Sentido de misión (II)

El dinamismo propio del apostolado es la caridad, que es don divino: «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor» (Forja, 565). La Iglesia crece por medio de la caridad de sus fieles y, solo después, llegan la estructura y la organización, como frutos de esa caridad y para estar al servicio de ella

Con vivos trazos describe san Lucas la vida de los primeros creyentes en Jerusalén después de Pentecostés: «Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse» (Hch 2, 46-47). Con todo, pronto llegarían las contradicciones: la prisión de Juan y Pedro, el martirio de Esteban y, finalmente, la persecución abierta.

¿Qué movía a los primeros cristianos a hablar
del Señor, incluso durante la persecución?

En ese marco precisamente, narra el evangelista algo sorprendente: «los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio» (Hch 8,4). A cualquiera le llama la atención que, en momentos en que su vida estaba en serio peligro, no renunciaran a seguir anunciando la Salvación. Y no es un suceso aislado, sino que refleja un dinamismo constante. Un poco más adelante se encuentra una noticia similar: «Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos» (Hch 11,19). ¿Qué movía a aquellos primeros fieles a hablar del Señor a quienes encontraban, incluso en el mismo momento en que huían de una persecución? Les mueve la alegría que han encontrado y que les llena el corazón: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1Jn 1,3). Lo anuncian, sencillamente, «para que nuestra alegría sea completa» (1Jn 1,3). El Amor que se ha cruzado en su camino… deben compartirlo. La alegría es contagiosa. Y eso, ¿no podríamos vivirlo también los cristianos de hoy?

La vía de la amistad

Un detalle de esta escena del libro de los Hechos es muy significativa. Entre aquellos que se habían dispersado «había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús» (Hch 11,20). Los cristianos no se movían en círculos especiales, ni esperaban llegar a lugares idóneos para anunciar la Vida y la Libertad que habían recibido. Cada uno compartía su fe con naturalidad, en el ambiente que le era más cercano, con las personas que Dios ponía en su camino. Como Felipe con el etíope que volvía de Jerusalén, como el matrimonio de Aquila y Priscila con el joven Apolo (cfr. Hch 8,26-40; 18,24-26). El Amor de Dios que llenaba su corazón les llevaba a preocuparse por todas esas personas, compartiendo con ellas aquel tesoro «que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[1]. Si partimos de la cercanía con Dios, podremos dirigirnos a quienes nos son más cercanos para compartir lo que vivimos. Más aún, querremos acercarnos a más y más gente, para compartir con ellos la Vida nueva que el Señor nos da. De este modo, ahora como entonces, podrá decirse que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch, 11,21).

Una segunda idea que podemos considerar a la luz de la historia es que, más que por una acción estructural y organizada, la Iglesia crecía −y crece− por medio de la caridad de sus fieles. La estructura y la organización llegarían más tarde, precisamente como fruto de esa caridad y al servicio de ella. En la historia de la Obra hemos visto algo similar. Quienes primero siguieron a San Josemaría querían a los demás con un cariño sincero, y ese era el ambiente en que el mensaje de Dios se fue abriendo camino. Como se cuenta de la primera Residencia: «“Los de Luchana 33” eran amigos unidos por el mismo espíritu cristiano que transmitía el Padre. Por eso, quien se encontró a gusto en el ambiente formado en torno a don José María y a las personas que estaban junto a él, regresó. De hecho, si al piso de Luchana se acudía por invitación, en cambio se permanecía por amistad»[2].

Nos hace bien recordar estos aspectos de la historia de la Iglesia y de la Obra cuando, con el paso de los años, una y otra han crecido tanto, y existe el riesgo de que confiemos más en las obras de apostolado, que en la labor que puede hacer cada una o cada uno. El Padre ha querido recordárnoslo últimamente: «Las circunstancias actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[3].

Los cristianos no se movían en círculos especiales
para anunciar la Vida y la Libertad recibidas

En realidad, es natural que sea así. Si el dinamismo propio del apostolado es la caridad que es don de Dios, «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[4]. La amistad es amor y, para un hijo de Dios, es auténtica caridad. Por eso, no se trata de procurar tener amigos para hacer apostolado, sino que amistad y apostolado son manifestaciones de un mismo amor. Más aún, «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[5]. No está de más que nos preguntemos: ¿cómo cuido a mis amigos?, ¿comparto con ellos la alegría que procede de saber lo mucho que le importo a Dios? Y, por otra parte, ¿procuro llegar a más gente, a personas que quizá nunca han conocido a un creyente, para acercarlas al Amor de Dios?

En las encrucijadas del mundo

«Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1Co 9,16). Estas palabras de san Pablo son un reclamo continuo para la Iglesia. De igual modo, su conciencia de haber sido llamado por Dios para una misión es un modelo siempre actual: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada» (1Co 9,17). El apóstol de las gentes era consciente de haber sido llamado para llevar el nombre de Jesucristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hch 9,15), y por eso tenía una santa urgencia por llegar a todos ellos.

Cuando, en su segundo viaje, el Espíritu Santo le condujo a Grecia, el corazón de Pablo se dilataba y se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, que se habían quedado en Berea, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar −como solía− a la Sinagoga. Pero le pareció poco, y en cuanto pudo fue también al Ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19). Y así, en el Areópago de Atenas, donde se daban encuentro las corrientes de pensamiento más actuales e influyentes, Pablo anunció el nombre de Jesucristo.

Como el apóstol, también nosotros «estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidad: cogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32], 11)»[6]. Es natural que en muchos fieles cristianos nazca el deseo de llegar a aquellos lugares que «tienen gran incidencia para la configuración futura de la sociedad»[7]. Hace dos mil años, eran Atenas y Roma. Hoy, ¿cuáles son esos lugares? ¿Hay en ellos cristianos que puedan ser en ellos «el buen olor de Cristo» (2Co 2,15)? Y nosotros, ¿no podríamos hacer algo por acercarnos a aquellos lugares, que a menudo no son ya ni siquiera lugares físicos? Pensemos en los grandes espacios en que muchas personas toman decisiones importantes, vitales para su vida… pero pensemos también en esos mismos centros de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestro lugar de trabajo. Cuánto puede hacer, en esos lugares, la presencia de quien promueve una visión más justa y solidaria del ser humano, que no distingue entre ricos o pobres, sanos o enfermos, locales o extranjeros, etc.

Bien pensado, todo esto forma parte de la misión propia de los fieles laicos en la Iglesia. Como propuso el Concilio Vaticano II, ellos «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[8]. Esa llamada, común a todos los fieles laicos, se concreta de modo particular en quienes hemos recibido la vocación al Opus Dei. San Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[9]. Los veía preocupados de «llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»[10], poniéndole, con su trabajo, «en la cumbre de todas las actividades de la tierra»[11].

«La amistad misma es apostolado; la amistad misma es un
diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen
proyectos, en un mutuo abrirse horizontes» (F. Ocáriz)

Con el deseo de mantener vivo ese rasgo constitutivo de la Obra, el Padre nos animaba, en su primera carta como prelado, a «promover en todos una gran ilusión profesional: a los que todavía son estudiantes y han de albergar grandes deseos de construir la sociedad, y a los que ejercen una profesión; conviene que, con rectitud de intención, fomenten la santa ambición de llegar lejos y de dejar huella»[12]. No se trata de «estar a la última» por un prurito de originalidad, sino de tomar conciencia de que, para los fieles del Opus Dei, «el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos −junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos− los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad»[13]. Es una hermosa tarea, que exige de nosotros un constante empeño por salir de nuestro pequeño mundo y levantar los ojos al horizonte inmenso de la Salvación: ¡el mundo entero espera la presencia vivificante de los cristianos! Nosotros, en cambio, «¡cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cfr. Lc 5,4). Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cfr. 2Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9,16)»[14].

Disponibilidad para hacer la Obra

Junto el deseo de llevar la Salvación a muchas personas, está en el corazón del apóstol «el desvelo por todas las iglesias» (cfr. 2Co 11,28). Necesidades en la Iglesia ha habido desde el principio: el libro de los Hechos cuenta cómo Bernabé «tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hch 4,37); san Pablo recuerda en muchas de sus cartas la colecta que estaba preparando para los cristianos de Jerusalén. La Obra no ha sido, tampoco en este punto, una excepción. Apenas una semana después de llegar por primera vez a Roma, el 30 de junio de 1946, San Josemaría escribía por carta a los miembros del Consejo General, que estaba entonces en Madrid: «Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario −¡Ricardo![15]− preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia. Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin embargo, es imprescindible adquirir casa aquí»[16]. Las necesidades económicas en relación con las casas de Roma no habían hecho más que empezar, y, como los primeros cristianos, todos en la Obra las veían como algo muy propio. En los últimos años, don Javier solía contar con emoción la historia de los dos sacerdotes que llegaron a Uruguay para comenzar la labor del Opus Dei. Después de un tiempo en el país, recibieron un donativo importante, que les hubiera sacado del apuro en que se encontraban. Sin embargo, no dudaron un momento en enviarlo enteramente para las casas de Roma.

Las necesidades materiales no terminaron en vida de san Josemaría, sino que permanecen −y permanecerán− siempre. Gracias a Dios, las labores se multiplican por todo el mundo, y además hay que pensar en el mantenimiento de las que existen ya. Por eso, es igualmente importante que se mantenga vivo el común sentido de responsabilidad ante esas necesidades. Como nos recuerda el Padre, «nuestro amor a la Iglesia nos moverá a procurar recursos para el desarrollo de las labores apostólicas»[17]. No es cuestión solamente de que pongamos de nuestra parte, sino sobre todo de que ese esfuerzo nazca del amor que tenemos a la Obra.

Lo mismo se podría decir de otra manifestación maravillosa de nuestra fe en el origen divino de la propia llamada a hacer el Opus Dei en la tierra. Conocemos bien la alegría que le daba a san Josemaría la entrega alegre que veía en sus hijas y en sus hijos. En una de sus últimas cartas, agradeció al Señor que hubieran vivido una «total disponibilidad −dentro de los deberes de su estado personal, en el mundo− para el servicio de Dios en la Obra»[18]. Los momentos de incertidumbre y contestación que se vivían en la Iglesia y en el mundo hacían brillar con una luz muy especial esa entrega generosa: «jóvenes y menos jóvenes, han ido de acá para allá con la mayor naturalidad, o han perseverado fieles y sin cansancio en el mismo lugar; han cambiado de ambiente si se necesitaba, han suspendido un trabajo y han puesto su esfuerzo en una labor distinta que interesaba más por motivos apostólicos; han aprendido cosas nuevas, han aceptado gustosamente ocultarse y desaparecer, dejando paso a otros: subir y bajar»[19].

En efecto, aunque la labor principal de la Obra sea el apostolado personal de cada uno de sus fieles[20], no hay que olvidar que promueve también, de modo corporativo, algunas actividades sociales, educativas y benéficas. Son manifestaciones distintas del mismo amor ardiente que Dios ha puesto en nuestros corazones. Además, la formación que da la Obra requiere «una cierta estructura»[21], reducida pero imprescindible. El mismo sentido de misión que nos lleva a acercarnos a muchas personas, y a procurar ser levadura en los centros de decisión de la vida humana, mantiene en nosotros una sana preocupación por estas necesidades de toda Obra.

Muchos fieles del Opus Dei −célibes y casados− trabajan en labores apostólicas de muy distinto tipo. Algunos se ocupan de las tareas de formación y gobierno de la Obra. Aunque no constituyen la esencia de su vocación, estar abierto a esos encargos forma parte de su modo concreto de ser Opus Dei. Por eso el Padre les anima a tener, junto una «gran ilusión profesional», «una disponibilidad activa y generosa para dedicarse cuando sea preciso, con esa misma ilusión profesional, a las tareas de formación y gobierno»[22]. No se trata de aceptar esas tareas como un encargo impuesto, que nada tiene que ver con la propia vida. Al contrario, es algo que nace de la conciencia de haber sido llamados por Dios para una tarea grande y, como san Pablo, de querer hacerse «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda» (1Co 9,19). Esas tareas son, de hecho, una «labor profesional, que exige una específica y cuidadosa capacitación»[23]. Por eso, cuando se aceptan encargos de este tipo se reciben con sentido de misión, para vivirlos con el deseo de aportar cada uno su granito de arena. Y por la misma razón, no les deben sacar del mundo, sino que, en su caso, serán el modo en que permanezcan en medio del mundo, reconciliándolo con Dios, y el quicio en torno al cual gire su santificación.

En la primera Iglesia, los discípulos tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Vivían pendientes unos de otros, con una encantadora fraternidad: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (2Co 11,29). Desde el lugar en que habían encontrado la alegría del Evangelio, llenaban el mundo de luz. Todos sentían la preocupación de acercar a muchas personas a la Salvación cristiana. Todos deseaban colaborar en la labor de los apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose a su servicio, como los compañeros de viaje de Pablo. No es un cuadro del pasado, sino una maravillosa realidad, que vemos encarnada en la Iglesia y en la Obra, y que estamos llamados a encarnar hoy, con toda la actualidad de nuestra libre correspondencia al don de Dios.

Lucas Buch

Fuente: opusdei.org.

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Sentido de misión (I)

 

[1] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 131.

[2] J. L. González Gullón, DYA –La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid, p. 196.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[4] San Josemaría, Forja, n. 565.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 14.

[6] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[7] Ibíd., n. 29.

[8] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[9] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 42.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

[11] Ibíd., n. 183.

[12] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[14] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 130.

[15] Ricardo Fernández Vallespín era entonces el Administrador General de la Obra y, por tanto, quien tenía el encargo de velar por las necesidades económicas.

[16] A. Vázquez de Prada, El Fundadordel Opus Dei, vol. III, Rialp, Madrid, p. 45.

[17] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[18] San Josemaría, Carta 14-II-1974, n. 5.

[19] Ídem.

[20] San Josemaría, Conversaciones, n. 51.

[21] Ibíd., n. 63.

[22] Ídem.

[23] San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 9.

 

Fuente: https://www.almudi.org/articulos/12874-sentido-de-mision-i

 

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Sentido de mision

Vivir con sentido de misión es saberse enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca. Esto supone decidir en cada momento −bajo el impulso del Espíritu Santo− qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra

Hay una escena en los primeros capítulos del libro de los Hechos que no ha perdido un ápice de fuerza. Después de haber sido encarcelados, los apóstoles son milagrosamente liberados por un ángel y, en lugar de huir de las autoridades, vuelven al templo a predicar. De nuevo, son arrestados y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Estos, sorprendidos de lo que ven, les preguntan: «¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?». Los apóstoles, lejos de arredrarse, responden: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,28-29).

Los primeros cristianos heredaron esa profunda convicción. El libro de los Hechos recoge múltiples ejemplos, y la historia de los primeros siglos del cristianismo es suficientemente elocuente. Con la naturalidad de lo auténtico, una y otra vez nos encontramos con la misma necesidad: «nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,19). Los creyentes son capaces de afrontar castigos, e incluso la muerte, sin perder la alegría. Hay algo en su corazón que les hace felices, una plenitud y una Vida que ni siquiera la muerte puede quitarles, y que no pueden dejar de compartir. Para nosotros, que hemos llegado a la Iglesia mucho tiempo después, surge clara una pregunta: ¿Es todo eso algo propio del pasado? ¿o deberíamos vivir nosotros algo parecido?

La actualidad de la llamada

Quizá nos parece que entre nosotros y aquellos primeros cristianos hay un abismo, que ellos poseían un grado de santidad que jamás podremos alcanzar, que la cercanía física con Jesucristo (o al menos con alguno de los Doce) les hizo poco menos que impecables y les llenó de un encendimiento que nada ni nadie podía apagar. En realidad, basta abrir el Evangelio para darnos cuenta de que no es así.

No podemos dejar de hablar de lo
que hemos visto y oído
(Hch 4,19)

Muchas veces los apóstoles se presentan como hombres con miserias: tanto como nosotros. Por otra parte, no tienen una especial preparación intelectual. Jesús envía a los primeros setenta y dos cuando llevan apenas unas pocas semanas con Él… (cfr. Lc 10,1-12). Sin embargo, los fieles de la primera Iglesia tienen muy clara una cosa: que Jesucristo, el Señor, ha muerto y ha resucitado por cada uno de ellos, que les ha entregado el Don del Espíritu Santo y que con ellos cuenta para que esa Salvación llegue al mundo entero. No es cuestión de preparación, ni de tener unas condiciones excepcionales para el apostolado; se trata sencillamente de acoger la llamada de Cristo, de abrirse a su Don y de corresponder con la propia vida. Tal vez por eso el Papa Francisco ha querido recordarnos, con palabras de san Pablo, que «a cada uno de nosotros el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,4)»[1].

La Iglesia de todos los tiempos es consciente de haber recibido de Cristo una llamada y, con ella, una tarea; es más, ella misma es esa llamada y es esa tarea: la Iglesia «es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre»[2]. No se trata de un hermoso deseo, o de una empresa humana, sino que su «misión continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo»[3]. En otras palabras, la Iglesia −y, en ella, cada uno de sus fieles− es continuación de la misión de Cristo, que fue enviado a la tierra para hacer presente y llevar a consumación el Amor de Dios por sus criaturas. Y eso es posible porque el Señor le envió −y nos envía− al Espíritu Santo, que es el principio de ese mismo Amor.

Así pues, también nosotros somos fruto de una llamada, y nuestra vida consiste en una tarea en el mundo y para el mundo. Nuestra vida espiritual y la idea que tenemos del apostolado cambian cuando las consideramos en esta perspectiva. El Señor nos ha buscado y nos envía al mundo para compartir con todos la Salvación que hemos recibido. «“Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti»[4]. A mí: a cada una y a cada uno. En la presencia de Dios, podemos considerar: «Soy cristiano porque Dios me ha llamado y me ha enviado…». Y desde el fondo del corazón, movidos por la fuerza de su Espíritu, contestaremos con las palabras del Salmo: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (cfr. Sal 40,8-9)

La experiencia de un mandato imperativo

Durante los años cincuenta, cuando viajaba por Europa para visitar a los primeros fieles del Opus Dei que habían marchado a distintos países para poner en marcha la labor apostólica de la Obra, san Josemaría «dirigía a menudo la oración de la tarde de quienes le acompañaban, haciéndoles considerar el texto evangélico en que el Señor dice a los apóstoles: Os he elegido para que vayáis…, ut eatis»[5]. Era como un estribillo. Procuraba que las palabras de Jesús resonaran en los corazones de quienes tenía cerca. Así procuraba que se reafirmaran en la verdad que daba sentido a su vida y que mantuvieran vivo el sentido de misión que ponía en movimiento su entera existencia: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16).

La llamada del Señor sigue resonando a través
de los siglos, en el corazón de cada creyente

Hemos leído −y hemos escuchado− muchas historias de las primeras personas que siguieron al Señor en el Opus Dei: el primer círculo, en el asilo de Porta Coeli; la primera Residencia, en la calle Ferraz; la intensa vida de familia que San Josemaría procuró cultivar durante los años dramáticos de la Guerra Civil; la primera expansión por España; la llegada a Roma; la rápida expansión por todo el mundo… Aquellos jóvenes −y no tan jóvenes− seguían al Fundador conscientes de estar siguiendo una auténtica llamada de Dios. A través de la Obra, habían encontrado a Jesucristo y habían descubierto un tesoro por el que valía la pena dar la vida entera: el Amor de Cristo, la misión de llevar ese Amor al mundo entero, de acercar a muchas personas a su calor, de encender los corazones en ese fuego divino. No necesitaban que nadie se lo recordase: les urgía extender el incendio. Es muy comprensible: «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión»[6].

Unos eran jóvenes y entusiastas, otros, quizás más fríos y racionales; pero todos estaban convencidos de que, detrás de aquel joven sacerdote y de la obra que tenía entre manos, había un querer explícito de Dios. Por eso fueron capaces de seguir la invitación del Señor, dejar todas las cosas y seguirle. Habían experimentado aquello que san Josemaría les repetía: «No olvidéis hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho… pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[7]. Y, como seguían a Jesús con plena libertad, aquel mandato no les pesaba. Al contrario. Es lo que también les repetía el Fundador: «Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[8]. No necesitaban que nadie les glosara el sentido de estas palabras: lo vivían.

No hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!

Contemplar las historias de los comienzos no nos deja indiferentes. Han pasado muchos siglos desde la predicación apostólica. No han pasado aún cien años desde la Fundación de la Obra. Toda la historia de la Iglesia nos permite comprender que la llamada del Señor sigue resonando a través de los siglos, en el corazón de cada creyente −en el nuestro−. El Amor se ha presentado en nuestra vida, hemos sido alcanzados por Cristo (cfr. Flp 3,12): a cada una y a cada uno nos corresponde abrazar ese Amor y dejar que nuestras vidas sean transformadas por Él. Una cosa va unida a la otra. Cuanto más centrada está nuestra vida en Cristo, más «se fortalece el sentido de misión de nuestra vocación, con una entrega plena y alegre»[9].

Los primeros y las primeras en la Obra, como aquellos primeros cristianos, encontraron a Jesucristo, abrazaron con todas sus fuerzas su Amor y la misión que les presentaba, y vieron cómo su vida se transformaba de un modo maravilloso. En ellos se cumplió lo mismo que el Padre ha querido recordarnos poco después de su elección: «Somos libres para amar a un Dios que llama, a un Dios que es amor y que pone en nosotros el amor para amarle y amar a los demás. Esta caridad nos da plena conciencia de nuestra misión, que no es “un apostolado ejercido de manera esporádica o eventual, sino habitualmente y por vocación, tomándolo como el ideal de toda la vida”»[10].

Somos libres para amar a un Dios que llama, a un Dios
que es amor y que pone en nosotros el amor para amarle

La misión apostólica, que llena la vida entera, no es un encargo que alguien nos impone, ni una carga que hay que sumar a nuestras obligaciones cotidianas; es la expresión más exacta de nuestra propia identidad, que la llamada nos descubrió: «no hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!»[11]. Al mismo tiempo, al vivir esa misión se refuerza nuestra identidad de apóstoles. En este sentido, la vida de san Pablo es siempre una fuente de inspiración. Cuando se lee la historia de sus viajes, llama la atención la cantidad de ocasiones en que su misión no alcanza el resultado esperado. En el primero, por ejemplo, es rechazado por los judíos en Antioquía de Pisidia, y más tarde es expulsado de la ciudad; se ve obligado a huir de Iconio, amenazado de muerte; es lapidado en una ciudad de Licaonia… (cfr. Hch 13-14).

Con todo, el apóstol de las gentes no pierde de vista la llamada que Jesús le dirigió camino de Damasco, y luego concretó ya en esa ciudad. Por eso, no se cansa de repetir: «¡El amor de Cristo nos urge!» (2 Co 5,14). Incluso cuando escribe a una comunidad que aún no le conoce, no teme presentarse como «Pablo, siervo de Jesucristo, apóstol por vocación, designado para el Evangelio de Dios» (Rm 1,1). Ese es él: el «apóstol por vocación». Y enseguida se dirige a aquellos fieles como «elegidos de Jesucristo (…) amados de Dios, llamados a ser santos» (Rm 1,6-7). Pablo se sabe llamado por Dios, pero es igualmente consciente de que, en realidad, todos los fieles lo somos[12]. Su sentido de misión le lleva a vivir una fraternidad que va más allá de los lazos terrenos. De modo análogo, a la pregunta «¿Quién soy yo?», podríamos responder: «Soy alguien amado por Dios, salvado por Jesucristo; elegido para ser apóstol, llamado a llevar a muchas personas el Amor que he recibido. Por eso, el apostolado no es para mí un encargo… sino una necesidad». Tras haber encontrado a Jesucristo, sabemos que somos sal y luz, y por eso no podemos dejar de dar sabor, de iluminar, dondequiera que estemos. Este es uno de aquellos descubrimientos que revoluciona la vida espiritual, y que nadie puede hacer por mí.

Con la fuerza del Espíritu Santo

Cuando descubrimos al Señor en nuestra vida, cuando nos sabemos amados, llamados, elegidos, y nos decidimos a seguirle, «es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio»[13].

La misión apostólica es, en primer lugar, «como si se encendiera una luz dentro de nosotros». La oscuridad propia de la existencia, que consiste en no conocer con certeza el sentido de nuestra vida, se desvanece. La invitación que Jesucristo nos dirige nos permite comprender nuestro pasado y, al mismo tiempo, nos ofrece una ruta clara para el futuro. Jesús mismo vivió así su vida en la tierra. Cuando multitud de personas le piden que se quede en un lugar, Él sabe que debe continuar su viaje, «porque para esto he sido enviado» (Lc 4,43). Incluso al encarar su Pasión permanece sereno y confiado, y ante el juez romano no duda: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

Vivir con sentido de misión es saberse en todo momento enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca: para eso hemos sido creados. Y es también decidir en cada momento qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra. Puede haber dificultades, obstáculos, contradicciones; habrá momentos de oscuridad; pero la estrella que marca el norte sigue brillando siempre en el firmamento. Mi vida tiene un porqué, hay una luz que me permite orientarme.

Esa luz de la misión es al mismo tiempo impulso. Pero no lo es como una fuerza humana. Por supuesto, habrá en nuestra vida momentos de entusiasmo sensible, en que experimentaremos un deseo encendido de pegar el fuego de Cristo a quienes tenemos cerca. Sin embargo, cualquiera que lleve algo de tiempo siguiendo al Señor ha podido comprobar que el impulso humano viene y va. Eso no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido, como nos recuerda, sin ir más lejos, la vida del Beato Álvaro del Portillo. Como es sabido, poco después de pedir la Admisión en la Obra tuvo que escribir al Fundador para reconocer que se le había pasado el entusiasmo[14].

En todo esto, conviene no perder de vista que la auténtica fuerza, el dinamismo que nos lleva a salir de nosotros mismos para servir a los demás «no es una estrategia, sino la fuerza misma del Espíritu Santo, Caridad increada»[15]. En efecto, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu», y por eso precisamente, «para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente»[16]. Los fieles del Opus Dei le invocamos a diario en la Santa Misa, en algunas oraciones vocales como el Santo Rosario o las Preces de la Obra. En ocasiones, nos ayudará acudir también a alguna oración dirigida especialmente a Él, como la Secuencia de Pentecostés, el Himno Veni Creator Spiritus, o tantas otras oraciones que a lo largo de los siglos se le han dedicado. En todas ellas le pedimos que venga, que nos transforme, que nos llene del Amor y la fuerza que movieron al Señor. Le pediremos entonces: «Espíritu de amor, creador y santificador de las almas, cuya primera obra es transformarnos hasta asemejarnos a Jesús, ayúdame a parecerme a Jesús, a pensar como Jesús, a hablar como Jesús, a amar como Jesús, a sufrir como Jesús, a actuar en todo como Jesús»[17].

Así, el impulso transformador del Espíritu Santo nos dará un corazón encendido como el de Jesucristo, y la misión apostólica se convertirá en la sangre que moverá nuestro corazón. Poco a poco, tomará forma para nosotros en «una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio»[18]. Si nos dejamos llevar por el Amor de Dios, si permanecemos atentos a sus inspiraciones y hacemos caso a esos pequeños gestos que Él nos indica, el apostolado se convierte en el oficio que constituye nuestra propia identidad. No necesitaremos proponérnoslo, y tampoco precisaremos estar en un lugar o en un contexto determinados para actuar como apóstoles. Del mismo modo que alguien es médico (y no solo hace de médico), y no deja de serlo en ningún lugar o circunstancia (en un autobús donde se marea una persona, durante las vacaciones, entre semana y en fin de semana, etc.), nosotros somos apóstoles en todo lugar y circunstancia. En el fondo, se trata de algo tan sencillo como ser lo que ya somos: «los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Lo principal es que permanezcamos abiertos a la acción del Paráclito, atentos para «reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo»[19] y que constituye la realización de nuestra propia vida.

Lucas Buch

Fuente: opusdei.org.

 

[1] Papa Francisco, Ex.Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 2.

[2] Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, 7-XII-1965, n. 2.

[3] Ibíd., n. 5.

[4] San Josemaría, Camino, n. 904.

[5] A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. 3, Rialp, Madrid 2003, p. 339.

[6] Papa Francisco, Ex.Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 9.

[7] San Josemaría, Instrucción 19-III-1934, n. 27; la cursiva es del original; en Camino. Edición crítico-histórica, nota al n. 942.

[8] San Josemaría, Instrucción 19-III-34, n. 49, en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, 576.

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[10] Ibíd., n. 9.

[11] Íd.

[12] De ahí viene precisamente el término Iglesia, ekklesía, que literalmente significa «los convocados», esto es, «todos nosotros, quienes hemos sido bautizados y creemos en Dios, somos convocados por el Señor», Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 121.

[13] San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 9.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 994.

[15] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[16] Papa Francisco, Ex.Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, nn. 261 y 279, respectivamente. En ese mismo documento, nos sugería: «Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma» (Ibíd., n. 259).

[17] A. Riaud, La acción del Espíritu Santo en las almas, Palabra, Madrid19835, pp. 49-50. Algunas oraciones al Paráclito se pueden encontrar en el volumen preparado por A. Burgos, Oraciones y plegarias al Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1998.

[18] San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 9.

[19] Papa Francisco, Ex.Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 174

 

Fuente: https://www.almudi.org/articulos/12874-sentido-de-mision-i

 

Categorías:Iglesia

Obligaciones y derechos de los fieles

Obligaciones y derechos de los fieles (I)

miércoles, 19 de febrero de 2014

El código canónico se encarga de regular una serie de obligaciones y de derechos que tienen todos aquellos que formen parte de la comunidad cristiana, y que por tanto estén supeditados a lo que disponga el ordenamiento canónico.

Derechos de los fieles

– Igualdad entre los bautizados

El canon 208 estable la igualdad radical de todos los que han sido bautizados. Este canon deja claro que los derechos y los deberes de los fieles van a ser adquiridos por bautizarse y que se encuentran completamente al margen de la situación particular de cada uno de ellos dentro de la Iglesia.

+ Canon 208 del Código Canónico, sobre igualdad entre bautizados

Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo“.

La igualdad también va estar fundamentada en el hecho del bautismo que hace que todos los fieles incorporen a Cristo en sus vidas.

– Comunión de los fieles con la Iglesia: derecho y deber

El canon 209 se va encargar de regular la comunión de los fieles con la Iglesia. La comunión con la Iglesia puede ser considerada como un derecho y como un deber, los fieles deben de vivir en comunión con la Iglesia. Con esta comunión se va producir una conservación de la fe y de todos los sacramentos.

+ Canon 209 del Código Canónico, regulador de la comunicación de los fieles con la Iglesia

El canon dispone que:

§ 1. Los fieles están obligados a observar siempre la comunión con la Iglesia, incluso en su modo de obrar.

§ 2. Cumplan con gran diligencia los deberes que tienen tanto respecto a la Iglesia universal, como en relación con la Iglesia particular a la que pertenecen, según las prescripciones del derecho“.

– Vocación a la santidad

El canon 210 se encarga de regular la vocación a la santidad. No hay que confundir esta vocación con la que tienen aquellos que están consagrados al Señor por medio del sacramento del orden. Cuando se habla de la vocación a la santidad en este supuesto se está haciendo referencia a que los fieles deben llevar una vida santa, sin pecados.

+ Canon 210 del Código Canónico: regulación de la vocación a la santidad

Todos los fieles deben esforzarse según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación“.

– Derecho y deber de evangelización

El canon 211 trata sobre la evangelización. Se trata la evangelización tanto como un derecho como un deber de todos los fieles.

+ Canon 211 del Código Canónico: evangelización

Todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero“.

– Deber de debida obediencia

En el canon 212 se regula el deber de la debida obediencia. Esta obediencia tiene que realizase a la Iglesia y a su jerarquía.

+ Canon 212 del Código Canónico: deber de debida obediencia

§ 1. Los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana, todo aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia“.

– Derecho a la opinión y manifestación

Por otro lado así como tienen el deber de obediencia también van a tener el derecho de opinión y manifestación de todo aquello que consideren oportuno:

§ 2. Los fieles tienen derecho a manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades, principalmente las espirituales, y sus deseos.”

“§ 3. Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas“.

– Administración y recepción de los sacramentos

El canon 213 se encarga de regular la administración y la recepción de los sacramentos:

+ Canon 213 del Código Canónico

Los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia principalmente la palabra de Dios y los sacramentos“.

– Libertad religiosa eclesial

El canon 214 se encarga de la libertad religiosa eclesial, es decir los fieles van a tener en todo momento un derecho a tributar culto a Dios y a llevar una vida espiritual siempre y cuando se sigan las normas y las formas que se establecen.

+ Canon 214 del Código Canónico, sobre libertad religiosa eclesial

Los fieles tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia“.

– Derecho de asociación y reunión

El canon 215 se va encargar de regular el derecho de asociación y de reunión, este derecho es un derecho fundamental de las personas. Es un derecho que ha evolucionado mucho con la historia canónica ya que en el código anterior únicamente tenían derecho asociarse la jerarquía eclesiástica.

+ Canon 215 del Código Canónico, sobre derecho de asociación y reunión

Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad, o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para procurar en común esos mismos fines“.

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Obligaciones y derechos de los fieles (II)

jueves, 20 de febrero de 2014

En este artículos vamos a estudiar una serie de derechos y obligaciones que tienen todos los fieles católicos, desde el Derecho de iniciativa y la libertad de investigación y cátedra hasta la contribución a las necesidades de la Iglesia.

Derechos y obligaciones de los fieles

– Derecho de iniciativa

El derecho de iniciativa regulado en el canon 216 puede ser considerado como otro derecho que tienen todos los fieles de la Iglesia Católica. En este canon se va establecer el derecho de todos los bautizados a proponer sus propias iniciativas que podrán calificarse como católicas si cuentan con el propio consentimiento de la Iglesia.

De esta forma dispone el canon 216 que: “Todos los fieles, puesto que participan en la misión de la Iglesia, tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas, cada uno según su estado y condición; pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente“.

+ Requisito de consentimiento en el derecho de iniciativa católica

Será necesario este consentimiento para que pueda tener carácter de iniciativa católica, se produce esta limitación ya que la Iglesia no quiere desvirtuar su imagen, por ello será necesario pedir el correspondiente permiso a la misma y que esta analice la propuesta.

– Educación y madurez cristiana

El canon 217 se encarga de regular la educación y la madurez cristiana. La educación cristiana se regula como un derecho de todos los fieles. Esta educación va tener dos fines, en primer lugar conseguir una autentica madurez humana, y en segundo lugar tener una capacidad para poder vivir el misterio de la salvación.

+ Canon 217 del Código Canónico, sobre educación y madurez cristiana

Los fieles, puesto que están llamados por el bautismo a llevar una vida congruente con la doctrina evangélica, tienen derecho a una educación cristiana por la que se les instruya convenientemente en orden a conseguir la madurez de la persona humana y al mismo tiempo conocer y vivir el misterio de la salvación“.

– Libertad de investigación y cátedra

El canon 218 se encarga de regular la libertad de la investigación y cátedra. Este canon va ir dirigido a todos aquellos que se dedican a las ciencias sagradas.

+ Canon 218 del Código Canónico, relativo a la libertad de investigación y cátedra

Quienes se dedican a las ciencias sagradas gozan de una justa libertad para investigar, así como para manifestar prudentemente su opinión sobre todo aquello en lo que son peritos, guardando la debida sumisión al magisterio de la Iglesia“.

– Estado de vida y su libre elección

El canon 219 se encarga de regular el estado de vida y su libre elección. Este canon va proteger a los fieles que tendrán derecho a no ser coaccionados cuando elijan el estado de vida. Este derecho hay que mirarle también desde un punto de vista eclesiástico, es decir el derecho que tienen los fieles de elegir libremente el acceso a los institutos de vida consagrada.

+ Canon 219 del Código Canónico, regulador del estado de vida y su libre elección

En la elección del estado de vida, todos los fieles tienen el derecho a ser inmunes de cualquier coacción. Esta decisión va afectar a toda la vida de una persona, por ello debe de elegirlo de una forma libre y sin ningún tipo de coacción ni de forma directa ni de forma indirecta. Demás esta decisión tampoco puede tomarse de una manera arbitraria, tiene que estar fundamentada en razones serias“.

– Buena fama e intimidad

El canon 220 se encarga de regular la buena fama y la intimidad. La fama viene definirá por la Real Academia Española como la opinión que las gentes tienen de una persona, y la intimidad como la zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de la familia.

Por lo tanto este canon se va encargar de dar protección a los fieles de todas aquellas malas opiniones que versen sobre los mismos.

+ Canon 220 del Código Canónico, sobre buena fama e intimidad

A nadie le es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza, ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad“.

– Protección frente a injurias, calumnias y difamaciones sobre los fieles

Se va proteger a los fieles de todas aquellas injurias, calumnias y difamaciones que puedan recaer sobre los mismos. Por otro lado el canon únicamente habla de todas aquellas lesiones que se producen de una forma ilegítima.

+ Reclamación y protección de derechos

El canon 221 se encarga de regular la reclamación y la protección de los derechos:

§ 1. Compete a los fieles reclamar legítimamente los derechos que tienen en la Iglesia, y defenderlos en el fuero eclesiástico competente conforme a la norma del derecho.

§ 2. Si son llamados a juicio por la autoridad competente, los fieles tienen también derecho a ser juzgados según las normas jurídicas, que deben ser aplicadas con equidad.

§ 3. Los fieles tienen el derecho a no ser sancionados con penas canónicas, si no es conforme a la norma legal“.

– Contribución a las necesidades de la Iglesia

El canon 222 trata sobre la contribución a las necesidades de la Iglesia. Este canon trata de las necesidades que tiene la Iglesia para poder llevar a cabo la misión encomendada por Jesucristo, por ello va poder pedir ayuda y contribución a todos sus fieles.

+ Canon 222 del Código Canónico, sobre contribución a las necesidad de la Iglesia

§ 1. Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros.

§ 2. Tienen también el deber de promover la justicia social, así como, recordando el precepto del Señor, ayudar a los pobres con sus propios bienes“.

– Ejercicio de los derechos

Finalmente y como último derecho de los fieles, el canon 223 se encarga de regular el ejercicio de los derechos.

+ Canon 223 del Código Canónico, sobre ejercicio de los derechos

§ 1. En el ejercicio de sus derechos, tanto individualmente como unidos en asociaciones, los fieles han de tener en cuenta el bien común de la Iglesia, así como también los derechos ajenos y sus deberes respecto a otros.

§ 2. Compete a la autoridad eclesiástica regular, en atención al bien común, el ejercicio de los derechos propios de los fieles“.

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Obligaciones y derechos de los fieles laicos (I)

Es importante analizar las obligaciones y los derechos que establece el código Canónico con respecto a los fieles laicos.

Derechos y obligaciones de los laicos

– Regulación del laicado cristiano

+ Canon 224 del Código Canónico

El canon 224 va empezar regulando el laicado cristiano, disponiendo que:

Los fieles laicos, además de las obligaciones y derechos que son comunes a todos los fieles cristianos y de los que se establecen en otros cánones, tienen las obligaciones y derechos que se enumeran en los cánones de este título“.

– Difusión del mensaje y el valor del testimonio laical

+ Canon 225 del Código Canónico

El canon 225 se encarga de regular la difusión del mensaje y el valor del testimonio laical. Se trata de un derecho y a la vez de un deber de los laicos:

§ 1. Puesto que, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo“.

+ Relación del orden temporal con espíritu cristiano

Por otro lado el segundo párrafo de este mismo canon va tratar de la relación del orden temporal con espíritu cristiano. El seglar católico debe de intentar mantener en todo momento la presencia del Evangelio.

§ 2. Tienen también el deber peculiar, cada uno según su propia condición, de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio de las tareas seculares“.

– Misión conyugal y familiar

El canon 226 se encarga de la misión conyugal y familiar. Existe un derecho y a la vez un deber de dar una educación religiosa en el ámbito de la familia.

+ Canon 226 del Código Canónico, sobre la misión conyugal y familias

§ 1. Quienes, según su propia vocación, viven en el estado matrimonial, tienen el peculiar deber de trabajar en la edificación del pueblo de Dios a través del matrimonio y de la familia“.

+ Educación cristiana en la familia

El párrafo segundo se encarga de regular todo lo relativo a la educación cristiana que debe de darse en una familia, quedando en un segundo plano la educación religiosa que se puede dar en la Iglesia, lo principal va ser la dada por la familia.

§ 2. Por haber transmitido la vida a sus hijos, los padres tienen el gravísimo deber y el derecho de educarlos; por tanto, corresponde a los padres cristianos en primer lugar procurar la educación cristiana de sus hijos según la doctrina enseñada por la Iglesia“.

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Obligaciones y derechos de los fieles laicos (II)

sábado, 15 de marzo de 2014

El Código Canónico establece derechos y obligaciones de los fieles laicos. Ya vimos en una primera parte la regulación del laicado cristiano, la difusión del mensaje y el valor del testimonio laical así como la misión conyugal y familiar. Aquí veremos otros tantos.

Obligaciones y derechos de fieles laicos

– Libertad y pluralidad de opciones

Otro de los derechos de los fieles laicos regulado por el Código Canónico es el de libertad y pluralidad de opciones. Este derecho es de autonomía tanto civil como eclesiástica.

+ Canon 227 del Código Canónico, sobre libertad de opciones políticas

El canon 227 se encargar de regular esta libertad de opciones políticas disponiendo que:

Los fieles laicos tienen derecho a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctrina de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables.

– Cargos eclesiásticos y miembros de consejos

El canon 228 trata sobre los cargos eclesiásticos y los miembros de consejos, un canon que siempre en mayor o en menor medida ha sido objeto de críticas.

+ Canon 228 del Código Canónico, sobre cargos eclesiásticos y miembros de consejos

§ 1. Los laicos que sean considerados idóneos tienen capacidad de ser llamados por los sagrados Pastores para aquellos oficios eclesiásticos y encargos que pueden cumplir según las prescripciones del derecho.

§ 2. Los laicos que se distinguen por su ciencia, prudencia e integridad tienen capacidad para ayudar como peritos y consejeros a los Pastores de la Iglesia, también formando parte de consejos, conforme a la norma del derecho“.

– Doctrina cristiana, formación y enseñanza

El canon 229 se encarga de la doctrina cristiana, de la formación y de la enseñanza. Se quiere reconocer un derecho tanto a los hombres como a las mujeres de poder conseguir los grados académicos que deseen en las ciencias sagradas, y a también poder enseñar las mismas.

+ Canon 229 del Código Canónico, sobre doctrina cristiana, formación y enseñanza

§ 1. Para que puedan vivir según la doctrina cristiana, proclamarla, defenderla cuando sea necesario y ejercer la parte que les corresponde en el apostolado, los laicos tienen el deber y el derecho de adquirir conocimiento de esa doctrina, de acuerdo con la capacidad y condición de cada uno.

§ 2. Tienen también el derecho a adquirir el conocimiento más profundo de las ciencias sagradas que se imparte en las universidades o facultades eclesiásticas o en los institutos de ciencias religiosas, asistiendo a sus clases y obteniendo grados académicos.

§ 3. Ateniéndose a las prescripciones establecidas sobre la idoneidad necesaria, también tienen capacidad de recibir de la legítima autoridad eclesiástica mandato de enseñar ciencias sagradas“.

– Ministerios laicales

El canon 230 se encarga de los ministerios laicales, se pueden distinguir tres tipos de ministerios. En primer lugar nos encontramos con los estables o instituidos, en segundo lugar con los temporales y en tercer lugar con los extraordinarios o de suplencia. Hay que decir que los estables o instituidos únicamente están reservados a los varones.

+ Canon 230 del Código Canónico, sobre ministerios laicales

Este canon 230 dispone que:

§ 1. Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el ministerio estable de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito; sin embargo, la colación de esos ministerios no les da derecho a ser sustentados o remunerados por la Iglesia.

§ 2. Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias litúrgicas; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, a tenor de la norma del derecho.

§ 3. Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho“.

– Dedicaciones y servicios especiales

Finalmente el canon 231 se encarga de las dedicaciones y los servicios especiales. Es decir este canon va regular todo lo relativo a las especialidades o exclusividades de los seglares.

+ Canon 231 del Código Canónico, sobre dedicaciones y servicios especiales

§ 1. Los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de adquirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y diligencia.

§ 2. Manteniéndose lo que prescribe el c. 230 § 1, tienen derecho a una conveniente retribución que responda a su condición, y con la cual puedan proveer decentemente a sus propias necesidades y a las de su familia, de acuerdo también con las prescripciones del derecho civil; y tienen también derecho a que se provea debidamente a su previsión y seguridad social y a la llamada asistencia sanitaria“.

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Categorías:Laicos

Los derechos olvidados de los olvidados: un reto permanente para el cristiano

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Los derechos olvidados de los olvidados: un reto permanente para el cristiano

05.06.18 | 13:17.

En nuestro mundo global, sin duda alguna, las relaciones entre los seres humanos se han vuelto cada vez más impersonales. La globalización ha acentuado la atomización, el individualismo y la indiferencia. Cada uno busca en su rincón la solución a sus propios problemas, porque sabe que ya no cuenta para nada con la solidaridad básica de los demás. No se trata de un juicio pesimista, sino real. Los tiempos de las movilizaciones por causas justas pertenecen al pasado. Apenas unas cuantas personas muy sensibilizadas y poco más. De vez en cuando la vergüenza nos corroe, y actuamos puntualmente. La crisis de los inmigrantes y refugiados es un claro ejemplo de esta actitud generalizada. La fuerza desgarradora de alguna foto o reportaje nos golpea, pero pasa demasiado pronto. La vida cotidiana y sus avatares nos posicionan de nuevo en el olvido. Darle la vuelta a esta situación para pasar a una sensibilización eficaz de la que nazca una solidaridad sostenida y sostenible es un objetivo utópico, pero necesario. Nuestro bienestar rezuma ceguera ante la vulneración de los derechos de muchos seres humanos. La dignidad de la persona humana desde esta perspectiva está herida de muerte.

En nuestro país, aunque nos lo quieran justificar por motivos de la crisis, pero aún antes, los recortes sociales han sido impresionantes. La crisis económica se ha disfrazado de pretexto para “precarizar” el mundo laboral y para poner en entredicho todas las ayudas sociales y, por supuesto, anular toda iniciativa legal tendente a crear una sociedad más igualitaria. Las cifras de la pobreza en España se han disparado, y los índices, de acuerdo con todos los informes son absolutamente nega- tivos, especialmente ha aumentado sustancialmente la brecha entre pobres y ricos. La llamada “recuperación”, para los economistas serios afecta única y exclusivamente a la macroeconomía, pero la gente sencilla todavía no ha sentido de cerca una mejora de su vida. Al contrario, las personas más vulnerables y situadas en los márgenes han visto precarizarse sus vidas aún más hasta la degradación. Es absolutamente necesario un Plan de Emergencia Nacional para combatir la pobreza severa y enquistada. Sin duda alguna, muchas personas están necesitando ayudas básicas para un mal vivir, pero más aún debemos imaginar lo imposible, para que puedan vivir con dignidad. En estos momentos en que caminamos hacia una nueva etapa política, esto debería aparecer con prioridad absoluta. Sin actuaciones serias y sostenidas en este campo de las políticas sociales estamos condenando a muchas familias a niveles de pobreza absoluta e intolerables para cualquier lugar del mundo, pero inaceptables desde todos los puntos de vista para nuestra España actual. Y esa Pobreza, además, de acuerdo con los informes recientes de las Organizaciones de Acción Social y Caritativa tiene rostro concreto de mujer y de niño.

En lo que respecta a la Unión Europea, el papa Francisco hace este juicio, en su Discurso en el Consejo de Europa: «También hay que tener en cuenta que, sin esta búsqueda de la verdad, cada uno se convierte en medida de sí mismo y de sus actos, abriendo el camino a una afirmación subjetiva de los derechos, por lo que el concepto de derecho humano, que tiene en sí mismo un valor universal, queda sustituido por la idea del derecho individualista. Esto lleva al sustancial descuido de los demás, y a fomentar esa globalización de la indiferencia que nace del egoísmo, fruto de una concepción del hombre incapaz de acoger la verdad y vivir una auténtica dimensión social. Este individualismo nos hace humanamente pobres y culturalmente estériles, pues cercena de hecho esas raíces fecundas que mantienen la vida del árbol. Del individualismo indiferente nace el culto a la opulencia, que corresponde a la cultura del descarte en la que estamos inmersos. Efectivamente, tenemos demasiadas cosas, que a menudo no sirven, pero ya no somos capaces de construir auténticas relaciones humanas, basadas en la verdad y el respeto mutuo. Así, hoy tenemos ante nuestros ojos la imagen de una Europa herida, por las muchas pruebas del pasado, pero también por la crisis del presente, que ya no parece ser capaz de hacerle frente con la vitalidad y la energía del pasado. Una Europa un poco cansada y pesimista, que se siente asediada por las novedades de otros continentes».

Uno de los aspectos más llamativos de esta falta de solidaridad es la indiferencia ante flagrantes violaciones de Derechos Humanos en muchos países del mundo. En estos momentos, hay pocas naciones que cumplan los derechos básicos inherentes al ser humano, algunos de ellos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Teóricamente, la mayoría de los países los incluyen de manera solemne en sus Constituciones. Sin embargo, las leyes sociales que dimanan de las Constituciones desmienten su aplicación.

Muchas veces los Estados no son incapaces, ni impotentes para aplicar los derechos de los ciudadanos, sino que son intencionadamente incompetentes y voluntariamente contrarios. Esta es la pura y dura realidad. La razón es bien sencilla, la mayoría de esos ciudadanos no son votantes significativos o decisivos. Generalmente radican en las periferias o en los márgenes de la sociedad. El papa Francisco en la Evangelium Gaudii, nos recuerda unas palabras muy duras: «Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desecho».

Y justamente por esto ¿qué le supone, en votantes, a los Gobiernos, políticas de aceptación e integración de los inmigrantes y refugiados? ¿A qué Gobierno le interesa fomentar una política de hospitalidad? ¿Qué le supone al Gobierno promover políticas sociales en favor de la marginación y la exclusión? El Papa, de nuevo, en el Consejo de Europa les recuerda: «En el ámbito de una reflexión ética sobre los derechos humanos,… hay numerosos retos del mundo contemporáneo que precisan estudio y un compromiso común, comenzando por la acogida de los emigrantes, que necesitan antes que nada lo esencial para vivir, pero, sobre todo, que se les reconozca su dignidad como personas. Después tenemos todo el grave problema del trabajo, especialmente por los elevados niveles de desempleo juvenil que se produce en muchos países –una verdadera hipoteca para el futuro–, pero también por la cuestión de la dignidad del trabajo… mediante la actividad empresarial como obras educativas, asistenciales y de promoción humana. Estas últimas, sobre todo, son un punto de referencia importante para tantos pobres que viven en Europa. ¡Cuántos hay por nuestras calles! No solo piden pan para el sustento, que es el más básico de los derechos, sino también redescubrir el valor de la propia vida, que la pobreza tiende a hacer olvidar, y recuperar la dignidad que el trabajo confiere. En fin, entre los temas que requieren nuestra reflexión y nuestra colaboración está la defensa del medio ambiente, de nuestra querida Tierra, el gran recurso que Dios nos ha dado y que está a nuestra disposición, no para ser desfigurada, explotada y denigrada, sino para que, disfrutando de su inmensa belleza, podamos vivir con dignidad». Palabras muy claras del papa Francisco y que nos deben llevar a una reflexión seria y profunda, y a un cambio de actitudes.

Necesitamos desde la Familia, la Escuela, los Medios de Comunicación Social, las Redes solidarias reelaborar una cultura de la Fraternidad Convergente, es decir que nazca de una puesta en común de unos valores aceptados desde las religiones y las filosofías y que desde esa plataforma proyectemos políticas de concienciación y acción tendentes a la recuperación de la dignidad de todo ser humano. Cada rostro, cada persona es digna y respetable. Y, en lo que respecta a nosotros como cristianos, nuestro compromiso tiene que nacer de un encuentro con Jesucristo: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ese no es el deseo de Dios para nosotros, esa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado”. (EG 2). Ese encuentro nos plenificará y nos llevará a un compromiso transformador de la realidad propia y de nuestro entorno.

Sin embargo, al final, tenemos que mantenernos firmes en la lucha por los derechos, que decimos inherentes al ser humano. Una lucha para la que necesitamos mucha imaginación creadora y soñar despiertos con otros muchos hombres y mujeres. Un sueño compartido, que pueda, en el día a día, aterrizar ese deseo de un mundo más humano y más fraterno. El Papa una vez más nos anima a tener una visión distinta de la realidad, una visión esperanzada y esperanzadora: «La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo -y los de la Iglesia- no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña» (EG 84). E insiste en una lucha sostenida y sostenible, ya que las causas del evangelio no pueden dejarse de lado: «Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aún con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica» (EV 85). Esperanza y camino, una larga espera, pero un camino firme para lograr una sociedad que respete los derechos de todos, pero sobre todo los de los seres humanos más vulnerables.

 

 

Fuente: http://blogs.periodistadigital.com/asomado-a-la-ventana.php/2018/06/05/los-derechos-olvidados-de-los-olvidados-

https://accioncatolicaqueretaro.files.wordpress.com/2018/08/c9606-cita2bde2bnelson2bmandela252c2ben2bsi2byo2bfuera2bpresidente252c2bde2bxavier2bvalderas.jpg?w=595

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El Laico = ‘Gigante dormido’ o Testigo de la Fe: Examen de Conciencia

Laicos, el gigante dormido, despierta y levanta la cruz para evangelizar

El Laico = ‘Gigante dormido’ o Testigo de la Fe: Examen de Conciencia 

¿Qué le parecen estas opiniones respecto a los laicos?

Un cristiano que renuncie a ser fermento del mundo, es porque está asustado, domesticado, acomplejado, o no ha entendido bien cuál es su misión en el mundo de hoy.
(Angel Gutiérrez Sanz, Arbil)

¿Es verdad lo que sigue?
“Los católicos tenemos una fe tambaleante, somos un gigante dormido; nuestra fe debe hablar por sí sola con obras, sin embargo no somos apóstoles activos y alegres, nos dormimos en nuestros laureles, estamos desganados, deprimidos, faltos de energía, casi siempre tristes, y por eso no respondemos al llamado del Señor y al compromiso que tenemos con Él”.

“Hace falta una buena sacudida a la Iglesia para que despierte, se active, se renueve, se ponga las pilas; para que tome conciencia y actúe para que el mundo dé un giro en el que predominen las buenas voluntades, el amor, la paz, la unidad, la fraternidad, la ayuda mutua y el perdón. Muchos viven empecinados en sus odios y rencores que no los dejan ser felices, y dejan un profundo vacío en el alma, por eso muchas veces somos infelices, porque no sabemos perdonar y olvidar ofensas”.
José Guadalupe Santos Pelayo

Habla un pastor protestante convertido al catolicismo
 Y dice doctor Rice, el ex-ministro protestante: “Entre más tiempo he sido católico y más estudio, más llego a estar absolutamente convencido de que la iglesia católica es asombrosa. La iglesia católica siempre ha sido apostólica – y nosotros debemos actuar como lo que es. Las señales, prodigios, milagros y todo lo demás que tuvo lugar en la iglesia hace 2.000 años, debería estar ocurriendo hoy, porque la iglesia no ha cambiado”.

Había hombres (y los hay hoy) en la Iglesia que quieren remediar la laguna
(El padre Tomás Morales ha sido) Un hombre que ha sido de los más grandes educadores y apóstoles del laicado del siglo XX. Sus libros más importantes son precisamente Laicos en marcha y Hora de los laicos; y que planteaba como la cuestión fundamental más grave de la Iglesia: la educación misionera para poner en pie a este gigante dormido de potencial inexplotado de mil millones de bautizados; ¡pero cuantos y cuantos que han dejado su bautismo como sepultado bajo una capa de indiferencia y olvido! (Guzmán Carriquirri, subsecretario del Consejo pontificio para los laicos).

Oremos
Dios quiera que pronto se haga el milagro de la Unidad y el Espíritu Santo despierte al Gigante Dormido del Laicado y todo el conjunto de nuestra amada Iglesia Católica Apostólica Romana, nacida de la sangre caliente de los martires y hoy con sangre tibia de “hombre light o… slow”.
(“Familias Solidarias”)

Reflexionemos acerca de las raíces del problema

El gigante dormido

El Papa San Pío X, a primeros del siglo veinte, sostenía una conversación con algunos Cardenales y Monseñores sobre lo más importante para revitalizar y actualizar la Iglesia, y les pregunta:

– ¿Qué creen ustedes que es lo más importante y más urgente?

Conociendo las ilusiones del Papa, respondían unos una cosa, otros otra: que si el Catecismo, que si la Liturgia, que si los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía… El Papa iba moviendo la cabeza en sentido negativo. Al fin, responde él mismo: – ¿Saben ustedes qué es lo más importante? Que en cada parroquia haya un grupo de seglares, hombres y mujeres, que se aprieten al lado del Sacerdote y del Obispo, y se pongan a trabajar juntos.

 Con una respuesta como ésta daba inicio, podríamos decir, a la Acción Católica y al Apostolado moderno de los laicos, por tantos siglos olvidados en la Iglesia como agentes activos, directos y responsables del desarrollo, mantenimiento y mejoramiento de la misma Iglesia.

Hoy, ya no tiene que formularnos nadie una pregunta como la de aquel querido Papa, pues esto lo tenemos claro como la luz del día. ¿Qué es lo que nos falta a los laicos? Es ponernos a actuar con eficiencia en el campo que nos compete a nosotros. Sentirnos Iglesia para trabajar en ella responsablemente.

Saber tomar iniciativas, que, sometidas siempre a quienes tienen el gobierno de la Iglesia, los Pastores, contribuyan eficazmente al bien de todo el Pueblo de Dios. ¿Dónde estaba el mal anterior, un mal que nunca debería haberse producido en la Iglesia? Estaba en el excesivo clericalismo. El obispo y el sacerdote lo eran todo. Ellos pensaban, ellos dirigían, ellos determinaban, ellos llevaban en exclusiva el culto, ellos debían de responder de todo, y todo lo hacían en el recinto de la casa episcopal o en el despacho de la parroquia… ¿Los laicos? Un elemento pasivo y nada más.

Actualmente han cambiado las cosas y se han colocado en su debido lugar. El Obispo y el Sacerdote tienen el ministerio del gobierno, el de la santificación por los Sacramentos, el de la Palabra como servicio propio. A ellos les compete el dirigir y el discernir y el empujar.

Pero ellos y nosotros somos una misma y sola Iglesia. Y nosotros los laicos, metidos dentro de la masa, tenemos como misión el fermentar de Evangelio todas las estructuras sociales, tanto la familia, como el trabajo, como la política, como todas las realidades humanas.

De este modo, se nos abren ante los ojos perspectivas inmensas. ¿Nos damos cuenta de lo que puede hacer un médico, o un profesor, o un publicista, o un negociante, o una enfermera, o una maestra, o un político, o un policía, o una artista, o un deportista, o un empresario, o un entregado a los medios de comunicación yo que les hablo? Podemos seguir y seguir mencionando profesiones u oficios, para preguntarnos: ¿Qué llegarán a hacer si todos son católicos de verdad, si se sienten miembros vivos de la Iglesia, si tienen celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, si se ponen al servicio de Jesucristo, en una palabra, si quieren hacer algo por el Reino?…

En el mismo desarrollo de la vida de la Iglesia, a nosotros, los laicos, nos toca ser miembros activos en el culto, y no unos meros espectadores.  En el apostolado, hoy se dan ya casos y modos de acción en que antes ni se soñaba.

Por ejemplo, ¿quién podía pensar que iban a ser tantas las parejas que, hasta con los propios hijos, si Dios se los ha dado, se iban a ir a las Misiones?… ¿Quién inspira hoy a tantos el enrollarse en el voluntariado para las empresas más difíciles dentro de la evangelización?…

En un Congreso de Laicos, que tuvo gran resonancia, se llamó al laicado de la Iglesia “El gigante dormido”. Muy bien llamado. Porque el día en que nosotros, los laicos, despertemos de nuestra modorra y apatía, y nos levantemos dispuestos a hacer algo por Jesucristo y por el Reino, se habrán multiplicado las fuerzas vivas de la Iglesia de manera sorprendente.

Nuestros ojos han contemplado ya muchos prodigios de santidad y de apostolado de los seglares en nuestros días. Por eso hablamos con tanto optimismo. Basta ver lo que han sido, son y siguen siendo y haciendo, por ejemplo, la Legión de María, la Confraternidad de la Doctrina Cristiana, las Conferencias de San Vicente de Paúl, los Cursillos de Cristiandad, los Focolares, los Neocatecumenales, los Carismáticos, el Movimiento Familiar Cristiano, los Clubs Newman de las Universidades, los laicos del Opus Dei, sin olvidar a los tan beneméritos y clásicos miembros de las Terceras Ordenes.

 Cuando se miran serenamente estas realidades, no caben los pesimismos entre nosotros. Al revés, todos sentimos el estímulo a enrollarnos en las avanzadas, tan nutridas, del apostolado seglar de la Iglesia. Jesucristo se tiene que sentir orgulloso de los muchos voluntarios con que cuenta.

 Todo lo que se nos pide, como una exigencia natural, es que nuestra vida sea un testimonio fehaciente de lo que predicamos y hacemos. Trabajamos porque sentimos las realidades del Reino. Y tanto más sentimos las realidades del Reino cuanto más trabajamos por él.

A nuestros pastores, Obispos y Sacerdotes —y no digamos ya al Papa—, los tenemos en gran veneración por la gracia especial de consagración que han recibido de Dios para guiar a la Iglesia. Pero nosotros, los laicos, no somos miembros de segunda categoría. Ellos en su puesto y nosotros en el nuestro, todos somos Iglesia, la misma Iglesia, sin más privilegio personal que el poder gastarnos en el trabajo por el Reino de Dios.
(RIIAL 070)

Fuente: http://www.mscperu.org/mision_evangelizacion/laico_gigante_dormido/Gigante_dormido_opiniones.htm

 

Laicos, el gigante dormido, despierta y levanta la cruz para evangelizar

 

Categorías:Laicos

Despertando al gigante dormido: La labor de los laicos en la Iglesia

 

 

Introducción.

Cuando escuchamos hablar sobre qué es un laico en la Iglesia muchas personas piensan en cristianos de segunda categoría, hombres cuya labor en la Iglesia no es más que receptiva o meramente pasiva, frente a una “élite escogida” –la Jerarquía de la Iglesia– llamada a evangelizar y anunciar el Evangelio a las personas del mundo. Nada más equivocado de lo que es la realidad, y de lo que en es en verdad el Christifideles Laici o Laico cristiano.

La comprensión a través del tiempo sobre qué es fiel laico ha ido madurando a lo largo de la historia de la Iglesia. El laico no es un término inventado luego del Concilio Vaticano II para designar al resto fiel no clérigo como piensan algunas personas, es más bien una expresión hermosa de la diversidad de la Iglesia y de las múltiples funciones que hay en ella. Recordemos lo que nos dice S. Pablo: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo (1Co 12, 12)”.

En las primeras generaciones de cristianos convertidos por las misiones de los primeros apóstoles a lo largo del mundo, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Cristo, de ser parte de la comunión que se vive en torno a una persona que es Hombre-Dios, llegaba hasta el extremo de dar la vida por la fe. Vivir la vida cristiana era en serio. Llamarse “cristiano” era para muchos: sentencia de muerte. El amor que invadía los ardorosos corazones de estas personas por Dios y la Buena Nueva se expresaba en la sangre de su martirio, que a su vez eran semilla de nuevos cristianos. Ser cristiano era un don precioso, que ni la misma muerte podía arrebatar. Esto sin duda, a pesar de las diferencias del tiempo y del contexto, muestra el verdadero espíritu de lo que es ser cristiano ayer, hoy y siempre.

Siguiendo un poco más adelante en la historia, vemos la emergente santidad de diversos laicos cristianos que –a pesar de no ser muchos–, tuvieron un decidido compromiso con su fe y fueron testimonio para muchos de radical opción por seguir a Cristo y vivir los mandamientos hasta las últimas consecuencias. Entre ellos encontramos a los famosos eremitas y anacoretas como San Antonio, San Pacomio, Evagrio, entre otros. Además de estos, algunos laicos, gracias a la inspiración del Espíritu Santo fueron grandes fundadores de familias religiosas que persisten incluso hasta los días de hoy, como por ejemplo los benedictinos.

Con este pequeño recorrido de los primeros tiempos del cristianismo nos damos cuenta de cómo los laicos pueden contribuir de una manera original al desenvolvimiento del conocimiento y la práctica de la fe. Estos son y seguirán siendo una gran fuerza de la Iglesia para el cambio del mundo.

Ahora bien, el papel del laico y una cierta visión reducida sobre su identidad han existido en algunos sectores de la Iglesia en su historia. Eso, hay que aclarar, no es producto de que la misma Iglesia estuviese corrompida o no entendiera el mensaje cristiano, sino más bien producto de una natural madurez y comprensión de sus miembros. Una madurez, cabe decir, que va tomando forma más clara en las reflexiones y en el mismo resultado del Concilio Vaticano II.

El Concilio Vaticano II fue el principal acontecimiento eclesial del siglo XX, se realizó entre octubre de 1962 y diciembre de 1965 en un clima eclesial de renovación y apertura a los signos de los tiempos. Fue inaugurado por el “papa bueno” Juan XXIII que a los pocos años fue convocado a la casa del Padre y clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. El Concilio Vaticano II buscó responder a las inquietudes de la Iglesia y del mundo yendo a lo esencial, a su identidad más profunda, y desde ahí responder de manera renovada a los desafíos del mundo de hoy.

Uno de estos grandes desafíos que tuvo la Iglesia fue el de comprender mejor el lugar que ocupan los laicos en la misión de la Iglesia y lo sumamente necesarios que son para la construcción de la civilización del amor, en la que los mismos laicos –o seglares– son protagonistas esenciales.

El concilio tuvo 4 Constituciones, 4 columnas que sostienen el gran edificio de lo dicho por el magisterio pontificio en el Concilio Vaticano II. Una de ellas es la constitución dogmática “Lumen Gentium” que trata sobre la Iglesia; en ella separa el capítulo IV para hablar sobre los laicos, su papel y función dentro de la Iglesia y su misión en el mundo. También de los 9 decretos que existen del Concilio Vaticano II, uno habla sobre el apostolado de los Seglares: la Apostolicam Actuositatem. De estas dos perlas conciliares partirá mi reflexión sobre los laicos en el mundo de hoy.

¿Qué se entiende por laico?

La constitución Lumen Gentium nos da una definición a este término, dice:

“Con el nombre de laico se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo, según la parte que le corresponde”[1].

De aquí podemos extraer varios elementos que nos podrán ayudar a comprender la naturaleza del fiel laico:

a. Son miembros de la Iglesia: El laico se convierte en miembro de la Iglesia, se incorpora a Cristo como todo cristiano por medio del sacramento del bautismo. “Este carácter se aplica evidentemente también a los sacerdotes y a los religiosos; pero, puesto que el Concilio trata de estas dos categorías en otros lugares, limita aquí su punto de vista a los que no han recibido la ordenación sacerdotal ni se cuentan entre los miembros de un instituto religioso”[2]. Su participación activa en la Iglesia lo hace de manera consecuente llamado a la misión de la misma según las características particulares de su vocación laical.

Los laicos están “llamados a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación. El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia y a él todos están destinados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación. El laico es testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia”[3].

b. Participación a su manera de los 3 munus: La participación del laico en la Iglesia posee rasgos particulares pero se fundamenta en la misma de todo cristiano, es decir, en la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo.

Todo cristiano laico participa de la función sacerdotal por el hecho de ser bautizado. Es lo que se llama el sacerdocio común de los fieles. Como nos dice la constitución Lumen Gentium: «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque se diferencian esencialmente y no sólo en grado (essentia et non gradu tantum), se ordenan sin embargo el uno al otro; porque uno y otro participan a su peculiar manera (suo peculiari modo) del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad de la que goza, modela y dirige al pueblo sacerdotal, realiza in persona Christi el sacrificio eucarístico y lo ofrece en nombre de todo el Pueblo de Dios; los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la oblación de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y con la caridad operativa[4]». De esta manera los seglares están llamados según el modo que los caracteriza, a dar culto a Dios para la salvación de los hombres. Este culto es un “culto espiritual agradable al Padre[5]” que se expresa en la “entrega sincera de uno mismo a los demás[6]”. Los seglares dedican el mundo a Dios, y de este modo lo “consagran” –no el sentido de consecratio mundi– tanto por sus actos de adoración como por su actividad cotidiana. “El seglar consagra el mundo por el uso de los bienes terrenos con rectitud de conciencia, y por el respeto de su destino según los designios del espíritu[7]”. “Los laicos en cuanto adoradores, obrando santamente en todo lugar, consagran a Dios el mundo mismo”[8].

Con respecto a la función profética de los seglares “La misión que los seglares reciben de Cristo no implica la función de enseñar con autoridad en su nombre –como los clérigos–, pero sí la de rendirle testimonio por su fe e incluso por el don de la palabra. Tal carisma les es concedido para que aparezca la fuerza del Evangelio no sólo en el culto más o menos solemne sino también en la vida de cada día”[9]. El carácter de esta misión profética del laicado estará en dar a la palabra eficiente de Dios la ocasión de manifestar su fuerza en la familia y en la sociedad anunciando así que la existencia temporal no encuentra explicación, ni fin, ni satisfacción sino más allá de las fronteras terrenas.

La participación de los seglares en el servicio real se fundamente en el llamado de Jesús a que todos sus apóstoles y sucesores participen con Él en su “reino”. “Este reino no se consuma en un instante. En vías aún de perfeccionamiento, no está sino en su periodo inicial … la consumación, incluso para Él, se realizará más tarde, al final de los siglos, cuando Él someta a su Padre no sólo su propia persona sino toda la creación y cuando ya no quede ninguna resistencia”[10]. Y este reinado de Cristo se ve prístinamente en su entrega por nosotros en la cruz, dejando bien en claro que el camino que conduce a este reinado es el del servicio. El Señor no nos concede sólo los frutos del reino sino el mismo poder. Esto se realiza por medio de la conversión personal, del cambio de vida, de vivir una vida cada vez más santa. De esta manera nuestro mismo anuncio y testimonio extenderá el reino de Dios y arrastrará a muchos hermanos nuestros. Como nos dice S. Hilario “Reyes son, sobre quienes ya no tiene ningún poder el pecado; al contrario, tiene ellos el dominio de su propia persona, dominan esta carne que les obedece y les está sumisa. Son reyes y su Señor es el mismo Dios. Son también Señores, no los esclavos del pecado”[11].

c. Misión en la Iglesia y en el mundo: ¿Cuál es la misión de la Iglesia en el mundo? La misión de la Iglesia Católica es llevar a todos el mensaje que Cristo nos enseñó para nuestra felicidad y salvación, hacer lo que Él nos dice: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Sin embargo la gran obra de la Iglesia no la realiza cada persona de la misma manera. De acuerdo con propio llamado de cada uno se va realizando la gran misión de la Iglesia. En ese sentido, podemos encontrar diferentes maneras de cumplir esta misión evangelizadora. En cuanto a los laicos cuyo carácter secular es propio y peculiar de ellos “(les) pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor”[12].

La manera como el laico o cualquier estado de vida cumple la misión de la Iglesia es al fin y al cabo realizar ese llamado a la santidad que tenemos todos para mutua edificación del Cuerpo de Cristo.

La profundización de la identidad laical ha ido madurando a través del tiempo. Ha sido fundamental el desarrollo de la identidad laical que encontramos en la Lumen Gentium cap. IV y la Apostilicam Actuositatem; sin embargo esta era aún insuficiente y necesitaba de una mayor comprensión de esta realidad eclesial que llamamos “laicos”. El Sínodo de los Obispos en el año 1987 “sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo” fue un hito fundamental para esta madurez, siendo de esta el mayor fruto la publicación de la exhortación post-sinodal “Christifideles Laici” del Papa Juan Pablo II. En ella encontramos luces preciosísimas sobre quién es el laico. Recordemos que la definición que nos de la LG 31 no termina de ser conclusiva. Por ejemplo, cuando nos dice que el laico es un fiel cristiano incorporado a Cristo podemos decir que esto igual se aplica a los sacerdotes y los religiosos. O cuando nos habla de que el laico ordena las realidades temporales según Dios, también lo podemos aplicar en un sentido a los sacerdotes; miremos la realidad actual, hay muchos sacerdotes que son psicólogos, profesores o administradores, y eso no significa que estén traicionando su vocación sacerdotal.

Entonces ¿qué es lo propio del laico? Y ante esa pregunta la Christifideles Laici puede darnos algunas pistas fundamentales. Nos dice el Papa en esta exhortación que “no es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios”[13], es decir, lo fundamental del laico es ante todo que se reconozca como cristiano, llamado a asumir radicalmente su propio bautismo. “La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios”[14] ya sean clérigos o no clérigos, todos somos corresponsables con la misión de la Iglesia. Sin embargo, la dignidad bautismal que todo fiel cristiano tiene “asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado esta modalidad en la índole secular”[15]. Esta índole secular nos ayuda a captar completa, adecuada y específicamente la condición eclesial del fiel laico.

¿Y qué significa “índole secular”? más adelante la misma CL lo explica de esta manera: “Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar» de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular»”[16]. Hay una distinción que se hace aquí entre dimensión secular e índole secular; ambas cosas se refieren a dos cosas distintas. La dimensión secular es propia de toda la Iglesia, es esa misión que tiene la Iglesia de estar en el mundo pero sin ser del mundo. La índole secular sería como el modo en que se plasma este “ser del mundo sin ser del mundo” en el laico. El laico está llamado a transformar el mundo desde dentro, esta llamado no a salir del mundo, sino ser como fermentomediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, manifestando a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad. El lugar y contexto donde el laico se desenvuelve no es una realidad solamente social, sino una realidad teológica y eclesial. Es decir, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, (ellos) no han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales[17].

Podemos concluir diciendo entonces que “La condición eclesial de los fieles laicos (su identidad más profunda) se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular.

Vocación al apostolado del laico

Los laicos son miembros del cuerpo de Cristo que cooperan en el desarrollo interno y externo de todo el cuerpo. Y como todo miembro de la Iglesia han sido llamados, convocados a una misión particular. El laico esta llamado por Dios al apostolado[18], y por medio del bautismo, la confirmación y la eucaristía –alma de todo apostolado– participa en la misma misión salvífica de la Iglesia. “Esta participación activa en la misión misma de la Iglesia no es simplemente ocasional o supletoria, de tal suerte que los seglares sean movilizados sólo cuando el clero sea escaso o falto de posibilidades. La misión de los seglares que aquí se describe es su tarea normal y universal, puesto que en su calidad de miembros ellos “son” la Iglesia”[19]. La responsabilidad por el cambio del mundo no recae pues en algunos pocos escogidos como mencionaba en la introducción, el cambio del mundo se realiza por que cada parte del cuerpo de la Iglesia realice lo que está llamado a ser y hacer, reconociendo su valor y protagonismo en la gran gesta evangelizadora en el mundo de hoy[20]. Si el laico no reconoce su verdadera identidad, sino vive con intensidad su vocación laical al apostolado estamos poco a poco haciendo que el gran gigante de la Iglesia siga adormecido y confundido sin saber a dónde ir.

[pullquote]Es importante también recordar que la fecundidad del apostolado laical depende de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor: “Permaneced en mí y yo en vosotros. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí nos podéis hacer nada” (Jn 15, 4-5). No existe, pues auténtico apostolado si es que primero no nos hemos hecho amigos del Señor, ya que nuestro anuncio brota de un encuentro profundo e íntimo con la persona de Cristo que transforma nuestras vidas y nos llama al anuncio[21] y el testimonio[22] de su persona en medio de este mundo adverso y que muchas veces no quiere oír el mensaje de salvación.[/pullquote]

Este apostolado por parte de la Iglesia a través de los laicos se puede realizar tanto individual como comunitariamente[23]. “El apostolado que ejerce cada uno[24] y fluye con abundancia de la fuente de la vida verdaderamente cristiana (ver Jn 4, 14), es el principio y fundamento de todo apostolado seglar, incluso asociado, y nada puede sustituirlo”[25]. Y a partir de este fundamento los laicos podrán reunirse en asociaciones, expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20), y cumplir el fin propuesto.

Los fines que el laico debe alcanzar están ordenados a su misma vocación y llamado; estos son principalmente participar en la obra redentora de Cristo en todos los órdenes[26], esto es, impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Cuando hablamos de orden temporal nos referimos a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas semejantes[27]. “Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo. Es preciso, con todo, que los laicos tomen como obligación suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos especiales y su responsabilidad propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme con los últimos principios de la vida cristiana, adaptándose a las variadas circunstancias de lugares, tiempos y pueblos[28].

A modo de conclusión

Termino estas reflexiones con el título de este trabajo “despertando al gigante dormido” que refleja muy bien la intención del trabajo: reavivar y tomar una conciencia cada vez mayor de que nosotros, los laicos, somos protagonistas importantísimos de la misión salvífica de la Iglesia, corresponsables con este llamado a evangelizar al mundo entero. El laico es ese gigante no solo por la cantidad de sus miembros que son la gran parte de la Iglesia sino por la fuerza y el ímpetu que tiene que tener para llegar a transformar el mundo desde sus cimientos.

Me uno de todo corazón a lo que nos dijo el Papa Juan Pablo II en la conclusión de la Christifideles Laici: “Toda la Iglesia, Pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”[29].

¡Despertemos del sueño de la pasividad y la ignorancia, asumamos con renovado esfuerzo y ardor nuestra vocación y misión de ser luz para el mundo, luz que nace desde dentro y que ilumina hasta las más oscuras realidades de este mundo!

[1] LG 31

[2] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 17

[3] Cf. LG 33

[4] LG 10

[5] 1 Pe 2, 5.

[6] GS 24

[7] Cf. La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 43-44

[8] Cf. LG 34

[9] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 45

[10] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 57

[11] San Hilario, In Ps., 67, 30; PL 9, 465; CSEL 22, p. 306

[12] LG 31

[13] CL 10

[14] CL 15

[15] CL 15

[16] CL 15

[17] Ver CL 15

[18] “La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”. AA 2

[19] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 35

[20] “En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad” CL 32

[21] “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo” CL 33

[22] “Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud”. CL 34

[23] Cf. AA 15 y sgtes.

[24]Aquí se remarca la importancia del apostolado personal como una clave para comprender el apostolado laical. Sin apostolado personal no se puede hablar de apostolado.

[25] AA 16

[26] Ver AA 5

[27] Ver AA 7

[28] AA 7

[29] CL 64

© 2016 – Luis Alfonso Sánchez Mercado para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Fuente: http://www.conectacec.com/despertando-al-gigante-dormido-la-labor-de-los-laicos-en-la-iglesia/

 

 

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Talleres sobre el Laicado

 

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Identidad, espiritualidad y misión - 2Identidad, espiritualidad y misión - 1Desde el Servicio del Laicado se ofrece un Taller sobre Identidad, Misión y Espiritualidad del Laicado que pretende ayudar a laicos y laicas a descubrir su condición de miembros vivos del Pueblo de Dios, al Servicio del Evangelio, desarrollando su misión en el mundo.

El taller se realiza en ocho encuentros, en los que se tratan temas previamente trabajados de forma individual y que se ponen en común en el grupo.

Si deseas realizar el taller, puedes ponerte en contacto con el Servicio del Laicado a través del correo laicado@diocesisvitoria.org.

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https://diocesisvitoria.org/servicio-diocesano-del-laicado/formacion/talleres-sobre-el-laicado/

 

Identidad, espiritualidad y misión - 1

 

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