Los obispos vuelven la mirada a la Acción Católica

Los obispos vuelven la mirada a la Acción Católica

Una asamblea general y una peregrinación a Compostela escenificarán la apuesta por su “proyecto renovado”

 

JOSÉ LORENZO | La Acción Católica se reivindica y, cincuenta años después de la crisis que la descabezó, vuelve a contar con la confianza de una Conferencia Episcopal que asiste “con una expectación muy positiva” al relanzamiento que, en 2009, dio lugar en Cheste (Valencia) a la Acción Católica General (ACG). La escenificación de esta apuesta será en una asamblea que se celebrará en Santiago de Compostela del 3 al 6 de agosto, y a la que la ACG invita a laicos de todas las diócesis y edades, sean o no militantes, bajo el lema Salir, caminar y sembrar siempre de nuevo.

Además, del 27 de julio al 2 de agosto, siguiendo la estela de la importante peregrinación de la Acción Católica en 1948 a Compostela, los militantes –y probablemente algún obispo– recorrerán varios tramos del Camino para abrazar al Apóstol.

Hace tiempo que los obispos buscan y animan a los laicos a un compromiso efectivo en la vida pública que vaya más allá de la religiosidad popular. Por eso, en los últimos años acompañan el proceso de reflexión interna de la ACG, cuyos avances son estudiados en reuniones de la Asamblea Plenaria. “Desde nuestra constitución en 2009, la ACG se ha puesto a disposición de lo que la Iglesia necesita. Y este ofrecimiento se está llevando a cabo en cada una de las parroquias, en las diócesis y en la Conferencia. Los obispos están profundizando en nuestra propuesta, en los materiales que se ofrecen, en la forma de ponerlo en marcha y están promoviendo la implantación en sus diócesis, con las diversas adaptaciones que se requiere en cada una de ellas”, señala a Vida NuevaManuel Verdú, su consiliario. “No se trata del resurgimiento de un nuevo carisma, sino de un instrumento diocesano para colaborar en la maduración cristiana de la fe de los laicos”, subraya el sacerdote de la Diócesis de Cartagena.

“Es muy importante que haya un laicado que forme parte del tejido diocesano habitual con las características que propone la ACG de espiritualidad, formación y espíritu misionero. Y ese laicado es una de las grandes carencias que tenemos, quizás porque en los últimos años no hemos sabido darle preponderancia a su papel”, argumenta Carlos Escribano, consiliario nacional.

El también obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño confiesa que una de las cosas que más le “cautivó” del “proyecto renovado” de la ACG “es que hay notas muy exigentes, y eso ha salido de ellos”. “Por ejemplo –explica–, trabajar en profundidad lo que tiene que ser una espiritualidad fuerte, profundamente cristológica. Y el tema de la formación sistemática e integral, que es algo básico y una de las grandes carencias del laicado en España. O ese trabajo para profundizar en la cuestión misionera y evangelizadora en línea con Francisco”.

Escribano insiste en valorar que todo este proceso –para el que los militantes de la ACG ya han preparado unos completos materiales– ha surgido de los propios laicos y los sacerdotes que les acompañan. “Este esfuerzo inicial hace que se mire otra vez con especial agrado este movimiento interno de la ACG”, señala. “Personalmente, y en lo que he podido hablar con mis hermanos obispos –añade–, creemos que puede aportar mucha luz a la consolidación de la vida de las parroquias dentro de esa propuesta misionera que se propone en Evangelii gaudium”.

El obispo valora que los militantes hagan suyos los planes diocesanos y parroquiales –“que es algo que está siempre un poquito en solfa”–, así como que sientan que su misión es la de la Iglesia diocesana. “Su propuesta intenta que, de manera orgánica, los seglares profundicen no solo desde el ministerio que se les encomienda, sino desde la realidad más profunda de la vida cristiana, intentado conseguir laicos maduros que puedan afrontar una tarea evangelizadora. Eso es lo que suscita un singular apoyo para presentar este proyecto a las diócesis. Y, a partir de ahí, se irá dando un tejido renovador”, apunta. Y este verano, en Compostela, se verá hasta dónde quieren llegar.

En comunión con los nuevos movimientos

Este apoyo a la Acción Católica General (ACG) se da en un momento –y bajo un pontificado– en donde los nuevos movimientos no tienen tanta visibilidad. Pero este aliento episcopal no significa que se dé la espalda a esas otras realidades. “Este impulso nace de la propia identidad de lo que es la Acción Católica: un instrumento que la Iglesia se da a sí misma. Pero no está para desbancar a los demás. Está al servicio de todos y uno de los elementos que tienen que procurar es la comunión con otras asociaciones. Y eso hay que subrayarlo”, señala el obispo Carlos Escribano.

Y parecen tenerlo claro en la ACG, en donde “de ninguna manera” se han sentido relegados en otras épocas por los nuevos movimientos. “Son una fuerza del Espíritu Santo y una realidad muy importante en la Iglesia. Es necesario que no vivamos la diversidad de carismas como una competencia, sino como una complementariedad”, afirma por su parte el consiliario Manuel Verdú.

Las cifras de la Acción Católica General

  • Número de miembros: 2.391 (1.958 adultos + 433 jóvenes).
  • Presente en 46 diócesis.
  • Diócesis con más militantes: Madrid (345), Oviedo (187) y Bilbao (176).
  • Diócesis donde hay jóvenes: 23.
  • Diócesis con más jóvenes que adultos: Ourense y Calahorra y La Calzada-Logroño.

Medio siglo perdido

JOSÉ LORENZO | Redactor jefe de Vida Nueva

Quieren los obispos una mayor visibilidad de los laicos en la vida pública, pero también dentro de la Iglesia, tomando más responsabilidades en las parroquias, en una apuesta por una dinamización pastoral ante el número menguante y la avanzada edad de los párrocos. Y han vuelto su mirada a la Acción Católica General, que vive un lento proceso de relanzamiento. Atrás parece quedar la dura travesía del desierto en donde se les dio por acabados mientras se abría la navaja multiusos de los nuevos movimientos.

Hablar de relanzamiento se antoja un poco ingenuo en medio de una realidad desoladora para el apostolado. Pero está bien que se intente. Y es un bonito gesto que, cincuenta años después de la debacle de esta asociación seglar, se haya organizado para 2017 un gran encuentro en Santiago de Compostela, siguiendo la estela de la peregrinación de 1948.

Quizás sería más adecuado hablar de “repensar”, porque los tiempos han cambiado y es difícil que vuelvan aquellas cifras de militantes y asociados, aquellos miles de centros por toda España. Lo bueno es que se haya aprendido la lección y que no se vuelva a desmantelar una realidad pujante en donde los laicos, sin romper la comunión, hicieron palpable su compromiso temporal.

Hoy, ante la insignificancia del hecho religioso, los prelados añoran aquello a lo que dieron la puntilla. Sucedió que las críticas a un régimen al que la jerarquía seguía sosteniendo precipitaron el cese de consiliarios, la dimisión de presidentes y el éxodo de afiliados hacia otras formaciones que alumbraron la Transición.

Tenemos hoy en la HOAC un ejemplo de perseverancia, a pesar del fuego amigo y de recelos que todavía persisten. Desde sus 70 años que acaba de conmemorar, mira al futuro “con pasión” y ha encontrado en Francisco el eco de tantas de sus denuncias incomprendidas. El presente les ofrece más futuro.

 

Categorías:Accion Catolica, General

Cristianismo y política

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Cristianismo y política

15.01.17 | 22:48.

 

Los cristianos creemos que la práctica histórica de Jesús es el criterio de discernimiento para comprender nuestra relación con la política, la economía y la religión. Él nos muestra cómo la vida de cada persona es sagrada, y nos enseña que toda relación debe buscar nuestra humanización en el marco de una libertad corresponsable que nos haga sujetos, y no objetos o súbditos.

Cuando olvidamos, o desconocemos, la praxis histórica de Jesús, aparecen dos grandes tentaciones. Por una parte, creer en un cristianismo apolítico, es decir, en una fe sin relación con los procesos de humanización social, limitada a la devoción y al culto. Por otra, vivir un cristianismo político identificado con un sistema de gobierno que se propone como la presencia del Reino de Dios en este mundo. Ambos casos niegan al Dios de Jesús.

Podemos estar viviendo una fe vacía, que se quedó en el culto y la devoción, como si estos fueran actos mágicos que sustituyen la relación personal con Dios y con el hermano (St 2,15-17). O tal vez hemos caído en la tentación de la idolatría, mediante la promoción de adhesiones absolutas a sujetos o sistemas políticos, económicos y religiosos, que se proclaman salvadores y exigen culto. Nos hemos acostumbrado a ceder el espacio de Dios a otros (Dt 6,4-6).

Es preciso, pues, recordar que la condición política del cristiano no puede ser idolátrica, como tampoco ideológica. No es excluyente porque se sostiene en la fraternidad solidaria y no violenta de Jesús, donde todos somos hijos de Dios y hermanos unos de otros, antes que hijos de la patria o camaradas del proceso (Col 3,11). Ciertamente, esto pasa por un compromiso personal con el desarrollo de todo el sujeto humano y de todos los sujetos, independientemente de su posición ideológica, económica o religiosa (Lc 6,27-28.35). Es la auténtica apuesta por la causa fraterna de Jesús (1Jn 2,4).

No podemos dejarnos encantar solo por el fin último y las metas de un determinado sistema de gobierno, así sea el más noble que pueda existir. Hay que discernir la validez ética y la verdad moral de los medios que se utilicen.

Podemos reconocer la veracidad de una determinada acción política, si acierta respecto a los problemas reales de la sociedad o no. Incluso, es posible formular un juicio sobre su eficiencia o no. Sin embargo, desde el seguimiento a Jesús estamos llamados a preguntarnos por la verdad de dichas prácticas y la validez de los medios que se adoptan.

Una práctica política no es moralmente verdadera cuando promueve discursos y actitudes de desintegración social, exclusión de grupos y manipulación de conciencias, generando cultos idolátricos a sus líderes y proclamándoles adhesión eterna. Es aquí donde una sociedad mide su verdadero talante humano, así como su fe. Como enseñó Jesús: “uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). No hay dos Señores.

Fuente:

http://blogs.periodistadigital.com/teologia-hoy.php/2017/01/15/cristianismo-y-politica

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Los Laicos y la función profética de la Iglesia

Los Laicos y la función profética de la Iglesia[1]

El Laicado Dominicano y la Predicación 6

Fr. Yves M. Conga?-, O.P.

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I – La evangelización requiere actualmente la participación de los laicos

[…] la Palabra que suscita la fe construye la Iglesia; y desde luego, en primer lugar, como palabra que da testimonio de Cristo y llama a la conversión. Es lo que se llama Kerigma, evangelización. Las palabras de Martín Dibelius: “En el principio era el Kerigma”, no son solamente verdaderas en cuanto a las formas literarias del Nuevo Testamento sino que contienen una verdad eclesiológica y una verdad histórica. La historia de la Iglesia o de su construcción, de la cual el libro de los Hechos es el modelo con la autoridad de un libro inspirado, es la Historia de la Palabra: “La palabra del Señor crecía, el número de discípulos aumentaba” (Hch 6,7; 12,14; 13,49; 19,20], Ésta es una verdad innegable y de gran importancia (¿la tienen suficientemente en cuenta nuestros manuales de Eclesiología?] pero no creáis que atribuyo la construcción de la Iglesia exclusivamente a la Palabra. Tengo buen cuidado de no olvidar los sacramentos, segunda forma del Pan de Vida. Palabra y sacramentos tienen, por otra parte, una unidad orgánica. La predicación es litúrgica la celebración debe ser profética, iluminada espiritualmente por la Palabra, que comunica su sentido a la fe de los fieles.

Pero de estas dos formas del Pan de vida, la Palabra es lógicamente la primera. El Kerigma precede a la conversión, a la catequesis, al bautismo. De ahí se deducen ciertas consecuencias, no solo para la pastoral, sino para la Eclesiología.

La Iglesia es esencialmente misionera…

[…] La obligación de la palabra incumbe a los Doce. De ellos se ha escrito (y notaréis la precisión y densidad de los términos]: “Él nombró a Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a anunciar” (Me 3,14]. Pero, ¿por qué les ha añadido setenta y dos discípulos, por qué el día de Pentecostés ciento veinte discípulos recibieron el Espíritu Santo al lado de los once (Hch 1,15], sino, porque en el designo de Dios la misión no es encargada al apostolado jerárquico solamente, aunque lo sea de modo especial? […]

[…] Es, pues, una ley Evangélica que todos los discípulos contribuyan, del modo que sea, al servicio de comunicar fe. Con Él y por Él somos enviados a anunciar su salvación o a dar testimonio de su amor…

Debe serlo ahora más que nunca en su laicado

[…] Resulta, de esta situación, que la hora de los laicos ha sonado en el reloj de la historia del apostolado. La misión de anunciar a Jesucristo les incumbe hoy de una manera nueva y más amplia […]

II-En principió es dogmáticamente posible que los laicos tomen parte en esta función?

[…] II.- Los laicos tienen también la responsabilidad de este testimonio.

[…] Así, pues, los fieles son también, todos colectivamente y cada uno personalmente, como miembro viviente del todo, el sujeto responsable de esta conservación y de este testimonio[2]. La fe les ha sido confiada en el bautismo como un depósito sellado por el Espíritu Santo. Han llegado a ser responsables al mismo tiempo que recibían la gracia y el poder de ser fieles. Este hecho se expresaba antes litúrgicamente, en el curso de la catequesis, en las dos ceremonias de la “traditio symboli”, entrega del resumen de la fe bautismal, y de la “redditio symboli”, profesión personal de la fe bautismal. El bautismo mismo acaba en la confirmación, uno de cuyos valores esenciales es hacer del fiel un testigo de Jesucristo en el mundo de los hombres. No será solamente un hijo en Cristo, viviendo para él solo, como hacen los hijos, sino un hombre en Cristo, insertado como tal en el mundo de los hombres, con la misión y la gracia de dar testimonio a su Señor.

Es la homología, la profesión, o mejor, la confesión de la fe.

Estoy de acuerdo con el P. Karl Rahner -y he demostrado ya, aunque menos bien que él, desde 1950 que-: la condición propia de los laicos se determina por el hecho de que su formación cristiana está determinada por su situación en el mundo, por su misión natural, a la cual no renuncian para servir al reino de Dios en la obra terrestre. No es renunciando a ella, sino en ella y por ella[3] como deben procurar la gloria de Dios. Pero no conviene olvidar, y quizás K. Rahner no ha desarrollado suficientemente tal aspecto, que el laico cristiano, sin abandonar esta situación, se encuentra en ella calificado como cristiano por la misión y gracia recibidas en su bautismo y su confirmación, a saber, como miembro de la comunidad celestial, llamado a guardar la palabra y confesarla. Por eso el laico cristiano no recibe solamente una misión cristiana en lo temporal, sino una misión dentro de la Iglesia como arca y signo de la fe. En la Iglesia, como Arca de la fe, para contribuir a guardarla con fidelidad; en la Iglesia como signo de la fe en el mundo y ante los hombres, para profesarla y confesarla[4].

Porque ellos son (también) la Iglesia

[…] En sana Eclesiología los fieles son también la Iglesia. ¿He de citar autoridades? Vuestros obispos no han cesado de deciros en sus recientes cartas pastorales: “La Iglesia somos nosotros, los fieles unidos a Cristo”, “Die Kierche, dassind wir, die mit Christus vereinten Gláubigen”’. El Santo Padre lo ha repetido muchas veces, en particular en su discurso del 20 de febrero de 1946: “Los fieles, y más especialmente los laicos, se encuentran en las primeras líneas de la vida de la Iglesia; ellos, por consiguiente, y de modo especial, deben tener conciencia, cada vez más clara, no solamente de pertenecer a la Iglesia, sino de ser Iglesia, esto es la comunidad de fieles sobre la tierra, bajo la dirección del jefe común, el Papa, y los obispos con él…”[5].

La Iglesia es un cuerpo orgánico. Por una parte, todos los miembros, todas las células de este cuerpo están vivas; por otra parte, no todos los miembros tienen la misma función en el cuerpo. Ya que no están animados de la misma manera por la única alma de este cuerpo, que es el Espíritu de Cristo.

No están todos animados para la misma cosa, ni de la misma manera. Los unos, los fieles (y los mismos miembros de la jerarquía, puesto que ellos son ante todo fieles) están animados para guardar, profesar y confesar la fe. Los otros, la jerarquía como tal, están animados para enseñar con autoridad, sancionar y definir la fe. Pero todos, con sus diferencias, forman un único sujeto, una única persona responsable, que es la Iglesia, la Ecclesia[6]. Así, pues teniendo en cuenta las diferencias entre el mando jerárquico, con los poderes y carismas que le acompañan, y la sencilla responsabilidad común de los fieles- forman todos orgánicamente un único sujeto de testimonio y evangelización. Ésta es la doctrina que nos han propuesto, en las últimas décadas, gran número de teólogos y obispos y el mismo Santo Padre[7]. Sólo citaré las palabras del cardenal Suhard:

“Así, pues, la tarea apostólica del sacerdote es clara. Ante los hombres a salvar, no dirá ‘yo’, sino ‘nosotros’. El artífice completo de la evangelización no es ni el simple bautizado, ni sólo el sacerdote, sino la comunidad cristiana. La célula de base, la unidad de medida en apostolado, es como una especie de ‘compuesto orgánico’, la inseparable dualidad: sacerdocio-laicado”[8] .

Si todo esto se funda en la naturaleza de la Iglesia, cuerpo orgánico, se funda en el plan de Dios; y finalmente se funda -es el fundamento último de todas las cosas, pues todas las cosas tienen algún parecido con Dios-, en lo que llamaría, si me atreviera, la estructura misma de Dios. El plan de Dios se nos presenta, del principio al fin, como reuniendo un principio comunitario y un principio jerárquico. He expuesto cómo se realiza esta unión para la Iglesia en cuanto a su fundación sacerdotal, real, profética y apostólica. Podría mostrarse lo mismo para la sociedad humana, desde la comunidad familiar hasta la sociedad política, pasando por los grupos universitarios, económicos, etc. Dos principios deben aliarse armónicamente, un principio de jerarquía y un principio de fraternidad. No es posible afirmar uno sin el otro; la jerarquía sin fraternidad es paternalismo; la fraternidad sin jerarquía es falsa democracia y anarquía. Algo así como lo que Pascal decía de la Iglesia: “La multitud que no se reduce a la unidad es confusión; la unidad que no depende de la multitud es tiranía”.

Fundamento de esta naturaleza comunitaria de la Iglesia en Dios mismo

Todo ello surge finalmente del hecho de ser Dios a la vez unidad y pluralidad, unidad absoluta de naturaleza y perfección, de vida y de gloria, pluralidad de Tres Personas participando perfectamente de esta naturaleza y perfección. Dios mismo es jerarquía y comunión: jerarquía, pues el Hijo y el Espíritu proceden del Padre, que es el Principio sin principio, “Fons Deitatis”, el origen de la Divinidad; comunidad, porque Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno y no obran nunca el uno sin el otro. Existe entre ellos una especie de colaboración que la Iglesia, aquí abajo, debe esforzarse, durante toda su vida, tanto la de apostolado como la de la fe o como la del culto litúrgico, en imitar como modelo soberano[9].

III – Dogmáticamente necesaria la participación de los laicos en la función profética de la Iglesia. Los fieles participan en la maternidad de la Iglesia

[…] Cómo la ejercen concretamente

He hablado de la “traditio” y de la “reditio symbolii” en la catequesis. En el cristianismo antiguo, en el que se bautizaba sobre todo a los adultos, la catequesis precedía al bautismo; era un acto en el que la Iglesia, por medio de sus sacerdotes, respondía a una actitud personal de llegada a la fe. En la Iglesia de hoy, en la que el bautismo de los recién nacidos es lo corriente, presentar un niño al bautismo es, por parte de los padres cristianos, no sólo prometerlo a la catequesis de la Iglesia, una catequesis postbautismal -es decir, prometer, concretamente, mandarlo al catecismo-, sino comprometerse a darle una educación cristiana. Nosotros, sacerdotes, sabemos bien la diferencia total que existe entre hijos de familias cristianas, en los que nuestra enseñanza es sostenida por toda la acción educativa de la familia, e hijos de padres indiferentes u hostiles, en los cuales no encontramos una base ni una ayuda en la familia. Así comprendemos que en muchos casos, los más, donde la “traditio” y la “reditio symboli” siguen al acto sacramental del bautismo, los padres están, al menos en parte, con nosotros en el acto de la “traditio symboli”. Recordad cómo, ya bajo la antigua disposición del pueblo de Dios, los padres judíos aseguraban la transmisión de la fe en el Dios vivo (en “Yavé, que nos hizo salir de Egipto”] y en el conocimiento de sus grandes hechos; incumbía al padre de familia explicar a sus hijos el sentido de la Pascua (cf. Ex 12,25 ss]. Incumbe a los padres cristianos asegurar la “tradición”, la transmisión fiel, de generación en generación de la fe, el amor de Dios, de la oración, de las actitudes morales cristianas[10]. Si, son así, de una manera muy eficaz, aunque poco espectacular, agentes de la tradición o transmisión, en el sentido más teológico de la palabra. Por eso suscribo plenamente lo que escribía en 1851 el P. Wilmers – desgraciadamente su editor de 1922, el P. Auguste Deneffe, ha suprimido este bello pasaje en la octava edición de su Lehrbuch-; se trata de la tradición en el sentido activo de “transmitir”: “esta verdadera propagación (de la fe] no se identifica enteramente con el magisterio eclesiástico. Este magisterio, o mejor el ejercicio del magisterio, representa un modo de propagación. Pero todos los fieles, y en particular los padres cuando instruyen a sus hijos en la fe, participan de la propagación o transmisión del depósito”[11].

No creáis que sea poca cosa esta colaboración de los padres cristianos en el anuncio del evangelio que debe hacer la Iglesia. ¿Acaso no dice San Agustín a los padres de familia que tienen una función de obispos?[12]. Consideremos ahora a los fieles, no ya en la célula de Iglesia que es la familia, sino en la comunidad eclesial pública, es decir, concretamente como miembros de las parroquias o de los diferentes grupos u obras católicas: Acción Católica, etc…

Los fieles y el deber que tiene la Iglesia de ser un signo del Reino de Dios

Una primera forma de participación de los fieles en la función evangelizadora de la Iglesia es el papel que han de representar más o menos activamente en el deber que tiene la Iglesia de ser, para el mundo, un signo del reino de Dios. Éste debe incumbir a la Iglesia total, pero incumbe también a cada comunidad local, yen este aspecto voy a considerarla.

[…] ¿Es mucho decir? Veamos si es imponer a los cristianos una misión demasiado pesada el afirmar esto: es preciso que su vida personal, sus actividades y sus comunidades sean signo o parábola del Reino de Dios, que tengan un valor de llamada a la conversión. Y no sólo a la de los hombres que están fuera, sino también a la suya propia y a la de los demás cristianos. En resumen, incumbe a todos los cristianos el cooperar a hacer que la Iglesia sea, en medio del mundo, un poder de evangelización. Evangelización, que consiste en presentar el hecho de Cristo, de su llamada, de su acción liberadora. Evangelizar no es sólo predicar el dogma y obtener la adhesión de un hombre que en adelante irá a misa; es introducir a Jesucristo y sus soberanas exigencias en la vida de los hombres, tanto en su vida real, ordinaria y cotidiana, como en la de los momentos en que se encuentran frente a grandes y difíciles elecciones.

¿A qué obliga concretamente el programa que acabo de esbozar y que corre el peligro de pareceros algo ideal? Obliga a tomarse muy en serio las exigencias morales y espirituales del cristianismo, del Evangelio, más allá de las “honorables” prácticas que satisfarían a las exigencias del sistema católico, sin responder verdaderamente a las llamadas del Evangelio. Tomaremos en serio la oración, la cruz, el amor fraternal, humilde y dispuesto; buscar de nuevo la verdad de las actitudes, de las celebraciones, evitar el ritualismo que peligra invadir no sólo la liturgia, sino la predicación, las obras, etc.

El testimonio de la palabra completa el signo

En el Evangelio, palabra y signos aparecen juntos, el signo no toma todo su valor más que alumbrado por la palabra. Es necesario, pues, volver a la palabra propiamente dicha. Los laicos tienen parte en ella todavía. Hay muchas maneras de enseñar. Cualquiera puede tomar en su casa a un niño retrasado y explicarle su catecismo de manera oficial, sobre la base de un acuerdo amistoso con el sacerdote o de un mandato oficial, de una verdadera “misión canónica”. Un laico puede estudiar y enseñar científicamente las disciplinas sagradas. Puede ser llamado por la jerarquía a tomar parte en las asambleas de estudios que elaboran en conjunto la doctrina o la pastoral. La jerarquía espera la aportación de los fieles, especialmente cuando se trata de materias sociales, de problemas impuestos por las nuevas técnicas a las que es preciso apreciar y dirigir a la luz del Evangelio.

[…] Sí, los sacerdotes, cuando no son al mismo tiempo algo profetas, dicen lo que es necesario decir. Pero los laicos, por supuesto, si hablan de Dios hablan de Él porque creen. Su palabra podría tener algo de más profético. Además, mezclados en el dinamismo del mundo, participan más que los clérigos en sus vibraciones. Las expresiones de la fe que proponen en el plano cultural o en de los compromisos humanos inspirados por la fe, tienen a veces menos equilibrio, pero a menudo más vida y más savia, más “tono” también que los de los clérigos.

[…] Los fieles cooperan también en la actividad de enseñanza de la Iglesia con sus preguntas

Puesto que acabo de hablar de las relaciones entre clérigos y laicos, quisiera hacer notar aquí un modo, si no de enseñar directamente, por lo menos de cooperar en la enseñanza de la Iglesia, que los laicos pueden practicar y gracias a Dios practican de hecho. Consiste en plantear preguntas a sus sacerdotes, a la jerarquía, en manifestar si no exigencias, al menos demandas. Una larga práctica de vida intelectual y de enseñanza me ha convencido de que la fecundidad proviene sobre todo de las preguntas: son los gérmenes vivos. Las respuestas valen lo que valgan las preguntas formuladas. La respuesta sin pregunta, al pie de la letra, no contesta nada: podrá ser un rito de la palabra no una palabra viva. Es una palabra desvitalizada.

[…] Hay, pues, para el sacerdote una manera de aprender y correlativamente para los laicos una manera de enseñar- que me parece muy efectiva donde se ejerza realmente. Lo notable es que problemas, preguntas o sugerencias, cuando vienen de los laicos, tienen un acento de verdad. Son reales, auténticas. Y así también, en consecuencia, exigentes. Algo bien distinto a “lo que es necesario decir…”

 

 

[1] 1.       – Extracto de: Y. M. Congar, Si sois mis testigos, Barcelona, Estela, 1965, pp. 116 ss.

 

[2] 2.       – Cf. M.J. Scheeben, Dogmatique, pár. 13, n. 1170 y 15, n. 200; Y.M. Congar, Jalones para una teología dellaícado, Barcelona, Estela,

1961, pp. 322-344.

[3] 3.       – Cf. Y.M. Congar,Jalones…, cap. 1, pág21;K. Rahner, L’ApostoIat desLaics, en la Nouv. Rev.Theol., t. 78 (enero de 1956), pp. 3-32.

[4] 4. – Citado por W. Becker, en “Der Weg aus dem Ghetto”, Colonia, 1955, p. 83.

[5] 5. – ActaApostolicaeSedis, 1946, p. 149; Docum. Cathol., 17 de marzo de 1946, col 176.

[6] 6. – Cf. Y.M. Congar,/o/ones…,pp. 349 ss.; comp. Ch. Journet, L’Églisedu Verbelncarné, 1.11, París, 1951, pp. 989-1025.

[7] 7. – Ver textos en Y.M. Congar, Jalones…, pp. 460-462.

[8] 8.          – Le Préte dans ¡a Cité [Carta pastoral 1949).

 

[9] 9. – Cf. Y.M. Congar, Jalones…, p. 343, sobre el fundamento en el misterio déla Santísima Trinidad de las leyes que rigen las relaciones

entre jerarquías y pueblo fiel.

[10] 10.      -Comp. algunas buenas páginas del P. Daniélou sobre la tradición, en “Docum. Cathol.”, 3 de marzo de 1957, col. 289 y 290.

[11] 11.      -Lehrbuch der Religión, t.I,par. 13 (31 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12ed.,Munster, 1894, p. 174ysig; 8ª ed., 1922, p. 161). Comp. Y.M. Congar,Jalones…, p. 358.

[12] 12.      -Véase las referencias en Y.M. Congar,Jalones…,^). 229.

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L’Osservatore Romano y la guerra cristera

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L’Osservatore Romano y la guerra cristera[1]

Juan González Morfín[2]

http://www.arquidiocesisgdl.org/2011-7-5.php

 

El autor de esta monografía se dio a la tarea de rastrear todo lo que la publicación oficiosa de la Santa Sede divulgó acerca de la situación religiosa en México durante lo más cruento del conflicto (1927-1929), episodio que la historia recuerda como ‘guerra cristera’

 

Exordio

Aunque según el censo de 1910 el 99% de la población mexicana se declaraba católica, sin embargo, a partir de 1914, quienes practicaban esa religión sufrieron un largo periodo de persecuciones, que fueron distintas en intensidad según la época y la región del país, y que se extendieron prácticamente hasta 1940.

Durante estos años, los católicos protestaron pacíficamente por la clausura de sus escuelas y seminarios, el cierre de sus conventos, la nacionalización de las iglesias y la confiscación de todos los bienes eclesiásticos, entre otras restricciones. Pero cuando el 25 de julio de 1926 el pleno del episcopado manifestó, ante la última de las leyes emanada por el gobierno mexicano, que a partir de ese momento no podían someterse a la legislación oficial sin al mismo tiempo traicionar la doctrina de Jesucristo y que, a causa de ello se veían en la necesidad de suspender todo acto de culto mientras dicha ley permaneciera vigente, fue entonces que, de manera espontánea primero, y convocados por una asociación cívico religiosa después, decenas de millares de católicos tomaron las armas en contra del gobierno para exigir que se derogaran las leyes antirreligiosas.[3]

Hasta ese momento, el magisterio de la Iglesia había condenado de manera unánime la insurrección contra los poderes establecidos, por lo que los insurrectos, católicos que deseaban ser coherentes con la doctrina que profesaban, se preocuparon por conocer si el movimiento de defensa de sus derechos religiosos era moralmente lícito.[4]

Como el episcopado no se pronunció de una manera unánime en torno al conflicto, quienes era partidarios de resistir por medio las armas las leyes antirreligiosas, buscaron apoyarse tanto en las opiniones de algunos moralistas, como en algunos textos de L’Osservatore Romano, al que consideraban como una voz autorizada e intentaban descubrir en él lo que pensaba la Santa Sede sobre el movimiento.

Se ha llegado a aventurar la hipótesis de que la Santa Sede al inicio vio con simpatía la insurrección de los cristeros y que, a partir de junio de 1928, le retiró su apoyo a través de un comunicado de prensa aparecido en las páginas de L’Osservatore. A lo largo de este artículo se intentará conocer cuál fue la postura de este diario en torno al conflicto religioso y el levantamiento armado a lo largo de los años que duró la guerra cristera.

 

 

Declaraciones del 11 de agosto de 1926

 

La primera edición de L’Osservatore que tuvo repercusiones entre los que sostenían que era legítimo defender por las armas derechos inalienables que no habían podido salvaguardarse una vez agotados los medios pacíficos, fue la edición del 11 de agosto de 1926, en la que se contenían las siguientes afirmaciones en medio de una artículo que describía la situación que se vivía en el país:

“Ni se diga que los católicos podrían unirse y organizarse para intentar una defensa por las vías legales, puesto que toda asociación de fieles que pretenda un fin tal, ha sido estrictamente vetada por la Ley Calles con las penas más graves (Art. 10-16); de manera que no resta a las masas que no quieren vivir sometidas a la tiranía y no son ya contenidas por la pacífica predicación del clero otra cosa que la rebelión violenta”.[5]

 

La precedente afirmación se encuentra dentro de un extenso reportaje que analiza la situación de México, es decir, no pretende emitir un juicio doctrinal o moral sobre si ha llegado o no el momento en el que se justificaría el recurso a las armas. Por otra parte, ni siquiera se le podría acusar de ser una insinuación a la violencia, pues subraya que la predicación del clero contempla sólo la vía pacífica; sin embargo, dentro de un examen muy atento de la situación que prevalece en el país a partir de la Ley Calles,[6] ofrece dos premisas muy aprovechables para los que sostenían que la defensa armada era un recurso al que se podía apelar cuando se hubieran cumplido determinadas condiciones, estas premisas eran: a) afirmaba que se había llegado a tal punto que era imposible intentar una defensa por la vía legal; y b) aseveraba también que a las masas que no quisieran vivir sometidas a la tiranía no les quedaba otra opción que la rebelión violenta. Precisamente por esto, desde ese momento y todavía años después de terminado el conflicto religioso, sería utilizado dicho texto como ejemplo de que la Santa Sede había aprobado la defensa armada.[7]

El 11 de agosto, día en que fueron publicadas tales afirmaciones, no se habían desencadenado aún los primeros levantamientos. Se había producido un tumulto en Cocula el 3 de agosto, en el que el pueblo enardecido impidió que se hiciera el inventario de la iglesia y se entregara ésta a una junta de vecinos. En la trifulca murió linchado el juez encargado de dar fe del inventario y, si las demás autoridades salvaron la vida, fue gracias a la intervención del párroco. En Guadalajara y en Sahuayo también se habían producido tumultos parecidos los días 3 y 4 del mismo mes; sin embargo, tampoco éstos constituyeron verdaderos levantamientos. Por consiguiente, es un hecho que L’Osservatore Romano no intentaba referirse a estos hechos cuando afirmaba que no restaba otra opción a las masas que la rebelión violenta. Era una consideración producto de un frío análisis, una observación hecha por un espectador imparcial y, sobre todo, autorizado. No obstante, partir de ese momento fue valorada como un argumento a favor de proceder por el camino de las armas.

Una conferencia de monseñor Pisani

En el marco de una semana de solidaridad con México, celebrada en Roma, en la que participaron diferentes instituciones, monseñor Pietro Pisani,[8] arzobispo titular de Constanza de Scizia, pronunció una conferencia el 26 de febrero de 1927. En ella, explicó ampliamente el problema mexicano que había ya en ese momento desembocado en el levantamiento armado de diversos grupos de católicos en contra del poder constituido. Los levantados habían optado por el camino de la defensa armada sin contar con la aprobación ni la censura de la jerarquía. Llegado a este punto, el prelado sostuvo en su conferencia la licitud de esta opción basada en la siguiente premisa:

“La sentencia de Santo Tomás es clara: en las circunstancias actuales en México no se tiene la ley, sino una perversión de la ley que ha pisoteado el derecho natural, y se tiene la violencia que induce a renegar de la religión profesada. Por lo tanto, se tiene el derecho de reaccionar, de resistir”.[9]

El prelado prosiguió su conferencia proporcionando algunos datos sobre el movimiento de resistencia armada y haciendo ver que ya en esos momentos estaba siendo coronado de éxito.[10] Estas afirmaciones, si bien recogidas únicamente como parte de la conferencia “Il Messico e la guerra alla libertà di coscienza” impartida por monseñor Pisani, tuvieron bastante eco, pues se utilizaron como argumento publicado por L’Osservatore Romano en el que se mostraba la licitud de la defensa armada emprendida por los mexicanos.[11]

Textos de solidaridad con los católicos perseguidos

A partir de finales de 1926 comenzó a aparecer cada vez con mayor frecuencia en L’Osservatore Romano una sección titulada La persecuzione nel Messico, o bien, La persecuzione messicana. En ella aparecían noticias de distinto tipo, muchas de ellas relacionadas con martirios y hechos de sangre,[12] otras referentes a los enfrentamientos de los rebeldes con el ejército,[13] algunas con declaraciones de los obispos mexicanos,[14] y muchas, muchas más, en las que se difundía lo que los católicos de todas partes del mundo hacían a favor de sus hermanos mexicanos perseguidos, desde peticiones a la Sociedad de las Naciones para que interviniera de alguna forma e hiciera cesar la persecución, hasta manifestaciones, conferencias y colectas a favor de los mexicanos verificadas en distintas partes del mundo.[15]

 

En este tipo de actos, con frecuencia intervenían oradores eclesiásticos y personajes de gran autoridad, cuyos mensajes eran reproducidos parcialmente o sintetizados por L’Osservatore, obviamente sin hacerse solidario de su contenido; sin embargo, son significativos algunos de estos textos publicados en ese marco, pues de alguna manera atañen al tema de nuestro estudio y, sobre todo, porque fueron publicados por un diario en el que oficiosamente en algunas ocasiones se daba a conocer el sentir de la Santa Sede.

En este contexto, y dentro de una extensa noticia sobre la protesta de los católicos húngaros por la persecución en México, L’Osservatore consigna dos hechos relevantes: por una parte, menciona que el cardenal Seredi, primado de Hungría, comparó los mexicanos con los Macabeos y, aunque no hace una referencia explícita a los combatientes, la comparación tiene ciertas implicaciones. Luego reproduce parcialmente las declaraciones de otro de los oradores, el padre Bela Bangha, S. J., quien sostuvo en su discurso:

 

 

“La acción católica debe oponerse a las tendencias destructivas. Ella debe estar inspirada siempre en la caridad, pero esta caridad no puede degenerar en pusilanimidad e impotencia, sino que debe optar, acudiendo incluso a la espada, por la justa defensa de la verdad y de la justicia, del mismo modo en que se está dispuesto a usar la espada para defender la patria”.[16]

 

 

Es bastante explícita la alusión a un hecho que, en México, se estaba ya dando desde un año y medio atrás.

Unos días después, el diario romano reproduce las palabras que el padre Rutten, O.P., dirigió al senado belga pidiéndole hacer algo por los católicos mexicanos perseguidos no sólo en contra de principios universales, sino de sus propias leyes. En determinado momento dice:

 

“Y no se me objete que los católicos mexicanos, habiéndose rebelado contra el gobierno, éste se ha encontrado en la necesidad de oponer la fuerza contra la fuerza. ¿Qué deben hacer unos ciudadanos, víctimas de un régimen como el que he denunciado, cuando han sido privados de todo medio legal para defenderse y cuando una petición con dos millones de firmas es rechazada sin siquiera haberla examinado? Sin embargo, no es éste el momento de examinar, desde un punto de vista doctrinal, la cuestión de saber cuándo una insurrección es legítima. Yo prefiero aquí demostrarles con hechos la falsedad de las acusaciones difundidas en el exterior, con las que el gobierno mexicano ha querido responsabilizar al episcopado de la agitación insurreccional”.[17]

 

Nuevamente, aunque sin entrar en materia, en la argumentación reproducida por L’Osservatore se puede encontrar una insinuación a la licitud de una defensa armada comenzada por ciudadanos que, para ese momento, habían agotado todo medio legal.

Como son demasiados los textos que se pueden citar en este apartado, se ofrece solamente uno más, que es interesante por estar suscrito por todos los obispos franceses. Transcribe esta noticia un mensaje dirigido al episcopado mexicano por parte de la Asamblea de Cardenales y Arzobispos de Francia. Quienes suscriben indistintamente se dirigen a sus hermanos en el sacerdocio y a los mexicanos que sufren la persecución, a quienes llegan a llamar confesores de la fe. El lenguaje utilizado es muy emotivo y, en algunos momentos, parece hacer alusión no sólo a la lucha para mantener la fe ante las tribulaciones, sino aquella otra emprendida para defenderla como se haría con cualquier otro derecho inalienable:

 

“Vuestra causa es nuestra causa: la causa de todas las naciones católicas. Todas las naciones católicas son hermanas en la fe, y cuando una de ellas es oprimida en sus libertades religiosas, todas las demás son golpeadas con ella. Y es por la defensa de nuestra fe, de nuestros derechos y de nuestras libertades que vosotros estáis sufriendo. Es más, vuestra causa es la causa de la humanidad entera, puesto que los derechos por los cuales combatís son los derechos sagrados de la conciencia, que el hombre ha recibido no del Estado, sino de Dios mismo, por lo que su inviolabilidad pertenece a toda la humanidad (…). La victoria final será vuestra, porque vosotros representáis la verdad y el derecho che son inmortales, y porque tenéis de vuestra parte a Dios, que no muere, y que tiene siempre la última palabra (…)”.[18]

 

Este tipo de textos tenían un objetivo bien definido: romper una especie de conspiración del silencio que venía reinando en la prensa internacional en torno a la persecución de Calles. Precisamente por eso se insertaban en la primera plana y, frecuentemente, con grandes encabezados. Sin embargo, mostraban también que las intenciones de Roma, si bien nunca fueron las de emitir algún documento a favor de la defensa armada, lo cual no era su papel, tampoco fueron las de condenarla. Es significativo, en cambio, encontrar en L’Osservatore palabras como éstas, de monseñor José María González y Valencia, quien era conocido por ser partidario de apoyar a la Liga en la empresa acometida de la defensa armada:

“En medio de estos ríos de sangre, nosotros, los católicos todos, observamos que se avecina la paz de Cristo en el reino de Cristo. La sangre de nuestros mártires ha producido sus frutos. De esta sangre surgió y creció la admirable organización de los católicos laicos de México, la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, a la que los católicos deben la guía y la fuerza extrínseca e intrínseca de su resistencia y su perseverancia. Os ruego dirigir vuestras simpatías en primer lugar a esta Liga, que personifica la fidelidad católica y el heroísmo católico. Debo además confesar que me conforta grandemente saber que los católicos de varios países están dispuestos a socorrer práctica y eficazmente la Liga (…)”.[19]

Alusiones a los cristeros y al ejército mexicano

Las referencias de L’Osservatore a los combatientes católicos fueron pocas, y casi siempre sólo para repetir lo que de ellos se decía en diversas agencias noticiosas.[20] Entre ellas, es significativa la publicada en julio de 1928, en la que tres veces se refiere a los rebeldes utilizando la expresión “los libertadores”.[21]

En relación con el ejército federal, las alusiones fueron mucho más frecuentes para presentarlo como un instrumento a las órdenes de un régimen tiránico, que perpetraba con lujo de crueldad un sinnúmero de atropellos en contra de la población católica. Eso originó que el agregado militar de la embajada de México ante la república italiana escribiese al director de L’Osservatore una respetuosa carta, en la que protesta por la publicación de noticias tan adversas a la buena fama de la institución militar.[22] Inmediatamente después de ésta, el diario explica que no todas las noticias han sido adversas, pues también ha mencionado gestas heroicas de miembros del ejército, como la del soldado que se negó a ensañarse contra los mártires de Zamora, y acto seguido fue fusilado; o como aquella otra cumplida en Coyoacán por doce soldados, que de rodillas pidieron perdón a las monjas de la Visitación por tener que cumplir la orden de expulsarlas de su convento.

Pero debemos decir, que afirmando verdaderamente calumnioso todo lo que se ha dicho en nuestro diario, el señor agregado militar se ha equivocado de camino. Todos los diarios del mundo han narrado el fusilamiento de Agustín Ríos, de 13 años, sucedido el 3 de enero de 1927 en León, y el de un joven de quince años en Parras, y uno más de un chico de trece años en Arandas (…). Nuestro diario no ha publicado nada que no procediera de otros testimonios ya sometidos al control de la opinión pública. Por citar algunos, el periódico Universe de Londres narraba que, el 28 de abril pasado, las tropas habían arrestado a un sacerdote en Lagos, al que le rompieron ambos brazos y una pierna, y después fue arrojado a una hoguera antes de ser fusilado. La Koelnische Volkszeitung, del 3 de abril, refiere la espantosa muerte del reverendo Pablo García, al que por haber acudido a asistir un herido fue arrestado y, mientras permanecía con los soldados, éstos le cercenaron la nariz y las orejas, le arrancaron los ojos y la lengua, dejándolo morir después en un vagón de ganado (…).[23]

Continúa una larga lista de desmanes cometidos por soldados de diverso rango y mencionando los diversos periódicos que antes de L’Osservatore habían hecho públicas esas atrocidades. Por hechos como éste, no sólo el diario romano, sino en general el mundo civilizado no podía ver con simpatía la política del gobiernos de Calles y, viceversa, aunque concedía pocas probabilidades de conseguir algo a los rebeldes, los comenzaba a calificar como “libertadores”.

La ‘nota aclaratoria’ de junio de 1928

La edición del viernes-sábado 8-9 de junio de 1928 de L’Osservatore Romano contiene un pequeño texto aclaratorio, desligado de las noticias sobre México que se encuentran en el mismo lugar, en lo que, hemos mencionado, ya era casi una sección fija del diario titulada “La persecuzione nel Messico”, es decir, el texto se encuentra en una columna de la primera plana intercalado entre dos noticias ajenas a la situación de México, sin ningún encabezado que lo introduzca. Este texto es quizá el más difundido de los publicados por L’Osservatore y se suele interpretar como una desautorización, si no incluso como una condena del órgano oficioso de la Santa Sede hacia el movimiento de resistencia armada emprendido por algunos católicos.[24] Consta de dos breves párrafos que a continuación se transcriben:

“Hay quien cree y quiere hacer creer que circule en México, y en algunos otros lugares, la voz de que el mismo Sumo Pontífice ha impartido una bendición especial a la insurrección armada y ha incluso concedido especiales indulgencias a los combatientes, estimulando con esto (según dicen ellos mismos) también la colecta de dinero destinado a los combatientes.

Consta en numerosos y conocidos documentos que el Santo Padre se ha colocado siempre de parte de sus hijos mexicanos perseguidos y sufrientes por la fe de sus padres, pero también está documentado que nada hay de verdad en la voz anteriormente citada”.[25]

El objeto y el alcance de este texto parecen claramente delimitados: desmentir que el Papa haya impartido una bendición especial a los combatientes estimulando con ello las colectas que se realicen a favor de la insurrección. Sin embargo, ni lejanamente contiene algo que pudiera significar una condena al levantamiento armado.[26] Al contrario, en la segunda parte de esta nota aclaratoria se hace constar precisamente que el Papa siempre ha estado de parte de sus hijos mexicanos que son perseguidos y sufren por mantener la fe de sus padres, y en esta alusión no excluye para nada a los combatientes, de los cuales recién acaba de admitir su existencia. Lo único que pretende esta nota aclaratoria es corregir un abuso concreto que se estaba dando sin duda en perjuicio de la Iglesia e, incluso, de los mismos combatientes.[27]

Desde los inicios del movimiento de resistencia armada, muchos mexicanos residentes en el extranjero se habían organizado para dar a conocer lo que acontecía en México, pues los acontecimientos muchas veces eran encubiertos por la prensa internacional. Para ello se utilizaron innumerables foros en distintas ciudades del mundo, especialmente de los Estados Unidos y de Europa. Normalmente se impartían conferencias ilustrativas de la situación y se exhibían fotografías y transparencias de algunos hechos concretos: represiones, fusilamientos, etc. A los asistentes se les invitaba a formar parte de asociaciones de apoyo a los mexicanos. Entre estas asociaciones algunas ayudaban económicamente también a la Liga. Tan sólo del 3 de febrero al 3 de junio de 1928 el padre Mariaux, S. J., impartió 90 conferencias en 81 ciudades de Alemania.[28]

Este tipo de eventos tendieron a multiplicarse y no siempre se ajustaban a la verdad, ni las colectas que se recababan eran siempre utilizadas en beneficio de los mexicanos. Por este motivo se llegó incluso a inventar la patraña de que el Papa había dado una bendición especial a los combatientes y a los que colaboraban con ellos en cualquier forma. De ahí la nota aclaratoria a la que nos estamos refiriendo, cuya finalidad exclusiva era rectificar una falsa información que, según el tenor del texto, además de calumniar a la Santa Sede, se estaba utilizando para recaudar fondos. Por otra parte, el mismo periódico había hecho notar que estas manifestaciones de solidaridad hacia México eran bien vistas por el Papa.

En efecto, en la primera página de su edición del 21/22 de mayo de 1928, es decir, apenas dos semanas antes de su nota aclaratoria, L’Osservatore publicó en primera plana una noticia con un mensaje del Papa agradeciendo los movimientos de solidaridad acaecidos por esas fechas en Alemania. En ella, se menciona un documento del Santo Padre extendido al episcopado de Baviera “bendiciendo de corazón a cuantos han iniciado y favorecido aquel admirable movimiento de solidaridad humana y cristiana”.[29]

En cualquier caso, la trascendencia del texto de L’Osservatore, sin ningún encabezado, en el que sólo se aclara que es falso que el Papa bendiga la insurrección y las colectas que se están haciendo para este efecto, ha sido tal que ha llevado a algunos estudiosos a proclamar que la “rebelión de los cristeros” estuvo desautorizada desde el primer momento por la Santa Sede;[30] o bien, que la Santa Sede a mediados de 1928 condenó el movimiento armado.[31]

Publicaciones posteriores a la nota aclaratoria

La hipótesis de que, con la nota del 8 de junio, la Santa Sede había condenado el movimiento armado y había cambiado su postura ante los levantados y quienes simpatizaban con ellos, no encuentra apoyo en la línea editorial que mantuvo L’Osservatore después de la publicación de la nota aclaratoria, pues continuó siendo la misma. En los días que siguieron a la nota, tan sólo en el mes de junio, fueron publicados nueve artículos en los que se hablaba de manifestaciones de solidaridad con México en distintas partes del mundo,[32] del martirio de algún sacerdote,[33] de la condena internacional al gobierno incluso por protestantes y masones…,[34] es decir, no hubo un cambio de orientación en los artículos que se publicaban. Incluso, repitiendo noticias dadas por otros periódicos, tres veces se refiere a los rebeldes como “los libertadores” un mes y medio después de la publicación de la nota.[35]

Especial mención merece la trascripción que, en septiembre de 1928, L’Osservatore Romano hizo de una carta de agradecimiento de la Liga a los escritores franceses que habían protestado por la persecución religiosa en México.

En esta carta se hacía mención de la sangre generosa vertida en los campos de batalla y se volvía a citar a los combatientes católicos con el título de libertadores:

“La Liga nacional para la defensa de la libertad religiosa en México, en nombre de todos los mexicanos que luchan por la santa libertad de conciencia, y por las instituciones sagradas de la familia, de la propiedad y de la religión; en nombre de esta patria afligida; en nombre de la sangre generosa vertida abundantemente en los campos de batalla por nuestros heroicos libertadores; en nombre de la sangre bendita de nuestro mártires, que han muerto por la fe de Cristo, nuestro Rey, envía un caluroso voto de reconocimiento y de gratitud a los ilustres intelectuales europeos que, de frente al mundo y siguiendo el ejemplo de Su Santidad (…), han denunciado la infame “conspiración del silencio” con la que la facciosa prensa internacional ha recogido las iniquidades realizadas cada día en la persecución religiosa emprendida en nuestra contra (…)”.[36]

Por otro lado, aunque eran del todo conocidas las posturas del arzobispo de Durango, José María González y Valencia, y del P. Mariaux, S.J., a favor de los rebeldes, sin embargo L’Osservatore seguiría mencionando su presencia en algunas de las manifestaciones que se hacían en distintos lugares protestando por la persecución en México.[37]

Más tarde, en relación con la Liga, todavía en 1929 sería citada como fuente para la colecta de dos millones de firmas que acompañaron una nueva petición a las Cámaras para que se modificase la ley y, en ese mismo día, L’Osservatore hacía ver que, aunque ninguno quiere ver mezcladas la religión con la política

[…] no obstante, cuando con el pretexto de la política han sido atacados los principios religiosos, los defensores de estos principios han tenido que recurrir a las armas y de eso han sido resultado las desastrosas condiciones que todavía hoy afligen el país.[38]

Conclusión

Recapitulando lo dicho en torno a los textos de solidaridad y, en concreto, los textos recientemente examinados, se puede concluir que las distintas noticias aparecidas en L’Osservatore Romano durante la guerra cristera, se encuentran lejos de presentar algo que pueda ser interpretado como censura de la Santa Sede al movimiento armado y, en cambio, sin comprometer en ningún momento a la Santa Sede, sí se pueden leer diversas declaraciones en las que se aprecia un trasfondo de simpatía tanto por los combatientes, como por los que defendían su postura y por los que se encontraban encabezándolos.

 

 

[1] Este artículo fue publicado en italiano, bajo el título “L’Osservatore Romano e la guerra cristera”, en Nova Historica 25 (2008), pp. 74-87. El autor de este texto lo ha cedido para su publicación en las páginas de este Boletín.

[2] Presbítero de la prelatura personal del Opus Dei (2004) residente en Guadalajara, licenciado en letras clásicas por la UNAM, doctor en teología por la Universidad de la Santa Cruz en Roma, ha escrito La guerra cristera y su licitud moral (2004), L’Osservatore Romano en la guerra cristera y El conflicto religioso en México y Pío xi, (Minos, 2009).

[3] La insurrección derivó en una guerra de guerrillas que llegó a tener presencia hasta en veinte entidades federativas, y que recibió a posteriori el título de “guerra cristera”, pues los defensores de la libertad religiosa fueron despectivamente llamados cristeros por el gobierno.

[4] Entre otros textos del Magisterio, la rebelión y la revolución habían sido reprobadas por: Pío IX, Syllabus, 8-XII-1864, n. 63, ASS 3 (1867-1868), pp. 174-175; León XIII, Enc. Quod Apostolici muneris, 28-XII-1878, ASS 11 (1878), p. 370; Id., Enc. Immortale Dei, 1-XI-1885, ASS 18 (1885), p. 163; Id., Enc. Libertas, 20-VI-1888, ASS 20 (1887), p. 605; Id., Carta apostólica Annum ingressi, 19-III-1902, ASS 34 (1901-1902), p. 520; Pío XI, Enc. Ubi arcano, 23-XII-1922, AAS 14 (1922), pp. 677-678. Además, la historia mostraba cómo en la práctica la Iglesia había hecho respetar esta doctrina, pues el siglo anterior el Papa Gregorio XVI había reprobado la insurrección de los católicos polacos contra el Zar y, apenas unos años antes, el episcopado irlandés había condenado una insurrección de los católicos y había anunciado que cuantos persistieran en oponerse al gobierno por medio de las armas serían excomulgados, y que todo sacerdote que hubiese aprobado el levantamiento sería suspendido a divinis.

[5] L’Osservatore Romano (en lo sucesivo L’O.R.), 11-VIII-1926, p. 1: “Né si dica che potrebbero i cattolici unirsi e organizzarsi a tentare una difesa per le vie legali; perché ogni associazione di fedeli per un tale fine è strettamente vietata dalla legge Calles con le pene più gravi (art. 10-16); sicché non resta alle masse che non vogliono sottostare alla tirannia o non sono più frenate dalla pacifica predicazione del clero, che la ribellione violenta” (el subrayado es nuestro).

[6] Ley publicada el 2 de julio de 1926 por el general Plutarco Elías Calles (de quien toma su nombre). Esta ley contenía 33 artículos, todos los cuales establecían penas para quienes se negaran a cumplir o a hacer cumplir la legislación anticlerical ya vigente. Desde el punto de vista de su contenido, no imponía nuevas restricciones a la Iglesia; sin embargo, penalizaba gravemente las faltas de cumplimiento a las diversas leyes reglamentarias del artículo 130º ya emitidas.

[7] Así lo sostiene, por ejemplo, Andrés Barquín y Ruiz, uno de los ideólogos de la Liga, asociación cívica que se dio a la tarea de organizar la resistencia armada: “Las circunstancias impusieron y el bien común exigió que la Liga, conservando su carácter cívico, encabezara al pueblo católico mexicano en el ejercicio del derecho de rebeldía bélica, que la Santa Sede había previsto emplearían los católicos mexicanos, ya que en el número del 11 de agosto de 1926 de L’O.R., se publicó el artículo oficial de la Silla Apostólica, titulado La Verdadera Causa de los Desórdenes en México. –Contestación al Presidente Calles, en el que claramente se exponía el criterio del Papa:”Ni se diga que…”“ (Andrés Barquín Y Ruiz, José María González y Valencia, Arzobispo de Durango, Jus, México 1967, p. 62).

[8] En aquel momento, consultor de la Comisión Pontificia para la Interpretación del Código de Derecho Canónico.

[9] L’O.R., 27-II-1927, p. 3: “La sentenza di S. Tommaso è chiara: nel Messico ora non si ha la legge, ma la deviazione della legge che ha calpestato il diritto naturale e si ha la violenza che induce a negare la religione professata. Si ha quindi diritto di reagire, di resistere”.

[10] Cfr. Ib.

[11] En carta al obispo de San Luis Potosí, los prelados de la Comisión de Obispos en Roma daban cuenta de esta conferencia: “El Excmo. Sr. Arzobispo Mons. Pisani, invitado por el Circolo San Pietro ha hablado con entusiasmo de los católicos armados. A esta conferencia asistieron graves empleados del Vaticano, y después esa conferencia figuró en las crónicas de L’O.R.” (Carta, 11-III-1927, cit. en Aurelio Acevedo [ed.], David VI, Estudios y Publicaciones Económicas y Sociales, México 2000 [primera edición facsimilar], p. 258).

[12] Cfr. L’O.R., 3-VIII-1926, p. 1; 17-XI-1926, p. 1; 23-XII-1926, p. 1; 9-I-1927, p. 1; 22/23-II-1927, p. 1; 21-I-1928, p. 1 (sobre el martirio del padre Pro); 11-IV-1928, p. 1; 19-IV-1928, p. 1; 13-V-1928, p. 1; 14-IX-1928, p. 2; 26-IX-1928, p. 1; 1-XII-1928, p. 1; 5-II-1929, p. 1.

[13] Cfr. L’O.R., 6-I-1927, p. 1; 13-I-1927, p. 1; 14-I-1927, p. 1; 26-I-1927, p. 1; 25-III-1927, p. 1; 29-VII-1928, p. 1; 16-II-1929, p. 1.

[14] Cfr. L’O.R., 10-XII-1926, p. 1; 1-III-1927, p. 1; 15-I-1928, p. 1; 30/31-I-1928, p. 1; 5-V-1928, p. 1; 4-VIII-1928, p. 1; 13-IX-1928, p. 1; 3-I-1929, p. 1; 2-III-1929, p. 1.

[15] Cfr. L’O.R., 17-I-1928, p. 1; 28-II-1928, p. 1; 13-III-1928, p. 1; 14-III-1928, p. 1; 17-III-1928, p. 1; 1-IV-1928, p. 1; 3-IV-1928, p. 1; 11-IV-1928, p. 1; 21/22-IV-1928, p. 1; 28-IV-1928, p. 1; 4-V-1928, p. 1; 23-V-1928, p. 1; 24-V-1928, p. 1; 25-V-1928, p. 1; 31-V-1928, p. 1; 24-VI-1928, p. 1; 4-VII-1928, p. 1; 8/9-VII-1928, p. 1; 13-VII-1928, p. 1; 14-VII-1928, p. 1; 2-IX-1928, p. 1; 26-IX-1928, p. 1; 1-I-1929, p. 1.

[16] L’O.R., 27/28-II-1928, p. 1: “L’azione cattolica deve opporsi alle tendenze distruttrici. Essa sarà sempre ispirata alla carità, ma questa carità non deve generare pusillanimità e debolezza, bensì deve por mano, occorrendo anche alla spada, per la giusta difesa della verità e della giustizia, come siamo pronti ad usare la spada per difendere la patria”.

[17] L’O.R., 1-III-1928, p.1: “E non si mi obbietti che i cattolici messicani, essendosi ribellati contro il Governo, questo si è trovato nella necessità di opporre la forza alla forza. / Che devono fare dei cittadini, vittime del regime che ho denunciato quando vengono privati di ogni mezzo legale per difendersi e quando una petizione con due milioni di firme è senza alcun esame respinta?/ Ma non è questo il momento di esaminare dal punto di vista dottrinale la questione di sapere quando un’insurrezione è legittima. Io preferisco qui dimostrarvi coi fatti la falsità delle accuse sparse all’estero dal Governo messicano che ha voluto rendere responsabile l’Episcopato dell’agitazione insurrezionale”.

[18] L’O.R., 2/3-IV-1928, p. 1: “La vostra causa è la nostra causa. Essa è quella di tutte le nazioni cattoliche. Tutte le nazioni cattoliche sono sorelle nella fede, e quando una di esse è oppressa nelle sue libertà religiose, tutte le altre sono colpite in essa. È per la difesa della nostra fede, dei nostri diritti e delle nostre libertà che voi soffrite. / Anzi, la vostra causa è quella dell’umanità tutta, perchè i diritti per i quali voi combattete, sono i diritti sacri della coscienza, che l’uomo ha, non dallo Stato, ma da Dio stesso, e la cui inviolabilità interessa tutta l’umanità. / La vittoria finale sarà per voi perchè voi rappresentate la verità e il diritto che sono immortali, e perchè voi avete con voi Dio, che non muore…”.

[19] L’O.R., 4-IV-1928, p. 1: “Ma, in mezzo a questi fiumi di sangue, noi cattolici tutti vediamo che si avvicina la pace di Cristo nel regno di Cristo. Il sangue dei nostri martiri ha prodotto i suoi frutti. Da questo sangue sorse e crebbe la ammirabile organizzazione dei cattolici laici del Messico, la Lega per la difesa della libertà religiosa, alla quale i cattolici devono la guida e la forza estrinseca ed intrinseca della loro resistenza e perseveranza. Vi prego di rivolgere le vostre simpatie in prima linea a questa Lega, che personifica la fedeltà cattolica e l’eroismo cattolico. Confesso pure, che mi riesce di grande conforto sapere che i cattolici di vari paesi sono disposti a soccorrere praticamente ed efficacemente quella Lega (…)”.

[20] En varios momentos llega incluso a reproducir noticias procedentes de fuentes oficiales para ironizar sobre la situación de “tranquilidad” en que vivía el país, según afirmaban los partidarios del gobierno (Cfr. L’O.R., 19-IX-1928, p. 1; 21-XI-1928, p. 1).

[21] Cfr. L’O.R., 29-VII-1928, p. 1.

[22] Cfr. L’O.R., 28-VII-1928, p. 1.

[23] Ib.: “Ma dobbiamo dire che affermando veramente calunnioso tutto quanto si dice sul nostro giornale, il signor Attacchè militare sbaglia indirizzo. Tutti i giornali del mondo hanno narrato la fucilazione di Agostino Rios di anni 13, avvenuta il 3 gennaio 1927 in Leon, e quella di un quindicenne a Parras e un altra di un tredicenne in Arandas. Noi abbiamo citato. Il nostro giornale nulla ha pubblicato che non provenisse da altra testimonianze già poste sotto il controllo dell’opinione pubblica. Così il giornale Universe di Londra narrava il 28 aprile u. s. di un sacerdote arrestato a Lagos dalle truppe, cui furono spezzate le braccia, una gamba e preparato un rogo. Fu infine fucilato. La Koelnische Volkszeitung riporta la spaventovele fine del rev. Paolo Garcia che per essere accorso ad assistere un ferito, mentre era in arresto fra i soldati, questi gli tagliarono il naso e gli orecchi, gli strapparono gli occhi e la lingua, lasciandolo morire poi in un carro bestiame (…)”.

[24] En este sentido, como una condena a la insurrección armada, dice Jean Meyer que fue utilizada esta nota por la prensa mexicana al día siguiente de su aparición en L’O.R. (Cfr. Jean Meyer, La Cristiada 2 – El conflicto entre la iglesia y el estado 1926/1929, Siglo XXI, México 19785, p. 328).

[25] L’O.R., 8/9-VI-1928, p. 1: “C’è chi crede e vuol fare credere che circoli nel Messico ed altrove la voce che lo stesso Sommo Pontefice ha impartito una speciale benedizione all’insurrezione armata ed ha perfino concesso indulgenze speciali ai combattenti, incoraggiando quindi (viene da sé) anche la raccolta di denaro destinato ai combattenti. Consta da numerosi e noti documenti che il Santo Padre si è sempre schierato dalla parte dei suoi figli messicani perseguitati e sofferenti per la fede dei loro padri, ma è pure documentato che nulla vi è di vero nella voce di cui sopra”.

[26] Jean Meyer interpreta esta nota aclaratoria como un forma de distanciarse la Santa Sede de los insurgentes con el fin de propiciar el éxito de las negociaciones por la paz (Cfr. Jean Meyer, La Cristiada 2, cit., pp. 344-345).

[27] Este tipo de notas aclaratorias publicadas en un lenguaje más bien vago, pero comprensible por el público involucrado, no son extrañas en L’O.R.. Ofrecemos a continuación, sin que tenga nada que ver con el argumento de nuestro trabajo, un ejemplo de este tipo de aclaraciones: “Alcuni giornali italiani ed esteri asseriscono che, in seguito a delle informazioni trasmesse da Roma a qualche giornale francese, importanti riunioni avrebbero avuto luogo nei giorni scorsi in Vaticano tra il card. Gasparri, il card. Dubois arcivescovo di Parigi, il card. Cerretti ed il generale Castelman, allo scopo di”addivenire ad un compromesso per risolvere il grande dissidio sorto fra i cattolici francesi” in seguito alle note misure contro l’Action Française. Sempre secondo tali informazioni, le trattative sarebbero a buon punto per concludere una specie di”modus vivendi” tale da”quietare i sentimenti cattolici e religiosi dei cattolici” dell’Action Française. Siamo in grado di poter assicurare che tali notizie ed informazioni non hanno alcun fondamento” (L’O.R., 26-II-1927, p. 2). Otras notas de este género se pueden leer en L’O.R., 27-IX-1928, p. 1; 23-X-1928, p. 1; 1-XII-1928, p. 1; 19-II-1929, p.1.

[28] Cfr. J. Antonio López Ortega, Las naciones extranjeras y la persecución religiosa, editado por el autor mismo, México 1944, p. 142.

[29] L’O.R., 21/22-V-1928, p. 1: “Sua Santità, commossa per le imponenti manifestazioni avvenute nella cattolica Baviera a favore dei fratelli di fede perseguitati nel Messico, ha fatto trasmettere all’episcopato bavarese i sentimenti della Sua sovrana soddisfazione, benedicendo di cuore a quanti hanno iniziato e favorito quell’ammirevole movimento di solidarietà umana e cristiana”.

[30] Cfr. José Ma. García Escudero, “La comunidad política”, en Alfonso A. Cuadrón (ed.), Manual de Doctrina Social de la Iglesia, BAC, Madrid 1993, p. 712.

[31] Cfr. Alberto María Carreño, El Arzobispo de México Exmo. Sr. D. Pascual Díaz y el conflicto religioso, Victoria, México 19432, pp. 205-206; Jean Meyer, La Cristiada 2, cit., p. 328.

[32] Cfr. L’O.R., 12-VI-1928, p. 1; 15-VI-1928, p. 1; 16-VI-1928, p. 1; 24-VI-1928, p. 1.

[33] Cfr. L’O.R., 29-VI-1928, p. 1.

[34] Cfr. L’O.R., 26-VI-1928, p. 1.

[35] Cfr. L’O.R., 29-VII-1928, p. 1.

[36] L’O.R., 29-IX-1928, p. 1: “La Lega nazionale per la difesa della libertà religiosa al Messico, in nome di tutti i messicani che lottano per la santa libertà di coscienza, e per le istituzioni sacre della famiglia, della proprietà e della religione; in nome di questa patria afflitta, in nome del sangue generoso, versato a fiotti sui campi da battaglia dai nostri eroici liberatori; in nome del sangue benedetto dei nostri martiri, che sono morti per la fede di Cristo nostro Re, invia un voto caloroso di riconoscenza e di gratitudine agli illustri intellettuali europei che, di fronte al mondo, e seguendo l’esempio di Sua Santità il Papa, e di Bernard Shaw, hanno denunciato l’infame”cospirazione del silenzio” con cui la sedicente stampa d’informazione ha raccolto le iniquità compiute ogni giorno nella persecuzione religiosa intrapresa contro di noi (…)”.

[37] Cfr. L’O.R., 14-VII-1928, p. 1; 25-IX-1928, p. 1.

[38] L’O.R., 3-I-1929, p. 1: “ma quando, col pretesto della politica furono attaccati i principi religiosi, i difensori di questi principi dovettero insorgere e ne risultarono le disastrose condizioni che ancora travagliano il paese”.

Categorías:Historia Iglesia

Hace 90 años inició formalmente La Cristiada

Hace 90 años inició formalmente La Cristiada

Publicado en web el 7 de enero, 2017

Aniversario 90 del inicio de la Guerra Cristera

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas
Cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara

http://ww.semanario.com.mx

a 90 años de la cristiada EDITEl 1º de enero de 1927, en respuesta a la convocatoria hecha por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, en diversas partes de México comenzó la resistencia activa de los católicos para obligar al Gobierno a modificar el orden jurídico vigente en este tema. Dio inicio una guerra de guerrillas, al lado de acciones violentas, que dejaron unos 250 mil muertos en un país con menos de 20 millones de habitantes.
Al cumplirse ahora nueve décadas de tal cosa, es posible hacer un balance de estos hechos a tenor del Artículo 18º de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que a la letra dice: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.”

Antecedentes
La Guerra Cristera fue un capítulo, el más sangriento y recordado, de la Persecución Religiosa en México, cuyos antecedentes se hunden en la postura del Gobierno, de constreñir a un orden legal estrecho tres Derechos Humanos: las libertades de credo, culto y conciencia, tal y como acaeció al promulgarse las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, que no sólo quitaron a la Iglesia muchos privilegios de los que gozaba en un sistema jurídico confesional, sino también le despojaron de algunos derechos fundamentales para su pervivencia y desarrollo. Y, en contraparte, alentaron de forma directa que otros cultos cristianos quebrantaran la hegemonía católica en el país. De todo ello derivaron fricciones sociales que tuvieron un costo muy grande en lo que se refiere a la cultura, la educación, la asistencia social y la participación ciudadana democrática.
De 1876 a 1914, el Gobierno optó por no aplicar en todo rigor las Leyes de Reforma, pero no accedió a modificarlas, toda vez que en 1874 fueron agregadas a la Constitución. En este lapso, la Iglesia en México adquirió características que antes no tenía: diocesaneidad, surgimiento de un laicado cada vez más consciente de su compromiso como tal, y catolicismo social.
Entre 1914 y 1917 renació un combativo furor anticlerical en los movimientos armados conducidos por caudillos de marcada tendencia jacobina y masónica, que se declararon enemigos acérrimos de la Iglesia y sus obras. Un pequeño grupo de liberales radicales, encabezado por el Diputado Francisco J. Múgica, insertó, en la nueva Constitución Federal, cinco Artículos, pero ahora con un tinte abiertamente anticatólico o descatolizante.

Ataque brutal a la libertad religiosa
En efecto, los Artículos 3º, 5º, 24º, 27º y 130º, reconociendo la libertad de credo, dispusieron de la libertad de conciencia y de religión, pues negando a la Iglesia personalidad jurídica, confinaron a los templos todo lo relacionado a las prácticas religiosas, prohibiendo y castigando la evangelización de niños y adultos fuera de estos recintos o de la intimidad del hogar, la vida consagrada y los Seminarios Conciliares. Se dispuso, además, que los templos quedaran a cargo de una Junta de Vecinos; los eclesiásticos, sometidos al Gobierno en lo que a su número y registro respecta, y ellos supeditados a un sistema vejatorio de sus derechos ciudadanos. También, se contempló que todo bien raíz, sólo por estar relacionado con la Iglesia y sus obras, pasaría “de pleno derecho”, a ser propiedad federal.
En este marco, el Presidente Plutarco Elías Calles adicionó el Código Penal Federal con un Capítulo de nuevos delitos en materia de culto religioso y de una Ley Reglamentaria del Artículo 130º Constitucional. En protesta, los Obispos de México suspendieron por tiempo indefinido el culto público en los templos, convirtiendo en infractores de la nueva codificación, a partir del 1º de agosto de 1926, a su Clero y fieles.

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Los laicos en la iglesia y en el mundo según el Documento de Aparacida

Los laicos en la iglesia y en el mundo según el Documento de Aparacida*

 

Fernando Berríos Medel

http://www7.uc.cl/facteo/centromanuellarrain/htm/berrios_f_laicos_aparecida.html

 

1.      El marco eclesiológico: comunidad de discípulos misioneros en una “nueva realidad social, plural, diferenciada y globalizada”

 

Para el Documento Conclusivo de Aparecida, el gran imperativo de la Iglesia latinoamericana hoy es reconocerse, antes de cualquier consideración, como comunidad de discípulos. Discípulo es aquel que ha tenido un encuentro personal con Jesucristo, desde la experiencia de la conversión y la fe, y esa experiencia inevitablemente lo rebasa y lo impulsa a comunicarla, es decir, a la misión. La misión consiste básicamente en evangelizar, porque, como lo dice la misma palabra, el encuentro con Jesucristo es una experiencia de plenitud y de alegría que no cabe sino anunciar como una buena noticia. La buena noticia de la vida plena que el Padre Dios nos ha dado en Jesucristo. Pero debemos conocer bien la realidad en la que vivimos y en la cual estamos llamados a ser discípulos-misioneros (cap. 2, método Ver-Juzgar-Actuar). Por aquí parte el documento (primera parte).

 

¿Dónde y cómo se manifiesta concretamente esa experiencia de encuentro pleno con Cristo que desborda en misión? A esto responde la segunda parte del documento: en la vida misma, en la dignidad de lo humano, que se vive cotidianamente en la familia, en el trabajo, en el encuentro con otros y con el mundo que compartimos (cap. 4). Allí y no en otra parte, los discípulos misioneros estamos llamados a la santidad en el seguimiento de Jesús y de su mensaje del Reino.

Pero –y aquí viene algo importante que no se había subrayado aún suficientemente- la Iglesia no es sólo la suma de experiencias personales-individuales de encuentro con Cristo, sino que estas experiencias sólo son posibles en el contexto de la comunión eclesial. Es la comunidad la que posibilita que personas individuales puedan tener este encuentro. Esto distingue al cristianismo de toda forma de religiosidad intimista (cap. 5). Y esto se expresa concretamente en el hecho de que el llegar a ser un auténtico discípulo misionero será el fruto de un proceso de formación que se vive en los diversos espacios de la comunidad eclesial, partiendo por la familia (cap. 6).

La tercera parte del documento ahonda en el tema de los principales contenidos y caminos concretos de la misión a la que se siente llamada la Iglesia del Continente. El primero y fundamental es que la comunicación de la vida plena en Cristo tiene que verificarse en el servicio de los cristianos a la vida plena y digna para todos, para las personas concretas, sobre todo para aquellos que están más lejos de ello. Siguiendo en esto las orientaciones de Benedicto XVI, el documento reitera aquí la necesidad y la urgencia de la verificación de la caridad —¡que es Dios mismo!— en la justicia y de no abandonar, sino, por el contrario, renovar la opción preferencial por los pobres y excluidos, de los “rostros sufrientes” que hoy están en las periferias del mundo de la globalización. Un segundo tema importante es la defensa de la vida humana y de las personas en todos los momentos de la vida. Por último, una especial atención y cuidado de las culturas y de la cultura, incluyendo los desafíos que plantea hoy a la Iglesia la cultura de la globalización y del pluralismo.

 

*  *  *

 

Por qué esta renovada insistencia en la idea de la Iglesia como comunidad de “discípulos-misioneros”? La respuesta debe buscarse sobre todo en la percepción de la situación socio-cultural del mundo de hoy, como una “nueva realidad social, plural, diferenciada y globalizada”, que desafía a buscar “nuevas respuestas que den sustento a la fe y vivencia del discipulado” (n. 345). En su conjunto, este contexto global es percibido por los obispos sobre todo como un espacio de diversidad y de pluralismo, un modelo de sociedad en que crecientemente la Iglesia como institución ha ido perdiendo relevancia social. Y donde también la transmisión de la fe se ha tornado más difícil.

Con todo, una consecuencia positiva de esta percepción es el desarrollo, muy claro y decidido en todo el documento, de la eclesiología del pueblo de Dios del Concilio Vaticano II. Lo que se tra­sunta aquí es que los obispos latinoamericanos y del Caribe redescubren, a partir de la realidad observada en los actuales parámetros del mundo globalizado y pluralista, la profundidad y la importancia de un modelo de Iglesia basado (literalmente) en la dignidad y en la vocación común de los cristianos todos en virtud de su bautismo. La convicción de fondo es que la persistencia del cristianismo sólo será posible en un modelo de Iglesia basado en la comunión de discípulos bien formados, afianzados en su relación con Jesucristo y, por lo mismo, vitalmente comprometidos, desde la vocación específica de cada cual, con su común misión. Un cristianismo basado en la autoridad y en la “presencia social” de sus esferas jerárquicas no tendrá ya, definitivamente, un lugar significativo en la sociedad.

Esta autocomprensión eclesial basada en la noción de comunión o “comunidad de discípulos”, es lo fundamental y sólo en ese horizonte es posible entender adecuadamente el sentido y el aporte específico de las diversas vocaciones, carismas y ministerios en la Iglesia. Todas las afirmaciones fundamentales del documento sobre la vocación cristiana se aplican, por ello, a la comunidad en su conjunto y no a una u otra “vocación específica” dentro de ella.(1)

Esto no es nuevo. Así lo entendió la Iglesia desde sus mismos orígenes (ver, por ejemplo, 1Co 12, 12ss) y en la historia reciente lo ha recuperado con especial fuerza el Concilio Vaticano II. Pero hoy, ante los nuevos desafíos de la realidad mundial, el documento de Aparecida lo redescubre con una fuerza y un sentido nuevos.

2.      Hacia un redescubrimiento de la vocación laical

 

De los fieles cristianos laicos se habla en muchos momentos en el documento. Se podría decir que a propósito de todos los grandes temas, lo cual indica cuánto se espera de nosotros en la vida y en el quehacer de la Iglesia en el continente. ¡Y no es extraño, si somos la gran mayoría de los que formamos la comunidad eclesial!

El documento de Aparecida hace alusión a este hecho tal como se da en la actualidad. Pero más bien con preocupación. Al constatar que en los últimos años “el crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional”, el objeto directo de la inquietud termina siendo que “el aumento del clero, y sobre todo de las religiosas, se aleja cada vez más del crecimiento poblacional en nuestra región” (n. 100ª).(2) Cabría preguntarse si no hay, más bien, en ello un signo de los tiempos para toda la Iglesia, y en especial para los laicos.

Una especial mención sobre los laicos se hace en la segunda parte, específicamente en el capítulo 5 sobre “la comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia”. Siguiendo la perspectiva eclesiológica que se ha destacado en el acápite anterior, el documento se refiere aquí a la vocación laical como una de las “vocaciones específicas” dentro de la Iglesia que se entiende, toda ella, como misionera (nn. 209-215). La intuición de fondo es que la Iglesia, para poder ser misionera, debe ser antes un auténtico espacio de comunión de los discípulos de Jesús. Un espacio comunitario en que cada cual pueda descubrir y realizar su propia vocación cristiana junto a otros hermanos que recorren su propio camino, siguiendo todos al mismo Maestro y guiados por el mismo Espíritu.

En ese contexto, para caracterizar la vocación laical el documento se apoya en Lumen gentium(3), n. 31; y lo hace citando la parte de ese parágrafo que ofrece una descripción positiva de esta vocación, es decir, desde lo que ella es en sí misma y no desde el punto de vista de lo que la distingue del sacerdocio ministerial y de la vida religiosa. Se quiere evitar así entender al laico por aquello que no tiene (según ese enfoque, el laico sería aquel cristiano que no tiene la ordenación sacerdotal ni la profesión de los votos en la vida religiosa)(4), y se intenta más bien describirlo positivamente, por lo que tiene y por lo que es: “Los fieles laicos son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (n. 209)

Como un aporte a las cuestiones que habían quedado en cierta medida abiertas desde el Concilio Vaticano y en la misma perspectiva establecida por el magisterio posterior, el documento de Aparecida destaca el rol de los laicos tanto en el mundo (n. 210) como al interior de la Iglesia, que está llamada a ser el espacio “donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano” (n. 211). Una vez más, pero con un acento nuevo, se insiste en que ello sólo será posible mediante una “sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento” (n. 212).

Se insiste en que todo ello debe concretarse y no quedar en meras ideas. Por de pronto, los laicos “han de ser parte activa y creativa en la elaboración de proyectos pastorales a favor de la comunidad” (n. 213). El llamado es muy concreto. Si hubiera que decirlo con otras palabras, el desafío es que, a diferencia de lo que muchos piensan, los laicos no deben ser sólo “destinatarios” de los proyectos pastorales en la Iglesia, sino que pueden y deben participar verdaderamente en su gestación. El documento, en este pasaje, no elude el hecho de que esto plantea una fuerte exigencia a los pastores: “una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el ‘ser’ y el ‘hacer’ del laico en la Iglesia, quien por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (ibid.).

Aunque no se lo dice explícitamente, en la concreta articulación de la pastoral está, pues, en juego el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia. La comunión real será posible si la autoridad de los pastores se ejerce promoviendo la participación y la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad. No se trata de desconocer o de negar la legitimidad de la autoridad de los pastores en la Iglesia, sino de entenderla y de ejercerla en coherencia con la eclesiología de comunión.

Y como lo recién dicho es de gran importancia, con audacia los mismos obispos destacan en este pasaje instancias concretas de participación eclesial: los consejos parroquiales y consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, como instancias que ayuden a promover en los laicos “la construcción de ciudadanía… y la construcción de eclesialidad (como) un solo y único movimiento” (n. 215).

Por último, se destaca como “un signo esperanzador” el fortalecimiento de “variadas asociaciones laicales, movimientos apostólicos eclesiales e itinerarios de formación cristiana y comunidades eclesiales y nuevas comunidades, que deben ser apoyados por los pastores”. Tales son los canales concretos que “ayudan a que muchos bautizados y muchos grupos misioneros asuman con mayor responsabilidad su identidad cristiana y colaboren más activamente en la misión evangelizadora” (n. 214).

Por todo lo reseñado, este pasaje de los números 209 a 215 debería ser reflexionado muy a fondo por toda la comunidad eclesial, y en especial por los laicos que buscan crecer en la conciencia de su vocación cristiana.

3.      Otras concreciones de la vocación laical

 

A partir de ese marco general que se ha intentado aquí mostrar y explicar a grandes rasgos, a través de todo el documento, como ya decíamos al comienzo, se menciona y se destaca el rol de los laicos en las grandes tareas en que ha de concretarse la misión de la comunidad de los discípulos de Jesucristo. No sería posible reseñar aquí cada una de estas indicaciones, pero puede ser útil señalar —para una posterior profundización— los principales núcleos temáticos en que se destaca la necesidad de la participación laical:

  1. a) La importancia de su relación con los demás actores eclesiales en el imperativo común de la corresponsabilidad en la misión, aspecto que se destaca en los pasajes del documento en que se habla de otras “vocaciones específicas”(especialmente en el capítulo 5).
  2. b) La necesaria participación de los laicos en los procesos de formación de los discípulos misioneros (todo el capítulo 6).
  3. c) La participación insustituible de los laicos en la misión (capítulo 7) y sobre todo en la promoción de la dignidad humana en los asuntos sociales y de la vida pública (capítulo 8 y capitulo 10, nn. 501-508). Esto no significa que todos los laicos deban sentirse llamados a asumir protagonismos en la vida pública. Más bien, tal vez la mayoría de los cristianos están invitados a vivir su vocación en medio de las sencillas y poco vistosas realidades cotidianas, como la familia y el trabajo. Esta intuición está expresada, como hemos dicho, de manera bastante clara al inicio de la segunda parte, en los capítulos 3 y 4.
  4. d) Los desafíos asociados a roles importantes de los laicos en el mundo y en la Iglesia. Entre otros (mencionados en el capítulo 9): el matrimonio y la familia (nn. 432-437); las mujeres (nn. 451-458); los adolescentes y los jóvenes (nn. 442-446), etc.
  5. e) Por último y como orientación general, algo que se dice casi al final del documento, a propósito de los “nuevos areópagos y centros de decisión” (acápite 10.4): el llamado a “favorecer la formación de un laicado capaz de actuar como verdadero sujeto eclesial y competente interlocutor entre la Iglesia y la sociedad, y la sociedad y la Iglesia” (n. 497ª). Algo que sólo será posible si existen en la Iglesias cristianos laicos adultos, conscientes de su dignidad de bautizados y de las exigencias que comporta su corresponsabilidad en la misión de la comunidad de los discípulos.

 

La gran tarea pendiente es traducir más exactamente el contenido de la misión a que Aparecida impele con tanto ímpetu a toda la Iglesia de Latinoamérica y El Caribe. No es función de un documento eclesial el llevar a cabo esta tarea. Corresponde a las comunidades locales el discernir, en su propia situación, las formas concretas de expresión y de comunicación de la plenitud que Dios ofrece a todos en la persona de su Hijo Jesús.

Conclusiones y perspectivas

Puede afirmarse que el documento conclusivo de la Conferencia de Aparecida contiene una fuerte y especial reafirmación de la dignidad y de la importancia del laicado en la Iglesia, en el contexto, más amplio y más importante, de una concepción de la Iglesia como comunión y pueblo de Dios inserto en la sociedad humana para ser fermento y servidora del reinado de Dios en Jesucristo. Lo más relevante en esta nueva acentuación es el rol misionero que le compete a toda la comunidad eclesial, a partir de la experiencia fundamental compartida del seguimiento de Jesús en su discipulado.

Más que pensar en grandes estrategias para influir en la sociedad, el primer desafío que se plantea a la comunidad eclesial en Aparecida es recuperar en primer lugar en su propio seno la autenticidad y profundidad de la vocación cristiana, que cada cual ha de descubrir y vivir en comunión. A partir de allí —y sólo a partir de allí— será posible realizar un auténtico servicio misionero en el mundo. Y ello, además, como fruto de una experiencia de discernimiento, puesto que el llamado de Dios y su Evangelio son ante todo una interpelación a la libertad; libertad que es preciso vivir no como la mera búsqueda individual de la propia realización, sino como aquella experiencia fundante en que el creyente pueda reconocerse como persona en y para una comunidad, que lo necesita y que a la vez es el para él espacio natural de acogida y crecimiento.

 

Notas

*Publicado en Servicio 285 (2008) 27-32.

(1)       A tales especificaciones se aboca, como hemos dicho, el capítulo 5 en la segunda parte.

(2)       La nota 41 especifica: “Mientras en el período 1974 a 2004, la población latinoamericana creció casi el 80%, los sacerdotes crecieron 44.1%, y las religiosas sólo el 8%. (Cf. Annuarium Statisticum Ecclesiae).”

(3)       Constitución dogmática sobre la Iglesia, Concilio Vaticano II.

(4)       Ese tipo de descripciones ha abundado históricamente, y ni el Concilio Vaticano II pudo evitarlo. El mismo número 31 de Lumen gentium dice, justo antes de la afirmación citada por Aparecida n. 2009, lo siguiente: “Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia”. El problema es que normalmente se destaca lo que aquí se dice a partir del “a excepción de”, y se pasa por alto lo que se dice al comienzo: que los laicos son “fieles cristianos” ante todo y antes de cualquier característica que los distinga de otras formas de existencia cristiana.

 

 

 

Categorías:Laicos

Los apóstoles laicos. Pablo, animador y maestro

Los apóstoles laicos. Pablo, animador y maestro

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Recordemos una anécdota interesante:

Rodeado un día el Papa San Pío X con algunos Cardenales y colaboradores del Vaticano, les preguntó medio en broma medio en serio, como hablaba tantas veces él:

– ¿Qué creen ustedes que es lo más importante para la reforma de la Iglesia?… Y los interrogados, sabiendo las aficiones y preferencias del Papa, iban respondiendo:

– La enseñanza de la Doctrina…, la renovación litúrgica…, la devoción a la Eucaristía…
El Papa movía la cabeza negativamente a cada respuesta: -¡No!…, ¡No!…

Y al fin él, serio en medio de su buen humor:
– ¿Saben ustedes qué es lo más importante? Reunir en torno a cada párroco un grupo de seglares, que tomen responsabilidad de la Iglesia, que trabajen bajo la dirección de los Pastores, y pronto tendremos una Iglesia totalmente renovada.

¿Tenía razón aquel Papa tan providencial, San Pío X?…
Era cuestión de que la Iglesia dejase de considerarse tan clerical, a la vez de que los seglares o laicos tomaran conciencia de su responsabilidad de cristianos, los cuales tienen el derecho y el deber de trabajar por el Reino de Dios, por la Iglesia de Jesucristo, por la salvación de sus hermanos.

Todo ello, con los Pastores como dirigentes, pero también con la autonomía y libertad que les confiere su condición de laicos metidos en el corazón del mundo.

Llegó el Concilio, y, con su Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, dio el espaldarazo a tantos laicos como hoy trabajan -vamos a usar palabras de San Pablo- como verdaderos apóstoles de las Iglesias y gloria de Jesucristo (2Co 8,23)

¿Ha inventado la Iglesia algo con esto del apostolado de los laicos?

¡No, ni mucho menos! La cosa viene desde al principio.

Si miramos los Hechos de los Apóstoles, y sobre todo las cartas de San Pablo, vemos que la actividad apostólica de los seglares es tan antigua como la misma Iglesia.

Comunidades eclesiales como Antioquía -y probablemente también la de Roma-, fueron fundadas por laicos, que llevaron desde Jerusalén la Buena Nueva del Señor Jesús.
Después, enterados los Apóstoles, mandaban sus delegados, o iban ellos mismos, para confirmar lo que el Espíritu Santo se había adelantado a hacer. Los apóstoles establecían presbíteros, organizaban y daban institución a una Iglesia iniciada por seglares.

En las cartas de San Pablo tenemos ejemplos admirables de apóstoles laicos, admirados, tan queridos y elogiados por Pablo. Los vemos en todas las cartas, pero el final de los Romanos es sumamente aleccionador.
Miremos a quiénes saluda:

Les recomiendo a Febe. Recíbanla en el Señor. Asístanla en todo lo que necesite, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo.
Saluden a Priscila y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús, que expusieron sus cabezas por salvarme, y saluden también a la iglesia que se reúne en su casa.
Saluden a María, que ha trabajado tanto por ustedes.
Saluden a Urbano, nuestro colaborador en Cristo.
Saluden a Trifena, Trifosa y Pérside, que tanto se fatigaron y trabajaron mucho en el Señor
(Ro 16,1-12).

¿Nos damos cuenta? Todos eran laicos. Y tal vez más mujeres que hombres.

El mero hecho de ser cristianos los autorizaba a colaborar con los apóstoles, obispos y presbíteros, e incluso a tomar ellos iniciativas importantes para el desarrollo de la Iglesia.

Pablo, al buscar y aceptar colaboradores, les dictaba la razón que los debía estimular:

Miren que son miembros del Cuerpo de Cristo. Y cada miembro debe trabajar “según su actividad propia, para el crecimiento y edificación en el amor” (Ef 4,16)

Comentando esta razón de San Pablo, les dice el Concilio a los seglares:

“El que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe considerarse como inútil para la iglesia y para sí mismo” (AA 2)
Pero, junto a la amenaza, el Concilio sabe animar:
“Insertos los seglares por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo y robustecidos por la confirmación, es el mismo Señor quien los destina al apostolado” (AA 3)

Aunque nos podemos preguntar: ¿Con qué auxilios cuenta el laico para el apostolado? ¿Qué gracia les da Dios?

Aquí vienen ahora los “carismas” del Espíritu Santo, el cual los reparte abundantes entre los laicos, hijos de la Iglesia, para que se entreguen a ella con generosidad, competencia, celo apostólico, y puedan hacer las maravillas que tantas veces nos toca contemplar.

El apóstol San Pablo es en esto el gran maestro. En las cartas a los Romanos (12,6-8), a los de Corinto (1ª, 12 y 14) y a los de Éfeso (4,11), enumera unas listas de carismas o dones del Espíritu Santo que nos dejan pasmados.
No todos los laicos valen para todos los apostolados, pero todos, hasta los más humildes, pueden ejercer ministerios valiosísimos. Pablo viene a decir a cada uno:

Tú, que sabes hablar, exhorta, predica, consuela. Haz de profeta.
Tú, que sabes instruir, trabaja como catequista.
Tú, doctor que dominas la doctrina del Señor, enseña con competencia.
Tú, que tienes tan buen corazón, dedícate a obras de misericordia con los necesitados.
Tú, tan diestro en oficios, sirve a la Iglesia en cosas materiales, a veces muy humildes.
Tú, inquieto siempre, propaga el Evangelio, habla, no te calles.
Tú, escritor y propagandista, difunde la Fe por “los medios”.
Tú, que eres líder por naturaleza, ponte al frente de los jóvenes inquietos y llévalos a todos al Señor.

Pablo puede seguir señalando con el dedo a cada uno y diciéndole lo que es capaz de hacer por el Señor en su Iglesia. Sus palabras son estimulantes:

“Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, los hemos de ejercitar en la medida de nuestra fe”

Entre las grandes gracias de Dios a su Iglesia en los tiempos modernos, resalta como ninguna la conciencia despertada en los laicos sobre su responsabilidad en el apostolado, conforme a la intuición de aquel Papa tan clarividente.

Sabemos lo que San Pablo hizo en Éfeso por medio de sus colaboradores -laicos en su inmensa mayoría-, con los cuales llenó del Evangelio toda la Provincia romana del Asia.
Y nos podemos preguntar: ¿Pensamos que los católicos seglares de hoy no pueden realizar maravillas semejantes?… Las pueden hacer, y las están haciendo.

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