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RELIGIÓN Y FAMILIA

RELIGIÓN Y FAMILIA

P. Dennis Doren L.C.

Epitafio: ‘Acumuló muchos años de felicidad’

http://www.am.com.mx

 

La felicidad es como una ráfaga de viento frío en medio de un ardiente calor, que pasa por tu rostro y te lo refresca. Cuántos momentos verdaderamente felices hemos tenido a lo largo de nuestra vida; si sumásemos cada instante feliz y su duración, ¿cuánto daría?, ¿una, dos, cinco, veinte, cincuenta horas? Aprende a sacarle el jugo a la vida, ella se vive una sola vez y así podrás tener muchas horas de felicidad.

Un día un hombre llegó a un lugar bello pero también misterioso que le llamó mucho la atención. El hombre entró a aquella colina y caminó lentamente entre los árboles y unas piedras blancas. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor.

Sobre una de las piedras descubrió aquella inscripción: “Aquí yace Juan Pablo el emprendedor, vivió seis años, seis meses, dos semanas y tres días”.

Se sobrecogió un poco al darse cuenta que esta piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar, mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta que la piedra de al lado tenía también una descripción. Se acercó a leerla, decía: “Aquí yace Teresa Martínez, vivió ocho años, ocho meses y tres semanas”.

El hombre se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lápidas; todas tenían inscripciones similares: un nombre y tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que más le impactó, fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los ocho años.

Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. “¿Qué pasa con este pueblo?, ¿por qué tantos niños muertos enterrados en ese lugar?, -le preguntó al cuidador.

El anciano respondió: “Puede usted serenarse. Lo que sucede es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contestaré: cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta. Y es tradición entre nosotros que a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y comience a notar en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado en los pequeños y grandes detalles; a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo interior, la felicidad, a pesar de las adversidades”.

“Las tumbas que usted ve aquí, no son de niños, sino de adultos; y el tiempo de vida que dice la inscripción de la lápida, se refiere a la suma de los momentos que duró la verdadera felicidad de cada una de las personas que descansan en este lugar”.

No pierdas la oportunidad, comienza desde este instante a vivir tu vida de felicidad.

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Categorías:Cuentos para educar

El arbol de manzanas que hay en mi casa

El árbol de manzanas que hay en mi casa

RELIGIÓN Y FAMILIA, http://www.am.com.mx

P. Dennis Doren L.C.

De vez en cuando conviene detenernos un momento y ver a nuestro alrededor; en esa contemplación, aparecerá la figura, esperamos, siempre presente de nuestros padres, ellos que nos han cobijado durante tantos años.

Hace mucho tiempo, existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y él nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.

Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó: “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles, lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”. “Lo siento, -dijo el árbol- pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas, así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz, tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz, pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar, debo trabajar para mi familia, necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu casa” -contestó el árbol-. El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.

Cierto día de un cálido Verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “Vienes a jugar conmigo?”, -le preguntó el árbol-. El hombre contestó: “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó: “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote, luego se fue a navegar por un largo tiempo.

Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas”. El hombre replicó: “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, sólo un lugar para descansar, estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El árbol, son nuestros padres. No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices, seamos siempre agradecidos.

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El árbol de manzanas que hay en mi casa

RELIGIÓN Y FAMILIA, http://www.am.com.mx

P. Dennis Doren L.C.

De vez en cuando conviene detenernos un momento y ver a nuestro alrededor; en esa contemplación, aparecerá la figura, esperamos, siempre presente de nuestros padres, ellos que nos han cobijado durante tantos años.

Hace mucho tiempo, existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y él nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.

Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó: “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles, lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”. “Lo siento, -dijo el árbol- pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas, así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz, tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz, pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar, debo trabajar para mi familia, necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu casa” -contestó el árbol-. El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.

Cierto día de un cálido Verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “Vienes a jugar conmigo?”, -le preguntó el árbol-. El hombre contestó: “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó: “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote, luego se fue a navegar por un largo tiempo.

Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas”. El hombre replicó: “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, sólo un lugar para descansar, estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El árbol, son nuestros padres. No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices, seamos siempre agradecidos.

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Cuando tu vida está al borde del precipicio

Cuando tu vida está al borde del precipicio

RELIGIÓN Y FAMILIA

Autor: P. DENNIS DOREN L.C. http://www.am.com.mx

Quisiéramos tener el mensaje oportuno, la palabra precisa y el consejo iluminador para aquellos momentos cruciales de nuestra vida; si supiéramos las miles de situaciones que nos esperan, tal vez entraríamos en pánico y la desesperanza tocaría a la puerta de nuestra existencia, pero no es así, siempre hay un motivo que nos anima a vivir y a seguir luchando. Es importante que haya en nuestra vida una verdadera humildad, solo así sabremos valorar los momentos de gloria y triunfo, como los momentos de fracasos y derrotas; tengamos la certeza que la vida es pasajera, nada en ello es eterna, por eso, está claro que TODO PASARÁ, no hay realidad humana que dure para siempre. Te comparto esta historia, esperando sea de luz y sea para ti ese buen mensaje que esperas recibir.

Una vez un rey citó a todos los sabios de la corte y les manifestó: “Me he mandado hacer un precioso anillo con un diamante con uno de los mejores orfebres de la zona. Quiero guardar oculto dentro del anillo un mensaje al que yo pueda acudir en momentos de desesperación total. Me gustaría que ese mensaje ayude en el futuro a mis herederos y a los hijos de mis herederos. Tiene que ser pequeño, de tal forma que quepa debajo del diamante de mi anillo”.

Todos aquellos que escucharon los deseos del rey, eran grandes sabios, eruditos que podían haber escrito grandes tratados. Pero ¿pensar un mensaje que contuviera dos o tres palabras y que cupiera debajo de un diamante de un anillo? Muy difícil. Igualmente pensaron, y buscaron en sus libros de filosofía por muchas horas, sin encontrar nada en que ajustara a los deseos del poderoso rey.

El rey tenía, muy próximo a él, un sirviente muy querido. Este hombre, había sido también sirviente de su padre, y había cuidado de él cuando su madre había muerto, era tratado como de la familia y gozaba del respeto de todos.

El rey, por esos motivos, también lo consultó y éste le dijo:

“No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje”.

“¿Cómo lo sabes?” -preguntó el rey.

“Durante mi larga vida en el palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una oportunidad me encontré con un místico. Era un invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando nos dejó, yo lo acompañé hasta la puerta para despedirlo y, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje”.

En ese momento el anciano escribió en un diminuto papel el mencionado mensaje. Lo dobló y se lo entregó al rey.

“Pero no lo leas” -dijo. “Mantenlo guardado en el anillo. Ábrelo sólo cuando no encuentres salida en una situación”.

Ese momento no tardó en llegar, el país fue invadido y el rey perdió el reino.

Estaba huyendo a caballo para salvar su vida, mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. En un momento, llegó a un lugar donde el camino se acababa y frente a él había un precipicio y un profundo valle; caer por él, sería fatal. No podía volver atrás porque el enemigo le cerraba el camino. Podía escuchar el trote de los caballos, las voces, la proximidad del enemigo.

Fue entonces cuando recordó lo del anillo, sacó el papel, lo abrió y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso para el momento.

Simplemente decía “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Fue en ese momento que fue consciente que se cernía sobre él un gran silencio.

Los enemigos que lo perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que lo rodeó un inmenso silencio, ya no se sentía el trotar de los caballos.

El rey se sintió profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido.

Esas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a guardarlo en el anillo, reunió nuevamente su ejército y reconquistó su reinado.

Ese día en que entraba victorioso a la ciudad, hubo una gran celebración con música y baile y el rey se sentía muy orgulloso de sí mismo. En ese momento, nuevamente el anciano estaba a su lado y le dijo:

“Apreciado rey, ha llegado el momento para que leas nuevamente el mensaje del anillo”.

“¿Qué quieres decir?” -preguntó el rey- “ahora estoy viviendo una situación de euforia, las personas celebraron mi retorno, hemos vencido al enemigo”.

“Escucha” -dijo el anciano- “este mensaje no es solamente para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras; no es sólo para cuando te sientes derrotado, también lo es para cuando te sientas victorioso; no es sólo para cuando eres el último, sino también para cuando eres el primero”.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba. Pero el orgullo y el ego habían desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje, lo malo era tan transitorio como lo bueno.

Entonces el anciano le dijo:

“Recuerda que todo pasa; ningún acontecimiento, ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche; hay momentos de alegría y momentos de tristeza, acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.

No te ancles ni en tus momentos de alegría y triunfo, ni en los momentos de derrota y fracaso, todos ellos en su momento pasarán, nos darán una satisfacción momentánea o un sufrimiento pasajero; lo importante, es que estamos llamados a trascender, a mirar nuestra vida de cara a la eternidad.

Informes libros Sembrando Esperanza:

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Cuando la libertad y el desprendimiento te hacen felices

Cuando la libertad y el desprendimiento te hacen felices

RELIGIÓN Y FAMILIA

P. Dennis Doren L.C.

www.am.com.mx, 12/ags/12

A lo largo de la vida uno va experimentando que las personas y las cosas van pasando, hoy las tienes, son tuyas, las aprovechas, pero después de un tiempo, ya no. La sabiduría de la vida nos va enseñando que nada es propio, que en algún momento de la vida ya no lo voy a poseer; esto nos debe llevar a vivir con un sano desprendimiento y libertad.

Los bienes materiales son buenos, porque son de Dios; son medios que Dios ha puesto a disposición del hombre desde su creación, para su desarrollo en la sociedad con los demás. Somos administradores de esos bienes durante un tiempo, por un plazo corto. Todo nos debe servir para amar a Dios -Creador y Padre- y a los demás. No apegues tu corazón a nada, vive libre, desprendido, abierto, no ates tu vida a cosas y personas, porque mañana entenderás que al dejar este mundo no te llevas nada, sólo el bien que hayas hecho y el correcto uso de lo que has tenido, tal vez hoy tengas que hacer esa lista de las personas o cosas que tienes que dejar en libertad para que sigan el curso natural de la vida.

Cuando cortas una flor para ti, comienzas a perderla… porque marchitará en tus manos y no se hará semilla para otras primaveras.

Cuando aprisionas un pájaro para ti, comienzas a perderlo… porque ya no cantará para ti en el bosque, ni criará otros pichones en su nido.

Se cuenta que en el siglo pasado, un turista americano fue a la ciudad de El Cairo, en Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio.

El turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros, las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.

¿Dónde están sus muebles? -preguntó el turista. Y el sabio, rápidamente, también preguntó: ¿Y dónde están los suyos?

¿Los míos? -se sorprendió el turista- ¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!

Yo también -concluyó el sabio.

“La vida en la Tierra es solamente temporal; sin embargo, algunos viven como si fueran a quedarse aquí eternamente y se olvidan de ser felices.”

Aprende en el camino de la vida la paradójica lección de la experiencia:

Siempre ganas lo que dejas y pierdes lo que retienes… Así nos lo dice Jesús: quien gana su vida, la pierde, y quien la pierde, la gana para la vida eterna…

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Tender la mano

Tender la mano

por Joaquín Rocha

Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación

joacorocha05@yahoo.com.ar

www.san-pablo.com.ar

 

 

“Un hombre cayó en un agujero y se hizo daño. Un cartesiano se inclinó y le advirtió: No eres racional, debieras haber visto este agujero. Un espiritual lo vio y le dijo: Has debido cometer algún pecado. Un científico calculó la profundidad del agujero. Un periodista lo entrevistó sobre sus dolores. Un yogui le anunció: Este agujero está solo en tu cabeza como tu dolor. Un médico le dio dos aspirinas. Una enfermera se sentó en el borde y lloró con él. Un terapeuta lo animó a encontrar las razones por las que sus padres lo prepararon para caer en el agujero. Un practicante del pensamiento positivo exhortó: ¡Cuando queremos, podemos! Un optimista señaló: Podrías haberte roto la pierna. Un pesimista expresó: La situación podría empeorar. A continuación, un niño pasó y le tendió la mano”

cuento japonés

A decir verdad, no todos estamos preparados para tender nuestra mano cuando alguien la necesita. Nuestra mente está, tal vez, más ocupada en mostrar nuestras necesidades que en atender lo que le acontece al otro. El otro que es mi prójimo, y esto vale para cualquier tipo de vínculo.

 

Es más fácil instalarse en la comodidad del propio pensamiento y de las propias demandas y no salir de ahí. De esta manera esgrimimos todo tipo de justificaciones que, hipócritamente, nos dejen bien parados ante cualquier situación que involucre un acto de solidaridad.

He conocido personas que, saliendo del caparazón del egoísmo, han estado siempre dispuestas hacia el otro y lucharon denodadamente contra el egoísmo de los demás. Igual ese “cáncer” los alcanzó. Algunos lo hicieron físico y murieron producto de él.

Cierta vez escribí: “Nadie puede negar que vivimos e una sociedad que invita a ser hipócritas como fórmula de sobrevivencia. Algo así como que es necesario aprender un conjunto de reglas para moverse en el mundo. Entonces, para lograr una convivencia armoniosa, se exige adecuar conductas a lo que el entorno exige, pagando el precio de ocultar sentimientos, moderar las respuestas y acallar la espontaneidad. Todo en aras de que los demás te acepten, corriendo el riesgo de si no vives como piensas, acabas pensando como vives (…). Así es como una persona, para sobrevivir, para seguir perteneciendo, manteniendo su trabajo o un vínculo de su conveniencia, apela a convertirse en un hipócrita más. Dice lo que los demás quieren oír, se viste como los demás quieren verlo, actúa fingiendo lo que verdaderamente es. Se transforma en una copia. Freud afirmaba: si dos personas dicen que piensan igual, una de ellas se está sometiendo a la otra. Lamentablemente, la cultura de la apariencia aconseja la hipocresía para obtener buenos resultados sociales”. 

Tender una mano es apoyar y ayudar a todo aquel que vive un problema o pasa por una situación difícil. Es no dar vuelta la cara o llenarlo de razones por las cuales le pasa lo que le pasa. Es simplemente, en un acto amoroso, tender la mano.

Quien no dispone de plena conciencia o se hace responsable de sus actos, difícilmente puede llegar a estar atento a lo que el otro necesita. Es imposible acceder a una plenitud de vida –o, lo que es lo mismo, a la realización personal, camino de trascendencia−, si no se acepta la solidaridad como una parte integral de la vida.

Tender una mano es mucho más que “sentirse bueno” o “sentirse mejor” por alguna acción precisa (la solidaridad entendida como experiencia puntual es pura  simulación, una excusa para salir airoso del examen de la conciencia).

Me  refiero a un aspecto esencial del ser auténtico, de ser uno mismo, de aceptar la propia identidad en relación con los otros. Si bien podemos identificar e interpretar sus necesidades como nuestras, no significa dejar las nuestras de lado, sino brindar herramientas para que el otro “se levante” y siga su camino.

Todos necesitamos de todos. Algunos piensan que esto no así. Tender una mano lleva implícita una elección de vida. No se puede imponer, tampoco se puede exigir, pero sí se puede esperar que las personas tomen conciencia de que rompen con la famosa “cadena de favores”.

Se trata de una atención afectuosa que valore a la persona como un otro que existe y es.

“Reconocer al ‘Otro-Otra’ significa, en términos de Emmanuel Levinas, responsabilizarse por el ‘Otro-Otra’, asumirlo, estar atento al ‘Otro-Otra’. Es construir una ‘ética de la atención’, en la que el ‘Otro-Otra’ no es subsumido a lo mismo, no se lo instrumentaliza y manipula” (Abraham Magendzo K., educador chileno en Derechos Humanos).

Es tiempo de tender una mano, es tiempo de creer y comprender que un cambio solo se puede producir si entre todos nos tendemos las manos y nos abrimos a la transcendencia. Como decía Juan XXIII, “Nunca vaciles en tender la mano, nunca titubees en aceptar la mano que otro te tiende”.

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Tomando mi mochila, salí en la búsqueda de Dios

Tomando mi mochila, salí en la búsqueda de Dios

P. DENNIS DOREN L.C.

www.am.com.mx. 22 Enero 2012

Los hombres constantemente nos vamos cuestionando sobre la existencia de Dios y, por lo general, estamos esperando manifestaciones extraordinarias, milagros sorprendentes, sí, queremos verlo y sentirlo en eventos extraordinarios.

¿Cuántas veces no nos hemos cuestionado si Dios no me concede esto ya no creeré en él? y bueno, comienza este tira y afloja de nuestra fe en Dios, poniendo en tela de juicio su acción en nuestra vida.

Nos hemos olvidado que Dios está presente en la vida de los hombres en acontecimientos sencillos, naturales y, aunque no lo creas, cotidianos. No esperes grandes manifestaciones, anda, toma tu mochila y sal en busca de Dios, que lo encontrarás en cada esquina.

Había una vez un niño que quería conocer a Dios, pensaba que sería un largo viaje para llegar a donde vivía Dios. Empacó su pequeña maleta con panecillos y un “six pack” de jugos y emprendió la partida.

Apenas había recorrido tres cuadras cuando vio a una viejecita sentada en el parque observando las palomas. El niño se sentó a su lado y abrió su maletita. Estaba a punto de tomar su jugo, cuando le pareció que la viejecita tenía hambre, así que le ofreció un panecillo. Ella, agradecida, lo aceptó y sonrió, su sonrisa era tan hermosa que el niño quiso verla nuevamente, entonces, le ofreció un jugo y la viejita volvió a sonreír.

¡El niño estaba encantado! Ambos se quedaron sentados toda la tarde, comiendo y sonriendo, pero no intercambiaron una sola palabra. Al oscurecer, el niño estaba cansado y se levantó para irse. Se dio la vuelta y le dio un abrazo a la viejecita. Ella le devolvió una hermosa sonrisa como nunca antes había sonreído.

El niño regresó a su casa y cuando abrió la puerta su madre, sorprendida por la cara de felicidad que tenía su hijo, le preguntó: “¿Qué hiciste en el día de hoy que te ha hecho tan feliz?”. “He comido con Dios, ¿y sabes qué?, ¡tiene la sonrisa más bella que he visto!”.

Mientras tanto, la viejecita, también con mucha felicidad, radiante, regresó a su casa. Su hijo quedó anonadado por la paz que se pintaba en el rostro de su madre y preguntó: “Mamá, ¿qué hiciste el día de hoy, que te hizo tan feliz?”.

Ella contestó: “Comí panecillos en el parque con Dios, ¿y sabes qué? es más joven de lo que yo esperaba”.

Pasé tanto tiempo buscándote, miraba para el infinito y no te veía, no sabía dónde estabas. Y pensaba conmigo mismo: ¿Será que tú existías de verdad?

No me contentaba en la búsqueda y proseguía. Me esforzaba por encontrarte en las religiones; me esforzaba por encontrarte en las iglesias, pero tú no estabas.

Me sentí solo, vacío, desesperado y no creí más.

En la incredulidad, te ofendí; en la ofensa, tropecé; en el tropiezo, caí; en la caída, me sentí flaco, débil; en la flaqueza, pedí auxilio; en el auxilio, encontré amigos; en los amigos, encontré cariño; en el cariño, vi nacer el amor; con el amor, vi un mundo nuevo; en el mundo nuevo, resolví vivir; como recibí vida, decidí donar; donándome, algunas cosas recibí; recibiendo, me sentí feliz; feliz, encontré la paz; con la paz, fue que comencé a mirar que dentro de mí es que estabas; y te percibí, y así te encontré.

 

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¿Coincidencia o ‘Diosidencia‘?

¿Coincidencia o ‘Diosidencia‘?

P. DENNIS DOREN L.C.

27 Noviembre 2011, http://www.am.com.mx

«Nunca dudes de Dios, confía en él, y él actuará, la Providencia Divina nunca nos fallará».

Orar es uno de los mejores dones que recibimos, no tiene costo y trae muchas recompensas, puesto que la fe mueve montañas y la oración sencilla de una niña hace milagros.

Esta historia fue escrita por una doctora que trabajó en Su-dáfrica, para que veas cómo Dios siempre nos escucha, sólo basta tener fe, pero fe de verdad.

“Una noche, yo había trabajado duro para ayudar a una madre en su trabajo de parto pero a pesar de todo lo que pudimos hacer, ella murió dejándonos con un bebé prematuro diminuto y una hija de dos años que lloraba. Habíamos tenido dificultad en mantener con vida al bebé, ya que no teníamos incubadora (ni siquiera teníamos electricidad para hacer funcionar una incubadora) tampoco teníamos facilidades para darle alimentación especial.

A pesar de vivir en el ecuador geográfico, las noches a menudo eran frías, con corrientes de aire traicioneras. Una comadrona estudiante fue a traer la caja que teníamos para esos bebés y la frazada de algodón en la que debería envolverse al bebé; otra fue a avivar el fuego y a llenar una bolsa con agua caliente.

Regresó rápido, apenada, a decirme que al llenar la bolsa, ésta se había reventado (el plástico fácilmente se echa a perder en los climas tropicales) exclamó: “¡es nuestra última bolsa para agua caliente!”.

Igual que en Occidente no es bueno llorar sobre la leche derramada, así también es en el África Central, no es bueno llorar sobre una bolsa para agua caliente estallada, éstas no se dan en los árboles, y no hay farmacias en los extravíos de la selva.

“Está bien” -le dije-, “ponga al bebé tan cerca del fuego con todo el cuidado que pueda, y duerma entre el bebé y la puerta para librarlo de los vientos, su trabajo es mantener al bebé con calor”. La tarde siguiente, tal como lo hacía la mayoría de los días, fui a orar con algunos de los niños del orfanato que elegían reunirse conmigo.

Les dí a los más jóvenes varias sugerencias de cosas por las cuales orar y les conté del diminuto bebé, les expliqué nuestro problema de mantener al bebé lo suficientemente cálido, mencionando lo de la bolsa para agua caliente, y que el bebé podría morir demasiado fácil si se enfriaba. También les conté de la hermanita de dos años, llorando porque su mamá había muerto.

Durante el tiempo de oración, una niña de diez años llamada Ruth, oró con la forma usual concisa y sin remilgos de nuestros niños africanos, “por favor, Dios, envíanos una bolsa para agua caliente, no nos servirá mañana, Dios, porque el bebé ya estará muerto, así que por favor envíanosla esta tarde”.

En lo que me tragaba una bocanada de aire frente a la audacia de la oradora, ella agregó: “¿y a la vez, podrías por favor enviarnos una muñeca para la pequeña hermana para que sepa que realmente la amas?”.

Como pasa con la oración de los niños, fui puesta en un apuro, podía decir yo, honestamente, “Amén”, pero simplemente no creí que Dios pudiera hacer esto.

Oh, sí, yo sé que Dios todo lo puede, la Biblia dice así, ¡pero hay límites!, ¿o no?. La única forma en que Dios podía responder a esta oradora muy particular sería enviándome un paquete desde mi país.

Yo había estado en África por casi cuatro años para ese entonces y nunca, nunca, había recibido un paquete enviado desde mi país, de todos modos, si alguien me envió un paquete, ¿quién pondría una bolsa para agua caliente? ¡yo estaba viviendo en el ecuador geográfico!

A media tarde, cuando estaba dando clases a las enfermeras, recibí el mensaje de que un carro estaba estacionado en la puerta de enfrente de mi residencia.

Cuando llegué a mi casa, el carro ya se había ido, pero allí, sobre la baranda había un paquete grande de veintidós libras que abrí junto con los niños del orfanato.

Juntos tiramos de las cintas, deshaciendo cuidadosamente cada nudo, doblamos el papel, cuidando de no romperlo demasiado, la excitación iba en aumento.

Algunos treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja de cartón.

De hasta arriba, saqué unos jersey de punto de colores brillantes, los ojos relumbraban conforme los levantaba. Después había las vendas de punto para los pacientes leprosos, y los niños mostraron un leve aburrimiento.

Luego venía una caja de pasas mixtas con pasas de Esmirna -estas harían una porción para el pan del fin de semana, a continuación, cuando volví a meter la mano, pensé ¿estoy sintiendo lo que en realidad es? agarré y saqué, ¡sí!, una bolsa para agua caliente nueva y lloré.

No le había pedido a Dios que me la enviara porque realmente no creí que él pudiera hacerlo, pero Ruth estaba al frente de la fila que formaban los niños y fue quien se abalanzó afirmando: “¡si Dios nos envió la bolsa, debió mandarnos también la muñeca!”.

Hurgando hasta el fondo de la caja, ella sacó la muñeca pequeña y bellamente vestida¡sus ojos brillaron! ¡ella nunca dudó!

Viendo hacia mí, preguntó: “¿puedo ir con usted y darle esta muñeca a la niña, para que ella sepa que Jesús la ama en realidad?”.

El paquete había estado en camino por cinco meses completos, empacado por mis antiguos alumnos de la escuela dominical, cuyo líder había escuchado y obedecido a Dios urgiéndole a enviar una bolsa para agua caliente, a pesar de que iba para el ecuador geográfico, y cinco meses antes una de las niñas había puesto una muñeca para una niña africana en respuesta a la oradora de diez años que creyó y pidió que lo trajera esa tarde”.

“Antes de que pidan, yo responderé” (Isaías 65,24). Orar es uno de los mejor dones que recibimos, no tiene costo y trae muchas recompensas, nunca dudes de Dios, confía en él, y él actuará, la Providencia Divina nunca nos fallará.

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