EL LAICO EN LOS AMBIENTES

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EL LAICO EN LOS AMBIENTES

Este es el texto del Rollo dado por nuestro hermano Daniel en la Escuela del 1/7/11.

EL LAICO EN LOS AMBIENTES

Introducción:

En lo que fuimos viendo en este ciclo informativo, nos hemos referido fundamentalmente a nuestro rol como Dirigentes en el   Movimiento de Cursillos.

Sin embargo, no podemos ni debemos jamás olvidarnos que el Señor no sólo nos quiere para hacer bien los Cursillos.

Sino, fundamentalmente para que con nuestro testimonio y compromiso lo hagamos presente en medio de nuestros ambientes, y del mundo.

Para que, como lo mencionan nuestros Pastores, Conferencia del Episcopado Latinoamericano; seamos en este Siglo XXI, “Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros Pueblos, en EL, tengan vida”

Esta charla, propone llevarnos a descubrir de qué manera podemos conseguir ese objetivo.

Pretende ubicarnos en el rol de LAICOS, que estamos llamados a desempeñar, tanto en la Pastoral de la Iglesia, como en medio del mundo y de los hombres, mostrando quienes somos los laicos, cuál es nuestra dignidad, cual nuestra responsabilidad, cual nuestro deber, y en qué consiste nuestra vocación y misión, dentro de las realidades en las cuales estamos inmersos.

Concientes de esta necesidad, hace muchos años atras, los Obispos latinoamericanos, reunidos en el Celam, en Medellín, ya proponían lo siguiente: “Promuévase con especial énfasis y urgencia, la creación de equipos apostólicos y de Movimientos laicos en los AMBIENTES y estruc­turas funcionales, donde se elabora y decide en gran parte el proceso de liberación y humanización de la sociedad”.

Así definían la imperiosa necesidad de que los fieles laicos tengan intervención.

Esto fue reiterado a principios de su mandato por nuestro Papa Benedicto XVI:

expresando que los Movimientos laicos son una expresión significativa, porque son esenciales para la constitución divina del Pueblo de Dios.

 

Definición:

Definamos la palabra laico:       del griego λαϊκός –laikós, ‘alguien del  pueblo’–,

de la raíz λαός             –laós, ‘pueblo’–.

También se lo puede llamar castellanamente Seglar: que es aquel fiel que no es miembro del clero.

El redescubrimiento del término ‘laico’ fue impulsado principalmente en el Concilio Vaticano II, nombrándose laicos a todos los Católicos bautizados que forman la comunidad de fe de la Iglesia pero que no han recibido las Ordenes Clericales.

O sea que laicos somos todos los miembros de la iglesia Católica que no formamos parte del clero.

        En pocas palabras, Nosotros, los trabajadores de Cristo.

         EL LAICO, ES UN HOMBRE O UNA MUJER QUE SIN SER RELIGIOSO CONSAGRA SU VIDA A CRISTO, TRANSMITIENDO SU PALABRA Y SUS ENSEÑANZAS CON SU EJEMPLO DE VIDA, SU TESTIMONIO Y SU PERSEVERANCIA. CONTINUANDO LA OBRA CREADORA DE DIOS, BUSCANDO LA SANTIDAD PARA EL Y TODOS LOS HOMBRES;

      AMANDO AL OTRO COMO SI EL OTRO FUERA EL MISMO.

      AMANDO AL OTRO COMO SI EL OTRO FUERA CRISTO.

      AMANDO AL OTRO COMO SI EL FUERA CRISTO.

 Introducción sobre las obligaciones del laico:

Desde el Concilio Vaticano II, se destaca que ser laico en la Iglesia Católica es una auténtica vocación. El contenido de esta vocación es la santificación de las obligaciones ordinarias del cristiano y, en primer lugar, las familiares.

Esta vocación consiste en “iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, y se realicen según el espíritu de Jesucristo, y se desarrollen y sean para la gloria del Creador”.

Forma parte de esta vocación el apostolado, cuyo deber es el acercar las almas a Dios.

“Los laicos ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, llevándolo a cabo con espíritu evangélico, de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres”.

La Doctrina Social de la Iglesia señala: “Es tarea propia del fiel laico anunciar el Evangelio con el testimonio de una vida ejemplar, enraizada en Cristo y vivida en las realidades temporales…” – “Los fieles laicos están llamados a cultivar una auténtica espiritualidad laical, que los regenere como hombre y mujeres nuevos, inmersos en el misterio de Dios e incorporados en la sociedad, santos y santificadores”

Pavada de responsabilidad, ¿no les parece?

Como en los comienzos los discípulos de Jesús tuvieron la responsabilidad de proseguir con su obra, hoy nosotros como laicos comprometidos tenemos la misma responsabilidad.

Llevar su palabra de salvación anunciando “La Buena Noticia”

para la santificación del mundo

Formación como laicos: (deber u obligación)

Para poder enfrentar esta difícil, pero gratificante tarea, el laico tiene la obligación de una constante formación, y el deber de estar preparado para los constantes cambios de rumbo en la sociedad.

Al formarnos, reforzamos y reformamos los criterios que sustentan y conforman nuestra vida Cristiana, y nos lleva a actuar con plena responsabilidad, en todas las estructuras temporales en que estamos viviendo.

Esta formación hace redescubrir nuestra propia vocación como fieles laicos.

Vocación y misión personal que define la dignidad y la responsabilidad de cada uno.

La formación constante, es un deber y a su ves una obligación como Cristianos que somos.

Porque formándonos podemos intervenir y opinar en cuestiones de la Iglesia.

Por lo tanto, el estado laical, es uno de los estados en que el cristiano puede ejercer su misión dentro de la iglesia. Llegando a la comunidad con el mensaje, como alguien del pueblo. El laico es aquella persona bautizada, perteneciente a la Iglesia, que no ha recibido el sacramento del Orden Sacerdotal, ni hizo votos dentro de alguna comunidad religiosa, y así puede y debe por su formación Cristiana, llevar el mensaje esperanzador a los hermanos de su propio ambiente, con su ejemplo de vida.

 Juan Pablo II, en CHRISTIFIDELES LAICI  nos dice:

 Hoy cada vez más urgente es la formación doctrinal nuestra, no sólo por el crecimiento propio en la fe, sino también por la exigencia de «ser razón de la esperanza», frente al mundo y sus graves problemas.

 Responsabilidad como laicos:

El ser laicos nos da muchas satisfacciones personales, pero también nos trae muchas responsabilidades que debemos afrontar.

Por nuestra condición bautismal estamos llamados a colaborar activa y responsablemente en la misión de la Iglesia de Jesús.

La primera y principal: es el transmitir el mensaje de Cristo

El Código de Derecho Canónico, nos dice: (en el punto 225 § 1):

“Puesto que, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo”.

Juan Pablo II; nos señaló las líneas fundamentales de la misión del cristiano en la sociedad y en la Iglesia, como apostolado misionero. Él nos dijo que:

     “Los laicos, en cuanto cristianos, están comprometidos a realizar un apostolado misionero. Sus competencias específicas en las diversas actividades humanas son, en primer lugar, un instrumento que Dios les ha confiado para hacer que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”.

 También en el Catecismo de la Iglesia Católica, (tema LOS FIELES LAICOS, números, 897 a 913. Entre ellos el 907) nos recuerda que: LOS FIELES LAICOS “Tienen el derecho y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la unidad común y de la dignidad de las personas” (CIC can.212,3).

Queridos hermanos los Laicos, como discípulos de Jesús en el mundo estamos llamados a:

         Anunciar el amor de Dios a la humanidad, especialmente su amor por los que sufren toda clase de marginación y opresión.

La palabra y la acción del laico en el mundo ya sea en su compromiso intrafamiliar, en el mundo laboral, en la sociedad civil o en medio de la militancia política, debe transparentar el rostro misericordioso de Dios, que ama a todos sus hijos.

        Llamados a profundizar en una espiritualidad que nos lleve al encuentro con Dios en las realidades del mundo.

Una espiritualidad que nos saque del paradigma espiritual, para sustentar una espiritualidad cristiana de presencia y acción en el corazón del mundo.

En definitiva, debemos procurar una espiritualidad laical de compromiso profético en el mundo y que sustente como nota característica el Cristocentrismo y una actitud constante de escucha del Espíritu de Dios.

Una espiritualidad que nos haga capaces de vivir bajo el impulso del Espíritu, con gran creatividad y libertad.

        Llamados a encontrar un lenguaje mas apropiado para hablar de Dios al hombre del siglo XXI.

Un lenguaje que no esté marcado sobre todo por un aprendizaje intelectual o catequístico repetido a través de formulas, que poco o nada tienen a veces que ver con la experiencia cotidiana del hombre y la mujer de hoy.

Por el contrario, nuestro lenguaje debe ser comprensible, atractivo y convincente para nuestros contemporáneos.

Un lenguaje sobre Dios adaptado a las nuevas y diversas realidades. Un lenguaje en definitiva testimonial, que nos permita anunciar el evangelio como una palabra fraterna y solidaria.

      Llamados a anunciar activamente, que el compromiso de la construcción de la paz y la justicia, pertenece al núcleo de la proclamación del Evangelio.

Es un hecho que, si no hay liberación de las situaciones violentas que oprimen a los hombres y a la naturaleza, no se anuncia la Buena Noticia.

Jesús no vino a instituir o reemplazar una religión, sino que vino a develarnos el proyecto amoroso de Dios, para todos los hombres y mujeres que han compartido y comparten con nosotros este mundo en común, que es la tierra.

        Llamados a evitar el mostrarnos como el centro de las religiones.

Y de esta manera que nuestro discurso, se convierta en amenaza u ofensa para otros hermanos, que comparten con nosotros el espacio en que vivimos.

Nuestra acción en el mundo, no puede olvidar que el camino de la paz mundial pasa por el dialogo entre las religiones.

      Llamados a ser capaces de generar un movimiento formativo en vistas a la acción laical.

Un proceso formativo hacia el interior de las comunidades cristianas, que lleve a superar el inmovilismo o la indiferencia de muchos cristianos.

En este sentido, por un lado, todo laico debe sentirse responsable de su formación en la

Doctrina Social de la Iglesia, en los grandes temas de la moral y de la teología, para que su experiencia de vida se nutra de la riqueza del Evangelio.

No basta formarse para los sacramentos o el ejercicio de un ministerio, se hace urgente organizar canales de formación adecuados para la acción laical en el mundo.

Nosotros como Movimiento de Cursillos, movimiento netamente de raíces laicales, para lograr la cristianización de los ambientes y las estructuras, estamos llamado a localizar dentro de los ambientes a los “hombres vértebras”, a los “hombres-ejes”, a los “lideres”, a los “locomotoras”, suscitando en ellos anhelos de valores superiores y trascendentes, encarnizándolos con la Buena Noticia del Evangelio, y propiciando en ellos una integración en las comunida­des, que asegure el desarrollo de su “conversión inicial” en el Cursillo, y les ayude a influir en sus ambientes, cristianamente apoyados unos en otros.

 Posibles impedimentos:

Puede haber impedimentos para realizar nuestra tarea como laicos, pero ninguno insalvable. El impedimento mayor y que no tiene salvación, somos nosotros mismos. Cuando con nuestra soberbia, con nuestro egoísmo, negamos nuestro crecimiento y el de los demás. Así nos alejamos de la posibilidad de ser laicos evangelizadores.

 Conclusión:

Viendo a la Iglesia como cristianos que la aman, y que aman al mundo en que están inmersos, como cristianos que nos hemos comprometido en la evangelización, como cristianos que hemos hecho nuestra opción a través del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, cuya finalidad última es “fermentar de evangelio los ambientes” podemos decir que hoy mas que nunca ante la falta de vocaciones sacerdotales y por ende la falta de sacerdotes, nosotros los laicos tenemos un compromiso aun mayor para mantener vivo este movimiento de la iglesia Cristiana.

Debemos proceder siendo laicos comprometidos con nuestros Ambientes, mostrando día a día con nuestra forma de proceder, con nuestra vida misma, a un Cristo vivo.

A un Cristo comprometido con su pueblo, que esta entre nosotros, que

deja que tengamos un encuentro personal con Él en la Eucaristía.

A un Cristo que nos mira en todo instante. Y con esa mirada quiere arrancar de nuestros corazones una actitud sincera de arrepentimiento y generosidad. Nos invita a aprender a mirarnos en sus ojos y a responder a las miradas que El, ahora nos dirige, desde el Sagrario.

El laico Cristiano del siglo XXI debe ser un hombre o una mujer que habiendo tenido un encuentro personal con Cristo, el cual le cambió la vida, un convertido, no un católico por tradición, por familia o por colegio solamente.

Será un hombre o una mujer que de testimonio de que ama, que vive el amor, en el trato de persona a persona y en grupos, que quiere a todos por igual.

Una persona solidaria con todos los seres humanos, especialmente con los que más sufren, sin excluir a nadie, sin sectarismos, exclusivismos, fobias u odios a tal o cual grupo humano.

Debe hacer que nuestra Iglesia, ante su propia conciencia y ante la sociedad, clarifique su actitud frente a todos los que buscan a Dios o sienten haberlo encontrado, incluso fuera de la Iglesia católica y aun del cristianismo.

Como laicos debemos hacer sentir que tenemos plena conciencia de estar en la verdad, pero que conocemos también nuestras deficiencias e insuficiencias humanas, y explicarlas, no para justificarlas, sino para que se vea nuestra sinceridad en la búsqueda del bien.

Convivir en paz, en vez de competir, a la defensiva o a la ofensiva, sentirnos hermanos, estimularnos mutuamente, apoyarnos los unos a los otros. Cuanto más santos y más humildes seamos, mejor nos entenderemos y más nos acercaremos, acompañándonos los unos a los otros hacia Cristo.
Estamos atravesando una época muy distinta a las anteriores, hoy más que nunca

es preciso el ejemplo de los laicos en el mundo, laicos cristianos que, ya desde el bautismo, estamos

llamados al apostolado. Un apostolado de amistad y confidencia, fieles al espíritu cristiano y  a la

hombría de bien.

“Hermanos no nos olvidemos nunca que somos laicos al servicio de Cristo”.

¡De Colores!

Daniel Valveson

CH74

 

Fuente: http://mccescuela.fullblog.com.ar/el-laico-en-los-ambientes.html

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Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un ‘saber’…

Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ‘ser’. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo y dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él

Jesucristo es, sin duda, el amor de nuestra vida: no el mayor entre otros, sino aquel que da sentido a todos los demás amores y a los intereses, ilusiones, ambiciones, trabajos, iniciativas que llenan nuestros días y nuestro corazón. De aquí, que sea fundamental mantener en nuestra vida espiritual «la centralidad de la persona de Jesucristo»[1]: Él es el camino para entrar en comunión con el Padre en el Espíritu Santo. En Él, se devela el misterio de quién es el hombre[2], a qué está llamado. Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal. Por eso, dejar que Jesús sea el centro de nuestra vida lleva, entre otras cosas, a «redescubrir con luces nuevas el valor antropológico y cristiano de los diferentes medios ascéticos; llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad, corazón, relaciones con los demás (…)»[3].

Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio,
ahondar también en el propio misterio personal

Esa persona a la que hay que llegar somos nosotros mismos, son todos aquellos a los que alcanzamos con nuestra amistad, con nuestro apostolado. La formación que recibimos e impartimos, ha de llegar a la inteligencia, a la voluntad y a los afectos, sin que ninguno de estos elementos quede descuidado o simplemente sometido a los otros. Aquí nos centraremos sobre todo en la formación de la afectividad, dando por supuesta la enorme relevancia de que se apoye en una buena formación intelectual. Considerar la importancia de la formación integral nos permitirá redescubrir la gran verdad que encierra la identificación que san Josemaría establecía entre fidelidad y felicidad[4].

Formarse para entrar en sintonía con Cristo

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Así, tendría buena formación quien a lo largo de su vida ha recibido buenos contenidos doctrinales, ascéticos, profesionales, etc. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Un buen profesional conoce la ciencia y la técnica que requiere su profesión, pero tiene algo más: ha desarrollado hábitos −modos de ser− que le disponen a aplicar bien esa ciencia y esa técnica que posee: hábitos de atención a los demás, de concentración en el trabajo, de puntualidad, de digerir éxitos y fracasos, de perseverancia, etc.

El voluntarismo es una visión errada de la virtud, que
la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad

Del mismo modo, ser un buen cristiano no es simplemente conocer −al nivel adecuado a la propia situación en la Iglesia y en la sociedad− la doctrina sobre los sacramentos, o sobre la oración, o sobre las normas morales generales y profesionales. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo para conocer su anchura, su profundidad (cfr. Ef 3,18), dejar que su Vida entre en la nuestra, y poder repetir con san Pablo que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Es decir, ser «alter Christus, ipse Christus»[5], dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él. Ese dejar actuar a la gracia, no es meramente pasivo, no consiste sólo en evitar poner obstáculos, ya que el Espíritu Santo no nos transforma en Cristo sin nuestra cooperación libre, voluntaria. Pero tampoco esto basta: entregarnos al Señor, darle nuestra vida, no es solamente darle nuestras decisiones, nuestros actos; es también darle nuestro corazón, nuestros afectos, incluso nuestra espontaneidad. Para esto es imprescindible una buena formación intelectual y doctrinal que configure la cabeza, que incida en nuestras decisiones, pero es también necesario que esa doctrina cale y llegue al corazón de la persona. Y esto requiere lucha… y requiere tiempo. Dicho de otro modo, es necesario adquirir virtudes, y precisamente en eso consiste la formación.

No es raro encontrarse con personas que temen que la insistencia en las virtudes acabe conduciendo al voluntarismo. Nada más lejos de la realidad. Quizá, en la raíz de esta confusión, se encuentre una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad, que hace a quien la posee capaz de cumplir la norma moral, incluso cuando esta se opone a la propia inclinación. Se trata de una idea bastante difundida y, efectivamente, de origen voluntarista. En definitiva, la virtud consistiría en la capacidad de ir contra la corriente de las propias inclinaciones cuando la norma moral así lo requiere. Naturalmente, hay algo de verdad en esto, pero se trata de algo incompleto que transforma las virtudes en cualidades frías, que llevarían a la negación práctica de las propias inclinaciones, intereses y afectos y que, sin querer, acaban convirtiendo la indiferencia en un ideal: como si la vida interior y la entrega consistieran en llegar a no sentirse atraído por nada que pudiera obstaculizar las propias decisiones futuras.

Plantear la formación de este modo, impediría llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad y afectos no estarían creciendo juntos, llevándose de la mano, ayudándose mutuamente, sino que alguna de esas facultades estaría aplastando a alguna de las otras. El desarrollo de la vida interior, en cambio, requiere esa integración y, desde luego, no lleva a empequeñecerse, a perder intereses y afectos; no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, no nos duela lo doloroso, no nos preocupe lo preocupante o no nos atraiga lo atractivo. Al contrario, conduce a expandir el corazón, que se llena de un amor grande, desde el que mira a todos esos sentimientos y consigue, por eso, verlos en un contexto más amplio que da recursos para afrontar aquellos que plantean una dificultad, y ayuda a captar el sentido positivo y trascendente de los que resultan agradables.

El Evangelio nos muestra el interés sincero del Señor por el descanso de los suyos: «venid vosotros solos a un lugar apartado y descansad un poco» (Mc 6,31), o también la reacción de su corazón ante el sufrimiento de sus amigos, como Marta y María (cfr. Jn 11,1-44). No podemos imaginar que en esos momentos Jesucristo estuviera actuando, como si, en el fondo, por su unión con su Padre, lo que sucedía a su alrededor le resultara indiferente. San Josemaría hablaba de amar al mundo y de hacerlo apasionadamente[6], impulsaba a poner el corazón en Dios y, por Él, en los demás, en el trabajo que nos ocupa, en la labor apostólica, porque «el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte»[7]. La disponibilidad, por ejemplo, no es la disposición de aquél a quien le es indiferente una cosa que otra, porque ha conseguido perder todo interés, quizá para evitar sufrir cuando se le pida algo que le contraría; sino la disposición grandiosa de quien sabe prescindir en un momento de algo bueno y atractivo para concentrarse en otra cosa en la que Dios le espera, porque vivir para Dios es lo que profundamente desea. Se trata de alguien, en definitiva, con corazón grande, con intereses, con ambiciones buenas que sabe superar cuando conviene, no porque las niegue o porque intente que no le afecten, sino porque su interés en amar y servir a Dios es mucho más grande aún. Y no sólo es más grande, sino que es −se ha ido convirtiendo en− lo que da sentido y contiene en sí todos los otros intereses.

Gozar con la práctica de las virtudes

La formación de las virtudes requiere lucha, vencer la propia inclinación cuando se opone a los actos buenos. Esta es la parte de verdad que contiene el concepto reductivo –voluntarista– de virtud, al que nos referíamos antes. Pero la virtud no consiste en esa capacidad de oponerse a la inclinación, sino más bien en la formación de la inclinación. El objetivo no es, pues, ser capaces de dejar habitualmente a un lado la afectividad para poder guiarse por una regla externa, sino más bien formar la afectividad de modo que seamos capaces de gozar en el bien realizado. La virtud consiste precisamente en ese gozo en el bien, en la formación –digámoslo así– del buen gusto: «[Dichoso el hombre] que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita su Ley» (Sal 1,2) En definitiva, la virtud es la formación de la afectividad y no el hábito de oponerse sistemáticamente a ella.

Mientras la virtud no está formada, la afectividad puede plantear una resistencia al acto bueno, que habrá que vencer. Pero el objetivo no es simplemente conseguir vencerla, sino más bien desarrollar el gusto por ese comportamiento. Cuando se posee la virtud, el acto bueno puede seguir costando, pero se hace con alegría. Pongamos algún ejemplo. Levantarnos puntualmente por la mañana −el minuto heroico[8] probablemente nos cueste siempre: quizá no llegará el día en que al sonar el despertador no nos apetezca permanecer un rato más en la cama. Pero si nos esforzamos habitualmente en vencer la pereza por amor a Dios, llega el momento en que hacerlo nos alegra, mientras que ceder a la comodidad nos desagrada, nos deja un mal sabor de boca. Paralelamente, a una persona justa, llevarse un producto del supermercado sin pagar, no sólo le resultaría prohibido, sino también feo, desagradable, discordante con sus disposiciones, con su corazón. Esta configuración de la afectividad que genera esa alegría ante el bien y ese disgusto ante el mal, no es una consecuencia colateral de la virtud, sino que es un componente esencial de ella. Por eso la virtud nos hace capaces de disfrutar del bien.

No es esta una idea meramente teórica. Al contrario, tiene una gran incidencia práctica saber que cuando luchamos no estamos acostumbrándonos a fastidiarnos, sino aprendiendo a disfrutar del bien, aunque de momento eso exija ir contra corriente.

La formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos aprendan a centrarse en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios −siempre subordinados a los principales− a lo que simplemente está en el orden de los medios. En última instancia, formarse en las virtudes es aprender a ser feliz, a gozar de y con lo grandioso, es, en definitiva, prepararse para el Cielo.

Una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Del mismo
modo, actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad

Si formarse es crecer en virtudes y las virtudes consisten en un cierto orden en los afectos, se puede concluir que toda formación es formación de la afectividad. Quizá, al leer esto, alguien podría objetar que, en el esfuerzo por adquirir virtudes, su intento era más operativo que afectivo, e incluso añadir que llamamos virtudes a unos hábitos operativos. Es verdad. Pero si las virtudes nos ayudan a hacer el bien es porque nos ayudan a sentir correctamente. El ser humano siempre se mueve hacia el bien. El problema moral es, en última instancia, por qué lo que no es bueno, se nos aparece –se presenta a nuestros ojos– como bueno en una situación concreta. Que esto suceda se debe a que el desorden de las tendencias lleva a exagerar el valor del bien al que se dirige alguna de ellas, de modo que se considera más deseable en esa situación que otro bien con el que ha entrado en conflicto, que, sin embargo, posee mayor valor objetivo porque responde al bien global de la persona. Por ejemplo: en una cierta situación podemos encontrarnos ante la tesitura de decir o no la verdad. La tendencia natural que tenemos a la verdad, nos la presentará como un bien. Pero también tenemos una tendencia natural al aprecio de los demás que, en ese caso concreto, si nos parece que la verdad nos haría quedar mal, nos presentará la mentira como conveniente. Esas dos tendencias entran en conflicto. ¿Cuál de ellas prevalecerá? Dependerá de cuál de los dos bienes es más importante para nosotros y en esta valoración la afectividad juega un papel decisivo. Si está bien ordenada, ayudará a la razón a percibir que la verdad es muy valiosa y que el aprecio de los demás no es deseable si exige renunciar a ella. Ese amor a la verdad por encima de otros bienes que también nos atraen, es precisamente lo que denominamos sinceridad. Pero si el afán por quedar bien es más fuerte que la atracción de la verdad, es fácil que la razón se engañe, y aun sabiendo que eso no es bueno, juzgue conveniente mentir. Aunque sepamos perfectamente que no se debe mentir, consideramos que en este caso nos conviene hacerlo.

La afectividad ordenada ayuda a hacer el bien porque ayuda antes a percibirlo. Interesa mucho formarla. ¿Cómo conseguirlo? Trataremos de exponer algunas ideas en el próximo editorial. Ahora nos limitaremos a señalar algo que conviene saber antes de afrontar ese tema.

La voluntad y los sentimientos

Acabamos de afirmar que una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Lo mismo se puede decir en el sentido contrario: actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad.

Sabemos por experiencia −y conviene no olvidarlo si no queremos caer fácilmente en frustraciones y desánimos− que no podemos controlar directamente nuestros sentimientos: si nos envuelve el desánimo, no podemos resolver el problema decidiendo sin más sentirnos alegres. Lo mismo sucede si queremos en un cierto momento sentirnos más audaces, o menos tímidos, o si deseamos no tener miedo o vergüenza, o no sentir la atracción sensible de algo que juzgamos desordenado. Otras veces, quizá desearíamos tratar con soltura a una persona ante la que sentimos un cierto rechazo involuntario por razones que reconocemos nimias, pero no conseguimos superar y nos damos cuenta de que proponerse sin más tratarla con sencillez no resuelve la dificultad. En definitiva, no basta una decisión voluntaria para que los sentimientos se ajusten a nuestros deseos. Sin embargo, que la voluntad no controle directamente los sentimientos no significa que no tenga ningún influjo sobre ellos.

En ética, el control que la voluntad puede ejercer sobre los sentimientos se califica de político, porque es semejante al que un gobernante tiene sobre las decisiones de sus súbditos: no puede controlarlas directamente, ya que ellos son libres; pero puede tomar ciertas medidas −por ejemplo, disminuir los impuestos− esperando que produzcan ciertos resultados −por ejemplo, un aumento del consumo o de la inversión− a través de la voluntad libre de los ciudadanos. También nosotros podemos realizar ciertos actos que esperamos que susciten unos sentimientos concretos: podemos detenernos a considerar el bien que hará una labor apostólica para la que buscamos ayuda, como medio para sentirnos más audaces al solicitar un donativo para su puesta en marcha. Podemos considerar nuestra filiación divina esperando también que nos afecte menos a nivel sensible un revés profesional. También sabemos que ingerir una cierta dosis de alcohol puede provocar un estado transitorio de euforia; y que si voluntariamente damos vueltas en nuestra cabeza a un mal trato recibido, provocaremos reacciones de ira. Estos serían algunos ejemplos del influjo, siempre indirecto, que la voluntad puede ejercer a corto plazo sobre los sentimientos.

Mucho más importante, sin embargo, es el influjo que la voluntad ejerce a largo plazo sobre la afectividad, porque es precisamente ese influjo lo que le permite darle forma, formarla. Al reflexionar sobre ese proceso se percibe claramente que la persona es una y que la formación sólo logra su objetivo si alcanza a la inteligencia, a la voluntad, a los afectos. En esto nos detendremos en el próximo editorial.

Julio Diéguez

Fuente: opusdei.org.

 

[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[2] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965), n. 22.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14.II.2017, n. 8.

[4] San Josemaría, Surco, 84: «Tu felicidad en la tierra se identifica con tu fidelidad a la fe, a la pureza y al camino que el Señor te ha marcado». Cfr. también, por ejemplo, San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, 60; Instrucción, 8-XII-1941, 61; San Josemaría Amigos de Dios, 189.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[6] Baste mencionar, como ejemplo, el título de la homilía Amar al mundo apasionadamente, en Conversaciones, nn. 113-123.

[7] Amigos de Dios, n, 183.

[8] San Josemaría, Camino, n. 206.

 

Fuente: https://www.almudi.org/articulos/12714-llegar-a-la-persona-en-su-integridad-el-papel-de-los-afectos-i


 

Los actos voluntarios contribuyen a crear una connaturalidad afectiva con el bien hacia el que se mueve la voluntad

Para ello, resulta fundamental querer el bien verdadero y contar con el tiempo. De este modo se vive plenamente la realidad, que nos permite descubrir el inmenso panorama del mundo interior y de la realidad.

«Revestíos del Señor Jesucristo» (Rom 13,14). Hacer realidad este anhelo de San Pablo es algo más que ponerse un traje. Implica una conversión del corazón, una transformación de la persona en respuesta a la acción de la gracia, supone abandonar las obras de las tinieblas y revestirse de las armas de la luz (cfr. Rom 13,12): una formación profunda e integral.

En el editorial precedente nos detuvimos a considerar que llegar a la persona en su integridad requiere que la formación alcance no solo a la inteligencia y a la voluntad, sino también a los afectos[1]. Vimos además que la formación de los afectos −aprender a gozar del bien− requiere la intervención de la voluntad −y por tanto de la inteligencia− que, sin embargo, tiene un control solo indirecto −político− sobre los sentimientos. Ese control lo ejerce en ocasiones tratando de provocar una emoción concreta.

Pero también hay otro tipo de influjo más a largo plazo, que se produce incluso sin que el sujeto se lo proponga, que tiene más importancia para nuestra reflexión. Esto sucede porque los actos voluntarios no solo pueden causar algo en el mundo externo a nosotros, sino que sobre todo producen un efecto interior: contribuyen a crear una connaturalidad afectiva con el bien hacia el que se mueve la voluntad. Explicar cómo esto se produce excede el planteamiento de estos artículos, pero en todo caso, nos interesa resaltar dos puntos.

Querer el bien

El primero de esos puntos es que el bien hacia el que la voluntad se mueve −y con el que se crea la connaturalidad− puede ser muy distinto del que se percibe desde fuera. Dos personas que realizan un mismo encargo pueden estar haciendo dos cosas muy distintas: una puede estar sencillamente intentando no quedar mal ante quien se lo ha encomendado, mientras la otra tiene la intención de servir. La segunda está formando una virtud y la primera no, porque el bien que persigue y con el que se configura es el de evitar quedar mal ante la autoridad. Es cierto, sin embargo, que esa actuación puede suponer un paso adelante respecto a una actitud precedente (negarse a hacerlo), pero mientras no sea seguida de pasos ulteriores, no estará formando la virtud, por numerosas que sean las repeticiones del acto. Por eso es tan importante rectificar, purificar constantemente la intención para ir progresivamente apuntando a los motivos por los que realmente vale la pena hacer algo y así configurarnos afectivamente con ellos.

No forma tanto el hacer, sino el querer: no solo importa
lo que hago, sino también lo que quiero cuando lo hago

Todos tenemos experiencia, propia o ajena, de cómo limitarse a respetar unas reglas acaba fácilmente convirtiéndose en un peso. El ejemplo del hijo mayor de la parábola nos previene de ese peligro (cfr. Luc 15,29-30). Mientras que buscar sinceramente el bien que esas reglas tratan de promover, alegra y libera. En definitiva, podríamos decir que no forma el hacer, sino el querer: no solo importa lo que hago, sino también lo que quiero cuando lo hago[2]. La libertad es, pues, decisiva: no basta hacer algo, hay que querer hacerlo, hay que hacerlo «porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural»[3], porque solo así formamos la virtud, es decir, aprendemos a disfrutar del bien. Un mero cumplimiento que se traduzca en «cumplo y miento»[4], no promueve la libertad, ni el amor, ni la alegría. En cambio, sí los promueve entender por qué esa actuación es grandiosa y vale la pena, y dejarse guiar por esas razones al actuar.

Una formación de largo alcance

El segundo punto que nos conviene considerar es que el proceso de connaturalización afectiva con el bien es ordinariamente lento. Si la virtud consistiera solo en la capacidad de superar la resistencia afectiva para hacer el bien, podríamos alcanzarla en tiempos mucho más cortos. Pero ya sabemos que la virtud no está formada mientras el bien no tenga un reflejo positivo en la afectividad[5]. Consecuencia de esto es la necesidad de ser paciente en la lucha, porque alcanzar algunos de los objetivos que vale la pena proponerse, puede requerir un tiempo largo, quizás años. La resistencia al acto bueno que seguimos experimentando durante ese tiempo no hemos de interpretarla como un fracaso o como señal de que nuestra lucha no es sincera o es poco decidida. Se trata de un camino progresivo, en el que cada paso es ordinariamente pequeño y no es fácil apreciar el avance que supone. Solo después de un cierto tiempo, mirando hacia atrás, advertiremos que hemos recorrido más camino del que nos parecía.

Si, por ejemplo, tenemos reacciones de ira que querríamos superar, comenzaremos esforzándonos por reprimir sus manifestaciones externas; quizás al principio nos parecerá que no conseguimos nada, pero si somos constantes, las ocasiones en que vencemos −inicialmente escasas− irán haciéndose más y más frecuentes y, al cabo de un tiempo −quizá largo− llegaremos a conseguirlo de modo habitual; pero no basta, porque nuestra meta no era reprimir unas manifestaciones externas, sino modelar una reacción interna, ser más mansos y pacíficos, de modo que esa reacción más serena sea la propia de nuestro modo de ser. La lucha es, por tanto, mucho más larga, pero ¿quién podría negar que es mucho más bonita, liberadora e ilusionante? Es una lucha que apunta a alcanzar una paz interior en la búsqueda y puesta en práctica de la voluntad de Dios y no al mero sometimiento violento de los sentimientos.

Un mero cumplimiento que se traduzca en «cumplo
y miento», no promueve la libertad, ni el amor, ni la alegría

El Papa Francisco, al explicar su principio de que el tiempo es superior al espacio[6], señala que «darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios»[7]. En la vida interior vale la pena poner en marcha procesos realistas y generosos. Y hay que saber esperar a que produzcan sus frutos. «Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite»[8]. Nos interesa mucho, efectivamente, que la conciencia de nuestra limitación no paralice nuestra aspiración a la plenitud que Dios nos ofrece. Como nos importa también que esta noble ambición no ignore ingenuamente que somos limitados.

Apuntar alto en la formación, proponerse no solo realizar actos buenos, sino ser buenos, tener un buen corazón, nos permitirá distinguir el acto virtuoso de lo que podríamos denominar el acto conforme a una virtud. Este último sería el acto que corresponde a una virtud y contribuye paso a paso a formarla, pero que, al no proceder todavía de un hábito ya maduro, requiere frecuentemente sobreponerse a una afectividad que empuja en dirección contraria. El acto virtuoso sería en cambio el de quien goza en la realización de ese bien, incluso cuando le supone un esfuerzo. Este es el objetivo.

Una formación integral, que alcanza a modelar la afectividad, es lenta. Quien quiere formarse así no cae en la ingenuidad de pretender someter los sentimientos a la propia voluntad, pisoteando los que no le gustan o tratando de provocar los que desearía tener. Entiende que su lucha debe centrarse más bien en las decisiones libres con las que, al intentar seguir la voluntad de Dios, da respuesta a esos sentimientos, acogiendo o rechazando la sugerencia de comportamiento que conllevan. Porque son esas decisiones las que −indirectamente y a largo plazo− acaban modelando la interioridad de la que proceden esos afectos.

Un mundo dentro de ti

A medida que la virtud se va formando, no solo se realiza el acto bueno con más naturalidad y gozo; también se posee mayor facilidad para identificar cuál es ese acto. «Para poder “distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto”(Rom 12,2), sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero esta no es suficiente: es indispensable una especie de “connaturalidad” entre el hombre y el verdadero bien (cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 45, a. 2). Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo»[9].

Esto se debe en buena parte a que la afectividad es la primera voz que oímos a la hora de valorar la oportunidad de un comportamiento: antes de que la razón examine si es o no conveniente realizar algo placentero, ya hemos experimentado su atracción. La virtud, en cuanto que hace afectivamente atractivo el bien, consigue que la voz de la afectividad incluya ya una cierta valoración moral −esto es, en referencia al bien global de la persona− del acto en cuestión. Hace que, por ejemplo, aunque nos atraiga la posibilidad de quedar bien, la mentira se nos presente como desagradable.

«El tiempo es superior al espacio: Este principio permite
trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por
resultados inmediatos» (Papa Francisco)

De modo implícito, pero claro, lo encontramos expresado en un brevísimo punto de Camino: «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[10]. San Josemaría está poniendo una mirada exterior en relación con el mundo interior. Y es esa relación la que le permitirá valorar la mirada, que aparecerá como conveniente o inconveniente según esté constituido el mundo interior. Una mirada inadecuada, entonces, no hace falta reprimirla, porque ya aparece como innecesaria, porque el mundo interior −mi mundo− la rechaza. San Josemaría nos está diciendo que si se tiene una interioridad rica, lo que hace daño no solo se evita de hecho, sino que no presenta mayor peligro, porque repugna: no se percibe solo como malo, sino también −y antes− como feo, desagradable, desentonado, descolocado…; por supuesto que puede atraer de algún modo, pero es fácil rechazar esa atracción, porque rompe la armonía y la belleza del clima interior. En cambio, si no llevas un mundo dentro de ti, evitar esa mirada te supondrá un esfuerzo notable.

Realismo

Lo que venimos diciendo, muestra cómo el crecimiento en las virtudes nos va haciendo más y más realistas. Algunas personas tienen la idea −normalmente no formulada− de que vivir según las virtudes supone cerrar un ojo a la realidad, eso sí, por un motivo muy alto y porque de ese comportamiento, que implica cerrarse en parte a este mundo, esperamos un premio en el otro. Al contrario, vivir como Cristo, imitar sus virtudes nos abre a la realidad y no permite que nuestra afectividad nos engañe en el momento de valorarla y de decidir cómo responder a ella.

La pobreza, por ejemplo, no supone renunciar a considerar el valor de los bienes materiales en vista de la vida eterna; es más, solo la persona que vive desprendida valora los bienes materiales en su justa medida: ni piensa que son malos, ni les concede una importancia que no tienen. Quien, en cambio, no se esfuerza en vivir así, acabará otorgándoles un valor mayor del que poseen y eso incidirá en sus decisiones: será poco realista, aunque aparezca ante otros como un auténtico hombre de mundo, que sabe moverse en ciertos ambientes. La persona sobria, sabe disfrutar de una buena comida; la que no lo es, otorga a ese placer una importancia de la que objetivamente carece. Algo similar se podría decir de cualquier otra virtud. Como Jesús dijo a Nicodemo: «El que obra según la verdad viene a la luz» (Jn 3,21).

Un círculo ‘virtuoso’

En definitiva, orientar nuestra afectividad desarrollando las virtudes, es aclarar nuestra mirada, es como limpiar las gafas de las manchas que el pecado original y los pecados personales han dejado en ellas y que nos dificultan ver el mundo como realmente es. «Digámoslo tranquilamente: la irredención del mundo consiste precisamente en la ilegibilidad de la creación, en la irreconocibilidad de la verdad; una situación que lleva necesariamente al dominio del pragmatismo y, de este modo, hace que el poder de los fuertes se convierta en el dios de este mundo»[11].

Una afectividad ordenada ayuda a la razón a leer la creación, a reconocer la verdad, a identificar lo que verdaderamente nos conviene. Ese juicio correcto de la razón facilita la decisión voluntaria. El acto bueno que sigue a esa decisión, contribuye a connaturalizarnos con el bien perseguido y, por tanto, a ordenar la afectividad. Es un auténtico círculo virtuoso que conduce a sentirse progresivamente libres, señores de los propios actos y, en consecuencia, capacita para entregarse realmente al Señor, porque solo quien se posee puede entregarse.

El crecimiento en las virtudes nos va haciendo
más y más realistas

La formación es integral solo cuando alcanza todos estos niveles. Dicho de otro modo, solo hay verdadera formación cuando las diversas facultades que intervienen en el actuar humano −la razón, la voluntad, la afectividad− están integradas: no pelean, sino que colaboran. Si no se alcanzara a modelar los afectos, es decir, si las virtudes se entendieran solo como una fuerza adicional en la voluntad que la hace capaz de ignorar el nivel afectivo, las normas morales y la lucha con que tratamos de vivirlas serían represivas y no se alcanzaría una auténtica unidad de vida, porque siempre experimentaríamos dentro de nosotros fuerzas que tiran poderosamente en sentidos contrarios y que generan inestabilidad. Una inestabilidad que conocemos bien, porque es nuestro punto de partida, pero que vamos superando paso a paso, a medida que conducimos esas fuerzas progresivamente hacia la armonía, de modo que llegue el momento en que esa razón más sobrenatural que es porque me da la gana, signifique porque me gusta, porque me atrae, porque cuadra con mi modo de ser, porque encaja con el mundo interior que me he formado; en definitiva, porque he ido aprendiendo a hacer míos los sentimientos de Jesucristo.

Caminamos así hacia la meta, a la vez altísima y atractiva, que San Pablo nos señala: «tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Fil 2,5), y nos damos cuenta de que así nos revestimos del Señor Jesucristo (cfr. Rom 13,14). «La vida de Cristo es vida nuestra (…). El cristiano debe −por tanto− vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,10), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí»[12]. Y ya que la fidelidad consiste precisamente en esto, en vivir, en querer, en sentir como Cristo, no porque nos disfracemos de Cristo, sino porque sea ese nuestro modo de ser, entonces, al seguir la voluntad de Dios, al ser fieles, somos hondamente libres, porque hacemos lo que nos va, lo que nos gusta, lo que nos da la gana. Profundamente libres y profundamente fieles. Profundamente fieles y profundamente felices.

Julio Diéguez

Fuente: opusdei.org.

 

[1] Cfr. F. Ocáriz, Carta pastoral 14.II.2017, n. 8.

[2] En realidad, desde el punto de vista moral, lo que hago es precisamente lo que quiero cuando lo hago. Para nuestro objetivo, sin embargo, no es necesario que nos detengamos a explicar por qué esto es así.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 17.

[4] Cfr. Don Álvaro, Carta IX-1975, en Cartas de familia I, n. 8.

[5] Debería haber quedado claro en el artículo anterior que esto no significa que el bien no cueste ningún esfuerzo o, lo que es lo mismo, que el mal ya no tenga atractivo de ningún tipo.

[6] Cfr. Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, nn. 222-225.

[7] Ibidem, n. 223. La cursiva es del original.

[8] Ibidem.

[9] San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6.VIII.1993, n. 64.

[10] San Josemaría, Camino, n. 184.

[11] Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Volumen II, 7, 3.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 103.

 

 

 

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Homilia del Papa “La misericordia de Jesús: siempre perdona, siempre recibe”

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Jueves 20 de septiembre de 2018

El Papa en Santa Marta 20-09-2018.

El Papa en Santa Marta 20-09-2018.  (Vatican Media)

Hay como tres grupos de personas en las lecturas de hoy (1Cor 15,1-11 y Lc 7,36-50): Jesús y sus discípulos; Pablo y la mujer pecadora, una de esas cuyo destino era ser visitada a escondidas –también por los fariseos– o ser lapidada; y los doctores de la Ley.

La mujer se deja ver con mucho amor a Jesús, sin esconder que es pecadora. Lo mismo que Pablo, quien afirma: “yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios”. Ambos buscaban a Dios con amor, pero con un amor a medias. Pablo pensaba que el amor era una ley y tenía el corazón cerrado a la revelación de Jesucristo: perseguía a los cristianos, pero por celo a la ley, por ese amor inmaduro. Y la mujer buscaba el amor, pero un amor con minúscula. Y los fariseos comentan, y Jesús explica: “sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”. “Pero, ¿qué amor? Si esas no saben amar”, piensan los fariseos. Pero Jesús, hablando de ellas, una vez dijo que los precederán en el Reino de los Cielos. “¡Pero qué escándalo!”, decían los fariseos. Jesús ve el pequeño gesto de amor, el pequeño gesto de buena voluntad, lo toma y lo lleva adelante. Es la misericordia de Jesús: siempre perdona, siempre recibe.

Respecto a los doctores de la Ley, tienen una actitud que solo los hipócritas usan con frecuencia: se escandalizan. Dicen: “¡Mira qué escándalo! ¡No se puede vivir así! Hemos perdido los valores… Ahora todos tienen el derecho a entrar en la iglesia, hasta los divorciados, todos. Pero, ¿dónde estamos?”. El escándalo de los hipócritas. Ese es el diálogo entre el amor grande que perdona todo, el de Jesús, y el amor a medias de Pablo y de la mujer, y también el nuestro, que es un amor incompleto, porque ninguno de nosotros es un santo canonizado. ¡Digamos la verdad! Es la hipocresía de los “justos”, de los “puros”, de los que se creen salvados por sus propios méritos externos. Jesús reconoce que esas personas muestran exteriormente todo bonito –habla de “sepulcros blanqueados”–, pero por dentro tienen podredumbre. Y la Iglesia, cuando camina por la historia, es perseguida por los hipócritas: hipócritas por dentro y por fuera. El diablo no tiene nada que hacer con los pecadores arrepentidos, porque miran a Dios y le dicen: “Señor soy pecador, ayúdame”. Ahí el diablo es impotente, pero es fuerte con los hipócritas. Es fuerte, y los usa para destruir, destruir a la gente, destruir la sociedad, destruir la Iglesia. El caballo de batalla del diablo es la hipocresía, porque es un embustero: se deja ver como príncipe poderoso, bellísimo, pero por detrás es un asesino.

No olvidemos que Jesús perdona, recibe, usa misericordia, una palabra tantas veces olvidada cuando hablamos mal de los demás. Por tanto, ser misericordiosos, como Jesús, y no condenar a los demás. Jesús en el centro. Cristo perdona tanto a Pablo, pecador, perseguidor, pero con un amor a medias, como a la mujer, pecadora, también ella con un amor incompleto. Solo así pueden encontrar el verdadero amor, que es Jesús, mientras los hipócritas son incapaces de encontrar el amor porque tienen el corazón cerrado. Pidamos a Jesús que proteja siempre con su misericordia y su perdón a nuestra Iglesia, que como madre es santa, pero está llena de hijos pecadores como nosotros.

El Papa en Santa Marta 20-09-2018.
Categorías:Homilias

Sentido de misión (II)

El dinamismo propio del apostolado es la caridad, que es don divino: «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor» (Forja, 565). La Iglesia crece por medio de la caridad de sus fieles y, solo después, llegan la estructura y la organización, como frutos de esa caridad y para estar al servicio de ella

Con vivos trazos describe san Lucas la vida de los primeros creyentes en Jerusalén después de Pentecostés: «Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse» (Hch 2, 46-47). Con todo, pronto llegarían las contradicciones: la prisión de Juan y Pedro, el martirio de Esteban y, finalmente, la persecución abierta.

¿Qué movía a los primeros cristianos a hablar
del Señor, incluso durante la persecución?

En ese marco precisamente, narra el evangelista algo sorprendente: «los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio» (Hch 8,4). A cualquiera le llama la atención que, en momentos en que su vida estaba en serio peligro, no renunciaran a seguir anunciando la Salvación. Y no es un suceso aislado, sino que refleja un dinamismo constante. Un poco más adelante se encuentra una noticia similar: «Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos» (Hch 11,19). ¿Qué movía a aquellos primeros fieles a hablar del Señor a quienes encontraban, incluso en el mismo momento en que huían de una persecución? Les mueve la alegría que han encontrado y que les llena el corazón: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1Jn 1,3). Lo anuncian, sencillamente, «para que nuestra alegría sea completa» (1Jn 1,3). El Amor que se ha cruzado en su camino… deben compartirlo. La alegría es contagiosa. Y eso, ¿no podríamos vivirlo también los cristianos de hoy?

La vía de la amistad

Un detalle de esta escena del libro de los Hechos es muy significativa. Entre aquellos que se habían dispersado «había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús» (Hch 11,20). Los cristianos no se movían en círculos especiales, ni esperaban llegar a lugares idóneos para anunciar la Vida y la Libertad que habían recibido. Cada uno compartía su fe con naturalidad, en el ambiente que le era más cercano, con las personas que Dios ponía en su camino. Como Felipe con el etíope que volvía de Jerusalén, como el matrimonio de Aquila y Priscila con el joven Apolo (cfr. Hch 8,26-40; 18,24-26). El Amor de Dios que llenaba su corazón les llevaba a preocuparse por todas esas personas, compartiendo con ellas aquel tesoro «que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[1]. Si partimos de la cercanía con Dios, podremos dirigirnos a quienes nos son más cercanos para compartir lo que vivimos. Más aún, querremos acercarnos a más y más gente, para compartir con ellos la Vida nueva que el Señor nos da. De este modo, ahora como entonces, podrá decirse que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch, 11,21).

Una segunda idea que podemos considerar a la luz de la historia es que, más que por una acción estructural y organizada, la Iglesia crecía −y crece− por medio de la caridad de sus fieles. La estructura y la organización llegarían más tarde, precisamente como fruto de esa caridad y al servicio de ella. En la historia de la Obra hemos visto algo similar. Quienes primero siguieron a San Josemaría querían a los demás con un cariño sincero, y ese era el ambiente en que el mensaje de Dios se fue abriendo camino. Como se cuenta de la primera Residencia: «“Los de Luchana 33” eran amigos unidos por el mismo espíritu cristiano que transmitía el Padre. Por eso, quien se encontró a gusto en el ambiente formado en torno a don José María y a las personas que estaban junto a él, regresó. De hecho, si al piso de Luchana se acudía por invitación, en cambio se permanecía por amistad»[2].

Nos hace bien recordar estos aspectos de la historia de la Iglesia y de la Obra cuando, con el paso de los años, una y otra han crecido tanto, y existe el riesgo de que confiemos más en las obras de apostolado, que en la labor que puede hacer cada una o cada uno. El Padre ha querido recordárnoslo últimamente: «Las circunstancias actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[3].

Los cristianos no se movían en círculos especiales
para anunciar la Vida y la Libertad recibidas

En realidad, es natural que sea así. Si el dinamismo propio del apostolado es la caridad que es don de Dios, «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[4]. La amistad es amor y, para un hijo de Dios, es auténtica caridad. Por eso, no se trata de procurar tener amigos para hacer apostolado, sino que amistad y apostolado son manifestaciones de un mismo amor. Más aún, «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[5]. No está de más que nos preguntemos: ¿cómo cuido a mis amigos?, ¿comparto con ellos la alegría que procede de saber lo mucho que le importo a Dios? Y, por otra parte, ¿procuro llegar a más gente, a personas que quizá nunca han conocido a un creyente, para acercarlas al Amor de Dios?

En las encrucijadas del mundo

«Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1Co 9,16). Estas palabras de san Pablo son un reclamo continuo para la Iglesia. De igual modo, su conciencia de haber sido llamado por Dios para una misión es un modelo siempre actual: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada» (1Co 9,17). El apóstol de las gentes era consciente de haber sido llamado para llevar el nombre de Jesucristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hch 9,15), y por eso tenía una santa urgencia por llegar a todos ellos.

Cuando, en su segundo viaje, el Espíritu Santo le condujo a Grecia, el corazón de Pablo se dilataba y se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, que se habían quedado en Berea, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar −como solía− a la Sinagoga. Pero le pareció poco, y en cuanto pudo fue también al Ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19). Y así, en el Areópago de Atenas, donde se daban encuentro las corrientes de pensamiento más actuales e influyentes, Pablo anunció el nombre de Jesucristo.

Como el apóstol, también nosotros «estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidad: cogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32], 11)»[6]. Es natural que en muchos fieles cristianos nazca el deseo de llegar a aquellos lugares que «tienen gran incidencia para la configuración futura de la sociedad»[7]. Hace dos mil años, eran Atenas y Roma. Hoy, ¿cuáles son esos lugares? ¿Hay en ellos cristianos que puedan ser en ellos «el buen olor de Cristo» (2Co 2,15)? Y nosotros, ¿no podríamos hacer algo por acercarnos a aquellos lugares, que a menudo no son ya ni siquiera lugares físicos? Pensemos en los grandes espacios en que muchas personas toman decisiones importantes, vitales para su vida… pero pensemos también en esos mismos centros de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestro lugar de trabajo. Cuánto puede hacer, en esos lugares, la presencia de quien promueve una visión más justa y solidaria del ser humano, que no distingue entre ricos o pobres, sanos o enfermos, locales o extranjeros, etc.

Bien pensado, todo esto forma parte de la misión propia de los fieles laicos en la Iglesia. Como propuso el Concilio Vaticano II, ellos «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[8]. Esa llamada, común a todos los fieles laicos, se concreta de modo particular en quienes hemos recibido la vocación al Opus Dei. San Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[9]. Los veía preocupados de «llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»[10], poniéndole, con su trabajo, «en la cumbre de todas las actividades de la tierra»[11].

«La amistad misma es apostolado; la amistad misma es un
diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen
proyectos, en un mutuo abrirse horizontes» (F. Ocáriz)

Con el deseo de mantener vivo ese rasgo constitutivo de la Obra, el Padre nos animaba, en su primera carta como prelado, a «promover en todos una gran ilusión profesional: a los que todavía son estudiantes y han de albergar grandes deseos de construir la sociedad, y a los que ejercen una profesión; conviene que, con rectitud de intención, fomenten la santa ambición de llegar lejos y de dejar huella»[12]. No se trata de «estar a la última» por un prurito de originalidad, sino de tomar conciencia de que, para los fieles del Opus Dei, «el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos −junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos− los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad»[13]. Es una hermosa tarea, que exige de nosotros un constante empeño por salir de nuestro pequeño mundo y levantar los ojos al horizonte inmenso de la Salvación: ¡el mundo entero espera la presencia vivificante de los cristianos! Nosotros, en cambio, «¡cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cfr. Lc 5,4). Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cfr. 2Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9,16)»[14].

Disponibilidad para hacer la Obra

Junto el deseo de llevar la Salvación a muchas personas, está en el corazón del apóstol «el desvelo por todas las iglesias» (cfr. 2Co 11,28). Necesidades en la Iglesia ha habido desde el principio: el libro de los Hechos cuenta cómo Bernabé «tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hch 4,37); san Pablo recuerda en muchas de sus cartas la colecta que estaba preparando para los cristianos de Jerusalén. La Obra no ha sido, tampoco en este punto, una excepción. Apenas una semana después de llegar por primera vez a Roma, el 30 de junio de 1946, San Josemaría escribía por carta a los miembros del Consejo General, que estaba entonces en Madrid: «Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario −¡Ricardo![15]− preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia. Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin embargo, es imprescindible adquirir casa aquí»[16]. Las necesidades económicas en relación con las casas de Roma no habían hecho más que empezar, y, como los primeros cristianos, todos en la Obra las veían como algo muy propio. En los últimos años, don Javier solía contar con emoción la historia de los dos sacerdotes que llegaron a Uruguay para comenzar la labor del Opus Dei. Después de un tiempo en el país, recibieron un donativo importante, que les hubiera sacado del apuro en que se encontraban. Sin embargo, no dudaron un momento en enviarlo enteramente para las casas de Roma.

Las necesidades materiales no terminaron en vida de san Josemaría, sino que permanecen −y permanecerán− siempre. Gracias a Dios, las labores se multiplican por todo el mundo, y además hay que pensar en el mantenimiento de las que existen ya. Por eso, es igualmente importante que se mantenga vivo el común sentido de responsabilidad ante esas necesidades. Como nos recuerda el Padre, «nuestro amor a la Iglesia nos moverá a procurar recursos para el desarrollo de las labores apostólicas»[17]. No es cuestión solamente de que pongamos de nuestra parte, sino sobre todo de que ese esfuerzo nazca del amor que tenemos a la Obra.

Lo mismo se podría decir de otra manifestación maravillosa de nuestra fe en el origen divino de la propia llamada a hacer el Opus Dei en la tierra. Conocemos bien la alegría que le daba a san Josemaría la entrega alegre que veía en sus hijas y en sus hijos. En una de sus últimas cartas, agradeció al Señor que hubieran vivido una «total disponibilidad −dentro de los deberes de su estado personal, en el mundo− para el servicio de Dios en la Obra»[18]. Los momentos de incertidumbre y contestación que se vivían en la Iglesia y en el mundo hacían brillar con una luz muy especial esa entrega generosa: «jóvenes y menos jóvenes, han ido de acá para allá con la mayor naturalidad, o han perseverado fieles y sin cansancio en el mismo lugar; han cambiado de ambiente si se necesitaba, han suspendido un trabajo y han puesto su esfuerzo en una labor distinta que interesaba más por motivos apostólicos; han aprendido cosas nuevas, han aceptado gustosamente ocultarse y desaparecer, dejando paso a otros: subir y bajar»[19].

En efecto, aunque la labor principal de la Obra sea el apostolado personal de cada uno de sus fieles[20], no hay que olvidar que promueve también, de modo corporativo, algunas actividades sociales, educativas y benéficas. Son manifestaciones distintas del mismo amor ardiente que Dios ha puesto en nuestros corazones. Además, la formación que da la Obra requiere «una cierta estructura»[21], reducida pero imprescindible. El mismo sentido de misión que nos lleva a acercarnos a muchas personas, y a procurar ser levadura en los centros de decisión de la vida humana, mantiene en nosotros una sana preocupación por estas necesidades de toda Obra.

Muchos fieles del Opus Dei −célibes y casados− trabajan en labores apostólicas de muy distinto tipo. Algunos se ocupan de las tareas de formación y gobierno de la Obra. Aunque no constituyen la esencia de su vocación, estar abierto a esos encargos forma parte de su modo concreto de ser Opus Dei. Por eso el Padre les anima a tener, junto una «gran ilusión profesional», «una disponibilidad activa y generosa para dedicarse cuando sea preciso, con esa misma ilusión profesional, a las tareas de formación y gobierno»[22]. No se trata de aceptar esas tareas como un encargo impuesto, que nada tiene que ver con la propia vida. Al contrario, es algo que nace de la conciencia de haber sido llamados por Dios para una tarea grande y, como san Pablo, de querer hacerse «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda» (1Co 9,19). Esas tareas son, de hecho, una «labor profesional, que exige una específica y cuidadosa capacitación»[23]. Por eso, cuando se aceptan encargos de este tipo se reciben con sentido de misión, para vivirlos con el deseo de aportar cada uno su granito de arena. Y por la misma razón, no les deben sacar del mundo, sino que, en su caso, serán el modo en que permanezcan en medio del mundo, reconciliándolo con Dios, y el quicio en torno al cual gire su santificación.

En la primera Iglesia, los discípulos tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Vivían pendientes unos de otros, con una encantadora fraternidad: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (2Co 11,29). Desde el lugar en que habían encontrado la alegría del Evangelio, llenaban el mundo de luz. Todos sentían la preocupación de acercar a muchas personas a la Salvación cristiana. Todos deseaban colaborar en la labor de los apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose a su servicio, como los compañeros de viaje de Pablo. No es un cuadro del pasado, sino una maravillosa realidad, que vemos encarnada en la Iglesia y en la Obra, y que estamos llamados a encarnar hoy, con toda la actualidad de nuestra libre correspondencia al don de Dios.

Lucas Buch

Fuente: opusdei.org.

Artículo relacionado.

Sentido de misión (I)

 

[1] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 131.

[2] J. L. González Gullón, DYA –La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid, p. 196.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[4] San Josemaría, Forja, n. 565.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 14.

[6] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[7] Ibíd., n. 29.

[8] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[9] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 42.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

[11] Ibíd., n. 183.

[12] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[14] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 130.

[15] Ricardo Fernández Vallespín era entonces el Administrador General de la Obra y, por tanto, quien tenía el encargo de velar por las necesidades económicas.

[16] A. Vázquez de Prada, El Fundadordel Opus Dei, vol. III, Rialp, Madrid, p. 45.

[17] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[18] San Josemaría, Carta 14-II-1974, n. 5.

[19] Ídem.

[20] San Josemaría, Conversaciones, n. 51.

[21] Ibíd., n. 63.

[22] Ídem.

[23] San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 9.

 

Fuente: https://www.almudi.org/articulos/12874-sentido-de-mision-i

 

Categorías:Iglesia

Sentido de mision

Vivir con sentido de misión es saberse enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca. Esto supone decidir en cada momento −bajo el impulso del Espíritu Santo− qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra

Hay una escena en los primeros capítulos del libro de los Hechos que no ha perdido un ápice de fuerza. Después de haber sido encarcelados, los apóstoles son milagrosamente liberados por un ángel y, en lugar de huir de las autoridades, vuelven al templo a predicar. De nuevo, son arrestados y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Estos, sorprendidos de lo que ven, les preguntan: «¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?». Los apóstoles, lejos de arredrarse, responden: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,28-29).

Los primeros cristianos heredaron esa profunda convicción. El libro de los Hechos recoge múltiples ejemplos, y la historia de los primeros siglos del cristianismo es suficientemente elocuente. Con la naturalidad de lo auténtico, una y otra vez nos encontramos con la misma necesidad: «nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,19). Los creyentes son capaces de afrontar castigos, e incluso la muerte, sin perder la alegría. Hay algo en su corazón que les hace felices, una plenitud y una Vida que ni siquiera la muerte puede quitarles, y que no pueden dejar de compartir. Para nosotros, que hemos llegado a la Iglesia mucho tiempo después, surge clara una pregunta: ¿Es todo eso algo propio del pasado? ¿o deberíamos vivir nosotros algo parecido?

La actualidad de la llamada

Quizá nos parece que entre nosotros y aquellos primeros cristianos hay un abismo, que ellos poseían un grado de santidad que jamás podremos alcanzar, que la cercanía física con Jesucristo (o al menos con alguno de los Doce) les hizo poco menos que impecables y les llenó de un encendimiento que nada ni nadie podía apagar. En realidad, basta abrir el Evangelio para darnos cuenta de que no es así.

No podemos dejar de hablar de lo
que hemos visto y oído
(Hch 4,19)

Muchas veces los apóstoles se presentan como hombres con miserias: tanto como nosotros. Por otra parte, no tienen una especial preparación intelectual. Jesús envía a los primeros setenta y dos cuando llevan apenas unas pocas semanas con Él… (cfr. Lc 10,1-12). Sin embargo, los fieles de la primera Iglesia tienen muy clara una cosa: que Jesucristo, el Señor, ha muerto y ha resucitado por cada uno de ellos, que les ha entregado el Don del Espíritu Santo y que con ellos cuenta para que esa Salvación llegue al mundo entero. No es cuestión de preparación, ni de tener unas condiciones excepcionales para el apostolado; se trata sencillamente de acoger la llamada de Cristo, de abrirse a su Don y de corresponder con la propia vida. Tal vez por eso el Papa Francisco ha querido recordarnos, con palabras de san Pablo, que «a cada uno de nosotros el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,4)»[1].

La Iglesia de todos los tiempos es consciente de haber recibido de Cristo una llamada y, con ella, una tarea; es más, ella misma es esa llamada y es esa tarea: la Iglesia «es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre»[2]. No se trata de un hermoso deseo, o de una empresa humana, sino que su «misión continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo»[3]. En otras palabras, la Iglesia −y, en ella, cada uno de sus fieles− es continuación de la misión de Cristo, que fue enviado a la tierra para hacer presente y llevar a consumación el Amor de Dios por sus criaturas. Y eso es posible porque el Señor le envió −y nos envía− al Espíritu Santo, que es el principio de ese mismo Amor.

Así pues, también nosotros somos fruto de una llamada, y nuestra vida consiste en una tarea en el mundo y para el mundo. Nuestra vida espiritual y la idea que tenemos del apostolado cambian cuando las consideramos en esta perspectiva. El Señor nos ha buscado y nos envía al mundo para compartir con todos la Salvación que hemos recibido. «“Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti»[4]. A mí: a cada una y a cada uno. En la presencia de Dios, podemos considerar: «Soy cristiano porque Dios me ha llamado y me ha enviado…». Y desde el fondo del corazón, movidos por la fuerza de su Espíritu, contestaremos con las palabras del Salmo: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (cfr. Sal 40,8-9)

La experiencia de un mandato imperativo

Durante los años cincuenta, cuando viajaba por Europa para visitar a los primeros fieles del Opus Dei que habían marchado a distintos países para poner en marcha la labor apostólica de la Obra, san Josemaría «dirigía a menudo la oración de la tarde de quienes le acompañaban, haciéndoles considerar el texto evangélico en que el Señor dice a los apóstoles: Os he elegido para que vayáis…, ut eatis»[5]. Era como un estribillo. Procuraba que las palabras de Jesús resonaran en los corazones de quienes tenía cerca. Así procuraba que se reafirmaran en la verdad que daba sentido a su vida y que mantuvieran vivo el sentido de misión que ponía en movimiento su entera existencia: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16).

La llamada del Señor sigue resonando a través
de los siglos, en el corazón de cada creyente

Hemos leído −y hemos escuchado− muchas historias de las primeras personas que siguieron al Señor en el Opus Dei: el primer círculo, en el asilo de Porta Coeli; la primera Residencia, en la calle Ferraz; la intensa vida de familia que San Josemaría procuró cultivar durante los años dramáticos de la Guerra Civil; la primera expansión por España; la llegada a Roma; la rápida expansión por todo el mundo… Aquellos jóvenes −y no tan jóvenes− seguían al Fundador conscientes de estar siguiendo una auténtica llamada de Dios. A través de la Obra, habían encontrado a Jesucristo y habían descubierto un tesoro por el que valía la pena dar la vida entera: el Amor de Cristo, la misión de llevar ese Amor al mundo entero, de acercar a muchas personas a su calor, de encender los corazones en ese fuego divino. No necesitaban que nadie se lo recordase: les urgía extender el incendio. Es muy comprensible: «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión»[6].

Unos eran jóvenes y entusiastas, otros, quizás más fríos y racionales; pero todos estaban convencidos de que, detrás de aquel joven sacerdote y de la obra que tenía entre manos, había un querer explícito de Dios. Por eso fueron capaces de seguir la invitación del Señor, dejar todas las cosas y seguirle. Habían experimentado aquello que san Josemaría les repetía: «No olvidéis hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho… pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[7]. Y, como seguían a Jesús con plena libertad, aquel mandato no les pesaba. Al contrario. Es lo que también les repetía el Fundador: «Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[8]. No necesitaban que nadie les glosara el sentido de estas palabras: lo vivían.

No hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!

Contemplar las historias de los comienzos no nos deja indiferentes. Han pasado muchos siglos desde la predicación apostólica. No han pasado aún cien años desde la Fundación de la Obra. Toda la historia de la Iglesia nos permite comprender que la llamada del Señor sigue resonando a través de los siglos, en el corazón de cada creyente −en el nuestro−. El Amor se ha presentado en nuestra vida, hemos sido alcanzados por Cristo (cfr. Flp 3,12): a cada una y a cada uno nos corresponde abrazar ese Amor y dejar que nuestras vidas sean transformadas por Él. Una cosa va unida a la otra. Cuanto más centrada está nuestra vida en Cristo, más «se fortalece el sentido de misión de nuestra vocación, con una entrega plena y alegre»[9].

Los primeros y las primeras en la Obra, como aquellos primeros cristianos, encontraron a Jesucristo, abrazaron con todas sus fuerzas su Amor y la misión que les presentaba, y vieron cómo su vida se transformaba de un modo maravilloso. En ellos se cumplió lo mismo que el Padre ha querido recordarnos poco después de su elección: «Somos libres para amar a un Dios que llama, a un Dios que es amor y que pone en nosotros el amor para amarle y amar a los demás. Esta caridad nos da plena conciencia de nuestra misión, que no es “un apostolado ejercido de manera esporádica o eventual, sino habitualmente y por vocación, tomándolo como el ideal de toda la vida”»[10].

Somos libres para amar a un Dios que llama, a un Dios
que es amor y que pone en nosotros el amor para amarle

La misión apostólica, que llena la vida entera, no es un encargo que alguien nos impone, ni una carga que hay que sumar a nuestras obligaciones cotidianas; es la expresión más exacta de nuestra propia identidad, que la llamada nos descubrió: «no hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!»[11]. Al mismo tiempo, al vivir esa misión se refuerza nuestra identidad de apóstoles. En este sentido, la vida de san Pablo es siempre una fuente de inspiración. Cuando se lee la historia de sus viajes, llama la atención la cantidad de ocasiones en que su misión no alcanza el resultado esperado. En el primero, por ejemplo, es rechazado por los judíos en Antioquía de Pisidia, y más tarde es expulsado de la ciudad; se ve obligado a huir de Iconio, amenazado de muerte; es lapidado en una ciudad de Licaonia… (cfr. Hch 13-14).

Con todo, el apóstol de las gentes no pierde de vista la llamada que Jesús le dirigió camino de Damasco, y luego concretó ya en esa ciudad. Por eso, no se cansa de repetir: «¡El amor de Cristo nos urge!» (2 Co 5,14). Incluso cuando escribe a una comunidad que aún no le conoce, no teme presentarse como «Pablo, siervo de Jesucristo, apóstol por vocación, designado para el Evangelio de Dios» (Rm 1,1). Ese es él: el «apóstol por vocación». Y enseguida se dirige a aquellos fieles como «elegidos de Jesucristo (…) amados de Dios, llamados a ser santos» (Rm 1,6-7). Pablo se sabe llamado por Dios, pero es igualmente consciente de que, en realidad, todos los fieles lo somos[12]. Su sentido de misión le lleva a vivir una fraternidad que va más allá de los lazos terrenos. De modo análogo, a la pregunta «¿Quién soy yo?», podríamos responder: «Soy alguien amado por Dios, salvado por Jesucristo; elegido para ser apóstol, llamado a llevar a muchas personas el Amor que he recibido. Por eso, el apostolado no es para mí un encargo… sino una necesidad». Tras haber encontrado a Jesucristo, sabemos que somos sal y luz, y por eso no podemos dejar de dar sabor, de iluminar, dondequiera que estemos. Este es uno de aquellos descubrimientos que revoluciona la vida espiritual, y que nadie puede hacer por mí.

Con la fuerza del Espíritu Santo

Cuando descubrimos al Señor en nuestra vida, cuando nos sabemos amados, llamados, elegidos, y nos decidimos a seguirle, «es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio»[13].

La misión apostólica es, en primer lugar, «como si se encendiera una luz dentro de nosotros». La oscuridad propia de la existencia, que consiste en no conocer con certeza el sentido de nuestra vida, se desvanece. La invitación que Jesucristo nos dirige nos permite comprender nuestro pasado y, al mismo tiempo, nos ofrece una ruta clara para el futuro. Jesús mismo vivió así su vida en la tierra. Cuando multitud de personas le piden que se quede en un lugar, Él sabe que debe continuar su viaje, «porque para esto he sido enviado» (Lc 4,43). Incluso al encarar su Pasión permanece sereno y confiado, y ante el juez romano no duda: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

Vivir con sentido de misión es saberse en todo momento enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca: para eso hemos sido creados. Y es también decidir en cada momento qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra. Puede haber dificultades, obstáculos, contradicciones; habrá momentos de oscuridad; pero la estrella que marca el norte sigue brillando siempre en el firmamento. Mi vida tiene un porqué, hay una luz que me permite orientarme.

Esa luz de la misión es al mismo tiempo impulso. Pero no lo es como una fuerza humana. Por supuesto, habrá en nuestra vida momentos de entusiasmo sensible, en que experimentaremos un deseo encendido de pegar el fuego de Cristo a quienes tenemos cerca. Sin embargo, cualquiera que lleve algo de tiempo siguiendo al Señor ha podido comprobar que el impulso humano viene y va. Eso no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido, como nos recuerda, sin ir más lejos, la vida del Beato Álvaro del Portillo. Como es sabido, poco después de pedir la Admisión en la Obra tuvo que escribir al Fundador para reconocer que se le había pasado el entusiasmo[14].

En todo esto, conviene no perder de vista que la auténtica fuerza, el dinamismo que nos lleva a salir de nosotros mismos para servir a los demás «no es una estrategia, sino la fuerza misma del Espíritu Santo, Caridad increada»[15]. En efecto, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu», y por eso precisamente, «para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente»[16]. Los fieles del Opus Dei le invocamos a diario en la Santa Misa, en algunas oraciones vocales como el Santo Rosario o las Preces de la Obra. En ocasiones, nos ayudará acudir también a alguna oración dirigida especialmente a Él, como la Secuencia de Pentecostés, el Himno Veni Creator Spiritus, o tantas otras oraciones que a lo largo de los siglos se le han dedicado. En todas ellas le pedimos que venga, que nos transforme, que nos llene del Amor y la fuerza que movieron al Señor. Le pediremos entonces: «Espíritu de amor, creador y santificador de las almas, cuya primera obra es transformarnos hasta asemejarnos a Jesús, ayúdame a parecerme a Jesús, a pensar como Jesús, a hablar como Jesús, a amar como Jesús, a sufrir como Jesús, a actuar en todo como Jesús»[17].

Así, el impulso transformador del Espíritu Santo nos dará un corazón encendido como el de Jesucristo, y la misión apostólica se convertirá en la sangre que moverá nuestro corazón. Poco a poco, tomará forma para nosotros en «una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio»[18]. Si nos dejamos llevar por el Amor de Dios, si permanecemos atentos a sus inspiraciones y hacemos caso a esos pequeños gestos que Él nos indica, el apostolado se convierte en el oficio que constituye nuestra propia identidad. No necesitaremos proponérnoslo, y tampoco precisaremos estar en un lugar o en un contexto determinados para actuar como apóstoles. Del mismo modo que alguien es médico (y no solo hace de médico), y no deja de serlo en ningún lugar o circunstancia (en un autobús donde se marea una persona, durante las vacaciones, entre semana y en fin de semana, etc.), nosotros somos apóstoles en todo lugar y circunstancia. En el fondo, se trata de algo tan sencillo como ser lo que ya somos: «los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Lo principal es que permanezcamos abiertos a la acción del Paráclito, atentos para «reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo»[19] y que constituye la realización de nuestra propia vida.

Lucas Buch

Fuente: opusdei.org.

 

[1] Papa Francisco, Ex.Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 2.

[2] Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, 7-XII-1965, n. 2.

[3] Ibíd., n. 5.

[4] San Josemaría, Camino, n. 904.

[5] A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. 3, Rialp, Madrid 2003, p. 339.

[6] Papa Francisco, Ex.Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 9.

[7] San Josemaría, Instrucción 19-III-1934, n. 27; la cursiva es del original; en Camino. Edición crítico-histórica, nota al n. 942.

[8] San Josemaría, Instrucción 19-III-34, n. 49, en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, 576.

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[10] Ibíd., n. 9.

[11] Íd.

[12] De ahí viene precisamente el término Iglesia, ekklesía, que literalmente significa «los convocados», esto es, «todos nosotros, quienes hemos sido bautizados y creemos en Dios, somos convocados por el Señor», Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 121.

[13] San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 9.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 994.

[15] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[16] Papa Francisco, Ex.Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, nn. 261 y 279, respectivamente. En ese mismo documento, nos sugería: «Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma» (Ibíd., n. 259).

[17] A. Riaud, La acción del Espíritu Santo en las almas, Palabra, Madrid19835, pp. 49-50. Algunas oraciones al Paráclito se pueden encontrar en el volumen preparado por A. Burgos, Oraciones y plegarias al Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1998.

[18] San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 9.

[19] Papa Francisco, Ex.Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 174

 

Fuente: https://www.almudi.org/articulos/12874-sentido-de-mision-i

 

Categorías:Iglesia

Obligaciones y derechos de los fieles

Obligaciones y derechos de los fieles (I)

miércoles, 19 de febrero de 2014

El código canónico se encarga de regular una serie de obligaciones y de derechos que tienen todos aquellos que formen parte de la comunidad cristiana, y que por tanto estén supeditados a lo que disponga el ordenamiento canónico.

Derechos de los fieles

– Igualdad entre los bautizados

El canon 208 estable la igualdad radical de todos los que han sido bautizados. Este canon deja claro que los derechos y los deberes de los fieles van a ser adquiridos por bautizarse y que se encuentran completamente al margen de la situación particular de cada uno de ellos dentro de la Iglesia.

+ Canon 208 del Código Canónico, sobre igualdad entre bautizados

Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo“.

La igualdad también va estar fundamentada en el hecho del bautismo que hace que todos los fieles incorporen a Cristo en sus vidas.

– Comunión de los fieles con la Iglesia: derecho y deber

El canon 209 se va encargar de regular la comunión de los fieles con la Iglesia. La comunión con la Iglesia puede ser considerada como un derecho y como un deber, los fieles deben de vivir en comunión con la Iglesia. Con esta comunión se va producir una conservación de la fe y de todos los sacramentos.

+ Canon 209 del Código Canónico, regulador de la comunicación de los fieles con la Iglesia

El canon dispone que:

§ 1. Los fieles están obligados a observar siempre la comunión con la Iglesia, incluso en su modo de obrar.

§ 2. Cumplan con gran diligencia los deberes que tienen tanto respecto a la Iglesia universal, como en relación con la Iglesia particular a la que pertenecen, según las prescripciones del derecho“.

– Vocación a la santidad

El canon 210 se encarga de regular la vocación a la santidad. No hay que confundir esta vocación con la que tienen aquellos que están consagrados al Señor por medio del sacramento del orden. Cuando se habla de la vocación a la santidad en este supuesto se está haciendo referencia a que los fieles deben llevar una vida santa, sin pecados.

+ Canon 210 del Código Canónico: regulación de la vocación a la santidad

Todos los fieles deben esforzarse según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación“.

– Derecho y deber de evangelización

El canon 211 trata sobre la evangelización. Se trata la evangelización tanto como un derecho como un deber de todos los fieles.

+ Canon 211 del Código Canónico: evangelización

Todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero“.

– Deber de debida obediencia

En el canon 212 se regula el deber de la debida obediencia. Esta obediencia tiene que realizase a la Iglesia y a su jerarquía.

+ Canon 212 del Código Canónico: deber de debida obediencia

§ 1. Los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana, todo aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia“.

– Derecho a la opinión y manifestación

Por otro lado así como tienen el deber de obediencia también van a tener el derecho de opinión y manifestación de todo aquello que consideren oportuno:

§ 2. Los fieles tienen derecho a manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades, principalmente las espirituales, y sus deseos.”

“§ 3. Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas“.

– Administración y recepción de los sacramentos

El canon 213 se encarga de regular la administración y la recepción de los sacramentos:

+ Canon 213 del Código Canónico

Los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia principalmente la palabra de Dios y los sacramentos“.

– Libertad religiosa eclesial

El canon 214 se encarga de la libertad religiosa eclesial, es decir los fieles van a tener en todo momento un derecho a tributar culto a Dios y a llevar una vida espiritual siempre y cuando se sigan las normas y las formas que se establecen.

+ Canon 214 del Código Canónico, sobre libertad religiosa eclesial

Los fieles tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia“.

– Derecho de asociación y reunión

El canon 215 se va encargar de regular el derecho de asociación y de reunión, este derecho es un derecho fundamental de las personas. Es un derecho que ha evolucionado mucho con la historia canónica ya que en el código anterior únicamente tenían derecho asociarse la jerarquía eclesiástica.

+ Canon 215 del Código Canónico, sobre derecho de asociación y reunión

Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad, o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para procurar en común esos mismos fines“.

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Obligaciones y derechos de los fieles (II)

jueves, 20 de febrero de 2014

En este artículos vamos a estudiar una serie de derechos y obligaciones que tienen todos los fieles católicos, desde el Derecho de iniciativa y la libertad de investigación y cátedra hasta la contribución a las necesidades de la Iglesia.

Derechos y obligaciones de los fieles

– Derecho de iniciativa

El derecho de iniciativa regulado en el canon 216 puede ser considerado como otro derecho que tienen todos los fieles de la Iglesia Católica. En este canon se va establecer el derecho de todos los bautizados a proponer sus propias iniciativas que podrán calificarse como católicas si cuentan con el propio consentimiento de la Iglesia.

De esta forma dispone el canon 216 que: “Todos los fieles, puesto que participan en la misión de la Iglesia, tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas, cada uno según su estado y condición; pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente“.

+ Requisito de consentimiento en el derecho de iniciativa católica

Será necesario este consentimiento para que pueda tener carácter de iniciativa católica, se produce esta limitación ya que la Iglesia no quiere desvirtuar su imagen, por ello será necesario pedir el correspondiente permiso a la misma y que esta analice la propuesta.

– Educación y madurez cristiana

El canon 217 se encarga de regular la educación y la madurez cristiana. La educación cristiana se regula como un derecho de todos los fieles. Esta educación va tener dos fines, en primer lugar conseguir una autentica madurez humana, y en segundo lugar tener una capacidad para poder vivir el misterio de la salvación.

+ Canon 217 del Código Canónico, sobre educación y madurez cristiana

Los fieles, puesto que están llamados por el bautismo a llevar una vida congruente con la doctrina evangélica, tienen derecho a una educación cristiana por la que se les instruya convenientemente en orden a conseguir la madurez de la persona humana y al mismo tiempo conocer y vivir el misterio de la salvación“.

– Libertad de investigación y cátedra

El canon 218 se encarga de regular la libertad de la investigación y cátedra. Este canon va ir dirigido a todos aquellos que se dedican a las ciencias sagradas.

+ Canon 218 del Código Canónico, relativo a la libertad de investigación y cátedra

Quienes se dedican a las ciencias sagradas gozan de una justa libertad para investigar, así como para manifestar prudentemente su opinión sobre todo aquello en lo que son peritos, guardando la debida sumisión al magisterio de la Iglesia“.

– Estado de vida y su libre elección

El canon 219 se encarga de regular el estado de vida y su libre elección. Este canon va proteger a los fieles que tendrán derecho a no ser coaccionados cuando elijan el estado de vida. Este derecho hay que mirarle también desde un punto de vista eclesiástico, es decir el derecho que tienen los fieles de elegir libremente el acceso a los institutos de vida consagrada.

+ Canon 219 del Código Canónico, regulador del estado de vida y su libre elección

En la elección del estado de vida, todos los fieles tienen el derecho a ser inmunes de cualquier coacción. Esta decisión va afectar a toda la vida de una persona, por ello debe de elegirlo de una forma libre y sin ningún tipo de coacción ni de forma directa ni de forma indirecta. Demás esta decisión tampoco puede tomarse de una manera arbitraria, tiene que estar fundamentada en razones serias“.

– Buena fama e intimidad

El canon 220 se encarga de regular la buena fama y la intimidad. La fama viene definirá por la Real Academia Española como la opinión que las gentes tienen de una persona, y la intimidad como la zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de la familia.

Por lo tanto este canon se va encargar de dar protección a los fieles de todas aquellas malas opiniones que versen sobre los mismos.

+ Canon 220 del Código Canónico, sobre buena fama e intimidad

A nadie le es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza, ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad“.

– Protección frente a injurias, calumnias y difamaciones sobre los fieles

Se va proteger a los fieles de todas aquellas injurias, calumnias y difamaciones que puedan recaer sobre los mismos. Por otro lado el canon únicamente habla de todas aquellas lesiones que se producen de una forma ilegítima.

+ Reclamación y protección de derechos

El canon 221 se encarga de regular la reclamación y la protección de los derechos:

§ 1. Compete a los fieles reclamar legítimamente los derechos que tienen en la Iglesia, y defenderlos en el fuero eclesiástico competente conforme a la norma del derecho.

§ 2. Si son llamados a juicio por la autoridad competente, los fieles tienen también derecho a ser juzgados según las normas jurídicas, que deben ser aplicadas con equidad.

§ 3. Los fieles tienen el derecho a no ser sancionados con penas canónicas, si no es conforme a la norma legal“.

– Contribución a las necesidades de la Iglesia

El canon 222 trata sobre la contribución a las necesidades de la Iglesia. Este canon trata de las necesidades que tiene la Iglesia para poder llevar a cabo la misión encomendada por Jesucristo, por ello va poder pedir ayuda y contribución a todos sus fieles.

+ Canon 222 del Código Canónico, sobre contribución a las necesidad de la Iglesia

§ 1. Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros.

§ 2. Tienen también el deber de promover la justicia social, así como, recordando el precepto del Señor, ayudar a los pobres con sus propios bienes“.

– Ejercicio de los derechos

Finalmente y como último derecho de los fieles, el canon 223 se encarga de regular el ejercicio de los derechos.

+ Canon 223 del Código Canónico, sobre ejercicio de los derechos

§ 1. En el ejercicio de sus derechos, tanto individualmente como unidos en asociaciones, los fieles han de tener en cuenta el bien común de la Iglesia, así como también los derechos ajenos y sus deberes respecto a otros.

§ 2. Compete a la autoridad eclesiástica regular, en atención al bien común, el ejercicio de los derechos propios de los fieles“.

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Obligaciones y derechos de los fieles laicos (I)

Es importante analizar las obligaciones y los derechos que establece el código Canónico con respecto a los fieles laicos.

Derechos y obligaciones de los laicos

– Regulación del laicado cristiano

+ Canon 224 del Código Canónico

El canon 224 va empezar regulando el laicado cristiano, disponiendo que:

Los fieles laicos, además de las obligaciones y derechos que son comunes a todos los fieles cristianos y de los que se establecen en otros cánones, tienen las obligaciones y derechos que se enumeran en los cánones de este título“.

– Difusión del mensaje y el valor del testimonio laical

+ Canon 225 del Código Canónico

El canon 225 se encarga de regular la difusión del mensaje y el valor del testimonio laical. Se trata de un derecho y a la vez de un deber de los laicos:

§ 1. Puesto que, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo“.

+ Relación del orden temporal con espíritu cristiano

Por otro lado el segundo párrafo de este mismo canon va tratar de la relación del orden temporal con espíritu cristiano. El seglar católico debe de intentar mantener en todo momento la presencia del Evangelio.

§ 2. Tienen también el deber peculiar, cada uno según su propia condición, de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio de las tareas seculares“.

– Misión conyugal y familiar

El canon 226 se encarga de la misión conyugal y familiar. Existe un derecho y a la vez un deber de dar una educación religiosa en el ámbito de la familia.

+ Canon 226 del Código Canónico, sobre la misión conyugal y familias

§ 1. Quienes, según su propia vocación, viven en el estado matrimonial, tienen el peculiar deber de trabajar en la edificación del pueblo de Dios a través del matrimonio y de la familia“.

+ Educación cristiana en la familia

El párrafo segundo se encarga de regular todo lo relativo a la educación cristiana que debe de darse en una familia, quedando en un segundo plano la educación religiosa que se puede dar en la Iglesia, lo principal va ser la dada por la familia.

§ 2. Por haber transmitido la vida a sus hijos, los padres tienen el gravísimo deber y el derecho de educarlos; por tanto, corresponde a los padres cristianos en primer lugar procurar la educación cristiana de sus hijos según la doctrina enseñada por la Iglesia“.

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Obligaciones y derechos de los fieles laicos (II)

sábado, 15 de marzo de 2014

El Código Canónico establece derechos y obligaciones de los fieles laicos. Ya vimos en una primera parte la regulación del laicado cristiano, la difusión del mensaje y el valor del testimonio laical así como la misión conyugal y familiar. Aquí veremos otros tantos.

Obligaciones y derechos de fieles laicos

– Libertad y pluralidad de opciones

Otro de los derechos de los fieles laicos regulado por el Código Canónico es el de libertad y pluralidad de opciones. Este derecho es de autonomía tanto civil como eclesiástica.

+ Canon 227 del Código Canónico, sobre libertad de opciones políticas

El canon 227 se encargar de regular esta libertad de opciones políticas disponiendo que:

Los fieles laicos tienen derecho a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctrina de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables.

– Cargos eclesiásticos y miembros de consejos

El canon 228 trata sobre los cargos eclesiásticos y los miembros de consejos, un canon que siempre en mayor o en menor medida ha sido objeto de críticas.

+ Canon 228 del Código Canónico, sobre cargos eclesiásticos y miembros de consejos

§ 1. Los laicos que sean considerados idóneos tienen capacidad de ser llamados por los sagrados Pastores para aquellos oficios eclesiásticos y encargos que pueden cumplir según las prescripciones del derecho.

§ 2. Los laicos que se distinguen por su ciencia, prudencia e integridad tienen capacidad para ayudar como peritos y consejeros a los Pastores de la Iglesia, también formando parte de consejos, conforme a la norma del derecho“.

– Doctrina cristiana, formación y enseñanza

El canon 229 se encarga de la doctrina cristiana, de la formación y de la enseñanza. Se quiere reconocer un derecho tanto a los hombres como a las mujeres de poder conseguir los grados académicos que deseen en las ciencias sagradas, y a también poder enseñar las mismas.

+ Canon 229 del Código Canónico, sobre doctrina cristiana, formación y enseñanza

§ 1. Para que puedan vivir según la doctrina cristiana, proclamarla, defenderla cuando sea necesario y ejercer la parte que les corresponde en el apostolado, los laicos tienen el deber y el derecho de adquirir conocimiento de esa doctrina, de acuerdo con la capacidad y condición de cada uno.

§ 2. Tienen también el derecho a adquirir el conocimiento más profundo de las ciencias sagradas que se imparte en las universidades o facultades eclesiásticas o en los institutos de ciencias religiosas, asistiendo a sus clases y obteniendo grados académicos.

§ 3. Ateniéndose a las prescripciones establecidas sobre la idoneidad necesaria, también tienen capacidad de recibir de la legítima autoridad eclesiástica mandato de enseñar ciencias sagradas“.

– Ministerios laicales

El canon 230 se encarga de los ministerios laicales, se pueden distinguir tres tipos de ministerios. En primer lugar nos encontramos con los estables o instituidos, en segundo lugar con los temporales y en tercer lugar con los extraordinarios o de suplencia. Hay que decir que los estables o instituidos únicamente están reservados a los varones.

+ Canon 230 del Código Canónico, sobre ministerios laicales

Este canon 230 dispone que:

§ 1. Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el ministerio estable de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito; sin embargo, la colación de esos ministerios no les da derecho a ser sustentados o remunerados por la Iglesia.

§ 2. Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias litúrgicas; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, a tenor de la norma del derecho.

§ 3. Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho“.

– Dedicaciones y servicios especiales

Finalmente el canon 231 se encarga de las dedicaciones y los servicios especiales. Es decir este canon va regular todo lo relativo a las especialidades o exclusividades de los seglares.

+ Canon 231 del Código Canónico, sobre dedicaciones y servicios especiales

§ 1. Los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de adquirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y diligencia.

§ 2. Manteniéndose lo que prescribe el c. 230 § 1, tienen derecho a una conveniente retribución que responda a su condición, y con la cual puedan proveer decentemente a sus propias necesidades y a las de su familia, de acuerdo también con las prescripciones del derecho civil; y tienen también derecho a que se provea debidamente a su previsión y seguridad social y a la llamada asistencia sanitaria“.

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Los derechos olvidados de los olvidados: un reto permanente para el cristiano

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Los derechos olvidados de los olvidados: un reto permanente para el cristiano

05.06.18 | 13:17.

En nuestro mundo global, sin duda alguna, las relaciones entre los seres humanos se han vuelto cada vez más impersonales. La globalización ha acentuado la atomización, el individualismo y la indiferencia. Cada uno busca en su rincón la solución a sus propios problemas, porque sabe que ya no cuenta para nada con la solidaridad básica de los demás. No se trata de un juicio pesimista, sino real. Los tiempos de las movilizaciones por causas justas pertenecen al pasado. Apenas unas cuantas personas muy sensibilizadas y poco más. De vez en cuando la vergüenza nos corroe, y actuamos puntualmente. La crisis de los inmigrantes y refugiados es un claro ejemplo de esta actitud generalizada. La fuerza desgarradora de alguna foto o reportaje nos golpea, pero pasa demasiado pronto. La vida cotidiana y sus avatares nos posicionan de nuevo en el olvido. Darle la vuelta a esta situación para pasar a una sensibilización eficaz de la que nazca una solidaridad sostenida y sostenible es un objetivo utópico, pero necesario. Nuestro bienestar rezuma ceguera ante la vulneración de los derechos de muchos seres humanos. La dignidad de la persona humana desde esta perspectiva está herida de muerte.

En nuestro país, aunque nos lo quieran justificar por motivos de la crisis, pero aún antes, los recortes sociales han sido impresionantes. La crisis económica se ha disfrazado de pretexto para “precarizar” el mundo laboral y para poner en entredicho todas las ayudas sociales y, por supuesto, anular toda iniciativa legal tendente a crear una sociedad más igualitaria. Las cifras de la pobreza en España se han disparado, y los índices, de acuerdo con todos los informes son absolutamente nega- tivos, especialmente ha aumentado sustancialmente la brecha entre pobres y ricos. La llamada “recuperación”, para los economistas serios afecta única y exclusivamente a la macroeconomía, pero la gente sencilla todavía no ha sentido de cerca una mejora de su vida. Al contrario, las personas más vulnerables y situadas en los márgenes han visto precarizarse sus vidas aún más hasta la degradación. Es absolutamente necesario un Plan de Emergencia Nacional para combatir la pobreza severa y enquistada. Sin duda alguna, muchas personas están necesitando ayudas básicas para un mal vivir, pero más aún debemos imaginar lo imposible, para que puedan vivir con dignidad. En estos momentos en que caminamos hacia una nueva etapa política, esto debería aparecer con prioridad absoluta. Sin actuaciones serias y sostenidas en este campo de las políticas sociales estamos condenando a muchas familias a niveles de pobreza absoluta e intolerables para cualquier lugar del mundo, pero inaceptables desde todos los puntos de vista para nuestra España actual. Y esa Pobreza, además, de acuerdo con los informes recientes de las Organizaciones de Acción Social y Caritativa tiene rostro concreto de mujer y de niño.

En lo que respecta a la Unión Europea, el papa Francisco hace este juicio, en su Discurso en el Consejo de Europa: «También hay que tener en cuenta que, sin esta búsqueda de la verdad, cada uno se convierte en medida de sí mismo y de sus actos, abriendo el camino a una afirmación subjetiva de los derechos, por lo que el concepto de derecho humano, que tiene en sí mismo un valor universal, queda sustituido por la idea del derecho individualista. Esto lleva al sustancial descuido de los demás, y a fomentar esa globalización de la indiferencia que nace del egoísmo, fruto de una concepción del hombre incapaz de acoger la verdad y vivir una auténtica dimensión social. Este individualismo nos hace humanamente pobres y culturalmente estériles, pues cercena de hecho esas raíces fecundas que mantienen la vida del árbol. Del individualismo indiferente nace el culto a la opulencia, que corresponde a la cultura del descarte en la que estamos inmersos. Efectivamente, tenemos demasiadas cosas, que a menudo no sirven, pero ya no somos capaces de construir auténticas relaciones humanas, basadas en la verdad y el respeto mutuo. Así, hoy tenemos ante nuestros ojos la imagen de una Europa herida, por las muchas pruebas del pasado, pero también por la crisis del presente, que ya no parece ser capaz de hacerle frente con la vitalidad y la energía del pasado. Una Europa un poco cansada y pesimista, que se siente asediada por las novedades de otros continentes».

Uno de los aspectos más llamativos de esta falta de solidaridad es la indiferencia ante flagrantes violaciones de Derechos Humanos en muchos países del mundo. En estos momentos, hay pocas naciones que cumplan los derechos básicos inherentes al ser humano, algunos de ellos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Teóricamente, la mayoría de los países los incluyen de manera solemne en sus Constituciones. Sin embargo, las leyes sociales que dimanan de las Constituciones desmienten su aplicación.

Muchas veces los Estados no son incapaces, ni impotentes para aplicar los derechos de los ciudadanos, sino que son intencionadamente incompetentes y voluntariamente contrarios. Esta es la pura y dura realidad. La razón es bien sencilla, la mayoría de esos ciudadanos no son votantes significativos o decisivos. Generalmente radican en las periferias o en los márgenes de la sociedad. El papa Francisco en la Evangelium Gaudii, nos recuerda unas palabras muy duras: «Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desecho».

Y justamente por esto ¿qué le supone, en votantes, a los Gobiernos, políticas de aceptación e integración de los inmigrantes y refugiados? ¿A qué Gobierno le interesa fomentar una política de hospitalidad? ¿Qué le supone al Gobierno promover políticas sociales en favor de la marginación y la exclusión? El Papa, de nuevo, en el Consejo de Europa les recuerda: «En el ámbito de una reflexión ética sobre los derechos humanos,… hay numerosos retos del mundo contemporáneo que precisan estudio y un compromiso común, comenzando por la acogida de los emigrantes, que necesitan antes que nada lo esencial para vivir, pero, sobre todo, que se les reconozca su dignidad como personas. Después tenemos todo el grave problema del trabajo, especialmente por los elevados niveles de desempleo juvenil que se produce en muchos países –una verdadera hipoteca para el futuro–, pero también por la cuestión de la dignidad del trabajo… mediante la actividad empresarial como obras educativas, asistenciales y de promoción humana. Estas últimas, sobre todo, son un punto de referencia importante para tantos pobres que viven en Europa. ¡Cuántos hay por nuestras calles! No solo piden pan para el sustento, que es el más básico de los derechos, sino también redescubrir el valor de la propia vida, que la pobreza tiende a hacer olvidar, y recuperar la dignidad que el trabajo confiere. En fin, entre los temas que requieren nuestra reflexión y nuestra colaboración está la defensa del medio ambiente, de nuestra querida Tierra, el gran recurso que Dios nos ha dado y que está a nuestra disposición, no para ser desfigurada, explotada y denigrada, sino para que, disfrutando de su inmensa belleza, podamos vivir con dignidad». Palabras muy claras del papa Francisco y que nos deben llevar a una reflexión seria y profunda, y a un cambio de actitudes.

Necesitamos desde la Familia, la Escuela, los Medios de Comunicación Social, las Redes solidarias reelaborar una cultura de la Fraternidad Convergente, es decir que nazca de una puesta en común de unos valores aceptados desde las religiones y las filosofías y que desde esa plataforma proyectemos políticas de concienciación y acción tendentes a la recuperación de la dignidad de todo ser humano. Cada rostro, cada persona es digna y respetable. Y, en lo que respecta a nosotros como cristianos, nuestro compromiso tiene que nacer de un encuentro con Jesucristo: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ese no es el deseo de Dios para nosotros, esa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado”. (EG 2). Ese encuentro nos plenificará y nos llevará a un compromiso transformador de la realidad propia y de nuestro entorno.

Sin embargo, al final, tenemos que mantenernos firmes en la lucha por los derechos, que decimos inherentes al ser humano. Una lucha para la que necesitamos mucha imaginación creadora y soñar despiertos con otros muchos hombres y mujeres. Un sueño compartido, que pueda, en el día a día, aterrizar ese deseo de un mundo más humano y más fraterno. El Papa una vez más nos anima a tener una visión distinta de la realidad, una visión esperanzada y esperanzadora: «La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo -y los de la Iglesia- no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña» (EG 84). E insiste en una lucha sostenida y sostenible, ya que las causas del evangelio no pueden dejarse de lado: «Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aún con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica» (EV 85). Esperanza y camino, una larga espera, pero un camino firme para lograr una sociedad que respete los derechos de todos, pero sobre todo los de los seres humanos más vulnerables.

 

 

Fuente: http://blogs.periodistadigital.com/asomado-a-la-ventana.php/2018/06/05/los-derechos-olvidados-de-los-olvidados-

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