¡La Acción Católica sigue vigente en la Iglesia!

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29 de agosto del 2015

Encuentro americano de sacerdotes y asistentes eclesiásticos de Acción Católica

La Acción Católica no es un muerto que se tiene que resucitar ni está en terapia intensiva. Su espíritu siempre ha permanecido. Me da gusto ver el ánimo y entusiasmo de ustedes, de manera especial de los sacerdotes. Esta misa final de su encuentro nos da la oportunidad de poner delante de nosotros la figura de Juan el Bautista. Y hoy quiero que nos lo apropiemos de manera especial los sacerdotes y obispos.

Que importante es nuestro acompañamiento como sacerdotes y obispos en el caminar de los fieles laicos en la Acción Católica.Quiero subrayar cuál sería nuestro papel. Servimos muy bien cuando los sacerdotes somos alegres dando testimonio con la vida y los hermanos laicos nos ven atrevidos y valientes. Si una característica ha permanecido en la Acción Católica ha sido la valentía de la fe. Por eso, tantos mártires se formaron como creyentes en la Acción Católica en nuestro país.

En el Evangelio, Juan el Bautista no se empeñó el en tema de Herodes por un escrúpulo moral, sino porque eso significaba un abuso de poder. Y si un papel tienen que jugar los fieles laicos en nuestra sociedad, es el de detener el abuso de poder con la participación ciudadana apoyados por el Evangelio.

Quiero animarlos a que mantengamos presente el espíritu del concilio. La Acción Católica fue certificada y le marcó un rumbo que debemos tener siempre presente para respetar la vocación y misión de los laicos. A los sacerdotes nos toca estar cerca e iluminar, tener el perfil de Juan y ser coherentes y valientes en la verdad.

Hoy, la gente nos quiere mas apasionados y entregados con el Evangelio

Foto de Arzobispo de Monterrey.
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El laico en la política

El laico en la política

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Publicación impresa | Año: 2005 | Número: 2310 | 1 comentario | in Iglesia | Autor: Saguir, Julio

Cabe preguntarnos, en el contexto de este Congreso, por qué reflexionamos sobre la política como tema específico, y no sobre otros, como la economía, el medio ambiente, la empresa o los derechos humanos.

Posiblemente esto se deba a que la política sigue siendo el ámbito de las decisiones que afectan las condiciones de vida de todos nosotros, y en especial de los más postergados de nuestra sociedad; aquellos que, por omisión o por error, hemos dejado fuera de las posibilidades de una vida digna. También, porque según la enseñanza social de la Iglesia, la política sigue siendo la forma más excelsa de la caridad. Y quizás, porque en nuestra sociedad argentina de hoy, y por lo mismo que acabamos de decir, el quehacer político, con sus luces y sus sombras, sigue siendo una tarea, una vocación, una responsabilidad, ya que, en definitiva, “todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 22-23).

 

Hasta que no lo asumamos desde esta convicción, la política seguirá siendo, como para la mayor parte de nuestra sociedad, un problema de los políticos; la causa, externa a cada de uno de nosotros, de los males que nos aquejan como comunidad histórica; una carga, dura y pesada, de la que eventualmente nos hacemos cargo por obligación o deber autoimpuesto, pero nunca como aquello que nos pertenece al modo de “todo es de ustedes”.

 

¿Qué política?

En la enseñanza social de la Iglesia, la política ha sido entendida tradicionalmente como la actividad concerniente en un todo al bien común y a lo público. Se trata de una definición amplia de política. Si bien es correcta en un sentido, entraña sin embargo el riesgo de perder de vista los aspectos específicos que tiene la política como actividad humana, por un lado, y como quehacer y vocación protagónica para los laicos, por otro.

Prefiero entender por política aquella actividad humana que tiene que ver con las decisiones, siempre conflictivas, que afectan y realizan el bien común, y por ello al bienestar de todos, desde las instituciones que como sociedad hemos diseñado para ello.

Aquí hay dos rasgos que vale la pena destacar, para no perder de vista lo particularmente propio de esta actividad: lo conflictivo y lo institucional.

La política, en efecto, es una construcción conflictiva, básicamente, porque tiene que ver con la satisfacción de intereses muchas veces contrapuestos (económicos, ideológicos, sociales) que implican, en gran medida, un enfrentamiento de partes por su consecución, una distribución siempre antagónica de beneficios, y la competencia de concepciones diferentes y muchas veces polarizadas del bien común.

Esta búsqueda conflictiva implica de manera decisiva la lucha por recursos de poder, tanto para competir y acceder a cargos como para tomar decisiones para todos. A los católicos el tema del poder no nos resulta sencillo, porque compite con convicciones evangélicas básicas.

Sin embargo, esta dimensión conflictiva, incluida esta lucha por recursos de poder, no debe ser soslayada porque es inherente a la actividad política. Cuando la obviamos, descuidamos o reducimos, desde cierta perspectiva o pretensión valorativa, corremos el riesgo de escandalizarnos o desilusionarnos más a causa de nuestras propias expectativas que de la realidad misma.

Nuestra historia como país ha sido testigo de conflictos y enfrentamientos para organizarnos como república entre 1810 y 1860. Conflictos que no tuvieron que ver con nuestra condición de católicos, europeos o criollos, sino con reales antagonismos de intereses económicos y políticos entre las provincias.

Las instituciones políticas han sido el recurso desarrollado por las sociedades occidentales para que tal búsqueda conflictiva del bien común no sea violenta ni quede a discrecionalidad de los más poderosos. Esto no significa que las instituciones eliminan los motivos para el antagonismo y el afán de discrecionalidad por parte de los que tienen más recursos. Pero organizan los conflictos y regulan la discrecionalidad. Y al hacerlo, los acotan.

Las instituciones de las que hablamos son, básicamente, las de la democracia representativa. Esto significa que cuando hablamos de política, hablamos desde el inicio de estas instituciones políticas. La democracia representativa tiene tres características principales: 1) implica la elección de gobernantes, vía competencia y voto popular, que quedan a cargo del diseño e implementación de las políticas públicas a través de las que se construye el Bien Común; 2) estos gobernantes se eligen por intervalos regulares, durante el período que dura su mandato, ya sea en el Poder Ejecutivo o en el Legislativo, y son relativamente independientes del electorado; 3) una característica es que hay una opinión pública independiente del control de los gobernantes.

Es necesario subrayar la importancia del segundo aspecto, ya que parte de la llamada crisis de representación en nuestro país y el mundo entero tiene que ver con cierta dificultad para entender o aceptar que, en tanto dure su mandato, las autoridades elegidas guardan independencia en su accionar.

En este sentido, el voto no es entendido como un contrato por el que el gobernante tiene que hacer exactamente lo que propone al elector en la plataforma electoral. En todo caso, es un contrato a término, a resultado, por el que como comunidad tenemos que estar mejor al final del mandato de gobierno, aunque el gobernante haya tomado decisiones diferentes de las prometidas ocasionalmente a cada uno.

Esto no significa que en la democracia representativa no haya controles sobre los representantes elegidos. Los controles son de dos tipos: por un lado, por parte de los ciudadanos, el ya mencionado del voto, a través del cual los gobernados aceptan o no la tarea realizada por quienes han estado en el poder. Los otros, denominados horizontales, son los desarrollados por el mismo equilibrio de poderes (justicia independiente, veto, juicio político) como así también la incorporación de mecanismos de control como los tribunales de cuentas, auditorías generales, etc.

¿En qué consiste la participación de los laicos?

La apuesta al desarrollo y al fortalecimiento de las instituciones es uno de los desafíos mayores que este tiempo nos impone como argentinos y como laicos comprometidos con este momento particular. La apuesta no es sencilla.

En un primer nivel, y en un sentido amplio, el sistema de la democracia representativa exige el voto como el modo primero y más básico de participación. Es la participación en tanto mirada y encargo. A través del voto elegimos a nuestros representantes y les encargamos la tarea de velar por los intereses de la nación y la construcción del bien común según su entender, durante un lapso. De acuerdo con los entendidos, este voto es principalmente un voto retrospectivo; es decir, no votamos tanto por las propuestas que hacen los candidatos cuanto por sus antecedentes en la gestión. Es decir, no a lo que nos dicen que quieren hacer sino a lo ya han hecho, y premiamos o castigamos a los que no han actuado como esperábamos o deseábamos.

En un segundo nivel y ya en un sentido estricto, otro modo de participación es aquel en el que decidimos actuar nosotros mismos como constructores del bien común. Esto es, como hacedores de las políticas públicas que lo realizan. Es la participación no como mirada y encargo, sino como manos en la masa, gestando el bien común.

Esta participación supone la competencia por cargos electivos. Por ello se realiza a través de la vida de los partidos políticos. No hay otros mecanismos en la carrera electoral que éstos. Optar por partidos tradicionales o nuevos no es una cuestión de principios, salvo en lo que se oponga decididamente a principios básicos de la fe, sino de juicios prudenciales.

La vida de los partidos políticos aparece agotada en estos días. Esto no es un problema sólo de nuestro país, sino un proceso que se verifica en todo el mundo. Hay países, como los Estados Unidos, que en realidad nunca tuvieron vida partidaria como nosotros la hemos conocido y verificado históricamente.

Finalmente, las instituciones de la democracia representativa permiten la participación a través de la conformación de una opinión pública independiente. Es la participación en la vida política no como mirada y encargo, tampoco como manos en la masa, sino como lo que un autor norteamericano ha llamado voz; esto es, decidimos emitir nuestra opinión sobre la gestión de los representantes, sobre aspectos del bien común que deseamos o queremos de un determinado modo. Uno de los modos de realizar esto en democracia es a través de movimientos sociales de opinión, de asambleas ciudadanas o de espacios de diálogo, locales o nacionales; en muchas ocasiones, son lo que supimos llamar asociaciones intermedias en la enseñanza social de la Iglesia, y hoy denominamos organizaciones no gubernamentales.

La participación en tanto voz requiere algunas aclaraciones. En primer lugar, la voz de la opinión pública no obliga a los representantes elegidos. En tanto elegidos por el voto popular, ellos juzgan la conveniencia o no de escuchar a la opinión pública mientras dura su gestión. En segundo lugar, y por lo mismo que acabamos de decir, la voz de la opinión pública no debe competir con las instituciones de la democracia representativa, sino que debe encontrar una vía final de interacción complementaria con los mecanismos de la democracia representativa.

Por este motivo, si decidimos que nuestra participación sea la de la voz, debemos distinguir lo que pretendemos cuando lo hacemos: buscamos hacer escuchar nuestra opinión, o buscamos llegar por caminos paralelos a lo que no podemos por la competencia electoral. La distinción es sutil, pero debemos hacerla: lo requiere la honestidad política.

Cuando decidimos meter las manos en la masa, decidimos competir y buscar espacios institucionales a través de los cuales influimos sobre el diseño y gestión de políticas públicas. Buscamos crear mejores condiciones de vida para la gente. Cuando elegimos la voz, elegimos trabajar sobre las preferencias de las personas y de la comunidad, esto es, buscamos convencer a los demás. El desafío, para los creyentes, es hacer apetecible nuestras convicciones, de alguna manera nuestra felicidad, a los demás. Si no somos capaces de hacerlo, mal podemos querer proponer un conjunto de creencias que ni a nosotros mismos nos hace felices.

Las instituciones de la democracia representativa nos plantean desafíos en tanto bautizados y miembros de una comunidad histórica. En efecto, para quienes profesamos un sistema particular de creencias, estas instituciones democráticas nos obligan de una manera particular a la hora de luchar por nuestra concepción del Bien Común. Y tanto es así que muchas veces la hemos experimentado como una amenaza a nuestros valores. Por ello, también nosotros hemos contribuido a debilitar las instituciones de nuestro país, apoyando en más de una ocasión a fuerzas antidemocráticas para defender nuestros principios y, no pocas veces, nuestros privilegios. El error, en el fondo, fue posiblemente olvidar que, en el sistema democrático, nuestras ideas, preferencias y expectativas, constituyen una alternativa más, y compiten con otras por su realización a través de los mecanismos de las instituciones políticas. Este es el desafío y la exigencia, no pequeños, del pluralismo. Por más seguros que estemos de nuestras verdades, para nosotros también es válido que el fin no justifica los medios.

En segundo lugar, este tipo de instituciones políticas modelan y dan un marco también a las visiones de largo plazo que a veces anhelamos tener como comunidad política. ¿Es que no podemos converger hacia un proyecto de país? ¿No sería bueno acordar un mañana hacia el cual dirigirnos? En la democracia representativa estos acuerdos son siempre parciales y tentativos. La ley federal de educación es un ejemplo de ellos. Surgió de una asamblea ciudadana donde un sector mayoritario triunfó sobre otro. Esta opinión de mayoría se transformó en una política pública a través del Congreso de la Nación. Es decir, con validez para todos y para el futuro. Pero como toda política pública, será evaluada, discutida y objetada en el tiempo. Quienes la objeten buscarán su modificación y quienes la apoyen buscarán su confirmación. Y las nuevas mayorías legislativas encauzarán estas opiniones. En democracia, el mañana se construye de manera progresiva, de acuerdo con las mayorías sucesivas y en períodos relativamente contingentes.

Los laicos no son el brazo terrenal de los obispos

¿Hay algo específicamente católico en la presencia o participación del laico en la política? En tanto motivación personal, considero que no. Nos motiva la misma búsqueda de santidad que caracteriza nuestra presencia en el mundo. Lo cual, por cierto, no es poco.

Esta búsqueda de santidad en la política no es algo externo a nosotros mismos. No hacemos política como quien elige ésta o aquella manzana del barrio para hacer alguna tarea de evangelización. Quien ha decidido actuar en política ha decidido que allí se realiza su condición de bautizado, su unión a la tarea salvífica de Cristo: es allí mismo donde ha elegido amar, servir, entregarse, ser santo. Y en medio de todas las condiciones que ello supone: el trigo y la cizaña, que está dentro de cada uno y dentro de la comunidad toda. Quien hace política ha decidido ser santo en y a través de esas condiciones de vida: la búsqueda del poder y la prosecución del bien común; la lucha a veces feroz por los recursos y el afán final de mejorar la condición de muchos; el reconocimiento ciudadano a los aciertos y la exposición pública a los errores y los malentendidos; la crítica justa y la injusta; la alegría por la política de Estado bien hecha que dignifica la vida de algunos, y la tristeza profunda por la política de Estado hecha a costa del clientelismo y la demagogia. “Todo es de ustedes…”.

 

Esta búsqueda de santidad no tiene que ver con la propagación de una verdad particular, sino con la experiencia y testimonio de Cristo muerto y resucitado. Sin duda, ésta es una verdad, pero no al modo de un dogma que blandimos como una espada sobre la cabeza de los demás, sino a la manera de un camino de vida que está dispuesto a despojarse de sí mismo hasta el abandono personal; que está dispuesto al servicio hasta la muerte, y muerte de cruz; que está dispuesto a la entrega porque ello es causa de encuentro y, por ese motivo, razón de esperanza. El laico que se inserta en política no lo hace en tanto miembro de una comunidad de dogmas que difunde una ideología y concreta un programa. La fe, en política, no es una ideología. Es un compromiso vital. Con los demás, y con Cristo a través de los demás. “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo…”.

Este compromiso vital, que se desarrolla desde una experiencia comunitaria de fe en la Iglesia de Cristo en la Argentina, tiene luces que iluminan el camino: ciertos valores, ciertas enseñanzas, ciertas orientaciones. La enseñanza social de la Iglesia es uno de ellos. Pero cuidado: los laicos en política no somos el brazo terrenal de los obispos. Los obispos tienen, entre otras, una misión profética: la de denunciar las injusticias. Al laico inserto en la política le corresponde, desde aquellas luces orientadoras, diagnosticar sobre tales injusticias, proponer alternativas, implementar soluciones. Estas soluciones no están escritas en ningún manual de enseñanza social de la Iglesia. No tienen que estarlo. Hay diversas soluciones posibles y diversas formas de implementarlas.

Más aún: la enseñanza social de la Iglesia, esencial y necesario punto de partida para la inserción en el mundo, es insuficiente para el diagnóstico, las propuestas y las implementaciones. Por un lado, hay mediaciones científicas ineludibles para todo esto: las ciencias sociales, por ejemplo, son una de ellas. Pero por otra parte, está el gran ejercicio de la acción política, que implica la organización, el trabajo en equipo, el debate y el consenso, el diseño de leyes, la implementación de programas específicos, con aquellos que piensan igual y los que piensan de otro modo, con aquellos que, pensando lo mismo, difieren en las estrategias de implementación.

Este es un ejercicio de pluralidad que requiere mucha práctica y aprendizaje por parte de los católicos. Cierto acostumbramiento a “las verdades que conocemos”, sumado a “nuestras certezas” sobre tales verdades, nos pueden llevar a una actitud pontifical alejada de las condiciones que requieren el diálogo y la búsqueda conjunta en la política.

Más aún, debemos cuidar que la búsqueda sincera del diálogo y el trabajo conjunto no opaque condiciones inherentes a la política ya mencionadas. Uno de los desafíos mayores en política es experimentar la actitud del diálogo y la búsqueda conjunta de soluciones reconociendo que somos parte de ciertos intereses, de ciertas posiciones, de ciertas concepciones de las cosas. Ni la seguridad de ciertos valores evangélicos, como el respeto a la opinión del otro y el trabajo mancomunado nos debe hacer olvidar que, en política, no dejamos de ser gremialista, concejal, legislador o ministro de un gobierno particular.

El tema de la conducta moral parece claro. Pero a poco de profundizar no lo es tanto. En primer lugar, propongo dejar de lado el discurso ético como bandera de presencia personal en la política. La conducta evangélica no puede ser manipulada como parte del marketing político. Esta conducta se vive o no se vive. Si la vivimos, puedo asegurar que seremos un punto de referencia y de testimonio.

Si no lo hacemos, no hay discurso que alcance para ocultar nuestra incapacidad para vivir la fe en el mundo de la política.

La política supone un mundo de opciones que está lejos de ser un mundo de blancos y negros, de corrupción y anticorrupción… un mundo de absolutos. Plantearlo y pretender vivirlo así es relativamente fácil. La mayor parte de la experiencia de la virtud en la política pasa por otro lado: pasa por una serie de decisiones permanentes, diarias, en la que deben bajarse principios al nivel de la decisión y de la acción política: decisiones que tienen que ver con la tensión entre equidad y eficiencia, entre el corto y el largo plazo, entre conceder hoy en una negociación para asegurar una mejor decisión para todos el día de mañana, entre alianzas y coaliciones permanente en el gabinete o en la asamblea legislativa. Estas cuestiones no tienen, por lo general, respuestas absolutas. Requieren de la virtud de la prudencia.

Al respecto, sólo puedo hablar a partir de mi experiencia. Es difícil tratar de vivir la prudencia política cuando la vida de uno no se ejercita en la prudencia personal, cuando no hay búsqueda de la vida en el espíritu. Dicho de otro modo: vivir la ética en la política es un ejercicio permanente que requiere, de manera casi necesaria, que uno esté en la búsqueda también de la santidad en la vida personal. Esto no asegura la decisión moralmente correcta, la cual en muchas ocasiones sencillamente no existe. Pero lo coloca a uno en un camino de búsqueda evangélica; al menos, en el afán diario de estar alerta, de no relajarse, de querer hacer siempre las cosas lo mejor posible…

Esta vida en el espíritu y este ejercicio de la prudencia tiene una dimensión comunitaria. Es importante la búsqueda de espacios de reflexión y diálogo, eventualmente en el mismo lugar de trabajo, con aquellos con quienes se comparte la fe, la misma cosmovisión de las cosas, la buena voluntad para compartir las dudas, para fortalecer el ánimo, para seguir alimentando esperanzas. Igualmente, puede ser importante el acompañamiento desde nuestras mismas comunidades eclesiales a nuestros hermanos que caminan en el mundo de la política. No tanto para darle tal o cual consejo. Sino para que, a partir de la confianza evangélica que nos da compartir el mismo pan y la palabra, podamos acompañar a aquellos que han tomado decisiones duras en el ámbito de la política.

Sin embargo, en estas mismas comunidades debemos tener cuidado también de que nuestras propias opciones políticas no sean el motivo para el rechazo o la desconfianza hacia aquellos que se sumergen en este mundo de la política. No pocas veces, y esto incluye también a nuestra jerarquía, se acompaña a los laicos hasta el momento en que hacen la opción partidaria. Una vez que la hicieron, pareciera que aquel acompañamiento era sólo válido para quienes piensan como uno. La madurez comunitaria implica confianza evangélica.

A los católicos no nos ha sido dado esperar los frutos de nuestra siembra. Y esto, sin duda, está demasiado lejos de ciertas condiciones del quehacer político, donde los resultados son parte no sólo de la competencia electoral, sino, lo que es más importante todavía, de la eficiencia a la hora de evaluar el trabajo bien realizado de las políticas públicas. En estos, como en tantos otros aspectos, hay tensiones entre la vida de la fe y la del mundo de la política. Su resolución final sólo puede darse cuando dejamos macerar nuestra vida personal por un espíritu de abandono que sólo se experimenta desde la oración y la vida en el espíritu. Pero esta experiencia no puede sino enviarnos de vuelta a ese mundo de luces y sombras, de paradojas y contrastes, como es el mundo de la política. Mundo que hoy nos convoca en nuestro país, una vez más y como siempre, porque “la Argentina es nuestra, nosotros somos de Cristo, y Cristo es de Dios”.

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LAICOS EN MISION: TRIPLE «OFICIO»: SACERDOTE, PROFETA Y REY

LAICOS EN MISION: TRIPLE «OFICIO»: SACERDOTE, PROFETA Y REY

http://estrenandodia.blogspot.mx/2015/04/laicos-en-mision-triple-oficio.html

En el Antiguo Testamento los sacerdotes, los profetas y los reyes eran instrumentos y representantes especiales de Dios. A través de su ministerio era edificado el pueblo (Dt 17,14—18,22). En el Nuevo Testamento a Jesús se le dan los tres títulos: sacerdote (Heb 4,14-16; cf Jn 19,23; Ap 1,13), profeta-nabi (Lc 24,19) y rey (Jn 6,15; 18,33-37: ambiguo, pero véanse en los cuatro evangelios la entrada mesiánica en Jerusalén —Mt 21,1-11 y par.— y la inscripción sobre la cruz —Mt 27,37-42 y par.—). La primitiva comunidad cristiana, constituída soo por laicos, era real y sacerdotal (Sacerdocio común) y tenía la función profética de proclamar las obras maravillosas de Dios (lPe 2,9-10).

La tríada aparece en la Tradición apostólica a propósito de la bendición del Aleo: reyes, sacerdotes y profetas. Más tarde aparece en textos patrísticos y Eusebio de Cesarea (t 340 ca.) la usa en un sentido cristológico. Se encuentra también en la época medieval, pero no aparece como tema dominante hasta la época de los reformadores, especialmente con Calvino.

En los círculos empieza a usarse en el siglo XVII, haciéndose más frecuente en el siglo XIX con Newman, quien de forma novedosa propone que la eclesiología debe atender al triple ministerio de la Iglesia, cuyo ministerio profético asegura la regla de la verdad contra la tentación del racionalismo, el ministerio sacerdotal guía al culto contra la superstición, y el ministerio real conduce a la santidad contra la ambición y la tiranía. De esta forma los tres ministerios se atemperan mutuamente y se libran uno al otro de sus peculiares tentaciones. Así, el culto frena el racionalismo, la verdad vence la superstición y la piedad mitiga el peso de la ley.

Ya en el siglo XX, un estudio católico clave sobre la tríada fue el de J. Fuchs en 1941. Y. Congar había empezado a usarla como principio eclesiológico en la década de 1930, convirtiéndola en principio organizador de su obra clásica sobre los laicos. La tríada, en forma de maestro, rey y sacerdote, fue aplicada por Pío XII a Cristo en su encíclica Mystici corporis. G. Philips recurrió a ella también en su estudio sobre los laicos. Estaba, pues, madura en la época del Vaticano II.

El concilio la aplica a Cristo, a los laicos y a los ministros ordenados. En este último caso sigue el orden maestro-sacerdote-pastor/rey (LG 25-27; CD 12-16; PO 4-6), mientras que aplicada a los laicos el orden es sacerdote-profeta-rey (LG 34-36). Quizá su función más importante consista en indicar la igualdad radical en dignidad de todos los cristianos: «Por tanto, el pueblo de Dios, por él elegido, es uno: un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo… Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del cuerpo de Cristo» (LG 32).

Hay una diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico que es esencial y no cuestión de grado (essentia et non gradu tantum [LG 10]). El sacerdote ministerial realiza un servicio distinto en la comunidad, pero eso no significa que por ello sea más santo que los laicos. Hay que buscar en la Lumen gentium los elementos claves que muestran en qué sentido es esencialmente diferente el sacerdocio de los laicos del sacerdocio de los ordenados, al igual que los elementos que muestran lo que tienen de común.

Todos están consagrados, por lo que sus obras son verdaderos sacrificios espirituales (Rom 12,1) y un testimonio para los demás (LG 10). El sacerdocio común se ejerce en la vida sacramental de la Iglesia (LG 11). La vida de sacrificio de los laicos es «espiritual» (está regida por el Espíritu Santo): Cristo se «asocia íntimamente [a los laicos] a su vida y a su misión y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres… Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (lPe 2,5), que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor» (LG 34).

Sabemos por las Actas del concilio que LG describe la función profética de todo el pueblo: es una participación en la función profética de Cristo, que consiste en el testimonio, la alabanza, la confesión de la fe y el sensus fidei. Más tarde LG 35 desarrolla el tema de la función profética de los laicos: establecidos como testigos, dotados del sensus fidei y la gracia de la palabra «de modo que el poder del evangelio pueda resplandecer en la vida diaria de la familia y la sociedad», convirtiéndose en heraldos de esperanza, sin ocultar la razón de la misma, de forma que, «incluso ocupados en sus tareas temporales, puedan los laicos desempeñar la valiosa labor de procurar ahondar diligentemente en el conocimiento de la verdad revelada y de pedir encarecidamente a Dios el don de la sabiduría». 

Al tratar de los obispos, Lumen gentium 25 subraya la importancia de la predicación del evangelio, e insiste en que son maestros autorizados del mismo (Magisterio). La proclamación del evangelio es la primera tarea de los sacerdotes, que tienen además la responsabilidad de un amplio ministerio en la Palabra (PO 4).

El oficio real no está tan desarrollado como los otros dos oficios en el capítulo II de LG, donde se dice que es común a todos los bautizados y lo ejercen por una parte los obispos (LG 27, donde se le da el nombre de «oficio pastoral») y por otra los laicos (LG 36, en relación a la tarea pastoral de los sacerdotes; cf PO 6). A propósito de los laicos se dice: «También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad v de gracia, reino de justicia. de amor y de pazDeben, por tanto, los fieles, conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios…

En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado… Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia… Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas… Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí» (LG 36). El oficio pastoral de los obispos (LG 27) y de los presbíteros (PO 6) es una participación especial en el oficio real de Cristo. Estos se ocupan de los fieles de un modo global, nunca de manera dominante. sino como siervos.

El uso de la palabra «rey» plantea en la actualidad algunos problemas; muchísimas personas, en efecto, no tienen ninguna experiencia de reyes o reinas que puedan ser reflejo de algún modo del uso bíblico de esta palabra. Con respecto a la jerarquía es preferible generalmente el empleo de la palabra «pastor». En el caso de Cristo es quizá mejor usar la palabra «Señor», que es la fórmula de los credos primitivos (ICor 12,3; Rom 10,9) y permitiría hablar de que los laicos participan del señorío de Cristo. [El título «Señor» es el preferido por J. Alfaro. Sobre este «munus» gravita toda una problemática referida a la posibilidad de su participación teniendo en cuenta el origen sacramental de la «potestas sacra» por la cual se inclina prioritariamente el Vaticano II (Autoridad/Potestad sacramental). Con todo, para mantener una cierta participación y no contradecir esta unidad, algunos autores distinguen dos elementos de LG 27: la potestas iurisdictionis, que tiene carácter vinculante, pero que no agota el «munus regendi», y «los consejos, exhortaciones y ejemplos» como función «persuasiva» propia también del «munus regendi»”]

¿Cuántos oficios hay? El Vaticano II no dice en ningún momento que sean tres, pero habla de un triple oficio (triplex munus) o del oficio profético, sacerdotal y real. La idea de que hay un solo oficio, el sacerdotal, con consecuencias proféticas y reales, parece también contar con argumentos en su favor. Este oficio sacerdotal estaría a su vez vuelto hacia Dios y hacia el mundo: su función sería mediadora. Esta visión explicaría las aparentes superposiciones de los textos del Vaticano II, por ejemplo el que se diga que el testimonio pertenece tanto al oficio sacerdotal (LG 10) como al profético (LG 35). Puede notarse también la interacción de las tres funciones: la real es sacerdotal y profética; la sacerdotal es real y profética; y la profética es sacerdotal y real. Pero Cristo es el modelo de todas ellas.

El Código de Derecho canónico empieza su exposición del Libro II con una declaración sobre todos los fieles cristianos, que es una modificación de LG 31, referida a la participación de los laicos en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo (can. 204). El resto delCódigo, sin embargo. no presenta ninguna elaboración profunda y amplia del modo en que los laicos ejercen de hecho este ministerio. No obstante, la idea del triple oficio ha influido en la estructura de los libros centrales: II. Del pueblo de Dios; III. La función de enseñar en la Iglesia; IV. De la función de santificar en la Iglesia.

Publicado 19th April por Ramón EMILIO RIVAS TORRES

Categorías:Laicos

¿Que puede – y qué no puede – hacer un laico cuando falta el sacerdote?

¿Que puede – y qué no puede – hacer un laico cuando falta el sacerdote?

En territorios donde faltan sacerdotes, laicos preparados pueden asumir algunas de sus funciones

sierra leone - es

© Daniel Sillah

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Antes que todo tengamos en cuenta que los laicos son “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (Lumen Gentium 31).

A los laicos les corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Por tanto desempeñando su propia profesión y sus trabajos y guiados por el espíritu evangélico, están llamados por Dios a que contribuyan a la santificación del mundo, a modo de fermento, dentro de la Iglesia.

Es de alabar pues la fe y la buena voluntad con la cual no pocos cristianos, en dolorosas situaciones de persecución, pero también en territorios de misión y en casos de especial necesidad, han asegurado -y aún aseguran- la continuidad de la misión de la Iglesia y de la transmisión de la fe.

Dada la importancia del apostolado de los fieles laicos es deber del Ordinario del lugar, cuando se dé la necesidad objetiva de una «suplencia», elegir al fiel que sea de sana doctrina y conducta de vida ejemplar. Además, la persona debe poseer la formación debida para el cumplimiento adecuado de las funciones que se le confían. ¿Quiénes no podrán ser admitidos al ejercicio de estas competencias? Los católicos que no lleven una vida digna, que se encuentren en situaciones familiares no coherentes con la doctrina moral de la Iglesia o no gocen de buena fama.

Competencias concretas

Si los laicos tienen la formación requerida, la ejemplaridad de vida y las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito (Código de Derecho Canónico 230, 1). Y el fiel laico sólo puede asumir la denominación general de «ministro extraordinario», si es llamado por la autoridad competente a cumplir, únicamente en función de suplencia, los encargos, a los que se refiere el can. 230,3, así como los cánones 943 y 1112.

Y, “donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho” (CDC, can. 230, 3).

También es competencia de los fieles prestar su colaboración en la formación catequética siempre y cuando sean capaces de ello y que se formen para ello (cf. CDC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias sagradas (cf. CDC, can. 229) y en los medios de comunicación social (cf. CDC, can 823, 1).

Anteriormente se ha mencionado el ministerio de la palabra. ¿Por qué los fieles pueden cumplir con el ministerio de la palabra? Porque ellos participan, según su propia índole, de la función profética de Cristo, que los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y de la gracia de la palabra. Este ministerio de la palabra es la misma posibilidad de Predicar, pero no dentro de la misa y no sea considerada una especie de homilía.

El Código de derecho canónico, en el can. 766, establece las condiciones por las cuales la autoridad competente puede admitir a los fieles no ordenados a predicar en una iglesia u oratorio. Pero ojo, que el Canon utiliza la expresión ‘pueden ser admitidos’; y ésta expresión pone de relieve que en ningún caso se trata de un derecho propio como el específico de los obispos o de una facultad como la de los presbíteros o de los diáconos.

Se ha mencionado  la capacidad del fiel laico para presidir las oraciones litúrgicas: Fomentar el rezo del santo rosario, hacer e incentivar el oficio divino o La Liturgia de las Horas (ésta oración está llamada a ser la oración de todo el Pueblo de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1174, 2), los domingos celebrar la liturgia de la palabra con la distribución de la comunión, rezar novenas, presidir procesiones, rezar el viacrucis, etc.

El código de derecho canónico menciona también la posibilidad de administrar el bautismo. Además del caso de necesidad, el derecho canónico establece que, cuando el ministro ordinario falte o esté impedido, un laico puede ser designado ministro extraordinario del bautismo, siempre y cuando lo administre con la materia y la forma correctas y según las intenciones de la Iglesia. Y en caso de extrema urgencia el fiel laico no necesita ninguna designación.

Con respecto al bautismo de emergencia, la bendición del agua no es un requerimiento imprescindible para la validez del mismo; por tanto el fiel puede bautizar sin agua bendecida.

Se ha mencionado antes que un fiel laico, si existen motivos de verdadera necesidad, puede ser delegado por el obispo diocesano, en calidad de ministro extraordinario, para distribuir la sagrada Comunión también fuera de la celebración eucarística (visita a los enfermos) de modo temporal o de modo estable, utilizando para esto la adecuada forma litúrgica de bendición. En estas circunstancias extremas el fiel puede acceder al sagrario.

En casos excepcionales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede conceder ad actum, es decir para el momento puntual, la autorización.

Los fieles pueden administrar las parroquias o comunidades parroquiales privadas de sacerdote pero  se trata sólo de una participación en el ejercicio de la cura pastoral y no de coordinar, moderar, dirigir o gobernar la parroquia, que según el texto del canon compete sólo a un sacerdote y, en casos excepcionales, a un diácono.

Los fieles laicos pueden guiar las exequias eclesiásticas, que son un sacramental, sólo en caso de verdadera falta de un ministro ordenado y observando las normas litúrgicas para el caso. Para esa función deberán ser bien preparados, tanto en el aspecto doctrinal como en el litúrgico.

Existe también la posibilidad de delegar a fieles laicos la asistencia a la celebración del sacramento del matrimonio. También en estos casos se deben observar las normas del derecho canónico sobre la validez de la delegación y sobre la idoneidad, capacidad y aptitud del laico.

Este servicio laical de presenciar un matrimonio puede resultar necesario pero condicionado al cumplimiento de tres requisitos. El obispo diocesano puede conceder esa delegación únicamente en circunstancias muy particulares de grave falta de ministros sagrados y sólo después de haber obtenido, para la propia diócesis, el voto favorable de la Conferencia episcopal y la necesaria licencia de la Santa Sede.

Un fiel laico también puede presidir algunos sacramentales. En este caso los fieles laicos pondrán especial cuidado en evitar que esos actos induzcan a percibir en los sacramentales una especie de “sacramentos” laicos. Una cosa son los sacramentales y otra cosa muy distinta los sacramentos cuya administración es propia y exclusiva de los ministros ordenados.

“Los sacramentales proceden del sacerdocio bautismal: todo bautizado es llamado a ser una bendición y a bendecir. Por eso los laicos pueden presidir ciertas bendiciones; la presidencia de una bendición se reserva al ministerio ordenado (obispos, presbíteros o diáconos), en la medida en que dicha bendición afecten más a la vida eclesial y sacramental” (Catecismo de la Iglesia católica, 1669).

Hay que tener en cuenta que los fieles no bendicen a la manera de los sacerdotes o diáconos. A los acólitos y lectores instituidos se les concede, con preferencia a cualquier otro laico, la

posibilidad de impartir algunas bendiciones. También otros laicos, ya sean hombres o mujeres, pueden impartir algunas bendiciones pero siempre en ausencia del ministro ordenado.

Por tanto, ¿qué pueden bendecir los fieles? Todo lo que no tenga relación directa con la vida eclesial y sacramental; teniendo en cuenta que a todos los laicos en general no se les concede la facultad de administrar sacramentales: sólo algunos podrán administrar aquellos sacramentales que permita el derecho litúrgico y el Ordinario del lugar vea conveniente, p.e., la bendición de personas (obviamente de los hijos), alimentos, vehículos, casas, al comienzo de un viaje, etc..

Un fiel puede bendecir el agua, pero no tendrá ningún uso ni eficacia sacramental; simplemente ésta bendición se tiene que concebir como una forma de agradecer a Dios por el agua que se va a beber.

Los fieles laicos, sean o no sean sacristanes, cuidaran también las sacristías y el recto uso de los ornamentos, libros y los diferentes enseres litúrgicos. Velaran por el cuidado del templo parroquial y de las diferentes capillas presentes en el territorio.

¿Otras funciones? Los laicos pueden ser “…—catequistas, animadores de la oración y del canto, cristianos consagrados al servicio de la palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables de Movimientos apostólicos u otros responsables—, …” (Evangelii nuntiandi, 73).

Como se puede apreciar es amplio el abanico de posibilidades que un fiel laico tiene dentro de la Iglesia. Por tanto los fieles tienen las puertas abiertas en la vida eclesial para ejercer muchas funciones. Los que hacen parte de las sectas protestantes cuánto bien harían integrándose a la Iglesia y desempeñar un papel muy activo y fructífero.

¿Qué no pueden hacer?

De ninguna manera, ni en casos ordinarios ni en casos extraordinarios o de suplencia, los fieles no pueden realizar ciertas funciones, entre otras, p.e.:

1.- No pueden administrar la unción de los enfermos ni con óleo bendecido ni con óleo no bendecido.
2.- No pueden realizar exorcismos, ni oraciones de liberación, aunque sean unos sacramentales.
3.- No pueden confirmar.
4.- No pueden dar la primera comunión.
5.- No pueden escuchar confesiones y menos absolver; como tampoco dirigir espiritualmente a nadie.
6.- No podrán bendecir ni imponer la santa ceniza al inicio de la cuaresma, aunque la ceniza sea otro de los sacramentales.
7. -No pueden bendecir el agua para uso en los sacramentales; utilizarla sí, para bendecir.
8.- No pueden bendecir nada que tenga relación directa con la vida eclesial y sacramental: p.e, todo lo relacionado con objetos litúrgicos y/o  religiosos, con espacios sagrados, con objetos para usar en el culto y con objetos relacionados con la devoción popular (imágenes, medallas, escapularios, etc..).
9.- No pueden utilizar ningún tipo de ornamentos. Al máximo, y sólo con el visto bueno del Ordinario del lugar, los acólitos instituidos y estables ‘podrían’ usar sólo el alba.
10. –No pueden presidir ninguna celebración dominical con el mismo esquema de la misa, ni parcial ni totalmente; y la celebración que presidan no se puede equiparar a la misa de precepto. Cuando “dirigen” o “guían” una celebración de la Palabra o una Asamblea dominical en ausencia del presbítero (o del diácono), no se dirigen a la Asamblea con el “vosotros”, sino que se incluyen en la solicitud de bendición, (“sobre nosotros”), santiguándose y diciendo: “El Señor nos bendiga y nos guarde…” sin hacer la señal de la cruz sobre la asamblea.
11.- No pueden los fieles en ningún caso hacer la homilía.
12. No pueden exigir remuneración alguna por su servicio, indiferentemente del tiempo empleado en él.
13. No pueden ejercer su ministerio por su propia cuenta o aislados, sino en plena comunión y en constante diálogo con el párroco o con el sacerdote responsable más cercano.
14.- No pueden  hacer lo que ni los sacerdotes ni los diáconos pueden hacer, y está reservado única y exclusivamente a los obispos.

Categorías:Laicos

Espiritualidad En El Lugar De Trabajo

Espiritualidad En El Lugar De Trabajo

por Padre John McCloskey

http://www.catholicity.com/mccloskey/espiritualidad.html

A comienzos del siglo pasado, Mons. Robert Hugh Benson, un destacado Anglicano convertido al Catolicismo, escribió dos interesantes libros titulados “Amo del Mundo” (Lord of the World) y “El Amanecer de todo” (The Dawn of All). En el primero, el autor profetiza un futuro donde el humanismo secular ha triunfado casi por completo y el Catolicismo es una fuerza cultural insignificante que cuenta apenas con unos cuantos seguidores. Predice también los viajes aéreos, las armas nucleares, y el surgimiento de dos enormes super potencias en Oriente y Occidente, aparte de la venida del Anticristo por medio de un gobierno mundial. En el segundo libro que fue escrito como reacción a la crítica que recibió el primero, describe un mundo donde se ha establecido un nuevo Cristianismo con una armonización maravillosa entre las enseñanzas de la Iglesia, y la medicina, la ciencia y la política.

En el siglo 21, el comienzo del tercer milenio al que tanto ha aludido el Santo Padre en el transcurso de su pontificado, podría materializarse una de estas dos visiones del mundo.

Yo me inclino por la visión más optimista y mi tesis es que se dará un mundo evangelizado de nuevo, al menos en Occidente, debido precisamente al florecimiento de una auténtica espiritualidad laica en las profesiones y en los sitios de trabajo.

No se necesita ser un historiador de la Iglesia demasiado perspicaz para ver que ya nos estamos acercado al final de un ciclo de 2000 años. La espiritualidad de los primeros cristianos estaba afirmada en un mundo secular, en la vida familiar y civil, y en el lugar de trabajo. Aunque algunos de los cristianos primitivos sin duda alguna se dedicaban totalmente al apostolado, muy poco se menciona la vida monástica hasta finales del tercer siglo y comienzos del cuarto. Irónicamente, la huída hacia los desiertos de Tebas en Egipto de decenas de miles de personas, se produce precisamente en el momento en que el Cristianismo estaba a punto de recibir la tolerancia religiosa por medio del Edicto de Milán, y con el tiempo, su vida moral se incorporaría al sistema jurídico del Imperio Romano. Esta es la época en que era común pensar que para buscar la santidad seriamente, uno tenía que abandonar el mundo, y a lo que más podían aspirar los laicos era a una santidad de segunda, debido a las “distracciones” del comercio, la familia, la vida social, etc. A pesar de lo anterior, escuchemos esta descripción de la vida cristiana en el segundo siglo antes del surgimiento del monasticismo:

No es posible distinguir a los cristianos de las demás personas ni por nacionalidad, ni por idioma ni por sus costumbres. No viven en ciudades aparte sólo para ellos, no hablan un dialecto extraño, ni tienen un modo de vida diferente. Sus enseñanzas no se basan en fantasías inspiradas por la curiosidad humana. A diferencia de otras personas, no defienden una doctrina puramente humana. En lo que respecta a sus ropas, alimentos y estilo de vida en general, siguen las cosstumbres de la ciudad en la que les toca vivir, sea griega o extranjera.

Y sin embargo hay algo extraordinario en sus vidas. Viven en sus propios países pero actúan como si estuvieran de paso. Desempeñan plenamente su papel de ciudadanos, pero trabajan con todas las desventajas de los extranjeros Cualquier país puede ser su patria, pero para ellos su patria, donde quiera que esté es un país extranjero. Como los demás, se casan y tienen hijos, pero no los muestran. Comparten sus alimentos, mas no sus esposas. Viven en la carne pero los deseos de la carne no los dominan. Pasan sus días en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes pero viven a un nivel que trasciende la ley… (Epístola a Diognetus, Nn. 506; Funk, 397-401).

El desarrollo de la vida religiosa desde los eremitas del desierto, pasando por el monasticismo de Benito y Columba, y continuando con los fundadores de las órdenes mendicantes del siglo 13 y la aparición de las congregaciones misioneras del siglo 16, nos revela una evolución constante de la vida religiosa hacia una mayor participación en el mundo. A lo más que podían aspirar los laicos era a una espiritualidad religiosa de “tercer orden”.

Resulta evidente que el Espíritu Santo está trabajando de manera especial en la Iglesia, especialmente mediante el Segundo Concilio Vaticano, al enfatizar en la obra de los laicos en la tranformación del mundo de Cristo. Christopher Dawson lo explica así:

Necesitamos un nuevo ascetismo ajustado a las condiciones del mundo moderno–una vigorosa disciplina de mente y cuerpo en la nueva vida–El laico queda inevitablemete en una posición más difícil ya que las formas externas de vida vienen determinadas por las fuerzas económicas que toman muy poco en cuenta las consideraciones religiosas. Y no sólo queda la religión relegada a la vida interior, sino que ésta también está expuesta a múltiples distracciones. Se necesita un esfuerzo heroico, similar al que produjo la conversión del Imperio Romano. En lo personal creo que la necesidad produce al hombre y que la próxima era de la Iglesia va a producir una efusión de energía espiritual manifestada en la vida cristiana. Al igual que todos los grandes hombres, los santos son el órgano de un propósito social, y el éxito de su misión depende de las reservas de voluntad espiritual y de fe que se han acumulado por la actividad anónima de hombres y mujeres ordinarios e imperfectos , cada uno de los cuales ha hecho su propia contribución, aunque sea diminuta para el nuevo orden de la vida cristiana (Enquiries, 1933, pp. 308-310).

En este artículo deseo enfocar unos pocos temas que aparecen destacados en la Exhortación Apostólica post-sinodal del Santo Padre Christifideles Laici (CL). Procuraré concentrarme en un tema específico si bien el documento contiene muchísimos más. CL contiene la mejor síntesis de la reciente enseñanza de la Iglesia sobre el laicado. El Santo Padre cita ampliamente la Constitución Dogmática Lumen Gentium (LG), y el Decreto Apostolicam Actuosistatem (AA) del Concilio Vaticano II, y también importantes documentos postconciliares, Familiaris Consortio (FC) sobre la familia y Laborem Exercens (LE) (Sobre el trabajo humano) dos áreas en las que los laicos deben santificar y ser santificados.

El Santo Padre comienza poniendo el énfasis en la llamada divina del Señor, la vocación del hombre, citando la parábola del viñedo. Los laicos están todos llamados a trabajar en el viñedo, y el viñedo es el mundo y no hay excusa para no participar. El laico no sólo forma parte de la Iglesia, es parte de la Iglesia -la Iglesia a la que se refiere como “el sacramento universal de salvación” (LG # 48). Esto aclara la enseñanza conciliar acerca de que el laicado no es un simple instrumento de la jerarquía o de las congregaciones religiosas sino más bien miembros libres y responsables de la Iglesia, llamados directamente a la evangelización en el viñedo de este mundo. El Papa destaca la urgencia de esta tarea en estos momentos históricos:

Ya que la fe arroja una luz nueva sobre todas las cosas y da a conocer el ideal completo al que Dios ha llamado a cada individuo y por esto guía la mente hacia soluciones enteramente humanas… es necesario entonces mantener un ojo atento en este nuestro mundo, con todos sus problemas y valores, sus inquietudes y esperanzas, sus triunfos y sus derrotas: un mundo cuyos asuntos económicos, sociales, políticos y culturales presentan problemas y graves dificultades a la luz de las descripciones suministradas por el Concilio (CL #3)

Nos transmite un sentido de aventura, aún podría decirse, un espíritu de cruzada. Lo que se subraya es la naturaleza seglar (en el mundo) de esta mision, refiriéndose a evitar:

La tentación de interesarse tanto en los servicios y tareas de la Iglesia que algunos fallen en su compromiso de involucrarse activamente en sus responsabilidades en el mundo profesional, cultural y politico, así como la tentación de legitimar la separación injustificable de la fe y de la vida, o sea, la separación de la aceptación evangélica con la vida evangélica misma aplicada en las diversas situaciones en el mundo (CL #2, p.12-13).

El Segundo Concilio Vaticano deja en claro que los laicos “tienen la capacidad para asumir de parte de la jerarquía ciertas funciones eclesiásticas, que deberán realizarse con un propósito espiritual” (LG #33). Este compromiso es bueno y necesario. Sin embargo, desafortunadamente en nuestro país esta idea ha proliferado a causa de una interpretación errónea de los documentos conciliares, en el setnido de que el laicado manifiesta su compromiso con la Iglesia a través de la participación principalmente en funciones litúrgicas, consejos parroquiales, posiciones en la iglesia, etc., más que en la familia, el trabajo y en la vida política, social y cultural. En pocas palabras, en algunos círculos se ha puesto énfasis en compartir el “poder” más que en el servicio y en el concepto de que de alguna forma el laicado se integra más en la vida de la Iglesia en la medida que sus funciones se clericalizan más. Además del peligro que esta clericalización presenta para la identidad del laicado mismo, esta forma de pensamiento lleva inevitablemente a evadir las responsabilidades que los laicos católicos tienen sobre la situación del mundo. Asimismo, los enemigos de Dios y de la Iglesia no encontrarán una oposición firme de parte de los laicos católicos, contra sus maquinaciones. Sin embargo, se necesitan católicos comprometidos en el campo de los deportes, en Broadway, en las universidades, en los medios de comunicación, y en todas las actividades legítimas, así como también se necesitan en las actividades litúrgicas y parroquiales.

El documento deja en claro que es la fe del cristiano la que lo capacita para ver lo que debe hacerse en un momento en particular. El Santo Padre habla de conflictos cuya solución debe encontrarse en “paz y justicia” y que la única respuesta es Jesucristo: “La Iglesia sabe que todas las fuerzas que la humanidad emplea para comunión y participación, encuentran su respuesta total en la intervención de Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo” (CL #7).

Bajo el título “Quiénes son los Laicos Fieles?”, el Papa afirma la identidad total de los laicos con la Iglesia: “Yo soy la vida, vosotros los sarmientos”. Su misión es “buscar el Reino de Dios, participando en los asuntos temporales y ordenándolos de acuerdo al plan de Dios” (LG # 31). Y por medio del Bautismo, los laicos fieles se hacen un cuerpo con Cristo y son establecidos en medio del pueblo de Dios. En su propia forma se hacen copartícipes de la dignidad sacerdotal, profética y real de Cristo” (LG #31).

He aquí la esencia de la espiritualidad en el lugar de trabajo. Están unidos a Cristo por “la ofrenda que hacen de sí mismos y de sus labores diarias” (CL #14). “Por su trabajo, oraciones y labor apostólica, su vida matrimonial y familiar, sus tareas cotidianas, descanso físico y mental, si se realizan en el espíritu, y aún las pruebas de la vida, llevadas pacientemente, todo ello se convierte en sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (LG # 34). Todo esto debe unirse a la ofrenda de Cristo en la Eucaristía.

Los laicos comparten la misión profética de Cristo mediante “su habilidad y responsabilidad en la aceptación del Evangelio en la fe y su proclamación en el mundo de palabra y obra, sin vacilaciones identificando y denunciando el mal valientemente” (CL #14). Finalmente, ejercitan el ministerio real “sobre todo en el combate espiritual en el que buscan vencer en sí mismos el reino del pecado, y hacerse a sí mismos don y servicio en justicia y caridad” (CL 3 14). Resulta interesante la prioridad que el Santo Padre otorga al combate interior y a la conquista de uno mismo en la batalla que debe darse antes y a la vez que se establezca el reino de Cristo en la tierra.

Este llamado, esta misión es a todas luces secular porque “el mundo es el lugar y el medio donde los laicos fieles cumplen su vocación cristiana ya que el mundo mismo está destinado a glorificar al Padre en Cristo” (CL #15). “Allí son llamados por Dios” (LG# 32). Por tanto en el caso de los laicos, el mundo no es un obstáculo a la santidad, sino más bien una ayuda. No es cuestión de despreciar al mundo o huir de él, sino que más bien, ordenar la bondad intrínseca del mundo a la Gloria de Dios y al bien de las almas, a la vez que respetando siempre la autonomía legítima del orden seglar, destacada en Gaudium et Spes (No. 36). Esta enseñanza conciliar es radical y debe ser absorbida totalmente en la conciencia de muchos cristianos acostumbrados a creer que la santidad es algo reservado para unos pocos. Están llamados a seguir el ejemplo de Jesús que pasó treinta años de su vida trabajando y orando en el anonimato; estos treinta años a los que Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens sobre el trabajo humano llama el “Quinto Evangelio”.

“La vocación a la santidad, o sea, la perfección de la caridad, es el encargo básico que tienen todos los hijos e hijas de la Iglesia”. Constituye “un requisito innegable” (CL 3 16). Sólo la santidad puede cambiar al mundo: “Hombres y mujeres santos han sido siempre la fuente y origen de la renovación en las circunstancias más difíciles de la Historia de la Iglesia” (CL 316).

En este punto el documento menciona una frase que ofrece lo que hasta ahora ha sido el enlace que faltaba entre la espiritualidad y el lugar de trabajo – la unidad de vida: “La unidad de vida de los laicos fieles es de suma importancia; deben por cierto santificarse en la vida cotidiana y en la vida profesional y social. Por tanto, para responder a su vocación, los laicos fieles deben ver sus actividades diarias como una ocasion para unirse con Dios, cumplir su voluntad, servir al prójimo y guiarlo hacia la comunion con Dios en Cristo” (Proposición # 5).

La vida sacramental y de oración del cristiano, si bien debe anteceder a su vida activa, tiene que estar íntimamente ligada a ella. Por tanto, la vida profesional y familiar, vivida en la presencia de Dios, deberían ser el desbordamiento de la vida interior. Es más importante ser que hacer, o como dirían los escolásticos, Agere sequitur esse. Christopher Dawson nos dice:

Bastaría con que el cristiano simplemente existiera, para cambiar el mundo, ya que en el acto de ser, está contenido todo el misterio de la vida sobrenatural. Es la función de la Iglesia plantar esta semilla divina para producir no simplemente hombres buenos, sino hombres espirituales, es decir superhombres. En la medida en que la Iglesia cumple esta función, le transmite al mundo una corriente constante de energía espiritual… Un cristianismo sin espiritualidad es incapaz de cambiar nada. Es el más abyecto de los fracasos, ya que no sirve ni al orden natural ni al espiritual (Christianity and the New Order, p. 103).

El Santo Padre, en uno de los pasajes más bellos y místicos del documento destaca, repitiendo a Dawson, que este trabajo redentor a menudo pasa inadvertido:

Los ojos de la fe contemplan una escena maravillosa: la de una cantidad innumerable de laicos, tanto hombres como mujeres, atareados en el trabajo de su vida y actividades cotidianas, a menudo, lejos de la vista y de los aplausos del mundo, desconocidos para los grandes personajes pero no obstante, contemplados en amor por el Padre, jornaleros incansables que trabajan en la viña del Señor (CL # 17).

Pasamos ahora a la misión apostólica de los laicos, o sea, el apostolado, testigos para otros por sus palabras y obras, del Evangelio Salvador de Cristo. El Santo Padre reitera:

El apostolado ejercido por el individuo – como flujo abundante proveniente de una auténtica vida cristiana – es el origen y condición de todo el apostolado laico, aún en su expresión organizada, y como tal no admite sustituto. No importa cuales sean las circunstancias, todos los laicos están llamados a esta clase de apostolado y obligados a participar en él. Semejante apostolado es útil en todos los tiempos y lugares, pero en ciertas circunstancias es el único factible y disponible (CL #28).

El apostolado es fundamentalmente individual, de persona a persona, es decir: un llamado personal y un compromiso de santificar a los demás, comenzando por la familia, y ampliando en círculos concéntricos cada vez más amplios para incluir a los colegas, los amigos y los conocidos. La única limitante del apostolado es la falta de vida interior o del celo apostólico: “Tal forma personal de apostolado puede contribuir enormemente a la difusión más extensa del Evangelio, por cierto puede alcanzar tantos lugares como alcanzan las vidas cotidianas de cada laico fiel” (CL #28). Es crucial aquí la identidad del laico fiel, ya que dondequiera que se encuentre un laico, allí la Iglesia estará ejerciendo su misión evangélica de predicar el Evangelio de Cristo hasta los confines de la tierra.

Si bien como señala el documento, no todo el mundo es capaz de colaborar en asociaciones de laicos, el Santo Padre menciona “una nueva era de esfuerzos de grupos de laicos fieles”. Los considera como el medio para una “participación responsable… en la misión de la Iglesia de llevar el Evangelio de Cristo – fuente de esperanza para la humanidad y la renovación de la sociedad” (CL #29). Son obras del Espíritu Santo que pueden ser “muy diversas las unas de las otras en diferentes aspectos”, pero que muestran “una profunda convergencia cuando se miran desde la perspectiva de un propósito común”. La Iglesia reconoce el derecho de asociación de todos los fieles, identificando diversos criterios que demuestran el carácter eclesiástico que pone de manifiesto la autenticidad de cada movimiento en particular. Algunos de estos criterios son: a) una primacía de la vocación de cada cristiano hacia la santidad, favoreciendo la conexión entre la fe y la vida; b) la profesión de la fe católica, siguiendo fielmente la enseñanza autorizada de la Iglesia; c) la comunión firme y convencida con el Papa y los obispos y respeto mutuo entre todas las formas de apostolado en la Iglesia; d) participación en los fines apostólicos de la Iglesia; y e) un compromiso de servicio a la sociedad a la luz de la doctrina social de la Iglesia (cfr. CL #30).

Estos movimientos igualmente deberán mostrar frutos positivos como prueba de su autenticidad, tales como: el cuidado de la vida litúrgica, de oración y sacramental; el logro de auténticas vocaciones al matrimonio cristiano, así como al sacerdocio; la colaboración con la Iglesia a nivel local, nacional e internacional; la participación en los trabajos de catequesis; y el avance de obras culturales, espirituales y de caridad a fin de cultivar un espíritu de pobreza y desprendimiento, y trabajar por el retorno a la vida cristiana de los fieles alejados (cfr. CL #30). El Santo Padre promete que pronto se publicará una lista de asociaciones aprobadas oficialmente que está preparando el Consejo Pontificio de los Laicos.

Al hablar de la realidad del trabajo, la Iglesia nos dice a través de los Concilios y de los Sínodos que “los laicos fieles deben desempeñar su trabajo con competencia profesional, con honestidad humana, con espíritu cristiano y especialmente como forma de su propia santificación… (Prop # 24). Es más, sabemos que mediante el trabajo ofrecido a Dios, las personas se asocian con la obra redentora de Jesucristo, cuyo trabajo con sus manos en Nazareth ennobleció grandemente la dignidad del trabajo” (GS #67). Qué mensaje más fuerte si bien sencillo, nos envía la Iglesia; desafortunadamente aún no se ha transmitido en toda su fuerza y vigor al laicado, quien podrían encontrar en este mensaje su propia espiritualidad.

El penúltimo tópico está muy cercano al corazón del Santo Padre –cultura. El Cristianismo no existe en el vacío. Basta mirar a la Edad Media y al Barroco, por ejemplo, que son dos períodos fuertemente influenciados por el espíritu cristiano, y que podríamos decir que fueron los creadores de una cultura cuyo arte, música y literatura fueron grandemente afines al Cristianismo. La cultura se define de la siguiente manera:

Humanizar la vida social tanto en la familia como en toda la comunidad cívica mediante el mejoramiento de las costumbres e instituciones, para expresar mediante sus obras las grandes experiencias y aspiraciones espirituales de todos pueblos a lo largo de la historia, finalmente, comunicándolas y preservándolas como una inspiración para el progreso de muchos, y por cierto, de toda la raza humana… (GS#53). En particular, sólo desde dentro y mediante la cultura es que la fe cristiana viene a ser parte de la historia y creadora de la historia (CL# 44).

El Santo Padre encarece especialmente a los fieles “a estar presentes como signos de coraje y creatividad intelectual en los sitios privilegiados de la cultura, o sea, el mundo de la educación – la escuela y la universidad— en los sitios de investigación científica y tecnológica, en las áreas de creatividad artística y en los trabajos de las humanidades” (CL # 44).

En septiembre de 1987, durante su segundo viaje pastoral a los Estados Unidos, el Santo Padre se dirigió directamente a los Obispos americanos sobre este tema:

Principalmente mediante los laicos, la Iglesia está en posición de ejercer gran influencia en la cultura americana. Esta cultura es una creación humana. Es creada mediante el discernimiento y la comunicación. Se construye a través del intercambio entre los pueblos de una sociedad en particular… Pero cómo evoluciona la cultura americana hoy en día? Esta evolución está siendo influenciada por el Evangelio? Refleja con claridad una inspiración cristiana? Vuestra música, poesía, arte, drama, pintura y escultura, la literatura que estáis produciendo–todas esas cosas que reflejan el alma de una nación están siendo influenciadas por el espíritu de Cristo para la perfección de la humanidad?

Claramente la respuesta es “No”, y el Santo Padre está diciendo tanto a los obispos como a los laicos que hasta que se perciba un cambio en el tono de nuestra cultura, aún no habremos puesto en práctica las enseñanzas del Concilio y las enseñanzas post Conciliares.

Considero muy adecuado que el Santo Padre cierre el documento con un examen del elemento esencial de formación. Ya que sin una formación bien definida tanto espiritual como teológica, cualquier resolución de poner en efecto los fines descritos en este documento, carece de valor. Dice: “No pueden haber dos vidas paralelas en la existencia: por una parte, la llamada vida espiritual, con sus valores y sus exigencias, y por otra, la llamada vida seglar, que es la vida en familia, en el trabajo, en las relaciones sociales, en las responsabilidades de la vida pública y de la cultura” (CL #59). La respuesta para evitar esta dicotomía es muy concreta:

La capacidad de descubrir la verdadera voluntad del Señor en nuestras vidas, siempre involucra lo siguiente: la escucha receptiva de la Palabra de Dios y la Iglesia, la oración ferviente y constante, el acudir a una guía espiritual sabia y amorosa, y un fiel discernimiento de los dones y talentos recibidos de Dios, así como la diversa situación social e histórica en la cual uno vive (CL #58).

Es interesante dar énfasis a las virtudes humanas ya que ellas constituyen precisamente lo que se necesita para unir lo espiritual con lo material en una auténtica unidad de vida. “El laico fiel deberá tener también en gran estima las aptitudes profesionales, el espíritu cívico cotidiano, y las virtudes relativas a la conducta social, o sea, la honestidad, el espíritu de justicia, sinceridad, cortesía, valentía moral; sin ellas no hay verdadera vida cristiana (CL # 60). Sin un programa formativo integral, se frustra en la práctica la espiritualidad laica. Dentro de la Iglesia, el Papa, los obispos, y las parroquias tienen la responsabilidad primordial por esta formación, junto con las escuelas y universidades católicas, y aquellos “movimientos laicos” que han aparecido en décadas recientes.

Resumiendo, existe una auténtica espiritualidad en el lugar de trabajo y se presenta en las enseñanzas de la Iglesia, en particular en los documentos conciliares y postconciliares, sintetizados en Christifidelis Laici. Esta espiritualidad es profundamente laica, basada en un compromiso de santidad mediante una lucha interior alimentada por la oración y los sacramentos. La vida espiritual se integra y se completa en la familia y en la vida profesional. Esta unidad de vida lleva inevitablemente a una evangelización no sólo de los individuos mediante la amistad sino que también se extiende a sociedades enteras y a toda una cultura. Todo esto requiere unión con la jerarquía eclesiástica y una disposición para buscar la formación personal necesaria para alcanzar la meta de la santidad personal.

Recordemos el desafío del Santo Padre a los laicos americanos:

El orden temporal de que habla el Concilio es vasto. Comprende la vida social, cultural, intelectual y política en las que correctamente participáis. Como hombres y mujeres laicos comprometidos activamente en el orden temporal, habéis sido llamados por Cristo para santificar el mundo y transformarlo. Esto es una realidad en cualquier tipo de trabajo, no importa cuán elevado o humilde, pero es especialmente urgente para aquellos a quienes las circunstancias y los talentos especiales los han colocado en posiciones de liderazgo o influencia—hombres y mujeres en el servicio público, la educación, las empresas, la ciencia, las comunicaciones sociales y las artes. Como laicos católicos tienen una importante contribución de servicio moral y cultural que hacer en la vida de su país. “Mucho se le pedirá al que mucho se le ha dado” (Lucas 12:48). Estas palabras de Cristo se aplican no sólo en el sentido de compartir la riqueza material o los talentos personales, sino también de compartir nuestra propia fe (JP II en América, p. 254).

Traducido por Julia A. Jarquin, Oct. 27, 2004

C. John McCloskey es sacerdote e investigador del Instituto Fe y Raz�n en Washington, D.C.


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El lugar de los laicos en Aparecida

El lugar de los laicos en Aparecida

Carlos Castro

  1. La vida de nuestros Pueblos hoy

Si la Primera Parte del Documento de Aparecida trata acerca de La vida de nuestros Pueblos Hoy, comenzando por los sujetos encargados de llevar esta vida a su vez recibida (los discípulos misioneros, capítulo 1) y lo hace de modo que todo el capítulo parezca un Himno de alabanza y acción de gracias (cf. nº 23), en el capítulo 2 echará una mirada sobre la realidad haciendo una lectura pastoral de los grandes cambios que suceden en nuestro continente y en el mundo que nos interpelan. De aquí queremos retener que “la novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero” (34). “Esta nueva escala mundial del fenómeno humano trae consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión” (35). Los temas aquí tratados son numerosos y vale la pena al menos mencionarlos para comprender lo que se demandará al laico en particular:

  1. A) en general se trata desde la crisis de sentido de nuestra época (37), la erosión de la tradiciones culturales (38-39), hasta la ideología de género (40).
  2. B) en particular repasará:
  3. Situación Sociocultural: luego de constatar “la variedad y riqueza de las culturas latinoamericanas, desde aquellas más originarias hasta aquellas que, con el paso de la historia y el mestizaje de sus pueblos, se han ido sedimentando en las naciones, las familias, los grupos sociales”, se afirma que “lo que hoy día está en juego no es esa diversidad”, sino “más bien la posibilidad de que esta diversidad pueda converger en una síntesis” (43). Analiza la sobrevaloración de la subjetividad individual que en muchas ocasiones deja de lado la preocupación por el bien común (44).

Entre los aspectos positivos de este cambio cultural, aparece el valor fundamental de la persona, de su conciencia y experiencia, la búsqueda del sentido de la vida y la trascendencia (52). El énfasis en la experiencia personal y lo vivencial nos lleva a considerar el testimonio como un componente clave en la vivencia de la fe (53).

  1. Situación económica: El Papa, en su Discurso Inaugural (DI), ve la globalización como un fenómeno “de relaciones de nivel planetario”, considerándolo “un logro de la familia humana”, pero, al mismo tiempo, no obstante estos avances, señala que la globalización “comporta el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo” (60). Frente a esta forma de globalización, sentimos un fuerte llamado para promover una globalización diferente que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de América Latina y El Caribe no sólo el Continente de la esperanza, sino también el Continente del amor (64).

Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (65).

Con mucha frecuencia, se subordina la preservación de la naturaleza al desarrollo económico, con daños a la biodiversidad, con el agotamiento de las reservas de agua y de otros recursos naturales, con la contaminación del aire y el cambio climático (66).

  1. Dimensión socio-política: Los obispos en aparecida constatan un cierto progreso democrático que se demuestra en diversos procesos electorales. Sin embargo, ven con preocupación el acelerado avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de corte neopopulista (74). No puede haber democracia verdadera y estable sin justicia social, sin división real de poderes y sin la vigencia del Estado de derecho (76).

Cabe señalar, como un gran factor negativo en buena parte de la región, el recrudecimiento de la corrupción en la sociedad y en el Estado, que involucra a los poderes legislativos y ejecutivos en todos sus niveles, y alcanza también al sistema judicial que, a menudo, inclina su juicio a favor de los poderosos y genera impunidad, lo que pone en serio riesgo la credibilidad de las instituciones públicas y aumenta la desconfianza del pueblo (75).

La vida social, en convivencia armónica y pacífica, se está deteriorando gravemente en muchos países de América Latina y de El Caribe por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera (76).

En América Latina y El Caribe se aprecia una creciente voluntad de integración regional con acuerdos multilaterales, también es positiva la globalización de la justicia, en el campo de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad, que a todos permitirá vivir progresivamente bajo iguales normas llamadas a proteger su dignidad, su integridad y su vida (82).

  1. Biodiversidad, ecología, Amazonia y Antártida: América Latina es el Continente que posee una de las mayores biodiversidades del planeta y una rica socio diversidad, representada por sus pueblos y culturas. En las decisiones sobre las riquezas de la biodiversidad y de la naturaleza, las poblaciones tradicionales han sido prácticamente excluidas. La naturaleza ha sido y continúa siendo agredida (83-87).
  2. Presencia de los pueblos indígenas y afroamericanos en la Iglesia: Los indígenas constituyen la población más antigua del Continente. Los afroamericanos constituyen otra raíz que fue arrancada de África y traída aquí como gente esclavizada. La tercera raíz es la población pobre que migró de Europa desde el siglo XVI, en búsqueda de mejores condiciones de vida y el gran flujo de inmigrantes de todo el mundo desde mediados del siglo XIX. De todos estos grupos y de sus correspondientes culturas se formó el mestizaje que es la base social y cultural de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños.
  3. Situación de nuestra Iglesia en esta hora histórica de desafíos: Rescato, entre los aspectos positivos, sin pretensión de ser exhaustivo, los siguientes: la animación bíblica de la pastoral; la renovación litúrgica que acentuó la dimensión celebrativa y festiva de la fe cristiana, centrada en el misterio pascual de Cristo Salvador, en particular en la Eucaristía. El aprecio a los sacerdotes; el desarrollo del diaconado permanente; los ministerios confiados a los laicos; el testimonio de la vida consagrada, su aporte en la acción pastoral y su presencia en situaciones de pobreza, de riesgo y de frontera. La presencia y el crecimiento de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades que difunden su riqueza carismática, educativa y evangelizadora. Se ha tomado conciencia de la importancia de la Pastoral Familiar, de la Infancia y Juvenil. La Doctrina Social de la Iglesia constituye una invaluable riqueza, que ha animado el testimonio y la acción solidaria de los laicos y laicas, quienes se interesan cada vez más por su formación teológica, como verdaderos misioneros de la caridad, y se esfuerzan por transformar de manera efectiva el mundo según Cristo.

Y, en cuanto a las sombras se destaca:

Que el crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional. En promedio, el aumento del clero, y sobre todo de las religiosas, se aleja cada vez más del crecimiento poblacional en nuestra región. Intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II. Infidelidades a la doctrina, a la moral y a la comunión, nuestras débiles vivencias de la opción preferencial por los pobres. “Se percibe un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia Católica”. Se constata el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal. Se percibe una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. De igual forma preocupa una espiritualidad individualista; una mentalidad relativista en lo ético y religioso, la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia, y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos.

En la evangelización, en la catequesis y, en general, en la pastoral, persisten también lenguajes poco significativos para la cultura actual, y en particular, para los jóvenes.

En las últimas décadas, vemos con preocupación, por un lado, que numerosas personas pierden el sentido trascendente de sus vidas y abandonan las prácticas religiosas, y, por otro lado, que un número significativo de católicos está abandonando la Iglesia para pasarse a otros grupos religiosos. Si bien es cierto que éste es un problema real en todos los países latinoamericanos y caribeños, no existe homogeneidad en cuanto a sus dimensiones y su diversidad.

  1. De la simple mirada a la toma de conciencia de ser poseedores de la vida de Jesucristo

La segunda parte, muestra la belleza de la fe en Cristo como fuente de Vida para los hombres y mujeres que se unen a Él, y entran en el discipulado misionero. Considera cuatro dimensiones: alegría, vocación, comunión e itinerario de los discípulos. Es la parte con mayor desarrollo bíblico-teológico. Espigando temas cristológicos, eclesiológicos, antropológicos, teologales, espirituales, pedagógicos y pastorales.

El capítulo tres dice todo en su título: La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Anuncia a Jesucristo, Evangelio de Dios (Mc 1,1) y pre­senta como buenas noticias sus repercusiones en la existencia. Habla de la “buena nueva” de la dignidad humana en la vida, la familia, la actividad humana -trabajo, ciencia y tec­nología- y el destino universal de los bienes, con expresiones que llamarán la atención. La sección no sigue el iter de Gaudium et spes (persona, comunidad, actividad) y carece de un apartado sobre la “buena nueva” de vivir en comunión y convivir en sociedad, aunque culmina con el tema “El continente de la espe­ranza y del amor”.

El cuarto, La vocación de los discípulos misioneros a la santidad, contiene un aporte bastante elaborado a nivel bíblico. Considera el llamado a la santidad recibido en el encuentro y el segui­miento de Jesús, que se lleva a cabo por la ani­mación del Espíritu Santo y Santificador. Pone la santidad en el centro de la vida y de la misión en cuatro tópicos: llamados al seguimiento de Jesucristo, configurados con el Maestro, envia­dos a anunciar el Evangelio del Reino de vida y animados por el Espíritu Santo.

El quinto, que es el que más nos interesa en cuanto estructurador para nuestras reflexiones trata acerca de La comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia. Enseña que la vocación al discipulado del Señor es la con-vocación (ekklesía) a la comunión en su Iglesia. Todo el Pueblo de Dios y todos en el Pueblo de Dios somos sujetos históricos del discipulado y la misión en comunión. En una breve sección eclesiológica señala los espacios de la comunión a partir de las iglesias particulares (las diócesis). En la comunión diversificada de y entre las iglesias locales se ubican otras expresiones eclesiales y pastorales: parroquias, comunidades eclesiales de base y otras pequeñas comunidades, anti­guas asociaciones apostólicas y nuevos movi­mientos eclesiales. En ese marco se contemplan las formas de existencia eclesial o “vocaciones específicas” desde una perspectiva discipular y misionera y empleando varios títulos cris­tológicos. Los fieles laicos y laicas son vistos como discípulos y misioneros de Jesús Luz del mundo.

III. Dos caras de una misma medalla: discipulado y misión

Finalmente, en la Tercera parte: La vida de Jesucristo para nuestros pueblos desarrolla líneas pasto­rales para el futuro con un marcado dinamismo misionero. El capítulo siete, La misión de los discípu­los misioneros al servicio de la vida plena, es decisivo. Considera la Vida nueva que Cristo nos comunica en el discipulado y nos llama a trasmitir en la misión, porque el discipulado y la misión son como las dos caras de una misma medalla. No hay discipulado sin misión y no hay misión sin discipulado. Para realizar aquello fomenta la conversión misionera de las comu­nidades eclesiales y organismos pastorales.

  1. Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús, Luz del mundo

Con un esquema muy ordenado que va de la esencia a la acción en relación a los laicos se nos dice, a partir de LG 31, que ellos “son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”[1].

  1. 1. Los laicos de cara al mundo
  2. 1. 1. El amor que transforma

La experiencia de ser discípulos tiene como punto de partida la conciencia de fe de saber que El, Jesús, nos amó primero. De aquí se sigue el deseo de conocerlo, seguirlo, amarlo e imitarlo. Vivir como El vivió y hacer lo que El nos pidió: “El pasó haciendo el bien” (Hech. 10, 38). Por ello, los laicos como seguidores de Cristo, han de seguir tras sus huellas, amando como Él amo. Y, así como desde los primeros tiempos los paganos quedaban admirados por el amor que manifestaban los cristianos para con todos los hombres (un amor sólo podía tener como fuente al mismo Dios), así hoy en día en nuestra Iglesia ha de brillar la presencia de Dios en nuestro obrar. Somos discípulos del Maestro si nos amamos los unos a los otros (Jn. 12, 34-35). Vivir desde esta convicción es más importante que cualquier plan pastoral (NMI 43) o cualquier proyecto misionero. Hemos de actuar con un espíritu que destaque particularmente la parresía, es decir la valentía, el coraje, la audacia, la fortaleza, en el anuncio del Evangelio.

¿Qué consecuencias puede tener esto en nuestra vida?

El sabernos hijos de un mismo Padre, hermanos en Cristo que servimos a la Santa Iglesia. Por tanto nos ayudamos, hablamos bien los unos de los otros, apoyamos las iniciativas de los otros hermanos, tanto sea con la oración, con el interés, con la presencia física o, al menos mediante una adhesión, etc.

Esto cambia el rostro de nuestra Iglesia, nos hace sentirnos una sola familia, permite verificar y ponderar las divergencias porque en ellas nos sabemos complementarios y nunca competitivos y éste espíritu la gente lo percibe y de ese modo aprende a vivir según el Evangelio.

Por otro lado es la mejor forma de preparar el camino de la fe para tantos hermanos nuestros descreídos. Jesús esto se lo pedía al Padre: “que ellos sean uno como tu Padre está en mí y yo en ti. Que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea” (Jn. 17,21).

Este estilo de vida de caridad después se contagia a las comunidades y a las familias. Estamos convencidos que la virtud de la caridad transforma más la sociedad cuando se traduce en obras que cuando se queda meramente en discursos. “La comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión […] y la misión es para la comunión”. (CH.F.L. 31-32). La caridad vivida desde la alegría que de ella misma nace, nos lanza a la misión porque: “no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hec 4, 20).

Hemos de saber que la conversión personal y pastoral despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de la vida (366). En el caso particular de los laicos esta conversión supondrá una mejor preparación para intervenir comprometidamente en los asuntos sociales (400. 403. 406). “Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se pueda realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer más humana la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano”[2]. Este compromiso social no excluye, sino que asume la atención humanitaria y pastoral de aquellas personas que por múltiples motivos han de dejar su lugar de pertenencia “También se requiere promover la preparación de laicos que, con sentido cristiano, profesionalismo y capacidad de comprensión, puedan acompañar a quienes llegan, como también en los lugares de salida a las familias que dejan” (413).

  1. 1. 2. El ardor que contagia

Como podemos apreciar, la “misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio (…) Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta” (210).

Aún nos suenan las palabras de Juan Pablo II cuando a los Obispos del CELAM, en 1983, en Puerto Príncipe, les hablaba de la nueva Evangelización: “nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones”. Quizás hemos dado pasos significativos (a pesar de que todavía hemos de caminar mucho) acerca de la novedad en la “expresión” y en los “métodos”, pero sería conveniente pedirle al Espíritu Santo nos renueve en el “ardor”. Esta ha sido la primera palabra escogida por el Papa, pues, en cierto sentido, ella es origen de las otras dos. Más aún, la fe cristiana puede designarse como un gran ardor (Lc. 12,49). El ardor apostólico de la Nueva Evangelización brota de una radical conformación con Jesucristo, el primer evangelizador. Por tanto, quien mejor evangeliza es quien vive enamorado del Señor. Los santos, amigos de Jesús, evangelizan viviendo las bienaventuranzas (RMi 90-91) desde una fe sólida, una caridad intensa, y una recta fidelidad. Guiados por el Espíritu, generan una mística incontenible en la tarea de anunciar el Evangelio, y son capaces de despertar la credibilidad para acoger la Buena Nueva de la Salvación. Desde su profunda experiencia de Dios, nutrida en una vida de unión con Él, por medio de la Oración, entusiasman a otros en el seguimiento de Jesús. Es de desear que la vida que comenzó en María, en Juan, en Andrés, y en el resto de sus discípulos, se vuelva a encender en el corazón del cristiano de hoy, y contagie a los demás para que vayan al encuentro del Señor. Los santos son quienes siguen a Jesús, e indican con sus vidas el motivo por el cual lo siguen.

Lamentablemente con la condena al modernismo (DH 3420-3422; 3481-3483; 3451) la teología católica renunció por mucho tiempo al tema de la “experiencia de Dios”. Pero, en realidad, el conocimiento de Dios necesita, como todo conocimiento, de un fundamento que esté en consonancia con la experiencia. La experiencia religiosa abarca: tanto el encuentro objetivo con el Dios que nos colma, como la impresión subjetiva de ese encuentro que se traduce en palabras, actitudes, etc; abarca tanto al individuo que hace la experiencia, como a la comunidad en la cual la realiza. Ella sólo alcanza su verdadero sentido dentro del lenguaje religioso y de la tradición de la Iglesia.

Desde esta perspectiva se siguen algunas consecuencias:

Desde la óptica cristiana, la experiencia de Dios no puede quedar reducida nunca en un genérico “sentido de lo divino”, sino que la experiencia cristiana de Dios sólo puede desarrollarse, por tanto, en coherencia total con el Evangelio.

La experiencia de Dios es necesaria porque cuando nos encontramos con Él y lo seguimos, el Espíritu Santo va transformando nuestra vida, llenándola de luz y felicidad. Entonces, experimentamos el llamado interior de comunicar a los demás al Señor que ha salido a nuestro encuentro y al que hemos acogido cooperando con su gracia (cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 24).

Además, “quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos” (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte 40).

La contratara de esto que venimos diciendo la expresa el Documento en el número 100 cuando dice: “Constatamos el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal. Percibimos una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. De igual forma, nos preocupa una espiritualidad individualista. Verificamos, asimismo, una mentalidad relativista en lo ético y religioso, la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia, y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos”.

En definitiva, “se hace, pues, necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de “auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad” (248).

  1. 2. Los laicos en la acción pastoral de la Iglesia

Ellos “también están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores” (211). Aquí podrían destacarse entre otros servicios cuando se desempeñan “como delegados de la palabra, animadores de asamblea y de pequeñas comunidades, entre ellas, las comunidades eclesiales de base, los movimientos eclesiales y un gran número de pastorales específicas” (99).

  1. 3. Importancia de la formación frente a un mundo relativista

“Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (212).

La fragmentación provocada por la posmodernidad tiene por resultado un difuso sentimiento de anomia permitiendo el surgimiento de códigos sectoriales, fundamentalismos e intolerancia. Fragmentado el discurso se defiende la superficalidad en nombre del relativismo universal y se propone lo sincrético como nuevo modelo. Por su parte, en el plano espiritual se admite la co-existencia de la astrología y el Tarot, el chaman y los extraterrestres, el ocultismo, la reencarnación y la magia, la teosofía, la física cuántica y los péndulos, los channelling, la radiestesia y la numerología, etc. Como podemos apreciar, secularización no es sinónimo de desreligiosización.[3] Hoy asistimos a un nuevo atractivo por lo religioso en cuanto expresión de la posmodernidad como aspiración a un ser-más. Si la religión pervive, no nos extrañe que este condicionamiento cultural sincrético, se encamine a formas extravagantes de lo sagrado: lo «sagrado salvaje».[4] El derrumbe del marxismo soviético, la última utopía de la racionalidad secular moderna, en una existencialidad que la cultura comunicacional ha configurado, ha terminado por poner en duda todos los valores de la modernidad, incluyendo la propia racionalidad. Así: «el vacío ideológico desemboca en el vacío espiritual, y tras siglos de secularismo vuelve a hablarse de Dios, de la vida espiritual y de la salvación»[5].

En lugar de la pertenencia a la religión o fe tradicional en «el mercado religioso» existe una abundante y variada cantidad de opciones espirituales que se ofrecen a los potenciales consumidores[6]. Ahora bien, si la oferta es tan variada, es que las demandas suponen un hombre fragmentado. Un hombre inserto en una cultura que facilita la fragmentación, aunque tenga la apariencia de «globalidad».

«Este individuo necesitado de una sólida referencia al Ser por estar referido a lo inmediato y fragmentario sin la sintaxis del pensamiento, sediento de ser reconocido, y sobre todo necesitado, de un ámbito de participación y compromiso, es el destinatario privilegiado y el objetivo principal de la agresión religiosa escondida en el proselitismo sectario que le promete respuestas a todas sus falencias, sin que a nadie le importe que las respuestas sean verdaderas»[7] .

La posición antirracionalista respecto de la fe declara que lo absoluto ha de ser experimentado, no pensado. Se puede creer en cualquier cosa siempre que a uno «le haga bien», de este modo la religión termina siendo cuestión de preferencia subjetiva sin ningún lazo esencial con la verdad.

«Dios no es una persona que está frente al mundo, sino la energía espiritual que invade el Todo»[8] y, por tanto la religión no será un vínculo que se establece con un Otro, sino «la inserción de mi yo en la totalidad cósmica» a fin de superar «toda división».[9] En el New Age, la desmantelada racionalidad encuentra en parte como sucesores «a sus predecesores, a saber, el mito y la gnosis».[10]

Para sus partidarios «el remedio del problema del relativismo no hay que buscarlo en un nuevo encuentro del yo con el tú o con el nosotros, sino en la superación del sujeto, en el retorno extático a la danza cósmica».[11] Junto con esto, ella ofrece un modelo de religión que postula que lo absoluto no se puede creer, sino experimentar. «El sujeto, que pretendía someter a sí todo, se transfunde ahora en el “Todo”».[12] El éxtasis de sí redime al sujeto individual de la «yoidad»[13] que lo aísla de las riquezas de la realidad cósmica y permite que este retorne allí de donde nuca debía apartarse: del Todo. El principio que explica esto que acabamos de decir podría sintetizarse del siguiente modo: «todo el universo se encuentra regido por un principio de relación recíproca, todo está unido, interconectado, y aún más que eso, cada parte de este universo es en sí misma una imagen de la totalidad».[14] Esta unidad que hermana todo lo existente es concebida como una «hermandad de origen, ya que todo el cosmos está constituido por una misma materia: la vibración primera, divina; todo ha emanado de la Divinidad, es variación de una única y primigenia vibración».[15] El universo es un océano de energía que constituye un todo único o entramado de vínculos. «No Hay alteridad entre Dios y el mundo».[16] En esta visión de un universo cerrado, el cual contiene a Dios y a otros seres espirituales y al mismo hombre, se percibe un panteísmo nivelador.[17] Y, si el hombre pretende encontrarse con Dios, no ha de ir más allá del mundo, sino bucear en lo profundo de su yo para acceder a la divinidad escondida en él.[18]

Uno de los grandes atractivos de esta oferta «religiosa» consiste en el interés que presta al yo individual. Mientras la religiosidad «tradicional» con su organización jerárquica se adapta bien a la comunidad, la espiritualidad de la Nueva Era se adapta al individuo –en particular al individuo «burgués»[19]–. Ahora bien, ¿dónde queda el bien común?, ¿dónde el sentido político de lo humano?. «Las peores consecuencias de toda filosofía del egoísmo, tanto si es adoptada por las instituciones como por amplios sectores sociales, son lo que el Cardenal Joseph Ratzinger define un conjunto de “estrategias para reducir el número de los que se sienten a comer a la mesa de la humanidad”. Este es un criterio clave con el que se debe evaluar el impacto de cualquier filosofía o teoría».[20]

Los exponentes de la Nueva Era al hablar de Cristo mencionan que éste es «un título aplicado a alguien que ha llegado a un estado de conciencia donde el individuo se percibe como divino y puede, por tanto, pretender ser “Maestro universal”. Jesús de Nazaret no fue el Cristo, sino sencillamente una de las muchas figuras históricas en las que se reveló esa naturaleza “crística”, al igual que Buda y otros».[21] Cristo no sería la forma humana de Dios, puesto que el Logos es mayor que Jesús y puede encarnarse también en los fundadores de otras religiones. Lo cual pone de manifiesto que en el Nazareno acontece la realización histórica del hombre puesto que todos los seres humanos son celestes y divinos.[22] «El Cristo Cósmico es el modelo divino que se conecta en la persona de Jesucristo (pero no se limita en modo alguno a tal persona). El modelo divino de conectividad se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1, 14) […] El Cristo Cósmico es el guía de un nuevo éxodo de la servidumbre y de las ideas pesimistas de un universo mecanicista, newtoniano, lleno de competitividad, ganadores y perdedores, dualismos, antropocentrismo, y del aburrimiento que sobreviene cuando nuestro maravilloso universo se describe como una máquina privada de misterio y misticismo. El Cristo Cósmico es local e histórico, indudablemente íntimo a la historia humana. El Cristo Cósmico podría vivir en la casa de al lado o incluso en el interior más profundo y auténtico del propio yo».[23] Para la Nueva Era el Cristo cósmico es simplemente un modelo que puede repetirse en muchas personas, lugares o épocas.[24]

Ahora bien, es claro que para el cristianismo Dios no es una fuerza o energía informe e impersonal de una trascendencia diluida, sino un Ser personal Padre, Hijo y Espíritu Santo, que entra en un diálogo permanente con los hombres.[25] Tampoco puede aceptarse que el hombre deje de ser aquello que esencialmente es: «una criatura y como tal permanece para siempre, de tal forma que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino»;[26] ni que el cosmos sea una emanación del ser divino, sino que ha sido creado de la nada por el Dios personal que crea por un acto puro de amor y con entera libertad.[27] Menos aún puede admitirse que Jesús sea una manifestación más de la conciencia crística semejante a otros líderes religiosos,[28] ni que la persona humana por medio de técnicas pueda salvarse,[29] o incluso elevarse, sin la ayuda de la gracia, con sus solas fuerzas hasta la divinidad.[30]

El Documento de Aparecida insiste en la importancia de la formación de los laicos para poder afrontar esta nueva hora, sea para formar parte de organismos ecuménicos (232), para colaborar en la formación de comunidades cristianas y en la construcción del Reino de Dios en el mundo (282), para mejor dialogar con la cultura de hoy y tener una fecunda incidencia sobre todo en el mundo vasto de la política, de la realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios y de otras realidades abiertas a la evangelización (283). También es importante promover la formación y acción de laicos competentes, para animarlos a organizarse a fin de defender la vida y la familia, y alentarlos a participar en organismos nacionales e internacionales (469 h). Si han de actuar como fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios y han de mostrar coherencia entre fe y vida, tanto sea en el ámbito político, económico y social, esto exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Para una adecuada formación en la misma, será de mucha utilidad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (505).

Ahora bien, para aprovechar mejor los carismas y servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los laicos, ha de respetarse sus carismas y su originalidad (313).

  1. 4. Ponerse en estado de misión

Los Obispos en Aparecida nos dicen: “Hoy, toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión”. Y, citando Ecclesia in America de Juan Pablo II apunta que dicha misión “no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos[31]. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (213).

Pues bien, es en este contexto en el que se alaba la existencia de asociaciones laicales, movimientos apostólicos eclesiales e itinerarios de formación cristiana, y comunidades eclesiales y nuevas comunidades. Todas estas expresiones deben ser apoyadas por los pastores, pues son un signo esperanzador. “Por ello, un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los Apóstoles, contribuirá a ordenar este don para la edificación de la única Iglesia” (214).

Ahora bien, para realizar dicha misión, por muy obvio que parezca, hemos de preguntarnos cuestiones esenciales tales como: ¿Qué Dios presentamos?; ¿qué espiritualidad vivimos para esta nueva cultura que nace ignorando a Dios?

Es importante hoy construir un hombre nuevo y construir la unidad en éste mundo roto.

El punto de partida será hoy como ayer el crucificado: “Anunciemos a Cristo Crucificado (1. Cor. 1,23) y resucitado por el poder del Padre (1 Cor 15, 3-4).

Para esto es necesario vivir la conversión, que será ante todo creer. Creer que Dios está presente aún ante una aparente ausencia. “El mundo reclama evangelizadores que le hablen de un Dios que ellos conozcan y les sea familiar como si viesen lo invisible” (EN 76f).

Creer en el Dios de Jesucristo que es un Dios Trinitario, y por eso alejado del individualismo, lejos de toda ansia de poder y de dominio.

Creer en un Dios que lava los pies de los discípulos y se aleja de toda apetencia política, o de brillar, o de prevalecer… Un Dios que se sabe conducido al matadero como un cordero (Hec 8, 32) y que acepta ofrendar su vida voluntariamente (Lc 9, 51) por amor a los hombres.

Un Dios que no se da por ofendido ante las burlas, que cree de verdad en el poder del amor. Lejano al dominio, al prestigio, a la carrera, a todo tipo de influencia. Un Dios que ama, sirve, no juzga, no compite, no domina. Un Dios que muestra con su actitud como se hace la comunión.

Es el Dios de los Santos, que trabaja sin competir, habla sin juzgar, que descubre lo mucho que actúa su Espíritu en el mundo, en cada comunidad, en cada familia y en cada corazón.

Un Dios profundamente optimista que irradia vida y alegría pero que ha sabido beber el cáliz de la Cruz hasta la última gota.

Un Dios que vive crucificado y por amor nos devuelva la vida a nosotros y al mundo. Esta es la fuerza de un auténtico discípulo que alimenta una fe gozosa aún en medio de las pruebas y dificultades (1 Tes. 1,6).

Un Dios que está seguro del amor del Padre y aunque sienta el total abandono se entrega porque sabe que el Padre está construyendo así en la desolación el cielo nuevo y la tierra nueva.

No somos nosotros los constructores del Reino, somos simples colaboradores o siervos inútiles (Lc 17, 10)

Desde esta perspectiva surgen algunas consecuencias: Dios puede servirse de nosotros porque nos sentimos libres de todo, y nos sabemos pertenencia de Dios. De aquí nace nuestra esperanza. (1 P. 3,15).

Creemos en la fecundidad de nuestra vida de entrega, y por tanto mostramos una inmensa felicidad que contagia y arrastra.

Somos, por la gracia de Dios, constructores de comunidades que a su vez viven enamorados del Crucificado.

Creemos que Dios nos envía para ser fermento en la masa.

Ayudamos, orientamos, iluminamos, sostenemos con la fuerza que nace del Crucificado. “Consolamos a los demás con el consuelo con que Dios no ha consolado” (2 Cor. 1,4)

Este ha de ser el Dios que presentamos y el Dios en el cual creemos, el Dios de Jesucristo. El crucificado que porque se entrego sólo por Amor es generador de vida. De todo esto se desprende que “los mejores esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros. Solamente a través de la multiplicación de ellos podremos llegar a responder a las exigencias misioneras del momento actual” (174).

Seguramente que este proceso de formación, que no excluye el momento espiritual, es un largo camino que requiere itinerarios diversificados en el cual se tengan presente los procesos personales y los ritmos comunitarios, continuos y graduales (281). Pues, “llegar a la estatura de la vida nueva en Cristo, identificándose profundamente con Él y su misión” es una meta a alcanzar a lo largo de un iter muchas veces escarpado. Aparecida destaca que “la presencia y contribución de laicos y laicas en los equipos de formación aporta una riqueza original, pues, desde sus experiencias y competencias, ofrecen criterios, contenidos y testimonios valiosos para quienes se están formando” (281).

  1. 5. Comunión y participación

Hoy en día el trabajo aislado rende escasos frutos y muchas veces con una duración no garantizada. Conscientes de ello, los Obispos en Aparecida afirman: “reconocemos el valor y la eficacia de los Consejos parroquiales, Consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo. La construcción de ciudadanía, en el sentido más amplio, y la construcción de eclesialidad en los laicos, es uno solo y único movimiento” (215).

Esto supone, sin descuidar que el mejor plan de pastoral es seguir tras las huellas de Jesús de Nazaret y vivir la caridad diariamente. Que “la Diócesis, camino de pastoral orgánica, sea una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy, con indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”. En esta tarea, “los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (371). Y, ha de considerarse el rol singular de la mujer pues garantizar su presencia efectiva en las instancias de planificación y decisiones pastorales, así como en ministerios enriquece al todo de la Iglesia (458, b).

  1. 6. Los destinatarios privilegiados del Evangelio

Vale la pena citar en toda su extensión el número 550 por la riqueza que el mismo aporta: “Es el mismo Papa Benedicto XVI quien nos ha invitado a una misión evangelizadora que convoque todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño que es pueblo de Dios en América Latina y El Caribe: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, para la difusión de la verdad evangélica. Es un afán y anuncio misioneros que tiene que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad. En este esfuerzo evangelizador – prosigue el Santo Padre –, la comunidad eclesial se destaca por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo entre las casas de las periferias urbanas y del interior, sus misioneros, laicos o religiosos, buscando dialogar con todos en espíritu de comprensión y de delicada caridad. Esa misión evangelizadora abraza con el amor de Dios a todos y especialmente a los pobres y los que sufren. Por eso, no puede separarse de la solidaridad con los necesitados y de su promoción humana integral: Pero si las personas encontradas están en una situación de pobreza – nos dice aún el Papa –, es necesario ayudarlas, como hacían las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amadas de verdad. El pueblo pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la proximidad de la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades más urgentes, como también en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y un Obispo, modelado según la imagen del Buen Pastor, debe estar particularmente atento en ofrecer el divino bálsamo de la fe, sin descuidar el ‘pan material’”.

Esta relación entre el Reino de Dios y la promoción de la dignidad humana, confirma y actualiza la opción preferencial por los pobres -y excluidos- que se remonta a Medellín, a partir del hecho de que en Cristo Dios se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Estas palabras paulinas (2 Co 8,9), repetidas por Benedicto XVI (DI 3), indican un acento tí­pico de la Conferencia: reafirmar el fundamento cristo lógico de la opción preferencial por los pobres. La fe afirma que “los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo” (SD 178), porque “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40).

Aparecida fomenta una renovada pastoral so­cial, reconoce nuevos rostros de los pobres (des­empleados, migrantes, abandonados, enfermos, adictos, presos, parafraseando a Mt 25,31-46), Y promueve la justicia y la solidaridad inter­nacional. La Doctrina social de la Iglesia recobra vigor como iluminación de la convivencia social, a quince años de Santo Domingo y a dieciséis de Centesimus annus, si bien en 2005 se publicó el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia y en Deus caritas est Benedicto XVI se refirió a cuestiones de doctrina y pastoral social (DCE 19-31).

La Iglesia ha de ejercer permanentemente su labor con un humilde espíritu de servicio. Con esta actitud ella busca realizar lo que Jesús declaró con respecto a su misión: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc. 10, 45; Mt. 20, 28). Por tanto, el servicio compromete al seguimiento de Jesús. Ya el Documento de Puebla nos recordaba que el “servicio a los pobres es la medida privilegiada aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo” (DP 1146). Creemos que hay en verdad un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre tiene cerca a Dios. Si el mismo Jesús se ha identificado con los pobres (Mt 25, 35-40), entonces, el “amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 15).

Hemos de estar dispuestos a “lavar los pies” no sólo a quienes más visiblemente exponen su pobreza, sino a todo hombre y mujer que muestre debilidad, aún en medio de una aparente fortaleza. La Iglesia y sus hijos hemos de ser servidores de todos los hombres, especialmente de los más pequeños.

Toda la Iglesia busca salir al encuentro de cada hombre para llevarle el mensaje de salvación. La misión que ella emprende no es realizada por simple estrategia frente a la disminución del porcentaje de fieles católicos, sino para comunicar el inmenso amor de Dios por cada uno de sus hijos.

Desde esta perspectiva se desprenden algunas consecuencias:

Conocemos a Jesús en la medida en que vivimos como discípulos suyos contemplando su rostro con espíritu pobre.

La contemplación de Cristo nos introduce en una personalidad profundamente ligada al Padre en su dependencia voluntaria. Por tanto, Él en cuanto modelo de todo seguimiento, nos enseña a tratar a cada uno como una persona única e irrepetible (Lc 4,40).

Su acogida fraternal ofrecida a todo hombre es para nosotros normativa, así como la fidelidad a su misión. Jesús tiene una meta, y la sigue hasta el fin. Nada lo aparta de ella, ni los fracasos, ni las incomprensiones, ni la soledad, ni siquiera el alejamiento de sus amigos. Con voluntad firme se encamina a Jerusalén (Lc 9, 51).

Abandona en Dios Padre su vida, su historia personal, su camino como siervo y la misma Cruz. Amigo de todos no se dejó monopolizar por nadie. Lo vemos rodeado de pobres y de pecadores para colmarlos de misericordia.

En Él aprendemos los caminos de Dios, las predilecciones del Padre: la no rentable búsqueda de la oveja perdida, la predilección por los “pequeños” y su actitud misionera.

[1] Cf. LG 31

[2] SRS 47

[3] Cf. Dannels, G., «Carta Pastoral “Cristo o Acuario”», Criterio 64 (1990) 295-311.

[4] Ferrara, R., «Nuevos movimientos Religiosos y cristianismo», en Giustozzi, E., Nuevos Movimientos Religiosos, Bs. As., 1994, p. 92.

[5] Capanna, P., «;La religiosidad postmoderna”, en Guistozzi, E., Nuevos Movimientos Religiosos, Bs. As., p. 70.

[6] Ibid., p. 72.

[7] Gerometta, O., Aproximaciones al fenómeno de las sectas” Bs. As., 1995, p. 63.

[8] Cf. Ferguson, M., La conspiración de Acuario: transformaciones personales y sociales en este fin de siglo, Bs. As., 1985; López, L., New Age. ¿La religión del Siglo XXI?, México, 1995, pp. 123-157.

[9] Ratzinger, «La situación actual», p. 5. col. 3.

[10] Höhn, H. J., «Krise der Moderne, Krise der Vernunft?», ZkTh 109 (1987) 21.

[11] Ratzinger, «La situación actual», p. 4. col. 2.

[12] Menke, K. H., Die Einzigkeit Jesu Christ im Horizont der Sinnfrage, Freiburg 1995, p. 33.

[13] Esto no significa que el individuo, tal como postula el budismo, deba negarse a sí mismo. «El sueño de la unión mística parece conducir, en la práctica, a una unión meramente virtual que, al cabo, deja las personas aún más solas e insatisfechas» (Consejo Pontificio de la Cultura, Jesucristo portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la «Nueva Era», 3.2). De ahora en más JPV.

[14] Comisión Episcopal de Fe y cultura, Frente a una nueva era, Bs. As. 1993, p. 23.

[15] Ibid., 25-26.

[16] JPV 2.3.4.2.

[17] Cf. Ibid., 2.3.1.

[18] Cf. Vernette,J., Le New Age, París, (P.U.F.) 1992 (Collection Encyclopédique Que sais-je?), p. 14.

[19] Cf. JPV 2.5.

[20] Ibid., 2.4.

[21] Ibid., 2.3.4.2. Como puede apreciarse en este punto encontramos coincidencias con el pensamiento de la teología pluralista proveniente del racionalismo kantiano.

[22] Cf. JPV 2.3.1.

[23] Matthew F., The Coming of the Cosmic Christ. The Healing of Mother Earth and the Birth of a Global Renaissance, San Francisco, 1988, p. 135.

[24] Cf. JPV 3.3.

[25] CEC 34. 203.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 1989, 14; cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 19; FR 22.

[27] Cf. Gil, J-A, New Age. Una religiosidad desconcertante, Barcelona 1994, pp. 295-296.

[28] Cf. Ibid., p. 206; Franck, B., Diccionario de la Nueva Era, Navarra, 1994, p. 85.

[29] La auto-redención propugnada por la Nueva Era, así como el modo de entender la naturaleza humana es de corte netamente pelagiano (cf. Heelas, P The New Age Movement. The Celebration of the Self and the Sacralization of Modernity, Oxford, 1996, p. 161). Para los seguidores de esta corriente no existe un verdadero concepto de pecado, sino más bien el de conocimiento imperfecto. Las técnicas psicofísicas proporcionarían al hombre la iluminación, la cual a su vez permitirá una mayor inmersión en la totalidad del ser. Pero para alcanzar esta meta una sola vida no basta, por lo que las reencarnaciones se postulan como condición sine qua non para alcanzar dicho objetivo.

[30] Cf. JPV 3.4; 3.5.

[31] Cf. EAm 44

Categorías:Laicos

El lugar de los laicos en Aparecida

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El lugar de los laicos en Aparecida

         Carlos Castro

  1. La vida de nuestros Pueblos hoy

Si la Primera Parte del Documento de Aparecida trata acerca de La vida de nuestros Pueblos Hoy, comenzando por los sujetos encargados de llevar esta vida a su vez recibida (los discípulos misioneros, capítulo 1) y lo hace de modo que todo el capítulo parezca un Himno de alabanza y acción de gracias (cf. nº 23), en el capítulo 2 echará una mirada sobre la realidad haciendo una lectura pastoral de los grandes cambios que suceden en nuestro continente y en el mundo que nos interpelan. De aquí queremos retener que “la novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero” (34). “Esta nueva escala mundial del fenómeno humano trae consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión” (35). Los temas aquí tratados son numerosos y vale la pena al menos mencionarlos para comprender lo que se demandará al laico en particular:

  1. A) en general se trata desde la crisis de sentido de nuestra época (37), la erosión de la tradiciones culturales (38-39), hasta la ideología de género (40).
  2. B) en particular repasará:
  3. Situación Sociocultural: luego de constatar “la variedad y riqueza de las culturas latinoamericanas, desde aquellas más originarias hasta aquellas que, con el paso de la historia y el mestizaje de sus pueblos, se han ido sedimentando en las naciones, las familias, los grupos sociales”, se afirma que “lo que hoy día está en juego no es esa diversidad”, sino “más bien la posibilidad de que esta diversidad pueda converger en una síntesis” (43). Analiza la sobrevaloración de la subjetividad individual que en muchas ocasiones deja de lado la preocupación por el bien común (44).

Entre los aspectos positivos de este cambio cultural, aparece el valor fundamental de la persona, de su conciencia y experiencia, la búsqueda del sentido de la vida y la trascendencia (52). El énfasis en la experiencia personal y lo vivencial nos lleva a considerar el testimonio como un componente clave en la vivencia de la fe (53).

  1. Situación económica: El Papa, en su Discurso Inaugural (DI), ve la globalización como un fenómeno “de relaciones de nivel planetario”, considerándolo “un logro de la familia humana”, pero, al mismo tiempo, no obstante estos avances, señala que la globalización “comporta el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo” (60). Frente a esta forma de globalización, sentimos un fuerte llamado para promover una globalización diferente que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de América Latina y El Caribe no sólo el Continente de la esperanza, sino también el Continente del amor (64).

Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (65).

Con mucha frecuencia, se subordina la preservación de la naturaleza al desarrollo económico, con daños a la biodiversidad, con el agotamiento de las reservas de agua y de otros recursos naturales, con la contaminación del aire y el cambio climático (66).

  1. Dimensión socio-política: Los obispos en aparecida constatan un cierto progreso democrático que se demuestra en diversos procesos electorales. Sin embargo, ven con preocupación el acelerado avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de corte neopopulista (74). No puede haber democracia verdadera y estable sin justicia social, sin división real de poderes y sin la vigencia del Estado de derecho (76).

Cabe señalar, como un gran factor negativo en buena parte de la región, el recrudecimiento de la corrupción en la sociedad y en el Estado, que involucra a los poderes legislativos y ejecutivos en todos sus niveles, y alcanza también al sistema judicial que, a menudo, inclina su juicio a favor de los poderosos y genera impunidad, lo que pone en serio riesgo la credibilidad de las instituciones públicas y aumenta la desconfianza del pueblo (75).

La vida social, en convivencia armónica y pacífica, se está deteriorando gravemente en muchos países de América Latina y de El Caribe por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera (76).

En América Latina y El Caribe se aprecia una creciente voluntad de integración regional con acuerdos multilaterales, también es positiva la globalización de la justicia, en el campo de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad, que a todos permitirá vivir progresivamente bajo iguales normas llamadas a proteger su dignidad, su integridad y su vida (82).

  1. Biodiversidad, ecología, Amazonia y Antártida: América Latina es el Continente que posee una de las mayores biodiversidades del planeta y una rica socio diversidad, representada por sus pueblos y culturas. En las decisiones sobre las riquezas de la biodiversidad y de la naturaleza, las poblaciones tradicionales han sido prácticamente excluidas. La naturaleza ha sido y continúa siendo agredida (83-87).
  2. Presencia de los pueblos indígenas y afroamericanos en la Iglesia: Los indígenas constituyen la población más antigua del Continente. Los afroamericanos constituyen otra raíz que fue arrancada de África y traída aquí como gente esclavizada. La tercera raíz es la población pobre que migró de Europa desde el siglo XVI, en búsqueda de mejores condiciones de vida y el gran flujo de inmigrantes de todo el mundo desde mediados del siglo XIX. De todos estos grupos y de sus correspondientes culturas se formó el mestizaje que es la base social y cultural de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños.
  3. Situación de nuestra Iglesia en esta hora histórica de desafíos: Rescato, entre los aspectos positivos, sin pretensión de ser exhaustivo, los siguientes: la animación bíblica de la pastoral; la renovación litúrgica que acentuó la dimensión celebrativa y festiva de la fe cristiana, centrada en el misterio pascual de Cristo Salvador, en particular en la Eucaristía. El aprecio a los sacerdotes; el desarrollo del diaconado permanente; los ministerios confiados a los laicos; el testimonio de la vida consagrada, su aporte en la acción pastoral y su presencia en situaciones de pobreza, de riesgo y de frontera. La presencia y el crecimiento de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades que difunden su riqueza carismática, educativa y evangelizadora. Se ha tomado conciencia de la importancia de la Pastoral Familiar, de la Infancia y Juvenil. La Doctrina Social de la Iglesia constituye una invaluable riqueza, que ha animado el testimonio y la acción solidaria de los laicos y laicas, quienes se interesan cada vez más por su formación teológica, como verdaderos misioneros de la caridad, y se esfuerzan por transformar de manera efectiva el mundo según Cristo.

Y, en cuanto a las sombras se destaca:

Que el crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional. En promedio, el aumento del clero, y sobre todo de las religiosas, se aleja cada vez más del crecimiento poblacional en nuestra región. Intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II. Infidelidades a la doctrina, a la moral y a la comunión, nuestras débiles vivencias de la opción preferencial por los pobres. “Se percibe un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia Católica”. Se constata el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal. Se percibe una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. De igual forma preocupa una espiritualidad individualista; una mentalidad relativista en lo ético y religioso, la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia, y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos.

En la evangelización, en la catequesis y, en general, en la pastoral, persisten también lenguajes poco significativos para la cultura actual, y en particular, para los jóvenes.

En las últimas décadas, vemos con preocupación, por un lado, que numerosas personas pierden el sentido trascendente de sus vidas y abandonan las prácticas religiosas, y, por otro lado, que un número significativo de católicos está abandonando la Iglesia para pasarse a otros grupos religiosos. Si bien es cierto que éste es un problema real en todos los países latinoamericanos y caribeños, no existe homogeneidad en cuanto a sus dimensiones y su diversidad.

  1. De la simple mirada a la toma de conciencia de ser poseedores de la vida de Jesucristo

La segunda parte, muestra la belleza de la fe en Cristo como fuente de Vida para los hombres y mujeres que se unen a Él, y entran en el discipulado misionero. Considera cuatro dimensiones: alegría, vocación, comunión e itinerario de los discípulos. Es la parte con mayor desarrollo bíblico-teológico. Espigando temas cristológicos, eclesiológicos, antropológicos, teologales, espirituales, pedagógicos y pastorales.

El capítulo tres dice todo en su título: La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Anuncia a Jesucristo, Evangelio de Dios (Mc 1,1) y pre­senta como buenas noticias sus repercusiones en la existencia. Habla de la “buena nueva” de la dignidad humana en la vida, la familia, la actividad humana -trabajo, ciencia y tec­nología- y el destino universal de los bienes, con expresiones que llamarán la atención. La sección no sigue el iter de Gaudium et spes (persona, comunidad, actividad) y carece de un apartado sobre la “buena nueva” de vivir en comunión y convivir en sociedad, aunque culmina con el tema “El continente de la espe­ranza y del amor”.

El cuarto, La vocación de los discípulos misioneros a la santidad, contiene un aporte bastante elaborado a nivel bíblico. Considera el llamado a la santidad recibido en el encuentro y el segui­miento de Jesús, que se lleva a cabo por la ani­mación del Espíritu Santo y Santificador. Pone la santidad en el centro de la vida y de la misión en cuatro tópicos: llamados al seguimiento de Jesucristo, configurados con el Maestro, envia­dos a anunciar el Evangelio del Reino de vida y animados por el Espíritu Santo.

El quinto, que es el que más nos interesa en cuanto estructurador para nuestras reflexiones trata acerca de La comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia. Enseña que la vocación al discipulado del Señor es la con-vocación (ekklesía) a la comunión en su Iglesia. Todo el Pueblo de Dios y todos en el Pueblo de Dios somos sujetos históricos del discipulado y la misión en comunión. En una breve sección eclesiológica señala los espacios de la comunión a partir de las iglesias particulares (las diócesis). En la comunión diversificada de y entre las iglesias locales se ubican otras expresiones eclesiales y pastorales: parroquias, comunidades eclesiales de base y otras pequeñas comunidades, anti­guas asociaciones apostólicas y nuevos movi­mientos eclesiales. En ese marco se contemplan las formas de existencia eclesial o “vocaciones específicas” desde una perspectiva discipular y misionera y empleando varios títulos cris­tológicos. Los fieles laicos y laicas son vistos como discípulos y misioneros de Jesús Luz del mundo.

III. Dos caras de una misma medalla: discipulado y misión

Finalmente, en la Tercera parte: La vida de Jesucristo para nuestros pueblos desarrolla líneas pasto­rales para el futuro con un marcado dinamismo misionero. El capítulo siete, La misión de los discípu­los misioneros al servicio de la vida plena, es decisivo. Considera la Vida nueva que Cristo nos comunica en el discipulado y nos llama a trasmitir en la misión, porque el discipulado y la misión son como las dos caras de una misma medalla. No hay discipulado sin misión y no hay misión sin discipulado. Para realizar aquello fomenta la conversión misionera de las comu­nidades eclesiales y organismos pastorales.

  1. Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús, Luz del mundo

Con un esquema muy ordenado que va de la esencia a la acción en relación a los laicos se nos dice, a partir de LG 31, que ellos “son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”[1].

  1. 1. Los laicos de cara al mundo
  2. 1. 1. El amor que transforma

La experiencia de ser discípulos tiene como punto de partida la conciencia de fe de saber que El, Jesús, nos amó primero. De aquí se sigue el deseo de conocerlo, seguirlo, amarlo e imitarlo. Vivir como El vivió y hacer lo que El nos pidió: “El pasó haciendo el bien” (Hech. 10, 38). Por ello, los laicos como seguidores de Cristo, han de seguir tras sus huellas, amando como Él amo. Y, así como desde los primeros tiempos los paganos quedaban admirados por el amor que manifestaban los cristianos para con todos los hombres (un amor sólo podía tener como fuente al mismo Dios), así hoy en día en nuestra Iglesia ha de brillar la presencia de Dios en nuestro obrar. Somos discípulos del Maestro si nos amamos los unos a los otros (Jn. 12, 34-35). Vivir desde esta convicción es más importante que cualquier plan pastoral (NMI 43) o cualquier proyecto misionero. Hemos de actuar con un espíritu que destaque particularmente la parresía, es decir la valentía, el coraje, la audacia, la fortaleza, en el anuncio del Evangelio.

¿Qué consecuencias puede tener esto en nuestra vida?

El sabernos hijos de un mismo Padre, hermanos en Cristo que servimos a la Santa Iglesia. Por tanto nos ayudamos, hablamos bien los unos de los otros, apoyamos las iniciativas de los otros hermanos, tanto sea con la oración, con el interés, con la presencia física o, al menos mediante una adhesión, etc.

Esto cambia el rostro de nuestra Iglesia, nos hace sentirnos una sola familia, permite verificar y ponderar las divergencias porque en ellas nos sabemos complementarios y nunca competitivos y éste espíritu la gente lo percibe y de ese modo aprende a vivir según el Evangelio.

Por otro lado es la mejor forma de preparar el camino de la fe para tantos hermanos nuestros descreídos. Jesús esto se lo pedía al Padre: “que ellos sean uno como tu Padre está en mí y yo en ti. Que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea” (Jn. 17,21).

Este estilo de vida de caridad después se contagia a las comunidades y a las familias. Estamos convencidos que la virtud de la caridad transforma más la sociedad cuando se traduce en obras que cuando se queda meramente en discursos. “La comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión […] y la misión es para la comunión”. (CH.F.L. 31-32). La caridad vivida desde la alegría que de ella misma nace, nos lanza a la misión porque: “no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hec 4, 20).

Hemos de saber que la conversión personal y pastoral despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de la vida (366). En el caso particular de los laicos esta conversión supondrá una mejor preparación para intervenir comprometidamente en los asuntos sociales (400. 403. 406). “Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se pueda realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer más humana la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano”[2]. Este compromiso social no excluye, sino que asume la atención humanitaria y pastoral de aquellas personas que por múltiples motivos han de dejar su lugar de pertenencia “También se requiere promover la preparación de laicos que, con sentido cristiano, profesionalismo y capacidad de comprensión, puedan acompañar a quienes llegan, como también en los lugares de salida a las familias que dejan” (413).

  1. 1. 2. El ardor que contagia

Como podemos apreciar, la “misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio (…) Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta” (210).

Aún nos suenan las palabras de Juan Pablo II cuando a los Obispos del CELAM, en 1983, en Puerto Príncipe, les hablaba de la nueva Evangelización: “nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones”. Quizás hemos dado pasos significativos (a pesar de que todavía hemos de caminar mucho) acerca de la novedad en la “expresión” y en los “métodos”, pero sería conveniente pedirle al Espíritu Santo nos renueve en el “ardor”. Esta ha sido la primera palabra escogida por el Papa, pues, en cierto sentido, ella es origen de las otras dos. Más aún, la fe cristiana puede designarse como un gran ardor (Lc. 12,49). El ardor apostólico de la Nueva Evangelización brota de una radical conformación con Jesucristo, el primer evangelizador. Por tanto, quien mejor evangeliza es quien vive enamorado del Señor. Los santos, amigos de Jesús, evangelizan viviendo las bienaventuranzas (RMi 90-91) desde una fe sólida, una caridad intensa, y una recta fidelidad. Guiados por el Espíritu, generan una mística incontenible en la tarea de anunciar el Evangelio, y son capaces de despertar la credibilidad para acoger la Buena Nueva de la Salvación. Desde su profunda experiencia de Dios, nutrida en una vida de unión con Él, por medio de la Oración, entusiasman a otros en el seguimiento de Jesús. Es de desear que la vida que comenzó en María, en Juan, en Andrés, y en el resto de sus discípulos, se vuelva a encender en el corazón del cristiano de hoy, y contagie a los demás para que vayan al encuentro del Señor. Los santos son quienes siguen a Jesús, e indican con sus vidas el motivo por el cual lo siguen.

Lamentablemente con la condena al modernismo (DH 3420-3422; 3481-3483; 3451) la teología católica renunció por mucho tiempo al tema de la “experiencia de Dios”. Pero, en realidad, el conocimiento de Dios necesita, como todo conocimiento, de un fundamento que esté en consonancia con la experiencia. La experiencia religiosa abarca: tanto el encuentro objetivo con el Dios que nos colma, como la impresión subjetiva de ese encuentro que se traduce en palabras, actitudes, etc; abarca tanto al individuo que hace la experiencia, como a la comunidad en la cual la realiza. Ella sólo alcanza su verdadero sentido dentro del lenguaje religioso y de la tradición de la Iglesia.

Desde esta perspectiva se siguen algunas consecuencias:

Desde la óptica cristiana, la experiencia de Dios no puede quedar reducida nunca en un genérico “sentido de lo divino”, sino que la experiencia cristiana de Dios sólo puede desarrollarse, por tanto, en coherencia total con el Evangelio.

La experiencia de Dios es necesaria porque cuando nos encontramos con Él y lo seguimos, el Espíritu Santo va transformando nuestra vida, llenándola de luz y felicidad. Entonces, experimentamos el llamado interior de comunicar a los demás al Señor que ha salido a nuestro encuentro y al que hemos acogido cooperando con su gracia (cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 24).

Además, “quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos” (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte 40).

La contratara de esto que venimos diciendo la expresa el Documento en el número 100 cuando dice: “Constatamos el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal. Percibimos una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. De igual forma, nos preocupa una espiritualidad individualista. Verificamos, asimismo, una mentalidad relativista en lo ético y religioso, la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que contiene la Doctrina Social de la Iglesia, y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos”.

En definitiva, “se hace, pues, necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de “auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad” (248).

  1. 2. Los laicos en la acción pastoral de la Iglesia

Ellos “también están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores” (211). Aquí podrían destacarse entre otros servicios cuando se desempeñan “como delegados de la palabra, animadores de asamblea y de pequeñas comunidades, entre ellas, las comunidades eclesiales de base, los movimientos eclesiales y un gran número de pastorales específicas” (99).

  1. 3. Importancia de la formación frente a un mundo relativista

“Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (212).

La fragmentación provocada por la posmodernidad tiene por resultado un difuso sentimiento de anomia permitiendo el surgimiento de códigos sectoriales, fundamentalismos e intolerancia. Fragmentado el discurso se defiende la superficalidad en nombre del relativismo universal y se propone lo sincrético como nuevo modelo. Por su parte, en el plano espiritual se admite la co-existencia de la astrología y el Tarot, el chaman y los extraterrestres, el ocultismo, la reencarnación y la magia, la teosofía, la física cuántica y los péndulos, los channelling, la radiestesia y la numerología, etc. Como podemos apreciar, secularización no es sinónimo de desreligiosización.[3] Hoy asistimos a un nuevo atractivo por lo religioso en cuanto expresión de la posmodernidad como aspiración a un ser-más. Si la religión pervive, no nos extrañe que este condicionamiento cultural sincrético, se encamine a formas extravagantes de lo sagrado: lo «sagrado salvaje».[4] El derrumbe del marxismo soviético, la última utopía de la racionalidad secular moderna, en una existencialidad que la cultura comunicacional ha configurado, ha terminado por poner en duda todos los valores de la modernidad, incluyendo la propia racionalidad. Así: «el vacío ideológico desemboca en el vacío espiritual, y tras siglos de secularismo vuelve a hablarse de Dios, de la vida espiritual y de la salvación»[5].

En lugar de la pertenencia a la religión o fe tradicional en «el mercado religioso» existe una abundante y variada cantidad de opciones espirituales que se ofrecen a los potenciales consumidores[6]. Ahora bien, si la oferta es tan variada, es que las demandas suponen un hombre fragmentado. Un hombre inserto en una cultura que facilita la fragmentación, aunque tenga la apariencia de «globalidad».

«Este individuo necesitado de una sólida referencia al Ser por estar referido a lo inmediato y fragmentario sin la sintaxis del pensamiento, sediento de ser reconocido, y sobre todo necesitado, de un ámbito de participación y compromiso, es el destinatario privilegiado y el objetivo principal de la agresión religiosa escondida en el proselitismo sectario que le promete respuestas a todas sus falencias, sin que a nadie le importe que las respuestas sean verdaderas»[7] .

La posición antirracionalista respecto de la fe declara que lo absoluto ha de ser experimentado, no pensado. Se puede creer en cualquier cosa siempre que a uno «le haga bien», de este modo la religión termina siendo cuestión de preferencia subjetiva sin ningún lazo esencial con la verdad.

«Dios no es una persona que está frente al mundo, sino la energía espiritual que invade el Todo»[8] y, por tanto la religión no será un vínculo que se establece con un Otro, sino «la inserción de mi yo en la totalidad cósmica» a fin de superar «toda división».[9] En el New Age, la desmantelada racionalidad encuentra en parte como sucesores «a sus predecesores, a saber, el mito y la gnosis».[10]

Para sus partidarios «el remedio del problema del relativismo no hay que buscarlo en un nuevo encuentro del yo con el tú o con el nosotros, sino en la superación del sujeto, en el retorno extático a la danza cósmica».[11] Junto con esto, ella ofrece un modelo de religión que postula que lo absoluto no se puede creer, sino experimentar. «El sujeto, que pretendía someter a sí todo, se transfunde ahora en el “Todo”».[12] El éxtasis de sí redime al sujeto individual de la «yoidad»[13] que lo aísla de las riquezas de la realidad cósmica y permite que este retorne allí de donde nuca debía apartarse: del Todo. El principio que explica esto que acabamos de decir podría sintetizarse del siguiente modo: «todo el universo se encuentra regido por un principio de relación recíproca, todo está unido, interconectado, y aún más que eso, cada parte de este universo es en sí misma una imagen de la totalidad».[14] Esta unidad que hermana todo lo existente es concebida como una «hermandad de origen, ya que todo el cosmos está constituido por una misma materia: la vibración primera, divina; todo ha emanado de la Divinidad, es variación de una única y primigenia vibración».[15] El universo es un océano de energía que constituye un todo único o entramado de vínculos. «No Hay alteridad entre Dios y el mundo».[16] En esta visión de un universo cerrado, el cual contiene a Dios y a otros seres espirituales y al mismo hombre, se percibe un panteísmo nivelador.[17] Y, si el hombre pretende encontrarse con Dios, no ha de ir más allá del mundo, sino bucear en lo profundo de su yo para acceder a la divinidad escondida en él.[18]

Uno de los grandes atractivos de esta oferta «religiosa» consiste en el interés que presta al yo individual. Mientras la religiosidad «tradicional» con su organización jerárquica se adapta bien a la comunidad, la espiritualidad de la Nueva Era se adapta al individuo –en particular al individuo «burgués»[19]–. Ahora bien, ¿dónde queda el bien común?, ¿dónde el sentido político de lo humano?. «Las peores consecuencias de toda filosofía del egoísmo, tanto si es adoptada por las instituciones como por amplios sectores sociales, son lo que el Cardenal Joseph Ratzinger define un conjunto de “estrategias para reducir el número de los que se sienten a comer a la mesa de la humanidad”. Este es un criterio clave con el que se debe evaluar el impacto de cualquier filosofía o teoría».[20]

Los exponentes de la Nueva Era al hablar de Cristo mencionan que éste es «un título aplicado a alguien que ha llegado a un estado de conciencia donde el individuo se percibe como divino y puede, por tanto, pretender ser “Maestro universal”. Jesús de Nazaret no fue el Cristo, sino sencillamente una de las muchas figuras históricas en las que se reveló esa naturaleza “crística”, al igual que Buda y otros».[21] Cristo no sería la forma humana de Dios, puesto que el Logos es mayor que Jesús y puede encarnarse también en los fundadores de otras religiones. Lo cual pone de manifiesto que en el Nazareno acontece la realización histórica del hombre puesto que todos los seres humanos son celestes y divinos.[22] «El Cristo Cósmico es el modelo divino que se conecta en la persona de Jesucristo (pero no se limita en modo alguno a tal persona). El modelo divino de conectividad se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1, 14) […] El Cristo Cósmico es el guía de un nuevo éxodo de la servidumbre y de las ideas pesimistas de un universo mecanicista, newtoniano, lleno de competitividad, ganadores y perdedores, dualismos, antropocentrismo, y del aburrimiento que sobreviene cuando nuestro maravilloso universo se describe como una máquina privada de misterio y misticismo. El Cristo Cósmico es local e histórico, indudablemente íntimo a la historia humana. El Cristo Cósmico podría vivir en la casa de al lado o incluso en el interior más profundo y auténtico del propio yo».[23] Para la Nueva Era el Cristo cósmico es simplemente un modelo que puede repetirse en muchas personas, lugares o épocas.[24]

Ahora bien, es claro que para el cristianismo Dios no es una fuerza o energía informe e impersonal de una trascendencia diluida, sino un Ser personal Padre, Hijo y Espíritu Santo, que entra en un diálogo permanente con los hombres.[25] Tampoco puede aceptarse que el hombre deje de ser aquello que esencialmente es: «una criatura y como tal permanece para siempre, de tal forma que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino»;[26] ni que el cosmos sea una emanación del ser divino, sino que ha sido creado de la nada por el Dios personal que crea por un acto puro de amor y con entera libertad.[27] Menos aún puede admitirse que Jesús sea una manifestación más de la conciencia crística semejante a otros líderes religiosos,[28] ni que la persona humana por medio de técnicas pueda salvarse,[29] o incluso elevarse, sin la ayuda de la gracia, con sus solas fuerzas hasta la divinidad.[30]

El Documento de Aparecida insiste en la importancia de la formación de los laicos para poder afrontar esta nueva hora, sea para formar parte de organismos ecuménicos (232), para colaborar en la formación de comunidades cristianas y en la construcción del Reino de Dios en el mundo (282), para mejor dialogar con la cultura de hoy y tener una fecunda incidencia sobre todo en el mundo vasto de la política, de la realidad social y de la economía, como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios y de otras realidades abiertas a la evangelización (283). También es importante promover la formación y acción de laicos competentes, para animarlos a organizarse a fin de defender la vida y la familia, y alentarlos a participar en organismos nacionales e internacionales (469 h). Si han de actuar como fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios y han de mostrar coherencia entre fe y vida, tanto sea en el ámbito político, económico y social, esto exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Para una adecuada formación en la misma, será de mucha utilidad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (505).

Ahora bien, para aprovechar mejor los carismas y servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los laicos, ha de respetarse sus carismas y su originalidad (313).

  1. 4. Ponerse en estado de misión

Los Obispos en Aparecida nos dicen: “Hoy, toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión”. Y, citando Ecclesia in America de Juan Pablo II apunta que dicha misión “no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos[31]. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (213).

Pues bien, es en este contexto en el que se alaba la existencia de asociaciones laicales, movimientos apostólicos eclesiales e itinerarios de formación cristiana, y comunidades eclesiales y nuevas comunidades. Todas estas expresiones deben ser apoyadas por los pastores, pues son un signo esperanzador. “Por ello, un adecuado discernimiento, animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de parte de los sucesores de los Apóstoles, contribuirá a ordenar este don para la edificación de la única Iglesia” (214).

Ahora bien, para realizar dicha misión, por muy obvio que parezca, hemos de preguntarnos cuestiones esenciales tales como: ¿Qué Dios presentamos?; ¿qué espiritualidad vivimos para esta nueva cultura que nace ignorando a Dios?

Es importante hoy construir un hombre nuevo y construir la unidad en éste mundo roto.

El punto de partida será hoy como ayer el crucificado: “Anunciemos a Cristo Crucificado (1. Cor. 1,23) y resucitado por el poder del Padre (1 Cor 15, 3-4).

Para esto es necesario vivir la conversión, que será ante todo creer. Creer que Dios está presente aún ante una aparente ausencia. “El mundo reclama evangelizadores que le hablen de un Dios que ellos conozcan y les sea familiar como si viesen lo invisible” (EN 76f).

Creer en el Dios de Jesucristo que es un Dios Trinitario, y por eso alejado del individualismo, lejos de toda ansia de poder y de dominio.

Creer en un Dios que lava los pies de los discípulos y se aleja de toda apetencia política, o de brillar, o de prevalecer… Un Dios que se sabe conducido al matadero como un cordero (Hec 8, 32) y que acepta ofrendar su vida voluntariamente (Lc 9, 51) por amor a los hombres.

Un Dios que no se da por ofendido ante las burlas, que cree de verdad en el poder del amor. Lejano al dominio, al prestigio, a la carrera, a todo tipo de influencia. Un Dios que ama, sirve, no juzga, no compite, no domina. Un Dios que muestra con su actitud como se hace la comunión.

Es el Dios de los Santos, que trabaja sin competir, habla sin juzgar, que descubre lo mucho que actúa su Espíritu en el mundo, en cada comunidad, en cada familia y en cada corazón.

Un Dios profundamente optimista que irradia vida y alegría pero que ha sabido beber el cáliz de la Cruz hasta la última gota.

Un Dios que vive crucificado y por amor nos devuelva la vida a nosotros y al mundo. Esta es la fuerza de un auténtico discípulo que alimenta una fe gozosa aún en medio de las pruebas y dificultades (1 Tes. 1,6).

Un Dios que está seguro del amor del Padre y aunque sienta el total abandono se entrega porque sabe que el Padre está construyendo así en la desolación el cielo nuevo y la tierra nueva.

No somos nosotros los constructores del Reino, somos simples colaboradores o siervos inútiles (Lc 17, 10)

Desde esta perspectiva surgen algunas consecuencias: Dios puede servirse de nosotros porque nos sentimos libres de todo, y nos sabemos pertenencia de Dios. De aquí nace nuestra esperanza. (1 P. 3,15).

Creemos en la fecundidad de nuestra vida de entrega, y por tanto mostramos una inmensa felicidad que contagia y arrastra.

Somos, por la gracia de Dios, constructores de comunidades que a su vez viven enamorados del Crucificado.

Creemos que Dios nos envía para ser fermento en la masa.

Ayudamos, orientamos, iluminamos, sostenemos con la fuerza que nace del Crucificado. “Consolamos a los demás con el consuelo con que Dios no ha consolado” (2 Cor. 1,4)

Este ha de ser el Dios que presentamos y el Dios en el cual creemos, el Dios de Jesucristo. El crucificado que porque se entrego sólo por Amor es generador de vida. De todo esto se desprende que “los mejores esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros. Solamente a través de la multiplicación de ellos podremos llegar a responder a las exigencias misioneras del momento actual” (174).

Seguramente que este proceso de formación, que no excluye el momento espiritual, es un largo camino que requiere itinerarios diversificados en el cual se tengan presente los procesos personales y los ritmos comunitarios, continuos y graduales (281). Pues, “llegar a la estatura de la vida nueva en Cristo, identificándose profundamente con Él y su misión” es una meta a alcanzar a lo largo de un iter muchas veces escarpado. Aparecida destaca que “la presencia y contribución de laicos y laicas en los equipos de formación aporta una riqueza original, pues, desde sus experiencias y competencias, ofrecen criterios, contenidos y testimonios valiosos para quienes se están formando” (281).

  1. 5. Comunión y participación

Hoy en día el trabajo aislado rende escasos frutos y muchas veces con una duración no garantizada. Conscientes de ello, los Obispos en Aparecida afirman: “reconocemos el valor y la eficacia de los Consejos parroquiales, Consejos diocesanos y nacionales de fieles laicos, porque incentivan la comunión y la participación en la Iglesia y su presencia activa en el mundo. La construcción de ciudadanía, en el sentido más amplio, y la construcción de eclesialidad en los laicos, es uno solo y único movimiento” (215).

Esto supone, sin descuidar que el mejor plan de pastoral es seguir tras las huellas de Jesús de Nazaret y vivir la caridad diariamente. Que “la Diócesis, camino de pastoral orgánica, sea una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy, con indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”. En esta tarea, “los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (371). Y, ha de considerarse el rol singular de la mujer pues garantizar su presencia efectiva en las instancias de planificación y decisiones pastorales, así como en ministerios enriquece al todo de la Iglesia (458, b).

  1. 6. Los destinatarios privilegiados del Evangelio

Vale la pena citar en toda su extensión el número 550 por la riqueza que el mismo aporta: “Es el mismo Papa Benedicto XVI quien nos ha invitado a una misión evangelizadora que convoque todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño que es pueblo de Dios en América Latina y El Caribe: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, para la difusión de la verdad evangélica. Es un afán y anuncio misioneros que tiene que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad. En este esfuerzo evangelizador – prosigue el Santo Padre –, la comunidad eclesial se destaca por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo entre las casas de las periferias urbanas y del interior, sus misioneros, laicos o religiosos, buscando dialogar con todos en espíritu de comprensión y de delicada caridad. Esa misión evangelizadora abraza con el amor de Dios a todos y especialmente a los pobres y los que sufren. Por eso, no puede separarse de la solidaridad con los necesitados y de su promoción humana integral: Pero si las personas encontradas están en una situación de pobreza – nos dice aún el Papa –, es necesario ayudarlas, como hacían las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amadas de verdad. El pueblo pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la proximidad de la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades más urgentes, como también en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y un Obispo, modelado según la imagen del Buen Pastor, debe estar particularmente atento en ofrecer el divino bálsamo de la fe, sin descuidar el ‘pan material’”.

Esta relación entre el Reino de Dios y la promoción de la dignidad humana, confirma y actualiza la opción preferencial por los pobres -y excluidos- que se remonta a Medellín, a partir del hecho de que en Cristo Dios se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Estas palabras paulinas (2 Co 8,9), repetidas por Benedicto XVI (DI 3), indican un acento tí­pico de la Conferencia: reafirmar el fundamento cristo lógico de la opción preferencial por los pobres. La fe afirma que “los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo” (SD 178), porque “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40).

Aparecida fomenta una renovada pastoral so­cial, reconoce nuevos rostros de los pobres (des­empleados, migrantes, abandonados, enfermos, adictos, presos, parafraseando a Mt 25,31-46), Y promueve la justicia y la solidaridad inter­nacional. La Doctrina social de la Iglesia recobra vigor como iluminación de la convivencia social, a quince años de Santo Domingo y a dieciséis de Centesimus annus, si bien en 2005 se publicó el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia y en Deus caritas est Benedicto XVI se refirió a cuestiones de doctrina y pastoral social (DCE 19-31).

La Iglesia ha de ejercer permanentemente su labor con un humilde espíritu de servicio. Con esta actitud ella busca realizar lo que Jesús declaró con respecto a su misión: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc. 10, 45; Mt. 20, 28). Por tanto, el servicio compromete al seguimiento de Jesús. Ya el Documento de Puebla nos recordaba que el “servicio a los pobres es la medida privilegiada aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo” (DP 1146). Creemos que hay en verdad un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre tiene cerca a Dios. Si el mismo Jesús se ha identificado con los pobres (Mt 25, 35-40), entonces, el “amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 15).

Hemos de estar dispuestos a “lavar los pies” no sólo a quienes más visiblemente exponen su pobreza, sino a todo hombre y mujer que muestre debilidad, aún en medio de una aparente fortaleza. La Iglesia y sus hijos hemos de ser servidores de todos los hombres, especialmente de los más pequeños.

Toda la Iglesia busca salir al encuentro de cada hombre para llevarle el mensaje de salvación. La misión que ella emprende no es realizada por simple estrategia frente a la disminución del porcentaje de fieles católicos, sino para comunicar el inmenso amor de Dios por cada uno de sus hijos.

Desde esta perspectiva se desprenden algunas consecuencias:

Conocemos a Jesús en la medida en que vivimos como discípulos suyos contemplando su rostro con espíritu pobre.

La contemplación de Cristo nos introduce en una personalidad profundamente ligada al Padre en su dependencia voluntaria. Por tanto, Él en cuanto modelo de todo seguimiento, nos enseña a tratar a cada uno como una persona única e irrepetible (Lc 4,40).

Su acogida fraternal ofrecida a todo hombre es para nosotros normativa, así como la fidelidad a su misión. Jesús tiene una meta, y la sigue hasta el fin. Nada lo aparta de ella, ni los fracasos, ni las incomprensiones, ni la soledad, ni siquiera el alejamiento de sus amigos. Con voluntad firme se encamina a Jerusalén (Lc 9, 51).

Abandona en Dios Padre su vida, su historia personal, su camino como siervo y la misma Cruz. Amigo de todos no se dejó monopolizar por nadie. Lo vemos rodeado de pobres y de pecadores para colmarlos de misericordia.

En Él aprendemos los caminos de Dios, las predilecciones del Padre: la no rentable búsqueda de la oveja perdida, la predilección por los “pequeños” y su actitud misionera.

[1] Cf. LG 31

[2] SRS 47

[3] Cf. Dannels, G., «Carta Pastoral “Cristo o Acuario”», Criterio 64 (1990) 295-311.

[4] Ferrara, R., «Nuevos movimientos Religiosos y cristianismo», en Giustozzi, E., Nuevos Movimientos Religiosos, Bs. As., 1994, p. 92.

[5] Capanna, P., «;La religiosidad postmoderna”, en Guistozzi, E., Nuevos Movimientos Religiosos, Bs. As., p. 70.

[6] Ibid., p. 72.

[7] Gerometta, O., Aproximaciones al fenómeno de las sectas” Bs. As., 1995, p. 63.

[8] Cf. Ferguson, M., La conspiración de Acuario: transformaciones personales y sociales en este fin de siglo, Bs. As., 1985; López, L., New Age. ¿La religión del Siglo XXI?, México, 1995, pp. 123-157.

[9] Ratzinger, «La situación actual», p. 5. col. 3.

[10] Höhn, H. J., «Krise der Moderne, Krise der Vernunft?», ZkTh 109 (1987) 21.

[11] Ratzinger, «La situación actual», p. 4. col. 2.

[12] Menke, K. H., Die Einzigkeit Jesu Christ im Horizont der Sinnfrage, Freiburg 1995, p. 33.

[13] Esto no significa que el individuo, tal como postula el budismo, deba negarse a sí mismo. «El sueño de la unión mística parece conducir, en la práctica, a una unión meramente virtual que, al cabo, deja las personas aún más solas e insatisfechas» (Consejo Pontificio de la Cultura, Jesucristo portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la «Nueva Era», 3.2). De ahora en más JPV.

[14] Comisión Episcopal de Fe y cultura, Frente a una nueva era, Bs. As. 1993, p. 23.

[15] Ibid., 25-26.

[16] JPV 2.3.4.2.

[17] Cf. Ibid., 2.3.1.

[18] Cf. Vernette,J., Le New Age, París, (P.U.F.) 1992 (Collection Encyclopédique Que sais-je?), p. 14.

[19] Cf. JPV 2.5.

[20] Ibid., 2.4.

[21] Ibid., 2.3.4.2. Como puede apreciarse en este punto encontramos coincidencias con el pensamiento de la teología pluralista proveniente del racionalismo kantiano.

[22] Cf. JPV 2.3.1.

[23] Matthew F., The Coming of the Cosmic Christ. The Healing of Mother Earth and the Birth of a Global Renaissance, San Francisco, 1988, p. 135.

[24] Cf. JPV 3.3.

[25] CEC 34. 203.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 1989, 14; cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 19; FR 22.

[27] Cf. Gil, J-A, New Age. Una religiosidad desconcertante, Barcelona 1994, pp. 295-296.

[28] Cf. Ibid., p. 206; Franck, B., Diccionario de la Nueva Era, Navarra, 1994, p. 85.

[29] La auto-redención propugnada por la Nueva Era, así como el modo de entender la naturaleza humana es de corte netamente pelagiano (cf. Heelas, P The New Age Movement. The Celebration of the Self and the Sacralization of Modernity, Oxford, 1996, p. 161). Para los seguidores de esta corriente no existe un verdadero concepto de pecado, sino más bien el de conocimiento imperfecto. Las técnicas psicofísicas proporcionarían al hombre la iluminación, la cual a su vez permitirá una mayor inmersión en la totalidad del ser. Pero para alcanzar esta meta una sola vida no basta, por lo que las reencarnaciones se postulan como condición sine qua non para alcanzar dicho objetivo.

[30] Cf. JPV 3.4; 3.5.

[31] Cf. EAm 44

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