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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA ACCION CATOLICA

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA ACCION CATOLICA
 

Card. Eduardo F. Pironio

 

“CONCORDIA” – AÑO XII – N° 25 – ENERO DE 1992 forum 07-10/11/1991

 

INTRODUCCIÓN

 

Deseo comenzar con tres observaciones previas:

 1. Una invitación a la esperanza: “Dios prepara una nueva primavera del Evangelio” “Si se mira superficialmente a nuestro mundo, impresionan no pocos hechos negativos que pueden llevar al pesimismo. Mas éste es un sentimiento injustificado: tenemos fe en Dios Padre y Señor, en su bondad y misericordia. En la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo” (R. M. 86). La Acción Católica debe expresar esta esperanza y ayudar a que florezca esta nueva primavera.

 2. Un llamado a un urgente compromiso eclesial: “Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización” (Ch. L. 34). Los fieles laicos, protagonistas en esta nueva evangelización. La Acción Católica está particularmente llamada a serlo por exigencia intrínseca de su compromiso eclesial.

 3. Una propuesta de camino comunional: El Espíritu de Dios está recreando la Acción Católica en el interior de una Iglesia misterio de comunión misionera:

             a – Misterio: itinerario y escuela de santidad;         

            b – Comunión: con los Pastores, con el resto del Pueblo de Dios, con otras asociaciones… 

            c – Misión: presencia, anuncio, envío “ad gentes”; 

  • en una sincera fidelidad a Cristo, a la Iglesia, al hombre;
  • en una profunda comunión eclesial con la Jerarquía;
  • en una especial apertura a las diversas asociaciones de Acción Católica en otros países, manteniendo siempre la irrenunciable configuración con la Iglesia local en comunión con Pedro;
  • en una más honda, evangélica y eclesial presencia en el mundo, como especial forma de una Iglesia “sacramento universal de salvación”.

 

I. UN POCO DE HISTORIA

 

      Gran parte de la promoción asociativa, espiritual y apostólica de los laicos en la Iglesia, especialmente durante la primera mitad del siglo XX, se concentró en la propuesta y desarrollo de la Acción Católica. La referencia a la “acción católica” emerge ya en tiempos del Pontificado de Pío IX y del Concilio Vaticano I, siendo utilizada entonces para abarcar a muy diversas iniciativas, obras e instituciones del llamado “movimiento católico” de fines del siglo pasado y comienzos del actual. Sabemos que adquirirá una  orientación y estructuras más precisas con el Pontificado de Pío XI, quien la consideraba “inspiración providencial”. Este Papa llamado “de la Acción Católica”, por los numerosos documentos publicados y las iniciativa emprendidas para su desarrollo fue también el “Papa de las misiones”, ambos apelativos se conjugan en una exigencia creciente de evangelización ante los retos planteados por la “descristianización” y por nuevas formas de inculturación y de presencia del cristianismo.

            El desarrollo de la Acción Católica puede considerarse como uno de aquellos “movimientos de reforma”, que, sin proponérselo ni pudiendo saberlo entonces, “preparaban” el Concilio Vaticano II. Hay una compenetración entre ese desarrollo de la Acción Católica y los movimientos de renovación litúrgica, eclesiológica, ecuménica, etc. Las reflexiones eclesiológicas – y sobre la “teología del laicado” – desde los años 30 al 60 presuponen y hacen explícita referencia a la Acción Católica. La Acción Católica ayudó a re-descubrir y realizar la vocación y dignidad del laico en la Iglesia, la significación más radical y plena de los sacramentos de iniciación cristiana para todos los bautizados, la condición del “sacerdocio común”, la participación del pueblo en la liturgia, la renovada autoconciencia de la Iglesia como Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, una más viva pertenencia y común responsabilidad en las comunidades cristianas.

            Por todo esto, puede concluirse que la Acción Católica, en su diversidad de formas, ha significado una gran siembra y escuela multiplicadora en la formación, participación y promoción de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. “!Sois Iglesia!” (Pío XII). En ella se han forjado generaciones de un laicado militante con fuerte sentido de fidelidad eclesial y de ella procedieron líderes católicos en los más diversos ámbitos de la vida eclesial y secular.

  

            El Concilio Vaticano II retomó y coronó esta tradición asociativa de la Acción Católica. En las diversas fases de su preparación y realización no faltaron dificultades y malentendidos y mucho se debatió sobre ella. Hubo variedad de concepciones y posiciones, al punto que en textos preparatorios se señalaban ya “máximas dificultades” para llegar a acuerdos claros. Eso se reflejó también en los debates en el aula conciliar. Al fin, se tomó una decisión clara, alentadora, pero flexible para abarcar realidades diversas según la diversidad de sus formas, en Iglesias de diferentes contextos y tradiciones.

            E el dinamismo de la “promoción del laicado”, a la luz de la renovada “eclesiología de comunión”, recomendando vivamente el “apostolado asociado de los fieles” y las “formas organizadas del apostolado seglar” en cuanto respuesta adecuada “a las exigencias humanas y cristianas de los fieles” y al mismo tiempo, signo de comunión y de unidad de la Iglesia en Cristo” ( cfr. AA, 18), el Concilio Vaticano II destacó la importancia de la Acción Católica y precisó sus notas características (cfr. AA, 20, 21). Destacó la necesaria simultaneidad de estas cuatro notas:

  • el fin apostólico de la Iglesia
  • responsabilidad propia de los laicos en la dirección
  • organicidad de comunión
  • bajo la dirección superior de la propia Jerarquía: directa colaboración con los pastores.

    

Hacia fines de la década del ’50 y comienzos de la del ’60, la Acción Católica daba signos de debilitamiento respecto de su ciclo de mayor vigor y pujanza en la catolicidad. Se asiste así a la paradoja del aprecio y recomendación tributados por el Concilio y del desinterés, marginalización y hasta desaparición de la Acción Católica en muchas Iglesias locales, a veces acompañadas del rechazo como residuo “preconciliar”. En muchas situaciones desaparece de la realidad y de las prioridades eclesiales. En otras, emprende un arduo camino de redefinición teológica, pastoral y estatutaria según las indicaciones del Concilio y del riquísimo magisterio “post – conciliar”sobre la Acción Católica de Pablo VI y de Juan Pablo II. Hoy día, la realidad de la Acción Católica, aunque limitada a una minoría de países, ha vivido un positivo y fecundo camino de renovación. Por consiguiente, de positiva y fecunda esperanza. Después del “tiempo de prueba” – y muchas instituciones pasaron por él en la primera fase post–concilio – se asiste al de serenas y fecundas maduraciones. Y también al de un relanzamiento a nivel universal, del que el presente Forum Internacional es un signo promisor. 

  

II. MIRANDO AL FUTURO DESDE LA RIQUEZA DEL PRESENTE          

         

             Ahora asistimos a una nueva etapa de renovación. Es exigencia de “comunión y colaboración” – como afirma la Christifideles Laici –, en un tejido pluriforme de experiencias asociativas, dentro del cual la Acción Católica ha tenido que profundizar su propio perfil, su originalidad, su peculiaridad (cfr, Ch. L. 31).

            Otro aspecto importante a tener en cuenta deriva de las profundas mutaciones acontecidas mediante una más vasta, capilar y diversificada participación de los fieles en la vida de las Iglesias locales y de sus comunidades. Han surgido “planes pastorales”, nuevas estructuras pastorales y de concentración – consejos pastorales, consejos de laicos, Sínodos locales, comunidades eclesiales de base… –, desarrollo de ministerios no ordenados variedad de iniciativa y circuitos, nuevas obras… En ese nuevo escenario la Acción Católica ha tenido también que profundizar su papel de animación, de formación, de impulsión.

            La descristianización creciente planteaba nuevos retos a la Iglesia, exigiéndole una más honda comprensión se su ser misionero y una más participada y eficaz evangelización. Ciertas realidades de la Acción Católica estaban demasiado recostadas sobre un pueblo que mayoritariamente continuaba a confesarse cristiano, sin una mayor incisividad y madurez de fe comprometida. El Concilio fue esencialmente un acontecimiento misionero. Pablo VI dejaba como testamento la extraordinaria “Evangelli Nuntiandi” y Juan Pablo II no se cansa de convocar a una “nueva evangelización”. La Acción Católica queda desafiada a demostrar su vitalidad misionera, su contribución indispensable a ese designio misionero de toda la Iglesia, su carisma evangelizador que estuvo desde sus mismos orígenes y que ahora debe expresarse en las nuevas condiciones sociales y culturales contemporáneas.

 

 

            Dentro del nuevo tejido participativo de comunión en la Iglesia y de la pluriformidad de modalidades asociativas, ¿cuál es la identidad, la originalidad, la novedad de la Acción Católica y su contribución singular para la edificación y la misión de la comunidad cristiana? Para dar respuesta a ello, hay que proceder a una re-lectura y profundización de las notas características indicadas por el Concilio. Creo, sobre todo, que las notas a y d deberían profundizarse como base d la singularidad de la Acción Católica en la Iglesia hoy, conforme a su tradición.

 

a – En efecto, “el fin inmediato” de la Acción Católica “es el fin apostólico de la Iglesia”, “es decir, el evangelizar y santificar a los hombres y formar cristianamente su conciencia, de suerte que puedan imbuir de espíritu evangélico las diversas comunidades y los diversos ambientes” (AA 20, a). La Acción Católica no está definida – como otras Asociaciones – por finalidades específicas, como objetivos o ambientes específicos de apostolado, realización de obras de misericordia o de caridad, pedagogías especiales de formación, espiritualidades propias… Funda su identidad en el mismo “fin apostólico de  la Iglesia”. Ese fin apostólico es la misión de evangelización, en cuanto edificación de la Iglesia, sacramento de salvación y de unidad del género humano. Pero ese fin general se concreta, se traduce, resulta “inculturado” mediante el camino pastoral de las comunidades cristianas guiadas por sus Pastores. Por eso, la Acción Católica se define, más concretamente, por las prioridades y objetivos pastorales de la Iglesia particular en la que está integrada, tomados en su globalidad, en su organicidad y en su cotidianidad. Se podría concluir diciendo que el fin de la Acción Católica es la cotidiana y orgánica edificación de la comunidad eclesial al servicio de los hombres. Pablo VI así lo definía el 25 de abril de 1977: “Ella está llamada a realizar una singular forma de ministerialidad laical, finalizada a la plantatio ecclesiae y al desarrollo de la comunidad cristianan, en estrecha unidad con los ministerios ordenados”. En ese mismo sentido ha sido retomado por Juan Pablo II en sus discursos a la IV Asamblea de la Acción Católica Italiana (27/X/80), a la V Asamblea (8/X/83) y a la VI (25/IV/86)…

            De todo esto se deduce que la Acción Católica se coloca esencialmente, orgánicamente, al servicio de la Iglesia local y de su proyecto pastoral. La Acción Católica no ha querido darse nunca una superestructura internacional. Desde su afectiva y efectiva comunión con el Sucesor de Pedro, sus referencias y lugares de inserción resultan, sobre todo, las diócesis y las parroquias, allí donde se expresan los más variados componentes del pueblo de Dios en la unidad. Su lugar teológico es la comunidad cristiana, centrada en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en el crecimiento de la fe de los bautizados, en la irradiación de la caridad. Si la “plantatio ecclesiae” es necesaria en todos los ambientes – y de allí la importancia de los “sectores” o “especializaciones” –, la Acción Católica no puede perder nunca su organicidad y su raigambre “popular” (en cuanto manifestaciones del Pueblo de Dios y singular ministerialidad para su camino. En esta “nueva evangelización” la Acción Católica está particularmente llamada a “la formación de comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con Él, de existencia vivida en la caridad y en el servicio” (Ch. L. 34). “Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos, vivida en la caridad como alma de existencia moral. En efecto, “buena nueva” tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y la adhesión a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la vida según el Espíritu” (Ch. L. 33).

 

            b-  Otra característica distintiva de la Acción Católica es su comunión estrecha, orgánica, su especial disponibilidad, con la Jerarquía. Esto se da en una doble vertiente. Por parte de la Jerarquía se reconoce, se autentica y se asocia más estrechamente a la Acción Católica como servicio de edificación y desarrollo eclesial. Los Obispos son pastores de toda la grey. Disciernen todos los carismas. A todos convocan y educan en la comunión de la verdad y de la caridad. Pero tienen el derecho y la necesidad asociar más estrechamente a algunos colaboradores, a semejanza de aquellos hombres y mujeres que colaboraban más inmediatamente, con especial cercanía, con los apóstoles  en la evangelización, fatigando mucho por el Señor. Por otra parte, la Acción Católica queda definida y comprometida en una exigencia que es mayor responsabilidad y no mera relación de “privilegio” con la Jerarquía. La Acción Católica es una asociación pública por excelencia. Esa relación caracteriza desde adentro la “superior dirección de la Jerarquía”. Esta vale para todas las asociaciones y movimientos. Pero para la Acción Católica tiene una connotación especial. Es la Jerarquía quien establece el cuadro general y los objetivos que la Acción Católica hace suyos. Tiene además todos los poderes de intervención en la vida asociativa que le otorga el Código. Pero no quiere decir que venga anulada la responsabilidad de sus dirigentes laicos ni la libre iniciativa de sus asociados.

 

            c- Otro elemento fundamental caracterizante de la Acción Católica es su tradición de formación cristiana de sus asociados y su irradiación pedagógica en el seno de todo el pueblo de Dios, a través de su inserción en parroquias y diócesis. La Acción Católica no se da un programa específico de formación, sino que colabora en la catequesis general de las comunidades cristiana. Su servicio formativa está especialmente dirigido a todos los componentes del Pueblo de Dios, a través de variados itinerarios y quiere ser integral, orgánica, teológico, evolutivo, comprendiendo la formación espiritual, teológica, apostólica, pastoral y humana. Si sus destinatarios son sobre todo los laicos, la Acción Católica promueve en modo especial todas las vocaciones que son indispensables y enriquecen al Pueblo de Dios.

 

 

          

 

            Estas son sólo algunas reflexiones y comentarios referidos a nuestras raíces comunes, a la grande y noble tradición en la que ustedes se reconocen, a una identidad asociativa – espiritual, eclesial, apostólica – que es propia del patrimonio de la Acción Católica.

            Todo ello es fruto del carisma peculiar que ustedes han recibido. Sí, ¡el carisma de la Acción Católica! ¿Acaso Pío XI no se refirió a una “inspiración providencial” en su desarrollo al servicio de la Iglesia? No se cualifican aquellas raíces y tradición simplemente por las “funciones” que la Acción Católica cumple, sino por los dones del Espíritu Santo que la animan y la guían, que suscitan una formación y una vida nueva de “fieles laicos”, que caracterizan íntimamente el estilo, el servicio, las obras que son de Acción Católica.

            Ahora bien, estas raíces, tradición e identidad de la Acción Católica han sido vividas a través de muy diversos caminos en las variadas Iglesias locales, en las parroquias, en las diócesis, en las naciones.

            Si bien la Acción Católica Italiana tuvo siempre un carácter ejemplar ya que fue la primera en surgir, la más cercana e inmediata a la presencia y orientación de los sucesivos Pontífices, no puede hablarse de un “modelo” uniforme de Acción Católica. Digamos que ella vivió un proceso de “inculturación” en las diversas realidades sociales, culturales y eclesiales en las que fue promovida y en las que creció como preciosa articulación asociativa e irradiación catequística y apostólica de presencia cristiana. Ustedes descubren aquí y ahora, muy unidos en aquella raíz, tradición e identidad, pero diversos en los caminos recorridos y en las formas organizativas propias. También para la Acción Católica puede hablarse de unidad en la pluriformidad. Quizá podría esto señalarse destacando el Magisterio Pontificio sobre la Acción Católica como la base fundamental se du unidad y la incorporación de la Acción Católica en las Iglesias locales como el despliegue de su multiformidad

 

 

III. EL FORUM

 

            En esa dialéctica indisociable entre la universalidad y localización que es propia de la Iglesia Católica, quisiera terminar refiriéndome explícitamente a este Forum. Al Forum Internacional de la Acción Católica.

            Desde la génesis misma de esta iniciativa, el Pontificio Consejo para los Laicos la ha apoyado con entusiasmo y esperanza. La hemos visto y percibido como un signo y una promesa de relanzamiento de la Acción Católica en la Iglesia universal, ya lejano aquel período de “prueba” y ahora en plena pujanza expansiva. No por azar la iniciativa comenzó a cuadrarse durante la VII Asamblea mundial del Sínodo de Obispos y se desarrolló a la luz de la Exhortación Apostólica postsinodal “Christifideles Laici” (cfr. Ch. L. 31).

            ¿Acaso no es ésta una síntesis luminosa de las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobe los laicos, un discernimiento de su actuación durante los primeros 20 años post-conciliares y el cuadro orgánico y orientador para un relanzamiento de la participación de todos los laicos en la vida y misión de la Iglesia?

 

           

            Se podría también decir que el Forum Internacional inaugura una etapa de mayor apertura y encuentro de la Acción Católica a nivel universal. Nunca faltaron la apertura ni los contactos internacionales. Pero cada  Acción Católica a nivel nacional mantenía sólo esporádicos vínculos con las otras “Acciones Católicas nacionales”. Quizá eso fue acentuado por las dificultades sufridas en aquel período de crisis, de prueba durante la primera fase del postconcilio. De tal modo, mientras otras asociaciones y movimientos eclesiales se daban una articulación y dinámica internacional, potenciando su protagonismo, la realidad de la Acción Católica se expresaba sólo a niveles nacionales. Y esto en un mundo cada vez más socializado e interdependientes , en el despliegue sorprendente de la universalidad de la Iglesia y ante acontecimientos internacionales cada vez más significativos y relevantes. Hasta el mismo Pontificio Consejo para los Laicos encontraba así dificultades para tener a la Acción Católica como interlocutora a nivel internacional. No faltaron buenas, fecundas relaciones con la Acción Católica Italiana, con la española, con la argentina… pero cuando se trataba de eventos y organizaciones internacionales, en el mismo elenco de la OIC y de los movimientos eclesiales, faltaba la realidad unitaria de la Acción Católica como bien de la Iglesia Universal.

                       

           

            ¡Bienvenido sea, pues este FORUM! Está llamado a expresar, a nivel universal, la vitalidad renovada de una tradición, que se vuelve propuesta asociativa y apostólica para todas las Iglesias… Para aquellas Iglesias que han de reconstruirse, también en su laicado, pasados los tiempos de sufridas persecuciones. Para aquellas Iglesia jóvenes, misioneras, que necesitan un laicado adulto para que la comunidad cristiana esté plenamente formada y sea más transparente testimonio de la comunión de la que es sacramento. Para aquellas Iglesias en donde muchos Pastoras continúan algo desconsolados a decir: “tenemos buenos laicos, pero no un laicado”.

            Ahora bien, es cierto que en la historia de la Acción Católica siempre fue rechazada la idea de un super organismo internacional, que tuviera funciones directivas sobre las asociaciones locales, nacionales. Eso hubiera desnaturalizado lo que es peculiar, identificante, de la común tradición de cada “Acción Católica”, o sea su fecunda obediencia a la Jerarquía local (Ordinarios diocesanos, Conferencias Episcopales) y su directa, prolongada, fiel referencia de servicio a sus orientaciones y programas pastorales. Por eso mismo, importa que el Forum sea sólo eso, “forum” es decir, lugar de encuentro, de intercambio, de colaboraciones, de promoción de la Acción Católica, sin caer en la tentación de constituir una superestructura directiva. Es éste el espíritu que ha guiado las observaciones del Pontificio Consejo para los Laicos al cuadro normativo del Forum que ustedes están ahora estudiando y que no dudo ustedes bien comprenderán y aceptarán. 

 

CONCLUSIÓN:

 

            Estamos en un momento providencial de profunda renovación en el Espíritu de la Acción Católica:

– dada por los nuevos desafíos

– por la nueva conciencia de una Iglesia comunión misionera

– por el llamado urgente del Papa a una nueva evangelización

           

Nos guíe un auténtico amor obediencial al Papa y a los Pastores.

            Nos guíe el Espíritu Santo. Nos acompañe siempre María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia, “Estrella de la Evangelización”, primera y ejemplar discípula del Señor.-

 

 

EDUARDO CARDENAL. PIRONIO

 

Roma, 8 de noviembre de 1991

Forum Internacional Acción Católica

Categorías:Accion Catolica

Alma sacerdotal y mentalidad laical

Alma sacerdotal y mentalidad laical

La relevancia eclesiológica de una expresión del Beato Josemaría Escrivá

Arturo Cattaneo

Facultad de Teología

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

http://es.romana.org/art/34_8.0_1

1.     Llamada a la santidad y espiritualidad plenamente secular

El mensaje que difundió el Beato Josemaría a partir de 1928 ha contribuido no poco al pleno redescubrimiento de la llamada universal a la santidad, de modo particular entre quienes se encuentran inmersos en las realidades seculares. En 1930 él manifestaba así la conciencia de la misión recibida: “Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa –homo peccator sum (Lc 5 ,8), decimos con Pedro–, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad”1. Como Juan Pablo II tuvo ocasión de observar, el fundador del Opus Dei efectivamente “desde los comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio”2.

Poco a poco aquel mensaje se fue abriendo camino para encontrar después una clara confirmación en el Vaticano II y, más precisamente, en el capítulo V de la Lumen Gentium3. Al respecto Gérard Philips4, uno de los más competentes comentadores del Concilio, escribió: “La novedad de la declaración no puede pasar desapercibida para nadie. Podemos incluso predecir, sin temor a equivocarnos, que la insistencia del concilio en proclamar la universalidad de la vocación a la santidad, a medida que los años pasen, llamará más la atención”5. Han transcurrido casi cuarenta años y bien se puede decir que aquella enseñanza no ha perdido nada de actualidad. No es casualidad que en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, al recordar algunas prioridades pastorales, el Papa ponga en primer lugar la vocación universal a la santidad y que, refiriéndose explícitamente a los laicos, afirme: “Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este ‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria” (n. 31).

En los años siguientes al Concilio se ha hablado mucho de los laicos, pero el discurso ha estado con frecuencia dominado más por la idea de abrirles nuevos espacios de colaboración en los organismos eclesiásticos, que por la de ayudarlos a comprender y a vivir a fondo su vocación y misión específica6.

Muy diferente es lo que el Beato Josemaría enseñó desde la fundación de la Obra, como muestra por ejemplo el siguiente texto. “En 1932, comentando a mis hijos del Opus Dei algunos de los aspectos y consecuencias de la peculiar dignidad y responsabilidad que el Bautismo confiere a las personas, les escribí en un documento: ‘Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos. El apostolado de los seglares no tiene por qué ser siempre una simple participación en el apostolado jerárquico: a ellos les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión… la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de sus colegas, de sus amigos’”7.

El fenómeno pastoral, al que “por inspiración divina”8 dio vida con el Opus Dei, resultaba –como a veces el mismo Fundador observaba– “nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio”9. Para apreciar mejor tal novedad es útil observar que en la universalidad de la vocación a la santidad y al apostolado10 él supo resaltar no sólo la dimensión subjetiva (todos los fieles, de cualquier estado y condición tienen esta llamada), sino también la objetiva (todas las profesiones, todas las condiciones de vida familiar, social, etc., pueden y deben llegar a ser camino de santidad y de apostolado11).

En consecuencia, afirmaba sin vacilaciones que los laicos están llamados a la plenitud de la santidad y al apostolado no a pesar de encontrarse inmersos en las realidades temporales, sino precisamente tomando ocasión y por medio de ellas: una consideración que constituye el núcleo de aquella espiritualidad plenamente secular que en los decenios precedentes al Vaticano II se mostraba por muchos aspectos revolucionaria.

En efecto, G. Philips ha observado que “en no pocos cristianos se ha anclado durante mucho tiempo el prejuicio de que la santidad no podría florecer fuera del recinto de un convento”12. Si bien “no se pueda acusar de modo razonable a los religiosos de tal presunción”13, hay que observar que su camino de santificación –y de modo particular el de los monjes– implica una particular separación de las realidades temporales; una separación que pertenece a su misión eclesial, en el sentido de recordar con ella la fugacidad de las realidades terrenas y de preanunciar la gloria celeste. Sin embargo, cuando esta separación (esta fuga mundi, para decirlo con los términos de la teología medieval) se consideró erróneamente como medio prácticamente necesario para todo aquel que aspirara a la santidad –como a veces, de un modo más o menos consciente, sucedió14-, el resultado fue lógicamente el de pensar que normalmente los laicos no están llamados a la plenitud de la vida cristiana, o al menos a una santidad excelsa, y que deberán intentar vivir las exigencias del Evangelio a pesar del hecho de encontrarse inmersos en las realidades temporales.

Se comprende así el motivo por el que, a través de muchos siglos, se difundió la idea de que la santidad requería aquella separación de los asuntos temporales que es propia del estado religioso, definido precisamente como el “estado de perfección” por antonomasia15 –y por tanto la convicción, al menos inconsciente– de que los laicos están llamados a una santidad “menor”16.

2.     Peligros y tentaciones por superar

Las extraordinarias dotes de pastor y de guía espiritual que poseía el Beato Josemaría lo llevaron no sólo a difundir la llamada a la santidad, sino que además le permitieron mostrar con notable maestría la ruta a seguir y el modo de superar los obstáculos para avanzar hacia aquella meta.

De hecho él era muy consciente de los peligros y tentaciones que deben superar aquellos que, inmersos en las realidades seculares, desean avanzar por el camino de la santidad. En la memorable17 homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada durante la Misa celebrada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 196718, él se refirió a tales peligros y en particular al “espiritualismo desencarnado”, al “materialismo cerrado al espíritu” y al “clericalismo”.

En esta homilía, y en otros numerosos escritos, no se limita a analizar los peligros, sino que se detiene a ilustrar el modo en que se pueden superar. Para librarse los primeros dos peligros hay que reconocer una importancia decisiva a aquella que él denomina “alma sacerdotal”; el clericalismo en cambio se evita gracias a la “mentalidad laical”, que constituye otra de sus expresiones originales.

Antes de examinar el significado de tales expresiones, convendrá precisar mejor en qué consisten los mencionados peligros y tentaciones.

Su significado eclesiológico ilumina teniendo presente que la Iglesia “avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios” (GS 40). Esto tiene para los laicos una relevancia particular, que el Concilio describe recordando que “viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad” (LG 31).

La vocación-misión de los laicos está por tanto fundamentalmente determinada por su plena inserción tanto en la sociedad civil como en la Iglesia. Ellos son “ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna” (GS 43) y, en consecuencia, constituyen el punto neurálgico de la íntima conexión entre ambas. Ellos son “enviados al mundo”, pero “no son del mundo” (Jn 17,18); Jesús se ha dirigido al Padre diciendo: “no pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17,15). En esta perspectiva se comprende también por qué el Concilio ha señalado que “esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede percibirse por la fe; más aún, es un misterio permanente de la historia humana que se ve perturbado por el pecado hasta la plena revelación de la claridad de los hijos de Dios” (GS 40).

Este misterio de la historia humana, perturbada en su avance por el pecado, se manifiesta particularmente en las tentaciones a las que está sometida la misión –y por tanto la espiritualidad– de los laicos. De hecho, la íntima conexión entre realidades terrenas y realidades sobrenaturales, que ellos están llamados a realizar en su vida cotidiana, se encuentra expuesta a un doble peligro: el de separar los dos ámbitos y el de confundirlos. La separación puede ocurrir a causa de dos acentuaciones unilaterales: el espiritualismo desencarnado y el materialismo cerrado al espíritu19. La confusión, en cambio, es una de las manifestaciones del clericalismo.

Con breves pero incisivos trazos el Beato Josemaría ha ilustrado el espiritualismo desencarnado como una tendencia a “presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual –espiritualista, quiero decir–, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí. Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del Cristianismo, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él”20.

La exposición de los diversos aspectos que componen la auténtica visión cristiana de la secularidad, y que –como se verá– le permiten superar tal espiritualismo, es introducida en la mencionada homilía con palabras vigorosas: “en esta mañana de octubre, mientras nos disponemos a adentrarnos en el memorial de la Pascua del Señor, respondemos sencillamente que no a esa visión deformada del Cristianismo”21.

Además del peligro de este espiritualismo, el Beato Josemaría toma en consideración otro error que, aun siendo bajo ciertos aspectos similar, es menos extremo y, precisamente por esto, puede resultar más insidioso. Quien piense que la separación de las realidades temporales constituye una condición necesaria para todo aquel que busque seriamente la santidad, podría ser inducido a aquella doble vida, que el Fundador del Opus Dei describe con el siguiente testimonio: “Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas”22. Él, con el mismo vigor visto antes, introduce las sugerencias que se dirigen a superar una tentación semejante: “¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”23.

En la homilía Amar al mundo apasionadamente, Josemaría Escrivá hace referencia además “a los materialismos cerrados al espíritu”24. Se trata, por así decir, del error opuesto al espiritualismo desencarnado, o sea el error de quienes “piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales” (GS 43). Esto lleva al secularismo, un fenómeno que se expresa con diversos matices, que no es posible analizar ahora. Baste recordar que la exhortación apostólica Christifideles laici (1988) ha subrayado su incidencia, observando que hoy a menudo “el hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos ‘ídolos’. Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo; y no sólo afecta a los individuos, sino que en cierto modo afecta también a comunidades enteras” (n. 4).

Una difundida manifestación del secularismo se observa en aquel laicismo, en el cual los valores religiosos son explícitamente rechazados o relegados al recinto cerrado de las conciencias y a la penumbra de los templos, sin ningún derecho a penetrar y a influir en la vida social del hombre.

Además de estas manifestaciones, por así decir, extremas del secularismo, ha de recordarse también el difundirse, en la vida de muchos cristianos, de un secularismo práctico, que ofusca los ideales de santidad y conduce al indiferentismo religioso. El hecho de encontrarse inmersos en las realidades seculares puede fácilmente llevar a dejarse arrastrar por ambiciones puramente humanas, ocultando el sentido sobrenatural de la existencia. Tal fenómeno es causado por las tentaciones que provienen del mismo mundo, dado que –como el Señor nos advirtió– “las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril” (Mt 13,22); en consecuencia Pablo exhorta: “no os amoldéis a este mundo” (Rm 12,2). Pero, además de las tentaciones que provienen del mundo, también se ha de considerar, que “un motivo, el más profundo, está en nosotros mismos: no nos hemos convertido y por eso no somos libres cara a las cosas; ellas conservan para nosotros el carácter ambiguo debido a la avaricia y al desorden con que nos acercamos a ellas como consecuencia del pecado. Por esto, tienen el poder de distraernos y de seducirnos y así nos perdemos fácilmente en ellas”25.

Con referencia al término clericalismo, se ha de observar que indica sobre todo aquel fenómeno caracterizado por las intromisiones de los clérigos en el ámbito civil26. Manifiesta una confusión entre los dos ámbitos, que provoca indebidas intromisiones de un ámbito en el otro a causa de un insuficiente reconocimiento de la legítima autonomía de las realidades temporales. Clericalismo es por tanto todo uso de la potestad sacra para fines temporales o el querer servirse de la Iglesia para conseguir ventajas en el ámbito civil.

El Beato Josemaría hace un uso analógico del término, aplicándolo a los laicos, en los que puede manifestarse un fenómeno muy semejante a cuanto ha sido descrito en el caso de los clérigos, en el sentido que se trataría igualmente de servirse de la Iglesia para fines temporales, no respetando la legítima autonomía del ámbito secular.

Descritos los peligros a los que debe hacer frente una espiritualidad plenamente secular, ha llegado el momento de analizar el valor y la importancia de lo que el Beato Josemaría llama alma sacerdotal y mentalidad laical.

3.     Para evitar el espiritualismo y el materialismo: el valor de las realidades seculares y el alma sacerdotal

Para no caer en un espiritualismo desencarnado el Beato Josemaría exhorta a “materializar la vida espiritual”27, y recuerda que “el auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu”28.

Esto implica el aprecio del valor cristiano de las realidades seculares. La bondad original y la apertura a la trascendencia de la “materia y de las situaciones que parecen más vulgares”29 son descubiertas gracias a la luz que emana de la obra creadora, redentora y recapituladora de Cristo, contempladas con la conciencia viva de su unidad íntima en el plan salvífico divino.

Es ésta una de las características que distinguen la fe cristiana de tantas otras actitudes religiosas en las cuales aflora, de un modo o de otro, una especie de desconfianza, o incluso de rechazo, de todo aquello que es material: en el estoicismo, en los platonismos y gnosticismos, pero también en el budismo y en el hinduismo parece caer una sombra sobre la vida temporal. Precisamente aquí emerge la novedad absoluta del cristianismo: Dios se hace hombre y asume todo lo que es humano, histórico, material, transformándolo en medio de expresión del amor de Dios, en camino de santidad y de redención.

A la luz de la fe, el Beato Josemaría ha profundizado así en el alcance teológico de aquella “índole secular” (LG 31) que el Vaticano II reconocerá como característica propia y peculiar de los laicos. Con gran insistencia recordaba Josemaría Escrivá a quienes le escuchaban “que es la vida ordinaria el verdadero lugar de nuestra existencia cristiana” y que por eso “es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos”30. “Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”31.

Estas últimas palabras muestran cómo “el materialismo cristiano” propuesto por el Beato Josemaría no se contrapone sólo al espiritualismo desencarnado, sino también al materialismo cerrado al espíritu. Él comprendió de hecho que la índole secular –o secularidad– propia de los laicos no constituye simplemente un dato exterior y ambiental, sino que posee una dimensión teológica y vocacional. Esto ha sido reafirmado por la Christifideles laici cuando señala que en la situación intramundana dentro de la que se encuentran los laicos, “Dios les manifiesta su designio, y les comunica la particular vocación de ‘buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios’ (LG 31)” (n. 15).

La apertura al Espíritu que, en virtud de la gracia, transforma y eleva las realidades seculares implica por tanto una llamada dirigida a los laicos, para que descubran aquel “algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes”32. Subyace aquí la realidad del sacerdocio común, sacerdocio ejercido por cada fiel según las peculiaridades de la propia vocación. Para los laicos –caracterizados por su propia índole secular– esto significa que están llamados a ejercitarlo “en todas y en cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social (…). A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (LG 31).

El Fundador del Opus Dei, acuñando la expresión alma sacerdotal33, ha subrayado el aspecto operativo y espiritual de la realidad ontológico-sacramental del sacerdocio común en la vida de los fieles. Desde el punto de vista lingüístico, es así puesto en evidencia el principio vital interno que tiende a informar cada acción del cristiano34. He aquí una de sus exhortaciones en las cuáles esto es puesto de manifiesto: “Si actúas –vives y trabajas– cara a Dios, por razones de amor y de servicio, con alma sacerdotal, aunque no seas sacerdote, toda tu acción cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida tu vida entera a la fuente de todas las gracias”35. En esta misma línea, él también ha observado que “se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor”36. “Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano”37.

En este sentido, él recordaba que todas “tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana”, “el inmenso panorama del trabajo”, “las situaciones más comunes”38, “aun lo que parece más prosaico” 39, todo esto se incluye en “un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor”40; movimiento ascendente que tiende a “recapitular en Cristo todas las cosas” (Ef 1,10). En virtud del alma sacerdotal el cristiano está llamado por tanto a santificar el trabajo, a santificarse en el trabajo y a santificar a los otros con el trabajo. Toda su existencia se transforma así en oración y apostolado41.

Esto evidentemente será posible –ha sido a menudo recordado por Josemaría Escrivá– sólo si se tiene una profunda vida contemplativa, una relación íntima y continua con Dios, que desarrolla “un instinto sobrenatural para purificar todas las acciones, elevarlas al orden de la gracia y convertirlas en instrumento de apostolado”42.

En diversas ocasiones el Beato Josemaría ha subrayado también que la fe y la vocación bautismal implican la vida entera. Así por ejemplo, él ha recordado que “todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pt 2,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre”43. En esta perspectiva, él afirmaba con frase sugestiva que “la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…” 44.

En una entrevista concedida en 1968, ha referido una de las principales experiencias sobrenaturales con las cuales el Señor precisó ulteriormente la luz fundacional del 2 de octubre de 1928: “Desde hace muchísimos años, desde la misma fecha fundacional del Opus Dei, he meditado y he hecho meditar unas palabras de Cristo que nos relata San Juan: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Cristo, muriendo en la Cruz, atrae a sí la Creación entera, y, en su nombre, los cristianos, trabajando en medio del mundo, han de reconciliar todas las cosas con Dios” 45. Varias veces él comentó esta intuición en la cual subyace una profunda convicción de la dimensión sacerdotal que caracteriza la vida de los fieles, “el significado salvífico de la secularidad cristiana y, en consecuencia, el camino para santificarla”46.

Mons. Álvaro del Portillo ha sintetizado esta enseñanza del Fundador, afirmando que “alma sacerdotal –alma deseosa de hacer fructificar en obras el sacerdocio espiritual recibido– es espíritu apostólico, afán de servicio, empeño en convertir las acciones más normales de cada día, las relaciones familiares y sociales, el trabajo profesional ordinario, en ocasión eficaz de un encuentro filial y continuo con Dios.”47.

El Beato Josemaría se sentía particularmente atraído por las enseñanzas y la vida de San Pablo, apreciando sobre todo el empeño por imitar al Señor, por tener “los mismos sentimientos de Cristo” (Flp 2,5). Él veía en el apóstol un luminoso ejemplo de alma sacerdotal y apostólica, que se manifiesta por ejemplo cuando escribe a los Corintios: “Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos” (1 Cor 9,22); o cuando afirma: “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré por vuestras almas” (2 Cor 12,15).

Bajo esta luz, el Beato Josemaría ha recordado a menudo que tener un alma sacerdotal implica amor a la Cruz, anhelo de difundir por todas partes aquel fuego de amor que Jesús ha venido a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49), sabiéndonos llamados a ser en cierto sentido, corredentores con Él. “De ahí la responsabilidad apostólica del alma sacerdotal, que siente la urgencia divina, bautismal, de corredimir con Cristo” 48. En la medida en que el hombre se une a Cristo participa de su misión universal salvífica. Cada actividad del cristiano adquiere entonces una dimensión apostólica –como enseña el Concilio Vaticano II– que hace que “todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo” 49.

El Beato Josemaría ha indicado así el camino para evitar el espiritualismo desencarnado y el secularismo cerrado al espíritu, dos escollos que, como los míticos Escila y Caribdis, amenazan hacernos naufragar atrayéndonos hacia ellos. La síntesis entre los diversos aspectos hasta ahora considerados se contiene en el siguiente texto: “Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación –cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios–, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?”50 Subyace en estas palabras aquella “unidad de vida”, de la cual habló el Beato Josemaría al menos a partir de 1931, y con la cual sintetizó la experiencia espiritual propia del Opus Dei51.

4.     El peligro del clericalismo y su antídoto: la mentalidad laical

Los laicos están llamados a establecer en la vida cotidiana la íntima relación entre las realidades terrenas y la fe. Esta tarea se encuentra obstaculizada, además de por el espiritualismo y por el secularismo, también por el clericalismo. Si la amenaza de las dos primeras es la de separar los dos ámbitos, el clericalismo tiende en cambio a confundirlos, a provocar indebidas intromisiones a causa de un insuficiente reconocimiento de la legítima autonomía de las realidades temporales. En una carta de 1954, el Beato Josemaría ha puesto de relieve entre otras cosas la autonomía de los dos ámbitos, deseando que no haya “clérigos que se quieran entrometer en las cosas de los laicos, ni laicos que se entrometan en lo que es propio de los clérigos”52.

Tal autonomía ha sido después afirmada claramente por el Concilio Vaticano II, reconociendo la libertad y la responsabilidad que corresponden a cada uno para resolver los problemas del ambiente en el que opera. Una libertad que no significa ausencia de referencia al Creador, sino que implica siempre el deseo de acoger la voluntad de Dios en cada circunstancia de la vida.

Esto se afirma sobre todo en Gaudium et Spes cuando enseña que “si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte” (GS 36)53.

De estos principios doctrinales se derivan consecuencias prácticas para el comportamiento de los laicos y de los pastores. Respecto a los primeros, el Concilio les exhorta a que no piensen que sus pastores “están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio. Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia” (GS 43).

Respecto a los pastores, se recuerda que Lumen Gentium les exhorta a que “reconozcan y promuevan la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia”, y añade: “Y reconozcan cumplidamente los pastores la justa libertad que a todos compete dentro de la sociedad temporal” (LG 37).

El error del clericalismo ha sido relevado por Josemaría Escrivá como el de aquel que dice que desciende “del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas”54. Con su acostumbrada energía añade: “¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas”55.

En contraposición al clericalismo, él desea una mentalidad laical56 con la que intenta expresar la forma mentis, el modo de ver las realidades seculares a la luz de la fe, reconociendo y respetando su valor. Algunas características de esta mentalidad laical se encuentran sintetizadas en el siguiente texto: “Debéis difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que debe conducir a tres conclusiones: a ser suficientemente cristianos para respetar a los hermanos en la fe que proponen –en las materias opinables– soluciones distintas de la que sostiene cada uno de nosotros; y a ser suficientemente católicos para no servirse de la Iglesia, nuestra Madre, mezclándola en banderías humanas”57.

El espíritu de libertad58 y de responsabilidad que caracteriza la mentalidad laical se contempla aquí bajo tres puntos de vista:

  • individual (“aceptar personalmente el peso de las propias responsabilidades”)59;
  • intersubjetivo (respeto al legítimo pluralismo “de los hermanos en la fe”)60;
  • eclesial (“no mezclar a la Iglesia en banderías humanas”)61.

La importancia que el fundador del Opus Dei reconoce a la libertad y la responsabilidad personal se manifiesta en las frases que vienen justo después de las tres consideraciones arriba citadas: “Es evidente que en este terreno, como en todos, no podréis realizar este programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no disfrutáis de toda la libertad que os viene reconocida por la Iglesia y por vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis, hijos míos, que yo siempre hablo de una libertad responsable.

“Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis –¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia– vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos –en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional–, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo62 –lo diré de un modo positivo–, os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social”63.

Recordando que en la homilía de la que se han extraído estas citas, el Beato Josemaría se dirige a los laicos, se comprende porqué no se detiene a considerar que el clericalismo constituye un peligro también para los sacerdotes. Vale la pena recordar que en otras ocasiones ha advertido enérgicamente también la existencia de tal peligro o tentación64. En una entrevista concedida en octubre de 1967 hacía notar que, a pesar de las solemnes enseñanzas del Vaticano II, persiste la idea del apostolado de los laicos como de una actividad pastoral “organizada desde arriba” y recordaba que el laicado no se puede considerar como la “longa manus Ecclesiae“65.

Para superar esta errónea visión del papel de los ministros sagrados, ha subrayado en diversas ocasiones que el sacerdocio ministerial es esencialmente un servicio al sacerdocio común de los fieles que son, en su gran mayoría, fieles laicos. En la perspectiva de tal servicio, ha deseado que también los sacerdotes tengan mentalidad laical. Así, con ocasión de una ordenación de presbíteros del Opus Dei, observaba: “Se hacen sacerdotes para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse –en un silencio incesante y divino– al servicio de todas las almas. Una vez ordenados sacerdotes, no se dejarán engañar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los laicos, aunque tales funciones les resulten bien conocidas por haberlas desarrollado hasta entonces y por haber consolidado en ellos un mentalidad laical que no perderán nunca más.

“Su competencia en diversas ramas del saber humano –de la historia, de las ciencias naturales, de la psicología, del derecho, de la sociología–, aunque necesariamente forme parte de esa mentalidad laical, no les llevará a querer presentarse como sacerdotes-psicólogos, sacerdotes-biólogos, sacerdotes-sociólogos: han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos, sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien”66.

El Beato Josemaría deseaba que los sacerdotes tuvieran mentalidad laical para que supieran, sobre todo, respetar la función propia de los fieles laicos, sin entrometerse indebidamente y sin considerarlos una longa manus de la Jerarquía; la mentalidad laical, además, permite a los presbíteros valorar, comprender a fondo –se podría decir “por connaturalidad”– la belleza, pero también las dificultades de la función específica de los fieles que se encuentran plenamente insertos en las realidades seculares.

La mentalidad laical contribuye a hacer descubrir el valor cristiano de estas realidades y por tanto del trabajo, ocasión y medio de santificación. Respecto a los sacerdotes, el Beato Josemaría ha recordado que ellos también son llamados a santificarse en el propio trabajo cotidiano, aquel trabajo pastoral que tiene características específicas, pero que también eso obviamente puede y debe considerarse ocasión y medio de santificación.

A este respecto, resulta significativo el siguiente testimonio de Mons. Álvaro del Portillo: “Quisiera sólo consignar aquí –como uno más entre tantos vivos recuerdos– la alegría enorme con que el Fundador del Opus Dei, incansable predicador de la necesidad de ser ‘contemplativos en medio del mundo’, leyó este párrafo de la Constitución Lumen Gentium, que sale al paso de la objeción de que las ocupaciones del ministerio podrían ser impedimentos a la búsqueda de la santidad: ‘no deben (los sacerdotes) encontrar obstáculos en las preocupaciones apostólicas, en los peligros y en las contrariedades: más bien les deben servir para elevarse a una más alta santidad, alimentando e impulsando su acción por la abundancia de la contemplación, para aliento de toda la Iglesia de Dios’ (LG 41)”67.

Por eso el Beato Josemaría con razón señalaba que la santificación del trabajo “es el quicio de la verdadera espiritualidad para todos nosotros que –inmersos en las realidades terrenas– estamos decididos a cultivar una íntima relación con Dios”68.

5.     La íntima conexión entre alma sacerdotal y mentalidad laical

El Beato Josemaría ha sabido no sólo sintetizar con la expresión “alma sacerdotal y mentalidad laical” dos aspectos de gran relieve para la vida del cristiano, sino que también ha puesto en evidencia la íntima conexión y complementariedad que existe entre ellos. Los menciona juntos con frecuencia, y en diversas ocasiones ha hecho notar que la vocación al Opus Dei lleva a tener “alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical”69.

El significado de la complementariedad de alma sacerdotal y mentalidad laical puede explicarse recordando que el cristiano, inserto en las realidades temporales, está llamado a realizar una síntesis vital. Se trata de reconducir todas las cosas a Dios (alma sacerdotal), pero al mismo tiempo debe respetar la naturaleza propia de cada cosa y la libertad de cada persona (mentalidad laical).

La mutua complementariedad se puede evidenciar observando su recíproca implicación. Una mentalidad laical que no estuviese informada por el alma sacerdotal llevaría al laicismo o al materialismo cerrado al espíritu; y viceversa, un alma sacerdotal que no se manifestase según la mentalidad laical decantaría en el clericalismo70.

El alma sacerdotal tiende a establecer una unidad entre realidad terrena y sobrenatural71, superando la ruptura que podría derivar del espiritualismo descarnado o del materialismo cerrado al espíritu; la mentalidad laical, evitando toda intromisión indebida que se da con el clericalismo, garantiza que la unidad entre las realidades terrenas y las sobrenaturales no termine en una confusión entre los dos ámbitos.

En definitiva, se puede decir que justamente en virtud del alma sacerdotal y de la mentalidad laical, el fiel está capacitado para entender y llenar de valor cristiano las realidades seculares, elevándolas al plano de Dios. En este sentido se ha expresado Mons. Álvaro del Portillo, observando que la dimensión cristiana de la secularidad “puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical”72.

La conexión entre alma sacerdotal y mentalidad laical logrará que la tarea apostólica del laico esté caracterizada por un estilo plenamente laical. De diversas maneras el Beato Josemaría ha expuesto estas ideas; por ejemplo, en una homilía decía: “El apostolado cristiano –y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales– es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina”73.

También en las exigencias que describía el Beato Josemaría como necesarias para que el trabajo pueda ser santificado, se puede observar la íntima conexión entre alma sacerdotal y mentalidad laical. Ha recordado repetidas veces que la santificación del trabajo requiere dos presupuestos: que aquello esté humanamente bien hecho (de acuerdo con la mentalidad laical74), y además, que se lleve a cabo con y por amor a Dios y a los hombres (de acuerdo con el alma sacerdotal). Así se ha manifestado en una entrevista concedida en 1967: “Lo que he enseñado siempre –desde hace cuarenta años– es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei”75.

El valor que el fundador de la Obra reconocía a la unión entre alma sacerdotal y mentalidad laical es fácilmente apreciable en aquello que escribió con ocasión de la primera ordenación sacerdotal de miembros de la Obra, el 25 de junio de 1944. Comentaba así este acontecimiento, al inicio de una carta dirigida a los miembros del Opus Dei: “Quiero que todos mis hijos, sacerdotes y seglares, grabéis firmemente en vuestra cabeza y en vuestro corazón algo que no puede considerarse en modo alguno como cosa solamente externa, sino que es, por el contrario, el quicio y el fundamento de nuestra vocación divina”.

“En todo y siempre hemos de tener –tanto los sacerdotes como los seglares– alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios y de la ciudad de los hombres”76.

Se puede advertir en estas consideraciones otro aspecto de notable relevancia eclesiológica. Cuando el Beato Josemaría se refiere a la necesidad de tener alma sacerdotal y mentalidad laical no se está dirigiendo únicamente a los fieles laicos, sino también a los ministros sagrados. Esto, sin duda, favorece el servicio que los presbíteros están llamados a ofrecer al sacerdocio común de los fieles laicos, al reconocer la específica vocación-misión de éstos77, y contribuye además a aquella cooperación orgánica que debe existir entre ministros sagrados y fieles laicos78.

Una reflexión parecida se puede ver, por ejemplo, en otras palabras suyas: “Si el trabajo de la Obra es eminentemente laical y, a la vez, el sacerdocio lo informa todo con su espíritu; si la labor de los laicos y la de los sacerdotes se complementan y se hacen mutuamente más eficaces, es exigencia de nuestra vocación que en todos los socios de la Obra se manifieste también esta íntima unión entre los dos elementos, de tal manera que cada uno de nosotros tenga alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical”79.

Termino recordando brevemente los aspectos de mayor relevancia eclesiológica que se encuentran inmersos en las dos expresiones del Beato Josemaría que hemos examinado. La unidad entre la fe y la vida cotidiana está promovida, sobre todo, gracias a la consideración del valor cristiano de las realidades seculares y a la plena valorización del alma sacerdotal, en virtud de la cual los fieles participan en la recapitulación de todas las realidades terrenas en Cristo y en la misión apostólica. Al mismo tiempo, para evitar que la unidad entre las realidades temporales y el ámbito sobrenatural lleve a una confusión entre ambas, con intromisiones indebidas de un ámbito en el otro, él ha recordado la importancia de una mentalidad laical, que garantice la legítima autonomía de las realidades temporales, promoviendo además un auténtico espíritu de libertad, de responsabilidad, de respeto hacia todo legítimo pluralismo, y de servicio desinteresado a la Iglesia.

El Santo Padre ha mencionado la necesidad de poner la santidad como “fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio”80. En tal perspectiva resultan de gran actualidad y valor los aspectos presentados por el fundador del Opus Dei para desarrollar una auténtica espiritualidad secular –donde la fe informa la inteligencia y el corazón– que incide profundamente sobre cada aspecto de la vida cotidiana y promueve aquella inculturación de la fe, de primaria importancia para la nueva evangelización, a la cual todos debemos sentirnos llamados e involucrados.

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Es erróneo pensar que consagrados son “más perfectos” que laicos, explica autoridad vaticana

Es erróneo pensar que consagrados son “más perfectos” que laicos, explica autoridad vaticana

 

Cardenal João Braz de Aviz (Foto ACI Prensa)

VATICANO, 02 Feb. 14 / 10:24 pm (ACI).- El Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Cardenal João Braz de Aviz, recordó que una madre o un padre de familia pueden ser tan perfectos ante los ojos de Dios como un consagrado o una consagrada.

“Hay que salir de la convicción de que quien se consagra a Dios entra en un estado de perfección. No se puede pensar que una madre de familia jamás será perfecta y en cambio un consagrado o una consagrada sí. Esto es erróneo. Yo creo que la madre de familia puede ser mucho más perfecta que un consagrado”, explicó a los periodistas el Cardenal Braz de Aviz el 31 de enero desde la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

La autoridad vaticana estuvo acompañada por Mons. José Rodríguez Carballo, Secretario del mismo dicasterio y miembro de los Frailes Franciscanos, junto a presentó el Año de la Vida Consagrada que la Iglesia celebrará en 2015 y que se compondrá de diversas iniciativas de cara a revigorizar en la Iglesia la vocación a una vida consagrada a Dios.

El Año de la Vida Consagrada contará con diversos encuentros en Roma entre los jóvenes religiosos y religiosas, y novicios y novicias de la Iglesia, y también con un Congreso internacional de teología de la vida consagrada sobre el tema “Renovación de la vida consagrada a la luz del Concilio y prospectivas para futuro”.

Mons. Carballo explicó a los periodistas que en la vida consagrada “como en todas las realidades sociales y eclesiales hay luces y sombras y esto forma parte de la crisis que vive la sociedad. Los consagrados formamos parte gracias a Dios de esta sociedad y de este mundo”.

Por tanto “es triste que los consagrados se vayan, al igual que muchas familias sean destruidas, pero esto forma parte de la realidad de la gracia y el pecado que existen en la Iglesia y en cada realidad humana”, añadió.

Para promover la vocación a la vida consagra, Mons. Carballo indicó que su dicasterio se inspira en el documento Perfectae Caritatis (La Perfección de la Caridad), el decreto dedicado a la renovación de la vida religiosa emanado del Concilio Vaticano II, el documento de la Iglesia Católica que define la realidad de la Iglesia hasta nuestros días desde hace más de 50 años.

El Perfectae Caritatis “fue un soplo del Espíritu y es el punto de partida para una profunda renovación de la vida consagrada y para que reafirme su significado evangélico”, concluyó.

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