Compromiso político

Compromiso político

Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma, para el domingo 19 de octubre de 2014

http://www.aica.org/documentos-s-TW9ucy4gTWlndWVsIEUuIEhlc2F5bmU=-4015

La primera instancia del compromiso político del ciudadano es saber qué es la política. Dejemos de lado tantas falsas concepciones de la Política. Las que se han ido definiendo según el mal proceder de dirigentes políticos o gobernantes de turno…

Acerquémonos a las que se han dado pensando en el mejor servicio a la sociedad humana. La más corriente es la de ser el arte de lo posible, sin embargo para otros como es el arte más noble, se ha llegado a afirmar que la política es un ir a través de ella “de la democracia que tenemos a la democracia que anhelamos”. Por eso si la entendemos en este sentido los ciudadanos han de tener como primera preocupación conocer el corazón de los candidatos, es decir, cuáles son sus sentimientos, sus anhelos, sus intereses, todo aquello que conforme una personalidad que hace la verdad y anhela construir una sociedad en la que se viva los valores fundamentales de una convivencia pacífica, solidaria, fraterna. Para esto el dirigente se ha de destacar por la búsqueda de la verdad, el respeto de la libertad de todos los seres humanos, por la búsqueda de la justicia en igualdad de posibilidades para todos desde una gran capacidad de solidaridad humana. Por eso que en las campañas electorales serias y responsables no interesan los afiches mostrando rostros o actitudes simpáticas, externas de los candidatos y de las candidatas. Tenemos que terminar con promesas incumplidas.

Puesto que la actividad política es un supremo acto de Caridad, la ciudadanía cristiana debe respirar el Evangelio también en la dimensión política de la existencia humana Como he venido repitiendo, la Iglesia debe entrar en política a través de las comunidades cristianas. En la comunidad cristiana, la ciudadanía en general, debe encontrar los valores humanos exigidos en el ejercicio de la política, en la acción política, desde el voto hasta la dirigencia partidaria según los casos. Cuando la comunidad cristiana cultiva la dimensión social política del Evangelio, surgen hasta destacados testimonios de políticos cristianos, es decir, ciudadanos bautizados que viviendo el Evangelio como expresión de su fe en Jesucristo, lo hacen en terreno político hasta grado heroico, dado el caso Miembros de Iglesia, viviendo su bautismo cristiano en diversos partidos o movimientos políticos se plantan en coherencia con el Evangelio renunciando a cualquier ventaja deshonesta o ante la más mínima violación de los Derechos Humanos Esto es responder al llamado de Jesús a que sus discípulos sean sal, luz, levadura en el mundo que les toca vivir. Esto es la utopía realizable de transformar la política de sinónimo de mentira y corrupción en el arte de construir una sociedad en la verdad, la justicia, la libertad y el amor projimal, signo luminoso de un auténtico amor a Dios. Esto es el contenido cristiano del compromiso político. Esto es el único camino para rehabilitar el nombre y la función política de suerte que el político sea aquel que dice la verdad y que la hace en el amor solidario. Solamente con ciudadanía que respire el Evangelio se puede pensar en constructores de una nueva sociedad humana y humanizante. El tejido social es obra de la Política y la Política es el rostro de la Ciudadanía. Por eso, es acertado el dicho popular: “el pueblo tiene el gobierno que se merece”. Los electores ameritan sus dirigentes y los dirigentes surgen de la sociedad ciudadana. La educación del soberano se inicia en la niñez, se vigoriza en la juventud y se logra en edad adulta Para salir de una Argentina violenta y rehacer el tejido social en justicia y paz, la Argentina necesita que la Iglesia siembre en el surco de la Política, el Evangelio de Jesús ¿Cómo? No hay recetas pero se pueden dar orientaciones pastorales, que brotan del mensaje evangélico de Jesucristo. Una vez más se presentarán, en libertad, para la opción ciudadana necesitada de real liberación.

Mons. Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma (mehm@fibertel.com.ar)

Categorías:DSI

El laico en la política

El laico en la política

por Saguir, Julio

http://www.revistacriterio.com.ar/iglesia/el-laico-en-la-politica/

Cabe preguntarnos, en el contexto de este Congreso, por qué reflexionamos sobre la política como tema específico, y no sobre otros, como la economía, el medio ambiente, la empresa o los derechos humanos.

Posiblemente esto se deba a que la política sigue siendo el ámbito de las decisiones que afectan las condiciones de vida de todos nosotros, y en especial de los más postergados de nuestra sociedad; aquellos que, por omisión o por error, hemos dejado fuera de las posibilidades de una vida digna. También, porque según la enseñanza social de la Iglesia, la política sigue siendo la forma más excelsa de la caridad. Y quizás, porque en nuestra sociedad argentina de hoy, y por lo mismo que acabamos de decir, el quehacer político, con sus luces y sus sombras, sigue siendo una tarea, una vocación, una responsabilidad, ya que, en definitiva, “todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 22-23).

 

Hasta que no lo asumamos desde esta convicción, la política seguirá siendo, como para la mayor parte de nuestra sociedad, un problema de los políticos; la causa, externa a cada de uno de nosotros, de los males que nos aquejan como comunidad histórica; una carga, dura y pesada, de la que eventualmente nos hacemos cargo por obligación o deber autoimpuesto, pero nunca como aquello que nos pertenece al modo de “todo es de ustedes”.

 

¿Qué política?

En la enseñanza social de la Iglesia, la política ha sido entendida tradicionalmente como la actividad concerniente en un todo al bien común y a lo público. Se trata de una definición amplia de política. Si bien es correcta en un sentido, entraña sin embargo el riesgo de perder de vista los aspectos específicos que tiene la política como actividad humana, por un lado, y como quehacer y vocación protagónica para los laicos, por otro.

Prefiero entender por política aquella actividad humana que tiene que ver con las decisiones, siempre conflictivas, que afectan y realizan el bien común, y por ello al bienestar de todos, desde las instituciones que como sociedad hemos diseñado para ello.

Aquí hay dos rasgos que vale la pena destacar, para no perder de vista lo particularmente propio de esta actividad: lo conflictivo y lo institucional.

La política, en efecto, es una construcción conflictiva, básicamente, porque tiene que ver con la satisfacción de intereses muchas veces contrapuestos (económicos, ideológicos, sociales) que implican, en gran medida, un enfrentamiento de partes por su consecución, una distribución siempre antagónica de beneficios, y la competencia de concepciones diferentes y muchas veces polarizadas del bien común.

Esta búsqueda conflictiva implica de manera decisiva la lucha por recursos de poder, tanto para competir y acceder a cargos como para tomar decisiones para todos. A los católicos el tema del poder no nos resulta sencillo, porque compite con convicciones evangélicas básicas.

Sin embargo, esta dimensión conflictiva, incluida esta lucha por recursos de poder, no debe ser soslayada porque es inherente a la actividad política. Cuando la obviamos, descuidamos o reducimos, desde cierta perspectiva o pretensión valorativa, corremos el riesgo de escandalizarnos o desilusionarnos más a causa de nuestras propias expectativas que de la realidad misma.

Nuestra historia como país ha sido testigo de conflictos y enfrentamientos para organizarnos como república entre 1810 y 1860. Conflictos que no tuvieron que ver con nuestra condición de católicos, europeos o criollos, sino con reales antagonismos de intereses económicos y políticos entre las provincias.

Las instituciones políticas han sido el recurso desarrollado por las sociedades occidentales para que tal búsqueda conflictiva del bien común no sea violenta ni quede a discrecionalidad de los más poderosos. Esto no significa que las instituciones eliminan los motivos para el antagonismo y el afán de discrecionalidad por parte de los que tienen más recursos. Pero organizan los conflictos y regulan la discrecionalidad. Y al hacerlo, los acotan.

Las instituciones de las que hablamos son, básicamente, las de la democracia representativa. Esto significa que cuando hablamos de política, hablamos desde el inicio de estas instituciones políticas. La democracia representativa tiene tres características principales: 1) implica la elección de gobernantes, vía competencia y voto popular, que quedan a cargo del diseño e implementación de las políticas públicas a través de las que se construye el Bien Común; 2) estos gobernantes se eligen por intervalos regulares, durante el período que dura su mandato, ya sea en el Poder Ejecutivo o en el Legislativo, y son relativamente independientes del electorado; 3) una característica es que hay una opinión pública independiente del control de los gobernantes.

Es necesario subrayar la importancia del segundo aspecto, ya que parte de la llamada crisis de representación en nuestro país y el mundo entero tiene que ver con cierta dificultad para entender o aceptar que, en tanto dure su mandato, las autoridades elegidas guardan independencia en su accionar.

En este sentido, el voto no es entendido como un contrato por el que el gobernante tiene que hacer exactamente lo que propone al elector en la plataforma electoral. En todo caso, es un contrato a término, a resultado, por el que como comunidad tenemos que estar mejor al final del mandato de gobierno, aunque el gobernante haya tomado decisiones diferentes de las prometidas ocasionalmente a cada uno.

Esto no significa que en la democracia representativa no haya controles sobre los representantes elegidos. Los controles son de dos tipos: por un lado, por parte de los ciudadanos, el ya mencionado del voto, a través del cual los gobernados aceptan o no la tarea realizada por quienes han estado en el poder. Los otros, denominados horizontales, son los desarrollados por el mismo equilibrio de poderes (justicia independiente, veto, juicio político) como así también la incorporación de mecanismos de control como los tribunales de cuentas, auditorías generales, etc.

¿En qué consiste la participación de los laicos?

La apuesta al desarrollo y al fortalecimiento de las instituciones es uno de los desafíos mayores que este tiempo nos impone como argentinos y como laicos comprometidos con este momento particular. La apuesta no es sencilla.

En un primer nivel, y en un sentido amplio, el sistema de la democracia representativa exige el voto como el modo primero y más básico de participación. Es la participación en tanto mirada y encargo. A través del voto elegimos a nuestros representantes y les encargamos la tarea de velar por los intereses de la nación y la construcción del bien común según su entender, durante un lapso. De acuerdo con los entendidos, este voto es principalmente un voto retrospectivo; es decir, no votamos tanto por las propuestas que hacen los candidatos cuanto por sus antecedentes en la gestión. Es decir, no a lo que nos dicen que quieren hacer sino a lo ya han hecho, y premiamos o castigamos a los que no han actuado como esperábamos o deseábamos.

En un segundo nivel y ya en un sentido estricto, otro modo de participación es aquel en el que decidimos actuar nosotros mismos como constructores del bien común. Esto es, como hacedores de las políticas públicas que lo realizan. Es la participación no como mirada y encargo, sino como manos en la masa, gestando el bien común.

Esta participación supone la competencia por cargos electivos. Por ello se realiza a través de la vida de los partidos políticos. No hay otros mecanismos en la carrera electoral que éstos. Optar por partidos tradicionales o nuevos no es una cuestión de principios, salvo en lo que se oponga decididamente a principios básicos de la fe, sino de juicios prudenciales.

La vida de los partidos políticos aparece agotada en estos días. Esto no es un problema sólo de nuestro país, sino un proceso que se verifica en todo el mundo. Hay países, como los Estados Unidos, que en realidad nunca tuvieron vida partidaria como nosotros la hemos conocido y verificado históricamente.

Finalmente, las instituciones de la democracia representativa permiten la participación a través de la conformación de una opinión pública independiente. Es la participación en la vida política no como mirada y encargo, tampoco como manos en la masa, sino como lo que un autor norteamericano ha llamado voz; esto es, decidimos emitir nuestra opinión sobre la gestión de los representantes, sobre aspectos del bien común que deseamos o queremos de un determinado modo. Uno de los modos de realizar esto en democracia es a través de movimientos sociales de opinión, de asambleas ciudadanas o de espacios de diálogo, locales o nacionales; en muchas ocasiones, son lo que supimos llamar asociaciones intermedias en la enseñanza social de la Iglesia, y hoy denominamos organizaciones no gubernamentales.

La participación en tanto voz requiere algunas aclaraciones. En primer lugar, la voz de la opinión pública no obliga a los representantes elegidos. En tanto elegidos por el voto popular, ellos juzgan la conveniencia o no de escuchar a la opinión pública mientras dura su gestión. En segundo lugar, y por lo mismo que acabamos de decir, la voz de la opinión pública no debe competir con las instituciones de la democracia representativa, sino que debe encontrar una vía final de interacción complementaria con los mecanismos de la democracia representativa.

Por este motivo, si decidimos que nuestra participación sea la de la voz, debemos distinguir lo que pretendemos cuando lo hacemos: buscamos hacer escuchar nuestra opinión, o buscamos llegar por caminos paralelos a lo que no podemos por la competencia electoral. La distinción es sutil, pero debemos hacerla: lo requiere la honestidad política.

Cuando decidimos meter las manos en la masa, decidimos competir y buscar espacios institucionales a través de los cuales influimos sobre el diseño y gestión de políticas públicas. Buscamos crear mejores condiciones de vida para la gente. Cuando elegimos la voz, elegimos trabajar sobre las preferencias de las personas y de la comunidad, esto es, buscamos convencer a los demás. El desafío, para los creyentes, es hacer apetecible nuestras convicciones, de alguna manera nuestra felicidad, a los demás. Si no somos capaces de hacerlo, mal podemos querer proponer un conjunto de creencias que ni a nosotros mismos nos hace felices.

Las instituciones de la democracia representativa nos plantean desafíos en tanto bautizados y miembros de una comunidad histórica. En efecto, para quienes profesamos un sistema particular de creencias, estas instituciones democráticas nos obligan de una manera particular a la hora de luchar por nuestra concepción del Bien Común. Y tanto es así que muchas veces la hemos experimentado como una amenaza a nuestros valores. Por ello, también nosotros hemos contribuido a debilitar las instituciones de nuestro país, apoyando en más de una ocasión a fuerzas antidemocráticas para defender nuestros principios y, no pocas veces, nuestros privilegios. El error, en el fondo, fue posiblemente olvidar que, en el sistema democrático, nuestras ideas, preferencias y expectativas, constituyen una alternativa más, y compiten con otras por su realización a través de los mecanismos de las instituciones políticas. Este es el desafío y la exigencia, no pequeños, del pluralismo. Por más seguros que estemos de nuestras verdades, para nosotros también es válido que el fin no justifica los medios.

En segundo lugar, este tipo de instituciones políticas modelan y dan un marco también a las visiones de largo plazo que a veces anhelamos tener como comunidad política. ¿Es que no podemos converger hacia un proyecto de país? ¿No sería bueno acordar un mañana hacia el cual dirigirnos? En la democracia representativa estos acuerdos son siempre parciales y tentativos. La ley federal de educación es un ejemplo de ellos. Surgió de una asamblea ciudadana donde un sector mayoritario triunfó sobre otro. Esta opinión de mayoría se transformó en una política pública a través del Congreso de la Nación. Es decir, con validez para todos y para el futuro. Pero como toda política pública, será evaluada, discutida y objetada en el tiempo. Quienes la objeten buscarán su modificación y quienes la apoyen buscarán su confirmación. Y las nuevas mayorías legislativas encauzarán estas opiniones. En democracia, el mañana se construye de manera progresiva, de acuerdo con las mayorías sucesivas y en períodos relativamente contingentes.

Los laicos no son el brazo terrenal de los obispos

¿Hay algo específicamente católico en la presencia o participación del laico en la política? En tanto motivación personal, considero que no. Nos motiva la misma búsqueda de santidad que caracteriza nuestra presencia en el mundo. Lo cual, por cierto, no es poco.

Esta búsqueda de santidad en la política no es algo externo a nosotros mismos. No hacemos política como quien elige ésta o aquella manzana del barrio para hacer alguna tarea de evangelización. Quien ha decidido actuar en política ha decidido que allí se realiza su condición de bautizado, su unión a la tarea salvífica de Cristo: es allí mismo donde ha elegido amar, servir, entregarse, ser santo. Y en medio de todas las condiciones que ello supone: el trigo y la cizaña, que está dentro de cada uno y dentro de la comunidad toda. Quien hace política ha decidido ser santo en y a través de esas condiciones de vida: la búsqueda del poder y la prosecución del bien común; la lucha a veces feroz por los recursos y el afán final de mejorar la condición de muchos; el reconocimiento ciudadano a los aciertos y la exposición pública a los errores y los malentendidos; la crítica justa y la injusta; la alegría por la política de Estado bien hecha que dignifica la vida de algunos, y la tristeza profunda por la política de Estado hecha a costa del clientelismo y la demagogia. “Todo es de ustedes…”.

 

Esta búsqueda de santidad no tiene que ver con la propagación de una verdad particular, sino con la experiencia y testimonio de Cristo muerto y resucitado. Sin duda, ésta es una verdad, pero no al modo de un dogma que blandimos como una espada sobre la cabeza de los demás, sino a la manera de un camino de vida que está dispuesto a despojarse de sí mismo hasta el abandono personal; que está dispuesto al servicio hasta la muerte, y muerte de cruz; que está dispuesto a la entrega porque ello es causa de encuentro y, por ese motivo, razón de esperanza. El laico que se inserta en política no lo hace en tanto miembro de una comunidad de dogmas que difunde una ideología y concreta un programa. La fe, en política, no es una ideología. Es un compromiso vital. Con los demás, y con Cristo a través de los demás. “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo…”.

Este compromiso vital, que se desarrolla desde una experiencia comunitaria de fe en la Iglesia de Cristo en la Argentina, tiene luces que iluminan el camino: ciertos valores, ciertas enseñanzas, ciertas orientaciones. La enseñanza social de la Iglesia es uno de ellos. Pero cuidado: los laicos en política no somos el brazo terrenal de los obispos. Los obispos tienen, entre otras, una misión profética: la de denunciar las injusticias. Al laico inserto en la política le corresponde, desde aquellas luces orientadoras, diagnosticar sobre tales injusticias, proponer alternativas, implementar soluciones. Estas soluciones no están escritas en ningún manual de enseñanza social de la Iglesia. No tienen que estarlo. Hay diversas soluciones posibles y diversas formas de implementarlas.

Más aún: la enseñanza social de la Iglesia, esencial y necesario punto de partida para la inserción en el mundo, es insuficiente para el diagnóstico, las propuestas y las implementaciones. Por un lado, hay mediaciones científicas ineludibles para todo esto: las ciencias sociales, por ejemplo, son una de ellas. Pero por otra parte, está el gran ejercicio de la acción política, que implica la organización, el trabajo en equipo, el debate y el consenso, el diseño de leyes, la implementación de programas específicos, con aquellos que piensan igual y los que piensan de otro modo, con aquellos que, pensando lo mismo, difieren en las estrategias de implementación.

Este es un ejercicio de pluralidad que requiere mucha práctica y aprendizaje por parte de los católicos. Cierto acostumbramiento a “las verdades que conocemos”, sumado a “nuestras certezas” sobre tales verdades, nos pueden llevar a una actitud pontifical alejada de las condiciones que requieren el diálogo y la búsqueda conjunta en la política.

Más aún, debemos cuidar que la búsqueda sincera del diálogo y el trabajo conjunto no opaque condiciones inherentes a la política ya mencionadas. Uno de los desafíos mayores en política es experimentar la actitud del diálogo y la búsqueda conjunta de soluciones reconociendo que somos parte de ciertos intereses, de ciertas posiciones, de ciertas concepciones de las cosas. Ni la seguridad de ciertos valores evangélicos, como el respeto a la opinión del otro y el trabajo mancomunado nos debe hacer olvidar que, en política, no dejamos de ser gremialista, concejal, legislador o ministro de un gobierno particular.

El tema de la conducta moral parece claro. Pero a poco de profundizar no lo es tanto. En primer lugar, propongo dejar de lado el discurso ético como bandera de presencia personal en la política. La conducta evangélica no puede ser manipulada como parte del marketing político. Esta conducta se vive o no se vive. Si la vivimos, puedo asegurar que seremos un punto de referencia y de testimonio.

Si no lo hacemos, no hay discurso que alcance para ocultar nuestra incapacidad para vivir la fe en el mundo de la política.

La política supone un mundo de opciones que está lejos de ser un mundo de blancos y negros, de corrupción y anticorrupción… un mundo de absolutos. Plantearlo y pretender vivirlo así es relativamente fácil. La mayor parte de la experiencia de la virtud en la política pasa por otro lado: pasa por una serie de decisiones permanentes, diarias, en la que deben bajarse principios al nivel de la decisión y de la acción política: decisiones que tienen que ver con la tensión entre equidad y eficiencia, entre el corto y el largo plazo, entre conceder hoy en una negociación para asegurar una mejor decisión para todos el día de mañana, entre alianzas y coaliciones permanente en el gabinete o en la asamblea legislativa. Estas cuestiones no tienen, por lo general, respuestas absolutas. Requieren de la virtud de la prudencia.

Al respecto, sólo puedo hablar a partir de mi experiencia. Es difícil tratar de vivir la prudencia política cuando la vida de uno no se ejercita en la prudencia personal, cuando no hay búsqueda de la vida en el espíritu. Dicho de otro modo: vivir la ética en la política es un ejercicio permanente que requiere, de manera casi necesaria, que uno esté en la búsqueda también de la santidad en la vida personal. Esto no asegura la decisión moralmente correcta, la cual en muchas ocasiones sencillamente no existe. Pero lo coloca a uno en un camino de búsqueda evangélica; al menos, en el afán diario de estar alerta, de no relajarse, de querer hacer siempre las cosas lo mejor posible…

Esta vida en el espíritu y este ejercicio de la prudencia tiene una dimensión comunitaria. Es importante la búsqueda de espacios de reflexión y diálogo, eventualmente en el mismo lugar de trabajo, con aquellos con quienes se comparte la fe, la misma cosmovisión de las cosas, la buena voluntad para compartir las dudas, para fortalecer el ánimo, para seguir alimentando esperanzas. Igualmente, puede ser importante el acompañamiento desde nuestras mismas comunidades eclesiales a nuestros hermanos que caminan en el mundo de la política. No tanto para darle tal o cual consejo. Sino para que, a partir de la confianza evangélica que nos da compartir el mismo pan y la palabra, podamos acompañar a aquellos que han tomado decisiones duras en el ámbito de la política.

Sin embargo, en estas mismas comunidades debemos tener cuidado también de que nuestras propias opciones políticas no sean el motivo para el rechazo o la desconfianza hacia aquellos que se sumergen en este mundo de la política. No pocas veces, y esto incluye también a nuestra jerarquía, se acompaña a los laicos hasta el momento en que hacen la opción partidaria. Una vez que la hicieron, pareciera que aquel acompañamiento era sólo válido para quienes piensan como uno. La madurez comunitaria implica confianza evangélica.

A los católicos no nos ha sido dado esperar los frutos de nuestra siembra. Y esto, sin duda, está demasiado lejos de ciertas condiciones del quehacer político, donde los resultados son parte no sólo de la competencia electoral, sino, lo que es más importante todavía, de la eficiencia a la hora de evaluar el trabajo bien realizado de las políticas públicas. En estos, como en tantos otros aspectos, hay tensiones entre la vida de la fe y la del mundo de la política. Su resolución final sólo puede darse cuando dejamos macerar nuestra vida personal por un espíritu de abandono que sólo se experimenta desde la oración y la vida en el espíritu. Pero esta experiencia no puede sino enviarnos de vuelta a ese mundo de luces y sombras, de paradojas y contrastes, como es el mundo de la política. Mundo que hoy nos convoca en nuestro país, una vez más y como siempre, porque “la Argentina es nuestra, nosotros somos de Cristo, y Cristo es de Dios”.

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LA FORMACIÓN EN ACCIÓN CATÓLICA

LA FORMACIÓN EN ACCIÓN CATÓLICA I

http://www.diocesisoa.es/secretariados-laicos/

“Para actuar con fidelidad a la

voluntad de Dios, hay que ser capaz

y hacerse cada vez más capaz”. (ChL, 58)

En Acción Católica entendemos la formación no como una simple adquisición de saberes, sino como el logro progresivo de un modo de ser, de pensar, de sentir, de actuar y de vivir –tanto personal como comunitario- profundamente cristiano.

El objetivo central es suscitar, promover y alimentar la comunión con Jesucristo, no solo poner a la persona en contacto sino en comunión con Jesucristo, mediante el encuentro personal con Él.

Esta formación se dirige a lo racional, pero también a lo vivencial. Pone la raíz en la experiencia de la fe cristiana que ha de ir configurando la reflexión y la acción para que de un modo gradual y progresivo lleguemos a:

  • Conocer en profundidad el contenido de la fe cristiana y su implicación.
  • Descubrir la vocación a través de los Sacramentos.
  • Vivir como cristianos maduros y comprometidos.

La clave de la metodología de la formación de AC está en la manera de entenderla. Se trata de una formación que parte de la vida y conduce de nuevo a la vida, después de haber sido iluminada por la mirada amorosa de Dios. Asume en sí misma la espiritualidad y la misión. Cada persona es protagonista de su propio proceso.

La formación no es algo que se tiene como quien posee un objeto por precioso que éste sea, sino el desarrollo de lo que la persona puede llegar a ser. No es una acumulación de conocimientos que ni se viven ni se practican. Es un proceso que conduce al despliegue de todas las posibilidades de la persona.

En AC la formación se caracteriza por la pedagogía activa, la pedagogía de la acción y esto implica:

  1. Un estilo de acercarse y situarse frente a la realidad y un estilo de educar en la fe que supone atender a la realidad y partir de la vida.
  2. Una conciencia de que la evangelización de las personas constituye un proceso en el que es básico el respeto al ritmo de cada persona.

La metodología se concreta fundamentalmente en la Revisión de vida y la Encuesta Sistemática y AC se apoya en las dos. Las características del proceso formativo son:

  1. Es permanente, dura toda la vida.
  2. Es un continuo proceso de conversión a Jesucristo, conseguido mediante un cambio interior, una transformación profunda.
  3. Es gradual, se revisa cómo se va viviendo y creciendo en cada una de las dimensiones de la identidad cristiana.
  4. Es creciente, la fe crece a la vez que la persona.

Es un proceso de formación para la acción, con un ciclo constante de acción-reflexión- acción- evaluación – celebración.

La formación de sus miembros ha sido siempre una característica de la AC. Hasta el punto que Pablo VI decía: “Otro principio constitutivo de la Acción Católica es la formación de sus miembros. No tema, pues, la Acción Católica exagerar en este punto, porque ésta es su ley, ésta es su fuerza”.

Juan Pablo II lo llama “compromiso”. “El modo de realizar el fin general de la Iglesia exige igualmente una formación para vivir la comunión, la comunidad eclesial y, en concreto, en el marco de pertenencia a la Iglesia particular. El viejo empeño formativo de la Acción Católica se inserta con fuerza en el compromiso de formar para lo asociativo y comunitario”.

De todo lo expuesto podemos concluir que en la Acción Católica la formación es un compromiso para alcanzar la unidad de vida y servir mejor al Evangelio.

El itinerario de formación cristiana para adultos

El Itinerario de Formación Cristiana es un proceso formativo en el que se avanza de un modo gradual –por etapas- de acuerdo con una concepción pedagógica activa y participativa. Para ello, el modo de abordar cada uno de los temas es siempre:

Personal, al requerir y fomentar el trabajo individual. El Itinerario se entiende como un medio para ayudar a la persona a construirse una personalidad humana y cristiana madura, rica y con espíritu de iniciativa. Exige libertad y responsabilidad.

Y grupal, ya que supone y cultiva el espíritu de comunidad. El grupo busca un mismo objetivo: el crecimiento en la identidad cristiana mediante la colaboración mutua, la apertura al otro y la fraternidad. La persona es la protagonista de su propio proceso formativo compartiendo sus vivencias en equipo.

Todo este camino formativo consiste, sustancialmente en ejercitarse en el diálogo y la confrontación continua entre la fe y la vida utilizando el método de VER-JUZGAR y ACTUAR. El Itinerario parte del sujeto que cree o quiere creer, y de su voluntad de confrontar su vida con la fe, para acabar desarrollando la unidad fe-vida en todas sus dimensiones.

El método se convierte en un estilo de vida en la persona, y nos lleva a pasar por el mundo con los ojos y el corazón abiertos, iluminados por la fe, y genera personas conscientemente cristianas en los diversos ámbitos de su vida. El VER no es tanto un análisis sociológico sino que es ver la vida y la realidad que nos rodea con los ojos de Dios, mirar la realidad como Él lo hace. Pero también al revés, descubrir la presencia de Dios que se revela e ilumina la vida y los acontecimientos. Que nos ofrece un sentido salvífico y una oportunidad para responderle con fe.

El JUZGAR trata de discernir, desde la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia, la presencia y llamada de Dios a asumir su designio de salvación. Es el momento más profundo de encuentro personal con la Palabra y persona de Jesucristo. Momento de conversión y disponibilidad. Es dejarse iluminar por la luz de la Palabra de Dios que nos llama al cambio y la conversión personal.

El ACTUAR traduce en hechos todo lo anterior: pasar a la acción. Provocar un compromiso que es más que una actividad, es un talante, una manera de ser y hacer, una fidelidad que, traducida en hechos, nos transforma y transforma la realidad personal, ambiental y estructural. Es “acción de gracias” que implica una respuesta generosa a Dios.

Aquellas personas que deseen más información sobre el Itinerario de Formación Cristiana para Adultos propuesto por la Conferencia Episcopal Española pueden escribir al correo electrónico laicos@diocesisoa.org o entrar en la web diocesana www. diocesisoa.org en el apartado de la Delegación

Josefina Mira Satorre

Directora del Secretariado Diocesano de Acción Católica

Categorías:Accion Catolica

Evangelizar hoy: desafíos y posibilidades

Evangelizar hoy: desafíos y posibilidades


Dr. Francesc Torralba Roselló
Universitat Ramon Llull – Barcelona

Empiezo con una mirada histórica, en estos tres últimos años ha habido transformaciones significativas en el mundo y particularmente en la Iglesia. Cuando vine aquí por última vez, en 2010, estábamos en la plenitud del pontificado de Benedicto XVI que nos regaló tres grandes encíclicas Deus Caritas est, Spe Salvi y Caritas in Veritate. Encíclicas de un profesor de teología dogmática, un intelectual que abría una serie de conceptos que todavía tenemos que digerir, pensar, meditar muy a fondo. Sorprendió a todos con su renuncia histórica hace poco menos de un año. Empezó un cónclave e irrumpió contra todo pronóstico la emergencia de un Papa de la periferia del mundo cuyo nombre no estaba en ninguna quiniela de ningún periódico, Jorge Mario Bergoglio, que eligió el nombre de Francisco por primera vez en la historia del pontificado desde Pedro hasta la actualidad, y además, por primera vez un miembro de la Compañía de Jesús.

Este año ha sido verdaderamente un huracán, no hay forma de calificarlo de otro modo. El impacto mediático, el eco, la resonancia que han tenido sus palabras, sus gestos, dentro del marco eclesial y fuera de él ha sido inimaginable en cualquier pronóstico. El hecho es que personas agnósticas, ateas, colegas míos en la universidad, en la radio en la Televisión, que jamás habían leído una frase de un Papa, ni siquiera se habían acercado nunca a un texto a una audiencia, una exhortación, una homilía y ahora le alaban, le leen, le citan y están atentos a su mensaje. Es un Papa que se ha convertido en un líder espiritual de carácter global, más allá de las afinidades que puede haber respecto a su mensaje. Lo digo porque el contexto desde que celebramos el Congreso Diocesano de Laicos en la Universidad aquí en Alicante hasta el presente es una enorme transformación la que ha tenido lugar y no podemos si quiera hacer prospectiva de lo que puede pasar en los próximos tres años.

Hay un Sínodo convocado, hay un Papa con gestos de proximidad, con un lenguaje de pastor, que llega, que construye unas imágenes que todo el mundo entiende. Un Papa que es popular pero que no es populista. La diferencia clave es que desea llegar a todos, pero no articula un discurso para gustar a todos, sino que a veces su discurso es inquietante, da que pensar, nos exige reflexionar cómo vivimos la fe. Cuando pronunció la homilía de Lampedusa, una isla repleta de inmigrantes ilegales exhortando a no sucumbir a la globalización de la indiferencia, su eco tuvo una resonancia en todo el planeta. No podemos vivir cómodamente instalados en nuestro narcisismo mientras mueren personas cruzando el Mediterráneo. Un Papa popular pero no populista, un Papa de los gestos pero no puramente gestual.

En la Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii Gaudium, el Papa nos exhorta en primer lugar a tomar conciencia del don de la fe: para irradiar eso que

creemos en el mundo, primero hay que tomar conciencia de qué es eso en que creemos, porqué lo creemos y por qué nos sentimos llamados a irradiarlo. Sólo es posible irradiar la fe si uno toma conciencia del don recibido. La fe es un don, no es una conquista, ni un mérito, no es algo que uno consiga a base de sangre sudor y lágrimas, es algo que uno recibe. Otra cosa es explorar porqué unos lo reciben y otros no, porqué en una familia hay quien participa de ese don y se entrega en plenitud y otros no reciben ese don. Ese es el misterio.

Hay una pluralidad de llamadas, Dios llama pero de modos distintos. La Iglesia no es uniforme. El Papa Francisco tiene una frase que ha sido muy comentada “La uniformidad mata a la Iglesia”, como la uniformidad mata a un pueblo. Se imaginan un pueblo donde todos sean carniceros, donde todos sean niños. La riqueza de un pueblo es su pluralidad. Hay niños que juegan en una plaza y hay ancianos sentados en los bancos de la plaza que pueden explicar a los niños eso que han aprendido a lo largo de su vida. Y la riqueza de un pueblo es el artista, el loco, el borracho, pero también el sabio y también el médico, el cura y el que consuela. La uniformidad mata a la comunidad. Eso significa que hay pluralidad de llamadas. Dios no espera lo mismo de cada uno de nosotros. Espera algo distinto. Algo que sólo puedes hacer tú y nadie más que tú. Por lo tanto la llamada se articula de un modo plural. Hay personas que experimentan una llamada de tipo contemplativo, experimentan que tienen que orar Ora et labora. Hay quienes experimentan una llamada que significa meterse en el meollo de lo social o de lo político para transformarlos, para ennoblecerlos, para cuidarlos, para curarlos y para extraer todo lo positivo que hay en ellos. Hay quien experimenta la llamada de educar, de cuidar, de curar o de consolar. Por lo tanto, el don que es la fe, se manifiesta de muchas maneras, y lo que exige es pensar de qué manera articulo yo el don recibido.

Todos estamos llamados a tomar conciencia del don de la fe y a respetar la pluralidad de dones. Hay un coro de dones distintos que tienen que constituir una armonía y no una cacofonía. A veces existe una tensión intraeclesial por el agravio comparativo. Eso nos hace daño. El Papa critica la maledicencia, el chismorreo, el hablar mal del otro, el cainismo intraeclesial. Pluralidad de dones, de movimientos, de formas, de experiencias de sensibilidades eclesiales. ¡Qué bien! ¡Cuantas más, mejor!

El Papa también nos exhorta a salir del receptáculo de la privacidad. Esta es una tentación a la que es muy fácil sucumbir. Hablo ahora como profesor, pero cada cual podría poner su ejemplo en el ámbito sindical, en lo político en el instituto donde uno se puede encontrar con una hostilidad laicista, donde exponer lo que uno cree puede ser objeto de mofa, risa, sarcasmo o incluso persecución. A lo que nos exhorta el Papa es a salir del ámbito de la privacidad, a exteriorizar eso que creemos en el adentro. Eso no es fácil. Yo lo observo particularmente en el ámbito universitario. Cada semana tengo más de trescientos alumnos. Les planteo preguntas para inquietarlos: ¿alguien de aquí ora alguna vez en su vida? Y se produce un silencio absoluto. Segunda pregunta: ¿alguien de aquí se sabe alguna oración? Una minoría del aula levanta la mano y responde: “el Padre Nuestro, el Ave María”. ¿Quién os lo enseñó? pregunto. Dicen: “la abuela”. Los padres ya no transmiten estas oraciones. Cuando la abuela muera ¿quién lo va a hacer? Terminada la clase me viene una estudiante y me dice: “Dr. Torralba yo oro cada día” Le pregunto: ¿y por qué no lo has dicho en el aula? me
dice: ¿cómo voy a decir eso? Le digo: ¿acaso es una transgresión de la ley? ¿Acaso estás vulnerando algún elemento del código civil? ¿Por qué tienes que avergonzarte de orar?

Pero ¿qué tipo de mundo es este en el que, en un ámbito donde la libertad de expresión es fundamental, no puedes decir que oras? Entiendo perfectamente su situación: en un contexto de minoría, si no hay audacia se produce la invisibilidad, no existe esta práctica de la oración. Para muchos universitarios ir a misa es un tabú, impartir catequesis es un tabú, llegar a cierta edad sin experiencias sexuales es un tabú. Significa que jamás lo dirán por miedo a las represalias o por la etiquetación social que puede derivarse de afirmar eso.

El altar en casa, la oración en casa, pero cuando atravieso la puerta de casa me coloco la máscara de agnóstico, de indiferente y renuncio a expresar mis creencias. Esto tiene como consecuencia la invisibilidad social, no existe, no está, no son, fueron pero ya no son. Exteriorizar lo que creemos significa irradiarlo fuera, significa salir del cenáculo, de la privacidad donde uno está cómodamente instalado.

Hay una segunda idea en el Papa Francisco que ya estaba presente en su magisterio en Buenos Aires. Tuve la suerte de conocerle personalmente cuando viajé allí a impartir unas conferencias hace unos diez años. Si uno analiza el magisterio de Jorge Mario Bergoglio cuando estaba en Buenos aires como Arzobispo y Cardenal, observa que hay una continuidad, que no hay una operación de marketing ahora que está en la Santa Sede. Ya lavaba los pies a los presidiarios en Buenos Aires como los lava el Jueves Santo en una cárcel de Roma. Ya se acercaba a los enfermos, a los indigentes y a los pobres siendo Arzobispo y Cardenal en Buenos Aires y ahora lo hace en Roma. Ya se liberaba de determinada indumentaria y de determinado artificio para ser más cercano y ahora lo hace en condición de Papa. Hay una continuidad, no hay ruptura.

Me he entretenido en analizar los textos de su anterioridad y de la posterioridad. Esta idea está ya en su magisterio anterior: “estamos llamados a ir a las periferias de la existencia” expresión que ha tenido mucho eco. Periferias de la existencia, periferias del mundo, de hecho el Papa viene de la periferia. Él mismo lo dijo: “Habéis elegido a un cardenal que viene de muy lejos de Roma”. Eso puede innovar, cambiar, introducir aire fresco y nuevo. Dar a conocer la universalidad de la Iglesia en el centro de la Iglesia universal, romper el vaticanocentrismo, y de hecho lo está generando.

Ir a las periferias ¿eso qué significa? Por un lado ir allí donde no eres bien recibido. La verdad es que venir aquí y hablar de la fe es extremadamente cómodo porque participamos de la misma fe, nos sentimos miembros del mismo pueblo, aunque con sensibilidades distintas, acentos distintos, niveles de intensidad y de entrega distintos. Hay personas de vida consagrada, sacerdotes, laicos. Otra cosa es ir a una periferia donde, de entrada, eres objeto de interrogación ¿qué hace este aquí y por qué ha venido? ¿De qué me va a hablar? Además tienes que ser convincente y persuasivo, y además no eras esperado, no hay recepción, no hay hospitalidad. Hay que ir a las periferias, entornos sociales duros, donde nadie quiere estar: en el corredor de la muerte, en los sótanos de las ciudades donde hay lo que el Papa llama
los sobrantes urbanos, esos que están allí tirados encima de un cartón, en las cárceles, en las unidades de mujeres maltratadas, en los ámbitos donde hay personas que sufren la drogadicción, el alcoholismo, los que nadie quiere atender, los más vulnerables… Eso es ir a las periferias de la existencia.

Hay periferias culturales, periferias sociales, periferias teológicas. Significa dejar el centro, el lugar donde uno está cómodamente instalado. Ir a las periferias es una exigencia que se deriva del Evangelio y del sentido misionero que hay en el ADN de la Iglesia. Llegar a las antípodas para anunciar eso que creemos, porque eso que creemos, creemos que es bueno. Fijémonos en esta lógica: cuando uno es receptor de una buena noticia -ha ganado un premio, ha ganado unas oposiciones, le ha tocado la lotería- lo primero que hace es comunicarlo. Hay una expansión comunicativa, espontáneamente tienes el deseo de comunicar la buena noticia. Si la fe fuera una mala noticia, sería más difícil comunicarla. Por tanto, la irradiación de la fe supone que participamos de la idea de que eso que comunicamos es bello, ennoblece al ser humano, colma de esperanzas su corazón.

Cuando una sale a las periferias de la existencia e irradia “eso que cree” en el mundo se encuentra con colectivos muy distintos. El mundo no es uniforme, eso nos exige identificar colectivos, subconjuntos. No es posible anunciar bien si uno no comprende el lenguaje, los usos y costumbres de cada uno de esos grupúsculos. Cada grupo requiere una estrategia.

Una cosa es irradiar el evangelio a jóvenes, que viven en la red, que están en el facebook, que tuitean, que utilizan frases simples, que tienen ídolos musicales, ídolos artísticos, que desconocen radicalmente la vida de la Iglesia, que son analfabetos simbólicos, religiosos, rituales. ¿Cómo llegar ahí? Hace un año y medio, cuando tuvo lugar la primera plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, del cual soy miembro, el motivo del encuentro fue las culturas juveniles emergentes. Tenemos que llegar a esos jóvenes ¿Dónde están? ¿Qué valores tienen? ¿Qué leen? ¿Qué músicas escuchan? ¿Qué ídolos tienen? ¿Qué se tatúan? ¿Por qué se tatúan lo que se tatúan?
¿Cuándo empiezan a tener relaciones sexuales completas y porqué? ¿Qué rituales repiten cada viernes por la noche? ¿Por qué son tecno-dependientes? Si no conoces bien al destinatario ¿cómo vas a llegar a él? Tienes que entrar en su burbuja sin que explote, porque si explota ya no hay transmisión. Eso requiere un trabajo muy delicado porque él vive en un hábitat que ya no es el hábitat del adulto ni del anciano, ni de su padre ni de su abuela. Pero si no entramos en ese hábitat y comunicamos algo que él desconoce, perdemos un subconjunto de la pluriformidad del mundo.

Uno puede distinguir colectivos por edad, por zona, por territorio, por nivel cultural, pero también por sensibilidad de carácter espiritual o religioso. Hay un colectivo que se instala en la indiferencia, le da igual lo que vayas a decir. Este Papa ha roto la indiferencia de muchos. La mayoría de mis alumnos jamás habían leído una encíclica de Juan Pablo II ni de Benedicto XVI, en cambio no les resulta incómodo leer una homilía como la de Lampedusa o un fragmento de Evangelii Gaudium. Entonces dicen: “esto es revolucionario” “esto es verdad, esta economía mata” El mensaje de Evangelii Gaudium no rompe con la Doctrina Social de la Iglesia, sino que es un acento, un estilo. Es diferente el estilo de un profesor de Tubinga, matizado, intelectual, pensado, extremadamente equilibrado, del de un pastor que viene de la
periferia del mundo y que conoce el underground de Buenos Aires, y cómo se maltrata a los ancianos, a los jóvenes, y cómo se prostituyen niñas en las periferias de la existencia. Cuando el Papa Francisco dice que esta economía mata, no dice nada nuevo, ese mensaje ya está en Centesimus annus. El neoliberalismo globalizado es una estructura de pecado que destruye a las personas, a las familias, al medio ambiente, destruye el domingo, la contemplación, destruye la vida equilibrada, acelera los ritmos, nos explota como seres humanos. Esta economía mata. Ante este grupo de indiferentes, lo primero es romper la indiferencia. Si no se rompe la indiferencia, el otro no escucha, es como hablar a una piedra o exhortar a una planta. El indiferente tiene que ensanchar el oído, pero para eso hay que romper la indiferencia. Hoy lo que nos rodea no es un mar de ateos, es un mar de indiferentes. Lo que ha ocurrido durante este año es que la indiferencia ha bajado. Articulistas que nunca habían escrito sobre el Papa, responden. Escritores, ensayistas, artistas, músicos, políticos, intelectuales, hombres y mujeres del pueblo llano se interesan por el mensaje del Papa
¡buena señal!

Hay personas que buscan, dice en Papa en su Exhortación, a veces por vericuetos muy extraños, pero buscan. Buscan plenitud, buscan ser amados, fidelidad, comprender la realidad, buscan una respuesta a sus preguntas existenciales. Es otro colectivo, ¿Cómo ofrecer respuesta a esos que buscan? Una respuesta que no sea estereotipada, fácil, ingenua, pueril, que una mente inteligente la pueda asumir. Respuestas complejas a preguntas complejas. Hay muchos que buscan, y buscan en los márgenes de la institución, a veces en el ámbito sectario, en proyectos de autoayuda, en religiosidades pseudo orientales.

El colectivo de los alejados, es un colectivo que me inquieta mucho. Hay un ejército de alejados. Personas que estuvieron en la Iglesia, fueron bautizadas, algunos celebraron la comunión, se implicaron activamente en la vida eclesial, pero paulatinamente se fueron, sin acritud, sin resentimiento, sin rencor, pero se marcharon y nunca más han regresado. Tendríamos que preguntarnos ¿dónde han ido? ¿Por qué se fueron? ¿Qué no encontraron? ¿Cómo podemos desarrollar una actividad pastoral para acercar a quienes se han alejado? Quizás se alejaron por el escándalo de la Iglesia, por una comunidad excesivamente cerrada, incapaz de ser permeable a los signos de los tiempos, incapaz de dar consuelo. El Papa dice que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino un lugar donde uno experimenta el perdón incondicional de Dios. Cuando uno en una comunidad está bien, se siente acogido, no se va. Es lo que nos ocurre con la familia. La familia, a pesar de todo, es el valor más cotizado por los jóvenes. Lo muestran las estadísticas importantes de nuestro país. Sigue siendo el valor número uno para los jóvenes, por la incondicionalidad, porque siempre está ahí, porque a pesar de todo, puedo contar con ellos, porque cuando estoy enfermo, me ayudan, porque sin ellos no hay forma de vivir, porque me aman, me aprecian, me cuidan, máxime en tiempos de crisis. Sin la familia sería la intemperie social y económica de este país. Padres que acogen a hijos que se han quedado sin empleo, personas que viven de una misma pensión, eso es acogida incondicional.

Cuando una comunidad es familia, nadie se va, porque tienes un tesoro. Por lo tanto ¿Por qué se han ido? ¿Dónde han ido? ¿Qué hacemos con los que se han ido?
¿Cómo les vamos a buscar? ¿Cómo les mostramos que nosotros también somos conscientes del escándalo, de la contradicción y de la corrupción que hay en la red de Pedro? Como decía Benedicto XVI cuando conmemoraba los 50 años del Concilio, hay muchos peces podridos en la red de Pedro. Lo sabemos, en el Pueblo de Dios hay de todo. Vamos a intentar extraer todo eso que representa el mal. Pero eso no significa que no haya también calidez, incondicionalidad, consuelo. La Iglesia es mater et magistra, primero mater luego magistra. Primero es madre, que acoge y cuida, luego maestra que enseña. Si no hay maternidad, no hay magisterio. Si sólo hay magisterio sin maternidad, entonces lo que se produce es el alejamiento.

Está emergiendo con fuerza un colectivo de ateísmo militante en nuestro país, bajo la forma de un laicismo hostil, a veces con grandes altavoces mediáticos. No es mayoritario, es grupuscular, pero existe. No podemos ser insensibles a ese ateísmo militante, hostil, que a veces es muy hostil contra la Iglesia y los representantes de la misma ¿Dónde nace esta hostilidad? ¿Qué génesis tiene este resentimiento? ¿Qué imagen de Dios hay en alguien que se ubica en un laicismo hostil? ¿Porqué yo no he tenido la necesidad de matar a Dios y en cambio muchos de nuestros conciudadanos tiene la necesidad de matar a Dios? ¿Qué imagen mental de Dios hay en sus cabezas? Si Dios es como dijo el Papa en su primer Ángelus amor incondicional que no se cansa nunca de perdonar ni de amar, porque debería matarle. Ahora si Dios es el ojo que fiscaliza cada uno de mis movimientos, que me está acusando con el dedo constantemente, incluso cuando transgredo en la intimidad, puede ser que tenga deseos de matarle. Por lo tanto el ateísmo militante es la consecuencia de una imagen de Dios que no tiene nada que ver con la imagen del Evangelio: la naturaleza de Dios es amar, Dios es amor (I Jn. 4, 8). No podemos ser insensibles al grupúsculo de ateos militantes, ni mucho menos actuar reactivamente.

Hay otro colectivo, el colectivo que tiene la necesidad de sanar el alma. El alma herida, por rupturas matrimoniales, por los hijos, por fracasos, por heridas que deja la vida. ¿Cómo puede la Iglesia ser capaz de hospedar, acoger, cuidar a este tipo de personas, que sufren situaciones que nos pueden pasar a cualquiera de nosotros, que tienen una memoria herida, que han empezado proyectos que se han roto en contra su voluntad? Son personas que experimentan la fragilidad, la soledad. Puede ser un motivo de esperanza el nuevo sínodo sobre la familia. ¿Qué hacemos con esas personas de fe que han experimentado la ruptura en su vida conyugal y quieren seguir siendo miembros de la Iglesia y vivir en plenitud la Iglesia? Hay voluntad de reformas que se están expresando en gestos concretos y en textos concretos, signos de reforma cuyo alcance es difícil de evaluar hoy.

Practicar la cultura del encuentro. Es una idea que está en la mente del Papa Francisco. Convertir al otro, al que es extraño, en próximo. Entender que el otro, por distinto que sea, está llamado a ser alguien que es próximo. Este Papa es próximo, es cercano, se acerca a la gente, sus gestos son de proximidad. Para un cristiano, decía Edith Stein, no hay extranjeros, no puede haber extranjeros. Esto significa que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Nos puede separar la lengua, la raza, la altura, el talento, la inteligencia, el color de piel. Todo esto es accidental en relación con lo que nos une: el hecho de existir, el hecho de ser persona, de ser hijo de Dios y
estar llamado a la vida eterna, el hecho de ser un ser llamado a amar y ser amado. Si no observamos lo que nos une, es imposible practicar la cultura del encuentro.

Decía Lao Tse que el necio solo ve lo que distingue y el sabio es capaz de ver lo que une. Muchas veces caemos en esquemas binarios, creyente/no creyente, inmigrante/nacional, joven/anciano, con papeles/sin papeles. Olvídate de los esquemas binarios. Lo que nos une es mucho más, y si uno no asume esta idea es imposible una cultura del encuentro.

Lo que observamos en el Evangelio son expresiones de esta cultura del encuentro. Lo que atrae a propios y extraños de Jesús, es que se acerca a todos, no hace distinción de personas, un niño, un publicano, la mujer adúltera, un sabio, un samaritano, un leproso, un endemoniado, da igual. Esta es la grandeza del cristianismo, que no es una opción elitista, de selección, de exclusividad, de zona VIP.

Este Papa critica mucho la cultura de la exclusión, que es una cultura que está muy arraigada, “aquí sólo los que pueden”, “aquí sólo los que pagan”, “aquí los que tienen papeles” “aquí sólo los que son blancos”… El Papa lo que subraya es la necesidad de una cultura de la inclusión, todos y todas tienen cabida, tienen derechos, por lo tanto aquí hay todo un mundo de posibilidades para desarrollar, porque todo el mundo desea ser incluido. ¿Por qué el cristianismo arraigó con tanta fuerza en el Imperio Romano, en un lugar donde había tantas religiones? Pues, entre otras razones, porque fue un tipo de religión muy incluyente. Al esclavo, al inmigrante, a la mujer, al niño, figuras que no tenían ningún derecho, que no eran nada en ese contexto, se les dice “tú vales, tú tienes dignidad”… ¡yo me apunto!

Me gustaría subrayar algún elemento más de la cultura del encuentro: el encuentro solo tiene posibilidad si uno sale de sí mismo y si escucha al otro. Este Papa subraya que el culmen de la cultura del encuentro es el diálogo. La Evangelii Gaudium habla largamente del diálogo recogiendo ideas que estaban en Ecclesiam Suam y en Gaudium et Spes, el diálogo como mecanismo fundamental para entenderse, como herramienta básica que tenemos los seres humanos para resolver conflictos, mediar, encontrar soluciones, resolver problemas sociales, políticos, económicos.

Diálogo en múltiples niveles: primero diálogo intraeclesial, entre nosotros, con las otras confesiones cristianas. Este Papa considera que sigue siendo un escándalo la división de los cristianos, hay que trabajar por el ecumenismo y seguir potenciando el diálogo con otras tradiciones religiosas, judíos, musulmanes y las tradiciones religiosas del Extremo Oriente.

El diálogo con los que no creen, los agnósticos, los ateos, eso que ya propuso Benedicto XVI a través del Consejo Pontificio para la Cultura: el Atrio de los Gentiles. Vamos a construir escenarios donde sea posible dialogar con serenidad, sin acritud, sin emotivismo, sin descalificación, sin odio ni resentimiento. Trabajar por el dialogo en el ámbito político, social y económico lugares donde la deliberación, la escucha, la palabra inteligente, la argumentación deberían estar presentes. Este Papa es un gran defensor del diálogo, tiene una gran afinidad con pablo VI y con Juan XXIII.

Hay una serie de obstáculos, no los subrayaré todos, pero quiero subrayar algunos, sobre todo porque es fácil que quien plantee una cultura el encuentro, del
diálogo sea calificado de ingenuo, y le digan esto es imposible. La opción cristiana no es una opción para ingenuos, no es una opción para personas que no piensan. Sabemos que es difícil el diálogo, sabemos que somos receptores de muy malas noticias cada día antes de acostarnos. Por lo tanto ni la esperanza es un grito desesperado ni el diálogo es una práctica que consideramos que sólo pueden ejercer niños. Conocemos los obstáculos, pero conocemos también los modos y las maneras de superarlos, pero hay que identificarlos.

Hay obstáculos en el diálogo interreligioso. Yo soy presidente del Consejo asesor de la diversidad religiosa en Cataluña, en este entorno hay personas de tradiciones religiosas distintas. ¿Cómo podemos dialogar para evitar conflictos, tensiones, fundamentalismos, persecución religiosa? ¿Tiene o no tiene poder la palabra para evitar esto? Yo creo que sí, pero hay que crear las condiciones que nos ayuden a superar los obstáculos, que son muchos: prejuicios, pre comprensiones que tenemos del otro antes de conocerle, antes de escucharle, antes de atender a su voz. Hay prejuicios de todo tipo, religiosos, culturales, políticos, sexistas.

Está también el resentimiento, un modo de intoxicación emocional que dificulta el diálogo: “lo que sufrí”, “lo que me hicieron”.

Otro obstáculo es la arrogancia. Mis amigos agnósticos y ateos lo subrayan: “A veces en el diálogo sois arrogantes, entráis en el diálogo como si tuvierais en propiedad la verdad”. Esta es una mala actitud. El diálogo no puede fundamentarse en la arrogancia. Nosotros expresamos una experiencia, participamos de una idea, creemos que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, pero no poseemos esa verdad, sino que estamos llamados a irradiarla para que otros participen de ella. La arrogancia mata el diálogo.

La endogamia tribal: si solo dialogamos entre los que participamos de lo mismo. ¿Qué diálogo es este? si el otro y yo somos hermanos en la fe, lo necesitamos para crecer, ahondar, celebrarla. Pero el diálogo es un camino de éxodo, una especie de movimiento nómada, salir para hospedar la palabra del otro por inquietante que sea y además responder a su pregunta. Si solo hay diálogo endogámico y tribal, no hay posibilidad de irradiar la fe.

El dogmatismo, que se da cuando no hay argumentación, cuando hay imposición, coacción, proselitismo. El Papa dice textualmente del proselitismo que es “una estupidez”. Se ha practicado, pero el proselitismo mata la cultura del encuentro, es convertir al otro en objeto de la predicación. El otro es sujeto, nunca objeto, es alguien que imagina, que piensa, que cree, que discute, nunca es un objeto a conquistar. Es alguien a quien debemos irradiar eso que creemos pero debemos escuchar sus razones ¿porqué está donde está? ¿Por qué cree en lo que cree? ¿Por qué ha dejado de creer en lo que creía?

El diálogo sólo es en posible en la cultura del encuentro. También se abren posibilidades a la nueva evangelización si se identifican lo que a mí me gusta denominar campos de intersección. Muy frecuentemente caemos en esquemas binarios, entre tú y yo no hay nada en común. Esto es un error, hay elementos en común y hay elementos que nos separan.

Busquemos los elementos que forman parte del campo de intersección. Hay muchos entre creyentes y no creyentes, pero a veces sólo subrayamos lo que nos separa y entonces el otro es un extraño lejano, alguien que no tiene nada que ver conmigo. Esto es un error, porque siendo un extraño está en la misma mesa de navidad, es un cuñado, es un hermano, es un colega del claustro, es un alumno, es alguien que está en tu entorno, por lo tanto es fundamental ver este campo de intersección

¿Qué hay en este campo de intersección? Pues hay angustias y esperanzas ¿Se angustian los que no creen? Pues claro que se angustian ¿y no nos angustiamos los que creemos? ¿Esperan quienes no creen? No esperamos lo mismo, pero también esperamos. Algunos esperamos una vida plena y en abundancia, pero también esperamos que nuestro trabajo no sea baladí, que nuestros hijos crezcan de un modo noble y tengan posibilidad de ubicarse en un mundo tan hostil como el presente. Todos esperamos, estamos dedicando esfuerzo, dinero, tarea. Esperamos que todo esto sirva para algo. Compartimos angustias y esperanzas. Compartimos elementos humanistas: el deseo de querer dignidad en el mundo, el deseo de justicia, el deseo de equidad, el deseo de paz, el deseo de extirpar del mundo lacras como la del hambre, la persecución, la trata de blancas, la esclavitud, la deslocalización. Hay un mundo de elementos humanísticos que perseguimos con ahínco todos, lo que a mí me gusta denominar el humanismo ecuménico.

Todos necesitamos una ética pública, no hay vida pública sin ética. ¿Cómo contribuimos los cristianos a construir esa ética pública, esos mínimos exigibles en una ciudad, en un instituto, en una universidad, en un cuerpo de policía? ¿Cómo somos constructores de esa ética pública desde la propia opción cristiana? ¿No hay una riqueza ética en el Evangelio?

Es necesaria una ética global. No hay futuro sin ética global. ¿Cómo organizamos un mundo donde todos tengamos derechos y no sólo una parte? Donde no haya lugares donde sea legítimo explotar indiscriminadamente a niños y a niñas para producir a cualquier precio. Mientras haya lugares en el mundo donde sea posible eso, no se frenarán las empresas que viajen a estos lugares para producir con menos costes y maximizar los resultados. Sin ética global, no hay futuro. ¿Cómo contribuimos los cristianos a la construcción de una ética global? ¿Qué tiene que aportar la Doctrina Social de la Iglesia? Yo creo que mucho.

Hay otro campo de coincidencia: la búsqueda de sentido y el deseo de ser feliz. La mayoría de los creyentes y no creyentes queremos trascender la banalidad
¡Estamos asqueados de la banalidad! Del eslogan banal, de la estupidez audiovisual, de la estupidez radiofónica, de la repetición de eslóganes que son una insensatez.
¡Estamos cansados de la banalidad y de la frivolidad! Pero no solo los que creemos, también los que no creen. Cuando te presentan la felicidad relacionada con un objeto de consumo, cuando te confunden felicidad con placer, cuando te convierten el amor en un concepto tan vacuo que no dice nada. Todos queremos salir de la banalidad. En la banalidad no hay futuro.

La primera frase de la Ética a Nicómaco de Aristóteles dice “Todo ser humano, por naturaleza desea ser feliz”. ¿Es legítimo el programa de felicidad que emana del
Evangelio? Yo creo que sí. ¿Es razonable, es verosímil, incluye a todos o es un programa de felicidad excluyente? Yo creo que la grandeza es que es un programa de felicidad incluyente. Qué triste sería decir “sólo será feliz el que tenga mucho” o “sólo será feliz el que sabe” eso serían minorías sociales muy pequeñas. O “sólo será feliz el que sea joven” eso significa un periodo muy corto, pero como nos lo creemos vamos tratando de disimular la ancianidad. En cambio, un programa de felicidad como la del Evangelio que diga “la felicidad radica en amar y ser amado” eso está abierto a todos, porque todo ser humano es capaz de amar y de experimentar el amor de otro. Sí, se trata de un programa abierto a los que saben, y los que no saben, a los que tienen y los que no, a los blancos y los negros, a los del sur y los del norte, a los ancianos y los jóvenes. Un programa de esta naturaleza es verosímil y por eso, porque es verosímil tenemos que irradiarlo en la plaza pública sin miedo.

Muchas gracias.

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Los 9 campos de evangelización para los laicos católicos, según Scott Hahn… ¿cuál te falta?

Los 9 campos de evangelización para los laicos católicos, según Scott Hahn… ¿cuál te falta?

Los 9 campos de evangelización para los laicos católicos, según Scott Hahn... ¿cuál te falta?

Scott Hahn anima a cada laico católico a ser un evangelizador y señala 9 campos de anuncio explícito del Evangelio buenos para laicos

Actualizado 20 marzo 2015

P.J.Ginés/ReL

http://es.radiovaticana.va/news/2015/03/23/donde_no_hay_misericordia,_no_hay_justicia,_dijo_el_papa/1131530

Scott Hahn es un teólogo popular y muy leído en inglés y español por su lenguaje sencillo y estilo ameno. Fue un pastor presbiteriano, gran conocedor de la Biblia, especialmente interesado en el libro de Apocalipsis y en el concepto de “alianza” entre Dios y los hombres.

Su investigación bíblica e histórica le llevaron a él y a su esposa Kimberly al catolicismo. Escribieron su testimonio en el popular libro Roma dulce hogar, que ha tenido cientos de miles de lectores (20 ediciones en español) y ha influido en cientos, si no miles, de conversiones de protestantes al catolicismo. Hoy es profesor en la Universidad Franciscana de Steubenville (www.franciscan.edu), considerada como “la universidad más católica del mundo”.

En su último libro La evangelización de los católicos (Editorial Palabra), Scott Hahn analiza cómo evangelizan los católicos (por lo general, evangelizan poco y mal) y cómo deberían ser todos evangelizadores.

Explora además 9 campos de evangelización en el que los laicos y familias católicas deben implicarse y donde darán fruto.

  1. El campo principal de evangelización: la familia cristiana

Compartir la fe con el cónyuge, tener hijos y transmitirles la fe, contagiar la fe alrededor de la familia a los parientes, es el principal campo evangelizador de los laicos, explica Hahn.

La familia es una iglesia doméstica, y el testimonio de amor fiel de una familia unida evangeliza a todo su entorno. Para ello las parejas casadas han de cumplir sus compromisos matrimoniales (ser fieles, amarse y respetarse, acoger y educar a los hijos…) y han de saber que ellos, y no los catequistas o colegios, son los principales evangelizadores de sus hijos.

La familia, recuerda Hahn, evangelizará poco si no reza en familia, y la misa debe ser el centro de la vida familiar. Los hijos han de ver además que la familia es una fuente de caridad y generosidad, con visitas a enfermos, ayuda a necesitados…

En la familia cristiana se ha de ser fiel a la Iglesia y su enseñanza, no ser conspiradores ni rebeldes ni aceptar como bueno lo que es pecado. Por último, la familia cristiana vive y practica la esperanza, y más en momentos duros.

  1. La amistad

La amistad es alabada en la Biblia y es “una forma de vida compartida, como la familia”. Los “amigos” de Facebook por lo general no son (aún) verdaderos amigos. La amistad implica invitar a participar en actividades familiares: “cumpleaños, películas, celebración de festividades y el rosario vespertino”. Implica advertir a los amigos de sus equivocaciones… y escuchar a los amigos cuando nos advierten y corrigen.

Implica ayudar a un amigo a llegar a fin de mes. Implica hablar de Cristo a los amigos, especialmente a los alejados: dejarles libros evangelizadores, invitarles a encuentros espirituales, quizá a misa, a retiros… “Un ´vamos a rezar una oración cortita por eso ahora mismo´, en el momento preciso, suscita a menudo, reacciones sorprendentes: lágrimas, alegría, paz y agradecimiento. No hay que aporrear a los amigos con la Biblia en la cabeza: “el cariño y la lealtad son, a menudo, el testimonio más eficaz”.

  1. El vecindario

En el Occidente postmoderno muchos no conocen a sus vecinos ni se tratan con ellos. Los horarios, la forma de las viviendas, etc… todo apoya el individualismo. Aún así, los vecinos existen: hay que sonreirles cuando te los encuentras, ser amables y corteses, dejar que vean a nuestros hijos… Quizá en su mundo nadie más les sonríe, nadie les trata con amabilidad ni hay niños en su entorno. Así, la familia cristiana empieza a evangelizar al vecino.

El siguiente paso es crear lazos: “una barbacoa, una fiesta en el jardín, una fiesta en el vecindario…” Visitar una vecina viuda, llevar un regalo a vecinos que han tenido un niño… todo crea lazos. “A la gente no le atrae el catolicismo como concepto, sino como forma de vida”, recuerda Hahn: por eso los vecinos han de verla y empezar a vivirla.

  1. El trabajo

Un laico evangeliza cuando en el trabajo se niega a hacer algo que va contra la fe. La vida laboral no es un compartimento estanco inmune a la fe.

Hay que ser buenos trabajadores, pero también buenos compañeros y buenos jefes, lo que implica amabilidad y respeto. Es bueno recordar cumpleaños y nacimientos de hijos de los compañeros, asumir trabajo extra de un compañero si tiene que atender a un enfermo, sonreir en la oficina…

Además de este ejemplo cotidiano, “podemos empezar sesiones de estudio bíblico a la hora del almuerzo e invitar compañeros”; podemos invitar al católico no practicante del despacho de al lado a ir a la iglesia (quizá el día del patrón de nuestro oficio, o un Miércoles de Ceniza, o en el día de su santo); se puede invitar a los compañeros a actividades evangelizadoras del fin de semana, o de una tarde semanal.

Hahn cree que cada católico debería poder explicar a su compañero de trabajo en 5 minutos o menos por qué es católico, cómo ha sido su encuentro personal con Cristo, cómo cambia Cristo su vida: es lo que da tiempo a exponer en una charla de café.

  1. La parroquia

La parroquia es evangelizadora y necesita de los dones de los parroquianos. “Usémoslos, pues: como voluntarios para organizar la despensa de la parroquia, cantar en el coro de la iglesia, entrenar al equipo de fútbol del colegio de la parroquia, visitar a los enfermos que no pueden salir de casa, formar parte del consejo financiero de la parroquia, encargarnos de la hora santa semanal o simplemente llegar a la parroquia veinte minutos antes de misa para rezar el rosario con otros”.

Hahn anima a organizar actividades que al párroco no se le hayan ocurrido. Lo que el párroco prefiere es que le digan “podríamos organizar tal cosa, yo me encargo, padre”. Traer conferenciantes, organizar cineforums, crear grupos de visitas a personas solas, grupos de apoyo a madres novatas, grupos de oración y estudio bíblico, visitas a católicos alejados… “La parroquia es donde nos alimentamos y donde ayudamos a alimentar a otros, no es una gasolinera donde llenamos el depósito sacramental y nos olvidamos hasta la semana que viene”.

6.La universidad

Un estudio en EEUU señala que el 60% de los que entran en la Universidad siendo practicantes salen sin serlo. En España se deja la práctica religiosa mucho antes, hacia los 13 años.

Scott Hahn alaba dos modelos de evangelización en la universidad -ámbito que él conoce bien- que son el Centro Newman de la Universidad de Illinois y FOCUS (www.focus.org), la Fraternidad de Estudiantes Universitarios Católicos. FOCUS se fundó hace poco más de una década y ha crecido exponencialmente. Tiene la sede en Denver (que fue sede de una JMJ) y cuenta con 400 misioneros repartidos en 74 universidades. “FOCUS es el modelo de cómo la nueva evangelización debe llevarse a cabo en los campus universitarios, y en la próxima década la demanda de misioneros de FOCUS, así como de laicos católicos dispuestos a apoyarlos y patrocinarlos, irá en aumento”.

(En España FOCUS no tiene presencia, ni ninguna realidad parecida, ya que la pastoral universitaria española, en manos de las diócesis, por lo general no hace nueva evangelización y se limita a pastorear a los ya practicantes).

  1. Los medios de comunicación

“Los católicos tenemos ahora más herramientas que nunca para contar nuestra historia yproclamar el Evangelio, lo que hace que nuestra presencia ahí sea esencial”, explica Scott Hahn. “No todos estamos llamados a escribir un blog o presentar un programa de radio, pero utilizando nuestras cuentas de Facebook o Twitter para dar testimonio de la fe contribuimos a la nueva evangelización”, sugiere. También pide apoyar las iniciativas de prensa católica en papel, TV, radio o Internet. La edición española del libro cita en las notas, como ejemplos, a ReligionEnLibertad.com, VaticanInsider.com, Aceprensa.com, MayFeelings, Catholic Voices y Arguments. Apoyar la prensa católica en Internet, redifundiendo noticias o con donativos, es parte del apostolado de los laicos.

  1. Conferencias y ejercicios espirituales

Scott Hahn tiene claro que llevar a un tibio, alejado o incluso pagano a un buen evento cristiano puede transformarle la vida. Los grandes encuentros de oración, adoración y formación que nacieron de la Universidad Franciscana de Steubenville se han difundido por docenas de ciudades de Estados Unidos y cada vez atraen más decenas de miles de jóvenes (pueden conocerse en http://www.steubenville.org).También están renaciendo los ejercicios espirituales. “Hoy en día sólo unos pocos católicos comprometidos tienen la costumbre de hacer un curso de retiro anual; la recuperación de esta práctica, así como un mayor fomento de la misa, daría muchos frutos para la Iglesia y la nueva evangelización”, escribe Hahn.

  1. Los nuevos movimientos de laicos

Scott Hahn es cercano al Opus Dei, aunque su universidad está más bien inmersa en la espiritualidad de la Renovación Carismática. Sin embargo, no menciona a ninguno de estos dos cuando enumera movimientos que “han ayudado a millones de católicos”. Menciona a Focolares, Comunión y Liberación, Camino neocatecumenal, Milicia de la Inmaculada, Apostolado para la Consagración de la Familia y la Legión de María, añadiendo que hay muchos más. Recuerda las palabras de Juan Pablo II que los llama “la respuesta suscitada por el Espíritu Santo a este dramático desafío”. Hahn cree que los laicos, al colaborar con estos movimientos, confirmarán que es cierto lo que decía Juan Pablo II y son una respuesta del Espíritu.

Scott Hahn finaliza así su repaso a los ámbitos evangelizadores del católico laico: “Hay escasez de católicos dispuestos a vivir su fe con fidelidad radical, con audacia y de manera atractiva, en los múltiples campos de la nueva evangelización. Cristo a través de su Iglesia nos llama a ti y a mí a cambiar eso. Nos llama a dedicar nuestras vidas a la tarea de sembrar semillas para Él”.

Categorías:Laicos

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Circular: 2015-7 Asunto: Folleto sobre la política 19 de marzo de 2015

A todos los Militantes y Asistentes Eclesiásticos

Anteponemos un cordial saludo, deseando para ustedes y sus familias: paz y bien.

Con gusto les informamos que en la Junta Nacional hemos elaborado un folleto con la finalidad de crear conciencia sobre la participación en la política de manera responsable, razonada y honesta.

En la Junta Nacional, en comunión con los Comités Nacionales de las organizaciones y movimientos, hemos destinado los recursos necesarios para hacer un tiraje de 40,000 ejemplares. Dicho folleto consta de varios apartados con temas de gran interés. Cabe señalar que ha sido revisado por personas expertas en los temas de la política, además de laicos y consagrados que han dado importantes aportaciones.

Hemos mostrado el folleto al Excmo. Sr. Don Faustino Armendáriz Jiménez, Presidente de la Dimensión Episcopal para los Laicos, quien ha visto con gran interés la preocupación de la Acción Católica por estos temas.

Cabe señalar que esta publicación la estamos haciendo en nuestra calidad de laicos organizados.

La distribución se hará desde la oficina de la Junta Nacional y serán enviados los folletos a las Juntas Diocesanas para que éstas a su vez lo distribuyan a los Comités Diocesanos y de ahí llegue hasta los grupos parroquiales. En donde no haya Junta Diocesana se buscará a alguno de los presidentes diocesanos. Esperamos que antes del 15 de abril ya haya llegado a todas las diócesis.

Recomendaciones a los dirigentes diocesanos y parroquiales:

  • Hacer una distribución óptima y no desperdiciar o almacenar este material.
  • Mostrar a sus asistentes aclesiásticos y/o párrocos antes de distribuir.
  • Trazar estrategias de reparto eficiente, ya sea en las puertas de las parroquias, en los cruceros, en las calles, en los parques o como consideren de mayor impacto de acuerdo a las realidades de cada lugar. No olvidemos escuchar las sugerencias del sacerdote.
  • Hacer un esfuerzo por distribuir todo el material antes de que termine el mes de mayo. Recordemos que el 7 de junio hay elecciones.
  • No agotemos este material entre los militantes, lo ideal es que llegue a otras personas.

También les informamos que estamos enviando un paquete de ejemplares a todos los obispos del país: titulares, auxiliares y eméritos, así como a la Nunciatura Apostólica. Adjunto al folleto les estamos haciendo llegar una carta informando de este proyecto y poniendo a su disposición más paquetes de estos folletos cubriendo sólo el costo de recuperación. En ese mismo documento les estamos notificando a los obispos que se está haciendo llegar este material a los militantes de todo el país para que ellos estén enterados de esta “acción en salida” que estamos emprendiendo.

Dejamos abierta la posibilidad de adquirir folletos adicionales. El costo sería de $150.00 pesos el paquete con cien folletos. El tiempo de entrega sería de una semana. Esto implicaría un esfuerzo económico para quienes los soliciten, pues el folleto tiene la leyenda de distribución gratuita.

Para los Grupos Parroquiales, Comités Diocesanos y Juntas Diocesanas que deseen más folletos pueden hacer sus pedidos a la Oficina de la Junta Nacional. También queda a disposición de párrocos y de otras agrupaciones que deseen este material. La mecánica a seguir sería la misma y pedimos a los militantes y asistentes eclesiásticos que nos ayuden a difundir estos folletos. Entre más personas lo reciban causaremos un mejor impacto.

Este material también puede ser un documento de estudio y reflexión en las reuniones de grupo, ya sea en las parroquias o en reuniones diocesanas.

Les recordamos los datos de contacto de la Oficina de la Junta Nacional:

Teléfono: (81) 20 91 04 37

Correo electrónico: acmjuntacional@gmail.com

Horario: de lunes a viernes de 9:00 a 14:00 horas.

Exhortamos a todos a estar atentos para recibir este material. Si para la primera semana del mes de abril no lo han recibido, favor de comunicarse a la Oficina de la Junta Nacional, con gusto se les atenderá y se dará seguimiento.

Adjuntamos archivo con el folleto mencionado para que lo vayan conociendo.

Para redoblar esfuerzos invitamos a todos a reenviar el folleto adjunto por correo electrónico a sus contactos, así como promoverlo en redes sociales, ya sea publicando todo el documento o haciéndolo en partes, cada persona pude usar su creatividad.

Agradecemos todas sus atenciones a la presente y les pedimos de favor dar a conocer esta circular. Rogamos al Señor que el Señor los bendiga abundantemente y la Virgen de Guadalupe los cubra con su manto.

Atentamente.-

Junta Nacional 2013-2016

“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”

Omar Florentino Peña Briones
Presidente Nacional

Oprime aqui para bajar el folleto –> FOLLETO POLÍTICA

Pbro. Sergio de la Cruz Godoy
Asistente Eclesiástico Nacional

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