Cristianismo y política

Cristianismo y política

Joseph Ratzinger *

http://www.mercaba.org/FICHAS/Politica/cristianismo_y_politica.htm

 

El Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no sólo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado [incluso “cristiano”]. El Estado no es la totalidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el totum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico. La supresión del totalitarismo estatal ha desmitificado al Estado, liberando la hombre político y a la política.

 

Pero cuando la fe cristiana, la fe en una esperanza superior del hombre, decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Aunque estas promesas se vayan obteniendo mediante el progreso y reivindiquen exclusivamente  para sí el concepto de progreso, son, sin embargo, históricamente consideradas, un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana, una vuelta hacia atrás en el camino de la historia. Y aunque vayan propalando como objetivo propio la liberación total del hombre, la eliminación de cualquier dominio sobre el hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su libertad, porque reducen el hombre a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte al Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política, es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud; es política mitológica.

 

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es realmente capaz de crear como orden de libertad y, de este modo, encontrar un criterio de discreción, consciente de que su expectativa superior está en manos de Dios. El rechazo de la esperanza que radica en la fe es, al mismo tiempo, un rechazo del sentido de la medida en la razón política. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad, que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mítica del paraíso inmanente y autárquico sólo puede conducir al hombre a la frustración; frustración ante el fracaso de sus promesas y ante el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa, hija de su propia fuerza y crueldad.

 

El primer servicio que presta la fe a la política es, pues liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre cosa difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismo lo que es Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda conciliación, sino en la misma conciliación donde está la moral de la actividad política.

 

A pesar de que los cristianos era perseguidos por el Estado romano, su posición ante el Estado no era radicalmente negativa. Reconocieron al Estado en cuanto Estado, tratando de construirlo como Estado según sus posibilidades, sin intentar destruirlo. Precisamente porque sabían que estaban en “Babilonia”, les servían las orientaciones que el profeta Jeremías había dado a los judíos deportados a Babilonia. La carta del profeta transcrita en el cap. 29 del libro de Jeremías no es ciertamente una instrucción para la resistencia política, para la destrucción del Estado esclavista, ni se presta a tal interpretación. Por el contrario, es una exhortación a conservar y a reforzar lo bueno. Se trata, pues, de una instrucción para la supervivencia y, al mismo tiempo, para la preparación de un porvenir nuevo y mejor. En este sentido, esta moral del exilio contiene también elementos de un ethos político positivo. Jeremías no incita a los judíos a la resistencia ni a la insurrección, sino que les dice: “Edificad casas y habitadlas. Plantad huertos y comed de sus frutos… Procurar la paz de la ciudad adonde os trasladé; y rogad por ella al Señor, porque en la paz de ella tendréis vosotros paz” (Jr. 29, 5-7).

 

Muy semejante es la exhortación que se lee en la carta de Pablo a Timoteo, fechada tradicionalmente en tiempos de Nerón: “(Rogad) por todos los hombres, por los emperadores y por todos los que están en el poder, a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y honestidad”. (1 Tm 2,2). En la misma línea se desarrolla la carta de Pedro con la siguiente exhortación: “Vuestro comportamiento entre los paganos sea irreprensible, a fin de que, por lo mismo  que os censuran como malhechores, reflexionando sobre las obras buenas que observan en vosotros, glorifiquen a Dios en el día del juicio”. (1 P 2,12). “Honrad a todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, honrad al rey” (1 P 2,17). “Ninguno de vosotros tenga que sufrir como homicida, o ladrón, o malhechor, o delator. Pero si uno sufre como cristiano, que no se avergüence; que glorifique más bien a Dios por este nombre”. (1 P 4,15 a)

 

¿Qué quiere decir todo esto? Los cristianos no eran ciertamente gente sometida angustiosamente a la autoridad, gente que no supiese de la existencia del derecho a resistir y del deber de hacerlo en conciencia. Precisamente esta última verdad indica que reconocieron los límites del Estado y que no se doblegaron en lo que no les era lícito doblegarse, porque iba contra la voluntad de Dios. Por eso precisamente resulta tanto más importante el que no intentaran destruir, sino que contribuyeran a regir este Estado. La antimoral era combatida con la moral, y el mal con la decidida adhesión al bien, y no de otra manera. La moral, el cumplimiento del bien, es verdadera oposición, y sólo el bien puede preparar el impulso hacia lo mejor. No existen dos tipos de moral política: una moral de la oposición y una moral del poder. Sólo existe una moral: la moral como tal, la moral de los mandamientos de Dios, que no se pueden dejar en la cuneta ni siquiera temporalmente, a fin de acelerar un cambio de situación. Sólo se puede construir construyendo, no destruyendo. Esta es la ética política de la Biblia, desde Jeremías hasta Pedro y Pablo.

 

El cristianismo es siempre un sustentador del Estado en el sentido de que él realiza lo positivo, el bien, que sostiene en comunión los Estados. No teme que de este modo vaya a contribuir al poder de los malvados, sino que está convencido de que siempre y únicamente el reforzamiento del bien puede abatir al mal y reducir el poder del mal y de los malvados. Quien incluya en sus programas la muerte de inocentes o la destrucción de la propiedad ajena no podrá nunca justificarse con la fe. Explícitamente es lo contrario a la sentencia de Pedro: “Pero jamás alguno de vosotros padezca por homicida o ladrón” (1 P 4,15); son palabras que valen también ahora contra este tipo de resistencia. La verdadera resistencia cristiana que pide Pedro sólo tiene lugar cuando el Estado exige la negación de Dios y de sus mandamientos, cuando exige el mal, en cuyo caso el bien es siempre un mandamiento.

 

De todo esto se sigue una última consecuencia. La fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizado, el mito del Estado paraíso y de la sociedad sin dominación ni poder. En su lugar ha implantado el realismo de la razón. Ello no significa, sin embargo, que la fe haya traído un realismo carente de valores: el de la estadística y la pura física social. El verdadero realismo del hombre se encuentra el humanismo, y en el humanismo se encuentra Dios. En la verdadera razón humana se halla la moral, que se alimenta de los mandamientos de Dios. Esta moral no es un asunto privado; tiene valor y resonancia pública. No puede existir una buena política sin el bien que se concreta en el ser y el actuar. Lo que la Iglesia perseguida prescribió a los cristianos como núcleo central de su ethos político debe constituir también la esencia de una actividad política cristiana: sólo donde el bien se realiza y se reconoce como bien puede prosperar igualmente una buena convivencia entre los hombres. El gozne sobre el que gira una acción política responsable debe ser el hacer valer en la vida pública el plano moral, el plano de los mandamientos de Dios.

 

Si hacemos así, entonces también podremos, tras el paso de los tiempos de angustia, comprender, como dirigidas a nosotros personalmente, estas palabras del Evangelio: “No se turbe vuestro corazón” (Jn. 14,1). “Porque por el poder de Dios estáis custodiados mediante la fe para vuestra salvación…”.

 

 

Fuente: Revista Católica Internacional Communio, 2ª. Época, Año 17, julio-agosto de 1995
* Nació en Marktl am Inn (Baviera, Alemania) en 1927. Estudió en Freising y en la Universidad de Munich. Sacerdote en 1951. Profesor de teología fundamental en la Universidad de Bonn y de dogma e historia de los dogmas en la Universidad de Münster y posteriormente en la Facultad de teología de la Universidad de Ratisbona. Nombrado arzobispo de Munich y Freising en 1977 y creado cardenal ese mismo año. Actualmente es prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional.

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ROL DE LOS LAICOS ANTES Y DESPUÉS DEL CONCILIO VATICANO II

ROL DE LOS LAICOS ANTES Y DESPUÉS DEL CONCILIO VATICANO II

http://dandoluceshoy.blogspot.mx/p/informe.html

“Los laicos son llamados por Jesús para trabajar en su viña  construyendo el Reino de Dios en este mundo, tomando parte activa, consciente y responsable en la misión de la IGLESIA” (ChristifidelesLaici).

INTRODUCCIÓN

La vida y misión de los laicos en el contexto de la eclesiología constituyen el tema central de este estudio. Al mirar retrospectivamente hacia el Concilio Vaticano II y analizar sus consecuencias para la vida de la Iglesia, aparece la doctrina conciliar sobre los laicos como el elemento quizá más relevante de la herencia conciliar. Es decir han sido los laicos, junto con los obispos, los miembros de la Iglesia más revalorizados por el Concilio. Nunca en la historia de la Iglesia ha hablado un sínodo de forma más extensa, positiva y sistemática sobre la identidad, las funciones y el lugar que los laicos tienen en la Iglesia. Por lo tanto, el Concilio Vaticano II configura la identidad, la responsabilidad y el compromiso de los laicos en el mundo.
Dentro de esta época de cambios, este informe busca ubicarnos en la historia de la Iglesia y hacer un recorrido real sobre el papel de los laicos, fundamentado en la Sagrada Escritura, en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia. También pretende ofrecer una visión actual de los laicos, conocer su verdadera identidad, los límites y los retos a los que se enfrentan, y finalmente dar una propuesta para superar las diferencias dentro de la Iglesia y en la sociedad.

1.- LOS LAICOS EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO

¿Qué se entiende por laicos? La palabra “laico” es un derivado del término latino “laos” que significa “pueblo” y fue acuñado muy temprano por el cristianismo. Por el nombre de laico se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo (LG).

Antes del Vaticano II, el laico era considerado como una persona pasiva, sometida siempre a la jerarquía. El Concilio define ahora al laicado de forma positiva y activa. En su reflexión sobre la Iglesia (LG), el Vaticano II ha puesto las bases para una visión eclesiológica renovada, al optar por poner delante del capítulo sobre la jerarquía un capítulo sobre el pueblo de Dios. Según Aparecida, los fieles laicos son cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Son hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres y mujeres  del mundo en el corazón de la Iglesia (N° 209).

Hasta el Vaticano II la respuesta usual era siempre la misma: un laico es el que no es sacerdote (ministro) ni religioso. Es decir, se definía al laico no por lo que era, sino por lo que no era. En el marco de una eclesiología clericalizada, en que se entendía a identificar sin más la Iglesia con la jerarquía, los laicos se definían en función de los ministros, aludiendo a las funciones y tareas que no tenían en la Iglesia (porque eran específicas de la jerarquía). En resumen: a la hora de definir a los laicos se daba de ellos una definición negativa (el “no clérigo” y “no religioso”). El Vaticano II buscó superar esta orientación negativa y definir de forma positiva al laicado. En este sentido la Iglesia somos todos, no sólo la jerarquía. Por lo tanto no se puede confundir la comunidad, el pueblo que somos todos con la parte de los ministros. En este sentido, el concilio no avala ni el papalismo en el siglo XIX (el Papa no es la iglesia, ni está sobre ella, sino que forma parte de la comunidad), ni el posible episcopalismo del postvaticano II(los obispos no son la Iglesia y están dentro de ella), ni los clericalismos del segundo milenio (los curas no son más Iglesia que los seglares. La Iglesia es comunitaria y dentro de ella todos somos miembros plenos: el papa, los obispos, los sacerdotes o los religiosos por su condición no son más cristianos que los laicos. (Estrada, J., 1989, p.161)

2.- BREVE HISTORIA DEL LAICADO ANTES Y DESPUÉS DEL CONCILIO VATICANO II

Durante la era apostólica: en el Nuevo Testamento no existe una distinción entre clérigos y laicos. Todos los creyentes están llamados por igual a vivir la vida de Cristo y en el Espíritu a ser testigos y servidores del Evangelio. Las funciones de los seglares  en la primeras comunidades cristianas, aparecen  con frecuencia en Hechos de los apóstoles y el las cartas de San Pablo. Por ejemplo:

  • Dando hospedaje y prestando asistencia a los apóstoles y a los misioneros itinerantes. Ofreciendo su casa para  las reuniones de la comunidad cristiana (Hch 12,12; Col  4,10-15; Fim 1,1-2; etc
  • Ayudando económicamente a los apóstoles y a las iglesias locales necesitadas (Flp 4,15-16; Hch 11, 28-30)
  • Participando en la vida y los asuntos de la comunidad. (Hch 1,23; 15,22)
  • Evangelizando mediante la Palabra (Hch 18,26; Rm 16,7), etc

En la era de los  padres de la Iglesia  se da  mucha  importancia al papel  de los seglares. Entre todos ellos se destaca a S. Juan Crisóstomo (349-407) que insiste en el deber apostólico y misionero de los seglares:

  • En el S. IV  afirma que la vocación  a la santidad y las bienaventuranzas son para todos.
  • Defiende también la santidad del apostolado laical fundándolo sobre la doctrina del sacerdocio universal de los fieles.

Para el padre San Agustín, los seglares son insertos en una sociedad mayoritariamente pagana, han de comprenderse en la obra de regeneración y de construcción de un orden nuevo que propugna el cristianismo.

En algunas partes  los seglares desempeñan un papel importante en la vida y en las  estructuras de la Iglesia (pueblo participa en la elección de sus pastores, de los ordenados y autoridades eclesiásticas). El papa Celestino I (422-532) decía que “no se imponga un obispo contra la voluntad de éste.
En el s. IV se fija también la posición jurídica de las personas en la Iglesia con la distinción cada vez más clara entre seglares, clérigos y monjes. A partir de ahí la santidad parece más reservada a los monjes, que huyen del mundo, y las responsabilidades de la Iglesia a los clérigos.

Cuando pasan las persecuciones, el modo de vivir de muchos cristianos  lleva a los obispos y sacerdotes a valorarlos cada vez menos. Esta devaluación ocasiona algunas manifestaciones como:

  • En los templos se crean espacios reservados para clérigos.
  • Los seglares solo pueden participar en la preparación de los catecúmenos.
  • Las mujeres no pueden preparar a los hombres para el bautismo.
  • Se comienza a eliminar la participación de los hombres para el bautismo.
  • Se comienza a eliminar  la participación de los seglares en la elección del clero.
  • Se reserva el clero el derecho de enseñar las verdades cristianas.

Según Yves Congar, en  la alta edad media, hay una  tendencia general  hacia la devaluación del laicado, pero también hay momentos de estima y promoción seglar. La eclesiología en este tiempo considera más dignas las categorías de monjes y clérigos. En estos momentos de decadencia del laicado se tiene las conciencias de que todos formamos un solo cuerpo, una unidad, pero esta unidad está integrada en dos clases de personas: por una parte están los clérigos y los monjes y, por otras están los laicos a quienes se les concede usar los bienes terrenales. En los ambientes monacales y clericales se  sigue pensando que la santidad, no es para seglares y que el monje es el cristiano perfecto. Para algunos autores de la época, el, laico o lego es hombre  sin letras, porque no hablaba el latín. Además  la jerarquía y los concilios de la época insisten en que los deberes de los seglares son: respetar al clero y pagar los derechos e impuestos eclesiásticos, observar los deberes de caridad para el prójimo, acudir al templo para escuchar las instrucciones, aprender a rezar.

A finales del s. XI y principios del s. XI hay un aumento hacia la valoración de los  laicos. Algunos autores no define ya la condición  laical simplemente en relación a los clérigos (laico= no clero), sino que la define en sí misma, a partir del bautismo y de su lugar en la sociedad; afirman que los seglares, como verdaderos cristianos, han renunciado también al mundo y son, a su modo, regulares, porque viven conforme a la regla del evangelio. Hay una fuerte la conciencia de que por el bautismo todos los cristianos forman parte del cuerpo de Cristo, participan de la realeza y del sacerdocio de Cristo y, por tanto, no han de ser pasivos en la Iglesia, ni aún en la liturgia y la administración de los sacramentos.

A lo largo de los siglos XI-XVII, la historia del laicado se inicia con el apogeo del humanismo y la reforma protestante y se cierra la conmoción del cristianismo con la Revolución Francesa y las ideas de la ilustración. Los reformadores protestantes niegan toda diferencia esencial entre los laicos, sacerdotes y monjes, solo se toma en cuenta el oficio o ministerio y frente a ello el Concilio de Trento, negó enérgicamente que los laicos tengan el poder de administrar todos los sacramentos y  reafirmó la institución divina de la jerarquía. En este periodo se multiplican las asociaciones laicales dedicadas a la caridad y a la asistencia de los pobres y enfermos.

A principios del s. XX, tras la primera guerra mundial, comienza a surgir una conciencia de que el clero no puede representar la única presencia de la Iglesia en el mundo. En este siglo la Iglesia jerarquía y el clero, son entonces objeto de  hostilidad y descrédito; se vuele más conservadora, por rechazar el secularismo de la ilustración; rechazan los valores expresados en las siguientes palabras: progreso, libertad, igualdad, fraternidad, democracia y que hoy estás palabras  llenan la boca de todos los cristianos, tanto clérigos y laicos. En este siglo  persiste también la  mentalidad clerical y, al mismo tiempo, aumenta la participación de los laicos en el apostolado. El papa Pio XI y Pio XII, impulsaron su participación en la evangelización. Se da también un resurgir  de las instituciones laicales vinculadas a las diferentes familias religiosas como: terciarios franciscanos, dominicos, cooperadores salesianos, comunidades de vida cristiana (congragaciones marianas), etc. Surgen asociaciones y  movimientos laicales.

Yves Congar resume la historia del laicado en este siglo con esta frase “hay laicos que son apóstoles  en una iglesia todavía clerical que se defiende en un mundo en vías de secularización”.  (Vidales. A., 1985, p.15-19)

Así se llega a la convocación al CONCILIO VATICANO II, como una llamada del Papa Juan XXIII a dejar entrar estos aires nuevos, a desentrañar en conjunto los nuevos llamados del Espíritu a la Iglesia, y a responder con fidelidad a ellos buscando nuevas  formas de encarnarlos.

En la época después del Concilio Vaticano II  significó el final de una visión eclesiológica piramidal que marcó a la Iglesia por casi todo el 2° milenio. Dentro de este contesto surgen varios documentos eclesiásticos que tratan de afirmar la identidad, la vida y misión de los laicos: Entre ellos esta  la  Constitución Dogmática Lumen Gentium, la cual define  al laico Cristiano como “creyente que se ocupa de ordenar la realidad temporal, las estructuras seculares, contribuyendo a la construcción del Reino de Dios” (LG 31). También habla de la igualdad dignidad  de los todos los laicos en la Iglesia (N° 32), del apostolado como la misma misión salvífica de la Iglesia (N°33), la participación en la función profética de Cristo (N° 35), la relación de los laicos y la jerarquía (N° 37). Aquí, el concilio ha superado   eclesiología jerarcológica. Por ende  cada bautizado está al servicio de sus hermanos. (Perea, J., 2001 p.157-172).

Producto de años de reflexión post-conciliar, Juan Pablo II dice: “Ciertamente todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular, pero lo son de formas diversas”. La secularidad es una dimensión de toda la Iglesia, de todo el Pueblo de Dios, de todo el Cuerpo de Cristo que peregrina en este mundo y va haciendo historia en él. En el mundo  debemos trabajar, codo a codo, sacerdotes, religiosos/as y laicos; todos los cristianos como comunidad de Iglesia.

3.-POSTURAS AL INTERIOR DE LA IGLESIA SOBRE EL TEMA.

Antes del Concilio Vaticano II la postura principal de los concilios anteriores, eran condenar herejías, definir verdades de fe y costumbres y corregir errores que nublaban la claridad de la verdad plena (R. Concilium 346, p.104). Por lo tanto el laico estaba sometido a la jerarquía, era pasivo y simple receptor del mensaje cristiano. Definido por lo que no era: no es religioso ni sacerdote (ministro). Los laicos estaban en función de los ministros. A comienzos del s. XX, tras la primera guerra mundial, comienza a surgir una conciencia de que el clero no puede representar la única presencia de la Iglesia en el mundo. En siglo XIX la iglesia sobre todo la jerarquía y el clero, se vuele más conservadora, y muestra un claro rechazo al  secularismo de la ilustración. En siglo XX persiste una  mentalidad clerical y la iglesia jerárquizada y, al mismo tiempo, aumenta la participación de los seglares en el apostolado. (VIDALES.A., 1985, p.15-19).Ya en el Vaticano II desde el principio Juan XXIII, exhorta a repensar  las costumbres del pueblo cristiano y adaptar la disciplina eclesiástica a las condiciones del mundo moderno. La palabra italiana aggiornamento expresaba lo que el concilio pretendía y los frutos que deseaban obtener. El Concilio asume una postura positiva, en cuanto a la participación de la fe católica en la sociedad. Deseaba debatir no solo definiciones dogmáticas y teológicas, sino dirigir también la atención hacia los problemas económicos y sociales, viéndolos no como amenazas, sino como auténticos desafíos pastorales que exigían una respuesta por parte de la iglesia.

La cuestión del laicado, que anhelaba una mayor participación en la vida y en la misión de la Iglesia, fue uno de los puntos importantes del concilio. Es ahí donde se dio el boom oficial de la emergencia de los laicos en la Iglesia y la asunción, por parte del magisterio de la Iglesia, de una teología del laicado que ya habían sistematizado grandes teólogos europeos. Los documentos conciliares, por su parte, contiene múltiples reflexiones, propuestas sobre la identidad y rol de los laicos en la Iglesia y en el mundo.

Por otro lado movimientos laicos apostólicos activos en las décadas anteriores al concilio, proporcionaron  a los padres conciliares material importante e inspirador para poder avanzar superando obstáculos en dirección a una eclesiología más integrada y de comunión. En este este sentido, el concilio asume las siguientes posturas:

  • Procura superar al menos en a parte la definición negativa del laico (el que no es sacerdote, el que no es monje, el que no es religioso/a), destacando características más positivas (miembro del pueblo de Dios) y valorándolo como miembro activo, responsable de la construcción del tejido especial.
  • Define los ministerios de condición laical, y en la LG presenta la comunidad eclesial como pueblo de Dios, donde todos somos miembros plenos.
  • Revaloriza la comunidad, en contraste con las eclesiologías verticalistas y jerarquizantes, lo que el Padre Yves Congar denomina “jerarcologías”.

La percepción del Concilio es afirmar que los laicos no son súbditos  o meros servidores de los pastores, sino sus hermanos:” los laicos, del mismo modo que por benevolencia dicina tiene como hermano  Cristo, quien, siendo Señor de todo, no vino para ser servido, sino a servir (Mt 20,28), también tiene por hermanos a los que, cosntituidos en el sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo, apacientan a la familia de Dios, de tal suerte que sea cumplido por todos el nuevo mandamiento de la caridad. (R. Concilium 346, p.104-106).

Finalmente todos los laicos como pueblo de Dios están llamados en la misión evangelizadora de la Iglesia que hoy es urgente e incluso, más necesaria que nunca. La autonomía de nuestra sociedad crecientemente secularizada; la separación, pretendidamente justificada, entre la fe y la vida diaria, pública y privada; la tentación de reducir la fe a la esfera de lo privado; la crisis de valores; pero también la búsqueda de verdad y sentido etc., son otros tantos desafíos que urgen a los católicos a impulsar una nueva evangelización, a contribuir a promover una nueva cultura y civilización de la vida y verdad, de la justicia y la paz, de la solidaridad y el amor” (Cristianos Laicos, Iglesia en el mundo, núm. 43).

4.- LÍMITES Y RETOS  DE LOS LAICOS  DESPUÉS DEL CONCILIO VATICANO II

Los límites siempre son difíciles de definir, sin embargo se debe de trabajar en armonía con la Iglesia jerárquica. El laico tiene que hacer énfasis y defender su laicidad, porque el laico no es un cura a medias. Debe de ser consciente de las tareas que no le corresponde, sino que debe vivir su ser cristiano como laico en los ámbitos donde desarrolla su vida, su labor profesional, en su familia, en el congreso en la república, en los medios de comunicación, etc ., ahí donde se juega la vida de las personas Imprimir los valores del evangelio ahí donde está, ser la sal del mundo. Y  trabajar en armonía con la iglesia Jerárquica (Entrevista Hno. Francisco Sáez). Uno de los retos es hacer realidad la  misión de Jesucristo, de la que él mismo nos ha hecho  partícipes. Se trata de llevar las  buenas noticias, de anunciar la libertad, de liberar de ataduras y cegueras, de proclamar el amor de Dios que todo lo llena con su gracia. Y se trata de hacerlo entre los hombres y mujeres de hoy, con nuestra vida, preferencialmente entre los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos. Cristo nos da la misión, de él la recibimos, somos primordialmente sus testigos, y no propagandistas o activistas de un proyecto propio.
También otro de los retos es ser testimonio de Dios y manifestarlo a los demás   evangelizando a las personas, a las culturas, trabajando desde dentro, como la levadura en la santificación del mundo, para la construcción de un mundo más digno de los hombres, hijos de Dios. En el campo de la misión el laico no tiene límites, cuando se trata de misionar para el servicio del Reino de Dios. Así los laicos pueden actuar en la Iglesia y en el mundo superando las tensiones y conflictos que van surgiendo en la Iglesia. Sin embargo también puede haber algo de tentación enfatizar el rol del laico en el mundo. Los obispos que constituyeron el Sínodo sobre los laicos reiteraron que “el campo propio de su actividad evangelizadora es el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía; así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento etc. Pero, sería un error quedarnos solo en el ámbito del mundo, puesto que también están muy presentes en la Iglesia. Por ello, que en cualquier caso se subraya constantemente  que no se debe confundir el campo de los clérigos y el de los fieles laicos. Ya que colaborar con el Sagrado ministerio no significa  “suplir ni sustituir”. Cada uno está  llamado a colaborar con la misión de construir el Reino desde su condición y lugar de vida.

5.- PROPUESTAS PARA SUPERAR LOS PUNTOS DE DESACUERDO

En la primera comunidad no existía distinción entre el religioso y laico, todos eran iguales, después hay una separación que  piramidita el pueblo de Dios: la jerarquía arriba y el laicado en la base, como entes recesivos. Con el Vaticano II todos estamos llamados a trabajar como hermanos y hermanas y reconocernos compañeros y compañeras de camino, llamados a compartir el pan, el camino y la vida. Por lo tanto todos los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituimos el único pueblo de Dios y cuerpo de Cristo. Es decir  el Pueblo de Dios somos todos los consagrados por su Espíritu. Por ello en el bautismo Dios nos hace sacerdotes, profetas y reyes.

De ahí es el llamado a que todos los laicos, recuerden  que ellos son también Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio al mundo entero. También deben sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad, especialmente según los criterios del Evangelio, con entusiasmo, creatividad, audacia en comunión con los sacerdotes, obispos, religiosas y religiosos. A demás su índice secular, tiene el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su vida y misión en la Iglesia y en el mundo. Por eso, el laico no puede perder nunca su identidad eclesial. En este sentido  cremos que la invitación tanto a los laicos, sacerdotes, religiosas y religiosos, es a buscar siempre el diálogo y tomarnos nuestra participación en la Iglesia y en el mundo en serio. Es decir:

  • A la jerarquía, un laico le debe pedir que no dialogue consigo misma, que fomente la participación activa y efectiva del laico, que no monopolice los poderes en la Iglesia, que confíen  más en el laicado, que vele por su buena formación- acompañamiento, y repensar que el laico nos constituye como Iglesia. Es decir que la Iglesia tiene una misión: ser sacramento de salvación. Por lo tanto la Iglesia será de Jesús si es fiel a la misión encomendada de velar por la unidad de la humanidad y la comunión con Dios. Eso es lo más importante, lo que nos constituye como Iglesia por encima de la organización.
  • Franklin Ruiz, nos dice que a los religiosos/as, se nos pide no contraponer nuestro modos de vida, porque casi siempre “a un religioso/a se le ha distinguido tradicionalmente del laico por vivir con mayor radicalidad el Evangelio, por estar más disponible a cualquier tipo de misión en cualquier parte del mundo, por tener un amor más multiplicador”. Nos preguntamos si ¿realmente es así?  Frente a ello afirmamos que el seguimiento cristiano coherente  a veces se nos hace difíciles tanto a laicos y a religiosos/as.  Frente a todo ello  nos atrevemos a decir que toda la vida religiosa está  llamada y comprometida a vivir con radicalidad los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia) y velar por la formación y acompañamiento de los laicos. La vida laical también esta llamada y comprometida a vivir  la fidelidad, austeridad y disponibilidad, desde sus condiciones propias de vida. También se nos dice que seamos compañeros de misión, una comunidad unida por la fe al servicio de la humanidad, siendo miembros de la Iglesia, más allá de las diferencias jurídicas y roles, debemos considerarnos comunidad en misión y para la misión, pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo.

Finalmente al laicado en general, se les invita , se les pide: no encerrarse en lo eclesial ni dedicarse sólo a lo del mundo, deben ganar participación dentro de la Iglesia; no separar fe y vida ( no abdicar de su ser Iglesia, de su condición eclesial, de su ser ciudadano, de su compromiso familiar); no ser clericalistas (quitarse la concepción  de que el laico es mejor laico cuanto más se parece a un clérigo); tener mayor creatividad e intrepidez, tomarse más en serio su formación, profundizar en su ser laical, vivir radicalmente su sacerdocio, acoger su vocación como un don de Dios y vivir el evangelio, que  esta escrito para todos, siguiendo el llamado de Aparecida de ser discípulos y misioneros.

6.- BIBLIOGRAFÍA

BARAÚNA, Guillermo

1966   La Iglesia del Vaticano II. Los laicos en la Iglesia.  Tomo II. Barcelona: Edición

Juan Flors.

Concilio Vaticano II

El papel de los fieles laicos en “Lumen Gentium”

Consulta: 22 de noviembre 2012.

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Categorías:Laicos

EL LAICADO: IDENTIDAD CRISTIANA Y MISIÓN ECLESIAL

DIÓCESIS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA

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EL LAICADO:
IDENTIDAD CRISTIANA Y MISIÓN ECLESIAL

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA

CUARESMA- PASCUA DE RESURRECCIÓN, 1996

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

En la línea de las anteriores Cartas conjuntas (n. 1) A la luz del Magisterio de la Iglesia (n. 2)

Objetivos de esta Carta (n. 3)

Contenido (n. 4)

  1. – UNA MIRADA A LA REALIDAD SOCIAL Y ECLESIAL
  2. El laicado en nuestra sociedad (n. 5)
  • Contexto económico (nn. 6-7)
  • Contexto político (nn. 8-9)
  • La causa de la paz (nn. 10-11)
  • Contexto cultural (nn. 12-13)
  • Situación cambiante de la familia (n. 14)
  1. El laicado en nuestras Iglesias particulares (n. 15)
  • Sentido de pertenencia eclesial (nn. 16-19)
  • Conciencia de la propia vocación y responsabilidad (nn. 20-21)
  • El laicado organizado (n. 22)
  • Formación y preparación (n. 23)
  1. – LA DIMENSIÓN SECULAR, CARACTERÍSTICA DE TODA LA IGLESIA

Iglesia en el mundo (n. 24)

Enviada toda ella a evangelizar

  • La secularidad, dimensión constitutiva de la Iglesia (n. 25)
  • Toda la Iglesia, germen de unidad y de esperanza (n. 26)

La secularidad de la Iglesia al servicio de su misión (n. 27)

La Iglesia para el mundo, Iglesia en comunión (n. 28)

El laicado (n. 29)

Autonomía del mundo secular (n. 30)

Tentaciones y posibles malentendidos (n. 31)

«Como el alma en el cuerpo» (n. 32)

  • – IDENTIDAD Y MISIÓN DEL LAICADO (n. 33)

Seguidores de Jesús

  • Una llamada personal (n. 34)
  • Experiencia filial y obediencia al Padre
  • «Pasó haciendo el bien» (n. 36)

Seguimiento de Jesús y misión (n. 37)

Participación en el triple ministerio de Cristo

  • Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey (n. 38)
  • Anuncio y testimonio (n. 39)
  • Sacerdocio de los laicos (n. 40)
  • Proclamar el señorío de Cristo (n. 41)

Espiritualidad del seguimiento

  • Espiritualidad laical (n. 42)
  • Escucha de la Palabra y de la vida (n. 43)
  • Radicalidad evangélica (n. 44)
  • Espíritu de las bienaventuranzas (n. 45)
  • Transmisor de la Buena Noticia (n. 46)

Enviados al mundo

  • Evangelizar por contagio (n. 47)
  • Presencia en la vida secular (n. 48)
  • Al servicio del bien común (n. 49)
  • Modo de estar en el mundo (n. 50)

Miembros responsables y activos del Pueblo de Dios

  • Animado por el Espíritu, miembro de pleno derecho (n. 51)
  • Diversidad de vocaciones, carismas y dones (n. 52)
  • Ministerios laicales (n. 53)
  • El ministerio ordenado, signo de unidad y de comunión (n. 54)

Apostolado asociado (n. 55)

Relaciones del laicado con la Jerarquía (n. 56)

  • Derecho a la Palabra de Dios y a los sacramentos
  • Derecho a manifestar sus necesidades, deseos y opiniones
  • Obediencia para fortalecer la comunión
  • Autonomía e iniciativa

Los Consejos pastorales, órganos de participación y corresponsabilidad (n. 57)

  1. – DESAFÍOS PARA NUESTRAS IGLESIAS PARTICULARES (n. 58)

Cultivo de la espiritualidad laical

  • Lo que entendemos por espiritualidad (n. 59)
  • Hombres y mujeres de Dios (n. 60)
  • Radicalidad de los valores evangélicos (n. 61)

Valoración y potenciación del apostolado individual

  • Cada bautizado, mediación de Cristo y presencia de la Iglesia (n. 62)
  • La atención al individuo concreto (n. 63)

Presencia evangelizadora del laicado en el matrimonio y la familia

  • El matrimonio y la familia, campo prioritario de acción evangelizadora (n. 64)
  • Urgencia de cuidar la pastoral matrimonial y familiar (n. 65)

Participación en el apostolado asociado

  • Razón de ser y objetivos (n. 66)
  • Discernimiento y coordinación (n. 67)
  • La Acción Católica (n. 68)

Cultivo de la pastoral de ambientes (n. 69)

  • El mundo del trabajo (n. 70)
  • Los ámbitos profesionales (n. 71)
  • El medio rural (n. 72)
  • La juventud (n. 73)
  • El mundo estudiantil (n. 74)
  • Los ámbitos de marginación (n. 75)

Inspiración de la cultura por los valores evangélicos (n. 76)

  1. En favor de una cultura de la solidaridad
  • Solidaridad y crisis socio-económica (n. 77)
  • Actuar ya desde ahora (n. 78)
  • Dimensión universal de la solidaridad (n. 79)
  1. Fomentar la cultura del diálogo y de la paz
  • Conflictos y cultura de la violencia (n. 80)
  • Promover una cultura de diálogo y de paz (n. 81)
  1. Por el reconocimiento pleno de la dignidad humana de la mujer
  • Especial sensibilidad actual ante el problema (n. 82)
  • En favor de la promoción integral de la mujer (n. 83)

La necesidad de una adecuada formación

  • El reto de la formación y capacitación del laicado (n. 84)
  • Una formación especializada (n. 85)
  1. – ALGUNAS CONCLUSIONES OPERATIVAS (nn. 86-88)

INTRODUCCIÓN

En la línea de las anteriores Cartas conjuntas

  1. Recientemente, en nuestra primera Carta conjunta como Obispos de estas diócesis, os manifestamos «nuestra voluntad de continuar colaborando y traba­jando juntos en todo aquello que pueda favorecer y estimular la vida de nuestras Iglesias y de sus actuaciones pastorales más importantes»[1], y os anunciamos la publicación de esta Carta Pastoral que ahora llega hasta vosotros.

Nuestra atención se centra, en esta ocasión, en el laicado, es decir, en los hombres y mujeres bautizados que tratáis de vivir a la luz del Evangelio en las diversas circunstancias concretas de vuestra vida personal, familiar, profesional y social como miembros de la Iglesia de Cristo. Todos presentáis el perfil común de quienes siguen y confiesan a Jesucristo y prosiguen en la actualidad su causa en nuestra tierra, siendo parte constitutiva fundamental de la Iglesia.

A la luz del Magisterio de la Iglesia[2]

  1. Pretendemos ser fieles al Concilio Vaticano II, primer concilio que dedicó expresamente un documento entero al laicado, el decreto Apostolicam actuosi- tatem, en el que se desarrollan las afirmaciones básicas contenidas en la consti­tución dogmática Lumen gentium. El Concilio marcó un cambio a la hora de comprender la presencia y la inserción de la Iglesia en el mundo actual. No es fruto de la casualidad el hecho de que fueran a la par la adopción de una nueva actitud de la Iglesia ante el mundo y el descubrimiento del papel específico del seglar en la Iglesia y en la sociedad. También en esta Carta Pastoral, el recono­cimiento y la promoción del laicado deben ir muy unidos a una actitud de diálo­go con el mundo actual y de encarnación en él.

Hemos tenido en cuenta, además, documentos más recientes que centran su atención en la identidad y misión del laicado. Destacamos entre ellos la Ex­hortación apostólica Christifideles laici, publicada por el Papa Juan Pablo II tras el Sínodo de los Obispos de 1987 sobre la vocación y misión del laicado, y las líneas de acción propuestas por la Conferencia Episcopal Española bajo el título Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo[3].

La presente Carta Pastoral conjunta se sitúa en consonancia con otras an­teriores. Recordamos aquí como antecedentes más inmediatos las tituladas: Evangelizar en tiempos de increencia y Redescubrir la familia. En este sentido, somos plenamente conscientes de que la tarea evangelizadora de la Iglesia «se hará, sobre todo, por los laicos o no se hará»[4].

Objetivos de esta Carta

  1. Son varios los objetivos que nos mueven a escribir esta Carta Pastoral. Pre­tendemos, en primer lugar, ayudaros a cuantos formáis parte del laicado de nuestras Iglesias particulares, a descubrir la grandeza de vuestra vocación y a profundizar en ella. Deseamos vivamente que el proyecto de vida de cada cre­yente encuentre un apoyo firme, para que pueda crecer y desarrollarse en esta sociedad y en esta Iglesia.

Buscamos también sensibilizar a todas y cada una de las personas creyen­tes de estas Iglesias, con vista a una mayor participación en su misión evangeli- zadora, que es tarea y responsabilidad de todos los miembros de la comunidad cristiana.

Queremos iluminar y acompañar vuestro esfuerzo por construir la Iglesia y por hacer presente de palabra y de obra el Evangelio en medio de nuestro mun­do. Queremos, para ello, respaldar y estimular vuestra reflexión y vuestra ac­ción.

Pretendemos además ayudar, tanto a los presbíteros como a nosotros mismos, a situarnos en el lugar y en la función que nos corresponde en la Igle­sia, así como a ejercer nuestro ministerio pastoral de modo corresponsable, siempre al servicio de la misión encomendada por Jesucristo a su Iglesia. El Bautismo nos hace a todos hermanos y hermanas en el Pueblo de Dios. En vir­tud del sacramento del Orden, tanto presbíteros como obispos, somos servido­res de la comunidad cristiana. Ejercemos nuestro ministerio en nombre del Se­ñor Jesús. Siguiendo a san Agustín, diremos que somos Obispos para vosotros y cristianos con vosotros, y que aquél es el nombre del cargo y éste el de la gracia[5].

Finalmente, nuestra palabra quiere tener en cuenta a los hombres y muje­res que buscan un sentido para sus vidas o que, por diversas razones, viven ale­jados de la Iglesia y han perdido quizá la fe que un día les fue transmitida en ella. Estamos convencidos de que el mensaje cristiano, vivido con coherencia y testimoniado con valentía por quienes formamos el Pueblo de Dios, contiene la fuerza intrínseca necesaria para abrirse un camino en sus corazones.

Contenido

  1. El presente documento pastoral consta de cinco partes fundamentales. En la primera de ellas se ofrece una síntesis de la situación del laicado en la Iglesia y en la sociedad. A continuación, la reflexión más netamente teológica presenta la secularidad como característica de toda la Iglesia y trata de situar en ésta la identidad y misión específicas del laicado (capítulos II y III). El capítulo IV quiere proponer líneas de actuación y recoger propuestas prácticas que impul­sen la acción evangelizadora de nuestras Iglesias. Finalmente el último capítulo recoge, de forma más concreta, lo que pudieran ser unas conclusiones operati­vas.
  1. – UNA MIRADA A LA REALIDAD SOCIAL Y ECLESIAL

A) El laicado en nuestra sociedad

  1. La Iglesia va realizando a través de la historia y bajo el impulso del Espíritu su misión de testimoniar e impulsar la presencia del Reino de Dios en cada tiempo y lugar concretos. Persuadidos de que ese Reino se despliega en la reali­dad cotidiana de la historia humana, queremos echar una mirada pastoral al marco social y eclesial en el que vivimos, para descubrir en él sus luces y som­bras y las llamadas del Espíritu. Tratamos de recoger a continuación unos gran­des ejes que determinan el contexto social en el que nuestras Iglesias y, en parti­cular, el laicado, han de cumplir su misión de evangelizar.

•Contexto económico

  1. Llevamos ya varios años sumidos en una profunda crisis económica que castiga con mayor dureza a los más débiles. En los últimos meses se vislumbran algunos signos de recuperación que no pueden, sin embargo, eliminar las altí­simas tasas de desempleo y el aumento de la precarización del trabajo. El actual sistema socio-económico produce víctimas y condena a muchas personas a la irrelevancia social y a la marginación. Todo ello se inscribe en un marco mun­dial caracterizado por la injusta e intolerable tensión existente entre nuestros países del Norte, ricos y poderosos, y los del Sur, progresivamente empobreci­dos y dependientes.

En este contexto, la tentación de la insolidaridad nos acecha a todos. Los creyentes nos debatimos a menudo entre las demandas del nivel de vida adqui­rido y las exigencias del Evangelio que proclama bienaventurados a los pobres y llama a los seguidores de Jesús a un compromiso efectivo con ellos. Pero hemos de destacar también justamente el avance experimentado a la hora de colaborar a través de medios económicos y humanos en la solución de situaciones de hambre, miseria, marginación y desigualdad. Es también particularmente signi­ficativo el gesto de quienes comparten el fruto del trabajo con quienes no pue­den acceder a él.

  1. Junto al panorama descrito, aparecen elocuentes signos de esperanza. Se elevan voces en favor de modelos socio-económicos basados en la solidaridad, diferentes de los propugnados por el capitalismo liberal. Se van multiplicando los gestos de solidaridad con los países más pobres. Hay que aplaudir también el espíritu de las voces que abogan por un reparto más justo del bien escaso del trabajo.

Contexto político

  1. La mirada a nuestro contexto político nos sitúa ante un preocupante des­encanto generalizado, unido al desprestigio de la misma actividad política, pro­piciado en gran parte por un ciego pragmatismo llevado al extremo en la vida pública y por la magnitud de los casos de corrupción que, detectados en los úl­timos meses, afectan a un largo período de la etapa democrática. Es grave la ten­tación del absentismo en este campo de la convivencia humana. También los creyentes nos sentimos tentados a desentendernos y a rehuir el compromiso o a no someter a la luz crítica del Evangelio las propias convicciones u opciones po­líticas.
  2. Sin embargo, no faltan hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, que siguen recordando que la democracia entendida como régimen de libertad y de participación, es la mejor forma de convivencia que hay que ir construyendo pacientemente día a día. Además, la misma configuración fragmentada de nues­tra sociedad invita a potenciar el diálogo y a practicar el consenso entre las di­versas tendencias. Así lo han entendido quienes dedican en las instancias políti­cas su tiempo y su esfuerzo a la construcción de una sociedad más justa y fra­terna.

La causa de la paz

  1. En los últimos meses hemos sido testigos del recrudecimiento de la violen­cia terrorista de ETA, que niega los derechos humanos, especialmente el dere­cho a la vida, y desprecia una y otra vez la voluntad mayoritaria de este pueblo. No pueden ignorarse, por otra parte, los efectos sociales del desvelamiento del terrorismo practicado en el pasado por los GAL, negador, asimismo, de dere­chos elementales, con el agravante de haber sido amparado, al parecer, desde altas instancias del Estado. Los derechos de los detenidos y los presos no son siempre debidamente garantizados. Desgraciadamente, las manifestaciones de violencia verbal y física han pasado a ser habituales entre nosotros, hasta el punto de llegar, en algunos lugares, a formas de enfrentamiento cívico.
  2. Junto a lo dicho debe resaltarse también el progresivo afianzamiento social en favor de la creación de una cultura de la tolerancia y del diálogo, así como el decidido compromiso de numerosos ciudadanos y grupos en la búsqueda de caminos de paz y de reconciliación. Además, es innegable la emergencia, espe­cialmente llamativa en la juventud de nuestra tierra, de valores como la solida­ridad y el pacifismo, encarnados, entre otros, por objetores de conciencia o por quienes por otros medios legítimos se oponen públicamente a la práctica de la violencia y denuncian sus consecuencias. La presencia de cristianos en las ac­ciones e iniciativas citadas nos alegra y transmite esperanza a nuestras Iglesias locales. Frente a la tentación de la frustración y de la desesperanza, se afirma la convicción de que el Reino de Dios avanza lentamente.

Contexto cultural

  1. Nos encontramos en una situación en la que la secularización parece haber configurado la cultura occidental. La existencia personal y colectiva, que en otras épocas veíamos fuertemente influenciada por el hecho religioso, conoce una nueva época. La realidad inmanente aparece consistente en sí misma, va olvidando y desplazando a la trascendencia como soporte de la existencia humana, y, simultáneamente, se aprecia en nuestros ambientes una grave crisis de pérdida de sentido. La religión es considerada no pocas veces enemiga de la razón humana o factor desencadenante de intolerancia. Su reclusión en el ámbi­to privado acaba por oscurecer el recuerdo de Dios y, con él, su necesidad para la estructuración de la convivencia humana desde la solidaridad y la libertad.

En este clima, los miembros de la comunidad cristiana corremos el riesgo de no ofrecer el suficiente contraste a la luz del Evangelio, y de adecuamos con excesiva facilidad a los comportamientos y a las costumbres del momento, sin atender a las demandas de radicalidad del seguimiento de Jesús.

  1. Por otro lado, la progresiva implantación de la cultura y de la mentalidad de tipo urbano va relegando ricas peculiaridades de otras formas tradicionales de vida, como la rural y la pesquera, aún significativas entre nosotros. Este pro­ceso de cambio cultural acelerado acarrea desorientación y crisis de valores. Nuestros mayores asisten a la rápida desaparición del estilo de vida que ha de­terminado su anterior existencia.

Nuestro contexto cultural está caracterizado también por la existencia de tradiciones plurales y de dos lenguas muy desigualmente extendidas, según dió­cesis y zonas. Esta realidad es contemplada a menudo más como fuente de con­flictos que como posibilidad de enriquecimiento. Las comunidades eclesiales y sus miembros viven también esta misma tensión. La recta integración de las dos lenguas en la vida de nuestros grupos y comunidades, sobre todo en los ámbitos de la liturgia y de la catequesis, sigue siendo difícil.

En este marco de pluralismo cultural es de alabar la postura de quienes fomentan la apertura, la tolerancia, el diálogo y la integración de personas y co­lectivos de diferentes mentalidades y culturas. Aquí hay que situar también la aportación de la comunidad cristiana como realidad asociada y como lugar de acogida y encuentro.

• Situación cambiante de la familia

  1. El profundo cambio cultural que a nuestra sociedad incide claramente en el ámbito familiar, como ya lo indicábamos con detenimiento en nuestra Carta Pastoral del pasado año[6]. El valor concedido a la autonomía de la persona, la estima del diálogo, la profesionalización de la mujer, la elevación del nivel de vida y otros factores han motivado una profunda transformación de la institu­ción familiar y de las relaciones entre sus componentes. Como en todo cambio, también aquí se está dando una mutación de valores, con adquisiciones positi­vas y con la aparición de nuevas tentaciones y riesgos. En cualquier caso, es in­negable que la familia es sentida y vivida hoy de un modo muy diferente al de antes.

En medio de la variada y compleja problemática que afecta al matrimonio y a la familia (educación en la libertad y en la solidaridad, transmisión de la fe y de valores, contraste generacional, procreación, amor y fidelidad, entre otros), hemos de constatar la realidad de muchos hogares creyentes, espacios de diálo­go y libertad, verdaderas escuelas de formación cristiana y humana. Pero hemos de reconocer también que corremos el riesgo de no ofrecer una alternativa en­raizada en el Evangelio o de dejamos arrastrar por el clima dominante.

B) El laicado en nuestras Iglesias particulares

  1. Del mismo modo que el contexto social afecta de forma diferente a las actitudes y compromisos de los laicos cristianos, igualmente se puede descubrir una gran variedad de situaciones de los laicos como miembros de la comunidad eclesial. La gran extensión numérica del laicado hace que su situación en la Iglesia presente rasgos muy complejos.

•Sentido de pertenencia eclesial

  1. Un buen número de seglares, hombres y mujeres, puede ser considerado dentro de la comunidad eclesial como mayoría silenciosa. Son cristianos que acuden habitualmente o con cierta periodicidad a los actos de culto, y, esporádi­camente, a otras iniciativas. Forman un grupo poco exigente, agradecido por la dedicación y por los servicios que se le prestan, y que fundamentalmente, confía en la labor de los responsables de la comunidad cristiana. Entre éstos se encuen­tran personas de muy diversas características: son gentes de honda fibra reli­giosa, fina conciencia moral y arraigada pertenencia eclesial, formadas en una tradición religiosa de tipo más bien individualista. Son, en ocasiones, hombres y mujeres con una fe un tanto desconectada de la vida diaria, poco preocupados por articular los diversos campos de su existencia desde criterios cristianos.
  2. Se dan también entre nosotros creyentes con una débil identidad eclesial o prácticamente inexistente. Viven su experiencia cristiana, en muchos casos, co­mo «por libre» o en contacto y contraste mínimo con otros creyentes. Su rela­ción con la comunidad cristiana se reduce generalmente a demandas de deter­minadas celebraciones sacramentales (bodas, bautizos, funerales) o a la asisten­cia ocasional a las mismas. Una parte considerable de la juventud que se declara creyente exterioriza sólo en contadas ocasiones sus convicciones religiosas. Al­gunos grupos prescinden en la práctica de la Iglesia y de sus orientaciones o tra­tan de vivir su identidad cristiana en una postura sistemáticamente opuesta a los pastores.

Este alejamiento de la Iglesia se debe a múltiples causas, entre las que cabe destacar: una religiosidad entendida de modo individualista, que afecta sólo a la conciencia personal; una comprensión espiritualista de la fe cristiana; la des­confianza ante todo lo que significa institución; la extrema ideologización de la fe; el disgusto e incluso la decepción provocados por algunas enseñanzas o ac­tuaciones de la Iglesia.

  1. Existe también un número creciente de laicos que, plenamente consciente de su vocación al seguimiento de Jesús, vive su pertenencia a la Iglesia de modo adulto y renovado. Valoran su fe como un don de Dios y la han personalizado como respuesta libre, participan de la vida sacramental, se comunican con otros creyentes y asisten con actitud abierta, crítica y esperanzada a los cambios so­cio-culturales del presente y de la misma Iglesia, no sin dificultades y conflictos. Asimismo, viven con profundidad, ilusión y fidelidad la tensión de la doble per­tenencia a la comunidad humana y eclesial, dejándose guiar por el Espíritu en la construcción de un mundo cada vez más justo y acorde al Reino de Dios.

Una buena parte de este laicado, aún sin participar en organizaciones de ningún tipo, trata de iluminar con la luz del Evangelio los diferentes aspectos de su vida, buscando la armonía entre la fe que profesa y los comportamientos de la vida cotidiana, tanto en el plano personal y familiar, como en las relaciones sociales, en la actividad profesional o en las opciones cívicas y políticas.

  1. El laicado eclesialmente más activo está formado en su gran mayoría por mujeres. Este auge de la mujer en la Iglesia no es ajeno a la dinámica social ge­neral que en los últimos años ha ido subrayando, con creciente fuerza y lucidez, la dignidad y la igualdad de derechos de la mujer. Junto a esta constatación, hay que reconocer, sin embargo, que muchas mujeres no se sienten debidamente acogidas en nuestras Iglesias en lo referente a encomiendas y responsabilidades propias del laicado.

Ellas están presentes en casi todos los organismos y servicios eclesiales. Sobre ellas recaen, en la mayoría de los casos, funciones tan vitales para la co­munidad cristiana como la transmisión y la educación de la fe, la acción caritati­va y solidaria o determinados servicios litúrgicos. Pero su presencia decrece a medida que aumenta el nivel de responsabilidad y decisión. Ello indica que queda mucho camino que recorrer hasta la consecución de la igualdad propia de todos los creyentes, hombres y mujeres, en el seno de la Iglesia.

•Conciencia de la propia vocación y responsabilidad

  1. La mayoría de los miembros del Pueblo de Dios no es consciente de la lla­mada personal de Dios, expresada en el Bautismo y la Confirmación. Parece como si el ser seglar fuera la mera consecuencia negativa de no haber optado por el ministerio presbiteral o por el estado religioso. Sólo una minoría del lai- cado vive su existencia cristiana desde la perspectiva de una positiva y específica vocación.

Con todo, son cada vez más numerosas las personas que tratan de vivir su vocación cristiana con madurez y coherencia evangélica. Son conscientes de la llamada de Jesús a vivir santamente y a colaborar en la construcción del Reino de Dios allí donde se desarrolla el presente y se prepara el futuro de las perso­nas, de los grupos y de la sociedad entera.

Somos conscientes de que un obstáculo para la promoción de un laicado adulto se encuentra a veces en los mismos pastores de la comunidad cristiana. Junto a los esfuerzos y sinceros deseos de fomentar la vocación y la responsabi­lidad laicales, no pasamos a menudo de la visión del laicado como objeto de de­dicación pastoral, destinatario pasivo de la acción de la Iglesia o colaborador abnegado de su misión evangelizadora.

  1. En la medida en que va creciendo el talante evangelizador de nuestras Igle­sias, aumenta también la presencia de seglares conscientes de su vocación en las estructuras cívicas, sociales y políticas. Ellos constituyen una llamada a toda la comunidad cristiana, para que no olvide su vocación de presencia y servicio en la comunidad humana.

En particular, no pocos padres y madres cristianas, conscientes de su res­ponsabilidad en la educación de sus hijos, participan activa y asociadamente en las estructuras educativas. Constatamos también con alegría el auge del volunta­riado cristiano en muy diversos campos. Otros, sobre todo jóvenes, participan en diversos movimientos sociales alternativos, en organizaciones no guberna­mentales, en la educación no reglada y de calle, o en el servicio y acompaña­miento de personas afectadas por la drogadicción, el fracaso escolar o cercanas a otros umbrales y núcleos de marginación. Todos ellos constituyen uno de los mayores gozos y esperanzas de la Iglesia en el presente.

El laicado organizado

  1. En los últimos años van surgiendo y asentándose con fuerza diversos gru­pos eclesiales (asociaciones, movimientos, comunidades), que junto a los ante­riormente existentes, permiten un mayor cultivo y personalización de la fe. Son un valioso regalo del Espíritu a su Iglesia, y, como tal, constituyen un tesoro de la comunidad cristiana, en cuanto que la revitalizan internamente y la dinami- zan en su misión evangelizadora.

La aparición de estas iniciativas no está exenta de problemas. Aparte de un posible olvido de su vocación evangelizadora en aras de un espíritu comunitario orientado excesivamente al servicio del propio grupo, existe el riesgo de la ato­mización o el particularismo, tendentes a ver en el propio grupo la única refe­rencia eclesial, con el consiguiente debilitamiento de la comunión con la Iglesia particular diocesana presidida por el obispo.

Formación y preparación

  1. En esta mirada a la realidad del laicado de nuestras Iglesias, queremos re­señar el creciente interés de algunas personas por una formación integral que articule los diversos ejes de una existencia vivida bajo la luz del Evangelio. Las comunidades cristianas advierten una considerable elevación del nivel de for­mación y preparación de sus componentes. Las iniciativas en este campo se han multiplicado en estos años, debido tanto a la inquietud de los pastores como a la preocupación del laicado.

Aun así, hemos de preguntamos si la minoría de edad que tantas veces se achaca al laicado no se debe en buena parte a la falta de una adecuada forma­ción en la fe, exigida por los nuevos tiempos que nos toca vivir.

Es claro que de las luces y sombras que caracterizan la situación del laica- do, tal como lo hemos presentado, brotan no pocos retos para nuestras Iglesias. Es ésta la perspectiva desde la que hemos de adentramos en el tratamiento de los capítulos siguientes de esta Carta Pastoral.

– LA DIMENSIÓN SECULAR, CARACTERÍSTICA DE TODA LA IGLESIA

Iglesia en el mundo[7]

  1. No podemos hablar del laicado sin referirnos a la realidad global de la Igle­sia y a la inserción de la comunidad cristiana en el mundo. Ello no obedece úni­camente a razones sociológicas, es decir, al hecho de que los seglares son la in­mensa mayoría del Pueblo de Dios, sino, sobre todo, a razones teológicas: en virtud del Bautismo somos hijos e hijas de Dios, miembros de su familia, incor­porados a la Iglesia y constituidos, por tanto, en Pueblo de Dios, cuerpo de Cris­to y templo de su Espíritu. Lo común a todo bautizado es lo primero y priorita­rio, como afirma el Vaticano II en la visión de la Iglesia que él nos ofrece: «Todo lo que se ha dicho sobre el Pueblo de Dios se refiere sin distinción a los laicos, religiosos y clérigos»[8].

Este Pueblo de Dios, por su unión a Cristo y por la unción del Espíritu San­to, es en su totalidad signo e instrumento de la actuación salvífica de Dios[9] en cada tiempo y lugar. En las diversas circunstancias históricas está llamado a mostrarse al mundo como signo eficaz y anticipo de la salvación prometida a todos. Desde esa perspectiva hay que entender el carácter secular o «mundano», si se quiere, de toda la Iglesia. Ella hace presente en el mundo la realidad de una salvación que, por ser de Dios, trasciende al propio mundo. Ahí radica también la vocación de toda persona creyente y de la Iglesia, de vivir y actuar al estilo de Jesús, es decir, su modo peculiar de estar en el mundo sin confundirse con él[10].

Enviada toda ella a evangelizar

•La secularidad, dimensión constitutiva de la Iglesia

  1. La dimensión secular, por tanto, antes que una característica que afecta al laicado, alcanza a la totalidad de la Iglesia y se convierte en elemento constituti­vo de la misma. Su inserción en el mundo muestra, por tanto, la condición nor­mal de la Iglesia en la historia. Toda la Iglesia es secular en el sentido de que, nacida del plan de salvación de Dios, comparte la historia de Dios con la huma­nidad.

La comunidad cristiana nace y crece en el mundo, y es enviada al mundo como mensajera de la Buena Noticia, compartiendo y discerniendo los gozos y la esperanzas, las tristezas y angustias de las gentes, sobre todo de los pobres y afligidos[11].

La secularidad, es decir, la conciencia y la experiencia de «vivir en el si­glo», en el mundo, ha de afectar a todos los miembros de la Iglesia, no sólo al laicado. El Vaticano II no desconoce esta realidad cuando afirma que incluso quienes optan por la vida religiosa «dan un testimonio magnífico y extraordina­rio de que sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios»[12]. Asimismo, los presbíteros tomados de entre los hombres y puestos aparte, en cierto modo, en medio del Pueblo de Dios no han de sentirse separados de él, sino que han de vivir como hermanos con los hom­bres y mujeres de su tiempo, sin ser ajenos a ellos y a sus condiciones de vida[13].

•Toda la Iglesia, germen de unidad y de esperanza

  1. Desde esta perspectiva de la secularidad de todo el Pueblo de Dios, cada uno de sus miembros está llamado a ser, animado por el Espíritu, testigo e ins­trumento de la salvación en medio del mundo. La plena concepción de la Iglesia como Pueblo de Dios nos lleva a comprender más profunda y plenamente su di­mensión secular básica. No es algo abstracto o indeterminado. Se realiza en grupos humanos concretos y perceptibles, en las comunidades cristianas, en las Iglesias particulares y en la Iglesia universal, formada por la comunión de todas ellas, en la que se actualiza la única Iglesia de Jesucristo. Ellas y sus miembros son quienes dan razón de la esperanza[14], actualizando con su vida el mensaje cristiano en las presentes circunstancias.

Todo el Pueblo de Dios, en la diversa variedad de los sujetos que lo inte­gran, está llamado a ser germen de unidad y esperanza en el mundo entero, co­mo instrumento de Cristo para la salvación[15], enviado como luz del mundo y sal de la tierra hoy y aquí[16]. Su carácter peregrinante en la historia muestra que está necesitado permanentemente de conversión y renovación. Ha de situarse en actitud de apertura y de diálogo, para poder captar así las llamadas de Dios a través de la realidad de nuestro mundo.

De este modo, la secularidad de la Iglesia, entendida como su presencia en la historia humana de cada momento y de cada lugar, arranca de su vocación de ser signo eficaz de la acción transformadora de Dios en nuestro mundo. Por ello, las Iglesias deben estar dispuestas a dejarse interpelar por la realidad, en la que ellas han de descubrir y realizar la voluntad de Dios.

La secularidad de la Iglesia al servicio de su misión

  1. La secularidad de la Iglesia, es decir, su apertura dialogante al mundo, constituye un signo y una garantía de fidelidad al Espíritu de Jesús, a la misión evangelizadora y al proyecto de salvación de Dios Padre. Una Iglesia cerrada al mundo o indiferente y ajena a él, puede adoptar fácilmente comportamientos sectarios o caer en el espiritualismo o en el clericalismo.

El Concilio Vaticano II no ve a la Iglesia como realidad desgajada del mun­do, sino inserta en la vida de la gente y de los pueblos, peregrinante en la histo­ria humana. No cabe entenderla como comunidad alejada de los problemas y de las inquietudes de las personas o insolidaria con la suerte del grupo humano en que vive. La causa del Reino de Dios que nuestras Iglesias anuncian y tratan de hacer visible no puede ser ajena a las causas humanas que en nuestra sociedad propugnan una mayor justicia y fraternidad. Toda realidad y actividad eclesial posee una referencia temporal y secular positiva, sanante y santificadora.

La Iglesia para el mundo, Iglesia en comunión

  1. El carácter laical o secular de la Iglesia ha de entenderse en el contexto de una eclesiología de comunión, que subraya la igualdad radical de todos los bau­tizados, su pertenencia a Dios y su participación en su plan de salvación[17]. Una concepción de la Iglesia basada unilateralmente en la jerarquía, reduciría al anonimato y a la pasividad a la mayoría del Pueblo de Dios y, en consecuencia, separaría o alejaría a la Iglesia del mundo. Por el contrario, una Iglesia que bus­que constituirse y aparecer como imagen del misterio de amor trinitario será en medio de nuestro mundo «como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»[18], respondien­do así a su vocación más profunda.

El laicado

  1. Desde la perspectiva de una Iglesia consciente de su secularidad es como mejor se comprenden la personalidad y la tarea propias del laicado. El descu­brimiento de la dimensión secular de la Iglesia lleva directamente a reconocer y valorar en su justa medida, la identidad y responsabilidad específicas de la parte del Pueblo de Dios integrada por el laicado. Ello no significa que la Iglesia sea toda ella laicado, puesto que el Orden sacramental y sus ministros, que recuer­dan y hacen presente permanentemente la presidencia y la mediación de Jesu­cristo, son también parte del Pueblo de Dios. Lo que tratamos de subrayar ahora es el peso específico del laicado en una Iglesia toda ella enviada al mundo: «El carácter secular es propio y peculiar de los laicos (…), a quienes corresponde, por propia vocación, buscar el Reino de Dios gestionando los asuntos tempo­rales y ordenándolos según Dios»[19].

La inculturación y el diálogo de la Iglesia con el mundo ha de realizarse sobre todo por medio del laicado. De ahí que el Vaticano II, preocupado por si­tuar a la Iglesia en el mundo actual, subrayara especialmente el papel y la mi­sión del laicado. Toda persona bautizada está llamada a reforzar la comunión eclesial, pero también a crear y consolidar la solidaridad humana, extendiéndola en toda la humanidad. Ello incluye el fomento de la corresponsabilidad, de la tolerancia y del diálogo en la comunidad, así como el discernimiento respetuoso de las opciones de cada bautizado en el orden temporal[20].

De este modo, la comunión eclesial, sin convertirse en un fin en sí misma, se orienta al servicio de la misión de la Iglesia. Dicho de otro modo, la Iglesia ha de realizar en sí misma la comunión, ya que ésta afecta directamente a la evangelización. El ejercicio de la comunión eclesial condiciona la misión evangeliza- dora, en la medida en que en ella se trasluce o ensombrece el mensaje cristiano.

Autonomía del mundo secular

  1. Afirmar la peculiar misión o tarea evangelizadora de los seglares en el mundo implica reconocer simultáneamente la secularidad propia de las realida­des terrenas, es decir, la justa autonomía del mundo. Ello no significa la se­paración de Dios o la falta de toda referencia a Él. Consiste en afirmar que el mundo posee leyes y valores que le son propios[21]. Leyes que hay que descubrir y aplicar. Valores que hay que discernir y realizar. La Iglesia reconoce y valora esta justa autonomía de las realidades temporales. Más aún, así entendido el mundo, creado por Dios y destinatario de su plan de salvación, se vuelve inter­locutor de la Iglesia y mediación del Espíritu[22]. Esta laicidad o secularidad pro­pia del mundo afirma su carácter autónomo como realidad creada, pero mani­fiesta también la necesidad que tiene de una salvación que le es imposible alcan­zar por sus propias fuerzas.

Somos conscientes de la ambigüedad de lo real, que nos previene ante un optimismo ingenuo. Optimismo que no advierte los contravalores y las resisten­cias del mundo al plan de Dios. Pero nos impide también caer en una condena ligera de las realidades terrenas y en una visión pesimista del mundo, que sólo percibe en él peligros y amenazas para la fe cristiana. El discernimiento realista de los criterios, compromisos y actuaciones de la Iglesia y de los creyentes a la hora de entender su presencia en la sociedad, será la consecuencia que espontá­neamente se ha de seguir de esta visión cristiana del mundo.

Tentaciones y posibles malentendidos

  1. Una actitud positiva de diálogo con el mundo ayuda a evitar algunas tentaciones presentes en la vida de la Iglesia. La primera es el eclesiocentrismo, que consiste en colocar a la misma Iglesia en el centro de su preocupación y actua­ción. Siempre, pero sobre todo en esos casos, hay que recordar que la Iglesia no se anuncia a sí misma, sino al Señor y sus promesas de vida eterna.

Esta tentación puede presentar formas más sutiles y disimuladas. No está ausente cuando, por ejemplo, nos mostrarnos más preocupados por la organiza­ción de nuestros grupos y comunidades que por el anuncio del Evangelio a los alejados, y a los no creyentes y, en especial, a los pobres y necesitados, destina­tarios preferentes de la Buena Noticia.

Solamente desde una postura individual y comunitaria de diálogo abierto y sincero con la cultura actual y con sus valores será posible superar el riesgo de caer en la tentación que denunciamos.

Similar a la anterior, puede ser también la tentación del clericalismo. Con­siste en imaginar a la Iglesia competente para dictar al mundo lo que ha de hacer en los asuntos temporales, a partir de su conciencia de poseer una verdad trascendente, válida para todos y para siempre. El Concilio nos invita y nos urge a escuchar las voces que se elevan desde los diferentes ámbitos de la existencia, para acoger la verdad escondida en ellos. En este sentido, recuerda a la misma Iglesia «cuánto tiene continuamente que madurar todavía en el cultivo de su relación con el mundo»[23].

Es tarea del Pueblo de Dios «auscultar, discernir e interpretar, con la ayu­da del Espíritu Santo, los diferentes lenguajes de nuestro tiempo y juzgarlos a la luz de la palabra divina, para que la Verdad revelada pueda ser percibida más completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente»[24]. Valo­res de la cultura actual, tales como la libertad y la participación en la vida social o la conciencia creciente de la dignidad y el papel de la mujer, no pueden ser ignorados por la Iglesia.

Este sincero reconocimiento de los valores humanos presentes en el mun­do, que proceden también de Dios y de la acción de su Espíritu que opera en la humanidad, no nos impide ver con los ojos de la fe las deficiencias, los errores y las perversiones que se dan en todos los órdenes de la vida, como consecuencia de la debilidad humana, del olvido de Dios y de la soberbia de los hombres[25].

Finalmente, tampoco puede silenciarse el peligro cierto de confundir laici­dad con laicismo, secularidad con secularismo, que ha llevado más de una vez a individuos y a grupos a relegar a la Iglesia al ámbito de lo puramente cultual y privado, y a rechazar cualquier relación de las realidades temporales con Dios y con el orden ético que deriva de la fe en Él. La pérdida de este horizonte de tras­cendencia puede llevar fácilmente a interpretar cualquier forma de presencia de la Iglesia en los asuntos temporales como una indebida injerencia, se trate de su magisterio doctrinal o de la pretendida actuación de los seglares, inspirada por su fe cristiana.

«Como el alma en el cuerpo»

  1. La Iglesia, peregrina en la historia, aguarda la plena manifestación de la salvación gratuita de Dios[26]. Comparte las condiciones de vida de las gentes, tratando de ser entre ellas anticipo de una humanidad reconciliada en sí misma y con Dios. Esperando la ciudad celeste, quiere implicarse en las causas justas que contribuyen a la venida de los nuevos cielos y la nueva tierra, sin desenten­derse de su compromiso con el mundo. Su presencia en el mundo recuerda la distancia de éste respecto del Reino de Dios. A la vez, su carácter escatológico le empuja a descubrir y discernir las huellas de la sanación definitiva ya en el pre- sente[27].

Así, los miembros de la Iglesia viven entre la encarnación y la distancia, la solidaridad y el contraste, el compromiso y la esperanza: «Lo que el alma es en el cuerpo, eso han de ser los cristianos en el mundo»[28].

– IDENTIDAD Y MISIÓN DEL LAICADO

  1. El texto bíblico que probablemente mejor recapitula lo sustancial de la comunidad cristiana y, en ella, la identidad del hombre y de la mujer laicos, así como la vocación a la que están llamados, es el que se refiere a la vida de la pri­mera comunidad cristiana: «Todos ellos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. (… ) Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus pose­siones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno. (…) Alababan a Dios y se ganaban el favor de todo el pueblo. Por su parte, el Señor agregaba cada día los que se iban salvando al grupo de los creyentes»[29].

En este sumario se ofrecen los rasgos básicos del cristiano, el nacimiento y consolidación de una vocación laical. Así, aparecen la llamada por iniciativa gra­tuita del Señor, la atención a la enseñanza de los apóstoles, el aspecto comunita­rio de la fe, la fuerza de su testimonio, el espíritu de servicio y de solidaridad con los más necesitados, la necesidad permanente de formación y la dimensión orante y celebrativa de la existencia cristiana.

En este espejo del Nuevo Testamento han de mirarse las comunidades cristianas y sus miembros para cultivar y madurar su fe, su espiritualidad y sus opciones evangélicas, así como para afianzar su testimonio ante el mundo, sin confundirse con él[30].

Seguidores de Jesús

• Una llamada personal

  1. La primera característica que define a un cristiano laico es el hecho de se­guir a Jesús. A éste sólo se le conoce siguiendo su llamada. Ahí está precisamen­te la fuente de toda vocación cristiana y también de la vocación de los laicos. Ellos han sido llamados, convocados, por Jesús. Esta prioridad de la llamada, en línea con todos los relatos de vocación del Antiguo Testamento, queda corrobo­rada en los testimonios evangélicos en los que Jesús aparece invitando a su se­guimiento a individuos concretos. Es Dios, en definitiva, quien nos ha amado primero[31] y quien nos ha elegido personalmente en Cristo[32].

Esta llamada de Jesús exige adoración y adhesión incondicional a su per­sona, fidelidad a su causa. Seguirle significa ponerse al servicio del Reino de Dios y prescindir de todo lo que aparta de él o compite con él como valor absolu­to. La persona que sigue a Jesús vive segura de que en Él ha encontrado el teso­ro de su vida[33].

Experiencia filial y obediencia al Padre

  1. El perfil de todo creyente, hombre o mujer, se estructura básicamente a partir de la actitud de descentramiento que configuró la personalidad de Jesús: fidelidad a la voluntad de Dios, disponibilidad para el servicio del Reino y una existencia orientada desde la solidaridad hacia los demás, especialmente hacia los más pobres[34].

La existencia de Jesús se entiende desde la radicalidad de su experiencia filial de Dios y desde la sumisión incondicional a la voluntad del Padre. Presenta una unidad de vida en la que la relación con Dios le lleva a ahondar en la reali­dad cotidiana, a la vez que la apertura al mundo le impulsa a una mayor con­templación y a un diálogo más intenso con el Padre.

Manifiesta con palabras y gestos la predilección de Dios por los pobres, los enfermos, los marginados, los pecadores. Ilumina la vida desde la perspectiva de Dios, escrutando los signos de los tiempos, atento a las corrientes de esperanza y de liberación[35]. A partir de ahí, vive la aventura humana a la luz del Espíritu, en todas sus dimensiones y ámbitos: la salud y la enfermedad, el trabajo, la casa, la sinagoga, el lago, la calle, el descampado[36].

«Pasó haciendo el bien»

  1. Jesús comprende su vida desde la obediencia amorosa a Dios y el servicio a la causa de Dios, que es la de la humanidad y sobre todo de los miembros más débiles y necesitados. Ello le hace especialmente sensible y comprometido con la justicia y la fraternidad. Desde esa perspectiva adopta unos comportamientos completamente libres e insospechados para su tiempo: come con pecadores pú- blicos[37], toca a los leprosos[38], cura en sábado[39]. Esta actitud queda reforzada en el caso de las mujeres: se deja acompañar por ellas[40], dialoga con la samarita- na[41], libera a la adúltera[42] y se rinde ante el testimonio de la mujer cananea[43]. En definitiva, adopta ante la vida una actitud de descentramiento y de servicio, preocupado por la suerte del necesitado[44].

En una palabra, Jesús, «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque

Dios estaba con Él»[45]. Esa docilidad al Espíritu le lleva a superar las tentaciones más profundas y comunes de todo ser humano[46], y a acabar en la cruz.

Seguimiento de Jesús y misión

  1. La llamada de Jesús a seguirle se orienta hacia un doble objetivo: estar con Él y ser enviado a evangelizar[47]. La comunión con su vida y con su causa consti­tuyen un polo fundamental de la existencia cristiana[48]. En la relación con Cristo está, por tanto, la fuente del ser y del obrar laical. Todo miembro de la comuni­dad cristiana es invitado a encarnar los sentimientos y actitudes de Jesús[49]. En definitiva, seguir a Jesús es identificarse con Él, adherirse a su persona y dejarse configurar por Él en la relación filial con Dios y en el amor y servicio al prójimo.

La comunión de vida con Jesús no puede separarse de la misión, esto es, del hecho de ser enviados por Él. Es el otro polo fundamental de la existencia cristiana. Toda llamada suya va acompañada de una encomienda práctica[50]. Llama la atención la dimensión liberadora y sanante del envío, expresada fre­cuentemente en los evangelios por términos como «curar», «expulsar demo­nios» o «sanar». Es Cristo mismo quien envía a cada uno de los suyos a anun­ciar y practicar una fe sanante. Dicho de otro modo, el hombre y la mujer cre­yentes son llamados y enviados personalmente por Él a colaborar en la cons­trucción del Reino de Dios.

En virtud del Bautismo, el cristiano es incorporado a Cristo, animado por su Espíritu, constituido en sujeto integrante del Pueblo de Dios, con pleno dere­cho, y es enviado al mundo a anunciar de palabra y de obra el reinado de Dios. Por ello, la vocación al apostolado incluye a todos y a cada uno de los que com­ponen el Pueblo de Dios[51]. Así, todo laico creyente constituye un modo de pre­sencia de Cristo en el mundo. Por medio de los seguidores de Jesús, la salvación de Dios se hace presente en el mundo y entre nosotros.

Participación en el triple ministerio de Cristo • Cristo Sacerdote, Profeta y Rey

  1. El Concilio Vaticano II, recogiendo la tradición y el sentir de la Iglesia, de­fine como laicos a «los cristianos que están incorporados a Cristo por el Bautis­mo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo:

Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo»[52].

Esta caracterización del Vaticano II da pie para una iluminadora visión del ser y del quehacer del laicado cristiano. Con todo, hay que tener en cuenta que no se trata de tres atributos separados entre sí, sino que guardan una estrecha relación mutua. El sacerdocio de Cristo no se reduce al culto, posee un carácter profético y su realeza se lleva a cabo en el servicio hasta la entrega total de la propia vida.

La incorporación a Cristo por el Bautismo confiere a la persona bautizada, en cuanto miembro de la Iglesia, la dignidad profética, sacerdotal y regia propia de Aquel. Por ello, el Vaticano II afirma que quienes integran el Pueblo de Dios «tienen la misma dignidad por su nuevo nacimiento en Cristo, la misma gracia de hijos, la misma vocación a la perfección, una misma salvación, una misma fe, un amor sin divisiones»[53]. Esta proclamación conciliar, que muestra que la par­ticipación en el triple ministerio se da a cada persona creyente en cuanto parte integrante del Pueblo de Dios y del Cuerpo de Cristo, no deja de ser un reto para nuestras Iglesias locales, que han de hacerla realidad en su praxis habitual.

• Anuncio y testimonio

  1. La Iglesia es el Pueblo de Dios llamado, todo él, a proseguir la misión de Jesús de anunciar la Buena Noticia. Quienes formamos la Iglesia estamos lla­mados, según la condición de cada uno, a llevar a cabo esta encomienda recibida del Señor de anunciar su palabra y de dar testimonio de Él[54]. Esta función profé- tica la ejercita y despliega el creyente desde la experiencia de estar su persona poseída por la Palabra.

De este modo, en virtud de su dimensión profética, el hombre y mujer cre­yentes pueden asumir tareas y responsabilidades en el anuncio y educación de la fe y en la denuncia de las injusticias existentes en la sociedad y en la misma Igle­sia, siendo testigos de esperanza.

Compete al Magisterio eclesial la responsabilidad de interpretar auténti­camente la Palabra de Dios en todo tiempo[55]. Pero corresponde también al con­junto de los creyentes, en comunión con sus pastores, la penetración en el con­tenido de la revelación, su actualización de acuerdo con el momento histórico y cultural, así como la aplicación más concreta a las diversas circunstancias de la vida social y eclesial[56].

Sacerdocio de los laicos

  1. La función sacerdotal de Cristo, de la que participan los laicos cristianos, ha de entenderse a partir del sacerdocio de la Nueva Alianza, inaugurado y con­sumado por Él. Toda su existencia constituye una ofrenda viva a Dios y adquiere así un carácter sacerdotal[57]. Él es el sacerdote de la Nueva Alianza. Tras su en­carnación, muerte y resurrección, todo bautizado tiene un acceso personal a Dios a través de Jesucristo, participando de su sacerdocio en la Iglesia, pueblo sacerdotal. Este sacerdocio del pueblo cristiano no es meramente simbólico, sino que se lleva a cabo realmente en la vida sacramental y especialmente en la Eucaristía[58], y está llamado a extenderse a la vida entera por medio del testimo­nio y de la práctica de las virtudes y de los valores evangélicos.

Los seglares ejercen su sacerdocio mediante la ofrenda de la propia vida en el contexto socio-cultural e histórico concreto de cada momento: «Todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las moles­tias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios es­pirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor»[59].

El sacerdocio de los laicos se prolonga así en las acciones y compromisos transformadores de la realidad, personal y social, inherentes a toda acción evangelizadora. La vida entera se entiende e interpreta así, como ofrenda y en­trega permanente, de manera que la Eucaristía se convierte en el eje, el alimento y la culminación de la acción evangelizadora personal y de toda la Iglesia[60]. La ofrenda de la propia vida se consuma en la Eucaristía, y, a la vez, ésta debe ex­tenderse y prolongarse a todos los ámbitos de la existencia de la persona creyen­te, vividos en libertad interior frente los poderes de este mundo.

  • Proclamar el señorío de Cristo
  1. La función regia de Cristo se realiza en el servicio y en la disponibilidad absoluta para la causa del Reino, en la plena sumisión a la voluntad del Padre. El laicado se coloca en esta misma perspectiva de servicio a Cristo y a los her­manos, en la paciencia y en el pleno ejercicio de la libertad conquistada sobre el pecado.

Por el Bautismo, cada creyente está llamado a proclamar el señorío de Cristo, a luchar contra el mal y la injusticia, a vencer al pecado presente en sí mismo, en los demás y en las estructuras, y a servir al Señor especialmente pre­sente en los más débiles y necesitados[61]. Este oficio regio se ejerce en el proceso de liberación personal, comunitaria y universal inaugurado por la resurrección de Jesucristo, ordenado a la creación de una sociedad más justa, hecha a la me­dida del hombre.

Los seglares participan del ministerio regio de Cristo alentando en las rela­ciones y estructuras humanas el sentido de la justicia, deseos de paz y senti­mientos de solidaridad y fraternidad[62]. Con sus obras, gestos y palabras, confie­san que Jesús es el único Señor de la vida y de la historia.

La marginación o el olvido de esta responsabilidad conduce a las comuni­dades y a sus miembros al abandono de un aspecto tan fundamental de la evan- gelización como es el compromiso por transformar la realidad, orientándola hacia el Reino de Dios.

Espiritualidad del seguimiento • Espiritualidad laical

  1. Los seglares se definen como seguidores de Jesús. Ello empuja a basar su espiritualidad en el seguimiento real de Jesús, común a todo bautizado. Reser­var la dinámica propia del seguimiento sólo a algunos de ellos, equivaldría a desvalorizar el mismo Bautismo. Cabe, sin embargo, hablar de una espirituali­dad específica del laicado, distinta de la que puede caracterizar a los presbíteros o a quienes han optado por la vida religiosa en sus diferentes formas.

Tal como lo proclama el Concilio Vaticano II, «todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor». Los seglares están llamados a seguir a Jesús y a aco­ger las exigencias del Evangelio con los rasgos propios de su condición laical, para alcanzar en ella la plenitud de la vida cristiana y la perfección del amor, que es vocación de todo bautizado[63].

  • Escucha de la Palabra y de la vida
  1. De la misma manera que no puede entenderse a Jesús prescindiendo de Dios Padre, principio estructurante y horizonte último de su mensaje y de su vida entera, tampoco cabe hablar de vida cristiana sin hacerla descansar en una relación filial confiada en Dios, en toda circunstancia. La persona creyente se identifica a partir de la escucha atenta y de la obediencia leal a la voluntad de Dios, expresada a través de su Palabra y de los hechos de la vida diaria. La con­templación del Dios de Jesús es así el punto de partida de todo estilo cristiano de vida, también del laical.

La actitud de acogida y docilidad a la Palabra de Dios se manifiesta, cele­bra y renueva de modo singular y preferente en las celebraciones sacramentales, principalmente en la Eucaristía. En ella, la Palabra se hace comida y bebida, en­tregada para ser asimilada, compartida y anunciada por cada uno de nosotros.

  • Radicalidad evangélica
  1. El seguimiento de Jesús lleva consigo, frente a un cristianismo de tipo con­vencional o «light», la exigencia de la radicalidad. La llamada apremiante de Jesús a seguirle exige plena disponibilidad. No es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a la vida. Tomarse en serio el Evangelio, ser honesto en la respuesta, ha de ser tarea permanente de todo creyente.

La espiritualidad del seguimiento requiere también una solidaridad efecti­va con los pobres, destinatarios preferentes del mensaje de Jesús. De esta mane­ra, se superan posibles tentaciones intimistas o espiritualistas, incapaces de re­sistir la comprobación de la verdad de la respuesta dada por cada uno a la lla­mada apremiante del Señor Jesús. Esta opción por los desfavorecidos es belige­rante, incluye la lucha contra la pobreza y sus causas, y conduce tarde o tempra­no al conflicto. Manifiesta también la centralidad de la cruz en el seguimiento de Jesús. Seguir a Jesús significa «complicarse la vida» en la lucha contra el mal y la injusticia.

  • Espíritu de las bienaventuranzas
  1. El seguimiento de Jesús está impregnado del espíritu de las bienaventu­ranzas, elemento de contraste permanente con los valores dominantes en nues­tra sociedad. En un mundo en el que priman la competitividad, la agresividad, la apariencia o el consumo, los cristianos están llamados a encarnar valores tan profundamente evangélicos como son la misericordia, el perdón, la honradez y transparencia de corazón, la paciencia en situaciones adversas y la misma per­secución.

Seguir a Jesús pide aunar mística y compromiso, contemplación y acción. La fe en el Resucitado tiene que impulsamos a optar en toda circunstancia, por el Dios de la vida, siguiendo la trayectoria del Señor, que vino a dar vida en abundancia pasando por la propia entrega y la cruz[64]. Una fe que ha de alimen­tarse en la oración y en la contemplación del Dios presente en la historia, siem­pre mayor y más libre, que se da de modo gratuito.

El seguimiento de Jesús va más allá de la ética y del compromiso activo. Incorporar a la vida del creyente la experiencia de la acogida humilde y gozosa del Reino que Dios nos regala. La fe adquiere así una dimensión política en la lucha esperanzada por la justicia en favor de las personas y grupos maltratados y crucificados.

  • Transmisor de la Buena Noticia
  1. Unido a lo dicho, la espiritualidad cristiana ha de afirmar y transparentar el amor de Dios al mundo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de Él»[65]. Una espiritualidad netamente laical que descubre las huellas del amor de Dios en el mundo y se abre a la trascendencia, no puede presentar un talante amenazador o condenatorio, sino que ha de ser transmisora de una Buena Noticia para la humanidad.

Enviados al mundo • Evangelizar «por contagio»

  1. Los laicos, miembros de una Iglesia enviada al mundo como signo eficaz de la salvación y animados por el Espíritu, están llamados a descubrir y escu­char la voluntad de Dios, y a dar testimonio de su fe en todas las circunstancias de la vida. Ellos pueden y deben evangelizar, por así decirlo, por contagio[66]. A través de ellos, la fe se hace testimonio y éste no deja de provocar la pregunta por aquélla.

En estos momentos en los que nuestras Iglesias son cada vez más cons­cientes de la urgencia de la evangelización, cada creyente, grupo y comunidad han de actualizar de modo creativo la dimensión del testimonio de vida como dato cristiano originario. No son las palabras y la doctrina lo primero de la evangelización, sino los gestos y las obras que hablan de una vida coherente con el Evangelio[67].

  • Presencia en la vida secular
  1. El campo propio, aunque no exclusivo, de la acción evangelizadora del lai- cado abarca los diferentes ámbitos de la vida secular: «el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento»[68].

En todos estos aspectos de la vida ha de hacerse presente el laicado de nuestras Iglesias. A los seglares, cuyo apostolado «es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia»[69], compete hacer presente el Evangelio en todos ellos, sin dejar de lado ninguno. Pero no es menos importante que sean ellos mismos quienes lleven a las comunidades cristianas y a la Iglesia particular pro­pia las ilusiones, gozos, esperanzas y preocupaciones de la gente. Este camino de ida y vuelta es una de las características de la existencia cristiana laical. Se trata, al fin y al cabo, de vivir en el mundo con responsabilidad cristiana, enriquecien­do desde ahí la vida de la Iglesia.

La imposibilidad de que todos los cristianos puedan hacerse presentes en todos los ámbitos citados, simultaneándolo además con su papel activo en el interior de la comunidad cristiana, impone la necesidad de un compromiso pre­ferente. Éste será normalmente el resultado de un discernimiento o, lo que es lo mismo, de un planteamiento netamente vocacional. Más allá de los gustos y afi­ciones personales, cada persona bautizada habrá de preguntarse, en las diferen­tes circunstancias de su vida, por la voluntad de Dios sobre ella. En el momento actual nuestras Iglesias deberían prestar también una mayor atención a las vo­caciones de presencia en la sociedad y establecer las ayudas necesarias para su discernimiento y realización.

  • Al servicio del bien común
  1. La misión evangelizadora incluye naturalmente la pregunta por la presen­cia pública de la Iglesia y de los creyentes. «La presencia pública de la Iglesia es una exigencia de su dimensión evangelizadora»[70], expresa una dimensión secu­lar ineludible, y puede realizarse de diversas maneras. Los creyentes «de ningún modo pueden abdicar de la participación en la ‘política’; es decir, de la multi­forme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»[71]. También de esta manera hacen presente a la Iglesia en el mundo y buscan transformar la sociedad según el espíritu del Evangelio.

El Vaticano II llama a todos los fieles cristianos a servir al bien común de la sociedad, demostrando con su actividad y con sus comportamientos «cómo se armonizan la autoridad con la libertad, la iniciativa personal con la conjunción y cohesión de todo el cuerpo social, la unidad conveniente y la diversidad fecun- da»[72]. En todo caso, la presencia pública de la Iglesia y de los creyentes ha de estar iluminada por el debido respeto a la justa autonomía de las realidades se­culares y por una opción preferencial por los pobres y necesitados de nuestra sociedad.

  • Modo de estar en el mundo
  1. Queremos recordar ahora algunos principios que han de iluminar esta pre­sencia del laicado en las realidades temporales.

Un primer elemento ha de ser la búsqueda y la realización de la síntesis entre la fe y la vida. No es éste un problema que afecta exclusivamente al laica­do, pero en su caso presenta unos rasgos diferenciados. El hecho de que la mu­jer y el hombre laicos vivan inmersos en las realidades seculares, aumenta en ellos el riesgo de actuar en la vida cívica relegando a un segundo plano los crite­rios evangélicos que habrían de inspirarla. Por ello, hay que recordar una y otra vez que «no deben oponerse falsamente entre sí las actividades profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa, por otra»[73], a modo de dos líneas pa­ralelas.

Por otra parte, el creyente no ha de estar presente en las realidades secula­res sin más y de cualquier manera. Para que su presencia sea efectivamente evangélica ha de estar impregnada de un inequívoco compromiso transforma­dor en favor de la justicia y la igualdad[74]. Ello lleva consigo una forma de opción preferente por los pobres y desfavorecidos como «signo evangelizador por exce­lencia»[75]. ¿Cómo proclamar si no, de modo fehaciente, que la Iglesia es sacra­mento de Unidad?[76].

La presencia de los miembros de la comunidad cristiana en los compromi­sos personales o asociados de la vida socio-política ha de buscar también la ani­mación de la vida de la propia Iglesia, a partir de las diversas experiencias positivas de diálogo y de acción con el mundo y la cultura. La necesaria incultu- ración del mensaje cristiano se convierte así no sólo en «ley de toda evangeliza- ción»[77], sino también en fuente de enriquecimiento y renovación de la propia Iglesia.

Miembros responsables y activos del Pueblo de Dios • Animados por el Espíritu, miembros de pleno derecho

  1. El Bautismo nos hace sujetos de pleno derecho de la comunidad de segui­dores de Jesús, esto es, de la Iglesia, Pueblo de Dios peregrinante en la historia. En su seno recibirnos y alimentamos la propia vocación de servicio incondicio­nal al Reino de Dios que nos es propia. En esa comunidad cada uno de nosotros es objeto de la acción del Espíritu, que suscita las diversas vocaciones y carismas y otorga a cada bautizado, hombre o mujer, sus dones según quiere[78].

Cada miembro del Pueblo de Dios está animado por el Espíritu que hace de él signo e instrumento vivo al servicio del Evangelio. Por el Bautismo, en el Espíritu, cada cristiano adquiere el título originario para participar en la misión evangelizadora de la Iglesia. A partir de él, contribuye a la evangelización, a la edificación de la Iglesia y al bien de la humanidad.

  • Diversidad de vocaciones, carismas y dones
  1. Las diversas vocaciones, carismas y dones del Espíritu constituyen una fuente inagotable de enriquecimiento y renovación para el mundo y para la Igle­sia[79]. El padre y la madre que se responsabilizan de la educación humana y cris­tiana de sus hijos, la persona que busca acoger y escuchar, el que sabe fomentar el diálogo y mediar en los conflictos acercando a las partes, quien sabe recono­cer su debilidad y desde ahí resultar sanante para el prójimo, el obrero que re- nuncia a parte de su salario y que lucha por unas condiciones dignas de trabajo para todos, el empresario que procura crear puestos de trabajo asumiendo ries­gos y renunciando a otros beneficios, la persona enferma que vive y transmite su fe en circunstancias adversas, por citar algunos ejemplos, están, en definitiva, poniendo al servicio de los demás y del Reino de Dios los dones recibidos del Espíritu.

Toca especialmente a los responsables de la Iglesia, en sus diversos niveles, discernir y articular los diversos dones y carismas del Espíritu para bien de la comunidad y de la acción evangelizadora. Sin apagar las voces del Espíritu[80], a ellos corresponde buscar que cada persona bautizada sea fiel a su vocación y llegue a ser lo que en el Espíritu está llamada a ser: hija o hijo de Dios en pleni­tud. La realización de este discernimiento constituye uno de los aspectos más delicados del ministerio de los obispos y de los presbíteros en nuestras Iglesias y comunidades.

  • Ministerios laicales
  1. La responsabilidad de los fieles cristianos se concreta frecuentemente en servicios, funciones o tareas públicas realizadas para la edificación de la comu­nidad cristiana. Cuando esos servicios públicos incluyen una responsabilidad por un tiempo continuado y son reconocidos oficialmente por la Iglesia, nor­malmente en el marco de una celebración litúrgica, adquieren el rango propio de los llamados «ministerios». Son servicios cualificados prestados a la comuni­dad y a su misión.

Entre los ministerios de la Iglesia merecen aquí especial consideración los «ministerios laicales» estrechamente unidos con los transmitidos por el sacra­mento del Orden, en el marco de una Iglesia que es, toda ella, ministerial[81]. Las Iglesias particulares pueden configurar estas formas ministeriales de servicio, de acuerdo con sus necesidades[82]. Concretamente la vida litúrgica, la transmi­sión de la fe y su cultivo, las estructuras pastorales y el servicio caritativo y de promoción social, son algunos de los campos que están demandando el impulso y reconocimiento de ministerios de carácter netamente laical. También en nues­tras Iglesias creemos oír esta llamada a actuar de modo creativo y corresponsa- ble en fidelidad al Espíritu que incesantemente nos alienta y renueva.

  • El ministerio ordenado, signo de unidad y de comunión
  1. La toma de conciencia de la existencia e importancia de los ministerios laicales ha de llevamos a las comunidades cristianas y a sus miembros a situar en su adecuado lugar y a valorar debidamente la identidad de los ministerios ordenados, especialmente el episcopado y el presbiterado, como ministerio de unidad y comunión de los demás ministerios, servicios y carismas. Por su mi­sión propia de celebrar la Eucaristía en la persona de Cristo y de presidir a la comunidad cristiana, corresponde a los obispos y, con ellos, a los presbíteros, ser principio y signo visible de la unidad y comunión del Pueblo de Dios[83].

Por nuestra parte, cuantos hemos recibido el sacramento del Orden debe­mos ver en los ministerios laicales el complemento necesario, para así descubrir más profundamente la ministerialidad y servicialidad como elemento constitu­tivo de la Iglesia y de toda vocación cristiana.

Apostolado asociado

  1. Aunque cada persona bautizada toma parte individualmente en la misión evangelizadora de la Iglesia, y su labor apostólica personal es totalmente nece­saria e insustituible[84], las diversas formas de apostolado asociado y organizado constituyen una expresión y un testimonio de primer orden de la experiencia comunitaria de fe y de su dimensión evangelizadora[85]. Este tipo de apostolado «responde adecuadamente a las exigencias humanas y cristianas de los fletes y es, al mismo tiempo, signo de la comunión y de la unidad de, la Iglesia en Cris­to»[86].

La multiplicación de iniciativas de apostolado laical de diverso signo es un gran regalo del Espíritu a las Iglesias particulares, para un mejor servicio a la evangelización. Al mismo tiempo, la organización surge también como respues­ta a las necesidades de presencia misionera en medio de la sociedad, en orden a una mayor eficacia.

Queremos alentar esa rica pluralidad. En un momento en el que las ten­dencias de nuestra cultura occidental se inclinan claramente hacia la fragmenta­ción y la privatización, más que hacia la participación organizada y correspon- sable, la riqueza asociativa de la Iglesia cobra una dimensión profética, a la vez que reclama un mayor interés y esfuerzo a quienes forman la comunidad cris­tiana.

Con todo, no se nos escapa que el asociacionismo eclesial debe ser convenientemente discernido, ya que también puede llevar a la fragmentación de la comunidad cristiana, al distanciamiento de la Iglesia local o a la privatización de la vida de la Iglesia.

Relaciones del laicado con la Jerarquía

  1. El Concilio Vaticano II nos ofrece unas orientaciones muy precisas de lo que deben ser las relaciones del laicado con la Jerarquía de la Iglesia[87]. Las recogemos aquí de forma abreviada.
  • Derecho a la Palabra de Dios y a los sacramentos

Ante todo, se reconoce a toda persona bautizada su derecho a recibir de la Iglesia los dones de la Palabra de Dios y de los sacramentos. Ello no justifica, sin embargo, una administración y recepción indiscriminadas de éstos, sin una pre­paración conveniente y una recta disposición.

  • Derecho a manifestar sus necesidades, deseos y opiniones

Los creyentes tienen derecho a manifestar sus deseos y necesidades, con respeto y confianza; más aún, «en la medida de los conocimientos, de la compe­tencia y del prestigio que posean, tienen el derecho e incluso, algunas veces, el deber, de expresar sus opiniones sobre lo que se refiere al bien de la Iglesia. Esto ha de hacerse, si llega el caso, a través de los organismos establecidos para esto por la Iglesia»[88].

Este derecho del laicado será tanto más efectivo, cuanto mayor capacidad de escucha y acogida halle en los últimos responsables de las Iglesias y comuni­dades. Las relaciones entre pastores y fieles han de estar presididas por la familiaridad de trato, la libertad y la confianza, tal como lo indica el mismo Concilio.

  • Obediencia para fortalecer la comunión

Recuerda también a los laicos su deber de aceptar con obediencia cristiana las disposiciones y decisiones emanadas de los responsables de la Iglesia. Esta forma de actuar y la disposición interior en la que debe apoyarse son imprescin­dibles para el fortalecimiento de la comunión en el interior de nuestras Iglesias y comunidades, y también entre ellas y las demás Iglesias. La comunión eclesial se realiza inicialmente en la Iglesia particular propia, que tiene en el Obispo a su principal servidor y referente visible. Pero ella ha de contemplar también la co­munión de las Iglesias, expresada en la unidad del Colegio episcopal presidido por el Papa.

  • Autonomía e iniciativa

Finalmente, el Concilio invita a los pastores a fomentar la dignidad y res­ponsabilidad de los seglares en la Iglesia, respetando la autonomía de éstos y ofreciéndoles libertad de iniciativa. Para alcanzar estos objetivos habrán de ser necesarias tanto la libertad de las hijas e hijos de Dios para expresarse y su dis­posición a acoger las decisiones de los pastores, como la disposición de éstos para atender y discernir el pensamiento y la experiencia de quienes integran la comunidad cristiana, en la que actúa también el Espíritu que Jesús prometió enviar a su Iglesia.

Los Consejos pastorales,

órganos de participación y corresponsabilidad

  1. Entre los cauces y organismos establecidos para posibilitar eficazmente la participación y responsabilidad de los seglares en la vida de la Iglesia, ocupan un lugar notable y de especial importancia los Consejos pastorales, tanto parro­quiales como diocesanos. Muchos son los seglares que, juntamente con los pres­bíteros y los religiosos y religiosas, participan activamente en estos consejos, ejerciendo así una forma real de corresponsabilidad en la toma de decisiones relativas a la vida pastoral de la Iglesia particular.

Sería equivocado ver en esta afirmación de la corresponsabilidad de los laicos debidamente ejercida, una forma de impedir o limitar la misión que toca ejercer a los obispos y los presbíteros en la Iglesia y en las comunidades cristia­nas, derivada de su constitución jerárquica. La corresponsabilidad no significa merma de la identidad del ministerio pastoral ejercido por los obispos y los presbíteros. Ha de ser, por el contrario, la expresión de la leal y sincera voluntad de participar en la tarea y misión confiada por el Señor a toda la Iglesia, de evangelizar.

En un proceso de diálogo y escucha, con actitud libre y responsable, que no excluye el ejercicio de la crítica, participan todos los miembros de estos consejos en la búsqueda de lo mejor para la acción pastoral. Aunque los obispos y los pá­rrocos deben promover la participación de los laicos en los procesos de búsque­da y preparación de las decisiones, habrán de ser ellos quienes, en definitiva, las tomen en el ejercicio de la propia responsabilidad pastoral[89]. La eficaz partici­pación en los procesos previos a la toma de las decisiones facilitará, por otra parte, la recepción y puesta en práctica de éstas.

Al ministerio pastoral ejercido por los obispos y presbíteros toca acompa­ñar el proceso de búsqueda, promoviendo y garantizando la libertad de todos los miembros de los consejos, discernir y decidir finalmente, desde el servicio a la unidad y el mayor bien pastoral, lo que se haya de hacer, mediante el ejercicio de la autoridad que deriva de su actuación como ministro de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia.

  1. – DESAFÍOS PARA NUESTRAS IGLESIAS PARTICULARES
  2. En este último capítulo de la Carta no pretendemos agotar todas las posi­bles tareas y aplicaciones prácticas que se desprenden de lo dicho hasta ahora. Tratamos de ofrecer más bien, unas pautas de actuación que respondan a los desafíos que consideramos especialmente apremiantes en el momento actual, con el fin de valorar e impulsar la vocación y la misión del laicado en nuestras Iglesias.

Cultivo de la espiritualidad laical • Lo que entendemos por espiritualidad

  1. Al hablar de espiritualidad queremos significar la manera concreta de vivir la identidad cristiana encarnada en las circunstancias propias de la vida de un creyente o de un grupo de creyentes. Constituye un modo particular de vivir, según el Espíritu, la relación peculiar de la persona con Dios, con las actitudes y expresiones que ello conlleva. Es una mezcla de convicción y experiencia religio­sa, de gracia y opción personal, que capacita para vivir y afrontar con fidelidad la propia vocación y misión en la Iglesia y en la sociedad.

La espiritualidad laical está enraizada en el misterio trinitario. Consiste en el seguimiento de Jesús de quien, movido por el Espíritu, camina en el mundo al encuentro del Padre, sintiéndose hija o hijo de Él y hermano de los hombres y mujeres de la historia.

  • Hombres y mujeres de Dios
  1. El laicado está formado por hombres y mujeres de Dios. Entre nosotros es conocida esta expresión «hombre de Dios» como referida a un presbítero. En realidad debería ser válida para significar a toda persona creyente. En virtud de nuestra filiación divina, todos estamos llamados a ser hombres y mujeres de Dios.

Elemento central de la espiritualidad laical ha de ser la familiaridad con la Palabra de Dios y la oración personal. El laicado ha de responder a la invitación del Concilio Vaticano II a acceder a la Palabra de Dios mediante una lectura per­sonal y habitual de la Sagrada Escritura. A través del contacto frecuente con ella, el creyente irá percibiendo que la verdad salvífica de Dios se transmite por un texto históricamente condicionado, pero de valor permanente, que ha de ser aplicado a la realidad del momento presente.

Con todo, hemos de ser conscientes de que para una buena parte del laica- do, la única ocasión de acceder a la Palabra de Dios se da en la Eucaristía domi­nical. De ahí la necesidad de participar activa y conscientemente en ella y el de­ber de preparar cuidadosamente las celebraciones. Lo que afecta muy directa­mente a quienes la presiden. Se va extendiendo también en nuestras parroquias la costumbre de hacer entrega de los Evangelios a los que reciben el sacramento de la Confirmación. Su celebración ofrece un marco apropiado para fomentar en los jóvenes y en los demás miembros de la comunidad cristiana el trato asiduo con la Palabra de Dios.

Junto con el acceso directo a la Palabra de Dios escrita, la mujer y hombre laicos han de capacitarse para leer el libro de la vida secular y descubrir en él una nueva manera de escuchar la palabra que Dios les dirige, especialmente por medio de los «signos de los tiempos». La presencia del cristiano en el mundo no ha de consistir solamente en una colaboración humana para hacer que la socie­dad sea más justa. Ha de ser también medio de encuentro con el Señor, lugar de contemplación de Dios, que hace avanzar su Reino en la historia[90]. Ahí radica la posibilidad de realizar una lectura creyente de la realidad, de descubrir, en los claroscuros del presente, las «semillas del Reino de Dios» y de orar, en fin, des­de el corazón de la realidad secular.

  • Radicalidad de los valores evangélicos
  1. La espiritualidad laical está marcada por la radicalidad evangélica del se­guimiento de Jesús. No es menos exigente que otras formas de vida cristiana. En sentido estricto, los valores evangélicos inherentes a la «vida religiosa» son comunes a la vida cristiana. También la persona laica está llamada a vivirlos en las circunstancias propias de su vida secular[91]. Todo creyente ha de plantearse su sexualidad, su afectividad y paternidad-maternidad a la luz del Evangelio, ha de usar de los bienes materiales atendiendo al espíritu de las bienaventuranzas, poniéndolos al servicio de los pobres, y, a la hora de disponer de sí mismo, de su tiempo y de sus facultades, ha de ser obediente a la voluntad de Dios.

En ese marco de radicalidad evangélica adquieren su pleno sentido cristia­no virtudes como la solidaridad con los más pobres, la misericordia con los que sufren, la capacidad de compasión y de perdón, la libertad ante el poder, la honestidad ante el dinero y en las relaciones personales, el desprendimiento y el servicio sin afán de dominio, la lucha incansable en favor de la justicia, la espe­ranza y la fortaleza de espíritu ante situaciones adversas, la disposición a cargar con la cruz propia y a compartir la de los demás.

Los mismos cristianos laicos y, con vosotros, la pastoral de nuestras Igle­sias, debéis iluminar y fomentar la práctica de estos rasgos de la espiritualidad laical, lo que servirá para suscitar vocaciones netamente laicales en su seno. El urgente y necesario cultivo de las vocaciones al ministerio presbiteral y a la «vi­da religiosa» se entenderán así mejor desde la complementariedad de todas las vocaciones y desde el planteamiento de toda vida cristiana en clave vocacional. Todo ello ayudará a una mejor y más plena comprensión de la identidad de cada una de ellas.

Valoración y potenciación del apostolado individual • Cada bautizado, mediación de Cristo y presencia de la Iglesia

  1. El apostolado individual es absolutamente imprescindible para el anuncio del Evangelio y constituye la base de toda forma ulterior de evangelización. La acción evangelizadora y la responsabilidad apostólica individual del creyente es insustituible en la misión de la Iglesia. La persona bautizada está llamada a ser mediación de Cristo y presencia de la Iglesia en el mundo por su vida y su testi­monio. Sean o no conscientes de ello, cada hombre y mujer cristianos dan en sus ambientes una mayor o menor credibilidad al mensaje cristiano.

La pastoral de nuestras Iglesias debe tratar de que cada persona bautizada no reduzca la confesión de su fe al ámbito cultual o a la práctica dominical, sino que englobe todos los aspectos y situaciones en las que se desenvuelve su vida. Habría que ampliar el contenido del término «practicante» más allá de la parti­cipación en la Eucaristía del domingo y hacer que abarque actitudes y compor­tamientos de la vida diaria coherentes con el Evangelio. De este modo, en la medida en que la fe ilumine la vida entera de cada creyente, se irá realizando también la necesaria inculturación del mensaje cristiano entre nosotros.

  • La atención al individuo concreto
  1. Para que todo ello sea realidad, salta a la vista la necesidad de que nuestras Iglesias y comunidades cristianas presten una especial atención al individuo concreto. Al hablar de la comunidad, no destacamos de modo suficiente la reali­zación de las personas bajo la mirada atenta de Dios. En realidad, son ellas las primeras destinatarias de la evangelización. Esta reivindicación de la persona concreta por encima de cualquier otro objetivo, no significa una defensa del in­dividualismo privatista o del espiritualismo, sino que indica el camino de la Igle­sia a través del ser humano en su concreción histórica. Quisiéramos hacer una llamada a todos los agentes de pastoral para priorizar en su actividad y servicio el encuentro personal con la mujer y el hombre concretos, con sus ilusiones, proyectos, problemas y preocupaciones, en lugar de considerarlos componentes anónimos de un colectivo eclesial.

La insistencia en la importancia del apostolado individual, ha de llevarnos a todos a animar el compromiso cristiano de los creyentes en la familia y en la sociedad y a impulsar su presencia en los diferentes ámbitos de la vida pública y su participación como ciudadanos en iniciativas nacidas de la vida social. Inicia­tivas tan plurales como relativas a los centros educativos, los círculos de la ter­cera edad, los movimientos por la paz, los sindicatos, las asociaciones de veci­nos, los partidos políticos, las obras culturales o los grupos deportivos.

Presencia evangelizadora del laicado en el matrimonio y la familia[92] • El matrimonio y la familia

campo prioritario de acción evangelizadora

  1. La vida matrimonial y familiar es uno de los campos prioritarios de reali­zación de la vocación específica de los laicos. El matrimonio y la familia tienen la virtud de condensar aspectos tan fundamentales de la existencia humana, como son el amor, el trabajo, la transmisión de la vida y la educación en los va­lores fundamentales, la convivencia, la comunitariedad y la relación personal. No extraña tampoco el hecho de que se dé una gran afinidad entre la comunidad familiar y la eclesial. El Concilio Vaticano II llamó a la familia una especie de «Iglesia doméstica»[93] y describió a la Iglesia como «familia de Dios»[94]. Sin em­bargo, a la vida conyugal y familiar no les prestamos hoy la debida atención en el conjunto de la actividad evangelizadora de nuestras Iglesias. Nuestras inicia­tivas pastorales manifiestan un cierto pudor o miedo a traspasar el umbral del hogar, como si éste no fuera lugar de anuncio y testimonio de la Buena Noticia.

Son numerosas las razones que justifican una presencia evangelizadora especialmente intensa en este ámbito, en el que el laicado ha de ser principal protagonista. Tales son la defensa y promoción de la vida, la educación de la fe y de los valores éticos coherentes con ella, la atención a los apremiantes proble­mas planteados hoy desde diversos ámbitos a las parejas, las repercusiones de la vida laboral en el ámbito familiar, la dignidad de la mujer. Todo ello hace que sea éste un campo muy apropiado para que la mujer y el hombre laicos vivan su experiencia cristiana y su compromiso transformador.

  • Urgencia de cuidar la pastoral matrimonial y familiar
  1. Los esposos y padres cristianos han de ver en la familia, en cuanto realidad eclesial básica que es, la primera escuela de vida cristiana: en ella se viven y transmiten valores tan fundantes como el sentido de trascendencia, el conoci­miento de la persona de Jesús, la actitud orante, la solidaridad con la persona que sufre o siente necesidad, la gratuidad en las relaciones o el respeto a la dig­nidad de todo ser humano.

Nuestras Iglesias y parroquias han de cuidar una pastoral matrimonial y familiar que ayude a vivir el seguimiento de Jesús en el ámbito familiar. En con­creto, han de tratar de consolidar la estabilidad del hogar, promover la educa­ción cristiana de los hijos y la atención a la fe de los mismos padres, y estimular el crecimiento conjunto en valores humanos y cristianos.

Por otra parte, es éste un campo en el que los creyentes se encuentran frecuentemente con la experiencia del sufrimiento, del fracaso y de la cruz, tanto en la vida propia como en la ajena. El dolor de parejas en crisis o que viven se­paradas, el sufrimiento provocado por embarazos no deseados, no pueden dejar indiferentes a la comunidad cristiana y a sus miembros. Nuestras Iglesias y co­munidades han de invertir esfuerzo e imaginación a la hora de acercar la mirada misericordiosa de Dios a quienes viven su matrimonio en medio de grandes difi­cultades o han experimentado el fruto amargo del fracaso. Hemos de reconocer que con frecuencia tendemos más a la condena que a la cercanía propia del buen pastor. La creación de centros de acogida y orientación puede ser un excelente medio para actualizar la presencia de un Dios solidario con los problemas y el dolor de sus hijas e hijos.

Participación en el apostolado asociado • Razón de ser y objetivos

  1. La rica pluralidad de formas de apostolado asociado existente en la Iglesia es para los seglares una invitación a participar en la acción evangelizadora de la Iglesia, de acuerdo con su vocación y su compromiso preferente[95]. Las comuni­dades locales y sus responsables han de dedicar su esfuerzo a la promoción y atención de asociaciones, grupos y pequeñas comunidades que dinamicen y multipliquen su vigor evangelizador. En ellos han de encontrar los cristianos espacios de acogida y libertad para poder nutrir su fe, ganar en profundidad y coherencia en el seguimiento de Jesús, contrastar su praxis a la luz del Evange­lio, crecer en espíritu comunitario y renovar su servicio a la misión evangeliza­dora[96].

Las asociaciones, grupos y comunidades ya constituidas no deben olvidar que adquieren su pleno sentido en la medida en que sirven a la evangelización de los individuos concretos y de la sociedad. Su misma existencia está ya indi­cando el carácter comunitario del ser humano, y responde a la necesidad que de ahí se sigue de vivir compartiendo con otros creyentes la salvación de Dios y la entrega a la acción evangelizadora.

Al tener esta acción evangelizadora de los cristianos y de la Iglesia una in­separable dimensión temporal, las diversas iniciativas de apostolado laical de­ben alentar con especial interés la presencia y el compromiso de sus miembros en la vida social. Asimismo, es conveniente que los mismos grupos como tales se planteen, según su identidad y vocación, y con el respeto debido a la libertad de opción en materias temporales, su incidencia en la vida civil y su contribución a la construcción de una sociedad más justa y solidaria, en definitiva, más con­forme al Reino de Dios.

  • Discernimiento y coordinación
  1. La Iglesia particular es el marco propio para el diálogo y el discernimiento de las diversas manifestaciones del apostolado asociado. La mutua relación y la coordinación de las diversas asociaciones, comunidades y grupos apostólicos en la Iglesia particular no ha de darse únicamente por razones prácticas o de efica­cia. Obedece a razones teológicas de comunión eclesial y constituye un impor­tante signo de credibilidad de la Iglesia en el anuncio del Reino.

Corresponde a la Delegación de Apostolado Seglar o al organismo diocesa­no correspondiente, la responsabilidad de animar el apostolado asociado así, como la coordinación del mismo, para caminar hacia la consecución de un lai- cado adulto en nuestras Iglesias.

  • La Acción Católica
  1. Los obispos fuimos especialmente invitados por el Concilio Vaticano II, a promover la Acción Católica en nuestras diócesis. «Ella, en sus diversas realizaciones, tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de ‘los laicos de la diócesis’, como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana»[97]. Deseamos que, entre nuestras prioridades pastorales, esté también presente el impulso a la Acción Católica. Consideramos que el método de la revisión de vida, por ella utilizado, es un instrumento válido para ayudar a ver la vida entera a la luz de la fe e impulsar la acción evangelizadora.

Cultivo de la pastoral de ambientes

  1. Considerar al laicado como principal agente de evangelización, exige pres­tar la debida atención a la llamada pastoral de ambientes. Ella es la forma que mejor expresa la vocación de presencia transformadora de los cristianos laicos en la sociedad[98]. Para asegurar su identidad propia, esta pastoral ha de tener en cuenta las dimensiones esenciales de la evangelización (testimonio, anuncio, denuncia, transformación, comunión eclesial), ha de adecuarse a los criterios evangélicos de actuación política (defensa de la vida y de los demás derechos humanos, prioridad de la persona, solidaridad y apoyo de las justas reivindica­ciones) y ha de estar animada por el espíritu de las bienaventuranzas[99].

Señalamos, a continuación, algunos de los campos más significativos, abiertos a esta pastoral de ambientes.

  • El mundo del trabajo
  1. Aunque en la actualidad el mundo obrero ha evolucionado respecto a los condicionamientos que le han marcado en otras épocas, sigue siendo un sector de particular importancia humana y social y de renovado interés para la Iglesia. A pesar de las diversas iniciativas y de los esfuerzos realizados, la Iglesia y su mensaje siguen siendo extraños para este medio social. Las estructuras genera­doras de pobreza y marginación inciden sobre él con particular fuerza. El paro obrero sigue siendo una llaga lacerante de nuestra sociedad. El trabajo juvenil carece frecuentemente de las mínimas garantías exigidas por la dignidad huma­na.

Todos deberíamos preguntarnos sobre los efectos sociales de nuestros comportamientos económicos, laborales y profesionales. Nuestras Iglesias han de ayudar a los cristianos presentes en los medios obreros a cultivar su concien­cia de responsabilidad obrera y su solidaridad con cuantos carecen de trabajo o lo realizan en condiciones precarias. Asimismo, han de fomentar la participa­ción en las organizaciones obreras y la identificación con sus causas justas, para asumir los retos planteados a la evangelización en este ámbito.

El ambiente obrero sigue siendo lugar prioritario de evangelización. El lai- cado está llamado a hacer llegar a él el mensaje liberador del Evangelio y, a su vez, tiene la responsabilidad de llevar a la Iglesia la problemática, las preocupa­ciones y las conquistas del mundo obrero[100].

  • Los ámbitos profesionales
  1. Nuestra sociedad ha propiciado la aparición de nuevos ámbitos profesionales en los que desarrollan sus actividades productivas personas asalariadas que, sin embargo, no encajan en la clásica descripción del «obrero». Ahí se contemplan, entre otros, los técnicos, los profesionales cualificados, los enseñantes o los sanitarios. Se trata de un sector social con gran influencia en la creación y consolidación de las pautas culturales. Especial influencia social ejercen, a nuestro juicio, los intelectuales y los profesionales de la educación, de la enseñanza y de los medios de comunicación, situados en virtud de su tarea en uno de los lugares más delicados para el futuro de nuestra sociedad.

Los mismos profesionales han de ser los primeros en tomar conciencia de esta nueva realidad, a fin de actuar según criterios de justicia y de solidaridad humana y evangélica. Pero también nuestras Iglesias habrán de esforzarse en ofrecerles el mensaje del Evangelio, que inspire la respuesta cristiana a la pro­blemática propia de ámbito profesional correspondiente.

  • El medio rural
  1. Aunque con características propias y diferenciadas, el medio rural existe en todas nuestras diócesis. La convivencia en pequeños núcleos de población, característicos del medio rural, al mismo tiempo que llama a desarrollar la solidaridad en la vida cotidiana, genera también una presión ambiental que frena, muchas veces, la manifestación de las propias convicciones o compromisos personales, incluso en la vida religiosa.

En estos ambientes perviven muchas tradiciones inspiradas por la religio­sidad popular, al mismo tiempo que se experimenta, al igual que en otros me­dios, su profundo cambio de estilos de vida y de valores culturales. Todo ello en­frenta a los cristianos con el grave reto de afirmar o recuperar la autenticidad de las expresiones religiosas, más allá de la rutina o la pura costumbre.

Por otra parte, la vida de las comunidades cristianas en muchos de nues­tros pueblos rurales está marcada por una dependencia pasiva de las iniciativas y servicios que les ofrecen sus pastores. De hecho, muchos laicos, mujeres y hombres, desarrollan en ellos diversos servicios con abnegación y perseverancia.

Los seglares, debidamente capacitados y apoyados por sus pastores, están llamados a revitalizar la acción evangelizadora de la Iglesia en este ámbito so­cial. Existen ya realidades esperanzadoras, tales como el desarrollo de algunos ministerios desempeñados por laicos, la promoción de servicios de acogida y atención a trabajadores temporeros, el impulso de iniciativas de solidaridad mi­sionera y de promoción social con el tercer mundo, la participación en la anima­ción social y cultural del propio medio.

  • Lajuventud
  1. El laicado joven no sólo permite vislumbrar e incluso anticipar, en cierto modo, la Iglesia del futuro, sino que está configurando ya la Iglesia en el presen­te. Se trata de la parte de la comunidad cristiana que más vivamente experimen­ta la condición de la Iglesia en el mundo actual y los grandes retos planteados a la evangelización.

Los jóvenes cristianos, aunque se saben minoría entre sus contemporá­neos, se ven seriamente interpelados por una misión evangelizadora que les desborda, sienten la necesidad de una evangelización adaptada a la mentalidad y cultura actuales, viven en su propia carne los avances y las dificultades de una inculturación más profunda y renovada de la Iglesia en la sociedad actual, espe­ran la revitalización de las comunidades cristianas. Son cada vez más conscien­tes de que la principal responsabilidad de la evangelización del mundo juvenil recae sobre ellos.

Constatamos con gran alegría que muchos de los mejores esfuerzos pasto­rales de nuestras Iglesias locales han sido destinados a la juventud. Hemos de mantenemos en esa línea, buscando que los jóvenes de nuestras comunidades se hagan cada vez más presentes en sus propios ambientes, conscientes de que ahí también se hace presente el Reino de Dios y se realiza su participación en la mi­sión evangelizadora de la Iglesia.

  • El mundo estudiantil
  1. La mayor parte de la juventud de nuestra tierra es estudiante, con un ele­vado número de universitarios. Son también estudiantes, en su inmensa mayo­ría, quienes nutren nuestros catecumenados juveniles o se responsabilizan di­rectamente de la animación de la pastoral de juventud en calidad de catequistas o monitores. Sin embargo, esta entrega y presencia en el interior de la comuni­dad cristiana no encuentra a menudo su complemento en el testimonio, y la par­ticipación en actividades, grupos y organizaciones propias del mundo estudian­til. Esta dislocación entre lo confesado en el ámbito eclesial y la falta de presen­cia activa en lo que ocupa la mayor parte de su tiempo, acaba llevando frecuen­temente a estos jóvenes a un divorcio real entre la fe y la vida.

Por ello, a la vez que reconocemos su dedicación y su compromiso eclesial, les invitamos a plantearse su modo de estar como cristianos en el ambiente que les afecta tan directamente, es decir, el de la Universidad y los centros de ense­ñanza. Ahí están llamados a ser testigos del Resucitado y a colaborar en la veni­da del Reino de Dios mediante la participación en iniciativas que tratan de crear un mayor clima de auténtica libertad, fraternidad y solidaridad.

  • Los ámbitos de marginación
  1. Necesitamos mantener y reforzar una presencia significativa de la Iglesia en los diversos ámbitos de marginación y pobreza extrema. Gracias a la dedica­ción de instituciones eclesiales y, de un modo especial, de Cáritas y de familias religiosas dedicadas a obras de carácter asistencial y de promoción social, la conciencia de cuantos constituimos la Iglesia se ha hecho mucho más sensible en este campo. La aparición de nuevas bolsas de pobreza en el que llamamos «cuarto mundo», constituye un verdadero reto para la sociedad y también para las comunidades cristianas. El laicado está jugando ya un papel importante en el mundo de la marginación.

En orden a promover una presencia mayor del laicado de nuestras iglesias en este campo, queremos sugeriros: la promoción de un voluntariado cada vez más consciente y mejor preparado; la creación de grupos de apoyo o referencia que ayuden al voluntariado a mantener el espíritu de su trabajo y a hacer de él una auténtica experiencia de fe; la coordinación de las valiosas iniciativas ya existentes.

Inspiración de la cultura por los valores evangélicos

  1. Hemos hecho ya alusión a la importancia que tiene el ejercicio de ciertas actividades profesionales en la creación de la cultura. Queremos volver sobre este tema de la cultura desde una perspectiva más general, aunque no es éste el objeto directo de esta Carta Pastoral. Los modos de sentir, de pensar, de actuar y de relacionarse con los demás, están fuertemente condicionados por factores culturales. Éstos actúan a favor o en contra de la realización personal, valorada desde una sana visión integralmente humana. Los mismos modos de situarse las personas ante el hecho religioso y los valores ético-morales, no son ajenos a fac­tores e influjos culturales.

Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a un ambiente cultural en el que apenas se tiene en cuenta la existencia de Dios o su presencia activa en la historia de la humanidad. En los medios públicos se excluye hasta la misma mención de Dios. Se confunde la no confesionalidad del Estado con la exclusión de cualquier referencia religiosa en la vida pública.

Los hombres y las mujeres que constituyen el laicado de nuestras Iglesias experimentan también, como no puede ser de otra manera, el influjo de los me­dios y ambientes culturales en los que se mueven. Ellos son sujetos receptores, pero son también, consciente o inconscientemente, creadores de cultura. Los cristianos tenemos la responsabilidad de que nuestra sociedad recupere con normalidad y con paz la memoria de Dios, incluso por medio de signos y usos religiosos auténticos, respetuosos y veraces.

Queremos ofreceros algunos puntos para la reflexión y actuación en rela­ción con ciertos aspectos de la cultura, que centran particularmente la atención de los hombres y mujeres de nuestra sociedad.

  1. Enfavordeunaculturadelasolidaridad
  • Solidaridad y crisis socio-económica
  1. Los creyentes, por nuestra mera condición humana natural, estamos lla­mados a vivir en fraternidad y en solidaridad con los hombres y mujeres del en­torno en el que vivimos, y también con los del mundo entero. Esta exigencia natural es confirmada y elevada a cotas superiores de comprensión y de vigencia en la visión cristiana de una humanidad que, en Cristo, constituye la familia de los hijos e hijas de Dios. La expresión de que «todo hombre es mi hermano» es mucho más que una fórmula retórica o una aspiración utópica. Los cristianos creemos que es expresión de la más profunda realización de la socialidad huma­na, anticipada realmente aunque imperfectamente, en el Cuerpo de Cristo.

Pero la situación actual de crisis socio-económica, provocada por un modelo económico de signo capitalista-neoliberal que se va imponiendo con una rígida disciplina, nos enfrenta con realidades muy dolorosas, cuya expresión más significativa es el paro. Son realidades que parecen dar al traste con esa vo­cación a la fraternidad. Frente a los valores humanos y religiosos de la solidari­dad, se va adueñando de nosotros, con un rigor que parece fatal, una cultura de insolidaridad deshumanizante, alimentada por el consumismo, el enriqueci­miento fácil y el vacío ético-moral.

  • Actuar ya desde ahora
  1. No podemos dejarnos engañar por la ilusión de creer que está en nuestras manos el logro de un inmediato giro cultural en el orden económico-social. Pero existe ya ahora la posibilidad y también la urgencia evangélica de actuar desde los imperativos de una eficazmente deseada cultura de solidaridad. Comporta­mientos así no sólo dignifican y ennoblecen a las personas, sino que señalan puntos de referencia a los que la humanidad no debe renunciar. Compartir los bienes económicos, promover formas de producción más responsables y par- ticipativas, asumir la limitación de los propios ingresos en aras del bien común, distribuir mejor los recursos escasos, entre ellos el trabajo, pueden ser la expre­sión de una seria y eficaz voluntad de hacer un mundo inspirado por valores más humanos, solidarios y fraternos.

Dimensión universal de la solidaridad

  1. Por otra parte, el mundo en el que vivimos nos ofrece medios técnicos efi­caces para dar a la solidaridad un alcance de dimensiones universales. Podemos conocer desde cerca la realidad de la pobreza y de la miseria que existe en mu­chos países. Existen cauces para hacerles llegar las ayudas pertinentes. Se abren, cada vez más, las puertas a prestaciones personales de diversas formas de volun­tariados. La acción misionera de la Iglesia viene prestando también en el mundo entero, junto con el anuncio del Señor Jesús, servicios de todas clases por la vía de la asistencia y la promoción social. Los seglares cristianos colaboran en ellos, y participan también en organizaciones no gubernamentales. Los seglares cris­tianos se ponen así del lado de una cultura de la solidaridad, inspirados por la opción preferencial por los pobres ante la que nos sitúa el mensaje de Jesús.
  2. Fomentarlaculturadeldiálogoydelapaz
  • Conflictos y cultura de la violencia
  1. Vivimos en una sociedad fuertemente penetrada por el conflicto. El plura­lismo propio de una sociedad libre y participativa deriva frecuentemente hacia múltiples formas de confrontación que van más allá de las legítimas tensiones. El conflicto se hace presente en múltiples ámbitos de la vida social. Aunque sea el conflicto político el que más se deja sentir por el recurso que en él se hace a la violencia, también existen fuertes conflictos en el mundo económico y cultural. En una sociedad así, el criterio de la eficacia para el logro de los objetivos pre­tendidos, al margen de la valoración ética de los medios utilizados, tiende a im­ponerse como algo habitual. Se va difundiendo, de manera más o menos confe­sada, una cierta forma de cultura de la violencia.

La conciencia cristiana y la misma razón humana no pueden dar por buena esta forma de entender la vida social y el progreso humano. La bondad y la justi­cia de los objetivos buscados debe juzgar también acerca de la honestidad de los medios utilizados. La fuerza del más poderoso no es garantía de la justicia de la causa por él defendida. Los pobres y los débiles son los más perjudicados por la violencia impuesta como forma generalizada de actuación.

  • Promover una cultura de diálogo y de paz
  1. Frente a la cultura de la violencia, todos estamos llamados a promover una cultura de diálogo y de paz en la justicia. Debe hacerlo la Iglesia en los diversos niveles de su ser y de su actuar comunitarios, siendo consciente de que también ella misma está afectada por las tensiones y los enfrentamientos de la sociedad. Los cristianos llevamos a nuestras comunidades, aun sin darnos cuenta de ello, el peso de las incomprensiones y divisiones que vivimos en el mundo de las rela­ciones político-sociales. Aun siendo ello así, no podemos olvidar que solamente superando en el Espíritu lo que legítimamente pueda separarnos y enfrentarnos, podremos ser signo sacramental de una humanidad reconciliada y pacificada. Las comunidades cristianas habrían de ser ellas mismas espacios de diálogo y de reconciliación, con la mirada puesta en la unidad del amor que es Promesa del Reino de Dios.

La presencia de los laicos en la sociedad no debe ignorar la experiencia de la paz, compartida en las comunidades cristianas con quienes sienten, piensan y actúan de manera diferente. En mayor o menor medida, todos tenemos la posi­bilidad de ser portadores de esta cultura de diálogo y de progresiva pacificación a nuestra sociedad, de forma individual o agrupada. Es éste un campo abierto a múltiples formas de testimonio cristiano, inspirado en el espíritu de las biena­venturanzas del Señor, vivido en libertad, incluso si ello ha de suponer padecer reacciones sociales capaces de originar sufrimiento y persecución.

  1. Porelreconocimientoplenodeladignidadhumanadelamujer
  • Especial sensibilidad actual ante el problema
  1. La cultura actual muestra una particular sensibilidad por el tema de la dig­nidad humana de la mujer y por el pleno reconocimiento de sus derechos humanos. Esa sensibilidad no es igualmente compartida por todos los ciudada­nos. Existen quienes piensan que el ánimo reivindicativo que presentan, en oca­siones, ciertos grupos y movimientos feministas debe ser objeto de un juicio va- lorativo más preciso y ajustado a la realidad.

No es objeto directo de esta Carta Pastoral entrar en el estudio directo de este tema en toda su complejidad y profundidad. Tampoco sería acertado, a nuestro juicio, hacer generalizaciones de carácter absoluto y universal, como si todas las situaciones fueran equiparables. Con todo, se debe afirmar la verdad de que la situación de la mujer en las sociedades concretas del mundo actual, impregna fuertemente su cultura y es, ella misma a la vez, consecuencia de esa cultura.

Por ello, tal como sucede en otros aspectos de la vida, también la cultura de los diversos pueblos en relación con la mujer, ha de ser objeto de una severa crítica para abrirse a una progresiva superación que facilite el pleno desarrollo de las posibilidades y riquezas inherentes a su dignidad humana y a la propia condición de mujer. Ello sería un bien para cada una de las personas, pero su­pondría también un notable enriquecimiento para la humanidad entera.

  • En favor de la promoción integral de la mujer
  1. La presencia activa del laicado cristiano en acciones y movimientos en fa­vor de la promoción integral de la mujer puede ser una aportación muy valiosa para esta causa, digna en sí misma y portadora además de esperanza, cara a un futuro de mayor igualdad y participación de todos, mujeres y hombres, en un proyecto humano común. La iluminación que deriva del mensaje de Jesús para garantizar la recta comprensión de la dignidad humana y del sentido de la exis­tencia, debería ser una de las aportaciones más valiosas que los cristianos po­demos hacer, frente a desviaciones ideológicas que pueden ir en contra del obje­tivo de una más plena dignificación de la mujer.

Queremos añadir, finalmente, en relación con este tema, que también las comunidades cristianas y la misma Iglesia tienen que estar abiertas a las justas repercusiones que en su seno tienen estos planteamientos de raíces culturales, que venimos haciendo. La mujer presta un apoyo de valor inapreciable en la pastoral de nuestras comunidades. Su participación en los órganos de corres­ponsabilidad eclesial, al menos de derecho, no debería ser inferior a la de los hombres.

La necesidad de una adecuada formación • El reto de la formación y capacitación del laicado

  1. Una mejor comprensión de lo que es el laicado como parte básicamente constitutiva del Pueblo de Dios y de lo que supone su participación en la misión de evangelizar propia de la Iglesia, nos lleva ineludiblemente a plantearnos el reto de su adecuada formación y capacitación. Pero si queremos ser coherentes con la apreciación de que el laicado lo forman no sólo quienes aparecen unidos a actividades propias de los llamados «agentes de pastoral», sino también la ge­neralidad del Pueblo de Dios, la exigencia de formación ha de tener horizontes más amplios que los que pudiera sugerir una capacitación especializada para la prestación de algunos servicios.

Necesitamos plantearnos, una y otra vez, la urgencia de una permanente educación de la fe, abierta a todos los que mantienen alguna relación o contacto con nuestras parroquias y comunidades. No hemos de renunciar a hacer ofertas educativas generales, aun cuando la demanda sea débil y la respuesta inferior a nuestros deseos o expectativas. Quizás habríamos de utilizar también mejor las posibilidades que nos puedan ofrecer los instrumentos públicos de comunica­ción.

  • Una formación especializada
  1. La formación del laicado y su capacitación para la misión que le es propia exige, además de lo dicho, formas más especializadas de actuación. Es impor­tante que nuestras Iglesias pongan a disposición del laicado múltiples servicios ideados para cumplir esa finalidad; pero de poco servirían, si a ello no se uniera el deseo de utilizarlos por parte de los laicos a quienes se dirigen. Sois vosotros mismos, mujeres y hombres, jóvenes y adultos, quienes debéis tomar la iniciati­va responsable en la demanda de los instrumentos y servicios necesarios para vuestra formación cristiana y pastoral.

Nuestras diócesis vienen ofreciendo cursos de formación básica de la fe, sobre la que pueda apoyarse una capacitación más particularizada o especializa­da según las diversas actuaciones pastorales. Se trata de una formación que con­templa la globalidad de la persona creyente que alcance, más allá de la forma­ción puramente intelectual, a la experiencia de una vida cristiana integral. La dimensión celebrativa-oracional no puede estar ausente de ella.

La condición propia del laicado, proveniente de su natural inserción en el mundo de las experiencias y relaciones seculares, pide que su formación esté encarnada en su contexto sociocultural propio. La participación en asociaciones seculares con fines socio-culturales diversos hace especialmente necesaria esa peculiar formación laical. No podemos ignorar la fuerza que la dinámica propia de la acción y las mismas ideologías demuestran tener para adecuar a ellas la fe y los comportamientos. La fe cristiana puede dejar de ser la referencia última de los criterios y de las actuaciones.

Saber estar en el mundo, conservando la identidad propia del cristiano, y saber escuchar las llamadas de Dios que de ese mismo mundo brotan, ha de ser un objetivo de esta formación propia del laicado.

  • – ALGUNAS CONCLUSIONES OPERATIVAS
  1. Os hemos escrito esta Carta Pastoral, queridos diocesanos, movidos por el deseo de iluminar y afirmar mejor la identidad propia del laicado de nuestras Iglesias particulares y en orden a potenciar también su participación en la mi­sión evangelizadora. Creemos que su lectura detenida y la reflexión que sobre ella podáis hacer, puede seros útil para sentiros más insertos en vuestras Igle­sias particulares, parroquias y comunidades. Las sugerencias y llamadas hechas en la Carta pueden también dar lugar a diversas iniciativas, adecuadas a las cir­cunstancias concretas de cada lugar, tanto a niveles diocesanos como a otros niveles.

Ello no impide, sin embargo, que los Obispos que os escribimos, os presen­temos algunos objetivos particulares, dentro de la materia propia de esta Carta Pastoral, a los que creemos conveniente dar prioridad. Su aplicación a cada dió­cesis concreta habrá de adaptarse, como es natural, a los planteamientos pasto­rales propios de cada una de ellas.

  1. Podríamos formularlos en los siguientes términos:
  • Potenciar la formación integral básica de los seglares que han de asumir responsabilidades pastorales y la capacitación especializada para su ac­tuación en los diversos campos de la acción pastoral.
  • Valorar más la acción evangelizadora de los seglares en el ámbito fami­liar, mediante una mayor atención prestada a la formación integral de los esposos y a su capacitación para la función educativa que han de desarrollar.
  • Animar y sostener la presencia de los seglares en los grupos, movimien­tos y asociaciones de carácter secular, en orden a una más activa inspi­ración de las realidades temporales por los valores evangélicos, y a un testimonio más fidedigno de la propia fe cristiana.
  • Ejercer desde la instancia diocesana correspondiente, cuál podría ser la Delegación de Apostolado Seglar, las funciones de discernimiento y coordinación de las diversas formas de apostolado seglar asociado.
  • Fomentar la acción evangelizadora de los laicos, mediante grupos, mo­vimientos y asociaciones laicales y, en particular, por medio de la Acción Católica tanto general como especializada.
  • Avanzar en la constitución de los Consejos pastorales parroquiales y, en su caso, de las Juntas parroquiales, con el fin de ofrecer cauces operati­vos de corresponsabilidad seglar en el ámbito de la ordenación y de la actuación pastoral.
  1. No queremos ignorar las dificultades que encierra la realización de la ac­ción evangelizadora de la Iglesia, también para vosotros los seglares, en el actual clima socio-cultural. En la primera Carta conjunta que os dirigimos el pasado día 10 de febrero, así lo reconocíamos. Por ello, queremos terminar esta nueva Carta Pastoral con las mismas palabras que entonces os escribíamos: «Sin duda, vosotros y nosotros, encontraremos dificultades en el servicio a la misión evan­gelizadora de la Iglesia. Pero son más fuertes las razones para la alegría y la es­peranza. Nuestra confianza está puesta en el amor y el poder de nuestro Señor Jesucristo.

Abramos nuestros corazones a la esperanza. Acojamos sinceramente la llamada y los dones del Señor. Si en algo tenemos otros sentimientos, pidamos humildemente al Señor que renueve nuestros corazones con la fuerza de su Es­píritu y haga de cada uno de nosotros, según la vocación a la que hemos sido llamados, los fieles servidores del Evangelio que el Señor quiere y nuestros her­manos esperan de nosotros».

Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria,

19 de marzo de 1996, Festividad de San José

  • Fernando, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
  • Ricardo, Obispo de Bilbao
  • José María, Obispo de San Sebastián
  • Miguel, Obispo de Vitoria
  • Carmelo, Obispo Auxiliar de Bilbao

[1] Carta conjunta a los fieles cristianos de las Diócesis de Pamplona-Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, de 10 de febrero de 1996.

[2] Las referencias a los documentos del Magisterio de la Iglesia se harán mediante las si­guientes siglas:

AA = Concilio Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam actuosita- tem.

AG = Concilio Vaticano II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad gentes.

DV  = Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la divina Revelación, Dei Verbum.

GS   = Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gau­

dium et spes.

LG  = Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium.

PO  =  Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbytero-

rum Ordinis.

SC = Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Conci­lium.

CDC = Código de Derecho Canónico.

EN = Pablo VI, Exhortación apostólica sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo, Evangelii nuntiandi (1975).

LE = Juan Pablo II, Carta encíclica sobre el trabajo humano, Laborem exercens (1981).

CFL = Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, Christifideles laici (1988).

CLIM = Conferencia Episcopal Española, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo. Líneas de acción y propuestas para promover la corresponsabilidad y participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la sociedad civil (1991).

ETI = Carta Pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Evangelizar en tiempos de increencia (Pascua de Resurrección, 1994).

RF = Carta Pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Redescubrir la familia (Pascua de Resurrección, 1995).

[3] Los términos “laico/a” y “seglar” no son totalmente idénticos. Sin embargo, se utilizarán indistintamente en esta Carta Pastoral. El término latino “christifideles laici”, utilizado profu­samente en la Exhortación papal del mismo nombre, es más rico y preciso que su versión caste­llana “los fieles laicos”.

[4] CLIM 148.

[5] Cfr. San Agustín, Serm. 340, 1: PL 38, 1483, recogido en LG 32.

[6] Cfr. rf 3-35.

[7] Entendemos por “mundo” lo que el Concilio Vaticano II (GS 2) llama “mundo de los hombres, es decir, toda la familia humana con la universalidad de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia del género humano, marcado por su destreza, sus de­rrotas y sus victorias; el mundo que los fieles cristianos creen creado y conservado por el amor del Creador, colocado ciertamente bajo la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucifi­cado y resucitado, una vez que fue quebrantado el poder del Maligno, para que se transforme, según el designio de Dios, y llegue a su consumación”.

[8] LG 30.

[9] Cfr. LG 1.

[10] Cfr. Jn 17,14-18.

[11] Cfr. GS 1.

[12] LG 31.

  • PO 3.

[14] Cfr. 1 Pe 3,15.

[15] Cfr. LG 1 y 19.

[16] Cfr. Mt 5,13-14,

[17] Cfr. LG 4; AG 2.

  • LG 1.

[19] LG 31.

[20] Cfr. GS 92.

[21] Cfr. GS 36.

[22] Cfr. GS 44.

[23] GS 43.

[24] GS 44.

[25] Cfr. Rm cap. 1 y 2.

[26] Cfr. Rm 8,19-22.

  • LG 48; GS 39.

[28] Carta a Diogneto 6, recogido en LG 38.

[29] Hch 2,42-47.

[30] Cfr. Jn l7,9-l8.

[31] Cfr. 1 Jn 4,19.

[32] Cfr. Ef 1,4-6.

[33] Cfr. Mt l3,44-46.

[34] Cfr. GS 22 y 32.

[35] Cfr. Mt 16,3-4.

[36] Cfr. Mc 1,16-45.

[37] Cfr. Mt 9,10; Lc 15,2.

[38] Cfr. Mc 1,41.

[39] Cfr. Mc 3,1-6; Lc 13,10-17.

[40] Cfr. Lc 8,2-3.

[41] Cfr. Jn 4,7-26.

[42] Cfr. Jn 8,3-11.

[43] Cfr. Mt 15,21-28.

[44] Cfr. Lc 10,25-37.

[45] Hch 10,38.

[46] Cfr. Mt 4,1-11.

[47] Cfr. Mc 3,14.

[48] Cfr. Lc 9,57-62; 22,28; Jn 15,5.

[49] Cfr. Flp 2,5; 1 Pe 1,15-16; 1 Jn 2,6.

[50] Cfr. Mc 3,14-15; Lc 9,1-2; 10,2-12; Mt 10,1; Jn 20,21-23.

[51] Cfr. AA 1.

[52] LG 31.

[53] LG 32.

[54] Cfr. LG 12 y 31.

[55] Cfr. dv 10.

[56] Cfr. GS 91.

[57] Cfr. Heb, cap. 5-10.

[58] Cfr. LG 10.

[59] LG 34.

[60] Cfr. SC 10.

[61] Cfr. Mt 25,31-46.

[62] Cfr. LG 36.

[63] LG 40.

[64] Cfr. Jn 10,10.

[65] Jn 3,17.

[66] Cfr. LG 33; CFL 15.

  • EN 21.

[68] EN 70.

[69] LG 33.

  • CLIM 49.

[71] CFL 42.

[72] GS 75.

[73] GS 43.

[74] Cfr. EN 18 y 30-31.

[75] ETI 100.

[76] Cfr. LG 1.

[77] GS 44.

[78] Cfr. 1 Co 12,11, recogido en LG 12.

[79] Cfr. 1 Co 12,7.

[80] Cfr. 1 Ts 5,19.

[81] Esta última afirmación no debe entenderse en el sentido de que cada miembro del Pue­blo de Dios recibe una encomienda ministerial, sino que se refiere al hecho de que toda la co­munidad cristiana está llamada a prestar al mundo el servicio de ser sacramento de salvación (cfr. LG 1, 9 y 48).

[82] La Exhortación apostólica EN se refería al ministerio de la “catequesis, animadores de la oración y del canto, cristianos consagrados al servicio de la Palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables de movimientos apostólicos u otros responsables” (n. 73), concediéndoles gran valor para la implantación, la vida y el crecimiento de la Iglesia.

La CFL, por su parte, dice que “cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exija, los pastores, según las normas establecidas por el derecho universal, pueden confiar a los fieles laicos algunas tareas que, si bien están conectadas a su propio ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el carácter del Orden” (n. 23).

[83] Cfr. LG 23.

  • AA 16.
  • CLIM 96.

[86] AA 18.

[87] Cfr. LG 37.

[88] Ibíd.

[89] Así lo establece la normativa de la Iglesia, tanto para los Consejos pastorales diocesanos (CDC can. 511 y 514, § 1), como para los Consejos pastorales parroquiales (can. 536, §§ 1 y 2).

  • CFL 15.

[91] Cfr. LG 42.

[92] En RF, nn. 70-104, podrán hallarse desarrollos más amplios de los puntos tratados en este apartado.

[93] LG 11.

[94] LG 32; GS 40.

[95] El documento CLIM, en su n. 92, ofrece la siguiente tipología, para analizar los valores y problemas del fenómeno asociativo en el momento actual:

  • movimientos de laicos, cuyo fin primordial es la formación de cristianos laicos, con una vivencia cristiana y eclesial profunda;
  • “movimientos de espiritualidad”, cuyo fin es dar a conocer y definir una espiritualidad particular o fomentar una vida más santa o promover el culto público;
  • “nuevos movimientos”, que promueven especialmente la vivencia de un aspecto parti­cular del misterio de la Iglesia, como la unidad, la comunión, la caridad…
  • AA 18.

[97] clim 95.

  • EN 18.

[99] Cfr. CLIM 55.

[100] Cfr. LE 8.

Categorías:Laicos

Compromiso político

Compromiso político

Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma, para el domingo 19 de octubre de 2014

http://www.aica.org/documentos-s-TW9ucy4gTWlndWVsIEUuIEhlc2F5bmU=-4015

La primera instancia del compromiso político del ciudadano es saber qué es la política. Dejemos de lado tantas falsas concepciones de la Política. Las que se han ido definiendo según el mal proceder de dirigentes políticos o gobernantes de turno…

Acerquémonos a las que se han dado pensando en el mejor servicio a la sociedad humana. La más corriente es la de ser el arte de lo posible, sin embargo para otros como es el arte más noble, se ha llegado a afirmar que la política es un ir a través de ella “de la democracia que tenemos a la democracia que anhelamos”. Por eso si la entendemos en este sentido los ciudadanos han de tener como primera preocupación conocer el corazón de los candidatos, es decir, cuáles son sus sentimientos, sus anhelos, sus intereses, todo aquello que conforme una personalidad que hace la verdad y anhela construir una sociedad en la que se viva los valores fundamentales de una convivencia pacífica, solidaria, fraterna. Para esto el dirigente se ha de destacar por la búsqueda de la verdad, el respeto de la libertad de todos los seres humanos, por la búsqueda de la justicia en igualdad de posibilidades para todos desde una gran capacidad de solidaridad humana. Por eso que en las campañas electorales serias y responsables no interesan los afiches mostrando rostros o actitudes simpáticas, externas de los candidatos y de las candidatas. Tenemos que terminar con promesas incumplidas.

Puesto que la actividad política es un supremo acto de Caridad, la ciudadanía cristiana debe respirar el Evangelio también en la dimensión política de la existencia humana Como he venido repitiendo, la Iglesia debe entrar en política a través de las comunidades cristianas. En la comunidad cristiana, la ciudadanía en general, debe encontrar los valores humanos exigidos en el ejercicio de la política, en la acción política, desde el voto hasta la dirigencia partidaria según los casos. Cuando la comunidad cristiana cultiva la dimensión social política del Evangelio, surgen hasta destacados testimonios de políticos cristianos, es decir, ciudadanos bautizados que viviendo el Evangelio como expresión de su fe en Jesucristo, lo hacen en terreno político hasta grado heroico, dado el caso Miembros de Iglesia, viviendo su bautismo cristiano en diversos partidos o movimientos políticos se plantan en coherencia con el Evangelio renunciando a cualquier ventaja deshonesta o ante la más mínima violación de los Derechos Humanos Esto es responder al llamado de Jesús a que sus discípulos sean sal, luz, levadura en el mundo que les toca vivir. Esto es la utopía realizable de transformar la política de sinónimo de mentira y corrupción en el arte de construir una sociedad en la verdad, la justicia, la libertad y el amor projimal, signo luminoso de un auténtico amor a Dios. Esto es el contenido cristiano del compromiso político. Esto es el único camino para rehabilitar el nombre y la función política de suerte que el político sea aquel que dice la verdad y que la hace en el amor solidario. Solamente con ciudadanía que respire el Evangelio se puede pensar en constructores de una nueva sociedad humana y humanizante. El tejido social es obra de la Política y la Política es el rostro de la Ciudadanía. Por eso, es acertado el dicho popular: “el pueblo tiene el gobierno que se merece”. Los electores ameritan sus dirigentes y los dirigentes surgen de la sociedad ciudadana. La educación del soberano se inicia en la niñez, se vigoriza en la juventud y se logra en edad adulta Para salir de una Argentina violenta y rehacer el tejido social en justicia y paz, la Argentina necesita que la Iglesia siembre en el surco de la Política, el Evangelio de Jesús ¿Cómo? No hay recetas pero se pueden dar orientaciones pastorales, que brotan del mensaje evangélico de Jesucristo. Una vez más se presentarán, en libertad, para la opción ciudadana necesitada de real liberación.

Mons. Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma (mehm@fibertel.com.ar)

Categorías:DSI

El laico en la política

El laico en la política

por Saguir, Julio

http://www.revistacriterio.com.ar/iglesia/el-laico-en-la-politica/

Cabe preguntarnos, en el contexto de este Congreso, por qué reflexionamos sobre la política como tema específico, y no sobre otros, como la economía, el medio ambiente, la empresa o los derechos humanos.

Posiblemente esto se deba a que la política sigue siendo el ámbito de las decisiones que afectan las condiciones de vida de todos nosotros, y en especial de los más postergados de nuestra sociedad; aquellos que, por omisión o por error, hemos dejado fuera de las posibilidades de una vida digna. También, porque según la enseñanza social de la Iglesia, la política sigue siendo la forma más excelsa de la caridad. Y quizás, porque en nuestra sociedad argentina de hoy, y por lo mismo que acabamos de decir, el quehacer político, con sus luces y sus sombras, sigue siendo una tarea, una vocación, una responsabilidad, ya que, en definitiva, “todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 22-23).

 

Hasta que no lo asumamos desde esta convicción, la política seguirá siendo, como para la mayor parte de nuestra sociedad, un problema de los políticos; la causa, externa a cada de uno de nosotros, de los males que nos aquejan como comunidad histórica; una carga, dura y pesada, de la que eventualmente nos hacemos cargo por obligación o deber autoimpuesto, pero nunca como aquello que nos pertenece al modo de “todo es de ustedes”.

 

¿Qué política?

En la enseñanza social de la Iglesia, la política ha sido entendida tradicionalmente como la actividad concerniente en un todo al bien común y a lo público. Se trata de una definición amplia de política. Si bien es correcta en un sentido, entraña sin embargo el riesgo de perder de vista los aspectos específicos que tiene la política como actividad humana, por un lado, y como quehacer y vocación protagónica para los laicos, por otro.

Prefiero entender por política aquella actividad humana que tiene que ver con las decisiones, siempre conflictivas, que afectan y realizan el bien común, y por ello al bienestar de todos, desde las instituciones que como sociedad hemos diseñado para ello.

Aquí hay dos rasgos que vale la pena destacar, para no perder de vista lo particularmente propio de esta actividad: lo conflictivo y lo institucional.

La política, en efecto, es una construcción conflictiva, básicamente, porque tiene que ver con la satisfacción de intereses muchas veces contrapuestos (económicos, ideológicos, sociales) que implican, en gran medida, un enfrentamiento de partes por su consecución, una distribución siempre antagónica de beneficios, y la competencia de concepciones diferentes y muchas veces polarizadas del bien común.

Esta búsqueda conflictiva implica de manera decisiva la lucha por recursos de poder, tanto para competir y acceder a cargos como para tomar decisiones para todos. A los católicos el tema del poder no nos resulta sencillo, porque compite con convicciones evangélicas básicas.

Sin embargo, esta dimensión conflictiva, incluida esta lucha por recursos de poder, no debe ser soslayada porque es inherente a la actividad política. Cuando la obviamos, descuidamos o reducimos, desde cierta perspectiva o pretensión valorativa, corremos el riesgo de escandalizarnos o desilusionarnos más a causa de nuestras propias expectativas que de la realidad misma.

Nuestra historia como país ha sido testigo de conflictos y enfrentamientos para organizarnos como república entre 1810 y 1860. Conflictos que no tuvieron que ver con nuestra condición de católicos, europeos o criollos, sino con reales antagonismos de intereses económicos y políticos entre las provincias.

Las instituciones políticas han sido el recurso desarrollado por las sociedades occidentales para que tal búsqueda conflictiva del bien común no sea violenta ni quede a discrecionalidad de los más poderosos. Esto no significa que las instituciones eliminan los motivos para el antagonismo y el afán de discrecionalidad por parte de los que tienen más recursos. Pero organizan los conflictos y regulan la discrecionalidad. Y al hacerlo, los acotan.

Las instituciones de las que hablamos son, básicamente, las de la democracia representativa. Esto significa que cuando hablamos de política, hablamos desde el inicio de estas instituciones políticas. La democracia representativa tiene tres características principales: 1) implica la elección de gobernantes, vía competencia y voto popular, que quedan a cargo del diseño e implementación de las políticas públicas a través de las que se construye el Bien Común; 2) estos gobernantes se eligen por intervalos regulares, durante el período que dura su mandato, ya sea en el Poder Ejecutivo o en el Legislativo, y son relativamente independientes del electorado; 3) una característica es que hay una opinión pública independiente del control de los gobernantes.

Es necesario subrayar la importancia del segundo aspecto, ya que parte de la llamada crisis de representación en nuestro país y el mundo entero tiene que ver con cierta dificultad para entender o aceptar que, en tanto dure su mandato, las autoridades elegidas guardan independencia en su accionar.

En este sentido, el voto no es entendido como un contrato por el que el gobernante tiene que hacer exactamente lo que propone al elector en la plataforma electoral. En todo caso, es un contrato a término, a resultado, por el que como comunidad tenemos que estar mejor al final del mandato de gobierno, aunque el gobernante haya tomado decisiones diferentes de las prometidas ocasionalmente a cada uno.

Esto no significa que en la democracia representativa no haya controles sobre los representantes elegidos. Los controles son de dos tipos: por un lado, por parte de los ciudadanos, el ya mencionado del voto, a través del cual los gobernados aceptan o no la tarea realizada por quienes han estado en el poder. Los otros, denominados horizontales, son los desarrollados por el mismo equilibrio de poderes (justicia independiente, veto, juicio político) como así también la incorporación de mecanismos de control como los tribunales de cuentas, auditorías generales, etc.

¿En qué consiste la participación de los laicos?

La apuesta al desarrollo y al fortalecimiento de las instituciones es uno de los desafíos mayores que este tiempo nos impone como argentinos y como laicos comprometidos con este momento particular. La apuesta no es sencilla.

En un primer nivel, y en un sentido amplio, el sistema de la democracia representativa exige el voto como el modo primero y más básico de participación. Es la participación en tanto mirada y encargo. A través del voto elegimos a nuestros representantes y les encargamos la tarea de velar por los intereses de la nación y la construcción del bien común según su entender, durante un lapso. De acuerdo con los entendidos, este voto es principalmente un voto retrospectivo; es decir, no votamos tanto por las propuestas que hacen los candidatos cuanto por sus antecedentes en la gestión. Es decir, no a lo que nos dicen que quieren hacer sino a lo ya han hecho, y premiamos o castigamos a los que no han actuado como esperábamos o deseábamos.

En un segundo nivel y ya en un sentido estricto, otro modo de participación es aquel en el que decidimos actuar nosotros mismos como constructores del bien común. Esto es, como hacedores de las políticas públicas que lo realizan. Es la participación no como mirada y encargo, sino como manos en la masa, gestando el bien común.

Esta participación supone la competencia por cargos electivos. Por ello se realiza a través de la vida de los partidos políticos. No hay otros mecanismos en la carrera electoral que éstos. Optar por partidos tradicionales o nuevos no es una cuestión de principios, salvo en lo que se oponga decididamente a principios básicos de la fe, sino de juicios prudenciales.

La vida de los partidos políticos aparece agotada en estos días. Esto no es un problema sólo de nuestro país, sino un proceso que se verifica en todo el mundo. Hay países, como los Estados Unidos, que en realidad nunca tuvieron vida partidaria como nosotros la hemos conocido y verificado históricamente.

Finalmente, las instituciones de la democracia representativa permiten la participación a través de la conformación de una opinión pública independiente. Es la participación en la vida política no como mirada y encargo, tampoco como manos en la masa, sino como lo que un autor norteamericano ha llamado voz; esto es, decidimos emitir nuestra opinión sobre la gestión de los representantes, sobre aspectos del bien común que deseamos o queremos de un determinado modo. Uno de los modos de realizar esto en democracia es a través de movimientos sociales de opinión, de asambleas ciudadanas o de espacios de diálogo, locales o nacionales; en muchas ocasiones, son lo que supimos llamar asociaciones intermedias en la enseñanza social de la Iglesia, y hoy denominamos organizaciones no gubernamentales.

La participación en tanto voz requiere algunas aclaraciones. En primer lugar, la voz de la opinión pública no obliga a los representantes elegidos. En tanto elegidos por el voto popular, ellos juzgan la conveniencia o no de escuchar a la opinión pública mientras dura su gestión. En segundo lugar, y por lo mismo que acabamos de decir, la voz de la opinión pública no debe competir con las instituciones de la democracia representativa, sino que debe encontrar una vía final de interacción complementaria con los mecanismos de la democracia representativa.

Por este motivo, si decidimos que nuestra participación sea la de la voz, debemos distinguir lo que pretendemos cuando lo hacemos: buscamos hacer escuchar nuestra opinión, o buscamos llegar por caminos paralelos a lo que no podemos por la competencia electoral. La distinción es sutil, pero debemos hacerla: lo requiere la honestidad política.

Cuando decidimos meter las manos en la masa, decidimos competir y buscar espacios institucionales a través de los cuales influimos sobre el diseño y gestión de políticas públicas. Buscamos crear mejores condiciones de vida para la gente. Cuando elegimos la voz, elegimos trabajar sobre las preferencias de las personas y de la comunidad, esto es, buscamos convencer a los demás. El desafío, para los creyentes, es hacer apetecible nuestras convicciones, de alguna manera nuestra felicidad, a los demás. Si no somos capaces de hacerlo, mal podemos querer proponer un conjunto de creencias que ni a nosotros mismos nos hace felices.

Las instituciones de la democracia representativa nos plantean desafíos en tanto bautizados y miembros de una comunidad histórica. En efecto, para quienes profesamos un sistema particular de creencias, estas instituciones democráticas nos obligan de una manera particular a la hora de luchar por nuestra concepción del Bien Común. Y tanto es así que muchas veces la hemos experimentado como una amenaza a nuestros valores. Por ello, también nosotros hemos contribuido a debilitar las instituciones de nuestro país, apoyando en más de una ocasión a fuerzas antidemocráticas para defender nuestros principios y, no pocas veces, nuestros privilegios. El error, en el fondo, fue posiblemente olvidar que, en el sistema democrático, nuestras ideas, preferencias y expectativas, constituyen una alternativa más, y compiten con otras por su realización a través de los mecanismos de las instituciones políticas. Este es el desafío y la exigencia, no pequeños, del pluralismo. Por más seguros que estemos de nuestras verdades, para nosotros también es válido que el fin no justifica los medios.

En segundo lugar, este tipo de instituciones políticas modelan y dan un marco también a las visiones de largo plazo que a veces anhelamos tener como comunidad política. ¿Es que no podemos converger hacia un proyecto de país? ¿No sería bueno acordar un mañana hacia el cual dirigirnos? En la democracia representativa estos acuerdos son siempre parciales y tentativos. La ley federal de educación es un ejemplo de ellos. Surgió de una asamblea ciudadana donde un sector mayoritario triunfó sobre otro. Esta opinión de mayoría se transformó en una política pública a través del Congreso de la Nación. Es decir, con validez para todos y para el futuro. Pero como toda política pública, será evaluada, discutida y objetada en el tiempo. Quienes la objeten buscarán su modificación y quienes la apoyen buscarán su confirmación. Y las nuevas mayorías legislativas encauzarán estas opiniones. En democracia, el mañana se construye de manera progresiva, de acuerdo con las mayorías sucesivas y en períodos relativamente contingentes.

Los laicos no son el brazo terrenal de los obispos

¿Hay algo específicamente católico en la presencia o participación del laico en la política? En tanto motivación personal, considero que no. Nos motiva la misma búsqueda de santidad que caracteriza nuestra presencia en el mundo. Lo cual, por cierto, no es poco.

Esta búsqueda de santidad en la política no es algo externo a nosotros mismos. No hacemos política como quien elige ésta o aquella manzana del barrio para hacer alguna tarea de evangelización. Quien ha decidido actuar en política ha decidido que allí se realiza su condición de bautizado, su unión a la tarea salvífica de Cristo: es allí mismo donde ha elegido amar, servir, entregarse, ser santo. Y en medio de todas las condiciones que ello supone: el trigo y la cizaña, que está dentro de cada uno y dentro de la comunidad toda. Quien hace política ha decidido ser santo en y a través de esas condiciones de vida: la búsqueda del poder y la prosecución del bien común; la lucha a veces feroz por los recursos y el afán final de mejorar la condición de muchos; el reconocimiento ciudadano a los aciertos y la exposición pública a los errores y los malentendidos; la crítica justa y la injusta; la alegría por la política de Estado bien hecha que dignifica la vida de algunos, y la tristeza profunda por la política de Estado hecha a costa del clientelismo y la demagogia. “Todo es de ustedes…”.

 

Esta búsqueda de santidad no tiene que ver con la propagación de una verdad particular, sino con la experiencia y testimonio de Cristo muerto y resucitado. Sin duda, ésta es una verdad, pero no al modo de un dogma que blandimos como una espada sobre la cabeza de los demás, sino a la manera de un camino de vida que está dispuesto a despojarse de sí mismo hasta el abandono personal; que está dispuesto al servicio hasta la muerte, y muerte de cruz; que está dispuesto a la entrega porque ello es causa de encuentro y, por ese motivo, razón de esperanza. El laico que se inserta en política no lo hace en tanto miembro de una comunidad de dogmas que difunde una ideología y concreta un programa. La fe, en política, no es una ideología. Es un compromiso vital. Con los demás, y con Cristo a través de los demás. “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo…”.

Este compromiso vital, que se desarrolla desde una experiencia comunitaria de fe en la Iglesia de Cristo en la Argentina, tiene luces que iluminan el camino: ciertos valores, ciertas enseñanzas, ciertas orientaciones. La enseñanza social de la Iglesia es uno de ellos. Pero cuidado: los laicos en política no somos el brazo terrenal de los obispos. Los obispos tienen, entre otras, una misión profética: la de denunciar las injusticias. Al laico inserto en la política le corresponde, desde aquellas luces orientadoras, diagnosticar sobre tales injusticias, proponer alternativas, implementar soluciones. Estas soluciones no están escritas en ningún manual de enseñanza social de la Iglesia. No tienen que estarlo. Hay diversas soluciones posibles y diversas formas de implementarlas.

Más aún: la enseñanza social de la Iglesia, esencial y necesario punto de partida para la inserción en el mundo, es insuficiente para el diagnóstico, las propuestas y las implementaciones. Por un lado, hay mediaciones científicas ineludibles para todo esto: las ciencias sociales, por ejemplo, son una de ellas. Pero por otra parte, está el gran ejercicio de la acción política, que implica la organización, el trabajo en equipo, el debate y el consenso, el diseño de leyes, la implementación de programas específicos, con aquellos que piensan igual y los que piensan de otro modo, con aquellos que, pensando lo mismo, difieren en las estrategias de implementación.

Este es un ejercicio de pluralidad que requiere mucha práctica y aprendizaje por parte de los católicos. Cierto acostumbramiento a “las verdades que conocemos”, sumado a “nuestras certezas” sobre tales verdades, nos pueden llevar a una actitud pontifical alejada de las condiciones que requieren el diálogo y la búsqueda conjunta en la política.

Más aún, debemos cuidar que la búsqueda sincera del diálogo y el trabajo conjunto no opaque condiciones inherentes a la política ya mencionadas. Uno de los desafíos mayores en política es experimentar la actitud del diálogo y la búsqueda conjunta de soluciones reconociendo que somos parte de ciertos intereses, de ciertas posiciones, de ciertas concepciones de las cosas. Ni la seguridad de ciertos valores evangélicos, como el respeto a la opinión del otro y el trabajo mancomunado nos debe hacer olvidar que, en política, no dejamos de ser gremialista, concejal, legislador o ministro de un gobierno particular.

El tema de la conducta moral parece claro. Pero a poco de profundizar no lo es tanto. En primer lugar, propongo dejar de lado el discurso ético como bandera de presencia personal en la política. La conducta evangélica no puede ser manipulada como parte del marketing político. Esta conducta se vive o no se vive. Si la vivimos, puedo asegurar que seremos un punto de referencia y de testimonio.

Si no lo hacemos, no hay discurso que alcance para ocultar nuestra incapacidad para vivir la fe en el mundo de la política.

La política supone un mundo de opciones que está lejos de ser un mundo de blancos y negros, de corrupción y anticorrupción… un mundo de absolutos. Plantearlo y pretender vivirlo así es relativamente fácil. La mayor parte de la experiencia de la virtud en la política pasa por otro lado: pasa por una serie de decisiones permanentes, diarias, en la que deben bajarse principios al nivel de la decisión y de la acción política: decisiones que tienen que ver con la tensión entre equidad y eficiencia, entre el corto y el largo plazo, entre conceder hoy en una negociación para asegurar una mejor decisión para todos el día de mañana, entre alianzas y coaliciones permanente en el gabinete o en la asamblea legislativa. Estas cuestiones no tienen, por lo general, respuestas absolutas. Requieren de la virtud de la prudencia.

Al respecto, sólo puedo hablar a partir de mi experiencia. Es difícil tratar de vivir la prudencia política cuando la vida de uno no se ejercita en la prudencia personal, cuando no hay búsqueda de la vida en el espíritu. Dicho de otro modo: vivir la ética en la política es un ejercicio permanente que requiere, de manera casi necesaria, que uno esté en la búsqueda también de la santidad en la vida personal. Esto no asegura la decisión moralmente correcta, la cual en muchas ocasiones sencillamente no existe. Pero lo coloca a uno en un camino de búsqueda evangélica; al menos, en el afán diario de estar alerta, de no relajarse, de querer hacer siempre las cosas lo mejor posible…

Esta vida en el espíritu y este ejercicio de la prudencia tiene una dimensión comunitaria. Es importante la búsqueda de espacios de reflexión y diálogo, eventualmente en el mismo lugar de trabajo, con aquellos con quienes se comparte la fe, la misma cosmovisión de las cosas, la buena voluntad para compartir las dudas, para fortalecer el ánimo, para seguir alimentando esperanzas. Igualmente, puede ser importante el acompañamiento desde nuestras mismas comunidades eclesiales a nuestros hermanos que caminan en el mundo de la política. No tanto para darle tal o cual consejo. Sino para que, a partir de la confianza evangélica que nos da compartir el mismo pan y la palabra, podamos acompañar a aquellos que han tomado decisiones duras en el ámbito de la política.

Sin embargo, en estas mismas comunidades debemos tener cuidado también de que nuestras propias opciones políticas no sean el motivo para el rechazo o la desconfianza hacia aquellos que se sumergen en este mundo de la política. No pocas veces, y esto incluye también a nuestra jerarquía, se acompaña a los laicos hasta el momento en que hacen la opción partidaria. Una vez que la hicieron, pareciera que aquel acompañamiento era sólo válido para quienes piensan como uno. La madurez comunitaria implica confianza evangélica.

A los católicos no nos ha sido dado esperar los frutos de nuestra siembra. Y esto, sin duda, está demasiado lejos de ciertas condiciones del quehacer político, donde los resultados son parte no sólo de la competencia electoral, sino, lo que es más importante todavía, de la eficiencia a la hora de evaluar el trabajo bien realizado de las políticas públicas. En estos, como en tantos otros aspectos, hay tensiones entre la vida de la fe y la del mundo de la política. Su resolución final sólo puede darse cuando dejamos macerar nuestra vida personal por un espíritu de abandono que sólo se experimenta desde la oración y la vida en el espíritu. Pero esta experiencia no puede sino enviarnos de vuelta a ese mundo de luces y sombras, de paradojas y contrastes, como es el mundo de la política. Mundo que hoy nos convoca en nuestro país, una vez más y como siempre, porque “la Argentina es nuestra, nosotros somos de Cristo, y Cristo es de Dios”.

Categorías:DSI

LA FORMACIÓN EN ACCIÓN CATÓLICA

LA FORMACIÓN EN ACCIÓN CATÓLICA I

http://www.diocesisoa.es/secretariados-laicos/

“Para actuar con fidelidad a la

voluntad de Dios, hay que ser capaz

y hacerse cada vez más capaz”. (ChL, 58)

En Acción Católica entendemos la formación no como una simple adquisición de saberes, sino como el logro progresivo de un modo de ser, de pensar, de sentir, de actuar y de vivir –tanto personal como comunitario- profundamente cristiano.

El objetivo central es suscitar, promover y alimentar la comunión con Jesucristo, no solo poner a la persona en contacto sino en comunión con Jesucristo, mediante el encuentro personal con Él.

Esta formación se dirige a lo racional, pero también a lo vivencial. Pone la raíz en la experiencia de la fe cristiana que ha de ir configurando la reflexión y la acción para que de un modo gradual y progresivo lleguemos a:

  • Conocer en profundidad el contenido de la fe cristiana y su implicación.
  • Descubrir la vocación a través de los Sacramentos.
  • Vivir como cristianos maduros y comprometidos.

La clave de la metodología de la formación de AC está en la manera de entenderla. Se trata de una formación que parte de la vida y conduce de nuevo a la vida, después de haber sido iluminada por la mirada amorosa de Dios. Asume en sí misma la espiritualidad y la misión. Cada persona es protagonista de su propio proceso.

La formación no es algo que se tiene como quien posee un objeto por precioso que éste sea, sino el desarrollo de lo que la persona puede llegar a ser. No es una acumulación de conocimientos que ni se viven ni se practican. Es un proceso que conduce al despliegue de todas las posibilidades de la persona.

En AC la formación se caracteriza por la pedagogía activa, la pedagogía de la acción y esto implica:

  1. Un estilo de acercarse y situarse frente a la realidad y un estilo de educar en la fe que supone atender a la realidad y partir de la vida.
  2. Una conciencia de que la evangelización de las personas constituye un proceso en el que es básico el respeto al ritmo de cada persona.

La metodología se concreta fundamentalmente en la Revisión de vida y la Encuesta Sistemática y AC se apoya en las dos. Las características del proceso formativo son:

  1. Es permanente, dura toda la vida.
  2. Es un continuo proceso de conversión a Jesucristo, conseguido mediante un cambio interior, una transformación profunda.
  3. Es gradual, se revisa cómo se va viviendo y creciendo en cada una de las dimensiones de la identidad cristiana.
  4. Es creciente, la fe crece a la vez que la persona.

Es un proceso de formación para la acción, con un ciclo constante de acción-reflexión- acción- evaluación – celebración.

La formación de sus miembros ha sido siempre una característica de la AC. Hasta el punto que Pablo VI decía: “Otro principio constitutivo de la Acción Católica es la formación de sus miembros. No tema, pues, la Acción Católica exagerar en este punto, porque ésta es su ley, ésta es su fuerza”.

Juan Pablo II lo llama “compromiso”. “El modo de realizar el fin general de la Iglesia exige igualmente una formación para vivir la comunión, la comunidad eclesial y, en concreto, en el marco de pertenencia a la Iglesia particular. El viejo empeño formativo de la Acción Católica se inserta con fuerza en el compromiso de formar para lo asociativo y comunitario”.

De todo lo expuesto podemos concluir que en la Acción Católica la formación es un compromiso para alcanzar la unidad de vida y servir mejor al Evangelio.

El itinerario de formación cristiana para adultos

El Itinerario de Formación Cristiana es un proceso formativo en el que se avanza de un modo gradual –por etapas- de acuerdo con una concepción pedagógica activa y participativa. Para ello, el modo de abordar cada uno de los temas es siempre:

Personal, al requerir y fomentar el trabajo individual. El Itinerario se entiende como un medio para ayudar a la persona a construirse una personalidad humana y cristiana madura, rica y con espíritu de iniciativa. Exige libertad y responsabilidad.

Y grupal, ya que supone y cultiva el espíritu de comunidad. El grupo busca un mismo objetivo: el crecimiento en la identidad cristiana mediante la colaboración mutua, la apertura al otro y la fraternidad. La persona es la protagonista de su propio proceso formativo compartiendo sus vivencias en equipo.

Todo este camino formativo consiste, sustancialmente en ejercitarse en el diálogo y la confrontación continua entre la fe y la vida utilizando el método de VER-JUZGAR y ACTUAR. El Itinerario parte del sujeto que cree o quiere creer, y de su voluntad de confrontar su vida con la fe, para acabar desarrollando la unidad fe-vida en todas sus dimensiones.

El método se convierte en un estilo de vida en la persona, y nos lleva a pasar por el mundo con los ojos y el corazón abiertos, iluminados por la fe, y genera personas conscientemente cristianas en los diversos ámbitos de su vida. El VER no es tanto un análisis sociológico sino que es ver la vida y la realidad que nos rodea con los ojos de Dios, mirar la realidad como Él lo hace. Pero también al revés, descubrir la presencia de Dios que se revela e ilumina la vida y los acontecimientos. Que nos ofrece un sentido salvífico y una oportunidad para responderle con fe.

El JUZGAR trata de discernir, desde la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia, la presencia y llamada de Dios a asumir su designio de salvación. Es el momento más profundo de encuentro personal con la Palabra y persona de Jesucristo. Momento de conversión y disponibilidad. Es dejarse iluminar por la luz de la Palabra de Dios que nos llama al cambio y la conversión personal.

El ACTUAR traduce en hechos todo lo anterior: pasar a la acción. Provocar un compromiso que es más que una actividad, es un talante, una manera de ser y hacer, una fidelidad que, traducida en hechos, nos transforma y transforma la realidad personal, ambiental y estructural. Es “acción de gracias” que implica una respuesta generosa a Dios.

Aquellas personas que deseen más información sobre el Itinerario de Formación Cristiana para Adultos propuesto por la Conferencia Episcopal Española pueden escribir al correo electrónico laicos@diocesisoa.org o entrar en la web diocesana www. diocesisoa.org en el apartado de la Delegación

Josefina Mira Satorre

Directora del Secretariado Diocesano de Acción Católica

Categorías:Accion Catolica

Evangelizar hoy: desafíos y posibilidades

Evangelizar hoy: desafíos y posibilidades


Dr. Francesc Torralba Roselló
Universitat Ramon Llull – Barcelona

Empiezo con una mirada histórica, en estos tres últimos años ha habido transformaciones significativas en el mundo y particularmente en la Iglesia. Cuando vine aquí por última vez, en 2010, estábamos en la plenitud del pontificado de Benedicto XVI que nos regaló tres grandes encíclicas Deus Caritas est, Spe Salvi y Caritas in Veritate. Encíclicas de un profesor de teología dogmática, un intelectual que abría una serie de conceptos que todavía tenemos que digerir, pensar, meditar muy a fondo. Sorprendió a todos con su renuncia histórica hace poco menos de un año. Empezó un cónclave e irrumpió contra todo pronóstico la emergencia de un Papa de la periferia del mundo cuyo nombre no estaba en ninguna quiniela de ningún periódico, Jorge Mario Bergoglio, que eligió el nombre de Francisco por primera vez en la historia del pontificado desde Pedro hasta la actualidad, y además, por primera vez un miembro de la Compañía de Jesús.

Este año ha sido verdaderamente un huracán, no hay forma de calificarlo de otro modo. El impacto mediático, el eco, la resonancia que han tenido sus palabras, sus gestos, dentro del marco eclesial y fuera de él ha sido inimaginable en cualquier pronóstico. El hecho es que personas agnósticas, ateas, colegas míos en la universidad, en la radio en la Televisión, que jamás habían leído una frase de un Papa, ni siquiera se habían acercado nunca a un texto a una audiencia, una exhortación, una homilía y ahora le alaban, le leen, le citan y están atentos a su mensaje. Es un Papa que se ha convertido en un líder espiritual de carácter global, más allá de las afinidades que puede haber respecto a su mensaje. Lo digo porque el contexto desde que celebramos el Congreso Diocesano de Laicos en la Universidad aquí en Alicante hasta el presente es una enorme transformación la que ha tenido lugar y no podemos si quiera hacer prospectiva de lo que puede pasar en los próximos tres años.

Hay un Sínodo convocado, hay un Papa con gestos de proximidad, con un lenguaje de pastor, que llega, que construye unas imágenes que todo el mundo entiende. Un Papa que es popular pero que no es populista. La diferencia clave es que desea llegar a todos, pero no articula un discurso para gustar a todos, sino que a veces su discurso es inquietante, da que pensar, nos exige reflexionar cómo vivimos la fe. Cuando pronunció la homilía de Lampedusa, una isla repleta de inmigrantes ilegales exhortando a no sucumbir a la globalización de la indiferencia, su eco tuvo una resonancia en todo el planeta. No podemos vivir cómodamente instalados en nuestro narcisismo mientras mueren personas cruzando el Mediterráneo. Un Papa popular pero no populista, un Papa de los gestos pero no puramente gestual.

En la Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii Gaudium, el Papa nos exhorta en primer lugar a tomar conciencia del don de la fe: para irradiar eso que

creemos en el mundo, primero hay que tomar conciencia de qué es eso en que creemos, porqué lo creemos y por qué nos sentimos llamados a irradiarlo. Sólo es posible irradiar la fe si uno toma conciencia del don recibido. La fe es un don, no es una conquista, ni un mérito, no es algo que uno consiga a base de sangre sudor y lágrimas, es algo que uno recibe. Otra cosa es explorar porqué unos lo reciben y otros no, porqué en una familia hay quien participa de ese don y se entrega en plenitud y otros no reciben ese don. Ese es el misterio.

Hay una pluralidad de llamadas, Dios llama pero de modos distintos. La Iglesia no es uniforme. El Papa Francisco tiene una frase que ha sido muy comentada “La uniformidad mata a la Iglesia”, como la uniformidad mata a un pueblo. Se imaginan un pueblo donde todos sean carniceros, donde todos sean niños. La riqueza de un pueblo es su pluralidad. Hay niños que juegan en una plaza y hay ancianos sentados en los bancos de la plaza que pueden explicar a los niños eso que han aprendido a lo largo de su vida. Y la riqueza de un pueblo es el artista, el loco, el borracho, pero también el sabio y también el médico, el cura y el que consuela. La uniformidad mata a la comunidad. Eso significa que hay pluralidad de llamadas. Dios no espera lo mismo de cada uno de nosotros. Espera algo distinto. Algo que sólo puedes hacer tú y nadie más que tú. Por lo tanto la llamada se articula de un modo plural. Hay personas que experimentan una llamada de tipo contemplativo, experimentan que tienen que orar Ora et labora. Hay quienes experimentan una llamada que significa meterse en el meollo de lo social o de lo político para transformarlos, para ennoblecerlos, para cuidarlos, para curarlos y para extraer todo lo positivo que hay en ellos. Hay quien experimenta la llamada de educar, de cuidar, de curar o de consolar. Por lo tanto, el don que es la fe, se manifiesta de muchas maneras, y lo que exige es pensar de qué manera articulo yo el don recibido.

Todos estamos llamados a tomar conciencia del don de la fe y a respetar la pluralidad de dones. Hay un coro de dones distintos que tienen que constituir una armonía y no una cacofonía. A veces existe una tensión intraeclesial por el agravio comparativo. Eso nos hace daño. El Papa critica la maledicencia, el chismorreo, el hablar mal del otro, el cainismo intraeclesial. Pluralidad de dones, de movimientos, de formas, de experiencias de sensibilidades eclesiales. ¡Qué bien! ¡Cuantas más, mejor!

El Papa también nos exhorta a salir del receptáculo de la privacidad. Esta es una tentación a la que es muy fácil sucumbir. Hablo ahora como profesor, pero cada cual podría poner su ejemplo en el ámbito sindical, en lo político en el instituto donde uno se puede encontrar con una hostilidad laicista, donde exponer lo que uno cree puede ser objeto de mofa, risa, sarcasmo o incluso persecución. A lo que nos exhorta el Papa es a salir del ámbito de la privacidad, a exteriorizar eso que creemos en el adentro. Eso no es fácil. Yo lo observo particularmente en el ámbito universitario. Cada semana tengo más de trescientos alumnos. Les planteo preguntas para inquietarlos: ¿alguien de aquí ora alguna vez en su vida? Y se produce un silencio absoluto. Segunda pregunta: ¿alguien de aquí se sabe alguna oración? Una minoría del aula levanta la mano y responde: “el Padre Nuestro, el Ave María”. ¿Quién os lo enseñó? pregunto. Dicen: “la abuela”. Los padres ya no transmiten estas oraciones. Cuando la abuela muera ¿quién lo va a hacer? Terminada la clase me viene una estudiante y me dice: “Dr. Torralba yo oro cada día” Le pregunto: ¿y por qué no lo has dicho en el aula? me
dice: ¿cómo voy a decir eso? Le digo: ¿acaso es una transgresión de la ley? ¿Acaso estás vulnerando algún elemento del código civil? ¿Por qué tienes que avergonzarte de orar?

Pero ¿qué tipo de mundo es este en el que, en un ámbito donde la libertad de expresión es fundamental, no puedes decir que oras? Entiendo perfectamente su situación: en un contexto de minoría, si no hay audacia se produce la invisibilidad, no existe esta práctica de la oración. Para muchos universitarios ir a misa es un tabú, impartir catequesis es un tabú, llegar a cierta edad sin experiencias sexuales es un tabú. Significa que jamás lo dirán por miedo a las represalias o por la etiquetación social que puede derivarse de afirmar eso.

El altar en casa, la oración en casa, pero cuando atravieso la puerta de casa me coloco la máscara de agnóstico, de indiferente y renuncio a expresar mis creencias. Esto tiene como consecuencia la invisibilidad social, no existe, no está, no son, fueron pero ya no son. Exteriorizar lo que creemos significa irradiarlo fuera, significa salir del cenáculo, de la privacidad donde uno está cómodamente instalado.

Hay una segunda idea en el Papa Francisco que ya estaba presente en su magisterio en Buenos Aires. Tuve la suerte de conocerle personalmente cuando viajé allí a impartir unas conferencias hace unos diez años. Si uno analiza el magisterio de Jorge Mario Bergoglio cuando estaba en Buenos aires como Arzobispo y Cardenal, observa que hay una continuidad, que no hay una operación de marketing ahora que está en la Santa Sede. Ya lavaba los pies a los presidiarios en Buenos Aires como los lava el Jueves Santo en una cárcel de Roma. Ya se acercaba a los enfermos, a los indigentes y a los pobres siendo Arzobispo y Cardenal en Buenos Aires y ahora lo hace en Roma. Ya se liberaba de determinada indumentaria y de determinado artificio para ser más cercano y ahora lo hace en condición de Papa. Hay una continuidad, no hay ruptura.

Me he entretenido en analizar los textos de su anterioridad y de la posterioridad. Esta idea está ya en su magisterio anterior: “estamos llamados a ir a las periferias de la existencia” expresión que ha tenido mucho eco. Periferias de la existencia, periferias del mundo, de hecho el Papa viene de la periferia. Él mismo lo dijo: “Habéis elegido a un cardenal que viene de muy lejos de Roma”. Eso puede innovar, cambiar, introducir aire fresco y nuevo. Dar a conocer la universalidad de la Iglesia en el centro de la Iglesia universal, romper el vaticanocentrismo, y de hecho lo está generando.

Ir a las periferias ¿eso qué significa? Por un lado ir allí donde no eres bien recibido. La verdad es que venir aquí y hablar de la fe es extremadamente cómodo porque participamos de la misma fe, nos sentimos miembros del mismo pueblo, aunque con sensibilidades distintas, acentos distintos, niveles de intensidad y de entrega distintos. Hay personas de vida consagrada, sacerdotes, laicos. Otra cosa es ir a una periferia donde, de entrada, eres objeto de interrogación ¿qué hace este aquí y por qué ha venido? ¿De qué me va a hablar? Además tienes que ser convincente y persuasivo, y además no eras esperado, no hay recepción, no hay hospitalidad. Hay que ir a las periferias, entornos sociales duros, donde nadie quiere estar: en el corredor de la muerte, en los sótanos de las ciudades donde hay lo que el Papa llama
los sobrantes urbanos, esos que están allí tirados encima de un cartón, en las cárceles, en las unidades de mujeres maltratadas, en los ámbitos donde hay personas que sufren la drogadicción, el alcoholismo, los que nadie quiere atender, los más vulnerables… Eso es ir a las periferias de la existencia.

Hay periferias culturales, periferias sociales, periferias teológicas. Significa dejar el centro, el lugar donde uno está cómodamente instalado. Ir a las periferias es una exigencia que se deriva del Evangelio y del sentido misionero que hay en el ADN de la Iglesia. Llegar a las antípodas para anunciar eso que creemos, porque eso que creemos, creemos que es bueno. Fijémonos en esta lógica: cuando uno es receptor de una buena noticia -ha ganado un premio, ha ganado unas oposiciones, le ha tocado la lotería- lo primero que hace es comunicarlo. Hay una expansión comunicativa, espontáneamente tienes el deseo de comunicar la buena noticia. Si la fe fuera una mala noticia, sería más difícil comunicarla. Por tanto, la irradiación de la fe supone que participamos de la idea de que eso que comunicamos es bello, ennoblece al ser humano, colma de esperanzas su corazón.

Cuando una sale a las periferias de la existencia e irradia “eso que cree” en el mundo se encuentra con colectivos muy distintos. El mundo no es uniforme, eso nos exige identificar colectivos, subconjuntos. No es posible anunciar bien si uno no comprende el lenguaje, los usos y costumbres de cada uno de esos grupúsculos. Cada grupo requiere una estrategia.

Una cosa es irradiar el evangelio a jóvenes, que viven en la red, que están en el facebook, que tuitean, que utilizan frases simples, que tienen ídolos musicales, ídolos artísticos, que desconocen radicalmente la vida de la Iglesia, que son analfabetos simbólicos, religiosos, rituales. ¿Cómo llegar ahí? Hace un año y medio, cuando tuvo lugar la primera plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, del cual soy miembro, el motivo del encuentro fue las culturas juveniles emergentes. Tenemos que llegar a esos jóvenes ¿Dónde están? ¿Qué valores tienen? ¿Qué leen? ¿Qué músicas escuchan? ¿Qué ídolos tienen? ¿Qué se tatúan? ¿Por qué se tatúan lo que se tatúan?
¿Cuándo empiezan a tener relaciones sexuales completas y porqué? ¿Qué rituales repiten cada viernes por la noche? ¿Por qué son tecno-dependientes? Si no conoces bien al destinatario ¿cómo vas a llegar a él? Tienes que entrar en su burbuja sin que explote, porque si explota ya no hay transmisión. Eso requiere un trabajo muy delicado porque él vive en un hábitat que ya no es el hábitat del adulto ni del anciano, ni de su padre ni de su abuela. Pero si no entramos en ese hábitat y comunicamos algo que él desconoce, perdemos un subconjunto de la pluriformidad del mundo.

Uno puede distinguir colectivos por edad, por zona, por territorio, por nivel cultural, pero también por sensibilidad de carácter espiritual o religioso. Hay un colectivo que se instala en la indiferencia, le da igual lo que vayas a decir. Este Papa ha roto la indiferencia de muchos. La mayoría de mis alumnos jamás habían leído una encíclica de Juan Pablo II ni de Benedicto XVI, en cambio no les resulta incómodo leer una homilía como la de Lampedusa o un fragmento de Evangelii Gaudium. Entonces dicen: “esto es revolucionario” “esto es verdad, esta economía mata” El mensaje de Evangelii Gaudium no rompe con la Doctrina Social de la Iglesia, sino que es un acento, un estilo. Es diferente el estilo de un profesor de Tubinga, matizado, intelectual, pensado, extremadamente equilibrado, del de un pastor que viene de la
periferia del mundo y que conoce el underground de Buenos Aires, y cómo se maltrata a los ancianos, a los jóvenes, y cómo se prostituyen niñas en las periferias de la existencia. Cuando el Papa Francisco dice que esta economía mata, no dice nada nuevo, ese mensaje ya está en Centesimus annus. El neoliberalismo globalizado es una estructura de pecado que destruye a las personas, a las familias, al medio ambiente, destruye el domingo, la contemplación, destruye la vida equilibrada, acelera los ritmos, nos explota como seres humanos. Esta economía mata. Ante este grupo de indiferentes, lo primero es romper la indiferencia. Si no se rompe la indiferencia, el otro no escucha, es como hablar a una piedra o exhortar a una planta. El indiferente tiene que ensanchar el oído, pero para eso hay que romper la indiferencia. Hoy lo que nos rodea no es un mar de ateos, es un mar de indiferentes. Lo que ha ocurrido durante este año es que la indiferencia ha bajado. Articulistas que nunca habían escrito sobre el Papa, responden. Escritores, ensayistas, artistas, músicos, políticos, intelectuales, hombres y mujeres del pueblo llano se interesan por el mensaje del Papa
¡buena señal!

Hay personas que buscan, dice en Papa en su Exhortación, a veces por vericuetos muy extraños, pero buscan. Buscan plenitud, buscan ser amados, fidelidad, comprender la realidad, buscan una respuesta a sus preguntas existenciales. Es otro colectivo, ¿Cómo ofrecer respuesta a esos que buscan? Una respuesta que no sea estereotipada, fácil, ingenua, pueril, que una mente inteligente la pueda asumir. Respuestas complejas a preguntas complejas. Hay muchos que buscan, y buscan en los márgenes de la institución, a veces en el ámbito sectario, en proyectos de autoayuda, en religiosidades pseudo orientales.

El colectivo de los alejados, es un colectivo que me inquieta mucho. Hay un ejército de alejados. Personas que estuvieron en la Iglesia, fueron bautizadas, algunos celebraron la comunión, se implicaron activamente en la vida eclesial, pero paulatinamente se fueron, sin acritud, sin resentimiento, sin rencor, pero se marcharon y nunca más han regresado. Tendríamos que preguntarnos ¿dónde han ido? ¿Por qué se fueron? ¿Qué no encontraron? ¿Cómo podemos desarrollar una actividad pastoral para acercar a quienes se han alejado? Quizás se alejaron por el escándalo de la Iglesia, por una comunidad excesivamente cerrada, incapaz de ser permeable a los signos de los tiempos, incapaz de dar consuelo. El Papa dice que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino un lugar donde uno experimenta el perdón incondicional de Dios. Cuando uno en una comunidad está bien, se siente acogido, no se va. Es lo que nos ocurre con la familia. La familia, a pesar de todo, es el valor más cotizado por los jóvenes. Lo muestran las estadísticas importantes de nuestro país. Sigue siendo el valor número uno para los jóvenes, por la incondicionalidad, porque siempre está ahí, porque a pesar de todo, puedo contar con ellos, porque cuando estoy enfermo, me ayudan, porque sin ellos no hay forma de vivir, porque me aman, me aprecian, me cuidan, máxime en tiempos de crisis. Sin la familia sería la intemperie social y económica de este país. Padres que acogen a hijos que se han quedado sin empleo, personas que viven de una misma pensión, eso es acogida incondicional.

Cuando una comunidad es familia, nadie se va, porque tienes un tesoro. Por lo tanto ¿Por qué se han ido? ¿Dónde han ido? ¿Qué hacemos con los que se han ido?
¿Cómo les vamos a buscar? ¿Cómo les mostramos que nosotros también somos conscientes del escándalo, de la contradicción y de la corrupción que hay en la red de Pedro? Como decía Benedicto XVI cuando conmemoraba los 50 años del Concilio, hay muchos peces podridos en la red de Pedro. Lo sabemos, en el Pueblo de Dios hay de todo. Vamos a intentar extraer todo eso que representa el mal. Pero eso no significa que no haya también calidez, incondicionalidad, consuelo. La Iglesia es mater et magistra, primero mater luego magistra. Primero es madre, que acoge y cuida, luego maestra que enseña. Si no hay maternidad, no hay magisterio. Si sólo hay magisterio sin maternidad, entonces lo que se produce es el alejamiento.

Está emergiendo con fuerza un colectivo de ateísmo militante en nuestro país, bajo la forma de un laicismo hostil, a veces con grandes altavoces mediáticos. No es mayoritario, es grupuscular, pero existe. No podemos ser insensibles a ese ateísmo militante, hostil, que a veces es muy hostil contra la Iglesia y los representantes de la misma ¿Dónde nace esta hostilidad? ¿Qué génesis tiene este resentimiento? ¿Qué imagen de Dios hay en alguien que se ubica en un laicismo hostil? ¿Porqué yo no he tenido la necesidad de matar a Dios y en cambio muchos de nuestros conciudadanos tiene la necesidad de matar a Dios? ¿Qué imagen mental de Dios hay en sus cabezas? Si Dios es como dijo el Papa en su primer Ángelus amor incondicional que no se cansa nunca de perdonar ni de amar, porque debería matarle. Ahora si Dios es el ojo que fiscaliza cada uno de mis movimientos, que me está acusando con el dedo constantemente, incluso cuando transgredo en la intimidad, puede ser que tenga deseos de matarle. Por lo tanto el ateísmo militante es la consecuencia de una imagen de Dios que no tiene nada que ver con la imagen del Evangelio: la naturaleza de Dios es amar, Dios es amor (I Jn. 4, 8). No podemos ser insensibles al grupúsculo de ateos militantes, ni mucho menos actuar reactivamente.

Hay otro colectivo, el colectivo que tiene la necesidad de sanar el alma. El alma herida, por rupturas matrimoniales, por los hijos, por fracasos, por heridas que deja la vida. ¿Cómo puede la Iglesia ser capaz de hospedar, acoger, cuidar a este tipo de personas, que sufren situaciones que nos pueden pasar a cualquiera de nosotros, que tienen una memoria herida, que han empezado proyectos que se han roto en contra su voluntad? Son personas que experimentan la fragilidad, la soledad. Puede ser un motivo de esperanza el nuevo sínodo sobre la familia. ¿Qué hacemos con esas personas de fe que han experimentado la ruptura en su vida conyugal y quieren seguir siendo miembros de la Iglesia y vivir en plenitud la Iglesia? Hay voluntad de reformas que se están expresando en gestos concretos y en textos concretos, signos de reforma cuyo alcance es difícil de evaluar hoy.

Practicar la cultura del encuentro. Es una idea que está en la mente del Papa Francisco. Convertir al otro, al que es extraño, en próximo. Entender que el otro, por distinto que sea, está llamado a ser alguien que es próximo. Este Papa es próximo, es cercano, se acerca a la gente, sus gestos son de proximidad. Para un cristiano, decía Edith Stein, no hay extranjeros, no puede haber extranjeros. Esto significa que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Nos puede separar la lengua, la raza, la altura, el talento, la inteligencia, el color de piel. Todo esto es accidental en relación con lo que nos une: el hecho de existir, el hecho de ser persona, de ser hijo de Dios y
estar llamado a la vida eterna, el hecho de ser un ser llamado a amar y ser amado. Si no observamos lo que nos une, es imposible practicar la cultura del encuentro.

Decía Lao Tse que el necio solo ve lo que distingue y el sabio es capaz de ver lo que une. Muchas veces caemos en esquemas binarios, creyente/no creyente, inmigrante/nacional, joven/anciano, con papeles/sin papeles. Olvídate de los esquemas binarios. Lo que nos une es mucho más, y si uno no asume esta idea es imposible una cultura del encuentro.

Lo que observamos en el Evangelio son expresiones de esta cultura del encuentro. Lo que atrae a propios y extraños de Jesús, es que se acerca a todos, no hace distinción de personas, un niño, un publicano, la mujer adúltera, un sabio, un samaritano, un leproso, un endemoniado, da igual. Esta es la grandeza del cristianismo, que no es una opción elitista, de selección, de exclusividad, de zona VIP.

Este Papa critica mucho la cultura de la exclusión, que es una cultura que está muy arraigada, “aquí sólo los que pueden”, “aquí sólo los que pagan”, “aquí los que tienen papeles” “aquí sólo los que son blancos”… El Papa lo que subraya es la necesidad de una cultura de la inclusión, todos y todas tienen cabida, tienen derechos, por lo tanto aquí hay todo un mundo de posibilidades para desarrollar, porque todo el mundo desea ser incluido. ¿Por qué el cristianismo arraigó con tanta fuerza en el Imperio Romano, en un lugar donde había tantas religiones? Pues, entre otras razones, porque fue un tipo de religión muy incluyente. Al esclavo, al inmigrante, a la mujer, al niño, figuras que no tenían ningún derecho, que no eran nada en ese contexto, se les dice “tú vales, tú tienes dignidad”… ¡yo me apunto!

Me gustaría subrayar algún elemento más de la cultura del encuentro: el encuentro solo tiene posibilidad si uno sale de sí mismo y si escucha al otro. Este Papa subraya que el culmen de la cultura del encuentro es el diálogo. La Evangelii Gaudium habla largamente del diálogo recogiendo ideas que estaban en Ecclesiam Suam y en Gaudium et Spes, el diálogo como mecanismo fundamental para entenderse, como herramienta básica que tenemos los seres humanos para resolver conflictos, mediar, encontrar soluciones, resolver problemas sociales, políticos, económicos.

Diálogo en múltiples niveles: primero diálogo intraeclesial, entre nosotros, con las otras confesiones cristianas. Este Papa considera que sigue siendo un escándalo la división de los cristianos, hay que trabajar por el ecumenismo y seguir potenciando el diálogo con otras tradiciones religiosas, judíos, musulmanes y las tradiciones religiosas del Extremo Oriente.

El diálogo con los que no creen, los agnósticos, los ateos, eso que ya propuso Benedicto XVI a través del Consejo Pontificio para la Cultura: el Atrio de los Gentiles. Vamos a construir escenarios donde sea posible dialogar con serenidad, sin acritud, sin emotivismo, sin descalificación, sin odio ni resentimiento. Trabajar por el dialogo en el ámbito político, social y económico lugares donde la deliberación, la escucha, la palabra inteligente, la argumentación deberían estar presentes. Este Papa es un gran defensor del diálogo, tiene una gran afinidad con pablo VI y con Juan XXIII.

Hay una serie de obstáculos, no los subrayaré todos, pero quiero subrayar algunos, sobre todo porque es fácil que quien plantee una cultura el encuentro, del
diálogo sea calificado de ingenuo, y le digan esto es imposible. La opción cristiana no es una opción para ingenuos, no es una opción para personas que no piensan. Sabemos que es difícil el diálogo, sabemos que somos receptores de muy malas noticias cada día antes de acostarnos. Por lo tanto ni la esperanza es un grito desesperado ni el diálogo es una práctica que consideramos que sólo pueden ejercer niños. Conocemos los obstáculos, pero conocemos también los modos y las maneras de superarlos, pero hay que identificarlos.

Hay obstáculos en el diálogo interreligioso. Yo soy presidente del Consejo asesor de la diversidad religiosa en Cataluña, en este entorno hay personas de tradiciones religiosas distintas. ¿Cómo podemos dialogar para evitar conflictos, tensiones, fundamentalismos, persecución religiosa? ¿Tiene o no tiene poder la palabra para evitar esto? Yo creo que sí, pero hay que crear las condiciones que nos ayuden a superar los obstáculos, que son muchos: prejuicios, pre comprensiones que tenemos del otro antes de conocerle, antes de escucharle, antes de atender a su voz. Hay prejuicios de todo tipo, religiosos, culturales, políticos, sexistas.

Está también el resentimiento, un modo de intoxicación emocional que dificulta el diálogo: “lo que sufrí”, “lo que me hicieron”.

Otro obstáculo es la arrogancia. Mis amigos agnósticos y ateos lo subrayan: “A veces en el diálogo sois arrogantes, entráis en el diálogo como si tuvierais en propiedad la verdad”. Esta es una mala actitud. El diálogo no puede fundamentarse en la arrogancia. Nosotros expresamos una experiencia, participamos de una idea, creemos que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, pero no poseemos esa verdad, sino que estamos llamados a irradiarla para que otros participen de ella. La arrogancia mata el diálogo.

La endogamia tribal: si solo dialogamos entre los que participamos de lo mismo. ¿Qué diálogo es este? si el otro y yo somos hermanos en la fe, lo necesitamos para crecer, ahondar, celebrarla. Pero el diálogo es un camino de éxodo, una especie de movimiento nómada, salir para hospedar la palabra del otro por inquietante que sea y además responder a su pregunta. Si solo hay diálogo endogámico y tribal, no hay posibilidad de irradiar la fe.

El dogmatismo, que se da cuando no hay argumentación, cuando hay imposición, coacción, proselitismo. El Papa dice textualmente del proselitismo que es “una estupidez”. Se ha practicado, pero el proselitismo mata la cultura del encuentro, es convertir al otro en objeto de la predicación. El otro es sujeto, nunca objeto, es alguien que imagina, que piensa, que cree, que discute, nunca es un objeto a conquistar. Es alguien a quien debemos irradiar eso que creemos pero debemos escuchar sus razones ¿porqué está donde está? ¿Por qué cree en lo que cree? ¿Por qué ha dejado de creer en lo que creía?

El diálogo sólo es en posible en la cultura del encuentro. También se abren posibilidades a la nueva evangelización si se identifican lo que a mí me gusta denominar campos de intersección. Muy frecuentemente caemos en esquemas binarios, entre tú y yo no hay nada en común. Esto es un error, hay elementos en común y hay elementos que nos separan.

Busquemos los elementos que forman parte del campo de intersección. Hay muchos entre creyentes y no creyentes, pero a veces sólo subrayamos lo que nos separa y entonces el otro es un extraño lejano, alguien que no tiene nada que ver conmigo. Esto es un error, porque siendo un extraño está en la misma mesa de navidad, es un cuñado, es un hermano, es un colega del claustro, es un alumno, es alguien que está en tu entorno, por lo tanto es fundamental ver este campo de intersección

¿Qué hay en este campo de intersección? Pues hay angustias y esperanzas ¿Se angustian los que no creen? Pues claro que se angustian ¿y no nos angustiamos los que creemos? ¿Esperan quienes no creen? No esperamos lo mismo, pero también esperamos. Algunos esperamos una vida plena y en abundancia, pero también esperamos que nuestro trabajo no sea baladí, que nuestros hijos crezcan de un modo noble y tengan posibilidad de ubicarse en un mundo tan hostil como el presente. Todos esperamos, estamos dedicando esfuerzo, dinero, tarea. Esperamos que todo esto sirva para algo. Compartimos angustias y esperanzas. Compartimos elementos humanistas: el deseo de querer dignidad en el mundo, el deseo de justicia, el deseo de equidad, el deseo de paz, el deseo de extirpar del mundo lacras como la del hambre, la persecución, la trata de blancas, la esclavitud, la deslocalización. Hay un mundo de elementos humanísticos que perseguimos con ahínco todos, lo que a mí me gusta denominar el humanismo ecuménico.

Todos necesitamos una ética pública, no hay vida pública sin ética. ¿Cómo contribuimos los cristianos a construir esa ética pública, esos mínimos exigibles en una ciudad, en un instituto, en una universidad, en un cuerpo de policía? ¿Cómo somos constructores de esa ética pública desde la propia opción cristiana? ¿No hay una riqueza ética en el Evangelio?

Es necesaria una ética global. No hay futuro sin ética global. ¿Cómo organizamos un mundo donde todos tengamos derechos y no sólo una parte? Donde no haya lugares donde sea legítimo explotar indiscriminadamente a niños y a niñas para producir a cualquier precio. Mientras haya lugares en el mundo donde sea posible eso, no se frenarán las empresas que viajen a estos lugares para producir con menos costes y maximizar los resultados. Sin ética global, no hay futuro. ¿Cómo contribuimos los cristianos a la construcción de una ética global? ¿Qué tiene que aportar la Doctrina Social de la Iglesia? Yo creo que mucho.

Hay otro campo de coincidencia: la búsqueda de sentido y el deseo de ser feliz. La mayoría de los creyentes y no creyentes queremos trascender la banalidad
¡Estamos asqueados de la banalidad! Del eslogan banal, de la estupidez audiovisual, de la estupidez radiofónica, de la repetición de eslóganes que son una insensatez.
¡Estamos cansados de la banalidad y de la frivolidad! Pero no solo los que creemos, también los que no creen. Cuando te presentan la felicidad relacionada con un objeto de consumo, cuando te confunden felicidad con placer, cuando te convierten el amor en un concepto tan vacuo que no dice nada. Todos queremos salir de la banalidad. En la banalidad no hay futuro.

La primera frase de la Ética a Nicómaco de Aristóteles dice “Todo ser humano, por naturaleza desea ser feliz”. ¿Es legítimo el programa de felicidad que emana del
Evangelio? Yo creo que sí. ¿Es razonable, es verosímil, incluye a todos o es un programa de felicidad excluyente? Yo creo que la grandeza es que es un programa de felicidad incluyente. Qué triste sería decir “sólo será feliz el que tenga mucho” o “sólo será feliz el que sabe” eso serían minorías sociales muy pequeñas. O “sólo será feliz el que sea joven” eso significa un periodo muy corto, pero como nos lo creemos vamos tratando de disimular la ancianidad. En cambio, un programa de felicidad como la del Evangelio que diga “la felicidad radica en amar y ser amado” eso está abierto a todos, porque todo ser humano es capaz de amar y de experimentar el amor de otro. Sí, se trata de un programa abierto a los que saben, y los que no saben, a los que tienen y los que no, a los blancos y los negros, a los del sur y los del norte, a los ancianos y los jóvenes. Un programa de esta naturaleza es verosímil y por eso, porque es verosímil tenemos que irradiarlo en la plaza pública sin miedo.

Muchas gracias.

Categorías:Evangelizacion
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