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El reto pendiente de los laicos en la Iglesia

El reto pendiente de los laicos en la Iglesia

javier gómez cuesta 20.08.2013 | 23:00

El reto pendiente de los laicos en la Iglesia

El reto pendiente de los laicos en la Iglesia

Una de las novedades del Concilio Vaticano II fue tratar, largo y tendido, sobre la participación de los laicos en la misión de la Iglesia. Juan XXIII tuvo una intuición profética al crear expresamente una comisión específica para esta cuestión tan necesaria en una Iglesia abierta al mundo. Además fueron invitados a asistir, primero los varones y luego las mujeres, y a hablar en el aula conciliar. Los documentos de este extraordinario evento eclesial dejan constancia de una buena doctrina de los laicos sobre el fundamento de su misión, la espiritualidad, su libertad y autonomía, sus campos propios de acción, su vinculación con la jerarquía, la conveniencia del apostolado asociado y, también, en las instituciones pastorales en las que deben estar presentes y se debe contar con ellos. Sin embargo, el león sigue dormido, expresión que se ha hecho popular en los ambientes del apostolado seglar. No le han dejado despertar.

En el posconcilio han surgido diferentes y variados movimientos que se preocupan más del cultivo de la vida espiritual. Son menos los que destacan por el compromiso temporal. La Acción Católica, creada por Pío XI en los comienzos de los años treinta, para salvar un mínimo de apostolado de los laicos al suprimir el fascismo todas las organizaciones católicas, y que en España tuvo una época de gran incidencia, sobre todo por sus movimientos especializados, sufrió un profunda crisis -se señala las Jornadas del Valle de los Caídos de 1966- que le está costando mucho superar. La tímida aplicación del Concilio hizo que los Consejos de participación de los laicos -el Consejo Pastoral y el Consejo de Laicos- tuvieran poco relevancia en la marcha de la Iglesia en estos cincuenta años.

Dos noticias vuelven a poner esta cuestión de actualidad, al menos para aquellos que están preocupados por la acción y presencia de la Iglesia en el mundo. El primero es la segunda Asamblea de la Acción Católica General que se ha celebrado en Madrid en los primeros días de este mes de agosto. Por cierto, este movimiento eclesial lo preside Higinio Junquera y ha sido reelegido por un nuevo cuatrienio. Después de un largo periodo de renovación para convertirlo en movimiento parroquial y diocesano de niños, jóvenes y adultos, comienza a dar sus frutos. Se han reunido 600 personas (120 niños, 125 jóvenes y 300 y 40 consiliarios) procedente de 44 diócesis españolas. Allí han afirmado que la vida de las parroquias es la vida de la Acción Católica General y que está llamada a articular el apostolado asociado de los laicos. La parroquia nace con el cristianismo, tiene genes indestructibles, aunque a veces se quede como el grano de mostaza, pero necesita articular su acción pastoral. Dado el bajo índice de asistencia frecuente y dominical, necesita salir a las periferias, como insistentemente le indica el papa Francisco. Esta nueva Acción Católica puede ser el mejor instrumento. Vemos que otros movimientos tienen mayor dificultad de aceptación. Es evidente es que no se puede seguir debatiendo si son galgos o podencos. Es la disculpa de la inactividad.

La otra noticia es el discurso del papa Francisco al Comité de Coordinación del Celam en su reciente viaje a Brasil. Impresiona ver a un papa hablar a pecho descubierto con los obispos y poner el dedo en la llaga de los problemas que acucian a la Iglesia y no dar soluciones prefabricadas sino pautas de discernimiento. Hay que irlas buscando, intentando, en la línea de que prefiere una iglesia accidentada que enferma o cerrada sobre sí misma. Entre todos tenemos que abrir nuevos caminos. Detecta el problema del clericalismo de los laicos que advierte como tentación, más todavía, como complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice? De ahí la falta de adultez y de cristiana libertad en buena parte del laicado. Leyendo la historia del Concilio aparecen ya estos miedos y reticencias. Especialmente al tratar de las Acción Católica y su vinculación y cooperación con la Jerarquía. Se matizó que el fin de las asociaciones laicales es el fin apostólico de la Iglesia y que la cooperación con la jerarquía será según el modo propio de cada asociación.

Se necesita que despierte el león dormido y que tenga voz propia en muchas de las situaciones por las que atravesamos hoy. Ofrecerían una opinión libre, no ideologizada ni partidista, sino desde el bien común, para alumbrar soluciones a muchos de los graves problemas que sufre y afronta esta sociedad.

Fuente:

http://www.laprovincia.es/opinion/2013/08/21/reto-pendiente-laicos-iglesia/552752.html

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Evangelizar la Amazonia sin el protagonismo de los laicos, una misión casi imposible

Amazonía

¿Cómo celebrar la Eucaristía con escasez de sacerdotes?

Evangelizar la Amazonia sin el protagonismo de los laicos, una misión casi imposible

“No podemos continuar estructurando la Iglesia a partir del sacramento del orden y sí desde el bautismo”

Luis Miguel Modino, 29 de octubre de 2016 a las 19:57

(Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil).- La inmensidad amazónica plantea desafíos en todos los campos y, como no podría ser menos, también en el de la evangelización. Encontrar caminos que puedan llevar la Buena Noticia del Evangelio a cada rincón de esta gran región exige la presencia de todos los cristianos, laicos, religiosos y clero. Durante mucho tiempo la inmensa mayoría de la Iglesia, constituida por los laicos, no fue tenida en cuenta y quedó relegada a un papel secundario.

Desde hace más de cincuenta años la Iglesia católica viene insistiendo en la importancia de los laicos. El Concilio Vaticano II, en sus diferentes documentos, aborda estas cuestiones, partiendo de la idea de Iglesia Pueblo de Dios y de la común dignidad de todo bautizado. Después de varias décadas en las que las ideas conciliares fueron aparcadas, la llegada del Papa Francisco ha supuesto una recuperación del protagonismo laical que el Vaticano II pretendía.

El obispo de Roma ha expresado esto en repetidas ocasiones. Sirva como ejemplo la Carta que en marzo de este año el Papa Francisco escribía al Cardenal Marc Oullet, Presidente de la CAL (Comisión para América Latina), en la que decía abiertamente que “es la hora de los laicos, pero pareciera que el reloj se ha parado”. En opinión del Papa Francisco es necesario “recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo”, dejando bien claro que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios”, y que ésta no puede continuar dejándose dominar por el clericalismo.

En términos similares ya se había pronunciado en 2015 en su visita a Filadelfia, donde destacaba el papel fundamental de las mujeres y advertía “que el futuro de la Iglesia, en una sociedad que cambia rápidamente, reclama ya desde ahora una participación de los laicos mucho más activa.

En consonancia con estas ideas del Papa Francisco, la CNBB, Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, por sus siglas en portugués, aprobaba en su última Asamblea General un documento que tiene por título “Cristianos laicos y laicas en la sociedad y en la Iglesia”.

El desafío es que las ideas que en él aparecen puedan llegar a las comunidades cristianas y sean asumidas por toda la Iglesia, incluída la jerarquía, pues como el propio Francisco señala, “uno de los grandes desafíos de la Iglesia en este momento es fomentar en todos los fieles el sentido de la responsabilidad personal en la misión de la Iglesia y capacitarlos para que puedan cumplir con tal responsabilidad como discípulos misioneros”.

En la tentativa de traducir a la realidad amazónica aquello que los obispos de Brasil proponen, la diócesis de São Gabriel da Cachoeira, en el extremo noroccidental del país, ha reunido a sus agentes de pastoral y lideres de las comunidades para reflexionar en la Asamblea Diocesana sobre el documento episcopal.

La teóloga laica, María Soares de Camargo, durante más de treinta años profesora de teología en la Universidad de Campinas y desde hace más de siete misionera en la Amazonia, ha ayudado a los presentes a descubrir los entresijos del documento 105 de la CNBB y a intentar responder a diferentes cuestiones que provoquen una mejor asimilación y puesta en practica de lo que en él aparece.

Una de las problemáticas que aparecieron en las discusiones fue la de la celebración de la Eucaristía en las diferentes comunidades de la región, donde la presencia sacerdotal, en muchos casos, es de una o dos veces por año. Estamos hablando de un territorio de casi tres cientos mil kilómetros cuadrados, comunicado casi exclusivamente por vía fluvial y donde el numero de sacerdotes no suele superar la veintena.

Como señalaba el obispo local, Monseñor Edson Damian, esta cuestión ya ha sido abordada en diferentes momentos por los obispos de Brasil, aunque hasta ahora no ha habido ningún avance.

Uno de los principales impulsores ha sido Monseñor Erwin Kräutler. El ya obispo emérito de la Prelatura del Xingú llegó a plantear la cuestión al Papa Francisco en 2014, quien le respondió su disposición a escuchar propuestas valientes que pudiesen llegar desde la Conferencia Episcopal Brasileña. Todo indica que va a ser retomada en la reunión que el próximo mes de noviembre va a tener lugar en Belem y a la que están invitados todos los obispos de la Amazonia brasileña.

Podemos preguntarnos por qué seguir “castigando” a tantas comunidades, privándolas de aquello que, como señala la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, es “fuente y cima de la vida cristiana”. No se puede responder con esquemas europeos a realidades amazónicas.

El deseo del Papa Francisco de fomentar en todos los fieles el sentido de la responsabilidad personal en la misión de la Iglesia es algo importante en todo lugar, pero en el caso de la Amazonia esto se convierte en una necesidad elemental, hasta el punto de poder decir que de la implicación y reconocimiento de la importancia de los laicos depende buena parte del éxito del proceso evangelizador en la región. No podemos continuar estructurando la Iglesia a partir del sacramento del orden y sí desde el bautismo.

 

Fuente:

http://www.periodistadigital.com/religion/america/2016/10/29/religion-iglesia-america-brasil-luis-miguel-modino-evangelizar-la-amazonia-sin-el-protagonismo-de-los-laicos-una-mision-casi-imposible.shtml

 

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El Domund un acontecimiento de laicas y laicos

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24.10.16 | 00:36.

Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia. Saludos cariñosos, queridas amigas y amigos. Hoy celebramos el Domund, Día Mundial de las Misiones. El pasaje evangélico condensa, desde los primeros versículos, lo esencial de la misión cristiana: dar la Buena Noticia a toda la humanidad; provocar en las personas la fe; llevarlas al bautismo en la Iglesia. Así alcanzan la plena realización, desde esta vida. Y como Jesús prevé que sus mensajeros van a encontrar dificultades, les promete su ayuda con referencias simbólicas de enorme fuerza.

Digamos, de entrada, que la condenación de la gente no-creyente se refiere a quienes se cierran a la fe en contra de su conciencia. Aparte de esto, recordemos que la Buena Noticia es el Reino de Dios, como se ve en el comienzo de Marcos. “El Reino de Dios está cerca. Convertíos y dad fe a esta Buena Noticia” (1, 14-15). El texto de hoy habla de los Once, que eran el embrión de la Iglesia entera. Otros pasajes de los evangelios nos muestran que la evangelización es una misión de todas las personas bautizadas. Todo cristiano y cristiana recibe la carta de envío de Jesús. Desgraciadamente, la inmensa mayoría no dan acuse de recibo. Y tenemos un cristianismo mayoritariamente pasivo, que solo piensa en su salvación individual en la otra vida: “salvar el alma”. El Domund viene a sacarnos de la pasividad. Quiere movilizar a todas las personas bautizadas, para hacernos agentes de evangelización. Como los primeros cristianos, que “salieron a predicar por todas partes. Y el Señor colaboró con ellos y confirmó su Palabra con los signos que la acompañaban”.

La misión de los orígenes es impresionante por su rapidez y extensión. En ella actuaron toda clase de personas, la mayoría, laicas y laicos. Desde que el clero comenzó a acaparar las diversas misiones de la Iglesia, los laicos y laicas han ido retrocediendo en la Iglesia, hasta quedar reducidos a lo que describió, además de enseñarlo, el papa Pío X. “Dice la Escritura, y lo confirma la doctrina entregada por los Padres, que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, administrada por la autoridad de los pastores, es decir, una sociedad en la que algunos presiden a los demás con plena y perfecta potestad de regir, enseñar y juzgar. Es, por consiguiente, esta sociedad, por la fuerza de su misma naturaleza, desigual. Comprende un doble orden de personas: los pastores y el rebaño, es decir, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estos órdenes hasta tal punto son distintos entre sí que solo en la jerarquía reside el derecho y la autoridad para mover y dirigir a los demás socios al fin propuesto a la sociedad. Por el contrario, el deber de la multitud es aceptar ser gobernados y seguir obedientemente la dirección de los pastores” (Vehementer nos, 1906). Esta era la realidad del laicado y la enseñanza oficial. Y uno se pregunta si todavía hoy no sigue siéndolo en gran medida. Porque, a pesar de la proliferación de pequeñas comunidades y de la asunción de muchas tareas eclesiales por parte de los laicos, ¿no están acaso a las órdenes de los párrocos y demás sacerdotes, e incluso a su servicio?

Generalmente en el Domund se piden limosnas, sobre todo para misioneras y misioneros lejanos y pobres. Pero eso no es suficiente. Hemos de proseguir la gran misión universal de Jesús. En los países cristianos tenemos una gran masa de bautizadas y bautizados que nunca se han convertido. Llevarlos al encuentro vivo con Jesús es una gran tarea misionera de estos países. Y como esa gran masa no suele pisar las iglesias, son los laicos y laicas, compañeros de trabajo, de barrio y de aficiones de esa numerosa gente, quienes deben realizar esta misión, persona a persona, de muchas formas, desde dar su testimonio personal, hasta regalar un libro, invitar a conferencias, retiros y otras actividades cristianas.

El Domund nos recuerda además a las comunidades perseguidas, que son muchísimas, la mayoría católicas. La revista Misioneros Tercer Milenio, en el número de Verano 2013, calculaba que cien mil cristianos y cristianas perdían cada año la vida a causa de su fe; y añadía que en 2013 doscientos millones sufrieron persecución, la mayoría, de religión católica; y otros ciento cincuenta millones sufrieron discriminaciones. Presionar a los países democráticos para que exijan la libertad religiosa es una de nuestras tareas misioneras pendientes. Por encima de todo, el Domund nos pide nuestra propia conversión, que es la base de cualquier acción misionera. Porque nadie da lo que no tiene. Hoy es un día misionero de conversión.

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La Iglesia y los laicos

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La Iglesia y los laicos

Alberto Simons Camino, S.J.

No vamos a reflexionar sobre lo que la Iglesia debe ser y hacer, por esto sería demasiado amplio, sino sobre lo que nosotros como Iglesia sí podemos intentar ser y hacer, aquí y ahora en América Latina.

 

Se constata en nuestra sociedad, sobre todo entre los más jóvenes, actitudes de búsqueda auténtica de algo valioso que pueda dar verdadero sentido a sus vidas, más allá de lo que les ofrece el sistema actual: su referencia es en gran medida la Iglesia dada su extensa presencia en nuestro pueblo y siendo, todavía, la institución que cuenta con la mayor credibilidad.

 

Se presenta pues un gran reto a la Iglesia y a nosotros, respecto a cómo hacer creíble y válido en la actualidad nuestro mensaje, de tal manera que sea una respuesta real desde el Evangelio a aquello que están buscando nuestros pueblos y que constituye una llamada y exigencia de Dios a la Iglesia y a la Compañía. Nos hace falta dar testimonio de una Iglesia cercana, en sintonía con el mundo, con la gente y sus problemas. Una Iglesia más servidora y más coherente con lo que predica; y esto es válido para toda la Iglesia, no sólo para la jerarquía.

 

A partir de ello hay, a mi parecer, una gran tarea que consiste en redescubrir un nuevo estilo de vida y compromiso propios del cristiano y de la Iglesia como tal, para nuestro mundo y la realidad de Latinoamérica en la actualidad, porque en nuestra sociedad se da, en buena parte, hay que reconocerlo, un divorcio entre una fe supuesta (“sociedad occidental   y   cristiana”)   y   la   vida   real   de   esa   sociedad   que   es,   muchas   veces, escandalosamente antievangélica e inhumana dados los signos de corrupción, amoralidad, desmoralización, injusticia y finalmente de muerte que se dan en ella. Esto constituye sobre todo para nosotros un cuestionamiento especial, dado nuestro compromiso con el servicio de la fe y la promoción de la justicia que nos proponemos.

 

La tarea cristiana está  en y la fe lograr la coherencia entre la vida cotidiana, para que la religión no aparezca como algo sobreañadido a la vida, sino dinamizando esa vida. La Iglesia debe estar al servicio de ello, pues el cristianismo no es un conjunto de creencias o de prácticas sino una nueva y diferente manera de ser y de vivir. Por eso, antes de pensar en  tareas  concretas  habría  que  visualizar  con  claridad  esa  gran  tarea  prioritaria  en  su conjunto.

 

De forma más específica, la Christifideles Laici refiriéndose a los laicos dice: “En su  existencia  no  puede  haber  dos  vidas  paralelas:  por  una  parte,  la  denominada  vida

‘espiritual’, por otra la denominada vida ‘secular’, es decir,  la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura.” Y recuerda que el Concilio Vaticano II señala que “La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe

 

 

 

ser considerado – dice el Papa – como uno de los más graves errores de nuestra época” y añade: “Por eso he afirmado que una fe que no se hace cultura, es una fe ‘no plenamente acogida , no enteramente pensada, no fielmente vivida.’” En relación con la Compañía, el padre Kolvenbach les decía a los laicos en 1998: “En nuestra misión tiene que resonar toda la llamada de la Iglesia Latinoamericana  en Santo Domingo, cuando invita a todos los cristianos   a  comprometerse   en   una   ‘nueva   evangelización’,   en   una   comprometida

‘promoción humana’ y en la inspiración de una ‘cultura  cristiana’ que encarne, en nuestro

mundo, valores verdaderamente humanos. Así es como los laicos tiene un protagonismo especial que los jesuitas queremos acompañar y servir.”

 

Esto  conlleva  hacer  creíble  y  válido  en  la  actualidad  el  mensaje  cristiano creando juntos para ello nuevos estilos de vida y compromiso encarnados y  cuestionantes de  nuestra  cultura;  se  trata  de  encontrar  una  inspiración  desde  el  Evangelio  a  las necesidades del mundo y de los hombres de hoy. Es el llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo.

 

Por ello resulta cada vez más necesario acertar con un proceso de construcción de Iglesia capaz de hacer posible la vivencia de una fe personalizada y experimentada, acogida e inculturada, de tal manera que pueda ser vivida con sentido de misión.

 

Creo  que  cuando  nosotros  como  Iglesia,  nos  “compremos  el  pleito”  de  los hombres y mujeres, de nuestros países en concreto, con sus problemas,  necesidades, búsquedas  y  esperanzas,  logrando  que  en  medio  de  ello  y  del  conjunto  de  sus  vidas descubran su sentido y la presencia actuante y benéfica del Señor. Esto significa salir del individualismo y la indiferencia tan vigente en nuestras sociedades. No es posible, por ejemplo,   que   nuestros   colegios   y   universidades   formen   profesionales   exitosos   en sociedades fracasadas.

 

Por otra parte, la Iglesia tendrá que desclericalizarse pues se comprenderá que su labor principal recae sobre sobre los laicos; que las actividades “sacras” no pueden servir para escapar de la realidad, esconderla o ser mero consuelo frente a ella, sino ser signos y símbolos de la presencia de Dios en la vida y la realidad, lo cual es también la misma Iglesia.

 

En este sentido es fundamental la promoción del  laicado y de la mujer adultos en la fe y responsables en la Iglesia. De allí la importancia de la formación de los laicos y su incorporación plena a la actividad de la Iglesia, de tal manera que la vida de los laicos y sus problemas  sean considerados  tareas eclesiales.  Esto incluye de forma  preponderante  su preparación y formación en política, la defensa de los derechos humanos, la democracia, el estado de derecho, etc. A los laicos les corresponde un papel fundamental en la Iglesia porque son ustedes los que encarnan la salvación en el mundo. Esto es necesario para que la Iglesia de este siglo sea, como plantea el Papa, la Iglesia de los laicos.

 

La Iglesia puede constituirse  en nuestro continente como factor substancial  de integración y de solidaridad en la actualidad, dada la fracturación de nuestra sociedad, el individualismo y, por otra parte, la necesidad de ir encontrando una identidad común con respeto de la diversidad cultural. Es necesario crear una actitud y espíritu inclusivos en

 

 

 

lugar de la tendencia exclusiva que se viene promoviendo a diferentes niveles. La Iglesia puede ayudar a visualizar y tomar conciencia que los problemas más serios y profundos de nuestro país nos unen a todos y posibilitan una acción y esfuerzos conjuntos. Para ello es necesario crear causes de participación e integración, pudiendo la misma Iglesia un ser uno de ellos de forma significativa. Se trata de promover la unidad en la pluralidad y riqueza de nuestra diversidad cultural evitando que la globalización, que tiene aspectos muy positivos, arrase con esa riqueza.

 

Este aspecto tiene una especial relevancia en el grave momento actual que vivimos en que por la acción demencial desatada por el terrorismo en los Estados Unidos, vemos no sólo amenazada la paz mundial sino que hay el peligro de que nos sintamos arrastrados a una especie de psicosis defensiva y agresiva que a la vez que cree más distancias y barreras entre los seres humanos y países, con exacerbación de los nacionalismo, racismos y fanatismos ya existentes. Tenemos, más bien, que tomar conciencia de la vulnerabilidad en que todos nos encontramos, aún el país más grande del mundo, frente a la cual no tiene eficacia   ninguna   arma   por   poderosa   que   sea   sino   la  toma   de   conciencia   de   la interdependencia en la que tanto para el bien como para el mal nos encontramos y que no ganamos nada generando más violencia sino que tenemos que general una cultura de paz y solidaridad, únicas defensas eficaces respecto a la amenaza que enfrentamos. Por eso tiene especial actualidad el propósito de la Compañía de fomentar el dialogo intercultural interreligioso en el mundo.

 

Un  problema  particular  que  nos  ha  dejado  un  determinado  proceder  político  y medios de comunicación similares en los últimos años, es el cinismo en el orden ético y moral; el engaño y la mentira  han sido considerados como parte del actuar socio -político y de la propaganda periodística. Las consecuencias las padecemos ahora y nos cabe la tarea de hacer prevalecer la verdad y honestidad en el actuar como valores fundamentales.  Se dejaron atrás los principios básicos de la ética para actuar como en las épocas de barbarie: justificando los medios por los fines. El Bien Común quedó relegado frente a la búsqueda del   interés   propio.   Ante   un   cuadro   del   poder   planteado   en   estos   términos,   la desmoralización ciudadana creció día a día pues el ser humano quedó convertido en un instrumento  del  poder  político  avocado  a  sus  propios  fines.  Confiemos  en  que  esta indecencia ética y moral haya actuado sobre nuestra realidad política como un revulsivo y que  nos empuje hacia una reacción cívica, moral y política.

 

A este respecto es importante lo que decía el Padre General de la Compañía de Jesús aquí en el Perú el año 1998:  “La globalización  como  tal no implica  una connotación negativa; más bien ofrece inmensas posibilidades  para el desarrollo  de la humanidad. Pero cuando no se respetan los valores más fundamentales de la persona humana – como ocurre en el campo económico con la absolutización del libre mercado-, la globalización resulta verdaderamente nefasta. Conocemos los efectos de las políticas neoliberales concentración  de la  riqueza,  exclusión,  ahondamiento  de las  diferencias  entre  ricos  y pobres, exacerbación del individualismo, competitividad desmedida, ausencia de consideraciones  éticas y valorales.”. Más adelante añade: La búsqueda de eficiencia y resultados, otra característica del esquema actual, no puede hacernos perder de vista el porque y el para qué del conocimiento, de la ciencia, de la técnica, de la economía, de la vida humana. Donde no se respeta la vida humana, Dios está ausente.”

 

 

 

 

 

Una consecuencia generalizada de la situación actual en nuestro continente es la pérdida de fe y confianza de las personas en sí mismas, en lo otros y en las instituciones. La capacidad de soñar en la solución de los problemas básicos se ha perdido. Algunos llaman a eso pragmatismo  pero parece más bien desesperanza.  En este contexto, reconstruir  la confiabilidad y confianza mutua, comunicar de forma vital motivos para creer, esperar y amar; la defensa por parte de la Iglesia, según su larga tradición, de la dignidad del ser humano y la promoción del respeto de unas personas por otras, tienen una significación y urgencia muy especial.

 

Por  otra  parte,  se hace  necesario  pasar  pedagógicamente  de  una  fe heredada  y tradicional a una fe personalizada y vivida; de una religión masificada a una fe propuesta y ofrecida como Buena Nueva para los hombres y mujeres de nuestros pueblos. La verdadera pertenencia a la Iglesia se alimenta de la experiencia personal del encuentro con Jesucristo.

 

El servicio de la fe en el anuncio de la buena nueva del Evangelio, como nos lo indican repetidamente  las últimas Congregaciones  Generales  de los jesuitas, implica la promoción de la justicia en la búsqueda del Bien Común en nuestras sociedades. Esta es la dimensión  política que la misma Iglesia se atribuye  y a la cual no puede renunciar aunque le implique persecuciones o pérdida de prestigio, como ha sucedido en toda su historia. Jesús evitó lúcidamente el terreno de la política partidaria o como búsqueda de poder, pero no se desentendió de su sociedad, ni rehuyó ningún compromiso con el bien concreto de los hombres, lo cual lo llevó a tener conflictos con todas las autoridades de su sociedad incluidas las religiosas.

 

Nos hace falta como Iglesia una vena más profética, más libre, más valiente, más cercana a los problemas de la gente y no tan cerrada en los problemas eclesiásticos, de tal manera que “los gozos y esperanzas de los hombres” sean gozos y esperanzas de la Iglesia. Es necesario  que  se vea de forma  transparente  que la Iglesia  no defiende  sus propios beneficios e intereses sino el bien común de nuestro pueblo, y que se constituye como la voz de los que no tienen voz.

 

En este sentido ustedes como laicos y la Compañía pueden y deben aportar análisis y   reflexión   de  altura   a  nivel   del   continente,   juntamente   con   propuestas   válidas, discretamente ofrecidas, pero que  tengan vigencia y puedan ser aplicadas.

 

El Papa en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz el 1 de enero de 1999, decía:

 

Cada  ciudadano  tiene  el derecho  a participar  en la vida de la propia comunidad.  Esta  es  una  convicción  generalmente  compartida  hoy  en  día.  No obstante,  este  derecho  se  desvanece  cuando  el  proceso  democrático  pierde  su eficacia a causa del favoritismo y los fenómenos de corrupción, los cuales no solamente impiden la legítima participación en la gestión del poder, sino que obstaculizan  el acceso  mismo  a un disfrute  equitativo  de los bienes y servicios comunes. Incluso las elecciones pueden ser manipuladas con el fin de asegurar la victoria de ciertos partidos o personas. Se trata de una ofensa a la democracia que

 

 

 

comporta  consecuencias  muy  serias,  puesto  que  los  ciudadanos,  además  del derecho, tienen también  la responsabilidad  de participar;  cuando  se les impide esto, pierden la esperanza de poder intervenir eficazmente y se abandonan a una actitud de indiferencia pasiva. De este modo, se hace prácticamente imposible el desarrollo de un sistema democrático (n° 6)

 

Finalmente, es necesario que devolvamos el prestigio y la dignidad que la política y la gestión del bien público deben tener. En este sentido es muy bella e inspiradora la forma que tenía Hannah Arent, esa gran pensadora alemana, de considerar a la política como el amor y cuidado del mundo por encima del interés propio. Por ello Juan Pablo II advierte  que “(…) la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral no justifica lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública (…). Juntamente, todos y cada uno, somos destinatarios y protagonistas de la política. (…) para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.”(Chistifideles Laici n. 42)

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EL LAICO EN EL CORRER DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN Y EN APARECIDA

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EL LAICO EN EL CORRER DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN Y EN APARECIDA

El laico en el correr de la Historia de la Salvación y en Aparecida

¿QUIENES  SON LOS  LAICOS?

 

Los fieles laicos son

Los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdotes, profetas y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Aparecida 209

Está claro que la Iglesia no se puede reducir o limitar a la actividad de la Jerarquía. Normalmente las actividades de la Iglesia  discurren por el campo de los cristianos corrientes, a los que se les conoce  con el nombre de laicos. El término laico deriva  del griego “laos” y significa “hombres del pueblo” o “ciudadanos”. Los laicos (o seglares) son por tanto, todos los fieles cristianos, no sacerdotes ni religiosos, que, incorporados  a Cristo por el bautismo, forman parte de la Iglesia y desde su vocación concreta: matrimonio, soltería, etc, se esfuerzan en santificarse en el ejercicio de su trabajo y en el cumplimiento de sus responsabilidades.

  1. ¿CUÁL ES LA MISIÓN DE LOS LAICOS?

  

el ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también  de la cultura, de las ciencias  y de las artes, de la  vida internacional, de los “mass media”, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento”

  • Su misión propia y específica  se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyen a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios  del Evangelio.
  • Además, tienen el deber de hacer creíble la fe  que profesan, mostrando  autenticidad   y coherencia en su conducta.
  •  Los laicos  también están llamados  a participar en la acción  pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía  de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles  espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano.
  • Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación  doctrinal, pastoral, espiritual  y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural.
  1. El laico en el correr de la Historia
  1. a) ¿Había laicos al principio?

La Biblia es el testimonio vivo de la fe de un pueblo elegido por Dios, en el antiguo testamento, no existe ni se usa el término laico para designar a los creyentes que sirven y temen al Dios único Yavé, ni se concibe  al creyente aislado del pueblo, Dios está presente en su pueblo y camina con su pueblo hasta el día de su revelación plena en su Hijo Jesucristo.

En el Nuevo Testamento no aparece nunca la palabra “laikós” para denominar a los que siguen a Jesús. Se habla de “creyentes”… y, sobre todo, de “hermanos”. Aunque el término está ausente, el N.T. aplica a toda la comunidad las características que en el A.T. quedaban reservadas a lo más sagrado del Pueblo de Israel, (Templo, sacerdocio…). Por Cristo toda la comunidad (y no sólo un grupo) son pueblo, “laós”, sacerdocio real, nación consagrada, propiedad querida de Dios. (Cfr. 1 Pe. 1,9).

La distinción no se establece entre ministros y no ministros dentro de la comunidad, sino entre pueblo y no pueblo.

Esta unidad radical está sazonada por una rica variedad de dones y carismas suscitados por el Espíritu de Jesús. Este mismo Espíritu preside la mutua subordinación de los carismas en el amor y garantiza la existencia de una dirección dentro de la comunidad.

La acentuación de la unidad frente a la distinción dentro del pueblo de Dios prevalece sustancialmente en los tres primeros siglos. La Iglesia se asoma al balcón de la historia presentándose como alternativa y fermento. La sociedad helenista y romana la rechaza y persigue. La comunidad experimenta en carne viva y martirial la novedad de su mensaje en tensión con el mundo circundante.

Aunque prevalezca en estos siglos el aspecto comunitario (radical unidad) sobre el jerárquico (diferencias internas), no significa que no exista una organización interna. El conjunto de los bautizados que no participan de un ministerio jerárquico se comienza a distinguir de la estructura jerárquica de la comunidad. A finales del siglo I, encontramos el término “laico” para designar al pueblo en cuanto distinto de los ministros del culto.

Ya desde finales del siglo I, encontramos, y con creciente intensidad, cómo las comunidades cristianas se articulan jerárquicamente en torno a sus Obispos. A principios del tercer siglo cristiano, aparece el término “clero” para designar al grupo de los ministros de la comunidad.

Este proceso de organización no significa que el clero acapare los carismas y ministerios.

La tarea de la evangelización es obra de todos y abundan los profetas y evangelizadores laicos itinerantes. “Laicos son los primeros teólogos y defensores del cristianismo” (Justino, Taciano, Tertuliano…).

Conocemos incluso, la existencia de ministerios femeninos dentro de las comunidades. En Siria, por ejemplo, existían diaconisas para bautizar a las mujeres ya desde el siglo II. Hipólito, en Roma, nos habla de un “orden de viudas” (siglo III) cuyo ministerio estaba ligado a las obras existenciales dentro y fuera de la comunidad.

  1. b) ¿Ha perdido sabor la sal?

La Época histórica que se abre con el Edito de Milán (313) significa para la Iglesia una situación nueva. Decrece la tensión entre el mensaje cristiano y la altura circundante. La sociedad comienza a inculturar los valores cristianos. Ciertamente la Iglesia se encarna mucho más en la sociedad como factor de progreso social y humano. Ya no vive en situación de “paroikía”, de peregrinación por tierra extraña, y se convierte en “parroquia”, comunidad asentada en un territorio y protegida por el Imperio.

La tensión, inexistente en lo exterior, se desplaza poco a poco al interior de la comunidad, afectando a las relaciones entre sus miembros. el clero se hace “orden” o categoría social. La liturgia se va haciendo cada vez más “cosa de curas” y el pueblo va perdiendo protagonismo.

Se multiplican los signos externos de separación entre el clero y el pueblo (hábito especial, privilegios, espacios reservados en el templo, derecho en exclusiva a enseñar y catequizar…). Comienza a prevalecer la distinción sobre la unidad dentro de la comunidad, aun cuando no faltan voces discrepantes y acciones claras del laicado (espiritualidad, obras asistenciales, administración de los bienes de la comunidad, participación en la pastoral…

  1. c) Las luces y sombras del laicado en la Edad Media

Durante la Edad Media existe un denominador común como tendencia con respecto al laicado: su progresiva devaluación. El Matrimonio se considera una concesión a la debilidad humana. Laico es lo mismo que ignorante. La separación entre clero y pueblo se institucionaliza en el Derecho

El laicado queda excluido del ámbito de lo sagrado y se refugia en una espiritualidad devocional separada de la liturgia.

A partir del siglo XII, Europa va a conocer cambios profundos en los que instituciones como las Universidades y la nueva clase burguesa van a tener un papel de primer orden. En sintonía con el nuevo espíritu, el laicado adquiere en la Iglesia conciencia de su misión que se expresará en la búsqueda de una Iglesia más cercana al Evangelio. Irán surgiendo movimientos que contestan a la Iglesia oficial, rica y poderosa, en nombre del evangelio leído en lengua vulgar.

Su influjo fue evidente y beneficioso para la Iglesia a través, sobre todo, de Francisco de Asís que con su obra y su familia religiosa va a “recuperar” los carismas laicales en la Iglesia.

Aunque ya en la Edad Media contamos con los primeros santos laicos, no existe aún una espiritualidad laical. Parece necesario distanciarse de las cosas, acercarse lo más posible a la vida monacal, para lograr la santidad.

  1. d) El laicado en la época de las Reformas

A partir de finales del siglo XIV, la sociedad Medieval se desintegra. Aparece la conciencia individual, el espíritu de nación, la autonomía de lo secular frente a la tutela de la Iglesia… Mucha gente empieza a experimentar que en la Iglesia no se dan las condiciones para alcanzar la salvación. Se prefiere la propia experiencia subjetiva o las pequeñas comunidades de vida cristiana a la Iglesia institucional.

Lutero, desde su propia vivencia de la salvación, recogerá muchos de estos elementos y tratará de eliminar las distancias entre clérigos y laicos dentro de la Iglesia. El Concilio de Trento, respondiendo a Lutero, reafirmará la naturaleza jerárquica de la Iglesia, (diferencias) aunque afirma también el sacerdocio bautismal de todos los creyentes (unidad).

El laicado, bastantes años antes de Lutero, estaba empezando a reformar la Iglesia desde abajo. A partir de su experiencia de encuentro con el Jesús presente en la Eucaristía y en los más necesitados, el laicado católico va a ir preparando la Reforma interna de la Iglesia que Trento tratará de aplicar en sus decretos conciliares

A pesar de este innegable y beneficioso influjo, los laicos siguen siendo tenidos como menores de edad, incapaces de asumir responsabilidades dentro de la Iglesia.

  1. e) Notas sobre el laicado en los siglos XIX y XX

Durante el siglo XIX, el laicado vive un despertar inaudito que proseguirá a lo largo de nuestro siglo. La Iglesia está siendo asediada por la sociedad civil, que quiere fundar la nueva sociedad sobre valores distintos de los cristianos. La tarea principal de los laicos va a ser la defensa de los valores cristianos a través de la cultura, la educación, la ciencia y la política.

Este movimiento laical no logrará romper la imagen clerical de la Iglesia. Los laicos son simplemente los instrumentos ejecutores de los planes elaborados por la jerarquía. La participación en el apostolado se entiende como una generosa concesión de los pastores a sus fieles.

Durante el siglo XIX hay que colocar a Antonio María Claret. En sus trabajos apostólicos ve la necesidad de integrar a los laicos, no tanto en asociaciones piadosas o devocionales, cuanto en grupos de marcada acción apostólica en todos los campos: catequesis, cultura, promoción, social, alejados…

En el siglo XX, Acción Católica es quien tiene el papel de protagonista en la revitalización de la conciencia laical. Desde la experiencia de su labor apostólica, cambian las relaciones clérigo-lacio. Este último ya no es un “intruso”, sino un “colaborador”.

La misma experiencia de AC suscitará reflexiones muy ricas y profundas en los teólogos acerca del puesto de los laicos en la Iglesia. Estas reflexiones contribuirán decisivamente a “reequilibrar” la imagen de Iglesia y Vaticano II.

  1. f) Lo que ha supuesto el Vaticano II

Aunque hoy lo niegan o discuten gentes importantes, el hecho es que el Concilio Vaticano II supuso una  gran novedad respecto a la conciencia eclesial. La exuberancia de vida, movimientos, reflexión… estaba pidiendo a gritos un nuevo replanteamiento de la identidad de la Iglesia (“Iglesia, qué dices de tí misma”).

Buceando en su propio misterio que brota del corazón de la Trinidad (Cap. I de la L.G.) la Iglesia se descubre a sí misma como Pueblo de Dios. (Cap. II) donde todos los bautizados, independientemente de su tarea o ministerio dentro de este pueblo, participan de las riquezas y de las responsabilidades que comporta la identidad cristiana.

Al descubrirse a sí misma como “imagen de la Trinidad” (Cap. 2-6 de la Constitución sobre la Iglesia), la Iglesia subraya la fundamental unidad y la maravillosa variedad de carismas y ministerios que el Espíritu hace nacer en su seno. Con ello se supera el clásico sacerdotes religiosos- laicos en favor del binomio de raíz neotestamentaria: comunidad (radical unidad) ministerios (diversidad). Con ello hemos demolido la monstruosa pirámide que pesaba sobre las relaciones dentro de la Iglesia. Emerge de sus ruinas una Iglesia que es sobre todo comunión y “sinfonía”.

Además, el Vaticano II al redescubrir la dimensión “futura” (escatológica) de la Iglesia, hacer ver lo que falta todavía para ser la Iglesia “una, santa y católica”. Se subraya la necesidad de vivir en constante “abierto por reformas”, superando aquello de “sociedad perfecta” en relación permanente de cruzada contra el mundo. Toda la Iglesia, según el carisma que el Espíritu da a cada creyente, está llamada a asumir el diálogo con la historia.

  1. g) Algunas “cosas” que quedan por hacer

Durante los trabajos previos al Concilio y durante su desarrollo, daba la impresión de que una de las tareas primordiales era hacer una buena teología del laicado, sin embargo, los años posteriores a la clausura del Vaticano II parecieron contradecir esa impresión. Pasado el entusiasmo por algunas reformas estructurales, los verdaderos problemas doctrinales, espirituales y prácticos respecto al laicado en la Iglesia se desdibujaron, perdiendo actualidad.

Había cosas más importantes de qué ocuparse: la crisis de identidad del clero y el consiguiente malestar plagado de abandonos, la crisis de obediencia provocada por la “Humanae Vitae”, el retroceso alarmante de las prácticas religiosas… sin olvidar otros factores como la “re clericación” de algunas funciones de Iglesia que habían sido confiados a los laicos, el estancamiento de las estructuras de participación, el desencanto…

Todo ello ha motivado el arrinconamiento de la cuestión del laicado en la reflexión teológica.

En los últimos diez años, sin embargo, estamos asistiendo a un renovado interés por la cuestión del laicado. El auge de los movimientos eclesiales y su presencia casi omnipresente en amplias esferas eclesiales, la inserción de laicos en tareas pastorales permanente y el pasado Sínodo sobre los laicos, pueden ser las causas de este “renacimiento”.

Sin embargo, quedan aún algunas cuestiones serias que resolver:

La primera de ellas es si de verdad existen los laicos o hay que hablar simplemente de bautizados con carismas o ministerios específicos dentro de la comunidad. Hacer una teología específica del laicado ¿no es, en definitiva, agostar los brotes de comunión que apuntan ya en el Vaticano II? ¿No habría que hacer, más bien una buena teología de la Iglesia que dé razón de la unidad y la diversidad como factores necesarios de comunión?

  1. El laico GEGÚN  Aparecida

 Realidad

Inicialmente, en la Iglesia no existe el concepto de “laico”. En el Nuevo Testamento se habla de discípulos, de cristianos, de fieles o de creyentes, de elegidos, de santos, etc. Se resalta así lo comunitario y la dignidad común de todos. Esto no quita para que desde los comienzos haya discípulos que tienen funciones ministeriales importantes: apóstoles, profetas, maestros, doctores. La diferencia comienza a establecerse cuando se acentúa el papel y la significación de los ministerios sobre la condición de cristianos. Pero originalmente no fue así: el cristiano sigue siendo un discípulo de Jesús, y el ministro en la Iglesia tiene una clara conciencia de que no es un grupo aparte de los cristianos, sino que participa de la común dignidad cristiana, aunque tiene unas funciones específicas propias: las de su ministerio.

El término laico tiene un uso pre-cristiano. En la cultura romana se utilizaba para designar a los miembros del pueblo llano, a los que pertenecían al “pueblo”. Laico es un miembro del pueblo (el no dirigente). Este uso determina su utilización en el cristianismo para designar a los no ministros. En consecuencia, se favorece la idea de que los laicos son hombres y mujeres profanos y los ministros personas consagradas. De esta forma se mete en el cristianismo un dualismo que no es cristiano, ya que lo típicamente cristiano es que todos están consagrados a Dios, que no hay ningún cristiano que tenga una vida profana. Todos son sacerdotes desde el sacerdocio de Cristo, afirma el Nuevo Testamento. Se erosiona el sacerdocio común y se margina la importancia del bautismo como consagración a Dios.

En suma, la historia del laicado es la de la lenta erosión de sus bases teológicas, nunca negadas pero sí relegadas a un segundo plano; es la historia de un progresivo distanciamiento de las líneas de fuerza comunitarias del Nuevo Testamento y de la tradición de los primeros siglos, a favor de una concepción jerarquizante, desigual y clerical. En esa concepción y su consecuente práctica, los sujetos eclesiales son el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos. El clero es el responsable de la vida eclesial. Puede delegar en los laicos, invitarles a participar, pero está claro quiénes son los sujetos históricos de la Iglesia. Los laicos y laicas son el objeto de la vida eclesial. No tienen un papel protagónico y, en el mejor de los casos, se constituyen en auxiliares de aquellas labores menores que no logran cubrir los clérigos.

Hasta el Vaticano II la repuesta usual para definir a los laicos era siempre la misma: un laico es el que no es sacerdote ni religioso. Es decir, se definía al laico no por lo que era, sino por lo que no era. El Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas, abrió una visión positiva de los laicos: afirmó la plena pertenencia de los laicos a la Iglesia. Los laicos se conciben como los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, pertenecen al pueblo de Dios y son partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo (LG, n. 31, 32). La concepción negativa se superó, pero la práctica de esa nueva visión sigue siendo insuficiente o está amenazada por la tendencia a querer clericalizar todo movimiento seglar.

¿Qué aporta el documento de Aparecida a esta visión positiva de los laicos y laicas? ¿Qué medidas concretas propone para superar la marginación de los laicos en el quehacer eclesial?

En primer lugar, se reconoce el escaso acompañamiento dado a los laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en la diversas estructuras del orden temporal (DA 100c). Este descuido es grave, si consideramos que la Iglesia estima “que el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos” (DA 174).

En segundo lugar, se constata que en la Iglesia existe un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable (DA 286). Una de las causas de este hecho es la falta de formación permanente que propicie madurez en la fe y erradique el infantilismo religioso. De ahí la urgencia de la formación de los laicos y laicas para que puedan tener una incidencia significativa tanto hacia fuera de la Iglesia, como hacia dentro de la misma (DA 283).

En tercer lugar, se acepta que la evangelización del Continente no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos. Esto supone: que laicos y laicas han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales, una mayor apertura de mentalidad para que los pastores entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia y el fortalecimiento de variadas asociaciones laicales (DA 213,214). La participación de los laicos en la evangelización es en virtud de su carácter de discípulo y misionero (DA 213), es decir, es en razón de su propia vocación y no por razones sucedáneas (no por escasez de sacerdotes, por ejemplo).

Fundamentos teológicos

El Documento de Aparecida retoma la visión del Vaticano II, al definir a los laicos como “los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”. Son hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia (DA 209).

En esta visión positiva, se reconoce en los laicos su vocación de discípulos y misioneros de Jesús. Por tanto, de un laico y una laica debe esperarse lo propio de todo seguidor de Jesús de Nazaret: oración, subversión de los falsos valores vigentes en la sociedad, fidelidad a los criterios evangélicos de la vida, amor prioritario y práctico a los pobres, solidaridad, sentido de Iglesia.

El ser discípulos o discípulas lleva a asumir desde la perspectiva del Reino las tareas (las causas de Jesús) prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano: el amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, socorrer en las necesidades urgentes, colaborar con otros organismos o instituciones para organizar estructuras más justas en los órdenes nacionales e internacionales, crear estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos, posibilitar estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales (DA 384).

La misión de los laicos es hacia fuera y hacia dentro de la Iglesia:

Hacia fuera, “su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio” (DA 210).

Hacia dentro, “los laicos están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano…” (DA 211).

Los laicos, según lo señalado antes, son corresponsables de la misión de la Iglesia. Y la corresponsabilidad no tiene que ver con tareas accesorias o auxiliares de la misión, sino con lo fundamental de la misión: ” (Jesús) Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues, Jesús lo hace partícipe de su misión… Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma” (DA 144).

Ahora bien, sea hacia fuera de la Iglesia o hacia dentro, deberá realizar la misión propia de la identidad cristiana con su estilo propio, con el sello de la laicidad. En su momento, Medellín planteó que lo típicamente laical está constituido por el compromiso en el mundo, entendido este como marco de solidaridades humanas, como trama de acontecimientos y hechos significativos. En ese compromiso, según Medellín, el laico goza de autonomía y responsabilidad propias, sin esperar pasivamente consignas y directrices (cf. Medellín, 10,9). Aparecida, poniendo más énfasis en las debilidades, sostiene que para cumplir su misión los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento (cf. DA 212).

 Perspectivas

¿Qué significa ser discípulo de Jesús en la perspectiva laical? ¿Qué desafíos se les presenta a los laicos y laicas en las actuales circunstancias históricas?

La laicidad no es un carisma de un grupo de gente de la Iglesia, sino que es una característica de toda la Iglesia. Toda la Iglesia ha de ser laica, en el sentido de estar encarnada en el mundo. El primer elemento de la estructura de la vida de Jesús es la encarnación. Encarnación es un modo de estar en la realidad, es decir: capacidad de dejarse afectar por la realidad (no ser indolentes), talante compasivo ante el sufrimiento (no pasar de largo ante las víctimas), construir reino de Dios en la historia (que nos encamine hacia una vida animada por la justicia y el amor), encargarse de lo que hay de antirreino en el mundo (lucha contra la exclusión).

¿Cómo es el mundo en el que está encarnada la Iglesia latinoamericana? En el número 65 del documento se habla de los rostros sufrientes del continente: muchas mujeres que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica; jóvenes, que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidad de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado de trabajo para desarrollarse y constituir una familia; muchos pobres desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, quienes buscan sobrevivir en la economía informal; una globalización sin solidaridad que afecta negativamente a los sectores más pobres (generadora de exclusión social).
Ante esa forma de globalización, Aparecida plantea una globalización diferente, marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos (cf. DA 64).

Ahora bien, desarrollar esa forma de globalización implica el ejercicio de la laicidad – masculina y femenina – asumiendo responsabilidades en el ámbito social, económico, cultural y político. Pero, según Aparecida, la realidad actual del continente pone de manifiesto que hay una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas (cf. DA 502).

En cuanto discípulos y misioneros de Cristo, a toda la Iglesia se le exige “entrar en la dinámica del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores (Lc 5, 29-32), que acoge a los pequeños y a los niños (Mc 10,13-16), que sana a los leprosos (Mc 1, 40-45), que perdona y libera a la mujer pecadora (Lc 7, 36-49; Jn 8, 1-11) que habla con la Samaritana (Jn 4, 1-26)” (DA 135).

De los laicos laicas se espera que iluminen con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social (DA 501); que actúen a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios (DA 505); que contribuyan al logro de un consenso moral sobre los valores fundamentales que hacen posible la construcción de una sociedad justa (DA 506); que estén presentes en la oposición contra las injusticias (DA 508); que construyan ciudadanía, en el sentido más amplio, y eclesialidad (DA 215). Todo ello no porque también sean Iglesia, sino porque deben y son efectivamente Iglesia.

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EL LAICADO COMO DISCÍPULOS EN LA IGLESIA

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EL LAICADO COMO DISCÍPULOS EN LA IGLESIA

+ Carlos Aguiar Retes

Obispo de Texcoco y

Primer Vicepresidente del CELAM

Me han pedido esta ponencia para iniciar y motivar la reflexión sobre el Laicado en la vida de la Iglesia, tema elegido para esta XXXIV Reunión de Obispos de la Iglesia en América. He estructurado la ponencia en cuatro partes:

  • El tema del discipulado laical en la Iglesia que peregrina en América Latina.
  • Conciencia, formación y vida de los discípulos de Cristo en América Latina.
  • Desafíos actuales para mantener y promover la escuela de discípulos.
  • Posibles alternativas para generar discípulos en el contexto actual.
  1. El tema del discipulado laical en la Iglesia que peregrina en América Latina

La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano ha quedado aprobada por el Santo Padre Benedicto XVI para mayo del 2007 en Aparecida, Brasil, con el tema: Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Y con el lema “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

A lo largo de los últimos decenios en los encuentros episcopales, especialmente en las 4 Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano ha sido constante el señalamiento de un problema que padece la Iglesia en nuestros pueblos. La mayoría de los católicos manifiestan en su conducta una grave incoherencia con lo que dicen creer. Es decir, en la práctica expresan un divorcio entre fe y vida.

De distintas maneras se ha aludido a tal fenómeno: ignorancia religiosa, poco conocimiento bíblico, debilidad ante el embate de las sectas, fe o religiosidad superficial, falta de compromiso, distanciamiento o frialdad en la práctica sacramental, católicos de nombre, despersonalización o masificación en la atención pastoral, etc.

Veamos algunas citas que confirman la presencia de dicho señalamiento.

Primera Conferencia General (Río de Janeiro 1955)

 

  • La Conferencia de Río advierte al introducir el apartado VII el grave problema que plantean el protestantismo y los varios movimientos acatólicos que se han introducido en las Naciones Latinoamericanas, amenazando su tradicional cultura católica.
  • Llama la atención sobre la necesidad de formar convenientemente las conciencias de los católicos en el deber de mantenerse fieles a la Iglesia y de defender su fe y la de sus hijos, preocupándose seriamente de que reciban una educación católica y evitando cuidadosamente el exponerles al peligro de la apostasía, sobre todo enviándolos a instituciones católicas (No. 71).

 

Segunda Conferencia General (Medellín 1968)

 

  • En el cuarto apartado sobre la educación en el No. 3, Medellín afirma existe, en primer lugar, el vasto sector de los hombres “marginados” de la cultura, los analfabetos, y especialmente los analfabetos indígenas, privados a veces hasta del beneficio elemental de la comunicación por medio de una lengua común. Su ignorancia es una servidumbre inhumana. Su liberación, una responsabilidad de todos los hombres latinoamericanos. Deben ser liberados de sus prejuicios y supersticiones, de sus complejos e inhibiciones, de sus fanatismos, de su sentido fatalista, de su incomprensión temerosa del mundo en que viven, de su desconfianza y de su pasividad.
  • También en el apartado sexto sobre Pastoral Popular en el No. 1 dice en la gran masa de bautizados de América Latina las condiciones de fe, creencias y prácticas cristianas son muy diversas, no solo de un país a otro, sino entre regiones de un mismo país, y entre los diversos niveles sociales. Se encuentran grupos étnicos semipaganizados; masas campesinas que conservan una profunda religiosidad y masas de marginados con sentimientos religiosos, pero de muy baja práctica cristiana.
  • Más adelante, en el mismo apartado en el No. 2, continúa diciendo se advierte en la expresión de la religiosidad popular una enorme reserva de virtudes auténticamente cristianas, especialmente en orden a la caridad, aún cuando muestre deficiencias en su conducta moral. Su participación en la vida cultural oficial es casi nula y su adhesión a la organización de la Iglesia es muy escasa.

Tercera Conferencia General (Puebla 1979)

  • Puebla de manera más explicita hace alusión al señalamiento en el No. 783, que posteriormente será retomado por Santo Domingo en el No. 96. Mientras estas tensiones afectan principalmente a quienes participan en movimientos laicos, grandes sectores del laicado latinoamericano no han tomado conciencia plena de su pertenencia a la Iglesia y viven afectados por la incoherencia entre la fe que dicen profesar y practicar y el compromiso real que asumen en la sociedad. Divorcio entre fe y vida agudizado por el secularismo y por un sistema que antepone el tener más al ser más.
  • Antes en el No. 437 había ya hablado sobre la fragilidad y debilidad de la influencia de la fe para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social y económica de nuestros pueblos. En pueblos de arraigada fe cristiana se han impuesto estructuras generadoras de injusticia. Estas que están en conexión con el proceso de expansión del capitalismo liberal y que en algunas partes se transforman en otras inspiradas por el colectivismo marxista, nacen de las ideologías de culturas dominantes y son incoherentes con la fe propia de nuestra cultura popular.

 

Cuarta Conferencia General (Santo Domingo 1992)

 

  • La Conferencia de Santo Domingo, al ir explicando la Nueva Evangelización señala en el No. 24 que ésta surge en América Latina como respuesta a los problemas que presenta la realidad de un continente en el cual se da un divorcio entre fe y vida hasta producir clamorosas situaciones de injusticia, desigualdad social y violencia. Implica afrontar la grandiosa tarea de infundir energías al cristianismo de América Latina.
  • Después, en el No. 161, cuando introduce el tema de la Promoción Humana retomando el No. 437 de Puebla afirma la falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las varias causas que generan pobreza en nuestros países, porque los cristianos no han sabido encontrar en la fe la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social, económica y política de nuestros pueblos.

Hacia la Quinta Conferencia General (2007)

Al recorrer brevemente estos textos percibimos la preocupación episcopal de evangelizar un gran número de católicos, que por cultura han recibido la fe y los sacramentos, pero no han podido obtener la feliz gracia del encuentro con Jesucristo vivo, y por ende, ni perciben ni expresan la alegría y la esperanza propias del discípulo de Cristo. Su pertenencia a la Iglesia es más de nombre, quedando al margen el compromiso característico de un buen cristiano: dar la vida por los demás, para lo cual es indispensable la aceptación de la propia cruz, de la renuncia, del sufrimiento y de la muerte misma a la luz de la resurrección, siendo así capaces de asumir la misión con generosidad y donación de sí mismo, en comunión y sentido de Iglesia, y con la conciencia de obedecer al Padre como consecuencia de la vocación.

El divorcio entre fe y vida es una constatación dolorosa. La religiosidad de nuestros pueblos, mantenida a lo largo de siglos, no ha podido convertirse en instrumento de evangelización que lleve a vivir la espiritualidad cristiana, propia de los discípulos de Jesucristo. Sin embargo, hay conciencia del problema, hay camino andado, hay esfuerzos que van cristalizando el sueño de una Iglesia viva, servidora del Reino, hay primicias que anuncian la oportunidad histórica de generar un dinamismo pastoral que convierta la religiosidad en recurso eficaz de la Nueva Evangelización.

Si bien es cierto que una mayoría de los católicos viven dicho divorcio entre fe y vida, también es cierto que la Iglesia cuenta con un número considerable de católicos coherentes que con su entrega y compromiso generoso sostienen la vida cristiana y dan testimonio ejemplar. Gracias a estos agentes de pastoral (obispos, sacerdotes, consagrados, laicos) la Iglesia sigue viva y mantiene como Institución un alto grado de confiabilidad en la sociedad.

El tema propuesto para la Quinta Conferencia General ha ido calando positivamente en el ánimo de los obispos, sacerdotes, consagrados y agentes de pastoral de América Latina. Resurge la esperanza de lanzar una gran movilización desde los pequeños grupos de discípulos, particularmente laicos, que vayan extendiendo en círculos la conciencia vocacional y la respuesta para la misión.

En la preparación hacia la Quinta CELAM se vislumbra un horizonte esperanzador al centrar el tema en el sujeto de la evangelización. La gran tarea es alcanzar la meta propuesta por el Papa Juan Pablo II en la NMI: hacer de la Iglesia, casa y escuela de comunión. Es decir que todos tengan un lugar en ella y que haya el aprendizaje necesario para vivir la comunión.

  1. Conciencia, formación y vida de los discípulos de Cristo en América Latina

Considero que la Iglesia en Latinoamérica y el Caribe, ha dado respuesta a lo pedido en Río de Janeiro (1955) y en las siguientes reflexiones del magisterio pontificio y episcopal, sobre la prioridad a la promoción y formación sacerdotal, a la atención de los religiosos y religiosas, e incluso para invitar a los laicos a colaborar en estas tareas con los obispos.

En estos 50 años la Iglesia ha logrado en buena medida formar a sus agentes básicos para garantizar las estructuras fundamentales de la pastoral y darle vida a la comunidad cristiana.

Si como afirmamos, la mayor parte de los católicos latinoamericanos son incoherentes, y no han dado un conveniente testimonio de la fe, me parece oportuno preguntarnos en esta segunda parte ¿cómo ha sido posible que nuestros pueblos se hayan mantenido cristianos?

Además de la indudable presencia del Espíritu Santo que derrama sus gracias sobre el pueblo latinoamericano, expongo algunos factores que humana y socio lógicamente explican la transmisión del evangelio.

 

2.1    La familia, transmisora de la cultura cristiana

Sin lugar a dudas la familia ha logrado ser el ambiente y el espacio que privilegia la transmisión de los valores cristianos. Con mucha razón el Papa Juan Pablo II la llamó Iglesia Doméstica.

La familia ha sido el principal baluarte para la transmisión de la fe. Todavía hoy día en los sondeos de opinión, cuando se pregunta por qué eres católico, la gente ordinariamente responde porque mis padres eran o son católicos.

En la familia se aprende a orar, se descubre, sobretodo en la madre, un testimonio de fe y confianza en Dios, se conocen y practican las expresiones de religiosidad y devoción popular.

La familia ha sido la manifestación viva del amor y de la misericordia divina.

 

 

 

2.2    La religiosidad, vehículo evangelizador

El pueblo latinoamericano tuvo una primera evangelización adecuada a su sensibilidad. Necesitaba materializar con signos visibles (imágenes, espacios, fiestas, danzas, personas) la relación con lo sagrado.

Los primeros evangelizadores les ofrecieron para la aceptación del dolor y la desgracia la identidad con el Cristo sufriente (el nazareno) o crucificado. Para encontrar y tocar la misericordia y el amor, la figura e intercesión maternal de María. Para centrar su mirada en la presencia divina, la devoción a Jesús Eucaristía (Santísimo Sacramento). Para descubrir la transitoriedad y brevedad de la vida y capacitarse en afrontar las dificultades, las peregrinaciones. Para ofrecer los productos de la tierra y la solidaria contribución a la comunidad cristiana, las fiestas patronales con la respuesta recíproca del acceso a los sacramentos. Para alegrarse con Dios y sentirlo cerca, la música y las danzas. Para vencer al diablo y alejar los malos espíritus, la quema de pólvora y cohetes, etc.

Estas maneras diversas en sus formas pero con elementos comunes han permanecido en todos los pueblos de América Latina y el Caribe, y han sido instrumentos eficaces para mantener la religiosidad y la identidad católica de nuestros pueblos.

2.3    La cultura y sus expresiones transmisoras de los valores cristianos

No solamente se ha transmitido la fe a través de la religiosidad popular, también se han incorporado en otras formas, hábitos, y costumbres, que responden a prácticas que ayudan a la identidad católica.

Los padrinazgos, las celebraciones eucarísticas para solemnizar fiestas y aniversarios de la familia (3 años, 15 años, graduaciones, 25 y 50 aniversario de matrimonio, etc.). El arte expresado en los nacimientos para Navidad y Reyes, las Pastorelas, la veneración a los difuntos, los mismos templos y su ornamentación.

Los medios de comunicación muchas veces hacen eco a estas tradiciones y formas culturales ayudando a mantenerlas.

2.4    La condición rural y la estructura de parroquia

Durante siglos la institución fuerte que definitivamente mantuvo la identidad católica ha sido la Parroquia. Con su estructura acorde a la vida rural le dio a la comunidad cristiana dimensión humana, evitando así cualquier forma de anonimato y ayudando a superar el latente individualismo egoísta. La parroquia en las pequeñas comunidades hizo posible que la vida del pueblo fuera como familia.

La clara identidad del Párroco, en su función de líder y maestro de la comunidad, que como buen pastor conduce y acompaña a sus ovejas, ayudó a percibir la vida eclesial como experiencia comunitaria donde cada persona tiene su lugar, y a su vez, colabora para resolver las necesidades de la comunidad.

En la vida de las comunidades rurales el contacto con la naturaleza y sus ciclos es de gran beneficio para descubrir la vida humana en sus etapas y funciones y para aceptar las limitaciones que impone. Además de compaginar con el ciclo de la liturgia cristiana.

Los momentos importantes de la vida de la comunidad han sido pieza importante de la vida parroquial.

Pertenecer al pueblo y a la parroquia durante muchos años fue una misma cosa.

2.5    La santidad de los discípulos de Jesucristo

No quiero finalizar esta breve descripción sobre los factores que han ayudado a mantener la identidad cristiana de nuestros pueblos sin antes mencionar la positiva y determinante influencia de los cristianos santos, que han acompañado la vida de la Iglesia en nuestros pueblos. Desde los primeros evangelizadores, y luego los diversos personajes, que influyeron en la mentalidad y religiosidad de los católicos de Latinoamérica.

Una breve reseña se encuentra en el anexo del documento de participación hacia la Quinta Conferencia General.

III.    Desafíos actuales para mantener y promover la escuela de discípulos y misioneros de Jesucristo

El inicio de la primera carta de San Juan expresa una buena descripción de la experiencia del discípulo de Cristo: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído y que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la vida -…-, lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa.

¿De qué manera podemos promover esta transmisión de experiencia en nuestro tiempo, cuando la familia se desintegra con una rapidez alarmante, cuando la cultura se desmorona abriendo paso a la confusión y ambigüedad de valores, cuando la religiosidad del pueblo es atacada, confrontada, y alterada por muchas nuevas agrupaciones religiosas, cuando la población se ha desplazado del campo a la ciudad, y las parroquias no han encontrado la fórmula adecuada para acompañar a la comunidad de fieles cristianos?

Desafíos actuales

 

3.1    Afrontar el cambio de época

 

  • Las reflexiones del CELAM en los documentos de las Mega tendencias (1995-1999) y en el de Nueva Evangelización y Globalización (1999-2003) se constató que vivimos un “cambio de época”.
  • El cambio es tan acelerado que todos, personas e instituciones, necesitamos reubicarnos. Este momento histórico es de decisiones que marcarán el rumbo para varios siglos.
  • En este nuevo escenario algunos afirman que en el futuro la Iglesia será nuevamente una Iglesia “de catacumbas” (sólida, firme, pero pequeña y desplazada de las grandes decisiones). Otros creemos que todavía es posible trabajar por una Nueva Evangelización que influya en la transformación positiva de la cultura global. Sin embargo sea lo que sea es necesario tomar conciencia del contexto actual.
  • Considero que estamos en una transición de una cierta “cultura de cristiandad” a una “cultura de levadura”. Esto quiere decir que estamos en una sociedad plural. No estamos ya en una sociedad de cristiandad en la que la fe se impone por herencia y por cultura. Hoy la transmisión de la fe se da cada vez en menor proporción de modo automático, vía cultura. El método tiende a ser vía evangelización y como fruto del Espíritu Santo.
  • La V Conferencia General está llamada a ser un cruce de camino que definirá el modo de la presencia de la Iglesia en nuestro continente.

 

3.2    Generar una Pastoral Urbana que promueva y haga vivir el discipulado

 

  • Es indispensable considerar la transformación de las estructuras parroquiales para que encuentren la forma de superar las limitaciones territoriales que ya no coinciden con la identidad de su feligresía.
  • Las parroquias en el ámbito urbano no pueden desarrollar su misión independientemente, se necesitan unas a otras. Urge la espiritualidad de la comunión en todos los agentes, y que se vea expresada en la ejecución de los planes pastorales.

3.3    Preparar las escuelas de discipulado que promuevan, formen, y acompañen a los discípulos laicos en su tarea de evangelizar las estructuras socio temporales, y en general, la realidad social.

  • Es conocido por todos que el Concilio Vaticano II definió el ámbito temporal como el campo propio de la acción laical. Sin embargo uno encuentra de ordinario que la Iglesia como institución (Diócesis, Parroquia) está más orientada a formar laicos para el servicio de la actividad interna, y son más bien excepciones muy laudables descubrir algunos movimientos laicales que han emprendido la tarea de formar laicos para el servicio de tareas temporales.
  • Sin embargo es necesario afirmar que “es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles”[1]. Así, el desafío que tenemos al intentar repensar la presencia de los católicos en la política no es simplemente el desafío de la falta de un cierto «plan» o de una cierta «estrategia» organizada de transformación estructural, sino el reto de cómo revitalizar auténticamente la cultura a través de la vivencia de la fe y de cómo reproponer la fe al interior de una cultura y de unas estructuras que en muchas ocasiones sólo aprecian el encuentro con Jesús como un fenómeno significativo para la vida privada.
  1. Posibles alternativas para generar discípulos en el contexto actual

Ahora la Iglesia constata la inaplazable tarea de formar discípulos laicos que lleven la levadura del evangelio a la sociedad y logren que los valores cristianos queden incluidos en la nueva cultura postmoderna.

Alternativas

Un camino que la Iglesia ha recorrido, sobretodo después del Concilio Vaticano II, es la promoción de los diversos Movimientos eclesiales que especialmente se han dedicado a formar fieles laicos.

Por ello, considero que será una ocasión propicia y enriquecedora, en el sentido de encontrar caminos de discipulado, la iniciativa que el PCL y el CELAM han preparado para el próximo mes de marzo.

Pero a reserva de lo que ahí se produzca, presento dos elementos que a mi parecer conviene tener presente en la búsqueda de la formación de discípulos laicos.

4.1    Una Iglesia convertida es una Iglesia “discípula”

 

  • La Iglesia debe vivir y dar testimonio de ser una Iglesia convertida, con plena conciencia de su conversión pastoral.
  • Es necesario asumir con mayor franqueza nuestra frágil condición humana, y manifestar nuestra esperanza en la redención de Jesucristo.
  • La conversión es el camino a la santidad.

 

4.2    Promover círculos de Discipulado en todos los niveles y sectores de la Iglesia

 

  • La catequesis se expresa como una enseñanza doctrinal que luego debe vivirse. Es la lógica del decir y hacer.
  • La cercanía con Jesús es para entenderse como sus discípulos y como los principales interlocutores de la acción mesiánica de Jesús. Por ello, es indispensable sentarse a su alrededor para escucharlo (en la Biblia y especialmente en los Evangelios), para encontrarlo en la Liturgia, y para descubrirlo presente en la Caridad[2].
  • Jesucristo no tiene un discípulo, tiene 12. El discípulo se hace en comunidad. Incluso entre las mismas discípulas: Magdalena sigue a Jesús junto con otras mujeres.
  • El discipulado hay que entenderlo imaginativamente, de muchas formas, y propiciar que se dé en los tres grandes ambientes: familia, escuela, trabajo.
  • Con creatividad e ingenio deben descubrirse las nuevas formas y expresiones del discipulado.
  • ¿Lograremos que nuestra presencia de Iglesia camine con un estilo de vida sustentado en el compartir y en el acompañamiento personal y comunitario?
  • ¿Quién y de qué manera gesta los círculos de discipulado entre los católicos que se lanzan a la política, entre los que trabajan en los MCS, en los sindicatos e industrias, y en otras actividades en medio del mundo? Les decimos que se lancen pero ¿cómo los acompañamos? ¿Cómo se defienden de la corrupción, si quedan solos ante la realidad y el compromiso?

Conclusión

Me parece oportuno concluir estas reflexiones con las palabras del documento ECCLESIA IN AMERICA que tanto ha guiado estos encuentros episcopales:

 

<< La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la unidad de la Iglesia, como Pueblo de Dios congregado en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, subraya que son comunes a la dignidad de todos los bautizados la imitación y el seguimiento de Cristo, la comunión mutua y el mandato misional >>. Es necesario, por tanto, que los fieles laicos sean conscientes de su dignidad de bautizados. Por su parte, los Pastores han de estimar profundamente << el testimonio y la acción evangelizadora de los laicos que integrados en el pueblo de Dios con espiritualidad de comunión conducen a sus hermanos al encuentro con Jesucristo vivo. La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia >> (EIA 44).

Toronto, Canadá

14-15 de febrero de 2006

[1]   Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre de 2002, n. 7.

[2]   EIA Nº 12 Lugares de encuentro con Cristo.

Categorías:Laicos

Francisco: “Si quieres vocaciones abandona la sacristía”

El Papa Francisco

Agencias

Conferencia de la Congregación del Clero

Francisco: “Si quieres vocaciones abandona la sacristía”

“Si no nos encerramos en quejas y seguimos adelante a anunciar el Evangelio, el Señor estará con nosotros”

Isabel Gómez Acebo, 24 de octubre de 2016 a las 10:15

En lugar de reducir la fe a un libro de recetas o a una colección de normas, podemos

(Isabel Gómez Acebo).- “Si quieres vocaciones abandona la sacristía”. Esta es una de las frases que les ha dicho el Papa Francisco, el 21 de octubre, a los reunidos en una conferencia organizada por la Congregación del Clero, en Roma. La gente joven está buscando dar sentido a sus vidas y la mejor respuesta que podemos darles es salir a su encuentro, pararse a su lado y escucharles. Una vez hecho esto llamarles al seguimiento de Cristo.

La gente que trabaja en la Iglesia debe de estar siempre en movimiento y utilizar la frase que Jesús utilizó con sus discípulos: “Seguidme”. “El deseo de Jesús es que las personas estén siempre en camino, que se muevan desde una postura sedentaria y mortal para la vida, rompiendo la ilusión de que se puede vivir feliz estando confortablemente sentado encima de sus seguridades”, les dijo el Papa.

La búsqueda y el deseo son magnitudes que tiene los jóvenes naturalmente y “es el tesoro que el Señor coloca en sus manos y que deben cuidar y cultivar para que florezca”. El cuidado es esencial. Requiere habilidades para “el discernimiento que debe acompañar a la persona y que supone no hacerse con su voluntad o con la pretensión de controlar la gracia de Dios”.

La promoción de las vocaciones, que es la misión de todos los católicos, debe seguir los pasos que utilizó Jesús cuando interactuaba con personas. “Jesús se paró y miró, sin prisas. Es lo que convirtió su mirada en fascinación”. No se quedó resguardado en su fortaleza sino que se internó por las ciudades y los pueblos, parando para escuchar a las personas que encontraba conociendo “los deseos de la gente que le buscaba, las desilusiones de unan de pesca infructuosa, la sed ardiente de una mujer que fue al pozo a buscar agua o el deseo imperioso de cambiar de vida”.

“De la misma manera, en lugar de reducir la fe a un libro de recetas o a una colección de normas, podemos ayudar a la gente joven a preguntarse las cuestiones fundamentales, ponerse en camino y descubrir la alegría del evangelio”. Todos los pastores, especialmente los que están involucrados en que los jóvenes católicos hagan discernimiento de sus vocaciones, deben tener un estilo pastoral que sea “atento, no precipitado, dispuesto a parar y a profundizar, a entrar en la vida del otro sin que él o ella se sientan juzgados o amenazados”.

El Papa Francisco les dijo a los participantes en la conferencia que a él nunca le ha gustado hablar de pastoral vocacional, como una oficina en la cancillería diocesana o en la sede de una orden religiosa. No es una oficina o un proyecto, ya que se trata de ayudar a alguien que cumpla con el Señor y responder a su llamada. “Aprender del estilo de Jesús, que fue a los lugares de la vida cotidiana, se detuvo sin prisas y, mirando a sus hermanos y hermanas con misericordia, de esta forma los llevó a un encuentro con Dios el padre”, dijo el Papa. Mientras miran a los jóvenes con piedad, los animadores vocacionales y los obispos también deben evaluar a los candidatos para el sacerdocio con “cautela, sin ligereza o superficialidad”, dijo.

“Especialmente a mis hermanos obispos les digo: vigilancia y prudencia”, terminó diciendo el Papa. “La iglesia y el mundo necesitan sacerdotes maduros y equilibrados, pastores que sean intrépidos y generosos, capaces de cercanía, de escucha y de misericordia”. El trabajo de promoción de las vocaciones puede ser frustrante y desalentador, añadió, “pero si no nos encerramos en quejas y seguimos adelante a anunciar el Evangelio, el Señor estará con nosotros y nos dará la fuerza para lanzar las redes de nuevo, incluso cuando estemos cansados y decepcionados por haber pescado nada”.

Fuente

http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2016/10/24/religion-iglesia-vaticano-papa-francisco-si-quieres-vocaciones-abandona-la-sacristia.shtml

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