Teología del Apostolado Seglar Introducción del punto 5 al 8

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SUMARIO: § 5. Acción Católica y asociaciones religiosas de seglares. — § 6. Teología de la Acción Católica. — § 7. Gracias y carismas en la Acción Católica. —- § 8. Plan de la obra.

§ 5. ACCIÓN CATÓLICA Y ASOCIACIONES RELIGIOSAS DE SEGLARES

Hasta el presente, al menos, por Acción Católica se ha entendido el apostolado oficial de los seglares que, en algún aspecto, fuese universal, es decir, que se extendiese a toda obra capaz de ser realizada por el seglar católico en su condición de tal. Todo otro apostolado que no reuniera esa universalidad, no se le tenía por Acción Católica en la organización positivo-canónica de la Iglesia.

Sin embargo, con buen criterio se ha enseñado y defendido que tanto la Acción Católica como las asociaciones eclesiásticas de seglares son del mismo orden o naturaleza, y se distinguen al igual que el todo se diferencia de sus partes. La Acción Católica coincide con cada una de las diferentes asociaciones de laicos, según su mayor o menor extensión en el programa apostólico señalado por la jerarquía. Mas el apostolado es idéntico en todo lo que haya coincidencia de programa entre la Acción Católica y esas organizaciones de laicos.

Esa identidad hace que la Acción Católica, lo mismo que las asociaciones religiosas de fieles, se catalogue en el apostolado oficial de los seglares, porque en todas ellas existe aquella misión canónica o mandato dado por la jerarquía, señalando, impulsando, preceptuando, si conviene, las tareas apostólicas que deben asumir los fieles seglares. De ahí que por apostolado oficial se comprenda el ejercido por la Acción Católica y las expresadas asociaciones y, además, también el apostolado del culto y el desarrollado fuera de organismos eclesiásticos siempre que obedezca o responda al referido mandato o misión canónica. Pero nadie dejará de ver que en ese mismo apostolado oficial de seglares viene comprendido el de las religiosas y el de varones religiosos que no pertenezcan al orden clerical, siempre y cuando actúen a tenor de las respectivas constituciones de su religión y con sujeción a sus legítimos superiores.

El límite que actualmente separa o distingue los organismos de Acción Católica de las demás asociaciones religiosas de fieles, con ser muy tenue, es de índole canónico-administrativa, pero no de orden teológico, ya que no afecta a la naturaleza del apostolado en sí.

Fácil es reducir a una unidad conceptual, y prácticamente a una misma realidad, los organismos de Acción Católica y las demás asociaciones de fieles seglares.

Cierto es que, en los organismos de Acción Católica, el seglar se ofrece a la Iglesia jerárquica para realizar cualquier actividad de apostolado propia de los laicos; y, en las demás asociaciones, dicho ofrecimiento versa únicamente sobre los fines que, como propios de determinada asociación, han sido señalados por la jerarquía. Por lo que no hay universalidad de programa apostólico, sino únicamente alguna o muchas tareas que cumplir. Con todo, esa diferencia más bien es teórica o idealística que decisiva y trascendente en el terreno de las realidades.

En efecto, aunque el seglar se ofrezca para toda clase de tareas apostólicas en la Acción Católica, su actividad, de hecho, está limitada necesariamente por esta triple serie de causas:

  1. no todas las necesidades de la Iglesia concurren en cada lugar, parroquia o diócesis; por lo que el seglar tendrá excluidas de su programa apostólico todas aquellas actividades que, si bien son necesarias en otros lugares, no tienen razón de ser allí donde habita o ejerce su apostolado;
  2. dentro de las necesidades a llenar en cada territorio o lugar, no todos los seglares están adornados de las cualidades de orden externo o social que son indispensables para determinadas tareas apostólicas; es más, otros, incluso con dichas cualidades, no tienen expedito el camino para el apostolado por un sinfin de motivos, como son los de ambiente, familia, trabajo, enfermedades, etc.; y
  3. el ejercicio u ocupación en unas obras impide, de hecho, la realización simultánea de otras más o menos incompatibles, por lo que es menester que unos se dediquen a unas tareas, y otros, a otras distintas; y aun en ese ejercicio ismo, puede incluirse la voluntad de la jerarquía señalando preponderantemente los trabajos a realizar.En el terreno teológico, la identidad de apostolado aparece todavía con más claridad en la llamada Acción Católica y en las demás asociaciones religiosas de fieles. Pues si aquélla es la colaboración del laicado en el apostolado de la Iglesia, que en cada lugar viene determinada, según las circunstancias, por la jerarquía, dichas asociaciones implican igualmente colaboración del laicado en el apostolado jerárquico, según determinación, más o menos fija en cuanto a su programa, por la misma jerarquía, y así, la cofradía de la Doctrina Cristiana es la colaboración de fieles y clérigos en el apostolado de magisterio de la Iglesia jerárquica.Desde el punto de vista teológico, en todas estas instituciones eclesiales se verifica, en pleno sentido formal, colaboración del laicado en el apostolado de la Iglesia jerárquica, en virtud de misión canónica o mandato. De lo cual se infiere que, teológicamente, son sinónimos los referidos institutos de seglares.Tanto por apostolado oficial de los seglares como por Acción Católica quedan comprendidas las asociaciones religiosas de seglares; pero con éstas no se abarca toda la amplitud del apostolado oficial o Acción Católica, por el límite que impone la disciplina eclesiástica, al configurarlas en verdaderos organismos canónicos; y así, con ser dichas asociaciones estricto apostolado oficial de los seglares, no tienen toda su extensión o amplitud, ya que no comprenden el apostolado oficial que se ejerce fuera de organismos creados por la jerarquía para los laicos, como es, por ejemplo, además del anteriormente citado, el de los que sirven en las funciones del culto público de la Iglesia.En cuanto al término “seglar” o “seglares” empleado en este lugar y en todo el decurso de la obra, se le da significado eminentemente teológico. De esta manera, seglar es todo cristiano que no pertenezca al orden clerical, aunque sea miembro de una orden o congregación religiosa o sociedad equiparada, salvo que, por el contexto de la frase en temas sucesivos, aparezca su antinomia con el religioso que no ha sido recibido en la clerical milicia. Bajo esta consideración teológica son, por tanto, seglares las religiosas y los religiosos que no sean clérigos, a pesar de que los de uno y otro sexo gocen, por derecho positivo-eclesiástico, de las prerrogativas clericales.
  4. Como conclusión, pues, de lo expuesto, por apostolado oficial de los seglares o Acción Católica se comprende también el de las asociaciones religiosas para laicos; pero con éstas no se expresa, ni en ellas se contiene, todo el apostolado oficial, o sea, toda la extensión de la Acción Católica.
  5. Por lo que hace al aspecto administrativo-canónico o disciplinar, en razón de que la Acción Católica, conforme ha proclamado la Santa Sede, “no cristaliza rígidamente en esquemas fijos”[1], y ha sido impulsada con amplitud de criterio, no sólo dentro de los tipos de organización unitaria o federativa, sino también al margen de todo organismo canónico, como sucede en parroquias rurales o de exiguo número de habitantes que no permite o aconseja la creación de organismos, y también en asociaciones civiles, las cuales, como las Conferencias de San Vicente de Paúl, se ponen enteramente a disposición de la Iglesia jerárquica para desarrollar, allí donde indique o señale, toda clase de obras de misericordia[2], mediante previa misión canónica[3], Apostolado oficial de los seglares y Acción Católica se funden en idéntica unidad conceptual y realidad, en forma que ambas expresiones son verdaderamente sinónimas.
  6. Toca, pues, puntualizar el sentido que en este tratado u obra se da a las expresiones Apostolado oficial de los seglares Acción Católica y Asociaciones religiosas de seglares o laicos, para llegar a la apetecida unidad de terminología.
  7. Comparando, ahora, la labor apostólica de un militante de Acción Católica con la de un miembro de asociaciones religiosas de seglares, aparece que uno y otro ejercen la misma naturaleza de apostolado; y si a veces, no siempre, existe mayor extensión de programa en uno que en otro, este más o menos no altera ni modifica la índole del apostolado de la Acción Católica y de las referidas asociaciones. Precisamente, por esas consideraciones, la Acción Católica se ha organizado bajo dos tipos que, si externa o socialmente presentan alguna diferencia, coinciden exactamente en su contenido sustancial: apostolado oficial de los seglares. Tales son: la organización de tipo unitario, en la que si los seglares, dentro de su organismo, son capaces de realizar cualquier faceta propia de su apostolado oficial, en la práctica, empero, está restringida su capacidad por aquella triple serie de limitaciones reseñadas; y la de tipo federativo, la cual abarca las referidas asociaciones de seglares para diferentes fines, y en las que los fieles ingresan para desarrollar el apostolado señalado por la Iglesia jerárquica a cada una de las mismas.

§ 6. TEOLOGÍA DE LA ACCIÓN CATÓLICA

Con este epígrafe se restringe el tema concerniente al apostolado oficial de los seglares o Acción Católica. Nos fijamos tan sólo — y el campo de estudio es extensísimo — en la realidad sobrenatural que representa en la Iglesia esa institución y movimiento del laicado en cuanto colabora en el apostolado jerárquico, dejando de lado las prescripciones positivas que emanen de la jerarquía a ese respecto. Mientras, pues, la laicología abarca todo lo referente al fiel seglar, la Acción Católica le considera primordialmente en su cualidad de miembro del Cuerpo Místico de Cristo, como adornado de valores sobrenaturales para actuar externamente en favor del prójimo, al estilo como lo hacen quienes son partícipes de la potestad jerárquica.

Dentro del estudio de la Acción Católica o apostolado oficial de los seglares, nos situamos más concretamente en la parte que, por ser perenne e inmutable, fluye de los fundamentos dogmáticos de la verdad revelada y que constituye, con toda propiedad, la teología de la Acción Católica.

Este tratado, por su matiz teológico, prescinde de la organización positivo-eclesiástica que pueda darse a nuestra institución teológica, para determinar su entidad y actividad en la esfera social. Pero en la configuración inmutable de esa realidad eclesial se pretende destacar lo que ante Dios representa esa colaboración del laicado en la misión de la Iglesia jerárquica, con sus varias facetas que origina, tanto en orden al propio colaborador como al prójimo y a la Iglesia en general.

Siendo, por consiguiente, la teología del apostolado de los seglares una rama especial de la teología acerca del laicado, a nadie debe extrañar que, para su exposición y desarrollo, se invoquen o apliquen verdades o principios, alguna vez algo remotos, de la teología general sobre los laicos, a fin de trazar la sistemática perenne e inmutable de dicho apostolado, cuya institución y actividad sobrenatural son, hoy más que nunca, tan acariciadas por la jerarquía y por el elemento seglar.

§ 7. GRACIAS Y CARISMAS EN LA ACCIÓN CATÓLICA

La presencia de este subtítulo general: gracias y carismas en la Acción Católica, determina el contenido primordial de esta obra acerca del estudio teológico del apostolado oficial de los seglares, que no es más que la riqueza sobrenatural de energías para quienes estén llamados a colaborar con la Iglesia jerárquica para la salvación de las almas. Sin tener presente esta vivencia de gracias y carismas, los temas adquirirían, quizá, un aspecto puramente académico; serían como bisecciones que se operasen en la mesa de estudio; carecerían, sin duda, de la vitalidad que pudiese alentar al lector a tomar iniciativas, seguir consejos, realizar obras y, en concreto, colaborar con la jerarquía. En cambio, enfocando nuestro objetivo a la virtualidad y necesidad de las gracias y dones en el apostolado de los seglares, la exposición temática misma constituye ya una invitación a actuar en el campo de las realidades, en forma que tanto para los miembros de la jerarquía, a quienes incumbe enseñar, ponderar, dirigir y encauzar los destinos de la Acción Católica, como para los seglares mismos que estén interesados en ella, represente como toques de gracia, vivencias sobrenaturales que penetren en las almas generosas de amor hacia el prójimo, para dar nuevos impulsos a la Acción Católica.

Todo ello no es óbice, empero, que, siendo ante todo un trabajo teológico, se expongan como sostén o marco de referencia las bases sobre las que deba cimentarse la acción de la gracia en este apostolado de los seglares.

Insistiendo más concretamente en el subtítulo de la presente obra, debe reconocerse que todo lo tocante a la gracia divina viene comprendido en el estudio de la teología y por eso, en nuestro caso, en la teología del apostolado de los seglares. Sin embargo, por el expresado epígrafe subtitular se pone de relieve la importancia que en el apostolado asume la acción de la gracia sobrenatural. En términos algo generales puede decirse que la simple teología de la Acción Católica describe y analiza los elementos constitutivos que les son esenciales; y la doctrina de la gracia enseña, en cambio, cómo funciona esta institución, cuáles son sus energías y qué se requiere para que ella y cualquier otro apostolado den frutos y en abundancia, y qué obstáculos será necesario vencer. Ejemplo de esta realidad de la gracia divina puede verse en los apóstoles. Ellos recibieron, ya en la última cena, de Jesucristo mismo la plenitud del sacerdocio. Con todo, a pesar de esta consagración ontológica que recibieron en forma indeleble, se muestran, antes y aun después de la resurrección de Jesucristo, sin fuerzas, sin aliento, apagados. Mas llega el día de Pentecostés, y con él la venida del Espíritu Santo; movidos entonces por el impulso divino, que es la gracia de Jesucristo, transfórmanse los apóstoles en otros hombres; y, en Jerusalén, es ésta una maravilla para todos. Los que hasta entonces fueron tímidos hasta la cobardía, ocultos y encerrados en el cenáculo por temor a la policía judía, de repente manifiestan tal ardor en predicar a Jesús crucificado y resucitado, que sus oyentes ven en ello el efecto de una embriaguez pasajera[4]. Lo maravilloso del caso es que esa embriaguez perdurará mientras vivan los discípulos. Ni los látigos del sanedrín, ni los cepos de los carceleros, ni la cruz de los esclavos o el hacha de los líctores, lograrán acabar con la grandeza de ánimo de los apóstoles. “Si son humanos este consejo o esta empresa — había dicho Rabbi Gamaliel —, se disolverán por sí mismos, pero si de Dios proceden, no conseguiréis detenerlos, pues sería esto luchar contra Dios”[5]. No tarda en cumplirse la palabra del doctor en Israel: todavía llenos los ojos de la visión de Jesús resucitado, consagran los discípulos lo que les queda de vida a ganar almas para el Maestro conocido y amado de ellos, y mueren en confirmación de su fe[6].

Estos maravillosos y fecundos efectos de la gracia en las almas no se acabaron con los apóstoles; siguió la serie de cansinas con que Dios adornó a muchos fieles, cual convenía a la Iglesia naciente, para edificación del Cuerpo de Cristo[7]; y continúa en todos los cristianos en conformidad con la promesa divina: “Sabed que estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”[8] .

Abordar la doctrina de la necesidad y eficacia de la gracia divina en el apostolado de los seglares y, en especial, en la Acción Católica, es el objetivo primordial de esta obra, y al que se subordina siempre toda otra disquisición teológica referente a la teología de la Acción Católica en cuanto a la sistematización y desarrollo de temas.

  • 8. PLAN DE LA OBRA

Cuatro partes, enumeradas y clasificadas en títulos, constituyen el substrato o plan de esta obra, la cual va precedida de la presente introducción y termina con un epílogo.

El primer título tiene carácter preliminar porque reúne los fundamentos sobre los que se apoyan los tres restantes. El segundo se ocupa del aspecto subjetivo de la Acción Católica en cuanto supone una determinación del individuo, causada por la acción divina, para consagrarse ante Dios y la Iglesia al apostolado. El tercero estudia la Acción Católica como institución en sí, es decir, en su aspecto objetivo, y, además, la incorporación del seglar a la misma con todo lo que a este efecto es menester, en especial, la colación carismática al fiel seglar. Y en el cuarto y último título se desarrolla lo que es consecuencia conjunta de uno y otro elemento subjetivo y objetivo: la vida apostólica del seglar relacionada con Dios, consigo mismo y el prójimo, como efluvio de la asistencia divina. Para este último objetivo se ha tomado como ideal la vida de apostolado en San Pablo, según el modelo que nos presenta uno de sus mejores exegetas[9], a fin de exponer los dones y virtudes sobrenaturales que integran la vida apostólica en los seglares.

Aplicando una terminología más técnica a esta materia[10], podemos decir que el título segundo trata de la colaboración constitutiva, la cual fluye del seglar en cuanto se ofrece, movido por la gracia, a la jerarquía para actuar en su apostolado; el tercero versa sobre la participación carismática que obtiene el seglar al incorporarse en el apostolado de la Acción Católica; y el cuarto expone la colaboración consecutiva propia de los seglares, que se origina de los dos expresados antecedentes, y cuya plasmación interna y social es la vida apostólica o actuación de la realidad carismática que informa y robustece la oblación del seglar a Dios y a la Iglesia en favor del apostolado jerárquico.

 

[1] .  Pius XI, Encycl. “Firmissiman constantiam” ad episcopos mexicanos, 28 mart. 1937: AAS 28, 210.

[2]  Véase: Reglamento General de la Sociedad de San Vicente de Paúl, Madrid, 1905, Art. 1, p. 28.

[3] “…Hemos de tener gran respeto a los consejos que nos diere la sociedad o sus jefes; y, sobre todo, seguir con absoluta docilidad la dirección que los Superiores eclesiásticos tengan a bien darnos. San Vicente de Paúl no quería que sus discípulos emprendiesen ninguna obra buena sin la anuencia de sus respectivos párrocos y sin haber recibido su bendición [mandato o misión canónica]. Nunca, pues, hagamos nada nuevo ni importante en el distrito de una jurisdicción eclesiástica, sin ponerlo en conocimiento del que la ejerce” (Reglamento General de la Sociedad de San Vicente de Paúl, p. 19).

3 S. MARCH – Teología.

[4] 12.        Ac 2 13.

[5] 13.        Ac 5 38-39.

[6] 14.        P. ROUSSELOT-J. HUBY, El Nuevo Testamento: en “Christus” o Manual de Historia de las Religiones, trad. de la 5.a ed. franc., Barcelona, 1929, p. 896.

[7] 15.     Ef 4 12.

[8] 16.        Mt 28 20.

[9] 17.        C. CORNEX.II A LAPIDE, Effigies divi Pauli sive Idea Vita Apostólica, ed. 27, R. Galdós, Westmalle, 1938.

[10] 18.      J. SABATEK MARCH, Derecho constitucional de la Acción Católica, Barcelona, 1950, p. 26.

¿Cualquier bautizado es sacerdote?

¿Cualquier bautizado es sacerdote?

No sólo sacerdote, sino también profeta y rey, en la medida en que participa de estas tres dignidades de Cristo

bautizando

 

El sacramento del bautismo introduce a las personas que lo reciben en la triple función sacerdotal, profética y real de Jesús.

En la medida en que cualquier fiel laico vive su identidad bautismal, participa de estas importantes prerrogativas cristológicas.

La Iglesia que fundó Jesús es el nuevo pueblo de Dios: un pueblo sacerdotal, profético y real. “Jesucristo es Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido ‘Sacerdote, Profeta y Rey’. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas”, indica el Catecismo (783).

Pero, ¿qué significa el verbo participar? Participar significa que se “tiene parte de algo” o compartir algo, o que parte de algo o de alguien se tiene personalmente. Es decir que todo bautizado tiene una parte de la triple función sacerdotal, profética y real de Jesús.

Todos los laicos son los fieles “incorporados a Cristo por el bautismo y constituidos en pueblo de Dios y hechos participes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo”, señala la Constitución Lumen Gentium (31).

De manera pues que todo bautizado, al ser miembro de Cristo (Catecismo, 1213) Sacerdote, Profeta y Rey, pertenece a una estirpe real y sacerdotal (1Pe 2, 9).

 

Cada bautizado también es sacerdote, profeta y rey

El aceite es uno de los tres símbolos del bautismo. El ministro, después de ungir con el Santo Crisma al recién bautizado, le proclama sacerdote, profeta y rey. Con la siguiente fórmula: “Dios todopoderoso… te consagra N.N… para que incorporado a su Pueblo, la Iglesia, seas siempre miembro de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, para la vida eterna”.

Los bautizados son sacerdotes 

“Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia “un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,6; cf. Ap 5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal.

Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.

Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son “consagrados para ser […] un sacerdocio santo” (LG 10)” (Catecismo, 1546). Los fieles gozan de una dignidad sacerdotal.

Pero el sacerdocio que reciben los fieles con el bautismo es muy diferente del sacerdocio ministerial. El de los fieles es previo y más importante: es un sacerdocio que los hace partícipes del único sacerdocio de Cristo. Tan importante es el sacerdocio de los fieles que el sacerdocio ministerial está a su servicio.

El sacerdocio común de los fieles, por el cual todos están llamados a dar testimonio de Cristo, es un sacerdocio que se nutre y se expresa en la participación de los sacramentos.

De esta manera Cristo se asocia íntimamente a los fieles laicos, a su vida y a su misión, y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan un culto espiritual.

Todo cristiano es sacerdote y está llamado a hacer de su vida una continua alabanza al Padre; es el que bendice, el que alaba al Señor.

Los fieles laicos también ejercen su sacerdocio al santificarse en todo lo que hacen y al ayudar a otros cristianos a ser santos. Nos dice la Iglesia que todos los laicos tienen la misión, al participar del sacerdocio de Jesús, de consagrar el mundo (LG, 34).

Los fieles son sacerdotes cada vez que se dirigen a Dios y le presentan sus preocupaciones, sus ilusiones, sus inquietudes, sus dificultades, sus alegrías, sus necesidades y las del mundo entero; cuando su oración es universal y no se centran en sí mismos.

Y, así como la figura del sacerdote evoca imágenes de ofrecimiento de sacrificios y de mediación, así también los fieles laicos toman parte de este oficio sacerdotal de Jesús cada vez que le ofrecen, por sí mismos o por otros, sacrificios espirituales a Dios que Él acepta (1 Pe 2, 5).

¿De qué sacrificios hablamos? Hablamos de la vida de cada día, con sus ilusiones, sus esfuerzos y trabajos. Estos sacrificios se ofrecen también para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo.

Y ofrecer no sólo sacrificios pues todos los bautizados son sacerdotes para ofrecer los cuerpos como hostia viva. Lo dice san Pablo: “Os exhorto… a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios; tal será vuestro culto espiritual” (Rm 12, 1).

Y el fiel ejerce su sacerdocio también al ser un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es esta más propiamente la verdadera función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

Y finalmente donde más plenamente los fieles laicos desempeñan su oficio sacerdotal es en la Eucaristía. “El sacerdote oficia el sacrificio y los fieles concurren” (LG, 10) a la ofrenda de la Eucaristía: Ofrecen juntamente con el sacerdote a Cristo al Padre, y se ofrecen juntamente con Cristo.

Los bautizados son profetas 

Cristo profeta cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria no solo a través de la jerarquía, sino por medio de los laicos (LG, 35).

En el Bautismo somos consagrados profetas ya que tenemos que llevar la Palabra divina a los demás.

El cristiano es alguien llamado a proclamar las maravillas de Dios, a dar testimonio público de Jesucristo, a ser promotor de la verdad y de la paz, a denunciar la injusticia y la mentira, a oponerse a todo lo que daña a la sociedad y al individuo.

Somos profetas para hablar a los hombres de Dios y aquí tenemos el apostolado o la evangelización.

Somos profetas cuando anunciamos, con nuestra vida, a la divina persona de Jesucristo, cuando somos consecuentes con nuestra condición de creyentes y vivimos en verdad, sin querer esconder ante los otros nuestra fe.

El pueblo de Dios participa del carácter y misión profética de Cristo, dando testimonio de Él con su vida de fe y de amor a semejanza de los Apóstoles que transmitieron lo que habían visto y oído.

Los fieles toman parte en el oficio de Jesús de ser profetas llevando el evangelio a todos los ámbitos de la vida tanto con la palabra como con las obras.

La misión de dar razón de nuestra fe, de ser apóstoles, no es sólo oficio de los sacerdotes ordenados, sino de todo el pueblo de Dios, ya que con Cristo los fieles son profetas, anunciadores del evangelio en todos los ambientes y lugares, y denunciadores de todo aquello que se manifiesta contrario a nuestra fe.

Para que los fieles puedan llevar a cabo ésta misión más eficazmente, “dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con insistencia el don de la sabiduría” (LG, 35).

El profeta es aquel que vive dos realidades. De una parte está inmerso en la sociedad actual y de consecuencia conoce y entiende las luchas y los trabajos del pueblo, en medio del cual es llamado a servir.

Y por otra parte está en la presencia de Dios y de consecuencia conoce su voluntad y la conoce desde dentro.

Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros, de manera que se entienda y se siga.

El profeta asume, pues, el desafío de vivir esta doble realidad, para participar así en la acción evangelizadora de la Iglesia.

El sensus fidei es la capacidad del profeta que le permite percibir la verdad de la fe y de saberse oponer a lo que le es contrario (LG, 12 – Dv, 8).

El profeta no es el que adivina el futuro, sino el que lee los acontecimientos a la luz del Evangelio, y así tiene las claves para interpretar la historia presente y la futura.

Los fieles como profetas son capaces de ver y comprender las personas, las cosas y los acontecimientos con los ojos y la mente de Dios.

Los bautizados son reyes

Cristo es rey y es el primero en todo, “pero no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida” (Mt 20,28).

Y Cristo comunicó su poder y su realeza a sus discípulos para que también ellos dispusieran de una libertad soberana y vencieran el reino del pecado.

Los cristianos ejercen su realeza sirviendo a Cristo en sus hermanos. Por esto los fieles toman parte en la función de Jesús de regir (de ser reyes) sirviendo. Por eso para el cristiano reinar es servir como Cristo sirve (Catecismo 786).

Los fieles participan del Señorío al llevar el Reino de Jesús a los hombres. Dice el Concilio Vaticano II que “también por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (LG, 36).

Esta misión de regir de los laicos también se realiza cuando se toma parte en cualquier gobierno o institución, intentando que “el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz” (LG, 36).

Es así como la realeza de Cristo llegará a través de los fieles laicos a todos los rincones del mundo y todas las estructuras de la sociedad.

Somos constituidos reyes, porque se nos da la libertad de los hijos de Dios, y esta libertad es para servir; servir a Dios en el prójimo es reinar.

Y el cristiano es rey: los reyes no están sometidos a nadie, son libres. Se ha arrancado de la vida del cristiano la raíz de toda esclavitud, que es el pecado, y así es libre para hacer el bien. La libertad se realiza sólo en el bien. El mal no nos hace libres, sino esclavos.

Somos reyes cuando sabemos dominar y acallar todo aquello que nos aparta de Dios, cuando somos dueños de nosotros mismos y de las circunstancias que nos rodean.

La autoridad divina otorgada a Cristo es la misma autoridad que Él transmite a sus seguidores para hacerles capaces de testificar su servicio en el mundo. Los bautizados estamos llamados a ejercer esta autoridad en el mundo para transformarlo a través del testimonio.

Conclusión

Jesús fue sacerdote, profeta y rey; hacia Él tenemos que mirar si de verdad queremos ser coherentes con el Bautismo que recibimos. Tomar conciencia de nuestro compromiso bautismal es todo un programa de vida. Profundicemos en este sacramento para valorar este don de Dios y así ejercer las funciones de Cristo como Él las ejerció.

 

Categorías:Laicos

LA FUNCION DEL LAICO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

LA FUNCION DEL LAICO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

comunidad cristianaL.G. 31 (…) Los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.(…)

A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida.

Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.

A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

El Concilio Vaticano II pretende renovar la Iglesia volviendo a las fuentes, a la vida de los primeros siglos orientándose en el Nuevo Testamento y los santos padres. Un momento en que los laicos no son la masa de una sociedad de cristiandad, en la que algunos se hacen religiosos o sacerdotes para vivir la santidad, sino un pueblo de conversos bautizados, que en medio de una cultura pagana hacen presente la novedad de la vida de Dios manifestada en Cristo y el don del Espíritu Santo. (LG 32, 2; AA 1).

Por eso define a todo el Pueblo de Dios como llamado sin distinción a la santidad, según diversos estados de vida y ministerios, pero todo el consagrado para vivir en santidad y con una misión apostólica que es común a todos sus miembros: dar testimonio de Cristo, anunciando el Evangelio y llamando a la conversión, y transformando el mundo hacia su Reino de justicia. (LG cap V; AA 2). De esta única vocación y misión de toda la Iglesia participan los laicos desde su vida en medio de las instituciones del mundo.

LO QUE NO SON LOS LAICOS

a) El peso histórico del clericalismo:

La historia deja siempre su huella impresa en nuestra historia. La personal y la colectiva. La historia de la Iglesia también. A partir de la “conversión de Constantino”, pasa a vivirse para una gran parte del pueblo un cristianismo de conveniencia. Ser cristiano en la era de las persecuciones suponía plantearse necesariamente la Conversión en serio y un largo catecumenado. El testimonio, el “martirio”, la “santidad” entre los “laicos”, entre las madres y los padres de familia, los niños, estaba al orden del día. Ser cristiano tutelado por el poder del Cesar, pues no tanto. Surge entonces ya ese largo proceso en el que los que quieren plantearse en serio su bautismo decidirán que tienen que hacerlo alejándose de la masa, del pueblo,… mediante una especial consagración a Cristo. El Espíritu que no deja de soplar, nos presenta la imagen de la “santidad” de la Iglesia entre los apologistas, los Padres de la Iglesia, los monjes, los frailes, las grandes órdenes religiosas, … Han sido siglos de historia en los que el “verdadero cristiano” tenía como referencia al clero, ya fuera este secular o regular.

El laicado actual vive necesariamente la herencia de esta historia. El clero también. El propio Congar, predecesor imprescindible de la teología del laicado que impregnaría el Concilio Vaticano II, confesaba que hasta la categoría del laico se había definido desde la categoría de “clero”.

Por eso esta reflexión comienza diciendo que el laico NO ES ya un cristiano de segunda categoría, un monaguillo adulto o un miembro de la tercera orden, la de los legos, de las grandes órdenes religiosas o de un cófrade. El que se casa ya no es el que simplemente no sirve para cumplir con el peso del celibato y los demás “votos”. Y sin embargo, yo no me atrevería a decir que ya estamos fuera de esta mentalidad, a juzgar por la realidad laical, incluso asociada, que llena nuestras Iglesias. No estoy diciendo que los laicos no lean las lecturas en la misa o no hagan las peticiones, o pasen el cestillo o hagan de catequistas o participen en hermosos coros o que gestionen las “obras” que los religiosos, por falta de vocaciones, ya no pueden gestionar. Pero de ahí a que eso se convierta en muchos casos en su principal quehacer… Que eso sea lo que le pide de específico la Iglesia a los laicos,  pues creo que no es acertado.

Hay también una concepción a mi juicio restrictiva de la misión del laico. En ella se distinguen sin confusión posible, dos mundos: el de la vida “religiosa”, privado, pietista, ligado a las “prácticas” piadosas y al altruismo generoso con las instituciones confesionales; y el de la vida secular, que tiene sus propias reglas de juego y en el que, como mucho y en el caso de los “laicos más conscientes”, debe vivirse la “honradez” personal: ser un buen trabajador, llevarse bien con todos, poner paz, tener relaciones y trato exquisito con los compañeros, sin meterse en demasiados líos desde luego.

La mayoría de los laicos vive con su conciencia cristiana tranquila formando parte por un lado de un “grupo de la Iglesia” y por otro de una situación, un cargo, un trabajo o una profesión que a la luz de una visión de fe de la realidad está colaborando, aún desde la buena voluntad, en una “estructura de pecado” (Juan Pablo II).

b) El peso actual del secularismo.

Del otro lado, hay un laicado comprometido conscientemente en las realidades temporales, en las mediaciones políticas, sindicales, económicas, culturales… como fruto de sus convicciones cristianas que no se siente corresponsable de la Iglesia en su conjunto y que habla de que ellos son “la otra Iglesia”, la de la base, la de la comunidad, la viva, la encarnada en la realidad.

Su identidad está más marcada por las instituciones “temporales” a las que están ligados y por las “capillas” que en nombre de la autenticidad, de la libertad del Espíritu, “que no sopla sólo en la Iglesia”, han abierto en la su Iglesia. La otra Iglesia, la jerárquica, está desde los tiempos de los primeros tiempos del concubinato trono- altar, viviendo fuera del mundo, no suficientemente abierta a los signos de los tiempos.

En el fondo son la otra cara de una misma moneda, porque se mantiene aún una dualidad que no acaban de resolver entre Institución- Comunión,  Estructura- vida, Poder- Carisma, Jerarquía- Pueblo; Sacerdote- laico,…

Es verdad que esta postura es mucho más minoritaria que la anterior. Pero también que tiene poderosos  altavoces mediáticos

c) No hay cristianismo sin CONVERSIÓN, sin COMUNIÓN y sin MISIÓN

Lo que realmente está en crisis es la CONVERSIÓN. La generación actual, ni la siguiente, ya no tiene en su equipaje, en su ropaje, en su ajuar, en su herencia, tan siquiera la fe de tradición. Y no hay cristiano, ni laico ni clérigo, sin proceso de Conversión. Europa es país de misión. España es país de misión.

Y hoy como ayer, la Conversión nace de un encuentro con la Iglesia militante, que es el encuentro con el mismísimo Cristo que vive, sufre, lucha, combate, se angustia, se alegra y goza con los gozos, los gritos, las angustias, los combates, el dolor, la vida de los hombres y, preferentemente, de los pobres del Señor. Es significativo en dónde crece la Iglesia actual, en dónde no hay crisis de vocaciones. ¡NO es nuevo! Allá dónde nos encontramos con la Gloria de Dios, con los que mantienen la fidelidad radical a su Amor, en medio de la persecución y la lucha por la dignidad del hombre, la lucha por la Justicia.

Y tampoco hay cristianismo sin Comunión. Desde nunca la fe ha sido una cuestión individual. Siempre ha sido apostólica, eclesial. Creemos en un Dios que, como gritaba Juan Pablo II, es Comunión Solidaridad, un Dios trinitario. Y hemos sido creados a imagen suya, es decir, para la Comunión Solidaridad. El que se embarca en la vida de entrega incondicional, de servicio, de amor en serio, se termina encontrando con el Dios fuente de Solidaridad- Comunión.

Y es en este ENCUENTRO en el que se nos lanza a una misión. Inseparable de la experiencia de encuentro con Cristo: llevad esta Buena Nueva. Anunciadla. Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen,… los pobres son evangelizados: Hágase tu voluntad. Venga tu Reino. El pan compartido. El perdón recibido y regalado. Ser fermento, ser sal, ser luz, ser levadura.

Ahora veremos la especificidad que el laico puede aportar a esta misión de toda la Iglesia.

UN LARGO RECORRIDO HASTA EL CONCILIO VATICANO II

a) Jalones del término “laico” en la historia de la Iglesia

Sin ánimo de ser muy exhaustivo, sólo a modo de explicación breve, el recorrido del término “laico” nos puede ayudar a perfilar su definición.

En el Nuevo Testamento no se encuentra la palabra laico. En el griego profano, laós (pueblo), con la terminación ikos, indicaba, dentro de un pueblo, a una clase social distinta de los jefes; los que eran gobernados.

En el inicio de la Iglesia la forma de designarse entre los cristianos era con la categoría de “nosotros”. No necesitaban otros términos para hablar de una forma de ser de ciertos bautizados que se diferenciaran del resto de los miembros de la comunidad:

El primer uso del término laico entre los cristianos parece deberse a Clemente Romano, quien lo utiliza en su carta a la comunidad de Corinto hacia el año 96. En ella hace referencia a aquellas personas pertenecientes a la comunidad que se encuentran en una condición cristiana común y que son distintos a los que tienen responsabilidades específicas.

Con el tiempo, el término pasó al latín (laicus) para señalar a los cristianos que no pertenecían al clero[i]. Es en el siglo III cuando comienza a hacerse habitual su uso entre los cristianos.

Bajo una concepción piramidal de Iglesia, en la Edad Media, el laico está situado en la base de la pirámide que tiene en la cúspide a los clérigos y a los monjes[ii]. Al final de este período también se usa el término laico para designar a las experiencias o a las personas que se distancian o se oponen a la Iglesia[iii].

A comienzos del siglo XX empieza una recolocación del laico en la Iglesia cuando nace y se desarrolla la teología del laicado, que intenta superar los estrechamientos generados a lo largo de la historia, ofreciendo una valoración positiva del laico y su pertenencia a la Iglesia, pero sin lograr la superación del binomio clérigo-laico[iv]. Esta teología y los movimientos laicales hicieron posible la aportación del Vaticano II[v].

b) El laico en el Concilio Vaticano II. Lumen Gentium.

Con la denominación de laicos el Concilio entiende lo siguiente:

“Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”[vi].

 “El carácter secular es propio y peculiar de los laicos (…) A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y, de este modo, descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” [vii].

En el decreto sobre el apostolado de los seglares, número 5, además se dice:

“Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Por consiguiente, los seglares, siguiendo esta misión, ejercitan su apostolado tanto en el mundo como en la Iglesia, lo mismo en el orden espiritual que en el orden temporal”

c) Juan Pablo II. “La era del laicado”

En una visión unitaria de la historia de la Iglesia en medio de la historia de la humanidad, Juan Pablo II llega a afirmar, cuando se plantea la nueva evangelización que esta la harán los laicos o no se hará. Y también que la familia será la pieza clave de esta nueva evangelización.

Decía que había ciertamente en esta afirmación una lectura de los “signos de los tiempos” porque tiene en cuenta dos tendencias claras que aparecen en ambas historias. La historia de la Iglesia puede leerse, partiendo de la separación entre “pueblo” y  “santidad” como un continuo proceso de gestación de mediaciones dónde poder vivir la identidad cristiana en su totalidad que partiendo de la “separación del mundo” van progresivamente injertándose en él, en un permanente intento de recuperar la vida de los primeros cristianos. Por otro lado, la historia de la humanidad en su conjunto, en su proceso de “autonomía” de Dios, de secularización científico- técnica, de globalización, también exige un protagonismo especial de los laicos.

Por eso irá un poco más allá del Concilio en Christifideles Laici. en los nº 15-17:

“Permitidme, queridos amigos, una última reflexión concerniente a la índole secular, que es característica de los fieles laicos. En el entramado de la vida familiar, laboral y social, el mundo es lugar teológico, ámbito y medio de realización de su vocación y misión (cf. Christifideles laici, 15-17). Todos los ambientes, las circunstancias y las actividades en los que se espera que resplandezca la unidad entre la fe y la vida están encomendados a la responsabilidad de los fieles laicos, movidos por el deseo de comunicar el don del encuentro con Cristo y la certeza de la dignidad de la persona humana” [viii].

III. CORRESPONSABLES EN LA IGLESIA- TESTIGOS EN EL MUNDO

a) Lo que es común del laico a todo BAUTIZADO: CONVERSIÓN y compromiso bautismal.

El laico tiene exactamente las mismas exigencias de fe que cualquier otro bautizado. Ni más ni menos. Todo su ser, su vivir y actuar nace de encarnar la gracia que aceptó de Cristo en el Bautismo. Su deber de buscar la santidad no es menos exigente que el de cualquier otro consagrado. Su fidelidad contiene todos los “votos” que tiene cualquier otro ministerio, aunque no sean públicos. Por el bautismo todos contraemos el compromiso de una vida de pobreza, obediencia (humildad) y castidad (sacrificio de fidelidad). El bautismo es el “si”, la decisión firme, libre y total de la voluntad humana para abandonar el hombre viejo y optar por el hombre cristificado. Este “si” a la muerte del “yo” para poner en el centro a Cristo, le vamos haciendo consciente y le vamos renovando en el día a día, en el minuto a minuto. Este es el punto central y decisivo de la vida del cristiano. Por el bautismo aceptamos la vida de Cristo en nosotros, la gracia. Todos los demás sacramentos están en función de hacer posible crecer esta Gracia bautismal y los compromisos y promesas que hacemos y renovamos en ella.

Por el bautismo nos incorporamos al Cuerpo Mística de la Iglesia y participamos de su misma misión como sacerdotes, profetas y reyes llamados a prolongar mediante sus vidas y su lucha las manos del Señor que es cabeza de la Iglesia en el testimonio del Evangelio, la consagración del mundo y la extensión del Reino aprovechando 24 horas al día todas situación personal, ambiental o institucional (LG 35, 4; AA 4; 6)

Profetas que con su testimonio preparan la acogida a la Palabra de Dios en los lugares donde no llega de otro modo la Iglesia (el taller, la clase, el autobús, la cola del paro…). Son una provocación con su vida personal y con su quehacer institucional a que otros se planteen la pregunta sobre Dios, Y están dispuestos sin miedo a responder exponiendo las razones de su esperanza.

Cuando el concilio presenta esta tarea se refiere de modo explícito al papel de los laicos en las estructuras, es en ellas donde se expresa el dominio del mal –lo que desde Juan Pablo II se llama estructuras de pecado– y es en el testimonio institucional donde se les pide particularmente hacer presente el Evangelio, no tanto como discurso, cuanto vivencia comunitaria del Mandamiento Nuevo. Este trabajo prepara la acogida del evangelio y las conversiones, pues eleva permanente el tono moral de la sociedad, presentan como posibles y deseables los grandes principios morales y, con ello, prepara la tierra para que caiga en ella la semilla del Evangelio predicado por la Iglesia. Así al anuncio explicito de Cristo, dirá Pablo VI, precede toda esta tarea de desarrollo, liberación, testimonio… que se llama pre-evangelización.

– Los laicos son sacerdotes que participan del Sacerdocio de Cristo que los capacita para ello, su trabajo es entrega junto a Cristo que se ofrece al Padre en la cruz, y además es parte imprescindible de la consagración del mundo (LG 36). Esto se hace presente en cada Eucaristía donde el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres se convierte en Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin la vida profesional de los labradores, transportistas, molineros, panaderos, comerciantes… no hay Eucaristía, son  una parte imprescindible del Sacramento. Este trabajo no sólo transforma la materia sino también las instituciones.[ix] Consagrar el mundo es, literalmente, hacerlo santo, que las estructuras de pecado o se transformen en estructuras de gracia y solidaridad.[x]

– Los laicos son reyes como Cristo, que se hace rey al servir y ocupar el último lugar. Y así la política es el mayor servicio, la forma más importante de la caridad que se entrega por los hermanos, por dar vida al mundo. Y es cierto, hoy más que nuca, que sin dar la vida en una vivencia martirial de la política y el compromiso hoy no se vence a la Cultura de Muerte.[xi] Esto es una llamada a gestionar según Dios (LG 31) de modo que

–          en la economía se encarne la pobreza y comunión de vida de las bienaventuranzas

–          en la política el protagonismo de cada persona y de las familias haciendo verdadera comunidad

–          la empresa sea comunidad de persona y no de capitales

–          los medios de comunicación sirvan a la verdad y encuentro entre los pueblos

–          exista desarrollo justo y de todos para que no se tenga que emigrar y las migraciones que se den libremente sean el anticipo de una comunión entre pueblos y culturas.

Que estos criterios se encarnen en instituciones eso significa que Cristo reina en ellas.

De este modo la vida y las responsabilidades que el laico tiene por lo que es, bautizado y ciudadano, trabajador, consumidor, vecino, padre, votante, etc. son la materia de su vocación. Su conversión personal y el ejercicio de sus responsabilidades en las instituciones van unidos, haciendo de su vida y su misión un entramado que está llamado a la unidad. Unidad en la que encontrarán respuesta tanto la llamada que Dios le hace a la santidad, como el anuncio del Evangelio y la transformación del  mundo, que son propios de su misión.

En el laico convergen la Iglesia y el mundo, lo que exige también distinguir lo que hace al interior de la Iglesia o representándola en ocasiones. A lo que hace bajo su responsabilidad en campos como la ciencia, la política, la economía… que tienen su autonomía y en los que debe tomar sus decisiones técnicas o políticas entre las muchas posibles INSPIRADO en los principios morales de la fe, pero sin atribuirse la representación de la Iglesia, pues otros cristianos, igualmente con una conciencia bien intencionada, se posicionaran en otras decisiones técnicas o política diferentes. Los confesionalismos quieren acaparar el prestigio de la Iglesia (la instrumentalizan) tanto para silenciar a otros creyentes que piensen distinto, como para usar a la Iglesia a su servicio. Por eso, en política, los rechaza el concilio (GS 43)

b) Lo que es específico del laico.

Una manera específica de vivir su vocación a la santidad: el matrimonio- la familia (vocación de estado)  y la profesión (vocación profesional)

 

Ahora bien, lo específico del laico no puede definirse desde lo que no es propio del ministerio sacerdotal o la vida religiosa consagrada. Lo específico del laico TAMBIÉN responde a una VOCACIÓN. No puede hablarse ya de vocación en el sentido restrictivo en el que a veces se hace. Se pide por que haya “vocaciones”. Y se pide bien. Pero no podemos referirnos con ello sólo a las “vocaciones al sacerdocio” o a las “vocaciones a la vida consagrada religiosa”. Ser laico es también una vocación.

La llamada a vivir LA SANTIDAD- vocación primera y determinante de todas las demás-  es una llamada a vivir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros personalmente dentro del plan que Dios tiene para toda la Creación. El cristiano bautizado entonces va al mismo tiempo descubriendo que su aportación al PLAN DE DIOS, que su fidelidad al Amor de Dios, exige la consagración a un Estado de vida y a un servicio a la comunión, a la fraternidad humana ( a esto es a lo que llamo “profesión”)

Y el laico es entonces el que descubre en el matrimonio la manera de consagrar su estado de vida. Y la castidad consiste entonces en la fidelidad al sacramento, en la entrega incondicional de todas las fuerzas de la afectividad y la sexualidad a tu mujer (o a tu marido), para llegar a constituir con ella UNA SÓLA CARNE. El laico descubre en el matrimonio una manera de vivir su santidad.  Y también el laico es el que descubre en su profesión la manera de aportar sus cualidades y aptitudes a la construcción de la fraternidad. El laico es el que decide VIVIR SU COMPROMISO BAUTISMAL en medio del mundo, en el llamado “ámbito secular”. COMO VOCACIÓN. Por eso el matrimonio ha llegado a ser un sacramento (costó ocho siglos según el teólogo Borobio): un ámbito de encuentro con la Gracia, un signo del Amor trinitario de Dios al Mundo.

Podemos constatar que este proceso de discernimiento vocacional no se lleva a cabo con los jóvenes. Ni en las Escuelas Cristianas, ni en las catequesis, ni mucho menos en otros ámbitos formativos donde ha desaparecido hasta la palabra vocación. Y el que no descubre esto en su vida está condenado a fracasar como persona, a no encontrar nunca su lugar en el mundo.

Su “índole secular”: ser fermento EN MEDIO DEL MUNDO.

Otra de las especificidades del laicado es este EN MEDIO DEL MUNDO. Los laicos se realizan como cristianos en la medida en que se comprometen a vivir su fe “en el entramado de la vida familiar, laboral y social”[xii]. Según el Papa, los laicos son personas “comprometidas… para crecer como discípulos y testigos del Señor”[xiii]. Es decir, que crecerán como cristianos, como discípulos y testigos del Señor en la medida en que se comprometan a vivir su fe en “todos los ambientes, las circunstancias y las actividades” [xiv] de su vida. Su ser está inseparablemente unido a su actuar, a su misión.

Aquí tenemos planteado el problema de la dualidad de vida. ¿Cómo debemos entender la “presencia” de los cristianos en el mundo? ¿Cómo debemos entender este ser cristianos “EN MEDIO DEL MUNDO, en todos los ambientes, circunstancias y actividades”? ¿Cómo vivir la fe, la esperanza, la caridad en medio del mundo? Vivir en cristiano cuando me lavo, me peino, me visto,… cuando como, bebo,… cuando atiendo a mis hijos,…cuando decido dónde voy a vivir, en qué casa,… cuando me relaciono en el vecindario, en el barrio, en la calle por dónde paso o paseo, cuando empleo el transporte público, cuando voy a comprar, cuando pienso con mi mujer el presupuesto para la familia, cuando me compro un coche… cuando voy a trabajar, cuando deposito mi dinero en el banco… ¿Es esto lo que dice el texto? Si, esto es lo que dice el texto: ¡en todos los ambientes, circunstancias y actividades!

Por eso un laico debe ser en primer lugar muy consciente de en qué mundo vive. Y tiene que discernir y tener un juicio sobre hasta qué punto el mundo en el que vive, el “mundo” que necesariamente me está continuamente influyendo, está en armonía con ese plan de Dios, está ajustado a ese plan de Dios o desajustado, es justo o es injusto.

Muchos laicos ni siquiera se plantean este tema. ¿Por qué? Sería un buen motivo de reflexión. Lo cierto es que la Iglesia nos está ofreciendo siempre luz para que hagamos este esfuerzo. ¿Por qué la mayoría de los laicos desconocen este tesoro de la Iglesia que es su Doctrina social?

Juan Pablo II, en Evangelium Vitae, hizo una de las afirmaciones que más transcendencia y motivos de reflexión debieran tener para un laico: ESTAMOS ANTE UNA AUTÉNTICA GUERRA DE LOS PODEROSOS CONTRA LOS DÉBILES. En términos igualmente preocupantes se manifiestan muchos otros documentos dirigidos a los laicos también: tendencia al imperialismo, tendencia al totalitarismo, dictadura del relativismo,… En la visión de fe de la realidad en medio de la que vivimos los laicos la doctrina destaca tres notas:

1.- Un mundo construido SIN DIOS, como si Dios no existiera. La negación de Dios. Y entonces la doctirna social de la Iglesia (DSI) desarrolla el tema del laicismo o del secularismo

2.- La negación del Hombre. Y la DSI nos habla de la Negación de la Vida. Y también lo hace de la Explotación del Hombre sobre el Hombre y de la negación de la dignidad de todo ser humano desde que es concebido hasta su muerte natural.

3.- La negación de la Moral. La dictadura del relativismo como perversión de la Verdad, el Amor y la Libertad

Una misión específica: Consagración del mundo.

Frente a todo este panorama, una misión: Que el mundo CANTE LA GLORIA DE DIOS. Y como decía San Ireneo “la Gloria de Dios es que EL HOMBRE VIVA”. Traducido quiere decir algo elemental:  que se respete la DIGNIDAD INVIOLABLE, INALIENABLE, sagrada, de toda persona. Consagrar el mundo significa que la persona, la dignidad de la persona, su desarrollo integral, Y LA DE TODAS LAS PERSONAS, se coloquen en el centro de todas las decisiones, de toda organización, de toda institución.

No se trata de “salvar mi alma”, de hacerme individualmente santo. Se trata de entregar mi vida en esta misión, en esta tarea que me encomienda la Iglesia. Se trata de vivir mi IDENTIDAD en esta tarea, de configurar mi identidad cristiana en esta tarea, en esta misión. Benedicto XVI dedica unas palabras sobre qué significa “consagrar” en el libro Jesús de Nazaret. Y dice algo que nos deja abismados: “Consagración significa que Dios reivindica para sí al hombre en su totalidad, lo que comporta al mismo tiempo una misión para los pueblos”.

Consagrar el mundo a Dios es que la Economía se organice en función de la dignidad del hombre. Por eso la Iglesia nos propone que debemos luchar por la dignificación del Trabajo, por la primacía del Trabajo sobre el Capital. No por una banca ética o cristiana, que coloque el fruto de beneficios que salen de los pobres en “proyectos” que benefician a unos pocos pobres. Sino por una economía que no robe a los pobres.

Consagrar el mundo a Dios es que la Política se organice para servir al Bien Común, que es la Justicia. Por eso la Iglesia nos propone el principio de Subsidiariedad UNIDO, inseparablemente unido, al principio de Solidaridad. Con ello, dibuja un orden político institucional en el que las instituciones más lejanas a la persona, no pueden nunca suplantar la iniciativa y la responsabilidad de las más cercanas. Donde la sociedad, y en primer lugar la familia, tiene primacía sobre un Estado que no puede ser nunca subordinador sino coordinador. Y todo ello ordenado al Bien Común, es decir, sin perder nunca de vista el horizonte de toda la humanidad y, en ella, de los más empobrecidos, los más débiles, los más hambrientos. ¡Que distinto, yo diría que opuesto, es hablar de bien común en lugar de hablar de intereses generales! Una vez que se firmó el compromiso firme de descolonizar la India le preguntaron a Gandhi qué planes eran necesarios para gobernar esta nación. Gandhi respondió: “Siempre que hagas cualquier plan piensa en la persona más pobre que conozcas”.

Consagrar el mundo a Dios implica que la Ciencia y la Tecnología se pongan al servicio de las necesidades del hombre, de todos los hombres, en primerísimo primer lugar. Y por eso la Iglesia nos habla del “auténtico desarrollo” y nos previene sobre la voluntad de totalidad, de poder, que demuestra el actual cientificismo materialista. Y por lo tanto a los laicos nos lanza a invertir el motor de toda la gran investigación actual que es capaz de ir a Marte y dejar que se mueran de diarrea miles de niños al día por no poder pagar el tratamiento.

Consagrar el mundo a Dios implica que la Educación- de la que los padres son los primeros aunque no los únicos responsables-  permita el máximo desarrollo de todos los niños y niñas del mundo sin excepción y tengan las deficiencias que tengan. También que descubran en ese proceso su vocación, el lugar en el que mejor pueden servir a los demás. Qué distinto es esto de una educación organizada como un proceso de selección y segregación en función de las necesidades del “capital humano” que determinan las grandes empresas.

Y así podemos seguir con todos los ámbitos en los que transcurre la vida del hombre.

El concilio deja claro que todo lo que se dice del Pueblo de Dios se dice de cada uno de sus miembros. Es decir, que si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, la manifestación de la comunión de la Trinidad en medio de la historia, un Pueblo Santo en que todos somos sacerdotes, profetas y reyes,… esto define el ser y la misión de los laicos como miembros de ese pueblo (AA 2; LG 31).

Esta es su dignidad y su responsabilidad. No es una misión delegada por la Jerarquía (como se decía desde Pío XI), sino es recibida como un deber y un derecho en el Bautismo y la Confirmación. No son los ejecutores de una estrategia cultural, política., económica… emanada del Vaticano (expresión de los tiempos de san Pío X) sino cristianos adultos, responsables que hacen su discernimiento de la situación (ver, juzgar y actuar) para hacer presente el Reino de Dios en el mundo. (Pablo VI, Octogesima adveniens, 4)

El misterio de Dios se manifiesta en la Iglesia, consagra a cada uno de sus miembros, y por cada uno de ellos se hace presente Dios en el  mundo, allí donde se desarrolla su vida. Así, igual que en su conjunto la Iglesia representa a Cristo lumen gentium en la historia, cada bautizado es  la Iglesia en el mundo, esa levadura, luz, sal… escogida y enviada por Dios para hacerse presente en ese preciso tiempo y lugar. La misión del laico es la misma de toda la Iglesia, es parte la misión apostólica de todo el Cuerpo Místico que tiene como fin la extensión del Reino de Dios. No es un encargo de una tarea, sino que SER iglesia,  por su misma naturaleza, la vida del laico está llamada a ser apostolado. (AA 2)

La urgencia de una CARIDAD ADECUADA a nuestro tiempo: LA CARIDAD POLÍTICA. Testigos de la Caridad en la Verdad.

En esto voy a valerme de la autoridad del Papa Benedicto XVI. Creo que nadie ha formulado más claro esta exigencia actual de la Caridad. Nadie lo ha dicho con tanta contundencia. En el número 7 de Caritas in Veritate nos dice:

“Desear el Bien Común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad” (7). CARIDAD POLÍTICA: “Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales”. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Esta es la vía institucional- también política, podríamos decir- de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la polis. El COMPROMISO POR EL BIEN COMÚN, CUANDO ESTÁ INSPIRADO POR LA CARIDAD, TIENE UNA VALENCIA SUPERIOR AL COMPROMISO MERAMENTE SECULAR Y POLÍTICO”.

El laico no puede prescindir, ni por razón histórica ni por razón de su fe, de la dimensión institucional de su vida y del mundo. Esta dimensión no es externa a él sino que forma parte de si mismo. Y, por lo tanto, su Caridad debe abarcar necesariamente esta dimensión no como algo añadido, o superpuesto o alienante, sino como algo consustancial a la Caridad. En descubrir esta dimensión nos jugamos demasiado, es decir, se juegan demasiado los más pobres.

Resulta del todo acientífico y del todo irracional que ante la realidad de hambre, de dolor, de sinsentido, de explotación y esclavitud,… que ante esta Cultura de la Muerte,  no nos preguntemos el porqué, las causas de esta continua sucesión de hechos.  Está claro que Benedicto XVI y todos los Papas no nos están diciendo que nuestra razón quede anulada, que renunciemos a buscar la verdad con la razón. Está claro que detrás de los hechos se ponen de manifiesto la existencia no de “intenciones subjetivas” o “voluntades personales” sino de auténticos “mecanismos” y “estructuras de pecado”. En estos términos se expresaba Juan Pablo II en la Sollicitudo Res Socialis.

Escuchamos con frecuencia  a muchos laicos muy comprometidos con su fe maldecir el paro de sus hijos, familiares o vecinos y proponerles como remedio “orar con mucha confianza para que Dios haga el milagro de que encuentren un trabajo”. Pero esta actitud manifiesta una mentalidad individualista impropia de un proceso histórico en dónde viene madurando una conciencia social desde hace más de siglo y medio. Desde luego que el Señor ha puesto generosamente en la Tierra los bienes necesarios para que no le falte a nadie el pan. Desde luego que necesitamos los bienes sobrenaturales de la Oración y los Sacramentos. Pero los necesitamos para no desfallecer en nuestra misión de consagrar el mundo a Dios, para vivir, EN MEDIO DEL MUNDO, sin ser del mundo.

Las tres tentaciones o reducionismos ante los que estar alerta:

Conviene en este momento al menos advertir de tres tentaciones, o tres grandes debates con muchos nombres, que han estado presentes siempre entre el laicado en su recorrido sobre todo a lo largo del siglo XIX y XX, aunque evidentemente son de siempre en la historia de la Iglesia. Nos las ponía muy claramente de manifiesto Congar en su estudio “Jalones para una teología del laicado”:

El confesionalismo

Congar sitúa esta postura simbólicamente en la Edad Media. Plantear el confesionalismo del Estado o de ciertas instituciones que pretenden influir “desde arriba”, desde “el poder”, desde “el rey”, nos retrotrae, según Congar, a la cristiandad medieval. Es la tentativa de instaurar el Reino de Dios sobre la Tierra sin respetar la “autonomía” del mundo. La tentación por lo tanto sería la de no respetar la autonomía de lo “temporal”, la de crear un “orden temporal” gobernado por la Iglesia. Para Congar, confesionalismo y clericalismo van de la mano.

Aunque no parece probable que podamos volver atrás, no podemos desdeñar en muchas manifestaciones y, sobre todo, en alguna de las acciones de la Iglesia y los laicos la expresión nostálgica de un orden político y social que se plegara a la voluntad de la Iglesia.

El secularismo o laicismo.

Se trata de la postura de signo contrario. Congar sitúa su apogeo “simbólico” en el siglo XIX, en pleno fervor positivista cientificista.  Nosotros la encontramos muy actual. La Iglesia, a la sacristía. La religión al ámbito de lo privado. La autonomía del mundo es absoluta. Lo primero es el pan, la revolución y luego ya vendrá la evangelización. Dejemos de hablar de Caridad y hablemos de justicia. Cristo vendrá luego. Que la Iglesia se preocupe más de si misma. Que la Iglesia se “adapte” al mundo: más democracia, sacerdocio de las mujeres, más pobreza,…

La separación de los dos planos y la opción por el “compromiso temporal” llevó a dos realidades: la disolución de la identidad de los militantes cristianos, que terminaban defendiendo la identidad del partido, el sindicato o la asociación en la que volcaban su compromiso sobre su propia identidad eclesial; y, en segundo lugar, la dependencia ideológica de los laicos del clero sobre todo regular, que marcaba las pautas de análisis y acción de los grupos de militantes.

Por otro lado, lo cristiano quedaba relegado a “prácticas de oración comunitarias” fuera de toda la normativa litúrgica, limitadora por naturaleza de las realidades vitales y carismáticas. Es muy fácil encontrar, en esta tendencia a laicos más adictos al yoga, el Pilates, o el New Age que a la Eucaristía y la Confesión.

El espiritualismo desencarnado.

Se trata de una huída del mundo. Una huída que al final acaba siendo otro dualismo, porque hay que convivir en todo momento con el mundo y nadie se puede salir de él. Se buscan espacios incontaminados dónde vivir un cristianismo auténtico. Se refugian en la piedad, en los medios piadosos, en las obras piadosas. Se sitúan en el otro polo del laico secularista.

El laico está llamado, desde la Iglesia a superar todos estos reduccionismos, a vivir la unidad entre la fe y la vida. Pio XII ya nos decía que querer hacer esta separación entre la fe y la vida, entre lo sobrenatural y lo natural, entre la Iglesia y el mundo, es abiertamente anticristiano.

Hacia una espiritualidad “laical”

No podemos dejar de decir algunas palabras sobre la necesidad de ir alumbrando una espiritualidad que lógicamente no puede ser la del monje, la del consagrado célibe al ministerio del sacerdote, la del fraile o la del religioso. La misión que el laico tiene como Iglesia, que es la misión también de toda la Iglesia, la presencia consciente del militante cristiano en medio del mundo lanza un reto: la necesidad de unir, sin separar y sin confundir, la identidad creyente propia y la inserción secular.

El punto central lo constituye el cultivo de un deseo voluntario, libre y conciente de entrar en un proceso de Conversión permanente, lo que implica necesariamente el desarrollo de la conciencia de nuestro compromiso bautismal.

El punto de partida consiste en proceso de formación del  militante cristiano laico. En ella, formación y desarrollo de la espiritualidad vienen a ser lo mismo ya que este proceso formativo nos plantea la centralidad la Conversión a Cristo, a su Iglesia y la encarnación en la vida de los empobrecidos. Dicho proceso contiene tres elementos inseparables:

  1. La vida solidaria que nos permita el paso del “individuo” al equipo y del equipo a la familia apostólica y que se basa en el crecimiento en la comunión de bienes, vida y acción que tiene como referencia la encarnación en la vida de los empobrecidos y la colaboración en tarea de la misión laical de la Iglesia. En estos equipos se integran todas las realidades vitales: jóvenes, familias, solteros, viejos…       Y estos constituyen la base de la asociación, que viene a ser la familia de familias. Estos equipos deben ser auténticas células de la Iglesia en el mundo, y permiten a la “familia natural” de sangre superar sus múltiples limitaciones de cara a la acción apostólica
  2. La vida de Unión con Dios en la oración y los sacramentos. Evidentemente la Eucaristía y la Reconciliación se convierten es sacramentos imprescindibles para los militantes laicos. Todos los miembros trazan planes personales, familiares y de grupo para crecer en esta vida de unión con Dios y la asociación se encarga de tener ámbitos permanente donde vivir, alentar y revisar estos planes.
  3. La acción apostólica organizada en común desde plataformas y mediaciones propias creadas y revisadas por los propios militantes.

[i] Cf. M. Semeraro, Laico/Laicidad, en L., Pacomio y V., Mancuso (Edrs.), Diccionario Teológico Enciclopédico, Estella (Navarra) 19993, 555.

[ii] Cf. Ibid.

[iii] Cf. E. Bueno, Laico, 417.

[iv] Cf. Ibid., 419; R. Berzosa Martínez, Laico, en AAVV, Diccionario del Sacerdocio, Madrid 2005, 399; M. Semeraro, Ibid.

[v] Cf. E. Bueno, ¿Redescubrimiento de los laicos o de la Iglesia?, en Revista Española de Teología, 48 (1988), 224.

[vi] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 31, “AAS” 57 (1965) 37.

[vii] Conc. Vaticano II, Ibid., 31, “AAS” 57 (1965) 37-38.

[viii]Ibid., 672.

[ix] Así lo afirma Juan Pablo II tras hablar de cómo la solidaridad vence a las estructuras de pecado (SRS 48). Una idea muy querida por el concilio, que recuerda como la Eucaristía anticipa esa consumación definitiva del mundo entero por Cristo, que  sustenta nuestra esperanza (GS 38-39).

[x] Es tan poderosa que Benedicto XVI la compara a la fisión nuclear: La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de ‘fisión nuclear’, por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1 Co 15,28). (SC 11)

[xi] Con su vida y trabajo los laicos extienden el reinado de Cristo. La herramienta más eficaz para ello dice el concilio que es una vida de santidad que impregna el mundo del espíritu de Cristo y alcanza eficazmentela justicia en la caridad y en la paz. Se une aquí la eficacia de los medios propios de cada profesión con la búsqueda de una más justa distribución de que estos sirvan a todos los hombres.

[xii]Ibid.

[xiii]Ibid., 671.

[xiv]Ibid., 672.


Fuente: http://auladsi.net/2016/04/02/la-funcion-del-laico-en-la-sociedad-actual/

 

Categorías:Laicos

Teología del Apostolado Seglar Introducción del punto 1 al 4

comunidad cristiana

 

JOAQUÍN SABATER MARCH

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS

 

INTRODUCCIÓN

SUMARIO: § 1. Razón de esta obra. — § 2. Terminología general. — § 3. Laicología. — § 4. Apostolado de los seglares. — § 5. Acción Católica y asociaciones religiosas de seglares. — § 6. Teología de la Acción Católica. — § 7. Gracias y carismas en la Acción Católica. —- § 8. Plan de la obra.

§ 1. RAZÓN DE ESTA OBRA

En torno a este movimiento tan noble y consolador, cada día más en auge y extendido por doquier, que, procedente de diversas zonas, está reclamando el apoyo de los estudiosos para revalorizar doctrinalmente y dejar en su justo medio al seglar católico en su condición plena de miembro de la Iglesia y bajo cualquier aspecto de sus legítimas posiciones o actividades en que se le considere; y en fuerza de la voz autorizada de la misma Iglesia que por boca del Jefe supremo, el Romano Pontífice[1], al que secundan con ahínco, presteza y generosidad los obispos del orbe católico, puestos por el Espíritu Santo para adoctrinar y regir la grey[2] que les ha sido confiada, florece una copiosa literatura que cuenta ya con prestigiosas obras o tratados, en la que, mientras los teólogos van escudriñando las fuentes bíblicas y su exégesis y levantan el hermoso edificio de la doctrina revelada o de ella dimanante, con los peldaños por los que pueda subir y situarse el laicado, los canonistas elaboran denodadamente la estructuración orgánica y visible del expresado edificio en conformidad con lo básico y perenne del sistema eclesiástico-disciplinar, y a ellos se han unido los historiadores que se esfuerzan en entresacar de las fuentes probadas y certeras lo que sobre este particular ha sido objeto de solicitud por parte de la Iglesia en el decurso de los tiempos y, de un modo especial, en los orígenes y siglos primeros del cristianismo.

Secundando también este indicado movimiento y respondiendo humildemente a la invitación expresada de la jerarquía eclesiástica, aparece la presente obra, la cual, como diminuto grano de arena, pretende colaborar en esa parte de la ciencia sagrada sobre el laicado y, en especial, el apostolado de los seglares.

§ 2. TERMINOLOGÍA GENERAL

El epígrafe general y el subtítulo de este libro indican ya, a simple vista, sobre qué rama de las ciencias sagradas versa la sucesión de temas que lo componen. Pero quizá no se comprenda del todo su contenido ni tampoco sus límites por la imprecisión que aún hoy día reina acerca de esas materias eclesiales. Por ello es obligado aclarar el sentido que los epígrafes pueden tener tanto con miras al actual estado de la ciencia como en su mutua y recíproca conexión en esta obra.

La expresada literatura eclesial ha brotado con los siguientes títulos: Apostolado de los seglares, Acción Católica, Laicología y Teología acerca del laicado.

No hay todavía fijeza en los conceptos de los referidos epígrafes o términos, los cuales son empleados no en sentido unívoco por los tratadistas[3], ni se presenta fácil el puntualizarlos, si no como conceptos autónomos e independientes, por impedirlo su íntima conexión, sí con propio y peculiar significado que apunte, al menos, determinadas características o notas en cada uno de ellos como privativas suyas, aunque tenga otras que sean también comunes y afines a los restantes.

Sin adentrarse en disquisiciones científicas y profundas, no cabe duda que con cada uno de los expresados títulos se expone un concepto diverso de los demás, a lo menos, en cuanto a la extensión del significado. Pues si la teología del apostolado de los seglares y Acción Católica forma parte de la teología acerca del laicado, ésta lo es también de la simple laicología.

§ 3. LAICOLOGÍA

Es aquella rama de la ciencia sagrada que se ocupa directa e inmediatamente de la posición que guarda el seglar en la Iglesia en cualquiera de sus aspectos, sea teológico, litúrgico, moral, jurídico o histórico. Su ámbito es extensísimo, si bien de hecho suele ceñirse primordialmente a la parte teológica y canónica.

De la consideración de la Iglesia como sociedad u organismo divinamente jerárquico, en el que sus miembros unos son clérigos, distintos de los laicos o seglares, aunque no todos los clérigos sean de institución divina[4], toma origen la laicología en cuanto tiende a estructurarse y sistematizarse como ciencia. Cuán lejos esté todavía de formar un conjunto orgánico, se echa de ver con sólo hojear los manuales que traten de laicología.

§ 4. APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

Por apostolado de los seglares entendemos la actividad que éstos ejercen en las tareas que se derivan de la misión confiada por Cristo a su Iglesia[5]. Cuando esta actividad es fruto de la sola iniciativa y dirección de los simples fieles, tenemos entonces el apostolado seglar libre, para el cual es suficiente y necesario “mantenerse siempre dentro de los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes”[6]. Mas cuando esa misma actividad responde a una “misión canónica” o “mandato” dado por la Iglesia jerárquica a los laicos organizados en particular, surge el apostolado oficial de los seglares, ya que éstos en su actividad apostólica siguen en todo la voluntad y elección de la jerarquía.

La denominación nueva de apostolado oficial de los seglares, en la disciplina eclesiástica, comprende, por una parte, el expresado “mandato” o “misión canónica”, y, por otra, se contrapone al referido apostolado seglar libre.

Estas dos facetas en el apostolado de los seglares no deben considerarse como antagónicas e incompatibles, incluso para un mismo individuo, puesto que ambas podrán entrar en la actividad inspirada en el celo apostólico de un fiel laico al realizar, en forma sucesiva, tareas de uno y otro apostolado.

Pero ya desde estas páginas preliminares conviene puntualizar la naturaleza de ese mandato o misión canónica, el cual puede ser diferente o igual, según los casos, para sacerdotes, incluso actuando en fuerza de su cargo sacerdotal, y para seglares. Así, uno es el mandato que la jerarquía confiere para la predicación sagrada, el cual implica potestad de magisterio, y otro, el que se da para la instrucción catequética y formación religiosa de los fieles. El primero sólo pueden recibirlo los clérigos, dentro de los límites y condiciones que establece la ley canónica[7]; el otro es exactamente de la misma naturaleza aplicado a clérigos o a seglares[8], pues ni en aquéllos ni en éstos importa prerrogativa de potestad sagrada. Por eso, el párroco llama, por ejemplo, indistintamente a sacerdotes y seglares, para que le ayuden en la función catequística. En este llamamiento, va incluido el mandato o misión canónica para la catequesis. Por razón de este último mandato, el apostolado no se distingue en jerárquico y en seglar oficial; es, entonces, la consideración de la persona, v. gr. el carácter sacerdotal o el simplemente bautismal el determinante, por causa del agente, de uno y otro apostolado. En cambio, cuando el mandato incluye potestad sagrada, aunque sea imperfecta, el apostolado es exclusivo de la jerarquía.

La misión canónica o mandato que los seglares reciben de la jerarquía para el apostolado, implica impulso, dirección, señalamiento, voluntad de beneplácito, precepto, conforme a la tradicional disciplina de la Iglesia. Que en casos más o menos aislados el Romano Pontífice ha conferido a seglares misión canónica con potestad sagrada o jerárquica, no puede ponerse en duda, verbigracia, en la preparación y firma del Concordato y Tratado de Letrán, en superiores de la Orden de San Juan de Dios, en jueces italianos para conocer y fallar causas de separación conyugal; y que pueda extender cuantitativa y cualitativamente esas prerrogativas canónicas, nadie se atreverá a negarlo. Pero en tales casos, cabe preguntar si ese mandato intrínsecamente jerárquico por su contenido, dado a seglares, convierte en apostolado jerárquico las tareas que éstos desarrollen. Parece que en dichas circunstancias más bien se ejerce el apostolado de la Iglesia jerárquica, porque cuanto realice el representante deberá atribuirse al representado, que en el presente caso es la jerarquía eclesiástica.

Esa misión canónica que, en el aspecto social o disciplinar, admite pluralidad de formas y que difícilmente podrá ser reducida a un solo tipo canónico-administrativo, representa y constituye la envoltura de realidades o vivencias teológicas de más intenso interés que su simple configuración canónica. Cuál sea ese contenido teológico, será objeto de estudio en el desarrollo de sucesivos temas.

[1] Discorso di S.S. PióXIsu l’Azüme Cattolica a 1.000 alunni degli Istituti Ecclcsiastici di Roma (12-3-19.36), Tipografía Poliglotta Vaticana, 1936. p. 13.

[2]Ac 20 28.

[3] A. Avelino ESTEBAN ROMERO, La teología del laicado, en “XIII Semana Española de Teología” (14-19 sep. 1953). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto “Francisco Suárez”. Madrid, 1954, pp. 1-76. — A. ALONSO LOBO, Laicología y Acción Católica, Madrid-Buenos Aires, 1955, p. 14. — M. J. CONGAR, Jalons pour une théologie du laicat, París, 1953, pp. 159-313; id., Pour une théologie du laicat, en “Études”, vol. CCLVI, 1948, p. 45.

 

[4] 4. C. 107.

[5] 5. Pïo XII, Discurso al II Congreso mundial del apostolado de los seglares (5 octubre 1957), en L’Osservatore Romanot 7-8 oct. 1957.

[6] Discorsi e Radiomcssaggi, vol. xm, p. 298.

[7] 7. Cáns. 1333, 1334, 1381 § 3.

[8] 8. Cáns. 1328, 1337 ss.

Material de Adviento

Con el gusto de iniciar este tiempo de adviento les enviamos un cordial saludo desde la Junta Nacional.
Adjuntamos archivo con material de Adviento y Navidad; puede se útil para la lectura personal, para el estudio y reflexión en el grupo y para la aplicación en la familia y en la comunidad.
Hemos hecho este trabajo de investigación y recopilación con mucho cariño y con la esperanza de que sea un medio de evangelización que llegue a mucha gente.
Por lo anterior les pedimos, de la manera más atenta, nos hagan favor de compartir este material, ya sea reenviando a sus contactos o bien imprimiendo y dando copias a las personas que no usan este medio.
Agradecemos sus atenciones y seguimos a sus órdenes.
Saludos
Carmen Torres
Junta Nacional
De la Acción Católica Mexicana

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS, prologo

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JOAQUÍN SABATER MARCH

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS

Gracias y carismas en la Acción Católica

Prólogo del

Obispo Secretario del Episcopado español

Excmo. y Rvmo. Monseñor

VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN

Obispo de Solsona

BARCELONA

EDITORIAL HERDER

1958

 

 

 

 

NIHIL OBSTAT: El censor, JOSÉ M.a MURALL, S. I.

IMPRÍMASE: Barcelona, 7 de febrero de 1958

+ GREGORIO, Arzobispo-Obispo de Barcelona

Por mandato de su Excia. Rvma.

ALEJANDRO PECH, Pbro., Canciller-Secretario

© Editorial Herder, Barcelona, 1958

Es PROPIEDAD

PRINTED IN SPAIN

GRAFESA, Torres Amat, 9 – Barcelona

Depósito legal, B. 5003 -1958

 

A la piadosa memoria de FEDERICO OZANAM el apóstol seglar más universal que ha tenido la Iglesia.

 


PRÓLOGO

del Obispo Secretario del Episcopado Español,

EXCMO. Y REVMO. MONS.

VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN

Obispo de Solsona

“Sería desconocer la verdadera naturaleza de la Iglesia y su carácter social el distinguir en ella un elemento activo: las autoridades eclesiásticas, y, por otra parte, un elemento puramente pasivo: los seglares”, dijo el Papa en el discurso al II Congreso Mundial de Apostolado Seglar (octubre 1957).

Esta afirmación, que hace cincuenta años hubiese sorprendido a no pocos — sacerdotes y seglares —, expresa hoy un estado normal de conciencia en todos los hijos de la Iglesia.

Desde que Pïo XI organizó la Acción Católica, entroncando el apostolado de los seglares con el apostolado jerárquico, se ha revalorizado la figura del seglar bautizado. Los seglares se sienten miembros activos de la Iglesia y quieren participar en las tareas apostólicas. Los sacerdotes hemos empezado a comprender que necesitamos de la colaboración de los seglares y que también ellos tienen su actividad propia en el desarrollo y perfeccionamiento del Cuerpo místico de Cristo.

Esta realidad, que hoy se manifiesta en todas las latitudes, es una de las pruebas más evidentes de la eterna juventud de la Iglesia. Porque “las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares”, como ha dicho el Papa. Y esta exigencia es mucho más apremiante en nuestros días, cuando la sociedad, constituida y organizada al margen de la doctrina de Cristo, nota que le fallan los fundamentos materialistas sobre que se asentaba y reclama una inyección de vida que no puede venirle más que del Evangelio. Pero es necesario para ello que el “mensaje evangélico” se encarne en las estructuras sociales. Y esta encarnación no pueden realizarla más que los seglares. El Papa ha dicho, en el mismo discurso, que “la consecratio mundi es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, de hombres que se hallan mezclados íntimamente con la vida económica y social, que forman parte del gobierno y de las asambleas legislativas”. Por eso el apostolado de los seglares es de suma urgencia en nuestros días, cuando precisamente los seglares se nos están ofreciendo gozosos para trabajar en esas empresas cristianas.

El momento es interesante a la vez que peligroso. Interesante porque los seglares irrumpen con fuerza arrolladora en el campo del apostolado y nos ofrecen la posibilidad de salvar a este mundo en crisis y conseguir el “mundo mejor” que el Papa preconiza y que todos deseamos. Difícil, porque ese despertar de la conciencia eclesial de los seglares puede seguir rumbos excesivos para caer en un “seglarismo” que sería pernicioso.

Es el momento propicio para que se aclaren bien las ideas y se encauce convenientemente esa actividad seglar. Esto es lo que ha hecho el Papa, en el discurso a que me he referido anteriormente, presentando algunos puntos fundamentales del apostolado de los seglares e invitando a la Jerarquía y a los fieles a estudiar con seriedad el problema de la coordinación efectiva de todas las fuerzas católicas.

La dificultad del momento presente y la invitación del Papa nos obligan a todos — particularmente a los sacerdotes que hemos de formar la conciencia de los fieles — a estudiar a la luz de la revelación y de las circunstancias actuales los problemas que presenta el apostolado seglar. Tan sólo así podrá conseguirse que esta esperanza que nos ofrecen los buenos deseos de los seglares se convierta en hermosa realidad.

El doctor don Joaquín Sabater March, que nos ha dado reiteradas pruebas de su preparación teológica y canónica y que estudió distintos aspectos de este problema en sus libros Derecho constitucional de la Acción Católica y Derechos y deberes de los seglares en la vida social de la Iglesia, ha aceptado esa invitación del Papa y nos presenta este nuevo libro la TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS. Basta leer el índice para darse cuenta de la amplitud con que ha enfocado el tema y del interés de este estudio.

Porque la que se ha llamado “teología de los seglares” no está suficientemente hecha. Se han publicado algunos ensayos dignos de mención, pero no se ha llegado a conclusiones precisas y definitivas. Y se han producido ya algunas desviaciones que el Papa se ha visto obligado a señalar.

La obra que hoy sale a luz es un paso más, e importante, en esa tarea de precisar la posición del seglar en la Iglesia y de fundamentar sólidamente su actividad apostólica. El doctor Sabater March ha sabido acudir a las fuentes y ha recogido todas las enseñanzas pontificias para darnos un avance de la verdadera teología del apostolado de los seglares. Y creo que lo ha conseguido plenamente.

Con ocasión del discurso del Papa al que he hecho referencia, se ha producido un desconcierto en algunos ambientes. La sugerencia que transmitió al Congreso sobre el posible cambio de nombre y de estructura de la Acción Católica extrañó a no pocos. A mi juicio, porque, fijándose demasiado en lo accidental de ese movimiento inspirado por Pío XI, se había descuidado lo fundamental: la teología del mismo. Con ideas claras y precisas sobre lo que significa la Acción Católica en la vida de la Iglesia, a nadie puede extrañar la orientación que se manifiesta en las palabras papales.

Por eso creo que es oportunísima la obra del doctor Sabater March, que estudia los fundamentos teológicos de ese movimiento seglar y puede dar mucha luz para entender las orientaciones pontificias.


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VIZCARRA, Z. DE, Curso de Acción Católica, ed. 4.a, Madrid, 1953.

Voss, J., De fundamentis Actionis Catholicae ad mentem S. Gregorii Magni, Illinois, 1943.

WIT.S, J., L’Asione Cattolica: fondamenti biblici e dogmatici, Roma, 1932.

ZALBA, M., Concepto y características de la Acción Católica, en “Estudios Eclesiásticos”, vol. xxm, 1949.

SIGLAS Y ABREVIACIONES

AAS Acta Apostolicae Sedis.
ACBP Action Catholique. Maison de la Bonne Presse.
C. Canon del Código de derecho canónico.
CEP. Colección de Encíclicas y otras cartas, 2.a ed., Madrid, 1942.
Conc. Trid. Concilio de Trento.
CV. Corpus [Vindobonense] scriptorum ecclesiasticorum latinorum… Academiae litterarinn caesareae vindobonensis, Vindobonae 1866 ss
Dz. Denzinger-Bannwart, Enchiridion symbolorum, definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, ed. 10 et sqq. Friburgi 1908 ss.
Ench Patr Rouét de Journel, M. J., Enchiridion Patristicum, ed. 17, Friburgi 1951.

 

F. Funk, F. X., Patres Apostolici, ed. 2, 2 vol., Tubingae 1901; Id. Didasealia et Constitutiones apostolorum, 2 vol., Paderbonae 1905
Fi. Field, F., S. Ioannis Chrysostomi Homiliae in Mattheum, 3 vol., Cantabrigiae 1939.
H. Harvey, W. W., S. Irenaei… libri v adversus haereses, 2 vol., Cantabrigiae 1857.
ML, MG. Migne, J. P., Patrologiae cursus completus. Series prima latina, Parisiis 1844 ss. Series graeca, Parisiis 1857 ss.

 

 

ADVIENTO UNA NUEVA OPORTUNIDAD PARA DEJAR NACER A DIOS EN NUESTRO CORAZÓN

ADVIENTO UNA NUEVA OPORTUNIDAD PARA DEJAR NACER A DIOS EN NUESTRO CORAZÓN
Publicado en el año 2006 
1.   ¿QUÉ ES ESO DEL ADVIENTO?
 
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Los cristianos estamos de nuevo esperando. Comenzamos el tiempo que nos traerá al Mesías inaugurando un tiempo nuevo en un mundo nuevo. Tener esperanza es síntoma de vida: cuando alguien no espera es que ha decidido que su vida no merece la pena. Nada hay más positivo y rejuvenecedor que esperar con ilusión un acontecimiento, más aún si lo sabemos cercano y
extraordinario.   Eso   sí,   únicamente   comienzan   algo   los   que   tienen esperanza. Nosotros, los cristianos, somos o deberíamos ser los hombres y las mujeres de la esperanza, dispuestos a empezar siempre, a levantarnos por encima de nuestras debilidades, fracasos y angustias, porque sabemos, una vez más, que Dios extiende su mano en la persona de Jesús de Nazaret.
 
Adviento  es posibilidad, descubrimiento,  acercamiento, abajamiento, conversión, discernimiento, contemplación, asombro, espera, profecía, alegría, esperanza, confianza, camino, fiesta… Adviento es Jesús de Nazaret.
 
Este año hemos pensado que sería muy gráfico trabajar con la figura de una mano, que simboliza la mano que Dios nos tiende. Cada domingo, la mano se irá abriendo un poco e irá apareciendo una indicación procedente de la Palabra de Dios. Dios, mediante su Palabra, nos indica el itinerario vital y creyente que debemos hacer si queremos descubrir a Jesús, si queremos experimentar en nuestra propia vida cómo Jesús, encarnándose en nuestra humanidad, es la mano que Dios nos tiende. Jesús que se hace hermano nuestro.
 
Celebrar el Adviento significa dejar que Dios con su mano y su Palabra toque nuestro corazón y lo habite, lo haga confortable, lo serene, lo llene de paz, de sitio libre para acogerlo. En Adviento, Dios extiende su mano: No dejemos escapar esta nueva oportunidad.
 
La Palabra de Dios esboza un itinerario catequético precioso, que no deberíamos dejar pasar por alto. Dicho itinerario nos presenta cuatro indicaciones básicas para poder acercarnos al Misterio de la Navidad, a ese Dios que extiende su mano a la humanidad encarnándose en Jesús de Nazaret: DESPIERTA, PREPÁRATE, CONVIÉRTETE, CAMINA.
 
Las cuatro indicaciones poseen un tono directo, claro, exhortativo y señalan las etapas de un proceso de crecimiento, de todo proceso vocacional de cada proceso de madurez.
En este Adviento, Dios Padre va abriendo su mano y nos va mostrando el itinerario para encontrarnos con su Hijo, para que vivamos con esperanza su venida: “Jesús: Dios no puede decir más de sí mismo”.
 
En este Adviento, Dios nos invita a despertar de lo de siempre, de nuestra rutina y adormilamiento, a poner manos a la obra; nos invita a prepararnos, por dentro y por fuera, personal y comunitariamente; nos invita a convertirnos, a ser y estar de otra manera, a usar nuestras manos también para otras tareas, para otras  personas;  nos  invita  a  caminar,  a  extender  nuestra  mano  y  bendecir  (hablar  bien,  ensalzar, reconocer) a los otros, va a vivir como hombres y mujeres que han encontrado a Jesús y se han dejado transformar por su vida y su mensaje.

2.   NUESTRO ITINERARIO PARA EL ADVIENTO

 

¡DESPIERTA! Evangelio: LC 21,25-28.34-36)

 

La primera señal que Dios nos hace es ¡Despierta!

 

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser. Su grito de alerta Levantaos, alzad la cabeza; andaos con cuidado …”, no ha perdido actualidad,  pues las personas seguimos matando la esperanza y embotando nuestra existencia de muchas maneras.

 

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Cuando en una sociedad las personas tienen como objetivo casi único de su vida la satisfacción de sus apetencias y se encierra cada una en su propio disfrute,  allí  muere  la  esperanza.  Uno  de  los  efectos  más  graves  y generalizados  de  vivir  en  una  sociedad  como  la  nuestra  puede  ser  la frivolidad, la ligereza en el planteamiento de los problemas más serios de la vida,  la  superficialidad  que  lo  invade  todo,  y  que  se  traducen  personas

satisfechas que no quieren cambiar el mundo. No se rebelan frente a las injusticias. Nada más lejos de aquel Extiende tu mano” de Jesús, que implica toda la vida de las personas y que desborda todas sus esperanzas.

 

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Resulta tentador instalarnos en nuestro pequeño mundo, gozar de la abundancia y vivir tranquilos y cómodos, sin mayores aspiraciones y sin problemas, pero no lo olvidemos: sólo aquellos que se han insensibilizado pueden sentirse a gusto en un mundo como éste. Quien ama de verdad la vida y se siente solidario, quien tiene la esperanza del Reino, sufre la tensión y la

intranquilidad de comprobar que todavía no podemos disfrutar la felicidad a la que estamos llamados.

 

De la frivolidad y el embotamiento sólo es posible liberarse despertando, aprendiendo a vivir de forma más lúcida. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a vivir vigilantes y discernir, despertando de tanta frivolidad y asumiendo la vida de manera más responsable.

 

La verdadera esperanza ni embota ni adormece, sino que nos desinstala y nos pone en pie. La esperanza cristiana es la espera creadora de los comprometidos a favor de una sociedad más justa y más fraterna.

 

     ¡PREPÁRATE! (Evangelio: LC 3,1-6)

 

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Esta  es  la  nueva  pauta  de  Dios  en  boca  de  Juan  el  Bautista:

¡Prepárate!

Juan, un hombre que no pertenece a ninguna jerarquía y que no posee poder ni dinero ni autoridad alguna, es el único que escucha la palabra de Dios, que debe oír todo el pueblo.

Siempre es así: es al pobre al que hay que escuchar, para poder oír en lo más hondo de nuestro ser la llamada al cambio y poder ver la salvación de Dios. Cuando una persona sincera es capaz de aprender a

mirar la vida desde la perspectiva del pobre y del indefenso, se siente llamada a renovar su vida. Escuchar a la persona que nos grita desde el desierto de   su pobreza es siempre escuchar una llamada a la conversión.


Hoy, un grito estridente y doloroso resuena en nuestro mundo: el clamor de los pobres, los indefensos,  los  atropellados  por  la  injusticia,  los  ancianos,  los  humillados,  los  manipulados,  los emigrantes, los que carecen de trabajo… los menores.

Es una voz que nos urge a empeñarnos de manera personal y comunitaria. Esa voz nos habla de ponernos manos a la obra, de allanar, enderezar, igualar. Sólo así, podremos ver todos la salvación de Dios.

 

Vivimos más y mejor informados que nunca y, sin embargo, son más cada vez los que se sienten desprovistos de razones convincentes para dar sentido a su vida. Hoy es posible una comunicación rápida y eficaz entre las personas y los pueblos y, sin embargo, cada vez somos menos capaces de entablar relaciones de amor y amistad. La sociedad está mejor equipada para luchar contra el dolor, la enfermedad y el mal, pero, al mismo tiempo, parece que las personas se sienten más débiles para enfrentarse al sufrimiento y las contrariedades de la vida. Cada vez son mayores las posibilidades de viajar, divertirse y cultivar toda clase de aficiones y deseos, pero sigue creciendo a la vez el número de personas insatisfechas…

 

Muchos hombres y mujeres se encuentran con falta de ilusión, sentido, horizonte, alegría… Lo que caracteriza a los cristianos es que, al diseñar nuestra vida, al darle un sentido y vivirla, tenemos como punto de referencia clavel a Jesús. De ahí la importancia de escuchar con atención la voz del profeta: Preparad el camino al Señor”. Para que Jesús nazca en nosotros debemos prepararnos, y esta preparación consiste en la igualación definitiva de las relaciones humanas, que han de pasar de la desigualdad a la igualdad, de la injusticia a la justicia, expresado simbólicamente en la nivelación de los terrenos.

 

No basta el cambio interior: el camino y los senderos hacen referencia a algo que tiene relación con todos, a un mundo nuevo, a una nueva sociedad. La voz del profeta es un reto para todos. No se puede ver la salvación de Dios si no hay conversión, si no hay cambio, si no hay praxis concreta del compartir y la solidaridad, si no ponemos nuestras manos al servicio de los demás.

 

     CONVIÉRTETE (Evangelio: LC 3, 10-18)

 

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Esta es la indicación más dura y directa, que nos dice lo que hemos de hacer: ¡Conviértete!

 

Hoy escuchamos muchas llamadas al cambio, a la responsabilidad ética y la solidaridad, pero casi nadie se da por aludido. La conversión es

imposible cuando se da por supuesta. Además, los medios de comunicación social nos informan, cada vez con más rapidez de toda la realidad que

acontece entre nosotros: conocemos cada vez mejor las injusticias, las miserias y los abusos que se cometen, lo que crea en nosotros cierto sentimiento de solidaridad, e incluso de culpabilidad, pero a la vez acrecienta nuestra sensación de impotencia: ¿y qué podemos nosotros hacer?

 

Las sencillas palabras de Juan el Bautista ponen el dedo en la llaga y nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nuestro corazón.

 

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En estos tiempos tan duros para los pobres y marginados, la denuncia de Juan cobra nueva vigencia. Es el momento de compartir y ser solidario, de “abrir los dedos y

hacer de nuestras manos, manos abiertas que acaricien, pidan y trabajen y que adopten un gesto de espera; que saluden, que inviten y den; manos limpias que ofrezcan una amistad sincera, manos llenas de amor, manos incansables… manos abiertas.


     CAMINA (LC 1,39-45)

 

Esta es la indicación del cuarto domingo de Adviento.

 

El primer gesto de María, tras acoger las palabras del ángel y decir a la propuesta divina, es ponerse en camino y marchar aprisa junto a otra mujer que necesita en esos momentos su cercanía.

 

Hay una manera de amar que debemos recuperar en nuestros días:  consiste en acompañar a vivir a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad, marginado por la droga o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de vida. Se trata de acompañar a vivir a cada persona su propia historia personal.

 

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Estamos consolidando una sociedad hecha sólo para los fuertes, los agraciados, los jóvenes, los sanos, los triunfadores y los que son capaces de gozar y disfrutar de la vida. Convertimos la amistad y el amor en un intercambio mutuo de favores, pero así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida.

 

No es fácil aceptar el mensaje evangélico de ponerse en camino”, cuando

nos consideramos “tan ocupados” en tareas y nos sentimos tan agobiados que confesamos no tener tiempo ni para nosotros mismos. Esto difícilmente se casa con la actitud de María.

 

Es falso creer que Dios se ha hecho hombre buscando la liberación plena de la humanidad y no esforzarse a la vez por ser persona cada día y trabajar por un mundo más humano y liberado. Es mentira creer en un Dios que se desprende, abaja y humaniza y al mismo tiempo, considerar que lo mío, mi tarea, mi trabajo, mis actividades son sagradas e intocables. Es mentira creer en un Dios que camina y nos visita y, a la vez, encerrarnos en nuestro pequeño mundo y en nuestros problemas.

 

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Hemos sido invitados a despertar, prepararnos, convertirnos y caminar, para poder experimentar y ser testigos de que Dios viene a nuestro encuentro, de que Jesús encarnado en nuestra humanidad es la mano que Dios extiende a cada uno de nosotros.

 

3.   DESCUBRAMOS A DIOS CON NOSOTROS

 

Queridos amigos y amigas:

Seguro que ya os habéis enterado. Es tiempo de Adviento y me sale del alma comunicarme con los que sois mis amigos para celebrar este tiempo fuerte. Nos estrenamos para celebrar algo que Dios ha hecho por nosotros: ser Dios con nosotros. Reconocer a Dios en nuestra vida ordinaria y vivir divinamente” lo ordinario se nos da mal; nos cuesta,   por eso debemos prepararnos como ya hemos venido diciendo: vamos a darnos un tiempo para entrenarnos, para hacernos más sensibles y poder acoger la presencia de Dios entre nosotros.

 

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     Necesitamos sensibilizarnos porque estamos muy insensibles a los otros y al Otro. Nos hace falta mirar con ojos de ternura a nuestro mundo y a las heridas de los hombres y mujeres de hoy. Detrás de las apariencias hay duras realidades y mucho dolor callado y mucha soledad ahogada. ¿Cómo reconocer a Dios y su voz si no reconocemos la voz de los próximos…?

Es  hora  de  entrenarnos  en  mirar  y  reconocer  a  quien tenemos al lado (al esposo, a la esposa, al padre, a la madre, al

hijo, al hermano, al vecino, al compañero de trabajo, al extranjero, al herido, al excluido…

No es verdad que aceptemos A Dios-con-nosotros si no nos acogemos próximo –con-el-prójimo. Dios se cruza cada día contigo y conmigo, aunque no caigamos en la cuenta…


     Necesitamos aprender a abajarnos. Suenan por todas partes voces que llaman a ser triunfadores”.

La vida se convierte en una continua Operación Triunfo”. Tienes que subir, llegar, alcanzar, superar…  Pero  ¿dónde  vamos?  Hay  que  llegar  a  la  cima  profesional  y  ser  un  fracaso  es insoportable.  Es  una  guerra  permitida  y  admitida  para  subsistir:  si  no  luchas,  te  devoran, desapareces, por lo que tienes que luchar y triunfar. Pero, ¿podremos entender lo que significa el Dios que desciende? Descender, abajarse, encarnarse es asumir andar junto a los que están más abajo, junto a los que no pueden y no les dejan subir. Es hora de entrenarnos en bajar hacia los que Dios mira con más complacencia y a los que llama bienaventurados: los pobres, los que lloran, los que no se las dan de nada…

 

     Necesitamos aprender a intimar con Dios. Sin intimidad todo es vacío. La intimidad hace milagros, es la que lanza e impulsa. Es hora de íntimos y de intimidad. Hagamos de nuestra vida humana una vida más íntima para aprender a intimar también con Dios.

 

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     Necesitamos aprender la grandeza de lo pequeño.  La  Navidad comercial  es  atrayente,  deslumbrante,  pero  es  la  hora  de  lo pequeño, de lo sencillo. Tenemos que inaugurar gestos de Navidad densos y sencillos, tan sencillos como la levadura o el grano de mostaza. Cuando inundemos de gestos pequeños el espacio y el tiempo que abarcamos, escucharemos el deseo de paz de Dios. Lo pequeño tiene nombre: una sonrisa, una palabra, un minuto dado, un gesto inesperado de cercanía y comprensión, una oración callada… Tienes que saber que todo lo que Dios inicia, siempre tiene orígenes pequeños.

4.   CORRESPONDENCIA CON DIOS A) Carta a Dios

 

Querido Dios:

Te escribo desde el planeta Tierra. Estoy oyendo que vas a venir, que es Adviento, y se me ha ocurrido ponerte unas líneas para informarte sobre el lío en que te vas a meter. verás lo que haces. Me perdonarás si acentúo un poco las tintas negras…

Lo primero de todo es preguntarte por qué vienes, quién te ha pedido que vengas…. No creo que haya salido de los humanos esta idea. Si es cosa tuya, te admiro. Debes estar muy admirado de nosotros. Oye, saber que alguien se acuerda de nosotros tanto es como para sorprenderse… De paso, se te agradece la idea… Ya sé que para el amor no hay razones, para el amor la única razón es el amor.

Yo no digo que no haya gente que te espera y suspira por ti, pero son los menos. No te creas que te vas a encontrar con muchos esperadores. Aquí, Dios, tú interesas poco. Has pasado a segundo lugar, mejor, estás pasado de moda. Se puede vivir sin ti y no pasa nada. ¿Para qué tener un compromiso con Dios si se puede vivir sin Dios tan ricamente? Dicen que creer en ti es ser un poco trasnochado.

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La gente de la Tierra no te necesita, lo que necesita es trabajo, dinero, salud, pasarlo lo mejor posible, subir un poco más, tener un poco más. Con este panorama, ¿qué vas a hacer entre nosotros? ¿Qué musiquilla celestial nos vas a tocar? Estamos en otra onda. Imagino que te vas a llevar un chasco si vienes.

Bueno, y no te cuento los líos que tenemos montados de conflictos, de guerras, de olvidos de la gente pobre… Es cierto  que  hay  personas  que  están  muy  sensibilizadas  y trabajan lo que pueden y dan todo lo que tienen por ayudar a

los más desfavorecidos. Hay más millones que lo pasan mal que bien.


Como opinión particular, no logro comprender cómo unos humanos juegan y explotan tanto a otros. El bolsillo y el placer de unos hace a otros esclavos, pobres y juguetes. No entiendo, por eso muchas veces decimos ¡Pero  dónde vamos a llegar!

He exagerado un poco, pero que conste que es verdad todo lo que te digo. Y, en el fondo, el corazón de los humanos sigue vacío, buscando, insaciable…

Tenemos tanto que hacer, que lo esencial, ser personas y querernos, no lo hacemos. Vamos muy acelerados y no nos damos tiempo para aprender a amar, ni para saber esperar y perdonar.

Bueno, supongo que en algún sitio encontrarás gente maja que te acogerán bien, junto a la mula y el buey. Donde hay riqueza tendrás menos sitio porque allí no te necesitan. Donde no hay, te harán un hueco en seguida… ¡Cosas de este planeta!

Nada más, que conste que me alegro de que vengas. Tendremos que mirar menos al cielo si tú estás en la tierra, aunque no si te reconoceré. ¿Cómo yo dónde vas a estar, si vas a dar conferencias y a que hora? Si no nos dices con claridad estas cosas, no vas a tener mucho público.

No  sabes  la  cantidad  de  cosas  que  se  anuncian,  nos  sobran  y  pasamos  de  ellas.Espero  que enciendas alguna estrellita para seguirla y poder encontrarte, pues en el fondo tengo ganas de ti y de encontrarte, aunque lo disimule… ¡Anda, guíñame el ojo, que te necesito, aunque no lo grite muy alto! Un abrazo para ti y toda la familia celestial,

 

Un hombre

 

B) CARTA DE DIOS AL HOMBRE

Querido hombre:

 

Esto del correo electrónico es un invento buenísimo que hasta lo hemos instalado en el cielo. El sistema es especial y no dependemos de vuestras multinacionales. ¡Eternidad de planes económicos! ¡Una gran ventaja!

Gracias por el panorama que me presentas. Es un tanto pesimista pero dices verdades. Yo sí que sé dónde están los que esperan de verdad. Suele ser siempre gente sencilla que no ha perdido la cabeza ni se le han embotado los ojos por el resplandor de la ambición. No te preocupes: conozco dónde están los que me esperan. Iré a los sencillos.

Otra cosilla: no es que haya decidido visitar” la Tierra. Lo que he decidido es hacerme hombre y vivir con vosotros para hablaros al corazón. Un pequeño matiz: no voy de visita, voy para estar con vosotros y para que escuchéis las palabras que no se os ocurren a vosotros. Llevo en el corazón las palabras de mi Padre y os la anunciaré.

Tenéis que tener en cuenta que no voy a la tierra porque seáis buenas personas, sino para que seáis buenas personas…, claro, el que quiera.

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El clamor de los que sufren, las heridas de los heridos, los gemidos de los explotados, las lágrimas de los niños llegan hasta el cielo. no lo sabes, pero muchos que se las dan de felices son unos pobres infelices. Ya te digo que desde aquí se ven las cosas de otra manera. ¡Si supieras lo que hablan los corazones cuando calla el ruido y llega el silencio! Es cierto que el corazón de los humanos, de no usarlo o usarlo mal, se hace corazón de piedra. Pero yo confío: no está todo perdido. El amor despedaza las piedras. Merece la pena cualquier cosa por ablandar el corazón de los hombres y mujeres del planeta Tierra. Yo me propongo dejar todo y abajarme, con tal de que una de las cien ovejas perdidas vuelva a la majada…

muy bien querido hombre, que no voy a recoger frutos. Voy a sembrar palabras de vida, de amor, de contradicción… Germinarán sólo si caen en buena tierra… Lo importante es que tengáis semilla de vida y de novedad para hacer una tierra nueva y un cielo en la tierra… Te preocupa no reconocerme.

Te aseguro que nos toparemos: la señal es que voy revestido de persona. Donde veas una persona, escucha y trátala como me tratarías… Te aseguro que nos encontraremos. Te sorprenderé y te hablaré en silencio al corazón.

Hasta pronto: en cualquier lugar o persona, te esperaré… EL DIOS VERDADERO.


P R E P Á R A T E Y AS Í LO PO D R Á S V E R

 

Del evangelio de M a rcos (1,18)

 

“Una voz grita en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Juan bautizaba en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.

Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y que se bautizaran, para que se les perdonasen sus pecados. Acudía gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:

-Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo.”

 

Guardo silencio y pienso si esteadvientome está ayudando a prepararmea su llegada

 

 

 

Momento para compartir en oración:

(En clima de silencio y con tranquilidad, leemos la primera  bienaventuranza y, antes de pasar a la siguiente, cada uno expresa lo que le evoca; en caso de no evocarle nada, sencillamente, la vuelve a leer en voz alta. Hacemos lo mismo con cada una de ellas).

 

Dichosos lo que encuentran en este Dios la fuerza que les ayuda a mantenerse esperanzados en medio de su debilidad personal…

 

Dichosos lo que encuentran en este Dios la fuerza para mirar y amar a los hermanos como son. Sin resignación ni juicio. Con amor paciente que aprende a cargar con los demás…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para sufrir y encajar los contratiempos y fracasos de cada día, la dureza, especialmente de algunos días…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para permanecer en la oración cuando muchas veces no sienten sino aburrimiento, desazón o sólo silencio…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para hacer lo que pueden hacer, para no ceder ni a la actividad frenética ni a la retirada…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para no despreciar los pequeños detalles, los pequeños gestos, los encuentros cuidados, los trabajos sencillos, no reconocidos ni valorados. Los que no buscan el brillo del reconocimiento sino que se alegran de veras porque sus nombres están grabados en el corazón de Dios…

 

Dichosos los que encuentran en este Dios su fuerza para estar entre los pobres de todo tipo sin pretensiones, sin ruido, sin paternalismos, con valentía…

 

Dichosos lo que encuentran en este Dios su fuerza para no desanimarse ante el peso de su mala salud, la falta de relevancia, el poco y lento cambiar de las cosas…

 

… porque ellos engendran Reino de Dios.

 

… porque ellos reconocerán a Dios en el pesebre.

 

(Mikel Hernansanz OFM, Revista “Frontera-Hegian”, nº 43)


Acabamos con esta oración en boca de Juan que recitamos leyendo un párrafo cada uno.


Jesús, soy Juan,

que estaba en el desierto bautizando

y predicando un bautizo de conversión, para que desapareciese

todo lo que estaba alejando a Dios de la humanidad.

Lo dice la Sagrada Escritura por boca del profeta Isaías:

yo envío mi ángel delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.

 

Yo preparaba, Jesús, tu camino;

era el ángel que iba delante de ti

para que tu pueblo se abriese a tu venida.

 

Tú eres el esposo que viene al encuentro de tu esposa,

de la humanidad entera, el pueblo de Dios. Yo preparaba a la esposa con agua,

para que tú la ungieses con Espíritu Santo.

 

Acudía hacia mí la gente de Judea y de Jerusalén,

pero llegaste desde Nazaret, de la Galilea llena de paganos.


Fuiste sumergido por mí en el Jordán, apenas subiste del agua,

viste que el cielo se rasgaba.

 

Sí, Jesús,

en ti el cielo se abre,

se abre a la plena comunicación entre Dios y la humanidad.

 

El Espíritu bajaba hacia ti, como al principio se cernía

en forma de  paloma sobre las aguas.

 

Y se o una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado en ti me complazco”.

Tú eres el Hijo de Dios,

que, como el Siervo del Señor,

llevas el amor de Dios a todas las naciones.

 

A lo largo de toda tu vida fuiste tentado, intentaron alejarte de tu estilo,

adulterar tu espíritu;

pero tú siempre te mantuviste firme en medio de las fieras

y los ángeles te servían.

 

Jesús, yo quiero ser siempre

el ángel que te prepare el camino.

 

“Cómo oran los personajes del Evangelio”. Rodolf Puigdollers


 
 
 
 
 
La Oración no acaba aquí, llévala a tu vida!!!!
 
 
 
 
 
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