CELEBRAR LA VOCACIÓN LAICAL

CELEBRAR LA VOCACIÓN LAICAL

Fotografia tomada de la Parroquia de la Santa Cruz

27.07.16 | 22:19.

La idea no es mía. Me la repetía un seglar muy comprometido socialmente. Y ahora me la recuerda otro muy ligado al anterior. Su argumentación es sencilla. ‘Los curas celebran su vocación incluso con una nueva consagración más toda la fiesta que viene luego. Las religiosas y religiosos celebran también la suya, además de que muchos de los hombres tienen la consagración sacerdotal. Nosotros, nada. A pesar del concilio, seguimos siendo cristianos de segunda categoría’.

Estoy de acuerdo con la celebración de la vocación laical. No sería nada difícil preparar un acto sencillo y profundo con textos de los evangelios, de San Pablo y del concilio. Y es posible que una cosa como esta se extendiera rápidamente entre tantos seglares de distintos movimientos y comunidades. Aunque no tengo ninguna información al respecto, no me extrañaría que estén realizando celebraciones de esta clase algunos de los muchos grupos que tienen laicos entre sus miembros.

Al introducir esta iniciativa tan sugerente, sería necesario reforzarla, combatiendo la posible banalidad de hacer la celebración sin un compromiso real. Porque está visto que todo lo que sean palabras, promesas, incluso firmadas, nos lo tragamos con suma facilidad. Si el núcleo de la vocación laical es su presencia comprometida y combativa en medio del mundo como levadura en la masa, no sería de mucho interés que la asumieran sin más los laicos ‘comprometidos’ sin presencia en el mundo. Por otro lado, habría que establecer un proceso de formación, que no se redujera al estudio y catequesis de algunos temas, aunque fueran muchos y buenos. Por ‘formación’ habría que entender algo que nace del cambio interior y se vuelca en el mundo, algo que vaya más allá de las reuniones y el estudio de temas, de las canciones y los retiros de impacto, y de los muros eclesiales.

¿Podría entrar en dicha formación, además de un tiempo de acción social, algo como la oración personal, el desprendimiento económico según los casos y una vida de cierta pobreza o austeridad solidaria? Periódicamente leemos en algún domingo un evangelio que habla de no llevar bolsa ni morral ni sandalias; o una lectura como la de Santiago, que grita contra los sueldos no pagados a los trabajadores… Podríamos hacer hincapié en estos y otros textos para empujar el compromiso transformador de los laicos, en el mundo desde el mundo. Y denunciar los sueldos no pagados o mal pagados por parte incluso de cristianos ‘practicantes’ y a veces de la misma Iglesia. Y criticar el silencio de los gobiernos y de la Iglesia ante la prohibición masiva del sindicato en el mundo laboral. Y ser conscientes de que gritos como los de los profetas no son suficientes actualmente, porque hace falta además la acción no-violenta de cristianos y no-cristianos precisamente por medio de sindicatos serios. Así podría llevarse a cabo esta estupenda iniciativa con ciertas garantías de éxito.

Quede aquí esta sugerencia, que, sin duda, podrán poner en marcha personas con más posibilidades que las mías.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS

Viernes 17 de junio de 2016

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Queridos hermanos y hermanas:

No quisiera que estas palabras fueran la «valedictio» al Dicasterio, la despedida, pero que fuesen precisamente palabras de agradecimiento por todo el trabajo realizado.

Os acojo con ocasión de vuestra Asamblea plenaria; os saludo a todos cordialmente y agradezco al cardenal presidente por sus amables palabras. Este vuestro encuentro reviste un carácter especial, pues, como ya tuve ocasión de anunciar, vuestro Consejo pontificio asumirá una nueva fisionomía. Se trata de la conclusión de una etapa importante y de la apertura de una nueva para el Dicasterio de la Curia romana que ha acompañado la vida, la maduración y las transformaciones del laicado católico desde el Concilio Vaticano ii hasta el día de hoy.

Por lo tanto, la ocasión es propicia para dirigir una mirada a los casi 50 años de actividad del Dicasterio, y, al mismo tiempo, proyectar una renovada presencia al servicio del laicado, continuamente en fermento y permeada por nuevas problemáticas. El Consejo pontificio para los laicos nace por expresa voluntad del Concilio Vaticano II que, en el decreto sobre el apostolado de los laicos, quiso que se estableciera «en la Santa Sede, algún Secretariado especial para servicio e impulso del apostolado seglar», con el fin de ayudar «con sus consejos a la jerarquía y a los laicos en las obras apostólicas» (Apostolicam actuositatem, 26). Y así el beato Pablo VI dio vida a este Dicasterio, que no dudó en definir «uno de los mejores frutos del Concilio Vaticano II» (Motu proprio, Apostolatus peragendi [10 de diciembre de 1976], 697) —y él era el «papá» de la FUCI, de los jóvenes, de los laicos; había trabajado mucho y sentía mucho esto— concibiéndolo —a este fruto— no como órgano de control sino como centro de coordinación, de estudio, de consulta, finalizado a «incitar a los laicos para que tomen parte en la vida y misión de la Iglesia […] tanto como miembros de asociaciones […] o como fieles individuales» (ibid.). ¡El Consejo pontificio está para animar!

Agradecemos al Señor por los abundantes frutos y los innumerables retos de estos años. Podemos recordar, por ejemplo, la nueva estación de agregaciones, que junto con las asociaciones laicales de larga y digna historia, ha visto surgir muchos movimientos y nuevas comunidades de gran impulso misionero; movimientos que vosotros seguís en su desarrollo, acompañados con atención, y asistidos en la delicada fase del reconocimiento jurídico de sus estatutos. Y después el nacimiento de nuevos ministerios laicales, a los que se les ha confiado no pocas actividades apostólicas. Además, cabe destacar el creciente papel de la mujer en la Iglesia, con su presencia, su sensibilidad y sus dones. Y, también, la creación de las Jornadas mundiales de la juventud, gesto providencial de san Juan Pablo ii, instrumento de evangelización de las nuevas generaciones que vosotros organizáis con especial empeño.

Podemos decir, por lo tanto, que el mandato que habéis recibido del Concilio ha sido precisamente el de «empujar» a los fieles laicos a comprometerse cada vez más y mejor en la misión evangelizadora de la Iglesia, no por una «delegación» de la jerarquía, sino en cuanto que su apostolado «es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación» (const. dogm. Lumen gentium, 33). Y esta es la puerta de ingreso. En la Iglesia se entra por el Bautismo, no por la ordenación sacerdotal o episcopal, se entra por el Bautismo. Y todos hemos entrado a través de la misma puerta. Es el Bautismo el que hace de todo fiel laico un discípulo misionero del Señor, sal de la tierra, luz del mundo, levadura que transforma la realidad desde dentro.

Las actividades de la Iglesia, como las que hemos mencionado, se dirigen siempre a rostros, mentes, corazones de personas concretas. Y es importante que en vuestra Plenaria hayáis querido recordar a todos aquellos que se han entregado con pasión y compromiso en la animación, en la promoción y coordinación de la vida y del apostolado de los laicos en los años pasados. Sobre todo los diversos presidentes que se han sucedido; después tantos miembros y consultores, entre los cuales estuvo el mismo Karol Wojtyła, que siguió con interés y clarividencia este Dicasterio desde sus primeros pasos; y después tantos laicos que han trabajado ahí con generosidad y competencia, y otros muchos que han trabajado silenciosamente en favor del laicado católico.

A la luz de este camino recorrido, es tiempo de mirar nuevamente con esperanza al futuro. Queda aún mucho por hacer ampliando los horizontes y aceptando los nuevos retos que la realidad nos presenta. Es de aquí que nace el proyecto de reforma de la Curia, en particular de la fusión de vuestro Dicasterio con el Consejo pontificio para la familia en conexión con la Academia para la vida. Os invito, por lo tanto, a acoger esta reforma, que os verá involucrados, como signo de valoración y estima por el trabajo que desempañáis y como signo de renovada confianza en la vocación y misión de los laicos en la Iglesia de hoy. El nuevo Dicasterio que nacerá tendrá como «timón» para proseguir en su navegación, por un lado la Christifideles laici y por el otro la Evangelii gaudium y la Amoris laetitia, que tienen como campos privilegiados de trabajo la familia y la defensa de la vida.

En este particular momento histórico, y en el contexto del Jubileo de la Misericordia, la Iglesia está llamada a tomar cada vez más conciencia de ser «la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» y pecadora (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 47); de ser Iglesia en permanente salida, «comunidad evangelizadora […] que sabe tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (ibid., 24). Quisiera proponeros, como horizonte de referencia para vuestro futuro inmediato, un binomio que se podría formular así: «Iglesia en salida – laicado en salida». También vosotros, por lo tanto, alzad la mirada y mirad «fuera», mirad a los más «lejanos» del nuestro mundo, a tantas familias en dificultades y necesitadas de misericordia, a tantos campos de apostolado aún sin explorar, a los numerosos laicos de corazón bueno y generoso que voluntariamente pondrían al servicio del Evangelio sus energías, su tiempo, sus capacidades si fuesen convocados, valorados y acompañados con afecto y dedicación por parte de los pastores y de las instituciones eclesiásticas. Tenemos necesidad de laicos bien formados, animados por una fe genuina y límpida, cuya vida ha sido tocada por el encuentro personal y misericordioso con el amor de Cristo Jesús. Tenemos necesidad de laicos que arriesguen, que se ensucien las manos, que no tengan miedo de equivocarse, que sigan adelante. Tenemos necesidad de laicos con visión de futuro, no cerrados en la pequeñeces de la vida. Y lo he dicho a los jóvenes: tenemos necesidad de laicos con sabor a experiencia de vida, que se atrevan a soñar. Hoy es el momento en el que los jóvenes tienen necesidad de los sueños de los ancianos. En esta cultura del descarte no nos acostumbremos a descartar a los ancianos. Empujémosles, empujémosles para que sueñen y —como dice el profeta Joel— «tengan sueños», esa capacidad de soñar, y den a todos nosotros la fuerza de nuevas visiones apostólicas.

Agradezco a todos vosotros, queridos hermanos miembros y consultores, por el trabajo desempeñado al servicio de este Dicasterio, y os animo a abriros con docilidad y humildad a las novedades de Dios, que nos sorprenden y superan, pero que jamás nos decepcionan, así como lo hizo María, nuestra madre y maestra en la fe.

De corazón os imparto a todos vosotros y a vuestros seres queridos mi bendición. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí.


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Constitución Apostólica “Vultum Dei quaerere”, sobre la vida contemplativa femenina

Vultum Dei

Lea aquí la Constitución Apostólica

“Vultum Dei quaerere”, sobre la vida contemplativa femenina

Aprecio, alabanza y acción de gracias

Redacción, 23 de julio de 2016 a las 10:50

Con este Documento deseo reiterar mi aprecio personal, junto con el reconocimiento agradecido de toda la Iglesia, por la singular forma de sequela Christi que viven las monjas de vida contemplativa

Monjas en España/>

Monjas en España

(Papa Francisco).- 1. La búsqueda del rostro de Dios atraviesa la historia de la humanidad, llamada desde siempre a un diálogo de amor con el Creador.[1] El hombre y la mujer, en efecto, tienen una dimensión religiosa indeleble que orienta su corazón hacia la búsqueda del Absoluto, hacia Dios, de quien perciben la necesidad, aunque no siempre de manera consciente. Esta búsqueda es común a todos los hombres de buena voluntad. Y muchos que se profesan no creyentes confiesan este anhelo profundo del corazón, que habita y anima a cada hombre y a cada mujer deseosos de felicidad y plenitud, apasionados y nunca saciados de gozo.

En las Confesiones, San Agustín lo ha expresado con claridad: «Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti».[2] Inquietud del corazón que brota de la intuición profunda de que es Dios el que busca primero al hombre, atrayéndolo misteriosamente a sí.

La dinámica de la búsqueda manifiesta que nadie se basta a sí mismo e impone encaminarse, a la luz de la fe, por un éxodo del propio yo auto-centrado, atraídos por el rostro de Dios santo, y al mismo tiempo por la «tierra sagrada del otro»,[3] para experimentar una comunión más profunda.

Esta peregrinación en busca del Dios verdadero, que es propio de cada cristiano y de cada consagrado por el Bautismo, se convierte por la acción del Espíritu Santo en sequelapressius Christi, camino de configuración a Cristo Señor, que la consagración religiosa expresa con una singular eficacia y, en particular, la vida monástica, considerada desde los orígenes como una forma particular de actualizar el Bautismo.

2. Las personas consagradas, quienes por la consagración «siguen al Señor de manera especial, de modo profético»,[4] son llamadas a descubrir los signos de la presencia de Dios en la vida cotidiana, a ser sapientes interlocutores capaces de reconocer los interrogantes que Dios y la humanidad nos plantean. Para cada consagrado y consagrada el gran desafío consiste en la capacidad de seguir buscando a Dios «con los ojos de la fe en un mundo que ignora su presencia»,[5] volviendo a proponer al hombre y a la mujer de hoy la vida casta, pobre y obediente de Jesús como signo creíble y fiable, llegando a ser de esta forma, «exégesis viva de la Palabra de Dios».[6]

Desde el nacimiento de la vida de especial consagración en la Iglesia, hombres y mujeres, llamados por Dios y enamorados de él, han vivido su existencia totalmente orientados hacia la búsqueda de su rostro, deseosos de encontrar y contemplar a Dios en el corazón del mundo. La presencia de comunidades situadas como ciudad sobre el monte y lámpara en el candelero (cf. Mt 5,14-15), en su misma sencillez de vida, representa visiblemente la meta hacia la cual camina toda la comunidad eclesial que «se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo,[7] preanunciando de este modo la gloria celestial».[8]

3. Si para todos los consagrados adquieren una particular resonancia las palabras de Pedro: «Señor, ¡qué bueno es estar aquí!» (Mt 17,4), las personas contemplativas, que en honda comunión con todas las otras vocaciones de la vida cristiana «son rayos de la única luz de Cristo que resplandece en el rostro de la Iglesia»,[9] «por su carisma específico dedican mucho tiempo de la jornada a imitar a la Madre de Dios, que meditaba asiduamente las palabras y los hechos de su Hijo (cf. Lc 2, 19.51), así como a María de Betania que, a los pies del Señor, escuchaba su palabra(cf. Lc 10,38)».[10] Su vida «escondida con Cristo en Dios» (cf. Col 3,3) se convierte así en figura del amor incondicional del Señor, el primer contemplativo, y manifiesta la tensión teocéntrica de toda su vida hasta poder decir con el Apóstol: «Para mí vivir es Cristo» (Flp 1,21), y expresa el carácter totalizador que constituye el dinamismo profundo de la vocación a la vida contemplativa.[11]

Como hombres y mujeres que habitan la historia humana, los contemplativos atraídos por el fulgor de Cristo, «el más hermoso de los hijos de los hombres» (Sal 45,3), se sitúan en el corazón mismo de la Iglesia y del mundo[12] y, en la búsqueda inacabada de Dios, encuentran el principal signo y criterio de la autenticidad de su vida consagrada. San Benito, padre del monaquismo occidental, subraya que el monje es aquel que busca a Dios por toda la vida, y en el aspirante a la vida monásticapide que se compruebe «si revera Deum quaerit», si busca verdaderamente a Dios.[13]

En particular, un número incontable de mujeres consagradas, a lo largo de los siglos y hasta nuestros días, han orientado y siguen orientando «toda su vida y actividad a la contemplación de Dios»,[14] como signo y profecía de la Iglesia virgen, esposa y madre; signo vivo y memoria de la fidelidad con que Dios sigue sosteniendo a su pueblo a través de los eventos de la historia.

4. Elemento de unidad con las otras confesiones cristianas,[15] la vida monástica se configura según su propio estilo que es profecía y signo, yque «debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vida cristiana».[16] Las comunidades de orantes y, en particular, las comunidades contemplativas, «que con su separación del mundo se encuentran más íntimamente unidos a Cristo, corazón del mundo»,[17] no proponen una realización más perfecta del Evangelio sino que, actuando las exigencias del Bautismo, constituyen una instancia de discernimiento y convocación al servicio de toda la Iglesia: signo que indica un camino, una búsqueda, recordando al pueblo de Dios el sentido primero y último de lo que él vive.[18]

Aprecio, alabanza, y acción de gracias
por la vida consagrada y la vida contemplativa monástica

5. Desde los primeros siglos la Iglesia ha manifestado gran aprecio y amor sincero por los hombres y las mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han escogido seguir a Cristo «más de cerca»,[19] para dedicarse a él con corazón indiviso (cf. 1 Co 7,34). Movidos por el amor incondicional a Cristo y a la humanidad, sobre todo a los pobres y sufrientes, están llamados a reproducir en diversas formas -vírgenes consagradas, viudas, ermitaños, monjes y religiosos- la vida terrenal de Jesús: casto, pobre y obediente.[20]

La vida contemplativa monástica, en su mayoría femenina, se ha radicado en el silencio del claustro generando preciosos frutos de gracia y misericordia. La vida contemplativa femenina ha representado siempre en la Iglesia y para la Iglesia el corazón orante, guardián de gratuidad y de rica fecundidad apostólica y ha sido testimonio visible de una misteriosa y multiforme santidad.[21]

De la primitiva experiencia individual de las vírgenes consagradas a Cristo, fruto espontáneo de la exigencia de respuesta de amor al amor de Cristo-esposo, ha sido rápido el paso a un estado definitivo y a un orden reconocido por la Iglesia, que empezó a acoger la profesión de virginidad públicamente emitida. Con el pasar de los siglos la mayoría de las vírgenes consagradas se han reunido, dando vida a formas de vida cenobítica, que la Iglesia en su solicitud custodió con esmero por medio de una oportuna disciplina que preveía la clausura como guardiana del espíritu y de la finalidad típicamente contemplativa que estos cenobios se proponían. En el tiempo, pues, a través de la sinergia entre la acción del Espíritu que actúa en el corazón de los creyentes y suscita continuamente nuevas formas de seguimiento, el cuidado maternal y solícito de la Iglesia, se fueron plasmando las formas de vida contemplativa e integralmente contemplativa,[22] como hoy las conocemos. Mientras que en occidente el espíritu contemplativo se ha ido declinando en una multiplicidad de carismas, en oriente ha mantenido una gran unidad,[23] dando siempre testimonio de la riqueza y belleza de una vida totalmente dedicada a Dios.

A lo largo de los siglos, la experiencia de estas hermanas, centrada en el Señor como primero y único amor (cf. Os 2,21-25), ha engendrado copiosos frutos de santidad. ¡Cuánta eficacia apostólica se irradia de los monasterios por la oración y la ofrenda! ¡Cuánto gozo y profecía grita al mundo el silencio de los claustros!

Por los frutos de santidad y de gracia que el Señor ha suscitado siempre a través de la vida monástica femenina, levantamos al «altísimo, omnipotente y buen Señor» el himno de agradecimiento: «Laudato si’».[24]

6. Queridas Hermanas contemplativas, ¿qué sería de la Iglesia sin vosotras y sin cuantos viven en las periferias de lo humano y actúan en la vanguardia de la evangelización? La Iglesia aprecia mucho vuestra vida de entrega total. La Iglesia cuenta con vuestra oración y con vuestra ofrenda para llevar la buena noticia del Evangelio a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo. La Iglesia os necesita.

No es fácil que este mundo, por lo menos aquella amplia parte del mismo que obedece a lógicas de poder, de economía y de consumo, entienda vuestra especial vocación y vuestra misión escondida, y sin embargo la necesita inmensamente. Como el marinero en alta mar necesita el faro que indique la ruta para llegar al puerto, así el mundo os necesita a vosotras. Sed faros, para los cercanos y sobre todo para los lejanos. Sed antorchas que acompañan el camino de los hombres y de las mujeres en la noche oscura del tiempo. Sed centinelas de la aurora (cf. Is 21,11-12) que anuncian la salida del sol (cf. Lc 1,78). Con vuestra vida transfigurada y con palabras sencillas, rumiadas en el silencio, indicadnos a Aquel que es camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6), al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia y da vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Como Andrés a Simón, gritadnos: «Hemos encontrado al Señor» (cf. Jn 1,40); como María de Magdala la mañana de la resurrección, anunciad: «He visto al Señor» (Jn 20,18). Mantened viva la profecía de vuestra existencia entregada. No temáis vivir el gozo de la vida evangélica según vuestro carisma.

Acompañamiento y guía de la Iglesia

7. El Magisterio conciliar y pontificio ha manifestado siempre una particular solicitud hacia todas las formas de vida consagrada a través de importantes pronunciamientos. Entre ellos, merecen especial atención los grandes documentos del Concilio Vaticano II: la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium y el Decreto sobre la renovación de la vida religiosa Perfectae caritatis.

El primero sitúa la vida consagrada en la eclesiología del pueblo de Dios, a la que pertenece de pleno derecho, por la común llamada a la santidad y por sus raíces en la consagración bautismal.[25] El segundo pide a los consagrados una renovación de acuerdo con las nuevas condiciones de los tiempos, ofreciendo criterios irrenunciables de dicha renovación: fidelidad a Cristo, al Evangelio, al propio carisma, a la Iglesia y al hombre de hoy.[26]

No podemos olvidar la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, de mi predecesor san Juan Pablo II. Este documento, que recoge la riqueza del Sínodo de los Obispos sobre la vida consagrada, contiene elementos que son siempre muy válidos para seguir renovando la vida consagrada y reavivar su significado evangélico en nuestro tiempo (cf. sobretodo nn. 59 y 68).

Tampoco podemos olvidar, como prueba del constante e iluminador acompañamiento del que vuestra vida contemplativa ha sido objeto, los siguientes documentos:

– Las orientaciones emanadas por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA) Potissimum Institutioni, del 2 de febrero de 1990, con amplios espacios enteramente dedicados a vuestra forma específicamente contemplativa de vida consagrada (cap. IV, 78-85).

– El documento interdicasterial Sviluppi, del 6 de enero de 1992, que pone de relieve el problema de la escasez de las vocaciones a la vida consagrada en general y, en menor medida, a vuestra vida (n. 81).

– El Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado con la Const. ap. Fidei depositum el 11 de octubre de 1992, de suma importancia para dar a conocer y comprender a todos los fieles vuestra forma de vida: en particular los nn. 915-933 dedicados a todas las formas de vida consagrada; el n. 1672 sobre vuestra consagración no sacramental y sobre la bendición de los Abades y de las Abadesas; el n. 1974 y el 2102 sobre el nexo con los diez mandamientos y la profesión de los consejos evangélicos; el n. 2518 que presenta el estrecho vínculo entre la pureza de corazón proclamada por la sexta Bienaventuranza, garante de la visión de Dios, y el amor a las verdades de la fe; los nn. 1691 y 2687 que exaltan la perseverante intercesión que se eleva a Dios en los monasterios contemplativos, lugares irremplazables para armonizar oración personal y oración compartida; y el n. 2715 que pone, como prerrogativa de los contemplativos, la mirada fija en Jesús y en los misterios de su vida y de su ministerio.

– La Instrucción de la CIVCSVA Congregavit nos, del 2 de febrero de 1994, que en los nn. 10 y 34 une el silencio y la soledad a las exigencias profundas de la comunidad de vida fraterna y subraya la coherencia entre separación del mundo y clima cotidiano de recogimiento.

– La Instrucción de la CIVCSVA Verbi Sponsa, Ecclesia, del 13 de mayo de 1999, que, en los art. 1-8, ofrece una estupenda síntesis histórico-sistemática de todo el supremo Magisterio anterior sobre el sentido misionero escatológico de la vida claustral de las monjas contemplativas.

– Por último, la Instrucción de la CIVCSVA Caminar desde Cristo, del 19 de mayo de 2002, que con gran fuerza invita a contemplar siempre el rostro de Cristo; presenta a las monjas y a los monjes en la cumbre de la alabanza coral y de la oración silenciosa de la Iglesia (n. 25) y, al mismo tiempo, los encomia por haber privilegiado y haber puesto siempre en el centro la Liturgia de las Horas y la celebración eucarística (ibíd.).

8. Cincuenta años después del Concilio Vaticano II, tras las debidas consultas y un atento discernimiento, he considerado necesario ofrecer a la Iglesia la presente Constitución Apostólica que tuviera en cuenta tanto el intenso y fecundo camino que la Iglesia misma ha recorrido en las últimas décadas a la luz de las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II, como también las nuevas condiciones socio-culturales. Este tiempo ha visto un rápido avance de la historia humana con la que es oportuno entablar un diálogo que salvaguarde siempre los valores fundamentales sobre los que se funda la vida contemplativa que, a través de sus instancias de silencio, de escucha, de llamada a la interioridad, de estabilidad, puede y debe constituir un desafío para la mentalidad de hoy.

Con este Documento deseo reiterar mi aprecio personal, junto con el reconocimiento agradecido de toda la Iglesia, por la singular forma de sequela Christi que viven las monjas de vida contemplativa, que para muchas es vida integralmente contemplativa, don inestimable e irrenunciable que el Espíritu sigue suscitando en la Iglesia.

En los casos en que fuera necesario y oportuno, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica examinará las cuestiones y establecerá acuerdos con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y la Congregación para las Iglesias Orientales.

Elementos esenciales de la vida contemplativa

9. Desde los primeros siglos hasta nuestros días, la vida contemplativa ha estado siempre viva en la Iglesia, alternándose periodos de gran vigor con otros de decadencia; y esto gracias a la presencia constante del Señor junto con la capacidad típica de la Iglesia misma de renovarse y adaptarse a los cambios de la sociedad. Ha mantenido siempre viva la búsqueda del rostro de Dios y el amor incondicional a Cristo, como su elemento específico y característico.

La vida consagrada es una historia de amor apasionado por el Señor y por la humanidad: en la vida contemplativa esta historia se despliega, día tras día, a través de la apasionada búsqueda del rostro de Dios, en la relación íntima con él. A Cristo Señor, que «nos amó primero» (1 Jn 4,19) y «se entregó por nosotros» (Ef 5,2), vosotras mujeres contemplativas respondéis con la ofrenda de toda vuestra vida, viviendo en él y para él, «para alabanza de su gloria» (Ef 1,12). En esta dinámica de contemplación vosotras sois la voz de la Iglesia que incansablemente alaba, agradece y suplica por toda la humanidad, y con vuestra plegaria sois colaboradoras del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable.[27]

Desde la oración personal y comunitaria vosotras descubrís al Señor como tesoro de vuestra vida (cf. Lc 12,34), vuestro bien, «todo el bien, el sumo bien», vuestra «riqueza a satisfacción»[28] y, con la certeza en la fe de que «solo Dios basta»,[29] habéis elegido la mejor parte (cf. Lc 10,42). Habéis entregado vuestra vida, vuestra mirada fija en el Señor, retirándoos en la celda de vuestro corazón (cf. Mt 6,5), en la soledad habitada del claustro y en la vida fraterna en comunidad. De este modo sois imagen de Cristo que busca el encuentro con el Padre en el monte (cf. Mt 14,23).

10. A lo largo de los siglos, la Iglesia nos ha mostrado siempre a María como summa contemplatrix.[30] De la anunciación a la resurrección, pasando por la peregrinación de la fe culminada a los pies de la cruz, María queda en contemplación del Misterio que la habita. En María vislumbramos el camino místico de la persona consagrada, establecida en la humilde sabiduría que gusta el misterio del cumplimiento último.

A ejemplo de la Virgen Madre, el contemplativo es la persona centrada en Dios, es aquel para quien Dios es el unum necessarium (cf. Lc 10,42), ante el cual todo cobra su verdadero sentido, porque se mira con nuevos ojos. La persona contemplativa comprende la importancia de las cosas, pero estas no roban su corazón ni bloquean su mente, por el contrario son una escalera para llegar a Dios: para ella todo «lleva significación»[31] del Altísimo. Quien se sumerge en el misterio de la contemplación ve con ojos espirituales: esto le permite contemplar el mundo y las personas con la mirada de Dios, allí donde por el contrario, los demás «tienen ojos y no ven» (Sal 115,5; 135,16; cf. Jr 5,21), porque miran con los ojos de la carne.

11. Contemplar, pues, es tener en Cristo Jesús, que tiene el rostro dirigido constantemente hacia el Padre (cf. Jn 1,18), una mirada transfigurada por la acción del Espíritu, mirada en la que florece el asombro por Dios y por sus maravillas; es tener una mente limpia en la que resuenan las vibraciones del Verbo y la voz del Espíritu como soplo de brisa suave (cf. 1 R 19,12). No es por azar que la contemplación nace de la fe, la cual es puerta y fruto de la contemplación: sólo por el «heme aquí» confiado (cf. Lc 2,38) es posible entrar en el Misterio.

En esta silenciosa y absorta quietud de la mente y del corazón pueden insinuarse diversas tentaciones, y es así que vuestra contemplación puede convertirse en terreno de lucha espiritual, que sostenéis con valor en nombre y en beneficio de toda la Iglesia, que hace de vosotras fieles centinelas, fuertes y tenaces en la lucha. Entre las tentaciones más insidiosas para un contemplativo, recordamos la que los padres del desierto llamaban «demonio meridiano»: la tentación que desemboca en la apatía, en la rutina, en la desmotivación, en la desidia paralizadora. Como he escrito en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, lentamente esto conduce a la «psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como “el más preciado de los elixires del demonio”».[32]

Temas objeto de discernimiento y de revisión dispositiva

12. Para ayudar a las contemplativas a alcanzar el fin propio de su específica vocación arriba descrito, invito a reflexionar y discernir sobre los siguientes doce temas de la vida consagrada en general y, en particular, de la tradición monástica: formación, oración, Palabra de Dios, Eucaristía y Reconciliación, vida fraterna en comunidad, autonomía, federaciones, clausura, trabajo, silencio, medios de comunicación y ascesis. Estos temas se llevarán a la práctica ulteriormente, con modalidades adaptadas a la tradiciones carismáticas específicas de las diversas familias monásticas, en armonía con las disposiciones de la Parte final de esta Constitución y con las indicaciones particulares que se deben aplicar y que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica dará cuanto antes.

Formación

13. La formación de la persona consagrada es un itinerario que debe llevar a la configuración con el Señor Jesús y a la asimilación de sus sentimientos en su total oblación al Padre;se trata de un proceso que no termina nunca, destinado a alcanzar en profundidad a toda la persona, para que todas sus actitudes y gestos revelen la total y gozosa pertenencia a Cristo, y por ello pide la continua conversión a Dios. Este proceso apunta a formar el corazón, la mente y la vida facilitando la integración de las dimensiones humana, cultural, espiritual y pastoral.[33]

En particular, la formación de la persona consagrada contemplativa tiende hacia una condición armónica de comunión con Dios y con las hermanas, en un clima de silencio protegido por la clausura cotidiana.

14. Dios Padre es el formador por excelencia, pero en esta obra «artesanal» se sirve de mediaciones humanas, de los formadores y de las formadoras, hermanos y hermanas mayores, cuya misión principal es la de mostrar «la belleza del seguimiento del Señor y el valor del carisma en que este se concretiza».[34]

La formación, y en especial la permanente, «exigencia intrínseca de la consagración religiosa»,[35] tiene su humus en la comunidad y en la vida cotidiana. Por este motivo, recuerden las hermanas que el lugar ordinario donde acontece el camino formativo es el monasterio y que la vida fraterna en comunidad debe favorecer ese camino en todas sus manifestaciones.

15. Considerando el actual contexto sociocultural y religioso, los monasterios presten mucha atención al discernimiento vocacional y espiritual, sin dejarse llevar por la tentación del número y de la eficiencia;[36] aseguren un acompañamiento personalizado de las candidatas y promuevan itinerarios formativos aptos para ellas, quedando entendido que a la formación inicial y a la formación después de la profesión temporal «se debe reservar un amplio espacio de tiempo»,[37] en la medida de lo posible no inferior a nueve años, ni superior a los doce.[38]

Oración

16. La oración litúrgica y personal es una exigencia fundamental para alimentar vuestra contemplación: si «la oración es el “meollo” de la vida consagrada»,[39] más aún lo es de la vida contemplativa. Hoy en día muchas personas no saben rezar. Y muchos son los que sencillamente no sienten la necesidad de rezar o reducen su relación con Dios a una súplica en los momentos de prueba, cuando no saben a quién dirigirse. Otros reducen su oración a una simple alabanza en los momentos de felicidad. Al recitar y cantar las alabanzas del Señor por la Liturgia de las Horas, vosotras os convertís en voz de estas personas y, al igual que los profetas, intercedéis por la salvación de todos.[40] La oración personal os ayudará a permanecer unidas al Señor, como los sarmientos a la vid, y así vuestra vida dará fruto en abundancia (cf. Jn 15,1-15). Recordad, sin embargo, que la vida de oración y la vida contemplativa no pueden vivirse como repliegue en vosotras, sino que deben ensanchar el corazón para abrazar a toda la humanidad, y en especial a aquella que sufre.

Por la oración de intercesión, tenéis un papel fundamental en la vida de la Iglesia. Rezáis e intercedéis por muchos hermanos y hermanas presos, emigrantes, refugiados y perseguidos, por tantas familias heridas, por las personas en paro, por los pobres, por los enfermos, por las víctimas de dependencias, por no citar más que algunas situaciones que son cada día más urgentes. Vosotras sois como los que llevaron alparalítico ante el Señor, para que lo sanara (cf. Mc 2,1-12). Por la oración, día y noche, vosotras acercáis al Señor la vida de muchos hermanos y hermanas que por diversas situaciones no pueden alcanzarlo para experimentar su misericordia sanadora, mientras que él los espera para llenarlos de gracias. Por vuestra oración vosotras curáis las llagas de tantos hermanos.

La contemplación de Cristo encuentra su modelo insuperable en la Virgen María. El rostro del Hijo le pertenece por título singular. Madre y Maestra de la perfecta conformación con el Hijo, con su presencia ejemplar y maternal, es de gran apoyo en la cotidiana fidelidad a la oración (cf. Hch 1,14) peculiarmente filial.[41]

17. El libro del Éxodo nos muestra que con su oración Moisés decide la suerte de su pueblo, garantizando la victoria sobre el enemigo cuando logra levantar los brazos para invocar la ayuda del Señor (cf. 17,11). Este texto me parece una imagen muy expresiva de la fuerza y de la eficacia de vuestra oración en favor de toda la humanidad y de la Iglesia, y en particular de sus miembros más débiles y necesitados. Hoy, como entonces, podemos pensar que las suertes de la humanidad se deciden en el corazón orante y en los brazos levantados de las contemplativas. Por ello os exhorto a ser fieles, según vuestras Constituciones, a la oración litúrgica y a la oración personal, que es preparación y prolongación de la anterior. Os exhorto a no «anteponer nada al opus Dei»,[42] para que nada obstaculice, nada os separe, nada se interponga en vuestro ministerio orante.[43] Y así, por medio de la contemplación, os transformareis en imagen de Cristo[44] y vuestras comunidades llegarán a ser verdaderas escuelas de oración.

18. Todo esto pide una espiritualidad que se basa en la Palabra de Dios, en la fuerza de la vida sacramental, en la enseñanza del magisterio de la Iglesia y en los escritos de vuestros fundadores y fundadoras; una espiritualidad que os haga llegar a ser hijas del cielo e hijas de la tierra, discípulas y misioneras, según vuestro estilo de vida. Pide, además, una formación paulatina a la vida de oración personal y litúrgica, y a la contemplación, sin olvidar que esta se alimenta principalmente de la «belleza escandalosa» de la Cruz.

Centralidad de la Palabra de Dios

19. Uno de los elementos más significativos de la vida monástica en general es la centralidad de la Palabra de Dios en la vida personal y comunitaria. Lo subrayaba san Benito, cuando pide a sus monjes que escuchen con ganas las santas lecturas: «lectiones sanctas libenter audire».[45] Durante los siglos el monaquismo ha sido custodio de la lectio divina. Y hoy se recomienda a todo el pueblo de Dios y se pide a todos los religiosos,[46] y a vosotras que la convirtáis en alimento de vuestra contemplación y de vuestra vida de cada día, para poder compartir esta experiencia de la Palabra de Dios que transforma, con sacerdotes, diáconos, los otros consagrados y los laicos. Considerad este compartir como una verdadera misión eclesial.

Indudablemente la oración y la contemplación son los lugares más aptos para acoger la Palabra de Dios, pero al mismo tiempo, tanto la oración como la contemplación brotan de la escucha de la Palabra. Toda la Iglesia y, en particular, las comunidades dedicadas totalmente a la contemplación, necesitan volver a descubrir la centralidad de la Palabra de Dios que, como bien ha recordado mi predecesor san Juan Pablo II, es la «fuente primera de toda espiritualidad».[47] Es preciso que la Palabra alimente la vida, la oración, la contemplación, el camino cotidiano y se convierta en principio de comunión para vuestras comunidades y fraternidades. Estas comunidades están llamadas a acogerla, meditarla, vivirla juntas, comunicando y compartiendo los frutos que nacen de esta experiencia. Así podréis crecer en una auténtica espiritualidad de comunión.[48] Al respecto os exhorto a «evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. […] Por tanto, hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial».[49]

20. La lectio divina o lectura orante de la Palabra es el arte que ayuda a dar el paso del texto bíblico a la vida, es la hermenéutica existencial de la Sagrada Escritura, gracias a la cual podemos llenar la distancia entre espiritualidad y cotidianeidad, entre fe y vida. El proceso que la lectio divina lleva a cabo tiene como fin llevarnos de la escucha al conocimiento y del conocimiento al amor.

Gracias al movimiento bíblico, que ha cobrado nueva fuerza sobre todo después de la promulgación de la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, a todos se propone hoy un constante acercamiento a la Sagrada Escritura por la lectura orante y asidua del texto bíblico, de manera que el diálogo con Dios se haga realidad cotidiana del pueblo de Dios. La lectio divina tiene que ayudaros a cultivar un corazón dócil, sabio e inteligente (cf. 1 R 3,9.12), para discernir lo que viene de Dios y lo que, por el contrario, puede llevar lejos de él; a adquirir aquella especie de instinto sobrenatural, que permitió a vuestros fundadores y fundadoras, no doblegarse a la mentalidad del mundo, sino renovar su mente, «para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rm 12,2).[50]

21. Que vuestra jornada, personal y comunitaria, esté ritmada por la Palabra de Dios. Vuestras comunidades y fraternidades llegarán así a ser escuelas donde se escucha, se vive y se anuncia la Palabra a cuantos se vayan encontrando con vosotras.

No olvidéis, por último, que «la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio) que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad».[51] De este modo producirá abundantes frutos en el camino de configuración con Cristo, meta de toda nuestra vida.

Sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación

22. La Eucaristía es por excelencia el sacramento del encuentro con la persona de Jesús: ella «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir Cristo en persona».[52]Corazón de la vida de todo bautizado y de la vida consagrada, la Eucaristía lo es en particular de la vida contemplativa. En efecto, la ofrenda de vuestra existencia os injerta de modo particular en el misterio pascual de muerte y resurrección que se realiza en la Eucaristía. Partir juntos el pan repite y actualiza el don de sí que Jesús hizo: «Se partió y se parte por nosotros» y nos pide a su vez «darnos, partirnos por los demás».[53] Para que este rico misterio se realice y se manifieste vitalmente, hay que preparar con esmero, decoro y sobriedad la celebración de la Eucaristía, y participar en ella plenamente, con fe y conciencia de lo que se está celebrando.

En la Eucaristía, la mirada del corazón reconoce a Jesús.[54] San Juan Pablo II nos recuerda: «Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de él se alimenta y por él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24,31)».[55] La Eucaristía, por tanto, os introduce en el misterio del amor, que es amor esponsal: «Cristo es el Esposo de la Iglesia, como Redentor del mundo. La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de la Esposa».[56]

Es loable, por tanto, la tradición de prolongar la celebración con la adoración eucarística, momento privilegiado para asimilar el pan de la Palabra partido durante la celebración y continuar la acción de gracias.

23. De la Eucaristía brota el compromiso de conversión continua, que encuentra su expresión sacramental en la Reconciliación. La frecuente celebración personal o comunitariadel sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia sea para vosotras una ocasión privilegiada para contemplar el rostro misericordioso del Padre, Jesucristo,[57] para renovar vuestro corazón y purificar vuestra relación con Dios en la contemplación.

De la experiencia gozosa del perdón recibido por Dios en este sacramento brota la gracia de ser profetas y ministros de misericordia e instrumentos de reconciliación, que tanto necesita hoy nuestro mundo.

Vida fraterna en comunidad

24. La vida fraterna en comunidad es un elemento esencial de la vida religiosa en general y, en particular de la vida monástica, aun siempre en la pluralidad de los carismas.

La relación de comunión es manifestación de aquel amor que mana del corazón del Padre, nos inunda por el Espíritu que Dios mismo nos da. Sólo si se hace visible esta realidad, la Iglesia, familia de Dios, es signo de una profunda unión con él y se propone como la morada donde esta experiencia es posible y vivificante para todos. Cristo, Señor, llamando a algunos a compartir su vida, forma una comunidad que hace visible «la capacidad de seguir un proyecto de vida y actividad fundado en la invitación a seguirle con mayor libertad y más de cerca».[58] La vida consagrada en virtud de la cual los consagrados y las consagradas buscan formar «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32), siguiendo el ejemplo de las primeras comunidades cristianas, se «muestra como elocuente confesión trinitaria».[59]

25. La comunión fraterna es reflejo del modo de ser de Dios y de su entrega, es testimonio de que «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16). La vida consagrada confiesa creer y vivir del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y por ello la comunidad fraterna llega a ser reflejo de la gracia del Dios Trinidad de Amor.

Diferenciándose de los ermitaños, que viven «en el silencio de la soledad»[60] y gozan también ellos de alta estima por parte de la Iglesia, la vida monástica conlleva la vida comunitaria en un proceso continuo de crecimiento, que lleve a vivir una auténtica comunión fraterna, una koinonia. Esto pide que todos los miembros se sientan constructores de la comunidad y no sólo consumidores de los beneficios que de ella pueden recibir. Una comunidad existe porque nace y se edifica con el aporte de todos, cada uno según sus dones, cultivando una fuerte espiritualidad de comunión, que lleve a sentir y a vivir la mutua pertenencia.[61] Sólo de este modo la vida comunitaria llegará a ser ayuda recíproca en la realización de la vocación propia de cada uno.[62]

26. Vosotras, que habéis abrazado la vida monástica, recordad siempre que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo esperan de vosotras un testimonio de verdadera comunión fraterna que, en la sociedad marcada por divisiones y desigualdades, manifiesta con fuerza que es posible y bello vivir juntos (cf. Sal 133,1), a pesar de las diferencias generacionales, de formación y, a veces, culturales. Que vuestras comunidades sean signos creíbles de que estas diferencias enriquecen la vida fraterna, lejos de ser un impedimento para vivirla. Recordad que unidad y comunión no significan uniformidad, y que se alimentan del diálogo, del compartir, de la ayuda recíproca y profunda humanidad, especialmente hacia los miembros más frágiles y necesitados.

27. Recordad, en fin, que la vida fraterna en comunidad es también la primera forma de evangelización: «En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os améis unos a otros» (Jn 13,35). Por ello os exhorto a no descuidar los medios para fortalecerla, así como la propone y actualiza la Iglesia,[63] velando constantemente sobre este aspecto de la vida monástica, delicado y de no secundaria importancia. Junto con el compartir la Palabra y la experiencia de Dios, y el discernimiento comunitario, «se pueden recordar también la corrección fraterna, la revisión de vida y otras formas típicas de la tradición. Son modos concretos de poner al servicio de los demás y de hacer que reviertan sobre la comunidad los dones que el Espíritu otorga abundantemente para su edificación y misión en el mundo».[64]

Como he dicho recientemente en mi encuentro con los consagrados presentes en Roma para la conclusión del Año de la Vida Consagrada,[65] cuidad con solicitud la cercanía con las hermanas que el Señor os ha regalado como don precioso. Por otro lado, como recordaba san Benito, en la vida comunitaria es fundamental «venerar a los ancianos y amar a los jóvenes».[66] En esta tensión que hay que armonizar entre memoria y futuro prometido está radicada también la fecundidad de la vida fraterna en comunidad.

La autonomía de los monasterios

28. La autonomía favorece la estabilidad de vida y la unidad interna de cada comunidad, garantizando las mejores condiciones para la contemplación. Dicha autonomía no debe sin embargo significar independencia o aislamiento, en particular de los demás monasterios de la misma Orden o de la familia carismática.

29. Conscientes de que «nadie construye el futuro aislándose, ni sólo con sus propias fuerzas, sino reconociéndose en la verdad de una comunión que siempre se abre al encuentro, al diálogo, a la escucha, a la ayuda mutua»,[67] poned cuidado en preservaros «de la enfermedad de la autoreferencialidad»[68] y custodiad el valor de la comunión entre los varios monasterios como camino que abre al futuro, actualizando así los valores permanentes y codificados de vuestra autonomía.[69]

Las Federaciones

30. La federación es una estructura importante de comunión entre los monasterios que comparten el mismo carisma para que no se queden aislados.

Las federaciones tienen como principal finalidad promover la vida contemplativa en los monasterios que las componen, según las exigencias del propio carisma, y garantizar la ayuda en la formación permanente e inicial, como también en las necesidades concretas, intercambiando monjas y compartiendo los bienes materiales; y tendrán que favorecerse y multiplicarse en función de estas finalidades.[70]

La clausura

31. La separación del mundo, algo necesario para quienes siguen a Cristo, tiene para vosotras, hermanas contemplativas, una manifestación particular en la clausura, que es el lugar de la intimidad de la Iglesia esposa: «Signo de la unión exclusiva de la Iglesia-esposa con su Señor, profundamente amado».[71]

La clausura ha sido codificada en cuatro diversas formas y modalidades:[72] además de la clausura común a todos los Institutos religiosos, hay otras tres características de las comunidades de vida contemplativa: papal, constitucional y monástica. La clausura papal es definida «según las normas dadas por la Sede Apostólica»[73] y «excluye colaboración en los distintos ministerios pastorales».[74] La clausura constitucional es definida por las normas de las Constituciones; y la clausura monástica, aun conservando el carácter de «una disciplina más estricta»[75] respecto a la disciplina común, permite asociar a la función primaria del culto divino unas formas más amplias de acogida y de hospitalidad, siempre según las propias Constituciones. La clausura común es la menos cerrada de las cuatro.[76]

La pluralidad de modos de observar la clausura en una misma Orden ha de considerarse como una riqueza y no como un impedimento para la comunión, armonizando diversas sensibilidades en una unidad superior.[77] Dicha comunión podrá concretarse en varias formas de encuentro y de colaboración, sobre todo en la formación permanente e inicial.[78]

El trabajo

32. También para vosotras, el trabajo es participación en la obra que Dios creador lleva adelante en el mundo. Dicha actividad os pone en estrecha relación con cuantos trabajan con responsabilidad para vivir del fruto de sus manos (cf.Gn 3,19), para contribuir en la obra de la creación y servir a la humanidad; en particular os hace solidarias con los pobres que no pueden vivir sin trabajar y que, a menudo, aun trabajando, necesitan de la ayuda providencial de los hermanos.

Para que el trabajo no apague el espíritu de contemplación, como nos enseñan los grandes santos contemplativos, y para que vuestra vida sea «pobre de hecho y de espíritu para consumarse en sobriedad trabajada», como os impone la profesión, con voto solemne, del consejo evangélico de pobreza,[79] realizad el trabajo con devoción y fidelidad, sin dejarse condicionar por la mentalidad de la eficiencia y del activismo de la cultura contemporánea. Que ahora y siempre sea para vosotras válido el lema de la tradición benedictina “ora et labora”, que educa a encontrar una relación equilibrada entre la tensión hacia el Absoluto y el compromiso en las responsabilidades cotidianas, entre la quietud de la contemplación y el esfuerzo en el servicio.

El silencio

33. En la vida contemplativa y, en particular, en la que lo es integralmente, considero importante prestar atención al silencio habitado por la Presencia, como espacio necesario de escucha y de ruminatio de la Palabra y requisito para una mirada de fe que capte la presencia de Dios en la historia personal, en la de los hermanos y hermanas que el Señor os da y en los avatares del mundo contemporáneo. El silencio es vacío de sí para dejar espacio a la acogida; en el ruido interior no es posible recibir nada ni a nadie. Vuestra vida integralmente contemplativa requiere «tiempo y capacidad de guardar silencio para poder escuchar»[80] a Dios y el clamor de la humanidad. Que calle, pues, la lengua de la carne y que hable la lengua del Espíritu, movida por el amor que cada una de vosotras tiene para su Señor.[81]

Que en esto os sea de ejemplo el silencio de María Santísima, que pudo acoger la Palabra porque era mujer de silencio: no un silencio estéril, vacío; por el contrario, un silencio lleno, rico. Y el de la Virgen María es también un silencio rico de caridad, que se dispone para acoger al Otro y a los otros.

Los medios de comunicación

34. En nuestra sociedad, la cultura digital influye de manera decisiva en la formación del pensamiento y en la manera de relacionarse con el mundo y, en particular, con las personas. Este clima cultural no deja inmunes a las comunidades contemplativas. Es cierto que estos medios pueden ser instrumentos útiles para la formación y la comunicación, pero os exhorto a un prudente discernimiento para que estén al servicio de la formación para la vida contemplativa y de las necesarias comunicaciones, y no sean ocasión para la distracción y la evasión de la vida fraterna en comunidad, ni sean nocivos para vuestra vocación o se conviertan en obstáculo para vuestra vida enteramente dedicada a la contemplación.[82]

La ascesis

35. Junto con todos los medios que la Iglesia propone para el dominio de sí y la purificación del corazón, la ascesis lleva a liberarnos de todo aquello que es típico de la «mundanidad» para vivir la lógica del don, en particular del don del propio ser, como exigencia de respuesta al primero y único amor de vuestra vida. De este modo podréis responder también a las expectativas de los hermanos y hermanas, así como a las exigencias morales y espirituales intrínsecas en cada uno de los tres consejos evangélicos que profesáis con voto solemne.[83]

A este respecto, vuestra vida enteramente entregada adquiere un fuerte sentido profético; sobriedad, desprendimiento de las cosas, entrega de sí en la obediencia, transparencia en las relaciones, todo se hace más radical y exigente para vosotras por la opción de renunciar también «al espacio, a los contactos, a tantos bienes de la creación […] como modo singular de ofrecer el “cuerpo”».[84] El haber elegido una vida de estabilidad se convierte en signo elocuente de fidelidad para nuestro mundo globalizado y acostumbrado a desplazamientos cada vez más rápidos y fáciles, con el riesgo de no echar jamás raíces.

Asimismo, el ámbito de las relaciones fraternas se hace todavía más exigente en la vida claustral,[85] que impone relaciones continuas y cercanas en la comunidad. Vosotras podéis ser un ejemplo y una ayuda al Pueblo de Dios y a la humanidad de hoy, marcada y a veces rota por tantas divisiones, para que permanezca al lado del hermano y de la hermana, también allí donde sea necesario recomponer las diversidades, gestionar tensiones y conflictos, acoger fragilidades. La ascesis es igualmente un medio para tomar contacto con la propia debilidad y encomendarla a la ternura de Dios y de la comunidad.

Por último, el compromiso ascético es necesario para llevar adelante con amor y fidelidad el deber de cada día, como ocasión para compartir la suerte de muchos hermanos en el mundo y ofrenda silenciosa y fecunda para ellos.

El testimonio de las monjas

36. Queridas Hermanas, lo que he escrito en esta Constitución Apostólica representa para vosotras, que habéis abrazado la vocación contemplativa, una ayuda válida para renovar vuestra vida y vuestra misión en la Iglesia y en el mundo. Que el Señor realice en vuestros corazones su obra y os transforme enteramente en él, que es el fin último de la vida contemplativa;[86] y que vuestras comunidades o fraternidades sean verdaderas escuelas de contemplación y oración.

El mundo y la Iglesia os necesitan como «faros» que iluminan el camino de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo. Que sea esta vuestra profecía. Vuestra opción no es la huida del mundo por miedo, como piensan algunos. Vosotras seguís estando en el mundo, sin ser del mundo (cf. Jn 18,19) y, aunque estéis separadas del mundo, por medio de signos que expresan vuestra pertenencia a Cristo, no cesáis de interceder constantemente por la humanidad, presentando al Señor sus temores y sus esperanzas, sus gozos y sus sufrimientos.[87]

No nos privéis de esta vuestra participación en la construcción de un mundo más humano y por tanto más evangélico. Unidas a Dios, escuchad el clamor de vuestros hermanos y hermanas (cf. Ex 3,7; Jr 5,4) que son víctimas de la «cultura del descarte»,[88]o que necesitan sencillamente de la luz del Evangelio. Ejercitaos en el arte de escuchar, «que es más que oír»,[89] y practicad la «espiritualidad de la hospitalidad», acogiendo en vuestro corazón y llevando en vuestra oración lo que concierne al hombre creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). Como he escrito en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, «interceder no nos aparta de la verdadera contemplación, porque la contemplación que deja fuera a los demás es un engaño».[90]

De este modo, vuestro testimonio será un complemento necesario del que los contemplativos en el corazón del mundo dan testimonio del Evangelio, permaneciendo totalmente inmersos en las realidades y en la construcción de la ciudad terrena.

37. Queridas Hermanas contemplativas, bien sabéis que vuestra forma de vida consagrada, al igual que todas las demás, «es don para la Iglesia, nace en la Iglesia, crece en la Iglesia, está toda orientada hacia la Iglesia».[91] Vivid, pues, en profunda comunión con la Iglesia para ser en ella viva prolongación del misterio de María virgen, esposa y madre, que acoge y guarda la Palabra para devolverla al mundo, contribuyendo así a que Cristo nazca y crezca en el corazón de los hombres sedientos, aunque a menudo de manera inconsciente, de Aquel que es «camino, verdad y vida» (Jn 14,6). Al igual que María, sed también vosotras «escalera» por la que Dios baja para encontrar al hombre y el hombre sube para encontrar a Dios y contemplar su rostro en el rostro de Cristo.

CONCLUSIÓN DISPOSITIVA

A la luz de lo considerado hasta aquí, dispongo y establezco lo que sigue:

Art. 1. Conforme al c. 20 del CIC y tras haber considerado con mucha atención los 37 artículos que preceden, por la promulgación y publicación de esta Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere quedan derogados:

1. Los cánones del CIC que, en parte, resulten directamente contrarios a cualquier artículo de la presente Constitución;

2. y, más en particular, los artículos dispositivo-normativos:

– de la Constitución Apostólica Sponsa Christi de Pío XII de 1950:Estatuta generalia Monialium;

– de la Instrucción Inter praeclara de la Sagrada Congregación de Religiosos;

– de la Instrucción Verbi Sponsa, de la CIVCSVA, 13 de mayo de 1999, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas.

Art. 2 §1. Esta Constitución se dirige a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y a los monasterios femeninos de vida contemplativa o integralmente contemplativa, federados o no federados.

§2. Son materias reguladas por esta Constitución Apostólica las enumeradas arriba en el n. 12 y desarrolladas en los números 13-35.

§3. La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica -en caso de que sea necesario de acuerdo con la Congregación para las Iglesias Orientales o la Congregación para la Evangelización de los Pueblos- reglamentará las distintas modalidades de actuación de estas normas constitutivas, según las diversas tradiciones monásticas y teniendo en cuenta las diferentes familias carismáticas.

Art. 3 §1. Cada monasterio cuide con particular esmero, por medio de oportunas estructuras, la elaboración del proyecto de vida comunitaria, la formación permanente, que es como el humus de cada una de las etapas de la formación, ya a partir de la inicial.

§2. Con el fin de asegurar una adecuada formación permanente, las federaciones promuevan la colaboración entre los monasterios por medio de intercambio de material formativo y el uso de medios de comunicación digital, salvaguardando siempre la necesaria discreción.

§3. Además del cuidado en elegir a las hermanas llamadas como formadoras a acompañar a las candidatas por el camino de la madurez personal, cada uno de los monasterios y las federaciones promuevan la formación de las formadoras y de sus colaboradoras.

§4. Las hermanas llamadas a ejercer el delicado servicio de la formación pueden, servatis de iure servandis, participar en cursos específicos de formación aunque sea fuera de su monasterio, manteniendo un clima adecuado y coherente con las exigencias del propio carisma. La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica promulgará al respecto normas particulares.

§5. Los monasterios prestarán especial atención al discernimiento espiritual y vocacional, asegurarán a las candidatas un acompañamiento personalizado y promoverán itinerarios formativos adecuados, considerando siempre que hay que reservar un amplio espacio de tiempo a la formación inicial.

§6. Aunque la constitución de comunidades internacionales y multiculturales ponga de manifiesto la universalidad del carisma, hay que evitar en modo absoluto el reclutamiento de candidatas de otros Países con el único fin de salvaguardar la supervivencia del monasterio. Que se elaboren criterios para asegurar que esto se cumpla.

§7. Para asegurar una formación de calidad, según las circunstancias, promuévanse casas de formación inicial comunes entre varios monasterios.

Art. 4 §1. Considerando que la oración es el corazón de la vida contemplativa, que cada monasterio verifique el ritmo de la propia jornada para evaluar si el Señor es su centro.

§2. Se evaluarán las celebraciones comunitarias, preguntándose si son realmente un encuentro vivo con el Señor.

Art. 5 §1. Por la importancia que la lectio divina reviste, que cada monasterio establezca tiempos y modalidades oportunos para esta exigencia de lectura/escucha, ruminatio, oración, contemplación y puesta en común de las Sagradas Escrituras.

§2. Considerando que el compartir la experiencia transformante de la Palabra con los sacerdotes, los diáconos, los demás consagrados y los laicos es expresión de verdadera comunión eclesial, cada monasterio verá cuáles pueden ser las modalidades de esta irradiación espiritual ad extra.

Art. 6 §1. En la elaboración del proyecto comunitario y fraterno, además de la preparación con esmero de la celebración eucarística, que cada monasterio prevea tiempos convenientes de adoración eucarística, ofreciendo también a los fieles de la Iglesia local la posibilidad de participar en ellos.

§2. Cuídese en particular la elección de capellanes, confesores y directores espirituales, considerando la especificidad del carisma propio y las exigencias de la vida fraterna en comunidad.

Art. 7 §1. Quienes son llamadas a ejercer el ministerio de la autoridad, además de cuidar de su propia formación, sean guiadas por un real espíritu de fraternidad y de servicio, para favorecer un clima gozoso de libertad y de responsabilidad para promover el discernimiento personal y comunitario y la comunicación en la verdad de lo que se hace, se piensa y se siente.

§2. El proyecto comunitario acoja con agrado y aliente el intercambio de dones humanos y espirituales de cada hermana, para el mutuo enriquecimiento y el progreso de la fraternidad.

Art. 8 §1. A la autonomía jurídica ha de corresponder una real autonomía de vida, lo cual significa: un número aunque mínimo de hermanas, siempre que la mayoría no sea de avanzada edad; la necesaria vitalidad a la hora de vivir y transmitir el carisma; la capacidad real de formación y de gobierno; la dignidad y la calidad de la vida litúrgica, fraterna y espiritual; el significado y la inserción en la Iglesia local; la posibilidad de subsistencia; una conveniente estructura del edificio monástico. Estos criterios han de considerarse en su globalidad y en una visión de conjunto.

§2. Cuando no subsistan los requisitos para una real autonomía de un monasterio, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica estudiará la oportunidad de constituir una comisión ad hoc formada por el Ordinario, por la Presidente de la federación, por el Asistente federal y por la Abadesa o Priora del monasterio. En todo caso, dicha intervención tenga como fin actuar un proceso de acompañamiento para revitalizar el monasterio, o para encaminarlo hacia el cierre.

§3. Este proceso podría prever también la afiliación a otro monasterio o confiarlo a la Presidenta de la federación, si el monasterio es federado, con su Consejo. En todo caso, la decisión última correspondea la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Art. 9 §1. En principio, todos los monasterios han de formar parte de una federación. Si por razones especiales un monasterio no pudiera ser federado, con el voto del capítulo, pídase permiso a la Santa Sede, a la que corresponde realizar el oportuno discernimiento, para consentir al monasterio no pertenecer a una federación.

§2. Las federaciones podrán configurarse no tanto y no sólo según un criterio geográfico, sino de afinidades de espíritu y tradiciones. Las modalidades al respecto serán indicadas por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

§3. Se garantizará, asimismo, la ayuda en la formación y en las necesidades concretas por medio de intercambios de monjas y la puesta en común de bienes materiales, según como disponga la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, que además establecerá las competencias de la Presidente y del Consejo de Federación.

§4. Se favorecerá la asociación, también jurídica, de los monasterios con la Orden masculina correspondiente. Se favorecerán también las Confederaciones y la constitución de Comisiones internacionales de varias Órdenes, con estatutos aprobados por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Art. 10 §1. Tras un serio discernimiento, y respetando la propia tradición y lo que exigen las Constituciones, cada monasterio pida a la Santa Sede qué forma de clausura quiere abrazar, si es que pide una forma diversa a la que tiene vigor.

§2. Una vez que se ha optado por una de las formas de clausura previstas, y que esta haya sido aprobada, que cada monasterio se esmere en seguirla y viva según lo que conlleva.

Art. 11 §1. Aunque algunas comunidades monásticas pueden tener rentas, según el derecho propio, sin embargo no se eximan del deber de trabajar.

§2. Para las comunidades dedicadas a la contemplación, que el fruto del trabajo no sea sólo para asegurar un sustento digno, sino que también y en la medida de lo posible tenga como fin socorrer las necesidades de los pobres y de los monasterios necesitados.

Art. 12. El ritmo cotidiano de cada monasterio prevea oportunos momentos de silencio, para favorecer el clima de oración y de contemplación.

Art. 13. Cada monasterio prevea en su proyecto comunitario los medios idóneos por los que se expresa el compromiso ascético de la vida monástica, para que sea más profética y creíble.

Disposición final

Art. 14 §1. La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica promulgará una nueva Instrucción sobre las materias consideradas en el n.12, y lo hará según el espíritu y las normas de esta Constitución Apostólica.

§2. Los artículos de las Constituciones o Reglas de cada uno de los Institutos, una vez que se hayan adaptado a las nuevas disposiciones, tendrán que someterse a la aprobación de la Santa Sede.

Dado en Roma junto a San Pedro, el día 29 de junio, solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, del año 2016, cuarto de mi pontificado.

Francisco

[1] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 19.

[2] I, 1, 1: PL 32, 661.

[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 169: AAS 105 (2013), 1091.

[4] Carta ap. A todos los consagrados con ocasión del Año de la Vida Consagrada (21 de noviembre de 2014), II, 2: AAS 106 (2014), 941.

[5] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 68: AAS 88 (1996), 443.

[6] Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 83: AAS 102 (2010), 754.

[7] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 59: AAS 88 (1996), 432.

[8]Cf. CIC c. 573/1.

[9] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 16: AAS 88 (1996), 389.

[10] Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 83: AAS 102 (2010), 754.

[11] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 18: AAS 88 (1996), 391-392.

[12]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 44; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 3.29: AAS 88 (1996), 379-402.

[13] Regla 58, 7.

[14] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 8: AAS 88 (1996), 382-383.

[15] Id., Carta ap. Orientale lumen (2 de mayo de 1995), 9: AAS 87 (1995), 754.

[16] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 44.

[17] Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 83: AAS 102 (2010), 754.

[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, 5.

[19] Ibíd., 1.

[20] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 14: AAS 88 (1996), 387.

[21] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 46; Decr. Christus Dominus, 35; ID., Decr. Perfectae caritatis, 7.9; CIC c. 674.

[22] Cf. CIC c. 667 § 2-3.

[23]Cf. Juan Pablo II, Carta. ap. Orientale lumen (2 de mayo de 1995), 9: AAS 87 (1995), 754.

[24] Francisco de Asís, Cántico de las criaturas, 1.

[25] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, 44.

[26] Cf. Id., Decr. Perfectae caritatis, 2.

[27] Cf. Clara de Asís, III Carta a Inés de Bohemia, 8.

[28] Francisco de Asís, Alabanzas del Dios Altísimo, 3. 5.

[29] Teresa de Ávila, Obras completas. Poesías, Editorial Monte Carmelo, Burgos 2011, 1368.

[30] Cf. Dionigi il Certosino, Enarrationes en cap. 3 Can. Cant. XI, 6, en Doctoris Ecstatici D. Dionysii Cartusiani Opera Omnia, VII, Typis Cartusiae, Monstrolii 1898, 361.

[31] Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas, 4.

[32] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 83: AAS 105 (2013), 1054-1055.

[33] Cf. juan pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 65: AAS 88 (1996), 441; CIC c. 664.

[34] Ibíd., 66: AAS 88 (1996), 442.

[35] Ibíd., 69: AAS 88 (1996), 444; cf. CIC c. 661.

[36] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instr. Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el Tercer Milenio (19 de mayo de 2002), 18.

[37]Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 65: AAS 88 (1996), 441.

[38] Cf. CIC cc. 648/1 y 3; 657/2.

[39] Saludo al final de la Santa Misa, 2 de febrero de 2016: L’Osservatore Romano, 4 de febrero de 2016, p. 6; cf. CIC c. 673.

[40] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 83; CIC cc. 1173; 1174/1.

[41] Cf. Benedicto XVI, Catequesis (28 de diciembre de 2011): Insegnamenti VII/2 (2011), 980-985; CIC c. 663/4; Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instr. El servicio de la autoridad y la obediencia, 11 de mayo de 2008, 31.

[42] Benito, Regla, 43, 3.

[43] Cf. Francisco de Asís, Regla no bulada, XXIII, 31.

[44] Cf. Clara de Asís, III carta a Inés de Bohemia, 12.13.

[45] Regla, 4, 55.

[46] Cf. Benedicto XVI, Exhort.ap. postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 86: AAS 102 (2010), 757; CIC c. 663/3.

[47]Exhort. ap. postsinodal. Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 94: AAS 88 (1996), 469; cf. CIC c. 758.

[48] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instr. Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el Tercer Milenio (19 de mayo de 2002), 25; Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 de enero de 2001), 43: AAS 93 (2001), 297.

[49]Cf. Benedicto XVI, Exhort.ap. postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 86: AAS 102 (2010), 758; CIC cc. 754-755.

[50] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 94: AAS 88 (1996), 470.

[51]Benedicto XVI, Exhort.ap. postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 87:AAS 102 (2010), 759.

[52] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 5; cf. CIC c. 899.

[53] Homilía para la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (26 de mayo de 2016): L’Osservatore Romano, 27-28 de mayo de 2016, p. 8; cf. CIC c. 663/2.

[54] Cf. Juan Palo II, Homilía para la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (14 de junio de 2001), 3: AAS 93 (2001), 656.

[55] Id., Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 de abril de 2003), 6: AAS 95 (2003), 437.

[56] Id., Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 26: AAS 80 (1988), 1716.

[57] Cf. Bula Misericordiae Vultus, 1: AAS 107 (2015), 399; CIC cc. 664; 630.

[58] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad. Congregavit nos in unum Christi amor (2 de febrero de 1994), 10.

[59] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 21: AAS 88 (1996), 395.

[60] CIC, c. 603.

[61] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 de enero de 2001), 43: AAS 93 (2001), 296-297.

[62]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis,15; CIC, c. 602.

[63] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad. Congregavit nos in unum Christi amor (2 de febrero de 1994); CIC cc. 607/2; 608; 665; 699/1.

[64] Ibíd., 32; cf. CIC cc. 619; 630; 664.

[65] Cf. Discurso a los participantes en el Jubileo de la vida consagrada, 1 de febrero de 2016: L’Osservatore Romano, 1-2 de febrero de 2016, p. 8.

[66] Benito, Regla, IV, 70-71.

[67] Carta ap. A todos los consagrados con ocasión del Año de la Vida Consagrada (21 de noviembre 2014), II, 3: AAS 106 (2014), 943.

[68]Ibíd.

[69] Cf. ibíd.; CIC, cc. 614-615; 628/2-1; 630/3; 638/4; 684/3; 688/2; 699/2; 708; 1428/1-2.

[70] Cf. CIC, cc. 582; 684/3.

[71] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 59: AAS 88 (1996), 431.

[72]Cf. ibíd., 59; CIC c. 667.

[73] CIC, c. 667 § 3.

[74] Ibíd., c. 674.

[75] Ibíd., c. 667 § 2.

[76] Cf. ibíd., c. 667/1.

[77] Cf. J.M. Bergoglio, Intervención del 13 de octubre de 1994 en el Sínodo de los Obispos sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (en: «Vida Religiosa» 115, n. 7, julio-septiembre 2013).

[78] Cf. Carta ap. A todos los consagrados y consagradas con ocasión del Año de la Vida Consagrada (21 de noviembre de 2014), II, 3: AAS 106 (2014), 942-943.

[79] Cf. CIC c. 600.

[80]Mensaje para la XLVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (1 de junio de 2014): AAS 106 (2014), 114; cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad. Congregavit nos in unum Christi amor (2 de febrero de 1994), 10 y 34.

[81] Cf. Clara de Asís, IV Carta a Inés de Bohemia, 35.

[82] Cf. CIC, c. 666.

[83] Cf. Saludo después de la Santa Misa para los consagrados y las consagradas, 2 de febrero de 2016: L’Osservatore Romano, 4 de febrero de 2016, p. 6; CIC, cc. 599-601; 1191-1192.

[84] Juan Pablo II, Exhort, ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 59: AAS 88 (1996), 431.

[85] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad. Congregavit nos in unum Christi amor (2 de febrero de 1994), 10.

[86] Cf. Clara de Asís, III Carta a Inés de Bohemia, 12-13; IV Carta a Inés de Bohemia, 15.16.

[87] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 4-

[88] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 53: AAS 105 (2013), 1042; cf. ibíd. 187ss: AAS 105 (2013), 1098ss.

[89]Ibíd., 171: AAS 105 (2013), 1091.

[90] Ibíd., 281: AAS 105 (2013), 1133.

[91] J. M. Bergoglio, Intervención del 13 de octubre de 1994 en el Sínodo de los Obispos sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (en: «Vida Religiosa» 115, n. 7, julio-septiembre 2013).

No se necesitan sacerdotes más divinos, sino que su fe los haga más humanos

Sacerdotes en la basílica de San Pedro

“La autoridad eclesiástica se ha abierto a aprender para enseñar”

Jorge Costadoat sj: “No se necesitan sacerdotes más divinos, sino que su fe los haga más humanos”

“El Papa reconoce que es un error que los sacerdotes quieran dirigir la vida de las personas”

Jorge Costadoat, 17 de julio de 2016 a las 17:54

(Jorge Costadoat sj).- Amoris laetitia es un documento de enorme importancia. Permite mirar más allá del tema de la familia, en el cual se concentra. Me detengo en un punto. El Papa Francisco con esta exhortación apostólica replantea las relaciones entre los sacerdotes y los laicos. Hasta ahora estas relaciones han operado en una dirección vertical.

Pero, desde que el Concilio Vaticano II subrayó la importancia del bautismo como el factor de unión entre los cristianos, estas relaciones han debido ser más horizontales, fraternales: los sacerdotes han tenido que orientar a los fieles en la medida que estén dispuestos a aprender de ellos, de sus vidas y de su experiencia de Dios.

El Vaticano II nos ha recordado que el Evangelio es un testimonio entre personas antes que doctrinas con que adoctrinar. Y, precisamente, lo que falta en la Iglesia hoy es un clero que en vez de anunciar una experiencia personal del Evangelio recurre a enunciados teológicos abstractos y a frases comunes.

El método que el Papa Francisco fijó para la ejecución del Sínodo señala un giro para el futuro de la Iglesia. El procedimiento de elaboración de esta exhortación papal comenzó con 39 preguntas que el Papa entregó al Pueblo de Dios por los medios de comunicación. No fueron preguntas retóricas. Tampoco interesaba a Francisco averiguar si los católicos sabían la doctrina. Lo principal fue oír lo que el Espíritu ha ido gestando en los católicos en el mundo actual, en esta época y en sus diversas culturas.

Así, la autoridad eclesiástica se ha abierto a aprender para enseñar. Los obispos reunidos en el Sínodo han recogido las respuestas a estas preguntas y han procedido a pensar cómo volver a plantear la enseñanza tradicional de la Iglesia en términos actuales.

Esta posibilidad se ha liberado justo allí donde Amoris laetitia subraya la importancia de la libertad y del respeto de la conciencia de los fieles. Dice el papa: “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37). Francisco ha reconocido que es un error que los sacerdotes quieran dirigir la vida de las personas. Ni ellos ni nadie debiera pedir cuenta a los fieles, por ejemplo, del método anticonceptivo que usan las parejas.

El celo por la ayuda espiritual a las personas no puede legitimar una falta de respeto a sus conciencias. El Papa lamenta que los confesionarios hayan sido usados como salas de tortura (cf. AL 305). Algo parecido tendrá que ocurrir con los laicos que se encuentran en una situación matrimonial irregular y que desean participar plenamente en la vida de su Iglesia. No serán los sacerdotes los que han de autorizarlos. Estos han de acompañarlos en un discernimiento que acabará en una decisión en conciencia de los mismos laicos, sea para comulgar, sea para abstenerse de hacerlo.

¿Dónde se formarán los sacerdotes del futuro? ¿Cómo se hace para formar personas capaces de exponerse a las vidas ajenas más desagarradas y ofrecerles, a partir de la propia experiencia, procesada con la enseñanza tradicional de la Iglesia, una palabra nueva, genuina, espiritualmente liberadora, no culpabilizante, una palabra efectivamente orientadora? No se necesita sacerdotes más divinos, sino que su fe los haga más humanos.

Lo que está en juego en última instancia es la trasmisión de la fe. Los jóvenes se han descolgado en una proporción muy alta de una Iglesia que trató a sus padres como niños. Ellos han nacido en una sociedad abierta, no siempre más adulta, inmadura bajo muchos respectos, pero más respetuosa de la libertad y de las búsquedas personales. No puede decirse que los jóvenes no sean capaces de una experiencia de Dios porque no quieren ser católicos. Ellos piensan que la Iglesia les es inhabitable por razones que no se pueden despreciar.

Las relaciones entre sacerdotes y fieles han sido bastante infantiles. Donde no ha habido suficiente respeto a la libertad y al discernimiento de los laicos, laicos y sacerdotes no han podido crecer en su fe. El modo de elaboración de Amoris laetitia, y sus más valiosas conclusiones, augura el surgimiento de una Iglesia más adulta.

Categorías:General, Iglesia

TEMA LOS MIGRANTES

 

Buenos días a todos.

Con gusto les enviamos un nuevo tema de estudio y reflexión; es una herramienta para la formación en sus grupos parroquiales, Comités Diocesanos y Juntas Diocesanas.

Les recordamos que este proyecto consiste en proporcionarles temas elaborados con la reflexión de las realidades de los sectores de la sociedad que fueron visitados e iluminados en el actuar de la Iglesia por el Papa Francisco en su visita a México.

A la fecha les hemos enviado dos temas:

1.- La situación del México de hoy.

2.- La Familia.

Ahora les adjuntamos un tercer tema: Los Migrantes.

Todos los temas se dividen en tres partes:

  1. Análisis de la realidad.
  2. Escuchar la voz del Papa (sus mensajes en nuestro país sobre el tema).
  3. Primerar, es decir emprender acciones como Iglesia.

Es importante recordarles que los temas son extensos por ello se sugiere que en las reuniones de grupo se analicen en dos o tres sesiones, según las realidades de cada lugar.

La próxima semana se enviará un cuarto tema.

Saludos a todos y seguimos a sus órdenes.

Omar Peña

Junta Nacional

 

TEMA LOS MIGRANTES

ANALIZAR: UNA MIRADA A NUESTRA REALIDAD

LOS QUE SE VAN Y LOS QUE LLEGAN

La  migración  es  el  cambio  de  residencia  de  una  o  varias  personas  de  manera temporal o definitiva, generalmente con la intención de mejorar su situación económica, así como su desarrollo personal y familiar.

Cuando una persona deja el municipio, el estado o el país donde reside, para irse  a vivir a otro lugar se convierte en migrante, pero al llegar a establecerse a un nuevo municipio, estado o país, esa misma persona pasa a ser un inmigrante.

 

TIPOS DE MIGRACIÓN

  • Municipal Interna o Estatal
  • Externa o Internacional

 

MIGRACIÓN INTERNACIONAL

¿A qué edad se van?

La población que emigra hacia otros países lo hace en mayor número, entre los 20 y 34 años de edad, le siguen los jóvenes entre 15 y 19 años.

En los menores de 15 años y mayores de 50 el porcentaje disminuye, lo que demuestra que la migración se hace primordialmente por cuestiones laborales.

A junio del 2005,  1.1.millones de mexicanos mayores de 5 años vivían en otros países,

18% radicaba en Estados Unidos.

LA MIGRACIÓN EN MÉXICO

México  tiene  una  larga  tradición  migratoria  como  país  de  origen,  tránsito  y  destino  de migrantes, con todas las consecuencias inherentes a esta condición, con logros mayúsculos en normatividad migratoria y políticas públicas; así como buenas prácticas en proyectos y programas destinados a encauzar el fenómeno de la migración bajo una perspectiva integral de derechos humanos de las personas migrantes; sin embargo, México continúa haciendo frente a los enormes retos por resolver en el ámbito de la migración.

La falta de desarrollo económico, social y político de países de origen de migrantes, han impulsado la migración de países centroamericanos hacia Estados Unidos de América (EUA) y Canadá. Esto ha dado lugar a un incremento de la migración de tránsito de origen centroamericano que recorre el territorio nacional, de la frontera sur hacia la frontera norte.

A su vez, una eventual reforma migratoria en EUA que conduzca a la posible elevación de controles fronterizos podría agudizar la ya de por sí crítica situación de las personas migrantes.

La  migración  en  México  tiene  impacto  en  las  esferas  social,  política  y  económica,  que  es evidente sobre todo, a nivel estatal, principalmente en los estados fronterizos.

 

 

LA MIGRACIÓN EN CIFRAS

México cuenta con 4,301 km de frontera terrestre, en el norte y en el sur. La frontera norte con Estados Unidos mide 3,152 km y abarca los estados de Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. La frontera sur mide 1,149 km, de los cuales 956 km son limítrofes con Guatemala y 193 km con Belice. Los estados fronterizos del sur son: Chiapas, Tabasco, Campeche y Quintana Roo.

  1. a) País de origen

Se estima que un millón de mexicanos documentados y no documentados migran hacia EUA cada año. A estos datos se suman los aproximadamente 400,000 mexicanos repatriados anualmente de la Unión Americana, según datos del Instituto Nacional de Migración (INM). Estas cifras han convertido a la frontera entre México y EUA en la más transitada del mundo y a México en un país con una excepcional dinámica migratoria.

Alrededor de 11 millones de personas nacidas en México viven en EUA. Zacatecas es la entidad con más alto índice de intensidad migratoria (4.422), seguida de Guanajuato y Michoacán, las cuales presentan índices muy similares: 3.891 y 3.868, respectivamente, y Nayarit, que figura en el cuarto lugar, con un índice de intensidad migratoria a EUA de 3.370.

  1. b) País de tránsito

En la frontera sur de México, los puntos de internación de migrantes centroamericanos y extra regionales se encuentran en distintas zonas de Chiapas, Campeche, Tabasco y Quintana Roo. Los estados que componen la red ferroviaria y que integran las rutas más importantes de tránsito para los migrantes, desde los estados de la frontera sur hacia el norte del país son: Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz y Tamaulipas.

Aunque no existen cifras oficiales, se estima que anualmente ingresan de manera irregular, por la frontera sur de México, unos 150,000 migrantes, principalmente por el estado de Chiapas, con la intención de llegar a EUA. En su mayoría estos migrantes son centroamericanos, sudamericanos y, en menor medida extra regionales originarios de países de Asia y África.

Organizaciones de la sociedad civil organizada indican que el promedio anual de migrantes centroamericanos indocumentados que ingresan al país podría ser de hasta 400,000. Debido a que no cuentan con papeles, no existe un registro certero de datos.

  1. c) Sexo y edad

La edad promedio de la población que emigra es de 26 años, y de la que inmigra es de 28 años. En lo que se refiere a la participación en la migración por sexo, aunque la incorporación de las mujeres   en   la   migración,   es   cada   vez   más   significativa,   la   migración   masculina   es preponderante, en razón de tres hombres por una mujer.

 

  1. d) Motivo de la migración

 

El motivo por el cual los mexicanos migran sigue siendo por cuestiones laborales. De acuerdo con la información del INEGI, durante el período del 2006 al 2010, por cada 100 emigrantes internacionales, 75 señalaron el trabajo como motivo de su desplazamiento, mientras que uno de cada 10, emigró para reunirse con su familia en el lugar de destino. Cuestiones relacionadas al estudio fueron el motivo principal del 5% de los emigrantes mexicanos al extranjero.

 

Situación de las mujeres migrantes en México

 

Actualmente se habla de una feminización de la migración, debido a que cada vez   mayor número de mujeres migran como cabeza de familia y no como dependientes de sus parejas. Las mujeres, al igual que los hombres, lo hacen para buscar nuevas oportunidades económicas y sociales que les permitan mejorar su calidad de vida.

 

Datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estiman 214 millones de migrantes en el mundo, de los cuales 49% son mujeres; en México la proporción constituye

24.5% y en América Latina se eleva a 50.1%.

En 2011 el Instituto Nacional de Migración registró 9,160 eventos de mujeres y niñas alojadas en estaciones migratorias, mientras que en 2012 este número ascendió a 11,958, lo que representa un incremento de 30%.

 

De acuerdo con el Instituto para las Mujeres en la Migración, IMUMI, a pesar del pleno reconocimiento de los derechos humanos de las mujeres migrantes en la legislación nacional e internacional, muchas mujeres que transitan por territorio mexicano no denuncian los abusos de los que son víctimas, debido al desconocimiento de sus  derechos o por el temor a ser detenidas. Sufren agresiones físicas, abusos sexuales, secuestros, extorsiones, maltratos por parte de civiles como de las propias autoridades o son reclutadas por grupos de la delincuencia organizada que se dedican a la trata de personas, con el consecuente daño a su salud física y emocional.

 

Por todo lo anterior, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) considera urgente el diseño y aplicación de políticas públicas que contribuyan a garantizar su seguridad y el pleno acceso a los derechos humanos por igual de mujeres y hombres, nacionales y extranjeros en México.1

 

ESTADISTICAS

Al tercer trimestre de 2014, la tasa de emigración se estimó en 36.6 personas por cada 10,000 habitantes, y la de inmigración en 11.9 por cada 10,000 habitantes; en consecuencia, el Saldo Neto Migratorio (SNM) estima pérdida de población a una tasa de 24.7 personas por cada 10,000 habitantes, dio a conocer el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

A partir de 2010 se intensificó la pérdida neta de población debido al fenómeno migratorio internacional, precisó el organismo estadístico.

El grupo de migrantes internacionales con instrucción de nivel superior y medio superior aumentó respecto del total durante 2013, detalló el INEGI.

 

Durante 2012-2013 se estima que la mayor pérdida de población debido a la migración internacional (Saldo Neto Migratorio negativo) se presenta en Zacatecas, Guanajuato y Michoacán (entidades tradicionalmente expulsoras), además de Querétaro, Chihuahua y Aguascalientes.2

En Ciudad Juárez en el 2014 hubo 7,454 migrantes y en el 2015 hubo 6,345. Se reciben principalmente centroamericanos de Honduras, Guatemala, etc.; en segundo lugar las personas que se deportan de EUA, en tercer lugar los menores acompañados o solos que provienen de Centroamérica  y  mexicanos;  en  cuarto  lugar  los  que  huyen  de  la  violencia  de  México

 

1 Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

2 INEGI. principalmente de los estados de Michoacán, Guerrero y Chiapas y en quinto lugar los que buscan asilo político, refugio o desplazo forzado.

 

 

ATENCIÓN A LOS MIGRANTES

En México la atención de los migrantes se divide en tres zonas: Norte, Centro y Sur. Existen alrededor de 70 albergues, casas de migrantes.

En Ciudad Juárez se fundó la Casa del Migrante en 1983.

 

 

PAPEL DE LA IGLESIA CON LOS MIGRANTES

Es expresión de caridad, también eclesial es acompañamiento pastoral de los migrantes.   La iglesia como madre, debe sentirse a sí misma como Iglesia sin fronteras, Iglesia familiar, atenta al fenómeno creciente de la movilidad humana. Deberá establecer estructuras nacionales y diocesanas apropiadas que faciliten el encuentro de los migrantes con la Iglesia y ayuden a una permanente atención a estos para que puedan desarrollarse como discípulos y misioneros.

Es necesario que en los seminarios y casas de formación se tome conciencia sobre la realidad de la movilidad humana y preparar laicos, que con sentido cristiano, profesionalismo y capacidad de comprensión puedan acompañar a quienes lleguen, como también en los lugares de salida a las familias que dejan.

Las  generosas  remesas  enviadas  desde  EUA,  Canadá,  países  europeos  y  otros,  por  los inmigrantes latinoamericanos, evidencian la capacidad de sacrificio y amor solidario a favor de las propias familias y patrias de origen. Es por lo general, ayuda de los pobres a los pobres.3

 

 

ESCUCHAR LA VOZ DEL PAPA

La migración forzada se ha convertido en una tragedia humana causada por la pobreza, la violencia, el narcotráfico y el crimen organizado.

“Frente a tantos vacíos legales, se tiende una red que atrapa y destruye siempre a los más pobres; no solo sufren la pobreza, sino que además tienen que sufrir todas estas formas de violencia e injusticia que se radicaliza en los jóvenes, ellos, carne de cañón, son perseguidos y amenazados cuando tratan de salir de la espiral de violencia y del infierno de las drogas, y qué decir de las mujeres que han sido asesinadas”, aseguró el Pontífice.

3 Documento de Aparecida, n. 411-413 y 416.

El jerarca católico expresó que en Ciudad Juárez, como en otras zonas fronterizas, se concentran miles de migrantes mexicanos, de Centroamérica y otros, que sufren terribles injusticias.

“Los migrantes son esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son fruto del negocio de tráfico humano, de la trata de personas; no podemos negar la crisis humanitaria que en los últimos años ha significado la migración de miles de personas por tren, por carretera o a pie, atravesando cientos de kilómetros por montañas, desiertos”, mencionó el líder de la Iglesia católica.

Ante esta realidad, el Papa Francisco pidió un alto a la muerte y explotación, ya que siempre hay una salida para apostar por la conversión.

“Siempre hay tiempo de implorar la misericordia del padre, hay signos que se vuelven luz en el camino y anuncio de salvación, sé del trabajo de tantas organizaciones a favor de los derechos de los migrantes, sé del trabajo comprometido de tantas hermanas que se la juegan en el acompañamiento y la defensa de la vida”, reconoció el Papa.

El jerarca católico agradeció la presencia de miles de personas que se reunieron en el estadio de la Universidad de Texas en El Paso, fronteriza con Ciudad Juárez, para escucharlo oficiar la Misa; este gesto mostró, según el Papa Francisco, que “ninguna frontera podrá impedirnos compartir el amor de Dios.

Tomado del Mensaje del Papa Francisco a los migrantes en Ciudad Juárez, Chihuahua el

17 de febrero del 2016.

 

 

 

PRIMEREAR TENEMOS QUE ACTUAR

De forma  personal  y como  grupos de Acción Católica  es bueno reflexionar  e implementar algunas acciones a favor de nuestros hermanos los migrantes.

A continuación damos algunas sugerencias:

1.- Concientizar a la población sobre lo positivo de la migración.

  Reconocer  en  los  migrantes  a  personas  que  quieren  mejorar  situaciones económicas y familiares.

  Reconocer en ellos a personas dispuestas ante todo al sacrificio.

  Reconocer que la economía de una familia, ciudad o nación se ve fortalecida con el envío de las remesas de migrantes.

2.- Dar a conocer dentro los diferentes grupos de servicio de las diócesis la función y necesidades de las casas de migrantes.

3.- Apoyar a la casa de migrante de tu localidad en las diferentes necesidades.

  Visita y acompañamiento a los migrantes, con la oración, la escucha y el apoyo espiritual necesario.

  Evangelización con diversas pláticas o actividades.

  Caridad, llevando ropa, medicamentos y alimentos.

  Solidaridad, apoyando a las personas que necesiten, por ejemplo: pasajes, llamadas telefónicas, entre otros.

4.- Oración por los migrantes.

Fomentar en los grupos y en los laicos en general,  las cadenas de oración, celebraciones eucarísticas, horas  santas, visitas al santísimo, etc. todas en  petición a favor de los migrantes y sus familias.

Elaborado por la Junta Nacional de la Acción Católica Mexicana

Categorías:Documentos AC, General

El “vicio del clericalismo” es alimentado por los laicos

El “vicio del clericalismo” es alimentado por los laicos

Entrevista con el analista e historiador mexicano Jorge Traslosheros

Mass with a Lady who is not looking at the priest - es

Solange PARADIS/CIRIC

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“Al interior de la Iglesia existe un horroroso vicio llamado clericalismo, el cual entorpece la participación de los laicos de manera creativa y constructiva. Tiene distintas manifestaciones, pero comparten el hecho de pretender reducir la vida de la Iglesia a la acción del clero”, ha escrito el analista e historiador mexicano Jorge Traslosheros en un reciente artículo publicado en varios periódicos del país.

Sobre este particular y sobre algunos temas decisivos para la Iglesia en América Latina, Aleteia presenta la siguiente entrevista.

En días pasados se dio a conocer una carta del Papa Francisco, dirigida al Cardenal Marc Ouellet en su calidad de Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, como motivo de una reunión en la que trataron sobre la participación de los laicos. En su misiva, identifica el clericalismo como la principal amenaza para la evangelización en América Latina.  ¿Qué opinión le merece a usted esta misiva?

Con gran caridad dirige la carta a sus hermanos obispos, para reflexionar sobre las distintas actitudes que fomentan la clericalización de los laicos. Para evitar este vicio, apunta, es necesario entender la Iglesia desde una perspectiva más profunda, vivencial y bíblica, esto es, como el Pueblo fiel de Dios. En esta lógica, afirma, se dan pasos decisivos contra el clericalismo cuando el obispo se ubica, no como el mandón del pueblo, sino como pastor capaz de seguir, orientar y confiar en la feligresía.

¿Qué ejemplos de este nuevo caminar propone el Papa en su carta al cardenal Oullet?

Francisco pone como ejemplo de un laicado maduro que sabe caminar en comunión con sus pastores, las muy diversas manifestaciones de la religiosidad popular, por ser un espacio de inculturación del Evangelio. Ahí, a través de una permanente purificación profética, se hace realidad la vida del laico como actor de la Iglesia en su vida espiritual, sacramental y litúrgica, en el testimonio de la fe y la esperanza vivida en la caridad.

Es algo históricamente equivocado lo que ha derivado en eso que usted llamaba en su artículo “el horroroso vicio del clericalismo”, ¿no le parece?*

El Papa sostiene que el clericalismo se origina en una relación equivocada del obispo con la feligresía, y tiene razón. Sin embargo, como laico del común también entiendo que, las peores actitudes clericalistas no provienen de sacerdotes, obispos o religiosos. El vicio es alimentado principalmente por nosotros, los laicos.

¿Cómo es eso?

Invito a los lectores a reflexionar sobre tres actitudes muy comunes entre nosotros, dos de las cuales son leña seca en las llamas del clericalismo: el infantilismo, el adolescente contestatario y el laico maduro. Estas formas de pararse en la Iglesia no tienen nada que ver con la edad de las personas, mucho menos con el nivel de escolaridad. He visto niños con una fe verdaderamente madura y adultos cuya berrinchuda actitud haría palidecer al más huraño de los adolescentes.

 ¿Podría ser más explícito?

El infantilismo es lo que normalmente entenderíamos por una actitud clericalista. El laico exige al clero resolverlo todo, para seguir sus instrucciones, evadiendo la toma de decisiones y responsabilidades. Observa una tramposa docilidad pues, cuando el “padrecito” no hace lo que el laico quiere, se desatan los berrinches y las patadas hasta que al pobre hombre no le queda más remedio que dar las órdenes apropiadas.

El laico adolescente contestatario presume de ser independiente; pero entiende por ello una corrosiva actitud criticona contra el clero, especialmente contra los obispos. Los “padrecitos” deben ser y hacer como ellos digan, so pena de sufrir el juicio lapidario. La caridad, obvio, no es su fuerte. Abundan en medios académicos, intelectuales y opinocráticos. Suelen identificarse a sí mismos como los auténticos católicos. Unos se ubican en los márgenes de la vida eclesial bajo el chantaje de haber sido exiliados, cuando deberían hablar de autoexilio; mientras otros se trepan a los escritorios de los obispos.

¿Los “maduros” son una especie en peligro de extinción?

Entienden la fragilidad de la condición humana al interior de la Iglesia, pero también el llamado de la gracia que se realiza en la acción, en la oración, en la liturgia y en la comunión de bautizados. Porque asumen su responsabilidad cotidiana, son capaces de convertirse en misioneros y discípulos de Jesús, según dones y carismas propios, ahí donde Dios les ponga, siembre o mande.

¿Existen en su país?

En México, estoy seguro, son la mayoría silenciosa de la Iglesia. Sin embargo, atentos al llamado del Papa, ha llegado el momento de juntar al testimonio honrado, la palabra franca.

Categorías:General, Laicos

Dominicos OP-tantes optan por misión laical en un mundo posmoderno

Dominicos OP-tantes optan por misión laical en un mundo posmoderno

19.06.16 | 23:25.

La revista OPtantes (http://www.revistaoptantes.org.co/ ), de los OP optan por un nuevo compromiso cristiano, propio de los Hermanos Predicadores (Frailes Dominicos) de Colombia, en un número dedicado a la misión de los laicos en la iglesia.

El número trata del Laicado, en sus diversas formas, e incluye 13 contribuciones de gran valor, escritas en su mayoría por la nueva generación de los Frailes Dominicos, llamados a realizar un intensa misión en la nueva Iglesia. He tenido el honor de escribir el primer trabajo del número, como encuadre temático del conjunto:

— Laicos (del laos o pueblo de Dios) son todos los cristianos, antes de toda división entre ministros ordenados y “simples” fieles (palabra que en sí misma resulta inexacta).

— Laicos son de un modo especial los hermanos predicadores…, tal como empezaron siéndolos los OP (Ordo Fratrum Predicatorum: Orden de los hermanos predicadores).

— Por eso el envío a predicar el evangelio es un envío laical. En esa línea, mi trabajo trata de las voces laicales en un mundo posmoderno.

Resumen

Frente al surgir de un nuevo ídolo (el Poder y Capital), la Iglesia debe mantenerse vigilante al seguimiento de Jesús. La tesis de este artículo gira entorno al AMOR de los creyentes laicos como CAPITAL de la Iglesia. Es el amor que se hace en sí mismo misionero, palabra de predicación y testimonio, a favor de la verdad y de la dignidad humana. Es el amor que proviene de Jesús, por encima de las leyes del mercado, un amor que transfigura y recrea la existencia humana.

La nueva misión de la Iglesia en el siglo XXI, será una misión laical, de hermanos que anunciar el evangelio con la palabra de su vida.

ÍNDICE

Enviados a predicar el Evangelio. Xabier PIKAZA
Ser laico comprometido es tener vocación de servicio. Filiberto PATIÑO GARCÍA
Contracorriente en la posmodernidad Fr. Diego Armando GALÍNDEZ DÍAZ, O.P.
Formación integral. El quehacer docente del laico tomista. Nohora Lucía REYES
Aportes desde la pedagogía de la respuesta. Fr. Hernán ARCINIEGAS VEGA, O.P.
El laicado: una presencia de conversión Fr. Carlos CÁCERES PEREIRA, O.P.
El laico y su espiritualidad. Fr. Walter Oswaldo RUEDA BRIEVA, O.P.
El laicado en el carisma dominicano. Fr. Yamil SAMALOT-RIVERA, O.P.
Cebs, una Iglesia viva. fr. Diego SÁNCHEZ BARRETO, O.P.
Hacia una luz como evangelizador: el laico. Fr. Andrés VIAÑA FERNÁNDEZ, O.P.
Laico en la Iglesia universal, perspectiva histórica. Fr. E. Y. ORDUÑA O.P.
El ser histórico del laico. Fr. Juan David MONTES FLÓREZ, O.P.
Ver más lejosUna crítica a la globalización. Fr. Pedro ÁLVAREZ , O.P.

“ENVIADOS A PREDICAR EL EVANGELIO…VOCES LAICALES EN UN MUNDO POSMODERNO
Xabier Pikaza

1. Principio de amor, el “capital” de la Iglesia

Predicar es dar testimonio del evangelio de Jesús, con la propia vida, para que hombres y mujeres, de unos pueblos y otros, puedan vivir en libertad como hermanos, discípulos de Cristo, conforme a la palabra final del evangelio (Mt 28, 16-20). Se han ensayado otros medios, de lucha o adoctrinamiento, persecución o disputa racional, pero no son evangélicos y acaban siendo inútiles. La única respuesta cristiana es la palabra y testimonio del amor que se expresa en el encuentro personal y el pan compartido, desde la pobreza.

Un sistema político-social, que se dice demócrata pero es impositivo, quiere globalizar el mundo desde el Dios-Capital, considerado como fundamento o sustancia (cf. Lc 15, 13) de todo lo que existe, ‘mamona’ antigua (Mt 6, 24; Lc 16, 13), ídolo supremo de la modernidad. Ése es el gran adversario, un ídolo o “demonio” perverso y fuerte, que engaña o enmascara todas las relaciones humanas, en clave de producción, al servicio del mercado donde el capital culmina su despliegue, y quiere hacerse dueño de cuerpos y almas.

Éste es el riesgo, la gran herejía moderna, mucho más peligrosa que a lucha de loa albigenses en tiempos de Santo Domingo de Guzmán. En contra de ella, la tradición cristiana sabe que el único Dios real es el Amor, revelado donación y regalo de sí mismo, sin acudir al poder ni a la guerra, desde la fraternidad concreta, a ras de tierra, como los primeros compañeros de Domingo y de Francisco de Asís, que se llamaron hermanos predicadores y que eran laicos más que grandes obispos o presbíteros.

Esto lo más importante: la realidad no es capital para tener, producir y vender, sino don para dar y compartir, descubriendo de esa forma el misterio del Dios de la Vida, que es el Dios de Jesús. Un tipo de hombre moderno siente vacío, no conoce su valor como persona, y por eso quiere asegurar la vida en lo que tiene, es decir, en el capital y así se per-vierte (vierte su riqueza) y construye formas de vinculación humano o globalización que destruyen a los pobres. Pues bien, en contra de eso, la Iglesia no tiene otra respuesta que el amor personal y social, desde su propia pobreza, entendida en forma de comunión gratuita de la vida. Ésta es la tarea primera, una tarea laical, de pueblo de Dios antes que de jerarquía.

La riqueza asegura a cada uno en lo que tiene, afirmando en su poder a los que tienen, para imponerse así sobre los otros, pues ella crea siempre jerarquías impositivas. Pues bien, por encima de ella, está el Amor generoso, que supera toda imposición, pues da gratuitamente lo que tiene, no sólo dinero, sino (sobre todo) solidaridad personal y palabra.

El que interpreta la vida como riqueza material (Capital) debe defenderla y defenderse, para así asegurar lo que tiene, producir más y venderlo, para afirmar la propia vida en lo tenido, es decir, en algo externo. Esta idolatría del Capital (no del dinero entendido como medio de relación e intercambio de bienes) nace de la envidia y del miedo de unos otros. Para mantener lo que quiero, y sentirme seguro, en ese plano, debo dominar a los demás, y competir con ellos, pues de lo contrario me dominarían.

Así nace la idolatría del Capital, que es la máxima mentira, pues me impide conocerme de verdad y ser yo mismo, dando lo que soy y recibiendo de un modo gratuito el don de los demás, sin miedo ni afán de supremacía. Frente a ella se eleva la “misión” cristiana del amor, propio de aquellos que predican con la vida, dándose a sí mismos, como “laicos” (miembros del laos o pueblo cristiano), sin más títulos que el de ser hermanos, como pone de relieve Mt 23, 8-12: “No llaméis a nadie Padre, ni Maestro, pues tenéis todos un Padre que es Dios y vosotros sois todos hermanos”.

− La verdadera riqueza es dar. Quien ama es rico dando, dándose a sí mismo, regalando su vida y su tiempo, de un modo gratuito, sin cálculos de rentabilidad. Así decimos que Dios ha creado por amor todas las cosas, por generosidad, sin pedir nada a cambio. Sólo se tiene de verdad (riqueza) lo que se da.

− La vida es regalo. El Capital busca seguridades, imponiendo su ley. El que ama, en cambio, se regala y se da a sí mismo, de tal manera que renuncia a su seguridad, poniéndose a merced de sus amados. Así hace Dios al encarnarse en Cristo (y en cada uno de los hombres), como sabe San Pablo, que ve el amor (1 Cor 13) como centro y sentido de todos los servicios cristianos (1 Co 12-14). Esta es la vida, el “capital” de la Iglesia.

2. Una iglesia “regalada”, todos hermanos

En lo anterior se funda el ministerio de pan compartido, que es signo de amor concreto, por el que cada uno regala a los demás lo que tiene, superando el nivel de un capital que se busca a sí mismo, utilizando (y matando) a las personas. El capital no ama, ni valora a los hombres y mujeres, sino que se consigue con esfuerzo y se conserva con violencia, de manera que unos deben enfrentarse con otros para mantenerlo y todos corren el riesgo de quedar sometidos bajo su poderío, como instrumentos bajo su servicio. Por el contrario, el Amor-Vida que es Dios actúa sólo para las personas, esto es, para que los hombres y mujeres vivan, como expresa el signo de la eucaristía.

La iglesia es la comunión de aquellos que creen en el Dios de la vida y la fraternidad, revelado por Jesús como principio de comunidad universal. A veces ella parece que se ha olvidado de esto, como si la jerarquía no tuviera obligación de cumplir el evangelio. De esa forma ha surgido a veces una especie de disociación. Como individuos y pequeños grupos los cristianos se sienten llamados a vivir el Amor-Pobreza de Dios, sabiendo que su verdadero “capital” consiste en darlo todo, en darse. Pero, como institución, la Iglesia ha buscado a veces su propia seguridad, con leyes y privilegios que puedan convertirla en un tipo de ‘capitalismo espiritual’. Este es quizá su mayor riesgo: querer asegurarse en su riqueza. Pues bien, ella tiene que desandar ese camino, para situarse de nuevo ante el Dios de Jesús, en gesto de pobreza radical.

La Iglesia no es una institución o sociedad como las otras, que depende de su “capital” monetario o social, político o jurídico, para realizar sus fines, sino una comunión que brota del Amor de Dios, pues su única finalidad es ofrecer el testimonio de su pobreza y comunión abierta a todos los hombres. Sólo volviendo a ese principio, en fe radical, ella puede llamarse cristiana, esto es, misionera, Lógicamente, su primer ministerio es un ministerio laical, propio de todos los cristianos.

Por eso, la Iglesia debe renunciar a otros poderes, abandonando la riqueza-honorable de sus instituciones, para ponerse sobre el suelo firme de la vida, que es el amor de Dios (amor humano y solidario) que se expresa y triunfa de un modo gratuito, en esta misma tierra. Otras instituciones no pueden renunciar a sus poderes, pues si lo hiciera quedarían sin nada, desnudas, perdidas. La Iglesia, en cambio, sólo es verdadera y rica en la medida en que renuncia a otros poderes, para así presentarse como un “orden” o comunión de hermanos pobres, que predican con su propia vida, enuncia a la violencia, dándose a sí mismos, en favor de todos (cf. Mt 6, 19-21 par).

Solamente así, haciéndose pobre por decisión (y para compartir la vida con los pobres del), ella mostrará que es rica y creyente, en manos del Dios-Amor. Por eso, en cuanto Iglesia, ella no debe buscar nada propio, de manera que los posibles bienes de sus miembros no han de ser para ella, sino para los pobres (cf. Mc 10, 21). Sólo a partir de ese principio podrá hablarse de “vocaciones” cristianas para el evangelio, que empiezan siendo vocaciones laicales:

− La iglesia no es una institución entre (como las) otras, sino comunión de personas que creen en el Amor creador. Por eso, en contra de la visión del capitalismo donde importa ante todo el dinero, en la Iglesia importan ante todo (y solamente) las personas, cada uno de los hombres y mujeres, hijos de Dios, hermanos de Jesús “predicadores” del evangelio con su vida. Como testigo del Dios-Amor, sin Capital alguno, inició Jesús su travesía mesiánica, aunque sus discípulos, en cuanto ciudadanos de este mundo tenían ciertos bienes, que podían poner al servicio de la comunión (multiplicaciones: cf. Mc 6, 36-38; 8, 4 par) o de la destrucción humana (en la línea de Judas, cf. Mc 14, 10-11 par). Sin Capital comenzaron los primeros ministros cristianos, anunciando el evangelio y creando comunidades de creyentes hermanos, volviéndose signo comunitario de la riqueza de Dios y protesta frente a los riesgos del Capital.

− Dentro de esa Iglesia surgirán vocaciones para los “nuevos ministerios” no clericales, como los de los primeros hermanos de Domingo de Guzmán, a partir de la misma dinámica eclesial, no desde el poder o dinero, sino desde el impulso del Espíritu de Dios, que se expresa en la vida de los creyentes, como decía San Pablo (cf. 1 Cor 12-14). En principio, esos ministerios no son “clericales”, no empiezan por los obispos y presbíteros, sino por creyentes impulsados por la voz del evangelio, en medio de un mundo que pierde su rumbo y que corre el riesgo de perderse, destruyéndose a sí mismo.

− La empresa capitalista organiza a sus “ministros” al servicio de la producción y consumo; no le interesan las personas como tales, sino su propio engranaje, el crecimiento sin fin del mismo sistema, hasta “explotar” un día por falta de base humana. En esa línea, el capitalismo ha venido a convertirse en la única empresa real de este mundo, poniendo a su servicio tierras y culturas, pueblos y estados, universidades e incluso religiones. Todo parece hallarse bajo el mando de esta institución suprema, donde el Capital es Dios y el Mercado la única Iglesia, sin más fin que la enriquecerse a sí misma, produciendo y gestionando de bienes de consumo.

− La misión eclesial proviene, en cambio, del Dios de Jesús y está al servicio de la comunión personal entre los hombres, es decir la fraternidad abierta hacia la Vida del mismo Dios, que es Resurrección (que es el .triunfo y plenitud de los expulsados, asesinados, marginados de la historia). Su nota básica es la gratuidad. Ella no quiere producir para vender, ni convertirse en simple oficina de servicios sociales, con unos costes y tareas, unos rendimientos y evaluaciones que pueden programarse y planearse de un modo mundial. Ciertamente, ella realiza múltiples servicios sociales (acoge a los niños sin familia, asiste a los enfermos, defiende a los oprimidos, acompaña a los pobres…). Pero quiere ni puede ser rentable en línea de producción para el mercado, sino en clave de gratuidad, para bien de los hombres, pues su tesoro está en el cielo (cf. Mt 6, 19-21), es decir, no se contabiliza en PIB, ni en fondos del FMI, sino en humanidad, en crecimiento gratuito de la vida.

3. Una misión de hermandad

Hay actualmente una “crisis de vocaciones clericales”, al menos en las iglesias de las naciones más “desarrolladas” (¡perdónese esta palabra, que es no sólo injusta sino mentirosa!). Da la impresión de que un tipo de “empresa clerical’ está en crisis (como estaba en crisis un tipo de monacato, en tiempo de Domingo de Guzmán). Pues bien, mirada en profundidad, esa “crisis” de seminarios (de vocaciones para los ministerios jerárquicos actuales) puede ser un reto positivo, una bendición, pues nos obliga a plantear mejor el tema de las vocaciones laicales.

− La gran Empresa Capitalista quiere hacernos funcionarios al servicio de sus “bienes”, según las necesidades de un mercado (regulado por el Capital). Ella “forma” (y deforma) para eso, de manera que el mundo entero se ha vuelto una gran ‘fábrica’, una empresa productora ramificada en mil empresas menores, pero gobernadas por el mismo capital-mercado.

− La Iglesia, en cambio, no es una empresa productora al servicio de algún tipo de “poder” espiritual, sino una comunidad de comunidades. Por eso, sus ministros no han de distinguirse por su eficacia externa (productora), sino por su capacidad de ponerse al servicio de la comunión de todos, empezando por los pobres, ofreciendo experiencia de gratuidad personal por encima de cualquier sistema.

Ciertamente, la empresa productora es necesaria en un nivel de mundo pues el hombre debe ‘dominar y organizar la tierra’, comiendo con el “sudor” de sus manos y su mente (cf. Gen 1, 26-27; 2, 15-17). Más aún, hay modelos de producción que pueden resultar mejores que otros, desde el pastoreo y labranza directa de la tierra hasta las redes más complejas de electrónica. Pero allí donde la producción/empresa se deja en manos de sí misma, en un camino que lleva del Capital al Mercado, el hombre corre el riesgo de perder su identidad. Lo que de verdad importa en el nivel humano no es la producción, en términos de eficacia, sino la vida de los pobres, la defensa de los oprimidos: que los hombres y mujeres “sean”, que reciban, compartan y entreguen la vida, en libertad, como personas. Desde aquí deben entenderse las tareas y los ministerios laicales:

− Tarea primera: amor que suscita gratuitamente vida personal.
No hay ninguna empresa o producción más alta que ésta de ofrecer la vida, en gratuidad personal, para bien de otros seres humanos. No hay capital ni empresa que pueda dar así vida y compartirla, no hay máquina que pueda sustituir al amor humano.

− Segunda: amor que vincula. Los ministros cristianos han de ser hombres-mujeres que aman, al servicio de la comunión del evangelio, en comunidades concretas. A diferencia de la empresa del capital produce objetos exteriores de consumo, redes de información impersonal, ellos quieren extender fraternidad.

− Tercera: una misión gratuita, es decir, sin posesiones, volviendo al ideal de Domingo de Guzmán y de sus hermanos “mendicantes”, que eran signo de gratuidad, de una iglesia que no tiene bienes propios, sino que vive compartiendo todo, al servicio de los cojos-mancos-ciegos, los pobres y expulsados del sistema, los “amigos” de Jesús.

Para realizar su tarea de gratuidad, este Jesús “dominicano” (ministro laico del evangelio) no necesita una empresa fundada en medios económicos, sino que la empresa es él, somos nosotros, ofreciendo y compartiendo la vida, desde la palabra, cuerpo a cuerpo, en fraternidad concreta.

4. Una misión concreta, un ideal de iglesia

La misión de la Iglesia no está al servicio de cosas o redes de administración que pueden separarse de la vida de los hombres y mujeres, y que necesitan gran capital para producirse y mantenerse. La misión es la misma vida de la Iglesia, al servicio del amor y de la libertad de los demás. Por eso le importan las personas, los hermanos misioneros, los hermanos misionados, al final todos hermanos:

− La iglesia es siembra de humanidad, no empresa en competencia con otras empresas (cf. Mc 4, 1-11 par). No busca el rendimiento exterior, no toma para sí misma los frutos de su posible ‘viña’ (cf. Mc 12), sino que se limita a sembrar Palabra, como hacía Jesús (Mc 4). Ciertamente, quiere ‘buenos operarios’, pues la mies es mucha y los obreros pocos (Mt 9, 37), pero no como funcionarios de empresa, que producen y calculan, en competencia con otros, sino como voluntarios agradecidos de la vida.

− La iglesia no contabiliza ganancias al modo de la empresa. No quiere aumentar la producción en beneficio propio, pues ella no es fin, sino medio, al servicio del Reino; ni lleva cuenta de sus inversiones, porque invierte todo, dándose a sí misma; no factura las posibles ganancias, porque todo lo regala; no necesita asegurarse, pues no quiere la seguridad de una “inversión de fondos buitre”, sino que sus creyentes comulguen entre sí, compartiendo en gratuidad la vida. No tiene libros de registro, pues sus bienes o ganancias se registran en otro nivel de gratuidad, por encima de la competencia y de los ladrones del mundo, sobre la polilla y el paso del tiempo que todo lo corrompe (cf. Mt 6, 19-21).

− La iglesia es comunión que permanece, pues ‘las puertas del infierno no podrán vencerla’ (cf. Mt 16, 18-19). Por eso, los cristianos dicen que ella es infalible, indefectible, de manera que se mantendrá en la verdad de su entrega por siempre, pero sólo en la medida en que se entrega por los otros. El día en que ella pretenda mantenerse por sí misma morirá, como las demás instituciones del mundo.

De esa forma tenemos que superar la globalización del Mercado, donde no importa la humanidad, donde todo lo que existe es mercancía que se compra-vende, desde el oro hasta los cuerpos y almas de hombres, como afirma de un modo inquietante Juan profeta (mercado de Roma, en Ap 18, 13), a la Comunión de los santos, donde nada se compra ni se vende, sino que se ofrece como Amor gratuito, de manera que todos pueden beber gratis el agua de la vida, bebiendo en amor los unos de los otros (cf. Ap 22, 17). Especialista en gratuidad fue Jesús, suscitando con la entrega de su vida la comunión de los ‘salvados’, que viven desde ahora en esperanza de resurrección. Especialistas en gratuidad, hermanos abiertos a la vida, desde los más pobres, fueron en el siglo XIII Francisco y Domingo. Su inspiración y ejemplo sigue siendo fuente de Iglesia en el siglo XXI.

Así culmina la “inversión” del evangelio (invertir vida humana, subvertir las relaciones de poder que existen en el mundo), y a su servicio quieren ponerse los ministros del evangelio, como ratifica Pedro, cuando rechaza a Simón Mago, que quería comprar por dinero los dones de la iglesia, enriqueciéndose por ellos (cf. Hech 8, 14-24). El sistema neo-liberal tiende a convertir este mundo en mercado, sin amor ni misterio, sin gratuidad ni esperanza, y así nos sacrifica en aras de su gran empresa, queriendo o sin quererlo, pues no pide permiso para ello. La iglesia, en cambio, sabe que la Vida es un regalo de Amor, puro don, que se funda en la Gracia de Cristo y se despliega en forma de Comunión de creyentes, abierta a todos los humanos.

Eso significa que los creyentes, mensajeros de Jesús, sólo reciben de verdad y sólo tienen como propio, aquello que regalan, dándose a sí mismos. Esta es la experiencia de fondo de la resurrección, que los creyentes vinculan al mensaje y entrega de Jesús, de manera que, al decir los ciegos ven, los cojos andas, los pobres son evangelizados, ellos pueden añadir que los muertos resucitan, es decir, que la vida triunfa de la muerte (cf. Mt 10, 8; 11, 2-4).

Portadores de esa tarea de evangelio, que es una ósmosis de amor, son los ministros de la iglesia, no como sabios capaces de anunciar o proponer nuevas teorías, sino como creyentes que dicen el mensaje de Jesús diciéndose a sí mismos y mostrando aquello que Dios ha realizado en sus vidas por Cristo, haciéndoles capaces de amar por encima de las leyes del mercado.

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