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LA CARIDAD POLÍTICA: MISIÓN DE LOS LAICOS

LA CARIDAD POLÍTICA: MISIÓN DE LOS LAICOS

 

Somos Iglesia para la misión…. y nuestra vocación es la caridad política

 LA CARIDAD POLITICA:

Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualizan en la prosecución del bien común de la sociedad. 

El amor que se expresa en la preocupación por los asuntos comunes. 

Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común. Ésta es la vía institucional —también política— de la caridad…. Ésta caridad en las instituciones, no es menos cualificada e incisiva que la caridad asistencial eclesial. (CIV 7)

En muchos aspectos, el prójimo que tenemos que amar se presenta “en sociedad”, de modo que amarlo realmente, socorrer su necesidad o su indigencia, puede significar algo distinto del bien que se le puede desear en el plano puramente individual: amarlo en el plano social significa, según las situaciones, servirse de las mediaciones sociales para mejorar su vida, o bien eliminar los factores sociales que causan su indigencia. La obra de misericordia con la que se responde aquí y ahora a una necesidad real y urgente del prójimo es, indudablemente, un acto de caridad; pero es un acto de caridad igualmente indispensable el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria” (CDSI 208).

La política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad. ¿Por qué? Porque lleva al bien común (Papa Francisco). Y una persona que, pudiendo hacerlo, no se involucra en política por el bien común, es egoísmo; o que use la política para el bien propio, es corrupción.

Esta expresión, caridad política, aparece ya utilizada (y muy probablemente por primera vez en el ámbito del magisterio de la Iglesia) por Pio XI, en su discurso de 18 de diciembre de 1927, a la Federación Universitaria Católica Italiana –FUCI-. Si Mussolini había acusado a la FUCI de ir más allá del apostolado e incurrir en la actividad política, Pío XI proclamará que la política, en cuanto atiende al interés de la entera sociedad constituye  “el campo de la más amplia caridad, la caridad política”.

En varias de sus encíclicas, pero especialmente en Sollicitudo rei socialis, Juan Pablo II se refiere a la solidaridad, en cuanto virtuosa preocupación por el bien común (es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común), enunciada por Pablo VI como “civilización del amor”, un concepto que ha sido reiteradamente recogido recientemente por el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, que le ha dedicado un entero y final capítulo conclusivo. Juan Pablo II ha hablado, en el mismo sentido, de “amor social” (RH 15). Y Benedicto XVI caridad social, la caridad propia ejercida por los fieles laicos, con autonomía y bajo su responsabilidad, en la vida pública, en las instituciones y en su actividad política. (DCE 29).

Esta dimensión pública de la caridad, definida como caridad social o política, está en el Compendio.

“…Es necesario que se muestre la caridad no sólo como inspiradora de la acción individual, sino también como fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos. En esta perspectiva la caridad se convierte en caridad social y política: la caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une” (CDSI 207).

También construir  estructuras de gracia (y justicia), es cosa de política. è Las decisiones personales no terminan en la persona que las provoca. Estamos rodeados de estructuras que no hacen visible el proyecto salvador de Dios. Son estructuras de pecado, en cuanto que nacen de decisiones personales inmorales y, sin embardo, terminan por justificar otras decisiones inmorales. Lo malo de las estructuras de pecado es que nos llevan a considerar como normal el mal que nosotros mismos hemos generado… (SRS 38).

Preferencia por los pobres….

“Vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor […]. Nuestra vida cotidiana, así como nuestras decisiones en el campo político y económico, deben estar marcadas por estas realidades” (SRS 42).

Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca como tal, es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado,…. Se satisfaga ante todo a las exigencias de la justicia, y no se brinde como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia; se quiten las CAUSAS de los males, no sólo los defectos, y se ordene el auxilio de forma que quienes lo reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos. (AA 8)

 

LA CARIDAD POLÍTICA EN LA DSI:

+ León XIII alienta a los católicos al compromiso evangélico en lo público, sin privatizar la fe. Se refiere a la caridad cristiana y a la solidaridad como “amistad”, la que se entrega toda entera a sí misma para utilidad de los demás y reconoce la potencialidad transformadora de la fe para cambiar la sociedad desde sus cimientos (RN 20-21, 41; 114-116).

+ Benedicto XV, considera la caridad como fuerza motriz que obliga a practicar la justicia y a eliminar las desigualdades. “El Evangelio no presenta una ley de la caridad para las personas particulares y otra ley distinta para los Estados y las naciones, que en definitiva están compuestas por hombres particulares” (Pacem Dei 11).

+ Pío XI, la búsqueda de un orden basado en los “principios más elevados y más nobles: la justicia social y la caridad social”, virtudes que no son sólo personales, sino que explícitamente tienen una pretensión política “construyendo un orden social y jurídico, cuyo alma sea la “caridad social” como forma de regular y frenar la dictadura económica imperialista que somete al mundo (QA 88).

Pío XI fue el primer Papa en utilizar literalmente la expresión “caridad política(cuando Mussolini le acusó de exceder los límites del apostolado al incidir en la política): El campo político abarca los intereses de la sociedad entera; y en este sentido, es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la caridad de la sociedad” (Discurso a los dirigentes de la Federazione Universitari Cattolici Italiani, 18 de diciembre de 1927).

+ Juan XXIII. En las Encíclicas sociales Mater et Magistra y Pacem in Terris, aparece la dimensión mundial, el carácter universal de la justicia social. Por caridad, el cristiano está llamado a buscar dentro de las instituciones “el Reino de Dios y su justicia” y se siente “vinculado a los demás para sentir como propias sus necesidades, alegrías, sufrimientos (…) con una actitud siempre cuidadosa con el interés ajeno” (MM 257). Posteriormente, viendo la creciente socialización e interdependencia, afirmará que el amor como servicio al prójimo se expresa, de la mejor manera, en la participación en las instituciones con el fin de ponerlas al servicio de todas y cada una de las personas en todos los campos de la vida humana (PT 146).

+ El Concilio Vaticano II sintetiza, sobre todo en Gaudium et spes, en Dignitatis Humanae y en Apostolicam Actuositatem las relaciones entre la caridad política y la ética para construir un mundo más acorde con el designio divino y una sociedad que cada vez más esté al servicio del desarrollo pleno de las personas. Mantiene una visión solidaria interdependiente de toda la humanidad, que rechaza toda ética individualista (GS 30). Se apuesta por dignificar la política, valorando el apostolado de los seglares, a modo de fermento, donde las asociaciones con finalidad social adquieren protagonismo (LG 31; GS 75; AA 2, 17-18). Nombra la “caridad y la fortaleza política” como actitudes del compromiso político de los cristianos (citando en nota el discurso mencionado de Pío XI el Concilio Vaticano II) (GS 75).

+Pablo VI en la Populorum Progressio extiende su mirada al conjunto del planeta y propugna una caridad universal que tenga la intención política de construir un nuevo mundo, para lo que no bastan las ayudas urgentes. Y para llegar a este cambio, exhorta al compromiso de los laicos y a la conversión de “mentalidad, costumbres, leyes y estructuras” (PP 81).

En la Octogesima Adveniens (OA 81) reflexiona sobre la acción política de los católicos; haciendo una llamada explícita a la participación política (a pesar de las dificultades), pues es ahí donde se deciden los modelos organizativos de las sociedades. Afirmará que este compromiso político es “un camino serio para ejercer el deber de todo cristiano de servir a los demás, lo cual exige: -discernimiento de la realidad a la luz del Evangelio y del pensamiento social de la Iglesia (OA 1), buscando responder concretamente a la pregunta ¿qué me exige el amor al prójimo, aquí y ahora?; -la transformación de las mentalidades y estructuras que sostienen el imperialismo de las multinacionales (OA 43-45); -construir una sociedad con democracia real y protagonismo de los ciudadanos, ya que está amenazada por la tecnocracia (OA 47. En este campo del compromiso, hay pluralidad de opciones, lo cual no debe hacer olvidar que todos han de preocuparse en “perfeccionar las estructuras y acomodarlas mejor a las verdaderas necesidades actuales” (OA 50).

+  Juan Pablo II. Ante una realidad de injusticia y “estructuras de pecado” (SRS 36), que llega de definir como “cultura de muerte” (EV 12), el Papa llama a los cristianos a la conversión y a un compromiso evangelizador para ir construyendo la Civilización del Amor y una Cultura de la Vida. Se refiere al “amor social” (RH 15) y a “la «opción preferencial por los pobres»; es definida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana» (SRS 42; CA 11).

+ Benedicto XVI sitúa la Encíclica Deus caritas est en la larga tradición de otras encíclicas sociales, no solamente por lo que representa la virtud de la caridad, sino también porque atribuye una importancia primordial a la virtud de la justicia.

Los fieles laicos tienen el deber inmediato de actuar a favor de un orden justo en la sociedad, por eso están llamados a participar en la vida pública, según sus posibilidades y limitaciones, en alguna acción socio-política, desde lo más pequeño o cotidiano hasta lo más alto; de esta manera, la variada actividad del laico es considerada por el Papa como “caridad social”(DCE 15, 19, 29).

En Caritas in veritate hace una llamada constante al desarrollo integral de la persona que a su vez incide en la sociedad, para lo cual es necesario vivir la caridad en la verdad” en todas las relaciones, tanto las más cercanas como las que se desenvuelven en las estructuras sociales, económicas, políticas… (nn.11, 34, 52,53 ss).

+ Los Obispos españoles, en el Documento Los católicos en la vida pública, acuñaron el término “caridad política”. La caridad política es presentada como consecuencia directa de la vida teologal, es decir, de una visión contemplativa que entiende el mundo y la historia dentro de la dinámica divina de la Creación y de la Redención y, por tanto, sin divisiones espiritualistas entre el campo de la fe y el de la política:

 

“Con lo que entendemos por ‘caridad política’, (…). Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno, con especial atención a las necesidades de los más pobres” (nn.60-61).

 

PROPUESTAS DE COMPROMISO:

El servicio a la persona humana

Entre los ámbitos del compromiso social de los fieles laicos emerge, ante todo, el servicio a la persona humana: la promoción de la dignidad de la persona, el bien más precioso que el hombre posee, es « una tarea esencial; …..Los fieles laicos deben, por tanto, trabajar a la vez por la conversión de los corazones y por el mejoramiento de las estructuras, teniendo en cuenta la situación histórica y usando medios lícitos, con el fin de obtener instituciones en las que la dignidad de todos los hombres sea verdaderamente respetada y promovida. (552 CDSI)

Defensa de la vida humana

  • promover una cultura de la vida siempre respetuosa con la vida humana.
  • Proponer a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona, y exigir a los Estados la creación de políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad.

Hacia una profunda renovación cultural

  • Buena formación socio-política, con un buen análisis de la cultura dominante; y de la DSI
  • Centros culturales, foros públicos para el diálogo sobre los grandes problemas de la humanidad.
  • MCS que promuevan la dignidad de las personas y de los pueblos, se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad.
  • Defensa de la ley natural inscrita en el corazón del hombre y que, como tal es universal, inviolable e inalienable. La ley natural ha de ser el fundamento de todo diálogo político, cultural y religioso, ya que es la que nos indica cuales son “las exigencias fundamentales de la dignidad de la persona humana, de su vida, de la institución familiar, de la equidad del ordenamiento social, es decir, los derechos fundamentales del hombre”.
  • Tener presencia en el mundo de la escuela y de la universidad; los ambientes de investigación científica y técnica; los lugares de creación artística y de la reflexión humanista; y en los medios de comunicación social, instrumentos tan importantes para la formación de la mentalidad y de las costumbres.

Dirigir la globalización hacia un mundo más humano

  • Denuncia de las desigualdades.
  • Combatir las causa políticas de los grandes problemas de la humanidad, demostrando que la pobreza obedece mucho más a causas políticas, comerciales y culturales, que a los desastres naturales.
  • Eliminar las causas estructurales
  • Generar una opinión pública solidaria con los problemas de los empobrecidos de la tierra.
  • Trabajar para que en nuestros ambientes, instituciones…. Se vaya creando una conciencia solidaria.

Promover la lógica del don y la gratuidad en la economía

  • Debe haber un replanteamiento integral y moral de la vida económica, en donde la persona sea el centro de la economía y que no se guie por el máximo beneficio, sino según el bien común.
  • Profundizar en el surgimiento de un nuevo poder político, el de las asociaciones de consumidores.
  • Abrir otras formas de cooperación, nuevas iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, vayan más allá de la lógica del lucro como fin en sí mismo.
  • Promoviendo la eficacia de las organizaciones sindicales, y promocionando la creación de nuevas formas de organización de trabajadores, nuevas formas de solidaridad entre quienes participan en el trabajo común.

 

CONCLUSIONES

Hoy sigue siendo urgente que los laicos tomen conciencia de su vocación y misión, de tal manera que en este siglo XXI pueda florecer un laico adulto que responda a la llamada de ser testigos del amor de Dios, manifestado en Jesucristo, en medio del mundo.

Si la falta de compromiso ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente los hace aún más culpable. Añadiendo con angustia que a nadie le es lícito permanecer ocioso (Christifideles laici, 3). Las nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos.

Desde una fe unida a la vida, a los laicos se nos urge especialmente a asumir nuestra responsabilidad en la construcción de la sociedad como proyecto de vida en común, iluminando y penetrando de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que vive, promoviendo la consecución del bien común en la actividad política, social, económica y en la vida profesional y familiar.

La Doctrina Social de la Iglesia refiere con insistencia que el campo propio, aunque no exclusivo, de la actividad evangelizadora y transformadora de los laicos es la vida pública, expresándose en los documentos con distintas expresiones: los laicos deben insertarse:

  • “…en el corazón del mundo y al frente de las más variadas tareas temporales” (EN 70),”…animando cristianamente el orden temporal…” (CL 42),
  • “…en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas” (CL 17),
  • “…tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales…” (LG 31; 35, 36; GS 43; AA 3, 4, 7; AG 21).
  • Y todos “aquellos lugares y circunstancias en los que (la Iglesia) sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos” (LG 33; CL 15; AA 2).
  • “…Ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 2).
  • El mundo es “el ámbito y el medio de la vocación de los cristianos laicos” (CL 17).
  • Los laicos “son Iglesia y son la Iglesia en el mundo…, con su presencia en la vida pública, hacen presente a la Iglesia en el mundo y transforman la sociedad según el espíritu del Evangelio” (CLIM 46)
  • “Lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo” (LG 38).
  • Los fieles laicos “no pueden abdicar de la participación a la ´política´ (…), o sea a las múltiples y variadas actividades económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinadas a promover orgánica e institucionalmente el bien común” (CL 42).
  • Como señala Juan Pablo II, el laico es el nuevo protagonista “… lanzado en las fronteras de la historia: la familia, la cultura, el mundo del trabajo, los bienes económicos, la política, la ciencia, la técnica, la comunicación social; los grandes problemas de la vida, de la solidaridad, de la paz, de la ética profesional, de los derechos de la persona humana, de la educación, de la libertad religiosa” (Homilía de Juan Pablo II conclusiva del Sínodo de 1987, n. 7).
  • “La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la vida pública y aceptan las cargas de este deber” y pide que aquellos fieles laicos que tienen capacidad para ello “se consagren […] al servicio de todos con el amor y la fortaleza que la vida política exige” (GS, 75).
  • “En esta hora magnífica y dramática de la historia ante la inminencia del tercer milenio -dice Juan Pablo II-, nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, exigen hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si la falta de compromiso ha sido siempre inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable, A nadie le es lícito permanecer ocioso” (ChfL 3).

Construir la « civilización del amor »

La finalidad inmediata de la doctrina social es la de proponer los principios y valores que pueden afianzar una sociedad digna del hombre. (CDSI 580)

El amor debe estar presente y penetrar todas las relaciones sociales: Este amor puede ser llamado « caridad social » o « caridad política ». (CDSI 581)

Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social —a nivel político, económico, cultural—, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción. (CDSI 582)

“Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo. Todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar el mundo con frutos espirituales (cf. Ga 5,22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados (cf. Mt 5,3-9). En una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, son los cristianos en el mundo” (Lumen Gentium, 38..)

 

Pablo Matute (militante cristiano)

Extracto de la ponencia “Misión Especifica de los laicos: Caridad Política” 

(Aula Doctrina Social de la Iglesia / febrero 2017)

Categorías:DSI

La politica juego contra política del bien común

La politica juego contra política del bien común

Autor: Abel Alcalá

Publicado: May 12, 2015

El desprecio de grandes sectores del pueblo hacia la actividad de la política merece una explicación por aquellos estudiosos de la ciencia política y de la filosofía política.

En las innumerables mesas de expertos en ciencia política que se realizan y se trasmiten ya por radio, televisión abierta o pagada y se publican en cientos de medios de comunicación social, se hace el esfuerzo de orientar al pueblo en general y a los ciudadanos en particular, para que no se decepcionen de la política y participen activamente en las decisiones comunitarias.

Lo primero que a un pueblo le debe quedar claro es que no ha habido,  no hay y no habrá una forma de gobierno perfecta. Que endiosar a un sistema de gobierno sea parlamentario, democrático, monárquico, socialista o comunista, es engañar al pueblo y construir en falso.

Lo segundo que debe aprender el pueblo y defender es que la forma de gobierno que adopte debe respetar la naturaleza de la persona humana, ir contra natura es acarrearse todos los males, desgracias y miserias sobre la comunidad y sobre cada persona en particular.

Y es aquí donde se pregunta; ¿Quién o quiénes son las personas que puedan establecer los principios y leyes para garantizar que la naturaleza social del ser humano se plenifique?

Como se dijo al principio, serán los estudiosos de la ciencia   y de la filosofía política quienes orienten al pueblo y a los ciudadanos sobre los conocimientos y virtudes que son necesarias para garantizar el respeto a la naturaleza social del hombre.

Recordemos que sobre la política puede comentar y ayudar a su mejor aplicación los sociólogos, los ecónomos, los psicólogos, los historiadores, matemáticos, los juristas, pedagogos y los filósofos.

Como es bien sabido que el conocimiento de cada especialista en la política no es el mismo ni en profundidad, ni extensión y ni en certeza, se deberá recurrir a la o las personas que conozcan y dominen los principios o causas en que debe fincarse la correcta actividad de la política. Y son los filósofos los que llevan mano en el tema porque ellos analizan el todo de la política, no partes ni sesgos.

Lo primero que nos muestran los filósofos es la causa final, que para muchos es la causa más importante, porque habla precisamente de la finalidad que busca la política. Concluyendo que el fin de la actividad política es el Bien Común.

Hablando con cualquiera estudioso de la actividad política sea sociólogo, historiador, antropólogo, economista, etc., le dirá que toda actividad tiene un fin. Ahora ya conocido que el fin de la política es el bien común. Veamos que es el bien común.

El Bien Común son todos los bienes que reclama para su perfeccionamiento cada naturaleza humana existente dentro de la comunidad. Ya sean bienes materiales y bienes no tangibles. A esos bienes tienen derecho todos y cada uno de los seres humanos que integran la comunidad.

Aquí es donde se da el parte aguas, los ciudadanos que se separan de la finalidad de la política: el bien común y los ciudadanos que desean realizar eficazmente la finalidad de la política.

A los primeros los llaman seguidores de la política juego, su actuación se funda en mitos, demagogia, los mueve el interés material, se busca el poder por el poder, está atento a la mirada de la opinión pública, no hay actuación moral,  se mueve en el consenso.

Los que practican la política juego odian los símbolos, promueven lo multicolor, al pueblo lo convierten en un espectador, les gusta hacer el espectáculo para entretenerlo: pan y circo, promueven la lucha sin objetivos claros para volverse todos mercenarios., les gusta desatar las pasiones populares y fingen servir a los intereses del pueblo, en tanto se adueñan de la riqueza de la comunidad, estado o país.

Los ciudadanos que luchan por el bien común,  son honestos, hablan con la verdad, tienden a unir no a dividir,  saben que en el trabajo por el bien común no hay espectadores que todos tiene que ayudar, sin importar la edad, el sexo, la clase social o los estudios.

El político por el bien común no es rehén de los medios publicitarios ni de los rumores y escándalos, vive en la virtud de la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Los políticos del bien común son los bienhechores de los necesitados, los solidarios de las causas populares, los que enseñan a pescar, los que respetan la dignidad humana de sus semejantes. Usted lector dice la última palabra.

Notas:

Fuente:  Abel Alcalá

12 de mayo de 2015.  MEXICO.

Fuente: http://www.filosofia.mx/index.php/portal/archivos/politica_juego_contra_la_politica_del_bien_comun

 

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12 preguntas para pensar a quién votar: las primeras, «sin duda centrales», sobre aborto y familia

12 preguntas para pensar a quién votar: las primeras, «sin duda centrales», sobre aborto y familia

12 preguntas para pensar a quién votar: las primeras, «sin duda centrales», sobre aborto y familia

Los obispos ingleses piden participar en las elecciones y pensar y rezar el voto – allí se votan candidatos, no listas cerradas y bloqueadas como en España

Pablo J. Ginés/ReL

25 febrero 2015

 

Los obispos católicos de Inglaterra y Gales han presentado su guía de reflexión de cara a las elecciones generales de mayo de 2015 (aquí en inglés en PDF).

El texto está pensado teniendo en cuenta el sistema electoral y político inglés, menos partitocrático que el español con sus listas cerradas y bloqueadas, ya que allí se votan candidatos, no partidos, y en cada distrito electoral sólo puede ganar un candidato. Eso hace que un político mire más a sus votantes que a su partido y por eso, al contrario que en España, es frecuente en Inglaterra que muchos diputados voten en sentido distinto al de su partido.

Por ejemplo, aunque el Partido Conservador se alió con el laborista para imponer el matrimonio gay y redefinir el matrimonio en febrero de 2013, 136 diputados conservadores votaron contra la redefinición del matrimonio, mientras que 127 “conservadores” se alinearon con su líder. También 22 laboristas y 4 liberal-demócratas votaron contra la redefinición del matrimonio (dábamos aquí sus argumentos de izquierdas contra el matrimonio gay).

Por eso, los obispos no hablan de los programas de los partidos, sino de las posiciones que defienden “los candidatos de tu circunscripción”.

Los temas primeros: vida y matrimonio
El texto de los obispos subraya 12 preguntas para reflexionar. El orden es importante. “Las elecciones implican una amplia gama de temas, algunos sin duda más centrales que otros, particularmente las que conciernen a la dignidad y valor de la vida humana y el florecimiento humano”, señalan.

El primero de los temas  es, en el texto, “el respeto a la vida humana desde la concepción a la muerte natural. Apoyamos las políticas que protegen el derecho fundamental a la vida. El niño humano es vulnerable e indefenso y, trágicamente, en nuestra sociedad es a menudo la víctima inocente del aborto. Nos oponemos a las llamadas a introducir el suicidio asistido o la eutanasia. Reclamamos más apoyo a los cuidadores, cuidados paliativos de más calidad y un Servicio Nacional de Salud en el que todos podamos apoyarnos”.

En estas elecciones, las primeras generales después de la redefinición del matrimonio y la implantación del matrimonio gay en Inglaterra y Gales, el segundo gran tema mencionado es el apoyo al matrimonio y la familia.

“La visión cristiana del matrimonio, fundada en una relación amorosa y fiel entre un hombre y una mujer, es la pieza básica de la sociedad. Aporta estabilidad para la crianza y educación de los niños. Hoy, las familias son más diversas y frágiles de lo que eran y hay muchas familias de todo tipo donde se encuentran amor y compromiso. La sociedad necesita familias buenas y fuertes dedicadas al bienestar de sus hijos. Un compromiso a apoyar a la familia debería estar en el corazón de la vida social y política”, explica el texto.

Algunas críticas al texto
Algunos comentaristas católicos han criticado la frase sobre “familias de todo tipo”, por innecesaria y por ser susceptible de ser usada para redefinir como familia cosas distintas al matrimonio de hombre y mujer.

Otros analistas católicos han criticado que no definan los temas de familia y vida, así como la libertad religiosa, como “eliminatorios” o principios no negociables, y que se echan de menos más citas a la Nota sobre los católicos en política del cardenal Ratzinger de 2002.

“La inmigración, tema muy emocional”
En el contexto de la subida del partido populista y anti-Unión Europea UKIP, y el crecimiento de algunas tendencias xenófobas, los obispos -sin mencionar ningún partido- hablan del debate entre solidaridad (compartir las cargas de los necesitados) y subsidiariedad (no encargar a entes grandes y lejano lo que pueden hacer entidades pequeñas y cercanas). Reconocen que “la inmigración es un asunto muy emocional y todos los países necesitan una política de control de inmigración, así como un compromiso positivo con políticas que faciliten la integración de los migrantes”.

Los obispos ingleses concluyen asegurando que “es importante que votemos; es un deber que brota del privilegio de vivir en una sociedad democrática”. Y proponen una oración para antes de votar: “Señor, danos la sabiduría de que caminemos con integridad, guardando la senda de la justicia y conociendo la protección de tu amor que nos cuida a todos”.

Las 12 preguntas que proponen los obispos católicos al votante en Inglaterra y Gales

1. ¿Cuál es la posición de los candidatos de tu circunscripción sobre el suicidio asistido, la eutanasia, el aborto y otros temas sobre la vida?

2. ¿Tienen tus candidatos un compromiso a apoyar el matrimonio y la vida familiar?

3. ¿Cuál es la posición de tus candidatos respecto a ayudar a los más pobres y más vulnerables en el Reino Unido y ayudarles a transformar sus vidas?

4. ¿Cómo garantizarán los candidatos de tu circunscripción los mejores resultados [educativos] para los niños más pobres? ¿Apoyarán la elección de los padres de una educación basada en la fe?

5. ¿Cuál es la posición de tus candidatos respecto a promover estos valores [subsidiariedad, solidaridad, amor y justicia] en el debate sobre las instituciones europeas?

6. ¿Cuál es la posición de tus candidatos respecto al papel del voluntariado y cómo se puede apoyar su trabajo?

7. ¿Apoyan tus candidatos un sueldo que alcance para vivir [living wage] y un sector privado exitoso comprometido a una paga justa y a la dignidad del trabajo humano?

8. ¿Cuál es la postura de tus candidatos sobre asilo e inmigración?

9. ¿Cuál es la postura de tus candidatos respecto a la libertad religiosa, respeto mutuo, el papel de la fe en Dios en la Gran Bretaña contemporanea, y acerca de la defensa de derechos humanos fundamentales y la promoción de la libertad religiosa en el extranjero?

10. ¿Qué visión tienen tus candidatos sobre la ayuda al desarrollo en el extranjero?

11. ¿Cuál es la visión de tus candidatos sobre el cambio climático y el apoyo a un desarrollo sostenible?

12. ¿Cómo, a la luz del Evangelio, puede mi voto ayudar mejor a servir al bien común?

Lea también: «No podemos volver a votar al PP», dice 8 veces Santiago Martín; «recemos, que surja otra fuerza»

Fuente:

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=12-preguntas-para-pensar-a-quien-votar-las-primeras-sin-duda-40799

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Vocación cristiana y promoción humana

Vocación cristiana y promoción humana

Hay que tener en cuenta que esta vocación no nos la hemos dado a nosotros mismos, sino que viene de Dios

Veleta - © Pixabay

Veleta – © Pixabay

Cuando se emplea la palabra “vocación” (llamada), ha sido frecuente durante siglos pensar sólo en los candidatos para el seminario o para la vida religiosa. El Concilio Vaticano II habló de “vocación cristiana” y aún más: esa vocación cristiana es “vocación universal a la santidad”. En un sentido más amplio todavía, el Concilio habló de “vocación humana”, porque toda vida humana es una llamada a la plenitud de la belleza, del bien y la verdad que se abren en Dios.

Pues bien, la promoción humana –el desarrollo humano integral– es parte, y parte esencial, de la vocación cristiana; y más aún, de toda existencia humana. Así se dice en la encíclica Caritas in veritate, donde el término “vocación” aparece en 25 ocasiones:

“Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano”. Esa vocación universal al amor y a la verdad es manifestada por Jesucristo, que la libera de las limitaciones humanas y la hace plenamente posible.

Vocación significa llamada. ¿Quién llama a participar en la promoción y el desarrollo humanos? Llama Dios, que interviene en toda vida que comienza. Nos llama a cada uno nuestro propio ser, hecho para el amor. En palabras de Benedicto XVI, esta vocación a la promoción humana es también una “llamada de hombres libres a hombres libres para asumir una responsabilidad común”.

En la medida de su respuesta a esa llamada –explica la encíclica–, “los hombres, destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad”.

Puesto que toda llamada espera una respuesta, ¿cuáles serían las condiciones para responder a esta “vocación al desarrollo humano”? La encíclica señala tres condiciones principales: la libertad, la verdad y la caridad.

a) En primer lugar, la libertad. Toda vocación “es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable” ¿Y quién debe responder? Tanto las personas –cada una–como los pueblos –los pueblos hambrientos interpelan a los pueblos opulentos–. Dicho de otro modo, esta vocación exige, a la vez, una respuesta personal y una respuesta de las estructuras e instituciones sociales –del Estado y de otros agentes sociales– y eclesiales.

b) En segundo lugar, la respuesta exige que se respete la verdad. Ante todo, la verdad profunda del “ser” del hombre. Y por eso se trata de “promover a todos los hombres y a todo el hombre”. A este propósito el Evangelio es un elemento fundamental, porque enseña a conocer y respetar el valor incondicional de la persona humana. Cristo revela el hombre al propio hombre (cf GS 22), y, así, le muestra que su valor es grande para Dios. Le muestra “el gran sí de Dios” a todos sus anhelos. De aquí deduce el Papa que sólo respondiendo a esta vocación el hombre puede ser feliz y realizarse plenamente: “Precisamente porque Dios pronuncia el ‘sí’ más grande al hombre, el hombre no puede dejar de abrirse a la vocación divina para realizar el propio desarrollo”. Así que esta vocación al desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural. De hecho, cuando Dios se eclipsa en el horizonte del hombre o de la sociedad, se comienza a disipar nuestra capacidad de reconocer la finalidad y el bien a que estamos llamados.

c) Finalmente, “la visión del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la caridad”. Es muy de agradecer la clarividencia de la encíclica en este tema, siguiendo las ideas de Pablo VI. Las causas del subdesarrollo –se dice– no son principalmente materiales, sino que radican, primero, “en la voluntad que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad”. Después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente a la voluntad (por eso se requiere configurar un “humanismo nuevo”). Y, sobre todo, la causa está en “la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos”.

Al llegar a este punto, se pregunta Benedicto XVI si acaso la fraternidad la podrán lograr los hombres por sí mismos, favorecidos por la actual tendencia a la globalización. Pero no. La fraternidad “nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna”. Por tanto –concluye–, responder con generosidad a la vocación para el desarrollo requiere hoy la urgencia de la caridad de Cristo.

Sólo esa urgencia de la caridad de Cristo permite responder a los aspectos concretos y costosos de esa llamada. Así es la intervención en la vida pública, cultural y política, cada cual según su condición. “Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis”. Otro aspecto es el cuidado y la responsabilidad por la naturaleza; y, antes, el cuidado respetuoso de cada persona en la familia, en la empresa, en la universidad, sabiéndose servidores y no dueños. Responder a esta vocación requiere del trabajo y la técnica que de él procede. En todo caso, Benedicto XVI proclama la necesidad de formar “hombres rectos… que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común”.

Hay que tener en cuenta que esta vocación no nos la hemos dado a nosotros mismos, sino que viene de Dios. Por eso, antes que nada, y continuamente, es preciso acoger a Dios en nuestra vida, dejarle entrar libremente y seguirle con toda fidelidad y entusiasmo. Ha llegado la hora –especialmente para los jóvenes y más aún para los universitarios– del compromiso con Dios y los demás. Pues “sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero”.

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Cristianismo y política

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Cristianismo y política

15.01.17 | 22:48.

 

Los cristianos creemos que la práctica histórica de Jesús es el criterio de discernimiento para comprender nuestra relación con la política, la economía y la religión. Él nos muestra cómo la vida de cada persona es sagrada, y nos enseña que toda relación debe buscar nuestra humanización en el marco de una libertad corresponsable que nos haga sujetos, y no objetos o súbditos.

Cuando olvidamos, o desconocemos, la praxis histórica de Jesús, aparecen dos grandes tentaciones. Por una parte, creer en un cristianismo apolítico, es decir, en una fe sin relación con los procesos de humanización social, limitada a la devoción y al culto. Por otra, vivir un cristianismo político identificado con un sistema de gobierno que se propone como la presencia del Reino de Dios en este mundo. Ambos casos niegan al Dios de Jesús.

Podemos estar viviendo una fe vacía, que se quedó en el culto y la devoción, como si estos fueran actos mágicos que sustituyen la relación personal con Dios y con el hermano (St 2,15-17). O tal vez hemos caído en la tentación de la idolatría, mediante la promoción de adhesiones absolutas a sujetos o sistemas políticos, económicos y religiosos, que se proclaman salvadores y exigen culto. Nos hemos acostumbrado a ceder el espacio de Dios a otros (Dt 6,4-6).

Es preciso, pues, recordar que la condición política del cristiano no puede ser idolátrica, como tampoco ideológica. No es excluyente porque se sostiene en la fraternidad solidaria y no violenta de Jesús, donde todos somos hijos de Dios y hermanos unos de otros, antes que hijos de la patria o camaradas del proceso (Col 3,11). Ciertamente, esto pasa por un compromiso personal con el desarrollo de todo el sujeto humano y de todos los sujetos, independientemente de su posición ideológica, económica o religiosa (Lc 6,27-28.35). Es la auténtica apuesta por la causa fraterna de Jesús (1Jn 2,4).

No podemos dejarnos encantar solo por el fin último y las metas de un determinado sistema de gobierno, así sea el más noble que pueda existir. Hay que discernir la validez ética y la verdad moral de los medios que se utilicen.

Podemos reconocer la veracidad de una determinada acción política, si acierta respecto a los problemas reales de la sociedad o no. Incluso, es posible formular un juicio sobre su eficiencia o no. Sin embargo, desde el seguimiento a Jesús estamos llamados a preguntarnos por la verdad de dichas prácticas y la validez de los medios que se adoptan.

Una práctica política no es moralmente verdadera cuando promueve discursos y actitudes de desintegración social, exclusión de grupos y manipulación de conciencias, generando cultos idolátricos a sus líderes y proclamándoles adhesión eterna. Es aquí donde una sociedad mide su verdadero talante humano, así como su fe. Como enseñó Jesús: “uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). No hay dos Señores.

Fuente:

http://blogs.periodistadigital.com/teologia-hoy.php/2017/01/15/cristianismo-y-politica

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LOS LAICOS Y SUS TAREAS EN EL MUNDO DEL TRABAJO HOY EN EL CONTINENTE

LOS LAICOS Y SUS TAREAS EN EL MUNDO DEL TRABAJO HOY EN EL CONTINENTE

 

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Panorama del mundo del trabajo en el Continente, situación actual y tendencias.

 

Prof. Luis Enrique Marius[1]

 

  1. Introducción

 

Agradecemos muy especialmente a Mons. Andrés Stanovnik, Secretario General del CELAM por invitarnos a este Seminario-Encuentro y expresarnos la confianza para compartir nuestra modesta experiencia en el mundo del trabajo.

 

Sin lugar a dudas, estos eventos tienen una doble importancia: la de ser preparatorios para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, y la de realizarse con laicos inmersos en el quehacer político, económico y social de la región. Esto demuestra la disponibilidad del Episcopado en compartir la realidad, y buscar juntos, es decir, como Iglesia, los necesarios discernimientos y las urgentes orientaciones que requerimos los “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

 

  1. Marco de referencia

 

Es ésta una modesta contribución a la temática, en un “ver, interpretar y discernir” a partir de un Marco de Referencia que intenta: asumir la centralidad de la persona y el trabajo humano, orientarse en el Magisterio Social de la Iglesia, en el Magisterio Social Latinoamericano, en las referencias centrales de la Enseñanza Social Cristiana, en un “compartir” desde y con los trabajadores latinoamericanos.

 

Creemos profundamente en la centralidad de la persona humana en todo el quehacer societal, y en el trabajo humano como el factor fundamental de dignificación de la persona, y esencial de culturización de nuestras sociedades.

 

“Trabajo significa todo tipo de acción realizada por el hombre…significa toda actividad humana que se pueda o se deba reconocer como trabajo[2] …y es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas…solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra…el trabajo lleva en sí el signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas.”[3]

 

“El hombre debe someter la tierra, debe dominarla, porque como imagen de Dios es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como persona, el hombre es el sujeto del trabajo”[4].

 

“El trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social, si tratamos de verla desde el punto de vista del bien del hombre. Y la solución gradual de la cuestión social, que se presenta constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de hacer la vida humana más humana, entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere una importancia fundamental y decisiva”[5].

 

Como consecuencia de ello, podemos establecer una clara diferencia entre “trabajo” y “empleo”, considerando el trabajo como la función trascendente de la persona al recrear y transformar la naturaleza, solidaria y responsablemente, al servicio del bien común; y el empleo, como la ubicación específica de las personas en una determinada estructura o función económica. Dicho en otra forma: si el empleo es el espacio o continente de una función económica, el trabajo es el contenido, trascendente porque quién lo realiza es una persona.

 

De la misma forma diferenciamos los adjetivos de “digno” o “decente” que se le adjudica al trabajo en los últimos tiempos, quizá como un reconocimiento a la existencia de trabajos indignos e indecentes. Hablar de “trabajo decente” es para nosotros negar la dimensión dignificante del trabajo, y reducir las exigencias que deben garantizar un empleo, un puesto de trabajo. Más aún, cuando la realidad nos muestra un lamentable proceso de precarización del empleo y deterioro de las condiciones de trabajo.

 

Todos vemos o sufrimos una misma realidad y podemos ponernos de acuerdo en sus impactos más relevantes. Sin embargo, dependiendo de varios factores podemos encontrar diferencias a veces muy sustantivas en la interpretación de esa realidad, y en lógica consecuencia, diferencias aún más profundas a la hora de encontrar las respuestas más adecuadas para hacer la vida más humana, es decir, más cristiana.

 

Aparte de quienes “miran” una realidad pero no saben “verla” en toda su dimensión, a quienes no nos vamos a referir, existen diferencias en cuanto a la ubicación del observador (para un enfermo la peor enfermedad es la que padece), a la importancia y profundidad que se le quiera dar al hecho o al tema o al nivel de formación e información del observador, pero fundamentalmente, existen diferencias de acuerdo a los valores y principios y la ubicación ideo-política.

 

Todos vemos o sufrimos una misma realidad, pero la interpretamos y asumimos en forma diversa, de acuerdo a lo que denominamos “Marco de Referencia”, o parámetros de análisis que se utilicen. No consideramos muy acertada la metodología que propone el “ver” como un primer paso, para luego “interpretar” de acuerdo a ciertos criterios. Nuestra experiencia nos dice que ya en el “ver”, incluso, en la selección de lo que “queremos ver”, están operando los criterios que orientan nuestra acción.

 

“Los adelantos de la industria y de las artes, el cambio en las relaciones entre patronos y obreros, la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y el empobrecimiento de la inmensa mayoría, han hecho estallar los conflictos.”[6]

 

A 115 años de esta visión de S.S. León XIII, y en plena era de la postmodernidad, no sólo los adelantos del género humano se han multiplicado geométricamente, sino que en la misma forma se han incrementado la acumulación de la riqueza en muy pocas manos y la cantidad de pobres sometidos a inhumanas condiciones de vida y de trabajo. La “brecha” generada en la distribución de la riqueza, paulatinamente se ha transformado en un abismo difícilmente superable.

 

Fueron realmente proféticas las afirmaciones del querido Papa Juan Pablo II: “Son múltiples los factores…la introducción generalizada de la automatización en muchos campos de la producción, el aumento del costo de la energía y de las materias básicas, la creciente toma de conciencia de la limitación del patrimonio natural y de su insoportable contaminación, la aparición en la escena política de pueblos que tras siglos de sumisión reclaman su legítimo puesto entre las naciones y en la decisiones internacionales. Estas condiciones y nuevas exigencias harán necesaria la reorganización y revisión de las estructuras de la economía actual, así como de la distribución del trabajo. Tales cambios podrán quizá significar por desgracia para millones de trabajadores, desempleo, una disminución o crecimiento menos rápido del bienestar material para los países más desarrollados, pero podrán también proporcionar respiro y esperanza a millones de seres que viven hoy en condiciones de vergonzosa e indigna miseria”[7].

 

Sin lugar a dudas, una lectura detenida del Magisterio Social de la Iglesia, constituye una fuente inagotable y obligante de orientación para quienes estamos comprometidos con un cambio significativo y urgente de la realidad latinoamericana.

 

Desde los ricos documentos sociales de los Padres de la Iglesia, la emblemática Encíclica “Rerum Novarum” de S.S. León XIII (1891), pasando por la “Mater et Magistra”(1961) y “Pacem in Terris”(1963) de S.S. Juan XXIII, la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”(1965) del Concilio Vaticano II, la Encíclica “Populorum Progressio”(1967) de S.S. Pablo VI, hasta las Encíclicas “Laborem Exercens”(1981), “Centesimus Annus” y “Sollicitudo Rei Sociales”(1987) de nuestro querido Papa Juan Pablo II, se conforma un patrimonio sumamente rico y determinante como fuente de inspiración y compromiso social.

 

No sólo existen referencias determinantes desde el nivel universal, sino también determinantes aportes referenciales en el nivel latinoamericano. No podemos eludir, entre otras referencias fundamentales, la comprometida defensa de los Derechos Humanos, especialmente de los más pobres y desposeídos, aportadas por Fray Bartolomé de las Casas; el iluminante ejemplo de Pastor comprometido de Santo Toribio de Mogrovejo; la orientación en el compromiso social de los cristianos aportada por Mons. Mariano Soler (1891); las excelentes conclusiones del Episcopado en Medellín y Puebla; e innumerables aportes y experiencias que constituyen un patrimonio indeleble y desafiante frente a la actual realidad latinoamericana.

 

Finalmente, nuestra modesta experiencia en y desde el Movimiento de los Trabajadores. Muchos cristianos insertos en el mundo del trabajo asumimos la etapa histórica de la “guerra fría”, sin refugiarnos en cenáculos o sacristías, enfrentando a diestra y siniestra las propuestas materialistas (de los capitalismos privado o de estado) que inspiradas en la Ilustración, inundaron y polarizaron nuestra sociedades.

 

A pesar de incomprensiones y soledades, pero también con muchos afectos y solidaridades, nos enriquecieron cuatro décadas en esa lucha.

 

Hemos compartido la sencilla y profunda alegría del triunfo en conflictos por defender los intereses y necesidades de los trabajadores, como también los prolongados gritos y silencios en prisiones injustas, y el dolor por compañeros asesinados por no doblegarse ante quienes pagan o pegan.

 

Es, en fin, un “compartir” la realidad que hemos vivido y que vivimos en el mundo del trabajo.

 

  1. Algunos elementos que caracterizan la realidad del mundo del trabajo

 

Sin el interés de agotar las diferentes aristas de la realidad del mundo del trabajo y seguros que quienes presentarán sus comentarios los completarán y profundizarán, presentamos algunos elementos que consideramos de especial importancia para comprender y asumir el tema.

 

Existe en todas las Cartas Constitucionales de nuestros países, y en todos los Tratados fundacionales de las instituciones internacionales, sin embargo, el Derecho al Trabajo se diluye como realidad y como derecho.

 

Hasta hace algunos años, tanto nuestros Gobiernos como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y otras instituciones internacionales, medían la vigencia del derecho al trabajo a partir de la noción de un “Contrato de Trabajo”, o la dimensión de permanencia legal del mismo.

 

Mientras elaborábamos este trabajo, leíamos la información del INE (Instituto Nacional de Estadísticas) de un determinado país, donde se afirmaba: Una PEA (población económicamente activa) de 12,28 millones – 9,6% de desempleo – 53,5% de la población en el sector formal y 46,5% en el sector informal.

 

Partiendo del supuesto que las cifras se corresponden a la realidad, lamentablemente se considera y se acepta que un trabajador temporario o con empleo parcial, en condiciones precarias, sin protección legal ni seguridad social, forma parte de los empleados.

 

Cabe entonces preguntarnos: ¿Quienes son entonces los desempleados?

 

Más de la mitad de los trabajadores latinoamericanos, más de 180 millones de personas, carecen de trabajo estable, legal, permanente, y de seguridad social, para ellos y sus familias.

 

A pesar de registrarse en algunos años índices de crecimiento importante en muchos de nuestros países, la cifra real de desempleo no sólo no se ha reducido, sino que crece constantemente, con todo lo que ello significa de atentado a la persona humana y serio condicionamiento a su futuro, y al futuro de nuestros países.

 

El desempleo constituye el atentado más grave contra la persona humana, y el desafío más importante que debe asumir cualquier modelo de desarrollo que se presente como “alternativo” al actual, inspirado en el pensamiento neoliberal.

 

La Contratación o Convención Colectiva de Trabajo, aparte de ser un logro determinante a nivel de las organizaciones de trabajadores, siempre ha sido una excelente expresión de la solidaridad, y constituye un derecho inalienable para los trabajadores.

 

Los últimos índices de la OIT muestran como se han reducido en cantidad y calidad (salvo situaciones muy especiales y parciales) las negociaciones colectivas en la región latinoamericana, dando paso a situaciones de mayor sometimiento del trabajador, y pérdida sustantiva de derechos que mucho costaron al conjunto de los trabajadores.

 

Un “trabajo digno” debe estar acompañado por un “salario digno”. El deterioro de las condiciones de trabajo está irremediablemente acompañado por la creciente pérdida del salario real de los trabajadores, como promedio en la región y en la gran mayoría de los países. Las estadísticas nos hablan de un salario real actual equiparable a 1992, en el mejor de los casos, y en determinados sectores equiparable a 1982.

 

Si a los trabajadores desempleados y los que sobreviven en el sector de la economía informal le sumamos los trabajadores con salarios que no les permiten garantizar la denominada “canasta alimentaria”, la pobreza se transforma en miseria, que es la pérdida de la esperanza en un futuro mejor.

 

Una lectura desde la dignidad de la persona y la dimensión de una justa distribución de los bienes, nos lleva obligadamente a condenar esta realidad e impulsar propuestas alternativas de desarrollo humano integral.

 

Un exhaustivo informe de la OIT, muestra con claras evidencias el deterioro de las condiciones de trabajo en la realidad latinoamericana, y en especial, un preocupante incremento de trabajadores muertos por accidentes de trabajo.

 

La voracidad para maximizar las ganancias conlleva a considerar que toda inversión en el mejoramiento de las condiciones de trabajo es un “gasto”, y en consecuencia debe eliminarse o reducirse.

 

Un ejemplo por demás condenable es el que se aprecia en la gran mayoría de las empresas denominadas “maquiladoras” o de “zonas francas”, donde no se permite la presencia o promoción de sindicatos y donde se violan las leyes nacionales y convenios internacionales que garantizan los derechos de los trabajadores.

 

En términos generales, las situaciones descritas impactan en forma más dura sobre la mujer trabajadora. Si bien en algunos países ha aumentado la presencia de la mujer en el trabajo y los índices de desempleo son menores a los de los hombres, esto se debe a que en general los salarios de las mujeres son menores que el de los hombres.

 

Pero es en el área del deterioro de las condiciones de trabajo donde las mujeres trabajadoras sufren las peores violaciones.

 

En especial, se pueden constatar aberrantes situaciones en las empresas “maquiladoras” o de “zonas francas”, donde se llega incluso a la esterilización para evitar el embarazo de trabajadoras que además, y en muchos casos, no trabajan a horario sino regidas por volúmenes de producción.

 

Debemos saludar los enormes esfuerzos desplegados por la OIT en su campaña contra el trabajo infantil. Sin embargo, a lo largo y ancho de Latinoamérica podemos constatar que los avances en su reducción no han tenido el éxito esperado.

 

El cinismo de sectores que firman y afirman compromisos que luego no cumplen, las necesidades impuestas por la miseria que obliga a que los niños asuman en peores condiciones el empleo que los padres no pueden conseguir, el drama de una deserción escolar que hipoteca en forma sustantiva el futuro de nuestra región, muestra una problemática totalmente reñida con nuestra moral cristiana, con las cartas constitucionales de todos los países, con los convenios internacionales suscritos por los gobiernos, y hasta con elementales normas de respeto humano hacia nuestros niños.

 

Denuncias presentadas en la OIT y el seguimiento permanente de las mismas, permite afirmar que existen en Latinoamérica situaciones de Trabajo Esclavo, donde las personas afectadas son condicionadas o privadas de su libertad, generándose en esta forma aberrante, formas de explotación y condenables violaciones a elementales derechos humanos.

 

Es emblemático el caso del Brasil, donde el Gobierno ha reconocido la existencia en su territorio (especialmente en plantaciones agrícolas y empresas mineras) de trabajo esclavo, y nos consta ha decidido importantes políticas correctivas y realizado enormes esfuerzos en la detección y castigo a las empresas que lo practican. Sin embargo el problema, a pesar de los esfuerzos realizados, continúa y afecta a decenas de miles de trabajadores, alojados y alimentados en pésimas condiciones y con salarios que se pierden en las bodegas o almacenes de las propias empresas.

El actual proceso de globalización le ha impreso al natural desarrollo tecnológico de la humanidad un ritmo de especial aceleración, lo que incrementa los enormes cambios tecnológicos que impactan directamente al mundo del trabajo.

 

Las resultantes generadas en el sector de las telecomunicaciones, la robótica, la electrónica y otras áreas generan nuevas y más exigentes formas de especialización en las tareas involucradas.

 

Las naciones deben estar preparadas para ampliar y profundizar los niveles educativos, el empresariado nacional debe asumir esos cambios para mantenerse a nivel del campo internacional, y las organizaciones de trabajadores deben tomar las medidas necesarias para nuevas exigencias y condiciones de trabajo y remuneración.

 

Otro tema y no de menor importancia se refiere a la Previsión o Seguridad Social. Coherentes con nuestra visión dignificante y central de la persona y del trabajo humano, una Previsión o Seguridad Social concebida en forma integral, universal y solidaria, constituye un factor más que determinante para el desarrollo y la justicia en nuestras sociedades.

 

El proceso de las tres últimas décadas nos muestran un resultado inverso: se ha fraccionado la previsión, se reducen los beneficiarios a ciertos sectores de la sociedad, y se elimina la solidaridad al imponer modelos de ahorro individual y mercantilizar (y hasta usurpar) los ahorros de los trabajadores.

 

Salvo en muy contadas excepciones, y más visibles en gobiernos locales que nacionales, el deterioro de los servicios de previsión como los servicios en materia de salud, jubilación, recreación, etc., es creciente, dejando fuera de los mismos a enormes sectores de nuestros pueblos, dependientes de las obras de caridad, especialmente de las Iglesias.

 

Más allá de los permanente intentos (por parte de Gobiernos y Empresarios) de reducirlos o minimizar sus impactos, existe en el marco de la OIT, un patrimonio por demás determinante en materia de derechos establecidos que responden (en un grado importante) a las necesidades y aspiraciones de los trabajadores.

 

Si bien la OIT es el único organismo del sistema de las Naciones Unidas de carácter tripartito (gobiernos, empleadores y trabajadores), la plena vigencia de esos derechos consagrados internacionalmente y asumidos en las constituciones nacionales, constituye fundamentalmente una responsabilidad de los organismos gubernamentales.

 

Quienes hemos tenido la posibilidad de participar en varios ocasiones en la Comisión de Aplicación de Normas, conocemos las enormes limitaciones que existen para la plena vigencia de esas normas y la permanente lucha que deben dar las organizaciones de trabajadores para mantenerlas y defender una correcta aplicación.

 

En ello está en juego el marco más importante de los derechos y libertades de los trabajadores y sus organizaciones, condicionado por los intereses particulares de los gobiernos, de los empresarios y las deficiencias de los diferentes organismos nacionales encargados de aplicarlos y garantizar su coherente vigencia.

 

Salvo muy contadas excepciones nacionales que sobrepasan el promedio, los índices de sindicalización se han reducido y continúan en ese proceso en los últimos años.

 

Según estimaciones de la OIT, el promedio latinoamericano no supera el 10% y en proceso decreciente.

 

En ello influyen los procesos de automatización, de migraciones internas hacia las ciudades y al exterior, de manifiestas represiones o fundados temores de los trabajadores a la acción de ciertos empresarios y entes gubernamentales, pero fundamentalmente la concepción neoliberal de que “el mejor sindicato es el que no existe” y que en una sociedad donde la centralidad es el “mercado”, el valor del “recurso humano” está muy por debajo de los “recursos técnicos” o los “insumos”. Para mantener su puesto de trabajo el trabajador está o se siente obligado a prescindir de toda acción u organización colectiva en defensa de sus derechos.

 

Desde las represiones impuestas sobre el movimiento de los trabajadores en décadas pasados por las dictaduras militares que ensombrecieron casi totalmente la región, hasta la imposición de políticas inspiradas en el pensamiento neoliberal, las condicionantes para impulsar y consolidar efectivas, representativas y responsables organizaciones de trabajadores, no sólo no han cesado sino que se han incrementado.

 

Basta ser dirigente o militante sindical, para engrosar la lista de quienes por defender los derechos y aspiraciones de los trabajadores, sufren una creciente inseguridad personal y familiar, y están condicionados para pensar y desarrollar un futuro diferente.

 

Uno de los aspectos más preocupantes de esta situación es el deterioro de las condiciones para un amplio y propositivo diálogo y concertación sobre el mundo del trabajo, sobre la economía, las relaciones laborales, y especialmente, para la búsqueda de los necesarios consensos que impliquen un modelo alternativo de desarrollo que asuma en su integralidad a la persona humana y al trabajo humano, clave esencial de la cuestión social.

 

En forma repetida vemos como gran parte de los Gobiernos convocan o prometen el diálogo, para agotarlo en informar a los trabajadores sobre los acuerdos asumidos con los empresarios.

 

Debemos distinguir que el diálogo es sólo un método para lograr la necesaria e indispensable concertación social. Sin concertación, se sufre la imposición de políticas e intereses normalmente contrapuestos a los intereses y necesidades de las grandes mayorías, minando de esta forma elementales condiciones de democratización y paz social.

 

Conocemos a muchos empresarios, personas que animados de un amplio espíritu constructivo, conscientes que el desarrollo de las empresas pasa inexorablemente por el desarrollo del país y el bienestar de las grandes mayorías, hacen serios e importantes esfuerzos de diálogo y concertación con los trabajadores, y están preocupados en mejorar las condiciones de vida y de trabajo de todos los componentes de la empresa. Sin embargo su número es poco significativo y muchas veces están presionados (competitividad mediante) a adaptarse a las condiciones generales imperantes.

 

Ante una dictadura del mercado que se impone sobre el rol del estado y somete al pleno de la sociedad, la competitividad sin alma, la voracidad acumulativa sin límites, la corrupción y legitimación que “el fin justifica los medios”, se sufre la creciente mercantilización de las relaciones humanas, y el sometimiento de la persona y el trabajo humanos a la mera condición de “recursos”, tan explotables como prescindibles.

 

Además, el empresariado con un sano sentido nacionalista, en términos de eficacia y rentabilidad, se enfrenta en no pocos países al dilema de transformarse en “branch”, “franquicia” o subsidiaria de una corporación transnacional, o asumir el difícil camino de subsistir con dignidad las condicionantes que se imponen desde fuera a nuestros mercados. La opción no es fácil, y debería ser éste un tema de especial importancia al momento del diálogo y la concertación sobre modelos alternativos de desarrollo.

 

Es por demás elocuente que a pesar de importantes esfuerzos realizados por algunas organizaciones de trabajadores, en la generalidad de Latinoamérica no se hayan constituidos Consejos Nacionales Económico-Sociales, que en la experiencia europea tienen una importancia determinante como instancias de concertación y garantes de la justicia y la paz social.

 

En los últimos tiempos se habla mucho de la responsabilidad social de las empresas. Sin lugar a dudas, constituye un tema de especial importancia en la medida que no se agote en los discursos de buenas intenciones para escuchas desprevenidos, o en la mejor forma de “evitar que se muera la gallina de los huevos de oro”. Sin lugar a dudas, si un empresario es responsable deberá asumir la dimensión social de su empresa, no como una obra complementaria de caridad, sino como resultado de una sana y seria política de concertación con las organizaciones de trabajadores.

 

El sindicalismo, al igual que las demás institucionalidades de una sociedad sufre los impactos de una crisis que, en su dimensión integral, condiciona su existencia y su futuro.

 

Por principios y por legítima necesidad, nadie puede negar la existencia e importancia de las organizaciones de trabajadores. Sobre el particular, el Magisterio Social y particularmente S.S. Juan Pablo II, lo han expresado con total claridad[8]

 

En 1971, la CLAT inicia el difícil camino de superar la sectarización de los trabajadores, asumiendo el concepto de Movimiento de los Trabajadores, que intentará globalizar la incorporación de todos los sectores de trabajadores (campesinos, cooperativistas, mujeres y jóvenes, jubilados y pensionado, desocupados y trabajadores con limitaciones físicas), e impulsar transformaciones de fondo a la realidad, con propuestas alternativas de desarrollo y de integración regional, único camino para consolidar y garantizar la democracia y la justicia social.

 

Una serie de limitaciones, condicionantes y desafíos se imponen, como condicionantes hacia el futuro, a las organizaciones de trabajadores. Sin ser excluyentes nos parece importante destacar: (I) los intentos (internos y externos) de condicionamiento o dependencia hacia partidos o movimientos político-partidistas; (II) las dificultades para mantener una clara coherencia entre la lucha por la democracia y garantizar la efectiva democracia interna (por aquello de que “nadie puede dar lo que no tiene”); (III) las grandes limitaciones financieras que pueden conducir a peligrosas dependencias externas; (IV) el desafío de crecer manteniendo y profundizando una identidad propia, con dignidad y coherencia; (V) la generación de nuevos liderazgos que garanticen un normal y coherente recambio de dirigentes; (VI) la urgente necesidad de profundizar e impulsar respuestas concretas a las necesidades de los trabajadores.

 

Más allá de la importante historia de la experiencia cooperativa, el cooperativismo, el sector de la economía popular o solidaria y las empresas autogestionadas, constituyen fenómenos que en nada son ajenos al mundo del trabajo. Más aún, como respuesta a las necesidades de importantes sectores de nuestras sociedades, y como una alternativa de plena participación de los trabajadores en la producción, conducción y administración de las empresas, este fenómeno tiene una especial relevancia en los momentos actuales, y no menos condicionantes y desafíos, muy similares a los citados para el Movimiento de los Trabajadores.

 

En el marco de una sana concertación, habría que superar las diferencias con el sector empresarial y el sector sindical. La defensa y promoción de fundamentales objetivos y necesidades nacionales (especialmente la superación de la pobreza, la miseria y la exclusión social), el impulsar un modelo alternativo de desarrollo y el preservar la dignidad de las personas y del trabajo humano, deberían ser elementos centrales donde los esfuerzos de este sector de la economía adquieren especial relevancia.

 

Para importantes sectores de la Iglesia, incluyendo el Episcopado (con muy honrosas excepciones), la problemática del mundo del trabajo suele agotarse el 19 Marzo o el 1 Mayo de cada año, como una referencia a San José Obrero.

 

Por lo menos 15 años de la vida de Nuestro Señor, si lo calculamos desde los 15 años (para que no nos critiquen por animar el trabajo infantil) y antes de los 3 años de vida pública, Él los dedicó al trabajo junto a su padre, San José.

 

Cinco veces más de trabajo que de vida pública (a la inversa de quienes se dedican a la vida pública sin trabajar), deben decirnos mucho. “Cuando un dirigente del movimiento de los trabajadores intenta reunirse con un Obispo, no siempre éste (salvo muy honrosas excepciones) halla el tiempo y la disponibilidad”[9]

 

Parece muy contradictorio que en un continente donde los trabajadores constituyen la incuestionable mayoría de los habitantes y donde una gran mayoría se definen como cristianos, la Pastoral del Trabajo sea casi inexistente, y en el marco de las Pastorales Sociales, son muy pocas las que asumen la problemática del mundo del trabajo.

 

Daría la impresión que ante las complejidades de este mundo del trabajo, que desde inicios del Siglo XX se desplegara un trabajo especialmente agresivo por parte del comunismo, o por errónea o mala influencia de sectores económicos, el Episcopado haya abandonado al mundo del trabajo. Muchas veces los cristianos que sin dejar de serlo y sin temor a definirnos, asumimos un compromiso y los trabajadores confiaron en nosotros, nos sentimos muy solos y llegamos a sentir un extenso vacío de incomprensión, quizá por nuestras propias limitaciones, pero quizá también por ese abandono.

 

Por todo ello nuestro cariño, respeto y veneración a S.S. Juan Pablo II que nos demostró (a partir de su experiencia en las canteras de Solvay) que conocía y comprendía al mundo del trabajo al confiarnos la ponencia en el Sínodo de los Obispos y pedirnos “Debes ser muy firme y muy claro…debes decir tu experiencia sin ningún temor, ello nos ayudará”[10].

 

La Iglesia (que somos todos) tiene un patrimonio rico y exigente, iluminante y coherente como referencia fundamental para el mundo del trabajo. Todos debemos promover y animar efectivos canales de información y mecanismos para compartir tantas angustias y desafíos, y asumir las orientaciones necesarias para animar la esperanza y motivar el compromiso en generar los cambios que nos garanticen una efectiva justicia social, en paz y solidaridad.

 

  1. Tendencias en perspectiva o los desafíos que nos interpelan

 

No acostumbramos a provocar (sanamente) una discusión sobre visiones o interpretaciones de la realidad, sin apuntar (por lo menos) algunas pistas donde creemos se debe transitar en la búsqueda de alternativas que hagan la vida más humana, es decir, más cristiana.

 

Queremos ubicar estas pistas en tres grandes espacios:

 

  1. El espacio y dimensiones de la crisis

 

Latinoamérica sufre desde décadas una crisis que se ha ido transformando en una crisis integral en varias dimensiones.

 

En lo económico, es una crisis del modelo de desarrollo que por influencia de las políticas emanadas del Consenso de Washington e inspiradas en el pensamiento neoliberal, y la falta de consolidación democrática y una firme estructuración institucional, se ha agotado en un crecimiento insuficiente y variable, con una insuperable brecha en la injusta distribución de la riqueza.

 

Como derivado de ello y por lastres históricos, la crisis se expresa en una permanente y creciente exclusión social, marginando de la economía y la participación democrática a amplios sectores (variando según los países) de la población, y en muchos países agravada por el fenómeno de las migraciones, especialmente por desplazamientos hacia las grandes capitales, engrosando los cinturones de pobreza y miseria.

 

Pero fundamentalmente es una crisis de dimensión política, marcada, en la gran mayoría de nuestros países, por el vaciamiento de la casi totalidad de los partidos y movimientos que han agotado la democracia en ejercicios electorales, y han ido perdiendo su propia identidad.

 

Una crisis de dirigentes sin valores, sujetos a presiones y dependencias de intereses individuales e individualistas, ajenos a las necesidades y aspiraciones de nuestros pueblos. En este clima, la corrupción, la impunidad y el autoritarismo se transforman en medios casi normales, y hasta llegan a generar una cultura contradictoria a los valores y principios originarios.

 

  1. El espacio por la recuperación y profundización de nuestra identidad cultural

 

Sin una identidad, una razón compartida de donde venimos, donde estamos y cual es nuestro objetivo, sucumbe cualquier persona, institución o nación. Estamos obligados a asumir el desafío de reconocer, recrear y profundizar nuestra identidad cultural, o como confrontar (con “nuevas” propuestas) las pautas culturales dominantes, hegemonizadas por los centros de poder mundiales, políticos, económicos, sociales, académicos, tecnológicos y mediáticos, vehículos de la “dictadura del relativismo” y de un hedonismo convertido en libertinismo de masas. Como enfrentar, al decir de Guzmán Carriquiry, ese “nuevo opio de los pueblos”.

 

La ausencia o negación premeditada de criterios fundados sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, el intento es “desvertebrarnos”, de quitarnos nuestra identidad, de convertirnos en “zombis” que se agotan en los sentidos, banalizando la conciencia, el valor y experiencia de lo humano, debe sacudirnos y obligarnos a una profunda reflexión. Ante una cultura fundada sobre el ocio, el facilismo, el individualismo y la acumulación, debemos impulsar una cultura del trabajo humano, de la responsabilidad social, del compartir y la solidaridad.

 

Todos somos responsables de este desafío, pero especialmente los que nos autoproclamamos “cristianos”, porque como personas estaríamos eludiendo este desafío ante nuestros hermanos y pueblos, como latinoamericanos negaríamos valores de nuestras raíces precolombinas asentadas sobre el trabajo y el compartir, sino que traicionaríamos el rico patrimonio del legado que el Señor nos mostrara con su propia vida, el magisterio y ejemplo de quienes nos antecedieron en la fe, la esperanza y el amor.

 

La pluralidad adquiere sentido en la medida que cada uno, recupera y profundiza su propia identidad, y con el respeto que nos merecemos todos, la confrontamos y compartimos buscando los elementos que en común definen y dan razón de existencia y desarrollo al ser Latinoamericano.

 

  1. El espacio de nuevos paradigmas ideo-políticos

 

La recuperación de nuestra identidad cultural latinoamericana constituye el basamento ineludible para poder inspirar, generar y profundizar nuevos paradigmas ideo-políticos que superando los actuales modelos de dependencia y sumisión, impulsen la consolidación de una democracia real, un modelo de desarrollo humano integral y la conformación de la Comunidad Latinoamericana de Naciones.

 

En los últimos 50 años de nuestra Latinoamérica, el 92% de los Presidentes y Ministros de nuestros países se definieron (y se definen) como cristianos, o fueron (y son) exalumnos de universidades o centros de estudios con el apelativo de “cristianos”.

 

Ante este hecho, no podemos eludir algunas interrogantes: ¿Como puede explicarse o comprenderse, que en ese mismo tiempo haya aumentado la pobreza, la miseria, la marginalidad y exclusión social, transformándose en abismo la brecha entre ricos y pobres? ¿Qué hemos enseñado, qué hemos aprendido, qué modelos hemos asumido e impulsado, como dirigentes? ¿Hasta dónde llegó nuestra coherencia, qué oportunidades hemos tenido de profundizar y compartir nuestras concepciones, o para mantener posiciones (tan efímeras como limitantes) nos dedicamos a administrar modelos y políticas que compramos o nos impusieron?

 

Cuando releemos el Magisterio Social de la Iglesia Universal, desde las Encíclicas, Constituciones Pastorales y Exhortaciones Apostólicas en los últimos 150 años de la Iglesia, hasta el Magisterio Social de la Iglesia Latinoamericana de Río de Janeiro (1955) a Santo Domingo (1992), pasando por las emblemáticas Conferencias de Medellín (1968) y Puebla (1979); cuando retomamos aportes sustantivos de otras instituciones en el marco del pensamiento humanista y cristiano (notoriamente las elaboraciones de la CLAT sobre Democracia, Desarrollo e Integración); constatamos la existencia de un enorme caudal de orientación que asumido y adaptado, profundizado y compartido, es, sin lugar a dudas, el más rico patrimonio para animar e impulsar nuevos modelos y proyectos para hacer de Latinoamérica una tierra de paz y libertad como frutos de la justicia social y la solidaridad.

 

  1. A modo de conclusión

 

Se nos ocurre, a modo de conclusión, cambiar el punto de observación y análisis. Si miramos Latinoamérica desde una óptica cristiana, vale la pena, en preparación a la V Conferencia General del Episcopado (Aparecida-2007), mirar a la Iglesia (es decir mirarnos a nosotros mismos), desde una óptica Latinoamericana.

 

El mirar el camino recorrido nos puede ayudar a ubicarnos mejor en la comprensión del hoy que vivimos, para asumir con mayor precisión la necesidad de discernir con la claridad posible, los factores causales de nuestra realidad, un juicio católico sobre el actual acontecer latinoamericano y mundial, o por lo menos, algunas hipótesis razonables sobre lo que está sucediendo al inicio de este siglo XXI. Caso contrario, corremos el riesgo de acumular y hasta superponer aportes que pueden quedar inconexos y fragmentados.

 

Existen grandes desafíos, problemas cruciales (sólo nos hemos referido al mundo del trabajo) que debemos afrontar. Ellos nos permitirán visualizar, en un amplio debate eclesial, los caminos que podemos y debemos transitar, hacia, durante y después de la V Conferencia General.

 

No existen caminos transitables, como tampoco soluciones mágicas. Como decía un querido amigo, “cuando vamos encontrando respuestas, nos van cambiando las preguntas”. Por más de 100 años nos debatimos contra un materialismo que desde las mismas fuentes de la Ilustración, se expresaba en términos de “capitalismo” y de “comunismo”. Con la orientación fundamental del Magisterio Pontificio y los aportes del Episcopado Latinoamericano, nos desarrollamos entre avances y contradicciones, nuestras y ajenas. Medellín y Puebla nos ayudaron a compartir el desafío de una realidad latinoamericana en permanente evolución, y a discernir donde se encontraban los grandes desafíos a confrontar y resolver, para no quedar atrapados en las sacristías, perseguir señuelos o desgastarnos detrás de objetivos intrascendentes, sembrados algunas veces por quienes nos confrontaban, y otras creados por nosotros mismos.

 

En el marco de la “guerra fría”, y en el escenario de las luchas sociales, económicas y políticas, a pesar de dudas, vacilaciones y hasta incoherentes compromisos coyunturales, supimos hacer distancia de la polarización, expresando nuestras críticas al capitalismo con argumentos diferentes a los comunistas, y combatiendo al comunismo con criterios muy distantes de las críticas capitalistas. No siempre fuimos comprendidos.

 

Nuestro compromiso y visión centrados en la persona y en el trabajo humanos nos permitió ubicarnos en un plano diferente al de la polaridad. No fue fácil ni tampoco genérico, pero a pesar de muchas limitantes, soledades y claudicaciones, se construyó una referencia respetada y creíble[11]. Durante el tiempo citado, teníamos bastante claro (con todas las dificultades del caso), cuales eran los “enemigos”[12] y (más allá de nuestras riquezas, limitaciones y confusiones), sabíamos y teníamos con que responder y como hacerlo.

 

Consideramos que este es el mayor desafío de la V Conferencia: como sistematizar en un todo homogéneo, no fragmentado, una visión de la realidad latinoamericana (ubicada como referencia inicial), y aportar criterios de orientación para discernir la situación del hoy y del mañana más cercano.

 

Desde Medellín (1968), haciendo escala en Puebla (1979), en “Promoción Humana”[13] y en una “Visión Pastoral de la Realidad Latinoamericana”[14] encontramos elementos más que suficientes que configuran un cuadro de agresiones al ser humano latinoamericano, más que preocupantes. Hoy podemos afirmar que en esos 38 años, se han impulsado y generado cambios, pero que no han mejorado las condiciones de vida y de trabajo de las grandes mayorías. Más aún, la brecha de injusticia distributiva se ha ampliado y profundizado en forma difícilmente superable.

 

Cuando en los inicios de la década de los 70, en la conducción de la CLAT[15] comenzamos a denunciar la imposición de políticas que inspiradas en el modelo ideológico neoliberal iban a agravar aún más las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores latinoamericanos, a denunciar el “Consenso de Washington”, y el triste sometimiento (inconsciente o premeditado) de la gran mayoría de las clases dirigentes, muchos nos quedamos solos, criticados, etiquetados de “radicales” o “exagerados” (en el mejor de los casos), desde los sectores políticos hasta en el propio Episcopado Latinoamericano (con honrosas excepciones que no olvidamos).

 

Hoy, y a nivel de Iglesia aparecen como (bastante) clara las nefastas consecuencias de esas políticas, que el neoliberalismo (aunque no se ha logrado imponer en forma ortodoxa en Latinoamérica) no se agota como inspirador de esas políticas económicas y sociales sino que conforma un evidente modelo ideológico con su integralidad, los negativos impactos del “proceso de globalización”, del “ALCA” y los “Tratados de Libre Comercio”, etc.

 

Para más del 50% de los latinoamericanos, y más allá de los compromisos gubernamentales en los Objetivos del Milenio, la pobreza se convierte paulatina e irremediablemente en miseria, las angustias en desesperanzas. No caben retóricas ante un padre que sufre la impotencia de no encontrar un empleo (aunque no sea tan digno), no poder alimentar ni educar a sus hijos, de haber perdido la noción de una vivienda digna, de una seguridad social que garantice la salud de su familia, de negarse a imaginar un futuro diferente, como se le muestra agresivamente por una sociedad de consumo que en lugar de motivarlo, lo empuja a la desesperanza o a la violencia. Dolorosamente casi el 20% de la población latinoamericana se encuentra en la indigencia, y lo que es peor, en el proceso de perder la esperanza de algo mejor.

 

Cada día que pasa, en la obligación de compartir esas angustias crecientes y esperanzas menguadas, más que refugiarnos en supuestas justificaciones econométricas o sociológicas, no encontramos disculpas a nuestras omisiones, ni refugio en denunciar a quienes, conscientes o no, han impulsado o avalado las políticas que las han originado.

 

Al momento de intentar la búsqueda de caminos alternativos para la región, estamos llamados a considerar muy especialmente que:

 

No existen soluciones viables en forma parcial o sectorial. La sustitución de un paradigma de “crecimiento” debe ser sustituido por un nuevo paradigma, en este caso, de desarrollo humano integral.

 

Un nuevo paradigma de desarrollo debe estar sustentado por la recreación y profundización de nuestra identidad cultural.

 

Un nuevo paradigma de desarrollo no tendrá las posibilidades de su implementación si no es en el marco de la Integración de nuestros pueblos.

 

¿Qué esperan nuestros pueblos?

 

Salvaguarda de la libertad y los derechos fundamentales de las personas; hacer viables y efectivos “Estados de Derecho como derecho de los estados”, (entendido como el conjunto estructurado, armónico y participativo de la sociedad).

 

Impulsar la centralidad de la persona y el trabajo humanos, como camino ineludible hacia la justicia social y como factor de dignificación de la persona y pauta esencial de una nueva “cultura del trabajo responsable”[16].

 

Necesidad de eliminar el “estigma del no trabajo”, la mercantilización del esfuerzo humano, la sustitución conceptual del trabajo por el empleo, las degradantes condiciones de vida y de trabajo de las grandes mayorías[17].

 

La necesidad de reconstruir el tejido social, a partir de: la recuperación de la familia como célula esencial y determinante de una sociedad digna; la participación en la búsqueda permanente de la verdad; el recuperar la vocación de servicio en la función pública; el asumir las diferencias como una necesaria forma de enriquecimiento. Todos ellos, caminos que convergen en una auténtica democratización.

 

La búsqueda y promoción de nuevos paradigmas de desarrollo (estado-mercado-pueblo organizado), que no se agoten en el crecimiento[18] y promuevan una economía al servicio de las personas, una función política al servicio del bien común, una más justa distribución de la riqueza y la plena vigencia de la solidaridad y la subsidiaridad.

 

El reconstruir y hacer transitables los diversos caminos de la integración regional para que converjan en una gran Comunidad Latinoamericana de Naciones. Una integración “integral”, que no se agote en lo económico y financiero, sino que asuma como determinante la integración social, humana, política, como consecuencia de la recreación y profundización de nuestra identidad cultural, profundamente enraizada en valores humanistas-cristianos.

 

La Iglesia no puede jamás ser ajena a las vicisitudes de la vida pública de nuestros pueblos y naciones, viviendo dentro de ellos, pero trascendiéndolos, asumiendo críticamente las diferentes culturas, sin confundirse con ninguna de ellas. La Resurrección de Cristo, la máxima revolución del amor, nos debe transformar en verdaderos agentes de liberación y signos de contradicción. Consideramos necesario que, al igual que en Medellín y Puebla, que una visión descarnada de la realidad se ubique identificándonos con los más desprotegidos y marginados, porque en ellos está el Señor.

Debemos practicar, en lo político y lo social, un permanente pluralismo. Pero el pluralismo no existe cuando se diluyen la identidades y se intentan imponer y hegemonizar pautas culturales opuestas y contrarias a la persona humana.

 

No queda lugar para el “equilibrio” de las ideas…la comprensión hacia quienes no piensan como nosotros no puede conducirnos a aceptar lo inaceptable…como diferencias el respeto a las personas del combate frontal contra ese “nuevo opio”, ese “new deal” del “hombre light”, un ente muy liviano a merced del vendaval de la dictadura de los sentidos, el individualismo y el egoísmo como paradigmas del hombre moderno.

 

El Evangelio es “buena noticia sobre la dignidad de la persona humana”[19], es “un mensaje de libertad y fuerza de liberación”[20].

 

Lo determinante en el camino hacia la V Conferencia, desde nuestra modesta experiencia y compromiso, es como asumir el desafío de reconocer, recrear y profundizar nuestra identidad cultural, o como confrontar (con “nuevas” propuestas) las pautas culturales dominantes, hegemonizadas por los centros de poder mundiales, políticos, económicos, sociales, académicos, tecnológicos y mediáticos, vehículos de la “dictadura del relativismo” y de un hedonismo convertido en libertinismo de masas (Citado en el punto 3.2).

 

Esta “cultura tiene a la Iglesia como la mayor enemiga”, y es para nosotros el desafío crucial al que debemos darle respuesta.

 

La resultante de los esperados debates de la V Conferencia, debería conducirnos a caracterizar con valentía los “signos de los tiempos” y tipificar con absoluta claridad el “enemigo” a confrontar, sin respuestas técnicas o políticas para imponer, sino con criterios de discernimiento y orientación que ayuden a descubrir el sufrimiento del “Cristo Latinoamericano”, no para acompañarlo solidariamente en el camino a la muerte, sino para asombrarnos con una resurrección compartido, haciendo la vida cada día más humana, es decir, más cristiana.

 

Un camino que consideramos ineludible es el de asumir la educación como el eje estratégico de todo el quehacer evangélico.

 

Creo que debemos preguntarnos si somos coherentes, no con el libreto, sino con la inspiración que motivaron a Don Bosco, Ignacio de Loyola, y tantos hermanos, a evitar la reducción del cristianismo a una lista de preceptos o de valores desencarnados, descubriendo el encuentro compartido con una belleza que cambia la vida, con el descubrir algo suficientemente verdadero y atractivo como para poner en movimiento el dinamismo de nuestra libertad.

 

“Es injusto regalarle a un niño un juguete sin explicarle como funciona, pero aún más injusto es darle la vida sin ofrecerle una hipótesis que le permita entender como puede vivirla intensa y humanamente”[21]

Como el don de la fe es acogido, reconocido, adherido, celebrado, comunicado, compartido, y convencidos que nadie puede dar lo que no tiene, debemos compartir el asombro de encontrarnos con El en lo cotidiano de lo nuestro, en el rostro, en las angustias y esperanzas de la gran mayoría de los latinoamericanos.

 

Asumir a plenitud nuestro rol fundamental de “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida”, significa descubrir y asumir un verdadero y auténtico rol de “agentes de cambio y signos de contradicción”, sin dobleces ni equilibrios.

 

Si no evitamos que seamos reducidos a “slogans” más o menos publicitarios, para arrinconarnos en las “sacristías”, corremos el riesgo de darles razón a quienes nos quieren etiquetar como burócratas de ciertas prácticas religiosas, privatizadas, globalizadas y masificadas.

 

 

[1] Luis Enrique Marius, Uruguayo, Ex Miembro del Comité Ejecutivo y Buró Político de la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT) – Ex Miembro del Consejo Directivo de la Universidad de los Trabajadores de América Latina (UTAL) – Ex Director General del Instituto Latinoamericano de Cooperación y Desarrollo (ILACDE) – Ex Vicepresidente Alterno de la Confederación Mundial del Trabajo (CMT) – Ex Presidente de la Comisión Latinoamericana por los Derechos y Libertades de los Trabajadores (CLADEHLT), Asesor del Dpto. Justicia y Solidaridad del CELAM – Director General del Centro Latinoamericano para el Desarrollo, la Integración y Cooperación (CELADIC).

[2] Encíclica Laborem Exercens –[Presentación] – S.S.Juan Pablo II – 1981.-

[3] Encíclica Laborem Exercens – [Presentación] – S.S. Juan Pablo II – 1981.

[4] Encíclica Laborem Exercens – [II-6] – S.S. Juan Pablo II – 1981.

[5] Encíclica Laborem Exercens – [I-3] – S.S. Juan Pablo II – 1981.

[6] Encíclica Rerum Novarum-[2] – S.S. Leon XIII – 1891.-

[7] Encíclica Laborem Exercens – [I-1] – S.S. Juan Pablo II – 1981.-

[8] Notorias son las manifestaciones de apoyo de S.S. Juan Pablo II a Solidarnosc, el reconocimiento a la ADLV (sindicato de los trabajadores del Vaticano), y las muestras de solidaridad expresadas a la CLAT.

[9] Luis Enrique Marius – Ponencia sobre el mundo del trabajo en el Sínodo de los Obispos sobre la Misión de los Laicos – Sala del Sínodo – 1987.

[10] S.S. Juan Pablo II, el 14.Octubre.1987, día previo a la ponencia citada anteriormente.

[11]¿Cómo es posible mantener un compromiso progresista y de cambios profundos desde el pensamiento cristiano?” [Pregunta repetida en varias ocasiones, desde el ámbito de la socialdemocracia europea y sectores “progresistas”].

[12] “Enemigos”, como personas para respetarlos y convertirlos, como ideas y propuestas para combatirlas.

[13] Primera parte de las “Conclusiones” de Medellín.

[14] Primera parte de las “Conclusiones” de Puebla

[15] Central Latinoamericana de Trabajadores

[16] Confrontando las pautas culturales del “modernismo”: ocio, facilismo, dependencia, irresponsabilidad, etc.

[17] Millones de Cristos en caminos obligados hacia el Gólgota.

[18] Categoría que para los neoliberales sustituye el rico concepto del “desarrollo”.

[19] SS. Juan Pablo II-“Redemptor Hominis”, n.10.

[20] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción “Libertatis Nuntius”, 1984.

[21] Padre Julián Carrón, “Buenos Tiempos para los Maestros”- Debate sobre la Educación.2006.

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La democracia y la Biblia

Iglesia y democracia: La democracia y la Biblia – Gustavo Irrazábal

Por Gustavo Irrazábal

Nota del Instituto Acton: con esta entrega comenzamos una serie de capítulos fundamentales del libro Iglesia y Democracia, del P. Gustavo Irrazábal, para que el lector de esta página lo vaya viendo punto por punto y observando su importancia y actualidad. Comenzamos con los primeros capítulos donde se trata el tema de la des-sacralización del poder en la tradición judía.

Capítulo I: La democracia y la Biblia

1.      Raíces bíblicas de la democracia

En el marco de la teología moral, la reflexión ético-política debe tomar como uno de sus puntos de partida ineludibles el dato bíblico. Esto no compromete la justa autonomía de este ámbito (cf. GS 36) en la medida en que la interpretación de los textos inspirados siga un método adecuado, que ponga de manifiesto de qué manera en dichos textos la perspectiva de la fe es capaz de alimentar una reflexión racional sobre la realidad política. Es claro que en la Biblia no es posible encontrar un tratamiento explícito y sistemático de este tema, como tampoco es posible extraer conclusiones normativas directamente aplicables a nuestro contexto político y social actual.

Para ponerse en contacto con la riqueza de la reflexión bíblica será necesario entablar con la Sagrada Escritura una “conversación hermenéutica”,[1] interrogando a los textos a partir de nuestra situación y dejando que ellos nos interroguen desde la propia, como modo de alcanzar una “fusión de horizontes”, que evidencie las analogías y diferencias entre el mundo bíblico y el nuestro. Ello nos permitirá revisar nuestra “precomprensión”, las premisas de nuestro pensamiento, incluyendo sus sesgos y prejuicios inadvertidos, potenciando de ese modo a nuestra razón en su búsqueda de la verdad.

Señalamos aquí como “raíces bíblicas” de la democracia ciertas ideas aportadas por la revelación bíblica, que sin ser directamente políticas, denotan una congenialidad clara con los valores fundantes del pensamiento democrático. La primera, de carácter más general, antropológico, es la afirmación de la dignidad del hombre como imagen de Dios (2.1), fundada en la concepción de Dios como Creador (AT) y Padre (NT), de lo cual se deriva inmediatamente una exigencia de igualdad en el plano social y político (2.2). En el capítulo 3 veremos la eficacia histórica de esta visión, que se pone de manifiesto ante todo en una visión secularizada y por consiguiente, racional, del poder político, de su función, sus límites éticos y sus peligros prácticos.

1.1.   El hombre, imagen de Dios

El primer interrogante que hemos de dirigir a la Sagrada Escritura no puede ser obviamente, uno referido explícitamente al sistema democrático. Pero siendo ésta una forma de configuración del poder político y de la sociedad basada en el principio de igualdad, podemos comenzar planteando la siguiente pregunta: ¿Somos iguales por naturaleza o no?

A esta pregunta, responde Génesis 1,27 que todo ser humano, varón y mujer, es creado a imagen de Dios, con una dignidad que lo distingue del resto de la Creación, no sólo en cuanto poseedor de las facultades de inteligencia, voluntad y libre albedrío, sino también, en un sentido más dinámico, en cuanto capaz de entrar en comunión de conocimiento y amor con su Creador. La originalidad revolucionaria de esta afirmación queda en evidencia si se la compara, por ejemplo, con la religión egipcia, para la cual sólo el faraón era imagen de Dios. Una primera consecuencia tiene una indudable connotación política: los gobernantes, no son tales por naturaleza, por una especie de superioridad innata respecto al resto del pueblo, sino que ejercitan una función a favor o al servicio de sus semejantes, una función que no está librada a la arbitrariedad de quien detenta el poder, sino que tiene un fin propio frente al cual éste es responsable.

El tema del hombre como imagen de Dios ha tenido un extenso y riquísimo desarrollo en la tradición de la Iglesia. En lo que respecta a sus repercusiones políticas y jurídicas, es preciso mencionar la elaboración de los canonistas s. XII, que dan forma al concepto de los derechos subjetivos, antecedente de la doctrina de los derechos humanos desarrollada en la ilustración. Como ha demostrado B. Tierney, en contra de la difundida teoría de M. Villey,[2] la idea de la existencia de derechos subjetivos no es producto del individualismo moderno sino más bien el el despliegue de las implicancias de una antropología de raíz bíblica, que afirma la dignidad única de cada hombre, como ser racional y libre. Guillermo de Ockham (1280/1288 – 1349) no es el inventor de esta doctrina, sino que utiliza este concepto ya existente como argumento para la limitación del poder estatal y pontificio. Como otro ejemplo especialmente significativo, recuérdese cómo Francisco de Vitoria en su obra De indis (1532) argumenta a partir de los derechos de los indios americanos para justificar los límites en el uso de la fuerza por parte de los españoles.

1.2.   Dios Uno, Dios Padre

Esta idea bíblica de la igualdad y fraternidad entre los hombres surge de la fe en Dios como creador de todos ellos, y madura en la afirmación de una vocación común, expresada frecuentemente en la imagen de la peregrinación de todos los pueblos a Jerusalén (p.ej., Is 2,2-5). La profesión de fe en el Dios único, contra lo que se podría pensar en una aproximación superficial, es una declaración de guerra contra la idolatría del poder, a través del carácter absoluto que confiere a cada individuo como también a través de la relativización de toda comunidad política.[3]

En el Nuevo Testamento, esta fundamentación teológica del vínculo de fraternidad universal, alcanza su profundidad última en la idea evangélica de la paternidad de Dios, revelación que encierra un sentido profundamente liberador. “A nadie en el mundo llamen «padre» porque no tienen sino uno, el Padre celestial” (Mt 23,9). La paternidad divina es presentada aquí no como argumento para la sacralización de la autoridad, sino por el contrario, como límite a su ejercicio autoritario o “paternalista”. El autoritarismo, como comenta P. Bonnard, no es sólo un defecto de carácter, sino la usurpación de los derechos de Dios, el único que es más que nosotros por naturaleza.[4]

En este preciso sentido, el rechazo del paternalismo, se podría coincidir con las afirmaciones de H. Kelsen: “Por naturaleza la democracia es una sociedad que no reconoce padre –la paternidad es el modelo y la experiencia primaria de la autoridad—; aspira a ser en lo posible una sociedad de colaboración entre iguales, sin direcciones tuteladoras. Su principio es la coordinación y su forma más primitivas la sociedad entre hermanos del régimen del matriarcado. (…) La autocracia, por el contrario, es por naturaleza una comunidad patriarcal; no se busque en su estructura la coordinación, sino la relación de superior a inferior, la articulación jerárquica”.[5]

En un registro distinto pero en última instancia convergente, J. Courtney Murray comenta sobre la cultura política de su país: “Un Americano ama a su país; no ama su administración. Reverencia las tradiciones políticas de la nación expresadas en la constitución; pero está dispuesto a ser bastante irreverente frente a los actos de gobierno. Respecta la dignidad de los altos cargos; pero puede criticar en voz alta al alto funcionario. Se coloca frente al Estado en un pie de igualdad legal; cumple sus deberes y reclama sus derechos; está dispuesto a obedecer y también a protestar”.[6]

La visión bíblica acerca de la dignidad humana y la fraternidad entre los hombres fundada en la fe en el Dios único y creador, y profundizada en la revelación neotestamentaria de la paternidad de Dios, va dando forma a una concepción original del poder político, que se irá esclareciendo y enriqueciendo a través de la reflexión sobre la experiencia histórica, primero en Israel, luego en la Iglesia primitiva. De este tema nos ocuparemos en los siguientes apartados.

2.      Antiguo Testamento: La desacralización del poder político

De un modo global, podemos comenzar afirmando que en la Biblia se opera una desacralización del poder político.[7] En el mundo antiguo, con frecuencia se atribuía al gobernante la función de vincular el mundo de los hombres con el orden cósmico. Incluso era considerado, en muchos casos, como “hijo de Dios”, es decir, de origen y condición divina, y su poder era respaldado por una teología política. Esta concepción mítica del poder político estaba al servicio de un ejercicio de la autoridad libre de oposición, control, o límites, estando la religión subordinada a esa pretensión.

En la Biblia, en contraste, el poder político forma parte del universo creado, es una realidad secular. Ello tiene importantes consecuencias. La autoridad humana está sometida a la voluntad de Dios, y por consiguiente, al orden moral. El poder es confiado a la libertad y responsabilidad del hombre: el gobernante que debe ejercerlo conforme a sus fines debidos, el súbdito que debe obedecerlo en conciencia cuando es legítimo y puede estar incluso obligado a desobedecerlo cuando no lo es. Se reconoce su importancia cuando es bien empleado, y las trágicas consecuencias de su mal ejercicio, o el vacío dramático que genera su ausencia.

Aunque en el AT se conserve todavía una visión teocrática de lo político (la Ley de Dios como derecho del pueblo, tendencia a la identificación entre liderazgo político y religioso), el proceso descripto hace posible al autor inspirado reflexionar racionalmente sobre la experiencia relativa al Estado, descubrir su utilidad y sus peligros, enunciar normas que deben orientarlo y limitarlo, y ejercer una crítica sobre los intentos de legitimación pseudo-religiosa de ciertos proyectos políticos cuando entran en conflicto con la fidelidad a Dios.

2.1.   Historia de Israel: la tendencia anárquica y sus consecuencias

En la Biblia encontramos una actitud fundamentalmente desconfiada ante el Estado y el poder político. El episodio de la Torre de Babel (Gen. 11,1-18) puede ser interpretado como la caracterización de los reyes cananeos, soberbios y despóticos, que se hace extensiva a los grandes centros imperiales de Egipto y la Mesopotamia. Frente a ellos, es posible identificar una cierta tendencia anárquica, que se prolongará en Israel por varios siglos,[8] y cuyas consecuencias obligarán a un profundo replanteo.

Abraham fue llevado por Dios lejos de su patria, en el Sur de la Mesopotamia (según Gen. 11,31), para vivir la dura vida de pastor en Canaán, lejos del mundo civilizado, como si sólo en la lejanía del poder imperial fuera posible una existencia digna del hombre, en libertad. Cuando su descendencia se ve obligada a emigrar a Egipto, y termina sometida a una cruel esclavitud, pone de manifiesto (aunque no sin vacilaciones) un espíritu de resistencia y revolución. Las parteras hebreas (Ex 1,13-22) no tienen escrúpulo en desobedecer y mentir al faraón cuando sus órdenes contradicen su fidelidad a Dios y a su pueblo. La misma hija del Faraón desoye las órdenes de su padre cuando su corazón la impulsa a adoptar a Moisés (2,3-10). Moisés adulto mostrará su espíritu de rebelión en el asesinato del Egipcio (2,11-12), energía que Dios canalizará a través de su llamado al servicio de la liberación del Pueblo (3,1-12). Éste saldrá de aquella tierra de esclavitud con un acto de desobediencia colectiva: la celebración de la Pascua. En todos los casos, hombres y mujeres contradicen la ley del Estado simplemente porque entienden que desobedecer es lo correcto.

La misma tendencia anárquica se vuelve a poner de manifiesto tras el retorno a Canaán. La soberanía de Yahvé parece incompatible con la adopción de un rey temporal. En los momentos de crisis, Dios suscita jueces para salvar a Israel, pero cumplida su función Israel retorna a su condición primera, de carencia de un liderazgo unificado. Cuando, después de su victoria en Madián, el pueblo pide a Gedeón que se convierta en su rey, éste responde: “No seré yo el que reine sobre vosotros ni mi hijo: Yahvé será vuestro rey” (Jc 8,28). También Samuel se opone a la institución de una monarquía, y aunque debe ceder por orden de Yahvé a las demandas del pueblo, no deja de expresar enfáticamente los peligros de un poder político centralizado (1 Sam 8,4-22).

Pero la anarquía, aun religiosamente fundada en el reinado de Yahvé, tiene resultados catastróficos, que el libro de los Jueces condena severamente: cada generación se vuelve más corrupta que la de sus padres (cf. Jc 2,19), proceso que desemboca en el abominable crimen de Guibeá (Jc 19,11-30), que desata la feroz guerra de Israel contra la tribu de Benjamín (Jc 20), y las sórdidas maniobras de los sobrevivientes de esta tribu para conseguir mujeres y garantizar su descendencia (Jc 21, 8-23). A juicio del autor inspirado, esto es consecuencia de que “por aquel tiempo no había rey en Israel y cada uno hacía lo que le parecía bien” (Jc 21,25; cf. 17,6; 18,1). Sin un Estado para mantener el orden, la corrupción de la vida civil y política es inevitable.

2.2.   La monarquía y sus límites

Está tensión entre el ideal de tener por rey sólo a Yahvé y el realismo político que indica la necesidad de un gobierno central, se ve agudamente reflejada en 1 Samuel. Cuando el pueblo demanda un rey a Samuel, éste manifiesta un profundo disgusto (1 Sam 8,6), pero Yahvé le ordena escucharlos (v.7-9). Samuel todavía insistirá con sus advertencias (vv.10-18), pero el pueblo se obstina en su reclamo (vv.19-22), y Yahvé le manda ceder y ponerles un rey (v.22). Con el primer monarca ungido por Samuel, Saúl, se recupera la unidad nacional, e Israel logra derrotar a los amonitas, saliendo contra ellos “como un solo hombre” (11,7), aunque bajo la amenaza del nuevo rey (ibid).

Ahora Israel tiene un rey “como los demás pueblos”, y sin embargo hay una nota que lo diferencia de ellos (y también de las modernas teorías contractualistas del Estado), y que se expresa en el concepto de Alianza: la monarquía se funda en un pacto que une, en primer lugar, al pueblo con Dios, y por ello mismo, en segundo lugar, liga a los miembros del pueblo entre sí. Como señala Yoram Hazoni, la orden de Yahvé de atender el reclamo del pueblo (“escucha su petición”, v. 8,9; “hazles caso”, v.22), está ya esbozando un principio democrático. En esta actitud divina se encuentra la raíz de la teología de la Alianza: Dios no impone al pueblo sus normas y condiciones, sino que respeta su libertad, llamándolos a una decisión que los compromete y los consagra (cf. Ex 19,3-11).

Pero la legitimidad del poder político en Israel no puede derivar de la sola voluntad del pueblo: es necesario el sometimiento a la voluntad de Dios, que constituye un estándar independiente. El contrato social en Israel tiene, por así decirlo, un carácter condicional: si los reyes transgreden la voluntad divina, Dios les retira su legitimidad. Se puede afirmar, entonces, que la monarquía en Israel se funda en un sistema de legitimidad dual.[9]

Como consecuencia, el rey será representante de Dios ante el pueblo, pero no en un sentido ideológico propio de las teologías políticas (“lo que yo digo es, por eso mismo, lo que dice Dios”), sino en cuanto que es efectivamente responsable ante Dios.[10] Esto se encuentra reflejado de modo elocuente en la figura del profeta que aconseja al rey y, eventualmente, llega a enfrentarlo (cf. el enfrentamiento del profeta Elías con el rey Ajab, 1 Re 17 − 19; o el de Jeremías con Yoyaquim, Jer 36, y con Sedecías, Jer 37 − 39). Dios no se somete a los planes de los gobernantes, los trasciende, los juzga y, en su caso, los hace fracasar.[11]

Existe, pues, un estándar independiente que mide el poder político, como puede observarse en la “Ley del Rey” de Dt 17,14-20.[12] Las instrucciones específicas referidas al rey son las siguientes:

“(…) no ha de tener muchos caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto para aumentar su caballería, porque Yahvé os ha dicho: «No volveréis a ir jamás por ese camino». No ha de tener muchas mujeres, cosa que podría descarriar su corazón. Tampoco deberá tener demasiada plata y oro. Cuando suba al trono real, deberá escribir esta Ley para su uso, copiándola del libro de los sacerdotes levitas. La llevará consigo; la leerá todos los días de su vida para aprender a temer a Yahvé su Dios, guardando todas las palabras de esta Ley y estos preceptos, para ponerlos en práctica. Así su corazón no se engreirá sobre sus hermanos y no se apartará de estos mandamientos ni a derecha ni a izquierda. Y así prolongará los días de su reino, él y sus hijos, en medio de Israel.”

Estas normas que establecen que el rey no debe multiplicar sus caballos (ejército), sus esposas (alianzas extranjeras, idolatría), su oro (impuestos, conquistas), instrucciones que apuntan sin duda a un Estado limitado, en el cual el gobierno esté al servicio del pueblo y no, por el contrario, el pueblo al servicio de un proyecto de poder. Sólo ateniéndose a estos mandatos podrá conservar el rey su fidelidad a Dios y su sentido de pertenencia al pueblo de donde fue sacado, evitando que su corazón “se engría sobre sus hermanos” (v.29). Se trata del primer caso en la historia en que un pueblo es limitado en su poder por un decreto de su propio Dios. Estas normas, que el rey debe poner por escrito y leer diariamente (vv.18-19), constituyen un antecedente remoto de la tradición del gobierno constitucional.

Desafortunadamente, el reino evoluciona en un sentido contrario a estas exigencias éticas. David logra unificar las tribus de Israel en torno a Jerusalén, cede del poder central y del culto a Yahvé. Sin embargo, con su sucesor Salomón, si bien Israel alcanza el ápice de su poder político y económico, comienzan a hacerse visibles los factores que conducirán a su ruina: el relato de sus riquezas (1 Re 10,14-25), sus carros (vv.26-29) y sus esposas (Re 11,1-13), lejos de ser expresión de orgullo chauvinista por parte del autor sagrado, ponen en evidencia la sistemática transgresión de la “Ley del Rey”, que no casualmente acompaña la ruptura del equilibrio davídico entre el gobierno central y los jefes tribales, y que llevaría a la división y la destrucción del reino. Cuando el hijo de Salomón, Roboam, se niega a atender el comprensible reclamo de las tribus del norte representadas por Jeroboam, de aligerar la carga de los impuestos y atemperar el autoritarismo de su padre, se consuma el cisma político que separa Israel de Judá (1 Re 12).

2.3.   Idolatría y poder político

Finalmente, es preciso reparar en la asociación que se establece en los profetas entre poder político absoluto e idolatría, ya que el culto idolátrico constituye el fundamento mítico de dicho poder (cf. Is 14,12ss.). El alejamiento del Dios Verdadero es fuente de violencia e injusticia (Am 1,3 − 2,7). En la misma línea se orienta la literatura apocalíptica (cf. Nabucodonosor y la adoración de la estatua de oro, Dan 3,1-7).

La conclusión es clara: la idea de un Estado limitado en el ejercicio de su poder y en sus ambiciones, sólo puede surgir de una concepción desacralizada de aquél. Dondequiera que el poder es sacralizado, se pone más allá de toda norma objetiva, y convierte su propia arbitrariedad en la única fuente del derecho y la justicia. La tradición bíblica, con su visión secularizada, e incluso cautelosa, del poder, y el imperativo de su sometimiento a criterios trascendentes de justicia, constituye un aporte fundamental al pensamiento político.

[1] L. González de Carvajal, Entre la utopía y la realidad, 243.

[2] Cf. B. Tierney, The Idea of Natural Rights. Studies on Natural Rights, Natural Law, and Church Law, 1150-1625, Eerdmans, Grand Rapids, Michigan / Cambridge, UK. Para la posición de M. Villey, La formation de la pensé juridique moderne, Montchrétien, Paris, 19754.

[3] Estas ideas pueden verse más desarrolladas en J. Ratzinger, Introduction to Christianity, I.I.2.

[4] Cf. P. Bonnard, Evangelio según San Mateo, 502.

[5] H. Kelsen, Esencia y valor de la democracia, 152-152.

[6] J. Courtney Murray, “Leo XIII. Two Concepts of Government”, 1954 (traducción mía).

[7] Comisión Teológica Internacional, Hacia una ética universal (2008), 93ss. En adelante, HEU.

[8] Sigo de cerca en esta reflexión el ensayo de Y. Hazoni, The Biblical Case for Limited Government.

[9] Y. Hazoni, op. cit.

[10] La historia de Saúl es, en este sentido, muy reveladora: su desobediencia, aparentemente inocente, le hace perder el favor de Yahvé (1 Sam 24,1-8; 26,8-11), que sólo acepta ser adorado en el modo que Él mismo establece.

[11] Un caso clásico es el de la destrucción del Templo y la deportación a Babilonia, cf. Jer 7,1-15.38-39.

[12] Es paralela al texto de 1 Sam 8,11-18, y como ella, marcadamente desfavorable a la realeza.

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