Acción Católica: Para vivir el Misterio del Cristo Total

Acción Católica: Para vivir el Misterio del Cristo Total

INTRODUCCIÓN

El descanso dominical, las vacaciones de verano y otros momentos en los que el hombre deja aparcado su trabajo profesional y se dedica al ocio, al descanso es, además de un mandamiento de Dios, una necesidad física y psíquica de la naturaleza del hombre.

Uno de los grandes problemas que encuentran los trabajadores de esta sociedad capitalista en la que se cuenta con la bolsa del paro, es que las empresas a veces les exigen renunciar a su tiempo de descanso para dedicarlo al trabajo, haciendo una verdadera injusticia con los hombres. Esto ocurre especialmente con los jóvenes trabajadores, los que están comenzando y tienen menos experiencia y por ello mismo, menos curriculum, y tienen que aguantar más las condiciones que se les ponen.

Cuando llega este tiempo de descanso, lo que hay que hacer es desconectar de la marcha habitual, cortar con todo aquello que ocupa la cabeza durante la mayor parte del tiempo y relajarse para coger nuevas fuerzas.

Por eso hay tanta gente que se va al campo, a pasear por la montaña. El cambio de actividad descansa no sólo el cuerpo, también el alma, la cabeza. Todo el hombre debe tomar aire fresco, respirar con fuerza. Muchas veces es una verdadera necesidad olvidarse de los problemas habituales del trabajo, de la presión de la competitividad. Los mismos niños necesitan jugar, ver cosas distintas, salir y no estar dedicados al colegio y a los estudios como si no hubiera otra cosa.

La televisión ha servido de escape en muchas ocasiones. Desgraciadamente más de lo que debiera. La televisión tiene un especial éxito justamente porque no obliga a pensar, todo nos lo dan hecho. No exige esfuerzo seguir el ritmo de lo que se nos presenta y por ello mismo es una verdadera evasión. En ocasiones hay que aprender a cortar con la televisión también, porque nos encierra mucho en nosotros mismos.

Algunos cristianos tienen el mismo criterio con su fe. Creen que hay que desconectar a veces de lo que es la religión. Son creyentes que cumplen una serie de normas mejor o peor, pero tienen claro que eso que creen no implica sus vidas. Son los que han convertido la fe en una especie de ideología. La fe no cambia mi forma de ser y tengo que saber cuando debo vivirla y cuando debo tomarme un “descansillo”.

Pues bien, el amor a la Iglesia, el compromiso cristiano no consiste en cosas que hacer, sino en ser. La fe implica una vivencia, un seguimiento. Por que no somos pregoneros de buenas ideas, somos discípulos, seguidores de un hombre, de un Hombre que es Dios. Nuestro especial sentir con la Iglesia no es una toma de postura ante determinados temas más o menos conflictivos, es una opción, es un talante, es un deseo de identificarme con ella, porque en ella encuentro sentido a lo que soy, a lo que amo, a lo que sufro. Hacer Iglesia, para un creyente, es serlo, es amarlo, es vivirlo, es disfrutarlo.

EXPOSICIÓN DOCTRINAL

1. LA FECUNDIDAD DEPENDE DE NUESTRA UNIÓN CON CRISTO.

Llevamos todo este curso procurando meditar sobre nuestro amor a la Iglesia, nuestro ser Iglesia, nuestro compromiso de Iglesia. Pero sería ingenuo no descubrir que de ese amor, ser y compromiso surge una espiritualidad propia. Un camino para progresar en la perfección evangélica que siendo seguro es, también, exigente. Es la espiritualidad que debe estar detrás de nuestra formación y de nuestros programas de acción: “no existe conciencia cristiana adulta si no es la fe la que preside, articula, informa y unifica el encuentro que se da en todo militante cristiano entre su ser hombre inmerso en la sociedad y su ser miembro de la Iglesia. Para el cristiano la fe es siempre el primer valor y el criterio decisivo” (La Acción Católica Española, hoy, II, 2, a, 4).

Realmente todo lo que un cristiano busca con la formación y con el trabajo apostólico es la santidad. Ese es el fin primero de la Acción Católica como asociación pública de fieles y el de la Iglesia misma. Juan Pablo II decía en los primeros encuentros que tuvo con los militantes: “La Acción Católica debe apoyarse decididamente sobre la santidad, todos sus miembros han de tener verdadera ansia de santidad” (Audiencia del 30 de diciembre de 1978). Con la finalización del Jubileo del año 2000, lo volvió a repetir, dirigido, esta vez, a toda la Iglesia: “Si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial” más aún, si hemos recibido el bautismo y estamos convencidos de que ha sido un verdadero don para nosotros sabemos que nos hemos puesto en camino del Sermón de la Montaña: ‘sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial’ (Mt 5, 48)” (NMI 31).

Los medios de formación que la Acción Católica pone a nuestro alcance, la misma Revisión de Vida que hacemos en equipo, tiene como primer propósito la conversión del corazón, para poder identificarnos con Cristo, nuestro Maestro y Señor. Cuando hablamos de la formación para tener unidad de vida, no decimos otra cosa que nos formamos para ser cristianos, no meramente para adquirir conocimientos. Queremos ser, queremos vivir, por ello lo que aprendemos nos es útil para mejorar, para descubrir actitudes que debemos cambiar, para vivir conforme a lo que queremos mostrar.

No podemos olvidarlo nunca, nuestro servicio en la Iglesia, sea cual sea, no nace de un altruismo personal, lleno de buena voluntad, como si se trata de una ONG más, ni de un participar de unas ideas hermosas que me parecen acertadas, convirtiendo nuestro ser Iglesia a una ideología. Nuestro trabajo apostólico, nuestra disponibilidad a las necesidades de la Iglesia y del mundo circundante nace de un convencimiento profundo, radical, vital, de que hemos sido elegidos por Dios para vivir con Él, para, finalmente, identificarnos con Él. A eso se le llama aspirar a la santidad.

Puede sonar pretencioso o un tanto exagerado ese deseo de ser santo. Pero no lo es. No olvidamos nuestra pobreza ni nuestra fragilidad, pero lo abandonamos en las manos del Señor, en quien hemos puesto nuestra confianza. Si fuera por nosotros, no nos atreveríamos a desear nada, mas si quien nos llama a la santidad nos la concede si nos abandonamos en Él, podemos estar seguros de alcanzarla. Para ser capaces de tan alta hazaña es necesario algo más que nuestro personal propósito y nuestra valía. Es Cristo, con su gracia quien hace posible, no sólo alcanzarlo, sino incluso desearlo. Con la fuerza de Dios nosotros vencemos el pecado y nuestra mediocridad.

2. SIGUIENDO EL CAMINO DE LA ORACIÓN.

“Os preocupáis por mantener con Él un diálogo constante mediante la oración personal, asociativa y litúrgica, la meditación y la ‘lectio divina’, la constante frecuencia de los sacramentos, de la Eucaristía y de la Penitencia. De la intimidad con el Señor nace el testimonio de la caridad. Y vosotros pretendéis alimentar este crecimiento sobrenatural mediante la regular dirección espiritual, los retiros y los Ejercicios espirituales, la filial devoción hacia la Virgen… Habéis adquirido el compromiso del rezo del Rosario, os habéis consagrado a María. En el camino cotidiano de santificación están junto a vosotros con el ejemplo y el consejo vuestros consiliarios…” (Juan Pablo II, Encuentro con los militantes de la Acción Católica Italiana, 21 de septiembre de 1991).

Lo primero es la oración. Sin ella el cristiano está indefenso, es débil, no puede ni luchar con las dificultades que la vida tiene, ni lanzarse a nuevos retos. Oración personal, y oración comunitaria. Oración que cada uno dirige al Padre con confianza filial y oración que los creyentes, como miembros del Cuerpo de Cristo, hacemos en unión de intención y de amor.

Oración no es sinónimo de abandono de nuestros compromisos más humanos. Nuestra oración, por ser la de los hombres, es profundamente humana y está atravesada de un amor grande por todos los hombres, cuyas intenciones, problemas, miserias y alegrías ponemos ante el Señor. Oración que convertimos en vida, porque queremos que nuestra vida sea iluminada por la de Cristo. “La espiritualidad no es un modo de huir de nuestro entorno sino un modo de vivir nuestra existencia en plenitud, siendo dóciles al Espíritu. Nuestros ratos de oración son momentos que no podemos desconectar del quehacer diario. No son un elemento añadido a nuestra vida, sino que la sustentan. Se trata de que ‘seamos oración’ haciendo de la vida concreta el lugar de nuestro encuentro con Dios” (Permaneced en mi amor, una regla de vida para los jóvenes de Acción Católica de Madrid, 61).

Cuando se habla de oración podemos pensar que se trata de una actividad propia de especialistas, de expertos, de privilegiados o, incluso, iluminados. Nada más lejos de la verdad. La oración es el resultado de un encuentro, del encuentro de Dios con el hombre. La vida de oración es un don que el Señor concede a todos los que con humildad e insistencia se lo piden. Todos podemos convertirnos en ‘profesionales de la oración’. “Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino ‘cristianos con riesgos'” (NMI, 34).

3. LA IGLESIA COMO MEDIANERA.

Junto a la oración, los cristianos contamos con la Iglesia, nuestra Madre, que nos engendró para Cristo en el Bautismo y que no nos abandona en nuestro camino de perfección.

La Iglesia, entre otras cosas, nos parte y entrega el Cuerpo de Cristo, nuestro Señor, en la Eucaristía, y nos sana de nuestras dolencias y torpezas en el sacramento de la Penitencia. Ambos sacramentos vigorizan nuestro empeño de santidad y nos posibilitan el continuar el camino del cielo. Son medios, no fines, en sí mismos, pero son necesarios, puesto que realizan en nosotros la salvación operada por Cristo en la Cruz.

La frecuente recepción de los sacramentos, especialmente el de la Santísima Eucaristía nos une del modo más perfecto posible aquí en la tierra con Cristo (cf. RH, 20). En la Eucaristía no sólo recibimos la gracia de Dios sino al mismo Autor de esa gracia, que se hace presente en el Pan y Vino Eucarísticos, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. La comunión eucarística transforma nuestro ser, nuestro amor, nuestra vida entera.

El sacramento de la Penitencia nos limpia de nuestros pecados, pero por si esto fuera poco, nos concede el don de Dios para vencer, para ser más dóciles, para superar nuestra pobreza. Por eso debemos acudir a él con frecuencia, con alegría, con deseos de identificarnos con Cristo. Por otro lado, la confesión frecuente con el mismo sacerdote, que nos conoce y exige, nos ayudará también a valorar la ayuda de la dirección espiritual, que, una vez más, sin ser en sí misma un fin, ha mostrado tantas veces su eficacia en las aspiraciones de santidad de tantos cristianos y de tantos militantes de Acción Católica.

A través de estos medios, Dios se hace presente. La Iglesia se hace mediadora entre Dios y nosotros, poniéndonos al alcance de la mano la gracia de Dios, la experiencia de su vida, la oración e intercesión de la Comunión de los Santos.

4. CONFIANZA FILIAL EN LA MADRE DE DIOS.

Una nota que identifica a los cristianos es nuestro amor a la Virgen María. En ella encontramos no sólo la atención cariñosa de nuestra Madre, que ya sería bastante, sino un ejemplo, una muestra, una imagen de lo que cada uno de nosotros y todos juntos como miembros de Cristo aspiramos ser algún día.

A Ella acudimos continuamente y en esta ocasión le rogamos por aquellos hermanos nuestros en la fe, hijos suyos, que más lo puedan estar necesitando.

EXAMEN

– ¿Busco en todas mis cosas a Dios y su gloria? ¿intento que todo lo que vivo y hago me ayuden a ser mejor hijo de Dios, a estar más cerca de Cristo? ¿aspiro realmente a la santidad?

– ¿Pongo los medios que están a mi alcance para tener más presencia de Dios a lo largo del día? ¿le pongo al Señor como fin de todas mis obras? ¿le ofrezco el trabajo, la vida de familia, el descanso?

– ¿Soy consciente de que la eficacia de mi apostolado, del de la Acción Católica y el de la Iglesia depende más de mi santidad que de mi esfuerzo personal? ¿procuro que este convencimiento se traduzca en obras concretas?

– Cuando me formo, leo, hago revisión de vida ¿busco la conversión del corazón? ¿quiero dejar al Señor que entre en mi vida con toda su fuerza y exigencia?

– ¿Busco diariamente tiempo para estar con el Señor? ¿lucho por hacer oración personal todos los días? ¿procuro llevar una vida litúrgica? ¿aprovecho los ratos que tengo de oración y los retiros? ¿acudo anualmente a los ejercicios espirituales?

– ¿Acudo con frecuencia a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia? ¿cuido la comunión eucarística? ¿me preparo con piedad para celebrar estos dos sacramentos? ¿tengo dirección espiritual? ¿la vivo con esmero y puntualidad?

– ¿Invoco a María en mis problemas? ¿la tengo presente a lo largo del día? ¿la miro como ejemplo y como ayuda en mi camino de santidad?
TEXTO

La fecundidad de la Acción Católica depende de su unión vital con Cristo . Cada militante de Acción Católica, consciente de su vocación a la santidad , tiene “ansia de santidad. La Acción Católica debe apoyarse decididamente sobre la santidad” .

Como toda santidad cristiana, tiene su comienzo en la consagración bautismal . Es la primera y fundamental vocación que exige de cada uno “el seguimiento y la imitación de Jesucristo” . Es pues una santidad real y concreta, por eso, en el citado discurso del 30 diciembre de 1978, el Papa añadía: “El compromiso de la santidad implica, por ello, austeridad de vida, serio control de los propios gustos y de las propias opciones, compromiso constante en la oración, una actitud de obediencia y de docilidad a las normas de la Iglesia, tanto en el campo doctrinal, moral y pedagógico como en el campo litúrgico.”.

Elemento de la identidad misma del militante de la Acción Católica es “vivir, como discípulos de Jesús y en proceso permanente de formación y conversión personal, los valores del Evangelio” . En el fondo lo que se afirma no es otra cosa que “todos los fieles deben esforzarse según su propia condición por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación” .

En distintas ocasiones la enseñanza del Papa al dirigirse a los miembros de la Acción Católica desciende a hacer una enumeración bastante minuciosa de los medios para alimentar la vida interior. Así, el 21 de septiembre de 1991, a los cien mil militantes de la Acción Católica italiana reunidos en Roma les enseñaba: “Os preocupáis por mantener con Él un diálogo constante mediante la oración personal, asociativa y litúrgica, la meditación y la ‘lectio divina’, la constante frecuencia de los Sacramentos, de la Eucaristía y de la Penitencia. De la intimidad con el Señor nace el testimonio de la caridad. Y vosotros pretendéis alimentar este crecimiento sobrenatural mediante la regular dirección espiritual, los retiros y los Ejercicios espirituales, la filial devoción hacia la Virgen… Habéis adquirido el compromiso del rezo del Rosario, os habéis consagrado a María. En el camino cotidiano de santificación están junto a vosotros con el ejemplo y el consejo vuestros Consiliarios…”.

El carisma específico de la Acción Católica es la vivencia del misterio del Cristo total, Cabeza y Cuerpo. De él surge una espiritualidad propia y peculiar, como camino exigente y seguro para progresar en la perfección evangélica. Esta espiritualidad ha de orientar toda la práctica concreta de la asociación: la formación y los programas de acción. “No existe conciencia cristiana adulta si no es la fe la que preside, articula, informa y unifica el encuentro que se da en todo militante cristiano entre su ser hombre inmerso en la sociedad y su ser miembro de la Iglesia. Para el cristiano la fe es siempre el primer valor y el criterio decisivo” .

Como norma insoslayable tiene que guiarse por la enseñanza insistente de los Papas , y del Concilio Vaticano II, y tiene que llevar a “mirar al hombre con los mismos ojos de Cristo” y a amarlo con el mismo amor del corazón del Hijo de Dios hecho hombre.

Consejo Diocesano de Acción Católica General de Madrid, Ideario, 27-28.

Fuente:
Categorías:Accion Catolica

La tentación, Homilía del Papa Francisco en Santa Marta 20170221

La tentación

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Todos seremos tentados. Es lo que nos recuerdan las lecturas de hoy: la primera (Eclo 2,1-11) recuerda que quien, quiera servir al Señor, se debe preparar para la prueba, para la tentación, y el Evangelio (Mc 9,30-37) narra cuando Jesús anuncia a los discípulos su muerte, pero ellos no comprenden y tienen miedo de preguntarle. Es la tentación de no cumplir la misión. También Jesús fue tentado: primero tres veces en el desierto por el diablo y luego por Pedro ante el anuncio de su muerte.

Pero hay otra tentación de la que habla el Evangelio: los discípulos por el camino discutían sobre quién de ellos sería el más grande, y callan cuando Jesús les pregunta de qué estaban hablando. Callan porque se avergüenzan de esa discusión. Y era gente buena, que quería seguir al Señor, servir al Señor. Pero no sabían que la senda del servicio al Señor no era tan fácil, no era como apuntarse a una asociación de beneficencia, para hacer el bien: no, es otra cosa. Y temían eso. Y luego está la tentación de la mundanidad: desde que la Iglesia es Iglesia hasta hoy, esto ha pasado, pasa y pasará. Pensemos en las peleas parroquiales: Yo quiero ser presidente de esta asociación, colocarme en un puesto. ¿Quién es el más grande aquí? ¿Quién es el más grande en esta parroquia? No, yo soy más importante que aquel, y no el otro, porque hizo…, y aquí, la lista de pecados.

Es la tentación que lleva a hablar mal del otro y a encaramarse. Algunas veces lo decimos con vergüenza los curas, en los presbiterios: Me gustaría aquella parroquia… –Pero el Señor está aquí. –Ya, pero yo quisiera aquella. Lo mismo. No es la senda del Señor, sino la de la vanidad, de la mundanidad. Incluso entre los obispos pasa lo mismo: la mundanidad viene como tentación. Tantas veces: Estoy en esta diócesis, pero miro aquella que es más importante y me muevo para lograr… sí, muevo esa influencia y aquella otra, hago presión, empujo en ese punto para llegar allí… ¡Pero el Señor está ahí!

El deseo de ser más importantes nos empuja a la senda de la mundanidad. Por eso, pidamos siempre al Señor la gracia de avergonzarnos cuando nos encontremos en esas situaciones. De hecho, Jesús le da la vuelta a esa lógica, y recuerda a los Doce que quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos. Recemos por la Iglesia, por todos nosotros, para que el Señor nos defienda de las ambiciones, de las mundanidades de sentirse más grande que los demás. Que el Señor nos dé la gracia de la vergüenza, la santa vergüenza, cuando nos encontremos en esa situación, bajo esa tentación: ¡avergonzarse! Pero, ¿yo soy capaz de pensar así? ¿Cuando veo a mi Señor en la cruz, y quiero usar al Señor para encaramarme? Y que nos dé también la gracia de la sencillez de un niño: entender que solo la senda del servicio… Y me imagino una última pregunta: Señor, te he servido toda la vida, he sido el último toda la vida. ¿Y ahora qué? ¿Qué nos dice el Señor? Di de ti mismo: Siervo inútil soy.

 

fuente:
http://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97263/la-tentacion

Categorías:La voz del papa

¿Qué es la ley natural?

 

Hay una ley natural y esta ¡nos hace libres!

Por: P. Miguel A. Fuentes, IVE | Fuente: TeologoResponde.org
fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/64426/que-es-la-ley-natural

       No sería de extrañar que muchas veces hayas escuchado la palabra ley y la palabra libertad. Tengo suficientes elementos para temer que no te hayan presentado ni de una ni de otra el verdadero concepto.

Hoy en día se exalta mucho la libertad, sin hacer las aclaraciones que corresponden; y no se habla de la ley sino en un sentido empobrecido; y probablemente la mayoría de nuestros contemporáneos se formen una idea de estos dos conceptos como el de dos pugilistas que se dan tortazos sobre el ring de nuestra conciencia. Si yo quiero ser libre, la ley me frena; si intento imponer la ley, confino mi libertad o la de mis semejantes. Con una idea así no tendrán mucho futuro los que quieran hablarme de los mandamientos de Dios. ¡Y qué pensarás de mí si te vengo a decir que los mandamientos de Dios te liberan y te abren horizontes desconocidos! ¿Me creerás o pensarás que hablo como un cura que viene a imponerte mojigaterías?

Y sin embargo, quisiera llamar tu atención sobre este punto, porque si no comprendes la potencia liberadora de los mandamientos y de la ley (natural y divina) te aseguro que no te están desatando ninguna cadena sino que te están robando las piernas con las que camina tu verdadera libertad.

Antes de proseguir, quiero aclarar un punto para que no nos confundamos. Hablaré indistintamente (para simplificar las cosas) de los mandamientos de Dios (o decálogo, o sea diez palabras o leyes) y de la ley natural, como si fueran la misma cosa. No lo son, pero coinciden sustancialmente. La ley natural es la ley que está grabada en nuestro corazón, desde el momento en que hemos sido creados (todo ser la lleva grabada en su naturaleza). El decálogo ha sido revelado por Dios en varias oportunidades; la más solemne fue la revelación de Dios a Moisés sobre el monte Sinaí; pero más veces aún lo repite nuestro Señor en los Evangelios. En realidad el decálogo es una expresión privilegiada de la “ley natural”. Como la sustancia de los mandamientos pertenece a la ley natural, se puede decir que, si bien han sido revelados, son realmente cognoscibles por nuestra razón, y, al revelarlos, Dios no hizo otra cosa que recordarlos (añadiendo indudablemente algunas precisiones o aplicaciones estrictamente reveladas). San Ireneo de Lyon decía: “Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo”[1]. La humanidad pecadora necesitaba esta revelación; lo dice San Buenaventura: “En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad”[2]. Por esto, conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la conciencia moral.

Si comparamos los Diez Mandamientos de la Ley Antigua, los de la Ley de Cristo y la ley natural veríamos esta correlación:

Deuteronomio 5, 6-21 Ley de Cristo Ley Natural
Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado de Egipto, de la servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mi… Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22,7).Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo a Él darás culto (Mt 4,10). Amarás a Dios  sobre todas las cosas.
No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios Se dijo a los antiguos: ‘No perjurarás’… Pues yo os digo que no juréis en modo alguno (Mt 5.33-34). No tomarás el nombre de Dios en vano.
Guardarás el día del sábado para santificarlo. El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es Señor del sábado (Mc 2,27-28). Santificarás las fiestas.
Honra a tu padre y a tu madre. Moisés ha dicho: Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte (Mc 7,10). Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt 5,21-22). No matarás.
No cometerás adulterio. Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,27-28). No cometerás actos impuros.
No robarás. No robarás (Mt 19,18). No robarás.
No darás testimonio falso contra tu Prójimo. Se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos (Mt 5,33). No dirás falso testimonioni mentirás.
No desearás la mujer de tu prójimo.  El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28).  No consentirás pensamientosni deseos impuros.

 

No codiciarás… nada que sea de tu Prójimo. Donde está tu tesoro allí estará tu corazón (Mt 6,21). No codiciarás los bienes ajenos.

 

Como vemos, los preceptos contenidos en la ley natural, que todo hombre puede descubrir con su inteligencia, han sido también revelados por Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo. Y, como explicaremos a continuación, la ley natural proviene de Dios y es en tal sentido “divina”, por eso hablaremos indistintamente de los mandamientos divinos refiriéndonos a ambas cosas.

  1. ¿Qué es eso de una ley natural?

En su discurso a la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 6 de febrero de 2004, el Papa Juan Pablo II señaló de modo muy claro lo siguiente: “Otro argumento importante y urgente que quisiera someter a vuestra atención es el de la ley moral natural. Esta ley pertenece al gran patrimonio de la sabiduría humana, que la Revelación, con su luz, ha contribuido a purificar y desarrollar ulteriormente. La ley natural, accesible de por sí a toda criatura racional, indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral. Basándose en esta ley, se puede construir una plataforma de valores compartidos, sobre los que se puede desarrollar un diálogo constructivo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad y, más en general, con la sociedad secular. Como consecuencia de la crisis de la metafísica, en muchos ambientes ya no se reconoce el que haya una verdad grabada en el corazón de todo ser humano. Asistimos por una parte a la difusión entre los creyentes de una moral de carácter fideísta, y por otra parte, falta una referencia objetiva para las legislaciones que a menudo se basan solamente en el consenso social, haciendo cada vez más difícil el que se pueda llegar a un fundamento ético común a toda la humanidad”[3].

  1. a) Existe una ley llamada “natural”

La existencia de una ley natural es postulada por la misma razón. Si aceptamos la existencia de Dios y la creación de todo cuanto existe por parte de Dios, debemos aceptar la existencia de un plan eterno de Dios sobre la creación; como consecuencia se sigue la existencia de cierta correlación en las creaturas mismas, pues toda regla y medida se encuentra de un modo en el que regula y de otro en el que es regulado. Esto se ve reforzado por la convicción universal (incluidos los pueblos paganos) de un deber moral y de la posibilidad del conocimiento y discernimiento del bien y del mal; también lo vemos considerando el absurdo a que llevaría la negación de una ley de la naturaleza: todas las opiniones morales sería admisibles, por tanto, los vicios podrían ser virtudes y las virtudes vicios, según las diversas concepciones arbitrarias de los hombres. Para un creyente, a estos argumentos se suma el testimonio de la Revelación.

Por eso se dice que la ley natural es la misma ley eterna participada en los seres dotados de razón[4], o, como suele definírsela: una participación de la ley eterna en la creatura racional[5]. Con gran acierto se ha hablado de una “teonomía participada”, decir, el ordenamiento divino de la crea­tu­ra racional hacia su fin último, grabado en la naturaleza humana y percibido por la luz de la razón[6].

Esta ley está presente en todos los seres. Sin embargo, en el hombre tiene algo particular. Las creaturas irracionales se manejan por instintos ciegos; buscan los bienes que los perfeccionan, pero sin entender que son bienes ni que los están buscando; simplemente buscan. No tienen conciencia de buscar; son arrastrados. Se defienden cuando los atacan porque aman instintivamente su vida y no la quieren perder; pero no entienden lo que es la vida. Se aparean y procrean y luego alimentan y defienden a sus crías porque aman ciegamente el bien de la especie, aunque no entiendan lo que es el amor sensible que sienten ni lo que es la especie (por eso, cuando sus cachorros ya no los necesitan más, se olvidan de ellos). Viven en manada porque se deleitan en convivir con los de su propia especie, pero no entienden lo que eso significa. Gozan de estar juntos, pero no hacen amistad. Los instintos son los hilos invisibles que los hacen moverse en el escenario del mundo como las marionetas de un infantil teatro de juguete.

Hay con el hombre una distancia abismal. También él lleva grabado en su ser el Plan de Dios. Pero los suyos no son instintos ciegos. Recibe también de Dios la luz de la razón que le permite descubrir y leer ese Plan, y la libertad para ejecutarlo. En esto consiste su prerrogativa. Dios lo manda al gran teatro del mundo con un libreto lleno de sabiduría y con ojos espirituales para leer y comprender, para amar ese plan y para ejecutarlo. Esa es la ley natural: “En lo profundo de su conciencia –afirma el Concilio Vaticano II–, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (cf. Rom 2, 14-16)”[7].  Este “código está inscrito en la conciencia moral de la humanidad, de tal manera que quienes no conocen los mandamientos, esto es, la ley revelada por Dios, son para sí mismos Ley (Rom 2,14) Así lo escribe San Pablo en la carta a los Romanos; y añade a continuación: Con esto muestran que los preceptos de la Ley están inscritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia (Rom 2,15)”[8].

Se trata, por tanto, de una ley divina, porque ha sido querida y promulgada directamente por Dios; se llama natural no en contraposición a la ley sobrenatural, sino por oposición a la ley positiva (divina o humana). Su nombre propio es “ley divina natural”.

¿Por qué se la llama natural? Ante todo, porque no impone sino cosas que están al alcance de la naturaleza humana razonable, mandadas porque son buenas en sí mismas (la veracidad, el amor de Dios), o prohibidas porque son malas en sí mismas (como la blasfemia, la mentira). Además, porque es conocida por la luz interior de nuestra razón, indepen­dientemente de toda ciencia adquirida, de toda ley positiva e incluso de toda revelación (aunque Dios, en su misericordia también nos la revele). Tal luz nos permite distin­guir entre el bien y el mal por comparación de nuestras in­clina­ciones hacia sus fines propios. Es por eso que, a través de ella puede establecerse el fundamento para determinar la moralidad objetiva universal de las acciones humanas.

Que tenemos esta ley grabada en el corazón significa que nuestra razón es capaz de leer en su propia naturaleza el fin para el que existe (fin que es su verdadera perfección y felicidad) y puede descubrir que, en relación con este fin, todos los demás seres no son sino medios por los que se llega al fin. En el momento en que cada ser humano, llegan­do al uso de su razón, reconoce que tiene un fin último y una causa eficiente de la que siempre depen­de, se da como la promulgación individual o subjetiva que aplica a cada uno dicha ley[9].

  1. b) ¿Cuál es el contenido de esa ley (es decir, qué es lo que manda)?[10]

          Analizando nuestra naturaleza y las inclinaciones naturales o espontáneas que descubrimos en nuestro interior, podemos llegar a formular las cosas que la ley natural nos manda o nos prohíbe. Se trata más bien de una especie de “lectura” que hacemos en nuestra naturaleza.

         Ante todo, descubrimos un mandamiento fundamental. La primera cosa que captamos en el orden práctico es la noción de “bien”: el bien se presenta como aquello que todos los seres apetecen. De aquí nuestra razón capta un primer precepto: se debe obrar el bien y hay que evitar el  mal. A veces reviste otras formulaciones (por ejemplo, “observa el orden del ser”, “cumple siempre tu deber”, etc.), pero éstas no son más que formulaciones derivadas o equivalentes de aquel primer principio, sobre el cual se fundan todos los demás. No debemos reducir esta percepción de que hay que hacer el bien y hay que evitar el mal en el sentido que le daba Kant (para él esto tiene sólo el sentido de una simple obligación de la que no podemos escaparnos); en realidad es infinitamente más rico que esto; lo que nuestra inteligencia capta al percibir el bien es la atracción que éste ejerce sobre todo ser; entendamos, pues, esto en el sentido de que el bien es lo que realmente nos atrae –con fuerza irresistible, como el amor– y el mal nos causa auténtica y raigal repulsa.

Las conclusiones inmediatas. Al decir que nuestra naturaleza se inclina hacia bien y huye del mal, estamos todavía diciendo cosas muy generales; ¿cuál bien, qué mal? Nuestra razón, analizando las inclinaciones propias de nuestra naturaleza podrá a continuación concretar cuál es ese bien (o esos bienes) que nos atraen con su fuerza irresistible (porque en ellos está nuestra perfección) y de aquí podrá expresar en forma de preceptos o mandamientos, los primeros preceptos de la ley natural, llamados también conclusiones inmediatas por ser las conclusiones a las que llega a partir del primer precepto. Ya Santo Tomás descubría en nuestra naturaleza tres tendencias fundamentales del hombre: la que nos corresponde como sustancias (género remoto del ser humano), la que nos corresponde como animales (género próximo) y la que nos corresponde como seres racionales (que es nuestra diferencia específica con el resto del género animal); y esta última, a su vez revela dos facetas complementarias, pues vemos que hay bienes que nos perfeccionarán en el espíritu, mientras que otros nos perfeccionan socialmente[11]. Veamos cada una de ellas:

         La primera inclinación es la inclinación a conservarnos en el ser (el ser, el existir, es el primer bien que nos perfecciona y por eso lo apetecemos). Esta inclinación la tenemos en común con todos los seres y produce en nosotros el deseo de vivir. Esta inclinación natural funda, por ejemplo, el derecho de legítima defensa y, correlativamente la prohibición del asesinato del inocente (el ser es mi perfección, por tanto tengo derecho a que no me lo quiten injustamente; y estoy obligado a hacer yo lo mismo con mis semejantes). Esta inclinación es también la fuente del amor espontáneo y natural de sí mismo; forma en nosotros el amor hacia los bienes naturales, como la vida y la salud; nos inclina a buscar todo lo que es útil para nuestra subsistencia: el alimento, el vestido, la habitación; nos inclina a la acción y también al necesario reposo. Esta inclinación se desarrolla y fortifica por medio de algunas virtudes naturales, de modo particular la esperanza y la fortaleza.

         La segunda inclinación es la inclinación sexual y familiar. Se trata de la inclinación propia de nuestra dimensión animal, y por esta inclinación tendemos a perpetuar nuestra especie. No se trata de una simple inclinación al sexo sino más exactamente es una tendencia al amor entre el hombre y la mujer y a la afección entre los padres y los hijos. Funda el derecho al matrimonio así como el deber de asumir responsablemente las obligaciones conexas y complementarias: el don de la transmisión de la vida, el mutuo sostén, la educación de los hijos que son fruto de esta inclinación, el deber de respetar el matrimonio ajeno. Del análisis de esta inclinación pueden colegirse las falsas formas de sexualidad: la homosexualidad, el autoerotismo (masturbación), la heterosexualidad deliberadamente infecunda (anticoncepción), la heterosexualidad inestable (concubinato y fornicación, incluidas las relaciones prematrimoniales). Esta inclinación es perfeccionada naturalmente por la virtud de la castidad que asegura el señorío sobre la propia sexualidad en vista del crecimiento natural, espiritual y familiar.

La tercera inclinación es la inclinación al conocimiento de la verdad. Nace de nuestra naturaleza espiritual, y se traduce en una espontáneo instinto de búsqueda de la verdad. Es tan natural al hombre que es como constitutiva de su inteligencia; por eso nadie le enseña a un niño a preguntar el porqué de las cosas, y sin embargo, todos los niños, ni bien empiezan a usar su inteligencia quieren conocer todo y quieren que se les explique todo; a veces los vemos como máquinas de preguntar; más exactamente son devoradores de la verdad. El amor de la verdad es el deseo más propiamente humano y está en el origen de toda ciencia. Esta inclinación funda el derecho natural de cada hombre a recibir lo que le es necesario para desarrollar su inteligencia, es decir, el derecho a la instrucción. Pero, por otro lado, también impone el deber fundamental de buscar la verdad y de cultivar la inteligencia, especialmente en el dominio de la moral y de la verdad fundamental que es la verdad sobre Dios[12].

         Esta misma tercera inclinación espiritual tiene otra meta, que es la inclinación a vivir en sociedad. Ya Aristóteles calificaba al hombre como animal social y político. Esta inclinación se basa tanto en motivos de orden material (la imposibilidad del individuo para subsistir por sí solo) cuanto en razones espirituales (la inclinación y necesidad de la amistad, del afecto y del amor humano). Esta inclinación fundamenta todos los derechos sociales y pone límites a una libertad concebida arbitrariamente; así por ejemplo, de esta inclinación puede establecerse la antinaturalidad de la mentira, del robo, de la injusta distribución de los bienes naturales, etc. La virtud de la justicia perfecciona y salvaguarda correctamente esta natural inclinación del hombre.

         Los preceptos segundos de la ley natural. Junto al precepto fundamental de la ley natural y a los primeros preceptos de la ley natural, nuestra razón, trabajando ya de modo más fino, descubre otros fines que nos perfeccionan pero que no tienen ya la evidencia inmediata de los anteriores, sino que son fruto de un razonamiento generalmente científico[13]. Estos constituyen lo que algunos llaman con diversos nombres: derecho natural aplicado, o especial, o segundo, o derivado. Por ejemplo, pertenece a este nivel de principios la ilicitud de la venganza privada, la indisolubilidad del matrimonio[14], etc.

  1. c) ¿Cómo es esa ley natural?

Esta ley natural tiene varias características, las más importantes de las cuales son tres: es universal, inmutable e indis­pen­sable.

         Universalidad. La ley natural es válida para todos los hombres[15]. Niegan esta verdad todos los que defienden algún modo de relativismo cultural o geográfico (o sea, los que sostienen que los principios morales o éticos dependen exclusivamente de cada cultura o cada región; así los que dicen que no tiene el mismo valor moral en homicidio o el adulterio en nuestra cultura occidental que entre los hotentotes). En el fondo estos relativismos confunden el valor objetivo de la ley natural con su posible desconocimiento por parte de algunos hombres. La ley natural es válida para todo ser humano porque se deduce, como ya hemos indicado, a partir de las inclinaciones naturales del hombre. Habiendo unidad esencial en el género humano, los preceptos han de ser necesariamente universales. El hombre, con las estructuras fundamentales de su naturaleza, es la medida, condición y base de toda cultura[16]. Sin embargo, otra cosa es que todos los hombres conozcan todos estos preceptos. En este sentido los filósofos y teólogos distinguen entre los distintos niveles de la ley diciendo que: sobre el precepto universalísimo no cabe ignorancia alguna por su intrínseca evidencia; sobre los primeros preceptos cabe la posibilidad de ignorar algunos, aunque no durante mucho tiempo; esto se agrava en la situación real del hombre caído (pero dicen que es imposible ignorarlos todos en conjunto); finalmente, sobre las conclusiones remotas caben mayores probabilidades de ignorancia inculpable, de oscurecimiento de la razón debido al pecado y de error en el procedimiento del razonamiento práctico. Digamos de paso que esto postula la necesidad moral de la gracia y la revelación para que las verdades religiosas y morales sean conocidas de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error[17].

         Inmutabilidad. La ley natural es también inmutable, es decir, que permanece a través de las variaciones de la historia; subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso[18]. Se opone a esta verdad el relativismo histórico o evolucionismo ético que sostiene que la moralidad está sujeta a un cambio constante (o sea, que una cosa es la moral en nuestro tiempo y otra la moral de los tiempos de Cristo; y otra será la moral del próximo siglo). Nuevamente estamos ante una confusión de planos. Podemos distinguir una inmutabilidad objetiva y una inmutabili­dad subjetiva. Objetivamente hablando la ley natural admite un cierto cambio cuantitativo en el sentido de que puede lograrse con el tiempo una mayor declaración de los preceptos contenidos en ella; pero esto no significa que verdadera cambie sino que los mandatos se van explicitando, concretando y conociendo más. Desde el punto de vista de los sujetos la ley natural es inmutable en cuanto no puede borrarse del corazón del hombre, del mismo modo que no puede éste perder su naturaleza.

         Indispensabilidad. La ley natural no admite excepciones. Santo Tomás aceptaba sólo la posibilidad de la dispensa realizada por el mismo Dios, en cuanto autor de la naturaleza, de algún precepto del derecho natural secundario cuando lo exige un bien mayor, ya que éste salvaguarda sólo los fines secundarios de la naturaleza. Tal es el caso, por ejemplo, de la permisión en el Antiguo Testamento de la poligamia y del divorcio[19]. Pero nunca hay excepción ni dispensa de ningún precepto primario[20]; por eso, las aparentes excepciones que admite la moral en los casos de hurto y homicidio no son verdaderas excepciones de la ley natural, sino auténticas interpretaciones que responden a la verdadera idea de la ley[21].

  1. Nuestra idea equivocada de los mandamientos

Dichosos los que guardan sus leyes…

                   ¡Ojalá mis caminos se aseguren

                   para observar tus preceptos!

                   …Enséñame tus mandamientos…

Éstas son palabras de la Biblia, tomadas del Salmo 119, titulado “Elogio de la Ley divina”. No dejará de sorprender la lectura atenta de este Salmo a quien tenga de la ley una idea más bien gris. De hecho, ¿cuál es el concepto vulgar que tenemos de los mandamientos divinos? Podemos decir que la mayoría de los cristianos tienen de ellos el concepto de un “alambrado”. Es decir, pensamos que los mandamientos nos pondrían el “límite” de nuestro obrar; indicarían algo así como el mínimo tolerable: quien los traspasa “peca”. Son pues como un alambrado: “más allá no se puede ir”.

Incluso muchas personas buenas piensan así; o así trabaja su subconsciente.

Basta prestar atención a muchas preguntas que corrientemente debe escuchar el sacerdote. Los hombres de negocios preguntan: ¿cuál es el mínimo que uno tiene que declarar al pagar sus impuestos? Otros preguntan: ¿hasta qué hora se puede llegar tarde a Misa sin perder el precepto? ¿Vale si llegamos después de la predicación? ¿Y si llegamos después del Credo? A algunos novios se les escucha: ¿qué es lícito hacer a los novios durante el noviazgo? ¿cuáles tratos son pecado? ¿hasta dónde se puede llegar sin pecar?… ¡Y podríamos hacer una lista interminable!

En el fondo, ¿qué pedimos? ¡Que nos indiquen el mínimo de la moral! O sea, regateamos con Dios; le pedimos un “descuento” en los mandamientos.

Quienes piensan así, también suelen decir con el mayor desparpajo: “Yo no soy una persona mala. No digo que cumplo todos los mandamientos; pero cumplo la mayoría...”.

¿Qué idea se nos ha formado de la ley natural y de los mandamientos de Dios? Es como un alambrado de ocho hilos de púa que nos prohíbe pasarnos al campo del vecino… ¡el cual, por otra parte, siempre parece más verde que el nuestro! Pero ¿qué es lo que sucede cuando la vemos de esta manera? Lo mismo que les sucede a las vacas que están encerradas en un campo de pastos mustios, separadas por un alambrado de otro campo de atrayente verdura y olorosa fragancia: se pasan el día pegaditas al alambre, mordisqueando las matitas de alfalfa que se cuelan entre los hilos y mirando con lánguida ilusión la pradera vecina.

Algo semejante ocurre con los cristianos que ven así los mandamientos: se pasan la vida coqueteando con el pecado y envidiando a los que sin escrúpulos viven libertinamente. A estos Pemán les recuerda:

¡Qué mal equilibrio es

este andar pies tras pies

por la orilla de un volcán!

 

Este modo de entender la ley y los mandamientos es ajeno a nuestra fe; o mejor dicho, es opuesto. Empezó con la idea que difundió un mal fraile llamado Guillermo de Ockam, quien pensaba que Dios nos manda cosas con cierta arbitrariedad. Ockam reconocía que para salvarnos tenemos que cumplir lo que Dios nos manda; pero también decía que Dios podría perfectamente cambiar de opinión y mandarnos lo contrario de lo que nos manda ahora, y hacer que lo que ahora es vicio pase a ser virtud, y lo que ahora es virtud se califique como vicioso. Llegó a decir que si Dios en lugar de mandar que lo amemos sobre todas las cosas preceptuase que le tengamos odio, ¡el odio a Dios sería virtuoso y obligatorio![22]. Ockam fundó el voluntarismo puro que afirma que es la voluntad la que determina el bien y el mal, independientemente de la inteligencia. Hace ya varios siglos que venimos pagando el pato de su equívoco: todos los que creen que una mala acción (como la anticoncepción, la esterilización o el aborto) es lícita porque la ley lo permite, son hijos legítimos de Ockam, como son retoños suyos los que en la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1997, dijeron: “Hay que elaborar una nueva ética para un mundo nuevo, un nuevo código universal de conducta: reemplazar los diez mandamientos por los dieciocho principios de esta carta”. Y los dieciocho principios de esa carta no hacían otra cosa que afirmar la licitud de la anticoncepción y el aborto, el derecho a la esterilización, el derecho de los homosexuales y lesbianas a casarse y adoptar niños, el derecho a repartir anticonceptivos a los menores de edad, etc.[23].

Las cosas son muy distintas, y debemos tenerlo muy claro en nuestra cabeza (y ésta hay que conservarla fría). Los mandamientos divinos, así como la ley natural en la que están contenidos, no sólo emanan de la Voluntad divina, sino fundamentalmente de su Inteligencia. Como enseña la Escritura, la Tradición, el Magisterio, la Teología y el sentido común que Ockam se olvidó de consultar: la ley divina es el plan de la Sabiduría de Dios. Por eso el Salmo 107, mencionando la actitud de los pecadores dice: Se rebelaron contra los mandamientos, despreciando el Plan del Altísimo (Sal 107,6). Éste es el Plan según el cual ha creado todo el universo y lo dirige y cuida. Plan según el cual ha hecho todas las cosas de una manera determinada. Como dice la Escritura: Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso (Sb 11,20).

Cada naturaleza determinada sólo puede ser perfeccionada por bienes determinados, como en cada cerradura sólo entra una llave; si meto la llave equivocada rompo la cerradura. Por esta razón en cada ser del universo, incluido el hombre, encontramos inclinaciones naturales hacia los bienes que las perfeccionan. Buscar esos bienes, por tanto, no es sólo una obligación, es un “deseo”, una “tendencia” de la naturaleza y una “vocación”. Porque el bien atrae aquello para lo cual es bien.

Ya dijimos que esa ley se condensa en lo expresado por los Diez Mandamientos; por tanto, los mandamientos no hacen sino indicarnos los “bienes” que nos perfeccionan y nos ayudan a precavernos de los males que nos degradan y rebajan arruinando nuestra naturaleza. También dijimos que esos mandamientos están grabados en nuestra naturaleza y también han sido revelados; ¿por qué? Porque con el pecado, el hombre perdió su norte moral y religioso y trajo sobre su conciencia el embotamiento. Se quedó con el libreto, pero se tornó miope para leerlo; parece un corto de vista intentando leer a media luz. Por este motivo, cuando Moisés bajó del Monte Sinaí donde Dios le reveló su ley, traía en realidad la misericordia de Dios esculpida en dos tablas de piedra. Dios repitió para el hombre sordo y ciego los mandamientos divinos. A su vez, Jesucristo, al fundar la Nueva Ley, interiorizó y elevó por la gracia esa misma ley repitiendo varias veces la necesidad de observar los mandamientos de Dios. En el Sermón de la Montaña, Jesús reveló o develó el sentido originario de los Diez Mandamientos, mostrando todas sus exigencias y dándoles pleno cumplimiento. De este modo, Jesucristo develó el designio primordial de Dios sobre el hombre. Se cumple así lo que dice el Salmo: Todos tus mandamientos son verdad (Sal 119,86). La verdad sobre el hombre.

La Ley divina es, pues, un faro, una luz espléndida que va iluminando nuestro camino.

¿Cómo el joven guardará puro su camino?

         Observando tu palabra (Sal 119,9).

Guardar “puro” el camino es guardarlo seguro… ¿Qué mejor educación puede haber que hacer “entender” la sabiduría escondida en los mandamientos de Dios? No basta con saberlos: hay que entenderlos.

En tus ordenanzas quiero meditar

         y mirar tus caminos (Sal 119,15).

Abre mis ojos para que contemple… (119,18).

Tus mandamientos no me ocultes (119,19).

Hazme entender, para guardar tu Ley

         y observarla de todo corazón (119,34).

¿Qué significa “conocer” los mandamientos? Tres cosas: primero, saberlos; segundo, conocerlos interiormente; tercero, entender su íntima e indisoluble conexión.

Lo primero es lo más fácil. La mayoría de los cristianos han aprendido en su catecismo, o en su familia, cuáles son los diez mandamientos de la ley de Dios (aunque no todos, para vergüenza de los cristianos y de los sacerdotes que los deben enseñar). Pero para conocerlos bien hay que meditarlos en el corazón:

Con mis labios he contado

         todos las sentencias de tu boca.

         En el camino de tus dictámenes me regocijo

         más que en toda riqueza.

         En tus ordenanzas quiero meditar

         y mirar a tus caminos.

         En tus preceptos tengo mis delicias,

         no olvido tu palabra (Sal 119,13-16).

¡Oh, cuánto amo tu ley!

         Todo el día la estoy meditando (Sal 119,97).

Lo segundo significa comprender el valor de cada mandamiento, es decir, todo su contenido. Hay que reconocer que no todos saben todo lo que cada mandamiento implica. Por ejemplo, no todos saben que cada mandamiento incluye un aspecto positivo (un bien que hay que procurar o defender) y un aspecto negativo (prohíben los actos que ponen en peligro esos bienes). Los mandamientos tutelan, es decir, protegen, defienden y promueven los bienes fundamentales de la persona. Los bienes sin los cuales, una persona no puede ni madurar, ni perfeccionarse, ni ser feliz. Así, por ejemplo:

El primer mandamiento (Amarás al Señor sobre todas las cosas) abarca todas nuestras relaciones teologales con Dios, ordena nuestros actos de fe, esperanza y caridad; y también nos ejercita en la virtud de la religión con los actos de adoración, oración, sacrificios, etc. Nos preserva de todas las perversiones religiosas que amenazan al hombre: la superstición, la idolatría, la irreligión, el ateísmo, el agnosticismo.

El segundo mandamiento (No tomar el Nombre de Dios en vano) engendra en nosotros el respeto por Dios y por todo lo sagrado, nos da un auténtico sentido de la religión, y suscita la alabanza de Dios en nuestros labios.

El tercer mandamiento (Santificar las fiestas) nos hace aprender a dedicar nuestra vida a Dios, y también nos enseña a saber descansar y cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa.

El cuarto mandamiento (Honrar a los padres) nos conquista las virtudes familiares y sociales: el respeto entre padres, hijos y hermanos, hace de toda familia una “iglesia doméstica”, y humaniza y cristianiza toda la sociedad.

El quinto mandamiento (No matarás) nos enseña a respetar y valorar el don de la vida y la dignidad de toda persona humana, garantiza la paz en la sociedad y en el mundo.

El sexto mandamiento (No cometer actos impuros) educa en la virtud de la castidad y en el dominio de las emociones, y por tanto, garantiza la verdadera libertad humana liberándonos de la esclavitud de las pasiones desordenadas. Hace brillar la castidad en todos sus regímenes: en la virginidad consagrada, en el noviazgo, en el matrimonio. Garantiza la fidelidad entre los esposos.

El séptimo mandamiento (No robarás) ordena nuestras relaciones con los bienes materiales. Nos ayuda a ser respetuosos de los bienes, a despegarnos de ellos, a ser generosos con lo que tenemos, a ser justos en nuestra vida laboral y económica, nos enseña a amar y ayudar a los más pobres.

El octavo mandamiento (No dar falso testimonio ni mentir) nos hace amar la verdad y vivir en la verdad. Garantiza la honradez y la franqueza entre los hombres. Es prenda de verdadera amistad.

El noveno mandamiento (No desear la mujer ajena) lleva la castidad y la pureza al campo de los pensamientos y deseos, nos hace puros de corazón y verdaderamente libres.

El décimo  mandamiento (No codiciar los bienes del prójimo) ordena nuestro corazón hacia los bienes terrenos y nos libra de la tiranía de la codicia y de la avaricia y nos quita la tristeza que todo apego produce.

Se comprende así que el libro de los Hechos de los Apóstoles, llame a los mandamientos Palabras de vida (Hch 7,38).

Educar según los mandamientos significa, según mi punto de vista, hacer entender cuáles son los bienes a los que nos conducen los mandamientos, hacerlos valorar como bienes, es decir, presentarlos como “amables”, y hacer comprender por qué es necesario amarlos y practicarlos. También significa hacer entender que no sólo “hay que hacerlos porque Dios los manda”, sino que “Dios los manda porque en ellos está nuestro bien y nuestra felicidad”. Antes que mostrar su Autoridad, Dios muestra su infinita Bondad al iluminar de esta manera nuestro camino hacia la felicidad.

Debemos convencernos que jamás seremos felices si no vivimos estos bienes en nuestra vida. No solamente porque si no cumplimos los mandamientos no podremos salvarnos, sino también porque seremos unos infelices incluso en esta vida terrena; es decir, no pasaremos de ser mediocres.

Los mandamientos, pues, no son un alambrado que nos limita y castiga, prohibiéndonos cruzar al campo feliz. Por el contrario, son un Faro Sobrenatural que nos conduce por el camino seguro en medio de las tormentas de la vida. Son guías luminosas en nuestro itinerario de perfección. Recordemos lo que dice el Salmo:

La ley de Yahveh es perfecta,

         consuelo del alma,

         el dictamen de Yahveh, veraz,

         sabiduría del sencillo.

         Los preceptos de Yahveh son rectos,

         gozo del corazón;

         el mandamiento de Yahveh es claro,

         luz de los ojos…

         Los juicios de Yahveh son verdad

         justos todos ellos,

         apetecibles más que el oro,

         más que el oro más fino;

         sus palabras más dulces que la miel,

         más que el jugo de panales (Sal 19,8-9. 10b-11).

Tu palabra es una antorcha para mis pies,

         una luz en mi sendero (Sal 119,105).

 

  1. Los mandamientos y nuestra madurez

Si alguna vez escuchas que una persona madura no se deja manejar por nada ni por nadie y que, por eso, es inmadurez “atarse” a cualquier ley o a cualquier mandamiento, ¡no te tragues esa píldora! Me animo a decirte que la realidad es tan distinta de este slogan que llega a ser precisamente lo contrario. Porque, si has entendido lo que hemos dicho hasta aquí, comprenderás que todo proceso de auténtica maduración pasa por hacer carne lo que los mandamientos preceptúan. La inmadurez afectiva, psicológica y espiritual, siempre hunde sus raíces en la incomprensión de uno o más de uno de los mandamientos y, por tanto, en la ausencia de los bienes que ellos nos exigen mantener firmes en nuestra vida. Preguntemos, si no, a cualquier psiquiatra o psicólogo, cuáles son los tipos de inmadurez y nos responderá que corresponden a las personas que son incapaces de llevar adelante una vida familiar, o son incapaces de vivir la castidad propia de su estado, o aquellos que son inestables en sus compromisos, los que mezclan siempre la verdad con la mentira, los que son dependientes de cosas superfluas, los que no encuentran sentido a la vida, los que son incapaces de perdonar los ultrajes, los resentidos, los irremediablemente superfluos, etc. A todos estos le falta algún bien que podrían alcanzar si respetasen los mandamientos divinos.

¡Qué buen programa de educación para los padres, maestros, catequistas y sacerdotes, es el ayudar a comprender la Sabiduría de los mandamientos de Dios!

No me refiero sólo a que deberían enseñar cuáles son los mandamientos, sino a que deberían enseñar a vivirlos. A veces me preguntan: ¿qué cosas debemos tener en cuenta para formar a nuestros hijos, o a nuestros alumnos, o a nuestros dirigidos en el camino de la madurez o de la perfección? Pues hay que empezar por mirar a qué apuntan los mandamientos de Dios. Por ahí empezó Jesucristo. Al joven rico que se le acercó preguntándole: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?»…. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» –le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 19,16-19). Los mandamientos, al inclinarnos sobre los bienes fundamentales se convierten en condiciones para adquirir las virtudes. Y sólo el hombre virtuoso es hombre en sentido auténtico, pleno y maduro.

Sin embargo, debo insistir en un tercer elemento. Se trata del hecho, muchas veces insuficientemente comprendido, de que los mandamientos deben ser observados en todo su conjunto. Es decir, o se observan ¡todos! o el edificio se desmorona. Ningún vendedor de propiedades nos ofrecería una casa diciendo: “Yo le recomiendo esta casa: es muy amplia, tiene dos pisos, terraza, vista al mar, gas natural y teléfono; es verdad que tiene una grieta que ya partió los cimientos y alguna de las vigas… pero no deja de ser muy cómoda”. ¡Todo derrumbe comienza por una grieta!

¿Qué pensar entonces cuando alguien nos dice que él es bueno porque no roba ni mata? A uno le dan ganas de decirle: ¡Seguí, te faltan sólo ocho cosas más!

El Papa Juan Pablo II lo ha dicho claramente haciendo referencia a los actuales crímenes contra la vida: “El conjunto de la Ley es, pues, lo que salvaguarda plenamente la vida del hombre. Esto explica lo difícil que es mantenerse fiel al no matarás cuando no se observan las otras palabras de vida (Hch 7,38), relacionadas con este mandamiento. Fuera de este horizonte, el mandamiento acaba por convertirse en una simple obligación extrínseca, de la que muy pronto se querrán ver límites y se buscarán atenuaciones o excepciones”[24].

Muchos que terminaron en auténticos desastres morales empezaron claudicando por algún mandamiento particular. Un pecado llama a otro pecado.

Si no cumplimos todos los mandamientos, no debemos engañarnos creyendo que cumplimos la ley de Dios. Por eso hay que insistir con todas las fuerzas: los padres y educadores no pueden contentarse con que los niños y jóvenes eviten lo peor –que no se droguen o no cometan delitos– sino que deben educarlos en todos los valores de la persona. ¡Cuántos padres ven que sus hijos se inician en el alcoholismo o en la droga después de haberles hecho tantas recomendaciones de que no lo hicieran! Sí, hicieron muchas recomendaciones, pero sólo en un sentido: el de la droga o del alcohol. Pero descuidaron educarlos en la castidad, en el pudor, en el dominio de sí, en la prudencia sobrenatural, en la modestia, en evitar la frivolidad, en la oración. ¡No se puede hacer un gran hombre ni una gran mujer sólo con un par de virtudes!

En el fondo debemos entender y hacer entender que hay una gigantesca verdad escondida en aquellas palabras de Cristo: El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra… El que no me ama no guarda mis palabras (Jn 14-21-24). Digo “verdad escondida” porque muchos entienden esta frase de un modo que está bien, pero es incompleto. Piensan que Jesús está diciendo que el que quiere amarlo a Él acepta la condición de cumplir sus palabras o mandamientos. Pero Jesucristo también está diciendo que el mismo amor hacia Él los empujará a amar lo que contienen sus palabras o mandamientos. Para el que ama verdaderamente los mandamientos no son condiciones, u obligatorios, sino “atrayentes”; los mandamientos se les manifiestan como viae amoris, senderos del amor.

Para el que ama a Dios con corazón puro, la castidad, el respeto, la veracidad, y los demás bienes contenidos en los mandamientos, lo atraen, lo encandilan, lo enamoran. Para el duro de alma, en cambio, cumplir todos estos bienes son sólo una dura carga que debe transportar si no quiere  condenarse. Esta segunda visión de los mandamientos es la que tenían muchos hombres antes de la encarnación del Verbo. La primera es la que tienen los que pertenecen en espíritu al Nuevo Testamento, porque la gracia infundida en los corazones nos inclina por amor a lo mismo que mandan los mandamientos. Por eso dice Jesús: Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30).

Para el corazón duro y principiante, los mandamientos son como un turno con el dentista: vamos porque de lo contrario se nos caen los dientes, pero ¡con qué gusto huiríamos! Para el corazón amante lo que prescriben los mandamientos les suena igual que a un niño a quien le imponen la obligación de comer helado todos los días. ¡No creo que debamos repetírselo dos veces!

Muchas veces, los educadores (pienso en padres, maestros, profesores y catequistas) caen en este error. Enseñarle a los niños y a los jóvenes que hay que respetar al prójimo, que no hay que robar ni mentir, que hay que evitar las malas conversaciones y los actos impuros, que hay que ir a Misa todos los domingos, y no calumniar, etc., insistiendo sólo en la obligación, el deber, el castigo que merecen los que no cumplen esto, etc., es apuntar la educación hacia un rumbo equivocado.

¡Ojo, no quiero decir que esto no sea también necesario! Hay que ser realistas. Santo Tomás, comentando al viejo filósofo Aristóteles, decía: “las palabras persuasivas pueden incitar y mover al bien a muchos jóvenes generosos, que no se hallan sujetos a vicios y pasiones y que poseen nobles costumbres, en cuanto tienen aptitud para las acciones virtuosas”[25], pero “hay muchos hombres que no pueden ser incitados a ser buenos por las palabras, pues no obedecen a la vergüenza que teme la deshonestidad sino que más bien son refrenados por el temor de los castigos. En efecto, no se apartan de las malas acciones por la torpeza de las mismas sino porque temen a los castigos o penas, porque viven según las pasiones y no según la razón… y huyen de los dolores contrarios a los deleites buscados, los cuales dolores les son inferidos por los castigos. Pero no entienden lo que es verdaderamente bueno y deleitable, y tampoco pueden percibir o gustar su dulzura”[26].

Esto es cierto. Pero reducir toda la educación a esto es un error. No hay que olvidar que los propios padres comienzan a educar a sus hijos antes que cualquier pasión comience a dominarlos. Ellos sí pueden empezar a educarlos en el amor al bien y a los bienes mandados por Dios.

Por tanto, el principal énfasis que debe darse en la educación, es hacer brillar las virtudes ante los ojos de los niños y jóvenes. ¿Para qué? Para que se enamoren de ellas. El amor hará luego el resto.  ¡Claro que esto es mucho más exigente! Porque  no se puede enseñar a amar lo que uno no ama. Ni exigirles a los demás lo que uno mismo no hace en su vida. La primera enseñanza es la del ejemplo; pero muchos no se animan a dar ejemplo. A muchos les resulta comprometedor tratar de enamorar a sus hijos de bienes y valores tales como el ser fieles a Dios, la obediencia a la Iglesia, el amor por los pobres, la modestia y la castidad, el desprendimiento de las cosas, etc… Tienen miedo que sus hijos les pregunten:  “Pero, si esto es tan hermoso, ¿por qué vos no vivís así?”. Por eso, a los padres o catequistas que no quieren ser virtuosos, que no quieren ser santos, les resulta más cómodo enseñar los mandamientos como si fueran leyes de tránsito: “prohibido doblar en U”, “máxima 60”, “velocidad controlada por radar”, “mantenga la derecha”, “no sobrepase en las curvas”… El camino de la vida se hace muy difícil visto sólo desde ese punto; y por eso, en la primera crisis religiosa o moral, pisan el acelerador, aunque sepan que pueden chocar de frente con un camión.

Por tanto, resumiendo lo que he querido decir aquí:

1º Todos los educadores deben prepararse mucho mejor en el conocimiento de la ley moral de Dios. Hay que saber que es una ley de virtudes, y que a esas virtudes apuntan los mandamientos; y que sólo se entiende la belleza de la ley divina cuando se la cumple toda entera. Si estás estudiando un profesorado, una carrera pedagógica, un magisterio, ten esto muy en cuenta.

2º Hay que interiorizarse con la Ley de Dios. Hay que conocerla de modo sabroso, meditado, interiorizado. Conociendo no sólo lo que manda sino el por qué se manda. Conocer el brillo propio de cada virtud.

3º Hay que conocer también a los grandes hombres y mujeres que han hecho brillar en sus vidas las virtudes, como Don Orione o la Madre Teresa de Calcuta la caridad con los rechazados, los innumerables mártires la fortaleza, el padre Miguel Pro la alegría y el humor en las pruebas, San Francisco Javier el celo misionero, María Goretti la virginidad hasta el martirio, Santa Teresita la fidelidad a las cosas pequeñas, etc.

4º Hay que tomarse el trabajo de hablar con los hijos o con nuestros alumnos y amigos sobre los mandamientos y las virtudes, y tomarse el tiempo para educarlos y enamorarlos de Dios. Hay que prepararlos para la vida y para las dificultades. El Padre Lebbe, que fue un misionero que llegó a China a principios del 1900, cuando recién terminaba la persecución de los Boxers que dio muchos mártires a la Iglesia, contaba en sus cartas emocionantes ejemplos de cómo los padres preparaban a sus hijos para que no abandonasen la fe en medio de los tormentos. Él cuenta de un padre que “advertido del peligro que corría, reunía diariamente a sus hijos exhortándoles a mantenerse valientemente hasta la muerte en la fe de Cristo. Este hombre preguntaba a su hijo menor: ‘Si los paganos te ofrecieran el perdón a cambio de renunciar a Cristo, ¿qué contestarías?’. Y el niño respondía: ‘Contestaría: Soy cristiano’. El padre continuaba: ‘Y si te amenazan con la muerte y cortan tus manitos o quieren arrancarte los ojos ¿qué contestarás?’. El muchachito repetía con dulce voz: ‘Que soy cristiano’. Este padre –añade el Padre Lebbe– sufrió el martirio y fue admirado incluso por los paganos por la paz y dicha que su rostro reflejaba”.

Esos eran padres que amaban más la virtud y la vida eterna de sus hijos que su vida o bienestar terreno. Mucho amaba a su hijo la madre del más pequeño de los mártires chinos canonizados, Andrés Wang Tianquing, de 9 años;  los paganos quisieron salvar al niño, pero a costa de su fe; en ese momento su madre dijo con voz firme: “Yo soy cristiana, mi hijo es cristiano. Tendréis que matarnos a los dos”. Y Andrés murió de rodillas mirando a su madre con una sonrisa; hoy los dos son santos.

Se podría decir mucho más acerca de este tema. Pero lo dicho creo que basta para mostrar la importancia de educar en las virtudes, apoyándonos en una visión más profunda de los mandamientos de Dios.

Quiero terminar con una antigua anécdota. Un rito de Iniciación de los niños judíos en la vida de la Sinagoga, a comienzos del 1600, tenía en su ceremonia este diálogo: el rabino, poniendo la punta del Rollo de la Ley en el pecho del niño preguntaba:

–¿Qué sientes? –Y el niño respondía:

–Siento un corazón que late. –Entonces el rabino replicaba:

–¡Es el Corazón de Dios! ¡Escucha su Palabra. Cumple su Ley!

 

La ley de Dios es el Corazón viviente de Dios. Quien pretenda arrancarte esta ley no quiere otra cosa que matarte el corazón.

*      *     *

El que no acepta una ley natural –o los mandamientos divinos– porque esto implica coartar su libertad, debería recordar que la libertad es un gran valor, pero también es un término análogo que puede aplicarse a cosas muy diversas, incluso perdiendo el sentido verdadero. No todo lo que lleva el nombre de libertad es realmente libertad, ni toda dependencia es una esclavitud. Si estás encerrado en una jaula y te escapas de ella, el acto de escaparte bien merece llamarse liberación y tu premio podrá denominarse libertad. Si estás dominado por la droga o por el alcohol y logras desprenderte de sus lazos, bien puedes llamar a esto liberación y tú serás realmente un hombre libre. Si has quedado encerrado en un ascensor, es liberación el salir de él y es libertad lo que experimentas al volver a respirar aire puro en la calle. Si estás agobiado por las penas y las enfermedades, te liberarás cuando te cures y serás libre al recuperar tu salud. Pero si al escalar una montaña resbalas en el hielo y quedas colgando en el vacío sostenido sólo por la soga de seguridad, no llamarás liberación al gesto de cortar la soga, ni podrás considerar libertad el convertirte en una mancha roja sobre el blanco glacial que te aguarda cientos de metros más abajo. Si te arrancas los tubos de oxígeno con que buceas a 80 metros de profundidad, no llamarás liberación a tal imbecilidad, ni te considerarás libre por flotar ahogado en el agua salada. Quitarse un peso de encima no siempre es libertad, como habrá comprendido muy bien la pobre María Antonieta el día que injustamente la guillotina la alivió del peso de su cabeza. Ni todo lazo que nos ata nos esclaviza verdaderamente, como podría decirte, si hablar pudiese, una marioneta para quien vivir es “estar colgado” del titiritero que le da vida en el mundo de un pequeño teatrito de juguete.

Hay, pues, libertades que son esclavitudes; y servidumbres que son independencias, como dice la Biblia cuando nos recuerda aquella sonora y hermosa sentencia: servir a Dios es reinar.

Bibliografía para ampliar y profundizar

–Santo Tomás, Suma Teológica, I-II, cuestiones 94 y siguientes.

–J. M. Aubert, Ley de Dios, leyes de los hombres, Herder, Barcelona 1979.

–Finnis, John. La ley natural, la moralidad objetiva y el Vaticano II, en: May, W., Principios de vida moral, EIUNSA, Barcelona 1990, pp. 83-102.

–May, W. La ley natural y la moralidad objetiva: una perspectiva tomista, en: Principios de vida moral, EIUNSA, Barcelona 1990., pp. 103-124.

–J. Mausbach y G. Ermecke, Teología Moral Católica, I, Pamplona 1971.

–J. Messner, Ética social, política y económica, a la luz del derecho natural, Madrid 1967.

_________, Ética general y aplicada, Madrid 1969.

–O. N. Derisi, Los fundamentos metafísicos del orden moral, Madrid 1969.

–Ildefonso Adeva, Ley moral, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid1991.

–Bernardino Montejano, Ley. Planteamiento general, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid1991.

–L. Lachance, El concepto de derecho según Aristóteles y Santo Tomás, Buenos Aires 1953.

–S. Ramírez, Doctrina política de Santo Tomás, Madrid 1952.

–G. Soaje Ramos, Sobre la politicidad del derecho, Mendoza 1958.

–C. Soria, Introducción al tratado de la Ley, en Suma Teológica de S. Tomás de Aquino, ed. bilingüe BAC, VI, Madrid 1956.

[1] San Ireneo, Adversus haereses, 4,15,1.

[2] San Buenaventura, In libros sententiarum, 4,37,1,3.

[3] Juan Pablo II, Discurso de Juan Pablo II a la Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de febrero de 2004, n. 5.

[4] “La ley natural -dice la Encíclica Veritatis Splendor– está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar… La ley natural es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón que los inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo” (VS, 44).

[5] Participatio legis aeternae in rationali creatura (I-II, 94, 2).

[6] El término “teonomía participada” (del griego theos = Dios; nomos = ley; ley divina) aparece en la Enc. Veritatis Splendor: “Algunos hablan justamente de teonomía, o de teonomía participada, porque la libre obediencia del hombre a la ley de Dios implica efectivamente que la razón y la voluntad humana participan de la sabiduría y de la providencia de Dios” (VS, 41).

[7] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 16.

[8] Juan Pablo II, Carta a los jóvenes y las jóvenes del mundo, 31 de marzo de 1985, n. 6.

[9] “A este respecto, comentando un versículo del Salmo 4, afirma santo Tomás: “El Salmista, después de haber dicho: ‘sacrificad un sacrificio de justicia’(Sal 4,6), añade, para los que preguntan cuáles son las obras de justicia: ‘Muchos dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?’; y, respondiendo a esta pregunta, dice: ‘La luz de tu rostro, Señor, ha quedado impresa en nuestras mentes’, como si la luz de la razón natural, por la cual discernimos lo bueno y lo malo  tal es el fin de la ley natural, no fuese otra cosa que la luz divina impresa en nosotros”. De esto se deduce el motivo por el cual esta ley se llama ley natural: no por relación a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la promulga es propia de la naturaleza humana” (VS, 42).

[10] Cf. I-II, 94, 2-3.

[11] Cf. I-II, 100, 2; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1955. La Encíclica Veritatis Splendor dice: “Tal “ordenabilidad” [de los actos humanos] es aprehendida por la razón en el mismo ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus finalidades, que también tienen siempre una dimensión espiritual: estos son exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente, el conjunto ordenado de los “bienes para la persona” que se ponen al servicio del “bien de la persona”, del bien que es ella misma y su perfección. Estos son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, según Santo Tomás, contienen toda la ley natural” (VS, 79; cf. también, nnº 13, 97).

[12] “Por su propia dignidad, todos los hombres, en cuanto son personas, esto es, dotados de inteligencia y libre voluntad… se sienten movidos por su propia naturaleza y por obligación moral a buscar la verdad, en primer lugar la que corresponde a la religión. También están obligados a adherirse a la verdad, una vez conocida, y a ordenar toda su vida según las exigen­cias de la verdad” (Dignitatis humanae, nº 2).

[13] Escribe Santo Tomás: “Otros hay que se imponen después de atenta consideración de los sabios, y estos son de ley natural, pero tales que necesitan de aquella disciplina con que los sabios instruyen a los rudos” (I-II, 100, 1).

[14] Cf. Santo Tomás, Suppl. q. 65.

[15] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1956; 2261.

[16] “No se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las trasciende. Este ‘algo’ es precisamente la naturaleza del hombre: precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser. Poner en tela de juicio los elementos estructurales permanentes del hombre, relacionados también con la misma dimensión corpórea… entraría en conflicto con la experiencia común…” (VS, 53).

[17] Pío XII, Humani generis, DS 3876; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1960.

[18] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1958; 2072.

[19] Santo Tomás interpreta de esta manera la permisión de la poligamia de los patriarcas y del libelo de repudio para los judíos (cf. S.Th., Supl. 65-67). En el caso del libelo de repudio el motivo grave era evitar el crimen de conyugicidio o uxoricidio, que los corazones duros de los judíos no hubieran dudado en perpetrar. Algunos Santos Padres (san Juan Crisóstomo, san Jerónimo, san Agustín) y el mismo Santo Tomás deducen que ésta es la dureza del corazón a la que se refiere Cristo, basándose en las palabras del mismo  Deuteronómio (22,13): si un hombre después de haber tomado mujer, le cobrare odio... En el caso de la poligamia el motivo grave era la necesidad de la perpetuación del pueblo elegido en orden al culto al Dios verdadero.

[20] Por eso el Antiguo Testamento, mientras permite el libelo de repudio y la poligamia, condena el concubinato, porque éste contradice la ley natural en sus preceptos primarios: contradice el fin primario intentado por la naturaleza que es la perpetuación de la especie (cf. S.Th., Supl., 65,3-5).

[21] Así, por ejemplo, “no matarás” debe interpretarse adecuadamente como “no cometerás un homicidio injusto”; por tanto, no es excepción a este precepto la licitud de la legítima defensa. Lo mismo se diga de la aparente contradicción entre el precepto de “no robar” y la licitud del uso de los bienes ajenos en caso de extrema necesidad.

[22] Cf. Ockam, II Sent 19,1: “Digo que si bien el odio a Dios, el robo, el adulterio y otras cosas similares de la ley común, tienen una mala circunstancia anexa en cuanto son realizadas por quien está obligado por precepto divino a hacer lo contrario, sin embargo, en cuanto a su ser absoluto (esse absolutum) aquellos actos pueden ser dados por Dios sin la circunstancia mala anexa, e incluso serían realizados meritoriamente por el viador si cayesen bajo el precepto divino”.

[23] Cf. AICA, 30 de abril de 1997.

[24] Juan Pablo II, Evangelium vitae, 48.

[25] San Tomás, In Eth., n. 2140.

[26] San Tomás, In Eth., n. 2141.

Categorías:Iglesia

Los santos de la Acción Católica, una propuesta para hoy

Los santos de la Acción Católica, una propuesta para hoy

Presentada la Fundación acción católica – escuela de santidad Pío XI

 

ROMA, jueves 16 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- ¿Qué tienen en común Alberto Hurtado, Gianna Beretta Molla y David Rodán Lara, es decir, un jesuita chileno, una medico y madre de familia italiana y un joven empleado mexicano? ¿Y qué es lo que une a Vicente Vilar David, propietario de una compañía de cerámica en la provincia de Valencia con Antonieta Meo, mas conocida como Nennolina, una niña romana de seis años?

Todos forman parte de esa larga lista de hombres y mujeres, laicos, religiosos y sacerdotes que han vivido su formación humana y espiritual en Acción católica (AC) o que, como asistentes, han alentado su camino y promovido su difusión, testimoniando una plenitud de vida y una fe en Cristo digna de los santos y llevada, en algunos casos, hasta el martirio.

Al acoger el pasado 4 de mayo a los participantes en el encuentro nacional de esta asociación, que celebraba sus 140 años de historia, Benedicto XVI dijo: “Habéis venido a Roma en compañía espiritual de vuestros numerosos santos, beatos, venerables y siervos de Dios: hombres y mujeres, jóvenes y niños, educadores y sacerdotes consiliarios, ricos en virtudes cristianas, crecidos en las filas de la Acción Católica. Estos testimonios representan vuestra mas auténtica carta de identidad”.

En respuesta a las solicitudes de los papas – Juan Pablo II en la reunión con la asociación tuvo lugar en Loreto en 2004 afirmó “el don mas grande que podréis hacer a la Iglesia y al mundo es la santidad” -, ha nacido la “Fundación acción católica escuela de santidad – Pío XI”, presentada el pasado 11 de octubre en Roma.

Los objetivo del nuevo organismo es el de “hacer conocer santos, beatos, venerables, testimonios que motivan a vivir hoy una “AC escuela de santidad”, sobre todo para los fieles laicos pero sin olvidar “que la AC ha continuado a ser fuente de múltiples vocaciones sacerdotales y religiosas”.

La fundación, constituida en el 2007 con sede en la Ciudad del Vaticano, ha sido promovida por el Forum internacional de Acción católica, por la Acción Católica italiana y por algunas diócesis y congregaciones que han iniciado procesos de beatificación de miembros de Acción católica. El presidente del consejo directivo del organismo es el cardenal Salvador De Giorgi.

“La Fundación – explicó el cardenal – esta dedicada al papa Pío XI, en honor de un Pontífice que fue pastor cuidadoso y atento en tiempos difíciles para la AC en Italia (basta pensar en la vigorosa intervención en contra del fascismo en la encíclica “Non abbiamo bisogno” de 1931), y que favoreció la promoción de la asociación en la Iglesia católica, recordando la esencial identidad religiosa, después confirmada por el Concilio Vaticano II y por el magisterio posterior.

“El conocimiento de estos hermanos y hermanas que nos han presidido de manera ejemplar en el seguimeinto de Cristo –añadió el purpurado – no solo pone en evidencia que la Acción Católica, en todas partes y siempre, consideró como su principal objetivo la vocación de todo cristiano a la santidad, sino también cómo muchos de sus miembros la han logrado, de hecho, en su vida ordinaria y en su profesión. Esto supone una invitación para todos, laicos y sacerdotes, a luchar sin duda por la santidad”.

[Por Chiara Santomiero, traducción de Carmen Villa]

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Comunicar la Palabra de Dios

Comunicar la Palabra de Dios

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Hacen falta sembradores de la Palabra, misioneros, verdaderos heraldos para formar al pueblo de Dios, como lo fueron Cirilo y Metodio, valientes heraldos, hermanos intrépidos y testigos de Dios, que hicieron más fuerte Europa, de la que son Patrones. Tres son las características de la personalidad de un enviado que proclama la Palabra de Dios. Lo cuenta la primera Lectura de hoy (Hch 13,46-49), con las figuras de Pablo e Bernabé, y el Evangelio de Lucas (10,1-9), con los 72 discípulos enviados por el Señor de dos en dos.

El primer rasgo del enviado es la franqueza, que incluye fuerza y coraje. La Palabra de Dios no se puede llevar como una propuesta –“si te gusta…”– o como una buena idea filosófica o moral –“tú puedes vivir así…”–. No. Es otra cosa. Necesita ser propuesta con franqueza, con fuerza, para que la Palabra penetre, como dice el mismo Pablo, hasta los huesos. La Palabra de Dios debe ser anunciada con franqueza, con fuerza, con coraje. La persona que no tiene coraje –coraje espiritual, valentía en el corazón, que está enamorada de Jesús, ¡y de ahí viene el valor!– dirá algo interesante, algo moral, algo que hará bien, un bien filantrópico, pero no es la Palabra de Dios. Y esa palabra es incapaz de formar al pueblo de Dios. Solo la Palabra de Dios proclamada con esa franqueza, con ese coraje, es capaz de formar al pueblo de Dios.

Del Evangelio de Lucas, capítulo 10, sacamos las otras dos características propias de un heraldo de la Palabra de Dios. Es un Evangelio lleno de elementos acerca del anuncio. La mies es abundante, pero son pocos los obreros. Rogad pues al Señor de la mies para que mande obreros a su mies. Así pues, después del coraje, a los misioneros les hace falta la oración. La Palabra de Dios se proclama también con oración. Siempre. Sin oración puedes dar una bonita conferencia, una buena charla: ¡buena, buena! Pero no es la Palabra de Dios. Solo de un corazón en oración puede salir la Palabra de Dios. Oración para que el Señor acompañe esa siembra de la Palabra, para que el Señor riegue la semilla y germine la Palabra. La Palabra de Dios debe proclamarse con oración: la oración del que anuncia la Palabra de Dios.

También en el Evangelio se describe un tercer rasgo interesante. El Señor envía a los discípulos como corderos en medio de lobos. El verdadero predicador es el que se sabe débil, sabe que no puede defenderse a sí mismo. ‘Tú ve como cordero entre lobos’ – ‘Pero, Señor, ¿para que me coman?’ – ‘¡Tú ve! Ese es el camino’. Y creo que es el Crisóstomo quien hace una reflexión muy profunda, cuando dice: ‘Pero si no vas como cordero, sino que vas como lobo entre lobos, el Señor no te protege: defiéndete solo’. Cuando el predicador se cree demasiado inteligente o cuando quien tiene la responsabilidad de llevar adelante la Palabra de Dios quiere hacerse el listillo –‘¡Sí yo puedo con esta gente!’–, así acabará mal. O regateará la Palabra de Dios: a los poderosos, a los soberbios.

Se cuenta de uno que alardeaba de predicar muy bien la Palabra de Dios y se sentía lobo. Y tras una bonita prédica, fue al confesionario y le cayó un pez gordo, un gran pecador, y lloraba, quería pedir perdón. Y el confesor comenzó a inflarse de vanidad y la curiosidad le hizo preguntarle qué palabras de las que había dicho le habían movido hasta tal punto de empujarle a arrepentirse. “Fue cuando usted dijo: pasemos a otro tema”. No sé si es verdad, pero lo seguro es que se acaba mal si se lleva la Palabra de Dios sintiéndose seguros de sí y no como un cordero a quien el Señor defenderá.

Así que esa es la misión de la Iglesia y así son los grandes heraldos que han sembrado y ayudado a crecer a las Iglesias en el mundo: han sido hombres valientes, de oración y humildes. Que nos ayuden los Santos Cirilo y Metodio a proclamar la Palabra de Dios según esos criterios, como lo hicieron ellos.

 

 

Fuente: http://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97261/comunicar-la-palabra-de-dios

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Servicio eclesial y acción en el mundo de los fieles laicos

El carácter teológico de la secularidad. Servicio eclesial y acción en el mundo de los fieles laicos

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Escrito por Vicente Bosch

Publicado: 09 Diciembre 2016

http://www.almudi.org/articulos/11305-el-caracter-teologico-de-la-secularidad-servicio-eclesial-y-accion-en-el-mundo-de-los-fieles-laicos

 

No estamos ante cristianos de segunda categoría, sino ante fieles caracterizados por la secularidad, que al santificar las estructuras temporales (familia, sociedad, cultura, trabajo, etc.) cumplen un aspecto no marginal de la misión de la Iglesia

El hecho que toda la Iglesia tenga una dimensión secular −es decir, una responsabilidad sobre el mundo− implica que esa secularidad sea realizada en modo distinto por sacerdotes, religiosos y laicos. La modalidad propia de los laicos está constituida por la índole secular, que caracteriza su ser y su misión en la Iglesia.

1.      La secularidad en el Concilio Vaticano II

En la teología de mediados del siglo XX el término “secularidad” designaba la condición propia de los laicos, su presencia en el mundo y su dedicación a las tareas temporales. Como es sabido, el Concilio Vaticano II dedicó amplio espacio a la figura del laico y a su apostolado, estableciendo las bases para definir su vocación y misión:

«Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo, y en las condiciones ordinarias de vida familiar y social que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro como el fermento, contribuyan a la santificación del mundo (…)» (Lumen Gentium, n. 31).

El texto ofrece una descripción genérica de la tarea de los laicos en la Iglesia, pero sobre todo señala una doble referencia a la dimensión vocacional y al origen divino de la misión asignada: la santificación del mundo “desde dentro como el fermento”. No estamos, por tanto, ante cristianos de segunda categoría, sino ante fieles caracterizados por la secularidad, que al santificar las estructuras temporales (familia, sociedad, cultura, trabajo, etc.) cumplen un aspecto no marginal de la misión de la Iglesia:

«La obra de la redención de Cristo, que de suyo tiende a salvar a los hombres, comprende también la restauración de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico» (Apostolicam actuositatem, n. 5).

2.      Algunas puntualizaciones de la Ex. ap. ‘Christifideles Laici’

La Christifideles laici (san Juan Pablo II, 30-XII-1988) ha subrayado algunos rasgos de la doctrina conciliar sobre la responsabilidad de los laicos en la misión de la Iglesia, con algunas aclaraciones y puntualizaciones que nos interesan especialmente. En particular, el documento retoma del Concilio la afirmación de que la índole secular es el rasgo específico de los fieles laicos −compatible con (y consecuencia de)− la dimensión secular de toda la Iglesia:

«Como decía Pablo VI, ‘la Iglesia tiene una auténtica dimensión secular, inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo Encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros’ [Discurso 2-II-1972]. La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cf. Jn 17, 16) y es enviada a continuar la obra redentora de Jesucristo; la cual, “al mismo tiempo que mira de suyo a la salvación de los hombres, abarca también la restauración de todo el orden temporal” [AA 5]. −Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función, que, según el Concilio, “es propia y peculiar de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión índole secular” [LG 31]» (ChL 15).

El hecho que toda la Iglesia tenga una dimensión secular −es decir, una responsabilidad sobre el mundo− implica que esa secularidad sea realizada en modo distinto por sacerdotes, religiosos y laicos. La modalidad propia de los laicos está constituida por la índole secular, que caracteriza su ser y su misión en la Iglesia. A continuación el n. 15 de la exhortación indica el valor que ha de otorgarse a la secularidad:

«En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles laicos indicándola, primero, como el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios: “Allí son llamados por Dios” [LG 31]. (…) El Concilio considera su condición no como un dato exterior y ambiental, sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su significado [cf. LG 48]. (…) De este modo, el “mundo” se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. (…) De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. En efecto, Dios les manifiesta su designio en su situación intramundana, y les comunica la particular vocación de “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” [LG 31]» (ChL 15).

Y como demostración de que lo anteriormente afirmado no es una interpretación personal del Papa, san Juan Pablo II transcribe por entero la Propositio 4 de los Padres sinodales, manifestando así la colegialidad de esa aclaración:

«Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado lo siguiente: “La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales” [Propositio 4]» (ChL 15).

Las aclaraciones y puntualizaciones realizadas por la exhortación Christifideles laici acerca del valor teológico y eclesial de la secularidad, se complementan con la observación de un peligro en la vida del fiel laico: «la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades especificas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político» (ChL 2).

Estas aclaraciones de Christifideles laici tienen, en mi opinión, una misma raíz: el interés en subrayar la unidad del proyecto divino de salvación, y la correcta relación entre naturaleza y gracia, historia y escatología, de modo que la Iglesia no aparezca como realidad opuesta al mundo o, en cierto sentido, ante el mundo, como si Iglesia y mundo fueran dos realidades diversas en las que el laico actúa alternativamente (ahora rezo, ahora pago los impuestos; ahora participo en un reunión del consejo parroquial, ahora ejercito mi profesión: el laico no vive en una casa de dos pisos −la Iglesia y el mundo− realizando cada actividad en el piso correspondiente). Cuando se utiliza la expresión ‘en la Iglesia y en el mundo’ hay que estar muy atentos para no inducir a la idea de una estructura dualista en el ser y en el actuar del laico. La pertenencia del laico a la Iglesia y al mundo no se traduce en una doble acción: una centrada en la dinámica de comunión y de santificación en el interior de la Iglesia, y otra −externa−, que giraría alrededor del mundo y de las tareas seculares, como si las relaciones del laico con el mundo secular fuera algo accidental, realizado ‘fuera’ de la Iglesia. La realidad −y la doctrina de la Iglesia− nos dice que esa actuación del laico en el mundo constituye su plena participación en la misión del Pueblo de Dios.

La literatura teológica del laicado de los últimos veinte años −poco abundante, por cierto−, a pesar de rechazar en línea de principio el dualismo antes señalado, suele presentar la acción del laico encanalándola en los dos raíles: la edificación de la Iglesia, por un parte, y la construcción del mundo por otra. Ese planteamiento o esquema, en mi opinión, no ayuda a promover en la práctica la deseada unidad de vida del fiel laico. La edificación de la Iglesia y la construcción del mundo están entrelazadas con tal fuerza que la llamada ‘acción intraeclesial’ incide en la construcción del mundo y, a su vez, el compromiso social edifica la Iglesia. Detengámonos en ese recíproco influjo.

3.      Vida eclesial y progreso humano

La vida cristiana es vida de identificación con Cristo, que vino al mundo para sanar al hombre y a la creación. La vida de Jesús en Nazaret −marcada por un trabajo manual− y su vida pública −constelada de curaciones y milagros que constituyen actos de perfeccionamiento de la naturaleza− nos hablan del destino eterno de la creación en la gloria de Dios. El Creador ha confiado al hombre la tarea de restaurar el mundo con la gracia que Cristo nos ha obtenido en la Cruz.

La vida de la Iglesia hace presente a Cristo en la historia con la Palabra y la liturgia de los sacramentos. Participar en la vida de la Iglesia significa ponerse en contacto con la fuente de la santidad y de la caridad. Por eso, toda actividad eclesial −incluso administrativa y organizativa− tiene como fin y razón de ser el crecimiento de la caridad de los fieles. El laico obtiene de la vida eclesial −litúrgica y también organizativa− las fuerzas necesarias para cumplir sus deberes familiares, laborales y sociales. El amor no es nunca abstracto ni indeterminado, sino que siempre busca realizarse en las relaciones humanas y en el esfuerzo por mejorar el mundo en las concretas circunstancias de la vida. Como recordó Benedicto XVI en la introducción de la encíclica Caritas in veritate, la caridad «es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz»[1]. En otras palabras, la llamada ‘acción intraeclesial’ o de edificación de la Iglesia desemboca siempre en una acción que construye, al mismo tiempo, el mundo y el Reino de Dios.

Por ello, es importante subrayar que la participación de los fieles laicos en la responsabilidad de edificar la Iglesia no se limita al ejercicio de un ministerio litúrgico o a su participación en los consejos parroquiales o diocesanos: no existen, además, suficientes ministerios ni estructuras eclesiales en las que puedan participar todos los laicos de una comunidad. Existe en la literatura teológica y pastoral una tendencia a interpretar de modo reductivo la misión del laico, que solo ve en él un potencial colaborador de los clérigos en sus funciones eclesiásticas. Se ha afirmado, con razón, que «con frecuencia los mismos presbíteros caen en la tentación de valora la ‘madurez’ de un laico por la cantidad de horas y energías que gastan dentro de las paredes de la casa parroquial, olvidando que la acción del laico no se desarrolla solo ni principalmente allí, sino en los diversos ambientes del mundo, en la vida ordinaria»[2]. Cuando un laico −con generosidad y amor a la Iglesia− asume un encargo u oficio eclesiástico, ha de ser consciente de que el tiempo y energías que dedique a esa actividad no han de conducirle a descuidar sus obligaciones familiares y compromisos de trabajo, que continúan siendo el principal ámbito de sus obligaciones eclesiales (excepto cuando ese oficio eclesiástico constituye full time su trabajo profesional).

La vida intraeclesial y comunitaria del fiel laico está constituida por su empeño en la transformación personal con la recepción de los sacramentos −principalmente Eucaristía y Penitencia−, la meditación de la Palabra de Dios, la oración, la formación doctrinal, espiritual y apostólica, etc. Todos los bautizados son sujetos activos y pasivos en esta actividad presente en el centro de la comunidad. La vida intraeclesial también se manifiesta en la comunión efectiva y afectiva entre los miembros de la comunidad y con el pastor local y universal, abrazando, por tanto, sus decisiones pastorales y evangelizadoras. Esa búsqueda de la santidad o perfección cristiana «suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena» (LG 40/b). La santidad personal de todo bautizado tiene, por tanto, consecuencias positivas en el tejido social y en el progreso del mundo, y en el caso de los laicos es más directa e inmediata porque ellos «viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida» (LG 31/b). Esta inseparabilidad entre acción intraeclesial o de edificación de la Iglesia y animación del mundo y progreso humano se muestra todavía con más claridad si consideramos el binomio desde la perspectiva opuesta: la eclesialidad del esfuerzo del laico en la construcción del mundo.

4.      Eclesialidad del compromiso intramundano del fiel laico

Esta perspectiva, excepto en algunos casos, no ha sido, en mi opinión, suficientemente considerada en la reciente literatura sobre el laico. No se ha desarrollado una oportuna reflexión sobre la clara indicación del Christifideles laici, n. 15: «el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial». Del mismo modo que nadie duda del carácter eclesial de la educación cristiana de los hijos realizada por los padres −la madre que enseña las primeras oraciones a su pequeño− tampoco se debería dudar de la eclesialidad del trabajo realizado por un obrero o un profesional cristianos que buscan la santidad en el ejercicio de su actividad, desde el momento en que la santificación del mundo, la renovación del orden temporal constituye −junto con la salvación de las almas− la única misión de la Iglesia. Efectivamente, del carácter teologal y eclesial de esas actividades se escribe y se habla poco, como si la profesionalidad y la eficiencia de un médico, un agricultor, un ingeniero o un taxista solo afectara a su esfera privada y pública de ciudadano, y nada tuviera que ver con su condición cristiana y de miembro de la Iglesia, que tiene, precisamente, por misión santificarse en y santificar esa actividad, ordenándola según Dios. ¿Por qué atribuir valor eclesial casi exclusivamente a la colaboración de los laicos en la función de los ministros ordenados, dejando en la penumbra el carácter eclesial de sus actividades profesionales? Detrás de esa falta de sensibilidad es fácil descubrir cierta dosis de clericalismo, que concibe el trabajo de los laicos en el mundo como algo muy marginal y periférico en la Iglesia, cuando, en realidad está en el centro de su misión. Ese planteamiento clerical parece, más bien, producto de una Iglesia piramidal en la que a ciertos clérigos les gusta mandar y ciertos laicos, con complejo de inferioridad, consideran esos clérigos como paradigma de vida cristiana a imitar. No sorprende, por tanto, el ansia de algunos ‘laicos’ por realizar funciones y actividades propias de los presbíteros, y la obsesión de algunos clérigos en llenar las sacristías como único método de involucrar a los laicos en la vida eclesial. La Iglesia-comunión debería superar esos esquemas: todos tenemos la misma dignidad bautismal (¡el presbítero no es más cristiano que el laico!); todos somos responsables de la única misión de Iglesia, llevado a cabo en modo diverso según la propia condición; todos debemos sentirnos unidos en la complementariedad y en la diversidad de funciones, servicios y carismas. Estamos, por tanto, en una Iglesia-total, en la que todavía hay que profundizar en conceptos como sacerdocio común, función real de los laicos, servicio, gobierno, colaboración, complementariedad y corresponsabilidad. A propósito de esta última noción, un autor señala que «la corresponsabilidad supone que la historia tenga en la Iglesia carta de ciudadanía no periférica sino esencial y, por consiguiente, que quien se dedica directamente a la animación de las realidades temporales esté construyendo la Iglesia, y no simplemente traduciendo en el mundo los que la Iglesia dice»[3].

La eclesialidad del trabajo en el mundo de los fieles laicos encuentra su fundamento en la participación en la función real de Cristo o, en otras palabras, en la contribución de los laicos en la instauración del Reino:

«Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. (…) Los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos» (ChL 14).

El texto coinciden señala que el esfuerzo de los laicos en promover con su trabajo el progreso humano de la sociedad constituye una etapa necesaria en la construcción del Reino de Cristo, una tarea a la que no se le puede negar su condición eclesial puesto que forma parte de la misión confiada a todo el Pueblo de Dios.

Lo que hasta ahora he intentado exponer está bien resumido en tres textos de san Josemaría Escrivá tomados de una serie de entrevistas realizadas en 1968. El primero responde a la pregunta de un periodista sobre el papel de los laicos en la Iglesia y en el mundo:

«De ninguna manera pienso que deban considerarse como dos tareas diferentes, desde el mismo momento en que la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar ab intra −de manera inmediata y directa− las realidades seculares, el orden temporal, el mundo. −Lo que pasa es que, además de esa tarea, que le es propia y específica, el laico tiene también −como los clérigos y los religiosos− una serie de derechos, deberes y facultades fundamentales, que corresponden a la condición jurídica de fiel, y que tiene su lógico ámbito de ejercicio en el interior de la sociedad eclesiástica: participación activa en la liturgia de la Iglesia, facultad de cooperar directamente en el apostolado propio de la Jerarquía o de aconsejarla en su tarea pastoral si es invitado a hacerlo, etc.» (Conversaciones, n. 9).

Los otros textos pertenecen a otras dos entrevistas en las que san Josemaría responde señalando las cuestiones que hemos querido subrayar:

«Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos» (Conversaciones, n. 34).

«El modo específico de contribuir los laicos a la santidad y al apostolado de la Iglesia es la acción libre y responsable en el seno de las estructuras temporales. El testimonio de vida cristiana, la palabra que ilumina en nombre de Dios, y la acción responsable, para servir a los demás contribuyendo a la resolución de los problemas comunes, son otras tantas manifestaciones de esa presencia con la que el cristiano corriente cumple su misión divina» (Conversaciones, n. 59).

5.      Conclusiones

  1. I) El uso del binomio en la Iglesia y en el mundo aplicado a la acción del laico es válido si se quiere significar su pertenencia tanto al Pueblo de Dios como a la sociedad civil y temporal. En cambio, insistir en la distinción del actuar del laico entre estos dos ámbitos puede conducir a dos serias dificultades: a) al peligro de un dualismo que puede producir la fractura de la necesaria unidad de vida del fiel laico; b) a no reconocer la eclesialidad de la actuación del laico en el mundo, que con el influjo de la gracia promueve la justicia, el desarrollo y el bien común, en su esfuerzo de reconducir el mundo hacia Dios
  2. II) Detrás del no reconocimiento del carácter eclesial de la acción en el mundo puede intuirse el prejuicio clerical de pensar que el fiel laico es más cristiano en la medida en que se compromete en funciones y tareas eclesiásticas.

III)      Conviene recordar que la necesaria colaboración de los laicos en las funciones litúrgicas y en el gobierno-gestión de la comunidad no es la única manifestación de eclesialidad, ni siquiera la más importante, pues la acción del laico se desarrolla principalmente en los diversos ambientes del mundo −familia, trabajo, arte, cultura, etc.− y en la vida ordinaria.

Vicente Bosch

 

[1] Benedicto XVI, enc. Caritas in veritate, n. 1.

[2] E. Castellucci, Il punto sulla teologia del laicato oggi: prospettive, en «Orientamenti pastorali» 51 (2003) nn. 6-7, p. 33. La traducción y el cursivo son nuestros.

[3] E. Castellucci, Il punto sulla teologia del laicato oggi: prospettive, en «Orientamenti pastorali» 51 (2003), nn. 6-7, p. 52.

 

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Aportaciones de la tercera edición oficial del Misal Romano en lengua española

Aportaciones de la tercera edición oficial del Misal Romano en lengua española

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Publicado el 19/01/2017

https://iglesiaactualidad.wordpress.com/2017/01/19/aportaciones-de-la-tercera-edicion-oficial-del-misal-romano-en-lengua-espanola/

 

Luis GARCÍA GUTIÉRREZ

Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia

La tercera edición típica del Missale Romanum, publicada en 2002 y nuevamente impresa con algunas modificaciones en 2008 (III editio typica emendata), supone realmente una notable mejora y perfeccionamiento del Misal vinculado al Concilio Vaticano II y, tratándose del principal libro de la plegaria litúrgica de la Iglesia, una referencia para el conjunto de las ediciones actualmente en uso.

Es de esperar que la difusión y la utilización de la nueva edición oficial del Misal en lengua española en las celebraciones eucarísticas se haga con el conocimiento suficiente de las aportaciones de la edición y, sobre todo, con el espíritu que ha movido la revisión y el enriquecimiento del Misal, que no ha sido otro que el de contribuir a un mayor aprovechamiento espiritual de los contenidos y a una mejora sustantiva de las celebraciones en orden al ideal, siempre exigente y que debemos procurar todos, de la participación consciente, activa y fructuosa en el Mysterium fidei que es la Eucaristía.

Evidentemente, esa actualización de los contenidos del Misal que se aprecia en la referida editio typica III ha pasado a las edición oficial del Misal en lengua española bajo la responsabilidad de la autoridad competente (cf. SC 22; 36; 39; etc.; CDC c. 838).

En concreto, estas son las principales aportaciones de la edición nueva edición oficial en lengua española:

1.- Revisión de la traducción

Una de las principales “novedades” que ofrece la tercera edición oficial del Misal en lengua castellana es la revisión de la traducción existente. Esta revisión ha sido extremadamente laboriosa, atendiendo en rigurosa fidelidad a la edición típica latina, según las normas y las orientaciones de la Instrucción Liturgiam authenticam (cf. Notitiae, nn. 428-429, año 2002, pp. 65-119), que prima el criterio de fidelidad y literalidad. Asimismo, el texto final ha sido posteriormente revisado por un profesor que es miembro de la Real Academia Española, con el fin de subsanar posibles errores o usos inapropiados del de la lengua.

2.- La Ordenación General del Misal Romano

En primer lugar, es muy significativa la nueva estructuración y enriquecimiento de la Ordenación General del Misal Romano, integrando en su numeración el famoso Proemio de 1970, la revisión de todo el texto, la aclaración de algunos puntos poco exactos en las ediciones precedentes, y el añadido del capítulo noveno dedicado a las adaptaciones litúrgicas que competen a los obispos y a las conferencias episcopales. Es oportuno señalar, en la OGMR, la importancia que se da a la celebración eucarística presidida por el obispo diocesano y a la acción de este en el campo litúrgico (cf. n. 22). Se han añadido también subtítulos a muchos párrafos y se ha aumentado el número de artículos en algunos capítulos, como el dedicado a la estructura de la misa.

Esta OGMR, con la aprobación de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (Prot. N. 1938/04/L), ya había sido publicada en castellano, como separata, en el año 2005, y tenía como finalidad que los sacerdotes y fieles tuvieran acceso al texto autorizado de uno de los más importantes documentos que encabezan el libro litúrgico que es preciso usar en la celebración de la Eucaristía.

En efecto, la nueva edición de la Institutio Generalis del Misal ha introducido también numerosas precisiones y algunos cambios, consecuencia de una doble necesidad. Por una parte, recoger las aportaciones de numerosos documentos y libros litúrgicos aparecidos después de 1975, fecha de la segunda edición típica del Missale Romanum. Entre los primeros cabe señalar la Instrucción Inaestimabile donum sobre algunas normas relativas al culto del Misterio eucarístico (de 3-IV-1980), el Código de Derecho Canónico (25-1-1983), la Instrucción Varietates legitimae sobre la liturgia romana y la inculturación (25-I-1994), y la Instrucción Ecclesiae de mysterio sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos con el ministerio de los sacerdotes (15-VIII-1997). Entre los segundos el Ordo dedicationis ecclesiae (29-V-1 977), la segunda edición típica del Ordo lectionum missae (25-1-1981) y el Caeremoniale episcoporum (19-III-1990). Pero, por otra parte, era conveniente precisar mejor algunos detalles celebrativos o rubricales, y ofrecer indicaciones claramente destinadas a prevenir o corregir algunos abusos. Posteriormente a la aparición de la tercera edición típica del Missale Romanum, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos hizo pública la Instrucción Redemptionis sacramentum sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la santísima eucaristía (25-III-2004), documento expresamente anunciado por el papa san Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, en el n. 52 (17-IV-2003).

He aquí algunas novedades o precisiones significativas que ofrece la Ordenación General del Misal Romano:

  • la recomendación a los sacerdotes de la celebración diaria de la eucaristía (cf. n. 19); y la insistencia, para los sacerdotes, en el ejercicio del ministerio propio de su orden como el mejor modo de participar en la eucaristía, a no ser que una causa justa les excuse (cf. n. 114);
  • la homilía, que en ningún caso puede encargarse a un fiel laico (cf. n. 66);
  • en la liturgia eucarística, después de la invitación del sacerdote «Orad, hermanos…», los fieles se ponen de pie para la respuesta «El Señor reciba de tus manos…» (cf. n. 146). De esta manera, la asamblea escucha en pie las tres oraciones propias de la misa del día: «oración colecta», «oración sobre las ofrendas» y «oración después de la comunión»; no tiene sentido que esté en pie en la primera y última y sentado en la segunda.
  • la recitación de la plegaria eucarística, reservada también al ministerio sacerdotal, usando solamente el texto delMisal, y en la que los fieles participan escuchando con fe y en silencio, y con las aclamaciones asignada a ellos (cf. n. 147);
  • el gesto de los fieles durante la consagración, que por principio estarán de rodillas a no ser que lo impida la enfermedad o alguna de las causas ya señaladas en la edición anterior (la estrechez del lugar o la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable), de manera que «quienes no se arrodillen en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote se arrodilla después de ella» (n. 43).
  • respecto a lasposturas de los fieles durante la misa, se subraya el criterio de uniformidad de la asamblea (cf. n. 42).
  • cuando un obispo celebra fuera de su diócesis, la mención del obispo del lugar ha experimentado cambios en las distintas ediciones delMisal Romano. En la tercera edición, tras las palabras «con tu servidor el papa N.», añade: «Con mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., y conmigo, indigno siervo tuyo». Se destaca así la comunión con el pastor propio que ejerce su jurisdicción en una diócesis concreta en la que se está celebrando la eucaristía. Además, la Ordenación General del Misal Romano señala que no se han de nombrar a otros obispos, en caso de que estuvieran presentes.
  • el modo de acceder los fieles a la comunión: en efecto, no pueden tomarla por sí mismos ni pasarse entre sí el Pan eucarístico o el cáliz. La recibirán de rodillas o de pie, según las disposiciones de la Conferencia Episcopal, pero si lo hacen de pie se recomienda que hagan la debida reverencia según esas disposiciones y, si la reciben en la mano, el que comulga debe consumir la partícula inmediatamente y delante del ministro (cf. nn. 160-161). La Conferencia Episcopal Española solicitó la facultad para recibir la comunión en la mano y fue concedida por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos por Decreto del 12 de febrero de 1976 (Prot. 190/76).
  • la facultad de la comunión bajo las dos especies ha sido ampliada notablemente, pudiendo el obispo diocesano establecer normas para su diócesis (cf. n. 283); en cuanto a la manera de distribuirla, se mantienen únicamente dos, bebiendo del cáliz o porintención (cf. nn. 286-287);
  • el modo de purificar los vasos sagrados, en concreto, una vez distribuida la comunión, el sacerdote (o el diácono) consume enseguida «en el altar» todo lo que haya podido quedar en el cáliz. En cambio, el Pan consagrado se consume en el altar o se lleva al sagrario (cf. nn. 163; 183); la purificación puede ser hecha por el sacerdote (cf. n. 163), el diácono (cf; n. 183) o por el acólito «instituido» (cf. n. 192).

Así pues, la substancia de la Ordenación General no ha cambiado. Sigue siendo la guía, a modo de manual, que facilita a los sacerdotes, a los restantes ministros y a la comunidad de los fieles descubrir el sentido profundo y el valor de los elementos de la celebración eucarística bajo la perspectiva litúrgica, doctrinal, espiritual y pastoral, para que comprendan mejor y lleven a la práctica, con un conocimiento más completo de lo que deben hacer, los aspectos rituales. La misma palabra institutio, que en el ámbito de los libros litúrgicos se ha traducido siempre por ordenación, indica que es mucho más que una instructio. Propone una normativa sobria, suficientemente precisa y al mismo tiempo flexible para que cada ministro, realizando todo y solo aquello que debe realizar, pueda hacer suyos los gestos y las actitudes que la Iglesia le propone, para desempeñar su función de una manera fiel y, a la vez, personal. Ambos aspectos del ejercicio de los distintos oficios y ministerios en la celebración eucarística son, en efecto, opuestos, pero se necesitan mutuamente. De ahí la conveniencia de que sea suficientemente conocida y de que, antes de la ordenación de los diáconos o presbíteros, se promueva y asegure de algún modo este conocimiento.

3.- El Propio del tiempo

En los tiempos de Adviento y Navidad se ha mantenido la organización de las ferias ya presente en la segunda edición en lengua española y se ha añadido una nueva oración colecta para el día 20 de diciembre, además de una nueva misa para la vigilia de la Epifanía.

En el tiempo de Cuaresma se han introducido las oraciones super populum en los formularios de cada día y se han añadido una nueva oración colecta para el viernes de la V semana para la conmemoración de la Virgen de los Dolores y otra para el sábado siguiente, esta última de temática bautismal.

En el tiempo de Pascua se añaden once colectas nuevas a fin de evitar las repeticiones, más un formulario para la vigilia de la Ascensión del Señor y una segunda colecta alternativa para la misa de la solemnidad.

En algunas oraciones del tiempo per annum y de las fiestas del Señor se han realizado algunos retoques.

4.- El Ordinario de la Misa

En el Ordinario de la Misa se han añadido textos a las bendiciones solemnes, y realizado cambios en las oraciones super populum, y se ha incluido un nuevo prefacio para los mártires.

En el Ordinario de la Misa se han incluido las dos plegarias eucarísticas de la reconciliación, que ahora no llevan título propio.

Después de estas plegarias se ha introducido también la plegaria eucarística V (la antigua del Sínodo Suizo) con sus cuatro variaciones para las misas por diversas circunstancias. Estas plegarias han sufrido, por otra parte, un cambio en su orden (la cuarta, titulada «La Iglesia en camino hacia la unidad», pasa a ser la primera, desplazando un puesto las demás). Los nombres de tres de ellas también han experimentado cambios:

  • la segunda, que antes se llamaba «Dios guía a su Iglesia», ahora se llama: «Dios guía a su Iglesia por el camino de la salvación»;
  • la tercera: «Jesús, nuestro camino», ahora es: «Jesús, camino hacia el Padre»;
  • la cuarta: «Jesús, modelo de caridad» ahora llamada «Jesús, que pasó haciendo el bien».

Por su parte, las plegarias eucarísticas para las misas con niños aparecen también, pero en apéndice.

En la presente edición se ofrece el apéndice latino en forma de separata con una selección de textos (tanto eucológicos como bíblicos), con el objeto de que el volumen del Misal no sea demasiado grueso, lo que haría difícil su manejo y conservación. La separata forma parte del Misal y permite un cómodo y digno uso del texto latino cuando se use esta lengua en la celebración.

En las plegarias eucarísticas II, III y IV se ha incluido el nombre de san José, según el Decreto del cardenal Antonio Cañizares, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, con fecha de 1 de mayo de 2013.

Los prefacios, respondiendo al criterio expresado por la instrucción Liturgiam authenticam (28 de marzo de 2001), reproducen la variedad de las conclusiones del Missale Romanum; en la segunda edición se habían unificado estos finales en unos pocos formularios que se repetían. En total, el misal ofrece ahora la riqueza de unos 32 protocolos distintos para un total de 114 prefacios.

En el Ordinario de la Misa, siguiendo la edición típica y la autorizada y expresa disposición comunicada en su día por el cardenal Francis Arinze, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, a las conferencias episcopales (Prot. N. 467/05/L de 17 de octubre de 2006), en las plegarias eucarísticas aparece la expresión «por muchos» en la consagración del cáliz, que ha de sustituir a la expresión «por todos los hombres». La expresión «por muchos» pretende ofrecer una mayor fidelidad a los textos originales del Nuevo Testamento (cf. Mt 26, 28 y Mc 14, 25) y a la tradición litúrgica de la Iglesia latina. En este sentido, la expresión en uso no era realmente una traducción del texto, sino una interpretación, explicable en el clima de los primeros años de la reforma litúrgica y sujeta, por otra parte, a la variabilidad del texto en las diferentes lenguas modernas. Véase, al respecto, la carta del papa Benedicto XVI al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, de 14 de abril de 2012.

5.- El Propio y el Común de los santos

En el santoral hay cuatro nuevos formularios para memorias obligatorias y otras dieciséis facultativas para las misas de los santos incorporados al Calendario Romano General o que habían subido de categoría litúrgica desde la edición de 1975, más otras treinta y siete nuevas oraciones, aparte de los cambios introducidos en muchas otras ya existentes. El Misal contiene ya el prefacio de la fiesta de Santa María Magdalena (22 de julio), memoria que fue elevada a fiesta por Decreto del cardenal Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (Prot. N. 257/16 del 3 de junio de 2016); asimismo se han añadido las oraciones para las memorias de san Juan Pablo II y san Juan XXIII, recientemente incorporadas al Calendario Romano General (Prot. N. 309/14 del 29 de mayo de 2014).

Se han unificado los títulos de las fiestas marianas. En la segunda edición en lengua española existía una gran variedad de títulos que, por otra parte, no respondían al original latino (p. e.: antes decía: «Nuestra Señora del Carmen», ahora dice: «Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo»).

También, para seguir el criterio latino, cuando se celebran varios santos en una misma misa, el título ha sufrido modificaciones. En adelante se dirá, por ejemplo: «Santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo»; y no «San Cirilo, monje, y san Metodio, obispo».

Algunas decisiones en concreto, relativas al Calendario particular de España, decididas y aprobadas en su momento por la Asamblea Plenaria de la CEE, que hubieran requerido introducir en su lugar los textos correspondientes, no obtuvieron la necesaria recognitio. Tan solo, por rescripto de 14 de septiembre de 2014, la Congregación comunicaba que se había aceptado el cambio de mención del Santísimo Nombre de María el día 12 de septiembre por el de Dulce Nombre de María. Ya anteriormente se había advertido que la memoria obligatoria del día 6 de noviembre se titulase de este modo: Santos Pedro Poveda e Inocencio de la Inmaculada, presbíteros y compañeros, mártires.

En las misas del Común de los santos: han pasado de siete a once las Misas de la Bienaventurada Virgen María; se ha añadido un nuevo formulario para las Misas de varios mártires, y otro para las celebradas para uno solo; se han sistematizado los formularios para las Misas de los pastores. También se ha introducido uno nuevo «para un monje» y otro «para una monja». También ha cambiado el nombre del formulario «Santos que se han consagrado a una actividad caritativa», pasándose a llamar ahora «Santos que practicaron obras de misericordia».

6.- Misas rituales

En las Misas rituales se han reorganizado las relativas a las etapas de la iniciación cristiana, las destinadas a la unción y el viático, al sacramento del Orden, al del matrimonio, y se ha introducido una referencia nueva para la institución de lectores y acólitos.

7.- Misas por diversas necesidades

Las secciones de las Misas por diversas necesidades se han estructurado pasando de cuatro a tres: «Por la Iglesia», «Por las necesidades públicas», «Por diversas necesidades», pero pasando de 46 a 49 misas. Los formularios nuevos son los siguientes: «n. 11: En los aniversarios del matrimonio» y «n. 39: Para pedir la continencia».

8.- Misas votivas

Entre las Misas votivas se han añadido la de la Divina Misericordia, la de Nuestro Señor Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, y la de San Juan Bautista, pasando, por tanto, de dieciséis a diecinueve.

9.- Misas de difuntos

Las Misas de difuntos han sido objeto también de una nueva organización, si bien los capítulos pasan de cinco a cuatro, desapareciendo el capítulo V, titulado «En las exequias de los niños», que se ha incorporado al «capítulo I. En las exequias».

10.- Apéndices

Finalmente, en el Apéndice se encuentran los textos del Ordinario de la Misa con música, el rito de la bendición del agua para la aspersión dominical, la bendición de un ministro extraordinario de la comunión, la bendición del cáliz y de la patena dentro de la misa, algunos modelos de oración universal, las plegarias eucarísticas para las misas con niños, la preparación para la misa y la acción de gracias de esta. Y, por último, los índices.

11.- Textos bíblicos

La III edición oficial española del Misal contiene el texto bíblico de la Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española en las antífonas de entrada y comunión y en los pocos textos bíblicos que recoge el Misal de forma literal.

Como es sabido, el 25 de noviembre de 2008 la CCXI Asamblea Plenaria del episcopado español aprobó la Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, editada por la BAC. El 29 de junio de 2010 la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos otorgó su conformidad a esta traducción bíblica, llamada a ser incorporada principalmente en los libros litúrgicos. Tras algunos cambios introducidos posteriormente, la misma Congregación concedió, mediante Decreto del 22 de agosto de 2014, la recognitio definitiva.

De esta manera, por primera vez, el mismo texto sagrado resonará con idéntico vocabulario y con unas mismas expresiones en la liturgia, en la catequesis, en la enseñanza de la religión, en los documentos oficiales de la Conferencia Episcopal y aun en los ejercicios de piedad. Esto tiene una relevancia especial y significativa desde el punto de vista de la comprensión, fijación en la memoria y celebración y vivencia de la Palabra de Dios.

 

 

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