¿Qué pensar de la reciente Reforma vaticana?

¿Qué pensar de la reciente Reforma vaticana?

 

Año 12, número 589

Luis-Fernando Valdés

El Papa Francisco erigió un nuevo Dicasterio y así inicia la esperada reforma de la Curia vaticana. Pero este movimiento, ¿tiene algo que ver con la vida diaria de los fieles católicos?

El Papa Francisco nombró a Mons. Kevin Farrell
como Prefecto del nuevo Dicasterio para la vida,
la familia y los laicos. (Foto: keranews.org)
  1. Antecedentes. Desde el inicio de su Pontificado, Francisco creó un consejo de cardenales, conocido hoy como “C9” pues está compuesto por nueve purpurados, con el objetivo de estudiar una reforma a fondo de la Curia romana.

Desde hace meses se anunció que se fusionarían algunos Consejos e Institutos pontificios. Lo importante de esto es tener claro que se trata de una reforma del aparato administrativo del Vaticano, pero no de la estructura sobrenatural de la Iglesia católica.

  1. Un nuevo organismo para laicos. Mediante el Motu Proprio titulado “Sedula Mater” (‘Madre solícita’), publicado el 15 de agosto pasado, Francisco instituyó el nuevo Dicasterio de Laicos, Familia y Vida. En ese documento, el Papa explica que esta reforma sirve para que los dicasterios se “conformen a las necesidades de nuestro tiempo y se adapten a la necesidad de la Iglesia Universal”.

El nuevo organismo unificará el Pontificio Consejo para la Familia y el Pontificio Consejo para los Laicos que, a partir del 1 de septiembre, desaparecerán y pasarán a formar parte de este nuevo Dicasterio. (Rome Reports, 6 ago. 2016)

  1. El nuevo prefecto. Francisco puso al frente del nuevo organismo al obispo de Dallas (EUA), mons. Kevin Farrell, cuyo hermano, Brian, es el Secretario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana.

Mons. Farrell, mediante un comunicado en la web de la diócesis de Dallas, declaró que espera “formar parte de la importante labor de la Iglesia universal en la promoción del laicado y su apostolado para el cuidado pastoral de la familia y apoyo a la vida humana de acuerdo a la reciente exhortación apostólica del Papa, ‘Amoris Laetitia’.”

  1. Para qué servirá el nuevo dicasterio. El nuevo organismo tendrá como finalidad la promoción del laicado, el cuidado pastoral de la familia y dará apoyo a la vida humana. Como indicó el Papa en el Motu Proprio “nuestro pensamiento se dirige a los laicos, la familia y la vida, a quienes queremos ofrecer apoyo y ayuda, porque son testigos activos del Evangelio en nuestro tiempo y una expresión de la bondad del Redentor”.

Según sus estatutos, “el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida es competente en asuntos relacionados a la Sede Apostólica con respecto a la promoción de la vida, el apostolado de los fieles laicos, el cuidado pastoral de la familia y su misión de acuerdo al plan de Dios y para la protección y el apoyo de la vida humana. (Statutes, Art. 1)

Como es lógico, el nuevo departamento tendrá que definir sus políticas y metas específicas en los próximos meses. Sin embargo, el mensaje que Francisco envía con la creación de este dicasterio es clara: la estructura de los organismo centrales de gobierno de la Iglesia Católica deben estar en función de las necesidades actuales de los fieles.

Se podría decir que esta reforma estructural de la Curia romana es como una nueva aplicación del “aggiornamento” (‘puesta al día’) de la Iglesia, que el Papa San Juan XXIII buscaba cuando convocó el Concilio Vaticano II.

Este nuevo Dicasterio tendrá mucho que ver con los fieles católicos, porque sus objetivos están enfocados a lo más importante de la realidad cotidiana de ellos: la vida, la familia y la misión de los laicos en la Iglesia.

@FeyRazon   lfvaldes@gmail.com

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Categorías:Laicos

¿Cualquier bautizado es sacerdote?

¿Cualquier bautizado es sacerdote?

No sólo sacerdote, sino también profeta y rey, en la medida en que participa de estas tres dignidades de Cristo

Bautismo

© Rosangelaresende

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El sacramento del bautismo introduce a las personas que lo reciben en la triple función sacerdotal, profética y real de Jesús.

En la medida en que cualquier fiel laico vive su identidad bautismal, participa de estas importantes prerrogativas cristológicas.

La Iglesia que fundó Jesús es el nuevo pueblo de Dios: un pueblo sacerdotal, profético y real. “Jesucristo es Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido ‘Sacerdote, Profeta y Rey’. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas”, indica el Catecismo (783).

Pero, ¿qué significa el verbo participar? Participar significa que se “tiene parte de algo” o compartir algo, o que parte de algo o de alguien se tiene personalmente. Es decir que todo bautizado tiene una parte de la triple función sacerdotal, profética y real de Jesús.

Todos los laicos son los fieles “incorporados a Cristo por el bautismo y constituidos en pueblo de Dios y hechos participes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo”, señala la Constitución Lumen Gentium (31).

De manera pues que todo bautizado, al ser miembro de Cristo (Catecismo, 1213) Sacerdote, Profeta y Rey, pertenece a una estirpe real y sacerdotal (1Pe 2, 9).

 

Cada bautizado también es sacerdote, profeta y rey

El aceite es uno de los tres símbolos del bautismo. El ministro, después de ungir con el Santo Crisma al recién bautizado, le proclama sacerdote, profeta y rey. Con la siguiente fórmula: “Dios todopoderoso… te consagra N.N… para que incorporado a su Pueblo, la Iglesia, seas siempre miembro de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, para la vida eterna”.

Los bautizados son sacerdotes 

“Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia “un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,6; cf. Ap 5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal.

Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.

Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son “consagrados para ser […] un sacerdocio santo” (LG 10)” (Catecismo, 1546). Los fieles gozan de una dignidad sacerdotal.

Pero el sacerdocio que reciben los fieles con el bautismo es muy diferente del sacerdocio ministerial. El de los fieles es previo y más importante: es un sacerdocio que los hace partícipes del único sacerdocio de Cristo. Tan importante es el sacerdocio de los fieles que el sacerdocio ministerial está a su servicio.

El sacerdocio común de los fieles, por el cual todos están llamados a dar testimonio de Cristo, es un sacerdocio que se nutre y se expresa en la participación de los sacramentos.

De esta manera Cristo se asocia íntimamente a los fieles laicos, a su vida y a su misión, y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan un culto espiritual.

Todo cristiano es sacerdote y está llamado a hacer de su vida una continua alabanza al Padre; es el que bendice, el que alaba al Señor.

Los fieles laicos también ejercen su sacerdocio al santificarse en todo lo que hacen y al ayudar a otros cristianos a ser santos. Nos dice la Iglesia que todos los laicos tienen la misión, al participar del sacerdocio de Jesús, de consagrar el mundo (LG, 34).

Los fieles son sacerdotes cada vez que se dirigen a Dios y le presentan sus preocupaciones, sus ilusiones, sus inquietudes, sus dificultades, sus alegrías, sus necesidades y las del mundo entero; cuando su oración es universal y no se centran en sí mismos.

Y, así como la figura del sacerdote evoca imágenes de ofrecimiento de sacrificios y de mediación, así también los fieles laicos toman parte de este oficio sacerdotal de Jesús cada vez que le ofrecen, por sí mismos o por otros, sacrificios espirituales a Dios que Él acepta (1 Pe 2, 5).

¿De qué sacrificios hablamos? Hablamos de la vida de cada día, con sus ilusiones, sus esfuerzos y trabajos. Estos sacrificios se ofrecen también para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo.

Y ofrecer no sólo sacrificios pues todos los bautizados son sacerdotes para ofrecer los cuerpos como hostia viva. Lo dice san Pablo: “Os exhorto… a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios; tal será vuestro culto espiritual” (Rm 12, 1).

Y el fiel ejerce su sacerdocio también al ser un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es esta más propiamente la verdadera función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

Y finalmente donde más plenamente los fieles laicos desempeñan su oficio sacerdotal es en la Eucaristía. “El sacerdote oficia el sacrificio y los fieles concurren” (LG, 10) a la ofrenda de la Eucaristía: Ofrecen juntamente con el sacerdote a Cristo al Padre, y se ofrecen juntamente con Cristo.

Los bautizados son profetas 

Cristo profeta cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria no solo a través de la jerarquía, sino por medio de los laicos (LG, 35).

En el Bautismo somos consagrados profetas ya que tenemos que llevar la Palabra divina a los demás.

El cristiano es alguien llamado a proclamar las maravillas de Dios, a dar testimonio público de Jesucristo, a ser promotor de la verdad y de la paz, a denunciar la injusticia y la mentira, a oponerse a todo lo que daña a la sociedad y al individuo.

Somos profetas para hablar a los hombres de Dios y aquí tenemos el apostolado o la evangelización.

Somos profetas cuando anunciamos, con nuestra vida, a la divina persona de Jesucristo, cuando somos consecuentes con nuestra condición de creyentes y vivimos en verdad, sin querer esconder ante los otros nuestra fe.

El pueblo de Dios participa del carácter y misión profética de Cristo, dando testimonio de Él con su vida de fe y de amor a semejanza de los Apóstoles que transmitieron lo que habían visto y oído.

Los fieles toman parte en el oficio de Jesús de ser profetas llevando el evangelio a todos los ámbitos de la vida tanto con la palabra como con las obras.

La misión de dar razón de nuestra fe, de ser apóstoles, no es sólo oficio de los sacerdotes ordenados, sino de todo el pueblo de Dios, ya que con Cristo los fieles son profetas, anunciadores del evangelio en todos los ambientes y lugares, y denunciadores de todo aquello que se manifiesta contrario a nuestra fe.

Para que los fieles puedan llevar a cabo ésta misión más eficazmente, “dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con insistencia el don de la sabiduría” (LG, 35).

El profeta es aquel que vive dos realidades. De una parte está inmerso en la sociedad actual y de consecuencia conoce y entiende las luchas y los trabajos del pueblo, en medio del cual es llamado a servir.

Y por otra parte está en la presencia de Dios y de consecuencia conoce su voluntad y la conoce desde dentro.

Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros, de manera que se entienda y se siga.

El profeta asume, pues, el desafío de vivir esta doble realidad, para participar así en la acción evangelizadora de la Iglesia.

El sensus fidei es la capacidad del profeta que le permite percibir la verdad de la fe y de saberse oponer a lo que le es contrario (LG, 12 – Dv, 8).

El profeta no es el que adivina el futuro, sino el que lee los acontecimientos a la luz del Evangelio, y así tiene las claves para interpretar la historia presente y la futura.

Los fieles como profetas son capaces de ver y comprender las personas, las cosas y los acontecimientos con los ojos y la mente de Dios.

Los bautizados son reyes

Cristo es rey y es el primero en todo, “pero no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida” (Mt 20,28).

Y Cristo comunicó su poder y su realeza a sus discípulos para que también ellos dispusieran de una libertad soberana y vencieran el reino del pecado.

Los cristianos ejercen su realeza sirviendo a Cristo en sus hermanos. Por esto los fieles toman parte en la función de Jesús de regir (de ser reyes) sirviendo. Por eso para el cristiano reinar es servir como Cristo sirve (Catecismo 786).

Los fieles participan del Señorío al llevar el Reino de Jesús a los hombres. Dice el Concilio Vaticano II que “también por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (LG, 36).

Esta misión de regir de los laicos también se realiza cuando se toma parte en cualquier gobierno o institución, intentando que “el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz” (LG, 36).

Es así como la realeza de Cristo llegará a través de los fieles laicos a todos los rincones del mundo y todas las estructuras de la sociedad.

Somos constituidos reyes, porque se nos da la libertad de los hijos de Dios, y esta libertad es para servir; servir a Dios en el prójimo es reinar.

Y el cristiano es rey: los reyes no están sometidos a nadie, son libres. Se ha arrancado de la vida del cristiano la raíz de toda esclavitud, que es el pecado, y así es libre para hacer el bien. La libertad se realiza sólo en el bien. El mal no nos hace libres, sino esclavos.

Somos reyes cuando sabemos dominar y acallar todo aquello que nos aparta de Dios, cuando somos dueños de nosotros mismos y de las circunstancias que nos rodean.

La autoridad divina otorgada a Cristo es la misma autoridad que Él transmite a sus seguidores para hacerles capaces de testificar su servicio en el mundo. Los bautizados estamos llamados a ejercer esta autoridad en el mundo para transformarlo a través del testimonio.

Conclusión

Jesús fue sacerdote, profeta y rey; hacia Él tenemos que mirar si de verdad queremos ser coherentes con el Bautismo que recibimos. Tomar conciencia de nuestro compromiso bautismal es todo un programa de vida. Profundicemos en este sacramento para valorar este don de Dios y así ejercer las funciones de Cristo como Él las ejerció.

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El asesor eclesiástico de Asociaciones de Fieles Cristianos Laicos

Fotografia tomad Muro de la Junta Nacional de la ACM en FaceBook

El asesor eclesiástico de Asociaciones de Fieles Cristianos Laicos

G. Ramiro Valdés Sánchez

http://www.arquidiocesisgdl.org/2010-1-7.php

 

Echando mano del magisterio reciente de la Iglesia, se habla de las cualidades esenciales de un ministerio que  hace sensible la solicitud de Cristo por la salvación de las almas.

 

La Iglesia, comunidad universal de los creyentes, pueblo que Dios reúne en el mundo entero por la fe y el bautismo, tiene ministerios ordenados que derivan del sacramento del Orden, porque Jesús instituyó apóstoles, germen del Pueblo de la Nueva Alianza y origen de la sagrada jerarquía,[1] y tiene fieles laicos que por el bautismo están integrados en el Pueblo de Dios y ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión del pueblo cristiano.[2]

Para asegurar y acrecentar la comunión en la Iglesia, en el ámbito concreto de los ministerios distintos y complementarios, los pastores deben reconocer que su ministerio está radicalmente ordenado al servicio de todo el Pueblo de Dios; y los fieles laicos han de reconocer, a su vez, que el sacerdocio ministerial es enteramente necesario para su vida cristiana y para su participación en la misión de la Iglesia;[3] misión que se lleva a cabo por los ministros en virtud del sacramento del Orden y también por todos los fieles laicos, que por estar bautizados participan del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo.[4]

La comunión de la Iglesia se manifiesta y opera en el actuar asociado de los fieles laicos; sus asociaciones antes eran llamadas confraternidades, terceras órdenes, pías uniones, conferencias, hoy son asociaciones, grupos, comunidades, movimientos, que el Espíritu Santo alienta en el tejido de la Iglesia.[5]

Los fieles laicos tienen su propio derecho de fundar, dirigir libremente sus asociaciones, también de inscribirse en las fundadas, guardando la debida relación con la autoridad eclesiástica.[6]

El Código de Derecho Canónico en el canon 215 establece: “Los fieles tienen derecho de fundar, dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana, y también a reunirse para procurar en común estos fines”.

En 33 cánones, del 298 al 329 del Código de Derecho, se dan las normas para las Asociaciones de Laicos y establece lo siguiente: que todas las asociaciones tengan sus propios estatutos, en los cuales se determine el objeto o fin social de la asociación, su sede, el gobierno, las condiciones que se requieren para formar parte de ella, se señale su modo de actuar teniendo en cuenta la necesidad o conveniencia del tiempo y del lugar.[7]

También se pide que todas las asociaciones de fieles laicos están bajo la vigilancia de la autoridad eclesiástica, ya sea de la Santa Sede o del Ordinario del lugar, para cuidar que ellas conserven la integridad de la fe y de las costumbres cristianas y evitar que se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, para lo cual les impone el deber de visitarlas conforme a las normas del Derecho y de los estatutos.[8]

La jerarquía eclesiástica, según el caso, debe erigir o alabar o recomendar, o aprobar, o al menos vigilar las asociaciones de los fieles laicos. Según el Derecho Canónico, las asociaciones pueden ser: privadas, públicas, laicales, clericales, católicas, terceras órdenes, según sean reconocidas oficialmente.[9]

Ninguna asociación puede llamarse católica sin el consentimiento de la autoridad competente: La Santa Sede, la Conferencia Episcopal o el obispo diocesano.[10] A ésta misma autoridad competente corresponde exclusivamente erigir las asociaciones de fieles que en nombre de la Iglesia transmiten la doctrina cristiana o promueven el culto público.[11] Las asociaciones de fieles erigidas por la autoridad eclesiástica se llaman Asociaciones Públicas.[12]

Las asociaciones privadas de fieles dirigidas y administradas por ellos, adquieren personalidad jurídica si la autoridad competente aprobó sus estatutos y les dio decreto formal reconociéndoles su personalidad.[13] Estas asociaciones privadas designan libremente a sus presidentes y oficiales conforme a sus estatutos,[14] y pueden elegir un consejero espiritual entre los sacerdotes que ejercen el ministerio en la diócesis, pero necesita ser confirmado por el Ordinario del lugar.[15]

El canon 307 establece que en las asociaciones públicas compete a la autoridad eclesiástica nombrar al capellán o asistente eclesiástico, y confirmar al presidente elegido por la misma. Además en las asociaciones laicales el asistente eclesiástico no debe desempeñar la función del presidente. Que tampoco deben ser presidentes de las asociaciones públicas dedicadas directamente al apostolado de los dirigentes de partidos políticos.

El decreto conciliar del Apostolado de los Laicos “Apostolicam Actuositatem” señala las relaciones de la jerarquía y los grupos de laicos, y ordena

 

Para promover el espíritu de unidad, de caridad fraterna, la consecución de los fines y que se eviten las emulaciones perniciosas, se requiere el mutuo aprecio de todas las formas de apostolado y la coordinación conveniente para la armonía y cooperación apostólica de los sacerdotes diocesanos, de los religiosos y de los laicos.

 

Es deber de la jerarquía apoyar el apostolado de los seglares, darles orientaciones y apoyos espirituales, ordenar el desarrollo del apostolado al bien común de la Iglesia y vigilar que se cumplan la doctrina y el orden.[16]

Los obispos, párrocos y demás sacerdotes diocesanos y religiosos, trabajen fraternalmente con los laicos en la Iglesia y por la Iglesia. Tengan especial atención de los seglares en sus obras apostólicas:[17]

 

Elíjanse cuidadosamente sacerdotes idóneos y bien formados para ayudar a las formas especiales del apostolado de los seglares. Los sacerdotes nombrados para este ministerio, por la misión recibida de la jerarquía, la representan en su acción pastoral y fomenten las debidas relaciones de los seglares con la jerarquía, adhiriéndose fielmente al espíritu y a la doctrina de la Iglesia. Esfuércense en alimentar la vida espiritual y el sentido apostólico de las asociaciones católicas que se les han encomendado, asistan con su prudente consejo la labor apostólica de los seglares y estimulen sus empresas. En diálogo constante con los seglares para hacer más fructífera su acción apostólica y promuevan el espíritu de unidad de la asociación en sí misma y en su relación con otras”.[18]

 

En el estatuto general de la Acción Católica dado por la Comisión Episcopal para el Apostolado de los Laicos de la Conferencia Episcopal Mexicana en el año 1982 se establece:

 

“Los sacerdotes asistentes eclesiásticos deberán: a) Promover y estimular en los grupos la reflexión teológica actualizada. b) Orientar y acompañar a los militantes y dirigentes en la búsqueda de su propia espiritualidad seglar. c) Respetar las funciones de dirección y gobierno que competen a los laicos y ser solidarios con ellos. b) Iluminar las opciones personales que asumen en su compromiso temporal. e) Propiciar con su testimonio, el mutuo conocimiento, la caridad fraterna y la convivencia entre todos sus miembros. f) Representar a la jerarquía conforme a su propio carisma y favorecer el diálogo entre los seglares y sus pastores. g) Cultivar la convivencia y la colaboración fraterna con las diversas organizaciones y personas que promueven los valores humanos.

 

Este mismo estatuto señala que

 

“Los Asistentes Eclesiásticos por su sacerdocio ministerial tienen responsabilidad en cuanto a la vida eucarística y sacramental de los socios. Que tienen voz y voto en las deliberaciones. El asumir las decisiones junto con los laicos es un signo de solidaridad y corresponsabilidad”

 

El señor Arzobispo Cardenal don Juan Jesús Posadas Ocampo, que de Dios goce, en su Mensaje a los Organismos de la Comisión de los Laicos del 14 de noviembre de 1992 señaló en las directrices:

 

“Compete al obispo nombrarles un asesor, cuya función será hacer presente al obispo en la vida y marcha del movimiento o asociación y orientar la marcha de la institución según su propia identidad y en colaboración con la pastoral diocesana. La función del asesor no se reduce a la función de un consejero, ni a la de un capellán. Los cargos se dan para un período de tres años renovables”.


[1] Christifideles laici (Ch l  nº 22)

[2] Ch l 9.

[3] Ch l 22.

[4] Ch l 23.

[5] Ch l 29.

[6] Apostolicam actuositatem (AA)18, Lumen gentium 37.

[7] C. 304 § 1.

[8] C. 305.

[9] C. 298.

[10] C. 300.

[11] C. 301.

[12] Ídem.

[13] C. 324.

[14] Ídem.

[15] Íd.

[16] AA 23 y 24.

[17] AA 25.

[18] AA 25.

 

Categorías:Laicos

Naturaleza y misión del laicado católico

Naturaleza y misión del laicado católico

fuente: http://www.padrebuela.org/naturaleza-y-mision-del-laicado-catolico/

20 junio, 2015 Padre Carlos Miguel Buela, IVE

  1. Naturaleza y misión del laicado católico[1].

Somos Cristo por el Bautismo, y en esto se fundamenta toda vocación, sobre todo la vocación laical, pero es nuestra tarea serlo en plenitud, muriendo y viviendo, como dice San Pablo: haced de cuenta que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rom 6,11), y como dice San Pe­dro: Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia… (1Pe 2,24). «Sólo captando la misteriosa riqueza que Dios dona al cristiano en el santo Bautismo, es posible delinear la figura del fiel laico»

[2].

  1. a) Muriendo:
  • Al pecado y a las obras de la carne, ya que los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscen­cias (Gal 5,24);
  • A la pena del pecado, o sea, al mundo malo y al infierno, porque: al nombre de Jesús se doble toda rodi­lla…en el infier­no (Flp 2,10);
  • Al miedo a la muerte, ya que el Hijo de Dios se encarnó para librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servi­dum­bre (Heb 2,15);
  • Al poder del demonio: para esto apareció (se encar­nó) el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo (1Jn 3,8);
  • A la esclavitud de la vieja ley: nos redimió de la maldición de la ley (Gal 3,13).
  1. b) Viviendo:
  • La vida de la gracia en plenitud, ya que Cristo ha venido en carne para traernos vida y vida en abundancia[3]. Esa vida es la gracia de Dios que nos hace partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Es la vida sobrenatural de las virtudes teologales, de las morales infusas y de los dones del Espíritu Santo.
  • La incorporación a Cristo como miembros de su cuerpo y participan­do del triple oficio de Cristo: Profeta, Sacerdote y Rey, es decir, los oficios por los que enseñó como Maestro, santificó como Sacerdote y rigió como Pastor, ya que «no sólo ha sido ungido nuestra cabeza sino también hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo»[4].
  1. La vida profética, ya que los laicos participan «de la función profética – o magisterial- de Cristo»[5], «a su modo»[6], a ejemplo del Verbo Encarnado «el gran Profeta que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra»[7]. Concientes de que este Cristo «cum­ple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria no sólo a través de la jerarquía que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes consiguiente­mente, constituye testigos, y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra[8], para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria familiar y social»[9].
  2. La vida sacerdotal, ejerciendo el sacerdocio común derivado del bautismo. A los laicos Cristo también los «hace partícipes de su oficio sacerdotal, con el fin de que ejerzan el culto espiritual, para gloria de Dios y salvación de las almas… Incorporados a Cristo, los bautizados están unidos a El y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades»[10]. Así el Concilio Vaticano II recuerda a los laicos que «todas sus obras, sus oraciones, iniciati­vas apostólicas, la vida conyu­gal y familiar, el trabajo cotidiano, el trabajo corporal y espiritual, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si sobrellevan pacientemente se convierten en sacrificios espirituales, que en la celebración eucarística se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santa­mente, consagran a Dios el mundo mismo»[11].
  3. La vida del señorío o reyecía, que connota una cierta razón de dominio:
  4. a) Señorío sobre sí mismo: en la medida en que el hombre triunfa sobre el pecado, domina los incentivos de la carne, y gobierna su alma y cuerpo. El fiel cristiano laico, en la medida en que somete cumplida­mente su alma a Dios, llega a una situación de indiferen­cia y desape­go a las cosas del mundo, lo cual no quiere decir impotencia sino al contrario, una voluntad dominadora y libre, capaz de dedicarse a las cosas sin dejarse dominar por ellas.
  5. b) Señorío sobre los hombres: en la medida en que el terciario se entrega generosamente al servicio de Jesucristo, el único Rey que merece ser servi­do, adquiere una realeza efecti­va, aunque espiri­tual, sobre los hombres, aun sobre los que tienen poder y autori­dad, y aun sobre los que abusan de ella. Porque toman sobre sí la carga de sus pecados y sus penas, por un amor humilde y servicial que llega hasta el sacrificio de sí mismo.
  6. c) Señorío sobre el mundo: de dos maneras:
  • Una, colabo­rando con el mundo de la crea­ción por el trabajo y el mundo de la redención por el apostola­do. Se trata de consagrar al mundo, o sea, de hacerlo sagrado, relacionándolo con Dios y con el culto debido a Dios. Para que esta realeza sea efectiva será nece­sario que junto a una dedica­ción a las cosas, haya al mismo tiem­po, un des­prendimiento y desapego a las mismas: Sólo queda que los que tengan mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran como si no llorasen; los que se alegran como si no se alegrasen; los que compran como si no poseyesen, y a los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la apariencia de este mundo (1Cor 7,29ss).
  • Otra, rechazando el mundo, ya sea por lealtad al mundo mismo que debe ser tenido como medio y no como fin, ya sea por lealtad hacia Dios, resistien­do a las concupis­cencias, tentaciones y pecados del mun­do; siendo independientes frente a las máximas, burlas y persecuciones del mundo, sólo dependiendo de nuestra recta conciencia iluminada por la fe; dispuestos al martirio por lealtad a Dios, lo que consti­tuye el recha­zo pleno y total del mundo malo.
  1. d) Señorío sobre el demonio: Necesitamos fieles cristianos laicos convencidos no sólo de que tienen por gracia de Dios poder para resistir al demonio, sino también para poder exorcizarlo, aunque a su modo, es decir, sa­neando toda la realidad temporal con la que están estrechamente vincu­lados, de modo tal que sin cesar se realice y progrese conforme a Cristo y sea para la gloria del Creador y Redentor.

En fin, por el Bautismo, por la práctica de las virtudes que se nos dieron en él, queremos llevar a pleni­tud las exigencias del santo Bautismo:

Queremos imitar lo más perfectamente posible a Jesu­cristo ya que Él nos enseña: Os he dado ejemplo (Jn 13,15) y San Pablo exhorta: Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús… (Flp 2,5), de tal manera que seamos el buen olor de Cristo (2Cor 2,15), embajadores de Cristo (2Cor 5,20)… del misterio del Evangelio (Ef 6,19), carta de Cristo (2Cor 3,3), revestidos de Cristo (Gal 3,27), firmemente convencidos de que somos predesti­nados a ser conformes con la imagen de su Hijo (Rom 8,29), repro­duciéndolo[12], hacién­donos semejantes a Él[13], configu­rán­donos con Él[14], sa­bien­do que reflejamos la misma imagen (2 Cor 3,18) del Hijo Único de Dios. Quere­mos imitarlo hasta que poda­mos, de verdad, decir a los demás, Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Cor 11,1), ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

En una palabra «somos hijos de Dios y, por tanto herederos» (Cfr. Ga 4,7). Se da en cada bautizado el misterio trascendente de la filiación divina y de la herencia del Cielo.

El hecho de haber asumido el Verbo una naturaleza huma­na, debe mover a todos los bautizados a la práctica de las virtudes del anonadarse: humildad, pobreza, dolor, obediencia, renuncia a sí mismo, mise­ricordia y amor a todos los hombres.

  1. Del mismo hecho de hacerse hombre sin dejar de ser Dios, debemos aprender a estar en el mundo[15], “sin ser del mun­do”[16]. Debe­mos ir al mundo para convertirlo y no mi­me­ti­zar­nos en él. Debemos ir a la cultura y a las cultu­ras del hombre no para convertirnos en ellas, sino para sanarlas y elevarlas con la fuerza del Evangelio, haciendo, análogamente, lo que hizo Cristo: “Suprimió lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divi­no”[17].
  2. b) Al igual que Cristo que se hizo semejante a nosotros en todo excepto en el pecado (Heb 4,15), son inasumibles el pecado, el error, y todos sus derivados. Antes de bautizar hay que exorci­zar; sin conversión es imposible la reconcilia­ción; sin renunciar al mal no existe redención. No puede haber unidad a costa de la verdad. No hay santidad sin limpie­za de alma: “santidad, limpieza quiere decir”[18].
  3. c) Sólo puede asumirse lo que tiene dignidad o necesidad. No puede asumirse ni lo inhumano, ni lo antihumano, ni lo infra­huma­no. Son inasumibles lo irracio­nal, lo absurdo y todos sus deriva­dos.
  4. d) Pero, nada de lo auténticamente humano debe ser recha­za­do, ya que Cristo asumió una naturaleza humana íntegra. Debemos asu­mir todo lo humano ya que “lo que no fue tomado tampoco fue redimi­do”[19], y lo humano que no es asumido “se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja”[20].
  5. e) Y ese asumir lo humano no debe ser sólo aparente, sino real. Esa asunción sólo es real cuando de verdad transforma lo humano en Cristo, eleván­dolo, dignificándolo, perfeccionándo­lo. Lo que se deja sólo al nivel humano, sólo aparentemente se lo ha asumi­do.
  6. f) De manera particular, vale lo dicho para la evangeliza­ción de la cultura, que exige de nosotros una espiritualidad con mati­ces peculiares: “ello pide un modo nuevo de acercarse a las cul­turas, actitudes y com­portamientos para dialogar con profun­di­dad con los ambientes culturales y hacer fecundo su encuen­tro con el mensaje de Cristo. Y de parte de los cristianos responsa­bles, esta obra exige una fe esclarecida por la reflexión continua que se confronta con las fuentes del mensaje de la Iglesia y un dis­cernimiento espiritual constante procura­do en la ora­ción”[21], no olvidando nunca que “la verdadera incultura­ción es desde dentro: consiste, en último término, en una renovación de la vida bajo la influencia de la gracia”[22].
  7. g) Además debemos prestar nuestra colaboración con los sacerdotes y religiosos que son los que de modo más elocuente manifiestan el misterio del Verbo Encarnado, ya que son quienes al practicar los conse­jos evangélicos viven más plenamente la imitación de Cristo.
  8. h) Además debemos ayudar a las religiosas, por la misma dignidad de su consagración, que las hace ser “esposas del Verbo”. En cierto modo, las religio­sas se aseme­jan a la natu­raleza humana de Cristo, que:
  • está despojada totalmente de sí misma, sin tener, ni siquiera, perso­nali­dad humana propia;
  • está unida al Verbo con una unión íntima y perfectí­sima;
  • es instrumento docilísimo del Verbo;
  • toda su riqueza consiste en darse al Verbo.

La Iglesia.

La Iglesia es una sociedad de salvación para todos los hombres, cuya estructura ha sido fijada por el propio Cristo, su fundador. La Iglesia santifica al hombre poniéndole en comunicación efectiva con la misma Trinidad. Pero la Iglesia, por voluntad de Cristo, es una Sociedad visible y jerárquica. Hay sectas protestantes que rechazan la distinción de clérigos y de laicos dentro de la Iglesia, reclamando total paridad entre ellos. Cristo, dicen, no habría establecido un sacerdocio distinto y visible: Todos los fieles son ya sacerdotes, en virtud del bautismo recibido. Pueden predicar, consagrar, administrar los sacramentos. Sólo que no podrían ejercer estos poderes sino en virtud de la delegación popular, indispensable para el ejercicio de la jurisdicción como para su elección. El sistema democrático estaría en vigor en la Iglesia.

No hay que detenerse en refutar este error. Es una verdad claramente establecida en el Nuevo Testamento que Cristo instituyó su Iglesia sobre una base jerárquica. Por eso eligió a los Apóstoles, separándolos de los demás discípulos, y les dio orden de predicar y administrar los sacramentos. Asimismo confirió a Pedro el Primado de jurisdicción sobre todos los pastores y fieles de la Iglesia. San Pedro proclama a su vez que ha recibido misión de instruir al pueblo: “Y nos ordenó predicar al pueblo y atestiguar que por Dios ha sido instituido juez de vivos y muertos” (He 10, 42). San Pablo explica la diferencia entre apóstoles y pueblo por la comparación de los miembros del cuerpo humano, entre los cuales existe una subordinación perfecta para bien de todo el organismo (Cfr. 1 Cor 22,12-30).

Históricamente la distinción de clérigos y laicos data desde muy antiguo. Orígenes (+253) opone los clérigos a los laicos en el sentido actual de estas palabras (PG., t. XIII, col. 369). El nombre de “laicos” es empleado ya antes por San Clemente de Roma (I Cor 11,5), para designar a los simples fieles y distinguirlos de los diversos miembros de la jerarquía.

  1. Igualdad esencial de clérigos y laicos en la obra salvífica de la Iglesia.

Los protestantes no tienen razón cuando desconocen el carácter jerárquico de la Iglesia. Es cierto, como se ha explicado en el capítulo anterior, que todos los fieles cristianos, incluidos los laicos, están investidos, por la unción del bautismo y de la confirmación, del sacerdocio, de la realeza y del profetismo de Cristo. Pero Cristo ha establecido ministerios jerárquicos en su Iglesia, lo que determina desigualdades que hacen al gobierno de la misma y a la dispensación de su gracia. De aquí que adviertan los teólogos[23] cómo en la Iglesia hay un orden de institución y de medio de gracia y otro orden como vida y comunión. En la Iglesia hay lo que viene de arriba, de Cristo, que ha instituido la Iglesia con magisterio, con sus medios de santificación, con su gobierno, pero hay también lo que viene de abajo, lo que traen los fieles consigo para participar de la verdad y de la gracia. Y en esta participación de la salud que trae la Iglesia, los de abajo pueden participar con mayor abundancia y fervor que los de arriba. Si es conveniente reaccionar contra los errores protestantes que ponen en cuestión la estructura de la Iglesia, también se hace necesario reaccionar contra una concepción de la Iglesia excesivamente estructural e institucional, como si los laicos no constituyeran, en calidad de miembros, la Iglesia misma.

Para tener una idea cabal de este problema, hay que distinguir dos mociones por las cuales el Espíritu Santo y Cristo engendran y conservan la Iglesia en el mundo: la moción ministerial y la moción santificante.

La moción ministerial está ordenada inmediatamente, no a santificar a aquel que la ejerce, sino a permitirle dispensar un servicio. Su función es hacer primero en acto los poderes jerárquicos de orden y de jurisdicción y así comunicar mediatamente a los fieles la gracia sacramental.

La moción santificante, en cambio, es para aquellos a quienes toca inmediatamente y prepara en ellos la venida de la gracia sacramental y se la aplica de modo vital.

Tanto la moción ministerial de los ministros jerárquicos como la moción santificante de todo el pueblo cristiano dependen de la Iglesia, que tiene una existencia anterior a cada uno de los miembros. La Iglesia sale del costado de Cristo en la Cruz. Ella comunica el movimiento que administra la gracia. Ella está detrás de las mociones ministeriales por las cuales se aplican y actualizan los poderes de la jerarquía y detrás de las mociones santificantes que tienen por fin unir íntimamente la Iglesia con Cristo y configurar su itinerario histórico al de Cristo, y arrastrarla en corriente de un dinamismo irresistible que va de la primera venida del Señor a su parusía. «De modo que cada cristiano está envuelto, levantado, arrebatado por el movimiento de la Fe, de la Santidad, de la esperanza de toda la Iglesia. Él sabe que está hecho por la Iglesia hasta en las profundidades más reservadas de su ser; que está hecho por ella incomparablemente más de lo que él no la hace. Sabe que los cristianos de un siglo están hechos por el impulso de la Iglesia de todos los siglos mucho más de lo que ellos contribuyen a hacerla. Sabe que, exceptuada la Virgen, por el hecho de que Ella emana de Cristo, es siempre anterior a todos sus miembros. El simple fiel siente todo esto confusamente, en los grandes momentos de la vida de su fe. Los santos lo experimentan intensamente y esto es lo que crea en el corazón de su ser un amor absoluto de la Iglesia; sólo Ella les hace encontrar al verdadero Cristo: -No soy yo que vivo, es Cristo que vive en mí; lo que vivo ahora es la carne, lo vivo en la Fe del Hijo de Dios que me ha amado, y que se ha entregado por mí-” (Ga 2,20)[24]».

  1. El estado de vida de los clérigos y de los laicos.

Los laicos, como los clérigos, están llamados a la santidad y por ello se incorporan a la Iglesia. Ningún bien tan alto como este de la santidad les puede comunicar la Iglesia.

Por ello, entre clérigos y laicos hay una igualdad fundamental que supera cualquier diferencia o jerarquía que puede establecerse por razones de ministerio. Sin embargo, estas diferencias existen y deben ser reconocidas y afirmadas.

El cristiano, cualquiera sea su jerarquía dentro de la Iglesia, debe cumplir todas sus actividades para dar gloria a Dios y a Cristo. El Apóstol enseña: “Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”. De aquí que todas las actividades del cristiano –clérigo y laico- deban ser santas y cristianas. Pero una vez reconocido esto, nada impide que distingamos en las actividades unas que, en razón del fin, se dirigen inmediatamente a Dios, y son actividades religiosas; por ejemplo, celebrar u oír misa, y otras que, en razón del fin, se dirigen inmediatamente a usos profanos; por ejemplo, comerciar, tener hijos, comer, dormir, y estas son actividades profanas.

Las actividades por su naturaleza religiosa pueden ser unas, actividades religiosas jerárquicas, es decir, las que se realizan como actividades oficiales de la Iglesia misma, y otras actividades religiosas no jerárquicas, las que se realizan a título privado por los fieles. Pues bien, por aquí podemos definir a clérigos y laicos.

Los clérigos son los fieles que, encargados de funciones religiosas jerárquicas, están, en consecuencia, consagrados a actividades santificantes con un título nuevo sobreañadido, y exonerados en la mayor medida posible de actividades temporales.

Los laicos son los fieles que, exonerados de funciones jerárquicas, están en consecuencia entregados sólo a activi­dades religiosas privadas, y pueden operar en todas las ac­tividades profanas o temporales[25].

El apartamiento y la legislación de privilegio que por el Vaticano II la Iglesia hace para los clérigos se fundan sobre todo en el hecho de que están consagrados a funciones je­rárquicas. Por ello los “consagra a los divinos misterios con la prima tonsura, como dice el canon 108[26], los adscribe a alguna diócesis o a alguna congregación religiosa, de suerte que no se admitan los clérigos vagos, de acuerdo con el canon 111, les da sólo a ellos capacidad para detentar poderes de orden o jurisdicción eclesiástico, según el canon 118, les exige ciertos estudios eclesiásticos, como prescribe el canon 129, y les impone el rezo diario de horas canónicas, según el canon 135.

Esta consagración que se hace de los clérigos para los oficios y servicios divinos determina asimismo “una vida in­terior y exterior más santas que las de los seglares, y un sobresalir como modelos de virtud y buenas obras”, de acuerdo al canon 124.

De aquí que los clérigos sean especialmente exhortados a purificar la conciencia en el sacramento de la Penitencia, a dedicar algún tiempo a la oración mental, a visitar el Santísimo Sacramento, rezar el Santo Rosario a la Virgen, Madre de Dios, a hacer examen de conciencia, a hacer cada tres años al menos ejercicios espirituales, según los cánones 125 y 126. Además se les exige la obligación del celibato bajo pena de sacrilegio (canon 132), a vestir el traje eclesiástico decente según las costumbres admitidas en el país y las prescripciones del ordinario local (canon 136), a abstenerse en absoluto de todas aquellas cosas que desdicen de su estado, a no ejercer profesiones indecorosas, a no practicar juegos de azar en que se arriesga dinero, a no llevar armas, si no existe fundada razón de temer, como prescribe el canon 138. A “no asistir a espectáculos, bailes y fiestas que desdicen de su condición”, como reza el canon 140.

Finalmente, ya que se ha de dedicar a las actividades religiosas jerárquicas, no sólo se le impone un tenor de vida interior y exterior más santo sino que se le prohíbe el ejerci­cio de profesiones y actividades profanas. No pueden ejercer la medicina, ni hacer de escribanos u notarios, ni admitir car­gos públicos que lleven consigo ejercicio de jurisdicción o ad­ministración laical, ni oficio o cargo de senadores o diputados, y todo ello según el canon 139; por el canon 142, se prohíbe a los clérigos ejercer la negociación o el comercio por sí o por otro, sea para utilidad propia o ajena; y por el canon 121 se le exime del servicio militar y de los cargos y oficios públicos civiles ajenos al estado clerical.

Nos hemos detenido en fijar las características y obliga­ciones del estado clerical para que, por contraste, resalte más fuertemente el estado de los laicos.

El Vaticano II, en el capítulo IV de la Constitución Lu­men gentium”, se pregunta qué ha de entenderse por laicos, y contesta: “Por laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, excepto de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso reconocido por la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos… Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia”[27].

De acuerdo con esto podemos definir a los laicos como aquellos cristianos que deben santificarse en el mundo y a los clérigos y religiosos como aquellos cristianos que deben santificarse apartados del mundo. Los clérigos, como hemos explicado, en virtud de su consagración a los ministerios jerárquicos de la Iglesia; los religiosos, en virtud de su estado reconocido por la Iglesia, que es un estado de práctica efectiva de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Pero los laicos constituyen la Iglesia con el mismo título que la constituye el Papa, los obispos, los clérigos y religiosos. Sólo que su estado les pide otra actuación dentro de la Iglesia. Cuál sea ésta lo vamos a determinar en los siguientes puntos que luego desarrollaremos:

  1. La misión de los laicos.

1º Los laicos no ejercen actividades religiosas jerárquicas, pero participan activamente en la liturgia de la Iglesia.

2º Con su santificación imprimen carácter cristiano a todas las actividades de su vida.

3º Pueden y deben ejercer el apostolado común de la Iglesia.

4º Pueden ejercer el apostolado mandatado de la Acción Católica.

5º Deben santificar o cristianizar de modo inmediato y directo, la vida matrimonial y familiar.

6º Deben santificar y cristianizar de modo directo e inmediato, la vida económica en sus aspectos diversos de:

  • uso de la propiedad privada;
  • sentido del trabajo;
  • manejo de las empresas;
  • ejercicio de las diversas profesiones.

7º Deben santificar y cristianizar, de modo directo e inmediato, las distintas manifestaciones de la cultura en:

  • letras;
  • educación;
  • arte;
  • ciencias experimentales;
  • técnica;
  • ciencias del espíritu;
  • filosofía.

8º Deben santificar y cristianizar, de modo directo e inmediato, las actividades cívicas y políticas, en el plano edilicio, cívico, nacional e internacional.

9º Los laicos deben tener como misión directa e inmediata de su estado laical la Consagración del mundo a Jesucristo.

——

Los laicos participan directamente en la liturgia de la Iglesia, pero no ejercen actividades religiosas jerárquicas.            

La primera parte de esta proposición es por sí misma clara y resume todo lo que vamos diciendo. Precisamente, lo que caracteriza al laicado en contraposición al clérigo dentro de la Iglesia, es que éste recibe poderes que lo habilitan para ejercer ministerios jerárquicos. Como hemos explicado, esta diputación para los ministerios jerárquicos determina un especial título para la santidad que es el que hace que la vida del clérigo esté, en lo posible, apartada de las ocupaciones del mundo, propias de los laicos.

Sin embargo, los laicos están llamados a participar de modo activo y directo en la liturgia –la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia-, y, en especial, en el acto central de toda la Liturgia Católica que es la Santa Misa. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia, aprobada en Vaticano II señala la necesidad de esta participación de los laicos en las celebraciones litúrgicas.  Dice allí: “La Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido (1 Pe 2,9; 2,4-5)[28].

Y añade a continuación una razón pastoral que justifica esta participación para que luego pueda el laico santificar toda su vida. Dice así: “…al reformar y fomentar la sagrada liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, ya que ésta es la primera y más necesaria fuente en la que los fieles beben el espíritu verdaderamente cris­tiano, y, por lo mismo, en toda su acción pastoral los pastores de almas deben aspirar a ella diligentemente mediante la debida formación”.[29]

Para entender en qué consiste la razón de esta partici­pación activa, hay que tener presente que en el Culto público de la Iglesia, que se centra alrededor del Sacrificio eucarísti­co, hay un culto que es el de Cristo mismo, culto de arriba, de la reconciliación que Dios acuerda a los hombres en vista del sacrificio de Cristo; y un culto, el de la Iglesia, que viene de abajo, de la humanidad reconciliada. El sacerdote que celebra asume, por una parte, la representación de Cristo en este culto que Él rinde al Padre, y, por otra, la representación del culto que la Iglesia con todos sus fieles rinde tam­bién al Padre. De aquí que Santo Tomás, en la Summa[30], distinga la operación propiamente sacramental que se cumple “in persona Christi” y la obra de alabanza que eleva la Iglesia, “in persona Ecclesiae”. Por ello, el sacerdote que celebra como instrumento y ministro de Cristo, celebra tam­bién como representante de la comunidad eclesial. Sería, sin embargo, equivocado separar ambas acciones, ya que la ope­ración de Cristo, cabeza, y la de la Iglesia, cuerpo, se unen misteriosa, pero realmente en el Cristo total. Sería también erróneo desconocer la superioridad y anterioridad de la ac­ción de Cristo sobre la de su esposa, la Iglesia[31].

2º Los laicos con su santificación imprimen carácter cristiano a todas las actividades de su vida.

El ministerio del culto, en el cual toman parte activa los laicos, está ordenado a la santificación de toda su vida. Por aquí los laicos cristia­nizan toda su vida y, en consecuencia, pueden y deben cristianizar también toda una civilización.

Para comprender esto hay que partir del principio de que todo hombre en sus actividades ha de proceder y moverse por un fin y un fin último[32]. No solamente la vida humana, sino cada una de las acciones responsables de la vida se cumplen y no pueden dejar de cumplirse por un fin. Este fin será el deseo de sobresalir, o el de tener poder, o riquezas, o el puro goce de la vida, o servir a Dios. Pero un fin, y últi­mo, ha de tener que oriente y dé sentido a toda la vida hu­mana. En el cristiano este fin último, presente y actuante en todas las actividades, ya sea de modo explícito o implícito, no puede ser otro que Dios. Y Dios reconocido y amado so­brenaturalmente. De aquí que el cristiano haya de coronar y orientar toda su vida por aquellas virtudes que regulan este ordenamiento al fin último de toda su vida. Son estas las virtudes de fe, esperanza y caridad. La fe como ordenadora del entendimiento que nos hace conocer a Dios, la es­peranza por la que confiamos alcanzar a Dios, y, de modo particular, la caridad, como ordenadoras de la voluntad, por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y, en virtud del amor de Dios, a nosotros mismos y a nuestro prójimo, hechuras de Dios.

El cristiano que vive de fe, esperanza y caridad, al or­denar al último fin su vida, pone en movimiento al mismo tiempo, y en virtud de ese acto de caridad que impera todo su obrar, todas las otras virtudes que regulan el recto obrar de la vida humana. Todo el orden de la moralidad queda suspendido y dependiente de las virtudes teologales. Y el orden de la moral comprende no sólo las virtudes del comportamiento individual, sino también las del comportamiento familiar, social y político. Y por aquí, por el lado virtuoso, son alcanzadas las actividades de la vida privada puramente personal, de la vida familiar, de la vida cultural, económica y política. Y por consiguiente también las técnicas que ayudan al desarrollo y eficiencia de esas actividades. El progreso del hombre, con todas las manifestaciones de la vida, se desarrolla entonces para bien del hombre en su aspiración más alta. El hombre construye una ciudad humana —una civi­lización—, que, en definitiva, se orienta hacia el servicio de Dios, Fin último, que por ser último en la intención, mueve todo el obrar humano. Por intentar, como primera preocupa­ción de su vida, servir a Dios, el hombre realiza también una ciudad humana sin egoísmo, en la que se logra, dentro de la imperfección de la vida presente, la ciudad del hombre.

Quizás parezcan éstas elucubraciones de la fantasía. Son verdades elementales del Evangelio. El Evangelio que dice a todos, clérigos y laicos, que la ley de Dios consiste en el cumplimiento del Amor de Dios y del amor del prójimo. Y que dice: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”[33]. Lo cual, dicho de otra manera, significa que quien busca primero y como fin último, la añadidura, o sea el bienestar terreno, no consi­gue ni la paz aquí en la tierra ni la paz en el cielo. Una ciudad puramente terrestre y materialista no puede ser hu­mana.

El cristiano laico, pues, si santifica su vida como se lo exige la pertenencia a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, santifica también todas las actividades de su vida y simplemente la vida, privada y pública[34].

Los laicos, en virtud del laicado, pueden y deben ejercer el apostolado común.

El laico católico debe guiar todas las actividades de su vida por el amor de Dios y del prójimo. Pero el amor de Dios implica la dilatación en la tierra de la misión salvífica que el mismo Dios ha propuesto en bien del hombre. Y el amor del prójimo supone procurar a aquellos a quienes las diversas circunstancias de la vida nos ponen a nuestro lado, la gracia de la salvación que da razón a la exis­tencia misma de la Iglesia. Luego el laico debe ejercer el apostolado en virtud del mandamiento del amor. El Vaticano II lo afirma claramente en el apartado que dedica al apostolado de los laicos. Allí dice: “El apostolado de los laicos es una participación en la misión salvadora misma de la Iglesia. Todos están destinados a este apostolado por el Señor mismo, a través del bautismo y de la confirmación. Los sacramentos, y sobre todo la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres, que es el alma de todo apostolado”[35].

Es claro que la Jerarquía eclesiástica y el clérigo en general están llamados de un modo especial a ejercer el apos­tolado. Es la razón misma de ser de la Iglesia. Pero los laicos también pertenecen a la Iglesia. De modo que también a ellos les incumbe el apostolado. El apostolado, en efecto, es la profesión pública de la fe cristiana, la que se debe hacer incluso ante los enemigos. Por ello Santo Tomás explica cómo en la confirmación se le da al confirmado la unción en la frente porque recibe el Espíritu Santo para fortalecerle en la lucha espiritual, a fin de que confiese fuerte la fe de Cristo contra los enemigos de la fe. “De donde, dice, se le hace la señal de la cruz en la frente, por dos razones. La primera, porque es signado por la señal de la cruz como el soldado con la señal del jefe, lo que debe hacerse de modo evidente y manifiesto. Ahora bien, entre todos los lugares del cuerpo humano, lo mayormente manifiesto es la frente, la que casi nunca se oculta. Y por esto, el confirmado es ungido con el crisma en la frente, para manifestar en público que es cristiano, así como los apóstoles, después de recibir el Espíritu Santo, se mostraron en público, cuando antes se ocul­taban en el cenáculo (He 1,13). En segundo lugar, porque alguien es impedido de la confesión del nombre de Cristo a causa de dos motivos, por el temor y la vergüenza. Y la señal de uno y otro motivo se hace sobre todo manifiesta en la frente… Y por esto es signado con crisma en la frente, para que ni por temor ni por vergüenza deje de confesar el nombre de Cristo”.

El apostolado de los laicos es un hecho normal y corriente en la Iglesia en todos los tiempos de su historia, y en especial en los apostólicos. Famoso el texto de San Pablo a los Filipenses, en el que el apóstol habla de dos mujeres, Evodia y Sintique, “que han combatido por el Evangelio conmigo, con Clemente y con mis otros colaboradores”[36].

En su discurso sobre “los laicos en la crisis del mundo moderno”, Pío XII advierte que “siempre hubo en la Iglesia de Cristo un apostolado de los laicos. Santos, como el Emperador Enrique II, Esteban, el creador de Hungría católica, Luis IX de Francia, eran apóstoles laicos, aun cuando, en los comienzos, no se haya tenido conciencia de ello, y no obstante que el término de apóstol laico no existiera aún en aquella época. También mujeres, como Santa Pulquería, hermana del Emperador Teodosio II, o Mary Ward, eran apóstoles laicos”. Y en el siglo XIX se han hecho famosos los laicos ilustres que tomaron sobre sí la defensa del catolicismo. Un Chateaubriand, un De Maistre, un Goerres, un Donoso Cortés, un Augusto Nicolás, un Luis Veuillot, se han hecho célebres por su intrepidez en la defensa de la Iglesia.

El apostolado de los laicos encierra una particularidad que es expresamente señalada por la Constitución Lumen gentium del Vaticano II.  Dice así: “Los laicos tienen como vocación especial el hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias donde ella no puede llegar a ser sal de la tierra sino a través de ellos[37]. Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento de la misión de la Iglesia misma según la medida del don de Cristo (Ef 4,7)”[38]. Este punto es de una evidencia tan manifiesta que huelga toda explicación. Si el clérigo, en virtud de sus poderes y actividades jerárquicas, ha de apartarse de lo profano y mundano, es claro que no puede ejercer un apostolado de presencia plena en ese campo de actividad. Allí es el laico quien debe actuar como apóstol…

4º Los laicos, en virtud del apostolado, pueden ejercer el apostolado mandatado de la Acción Católica.

Hasta aquí nos hemos referido al apostolado común que puede y que debe ejercer el laico para la dilatación del Reino de Cristo y para la santificación de las almas. Este apostolado lo realiza el laico por su iniciativa y bajo su exclusiva responsabilidad. Su acierto y eficacia no compromete sino únicamente al que lo realiza. Es claro que este apostolado ayuda grandemente a la Iglesia. Pero hay otro apostolado de los laicos, apostolado mandatado diríamos, y a él se refiere especialmente el Vaticano II cuando dice: “Además de este apostolado, que es tarea de todos los fieles, los laicos pueden también ser llamados de diversas maneras a cooperar más directamente con el apostolado de la Jerarquía[39]; como lo fueron aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en el anuncio del Evangelio, trabajando mucho en el Señor (Cf. Flp 4,3; Ro 16,3ss). Además, poseen aptitudes para que la Jerarquía los escoja para ciertas funciones eclesiásticas, orientadas a un fin espiritual”[40].

Entre estos apostolados mandatados se distingue de un modo especial la Acción Católica, que es una organización permanente en la Iglesia actual, reservada para laicos, de colaboración con la jerarquía en el apostolado. Aquí el apostolado se hace en forma organizada y por encargo y bajo la responsabilidad de la jerarquía, es decir, de la Iglesia misma. Pero es apostolado puramente laical, y en este sentido no jerárquico ni sacerdotal.

Pero sería un error pensar que por ello el laico se convierte de alguna manera en miembro de la Jerarquía o adquiere poderes de orden jerárquico. El laico, aunque sea mandatario, sigue siendo laico, y su apostolado es puramente laical. Este punto lo ha dejado perfectamente aclarado Pío XII[41]: “Es claro que el simple fiel puede proponerse -y es sumamente deseable que se lo proponga- colaborar de una más organizada manera con las autoridades eclesiásticas, ayudarlas más eficazmente en su labor apostólica. Se pondrá entonces más estrechamente en dependencia de la jerarquía, la única responsable ante Dios del gobierno de la Iglesia. La aceptación por el laico de una misión particular, de un mandato de la Jerarquía, si le asocia más de cerca a la conquista espiritual del mundo, que despliega la Iglesia bajo la dirección de sus Pastores, no basta para convertirle en un miembro de la Jerarquía, para darle los poderes de orden y de jurisdicción en sus diversos grados”.

5º Los laicos deben santificar y cristianizar, de modo inmediato y directo, la vida matrimonial y familiar.

“Los laicos, dice Vaticano II, están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos“[42]. Y aquí viene una serie de puntos, aquellos que se refieren precisamente a lugares y condiciones donde la Iglesia jerárquica no puede hacerse presente por sí misma y donde debe hacerse precisamente por medio de los laicos. Cristianización directa de la familia, economía, cultura, política, es decir, consagración cristiana del Mundo. Por ello, Vaticano II apunta expresamente: “Los laicos corresponde, por propia vocación el buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro, como el fermento, contribuyan a la santificación del mundo, y de esta manera, irradiando fe, esperanza y amor, sobre todo con el testimonio de su vida, muestren a Cristo a los demás. A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y del Redentor”[43].

Entre las cosas grandes reservadas a los laicos está la unión matrimonial y la vida familiar. No hay duda que para la Iglesia la virginidad es superior al matrimonio. Pero el matrimonio es grande como acto natural y es más grande todavía como acto sobrenatural y sacramental.

La unión matrimonial del hombre con la mujer -unión inseparable- es la primera institución humana, salida de la mano del Creador y la única que, a pesar del castigo del pecado original y del diluvio, conserva la bendición de Dios Creador. Así lo manifiesta la Iglesia en la oración litúrgica de la Bendición nupcial. El contrato matrimonial, por el que los contrayentes se entregan recíprocamente el dominio del propio cuerpo, es al mismo tiempo manifestación del sacer­docio natural que ejercen. El sacramento cristiano no hace sino significar y elevar esa institución natural. Por eso, para la Iglesia los esposos son los celebrantes y sacerdotes de la unión matrimonial. Y en la Iglesia la unión entre los esposos es tan estrecha y tan excelsa como la que existe entre Cristo y la Iglesia… “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne. Gran misterio éste, pero entendido de Cristo y de la Iglesia”[44].

La familia es, como se sabe, la célula germinativa de la historia humana. Los laicos, que tienen una responsabilidad directa y exclusiva sobre este recinto, se hallan en condicio­nes de modelar al hombre en la raíz de la vida. Los padres de familia “cumplen allí, en palabras de San Agustín[45], en la casa, un oficio eclesiástico y en cierto modo episcopal”. El hogar debe ser como un templo donde se rinde el culto estrictamente familiar. Las oraciones en común, la inicia­ción de los niños en la oración, en la lectura del Evangelio, de las vidas de los santos, la práctica del sacrificio en los esposos y en los hijos contribuye a formar hombres de for­taleza cristiana, que puedan ser forjadores de una sociedad también fuertemente cristiana. El Vaticano II señala cómo el testimonio de los laicos – el testimonio de Cristo-, es de gran valor en aquel estado de vida que está santificado por un especial sacramento, cual es la vida matrimonial y familiar. “En esta tarea tiene gran valor aquel estado de vida que está santificado con un sacramento especial: la vida matrimonial y familiar. Los laicos tienen ahí un ejercicio y una escuela magnífica para su apostolado cuando la religión cristiana penetra todo el plan de vida y lo transforma cada vez más. Los esposos tienen ahí su vocación propia para ser testigos el uno para el otro y ambos para sus hijos, de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz alta tanto los valores del Reino de Dios ya presentes como la esperanza de la vida eterna. Así, con su ejemplo y testimonio, denuncia el pecado del mundo e ilumina a los que buscan la verdad.”[46].

6º Los laicos deben santificar y cristianizar, de modo directo e inmediato, la vida económica en sus diversos aspec­tos de:

  1. a) uso de la propiedad privada;
  2. b) manejo de las pequeñas, medianas y grandes empresas en el sector agrope­cuario, comercial e industrial;
  3. c) eficiencia y sentido del tra­bajo;
  4. d) ejercicio de las diversas profesiones.

El Vaticano II señala con fuerza la necesidad de que el laico asuma plenamente su responsabilidad de bautizado, vale decir, de su con­dición de participe “de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo”, para que así como por medio de Jesucristo, Profeta grande, se proclamó el Reino del Padre, así, “por medio de los laicos”, “la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social”[47].

Hemos visto la importancia grande de la vida familiar, en cuyo recinto tiene el laico una misión directa y exclusiva adonde no puede llegar el sacerdote. Lo mismo debe decirse de la vida social, en el aspecto económico, cultural, civil y político. No es necesario destacar la tarea que le corresponde exclusivamente al laicado en el aspecto económico, en los distintos sectores en que éste se desenvuelve. Y esta tarea no implica sólo la responsabilidad de cada uno en el sector particular en que su actividad se desenvuelve, sino en la totalidad de la vida económica. No puede ordenarse el tra­bajo sin un ordenamiento de las empresas, ni éstas sin un ordenamiento del trabajo; no puede ordenarse el campo sin un ordenamiento de la industria, del comercio y de los orga­nismos financieros, y recíprocamente. Ello quiere decir que la economía no puede tener arreglo, al menos dentro de un ámbito nacional sino tomando como punto de mira precisamente el bien común nacional, el cual, como es obvio, ha de contemplar un justo equilibrio entre todos los sectores del organismo económico. Este es el sentido del “régimen corpo­rativo” como pieza maestra del ordenamiento económico que propone la Iglesia. Porque sólo el “régimen corporativo”, vale decir el considerar las diversas partes de la economía, capi­tal-trabajo, ciudad-campo, como partes de un cuerpo que in­terdependen entre sí y cuya salud no puede considerarse ni lograrse aisladamente, pone remedio, en el punto álgido, al desorden económico actual; que es un desorden producido por la lucha de cada parte contra la otra parte y de cada parte contra el todo; la lucha de clases, que constituye la esencia misma del liberalismo, del socialismo y del comu­nismo.

Por ello, el desorden de la economía actual, desor­den que envuelve injusticia, no puede solucionarse sino con un régimen institucional económico que contraríe fundamen­talmente el espíritu de lucha. Digo con un régimen institu­cional. Porque una cosa es que los agentes que operan en los distintos sectores de la vida económica experimenten sentimientos facciosos —y ello será hasta cierto punto inevita­ble, dada la imperfección humana—, y otra cosa que tal funcionamiento de lo económico tenga como motor la lucha de clases, como lo exige el liberalismo, el socialismo y el co­munismo.

Es claro que el laicado católico ha de buscar solución al desorden económico modificando los sentimientos personales y trocándolos de egoístas en nobles y caritativos, pero ade­más de esto ha de buscar la solución institucional que no puede ser otra que la apuntada. Pío XI, en la “Quadragesimo Anno”, después de explicar largamente cómo el régimen cor­porativo es la solución fundamental al desorden e injusticia de la economía contemporánea, advierte cómo este orden -que es expresión de la caridad en lo institucional- ha de aplicarse también con espíritu de caridad. Y así escribe: “La verdadera unión de todos en aras del bien común sólo se alcanza cuando todas las partes de la sociedad sienten íntimamente que son miembros de una gran familia, un solo cuerpo en Cristo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros (Ro 12,5); por donde si un miembro padece, todos los demás miembros se compadecen (1 Cor 12,26). Entonces, prosigue, los ricos y demás directores cam­biarán su indiferencia habitual hacia los humanos más pobres en un amor solicito y activo, recibirán con corazón abierto sus peticiones justas, y perdonarán de corazón sus posibles culpas y errores. Por su parte, los obreros depondrán since­ramente sus sentimientos de odio y envidia, de que tan hábilmente abusan los propagadores de la lucha social, y aceptarán sin molestia la parte que les ha señalado la Divina Providen­cia en la sociedad humana”.

Toda esta doctrina del régimen corporativo como solu­ción básica institucional de la economía, como la del espíritu de colaboración que ha de existir entre los diversos agentes de la economía, se halla asimismo confirmada por el magis­terio de la “Mater et Magistra”, en su parte final, cuando el Pontífice recuerda a los católicos “un capítulo sumamente trascendental y verdadero de la doctrina católica, por el cual se nos enseña que somos miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia”.

7º Los laicos deben santificar y cristianizar, de modo directo e inmediato, las distintas manifestaciones de la cultu­ra en:

  1. a) letras;
  2. b) educación;
  3. c) artes;
  4. d) ciencias experi­mentales;
  5. e) técnicas;
  6. f) ciencias del espíritu;
  7. g) filosofía.

La actividad del hombre se desenvuelve en gran parte en la actividad económica, pero evidentemente ésta no puede constituir lo más elevado de su vida. Es un medio o un instru­mento necesario, indispensable, que se ha de poner al servicio de la formación cultural, a que tiene derecho y obliga­ción todo hombre, de acuerdo con sus posibilidades.

La vida cultural, a su vez, es un bien y un fin en sí que el hombre puede buscar por sí misma, ya que, si es humana, dignifica por sí misma a quien la posee.

La cultura puede atender de un modo particular al en­tendimiento, a los sentimientos, a la voluntad, a la destreza de las manos o de la voz, al propio desarrollo muscular; puede ser de alto nivel, como la científica, o de nivel co­rriente, como la popular, pero para que se considere tal debe incluir siempre cierto desarrollo de las facultades superiores del hombre. Porque si es cultura, debe ser cultura del hombre, y el hombre no puede considerarse cultivado si no lo es en lo que respecta a las facultades que le son distintivas, y en esto sobresale el entendimiento. De aquí se hace necesario que el laico que quiere ejercer una influencia deba poseer una cultura de cierto nivel que le acredite méritos ante la sociedad. Y de un modo u otro, esta cultura supone una perspectiva amplia de saber, lo cual requiere una visión filosófica del mundo, del hombre y de Dios. Y como la filosofía pura no puede resolver los problemas concretos en que la Providencia actual ha colocado históricamente al hombre, una cultura de cierto nivel requiere asimismo un saber teológico. La cultura debe ser teológica porque el hombre está hecho para Dios. Y como el hombre no llega a Dios sino por Cristo, la cultura debe ser cristiana. Cierto que la teología es una ciencia propia de los clérigos, pero no exclusiva de ellos.

Los laicos necesitan hoy una cultura teológica tanto más importante cuanto mayor sea la influencia cultural que hayan de ejercer sobre la sociedad. Una buena teología no es hoy posible, a la vez, sin una sana filosofía. La filosofía es la cumbre del saber humano y a su vez fundamento negativo –preambula fidei– del saber divino. En la razón, y la filosofía es el más alto cultivo de la razón, se inserta el saber teológico. Si la filosofía es mala o deficiente, también ha de ser mala o deficiente la teolo­gía. Si la filosofía es sana, todos los saberes inferiores se rectifican y se orientan hacia la plenitud de la sabiduría humana que la filosofía proporciona en la Metafísica. Todo el saber humano se orienta a la Metafísica. Y la Metafísica es la ciencia del “ser”. Y el “ser” culmina en el “acto de existir”, el cual, a su vez, termina en la plenitud de Existir que sólo se da en el Ser Subsistente que existe por sí mismo, o que es la Existencia subsistente.

Para ser digna del hombre, la cultura exige que todos los saberes inferiores estén orientados hacia una buena filosofía; la filosofía culmina en la metafísica, la cual, a su vez, nos lleva a Dios, y a Dios le conocemos en sus misterios íntimos por la teología.

Todo esto va implícito en el Vaticano II cuando dice: “Los fieles deben conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la alabanza de Dios. Deben también ayudarse entre sí a crecer en santidad a través de las actividades, incluso de las profanas, de tal manera que el mundo se impregne del Espíritu de Cristo y consiga más eficazmente su fin en la justicia, en el amor y en la paz. En la realización de esta universal tarea, los laicos ocupan el puesto principal. Gracias a su competencia en materias profanas y a su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, deben pues, dedicarse con empeño a que los bienes creados por el trabajo humano, por la técnica y por la civilización se desarrollen según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo al servicio de todos los hombres sin excepción, se distribuyan entre ellos de una manera más adecuada y lleven a su manera al progreso universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, por medio de los miembros de la Iglesia, iluminará cada vez más a toda la sociedad humana con su luz salvadora”[48].

En esta enseñanza referente a los laicos del Vaticano II hay elementos que se refieren al punto que comentamos, al de la cultura propiamente dicha, otros que se refieren al anterior de las actividades económicas, y finalmente otros que están incluidos en el próximo punto, en el de las actividades políticas.

Lo mismo acaece en lo que el Vaticano II añade a conti­nuación de lo últimamente citado. Allí dice: “Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes a las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas. De esta manera se prepara mejor el campo del mundo para siembra de la palabra de Dios y al mismo tiempo se abren de par en par las puertas a la Iglesia para que entre en el mundo el mensaje de la paz”[49].

8º Los laicos deben santificar y cristianizar, de modo directo e inmediato, las actividades cívicas y políticas, en el plano edilicio, cívico, nacional e internacional.

No faltan católicos, aún teólogos, que hablan de santificar la vida privada, pero que cuando se trata de la vida pública, sobre todo de la vida pública política, ya creen que éste es un terreno que ha de permanecer neutro y que, por lo tanto, ha de ser excluido de la cristianización. Inconsecuencia y aberración gravísima. Inconsecuencia, porque si se exhorta al cristiano a santificar todas las estructuras humanas, ¿cómo podrían dejar de hacerlo con respecto a las estructuras cívicas y políticas? ¿O acaso éstas no son humanas?

Pensarlo -y no falta quien así lo haga- sería hacer de la actividad política, del Estado, de la autoridad pública, una realidad física, como la del mundo de las piedras. Gravísima aberración. El Es­tado y toda actividad que con él se desarrolle es una actividad eminentemente moral, y en consecuencia humana; porque surge del ordenamiento del hombre en su dimensión más alta, cual es la de adquirir la suficiencia plena que sólo le puede proporcionar la sociedad política.

Por otra parte, y hablando ya de las realizaciones concretas en que se ha de traducir por el tipo de legislación que ha de sustentar, una sociedad política no puede dejar de inspirarse y de moverse sino por un tipo humano de ciudadano, cuya formación, ineludiblemente, se ha de proponer. Porque, con su legislación y con su acervo cultural, la sociedad política encara la creación de un tipo de ciudadano. Históricamente no se conoce ningún estado o sociedad política que no haya contribuido, con todo el peso de su realidad humano-social, a crear un tipo de ciudadano. Este tipo podrá ser de carácter puramente económico, o cultural, o político. Podrá ser un hombre de características liberales, socialistas o comunistas. Podrá ser un hombre-máquina, como parecen intentarlo algunos esbozos de sociedad tecnocrática. En cualquiera de estas hipótesis será un hombre deformado o incompleto. Porque el hombre no podrá ser verdaderamente hombre si no se mueve en su vida privada y pública por el bien humano perfecto y, en la Providencia actual en que ha sido creado, si no se mueve además por el bien humano y cristiano. Luego las sociedades políticas para cristianos se hallan en deficiente situación si no les pueden asegurar esta dimensión de ciudadanos que las constituyen.

De aquí que al laico -del laico católico estamos hablando, porque, en rigor si es laico lo es dentro de la Iglesia frente a los clérigos- le corresponda y le sea imprescindible cumplir y tender a cumplir una vida cívica y política, en el plano en que le toque actuar, plenamente de acuerdo con su profesión de cristiano. La cristianización de la vida cívica implica también el problema de la cristianización del poder o de la autoridad pública. De los gobernantes constituidos en autoridad pública se ha de decir aquello de San Agustín: “En esto sirven al Señor los reyes, en cuanto reyes, cuando hacen aquellas cosas para servirle que no pueden hacer sino los reyes[50]. Pero es claro que un gobernante cristiano, investido de poder, ha de hacer lo más que pueda, dentro de las condiciones concretas en que se encuentra para preparar, como dice el Vaticano II, “simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembre de la palabra divina”[51], y (para que se abran) de par en par a la Iglesia las puertas por las que ha de entrar en el mundo el mensaje de paz.

Lamentablemente, todavía hay muchos católicos que desconocen que el Concilio Vaticano II, por ejemplo, en toda la Constitución pastoral Gaudium et spes, primero en su Parte I, trata de llevar la Redención obrada por Jesucristo a los amplios campos de la vocación y dignidad del hombre (33-39), e la comunidad humana o sociedad civil (23-32), la actividad humana en el mundo (33-39), todo lo cual es parte de la “Misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo” (40-45). Y, también, en su Parte II, busca que la Redención de los hombres por la cruz llegue al matrimonio y a la familia (46-52), a la cultura (53-62), a la vida económica y social de los pueblos (63.72), a la comunidad política (73-76) y a la paz de los pueblos (77-90).

9º Los laicos deben tener como misión directa e inmediata de su estado laical la Consagración del mundo a Jesucristo.

Este punto, que ha de cerrar todo el capítulo, podemos exponerlo transcribiendo palabras exclusivas del Concilio Vaticano II. Dice en efecto la Constitución Dogmática Lumen gentium en un párrafo especial:

[Consagración del mundo]

Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio también por medio de los laicos. Por eso les da vida con su Espíritu y los empuja sin cesar a toda obra buena y perfecta.

A los laicos, en efecto, los une íntimamente a su vida y misión, dándoles también parte de su función sacerdotal para que ofrezcan un culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por eso, lo cual, los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1Pe 2,5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios”[52].

Y para acabar y aclarar la profundidad de esta Consagración del mundo a Dios, nada más oportuno que las palabras del Beato Pablo VI el 18 de agosto de 1965[53]: “El desarrollo de la cultura moderna ha reconocido la legitima y justa distinción de los diversos campos de la actividad humana, dando a cada uno de ellos una relativa autonomía, reclamada por los principios y fines constitutivos de cada campo, de modo que cada ciencia, profesión y arte tiene su relativa independencia que la separa de la esfera propiamente religiosa y le confiere cierto “laicismo” que, bien entendido, el cristiano es el primero en respetar, sin confundir, como se dice, lo sagrado con lo profano. Pero allí donde este campo de actividad se refiere al hombre, considerado en su integridad, es decir, de acuerdo con su fin supremo, todos pueden y deben honrar y ser honrados por la luz religiosa que aclara ese fin supremo y hace posible su obtención. De modo que donde la actividad pasa a ser moral debe referirse al polo central de la vida, que es Dios, y que Cristo nos revela y nos guía para alcanzarlo. Y toda la vida, aun siendo profana, siempre que sea honesta puede ser cristiana. ¿No nos enseña San Pablo a referir todo al Señor: “Sea que comáis, bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”? (1Cor 10,31).

El laicado y un orden público de vida cristiana.

Un mundo que, en su sustancia temporal, es consagrado a Dios por los laicos, es un mundo cristiano, es una “Cristiandad”, es una civilización cristiana. La Iglesia, que no puede renunciar a la tarea de la evangelización de los pueblos, tampoco puede renunciar a su civilización. Porque, como lo ha visto magníficamente y lo ha expresado firmemente San Pío X, el Evangelio civiliza en virtud de su misma e interna estructura. “La Iglesia, dice el gran Pontífice[54], al predicar a Cristo crucificado, escándalo y locura a los ojos del mundo, vino a ser la primera inspiradora y autora de la civilización…”. Y, en efecto, el mensaje evan­gélico es mensaje de amor auténtico entre los hombres; y cuando los hombres se aman como hermanos en Jesucristo han de establecer una convivencia ajustada a la plenitud de las virtudes, vale decir, civilizada. Y si en esa convivencia los hombres se aman en la familia, en la economía, en la cultura, en la filosofía, como hermanos en Jesucristo, esa convivencia civilizada merece el nombre de cristiana. Porque la cristiandad o civilización cristiana no ha sido ni es otra cosa, en sustancia, que la vida temporal y profana vivida en consonancia y armonía con el Evangelio. Y a esta vida invita a los laicos la Constitución dogmática Lumen gentium en el Capitulo IV, consagrada a los laicos.

Allí dice: “A causa del designio mismo de salva­ción, los fieles han de aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que les tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto ninguna actividad humana ni siquiera en los asuntos temporales, puede substraerse a la soberanía de Dios”[55]. Los antiguos decían, “Concordia del sacerdocio y del imperio”, la Constitución “Lumen gentium” dice que en “cualquier cuestión temporal (los laicos) han de guiarse por la conciencia cristiana”[56]. ¿Qué diferencia existe entre uno y otro lenguaje, sino que el primero señala la armonía de los dos principios y poderes supremos de una y otra vida, la sobrenatural y la natural, y el segundo en cambio señala la totalidad de la vida temporal subordinada a la totalidad de la vida sobrenatural? De suerte que si se examinan atentamente uno y otro concepto se llega a la conclusión de que éste último adquiere mayor extensión y amplitud en la formulación nueva. Porque el problema fundamental de una “Cristiandad” descansa en la armonización de todas las actividades humanas entre sí, la cual no puede lograrse sino cuando lo temporal se subor­dina y se sujeta a lo espiritual.

Y la Lumen gentium no sólo habla de “aceptar armónicamente” los derechos y obliga­ciones que corresponden al laico por su pertenencia a la Iglesia con aquellos que le corresponden como miembro de la sociedad humana, sino que insiste en esta armonía de ambos sectores distintos, y así añade: En nuestro tiempo es muy importante que esta distinción, y al mismo tiempo esta armonía, aparezca muy clara en la manera de actuar de los fieles para que la misión de la Iglesia pueda responder mejor a las circunstancias especiales del mundo actual. De la misma manera, sin embargo, hay que rechazar con toda razón la funesta doctrina que intenta construir la sociedad sin tener en cuenta en nada la religión y que ataca y elimina la libertad religiosa de los ciudadanos”[57].

Si la Iglesia insiste en la distinción de ambas vidas, también recalca su recíproca armonía, la que no puede lo­grarse sino por la subordinación de la temporal a la eterna, de la inferior a la superior, ya que esta última ha de actuar como guía de la primera. Y como si fuera poco, subraya el contexto la necesidad de rechazar todo laicismo y dice: “Porque, así como debe reconocer [el laico] que la ciudad terrena, vinculada justamente a las preocupaciones temporales, se rige por principios propios, con la misma razón hay que re­chazar la infausta doctrina que intenta edificar a la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca o des­truye la libertad religiosa de los ciudadanos”[58].

Lumen gen­tium no hace sino reflejar en este capítulo de los laicos en la Iglesia, la doctrina tradicional de Inmortale Dei de León XIII sobre relaciones de Iglesia y Estado, la que se funda en la autonomía de ambos poderes y de ambas vidas y en la sub­ordinación, por razón del fin, de lo temporal a lo espiritual. Doctrina que, por muchas sutilezas que excogite la sofistería de los siglos, es tan incólume e inmutable como lo es el del doble destino, terrestre y eterno, de todo hombre y, en consecuencia, el de las dos sociedades en que estos dos destinos se integran armónicamente. Alguien podría argüir que aquí no se habla de una “Cristiandad” cumplida y realizada por la Iglesia sino de una “Cristiandad” cumplida y realizada por los laicos. Pero es fácil contestar que una Cristiandad, cualquiera que ella fuere, si es Cristiandad ha de ser cum­plida y realizada directamente por los laicos que, en cuanto cristianos, han de ordenar a Dios la totalidad de su vida profana y temporal. Porque la Cristiandad consiste precisamente en la vida profana y temporal que se conforma a los dictados y a los fines de la Iglesia. La vida propiamente religiosa, aún de los laicos, no es Cristiandad sino simplemente vida de Iglesia.

Los clérigos trabajan para la Cristiandad y trabajan efi­cazmente, pero no como ejecutores directos, ya que no han de cumplir directamente funciones ni actividades profanas, sino como inspiradores y directores espirituales, ya que han de enseñar cuál es la recta ordenación cristiana de la vida temporal. Por ello, una Cristiandad, una civilización cristia­na, siempre ha de surgir como efecto de las acciones conju­gadas de dos totalidades, de la sociedad temporal y laica, que, como una totalidad relativa se armoniza con la otra totalidad más amplia, pero también relativa de la sociedad eclesiástica. Dos totalidades distintas y armonizadas por su fin, como expresa el Vaticano II, enfocando el asunto, en las dos series de acciones o de dimensiones que la pertenencia a estas dos totalidades crea en el laico católico. Porque, al actuar como católico en las actividades temporales, el laico lleva el peso y el compromiso de la plenitud de la Iglesia. No puede ac­tuar de cualquier manera sino que ha de hacerlo guardando la fidelidad a la Iglesia y a Cristo en el desarrollo de sus acti­vidades temporales. Sólo esta fidelidad ofrece garantías de que su actuación en el plano temporal ha de ser, como co­rresponde, una consagración del mundo a Cristo.

El fiel laico cristiano siempre será un hombre de dos Reinos.

[1] Tomado en partes del Directorio de Espiritualidad del IVE., 31-38. Cfr. Julio Meinvielle, La Iglesia y el mundo moderno, Ed. Theoria Buenos Aires 1966, 34-63.

[2] Juan Pablo II, Christifidelis laici, 9.

[3] Cf. Jn 10, 10.

[4] San Agustín, Enarr. in Ps., XXVI, II, 2: CCL 38, 154 ss.

[5] Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 12, Ed. BAC. Madrid 2004, p. 45.

[6] Código de Derecho Canónico, can. 204, § 1.

[7] Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 35, o.c., p. 101.

[8] Cf. He 2, 17-18; Ap 19,10.

[9] Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 35.

[10] Juan Pablo II, Christifidelis laici,14.

[11] Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 34, o. c., p. 99.101.

[12] Cf. Ro 8,29.

[13] Cf. Flp 3,10.

[14] Cf. Flp 3,21.

[15] Cf. Jn 17,11.

[16] Cf. Jn 17,14-16.

[17] Beato Isaac de Stella, Sermón 11, ML 194, 1728.

[18] San Juan de Ávila, Tratado sobre el sacerdocio, 12, Obras Completas, T. III, BAC, Madrid 1970, p. 504.

[19] San Gregorio de Nacianzo, Ep. 101; MG 37,181. AG 3, nota 15: “Los Santos Padres proclaman constantemente que no está sanado lo que no ha sido asumi­do por Cristo: cfr. S. Atanasio, Ep. ad Epicte­tum, 7; MG 26,1060; S. Cirilo de Jerusalén, Catech. 4,9; MG 33,465; Mario Victorino, Adv. Arium 3,3; ML 8,1101; S. Basilio, Ep. 261,2; MG 32,969; S. Gregorio Niceno, Antirrethicus, Adv. Apollim. 17: MG 45,1156; S. Ambrosio, Ep. 48,5: ML 16,1153; S. Agustín, In Io. Ev. Tract. 23,6: ML 35,1585; CChr. 36,236; además, manifies­ta de esta manera que el Espíritu Santo no nos redimió porque no se encarnó: De agone Chr. 22,24: ML 40,3026; S. Cirilo Alej., Adv. Nestor. I,1: MG 76,20; S. Fulgencio, Ep. 17,3.5: ML 65,454; Ad Trasimundum III,21: ML 65,284: De tristitia et timore“.

[20] Cf.  Puebla, nnº 400.469; Cfr. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla. Comunión y participación, BAC Madrid 1982, p. 497: «…permanece válido, en el orden pastoral, el principio formulado por San Ireneo: “lo que no es asumido no es redimido”»; «Nuevamente la Iglesia se enfrenta con el problema: lo que no asume en Cristo, no es redimido y se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja», p. 508.

[21] Juan Pablo II, Alocución a los Obispos de Zimbabwe, (02/07/1988), 7; OR (21/08/1988), p. 10.

[22] Juan Pablo II, Alocución a los Obispos de Zimbabwe, (02/07/1988), 7; OR (21/08/1988), p. 10.

[23] Ver Yves M. -J. Congar, Jalons pour une théologie du laicat, pág. 378 y sig.

[24] Charles Journet, L’Eglise du Verbe Incarné, Ed. Desclée de Brouwer, II, pág. 999-1000.

[25] Journet, ibid., pág. 1009.

[26] Las citas son del Código anterior ya que el actual todavía no se conocía.

[27] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 31, o.c., p. 93.95.

[28] CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 14, o. c., p. 225.

[29] CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 14, o. c., pp. 225.227.

[30] S. Th., III, q. 82, a. 6.

[31] Sobre todo esto, CONGAR, Jalons…, pág. 121.269 y sig.

[32] SANTO TOMÁS, Suma Th., I-II, q. 9, a. 4.

[33] Mt 6,33.

[34] Ver Pío XII citado por CONGAR, Jalons…, pág. 540.

[35] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 33, o. c., p. 97.

[36] Flp 4,2.

[37] Cfr. Pío XI, enc. Quadragesimo anno, 15 de mayo de 1931: AAS 23 (1931), p. 221s; Pío XII, aloc. De quelle consolation, 14 de octubre de 1951: AAS 43 (1951), p. 790s.

[38] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 33, o. c., p. 97-99.

[39] Cfr. Pío XII, aloc. Six ans se sont écoulés, 5 de octubre de 1957: AAS 49 (1957), p. 927.

[40] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 33, o. c., p. 99.

[41] Los laicos en la crisis del mundo moderno, L’ Osservatore Romano, edic. esp., 17-X-57.

[42] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 33, o. c., p. 98.

[43] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 31, o. c., pp. 95.

[44] Ef 5,32.

[45] Tract. 51 in Ioannem, cit. por CONGAR, Jalons, pág. 262

[46] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 35, o. c., pp. 101.103.

[47] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 35, o. c., p. 101.

[48] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, 36, o. c., p. 105.

[49] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, 36, o. c., p. 105.

[50] Carta 185, nº 19.

[51] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, 36, o. c., p. 104.

[52] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, 34, o. c., pp. 99-101.

[53] Autenticidad de la vida cristiana, L’ Osservatore Romano, edic. esp., 31-VIII-65.

[54] San Pío X, Encíclica Il fermo proposito, 11 de junio de 1905.

[55] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 36, o. c., p. 104.

[56] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 36, o. c., p. 104.

[57] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 36, o. c., p. 104.

[58] CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, 36, o. c., p. 105.107.

 

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“Es el momento de los laicos”, explica el prefecto del nuevo Dicasterio creado por el Papa

“Es el momento de los laicos”, explica el prefecto del nuevo Dicasterio creado por el Papa

Mons. Kevin Farrell indica sus expectativas y programas para este nuevo capítulo de su vida en Roma

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(ZENIT –  Roma).- En esta época en la cual el laicado católico está en el primer plano hay que promover el matrimonio cristiano. Y la vida tiene que se protegida en todos los niveles y edades. Lo afirma Mons. Kevin Farrell, obispo de Dallas, apenas nombrado por el papa Francisco prefecto del nuevo dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Mons. Kevin Farell obispo de Dallas y nuevo prefecto del dicasterio Laicos, Familia y Vida (Foto de su blog)

En una entrevista exclusiva concedida hoy a ZENIT, el obispo irlandés indica: “He deseado siempre promover a los laicos y ayudarles para que tengan el debido lugar en la Iglesia”.

El obispo explica sus expectativas y su experiencia en Estados Unidos, y como considera oportuno promover el matrimonio, la familia y la vida. También habla de su experiencia sobre los frutos de los dos últimos sínodos sobre la familia que se realizaron en el Vaticano.

Excelencia, ¿Por qué fue necesario unir laicos y familia en un mismo dicasterio?
— Mons. Farrell: Creo que se quiera coordinar este dicasterio con el espíritu de la Iglesia sobre estos tres diversos aspectos, los cuales tienen que ver con el mismo tema: la vida cotidiana del pueblo de Dios, sean laicos, solteros o casados.

Es igualmente importante que en esta fase histórica nos concentremos fuertemente sobre el matrimonio y la familia. Y por ello creo que el Papa ha convocado dos sínodos sobre estos temas y ha subrayado ‘la alegría del amor’ en su exhortación apostólica Amoris Laetitia.

Este documento es necesario difundirlo no solamente entre los laicos, sino de manera específica en las familias, o sea el lugar en donde generalmente los laicos encuentran su dimensión ideal. Rezo a Dios para que logremos hacer esto y nos empeñaremos en ello.

¿Qué herencia dejan estos dos últimos sínodos?
— Mons. Farrell: Considero que este documento orientará la labor del nuevo dicasterio durante muchos años. Pienso que continuará con el trabajo realizado por los dos pontificios consejos (Laycos y familia ndr.), pero con una nueva visión y una renovada energía.

Mi objetivo será el de entender exactamente lo que cada una de estas diversas secciones hace y con la ayuda de los laicos de todo el mundo evaluar qué puede ser desarrollado mejor y con más eficacia en esta época, pensando a los medios de comunicación social.

De otro lado el papa Francisco sugirió que ha llegado el momento de los laicos…
— Mons. Farrell: Sí, es justamente así. Al mismo tiempo el Santo Padre ha observado que este aspecto aún no es suficientemente relevante en la Iglesia.

¿Cree que con la creación de este dicasterio quien desea una mayor presencia de los laicos estará satisfecho?
— Mons. Farrell: Sobre todo creo sea este el tiempo de los laicos. El papa Francisco quiere promover a los laicos en todos los niveles de la administración de la Iglesia. Todos los órganos consultivos, en el interior de la Iglesia o de la Curia necesitan tener a laicos en roles especializados. Si se leen los estatutos del nuevo dicasterio, por la primera vez se ve que los subsecretarios de cada departamento deberán ser laicos; y los laicos tienen que estar presentes incluso en los órganos consultivos o en los que se ocupan de promove organizaciones internacionales, movimientos, estudios, etc.

Esto nosotros ya lo habíamos hecho en nuestra diócesis de Dallas. Cuando llegué allí recogí todos los datos de los laicos que podían efectivamente realizar alguna labor. Mi deseo ha sido siempre el de promover al laicado para ayudarlo a obtene un espacio adecuado en la Iglesia.

¿Piensa por lo tanto empujar en este sentido?
— Mons. Farrell: Espero emplear mi tiempo para analizar y entender qué es necesario hacer exactamente. Y consultaré a los laicos para implementar todas las actividades que se puedan. Aquí en Estados Unidos las tareas están bien organizadas, pero aún no puedo hablar de la situación en Italia y en los otros países, pero sí que es mi deseo promove el matrimonio y la vida humana a todos los niveles y edades.

¿Se abre ahora un nuevo capítulo de su vida?
— Mons. Farrell: Como se podrá imaginar fue una gran sorpresa para mi el nombramiento, al punto que necesitaré algún tiempo para adaptarme a esta novedad… Estoy seguro que los fieles de Dallas, o al menos muchos de ellos, estarán tristes de perder a su obispo, como sucede en todas las diócesis.

No veo la hora de estar en Roma, amo esta ciudad, he vivido allí casi nueve años y allí está mi hermano Brian, secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. También esto será una novedad, porque como sacerdotes nunca nos sucedió tener que trabajar en la misma ciudad o país. Así están las cosas …

 

fuente: https://es.zenit.org/articles/es-el-momento-de-los-laicos-explica-el-prefecto-del-nuevo-dicasterio-laicos-familia-y-vida/

Categorías:General, Laicos

ALFABETIZACIÓN TEOLÓGICA: NECESARIA PARA UN LAICADO ADULTO

ALFABETIZACIÓN TEOLÓGICA: NECESARIA PARA UN LAICADO ADULTO

Consuelo Vélez

20.08.16 | 07:22.

Alfabetizar a la población es un deber ineludible y un derecho humano que no puede ser negado a nadie. Por eso el interés de que los gobiernos garanticen ese derecho a toda su población. Pero la alfabetización es mucho más que leer y escribir, como afirmaba Paulo Freire: “Es la habilidad de leer el mundo, es la habilidad de continuar aprendiendo y es la llave de la puerta del conocimiento. Por eso no se deben detener los esfuerzos de los gobiernos y la cooperación internacional en este sentido”.
En un sentido análogo podríamos hablar de la “alfabetización teológica”. ¿Qué quiere decir esto? Que nuestra experiencia de fe no puede quedarse solamente en experiencia –aunque esto sea lo fundamental y decisivo para un encuentro con el Señor-. Necesita también entenderse, crecer y desarrollarse continuamente, abrir mejores caminos para vivirla mejor y fortalecerla. De ahí la necesidad de una adecuada catequesis y un cuidado de esa vida de fe en todos los sentidos: sacramental, litúrgica, de servicio, etc. Pero se puede apuntar un poco más alto: tener una formación teológica adecuada de manera que “podamos dar razón de nuestra fe a todo el que lo pida” (1 Pe 3,15). Esto sería lo ideal para todo creyente y no simplemente por sacar un título universitario –de eso no estamos hablando, aunque sería muy bueno que más cristianos tuvieran una sólida formación teológica- sino por madurar en la fe a la medida de la capacidad humana de reflexionar y entender sistemáticamente toda su realidad.
Algunos le “temen” a la teología. Creen que su fe se pone en peligro cuando les empiezan a explicar que la Sagrada Escritura hay que interpretarla, que la manera de entender a Jesucristo, la Iglesia, la Virgen María, los sacramentos, etc., ha evolucionado a lo largo de la historia, se han dado avances y retrocesos, se han propuesto diferentes comprensiones, todo esto como esfuerzos humanos por entender nuestra fe, sin que eso ponga en juego lo fundamental: nuestra creencia en Jesús como Hijo de Dios, Salvador nuestro. Pero quien tiene la suerte de recibir una buena formación teológica, esta se convierte en fuente de crecimiento y de razonabilidad de la fe que se profesa. Además la formación da sustento para modificar lo que se ve necesario cambiar, para dejar de lado lo que han sido cargas históricas válidas para un tiempo pero sin significado para el nuestro y, lo que es más importante, para encontrar maneras de hablar de Dios “a la altura de estos tiempos actuales”, es decir, en medio de un desarrollo científico y tecnológico y de una pluralidad cultural y religiosa que exige reflexiones sólidas, propuestas razonables, testimonios coherentes para este momento actual del que somos protagonistas.
Es verdad que hay diferentes corrientes teológicas y uno puede sentirse perdido por no saber cuál privilegiar. A grandes rasgos hay una teología que podríamos llamar “clásica” que sistematiza los misterios de nuestra fe y hace mucho bien a la vida cristiana. Pero también se han abierto camino, en estas últimas décadas, a lo que llamamos “teologías contextuales” que nos han abierto los ojos a una fe que tiene que explicar y dar respuesta a los problemas acuciantes de nuestra época: la situación de pobreza de muchos, las discriminaciones vividas en razón del sexo, de la etnia, de la religión, etc., la falta de cuidado del medio ambiente, las distintas culturas que hoy ganan carta de ciudadanía y no pueden negarse como ocurrió en el pasado, la pluralidad religiosa y, muchas otras realidades que surgen como desafíos a nuestra fe y no podemos evadir si queremos ser responsables con el valor de la religión para la vida. A todo eso se le llama teología de la liberación, teología feminista, teología del pluralismo religioso, ecoteología, teología intercultural, teología india, teología afro, etc.
Alfabetización teológica, por tanto, va más allá de la experiencia de fe y nos invita a vivir la teología como “reflexión crítica sobre la intelección de la fe”, reflexión que todos hemos de hacer para pasar de una fe ingenua a una fe madura. En otras palabras, la teología no está reservada, como en el pasado, para los clérigos. Es para todo el pueblo de Dios y con más razón para un laicado que quiere ser adulto y comprometerse con la acción evangelizadora de la iglesia con madurez y responsabilidad, con criterio y reflexión, buscando hacer significativos los misterios de nuestra fe en esta historia presente.

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LOS HIJOS: UNA EXPERIENCIA PARA ACERCARNOS A DIOS

LOS HIJOS: UNA EXPERIENCIA PARA ACERCARNOS A DIOS

 

 

María Carolina Sánchez Silva

Bogotá, octubre de 2005,

Colombia

 

Existen algunos imaginarios colectivos que rondan por ahí como verdades incuestionables y que se oyen así: “la religión es para los curas y las monjas”, “para hablar de Dios hay que ser religioso”, “si el sacerdote lo dice es porque es así”, “hay un camino más perfecto para llegar a Dios y ese es ser monja o cura”. Todas estas frases siguen vigentes para muchos cristianos que aún esperan que alguien les explique cómo es eso de la religión y también para algunos padres y madres que esperan que sus hijos sean acercados a Dios por alguien más experimentado que ellos en este asunto percibido como inmensamente difícil.

Por otra parte, es la época de los papás inseguros. Ya no existe el autoritarismo de antaño en el cual las cosas eran claras y las normas simplemente se obedecían porque mi papá lo dice o porque me da miedo. Los padres de hoy les pedimos permiso a nuestros hijos, dudamos, no sabemos si los estamos traumatizando con nuestras normas, nos sentimos culpables de no estar con ellos y queremos resarcirlos no imponiéndoles demasiadas cargas.

También los niños de hoy están más metidos en el mundo, recibiendo toda clase de informaciones indiscriminadamente, aprendiendo a cuestionar más y a exigir ante unos papás inseguros y confundidos.

Ante este panorama, ¿qué podemos decir de la experiencia de Dios? ¿Qué queremos transmitir sobre ella? ¿Cómo se relaciona con la crianza de nuestros niños y qué papel juega en semejante misión? ¿También estamos inseguros en este campo de la enseñanza de Dios a los hijos?

Las siguientes son algunas reflexiones sobre el papel de los laicos como padres, como detentadores del privilegio de acercar los hijos a Dios y poseedores de las herramientas más poderosas para hacerlo.

 

 

Cómo se nos fue abriendo el camino

En el devenir de la Iglesia a través de los siglos el concepto de laico se fue definiendo en oposición al clero. Según este enfoque de la Iglesia, el clero se ocupaba de las cosas sagradas en contraposición al laico dedicado a las cosas temporales. Los laicos venían a ser algo así como la plebe cristiana, gobernada por el clero.

A pesar de esta percepción del laico, en toda Europa, a partir del siglo XIII, surgen multiplicidad de organizaciones autónomas de laicos, hombres y mujeres dedicados a la práctica de la caridad en las formas más diversas: hospitales, posadas para proteger peregrinos, constructores de vías y puentes etc., todas con el propósito de ayudar a los pobres, enfermos y débiles.

 

Sin embargo, con el transcurrir de los siglos se acentuó más la condición subalterna de los laicos y se hizo claro que la Iglesia era una sociedad desigual donde unos estaban hechos para gobernar y otros para ser gobernados. Unos eran pastores y otros, ovejas, que necesitaban ser guiadas y dirigidas desempeñando, por lo tanto, un papel pasivo y limitándose a obedecer.

Este modo de mirar las cosas cambió a partir del Concilio Vaticano II que les devuelve a los laicos su pertenencia plena y su honda significación para la vida de la Iglesia. En la nueva visión, la Iglesia se describe como pueblo de Dios, integrado por todos los bautizados, todos iguales en dignidad, todos responsables de ella. Es decir las diferencias entre los miembros de la Iglesia son sólo de orden funcional. El Concilio considera que la vocación laical es la de tratar los asuntos históricos y seculares ordenándolos según Dios, pero sobre todo es una vocación al apostolado que los laicos tienen el derecho y la obligación de realizar en el medio social y cultural en que se encuentren.

 

La religión, la religiosidad y la fe

  1. Batista Libanio hace una diferenciación entre estos tres términos que ilumina nuestra pregunta sobre ¿cómo acercar a las familias a la experiencia de Dios? Nuestro presupuesto es que si acercamos a los padres a la experiencia de Dios, estamos automáticamente acercando a los hijos a la vivencia de la fe dentro de los medios que nos brinda nuestra Iglesia Católica.

Los tres términos van juntos, se encuentran en una relación dinámica e inseparable, no se entiende el uno sin el otro.

La religión es un sistema de medios que tiene el poder de organizar tiempos, sitios, personas, doctrina para que los seres humanos vivan su sentido religioso y expresen su fe.

La religiosidad es una dimensión humana, es la capacidad de percibir el mundo de la religión. La religiosidad es una capacidad humana para vivir el sistema religioso.

La fe es aceptar la palabra revelada de Dios en Jesucristo que nos pide un compromiso de vida con los demás.

Si relacionamos los tres elementos podemos decir que la religión existe para satisfacer nuestra dimensión religiosa (religiosidad). A su vez nuestra condición religiosa que quiere trascender pide una religión en donde se pueda expresar y vivir. Y la fe es nuestra vivencia central que nos pide conversión y compromiso al estilo de Jesús. La fe no es organización de ritos, ni sensibilidad religiosa. La fe es lo central, lo que no cambia, lo que se mantiene a pesar de que entremos en crisis con la religión o con la religiosidad.

Ningún elemento se entiende sin el otro puesto que es difícil vivir la fe sin religión y la religión sin religiosidad y sin fe.

El tiempo postmoderno y neoliberal que estamos viviendo en el cual cada quien piensa lo que quiere y hace lo que quiere, y también, nuestra experiencia como laicos, papás y mamás, nos hace percibir que la familia ha perdido la creencia fundamental de la fe, su vivencia, y se siente poco satisfecha con lo que su religión le propone para desarrollarse como creyentes comprometidos con este  mundo de hoy.

Creemos que nuestro camino como laicos apasionados y seducidos por Jesús puede ayudar a otros papás y mamás a acercarse al encuentro persona a persona con Jesús, centro de nuestra fe, y también, puede ayudar a crear nuevos caminos y formas que hagan de la vivencia de la fe en la religión católica, una nueva familia que se sienta escuchada y apoyada en la  integración de su fe con la realidad.

Es más, queremos decir también que la fe en Jesucristo ilumina nuestras relaciones al interior de la familia y nos da la guía necesaria a la luz del Evangelio para criar a nuestros hijos en un mundo tan sin sentido y en donde todo es relativo, individual y subjetivo.

 

Los laicos, evangelizadores de sus hijos

“Jesús sabe que el hecho de la familia es decisivo en la experiencia y en la vida de los hombres y mujeres. Por eso, habla frecuentemente de las relaciones familiares como modelo para explicar lo que es Dios o el reinado de Dios en el mundo. Y así, las relaciones del esposo, padre, madre, hijo, novio, hermano, aparecen repetidas veces en boca de Jesús cuando habla del reinado de Dios, de lo que es Dios para los hombres, de lo que éstos tienen que ser ante Dios, o de lo que todos debemos ser, los unos para con los otros. Desde nuestras experiencias en la vida de familia podemos todos comprender, de alguna manera al menos, lo que deben ser nuestras experiencias ante Dios y ante los demás. La familia es fuente de vida y fuente de alegría por la vida que transmite. En ella está Dios. Es un espacio humano privilegiado donde nace, crece y se cultiva el amor. Y con el amor, la felicidad, la generosidad, la entrega de unas personas a otras, la responsabilidad ante las propias tareas y obligaciones, la piedad honda y sincera” (J. L. Caravias)

La familia es el espacio en donde los laicos han tenido el privilegio y la casi exclusividad de la evangelización en todos los tiempos. Dentro del ámbito familiar, en las más variadas circunstancias y en medio de la complejidad de las relaciones entre padres e hijos, los padres son los únicos que pueden transmitir a las futuras generaciones el mensaje cristiano. Ni los sacerdotes, ni las instituciones educativas tienen la fuerza poderosa que nace de la íntima relación de un niño con su madre o con su padre desde que nace y que le hace el transmisor natural, a veces inconsciente, de los valores, las creencias y las actitudes ante la vida.

No hay un mundo nuevo sin hombres nuevos y en las manos de los laicos (esposos y padres), está el transmitir los valores fundamentales y la formación básica que ha de desembocar en hombres y mujeres que construyan una sociedad de acuerdo con los valores cristianos. En esta labor los padres no están solos; cuentan con la presencia y el apoyo de Dios que les revela, en el amor paternal y maternal, el amor incondicional del Padre por la humanidad. Es en la familia donde se entiende que no hay amor más grande que dar la vida por el otro, como están dispuestos a hacerlo los padres por sus hijos en todo momento. En el núcleo familiar, antes que en cualquier otra parte, se hace realidad ese amor incondicional que es la clave de la construcción del Reino.

Por otra parte, el trabajo de formar a los hijos no es sencillo. Podemos decir que existen dos aspectos esenciales en esta tarea: el primero y más importante es transmitir la experiencia de Dios; el segundo, imprescindible también, es dar a conocer las verdades de la fe, teniendo siempre como telón de fondo y punto de referencia, las dificultades y desafíos del mundo de hoy.

 

Transmitir la experiencia de Dios

Acerca del primero de estos puntos podemos decir que enseñar a conocer y a amar a Dios es, ante todo, enseñar a tener una experiencia de Dios. El niño debe sentir y experimentar que Dios existe, es real y cercano, convive con él y con sus padres, participa en sus decisiones, es alguien con quien se cuenta en todas las circunstancias. Ahora bien, esto únicamente puede experimentarlo a través de sus padres. Para el niño solo es absolutamente real aquello que lo es para sus padres. La importancia que conceda a Dios, la evidencia de la presencia divina en la vida cotidiana depende de la actitud de sus padres, de la forma como ellos transparenten una adecuada imagen de Dios.

Este hacer presente a Dios solo puede hacerse real en la vida cotidiana del niño. Al levantarse, al acostarse, durante sus juegos, en sus contactos con la realidad circundante, con las personas mayores, con otros niños. En todos esos momentos, los padres deben saber pronunciar la palabra adecuada, realizar el gesto oportuno para hacer presente y real a Dios. Es un asunto de creatividad y de oportunidad. Hay que saber aprovechar los momentos adecuados e inventarse las estrategias para que el mensaje sea asimilado por el niño no en un nivel intelectual, imposible para su edad, sino como una experiencia que se interioriza a un nivel tan profundo que llega a ser imborrable y, a partir de entonces, crece y se expande con la edad. La fe del adulto es el fruto maduro que surge de esta experiencia vivida en la infancia. Una fe que es fruto de la relación cálida, confiada y amorosa entre los padres y Dios, que el niño ha vivido y sentido durante toda su infancia y de la cual ha participado consiente e inconscientemente.

 

Enseñar una fe renovada y actual

Con respecto al segundo aspecto, hay que concientizarse de la necesidad de que los laicos padres y madres de familia actualicen sus conocimientos sobre las verdades centrales de la fe para que puedan dar a sus hijos las explicaciones adecuadas a los conocimientos que quieren transmitir. En épocas pasadas, se hablaba sin problemas de que un cristiano podía tener lo que se llamaba “la fe de carbonero” y que con ella bastaba. Hoy no es así. Empezando porque ya no hay “carboneros”; hasta el más humilde de los cristianos se encuentra hoy ante un televisor o ante el Internet desde donde recibe un bombardeo constante de informaciones y desinformaciones acerca de todas las materias, incluso religiosas, capaces de  llenar de confusión a cualquiera.

Ante esta situación sólo queda la ineludible necesidad de que los padres enseñen claramente a sus hijos desde pequeños las verdades centrales que debe conocer un católico con claridad, de acuerdo con las explicaciones actuales de la teología, iluminadas por las luces que nos dio en buena hora el Concilio Vaticano  II. Ya no hay excusa para transmitir conocimientos trasnochados y sin validez en el mundo actual. Le debemos a Dios el esfuerzo de presentar una imagen suya más verdadera, más real, más viva que aquella que muchos quieren imponernos en los medios de comunicación. No permanezcamos impasibles ante la deformación de la imagen de Dios.

De ahí la necesidad de que los padres busquen formas, que afortunadamente las hay, de actualizar sus conocimientos. Se ofrecen cursos, existen libros, hay grupos de cristianos interesados en estudiar la fe con una mirada nueva, con la mirada a la que estamos obligados los laicos del siglo XXI.

Se debe entonces establecer una nueva relación entre los laicos y el “clero”. Debe ser un apoyo mutuo, pero sobretodo ayudarles a los sacerdotes a asumir su papel de animadores y acompañantes en la fe. Con esta propuesta no se quiere dejar de lado la figura del sacerdote o de la religiosa, porque caeríamos en el otro extremo, se trata de buscar perspectivas acordes a la formación actual.

 

 

Anticiparnos a sus dificultades futuras

Ocurre el caso de niños que reciben una buena formación religiosa pero al crecer pierden la fe. Es muy frecuente que el choque entre una concepción poco clara acerca de Dios y las dificultades del mundo actual, haga zozobrar una fe débil y sin fundamentos sólidos. Por eso, una educación religiosa eficaz debe darle al niño herramientas con las cuales enfrentar y superar sus dudas y, en general, los obstáculos que se interpongan en el camino de su fe. Ello quiere decir que debemos educar para el futuro, anticiparnos a sus dudas, comprender las dificultades a las que tendrán que enfrentarse y fortalecer aquellos aspectos en los cuales sabemos que tendrán mayores dificultades para salir adelante. Demos algunos ejemplos:

El niño debe saber armonizar las verdades de la fe con los conocimientos científicos. Estos son logros maravillosos del hombre. No existe conocimiento científico que pueda apartar de Dios, creador del universo y de todo cuanto en él existe. Todo lo que la ciencia descubra y pueda crear, si es verdadero tiene que estar de acuerdo con Dios porque Dios es la verdad. Por lo tanto si un conocimiento científico, verdadero y comprobado, nos aleja de Dios es porque no conocemos a Dios, porque no tenemos una adecuada formación religiosa y estamos tergiversando y falsificando la revelación.

Otro ejemplo lo constituye la falsa interpretación sobre la actuación de Dios en el mundo. Interpretar las catástrofes o el mal en el mundo como castigo de Dios o como algo querido por Dios aleja a los niños de una adecuada percepción de la realidad. Tampoco hay que confundir la voluntad de Dios con los resultados de la acción destructora del hombre en el mundo. Desde pequeño el niño debe saber que la forma de actuar de Dios no es el milagro permanente ni la acción tremendista y espectacular.

Nada tan valioso como educar a un niño en la verdad. Los problemas deben ser enfrentados como problemas: si hay cosas que no entendemos acerca de Dios, de su actuación en el mundo, deben presentarse así, como problemas. Y el niño debe aprender que es responsabilidad de todos, suya también, buscar una respuesta. Si al niño se le dice siempre la verdad, de acuerdo a su edad, en forma sencilla, nunca se sentirá desilusionado de sus padres, ni de las cosas que le enseñaron. Si se le incentiva a buscar la verdad en aquellas situaciones difíciles de su relación con Dios, nunca se desilusionará de Dios.

La crianza de los hijos: una experiencia para acercarnos a Dios

Como se desprende de las reflexiones anteriores, la misión que Dios nos ha encomendado como padres y madres, si la tomamos en serio, implica asumirla con toda radicalidad. Somos la autoridad ante nuestros hijos, somos el ejemplo, el testimonio del cual ellos obtienen las herramientas necesarias para ser y hacer para sí y para los demás.

Y la cosa va más allá, tener un hijo o una hija en los brazos, no solo es desde el primer momento un milagro de la vida que Dios nos regala en abundancia, sino también la oportunidad que Dios nos da para ser mejores cristianos. ¿Queremos darles a nuestros hijos lo mejor? ¿Queremos que sean felices? Ellos no se llevarán lo mejor de nosotros si nosotros no dejamos que Dios entre en nuestra vida y nos dé la fuerza y el deseo de ser mejores personas para ellos.

En la experiencia de ser papás y mamás rápidamente comprobamos que nuestras cantaletas son poco efectivas, nuestros discursos poco llegan al corazón de nuestros hijos, pero nuestro ejemplo arrasa con todo, cala hondo. ¿Cómo enseñarles a nuestros hijos acerca de Dios si ellos ven que Él no es el centro de nuestras vidas, si no hace parte de nuestra cotidianidad? ¿Cómo van a aprender a vivir según Dios si hablamos mal de los demás y decimos mentiras, si enseñamos desprendimiento pero solo pensamos en acumular y nos llenamos de cosas, si no oramos en familia?

En la base de este compromiso de transmitir la fe está la relación de pareja. Son efectivas las semillas de fe que quedan en nuestros hijos cuando el amor al estilo de Jesús es una realidad que se intenta vivir todos los días y sin descanso en la pareja. La pareja es la comunidad fundante de aquella más amplia que es la familia. Vivir en cercanía con el otro, vivir bajo un mismo techo y compartiéndolo todo no es tarea fácil, pero sí es la oportunidad más concreta y más real para poner en práctica el amor de Jesús. El amor de Jesús sólo se hace realidad en comunidades pequeñas que caminando juntas, conformamos la gran Iglesia.

Que los hijos vean cómo sus padres se aman, no sin conflictos, es maravilloso. Que los hijos vean que sus padres son pareja, hacen frente unido así no piensen igual, sepan conciliar sus diferencias, sepan tratarse con cariño aceptándose el uno al otro, es el mejor espejo que se pueden llevar para plantear sus relaciones. Amarse en pareja al estilo de Jesús, es saber que a pesar de los problemas, las circunstancias difíciles y las diferencias, lo fundamental no se pone en juego: ese amor incondicional de apostarle a vivir con el otro amándolo en su singularidad y sabiendo que el otro es un regalo de Dios para la propia vida.

Porque no se pone en juego el amor fundamental es que se puede disentir, porque toda discusión puede acabar con una palabra o un gesto maravilloso que lo borra todo, es como se sabe que el otro sigue queriéndome y apostando a lo que estamos construyendo. Esta es la seguridad que los hijos necesitan para poder creer y para desplegar su fe en un Dios que es quien hace posible este tipo de amor.

Estar comprometidos con la comunidad de la familia como una prioridad implica para la pareja y para cada papá y cada mamá una minuciosa labor de discernimiento para saber en cada momento cómo quiere Dios que criemos con su amor. El verdadero, en el que creemos.

A veces nos desviamos y pensamos que el amor a los hijos es solo decirles frases cariñosas, o estar pendientes de ellos indicándoles qué hacer, qué decir, qué sentir, o a veces podemos pensar que es comprarles todo lo que se les antoja o incluso brindarles toda clase de oportunidades.

“El amor que verdaderamente les llega a los hijos se da cuando hay un profundo interés por ellos y un verdadero compromiso con su crianza. Se expresa cuando vemos y consideramos a nuestros hijos como algo muy especial, cuando disfrutar de su compañía es más importante que cualquier otra actividad, cuando les tratamos con tanto respeto y consideración como a nuestros más queridos amigos, cuando les escuchamos con mucha atención e interés, cuando les apoyamos en las dificultades y aceptamos sus fracasos o errores sin discriminarlos por haber fallado. Es un amor incondicional que incluye caricias y demostraciones afectivas, exige paciencia y tolerancia, requiere calidad y cantidad de tiempo y, por supuesto, darle más importancia a las personas que a los deberes y las cosas” (A. Marulanda, 2001).

Formar a nuestros hijos para que vean el mensaje de Jesús totalmente implicado en la vida misma es capacitarlos para que obren como Dios quiere en cada momento de la vida. Que ellos puedan hacer lo correcto, aunque nadie los vea, que puedan decir la verdad aunque no les convenga, que puedan superar las penas saliendo enriquecidos y sosteniendo la esperanza.

Hay que discernir siempre, pues a veces, ponemos el acento más en que los hijos se sientan bien y no en que sean buenas personas. Este carácter que queremos para nuestros hijos se establece con el ejemplo y se forma como resultado de las lecciones que nos da la vida. La tolerancia, la generosidad, la compasión, la perseverancia, la valentía, no se desarrollan en la abundancia sino en la moderación, y no se enriquecen en las diversiones sino en las dificultades. En efecto, es cuando no tenemos lo suficiente cuando más gozamos lo que recibimos, es cuando nos esforzamos cuando más apreciamos lo que logramos. De nada les servirán a nuestros hijos los grandes conocimientos, los títulos y una gran autoestima, si no tenemos el carácter para ponerlos al servicio de lo que nos hace plenamente humanos y felices: la satisfacción de hacer el bien y de obrar en forma correcta, como nos lo enseñó Jesús.

Y el reto no se queda allí para dentro, como dice Caravias, la verdadera familia cristiana enseña a vivir en profundidad el amor mutuo, pero rompiendo los muros en que instintivamente tiende a encerrarse ese amor. Será tanto más cristiana la familia cuanto más vaya dejando de ser exclusiva, cuanto más vaya queriendo como verdaderos hermanos a los que no lo son. A los prójimos hay que hacerlos cada vez más próximos; mirándolos a ellos hay que ver a Jesús.

 

Creemos que como padres, laicos y laicas, papás y mamás, parejas, tenemos el compromiso dentro de la Iglesia de formar a otros padres en la teología actual, de conformar grupos de apoyo que den herramientas más claras a los papás y mamás, para acercar a sus hijos a la experiencia de Dios, hecho que no se da si no se está viviendo en carne propia al resucitado.

Es Dios mismo encarnado en nuestros hijos quien nos invita a experimentarlo de manera más radical cuando somos pareja y padres. ¡¡¡Qué medio más maravilloso y qué tarea tan apasionante ha escogido para acercarnos  a él!!!

Dios se manifiesta a través de nuestros hijos invitándonos a seguirlo, a ser coherentes y radicales, y a no dudar ni tener temor de hablar de Dios a nuestros hijos. Él mismo es el más interesado en hacernos mejores personas como padres y como hijos. Es por eso que ya no tendremos más temor de anunciarlo, tanto cuando son pequeños como cuando son grandes. Queremos que se queden con nuestra más preciada herencia: la fortuna de tener fe en el Dios de Jesús, misericordioso, acompañante de camino, creador incansable y amante de todas las personas sin excepción.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bingemer, María Clara, Identidad del laico. En caravias Jose Luis. Recopilaciones en el CD Fe y Vida.

 

Caravias José Luis, “Matrimonio y familia a la luz de la Biblia”. Recopilaciones en CD Fe y vida.

 

Mosser Antonio o.f.m. “Fe cristiana, sexualidad y familia”. Recopilación en CD Fe y Vida

 

Marulanda Angela, “Creciendo con nuestros hijos”. 1998

 

Libanio joao Batista, “Vivir la fe en los comienzos del tercer milenio”. Curso oct. 2005. CIRE. Bogotá Colombia

 

Silva de Sánchez María Teresa, “Cómo hablar de Dios a los hijos”. Indoamerican Press service. 1995.

 

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