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Llamados a la santidad Para tener la transformación del mundo.

Llamados a la santidad Para tener la transformación del mundo.

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Introducción:

El próximo Sínodo sobre la “vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, veinte años después del Concilio Vaticano II”, será el gran Sínodo. Con tal que el tema vuelva a ser la Iglesia: la Iglesia como Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios y Templo del Espíritu Santo. En su comunión fecunda, descubrir más profundamente la identidad del laico, las exigencias de su formación y su espiritualidad, la urgencia de su participación en la misión evangelizadora de la iglesia. No se puede separar la reflexión sobre los laicos de una eclesiología integral. Precisamente por eso insisto en que la preparación del próximo Sínodo no puede ser hecha sólo por los laicos: se correría el riesgo de parcializar uno solo de los elementos (muy importante, por cierto). Es toda la comunidad eclesial la que debe empeñarse (pastores, religiosos/as, laicos). Se me ocurre pensar en el próximo Sínodo con la misma responsabilidad y esperanza –por la misma alegría y frutos- que el Sínodo sobre la Evangelización.

El Sínodo Extraordinario que acabamos de celebrar –pese a su sorpresa y su brevedad- no significó una ruptura en la preparación para el Sínodo sobre los laicos. Me parece que iluminó el camino y orientó nuestra búsqueda. Aunque habló poco de los laicos, nos enseñó a pensarlos en una eclesiología de comunión. Se retomaron las grandes líneas del Concilio en un contexto de unidad eclesial que se expresó así: “La Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”. Vuelven a ocupar su puesto de pilares esenciales e insustituibles del Concilio las cuatro grandes Constituciones: Lumen Gentium, Det Verbum, Sacrosanctum Concilium, Gaudium et Spes. La Iglesia –concebida como misterio de comunión cristocéntrica y trinitaria- vuelve a retomar su ubicación esencial frente a Cristo y al mundo: simultáneamente es una iglesia que adora a la Trinidad y salva al hombre, que vive de Cristo y lo comunica, que se inserta en el mundo y lo transforma. Es una iglesia que puede ser presentada con el Concilio en estas tres expresiones: sacramento del Cristo pascual, sacramento de comunión, sacramento universal de salvación. Sólo al interior de esta Iglesia –que se nutre de la palabra de Dios y de la Eucaristía del Señor- nosotros podemos buscar las grandes líneas para una verdadera espiritualidad laica. La espiritualidad del laico es esencialmente eclesial: una espiritualidad cristocéntrica, de comunión, de compromiso.

Trataremos de subrayar algunos aspectos de esta espiritualidad laica, siguiendo sobre todo las líneas de la Relación Final del último Sínodo Extraordinario. No se trata de hacer un comentario, sino más vale de recoger algunas líneas esenciales para una auténtica espiritualidad laical en torno a estos tres puntos: el laico en una eclesiología cristocéntrica, el laico en una eclesiología de comunión, el laico en una eclesiología de misión o de esperanza.

I.- El laico en una eclesiología cristocéntrica

Comenzamos por un texto que directamente enuncia el contenido esencial del Evangelio de Pablo, pero que podemos aplicarlo al Misterio de la Iglesia: “que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria” (Col. 1,27).

Esto es lo primero y esencial: la Iglesia es el misterio de Cristo entre nosotros y con nosotros. Es lo que dice Jesús: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos”. (J. 15,5). “Yo en ellos y tú en mí” (J. 17,23).

El Sínodo extraordinario ha insistido mucho, frente al fenómeno del secularismo, en el misterio de Cristo en la Iglesia o de la Iglesia en Cristo. “Toda la importancia de la Iglesia deriva de su conexión con Cristo “ (R.F. II, A, 3). La Relación Final tiene una frase aparentemente dura pero muy significativa: “La Iglesia se hace más creíble, si hablando menos de sí misma, predica más y más a Cristo crucificado y lo testifica con su vida. De este modo la Iglesia es como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la comunión con Dios y también de la comunión y reconciliación de los hombres entre sí. El anuncio sobre la Iglesia, como lo describe el Concilio Vaticano II, es trinitario y cristocéntrico” (R.F.II,A,).

Esta eclesiología cristocéntrica nos hace pensar en la vocación y misión del laico en términos de relación esencial a Cristo. El Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección de Cristo (cfr. Rom. 6,3-5); más aún, nos hace revestir a Cristo (cfr. Gal. 3,27). No somos nosotros los que vivimos, sino que Cristo vive en nosotros (cfr. Gal. 2,20). Nuestra vida es Cristo (Fil. 1,21). Es Cristo quien nos elige y nos envía (cfr. J. 15,16). La Relación Final nos recuerda que “hay que promover la espiritualidad propia de los laicos fundada en el Bautismo” (R.F. II,A,5).

A primera vista pareciera que el Sínodo Extraordinario replegara la Iglesia hacia adentro, alejándola del mundo, reproduciendo un esquema dualista y maniqueo. Me parece, en cambio, que la ha llevado a su verdadero centro de comunidad misionera: Cristo, el Hijo de Dio, enviado al mundo para salvar al mundo. Es una respuesta, por un lado, al fenómeno del secularismo, y por otro, al hambre de Dios y de oración que caracteriza a los jóvenes de hoy.

Por eso la apremiante invitación a la santidad que recoge la doctrina conciliar sobre la vocación universal a la santidad (L.G.V). “Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos”(RF. II, A, 4). Cuando hablamos de este llamado a la santidad para transformar el mundo, queremos subrayar la índole secular de la santidad laical, realizada en pleno mundo, a través de las comunes condiciones de la vida familiar, profesional y social, con miras a transformar el mundo desde adentro, a modo de fermento (cfr. L.G. 31). Para el laico el único modo de crecer en Cristo hacia la santidad es vivir con plenitud de amor lo cotidiano. Pero sabemos que, en definitiva, la santidad no se realiza sólo en la transformación del mundo, sino también en el crecimiento personal en Cristo y en la edificación de la comunidad cristiana. Sabemos, también, que el camino hacia la santidad es cotidianamente nuevo (nunca se es definitivamente santo sino en el cielo) y que está orientado “a la gloria del Padre”. No se es santo ante todo y esencialmente para glorificar a la Trinidad Santísima. Es en esa línea en que San Pablo nos recuerda que Dios nos eligió para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia por el amor, haciéndonos sus hijos adoptivos para alabanza de la gloria de su gracia (cfr. Ef. 1,3 SS.)

En esta dimensión esencial de una eclesiología cristocéntrica – por consiguiente, de una espiritualidad laical esencialmente radicada en Jesucristo – quisiera subrayar estos cinco elementos: el Espíritu Santo, el discípulo de Jesús (el creyente, el fiel), la experiencia del amor de Dios, el Misterio Pascual, las bienaventuranzas (particularmente sintetizadas en la pobreza evangélica);

  1. El cristiano laico es, ante todo, una creatura nueva que ha nacido en Cristo por el Espíritu Santo. Su camino de santidad es un crecimiento en Cristo “de novedad en novedad”. La santidad se dará cuando el cristiano haya alcanzado la novedad definitiva. En ese camino está, ante todo, el Espíritu Santo: los que son Hijos de Dios son conducidos por el Espíritu (cfr. Rom. 8,3). Es el Espíritu de la libertad interior, de la plegaria filial, de la fortaleza y el testimonio, de la verdad y del amor. Es el Espíritu que va haciendo nuevas todas las cosas; es el Espíritu que obra la unidad interior; el Espíritu de la comunión.
  2. El cristiano laico es “el creyente”, el fiel, el discípulo. Su camino de santidad es un camino de crecimiento en la obediencia de la fe. Como María la creyente, la fiel, la discípula, la humilde servidora del Señor. Por eso, la vida de un laico cristiano es una continua acogida de la Palabra de Dios: escucharla, acogerla, contemplarla, realizarla, comunicarla. “Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la realizan” (Lc. 11,27). Es el hombre que camina buscando e irradiando al Invisible, tratando de penetrar en la fe los nuevos signos de los tiempos. La primera condición para transformar el mundo es saber interpretar el designio providencial de Dios en las cosas y los hombres. El verdadero parentesco de Jesús –sus discípulos- está compuesto por aquellos que hacen la voluntad del Padre que lo ha enviado (cfr. Mc.3,31-35).
  3. Uno de los aspectos centrales en la vida espiritualidad del laico –y modo fundamental de su testimonio- es la experiencia y comunicación del amor de Dios. “Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios ha tenido por nosotros” (I Jn.4,16). En un mundo que siente por un lado el frío del secularismo, y por otro, el hambre honda de Dios, esta experiencia de un Padre tan íntimo y cercano, cuyo amor ilumina y penetra todo el dramatismo de la historia humana, es esencialmente original y urgente. Abrir a los hombres la esperanza cristiana, gritando al mundo el amor del Padre: “nada ni nadie podrá arrancarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Nuestro Señor”(Rom.8,39).
  4. Toda vida cristiana es una celebración del Misterio Pascual de Jesús. Fuimos bautizados en su muerte y en su resurrección para que caminemos en un nuevo estilo de vida (cfr. Rom.6,3-4).El misterio pascual –del que todo cristiano tiene que ser anunciador y testigo (Hech.1,8) en el mundo- da sentido a nuestra cruz y engendra nuestra esperanza. Volveremos a ello cuando hablemos de la “teología de la cruz”.
  5. Finalmente, el camino de toda santidad pasa necesariamente por el corazón de las bienaventuranzas evangélicas. Hacen del cristiano una espléndida transparencia de Jesús. Los jóvenes de hoy aman mucho esta página del Evangelio, meditada en el contexto del sermón de la montaña. De un modo especial, son sensibles a la pobreza evangélica que es como la síntesis de todas las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas tienen que ser leídas a la luz del misterio pascual de Jesús y del mandamiento nuevo del amor. Alcanzan su más concreta realización en María la pobre, “la humilde servidora del Señor”.

II.- El laico en una eclesiología de comunión

“La Eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio… Desde el Concilio Vaticano II se ha hecho mucho para que esta idea más concretamente a la vida”(RF.II,C,1).¿Qué significa para un laico vivir en concreto una eclesiología de comunión? ¿Cómo expresarla en la vida?

El camino de santidad pasa necesariamente por las exigencias de comunión. Es también, un camino necesario para una comunión gozosa. La santidad es comunión. Una espiritualidad de comunión es, ante todo, una espiritualidad de unión íntima con Cristo y por Cristo con el Padre en el Espíritu Santo. Es el sentido básico que la Relación Final da de “la compleja palabra de comunión”. “Fundamentalmente se trata de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta comunión se tiene en la palabra de Dios y en los Sacramentos. El bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión de la Iglesia; la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo significa y hace, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia” (RF.II,C,1).

  1. Tratemos de descifrar algunos aspectos de esta espiritualidad de comunión.
  2. – Ante todo la exigencia de una comunión trinitaria: hemos nacido en el Bautismo para esta comunión con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. El destino final del hombre es el gozo definitivo de la comunión; fuimos hechos para la comunión: con Dios y con los hombres. Nuestro camino espiritual es un progresivo ahondamiento de comunión. El mismo anuncio apostólico es para crear esta comunión: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (I Jn.1,3). Esta comunión es fruto del “Espíritu Santo que nos ha sido dado” (cfr.Rom.5,5) y que habita en nosotros (Rom.8,9);
  3. – Esta comunión se alimenta de la Palabra y el Sacramento (sobre todo, la Eucaristía). Son las fuentes de las que vive la Iglesia (cfr.RF.II,B). Insistimos en la Palabra de Dios: leída, interiorizada, gustada, realizada, anunciada. La vida espiritual del laico no sólo crece cuando la Palabra de Dios es escuchada y acogida, sino cuando es proclamada y comunicada. La evangelización, cuando es verdadera, enriquece ante todo a los propios evangelizadores: los pone necesariamente en camino de conversión, de reconciliación y de servicio. “La evangelización es la primera función no sólo de los obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, más aún, de todos los fieles cristianos” (RF.II,B,2); pero la evangelización supone testigos, mártires, profetas, que han visto y oído, han sido interiormente quemados por el Espíritu y se han hecho “la boca de Dios” y su presencia entre los hombres. Si la palabra de Dios es acogida en comunidad –al menos en la comunión de dos o tres reunidos en nombre de Jesús- se hace penetrante como espada de dos filos. La otra fuente de la vida espiritual del laico es la Liturgia (principio y fuente de todo apostolado); pero hace falta una profunda interiorización y una viva participación en el Misterio Pascual de Jesús. El Misterio Pascual –con sus exigencias de muerte y de resurrección, de cruz y de esperanza- vuelve a aparecer aquí como el centro de toda espiritualidad cristiana;
  4. – Esto nos lleva necesariamente a hablar de la oración. En cierto modo es el fruto más precioso y la plenitud gozosa de la santidad; pero, al mismo tiempo, es condición y exigencia de un camino espiritual: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podeís hacer nada” (Jn.15,5). La oración que es alimentada por la Palabra de Dios y alcanzada su culmen en la Eucaristía; pero, también, la oración cotidiana: la que hacemos en casa, en el trabajo, en el camino; la que es silencio de escucha y generosidad de aceptación de aceptación y de ofrenda. Cuando se habla de la oración del laico, pueden surgir dificultades: falta de tiempo o de espacios de recogimiento. Hasta que no hayamos comprendido que la oración no es sólo un punto de partida (condición para nuestro apostolado) o sólo un punto de llagada (gozo de la contemplación), sino un clima normal en el que permanentemente nos movemos y respiramos, no habremos aprendido a orar bien. Si la oración es sólo un “momento” que divide y desciende nuestra jornada, la oración será siempre molesta, precipitando, superficial. Hay que aprender a respirar en Dios, como respiramos en nuestra atmósfera natural, casi sin darnos cuenta. Esto nos lo da el Espíritu Santo que gime en nosotros con gemidos inefables (Rom.8,27). Entre tanto, sentir hondos deseos de orar (más todavía, de ser hondamente contemplativos) y suplicar intensamente al Señor: “Señor, enséñanos a orar” (Lc.11,1).
  5. – Cuando hablamos de espiritualidad laical en una eclesiología de comunión, queremos también subrayar los aspectos siguientes:
  • Exigencia de una relación filial, fraterna, de amistad con los pastores. El Concilio Vaticano II lo pidió tanto. Lamentablemente no hemos avanzado mucho: o por desconocimiento de los laicos o por desconfianza de los pastores (y los ayuden así a crear una eclesiología de comunión), y que los pastores escuchen y animen a sus laicos (y así los ayuden a madurar espiritualmente y a ser miembros activos de la comunión eclesial). Esto exige mucha humildad, mucho respeto, mucho amor en Jesucristo;
  • Necesidad de poner en marcha, con autenticidad y en concreto, los organismos de participación y comunión: consejos pastorales, parroquiales y diocesanos, consejos nacionales y diocesanos de laicos, etc. Lamentablemente no han sido todavía constituidos o no han empezado a funcionar bien. Son un espacio normal donde podría desarrollarse bien la formación y espiritualidad laicales. Son, también, un medio excelente para descubrir en concreto el misterio de una Iglesia comunión y hacer crecer la responsabilidad de la participación en la única misión evangelizadora de la Iglesia;
  • Exigencias de una más honda comunión (unidad y coordinación) entre los diversos movimientos y asociaciones. Lamentablemente no damos siempre una verdadera imagen de la presencia de Jesús y de una Iglesia creíble. Falta más humildad, más pobreza, más hambre de verdad y de caridad. Hace falta agradecer con alegría el don recibido y ponerlo enseguida al servicio de la comunidad, sin absolutizar las propias opciones ni condenar con superficialidad la de los otros;
  • Aprovechar algunos espacios privilegiados de formación y espiritualidad laical. Ante todo, la parroquia: creo que es allí donde se va dando la oportunidad de un crecimiento normal, constante y comunitario, de la personalidad de un crecimiento normal, constante y comunitario, de la personalidad cristiana. Es allí donde el bautizado va creciendo cotidianamente como creyente: se va haciendo más discípulo de Jesús en el seno de una comunidad concreta que es cada día más fraterna, más comprometida, más misionera. Luego, las comunidades eclesiales de base, donde las exigencias de comunión se hacen más inmediatas, por la experiencia del don de Dios en la Palabra y la Eucaristía y por la comprensión del sufrimiento y la esperanza de los hombres. Si estas comunidades de base son verdaderamente eclesiales, es decir, “si verdaderamente viven en la unidad de la Iglesia, son verdadera expresión de comunión e instrumento para edificar una comunión más profunda. Por ello, dan una gran esperanza para la vida de la Iglesia” (RF.II,C,6);
  • Finalmente, esta comunión que empieza siendo esencialmente una unidad vital con Jesucristo (“Vosotros en mí y yo en vosotros”) y se expresa admirablemente en la fraternidad evangélica de los que “tienen un solo corazón y una sola alma”, se abre a una comunión misionera –de presencia, de encarnación, de salvación- con el mundo y la entera comunidad humana: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo” (Jn.17,18). Pero de ello hablaremos en la tercera parte.

III.- El laico en una eclesiología de misión o de esperanza

La iglesia es definida por el Concilio Vaticano II como “sacramento universal de salvación”, en cuanto “manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre” (GS.45). Es aquí donde particularmente se manifiesta la vocación y misión del laico: bautizado en Cristo, hecho miembro activo del Pueblo de Dios que es la Iglesia, insertado en el mundo como lugar privilegiado de santidad, de trabajo apostólico, de construcción de la sociedad. “La Iglesia como comunión es sacramento para la salvación del mundo” (R.F.II,D,1).

Si quisiéramos subrayar algunos puntos esenciales para una espiritualidad del laico como “constructor de la sociedad”, diríamos lo siguiente:

  1. – necesidad de descubrir el mundo –con sus luces y sus sombras, con sus riesgos y sus posibilidades, con su sufrimiento, su pecado y su esperanza- como el lugar indicado por Dios al laico para su crecimiento interior en la santidad y su tarea apostólica en la Iglesia. Es decir, que es allí –en la familia, el trabajo, la escuela, el ámbito de la cultura y del deporte, del ocio y de los medio de comunicación, de lo social y lo político- donde entrará especialmente en una profunda comunicación con Dios, anunciará a sus hermanos la Buena Nueva del Reino y transformará las estructuras de injusticia y de pecado, preparando la humanidad nueva y construyendo con todos los hombres de buena voluntad una nueva civilización de la verdad y del amor. Todo intento de escapar a la responsabilidad de las tareas cotidianas, cierra el camino para una comunicación honda y concreta con el Señor; dificulta el crecimiento en la santidad;
  2. – necesidad de descubrir en el mundo, para responder a ellos evangélicamente, los nuevos signos de los tiempos. Tienen particular incidencia en la vida de los laicos, inmediatamente comprometidos en la reorganización del orden temporal según Dios o en el anuncio de la Buena Nueva del Reino en el lenguaje concreto de los hombres. Los nuevos signos de los tiempos son un desafío para la santidad de los laicos, para su vida espiritual cotidiana. Pero son, también, una constante revelación de Dios y de su designio de salvación; por consiguiente, son un continuo llamado a seguir creciendo en Cristo, a ser cotidianamente fieles, a servir generosamente a los hermanos. Junto al gran nuevo signo de los tiempos que es el secularismo –que nos ha vaciado de Dios y nos ha hecho perder, aún en el ámbito de la Iglesia, el sentido de lo sacro y la propia identidad cristiana- el Sínodo extraordinario nos indica otros que hacen aumentar “las angustias y las ansiedades”: “hoy crecen por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia, la guerra, las torturas y el terrorismo, así como otras formas de violencia de cualquier clase” (RF.II,D,1). Esto nos lleva a pensar, como lo indica el Sínodo, en la necesidad de “una reflexión teológica nueva y más profunda, que interprete tales signos a la luz del Evangelio” (ibid); pero nos lleva a pensar, también, en la necesidad de un verdadero espíritu contemplativo –de una capacidad muy honda de contemplación- que haga posible al laico una lectura evangélica de los nuevos signos de los tiempos. También esto entra dentro de la responsabilidad específica de los laicos: saber presentar a los pastores una visión inmediata y concreta de la realidad histórica;
  3. – sorpresivamente para muchos, el Sínodo introduce aquí –cuando habla de la relación Iglesia –mundo- el tema de la “teología de la cruz”. Algunos pensaron que iba mejor en la primera parte, cuando se habla del Misterio de Cristo. Sin embargo se descubre enseguida la oportunidad de ubicarlo aquí: es el modo mejor de comprender el misterio redentor de Jesús y el misterio de la Iglesia como “sacramento universal de salvación”. Hace falta mirar al mundo en una perspectiva de redención: de salvación ya realizada por Jesucristo en la cruz (hemos sido reconciliados con el Padre por medio de la cruz), pero aún no acabada hasta que vuelva Jesús para entregar el Reino al Padre; todavía queda en el mundo el pecado, el sufrimiento, la muerte. Han sido radicalmente vencidos por Jesús para entregar el Reino al Padre; todavía queda en el mundo el pecado, el sufrimiento, la muerte. Han sido radicalmente vencidos por Jesús en su Misterio Pascual; pero hace falta todavía completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo; hace falta seguir celebrando –en la Eucaristía y en nuestra vida- la muerte y la resurrección de Jesús, anunciando su venida. Es el único modo de comprender en profundidad la relación Iglesia –mundo (en cuyo interior se realiza específicamente la vocación y la misión del laico): sin separarlos, pero sin confundirlos. Se evita así una visión maniquea y pesimista del mundo; se evita, también, una visión superficialmente optimista. “Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, de manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo. Por ello, hay que explicar, a la luz del misterio pascual, la relación entre la historia humana y la historia de la salvación” (RF.II,D,2). En realidad una “teología de la cruz” es siempre una “teología de la esperanza”. En ella tenemos que beber cotidianamente los cristianos, que somos los discípulos del Crucificado: “quien quiera ser mi discípulo…que tome cotidianamente su cruz y que me siga”. El laico está particularmente llamado a ser en el mundo “un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo” (L.G.38). Hoy hacen falta profetas y testigos: testigos de la resurrección y profetas de esperanza; pero el único modo de gritar la esperanza es desde la cruz: “Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros” (Col.1,24). Es el único modo de iluminar y de asumir el sufrimiento de los otros: “En cuanto a mí, Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Gal.6,14);
  4. – una auténtica espiritualidad laical se inscribe necesariamente en la apertura misionera de la Iglesia para la salvación integral del mundo (cfr. RF.II,D,3). Lo cual supone dos cosas:
  • Capacidad de una constante renovación por la fuerza misteriosa del Espíritu. Es el mundo –con sus cambios rápidos, profundos y universales- el que nos presenta constantemente nuevos desafíos; pero es Cristo el que nos invita a convertirnos y a creer cada día de nuevo en la Buena Noticia; y es substancialmente el Espíritu Santo el que nos hace cotidianamente “nueva creatura” en Jesucristo. Nuestra renovación se hace conforme a la imagen de Jesucristo, no del mundo: “no os acomodéis al mundo presente” (cfr. Rom.12,2);
  • Capacidad de diálogo: al interior de la Iglesia, con las otras confesiones cristianas, con las no cristianas, con los no creyentes, con el mundo. Una verdadera espiritualidad laical es una espiritualidad de diálogo: saber escuchar y acoger al Señor, saber escuchar y acoger a los demás; para eso hace falta mucha humildad, mucha pobreza, mucha oración. En realidad los únicos que saben dialogar bien –porque están acostumbrados a escuchar- son los contemplativos.
  1. finalmente, quiero introducir un tema que es esencial en todo camino de espiritualidad: la pobreza. Jesús “siendo rico se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza” (cfr.2Cor.8,9). Este tema interesa particularmente a las jóvenes generaciones; los jóvenes sienten muy fuertemente la invitación de Jesús a dejarlo todo y darlo a los pobres; sienten, también, la necesidad de vivir en la Iglesia una “opción preferencial por los pobres”. El Sínodo extraordinario incluye un numeral relativo a este tema (cfr. RF.II,D,6). El Evangelio se hace más cercano y transparente en la persona de los pobres. El pobre sintetiza la imagen serena y esperanzadora de los que sufren y confían en el Señor. Desde esta actitud de desprendimiento y de libertad interior, los cristianos reconocen más fácilmente la persona de Jesús en los que sufren y se sienten impulsados a llevar a los pobres las inefables riquezas del Reino.

Conclusión:

Terminamos nuestra reflexión contemplando a María, la pobre, la creyente, la fiel discípula del Señor. Ella fue proclamada feliz por haber creído (cfr.Lc.1,45), porque supo acoger la Palabra de Dios y realizarla (cfr. Lc.11,27), porque dejó que el Espíritu Santo grabara en Ella la limpidez de las bienaventuranzas. Ella es la imagen y el principio de la Iglesia: Iglesia cristocéntrica, Iglesia de comunión, Iglesia de esperanza. María es modelo de toda vida cristiana]; lo es particularmente pera el laico que vive en lo cotidiano su camino de fidelidad. Supo lo que es la pobreza, la cruz, la peregrinación en la fe. La vida de María no tiene cosas extraordinarias; lo extraordinario en Ella es haber vivido con fidelidad gozosa todo el camino de Jesús: camino de anonadamiento y cruz; camino de silencio y evangelización, camino de Misterio Pascual y de comunicación al mundo del don del Espíritu Santo. Toda espiritualidad cristiana es esencialmente cristológica, eclesial y mariana. En María el Espíritu Santo hizo su obra perfecta; comenzó a diseñar en Ello “la nueva creación”. En Ella y por Ella –esposa y madre virginal- el Espíritu nos dio a Jesús, “Imagen del Dios invisible, primogénito de toda la creación” (Col.1,15), por quien el Padre nos eligió desde toda la eternidad para ser santos en el amor, “eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su, voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia”. (cfr. Ef.1,3-6). Ahora esperamos que el mismo Espíritu complete la obra comenzada: “quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús” (Fil.1,6).

Eduardo F. Card. Pironio.

Bogotá, 17 de noviembre de 1986

Categorías:Laicos

FORMACIÓN CRISTIANA DE LA CONCIENCIA DE LOS LAICOS

FORMACIÓN CRISTIANA DE LA CONCIENCIA DE LOS LAICOS

 

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

http://pautasdevidacristiana.blogspot.mx/2011/12/la-formacion-de-la-conciencia-de-los.html

En la conciencia del Pueblo de Dios hay que desarrollar, hoy, el sentido de  responsabilidad y una voluntad generosa de contribuir a la formación de los laicos, que sean capaces de realizar una síntesis fecunda entre fe y vida, y, a su vez, capaces para comprometerse en el servicio apostólico de anunciar el Evangelio y transformar a la sociedad. Se hacen, por lo tanto, necesarias unas nuevas estructuras organizacionales, pastorales, catequísticas y especializadas. La Christifideles Laici, si bien afirma la importancia del crecimiento personal en los valores humanos no desarrolla la idea de cultivar una pedagogía espiritual de crecimiento. Tal pedagogía espiritual de crecimiento deberá tener su origen en el Espíritu e inspirarse y realizarse mediante formas asociativas que fomenten el sentido serio y definido de la apuesta del valor formativo de nuestros laicos.

La formación espiritual implica respeto por la persona que se forma y reciprocidad en la formación; teniendo en cuenta que cada persona es distinta frente al formador y; por tanto, éste deberá saber captar con sensibilidad la necesidad y el valor innovador de la formación en el formando.

La acción apostólica, sirve como fuente de verificación y, a su vez, demostración del carácter de profundidad, de la calidad de la formación de nuestro laicado comprometido. Ante el desbordante relativismo moral es urgente, más que nunca, despertar nuevamente la conciencia de una formación integral, permanente y objetiva del laicado.

Junto a estas y a otras muchas deformaciones sociales, ideológicas y hasta políticas, la voz de la Iglesia representada por sus Pontífices, no ha dejado de insistir en la necesidad de la formación permanente. Así lo expresan las propias palabras del Cardenal Ratzinger aquella mañana antes de ser elegido como Papa el 18 de abril del 2005 en la homilía “Pro Eligendo Pontífice:” ¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios! ¡Cuántas corrientes ideológicas, cuántos modos de pensamientos…! La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevándola de un extremo a otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo social; del ateísmo a un vago misticismo religioso, del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cfr. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se aplica la etiqueta del fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: El Hijo de Dios, el Hombre Verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es “adulta” una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad: adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.”

Esta afirmación se fundamenta y sostiene en lo que el Magisterio de la Iglesia, a lo largo del tiempo, nos ha enseñado en sus distintos documentos: Constitución Dogmática Gaudium et Spes, la Declaración Gravissimum Educationis, el Catecismo de la Iglesia Católica, la Carta Encíclica Veritatis Splendor, Documento de Santo Domingo y Documento de Aparecida, entre otros.

Por lo antes expuesto y evidenciado en el contexto vital y la necesidad espiritual de un tipo de hombre postmoderno, se hace apremiante que en la formación de la conciencia cristiana nuestros pastores y nuestro laicado sepan distinguir en qué consiste la espiritualidad laical y la formación espiritual:

  • La primera consiste en buscar un modo de vivir cristianamente en ciertas situaciones del mundo actual y contextualizar ante los desafíos del mundo su vivencia cristiana;
  • La segunda es vivir de acuerdo al modelo de Cristo, el Señor, por el que sea capaz de conocer a Dios y a su plan salvador; adhiriéndose a Él y desde Él transformar el mundo y sus estructuras.

“En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia.” (CI 1785)

El tema de la conciencia ha sido muchas veces estudiado desde la perspectiva bíblica, en cuanto éste refleja las preocupaciones mas inevitables del espíritu humano, consideradas a la luz de la fe de un Dios que ofrece su amistad y su Reinado.

En el Antiguo Testamento la palabra conciencia es expresada con distintos vocablos como son:

ü  Corazón (1Sam 24, 6; 1Sam 26, 10; Jer 17, 1)

ü  Sabiduría (Prov 9, 1; 1Re 11, 28; Sab 8,7)

ü  Espíritu (Ez 36, 26-27)

Estos vocablos también están presentes y ocupan un lugar importante en el Nuevo Testamento; sin embargo, son relevantes, en cuanto a la formación de la conciencia los Escritos Paulinos, en los cuales se menciona de manera mas frecuente el término conciencia.

El término conciencia aparece:

  • Ocho veces en la Primera Carta a los Corintios (1Cor 8, 7; 10, 12; 10, 25-29)
  • Tres veces en la Segunda Carta a los Corintios (2Cor 1, 12; 4, 2; 5, 11)
  • Tres veces en la Carta a los Romanos (Rm 2, 15; 9, 1; 13, 5)
  • Cinco veces en la Carta a los Hebreos (Hb 9, 14; 10, 2-22; 13, 18).

Para San Pablo la conciencia es un juicio moral que es común a todos los hombres (2Cor 4, 2). Es por tanto, que la concepción neo testamentaria ofrece algunos rasgos decisivos para la concepción de lo que es la conciencia cristiana y, específicamente, en cuanto a su formación; así nos lo recuerda San Pablo en el siguiente texto: “Que todos los cristianos –todos los hombres- tienen el deber de formar su conciencia: examinándose a sí mismos (1Cor 11, 28; 2Cor 13, 5; Gal 6, 40) tratando siempre de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12, 2; Ef 5, 10) ponderando en cada ocasión qué es lo que se debe hacer (Fil 1, 10). Con la ayuda del Espíritu y la comunidad misma, los cristianos han de esforzarse por una “conciencia” buena e irreprochable (Hch 23, 1; 24, 16)”.

Según la Enseñanza Paulina, el cristiano perfecto es aquel que vive una fe sin convivencia con la herejía y con el engaño. Aquel que vive y actúa con una conciencia buena y perfecta y, además, goza de una fe perfecta; de ahí que la fe es una condición indispensable para una conciencia moralmente bien formada. Conciencia y fe son un don y una realidad que se reflejan mutuamente en el actuar cristiano. El indicativo de la fe orienta el imperativo moral (1Tim 1, 5).

En resumen, podemos sostener que en la concepción bíblica de la conciencia y su formación, ésta adquiere matices vivos y sugerentes. Se encuentra en efecto enraizada en un contexto de religiosidad, de apertura al Dios de la Salvación y de la Gracia, de la coherencia y el compromiso, del testimonio y de la vida; de la vivencia profundamente cristocéntrica de la vida, del diálogo comunitario, de la serena prudencia y discernimiento ante los valores que han de ser realizados en una determinada situación.

Actuar en conciencia y poseer una adecuada formación de la conciencia, hace al hombre libre y al cristiano un reflejo de la verdad misma del hombre y más en concreto, de la verdad del hombre revelada en Cristo; de ahí que la actuación en conciencia sea para el cristiano comprometido inseparable a la vivencia de la fe y de la caridad. Es por esto que es de suma importancia la formación de la conciencia cristiana; lo cual implica en el laico comprometido, la vivencia de lo esencial y fundamentalmente cristiano.

La misión de la Iglesia es la formación de la conciencia de los fieles, de modo que, cada uno, responsablemente se juegue ante Dios su propio destino. Es por tanto, que la formación de la conciencia del cristiano debe alcanzar un triple objetivo:

  • La personalización,
  • Verdad, y,
  • La rectitud.

La personalización: Personalizar la conciencia consiste en que ésta vertebre sobre sí toda la riqueza espiritual del ser cristiano. Si la conciencia es como el “alma”; educar la conciencia significa que ocupe el puesto central que le corresponde. No es un elemento añadido a la educación de la persona, a la espiritualidad o estilo de vida cristiana; sino una síntesis que ha de llevar a cabo con la verificación de su actuar. Ser hombre de una “gran conciencia” es el título con que la sabiduría popular elogia al hombre cabal, con testimonio de vida y testificación crística de lo que vive y cree. Es decir, en el ámbito cristiano corresponde a la santidad. Un hombre santo, es en definitiva el hombre de recta y delicada conciencia.

Verdad: Es la coherencia vital entre el pensar y el obrar. Es la rectitud de la acción y la palabra (Jn 8, 32).

La rectitud: No basta que el hombre asuma responsablemente sus actos, sino que los lleve a cabo con rectitud. La adquisición de una conciencia recta supone la posesión de criterios morales cristianos. Para ello se requiere conocer lo preceptuado y el advenir de los deberes que han  de cumplir en todos los campos y planos de la vida. La rectitud de la conciencia se determina cuando se está dispuesto a cumplir la voluntad de Dios. Para un dirigente cristiano, la adquisición de la conciencia recta es imprescindible el conocimiento teórico de la doctrina moral cristiana.

La formación de los fieles laicos en cuanto a su conciencia tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez mas claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión; es decir, en la calidad de la formación se dará el fruto de la misión (ChL 58).

Una de las ideas fundamentales de la espiritualidad cristiana es la dimensión dinámica de la vivencia cristiana: El llamado a la santidad.

La vida cristiana es camino, crecimiento y maduración progresiva, continua y armoniosa. Esta perspectiva encuentra su fundamento en el valor vital del Evangelio, y se manifiesta en la posibilidad concreta de crecer en la comunión y en la fecundidad apostólica.

La persona y la libertad son indispensables en el misterio de la relación cristiana. Somos interpelados en nuestra libre e irrepetible personalidad. La fe que no se personaliza y la vida que no se asume con responsabilidad Evangélica, están marcadas por la fragilidad de lo colectivo, de lo social, de lo ideológico y lo novedoso.

La adhesión a Dios, mediante la fe es siempre personal e insustituible. Nadie puede reemplazar a otros en sus libres adhesiones y en sus procesos de desarrollo. La vocación cristiana, si se asume con plena responsabilidad, se descubre llena de gérmenes vitales que poseen un dinamismo capaz de hacer madurar plenamente la fe y configurarse con Cristo según la voluntad del Padre y bajo la guía del Espíritu Santo.

En esta perspectiva la formación de la conciencia cristiana es un llamado a crecer de un modo integral y sólidamente espiritual, bajo una óptica de personalismo cristiano, de posibilidades novedosas y de fuerza de espíritu –pero a su vez también es posibilidad para superar las debilidades-. Para realizar plenamente el proyecto del laicado maduro e insistir en la tarea de su formación permanente; es necesario que sea una prioridad en la vida de cada cristiano, en los programas de las Iglesias locales y, por ende, en nuestro Movimiento.

Para la adecuada formación de la conciencia del laico cristiano es necesario evitar la improvisación y el marcado carácter espontáneo; reforzando la vitalidad de itinerarios de formación que converjan entre el valor del Evangelio y el compromiso apostólico.

Entre los medios disponibles para acompañar la formación de la conciencia se encuentran:

Ø  La escucha fiel de la Palabra de Dios y del Magisterio Oficial de la Iglesia, con la finalidad de permanecer siempre vinculados a la fuente de la fe y de la vida cristiana.

Ø  La oración filial y constante que, en relación íntima con la Palabra que se escucha, ofrece respuestas personalizadas a Dios, vuelve consciente hacia Él la propia existencia, discierne su voluntad mediante la Gracia del Espíritu Santo, a imitación de Cristo Orante, Maestro y Modelo de oración.

Ø  La dirección espiritual, que es el medio personalizado de confrontación permanente y diálogo con la Iglesia; a través del ministro de la Iglesia autorizado y capacitado como una mediación en la que obra el Espíritu del Señor e impulsa a la edificación del Reino; ayudando a captar concretamente las exigencias de los estados vocacionales.

Ø  El discernimiento espiritual, para entender e invertir generosamente los talentos que se han recibido, al servicio de Dios y su Reino, en las situaciones concretas actuales que requieren una entrega generosa de donación.

Ø  La unidad de vida, en la formación de la conciencia quiere expresar la globalidad y la riqueza de los distintos aspectos de la vida cristiana; descubriendo así el eje central de su vida y su compromiso. El laico formado demostrará que su dimensión humana, espiritual, familiar y profesional, ha logrado la unidad de vida en cuanto es reflejo encarnado de una vida interior serena y pacífica, la armonía teórica y práctica entre fe, vida y cultura; y la unión sin dualismos de lo humano y lo divino.

Ø  El testimonio y la coherencia, puede ayudar a descubrir la profundidad de la conciencia moral, como experiencia del Dios que resuena en lo hondo del alma, como un Dios al mismo tiempo tremendo y fascinante. Así como dice la expresión Paulina: “es la evidencia de la autenticidad, de la conversión y la verdad de lo que se vive.” 

Ø  La sinceridad, es el “conócete a ti mismo” de los griegos que tiene perenne actualidad, no es fácil conocer las auténticas razones que motivan la acción del hombre. De aquí que una actitud que deje en evidencia motivos ocultos, confesables o no, es una predisposición para la educación de la conciencia cristiana.

Ø  La lectura, que ofrece criterios claros en cuanto a la Doctrina, el Magisterio y la espiritualidad es una fuente de conocimiento y de formación. De aquí la importancia del estudio de los libros de Doctrina Católica que ayuda al creyente a adquirir criterios morales adecuados. A este respecto cabe recordar que la ignorancia es la causa mas común y generalizada de la mala formación de la conciencia. Como reza el dicho popular conocido: “Católico ignorante futuro protestante”.

El ejercicio de la formación de la conciencia moral, es a su vez un don y una tarea, una gracia que nos urge pedir al Dios vivo, como uno de los dones mas preciados de su Espíritu y una tarea que es necesaria emprender individual y comunitariamente, para que “nada ni nadie pueda separarnos del Amor de Cristo.” (cfr. Rm 8, 35).

FUENTES CONSULTADAS:

o   Carta Encíclica Veritatis Splendor

o   Catecismo de la Iglesia Católica

o   Declaración Gravissimum Educationis

o   Documento Concilio Vaticano II: Constitución dogmática de la Iglesia Gadium et Spes.

o   Exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici

o   IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe Santo Domingo

o   V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe Aparecida

Categorías:Laicos

CONCLUYE CON GRAN ÉXITO Y VALIOSOS COMPROMISOS EL I ENCUENTRO NACIONAL DE JUNTOS POR MÉXICO

CONCLUYE CON GRAN ÉXITO Y VALIOSOS COMPROMISOS EL I ENCUENTRO NACIONAL DE JUNTOS POR MÉXICO

  • El Papa Francisco envía mensaje a católicos de México reunidos en Puebla.
  • 60 Movimientos firman un Manifiesto de compromiso para trabajar por la paz y la justicia en México.
  • Fuertes y  comprometedores mensajes de los expositores en el Encuentro. 

Ante los problemas y rezagos que aquejan al País, los Movimientos Católicos realizaron el 1er Encuentro Nacional de Juntos por México, del 16 al 18 de octubre en el Centro Expositor de Puebla.

Los mensajes expresados por los más de 40 conferencistas y personalidades de este Encuentro fueron contundentes: El Papa Francisco a los participantes: “Les pido en su compromiso misionero, profundizar en el espíritu de comunión para que la Iglesia sea cada vez más familia de Dios que acoge a todos los hombres y los alimenta con su palabra y sus sacramentos…”. También desde Roma, Mons. José Ma. Celli Pdte. del Pontificio Consejo para las Comunicaciones, envió un video mensaje en donde dice que la Iglesia no se comunica con anuncios publicitarios, se comunica contagiando al otro; de esta manera el desafío de todos los Movimientos es que México sea contagiado, mediante el diálogo respetuoso y el testimonio personal de los valores profundos que tanta falta hacen en la sociedad.

El cantante Emmanuel: “Debemos pedirle al Espirito Santo que nos dé el camino de la sabiduría para saber discernir entre lo bueno y lo mejor, no entre lo bueno y lo malo; que nos de mucha fortaleza para no dejarnos vencer por el miedo y la duda.”, “Muchos tienen miedo al qué dirán en la web, redes sociales, pero no a perder a Dios para siempre”, ”Debemos ir a misa y rezar el rosario en familia”. ”Los sacerdotes son el milagro más a la mano que tenemos…”. Eduardo Verástegui: “El mal triunfa cuando la gente buena se queda callada, y hay más buenos que malos. Tenemos que alzar nuestra voz y prueba de ello es este foro, aquí en Puebla, donde se demuestra la participación de gente valiente que no tiene miedo de alzar su voz…”. “Debemos alzar la voz en contra del aborto”.

Mons. Faustino Armendáriz, presidente de la Dimensión Episcopal de Laicos: “Es necesario que cada laico esté dispuesto a gastar su vida por el proyecto de Jesús”, ”Es necesario que hagamos de nuestra vida un servicio a los más necesitados”,” Los invito a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por le motivo que sea”. El Obispo auxiliar de Puebla, Mons. Felipe Pozos Lorenzini: ”Nosotros no somos nada sin ustedes los laicos, gracias por su alegría y por su labor, principalmente la de la oración para trabajar juntos por el Reino de Dios”.

Xiskya Valladares, la Monja twitera: ”Urge evangelizar el 6º continente, el digital, tenemos que ser parte atractiva del Continente Digital, ser misioneros digitales capaces de cambiar el mundo”, “Debemos renovar y refrescar los valores cristianos y humanos en el continente digital, esto requiere de valentía, creatividad y oración”. Dominik Kustra de Ayuda a la Iglesia Necesitada: “En el 40% de todos los países del mundo, el cristiano no puede profesar su fe con plena libertad”, “Los cristianos perseguidos necesitan nuestra ayuda, México es su esperanza”.

Mons. Víctor Sánchez, arzobispo de Puebla: “En las actuales circunstancias de la vida, ser alegres misioneros nos debe hace salir a las periferias del mundo, empezando desde el hogar… es un diálogo salir y dejar entrar, por tanto, para dejar la misión al alcance de todos, yo los invito a salir al encuentro de la propia familia”. Por su parte, Lianna Reboyedo conmovió a todo el pleno con su testimonio: “Mi hija no es el fruto de una violación, es el fruto de mi amor por ella”, “En México ni una vida está de más, nadie sobra”.

Los más de 40 ponentes abordaron temas de familia, vida, sexualidad, migración y altruismo entre otros. Algunos vinieron desde Sudamérica, Guatemala, Italia, España, Israel y Polonia.

Estos tres días se vivieron con un fuerte espíritu de unidad y fraternidad que se materializó en la Expo Católica en donde decenas de movimientos compartieron sus dones y carismas. El mega comedor lucía repleto de personas que dialogaban con entusiasmo compartiendo experiencias y degustando la típica comida poblana.

El evento se transmitió en vivo por www.es.catholic.net desde el Centro de Medios que ofreció toda la tecnología para apoyo de las decenas de medios de comunicación que dieron cobertura a este histórico acontecimiento.

Como parte de los frutos de este Encuentro, se promulgó un manifiesto firmado por 60 movimientos: “…anunciamos a la opinión pública que contribuiremos, de manera particular y organizada, en todos los espacios públicos posibles, para construir una sociedad en la que se promueva la justicia y la paz así como la igualdad de oportunidades…”

Se lanzaron también la Red de Voluntariado Católico y la Red de Redes para trabajar en acciones concretas por los más necesitados y para fomentar valores y unidad en las redes sociales.

Agradecemos a los cientos de voluntarios de Movimientos, universidades, colegios, patrocinadores y parroquias que hicieron posible este acontecimiento que marca el inicio de próximos Encuentros Nacionales. Nuestra gratitud a los expositores y medios de comunicación que se sumaron a este esfuerzo por contribuir en la reconstrucción de un México libre, justo y en donde se proteja la vida y la familia.

Consulta mensajes completos y detalles en www.juntospormexico.org.mx  y en redes sociales @Juntosxm Facebook JuntosxMexico HT: #EnJuntosxM y #JuntosxMexico.

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HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA DE CLAUSURA DEL PRIMER ENCUENTRO DE JUNTOS POR MÉXICO

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA DE CLAUSURA DEL PRIMER ENCUENTRO DE JUNTOS POR MÉXICO

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA DE CLAUSURA DEL PRIMER ENCUENTRO DE JUNTOS POR MÉXICO

Muy queridos hermanos y hermanas todos en el Señor:

1. Con gran júbilo y alegría nos reunimos en esta tarde para la celebración de nuestra fe, dándole gracias a Dios por la oportunidad que nos ha dado de poder llevar a cabo durante estos tres días el I Encuentro Juntos por México. Que congrega a varios de los movimientos presentes en nuestra Iglesia mexicana. Una experiencia de fe, de esperanza, de alegría pero sobretodo de comunión; orientada a sumar esfuerzos para que cada cristiano comprometido, cada Movimiento y cada Comunidad Apostólica con el don que ha recibido, se ponga al servicio de la Nueva Evangelización.

2. En este tercer domingo de octubre, en el que se celebra la Jornada Mundial de las Misiones, la palabra de Dios nos recuerda la conciencia de vivir completamente en perenne actitud de servicio al hombre y al Evangelio, como Aquel que se ofreció a sí mismo hasta el sacrificio de la vida.

3. En el santo Evangelio, san Marcos nos relata la escena en la que dos de los discípulos Santiago y Juan, se acercan a Jesús para hacerle una ridícula ambición: “Queremos que hagas lo que te vamos pedir” (v. 35). Quieren que Jesús los ponga por encima de los demás. Jesús parece sorprendido y les dice: “No saben lo que piden” (v. 38). No le han entendido nada. Con paciencia grande les invita a que se pregunten si son capaces de compartir su destino doloroso. Cuando se enteran de lo que ocurre los otros diez discípulos se llenan de indignación contra Santiago y Juan. También ellos tienen las mismas aspiraciones.

4. Ante estas circunstancias y un hecho tan grave, Jesús reúne a los discípulos y les da una gran enseñanza. Les deja claro cuál debe ser la actitud que ha de caracterizar a sus seguidores. Todos conocen como actúan los romanos: tiranizan a las gentes, las someten y hacen sentir a todos el peso de su poder. Pues bien, Jesús les dice: “Ustedes nada de eso; el que quiera ser grande sea su servidor; y el que quiera ser primero sea esclavo de todos” (vv. 43-44). La grandeza no se mide por el poder que se tiene, el rango que se ocupa o lo títulos que se ostentan. Quien ambiciona estas cosas en la Iglesia de Jesús no se hace más grande, sino más insignificante y ridículo. En realidad es un estorbo para promover el estilo de vida querido por el crucificado. Le falta un rasgo básico para servir. Son palabras que manifiestan el sentido de la misión de Cristo en la tierra, caracterizada por su inmolación, por su donación total. “El hijo del hombre que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y dar su vida por la redención de todos” (cf. Mc 10,45).

5. Queridos hermanos y hermanas laicos, en la Iglesia todos hemos de ser servidores. Nos hemos de colocar en la comunidad cristiana no desde arriba, desde la superioridad, el poder o el protagonismo, sino desde abajo, desde la disponibilidad, el servicio y la ayuda a los demás. Nuestro ejemplo es Jesús. Quien no vino nunca para ser servido sino para servir. Este es el mejor y más admirable resumen de lo que fue su vida.

6. Es necesario que nos liberemos de la tentación de querer estar con Jesús aislándonos del servicio de la caridad y alejados de la realidad. Ya lo decía el Papa Francisco a los nuevos cardenales en Febrero pasado: “No tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial. Les invito a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Señor que está en el leproso – de cuerpo o de alma -, que está discriminado. No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado” (cf. Homilía con los nuevos cardenales, 15 de febrero de 2015). Estas palabras hagámoslas nuestras en este día. Asumamos el desafío de servir a la caridad a todos los pobres, los pequeños, los enfermos, aquellos que a menudo son despreciados y olvidados, aquellos que no tienen como pagarte (cf. Lc 14,13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer: “Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (cf. Evangelii Gaudium, 48).

7. Quienes integramos los movimientos laicales aquí presentes y en cada comunidad diocesana, necesitamos reconocer que el servicio de la caridad a los hermanos nos debe distinguir. Para ello es preciso que a nivel personal y de Movimiento, nos dejemos transformar y asumamos una configuración de nuestros sistemas operativos, de manera que el servicio sea el principal y único objetivo de nuestra misión y tarea apostólica. El Santo Padre en su mensaje para esta esta Jornada Mundial de las Misiones nos ha dicho: “La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene; y en ese mismo momento percibimos que ese amor, que nace de su corazón traspasado, se extiende a todo el pueblo de Dios y a la humanidad entera. Así redescubrimos que él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado (cf. Evangelii Gaudium, 268) y de todos aquellos que lo buscan con corazón sincero. En el mandato de Jesús: “id” están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia. En ella todos están llamados a anunciar el Evangelio a través del testimonio de la vida (cf. Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de las misiones, 24 de mayo de 2015). Queridos hermanos y hermanas, la pasión por Jesús es y debe ser nuestra única motivación. Es urgente volver a proponer el ideal de la misión en su centro: Jesucristo, y en su exigencia: la donación total de sí mismo a la proclamación del Evangelio. Ya el Concilio Ecuménico Vaticano II afirmaba: “Los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos” (Ad gentes, 41).

8. El verdadero modelo es Jesús. Él no gobierna, no impone, no domina, no ambiciona ningún poder. Él No se arroga títulos honoríficos, no busca su propio interés. Lo suyo es servir y dar la vida. Por eso es el primero y más grande. Es necesario que cada laico que entrega algún Movimiento eclesial, esté dispuesto a gastar su vida por el proyecto de Jesús, No por otros intereses. Es necesario que seamos seguidores de Jesús que se impongan por la calidad de su vida de servicio. Padres que nos desvivamos por nuestros hijos. Educadores entregados día a día a la difícil tarea de educar. Hombres y mujeres que hagamos de nuestra vida un servicio a los más necesitados.

9. La misión de los servidores de la Palabra -obispos, sacerdotes, religiosos y laicos- es la de poner a todos, sin excepción, en una relación personal con Cristo. En el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso, según su situación personal.

10. Que Nuestra Señora de los Ángeles, interceda por nosotros para que no dudemos nunca en encaminarnos presurosos al servicio de los más necesitados, especialmente llevándoles el mensaje del evangelio. Y que el ejemplo de San Junípero Serra, sea para cada uno de los Movimientos aquí presentes el modelo de misionero que la Iglesia necesita. Amén.

+ Faustino Armendáriz Jiménez Obispo de Querétaro

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Congreso de laicos

Congreso de laicos

05.10.15 | 09:07. Archivado en Política
 

Se ha celebrado en el Monasterio de Poblet, los días 2 y 3 de Octubre un Congreso de laicos de toda Catalunya bajo el lema: SER MÁS IGLESIA, SERVIR MÁS AL MUNDO.
Varias conferencias, mesas redondas, talleres de plegaria, danza… todo ello alrededor de la presencia del laico en diferentes ámbitos de la sociedad: el mundo del trabajo, el familiar, el mundo de la pobreza, la liturgia, juventud….

Ha contado con una asistencia de más de 500 laicos. Una experiencia eclesial muy positiva que se ha preparado a lo largo de varios años, y que ha terminado con la Eucaristía presidida por el Arzobispo de Tarragona y la lectura de un manifiesto final que acaba con esta oración:

Señor Jesucristo, hombre entre los hombres y Dios: haznos capaces de continuar amando este mundo que tú amas, a sus hombres y mujeres, amando esta Iglesia que nos has regalado, danos valor y coraje, que hagamos todo con amor, para venir a ser signos de tu amor. Ayúdanos a ser más Iglesia para servir más al mundo.
Este encuentro, que se ha vivido en un ambiente de alegría, de ilusión, de esperanza, me lleva a pensar en dos momentos importantes para la vida de la Iglesia y del mundo.

Primer momento: la Última Cena. “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy. Pues si yo el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros, porque os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros lo mismo que yo he hecho”. (Jn 13,13)

Segundo momento: En Concilio Vaticano II, y la Constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium, en la cual el primer capítulo se refiere al Misterio de la Iglesia; el segundo, sobre el Pueblo de Dios; el tercero, sobre la jerarquía; el cuarto, sobre los laicos….
Todos al servicio del Pueblo de Dios, como germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano, a través de la Iglesia.

Quien tiene más responsabilidad dentro de este Pueblo más tiempo debe tener la toalla y la palangana en sus manos… Si comprendemos lo que ha hecho nuestro Maestro y Señor, no debemos buscar otro privilegio que el de servir. El poder del servicio. No el servicio del poder. Esto todavía no es comprendido por muchos: servir como Cristo.

Hoy, en esta inmensa viña que es el mundo, todos somos necesarios para trabajarla. Lo recordaba Juan Pablo II en su encíclica Christifideles laici:

La llamada no se dirige solamente a los pastores, a los sacerdotes y religiosos, sino también a todos los fieles laicos, que son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión a favor de la Iglesia y del mundo. Lo recuerda san Gregorio el Grande cuando comenta la parábola de los obreros de la viña: “fijaos en vuestra manera de vivir, hermanos, y comprobar si ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace, y considere si trabaja en la viña del Señor”. (nº 2)

Lo recuerda el Vaticano II al afirmar que los seglares han de cumplir el importante papel de ser cooperadores de la verdad (AA 6)

Lo recuerda asimismo el Código de Derecho: Entre todos los fieles, por su regeneración en Cristo existe una verdadera igualdad de dignidad y de acción, por la cual todos, según la propia condición y función, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo (c 208)

Deber y derecho de colaborar… (c 211)

En la medida de su ciencia, competencia o aptitud tienen el derecho e incluso, en ocasiones, el deber, de manifestar a los Pastores sagrados su parecer en las cosas que se refieren al bien de la Iglesia y de darlas a conocer a otros fieles.(c 212)

Lo recuerda el Papa Francisco en su encíclica Evangelium Gaudium: cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador… Todo cristiano se ha convertido en misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús. (nº 120) Y nos repite esta llamada al compromiso en muchas de sus intervenciones con el Pueblo de Dios. ¡Colaborar!…, una palabra que se repite en los documentos. Viene bien recordar unos versos:

La sumisión se ha acabado.
Hoy, después de siglos
de horizontes cercanos,
de miedo
de obediencia,
la niebla se disipa
y el mundo entero
aparece a nuestros ojos
al tiempo que la vida
adquiere un valor incalculable.

Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Novo milenio ineunte”, recuerda el desafío que supone el siglo XXI: hacer de la Iglesia la casa y la escuela de comunión, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las esperanzas más profundas del mundo… Y antes de programar iniciativas concretas, es necesario promover una espiritualidad de comunión, proponiéndola como un principio educativo allá donde se forma el hombre, donde se educan los ministros del altar, donde se construyen las familias y las comunidades. (nº 43)

No es fácil llegar a esta tarea educativa. Tengo mis dudas de que este objetivo principal se ha percibido en el Congreso, incluso de si se percibe en la Iglesia, pues una labor educativa requiere tiempo, un ritmo tranquilo, sosegado, una espiritualidad del diálogo, una valoración del otro… Y vivimos en una sociedad que cada día le resulta más difícil transitar por los senderos de estos valores. Nos parecen más rentables la organización de grandes eventos, que no quiero decir que son inútiles. Pero pierden grande parte de su eficacia si no se complementan con ese tiempo “oscuro”, sosegado, de una profunda tarea educadora.

Categorías:Laicos

Francisco: “Cada uno de nosotros, en cuanto bautizado, participa del sacerdocio de Cristo”

Francisco, durante la canonización

El Papa denuncia la “incompatibilidad” entre “el carrerismo y el seguimiento de Cristo”

Francisco: “Cada uno de nosotros, en cuanto bautizado, participa del sacerdocio de Cristo”

Multitudinaria canonización de María de la Purísima, Vincenzo Grossi y los padres de Santa Teresita

Jesús Bastante, 18 de octubre de 2015 a las 10:59

(Jesús Bastante).- Si ayer hizo un llamamiento a la sinodalidad, Francisco aprovechó la homilía de la misa de canonización de Madre María de la Purísima, del sacerdote Vincenzo Grossi, y de los padres de Santa Teresita de Lisieux para recordar la responsabilidad de todos los cristianos: “Cada uno de nosotros, en cuanto bautizado, participa del sacerdocio de Cristo“.

Ante decenas de miles de personas, el Papa incluyó en el libro de los santos a cuatro nuevos miembros, representantes de todo el pueblo de Dios: un sacerdote, una religiosa y un matrimonio, el primero canonizado en la era moderna. En pleno Sínodo de la Familia, un gran ejemplo de vida y una demostración que, pese a las dificultades, es posible llevar a cabo una vida cristiana.

En su homilía, Francisco hizo especial hincapie en una de las frases clave de su pontificado: el verdadero poder está en el servicio. “Jesús es el Siervo del Señor, su vida y su muerte, bajo la forma total del servicio, son la fuente de nuestra salvación”, recordó el Papa, quien hizo suya la imagen de Jesús frente a los discípulos que querían estar a su derecha e izquierda en el Reino que imaginaban. “Jesús les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás”.

Frente a los que luchan por alcanzar el poder y el éxito, los discípulos están llamados a hacer lo contrario“, incidió Bergoglio, señalando que es el propio Cristo quien “señala que en la comunidad cristiana el modelo de autoridad es el servicio. El que sirve a los demás y vive sin honores ejerce la verdadera autoridad en la Iglesia”.

Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán del poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad”, añdió el Papa, quien afirma, con Jesús, que “él tiene el poder en cuanto siervo, el honor en cuanto que se abaja, la autoridad real en cuanto que está disponible al don total de la vida”.

Y es que “hay una incompatibilidad entre el modo de concebir el poder según los criterios mundanos y el servicio humilde que debería caracterizar a la autoridad según la enseñanza y el ejemplo de Jesús”, incompatibilidad “entre las ambiciones, el carrerismo y el seguimiento de Cristo; incompatibilidad entre los honores, el éxito, la fama, los triunfos terrenos y la lógica de Cristo crucificado”.

Jesús realiza esencialmente un sacerdocio de misericordia y de compasión“, subrayó el Pontífice, indicando la necesidad de acercarse, pues Cristo “conoce desde dentro nuestra condición humana; el no tener pecado no le impide entender a los pecadores. Su gloria no está en la ambición o la sed de dominio, sino en el amor a los hombres, en asumir y compartir su debilidad y ofrecerles la gracia que restaura, en acompañar con ternura infinita su atormentado camino”.

“Cada uno de nosotros, en cuanto bautizado, participa del sacerdocio de Cristo; los fieles laicos del sacerdocio común, los sacerdotes del sacerdocio ministerial. Así, todos podemos recibir la caridad que brota de su Corazón abierto, tanto por nosotros como por los demás: somos «canales» de su amor, de su compasión, especialmente con los que sufren, los que están angustiados, los que han perdido la esperanza o están solos”, concluyó el Papa, quien recordó los ejemplos de Vicente Grossi, “un párroco celoso, preocupado por las necesidades de su gente”; Santa María de la Purísima, quien “vivió personalmente con gran humildad el servicio a los últimos, con una dedicación particular hacia los hijos de los pobres y enfermos”; y “los santos esposos Luis Martin y María Azelia Guérin“, quienes “vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús”.

Texto completo de la homilía:

Las lecturas bíblicas de hoy nos hablan del servicio y nos llaman a seguir a Jesús a través de la vía de la humildad y de la cruz.

El profeta Isaías describe la figura del Siervo de Yahveh (53,10-11) y su misión de salvación. Se trata de un personaje que no ostenta una genealogía ilustre, es despreciado, evitado de todos, acostumbrado al sufrimiento. Uno del que no se conocen empresas grandiosas, ni célebres discursos, pero que cumple el plan de Dios con su presencia humilde y silenciosa y con su propio sufrimiento. Su misión, en efecto, se realiza con el sufrimiento, que le ayuda a comprender a los que sufren, a llevar el peso de las culpas de los demás y a expiarlas. La marginación y el sufrimiento del Siervo del Señor hasta la muerte, es tan fecundo que llega a rescatar y salvar a las muchedumbres.

Jesús es el Siervo del Señor: su vida y su muerte, bajo la forma total del servicio (cf. Flp 2,7), son la fuente de nuestra salvación y de la reconciliación de la humanidad con Dios. El kerigma, corazón del Evangelio, anuncia que las profecías del Siervo del Señor se han cumplido con su muerte y resurrección. La narración de san Marcos describe la escena de Jesús con los discípulos Santiago y Juan, los cuales -sostenidos por su madre- querían sentarse a su derecha y a su izquierda en el reino de Dios (cf. Mc 10,37), reclamando puestos de honor, según su visión jerárquica del reino. El planteamiento con el que se mueven estaba todavía contaminado por sueños de realización terrena. Jesús entonces produce una primera «convulsión» en esas convicciones de los discípulos haciendo referencia a su camino en esta tierra: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis … pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado» (vv. 39-40). Con la imagen del cáliz, les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás.

Frente a los que luchan por alcanzar el poder y el éxito, los discípulos están llamados a hacer lo contrario. Por eso les advierte: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (vv. 42-43). Con estas palabras señala que en la comunidad cristiana el modelo de autoridad es el servicio. El que sirve a los demás y vive sin honores ejerce la verdadera autoridad en la Iglesia. Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán del poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad.

Y después de haber presentado un ejemplo de lo que hay que evitar, se ofrece a sí mismo como ideal de referencia. En la actitud del Maestro la comunidad encuentra la motivación para una nueva concepción de la vida: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (v. 45).

En la tradición bíblica, el Hijo del hombre es el que recibe de Dios «poder, honor y reino» (Dn 7,14). Jesús da un nuevo sentido a esta imagen y señala que él tiene el poder en cuanto siervo, el honor en cuanto que se abaja, la autoridad real en cuanto que está disponible al don total de la vida. En efecto, con su pasión y muerte él conquista el último puesto, alcanza su mayor grandeza con el servicio, y la entrega como don a su Iglesia.

Hay una incompatibilidad entre el modo de concebir el poder según los criterios mundanos y el servicio humilde que debería caracterizar a la autoridad según la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Incompatibilidad entre las ambiciones, el carrerismo y el seguimiento de Cristo; incompatibilidad entre los honores, el éxito, la fama, los triunfos terrenos y la lógica de Cristo crucificado. En cambio, sí que hay compatibilidad entre Jesús «acostumbrado a sufrir» y nuestro sufrimiento. Nos lo recuerda la Carta a los Hebreos, que presenta a Cristo como el sumo sacerdote que comparte totalmente nuestra condición humana, menos el pecado: «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (4,15). Jesús realiza esencialmente un sacerdocio de misericordia y de compasión. Ha experimentado directamente nuestras dificultades, conoce desde dentro nuestra condición humana; el no tener pecado no le impide entender a los pecadores. Su gloria no está en la ambición o la sed de dominio, sino en el amor a los hombres, en asumir y compartir su debilidad y ofrecerles la gracia que restaura, en acompañar con ternura infinita su atormentado camino.

Cada uno de nosotros, en cuanto bautizado, participa del sacerdocio de Cristo; los fieles laicos del sacerdocio común, los sacerdotes del sacerdocio ministerial. Así, todos podemos recibir la caridad que brota de su Corazón abierto, tanto por nosotros como por los demás: somos «canales» de su amor, de su compasión, especialmente con los que sufren, los que están angustiados, los que han perdido la esperanza o están solos.

Los santos proclamados hoy sirvieron siempre a los hermanos con humildad y caridad extraordinaria, imitando así al divino Maestro. San Vicente Grossi fue un párroco celoso, preocupado por las necesidades de su gente, especialmente por la fragilidad de los jóvenes. Distribuyó a todos con ardor el pan de la Palabra y fue buen samaritano para los más necesitados.

Santa María de la Purísima vivió personalmente con gran humildad el servicio a los últimos, con una dedicación particular hacia los hijos de los pobres y enfermos.

Los santos esposos Luis Martin y María Azelia Guérin vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús.

El testimonio luminoso de estos nuevos santos nos estimulan a perseverar en el camino del servicio alegre a los hermanos, confiando en la ayuda de Dios y en la protección materna de María. Ahora, desde el cielo, velan sobre nosotros y nos sostienen con su poderosa intercesión.

“Los laicos son el impulso para una Iglesia viva y alegre”, Mons. Felipe Pozos

“Los laicos son el impulso para una Iglesia viva y alegre”, Mons. Felipe Pozos

Miriam Apolinar / Fiat Lux

http://www.juntospormexico.org.mx/articulos/item/381-los-laicos-son-el-impulso-para-una-iglesia-viva-y-alegre-mons-felipe-pozos

Cientos de laicos provenientes de diferentes diócesis de México se dieron cita esta tarde en el Centro Expositor de Puebla para inaugurar el Primer Encuentro Nacional de Movimientos llamado “Juntos por México” que congregará este fin de semana a más de 10.000 católicos de 60 movimientos con el objetivo de fomentar la paz social, la defensa de la vida y la familia.

Entre música típica y bailes regionales representativos de esta ‘Angelopolis’, el obispo auxiliar Mons. Felipe Pozos Lorenzini, en representación de Mons. Víctor Sánchez, Arzobispo de Puebla, dio la bienvenida a todos los laicos mexicanos reunidos en este evento que con esperanza busca dar fruto principalmente a los más alejados.

“Ya lo decía el Papa Benedicto XVI, los laicos son corresponsables de la misión de la Iglesia y deben llevar a Jesús a las realidades históricas y sociales, ahí donde el hermano sufre  y necesita de la fraternidad, solidaridad y esperanza del prójimo”, expresó Mons. Felipe Posos.

Aseguró que los laicos son el empuje y el impulso que la Iglesia necesita para seguir viva y alegre, “nosotros no somos nada sin ustedes los laicos, gracias por su alegría y por su labor principalmente la de la oración para trabajar juntos por el Reino de Dios”.

Aprovechó para agradecer a todos los organizadores de este magno evento y los confío a los brazos de Santa María de Guadalupe.

Por su parte, Mons. Faustino Armendáriz, Obispo de la diócesis de Querétaro, y responsable de la Dimensión de Laicos del CEM, dijo que este evento busca romper paradigmas y renovar la fuerza del laico ya que “ustedes son la semilla que da fruto fomentando la unidad y la comunión, somos un país de fe y tenemos que demostrarlo al mundo”.

Durante este primer día de actividades, se contó con la presencia del matrimonio católico de Familias Nuevas de los Focolares, Anna y Alberto Friso, quien compartieron su testimonio y exhortaron a los fieles laicos a luchar por el don de la familia como centro de la Iglesia y de la vida.

“No tengan miedo de ir contra corriente, luchemos por el amor y la fe en la familia y salgamos a dar testimonio”, exhortó el matrimonio italiano.

Para finalizar esta jornada, se realizó un concierto para los jóvenes en donde participaron el grupo Malak, originario de Puebla, integrado por Israel y Pepe. Y el grupo “Cristo3D” integrado por César, Boro, Héctor y Cristian.

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