Discapacitados: Dignidad y derechos, calidad de vida, papel del Estado y aportación de la mujer

 

Discapacitados: Dignidad y derechos, calidad de vida, papel del Estado y aportación de la mujer

(Por: Magda Figiel, Colaboradora de Mujer Nueva, 2006-02-08)

Entre el 16 de enero y 3 de febrero de 2006, en las instalaciones de la ONU en Nueva York, el Comité Ad Hoc de la Asamblea General se reunió para revisar el borrador y redactar la primera Convención Internacional para la Protección y Promoción de los Derechos de la Personas con Discapacidades. Más de 400 personas han participado en las discusiones, entre ellos muchos discapacitados. En los discursos conclusivos se reconoció que ha habido buen progreso en la profundización y comprensión común de los temas tratados, así como una notable unión en las opiniones de los participantes. Pero aún falta concluir el trabajo en las reuniones programadas para agosto y presentar el documento a votación para que llegue a ser una convención vinculante.

Afortunadamente, hoy día nadie duda, de que las personas discapacitadas son sujetos plenamente humanos, titulares de derechos y deberes. Hay una convicción común, según la cual se debe respetar la dignidad de cada persona, independientemente de su edad, o el grado de desarrollo de sus facultades.

Los derechos del discapacitado son exactamente los mismos que de cualquier otra persona, porque se tienen los mismos derechos humanos simplemente por ser persona humana. A veces, su calidad de vida en algunos aspectos resulta inferior. Su dignidad puede entonces parecer más escondida, sin embargo en cierto sentido también se presenta de forma más clara. A pesar de las limitaciones y los sufrimientos gravados en sus cuerpos y en sus facultades, ponen más de relieve la dignidad y grandeza del hombre.

Los voluntarios que se han dedicado a atender a personas minusválidas, normalmente quieren volver a trabajar con ellos. No sólo por la maravillosa experiencia de entregarse; no sólo porque los discapacitados les enriquecen, sino, ante todo, los quieren por descubrir el valor que hay en cada uno de ellos. De modo semejante los padres de un niño con síndrome de Down suelen decir con cariño, que este hijo es su mayor tesoro, el mayor regalo que han recibido en su vida. Son como una perla, que se aprecia después de abrir la ostra y quitar la, más o menos bonita, concha.

El valor absoluto de una persona discapacitada resulta evidente al hacer la experiencia de tratar con ella. No se necesitan estudios teóricos para saberlo. Debemos agradecerles a los discapacitados, porque nos ayudan a encontrar el verdadero sentido de la vida en el amor, o demuestran cómo el sufrimiento puede hacer a la persona “más humana”.

La persona humana vale por lo que es, no por lo que hace, ni por su calidad de vida y sus cualidades, como la salud física o mental, capacidad intelectual, etc. Las cualidades sólo demuestran su dignidad. Pueden faltar, y entonces… se ve aún con más claridad en qué consiste la verdadera grandeza de la persona. La dignidad y los derechos humanos, que son consecuencias de esta dignidad, son los mismos independientemente de sí la persona es discapacitada o no. Están arraigados en su ser. Las circunstancias, influencias externas, decisiones de gobiernos o tratados no pueden aumentarlos o disminuirlos. Se trata por tanto de reconocerlos, de garantizar, en la medida de lo posible, que se respeten y no de crear derechos especiales.

Un punto ampliamente tratado ha sido la no-discriminación de los discapacitados. Si bien los discapacitados son iguales en dignidad y derechos, sí necesitan un trato especial para poder desenvolverse y vivir sus derechos fundaménteles. Por su situación y por sus posibilidades, en ciertos aspectos siempre limitados, generalmente deben recibir más apoyo que otros. Han de ser ayudados a participar en la vida familiar y social en todas las dimensiones y en todos los niveles accesibles a sus posibilidades. Un tratado y una labor subsidiaria (1) de los Estados resulta importante para promover con medidas apropiadas y eficaces su bien.

Sería irracional entender la no-discriminación como el deber de tratar a todos de la misma forma. Es correcto buscar, por ejemplo, la posibilidad de acceso al trabajo para todos o la igualdad en la justa remuneración, pero no se puede exigir a una empresa de mudanzas que contrate a una persona en silla de ruedas.

Obviamente, no se espera terminar el trabajo sobre la convención sólo con la afirmación de los derechos de las personas con discapacidades. Se discuten los distintos criterios para mejorar el goce efectivo de los derechos humanos para después aplicar medidas adecuadas y mejorar las condiciones de vida de los discapacitados en los Estados concretos (2).

A diferencia de los derechos humanos, que son universales e inmutables, la calidad de vida varía según las circunstancias de cada persona y se puede influir en ella. En las reuniones de las últimas semanas, representantes de diferentes países y ONG-s han reconocido, que en realidad muchas de las medidas, que facilitarían notablemente la vida de los discapacitados, no requieren grandes inversiones de dinero, v. gr. construir las aceras o banquetas tomando en cuenta a los que usan sillas de ruedas. Louise Arbour, Alta Comisaria de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, subrayó en su discurso del 27 de enero pasado, que “más que la falta de recursos, son las actitudes las que a menudo obstaculizan el ejercicio de los derechos de las personas con discapacidades” (3). Efectivamente, la actitud es muy importante. Para las personas con discapacidades no puede ser suficiente, que se respete su derecho a la vida, que se pongan soluciones para responder a sus necesidades materiales básicas, médicas o incluso sociales, como el acceso al trabajo. Para su plena realización y felicidad necesitan también sentirse entendidos y acogidos por los demás.

Se puede decir que una mujer de 35 años, que está enferma de escoliosis múltiple, pero que se siente acompañada y cuidada con cariño por su esposo y sus hijos y les da todo su amor, tiene mejor calidad de vida que su amiga que disfruta de buena salud y riquezas, pero no encuentra el sentido de su vida y sufre de estados depresivos. Otro ejemplo es la niña británica, Charlotte Wyatt (4). Ella seguramente siempre se podrá sentir querida por sus papás, que lucharon por su derecho a la vida, hasta que un alto tribunal revocó la orden que daba razón al hospital público de no reanimarla si llegaba a sufrir un colapso respiratorio o alguna crisis (5).

Es vital nuestra necesidad humana de sentirse amado y acogido por otros, lo cuál se debería experimentar ante todo en el ámbito natural de la propia familia, y también en toda la sociedad. La calidad de vida abarca, por tanto, además del bienestar material y la salud, el amor en el hogar, la solidaridad en la sociedad y otros valores éticos, vividos por los discapacitados y en relación a ellos. El papel del Estado es subsidiario: debe apoyar a la institución familiar, para que ésta sea, en la medida de lo posible, quien se responsabilice de la ayuda al discapacitado, y en favorecer actitudes de auténtica solidaridad, para que pueda vivir sus derechos y deberes fundamentales. No se necesita legislar todo lo que es humano ni todo lo que se vive en las relaciones interpersonales, pero se puede apoyar lo que es positivo y desde luego no obstaculizar la vivencia de los valores profundamente humanos.

Es posible ir más allá de la justicia abstracta, de leyes impersonales y de sólo evitar la discriminación. Ver por la persona que sufre, apoyarla, amarla… Y aunque todos pueden descubrir su dignidad, conviene reconocer que las mujeres suelen demostrar una especial sensibilidad para intuir las necesidades concretas de otros y querer cuidarlos con gran comprensión y cariño (6). Más que hacer a los discapacitados sentirse autónomos, tienden a buscar que perciban, que son amados. Establecen más rápido vínculos afectivos, experimentan sentimientos de empatía. Estas características, más frecuentes en la psicología femenina, reflejan su especial papel humanizador en la sociedad. Dado que hoy hay una mayor participación de las mujeres en la vida pública y social, podemos aprovechar lo que ellas enriquecen y ayudan para el bien de todos.

Magda Figiel

 

(1)       La subsidiariedad es el principio que regula la interacción entre la autoridad y las personas y sociedades intermedias para lograr el bien común, su desarrollo integral. Los dos componentes de este principio son: 1) el deber de la instancia superior de prestar asistencia en lo que las personas y sociedades intermedias no pueden hacer por sí solas (subsidiariedad propiamente dicha), y garantizar, promover y estimular la iniciativa de aquellas; 2) y la no-injerencia de la instancia superior en la vida interna de las sociedades intermedias y el deber de no suplirlas en lo que ellas pueden y deben hacer por sí mismas (la “sola subsidiariedad”).

En el ámbito de la autoridad política nacional, el Estado es la instancia superior en relación con las sociedades intermedias y las personas, así como el gobierno federal en relación con los gobiernos municipales.

(2)       Importantes objetivos serían: apoyo en situación de pobreza; nutrición; educación integral; servicios médicos; oportunidades de empleo; vivienda digna; servicios de calidad en rehabilitación y terapia cuidando los mejores intereses de toda persona humana; acceso, inclusión y participación en la vida social, económica, cultural, política; protección contra la crueldad, tortura, abuso; una vida jurídica, legal, patrimonial plena; dispositivos de ayuda sensoriales o motrices que se requieran; no ser víctima de señalamientos y exclusión por su condición, etc. Los medios para alcanzarlos estos objetivos han de ser adecuados (proporcionados, éticos o realizables).

(3)       Statement by Louise Arbour, UN High Commissioner for Human Rights, General Assembly Ad Hoc Comité, 7th session New York, 27 January

(4)       Parents win legal lifeline to keep sick baby alive (The Scotsman/Regno Unito, 22.10.2005

”THE parents of a profoundly ill baby girl who was not expected to survive long beyond her first year celebrated her second birthday yesterday with a partial victory in their legal battle to have her resuscitated by doctors if she falls seriously ill”…

(5)       Para que una persona sea respetada, ha de existir. El derecho a la vida es el primero. Esta evidencia se reflejó en el hecho de que nadie se oponía al artículo número 10 sobre el derecho a la vida de los discapacitados, cuando fue revisado. Unicamente IDC (International Disability Caucus) propuso una enmienda: añadir las palabras “en todas las etapas de la vida” después de “cada ser humano”, y añadir “todos deben reconocer” después de “reafirmar”.

(6)       Recientes estudios de C. Gilligan y M. Nussbaum profundizan en esta aportación de la mujer en el campo del derecho.

personas con discapacidad

 

 

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UNA IGLESIA CATÓLICA Y… LAICA

UNA IGLESIA CATÓLICA Y… LAICA

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El vocablo “laico” es un viejo término que la Iglesia utiliza para designar a sus miembros que no forman parte del “clero”. A escala mundial, el clero católico cuenta alrededor de 413 000 miembros, mientras que el número oficial de laicos –por cierto no todos practicantes- asciende más o menos a 1 195 600 000.

Ya que el clero representa el 0.0003% y los laicos, el 99.9997%, pende de un pelo que la iglesia católica sea enteramente laica.

El mismo Jesús no formaba parte de ningún clero; no era sacerdote. En nuestro lenguaje, era “laico” (Hebreos 8, 4). Aunque después de su muerte, la fe de sus seguidores lo haya proclamado sacerdote para servir de puente entre Dios y los humanos, Jesús, mientras vivía en la tierra, no fue más que un laico.

Lo cual no impidió que fuera religioso.

Pero religioso ¿de qué religión?

La religión del laico Jesús era la de sus antepasados judíos tal como la entendía la gran mayoría de la gente religiosa de su pueblo. Pero, dentro de esta religión, Jesús hacía papel de verdadero revolucionario. Decía y hacía cosas que sorprendían.

¿El Dios de los antepasados? Sí, decía él, pero no exactamente como lo ven. ¿La religión heredada de los sabios y santos? Sí, pero no exactamente como la entienden.

Dios no tiene dueños. Nadie tiene el derecho de encerrarlo en los conceptos y las declaraciones de ninguna época. No se le puede guardar en una jaula de hierro cuya llave quedaría para la eternidad en manos de una casta de individuos ungidos para ser los intérpretes exclusivos y los portavoces infalibles de él.

El Dios que vive es el Dios de hoy para los humanos de hoy. No alumbra primero por medio de leyes y tradiciones del pasado, por muy sagradas que sean, sino por su Espíritu, que no se puede encadenar, pues no es una cosa fija. Por lo contrario, él es la energía creadora del mundo. Está siempre en acción. Sopla en todas las direcciones del universo.

El Espíritu de Dios no lleva bandera. No obedece a las normas de ninguna religión en particular y de ninguna secta. Es como el viento. No conoce barreras ni fronteras (Juan 3, 8).

Este Espíritu, Dios lo derrama amplia, alegre y gratuitamente sobre todos aquellos y aquellas que tienen hambre y sed de colmarse de vida (Joel 3, 1; Hechos 2, 14-17; Lucas 11,13).

Los molestosos cuestionamientos del laico Jesús exasperaron tanto a los “dueños” de la religión (o sea el clero de su época) que rápidamente se lo sacaron de encima mandándole a crucificar.

Tras el laico Jesús, tenemos el deber nosotros también de distinguir entre religión y religión, entre iglesia e iglesia.

Existe una iglesia que sabe hacer esta distinción.

Siguiendo al laico Jesús, y dentro de la gran corriente de la laicidad de la sociedad moderna, esta iglesia se pone al servicio de la libertad de los humanos. No acepta más que haya separación entre lo sagrado y lo profano, entre clérigos y no clérigos, cristianos y paganos, hombres y mujeres.

Esa iglesia, no solo no teme conciliar los grandes valores del mundo moderno con el evangelio, sino que, muy al contrario, estimulada por ellos, reanuda con el increíble espíritu de libertad de Jesús y las más hermosas audacias de los primeros testigos del Evangelio.

Ahora bien, esta iglesia no es herética ni cismática. Es genuinamente “una, santa, católica, apostólica” y… ¡LAICA!

Sacerdotes, obispos, religiosos y religiosas forman parte de esta comunidad de laicos en la que prestan servicios determinados, sin hacerse por ello los amos de la misma.

La laicidad moderna, de por sí, no se opone al evangelio. Puede mirar con ojo crítico, pero no suele burlarse del testimonio glorioso de centenas de millares de hombres y mujeres de iglesia que, durante siglos, y por amor al evangelio de Jesús, se han echado entre pecho y espalda la miseria del mundo. Lo que rechaza es el clericalismo.

No sin razón, los laicistas se sublevan contra el sistema eclesiástico que, acorazándose abusivamente detrás del evangelio, desarrolló un poder inmenso, absolutamente extraño al propio evangelio.

Convencido de ser conducido por la mano de Dios, este poder, durante siglos, no escatimó esfuerzos para imponer su dominio a toda la sociedad. Resguardándose detrás de un derecho pretendidamente divino, nunca se molestó demasiado al pisar las libertades más elementales de la persona y de la comunidad humana.

En reacción a esta amenaza del control de la religión sobre todos los aspectos de la vida humana, el mundo laico moderno no admite que el gobierno de los pueblos se someta a los dogmas de toda especie de ayatolas, incluyendo a los ayatolas católicos… Porque el mundo moderno es, antes que nada, la comunidad humana que se hace cargo de sí misma y asume la plena responsabilidad de todo lo que la atañe.

Aunque muchos de sus partidarios no sean creyentes, la laicidad del mundo moderno no se opone tanto a Dios como a lo que avasalla la sociedad, la infantiliza, la vuelve dependiente de absolutos que hacen peligrar el ejercicio de su libertad y de sus derechos.

La laicidad del mundo moderno no es una amenaza para Dios, ya que ella misma es la madre de las libertades civiles, de las cuales van al frente la libertad de religión y la libertad de conciencia.

De hecho, dicha laicidad, que no se identifica con ningún credo o religión, hace un gran favor a los cristianos. Porque la gloria de ese Dios de Jesús, del que los cristianos tienen la misión de dar testimonio, se puede comparar a la gloria de todo buen padre o madre de la tierra. Después de haber sufrido con sus hijos para que se emancipen y se liberen, los padres no tienen orgullo más grande que verlos volar, por fin, con sus propias alas.

¿Emanciparse de Dios, liberarse de él? ¡Qué satanismo! Pero no, pues nadie se puede liberar de Dios, porque Dios es pura libertad. Y el varón y la mujer son su imagen.

Las personas que creen en Dios que es la fuente inteligente y amorosa de todo lo que existe, saben muy bien que este Dios, contrariamente a lo que se dice, cree en el ser humano. Tiene una confianza profunda en los seres de carne que somos, a pesar de que a menudo lo rechazamos y crucificamos la vida.

Los creyentes de este Dios saben que la humanidad no está trabajada solo por fuerzas de destrucción sino que también por grandes energías de sabiduría y de vida. Saben que el mundo de los humanos tiene todo cuanto necesita para realizarse en medio de sus contradicciones, y que un día saldrá victorioso. Con heridas, por cierto, pero rebosando de vida.

Si no, ¿cómo podrían creer aún que el Espíritu de Dios llena el universo y que Él mismo da aliento al gran proyecto de la humanidad? …

Es aquí donde el mundo laico, sin darse cuenta, sintoniza con el laico Jesús, el que nunca ha admitido que en nombre de Dios o de leyes supuestamente divinas, el más sencillo de los mortales esté perseguido, discriminado, oprimido, marginalizado o abandonado. El que por haber “emancipado” a mucha gente cuyas espaldas doblaban bajo la carga que les imponía el mundo religioso, fue, a causa de ello y por ello, asesinado por… la religión.

Gracias a Dios, existen actualmente en la Iglesia católica corrientes que se sitúan en esta línea “laica” según el espíritu de Jesús… Y eso, bajo las mismas narices de venerables “padres” que desde sus cátedras se rasgan las vestiduras, multiplican advertencias y amenazas y condenan al limbo a esos atrevidos que rasguñan su poder.

Se sabe también de otros padres que bendicen discretamente a esos “perturbadores”. Como la valentía no es su carisma, lo hacen con infinita discreción hasta que los vientos les sean favorables…

Lo cierto es que va a venir el día en que, sobre todos los techos, se escuchará de nuevo una iglesia liberada de sus trabas proclamar con credibilidad que “Dios tanto ama a nuestro mundo – con sus errores, sus sueños, sus audacias y sus bellezas – que le da su hijo, no para condenarlo, sino para que por él halle vida (Juan 3, 16-17), y la halle en abundancia” (Juan 10, 10).

Esta es la palabra que el mundo moderno tiene sed de oír. Una palabra verdaderamente buena, que libere y sea fuente de un constante renacer.

 

Eloy Roy

Fuente: http://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/2909-una-iglesia-cat%C3%B3lica-y-laica.html

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¿En qué momento comienza la vida humana?

¿En qué momento comienza la vida humana?
Fuente: pagina Mujer Nueva que ya no esta disponible

¿Es en realidad un ser humano la pequeña célula resultado de la fecundación de un óvulo por un espermatozoide? 


A.- VIVO: significa que una criatura está creciendo, desarrollándose, madurando y reemplazando sus propias células muertas, lo que significa que no está muerto.

1. El salto cualitativo esencial, se produce cuando dos sustancias, entre las que existe una mera relación externa (ovulo y espermatozoide) pasan a formar una unica sustancia.

2. Al momento del contacto de gametos el genoma de embrión queda determinado y nos encontramos con el embrión de una célula, que cuenta con un centro biológico, constituida por el nuevo genoma, que identifica como biológicamente humano al embrión unicelular y especifica su individualidad (Monge F.).

3. Comienza la división embrionaria, las diferenciaciones de tejidos, los mensajes dirigidos al endometrio materno, todo controlado por la información genética del embrión.

4. Se impide la entrada de un segundo espermatozoide.

5. Al iniciar el desarrollo, estamos en presencia de un organismo único, con cromosomas humanos y con un genotipo propio, autogestante (es uno en si mismo, según su especie).

6. Por lo tanto, sólo necesita tiempo para implantarse y seguir desarrollando su complejidad siempre de igual forma.

7. Todo el proceso anterior se da con tres características:

* Coordinación: el genoma marca el desarrollo del embrión dejando en claro una característica esencial de todo ser vivo: la capacidad de automovimiento en una dirección.

* Continuidad: si se rompe la maduración, el crecimiento, el desarrollo, se produce la muerte.

* Autonomía: hechos como los embriones extrauterinos o la fecundación in vitro demuestran que el embrión es autónomo biológicamente hablando, y depende extrínsecamente de la madre para alimentarse y tener un clima físico, emocional y psíquico adecuado para su desarrollo.

B.- HUMANO: Es un ser biológico que pertenece a la especie Homo sapiens, que tiene 46 cromosomas humanos en cada célula desde el primer instante de la concepción. La célula resultado de la fecundación es una célula extraordinaria, única, femenina o masculina. Nunca existirá otro ser humano exactamente a ése ni ha existido otro igual. Este óvulo fecundado es un ser humano con un vasto potencial que irá desarrollando a lo largo de su crecimiento. Todo esto es constatado por medio de ultrasonidos, estetoscopios y conocimientos genéticos, por lo tanto es demostrable científicamente hablando.

Con base en que un embrión está vivo y es humano, podemos decir que es un ser humano en desarrollo. El ser humano que nacerá a los nueve meses, está causativa y genéticamente presente de modo individual ya al inicio… Puesto que el desarrollo biológico es ininterrumpido, y se actúa sin una mutación cualitativa intrínseca y sin que se necesite una ulterior intervención que lo origine, se debe decir que la nueva entidad constituye un nuevo individuo humano que desde el instante de la concepción prosigue su ciclo, su curva vital (Elio Sgreccia).

Es por ello, que el Profesor Lejeune, descubridor del Síndrome Down como modelo cromosómico dice: En todo individuo el comienzo de la vida es bien nítido: la concepción. El Profesor Matthews-Roth de la Universidad de Harvard dice Desde el punto de vista científico, decir que la vida de un individuo humano se inicia en la concepción es correcto.

La última comprobación de la existencia de la vida humana desde el momento de la concepción se ha dado con la fertilización in vitro. Es una prueba más de que cada ser humano está vivo, íntegro, completo, sexuado y en crecimiento. A partir del momento en que se halla formado por una sola célula, es un cuerpo humano completo en desarrollo.

Consecuencias prácticas de que el óvulo recién fecundado sea ya un ser humano:

* No hace falta instaurar una subdivisión llamada pre-embrión, porque nada es anterior al embrión. En el estadio que precede al embrión, solo hay un espermatozoide y un óvulo (Cruz J.).

* La persona es una sustancia individual de naturaleza racional. Según Tomas de Aquino, ser persona es poseer la semejanza con Dios, de la forma más excelsa que hay, que es la espiritualidad. Por ello, la dignidad, el valor, la perfección de las operaciones humanas, radica en el simple ACTO DE SER, NO DE HACER. Así, el recién concebido no necesita ser capaz de hacer nada para valer como ser humano, puesto que ya ES.

* La calidad de vida de una persona está basada en la dignidad de ésa persona. La calidad de vida de un embrión, está basada en la dignidad de ese embrión que es ya como se ha comprobado anteriormente, UN SER HUMANO, y que por lo tanto tiene derecho al primero y más fundamental de los derechos: el derecho a la vida.

* Desde el momento de la concepción hasta la muerte, en cualquier situación de sufrimiento o de salud, es la persona humana el punto de referencia y de medida entre lo lícito y lo ilícito (Elio Sgreccia).

* Si un embrión de minutos de concepción es un ser humano en desarrollo, como se ha demostrado, entonces debería recibir igual protección y derechos legales que cualquier nacido.

* No se puede experimentar, clonar, abortar a un ser humano recién concebido, ya que es sujeto al derecho a la vida, al respeto a su intimidad, a su ser, a su dignidad, con una agravante: no puede defenderse; y si vive después de que lo hayan manipulado, las consecuencias tanto físicas, como psicológicas, como sociales, pueden ser nefastas.

La hermosura del Bautismo

BAUTISMO

 

La hermosura del Bautismo

Es el más bello y magnífico don de Dios y hasta que lleguemos al cielo no seremos realmente conscientes de su valor incalculable

Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net

 

 

 

Vamos a hablar de la hermosura del Bautismo. Así habla de él un santo padre, San Gregorio Nacianceno. La cita la recoge el Catecismo de la Iglesia en el punto 1216. Dice así.

El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios […] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40,3-4).

En la Iglesia no tenemos nada más grande que la Eucaristía, pero nada hay más decisivo que el Bautismo, el sacramento más importante en el sentido de que es el que posibilita toda la vida cristiana. El bautismo es el sacramento-llave, o si se prefiere, el sacramento-puerta. El Bautismo posibilita la Eucaristía en grado de necesidad, aunque en este se da una unión con Cristo que no es alcanzable en el primero.

Del Bautismo vamos a tratar y para ello empezaré diciendo dos ideas a modo de introducción, que nos sirvan para centrar el contenido de esta charla: una sobre la grandeza del Bautismo, otra sobre la importancia que la Iglesia concede a este sacramento.

A) Una. Sobre la grandeza del Bautismo.

El Bautismo es muy muy grande y hasta que lleguemos al cielo no seremos realmente conscientes de su valor incalculable y de su hermosura. Ontológicamente, en el orden del ser, hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un bautizado y un ángel. También se podría decir que hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un hombre y un animal, aunque sea el más perfecto de los animales. Me temo que esto puede no sonar bien, pero no es hacer de menos ni de más ni al hombre ni al animal. Trataré de explicarlo con un ejemplo que parcialmente (solo parcialmente) sí puede servir: hay más diferencia entre una manzana real y otra idéntica pero de plástico, que entre una manzana y un manzano. Estas afirmaciones pueden parecer chocantes y pueden sonar a exageración, pero la cosa no está en qué nos parezca o cómo suene, sino en si hay o no hay verdad en lo que se dice. Porque si en ellas hay verdad -y la hay-, debemos mantenerlas y hay que decirlo porque la verdad es un derecho de todo hombre.

¿Cómo puede ser eso? La razón es muy sencilla. El Bautismo nos hace hijos de Dios. Hijos adoptivos, hijos gracias al Único Hijo, Jesucristo, pero hijos. Esto no es un invento nuestro, ni una salida de tono; no se le ha ocurrido a ninguna cabeza especialmente iluminada ni a ningún sabio brillante. Que por el Bautismo somos hijos de Dios pertenece a la revelación y quien da testimonio de ello, mejor aún, quien lo certifica es, ni más ni menos, que el mismo Espíritu Santo. En Rom 8, 15 – 17 podemos leer lo siguiente:

“No habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que si sufrimos con él, seremos también glorificados con Él”.

Coherederos quiere decir que lo que el hombre Jesucristo ha recibido del Padre como herencia, eso mismo es lo que nos espera a nosotros; su herencia y nuestra herencia son la misma herencia. En el evangelio de San Juan hay abundantes textos que apuntan a lo mismo.

“No solo ruego por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno” (Jn 17, 20 – 23).

B) Segunda cosa. Sobre la importancia que la Iglesia da al Bautismo.

Del mismo modo que he dicho que hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un bautizado y un ángel, o que entre un no bautizado y un animal, hay que decir -sin pararse a respirar- que si puede darse esa grandeza en el Bautismo es porque en otro orden, también hay mucha grandeza en el hecho de ser hombre. La naturaleza animal no tiene capacidad para la amistad con Dios pero la naturaleza humana sí. Adán, por ser hombre, tenía trato directo con Dios. Más aún, a un animal no se le bautiza porque no puede recibir a Jesucristo, su naturaleza se lo impide; a un hombre en cambio se le puede bautizar porque la naturaleza humana tiene capacidad para soportar la divinidad. Es verdad que tiene esa capacidad por gracia, es verdad que no la tendría si Jesucristo no se hubiera hecho hombre, pero una vez que Cristo se ha hecho hombre, el hombre puede recibir a la divinidad, y “por Cristo, con Él y en Él”, el hombre es capaz de unirse a Dios.

La condición para entrar en relación con Dios es ser hombre; la condición para recibir el Bautismo es recibir a Jesucristo, creer en su nombre.

“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a los que le recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios si creen en su nombre” (Jn 1, 11)

Dios hace maravillas, sus obras rezuman una sabiduría infinita. Dios hace cosas que no entendemos, a las que no podemos llegar con nuestra pobre mente, pero sus acciones están cargadas de racionalidad y de sentido; Dios no hace cosas absurdas, ni actúa al buen tuntún, ni a base de caprichos, ni hace cosas sin sentido. Dios ni da ni pide cosas irrealizables. Dios, que es la sabiduría infinita, si a esta criatura que es el hombre le ha dado el poder de ser hijo suyo es porque antes le ha dotado de una naturaleza capaz de recibir ese don. Esta naturaleza nuestra, la naturaleza humana, no merece la filiación divina, pero tiene capacidad para recibirla si creemos en su nombre, el único nombre que se nos ha dado con el poder ser salvos.

Ya veis que ser hombre no es cualquier cosa. Llevamos ya unos años sufriendo una campaña terrible de la que no sé si somos conscientes, que consiste en rebajar la condición humana para nivelarnos con el animal. Es una campaña con muchos frentes, uno de cuales consiste en elevar al animal hasta igualarle con nosotros. No podemos caer en la trampa de aceptar esa postura y socialmente hemos caído. Muchos de nuestros animales gozan de mayores atenciones, mayores cuidados y mayor protección que algunos de entre nosotros, pienso especialmente en los que son abandonados, maltratados, esclavizados o directamente eliminados, entre los cuales no podemos olvidar a las víctimas del aborto o la eutanasia.

Ser hombre es mucho. El salmo 8 lo pregunta y aunque no da la respuesta, sí nos pone en la pista de poder medio entender la maravilla de ser hombre.

¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,

el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y dignidad,

le diste el mando sobre las obras de tus manos,

todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,

y hasta las bestias del campo,

las aves del cielo, los peces del mar,

que trazan sendas por el mar.

Pues bien, es muy grande ser hombre y mucho más aún, ser bautizado. Ya he apuntado de dónde viene esa grandeza. Ahora quiro fijarme en tres datos que, en el orden práctico, nos pueden ayudar a entender algo de esa grandeza y esa hermosura.

– El primero es un dato que en mi opinión es muy desconocido, tanto a nivel general de bautizados, como entre los que tenemos alguna inquietud religiosa. También entre nosotros es poco sabido. El dato es el siguiente: la Iglesia tiene concedida de manera ordinaria indulgencia plenaria -siempre que se cumplan las condiciones habituales- a todo cristiano con motivo de la renovación de las promesas bautismales dos veces al año: en la Vigilia Pascual, la noche de Pascua, y en el día del aniversario del Bautismo.

Por aniversario de matrimonio se concede en los aniversarios redondos: 25, 50 y 60 años. En el Orden creo que es igual. Por aniversario de bautismo, una vez al año. ¿Significa esto algo? A mi entender está significando mucho. Una indulgencia plenaria es el premio gordo de Navidad a nivel espiritual pero sin medida. Es muy importante el Bautismo, muy importante, probablemente mucho más de lo que podamos alcanzar a vislumbrar.

– En segundo lugar hay otro dato que también nos indica la importancia que la Iglesia concede al Bautismo. Este es más conocido pero también conviene recordarlo y es la absoluta manga ancha que tiene la Iglesia para facilitar el Bautismo. Sabemos que el ministro ordinario del Bautismo es el obispo y el presbítero y en la Iglesia latina también el diácono, pero “en caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar (cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar”[1].  En caso de necesidad urgente un musulmán, por ejemplo, podría bautizar a otro y dejarle bautizado para siempre.

– En tercer lugar hay un dato que puede parecer contradictorio. Es el siguiente. La Iglesia tiene dispuesto el Bautismo de niños recién nacidos. Esto no deja de ser muy llamativo porque el Bautismo es tan decisivo que se podría pensar que debería administrarse cuando la persona sea consciente de lo que hace y en cambio la Iglesia, desde los inicios del cristianismo ha aconsejado vivamente el Bautismo de los recién nacidos. La Madre Iglesia, que respeta como nadie la voluntad personal, que tiene un tacto exquisito en no forzar voluntades, que por un defecto de libertad puede declarar inexistentes un matrimonio o una ordenación sacerdotal, es misma Iglesia cuando se trata de bautizar a alguien no quiere esperar a preguntarle.

2. QUÉ ES UN BAUTIZADO

¿Qué tiene el Bautismo?, ¿qué ocurre en el bautizado para que la Iglesia tenga tanto mimo con este sacramento?

El gran efecto del Bautismo es que sobredimensiona la naturaleza humana. El bautismo no es una añadido a la naturaleza, no es una cualidad que nos enriquece, ni es una segunda capa, como puede ocurrir con los aprendizajes. Es una perfección de la totalidad de nuestro ser. El Bautismo perfecciona el ser sin mudarle, sin introducir ninguna alteración ni añadido. ¿En qué sentido perfecciona el ser?

2.1 El Bautismo no anula nuestra naturaleza humana sino que la eleva a la categoría de Dios, situándonos por encima de los mismos ángeles, tanto que en el último día los juzgaremos, nosotros a ellos. “¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles?” (I Co 6, 3)[2].  El Bautismo perfecciona el ser en el sentido de que el ser meramente humano, sin dejar de ser humano, recibe por la gracia, la condición divina. El bautismo hace al bautizado uno con Cristo. Esto es literalmente en lo que consiste un matrimonio, en que dos, que son distintos, se hacen una sola carne. Con el bautismo se establece una unidad del bautizado con Cristo que está llamada a ser un verdadero matrimonio, místico, ciertamente, pero real. (Conviene caer en la cuenta de que místico no quiere decir exclusivamente espiritual porque la unión no es solo espiritual, es espiritual y es corporal; no es una unión sexual como la unión del hombre con la mujer, pero sí es corporal y mucho más plena aunque no sea placentera. Gracias al Bautismo el bautizado podrá comulgar en su día).

El Bautismo perfecciona el ser porque todo mi ser, sin dejar de ser el mismo que era antes del Bautismo, tras el Bautismo, se encuentra enriquecido con lo que no era. Mis capacidades (mi inteligencia, mi memoria, mis deseos y expectativas, mi sentido del humor, mis recuerdos, etc.) siendo las mismas que eran antes del Bautismo, ahora cuentan con el aporte de la gracia de modo que puedo entender las cosas con los mismos criterios de Cristo, o sea de Dios, pensar como piensa Cristo, tener los sentimientos de Cristo, los gustos de Cristo, sufrir dolor por lo mismo que sufre él, etc.

¿Cómo sabemos que el Bautismo perfecciona el ser? ¿Tenemos alguna prueba? Sí, las obras. A un bautizado le corresponde hacer las mismas obras de Cristo, o si se prefiere, Cristo que sigue y seguirá actuando hasta el fin de los tiempos, ahora no lo hace con su cuerpo físico como antes de morir en la cruz, sino con su cuerpo místico, que es la Iglesia, o sea nosotros. Es muy significativo caer en la cuenta de qué está diciendo Jesús cuando dice “Yo soy la vid, vosotros lo sarmientos”. Todo el que conozca una vid sabe que las uvas no salen del tronco, los frutos son dados por los sarmientos. En la vid no cuelgan racimos del tronco sino del sarmiento. Las uvas las da la vid, sí, pero en los sarmientos. Porque la cepa y los sarmientos son uno, son la misma planta, su fruto es el mismo y aunque es cierto que no hay fruto en los sarmientos si no están unidos a la vid, tampoco la cepa los da si no hay sarmientos.

El Bautismo nos configura con Cristo. Esto es lo que se significa muy especialmente con el rito de la crismación. Se trata de un rito complementario con el bautismo propiamente dicho, en el cual al recién bautizado se le unge con el Santo Crisma. En virtud del crisma se nos consagra, se nos hace sagrados. Dice el sacerdote a los bautizados en la crismación que se les unge “para que, incorporados a su pueblo y  permaneciendo unidos a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, viváis eternamente”.

Por la unión con Cristo somos constituidos en lo mismo que es él. Cristo es Sacerdote, Profeta y Rey y eso mismo somos nosotros una vez bautizados: sacerdotes, profetas y reyes.

2.2 El Bautismo nos sepulta con Cristo.

El Bautismo nos hace morir con Él. Esta es la parte más áspera, la que menos gusta. Todo lo anterior es muy agradable de oír, pero esto aunque sea menos gustoso también hay que decirlo porque pertenece a la misma entrega de la revelación. En Rom 6, 4-5, San Pablo escribe:

“Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Puers si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”.

Aquí entra todo el amplísimo campo de la ascética cristiana que consiste en ir dando muerte a todo aquello que es contrario a Dios. Aquí entra el tema de la mortificación y de la cruz.

3. EL OFICIO DE SACERDOTE.

3.1 Sacerdote es aquel que ofrece sacrificios a Dios.

La palabra sacrificio, para entenderla bien y no hacernos demasiado lío con ella, la podemos sustituir por la palabra “regalo”. Ofrecer sacrificios a Dios es ofrecer regalos a Dios.

La Sagrada Escritura nos habla de sacrificios aceptados por Dios, como los que ofrecieron Abel, Melquisedec, Abraham y tantos otros, y sobre todos ellos, y a enorme distancia, el de Jesucristo en la cruz. Todos ellos ofrecieron sacrificios (regalos), que en distinta medida le fueron gratos a Dios.

¿Qué sacrificios agradables podemos nosotros ofrecer a Dios? ¿Cómo ejercer esta condición sacerdotal nuestra, común, que procede del Bautismo? Nuestros sacrificios se nos presentan en tres frentes: con nuestras tareas laicales, especialmente las profesionales, en la Santa Misa y con la palabra.

Nuestras tareas laicales constituyen la dimensión básica y fundamental de nuestro ser laicos. Nuestro trabajo, nuestra dedicación a la familia y nuestras relaciones sociales son los ámbitos idóneos en los que ejercer el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Estas tareas hechas según Dios, santifican y nos santifican; nos santifican pero no como añadido a una supuesta santidad previa, no añaden santidad porque sin el cumplimiento de ellas tal como Dios quiere no cabe santidad posible.

La Santa Misa porque es lo mejor que podemos ofrecer. Es la renovación de la misma ofrenda de Cristo en la Cruz, que actualizada en cada misa, Cristo lleva a cabo con todo su cuerpo místico del que nosotros formamos parte. El santo Sacrificio de la Misa es ofrecido por el sacerdote y conjuntamente con él es ofrecido por todo fiel  que participe en la celebración.

Acerca de los sacrificios ofrecidos a través de la palabra, basta con una idea: ¿Qué sacrificio se puede hacer con la palabra? Recuerdo lo dicho líneas atrás. Si sustituimos el término sacrifico por el de regalo, nuestra palabra bien puede ser, debería ser, el sacrificio -el regalo- de unos labios puros capaces de ofrecer “un sacrificio de alabanza”. La expresión no es mía sino de la propia Palabra de Dios que en la Carta a los Hebreos (13, 15) dice lo siguiente:

“Por su medio [por medio de Jesucristo] ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre”.

3.2 Sacerdote es aquel que intercede por su pueblo.

Ser sacerdote quiere decir, en segundo lugar, ser intercesor, presentar oraciones y súplicas por los demás. Esto solo se puede hacer si los demás me importan, si los entiendo como lo que son, o sea míos, si me duelen. El Papa, en el mensaje para esta cuaresma nos ha alertado sobre la indiferencia, sobre lo que él ha llamado la globalización de la indiferencia. El Papa llama la atención sobre el hecho citando la pregunta que Dios hace a Caín sobre su hermano Abel. “¿Dónde está tu hermano?” La respuesta de Caín es terrible porque sus palabras se sitúan justamente en el el extremo contrario al oficio de sacerdote. “¿Soy acaso yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4, 9). A mí esta expresión me parece una de las más duras que encuentro en la Sagrada Escritura. Por una parte me parece irreverente, irrespetuosa, chulesca, y por otra de una enorme crueldad porque hace daño al padre no directamente en la persona del padre, sino haciendo daño al hijo. Y me recuerda esos actos de redoblada maldad que cometen algunos hombres o mujeres que han roto su matrimonio y que para vengarse del otro, hacen daño a los hijos, convirtiéndolos en víctimas inocentes del odio a la mujer o al marido.

Para terminar este punto, un dato que por asociación, me recuerda al último día de la novena de la Divina Misericordia, basada en las revelaciones privadas del Señor a Sta. Faustina Kowalska. Dice el Señor a esta santa para el día noveno:

“Hoy, tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia”.

4. EL OFICIO DE PROFETA.

El profeta es el que habla de parte de Dios. Si somos profetas a esto estamos llamados, a hablar, a enseñar de palabra, pero no cualquier cosa, sino lo que Dios nos mande. ¿De qué tenemos que ser profetas hoy nosotros? Los sacerdotes ministeriales lo tienen muy definido: explicación de la Palabra de Dios y de los misterios del Reino. También los laicos estamos llamados a esto, trabajando en las Parroquias y en grupos apostólicos, pero no es lo específico nuestro. Lo nuestro son los asuntos de este mundo. Lo nuestro es gestionar los asuntos de este mundo, “según Dios” (LG 31). Según Dios podría quedar explicado, a mi entender, diciendo que nuestra misión consiste en ser profetas del bien, de la verdad y de la belleza.

a) Profetas del bien. La prudencia nos indicará cuándo debemos callar y cuándo debemos hablar, y además cómo, pero en todo caso, siempre que hablemos, hemos de hablar bien y hablar del bien, no como los informativos habituales que no se centran sino en el mal. Hablar mal y hablar del mal es una estrategia de Satanás, que quiere convencernos de que el mundo está todavía mucho más podrido de lo que realmente está, y de este modo cualquier pecado puede ser legitimado por la ley de la abundancia. Quienes nos oyen, sean quienes sean, necesitan oírnos hablar bien y hablar del bien. Podemos hacer mucho bien con la palabra, y podemos hacer mucho mal. Ojo a esto. La lengua es un  arma poderosa, mucho más de lo que a veces se piensa. Hay palabras que se clavan en el corazón y te cambian la vida. Por experiencia sabemos que hay palabras que no se olvidan. Las recomendaciones a hablar bien son constantes en la Sagrada Escritura: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis” (Rm 12, 14), “malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4, 29), “no os quejéis, hermanos, unos de otros” (St 5, 9)… El beato Josemaría Escrivá de Balaguer, en su escrito más conocido, Camino, recomienda, de la manera más tajante, el callarse cuando no se puede decir algo bueno de otro.

b) Profetas de la verdad.

  • Ser profeta es hablar de parte de Dios. El Gran Profeta es Jesucristo, cuyo precursor, Juan el Bautista, es a su vez un ejemplo admirable de profetismo, hasta costarle la vida. Y luego tenemos testimonios preciosos de profetismo en los grandes papas contemporáneos: Pablo VI, por ejemplo, o Benedicto XVI.
  • Si no fuera por esta condición recibida en el Bautismo, de qué nos íbamos a atrever a hablar los unos a los otros. Esto es justamente lo que hacemos cuando no nos vemos como profetas, escondernos, inhibirnos y disimular nuestra inhibición en una supuesta prudencia.
  • Es muy duro ser profeta. Cuando se lee a los profetas uno constata que su oficio les ha costado beber lágrimas a borbotones, ser rechazados, perseguidos, sufrir destierro y hasta la propia vida. Ahora bien, ser profeta es entrar en el camino de la libertad porque quien habla la verdad anda en caminos de libertad (¡ojo!, la verdad en el amor, “veritas in caritate” o “caritas in veritate”, que tanto monta). Instalarnos en la verdad, y cuando corresponda decirla, es ser libre, porque solo la verdad puede hacernos libres.  Un ejemplo: una de las batallas ganadas por los provida en la guerra del aborto en Estados Unidos hace ya algunos años se ha ganado porque las autoridades dispusieron que a quien quisiera abortar se le informara previamente del contenido de lo que iba a hacer, de lo que es un aborto. Los pro-abortistas pusieron el grito en el infierno, porque no les interesaba la verdad; sabían que mucha gente, al conocer la verdad, dejarían de abortar. La prudencia nos dirá cuándo, cómo y a quién debemos decir la verdad, pero no llamemos prudencia al silenciamiento continuo o al mutismo cobarde.
  • Yo sé, y lo sé por experiencia, que muchas veces lo que Dios nos pide es callar, a menudo lo exigen la discreción y la cordura; ahora bien, no he visto por ninguna parte el mandato de que haya que callar por sistema, callar siempre. Sí se nos ha mandado que nuestro hablar sea escueto, “sí, sí; no, no” (Mt 5, 37), pero el testimonio de la palabra es imprescindible.
  • Hablar bien y decir la verdad es una manera de evangelizar. No es la única, ya sé que evangelizar es hablar expresamente del misterio pascual de Jesucristo, a través del cual se nos muestra el amor que Dios nos tiene, pero ejercer nuestra misión profética hablando del bien y de la verdad acerca de los asuntos de este mundo no es extraño a la evangelización. No me lo invento yo, lo dice la Iglesia en un documento de tanto peso como la Evangelii Nuntiandi: “Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (EN 19). Esta tarea es primordialmente nuestra, de los laicos. El gran problema es que estamos ausentes del mundo de la cultura, de la ciencia, del deporte, de la política, etc. ¿Dónde están hoy los cineastas cristianos, los poetas cristianos, los novelistas cristianos, los diseñadores de moda cristianos…? Esta idea me viene bien para enganchar con el punto siguiente: profetas de la belleza.

c) Profetas de la belleza. Creo que el ámbito de la belleza es clave. Con él estamos apuntando al centro de la diana de la recuperación del mundo. A mi entender, si queremos hacer un mundo nuevo tenemos que arrancar de aquí; no debemos descuidar el bien y la verdad, pero hoy el campo de la belleza es clave porque la belleza entra por los sentidos y el hombre actual tiene una propensión quizá mayor que en otras épocas a valorar mucho lo que le llega por los sentidos. Vivimos en el mundo de la imagen y del sonido. Al Gran Papa San Juan Pablo II le gustaba mucho repetir una cita de Dostoievsky: “la belleza salvará al mundo”[3]. Urge cultivar la belleza. Cultivar la belleza es hacer cultura como Dios manda, que es justo lo contrario de lo que cultiva el mundo de hoy, que se ha rendido a la fealdad y está rindiendo culto a la fealdad. Hoy en los libros de arte se estudia el feísmo como movimiento del arte contemporáneo. No podemos aceptarlo. El sector más divulgado del arte actual es aquel que se ha centrado en lo esperpéntico, en lo ridículo, lo pornográfico y lo violento. Denunciémoslo, llamemos a las cosas por su nombre. ¿Desde cuándo la belleza se ha basado en el absurdo, desde cuándo lo que ha producido terror o asco ha merecido ser llamado bello?

Voy a pasar al último punto, el oficio de rey, y después para terminar quiero volver a la cuestión de la belleza para concluir.

5. EL OFICIO DE REY.

El reinado del que hablamos es el de Jesucristo. Cristo es rey en la cruz, rey coronado de gloria y de espinas. Su reinado es un reinado que se muestra con el servicio en bien del otro,no hasta dar la sangre sino hasta la última gota, servicio hasta el extremo. Como esto lo tenemos muy predicado, yo me voy a centrar en hacer un comentario relativo a la confianza tos:

  • Ser rey es ser señor. Señor de uno mismo y señor de las circunstancias que rodean la vida en cada momento. Señor de uno mismo no en el sentido de autosuficiencia, que eso no es cristiano, sino señor en cuanto a que un hijo de Dios no se sabe solo ni abandonado nunca.
  • Ser rey es no angustiarse por nada, es tener una confianza sin límites en que Dios Padre no puede permitir que nos ocurra nada, absolutamente nada que de verdad sea dañoso. Esta confianza sin límite (“aunque me mates confiaré en tí”, le decía Santa Faustina al Señor) es muy bella, pero no se improvisa. Cuando alguien le dice a otro: tú confía en el Señor, eso suele servir de muy poco porque la actitud (yo diría mejor la virtud) de la confianza no se improvisa. ¿Sabéis de donde nace la confianza en el Señor? Nos lo dice San Juan en su primera carta: de que la conciencia no nos aprieta. “Queridos, –dice el apóstol- si nuestra conciencia no nos acusa, tenemos confianza ante Dios, y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de Él”.
  • Ser reyes es disfrutar de todo sin estar atado a nada, abierto a todos sin apegos que esclavicen, ser reyes es poder cumplir el mandato e amar más a Dios que a nuestro padre o nuestra madre. “Queridos, si nuestra conciencia no nos acusa, tenemos confianza ante Dios, – y, continúa San Juan- y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos y en su presencia hacemos las cosas que le agradan”.
  • Ser reyes es tener autoridad, la que se nos haya concedido en el lugar que hemos sido puestos.

Somos reyes, luego ejerzamos como tales. Lo propio de un rey es organizar su reino, tener autoridad y usarla. A cada uno se nos ha encomendado el reino sobre algo, pues reinemos. No con los criterios del mundo, sino con los que nos enseñó Jesucristo (Cfr Lc 22, 25-26). Ejerzamos la autoridad que poseemos cada uno sobre lo que se nos ha encomendado: el párroco en su parroquia, los padres de familia en su casa, yo en mi aula, etc.

No tengamos miedo a las palabras. La crisis de autoridad, de la que vengo oyendo hablar en mi profesión desde que entré en el Magisterio, es sobre todo la crisis personal en la que viven quienes, detentando la autoridad, no saben qué tienen que hacer con ella. Me refiero a gobernantes, padres, curas y maestros. Entendamos bien qué es la autoridad, para qué la tenemos y qué se hace con ella. La autoridad, en su significado más radical y más profundo, no es otra cosa que la capacidad que tenemos de ser autores. Uno tiene autoridad sobre algo o sobre alguien cuando es capaz de sacarlo adelante. Solemos entenderlo mal: confundimos la autoridad con el poder (los romanos tenían muy clara la diferencia entre auctoritas y potestas) y nos fijamos siempre más en la cara externa de la autoridad -el poder y los medios que emplea para hacerse valer- y en sus efectos inmediatos, que en sus funciones educadora y promocionante de quienes se nos han encomendado, si es que hablamos de personas, o en su función creativa y de servicio, si es que hablamos de tareas.

En el caso de las personas, el ejercicio de la autoridad rectamente entendida es una obligación de quien la posee y un derecho de quienes deben ser gobernados, instruidos y educados.

6. CONCLUSIÓN

El Bautismo es un sacramento que implica la vida entera, es para estar viviéndole hora tras hora, día a día. Si llevamos adelante nuestra vida de fe como debemos, la vida de fe nos transforma, en el cuerpo y en el alma, o, si se prefiere, al revés, en el alma y también en el cuerpo. En esta vida no podemos ver la belleza y la hermosura del alma pero sí podemos ver sus manifestaciones en el cuerpo porque el alma se expresa y actúa con el cuerpo y en el cuerpo. Con la totalidad del cuerpo, pero hay una parte que manifiesta especialmente al alma; esa parte es el rostro. La vida de fe se demuestra con las obras pero se muestra y se hace visible en el rostro, en el rostro en acción.

Esto se hace patente en la vida de los santos. Fueran más guapos o menos, han ejercido un atractivo físico que no deja indiferente a nadie. Y es que cuando la persona está realmente unida a Dios, su rostro resplandece. En la Sagrada Escritura tenemos el ejemplo de Moisés, que tenía que cubrirse con un velo porque los judíos no podían aguantar ver reflejada la gloria de Dios en su rostro.

No es fácil encontrar definiciones de belleza, la belleza es una dimensión de los seres que resulta inaprensible, se nos escapa; y es también inefable, solo torpemente podemos hablar de ella. En la mejor tradición filosófica antigua y medieval se define a la belleza como el esplendor del orden, de la verdad, o bien del orden y la forma. Me quedo con esta fórmula que viene a resumir la anterior: “La belleza es el esplendor del orden y de la realidad”[4]. Pues bien, eso es lo que va haciendo el Bautismo en nosotros si nos dejamos y en la medida en que nos dejamos, hacer que con nuestro rostro reflejemos el esplendor del orden y de la realidad. Esto suena a filosofía. Lo es, pero no está lejos de la Palabra de Dios, al contrario se sitúa en la misma línea de que dice San Pablo en una de sus cartas:

“Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (II Co 3, 18).

Hablamos de un rostro vivo, dinámico, en acción, no de un rostro de fotografía. He aquí el gran efecto visible del Bautismo. ¿Cómo se consigue un rostro así? Solo hay una forma: contemplando, adorando, dedicando largos ratos a estar postrados ante el Señor, en relación personal con Él. No podemos aspirar a más y no debemos quedarnos en menos.

Que el Señor Jesús, verdadero icono del Padre, nos lo haga comprender y el Espíritu Santo nos mueva a desearlo.

 

[1]     CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 1256.

[2]     Esto hay que entenderlo bien porque se refiere al juicio que hará Jesucristo a toda la creación, lo que pasa es que Jesucristo, desde Pentecostés, desde el envío del Espíritu Santo (bautismo de fuego para los apóstoles) no actúa solo, sino con su cuerpo místico que es la Iglesia.

[3]     Carta a los artistas, nº 16.

[4]     GARCÍA HOZ, V (1993). Introducción general a una pedagogía dela persona, p. 54. (Madrid, Rialp).

 

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Categorías:Laicos

Los laicos en la misión de la Iglesia

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Los laicos en la misión de la Iglesia

Índice

1 Cuestiones introductorias

2 Los laicos: su identidad eclesial

3 Los laicos: su vocación y misión

4 Conclusión

5 Referencias bibliográficas

1 Cuestiones introductorias

 El Concilio Vaticano II definió toda la Iglesia como misionera. En esta dimensión de  totalidad, se manifiestan con más fuerza, y ​​con un tono totalmente nuevo,  aquellos y aquellas  que se denominan laicos, y que ahora de forma más expresiva y razonada, desempeñan un papel preponderante en la misión de toda la Iglesia. Es preciso destacar que esta es una visión que se renueva porque la tradición eclesial que llega hasta el Concilio conlleva para el término laico una connotación ampliamente negativa, construida social y culturalmente, pero también eclesiológicamente, ya que la visión que se tenía antes era marcadamente pasiva y sumisa, sin autonomía y sin ningún tipo de independencia en su manera de ser y hacer iglesia. Culturalmente, el laico fue visto como uno que no sabe, no entiende, que no está preparado para el ejercicio de una función en la Iglesia. Eclesiológicamente, el laico fue visto de forma pasiva y sumisa a la jerarquía eclesiástica, siendo tratado frecuentemente como inferior  (KUZMA 2015 p.528-31). Esta definición se basa en la nueva comprensión eclesiológica de que se afirma con el Concilio Vaticano II, que presenta a la Iglesia como Pueblo de Dios, en la que todos los bautizados son parte importante y constitutiva de su misión, sustentados  por algo que es común a todos y que proviene de una experiencia fundamental: el bautismo – que une cada fiel a Cristo y lo convierte en miembro activo del cuerpo eclesial. Por el bautismo, todos son Iglesia, lo que garantiza a los laicos una nueva identidad y una nueva conciencia de su vocación y misión.

La Iglesia del Vaticano II se entiende como communio, reproduciendo en su estado visible e histórico un reflejo de la comunión trinitaria (KASPER, 2012, p. 256-7). Nadie y / o ninguna vocación ocupan el centro de la Iglesia, porque sólo Cristo es el centro. Él es el fundamento del que nace y vive en la fuerza de su Espíritu, y así camina, peregrina hacia la consumación del plano del Padre (LG 48). Alrededor de Cristo y del misterio que lo rodea, circulan los diversos ministerios, enriquecidos con dones y carismas, dejándose tocar y definir por  el mismo misterio, y que colaboran y cooperan para la edificación del cuerpo y al servicio de esta Iglesia en mundo: el anuncio y la vivencia del Reino de Dios.

De este modo, y en esta nueva concepción, los laicos son comprendidos (e inseridos) en la misión de toda la Iglesia, con una especificidad que le es propia y que les permite  actuar en los asuntos internos de la Iglesia (ad intra) y / o en problemas externos (ad extra) en el mundo y en las realidades en que se encuentran, sin exclusivismos. Sobre esto, dice Bruno Forte: “Todos comparten la responsabilidad, tanto en el centro de la vida eclesial, cuanto en la relación con el mundo; comprometidos en poner sus dones al servicio, donde quiera que el espíritu suscite la acción de cada uno, en una articulada y dinámica relación entre los diversos ministerios y carismas “(FORTE, 2005, p.43). Corresponde a toda la Iglesia, por tanto, en la responsabilidad que le es conferida, despertar la vocación y misión de los laicos, alimentándola y fortaleciéndola en todas sus acciones, respetando su autonomía y especificidad, siempre promoviendo la comunión.

2 Los laicos: su identidad eclesial

 La identidad eclesial de los laicos está garantizada por el bautismo. He aquí el punto principal que une los laicos a todos los fieles, asegurándoles a todos la misma dignidad, lo que también les habilita en la misión y los distingue en  vocación, en aquello que es específico de su forma de ser y de manifestar/vivenciar su fe. El bautismo ofrece a todos una nueva manera de existir, “el existir cristiano” (BINGEMER 1998, p.32). Este sacramento – fundante y único para la vida cristiana – confiere a ellos y a todo el pueblo de Dios la marca del ser cristiano e incorpora todos los fieles a Cristo, despertando en gracia, la vocación y la misión de cada uno. Afirmamos: 1) por el bautismo, todos están unidos a Cristo; 2) por el bautismo, todos están llamados a la misión; 3) por el bautismo todos son Iglesia; y, por esta razón ofrecen al mundo un testimonio auténtico de que y en quién y por aquello y por aquel en quien creen están dispuestos a servir al mundo con el fin de transformarlo desde el punto de vista del Reino de Dios, haciendo de la vida concreta un verdadero camino de santidad y de encuentro con Dios. Aquí tenemos la base de toda la eclesiología que quiere tratar sobre los laicos, su vocación y su misión.

El bautizado – cualquiera que sea el carisma recibido y el ministerio ejercido – es, ante todo, homo christianus, aquel que por el bautismo se ha incorporado a Cristo (cristiano, de Cristo), ungido por el Espíritu (Cristo de chris = ungido), por eso constituido pueblo de Dios. Esto significa que todos los bautizados son Iglesia, partícipes de las riquezas y de las  responsabilidades que la consagración bautismal implica. Todos están inequívocamente llamados a ofrecerse como “un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1). En todas partes den testimonio de Cristo. Y a los que lo pidan, den razones de su esperanza de vida eterna (cf. 1 Pe 3,15) “(LG 10). (FORTE, 2005, p.31).

 

Podemos decir que con el bautismo no falta nada en la vida cristiana, porque a través de él inserta en el misterio de Cristo, siendo con él, y a partir de él, una nueva criatura (cf. 2 Cor 5,17). Se coloca en el camino y en la práctica de su reino, viviendo en la esperanza y la anticipación del Reino que está llamado a construir como Iglesia, pues también a él, por su condición y posición en la Iglesia y en el mundo, está destinada la invitación del Señor: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20,4). Esta llamada se fortaleció con el Vaticano II, que valoró la esencia de esta vocación y abrió nuevas perspectivas, más acordes con el Evangelio mismo inaugurado por Cristo, estableciendo que esta llamada y esta presentación fueron y son llevadas a cabo por el mismo Cristo (AA 33) . Esto fue confirmado por el Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Christifideles laici, diciendo que estos laicos –fieles laicos – están llamados a trabajar en la viña del Señor, que es todo el mundo, y allí ofrecen su vida y su testimonio, lo que obliga  a toda la Iglesia y sus estructuras a la valorización y la toma de consciencia de esta importante vocación (JUAN PABLO II, 1989 n.1-2). Por lo tanto, dado el bautismo es la experiencia fundante, ocurrirá que, a continuación, en la vida cristiana, surgirán la vivencia eclesial y la comunidad, la práctica cotidiana, el servicio al mundo, el ejercicio de la solidaridad y los demás sacramentos, que junto con otras realidades servirán de alimento y de búsqueda de aquello  que  se fortalece en la fe y la esperanza.

Por el bautismo, los laicos están incluidos en la misión de toda la Iglesia (interna y externamente), pues ellos pasan a ser y a formar parte con ella; e incluso en un espíritu de comunión con todos los demás bautizados, viven la fe de manera autónoma y libre, con una forma única y propia de ser y hacer como Iglesia (KUZMA de 2009, p.85). Los laicos son aquellos hombres y mujeres que están en mayor número en el cuerpo eclesial y, por tanto, deben ser valorados en lo que compete y compromete a su vocación y misión, sin perjuicio de nadie, pero en vista de la comunión de toda la Iglesia que camina en misión en el horizonte del Reino de Dios; misión a la que todos los cristianos están llamados – como ekklesia (iglesia) – para trabajar, cada uno a su manera y en aquello que le es específico. Estos cristianos tradicionalmente llamados laicos, tienen una dignidad conferida por Cristo y no pueden ser tratados como un pueblo conquistado, como objetos de evangelización, o como alguien que siempre recibe y que sólo escucha, que acepta todo de forma pasiva, sin entender y que no cuestiona críticamente, su situación y su fe. Estos laicos que son parte constitutiva e importante del cuerpo eclesial, quieren contribuir a su manera y en comunión para construir el Reino de Dios, una misión que es su derecho, pues es parte de la vocación a la que fueron llamados.

¿Pero quiénes son estos los laicos? ¿Tenemos claridad de la respuesta? ¿Vemos en su vocación y misión, su identidad? Veamos. Os documentos de la Iglesia proporcionan definiciones importantes de lo que son en la Iglesia, así como su función específica adquirida por el bautismo, que hemos mencionado antes. Sin embargo, como ya se ha señalado, no se puede negar que la palabra laico en sí tiene una carga negativa, históricamente adquirida, también en el seno de eclesial (CONGAR, 1966, p.14-41), lo que hace pasar a estos fieles parte de esta intención negativa, dejando pequeña y sin valor su posición. Durante mucho tiempo, se definió al laico por su negatividad, por lo que no era: no clérigo o alguien sin votos religiosos. Esta intención era tanto más grave cuanto que quitaba de los fieles la práctica activa del ejercicio de la fe, limitándolos a solo escuchar y recibir. Cuando había una acción, ésta era a partir de un ordenado, dejando al laico un servicio de colaboración, sin autonomía. La historia de la Iglesia nos muestra los avances y retrocesos de esta vocación, así como las percepciones, interpretaciones y nuevos y / o viejos entendimientos (ALMEIDA, 2006).

El Concilio Vaticano II, por la Constitución dogmática Lumen Gentium (LG), sobre  la Iglesia, no anuló esta condición de no clérigo y de no religioso, pues es un  hecho, pero se ofreció a todos los fieles un carácter fundante, inicial, teniendo en cuenta que todos bautizados integran y son la iglesia de Cristo y forman el nuevo Pueblo de Dios, en la que hay diversidad de funciones y servicios, pero igual dignidad e importancia (LG 32). Ninguna vocación está por encima o en el centro, todos en comunión, cada uno con su propio don y carisma, asumidos y puestos al servicio de todos (cf. 1 Cor 12,7). Cristo – la fuente y el destino de toda la fe – está en el centro, lo que garantiza a la Iglesia su sentido del misterio, de dónde ella nace (LG 3) y el destino escatológico (LG 48) al cual está destinada (FORTE, 2005, p. 63-4). El Vaticano II rescata el sentido primero de la palabra laico, que es laikós (griego y un término ausente de la tradición bíblica), es decir, aquel (aquella) que pertenece al Pueblo de Dios, Laos (en griego y un término presente en la tradición bíblica).

Así, del Vaticano II extraemos esta nueva e importante definición que señala la identidad de los laicos en la misión de toda la Iglesia:

Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde. (LG 31a).

A partir de esta definición, los laicos comenzaron a tener importancia y su condición pasa a tener  un nuevo enfoque. Ahora se justifica una eclesiología sobre ellos, como trataron de argumentar en el pre-concilio  teólogos como Y. Congar, E. Schillebeeckx, G. Philips, Karl Rahner y otros (ALMEIDA, 2012, p.13-33), cuya influencia y urgencia del tema se hizo valer  recurre en el Consejo. Esta definición y sus consecuencias – que aunque todavía insuficiente, ¡merecen hoy nueva audacia! – fueron un gran logro (SCHILLEBEECKX 1965, p.981-90). Sin embargo, lo que se discute hoy en día es si el término laico es suficiente para designar la vocación y la misión establecida, ya que la carga negativa sobre el término fue grande y se prolongó durante siglos. Por el contrario, sólo cambiar el término por otro, o especificando su actividad pastoral, no siempre puede garantizar una valorización de su condición y posición eclesial. Lo correcto sería avanzar en la comprensión de ser cristiano a partir de lo que el bautismo nos ofrece y del camino de seguimiento que decidimos recorrer en busca de la madurez de la fe (BINGEMER, 2013). Pero esto aún es algo que debe ser buscado, precisando ahora una reinterpretación del contenido de ser un cristiano laico y un reconocimiento y valorización de su identidad eclesial.

 3 Los laicos: su vocación y misión

Habiendo definido la identidad del laico, no por su aspecto negativo, como antes, sino por aquello que los garantiza la eclesiásticamente – el bautismo – y por su misión con toda la Iglesia, el Vaticano II trató de definir el ejercicio de esta vocación y misión, pidiendo para ellos – preferencialmente  – la responsabilidad en el mundo secular, el lugar en el que ellos ya se encuentran y dónde son llamados para el  ejercicio de su fe y  búsqueda de su santidad como los laicos. De este modo, hacemos uso aquí de lo que fue señalado  por el Concilio al describir el carácter secular como característica particular (pero no exclusiva) de su condición, texto que sigue al ya utilizado anteriormente. Aquí, para discernir mejor quiénes son esos laicos, el documento conciliar los define por su acción, por aquello que están llamados a ejercer y cooperar, de modo propio y autónomo:

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor. (LG 31b).

En este texto se establece que es específico de los laicos iluminar y organizar las cosas temporales, es decir, la realidad del mundo donde se encuentran y viven y donde deben vivir como levadura en la masa, desde dentro, convirtiéndose en  luz para las personas, una luz que viene de Cristo y que brilla en sus acciones (LG 1). Así, los laicos – hombres y mujeres insertados en la sociedad – se presentan como auténticos testigos del Evangelio y se comprometen con la causa del Reino, iluminando y organizando todo a su alrededor, “ejerciendo funciones temporales y ordenándolas según Dios” (LG 31b). Sin embargo, para entender la amplitud de esta definición en su matriz teológico fundamental, es necesario asimilar el proyecto de Dios, que es lo que hace el Vaticano II en sus definiciones (LG 1-5, 1-6 DV AG 1- 5), y con él, el principio mayor de nuestra fe, que está basado en un Dios que se hizo hombre y que como humano asumió toda nuestra condición (GS 22), involucrándose en la trama de nuestra existencia, haciendo que nuestras esperanzas humanas se convirtiesen en una gran esperanza anunciada por él, que era el Reino de Dios, una buena noticia para todo el mundo. Miremos, entonces, a Jesús de Nazaret.

Jesús de Nazaret, ocupándose de las cosas de su tiempo, nos ha abierto una nueva perspectiva de la vida y por eso nos presentó un nuevo rostro de Dios, más próximo y más libre, más presente en nuestra propia realidad, que resultó importante para él, ya que la asumió plenamente dando su vida por amor a nosotros. Por lo tanto, la atención del texto conciliar que aquí reproducimos para señalar la vocación y misión de los laicos es para  afirmar la presencia de la Iglesia en el mundo, de manera concreta, dispuesta a presentar al mundo la propuesta que la garantiza y que la fundamenta, que es Cristo y su Reino. Basado en el texto conciliar de LG 31b percibimos que la Iglesia pretende hacer esto de una manera concreta por los fieles, por todos, pero aquí destaca este papel especialmente a los laicos, que están   integrados en la sociedad directamente y allí ofrecen un testimonio firme y verdadero.

Esto no quiere decir que la experiencia de fe en el mundo será invasiva, sino en la práctica del servicio, en el  hacer el bien, en  la autenticidad y la coherencia con lo que dice creer y profesar, como se destaca en el documento de Aparecida en 2007 ( DAp n.210). Asimismo, el Decreto Apostolicam actuositatem (AA), que trata sobre el apostolado de los laicos, dice: ” Prueba de esta múltiple y urgente necesidad, y respuesta feliz al mismo tiempo, es la acción del Espíritu Santo, que impele hoy a los laicos más y más conscientes de su responsabilidad, y los inclina en todas partes al servicio de Cristo y de la Iglesia. “(AA n.1c). En una relectura y frente al contexto actual, también en su Exhortación Apostólica Christifideles Laici, el Papa Juan Pablo II dice, ” por medio de ellos la Iglesia de Cristo está presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y de amor ” (Juan Pablo II, 1989 n.7). Y añade: “A nadie le es lícito permanecer ocioso ” (Juan Pablo II en 1989, n ° 3). Si miramos al tiempo presente, las acusaciones y apuntes  pastorales que Francisco Papa coloca en su Exhortación Apostólica  Evangelii Gaudium son aún más firmes, en la reivindicación del papel de una Iglesia – sobre todo aquí los laicos – en salida y rompiendo con todo lo que pueda obstaculizar  su misión y verdadera vocación:¡la de anunciar el Evangelio de hoy! (FRANCISCO, 2013 n.110-121). Y siempre de modo dialógico, en la coherencia entre fe y vida, un verdadero y auténtico testimonio. También en esta línea, es digno de mención que, en la actualidad, el Papa Francisco ha pedido mucho la presencia de los laicos, su valorización y una mayor presencia de los jóvenes y las mujeres en la Iglesia. Por cierto, también acusa la pasividad, adquirida históricamente – a veces sin culpa – pero también llama la atención sobre una nueva audacia, para avanzar a nuevos rumbos y nuevos descubrimientos eclesiales. Hacemos hincapié en que aquí la creación del nuevo Dicasterio sobre los Laicos la Familia y la Vida, anunciado durante el Sínodo de los Obispos en octubre de 2015.

Otro punto importante es que los laicos están llamados a la vocación y misión como laicos. ¡No necesitan ser otra cosa! ¡Ellos son laicos! Forman parte del Laos (pueblo) de Dios donde viven, ofrecen su testimonio y las razones de su esperanza. Esto es fundamental, sobre todo cuando se ve hoy en día como avanzan clericalismos (FRANCISCO, 2013, n.102), ya mencionados en varias ocasiones y que no permitan que la Iglesia pueda dar responder eficazmente a los problemas actuales (cf. Conferencia de Santo Domingo n. 96), pues intentan restaurar una imagen de iglesia que se sustenta por sí sola y que se cierra en sí misma, casi como una fuga (KUZMA, 2009, p. 43-7) o alienación de la realidad. “Dios no cambia su condición, sino que lleva a plenitud su estado, los hace llenos de vida y de gracia en el Espíritu. Así, ellos son verdaderos adoradores y santifican el mundo con la propia vida “(KUZMA y SANTINON, 2014, p.137). Y más: “Los laicos no están llamados a ser lo que no son y vivir donde no están, pero están llamados a vivir plenamente lo que son y a estar  efectivamente  donde ya están, y dentro de su vida, encontrar a Dios y anunciarlo a los demás “(KUZMA y SANTINON, 2014, p.137). En el curso de sus vidas, “preparan el campo del mundo para mejor recibir la semiente de la palabra divina y abren las puertas a la iglesia, para que actúe como anunciadora de la paz” (LG 36c).

Con toda la Iglesia, los laicos están llamados a servir, y sirven con la propia vida, donde la experiencia con Cristo produce un auténtico testimonio. ¡Aquí está su vocación y su misión!

 4 Conclusión

 De aquello que el Vaticano II definió sobre los laicos en la misión de la Iglesia, podemos sacar puntos importantes aquí: 1) el bautismo los incorpora a Cristo y los constituye como miembros del Pueblo de Dios, lo que acentúa un punto importante en la definición de Iglesia del Vaticano II (en la Lumen Gentium); 2) ellos se  convierten en partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, de donde reciben el mandato – de Cristo – par el testimonio en el mundo y en la Iglesia de aquello que es la razón de su esperanza. Al modo de Cristo, un sujeto común – laicos – de su tiempo, ellos pasan a ofrecer sus vidas a Dios y a los hermanos  a través de la práctica del Reino; ellos son en el mundo y en la Iglesia anunciadores de la verdad  y tratan de gobernar, gestionar y transformar todo, desde la perspectiva del Reino de Dios; 3) asumen su  parte en la misión: es cuando los laicos, hombres y mujeres de fe, pasan a servir en el lugar donde se encuentran, y la base que sustenta su servicio es la experiencia concreta y vivificante con Jesús de Nazaret. Y donde se  encuentra el trabajo es en el mundo secular, vivido especialmente, pero no exclusivamente, pues la Iglesia es misionera en su conjunto y no en parte.

El Concilio dio pasos importantes. Es importante hoy en día  abrirse al Espíritu que lo concibió y se dispone a los nuevos desafíos que el mismo Espíritu que nos hace ver, siempre abierto, sensible y de diálogo, en la acogida y la construcción de un Reino que necesita de todos nosotros ¡porque todos estamos llamados a la viña del Señor!

Cesar Kuzma. PUC Rio. Texto original Portugués.

5 Referencias bibliográficas

 ALMEIDA, A. J. Leigos em quê? Uma abordagem histórica. São Paulo: Paulinas, 2006.

__________. Apostolicam actuositatem: texto e comentário. São Paulo: Paulinas, 2012.

BINGEMER, M. C. L. Identidade crística: sobre a identidade, a vocação e a missão dos leigos. São Paulo: Loyola, 1998.

__________. Ser cristão hoje. São Paulo: Ave Maria, 2013.

CONGAR, Y. Os leigos na Igreja: escalões para uma teologia do laicato. São Paulo: Herder, 1966.

FORTE, B. A Igreja: ícone da Trindade. 2.ed. São Paulo: Loyola, 2005.

FRANCISCO. Evangelii Gaudium. São Paulo: Loyola, 2013.

JOÃO PAULO II. Christifideles Laici. São Paulo: Paulinas, 1989.

KASPER, W. A Igreja Católica: essência, realidade, missão. São Leopoldo: Unisinos, 2012.

KUZMA, C. Leigos e leigas: força e esperança da Igreja no mundo. São Paulo: Paulus, 2009.

__________. Leigos. In: PASSOS, J. D.; SANCHEZ, W. L. (orgs). Dicionário do Concílio Vaticano II. São Paulo: Paulinas, 2015, p.527-33.

______; SANTINON, I. T. G. A teologia do laicato no Concílio Vaticano II. In: PASSOS, J. D. (org.). Sujeitos no mundo e na Igreja. São Paulo: Paulus, 2014, p.123-44.

SCHILLEBEECKX, E. A definição tipológica do leigo cristão conforme o Vaticano II. In: BARAÚNA, G. (dir.). A Igreja do Vaticano II. Petrópolis, RJ: Vozes, 1965.

Categorías:Laicos

“Sal, luz y fermento.” La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia

 

 

“Sal, luz y fermento”

La misión de los laicos en la Iglesia es llevar, como los primeros cristianos, el mensaje de Jesús a todos los ambientes. Así lo explicaba don Álvaro en este artículo que proponemos ahora -también en audio- con motivo de su centenario.

NOTICIAS7 de Marzo de 2014

(Publicado originalmente en la revista Catholic Familyland , de los EEUU, número XXVII, pp. 11-14, 1998)

SAL, LUZ Y FERMENTO. La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia

El encargo que recibió un puñado de hombres en el Monte de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana primaveral allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas las características de una “misión imposible”.

“Recibiréis el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra” (Act 1, 8). Las últimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión parecían una locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos hombres sencillos – ni ricos, ni sabios, ni influyentes – tendrían que llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.

 

 

Menos de trescientos años después, una gran parte del mundo romano se había convertido al cristianismo. La doctrina del crucificado había vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todavía hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. Sólo la gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través de hombres que se sabían investidos de una misión y la cumplieron.

Cristo no presentó a sus discípulos esta tarea como una posibilidad, sino como un mandato imperativo. Así leemos en San Marcos: “Andad a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; mas el que no crea, se condenará” (Mc 16, 15-16). Y San Mateo recoge las siguientes palabras de Cristo: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

Son palabras que traen a nuestra memoria las pronunciadas por Jesús en la Última Cena – “como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado Yo al mundo” (Jn 17, 18) -, de las que el Concilio Vaticano II ha hecho el siguiente comentario: “Este mandato solemne de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo ha recibido de los Apóstoles con el encargo de llevarlo hasta el fin de la tierra” (1).

Tarea de todos

Cuando se habla de la misión de la Iglesia, se corre el riesgo de pensar que es algo que corresponde a quienes hablan desde el altar. Pero la misión que Cristo encomienda a sus discípulos ha de ser llevada a cumplimiento por todos los que constituyen la Iglesia.

Todos, cada uno según su propia condición, han de cooperar de modo unánime en la común tarea (2). “La vocación cristiana – precisa el Concilio Vaticano II – es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (…). Hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero una única misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el ministerio de enseñar, de santificar y de gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero los laicos, al participar de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en el mundo su función específica dentro de la misión de todo el pueblo de Dios” (3).

Todo cristiano es asimilado a Cristo por el Bautismo y participa de su misión redentora; es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús.

La dimensión apostólica de la vocación cristiana ha estado siempre presente en la vida de la Iglesia; pero ha habido una larga época en la que la realización de su misión salvadora parecía estar encomendada a unos pocos cristianos; el resto era tan sólo sujeto pasivo de la misma.

 

 

El Concilio Vaticano II ha supuesto en este campo un retorno a los principios, al poner repetidamente de manifiesto la universalidad de esa llamada al apostolado, que constituye no sólo una posibilidad entre otras, sino un auténtico deber: “Les ha sido impuesta, por tanto, a todos los fieles la gloriosa tarea de esforzarse para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra” (4).

Donde sólo llegan los laicos

Pero ¿corresponde a los laicos alguna parcela concreta dentro de esa misión? El Concilio Vaticano II había dado ya algunas orientaciones precisas. Los fieles corrientes – se lee en la Constitución Lumen gentium – “son llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo, mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad”(5).

Y más adelante: “Los laicos están particularmente llamados a hacer presente y operante la Iglesia en los lugares y condiciones donde no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos”(6). Es decir, en un hospital la Iglesia no está sólo presente por el capellán: también actúa a través de los fieles que, como médicos o enfermeros, procuran prestar un buen servicio profesional y una delicada atención humana a los pacientes. En un barrio, el templo será siempre un punto de referencia indispensable: pero el único modo de llegar a los que no lo frecuentan será a través de otras familias.

La Exhortación Apostólica Christifideles laici, recogiendo el trabajo realizado en el sínodo de 1987, ha profundizado en esta doctrina. Refiriéndose a la función de los laicos, el Papa recordaba dos peligros que podían presentarse al intentar definirla: “la tentación de reservar un interés tan fuerte a los servicios y tareas eclesiales, de llegar con frecuencia a un práctico olvido de su específica responsabilidad en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre la fe y la vida, entre la recepción del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas” (7).

Frente a estos dos extremos, el Papa advertía que lo que distingue a los laicos es “la índole secular”, pues Dios les ha llamado a que “se santifiquen a sí mismos en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las varias actividades sociales” (8).

De este modo, el Sínodo trató de evitar ese doble riesgo señalado por el Papa: al estimular la tarea de los laicos en los asuntos temporales, soslaya la tentación de un repliegue en las estructuras de la Iglesia, frente a una sociedad hostil o indiferente; y al pedir una fuerte coherencia entre fe y vida, quiere impedir una disolución de la identidad cristiana. Pues, para ser sal de la tierra, hace falta estar en el mundo, pero también no volverse insípido.

 

 

La misión específica de los laicos queda así claramente descrita: se trata de llevar el mensaje de Cristo a todas las realidades terrenas – la familia, la profesión, las actividades sociales… – y, con la ayuda de la gracia, convertirlas en ocasiones de encuentro de Dios con los hombres.

Los primeros cristianos

Sin embargo, no respondería a la realidad considerar todo lo hasta ahora expuesto como una novedad posterior al Concilio Vaticano II. Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misión. Su conversión les llevaba a un mayor empeño por cumplir los deberes correspondientes a su posición en el mundo. Tertuliano, por ejemplo, escribe: “Vivimos como los demás hombres; no nos pasamos sin la plaza, la carnicería, los baños, las tabernas, los talleres, los mesones, las ferias y los demás comercios. Con vosotros también navegamos, con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de oficios y exponemos nuestras obras para vuestro uso” (9).

Y en un venerable documento de la antigüedad cristiana leemos: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres: porque no habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida distinto de los demás (…). Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres del país, dan muestra de un tenor peculiar de conducta que es admirable y, según confesión de todos, sorprendente” (10).

Lo que poco más adelante se escribe en el mismo documento, nos hará comprender que, permaneciendo en su sitio, los primeros cristianos habían cambiado notablemente de conducta. “Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no abandonan a los que nacen (…), están en la carne, pero no viven según la carne, pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida superan las leyes (…). Para decirlo brevemente, lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo” (11).

Como consecuencia de esa actitud y de su celosa actividad apostólica, el cristianismo se extendió en poco tiempo de una manera asombrosa: indudablemente, aquellos hermanos nuestros contaban con la gracia de Dios, pero, junto a eso, sabemos que su respuesta fue siempre heroica: no sólo frente al tormento, sino también en todos los momentos de su vida.

No extraña, por tanto, que el mismo Tertuliano pudiera escribir: “Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, los poblados, las villas, las aldeas, el ejército, el palacio, el senado, el foro. A vosotros os hemos dejado sólo los templos” (12).

El espíritu del Opus Dei

Permitidme ahora una digresión que me parece de justicia. La llamada universal a la santidad y al apostolado, tan clara en los primeros cristianos y recordada por el último Concilio(13), es una de las realidades que están en la base del espíritu de la Prelatura del Opus Dei.

Desde 1928 su fundador, Josemaría Escrivá, no cesó de repetir que la santidad y el apostolado eran derecho y deber de todo bautizado. Así, por ejemplo, escribía en 1934: “Tienes obligación de santificarte. – Tú también. – ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto” (14).

Y, refiriéndose al apostolado, escribe: “Aún resuena en el mundo aquel grito divino: “Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?” – Y ya ves: casi todo está apagado… ¿No te animas a propagar el incendio?” (15).

Justamente, pues, puede considerarse a Josemaría Escrivá como un pionero de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en este campo. Lo afirmaba claramente el Cardenal Poletti en el Decreto de Introducción de la Causa de beatificación del fundador del Opus Dei con las siguientes palabras: “Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio, precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia” (16).

Con el ejemplo y la palabra

En un mundo cada vez más materializado, la labor del cristiano del siglo XX se asemeja a la que hubieron de realizar los primeros discípulos de Cristo. Como ellos, tendrá que transmitir la Buena Nueva con su ejemplo y con su palabra.

Nunca podremos conocer completamente en esta vida los efectos de nuestra actuación – el buen ejemplo o el escándalo causado – en las personas que han estado a nuestro alrededor. Hay una primera y esencial obligación para cualquier cristiano: actuar de acuerdo con su fe, ser coherente con la doctrina que profesa. “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que hay en la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14-16).

Sin embargo, no basta con el ejemplo. “Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a un mayor fervor de vida” (17).

Esto no es una cuestión de “especialistas”. El Concilio Vaticano II ha recordado la obligación que cada uno de los laicos tiene de hacer apostolado individualmente: “El apostolado que las personas singulares deben realizar, brotando abundantemente de la fuente de una verdadera vida cristiana, es la primera forma y la condición de todo apostolado de los laicos, incluso del asociado, y es insustituible. A tal apostolado, siempre y en todas partes fructífero, pero en ciertas circunstancias el único adecuado y posible, son llamados y obligados todos los laicos de cualquier condición, incluso si les falta la ocasión o la posibilidad de colaborar en las asociaciones” (18).

Las ocasiones en que ese apostolado puede realizarse son innumerables: en realidad, toda la vida ha de ser un continuo apostolado. Me gustaría sin embargo centrarme en dos de las circunstancias que constituyen los ejes en la vida de la mayoría de las personas: el trabajo y la familia.

A través del trabajo profesional

Entre los diversos motivos que hacen a los hombres tratarse, entablar una amistad, se encuentra sin lugar a dudas el ejercicio de la propia profesión. Podría parecer que el ámbito de apostolado es reducido, pero no se debe olvidar que, normalmente, es ahí donde se establecerán relaciones profundas de confianza, que – en muchas ocasiones – permiten ayudar de forma decisiva a las personas con las que uno se relaciona.

Algunos trabajos – pienso, por ejemplo, en los relacionados con la docencia o con los medios de comunicación social – constituyen una oportunidad de transmitir ideas a centenares o millares de personas.

Pero sería un error pensar que sólo esas profesiones pueden ser ocasión de apostolado; en cualquier ocupación, en cualquier circunstancia, el cristiano debe ayudar a que los demás den un sentido cristiano a su vida.

Ordinariamente, no será necesario hacer grandes discursos, sino llevar a cabo lo que el fundador del Opus Dei llamaba “apostolado de amistad y confidencia” y que describía en los siguientes términos: “Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo… Todo eso es apostolado de la confidencia” (19).

Este empeño se convierte en interés real por cada persona y se encauza normalmente en la conversación personal de dos amigos. “El apostolado cristiano – y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales – es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina” (20).

Un empeño apostólico que, a través de la iniciativa libre y responsable de los cristianos, se manifestará también en el esfuerzo por lograr que las estructuras sociales faciliten a los demás el acercamiento a Dios.

Se realizará de esa manera la animación cristiana del orden temporal que, como hemos visto, el Concilio considera misión característica de los laicos. En este contexto, pueden entenderse las llamadas que en la Exhortación Apostólica Christifideles laici el Papa ha dirigido a los laicos empeñados en la ciencia y la técnica, en la medicina, en la política, en la economía y en la cultura (21), para que no abdiquen de su responsabilidad en hacer un mundo más humano y, por tanto, más cristiano.

Para eso cuentan con las inspiraciones y principios que presenta la doctrina social de la Iglesia. Pero esa doctrina sólo se hará vida a través de los hombres y mujeres que, en Wall Street o en un pequeño comercio del barrio, conciban su trabajo como algo más que una fuente de ganancias o un medio de escalar puestos: a través de ciudadanos que, en la alcaldía o en la asociación de vecinos, se preocupen por hacer más acogedora lo sociedad; a través de intelectuales que, en la Universidad y en la escuela, creen cultura con sentido cristiano.

Empezar por la familia

Junto a toda esa labor apostólica en torno al trabajo – a la profesión de cada uno -, ocupa un lagar fundamental la que se realiza a través de la familia. En el caso de los padres, es ése su primer campo de apostolado, el lugar en que han sido puestos por Dios para realizar una tarea insustituible: la educación de los hijos.

La familia es “la célula primera y vital de la sociedad” (22), y de su salud o enfermedad dependerá la salud o enfermedad del entero cuerpo social. La sociedad será más fraterna, si los hombres aprenden en la familia a sacrificarse unos por otros. Habrá más tolerancia y respeto en las relaciones humanas, en la medida en que se comprendan los padres y los hijos. La lealtad ganará terreno en la vida social, si se valora también la fidelidad entre los cónyuges. Y el materialismo estará en retirada, cuando el norte de la felicidad familiar no sea el creciente consumo.

En cuanto a la atención de los propios hijos, importa recordar de nuevo el papel primordial del ejemplo. Juan Pablo II, en una de las contadas ocasiones en que ha hablado de sí mismo, comentaba refiriéndose a su padre: “Mi padre fue una persona admirable y casi todos mis recuerdos de infancia y adolescencia se refieren a él (…). El simple hecho de verle arrodillarse ha tenido una influencia decisiva en mis años de juventud. Era tan severo consigo mismo, que no necesitaba serlo con su hijo: bastaba su ejemplo para enseñar la disciplina y el sentido del deber”(23).

Y el Card. Luciani – luego, Juan Pablo I – escribía: “El primer libro de religión que los hijos leen son sus padres. Es bueno que un padre le diga a su hijo: “Ahora hay en la iglesia un confesor; ¿no crees que podrías aprovechar la oportunidad?”. Pero es mucho mejor si le habla de este modo: Voy a la iglesia a confesarme, ¿quieres venir conmigo?” (24).

El ejemplo ofrecido en las más diversas facetas de la vida – de lealtad a los amigos, de laboriosidad, de sobriedad y templanza, de alegría ante las contrariedades, de preocupación por los demás, de generosidad… – quedará grabado de forma indeleble en las almas de los hijos.

Y, junto al ejemplo, la atención generosa a su educación. “El negocio que más habéis de cuidar – solía decir el fundador del Opus Dei a los hombres de empresa – es la formación de vuestros hijos”. Una educación que será eficaz si los padres saben hacerse amigos de sus hijos; si, desde que son pequeños, éstos se acostumbran a confiar en ellos, a abrirles su corazón cuando tienen alguna dificultad.

Escribía Santo Tomás Moro: “Una vez vuelto a casa, hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte de mi vida cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser un extraño en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros” (25).

El ritmo de la vida moderna parece no favorecer esta dedicación. Cada vez tenemos más de todo, excepto tiempo. Y se corre el riesgo de que los padres queden absorbidos por el trabajo, aun con el noble deseo de asegurar lo mejor posible el porvenir de los hijos.

Pero este porvenir dependerá más del tiempo que se les ha dedicado personalmente que del confort que se les ha ofrecido. Y así, cuando los hijos se quejan, no es por lo que sus padres no les han dado, sino porque no han sabido darse a sí mismos.

Familia abierta a los demás

Esto ya es mucho, pero no es todo. Un cristiano consciente de su misión de levadura en la masa, no puede conformarse con la atención a los suyos. Ciertamente, en un mundo competitivo y duro, es normal el deseo de buscar en la propia familia el afecto y la seguridad que muchas veces falta fuera. Como también es comprensible que, ante los diversos tipos de familia que hoy existen en la sociedad, unos padres cristianos traten de proteger y cultivar el suyo. Pero la familia cristiana es una familia “abierta”.

“La familia – decía Pablo VI -, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia (…). Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive” (26).

El ejemplo de una familia cristiana que, con sus limitaciones y dificultades, intenta vivir su ideal, es siempre atractivo, incluso humanamente. Sobre todo si esa familia está abierta a la amistad con otras – de parientes, de colegas, de vecinos, de los amigos de sus hijos -, animada con un espíritu apostólico.

De este modo, se hará realidad el ideal que señalaba Juan Pablo II al decir que la “Iglesia doméstica [la familia] está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los “alejados”, para las familias que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente con la fe recibida” (27).

Por otra parte, toda familia está sujeta a las influencias exteriores, que provienen de las leyes, de la escuela o la opinión pública. De ahí que, tanto para proteger la propia familia como para ayudar a los demás, un cristiano deba preocuparse por que en la sociedad exista un clima favorable a la institución familiar.

“Las familias – se lee en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio – deben ser las primeras en procurar que las leyes e instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser “protagonistas” de la llamada “política familiar”, y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad” (28).

Ante una nueva evangelización

Los primeros cristianos supieron cambiar su sociedad, poniendo todo su esfuerzo al servicio del mandato de Cristo: “Entonces, ellos partieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor estaba con ellos y confirmaba la palabra con los prodigios que la acompañaban” (Mc 16, 20).

A las puertas del tercer milenio, ante una sociedad que parece huir alocadamente de Dios, los cristianos de este siglo hemos sido llamados a realizar una nueva evangelización “en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir” (29).

Y, con palabras de Juan Pablo II, “esto sólo será posible si los fieles laicos saben superar en sí mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su cotidiana actividad en la familia, en el trabajo y en la sociedad la unidad de vida que encuentra en el Evangelio inspiración y fuerza para realizarse en plenitud” (30).

El mundo espera cristianos sin fisuras, cristianos de una pieza. Con fallos, con errores, pero con la firme voluntad de rectificar cuanta voces sea preciso y seguir adelante en el camino que, de la mano de la Virgen, nos lleva al Padre a través de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

Notas

1. Lumen gentium, 17.

2. Cfr. ibid., 30.

3. Apostolicam actuositatem, 2.

4. Ibid., 3

5. Lumen gentium, 31.

6. Ibid., 33.

7. Christifideles laici, 2.

8. Ibid., 15.

9. Tertuliano, Apologético, 42.

10. Epístola a Diogneto, 5.

11. Ibid.

12. Tertuliano, Apologético, 1.

13. Ha escrito Juan Pablo II: “Esta llamada universal a la santidad ha sido la consigna fundamental confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovación evangélica de la vida cristiana. Consigna que no es una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia” (Christifideles laici, 16).

14. Josemaría Escrivá, Camino, 291.

15. Ibid., 801.

16. Card. Ugo Poletti, Decreto di Introduzione della Causa di Beatificazione del Servo di Dio Josemaría Escrivá.

17. Apostolicam actuositatem, 6.

18. Ibid., 16.

19. Josemaría Escrivá, Camino, 973.

20. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 149.

21. Cfr. Christifideles laici, 38 y 42 a 44.

22. Apostolicam actuositatem, 11.

23. André Frossard, Non abbiate pausa!, Rusconi, Milano, 1983, 19.

24. Card. Albino Luciani, Ilustrísimos señores, Bac, Madrid, 1979, 276.

25. Santo Tomás Moro, Utopía, Introducción.

26. Evangelii nuntiandi, 71.

27. Familiaris consortio, 54.

28. Ibid., 44.

29. Josemaría Escrivá, Conversaciones, 114.

30. Christifideles laici, 34.

Revista Mundo Cristiano (España), abril de 1999
Categorías:Laicos

El Padre de Los Migrantes

El Padre de Los Migrantes

31 de May. de 2017

 

Alice Driver | Longreads | Junio ​​2017 | 22 minutos (5,698 palabras)

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“¿Qué tan buena es una frontera si no hay gente dispuesta a abrirla de par en par?”
— Hanif Willis Abdurraqib *cita del relato en vivo en el “California Sunday Popup” en Austin, Texas, 4 de marzo de 2017

* * *

A la orilla de la tierra prometida se levantan tormentas de polvo provenientes del desierto obscureciéndolo todo, incluso los migrantes tienen que esperar frente a un complejo rodeado por una valla metálica coronada por alambre de púas. Pero el Padre Javier Calvillo Salazar es oriundo de Ciudad Juárez, México, y está acostumbrado a todo esto, así como a todos aquellos que llegan después de una jornada en la que bien pudieron haber transcurrido miles de kilómetros y cientos de días, casi todos llegan cubiertos de cicatrices, con huesos rotos o sin alguno de sus miembros, con heridas que dejan en evidencia la falta de humanidad que se encuentra a lo largo del camino. Son personas que llegan llorando, con rostros endurecidos, con embarazos, con enfermedades venéreas y hasta con historias que remiten a las de Gabriel García Márquez, en las que cuentan haber visto con sus propios ojos a un cocodrilo devorar a un recién nacido de una sola y tajante mordida.

Nicole fue entregada en los brazos de su madre, Ana Lizbeth Bonía de 28 años, en un hospital de la frontera norte de México. Después de una travesía de 9 meses, que inició en Comayagua, Honduras, Ana Lizbeth llegó al albergue de migrantes Casa del Migrante Diócesis de Juárez con su esposo Luis Orlando de 23 años, y su desnutrido hijo José Luis de 2 años, que tenía unos ojos redondos como platos que brillaban con emoción. Ana nunca terminó la primaria, y pasó su niñez en las calles, vendiendo verduras desde los 4 años.

El albergue para migrantes en Juárez está tan cerca de El Paso, Texas, que los migrantes sienten el agridulce llamado de una tierra que pueden ver pero en la que difícilmente pueden vivir de manera legal. El albergue cuenta con 120 camas para hombres, 60 para mujeres, 20 para familias, así como con un área aparte en donde los migrantes transgénero pueden quedarse si así lo desean. La mayoría de los migrantes que llegan son hombres solteros, y durante las entrevistas realizadas ellos mencionaron que la amenaza del presidente Trump de separar a los niños de sus madres ha provocado una caída en la migración de estos grupos. Inicialmente, cada migrante tiene permitida una estancia no mayor a tres días, pero pueden quedarse más tiempo dependiendo de su condición, como es el caso de Ana, que necesitaba tiempo para descansar y recuperarse después de haber dado a luz a Nicole.

 

 

El albergue fue fundado por los Misioneros de San Carlos en 1982, y el Padre Javier, quien lleva 15 años trabajando con los migrantes, ha sido el director durante los últimos 7 años. El albergue funciona las 24 horas del día 7 días a la semana gracias a un personal compuesto por veintitrés personas, entre los que se incluyen terapeutas, expertos en derechos humanos, cocineros y recepcionistas. En enero de este año la Iglesia Católica designó al Padre Ricardo Reina García, de 42 años, para que ayudara al padre Javier con el trabajo realizado en el albergue. Cuando llegué al albergue, el Padre Ricardo ya llevaba ahí casi dos meses.

He estado viajando a Juárez desde 2011, primero para realizar entrevistas para mi libro, More or Less Dead, y después porque no pude dejar de escribir sobre las mujeres que había conocido, madres cuyas hijas habían desaparecido, víctimas de violación y asesinato. De algún modo, quería usar mis palabras para luchar por la igualdad y la justicia. A raíz del proceso de investigación de mi libro, me di cuenta que muchas de las víctimas de la violencia en Juárez eran migrantes porque, a fin de cuentas, los migrantes son extremadamente vulnerables a la violencia, ya que suelen ser personas indocumentadas que están lejos de sus familias. En 2015, después de la publicación de mi libro, supe que para mi siguiente proyecto contaría historias de migrantes, muchos de los que desaparecieron en México sin dejar huella, víctimas de una extensa red de tráfico de personas. En 2017 recibí una beca para iniciar un proyecto sobre los migrantes centroamericanos, y fue entonces cuando regresé a Juárez a vivir en el albergue de migrantes de la ciudad, como parte inicial de una travesía en la que seguiría la ruta de los migrantes a través de México, Guatemala y El Salvador.

Tres días después de la llegada de Ana al albergue de migrantes de Juárez, el Padre Ricardo se apresuró a llevarla al hospital para que diera a luz. Antes de subirse a la camioneta, el Padre comentó que Ana le dijo que no quería que su esposo Luis estuviera presente en la sala de parto.

El Padre Ricardo, nacido también en Juárez, tiene una complexión grande que podría resultar intimidante si no hablara con la suavidad que lo caracteriza. Su voz es reconfortante, un decibel mayor al de un susurro, y cuando no está llevando a migrantes a la estación de autobuses, a citas médicas o trabajando, pasa sus días presidiendo bautizos, bodas y funerales. Durante mi estadía de dos semanas en el albergue pasamos mucho tiempo juntos. Una tarde soleada, mientras el viento doblaba por las esquinas del albergue, me dijo: “Mi contexto de vida familiar siempre fue entender la dinámica de la migración. Mi familia, mi papá es de aquí de Zaragoza, de un rancho, mi mamá es de Zacatecas, la abuela de mi mamá es de Durango. Ya que mis raíces son en esa movilidad humana que significa busca una mejor vida por generaciones, así me concibo. Mi concepto es que la migración es una condición humana que va a estar siempre presente”.

Para algunos migrantes el camino terminaba en Juárez, donde al menos había algo de trabajo disponible. Cuando Nicole cumplió cinco días de nacida me senté con su padre Luis y le pregunté sobre su viaje. Él y Ana habían viajado en autobuses desde Honduras hasta Juárez, y cuando ya no tenían dinero se quedaban en un lugar y pedían limosna en las calles o buscaban algún trabajo, me dijo: “Sí queríamos cruzar, o sea, a Estados Unidos, pero según lo que dijo el presidente pues cambiamos de planes por lo que él dijo, que iba a separar a los padres de sus hijos, y pues por eso tomamos la decisión de quedarnos acá”. A pesar de su juventud, Luis parecía muy convencido de formar una vida en Juárez para su esposa y sus dos hijos.

En el albergue de los migrantes una madre, Ana, había dado luz al mismo tiempo que otra se preguntaba dónde estaba su hija. Anahí Ortigoza Reyes, de 34 años, estaba varada en Juárez mientras su hija Ashley Anahí estaba en Oregon. Anahí y Ashley habían volado a Juárez desde Huajuapan de León, México. Anahí me contó que había contratado a unos polleros para que la llevaran a ella y a su hija a través de la frontera, pero las habían obligado a separarse. Los polleros primero cruzaron la frontera a salvo con su hija, pero dejaron a Anahí cerca del muro con un par de pinzas para cortar alambre y le dijeron que tenía que cortar el camino de vallas metálicas para poder cruzar. Casi inmediatamente, Anahí fue capturada por la patrulla fronteriza y enviada de vuelta a Juárez. “Mi esposo está del otro lado”, me dijo, “vive en Oregon. La niña ya está en Oregon”. Le pregunté cuándo fue la última vez que había vivido en Estados Unidos: “Regresé para México y ya llevo 12 años aquí. Vine a ver a mi mamá que estaba mala”, me contestó.

Manuel García Corona, de 45 años y nacido en Michoacán, México, llegó al albergue después de haber sido deportado de Estados Unidos. Había vivido ahí 25 años y trabajaba como conductor de camiones de carga pesada a pesar de su condición como indocumentado. Cuando le pregunté sobre el porqué de su deportación, dijo que había sido acusado erróneamente de transportar migrantes indocumentados, pero no quiso entrar en detalles. “¿Volver a Estados Unidos?” preguntó, “es un país muy bonito y la gente es bien paciente y agradezco mucho la paciencia para la comunicación, pero para nosotros que ya somos deportados es un país de miedo, yo te lo podría identificar como el infierno”. Manuel piensa regresar a su estado natal, Michoacán, México, en vez de intentar regresar a Estados Unidos. Otros hombres deportados que habían llegado al albergue hablaron sobre los hijos que habían dejado atrás, o sobre familias separadas, y también dijeron que cruzarían la frontera las veces que fuera necesario para poder reunirse con sus hijos.

 

 

“El tren casi estuvo a punto de quitarme los pies”, relató Darlin Palacios de 38 años y originario de San Pedro Sula, Honduras. Tenía ojos destellantes e inquisidores, y narraba su historia con calma y mesura. Se sentó en la sala de televisión del albergue frente a un mural pintado por los migrantes y en donde aparecía la leyenda “Ningún ser humano es ilegal”. El mural mostraba el rostro de una mujer blanca con cabello estilo telenovelesco, un adolescente negro y un niño de piel muy clara, junto a ellos había un tren en cuya parte superior iban subidas varias mujeres de formas voluptuosas, las cuales, supuse, sólo habían podido ser pintadas por hombres.

El tren de carga en el que Darlin y la mayoría de los otros migrantes se suben atraviesa México de sur a norte, y es conocido como La Bestia o El Tren de la Muerte. Éste recorre más de 2,900 km desde Tapachula hasta Juárez, y durante el viaje los migrantes tienen que tomar docenas de trenes diferentes, subirse y bajarse continuamente para evitar tanto los puestos de control policíaco como los grupos criminales que controlan algunos territorios. Darlin llegó al albergue de migrantes en Juárez tras el que sería su quinceavo intento por cruzar la frontera de Estados Unidos. Su primer viaje lo hizo en 2004, cuando tenía 26 años. En ese entonces había estado trabajando en una tienda de reparación de electrónicos, pero tanto él y su familia estaban muy endeudados y necesitaban dinero. En contra de los deseos de su familia, Darlin decidió que trataría de llegar a Estados Unidos: “Cumplí como dos o tres cumpleaños nada más andando, navidades dos”, dijo.

Darlin ha pasado doce de sus mejores años en la ruta de los migrantes, repitiendo un circuito de territorio cada vez mayor sin poder llegar jamás al destino que tanto anhela. Al hablar sobre el ambiente político actual de Estados Unidos Darlin me comentó: “En la frontera sí hay un poquito más de racismo que antes, pero en lo que es el racismo en general pues creo que eso siempre ha sido igual. Le tenemos más miedo a la criminalidad aquí en México al querer cruzar que a la misma migra. La migra siempre nos va a detener. La criminalidad no nos va a detener, nos va a matar”.

Darlin recuerda cada uno de sus viajes a detalle, y habla con entusiasmo de casi todas sus aventuras, excepto sobre cuando fue secuestrado por un grupo criminal durante su último intento de cruzar la frontera y llevado a la sierra mexicana por un mes. Habló sobre lo hermoso que puede ser el viaje, sobre todo al ir conociendo México desde lo alto del tren. Sí, también había llorado a lo largo del camino y se había deprimido, pero trataba no pensar en eso ya que su futuro estaba siempre en su mente. Las dos veces que logró cruzar la frontera de Estados Unidos fue capturado y deportado inmediatamente. ¿Sabías que usan drones para encontrarte en las noches? preguntó, “los drones detectan el movimiento y te avientan una luz encima”. La segunda vez que lo deportaron, la orden de expulsión le prohibía la entrada a Estados Unidos durante 20 años.

“Esta es una de las mejores casas de migrantes que hay en México” me comentó Darlin, “nos atienden perfectamente, buena comida. Lo único es que no nos dejan salir a menos que vayamos a trabajar, dicen que es por seguridad”. Entre 2009 y 2011 Juárez fue declaraba la ciudad más violenta del mundo, y aún sigue experimentando niveles elevados de violencia. Cuando llegué ahí, el 23 de marzo de 2017, había habido un total de 71 asesinatos en la ciudad en ese mes, y justo antes de mi llegada la policía había descubierto fosas comunes con 18 cuerpos no identificados.

 

 

A los migrantes los mantienen encerrados en el albergue, les permiten usar el teléfono y el internet diez minutos al día, y se les escolta a sus dormitorios todas las noches a las 8:30 p.m.

Tienen permitido dejar el albergue durante el día en caso de que quieran trabajar y ganar un poco de dinero extra en trabajos arreglados por el albergue. Muchos se han quejado del horario estricto, pero también reconocen el buen funcionamiento del lugar. Todos los migrantes con los que hablé mencionaron que muchos de los albergues en México son corruptos y funcionan para hacer dinero: les cobran la comida y el uso de regaderas, o incluso operan como vínculo entre polleros y traficantes de personas. Algunos albergues no tienen camas, otros no cuentan con electricidad y en otros se sirve comida podrida o ni siquiera ofrecen comida. Ana, madre de la pequeña Nicole, describió que muchas veces: “Hay demasiada gente y hay albergues donde los directores no son buenos, hasta la comida venden. Es un negocio. Dejan a uno bañarse una vez por semana”.

El desayuno en el albergue de Juárez se servía todos los días a las 7:30 am. Los pollos que estaban en el patio trasero producían cerca de una docena de huevos a la semana y, cuando había disponibles, eran preparados por Lolita, la cocinera a cargo del turno de casi todas las mañanas. El café era caliente y abundante, lo bebíamos en tazas que tenían un leve sabor a cloro. Lolita hacía milagros con la comida que recibían como donación, y a veces servía hot cakes, chiles rellenos y caldo de pollo. Los migrantes, que nunca estaban seguros de dónde saldría su próxima comida, lanzaban miradas de alegría al ver la comida de Lolita.

Un migrante llamado Gonzalo Rodríguez llegó al albergue varios días después que Darlin. Me contó que era homosexual y que había trabajado como maestro en Costa Rica hasta que un administrador muy religioso y conservador trató de encarcerlarlo por ser homosexual y trabajar con niños. Gonzalo huyó de Costa Rica y se encontró con su padre y su medio hermano en Honduras. Me contó que su medio hermano decidió acompañarlo en su intento por cruzar hacia Estados Unidos y atravesaron México juntos con ayuda de un pollero. Fueron al consulado de Honduras, en donde cada uno pago $2,500 dólares por identificaciones falsas, las cuales, pensaron, facilitarían las cosas. Sin embargo, poco después de empezar su viaje en México el pollero los vendió a un grupo de traficantes de personas. Gonzalo también me dijo que tenía miedo de decirle a la gente sus preferencias sexuales, ya que en muchos albergues de México rechazan a personas homosexuales o transgénero desde que ponen un pie en la puerta.

Gonzalo, que tenía el rostro redondo y chato y era muy directo al hablar, bajó la voz y dijo susurrando: “A mi hermano se lo llevaron para traficar droga y yo fui a una bodega en Magdalena, una bodega más grande que esta casa, donde había unas 185 personas y allí había personas de todas las nacionalidades: hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, unos de Nepal, de la India, que estaban siendo prostituidos, y niños entre los 13 y 15 años de edad estaban siendo prostituidos, ¿me entiendes?”. Los hombres de complexión grande como Gonzalo servían para empacar cocaína y mariguana. También contó que: “El cuarto negro era el que daba más temor de todos, porque sabíamos que iban a sacar un órgano, y allí le daban el tiro de gracia a las muchachas o a los muchachos porque ya no querían seguir allí, los mataban enfrente de todo el mundo”. Había escuchado rumores sobre el tráfico de órganos en México desde hace 10 años, pero le dije que no había investigación alguna que comprobara la existencia de una transacción tan bien establecida y técnicamente coordinada como esa. “Pero seguro el tráfico de órganos dejaría algún tipo de evidencia ¿no?”, pregunté. Gonzalo insistía en que el tráfico de órganos era algo real.

En el transcurso de los años, el Padre Javier había escuchado historias similares: “Cuando hablamos de eso, de migración, hablamos ya de números, hablamos de ganancia, hablamos de economía, hablamos de intereses, hablamos del producto de muchas cosas sexualmente, humanamente, de órganos”, comentó.

“Yo tengo varias quemaduras en mi piel porque no quise hacer cosas que tenía que hacer” dijo Gonzalo; se subió el pantalón para mostrarme las marcas en sus piernas, “a mí y a unos tres muchachos más nos obligaron a tener relaciones sexuales con animales, hacerles sexo oral a perros. Sí, grabaron para hacer vídeos”. Había visto esos videos brutales en venta en el barrio de Tepito, en la Ciudad de México, y así como los rumores sobre el tráfico de órganos, también había escuchado que los traficantes obligaban a sus víctimas a hacer videos pornográficos especiales.

Cuando se trata del cuerpo humano todo puede ser objeto de tráfico. Los migrantes son un producto en un sistema que los separa en partes lucrativas, hasta que muchas veces no queda nada. “Lo curioso es que el migrante existe, pero no existe, porque no trae papeles y por lo tanto todos pueden hacer lo que quieran”, comentó el Padre Javier en su oficina pintada de un azul celestial y sentado detrás de un escritorio lleno de pilas de papeles y libros; atrás de él parpadeaba un router ubicado junto a la base de un pequeño crucifijo y de una figura dorada la Virgen de Fátima. Cuando el Padre Javier no usaba sus vestimentas religiosas para presidir bautizos y bodas, atendía con dinamismo asuntos relacionados a los migrantes enfundado en chamarras y chalecos deportivos.

Los cuerpos de los migrantes son un gran negocio a nivel mundial. El padre Javier me explicó porqué la migración en México es un negocio más rentable que el tráfico de drogas. Después de escuchar las historias compartidas por algunos migrantes, entendí la manera en que el tráfico de drogas y el de personas se entrelazaban, tal y como sucedió en el caso de Gonzalo, que fue víctima de tráfico y, al mismo tiempo, usado para empacar drogas. Los migrantes son una estadística, un producto que puede moverse de acuerdo a los intereses específicos en alguno de los dos lados de la frontera: “Estamos hablando de la trata de personas, estamos hablando de la desaparición de niños, estamos hablando de la venta de órganos”, señaló el Padre Javier.

A los 16 años Bayron Valle se encontraba camino a Estados Unidos, huía de la violencia y de las adversidades económicas en Ocotepeque, Honduras. A los 18 años, en su segundo intento por llegar a Estados Unidos, logró llegar a California como indocumentado. Bayron relató cómo fue atrapado por la policía en Indio y enviado a un centro de detención en Brawley, y después trasladado a otro lugar en la parte central de California. Posteriormente lo llevaron a San Diego, y finalmente lo enviaron a un centro en Arizona, como parte de un proceso que duró ocho meses.

“Es como la cárcel, uno no tiene opción de nada, ni siquiera de llamar. Las llamadas son bien caras, cuesta 35 centavos de dólar cada minuto”, dice Byron de ahora 22 años, mientras, sentado bajo el sol, alimenta con gajos de naranja a los pollos y pavos que merodean alrededor de los magueyes del albergue en busca de insectos: “Cuando me trajeron a Arizona fue terrible. Nos daban papas de comer, desayuno, almuerzo y cena, solo papa, papa y papa”.

A pesar de su cara de niño, Byron conocía muy bien los caminos de la ruta del migrante; la había recorrido 7 veces, desde Honduras hasta la frontera de México con Estados Unidos. “Sólo quiero pagar algunas deudas que tenemos en Honduras nosotros, de cuando estudiamos mis hermanos y mi mamá, sólo pagar eso”, explicó, “en Honduras no es posible, en el otro lado sí. Allí en Honduras me muero y no hago nada”. Byron venía acompañado por su primo Carlos Portillo, de 25 años y también originario de Ocotepeque, Honduras.

Todos los días, al atardecer, Carlos se paraba afuera del dormitorio de hombres a lavar con una sola mano una de sus dos únicas playeras; su otra mano estaba vendada y permanecía colgada, sin fuerzas, a su costado. Esta era la primera vez que Carlos recorría la ruta del migrante y relató cómo los grupos criminales “Nos tiraron de La Bestia, y tú sabes que en estas cosas no te puedes defender, porque si te defiendes te van a matar”. Extrañaba a su hermano de 7 años y hablaba sobre cuánto deseaba darle las oportunidades que él mismo nunca tuvo: “Mi sueño siempre ha sido ayudar a mi familia”.

El Padre Javier ha trabajado con los migrantes por muchos años y, de algún modo, ha aprendido a ordenar sus historias fragmentadas y siempre cambiantes con el fin de encontrar el mejor modo de ayudarlos, aun cuando sus verdades cambian constantemente. Él conocía profundamente sus miedos, tanto los que externaban como los que callaban, y podía ver cómo la desesperación y la violencia, que eran parte de la experiencia de los migrantes, hacía que les resultara muy difícil confiar en alguien. En la ruta del migrante un policía puede ser un traficante de personas, un soldado puede ser un violador, un compañero migrante puede ser un pollero, y un pretendiente puede convertirse en un proxeneta. El Padre Javier también había visto a familias separarse: “Mira cuanta gente se queda en el camino, cuantos se caen del tren, cuantos se mutilan, cuantos se parten a la mitad, cuantos vienen corriendo y los esposos se suben y dejan a sus niños abajo”.

La violencia cotidiana e incluso la brutalidad de la incertidumbre; por ejemplo, no saber cuándo vas a comer, deja a los migrantes acabados hasta la médula. A su vez, todas sus historias me advertían que si los migrantes supieran mi nombre y se lo dijeran a los secuestradores, estos podrían buscarme en Facebook, pedir un rescate, por ejemplo, o decirme que uno de los migrantes que había entrevistado era en realidad un pollero, y así infundirme miedo o causarme paranoia. En mi último día en el albergue Gonzalo me pidió que le tomara fotos para mandárselas a su hermano, un hermano que varias veces había declarado tan vivo como muerto. Después me pidió que le mandara las fotos a través de Whatsapp. Cuando me dio su número yo lo pensé por un momento, pues si le mandaba las fotos le daría mi propio número. Al percatarse de mi vacilación me dijo: “No quieres que tenga tu número ¿verdad?”. Quería confiar en él y me sentí mal, así que opté por enviarle las fotos. Sin embargo, en el transcurso de las siguientes 24 horas ya había recibido una solicitud de amistad de Facebook de él, así como un mensaje de voz en mi teléfono. Decidí borrar ambos.

Anahí permaneció en el albergue una semana mientras buscaba la manera de traer a su hija de 4 años de vuelta a México con ayuda del personal del albergue. Era complicado, ya que el esposo que ella había mencionado no era oficialmente su esposo. Anahí después dijo que era su novio, a pesar de que tenía 12 años de no haber estado en Estados Unidos. En el mejor de los casos este hombre sería un ex-novio, y dado que él no tenía una relación legal con la niña, las autoridades policiales de Estados Unidos estaban considerando acusarlo de secuestrar a Ashley Anahí. Cuando hablé con el Padre Javier sobre este caso, me dijo que el creía que el supuesto novio de Anahí “Generalmente resulta ser un pollero, así son los polleros, la mayoría de los polleros son los que mueven a los niños o a las mujeres”.

Anahí tenía otros dos hijos en Huajuapan de León, Mexico; Miguel Ángel de 10 años y con ciudadanía norteamericana, y Nelly Charo, de 7 años. Los había dejado con su familia y les había explicado el porqué de su partida, pero no estaba segura de que hubieran entendido. Aunque ya había abandonado la idea de cruzar hacia Estados Unidos otra vez, tenía la esperanza de que Miguel Ángel ayudara a sus hermanas a obtener la ciudadanía cuando él cumpliera 18 años: “Pero tengo el consuelo de que él les arregle a sus hermanas y puedan estudiar allá y salir adelante por ellos mismos”, dijo pensativa.

Una noche después de que Anahí había regresado a Huajuapan de León para conseguir la copia original del acta de nacimiento de Ashley Anahí, que era necesaria para que la niña regresara a México, el Padre Ricardo reunió al resto de los migrantes en la iglesia que estaba junto al albergue para leer la historia de Abraham y su partida hacia la tierra prometida. “Abraham era un migrante. ¿Qué tienen en común su historia y la de ustedes? ¿Qué sintieron al dejar a sus familias?” preguntó el padre. Todos permanecieron sentados en silencio.

Finalmente uno de ellos preguntó “¿Por qué Abraham no logró llegar a la tierra prometida?, necesito saber, ¿fue porque era un pecador?” Aunque estos hombres de Honduras, Costa Rica, México y muchos otros lugares no podían compartir sus sentimientos abiertamente, querían saber si habían sido castigados por algún pecado que desconocían. ¿Cómo es eso de deambular sin la esperanza de llegar a la tierra prometida? Algo que me impactó durante todas mis entrevistas, es que cuando le preguntaba a los migrantes cuál había sido la parte mas difícil de su travesía –algunos de ellos habían sido secuestrados, torturados o habían pasado años y recorrido miles de kilómetros tratando de llegar a la frontera- la respuesta siempre era, palabras más, palabras menos, “Dejar a mi familia”.

En su viaje más reciente de Honduras a México, Darlin fue secuestrado por un grupo criminal durante cuatro días. En el transcurso de sus doce años en la ruta del migrante se había vuelto experto en los sistemas de extorsión. En México esto incluía pagar cierta cantidad de dinero a los grupos en determinadas ciudades antes de subirse a La Bestia. Los grupos pedían a cada migrante una cantidad de dinero y les daban un código. Los miembros de estos grupos viajaban en el tren preguntando los códigos, y aquellos que no lo tenían eran arrojados del tren o secuestrados y luego vendidos a traficantes de personas. “Pues al principio sí pensaba que iba a morir y lo primero que me imaginé fueron los Zetas”, dijo Darlin mientras relataba su secuestro; pensaba que los Zetas era el cartel más poderoso en México. Al final la policía encontró a los secuestradores y rescató a Darlin y a muchos otros migrantes. Justo después de haber sido liberados todos corrieron a bañarse al río y, mientras se bañaban, alguien robó sus ropas y disparó hacia ellos: “Me encontré una pieza de ropa botada en un basurero y con esa me arropé un pedazo y allí venía por todo el pueblo descalzo y desnudo, y todo el mundo se nos quedaba viendo porque era algo raro”.

Un día Darlin me dijo que Ana, cuya bebé tenía quince días de nacida, había escuchado el rumor de que Luis se había besado en la cocina con la cocinera del turno de la noche. Al día siguiente noté que Ana tenía moretones y rasguños en su cuello y, cuando salí a la camioneta a acompañar al Padre Ricardo para ir a dejar a un grupo de migrantes que se iba del albergue, vi que Luis iba con ellos: “Voy a cruzar la frontera”, dijo subiéndose al carro sin voltear a ver a su esposa y a sus hijos, que estaban sentados bajo el sol detrás de la valla del albergue.

Mientras manejaba, el Padre Ricado hablaba sobre su amor por la enseñanza y la literatura, especialmente la poesía; y luego recitó de memoria “Cultivo una rosa blanca” del poeta cubano José Martí: “Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca./ Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni ortiga cultivo;/ cultivo la rosa blanca”. En el momento en que el padre musitó la palabra “rosa” habíamos llegado a la entrada de la parada de autobús que estaba sobre la carretera. Los migrantes se bajaron de la camioneta y sus rostros desaparecieron entre una nube de polvo mientras nos alejábamos.

Esa noche, preocupado por Ana, el Padre Ricardo le llevó la cena a la sala común para que ella no tuviera que enfrentar las preguntas de otros migrantes. Nos sentamos juntos y comimos en silencio esperando que Ana se decidiera a compartir lo que sentía. Cuando le preguntamos sobre Luis ella contestó con calma: “No sé a dónde va. No va a volver”.

Durante varios días, Gonzalo, el migrante que huía de Costa Rica, siguió contándome su historia. Su medio hermano todavía estaba perdido, y Gonzalo había ido a buscarlo de albergue en albergue en el lado mexicano de la frontera. Se preguntaba si su hermano simplemente se había desvanecido dentro del agujero negro de las desapariciones en México. De acuerdo con un reporte de Amnistía Internacional, en México se han reportado 29, 917 desapariciones forzadas en los últimos años.

Cuando platiqué con el Padre Javier acerca de las desapariciones, me dijo: “No sé si te han platicado de Tamaulipas y los hoyos que hay con perros. Ponen a trabajar a los migrantes, a empaquetar la droga y todas esas cosas y luego, de repente, los llevan a un hoyo donde hay puro perro Doberman, los echan allí y los perros se los comen”.

Pensé en el caso de los 43 estudiantes normalistas, que desaparecieron por la fuerza en septiembre de 2014. El gobierno reportó que sus cuerpos habían sido calcinados, pero una investigación forense no logró encontrar prácticamente un solo fragmento de hueso o material biológico. Ante la falta de evidencia de la muerte de los estudiantes, su desaparición se unió a las decenas de miles de desapariciones denunciadas y no denunciadas. “¿Por qué nadie comenta nada de la trata de personas? Aquí está un claro testimonio y hemos expuesto el vídeo en reuniones. Lógicamente hay probabilidades de que los tráficos de órganos existen, la trata de personas existe, la esclavitud existe”, comenta el padre Javier al hablar del creciente problema de las desapariciones en México.

Darlin, el experto en migración que vivía en el albergue y que se jactaba de haber hecho más intentos en cruzar la frontera que nadie que hubiera conocido, habló sobre cómo las noticias de asesinatos y desapariciones afectan a todos; comentó: “Nuestras familias nunca quieren que tomemos este camino porque ellos han escuchado lo peligroso que es y todo eso. Inclusive cuando encontraron… no sé si escuchaste una noticia de 72 que habían matado en Tamaulipas en el rancho de San Fernando [en 2010], desde esa vez ya las familias hondureñas se han quedado con eso de que una persona puede regresar en cuatro tablas, como le decimos allá, o no regresar nunca”.

En mi segundo día en el albergue Gonzalo me dijo que pensaba que tenía SIDA. Lo alenté para que fuera a hacerse una prueba, pero me dijo que temía que el Padre Javier y el Padre Ricardo lo juzgaran. Esa tarde, el Padre Ricardo, a quien le gustaba ver documentales en YouTube, me invitó a ver un breve documental sobre los migrantes en México que había sido filmado en 2016. “Entrevistan a uno de los migrantes que ahora mismo está en el albergue”, me dijo. A la mitad de las entrevistas apareció Gonzalo, sentado sobre las vías del tren al lado del entrevistador. Se veía igual, pero se presentaba así mismo como Olvin, y le contó al entrevistador la misma historia que me había contado, pero esta vez agregó que los traficantes habían matado a su hermano frente a él. Cuando busqué “Olvin Rodríguez” en Google me di cuenta que también había sido entrevistado por otro periodista para un artículo del Pulitzer Center, y en esa versión de su historia su hermano también había sido asesinado.

Al día siguiente, el personal del albergue me contó que Luis había ido a buscar a Ana. El Padre Javier, que había visto la evolución de esa relación, comentó: “Hay muchos que llegan con la mujer, que es su esposa, que esto que otro, y de repente las dejan, vienen con hijos, así como con esta chica embarazada Ana, hay que ayudar. De repente, va y dice ‘bye’, y no se encariñó mucho con la niña y se va”.

Cuando Darlin dejó el refugio para probar su suerte al cruzar la frontera otra vez, aseguró que en Honduras ya no había oportunidades para él. En sus palabras: “Si me deportan de nuevo, me volvería de nuevo, vuelvo a venir y probar nuevamente. Yo cuando miro a personas mayores que andan en estos caminos, digo yo ‘¿tendré que llegar a esa edad pues para llegar a Estados Unidos? o ¿estaré a esa edad todavía intentando?’”; y después bromeó con que quizá su pasatiempo era la migración.

Dos días después de que Luis apareció en la puerta del albergue, Ana anunció que había encontrado una casa en Juárez para rentar. Le dijo al Padre Javier que un amigo se la había rentado a un precio muy bajo, empacó sus cosas y se marchó. El Padre Javier estaba preocupado por los niños, especialmente por José Luis, que tenía un peso muy bajo para su edad y no contaba con un acta de nacimiento.

“Por eso tú no sabes a veces si es el pollero o el tratante y trae muy dominado a la mujer”, comentó, “hay casos en los que tú dices, y no sabes si es hermano, hermana, si es primo, su amigo, su esposo, su amante o son polleros, dices tú”. Dado que ni Ana ni Luis contaban con un acta de nacimiento o cualquier otro documento legal que probara que Luis era su hijo, el Padre Javier dudaba que el niño fuera de ellos. Ana le dijo que iba a vivir sola, pero a otros migrantes les dijo que Luis había encontrado una casa para ellos, “¿Por qué no me dijo la verdad?”, se preguntó el Padre Javier.

La última vez que vi a Gonzalo, me dijo “¡Encontraron a mi hermano! Está en Texas pero le amputaron una pierna porque los secuestradores le dispararo, y tiene SIDA”. Nunca sabré si el medio hermano de Gonzalo estaba vivo o muerto; o si había sido asesinado frente a él, quien también se presentaba bajo el nombre de Olvin; o si los secuestradores le habían disparado cuando escapó. Nunca cuestioné a Gonzalo sobre la veracidad de su historia porque podía sentir la amenazante violencia de la que él escapaba, la sentí tan profundamente que yo misma empecé a tener miedo sin saber bien por qué.

“Si tú me dices: Padre, te van a hablar y cambiar de trabajo, yo diría, sí, porque como humano también tengo que buscar mi salud”, explicó el Padre Javier, “lo que sí puedo compartirte es que algo que me provoca crisis ahora es que he estado muy enfermo. Ya tengo como cuatro años muy grave, caigo, recaigo, traigo problemas ahorita de la sangre. Sí, traigo problemas del corazón, de la presión”.

En mi último día en el albergue me senté en su oficina, frente a él, estudié su cara bajo la profunda semisombra de la luz de la tarde, “El cardiólogo me dijo ‘ya vaya pensando en bajarle al ritmo en muchas cosas porque ya va afectando muchas cosas’”, me comentó. El problema era que ningún otro cura en Juárez quería trabajar en el albergue de migrantes, así que el obispo le pidió que se quedara, “El obispo me dijo, ‘Seamos realistas, tú tienes que quedarte porque yo veo el plan de Dios allí’”, me explicó el padre. En su plática me confesó que creía firmemente que Dios le mostraría algo de piedad gracias a su trabajo en el albergue. Sin dejar de lucir agotado me preguntó: “Dígame esto ¿Cuándo la migración es mala? ¿Cuándo va a ser malo querer buscar una mejor vida, una mejor familia, un mejor trabajo? ¿Cuándo va a ser malo querer huir de la muerte o de que te quieran matar a ti y a tus hijos, o querer evitar que tu gobierno te aplaste?”

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Alice Driver es una periodista y traductora freelance con sede en la Ciudad de México. Ella es la autora de More or Less Dead, y ella es un 2017 Foreign Policy Interrupted Fellow. Su trabajo ha aparecido o está por venir en The New York Times, Outside Magazine, The Atlantic, Oxford American, Lenny Letter, The Guardian y Pacific Standard.

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Editor: Mike Dang
Fotógrafo: Itzel Aguilera
Comprobador de hechos: Matt Giles; Traductora: María Ítaka

 

 

Fuente: https://wordpress.com/read/blogs/70135762/posts/77900

 

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