdido su orientación, cuyos efectos destructivos se manifiestan cada vez más». También Benedicto XVI ha proclamado la realeza de Cristo: «no existe un reino de cuestiones terrenas que pueda ser sustraído al Creador y a su dominio».
Realeza de Cristo y democracia
 
Señalé que la democracia sugiere creer que es absurdo considerar la realeza de Cristo sobre las cosas temporales, es decir, no sólo sobre las conciencias de los creyentes sino también sobre la organización de la sociedad y de la política. Al contrario, la Iglesia afirma que esta realeza permanece, sólo que ya no se realiza mediante instituciones “cristianas”, como en el pasado, sino a través de la acción de los fieles, y respetando la libertad de conciencia. No se realiza ya mediante un estado confesional, porque esto limitaría la libertad de conciencia que precisamente los cristianos reivindicaron primero ante el poder del Imperio Romano y que sería extraño que ahora lo prohibían a otros. Pero, hasta cierto punto, la modernidad ha querido no sólo superar el Estado confesional, sino también echar a Dios del mundo y relegarlo a la conciencia individual. De hecho, ha aprovechado la oportunidad del rechazo al Estado confesional para hacer esto. Lo primero lo ha logrado, pero no debe conseguir lo segundo, porque sería su condena.
Reiterar, por tanto, la realeza de Cristo en la sociedad y no sólo en las conciencias, no significa pensar que la sociedad y la política puedan hacerse sin Él. Dice la Caritas in veritate que «el cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad», con lo que se confirma la realeza de Cristo en el orden social.
Una forma muy importante de respetar la realeza de Cristo en la democracia es respetar las leyes, las políticas y los principios de la ley moral natural: la vida, la familia, la procreación, la educación de los hijos, la propiedad privada general, el trabajo, la moral pública. Es decir, respetar las leyes de la Creación, que proceden del Creador y que contienen las orientaciones sobre cómo debemos vivir si no queremos dejar de ser personas humanas. Si la sociedad y la política hacen esto, pronto se darán cuenta de que Dios debe tener un lugar en el mundo, porque de lo contrario también las normas morales se ponen en riesgo y, como decía Dostoievski, todo estaría permitido.

 

 

Fuente: http://www.forumvida.org/espiritualidad/fiesta-de-cristo-rey-la-realeza-de-cristo-y-la-doctrina-social-de-la-iglesia

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Crónica Congreso Catequesis y Discapacidad

Crónica Congreso Catequesis y Discapacidad

Por Manuel María Bru el 23 octubre, 2017 en Noticias

El Papa en el Congreso Internacional “CATEQUESIS Y PERSONAS CON DISCAPACIDAD: UNA ATENCIÓN NECESARIA EN LA VIDA DIARIA DE LA IGLESIA”:

“Todos somos vulnerables”

Organizado por el Consejo Pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización (responsable entre otras cosas de la promoción y coordinación de la catequesis en toda la Iglesia), y celebrado en la Universidad Pontificia Urbaniana del 20 al 22 de octubre de 2017, el Congreso Internacional “Catequesis y personas con discapacidad: una atención necesaria en la vida diaria de la Iglesia” congregó a 500 personas entre catequistas, agentes de pastoral en el ámbito de las diversas capacidades, y personas con discapacidad.

El Congreso contó con ponencias de fundamentación teológica y pastoral sobre esta “necesaria atención” eclesial, así como con numerosos testimonios de diversas   iniciativas en los cinco continentes, principalmente sobre los procesos de iniciación cristiana con personas con discapacidad, y también de otras experiencias pastorales convergentes, y el testimonio de sacerdotes y consagrados con discapacidad. Punto álgido del Congreso fue sin duda la audiencia especial con el Santo Padre en la sala Clementina, en la que además del discurso dirigido a los congresistas, quiso saludar uno a uno a todos ellos, con gestos de cariño y muestras de gran alegría compartido con los congresistas con algún tipo de discapacidad, tanto física como mental.

 

La percepción del amor

Entre las ponencias de fundamentación teológica cabe destacar la del presidente del Consejo Pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización, monseñor Rino Fisichela, quien empezó diciendo qué si la catequesis es transmisión de la fe, lo es en tanto en cuanto “la fe consiste en la percepción de ser amados”, dado que “es generada y sostenida por el amor de Dios”, y que “vive del amor”. Porque Dios no sólo “habla” al hombre, sino que “se entretiene” con él. Y “Dios siempre hace sentir su amor y nos hace entender como nos ama en las situaciones y en las circunstancias en las que cada uno esté”. Desde esta perspectiva la catequesis en general, y la que tiene que ver con las personas con discapacidad, decía monseñor Fisichela, debe ser revisada desde la cultura del encuentro y la Iglesia en salida que nos propone el Papa Francisco.

Imagen de Dios

La ponencia del profesor Stafano Toschi de la asociación “Beati noi” de Bolonia sobre “La vida en Cristo, el hombre a imagen de Dios” (leída por otra persona dada su discapacidad física) sobre el recorrido que el concepto de comunicación en general y de comunicación de la fe en particular ha tenido a lo largo de la historia de la filosofía, mostró como la dimensión cartesiana de la comunicación ha supuesto un reduccionismo cognitivo de la comunicación para entender tanto la comunicación con Dios como la comunicación entre los hombres, con graves consecuencias cuando se trata de una comunicación en la que intervienen las personas con algún tipo de discapacidad. La verdadera comunicación humana, mucho más compleja, requiere una antropología para la que su identidad como imagen de Dios permite descubrir otras dimensiones (emocionales, espirituales, etc…) que integran todas las capacidades humanas, no sólo la cognitiva.

 

Tras la profesora Pia Matthews, de la Universidad londinense de Sant Mary, cuya ponencia de carácter más teológico mostró el verdadero sentido del valor de la igualdad entre todos los seres humanos, una igualdad basada en que todos comparten el fundamento de su dignidad, el haber sido no sólo creados a imagen de Dios, sino redimidos en el hombre nuevo, Cristo paciente muerto y resucitado. Este fundamento ha sido y será siempre contracorriente de cualquier tendencia a la discriminación, de la que no estamos excluidos los mismos cristianos.

Sobre la tutela de las personas con discapacidad habló Sheila Hollins, de la Comisión Pontificia para la protección de menores, antes de que se inaugurase, como último momento del primer día de congreso, la exposición “El catecismo de la Iglesia católica accesible a todos. Instrumentos pastorales y catequísticos para la inclusión de las personas con discapacidad”.

¿Catequesis especial?

Sobre la iniciación cristiana de las personas con discapacidad hablaron en el segundo día del congreso Miguel Romero, profesor de la Universidad Salve Regina de Rhode Island (Estados Unidos), como el obispo de Borken Bay (Ausrtralia) monseñor Peter Andrew Comensoli.

Miguel Romero desarrollo los argumentos teológicos y pastorales de su exposición con su experiencia personal como hermano mayor de un discapacitado psíquico. Desde muy joven se hacía esta pregunta: ¿qué le pasa a mi hermano? Mientras descubría que sus amigos del colegio veían en su hermano sólo diferencias y limitaciones, desde la fe descubría en cambio en su hermano al protagonista de una extraordinaria “alianza” de amor entre Dios, él y su hermano, que disipaba las diferencias entre ambos porque “todos somos iguales ante la necesidad de la gracia y de la misericordia de Dios”.

Para explicar esta diferente manera de mirar la realidad de la discapacidad, hay que entender como en la modernidad el concepto de autonomía del hombre frente a Dios ha marcado una antropología en la que “fuerza”, “libertad” (de maniobra) y “capacidad” son considerados atributos indispensables del ser humano, mientras debilidad, vulnerabilidad y discapacidad deprecian la valencia humana.

Y de este prejuicio moderno no siempre estamos libres a la hora de afrontar el desafío pastoral. De ahí que pueda darse incluso entre los cristianos un ideal catequético racional, que ve en la discapacidad (no sólo pero sobre todo en la intelectual) un obstáculo para la “excelencia” de la catequesis, que además tiene su mirada puesta en un destinatario normalizado y genérico de la catequesis, en lugar de un destinatario personalizado, concreto y real, que es cada uno de los catecúmenos. Nos ayuda librarnos de esta lectura deshumanizante (e incluso repelente), la teología natural de San Juan Pablo II que nos enseña que la única diferencia que existe está en el tipo y en el grado de limitaciones entre los destinatarios de la catequesis.

Por eso conviene desterrar la diferenciación entre una “catequesis normal” y una “catequesis especial o alternativa” (que no excluye procesos pedagógicos diferenciados en virtud del principio de adaptación), porque sólo hay una catequesis, la que se da en la relación entre catequistas y catecúmenos, en la que entran en juego las limitaciones de ambos. Una única catequesis por tanto que se adapta siempre a las capacidades y limitaciones de cada catecúmeno, como reza el principio básico del Directorio General de la Catequesis, el de su doble fidelidad: fidelidad al mensaje, y fidelidad al destinatario.

Si es verdad que las personas se perfeccionan, como decía Santo Tomás de Aquino, en su semejanza a Dios en el amor, pudo concluir Miguel Romero diciendo que su hermano de 41 años aunque con capacidad cognitiva de 11 años, no es un niños, sino un adulto con 41 años de experiencia humana, y así ha de ser tratado por todos, incluida la comunidad cristiana a la que pertenece.

La fe como participación

¿Dónde esta la garantía de la adhesión libre a la fe cuando intelectualmente solo podemos presumirla? Para responder a esta pregunta podemos partir de este postulado: “No somos sólo creaturas de Dios (creados por él), sino interlocutores de Dios”.

Por eso, explicó monseñor Peter Andrew Comensoli, los sacramentos, “ocasiones preciosas en el proceso de la iniciación cristiana”, son “empeños de Dios en su diálogo de amor con los hombres”, y “signos de la participación de quienes los reciben en la vida de Dios en Cristo”. Y por eso si tenemos fe es porque somos humanos, es consecuencia de la existencia humana. El hombre no “realiza al fe”, sino que es la fe la que “realiza al hombre”.

De ahí que, por un lado, “es el hecho de que somos humanos, y no de cómo lo seamos, lo que importa para participar de la vida sacramental de la Iglesia”; y por otro lado, la respuesta de la fe “no depende de ninguna capacidad de realización sino de la participación en la vida de Cristo”, por lo que aún en las más profundas discapacidades se da esta plena participación, no basada en lo que las personas realizan, sino en lo que son.

Y si la fe es “el signo distintivo de una creatura en grado de hablar con Dios”, y por tanto hay que valorar la dimensión dialogal y lingüística (escucha, acogida, respuesta) de la fe, como don de Dios y como respuesta humana, hay que entender que las personas con discapacidad extrema no están excluidas del lenguaje en su diálogo con Dios, pues lo hacen desde un lenguaje existencial, el de una relación que se nos escapa a los demás. Para ellos reza también la oración sobre las ofendas del sacramento de la confirmación, cuando implora para ellos que sean “configurados hoy más perfectamente con Cristo, que con su muerte nos mereció el don del Espíritu; y concédeles que la participación en la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor, les impulse a dar testimonio de Jesucristo tu Hijo”.

No hay límites que impidan el encuentro con Cristo.

El Papa Francisco partió en su discurso en la audiencia tenida con los asistentes al Congreso de esta contradicción: por un lado que “el crecimiento en la conciencia de la dignidad de cada persona, sobre todo de aquellas más débiles, ha llevado a asumir posiciones valientes por la inclusión de cuantos viven con diversas formas de discapacidad”; y por otro lado, el que, “en cambio, a nivel cultural permanecen aún hoy expresiones lesivas con la dignidad de estas personas para mantener una falsa conciencia de la vida”. A saber, la de una “visión en gran medida narcisista y utilitarista” que lleva a estas personas a la marginación, a considerarlas incapaces de ser felices y de realizarse a si mismas, y por tanto sin reconocer su “multiforme riqueza tanto humana como espiritual”. La prueba de ello es la práctica de suprimir al aún por nacer que presenta cualquier forma de imperfección.

En todo caso, decía el Papa, “es un peligroso engaño pensar que somos invulnerables. Como decía una niña que encontré en mi reciente viaje a Colombia, la vulnerabilidad pertenece a esencia del hombre”.

Por que la respuesta esta siempre en el amor, “no ese falso, ñoño y pietístico, sino aquel verdadero, concreto y respetuoso”, la Iglesia no puede ser afónica ni desafinada en la defensa y promoción de las personas con discapacidad”, también con su inclusión en la generación de la vida cristiana y en la participación de la liturgia dominical. Y de modo especial en la catequesis, “llamada a descubrir y experimentar formas consistentes para que cada persona, con sus dones, sus límites, y su discapacidad, incluso grave, pueda encontrar en su camino a Jesús y entregarse a él desde la fe. Ningún limite físico y psíquico podrá jamás ser un impedimento para este encuentro, porque el rostro de Cristo resplandece en lo más íntimo de cada persona”.

Además nos urgía el Papa a estar alerta ante la tentación neo-pelagiana de no reconocer la fuerza de la gracia de los sacramentos de iniciación cristiana, a superar todas las dificultades en la relación con las personas con discapacidad, y a inventar con inteligencia instrumentos adecuados para que a nadie le falte el sostenimiento de la gracia. Para todo ello es necesario, terminaba el Papa, tanto formar catequistas lo más capacitados posible para acompañar a estas personas para que crezcan en la fe y den su genuina y original contribución a la vida de la Iglesia, como favorecer que cada vez más que los mismos discapacitados puedan ser catequistas, para que con su testimonio puedan transmitir la fe de un modo más eficaz.

Testimonios convincentes y emocionantes.

Convincentes porque mostraron claramente que catequesis y personas con discapacidad es no sólo real, plural y creciente, sino también enormemente enriquecedora para toda la comunidad cristiana. Emocionantes porque nos abren la puerta de un tipo de experiencia gozosa de la fe y la de comunión cristiana aún muy desconocida incluso dentro de la Iglesia.

Algunos italianos con discapacidad intelectual hablaron de su relación personal con Dios, y en introdujeron a todos en ese misterio profundo de la fe que es el encuentro con Jesús Crucificado y Abandonado abrazado en medio de las vicisitudes de la discapacidad.

El Padre Guiuseppe Fabbrini y la profesora Fiorenza Pastelli, de la parroquia Santa María de Loreto, contaron la experiencia que se esperaba como agua de mayo por no pocos de los participantes del Congreso: cuando hablamos de catequesis y discapacidad no sólo hablamos de catecúmenos con discapacidad, sino también de catequistas con discapacidad, una experiencia aún muy incipiente que ya el Papa Francisco en su discurso había señalado.

El Padre Michaél Depcik OSFS, director del Cathilc Deaf Community de la Archidióceis de Detroit (EEUU), uno de los 20 sacerdotes sordo mudos que hay en el mundo, contó su experiencia de conversión. Si tenemos en cuenta que sólo un 3% de los padres de niños sordos aprenden el lenguaje de los sordos, y que el 96% de los sordos no participan de las celebraciones litúrgicas, entendemos el alcance de este desafío pastoral. Los sordos no piensan con palabras, sino con signos. Las palabras se pueden traducir pero, ¿cómo traducir la “música” de los sordos? No se trata sólo de traducir de un lenguaje a otro, sino de una manera de pensar a otra. Pero además, las dificultades de la comunicación no se dan sólo por el lenguaje, sino también porque los sordos tienen otras necesidades vitales distintas a las de los oyentes.

 

El Padre Depcik tuvo la suerte de ser hijo de sordomudos, que le iniciaron en la fe y le trasmitieron el ejemplo de los santos. En la escuela católica en cambio le enseñaron a rezar sin entender lo que decía, recitando oraciones cuyo significado no había sido debidamente traducido a su mundo gestual. Pero en un viaje a Australia cuando tenía 18 años (y estaba a punto de dejar la Iglesia), aprendió de la familia que allí lo acogió otro modo de rezar, conversando con Dios, con naturalidad, con sus gestos. Y desde esa experiencia pudo encontrar la vocación al sacerdocio y al ejercicio de su ministerio al servicio de los sordos. Una pastoral a partir de la palabra de Jesús a aquel sordomudo apartado, “effeta”, que todos recibimos como signo en el bautismo. Porque no es sólo una llamada de Cristo a abrir los oídos para escuchar y los labios para hablar, sino una llamada a todos, más allá de capacidades y discapacidades, para abrir la mente y el corazón a la Palabra de Dios.

La experiencia de Cristina Gangemi, directora en el Reino Unido de “Kairos” partió de un encuentro con un joven con discapacidad mental a la puerta de un cementerio, cuando éste iba a cerrar. ¿Esperas a alguien?, le preguntó. Si, espero a mi mama. Al preguntarle a portero del cementerio, esté le contó que llevaba diez años viniendo diariamente a esperarla, pero su madre estaba enterrada. Cuando murió alguien allí mismo le dijo que se había ido, pero que volvería. Gangemi se dio cuenta entonces de la necesidad de saber introducir a los discapacitados mentales en la experiencia de la muerte. Para ellos es también la experiencia del duelo y la catequesis de la esperanza cristiana. Así nació, con este fin, “Kairos” , para acompañar a todos, también a las personas con discapacidad, en el momento de la perdida de un ser querido.

¿Quién ha dicho que las personas con discapacidad, física o mental, no pueden ser catequistas, o no pueden consagrar su vida a Dios y al servicio de la Iglesia? El testimonio de las hermanas con y sin síndrome de Down, de la Comunidad Monástica femenina Petites Soeurs disciples de lágneau, dejó a todos encantados. Contagiaban entusiasmo, entre palabras y gestos llenos de gratitud a Dios y a la Iglesia, cargadas de humildad.

 

La experiencia del Padre Gabriele Pipinato, fundador del Sanit Martín Catholic Socal Apostolate di Talitha-Kum y de las comunidades de El Arca en Kenia, fue la de un sacerdote tan agradecido a Dios por su vocación sacerdotal como por su dedicación a las personas con discapacidad, de las que dijo aprende todos los días a vivir su fe. Contó, casi al modo de una confesión, como en momentos de dificultad personal ante las dificultades propias de toda iniciativa social, han sido las personas con discapacidad las que le han devuelto la paz, las que le han recordado el amor infinito y misericordioso de Dios, a través del cariño y la alegría de aquellos que más se identifican con Jesús.

Anne Dewulf de Bélgica contó el secreto del trabajo de la Comunidad de San Egidio con los discapacitados, que es el mismo que con los emigrantes y con todos los que ofrecen algún tipo de necesidad: la amistad. La Comunidad no los acoge como destinatarios de una ayuda, sino que los quiere, los quiere como amigos, los introduce en los lazos comunitarios del amor mutuo, y les ofrece con la oración la experiencia del amor de Dios.

Más que un congreso fue una ventana abierta a la Iglesia en salida, esa que recordaba monseñor Fisichela, explica el Papa en el número 46 de Evangelii Gaudium: “Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino”.

Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid.

 

Fuente: http://catequesis.archimadrid.es/cronica-congreso-catequesis-y-discapacidad/

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