La Acción Católica, o Católicos en Acción

La Acción Católica, o Católicos en Acción

| septiembre 14, 2010

1. La encíclica Rerum Novarum, del papa León XIII sobre la llamada cuestión social de 1891, provocó una gran conmoción en las conciencias de los católicos y aún en los no creyentes. En México, aunque dada a conocer lentamente por causa de la situación política y de la difícil comunicación, generó lo que se llamaría el catolicismo social, que era la respuesta de los católicos a la problemática del país, precisamente llamada cuestión social.

2. Si concebimos al Estado como un organismo, la cuestión social se origina cuando el cuerpo social o la sociedad en general siente malestar o padece ya la enfermedad. El bien común se tendrá cuando se recobre la salud pública y todos y cada uno de los miembros gocen de bienestar. Mientras no se logre, se necesita de la acción social, es decir, que los miembros sanos vengan en auxilio de los miembros débiles o enfermos, éstos se curen y se obtenga la paz social. Toda esta enorme y comprometida actividad la provocó en México la encíclica del Papa León XIII, la Rerum Novarum, y la realizó la Iglesia católica.

3. Los obispos promovieron semanas, dietas, encuentros, congresos sociales o agrarios por todo el país, y se formaron grupos juveniles católicos con proyección social. Al finalizar el Congreso Nacional Mariano el 12 de Agosto de 1913, se inició la Acción Católica de la Juventud Mexicana, que jugaría un papel de primera importancia durante el conflicto religioso de 1926 a 1929, cuando oficialmente se fundó la Acción Católica Mexicana, y que sería semillero de apóstoles y de mártires. Después ha seguido dando numerosos y espléndidos frutos de fe y de vida cristiana a lo largo y ancho del país.

4. El Concilio Vaticano II, guiado por el Espíritu Santo, abrió nuevos cauces al apostolado de los laicos católicos, dándoles un sólido fundamento eclesiológico, generando así un florecimiento de movimientos y grupos apostólicos laicales, llegando a decir el Papa Juan Pablo II que la Iglesia necesita mostrar su rostro laical. Los fieles laicos son hombres de la Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia (DP 786). Una diócesis o una parroquia que no forme y promueva a sus fieles laicos, hombres y mujeres, será una iglesia débil y enfermiza.

5. La Acción  Católica, ahora más que nunca, debe recobrar su brío y encender su espíritu pararestaurar todas las cosas en Cristo, como dice uno de sus viejos y hermosos lemas. La Iglesia y el mundo necesitan de la Acción Católica, porque la Iglesia y el mundo necesitan a Cristo, y México mucho más. Los obispos hemos pedido que En Cristo, nuestra Paz, México tenga Vida digna. Pongan, pues, a Cristo en su mente, en su corazón y llévenlo en sus manos y en sus pasos, para que Cristo reine entre nosotros. Porque necesitamos a Cristo, necesitamos a la Iglesia; y necesitamos el Apostolado de los laicos y necesitamos a la Acción Católica. Sean lo que deben ser: ¡católicos en acción! para que la Paz de Cristo llegue a nosotros mediante el Reino de Cristo.Muchas gracias.

† Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro
 
 
 
Fuente: http://www.diocesisqro.org/la-accion-catolica-o-catolicos-en-accion/
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Categorías:Accion Catolica, General

compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE


NOTA DOCTRINAL

sobre algunas cuestiones relativas al
compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presente Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.

I. Una enseñanza constante 

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, «cumplen todos sus deberes de ciudadanos».[1] La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia»[2]. Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar «la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones» que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que«el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral»[3].

Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente[4] todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.[5] La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades»[6].

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana»,[7] en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía,[8] y cooperando con los demás, ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad.[9] Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»,[10] que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.

La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas.[11] Y ello porque, en estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.

II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y político  

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones.

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.

3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”.

En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar – particularmente por la representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16] Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales.

La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública»[18].

4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio, a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública».[20]

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada.

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.

III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo 

5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables».[24] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.

Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia.

Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana.

En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26]

IV. Consideraciones sobre aspectos particulares 

7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios básicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los católicos en política y sin tener en consideración los principios a los que se ha hecho referencia.

La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo «camino, verdad y vida» (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso político que los católicos han sabido desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles.

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido, conciente de que la dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana hacia la vida eterna.

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad.

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que «el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella».[29] La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.

V. Conclusión 

9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno». Alégrense los fieles cristianos «de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios».[31]

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea publicada.  

Dado en Roma, en la sede de la Congregación por la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús Cristo, Rey del universo.

+JOSEPH CARD. RATZINGER
Prefecto 

+TARCISIO BERTONE, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario


Notas

[1]CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240. 

[2]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80. 

[3]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4. 

[4]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915. 

[5]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[6]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social; «sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31-I-1994, n. 33. 

[7]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[8]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 36. 

[9]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, 7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43. 

[10]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42. 

[11]En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ss; Carta Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima adveniens, AAS 63 (1971) 401-441. 

[12]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.  

[13]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522. 

[14]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[15]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[16]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75. 

[17]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25. 

[18]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73. 

[19]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[20]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[21]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[22]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304 

[23]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[24]JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421. 

[25]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4 

[26]Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002. 

[27]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91 (1999) 5-88. 

[28]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae, n. 1: «En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica». Eso no quita que la Iglesia considere con sincero respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce «todo lo bueno y verdadero» presentes en ellas. Cfr. CONCILIO VATICANO II,Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto Ad gentes, n. 11; Declaración Nostra ætate, n. 2; JUAN PABLOII, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991) 249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, DeclaraciónDominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.  

[29]PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana, en «Insegnamenti di Paolo VI» 14 (1976), 1088-1089). 

[30]Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162; LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171; PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22. 

[31]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59.

Fuente: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20021124_politica_sp.html

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Homilia del Papa: Ser Sal y Luz

La sal y la luz

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

El Evangelio de hoy (Mt 5,13-16) nos habla de la sal y la luz: «Vosotros sois la sal de la tierra (…) Vosotros sois la luz del mundo». La sal sirve para dar sabor a la comida y la luz para iluminar las cosas. Ser sal y luz para los demás, sin atribuirse méritos. Ese es el sencillo testimonio habitual, la santidad de todos los días, a la que está llamado el cristiano.

Sal y luz son, en ese sentido, la metáfora perfecta: un condimento cuya presencia no se ve, pero cuya ausencia se nota; un fenómeno funcional a la propia existencia humana. Es Cristo mismo quien usa esos ejemplos en el Evangelio de Mateo para aclarar que la humildad es el rasgo distintivo de la acción de cada uno de sus seguidores. Humildad, porque a lo que deberíamos aspirar todos los cristianes es ser anónimos.

El testimonio más grande del cristiano es dar la vida como hizo Jesús, es decir, el martirio. Pero también hay, precisamente, otro testimonio, el de todos los días, que empieza por la mañana, cuando nos despertamos, y termina por la noche, cuando vamos a dormir. Parece poca cosa, pero el Señor con pocas cosas nuestras hace milagros, hace maravillas. Así pues, hay que tener esa actitud de humildad, que consiste en procurar solo ser sal y luz: sal para los demás, luz para los demás, porque la sal no se da sabor a sí misma, sino que está siempre al servicio de los demás, y la luz tampoco se ilumina a sí misma, sino que está siempre al servicio de los demás.

Ser sal para los demás. Sal que ayuda a las comidas, pero poca. En el supermercado la sal no se vende a toneladas, no, sino en pequeños paquetes; es suficiente. Además, la sal no se alaba a sí misma. Siempre está ahí para ayudar a los demás: ayudar a conservar las cosas, a dar sabor a las cosas. Es un testimonio sencillo.

Ser cristiano de cada día significa, pues, ser como la luz que es para la gente, para ayudarnos en las horas de oscuridad. El Señor nos dice: “Tú eres sal, tú eres luz”.“¡Ah, es verdad! Señor es así. Atraeré a tanta gente a la iglesia y haré…”. No: «alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». ¡Así harás que los otros vean y glorifiquen al Padre! Ni siquiera te atribuirán mérito alguno.

Cuando comemos no decimos: “¡Qué buena está la sal!”. ¡No! Decimos: “Qué buena está la pasta, qué buena está la carne”. Y de noche, cuando vamos por la casa, no decimos: “Qué buena es la luz”. ¡No! Ignoramos la luz, pero vivimos con esa luz que nos ilumina. Es la dimensión que hace que los cristianos seamos anónimos en la vida.

No somos protagonistas de nuestros méritos y, por tanto, no hay que hacer como el fariseo que daba gracias al Señor pensando que era santo (cfr. Lc 18, 9-14). Una bonita oración para todos nosotros, al final del día, sería preguntarse: “¿He sido sal hoy? ¿He sido luz hoy?”. Esa es la santidad de todos los días. Que el Señor nos ayude a entender esto.

 

Fuente: https://www.almudi.org/homilia-santa-marta/homilia/97392/la-sal-y-la-luz

 

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Homilía del Papa: Significado de Evangelizar

Significado de evangelizar

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

El mandado de Jesús es claro: «Id, predicad, haced discípulos». Pero, ¿qué significa de verdad evangelizar? Hoy, que la Iglesia celebra la fiesta del apóstol Bernabé, podríamos decir que la evangelización tiene como tres dimensiones fundamentales: el anuncio, el servicio y la gratuidad.

Partiendo de las lecturas de la misa de hoy (Hch 11,21b-26;13,1-3 y Mt 10,7-13), queda claro que el Espíritu Santo es el auténtico protagonista del anuncio, y que no se trata de una simple prédica o de la trasmisión de unas ideas, sino que es un movimiento dinámico capaz de cambiar los corazones gracias a la labor del Espíritu. Hemos visto planes pastorales bien hechos, perfectos, pero que no eran instrumentos de evangelización, porque simplemente estaban enfocados en sí mismos, incapaces de cambiar los corazones. No es una actitud “empresarial” la que Jesús nos manda hacer, no. Es con el Espíritu Santo. Dice la primera lectura: «Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado». ¡Ese es el valor! La verdadera valentía de la evangelización no es una terquedad humana. No. Es el Espíritu quien te da el valor y te lleva adelante.

La segunda dimensión de la evangelización es la del servicio, ofrecido hasta en las cosas pequeñas. Hemos leído en el Evangelio: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Es equivocada la presunción de querer ser servidos después de haber hecho carrera, en la Iglesia o en la sociedad: “trepar” en la Iglesia es señal de que no se sabe qué es la evangelización: «el que manda debe ser como el que sirve» (Lc 22,26), advierte el Señor en otro momento. Nosotros podemos anunciar cosas buenas, pero sin servicio no sería anuncio; lo parece, pero no lo es. Porque el Espíritu no solo te lleva adelante para proclamar las verdades del Señor y la vida del Señor, sino que te lleva también a los hermanos y hermanas para servirles. ¡El servicio! También en las cosas pequeñas. Es malo encontrar evangelizadores que se dejan servir y viven para dejarse servir. ¡Qué feo! ¡Se creen los príncipes de la evangelización!

Finalmente, la gratuidad, porque nadie puede redimirse gracias a sus propios méritos. «Lo que habéis recibido gratis –nos recuerda el Señor–, dadlo gratis». Todos hemos sido salvados gratuitamente por Jesucristo y, por tanto, debemos dar gratuitamente.

Así pues, los agentes pastorales de la evangelización deben aprender esto: su vida debe ser gratuita, para el servicio, para el anuncio, y llevados por el Espíritu. Su propia pobreza les empuja a abrirse al Espíritu.

 

 

Fuente: https://www.almudi.org/homilia-santa-marta/homilia/97391/significado-de-evangelizar

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Antonio Muñoz: “Acción Católica es la institución que más en serio se está tomando lo de ‘Iglesia en salida'”

Antonio Muñoz, presidente de la Acción Católica

El presidente de la ACG aboga por una nueva estructura, con “escuelas de discípulos misioneros”

Antonio Muñoz: “Acción Católica es la institución que más en serio se está tomando lo de ‘Iglesia en salida'”

“Lo que es Cáritas para la acción socio-caritativa, la AC lo es para la formación y el envío del laicado”

Jesús Bastante, 08 de junio de 2017 a las 07:59

No somos laicos de primera o de segunda. Somos laicos de parroquia y de la diócesis, que vivimos nuestra fe y queremos ayudarnos unos a otros,a seguir creciendo y a seguir evangelizando

Jesús Bastante).- Antonio Muñoz es el presidente actual de la Acción Católica General. Este malacitano, casado y padre de dos hijos, está convencido de esa “Iglesia en salida” de la que habla Francisco. Por eso, desde Acción Católica se está trabajando en una nueva estructura, mucho más parroquial, que se impregne en todas las realidades eclesiales y que pueda ayudar a “apostar por la autenticidad. La clave es, que para llevar a cabo esa Iglesia en salida, necesita misioneros”, subraya.

 

Vivimos un momento en el que Acción Católica está, no sé si decir, reinventándose.

Probablemente sea la institución de Iglesia, al menos en España, que más en serio se está tomando esto de la “Iglesia en salida” del papa Francisco de: “vamos a ver cuáles son nuestro talentos y cómo podemos contribuir para hacer realidad esa idea”.

La encomienda del papa Francisco es para toda la Iglesia. Una de las cosas buenas que tiene Acción Católica es que no vive para sí misma, sino que desde su ser eclesial tiene que analizar qué necesita la Iglesia y, desde ahí resituarse, posicionarse y presentar un proyecto que pueda servir.

Luego, depende también del espíritu y de las circunstancias. Pero desde esa clave de siempre renovarse par dar respuesta a lo que la Iglesia necesita en cada momento.

 

¿Y qué necesita hoy, desde la óptica de acción Católica, la Iglesia?

La Iglesia necesita apostar por la autenticidad. La clave es, que para llevar a cabo esa “Iglesia en salida”, necesita misioneros.

Una de la grandes misiones que tiene la Acción Católica es posibilitar que todos tomemos conciencia de nuestro ser discípulos misioneros. Y cuando hablamos de todos, es de hacer un trabajo desde muchos laicos que ya estamos en las parroquias.

Muchas veces, las parroquias las organizamos en torno a funciones. Tenemos el grupo de catequistas, el grupo de liturgia, el grupo de Cáritas.

 

Pero no hay una vida parroquial unificada o personas que se sientan de parroquia.

La idea es que desde la parroquia se generen espacios donde cualquier laico, independientemente de la función que pueda desarrollar, encuentre un espacio donde darle sentido profundo desde la fe. Pero, cuando hablamos de la fe, estamos hablando de algo que nos mueve: la fe no es para quedarnos cruzados de brazos.

 

No es solo un mero conocimiento de dogmas, sacramentos y doctrina.

Para nada. La fe tiene un dinamismo que va a la esencia de la propia vocación cristiana y que tiene dos movimientos básicos: El de la llamada, que Dios te va haciendo en cada momento. Y desde nuestra libertad la respuesta que damos a esa llamada. Todo ello dinamizado desde el amor.

Desde el amor que recibimos de Dios y el amor que volcamos hacia nuestros hermanos.

 

 

 

¿Ha cambiado mucho la realidad de la parroquia? Porque antes, al menos cuando yo era niño, las parroquias sí que tenían vida. Eran un motor más del barrio. Y muchas amistades, muchos grupos y muchas parejas surgían en un mismo ámbito.

En ese sentido, yo creo que a la parroquia le está pasando un poco como a la fe. En cierto modo, Dios se invisibiliza en la sociedad de hoy y parece que nuestras parroquias se hacen también un poco invisibles en los barrio donde están.

El tema de ser fuente de la aldea, de ser un referente en el territorio donde la parroquia se encarna, es fundamental. Pero esto solo pasa si en la parroquia se hace vida cristiana. Si realmente los cristianos vivimos nuestra fe con autenticidad y somos capaces de testimoniarlo es ese entorno.

 

No puede hacerlo sólo el párroco.

Ya lo dice el Papa, si la parroquia no la convertimos en algo organizativo, administrativo y de mantenimiento de ciertas cosas que ya están y no se convierte en un hospital de campaña para dar respuesta a las necesidades que tienen las personas, la parroquia se hace invisible. Porque la oferta de hoy es múltiple.

Justo ahí está el reto: en cómo ser capaces de ser significativos en la encarnación que nos toca.

Eso no se genera porque lo diga el Papa o porque lo pongamos en un documento. Eso se genera porque en el día a día conseguimos organizar escuelas de discípulos misioneros.

La Acción Católica está trabajando para generar esa escuela de discípulos misioneros. No para que haya a mucha gente en Acción Católica. Y no porque queramos erigirnos en salvadores de la Iglesia. No: será en comunión con lo que ya existe. En comunión con esas catequesis, con esas liturgias y con otros movimientos.

 

Quieres decir que no estamos hablando de una disputa por la feligresía o porque esta iglesia sea más de la Acción Católica o de los kikos o del Opus. Hablas de otra cosa.

Entiendo que se trata de que la Acción Católica se diluya como marca de formación exclusiva como un movimiento más, que sea el magma que impregne el trabajo de al parroquia.

Con la palabra disolución hay que tener cuidado.

 

Cierto. No estamos hablando de desaparición ni de nada por el estilo.

Y tampoco de rebajas; hay una cosa que no se toca y es la búsqueda de autenticidad, de una sana eclesialidad y, siempre, poniendo por delante la misión.

Es, ser testigos; que no es una cosa de medias tintas. Es algo que requiere una apuesta seria, formativa y de acción evangelizadora consistente. Eso no se puede diluir.

Lo que sí que hay que tener claro, es no caer en la autorreferencialidad. Como no vamos, es con las siglas por delante. Ni con la pertenencia por delate. El reto es, que en cada parroquia se genere un cauce formativo desde niños hasta adultos. Donde cualquier laico pueda participar de él para, desde ahí, sentirse enviado a evangelizar.

Eso no se significa que todo sea Acción Católica. O que no pueda haber otra realidad en la parroquia que también trabaje por eso. Pero sí, que esa oferta exista porque la necesitamos y vamos, todos juntos, a trabajar por eso.

 

Es un proyecto que habéis presentado, entiendo, en la Conferencia Episcopal y que hay un visto bueno, porque estáis trabajando en ello. Nosotros informamos que tuvisteis también una visita en Roma, previa a la de los 150 años de la Acción Católica italiana, donde también mantuvisteis un encuentro con Farrel y con alguien más. ¿Cómo han respirado ambas instituciones, la Conferencia episcopal y Roma?

La Conferencia Episcopal refrenda y está respaldando este proyecto, que se vive con ilusión. Pero cuando hablamos de formación y de procesos, nos referimos a cosas que necesitan tiempo para que vayan, poco a poco, cuajando y generando brotes.

 

 

Que no es “la purga Benito”, que decía mi madre.

No. Y está pensado para que haya mucha gente nueva que se vaya sumando. Pero cada uno es de su padre y de su madre y tenemos que anteponer un proyecto común a las rutinas adquiridas que cada uno tenemos.

Higinio, el presidente que había antes que yo, decía que esto era como cuando su abuela hacía las fabes, allí en Asturias, al fuego en una olla grande.

Pero sí es verdad que se están viendo ya brotes verdes, que van creciendo y lo hacen con fuerza. Porque realmente están respondiendo a necesidades que hoy se demandan desde las parroquias. Eso, a los que estamos coordinando toda esta historia a nivel de España, nos produce ilusión y ver como una suerte el estar aquí.

Hace años, yo no hubiera creído la ilusión que este proyecto está generando. Y los obispos están apoyando e impulsando.

Hay que ver, luego, cómo se concreta en cada una de las diócesis y cada una de las parroquias. Aquí no hay una receta concreta de un plan de actuación, sino un marco de hacia dónde queremos caminar. La concreción se tiene que hacer en cada realidad. Y los protagonistas, tienen que ser esa gente que está ahí.

Una de las cosas que decimos es, que nosotros no le marcamos la hoja de ruta a las parroquias, sino su plan pastoral diocesano. Desde aquí, ofrecemos material informativo, espacios de encuentro, de análisis de coordinación y de cómo poder ir creciendo conjuntamente. Pero ellos tienen que mirar siempre a su realidad concreta y, desde ahí, ser protagonistas del proceso que se genere.

 

Que la gente se sienta copartícipe fundamental de la creación de lo que surja. Y que no sea una cosa puntual. Estamos hablando de una dinamización en el tiempo. De un camino de vida parroquial y de ahí al mundo.

Antonio Cartagena nos decía que Farrell, que lleva poco tiempo en el nuevo dicasterio -un entorno en el que están cambiando mucho la cosas-, decía que era la primera vez que le presentaban algo concreto, con pautas y con posibilidades.

Lo que nos comentó el cardenal Farrell fue, que el Papa le encomienda que hay muchos laicos en toda la Iglesia que necesitan ser atendidos de una forma directa.

 

Están en el banquillo.

Efectivamente. Pero que, al final, son los evangelizadores que tienen que llevar a cabo toda esta renovación de nuestra Iglesia.

Hay mucha gente de parroquia que puede participar de lo más importante que tiene la parroquia, que es la celebración de la eucaristía. Y otros que se sienten llamados para realización de diferentes tareas. Pero para generar comunidades vivas y cristianos que vivan su fe con más integridad desde la parroquia, tenemos que ofertar esos espacios donde poder revisar nuestra vida comunitariamente, a la luz de la fe.

Se trata de cambiar un poco el chip. En Málaga, como sabemos que a lo mejor nos vienen cuarenta niños para hacer la catequesis de comunión, buscamos catequistas. Y si llega septiembre y no tenemos suficientes, salimos al micro y pedimos voluntarios.

Y luego, puede que estas personas que durante tres o cuatro años colaboran en catequesis, dejan de ser catequistas porque cambian sus circunstancias. Y estas personas podrían tener un grupo de adultos donde compartir su fe, formarse, etc.

No debe depender la revisión, la formación y la vivencia comunitaria de tu fe, de una tarea específica. Ese cauce es el que queremos ayudar a que se genere en nuestra Iglesia.

 

Como pasa en la vida religiosa, en la que el general de una congregación, cuando cambia su mandato, puede hacer cualquier otra cosa. Al final, lo importante es el trabajo que se genera; lo que se necesita y lo que se puede crear.

Nosotros queremos poner en el centro de la vida cristiana el dinamismo vocacional. Que, si te implicas, que sea porque lo estás viviendo como una llamada que Dios te hace para que, desde tu fe, hagas un servicio al hermano. Ir a cultivar esa espiritualidad es de lo que se trata en esos espacios formativos que queremos generar en las parroquias.

Cuando hablamos del laicado, muchas veces nos vamos directamente a la palabra corresponsabilidad. Está bien, porque todos somos corresponsables de la misión. Pero la esta palabra tiene un peligro, que lo vemos directamente como repartirnos tarea.

La corresponsabilidad se entiende desde la vocación. Si yo realmente sé que tengo una fe firme que me mueve para donarme al hermano, la tarea es secundaria. Es, simplemente, un concreción de esa llamada que Dios me va haciendo. Incluso concreciones que pueden ir variando a lo largo de mi vida.

 

Te puedes especializar en “equis”, pero esa especialización, como nos pasa a los que tenemos profesiones vocacionales, viene motivada por un deseo. Llámalo fe o como quieras, si estamos hablando de profesiones. Pero viene motivado por algo.

Pero desde nuestra perspectiva cristiana es porque queremos que Dios sea quien vaya dirigiendo nuestra vida. Hacemos un proyecto de vida en clave evangélica y, por supuesto, en clave misionera. Y ahí tienen sentido las tareas que luego vamos a asumir.

 

Eso supone que las fases y los trabajos también pueden variar.

Pero eso hay que educarlo y no se hace siempre. Directamente, nos vamos a lo básicamente necesario porque nos come lo urgente.

 

Y al final, parece que estamos en una Iglesia de cifras.

No se trata, por tanto, de hacer muchas cosas nuevas. Pero sí de hacer nuevas las cosas que hacemos. Si yo estoy en Cáritas, no porque quiero ser voluntario o porque quiero ser buena gente, sino que lo hago desde una perspectiva más profunda, conseguiré que mi trabajo en Cáritas pueda transmitir el Evangelio de una manera más directa.

 

 

El trabajo de Cáritas puede que sea el que venga más a pelo para explicar lo que queréis hacer.

Lo decimos mucho. Lo que es Cáritas para la acción socio-caritativa dentro de la Iglesia, en cierto modo la Acción Católica lo es para la formación y el envío del laicado. Puede haber otras realidades eclesiales que provienen de diferentes carismas que trabajan por los pobres, por la caridad, pero todo el mundo entiende que Cáritas es el instrumento propio que tiene la Iglesia para que toda la comunidad viva esa dimensión. Porque en el fondo Cáritas, somos todos. No solamente las que atienden a personas que tienen necesidades en el barrio, sino también las que animan a que en toda la comunidad, esa dimensión no la pierda de vista porque es troncal en la vivencia de la fe.

Con la Acción Católica pasa igual. El tema de que el laicado se sienta corresponsable en la misión de la Iglesia es por lo que Acción Católica trabaja, junto con otras realidades.

Pero ofrece herramientas y espacios dentro de lo más básico que hay en la Iglesia, que es la parroquia, para que cualquier persona lo pueda tener. Ése es el proyecto y en lo que estamos trabajando. Lo que pasa es, que de como era la Acción Católica de hace 70 años a como es ahora, las realidades han cambiado mucho.

Es un proyecto nuevo, de hecho la cita que hemos cogido es “A vinos nuevos, odres nuevos”, y los destinatarios son personas nuevas también; personas de parroquia que quieran dar consistencia a su vida desde la fe y trabajando juntos.

 

¿Qué le dirías a personas de otras instituciones de la Iglesia, y no sé si también a las del interior de la Acción Católica -porque sois una federación de instituciones-, que pueden ver esto de una manera muy distinta a cómo tú lo explicas y sentir algún recelo, en el sentido de invasión de su parcela?

Que hay que trabajar desde la comunión. Una de las cosas más bonitas que estamos viviendo estos últimos años es que allá por donde vamos, cuando presentamos el proyecto en lo concreto, en cómo luego se aterriza a una parroquia, nadie nos dice que no tenga sentido. Todo el mundo ve, que los que se ofrece en este proyecto, es algo que encaja con lo natural, que es nuestra Iglesia y nuestra parroquia. Y que no entra en competencia con nadie.

Básicamente, lo que estamos diciendo es que en toda parroquia existan grupos parroquiales de vida cristiana. No queremos que hay niños de Acción Católica y de catequesis, o jóvenes de Acción Católica y jóvenes de la parroquia. No. Son grupos de la parroquia donde los niños saben que después pueden pasar a ser jóvenes, que los jóvenes pueden pasar a ser adultos, y que hay un proceso que genera continuidad.

Este proceso te permite tener referentes siempre por delante. Lo ideal es que el adulto que acompaña a esos niños tenga también su grupo parroquial de adultos. Entonces, lo que hace con esos niños es trasmitir en primera persona lo que ese adulto está viviendo. Pero esos grupos no tienen que ser de miembros de Acción Católica, sino de personas de la parroquia.

 

Me planteaba más el hecho de personas, grupos e instituciones que ya llevan tiempo trabajando de una manera determinada y que pueden sentir esto como una invasión.

Al final, se trata de que las personas que se sientan llamadas a vivir de manera comunitaria su fe desde un grupo con un carisma concreto, también la pueda encontrar en la parroquia. Esto no quita que existan otros grupos parroquiales movidos por carismas que surgen del Espíritu Santo.

Nosotros no queremos que todas las parroquias sean de Acción Católica, pero sí queremos que en las parroquias hay grupos parroquiales de diferentes carismas y que entre todos propiciemos este itinerario de fe, que es importante para todos.

Pero claro, aquí la cuestión es que no se entiende la parroquia sin su referencia a la diócesis. Lo ideal es que este proceso formativo se haga desde el plan pastoral diocesano, y que el obispo, los párrocos y todos los laicos de esas diócesis lo veamos con naturalidad.

 

 

 

Un proceso a medio plazo, cuando menos.

Pero, igual que vemos con naturalidad lo que hoy es Cáritas, que nadie está cuestionándola desde ninguna parroquia.

 

Cierto.

Nadie la cuestiona. Se ve con naturalidad que es un instrumento básico que tiene la Iglesia para desarrollar esta dimensión. Lo que queremos generar ahora es eso.

¿Y cómo se genera? Pues no cayendo en la auto-referencia. Si nosotros vamos con unas siglas por delate y no priorizamos, entonces caemos en un problema.

El Papa nos lo decía la semana pasada en Roma: “Hay que popularizar la Acción Católica, pero no podéis ser aduana. No podéis poner unas etiquetas a la gente normal de la parroquia. Entonces, vosotros mismos estaríais cerrando las puertas”.

Pero la Acción Católica hay que popularizarla para que se vea de una manera normal dentro de la Iglesia y que luego responda a la vida del pueblo. Y también estamos hablando de la gente alejada.

 

No politicemos los conceptos, sí.

Exactamente. Entonces, ése es el trabajo que estamos desarrollando para que el proyecto se entienda, pero sin querer generar competencia ni tampoco creernos que somos aquí los salvadores de nada, ni de la Iglesia. Es trabajar desde lo que hay y desde la comunión.

 

¿Tenéis proyectos piloto que estén funcionando en parroquias, en alguna diócesis, y donde estéis viendo que el modelo es insertable, que encaja y que puede funcionar?

Sí. La manera de empezar realmente, es poniendo en coordinación a párrocos y a laicos de diversas parroquias de una diócesis concreta. Este dinamismo se está generando de una manera bonita en diferentes diócesis.

Las más llamativas tienden hacia el sur, en Córdoba y en Málaga, que son también diócesis donde la realidad parroquial todavía tiene un empaque de gente, de dinamismo. Pero luego, también en diócesis más pequeñitas como pueden ser Valladolid, Tortosa y Santiago de Compostela, donde también hay entusiasmo y hay ganas de ir generando lazos y redes de comunicación.

Una de las cosas que también decimos mucho en la Acción Católica, es que lo que queremos generar es una red de trabajo conjunto, donde se visibilice a los laicos de parroquia que quieren caminar juntos.

Este verano organizamos en Santiago de Compostela nuestra asamblea general. Pero no queremos que sea una asamblea donde nos revisemos a nosotros mismos, sino que sea un encuentro abierto donde cualquier laico, de cualquier parroquia, pueda acudir y pueda reflexionar conjuntamente.

Lo que hemos hecho para esto es poner como centro de reflexión lo que hoy la Iglesia quiere que miremos, que es cómo renovar la pastoral de las parroquias para ponerla en clave de salida.

Ése sería el primer reto: cómo construir parroquias en clave de salida. Que tiene aparejado un segundo reto: qué papel juegan los laicos para esa nueva visión pastoral que el Papa nos está encomendando.

Y, si hablamos de parroquia en salida y hablamos de laicado, vamos a un tercer reto: que es el tema de una presencia pública significativa. No se trata de un testimonio hacia adentro, sino un testimonio hacia afuera.

Y el cuarto reto: si esto es para todos, no hagamos cada uno la guerra por nuestra cuenta. Hagámoslo juntos, caminemos juntos. Generemos cauces comunitarios que nos posibiliten, desde una problemática común, poder hacer cosas juntos.

Ese es el espíritu que tiene el encuentro de este verano. En cierto modo visibiliza el espíritu que tiene el nuevo proyecto de Acción Católica: ser un espacio de encuentro, de acompañamiento y de trabajo conjunto para cualquier persona que se sienta de la parroquia.

Nosotros también decimos que esto es una especie de marca blanca o de medicamento genérico. La persona que quiera vivir su fe desde un carisma concreto, pues estupendo. Ahora bien, hay muchas personas que simplemente se sienten de la parroquia y ya está.

Se necesita este itinerario de fe, este proceso y lazos de comunicación de unas parroquias con otras. Para eso, la Iglesia generó la Acción Católica y ahora se trata de que la Acción Católica se actualice, para dar respuesta hoy a esa necesidad que sigue siendo básica en nuestras parroquias.

 

 

 

Un proyecto muy ambicioso, y muy complicado por lo que me cuentas. Pero también muy ilusionante. Te reconozco que hace tiempo, muchos hubiéramos necesitado esto para no ver cómo la gente se desenganchaba de esa realidad parroquial. No sé si hay vuelta atrás para los que se han ido, pero esos brotes verdes que comentabas antes, son muy interesantes.

Lo bueno es, que al generar un proceso para toda la vida, una persona que se sienta movida por la chispa de la fe, va a poder insertarse en una comunidad de una manera más férrea en cualquier momento.

 

Que no hay que regresar a la casilla de salida.

Ésa es una de las grandes potencialidades que tiene en ofrecer un proyecto que engloba niños, jóvenes y adultos.

Otra potencialidad que tiene, es el tema de la familia: uno de los grandes retos que tienen las pastorales familiares es cómo conjugar los procesos básicos de la fe con los elementos básicos de lo que se da en el ambiente de la familia.

En este cauce para toda la vida de lo que encuentras en la parroquia, es que lo que vive tu niño, lo puedes vivir tú como adulto. Obviamente, una familia ideal ideal se puede entroncar plenamente en este cauce, y habrá otras que sean parciales donde, a lo mejor, lo vive solo el marido o están los niños pero no están los padres. Pero desde la Iglesia o desde la parroquia, la oferta es permanente.

Ahora, el reto está en cómo acercar a esas personas alejadas, cómo les podemos avivar esa chispa de la fe para que den ese paso al frente. La oferta está.

Nosotros, con el planteamiento de este proyecto de Acción Católica, no estamos proponiendo una manera concreta de hacer el primer anuncio de la fe, estamos proponiendo “y después qué”. Que la parroquia pueda, en cualquier momento, ofrecer un camino de continuidad donde el acompañamiento y el envío misionero sean el centro de todo.

Igual que hablamos de la comunión con otro tipo de movimiento y otros tipos de carisma dentro de la parroquia, también podemos hablar de la comunión con el tema de la vehiculización del primer anuncio. Esto no entra en confrontación con cursillos de cristiandad, ni con la cena alfa. Todo lo contrario, esto encaja. Lo ideal es que cada realidad lleve a cabo la tarea específica por la cual fue creada.

 

Y que, a la vez, pueda aportar en otros aspectos de esa vida parroquial y de esa comunidad parroquial que se genere.

Exactamente. Pero todo se entronca si conseguimos generar este itinerario. Que es lo que estamos tratando de conseguir pero que, como tú bien dices, es una cosa a medio-largo plazo y que poco a poco se irá superando.

 

Estaremos muy atentos Antonio. Iremos viendo, si te parece, cómo va caminando. Y seguiremos conversando, porque es un proyecto muy interesante y muy en la línea de lo que quiere el papa Francisco.

Al final, también, por muy papa que sea, no deja de ser una persona que es falible como todo el muno. Pero el proyecto tiene detrás mucho evangelio y mucho camino. Ese camino de Jesús en el que los que le acompañaban venían todos de su padre y de su madre, pero todos trabajan juntos en un proyecto.

El Papa lleva en su corazón a la Acción Católica; su familia, sus padres, sus abuelos y él de joven estuvo viviendo en este cauce en Argentina en la Acción Católica, que él quiere mucho. Y en Argentina, ha trabajado mucho por Acción Católica. Ahora, está apostando fuerte por ella. Pero luego el Papa es jesuita, por eso hablamos de compatibilidad.

 

Es jesuita y es franciscano, entre comillas, también.

Al final, si realmente cada cosa se pone en su contexto y se trabaja desde la humildad y desde el servicio, todo encaja. Y eso es lo que el Papa nos está diciendo. Cuando el otro día nos daba su discurso, utilizó la palabra carisma, que es una palabra que utiliza mucho. Nos preguntó cuál es el carisma de la Acción Católica, y, vino a decir que el carisma de la Acción Católica es ser diocesano. Es ser diócesis. Es ser instrumento en la entraña de la Iglesia diocesanas.

A mí, cuando utilizó la palabra “entrañablemente”, me encantó, porque significa dos cosas: por un lado, el tema del cariño, de ser algo propio de esa maternidad y, por tanto, querido.

Y por otro lado, el de pertenecer al propio esqueleto de la Iglesia, al propio interior de la Iglesia. Con estas siglas o con otras. Con esta estructura organizativa o con otra. Pero la Acción Católica es necesaria, significando la diocesanidad.

Luego puso el ejemplo de los sacerdotes diocesanos; puede haber sacerdotes que vivan su fe desde una carisma más específico, pero pueden servir en las diócesis. Pues claro que lo hay. Pero también hay un montón que son simplemente sacerdotes diocesanos que viven su presbiterio diocesano y ya está.

Pues el laicado que simplemente quiere vivir su bautismo sintiéndose parroquia y sintiéndose diócesis y ya está, es de Acción Católica. O al menos es simpatizante o partícipe de este proyecto que estamos generando.

Luego habrá algunos, como nosotros, que damos el paso al frente y ofrecemos la disponibilidad a la Iglesia para posibilitar que este cauce exista. Pero no somos laicos de primera o de segunda. Somos laicos de parroquia y de la diócesis, que vivimos nuestra fe y queremos ayudarnos unos a otros,a seguir creciendo y a seguir evangelizando.

En Málaga, yo siempre he estado en una parroquia haciendo diferentes cosas; acompañando niños y acompañando jóvenes. Y, antes de venir para Madrid, estuve diez años de delegado diocesano de la juventud, allí, en mi diócesis. En cierto modo, el servicio que hacía allí como delegado, es similar al que hago aquí para promover todo este tema del laicado y de la acción católica.

Un delegado diocesano no va por libre, es delegado del obispo. Y su hoja de ruta es el plan pastoral diocesano. Una persona que coordina la acción católica general, tampoco va por libre; se acoge a los programas y a los planteamientos que la Iglesia va haciendo. Lo hace de manera propositiva desde el laicado, desde la experiencia. Y desde la vivencia tiene que llevar la problemática social a esos planes pastorales y tiene que aportar su criterio de una manera activa. Pero no vamos por libre, sino que trabajamos en comunión con los pastores: esto es lo que significa la acción católica.

 

Se trata de construir entre todos, cada uno con su función, con su misión o su ministerio específico.

Pero muy en comunión y en diálogo permanente con lo que son los pastores, y asumiendo como propio todo esto.

Se trata de una llamada, para todos. Y con esta naturalidad es como hay que presentarla. Y quitar prejuicios, que es una de las cosas que tenemos.

Cuando hablamos de acción Católica, hay muchas personas que piensan que es la que hubo en la dictadura. También hay personas que piensan en la Acción Católica y se van para el extremo opuesto.

Pero el lema que tenemos en Roma es: “Con todos y para todos”. Y con ese “para todos” pensamos, como decíamos, en esos alejados, germen de comunión y de evangelización.

Volviendo al tema de los sacerdotes, nosotros no queremos sacerdotes especialistas de Acción Católica, sólo queremos párrocos que acompañen los procesos de sus laicos. No queremos que haya un sacerdote que esté en tal parroquia trabajando y que luego vaya a parroquias del otro extremo de la ciudad a acompañar a unos laicos, porque son de acción Católica. En aquél extremo de la ciudad los acompañará su párroco. Igual que no hay sacerdotes de Cáritas.

Es el párroco el que vela y el que trabaja y acompaña por el tema de su Cáritas en la parroquia; ésto es lo que tiene que ser para la Acción Católica. Pero, para eso, hay que quitar esos prejuicios de los que hablábamos: hay que explicar este proyecto para el que ya estamos poniendo sobre la mesa medios concretos para su desarrollo.

Tenemos recursos formativos para niños, para jóvenes y para adultos. Y dentro de esa etapa, lo tenemos dividido en niveles para grupos que empiezan a caminar, para grupos que están viviendo un proceso de consolidación, o un proceso de maduración en la fe. Tenemos espacios de encuentro y de análisis y cursillos de acompañamiento, que es uno de los pilares para que todo esto tome consistencia. Materiales específicos para temas sociales que surgen, para hacer alguna campaña o alguna reflexión. Hace poco hicimos una sobre el tema de la dignidad de la persona.

Son elementos que también nutren el día a día de esa realidad. Y no lo estamos haciendo por libre, sino que lo estamos haciendo con el departamento de la catequesis la Conferencia, con el departamento de Juventud… Realmente son materiales avalados por la propia Conferencia Episcopal y al servicio de todos.

 

“Con todos y para todos”. Nos quedamos con eso. Muchas gracias por venir a contarnos esta iniciativa y este ambicioso e ilusionante itinerario. Seguiremos hablando.

Gracias a vosotros.

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/06/08/antonio-munoz-accion-catolica-es-la-institucion-que-mas-en-serio-se-esta-tomando-lo-de-iglesia-en-salida-religion-iglesia-movimientos-especializados-evangelizacion.shtml

Categorías:Accion Catolica, General

Jóvenes de Acción Católica, héroes de la vida cotidiana

Jóvenes de Acción Católica, héroes de la vida cotidiana

https://www.abc.es/media/sociedad/2017/06/18/Marina-Ruiz-Junqueras-Accion-Catolica-2-kNcD--620x349@abc.jpg

Ignacio Echeverría participó durante dos años en esta asociación de laicos, una escuela de jóvenes comprometidos

MadridActualizado:

La Acción Católica es una verdadera escuela de vida. En sus más de 150 años de andadura, esta asociación de laicos ha formado a generaciones de jóvenes con una calidad humana y una hondura espiritual extraordinarias. Precisamente en ese ambiente cristiano se forjó la personalidad de Ignacio Echeverría, el joven abogado de 39 años que murió el pasado 3 de junio al enfrentarse con su monopatín a tres yihadistas en Borough Market, junto al puente de Londres.

Ignacio pertenecía al grupo de Acción Católica de la parroquia de San Miguel en la localidad madrileña de Las Rozas. Allí estuvo dos años antes de encontrar un puesto en el banco HSBC en la capital londinense. «Ignacio vivía intensamente cada momento y por eso no se lo pensó dos veces cuando decidió ayudar a ese policía. Tenía claro que todos podemos ser santos con lo que nos toca en cada momento», asegura a ABC María José de la Esperanza, una de sus compañeras en aquel grupo con el que Ignacio se reunía semanalmente.

Jóvenes «muy normales»

El principal objetivo de Acción Católica es generar espacios dentro de las parroquias donde los laicos puedan formarse para ponerse luego al servicio de la Iglesia y de la sociedad. «Son jóvenes muy normales, pero que tienen algo que decir y hacer porque todo lo que acontece a su alrededor lo ven a la luz del Evangelio y de la fe», comenta a ABC Antonio Muñoz, el presidente de esta asociación de laicos, que aglutina en España a más de 36.000 personas, entre miembros de la organización y simpatizantes.

El ámbito de la juventud es el sector que más crece dentro esta realidad diocesana, que a lo largo de su siglo y medio de historia ha pasado por muchos vaivenes. La fórmula del éxito —apunta su presidente— «es que los jóvenes encuentran ese protagonismo que no encuentran en otro sitio».

Francisco José Ramírez Mora, responsable del sector de jóvenes, explica a ABC que esta asociación de laicos está presente en 40 diócesis y estima que cerca del 40 por ciento de sus miembros son jóvenes. «La Acción Católica —explica— no es otra cosa que la propia parroquia, donde las personas se cargan las pilas para cambiar el mundo».

Descubrir la vocación

Marina Ruiz Junquera tiene 20 años y el próximo curso estudiará Educación Especial. Descubrió su vocación después de hacer un voluntariado en un colegio para niños con discapacidad, organizado por el grupo de Acción Católica de su parroquia. «Siempre había dicho que quería ser maestra pero cuando ví la realidad de esos niños sentí dentro de mí que yo servía para eso».

Marina llegó a Acción Católica cuando tenía 9 años y sus padres la apuntaron en la Catequesis. «Ellos querían que hiciera la Comunión por seguir la tradición pero luego no estaban de acuerdo con que siguiera en la parroquia. No son muy católicos». Pero ella se negó. «Paso más tiempo allí que en casa porque ves diferentes realidades y te ayuda a pensar en ti, en los valores que tienes. Eso es bueno porque los jóvenes a esta edad vivimos un poco en el caos y el hecho de poder reflexionar y rezar te ayuda a centrarte en la vida», asegura.

Precisamente uno de los principales objetivos de Acción Católica es la formación de los laicos. Por ello, a Marina no le resulta extraño que Ignacio Echeverría no dudara en ayudar a un policía durante el atentado de Borough Market, en Londres. «Si ves una injusticia tienes que actuar porque tu vales para hacer algo. Si voy por la calle y veo una pelea los separo. Luego pienso. ¿qué estoy haciendo? Podría haber recibido un puñetazo, pero lo primero que me sale es ayudar». A sus 20 años, esta joven está convencida de que «se puede ser santo con los gestos más pequeños de la vida cotidiana».

 

Fuente: http://www.abc.es/sociedad/abci-jovenes-accion-catolica-heroes-vida-cotidiana-201706180122_noticia.html

https://www.abc.es/media/sociedad/2017/06/18/Marina-Ruiz-Junqueras-Accion-Catolica-2-kNcD--620x349@abc.jpg

Diócesis de Compostela CARTA PASTORAL EN EL DÍA DE LA ACCIÓN CATÓLICA Y APOSTOLADO SEGLAR 2018

CARTA PASTORAL EN EL DÍA DE LA ACCIÓN CATÓLICA Y APOSTOLADO SEGLAR 2018

“Discípulos misioneros de Cristo, Iglesia en el mundo”

Queridos diocesanos:

El gozo pascual nos motiva a revisar en comunión la vitalidad de nuestro laicado, el “apostolado seglar” y desde ahí tomarle el pulso a la tarea evangelizadora diocesana. Deseo compartir con vosotros mis preocupaciones y perspectivas de pastor, recordándoos la necesidad que tenemos todos de compartir y animarnos a asumir las tareas de la evangelización, es decir la misión que el Señor nos confió, avivando nuestra esperanza. No podemos quedarnos dormidos ni andar alicaídos en medio de los agobios con que nos encontramos. Somos llamados a ser discípulos misioneros de Cristo, Iglesia en el mundo.

Diversas actitudes ante la misión

En consonancia con lo que constatamos en la vida diocesana, es necesario dar gracias a Dios y reconocer con gozo la realidad de muchas personas que viven la fe con coherencia, sinceridad y fidelidad al Señor. Son cristianos y cristianas que descubren progresivamente que la fe es adhesión personal a Jesucristo más que ritualismo o consuetudinaria tradición. Maduran en su fe y la van depurando y cribando, quedándose con el Señor y desembarazándose de convencionalismos y rutinas empobrecedoras. Son los cristianos habituales de la eucaristía dominical, decididos a dar testimonio e implicados en la transmisión de la fe en su familia y en su ambiente, recordando lo que san Pablo escribía: “Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti” (2Tim 1,5).

Contamos también con un número pequeño de cristianos que se organizan, se asocian y colaboran en la parroquia: en la animación litúrgica, la catequesis parroquial, la organización de los eventos y celebraciones festivas, dedicando su tiempo al bien y al servicio de una comunidad cristiana viva, alegre, acogedora y participativa. Nos referimos a los voluntarios de la caridad, mediadores de la comunicación de bienes, servidores de los pobres y desamparados, profetas de la solidaridad y creadores de relaciones de bondad y misericordia. Son los testigos diligentes de la iglesia samaritana que lleva consuelo, compañía y el amor de Dios a los pobres, a los enfermos, a los solos, a los dependientes. A todos ellos agradezco su esfuerzo y constancia, saludándolos, como san Pablo a sus amados filipenses, con toda gratitud: “Vosotros, mi alegría y mi corona, alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos” (cf. Flp 4, 1-5).

También he de referirme a aquellos bautizados que “bajaron los brazos”, que no sienten ni viven ni celebran su fe, o que tal vez, albergan sentimientos de reproche contra la Iglesia y se distancian de ella abandonando progresivamente las prácticas religiosas identitarias: la eucaristía dominical, los procesos catequéticos, el sentido de pertenencia, la oración personal, la familiaridad con la Palabra de Dios. Desde esta preocupación animo a todos los cristianos comprometidos a hacerse mediadores del retorno, ayudando a los alejados  y decepcionados a desprenderse de prejuicios y de sentimientos, y facilitando la acogida y la participación para que redescubran la alegría del encuentro con Cristo. Será necesario cuidar y orientar las celebraciones de religiosidad popular hacia la recuperación y el retorno a la fe personalizada de los visitantes, curiosos y “devotos” que acuden masivamente a los santuarios y celebraciones consuetudinarias a lo largo y ancho de la diócesis.

Nadie está excluido

El Papa Francisco nos llama a vivir la alegría de la fe y a hacer de ésta la razón de plenitud  vital (EG 3). “No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. Nos da confianza el saber que el Señor hace el camino con nosotros. Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo” (EG 12). Nuestra diócesis está inmersa en un proceso postsinodal, un camino compartido para poner el evangelio y la persona de Cristo el Señor en el centro de la vida personal y eclesial, dejando atrás la rutina que asfixia el alma.

Son frecuentes los pronunciamientos clarividentes sobre lo que hay que hacer. “Hay que…”, oímos repetir a nuestro lado una y otra vez. Es la expresión del que ve y siente la necesidad de la implicación pero espera que sean otros –el cura, el catequista, el experto, el arcipreste, el coordinador, el obispo, la Conferencia episcopal, el Papa- los que carguen con los cántaros. Conscientes de esta esterilizante inhibición, os llamo a que os decidáis a poner sujeto agente a esas frases impersonales, pues a todos se nos confía el anuncio del evangelio y el testimonio de nuestra fe. En la Iglesia todos somos corresponsables y colaboradores. Si hay algo que hacer, el que lo ve necesario, está siendo llamado a hacerlo.

Exhortación final

La comunión eclesial se resiente y el empuje evangelizador decae cuando no somos capaces de encontrarnos en la comunidad parroquial, superando las inercias negativas y haciendo una parroquia acogedora y participativa. Este llamamiento a la implicación parroquial, y a que sea facilitada por los párrocos e inmediatos colaboradores, va dirigido a todos pero especialmente a los miembros de la Acción Católica y de todos los movimientos y asociaciones apostólicas. Son ellos los que, presentes en la comunidad parroquial, la mantendrán sensible a las realidades sociales del entorno y urgirán su respuesta y su testimonio, tanto de caridad como de esperanza y de fe. Nos ponemos a la escucha y recepción del aliento del Espíritu de Cristo. Reunidos en su nombre compartamos la experiencia de alegría que nos da el encuentro, la oración compartida, la corresponsabilidad ejercida, y la sinodalidad que enriquecen y favorecen la maduración de una fe adulta, lúcida, profética y comprometida.

Os saluda y bendice en el Señor.

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela.

Fuente: http://iglesiadeogrove.blogspot.mx/2018/05/carta-pastoral-en-el-dia-de-la-accion.html

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