Vivencias de mi Fe Catolica: Accion Catolica Mexicana “J.C.F.M.”

Accion Catolica Mexicana “J.C.F.M.”

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ACCION CATOLICA MEXICANA ‘’J.C.F.M.’’(juventud Catolica Femenina Mexicana)

La acción católica mexicana, es un ejército de soldados bien adiestrados para defender la iglesia católica y al papa, tanto, así como si fuera la niña de los ojos de S.S. El papa, hoy Benedicto XVI y ya estamos hablando de los ojos visibles de dios aquí en la tierra.

Yo tuve la dicha, la fortuna de ser llamada de joven a este ejército. Pero les cuento no respondí de inmediato, me enviaban cartas y cartas y yo ni atención les ponía, tal vez es posible que no era el tiempo todavía. Sino que una tarde empecé a sentir una necesidad muy grande de dios, era realmente grande ni yo misma sabía que me estaba pasando, fui a mi iglesia y me hinque ante el sagrado corazón que estaba con sus brazos abiertos y sentí unas ganas de llorar que ni me fije en la gente y le dije al sagrado corazón, yo te quiero mucho, te quiero servir pero no sé cómo, solo se padre nuestros y ave marías, que puedo hacer con eso. En ese momento sentí que alguien me ponía una mano en mi hombro voltee y vi una túnica larga, era el sacerdote en aquel entonces el padre Francisco Boone, un verdadero padre espiritual, que dios lo tenga en su gloria y me dijo, la espero esta noche a las 8.p.m. en el salón parroquial y se fue, no respondí, pero esa noche a la hora antes mencionada allí estaba y era la junta de la juventud católica femenina mexicana. Que tenían la junta y estaban nombrando nueva mesa directiva y votaron, la presidente fue Ma. del Refugio hdez, tesorera Dora Zamora secretaria yo Rosa María Alfaro y así empecé con nuevas y maravillosas amistades que dios ponía en mi nueva vida de soldado de cristo. El padre panchito que así le decíamos les dijo y así lo conto a otras gentes, dijo me encontraba rezando en la sacristía y dos ángeles me tomaron de la mano y me llevaron hacia Rosa María para hacerle la invitación a la Acción Católica, no sé si lo dijo porque él así lo sintió o si verdaderamente vio los ángeles, el caso es que yo trabaje con tantas ganas, sin descanso, con gran entusiasmo, en defensa de mi Dios, del papa y de mi amada iglesia. Y como dios me tomo para servirle con un solo padre nuestro y una sola Ave María, no solo lleno mi vida y juventud de bendiciones, sino que el espíritu santo, fue mi gran maestro que un padre nuestro y una ave maría, se convirtió en una biblia, así de grande fue la enseñanza, para este soldado.

Hermano si no tienes nada, ese nada dáselo a dios y él lo convierte en todo.

Con amor (rosy)

Fuente: https://vivenciadefe.blogspot.com/2012/01/accion-catolica-mexicana-jcfm.html

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Que es la Accion Catolica?

QUE ES LA ACCION CATOLICA.

A continuación presentamos algunos textos que nos podrán ayudar a identificar mejor la naturaleza de la Acción Católica, en general, y de la Acción Católica Mexicana, en particular. En la primera parte se transcriben algunos párrafos extraídos de la “Memorias del Cardenal” Miguel Darío Miranda, principal organizador de la A.C.M. Nos ayudarán a entender el contexto social y religioso en que se instituyó y los  objetivos que se adoptaron tanto por razón de su naturaleza, como por las razones circunstanciales de la historia que se vivía La segunda parte nos ayudará a profundizar más en la naturaleza misma de la Acción Católica, sobre todo a partir de la eclesiología del Concilio Vaticano II.

Es posible que la mayor parte de estos textos ya sean de tu conocimiento, pero a todos nos puede ser útil su relectura personal, su profundización, como preparación inmediata para nuestro Encuentro Nacional de Reflexión y propuestas. Nos ayudarán, sobre todo, para tener un marco de referencia doctrinal común. Estúdialos y medítalos.

PARTE: LOS INICIOS DE LA A.C.M.

La preparación y organización de la A. CM se le encomendó, par parte del Episcopado Mexicano, al P. Miguel Darlo Miranda, Director del secretariado Social Mexicano, por considerar que la nueva organización deberla implicar conocimiento y formación sociales para lograr la restauración de la Iglesia en México.

MEMORANDA.

“La Acción Católica Mexicana, que ya se va perfilando y que abrazará todas las energías y actividades de los católicos mexicanos para encausarlas en orden a esta restauración (cristiana de México) será indudablemente el organismo por excelencia destinado a realizar esta admirable transformación de nuestra vida nacional. Empero, obra de tal magnitud exige necesariamente una preparación proporcionada». (pág. 142.- Del mensaje del P. Miguel Darío Miranda, Director del S.S.M, a los alumnos del Colegio Pío Latino Americano en Roma. Septiembre 16 de 1927).

“La preparación del porvenir, he allí lo que ha ocupado todas nuestras energías durante este tiempo de amargura y de peligros. Sacerdotes, seglares de uno y otro sexo, abogados, periodistas, profesores y directores de colegios, estudiantes, seminaristas, etc., han sido objeto de – trabajo de unificación fundamental que será, así lo esperamos, la base de una organización completa de todas las fuerzas católicas bajo la dirección del Episcopado, y que llevará el nombre de Acción Católica Mexicana…

La formación social, he aquí lo que nos sigue ocupando: formar dirigentes en unidad de doctrina y espíritu y técnica…” (De una carta al Lic. José Villela Mayo 30 de 1929).

“A raíz de los arreglos, los Sres. Obispos reunidos en México, designaron expresamente al Secretariado para que elaborara los Estatutos que hablan de regir la Acción Católica Mexicana.

Este trabajo se llevó a cabo con la cooperación de innumerables personas muy autorizadas por su ciencia y estudio. Se trabajó con tenacidad por espacio de cuatro meses y una vez terminado el proyecto de los Estatutos, se envió a los excelentísimos prelados para que los estudiaran e hicieran las correcciones y sugerencias que fueran necesarias.

Los Estatutos fueron promulgados solemnemente el 8 de junio de 1930 por el Excmo. Sr. Arzobispo de México en virtud de su carácter de Director Pontificio de la A.C.M., cargo que le fue conferido el 8 de mayo del mismo año por Su Santidad el Papa Pío XI; pero ya desde noviembre de 1929 el Secretariado se dedicó con todas sus fuerzas a la organización de la A.C.M. Por fin, el Excmo. Sr. Arzobispo de México, el 24 de diciembre de 1929, instaló con toda solemnidad los organismos centrales de la A.C.M.” (Pág. 154-156).

“El clima era propicio, se disponía además, de elementos preparados para la fundación de la Acción Católica en sus cuatro ramas fundaméntales.

El buen éxito de la nueva Organización dependía, sobre todo, de la preparación de los elementos dirigentes, por eso el Secretariado se dedicó con toda solicitud a esta fundamental tarea.

Obedeciendo a la invitación de algunos obispos, el Secretariado prestó sus servicios de formación, acudiendo a las capitales de algunas diócesis para celebrar cursos iguales a los celebrados en la ciudad de México, tanto para sacerdotes como para dirigentes seglares.

Es natural que en la práctica, la nueva organización tuviera problemas y dificultades..

1) La insuficiencia de los esfuerzos puestos al servicio de la defensa de la libertad religioso en México, los cuatro largos años de cruel persecución y de la lucha sangrienta, nos conducen a reflexionar sobre las causas que han influido para hacer que el término de esa angustiosa situación no haya sido menos desfavorable del que ahora vemos.

2) Es verdad. que una larga serie de acontecimientos de un siglo acá, preparó remotamente y con toda eficacia el programa encaminado al progresivo debilitamiento de la vida de la Iglesia en Mexicana. sobresalen dos que han hecho ineficaces los más nobles esfuerzos por defender la Iglesia:

a- La carencia en el pueblo, de una conciencia católica iluminada y sólida, unida al hábito de ejercer las propias responsabilidades y

b- La carencia de una Vida orgánica nacional que se traduzca en la unión de todos, tanto en la dirección como también en la disciplina y concordia del trabajo para la solución de nuestros problemas nacionales.

3) Mas hoy, cuando la hora de la reconstrucción ha llegado, nos apremia la obligación de tener presentes estas dos causas de gravísimos males afín de eliminarlos…

4) Como medio práctico para el logro de este noble propósito se presenta, en nuestros días, la Acción Católica Mexicana… como filial respuesta al deseo paterno del Papa…

5) Esta organización, en su naturaleza, en su reglamento y en su espíritu, justamente responde a estas dos grandes necesidades de la hora presente, esto es: la educación del pueblo mexicano y la promoción de una vida orgánica nacional..

6) Inspirada en el deseo paterno del Papa, nutrida por los mismos documentos pontificios sobre la Acción Católica, fundada por los obispos en directa dependencia de la Jerarquía.. manteniéndose siempre fuera y por encima de toda competencia y partido político, la Acción Católica Mexicana da ahora sus primeros pasos en la reconstrucción religiosa de México. (Págs. 163-165.- Memorando acerca de la Acción Católica Mexicana Noviembre 29 de 1930.)

“PRINCIPIOS DE ACCION CATOLICA”

“La Acción Católica se define “la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia”, por lo tanto es de la misma naturaleza que el apostolado de la Jerarquía, a saber, una acción “no de orden material sino espiritual; no de orden terreno, sino eclesial; no político sino religioso” Sin embargo es verdaderamente “una acción social”, porque se propone dilatar el Reino de Jesucristo… Se la puede definir más ampliamente: la unión de las fuerzas católicas organizadas para la afirmación, la difusión, la actualización y la defensa de los principios católicos en la vida individual, familiar y social.

La Acción Católica tiene el mismo fin que el Apostolado de la Jerarquía, y por lo mismo: “la salvación de las almas, la difusión del Reino de Jesucristo”

Como fin inmediato y como condición “sine qua non”, para realizar el fin indicado, la Acción Católica tiende a la formación de las conciencias: formación profundamente cristiano.. formación completa que abarca toda la vida del hombre.. La Acción Católica, en una palabra, tiene por fin formar conciencias tan exquisitamente cristianas, que sepan a cada momento, y en todas las situaciones de la vida privada o publica, encontrar o por lo menos entender y aplicar la solución cristiana de los múltiples problemas que se presentan en una y en otra condición de la vida (Ubi Arcano Dei).

Examinando la definición arriba explicada se pone de manifiesto que la Acción Católica es:

a) Apostolado: “La Acción Católica no consiste solamente en atender la propia perfección (si bien esta deba ser su primario y supremo objeto) sino un verdadero apostolado en el que participan los católicos de toda clase social.

b) Apostolado de los seglares – La Acción Católica es una acción propia de los seglares…

c) Es apostolado organizado: En efecto, “no hay iniciativa ni actividad, desde la más espiritual y científica hasta las más materiales y mecánicas, que no tengan necesidad de organización y de actos organizadores” los cuales, por lo demás, “no se identifican con las finalidades de las diversas iniciativas y actividades, sino que son medios para obtener mejor los fines que cada una se propone” (Encíclica sobre la A.C. Jun. 29 de 1931).

d)            Es apostolado Jerárquico organizado: si la Acción Católica es la ayuda dada por los seglares a la Jerarquía, se sigue lógicamente que en su organización se la relacione con el ordenamiento jerárquico de la Iglesia. (Pág. 269. Memorandun sobre la A:C.M, redactado por el P. Miranda, sin fecha).

II PARTE: DOCUMENTOS DOCTRINALES Y PASTORALES MAS RECIENTES.

1. EL CONCILIO VATICANO II.

LUMEN GENTIUM (Constitución Dogmática sobre la Iglesia).

Además del apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos también pueden ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata cm el apostolado de la Jerarquía, al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho por el Señor (Cfr. Fil. 4, 3; Rom. 16, 3 sigs.)…

Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra Por consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia (N. 33).

APOSTOLICAM ACTUOSITATEM (Decreto sobre el Apostolado de los Seglares).

Las asociaciones no son fin de sí mismas, sino que deben servir a la misión que la Iglesia tiene que realizar en el mundo; su eficacia apostólica depende de la conformidad con los fines de la Iglesia y del testimonio cristiano y espíritu evangélico de cada uno de los miembros y de toda la asociación. (N. 19).

Desde hace algunos decenios, en muchas naciones los seglares, consagrados cada vez más al apostolado, se reunieron en varias formas de acción y de asociaciones que, manteniendo unión muy estrecha con la Jerarquía, perseguían y persiguen fines propiamente apostólicos. Entre estas u otras instituciones semejantes más antiguas hay que mencionar sobre todo las que, aun siguiendo diversos métodos de acción, dieron, sin embargo, frutos ubérrimos para el reino de Cristo, y que, recomendadas y promovidas con razón por los Sumos Pontífices y por muchos Obispos, recibieron de ellos el nombre de ACCION CATOLICA y fueron definidas con muchísima frecuencia como cooperación de los seglares en el apostolado jerárquico.

Estas formas de apostolado, ya se llamen ACCION CATOLICA o tengan otro nombre, las cuales desarrollan en nuestro tiempo un valioso apostolado, están constituidas por la suma conjunta de las siguientes notas:

a) El fin inmediato de tales organizaciones es el fin apostólico de la Iglesia, es decir, el evangelizar y santificar a los hombres y formar cristianamente su conciencia, de suerte que puedan imbuir de espíritu evangélico las diversas comunidades y los diversos ambientes.

b) Los seglares, al cooperar según su condición específica con la Jerarquía, ofrecen su experiencia y asumen su responsabilidad en la dirección de estas organizaciones, en el examen cuidadoso de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia y en la elaboración y desarrollo de los programas de trabajo.

c) Los seglares trabajan unidos a la manera de un cuerpo orgánico, de forma que se manifieste mejor la comunidad de la Iglesia y resulte más eficaz el apostolado.

d) Los seglares, ya se ofrezcan espontáneamente, ya sean invitados a la acción y a la directa cooperación con el apostolado jerárquico, obran bajo la dirección superior de la propia Jerarquía, la cual puede sancionar esta cooperación incluso con un mandato explícito.

Las organizaciones en que, a juicio de la Jerarquía, se hallen reunidas simultáneamente todas estas notas, deben considerase Acción Católica, aunque por exigencias de lugares y naciones tomen varias formas y denominaciones.

El santo Concilio recomienda con todo encarecimiento estas instituciones, que responden ciertamente a las necesidades del apostolado en muchas naciones, e invita a los sacerdotes y a los seglares que trabajan en ellas a que cumplan más y más los requisitos mencionados y a que cooperen siempre fraternalmente en la Iglesia con las demás formas de apostolado. (N. 20).

En las diócesis, en cuanto sea posible, deben crearse consejos que ayuden a la obra apostólica de la Iglesia, tanto en el campo de la evangelización y de la santificación como en el campo caritativo, social y otros semejantes; cooperen en ellos de manera apropiada los clérigos y los religiosos con los seglares. Estos consejos podrán servir para la mutua coordinación de las varias asociaciones y obras de los seglares, respetando siempre la índole propia y autonomía de cada una.

Estos consejos, si es posible, deben establecerse también en el ámbito parroquial o interparroquial, interdiocesano e incluso en el orden nacional o internacional. (N 26).

CHRISTUS DOMINUS. (Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos en la Iglesia).

Úrjase diligentemente el deber que tienen los fieles de ejercer el apostolado de acuerdo con la condición y aptitud de cada uno y encarézcaseles que tomen parte y ayuden a las varias obras del apostolado de los laicos, y señaladamente a la ACCION CATOLICA Promuévanse y favorézcanse también las asociaciones que, directa o indirectamente, persiguen un fin sobrenatural, ora para alcanzar una vida más perfecta, ora para anunciar a todos el Evangelio o promover la doctrina cristiana o el incremento del culto público, ora para lograr fines sociales o para la práctica de obras de piedad o caridad.

Las formas de apostolado han de acomodarse debidamente a las necesidades actuales, teniendo en cuenta las condiciones de los hombres, no sólo espirituales y morales, sino también sociales, demográficas y económicas. (N. 17).

AD GENTES.(Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia).

No basta que el pueblo cristiano esté presente y establecido en un pueblo, ni basta que desarrolle el apostolado del ejemplo; se establece y está presente para anunciar con sus palabras y con su trabajo a Cristo a sus conciudadanos no cristianos y ayudarles a la plena aceptación de Cristo.

Ahora bien, para la plantación de la Iglesia y para el desarrollo de la comunidad cristiana son necesarios varios ministerios que, suscitados por vocación divina del seno mismo de la congregación de los fieles, todos deben favorecer y cultivar diligentemente; entre tales ministerios se cuentan las funciones de los sacerdotes, de los diáconos y de los catequistas y la ACCION CATOLICA (N 15).

2. EL MAGISTERIO DE LOS SUMOS PONTÍFICES

PAULO VI a la Acción Católica Mexicana. (21-X-1977).

En la línea del Concilio, deseamos de corazón que la ACCION CATOLICA acoja, como si a ella fuese dirigida, la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” por Nos presentada a la Iglesia al clausurarse el Año Santo de 1975, y encuentre en sus páginas un instrumento eficaz para iluminar su perspectiva renovadora desde el dinamismo de su tradición, revisando y confrontando sus estructuras, actividades y programas con el objetivo esencial de la Iglesia que es la evangelización.

De hecho, “la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y una misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (E. N. 14). Esta es también la misión y la tarea de la ACCION CATÓLICA. La identificación más precisa, clara y firme de esa vocación evangelizadora de toda la Iglesia, es para la ACCION CATOLICA fundamento seguro de revisión y programación, llevando consigo y consecuentemente muy diversas exigencias.

Todo agente de evangelización debe tener cabal conciencia de que se trata de “predicar no a si mismo o sus ideas personales, sino un Evangelio.. que le es confiado por la Iglesia depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada- el que debe transmitir en la integridad de sus contenidos con la mayor fidelidad Evangelizadora, así como el conjunto de la Iglesia, la ACCION CATOLICA “comienza por evangelizarse a sí misma Comunidad de creyentes, comunidad en esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor”. El frescor, impulso y fuerza para anunciar el Evangelio, dependerá también en la ACCION CATOLICA de su conversión y renovación constante bajo la guía del Señor y la fidelidad a su Iglesia. (E. N. 15).

Con madura docilidad a las directrices de sus Pastores, la ACCION CATOLICA se esforzará por adaptar siempre más eficazmente su acción ante los contextos, circunstancias y desafío de la realidad en que viven las Iglesias locales. Cuando las llamadas de la pastoral lo exigiesen, podría ser una senal y por igual una semilla de nueva vitalidad suscitar formas de un apostolado especialmente adaptado a los diferentes sectores de la comunidad: jóvenes y adultos, estudiantes, obreros, campesinos.

Como quiera que sea, importa dar una respuesta válida a tantas tareas que se abren en el horizonte exigente de vuestros programas de apostolado en el marco de la pastoral general, sea de la Conferencia Episcopal, sea diocesana: la defensa y promoción de los más íntegros valores humanos y cristianos de la familia, la acción de fermento al interior de esa potente y radicada experiencia de religiosidad del pueblo mexicano, la presencia diversificada y articulada de los diferentes y decisivos sectores de la vida social, la educación corresponsable de la mujer, la colaboración en la actividad parroquial, la atención particular a la juventud.

El campo específico de la actividad evangelizadora del laicado es aquel de las más variadas tareas temporales en el corazón del mundo, donde ha sido llamado a ejercer esa “forma Singular de evangelización” que consiste en “poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo” (E.N. 70). Con dividiendo los gozos y las tristezas, las angustias y las esperanzas del pueblo mexicano – y particularmente de sus sectores más pobres y marginados- el testimonio y servicio de los cristianos puede aportar una contribución fecunda en una perspectiva de justicia y liberación integral de todo cuanto oprime a’ hombre y atenta contra la fraternidad de los hijos de Dios.

Finalmente, queremos reservar una palabra de aliento a cultivar con esmero la vida espiritual. “Bajo el aliento del Espíritu”, y como “testigos auténticos” en “busca de la unidad” y “servidores de la verdad”, “animados por el amor” (E.N. 75) y sigs.) y profesando una ardiente devoción a María, Nuestra Señora de Guadalupe, los militantes cristianos deben encontrar en la ACCION CATOLICA una verdadera “escuela de santidad”.

Todas estas exigencias implican para la ACCION CATOLICA un intenso trabajo de formación integral de líderes cristianos, formas de entendimiento fraternal entre los laicos y sus asistentes eclesiásticos, en un clima de respeto y colaboración mutua, de obediencia filial y de cooperación con los Pastores de la Iglesia.

JUAN PABLO II (A la Acción Católica Italiana)

Deseo hacer mío todo lo que ya Pablo VI tuvo a bien decir cuando expresaba el deseo de que “la ACCION CATOLICA viva y permanezca sustancialmente tal como la autoridad y la sabiduría de nuestros venerables predecesores de estos últimos decenios la han proyectado”. Al mismo tiempo… os confío una triple consigna con la cual no dejaréis de comprobar el trabajo en marcha y ofrecer estimulo a las opciones programáticas.

En primer lugar, dad, como asociación, un testimonio cada vez más luminoso en los diversos niveles, para que las diferencias de edad, las relativas a las condiciones de vida, las distancias geográficas, las diversas etapas de crecimiento no prevalezcan sobre la irrenunciable misión de la comunión.

En segundo lugar, a’ comprobar que se vive en una época compleja, que exige a los cristianos testimonio valeroso, ayudad a las personas a llegar al máximo nivel de claridad consigo mismas y con el ideal de vida elegido. Como bien sabéis “el Espíritu se manifiesta por medio de la presencia de grupos y de comunidades de fieles… a fin de llevar a cabo la obra de Iglesia en diferentes servicios”. Os exhorto, por tanto, a consolidaros, como personas y grupos, en el servicio confiado y, por él, ofrecer vuestro dinamismo, teniendo conciencia de las normas que subyacen en el seno de la dinámica eclesial: la complementariedad entre las presencias diversas, la mutua estima, un diálogo constructivo, la colaboración real con todos los que en la Iglesia se inspiran en los mismos ideales de santificación personal y de compromiso de presencia cristiana

En tercer lugar, fomentad un testimonio de lozanía apostólica, por medio de significativas experiencias, localizables en el seno de la realidad pastoral y cívicas. Existe un campo ampliamente expresivo, reservado a la genialidad de la Iglesia, en el cual coincide con todo el radio de penetración de la evangelización comprensiva de la promoción humana (12-U-1983).

El objetivo de la santidad se ofrece no solamente a las personas que hacen la opción de la vida consagrada, sino también a los fieles, por el hecho de que han tenido la suerte de ser regenerados en Cristo. En el mundo de los laicos católicos, tal objetivo debe convertirse en preocupación constante para aquellos que, como vosotros, pertenecientes a la ACCION CATOLICA, hacen una opción de calidad para vivir la vida del hombre en todas sus dimensiones, otorgando a la fe y al espíritu la primacía que le corresponde según la perspectiva del Evangelio, y que la sociedad de hoy, con su mentalidad difusa y sus estructuras, se inclina a ignorar. (9-XII-83).

Actuad de manera unitaria, como conviene a una estructura asociativa inspirada por la fuerza sobrenatural de la caridad. El Concilio invita a los laicos comprometidos en el apostolado a actuar “unidos a la manera de un cuerpo orgánico, de forma que se manifieste mejor la comunidad de la Iglesia y resulte más eficaz el apostolado” (AA. 20). Todos los sectores de la ACCION CATOLICA deben concurrir al mismo fin, actuando según las exigencias de la única vocación de Cristo. La unidad de la Iglesia debe reflejarse en vuestros grupos y en vuestros sectores y debéis lograr que toda actividad evoque el fervor de las cristiandades de los orígenes: “La muchedumbre de los que habían creído tenían un corazón y una sola alma” (He. 4, 32).

Se trata de una ocasión providencial para reflexionar sobre la fisonomía y la identidad de la Asociación. La misión de la ACCION CATOLICA no puede menos de derivase de la de la Iglesia; su opción no puede dejar de ser coherente y coincidente con la de la comunidad eclesial; sus actividades no pueden dejar de ser actividades de la Iglesia y, por lo mismo, de apostolado. Misión, opción y actividades operantes en la sociedad por medio de una presencia clara y valiente de laicos adultos, hombres y mujeres, muchachas y muchachos, que con su identidad cristiana llevada al corazón del mundo, contribuyan a la obra de la evangelización y a grabar y hacer madurar en la ciudad del hombre la ley de Dios. (12-1-1986).

La Iglesia, por su constitución divina, es jerárquica y, por tanto, existe un apostolado jerárquico que es propio de los ministros ordenados; pero existe también un apostolado propio de los laicos, que se manifiesta como presencia de la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en las que no puede ser sal de la tierra, sino por medio de ellos; en particular, el apostolado de los laicos tiene la misión especifica de la animación cristiana del orden temporal.

Pero los laicos pueden ser llamados también de diversas formas a colaborar más inmediatamente con el apostolado de la Jerarquía (L. G. 33). El caso simbólico de esta llamada es el de la ACCION CATOLICA, cuya identidad queda perfectamente delineada por las notas características descritas en el número 20 del decreto conciliar “Apostolicam Actuositatem”. La doctrina del Concilio pone el acento sobre la misión integral de los laicos, de evangelización y de santificación, como también de animación cristiana de las realidades temporales en d seno de la única misión de la comunidad eclesial.

Por esto Paulo VI… dijo que “la ACCION CATOLICA está llamada a realizar una singular forma de ministerialidad laical, orientada a la “plantatio ecclesiae” (Implantación de la Iglesia) y al desarrollo de la comunidad cristiana en íntima unión con los ministerios ordenados”.

Esta “identidad” quedaría comprometida si en nombre de discutibles visiones eclesiológicas se aceptasen impropias extensiones del concepto de “laicidad” que indujeran a una nivelación de aquellas diversidades de ministerio pertenecientes a la divina constitución de la Iglesia y que contribuirían a minimizar la especificidad de las vocaciones en la Iglesia, en consecuencia, de la misma vocación laical y de la vocación de la ACCION CATOLICA.

Esta identidad puede subsistir solamente a condición de una plena fidelidad al magisterio tanto en razón de ser bautizados como en razón de ser llamados a la colaboración con d apostolado propio de la Jerarquía y de una auténtica concordia con las demás asociaciones y movimientos de los laicos…

El impulso misionero es proporcional a la “conciencia de ver”. A fin de que la ACCION CATOLICA comparta con todos sus componentes el sentido de responsabilidad por la verdad cristiana y pueda ser Anunciadora y Testimonio cualificado en el seno de las complejas problemáticas actuales, vuestras asociaciones están llamadas a convertirse en auténticas escuelas de formación doctrinal, además de espiritual, y no sólo por las verdades a creer, sino también por el comportamiento a observar.

Esta dimensión formativa se entendería evidentemente de forma restringida y errónea sí quedase aislada de aquella actividad, de “acción” justamente, como dice el nombre mismo de vuestra asociación, o peor, si se opusiera absurdamente a la misma

Al contrario, como la formación es la raíz misma de la misionariedad , así también la misma formación debe ser intrínsecamente misionera, orientada a la acción apostólica De ahí procede también la amplitud de su aliento. Un auténtica formación de laicos de ACCION CATOLICA debe abrazar, junto con las temáticas espirituales y teologales, la doctrina social de la Iglesia y todo lo que ayuda a capacitarlos para introducir la fuerza del Evangelio en el Seno de las realidades temporales.

La ACCION CATOLICA esta llamada a ser una gran fuerza de comunión intraeclesial… Es una misión que os caracteriza y os califica… La llevaréis a cabo de forma cada vez más bien, convirtiéndoos en promotores de comunión y colaboración con toda otra presencia eclesial, en aquel espíritu de estima recíproca, disponibilidad y amistosa comprensión que permite a los hermanos edificar juntos la casa común, sobre la base de una auténtica y cordial integración en la pastoral del propio obispo “principio visible y fundamento de la unidad de la Iglesia particular” (25-IV-1986).

Ser adultos no es una condición que se adquiere simplemente con la edad Más bien, es una identidad que se forma dentro del ambiente en que estamos llamados a vivir, teniendo puntos firmes de referencia. Ser cristianos laicos adultos es una vocación que ha de ser reconocida, acogida y realizada. Por eso vosotros, adultos de Acción Católica, os sentís permanentemente peregrinos en la historia. Recorréis ‘juntos” los itinerarios de la historia.

Esa manera de asociación ha sido reconocida por el Magisterio como una forma de ministerio a favor de la Iglesia local, con el fin de servirla en la diócesis y en la parroquia, así como en los lugares y en las situaciones en que las personas viven su experiencia humana….

Cada uno deberá aportar sus propios dones, sus propias capacidades. Nadie debe sentirse inútil o un peso, pues a cada cual el Señor le asigna una tarea. La Iglesia se llena de energía apostólica cuando estos dones particulares se ponen al servicio de toda la comunidad

Por tanto, nuestra adhesión a la Acción Católica se ha de entender como servicio al crecimiento de la comunión eclesial Una comunión que no sólo debe manifestarse mediante un vago afecto, sino que ha de realizase como solidaridad orgánica entre todas los miembros de la Iglesia local..

Ya el Concilio Vaticano II había asignado a la Acción Católica un papel necesario para “la implantación de la Iglesia y el crecimiento de la comunidad cristiana (A d gentes, 15). Para vosotros hoy, eso significa volver a vivir el carácter misionero necesario también para las Iglesias de antigua cristiandad….

Además, hoy la urgencia de “rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana” (CFL. 34) ha llegado a ser aún más urgente. Por esto vuestra acción apostólica debe tener un influjo cultural es decir, debe ser capaz de crear entre la gente una mentalidad que brote de los valores cristianos inalienables y que esté impregnada de ellos.

Por eso vuestra formación ha de estar siempre atenta y abierta a los problemas que plantea la sociedad en la actualidad. Y ha de ser capaz de crear una cultura política que busque siempre y a toda costa el bien común y la defensa de los valores. Una cultura que sepa volver a partir de la vida humana. “Esta es una exigencia particularmente apremiante en el momento actual, en que la “cultura de la muerte” se contrapone tan fuertemente a la “cultura de la vida” y con frecuencia parece que la supera”. (4-IX-1998).

3. DE LA EXHORTACION APOSTOLICA “CHRISTIFIDELES LAICI”

LOS CRITERIOS ECLESIALES Y LA ACCION CATOLICA.

La necesidad de unos criterios claros y precisos de discernimiento y reconocimiento de las asociaciones laicales, también llamados “criterios de eclesialidad”, es algo que se comprende siempre en la perspectiva de la comunión y misión de la Iglesia, y no, por tanto, en contraste con la libertad de asociación.

Como criterios fundamentales para el discernimiento de todas y cada una de las asociaciones de fieles laicos en la Iglesia, se pueden considerar, unitariamente, los siguientes:

El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad, y que se manifiesta “en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los rieles” como crecimiento hacia la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en la caridad.

En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una de ellas, están llamadas a ser – cada vez más- instrumento de santidad en la Iglesia, favoreciendo y alentando “una unidad más íntima entre la vida práctica y la fe de sus miembros”.

La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente. Por esta razón cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para practicarla en todo su contenido.

El testimonio de una comunión firme y convencida en filial relación don el Papa centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia universal, y con el Obispo “principio y fundamento visible de unidad” en la Iglesia particular, y en la “mutua estima entre todas las formas de apostolado en la Iglesia”.

La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales. La comunión eclesial exige, además, el reconocimiento de la legítima pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en la Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca colaboración.

La conformidad y la participación en el “fin apostólico de la Iglesia”, que es la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu evangélico las diversas comunidades y ambientes”.

Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles laicos, y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que les lleve a ser, cada vez mas, sujetos de una nueva evangelización

El comprometerse e  una presencia en la sociedad humana, que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre.

En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad. (Num 30>.

Entre las diversas formas apostólicas de laicos que tienen una particular relación con la Jerarquía, los Padres sinodales han recordado explícitamente diversos movimientos y asociaciones de Acción Católica, en los cuales “los laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el Obispo y con los sacerdotes, para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda la comunidad cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida”. (Num 31).

4. EL CELAM

PRIMERA CONFERENCIA: RIO DE JANEIRO (1955).

(Véase cómo se expresó, antes del Concilio, la Primera Conferencia del CELAM>.

La Conferencia:

46. Expresa su profunda satisfacción al comprobar los frutos alcanzados en América Latina por las diversas organizaciones de Acción Católica, y manifiesta vivamente su deseo de que se intensifiquen cada vez mas su trabajo apostólico, tan necesario y al mismo tiempo tan grato al corazón del Santo Padre.

47. Reafirma, según el pensamiento de los Sumos Pontífices Pío XI y Pío XII, que la Acción Católica, como colaboración de los seglares en el apostolado jerárquico, constituye medio eficacísimo para la recristianización del pueblo y por lo tanto el cuidado de ella se ha de colocar entre los principales deberes del ministerio pastoral.

48. Recomienda encarecidamente:

a)            que se procure organizar e incrementar la Acción Católica en todas las parroquias de las Diócesis latinoamericanas, según los deseos del Santo Padre Pío XII y de acuerdo con lo que ya se ha decidido por la Jerarquía Eclesiástica;

b)            que, atendida la importancia de la Acción Católica en la vida de la Iglesia, sean designados, tanto en el orden nacional como en el diocesano, algunos sacerdotes exclusivamente dedicados a ella y convenientemente preparados mediante cursos especiales y asambleas de estudio;

c)            que los educadores católicos recuerden el deber que les incumbe de fundar y mantener vivos en sus establecimientos, centros de Acción Católica, preocupándose de formar en ellos buenos militantes y capacitados dirigentes del apostolado seglar;

d)            que los Superiores y miembros de las Ordenes y Congregaciones religiosas e institutos seculares procuren favorecer eficazmente la organización y progreso de la Acción Católica en los diversos países.

49. Recomienda que, en cuanto sea posible, a efectos del apostolado externo, todas las Asociaciones católicas -ya sean las que por “sus reglas, su naturaleza, su fin, sus designios y hechos” han de considerarse “pleno iure” como Acción Católica, ya sean otras adheridas o auxiliares- se coordinen parroquial, diocesana y nacionalmente con los respectivos organismos del ordenamiento príncipe, la “Acción Católica”, para la unidad y la eficacia de la actividad común de apostolado, manteniendo sin embargo cada una de las asociaciones sus propias características.

50. Aprueba y alaba los estatutos realizados por el Secretariado Interamericano de Acción Católica; ve con agrado las “Semanas de Estudio” ya celebradas, que proporcionan la oportunidad de un trabajo coordinado; y, a la vista de los halagüeños resultados obtenidos, desea que se intensifiquen estos encuentros y se les preste el apoyo que por su utilidad e importancia merecen.

51. La Conferencia:

a)            recomienda de una manera peculiar a los miembros de organizaciones de Acción Católica que estudien y difundan los principios cristianos y las orientaciones pontificias sobre los problemas sociales, económicos y políticos, con el fin de ayudar eficazmente a formar la conciencia del pueblo en estos aspectos tan importantes de la doctrina de la Iglesia

b)            Hace votos a fin de que la Acción Católica sepa descubrir y suscitar entre sus militantes, verdaderas vocaciones a las actividades sociales y cívicas, y estimularlas a una óptima capacitación, no sólo científica y técnica, sino también práctica, para dichas tareas tan importantes para el bien común.

c)            Exhorta muy encarecidamente a que la Acción Católica promueva asociaciones y obras para la solución de los problemas sociales que hoy día más apremian en los Países Latinoamericanos.

SEGUNDA CONFERENCIA: MEDELLIN (1968).

4.            La insuficiente respuesta a estos desafíos (en América Latina) Y muy especialmente, la inadecuación a las nuevas formas de vida que caracterizan a los sectores dinámicos de nuestra sociedad, explican en gran parte las diferentes formas de crisis que afectan a los movimientos de apostolado de los laicos.

En efecto, ellos cumplieron una labor decisiva en su tiempo. Pero, por circunstancias posteriores, o se encerraron en sí mismos, o se aferraron indebidamente a estructuras demasiado rígidas, o no supieron ubicar debidamente su apostolado en el contexto de un compromiso histórico liberador.

Por otra parte, muchos de ellos no reflejan un medio sociológico compacto ni han adoptado quizás la organización y la pedagogía más apropiadas para un apostolado de presencia y compromiso en los ambientes funcionales donde se gesta, en gran parte, el proceso de cambio social.

9.            Lo típicamente laical esta constituido por elcompromiso en el mundo, entendido éste como marco de solidaridades humanas, como trama de acontecimientos y hechos significativos, en una palabra, como historia.

Ahora bien, comprometerse es ratificar activamente la solidaridad en que todo hombre se halla inmerso, asumiendo tareas de promoción humana en la línea de un determinado proyecto social.

16. Los movimientos de apostolado laical, situados en el plano de una más estrecha colaboración con la Jerarquía, que tanto han contribuido a la acción de la Iglesia, siguen teniendo vigencia como apostolado organizado. Han de ser, por lo tanto, promovidos; evitando, sin embargo, ir “más allá del limite de vida útil de asociaciones y métodos anticuados”. (10. MOVIMIENTOS DE LAICOS).

TERCERA CONFERENCIA: PUEBLA (1979).

800. Expresamos nuestra confianza y estimulo decidido a las formas organizadas del apostolado de los laicos, porque:

801. – La organización es signo de comunión y participación en la vida de la Iglesia; permite la transmisión y crecimiento de las experiencias y la permanente formación y capacitación de sus miembros.

802. El apostolado erige muchas veces una acción común, tanto en las comunidades de la Iglesia como en los diversos ambientes.

803. En una sociedad que se estructura y planifica cada vez más, la eficacia de la actividad apostólica depende también de la organización.

806. Una renovada pastoral del laicado organizado exige:

a)            vitalidad misionera para descubrir con iniciativa y audacia nuevos campos para la acción evangelizadora de la Iglesia,

b)            apertura para la coordinación con organizaciones y movimientos, teniendo en cuenta que ninguno de ellos posee la exclusividad de la acción de la Iglesia;

c)            canales permanentes y sistemáticos de formación doctrinal y espiritual con actualización de contenidos y pedagogía adecuada

807. La diversidad de formas organizadas del apostolado seglar exige su presencia y participación en la pastoral de conjunto, tanto por la naturaleza misma de la Iglesia, misterio de comunión de diversos miembros y ministerios, como por la eficacia de la acción pastoral con la participación coordinada de todos.

808. Se requiere la participación del laicado no sólo en la fase de ejecución de la pastoral de conjunto, sino también en la planificación y en los mismos organismos de decisión.

809. Su inserción en la pastoral de conjunto asegurará la necesaria referencia de las formas organizadas de apostolado laical a la pastoral dirigida a las grandes masas del Pueblo de Dios.

810. Las formas organizadas de apostolado laico deben dar a sus miembros ayuda, aliento e iluminación para su compromiso político…

CUARTA CONFERENCIA: SANTO DOMINGO (1992).

(102) Las asociaciones de apostolado son legitimas y necesarias (cf AA 18); siguiendo la orientación del Concilio, se reconoce un lugar especial a la Acción Católica por su vinculación profunda a la Iglesia particular (cf AA 20; Ch L 31). Ante los riesgos de algunos movimientos y asociaciones que pueden llegar a cerrarse sobre sí mismos, es particularmente urgente tener en cuenta los “criterios de eclesialidad” indicados en la exhortación post-sinodal “Christifideles Laici” 30. Es necesario acompañar a los movimientos en un proceso de inculturación más definido y alentar la formación de movimientos con una mayor impronta Latinoamericana.

“La Iglesia espera mucho de todos aquellos laicos que, con entusiasmo y eficacia evangélica, operan a través de los nuevos movimientos apostólicos, que han de estar coordinados en la pastoral de conjunto y que responden a la necesidad de una mayor presencia de la fe en la vida social” (Juan Pablo II, Disc.  Inaugural).

(103) La importancia de la presencia de los laicos en la tarea de la Nueva Evangelización, que conduce a la promoción humana y llega a informar todo el ámbito de la cultura con la fuerza del Resucitado, nos permite afirmar que una línea prioritaria de nuestra pastoral, fruto de esta IV Conferencia, ha de ser la de una Iglesia en la que los fieles cristianos laicos sean protagonistas. Un laicado, bien estructurado con una formación permanente, maduro y comprometido, es el signo de las iglesias particulares que han tomado muy en serio el compromiso de Nueva Evangelización.

5 EL EPISCOPADO MEXICANO.

ACTUALIZACION DEL APOSTOLADO DE LOS LAICOS EN MEXICO (1970).

44. La Formación de un laicado adulto, pide reformas y adaptaciones no sólo en las líneas y métodos de acción de la Iglesia, sino en la misma transformación de las relaciones internas y, consiguientemente, en las estructuras organizativas. Cristo nos enseño que “nadie pone un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo” (Mt., 9, 16).

45.- No queremos cerrarles los caminos que Dios les ha abierto y les decimos con el Apóstol: “todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor. 3, 23); pero también queremos advertirles con el Concilio que “hay que evitar, sin embargo, la dispersión de las fuerzas, la cual se produce cuando se crean sin razón suficiente nuevas Asociaciones y obras o se mantienen más allá del limite de vida útil Asociaciones y métodos anticuados” (AA., 19).

46. En estas Organizaciones la renovación de estructuras será obra de los mismos laicos; ha de ser resultado del plan de pastoral de conjunto, ha de tener en cuenta las exigencias diocesanas, regionales y nacionales.

51.- Las Asociaciones de apostolado “no se establecen para sí mismas, sino que deben servir a la misión que la Iglesia tiene que realizar en el mundo”; “su fuerza apostólica depende de la conformidad con los fines de la Iglesia y del testimonio cristiano y espíritu evangélico de toda la Asociación” (AA., 19). Todas las instituciones de la Iglesia están destinadas a servir a la comunidad humana en el camino de su salvación. Los laicos y sus Organizaciones han de realizar su misión de servicio penetrados del espíritu misionero de la Iglesia.

55. Queremos llamar la atención sobre el carácter subordinado de las formas organizativas a los fines de los Movimientos. Dichas formas se ordenan a la mayor eficacia de las actividades y, por lo mismo, admiten todas las continuas reformas que la eficacia requiere. Sirven también para expresar mejor la comunidad de los cristianos, laicos, sacerdotes y religiosos, que trabajan en los movimientos.

56. El desempeño de las tareas de la Iglesia requiere del apoyo y colaboración de las Organizaciones; esperamos que, con espíritu de servicio, todas se integren eficazmente en los planes pastorales de todos los niveles: parroquial, diocesano, regional, nacional e internacional.

59. Invitamos a los laicos a que realicen con decisión las reformas que sean necesarias, en las formas organizativas, conforme a. los fines de las Asociaciones y Movimientos, al medio en que se desenvuelve su acción y a los recursos de que se disponga. A ellos corresponde proponer y realizar las reformas oportunas.

60. Reconocemos como buena para la Iglesia la diversidad de Organizaciones de apostolado que responde a la variedad de dones, de necesidades y de medios; queremos estimular lo que se realice en función de la renovación pastoral; ofrecemos el apoyo que compete a nuestra misión y pedimos que exista siempre la coordinación de la acción apostólica de todos. Conforme a las necesidades del bien común de la Iglesia puede la Jerarquía dar apoyo especial a alguna o algunas de las Organizaciones, ya sea por el fin que se proponen, por el campo en que trabajan, por las necesidades que satisfacen, o por la eficacia de sus métodos y sistemas.

61. Por cuanto a la Acción Católica Mexicana, a la que es aplicable todo lo anterior, al reiterarle nuestro apoyo y estímulo, esperamos que permaneciendo fiel a su trayectoria y a su espíritu de adhesión a la Jerarquía, se empeñe particularmente en la formación de sus militantes para la realización de su fin, de acuerdo con las características que el Concilio le ha señalado (AA., 20). Como lo hace el Concilio, al hablar de las instituciones que forman la Acción Católica, el Episcopado Mexicano “recomienda con todo encarecimiento estas instituciones, que responden ciertamente a las necesidades del apostolado” e “invita a los sacerdotes y a los seglares a que trabajen en ellas, que cumplan mas y más los requisitos antes recordados y cooperen siempre fraternalmente en la Iglesia con todas las formas de apostolado” (AA., 20).

64. La coordinación del trabajo apostólico realizado por las diversas Organizaciones es expresión de la unidad profunda de la Iglesia dentro de la diversidad de dones, condiciones, necesidades y vocaciones de los laicos. Vemos con gozo que se acrecienta cada vez más el sentido de solidaridad en el trabajo realizado por las Organizaciones y la amistad entre dirigentes, militantes y Asistentes.

PROMULGACION DEL ESTATUTO GENERAL DE LA A.C.M. (CEAL, 1982)

PROMULGAMOS el Estatuto General de la Acción Católica Mexicana, conforme al texto que se anexa, con la esperanza de que sea – según lo asientan ustedes en su presentación – “una pista hacía el fúturo” de la Acción Católica Mexicana y ésta llegue a ser un verdadero CENTRO DE COMUNION Y PARTICIPACION ECLESIAL, dala su especial vinculación con la Jerarquía. Que en ella se formen sus militantes para vivir plenamente su vocación laical de ser “hombres del mundo en el corazón de la Iglesia y hombres de Iglesia en el corazón del mundo.

Como lo expresan ustedes… este Estatuto es “un documento en permanente revisión”. Consideramos que será la vida de la Asociación, vivida en constante búsqueda de la voluntad del Padre y en activa reflexión de su palabra, Jesucristo, la que habrá de fundamentar toda revisión. Las posibles enmiendas, lo establece él propio Estatuto en el Num. 20, “serán aprobadas por la Asamblea Plenaria Nacional y ratificadas por el Episcopado”, cuyo organismo autorizado para el efecto, según los Acuerdos tornados por el Comité Episcopal y por la CEM, es esta Comisión Episcopal para el Apostolado de los Laicos.

Al comunicar a ustedes esta promulgación, los exhortamos a que pongan todo su empello como dirigentes de la Acción Católica Mexicana para que el Estatuto sea estudiado y reflexionado profundamente por todos los militantes, con la ayuda y en compañía de sus Asistentes Eclesiásticos, a quienes encomendamos particularmente la profundización teológica de la Asociación y la espiritualidad auténtica de los asociados.

6. EL DERECHO CANONICO LAS ASOCIACIONES PUBLICAS DE LOS FIELES.

300.- Ninguna asociación puede llamarse “católica” sin el consentimiento de la autoridad competente.

301.1 – Corresponde exclusivamente a la autoridad eclesiástica competente el erigir asociaciones de fieles que se propongan transmitir la doctrina cristiana en nombre de la Iglesia, o promover el culto público, o que persigan otros fines reservados por su misma naturaleza a la autoridad eclesiástica.

301.3-    Las asociaciones de fieles erigidas por la autoridad eclesiástica competente se llaman asociaciones públicas.

312.1- Es autoridad competente para erigir asociaciones públicas: ..2º La Conferencia Episcopal, dentro de su territorio, para las asociaciones nacionales, es decir, que por la misma erección miran a ejercer su actividad en toda la nación

313.- Una asociación pública, e igualmente una confederación de asociaciones públicas, queda constituida en persona jurídica en virtud del mismo decreto por el que la erige la autoridad eclesiástica competente conforme a la norma del canon 312, y recibe así la misión en la medida en que lo necesite para los fines que se propone alcanzar en nombre de la Iglesia.

314.- Los estatutos de toda asociación pública, así como su revisión o cambio, necesitan la aprobación de la autoridad eclesiástica a quien compete su erección, conforme a la norma del canon 312,1.

315.- Las asociaciones públicas pueden adoptar libremente iniciativas que estén de acuerdo con su carácter, y se rigen conforme a la norma de estatutos, aunque siempre bajo la alta dirección de la autoridad eclesiástica.

316.1- Quien públicamente rechaza la fe católica o se apartara de la comunión eclesiástica, o se encuentre condenado por una excomunión impuesta o declarada, no puede ser válidamente admitido en las asociaciones públicas.

316.2- Quienes, estando legítimamente adscritos, cayeran en el caso del 316.1, deben ser expulsados de la asociación, después de haber sido previamente amonestados, de acuerdo con los propios estatutos y quedando a salvo el derecho a recurrir a la autoridad eclesiástica.

317.1     – A no ser que se disponga otra cosa en los estatutos, corresponde a la autoridad eclesiástica… confirmar al presidente de una asociación pública elegido por la misma, o instituir al que haya sido presentado o nombrado por derecho propio; pero compete a la autoridad eclesiástica nombrar el capellán o asistente eclesiástico, después de oír, cuando sea conveniente, a los oficiales mayores de la asociación.

317.4- En las asociaciones públicas de fieles, que se ordenan directamente al ejercicio del apostolado, no deben ser presidentes los que desempeñan cargos de dirección en partidos políticos.

319.1- A no ser; que se prevea otra cosa, una asociación pública legítimamente erigida administra los bienes que posee conforme a la norma de los estatutos y bajo la superior dirección de la autoridad eclesiástica,… a la que debe rendir cuentas de la administración todos los años.

319.2- Debe también dar cuenta exacta a la misma autoridad del empleo de las ofrendas y limosnas

320.2- Por causas graves, las Conferencias Episcopales pueden suprimir las asociaciones erigidas por ellas; el Obispo diocesano, las erigidas por sí mismo…

320.3- La autoridad competente no suprima una asociación pública sin oír a su presidente y a los demás oficiales mayores.

1257.1 Todos los bienes temporales que pertenecen a la Iglesia universal, a la Sede Apostólica o a otras personas jurídicas públicas en la Iglesia son bienes eclesiásticos, y se rigen por los cánones que siguen, así como por los propios estatutos.

1267.1- Si no consta lo contrario, se presumen hechas a la persona jurídica las oblaciones entregadas a los superiores o administradores de cualquier persona jurídica eclesiástica, aunque sea privada.

6. EL CARDENAL EDUARDO PIRONIO

EL CAMINO DE LA ACCION CATOLICA EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO. ..(30-X-1994)

Yo quiero señalar, a la luz de Christifiedelis Laici algunas exigencias y esperanzas en este camino de la ACCION CATOLICA: formación, comunión, audacia y profecía en el Espíritu.

1. Formación para una nueva evangelización.

Se ha dicho siempre que la ACCION CATOLICA debe ser una “escuela de formación”. Una formación para la nueva evangelización supone:

a) Formación para la comunión. La Iglesia es esencialmente comunión misionera. Lo cual supone, para la ACCION CATOLICA principalmente, comunión afectiva y efectiva con los pastores; como toda comunión es, a veces, sufriente, pero siempre es rica y fecunda. Comunión con las distintas realidades del Pueblo de Dios (presbíteros, religiosos y laicos). Una particular sensibilidad eclesial y capacidad de comunión con las diversas formas asociativas: movimientos, grupos, asociaciones;

b) Formación para la unidad interior entre fe y vida: a fin  de que el anuncio explícito de Cristo vaya unido al testimonio, la evangelización a la promoción humana, el servicio a la profecía, la acción misionera a la oración contemplativa;

c)            Formación para la construcción de “comunidades eclesiales maduras” (CFL 34); comunidades de fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos y vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana (CFL 33);

d)            Formación en la doctrina social de la Iglesia “Es absolutamente indispensable… un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia… Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas y universidades” (CFL 60).La Doctrina Social de la Iglesia forma parte de la Teología Moral.

e)            Formación para un crecimiento interior en el itinerario progresivo de santidad. Volvemos a un tema que es muy propio de la ACCION CATOLICA: que sea “escuela de espiritualidad y de santidad”. “Hoy el mundo necesita el paso de los santos”. Santos de lo cotidiano (Paulo VI).

II Comunión para la nueva evangelización.

La comunión está en el comienzo y en el término de la nueva evangelización. “La comunión es misionera y la misión es para la comunión (CFL 32). Diría que es el centro, el corazón, de la nueva evangelización. Digo el corazón por dos motivos:

a) porque la evangelización supone la Palabra y la Eucaristía

b) y porque el Espíritu Santo (que es Espíritu de amor, de unidad, de comunión) es el “Protagonista de la misión” (RM cap. V). “La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu Santo” (CFL 20).

Pero quiero referirme ahora a la comunión como principio y término de la nueva evangelización aplicándolo de un modo especial a la ACCION CATOLICA. “Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia”. La iglesia, como la define el Concilio Vaticano II con palabras de San Cipriano, es “un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (L.G. 4). Precisamente por eso la Iglesia es expresión e imagen (verdadero icono) de la Trinidad. Y es toda la Iglesia la que recibe en su esencial e irrompible comunión- la misión evangelizadora de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”  (Mc.. 16,15; Mt. 28, 18-20)…

Para la ACCION CATOLICA este llamado a la comunión eclesial y este mandato misionero tiene una exigencia especial que sintetizo así:

  • vivir en íntima comunión con la Trinidad que nos habita y con Cristo que nos envía y es la Vid de la cual todos somos sarmientos: intensificar la vida espiritual en la Lectio Divina y en la Eucaristía; la comunión crece y se manifiesta en la medida en que se vive “en Cristo Jesús” y “en el Espíritu Santo”;
  • vivir con particular devoción el Misterio de la Iglesia Particular: estáis insertados en la Iglesia de Cristo que se realiza en vuestra diócesis y en vuestra parroquia, en comunión perfecta con la Iglesia universal que preside Pedro… Vivir la Iglesia, amar la Iglesia, en su realidad concreta, inmediata, total; la única Iglesia edificada sobre los Apóstoles y siendo Cristo la piedra angular;
  • participar activamente en el plan pastoral de la diócesis, en comunión orgánica con los pastores: preparación, realización, evaluación;
  • estar evangélicamente en el mundo, tratando de compartir el sufrimiento y la esperanza de los hombres y de leer desde la fe los nuevos signos de los tiempos para llevarlos a los Pastores e interpretarlos con ellos. Es un modo de realizar así una comunión salvadora con el mundo; de hacer presente la única Iglesia de Cristo en el corazón del mundo;
  • ir descubriendo y ocupando los nuevos areópagos donde la Iglesia tiene que proclamar la Buena Nueva de Jesús con el nuevo ardor del Espíritu Santo (medios de comunicación, campo de la cultura, deportes, mundo del trabajo y tiempo libre). Ir creando espacios de presencia, de testimonio, de evangelización misionera.

III.- Audacia y profecía en el Espíritu.

Quiero volver a un tema ya insinuado más arriba y que está en el corazón de la nueva evangelización y en el corazón de la ACCION CATOLICA: la “la vida en Cristo”, “la vida en el Espíritu”. La nueva evangelización exige testigos ardientes y profetas creíbles. Estamos en una época de martirio Se necesita audacia y profecía.

Quisiera recordar brevemente algunas exigencias de una espiritualidad laical que es muy propia de la ACCION CATOLICA y es esencial para la nueva evangelización:

a) Dimensión contemplativa de toda actividad apostólica y misionera Es una exigencia interior del Espíritu que habita en nosotros. El Espíritu nos hace profetas (es decir: “la boca de Dios”, no somos nosotros los que hablamos, sino el Espíritu que habita en nosotros y habla por nosotros) y el Espíritu nos hace testigos “recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos” (He. 1,8). Este dimensión contemplativa supone:

  • la meditación continua de la Palabra de Dios;
  • la oración contemplativa que supone momentos de silencio y de oración, de pura experiencia de Dios en la naturaleza, en el trabajo, en los pobres, en la cruz;
  • el amor por el desierto, la soledad, el retiro. Hoy hay hambre de silencio, de búsqueda de Dios en el desierto, de oración. La ACCION CATOLICA se caracterizó siempre por la necesidad y gozo de los Ejercicios Espirituales.

b) Espiritualidad de encarnación. “La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Jo. 1, 14). La contemplación no nos aleja de la realidad, antes al contrario nos introduce en ella y crea en nosotros capacidades más hondas para asumir el sufrimiento de los hombres. Es decir, más capaces de denunciar las injusticias, de combatir las violencias y de proclamar la fuerza transformadora de las bienaventuranzas; es decir, nos hace más serenamente fuertes y comprometidos.

c) Crecimiento cotidiano en la vida sacramental. Esta fuerte vida sacramental, que tiene sus raíces en el Bautismo y su centro en la Eucaristía, ha sido siempre la fuente de la irradiación pascual de la ACCION CATOLICA, de su fecundidad apostólica y de su irrompible comunión con la Iglesia. Quiero insistir en esto: que la fuerza de la ACCION CATOLICA ha sido siempre su unión con la Jerarquía y su fidelidad a la oración y a la vida sacramental… Pero que no quedemos luego cómodamente instalados frente a un Dios que nos hace felices, sino ir cotidianamente al mundo (con sus situaciones nuevas y sus nuevos desafíos) con el renovado ardor del Espíritu Santo para anunciar explícitamente a Jesús y construir su Reino. Pablo VI afirmaba: “La ACCION CATOLICA tiene que descubrir de nuevo la pasión por el anuncio del Evangelio, única salvación posible para el mundo que de otro modo caería en la desesperación” (25-IV-1977).

8. DEL ESTATUTO DE LA ACCION CATOLICA ITALIANA

PREMISA (“el Episcopado Italiano, 1968).

La Acción Católica Italiana… ha tenido en su historia profundas transformaciones en relación a las vicisitudes de la Iglesia y de la sociedad… Hoy su tarea es la de contribuir a realizar plenamente la corresponsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios para la realización del Concilio.

Los diversos ministerios, dones y carismas han sido establecidos y dados en la Iglesia para el crecimiento de la comunidad y el cumplimiento de su misión. La formación de asociaciones de apostolado es un signo de esta comunión y una escuela y compromiso de vida y de servicio eclesial; es uno de los dones para la edificación de la Iglesia.

No obstante, ninguna asociación puede sustituir hoy el compromiso de la comunidad o su voz junto al Obispo. Por esto el Concilio ha previsto organismos que sean capaces de expresar las exigencias y las propuestas de la comunidad y que se pongan al lado del Obispo para ayudarlo en sus opciones pastorales. A tal fin el Concilio ha recomendado en particular la constitución de Consejos Pastorales como organismos consultivos de los Pastores, que tienen que tender a tener el máximo de representatividad de toda la comunidad.

Lo que caracteriza a la Acción Católica es el asumir como su finalidad esencial, no este o aquel campo de apostolado, sino el mismo fin apostólico de la Iglesia en su globalidad. A través del encuentro, de la experiencia y del compromiso de la asociación, la Acción Católica se propone la maduración de sus socios – y a través de ellos de todo el laicado – en sus responsabilidades eclesiales; y se propone, al mismo tiempo, colaborar con la experiencia y los dones propios de los laicos en el ministerio de la jerarquía, para que ésta pueda más fácilmente desarrollar su servicio de unidad en la comunión eclesial y en la misión total de la Iglesia.

Para ser, en este sentido, servicio y fermento en la comunidad eclesial, la Acción Católica también tendrá que saber vivir en comunión y colaborar fraternalmente con todas las expresiones antiguas y nuevas de la comunidad de la Iglesia, y estar atenta a las exigencias de los diversos ambientes y de las diversas mentalidades…

En esta perspectiva se sitúa la colaboración directa con la Jerarquía que caracteriza a la Acción Católica y la hace plenamente disponible al ministerio y a la guía de la Jerarquía. Está en colaboración directa con el Obispo “principio visible y fundamento de unidad” en la comunidad de la Iglesia Local…

También la presencia del Sacerdote Asesor entre los laicos de Acción Católica, en su oficio ministerial y eclesial, tiene su valor y significado profundo y ha promovido en la Iglesia una fraterna colaboración en el apostolado…

La Acción Católica nace y se desarrolla como corresponsabilidad consciente en la Iglesia y como compromiso misionero: por eso hace suyo el compromiso de la evangelización y de la santificación y también el de la formación cristiana de las conciencias de los hombres, para que el espíritu evangélico viva en el corazón de cada uno y en las diferentes comunidades y ambientes. Ella entiende el apostolado como un servicio de caridad con el que hace a los hombres participes del don del Evangelio que ha recibido y promueve en sus militantes una coherencia entre fe, caridad y vida. Para ello propone como esencial el compromiso de respuesta personal y comunitaria a la vocación universal a la santidad, punto central de la enseñanza del Concilio (LG. 40) y momento indispensable para toda renovación de la Iglesia y de su misión.

LOS 10 PRIMEROS NUMEROS DEL ESTATUTO

1. La Acción Católica  es una Asociación de laicos que se compromete libremente, en forma comunitaria y orgánica y en directa colaboración con la Jerarquía, para la realización del fin general apostólico de la Iglesia

2. El empeño de la AC, esencialmente religioso apostólico, comprende la evangelización, la santificación de los hombres, la formación cristiana de sus conciencias de manera que logren impregnar de espíritu evangélico las diversas comunidades y los varios ambientes.

3. Los laicos que se adhieren a la AC:

  1. se comprometen a una formación personal y comunitaria que los ayude a responder a la llamada universal a la santidad y al apostolado en sus especificas condiciones de vida;
  2. b) colaboran según su modo específico en la misión de la Iglesia, aportando con su experiencia y asumiendo su responsabilidad en la vida de la Asociación, con el fin de contribuir a la elaboración y ejecución de la acción pastoral de la Iglesia, siempre atentos a la mentalidad, las exigencias y los problemas de las personas, familias y ambientes;
  3. se comprometen a testimoniar en sus vidas la unión con Cristo y a informar de espíritu cristiano las decisiones tomadas responsablemente en el ámbito de las realidades temporales.

4.            La AC intenta realizar en la vida asociativa un signo de la unidad de la Iglesia en Cristo. Se organiza en modo de favorecer la comunión entre los socios y con todos los miembros del Pueblo de Dios, y de volver orgánico y eficaz el común servicio apostólico.

5.            La AC para realizar su propio servicio en la construcción y misión del Pueblo de Dios, colabora directamente con la Jerarquía, que el Señor ha puesto para regir la Iglesia, con una relación de plena comunión y confianza. Recibe con abierta disponibilidad su guía y le ofrece con responsable iniciativa la propia organización y sistemática contribución para la única pastoral de la Iglesia. Colabora al crecimiento de la comunión entre los laicos, clero y obispos.

6.            La experiencia asociativa y la actividad apostólica de la AC tienen como primer empeño la presencia y el servicio en la Iglesia local, que se realizan en constante solidaridad con sus exigencias y con sus opciones pastorales. Con este fin la AC ofrece su contribución a los organismos pastorales de las diócesis. Presta igualmente su servicio a los organismos pastorales parroquiales, regionales y nacionales. La AC promueve el compromiso a la corresponsabilidad en la misión de la Iglesia universal; colabora al crecimiento del espíritu ecuménico.

7.            La AC colabora en fraternidad y recíproco servicio con las diversas asociaciones, obras o grupos de apostolado católico y participa junto con ellos en los comunes organismos de enlace.

8.            La AC, en sus diversas articulaciones, participa en la actividad de las organizaciones internacionales católicas.

9.            La AC colabora al pleno desarrollo de la familia, en la cual se unen la natural experiencia humana y la gracia del sacramento del matrimonio, y favorece la promoción de su rol activo y responsable en la pastoral, ofreciéndole así mismo la posibilidad de participar en una actividad apostólica propia.

10.          En la AC los Sacerdotes Asistentes participan en la vida de la Asociación y de sus articulaciones, con el fin de contribuir a alimentar su vida espiritual y sentido apostólico así como promover su unidad. El Sacerdote Asistente, ejercita su servicio ministerial como participe de la misión del Obispo, signo de su presencia y miembro del presbiterio, de modo que la colaboración de sacerdotes y laicos en el apostolado haga más plena la comunión eclesial de la Asociación. El Sacerdote Asistente es nombrado, para cada una de las Asociaciones diocesanas, parroquiales y nacionales, por la Autoridad Eclesiástica competente; participa en las reuniones de la Asociación y de los respectivos Consejos y Presidencias. Para asegurar su presencia sacerdotal en cada una de las articulaciones asociativas, el Sacerdote Asistente puede solicitar a la Autoridad Eclesiástica que nombre otros sacerdotes que puedan ayuda río y sean elegidos en conformidad con la naturaleza y exigencias de cada una de las articulaciones (sectorcs, ACR, movimiento o grupo).

México, D.F. abril de 2000

Categorías:Accion Catolica

Historia 2001: REUNIÓN NACIONAL GUADALAJARA, JALISCO

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Juventud Católica Femenina Mexicana

REUNIÓN NACIONAL GUADALAJARA, JALISCO

RESEÑA

Los días 27, 28 y 29 de Octubre se llevó a cabo en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, con aproximadamente 200 participantes de toda la República. Entre las diócesis que estuvieron presentes se encontraban: Durango, Dgo; Gómez Palacios, Dgo.; Querétaro, Qro.; Tlaxcala, Tlaxcala; Puebla, Pue.; Chilapa, Edo. de México; Aguascalientes, Ags.; Cd. Neza, Edo. de México; Toluca, Edo. de México; León, Gto.; Acapulco, Guerrero, Huajapan de León y la sede, Guadalajara, Jalisco.

El viernes 27 inició con el registro de los participantes y un tour por la ciudad, asistiendo a la Celebración Eucarística en la Catedral de Guadalajara y regresando a la Casa de Retiros Señor de la Misericordia, donde se realizaron todas las actividades de esta Reunión Nacional. La Casa de Retiros es responsabilidad de Frailes Franciscanos y tiene capacidad para hospedar 5,000 personas.

Las actividades del sábado 28 dieron inicio a las 7:00 a.m. con la Eucaristía celebrada en la Capilla de la Casa, por el asistente eclesiástico de la ciudad de Chilapa que nos acompañó durante toda la Reunión. Después del desayuno vinieron los mensajes de bienvenida por parte de la Presidenta Diocesana de Guadalajara, Lupita y de la Presidenta Nacional, Yolanda Martínez. Además se presentaron los asistentes e invitados como el Pbro. Lic. Juan Martínez Medina, Asistente Nacional de JCFM.

El primer tema titulado “Lo que México espera de la joven de JCFM” estuvo a cargo de la Lic. Consuelo Cortez, Representante Regional de U.F.C.M., quien inició explicando las consecuencias que estamos viviendo debido a la crisis de valores “que está dejando vana el alma de las jóvenes”. Señaló la importancia de educar a una mujer desde pequeña, en su adolescencia y juventud, ya que “educar a una mujer es educar a una familia”. Mencionó también las diferencias entre un hombre y una mujer, tanto físicas como de pensamiento: el hombre es fuerte físicamente y tiene un razonamiento más frío, en cambio, “la mujer está hecha con el corazón”, pero con el corazón de Dios.

Ante esta realidad, la mujer tiene una gran responsabilidad en TODOS los campos: debe hacer notar su presencia humanizando la sociedad de nuestros tiempos, participando fuertemente en la política, medio para lograr el bien común, colaborar en el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y sobre todo en la familia. La conciencia de su papel como Madre, colaboradora con Dios como instrumento que da vida la eleva ante el hombre por esta sublime misión. Hizo mención de la exhortación del Papa a los jóvenes, protagonistas del tercer milenio: aprendiendo a tener una actitud contemplativa ante la presencia santificadora, real y viva de Cristo entre nosotros, porque la mujer es la futura formadora de la familia, e invitó a tomarse de Jesús en la Eucaristía, en la Penitencia, en la oración y en el Apostolado.

La Lic. Chelo, como es mejor conocida, hizo un fuerte llamado a comprometerse en la solidaridad con los demás, dejando la flojera y actitudes pasivas, pidiéndole a María que ayude a todas las mujeres a discernir la voluntad de Dios y a ser dóciles a sus inspiraciones divinas.

México espera de la joven su cambio de actitud para que responda a las necesidades de estos tiempos cristianizando el medio donde se desenvuelve, principalmente la familia. “Jesús no nos deja solas, pues contamos con la fuerza transformadora de su Amor que llevamos en nuestras manos: la capacidad de amar con la que nos ha dotado nos permite llegar al corazón más frío y encender la llama que consuma a todos los corazones”.

A continuación el Pbro. Lic. Juan Martínez Medina, desarrolló la ponencia “La mujer en la Sagrada Escritura, retos y perspectivas”. Estuvo dividida en tres capítulos: la mujer antes de Cristo, la mujer en y con Cristo y la mujer de nuestros tiempos. Antes la mujer era relegada por el hombre y solo era vista como un objeto, como fuente de pecado. No podía opinar en política ni en religión, no tenía derechos. “Cuando Jesús llegó rescató a la mujer, la exaltó e igualó en dignidad con el hombre”.

Jesús abrió las puertas a las mujeres a la educación, al enseñarles también su Evangelio. No dijo una sola palabra en su contra. Así, “el Evangelio de Cristo es la mejor forma de promover a la mujer. Ella es un reto para sí misma, en ella está la fuente de energía que le concede el poder hacer muchas cosas y cuando lo hace respetando los criterios del Evangelio de Cristo, llega a su plenitud como persona humana y divina”.

Después de la comida, continuó el Pbro. Juan Martínez con la exposición: “El martirio, una interpelación constante a la existencia”, en donde explicó que la palabra “mártir” significa testigo, “martiria kirie”= testigo de Cristo. Señaló que “todo cristiano está llamado a ser testigo de Cristo Resucitado. Un mártir es aquel que entregó su vida por amor a Dios, de esta forma se hizo semejante a Cristo”.

El martirio tiene una consecuencia Eclesial, es una manera de exhortar y cuestionar, es el resultado de la defensa de la fe, es la demostración de la valentía: “el valiente encauza el miedo y no lo esconde”. También se le conoce al martirio como el bautismo de sangre que identifica plenamente con Cristo. Recordó aquella frase: “sangre de mártires, semilla de cristianos” e hizo conciencia de que la tierra que estábamos pisando (Guadalajara, Jalisco) fue madre de la mayoría de los mártires canonizados el pasado 21 de mayo por el Papa Juan Pablo II, de los cuales tres eran ACJMeros. El primer mártir fue San Esteban y le siguió San Pablo, en los primeros años de la era Cristiana.

El martirio es también una entrega diaria, en cada momento de la vida, como lo vivió Santa Teresita del Niño Jesús, en las cosas más pequeñas y sencillas, entregándolo todo por amor a Jesús y a sus misioneros.

Nos exhortó a defender la fe a costa de nuestra vida, a ejemplo de tantos mártires y de aquellos recién canonizados: David Roldán, Manuel Morales y Salvador Lara; con el valor que dan los Sacramentos y la oración día con día: “Ser testigos fieles en lo pequeño para saber responder de la misma forma, en lo grande: el martirio”.

Por la tarde, después de algunas dinámicas, la Presidenta Nacional Yolanda Martínez dirigió la ponencia “La respuesta de la joven ante el mundo actual”, donde hizo ver la necesidad de ser actual, descubrir los retos de nuestro tiempo prepararnos para responderlos de una manera eficaz al llevar el mensaje de Cristo.

Es necesario, dijo, que seamos capaces de dialogar con el otro, de comprender al otro, porque hemos dejado de platicar y de escuchar. Debemos penetrar la cultura con el estandarte cristiano, en la música, en los medios de comunicación, en la política, en la educación, en las costumbres, con los jóvenes y adolescentes, con los enfermos y los pobres, con los alejados.

Mencionó que no podemos dar lo que no tenemos y no podemos exigir lo que no damos: si exigimos disciplina y orden público, debemos darlo nosotros en todos los momentos de nuestra vida, cumplir los deberes de familia, cumplir en la escuela y el trabajo. Añadió que hace mucha falta promover la alegría en todos los campos. Esta alegría solo nace del vivir en gracia de Dios.

Así, nos invitó a invertir en nosotras mismas para poder dar más a Dios y a los demás.

Esa misma noche hubo una fiesta “Noche jalisciense” con la participación de un trío, una rondalla cuyos integrantes eran militantes de ACJM de Gudalajara. Así también se realizó la presentación del joven intérprete Ottmar de la Rosa, quien emocionó y cautivó a las asistentes con la interpretación de canciones como: Cien años, Si nos dejan, Por mujeres como tú, Volaré, entre otras.

El Domingo 29 estuvo dedicado a la planeación , evaluación y organización de eventos que faltan por realizar en lo que concluye el trienio. Se fijó la fecha para la realización del evento Cultural y Deportivo en la sede Ciudad Neza, Estado de México para el mes de abril del 2001; la Reunión de Presidentas Diocesanas para el 10 y 11 de Febrero del mismo año; la celebración del jubileo de los laicos el 26 de noviembre del presente; la Asamblea particular el 17 y 18 de noviembre del 2001; la peregrinación al Cubilete los días 26, 27 y 28 de Enero del próximo año.

Así las cosas, después de la Celebración de la Eucaristía y de la Comida, siendo las 3:10 p.m., se dio por clausurada la Reunión Nacional de la Juventud Católica Femenina Mexicana en la ciudad de Guadalajara, Jalisco.

A T E N T A M E N T E

” EUCARISTÍA, APOSTOLADO Y HEROÍSMO “

Veronica Alfaro

Categorías:General, JCFM

LOS FIELES LAICOS, IGLESIA PRESENTE Y ACTUANTE EN EL MUNDO

LOS FIELES LAICOS, IGLESIA PRESENTE Y ACTUANTE EN EL MUNDO

Vocación apostólica de los fieles laicos

Excmo. y Rvdmo. Arzobispo de Pamplona y Tudela, D. Fernando Sebastián Aguilar

Madrid, 12 de noviembre de 2004

I. PORTADORES DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Jesús vino a nuestro mundo para dar testimonio de la verdad, para dar a conocer la sabiduría y la gracia de Dios, para manifestarnos nuestra condición de hijos de Dios y herederos de la vida eterna. “Yo, la luz, he venido a este mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46). La Iglesia es heredera de Jesús, continuadora de su vida y de su misión, de su testimonio y de sus obras de salvación.

A la hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús encomendó a sus discípulos la continuidad de su misión, el mantenimiento y la expansión de este anuncio de salvación. “Yo los he enviado al mundo como Tú me enviaste a mí” (Jn 17, 18). “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21), “Dios me ha dado pleno poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). “Id por todo el mundo y enseñad a todos el mensaje de la salvación. El que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea será condenado”. (Mc 16, 15); “En su nombre se ha de anunciar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, el mensaje de conversión y de perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24, 47-48). Por la expresa voluntad de Jesús, los cristianos, sus discípulos, somos luz, levadura, la huella y el signo de su presencia.

Este mandato afecta primeramente a los apóstoles, pero no cuesta ningún trabajo darse cuenta de que este encargo de Jesús queda en manos de todos sus discípulos. Así se lo dice a los que llama a la fe y al seguimiento, “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9, 60). Ser discípulo requiere, ante todo, arrepentirse de los pecados y vivir la vida nueva del Reino, la vida según el Espíritu. Y enseguida continuar el testimonio de Jesús anunciando el Reino. Así lo enseñó el concilio Vaticano II: “La Iglesia recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva, para cumplirlo hasta los confines de la tierra (Cf Hch 1, 8)… Todos los discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según sus posibilidades… De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu, y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos”. [1]

Cuando hablamos del apostolado de los laicos no debemos pensar en algo diferente de lo que Jesús encomienda a sus discípulos en general, algo diferente de la misión general de la Iglesia. La Iglesia como comunidad está constituida fundamentalmente por los laicos, los cristianos comunes que viven en el mundo sin ser del mundo. [2]

Es preciso analizar un poco detenidamente la condición existencial del cristiano para descubrir las raíces de esta vocación al apostolado inherente a la vocación cristiana. La existencia cristiana queda configurada por el sacramento del bautismo. Como cristianos, somos lo que significa y produce el sacramento del bautismo en cada uno de nosotros. El Bautismo es el sacramento de toda la vida. Ahora bien, un bautizado es un hombre que, antes o después de recibir el sacramento, ha oído el anuncio de la salvación de Dios, ha aceptado esta palabra y en consecuencia ha aceptado a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del mundo, se ha arrepentido de sus pecados, ha recibido el don del Espíritu Santo que le hace hijo de Dios, y vive el mandamiento del amor fraterno en la esperanza de la vida eterna.

El deber y el derecho de los laicos al apostolado derivan de su unión con Cristo Cabeza. Incorporados por el bautismo al Cuerpo místico de Cristo y fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo por medio de la confirmación, son destinados al apostolado por el mismo Señor. [3]

De esta vida cristiana, nueva y diferente, nace espontáneamente la necesidad del apostolado. El cristiano que convive con los no cristianos se siente en la necesidad de explicar y justificar su vida, de dar razón de su esperanza, explicando a los amigos y vecinos cuáles son los motivos por los que él lleva una vida distinta de la que se presenta como vida normal, como vida humana corriente y legítima. Por pura lealtad con sus vecinos, el cristiano tiene que explicarles de dónde le vienen a él la fortaleza y el gozo ante todos los acontecimientos de la vida, intentando ofrecerles el mismo don que él ha recibido para descubrir el valor de la vida humana en todas sus circunstancias, en la vida personal y en la familiar, en el trabajo y en el ocio, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en este mundo y en la esperanza de la vida eterna. Como María Magdalena, los cristianos, cuando nos encontramos espiritualmente con Cristo resucitado y salvador, recibimos el encargo misionero: “no te entretengas, anda, ve a mis hermanos y diles que voy a mi Padre que es también su Padre, que voy a mi Dios que es también su Dios” (Jn 20, 17)

Naturalmente, para tener que explicar la propia vida, primero hay que vivirla. La conversión y el cambio de vida, personal, familiar y comunitario, es condición indispensable para que surja la acción apostólica del cristiano. El anuncio del Evangelio no busca directamente ninguna eficacia de carácter temporal, sino que busca directamente el renacimiento de la persona a la vida de hijo de Dios, la iluminación de la mente y la conversión del corazón, el cambio de vida, el arrepentimiento de los pecados y el nacimiento a una nueva vida, arraigada en el seguimiento de Cristo y alimentada por el Espíritu Santo. Esta nueva vida comienza por el reconocimiento de Dios, la gratitud y la alabanza, el amor de Dios sobre todas las cosas. Y se expresa en el cumplimiento del mandato del amor como norma suprema y universal de vida. Todo tiene que rehacerse desde el amor de Dios arraigado en nuestros corazones. Las demás cosas vendrán por añadidura. Los planes, los proyectos, las convocatorias, no valen de nada, si no arde en nuestros corazones el fuego del amor de Dios, si no vivimos del todo poseídos por el amor y el Espíritu de Jesús.

Desde esta consideración básica del ser cristiano, es una cuestión secundaria el que dentro de la comunidad aparezcan vocaciones distintas y formas diferentes de vivir los elementos cristianos comunes para el buen servicio de la comunidad. Obispos, presbíteros, consagrados y cristianos seglares la inmensa mayoría, todos tenemos los mismos elementos comunes de vida y todos compartimos la misión común de continuar la obra de Jesús viviendo y anunciando los bienes del Reino. Más importantes que los rasgos específicos de las diferentes vocaciones cristianas, es el contenido común de descubrir y vivir la propia vida como respuesta a la llamada paternal de Dios, arraigados en el Hijo Jesucristo quien nos dice a todos: “Deja lo que tienes, sígueme y vete a anunciar el Reino de Dios”. Esta vocación común tiene diferentes formas y se adapta a las circunstancias de cada persona, pero ninguna determinación específica o personal puede ocultar o desfigurar la riqueza de la vocación común cristiana.

II. CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO DE LOS FIELES LAICOS

En la segunda mitad del siglo pasado se escribió mucho sobre la vocación de los seglares como si se tratara de un extraño descubrimiento. La gran novedad consistía en decir que los seglares también formaban parte de la Iglesia, también estaban llamados a la santidad, también tenían vocación apostólica, es decir, el gran descubrimiento consistía en decir que los seglares también eran Iglesia.

Hoy, sin ninguna preocupación reivindicacionista, podemos decir no sólo que los seglares son Iglesia, sino que de alguna manera, no excluyente, los seglares son la Iglesia y llevan sobre ellos la misión eclesial, la grande y bella misión de continuar la obra de Jesús, esto es anunciar la presencia, la paternidad, la misericordia y los dones de Dios. Juan Pablo II, en Christifideles laici cita unas palabras de Pío XII que vale la pena recoger aquí: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos especialmente deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos, en comunión con él. Ellos son la Iglesia” ( Pío XII, Discurso a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946, AAS, 38, 149). [4]

Los fieles laicos, por el simple hecho de ser cristianos, independientemente de si viven en el mundo de una manera o de otra, tienen la misión común de anunciar la presencia y la bondad del Dios invisible, como referencia necesaria para que el hombre se conozca a sí mismo y viva en la verdad de su humanidad.

“A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado de la evangelización y santificación” [5] . Normalmente este apostolado se apoya en el testimonio de la vida de los mismos cristianos. Pero no termina en el testimonio. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra. Tanto a los no creyentes, para llevarlos a la fe, como a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa” [6] .

Los cristianos que viven en el mundo, tienen la misión que les corresponde por serlo, y las notas específicas de su vivir en el mundo no pueden suprimir ni sobreponerse a su misión esencial y común como cristianos. Si viven en el mundo, siendo verdaderamente cristianos, es lógico que ejerzan su misión común de anunciar el Reino de Dios en el contexto en que viven y por los procedimientos que tienen a su alcance. Pero su misión sigue siendo la misión primaria y fundamental de la Iglesia: anunciar a todos los hombres el amor de Dios manifestado en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo para la vida eterna.

Para decirlo de forma concreta. Los cristianos que viven en presencia de Dios envueltos en las riquezas de su amor que les sostiene y les da la vida, pueden y deben anunciar y extender el Reino de Dios. Sobre esta vocación común crecen las vocaciones específicas de los obispos, de los presbíteros, los misioneros o los religiosos y consagrados. Todos ellos tienen que sentirse llamados a anunciar lo mismo aunque lo hagan de diferente manera y con diferentes acentos. Precisamente en virtud de esta participación común de todos los cristianos en la misión apostólica de la Iglesia, pueden los laicos asumir y desempeñar en el interior de la comunidad todas aquellas tareas apostólicas que no requieran un ministerio ordenado, como la educación religiosa de niños y jóvenes, el ejercicio de la catequesis, la animación espiritual de personas o grupos, la atención a los enfermos, etc.

Los seglares anuncian el Reino de Dios en primer lugar viviéndolo, la vida del cristiano es una vida edificada sobre el conocimiento y la aceptación del amor de Dios como fundamento y norma suprema de la propia vida. El anuncio tienen que hacerlo en el contexto real de su vida, en su familia, entre sus amigos y vecinos, en el ejercicio de su profesión, en el ejercicio también de sus derechos y deberes ciudadanos.

Al hablar del apostolado de los laicos se insiste casi exclusivamente en las notas específicas provenientes de situación secular en la que los cristianos viven su vida. En esta perspectiva se suele decir que lo específico del apostolado de los laicos consiste en la transformación del mundo según los designios de Dios. Esto es verdad, pero es una manera muy reductora de describir la vocación y la misión del fiel cristiano.

La secularidad cristiana no es una secularidad cualquiera, ni es la secularidad original que todos los hombres poseemos por el hecho de ser criaturas terrestres y sociales. Los cristianos están en el mundo pero no son del mundo. Es más, el mundo de los cristianos, visto desde la fe y vivido en el Espíritu, no es igual que el mundo de los paganos. Es un mundo creado y presidido por Dios, no es el término de nuestras aspiraciones ni de nuestra vida, la valoración y el modo de portarse con los demás no nace espontáneamente del mundo, sino que para el cristiano nace de la Palabra y del espíritu de Dios.

La Iglesia entera, como arraigada en el misterio de la Encarnación del Verbo, es toda ella secular. Así lo dice bellamente Pablo VI y lo recoge Juan Pablo II en Christifideles laici: “La Iglesia tiene una dimensión secular inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros” Pablo VI, (Discurso a los miembros de los Institutos seculares, 2 febrero 1972) Todos los cristianos participamos de esta secularidad de la Iglesia, aunque sea de manera diversa. [7]

Con frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entre las diversas vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la unidad de la vocación cristiana común es más fuerte que las diferencias existentes entre las diversas vocaciones cristianas. Clérigos o laicos, consagrados o seglares, todos somos cristianos, hijos de Dios, templos del Espíritu Santo y ciudadanos del cielo.

Hoy es más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos, que las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación entre cristianos y no cristianos, entre iglesia y mundo es la verdadera perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad apostólica. No discutamos tanto de las diferencias entre nosotros, asomémonos a las carencias de los que no son cristianos, preocupémonos por ellos, anunciémosles a ellos las grandezas de la vocación cristiana común.

En esta perspectiva, hay que decir que el primer apostolado de los cristianos en el mundo consiste en presentar con su vida el esplendor de la vida humana redimida por Jesucristo, santificada por el Espíritu Santo y levantada a la condición de la filiación divina. Mostrando una vida diferente, dignificada, pacificada, santificada por el don de Dios, los cristianos son verdaderos continuadores de la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad de Dios y la inminencia de su Reino en el mundo. A partir de este apostolado básico del testimonio, el cristiano puede y debe ayudar expresamente a sus vecinos a conocer a Cristo, a creer en El, y por El conocer y adorar al Dios de la salvación. Toda la Iglesia es testimoniante, evangelizadora, signo de salvación, difusora de la fe y servidora del anuncio y del crecimiento del Reino de Dios en el mundo. En la dinámica normal de la vida cristiana entra el anuncio de Jesucristo, la comunicación de su palabra, la invitación a conocer y aceptar los dones de la salvación.

En este anuncio del Reino y en este servicio de la fe, las notas específicas del apostolado del cristiano no consisten como tantas veces se dice, de manera un poco presuntuosa, en la transformación del mundo sino en anunciar los bienes del Reino, sin ninguna autoridad añadida, apoyada simplemente en la fuerza elocuente y significativa de su propia vida, sin representar al conjunto de la comunidad, y utilizando como principal instrumento las relaciones normales y comunes de la convivencia ordinaria y común de la vida social como p.e. la familia, el trabajo, la amistad, etc.

En tiempos de evangelización, es importante subrayar esta capacidad y obligación de los fieles cristianos de anunciar expresamente el Reino de Dios, el amor y la salvación de Dios que se nos ha descubierto y ofrecido en la vida, muerte y resurrección de N.S. Jesucristo. Toda la Iglesia, todos los cristianos tenemos que sentirnos invitados y obligados a ayudar a nuestros hermanos a conocer a Jesucristo, a creer en El, a descubrir la Iglesia como Cuerpo y Signo de Cristo, a conocer y adorar al Dios de la salvación y vivir según su voluntad. Este es el primer apostolado de los fieles laicos, su aportación más importante a la misión de la Iglesia y la aceleración del Reino de Dios en el mundo.

A partir de una vida cristiana intensa y coherente, el cristiano crea un mundo diferente, purificado, humanizado y santificado por la acción del Espíritu Santo en el corazón de los fieles. La novedad y la humanidad del mundo construido por los cristianos, es la expresión y el reflejo de la justicia interior que Dios infunde en los corazones de sus fieles, y en definitiva expresión y manifestación de la sabiduría y de la bondad de Dios que inspiran y dirigen las actividades de sus fieles. Desde el esplendor y el gozo de su vida redimida y enriquecida por los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo que ha recibido, del Señor Jesucristo y del amor del Padre celestial que son el origen y la riqueza de su vida.

Es fácil de comprender que toda la fuerza apostólica del cristiano descansa en la mediación esencial y necesaria la CONVERSIÓN PERSONAL. Las demás instituciones, las demás actuaciones pretenden transformar la realidad humana mediante la técnica, las leyes, el conocimiento, la organización, siempre de fuera hacia dentro, generalmente sin contar con la realidad profunda de la libertad personal, de las convicciones, motivaciones y deseos de la persona. El Evangelio, la gracia de Dios, la acción de Cristo y de su Espíritu actúan siempre de dentro afuera, contando ante todo con la intimidad de la persona, sus actitudes de fondo, la orientación básica de su voluntad y de sus aspiraciones, las ideas, criterios, amores y aspiraciones de cada uno.

Digamos claramente que la primera transformación de la realidad que los cristianos debemos procurar es la transformación de nuestra propia vida, de nuestra visión del mundo, nuestras actitudes, nuestros deseos y aspiraciones. Una antropología y sociología cristianas tienen que considerar la vida personal como la realidad más real y más verdadera. Las estructuras, las relaciones, las actividades de los hombres, toda la realidad social es proyección y expansión de esta realidad propia del ser personal de cada uno.

Desde este punto de vista podemos señalar una serie de ámbitos concéntricos y sucesivos en los cuales el cristiano renueva el mundo.

a) La primera renovación es la de su propia vida, su visión del mundo, sus objetivos, deseos, modelos de comportamiento, relaciones, actividades, objetivos y aspiraciones, de cada uno, de cada persona. Este es el primer fruto de la conversión personal, sin el cual toda actuación apostólica del cristiano queda comprometida y bloqueada.

b) El segundo ámbito de este mundo renovado es la familia. Cuando las personas se ven cristianamente a sí mismas y viven su vida en conformidad con la Palabra de Dios, las relaciones entre hombre y mujer alcanzan unas características que hacen que la sexualidad y la vida matrimonial respondan adecuadamente a la naturaleza personal del hombre y de la mujer, de los padres y de los hijos. La familia cristiana es humanidad redimida, liberación y dignificación del ser personal y de la realidad social fundamental y básica.

c) El tercer ámbito de transformación es el de las relaciones entre familias cercanas, entre parientes, vecinos y amigos, mediante el desarrollo de las mil variaciones de la caridad fraterna en la convivencia de cada día. Así por ejemplo, justicia, veracidad, generosidad, hospitalidad, y tantas otras características clarificadas, fortalecidas y reclamadas por la nueva existencia en el Espíritu.

d) Un cuarto ámbito de la existencia humana renovada es el mundo de las actividades y las relaciones profesionales, el mundo de la economía y del trabajo. Los cristianos pueden ejercer y de hecho ejercen todas o casi todas las profesiones legítimas, pero es evidente que no todos los modos de ejercer una misma profesión son igualmente propios de los cristianos. La responsabilidad y el ejercicio de la justicia y de la generosidad tienen que ser características del ejercicio profesional de un cristiano en cualquier profesión o actividad laboral y económica. Las amplitudes legales, los usos, las preferencias más habituales no pueden ser el criterio definitivo del comportamiento de los cristianos. Sólo actuando de manera conforme con la caridad sobrenatural los cristianos seglares transforman de verdad el mundo de acuerdo con los designios de Dios y facilitan el advenimiento de su Reino.

e) En último lugar, la acción transformadora de los cristianos convertidos alcanza los ámbitos de la vida social y pública, mediante el ejercicio de sus deberes y derechos políticos, tanto en el ejercicio del voto como en la actuación personal y asociada de aquellos cristianos que se dedican a la acción social y pública, en el campo de la información, de la opinión, o del gobierno en cualquier nivel y con cualquier sigla o color. Aceptando la libertad y el pluralismo de nuestra sociedad, y precisamente en ejercicio de esa misma libertad y del pluralismo real, los cristianos pueden y deben tener en cuenta los principios de la moral social cristiana para actuar en política, ya sea en el ejercicio del voto o en la actuación directamente política en los diferentes partidos y en las actividades legislativas, desde el ejercicio del gobierno o desde la oposición. Con frecuencia la fe cristiana es desautorizada como inductora de intolerancias e imposiciones. La actuación de los políticos cristianos tendría que manifestar ostensiblemente que la fe cristiana y el reconocimiento del Dios salvador, es fuente de una actuación política verdaderamente justa y servicial, principio de una sociedad libre, justa, pacífica y fraternal.

Cuando los cristianos trabajan para construir un mundo ordenado al bien del hombre “participan en el ejercicio de aquel poder por el que Jesucristo resucitado atrae hacia si todas las cosas y las somete, consigo mismo, al Padre de manera que Dios sea todo en todos (Cf Jn 12, 32; I Cor 15, 28). [8]

Todo esto lo podemos entender como comentario de las luminosas palabras de San Pablo, los que viven en Cristo son una realidad nueva, lo viejo está superado, aquí está ya la nueva creación [9]

III. EL APOSTOLADO SEGLAR EN LA IGLESIA DE ESPAÑA.
BALANCE Y PERSPECTIVAS.

Pero nuestro congreso no es un congreso para estudiosos que vienen a informarse sobre las mejores ideas que hoy se puedan decir acerca del apostolado de los seglares. Nuestro congreso quiere ser un congreso práctico, que ilumine la situación del apostolado seglar en nuestra Iglesia y si es posible impulse y movilice la vocación apostólica de los cristianos seglares.

Cualquier proyecto tiene que comenzar por levantar un plano lo más exacto posible del punto de partida. ¿Cómo está en estos momentos el apostolado de los seglares en nuestras Iglesias? ¿Qué puntos de apoyo tenemos y que dificultades encontramos para impulsar una actividad apostólica que responda a nuestras necesidades?

Si dirigimos nuestra mirada a la realidad de nuestra Iglesia, veremos que la fuerza y el vigor apostólico de nuestras comunidades cristianas es hoy bastante deficiente.

Sin entrar a juzgar las conciencias, ateniéndonos estrictamente a los signos externos, nos vemos obligados a reconocer el gran desequilibrio existente entre cristianos bautizados y cristianos convertidos. Si la primera e indispensable mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica y transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión sociológica. Ante las estadísticas podemos insistir en aspectos diferentes. Podemos recrearnos en ese casi 90 % de ciudadanos españoles que se declaran católicos. O podemos insistir en que de ellos solamente un escaso 30 % cumple externamente las obligaciones básicas del cristiano. Podemos destacar que el 70 % de los matrimonios se celebran según el rito católico y sacramental, pero no podemos ignorar que el 20 % de estos matrimonios se separan y dan lugar a otras uniones incompatibles con la moral cristiana y si además nos preguntamos en cuántos matrimonios se aceptan y se practican las normas morales enseñadas por la Iglesia, veremos qué amplios y profundos son los deterioros de la conciencia y las deficiencias de la vida de muchos cristianos.

Si nos asomamos a la vida profesional y económica de nuestra sociedad, junto a grandes avances en el reconocimiento de la justicia social, podemos preguntarnos también cuántos cristianos ejercen su profesión y actúan en el mundo económico y laboral con criterios cristianos, sin reconocer el lucro y las ventajas personales como razón determinante de su comportamiento, en la elección y el modo de ejercitar su profesión.

Es evidente que la aplicación de los criterios morales cristianos en la vida cultural y política es una cuestión algo compleja que requiere muchos matices. Pero aun así hay algunas afirmaciones fundamentales que nos permiten valorar algo la situación en estos momentos. Las actividades políticas de las personas, tanto en el ejercicio del voto como en el ejercicio de todas las actividades políticas están sometidas a la norma moral como cualquier otra actividad humana. Los votantes tienen que votar de acuerdo con su conciencia moral, y los gobernantes tienen que gobernar de acuerdo con su conciencia moral rectamente iluminada y formada. No pueden ser las mayorías o las encuestas los últimos criterios para decidir lo que es bueno y lo que es malo, sino los criterios morales objetivos, aceptados y aplicados por una conciencia recta, juntamente con la ponderación prudente de las circunstancias sociales, los que decidan el sentido, los contenidos de las leyes y los objetivos preferentes de la acción de gobierno. Decirlo, hacerlo posible, ejecutarlo así es un noble objetivo cívico, moral y apostólico de los cristianos.

Se podría pensar que una sociedad formada mayoritariamente por cristianos, debería configurar su vida colectiva a la luz de la revelación cristiana, sin imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las costumbres cristianas pero sí ofreciendo a todos los frutos culturales y sociales que la revelación de Dios y la redención de Jesucristo promueven a favor de todos los hombres. Entre estos valores promovidos en la historia por la revelación cristiana se encuentra la afirmación de la igualdad básica de todas las personas, pueblos y razas, sin marginaciones ni discriminaciones de ninguna clase, el respeto por la libertad de las personas y la tolerancia de unos con otros en un esfuerzo común de convivencia sobre la base de unos postulados morales aceptados y respetados por todos.

El pluralismo en sí mismo no es una meta definitiva ni un bien último. Desde el pluralismo, consecuencia inevitable de la libertad, todos debemos buscar la verdad, aceptar su fuerza convincente y ajustar nuestra vida a los conocimientos alcanzados y compartidos. Sin esta búsqueda social e histórica de la verdad, apoyándose en la capacidad de la razón y en la luz de la revelación divina, y sin un respeto decisivo a unos principios de moral objetiva fundada igualmente en la naturaleza humana y en la iluminación de la revelación divina, la democracia resulta insostenible, y puede degenerar fácilmente en una imposición de las mayorías, previamente fabricadas por quienes controlan y manejan los medios de comunicación.

La sociedad española vive un período de secularización intensiva. Esta fascinación por las cosas de la tierra está favorecida por el crecimiento económico, por las múltiples ofertas de diversión y de ocio, por la dureza de una vida reglada por las exigencias del trabajo y de la economía, y por otros modos objetivos de vida. Pero más profundamente está siendo fomentada por unas actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales.

Aunque oficialmente la transición política se hizo en forma de reconciliación, en realidad los años de vida democrática han permitido el desarrollo de una mentalidad revanchista según la cual los vencedores de la guerra civil eran injustos y corruptos, mientras que la justicia y la solidaridad estaba toda y sólo en el campo de los vencidos. Por eso ahora en los años de democracia se pretende desplazar como perversión cultural todo lo que provenga de las décadas y aún siglos centrales de la historia española, incluido claro está la valoración de la religión católica como un componente importante del patrimonio espiritual y cultural de los españoles.

Esta manera de pensar, manifestada con mayor o menor explicitud, está siendo difundida por importantes medios de comunicación desde hace muchos años, domina en los partidos de izquierda, ha estado presente en sus campañas ideológicas y está ahora presente en las actividades legislativas y en muchas decisiones de gobierno de nuestro gobierno actual. Hay un complejo movimiento de secularización de las conciencias, en virtud del cual el hombre occidental encuentra especiales dificultades para verse a sí mismo como criatura y reconocer la existencia de un Dios creador y redentor en cuya presencia adquiere todo su esplendor la existencia humana. Aparte de este movimiento general, la sociedad española está sometida a otras tendencias de signo reivindicacionista y antieclesial que han hecho que el proceso de descristianización tenga entre nosotros una amplitud y una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros países europeos.

Aun reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad de nuestra Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades espirituales. La debilidad de la adhesión personal a las realidades y a la vida de fe, la escasa formación intelectual, la falta de estima por la propia fe, hacen a muchos de nuestros cristianos especialmente vulnerables a la acción descristianizadora del ambiente, y los incapacita para asumir una responsabilidad apostólica en sus propios ambientes.

Cierto que no podemos ser rigoristas ni exigir más de lo que la naturaleza humana permite, pero es claro que la verdad y la autenticidad de nuestro ser cristiano está reclamando una Iglesia en la que se marquen más las novedades aportadas por Jesús, la novedad de vida que El ha traído al mundo. Una Iglesia en la que los cristianos hayan vivido un acto expreso y suficientemente fundamentado de su decisión de fe en Jesucristo, en Dios, en la Iglesia Católica. Y no basta un grado cualquiera de personalización de la fe, la santidad es “presupuesto fundamental” [10] para la renovación de la Iglesia, para el anuncio del evangelio y la extensión de la fe en el mundo.

Además de la debilidad religiosa, y en gran parte consecuencia de ella, la Iglesia española está profundamente dividida en grupos y tendencias que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo. Subsisten todavía grupos que por una teología secularizada viven un alejamiento práctico de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión integral. Sin llegar a situaciones tan extremas hay multitud de grupos que viven y actúan con una relación muy tenue, más formal que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en sus propias ideas. Muchas congregaciones religiosas están más preocupadas de sí mismas que de su servicio a la comunidad eclesial. Y en muchos movimientos se adivina el sentimiento de que su servicio a la Iglesia consiste en invitarla a copiar universalmente sus ideas y procedimientos.

Como resumen, podemos decir que en la España actual muchos cristianos viven en una comunión espiritual eclesial y católica fragmentada y deficiente. Lo que se llama “catolicismo a la carta” es realmente la manifestación de una fe cristiana afectada por el predominio de la cultura vigente y el sometimiento a los intereses materiales y personales protegidos y favorecidos por la cultura y las instituciones dominantes. Los cristianos que quieran ser apóstoles tendrán que saber vivir en el mundo sin ser del mundo, vivir con todos sin actuar como todos, y tendrán que saber renunciar a muchos objetivos y aspiraciones que solamente están al alcance de quienes se someten a la dictadura de lo “políticamente o culturalmente correcto”. En la actual sociedad española el cristiano coherente y fervoroso tiene que estar dispuesto a padecer una cierta marginación social, cultural y hasta profesional, y en consecuencia tiene que estar dispuesto a renunciar a muchos bienes sociales y económicos, que no están al alcance de quienes se presentan y actúan socialmente como cristianos coherentes. Es el martirio moderno que prueba la autenticidad y consuma la perfección de la fe de los cristianos que viven y actúan en el mundo.

En resumidas cuentas tenemos que decir que la hora presente de nuestra Iglesia no se caracteriza por un especial potencial apostólico. Más bien estamos viviendo una época de enfriamiento religioso generalizado y de debilidad profética y apostólica de la Iglesia.

·        Muchos fieles bautizados abandonan la fe o la reducen a unas vagas referencias que ya no configuran la mente ni rigen la vida;

·        otros nos dejamos influenciar por las influencias del mundo no cristiano en ideas, sentimientos, preferencias y valores;

·        hay pocos cristianos que asuman la misión apostólica de su vocación cristiana como una tarea expresa y determinante en su vida;

·        vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria a la fe, antropocéntrica, hedonista, mundana, que no reconoce de manera efectiva ni la soberanía de Dios ni la primacía de la vida eterna en la comprensión, ejercicio y configuración de nuestra vida; los criterios, las actitudes no cristianas crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del testimonio cristiano y debilitan el vigor espiritual y la capacidad apostólica de la Iglesia.

·        en esta situación las organizaciones y asociaciones de los cristianos, absolutamente necesarias para su buena preparación y su actuación efectiva en los diversos sectores de la vida social, son escasas. Las más clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas por falta de renovación generacional o viven cautivas de viejas concepciones, reactivas e ideologizadas, que las incapacitan para desempeñar un papel importante en la vida y en el apostolado de la Iglesia. Las más jóvenes y más pujantes desde el punto de vista religioso y apostólico, son todavía escasas, se reducen a grupos minoritarios que no han logrado todavía renovar al conjunto del pueblo cristiano y con frecuencia viven excesivamente encerradas en sí mismas sin una inserción efectiva en la vida común de las parroquias y de las Diócesis.

IV. ALGUNAS SUGERENCIAS PRÁCTICAS

¿Qué tendríamos que hacer en la Iglesia española para promover de manera efectiva el apostolado personal y organizado de los cristianos? No creo que nadie pueda responder de manera completa y definitiva a esta pregunta. “Con temor y temblor” intentaré simplemente ofrecer unas sugerencias que podrán ser discutidas, modificadas, enriquecidas o rechazadas en estas jornadas del Congreso y sobre todo con las experiencias y resultados de los múltiples esfuerzos que se desarrollan en todas nuestras Iglesias. Me sentiré satisfecho si con mis palabras suscito vuestras reflexiones y aliento vuestra esperanza.

La llamada de Juan Pablo II a una nueva época de evangelización en las Iglesias de vieja tradición cristiana, encierra estos elementos. Reconocimiento de un decaimiento religioso generalizado, quiebra e insuficiencia de los cauces y procedimientos tradicionales en la transmisión de la fe, necesidad de recuperar el vigor apostólico de los orígenes con la debida adaptación a las exigencias de la sociedad contemporánea. Cada vez son más las personas que en nuestras sociedades están necesitadas de una primera evangelización. Esta es la misión más urgente de nuestras Iglesias y de todos nosotros, sacerdotes y laicos, consagrados y seglares. Si ha de haber un renacimiento del apostolado seglar en nuestras iglesias, tendrá que surgir primero una renovación espiritual y eclesial de nuestros cristianos, de nuestras comunidades y parroquias. El apostolado de hoy tiene que ser un apostolado evangelizador, nacido y crecido de la fuerza religiosa de una Iglesia evangelizadora. Necesitamos convocar a los laicos a esta labor de evangelización en estrecha comunión con sacerdotes y obispos, movidos todos por un espíritu verdaderamente misionero. [11]

Como siempre, hay que comenzar por asentar los pies en el terreno firme de la verdad. Y la verdad en este punto es que nuestra Iglesia no está en trance de evangelización. Hace muchos años que estamos hablando de parroquia misionera, de pastoral evangelizadora, pero nuestros métodos y nuestras aspiraciones han cambiado bastante poco. La inmensa mayoría de nuestras parroquias, de nuestros colegios, de nuestras asociaciones siguen viviendo y actuando ahora como hace veinte, treinta o cuarenta años. Y en muchas cosas peor, porque somos más rutinarios, porque tenemos menos iniciativas, porque la mayoría somos ya muy mayores.

Ante estas afirmaciones alguien podrá pensar que estoy transmitiendo un mensaje derrotista. Nada más lejos de mi intención. Los cristianos no podemos ser pesimistas ni derrotistas. Contamos con la presencia del Señor, con la fuerza incoercible del Espíritu, con la asistencia irrevocable de la Sabiduría y de la Providencia divina. Desde que Cristo redimió al mundo con la fuerza suprema de la debilidad de la cruz, la condición normal de los cristianos es la de una debilidad permanente de la cual nace la fuerza soberana de la verdad y del espíritu de Dios. La debilidad reconocida y la confianza en el Amor y la ayuda del Señor resucitado son los dos pilares de nuestra verdadera fortaleza.

Los católicos españoles tenemos que asimilar la experiencia de Pablo en medio de sus tribulaciones. Nos tienen por impostores y somos veraces, nos consideran trasnochados y estamos llenos de proyectos, piensan que estamos a punto de desaparecer y sin embargo resistimos. Nos acosan por todas partes pero no pueden con nosotros, andamos a oscuras pero nunca perdemos la esperanza, nos vemos perseguidos pero nunca aniquilados. Vivimos la debilidad de Jesús ante sus verdugos, pero en esta debilidad se manifiesta el poder de Dios y el esplendor de la nueva creación [12] En la debilidad somos más fuertes. [13] La debilidad de Dios es más fuerte que el poder de los hombres, la ignorancia de Dios más sabia que la sabiduría de los hombres, más eficaz que las técnicas y los poderes de este mundo. [14] Siendo débiles, somos más fuertes que los fuertes de este mundo, porque contamos con la palabra de la verdad y la fuerza del evangelio de Dios. [15]

Con estos presupuestos quiero señalar algunos requisitos imprescindibles para que pueda crecer y desarrollarse en nuestra Iglesia con entera normalidad el apostolado de los seglares.

1º. Ante todo, nuestra Iglesia, necesita clarificarse más, diferenciarse más en el conjunto de la sociedad española que aunque conserve muchos elementos cristianos ya no es cristiana de corazón. En años pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia para ser fiel al evangelio de Jesús tiene que adaptarse a las preferencias y características de cada momento cultural. Esta manera de ver las cosas se apoya en un concepto falso de humildad y de misericordia. Nuestra humildad está en la fidelidad al mandato recibido y la mejor misericordia es el ofrecimiento del evangelio de Jesús en su radical originalidad y en total integridad. Por eso junto con el anuncio y el servicio, entre la Iglesia y el mundo hay también lugar para el escándalo y el conflicto. Necesitamos liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de unos decenios en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad. Esta clarificación e identificación de la Iglesia en el conjunto de la sociedad requiere que los cristianos lo sean con mayor claridad y coherencia. Y quienes no quieran vivir la vida cristiana en la comunión católica deberían renunciar a violentar a la Iglesia para acomodarla a sus conveniencias. Todo lo que queramos hacer como cristianos en nuestro mundo se sustenta sobre la existencia de comunidades cristianas, más o menos numerosas, pero sinceramente entusiasmadas con su vocación cristiana, claramente conscientes de sí mismas, dispuestas a vivir la vida personal, familiar y social de acuerdo con el evangelio de Cristo y la doctrina de la Iglesia, sin temor a ser criticadas por los poderes de este mundo, capaces de presentar los contenidos de la salvación de Dios y hacerla operativa en las actuaciones y relaciones de la vida social concreta y verdadera. Es evidente que las comunidades fervorosas suponen personas y familias que vivan intensamente su fe y su vida espiritual es estrecha y gozosa comunión eclesial. Tenemos a nuestro alcance muchos medios prácticos para caminar en esta dirección. Podemos, por ejemplo, intensificar la acción evangelizadora en los tiempos y celebraciones de la iniciación cristiana, con la finalidad expresa de suscitar cristianos convertidos, que vivan intensamente su consagración bautismal y que estén suficientemente capacitados para vivir y anunciar el evangelio en el contexto de la vida social real. Podemos trabajar para que las celebraciones sacramentales respondan de verdad a la fe de los participantes. Todos sabemos y aceptamos la enseñanza de la Iglesia sobre la eficacia de los sacramentos ex opere operato, en virtud de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. Pero también sabemos que esta infinita fuerza santificadora de los sacramentos solo es eficaz en nosotros en la medida en que aceptamos la acción santificadora de Dios por medio de la fe y de la amorosa obediencia a su Palabra. Poco a poco tenemos que ir consiguiendo que el bautismo sea celebrado, aceptado y vivido como sacramento de la fe y de la vida cristiana; que el sacramento de la conformación sea realmente celebrado y aceptado como sacramento de la plenitud bautismal; que los matrimonios sacramentales sean verdaderas uniones realizadas en la fe de la Iglesia y con el amor fiel y generoso del Señor. Mientras tanto podemos también convocar y reunir a los fieles que viven en plena comunión católica, invitándoles a superar las fronteras de sus diversas asociaciones y movimientos y a asumir su parte en la misión evangelizadora de la Santa Madre Iglesia poniendo lo común por encima de lo específico y diferenciante. Y hará falta que los cristianos, vitalmente reunidos en Iglesia, estimen su fe y su vida cristiana y eclesial como la perla preciosa por la cual vale la pena sacrificar otros falsos tesoros, y asuman como tarea propia anunciar el Reino de Dios, difundir el evangelio de la salvación, ayudar a sus hermanos a que conozcan a Jesucristo, sin buscar otros intereses ni otros proselitismos particulares. Sin esta renovación interior que nos ponga a todos en trance de expansión no podrá haber un verdadero apostolado seglar.

2º. Un segundo paso indispensable para que se desarrolle en las Iglesias de España el apostolado de los seglares es el fortalecimiento de la unidad interior de nuestras comunidades cristianas. Ciertamente hemos vivido tiempos peores, con más diferencias, divisiones y tensiones dentro de la Iglesia, pero estamos todavía lejos de los niveles indispensables de comunión y de confianza. Necesitamos trabajar para superar las desconfianzas entre obispos, sacerdotes, teólogos y pueblo de Dios. Muchos de nuestros fieles viven fuertemente influenciados en materias dogmáticas y morales por las ideas ambientales, hay teólogos, sacerdotes, seglares y religiosos, que proponen como medio de renovación eclesial y condición para el apostolado eficaz el sometimiento de la Iglesia, en la doctrina y en la vida, a las pretensiones y conveniencias de la cultura materialista y hedonista. Y no faltan asociaciones religiosas y seglares que con la mejor voluntad atienden estas consignas en contra de las enseñanzas y advertencias del Papa y de los Obispos. Para muchos, no solamente fieles seglares sino también sacerdotes y religiosos, para reforzar la credibilidad de la Iglesia en nuestro mundo es indispensable mantener un cierto margen de disentimiento habitual respecto del Papa y de los Obispos. Mientras los cristianos no recuperemos la plena confianza en nosotros mismos, y no sintamos el gozo y el agradecimiento de ser miembros de nuestra Iglesia real y concreta, no seremos creíbles ante el mundo ni surgirá en nosotros un deseo vigoroso y resuelto de anunciar un evangelio en el que no acabamos de creer. Es verdad que la renovación tiene que comenzar por pequeños grupos minoritarios que vivan y actúen en la Iglesia. Pero también es cierto que la realidad de Iglesia está en las parroquias, en las que se agrupa el pueblo llano y sencillo, sin otro título ni otro apellido que el honroso calificativo de cristiano. A fin de cuentas son estas parroquias las que tienen que recuperar su pulso espiritual, sus actos de piedad, su capacidad de formar a los nuevos cristianos y de desplegar la actividad apostólica que nuestro mundo necesita. [16] Mientras el clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro mundo, no podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos apóstoles.

3º. El desarrollo del apostolado seglar está pidiendo alguna modificación en nuestra manera de concebir las relaciones entre la Iglesia y la sociedad. Respetando la estructuración interna de la Iglesia como comunidad jerárquica en la que algunos cristianos cumplen un ministerio singular de presidencia en el nombre de Cristo, tenemos que fomentar una manera de ser y de actuar que reconozca a los seglares como zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de lo sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y del mundo. Ellos son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción real del Reino de Dios. Los contactos y los acuerdos entre la Jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles seguirán siendo legítimos, convenientes y hasta necesarios. Pero estos mismos instrumentos jurídicos serán apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo, que hagan valer estos acuerdos utilizando los recursos y procedimientos de una sociedad organizada democráticamente a favor del evangelio de Jesucristo y del crecimiento de la vida cristiana entre los ciudadanos. Bien está, por ejemplo, mantener unos acuerdos con el Estado español que reconozcan el derecho de los católicos a una enseñanza católica para sus hijos en el seno de la escuela pública. Pero estos instrumentos jurídicos pierden fuerza si luego no hay una comunidad de familias cristianas, que valoren la educación religiosa de sus hijos como un bien de primer orden y sean capaces de defender este derecho por todos los procedimientos legítimos que ofrece una organización democrática de la sociedad. Bien está que los obispos nos pronunciemos en contra del aborto o de la manipulación de los embriones humanos. Pero esto vale de poco si luego no hay unos cristianos que mantengan la vigencia y el prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las relaciones humanas y de la vida de cada día y exijan a los gobernantes el respeto a unos principios morales y castiguen políticamente a los programas que favorezcan legislaciones y comportamientos contrarios a la ley de Dios y a la moral de la razón humana, desarrollada a lo largo de la historia, iluminada, purificada y fortalecida por la revelación de Dios.

De nuevo hay que insistir en que para que los cristianos sean de verdad presencia capilar de la Iglesia en la carne misma de la sociedad, hace falta ante todo que sean Iglesia, que estén ganados por el amor de Cristo con una fe viva y operante, que vivan de acuerdo con las enseñanzas del evangelio y de la Iglesia en su vida personal, en el ejercicio de su vida profesional, en la vida familiar y en el ejercicio de sus relaciones y obligaciones sociales. Ellos mismos, con su vida santa, tienen que ser apoyo y confirmación de su palabra. Con esta condición por delante surge espontáneamente como una marea testimoniante y apostólica que hace de la convivencia cotidiana el mejor instrumento para la difusión del evangelio y de la fe en Jesucristo. ¿Cómo se realizó la primera evangelización de nuestros países? Cierto que fueron los Apóstoles y los varones apostólicos los primeros mensajeros del evangelio. Pero luego fueron los cristianos sencillos, los comerciantes, los soldados, los esclavos quienes difundieron la fe, de manera imparable, por el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído en El y en su evangelio. La breve confidencia de los discípulos tiene que seguir siendo hoy el más poderoso plan de pastoral y de apostolado “Hemos conocido al Mesias”.

4º. Esta movilización apostólica de los cristianos requiere también que tengamos una conciencia clara de cual es el momento histórico de nuestra sociedad, cuáles son las disposiciones espirituales y culturales dominantes de nuestros conciudadanos y cuáles tienen que ser en consecuencia los objetivos primordiales de la acción apostólica y misionera de la Iglesia. Si en algunos momentos pudimos pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que poner el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros y la solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados, tenemos que darnos cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más urgente que la Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más grande que podemos hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarle a creer en Dios, ayudarle a descubrir a Jesucristo como Salvador, a verse a sí mismo como hijo de Dios y heredero de la vida eterna. La Iglesia entera debe desplegar un esfuerzo extraordinario para contrarrestar los fermentos y falsos argumentos a favor de la indiferencia moral y religiosa que circulan en nuestra sociedad, en ayudar a los hombres y mujeres de buena voluntad a creer en el Dios de Jesucristo como Padre común y fuente de la vida verdadera, seleccionando los contenidos y los métodos de nuestro apostolado en función de este objetivo primordial, esencialmente religioso y estrictamente misionero. Esto vale igual para todos los cristianos, clérigos como seglares, aunque lo tengan que hacer con diferente autoridad, en momentos y lugares diferentes y con métodos diversos adecuados a las diversas circunstancias. Repetidas veces el Papa nos ha pedido que concentremos nuestro apostolado en el anuncio de Cristo, de su persona, de su vida, de su doctrina y de su misteriosa y poderosa presencia actual en el mundo, constituido por el Padre Señor del universo. Centro de la historia, piedra angular de la creación y de la nueva humanidad. Tenemos que tener muy clara la conciencia de que ninguna actividad, por humanitaria que sea, es un verdadero apostolado si no conduce de alguna manera al anuncio explícito de Jesucristo como Salvador y Redentor y al conocimiento de Dios como Creador y Padre de misericordia. Por eso es urgente que todos los cristianos seamos capaces de presentar una formulación fiel y comprensible del kerigma apostólico como invitación directa a la fe en Jesucristo y en el Dios de la salvación. Una presentación del kerigma centrado en estas ideas: Hay un Dios Creador del mundo y Padre de la humanidad, que nos ha enviado a su Hijo para rescatarnos del mal y abrirnos las puertas de la vida verdadera. El nos ha creado para vivir eternamente en su presencia y ahora nos da el Espíritu santo para justificarnos y enseñar a vivir como hermanos caminando juntos hacia la patria celestial.

5º. Urge rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, o, si se prefiere, cristianizar el entramado de la sociedad, pero la condición indispensable es que se recupere el fervor de los cristianos, la confianza en el evangelio y la cohesión interna de las comunidades cristianas. Nadie sabe lo que la división y el disentimiento habitual dentro de nuestras comunidades han podido restar energías y entorpecer los proyectos apostólicos de nuestras Iglesias. El desarrollo del apostolado seglar requiere que nuestras Iglesias particulares recuperen el vigor espiritual y el entusiasmo misionero de los cristianos verdaderamente convertidos. [17]

Para lograrlo hará falta que los dirigentes y servidores de la comunidad, obispos, sacerdotes, religiosos y educadores, incluidos los catequistas y profesores de religión, asumamos actitudes misioneras, propias de los tiempos de prueba y de persecución, centremos nuestros trabajos en el servicio de la fe y de la vida espiritual de nuestros hermanos, con más diligencia, más sabiduría, más abnegación y más generosidad. Con estos precedentes podremos ir contando con un número creciente de cristianos dispuestos a dar testimonio de Jesucristo y del Dios de la vida y de la salvación en el contexto real de la vida social, en la enseñanza y en la vida intelectual y cultural, en las actividades y proyectos económicos, en los debates políticos, en las decisiones legislativas y en las actuaciones de los gobiernos, haciendo ver las diferencias y las ventajas de una visión de la vida y de unas soluciones concretas cuando se cuenta con la presencia de Dios, con la ayuda de su revelación y los enriquecimientos culturales y sociales que ellas producen cuando son aceptadas y tenidas en cuenta. Hoy, por debajo de las mil diferencias entre unos partidos políticos y otros, por encima de los continuos debates y enfrentamientos políticos, tenemos que reconocer que se está desarrollando en todo occidente, y en España con especial virulencia, un gran debate de fondo religioso, en la política, en la cultura, en las artes, en el esfuerzo global por organizar la vida según las propias convicciones, lo que se está en juego es el intento de organizar la vida humana sin contar con Dios, como si fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos de nuestra vida y de la creación entera, en una descarnada y desesperada omnipotencia, en contra de una cultura y de unas formas de vida que tienen en cuenta la Soberanía y la Paternidad de Dios manifestada por Jesucristo y asimilada por la fe personal. Esta situación no es ya un problema solamente para la Iglesia, es también un problema de cultura, de rumbo espiritual en el camino de la historia y a largo plazo puede llegar a ser un problema de supervivencia de la misma humanidad. Es preciso que los cristianos seglares se empeñen a fondo en presentar la alternativa de una vida humana entendida y, organizada y vivida teniendo en cuenta la paternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, teniendo en cuenta la justicia interior y el valor de la vida virtuosa, favorecida interiormente por el Espíritu Santo, pero ayudada también exteriormente por la educación y la formación, por las creencias y usos sociales, por las leyes justas y el apoyo de una cultura a la medida del hombre real, creado por Dios y redimido por Cristo para la vida eterna. Somos poseedores de una levadura capaz de transformar la masa entera, somos la sal que preserva a la humanidad de la corrupción, tenemos en nuestras manos la luz que quita las tinieblas del mundo. Cómo podríamos callar por miedo o por desconfianza de nosotros mismos, como podríamos renunciar a intervenir eficazmente en la marcha de los acontecimientos. ¿No estaremos siendo infieles y cobardes, culpables de un peligroso silencia, disfrazado de prudencia y de aperturismo? ¿No estamos siendo la luz mortecina que ya no ilumina, la sal sosa incapaz de dar ningún sabor, la levadura envejecida que ya no transforma la masa?

6º. La acción apostólica de los cristianos tiene unos espacios necesariamente personales y espontáneos, difícilmente regidos por ninguna reglamentación. Es el espacio de la vida familiar, de las relaciones humanas espontáneas, de las actuaciones personales en el mundo de las actividades profesionales. Un cristiano fervoroso y responsable encuentra siempre mil oportunidades para hacer brillar la luz del evangelio de Jesús ante las personas con las que convive. Pero otras muchas actuaciones posibles y necesarias requieren un trabajo organizado, estable, capaz de influir en otras instituciones y en el conjunto de la opinión pública. Son actuaciones que sobrepasan las posibilidades de una persona sola y requieren la intervención de asociaciones adecuadas y operantes. El Papa nos habla de “una nueva época asociativa”, reconocida por el Sínodo de los Obispos y saludada como un verdadero don de Dios. [18]

Para evitar confusiones que se dieron ya entre nosotros hasta el punto de bloquear el desarrollo de la acción apostólica y misionera de los cristianos, se impone diferenciar bien dos clases de asociaciones. Unas son todas aquellas cuyos fines quedan dentro del ámbito eclesial, dentro de lo que son los objetivos primarios y directos de la Iglesia, dirigidas a la buena formación y el apoyo de la vida cristiana de los fieles seglares que luego han de desarrollar sus actividades en el mundo secular. Hoy muchas de nuestras parroquias no son capaces de ofrecer de una manera estable y bien configurada la formación que necesita un cristiano para actuar apostólicamente en su ambiente profesional o social, ni pueden tampoco atender suficientemente a los fieles en el día a día de su vida espiritual. Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien organizada ofrezcan métodos, instrumentos, ayuda personal para el crecimiento de los cristianos en diversas vertientes de su vocación cristiana, personal, familiar y social. Se trata de asociaciones estrictamente eclesiales, que quedan dentro del ámbito de la vida y de la misión directa de la Iglesia. Estas asociaciones pueden tener también sus objetivos apostólicos generales, que luego los cristianos podrán vivir en el contexto concreto de sus parroquias y de sus Diócesis. En muchas partes se encuentran fuertes resistencias y suspicacias en contra de estas asociaciones. La postura decidida de la Iglesia y la experiencia de cada día nos demuestra que sin asociaciones no podremos tener nunca un laicado formado y apostólicamente operante de manera significativa. Solo la asociación da continuidad y amplitud. Para que el asociacionismo encuentre en nuestras parroquias la acogida que necesita y merece, será preciso que los dirigentes de las asociaciones se esfuercen sinceramente para dirigir de tal manera la vida de sus asociaciones que sus miembros por el hecho de pertenecer a una asociación o a un movimiento se sienta más dentro de la parroquia y más cerca del común de los cristianos, en vez de encerrarse en la propia asociación y hacer de ella como un cómodo sustitutivo de la Iglesia madre que es la casa de todos.

Otra clase muy distinta de asociaciones son aquellas que, promovidas y hasta formadas por cristianos, tienen como fin propio la intervención de sus miembros en los diversos sectores de la vida social, asociaciones profesionales para ayudarse a actuar cristianamente en el terreno de su profesión, asociaciones de profesores, de intelectuales, de padres de alumnos o de cristianos que pretenden actuar de una u otra manera en la vida política. Estas asociaciones, en la medida en que tengan objetivos de naturaleza civil y secular, y recurran a procedimientos civiles y seculares, perfectamente legítimos en la vida democrática, tienen que ser reconocidas como asociaciones civiles, tanto si están formadas sólo por cristianos como si son asociaciones abiertas al público en general, aunque tengan un ideario cristiano que permita participar a los cristianos sin restricciones de conciencia.

En otros tiempos hemos vivido esquemas híbridos y confusos en los que una asociación de acción católica, estrechamente vinculada con la jerarquía y asociada a su misión, se imponía como objetivo la reforma de una legislación o la actuación en diversos campos de la vida política o económica, con frecuencia, bajo la inspiración dominante de una determinada ideología política. Esta falta de claridad en la configuración de nuestras asociaciones y en la delimitación de sus objetivos, ha dado lugar a muchas tensiones dentro de la Iglesia y ha creado dificultades para la comunicación y la comunión entre obispos y asociaciones seglares, bloqueando el desarrollo y la aceptación del apostolado asociado de los seglares. ¿Entra dentro de los fines de un movimiento de Acción Católica promover un determinado modelo de economía, o de contratos laborales, o de precios de los productos en el mercado? Esa puede ser muy bien una batalla que lleven adelante los cristianos desde dentro de asociaciones civiles, inspirados y guiados por sus convicciones cristianas. Pero esos objetivos estrictamente seculares no entran en la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia. Las asociaciones eclesiales se han de centrar en formar y preparar a los cristianos para que luego, inscribiéndose en otras asociaciones civiles o promoviendo nuevas asociaciones adecuadas a sus deseos, traten de alcanzar objetivos civiles, por procedimientos civiles, guiados y estimulados por la fuerza de la fe y de la caridad cristianas. Estamos necesitados de una mayor claridad conceptual e institucional en estos asuntos. Y estamos especialmente necesitados de una acogida y de un apoyo decidido al asociacionismo de los cristianos para mejor conseguir los fines primordiales de su vida espiritual y su capacitación para el apostolado.

7º. Las asociaciones propiamente eclesiales tendrían que desarrollar un fuerte sentido de comunión y de unidad, en la doctrina, en la vida y en los objetivos y prioridades apostólicas, en estrecha relación con el obispo y los sacerdotes, en una conciencia fuerte de unidad de vida y de misión. Es un error y una tentación la actual tendencia a subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor a lo específico que a lo común, apropiándose con frecuencia como notas propias de una congregación o de una asociación de notas y bienes que son comunes y propias de toda la comunidad cristiana. Esta tendencia a hacer prioritario lo específico, dejando en segundo lugar lo que es común, que es siempre lo más importante, no favorece la conciencia de la unidad, dificulta la colaboración y debilita el vigor y la capacidad apostólica de la comunidad eclesial en su conjunto.

En cambio, las asociaciones seculares en las que militan los cristianos conviene que tengan la mayor autonomía posible, para que se muevan en el terreno de las instituciones seculares con la misma libertad y los mismos derechos que los demás, dejando la vinculación eclesial a las relaciones personales de los cristianos con los responsables y los miembros de su comunidad eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones cristianas en la elaboración de los estatutos, selección de objetivos y realización de sus actividades.

Estas asociaciones seculares pueden ser promovidas por cristianos con una inspiración cristiana en su misma estructura, o bien pueden ser asociaciones seculares preexistentes, en las que los cristianos puedan actuar cómodamente según su conciencia. Es evidente que los cristianos pueden militar en cualquier asociación con tal de que sus fines no sean expresamente contrarios a la doctrina y a la moral católicas. En cualquier caso el mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en una asociación secular no confesional es que tengan la suficiente libertad y el suficiente respeto como para poder disentir de todo aquello que sea contrario a su conciencia y no encuentren un rechazo sistemático a los argumentos y sugerencias inspiradas en la tradición cristiana. Tenemos el derecho a preguntarnos si hoy los católicos que militan en ciertos partidos políticos, sindicatos u otras asociaciones semejantes, tienen esta libertad y sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus puntos de vista siempre que estén comprometidos los juicios y valores de la conciencia cristiana. Más en concreto, ¿los cristianos que militan en IU o en el PSOE pueden discutir y exponer sus argumentaciones y su visión del aborto, del respeto a la vida en sus diferentes fases, de la protección del verdadero matrimonio en los órganos competentes, en igualdad de condiciones con los demás? ¿Lo hacen de hecho? He aquí una grave cuestión. A veces tiene uno la sensación de que algunos cristianos comprometidos políticamente critican más a la Iglesia desde los presupuestos de sus partidos respectivos, que los programas políticos de sus partidos desde los presupuestos de la Iglesia. Puede más la identidad partidista e ideológica que la identidad eclesial y cristiana.

8º. En este terreno de las asociaciones seculares desde las que militen y actúen los cristianos en la vida social y pública haría falta insistir en dos características. Hace falta seleccionar mejor los objetivos y los campos de influencia. ¿Cuáles son hoy los sectores más influyentes en la configuración de la opinión pública, de la cultura vigente, de las condiciones de vida colectivas? En definitiva ¿cuáles son los sectores de la vida más influyentes en la mentalidad y el comportamiento de las personas desde las cuales se les puede ayudar mejor y más eficazmente a conocer la salvación de Dios y disfrutar de sus bienes? Quien mira con realismo el panorama de nuestras naciones de Occidente, el tono vital de la sociedad española, es evidente que la tarea más urgente para toda la Iglesia, no sólo para los clérigos o los religiosos, sino para todos los cristianos es la evangelización. No acabamos de entender que tenemos que centrar nuestros esfuerzos en sembrar de nuevo la fe cristiana en las generaciones jóvenes, mayoritariamente alejadas de la fe cristiana y del reconocimiento del Dios verdadero. Así lo presenta insistentemente Christifideles laici [19]

Hoy, en la sociedad española, un cristiano seglar que quiera colaborar activamente en la misión de la Iglesia, tiene ante sí estos temas urgentes y preferentes:

En el campo de las realidades religiosas

  • la primera necesidad es renovar y vigorizar la vida espiritual de los cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos, fortalecer la comunión eclesial en las personas, los grupos, comunidades y asociaciones, recuperar el sentido de la misión apoyado en el reconocimiento de Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador único de todos los hombres.
  • la dignificación racional y cultural de la fe, de la vida religiosa, de la presencia y la actuación de la Iglesia en el conjunto de la vida social;
  • la fundamentación racional de la existencia de Dios, de su carácter personal y providente;
  • la justificación histórica, antropológica, histórica y salvífica de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios, redentor y salvador de la humanidad.
  • El conocimiento y la estima de la existencia humana purificada, dignificada y santificada por la redención de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo.
  • La difusión de las mil obras buenas que favorece y promueve la iglesia en la vida personal y familiar, profesional y social, en relación con los más necesitados y los momentos más difíciles de nuestra vida. Etc.
  • En el campo de las implicaciones y consecuencias morales y sociales de la vida cristiana, los cristianos seglares españoles tendrían que procurar:
  • Intervenir en los medios de comunicación, con criterios cristianos, en toda su compleja y poderosa realidad, empresas, agencias, columnistas, comentaristas, informativos y noticiarios, debates, siempre en defensa sincera de las libertades y del bien común, con absoluta veracidad y plena justicia.
  • Hacerse presentes en la acción y gestión política, desde el gobierno o desde la oposición, reivindicando el derecho a actuar en política desde las convicciones arraigadas en la fe cristiana, mostrando prácticamente la fecundidad social de la moral cristiana bien entendida y sinceramente aplicada, recuperando la inspiración social de la política como servicio al bien común de las familias y de todos los sectores sociales, sin discriminaciones ni partidismos, sin anteponer los intereses de nadie al servicio sincero de las necesidades y conveniencias comunes.
  • Promover por todos los medios el servicio al desarrollo integral de los más necesitados en el marco nacional y en la política internacional, promoviendo planes de ayuda desinteresada y efectiva que proporcione a todas las personas las posibilidades básicas de desarrollo y perfeccionamiento, que acorte las distancias entre los pueblos y favorezca la comunicación y la colaboración entre todos los pueblos de la tierra. Una política cristianamente inspirada tendría que buscar el modo de ayudar a los pueblos subdesarrollados de manera eficaz y desinteresada para dotarles de las estructuras y condiciones necesarias que les permitan incorporarse activamente a la convivencia internacional sin inferioridades ni dependencias.
  • Promover desde todos los puntos posibles la defensa de la vida y de la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural. Es el momento de luchar para que la ciencia y la técnica respeten la dignidad de la persona como una realidad de valor supremo que no puede ser utilizada para ninguna utilidad material como si fuera una mercancía. Nuestro gobierno acaba de autorizar la investigación con embriones humanos. ¿No hay cristianos que defiendan lo contrario desde las asociaciones profesionales o desde las instituciones políticas?
  • Los cristianos seglares tienen que hacerse presentes en el gran mundo del sufrimiento, de la enfermedad, de la soledad, de la invalidez, por medio de su presencia profesional o con carácter voluntario, actuando según el espíritu del Buen Samaritano, tienen que demostrar en este mundo cada vez más individualista y más dominado por el dinero, la posibilidad de una relación verdaderamente amorosa, interesada, atenta, gratuita, que hace presente el amor y la bondad de Dios en el mundo, ampliando los sentimientos de misericordia y de compasión del corazón de Cristo ante los enfermos, los pobres abandonados, los más heridos por la soledad y la desesperanza.
  • Defender la libertad de enseñanza y de educación, mejorar los métodos y los contenidos, fomentar también la calidad de la enseñanza pública, en toda su amplitud, desde la escuela primaria hasta la universidad, fomentar la formación cristiana y pedagógica de los profesores, dignificar el noble oficio del magisterio en todos los niveles, etc.
  • En nuestra sociedad está siendo una necesidad urgente fundamentar la estima del matrimonio estable y fecundo como célula básica de la sociedad, en nada comparable con otras formas posibles de convivencia y el valor irremplazable de la familia fundada en el matrimonio estable y fecundo como lugar apropiado de la multiplicación de la vida, el nacimiento, crecimiento y educación de las nuevas personas. A la vez es importante actuar a favor de una buena educación afectivo-sexual de los jóvenes, como elemento básico de la felicidad personal, de la convivencia social y de la normalidad de las personas en sus compromisos afectivos, profesionales y sociales.

CONCLUSIÓN

En resumidas cuentas solo he querido deciros dos cosas,

o       el apostolado de los seglares es el apostolado capilar, amplio, multiforme y multipresente de una Iglesia formada por cristianos convertidos, agradecidos por los bienes recibidos con la fe, deseosos de ofrecérselos y transmitírselos a sus familiares, amigos, vecinos y conciudadanos.

o       En España necesitamos comenzar por fortalecer y clarificar religiosamente nuestras comunidades básicas que son las parroquias, necesitamos recuperar la valoración de la fe y la confianza en nosotros mismos como discípulos y miembros de Cristo, para entrar en una comunicación de comprensión y de profecía con nuestros conciudadanos que han perdido las huellas de Cristo y han dejado de confiar en su Iglesia.

Juan Pablo II concluía así su exhortación apostólica Christifideles laici, acerca de la vocación y misión de los fieles cristianos en la Iglesia y en el mundo:

“En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y servir el evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”.

Siguiendo el ejemplo del Papa, concluyo mi exposición con una oración a la Virgen María, Madre de Jesús, madre de la Iglesia y madre de todos los hombres:

Oh Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,

Contigo damos gracias a Dios por el don de la fe y de la salvación que esperamos,

Llena nuestros corazones del ardor necesario para sentirnos apóstoles de tu Hijo,

Danos tu misma disponibilidad para cumplir el mandato del Señor

Para el conocimiento de Dios y la salvación de nuestro mundo,

Virgen fiel, ayúdanos a obedecer al mandato de tu Hijo y a la llamada de la Iglesia,

Virgen valiente, ayúdanos a vencer las dificultades que encontremos para ser apóstoles de tu Hijo en la vida real de cada día,

Virgen misericordiosa, ayúdanos a amar a nuestros hermanos para llevarles el conocimiento de tu Hijo y del Padre celestial,

Tú que fortaleciste la fe de los Apóstoles y pediste para ellos la fuerza del Espíritu Santo,

Haz que vivamos ahora un verdadero Pentecostés que haga de nosotros apóstoles de tu Hijo,

Sostennos para que vivamos siempre como fieles hijos de la Iglesia de tu Hijo

Y trabajemos decididamente para construir en esta tierra

La ciudad de la verdad y del amor,

En la que sea reconocido y glorificado el Dios Creador y Salvador.

Amén

[1] Cont. Lumen Gentium, c.II, n. 17 La misma doctrina expuesta más ampliamente en Apostolicam Actuositatem. Lo vocación cristiana es siempre vocación para el apostolado. Los tiempos actuales permiten y requieren la movilización apostólica de todos los fieles cristianos.

[2] Cf. Ecclesia in Europa, n. 41

[3] Conc. Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 3

[4] .Juan Pablo II, Christifideles laici, n.9

[5] Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 6

[6] ib.

[7] Citado por Juan Pablo II en Christifideles laici,. n.15

[8] Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 14

[9] Cf. II Cor 5, 17

[10] Juan Pablo II, Christifideles laici, n.17

[11] Cf. Ecclesia in Europa, n.46

[12] Cf. II Cor 4, 8-10

[13] Cf. II Cor 11, 7-10

[14] Cf. I Cor, 1, 18-3=

[15] Cf. II Cor 6, 4- 10 y en otros muchos lugares.

[16] Cf las interesantes observaciones a propósito de las parroquias que hace el Papa en Christifideles laici, nn. 25-27; igualmente en Ecclesia in Europa, n.15

[17] Cf. Ecclesia in Europa, n. 23

[18] En Christifideles laici, n. 29

[19] nn. 34

LOS FIELES LAICOS, IGLESIA PRESENTE Y ACTUANTE EN EL MUNDO

Vocación apostólica de los fieles laicos

Excmo. y Rvdmo. Arzobispo de Pamplona y Tudela, D. Fernando Sebastián Aguilar

Madrid, 12 de noviembre de 2004

I. PORTADORES DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Jesús vino a nuestro mundo para dar testimonio de la verdad, para dar a conocer la sabiduría y la gracia de Dios, para manifestarnos nuestra condición de hijos de Dios y herederos de la vida eterna. “Yo, la luz, he venido a este mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46). La Iglesia es heredera de Jesús, continuadora de su vida y de su misión, de su testimonio y de sus obras de salvación.

A la hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús encomendó a sus discípulos la continuidad de su misión, el mantenimiento y la expansión de este anuncio de salvación. “Yo los he enviado al mundo como Tú me enviaste a mí” (Jn 17, 18). “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21), “Dios me ha dado pleno poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). “Id por todo el mundo y enseñad a todos el mensaje de la salvación. El que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea será condenado”. (Mc 16, 15); “En su nombre se ha de anunciar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, el mensaje de conversión y de perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24, 47-48). Por la expresa voluntad de Jesús, los cristianos, sus discípulos, somos luz, levadura, la huella y el signo de su presencia.

Este mandato afecta primeramente a los apóstoles, pero no cuesta ningún trabajo darse cuenta de que este encargo de Jesús queda en manos de todos sus discípulos. Así se lo dice a los que llama a la fe y al seguimiento, “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9, 60). Ser discípulo requiere, ante todo, arrepentirse de los pecados y vivir la vida nueva del Reino, la vida según el Espíritu. Y enseguida continuar el testimonio de Jesús anunciando el Reino. Así lo enseñó el concilio Vaticano II: “La Iglesia recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva, para cumplirlo hasta los confines de la tierra (Cf Hch 1, 8)… Todos los discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según sus posibilidades… De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu, y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos”. [1]

Cuando hablamos del apostolado de los laicos no debemos pensar en algo diferente de lo que Jesús encomienda a sus discípulos en general, algo diferente de la misión general de la Iglesia. La Iglesia como comunidad está constituida fundamentalmente por los laicos, los cristianos comunes que viven en el mundo sin ser del mundo. [2]

Es preciso analizar un poco detenidamente la condición existencial del cristiano para descubrir las raíces de esta vocación al apostolado inherente a la vocación cristiana. La existencia cristiana queda configurada por el sacramento del bautismo. Como cristianos, somos lo que significa y produce el sacramento del bautismo en cada uno de nosotros. El Bautismo es el sacramento de toda la vida. Ahora bien, un bautizado es un hombre que, antes o después de recibir el sacramento, ha oído el anuncio de la salvación de Dios, ha aceptado esta palabra y en consecuencia ha aceptado a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del mundo, se ha arrepentido de sus pecados, ha recibido el don del Espíritu Santo que le hace hijo de Dios, y vive el mandamiento del amor fraterno en la esperanza de la vida eterna.

El deber y el derecho de los laicos al apostolado derivan de su unión con Cristo Cabeza. Incorporados por el bautismo al Cuerpo místico de Cristo y fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo por medio de la confirmación, son destinados al apostolado por el mismo Señor. [3]

De esta vida cristiana, nueva y diferente, nace espontáneamente la necesidad del apostolado. El cristiano que convive con los no cristianos se siente en la necesidad de explicar y justificar su vida, de dar razón de su esperanza, explicando a los amigos y vecinos cuáles son los motivos por los que él lleva una vida distinta de la que se presenta como vida normal, como vida humana corriente y legítima. Por pura lealtad con sus vecinos, el cristiano tiene que explicarles de dónde le vienen a él la fortaleza y el gozo ante todos los acontecimientos de la vida, intentando ofrecerles el mismo don que él ha recibido para descubrir el valor de la vida humana en todas sus circunstancias, en la vida personal y en la familiar, en el trabajo y en el ocio, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en este mundo y en la esperanza de la vida eterna. Como María Magdalena, los cristianos, cuando nos encontramos espiritualmente con Cristo resucitado y salvador, recibimos el encargo misionero: “no te entretengas, anda, ve a mis hermanos y diles que voy a mi Padre que es también su Padre, que voy a mi Dios que es también su Dios” (Jn 20, 17)

Naturalmente, para tener que explicar la propia vida, primero hay que vivirla. La conversión y el cambio de vida, personal, familiar y comunitario, es condición indispensable para que surja la acción apostólica del cristiano. El anuncio del Evangelio no busca directamente ninguna eficacia de carácter temporal, sino que busca directamente el renacimiento de la persona a la vida de hijo de Dios, la iluminación de la mente y la conversión del corazón, el cambio de vida, el arrepentimiento de los pecados y el nacimiento a una nueva vida, arraigada en el seguimiento de Cristo y alimentada por el Espíritu Santo. Esta nueva vida comienza por el reconocimiento de Dios, la gratitud y la alabanza, el amor de Dios sobre todas las cosas. Y se expresa en el cumplimiento del mandato del amor como norma suprema y universal de vida. Todo tiene que rehacerse desde el amor de Dios arraigado en nuestros corazones. Las demás cosas vendrán por añadidura. Los planes, los proyectos, las convocatorias, no valen de nada, si no arde en nuestros corazones el fuego del amor de Dios, si no vivimos del todo poseídos por el amor y el Espíritu de Jesús.

Desde esta consideración básica del ser cristiano, es una cuestión secundaria el que dentro de la comunidad aparezcan vocaciones distintas y formas diferentes de vivir los elementos cristianos comunes para el buen servicio de la comunidad. Obispos, presbíteros, consagrados y cristianos seglares la inmensa mayoría, todos tenemos los mismos elementos comunes de vida y todos compartimos la misión común de continuar la obra de Jesús viviendo y anunciando los bienes del Reino. Más importantes que los rasgos específicos de las diferentes vocaciones cristianas, es el contenido común de descubrir y vivir la propia vida como respuesta a la llamada paternal de Dios, arraigados en el Hijo Jesucristo quien nos dice a todos: “Deja lo que tienes, sígueme y vete a anunciar el Reino de Dios”. Esta vocación común tiene diferentes formas y se adapta a las circunstancias de cada persona, pero ninguna determinación específica o personal puede ocultar o desfigurar la riqueza de la vocación común cristiana.

II. CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO DE LOS FIELES LAICOS

En la segunda mitad del siglo pasado se escribió mucho sobre la vocación de los seglares como si se tratara de un extraño descubrimiento. La gran novedad consistía en decir que los seglares también formaban parte de la Iglesia, también estaban llamados a la santidad, también tenían vocación apostólica, es decir, el gran descubrimiento consistía en decir que los seglares también eran Iglesia.

Hoy, sin ninguna preocupación reivindicacionista, podemos decir no sólo que los seglares son Iglesia, sino que de alguna manera, no excluyente, los seglares son la Iglesia y llevan sobre ellos la misión eclesial, la grande y bella misión de continuar la obra de Jesús, esto es anunciar la presencia, la paternidad, la misericordia y los dones de Dios. Juan Pablo II, en Christifideles laici cita unas palabras de Pío XII que vale la pena recoger aquí: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos especialmente deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos, en comunión con él. Ellos son la Iglesia” ( Pío XII, Discurso a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946, AAS, 38, 149). [4]

Los fieles laicos, por el simple hecho de ser cristianos, independientemente de si viven en el mundo de una manera o de otra, tienen la misión común de anunciar la presencia y la bondad del Dios invisible, como referencia necesaria para que el hombre se conozca a sí mismo y viva en la verdad de su humanidad.

“A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado de la evangelización y santificación” [5] . Normalmente este apostolado se apoya en el testimonio de la vida de los mismos cristianos. Pero no termina en el testimonio. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra. Tanto a los no creyentes, para llevarlos a la fe, como a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa” [6] .

Los cristianos que viven en el mundo, tienen la misión que les corresponde por serlo, y las notas específicas de su vivir en el mundo no pueden suprimir ni sobreponerse a su misión esencial y común como cristianos. Si viven en el mundo, siendo verdaderamente cristianos, es lógico que ejerzan su misión común de anunciar el Reino de Dios en el contexto en que viven y por los procedimientos que tienen a su alcance. Pero su misión sigue siendo la misión primaria y fundamental de la Iglesia: anunciar a todos los hombres el amor de Dios manifestado en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo para la vida eterna.

Para decirlo de forma concreta. Los cristianos que viven en presencia de Dios envueltos en las riquezas de su amor que les sostiene y les da la vida, pueden y deben anunciar y extender el Reino de Dios. Sobre esta vocación común crecen las vocaciones específicas de los obispos, de los presbíteros, los misioneros o los religiosos y consagrados. Todos ellos tienen que sentirse llamados a anunciar lo mismo aunque lo hagan de diferente manera y con diferentes acentos. Precisamente en virtud de esta participación común de todos los cristianos en la misión apostólica de la Iglesia, pueden los laicos asumir y desempeñar en el interior de la comunidad todas aquellas tareas apostólicas que no requieran un ministerio ordenado, como la educación religiosa de niños y jóvenes, el ejercicio de la catequesis, la animación espiritual de personas o grupos, la atención a los enfermos, etc.

Los seglares anuncian el Reino de Dios en primer lugar viviéndolo, la vida del cristiano es una vida edificada sobre el conocimiento y la aceptación del amor de Dios como fundamento y norma suprema de la propia vida. El anuncio tienen que hacerlo en el contexto real de su vida, en su familia, entre sus amigos y vecinos, en el ejercicio de su profesión, en el ejercicio también de sus derechos y deberes ciudadanos.

Al hablar del apostolado de los laicos se insiste casi exclusivamente en las notas específicas provenientes de situación secular en la que los cristianos viven su vida. En esta perspectiva se suele decir que lo específico del apostolado de los laicos consiste en la transformación del mundo según los designios de Dios. Esto es verdad, pero es una manera muy reductora de describir la vocación y la misión del fiel cristiano.

La secularidad cristiana no es una secularidad cualquiera, ni es la secularidad original que todos los hombres poseemos por el hecho de ser criaturas terrestres y sociales. Los cristianos están en el mundo pero no son del mundo. Es más, el mundo de los cristianos, visto desde la fe y vivido en el Espíritu, no es igual que el mundo de los paganos. Es un mundo creado y presidido por Dios, no es el término de nuestras aspiraciones ni de nuestra vida, la valoración y el modo de portarse con los demás no nace espontáneamente del mundo, sino que para el cristiano nace de la Palabra y del espíritu de Dios.

La Iglesia entera, como arraigada en el misterio de la Encarnación del Verbo, es toda ella secular. Así lo dice bellamente Pablo VI y lo recoge Juan Pablo II en Christifideles laici: “La Iglesia tiene una dimensión secular inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros” Pablo VI, (Discurso a los miembros de los Institutos seculares, 2 febrero 1972) Todos los cristianos participamos de esta secularidad de la Iglesia, aunque sea de manera diversa. [7]

Con frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entre las diversas vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la unidad de la vocación cristiana común es más fuerte que las diferencias existentes entre las diversas vocaciones cristianas. Clérigos o laicos, consagrados o seglares, todos somos cristianos, hijos de Dios, templos del Espíritu Santo y ciudadanos del cielo.

Hoy es más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos, que las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación entre cristianos y no cristianos, entre iglesia y mundo es la verdadera perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad apostólica. No discutamos tanto de las diferencias entre nosotros, asomémonos a las carencias de los que no son cristianos, preocupémonos por ellos, anunciémosles a ellos las grandezas de la vocación cristiana común.

En esta perspectiva, hay que decir que el primer apostolado de los cristianos en el mundo consiste en presentar con su vida el esplendor de la vida humana redimida por Jesucristo, santificada por el Espíritu Santo y levantada a la condición de la filiación divina. Mostrando una vida diferente, dignificada, pacificada, santificada por el don de Dios, los cristianos son verdaderos continuadores de la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad de Dios y la inminencia de su Reino en el mundo. A partir de este apostolado básico del testimonio, el cristiano puede y debe ayudar expresamente a sus vecinos a conocer a Cristo, a creer en El, y por El conocer y adorar al Dios de la salvación. Toda la Iglesia es testimoniante, evangelizadora, signo de salvación, difusora de la fe y servidora del anuncio y del crecimiento del Reino de Dios en el mundo. En la dinámica normal de la vida cristiana entra el anuncio de Jesucristo, la comunicación de su palabra, la invitación a conocer y aceptar los dones de la salvación.

En este anuncio del Reino y en este servicio de la fe, las notas específicas del apostolado del cristiano no consisten como tantas veces se dice, de manera un poco presuntuosa, en la transformación del mundo sino en anunciar los bienes del Reino, sin ninguna autoridad añadida, apoyada simplemente en la fuerza elocuente y significativa de su propia vida, sin representar al conjunto de la comunidad, y utilizando como principal instrumento las relaciones normales y comunes de la convivencia ordinaria y común de la vida social como p.e. la familia, el trabajo, la amistad, etc.

En tiempos de evangelización, es importante subrayar esta capacidad y obligación de los fieles cristianos de anunciar expresamente el Reino de Dios, el amor y la salvación de Dios que se nos ha descubierto y ofrecido en la vida, muerte y resurrección de N.S. Jesucristo. Toda la Iglesia, todos los cristianos tenemos que sentirnos invitados y obligados a ayudar a nuestros hermanos a conocer a Jesucristo, a creer en El, a descubrir la Iglesia como Cuerpo y Signo de Cristo, a conocer y adorar al Dios de la salvación y vivir según su voluntad. Este es el primer apostolado de los fieles laicos, su aportación más importante a la misión de la Iglesia y la aceleración del Reino de Dios en el mundo.

A partir de una vida cristiana intensa y coherente, el cristiano crea un mundo diferente, purificado, humanizado y santificado por la acción del Espíritu Santo en el corazón de los fieles. La novedad y la humanidad del mundo construido por los cristianos, es la expresión y el reflejo de la justicia interior que Dios infunde en los corazones de sus fieles, y en definitiva expresión y manifestación de la sabiduría y de la bondad de Dios que inspiran y dirigen las actividades de sus fieles. Desde el esplendor y el gozo de su vida redimida y enriquecida por los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo que ha recibido, del Señor Jesucristo y del amor del Padre celestial que son el origen y la riqueza de su vida.

Es fácil de comprender que toda la fuerza apostólica del cristiano descansa en la mediación esencial y necesaria la CONVERSIÓN PERSONAL. Las demás instituciones, las demás actuaciones pretenden transformar la realidad humana mediante la técnica, las leyes, el conocimiento, la organización, siempre de fuera hacia dentro, generalmente sin contar con la realidad profunda de la libertad personal, de las convicciones, motivaciones y deseos de la persona. El Evangelio, la gracia de Dios, la acción de Cristo y de su Espíritu actúan siempre de dentro afuera, contando ante todo con la intimidad de la persona, sus actitudes de fondo, la orientación básica de su voluntad y de sus aspiraciones, las ideas, criterios, amores y aspiraciones de cada uno.

Digamos claramente que la primera transformación de la realidad que los cristianos debemos procurar es la transformación de nuestra propia vida, de nuestra visión del mundo, nuestras actitudes, nuestros deseos y aspiraciones. Una antropología y sociología cristianas tienen que considerar la vida personal como la realidad más real y más verdadera. Las estructuras, las relaciones, las actividades de los hombres, toda la realidad social es proyección y expansión de esta realidad propia del ser personal de cada uno.

Desde este punto de vista podemos señalar una serie de ámbitos concéntricos y sucesivos en los cuales el cristiano renueva el mundo.

a) La primera renovación es la de su propia vida, su visión del mundo, sus objetivos, deseos, modelos de comportamiento, relaciones, actividades, objetivos y aspiraciones, de cada uno, de cada persona. Este es el primer fruto de la conversión personal, sin el cual toda actuación apostólica del cristiano queda comprometida y bloqueada.

b) El segundo ámbito de este mundo renovado es la familia. Cuando las personas se ven cristianamente a sí mismas y viven su vida en conformidad con la Palabra de Dios, las relaciones entre hombre y mujer alcanzan unas características que hacen que la sexualidad y la vida matrimonial respondan adecuadamente a la naturaleza personal del hombre y de la mujer, de los padres y de los hijos. La familia cristiana es humanidad redimida, liberación y dignificación del ser personal y de la realidad social fundamental y básica.

c) El tercer ámbito de transformación es el de las relaciones entre familias cercanas, entre parientes, vecinos y amigos, mediante el desarrollo de las mil variaciones de la caridad fraterna en la convivencia de cada día. Así por ejemplo, justicia, veracidad, generosidad, hospitalidad, y tantas otras características clarificadas, fortalecidas y reclamadas por la nueva existencia en el Espíritu.

d) Un cuarto ámbito de la existencia humana renovada es el mundo de las actividades y las relaciones profesionales, el mundo de la economía y del trabajo. Los cristianos pueden ejercer y de hecho ejercen todas o casi todas las profesiones legítimas, pero es evidente que no todos los modos de ejercer una misma profesión son igualmente propios de los cristianos. La responsabilidad y el ejercicio de la justicia y de la generosidad tienen que ser características del ejercicio profesional de un cristiano en cualquier profesión o actividad laboral y económica. Las amplitudes legales, los usos, las preferencias más habituales no pueden ser el criterio definitivo del comportamiento de los cristianos. Sólo actuando de manera conforme con la caridad sobrenatural los cristianos seglares transforman de verdad el mundo de acuerdo con los designios de Dios y facilitan el advenimiento de su Reino.

e) En último lugar, la acción transformadora de los cristianos convertidos alcanza los ámbitos de la vida social y pública, mediante el ejercicio de sus deberes y derechos políticos, tanto en el ejercicio del voto como en la actuación personal y asociada de aquellos cristianos que se dedican a la acción social y pública, en el campo de la información, de la opinión, o del gobierno en cualquier nivel y con cualquier sigla o color. Aceptando la libertad y el pluralismo de nuestra sociedad, y precisamente en ejercicio de esa misma libertad y del pluralismo real, los cristianos pueden y deben tener en cuenta los principios de la moral social cristiana para actuar en política, ya sea en el ejercicio del voto o en la actuación directamente política en los diferentes partidos y en las actividades legislativas, desde el ejercicio del gobierno o desde la oposición. Con frecuencia la fe cristiana es desautorizada como inductora de intolerancias e imposiciones. La actuación de los políticos cristianos tendría que manifestar ostensiblemente que la fe cristiana y el reconocimiento del Dios salvador, es fuente de una actuación política verdaderamente justa y servicial, principio de una sociedad libre, justa, pacífica y fraternal.

Cuando los cristianos trabajan para construir un mundo ordenado al bien del hombre “participan en el ejercicio de aquel poder por el que Jesucristo resucitado atrae hacia si todas las cosas y las somete, consigo mismo, al Padre de manera que Dios sea todo en todos (Cf Jn 12, 32; I Cor 15, 28). [8]

Todo esto lo podemos entender como comentario de las luminosas palabras de San Pablo, los que viven en Cristo son una realidad nueva, lo viejo está superado, aquí está ya la nueva creación [9]

III. EL APOSTOLADO SEGLAR EN LA IGLESIA DE ESPAÑA.
BALANCE Y PERSPECTIVAS.

Pero nuestro congreso no es un congreso para estudiosos que vienen a informarse sobre las mejores ideas que hoy se puedan decir acerca del apostolado de los seglares. Nuestro congreso quiere ser un congreso práctico, que ilumine la situación del apostolado seglar en nuestra Iglesia y si es posible impulse y movilice la vocación apostólica de los cristianos seglares.

Cualquier proyecto tiene que comenzar por levantar un plano lo más exacto posible del punto de partida. ¿Cómo está en estos momentos el apostolado de los seglares en nuestras Iglesias? ¿Qué puntos de apoyo tenemos y que dificultades encontramos para impulsar una actividad apostólica que responda a nuestras necesidades?

Si dirigimos nuestra mirada a la realidad de nuestra Iglesia, veremos que la fuerza y el vigor apostólico de nuestras comunidades cristianas es hoy bastante deficiente.

Sin entrar a juzgar las conciencias, ateniéndonos estrictamente a los signos externos, nos vemos obligados a reconocer el gran desequilibrio existente entre cristianos bautizados y cristianos convertidos. Si la primera e indispensable mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica y transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión sociológica. Ante las estadísticas podemos insistir en aspectos diferentes. Podemos recrearnos en ese casi 90 % de ciudadanos españoles que se declaran católicos. O podemos insistir en que de ellos solamente un escaso 30 % cumple externamente las obligaciones básicas del cristiano. Podemos destacar que el 70 % de los matrimonios se celebran según el rito católico y sacramental, pero no podemos ignorar que el 20 % de estos matrimonios se separan y dan lugar a otras uniones incompatibles con la moral cristiana y si además nos preguntamos en cuántos matrimonios se aceptan y se practican las normas morales enseñadas por la Iglesia, veremos qué amplios y profundos son los deterioros de la conciencia y las deficiencias de la vida de muchos cristianos.

Si nos asomamos a la vida profesional y económica de nuestra sociedad, junto a grandes avances en el reconocimiento de la justicia social, podemos preguntarnos también cuántos cristianos ejercen su profesión y actúan en el mundo económico y laboral con criterios cristianos, sin reconocer el lucro y las ventajas personales como razón determinante de su comportamiento, en la elección y el modo de ejercitar su profesión.

Es evidente que la aplicación de los criterios morales cristianos en la vida cultural y política es una cuestión algo compleja que requiere muchos matices. Pero aun así hay algunas afirmaciones fundamentales que nos permiten valorar algo la situación en estos momentos. Las actividades políticas de las personas, tanto en el ejercicio del voto como en el ejercicio de todas las actividades políticas están sometidas a la norma moral como cualquier otra actividad humana. Los votantes tienen que votar de acuerdo con su conciencia moral, y los gobernantes tienen que gobernar de acuerdo con su conciencia moral rectamente iluminada y formada. No pueden ser las mayorías o las encuestas los últimos criterios para decidir lo que es bueno y lo que es malo, sino los criterios morales objetivos, aceptados y aplicados por una conciencia recta, juntamente con la ponderación prudente de las circunstancias sociales, los que decidan el sentido, los contenidos de las leyes y los objetivos preferentes de la acción de gobierno. Decirlo, hacerlo posible, ejecutarlo así es un noble objetivo cívico, moral y apostólico de los cristianos.

Se podría pensar que una sociedad formada mayoritariamente por cristianos, debería configurar su vida colectiva a la luz de la revelación cristiana, sin imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las costumbres cristianas pero sí ofreciendo a todos los frutos culturales y sociales que la revelación de Dios y la redención de Jesucristo promueven a favor de todos los hombres. Entre estos valores promovidos en la historia por la revelación cristiana se encuentra la afirmación de la igualdad básica de todas las personas, pueblos y razas, sin marginaciones ni discriminaciones de ninguna clase, el respeto por la libertad de las personas y la tolerancia de unos con otros en un esfuerzo común de convivencia sobre la base de unos postulados morales aceptados y respetados por todos.

El pluralismo en sí mismo no es una meta definitiva ni un bien último. Desde el pluralismo, consecuencia inevitable de la libertad, todos debemos buscar la verdad, aceptar su fuerza convincente y ajustar nuestra vida a los conocimientos alcanzados y compartidos. Sin esta búsqueda social e histórica de la verdad, apoyándose en la capacidad de la razón y en la luz de la revelación divina, y sin un respeto decisivo a unos principios de moral objetiva fundada igualmente en la naturaleza humana y en la iluminación de la revelación divina, la democracia resulta insostenible, y puede degenerar fácilmente en una imposición de las mayorías, previamente fabricadas por quienes controlan y manejan los medios de comunicación.

La sociedad española vive un período de secularización intensiva. Esta fascinación por las cosas de la tierra está favorecida por el crecimiento económico, por las múltiples ofertas de diversión y de ocio, por la dureza de una vida reglada por las exigencias del trabajo y de la economía, y por otros modos objetivos de vida. Pero más profundamente está siendo fomentada por unas actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales.

Aunque oficialmente la transición política se hizo en forma de reconciliación, en realidad los años de vida democrática han permitido el desarrollo de una mentalidad revanchista según la cual los vencedores de la guerra civil eran injustos y corruptos, mientras que la justicia y la solidaridad estaba toda y sólo en el campo de los vencidos. Por eso ahora en los años de democracia se pretende desplazar como perversión cultural todo lo que provenga de las décadas y aún siglos centrales de la historia española, incluido claro está la valoración de la religión católica como un componente importante del patrimonio espiritual y cultural de los españoles.

Esta manera de pensar, manifestada con mayor o menor explicitud, está siendo difundida por importantes medios de comunicación desde hace muchos años, domina en los partidos de izquierda, ha estado presente en sus campañas ideológicas y está ahora presente en las actividades legislativas y en muchas decisiones de gobierno de nuestro gobierno actual. Hay un complejo movimiento de secularización de las conciencias, en virtud del cual el hombre occidental encuentra especiales dificultades para verse a sí mismo como criatura y reconocer la existencia de un Dios creador y redentor en cuya presencia adquiere todo su esplendor la existencia humana. Aparte de este movimiento general, la sociedad española está sometida a otras tendencias de signo reivindicacionista y antieclesial que han hecho que el proceso de descristianización tenga entre nosotros una amplitud y una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros países europeos.

Aun reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad de nuestra Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades espirituales. La debilidad de la adhesión personal a las realidades y a la vida de fe, la escasa formación intelectual, la falta de estima por la propia fe, hacen a muchos de nuestros cristianos especialmente vulnerables a la acción descristianizadora del ambiente, y los incapacita para asumir una responsabilidad apostólica en sus propios ambientes.

Cierto que no podemos ser rigoristas ni exigir más de lo que la naturaleza humana permite, pero es claro que la verdad y la autenticidad de nuestro ser cristiano está reclamando una Iglesia en la que se marquen más las novedades aportadas por Jesús, la novedad de vida que El ha traído al mundo. Una Iglesia en la que los cristianos hayan vivido un acto expreso y suficientemente fundamentado de su decisión de fe en Jesucristo, en Dios, en la Iglesia Católica. Y no basta un grado cualquiera de personalización de la fe, la santidad es “presupuesto fundamental” [10] para la renovación de la Iglesia, para el anuncio del evangelio y la extensión de la fe en el mundo.

Además de la debilidad religiosa, y en gran parte consecuencia de ella, la Iglesia española está profundamente dividida en grupos y tendencias que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo. Subsisten todavía grupos que por una teología secularizada viven un alejamiento práctico de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión integral. Sin llegar a situaciones tan extremas hay multitud de grupos que viven y actúan con una relación muy tenue, más formal que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en sus propias ideas. Muchas congregaciones religiosas están más preocupadas de sí mismas que de su servicio a la comunidad eclesial. Y en muchos movimientos se adivina el sentimiento de que su servicio a la Iglesia consiste en invitarla a copiar universalmente sus ideas y procedimientos.

Como resumen, podemos decir que en la España actual muchos cristianos viven en una comunión espiritual eclesial y católica fragmentada y deficiente. Lo que se llama “catolicismo a la carta” es realmente la manifestación de una fe cristiana afectada por el predominio de la cultura vigente y el sometimiento a los intereses materiales y personales protegidos y favorecidos por la cultura y las instituciones dominantes. Los cristianos que quieran ser apóstoles tendrán que saber vivir en el mundo sin ser del mundo, vivir con todos sin actuar como todos, y tendrán que saber renunciar a muchos objetivos y aspiraciones que solamente están al alcance de quienes se someten a la dictadura de lo “políticamente o culturalmente correcto”. En la actual sociedad española el cristiano coherente y fervoroso tiene que estar dispuesto a padecer una cierta marginación social, cultural y hasta profesional, y en consecuencia tiene que estar dispuesto a renunciar a muchos bienes sociales y económicos, que no están al alcance de quienes se presentan y actúan socialmente como cristianos coherentes. Es el martirio moderno que prueba la autenticidad y consuma la perfección de la fe de los cristianos que viven y actúan en el mundo.

En resumidas cuentas tenemos que decir que la hora presente de nuestra Iglesia no se caracteriza por un especial potencial apostólico. Más bien estamos viviendo una época de enfriamiento religioso generalizado y de debilidad profética y apostólica de la Iglesia.

·        Muchos fieles bautizados abandonan la fe o la reducen a unas vagas referencias que ya no configuran la mente ni rigen la vida;

·        otros nos dejamos influenciar por las influencias del mundo no cristiano en ideas, sentimientos, preferencias y valores;

·        hay pocos cristianos que asuman la misión apostólica de su vocación cristiana como una tarea expresa y determinante en su vida;

·        vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria a la fe, antropocéntrica, hedonista, mundana, que no reconoce de manera efectiva ni la soberanía de Dios ni la primacía de la vida eterna en la comprensión, ejercicio y configuración de nuestra vida; los criterios, las actitudes no cristianas crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del testimonio cristiano y debilitan el vigor espiritual y la capacidad apostólica de la Iglesia.

·        en esta situación las organizaciones y asociaciones de los cristianos, absolutamente necesarias para su buena preparación y su actuación efectiva en los diversos sectores de la vida social, son escasas. Las más clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas por falta de renovación generacional o viven cautivas de viejas concepciones, reactivas e ideologizadas, que las incapacitan para desempeñar un papel importante en la vida y en el apostolado de la Iglesia. Las más jóvenes y más pujantes desde el punto de vista religioso y apostólico, son todavía escasas, se reducen a grupos minoritarios que no han logrado todavía renovar al conjunto del pueblo cristiano y con frecuencia viven excesivamente encerradas en sí mismas sin una inserción efectiva en la vida común de las parroquias y de las Diócesis.

IV. ALGUNAS SUGERENCIAS PRÁCTICAS

¿Qué tendríamos que hacer en la Iglesia española para promover de manera efectiva el apostolado personal y organizado de los cristianos? No creo que nadie pueda responder de manera completa y definitiva a esta pregunta. “Con temor y temblor” intentaré simplemente ofrecer unas sugerencias que podrán ser discutidas, modificadas, enriquecidas o rechazadas en estas jornadas del Congreso y sobre todo con las experiencias y resultados de los múltiples esfuerzos que se desarrollan en todas nuestras Iglesias. Me sentiré satisfecho si con mis palabras suscito vuestras reflexiones y aliento vuestra esperanza.

La llamada de Juan Pablo II a una nueva época de evangelización en las Iglesias de vieja tradición cristiana, encierra estos elementos. Reconocimiento de un decaimiento religioso generalizado, quiebra e insuficiencia de los cauces y procedimientos tradicionales en la transmisión de la fe, necesidad de recuperar el vigor apostólico de los orígenes con la debida adaptación a las exigencias de la sociedad contemporánea. Cada vez son más las personas que en nuestras sociedades están necesitadas de una primera evangelización. Esta es la misión más urgente de nuestras Iglesias y de todos nosotros, sacerdotes y laicos, consagrados y seglares. Si ha de haber un renacimiento del apostolado seglar en nuestras iglesias, tendrá que surgir primero una renovación espiritual y eclesial de nuestros cristianos, de nuestras comunidades y parroquias. El apostolado de hoy tiene que ser un apostolado evangelizador, nacido y crecido de la fuerza religiosa de una Iglesia evangelizadora. Necesitamos convocar a los laicos a esta labor de evangelización en estrecha comunión con sacerdotes y obispos, movidos todos por un espíritu verdaderamente misionero. [11]

Como siempre, hay que comenzar por asentar los pies en el terreno firme de la verdad. Y la verdad en este punto es que nuestra Iglesia no está en trance de evangelización. Hace muchos años que estamos hablando de parroquia misionera, de pastoral evangelizadora, pero nuestros métodos y nuestras aspiraciones han cambiado bastante poco. La inmensa mayoría de nuestras parroquias, de nuestros colegios, de nuestras asociaciones siguen viviendo y actuando ahora como hace veinte, treinta o cuarenta años. Y en muchas cosas peor, porque somos más rutinarios, porque tenemos menos iniciativas, porque la mayoría somos ya muy mayores.

Ante estas afirmaciones alguien podrá pensar que estoy transmitiendo un mensaje derrotista. Nada más lejos de mi intención. Los cristianos no podemos ser pesimistas ni derrotistas. Contamos con la presencia del Señor, con la fuerza incoercible del Espíritu, con la asistencia irrevocable de la Sabiduría y de la Providencia divina. Desde que Cristo redimió al mundo con la fuerza suprema de la debilidad de la cruz, la condición normal de los cristianos es la de una debilidad permanente de la cual nace la fuerza soberana de la verdad y del espíritu de Dios. La debilidad reconocida y la confianza en el Amor y la ayuda del Señor resucitado son los dos pilares de nuestra verdadera fortaleza.

Los católicos españoles tenemos que asimilar la experiencia de Pablo en medio de sus tribulaciones. Nos tienen por impostores y somos veraces, nos consideran trasnochados y estamos llenos de proyectos, piensan que estamos a punto de desaparecer y sin embargo resistimos. Nos acosan por todas partes pero no pueden con nosotros, andamos a oscuras pero nunca perdemos la esperanza, nos vemos perseguidos pero nunca aniquilados. Vivimos la debilidad de Jesús ante sus verdugos, pero en esta debilidad se manifiesta el poder de Dios y el esplendor de la nueva creación [12] En la debilidad somos más fuertes. [13] La debilidad de Dios es más fuerte que el poder de los hombres, la ignorancia de Dios más sabia que la sabiduría de los hombres, más eficaz que las técnicas y los poderes de este mundo. [14] Siendo débiles, somos más fuertes que los fuertes de este mundo, porque contamos con la palabra de la verdad y la fuerza del evangelio de Dios. [15]

Con estos presupuestos quiero señalar algunos requisitos imprescindibles para que pueda crecer y desarrollarse en nuestra Iglesia con entera normalidad el apostolado de los seglares.

1º. Ante todo, nuestra Iglesia, necesita clarificarse más, diferenciarse más en el conjunto de la sociedad española que aunque conserve muchos elementos cristianos ya no es cristiana de corazón. En años pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia para ser fiel al evangelio de Jesús tiene que adaptarse a las preferencias y características de cada momento cultural. Esta manera de ver las cosas se apoya en un concepto falso de humildad y de misericordia. Nuestra humildad está en la fidelidad al mandato recibido y la mejor misericordia es el ofrecimiento del evangelio de Jesús en su radical originalidad y en total integridad. Por eso junto con el anuncio y el servicio, entre la Iglesia y el mundo hay también lugar para el escándalo y el conflicto. Necesitamos liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de unos decenios en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad. Esta clarificación e identificación de la Iglesia en el conjunto de la sociedad requiere que los cristianos lo sean con mayor claridad y coherencia. Y quienes no quieran vivir la vida cristiana en la comunión católica deberían renunciar a violentar a la Iglesia para acomodarla a sus conveniencias. Todo lo que queramos hacer como cristianos en nuestro mundo se sustenta sobre la existencia de comunidades cristianas, más o menos numerosas, pero sinceramente entusiasmadas con su vocación cristiana, claramente conscientes de sí mismas, dispuestas a vivir la vida personal, familiar y social de acuerdo con el evangelio de Cristo y la doctrina de la Iglesia, sin temor a ser criticadas por los poderes de este mundo, capaces de presentar los contenidos de la salvación de Dios y hacerla operativa en las actuaciones y relaciones de la vida social concreta y verdadera. Es evidente que las comunidades fervorosas suponen personas y familias que vivan intensamente su fe y su vida espiritual es estrecha y gozosa comunión eclesial. Tenemos a nuestro alcance muchos medios prácticos para caminar en esta dirección. Podemos, por ejemplo, intensificar la acción evangelizadora en los tiempos y celebraciones de la iniciación cristiana, con la finalidad expresa de suscitar cristianos convertidos, que vivan intensamente su consagración bautismal y que estén suficientemente capacitados para vivir y anunciar el evangelio en el contexto de la vida social real. Podemos trabajar para que las celebraciones sacramentales respondan de verdad a la fe de los participantes. Todos sabemos y aceptamos la enseñanza de la Iglesia sobre la eficacia de los sacramentos ex opere operato, en virtud de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. Pero también sabemos que esta infinita fuerza santificadora de los sacramentos solo es eficaz en nosotros en la medida en que aceptamos la acción santificadora de Dios por medio de la fe y de la amorosa obediencia a su Palabra. Poco a poco tenemos que ir consiguiendo que el bautismo sea celebrado, aceptado y vivido como sacramento de la fe y de la vida cristiana; que el sacramento de la conformación sea realmente celebrado y aceptado como sacramento de la plenitud bautismal; que los matrimonios sacramentales sean verdaderas uniones realizadas en la fe de la Iglesia y con el amor fiel y generoso del Señor. Mientras tanto podemos también convocar y reunir a los fieles que viven en plena comunión católica, invitándoles a superar las fronteras de sus diversas asociaciones y movimientos y a asumir su parte en la misión evangelizadora de la Santa Madre Iglesia poniendo lo común por encima de lo específico y diferenciante. Y hará falta que los cristianos, vitalmente reunidos en Iglesia, estimen su fe y su vida cristiana y eclesial como la perla preciosa por la cual vale la pena sacrificar otros falsos tesoros, y asuman como tarea propia anunciar el Reino de Dios, difundir el evangelio de la salvación, ayudar a sus hermanos a que conozcan a Jesucristo, sin buscar otros intereses ni otros proselitismos particulares. Sin esta renovación interior que nos ponga a todos en trance de expansión no podrá haber un verdadero apostolado seglar.

2º. Un segundo paso indispensable para que se desarrolle en las Iglesias de España el apostolado de los seglares es el fortalecimiento de la unidad interior de nuestras comunidades cristianas. Ciertamente hemos vivido tiempos peores, con más diferencias, divisiones y tensiones dentro de la Iglesia, pero estamos todavía lejos de los niveles indispensables de comunión y de confianza. Necesitamos trabajar para superar las desconfianzas entre obispos, sacerdotes, teólogos y pueblo de Dios. Muchos de nuestros fieles viven fuertemente influenciados en materias dogmáticas y morales por las ideas ambientales, hay teólogos, sacerdotes, seglares y religiosos, que proponen como medio de renovación eclesial y condición para el apostolado eficaz el sometimiento de la Iglesia, en la doctrina y en la vida, a las pretensiones y conveniencias de la cultura materialista y hedonista. Y no faltan asociaciones religiosas y seglares que con la mejor voluntad atienden estas consignas en contra de las enseñanzas y advertencias del Papa y de los Obispos. Para muchos, no solamente fieles seglares sino también sacerdotes y religiosos, para reforzar la credibilidad de la Iglesia en nuestro mundo es indispensable mantener un cierto margen de disentimiento habitual respecto del Papa y de los Obispos. Mientras los cristianos no recuperemos la plena confianza en nosotros mismos, y no sintamos el gozo y el agradecimiento de ser miembros de nuestra Iglesia real y concreta, no seremos creíbles ante el mundo ni surgirá en nosotros un deseo vigoroso y resuelto de anunciar un evangelio en el que no acabamos de creer. Es verdad que la renovación tiene que comenzar por pequeños grupos minoritarios que vivan y actúen en la Iglesia. Pero también es cierto que la realidad de Iglesia está en las parroquias, en las que se agrupa el pueblo llano y sencillo, sin otro título ni otro apellido que el honroso calificativo de cristiano. A fin de cuentas son estas parroquias las que tienen que recuperar su pulso espiritual, sus actos de piedad, su capacidad de formar a los nuevos cristianos y de desplegar la actividad apostólica que nuestro mundo necesita. [16] Mientras el clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro mundo, no podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos apóstoles.

3º. El desarrollo del apostolado seglar está pidiendo alguna modificación en nuestra manera de concebir las relaciones entre la Iglesia y la sociedad. Respetando la estructuración interna de la Iglesia como comunidad jerárquica en la que algunos cristianos cumplen un ministerio singular de presidencia en el nombre de Cristo, tenemos que fomentar una manera de ser y de actuar que reconozca a los seglares como zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de lo sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y del mundo. Ellos son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción real del Reino de Dios. Los contactos y los acuerdos entre la Jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles seguirán siendo legítimos, convenientes y hasta necesarios. Pero estos mismos instrumentos jurídicos serán apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo, que hagan valer estos acuerdos utilizando los recursos y procedimientos de una sociedad organizada democráticamente a favor del evangelio de Jesucristo y del crecimiento de la vida cristiana entre los ciudadanos. Bien está, por ejemplo, mantener unos acuerdos con el Estado español que reconozcan el derecho de los católicos a una enseñanza católica para sus hijos en el seno de la escuela pública. Pero estos instrumentos jurídicos pierden fuerza si luego no hay una comunidad de familias cristianas, que valoren la educación religiosa de sus hijos como un bien de primer orden y sean capaces de defender este derecho por todos los procedimientos legítimos que ofrece una organización democrática de la sociedad. Bien está que los obispos nos pronunciemos en contra del aborto o de la manipulación de los embriones humanos. Pero esto vale de poco si luego no hay unos cristianos que mantengan la vigencia y el prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las relaciones humanas y de la vida de cada día y exijan a los gobernantes el respeto a unos principios morales y castiguen políticamente a los programas que favorezcan legislaciones y comportamientos contrarios a la ley de Dios y a la moral de la razón humana, desarrollada a lo largo de la historia, iluminada, purificada y fortalecida por la revelación de Dios.

De nuevo hay que insistir en que para que los cristianos sean de verdad presencia capilar de la Iglesia en la carne misma de la sociedad, hace falta ante todo que sean Iglesia, que estén ganados por el amor de Cristo con una fe viva y operante, que vivan de acuerdo con las enseñanzas del evangelio y de la Iglesia en su vida personal, en el ejercicio de su vida profesional, en la vida familiar y en el ejercicio de sus relaciones y obligaciones sociales. Ellos mismos, con su vida santa, tienen que ser apoyo y confirmación de su palabra. Con esta condición por delante surge espontáneamente como una marea testimoniante y apostólica que hace de la convivencia cotidiana el mejor instrumento para la difusión del evangelio y de la fe en Jesucristo. ¿Cómo se realizó la primera evangelización de nuestros países? Cierto que fueron los Apóstoles y los varones apostólicos los primeros mensajeros del evangelio. Pero luego fueron los cristianos sencillos, los comerciantes, los soldados, los esclavos quienes difundieron la fe, de manera imparable, por el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído en El y en su evangelio. La breve confidencia de los discípulos tiene que seguir siendo hoy el más poderoso plan de pastoral y de apostolado “Hemos conocido al Mesias”.

4º. Esta movilización apostólica de los cristianos requiere también que tengamos una conciencia clara de cual es el momento histórico de nuestra sociedad, cuáles son las disposiciones espirituales y culturales dominantes de nuestros conciudadanos y cuáles tienen que ser en consecuencia los objetivos primordiales de la acción apostólica y misionera de la Iglesia. Si en algunos momentos pudimos pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que poner el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros y la solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados, tenemos que darnos cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más urgente que la Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más grande que podemos hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarle a creer en Dios, ayudarle a descubrir a Jesucristo como Salvador, a verse a sí mismo como hijo de Dios y heredero de la vida eterna. La Iglesia entera debe desplegar un esfuerzo extraordinario para contrarrestar los fermentos y falsos argumentos a favor de la indiferencia moral y religiosa que circulan en nuestra sociedad, en ayudar a los hombres y mujeres de buena voluntad a creer en el Dios de Jesucristo como Padre común y fuente de la vida verdadera, seleccionando los contenidos y los métodos de nuestro apostolado en función de este objetivo primordial, esencialmente religioso y estrictamente misionero. Esto vale igual para todos los cristianos, clérigos como seglares, aunque lo tengan que hacer con diferente autoridad, en momentos y lugares diferentes y con métodos diversos adecuados a las diversas circunstancias. Repetidas veces el Papa nos ha pedido que concentremos nuestro apostolado en el anuncio de Cristo, de su persona, de su vida, de su doctrina y de su misteriosa y poderosa presencia actual en el mundo, constituido por el Padre Señor del universo. Centro de la historia, piedra angular de la creación y de la nueva humanidad. Tenemos que tener muy clara la conciencia de que ninguna actividad, por humanitaria que sea, es un verdadero apostolado si no conduce de alguna manera al anuncio explícito de Jesucristo como Salvador y Redentor y al conocimiento de Dios como Creador y Padre de misericordia. Por eso es urgente que todos los cristianos seamos capaces de presentar una formulación fiel y comprensible del kerigma apostólico como invitación directa a la fe en Jesucristo y en el Dios de la salvación. Una presentación del kerigma centrado en estas ideas: Hay un Dios Creador del mundo y Padre de la humanidad, que nos ha enviado a su Hijo para rescatarnos del mal y abrirnos las puertas de la vida verdadera. El nos ha creado para vivir eternamente en su presencia y ahora nos da el Espíritu santo para justificarnos y enseñar a vivir como hermanos caminando juntos hacia la patria celestial.

5º. Urge rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, o, si se prefiere, cristianizar el entramado de la sociedad, pero la condición indispensable es que se recupere el fervor de los cristianos, la confianza en el evangelio y la cohesión interna de las comunidades cristianas. Nadie sabe lo que la división y el disentimiento habitual dentro de nuestras comunidades han podido restar energías y entorpecer los proyectos apostólicos de nuestras Iglesias. El desarrollo del apostolado seglar requiere que nuestras Iglesias particulares recuperen el vigor espiritual y el entusiasmo misionero de los cristianos verdaderamente convertidos. [17]

Para lograrlo hará falta que los dirigentes y servidores de la comunidad, obispos, sacerdotes, religiosos y educadores, incluidos los catequistas y profesores de religión, asumamos actitudes misioneras, propias de los tiempos de prueba y de persecución, centremos nuestros trabajos en el servicio de la fe y de la vida espiritual de nuestros hermanos, con más diligencia, más sabiduría, más abnegación y más generosidad. Con estos precedentes podremos ir contando con un número creciente de cristianos dispuestos a dar testimonio de Jesucristo y del Dios de la vida y de la salvación en el contexto real de la vida social, en la enseñanza y en la vida intelectual y cultural, en las actividades y proyectos económicos, en los debates políticos, en las decisiones legislativas y en las actuaciones de los gobiernos, haciendo ver las diferencias y las ventajas de una visión de la vida y de unas soluciones concretas cuando se cuenta con la presencia de Dios, con la ayuda de su revelación y los enriquecimientos culturales y sociales que ellas producen cuando son aceptadas y tenidas en cuenta. Hoy, por debajo de las mil diferencias entre unos partidos políticos y otros, por encima de los continuos debates y enfrentamientos políticos, tenemos que reconocer que se está desarrollando en todo occidente, y en España con especial virulencia, un gran debate de fondo religioso, en la política, en la cultura, en las artes, en el esfuerzo global por organizar la vida según las propias convicciones, lo que se está en juego es el intento de organizar la vida humana sin contar con Dios, como si fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos de nuestra vida y de la creación entera, en una descarnada y desesperada omnipotencia, en contra de una cultura y de unas formas de vida que tienen en cuenta la Soberanía y la Paternidad de Dios manifestada por Jesucristo y asimilada por la fe personal. Esta situación no es ya un problema solamente para la Iglesia, es también un problema de cultura, de rumbo espiritual en el camino de la historia y a largo plazo puede llegar a ser un problema de supervivencia de la misma humanidad. Es preciso que los cristianos seglares se empeñen a fondo en presentar la alternativa de una vida humana entendida y, organizada y vivida teniendo en cuenta la paternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, teniendo en cuenta la justicia interior y el valor de la vida virtuosa, favorecida interiormente por el Espíritu Santo, pero ayudada también exteriormente por la educación y la formación, por las creencias y usos sociales, por las leyes justas y el apoyo de una cultura a la medida del hombre real, creado por Dios y redimido por Cristo para la vida eterna. Somos poseedores de una levadura capaz de transformar la masa entera, somos la sal que preserva a la humanidad de la corrupción, tenemos en nuestras manos la luz que quita las tinieblas del mundo. Cómo podríamos callar por miedo o por desconfianza de nosotros mismos, como podríamos renunciar a intervenir eficazmente en la marcha de los acontecimientos. ¿No estaremos siendo infieles y cobardes, culpables de un peligroso silencia, disfrazado de prudencia y de aperturismo? ¿No estamos siendo la luz mortecina que ya no ilumina, la sal sosa incapaz de dar ningún sabor, la levadura envejecida que ya no transforma la masa?

6º. La acción apostólica de los cristianos tiene unos espacios necesariamente personales y espontáneos, difícilmente regidos por ninguna reglamentación. Es el espacio de la vida familiar, de las relaciones humanas espontáneas, de las actuaciones personales en el mundo de las actividades profesionales. Un cristiano fervoroso y responsable encuentra siempre mil oportunidades para hacer brillar la luz del evangelio de Jesús ante las personas con las que convive. Pero otras muchas actuaciones posibles y necesarias requieren un trabajo organizado, estable, capaz de influir en otras instituciones y en el conjunto de la opinión pública. Son actuaciones que sobrepasan las posibilidades de una persona sola y requieren la intervención de asociaciones adecuadas y operantes. El Papa nos habla de “una nueva época asociativa”, reconocida por el Sínodo de los Obispos y saludada como un verdadero don de Dios. [18]

Para evitar confusiones que se dieron ya entre nosotros hasta el punto de bloquear el desarrollo de la acción apostólica y misionera de los cristianos, se impone diferenciar bien dos clases de asociaciones. Unas son todas aquellas cuyos fines quedan dentro del ámbito eclesial, dentro de lo que son los objetivos primarios y directos de la Iglesia, dirigidas a la buena formación y el apoyo de la vida cristiana de los fieles seglares que luego han de desarrollar sus actividades en el mundo secular. Hoy muchas de nuestras parroquias no son capaces de ofrecer de una manera estable y bien configurada la formación que necesita un cristiano para actuar apostólicamente en su ambiente profesional o social, ni pueden tampoco atender suficientemente a los fieles en el día a día de su vida espiritual. Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien organizada ofrezcan métodos, instrumentos, ayuda personal para el crecimiento de los cristianos en diversas vertientes de su vocación cristiana, personal, familiar y social. Se trata de asociaciones estrictamente eclesiales, que quedan dentro del ámbito de la vida y de la misión directa de la Iglesia. Estas asociaciones pueden tener también sus objetivos apostólicos generales, que luego los cristianos podrán vivir en el contexto concreto de sus parroquias y de sus Diócesis. En muchas partes se encuentran fuertes resistencias y suspicacias en contra de estas asociaciones. La postura decidida de la Iglesia y la experiencia de cada día nos demuestra que sin asociaciones no podremos tener nunca un laicado formado y apostólicamente operante de manera significativa. Solo la asociación da continuidad y amplitud. Para que el asociacionismo encuentre en nuestras parroquias la acogida que necesita y merece, será preciso que los dirigentes de las asociaciones se esfuercen sinceramente para dirigir de tal manera la vida de sus asociaciones que sus miembros por el hecho de pertenecer a una asociación o a un movimiento se sienta más dentro de la parroquia y más cerca del común de los cristianos, en vez de encerrarse en la propia asociación y hacer de ella como un cómodo sustitutivo de la Iglesia madre que es la casa de todos.

Otra clase muy distinta de asociaciones son aquellas que, promovidas y hasta formadas por cristianos, tienen como fin propio la intervención de sus miembros en los diversos sectores de la vida social, asociaciones profesionales para ayudarse a actuar cristianamente en el terreno de su profesión, asociaciones de profesores, de intelectuales, de padres de alumnos o de cristianos que pretenden actuar de una u otra manera en la vida política. Estas asociaciones, en la medida en que tengan objetivos de naturaleza civil y secular, y recurran a procedimientos civiles y seculares, perfectamente legítimos en la vida democrática, tienen que ser reconocidas como asociaciones civiles, tanto si están formadas sólo por cristianos como si son asociaciones abiertas al público en general, aunque tengan un ideario cristiano que permita participar a los cristianos sin restricciones de conciencia.

En otros tiempos hemos vivido esquemas híbridos y confusos en los que una asociación de acción católica, estrechamente vinculada con la jerarquía y asociada a su misión, se imponía como objetivo la reforma de una legislación o la actuación en diversos campos de la vida política o económica, con frecuencia, bajo la inspiración dominante de una determinada ideología política. Esta falta de claridad en la configuración de nuestras asociaciones y en la delimitación de sus objetivos, ha dado lugar a muchas tensiones dentro de la Iglesia y ha creado dificultades para la comunicación y la comunión entre obispos y asociaciones seglares, bloqueando el desarrollo y la aceptación del apostolado asociado de los seglares. ¿Entra dentro de los fines de un movimiento de Acción Católica promover un determinado modelo de economía, o de contratos laborales, o de precios de los productos en el mercado? Esa puede ser muy bien una batalla que lleven adelante los cristianos desde dentro de asociaciones civiles, inspirados y guiados por sus convicciones cristianas. Pero esos objetivos estrictamente seculares no entran en la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia. Las asociaciones eclesiales se han de centrar en formar y preparar a los cristianos para que luego, inscribiéndose en otras asociaciones civiles o promoviendo nuevas asociaciones adecuadas a sus deseos, traten de alcanzar objetivos civiles, por procedimientos civiles, guiados y estimulados por la fuerza de la fe y de la caridad cristianas. Estamos necesitados de una mayor claridad conceptual e institucional en estos asuntos. Y estamos especialmente necesitados de una acogida y de un apoyo decidido al asociacionismo de los cristianos para mejor conseguir los fines primordiales de su vida espiritual y su capacitación para el apostolado.

7º. Las asociaciones propiamente eclesiales tendrían que desarrollar un fuerte sentido de comunión y de unidad, en la doctrina, en la vida y en los objetivos y prioridades apostólicas, en estrecha relación con el obispo y los sacerdotes, en una conciencia fuerte de unidad de vida y de misión. Es un error y una tentación la actual tendencia a subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor a lo específico que a lo común, apropiándose con frecuencia como notas propias de una congregación o de una asociación de notas y bienes que son comunes y propias de toda la comunidad cristiana. Esta tendencia a hacer prioritario lo específico, dejando en segundo lugar lo que es común, que es siempre lo más importante, no favorece la conciencia de la unidad, dificulta la colaboración y debilita el vigor y la capacidad apostólica de la comunidad eclesial en su conjunto.

En cambio, las asociaciones seculares en las que militan los cristianos conviene que tengan la mayor autonomía posible, para que se muevan en el terreno de las instituciones seculares con la misma libertad y los mismos derechos que los demás, dejando la vinculación eclesial a las relaciones personales de los cristianos con los responsables y los miembros de su comunidad eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones cristianas en la elaboración de los estatutos, selección de objetivos y realización de sus actividades.

Estas asociaciones seculares pueden ser promovidas por cristianos con una inspiración cristiana en su misma estructura, o bien pueden ser asociaciones seculares preexistentes, en las que los cristianos puedan actuar cómodamente según su conciencia. Es evidente que los cristianos pueden militar en cualquier asociación con tal de que sus fines no sean expresamente contrarios a la doctrina y a la moral católicas. En cualquier caso el mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en una asociación secular no confesional es que tengan la suficiente libertad y el suficiente respeto como para poder disentir de todo aquello que sea contrario a su conciencia y no encuentren un rechazo sistemático a los argumentos y sugerencias inspiradas en la tradición cristiana. Tenemos el derecho a preguntarnos si hoy los católicos que militan en ciertos partidos políticos, sindicatos u otras asociaciones semejantes, tienen esta libertad y sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus puntos de vista siempre que estén comprometidos los juicios y valores de la conciencia cristiana. Más en concreto, ¿los cristianos que militan en IU o en el PSOE pueden discutir y exponer sus argumentaciones y su visión del aborto, del respeto a la vida en sus diferentes fases, de la protección del verdadero matrimonio en los órganos competentes, en igualdad de condiciones con los demás? ¿Lo hacen de hecho? He aquí una grave cuestión. A veces tiene uno la sensación de que algunos cristianos comprometidos políticamente critican más a la Iglesia desde los presupuestos de sus partidos respectivos, que los programas políticos de sus partidos desde los presupuestos de la Iglesia. Puede más la identidad partidista e ideológica que la identidad eclesial y cristiana.

8º. En este terreno de las asociaciones seculares desde las que militen y actúen los cristianos en la vida social y pública haría falta insistir en dos características. Hace falta seleccionar mejor los objetivos y los campos de influencia. ¿Cuáles son hoy los sectores más influyentes en la configuración de la opinión pública, de la cultura vigente, de las condiciones de vida colectivas? En definitiva ¿cuáles son los sectores de la vida más influyentes en la mentalidad y el comportamiento de las personas desde las cuales se les puede ayudar mejor y más eficazmente a conocer la salvación de Dios y disfrutar de sus bienes? Quien mira con realismo el panorama de nuestras naciones de Occidente, el tono vital de la sociedad española, es evidente que la tarea más urgente para toda la Iglesia, no sólo para los clérigos o los religiosos, sino para todos los cristianos es la evangelización. No acabamos de entender que tenemos que centrar nuestros esfuerzos en sembrar de nuevo la fe cristiana en las generaciones jóvenes, mayoritariamente alejadas de la fe cristiana y del reconocimiento del Dios verdadero. Así lo presenta insistentemente Christifideles laici [19]

Hoy, en la sociedad española, un cristiano seglar que quiera colaborar activamente en la misión de la Iglesia, tiene ante sí estos temas urgentes y preferentes:

En el campo de las realidades religiosas

  • la primera necesidad es renovar y vigorizar la vida espiritual de los cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos, fortalecer la comunión eclesial en las personas, los grupos, comunidades y asociaciones, recuperar el sentido de la misión apoyado en el reconocimiento de Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador único de todos los hombres.
  • la dignificación racional y cultural de la fe, de la vida religiosa, de la presencia y la actuación de la Iglesia en el conjunto de la vida social;
  • la fundamentación racional de la existencia de Dios, de su carácter personal y providente;
  • la justificación histórica, antropológica, histórica y salvífica de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios, redentor y salvador de la humanidad.
  • El conocimiento y la estima de la existencia humana purificada, dignificada y santificada por la redención de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo.
  • La difusión de las mil obras buenas que favorece y promueve la iglesia en la vida personal y familiar, profesional y social, en relación con los más necesitados y los momentos más difíciles de nuestra vida. Etc.
  • En el campo de las implicaciones y consecuencias morales y sociales de la vida cristiana, los cristianos seglares españoles tendrían que procurar:
  • Intervenir en los medios de comunicación, con criterios cristianos, en toda su compleja y poderosa realidad, empresas, agencias, columnistas, comentaristas, informativos y noticiarios, debates, siempre en defensa sincera de las libertades y del bien común, con absoluta veracidad y plena justicia.
  • Hacerse presentes en la acción y gestión política, desde el gobierno o desde la oposición, reivindicando el derecho a actuar en política desde las convicciones arraigadas en la fe cristiana, mostrando prácticamente la fecundidad social de la moral cristiana bien entendida y sinceramente aplicada, recuperando la inspiración social de la política como servicio al bien común de las familias y de todos los sectores sociales, sin discriminaciones ni partidismos, sin anteponer los intereses de nadie al servicio sincero de las necesidades y conveniencias comunes.
  • Promover por todos los medios el servicio al desarrollo integral de los más necesitados en el marco nacional y en la política internacional, promoviendo planes de ayuda desinteresada y efectiva que proporcione a todas las personas las posibilidades básicas de desarrollo y perfeccionamiento, que acorte las distancias entre los pueblos y favorezca la comunicación y la colaboración entre todos los pueblos de la tierra. Una política cristianamente inspirada tendría que buscar el modo de ayudar a los pueblos subdesarrollados de manera eficaz y desinteresada para dotarles de las estructuras y condiciones necesarias que les permitan incorporarse activamente a la convivencia internacional sin inferioridades ni dependencias.
  • Promover desde todos los puntos posibles la defensa de la vida y de la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural. Es el momento de luchar para que la ciencia y la técnica respeten la dignidad de la persona como una realidad de valor supremo que no puede ser utilizada para ninguna utilidad material como si fuera una mercancía. Nuestro gobierno acaba de autorizar la investigación con embriones humanos. ¿No hay cristianos que defiendan lo contrario desde las asociaciones profesionales o desde las instituciones políticas?
  • Los cristianos seglares tienen que hacerse presentes en el gran mundo del sufrimiento, de la enfermedad, de la soledad, de la invalidez, por medio de su presencia profesional o con carácter voluntario, actuando según el espíritu del Buen Samaritano, tienen que demostrar en este mundo cada vez más individualista y más dominado por el dinero, la posibilidad de una relación verdaderamente amorosa, interesada, atenta, gratuita, que hace presente el amor y la bondad de Dios en el mundo, ampliando los sentimientos de misericordia y de compasión del corazón de Cristo ante los enfermos, los pobres abandonados, los más heridos por la soledad y la desesperanza.
  • Defender la libertad de enseñanza y de educación, mejorar los métodos y los contenidos, fomentar también la calidad de la enseñanza pública, en toda su amplitud, desde la escuela primaria hasta la universidad, fomentar la formación cristiana y pedagógica de los profesores, dignificar el noble oficio del magisterio en todos los niveles, etc.
  • En nuestra sociedad está siendo una necesidad urgente fundamentar la estima del matrimonio estable y fecundo como célula básica de la sociedad, en nada comparable con otras formas posibles de convivencia y el valor irremplazable de la familia fundada en el matrimonio estable y fecundo como lugar apropiado de la multiplicación de la vida, el nacimiento, crecimiento y educación de las nuevas personas. A la vez es importante actuar a favor de una buena educación afectivo-sexual de los jóvenes, como elemento básico de la felicidad personal, de la convivencia social y de la normalidad de las personas en sus compromisos afectivos, profesionales y sociales.

CONCLUSIÓN

En resumidas cuentas solo he querido deciros dos cosas,

o       el apostolado de los seglares es el apostolado capilar, amplio, multiforme y multipresente de una Iglesia formada por cristianos convertidos, agradecidos por los bienes recibidos con la fe, deseosos de ofrecérselos y transmitírselos a sus familiares, amigos, vecinos y conciudadanos.

o       En España necesitamos comenzar por fortalecer y clarificar religiosamente nuestras comunidades básicas que son las parroquias, necesitamos recuperar la valoración de la fe y la confianza en nosotros mismos como discípulos y miembros de Cristo, para entrar en una comunicación de comprensión y de profecía con nuestros conciudadanos que han perdido las huellas de Cristo y han dejado de confiar en su Iglesia.

Juan Pablo II concluía así su exhortación apostólica Christifideles laici, acerca de la vocación y misión de los fieles cristianos en la Iglesia y en el mundo:

“En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y servir el evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”.

Siguiendo el ejemplo del Papa, concluyo mi exposición con una oración a la Virgen María, Madre de Jesús, madre de la Iglesia y madre de todos los hombres:

Oh Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,

Contigo damos gracias a Dios por el don de la fe y de la salvación que esperamos,

Llena nuestros corazones del ardor necesario para sentirnos apóstoles de tu Hijo,

Danos tu misma disponibilidad para cumplir el mandato del Señor

Para el conocimiento de Dios y la salvación de nuestro mundo,

Virgen fiel, ayúdanos a obedecer al mandato de tu Hijo y a la llamada de la Iglesia,

Virgen valiente, ayúdanos a vencer las dificultades que encontremos para ser apóstoles de tu Hijo en la vida real de cada día,

Virgen misericordiosa, ayúdanos a amar a nuestros hermanos para llevarles el conocimiento de tu Hijo y del Padre celestial,

Tú que fortaleciste la fe de los Apóstoles y pediste para ellos la fuerza del Espíritu Santo,

Haz que vivamos ahora un verdadero Pentecostés que haga de nosotros apóstoles de tu Hijo,

Sostennos para que vivamos siempre como fieles hijos de la Iglesia de tu Hijo

Y trabajemos decididamente para construir en esta tierra

La ciudad de la verdad y del amor,

En la que sea reconocido y glorificado el Dios Creador y Salvador.

Amén

[1] Cont. Lumen Gentium, c.II, n. 17 La misma doctrina expuesta más ampliamente en Apostolicam Actuositatem. Lo vocación cristiana es siempre vocación para el apostolado. Los tiempos actuales permiten y requieren la movilización apostólica de todos los fieles cristianos.

[2] Cf. Ecclesia in Europa, n. 41

[3] Conc. Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 3

[4] .Juan Pablo II, Christifideles laici, n.9

[5] Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 6

[6] ib.

[7] Citado por Juan Pablo II en Christifideles laici,. n.15

[8] Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 14

[9] Cf. II Cor 5, 17

[10] Juan Pablo II, Christifideles laici, n.17

[11] Cf. Ecclesia in Europa, n.46

[12] Cf. II Cor 4, 8-10

[13] Cf. II Cor 11, 7-10

[14] Cf. I Cor, 1, 18-3=

[15] Cf. II Cor 6, 4- 10 y en otros muchos lugares.

[16] Cf las interesantes observaciones a propósito de las parroquias que hace el Papa en Christifideles laici, nn. 25-27; igualmente en Ecclesia in Europa, n.15

[17] Cf. Ecclesia in Europa, n. 23

[18] En Christifideles laici, n. 29

[19] nn. 34


Fuente: https://www.mercaba.org/OBISPOS/los_fieles_laicos.htm

Categorías:Laicos

Audiencia a los participantes en el encuentro con los moderadores de asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, 16.09.2021

El Santo Padre Francisco ha recibido esta mañana en audiencia a los participantes en el encuentro con los moderadores de asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, sobre el tema: La responsabilidad de gobierno en los grupos de laicos: un servicio eclesial.

    Publicamos a continuación el discurso que el Santo Padre dirigió a los presentes en el encuentro:

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Saludo cordialmente a Su Eminencia el cardenal Kevin Farrell y le agradezco sus palabras. Y gracias a todos por estar presentes a pesar de los inconvenientes causados por la pandemia y de las veces de “humor no bueno” que quizá este decreto ha sembrado en el corazón de algunos. Pero sigamos adelante juntos. También saludo y doy las gracias a los que participan por videoconferencia, muchos de los cuales no han podido viajar debido a las restricciones que siguen vigentes en muchos países.Yo no sé como el Secretario haya logrado volver de Brasil. Me lo tendrá que explicar luego.

1.    Quería estar aquí hoy, en primer lugar, para deciros gracias. Gracias por vuestra presencia como laicos y laicas, jóvenes y mayores, comprometidos en vivir y testimoniar el Evangelio en las realidades ordinarias de la vida, en vuestro trabajo, en tantos contextos diferentes -educativos, sociales, en la calle, en el terminal de los trenes; allí estabáis todos vosotros- éste es el vasto campo de vuestro apostolado, es vuestra evangelización.

Nosotros debemos entender que la evangelización es un mandato que viene del Bautismo; el Bautismo que nos hace sacerdotes juntos, en el sacerdocio de Cristo: el pueblo sacerdotal, ¿no? Y no hay que esperar a que venga el sacerdote, el cura a evangelizar, el misionero… Sí, lo hacen muy bien, pero quien ha sido bautizado tiene la tarea de evangelizar. Vosotros, con vuestros movimientos, habéis despertado. Y está muy bien. Gracias.

En los últimos meses, habéis visto con vuestros propios ojos y tocado con vuestras manos el sufrimiento y la angustia de tantos hombres y mujeres a causa de la pandemia, sobre todo en los países más pobres, donde muchos de vosotros estáis presentes. Uno de vosotros me hablaba de esto. Tanta pobreza, pero miseria… Pienso en nosotros que aquí, en el Vaticano, nos quejamos cuando la comida no está en su punto, cuando hay gente que no tiene qué comer. Os doy las gracias porque no os habéis detenido: no habéis dejado de aportar vuestra solidaridad, vuestra ayuda, vuestro testimonio evangélico incluso en los meses más duros, cuando los contagios eran muy altos. A pesar de las restricciones debidas a las medidas de prevención necesarias, no os habéis rendido, al contrario, sé que muchos de vosotros multiplicasteis vuestro compromiso, adaptándoos a las situaciones concretas que se os presentan y se os presentaban, con esa creatividad que nace del amor, porque quien se siente amado por el Señor ama sin medida.

Este “sin medida” es lo que sale en estos momentos críticos, ¿no? Y este “sin medida”también lo hemos visto en muchas monjas, en muchas consagradas, en muchos sacerdotes y en muchos obispos. Pienso en un obispo que acabó entubado por estar siempre con la gente. Ahora se está recuperando lentamente. Sois vosotros y todo el pueblo de Dios el que ha participado en esto y habéis estado ahí. Ninguno de vosotros ha dicho: “No, no puedo ir, porque mi fundador piensa de otra forma”. Así que, nada de fundador: aquí estaba la llamada del Evangelio y todos acudieron. Muchas gracias. Habéis sido testigos de “esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”. (Meditación en tiempo de pandemia, 27 de marzo de 2020). O somos hermanos o somos enemigos. “No, no, yo me separo: o hermanos o enemigos”. No hay línea en medio.

2. Como miembros de asociaciones de fieles, movimientos eclesiales internacionales y otras comunidades, tenéis una misión eclesial verdadera y propia. Buscáis con dedicación vivir y hacer fructificar aquellos carismas que el Espíritu Santo, a través de los fundadores, ha dado a todos los miembros de vuestras asociaciones, en beneficio de la Iglesia y de los muchos hombres y mujeres a los que os dedicáis en vuestro apostolado. Pienso especialmente en aquellos que, hallándose en las periferias existenciales de nuestras sociedades, experimentan en su carne el abandono y la soledad, y sufren por tantas necesidades materiales y pobreza moral y espiritual. Nos hará bien a todos recordar cada día no sólo la pobreza de los demás, sino también, y antes que nada, la nuestra.

Hay una cosa de la Madre Teresa que recuerdo a menudo. Sí, era religiosa, pero eso le pasa a todo el mundo si recorre el camino, Cuando vas a rezar y no sientes nada. Yo lo llamo así, ese “ateísmo espiritual” donde todo es oscuro, todo parece [decir]: “He fracasado, este no es el camino, es todo una ilusión”… La tentación del ateísmo, cuando llega en la oración. La pobre Madre Teresa sufrió tanto porque es una venganza del diablo cuando vamos allí, a las periferias donde está Jesús, donde nació Jesús, ¿no? Preferimos un Evangelio sofisticado, un Evangelio destilado. Y esto no es el Evangelio. El Evangelio es lo otro. Gracias. Nos vendrá bien a todos pensar en esta pobreza.

Vosotros sois también, a pesar de vuestras limitaciones y pecados cotidianos, -gracias a Dios que somos pecadores y que Dios nos da la gracia de reconocer nuestros pecados y también la gracia de pedir o acudir al confesor.. Esta es una gran gracia: no la perdáis – incluso con estas limitaciones, sois un claro signo de la vitalidad de la Iglesia: representáis una fuerza misionera y una presencia profética que nos da esperanza para el futuro. También tenéis, junto con los pastores y todos los otros fieles laicos, la responsabilidad de construir el futuro del santo pueblo fiel de Dios. Pero recordad siempre que construir el futuro no significa salir del hoy en que vivimos. Por el contrario, hay que preparar el futuro aquí y ahora, en la cocina, aprendiendo a escuchar y a discernir el tiempo presente con honestidad y valentía, y con una disposición al encuentro constante con el Señor y a una constante conversión personal. De lo contrario, se corre el riesgo de vivir en un “mundo paralelo”, destilado, lejos de los verdaderos desafíos de la sociedad, de la cultura y de todas las personas que viven a vuestro lado y que esperan vuestro testimonio cristiano. En efecto, la pertenencia a una asociación, a un movimiento o a una comunidad, sobre todo si se refieren a un carisma, no debe encerrarnos en una “torre de marfil”, hacer que nos sintamos seguros, como si no fuera necesario dar respuesta alguna a los desafíos y a los cambios. Nosotros todos, los cristianos, estamos siempre en camino, siempre en conversión, siempre discerniendo.

Muchas veces nos encontramos con los llamados “agentes de pastoral”; sean obispos, sacerdotes, monjas, laicos comprometidos. A mi esa palabra no me gusta. El laico está comprometido o no está comprometido. Los laicos son activos en algo. Pero nos encontramos con algunos que confunden el camino con un viaje turístico o confunden el camino con dar vueltas alrededor de sí mismos sin poder avanzar. El camino del Evangelio no es un viaje turístico. Es un reto: cada paso es un reto y cada paso es una llamada de Dios, cada paso es -como decimos en nuestro país- “poner la carne en el asador”. Ir siempre hacia adelante. Estamos siempre en movimiento, siempre en conversión, siempre en discernimiento para hacer la voluntad de Dios.

Pensar que somos “la novedad” en la Iglesia, es una tentación que pasa muchas veces en las nuevas congregaciones o en los nuevos movimientos y que por tanto no necesitamos cambiar, puede convertirse en una falsa seguridad. También las novedades envejecen pronto. Por eso, el carisma al que pertenecemos debe ser profundizado cada vez más, y debemos reflexionar siempre juntos para encarnarlo en las nuevas situaciones que vivimos. Para ello, se requiere de nosotros una gran docilidad y humildad, para reconocer nuestros límites y aceptar el cambio de modos de hacer y de pensar anticuados, o de métodos de apostolado que ya no son eficaces, o de formas de organización de la vida interna que han resultado inadecuadas o incluso perjudiciales. Por ejemplo, este es uno de los servicios que nos prestan siempre los Capítulos Generales, cuando no son buenos (los modos y los métodos) hay que revisarlos, en la asamblea.

Pero ahora vamos al ajo, a lo que esperábais

3. El Decreto Las asociaciones internacionales de fieles, promulgado el 11 de junio de este año, es un paso en esta dirección. ¿Pero este decreto nos lleva a la cárcel, nos priva de la libertad? No, este decreto nos insta a aceptar algunos cambios y a preparar el futuro desde el presente. En el origen de este Decreto no hay ninguna teoría de la Iglesia o las asociaciones de laicos que se quiera aplicar o imponer. No, no la hay. Es la realidad de las últimas décadas la que nos ha mostrado la necesidad de los cambios que nos pide el Decreto.

Y os diré algo sobre esta experiencia de las últimas décadas después del Concilio. En la Congregación para los Religiosos están estudiando las congregaciones religiosas, las asociaciones que nacieron en este periodo. Es curioso, es muy curioso. Muchos, muchos, con una novedad que es grande han terminado en situaciones muy difíciles: han terminado bajo visita apostólica, han terminado con pecados sucios, han sido intervenidas… Y están haciendo un estudio. No sé si puedes publicar esto, pero vosotros lo sabéis mejor que yo por el cotilleo clerical cuáles son estas situaciones. Hay tantas y no sólo son estas grandes que conocemos, que son escandalosas, las cosas que hicieron para sentirse como una Iglesia aparte – parecía, ¿no? Los redentores … – pero también las pequeñas. En mi país, por ejemplo, ya se han disuelto tres de ellas y todas han acabado en lo más sucio. Eran la salvación, ¿no? Parecían… Siempre con ese aire de rigidez disciplinaria. Eso es importante. Y esta realidad de las últimas décadas nos ha mostrado una serie de cambios para mejorar, cambios que nos pide el Decreto.

Hoy, por tanto, a partir de ese Decreto, abordais un tema que es importante no sólo para cada uno de vosotros, sino para toda la Iglesia: “La responsabilidad del gobierno en las asociaciones de laicos.Un servicio eclesial”. Gobernar y servir.El ejercicio de la gobernanza en el seno de las asociaciones y movimientos es un tema que me importa mucho, sobre todo teniendo en cuenta -como dije antes- los casos de abusos de diversa índole que se han producido también en estos grupos y que siempre tienen su origen en el abuso de poder. Ese es el origen:el abuso de poder.No pocas veces, la Santa Sede ha tenido que intervenir en los últimos años, poniendo en marcha procesos de saneamiento que no eran fáciles. Y pienso no sólo en estas situaciones tan feas, estruendosas, sino también en las enfermedades que provienen del debilitamiento del carisma fundacional, que se vuelve tibio y pierde su capacidad de atracción.

4. Las tareas de gobierno que se os encomiendan en los grupos de laicos a los que pertenecéis no son otra cosa que una llamada a servir. Pero, ¿qué significa para un cristiano servir? En varias ocasiones he tenido ocasión de señalar dos obstáculos que un cristiano puede encontrar en su camino y que le impiden convertirse en un verdadero servidor de Dios y de los demás (cf. Meditación de la mañana en Santa Marta, 8 de noviembre de 2016).

5. El primero es el “deseo de poder”, cuando este deseo de poder te lleva a cambiar la naturaleza del servicio de gobierno. ¿Cuántas veces hemos hecho sentir a los demás nuestras “ansias de poder”? Jesús nos enseñó que el que manda debe asemejarse al que sirve (cf. Lc 22,24-26) y que “si alguno quiere ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9,35). (Mc 9,35). Jesús, en otras palabras, anula los valores de la mundanidad, del mundo.

Nuestro deseo de poder se expresa de muchas maneras en la vida de la Iglesia; por ejemplo, cuando creemos, en virtud del papel que desempeñamos, que tenemos que tomar decisiones sobre todos los aspectos de la vida de nuestra asociación, de la diócesis, de la parroquia, de la congregación. Se delegan en otros las tareas y responsabilidades de ciertas áreas, ¡pero sólo en teoría! En la práctica, sin embargo, el delegar en los demás se vacía por el afán de estar en todas partes. Y esta voluntad de poder anula toda forma de subsidiariedad. Esta actitud es fea y termina por vaciar de fuerza al cuerpo eclesial. Es una mala manera de “disciplinar ” .Y lo hemos visto. Tantos -y pienso en las congregaciones que más conozco- superiores, superiores generales que se eternizan en el poder y hacen mil, mil cosas para ser reelegidos y reelegidos, incluso cambiando las constituciones. Y hay un deseo de poder detrás. Esto no ayuda; es el principio del fin de una asociación, de una congregación.

Tal vez algunos piensen que este “deseo” no les concierne, que no se da en su asociación. Tengamos en cuenta que el Decreto Las asociaciones internacionales de fieles no se dirige sólo a algunas de las realidades aquí presentes, sino que es para todos, sin excepción. Para todas. No hay buenos o menos buenos, perfectos o no: todas las realidades eclesiales están llamadas a la conversión, a comprender y poner en práctica el espíritu que anima las disposiciones dadas en el Decreto. Me vienen a la mente dos imágenes sobre esto. Dos imágenes históricas. Aquella monja que se puso a la entrada del Cabildo y dijo: “Si me votáis, haré esto…”. Compran poder. Y luego, un caso que me parece extraño, como “el espíritu del fundador ha descendido sobre mí”. Parece una profecía de Isaías. “¡Me lo ha dado! Debo ir adelante solo o sólo porque el fundador me ha dado su manto, como Elías a Eliseo. Y vosotros,si, votad, pero yo mando”. ¡Y esto sucede! No estoy hablando de fantasías. Esto sucede en la Iglesia de hoy.

La experiencia de cercanía a vuestras realidades nos ha enseñado que es beneficioso y necesario prever una rotación en los puestos de gobierno y una representación de todos los miembros en vuestras elecciones. Incluso en el contexto de la vida consagrada hay institutos religiosos que por mantener siempre a las mismas personas en los puestos de gobierno no han preparado el futuro; han permitido que se insinuasen abusos y ahora están atravesando grandes dificultades.Pienso, vosotros no lo conocéis, pero había un instituto donde su jefe se llamaba Amabilia. El instituto acabó llamándose “odiobilia” porque los miembros se dieron cuenta de que la mujer era un “Hitler” con el hábito.

6. Hay otro obstáculo para el verdadero servicio cristiano, que es muy sutil: la deslealtad. Lo encontramos cuando alguien quiere servir al Señor ( y detrás de otras cosas está siempre el dinero) pero también sirve a otras cosas que no son el Señor. ¡Es un poco como jugar un doble juego! Decimos con palabras que queremos servir a Dios y a los demás, pero en los hechos servimos a nuestro ego, y nos entregamos a nuestro deseo de aparentar, de obtener reconocimiento, aprecio… No olvidemos que el verdadero servicio es gratuito e incondicional, no conoce cálculos ni pretensiones. .Además, el verdadero servicio se olvida habitualmente de las cosas que ha hecho para servir a los demás. Sucede, todos tenéis la experiencia, cuando os dan las gracias [y decís]: “¿Por qué?”. – “Por lo que has hecho…” – “¿Pero qué he hecho?”… Y entonces viene a la memoria. Es un servicio, y punto.

Y caemos en la trampa de la deslealtad cuando nos presentamos ante los demás como los únicos intérpretes del carisma, los únicos herederos de nuestra asociación o movimiento- lo que decía antes- o cuando, creyéndonos imprescindibles, hacemos todo lo posible por ocupar puestos de por vida; o también cuando pretendemos decidir a priori quién debe ser nuestro sucesor. ¿Pasa? Sí, pasa. Y más a menudo de lo que creemos. Nadie es dueño de los dones recibidos para el bien de la Iglesia, -somos administradores -nadie debe sofocarlos sino dejarlos que crezcan conmigo o con que viene después de mí. Cada uno, allí donde el Señor lo ha puesto, está llamado a hacerlo crecer y fructificar, confiado en que es Dios quien obra todo en todos (cf. 1 Co 12,6) y que nuestro verdadero bien fructifica en la comunión eclesial.

7. Queridos amigos, en el desempeño de la función de gobierno que se nos ha confiado, aprendamos a ser verdaderos servidores del Señor y de nuestros hermanos, aprendamos a decir “somos siervos inútiles” (Lc 17,10). Tengamos presente esta expresión de humildad, de docilidad a la voluntad de Dios, que tanto bien hace a la Iglesia y recuerda la actitud adecuada para trabajar en ella: el servicio humilde, del que Jesús nos dio ejemplo, lavando los pies a los discípulos (cf. Jn 13,3-17; Ángelus, 6 de octubre de 2019).

8. En el documento del Dicasterio se hace referencia a los fundadores. Me parece muy acertado, pero los fundadores no hay que cambiarlo, sigue, adelante. Simplificando un poco, diría que hay que distinguir, en los movimientos eclesiales (y también en las congregaciones religiosas), entre los que están en proceso de formación y los que ya han adquirido una cierta estabilidad orgánica y jurídica. Son dos realidades diferentes. Los primeros, los institutos, tienen al fundador o a la fundadora vivos.

Aunque todos los institutos -ya sean movimientos religiosos o laicos- tienen el deber de verificar, en asambleas o capítulos, el estado del carisma fundacional y de realizar los cambios necesarios en su propia legislación (que luego serán aprobados por el respectivo Dicasterio), en los institutos en formación,-y digo en formación en el sentido más amplio; los institutos que tienen al fundador vivo por eso el Decreto habla del fundador vitalicio, ¿no?, que están en la fase fundacional, esta verificación del carisma es más continua, por así decirlo. Por lo tanto, el documento habla de una cierta estabilidad de los superiores durante esta fase. Es importante hacer esta distinción para poder moverse más libremente en el discernimiento.

Somos miembros vivos de la Iglesia y para ello necesitamos confiar en el Espíritu Santo, que actúa en la vida de cada asociación, de cada miembro, actúa en cada uno de nosotros. De ahí la confianza en el discernimiento de los carismas confiados a la autoridad de la Iglesia. Sed conscientes de la fuerza apostólica y del don profético que se os entregan hoy de forma renovada.

Gracias por vuestra escucha. Y algo más: cuando leí el borrador del Decreto, que luego firmé -el primer borrador-, pensé. “¡Pero esto es demasiado rígido! Le falta vida, le falta…”. Pero queridos, ¡ese es el lenguaje del Derecho Canónico! Y esto es algo del derecho, es algo del lenguaje. Pero debemos, como he tratado de hacer yo, ver qué significa este lenguaje, el derecho Por eso quería explicarlo bien. Y también quería explicar las tentaciones que hay detrás, que hemos visto y que tanto daño hacen a los movimientos y también a los institutos religiosos y laicos.

Gracias por vuestra escucha y gracias al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida por organizar este encuentro. Os deseo a todos un buen trabajo y un buen camino, y una buena reunión- Decid todo lo que os salga del corazón. Preguntad lo que queráis preguntar, aclarad las situaciones. Este es un encuentro para hacerlo, para hacer Iglesia, para nosotros. Y no os olvidéis de rezar por mí, porque lo necesito. No es fácil ser Papa, pero Dios ayuda. Dios ayuda siempre.

Fuente: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2021/09/16/fiel.html

Categorías:Laicos

Acercamiento a una teología laical en comunidades de vida con perspectiva liberadora[2]

Acercamiento a una teología laical en comunidades de vida con perspectiva liberadora[2]

Francisco Antonio Serna Gallego[3], DIALNET

Fecha de recepción: 20 de mayo de 2012 Fecha de aprobación: 10 de julio de 2012

Resumen

Este escrito aborda unos lineamientos iniciales para el desarrollo de una teología de corte laical referida a pequeñas comunidades de vida1 conformadas por laicos y laicas. Trata de articular una propuesta que considere los aspectos más importantes para el desarrollo de la tesis de que las comunidades laicales representan una manera auténtica de vivir el seguimiento de Jesús, son una propuesta apropiada y atractiva para la Iglesia actual, y podrían servir como base para la elaboración de una propuesta coherente de acción en dichas comunidades.

Palabras clave: Eclesiología, laicado, clero, comunión, misión.

Introducción

¿Cómo ser una comunidad laical activa y comprometida en la construc­ción del Reino de Dios, en un mundo secularizado, pluralista, desde una perspectiva liberadora y profética?

Esta pregunta se debe responder teniendo en cuenta la condición actual de los laicos y laicas en la Iglesia, así como su compromiso real en los diferentes ámbitos en los que interactúan, su vivencia de fe en comunidad y los aportes que hacen a partir de sus diferentes talentos, gracias y profesiones. Esto permitiría encontrar la contribución efectiva que se hace desde el laicado a la construcción del Reino en medio del mundo actual, con todas sus luces y sombras.

El presente artículo no pretende hallar una respuesta definitiva a la pregunta planteada, sino hacer un abordaje inicial del problema y dejar en los lectores la inquietud de encontrar una manera diferente de ser y hacer en la Iglesia, trabajando unidos como bautizados que son, sin diferencias insalvables y estableciendo sinergias a partir de las fortalezas mutuas para servir a los más necesitados de la sociedad.

El laico en la Iglesia

¿Quién es un laico o laica en la Iglesia? A mediados del siglo XX, antes del Concilio Vaticano II, el padre Yves Congar planteaba la situación que vivían en la cotidianidad eclesial los llamados laicos:

Aun siendo cristianos en pleno ejercicio en cuanto a la vida en Cristo, no tienen competencia o no tienen más que una competencia restringida en cuanto a los medios propiamente eclesiales de la vida en Cristo, medios que son de la competencia de los clérigos.. .[4]

El padre Congar afirma la importancia de legitimar el ejercicio cristiano de todos los bautizados. Manifiesta en sus escritos que los laicos y laicas tienen una vocación de compromiso con la justicia y la salvación cristianas dentro de las estructuras del mundo, y que deben propender siempre por la liberación social, política, económica, cultural y personal.

El compromiso del laico por llevar el mensaje liberador de Cristo al mundo que habita y quiere transformar se debe hacer desde la vivencia de la fe de cada uno de los fieles. Ésta ha de conducir a un imperativo verdaderamente cristiano que oriente su acción y tenga en cuenta que las opciones del creyente son opinables y falibles y, por tanto, ha de respetarse el pluralismo.

Después, en su obra, Congar anota: “…ser laico es correr, con todos los recursos que están en nosotros, la aventura de esta búsqueda de justicia y de verdad cuya hambre nos consume, y que es la sustancia misma de la historia humana”.[5]

Es necesario dar gran importancia al papel que juegan los laicos en el desarrollo de la historia de la humanidad, y por supuesto, en la historia de la salvación. El ser conocedor de primera mano de los elementos y de las situaciones de tipo seglar que se presentan, le otorga un lugar pri­vilegiado en las cosas del mundo.

Un laico es un hombre para quien las cosas existen: para quien su verdad no está como absorbida y abolida por una referencia superior. Pues, para él, cristianamente hablando, lo que se trata de referir al absoluto, es la realidad misma de los elementos de este mundo cuya figura pasa.[6]

El sentido original y bíblico de la palabra laico nace en la raíz griega laos, que significa pueblo. En el Antiguo Testamento se hacía referencia al pueblo elegido por Dios, en contraposición a los pueblos paganos, y no al pueblo común. Laico significa lo mismo que los tér­minos bíblicos discípulo, hermano, santo, cristiano. Por tanto, la igualdad fundamental entre todos los creyentes y bautizados es anterior a cualquier diferenciación que posteriormente se haya hecho entre los términos clérigo y laico. Dice Walter Kasper:

La gran obra del Concilio Vaticano II volvió a destacar este elemento común que une a todos los cristianos. Para ello, en la constitución de la Iglesia Lumen gentium incluyó un capítulo sobre el pueblo de Dios, antes de los capítulos sobre la jerarquía y los laicos, en el que se trata de la vocación y misión comunes para todos los cristianos, así como de su participación en el sacerdocio común de todos los bautizados y en el ministerio profético, sacerdotal y real de Jesucristo.[7]

Formas de asumir el laicado

Se presentan varias formas de asumir el laicado, en particular, dos:

  • El laico de tipo pasivo, quien acepta las disposiciones del clero sin mayores problemas y sin hacer preguntas, no tiene conciencia de su papel en el desarrollo de la Iglesia, no asume responsabilidad ni adquiere compromiso alguno; su único objetivo es ser “buen cristiano”, cumplir con lo mínimo que se pide.
  • Otro es el laico de tipo comprometido, quien vive su fe de manera responsable, participa activamente de la liturgia, tiene sentido de pertenencia, es líder y empuja transformaciones en la Iglesia, igual que en la sociedad, comenzando por su comunidad más cercana; quiere vivir su vida con coherencia cristiana y con actitud crítica propositiva. En esta última forma de asumir la condición de laico se halla el sustrato para la conformación de comunidades laicales de vida.

Se enfrentan, sin embargo, dos problemas muy frecuentes: el primero se refiere a las pocas personas que desean comprometerse con este estilo de vida; el otro consiste en que, a nivel de la interacción con el clero, el liderazgo es asumido de manera general por los presbíteros, relegando al laico a un segundo plano. Muchas veces, sus servicios son requeridos en tareas no apropiadas a su condición de miembro activo y propositivo, con lo cual pierde fuerza la misión laical en el mundo y se convierte tan solo en “colaborador de segundo nivel” del clero.

Comunión y misión del clero-laicado

Es urgente que se pase de una Iglesia patriarcal, clerical y jerárquica a una Iglesia más incluyente, participativa y equitativa en la cual todos los bautizados sean corresponsables en la construcción del Reino, para desarrollar las tareas propias y apoyar las labores de los otros, de acuerdo con la misión particular de cada quien; todo esto, en un ambiente de camaradería y solidaridad, sin protagonismos innecesarios.

En el Concilio Vaticano II quedó claro que la Iglesia es principal­mente comunión o koinonia entre bautizados, orientados hacia la mi­sión. Una Iglesia así constituida será capaz de atraer con mayor facilidad a quienes nunca han pertenecido a ella, e incluso a quienes la han abandonado. En la comunión está el fundamento de la fecundidad de la misión. La comunión es de por sí misionera, pues mediante ella la Iglesia se presenta y actúa como sacramento visible de unidad salvífica.

Sin embargo, ¿cuál es el camino de comunión entre bautizados? Fundamentalmente, la unidad en la pluralidad, como lo presenta la ecle- siología de la comunión. En las inevitables situaciones de conflicto que puedan surgir, la actitud de todos los miembros de la Iglesia no ha de ser aplastar al que discrepa, ni conseguir la paz pasando por encima de las personas, o la primacía del modelo jefe-subalternos; la única alternativa evangélicamente válida, según Jesús, es el amor al hermano, el servicio liberador y desinteresado. De acuerdo con el Concilio Vaticano II:

.. .ello exige que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Los lazos de unión de los fieles son muchos más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.[8]

Comunión sin misión hace que se constituya una Iglesia sectaria; misión sin comunión tiende a la dispersión de esfuerzos sin comunidad de apoyo, sin formar verdaderamente Iglesia.

De lo expuesto hasta aquí se puede colegir que todos los bautizados son laicos, porque hacen parte del pueblo de Dios, con diferentes mi­nisterios, carismas y vocaciones, pero que tienen la misma dignidad de hijos de Dios, están unidos por el Espíritu de Cristo que anima a su Iglesia y la empuja a la misión de evangelizar el mundo, que corresponde a todos y todas.

La comunión de los cristianos es la manifestación de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión trinitaria, de su vida eterna. La oración de Jesús por la unidad de los cristianos es la oración dirigida al Padre, para que se cumpla su diseño de salvación.

Unidad en la Iglesia

Las divisiones entre los cristianos están en abierta contradicción con la verdad que se empeñan en difundir, y por ello, hieren gravemente su misión.

Los resultados de la evangelización del mundo están íntimamente ligados al testimonio de la unidad de la Iglesia. La Iglesia en comunión no solo reúne a todos los creyentes, sino se prolonga a la unión con Dios y con los hermanos, hasta abrazar a la humanidad entera. Lo hace testimoniando de palabra y de obra la Buena Nueva de Jesucristo, quien no vino al mundo a “ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45).

En este sentido, la misión de los laicos, revalorizada en la eclesio- logía de comunión, desempeña una función muy importante, pues son quienes “están llamados a actuar en las realidades temporales y en el campo de sus capacidades para la construcción de una sociedad im­pregnada de los valores evangélicos”.[9]

Corresponde al laico llevar el mensaje del Evangelio a todos los ambientes de la sociedad, incluso el político; y tiene la responsabilidad de pronunciar una palabra autorizada y sustentada desde el Evangelio en todos los campos de la actividad humana.

Para ello, se requieren fieles debidamente formados, capaces de mantener un diálogo con el mundo y con la cultura de hoy; que sean a la vez cristianos con fe adulta y probada, pues la Iglesia sabe que en su peregrinaje ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones, además de persecuciones. El campo de acción del laico es el mundo mismo, “el ámbito de los asuntos temporales”, como diría Yves Congar, de acuerdo con las condiciones propias y personales de cada quien.

Por tanto, su primera labor es cumplir muy bien con las tareas seculares que le corresponden: ser buen padre o madre, cónyuge, veci­no, profesional, estudiante, deportista; dar ejemplo y testimonio de vida cristiana responsable y sana. Luego estaría el compromiso con la trans­formación del mundo, para hacerlo más humano, optando por quienes sufren las injusticias, insolidaridades, penurias, marginación, es decir, los más necesitados de la sociedad.

Misión propia del laico

De acuerdo con el Concilio Vaticano II, corresponde a los laicos la mi­sión de sanear las estructuras del mundo desde dentro de los diferentes ambientes en los que intervienen cotidianamente.[10] Han de evangelizar a las personas con quienes interactúan; y además, acercar las estructuras que habitan y conocen al ideal del Reino. Y en sentido contrario, deben llevar al interior de la Iglesia su experiencia de vida, preocupaciones, in­terrogantes, expectativas del ser humano en el mundo actual.

Finalmente, deben comprometerse apostólicamente -tanto de manera personal como comunitaria, sobre todo, de esta última forma-, pues así será más fácil y satisfactorio realizar la labor, cuidar de la propia espiritualidad, formarse de manera integral para la misión, madurar su pertenencia e identidad como miembros de la Iglesia, discernir la voca­ción, así como el compromiso cristiano, y por último, dar verdadero testimonio de fraternidad y de unión.

La identidad laical debería nacer de un seguimiento de Cristo ver­dadero y consciente, al encarnar los sentimientos y actitudes del Señor; y al ponerse de manera incondicional al servicio del Reino de Dios renuncia a todo lo que no sea la voluntad del Padre, que es la felicidad plena para todos sus hijos e hijas.

Igualmente, el laico o laica ha de ejercer con propiedad su calidad de miembro activo de la Iglesia, con pleno derecho y autoridad de acción, pero también con obligaciones y responsabilidades; ha de ser un real creyente practicante, por lo que debería acudir con regularidad a la eucaristía y alimentar así una intensa práctica sacramental; ha de experimentar una vida de oración en la cotidianidad y leer hermenéuticamente la Palabra; y por último, debe tener un acompañante espiritual que lo escuche y apoye en este camino, vivir con radicalidad el seguimiento evangélico según el espíritu de las bienaventuranzas y preocuparse por su formación permanente, para mejor amar y servir.

Perspectiva liberadora de la misión laical

¿Cuál sería entonces la forma más adecuada de vivir esta misión laical? He aquí algunas pistas sobre una laicidad comprometida con los aspectos políticos y de justicia social, vivida como verdadera comunidad de creyentes cristianos, que desde una perspectiva liberadora trabaja para el pueblo de Dios:

La comunidad cristiana puede significar la puerta de entrada (desde el punto de vista del pueblo) a la política como compromiso y práctica en búsqueda del bien común y de la justicia social. El cristianismo es la religión del pueblo; todo lo entiende y lo organiza a partir de ello; un cristianismo que se religa a las expectativas y demandas de los oprimidos emerge como liberador y la comu­nidad de base como liberadora. Se percibe que en las comunidades, el capital simbólico de la fe constituye la fuente, casi única, de motivaciones en orden al compromiso político; el Evangelio y la vida de Jesús llevan a la liberación de las injusticias. Conviene, sin embargo, advertir que se trata únicamente de un primer paso; detrás de él vendrá el paso analítico y entonces la política aparecerá como campo en su autonomía relativa; no se hace dimisión de la fe, sino que ésta adquiere su verdadera dimensión de mística de animación que apunta a una liberación que trasciende la historia y permite verla ya anticipada históricamente en el proceso liberador de la sociedad que gesta formas menos inicuas de convivencia.[11]

Esta manera de abordar la laicidad hace que el creyente redimen- sione su acción dentro de la Iglesia y señala campos muy claros en los cuales intervenir, aportando todas sus capacidades y carismas a la cons­trucción del Reino. De aquí se desprende que una teología laical de perspectiva liberadora, para ser verdaderamente evangélica, debe op­tar preferencialmente por los más pobres: debe ir más allá del orden establecido, rompiendo con las expectativas y exigencias que éste im­pone; debe ser una teología de la praxis, no como reacción moral de la comunidad cristiana ante el estado de injusticia y marginación de la mayoría de la población, sino como praxis del Evangelio de Jesús, con el poder de transformar, de cambiar lo que destruye la dignidad del ser humano; por tanto, debe ser netamente bíblica, con la hermenéutica adecuada para evitar el fundamentalismo.

La misión laical ha de tener un marcado carácter profético. Se debe prestar atención a la dimensión pública de la Palabra de Dios, tal como aparece en las Escrituras, especialmente en los libros proféticos. Es importante no olvidar la nota característica de la Iglesia cuando ha querido ser profética: la persecución. Si el cristiano ha de dar testimonio de su fe y de su esperanza para la transformación de este mundo, necesariamente debe enfrentarse a los intentos religiosos y políticos para acallarlo.

La eclesiología de comunión, en la cual reine la equidad, la verdad y el deseo de ser siempre mejores en el servicio a los demás, es la manera más auténtica de vivir el cristianismo. Las pequeñas comunidades laicales son un buen sustrato para que se desarrolle esta eclesiología, sin la dependencia del clero y sin romper la comunión con los demás cristianos.

Una eclesiología de comunidades laicales no solo tiene gran im­portancia teológica, sino está cargada de consecuencias sociales. Un cris­tianismo con mentalidad comunitaria y congregacional puede prestar innegables contribuciones a la tarea de transformar este mundo tan carente de democracia en todos sus ámbitos. La comunión debe incluir, además, otras confesiones religiosas cristianas, al promover un fructífero diálogo ecuménico que enriquezca a todos y que acerque sensibilidades tanto de católicos como evangélicos y protestantes.

La salvación de la humanidad es aquí y ahora, transcurre en la historia del hombre en su relación con otros hombres y con Dios, no fuera de ella. Esta es la manera como el laico puede transformar y aportar a la historia de la salvación. Ignacio Ellacuría propone una visión desde la praxis histórico-social en el anuncio de la salvación:

El signo de credibilidad que es la Iglesia debe realizarse en la praxis histórico-social. La salvación debe ser anunciada pero debe ser anunciada significativamente, y la condición de signo exige atender tanto lo que debe ser significado como a quien debe significarse. Lo que debe ser significado es la salvación total del hombre por su intrínseca deificación y a quién debe ser significado es al mundo de hoy, empeñado en la salvación de la historia que lleva sobre sus hombros. Y es así la salvación en la historia el signo actual de la historia de la salvación.[12]

Eclesiología de comunión y teología de la liberación

Para el cristiano, la Iglesia debe ser sacramento de salvación y liberación histórica aquí y ahora; de ahí que la opción preferencial por las más pobres y necesitados construye el camino de salvación del mundo. Al respecto, Juan Pablo II anota:

La atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera pre­ferencial a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede ser interpretado como signo de particularismo o de sectarismo; amando a los pobres el cristiano imita las actitudes del Señor.[13]

La eclesiología de comunión que se puede vivir al interior de las pequeñas comunidades laicales permite que se lleve al interior de la Iglesia la dimensión comunitaria-popular de la evangelización y la liturgia, la educación de la fe y la vida apostólica comunitaria con perspectiva laical. La eclesiología de comunión es integradora y propicia la solidaridad que lleva a la liberación.

El seguimiento a Cristo exige una solidaridad que parta del testi­monio auténtico de pobreza evangélica, desde el estilo de vida personal del cristiano hasta las estructuras eclesiales, y que lleve hasta el encuentro con el otro, de manera pobre y humilde. La opción preferencial por los pobres, en una Iglesia solidaria, tiene un gran potencial evangelizador y posibilita contraponer una cultura de vida, a la luz del Evangelio, a la cultura de la muerte que impone el sistema social actual.

La teología de la liberación provee las herramientas metodológicas[14]para integrar las distintas maneras de proceder en la Iglesia y llevar toda la estructura eclesial hasta una comunión verdaderamente solidaria. Según Clodovis Boff, esta teología brinda la posibilidad de integración de todos los miembros de la Iglesia y de sus diferentes aportes a la misión liberadora:

La teología de la liberación, al menos en el espacio de modelo que brota de la Iglesia, que es el de la liberación, integra cada vez más las figuras del pastor, del teólogo y del laico, articulados en torno del eje: misión liberadora. Estamos aquí lejos de la vieja fragmentación, en gran parte todavía vigente en la Iglesia, entre una teología canónica y oficial, hecha en las curias episcopales, una teología crítica y de contestación, realizada en los centros de estudio e investigación, y una teología salvaje, elaborada en los márgenes de la Iglesia.[15]

Es vital, para la supervivencia de la Iglesia, que todos sus miem­bros tomen conciencia de su situación como “pueblo de Dios”, com­prometiéndose con lo que les corresponde hacer desde sus particulares posiciones en la sociedad y en la Iglesia misma, haciéndose más cercanos con los necesitados, con los excluidos; y también -con la autonomía necesaria respecto de las estructuras jerárquicas- salvaguardando su voz y su opinión acerca de los temas cruciales del mundo actual. Se debe aportar de manera ilustrada, razonable, y buscar soluciones conjuntas entre todos los bautizados. Y se ha de tener presente que la construcción del Reino ha de hacerse tal y como lo enseñó Jesús.

Conclusión

Para acercarse a la respuesta de la pregunta planteada en la introducción del presente documento, es iluminador el siguiente pronunciamiento del magisterio de la Iglesia, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI, que trata el tema de las pequeñas comunidades laicales y la manera como deberían operar luego del Concilio Vaticano II:

Estas comunidades […] buscan su alimento en la Palabra de Dios y no se dejan aprisionar por la polarización política o por las ideologías de moda, prontas a explotar su inmenso potencial humano; evitan la tentación siempre amenazadora de la contestación sistemática y del espíritu hipercrítico, bajo pretexto de autenticidad y de espíritu de colaboración; permanecen firmemente unidas a la Iglesia local en la que ellas se insertan, y a la Iglesia universal, evitando así el peligro muy real de aislarse en sí mismas, de creerse, después, la única auténtica Iglesia de Cristo y, finalmente, de anatematizar a las otras comunidades eclesiales; guardan una sincera comunión con los pastores que el Señor ha dado a su Iglesia y al magisterio que el Espíritu de Cristo les ha confiado; no se creen jamás el único destinatario o el único agente de evangelización, esto es, el único depositario del Evangelio, sino que, conscientes de que la Iglesia es mucho más vasta y diversificada, aceptan que la Iglesia se encarne en formas que no son las de ellas; crecen cada día en responsabilidad, celo, compromiso de irradiación misioneros; se muestran universalistas y no sectarias.[16]

Esta exhortación muestra el deber ser -según el magisterio- de las pequeñas comunidades cristianas que desean permanecer fieles al mensaje evangélico, incrustadas en las entrañas mismas de la Iglesia universal, al pretender llevar la Buena Noticia del Reino a todas las esferas con las que se relacionan. Se plantea entonces el reto de vivir la vida corriente en comunidad, amando y respetando a los hermanos con quienes se comparte la cotidianidad, y también con quienes no hacen parte directa del grupo de referencia.

Finalmente, resultan programáticas las palabras del padre Jesús An­drés Vela, S.J., que se refieren al paso de una Iglesia vertical y centralizada a una Iglesia más horizontal conformada por pequeñas comunidades:

De una institución fuertemente monárquica y centralizadora pasamos a una Iglesia más carismática y profética, unida por vivencias litúrgicas de fe y de caridad. Los pastores serán puntos de unión como representantes de Cristo- cabeza, interpretando los carismas de la comunidad a la luz de una viva tradición apostólica. Así el pueblo cristiano puede mantenerse “fiel” a la memoria del acontecimiento pascual.[17]

El camino está claro: la vida comunitaria es, para la Iglesia, una propuesta actual, apropiada para los tiempos de hoy; cumple con los ideales evangélicos de unión y amor entre los hermanos que siguen -jun­tos en comunidad- el ejemplo dado por Jesucristo.

Bibliografía

Andrés, Jesús. Las comunidades de base y una Iglesia nueva. Buenos Aires: Guadalupe, 1969.

Boff, Clodovis. “Epistemología y método de la teología de la liberación.” En Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, dirigido por Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, I, 79-113. San Salvador: UCA, 1993.

Boff, Leonardo. Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia. Santander: Sal Terrae, 1980.

Concilio Vaticano II. “Constitución Lumen gentium , En Documentos completos del Concilio Vaticano II, 30-38. Bogotá: Paulinas, 1995.

_____ . “Constitución pastoral Gaudium etspes.” En Documentos com­pletos del Vaticano II, 135-220. Bogotá: Paulinas, 1995.

Congar, Yves. Jalones para una teología del laicado. Barcelona: Estela, 1965.

Ellacuría, Ignacio. Teología política. San Salvador: Secretariado Social Interdiocesano, 1973.

Juan Pablo II. “Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Bra­sil”, L’Osservatore Romano, 30 de mayo de 1995, 4.

Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in America. Bogotá: Paulinas, 1999.

Kasper, Walter. “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mun­do.” En Selecciones de teología 110 (1989): 101-110.

Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Bogotá: Paulinas, 1975.


[2] Escrito de reflexión realizado para el seminario “Introducción a los métodos sistemáticos” en la Maestría de Teología, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, dirigido por el profesor Edgar López.

[3] Estudiante de primer semestre de la Maestría de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá; Ingeniero Agrícola de la Universidad Nacional de Colombia; egresado del Seminario de Planificación Pastoral de la Casa de la Juventud de la Compañía de Jesús y la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana. Expresidente y miembro activo de la asociación laical Comunidad de Vida Cristiana de Colombia-CVX; miembro del equipo de pastoral juvenil de la Casa de la Juventud. Correo electrónico: servinet_ltda@yahoo.com

  1. Una comunidad de vida es un grupo de personas asociadas con el objeto de llevar una vida en común, basada en la permanente ayuda mutua. El grado de vida común y de ayuda mutua varía ampliamente según la comunidad. En todas las culturas y todos los tiempos han existido diversas clases de comunidades; la primera forma natural e indiscutible es la familia, luego viene la sociedad en general y sus distintas divisiones.

[4] Congar, Jalones para una teología del laicado, 38.

[5] Ibid., 42.

[6] Ibid., 45.

[7] Kasper, “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, 2.

[8] Concilio Vaticano II, “Constitución pastoral Gaudium et spes”, 92.

[9] Juan Pablo II, “Discurso a los obispos de la Región Norte-1 de Brasil”, 19.

[10]              Concilio Vaticano II, “Constitución Lumen gentium”, 30-38.

[11]              L. Boff, Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia, 67.

[12] Ellacuría, Teología política, 50.

[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America, 58.

[14] No las mencionaré aquí, pues escapan al alcance del presente artículo.

[15] C. Boff, “Epistemología y método de la teología de la liberación”, 94.

[16] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 58.

[17] Andrés. Las comunidades de base y una iglesia nueva, 14.

Categorías:Laicos

Curso iniciación para catequistas.

Tema 1: ¿Por qué catequistas?

Si estamos haciendo este curso es porque somos catequistas o queremos serlo. Hay una primera pregunta que todos debemos hacernos, porque ser catequistas no es una afición, ni un voluntariado; ser catequista es algo más; la pregunta es…

¿QUÉ TE IMPULSA A TÍ A SER CATEQUISTA?

Llegados a este punto debes hacer una reflexión personal sobre qué te impulsa a ser catequista. Pregúntate: ¿Qué te impulsa a ser catequista?, ¿cómo empezaste en esto?, ¿qué te atrae de la catequesis para emprender esta tarea?, etc.

* Lo normal es que si has hecho la reflexión anterior haya quedado claro que te impulsa a ser catequista:

– La experiencia de fe y
– Razones pastorales o coyunturales.

1º LA EXPERIENCIA DE MI FE:

– Mi fe no la puedo callar. Tengo que compartirla y proclamarla. Lo que yo creo me hace feliz y creo que es bueno para el Hombre.

– Por eso yo transmito mi fe por necesidad propia, y no sólo por ayudar a la parroquia.

– Es una vocación. Los catequistas sienten que Dios les llama porque les necesita para cumplir una parte del proceso evangelizador, que es la misión de la Iglesia: hacer llegar a todos el plan de salvación que Jesús nos enseña.

2º RAZONES PASTORALES:

– La Iglesia y tu Parroquia te necesitan. Hay muchos bautizados y pocos creyentes, de los llamados practicantes; esto quiere decir que algo falla.

– Porque hacemos Iglesia, que es obligación de los cristianos, cuando comunicamos la Fe. Hay que tener en cuenta que nosotros conocemos y creemos en Jesús porque, en generaciones pasadas, otros han hecho la tarea que ahora nos compete a nosotros.

– Para ayudar a que la gente opte o no por vivir como cristiano. Para transformar el mundo según los esquemas de Jesús, que creemos son los que más pueden ayudar al hombre a desarrollarse como tal.

¿Por qué es importante la catequesis?

¿Para qué sirven los catequistas?

– Los catequistas son de vital importancia para la Iglesia como instrumentos para cumplir con su razón de ser, es decir, evangelizar; ya que sin catequesis no hay evangelización; como veremos en el siguiente tema.

– Para formar una comunidad cristiana más fuerte, ya que los catequistas son evangelizados cuando están evangelizando. La clave de la vida cristina está en vivirla y celebrarla en comunidad. La catequesis parte de la comunidad que envía a algunos de sus miembros a la tarea, se hace en la comunidad donde crece y se desarrolla el catequizando y el catequista, y se hace también para la comunidad ya que una vez catequizados sentimos la necesidad de vivir con otros hermanos nuestros en la fe.

– Los catequistas servimos, aunque suene más prosaico, para que los seglares, principalmente, participemos de una de las tareas más importante de la Iglesia universal.

– Y por último, como ya muchos habéis comentado por el foro, los catequistas y la catequesis sirven para poner las bases de la Iglesia del futuro, que está en nuestras manos. Y debemos hacerlo bien porque…

La Iglesia de mañana está en la catequesis de hoy.


Bibliografía:
– “Catequistas en marcha” Cursillo de iniciación de Amador menudo Sivianes Ed. Verbo Divino.
– “Curso básico para la formación del catequista” Secretariado de Catequesis de la Diócesis de Sevilla.

Se permite la copia y libre difusión de este documento siempre que se haga referencia al autor y fuente de procedencia abajo indicadado. Rogamos nos lo comunique previamente al autor:

Abraham Velázquez
info@catequesis.net
Información de http://catequesis.net

Curso iniciación para catequistas.

Tema 2: ¿Qué es la catequesis?

OBJETIVOS:
– Aclarar el concepto de evangelización y sus etapas.
– Aproximarnos al concepto de catequesis.

INTRODUCCIÓN:

Comenzamos un nuevo tema. Ahora ya tenemos claro por qué somos o queremos ser catequistas, y que la catequesis es una tarea de vital importancia para nuestras comunidades y, por supuesto, para toda la Iglesia; llegando incluso a afirmar que la Iglesia del futuro, la que nosotros no veremos, depende en gran medida de la catequesis que hagamos hoy.

Ahora que tenemos asimilado estos conceptos vamos a profundizar un poco más, entrando en un tema más teórico:

La catequesis no se puede definir de una forma concreta, puntual y aislada, sino dentro de la globalidad de la misión de la Iglesia. Y por supuesto teniendo en cuenta que abarca desde técnicas a sentimientos. Lo primero es saber qué es la evangelización.

DESARROLLO:

* ¿Qué es evangelizar?

Como catequistas que somos decir que la catequesis no se puede definir de una forma concreta, puntual y aislada, sino dentro de la globalidad de la misión de la Iglesia. Y por supuesto teniendo en cuenta que abarca desde técnicas a sentimientos. Para poder entender que es la catequesis, primero debemos tener muy claro qué es la evangelización, para qué sirve, por qué se hace, quién la hace y cómo se hace.

Charlar brevemente sobre las siguientes cuestiones, si se hace el curso en grupo, sino antes de entrar en materia debemos dar respuesta a estas tres cuestiones. Las tres preguntas, aunque parecidas hay que responderlas por separado, son:

  • ¿Te sientes evangelizado?
  • ¿Quién te ha evangelizado?
  • ¿Qué significa la palabra evangelizar?

Anotar las respuestas y afirmarlas o negarlas en el siguiente desarrollo:

Evangelizar es lo último que Jesús mandó a sus discípulos: “Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a todos los hombres”. Mucha gente lo ha hecho durante la historia y por ellos nosotros creemos en Jesucristo. Si yo hoy creo es porque otros que han creído antes que yo y han sentido la necesidad de transmitir su experiencia de fe, su experiencia religiosa, incluso sus ritos y símbolos.

Lo anterior implica que Dios ha querido que los hombres seamos los instrumentos que contribuyan eficazmente a la salvación de otros hombres. Dios nos necesita (porque el quiere, no le gusta la magia) para la salvación de TODOS los hombres.

Hemos resaltado la palabra “todos” porque esa es una de las novedades que incorporó Jesús: “Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a todos los hombres”; esto es una de las claves de la evangelización: la salvación que Jesús propone al hombre es para todos, sin excepción, no para algunos elegidos. Y de aquí se deriva lo siguiente:

¿Cuál es la razón de ser de la Iglesia?

La razón de ser de la Iglesia, la única razón de ser de la Iglesia es: SER SACRAMENTO DE SALVACIÓN PARA TODOS LOS HOMBRES. Esa misión que encomienda Jesús implica el derecho de todo hombre a ser evangelizado. Según nos dice la Evangelii Nuntiandi “La evangelización es la razón de ser de la Iglesia”. Como consecuencia, sin evangelización la Iglesia no puede existir, ni hubiera existido. Nadie conocería el menaje de Jesús de Nazaret en nuestros días.

Podemos decir que evangelizar es hacer llegar a todos los hombres la salvación. La incorporación al Reino de Dios.

En el documento “La catequesis de la comunidad” de la Conferencia Episcopal Española, encontramos una definición de evangelización, que aunque no es la única posible, nos parece bastante completa y dice así:

La evangelización es “el proceso total mediante el cual la Iglesia, y el pueblo de Dios, movida por el Espíritu, anuncia al mundo el Evangelio (Buena Noticia) del Reino de Dios, da testimonio entre los hombres de la nueva forma de ser y de vivir que se instaura con ese Reino. Educa, en una comunidad, a los que se convierten, celebra (mediante los sacramentos) la presencia de Jesús y el don del Espíritu, impregna y transforma con su fuerza todo el orden temporal” (es decir, la globalidad del mundo).


De la anterior definición partimos para decir que la evangelización tiene los siguientes elementos:

Renovación y transformación de la humanidad como objetivo general: Hay que cambiar lo que vaya contra el Reino de Dios.

Testimonio de los valores del Reino: Todos los que formamos la Iglesia tenemos que mostrar con nuestra vida lo que el Reino es.

Anuncia explícitamente el Evangelio, lo más fielmente a Jesús.

La adhesión de corazón: Convertirse a ese Mundo Nuevo.

Crea comunidades cristianas, porque la fe crece en grupo y se alimenta compartiéndola.

Celebra los sacramentos. Celebra la presencia de un Dios vivo en esa comunidad.

Desarrolla un apostolado (compromiso) activo. Compromiso cristiano en todo el mundo, todos los días.

La Iglesia cumpliendo estos requisitos es signo de Reino de Dios en la tierra; por ello son útiles para revisar nuestra comunidad cristiana.

* Proceso de evangelización:

Ya sabemos que la misión de la Iglesia es evangelizar, que esto incluye toda la acción de la Iglesia y que evangelizar es un encargo que Jesús nos hace a cada uno de nosotros. También hemos llegado a la conclusión de que Dios pone en nuestras manos su proyecto de salvación para todos los hombres; por tanto la responsabilidad no es poca…

Hemos dicho también en la definición que la evangelización es un proceso. Y es lógico, porque una persona no se evangeliza en un día:

– Para asimilar y creer el plan salvador que Dios tiene para los hombres no hay que aprender una teoría, unos dogmas o una ideología; hay que experimentar en la vida de cada uno como ese plan de Dios me salva. Esa experimentación lleva su tiempo, a unos más y a otros menos. En este punto es clave el aceptar que cada persona lleva su propio ritmo, y aunque trabajemos con grupos, debemos de respectar y trabajar con cada uno en su nivel.

– Por esto mismo también decimos que la evangelización es un proceso, porque la fe cristiana es dinámica: Va madurando hasta que “lleguemos al estado de hombres perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo”. (“Ad gentes” nº 6 Concilio Vaticano II). Es decir, la evangelización es un proceso que nos dura durante toda la vida; pero… ¿si yo ya creo en Dios, intento seguir a Jesús, todavía tengo que seguir siendo evangelizado? La respuesta es que sí, porque la experiencia de fe individual y colectiva va cambiando con el tiempo; es un estar permanentemente en camino.

Debido a esta dinámica y experimentación progresiva de la fe, podemos dividir el proceso evangelizador en tres etapas:

1ª ACCIÓN MISIONERA: Para los no creyentes. (Despertador).

2ª ACCIÓN CATEQUÉTICA: Para los recién convertidos que quieren madurar se fe. (Árbol con raíces profundas).

3ª ACCIÓN PASTORAL: Para los cristianos fieles de la comunidad cristiana, para madurar su fe y evangelizar a su vez. (Los frutos del árbol).

PROCESO EVANGELIZADOR

—————————————————————–

MISION CATEQUESIS PASTORAL

* La acción misionera:

Es todo lo que la Iglesia hace, vive y anuncia para establecer el Reino de Dios para y que las personas comiencen a interesarse por Jesucristo y su Evangelio.

Es el primer anuncio que recibe una persona sobre Jesús. Ese primer momento en el que una persona se siente atraída por Jesús y siente la necesidad de conocer más su mensaje.

Los creyentes reales, los comprometidos, cada vez somos menos porque no mostramos lo feliz que nos hace sentirnos libres y salvados por Dios. Se ve la fe como una esclavitud en vez de como una liberación. Tenemos que cambiar para que se note en nuestras vidas que el Reino de Dios está creciendo. (Esta es la mejor manera de ser misioneros en nuestro entorno).

– Los destinatarios son:

– Los ateos y agnósticos.
– Los bautizados (por tradición) sin ningún fundamento religioso.
– Los que recibieron formación religiosa, pero hoy están en la indiferencia.
– Los pobres (los privilegiados de Jesús) que además de desconocer la Buena Noticia de Jesús, soportan las injusticias de un mundo que no es como Dios lo quiere.

– Duración:

Variable, pero normalmente corta.

– Finalidad:

Que se tome una opción por Jesús, que se quiera conocer su mensaje.


* La acción catequética:

Es la segunda etapa de la evangelización. Y trata de conducir hasta la adultez en la fe a quienes han optado por el Evangelio. Es el puente entre la acción misionera y la pastoral. . Es ayudar a los que han dado un primer paso de conocer a Jesús a que entiendan su Mensaje de Salvación, y a que lo experimenten junto con la comunidad.

– Destinatarios:

– Fundamentalmente los adultos:
– Los alejados de la fe pero que tienen interés por el verdadero sentido cristiano de vivir.
– Los que se vinculan a la comunidad cristiana, pero que no han sido iniciados a la fe. No han madurado y tienen una fe infantil.
– Los niños y especialmente los jóvenes. Sin una catequesis de adultos, la de niños y jóvenes queda seriamente comprometida. Si la familia no es catequizada como comunidad de fe, difícilmente los niños y jóvenes podrán experimentar, vivir y crecer como cristianos a su nivel. Una familia auténticamente cristiana es la mejor catequesis.

– Duración:

Tiene un tiempo definido según la persona a catequizar, lo que no se puede es estar permanentemente en catequesis, como veremos más adelante.

– Finalidad:

El fin último de la catequesis es la confesión de la fe, que implica una integración en la comunidad cristiana para vivir esa fe que ha hecho suya. Por lo tanto sin catequesis no hay comunidad cristiana.

* La acción pastoral:

Por lo visto anteriormente es inútil una catequesis sin concluir en una comunidad viva que acoja a los recién catequizados para continuar sosteniéndoles y formándoles en la fe.

La acción pastoral es todo lo que una comunidad hace y vive para trabajar por la construcción del Reino de Dios. Es todo lo que los cristianos adultos hacen para vivir y acrecentar su fe.

– Destinatarios:

Todos los catequizados que están inmersos en una comunidad cristiana.

– Duración:

Tiene un principio y dura toda la vida.

NOTA.- El proceso evangelizador de una persona dura toda la vida, somos evangelizados y evangelizamos al mismo tiempo. Nuestra fe va evolucionando conforme nosotros evolucionamos.

Ya están puestos los cimientos para poder hacernos la siguiente pregunta y continuar con el aprendizaje:

* ¿Qué es la catequesis?

Hacer una lluvia de ideas sobre esta pregunta. (Máximo 2 minutos).

Como ya hemos dicho la catequesis es una parte del proceso evangelizador, y podemos definirla, según el documento (nº34) “La catequesis de la comunidad” de la Conferencia Episcopal Española, como:

“La etapa ( o período intensivo ) del proceso evangelizador en la que se capacita básicamente para ser cristianos; para entender, celebrar y vivir el Evangelio del Reino, al que han dado su adhesión, y para participar activamente en la realización de la comunidad eclesial y en el anuncio y difusión del Evangelio.
Esta formación cristiana – integral y fundamental – tiene como meta la confesión de la fe.”

Desglosamos la definición por partes para sacarle todo su contenido:

Es…

– Es una etapa, es decir, tiene un principio y un fin. Y formar parte del proceso evangelizador, que es la misión de la Iglesia.

– Donde se capacita básicamente para ser cristianos. La catequesis es el “entrenamiento” para ser cristianos. Según “Catechesis Tradende” nº 33 “La catequesis no consiste en enseñar la doctrina sino en iniciar a toda la vida cristiana”; en la catequesis es donde se empieza a ser cristiano, todo cristiano tiene que haber pasado por esa etapa. Lo que hay que tener en cuenta es que en la catequesis sólo se ponen las bases, el desarrollo como cristianos y la maduración se consigue en la etapa pastoral dentro de una comunidad cristiana.

Sirve…

– Para entender, celebrar y vivir el Evangelio del Reino. ENTENDER: conocer lo que Jesús nos dice. CELEBRAR: Compartir con los demás creyentes, experimentar el Mensaje de Jesús; la catequesis no puede funcionar aislada de la comunidad. VIVIR: Llevar el Mensaje conocido a la práctica, porque no es una teoría sino una forma nueva de entender la vida.
La Buena Noticia del Reino hay que entenderla, celebrarla y vivirla.

– Para los que han dado su adhesión: Para los que han recibido el primer anuncio, en la etapa misionera, y tienen interés por Jesús.

– Para participar activamente en la Comunidad: La catequesis ha de incitar a la acción, el conocer a Jesús no nos puede dejar impasibles (si es así algo falla en la catequesis que hacemos). Los cristianos además no actuamos solos (ni Jesús), sino en grupo, en comunidad. La catequesis parte de la comunidad y repercute en la comunidad, sin ella no es posible la catequesis.- Para participar en el anuncio y difusión del Evangelio: Es la tarea misionera a la que todo cristiano está llamado, ya que no se puede guardar ese Mensaje que a mí me llena. (Se puede leer C.C. nº 91 y 92).

– Para participar en el anuncio y difusión del Evangelio: Es la tarea misionera a la que todo cristiano está llamado, ya que no se puede guardar ese Mensaje que a mí me llena. (Se puede leer C.C. nº 91 y 92).

Finalidad…

La meta es la confesión de la fe: Esto supone:

* Dar razón de lo que yo creo.: Tener claro que creo y por qué lo creo.
* Celebrar esa se que vivo en comunidad.
* Comprometerse: Hay que llevar a la práctica cotidiana mi fe, que no es otra que creerme que el Reino de Dios es la liberación para el hombre, para que éste sea feliz.

 Bibliografía:
– “Catequistas en marcha” Cursillo de iniciación de Amador menudo Sivianes Ed. Verbo Divino.
– “Curso básico para la formación del catequista” Secretariado de Catequesis de la Diócesis de Sevilla.

Se permite la copia y libre difusión de este documento siempre que se haga referencia al autor y fuente de procedencia abajo indicadado. Rogamos nos lo comunique previamente al autor:

Abraham Velázquez
info@catequesis.net
Información de http://catequesis.net

Curso iniciación para catequistas.

Tema 3: ¿Cómo hacer catequesis hoy?

OBJETIVOS:

– Recopilar lo más importante de los temas 1 y 2. Afianzar ideas.
– Destacar la importancia de la experiencia en la catequesis: humana, religiosa y cristiana.
– Tomar contacto con la pedagogía catequética de Jesús. (Texto de Emaús).

INTRODUCCIÓN:

Se leen los apuntes de los dos temas anteriores y nos aseguramos de que todo está claro.

DESARROLLO:

Hasta ahora hemos vistos conceptos teóricos importantes. A partir de ahora vamos a ver cómo tenemos que hacer catequesis para ser fieles a lo que la Iglesia hoy nos pide.

¿Cómo tenemos que hacer catequesis para ser fieles a lo que la Iglesia hoy nos pide?

Veíamos que todo hombre tiene “derecho” a ser evangelizado, y por tanto nosotros tenemos la “obligación” de realizar dicha tarea. Evangelizar a todo hombre tiene un doble sentido, no solo a todos, sino también al hombre de cada época; los hombres contemporáneos de Jesús y los hombres de hoy en día. Esto nos lleva a que tenemos que evangelizar en nuestra realidad, tenemos que hacer nuestra tarea dirigida hacia el hombre de hoy. ¿Cómo se hace esto?

La fe no se impone, sino que surge de lo más profundo del hombre que ha conocido a Jesucristo. La fe no se aprende, se vive. La fe no la podemos medir, se siente. Solo desde el convencimiento profundo del hombre, solo desde su vida puede llegar a vivir la fe cristiana. Por eso es tan importante lo que vamos a comentar a continuación: La experiencia. Solo desde una experiencia de fe profunda seremos hombres evangelizados.

Experiencia…

* CUENTA UNA EXPERIENCIA:
Algún miembro del grupo cuenta cualquier experiencia que haya tenido. Intentaremos que se profundice en ella. Luego se plantea la siguiente pregunta:
– ¿Qué es experiencia?
Que definan entre todos la palabra. El monitor no dirá nada.

– La experiencia es…

Para empezar tenemos que saber que la experiencia no es el tiempo vivido de cada uno, ni el conjunto de situaciones vividas o vistas. Es decir, no por ser más viejo se tiene, necesariamente, más experiencia. Aunque si hay alguna relación con todo esto.

La experiencia es la realidad inmediata que hemos vivido, que sometemos a reflexión para ir profundizando en ella, para valorarla y sacar nuestras propias conclusiones. Éstas afectarán de una manera u otra a nuestra forma de actuar y vivir , es decir, nos llevarán a unos cambios, a ser de una forma determinada. Las experiencias que vamos teniendo son las que nos van cambiando.

– La experiencia religiosa es…

Cuando se profundiza mucho sobre toda la realidad, el hombre la llegando a las preguntas claves de su vida: ¿quién soy? ¿Qué sentido tiene mi vida? y el por qué de tantas cosas y situaciones.

Llegados a este punto el hombre se abre a lo trascendental, a lo que va más allá de sus posibilidades cognoscitivas. Por esto se dice que el hombre es un ser religioso por naturaleza, porque llega a preguntarse por el significado de todo, porque se abre a lo trascendental. Así llega al nivel de profundización que denominamos religioso.

Conforme el hombre va encontrando respuestas en este nivel, las objetiviza y la intenta hacer comprensibles. Pero lo experimentado es tan profundo que para expresarlo recurre a símbolos que sean capaces de reflejar esa profundidad y no se queden tan cortos como los lenguajes convencionales. Debido a esto de la experiencia religiosa de cualquier persona o grupo de personas sólo podemos apreciar, en la superficie, una parte: son las objetivaciones religiosas.

– La experiencia de fe cristiana es…

La experiencia de la escucha de la Palabra de Dios y como se vive es la experiencia cristiana. Dios se nos revela en la Palabra y, plenamente, en Jesucristo; si cambia esto nuestras vidas es porque estamos teniendo experiencias de fe cristiana.

Es la experiencia religiosa que se abre a lo trascendente y que encuentra la respuesta en Dios; que se hace presente en la historia del hombre (Hª de Israel ), en Jesús ( que nos muestra a Dios tal cual es) y en los que van actuando según éstas experiencias ( la Iglesia ).

Toda la experiencia anterior la encontramos condensada en la Biblia, de ahí su importancia. “La experiencia bíblica desempeña un papel de fundamentación respecto a cualquier otra experiencia que quiera llamarse cristiana” . (“La catequesis en la Iglesia” de Emilio Alberich)

La catequesis es auténtica cuando respeta la estructura anterior de la comunicación de la fe.

Se da catequesis cuando se lleva a cabo la profundización de la propia experiencia y su confrontación con las experiencias básicas de la realidad cristiana: Hª de Israel, Jesucristo y la Iglesia.

Pregúntate: ¿Crees que se puede catequizar desde la teoría o más bien desde las experiencias de los miembros del grupo?

* Pasos del proceso catequético:

Ya sabemos que la experiencia tanto humana, como religiosa, como cristiana es lo que hace que cada hombre vaya haciendo el camino de su vida de una determinada manera. Las experiencias, entendidas como profundización de aquello que nos sucede, es lo que hace cambiar al hombre.

A partir de aquí consideramos muy importante que el proceso catequético parta de la experiencia de cada uno de los catequizandos, del catequista, de su parroquia, de la Iglesia, de Jesucristo, de la Biblia.

Para iniciar a los catecúmenos en la fe, es necesario que la experimenten. Por ello tendremos que dar los siguientes pasos:

1º Profundizar en sus experiencias. Tenemos que partir de nuestra propia realidad. Si no profundizamos en nuestras propias vidas no tendremos, ni siquiera, experiencias.
En esa profundización hay que llegar a la apertura a lo trascendente.

2º Confrontamos esas experiencias con las experiencias bíblicas (Hª Israel, Jesús y la primera Iglesia) y con las experiencias cristianas actuales. Esto nos ayudará en la lectura e interpretación de la vida, de nuestra realidad experimentada. La catequesis es así un intercambio de experiencias.

3º Actuar y vivir según lo que hemos ido experimentando durante todo el proceso. La experiencia de la fe cristiana te lleva, como toda experiencia, a ser y vivir de una manera; en este caso al estilo de vida cristiano.

* LA CATEQUESIS: PROFUNDIZACIÓN-IDENTIFICACIÓN DE LA PROPIA EXPERIENCIA CON LAS EXPERIENCIAS FUNDAMENTALES DE CRISTO Y LA IGLESIA.

Ya hemos dicho que la catequesis es auténtica cuando se lleva a cabo la profundización de la propia experiencia y su confrontación con las experiencias básicas de la realidad cristiana. (Israel, Cristo y la Iglesia ).


PUESTA EN COMÚN:

  • ¿Cómo es la catequesis que hacemos?
    • ¿Cuál de estos se olvida con más frecuencia cuando hacemos catequesis?
CATEQUESIS ES… – Tomar conciencia de lo que nos pasa – Iluminados por el Evangelio – para seguir juntos a Jesucristo – transformándolo todo.

PRÁCTICA:


PASOS DE UNA CATEQUESIS DEL CATEQUISTA JESÚS CON UN GRUPO REDUCIDO DE LA COMUNIDAD CRISTIANA.

“Aquel mismo día hubo dos discípulos que iban camino de una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén, y comentaban lo sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero estaban cegados y no podían reconocerlo.
Jesús les dijo:
– ¿ Qué conversación es esa que os traéis por el camino ?
Se detuvieron cariacontecidos y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
-¡ Eres tú el único de paso en Jerusalén que no se ha enterado de lo ocurrido estos días en la ciudad !
El les preguntó:
– ¿ De qué ?
Contestaron:
– De lo de Jesús Nazareno, que resultó ser un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; de como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
Cuando nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel. Pero, además de todo eso, con hoy son ya tres días que ocurrió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dado un susto: fueron muy de mañana al sepulcro y, no encontraron su cuerpo, volvieron contando incluso que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro, y lo encontraron tal y como había dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo:
– ¿Que torpes sois y que lentos para creer lo que anunciaron los Profetas! ¿ No tenía el Mesías que padecer eso para entrar en la gloria?
Y comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la escritura. Cerca ya de la aldea adonde iban hizo ademán de seguir adelante; pero ellos les insistieron diciendo:
– Quédate con nosotros, que está atardeciendo y el día va ya de caída.
El entró para quedarse. Recostado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronuncio la bendición, lo partió y se lo ofreció. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. Entonces comentaron:
– ¿ No estábamos en ascuas mientras nos hablaba por el camino explicandonos las Escrituras?
Y, levantandose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que decían:
– Era verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Ellos contaron los que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan “.
Lucas 24,13-35.
Trabajo:
– Localizar en el texto los distintos pasos del proceso catequético.
– ¿ Hace catequesis del la experiencia o no ? ¿ Por qué ?

1.- Localiza en el texto los pasos del proceso catequético (profundizar en sus experiencias, confrontar esas experiencias con las experiencias bíblicas, actuar y vivir según lo experimentado)

2.- ¿Hace Jesús esta catequesis desde la experiencia para que los discípulos descubran por sí mismos el mensaje, o se le dice directamente lo que tienen que hacer para seguirle? ¿Por qué crees que lo hace así? Razona tu respuesta.


Bibliografía:
– “Catequistas en marcha” Cursillo de iniciación de Amador menudo Sivianes Ed. Verbo Divino.
– “Curso básico para la formación del catequista” Secretariado de Catequesis de la Diócesis de Sevilla.

Se permite la copia y libre difusión de este documento siempre que se haga referencia al autor y fuente de procedencia abajo indicadad. Rogamos nos lo comunique previamente al autor:

Abraham Velázquez
info@catequesis.net
Información de http://catequesis.net

Curso iniciación para catequistas

Tema 4: El acto catequético.

OBJETIVOS:

– Estudiar la forma de afrontar la catequesis.
– Concretar cómo hacer catequesis de la experiencia, según lo visto en el tema 3.
– Analizar el proceso del acto catequético.
– inventar un tema de catequesis para un nivel.

INTRODUCCIÓN:

Tras tener asumido todo lo anterior, comenzamos el cuarto tema para tratar cómo hacer una sesión de catequesis. Qué pasos debemos seguir según lo estudiado hasta ahora, concretando cómo hacer una catequesis basada en la experiencia y haciendo cada uno un caso práctico.

– ¿Qué es lo que se hace para que un mensaje llegue a alguien?

COMUNICARLO.

– Dios hace lo mismo.

La revelación de Dios al hombre se realiza en un clima total de comunicación.

Por ello, si la catequesis debe ayudar al encuentro entre Dios y el hombre, se hace necesaria la comunicación de la fe en ese Dios que se nos ha revelado. Así nunca podemos olvidar que la catequesis es comunicar.

  • Esquema del proceso de comunicación:

EMISOR            MENSAJE             CÓDIGO             CANAL             RECEPTOR

R U I D O

EMISOR: de donde brota la comunicación.

MENSAJE: es lo que se comunica. No sólo lo que se dice, sino lo que queremos que llegue al otro.

CÓDIGO: es el cómo se comunica. Los signos. El lenguaje.

CANAL: es por donde se comunica. Es el medio de transporte del mensaje.

RECEPTOR: es el destinatario del mensaje.

RUIDOS E INTERFERENCIAS: perturbaciones de la comunicación.

FEED-BACK: el receptor indica al emisor que le ha llegado el mensaje. Retroalimentación.

EMISOR = DIOSFEED-BACKRECEPTOR = El hombre
Dios se nos comunicaLa respuesta del hombreEl catequista o el grupo el grupo. No tiene la Palabra, le ha sido dada.
RUIDOS– Malas interpretaciones
– Malos medios
– Falta de formación, etc.
MENSAJEPALABRA REVELADA, Dada a la Iglesia: El cate quista = el mensajero no debe dar su mensaje, sino “El Mensaje”
CANALEl catequista es el medio de transmisión
CÓDIGO-LENGUAJECuatro lenguajes catequéticos:
– Bíblico
– Litúrgico
– Tradición
– Testimonial

¿Qué opinas de esta analogía? En una comunicación telefónica, por ejemplo, el catequista… ¿quién es?

No es el que habla, no el que escucha, tampoco es el mensaje, tampoco el mensajero (que es Jesús). Los catequistas somos los cables o las ondas de la comunicación telefónica. Somos las herramientas de Dios para que su Mensaje llegue al hombre. Los catequistas somos el instrumento en la transmisión de la fe en la etapa catequética.

DESARROLLO:

PASOS DEL ACTO CATEQUÉTICO:
En la catequesis de cualquier tipo ( adultos, jóvenes o niños ) de ninguna manera pueden faltar estos tres elementos:

– La experiencia humana,

– la palabra de Dios ( iluminación cristiana ) y

– la expresión de la fe ( experiencia cristiana ) que compromete y se celebra.

a) La experiencia humana.

La definimos en el tema anterior como la realidad inmediata que vivimos, sometida a reflexión y profundización, para sacar unas conclusiones que van cambiando nuestras vidas.

También dejamos ver como los catequizandos sólo pueden ser realmente encaminados hacia Jesucristo si llegan a escuchar la palabra de la catequesis desde su situación concreta. Si no estamos cercanos a ellos, jamás conseguiremos comunicarles nada.

Esta experiencia humana es la materia prima que iluminada y transformada por la Palabra de Dios, va convirtiendose en experiencia cristiana. Para ello, en esta primera fase debemos trabajar con el siguiente itinerario:

1º PROVOCAR: Evocar los acontecimientos en los que nos queremos apoyar.

2º PROFUNDIZAR: ¿Qué hay detrás de estos acontecimientos?

3º UNIVERZALIZACIÓN: Generalizar, comprobar que a todos nos pasa más o menos lo mismo.

b) Iluminación cristiana – la Palabra de Dios.

Si tuviéramos muchas y muy buenas experiencias humanas que trabajar y la Palabra de Dios no fuera anunciada ni acogida, no habría catequesis, sería otra cosa; catequesis seguro que no.

Esta Palabra de Dios aparece al universalizar nuestras experiencias en la fase anterior. Por ejemplo: A Jesús o sus discípulos también les pasó algo parecido, o a otros creyentes, etc.

Dios se ha revelado siempre en nuestra historia, ésta experiencia de salvación del hombre la tenemos en la Biblia ( recordad aquello de la experiencia de Israel, de Cristo o de la Iglesia ). Ahora nos toca hacer descubrir que Dios nos sigue salvando, y que se nos revela en nuestra propia historia. A dios le interesa nuestra vida.

No se propone, y esto es muy importante, a los catequizandos la aceptación de una doctrina o de unas normas de vida, sino la experiencia cristiana tal y como es vivida por la Iglesia, como la viven los ya iniciados en la fe.

En nuestro itinerario por la Palabra de Dios, se debe dar:

1º ENCUENTRO: Con la Palabra de Dios como Buena Noticia que da sentido a nuestras experiencias. ¿Cómo vivieron Jesús y otros creyentes esas experiencias ?

2º CONVERSIÓN: Vale la pena vivir la experiencia como ellos.

3º INTERIORIZACIÓN: Interpretación de la Palabra para mi vida concreta. Abrir mi corazón a la Palabra de Dios.

c) Experiencia cristiana.

Los catequizandos irán descubriendo en Jesucristo la clave que les permite comprenderse mejor a sí mismos; a descifrar el enigma de su existencia, a responder a su vocación en esta vida y a ser felices.

Van aprendiendo a contemplar el Evangelio ( Buena Noticia ) que Dios va realizando en la historia.

Este descubrimiento. Este crecimiento de la fe en Dios, de la fe en su plan salvador, de la fe en el Reino de Dios les hace ir acercándose al credo de la Iglesia, que es creerse ese plan de Dios. Les hace ir interiorizando , expresando, celebrando eso que les va haciendo felices. Y les hace entregarse a ese plan, a la instauración del Reino de Dios.

Cuando esto llega a su plenitud en una persona, podemos decir que ésta ha culminado su proceso de catequesis, según vimos en el tema 2. No por esto dejará de seguir necesitando, como todos los cristianos, una formación y crecimiento en la fe permanentes.

En esta parte del acto catequético el catequizando deberá ir pasando por donde ya han pasado otros cristianos, para ir viviendo así las mismas experiencias: la experiencia cristiana. Aquí tenemos los pasos a dar en esta última fase:

1º SIGNIFICANTE: Ahora se ven las cosas de otra manera. Nuestra vida, nuestras experiencias significan algo nuevo ( visión cristiana ). Nos acercamos a la fe de la Iglesia.

2º COMPROMISO: Después de todo el proceso ( respetando el ritmo de cada individuo), ¿ qué hacer ? , ¿ cómo concretar la fe que voy adquiriendo a mi vida práctica y cotidiana ?

3º CELEBRACIÓN – LITÚRGIA: Comparto mi experiencia, mi fe, mi vida. Exteriorizo lo que vivo como cristiano. Aquí la oración personal y comunitaria surgen como una necesidad.

Para tu reflexión personal o en grupo:

¿Cuál de los pasos del acto catequético comentado anteriormente crees que tienes más abandonado y cuál crees que deberías profundizar más?


Bibliografía:
– “Catequistas en marcha” Cursillo de iniciación de Amador menudo Sivianes Ed. Verbo Divino.
– “Curso básico para la formación del catequista” Secretariado de Catequesis de la Diócesis de Sevilla.

Se permite la copia y libre difusión de este documento siempre que se haga referencia al autor y fuente de procedencia abajo indicadado. Rogamos nos lo comunique previamente al autor:

Abraham Velázquez
info@catequesis.net
Información de http://catequesis.net

Todo este material lo tienes a tu disposición en http://www.catequesis.net/ y muchos más recursos para los catequistas.

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¿Cómo el ejemplo del Beato Anacleto González puede inspirar el trabajo de los laicos hoy?

Beato Anacleto González Flores. Beato Anacleto González Flores. AddThis Sharing ButtonsShare to FacebookShare to TwitterShare to WhatsAppShare to CorreoShare to Más…

Rafael Becerra González, autor mexicano de “Anacleto González Flores: De la Palabra a la Transformación Social”, destacó que el ejemplo del mártir de la persecución religiosa en México tiene particular actualidad para los laicos de hoy para “llevar los valores del Evangelio hacia todos los rincones posibles”. 

Entrevistado por ACI Prensa, Becerra González, seminarista de la Arquidiócesis de San Antonio en Texas (Estados Unidos), destacó que Anacleto González Flores “es un profundo analista de la realidad que le ha tocado vivir”, pero “va más allá: no se trata solamente de analizar la realidad, sino de tomar acciones concretas para responder a esa situación”. 

La cultura actual, indicó, es “posmoderna, individualista”, que está “desacralizando lo que es sacro para luego dejarlo vacío de su contenido y sacralizar lo que es profano”. 

Ante esta situación, dijo, “Anacleto González Flores nos enseña a analizar la realidad y a poder responder a la situación concreta” para así “llevar nuestra propuesta cristiana”. 

Becerra González destacó que Anacleto González Flores “es una figura impresionante, es un mexicano universal”.

“Es un laico que se ha distinguido porque ha sido un estudioso, ha sido un organizador, ha sido un hombre de oración, pero además ha sido un esposo extraordinario, un padre extraordinario”, resaltó. 

“Un hombre que ha caminado con su Iglesia, que ha sido condecorado por el Papa y que llama a los laicos de hoy a vivir esa pasión por Cristo, entregar su vida por Cristo desde la autenticidad de cada uno”, añadió. 

El seminarista mexicano señaló que estos méritos le valieron que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, con la aprobación del Papa Francisco y tras el pedido de la Conferencia del Episcopado Mexicano, lo declarara Patrono de los Laicos Mexicanos en 2019.

“Por eso tenemos hoy los laicos en México un modelo extraordinario, el cual podemos seguir desde nuestra propia autenticidad, como la autenticidad que tuvo el ‘Maistro Cleto’”, como era conocido el beato. 

Rafael Becerra González explicó que la idea del libro surge de su propia admiración por el beato mexicano. 

Como Anacleto, Becerra González nació en Tepatitlán, en el estado mexicano de Jalisco, y ha pertenecido a la parroquia de San Francisco, en la que el beato recibió su Primera Comunión.

Y al igual que el patrono de los laicos mexicanos, también pasó por el Seminario de la Diócesis de San Juan de los Lagos. 

“En mi corazón está este modelo de un laico comprometido, que yo mismo he querido imitar en mi juventud”, aseguró.

Precisamente en el Seminario de San Juan de los Lagos, como un trabajo académico para culminar los estudios de Filosofía, surgió lo que hoy es el libro “Anacleto González Flores: De la Palabra a la Transformación Social”. 

Becerra González subrayó el trabajo de “protesta activa y pacifista” que encabezó el Beato Anacleto en los años de la persecución religiosa en México, en las primeras décadas del siglo XX. 

“Él no es un hombre que haya tomado las armas”, precisó, y destacó las palabras finales del Beato Anacleto González antes de ser ejecutado injustamente: “Yo muero pero Dios no muere. ¡Viva Cristo Rey!”. 

Para Anacleto, señaló, siempre estuvo claro que su labor “no es la obra de él, es la obra de Dios”, por lo que al ser asesinado no ha fracasado. 

“Anacleto está dejando de manifiesto que no es su obra y está invitando a sus seguidores y a los seguidores de Cristo a que no se desanimen, que sigan adelante”, pues “el triunfo ya está dado” en la Resurrección de Jesús. 

Becerra González lamentó que el sistema educativo mexicano haya silenciado “durante muchos años” la gesta cristera en el país, al haber sido “cooptado en muchos de los casos por la masonería”. 

El silencio ha sido tal, señaló, que no sería sino hasta que el francés Jean Meyer documentó lo ocurrido en su libro Cristiada que se difundió más abiertamente la Guerra Cristera y la persecución religiosa en el siglo XX. 

Sin embargo, resaltó, “hoy hay muchos documentos, hoy podemos encontrar mucha más bibliografía y podemos profundizar más”. 

Lo que yo intento con este libro es justamente eso: despertar el entusiasmo de la gente para que conozca sobre estos grandes líderes como Anacleto González Flores“, dijo. 

El autor de “Anacleto González Flores: De la Palabra a la Transformación Social” precisó que “hoy vivimos en un momento diferente” al que vivieron los cristeros en el siglo XX, pero existen “diferentes ataques contra nuestra fe católica”. 

En este panorama, indicó, debemos recordar cómo tanto “hombres y mujeres ricos, pobres, jóvenes, viejos, profesionistas y no profesionistas, del campo y de la ciudad, se sumaron en un movimiento por defender lo más profundo que tenían, su fe y su valor cristiano, su deseo de Dios y la posibilidad de la libertad de poder expresarlo en el culto público”. 

Así, siguiendo el modelo del Beato Anacleto, es importante “primero analizar la realidad. Segundo, dar una respuesta concreta positiva, dando todos nuestros talentos y todo lo que somos al servicio de los demás”. 

“Hasta llegar a este momento sublime incluso de entregar la vida por defender nuestras libertades, nuestra libertad de creencia y la libertad religiosa que se ve amenazada en muchas partes del mundo”, expresó. 

“La propuesta de Anacleto, muy actual”, añadió, es que “debiéramos estar en la escuela, que debemos estar en la prensa y que debemos estar en la calle, en la cuestión pública”. 

“Ahí deberían de estar los católicos para llevar los valores del Evangelio hacia todos los rincones posibles”, aseguró. 

El libro “Anacleto González Flores: De la Palabra a la Transformación Social” puede adquirirse en ejemplar físico, a través de la plataforma Mercado Libre. También se puede comprar una versión digital, en formato Kindle, a través de Amazon

¿Quién fue Anacleto González Flores?

El Beato Anacleto González nació en la localidad de Tepatitlán de Morelos, en el estado mexicano de Jalisco, el 13 de julio de 1888. Fue el segundo de 12 hijos. 

Su padre no confiaba en la Iglesia, por lo que recibió una educación liberal y no religiosa. 

Escuchar una predicación de un sacerdote en 1905 en Guadalajara, Jalisco, inspiró de tal manera al hoy beato que comenzó a participar en la catequesis local. 

Comenzó sus estudios de Derecho en 1913, con el objetivo de “defender la Patria y la Religión”. 

Años después sería miembro fundador de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM). 

Tras entrar en vigor la Constitución de 1917, de marcado carácter anticlerical, Anacleto tomó parte en los esfuerzos para que las medidas contra la Iglesia no se aplicaran en el estado de Jalisco. 

Las exitosas maniobras, que incluyeron un boicot, lograron que las presiones anticlericales no fueran retomadas hasta 1926. 

Sus esfuerzos en la defensa de la Iglesia desde años previos a la detonación de la Guerra Cristera le valieron ser reconocido en 1925 por el Papa Pío XI con la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice. 

Organizó un eficaz boicot pacífico contra el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles para evitar que entrara en vigor la llamada “Ley Calles” y sus graves restricciones al culto católico.

Se esforzó por evitar, sin éxito, que detonara la lucha armada. Una vez iniciada la Guerra Cristera fue arrestado por el gobierno, torturado y finalmente ejecutado el 1 de abril de 1927. 

Antes de morir perdonó a sus asesinos y dijo: “Por segunda vez oigan las Américas este grito: yo muero pero Dios no muere. ¡Viva Cristo Rey!”. 

Anacleto González fue beatificado el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara.

Fuente: https://www.aciprensa.com/noticias/como-el-ejemplo-del-beato-anacleto-gonzalez-puede-inspirar-el-trabajo-de-los-laicos-hoy-83192

Categorías:beatos y Santos

Así protegieron y guardaron en secreto a la Virgen de Guadalupe durante la Guerra Cristera

Imagen original de la Virgen de Guadalupe en su Santuario en Ciudad de México. Crédito: David Ramos / ACI Prensa. Imagen original de la Virgen de Guadalupe en su Santuario en Ciudad de México. Crédito: David Ramos / ACI Prensa. AddThis Sharing ButtonsShare to FacebookShare to TwitterShare to WhatsAppShare to CorreoShare to Más…

Durante la dura persecución religiosa que sufrió la Iglesia Católica a manos del Gobierno de México en la Guerra Cristera de las primeras décadas del siglo XX, se decidió esconder la imagen original de Nuestra Señora de Guadalupe para evitar que sea destruida. Esta es la historia.

El P. Eduardo Chávez, uno de los principales expertos sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe, recordó que la imagen mariana sufrió un atentado pocos años antes de la Guerra Cristera, cuando las relaciones entre el Estado y la Iglesia se iban tensando.

El P. Chávez es doctor en Historia de la Iglesia y canónigo de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe. Además, fue el postulador oficial de la canonización de San Juan Diego, el vidente de Nuestra Señora de Guadalupe.

El 14 de noviembre de 1921 un desconocido escondió dinamita en un arreglo floral que puso a los pies de la imagen de la Virgen de Guadalupe. Alrededor de las 10:30 a.m. de ese día el explosivo detonó, dañando el altar de mármol, los candelabros y un crucifijo que quedó retorcido y cayó al suelo.

Sin embargo, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe no sufrió ningún daño. https://www.instagram.com/p/BB-7eG9RUaj/embed/captioned/?cr=1&v=13&wp=540&rd=https%3A%2F%2Fwww.aciprensa.com&rp=%2Fnoticias%2Fasi-protegieron-y-guardaron-en-secreto-a-la-virgen-de-guadalupe-durante-la-guerra-cristera-93234%3Ffbclid%3DIwAR3mwRhHaYcoWQ9kOcdqMRgnHmzP-AoMoE58DRpw8QVCw1Fd3xn3SoA1T_g#%7B%22ci%22%3A0%2C%22os%22%3A1827%2C%22ls%22%3A1353%2C%22le%22%3A1740%7D

El pueblo mexicano venera ahora el crucifijo retorcido como el “Santo Cristo del Atentado”, reconociendo en él a Jesús que protegió a su Madre.

Entrevistado por ACI Prensa, el P. Chávez señaló que tras ese atentado el Gobierno de Plutarco Elías Calles “no soltaba a la Iglesia Católica. Era su enemigo número 1”.

“Así que emitió una ley el 2 de julio de 1926, en donde declara una persecución religiosa en contra de la Iglesia Católica en México, que iba a iniciar el 31 de julio de 1926”, señaló.

La ley promulgada por Calles fue la “Ley de tolerancia de cultos”, que convirtió en ilícitas diversas acciones de la Iglesia, como que los sacerdotes vistan traje talar, que los religiosos se reúnan en congregaciones y prohibió la educación católica en las escuelas.

La presión contra la Iglesia llevó a los obispos de México a suspender el culto católico, y a que los pobladores católicos se levantaran en armas contra el Gobierno en diversas partes del país. Así comenzó la Guerra Cristera.

En esas circunstancias, continuó el P. Chávez, el Abad de la Basílica de Guadalupe en esos días, Feliciano Cortés, “lógicamente estaba muy angustiado, porque tenía la responsabilidad de cuidar el tesoro máximo del pueblo mexicano, que es la imagen de la Virgen de Guadalupe”.

“Así que llamó al cabildo inmediatamente, con urgencia. Asimismo se lo hizo saber al Arzobispo de México, José Mora y Del Río, para ver cómo se podría cuidar la imagen de la Virgen de Guadalupe”, señaló.

“Porque si intentaron destruirla en 1921, ahora que era la Guerra Cristera abierta, en 1926, ¿qué más no tratarían de hacer?”, continuó.

Llamaron al pintor Rafael Aguirre, para que realizara una réplica de la imagen original.

“La idea era quitar la imagen original de su altar por la parte de atrás, porque el Gobierno vigilaba por la parte frontal de la Basílica que no hubiera ningún movimiento extraño”, recordó. Luego la reemplazaron con la copia realizada por Rafael Aguirre en óleo.

Luego escondieron la imagen original en “un ropero chino”, al que se le implementó un doble fondo.

La tabla superior del ropero “se desclavó y se introdujo a la Virgen de Guadalupe”, señaló el sacerdote mexicano.

“Todo esto lo hicieron muy bien, porque fue delante de notario público, testigos. Se puso todo bien instalado de tal forma que nadie pudiera quitar sellos ni nada por el estilo (a la imagen), para procurar que todo fuera perfectamente hecho”, señaló.

Luego el Abad le encargó a un gran amigo suyo, Luis Felipe Murguía Terroba, “que custodiara la imagen de la Virgen de Guadalupe en su hogar”.

“Así que este señor se la lleva a su hogar en el centro de la Ciudad de México. Así la Virgen pasa desde el 30 de julio de 1926 en este hogar”, dijo.

La imagen original de la Virgen de Guadalupe permaneció en esa casa hasta el 15 de julio de 1927, dijo el sacerdote.

“En el momento más álgido de la persecución se fueron a un edificio de la antigua librería Murguía, ubicada en el centro también, en la avenida 16 de septiembre. Y nadie sabía qué contenía el famoso ropero chino”, señaló.

Cuando ya hubo calma se regresa la imagen a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en 1929”, añadió.

Ese año, recordó, culminó oficialmente la Guerra Cristera con la firma de los acuerdos entre el Arzobispo mexicano Leopoldo Ruiz y Flóres, como delegado apostólico del Papa Pío XI, y el entonces presidente del país, Emilio Portes Gil.

El P. Chávez subrayó que cuando el ropero chino fue devuelto a la Basílica, fue abierto “ante notario, testigos, y mucha gente que estaba en ese momento”.

Luego retiraron la copia del pintor Aguirre y se repuso la imagen original de Nuestra Señora de Guadalupe en su lugar.

La imagen original fue conservada en la Antigua Basílica de Guadalupe, hoy Templo Expiatorio de Cristo Rey, hasta que fue llevada a la nueva Basílica. https://www.instagram.com/p/BBsA23sRUau/embed/captioned/?cr=1&v=13&wp=540&rd=https%3A%2F%2Fwww.aciprensa.com&rp=%2Fnoticias%2Fasi-protegieron-y-guardaron-en-secreto-a-la-virgen-de-guadalupe-durante-la-guerra-cristera-93234%3Ffbclid%3DIwAR3mwRhHaYcoWQ9kOcdqMRgnHmzP-AoMoE58DRpw8QVCw1Fd3xn3SoA1T_g#%7B%22ci%22%3A1%2C%22os%22%3A1844%2C%22ls%22%3A1353%2C%22le%22%3A1740%7D

Sobre la copia de Aguirre y el ropero chino, el P. Chávez dijo que “estas dos cosas se le dieron como agradecimiento al ingeniero Luis Felipe Murguía por todo lo que hizo él y su familia de resguardar a la Virgen Santísima de Guadalupe”.

“Yo vi esa copia en ese hogar de los señores Murguía y habían puesto una pequeña capilla”, señaló.

Ante un “momento tan difícil, de decisiones tan complicadas”, el P. Eduardo Chávez señaló que “yo solamente saco una cosa también de espiritualidad: la Virgen de Guadalupe está en nuestro hogar, en nuestra casa. Ella nos ve, ella está preocupada por nosotros y nos atiende”.

“Así fue cuando fue a sanar a Juan Bernardino. Fue a la casa de Juan Diego, donde estaba el anciano a punto de morir. Y es Jesús, a través de la Virgen de Guadalupe, que le da la salud”, señaló.

“Como se lo dijo a Juan Diego nos lo dice: no tengas miedo. ¿Acaso no estoy yo aquí que tengo el honor y la dicha, la alegría, de ser tu madre?”.

“Así que en tiempos difíciles, complicados, de persecución, de violencia, de enfermedad, la Virgen de Guadalupe estará siempre en nuestro hogar y en nuestro corazón”, finalizó.

Fuente: https://www.aciprensa.com/noticias/asi-protegieron-y-guardaron-en-secreto-a-la-virgen-de-guadalupe-durante-la-guerra-cristera-93234

Categorías:Cristiada

Derechos y Obligaciones de los fieles laicos: Volver a los orígenes

INSTITUTO SUPERIOR DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS

DE LA ARQUIDIOCESIS DE MÉXICO

Escuela de Teología

Derecho Canónico Fundamental

Quinto semestre

Profesor Carlos Escorza Ortíz

Derechos y Obligaciones de los fieles laicos:

Volver a los orígenes

Lic. Adriana Guadalupe Ochoa Reynoso

Quinto semestre

Matrimonio Misionero, Fraternidad Misionera Verbum Dei

Islas Filipinas  noviembre  2013

  1. Introducción

A la luz de la lectura del Derecho Canónico Fundamental, hay un apartado que especialmente llamó mi atención. Me gustaría hacer una pequeña reflexión acerca del capítulo que habla sobre las Obligaciones y derechos de los fieles laicos. 

Este capítulo del Derecho Canónico puede parecer una utopía inalcanzable ante tantos retos que supone para ponerlo en práctica. Necesitamos partir de la historia y de los actuales problemas que enfrentamos los laicos católicos en el momento de querernos integrar responsablemente a la labor pastoral de nuestra Iglesia.

El objetivo de mi ensayo será reflexionar en la historia, los avances y retos que este capítulo del Derecho Canónico fundamental trae consigo. No basta con la publicación del Derecho, se requiere toda una dinámica al interior y al exterior de la Iglesia para que estos derechos y deberes puedan llegar a ser una realidad.

¿Por qué si nuestra Iglesia nació gracias a laicos que siguieron a Cristo como es que después hemos hecho tantas diferencias? ¿Por qué es un constante reto la comunión eclesial entre clérigos y laicos? Considero como uno de los retos, dar luz al propio clérigo sobre cómo establecer estas relaciones de igualdad bautismal y de corresponsabilidad apostólica. Los modelos de relación “Iglesia docente-Iglesia discente” ya son obsoletos, sin embargo siguen practicándose en muchos lugares. Se requieren  nuevas estructuras pastorales y plataformas apostólicas para que los laicos puedan ejercer sus derechos y deberes, especialmente en el campo de la evangelización.

 ¿Cómo cambiar la conciencia en ambas partes, clérigos y laicos, para que cada uno viva con gozo y complementariedad su vocación?

II.- Desarrollo

  1. Un breve recorrido en la historia del laicado:

En el Nuevo Testamento no aparece nunca la palabra “Iaikós” para denominar a los que siguen a Jesús. Se habla de “creyentes”… y, sobre todo, de “hermanos”. Aunque el término está ausente, el N.T. aplica a toda la comunidad las características que en el A.T. quedaban reservadas a lo más sagrado del Pueblo de Israel, (Templo, sacerdocio…). Por Cristo toda la comunidad (y no sólo un grupo) son pueblo, “laós”, sacerdocio real, nación consagrada, propiedad querida de Dios. (Cfr. 1 Pe. 1.9).[1]

La palabra «laico», es un derivado del término latino “laos” que significa “pueblo”; fue acuñado muy temprano por el cristianismo y nunca, en ninguna cultura, menos en el cristianismo, significó que alguien no tuviera ninguna religión como se ha pretendido interpretar en México, por la influencia liberal y del iluminismo francés con su connotación anticristiana. Esta interpretación desde luego está equivocada. Dar la interpretación de laico como una realidad arreligiosa, en el fondo expresa una ignorancia. [2]

Cuando la Iglesia Católica pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano, en el año 313, se especificó un poco más el término laico. En esta coyuntura histórica estaba muy definida la diferencia entre los miembros de la Iglesia cuyo primer nivel era el “laos”, el pueblo, que en su mayoría eran personas que no habían tenido acceso a la educación y que no dominaban el latín, pero que participaban activamente en la vida de la Iglesia sin ser sacerdotes, obispos o monjes. No se debe entender con esto que el término fuera despectivo. Otro grupo o segundo nivel lo formaban los clérigos. “Cleros” es una palabra latina que se traduce como separados, en referencia a aquellos o aquellas que se separaban del pueblo y adquirían un compromiso como diáconos, presbíteros, monjes o monjas. Así fue que se formaron dos estilos de vida: los clérigos (los cleros, separados) que se distinguían con el uso de un “hábito”, y los laicos (que pertenecían al pueblo).[3]

Este proceso de organización no significaba que el clero acaparaba los carismas y ministerios. La tarea de la evangelización fue obra de todos y abundaron los profetas y evangelizadores laicos itinerantes. Laicos son los primeros teólogos y defensores del cristianismo. (Justino, Taciano, Tertuliano…). Conocemos incluso, la existencia de ministerios femeninos dentro de las comunidades. En Siria, por ejemplo, existían diaconisas para bautizar a las mujeres ya desde el siglo II.[4]

En el principio de la vida de la Iglesia el papel de los laicos fue muy importante, tanto de los hombres como de las mujeres. El primer impulso evangelizador de la Iglesia se realizó a través de laicos. Posteriormente, poco a poco por la idea de que la perfección cristiana obliga a retirarse del siglo y concentrarse más en la vida interior y cambiar el modo de vestir y de actuar, se fue haciendo la idea de que lo importante era el estado clerical.[5]

Uno de los aspectos más negativos en el caminar de la vida de la Iglesia fue  creer y asumir que la inmensa tarea pastoral depende únicamente del clérigo.El clero se hace “orden” o categoría social. La liturgia se fue haciendo cada vez más “cosa de curas” y el pueblo fue perdiendo protagonismo. Se multiplicaron los signos externos de separación entre el clero y el pueblo (hábito especial, privilegios, espacios reservados en el templo, derecho en exclusiva a enseñar y catequizar…). Comienza a prevalecer la distinción sobre la unidad dentro de la comunidad. Durante la Edad Media existe un denominador común como tendencia con respecto al laicado: su progresiva de-valuación. El Matrimonio se considera una concesión a la debilidad humana. Laico es lo mismo que ignorante. La separación entre clero y pueblo se institucionaliza en el Derecho.  El laicado queda excluido del ámbito de lo sagrado y se refugia en una espiritualidad devocional.[6]

En 1543 Lutero opina que no es necesario que la predicación sea realizada por sacerdotes, que han recibido poderes especiales para realizar tal misión y la de gobernar la Iglesia. Frente al sacerdocio ministerial de la Iglesia católica, el teólogo alemán aboga por el sacerdocio universal, es decir, cree que todos los cristianos bautizados pueden predicar su fe para promover la de los demás. Admite la existencia de pastores –ministros litúrgicos y predicadores profesionales-, especialmente entrenados y preparados para la predicación, pero rompe la distancia jerárquica entre laicos y clérigos. El Concilio de Trento, respondiendo a Lutero, reafirmará la naturaleza jerárquica de la Iglesia, (diferencias) aunque afirma también el sacerdocio bautismal de todos los creyentes (unidad).[7]

Muchos años después de Trento, hasta el siglo XIX, surgen algunas asociaciones laicales (como Acción Católica) que tienen el papel de protagonista en la revitalización de la conciencia laical. Desde la experiencia de su labor apostólica, cambian las relaciones clérigo-laico. Este último ya no es un “intruso”, sino un “colaborador”. La misma experiencia pastoral suscitará reflexiones muy ricas y profundas en los teólogos acerca del puesto de los laicos en la Iglesia. Estas reflexiones contribuirán decisivamente a “requilibrar” la imagen de Iglesia y Vaticano II.[8]

En el año 1946, Pío XII expresaba en un discurso a los cardenales reunidos en Roma: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia”[9] 

  • Concilio Vaticano II: Resurgimiento de los laicos

En 1962, en la celebración del Concilio Vaticano II, uno de los temas obligatorios y centrales fue restituir al laico en  su lugar imprescindible en la actividad de la Iglesia Católica, para que los laicos no sólo fueran objeto de la evangelización sino protagonistas y responsables de esta tarea. De ahí surgió el Documento del Concilio llamado «Apostolicam actuositatem» que está de dedicado al laico.

Antes del Concilio Vaticano II, se hablaba de que existían en la Iglesia tres estados (status) fundamentales: los clérigos, los religiosos y los laicos, cada uno de ellos definido por específicos derechos y deberes, de acuerdo con los criterios de la organización estamental que se admitía en la Iglesia. En esta concepción estamental, no cabía la existencia de derechos y deberes comunes de todos los fieles.

Después del Concilio Vaticano II esta concepción estamental debe considerarse superada, ya que es incompatible con una visión unitaria de la común condición del fiel, con  derechos y deberes fundamentales.[10]

En el documento del Vaticano II la distinción entre laicos y clérigos radica en que éstos, además del bautismo, han recibido el sacramento del orden, aunque sea sólo en el grado de diácono. Los consagrados no pertenecen a un estado intermedio entre los clérigos y laicos, sino que tanto unos como otros pueden ser miembros de la vida consagrada, la cual, aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia.  Se establece la igualdad fundamental de todos los bautizados, el elemento complementario de la variedad de funciones o servicios que existen en la Iglesia.

El estado de los laicos o seglares está constituido por los bautizados que ni han recibido el sacramento del orden, ni son miembros de institutos de vida consagrada o sociedades de vida apostólica. Por el bautismo están incorporados a Cristo y son miembros de la Iglesia, y ejercen en ella y en el mundo la misión común a todo el Pueblo de Dios y la específica «de buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales, ordenándolas según Dios.

  1. Fundamento: La Igualdad bautismal.

El canon 208 del Derecho Canónico expresa la igualdad fundamental y radical de todos los bautizados. De esta forma corrige, la anterior concepción en la que existían dos géneros o clases de cristianos, uno de los cuales estaría llamado a la santidad y el otro no. Uno tendría la misión de intervenir activamente en la acción evangelizadora y el otro carecería de ella. El Derecho canónico pone de manifiesto que los derechos y deberes fundamentales se tienen por el hecho del bautismo recibido y no dependen del status particular que se tenga dentro de la organización de la Iglesia. Esta igualdad fundamental deberá quedar reflejada en todo el Derecho de la Iglesia. En el mismo texto legal se aduce la razón última y fundamental de esta igualdad radical, al afirmar que «por su regeneración en Cristo se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo»[11]. El fundamento de la igualdad en la Iglesia, además de la igualdad fundamental en cuanto personas humanas, lo encontramos también en el hecho de un solo bautismo que incorpora a Cristo y nos hace partícipes de la triple misión de Cristo, profética, sacerdotal y real.[12]

Esta igualdad fundamental del cristiano en la Iglesia, consecuencia de la gracia (bautismal), no destruye la naturaleza humana y, por consiguiente, respeta la igualdad fundamental de toda persona humana en dignidad, en derechos y con igual protección ante la ley. Es, por tanto, contraria a cualquier tipo de discriminación en los derechos fundamentales tanto de la persona humana como de la persona del cristiano. Se trata de un canon fundamental, en cuanto que es un punto de necesaria referencia para la promulgación, interpretación y aplicación de cualesquiera otras normas de rango inferior, que, en último término, deberán tener como objetivo reconocer, proteger y ampliar esta igualdad fundamental y aminorar todo lo posible, dentro de los necesarios imperativos dogmáticos, cualquier tipo de diferencias entre los miembros de la Iglesia.

  • Consecuencia práctica de esta igualdad: La tarea de evangelización.

El Derecho Canónico  reconoce el derecho y el deber de todo fiel cristiano a la evangelización universal de todos los hombres y en todo el mundo: “En virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo” [13].

Analizando el canon, descubrimos que la Evangelización no es patrimonio exclusivo de la jerarquía y de determinadas vocaciones cristianas. Como si fuese primordial en los clérigos y miembros de la vida consagrada y sólo, muy en segundo lugar y como meros colaboradores suyos,  los laicos. Es un derecho que el fiel puede reclamar de la jerarquía de la Iglesia (can. 212) siempre que se mantenga dentro de los límites debidos a la comunión eclesial.

Cinco  años despúes de publicado el Derecho Canónico,  el Papa Juan Pablo II,  dio luz a la Exhortación Apostólica Post-Sinodal “Christifideles Laici”    como un camino claro para que los laicos vivamos nuestra misión en la Iglesia y en el mundo: “El Pueblo de Dios está representado en los obreros de la viña, de los que habla el Evangelio de Mateo. La viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios. El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la historia. La Iglesia ha madurado una conciencia más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado de nuevo la voz de su Señor que la envía al mundo como «sacramento universal de salvación».  La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo”. [14]

  • Retos para que estos derechos y deberes sean conocidos y vividos:

No es fácil cambiar una mentalidad de más de 1500 años en tan sólo 50 años: El Vaticano II es reciente. La conciencia de Iglesia como Pueblo de Dios implica un cambio lento y progresivo. Desde mi experiencia como laica comprometida durante 26 años, quisiera aportar estos retos:

  • Valorar la eficacia de que la evangelización de los laicos, sea a través de otros laicos.
  • Favorecer la corresponsabilidad apostólica, pidiendo a los Pastores de la Iglesia que tomen como prioridad de su ministerio formar laicos comprometidos que puedan a su vez, formar a otros laicos.
  • Elaborar los proyectos apostólicos con los laicos.
  • Valoración de todas las vocaciones que surjan en la Iglesia: amplitud de en la visión de lo que significa una auténtica pastoral vocacional eclesial.
  • Abrir la participación de los laicos en las estructuras de gobierno pastoral a nivel local, nacional e internacional.
  • Participación de los laicos en la formación de los clérigos en todas las etapas formativas.
  • Creación de nuevas plataformas apostólicas en la empresa, la política, la economía, las universidades y los medios de comunicación social.
  • Mostrar el rostro de una Iglesia-familia, menos centrado en el papel del clérigo, que pueda ser reflejo de un Dios-Familia, donde cada uno promueve el crecimiento de los demás.
  • Capacitación de los clérigos en un “liderazgo participativo” que no se centra en la toma de decisiones de manera unilateral, sino que escucha, capacita, promueve, se pone al servicio y forma. Es el liderazgo de Jesús, que consiste en formar a otros líderes hasta dejarlos en su lugar.

III.- Conclusión:

Como laica comprometida me parece todo un reto cambiar una mentalidad muy arraigada en nuestra Iglesia a lo largo de tantos siglos.  En muchos momentos he experimentado un gozo enorme trabajar en equipos eclesiales, pero también soy testigo de que todavía se cree muy poco en la fuerza que tenemos los laicos y todo lo que podemos aportar.

He tratado constantemente de meditar la Palabra con perspectiva de profundizar en la visión de Jesús, en la que no existen ni laicos, ni clérigos para tener un marco apostólico que parte del Evangelio. 

Eso nos ha llevado a mi esposo y a mí a trabajar como familia  por las familias, porque consideramos que es la cuna donde se enseña al hombre a descubrir sus derechos y deberes  para vivirlos en la medida que la persona crece.

También me duele ser consciente de mi pecado de omisión al no promover con más empeño que mis hermanos conozcan a Cristo y le den a conocer. Experimento la llamada a entregar mi vida por el Evangelio, desde el estado de vida laical. Como muchas mujeres laicas que aparecen en la Biblia, como la misma María, que siendo una madre de familia da un si al plan de Dios y trabaja en equipo con su Hijo y luego, en Pentecostés con todos los demás apóstoles.  Quiero entregar mi vida por construir una Iglesia en la que laicos y clérigos nos sentemos a dialogar nuestros miedos, sueños y retos. Donde proyectemos juntos, como una sola familia, para que el Evangelio sea difundido y llegue a todos nuestros hermanos.

BIBLIOGRAFÍA:

Communio. Revista Católica. Los laicos . Ediciones encuentro. Madrid 1985. Volumen VII

Los laicos. Semanario de Guadalajara. José Trinidad. Obispo Auxiliar de la Diócesis de Guadalajara.

Antonio García. Revista Communio España. Los laicos en la época medieval. 1985.

Bernardo Bayona Aznar. El estado laico en la Edad Media. Editorial Tecnos

Bruno Forte: “Laicado y Laicidad”. Ed. Sigueme.

Antonio Vidales: `Breve historia del laicado”. Secretariado General para los “Seglares Claretianos”.

Christifideles laici

Manual de estudio teológico Sapientia Fidei. Derecho Canónico.  Profesores de la  Universidad Pontificia de Salamanca.

Código de Derecho Canónico  25 Enero 1983.


[1] Communio. Revista Católica. Los laicos . Ediciones encuentro. Madrid 1985. Volumen VII

[2] Ibidem.

[3] Los laicos. Semanario de Guadalajara. José Trinidad. Obispo Auxiliar de la Diócesis de Guadalajara

[4] Ibidem.

[5] Antonio García. Revista Communio España. Los laicos en la época medieval. 1985.

[6] Bernardo Bayona Aznar. El estado laico en la Edad Media. Editorial Tecnos

[7] Bruno Forte: “Laicado y Laicidad”. Ed. Sigueme.

[8] Antonio Vidales: `Breve historia del laicado”. Secretariado General para los “Seglares Claretianos”.

[9] Christifideles laici 9

[10] Derecho Canónico. Manual de estudio teológico Sapientia Fidei.  Profesores de la  Universidad Pontificia de Salamanca.

[11] Código de Derecho Canónico 208. 25 Enero 1983.

[12] Este texto canónico corresponde, en el plano religioso, a los artículos 1 y 7 de la DDH.

[13] Derecho Canónico no. 225

[14] Christifideles laici 1

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