La pereza del paralítico

La pereza del paralítico

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Homilía del Papa Francisco en Santa Marta, 28/03/2017

El Evangelio de hoy (Jn 5,1-16) nos ha narrado la curación del paralítico. Un hombre enfermo desde hace 38 años, yacía al borde de una piscina en Jerusalén, llamada en hebreo Betesda, con cinco pórticos, bajo los cuales había un gran número de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Se decía que, cuando bajaba un ángel y agitaba las aguas, los primeros que se sumergían quedaban curados. Jesús, viendo a este hombre, le dice: ¿Quieres curarte? Es bonito, Jesús siempre nos dice eso: ¿Quieres curarte? ¿Quieres ser feliz? ¿Quieres mejorar tu vida? ¿Quieres estar lleno del Espíritu Santo? ¿Quieres curarte?, ¡qué palabras de Jesús! Todos los demás que estaban allí, enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, habrían dicho: ¡Sí, Señor, sí! Pero este es un hombre extraño, y le responde a Jesús: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado. La respuesta es una queja: Pero mira, Señor, qué fea, qué injusta ha sido la vida conmigo. Todos los demás pueden andar y curarse, pero yo llevo hace 38 años intentándolo, pero…

Este hombre era como el árbol plantado a lo largo del torrente, del que habla la primera Lectura (Ez 47,1-9.12), pero tenía las raíces secas y esas raíces no llegaban al agua, no podía tomar la salud del agua. Esto se comprende por su actitud, por sus quejas y siempre intentando echar la culpa a otro: ‘Son los demás los que llegan antes que yo, yo soy un pobrecillo aquí desde hace 38 años…’. Esto es un pecado feo, el pecado de la pereza. Este hombre estaba enfermo no tanto por la parálisis sino por la pereza, que es peor que tener el corazón tibio, peor aún. Es vivir porque vivo pero sin tener ganas de ir adelante, sin ganas de hacer algo en la vida, habiendo perdido la memoria de la alegría. Este hombre ni siquiera de nombre conocía la alegría, la había perdido. Ese es el pecado. Es una enfermedad fea: ‘Pues yo estoy cómodo así, me he acostumbrado… La vida ha sido injusta conmigo…’. Se ve el resentimiento, la amargura de ese corazón.

Jesús no le regaña, sino que le dice: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. El paralítico se cura, pero como era sábado, los doctores de la Ley le dicen que no le es lícito llevar la camilla y le preguntan quién le había curado en ese día: ‘Va contra la ley, no es de Dios ese hombre’. El paralítico ni siquiera le había dado las gracias a Jesús, no le había preguntado ni su nombre. Se levantó con aquella pereza que hace vivir porque el oxígeno es gratis, hace vivir siempre mirando a los demás que son más felices que yo, y se está en la tristeza, se olvida la alegría. La pereza es un pecado que paraliza, nos vuelve paralíticos. No nos deja caminar. También hoy el Señor nos mira a cada uno, todos tenemos pecados, todos somos pecadores, pero mirando ese pecado nos dice: Levántate. Hoy el Señor nos dice a cada uno: ‘Levántate, toma tu vida como sea, bonita, fea, como sea, tómala y ve adelante. No tengas miedo, ve adelante con tu camilla’ – ‘Pero Señor, no es el último modelo…’. ¡Pues sigue adelante! ¡Con esa camilla fea, quizá, pero ve adelante! Es tu vida, es tu alegría. ¿Quieres curarte?, es la primera pregunta que hoy nos hace el Señor. ‘Sí, Señor’ – ‘Pues, levántate’. Y en la antífona de entrada estaba ese comienzo tan bonito: Sedientos, acudid por agua -dice el Señor-, venid los que no tenéis dinero y bebed con alegría. Y si decimos al Señor: ‘Sí, quiero curarme. Sí, Señor, ayúdame que quiero levantarme’, sabremos cómo es la alegría de la salvación.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97274/la-pereza-del-paralitico

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El misterio del perdón

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta, 21/03/2017

Todas las lecturas de hoy nos hablan del perdón. Y el perdón es un misterio difícil de entender. Con la Palabra de hoy, la Iglesia nos hace entrar en ese misterio del perdón, que es la gran obra de misericordia de Dios.

Y el primer paso es la vergüenza de nuestros pecados, una gracia que no podemos obtener solos. Es capaz de sentirla el pueblo de Dios triste y humillado por sus culpas, como narra en la primera Lectura el profeta Daniel (3,25.34-43); mientras que el protagonista del Evangelio de hoy (Mt 18,21-35) no logra hacerlo. Se trata del siervo a quien el dueño le perdona todo a pesar de sus grandes deudas, pero que a su vez luego es incapaz de perdonar a sus deudores. No ha comprendido el misterio del perdón. Si yo os pregunto: ¿Todos vosotros sois pecadores? –Sí, padre, todos. ¿Y qué hacéis para obtener el perdón de los pecados? –Nos confesamos. ¿Y cómo vas a confesarte? –Pues voy, digo mis pecados, el cura me perdona, me pone tres Avemarías de penitencia y me voy en paz. ¡Pues no lo has entendido! Tú solo has ido al confesionario como el que va a realizar una operación bancaria, a hacer una gestión administrativa. No has ido allí avergonzado por lo que has hecho. Has visto unas manchas en tu conciencia, pero te has equivocado porque has creído que el confesionario es una tintorería para quitar las manchas. Has sido incapaz de avergonzarte de tus pecados.

Vergüenza pues, pero también conciencia del perdón. El perdón recibido de Dios, la maravilla que ha hecho en tu corazón, debe poder entrar en la conciencia; de lo contario, sales, te encuentras a un amigo o una amiga, y empiezas a criticar a otro, y sigues pecando. Solo puedo perdonar si me siento perdonado. Si no tienes conciencia de ser perdonado, nunca podrás perdonar, nunca. Siempre tenemos la tentación de querer pedir cuentas a los demás. Pero el perdón es total. Y solo se puede hacer cuando siento mi pecado, me arrepiento, me da vergüenza y pido perdón a Dios y me siento perdonado por el Padre, y así puedo perdonar. Si no, no se puede perdonar, somos incapaces. Por eso, el perdón es un misterio.

El siervo, protagonista del Evangelio, tiene la sensación de “haberlo logrado”, de haber sido astuto; en cambio, no ha entendido la generosidad del dueño. Y cuántas veces, saliendo del confesionario sentimos eso, sentimos que “lo hemos conseguido”. Eso no es recibir el perdón, sino la hipocresía de robar un perdón, un falso perdón. Pidamos hoy al Señor la gracia de comprender ese “setenta veces siete”. Pidamos la gracia de la vergüenza ante Dios. ¡Es una gran gracia! Avergonzarse de los propios pecados y así recibir el perdón y la gracia de la generosidad de darlo a los demás, porque si el Señor me ha perdonado tanto, ¿quién soy yo para no perdonar?

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97272/el-misterio-del-perdon

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Cuando el pecado se transforma en corrupción

Cuando el pecado se transforma en corrupción

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Oh, Dios, ponme a prueba y conoce mis sentimientos; mira si mi camino se desvía y guíame por el camino eterno. Estas palabras de la antífona nos animan a vigilar nuestro camino. Y el Salmo dice que el hombre que confía en el hombre o pone su esperanza en la carne, es decir, en las cosas que uno puede controlar, en la vanidad, en el orgullo, en las riquezas, se acaba alejando del Señor. Tenemos esta alternativa: la fecundidad del hombre que confía en el Señor, o la esterilidad del hombre que confía en sí mismo, en el poder, en las riquezas. Este camino es peligroso, resbaladizo, pues solo me fío de mi corazón, y mi corazón es traicionero.

Cuando una persona vive en un ambiente cerrado respira el aire propio de sus bienes, de su satisfacción, de la vanidad, de sentirse seguro. Solo se fía de sí mismo, y pierde la orientación, pierde la brújula y no sabe dónde están los límites. Es justo lo que le sucedió al rico del que habla el Evangelio de Lucas, que se pasó la vida en fiestas y no cuidó del pobre que estaba a la puerta de su casa. Él sabía quién era aquel pobre, ¡lo sabía! Porque luego, cuando habla con Abraham, le dice: Pues envíame a Lázaro. ¡Sabía hasta cómo se llamaba! Pero no le importaba. ¿Era un hombre pecador? Sí. Pero del pecado se puede dar marcha atrás: se pide perdón, y el Señor perdona. Pero a este, su corazón le llevó por un camino mortal, hasta tal punto que ya no pudo volver atrás. Hay un punto, hay un momento, hay un límite del que difícilmente se vuelve atrás: es cuando el pecado se transforma en corrupción. Y este no era un pecador: ¡era un corrupto! Porque conocía las miserias, pero él era tan feliz que no le importaba nada. Parafraseando el Salmo 1, podríamos decir: Maldito el hombre que confía en sí mismo, que confía en su corazón. No hay nada más traicionero que el corazón, y difícilmente se cura. Cuando caes en ese camino enfermizo, difícilmente te curas.

¿Qué sentimos en el corazón cuando vamos por la calle y vemos a los sin techo, o a unos niños solos pidiendo limosna? No, esos son de esa etnia que roban. ¿Sigo adelante, paso de largo? Sin techo, pobres, abandonados, también esos sin techo bien vestidos, que no tienen dinero para pagar el alquiler porque no tienen trabajo. ¿Qué siento yo? ¿Forman parte del panorama, del paisaje de una ciudad, como una estatua, como la parada del autobús o la oficina de Correos? ¿También los sin techo forman parte de la ciudad? ¿Eso es normal? Estad atentos. Estemos atentos. Cuando esas cosas suenan normales en nuestro corazón –bueno, la vida es así. Yo como y bebo, pero para quitarme un poco el sentido de culpa daré una limosna y seguiré adelante– el camino no va bien. ¿Qué siento cuando veo en el telediario que ha caído una bomba en un hospital y han muerto tantos niños? ¿‘Pobre gente’? ¿Digo una oración y luego sigo como si nada? ¿Eso entra en mi corazón o soy como este rico a quien el drama de Lázaro –del que tenían más piedad los perros– nunca entró en su corazón? Si fuese así, estaría en el camino del pecado a la corrupción. Por eso, pidamos al Señor: Sondea, oh Dios, mi corazón. Ve si mi camino está equivocado, si estoy en la senda resbaladiza del pecado a la corrupción, de la que no se puede volver atrás. Habitualmente, el pecador, si se arrepiente, vuelve atrás; el corrupto, difícilmente, porque está encerrado en sí mismo. Sondea, Señor, mi corazón: que sea esta la oración de hoy. Y hazme saber en qué camino estoy, por qué senda estoy yendo.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97270/cuando-el-pecado-se-transforma-en-corrupcion

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Acción Católica: Formación para servir mejor

Acción Católica: Formación para servir mejor

Escrito por: ACGdeMadrid – miércoles, julio 01, 2015

 

 

 

INTRODUCCIÓN

Una de las características del mundo moderno en el que vivimos es la competitividad que existe. A los trabajadores se les exige un gran esfuerzo personal en sus trabajos y una gran especialización. Los campos del saber se han seccionado enormemente y cada cual tiene una grave responsabilidad en un determinadísimo aspecto de su trabajo.

Esta situación hace que el trabajador que quiera estar al día, tenga que dedicar muchas horas a la semana al estudio y a la lectura de sus especialidades. Se convocan cursos, masters, simposios… para aquellos que no se conforman con lo estudiado en sus carreras o en sus centros de estudios. Todos tienen una gran conciencia de que tienen que exigirse y que no pueden abandonar el esfuerzo personal si se toman en serio su trabajo.

Las empresas, por su parte, se especializan más cada día. Cada una hace una cosa bien concreta, bien determinada. Ahora bien, se consigue saber y trabajar con verdadera precisión. Todo esto unido a la economía del mercado que exige, en principio, precios más baratos, sin perjudicar la calidad del producto o del servicio.

En nuestro compromiso apostólico, en nuestro servicio a la Iglesia, en nuestra preocupación por dar un verdadero testimonio de fe en el mundo, también se nos exige seriedad en lo que decimos. Ese trabajar por el Reino de Dios, del que venimos hablando en los retiros mensuales desde que comenzamos este curso, nos obliga a estar también al día. No basta con un conocimiento somero y superficial de la doctrina cristiana. Los hombres y las mujeres con las que vivimos nos retan a dar razón de nuestra fe profundamente. No basta ya aquello que antaño se llamaba “la fe del carbonero”.

Tenemos que estar preparados ante los retos de este nuevo milenio. Como el Santo Padre nos escribía en la Novo Millennio Ineunte: “para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos dedicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia”. Sobre todo y muy claramente, sabiendo razonar la doctrina cristiana defendiendo los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano.

Es por todo esto que en el retiro de este mes vamos a intentar profundizar en la necesidad de recibir una seria y profunda formación cristiana. Intentando que esta necesidad se convierta en un convencimiento que nos mueva a buscar y a pedir medios para crecer en la formación que debemos tener como seglares del siglo XXI.

EXPOSICIÓN DOCTRINAL

1.    LA FORMACIÓN COMO UN COMPROMISO.

 

Santo Tomás de Aquino distinguía entre ‘studiositas’ y ‘curiositas’. La primera es un verdadero y sincero deseo de saber, motivado por el servicio que se presta a los demás y con el que buscamos que Dios sea verdaderamente conocido y por ello amado. La curiositas, por el contrario, es el mero interés de estar enterado de las cosas, bien siendo éstas vanas, bien teniendo como único fin la propia vanidad.

Juan Pablo II recordaba la importancia de la formación a los jóvenes de Roma: “Hoy quien ocupa un puesto debe tener la competencia necesaria; es necesario prepararse. El general Wellington, el que venció a Napoleón, quiso volver a Inglaterra a ver la escuela militar donde se había preparado, y dijo a loa alumnos y oficiales: “Mirad, aquí se ha ganado la batalla de Watterloo” Así os digo yo a vosotros, queridos jóvenes. Tendréis batallas en la vida dentro de 30, 40, 50 años; pero si queréis vencerlas es preciso que comencéis ahora, perparándoos, siendo asiduos al estudio y a la clase” (Ángelus, 17-IX-78).

Para quien conoce al Señor, profundizar en su conocimiento deja de ser un mero entretenimiento o una actividad accidental, para convertirse en una verdadera necesidad. La formación es un compromiso que adquiere el hombre y la mujer que desean conocerle en profundidad, que le aman con sinceridad y que pretenden darle a conocer a los demás.

 

Así lo considera Juan Pablo II (Alocución 30-XII-1978). Quien de verdad quiere seguir al Señor entiende que el mayor conocimiento que tenga de Él le ayudará a amarle más y mejor. La formación se convierte en un medio de santidad. En la medida que conozcamos a Cristo y las exigencias de su amor, mejor podremos vivir nuestra vocación cristiana y nuestra vocación apostólica. La formación no es una mera curiosidad por cosas más o menos importantes, si se hace con rectitud de intención y con seriedad. Por que la formación es exigente.

De hecho la ignorancia es un verdadero instrumento de confusión y de daño para la madurez cristiana y humana. “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles…” (Hch 2,42). Al igual que los primeros cristianos, progresamos en nuestra formación profundizando en la persona de Cristo y en su misterio de salvación, conociéndole mejor cada día para amarle verdaderamente” (ACG, Regla de vida, 37).

El empeño personal por recibir una buena formación será ocasión en muchos momentos de poder ofrecer un sacrificio al Señor. Porque no podemos ocultar que nos costará, nos hará renunciar a otras cosas buenas incluso necesarias, a veces nos parecerá una pérdida de tiempo y dinero. Pero hemos de perseverar. Para ello es bueno tener una pequeña biblioteca personal, y otra a la que podamos acudir con facilidad para retirar libros.

2.    FORMACIÓN PARA ALCANZAR LA UNIDAD DE VIDA.

 

“Así nos lo recuerda el libro “Permaneced en mi amor. Una regla de vida para los jóvenes de Acción Católica General de Madrid” publicado por el consejo Diocesano el año 1996, en su número 35:

“Para alcanzar la unidad de vida manifestada en estas actitudes necesitamos una formación integral (espiritual, doctrinal, humana…) que englobe todos los aspectos de nuestra vida”.

La unidad de vida es fundamental en la vida del cristiano. Hay que hacer posible que lo que creemos se visualice en nuestra vida personal, se traduzca en obras concretas. La lucha por la santidad consiste claramente en esta intención: que nuestro hacer se identifique con nuestro ser. Si lo que ha enseñado la filosofía más realista es cierto (operari secuitur esse), a nuestra condición de hijos de Dios debe seguir un comportamiento conforme a esta dignidad.

La formación doctrinal facilita esta integración entre la fe y la vida. Por supuesto luego está la libertad del hombre y nuestra condición de pecadores, pero en la medida que crezcamos en el conocimiento de la verdad más fácil nos será vivir conforme a ella.

Por otro lado, ese mayor conocimiento va acompañado, normalmente, por un mayor convencimiento de la bondad que esa verdad reporta a nuestras vidas. En otras palabras, estaremos más convencidos de que vivir conforme a nuestra fe no es simplemente un reto, sino, y sobre todo, una necesidad que nace de nuestro deseo de vivir en plenitud.

Para poder discernir a lo largo de nuestra vida cómo debemos actuar, qué opciones debemos tomar… es necesario, que nuestro entendimiento tenga todos los datos necesarios para poder valorarlos convenientemente. El discernimiento será posible sólo si adquirimos el debido criterio para poder juzgar, y ese criterio se adquiere por la formación doctrinal, además de por la necesaria oración que le debe acompañar siempre.

La ignorancia a veces puede disculparnos de un error o falta que podamos cometer. Pero en muchas ocasiones no son justificables nuestras incongruencias, porque lo que realmente ha existido es una verdadera dejadez a la hora de formarnos y de buscar medios para tener los conocimientos que nos ayuden a vivir conforme a nuestra condición de cristianos.

En la Acción Católica se nos enseña, además, que la formación “ha de ser entendida no como una simple adquisición de saberes, sino como el logro progresivo de un modo de ser, de pensar, de sentir, de actuar y de vivir personal y comunitario, profundamente cristiano” (La Acción Católica Española, Hoy).

3.    FORMACIÓN PARA EL APOSTOLADO.

 

“En un momento en que el apostolado resulta cada vez más difícil, se necesitan convicciones profundas y firmes. Y las convicciones no se pueden improvisar, sino que exigen una adecuada preparación” (Juan Pablo II, Discurso a la acción Católica Italiana, 11-I-87).

La formación no es un fin en sí misma. La formación personal ha de ser utilizada para el provecho personal y para el servicio a los demás. Tampoco la formación doctrinal puede buscarse por sí misma. El conocimiento de Dios y de su doctrina tiene como fin nuestra santificación, esto es, nuestra identificación con la voluntad de Dios y, por supuesto, el servicio a los hermanos.

Nuestra preparación intelectual nos ayuda a entrar en diálogo con la cultura contemporánea. Nos hace posible tratar con el resto de los conciudadanos sin complejos ni vergüenzas. La formación nos posibilita la influencia en nuestros ambientes, especialmente aquellos que están aparentemente más lejos de la fe y de la Iglesia.

Pero en un plano inferior, más de nuestra vida ordinaria, la formación nos da la oportunidad de dar testimonio de nuestra fe entre los nuestros. Los miembros de nuestras familias, los compañeros de trabajo, nuestros amigos y conocidos, las personas con las que nos encontramos todos los días tienen necesidad de la Verdad. Con la humildad de quien se sabe portador de un tesoro en una vasija de barro, y de un tesoro que no es suyo, sino que ha recibido gratuitamente y sin ninguna razón que lo justifique, tenemos la posibilidad de ofrecer a los demás esa verdad, que es Cristo Jesús.

“La educación de militantes cristianos es fundamental para la tarea evangelizadora de la Iglesia, a cuyo servicio está la Acción Católica. Formación de hombres y mujeres cristianos para impregnar todas las realidades del espíritu del Evangelio. Por eso, la formación busca despertar la vocación a la evangelización, lo cual exige ser cristianos maduros, que la fe cristiana sea una realidad vivida, porque se evangeliza a partir del testimonio y se testimonia a partir de lo que se vive. Por eso, la formación impulsa, motiva y renueva constantemente la máxima coherencia entre la fe y la vida” (Federación de Mvtos., La formación en la Acción Católica Española, 1.3).

Aunque Dios se puede valer de cualquier persona o situación para llevar el Evangelio, la formación se hace indispensable ante la llamada del Papa a ser luz y sal. “Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su ‘reflejo’. Es el mysterium lunae tan querido por la contemplación de los Padres, los cuales indicaron con esta imagen que la Iglesia dependía de Cristo, Sol del cual ella refleja la luz. Era un modo de expresar lo que Cristo mismo dice, al presentarse como ‘luz del mundo’ (Jn 8, 12) y al pedir a la vez a sus discípulos que fueran ‘la luz del mundo’ (cf. Mt 5, 14)” (NMI 54)..

4.    ASIENTO DE LA SABIDURÍA.

 

La devoción popular nos muestra muchas veces a María sentada con el niño Jesús en sus brazos, como queriendo entregárselo a quienes la observan. En ocasiones se le ha dado el título de “Asiento de la Sabiduría”, pues en ella se sienta nuestro Señor, Sabiduría eterna del Padre.

El mayor conocimientos de Dios viene de la contemplación y de la meditación de los misterios de Dios. María convirtió su vida en una continua contemplación del rostro de Dios y los misterios los guardaba en su corazón. Pidamos a nuestra Madre que nos ayude a buscar seriamente a Cristo, a dejarnos ayudar en nuestra formación y a llenarnos de esa sabiduría divina que la Iglesia nos enseña.

EXAMEN

  • ¿Busco tiempo para formarme bien? ¿Me excuso con facilidad a la hora de asumir un compromiso serio en la formación?
  • ¿Tengo deseos sinceros de conocer al Señor cada día más y mejor? ¿Me doy cuenta que sólo teniendo una formación profunda podré vivir conforme a las exigencias del amor de Dios?
  • ¿Pido consejo a la hora de leer? ¿Procuro dedicar todos los días un rato a la lectura? ¿Voy haciéndome con una biblioteca básica que me ayude a repasar lo que es fundamental?
  • ¿Tengo, al menos, el Catecismo de la Iglesia Católica y los Evangelios? ¿Los leo? ¿Los utilizo en mi oración? ¿Acudo a ellos cuando hay una cuestión a la que no sé responder?
  • ¿Defiendo con valentía las enseñanzas de la Iglesia? ¿Estoy enterado de lo que la Iglesia enseña en esas materias que se discuten tanto en la calle y en los medios de comunicación?
  • ¿Recomiendo libros a mis amigos, familiares y conocidos? ¿Entro en diálogo con ellos, intentado hacerles ver la luz y la verdad? ¿Me acomplejo ante quienes no comparten nuestra fe, me siento incómodo cuando me preguntan cosas sobre la fe o la moral?
  • ¿Invoco a María? ¿Encomiendo a mis amigos ante ella? ¿La tengo presente en mi vida cotidiana?

 

TEXTO

La formación de sus miembros ha sido siempre una característica de la Acción Católica. Hasta el punto que Pablo VI decía: “Otro principio constitutivo de la Acción Católica es la formación de sus miembros. No tema, pues, la Acción Católica exagerar en este punto, porque ésta es su ley, ésta es su fuerza”.

Juan Pablo II lo llama “compromiso”. “El modo de realizar el fin general de la Iglesia exige igualmente una formación para vivir la comunión, la comunidad eclesial y, en concreto, en el marco de pertenencia a la Iglesia particular. El viejo empeño formativo de la Acción Católica se inserta con fuerza en el compromiso de formar para lo asociativo y comunitario”.

Por su parte los Obispos españoles afirman que “la formación de los laicos es una prioridad de máxima urgencia para toda la Iglesia”. Recuerdan las orientaciones de la Exhortación Apostólica Christifideles Laici y proponen unas líneas concretas de acción.

Nuestros Movimientos, como ocurre en todas las asociaciones de fieles “alcanzarán tanto mejor sus objetivos propios y servirán tanto mejor a la Iglesia, cuanto más importante sea el espacio que dediquen, en su organización interna y su método de acción a una seria formación religiosa de sus miembros. En este sentido toda asociación de fieles en la Iglesia debe ser, por definición, educadora de la fe” . “En la Acción Católica la formación tiene como eje central la vivencia y el cultivo de la identidad cristiana sin más aditamentos. Si la Acción Católica es equivalente al laicado consciente de ser Iglesia y su fin es el de ésta, la formación en la Acción Católica tendrá siempre como eje central el lograr cristianos conscientes de su responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad”.

Para que esta formación sea integral, ha de atender necesariamente, como vertientes de una única tarea, la formación doctrinal, espiritual y apostólica, constituyendo un todo armónico orientado a la acción apostólica, con la que constantemente debe ser contrastada. “La formación ha de ser entendida no como una simple adquisición de saberes, sino como el logro progresivo de un modo de ser, de pensar, de sentir, de actuar y de vivir -personal y comunitario- profundamente cristiano”.

La formación doctrinal es insustituible y debe tener como objetivo la total “certeza y claridad sobre las verdades que se deben creer y practicar… pues si estamos inseguros, inciertos, confusos, contradictorios… no se puede construir. Particularmente hoy es necesario poseer una fe ilustrada y convencida para poder ser observantes y conscientes. El fenómeno de la ‘culturización’ de masas exige una fe profunda, clara, segura. Por este motivo os exhorto a seguir con fidelidad la enseñanza del Magisterio. Hoy más que nunca son necesarios una gran prudencia y un gran equilibrio, porque como ya describía San Pablo a Timoteo (2 Tim 2-3) sentimos la tentación de no aguantar más la seria doctrina y de seguir en cambio ‘fábulas doctas’”.

Consejo Diocesano de Acción Católica General de Madrid, Ideario, 27-28.

 

Fuente: http://accioncatolicageneral.blogspot.mx/2015/07/accion-catolica-formacion-para-servir.html

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Pronunciamiento de los ciudadanos laicos católicos reunidos en el “X Encuentro Nacional de Dimensiones y Consejos Diocesanos de Laicos”

Pronunciamiento de los ciudadanos laicos católicos reunidos en el “X Encuentro Nacional de Dimensiones y Consejos Diocesanos de Laicos”, en Culiacan Sinaloa

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Lun 13 Mar, 2017Pronunciamiento de los ciudadanos laicos católicos reunidos en el “X Encuentro Nacional de Dimensiones y Consejos Diocesanos de Laicos”, en Culiacan Sinaloa

Ante la propuesta de modificaciones a la Ley General de Acceso de Las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en sus artículos 46, 49 y 50 y que pretende implementar los contenidos de la NOM 046/SSA2-2005, los laicos aquí reunidos, provenientes de todo el país, manifestamos lo siguiente:

Estamos a favor de que las mujeres no padezcan por cualquier tipo de violencia bajo ninguna circunstancia, y reconocemos que aún hay mucho por hacer al respecto, sin embargo, señalamos que los contenidos de la NOM 046, atentan contra el derecho humano básico y fundamental de la vida, así como contra el marco jurídico nacional vigente, en razón de que:

  • Tergiversa la conducta definida como delito de aborto, para denominarlo INTERRUPCION VOLUNTARIA DEL EMBARAZO (IVE), y con ello desconocer la práctica de la privación de la vida a un humano en proceso de gestación.
  • Permite la realización de la práctica del aborto bajo la denominación de IVE por menores de edad (desde los 12 años), sin el consentimiento de sus padres o tutores, desconociendo el marco jurídico en materia familiar.
  • Traslada la posibilidad de que el personal de salud de las instituciones hospitalarias asuman incontrovertiblemente la responsabilidad de practicar del aborto, bajo la forma de IVE, mediante una simple manifestación de la mujer/niña de haber sido víctima de una violación, sin realizar valoraciones de tipo psicológicas u otras.
  • Al establecer la figura de IVE, trastoca e invade la esfera de las legislaciones penales de las entidades federativas que regulan el delito de aborto, y establecen sus definiciones y sanciones generando contradicción o antinomia de leyes, impidiendo, además, que las autoridades investigadoras de delitos cumplan su deber.
  • Propicia el incremento de la muerte materna mediante la agresión a la mujer/niña víctima real de violación, y también la del ser humano producto de la misma, pues hace invisible la agresión, fomenta su probable repetición, deja en indefensión absoluta al niño que se encuentra en el vientre de la madre y genera impunidad al dejar sin castigo al violador.

Por lo anterior, EXIGIMOS CON FIRMEZA a todos y cada uno de los Diputados y Senadores al Congreso de la Unión, como mandatarios de sus ciudadanos:

  • Que el Dictamen se devuelva a Comisiones para que los puntos antes mencionados puedan ser analizados con el detenimiento que merece el caso.
  • En el supuesto de que el próximo martes 14 marzo sea llevada al Pleno para votación, sin el debido estudio de las consecuencias arriba expuestas, entonces pedimos sea rechazada de manera categórica la iniciativa de reformas a la Ley General de Acceso de Las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en los términos actuales.
  • Se convoque a Foros Nacionales plurales de estudio y consulta, en el que se tenga una amplia participación de las organizaciones sociales, universidades y entidades académicas, profesionales de la salud, representantes de Iglesias de todas las confesiones existentes en el país, y de todos los ciudadanos interesados, y que de los frutos de los mismos se tomen las iniciativas legislativas correspondientes.

Expresamos lo anterior en ejercicio pleno de nuestros derechos fundamentales de libertad de pensamiento, conciencia, religión y expresión, así como de convicciones éticas que rigen nuestras conciencias, buscando contribuir al bien común de la nación, en defensa de las mujeres y las familias de México.

CONSEJO NACIONAL DE LAICOS DE MEXICO.

Jorge C. Estrada Avilés
Presidente Mesa Directiva 2016-2019

Fuente: http://www.juntospormexico.org.mx/prensa/item/609-pronunciamiento-de-los-ciudadanos-laicos-catolicos-reunidos-en-el-x-encuentro-nacional-de-dimensiones-y-consejos-diocesanos-de-laicos-en-culiacan-sinaloa

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Acción Católica: Un ministerio de la comunidad

Acción Católica: Un ministerio de la comunidad

INTRODUCCIÓN

El camino de la humanidad va poco a poco forjándose a través de la unión de las personas. Cada vez se habla más de globalización, de universalización de la economía.

La emigración y la correspondiente integración de las personas, de culturas a veces tan diferentes, es también un hecho irrefutable. Dicen las estadísticas que el 20% de los niños nacidos en nuestra comunidad autónoma estos últimos cuatro años son hijos de emigrantes. Es un dato, no una opinión, y como tal ha de tomarse. Esto exige por parte de todos una revisión seria de nuestras actitudes.

Hay una clara tendencia en lo político, económico, social y cultural a la integración y a la unidad, con el respeto debido a la diversidad pero sin consentir quedarnos en ella. Cada uno, cada una, con nuestras propias condiciones culturales y sociales tenemos que admitir la pluralidad dentro de la unidad, y reconocemos que esas diferencias que de hecho existen entre todos no sólo no nos separan o dividen, sino que nos enriquecen y nos ayudan a ser más personas.

Las dificultades vienen cuando la defensa de los propios derechos o de las características de un determinado grupo se hace a costa de los del resto, o incluso en contra de los derechos o características de los demás. Así surgen los problemas, los malos entendidos y los abusos.

En la Iglesia, por la gracia de Dios, hay multitud de grupos, de ‘espiritualidades’, de formas concretas de vivir la fe. Todas tienen unos principios inviolables que se respetan, pero, como dijo Mons. Suquía en el Sínodo de Obispos sobre la vocación y formación de los laicos, la unidad no significa uniformidad. Dentro de la unidad de la Iglesia caben realidades muy diversas, que unidas forman un mosaico maravilloso y rico, en el que caben todos los hombres y mujeres, cada cual con sus características.

En esa riqueza crece y se desarrolla la labor de la Acción Católica. Sus militantes no sólo no se encuentran incómodos ante la diversidad, sino que agradecen a Dios la multitud de vocaciones que el Espíritu ha sembrado en la Iglesia, y descubre un campo de trabajo fundamental que le es propio: ser vínculo de unidad entre todos los que forman parte de la Iglesia aunque con carismas y dones diversos. La Acción Católica es, en ese ambiente, fermento al servicio de todos los miembros y grupos..

EXPOSICIÓN DOCTRINAL

1. RESPETO A LA DIVERSIDAD.

La riqueza de la Iglesia se manifiesta, también, en la pluralidad de carismas y vocaciones que se dan entre los cristianos. No se puede negar la proliferación de asociaciones, movimientos, espiritualidades y congregaciones que han surgido a lo largo de los siglos, y muy en concreto desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días.

Hay quienes no aceptan, o entienden tanta variedad. Puede ser que nosotros, si fuéramos los encargados de la repartición de dones entre los hombres, lo hubiéramos hecho de otro modo. Pero… tendremos que aceptar nuestro papel de meros observadores en esta materia, y descubrir que Dios se manifiesta a través de todos estos carismas con una fuerza y una riqueza difícil de calcular.

Es verdad que a veces parece que la división es grave, y que debilita la capacidad de trabajo y de eficacia de los apostolados de la Iglesia. Sin embargo, gracias a esta diversidad cada hombre, cada mujer, y cada uno con sus características personales propias, encuentran su lugar en la Iglesia. La inculturación de la que habla tanto Juan Pablo II no se refiere en este contexto tan sólo a la evangelización de culturas distintas, se puede incluso concretar a formas concretas de expresión de nuestros sentimientos religiosos.

Con el pretexto de la unidad hay quien se resiste a admitir la diversidad, como si ésta destruyera lo genuino del seguimiento a Jesucristo. Estas actitudes a veces provocan verdaderas intolerancias a la pluralidad y a la diversidad, que por otro lado ha aprobado y bendecido la Iglesia a través de sus pastores, y sobre todo por medio del Pastor Supremo de la Iglesia, que da esa unidad en la caridad, que es el Papa. Y el que pretendía aunar las formas y los criterios, lo que hace es convertirse en motivo de discordia, de división, y crea, sin quererlo un nuevo grupo: el de sus seguidores, el de quienes no quieren otros grupos que el de quienes no quieren otros grupos, y sirva la redundancia.

No es este el criterio mayoritario, gracias a Dios. Todos nosotros entendemos que la diversidad es un don. Siempre y cuando se respeten los carismas y dones de los demás, y no se pretenda imponer el propio como si del único se tratara. De hecho a todos nos vendría muy bien contemplar al resto de los movimientos, asociaciones y grupos para aprender lo que en ellos hay sin duda de bueno. Es verdad que cada uno se sentirá más identificado de un modo especial con las formas concretas de uno de ellos, o con el de varios… pero ahí radica la grandeza de la invitación de Cristo a seguirle.

Todos tenemos lo fundamental en común, que es la fe en Cristo Jesús, el amor a la Iglesia, el deseo de ser santos, el espíritu de servicio hacia los demás… y entre todos, remando en la misma dirección dentro de esta barca que es la Iglesia, hacemos que las obras de Dios vallan brillando a los ojos de los hombres.

Respetar en este caso es algo más que meramente consentir. Respetar significa amar, valorar. Es alegrarnos con los éxitos de los demás, que por ser como yo hijos de Dios, son también nuestros. Es entristecernos y hacer nuestras las dificultades por las que pasan determinadas personas o grupos por su condición de militantes cristianos. Es aprender de los demás, es comprender las limitaciones que puedan tener. Es rezar por todos, conscientes de que todos formamos parte de la misma Iglesia, la de Cristo.

Y esto lo hacemos no por la valía de las personas que nos encontramos, sino por nuestro amor a la Iglesia, por nuestra fidelidad a la vocación cristiana que todos hemos recibido, por convencimiento de que en esa pluralidad se manifiesta también el rostro de Cristo.

2. INTEGRADORES DE LA COMUNIDAD.

Los militantes de Acción Católica no se constituyen en comunidad dentro de la diócesis ni de la Parroquia. La Acción Católica, como asociación, es un grupo diversificado al servicio de la Comunidad (cf. Ideario, 21).

Junto con los otros grupos tanto de apostolado como de oración o de caridad, y junto a los sacerdotes y al obispo si del ámbito diocesano se trata, los miembros de Acción Católica forman una única comunidad, para la construcción del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Esa diversidad que enriquece el rostro de la Iglesia no se contrapone a la debida unidad que da formar parte de la misma comunidad. Más aún nos hace reconocer la responsabilidad grave que cada uno de nosotros tenemos de servir a la unidad, siendo cada uno de nosotros lo que Dios ha querido que seamos, viviendo en plenitud nuestra vocación y, por encima de todo la caridad, que es vínculo de unidad.

Si esto es aplicable a todos y a cada uno de los movimientos apostólicos de la Iglesia, lo es de un modo específico de la Acción Católica. La razón es que la búsqueda de esa unidad está en la misma raíz de su vocación: “Hoy, en muchas parroquias de nuestra Archidiócesis, los militantes de Acción Católica están promoviendo, con verdadero espíritu de entrega y de amor a la Iglesia, la comunión de los diferentes agentes de pastoral” (D. Antonio Mª Rouco, Carta pastoral en el día de Pentecostés de 2001).

Los militantes de Acción Católica, por su sentido de Iglesia, buscan cauces para servir a todos, también a los que no participan de sus criterios o modos de trabajo. Quieren servir de instrumentos para que la Parroquia o la Diócesis, dependiendo del ámbito en el que estén trabajando, sea una verdadera comunidad, en la que los pastores y seglares se animen y ayuden mutuamente. Sirviendo así a la construcción de la Iglesia, se da un verdadero testimonio de entrega y se muestra con la vida lo que es la militancia en nuestro movimiento.

Por supuesto, no puede faltar la preocupación por ayudar y tener presente al resto de los miembros de nuestros Centros. La caridad vivida con quienes forman parte de nuestro grupo de revisión de vida y con el resto de los grupos, así como con los demás centros de Acción Católica, fortalece nuestro espíritu, anima nuestro apostolado, alegra nuestra entrega y testimonia nuestra vocación. Por ello es importante y no podemos abandonar la sincera atención a nuestros hermanos de asociación. Sin que esto implique nunca cerrarnos en nosotros mismos, o abandonar nuestra visión de Iglesia en el trato con los demás.

3. PARA HACER PRESENTE A CRISTO.

Cuando los militantes de Acción Católica actúan así, son capaces de contagiar al resto de los grupos y personas que pertenecen a nuestras parroquias. Más aún, así se hace creíble el Evangelio ante los que se han ido alejando de la Iglesia.

Además de que la unidad en el compromiso hará más eficaz el trabajo apostólico, esa unidad, ese entendimiento entre todos, esa vivencia de la comunión dentro de la parroquia y dentro de la diócesis, facilitará que otros pierdan recelos o complejos infundados, o superados.

No se trata en absoluto de una táctica apostólica o de un compromiso para mostrar hacia fuera una imagen que no existe en realidad. Es en verdad un compromiso de amor con el Señor, a quien buscamos, a quien servimos y a quien queremos dar a conocer.

Trabajando así el rostro de Cristo se hace presente en una humanidad dividida e individualista. Los hombres de hoy no creen en muchas ocasiones que la comunión sea posible, parece una idea fuera de lógica. Y sin embargo, los cristianos creemos firmemente en ello. Sabemos perfectamente de las fragilidades personales y ajenas, pero confiamos en Dios, creemos en la gracia, nos abandonamos a su voluntad. Y sabemos que en este mundo, con la ayuda de Dios, podemos y debemos aspirar a la comunión entre las personas, entre los grupos, entre quienes compartimos una misma fe, un mismo bautismo, un mismo Padre, aunque lo hagamos por caminos diversos:

“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo” (NMI 43).

4. REINA DE LA ACCIÓN CATÓLICA.

Concluimos el retiro, como es habitual, poniéndonos en manos de María. Pablo VI la invocó como Reina de la Acción Católica. Ante ella ponemos nuestra asociación, se la encomendamos por que sabemos que no hay otras manos mejores para cuidarla.

Con ella como intercesora estamos seguros de que todos y cada uno de los militantes de Acción Católica seremos capaces de vivir la vocación cristiana y laical con todas sus consecuencias.

También somos conscientes de que ella nos exige, y nos pide más, más generosidad, más entrega, más espíritu de servicio, más alegría. Con su ayuda lo iremos consiguiendo, aunque a veces nos cueste.

EXAMEN

– ¿Busco en todas mis cosas servir a la Iglesia? ¿procuro que mi corazón no se aborrezca o juzgue otras realidades eclesiales? ¿aspiro realmente a la unidad?

– ¿Me alegro con las alegrías de los demás? ¿Me preocupo por ayudar en la medida de mis posibilidades en las dificultades de los demás? ¿Me intereso por el resto de los grupos y asociaciones que hay en la parroquia o diócesis?

– ¿Rezo y me mortifico por el resto de los apostolados? ¿Encomiendo los frutos apostólicos de los demás grupos? ¿Pongo dificultades para su implantación o para que su trabajo de frutos?

– ¿Me cuesta trabajo aceptar a los demás? ¿Sé que debo buscar vínculos de unión y de servicio mutuo entre todos los que hay a nuestro alrededor? ¿Hago presente mi carisma ante los demás, sabiendo aceptar el del resto?

– ¿Defiendo con valentía a los demás grupos o personas? ¿Intento hacer ver la bondad de la comunión fraterna? ¿Lo muestro con mis actitudes?

– ¿Evito todo tipo de comentarios que puedan hacer daño a otros? ¿Me escudo en una ‘crítica constructiva’ para decir cualquier barbaridad de otros?

– ¿Invoco a María? ¿Le pido por la unidad de todos los que creemos en Cristo su hijo? ¿Le presento las dificultades que tengo para aceptar a los demás y le pido ayuda para superarlas? ¿La invoco como madre de la Iglesia?

TEXTO

La Acción Católica General realiza esta comunión eclesial sirviendo a la Iglesia, en las diversas comunidades en las que orgánicamente se hace presente, en las que “ha de contribuir y revalorizar y renovar las instituciones comunitarias eclesiales, evitando peligrosas incitaciones centrífugas” .

Primaria y esencialmente la Acción Católica es una organización diocesana. “Se necesita que todos los Movimientos especializados y la nueva Acción Católica General estén enraizados en las iglesias particulares. Sin esta inserción no es posible seguir caminando” . Y como la misma Iglesia diocesana, para mejor realizar su servicio, se articula y organiza de diversas formas, entre las que destaca por su validez la división en Centros parroquiales . “Centrándonos en la Acción Católica General su importancia nace de la necesidad de cohesionar al laicado que surge como consecuencia de la labor de la parroquia y en la necesidad de ofrecer cauces para impulsar su presencia evangelizadora en la sociedad” . A los jóvenes de todo el mundo les decía Juan Pablo II “es justamente la Iglesia diocesana la que debéis descubrir. La Iglesia no es una realidad abstracta y desencarnada; al contrario, es una realidad muy concreta: cabalmente una Iglesia diocesana reunida en torno al Obispo. Es también la Iglesia parroquial la que debéis descubrir, su vida, sus necesidades… De esta Iglesia concreta, debéis ser sarmientos vivos y fecundos, es decir, conscientes y responsablemente partícipes de su misión…” .

La Acción Católica General no es una comunidad, sino un grupo diversificado al servicio de la propia comunidad (diocesana y parroquial). Por ser una asociación y un ministerio no puede constituirse nunca como ‘comunidad’ en la que la Iglesia se realice por el ejercicio de sus funciones esenciales.

Forma, pues, parte de su propia comunidad, junto con los otros fieles y grupos, enriquecido cada uno por su parte, con carismas diversos, procedentes de un mismo Espíritu y dados para la construcción de un único cuerpo que es la comunidad de la Iglesia.

Se integra en la comunidad: compartiendo sus objetivos y problemas; ayudando a sus fines, bajo la guía de los Pastores propios de la comunidad; y participando de su vida misionera, evangelizadora, litúrgica y caritativa . “La Acción Católica potencia el funcionamiento de las estructuras pastorales de corresponsabilidad y participación, por las que se expresa también la comunión en la Iglesia. La Acción Católica ofrece una constante disponibilidad para la colaboración responsable en los servicios de la comunidad eclesial” .

Actúa en la comunidad como ‘fermento’ al servicio de todos los miembros, los grupos y la comunidad entera para conseguir que toda ella sea evangelizadora .

Consejo Diocesano de Acción Católica General de Madrid, Ideario, 20-21.

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Invitación del Foro Internacional de AC a la Conferencia Episcopal de Portugal

Invitación del Foro Internacional de AC a la Conferencia Episcopal de Portugal

Presentación del Foro de AC al Episcopado portugués

El 21 de febrero, D. Antonio Muñoz y D. Antonio Cartagena se entrevistaron con Mons. Joaquim Mendes (Obispo Auxiliar de Lisboa).

El pasado martes, 21 de febrero, D. Antonio Muñoz (Presidente de Acción Católica General), acompañado por D. Antonio Cartagena (Director de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar)
se entrevistaron con Mons. Joaquim Mendes (Obispo Auxiliar de Lisboa y miembro de la Comisiones Episcopales de Pastoral Social, Laicos y Familia).
El objetivo de la reunión fue trasladar la invitación del Foro Internacional de Acción Católica a la Conferencia Episcopal de Portugal para la participación en el próximo Congreso sobre Acción Católica que se celebrará el 27 de abril, en el aula sinodal del Vaticano, con la presencia del Papa Francisco.

En el Congreso la Iglesia reforzará la propuesta actual de la AC como instrumento eficaz para la misión, formando laicos maduros, discípulos misioneros y corresponsables. Los objetivos del Congreso son:

  • Proponer la vitalidad de la AC hoy.
  • Mostrar que la AC se puede llevar a cabo en todas las partes del mundo.
  • Testimoniar desde la experiencia, el proceso que la AC aporta a una persona o grupo para vivir su fe en clave misionera.
  • Motivar la opción asociativa en todas las edades como estímulo a la participación y a la responsabilidad.
  • Enriquecer en el diálogo y el intercambio, la vida de la AC en cada realidad.

 

Además, también se invitó a la participación en el “Encuentro de Laicos de Parroquia” que organiza la ACG con motivo de su III Asamblea, que se celebrará en Santiago de Compostela del 3 al 6 de agosto. Es una llamada a todas aquellas personas que están trabajando en sus parroquias a encontrarse, movidos por la comunión, para convivir en un encuentro fraterno y reflexionar para encontrar respuestas conjuntas a los retos misioneros que afrontamos, con el acompañamiento de nuestros obispos y nuestros párrocos. Igualmente, se presentó el Camino de Santiago previo que se realizará del 27 de julio al 2 de agosto.

 

Fuente; http://accioncatolicageneral.es/index.php/sala-prensa/noticias/200-not-17-03-06

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