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compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE


NOTA DOCTRINAL

sobre algunas cuestiones relativas al
compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presente Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.

I. Una enseñanza constante 

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, «cumplen todos sus deberes de ciudadanos».[1] La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia»[2]. Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar «la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones» que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que«el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral»[3].

Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente[4] todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.[5] La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades»[6].

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana»,[7] en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía,[8] y cooperando con los demás, ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad.[9] Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»,[10] que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.

La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas.[11] Y ello porque, en estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.

II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y político  

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones.

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.

3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”.

En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar – particularmente por la representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16] Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales.

La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública»[18].

4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio, a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública».[20]

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada.

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.

III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo 

5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables».[24] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.

Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia.

Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana.

En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26]

IV. Consideraciones sobre aspectos particulares 

7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios básicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los católicos en política y sin tener en consideración los principios a los que se ha hecho referencia.

La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo «camino, verdad y vida» (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso político que los católicos han sabido desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles.

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido, conciente de que la dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana hacia la vida eterna.

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad.

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que «el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella».[29] La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.

V. Conclusión 

9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno». Alégrense los fieles cristianos «de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios».[31]

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea publicada.  

Dado en Roma, en la sede de la Congregación por la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús Cristo, Rey del universo.

+JOSEPH CARD. RATZINGER
Prefecto 

+TARCISIO BERTONE, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario


Notas

[1]CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240. 

[2]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80. 

[3]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4. 

[4]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915. 

[5]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[6]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social; «sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31-I-1994, n. 33. 

[7]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[8]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 36. 

[9]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, 7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43. 

[10]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42. 

[11]En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ss; Carta Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima adveniens, AAS 63 (1971) 401-441. 

[12]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.  

[13]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522. 

[14]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[15]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[16]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75. 

[17]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25. 

[18]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73. 

[19]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[20]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[21]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[22]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304 

[23]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[24]JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421. 

[25]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4 

[26]Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002. 

[27]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91 (1999) 5-88. 

[28]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae, n. 1: «En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica». Eso no quita que la Iglesia considere con sincero respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce «todo lo bueno y verdadero» presentes en ellas. Cfr. CONCILIO VATICANO II,Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto Ad gentes, n. 11; Declaración Nostra ætate, n. 2; JUAN PABLOII, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991) 249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, DeclaraciónDominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.  

[29]PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana, en «Insegnamenti di Paolo VI» 14 (1976), 1088-1089). 

[30]Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162; LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171; PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22. 

[31]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59.

Fuente: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20021124_politica_sp.html

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La formación política del cristiano. Una reflexión sobre la dimensión política del Evangelio

La formación política del cristiano. Una reflexión sobre la dimensión política del Evangelio

La formación política del cristiano. Una reflexión sobre la dimensión política del EvangelioConferencia dictada por el P. José Andrés Bravo en la Asamblea Anual del Consejo Nacional de Laicos, el 30 de mayo 2015 en Caracas.

Mons. Ubaldo Santana, arzobispo de Maracaibo, afirmó a un periodista que el reto de la Iglesia en la actual sociedad venezolana es la formación de los cristianos en la política. La falta de esta sólida formación humano-cristiana es denunciada por el Concilio Plenario de Venezuela como una sombra: “En el campo de la política, escenario donde se configuran las leyes y se toman las grandes decisiones, se evidencia la escasez de laicos formados en la fe y específicamente en la Doctrina Social de la Iglesia, que influyan significativamente en las decisiones que afectan a la nación, particularmente en los campos como la familia, la defensa de la vida, la educación y la libertad religiosa”[1]. La sombra es más oscura cuando “se constata en algunos cristianos una actitud pasiva en participar en la vida de sus comunidades y del país, dejando a un lado la responsabilidad social y política, la cual es insoslayable para cualquier persona como miembro de una sociedad. Esa apatía e indiferencia contraría el compromiso cristiano con la comunidad para la construcción de un nuevo país”[2].

Esta inquietud ha sido expresada en diversos documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana, especialmente en los últimos años. Uno de los más contundentes y oportunos es emitido el 20 de enero de 1998, en medio de la grave crisis de nuestra democracia en franco deterioro, a los cuarenta años – ironía de la historia – del “23 de enero de 1958”. Es firme al valorar la democracia: “Vivir en democracia no es, desde la perspectiva del pensamiento de la Iglesia, algo accidental. Forma parte de las condiciones para garantizar la dignidad de la persona humana, la calidad de vida y la justicia distributiva. Por eso, la Iglesia no puede mantenerse indiferente ante este proceso. Debemos afirmar que la democracia como sistema político no es negociable. Es decir, que no estamos dispuestos a avalar formas autoritarias o dictatoriales que tantas penas y lágrimas nos causaron en el pasado. No se puede olvidar que detrás de estos regímenes de fuerza afloran diversas formas de degradación y manipulación de la persona humana”[3].

Resalto el llamado a no ser indiferentes. Pero, lo más grave es que muchos venezolanos que se profesan cristianos – unos más que otros – han contribuido, con sus acciones y actitudes, a la perdida de la libertad y de la democracia. Unos empeñados en mantener el poder por cualquier medio, no importando traicionar los principios fundamentales del bien común y asumiendo políticas equivocadas, ineficientes y, no en pocos casos, propiciadoras de corrupción. Otros, queriendo proteger sus intereses, sus negocios, se alistan a formar parte del régimen “socialista”, totalitario y destructor, olvidándose de los valores fundamentales del cristianismo que dicen profesar. Pero, peor aún es la indiferencia de la mayoría cristiana que prefiere encerrarse en sí misma y no comprometerse en lo que es propio del seguidor de Jesús, la entrega amorosa hasta la cruz (sacrificio) para obtener el triunfo del reino de paz y justicia para todos, preferencialmente para los pobres.

Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Christifideles Laici (1988), es aún más claro: “Para animar cristianamente el orden temporal – en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad – los fieles laicos de ningún modo puede abdicar de la participación en la política; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común… Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública”[4].

En los años postconciliares y, específicamente, a partir de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín (1968), nace un movimiento latinoamericano que tuvo a la teología de la liberación como base de reflexión y a las comunidades cristianas populares o de base como elemento operativo con claras opciones sociales contra regímenes totalitarios y sistemas opresores. Unos con clara inspiración marxistas y otros buscando una fuerza cristiana que les ayudara en las terribles luchas contra las más graves injusticias que conducen a la violencia, motivados por la opción preferencial por los pobres y oprimidos. Son muchos y diversos los escritos que han querido dar respuesta a esta situación. Tengo a mano dos artículos que me ayudan a plantear el problema. El primero es del sacerdote chileno Segundo Galilea publicado el año 1973, titulado “Jesús y la liberación de su pueblo”[5]. El otro es del  sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, tomado de su obra fundamental Teología de la Liberación del año 1971. El referido artículo se titula “Jesús y el mundo político”[6].

Según Galilea, el problema que enfrentan muchos cristianos comprometidos en la lucha liberadora es que no se sienten en condiciones de asumir una militancia propiamente política. Sin embargo, saben que, desde su apostolado, deben trabajar para influir a favor de los necesitados. Indudablemente, su acción tiene una vertiente socio-político que deben descubrir en el Evangelio de Jesús. Yo digo que es importante una pastoral socio-política que dé respuestas a este cuestionamiento. Lo que sucede es que se ha tenido miedo en aceptar que también la persona y las enseñanzas de Jesús pueden iluminar el camino hacia esta acción. Acertado es el teólogo chileno al afirmar que “la cristología que muchos de esos cristianos recibieron no los preparó para una lectura socio-política de la vida de Jesús y del Evangelio”[7].

La falta de una seria formación al respecto, lleva incluso al error de justificar cualquier sistema. En la actual Venezuela se ha querido identificar a Jesús con el régimen totalitario denominado “socialismo del siglo XXI”. Sin embargo, por otra parte, como lo refiere Galilea, “frente a esta realidad y proceso histórico es necesario colocar la misión de Jesús. La carencia de la dimensión política de la cristología tiende a hacer de Cristo ajeno a esta problemática, socialmente desencarnado, predicador de un mensaje salvador de las personas y de un reino extra-temporal”[8]. A un mensaje de Jesús desencarnado le siguen unos cristianos indiferentes y, los más comprometidos, decepcionados.

No podemos negar, aquí me hago ayudar por el artículo de Gustavo Gutiérrez, de que existe un problema muy profundo y complejo que no podemos evadir. Existen algunos cristianos, especialmente jóvenes, que han llegado a preguntarse por la actitud de Jesús frente a la situación política de su tiempo. Es verdad que Jesús no es un rebelde político al estilo zelote, pero tampoco es un espiritualista apartado del mundo como un esenio de su época. Jesús, según el testimonio de los evangelistas, vivió pobre y cerca de los pobres y necesitados. En una cultura como la de su pueblo donde existe clara discriminación contra las mujeres y los niños, Jesús se acerco y compartió con mujeres y bendijo a los niños. A los samaritanos, otros despreciados, son tratados por Jesús con dignidad y hasta como ejemplo de cómo se debe vivir la caridad. A los enfermos, especialmente los considerados impuros, se hace cercano para asistirlos.

Su programa de vida está dirigido a predicarles a los pobres y liberar a los oprimidos. Ciertamente, la predicación de su reino va más allá de los límites humanos, pero cambia radicalmente las relaciones interhumanas, de manera que las personas se rijan por los fundamentales valores que dignifican: justicia, paz, libertad y verdad, para el cumplimiento del mandamiento nuevo del amor fraterno. Porque, bien lo dice Gutiérrez, “para Jesús la opresión y la injusticia no se limita a una situación histórica determinada; sus causas son más profundas y no podrán ser eliminadas verdaderamente si no se va a las raíces mismas de la situación: la quiebra de la fraternidad y la comunión entre los hombres. Además, y esto es de enormes consecuencias, Jesús es opuesto a todo mesianismo político-religioso que no respeta ni la hondura de lo religioso ni la consistencia propia de la acción política”[9].

Por eso, estoy convencido de que la tarea urgente es formar a los cristianos en el auténtico sentido de la política para que puedan, con los valores del Evangelio y la doctrina social, ser protagonistas en la construcción de una nueva sociedad de progreso y bienestar para todos. Para ello, la Iglesia ofrece los principios de reflexión, los criterios de juicios y las directrices de acción, que tienen su origen en la revelación divina. Ciertamente, la acción liberadora de Dios en la historia[10], su gesto de acercarse a un pueblo oprimido por el poder que tiraniza, la elección de un líder y la movilización de Israel que se levanta y marcha en comunidad hacia la libertad con la fuerza de la fe y la convicción del valor del sacrificio, es fuente de toda acción política de inspiración cristiana. Como enseña el Compendio de la Doctrina Social en el numeral 23: “El don de la liberación y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el Decálogo, están, por tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la sociedad israelita en la justicia y en la solidaridad”[11]. Israel es el prototipo del nuevo pueblo de Dios formado por la humanidad entera y liberado por el sacrificio de Jesús en la cruz.

Pues, el acontecimiento salvífico del Dios de Israel, tiene en Jesucristo el cumplimiento decisivo de la historia liberadora. Cristo encarnado, cuyo proyecto es anunciar una buena noticia a los pobres, la liberación de los oprimidos y establecer un reino de fraternidad[12], en la libertad y responsabilidad. Aquí está el proyecto originario de toda acción política del cristiano. De este acontecimiento continuamente renovado, donde se actualiza el designio de amor de Dios, nace la visión de la persona humana, de la sociedad y de su historia. Si el cristiano tiene conocimiento y convicción de estas enseñanzas, su fe le mueve a no aislarse en un espiritualismo individualista y evasivo[13], una piedad privada (pietista), un moralismo excluyente o una caridad casual, que muchas veces justifican su falta de compromiso con la sociedad.

En este sentido, fue en la Conferencia de Medellín (1968), donde la Iglesia de nuestro continente latinoamericano destaca las relaciones de la vida espiritual con la acción liberadora, concretamente en la liturgia. Pues, “la celebración litúrgica corona y comporta un compromiso con la realidad humana, con el desarrollo y con la promoción, precisamente porque toda la creación está insertada en el designio salvador que abarca la totalidad del hombre”[14]. Y, cuando habla de la espiritualidad de los cristianos, invita a promoverse “una genuina espiritualidad de los laicos a partir de su propia experiencia de compromiso en el mundo, ayudándoles a entregarse a Dios en el servicio de los hombres y enseñándoles a descubrir el sentido de la oración y de la liturgia como expresión y alimento de esa doble recíproca entrega”[15]. Más adelante, en la Conferencia de Santo Domingo (1992) se exige como compromiso pastoral, dinamizar “una espiritualidad del seguimiento de Jesús, que logre el encuentro entre la fe y la vida, que sea promotora de la justicia, de la solidaridad y que aliente un proyecto esperanzador y generador de una nueva cultura de la vida”[16].

Es importante convencer de que en la irrupción de Dios en la historia, se encuentra también la raíz de la visión cristiana de la comunidad política. Así lo enseña la Iglesia en el tesoro de su doctrina social: “Cristo revela a la autoridad humana, siempre tentada por el dominio, que su significado auténtico y pleno es de servicio”[17]. En esto se insiste una y otra vez, porque su fundamento es la dignidad de la persona humana que sólo en una comunidad de paz y libertad puede realizarse plenamente. La principal responsabilidad es el bien común: “La comunidad política tiende al bien común cuando actúa a favor de la creación de un ambiente humano en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio real de los derechos humanos y del cumplimiento pleno de los respectivos deberes”[18].

La política entendida como servicio al bien común, supone que nuestra existencia es convivencia, relación interpersonal. Si bien es importante la autoafirmación como ser individual con su propia identidad – ser idéntico a sí mismo –, este mismo ser no se realiza plenamente si no sale de sí mismo al encuentro con los demás, vigorizando su libertad aceptando las inevitables obligaciones de la vida social, asumiendo las multiformes exigencias de la convivencia humana, obligándose al servicio de la comunidad en que vive[19].

El mismo Jesús, con su característico lenguaje radical, lo expresa claramente a sus Apóstoles, ante sus ambiciones de poderes y privilegios, tentaciones que acompañan siempre al cristiano. Así habla Jesús de la política: “Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; quien quiera ser el primero que se haga sirviente de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida como rescate por todos”[20]. El gobernante es el sirviente del pueblo. Es tanto que, sólo podemos participar del reino de Dios si dirigimos nuestra existencia a servir a los demás en la solución de sus más urgentes problemas sociales: El hambre, la sequía y destrucción ambiental, la inmigración y la gravedad de los muchos refugiados, la falta de vivienda, el deterioro de la salud y servicios básicos, del sistema de justicia y la horrible condiciones de las cárceles. Basta leer el Evangelio[21].

Estas reflexiones son como una manera de introducir lo que sería un desafío cada vez más urgente de formar a los cristianos en el verdadero sentido de la política. Porque el seguidor de Jesús debe tener clara conciencia de su compromiso con la situación socio-política de la sociedad actual. ¿Con qué principios puede un cristiano desarrollar una reflexión hoy? Aquí es necesaria la visión de la persona humana, su dignidad, sus derechos y deberes. ¿Cuáles son los criterios que, desde la fe, se necesitan para un juicio a los sistemas que se imponen, a los sistemas que se proponen y por los que se lucha? Aquí se necesita un conocimiento de la realidad y una capacidad de juicio cristiano; conocer las diversas ideologías, sus valores y sus peligros. También se debe tener claro los derechos y deberes sociales de la Iglesia, para un discernimiento lo más conveniente posible. Y, por último, ¿cuáles son las orientaciones para la acción dinámica del cristiano? Es importante tener una visión evangélica de la dignidad de la persona humana para un diálogo respetuoso y sincero, para la promoción de la justicia en la solidaridad. Todos estos y más, desde la práctica del amor y de la misericordia, como camino para construir la fraternidad, fundamento de la paz, como nos exhorta el Papa Francisco.

El principio de reflexión que nos enseña la doctrina social es la persona humana libre e inteligente, cuya dignidad se fundamenta en su participación en la divinidad de Dios que lo creo a su imagen y semejanza: “El hombre pues, como ser inteligente y libre, sujeto de derechos y deberes es el primer principio y, se puede decir, el corazón y el alma de la enseñanza social de la Iglesia”[22]. En realidad, es el único principio, los demás se desprende de él. Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor hominis 14 afirma que “el hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social – en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la nación, o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o de la tribu), en el ámbito de toda la humanidad – este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo”.

Si este es el principio fundamental, la DSI debe basarse entonces en una clara visión cristiana del ser humano. Lo que podríamos denominar: una antropología cristiana. En este sentido, la Iglesia apuesta por un humanismo integral y solidario. Por eso, la Iglesia, en la Gaudium et spes, da la cara al mundo, para servir a la persona humana. Ella escucha sus interrogantes, comprende la complejidad de su situación, respeta la autonomía de lo terrenal, valora su progreso y brinda a la humanidad el servicio de la evangelización.

De este principio fundamental se desprenden los siguientes principios señalados por el documento de la Congregación para la Educación Católica, ampliado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. A saber, los derechos humanos que derivan de la misma dignidad de la persona humana como imagen de Dios; la dimensión relacional o comunional de esta persona (con Dios, con los demás y con las cosas materiales); el bien común como un valor de servicio y de organización de la vida social y del nuevo orden de la convivencia humana; la solidaridad y la subsidiariedad que protege especialmente al más necesitado, ligadas a la opción preferencial por los pobres; la concepción orgánica de la vida social que no es otra cosa que la organización política que cuide y propicie la libertad y la justicia; la participación, asegurando con ella, en la organización social, las exigencias éticas de la justicia social (“La participación justa, proporcionada y responsable de todos los miembros y sectores de la sociedad en el desarrollo de la vida socio-económica, política y cultural es el camino seguro para conseguir una nueva convivencia humana”[23]); las estructuras humanas y la comunidad de personas; por último, el destino universal de los bienes, formulado por la Gaudium et spes 69 así: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar  a todos en forma equitativa, bajo la guía de la justicia y de la caridad”. Este principio puede provocar el debate sobre la propiedad privada que, a mi juicio, queda aclarado con Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens 14: “La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como algo absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”.

Con estas reflexiones no quiero reducirme a la simple discusión de que si la Iglesia puede participar en política, de que si los sacerdotes pueden ser políticos o de que si los políticos manipulan la religión. Pienso que lo más importante es que los seguidores de Jesús conozcan el pensamiento que sobre la política tiene el cristianismo, para que puedan actuar en consecuencia. Es verdad que, a pesar de que la historia de la salvación nos revela una experiencia religiosa de relación de Dios con los seres humanos, su enseñanza ilumina todas las realidades humanas porque es la persona humana integral y concreta la que hay que salvar. Sin embargo, no podemos buscar en la Sagrada Escritura un programa político ideológico. No lo encontraremos. Pero sí nos revelará la verdad humana con su más alta dignidad por ser creado a imagen de Dios y, por el Hijo Jesús, ser adoptado como hijos de Dios. De ahí, la vocación de comunión fraterna en el amor y la entrega por el bien común fundamentado en el mandamiento nuevo del amor mutuo. Ahí encontraremos, sin dudas, los fundamentos más profundos de la política y de todas las realidades humanas.

La Sagrada Escritura nos comunica que la tarea de los reyes de Israel, sus fidelidades a la Alianza y sus infidelidades, sus logros y sus derrotas, repercuten en la libertad o esclavitud del pueblo. Son los profetas los que van a convertirse en los más grandes intérpretes de la realidad socio-política-religiosa del pueblo. Denuncias y anuncios, es la dinámica continua de los profetas. De manera que en sus testimonios nos enseñan el sentido del bien, de la justicia, de la paz, del compromiso y servicio comunitario, de la libertad y la dignidad humana. Se afincan en la realidad de los humanos y la juzgan desde la voluntad de Dios expresada en la Alianza. Pero, no son derrotistas. Son personas de esperanza, miran y comprometen al pueblo a un futuro mejor, donde definitivamente reina Dios.

Vale insistir que Jesús no es un político de oficio[24], ni lo quiso ser. Frente al representante político, Pilato, que lo condena por rebelde, le manifiesta que si él fuera un político como los de este mundo, su partido lo protegería: “Pero mi reino no es de aquí”[25]. No obstante, “el Hijo de Dios asume lo humano y lo creado y restablece la comunión entre su Padre y los hombres. El hombre adquiere una altísima dignidad y Dios irrumpe en la historia humana, vale decir, en el peregrinar de los hombres hacia la libertad y la fraternidad, que aparecen ahora como un camino hacia la plenitud del encuentro con él”[26]. Por eso la Iglesia afirma que por la misma dignidad de la persona humana, imagen de Dios y realizada plenamente en Jesucristo, “merece nuestro compromiso a favor de su liberación”[27]. Además, porque “sólo en Cristo se revela la verdadera grandeza del hombre y sólo en él es plenamente conocida su realidad más íntima”[28]. Aquí está la base más profunda de una actividad social, vale decir política, del cristiano.

Para concluir quiero referirme a un iluminador texto de un escritor cristiano del tercer siglo de nuestra era, llamado Firmianus Lactantius, mejor conocido como Lactancio. Él nos enseña que la virtud de la humanidad es el fundamento de la sociedad. Esto es importante porque actualmente a muchos de nuestros activistas políticos les falta humanidad. Es decir, correcto sentido de lo humano. A veces se quedan en las simples estrategias y cálculos para obtener el poder. Pero, sin un sentido humano de la política, ésta se convierte en instrumento destructor.

Ciertamente, como lo refiere Lactancio, nuestra naturaleza humana es débil, mientras que los animales son más fuertes para adaptarse a este mundo. Sin embargo, Dios nos hizo seres en relación. La fortaleza de la humanidad es que nosotros podemos organizarnos para una convivencia más pacífica y con responsabilidades mutuas de servicio para el bien común. Todos tenemos la misión de cuidar los espacios y permitir que todos podamos habitarlos con dignidad.

Sencillamente, “porque si el hombre se enfureciera a la vista de otro hombre, como vemos que hacen los animales salvajes, no podría existir sociedad entre los hombres, ni orden, ni seguridad en las ciudades. No habría ninguna tranquilidad en la vida humana si la debilidad de los hombres estuviese expuesta no sólo a los ataques de los demás animales, sino también se combatieran unos a otros continuamente conforme hacen las bestias” (Lactancio). De ahí que la política no puede ser una batalla donde el más fuerte somete a los más débiles.

Dice el clásico cristiano que, para una convivencia libre y pacífica, es necesaria una alianza entre los seres humanos, para formar una sociedad. La ayuda mutua es la clave de la política. Si, por el contrario, se viola la alianza, se está cometiendo un crimen: “Debe considerarse como máximo crimen violar o no conservar aquella alianza establecida entre los hombres”. En el Evangelio de Jesús la verdadera alianza entre los seres humanos consiste en cumplir el mandamiento nuevo de amarnos los unos a los otros.

A mi juicio, estas enseñanzas cristianas constituyen la naturaleza y el fin de la política. Todos estamos llamados a encontrarnos, a formar una comunidad donde el ser humano pueda realizar su propia vocación, vivir su dignidad y libertad, asumiendo con responsabilidad su misión mutua del bien común. Como lo enseña la Iglesia, “el bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia” (Gaudium et spes 74).

Por su parte, San Agustín (354-430), enseña que desear el poder es saludable siempre que sea para hacer el bien. “Pero no lo es si se desea por el falto vano del orgullo, por la pompa superflua o una necia vanidad”, muy común entre nosotros. El poder, sin duda, constituye el objeto de toda actividad política, pero no puede utilizarse para oprimir y subyugar a los seres humanos que, por su naturaleza, son libres y responsables. Otro gran Padre de la Iglesia, Isidoro de Sevilla (siglo VI), sentencia que el poder se conquista y se ejerce para el beneficio de los ciudadanos: “Nada peor que tener por el poder la libertad de pecar, ni nada más desgraciado que la facultad de obrar mal”.

Muchos, en nuestros días, justifican su poder sosteniendo que tiene su origen divino. Ciertamente, los Padres así lo han enseñado: “El poder es bueno, y ha sido dado por Dios” (San Isidoro). Pero, olvidan que el mismo Santo explica que algo que viene de Dios tiene el amor por fundamento. Así, el poder que oprime, domina y maltrata la dignidad de los seres humanos, no sólo traiciona sus principios, sino que se construye su condena.

Más aún, la Sagrada Escritura, fuente de toda enseñanza cristiana, nos transmite que el pueblo pide a Dios poder al rey, pero para que gobierne con justicia y defienda al pobre. Porque el mismo Dios revelado por Jesucristo, “rige al mundo con justicia, rige los pueblos con rectitud y gobierna las naciones de la tierra” (Salmo 67).


[1] Concilio Plenario de Venezuela, La Contribución de la Iglesia a la gestión de una nueva sociedad, numeral 66, Conferencia Episcopal Venezolana, Caracas 2006. (En adelante el Concilio Plenario de Venezuela es citado con las siglas CPV y cada uno de sus documentos con las siglas oficiales). CIGNS 66.

[2] CIGNS 69.

[3] Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), Declaración con motivo de los cuarenta años de la democracia venezolana (Caracas, 20 de enero de 1998), en Baltazar Porras (compilador), Compañeros de camino, volumen II, Caracas 2000, pág. 382.

[4] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Pos-Sinodal sobre la Vocación y Misión de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo Christifideles Laici, (se cita CL), Trípode, tercera edición, Caracas 2005. CL 42.

[5] Segundo Galilea, “Jesús y la liberación de su pueblo”, en Equipo Seladoc, Panorama de la teología latinoamericana, tomo II, Sígueme, Salamanca 1975, págs. 33-43.

[6] Gustavo Gutiérrez, “Jesús y el mundo político”, en Equipo Seladoc, Panorama de la teología latinoamericana, tomo I, Sígueme, Salamanca 1975, págs. 105-115. Gustavo Gutiérrez, Teología de la Liberación. Perspectivas, Sígueme, Salamanca 1999, 16° edición, págs. 268-278.

[7] Segundo Galilea, art. Cit., pág. 34.

[8] Id., pág. 35.

[9] Gustavo Gutiérrez, Art. Cit. Pág. 108.

[10] Sobre este tema existen muchos estudios de interés, concretamente desde la teología latinoamericana. Entre otros: José Severino Croatto, Historia de la Salvación. La experiencia religiosa del Pueblo de Dios, Verbo divino, Pamplona 2000. Carlos Mesters, Un proyecto de Dios. La experiencia de Dios entre el pueblo oprimido, Paulina, Bogotá 1988. Enzo Raimondi, Éxodo: el Evangelio del Antiguo Testamento,  San Pablo, Bogotá 2004. Recomiendo también un ensayo de uno de los más apreciados teólogos españoles: Juan Alfaro, Cristianismo y Justicia, publicado por la Comisión Pontificia Justicia y Paz en la editorial PPC, Madrid 1973.

[11] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Bogotá 2005. (En adelante se cita: Compendio DSI).

[12] cf. Lc 4,16-21.

[13] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, Caracas 1979. (En adelante se cita: Puebla seguido del numeral). Puebla 826.

[14] Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, II Conclusiones, Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Bogotá 1970 (4° edición), documento 9: Liturgia 4. (En adelante se cita Medellín, número y nombre del documento, seguido del numeral: p. e. Medellín 9 liturgia 4).

[15]Medellín 10 Movimiento de Laicos 17.

[16] IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Nueva Evangelización. Promoción Humana. Cultura Cristiana, Paulina, Bogotá 1992. Santo Domingo 116.

[17] Compendio DSI 383.

[18] Compendio DSI 389.

[19] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual: Gaudium et spes (GS 31). Para los documentos del Concilio Vaticano II utilizamos la edición bilingüe promovida por la Conferencia Episcopal Española, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 2006.

[20] Marcos 10,42-45.

[21] Cf. Mateo 25,31-46.

[22] Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia, PPC, Madrid 1995 (en adelante se cita Orientaciones). Orientaciones 31.

[23] Orientaciones 41.

[24] Quizás convenga consultar el trabajo clásico de Oscar Cullmann, Jesús y los revolucionarios de su tiempo. Culto, sociedad y política, Studium, Madrid 1973. Pero, el tema de Jesús en relación con la política es muy complejo, se relaciona con el tema del mesianismo y del Reino de Dios: Eloy Bueno de la Fuente, Jesús de Nazaret en 50 claves, Monte Carmelo, Burgo 2009: “Especialmente compleja era la situación política, atravesada por tensiones e intereses en los que se mezcla tanto lo religioso como lo social… Era lógico que Jesús fuera observado desde los intereses políticos, a fin de aprovechar su popularidad. Era inevitable que las acciones de Jesús fuera leídas en clave política. Lo sorprendente es que Jesús acaba decepcionando a todos… La lógica del Reino no podía quedar oprimida por aquel entramado de intereses, en el que incluso los adversarios se necesitaban para justificar la propia existencia” (pág. 66).

[25] Juan 18,36.

[26] Puebla 188.

[27] Puebla 189.

[28] Puebla 189.

……………………..

P. José Andrés Bravo Henríquez

Sacerdote de la Arquidiócesis de Maracaibo, Párroco de la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús, Sector Amparo, y Profesor de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA). Asesor espiritual de la Acción Católica y el Foro Eclesial de Laicos. Estudios de Filosofía, Teología y Doctrina Social de la Iglesia.

 

Fuete: http://reportecatolicolaico.com/2015/06/la-formacion-politica-del-cristiano-una-reflexion-sobre-la-dimension-politica-del-evangelio/

 

 

La formación política del cristiano. Una reflexión sobre la dimensión política del Evangelio

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CONSTRUYENDO CIUDADANÍA PARA EL BIEN COMÚN ( TALLERES)

CONSTRUYENDO CIUDADANÍA PARA EL BIEN COMÚN ( TALLERES)

| abril 10, 2018

La Pastoral Social de la Provincia Eclesiástica del Bajío, conformada por las Diócesis de:

(Querétaro- Celaya- Irapuato- León) han preparado el subsidio:

(CONSTRUYENDO CIUDADANÍA PARA EL BIEN COMÚN) ( TALLERES)

Formar el ciudadano para construir cuidadania permanentemente y ejerza una participación consciente en las próximas elecciones.

Para descargar el documento completo descarga aqui:

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El trabajador y su trabajo en México visto desde Laborem Exercens

BOLETÍNES Y COMUNICADOS DIÓCESIS Y COMISIONES


El trabajador y su trabajo en México visto desde Laborem Exercens

2018/05/01 10:51


Reconocer el valor del trabajo es reconocer que quien lo hace es una persona que vierte en él su aporte familiar y social, construye el bien común y fortalece el desarrollo social.

Con motivo de la conmemoración del Día Internacional del Trabajo, invitamos a toda la Iglesia a promover la pastoral del mundo del trabajo. Deseamos que estas catequesis sean fermento para incidir en la vida de los trabajadores, los empresarios y las comunidades, además de promover el surgimiento de proyectos comunitarios para promover el trabajo en clave de solidaridad. La acción organizada de la Iglesia en el mundo del trabajo, es un signo profundamente evangélico y que sintoniza con el Papa Francisco para lograr que todas las personas tengan acceso a las tres “T”: Tierra, Techo y Trabajo.

 

Descargar la Catequesis

Fuente: http://cem.org.mx/Diocesis/1653-El-trabajador-y-su-trabajo-en-M%C3%A9xico-visto-desde-Laborem-Exercens.html

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Los católicos, la política y la Nueva Evangelización

Los católicos, la política y la Nueva Evangelización

Es el Evangelio la mejor escuela de laicidad posible para la humanidad, porque nadie más que Jesús ha enseñado a los hombres el arte de vivir

Por: Salvatore Martinez | Fuente: Zenit.org

Los católicos, la política y la Nueva Evangelización

Quisiera comenzar con dos afirmaciones preliminares de principio.

-La Iglesia no es, ni podría transformarse nunca en un sujeto político. Como afirma el santo padre Benedicto XVI “perdería su independencia y autoridad morales identificándose con una única vía política y con posturas parciales y opinables”.

-La Iglesia no está llamada a la formación de partidos: se transformaría en una religión civil. La Comunidad cristiana, sin embargo, está llamada a formar en Cristo hombres nuevos, capaces de hacer nueva incluso la política; hombres y mujeres de corazón nuevo, capaces de hacer nuevo el corazón de las instituciones políticas.

Si el “Verbo se hizo carne”, esta “ley del amor” sirve también para la política e influye también en la conciencia de los laicos cristianos; nos empuja a afirmar de nuevo nuestra fe en los contextos sociales en los que Cristo no está, se ha descuidado o se ofende.

Por lo demás, el papa Benedicto XVI es muy explícito: “No hay ningún ordenamiento estatal justo que pueda hacer superfluo el servicio del amor. Quien quiere desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto a hombre”.

Por tanto, la construcción de la civilización del amor nos interpela. Nos incumbe a nosotros poner en el contexto y los sufrimientos del mundo de los hombres y de las instituciones la semilla de la vida nueva, de un nuevo amor de Dios que “se revela en la responsabilidad por el otro”.

Nos corresponde a nosotros discernir lo que hemos de hacer y como debemos hacerlo para que el mensaje social de la Iglesia, su Doctrina Social, no se devalúe o sea ignorado, en primer lugar en la formación de muchos cristianos. Tenemos, en la Doctrina Social de la Iglesia, un punto de referencia unitario de juicio sobre la realidad social, un pensamiento que conjuga fe y razón en virtud de la verdad que contiene.

Es imprescindible la nueva evangelización de la política, para liberar nuestro tiempo del espíritu del error que, con el poder del engaño, está cambiando la medida divina del hombre y su destino eterno, multiplicando sin descanso las estructuras de pecado.

Veo dos grandes retos de fondo en el compromiso de los católicos en la política.

-El primer reto de la nueva evangelización de la política es impedir que sea marginada nuestra fe cristiana en la vida pública de las naciones. Como recordó Benedicto XVI, “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer” y no pretende “entrometerse en las políticas de los Estados”. “Comunidad Eclesial” y “Comunidad Política” son realidades distintas, con representaciones diversas, pero que deben volver a dialogar. Nosotros podemos conseguir que este diálogo, si ha sido interrumpido, se restablezca y sea fecundo, creíble, que vuelva a poner al hombre en el centro, en una sociedad a medida del mismo, para conseguir un desarrollo humano integral. No podemos permitir que nuestra laicidad cristiana se calle, que sea relegada a la esfera privada. San Agustín nos advirtió: “No reduzcáis el Evangelio a una verdad privada para no ser privados del mismo”. Es inaceptable que, en muchas naciones “los creyentes deban suprimir una parte de sí mismos –su fe- para ser ciudadanos activos”. No debería ser necesario renegar de Dios para poder disfrutar nuestros propios derechos; todavía más grave es “¡Dar a César lo que es de Dios!”.

-El segundo reto de la nueva evangelización de la política se da en el aspecto económico y mercantil de la globalización. Estimulando el consumismo irracional se pone en el centro el aspecto material del hombre, prejuzgando así la apertura del hombre mismo a la trascendencia, a Dios. Se querría un “cristianismo utilitario” que sirva para resolver los problemas materiales del hombre, reduciendo el aspecto salvífico de nuestra fe a un puro humanismo, a una filantropía atea. Dios, confinado al más allá, y el hombre reducido a la insignificancia. El actual escenario de la historia, como bien sabemos, es de profunda crisis, una crisis planetaria que, antes que nada, es una “crisis espiritual”. La crisis económica y política de nuestros días es la consecuencia de la crisis espiritual que está atravesando la vida de los hombres, incluso de muchos creyentes. He aquí porque tenemos el deber de pensar en una nueva evangelización de los estilos de vida y de las instituciones que rigen el destino de los hombres y de los pueblos. El siervo de Dios Pablo VI negaba el concepto de esta manera: “Es indispensable alcanzar y casi trastornar, mediante la fuerza del Evangelio, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que contrastan con la palabra de Dios y con el diseño de salvación”.

Desde hace casi tres años, regularmente, el papa Benedicto XVI pide nuevas generaciones de católicos comprometidos con la política: “Afirmo la necesidad y la urgencia de la formación evangélica y del acompañamiento pastoral de una nueva generación de católicos comprometidos en la política, que sean coherentes con la fe profesada, que tengan rigor moral, capacidad de juicio cultural, competencia profesional y pasión de servicio por el bien común”. Son “cinco”, según el pontífice, las virtudes, las actitudes indispensables necesarias y que hay que fomentar en los que quieren dedicarse a la realización del “bien común” mediante el compromiso político:

-“Coherentes con la fe profesada”, no con las ideas propias o con las de la opinión pública.

-“Rigor moral”, porque no se puede minimizar la gravedad de la “cuestión moral”, incluso entre los católicos.

-“Capacidad de juicio cultural”, es decir de discernimiento, fruto de estudio, de meditación, de capacidad de distinguir un bien individual del bien común.

-“Competencia profesional”, porque la política es un arte, una vocación y no se improvisa.

-“Pasión de servicio”, no por el honor personal o por el agradecimiento de unos pocos.

Cabe mencionar que el Pontífice habla de “formación evangélica”, no de formación política. Por tanto, es necesario volver al Evangelio. El beato Juan Pablo II, con un firme discernimiento, sentenciaba: “No hay solución para la cuestión social fuera del Evangelio”. Es el Evangelio la mejor escuela de laicidad posible para la humanidad, porque nadie más que Jesús ha enseñado a los hombres el arte de vivir, para decir con hechos cómo se ama, cómo se está de parte de la gente hasta dar la vida por los propios amigos.

En conclusión, considero que nunca habrá un tiempo más favorable que este para la nueva evangelización, después del vacío producido por la caída de las grandes ideologías. “El nuestro es un mundo que debe ser creado nuevamente con confianza en el pensamiento cristiano”, afirmaba en el exilio, el gran sacerdote y estadista, Luigi Sturzo.

Somos la primera generación del primer siglo del tercer milenio. En nosotros recae una responsabilidad tremenda, única: ¡introducir a Cristo en este nuevo milenio de historia cristiana! Nos recuerda san Juan Crisóstomo: “Si eres cristiano es imposible que no dejes tu huella en el mundo; si eres cristiano es imposible que no produzcas efecto. Es contradictorio decir que un cristiano no puede hacer nada por el mundo, así como lo sería si dijésemos que el sol no puede dar luz”.

Es necesaria más humildad y más confianza en la acción del Espíritu Santo. En la época de recesión ¡no está en recesión el Espíritu de Dios! El Espíritu no nos pide responder en la intimidad de la fe ni con un entusiasmo desencarnado. Es nuestra responsabilidad de fe que este mundo caótico sea ordenado por el Espíritu de Dios y disponible a las auténticas necesidades del hombre.

Que nuestra oración y nuestra sumisión a la voluntad de Dios nos den una nueva evangelización de la sociedad y de la política, un nuevo Pentecostés de amor, el milagro de una política nueva, de políticos nuevos.

Salvatore Martinez es presidente de la Renovación en el Espíritu en Italia

Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/18508/cat/750/los-catolicos-la-politica-y-la-nueva-evangelizacion.html

 

 

 

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EL PAPEL DE LA IGLESIA EN LA POLÍTICA (¿acaso no es evidente…?)

EL PAPEL DE LA IGLESIA EN LA POLÍTICA (¿acaso no es evidente…?)

 

Autor:

Juan Carlos Townsend J.

(Tomado del Boletín de los Sagrados Corazones en el Perú N°393, Marzo de 2016)

La verdad es que me siento un poco tonto escribiendo sobre esto. ¿Qué necesidad hay de publicar en el Boletín algo sobre el papel de la Iglesia en la política? ¿Que acaso no es un asunto absolutamente obvio? Luego de empezar el texto varias veces (todas ellas con la sensación de estar diciendo cosas totalmente evidentes) sigo desconcertado ante la tarea. Y es que, al menos entre nosotros Sagrados Corazones, creo que la relación entre vivencia de fe y compromiso político salta a la vista.

Partimos, por supuesto, de la noción de que la Iglesia somos todos los creyentes. No sólo los obispos, los curas y religiosas, sino todo el Pueblo de Dios, formado principalmente por laicos. No sólo los obispos, curas y religiosas…. PERO TAMBIÉN ELLOS. Y partimos también, por supuesto, de la noción de que la política se refiere a toda actividad en función de la búsqueda del bien común, de la administración de los bienes de la tierra y de la vida en sociedad. No sólo tiene que ver con las Elecciones, los partidos políticos, el rol del JNE… PERO TAMBIÉN CON ELLO. Y partimos, por último, de la claridad de que la Iglesia existe para propagar el mensaje del Evangelio, para extender el Reino de Dios, para ser testigos del amor.

En fin. Esto fue de las primeras cosas que aprendí allá por 1978 en mi retiro de III de Media (con el P. Héctor de Cárdenas) y, poco después, en mi formación temprana como catequista y como miembro de lo que sería la Comunidad Héctor de Cárdenas. Ha sido un tema que durante los 80s y 90s los comunos trabajábamos a fondo en los programas de Confirmación, apoyados en los documentos de Puebla y, por supuesto, en las Escrituras. Es la clave  para que la vivencia de fe no sea solamente “piadosa” sino que busque promover, en los espacios en que me toque estar, la vida y la justicia. El Reinado de Dios.

¿Y cuáles son los temas que son vitales en esta línea? Un montón, pues. La pobreza, claro. La injusticia, la explotación. Las poblaciones marginadas. Las brechas de género, la desigualdad de condiciones de la mujer, el machismo, el feminicidio. Los derechos laborales, el sueldo mínimo, el subempleo, la desocupación. El racismo, la xenofobia, la actitud ante los inmigrantes. La contaminación, la deforestación, el abuso del plástico, los derrames en la selva, la minería ilegal (y a menudo la legal), la extinción de especies animales y vegetales, el cambio climático. Los derechos de las minorías sexuales, la unión civil, la homofobia. Los derechos de los pueblos originarios. La seguridad, la violencia en las calles, la delincuencia. El maltrato infantil, la desnutrición infantil, el trabajo infantil. Sobre éstos y sobre muchos temas más, Dios tiene siempre algo que decir. Algo que decirnos. Algo que decir a través de nosotros, la Iglesia. Algo que, más que con las reglas de la economía y el mercado, las tradiciones y catecismos, o la moral y las buenas costumbres, siempre tiene que ver con el Amor y la Misericordia.

El papel de la Iglesia en la política, pues, es obviamente METERSE EN ELLA (a todos los niveles) y teñirla profundamente del amor de Dios por los más pequeños, de Su justicia que no es como la de los hombres, de Su preocupación urgente por cada uno de sus hijos. Cada miembro de la Iglesia, pero también cada célula (comunidad, movimiento, congregación, parroquia) y el Cuerpo en su totalidad están llamados a ello. No es tarea fácil, claro, porque implica discernir y ello, a su vez, implica informarse constantemente, formarse teológica y bíblicamente -pero también en las ciencias humanas y sociales… y dialogar, debatir, actuar… complicarse la vida. Leonardo Boff dice que la fe es como una bicicleta: tiene dos ruedas, la de la religión (la Palabra, las oraciones, la Eucaristía, la predicación) y la de la política (todas aquellas acciones que se encaminan a la construcción de un mundo más justo y fraterno). Y puntualiza que sin la rueda de la política, la de la religión se vuelve vacía e inoperante.

¡Y son tantas las urgencias! Basta pensar en la coyuntura electoral y los crecientes rumores de fraude. O en los derrames de petróleo en la selva, los abusos de grandes empresas hacia poblaciones minoritarias, las zonas deforestadas. O los recurrentes episodios de racismo, misoginia u homofobia. O la simple y llana pobreza con la que nos acostumbramos a convivir.

Y entonces tendría que vibrar desde nuestro interior, imparable como el flujo de la sangre desde el corazón, ese aspecto de  nuestro carisma del que nunca hablamos lo suficiente: el Celo. El celo, la pasión ardiente que brota desde la fe y el amor y que me hace sentir que “no me puedo quedar de brazos cruzados… ¡tengo que hacer algo!”

¿El papel de la Iglesia en la política? Meterse. Ensuciarse. Jugársela, quemarse, embarrarse. Hacer todo lo que se pueda en cada uno de los temas desde los cuales Dios nos llama, nos grita. Cada uno de nosotros como individuo. Cada uno de nuestros grupos y comunidades. En nuestro caso particular como Congregación y Familia ss.cc., no veo otra forma de anunciar el amor misericordioso de Dios manifestado en Jesucristo.

 

Fuente: http://comuna-sscc-hdc.org/articulo/el-papel-de-la-iglesia-en-la-politica-acaso-no-es-evidente

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Iglesia y política

 

Iglesia y política

04.11.17 | 11:09.

En la Asamblea Plenaria de la Comisión Pontifica para América Latina que tuvo lugar en el Vaticano el año pasado, Francisco hizo algunas llamadas de atención y dirigidas al epicentro de nuestras conciencias. Acostumbrados a vivir una Iglesia de ritos y cumplimientos, el profetismo de Francisco nos va modelando en las verdaderas realidades del evangelio.

En dicha Asamblea se refirió a construir la “cultura del encuentro”que ayude a superar los diferentes puntos de vista, las tensiones y discrepancias. Y sobre todo nos sorprendió cuando pidió a los mandatarios que no crearan leyes para organizar la sociedad sino para resolver los problemas de injusticia. “por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida y de humanidad, de dignidad. Busquen superar la injusticia estructural y sigan apostando por la reconciliación y la paz”.

La dicotomía entre religión y política es uno de los temas más espinosos que tenemos los seguidores de Cristo, ¿Qué es entrar en política? Quizá deberíamos matizar de entrada el concepto “política”, ya que una cosa es la política partidista como ejercicio necesario para la gobernabilidad de un país, y otra muy diferente la llamada denuncia profética de las injusticias ante las que un seguidor de Cristo no puede quedarse indiferente, o lo que sería peor, directamente cómplice. Cristo fue partidario de contar con seguidores que hicieran política defendiendo al perseguido por leyes injustas, en nombre de Dios. Se les llama profetas y sus invectivas a la par de su coherencia deberían seguir siendo el modelo para todos.

Jesús de Nazaret entró de lleno en esta segunda categoría de política hasta el punto de que lo mataron porque llegó demasiado lejos con su ejemplo. Él mismo zarandeó las estructuras injustas legales religiosas ocasionadas por las prácticas viciadas de las leyes del Pentateuco. Y sus seguidores más directos hicieron exactamente lo mismo. Ninguno entendía la política convencional de alianzas estratégicas ni de espacios de poder. Tampoco estaban capacitados para administrar el funcionamiento del día a día, lo que los romanos llamaban res publica. Pero no dejaron de incomodar a las autoridades judías por sus graves inconsecuencias hasta convertirse en una molestia peligrosa para los dirigentes judíos y romanos (en cuanto tuvieron un seguimiento social que perjudicaba a sus intereses).

Si miramos la historia, la Iglesia de Cristo se ha metido en política en ambas direcciones. Muchos profetas y comunidades enteras han mantenido su coherencia en la fe, la esperanza y el amor a pesar de los peores pesares. Los mártires no son cosa del pasado si tenemos en cuenta que las mayores matanzas y persecuciones de la historia por seguir el ejemplo del Maestro se están dando ahora mismo, sin que la mayoría de creyentes en Jesús apenas levantemos la voz en el Primer Mundo, ni clérigos ni laicos.

En el corazón de Europa tenemos una estructura de poder clerical político de verdad que se sustenta en un verdadero Estado en torno a la sede petrina de Roma desde el siglo XIII, y con una historia poco edificante de verdadera lucha territorial que se cierra en 1929 con Mussolini y la configuración actual del Estado Vaticano con sus 44 hectáreas de extensión; una estructura con sus ministros de Asuntos Exteriores (nuncios) e inmunidades diplomáticas. Una realidad Iglesia-Estado que ha sido visto como la cosa más normal del mundo por muchas generaciones de católicos. Resulta increíble que el Estado Vaticano aún no haya firmado la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. No puede argumentar que no es miembro de pleno derecho, puesto que ha suscrito otros convenios muy importantes. Quizá la razón hay que buscarla en el artículo 1 de la misma cuando señala que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, dotados como están de razón y conciencia, que deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” Si el Estado Vaticano firmase, debería acabar, entre otras cosas, con la discriminación milenaria con las mujeres; y también con la estructura no democrática perpetuada en el tiempo.

De nuevo, el Papa Francisco nos recuerda una vez más con la mejor política cristiana posible: proponer la cultura del encuentro como base para resolver los problemas de la injusticia. Empezando cada uno con el ejemplo en lo cotidiano, claro.

Fuente: http://blogs.periodistadigital.com/punto-de-encuentro.php/2017/11/04/iglesia-y-politica-2

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