Misa en Temuco, Chile: “Señor, haznos artesanos de unidad”

Misa en Temuco, Chile: “Señor, haznos artesanos de unidad”

Homilía de Francisco en el Aeródromo de Maquehue (Texto completo)

El Papa Francisco celebra la Misa por el progreso de los pueblos en Temuco © L'Osservatore Romano

El Papa Francisco celebra la Misa por el progreso de los pueblos en Temuco © L’Osservatore Romano

(ZENIT – 17 enero 2018).- “Nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad”.

Son palabras del Papa Francisco en la homilía que ha ofrecido a las 150.000 personas que han participado en la “Misa por el progreso de los pueblos”, celebrada en el Aeródromo de Maquehue, en Temuco, capital de La Araucanía (sur de Chile), en la mañana de este miércoles 17 de enero de 2018.

Francisco ha comenzado su reflexión con unas palabras en lengua mapuche: «Mari, Mari» (Buenos días); «Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes), y ha recordado a “todos los que sufrieron y murieron” en este aeródromo de Maquehue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos, y ha pedido “por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias”.

Solidaridad para tejer la unidad

El Santo Padre ha señalado de la importancia de la “unidad” al pueblo chileno: “La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos. Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia”.

“La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin”, ha anunciado Francisco.

Cultura del reconocimiento mutuo

En primer lugar –ha explicado–“Debemos estar atentos a la elaboración de ‘bellos’ acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan `borrando con el codo, lo escrito con la mano´. Esto también es violencia, porque frustra la esperanza”, ha advertido el Pontífice.

Es imprescindible defender –en segundo lugar– que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas.

“La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa”, ha asegurado el Papa. “La violencia –ha continuado– termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos `no a la violencia que destruye´, en ninguna de sus dos formas”.

RD

A continuación sigue el texto completo de la homilía del Papa Francisco en Temuco.

Homilía del Papa Francisco

«Mari, Mari» (Buenos días)
«Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes) (Lc 24,36).

Doy gracias a Dios por permitirme visitar esta linda parte de nuestro continente, la Araucanía: Tierra bendecida por el Creador con la fertilidad de inmensos campos verdes, con bosques cuajados de imponentes araucarias —el quinto elogio realizado por Gabriela Mistral a esta tierra chilena—,[1] sus majestuosos volcanes nevados, sus lagos y ríos llenos de vida. Este paisaje nos eleva a Dios y es fácil ver su mano en cada criatura. Multitud de generaciones de hombres y mujeres han amado y aman este suelo con celosa gratitud. Y quiero detenerme y saludar de manera especial a los miembros del pueblo Mapuche, así como también a los demás pueblos originarios que viven en estas tierras australes: rapanui (Isla de Pascua), aymara, quechua y atacameños, y tantos otros.

Esta tierra, si la miramos con ojos de turistas, nos dejará extasiados, pero luego seguiremos nuestro rumbo sin más; pero si nos acercamos a su suelo, lo escucharemos cantar: «Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar».[2]

En este contexto de acción de gracias por esta tierra y por su gente, pero también de pena y dolor, celebramos la Eucaristía. Y lo hacemos en este aeródromo de Maquehue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos. Esta celebración la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias. La entrega de Jesús en la cruz carga con todo el pecado y el dolor de nuestros pueblos, un dolor para ser redimido.

En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús ruega al Padre para que «todos sean uno» (Jn 17,21). En una hora crucial de su vida se detiene a pedir por la unidad. Su corazón sabe que una de las peores amenazas que golpea y golpeará a los suyos y a la humanidad toda será la división y el enfrentamiento, el avasallamiento de unos sobre otros. ¡Cuántas lágrimas derramadas! Hoy nos queremos agarrar a esta oración de Jesús, queremos entrar con Él en este huerto de dolor, también con nuestros dolores, para pedirle al Padre con Jesús: que también nosotros seamos uno; no permitas que nos gane el enfrentamiento ni la división.

Esta unidad clamada por Jesús es un don que hay que pedir con insistencia por el bien de nuestra tierra y de sus hijos. Y es necesario estar atentos a posibles tentaciones que pueden aparecer y «contaminar desde la raíz» este don que Dios nos quiere regalar y con el que nos invita a ser auténticos protagonistas de la historia.

1. Los falsos sinónimos

Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir unidad con uniformidad. Jesús no le pide a su Padre que todos sean iguales, idénticos; ya que la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores. Un bello «chamal» requiere de tejedores que sepan el arte de armonizar los diferentes materiales y colores; que sepan darle tiempo a cada cosa y a cada etapa. Se podrá imitar industrialmente, pero todos reconoceremos que es una prenda sintéticamente compactada. El arte de la unidad necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los «talleres» de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes. No es un arte de escritorio, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar.

La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan sólo «recibir información sobre los demás… sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros».[3] Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad. (Aplauso)

Otra tentación puede venir en la consideración de cuales son las armas de la unidad.

2. Las armas de la unidad

La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos. En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, porque frustra la esperanza (Aplauso)

En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas.

Estas actitudes son como lava de volcán que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso sólo esterilidad y desolación. Busquemos, en cambio, el camino de la no violencia activa, «como un estilo de política para la paz».[4] Busquemos, en cambio, y no nos cansemos de buscar el diálogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad.

Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2,7) estamos llamados al Buen vivir (Küme Mongen) como nos los recuerda la sabiduría ancestral del pueblo Mapuche. ¡Cuánto camino a recorrer, cuánto camino para aprender! Küme Mongen, un anhelo hondo que brota no sólo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creación. Por eso, hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jesús al Padre: que también nosotros seamos uno; Señor, haznos artesanos de unidad. (Aplausos)

———–

[1] Gabriela Mistral, Elogios de la tierra de Chile.
[2] Violeta Parra, Arauco tiene una pena.
[3] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 246.
[4] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017.© Librería Editorial Vaticano

 

Fuente: https://es.zenit.org/articles/senor-haznos-artesanos-de-unidad/

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Categorías:La voz del papa

El Papa, a los obispos: “Digámoslo claro, los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados”

El Papa, con los obispos chilenos. Entre ellos, Juan Barros A. Spadaro

No al clericalismo y a mundos ideales que sólo entran en nuestros esquemas pero que no tocan la vida de nadie. Y aquí, pedir, pedir al Espíritu Santo el don de soñar y trabajar por una opción misionera y profética que sea capaz de transformarlo todo

(J. B.).- “Digámoslo claro, los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como ‘loros’ lo que decimos”. Tras su encuentro con la vida religiosa, Francisco habló brevemente a los 34 obispos chilenos. Entre ellos, Juan Barros, cuya presencia ha desatado una cadena de críticas que amenazan con amargar la ruta papal.

Fue muy breve Bergoglio en su intervención, conocedor de que hace apenas un año los obispos chilenos reaizaban la visita Ad Limina, y que allí habían tratado todos los temas. Sí quiso Francisco hacer hincapie en la crítica al clericalismo, que “va apagando el fuego profético de la Iglesia”, recordando a los prelados que “la Iglesia no es ni será nunca de una elite de sacerdotes u obispos”.

Antes de nada, el Papa saludó a Mons. Bernardino Piñera Carvallo, “el obispo más anciano del mundo”, que ha vivido “cuatro sesiones del Concilio Vaticano II. Hermosa memoria viviente”.

En su discurso, Bergoglio pidió “estar cerca de nuestros consagrados, de nuestros presbíteros”, puesto que “si el pastor anda disperso, las ovejas también se dispersarán y quedarán al alcance de cualquier lobo“.

Una paternidad “que no ni paternalismo ni abuso de autoridad”, sino “un don a pedir”, que se basa en “la conciencia de ser pueblo“, frente a la conciencia de orfandad de nuestras sociedades.

“Nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca de una élite de consagrados, sacerdotes u obispos“, advirtió Bergoglio, quien añadió que “no podremos sostener nuestra vida, nuestra vocación o ministerio sin esta conciencia de ser Pueblo”

“La falta de conciencia de pertenecer al Pueblo de Dios como servidores, y no como dueños, nos puede llevar a una de las tentaciones que más daño le hacen al dinamismo misionero que estamos llamados a impulsar: el clericalismo, que resulta una caricatura de la vocación recibida“, criticó el Papa.

Un error que lleva a olvidar que “la misión es de toda la Iglesia y no del cura o del obispo”, lo que “limita el horizonte, y lo que es peor, coarta todas las iniciativas que el Espíritu puede estar impulsando en medio nuestro”.

Y es que, concluyó el Papa, “el clericalismo, lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cf. Lumen gentium, 9-14) y no sólo a unos pocos elegidos e iluminados”.

Por ello, pidió a los obispos que su misión se dé “en unidad fraternal con todo el Pueblo de Dios. Codo a codo, impulsando y estimulando al laicado en un clima de discernimiento y sinodalidad, dos características esenciales en el sacerdote del mañana. No al clericalismo y a mundos ideales que sólo entran en nuestros esquemas pero que no tocan la vida de nadie”.

“Y aquí, pedir, pedir al Espíritu Santo el don de soñar y trabajar por una opción misionera y profética que sea capaz de transformarlo todo”, desde las costumbres a los horarios, pasando por “toda estructura eclesial”, para beneficio de todo el pueblo santo de Dios.

Tras su discurso a los obispos, el Papa se dirigió al santuario de San Alberto Hurtado, y cerró el día con un encuentro privado con las comunidades jesuitas.

Palabras del Papa:

Queridos hermanos:
Agradezco las palabras que el Presidente de la Conferencia Episcopal me ha dirigido en nombre de todos ustedes.
En primer lugar, quiero saludar a Mons. Bernardino Piñera Carvallo, que este año cumplirá 60 años de obispo (es el obispo más anciano del mundo, tanto en edad como en años de episcopado), y que ha vivido cuatro sesiones del Concilio Vaticano II. Hermosa memoria viviente.

Dentro de poco se cumplirá un año de su visita ad limina, ahora me tocó a mí venir a visitarlos y me alegra que este encuentro sea después de haber estado con el «mundo consagrado». Ya que una de nuestras principales tareas consiste precisamente en estar cerca de nuestros consagrados, de nuestros presbíteros. Si el pastor anda disperso, las ovejas también se dispersarán y quedarán al alcance de cualquier lobo. Hermanos, ¡la paternidad del obispo con su presbiterio! Una paternidad que no es ni paternalismo ni abuso de autoridad. Un don a pedir. Estén cerca de sus curas al estilo de san José. Una paternidad que ayuda a crecer y a desarrollar los carismas que el Espíritu ha querido derramar en sus respectivos presbiterios.

Sé que tenemos poco tiempo para este «saludo», pero me gustaría retomar algunos puntos del encuentro que tuvimos en Roma y que puedo resumir en la siguiente frase: la conciencia de ser pueblo.

Uno de los problemas que enfrentan nuestras sociedades hoy en día es el sentimiento de orfandad, es decir, sentir que no pertenecen a nadie. Este sentir «postmoderno» se puede colar en nosotros y en nuestro clero; entonces empezamos a creer que no pertenecemos a nadie, nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca de una élite de consagrados, sacerdotes u obispos. No podremos sostener nuestra vida, nuestra vocación o ministerio sin esta conciencia de ser Pueblo. Olvidarnos de esto -como expresé a la Comisión para América Latina- «acarrea varios riesgos y/o deformaciones en nuestra propia vivencia personal y comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado».[1] La falta de conciencia de pertenecer al Pueblo de Dios como servidores, y no como dueños, nos puede llevar a una de las tentaciones que más daño le hacen al dinamismo misionero que estamos llamados a impulsar: el clericalismo, que resulta una caricatura de la vocación recibida.
La falta de conciencia de que la misión es de toda la Iglesia y no del cura o del obispo limita el horizonte, y lo que es peor, coarta todas las iniciativas que el Espíritu puede estar impulsando en medio nuestro. Digámoslo claro, los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como «loros» lo que decimos. «El clericalismo, lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cf. Lumen gentium, 9-14) y no sólo a unos pocos elegidos e iluminados».[2]

Velemos, por favor, contra esta tentación, especialmente en los seminarios y en todo el proceso formativo. Los seminarios deben poner el énfasis en que los futuros sacerdotes sean capaces de servir al santo Pueblo fiel de Dios, reconociendo la diversidad de culturas y renunciando a la tentación de cualquier forma de clericalismo. El sacerdote es ministro de Jesucristo: protagonista que se hace presente en todo el Pueblo de Dios. Los sacerdotes del mañana deben formarse mirando al mañana: su ministerio se desarrollará en un mundo secularizado y, por lo tanto, nos exige a nosotros pastores discernir cómo prepararlos para desarrollar su misión en ese escenario concreto y no en nuestros «mundos o estados ideales». Una misión que se da en unidad fraternal con todo el Pueblo de Dios. Codo a codo, impulsando y estimulando al laicado en un clima de discernimiento y sinodalidad, dos características esenciales en el sacerdote del mañana. No al clericalismo y a mundos ideales que sólo entran en nuestros esquemas pero que no tocan la vida de nadie.

Y aquí, pedir, pedir al Espíritu Santo el don de soñar y trabajar por una opción misionera y profética que sea capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se conviertan en un cauce adecuado para la evangelización de Chile más que para una autopreservación eclesiástica. No le tengamos miedo a despojarnos de lo que nos aparte del mandato misionero.[3]

Hermanos, encomendémonos a la protección maternal de María, Madre de Chile. Recemos juntos por nuestros presbiterios, por nuestros consagrados; recemos por el santo Pueblo fiel de Dios.
_______________________
[1] Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (21 marzo 2016).
[2] Ibíd.
[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 27.

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2018/01/16/el-papa-a-los-obispos-digamoslo-claro-los-laicos-no-son-nuestros-peones-ni-nuestros-empleados-religion-iglesia-obispos-chile-francisco-juan-barros.shtml

Categorías:Laicos

Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004

Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004

En el discurso de apertura del Congreso de Apostolado Seglar, monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, ofreció un marco general para encuadrar la acción apostólica de los seglares, y se refirió a este Congreso diciendo que “no se trata de un Congreso para estudiosos sino para apóstoles”.

El prelado destacó la importancia de los seglares como “zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de los sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y el mundo”.

Para monseñor Sebastián, los seglares “son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción del Reino de Dios”.

Aunque admitió que los acuerdos entre la jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles son “legítimos, convenientes y hasta necesarios”, sostuvo sin embargo que los instrumentos jurídicos serán “apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo” que los hagan valer.

Como ejemplo, el prelado dijo que “bien está que los obispos nos pronunciemos en contra del aborto o de la manipulación de los embriones humanos. Pero esto vale de poco –añadió– si luego no hay unos cristianos que mantengan la vigencia y el prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las relaciones humanas y de la vida de cada día”.

En este sentido, consideró que “el más poderoso plan de pastoral y de apostolado” que se puede poner en marcha hoy, es imitar a los “cristianos sencillos”, protagonistas de la primera evangelización, que utilizaron “el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído en Él y en su evangelio”.

El prelado explicó que “la movilización apostólica de los cristianos requiere que tengamos una conciencia clara de cuál es el momento histórico de nuestra sociedad”.

“Si en algunos momentos pudimos pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que poner el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros y la solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados –dijo–, tenemos que darnos cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más urgente que la Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más grande que podemos hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarles a creer en Dios”.

“Ayudarles a descubrir la trascendencia de su ser personal, ayudarles a no verse encerrados en su propio yo terreno”. Así, haciendo alusión al lema del Congreso “Testigos de la Esperanza”, dijo que la esperanza que hay que proponer no es la de “más progreso humano”, sino la “esperanza escatológica”, como “principio real de las verdaderas esperanzas terrestres para los hombres”.

En tiempos de evangelización como el nuestro, y a partir del “apostolado básico del testimonio”, el arzobispo de Pamplona consideró más importante “anunciar expresamente el Reino de Dios” que reducir el apostolado a una mera “transformación del mundo”.

Basándose en la premisa inicial de su discurso que consideraba la conversión personal y el cambio de vida como la “condición indispensable para que surja la acción apostólica”, monseñor Sebastián detectó algunos “signos externos” que permiten dividir a los cristianos entre “bautizados” y “convertid ”.

“Si la primera e indispensable mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica y transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión sociológica”, añadió.

El arzobispo destacó la necesidad de mayor clarificación en la Iglesia para “diferenciarse más en el conjunto de la sociedad española, que aunque conserve muchos elementos cristianos ya no es cristiana de corazón”.

“En años pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia, para ser fiel al evangelio de Jesús, tienen que adaptarse a las preferencias y características de cada momento cultural”.

Ante quienes mantienen esta postura, monseñor Sebastián recordó que “necesitamos liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de unos decenios en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad”.

Para el prelado, “la sociedad española vive un período de secularización intensiva, una fascinación por las cosas de la tierra favorecida por el crecimiento económico (…) y fomentada por una actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales”.

Según monseñor Sebastián “el gran debate de fondo” hoy –que se está generando “en todo Occidente, y en España con especial virulencia”– es un debate religioso, en el que lo que está en juego “es organizar la vida humana sin contar con Dios, como si fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos de nuestra vida y de la creación entera”, sin querer reconocer que “la Paternidad de Dios es la tierra real donde crece la auténtica humanidad”.

Sin embargo, “aún reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad de nuestra Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades espirituales”, dijo.

La mirada al interior de la Iglesia Monseñor Fernando Sebastián también dirigió una parte de su discurso a hacer “autocrítica” y poner en evidencia algunas de las debilidades de los propios cristianos que han contribuido al avance de la descristianización de la sociedad.

“Con frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entra las diversas vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la unidad de la vocación cristiana común es más fuerte que las diferencias existentes entre las diversas vocaciones cristianas”, dijo.

Para el prelado, “hoy es más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos que las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación entre cristianos y no cristianos, entre Iglesia y mundo es la verdadera perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad apostólica”.

Respecto a las debilidades de la Iglesia, monseñor Sebastián habló “además de la debilidad religiosa y en gran parte como consecuencia de ella”, de la división de la Iglesia española “en grupos y tendencias que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo”.

“Subsisten todavía grupos que por una teología secularizada viven un alejamiento práctico de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión integral”, denunció.

Y sin “llegar a situaciones tan extremas” citó también a “grupos que viven y actúan con una relación muy tenue, más formal que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en sus propias ideas”, añadió.

En otro momento de su ponencia, afirmó que “mientras el clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro mundo, no podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos apóstoles”, sostuvo.

Además, y respecto a las “asociaciones propiamente eclesiales”, el prelado señaló el error que consiste en “subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor a lo específico que a lo común”.

Reproducimos a continuación el discurso completo (tomado de http://www.congresodeapostoladoseglar.org) LOS FIELES LAICOS, IGLESIA PRESENTE Y ACTUANTE EN EL MUNDO Vocación apostólica de los fieles laicos Madrid, 12 de noviembre de 2004 Excmo. y Rvdmo. Arzobispo de Pamplona y Tudela, D. Fernando Sebastián Aguilar.

  1. PORTADORES DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA Jesús vino a nuestro mundo para dar testimonio de la verdad, para dar a conocer la sabiduría y la gracia de Dios, para manifestarnos nuestra condición de hijos de Dios y herederos de la vida eterna.

“Yo, la luz, he venido a este mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46). La Iglesia es heredera de Jesús, continuadora de su vida y de su misión, de su testimonio y de sus obras de salvación.

A la hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús encomendó a sus discípulos la continuidad de su misión, el mantenimiento y la expansión de este anuncio de salvación. “Yo los he enviado al mundo como Tú me enviaste a mí” (Jn 17, 18). “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21), “Dios me ha dado pleno poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). “Id por todo el mundo y enseñad a todos el mensaje de la salvación. El que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea será condenado”. (Mc 16, 15); “En su nombre se ha de anunciar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, el mensaje de conversión y de perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24, 47-48). Por la expresa voluntad de Jesús, los cristianos, sus discípulos, somos luz, levadura, la huella y el signo de su presencia.

Este mandato afecta primeramente a los apóstoles, pero no cuesta ningún trabajo darse cuenta de que este encargo de Jesús queda en manos de todos sus discípulos. Así se lo dice a los que llama a la fe y al seguimiento, “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9, 60). Ser discípulo requiere, ante todo, arrepentirse de los pecados y vivir la vida nueva del Reino, la vida según el Espíritu. Y enseguida continuar el testimonio de Jesús anunciando el Reino. Así lo enseñó el concilio Vaticano II: “La Iglesia recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva, para cumplirlo hasta los confines de la tierra (Cf Hch 1, 8)… Todos los discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según sus posibilidades… De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu, y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos”. [1] Cuando hablamos del apostolado de los laicos no debemos pensar en algo diferente de lo que Jesús encomienda a sus discípulos en general, algo diferente de la misión general de la Iglesia. La Iglesia como comunidad está constituida fundamentalmente por los laicos, los cristianos comunes que viven en el mundo sin ser del mundo. [2] Es preciso analizar un poco detenidamente la condición existencial del cristiano para descubrir las raíces de esta vocación al apostolado inherente a la vocación cristiana. La existencia cristiana queda configurada por el sacramento del bautismo. Como cristianos, somos lo que significa y produce el sacramento del bautismo en cada uno de nosotros. El Bautismo es el sacramento de toda la vida. Ahora bien, un bautizado es un hombre que, antes o después de recibir el sacramento, ha oído el anuncio de la salvación de Dios, ha aceptado esta palabra y en consecuencia ha aceptado a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del mundo, se ha arrepentido de sus pecados, ha recibido el don del Espíritu Santo que le hace hijo de Dios, y vive el mandamiento del amor fraterno en la esperanza de la vida eterna.

El deber y el derecho de los laicos al apostolado derivan de su unión con Cristo Cabeza. Incorporados por el bautismo al Cuerpo místico de Cristo y fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo por medio de la confirmación, son destinados al apostolado por el mismo Señor. [3] De esta vida cristiana, nueva y diferente, nace espontáneamente la necesidad del apostolado. El cristiano que convive con los no cristianos se siente en la necesidad de explicar y justificar su vida, de dar razón de su esperanza, explicando a los amigos y vecinos cuáles son los motivos por los que él lleva una vida distinta de la que se presenta como vida normal, como vida humana corriente y legítima. Por pura lealtad con sus vecinos, el cristiano tiene que explicarles de dónde le vienen a él la fortaleza y el gozo ante todos los acontecimientos de la vida, intentando ofrecerles el mismo don que él ha recibido para descubrir el valor de la vida humana en todas sus circunstancias, en la vida personal y en la familiar, en el trabajo y en el ocio, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en este mundo y en la esperanza de la vida eterna. Como María Magdalena, los cristianos, cuando nos encontramos espiritualmente con Cristo resucitado y salvador, recibimos el encargo misionero: “no te entretengas, anda, ve a mis hermanos y diles que voy a mi Padre que es también su Padre, que voy a mi Dios que es también su Dios” (Jn 20, 17) Naturalmente, para tener que explicar la propia vida, primero hay que vivirla. La conversión y el cambio de vida, personal, familiar y comunitario, es condición indispensable para que surja la acción apostólica del cristiano. El anuncio del Evangelio no busca directamente ninguna eficacia de carácter temporal, sino que busca directamente el renacimiento de la persona a la vida de hijo de Dios, la iluminación de la mente y la conversión del corazón, el cambio de vida, el arrepentimiento de los pecados y el nacimiento a una nueva vida, arraigada en el seguimiento de Cristo y alimentada por el Espíritu Santo. Esta nueva vida comienza por el reconocimiento de Dios, la gratitud y la alabanza, el amor de Dios sobre todas las cosas. Y se expresa en el cumplimiento del mandato del amor como norma suprema y universal de vida. Todo tiene que rehacerse desde el amor de Dios arraigado en nuestros corazones. Las demás cosas vendrán por añadidura. Los planes, los proyectos, las convocatorias, no valen de nada, si no arde en nuestros corazones el fuego del amor de Dios, si no vivimos del todo poseídos por el amor y el Espíritu de Jesús.

Desde esta consideración básica del ser cristiano, es una cuestión secundaria el que dentro de la comunidad aparezcan vocaciones distintas y formas diferentes de vivir los elementos cristianos comunes para el buen servicio de la comunidad. Obispos, presbíteros, consagrados y cristianos seglares la inmensa mayoría, todos tenemos los mismos elementos comunes de vida y todos compartimos la misión común de continuar la obra de Jesús viviendo y anunciando los bienes del Reino. Más importantes que los rasgos específicos de las diferentes vocaciones cristianas, es el contenido común de descubrir y vivir la propia vida como respuesta a la llamada paternal de Dios, arraigados en el Hijo Jesucristo quien nos dice a todos: “Deja lo que tienes, sígueme y vete a anunciar el Reino de Dios”. Esta vocación común tiene diferentes formas y se adapta a las circunstancias de cada persona, pero ninguna determinación específica o personal puede ocultar o desfigurar la riqueza de la vocación común cristiana.

  1. CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO DE LOS FIELES LAICOS En la segunda mitad del siglo pasado se escribió mucho sobre la vocación de los seglares como si se tratara de un extraño descubrimiento. La gran novedad consistía en decir que los seglares también formaban parte de la Iglesia, también estaban llamados a la santidad, también tenían vocación apostólica, es decir, el gran descubrimiento consistía en decir que los seglares también eran Iglesia.

Hoy, sin ninguna preocupación reivindicacionista, podemos decir no sólo que los seglares son Iglesia, sino que de alguna manera, no excluyente, los seglares son la Iglesia y llevan sobre ellos la misión eclesial, la grande y bella misión de continuar la obra de Jesús, esto es anunciar la presencia, la paternidad, la misericordia y los dones de Dios. Juan Pablo II, en Christifideles laici cita unas palabras de Pío XII que vale la pena recoger aquí: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos especialmente deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos, en comunión con él. Ellos son la Iglesia” ( Pío XII, Discurso a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946, AAS, 38, 149). [4] Los fieles laicos, por el simple hecho de ser cristianos, independientemente de si viven en el mundo de una manera o de otra, tienen la misión común de anunciar la presencia y la bondad del Dios invisible, como referencia necesaria para que el hombre se conozca a sí mismo y viva en la verdad de su humanidad.

“A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado de la evangelización y santificación” [5] . Normalmente este apostolado se apoya en el testimonio de la vida de los mismos cristianos. Pero no termina en el testimonio. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra. Tanto a los no creyentes, para llevarlos a la fe, como a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa” [6] .

Los cristianos que viven en el mundo, tienen la misión que les corresponde por serlo, y las notas específicas de su vivir en el mundo no pueden suprimir ni sobreponerse a su misión esencial y común como cristianos. Si viven en el mundo, siendo verdaderamente cristianos, es lógico que ejerzan su misión común de anunciar el Reino de Dios en el contexto en que viven y por los procedimientos que tienen a su alcance. Pero su misión sigue siendo la misión primaria y fundamental de la Iglesia: anunciar a todos los hombres el amor de Dios manifestado en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo para la vida eterna.

Para decirlo de forma concreta. Los cristianos que viven en presencia de Dios envueltos en las riquezas de su amor que les sostiene y les da la vida, pueden y deben anunciar y extender el Reino de Dios. Sobre esta vocación común crecen las vocaciones específicas de los obispos, de los presbíteros, los misioneros o los religiosos y consagrados. Todos ellos tienen que sentirse llamados a anunciar lo mismo aunque lo hagan de diferente manera y con diferentes acentos. Precisamente en virtud de esta participación común de todos los cristianos en la misión apostólica de la Iglesia, pueden los laicos asumir y desempeñar en el interior de la comunidad todas aquellas tareas apostólicas que no requieran un ministerio ordenado, como la educación religiosa de niños y jóvenes, el ejercicio de la catequesis, la animación espiritual de personas o grupos, la atención a los enfermos, etc.

Los seglares anuncian el Reino de Dios en primer lugar viviéndolo, la vida del cristiano es una vida edificada sobre el conocimiento y la aceptación del amor de Dios como fundamento y norma suprema de la propia vida. El anuncio tienen que hacerlo en el contexto real de su vida, en su familia, entre sus amigos y vecinos, en el ejercicio de su profesión, en el ejercicio también de sus derechos y deberes ciudadanos.

Al hablar del apostolado de los laicos se insiste casi exclusivamente en las notas específicas provenientes de situación secular en la que los cristianos viven su vida. En esta perspectiva se suele decir que lo específico del apostolado de los laicos consiste en la transformación del mundo según los designios de Dios. Esto es verdad, pero es una manera muy reductora de describir la vocación y la misión del fiel cristiano.

La secularidad cristiana no es una secularidad cualquiera, ni es la secularidad original que todos los hombres poseemos por el hecho de ser criaturas terrestres y sociales. Los cristianos están en el mundo pero no son del mundo. Es más, el mundo de los cristianos, visto desde la fe y vivido en el Espíritu, no es igual que el mundo de los paganos. Es un mundo creado y presidido por Dios, no es el término de nuestras aspiraciones ni de nuestra vida, la valoración y el modo de portarse con los demás no nace espontáneamente del mundo, sino que para el cristiano nace de la Palabra y del espíritu de Dios.

La Iglesia entera, como arraigada en el misterio de la Encarnación del Verbo, es toda ella secular. Así lo dice bellamente Pablo VI y lo recoge Juan Pablo II en Christifideles laici: “La Iglesia tiene una dimensión secular inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros” Pablo VI, (Discurso a los miembros de los Institutos seculares, 2 febrero 1972) Todos los cristianos participamos de esta secularidad de la Iglesia, aunque sea de manera diversa. [7] Con frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entre las diversas vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la unidad de la vocación cristiana común es más fuerte que las diferencias existentes entre las diversas vocaciones cristianas. Clérigos o laicos, consagrados o seglares, todos somos cristianos, hijos de Dios, templos del Espíritu Santo y ciudadanos del cielo.

Hoy es más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos, que las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación entre cristianos y no cristianos, entre iglesia y mundo es la verdadera perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad apostólica. No discutamos tanto de las diferencias entre nosotros, asomémonos a las carencias de los que no son cristianos, preocupémonos por ellos, anunciémosles a ellos las grandezas de la vocación cristiana común.

En esta perspectiva, hay que decir que el primer apostolado de los cristianos en el mundo consiste en presentar con su vida el esplendor de la vida humana redimida por Jesucristo, santificada por el Espíritu Santo y levantada a la condición de la filiación divina. Mostrando una vida diferente, dignificada, pacificada, santificada por el don de Dios, los cristianos son verdaderos continuadores de la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad de Dios y la inminencia de su Reino en el mundo. A partir de este apostolado básico del testimonio, el cristiano puede y debe ayudar expresamente a sus vecinos a conocer a Cristo, a creer en El, y por El conocer y adorar al Dios de la salvación. Toda la Iglesia es testimoniante, evangelizadora, signo de salvación, difusora de la fe y servidora del anuncio y del crecimiento del Reino de Dios en el mundo. En la dinámica normal de la vida cristiana entra el anuncio de Jesucristo, la comunicación de su palabra, la invitación a conocer y aceptar los dones de la salvación.

En este anuncio del Reino y en este servicio de la fe, las notas específicas del apostolado del cristiano no consisten como tantas veces se dice, de manera un poco presuntuosa, en la transformación del mundo sino en anunciar los bienes del Reino, sin ninguna autoridad añadida, apoyada simplemente en la fuerza elocuente y significativa de su propia vida, sin representar al conjunto de la comunidad, y utilizando como principal instrumento las relaciones normales y comunes de la convivencia ordinaria y común de la vida social como p.e. la familia, el trabajo, la amistad, etc.

En tiempos de evangelización, es importante subrayar esta capacidad y obligación de los fieles cristianos de anunciar expresamente el Reino de Dios, el amor y la salvación de Dios que se nos ha descubierto y ofrecido en la vida, muerte y resurrección de N.S. Jesucristo. Toda la Iglesia, todos los cristianos tenemos que sentirnos invitados y obligados a ayudar a nuestros hermanos a conocer a Jesucristo, a creer en El, a descubrir la Iglesia como Cuerpo y Signo de Cristo, a conocer y adorar al Dios de la salvación y vivir según su voluntad. Este es el primer apostolado de los fieles laicos, su aportación más importante a la misión de la Iglesia y la aceleración del Reino de Dios en el mundo.

A partir de una vida cristiana intensa y coherente, el cristiano crea un mundo diferente, purificado, humanizado y santificado por la acción del Espíritu Santo en el corazón de los fieles. La novedad y la humanidad del mundo construido por los cristianos, es la expresión y el reflejo de la justicia interior que Dios infunde en los corazones de sus fieles, y en definitiva expresión y manifestación de la sabiduría y de la bondad de Dios que inspiran y dirigen las actividades de sus fieles. Desde el esplendor y el gozo de su vida redimida y enriquecida por los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo que ha recibido, del Señor Jesucristo y del amor del Padre celestial que son el origen y la riqueza de su vida.

Es fácil de comprender que toda la fuerza apostólica del cristiano descansa en la mediación esencial y necesaria la CONVERSIÓN PERSONAL. Las demás instituciones, las demás actuaciones pretenden transformar la realidad humana mediante la técnica, las leyes, el conocimiento, la organización, siempre de fuera hacia dentro, generalmente sin contar con la realidad profunda de la libertad personal, de las convicciones, motivaciones y deseos de la persona. El Evangelio, la gracia de Dios, la acción de Cristo y de su Espíritu actúan siempre de dentro afuera, contando ante todo con la intimidad de la persona, sus actitudes de fondo, la orientación básica de su voluntad y de sus aspiraciones, las ideas, criterios, amores y aspiraciones de cada uno.

Digamos claramente que la primera transformación de la realidad que los cristianos debemos procurar es la transformación de nuestra propia vida, de nuestra visión del mundo, nuestras actitudes, nuestros deseos y aspiraciones. Una antropología y sociología cristianas tienen que considerar la vida personal como la realidad más real y más verdadera. Las estructuras, las relaciones, las actividades de los hombres, toda la realidad social es proyección y expansión de esta realidad propia del ser personal de cada uno.

Desde este punto de vista podemos señalar una serie de ámbitos concéntricos y sucesivos en los cuales el cristiano renueva el mundo.

  1. a) La primera renovación es la de su propia vida, su visión del mundo, sus objetivos, deseos, modelos de comportamiento, relaciones, actividades, objetivos y aspiraciones, de cada uno, de cada persona. Este es el primer fruto de la conversión personal, sin el cual toda actuación apostólica del cristiano queda comprometida y bloqueada.
  2. b) El segundo ámbito de este mundo renovado es la familia. Cuando las personas se ven cristianamente a sí mismas y viven su vida en conformidad con la Palabra de Dios, las relaciones entre hombre y mujer alcanzan unas características que hacen que la sexualidad y la vida matrimonial respondan adecuadamente a la naturaleza personal del hombre y de la mujer, de los padres y de los hijos. La familia cristiana es humanidad redimida, liberación y dignificación del ser personal y de la realidad social fundamental y básica.
  3. c) El tercer ámbito de transformación es el de las relaciones entre familias cercanas, entre parientes, vecinos y amigos, mediante el desarrollo de las mil variaciones de la caridad fraterna en la convivencia de cada día. Así por ejemplo, justicia, veracidad, generosidad, hospitalidad, y tantas otras características clarificadas, fortalecidas y reclamadas por la nueva existencia en el Espíritu.
  4. d) Un cuarto ámbito de la existencia humana renovada es el mundo de las actividades y las relaciones profesionales, el mundo de la economía y del trabajo. Los cristianos pueden ejercer y de hecho ejercen todas o casi todas las profesiones legítimas, pero es evidente que no todos los modos de ejercer una misma profesión son igualmente propios de los cristianos. La responsabilidad y el ejercicio de la justicia y de la generosidad tienen que ser características del ejercicio profesional de un cristiano en cualquier profesión o actividad laboral y económica. Las amplitudes legales, los usos, las preferencias más habituales no pueden ser el criterio definitivo del comportamiento de los cristianos. Sólo actuando de manera conforme con la caridad sobrenatural los cristianos seglares transforman de verdad el mundo de acuerdo con los designios de Dios y facilitan el advenimiento de su Reino.
  5. e) En último lugar, la acción transformadora de los cristianos convertidos alcanza los ámbitos de la vida social y pública, mediante el ejercicio de sus deberes y derechos políticos, tanto en el ejercicio del voto como en la actuación personal y asociada de aquellos cristianos que se dedican a la acción social y pública, en el campo de la información, de la opinión, o del gobierno en cualquier nivel y con cualquier sigla o color. Aceptando la libertad y el pluralismo de nuestra sociedad, y precisamente en ejercicio de esa misma libertad y del pluralismo real, los cristianos pueden y deben tener en cuenta los principios de la moral social cristiana para actuar en política, ya sea en el ejercicio del voto o en la actuación directamente política en los diferentes partidos y en las actividades legislativas, desde el ejercicio del gobierno o desde la oposición. Con frecuencia la fe cristiana es desautorizada como inductora de intolerancias e imposiciones. La actuación de los políticos cristianos tendría que manifestar ostensiblemente que la fe cristiana y el reconocimiento del Dios salvador, es fuente de una actuación política verdaderamente justa y servicial, principio de una sociedad libre, justa, pacífica y fraternal.

Cuando los cristianos trabajan para construir un mundo ordenado al bien del hombre “participan en el ejercicio de aquel poder por el que Jesucristo resucitado atrae hacia si todas las cosas y las somete, consigo mismo, al Padre de manera que Dios sea todo en todos (Cf Jn 12, 32; I Cor 15, 28). [8] Todo esto lo podemos entender como comentario de las luminosas palabras de San Pablo, los que viven en Cristo son una realidad nueva, lo viejo está superado, aquí está ya la nueva creación [9] III. EL APOSTOLADO SEGLAR EN LA IGLESIA DE ESPAÑA. BALANCE Y PERSPECTIVAS.

Pero nuestro congreso no es un congreso para estudiosos que vienen a informarse sobre las mejores ideas que hoy se puedan decir acerca del apostolado de los seglares. Nuestro congreso quiere ser un congreso práctico, que ilumine la situación del apostolado seglar en nuestra Iglesia y si es posible impulse y movilice la vocación apostólica de los cristianos seglares.

Cualquier proyecto tiene que comenzar por levantar un plano lo más exacto posible del punto de partida. ¿Cómo está en estos momentos el apostolado de los seglares en nuestras Iglesias? ¿Qué puntos de apoyo tenemos y que dificultades encontramos para impulsar una actividad apostólica que responda a nuestras necesidades? Si dirigimos nuestra mirada a la realidad de nuestra Iglesia, veremos que la fuerza y el vigor apostólico de nuestras comunidades cristianas es hoy bastante deficiente.

Sin entrar a juzgar las conciencias, ateniéndonos estrictamente a los signos externos, nos vemos obligados a reconocer el gran desequilibrio existente entre cristianos bautizados y cristianos convertidos. Si la primera e indispensable mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica y transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión sociológica. Ante las estadísticas podemos insistir en aspectos diferentes. Podemos recrearnos en ese casi 90 % de ciudadanos españoles que se declaran católicos. O podemos insistir en que de ellos solamente un escaso 30 % cumple externamente las obligaciones básicas del cristiano. Podemos destacar que el 70 % de los matrimonios se celebran según el rito católico y sacramental, pero no podemos ignorar que el 20 % de estos matrimonios se separan y dan lugar a otras uniones incompatibles con la moral cristiana y si además nos preguntamos en cuántos matrimonios se aceptan y se practican las normas morales enseñadas por la Iglesia, veremos qué amplios y profundos son los deterioros de la conciencia y las deficiencias de la vida de muchos cristianos.

Si nos asomamos a la vida profesional y económica de nuestra sociedad, junto a grandes avances en el reconocimiento de la justicia social, podemos preguntarnos también cuántos cristianos ejercen su profesión y actúan en el mundo económico y laboral con criterios cristianos, sin reconocer el lucro y las ventajas personales como razón determinante de su comportamiento, en la elección y el modo de ejercitar su profesión.

Es evidente que la aplicación de los criterios morales cristianos en la vida cultural y política es una cuestión algo compleja que requiere muchos matices. Pero aun así hay algunas afirmaciones fundamentales que nos permiten valorar algo la situación en estos momentos. Las actividades políticas de las personas, tanto en el ejercicio del voto como en el ejercicio de todas las actividades políticas están sometidas a la norma moral como cualquier otra actividad humana. Los votantes tienen que votar de acuerdo con su conciencia moral, y los gobernantes tienen que gobernar de acuerdo con su conciencia moral rectamente iluminada y formada. No pueden ser las mayorías o las encuestas los últimos criterios para decidir lo que es bueno y lo que es malo, sino los criterios morales objetivos, aceptados y aplicados por una conciencia recta, juntamente con la ponderación prudente de las circunstancias sociales, los que decidan el sentido, los contenidos de las leyes y los objetivos preferentes de la acción de gobierno. Decirlo, hacerlo posible, ejecutarlo así es un noble objetivo cívico, moral y apostólico de los cristianos.

Se podría pensar que una sociedad formada mayoritariamente por cristianos, debería configurar su vida colectiva a la luz de la revelación cristiana, sin imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las costumbres cristianas pero sí ofreciendo a todos los frutos culturales y sociales que la revelación de Dios y la redención de Jesucristo promueven a favor de todos los hombres. Entre estos valores promovidos en la historia por la revelación cristiana se encuentra la afirmación de la igualdad básica de todas las personas, pueblos y razas, sin marginaciones ni discriminaciones de ninguna clase, el respeto por la libertad de las personas y la tolerancia de unos con otros en un esfuerzo común de convivencia sobre la base de unos postulados morales aceptados y respetados por todos.

El pluralismo en sí mismo no es una meta definitiva ni un bien último. Desde el pluralismo, consecuencia inevitable de la libertad, todos debemos buscar la verdad, aceptar su fuerza convincente y ajustar nuestra vida a los conocimientos alcanzados y compartidos. Sin esta búsqueda social e histórica de la verdad, apoyándose en la capacidad de la razón y en la luz de la revelación divina, y sin un respeto decisivo a unos principios de moral objetiva fundada igualmente en la naturaleza humana y en la iluminación de la revelación divina, la democracia resulta insostenible, y puede degenerar fácilmente en una imposición de las mayorías, previamente fabricadas por quienes controlan y manejan los medios de comunicación.

La sociedad española vive un período de secularización intensiva. Esta fascinación por las cosas de la tierra está favorecida por el crecimiento económico, por las múltiples ofertas de diversión y de ocio, por la dureza de una vida reglada por las exigencias del trabajo y de la economía, y por otros modos objetivos de vida. Pero más profundamente está siendo fomentada por unas actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales.

Aunque oficialmente la transición política se hizo en forma de reconciliación, en realidad los años de vida democrática han permitido el desarrollo de una mentalidad revanchista según la cual los vencedores de la guerra civil eran injustos y corruptos, mientras que la justicia y la solidaridad estaba toda y sólo en el campo de los vencidos. Por eso ahora en los años de democracia se pretende desplazar como perversión cultural todo lo que provenga de las décadas y aún siglos centrales de la historia española, incluido claro está la valoración de la religión católica como un componente importante del patrimonio espiritual y cultural de los españoles.

Esta manera de pensar, manifestada con mayor o menor explicitud, está siendo difundida por importantes medios de comunicación desde hace muchos años, domina en los partidos de izquierda, ha estado presente en sus campañas ideológicas y está ahora presente en las actividades legislativas y en muchas decisiones de gobierno de nuestro gobierno actual. Hay un complejo movimiento de secularización de las conciencias, en virtud del cual el hombre occidental encuentra especiales dificultades para verse a sí mismo como criatura y reconocer la existencia de un Dios creador y redentor en cuya presencia adquiere todo su esplendor la existencia humana. Aparte de este movimiento general, la sociedad española está sometida a otras tendencias de signo reivindicacionista y antieclesial que han hecho que el proceso de descristianización tenga entre nosotros una amplitud y una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros países europeos.

Aun reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad de nuestra Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades espirituales. La debilidad de la adhesión personal a las realidades y a la vida de fe, la escasa formación intelectual, la falta de estima por la propia fe, hacen a muchos de nuestros cristianos especialmente vulnerables a la acción descristianizadora del ambiente, y los incapacita para asumir una responsabilidad apostólica en sus propios ambientes.

Cierto que no podemos ser rigoristas ni exigir más de lo que la naturaleza humana permite, pero es claro que la verdad y la autenticidad de nuestro ser cristiano está reclamando una Iglesia en la que se marquen más las novedades aportadas por Jesús, la novedad de vida que El ha traído al mundo. Una Iglesia en la que los cristianos hayan vivido un acto expreso y suficientemente fundamentado de su decisión de fe en Jesucristo, en Dios, en la Iglesia Católica. Y no basta un grado cualquiera de personalización de la fe, la santidad es “presupuesto fundamental” [10] para la renovación de la Iglesia, para el anuncio del evangelio y la extensión de la fe en el mundo.

Además de la debilidad religiosa, y en gran parte consecuencia de ella, la Iglesia española está profundamente dividida en grupos y tendencias que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo. Subsisten todavía grupos que por una teología secularizada viven un alejamiento práctico de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión integral. Sin llegar a situaciones tan extremas hay multitud de grupos que viven y actúan con una relación muy tenue, más formal que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en sus propias ideas. Muchas congregaciones religiosas están más preocupadas de sí mismas que de su servicio a la comunidad eclesial. Y en muchos movimientos se adivina el sentimiento de que su servicio a la Iglesia consiste en invitarla a copiar universalmente sus ideas y procedimientos.

Como resumen, podemos decir que en la España actual muchos cristianos viven en una comunión espiritual eclesial y católica fragmentada y deficiente. Lo que se llama “catolicismo a la carta” es realmente la manifestación de una fe cristiana afectada por el predominio de la cultura vigente y el sometimiento a los intereses materiales y personales protegidos y favorecidos por la cultura y las instituciones dominantes. Los cristianos que quieran ser apóstoles tendrán que saber vivir en el mundo sin ser del mundo, vivir con todos sin actuar como todos, y tendrán que saber renunciar a muchos objetivos y aspiraciones que solamente están al alcance de quienes se someten a la dictadura de lo “políticamente o culturalmente correcto”. En la actual sociedad española el cristiano coherente y fervoroso tiene que estar dispuesto a padecer una cierta marginación social, cultural y hasta profesional, y en consecuencia tiene que estar dispuesto a renunciar a muchos bienes sociales y económicos, que no están al alcance de quienes se presentan y actúan socialmente como cristianos coherentes. Es el martirio moderno que prueba la autenticidad y consuma la perfección de la fe de los cristianos que viven y actúan en el mundo.

En resumidas cuentas tenemos que decir que la hora presente de nuestra Iglesia no se caracteriza por un especial potencial apostólico. Más bien estamos viviendo una época de enfriamiento religioso generalizado y de debilidad profética y apostólica de la Iglesia.

– Muchos fieles bautizados abandonan la fe o la reducen a unas vagas referencias que ya no configuran la mente ni rigen la vida; – otros nos dejamos influenciar por las influencias del mundo no cristiano en ideas, sentimientos, preferencias y valores; – hay pocos cristianos que asuman la misión apostólica de su vocación cristiana como una tarea expresa y determinante en su vida; – vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria a la fe, antropocéntrica, hedonista, mundana, que no reconoce de manera efectiva ni la soberanía de Dios ni la primacía de la vida eterna en la comprensión, ejercicio y configuración de nuestra vida; los criterios, las actitudes no cristianas crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del testimonio cristiano y debilitan el vigor espiritual y la capacidad apostólica de la Iglesia.

– en esta situación las organizaciones y asociaciones de los cristianos, absolutamente necesarias para su buena preparación y su actuación efectiva en los diversos sectores de la vida social, son escasas. Las más clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas por falta de renovación generacional o viven cautivas de viejas concepciones, reactivas e ideologizadas, que las incapacitan para desempeñar un papel importante en la vida y en el apostolado de la Iglesia. Las más jóvenes y más pujantes desde el punto de vista religioso y apostólico, son todavía escasas, se reducen a grupos minoritarios que no han logrado todavía renovar al conjunto del pueblo cristiano y con frecuencia viven excesivamente encerradas en sí mismas sin una inserción efectiva en la vida común de las parroquias y de las Diócesis.

  1. ALGUNAS SUGERENCIAS PRÁCTICAS ¿Qué tendríamos que hacer en la Iglesia española para promover de manera efectiva el apostolado personal y organizado de los cristianos? No creo que nadie pueda responder de manera completa y definitiva a esta pregunta. “Con temor y temblor” intentaré simplemente ofrecer unas sugerencias que podrán ser discutidas, modificadas, enriquecidas o rechazadas en estas jornadas del Congreso y sobre todo con las experiencias y resultados de los múltiples esfuerzos que se desarrollan en todas nuestras Iglesias. Me sentiré satisfecho si con mis palabras suscito vuestras reflexiones y aliento vuestra esperanza.

La llamada de Juan Pablo II a una nueva época de evangelización en las Iglesias de vieja tradición cristiana, encierra estos elementos. Reconocimiento de un decaimiento religioso generalizado, quiebra e insuficiencia de los cauces y procedimientos tradicionales en la transmisión de la fe, necesidad de recuperar el vigor apostólico de los orígenes con la debida adaptación a las exigencias de la sociedad contemporánea. Cada vez son más las personas que en nuestras sociedades están necesitadas de una primera evangelización. Esta es la misión más urgente de nuestras Iglesias y de todos nosotros, sacerdotes y laicos, consagrados y seglares. Si ha de haber un renacimiento del apostolado seglar en nuestras iglesias, tendrá que surgir primero una renovación espiritual y eclesial de nuestros cristianos, de nuestras comunidades y parroquias. El apostolado de hoy tiene que ser un apostolado evangelizador, nacido y crecido de la fuerza religiosa de una Iglesia evangelizadora.

Necesitamos convocar a los laicos a esta labor de evangelización en estrecha comunión con sacerdotes y obispos, movidos todos por un espíritu verdaderamente misionero. [11] Como siempre, hay que comenzar por asentar los pies en el terreno firme de la verdad. Y la verdad en este punto es que nuestra Iglesia no está en trance de evangelización. Hace muchos años que estamos hablando de parroquia misionera, de pastoral evangelizadora, pero nuestros métodos y nuestras aspiraciones han cambiado bastante poco. La inmensa mayoría de nuestras parroquias, de nuestros colegios, de nuestras asociaciones siguen viviendo y actuando ahora como hace veinte, treinta o cuarenta años. Y en muchas cosas peor, porque somos más rutinarios, porque tenemos menos iniciativas, porque la mayoría somos ya muy mayores.

Ante estas afirmaciones alguien podrá pensar que estoy transmitiendo un mensaje derrotista. Nada más lejos de mi intención. Los cristianos no podemos ser pesimistas ni derrotistas. Contamos con la presencia del Señor, con la fuerza incoercible del Espíritu, con la asistencia irrevocable de la Sabiduría y de la Providencia divinas. Desde que Cristo redimió al mundo con la fuerza suprema de la debilidad de la cruz, la condición normal de los cristianos es la de una debilidad permanente de la cual nace la fuerza soberana de la verdad y del espíritu de Dios. La debilidad reconocida y la confianza en el Amor y la ayuda del Señor resucitado son los dos pilares de nuestra verdadera fortaleza.

Los católicos españoles tenemos que asimilar la experiencia de Pablo en medio de sus tribulaciones. Nos tienen por impostores y somos veraces, nos consideran trasnochados y estamos llenos de proyectos, piensan que estamos a punto de desaparecer y sin embargo resistimos. Nos acosan por todas partes pero no pueden con nosotros, andamos a oscuras pero nunca perdemos la esperanza, nos vemos perseguidos pero nunca aniquilados. Vivimos la debilidad de Jesús ante sus verdugos, pero en esta debilidad se manifiesta el poder de Dios y el esplendor de la nueva creación [12] En la debilidad somos más fuertes. [13] La debilidad de Dios es más fuerte que el poder de los hombres, la ignorancia de Dios más sabia que la sabiduría de los hombres, más eficaz que las técnicas y los poderes de este mundo. [14] Siendo débiles, somos más fuertes que los fuertes de este mundo, porque contamos con la palabra de la verdad y la fuerza del evangelio de Dios. [15] Con estos presupuestos quiero señalar algunos requisitos imprescindibles para que pueda crecer y desarrollarse en nuestra Iglesia con entera normalidad el apostolado de los seglares.

1º, Ante todo, nuestra Iglesia, necesita clarificarse más, diferenciarse más en el conjunto de la sociedad española que aunque conserve muchos elementos cristianos ya no es cristiana de corazón. En años pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia para ser fiel al evangelio de Jesús tiene que adaptarse a las preferencias y características de cada momento cultural. Esta manera de ver las cosas se apoya en un concepto falso de humildad y de misericordia. Nuestra humildad está en la fidelidad al mandato recibido y la mejor misericordia es el ofrecimiento del evangelio de Jesús en su radical originalidad y en total integridad. Por eso junto con el anuncio y el servicio, entre la Iglesia y el mundo hay también lugar para el escándalo y el conflicto.

Necesitamos liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de unos decenios en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad. Esta clarificación e identificación de la Iglesia en el conjunto de la sociedad requiere que los cristianos lo sean con mayor claridad y coherencia. Y quienes no quieran vivir la vida cristiana en la comunión católica deberían renunciar a violentar a la Iglesia para acomodarla a sus conveniencias. Todo lo que queramos hacer como cristianos en nuestro mundo se sustenta sobre la existencia de comunidades cristianas, más o menos numerosas, pero sinceramente entusiasmadas con su vocación cristiana, claramente conscientes de sí mismas, dispuestas a vivir la vida personal, familiar y social de acuerdo con el evangelio de Cristo y la doctrina de la Iglesia, sin temor a ser criticadas por los poderes de este mundo, capaces de presentar los contenidos de la salvación de Dios y hacerla operativa en las actuaciones y relaciones de la vida social concreta y verdadera. Es evidente que las comunidades fervorosas suponen personas y familias que vivan intensamente su fe y su vida espiritual es estrecha y gozosa comunión eclesial.

Tenemos a nuestro alcance muchos medios prácticos para caminar en esta dirección. Podemos, por ejemplo, intensificar la acción evangelizadora en los tiempos y celebraciones de la iniciación cristiana, con la finalidad expresa de suscitar cristianos convertidos, que vivan intensamente su consagración bautismal y que estén suficientemente capacitados para vivir y anunciar el evangelio en el contexto de la vida social real. Podemos trabajar para que las celebraciones sacramentales respondan de verdad a la fe de los participantes. Todos sabemos y aceptamos la enseñanza de la Iglesia sobre la eficacia de los sacramentos ex opere operato, en virtud de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. Pero también sabemos que esta infinita fuerza santificadora de los sacramentos solo es eficaz en nosotros en la medida en que aceptamos la acción santificadora de Dios por medio de la fe y de la amorosa obediencia a su Palabra. Poco a poco tenemos que ir consiguiendo que el bautismo sea celebrado, aceptado y vivido como sacramento de la fe y de la vida cristiana; que el sacramento de la conformación sea realmente celebrado y aceptado como sacramento de la plenitud bautismal; que los matrimonios sacramentales sean verdaderas uniones realizadas en la fe de la Iglesia y con el amor fiel y generoso del Señor. Mientras tanto podemos también convocar y reunir a los fieles que viven en plena comunión católica, invitándoles a superar las fronteras de sus diversas asociaciones y movimientos y a asumir su parte en la misión evangelizadora de la Santa Madre Iglesia poniendo lo común por encima de lo específico y diferenciante. Y hará falta que los cristianos, vitalmente reunidos en Iglesia, estimen su fe y su vida cristiana y eclesial como la perla preciosa por la cual vale la pena sacrificar otros falsos tesoros, y asuman como tarea propia anunciar el Reino de Dios, difundir el evangelio de la salvación, ayudar a sus hermanos a que conozcan a Jesucristo, sin buscar otros intereses ni otros proselitismos particulares. Sin esta renovación interior que nos ponga a todos en trance de expansión no podrá haber un verdadero apostolado seglar.

2º, Un segundo paso indispensable para que se desarrolle en las Iglesias de España el apostolado de los seglares es el fortalecimiento de la unidad interior de nuestras comunidades cristianas. Ciertamente hemos vivido tiempos peores, con más diferencias, divisiones y tensiones dentro de la Iglesia, pero estamos todavía lejos de los niveles indispensables de comunión y de confianza. Necesitamos trabajar para superar las desconfianzas entre obispos, sacerdotes, teólogos y pueblo de Dios. Muchos de nuestros fieles viven fuertemente influenciados en materias dogmáticas y morales por las ideas ambientales, hay teólogos, sacerdotes, seglares y religiosos, que proponen como medio de renovación eclesial y condición para el apostolado eficaz el sometimiento de la Iglesia, en la doctrina y en la vida, a las pretensiones y conveniencias de la cultura materialista y hedonista. Y no faltan asociaciones religiosas y seglares que con la mejor voluntad atienden estas consignas en contra de las enseñanzas y advertencias del Papa y de los Obispos.

Para muchos, no solamente fieles seglares sino también sacerdotes y religiosos, para reforzar la credibilidad de la Iglesia en nuestro mundo es indispensable mantener un cierto margen de disentimiento habitual respecto del Papa y de los Obispos. Mientras los cristianos no recuperemos la plena confianza en nosotros mismos, y no sintamos el gozo y el agradecimiento de ser miembros de nuestra Iglesia real y concreta, no seremos creíbles ante el mundo ni surgirá en nosotros un deseo vigoroso y resuelto de anunciar un evangelio en el que no acabamos de creer. Es verdad que la renovación tiene que comenzar por pequeños grupos minoritarios que vivan y actúen en la Iglesia. Pero también es cierto que la realidad de Iglesia está en las parroquias, en las que se agrupa el pueblo llano y sencillo, sin otro título ni otro apellido que el honroso calificativo de cristiano. A fin de cuentas son estas parroquias las que tienen que recuperar su pulso espiritual, sus actos de piedad, su capacidad de formar a los nuevos cristianos y de desplegar la actividad apostólica que nuestro mundo necesita. [16] Mientras el clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro mundo, no podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos apóstoles.

3º, El desarrollo del apostolado seglar está pidiendo alguna modificación en nuestra manera de concebir las relaciones entre la Iglesia y la sociedad. Respetando la estructuración interna de la Iglesia como comunidad jerárquica en la que algunos cristianos cumplen un ministerio singular de presidencia en el nombre de Cristo, tenemos que fomentar una manera de ser y de actuar que reconozca a los seglares como zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de lo sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y del mundo. Ellos son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción real del Reino de Dios. Los contactos y los acuerdos entre la Jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles seguirán siendo legítimos, convenientes y hasta necesarios. Pero estos mismos instrumentos jurídicos serán apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo, que hagan valer estos acuerdos utilizando los recursos y procedimientos de una sociedad organizada democráticamente a favor del evangelio de Jesucristo y del crecimiento de la vida cristiana entre los ciudadanos.

Bien está, por ejemplo, mantener unos acuerdos con el Estado español que reconozcan el derecho de los católicos a una enseñanza católica para sus hijos en el seno de la escuela pública. Pero estos instrumentos jurídicos pierden fuerza si luego no hay una comunidad de familias cristianas, que valoren la educación religiosa de sus hijos como un bien de primer orden y sean capaces de defender este derecho por todos los procedimientos legítimos que ofrece una organización democrática de la sociedad. Bien está que los obispos nos pronunciemos en contra del aborto o de la manipulación de los embriones humanos. Pero esto vale de poco si luego no hay unos cristianos que mantengan la vigencia y el prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las relaciones humanas y de la vida de cada día y exijan a los gobernantes el respeto a unos principios morales y castiguen políticamente a los programas que favorezcan legislaciones y comportamientos contrarios a la ley de Dios y a la moral de la razón humana, desarrollada a lo largo de la historia, iluminada, purificada y fortalecida por la revelación de Dios.

De nuevo hay que insistir en que para que los cristianos sean de verdad presencia capilar de la Iglesia en la carne misma de la sociedad, hace falta ante todo que sean Iglesia, que estén ganados por el amor de Cristo con una fe viva y operante, que vivan de acuerdo con las enseñanzas del evangelio y de la Iglesia en su vida personal, en el ejercicio de su vida profesional, en la vida familiar y en el ejercicio de sus relaciones y obligaciones sociales. Ellos mismos, con su vida santa, tienen que ser apoyo y confirmación de su palabra. Con esta condición por delante surge espontáneamente como una marea testimoniante y apostólica que hace de la convivencia cotidiana el mejor instrumento para la difusión del evangelio y de la fe en Jesucristo. ¿Cómo se realizó la primera evangelización de nuestros países? Cierto que fueron los Apóstoles y los varones apostólicos los primeros mensajeros del evangelio. Pero luego fueron los cristianos sencillos, los comerciantes, los soldados, los esclavos quienes difundieron la fe, de manera imparable, por el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído en El y en su evangelio. La breve confidencia de los discípulos tiene que seguir siendo hoy el más poderoso plan de pastoral y de apostolado “Hemos conocido al Mesias”.

4º, Esta movilización apostólica de los cristianos requiere también que tengamos una conciencia clara de cual es el momento histórico de nuestra sociedad, cuáles son las disposiciones espirituales y culturales dominantes de nuestros conciudadanos y cuáles tienen que ser en consecuencia los objetivos primordiales de la acción apostólica y misionera de la Iglesia. Si en algunos momentos pudimos pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que poner el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros y la solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados, tenemos que darnos cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más urgente que la Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más grande que podemos hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarle a creer en Dios, ayudarle a descubrir a Jesucristo como Salvador, a verse a sí mismo como hijo de Dios y heredero de la vida eterna. La Iglesia entera debe desplegar un esfuerzo extraordinario para contrarrestar los fermentos y falsos argumentos a favor de la indiferencia moral y religiosa que circulan en nuestra sociedad, en ayudar a los hombres y mujeres de buena voluntad a creer en el Dios de Jesucristo como Padre común y fuente de la vida verdadera, seleccionando los contenidos y los métodos de nuestro apostolado en función de este objetivo primordial, esencialmente religioso y estrictamente misionero. Esto vale igual para todos los cristianos, clérigos como seglares, aunque lo tengan que hacer con diferente autoridad, en momentos y lugares diferentes y con métodos diversos adecuados a las diversas circunstancias. Repetidas veces el Papa nos ha pedido que concentremos nuestro apostolado en el anuncio de Cristo, de su persona, de su vida, de su doctrina y de su misteriosa y poderosa presencia actual en el mundo, constituido por el Padre Señor del universo. Centro de la historia, piedra angular de la creación y de la nueva humanidad. Tenemos que tener muy clara la conciencia de que ninguna actividad, por humanitaria que sea, es un verdadero apostolado si no conduce de alguna manera al anuncio explícito de Jesucristo como Salvador y Redentor y al conocimiento de Dios como Creador y Padre de misericordia. Por eso es urgente que todos los cristianos seamos capaces de presentar una formulación fiel y comprensible del kerigma apostólico como invitación directa a la fe en Jesucristo y en el Dios de la salvación. Una presentación del kerigma centrado en estas ideas: Hay un Dios Creador del mundo y Padre de la humanidad, que nos ha enviado a su Hijo para rescatarnos del mal y abrirnos las puertas de la vida verdadera. El nos ha creado para vivir eternamente en su presencia y ahora nos da el Espíritu santo para justificarnos y enseñar a vivir como hermanos caminando juntos hacia la patria celestial.

5º, Urge rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, o, si se prefiere, cristianizar el entramado de la sociedad, pero la condición indispensable es que se recupere el fervor de los cristianos, la confianza en el evangelio y la cohesión interna de las comunidades cristianas. Nadie sabe lo que la división y el disentimiento habitual dentro de nuestras comunidades han podido restar energías y entorpecer los proyectos apostólicos de nuestras Iglesias. El desarrollo del apostolado seglar requiere que nuestras Iglesias particulares recuperen el vigor espiritual y el entusiasmo misionero de los cristianos verdaderamente convertidos. [17] Para lograrlo hará falta que los dirigentes y servidores de la comunidad, obispos, sacerdotes, religiosos y educadores, incluidos los catequistas y profesores de religión, asumamos actitudes misioneras, propias de los tiempos de prueba y de persecución, centremos nuestros trabajos en el servicio de la fe y de la vida espiritual de nuestros hermanos, con más diligencia, más sabiduría, más abnegación y más generosidad. Con estos precedentes podremos ir contando con un número creciente de cristianos dispuestos a dar testimonio de Jesucristo y del Dios de la vida y de la salvación en el contexto real de la vida social, en la enseñanza y en la vida intelectual y cultural, en las actividades y proyectos económicos, en los debates políticos, en las decisiones legislativas y en las actuaciones de los gobiernos, haciendo ver las diferencias y las ventajas de una visión de la vida y de unas soluciones concretas cuando se cuenta con la presencia de Dios, con la ayuda de su revelación y los enriquecimientos culturales y sociales que ellas producen cuando son aceptadas y tenidas en cuenta. Hoy, por debajo de las mil diferencias entre unos partidos políticos y otros, por encima de los continuos debates y enfrentamientos políticos, tenemos que reconocer que se está desarrollando en todo occidente, y en España con especial virulencia, un gran debate de fondo religioso, en la política, en la cultura, en las artes, en el esfuerzo global por organizar la vida según las propias convicciones, lo que se está en juego es el intento de organizar la vida humana sin contar con Dios, como si fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos de nuestra vida y de la creación entera, en una descarnada y desesperada omnipotencia, en contra de una cultura y de unas formas de vida que tienen en cuenta la Soberanía y la Paternidad de Dios manifestada por Jesucristo y asimilada por la fe personal. Esta situación no es ya un problema solamente para la Iglesia, es también un problema de cultura, de rumbo espiritual en el camino de la historia y a largo plazo puede llegar a ser un problema de supervivencia de la misma humanidad. Es preciso que los cristianos seglares se empeñen a fondo en presentar la alternativa de una vida humana entendida y, organizada y vivida teniendo en cuenta la paternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, teniendo en cuenta la justicia interior y el valor de la vida virtuosa, favorecida interiormente por el Espíritu Santo, pero ayudada también exteriormente por la educación y la formación, por las creencias y usos sociales, por las leyes justas y el apoyo de una cultura a la medida del hombre real, creado por Dios y redimido por Cristo para la vida eterna.

Somos poseedores de una levadura capaz de transformar la masa entera, somos la sal que preserva a la humanidad de la corrupción, tenemos en nuestras manos la luz que quita las tinieblas del mundo. Cómo podríamos callar por miedo o por desconfianza de nosotros mismos, como podríamos renunciar a intervenir eficazmente en la marcha de los acontecimientos. ¿No estaremos siendo infieles y cobardes, culpables de un peligroso silencia, disfrazado de prudencia y de aperturismo? ¿No estamos siendo la luz mortecina que ya no ilumina, la sal sosa incapaz de dar ningún sabor, la levadura envejecida que ya no transforma la masa? 6º, La acción apostólica de los cristianos tiene unos espacios necesariamente personales y espontáneos, difícilmente regidos por ninguna reglamentación. Es el espacio de la vida familiar, de las relaciones humanas espontáneas, de las actuaciones personales en el mundo de las actividades profesionales. Un cristiano fervoroso y responsable encuentra siempre mil oportunidades para hacer brillar la luz del evangelio de Jesús ante las personas con las que convive. Pero otras muchas actuaciones posibles y necesarias requieren un trabajo organizado, estable, capaz de influir en otras instituciones y en el conjunto de la opinión pública. Son actuaciones que sobrepasan las posibilidades de una persona sola y requieren la intervención de asociaciones adecuadas y operantes.

El Papa nos habla de “una nueva época asociativa”, reconocida por el Sínodo de los Obispos y saludada como un verdadero don de Dios. [18] Para evitar confusiones que se dieron ya entre nosotros hasta el punto de bloquear el desarrollo de la acción apostólica y misionera de los cristianos, se impone diferenciar bien dos clases de asociaciones. Unas son todas aquellas cuyos fines quedan dentro del ámbito eclesial, dentro de lo que son los objetivos primarios y directos de la Iglesia, dirigidas a la buena formación y el apoyo de la vida cristiana de los fieles seglares que luego han de desarrollar sus actividades en el mundo secular.

Hoy muchas de nuestras parroquias no son capaces de ofrecer de una manera estable y bien configurada la formación que necesita un cristiano para actuar apostólicamente en su ambiente profesional o social, ni pueden tampoco atender suficientemente a los fieles en el día a día de su vida espiritual. Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien organizada ofrezcan métodos, instrumentos, ayuda personal para el crecimiento de los cristianos en diversas vertientes de su vocación cristiana, personal, familiar y social. Se trata de asociaciones estrictamente eclesiales, que quedan dentro del ámbito de la vida y de la misión directa de la Iglesia.

Estas asociaciones pueden tener también sus objetivos apostólicos generales, que luego los cristianos podrán vivir en el contexto concreto de sus parroquias y de sus Diócesis. En muchas partes se encuentran fuertes resistencias y suspicacias en contra de estas asociaciones. La postura decidida de la Iglesia y la experiencia de cada día nos demuestra que sin asociaciones no podremos tener nunca un laicado formado y apostólicamente operante de manera significativa. Solo la asociación da continuidad y amplitud. Para que el asociacionismo encuentre en nuestras parroquias la acogida que necesita y merece, será preciso que los dirigentes de las asociaciones se esfuercen sinceramente para dirigir de tal manera la vida de sus asociaciones que sus miembros por el hecho de pertenecer a una asociación o a un movimiento se sienta más dentro de la parroquia y más cerca del común de los cristianos, en vez de encerrarse en la propia asociación y hacer de ella como un cómodo sustitutivo de la Iglesia madre que es la casa de todos.

Otra clase muy distinta de asociaciones son aquellas que, promovidas y hasta formadas por cristianos, tienen como fin propio la intervención de sus miembros en los diversos sectores de la vida social, asociaciones profesionales para ayudarse a actuar cristianamente en el terreno de su profesión, asociaciones de profesores, de intelectuales, de padres de alumnos o de cristianos que pretenden actuar de una u otra manera en la vida política. Estas asociaciones, en la medida en que tengan objetivos de naturaleza civil y secular, y recurran a procedimientos civiles y seculares, perfectamente legítimos en la vida democrática, tienen que ser reconocidas como asociaciones civiles, tanto si están formadas sólo por cristianos como si son asociaciones abiertas al público en general, aunque tengan un ideario cristiano que permita participar a los cristianos sin restricciones de conciencia.

En otros tiempos hemos vivido esquemas híbridos y confusos en los que una asociación de acción católica, estrechamente vinculada con la jerarquía y asociada a su misión, se imponía como objetivo la reforma de una legislación o la actuación en diversos campos de la vida política o económica, con frecuencia, bajo la inspiración dominante de una determinada ideología política. Esta falta de claridad en la configuración de nuestras asociaciones y en la delimitación de sus objetivos, ha dado lugar a muchas tensiones dentro de la Iglesia y ha creado dificultades para la comunicación y la comunión entre obispos y asociaciones seglares, bloqueando el desarrollo y la aceptación del apostolado asociado de los seglares. ¿Entra dentro de los fines de un movimiento de Acción Católica promover un determinado modelo de economía, o de contratos laborales, o de precios de los productos en el mercado? Esa puede ser muy bien una batalla que lleven adelante los cristianos desde dentro de asociaciones civiles, inspirados y guiados por sus convicciones cristianas. Pero esos objetivos estrictamente seculares no entran en la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia.

Las asociaciones eclesiales se han de centrar en formar y preparar a los cristianos para que luego, inscribiéndose en otras asociaciones civiles o promoviendo nuevas asociaciones adecuadas a sus deseos, traten de alcanzar objetivos civiles, por procedimientos civiles, guiados y estimulados por la fuerza de la fe y de la caridad cristianas. Estamos necesitados de una mayor claridad conceptual e institucional en estos asuntos. Y estamos especialmente necesitados de una acogida y de un apoyo decidido al asociacionismo de los cristianos para mejor conseguir los fines primordiales de su vida espiritual y su capacitación para el apostolado.

7º, Las asociaciones propiamente eclesiales tendrían que desarrollar un fuerte sentido de comunión y de unidad, en la doctrina, en la vida y en los objetivos y prioridades apostólicas, en estrecha relación con el obispo y los sacerdotes, en una conciencia fuerte de unidad de vida y de misión. Es un error y una tentación la actual tendencia a subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor a lo específico que a lo común, apropiándose con frecuencia como notas propias de una congregación o de una asociación de notas y bienes que son comunes y propias de toda la comunidad cristiana. Esta tendencia a hacer prioritario lo específico, dejando en segundo lugar lo que es común, que es siempre lo más importante, no favorece la conciencia de la unidad, dificulta la colaboración y debilita el vigor y la capacidad apostólica de la comunidad eclesial en su conjunto.

En cambio, las asociaciones seculares en las que militan los cristianos conviene que tengan la mayor autonomía posible, para que se muevan en el terreno de las instituciones seculares con la misma libertad y los mismos derechos que los demás, dejando la vinculación eclesial a las relaciones personales de los cristianos con los responsables y los miembros de su comunidad eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones cristianas en la elaboración de los estatutos, selección de objetivos y realización de sus actividades.

Estas asociaciones seculares pueden ser promovidas por cristianos con una inspiración cristiana en su misma estructura, o bien pueden ser asociaciones seculares preexistentes, en las que los cristianos puedan actuar cómodamente según su conciencia. Es evidente que los cristianos pueden militar en cualquier asociación con tal de que sus fines no sean expresamente contrarios a la doctrina y a la moral católicas. En cualquier caso el mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en una asociación secular no confesional es que tengan la suficiente libertad y el suficiente respeto como para poder disentir de todo aquello que sea contrario a su conciencia y no encuentren un rechazo sistemático a los argumentos y sugerencias inspiradas en la tradición cristiana. Tenemos el derecho a preguntarnos si hoy los católicos que militan en ciertos partidos políticos, sindicatos u otras asociaciones semejantes, tienen esta libertad y sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus puntos de vista siempre que estén comprometidos los juicios y valores de la conciencia cristiana. Más en concreto, ¿los cristianos que militan en IU o en el PSOE pueden discutir y exponer sus argumentaciones y su visión del aborto, del respeto a la vida en sus diferentes fases, de la protección del verdadero matrimonio en los órganos competentes, en igualdad de condiciones con los demás? ¿Lo hacen de hecho? He aquí una grave cuestión. A veces tiene uno la sensación de que algunos cristianos comprometidos políticamente critican más a la Iglesia desde los presupuestos de sus partidos respectivos, que los programas políticos de sus partidos desde los presupuestos de la Iglesia. Puede más la identidad partidista e ideológica que la identidad eclesial y cristiana.

8º, En este terreno de las asociaciones seculares desde las que militen y actúen los cristianos en la vida social y pública haría falta insistir en dos características. Hace falta seleccionar mejor los objetivos y los campos de influencia. ¿Cuáles son hoy los sectores más influyentes en la configuración de la opinión pública, de la cultura vigente, de las condiciones de vida colectivas? En definitiva ¿cuáles son los sectores de la vida más influyentes en la mentalidad y el comportamiento de las personas desde las cuales se les puede ayudar mejor y más eficazmente a conocer la salvación de Dios y disfrutar de sus bienes? Quien mira con realismo el panorama de nuestras naciones de Occidente, el tono vital de la sociedad española, es evidente que la tarea más urgente para toda la Iglesia, no sólo para los clérigos o los religiosos, sino para todos los cristianos es la evangelización. No acabamos de entender que tenemos que centrar nuestros esfuerzos en sembrar de nuevo la fe cristiana en las generaciones jóvenes, mayoritariamente alejadas de la fe cristiana y del reconocimiento del Dios verdadero. Así lo presenta insistentemente Christifideles laici [19] Hoy, en la sociedad española, un cristiano seglar que quiera colaborar activamente en la misión de la Iglesia, tiene ante sí estos temas urgentes y preferentes: En el campo de las realidades religiosas – la primera necesidad es renovar y vigorizar la vida espiritual de los cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos, fortalecer la comunión eclesial en las personas, los grupos, comunidades y asociaciones, recuperar el sentido de la misión apoyado en el reconocimiento de Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador único de todos los hombres.

– la dignificación racional y cultural de la fe, de la vida religiosa, de la presencia y la actuación de la Iglesia en el conjunto de la vida social; – la fundamentación racional de la existencia de Dios, de su carácter personal y providente; – la justificación histórica, antropológica, histórica y salvífica de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios, redentor y salvador de la humanidad.

– El conocimiento y la estima de la existencia humana purificada, dignificada y santificada por la redención de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo.

– La difusión de las mil obras buenas que favorece y promueve la iglesia en la vida personal y familiar, profesional y social, en relación con los más necesitados y los momentos más difíciles de nuestra vida. Etc.

En el campo de las implicaciones y consecuencias morales y sociales de la vida cristiana, los cristianos seglares españoles tendrían que procurar: – Intervenir en los medios de comunicación, con criterios cristianos, en toda su compleja y poderosa realidad, empresas, agencias, columnistas, comentaristas, informativos y noticiarios, debates, siempre en defensa sincera de las libertades y del bien común, con absoluta veracidad y plena justicia.

– Hacerse presentes en la acción y gestión política, desde el gobierno o desde la oposición, reivindicando el derecho a actuar en política desde las convicciones arraigadas en la fe cristiana, mostrando prácticamente la fecundidad social de la moral cristiana bien entendida y sinceramente aplicada, recuperando la inspiración social de la política como servicio al bien común de las familias y de todos los sectores sociales, sin discriminaciones ni partidismos, sin anteponer los intereses de nadie al servicio sincero de las necesidades y conveniencias comunes.

– Promover por todos los medios el servicio al desarrollo integral de los más necesitados en el marco nacional y en la política internacional, promoviendo planes de ayuda desinteresada y efectiva que proporcione a todas las personas las posibilidades básicas de desarrollo y perfeccionamiento, que acorte las distancias entre los pueblos y favorezca la comunicación y la colaboración entre todos los pueblos de la tierra. Una política cristianamente inspirada tendría que buscar el modo de ayudar a los pueblos subdesarrollados de manera eficaz y desinteresada para dotarles de las estructuras y condiciones necesarias que les permitan incorporarse activamente a la convivencia internacional sin inferioridades ni dependencias.

– Promover desde todos los puntos posibles la defensa de la vida y de la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural. Es el momento de luchar para que la ciencia y la técnica respeten la dignidad de la persona como una realidad de valor supremo que no puede ser utilizada para ninguna utilidad material como si fuera una mercancía. Nuestro gobierno acaba de autorizar la investigación con embriones humanos. ¿No hay cristianos que defiendan lo contrario desde las asociaciones profesionales o desde las instituciones políticas? – Los cristianos seglares tienen que hacerse presentes en el gran mundo del sufrimiento, de la enfermedad, de la soledad, de la invalidez, por medio de su presencia profesional o con carácter voluntario, actuando según el espíritu del Buen Samaritano, tienen que demostrar en este mundo cada vez más individualista y más dominado por el dinero, la posibilidad de una relación verdaderamente amorosa, interesada, atenta, gratuita, que hace presente el amor y la bondad de Dios en el mundo, ampliando los sentimientos de misericordia y de compasión del corazón de Cristo ante los enfermos, los pobres abandonados, los más heridos por la soledad y la desesperanza.

– Defender la libertad de enseñanza y de educación, mejorar los métodos y los contenidos, fomentar también la calidad de la enseñanza pública, en toda su amplitud, desde la escuela primaria hasta la universidad, fomentar la formación cristiana y pedagógica de los profesores, dignificar el noble oficio del magisterio en todos los niveles, etc.

– En nuestra sociedad está siendo una necesidad urgente fundamentar la estima del matrimonio estable y fecundo como célula básica de la sociedad, en nada comparable con otras formas posibles de convivencia y el valor irremplazable de la familia fundada en el matrimonio estable y fecundo como lugar apropiado de la multiplicación de la vida, el nacimiento, crecimiento y educación de las nuevas personas. A la vez es importante actuar a favor de una buena educación afectivo-sexual de los jóvenes, como elemento básico de la felicidad personal, de la convivencia social y de la normalidad de las personas en sus compromisos afectivos, profesionales y sociales.

CONCLUSIÓN En resumidas cuentas solo he querido deciros dos cosas, – El apostolado de los seglares es el apostolado capilar, amplio, multiforme y multipresente de una Iglesia formada por cristianos convertidos, agradecidos por los bienes recibidos con la fe, deseosos de ofrecérselos y transmitírselos a sus familiares, amigos, vecinos y conciudadanos.

– En España necesitamos comenzar por fortalecer y clarificar religiosamente nuestras comunidades básicas que son las parroquias, necesitamos recuperar la valoración de la fe y la confianza en nosotros mismos como discípulos y miembros de Cristo, para entrar en una comunicación de comprensión y de profecía con nuestros conciudadanos que han perdido las huellas de Cristo y han dejado de confiar en su Iglesia.

Juan Pablo II concluía así su exhortación apostólica Christifideles laici, acerca de la vocación y misión de los fieles cristianos en la Iglesia y en el mundo: “En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y servir el evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”.

Siguiendo el ejemplo del Papa, concluyo mi exposición con una oración a la Virgen María, Madre de Jesús, madre de la Iglesia y madre de todos los hombres: Oh Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, Contigo damos gracias a Dios por el don de la fe y de la salvación que esperamos, Llena nuestros corazones del ardor necesario para sentirnos apóstoles de tu Hijo, Danos tu misma disponibilidad para cumplir el mandato del Señor Para el conocimiento de Dios y la salvación de nuestro mundo, Virgen fiel, ayúdanos a obedecer al mandato de tu Hijo y a la llamada de la Iglesia, Virgen valiente, ayúdanos a vencer las dificultades que encontremos para ser apóstoles de tu Hijo en la vida real de cada día, Virgen misericordiosa, ayúdanos a amar a nuestros hermanos para llevarles el conocimiento de tu Hijo y del Padre celestial, Tú que fortaleciste la fe de los Apóstoles y pediste para ellos la fuerza del Espíritu Santo, Haz que vivamos ahora un verdadero Pentecostés que haga de nosotros apóstoles de tu Hijo, Sostennos para que vivamos siempre como fieles hijos de la Iglesia de tu Hijo Y trabajemos decididamente para construir en esta tierra La ciudad de la verdad y del amor, En la que sea reconocido y glorificado el Dios Creador y Salvador.

Amén ——————————————————————————– [1] Cont. Lumen Gentium, c.II, n. 17 La misma doctrina expuesta más ampliamente en Apostolicam Actuositatem. Lo vocación cristiana es siempre vocación para el apostolado. Los tiempos actuales permiten y requieren la movilización apostólica de todos los fieles cristianos.

[2] Cf. Ecclesia in Europa, n. 41 [3] Conc. Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 3 [4] .Juan Pablo II, Christifideles laici, n.9 [5] Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 6 [6] ib.

[7] Citado por Juan Pablo II en Christifideles laici,.

n.15 [8] Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 14 [9] Cf. II Cor 5, 17 [10] Juan Pablo II, Christifideles laici, n.17 [11] Cf.

Ecclesia in Europa, n.46 [12] Cf. II Cor 4, 8-10 [13] Cf. II Cor 11, 7-10 [14] Cf. I Cor, 1, 18-3= [15] Cf. II Cor 6, 4- 10 y en otros muchos lugares.

[16] Cf las interesantes observaciones a propósito de las parroquias que hace el Papa en Christifideles laici, nn. 25-27; igualmente en Ecclesia in Europa, n.15 [17] Cf. Ecclesia in Europa, n. 23 [18] En Christifideles laici, n. 29 [19] nn. 34

Fuente: https://www.interrogantes.net/fernando-sebastian-vocacion-apostolica-de-los-fieles-laicos-congreso-apostolado-seglar-12-xi-04/

 

 

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LA FUNCION DEL LAICO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

LA FUNCION DEL LAICO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

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comunidad cristianaL.G. 31 (…) Los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.(…)

A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida.

Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.

A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

El Concilio Vaticano II pretende renovar la Iglesia volviendo a las fuentes, a la vida de los primeros siglos orientándose en el Nuevo Testamento y los santos padres. Un momento en que los laicos no son la masa de una sociedad de cristiandad, en la que algunos se hacen religiosos o sacerdotes para vivir la santidad, sino un pueblo de conversos bautizados, que en medio de una cultura pagana hacen presente la novedad de la vida de Dios manifestada en Cristo y el don del Espíritu Santo. (LG 32, 2; AA 1).

Por eso define a todo el Pueblo de Dios como llamado sin distinción a la santidad, según diversos estados de vida y ministerios, pero todo el consagrado para vivir en santidad y con una misión apostólica que es común a todos sus miembros: dar testimonio de Cristo, anunciando el Evangelio y llamando a la conversión, y transformando el mundo hacia su Reino de justicia. (LG cap V; AA 2). De esta única vocación y misión de toda la Iglesia participan los laicos desde su vida en medio de las instituciones del mundo.

LO QUE NO SON LOS LAICOS

a) El peso histórico del clericalismo:

La historia deja siempre su huella impresa en nuestra historia. La personal y la colectiva. La historia de la Iglesia también. A partir de la “conversión de Constantino”, pasa a vivirse para una gran parte del pueblo un cristianismo de conveniencia. Ser cristiano en la era de las persecuciones suponía plantearse necesariamente la Conversión en serio y un largo catecumenado. El testimonio, el “martirio”, la “santidad” entre los “laicos”, entre las madres y los padres de familia, los niños, estaba al orden del día. Ser cristiano tutelado por el poder del Cesar, pues no tanto. Surge entonces ya ese largo proceso en el que los que quieren plantearse en serio su bautismo decidirán que tienen que hacerlo alejándose de la masa, del pueblo,… mediante una especial consagración a Cristo. El Espíritu que no deja de soplar, nos presenta la imagen de la “santidad” de la Iglesia entre los apologistas, los Padres de la Iglesia, los monjes, los frailes, las grandes órdenes religiosas, … Han sido siglos de historia en los que el “verdadero cristiano” tenía como referencia al clero, ya fuera este secular o regular.

El laicado actual vive necesariamente la herencia de esta historia. El clero también. El propio Congar, predecesor imprescindible de la teología del laicado que impregnaría el Concilio Vaticano II, confesaba que hasta la categoría del laico se había definido desde la categoría de “clero”.

Por eso esta reflexión comienza diciendo que el laico NO ES ya un cristiano de segunda categoría, un monaguillo adulto o un miembro de la tercera orden, la de los legos, de las grandes órdenes religiosas o de un cófrade. El que se casa ya no es el que simplemente no sirve para cumplir con el peso del celibato y los demás “votos”. Y sin embargo, yo no me atrevería a decir que ya estamos fuera de esta mentalidad, a juzgar por la realidad laical, incluso asociada, que llena nuestras Iglesias. No estoy diciendo que los laicos no lean las lecturas en la misa o no hagan las peticiones, o pasen el cestillo o hagan de catequistas o participen en hermosos coros o que gestionen las “obras” que los religiosos, por falta de vocaciones, ya no pueden gestionar. Pero de ahí a que eso se convierta en muchos casos en su principal quehacer… Que eso sea lo que le pide de específico la Iglesia a los laicos,  pues creo que no es acertado.

Hay también una concepción a mi juicio restrictiva de la misión del laico. En ella se distinguen sin confusión posible, dos mundos: el de la vida “religiosa”, privado, pietista, ligado a las “prácticas” piadosas y al altruismo generoso con las instituciones confesionales; y el de la vida secular, que tiene sus propias reglas de juego y en el que, como mucho y en el caso de los “laicos más conscientes”, debe vivirse la “honradez” personal: ser un buen trabajador, llevarse bien con todos, poner paz, tener relaciones y trato exquisito con los compañeros, sin meterse en demasiados líos desde luego.

La mayoría de los laicos vive con su conciencia cristiana tranquila formando parte por un lado de un “grupo de la Iglesia” y por otro de una situación, un cargo, un trabajo o una profesión que a la luz de una visión de fe de la realidad está colaborando, aún desde la buena voluntad, en una “estructura de pecado” (Juan Pablo II).

b) El peso actual del secularismo.

Del otro lado, hay un laicado comprometido conscientemente en las realidades temporales, en las mediaciones políticas, sindicales, económicas, culturales… como fruto de sus convicciones cristianas que no se siente corresponsable de la Iglesia en su conjunto y que habla de que ellos son “la otra Iglesia”, la de la base, la de la comunidad, la viva, la encarnada en la realidad.

Su identidad está más marcada por las instituciones “temporales” a las que están ligados y por las “capillas” que en nombre de la autenticidad, de la libertad del Espíritu, “que no sopla sólo en la Iglesia”, han abierto en la su Iglesia. La otra Iglesia, la jerárquica, está desde los tiempos de los primeros tiempos del concubinato trono- altar, viviendo fuera del mundo, no suficientemente abierta a los signos de los tiempos.

En el fondo son la otra cara de una misma moneda, porque se mantiene aún una dualidad que no acaban de resolver entre Institución- Comunión,  Estructura- vida, Poder- Carisma, Jerarquía- Pueblo; Sacerdote- laico,…

Es verdad que esta postura es mucho más minoritaria que la anterior. Pero también que tiene poderosos  altavoces mediáticos

c) No hay cristianismo sin CONVERSIÓN, sin COMUNIÓN y sin MISIÓN

Lo que realmente está en crisis es la CONVERSIÓN. La generación actual, ni la siguiente, ya no tiene en su equipaje, en su ropaje, en su ajuar, en su herencia, tan siquiera la fe de tradición. Y no hay cristiano, ni laico ni clérigo, sin proceso de Conversión. Europa es país de misión. España es país de misión.

Y hoy como ayer, la Conversión nace de un encuentro con la Iglesia militante, que es el encuentro con el mismísimo Cristo que vive, sufre, lucha, combate, se angustia, se alegra y goza con los gozos, los gritos, las angustias, los combates, el dolor, la vida de los hombres y, preferentemente, de los pobres del Señor. Es significativo en dónde crece la Iglesia actual, en dónde no hay crisis de vocaciones. ¡NO es nuevo! Allá dónde nos encontramos con la Gloria de Dios, con los que mantienen la fidelidad radical a su Amor, en medio de la persecución y la lucha por la dignidad del hombre, la lucha por la Justicia.

Y tampoco hay cristianismo sin Comunión. Desde nunca la fe ha sido una cuestión individual. Siempre ha sido apostólica, eclesial. Creemos en un Dios que, como gritaba Juan Pablo II, es Comunión Solidaridad, un Dios trinitario. Y hemos sido creados a imagen suya, es decir, para la Comunión Solidaridad. El que se embarca en la vida de entrega incondicional, de servicio, de amor en serio, se termina encontrando con el Dios fuente de Solidaridad- Comunión.

Y es en este ENCUENTRO en el que se nos lanza a una misión. Inseparable de la experiencia de encuentro con Cristo: llevad esta Buena Nueva. Anunciadla. Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen,… los pobres son evangelizados: Hágase tu voluntad. Venga tu Reino. El pan compartido. El perdón recibido y regalado. Ser fermento, ser sal, ser luz, ser levadura.

Ahora veremos la especificidad que el laico puede aportar a esta misión de toda la Iglesia.

UN LARGO RECORRIDO HASTA EL CONCILIO VATICANO II

a) Jalones del término “laico” en la historia de la Iglesia

Sin ánimo de ser muy exhaustivo, sólo a modo de explicación breve, el recorrido del término “laico” nos puede ayudar a perfilar su definición.

En el Nuevo Testamento no se encuentra la palabra laico. En el griego profano, laós (pueblo), con la terminación ikos, indicaba, dentro de un pueblo, a una clase social distinta de los jefes; los que eran gobernados.

En el inicio de la Iglesia la forma de designarse entre los cristianos era con la categoría de “nosotros”. No necesitaban otros términos para hablar de una forma de ser de ciertos bautizados que se diferenciaran del resto de los miembros de la comunidad:

El primer uso del término laico entre los cristianos parece deberse a Clemente Romano, quien lo utiliza en su carta a la comunidad de Corinto hacia el año 96. En ella hace referencia a aquellas personas pertenecientes a la comunidad que se encuentran en una condición cristiana común y que son distintos a los que tienen responsabilidades específicas.

Con el tiempo, el término pasó al latín (laicus) para señalar a los cristianos que no pertenecían al clero[i]. Es en el siglo III cuando comienza a hacerse habitual su uso entre los cristianos.

Bajo una concepción piramidal de Iglesia, en la Edad Media, el laico está situado en la base de la pirámide que tiene en la cúspide a los clérigos y a los monjes[ii]. Al final de este período también se usa el término laico para designar a las experiencias o a las personas que se distancian o se oponen a la Iglesia[iii].

A comienzos del siglo XX empieza una recolocación del laico en la Iglesia cuando nace y se desarrolla la teología del laicado, que intenta superar los estrechamientos generados a lo largo de la historia, ofreciendo una valoración positiva del laico y su pertenencia a la Iglesia, pero sin lograr la superación del binomio clérigo-laico[iv]. Esta teología y los movimientos laicales hicieron posible la aportación del Vaticano II[v].

b) El laico en el Concilio Vaticano II. Lumen Gentium.

Con la denominación de laicos el Concilio entiende lo siguiente:

“Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”[vi].

 “El carácter secular es propio y peculiar de los laicos (…) A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y, de este modo, descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” [vii].

En el decreto sobre el apostolado de los seglares, número 5, además se dice:

“Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Por consiguiente, los seglares, siguiendo esta misión, ejercitan su apostolado tanto en el mundo como en la Iglesia, lo mismo en el orden espiritual que en el orden temporal”

c) Juan Pablo II. “La era del laicado”

En una visión unitaria de la historia de la Iglesia en medio de la historia de la humanidad, Juan Pablo II llega a afirmar, cuando se plantea la nueva evangelización que esta la harán los laicos o no se hará. Y también que la familia será la pieza clave de esta nueva evangelización.

Decía que había ciertamente en esta afirmación una lectura de los “signos de los tiempos” porque tiene en cuenta dos tendencias claras que aparecen en ambas historias. La historia de la Iglesia puede leerse, partiendo de la separación entre “pueblo” y  “santidad” como un continuo proceso de gestación de mediaciones dónde poder vivir la identidad cristiana en su totalidad que partiendo de la “separación del mundo” van progresivamente injertándose en él, en un permanente intento de recuperar la vida de los primeros cristianos. Por otro lado, la historia de la humanidad en su conjunto, en su proceso de “autonomía” de Dios, de secularización científico- técnica, de globalización, también exige un protagonismo especial de los laicos.

Por eso irá un poco más allá del Concilio en Christifideles Laici. en los nº 15-17:

“Permitidme, queridos amigos, una última reflexión concerniente a la índole secular, que es característica de los fieles laicos. En el entramado de la vida familiar, laboral y social, el mundo es lugar teológico, ámbito y medio de realización de su vocación y misión (cf. Christifideles laici, 15-17). Todos los ambientes, las circunstancias y las actividades en los que se espera que resplandezca la unidad entre la fe y la vida están encomendados a la responsabilidad de los fieles laicos, movidos por el deseo de comunicar el don del encuentro con Cristo y la certeza de la dignidad de la persona humana” [viii].

III. CORRESPONSABLES EN LA IGLESIA- TESTIGOS EN EL MUNDO

a) Lo que es común del laico a todo BAUTIZADO: CONVERSIÓN y compromiso bautismal.

El laico tiene exactamente las mismas exigencias de fe que cualquier otro bautizado. Ni más ni menos. Todo su ser, su vivir y actuar nace de encarnar la gracia que aceptó de Cristo en el Bautismo. Su deber de buscar la santidad no es menos exigente que el de cualquier otro consagrado. Su fidelidad contiene todos los “votos” que tiene cualquier otro ministerio, aunque no sean públicos. Por el bautismo todos contraemos el compromiso de una vida de pobreza, obediencia (humildad) y castidad (sacrificio de fidelidad). El bautismo es el “si”, la decisión firme, libre y total de la voluntad humana para abandonar el hombre viejo y optar por el hombre cristificado. Este “si” a la muerte del “yo” para poner en el centro a Cristo, le vamos haciendo consciente y le vamos renovando en el día a día, en el minuto a minuto. Este es el punto central y decisivo de la vida del cristiano. Por el bautismo aceptamos la vida de Cristo en nosotros, la gracia. Todos los demás sacramentos están en función de hacer posible crecer esta Gracia bautismal y los compromisos y promesas que hacemos y renovamos en ella.

Por el bautismo nos incorporamos al Cuerpo Mística de la Iglesia y participamos de su misma misión como sacerdotes, profetas y reyes llamados a prolongar mediante sus vidas y su lucha las manos del Señor que es cabeza de la Iglesia en el testimonio del Evangelio, la consagración del mundo y la extensión del Reino aprovechando 24 horas al día todas situación personal, ambiental o institucional (LG 35, 4; AA 4; 6)

Profetas que con su testimonio preparan la acogida a la Palabra de Dios en los lugares donde no llega de otro modo la Iglesia (el taller, la clase, el autobús, la cola del paro…). Son una provocación con su vida personal y con su quehacer institucional a que otros se planteen la pregunta sobre Dios, Y están dispuestos sin miedo a responder exponiendo las razones de su esperanza.

Cuando el concilio presenta esta tarea se refiere de modo explícito al papel de los laicos en las estructuras, es en ellas donde se expresa el dominio del mal –lo que desde Juan Pablo II se llama estructuras de pecado– y es en el testimonio institucional donde se les pide particularmente hacer presente el Evangelio, no tanto como discurso, cuanto vivencia comunitaria del Mandamiento Nuevo. Este trabajo prepara la acogida del evangelio y las conversiones, pues eleva permanente el tono moral de la sociedad, presentan como posibles y deseables los grandes principios morales y, con ello, prepara la tierra para que caiga en ella la semilla del Evangelio predicado por la Iglesia. Así al anuncio explicito de Cristo, dirá Pablo VI, precede toda esta tarea de desarrollo, liberación, testimonio… que se llama pre-evangelización.

– Los laicos son sacerdotes que participan del Sacerdocio de Cristo que los capacita para ello, su trabajo es entrega junto a Cristo que se ofrece al Padre en la cruz, y además es parte imprescindible de la consagración del mundo (LG 36). Esto se hace presente en cada Eucaristía donde el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres se convierte en Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin la vida profesional de los labradores, transportistas, molineros, panaderos, comerciantes… no hay Eucaristía, son  una parte imprescindible del Sacramento. Este trabajo no sólo transforma la materia sino también las instituciones.[ix] Consagrar el mundo es, literalmente, hacerlo santo, que las estructuras de pecado o se transformen en estructuras de gracia y solidaridad.[x]

– Los laicos son reyes como Cristo, que se hace rey al servir y ocupar el último lugar. Y así la política es el mayor servicio, la forma más importante de la caridad que se entrega por los hermanos, por dar vida al mundo. Y es cierto, hoy más que nuca, que sin dar la vida en una vivencia martirial de la política y el compromiso hoy no se vence a la Cultura de Muerte.[xi] Esto es una llamada a gestionar según Dios (LG 31) de modo que

–          en la economía se encarne la pobreza y comunión de vida de las bienaventuranzas

–          en la política el protagonismo de cada persona y de las familias haciendo verdadera comunidad

–          la empresa sea comunidad de persona y no de capitales

–          los medios de comunicación sirvan a la verdad y encuentro entre los pueblos

–          exista desarrollo justo y de todos para que no se tenga que emigrar y las migraciones que se den libremente sean el anticipo de una comunión entre pueblos y culturas.

Que estos criterios se encarnen en instituciones eso significa que Cristo reina en ellas.

De este modo la vida y las responsabilidades que el laico tiene por lo que es, bautizado y ciudadano, trabajador, consumidor, vecino, padre, votante, etc. son la materia de su vocación. Su conversión personal y el ejercicio de sus responsabilidades en las instituciones van unidos, haciendo de su vida y su misión un entramado que está llamado a la unidad. Unidad en la que encontrarán respuesta tanto la llamada que Dios le hace a la santidad, como el anuncio del Evangelio y la transformación del  mundo, que son propios de su misión.

En el laico convergen la Iglesia y el mundo, lo que exige también distinguir lo que hace al interior de la Iglesia o representándola en ocasiones. A lo que hace bajo su responsabilidad en campos como la ciencia, la política, la economía… que tienen su autonomía y en los que debe tomar sus decisiones técnicas o políticas entre las muchas posibles INSPIRADO en los principios morales de la fe, pero sin atribuirse la representación de la Iglesia, pues otros cristianos, igualmente con una conciencia bien intencionada, se posicionaran en otras decisiones técnicas o política diferentes. Los confesionalismos quieren acaparar el prestigio de la Iglesia (la instrumentalizan) tanto para silenciar a otros creyentes que piensen distinto, como para usar a la Iglesia a su servicio. Por eso, en política, los rechaza el concilio (GS 43)

b) Lo que es específico del laico.

Una manera específica de vivir su vocación a la santidad: el matrimonio- la familia (vocación de estado)  y la profesión (vocación profesional)

 

Ahora bien, lo específico del laico no puede definirse desde lo que no es propio del ministerio sacerdotal o la vida religiosa consagrada. Lo específico del laico TAMBIÉN responde a una VOCACIÓN. No puede hablarse ya de vocación en el sentido restrictivo en el que a veces se hace. Se pide por que haya “vocaciones”. Y se pide bien. Pero no podemos referirnos con ello sólo a las “vocaciones al sacerdocio” o a las “vocaciones a la vida consagrada religiosa”. Ser laico es también una vocación.

La llamada a vivir LA SANTIDAD- vocación primera y determinante de todas las demás-  es una llamada a vivir el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros personalmente dentro del plan que Dios tiene para toda la Creación. El cristiano bautizado entonces va al mismo tiempo descubriendo que su aportación al PLAN DE DIOS, que su fidelidad al Amor de Dios, exige la consagración a un Estado de vida y a un servicio a la comunión, a la fraternidad humana ( a esto es a lo que llamo “profesión”)

Y el laico es entonces el que descubre en el matrimonio la manera de consagrar su estado de vida. Y la castidad consiste entonces en la fidelidad al sacramento, en la entrega incondicional de todas las fuerzas de la afectividad y la sexualidad a tu mujer (o a tu marido), para llegar a constituir con ella UNA SÓLA CARNE. El laico descubre en el matrimonio una manera de vivir su santidad.  Y también el laico es el que descubre en su profesión la manera de aportar sus cualidades y aptitudes a la construcción de la fraternidad. El laico es el que decide VIVIR SU COMPROMISO BAUTISMAL en medio del mundo, en el llamado “ámbito secular”. COMO VOCACIÓN. Por eso el matrimonio ha llegado a ser un sacramento (costó ocho siglos según el teólogo Borobio): un ámbito de encuentro con la Gracia, un signo del Amor trinitario de Dios al Mundo.

Podemos constatar que este proceso de discernimiento vocacional no se lleva a cabo con los jóvenes. Ni en las Escuelas Cristianas, ni en las catequesis, ni mucho menos en otros ámbitos formativos donde ha desaparecido hasta la palabra vocación. Y el que no descubre esto en su vida está condenado a fracasar como persona, a no encontrar nunca su lugar en el mundo.

Su “índole secular”: ser fermento EN MEDIO DEL MUNDO.

Otra de las especificidades del laicado es este EN MEDIO DEL MUNDO. Los laicos se realizan como cristianos en la medida en que se comprometen a vivir su fe “en el entramado de la vida familiar, laboral y social”[xii]. Según el Papa, los laicos son personas “comprometidas… para crecer como discípulos y testigos del Señor”[xiii]. Es decir, que crecerán como cristianos, como discípulos y testigos del Señor en la medida en que se comprometan a vivir su fe en “todos los ambientes, las circunstancias y las actividades” [xiv] de su vida. Su ser está inseparablemente unido a su actuar, a su misión.

Aquí tenemos planteado el problema de la dualidad de vida. ¿Cómo debemos entender la “presencia” de los cristianos en el mundo? ¿Cómo debemos entender este ser cristianos “EN MEDIO DEL MUNDO, en todos los ambientes, circunstancias y actividades”? ¿Cómo vivir la fe, la esperanza, la caridad en medio del mundo? Vivir en cristiano cuando me lavo, me peino, me visto,… cuando como, bebo,… cuando atiendo a mis hijos,…cuando decido dónde voy a vivir, en qué casa,… cuando me relaciono en el vecindario, en el barrio, en la calle por dónde paso o paseo, cuando empleo el transporte público, cuando voy a comprar, cuando pienso con mi mujer el presupuesto para la familia, cuando me compro un coche… cuando voy a trabajar, cuando deposito mi dinero en el banco… ¿Es esto lo que dice el texto? Si, esto es lo que dice el texto: ¡en todos los ambientes, circunstancias y actividades!

Por eso un laico debe ser en primer lugar muy consciente de en qué mundo vive. Y tiene que discernir y tener un juicio sobre hasta qué punto el mundo en el que vive, el “mundo” que necesariamente me está continuamente influyendo, está en armonía con ese plan de Dios, está ajustado a ese plan de Dios o desajustado, es justo o es injusto.

Muchos laicos ni siquiera se plantean este tema. ¿Por qué? Sería un buen motivo de reflexión. Lo cierto es que la Iglesia nos está ofreciendo siempre luz para que hagamos este esfuerzo. ¿Por qué la mayoría de los laicos desconocen este tesoro de la Iglesia que es su Doctrina social?

Juan Pablo II, en Evangelium Vitae, hizo una de las afirmaciones que más transcendencia y motivos de reflexión debieran tener para un laico: ESTAMOS ANTE UNA AUTÉNTICA GUERRA DE LOS PODEROSOS CONTRA LOS DÉBILES. En términos igualmente preocupantes se manifiestan muchos otros documentos dirigidos a los laicos también: tendencia al imperialismo, tendencia al totalitarismo, dictadura del relativismo,… En la visión de fe de la realidad en medio de la que vivimos los laicos la doctrina destaca tres notas:

1.- Un mundo construido SIN DIOS, como si Dios no existiera. La negación de Dios. Y entonces la doctirna social de la Iglesia (DSI) desarrolla el tema del laicismo o del secularismo

2.- La negación del Hombre. Y la DSI nos habla de la Negación de la Vida. Y también lo hace de la Explotación del Hombre sobre el Hombre y de la negación de la dignidad de todo ser humano desde que es concebido hasta su muerte natural.

3.- La negación de la Moral. La dictadura del relativismo como perversión de la Verdad, el Amor y la Libertad

Una misión específica: Consagración del mundo.

Frente a todo este panorama, una misión: Que el mundo CANTE LA GLORIA DE DIOS. Y como decía San Ireneo “la Gloria de Dios es que EL HOMBRE VIVA”. Traducido quiere decir algo elemental:  que se respete la DIGNIDAD INVIOLABLE, INALIENABLE, sagrada, de toda persona. Consagrar el mundo significa que la persona, la dignidad de la persona, su desarrollo integral, Y LA DE TODAS LAS PERSONAS, se coloquen en el centro de todas las decisiones, de toda organización, de toda institución.

No se trata de “salvar mi alma”, de hacerme individualmente santo. Se trata de entregar mi vida en esta misión, en esta tarea que me encomienda la Iglesia. Se trata de vivir mi IDENTIDAD en esta tarea, de configurar mi identidad cristiana en esta tarea, en esta misión. Benedicto XVI dedica unas palabras sobre qué significa “consagrar” en el libro Jesús de Nazaret. Y dice algo que nos deja abismados: “Consagración significa que Dios reivindica para sí al hombre en su totalidad, lo que comporta al mismo tiempo una misión para los pueblos”.

Consagrar el mundo a Dios es que la Economía se organice en función de la dignidad del hombre. Por eso la Iglesia nos propone que debemos luchar por la dignificación del Trabajo, por la primacía del Trabajo sobre el Capital. No por una banca ética o cristiana, que coloque el fruto de beneficios que salen de los pobres en “proyectos” que benefician a unos pocos pobres. Sino por una economía que no robe a los pobres.

Consagrar el mundo a Dios es que la Política se organice para servir al Bien Común, que es la Justicia. Por eso la Iglesia nos propone el principio de Subsidiariedad UNIDO, inseparablemente unido, al principio de Solidaridad. Con ello, dibuja un orden político institucional en el que las instituciones más lejanas a la persona, no pueden nunca suplantar la iniciativa y la responsabilidad de las más cercanas. Donde la sociedad, y en primer lugar la familia, tiene primacía sobre un Estado que no puede ser nunca subordinador sino coordinador. Y todo ello ordenado al Bien Común, es decir, sin perder nunca de vista el horizonte de toda la humanidad y, en ella, de los más empobrecidos, los más débiles, los más hambrientos. ¡Que distinto, yo diría que opuesto, es hablar de bien común en lugar de hablar de intereses generales! Una vez que se firmó el compromiso firme de descolonizar la India le preguntaron a Gandhi qué planes eran necesarios para gobernar esta nación. Gandhi respondió: “Siempre que hagas cualquier plan piensa en la persona más pobre que conozcas”.

Consagrar el mundo a Dios implica que la Ciencia y la Tecnología se pongan al servicio de las necesidades del hombre, de todos los hombres, en primerísimo primer lugar. Y por eso la Iglesia nos habla del “auténtico desarrollo” y nos previene sobre la voluntad de totalidad, de poder, que demuestra el actual cientificismo materialista. Y por lo tanto a los laicos nos lanza a invertir el motor de toda la gran investigación actual que es capaz de ir a Marte y dejar que se mueran de diarrea miles de niños al día por no poder pagar el tratamiento.

Consagrar el mundo a Dios implica que la Educación- de la que los padres son los primeros aunque no los únicos responsables-  permita el máximo desarrollo de todos los niños y niñas del mundo sin excepción y tengan las deficiencias que tengan. También que descubran en ese proceso su vocación, el lugar en el que mejor pueden servir a los demás. Qué distinto es esto de una educación organizada como un proceso de selección y segregación en función de las necesidades del “capital humano” que determinan las grandes empresas.

Y así podemos seguir con todos los ámbitos en los que transcurre la vida del hombre.

El concilio deja claro que todo lo que se dice del Pueblo de Dios se dice de cada uno de sus miembros. Es decir, que si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, la manifestación de la comunión de la Trinidad en medio de la historia, un Pueblo Santo en que todos somos sacerdotes, profetas y reyes,… esto define el ser y la misión de los laicos como miembros de ese pueblo (AA 2; LG 31).

Esta es su dignidad y su responsabilidad. No es una misión delegada por la Jerarquía (como se decía desde Pío XI), sino es recibida como un deber y un derecho en el Bautismo y la Confirmación. No son los ejecutores de una estrategia cultural, política., económica… emanada del Vaticano (expresión de los tiempos de san Pío X) sino cristianos adultos, responsables que hacen su discernimiento de la situación (ver, juzgar y actuar) para hacer presente el Reino de Dios en el mundo. (Pablo VI, Octogesima adveniens, 4)

El misterio de Dios se manifiesta en la Iglesia, consagra a cada uno de sus miembros, y por cada uno de ellos se hace presente Dios en el  mundo, allí donde se desarrolla su vida. Así, igual que en su conjunto la Iglesia representa a Cristo lumen gentium en la historia, cada bautizado es  la Iglesia en el mundo, esa levadura, luz, sal… escogida y enviada por Dios para hacerse presente en ese preciso tiempo y lugar. La misión del laico es la misma de toda la Iglesia, es parte la misión apostólica de todo el Cuerpo Místico que tiene como fin la extensión del Reino de Dios. No es un encargo de una tarea, sino que SER iglesia,  por su misma naturaleza, la vida del laico está llamada a ser apostolado. (AA 2)

La urgencia de una CARIDAD ADECUADA a nuestro tiempo: LA CARIDAD POLÍTICA. Testigos de la Caridad en la Verdad.

En esto voy a valerme de la autoridad del Papa Benedicto XVI. Creo que nadie ha formulado más claro esta exigencia actual de la Caridad. Nadie lo ha dicho con tanta contundencia. En el número 7 de Caritas in Veritate nos dice:

“Desear el Bien Común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad” (7). CARIDAD POLÍTICA: “Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales”. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Esta es la vía institucional- también política, podríamos decir- de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la polis. El COMPROMISO POR EL BIEN COMÚN, CUANDO ESTÁ INSPIRADO POR LA CARIDAD, TIENE UNA VALENCIA SUPERIOR AL COMPROMISO MERAMENTE SECULAR Y POLÍTICO”.

El laico no puede prescindir, ni por razón histórica ni por razón de su fe, de la dimensión institucional de su vida y del mundo. Esta dimensión no es externa a él sino que forma parte de si mismo. Y, por lo tanto, su Caridad debe abarcar necesariamente esta dimensión no como algo añadido, o superpuesto o alienante, sino como algo consustancial a la Caridad. En descubrir esta dimensión nos jugamos demasiado, es decir, se juegan demasiado los más pobres.

Resulta del todo acientífico y del todo irracional que ante la realidad de hambre, de dolor, de sinsentido, de explotación y esclavitud,… que ante esta Cultura de la Muerte,  no nos preguntemos el porqué, las causas de esta continua sucesión de hechos.  Está claro que Benedicto XVI y todos los Papas no nos están diciendo que nuestra razón quede anulada, que renunciemos a buscar la verdad con la razón. Está claro que detrás de los hechos se ponen de manifiesto la existencia no de “intenciones subjetivas” o “voluntades personales” sino de auténticos “mecanismos” y “estructuras de pecado”. En estos términos se expresaba Juan Pablo II en la Sollicitudo Res Socialis.

Escuchamos con frecuencia  a muchos laicos muy comprometidos con su fe maldecir el paro de sus hijos, familiares o vecinos y proponerles como remedio “orar con mucha confianza para que Dios haga el milagro de que encuentren un trabajo”. Pero esta actitud manifiesta una mentalidad individualista impropia de un proceso histórico en dónde viene madurando una conciencia social desde hace más de siglo y medio. Desde luego que el Señor ha puesto generosamente en la Tierra los bienes necesarios para que no le falte a nadie el pan. Desde luego que necesitamos los bienes sobrenaturales de la Oración y los Sacramentos. Pero los necesitamos para no desfallecer en nuestra misión de consagrar el mundo a Dios, para vivir, EN MEDIO DEL MUNDO, sin ser del mundo.

Las tres tentaciones o reducionismos ante los que estar alerta:

Conviene en este momento al menos advertir de tres tentaciones, o tres grandes debates con muchos nombres, que han estado presentes siempre entre el laicado en su recorrido sobre todo a lo largo del siglo XIX y XX, aunque evidentemente son de siempre en la historia de la Iglesia. Nos las ponía muy claramente de manifiesto Congar en su estudio “Jalones para una teología del laicado”:

El confesionalismo

Congar sitúa esta postura simbólicamente en la Edad Media. Plantear el confesionalismo del Estado o de ciertas instituciones que pretenden influir “desde arriba”, desde “el poder”, desde “el rey”, nos retrotrae, según Congar, a la cristiandad medieval. Es la tentativa de instaurar el Reino de Dios sobre la Tierra sin respetar la “autonomía” del mundo. La tentación por lo tanto sería la de no respetar la autonomía de lo “temporal”, la de crear un “orden temporal” gobernado por la Iglesia. Para Congar, confesionalismo y clericalismo van de la mano.

Aunque no parece probable que podamos volver atrás, no podemos desdeñar en muchas manifestaciones y, sobre todo, en alguna de las acciones de la Iglesia y los laicos la expresión nostálgica de un orden político y social que se plegara a la voluntad de la Iglesia.

El secularismo o laicismo.

Se trata de la postura de signo contrario. Congar sitúa su apogeo “simbólico” en el siglo XIX, en pleno fervor positivista cientificista.  Nosotros la encontramos muy actual. La Iglesia, a la sacristía. La religión al ámbito de lo privado. La autonomía del mundo es absoluta. Lo primero es el pan, la revolución y luego ya vendrá la evangelización. Dejemos de hablar de Caridad y hablemos de justicia. Cristo vendrá luego. Que la Iglesia se preocupe más de si misma. Que la Iglesia se “adapte” al mundo: más democracia, sacerdocio de las mujeres, más pobreza,…

La separación de los dos planos y la opción por el “compromiso temporal” llevó a dos realidades: la disolución de la identidad de los militantes cristianos, que terminaban defendiendo la identidad del partido, el sindicato o la asociación en la que volcaban su compromiso sobre su propia identidad eclesial; y, en segundo lugar, la dependencia ideológica de los laicos del clero sobre todo regular, que marcaba las pautas de análisis y acción de los grupos de militantes.

Por otro lado, lo cristiano quedaba relegado a “prácticas de oración comunitarias” fuera de toda la normativa litúrgica, limitadora por naturaleza de las realidades vitales y carismáticas. Es muy fácil encontrar, en esta tendencia a laicos más adictos al yoga, el Pilates, o el New Age que a la Eucaristía y la Confesión.

El espiritualismo desencarnado.

Se trata de una huída del mundo. Una huída que al final acaba siendo otro dualismo, porque hay que convivir en todo momento con el mundo y nadie se puede salir de él. Se buscan espacios incontaminados dónde vivir un cristianismo auténtico. Se refugian en la piedad, en los medios piadosos, en las obras piadosas. Se sitúan en el otro polo del laico secularista.

El laico está llamado, desde la Iglesia a superar todos estos reduccionismos, a vivir la unidad entre la fe y la vida. Pio XII ya nos decía que querer hacer esta separación entre la fe y la vida, entre lo sobrenatural y lo natural, entre la Iglesia y el mundo, es abiertamente anticristiano.

Hacia una espiritualidad “laical”

No podemos dejar de decir algunas palabras sobre la necesidad de ir alumbrando una espiritualidad que lógicamente no puede ser la del monje, la del consagrado célibe al ministerio del sacerdote, la del fraile o la del religioso. La misión que el laico tiene como Iglesia, que es la misión también de toda la Iglesia, la presencia consciente del militante cristiano en medio del mundo lanza un reto: la necesidad de unir, sin separar y sin confundir, la identidad creyente propia y la inserción secular.

El punto central lo constituye el cultivo de un deseo voluntario, libre y conciente de entrar en un proceso de Conversión permanente, lo que implica necesariamente el desarrollo de la conciencia de nuestro compromiso bautismal.

El punto de partida consiste en proceso de formación del  militante cristiano laico. En ella, formación y desarrollo de la espiritualidad vienen a ser lo mismo ya que este proceso formativo nos plantea la centralidad la Conversión a Cristo, a su Iglesia y la encarnación en la vida de los empobrecidos. Dicho proceso contiene tres elementos inseparables:

    1. La vida solidaria que nos permita el paso del “individuo” al equipo y del equipo a la familia apostólica y que se basa en el crecimiento en la comunión de bienes, vida y acción que tiene como referencia la encarnación en la vida de los empobrecidos y la colaboración en tarea de la misión laical de la Iglesia. En estos equipos se integran todas las realidades vitales: jóvenes, familias, solteros, viejos…       Y estos constituyen la base de la asociación, que viene a ser la familia de familias. Estos equipos deben ser auténticas células de la Iglesia en el mundo, y permiten a la “familia natural” de sangre superar sus múltiples limitaciones de cara a la acción apostólica
    2. La vida de Unión con Dios en la oración y los sacramentos. Evidentemente la Eucaristía y la Reconciliación se convierten es sacramentos imprescindibles para los militantes laicos. Todos los miembros trazan planes personales, familiares y de grupo para crecer en esta vida de unión con Dios y la asociación se encarga de tener ámbitos permanente donde vivir, alentar y revisar estos planes.
    3. La acción apostólica organizada en común desde plataformas y mediaciones propias creadas y revisadas por los propios militantes.

[i] Cf. M. Semeraro, Laico/Laicidad, en L., Pacomio y V., Mancuso (Edrs.), Diccionario Teológico Enciclopédico, Estella (Navarra) 19993, 555.

[ii] Cf. Ibid.

[iii] Cf. E. Bueno, Laico, 417.

[iv] Cf. Ibid., 419; R. Berzosa Martínez, Laico, en AAVV, Diccionario del Sacerdocio, Madrid 2005, 399; M. Semeraro, Ibid.

[v] Cf. E. Bueno, ¿Redescubrimiento de los laicos o de la Iglesia?, en Revista Española de Teología, 48 (1988), 224.

[vi] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 31, “AAS” 57 (1965) 37.

[vii] Conc. Vaticano II, Ibid., 31, “AAS” 57 (1965) 37-38.

[viii]Ibid., 672.

[ix] Así lo afirma Juan Pablo II tras hablar de cómo la solidaridad vence a las estructuras de pecado (SRS 48). Una idea muy querida por el concilio, que recuerda como la Eucaristía anticipa esa consumación definitiva del mundo entero por Cristo, que  sustenta nuestra esperanza (GS 38-39).

[x] Es tan poderosa que Benedicto XVI la compara a la fisión nuclear: La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de ‘fisión nuclear’, por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1 Co 15,28). (SC 11)

[xi] Con su vida y trabajo los laicos extienden el reinado de Cristo. La herramienta más eficaz para ello dice el concilio que es una vida de santidad que impregna el mundo del espíritu de Cristo y alcanza eficazmentela justicia en la caridad y en la paz. Se une aquí la eficacia de los medios propios de cada profesión con la búsqueda de una más justa distribución de que estos sirvan a todos los hombres.

[xii]Ibid.

[xiii]Ibid., 671.

[xiv]Ibid., 672

 

 

fuente: http://auladsi.net/la-funcion-del-laico-en-la-sociedad-actual

Categorías:Laicos

La autoridad, don de Dios, Homilia Papa Francisco 09/01/2018

La autoridad, don de Dios

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

El Evangelio de San Marcos (1,21-28) nos muestra a Jesús que enseña “como quien tiene autoridad”. Se trata de una enseñanza nueva, y la novedad de Cristo es precisamente el don de la autoridad recibido del Padre. Ante las enseñanzas de los escribas y doctores de la ley, que también decían la verdad, la gente pensaba en otra cosa, porque lo que decían no llegaba al corazón: enseñaban desde la cátedra, pero no se interesaban por la gente. En cambio, la enseñanza de Jesús provoca asombro, movimiento del corazón, porque lo que da autoridad es precisamente la cercanía, y Jesús se acercaba a la gente, y por eso comprendía sus problemas, dolores y pecados. Porque era cercano, comprendía; y acogía, curaba y enseñaba con cercanía. Lo que a un pastor le da autoridad o despierta la autoridad que le dio el Padre, es la cercanía: cercanía a Dios en la oración –un pastor que no reza, un pastor que no busca a Dios está perdido– y la cercanía a la gente. El pastor separado de la gente no llega a la gente. Cercanía, esa doble cercanía. Esa es la unción del pastor que se conmueve ante el don de Dios en la oración, y se puede conmover ante los pecados, problemas y enfermedades de la gente: ¡deja que el pastor se conmueva!

Los escribas habían perdido la capacidad de conmoverse porque no eran cercanos ni a la gente ni a Dios. Y cuando se pierde la cercanía, el pastor acaba en la incoherencia de vida. Jesús es claro en esto: “Haced lo que dicen” –dicen la verdad– “pero no lo que hacen”. La doble vida. Qué feo ver pastores de doble vida: es una herida en la Iglesia. Los pastores enfermos, que han perdido la autoridad y llevan esa doble vida. Hay muchos modos de llevar una doble vida: pero es doble… Y Jesús es muy fuerte con ellos. No solo dice a la gente que les escuchen, sino que no hagan lo que hacen. Y a ellos, ¿qué les dice? “Sois como sepulcros blanqueados”: hermosísimos en la doctrina, por fuera, pero dentro, podredumbre. Ese es el final del pastor que no tiene cercanía con Dios en la oración ni con la gente en la compasión.

En la Primera Lectura están las figuras de Ana, que reza al Señor para tener un hijo varón, y del sacerdote, el viejo Elí, que era débil, había perdido la cercanía, a Dios y a la gente, y pensó que Ana estaba borracha. Ella, en cambio, rezaba en su corazón, moviendo solo los labios. Fue ella la que explicó a Elí que estaba amargada y que “si he estado hablando hasta ahora, ha sido de pura congoja y aflicción”. Y mientras ella hablaba, Elí fue capaz de acercarse a aquel corazón, hasta decirle que se fuera en paz: “Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido”. Se dio cuenta que se había equivocado, e hizo salir de su corazón la bendición y la profecía, porque luego Ana dio a luz a Samuel.

Yo diría a los pastores que han llevado una vida separados de Dios y del pueblo, de la gente: “No perdáis la esperanza. Siempre hay una posibilidad. A este le fue suficiente mirar, acercarse a una mujer, escucharla y despertó su autoridad para bendecir y profetizar; esa profecía se cumplió y el hijo le nació a la mujer”. La autoridad, don de Dios: solo viene de Él, y Jesús la da a los suyos. Autoridad al hablar, que viene de la cercanía con Dios y con la gente, siempre las dos juntas. Autoridad que es coherencia, no doble vida. Autoridad, y si un pastor la pierde, al menos que no pierda la esperanza, como Elí: siempre hay tiempo para acercarse y despertar la autoridad y la profecía.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97348/la-autoridad-don-de-dios

Categorías:La voz del papa

Los católicos, la política y la Nueva Evangelización

Los católicos, la política y la Nueva Evangelización

Es el Evangelio la mejor escuela de laicidad posible para la humanidad, porque nadie más que Jesús ha enseñado a los hombres el arte de vivir

Por: Salvatore Martinez | Fuente: Zenit.org

Los católicos, la política y la Nueva Evangelización

Quisiera comenzar con dos afirmaciones preliminares de principio.

-La Iglesia no es, ni podría transformarse nunca en un sujeto político. Como afirma el santo padre Benedicto XVI “perdería su independencia y autoridad morales identificándose con una única vía política y con posturas parciales y opinables”.

-La Iglesia no está llamada a la formación de partidos: se transformaría en una religión civil. La Comunidad cristiana, sin embargo, está llamada a formar en Cristo hombres nuevos, capaces de hacer nueva incluso la política; hombres y mujeres de corazón nuevo, capaces de hacer nuevo el corazón de las instituciones políticas.

Si el “Verbo se hizo carne”, esta “ley del amor” sirve también para la política e influye también en la conciencia de los laicos cristianos; nos empuja a afirmar de nuevo nuestra fe en los contextos sociales en los que Cristo no está, se ha descuidado o se ofende.

Por lo demás, el papa Benedicto XVI es muy explícito: “No hay ningún ordenamiento estatal justo que pueda hacer superfluo el servicio del amor. Quien quiere desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto a hombre”.

Por tanto, la construcción de la civilización del amor nos interpela. Nos incumbe a nosotros poner en el contexto y los sufrimientos del mundo de los hombres y de las instituciones la semilla de la vida nueva, de un nuevo amor de Dios que “se revela en la responsabilidad por el otro”.

Nos corresponde a nosotros discernir lo que hemos de hacer y como debemos hacerlo para que el mensaje social de la Iglesia, su Doctrina Social, no se devalúe o sea ignorado, en primer lugar en la formación de muchos cristianos. Tenemos, en la Doctrina Social de la Iglesia, un punto de referencia unitario de juicio sobre la realidad social, un pensamiento que conjuga fe y razón en virtud de la verdad que contiene.

Es imprescindible la nueva evangelización de la política, para liberar nuestro tiempo del espíritu del error que, con el poder del engaño, está cambiando la medida divina del hombre y su destino eterno, multiplicando sin descanso las estructuras de pecado.

Veo dos grandes retos de fondo en el compromiso de los católicos en la política.

-El primer reto de la nueva evangelización de la política es impedir que sea marginada nuestra fe cristiana en la vida pública de las naciones. Como recordó Benedicto XVI, “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer” y no pretende “entrometerse en las políticas de los Estados”. “Comunidad Eclesial” y “Comunidad Política” son realidades distintas, con representaciones diversas, pero que deben volver a dialogar. Nosotros podemos conseguir que este diálogo, si ha sido interrumpido, se restablezca y sea fecundo, creíble, que vuelva a poner al hombre en el centro, en una sociedad a medida del mismo, para conseguir un desarrollo humano integral. No podemos permitir que nuestra laicidad cristiana se calle, que sea relegada a la esfera privada. San Agustín nos advirtió: “No reduzcáis el Evangelio a una verdad privada para no ser privados del mismo”. Es inaceptable que, en muchas naciones “los creyentes deban suprimir una parte de sí mismos –su fe- para ser ciudadanos activos”. No debería ser necesario renegar de Dios para poder disfrutar nuestros propios derechos; todavía más grave es “¡Dar a César lo que es de Dios!”.

-El segundo reto de la nueva evangelización de la política se da en el aspecto económico y mercantil de la globalización. Estimulando el consumismo irracional se pone en el centro el aspecto material del hombre, prejuzgando así la apertura del hombre mismo a la trascendencia, a Dios. Se querría un “cristianismo utilitario” que sirva para resolver los problemas materiales del hombre, reduciendo el aspecto salvífico de nuestra fe a un puro humanismo, a una filantropía atea. Dios, confinado al más allá, y el hombre reducido a la insignificancia. El actual escenario de la historia, como bien sabemos, es de profunda crisis, una crisis planetaria que, antes que nada, es una “crisis espiritual”. La crisis económica y política de nuestros días es la consecuencia de la crisis espiritual que está atravesando la vida de los hombres, incluso de muchos creyentes. He aquí porque tenemos el deber de pensar en una nueva evangelización de los estilos de vida y de las instituciones que rigen el destino de los hombres y de los pueblos. El siervo de Dios Pablo VI negaba el concepto de esta manera: “Es indispensable alcanzar y casi trastornar, mediante la fuerza del Evangelio, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que contrastan con la palabra de Dios y con el diseño de salvación”.

Desde hace casi tres años, regularmente, el papa Benedicto XVI pide nuevas generaciones de católicos comprometidos con la política: “Afirmo la necesidad y la urgencia de la formación evangélica y del acompañamiento pastoral de una nueva generación de católicos comprometidos en la política, que sean coherentes con la fe profesada, que tengan rigor moral, capacidad de juicio cultural, competencia profesional y pasión de servicio por el bien común”. Son “cinco”, según el pontífice, las virtudes, las actitudes indispensables necesarias y que hay que fomentar en los que quieren dedicarse a la realización del “bien común” mediante el compromiso político:

-“Coherentes con la fe profesada”, no con las ideas propias o con las de la opinión pública.

-“Rigor moral”, porque no se puede minimizar la gravedad de la “cuestión moral”, incluso entre los católicos.

-“Capacidad de juicio cultural”, es decir de discernimiento, fruto de estudio, de meditación, de capacidad de distinguir un bien individual del bien común.

-“Competencia profesional”, porque la política es un arte, una vocación y no se improvisa.

-“Pasión de servicio”, no por el honor personal o por el agradecimiento de unos pocos.

Cabe mencionar que el Pontífice habla de “formación evangélica”, no de formación política. Por tanto, es necesario volver al Evangelio. El beato Juan Pablo II, con un firme discernimiento, sentenciaba: “No hay solución para la cuestión social fuera del Evangelio”. Es el Evangelio la mejor escuela de laicidad posible para la humanidad, porque nadie más que Jesús ha enseñado a los hombres el arte de vivir, para decir con hechos cómo se ama, cómo se está de parte de la gente hasta dar la vida por los propios amigos.

En conclusión, considero que nunca habrá un tiempo más favorable que este para la nueva evangelización, después del vacío producido por la caída de las grandes ideologías. “El nuestro es un mundo que debe ser creado nuevamente con confianza en el pensamiento cristiano”, afirmaba en el exilio, el gran sacerdote y estadista, Luigi Sturzo.

Somos la primera generación del primer siglo del tercer milenio. En nosotros recae una responsabilidad tremenda, única: ¡introducir a Cristo en este nuevo milenio de historia cristiana! Nos recuerda san Juan Crisóstomo: “Si eres cristiano es imposible que no dejes tu huella en el mundo; si eres cristiano es imposible que no produzcas efecto. Es contradictorio decir que un cristiano no puede hacer nada por el mundo, así como lo sería si dijésemos que el sol no puede dar luz”.

Es necesaria más humildad y más confianza en la acción del Espíritu Santo. En la época de recesión ¡no está en recesión el Espíritu de Dios! El Espíritu no nos pide responder en la intimidad de la fe ni con un entusiasmo desencarnado. Es nuestra responsabilidad de fe que este mundo caótico sea ordenado por el Espíritu de Dios y disponible a las auténticas necesidades del hombre.

Que nuestra oración y nuestra sumisión a la voluntad de Dios nos den una nueva evangelización de la sociedad y de la política, un nuevo Pentecostés de amor, el milagro de una política nueva, de políticos nuevos.

Salvatore Martinez es presidente de la Renovación en el Espíritu en Italia

Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/18508/cat/750/los-catolicos-la-politica-y-la-nueva-evangelizacion.html

 

 

 

Categorías:DSI

La gracia de la compasión, homilia del Papa 08/01/2018

La gracia de la compasión

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

La primera Lectura de hoy, tomada del primer libro de Samuel (1,1-8), cuenta la historia de los padres del profeta, Elcaná y de Ana. Elcaná tenía dos mujeres: Ana era estéril, y la otra, Fenina, tenía hijos. Fenina, en vez de consolar a Ana no pierde ocasión de humillarla, y la maltrata con dureza recordándole su esterilidad.

También en otras páginas de la Biblia sucede lo mismo, como entre Agar y Sara, las mujeres de Abraham, de las que la segunda era estéril. Pero burlarse y despreciar al más débil es también una actitud de los hombres, como en el caso de Goliat ante David, o pensemos también en la mujer de Job, o en la de Tobías, que desprecian a sus maridos porque están sufriendo.

Y yo me pregunto: ¿qué hay dentro de esas personas? ¿Qué hay dentro de nosotros, que nos lleva a despreciar, a maltratar, a burlarnos de los más débiles? Se entiende que uno se meta con alguien más fuerte: puede ser por envidia… ¿Pero, con los más débiles? ¿Qué tenemos dentro que nos lleva a eso? Es algo habitual, como si necesitase despreciar al otro para sentirme seguro, como una necesidad…

Pero también pasa esto entre los niños. Recuerdo que cuando era pequeño, en mi barrio vivía una mujer, Angiolina, enferma mental, que estaba todo el día en la calle. Las mujeres le daban algo de comer, algún vestido, pero los niños se metían con ella. Decían: “vamos a buscar a Angiolina para divertirnos un poco”. ¡Cuánta maldad también en los niños, meterse con el más débil!

Y hoy lo vemos continuamente, en las escuelas, con el fenómeno del bullying, del acoso escolar, atacar al débil, porque eres gordo o porque eres así o eres extranjero o porque eres negro, por esto… agredir, arremeter… Los niños, los jóvenes… No solo Fenina, o Agar o las mujeres de Tobías y de Job: también los niños. Lo que significa que hay algo dentro de nosotros que nos lleva a la agresión del débil. Y creo que es una de las huellas del pecado original. Quizá los psicólogos den sus explicaciones de esa voluntad de aplastar al otro porque es débil, pero yo digo que esa es una de las huellas del pecado original. Eso es obra de Satanás, porque en Satanás no hay compasión.

Y así, como cuando tenemos el deseo de hacer una obra buena, una obra de caridad, decimos “es el Espíritu Santo quien me inspira a hacer esto”, pues cuando nos demos cuenta de que tenemos dentro ese deseo de agredir a aquel porque es débil, no lo dudemos: ahí está el diablo. Porque eso es obra del diablo: meterse con el débil.

Pidamos al Señor que nos dé la gracia de la compasión: esa es de Dios, que tiene compasión de nosotros y nos ayuda a caminar.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97347/la-gracia-de-la-compasion

 

Categorías:La voz del papa