ACCIÓN CATÓLICA

ACCIÓN CATÓLICA

Fuente: fragmento del libro “MI PARROQUIA, CRISTO VECINO” por CARLOS MIGUEL BUELA

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Desde los tiempos apostólicos siempre hubo apostolado de los laicos en la Iglesia, aunque con distintas modalidades y diversa intensidad.

En 1905 Pío X con su carta encíclica «Il fermo proposito» dirigida a los obispos de Italia para la institución y desarrollo de la Acción Católica, asociación laica para la propaganda católica en el mundo profano recordaba que «la Acción Católica, porque se propone restaurar todas las cosas en Cristo constituye un verdadero apostolado para honor y gloria del mismo Cristo. Para cumplirlo bien es necesaria la gracia divina, la cual no se da al apóstol que no esté unido a Cristo».

En 1931 Pío XI en su carta encíclica «Non abbiamo bisogno» dice que la Acción Católica «ni quiere ni puede ser otra cosa sino la participación y colaboración de los seglares en el Apostolado jerárquico».

El Concilio Vaticano II, en el Decreto Ad Gentes coloca a la Acción Católica como uno de los ministerios necesarios «para la implantación de la Iglesia y el desarrollo de la comunidad cristiana»[1] ; en el Decreto Christus Dominus dice: «urjan cuidadosamente el deber que tienen los fieles de ejercer el apostolado, cada uno según su condición y aptitud, y recomiéndeles que tomen parte y ayuden en los diversos campos del apostolado seglar, sobre todo en la Acción Católica»[2] y en el Decreto Apostolicam Actuositatem:

«Hace algunos decenios los laicos, en muchas naciones, entregándose cada día más al apostolado, se reunían en varias formas de acciones y de asociaciones, que conservando muy estrecha unión con la jerarquía, perseguían y persiguen fines propiamente apostólicos. Entre estas y otras instituciones semejantes más antiguas hay que recordar, sobre todo, las que, aun con diversos sistemas de obrar, produjeron, sin embargo, ubérrimos frutos para el reino de Cristo, y que los Sumos Pontífices y muchos Obispos recomendaron y promovieron justamente y llamaron Acción Católica. La definían de ordinario como la cooperación de los laicos en el apostolado jerárquico.

Estas formas de apostolado, ya se llamen Acción Católica, ya con otro nombre, que desarrollan en nuestros tiempos un apostolado precioso, se constituyen por la acepción conjunta de todas las notas siguientes:

  • El fin inmediato de estas organizaciones es el fin apostólico de la Iglesia, es decir, la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de sus conciencias, de suerte que puedan llenar con el espíritu del Evangelio las diversas comunidades y los diversos ambientes.
  • Los laicos, cooperando, según su condición, con la jerarquía, ofrecen su experiencia y asumen la responsabilidad en la dirección de estas organizaciones, en el examen diligente de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia y en la elaboración y desarrollo del método de acción.
  • Los laicos trabajan unidos, a la manera de un cuerpo orgánico, de forma que se manifieste mejor la comunidad de la Iglesia y resulte más eficaz el apostolado.
  • Los laicos, bien ofreciéndose espontáneamente o invitados a la acción y directa cooperación con el apostolado jerárquico, trabajan bajo la dirección superior de la misma jerarquía, que puede sancionar esta cooperación, incluso por un mandato explícito.

Las organizaciones en que, a juicio de la jerarquía, se hallan todas estas notas a la vez han de entenderse como Acción Católica, aunque por exigencias de lugares y pueblos tomen varias formas y nombres.

El Sagrado Concilio recomienda con todo encarecimiento estas instituciones que responden ciertamente a las necesidades del apostolado entre muchas gentes, e invita a los sacerdotes y a los laicos a que trabajen en ellas, que cumplan más y más los requisitos antes recordados y cooperen siempre fraternalmente en la Iglesia con todas las otras formas de apostolado»[3].

Juan Pablo II dirigiéndose a miembros de la Acción Católica les decía: «Ante todo, quisiera deciros que la Iglesia no puede prescindir de la Acción Católica. La Iglesia necesita un grupo de laicos que, fieles a su vocación y congregados en torno a los legítimos pastores, estén dispuestos a compartir, junto con ellos, la labor diaria de la evangelización en todos los ambientes. […] La Iglesia necesita la Acción Católica, porque necesita laicos dispuestos a dedicar su existencia al apostolado y a entablar, sobre todo con la comunidad diocesana, un vínculo que deje una huella profunda en su vida y en su camino espiritual. Necesita laicos cuya experiencia manifieste, de manera concreta y diaria, la grandeza y la alegría de la vida cristiana; laicos que sepan ver en el bautismo la raíz de su dignidad, en la comunidad cristiana a su familia, con la cual han de compartir la fe, y en el pastor al padre que guía y sostiene el camino de los hermanos; laicos que no reduzcan la fe a un hecho privado, y no duden en llevar la levadura del Evangelio al entramado de las relaciones humanas y a las instituciones, al territorio y a los nuevos lugares de la globalización, para construir la civilización del amor»[4].

Y luego agregaba: «Porque la Iglesia necesita una Acción Católica viva, fuerte y hermosa, quiero repetiros a cada uno: Duc in altum!

¡Duc in altum, Acción Católica! Ten la valentía del futuro. Que tu historia, marcada por el ejemplo luminoso de santos y beatos, brille también hoy por la fidelidad a la Iglesia y a las exigencias de nuestro tiempo, con la libertad propia de quien se deja guiar por el soplo del Espíritu y tiende con fuerza a los grandes ideales.

Duc in altum! Sé en el mundo presencia profética, promoviendo las dimensiones de la vida a menudo olvidadas y, por eso, más urgentes aún, como la interioridad y el silencio, la responsabilidad y la educación, la gratuidad y el servicio, la sobriedad y la fraternidad, la esperanza en el futuro y el amor a la vida. Trabaja eficazmente para que la sociedad de hoy recupere el verdadero sentido del hombre y de su dignidad, el valor de la vida y la familia, de la paz y la solidaridad, de la justicia y la misericordia.

Duc in altum! Ten la humilde audacia de fijar tu mirada en Jesús para recomenzar desde él tu auténtica renovación. Así te resultará más fácil distinguir lo que es necesario de lo que es fruto del tiempo, y vivirás la anhelada renovación como una aventura del Espíritu, que te capacitará para recorrer también los arduos senderos del desierto y de la purificación, de modo que experimentes la belleza de la vida nueva, que Dios da sin cesar a cuantos confían en él.

Acción católica, ¡no tengas miedo! Perteneces a la Iglesia y te ama el Señor, que guía siempre tus pasos hacia la novedad jamás descontada y jamás superada del Evangelio.

Cuantos formáis parte de esta gloriosa asociación sabed que el Papa os sostiene y acompaña con la oración en este itinerario y, a la vez que os invita cordialmente a perseverar en los compromisos asumidos, os bendice de corazón a todos»[5].

Y en otra ocasión decía:

«Amigos de la Acción Católica, que habéis venido a Loreto de Italia, de España y de tantas partes del mundo, hoy el Señor, a través del acontecimiento de la beatificación de estos tres siervos de Dios, os dice: el mayor don que podéis hacer a la Iglesia y al mundo es la santidad.

Preocupaos por lo que interesa a la Iglesia: que muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo sean conquistados por la fascinación de Cristo; que su Evangelio vuelva a brillar como luz de esperanza para los pobres, los enfermos y los que tienen hambre de justicia; que las comunidades cristianas sean cada vez más vivas, abiertas y atractivas; que nuestras ciudades sean acogedoras y habitables para todos; que la humanidad siga a Cristo por los caminos de la paz y la fraternidad.

A los laicos os corresponde testimoniar la fe mediante las virtudes que son específicas de vosotros: la fidelidad y la ternura en la familia, la competencia en el trabajo, la tenacidad al servir al bien común, la solidaridad en las relaciones sociales, la creatividad al emprender obras útiles para la evangelización y la promoción humana. A vosotros os corresponde también mostrar –en íntima comunión con los pastores– que el Evangelio es actual, y que la fe no aleja al creyente de la historia, sino que lo sumerge más a fondo en ella.

¡Ánimo, Acción Católica! Que el Señor guíe tu camino de renovación.

La Inmaculada Virgen de Loreto te acompaña con tierna solicitud; la Iglesia te mira con confianza; el Papa te saluda, te sostiene y te bendice de corazón»[6].

Y en otra oportunidad:

«Quisiera mencionar aquí las tres consignas que dejé a la Acción Católica en Loreto: la “contemplación” para caminar por la senda de la santidad; la “comunión” para promover la espiritualidad de la unidad; y la “misión” para ser fermento evangélico en todo lugar.

Que la Virgen ayude a la Acción Católica a proseguir con entusiasmo su compromiso de testimonio apostólico, trabajando siempre en íntima relación con la jerarquía y participando de modo responsable en la pastoral parroquial y diocesana.

La Iglesia cuenta con la presencia activa de la Acción Católica y con su entrega fiel a la gran causa del reino de Cristo. También yo miro con gran confianza a la Acción Católica y aliento a todos sus miembros a ser testigos generosos de la buena nueva evangélica, para devolver la esperanza a la sociedad actual, que busca la paz»[7].

 

[1] CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia «Ad Gentes», 15.

[2] CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre el ministerio pastoral de los obispos «Christus Dominus», 17.

[3] CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre el apostolado de los laicos «Apostolicam actuositatem», 20.

[4] BEATO JUAN PABLO II, Discurso a los participantes de la XI Asamblea de la Acción Católica Italiana (26 de abril de 2002) 3.

[5] BEATO JUAN PABLO II, Discurso a los participantes de la XI Asamblea de la Acción Católica Italiana, 4.

[6] BEATO JUAN PABLO II, Homilía en la misa de beatificación de tres siervos de Dios (5 de septiembre de 2004) 7-8

[7] BEATO JUAN PABLO II, Ángelus (12 de septiembre de 2004) 2-3.

Categorías:Accion Catolica, General

A 90 años de la Juventud Católica Femenina de México

A 90 años de la Juventud Católica Femenina de México

A 90 años de la Juventud Católica Femenina de México
Martes, 17 de mayo de 2016, 14:00 horasCarlos Villa Roiz

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Esta agrupación católica de mujeres surgió hace nueve décadas, en medio de la persecución religiosa del gobierno de Plutarco Elías Calles.

Plutarco Elías Calles, como gobernador de Sonora, se había caracterizado por su anticlericalismo, y luego de que asumiera la Presidencia de México, el 1de diciembre de 1924, comenzaron a aflorar en el país varios movimientos cristianos en defensa de la fe.
El 14 de junio de 1926, Calles promulgó una ley que reformó el Código Penal y fijó rigurosas sanciones a los infractores de los artículos 3, 5, 27 y 130 de la Constitución. En la llamada Ley Calles también se prohibía ejercer el sacerdocio a los extranjeros, se establecía enseñanza laica en las escuelas oficiales, se prohibían los votos religiosos y las ordenes monásticas, el uso de ropa sacerdotal fuera del templo, entre otras cosas. Esta ley entró en vigor el 31 de julio de 1926.
En medio de la incertidumbre que prevalecía para los cristianos, la Juventud Católica Femenina Mexicana (JCFM) surgió el 18 de mayo de 1926 como una respuesta a la crisis que durante esa época se vivía a causa de la persecución religiosa, y para despertar en todas las jóvenes el deseo de servir mejor a la nación mexicana y de adquirir una sólida formación.
Durante la Guerra Cristera, el trabajo que desempeñaron las jóvenes de este grupo fue de gran utilidad a la Iglesia y la sociedad. Por ejemplo, brindaron ayuda legal, comida y ropa a los prisioneros, y de acuerdo a un informe de otra agrupación, las Damas Católicas, más de 7 mil personas recibieron ayuda en tres años. Ciertamente, algunas jóvenes fueron encarceladas en aquellos años, e incluso, fueron enviadas a la colonia penal Islas Marías.
La agrupación también cuenta con reconocidos mártires, como es el caso de la catequista María de la Luz Camacho González, quien fue asesinada en la iglesia de San Juan Bautista en Coyoacán, en 1934, por un grupo de choque anticlerical conocido como Camisas Rojas.
En Roma, el Papa Pío XI veía con preocupación lo que ocurría en México, como se advierte en la Carta Encíclica Iniquis Afflictisque, en la que felicitó a las organizaciones de laicos por su testimonio cristiano. “Una palabra de muy especial elogio va dirigida a esas organizaciones católicas que durante estos difíciles tiempos han permanecido, como soldados, hombro con hombro con sus sacerdotes”, escribió el Papa.
Otro documento pontificio que también hacía referencia a la situación en nuestro país fue Paterna Sane Solicitudo, de febrero de 1926, en la que aconsejaba la fundación de la Acción Católica, y cuando el 24 de diciembre de 1929 surgió esta agrupación, la JCFM se integró como una de las cuatro organizaciones fundamentales de la Acción Católica Mexicana, especializadas en jóvenes y adultos de ambos sexos. Presidió esta fundación el arzobispo de México Don Pascual Díaz y Barreto, y el entonces Director del Secretariado Social Mexicano, Presbítero Dr. Miguel Darío Miranda.
La primera sesión de la ACM fue el 11 de enero de 1930, y Sofía del Valle quedó al frente de la JCFM, el brazo juvenil femenino de la Acción Católica Mexicana, quien desarrolló una importante obra en favor.

Carlos Villa Roiz:
Periodista http://www.siame.mx/ <!–
contacto@siame.mx
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Categorías:Accion Catolica, General, JCFM

Solemnidad de Pentecostés: feliz día de la Acción Católica, y el Apostolado Seglar

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15MAY2016. Hoy es Pentecostés, la Fiesta del Espíritu Santo. Celebramos también la Fiesta de la Acción Católica, y del Apostolado Seglar.

En este día, desde las Iglesias locales y unidos y unidas a toda la Iglesia, compartimos la carta de los Obispos del Apostolado Seglar de la Conferencia Episcopal Española.

2016_foto_catel_ceasLa solemnidad de Pentecostés irrumpe, en esta ocasión, dentro de la celebración del Jubileo Extraordinario de la Misericordia y debe iluminar la celebración del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 21.22), escuchamos decir a Jesús en los relatos de la Resurrección. La efusión se repite el día de Pentecostés reforzada con extraordinarias manifestaciones exteriores. La fuerza del Espíritu inunda a aquellos hombres irrumpiendo en las mentes y en los corazones de los Apóstoles y les capacita, como Iglesia naciente, para la misión. Desde entonces la Iglesia ha llevado adelante, a través de todos sus miembros, está tarea que Dios le ha encomendado en la historia.
En el contexto del Año de la Misericordia, es bueno que tomemos conciencia de que el anuncio de la misericordia de Dios forma parte de esa misión, en la que los fieles laicos tienen mucho que aportar. “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre”.
El papa Francisco pide a toda la Iglesia, pero también de un modo singular a las asociaciones y movimientos laicales, que seamos capaces de evidenciar y trasmitir la misericordia del Padre.

Y lo hace con una invitación sugerente: “En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”. Sí, convertirnos en oasis de misericordia para llevar adelante esta apremiante misión; entre ambas, misericordia y misión, existe una estrecha relación, hasta el punto de poder decir que “la Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia”.

Tomar conciencia de esta misión que se nos encomienda nos ayuda a buscar caminos para llevarla a cabo.

Ser heraldos de la misericordia pasa necesariamente por caer en la  cuenta de que nosotros estamos necesitados de ella para que, una vez recibida, seamos capaces de llevarla a los demás. Sí, sentirnos necesitados del abrazo misericordioso del Padre. El recibirlo trasforma nuestro corazón, lo renueva en el perdón de Dios y nos mueve a compartir esa gracia y esa alegría con los demás: “la misericordia que recibimos  del Padre no nos es dada como una consolación privada, sino que nos hace instrumentos para que también los demás puedan recibir el mismo don. Existe una maravillosa  circularidad entre la misericordia y la misión. Vivir de misericordia nos hace misioneros de la misericordia, y ser misioneros nos permite crecer cada vez más en la misericordia de Dios”. Las asociaciones y movimientos de Apostolado Seglar deben ayudar a sus militantes y miembros a acoger el don la misericordia de Dios. Para ello es necesario favorecer la escucha y meditación de la Palabra de Dios, que nos muestra en tantas ocasiones y con tanta belleza el Rostro misericordioso del Padre. También el  cuidado del sacramento del perdón, pues Dios, que es compasivo y misericordioso, está siempre dispuesto al perdón y ofrece siempre la reconciliación. “En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor, que es más fuerte que el pecado”. Son muchos también los momentos, y a través de  muchas personas y situaciones, en los que podemos hacer experiencia de la misericordia de Dios en el día a día, que nos lleven a acoger con gratitud ese gran don.
La misericordia de Dios trasforma nuestro corazón y nos capacita para ser misericordiosos. “Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales”. Las corporales son acciones que de forma concreta, física y tangible podemos realizar por los demás. Es necesaria no solo nuestra voluntad de hacerlas, sino nuestra acción y nuestra directa participación para llevarlas a cabo. Nos permiten entregarnos a los demás por entero. Las espirituales son actitudes y enseñanzas del mismo Cristo: la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento… Con ellas nos convertimos en sostén y compañía de otras muchas personas en el camino de la vida.
Uno de los grandes retos del laicado, en este año, es tomar conciencia de las obras de misericordia en su apostolado y potenciarlas con decisión. “La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos”7. Camino común y privilegiado para despertar conciencias, huir de la indiferencia ante las necesidades de nuestros hermanos y adentrarnos en el corazón del Evangelio, donde siempre descubrimos a los débiles y a los pequeños como los principales destinatarios de la misericordia de Dios. Son muchos los pasos que se han dado y se están dando constantemente en este terreno en nuestro laicado: ¡cuántas asociaciones y movimientos las practicáis de forma constante! ¡Muchas gracias! Por eso, actualizar su vivencia con audacia, creatividad y exigencia, debe seguir siendo un reto estimulante para el Apostolado Seglar de la Iglesia en España. ¡Nos jugamos la credibilidad de la Iglesia!

Queremos, en comunión con todos los obispos, dar gracias a Dios, en este día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, por tantos queridos fieles laicos que en nuestras diócesis estáis siendo auténticos testigos de la misericordia. El reconocer que precisamos de la misericordia de Dios nos capacita para ser portadores de ese don para tantas personas que también lo necesitan. Seguro que vuestra solicitud, generosidad y entrega a favor de la Iglesia y de todos los hombres, especialmente de los más necesitados, convertirá vuestras asociaciones y movimientos en oasis de misericordia. Elevamos nuestra oración al Espíritu Santo en esta solemnidad de Pentecostés, para que llene de su gracia y misericordia a toda la Iglesia, a la Acción Católica, a nuestros Movimientos del Apostolado Seglar y a todos los bautizados, para que, imitando al Señor, que tomó la iniciativa, también la comunidad evangelizadora sepa “adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminospara invitar a los excluidos. Viva un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva”.
Que santa María, la Madre de la Misericordia, nos lo conceda, especialmente, en este año Jubilar.

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar.

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Carta Pastoral ‘ Pentecostés, día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica’

Carta Pastoral ‘ Pentecostés, día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica’

Carta Pastoral ‘ Pentecostés, día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica’

Queridos hermanos y hermanas:

asenjo_oficial_2010_pm_webDirijo esta carta semanal a los miembros de los grupos apostólicos de la Diócesis. Saludo al Delegado Diocesano de Apostolado Seglar y a todos los militantes cristianos que participaréis en la Vigilia de Pentecostés reviviendo la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica reunida en el cenáculo, congregada y presidida por María, la madre de Jesús. En Pentecostés la Iglesia, bajo el impulso del Espíritu Santo, inaugura la misión encomendada por su Señor de predicar el Evangelio hasta los últimos confines de la tierra.

La acción del Espíritu ocupa un lugar destacado en los grandes acontecimientos de la Historia de la Salvación. Antes de los tiempos, en el seno de Dios, el Espíritu unge a Jesús como Mesías, profeta, sacerdote e hijo amado del Padre. En la Encarnación, inunda a María y, gracias a su sombra fecunda, el Verbo toma carne en sus purísimas entrañas. En los inicios del ministerio público de Jesús, el Espíritu le lleva al desierto, se manifiesta en su bautismo y habla por Él en la sinagoga de Nazareth. En los instantes supremos de la vida del Señor, la acción del Espíritu hace perfecta y agradable al Padre su obra redentora; y en Pentecostés se manifiesta en todo su esplendor.

En Pentecostés “rompe el Espíritu el techo de la tierra y una lengua de fuego innumerable purifica, renueva, enciende y alegra las entrañas del mundo” (Himno de Tertia).  Desde entonces, el Espíritu es el alma de la Iglesia porque la unifica, dinamiza y vivifica. Él es el manantial de los carismas, de los dones, funciones y ministerios (1 Cor, 12,4-6); y es también el corazón de la vida personal de cada cristiano, hasta el punto de que no podemos decir “Jesús es el Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”  (1 Cor 12,3). El Espíritu es quien deposita en nuestras almas el amor y el anhelo de santidad.

En Pentecostés, el Espíritu se manifiesta como la “la fuerza que pone pie a la Iglesia en medio de las plazas y levanta testigos en el pueblo”. A partir de Pentecostés, los apóstoles comienzan a anunciar a Jesucristo en Jerusalén, en Judea, Samaría, Galilea y hasta los confines del mundo. Desde entonces han sido innumerables los cristianos laicos que, habiendo escuchado el mandato misionero de Jesús, lo han mostrado a sus hermanos, con coraje y valentía, con la palabra y, sobre todo, con el testimonio luminoso de su vida. Por todo ello, Pentecostés es la fiesta del Apostolado Seglar. En realidad, la urgencia del apostolado de los laicos no está motivada por la disminución del número de sacerdotes. Se trata de una obligación orgánica, que brota de nuestro bautismo, en el que quedamos  incorporados a la misión profética de Cristo, obligación que se acrecentó al recibir el don del Espíritu Santo en el sacramento de la confirmación, que nos habilitó y destinó al apostolado.

También vosotros, queridos militantes seglares, estáis llamados a ser heraldos de la Buena Noticia, a compartir con vuestros hermanos vuestro mejor tesoro, Jesucristo; a  proclamar que vuestro encuentro con Él es lo más grande que os ha sucedido, porque en Él habéis hallado la luz, la vida, la esperanza y la alegría. Como los Apóstoles después de Pentecostés, habéis de acercaros a tantos hombres y mujeres que se debaten en el marasmo de la desesperanza, del nihilismo y de la infelicidad, para ser testigos del Dios vivo, de su amor, de la alegría cristiana, de la paz y la esperanza que nacen de la Buena Noticia del amor de Dios por la humanidad. El testigo es quien habla con la vida. Así deben ser los sacerdotes ante sus fieles, los padres cristianos con sus hijos, los educadores con sus alumnos, y cada uno de vosotros, laicos cristianos, en el barrio, en el trabajo y en el tiempo libre; en la parroquia, implicados en la catequesis, en el acompañamiento de niños y jóvenes y en los catecumenados de adultos, dispuestos siempre a dar razón de vuestra fe y de vuestra esperanza.

La solemnidad de Pentecostés es también la fiesta de la Acción Católica, que de forma asociada, como un cuerpo orgánico, unida estrechamente al ministerio jerárquico, al Obispo, a los sacerdotes, a la Diócesis y a la parroquia, tantos frutos de evangelización, de santidad y apostolado ha dado a la Iglesia. Tanto un servidor como el señor Obispo auxiliar hemos optado por la Acción Católica y deseamos su implantación en todas las  parroquias de la Archidiócesis. En esta fiesta de Pentecostés saludamos a los militantes y pedimos al Espíritu Santo que su fuego nos convierta y purifique, que su calor funda el témpano de nuestras tibiezas, temores y cobardías, que su luz caldee nuestros corazones en el amor de Cristo y que su fuerza nos ayude a perseverar en nuestra tarea primordial, anunciar a Jesucristo.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

                                                           Arzobispo de Sevilla

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Mensaje de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar con motivo del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2016

Mensaje de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar con motivo del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar 2016

ceas

Mensaje de los obispos
de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (CEAS)
con motivo del Día de la Acción Católica
y del Apostolado Seglar

LAICOS, TESTIGOS DE LA MISERICORDIA

Solemnidad de Pentecostés, 15 de mayo de 2016

ApostoladoSeglar2016

La solemnidad de Pentecostés irrumpe, en esta ocasión, dentro de la celebración del Jubileo Extraordinario de la Misericordia y debe iluminar la celebración del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 21.22), escuchamos decir a Jesús en los relatos de la Resurrección. La efusión se repite el día de Pentecostés reforzada con extraordinarias manifestaciones exteriores. La fuerza del Espíritu inunda a aquellos hombres irrumpiendo en las mentes y en los corazones de los Apóstoles y les capacita, como Iglesia naciente, para la misión. Desde entonces la Iglesia ha llevado adelante, a través de todos sus miembros, está tarea que Dios le ha encomendado en la historia.

En el contexto del Año de la Misericordia, es bueno que tomemos conciencia de que el anuncio de la misericordia de Dios forma parte de esa misión, en la que los fieles laicos tienen mucho que aportar. “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre” [1].

El papa Francisco pide a toda la Iglesia, pero también de un modo singular a las asociaciones y movimientos laicales, que seamos capaces de evidenciar y trasmitir la misericordia del Padre. Y lo hace con una invitación sugerente: “En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” [2]. Sí, convertirnos en oasis de misericordia para llevar adelante esta apremiante misión; entre ambas, misericordia y misión, existe una estrecha relación, hasta el punto de poder decir que “la Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia” [3].

Tomar conciencia de esta misión que se nos encomienda nos ayuda a buscar caminos para llevarla a cabo. Ser heraldos de la misericordia pasa necesariamente por caer en la cuenta de que nosotros estamos necesitados de ella para que, una vez recibida, seamos capaces de llevarla a los demás. Sí, sentirnos necesitados del abrazo misericordioso del Padre. El recibirlo trasforma nuestro corazón, lo renueva en el perdón de Dios y nos mueve a compartir esa gracia y esa alegría con los demás: “la misericordia que recibimos del Padre no nos es dada como una consolación privada, sino que nos hace instrumentos para que también los demás puedan recibir el mismo don. Existe una maravillosa circularidad entre la misericordia y la misión. Vivir de misericordia nos hace misioneros de la misericordia, y ser misioneros nos permite crecer cada vez más en la misericordia de Dios” [4].

Las asociaciones y movimientos de Apostolado Seglar deben ayudar a sus militantes y miembros a acoger el don la misericordia de Dios. Para ello es necesario favorecer la escucha y meditación de la Palabra de Dios, que nos muestra en tantas ocasiones y con tanta belleza el Rostro misericordioso del Padre. También el cuidado del sacramento del perdón, pues Dios, que es compasivo y misericordioso, está siempre dispuesto al perdón y ofrece siempre la reconciliación. “En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor, que es más fuerte que el pecado” [5]. Son muchos también los momentos, y a través de muchas personas y situaciones, en los que podemos hacer experiencia de la misericordia de Dios en el día a día, que nos lleven a acoger con gratitud ese gran don.

La misericordia de Dios trasforma nuestro corazón y nos capacita para ser misericordiosos. “Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales” [6]. Las corporales son acciones que de forma concreta, física y tangible podemos realizar por los demás. Es necesaria no solo nuestra voluntad de hacerlas, sino nuestra acción y nuestra directa participación para llevarlas a cabo. Nos permiten entregarnos a los demás por entero. Las espirituales son actitudes y enseñanzas del mismo Cristo: la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento… Con ellas nos convertimos en sostén y compañía de otras muchas personas en el camino de la vida.

Uno de los grandes retos del laicado, en este año, es tomar conciencia de las obras de misericordia en su apostolado y potenciarlas con decisión. “La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos” [7]. Camino común y privilegiado para despertar conciencias, huir de la indiferencia ante las necesidades de nuestros hermanos y adentrarnos en el corazón del Evangelio, donde siempre descubrimos a los débiles y a los pequeños como los principales destinatarios de la misericordia de Dios [8]. Son muchos los pasos que se han dado y se están dando constantemente en este terreno en nuestro laicado: ¡cuántas asociaciones y movimientos las practicáis de forma constante! ¡Muchas gracias! Por eso, actualizar su vivencia con audacia, creatividad y exigencia, debe seguir siendo un reto estimulante para el Apostolado Seglar de la Iglesia en España. ¡Nos jugamos la credibilidad de la Iglesia!

Queremos, en comunión con todos los obispos, dar gracias a Dios, en este día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, por tantos queridos fieles laicos que en nuestras diócesis estáis siendo auténticos testigos de la misericordia. El reconocer que precisamos de la misericordia de Dios nos capacita para ser portadores de ese don para tantas personas que también lo necesitan. Seguro que vuestra solicitud, generosidad y entrega a favor de la Iglesia y de todos los hombres, especialmente de los más necesitados, convertirá vuestras asociaciones y movimientos en oasis de misericordia.

Elevamos nuestra oración al Espíritu Santo en esta solemnidad de Pentecostés, para que llene de su gracia y misericordia a toda la Iglesia, a la Acción Católica, a nuestros Movimientos del Apostolado Seglar y a todos los bautizados, para que, imitando al Señor, que tomó la iniciativa, también la comunidad evangelizadora sepa “adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Viva un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva” [9].

Que santa María, la Madre de la Misericordia, nos lo conceda, especialmente, en este año Jubilar.

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

✠ JAVIER SALINAS VIÑALS
Obispo de Mallorca
Presidente

✠ MARIO ICETA GAVICAGOGEASCOA
Obispo de Bilbao
Vicepresidente

✠ CARLOS MANUEL ESCRIBANO SUBÍAS
Obispo de Teruel y Albarracín
Consiliario de la Acción Católica

✠ ÁNGEL RUBIO CASTRO
Obispo emérito de Segovia
Cursillos de Cristiandad

✠ ANTONIO ÁNGEL ALGORA HERNANDO
Administrador Apostólico de Ciudad Real
Pastoral Obrera

✠ XAVIER NOVELL I GOMÀ
Obispo de Solsona
Pastoral de Juventud

✠ JOSÉ MAZUELOS PÉREZ
Obispo de Jerez de la Frontera
Foro de Laicos

✠ FRANCISCO CASES ANDREU
Obispo de Canarias

✠ FRANCISCO GIL HELLÍN
Arzobispo emérito de Burgos
Familia y Vida

✠ JUAN ANTONIO REIG PLÁ
Obispo de Alcalá de Henares

✠ GERARDO MELGAR VICIOSA
Administrador Apostólico de Osma-Soria
y Obispo electo de Ciudad Real

✠ JUAN ANTONIO AZNÁREZ COBO
Obispo auxiliar de Pamplona y Tudela


[1] FRANCISCO, Misericordiae Vultus, n. 12.

[2] FRANCISCO, Misericordiae Vultus, n. 12.

[3] SAN JUAN PABLO II, Dives in misericordia, n. 13.

[4] FRANCISCO, Audiencia jubilar (30 de enero de 2016).

[5] SAN JUAN PABLO II, Dives in misericordia, n. 13.

[6] FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2016.

[7] SAN JUAN PABLO II, Christifideles laici, n. 41.

[8] FRANCISCO, Misericordiae Vultus, n. 15.

[9] FRANCISCO, Evangelii gaudium, n. 24.

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La Acción Católica no es un movimiento, es la acción misma de toda la Iglesia

msgufcm

 

Estimadas hermanas y estimados hermanos.

 

La Acción Católica no es un movimiento, es la acción misma de toda la Iglesia. La Acción Católica brota como una riqueza de nuestros pontífices en medio de un cambio de época.

 

Nosotros tenemos la responsabilidad de que el mundo sea transformado por el poder del evangelio. Por ello muchos católicos participan en la vida social, muchos de ellos surgidos de la Acción Católica.

 

Hay que instaurarlo todo en Cristo, ese es el mandato del Señor. Estamos en el mundo y aquí debemos llevar adelante la tarea que se nos ha encomendado. Entramos en este contacto obligado con la sociedad para impregnar el Evangelio en la vida de las personas.

 

Hemos venido aquí a la Basílica de Guadalupe porque la tenemos como nuestra patrona y como hija de Dios. A Ella pedimos ayuda el día de hoy.

 

La Acción Católica tiene la fuerza del Espíritu, no crean que esto terminará. A nosotros toca poner todo nuestro empeño para seguir adelante.

 

Dios nos quiere tanto que nos ha compartido su misión, Él todo lo quiere hacer con nosotros.

 

Que el Señor nos regale su gracia para seguir adelante. Dios las bendiga.

Mons. Rogelio Cabrera López, Pastor de esta Iglesia Arquidocesana Monterrey México,  mayo/2016

Reunión con miembros de la UFCM.

 

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El Papa denuncia el “clericalismo” y la creación de una “élite” de laicos en la Iglesia

El Papa, con los laicos

Osservatore

“No es el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros”

El Papa denuncia el “clericalismo” y la creación de una “élite” de laicos en la Iglesia

“Cuando nos desarraigamos como pastores de nuestro pueblo, nos perdemos”

Redacción, 26 de abril de 2016 a las 17:46

El Papa ha lamentado que en la Iglesia se ha creado una “élite” de laicos que creen que son solo ellos los que trabajan en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis, en un carta enviada al cardenal Ouellet y publicada hoy por el Vaticano.

En este sentido, en la misiva alerta del olvido o el descuido ante el creyente que muchas veces “quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir la fe”. “La Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios”, ha subrayado.

Francisco ha advertido de que “no es el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros“.

Recientemente, el Papa participó en el encuentro de la Comisión para América Latina y el Caribe en el que se abordó el tema de la participación de los laicos en la vida de nuestros pueblos.

“No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles. Como pastores, unidos a nuestro pueblo, nos hace bien preguntamos cómo estamos estimulando y promoviendo la caridad y la fraternidad, el deseo del bien, de la verdad y la justicia. Cómo hacemos para que la corrupción no anide en nuestros corazones“, ha exclamado.

Francisco ha precisado que el pastor es pastor de un pueblo, y al pueblo se lo sirve “desde dentro”. “Mirar al Pueblo de Dios es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos”, ha agregado.

Asimismo ha invitado a la Iglesia de Latinoamérica a enfrentar “el clericalismo”. “Esta actitud no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente”, ha manifestado.

Por otro lado, ha reconocido que el laico, por su propia realidad e identidad, “tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe”. “Los ritmos actuales son tan distintos (no digo mejor o peor) a los que se vivían 30 años atrás“, ha comentado. Por último, ha alertado de que los pastores cuando se desarraigan, se pierden.

 

 
Texto completo de la Carta del Papa Francisco

A Su Eminencia Cardenal

Marc Armand Ouellet, P.S.S.

Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina

Eminencia:

Al finalizar el encuentro de la Comisión para América Latina y el Caribe tuve la oportunidad de encontrarme con todos los participantes de la asamblea donde se intercambiaron ideas e impresiones sobre la participación pública del laicado en la vida de nuestros pueblos.

Quisiera recoger lo compartido en esa instancia y continuar por este medio la reflexión vivida en esos días para que el espíritu de discernimiento y reflexión “no caiga en saco roto”; nos ayude y siga estimulando a servir mejor al Santo Pueblo fiel de Dios.

Precisamente es desde esta imagen, desde donde me gustaría partir para nuestra reflexión sobre la actividad pública de los laicos en nuestro contexto latinoamericano. Evocar al Santo Pueblo fiel de Dios, es evocar el horizonte al que estamos invitados a mirar y desde donde reflexionar. El Santo Pueblo fiel de Dios es al que como pastores estamos continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir. Un padre no se entiende a sí mismo sin sus hijos. Puede ser un muy buen trabajador, profesional, esposo, amigo pero lo que lo hace padre tiene rostro: son sus hijos. Lo mismo sucede con nosotros, somos pastores. Un pastor no se concibe sin un rebaño al que está llamado a servir. El pastor, es pastor de un pueblo, y al pueblo se lo sirve desde dentro. Muchas veces se va adelante marcando el camino, otras detrás para que ninguno quede rezagado, y no pocas veces se está en el medio para sentir bien el palpitar de la gente.

Mirar al Santo Pueblo fiel de Dios y sentirnos parte integrante del mismo nos posiciona en la vida y, por lo tanto, en los temas que tratamos de una manera diferente. Esto nos ayuda a no caer en reflexiones que pueden, en sí mismas, ser muy buenas pero que terminan funcionalizando la vida de nuestra gente, o teorizando tanto que la especulación termina matando la acción. Mirar continuamente al Pueblo de Dios nos salva de ciertos nominalismos declaracionistas (slogans) que son bellas frases pero no logran sostener la vida de nuestras comunidades. Por ejemplo, recuerdo ahora la famosa expresión: “es la hora de los laicos” pero pareciera que el reloj se ha parado.

Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) quedan consagradas como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10) Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y/o deformaciones en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo (LG 9). El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción.

A su vez, debo sumar otro elemento que considero fruto de una mala vivencia de la eclesiología planteada por el Vaticano II. No podemos reflexionar el tema del laicado ignorando una de las deformaciones más fuertes que América Latina tiene que enfrentar – y a las que les pido una especial atención – el clericalismo. Esta actitud no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente. El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como “mandaderos”, coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarios para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político. El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14) Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados.

Hay un fenómeno muy interesante que se ha producido en nuestra América Latina y me animo a decir, creo que es de los pocos espacios donde el pueblo de Dios fue soberano de la influencia del clericalismo: me refiero a la pastoral popular. Ha sido de los pocos espacios donde el pueblo (incluyendo a sus pastores) y el Espíritu Santo se han podido encontrar sin el clericalismo que busca controlar y frenar la unción de Dios sobre los suyos. Sabemos que la pastoral popular como bien lo ha escrito Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, tiene ciertamente sus límites. Está expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religión, pero prosigue, cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de evangelización, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción. Teniendo en cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente “piedad popular”, es decir, religión del pueblo, más bien que religiosidad … Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo. (EN 48) El Papa Pablo usa una expresión que considero es clave, la fe de nuestro pueblo, sus orientaciones, búsquedas, deseo, anhelos, cuando se logran escuchar y orientar nos terminan manifestando una genuina presencia del Espíritu. Confiemos en nuestro Pueblo, en su memoria y en su “olfato”, confiemos que el Espíritu Santo actúa en y con ellos, y que este Espíritu no es solo “propiedad” de la jerarquía eclesial.

He tomado este ejemplo de la pastoral popular como clave hermenéutica que nos puede ayudar a comprender mejor la acción que se genera cuando el Santo Pueblo fiel de Dios reza y actúa. Una acción que no queda ligada a la esfera íntima de la persona sino por el contrario se transforma en cultura; una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida. (EG 68)

Entonces desde aquí podemos preguntarnos, ¿qué significa que los laicos estén trabajando en la vida pública?

Hoy en día muchas de nuestras ciudades se han convertidos en verdaderos lugares de supervivencia. Lugares donde la cultura del descarte parece haberse instalado y deja poco espacio para una aparente esperanza. Ahí encontramos a nuestros hermanos, inmersos en esas luchas, con sus familias, intentando no solo sobrevivir, sino que en medio de las contradicciones e injusticias, buscan al Señor y quieren testimoniar lo. ¿Qué significa para nosotros pastores que los laicos estén trabajando en la vida pública? Significa buscar la manera de poder alentar, acompañar y estimular todo los intentos, esfuerzos que ya hoy se hacen por mantener viva la esperanza y la fe en un mundo lleno de contradicciones especialmente para los más pobres, especialmente con los más pobres. Significa como pastores comprometernos en medio de nuestro pueblo y, con nuestro pueblo sostener la fe y su esperanza. Abriendo puertas, trabajando con ellos, soñando con ellos, reflexionando y especialmente rezando con ellos. Necesitamos reconocer la ciudad -y por lo tanto todos los espacios donde se desarrolla la vida de nuestra gente- desde una mirada contemplativa, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas… Él vive entre los ciudadanos promoviendo la caridad, la fraternidad, el deseo del bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero. (EG 71) No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros. No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles. Como pastores, unidos a nuestro pueblo, nos hace bien preguntamos cómo estamos estimulando y promoviendo la caridad y la fraternidad, el deseo del bien, de la verdad y la justicia. Cómo hacemos para que la corrupción no anide en nuestros corazones.

Muchas veces hemos caído en la tentación de pensar que el laico comprometido es aquel que trabaja en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis y poco hemos reflexionado como acompañar a un bautizado en su vida pública y cotidiana; cómo él, en su quehacer cotidiano, con las responsabilidades que tiene se compromete como cristiano en la vida pública. Sin darnos cuenta, hemos generado una elite laical creyendo que son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas “de los curas” y hemos olvidado, descuidado al creyente que muchas veces quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir la fe. Estas son las situaciones que el clericalismo no puede ver, ya que está muy preocupado por dominar espacios más que por generar procesos. Por eso, debemos reconocer que el laico por su propia realidad, por su propia identidad, por estar inmerso en el corazón de la vida social, pública y política, por estar en medio de nuevas formas culturales que se gestan continuamente tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe. ¡Los ritmos actuales son tan distintos (no digo mejor o peor) a los que se vivían 30 años atrás! Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas -especialmente-para los habitantes urbanos. (EG 73) Es obvio, y hasta imposible, pensar que nosotros como pastores tendríamos que tener el monopolio de las soluciones para los múltiples desafíos que la vida contemporánea nos presenta. Al contrario, tenemos que estar al lado de nuestra gente, acompañándolos en sus búsquedas y estimulando esta imaginación capaz de responder a la problemática actual. Y esto discerniendo con nuestra gente y nunca por nuestra gente o sin nuestra gente. Como diría San Ignacio, “según los lugares, tiempos y personas”. Es decir, no uniformizando. No se pueden dar directivas generales para una organización del pueblo de Dios al interno de su vida pública. La inculturación es un proceso que los pastores estamos llamados a estimular alentado a la gente a vivir su fe en donde está y con quién está. La inculturación es aprender a descubrir cómo una determinada porción del pueblo de hoy, en el aquí y ahora de la historia, vive, celebra y anuncia su fe. Con la idiosincrasia particular y de acuerdo a los problemas que tiene que enfrentar, así como todos los motivos que tiene para celebrar. La inculturación es un trabajo de artesanos y no una fábrica de producción en serie de procesos que se dedicarían a “fabricar mundos o espacios cristianos”.

Dos memorias se nos pide cuidar en nuestro pueblo. La memoria de Jesucristo y la memoria de nuestros antepasados. La fe, la hemos recibido, ha sido un regalo que nos ha llegado en muchos casos de las manos de nuestras madres, de nuestras abuelas. Ellas han sido, la memoria viva de Jesucristo en el seno de nuestros hogares. Fue en el silencio de la vida familiar, donde la mayoría de nosotros aprendió a rezar, a amar, a vivir la fe. Fue al in terno de una vida familiar, que después tomó forma de parroquia, colegio, comunidades que la fe fue llegando a nuestra vida y haciéndose carne. Ha sido también esa fe sencilla la que muchas veces nos ha acompañado en los distintos avatares del camino. Perder la memoria es desarraigarnos de donde venimos y por lo tanto, nos sabremos tampoco a donde vamos. Esto es clave, cuando desarraigamos a un laico de su fe, de la de sus orígenes; cuando lo desarraigamos del Santo Pueblo fiel de Dios, lo desarraigamos de su identidad bautismal y así le privamos la gracia del Espíritu Santo. Lo mismo nos pasa a nosotros, cuando nos desarraigamos como pastores de nuestro pueblo, nos perdemos.

Nuestro rol, nuestra alegría, la alegría del pastor está precisamente en ayudar y estimular, al igual que hicieron muchos antes que nosotros, sean las madres, las abuelas, los padres los verdaderos protagonistas de la historia. No por una concesión nuestra de buena voluntad, sino por propio derecho y estatuto. Los laicos son parte del Santo Pueblo fiel de Dios y por lo tanto, los protagonistas de la Iglesia y del mundo; a los que nosotros estamos llamados a servir y no de los cuales tenemos que servirnos.

En mi reciente viaje a la tierra de México tuve la oportunidad de estar a solas con la Madre, dejándome mirar por ella. En ese espacio de oración pude presentarle también mi corazón de hijo. En ese momento estuvieron también ustedes con sus comunidades. En ese momento de oración, le pedí a María que no dejara de sostener, como lo hizo con la primera comunidad, la fe de nuestro pueblo. Que la Virgen Santa interceda por ustedes, los cuide y acompañe siempre,

Vaticano, 19 de marzo de 2016

+Francisco

 

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