Archive

Archive for 6 octubre 2013

El Apostolado de los Laicos

Catequesis de S. S. Juan Pablo II Marzo 23 de 1994.

 

 

Durante el año 1994 S. S. Juan Pablo II dedicó varias de sus catequesis de los miércoles a los laicos. De entre ellas elegimos la presente por hacer expresa y distinguida referencia a la Acción Católica. Se advierte fácilmente el aprecio y el reconocimiento del Papa hacia la Acción Católica y la plena identificación con que la distingue.

La catequesis nos ofrece una síntesis de la doctrina sobre el apostolado laical, particularmente del organizado:

  • Sus fundamentos teológicos y sociológicos,
  • su fuerza y su autonomía, su respaldo canónico,
  • su eclesialidad,
  • su necesaria variedad y unidad,
  • su imprescindible comunión con la Jerarquía.

 

Esta catequesis constituye una breve CARTA MAGNA del apostolado laical individual y organizado.

Pbro. Esteban Medina.

1.      Apostolado individual indelegable.

 

El Concilio Vaticano II, al dar un nuevo impulso al apostolado de los laicos, tuvo la solicitud de afirmar que la primera, fundamental e insustituible forma de actividad para la edificación del cuerpo de Cristo es la que llevan a cabo individualmente, los miembros de la Iglesia (AA.16). Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio, participando en la misión de la Iglesia. Eso presupone e implica una convicción personal, que brota de la fe y del “sensus Ecclesiae” que la fe enciende en las almas. Quien cree y quiere ser Iglesia, no puede menos de estar convencido de la “tarea original, insustituible e indelegable” que cada fiel “debe llevar a cabo para el bien de todos” (CFL 28).

2.      Edificación de la Iglesia y animación de lo temporal.

 

Es preciso vincular constantemente en los fieles la conciencia del deber de cooperar en la edificación de la Iglesia, en la llegada del Reino. A los laicos corresponde también la animación evangélica de las realidades temporales. Muchas son las posibilidades de compromiso, especialmente en los ambientes de la familia, el trabajo, la profesión, los círculos culturales y recreativos, etc.; y muchas son también en el mundo de hoy las personas que quieren hacer algo para mejorar la vida, para hacer más justa la sociedad y para contribuir al bien de sus semejantes. Para ellas, el descubrimiento de la consigna cristiana del apostolado podría constituir el desarrollo más elevado de la vocación natural al bien común, que haría más válido, más motivado, más noble y, tal vez, más generoso su compromiso.

3.      La vocación a asociarse.

 

Pero existe otra vocación natural que puede y debe realizarse en el apostolado eclesial: la vacación a asociarse. En el plano sobrenatural, la tendencia de los hombres a asociarse se enriquece y se eleva al nivel de la comunión fraterna en Cristo: así se da el “signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, quien dijo: “Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18,20)” (AA.18).

4.      Origen teológico y sociológico de la asociación.

 

Esta tendencia especial al apostolado asociado tiene, sin lugar á dudas, su origen sobrenatural en la “caridad” derramada en los corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5,5), pero su valor teológico coincide con la exigencia sociológica que, en el mundo moderno, lleva a la unión y a la organización de las fuerzas para lograr objetivos comunes. También en la Iglesia, dice el Concilio, “la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los objetivos del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes” (ib). Se trata de unir y coordinar las actividades de todos los que quieren influir, con el mensaje evangélico, en el espíritu y la mentalidad de la gente que se encuentra en las diversas condiciones sociales. Se trata de llevar a cabo una evangelización capaz de ejercer influencia en la opinión pública y en las instituciones, y para lograr este objetivo se hace necesaria una acción realizada en grupo y bien organizada (cf. ib).

5.      Derecho de los laicos a asociarse.

 

La Iglesia, por consiguiente, impulsa tanto el apostolado individual como el asociado, y, con el Concilio, afirma el derecho de los laicos a formar asociaciones para el apostolado “Guardada la relación debida con la autoridad eclesiástica, los seglares tienen el derecho de fundar y dirigir asociaciones y el de afiliarse a las fundadas (ib. 19).

6.      El derecho a asociarse nace del bautismo.

 

La relación con la autoridad eclesiástica implica que se quiere mantener la armonía y la cooperación eclesial. Pero no impide la autonomía propia de las asociaciones. Si en la sociedad civil, el derecho a crear una asociación es reconocido como un derecho de la persona, basado en la libertad que tiene el hombre de unirse con otros hombres para lograr un objetivo común, en la Iglesia el derecho a fundar una asociación para alcanzar finalidades religiosas brota, también para los fieles laicos, del bautismo, que da a cada cristiano la posibilidad, el deber y la fuerza para llevar a cabo una participación activa en la comunión y en la misión de la Iglesia (CFL,29). En este sentido se expresa también el Código de derecho canónico: “Los fieles tienen la facultad de fundar y dirigir asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para conseguir en común esos mismos fines” (Cn. 215).

7.      Asociaciones antiguas y nuevas.

 

De hecho, en la Iglesia, cada vez con más frecuencia, los laicos hacen uso de esa facultad. En el pasado, a decir verdad, no han faltado asociaciones de fieles, que adoptaron las formas posibles en esos tiempos. Pero no cabe duda de que hoy el fenómeno tiene una amplitud y una variedad nuevas. Junto a las antiguas fraternidades, misericordias, pías uniones, terceras órdenes, etc., se desarrollan por doquier nuevas formas de asociación. Son grupos, comunidades o movimientos que buscan una gran variedad de fines, métodos y campos de actividad, pero siempre con una única finalidad fundamental: el incremento de la vida cristiana y la cooperación en la misión de la Iglesia (Cf. CFL 29).

8.      Variedad y unidad necesarias.

 

Esa diversidad de formas de asociación no es algo negativo; al contrario, es una manifestación de la libertad soberana del Espíritu Santo, que respeta y alienta la variedad de tendencias, temperamentos, vocaciones, capacidades, etc., que existe entre los hombres. Es cierto, sin embargo, que dentro de la variedad hay que conservar siempre la preocupación por la unidad, evitando rivalidades, tensiones, tendencias al monopolio del apostolado o a primados que el mismo Evangelio excluye, y alimentando siempre entre las diversas asociaciones el espíritu de participación y comunión, para contribuir de verdad a la difusión del mensaje evangélico.

9.      Los criterios de eclesialidad.

 

Los criterios que permiten reconocer la eclesialidad, es decir, el carácter auténticamente católico de las diversas asociaciones, son:

a)  La primacía concedida a la santidad y a la perfección de la caridad como finalidad de la vocación cristiana;

b)  el compromiso de profesar responsablemente la fe católica en comunión con el magisterio de la Iglesia;

c)  la participación en el fin apostólico de la Iglesia con un compromiso de presencia y de acción en la sociedad humana;

d) el testimonio de comunión concreta con el Papa y con el propio obispo (cf. CFL 30).

 

 

 

10.    Criterios válidos en todos los niveles y ambientes.

Estos criterios se han de observar y aplicar a nivel local, diocesano, regional, nacional, e incluso en la esfera de las relaciones internacionales entre organismos culturales, sociales o políticos, de acuerdo con la misión universal de la Iglesia, que trata de infundir en pueblos y Estados, y en las nuevas comunidades que forman, el espíritu de la verdad, la caridad y la paz.

11.    Relaciones con la autoridad eclesiástica.

 

Las relaciones de las asociaciones de los laicos con la autoridad eclesiástica pueden tener también reconocimientos y aprobaciones particulares, cuando ello resulte oportuno o incluso necesario a causa de su extensión o del tipo de su compromiso en el apostolado (cf. ib. 31). El Concilio señala esta posibilidad y oportunidad para “asociaciones y obras apostólicas que tienden inmediatamente a un fin espiritual” (AA. 24). Por lo que respecta a las asociaciones “ecuménicas” con mayoría católica y minoría no católica, corresponde al Consejo Pontificio para los Laicos establecer las condiciones para aprobarlas (cf. CFL. 31).

12.    La Acción Católica.

 

Entre las formas de apostolado asociado, el Concilio cita expresamente la Acción Católica (AA, 20). A pesar de las diferentes formas que ha tomado en los diversos países y los cambios que se han producido en ella a lo largo del tiempo, la Acción Católica se ha distinguido por el vinculo más estrecho que ha mantenido con la jerarquía. Esa ha sido una de las principales razones de los abundantisimos frutos que ha producido en la Iglesia y en el mundo durante sus muchos años de historia.

13.    Características de la Acción Católica.

 

Las organizaciones conocidas con el nombre de Acción Católica – y también con otros nombres -, o las asociaciones semejantes, tienen como fin la evangelización y la santificación del prójimo, la formación cristiana de las conciencias, la influencia en las costumbres y la animación religiosa de la sociedad. Los laicos asumen su responsabilidad en comunión con el obispo y los sacerdotes. Actúan “bajo la dirección superior de la propia Jerarquía, la cual puede sancionar esta cooperación incluso con un mandato explícito” (ib). De su grado de fidelidad a la Jerarquía y de concordia eclesial depende y dependerá siempre su grado de capacidad para edificar el cuerpo de Cristo, mientras la experiencia demuestra que, si en la base de su acción se coloca el disenso y se plantea casi sistemáticamente una actitud conflictiva, no sólo no se edifica la Iglesia, sino que se pone en marcha un proceso de autodestrucción que hace inútil el trabajo y, por lo general, lleva a la propia disolución.

14.    Que el laicado manifieste la unidad eclesial.

 

La Iglesia, el Concilio y el Papa desean y piden a Dios para que en las formas asociadas del apostolado de los laicos, y especialmente en la Acción Católica, sea siempre manifiesta la irradiación de la comunidad eclesial en su unidad, en su caridad y en su misión de difundir la fe y la santidad en el mundo.

Categorías:Laicos

Hacer Apostolado

 

“Hacer apostolado”

Actualizado 26 octubre 2009
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=5105

 

 

Un debate suscitado en el blog de Tote Barrera sobre el concepto de apostolado me ha sugerido este post. El concepto “apostolado”, como casi todos hoy en día en esta nuestra selva del lenguaje, es suscepcitble de diversos significados dependiendo de quién lo utilice y el contexto en el que se usa. Es una de las condenas que debemos arrastrar desde que Wittgenstein refiriera el significado de las palabras al “uso” y no a la “cosa” en sus “Investigaciones filosóficas”, rompiendo de este modo con la argumentación de Frege.

Pues bien, hoy en día existe una acepción de la palabra “apostolado” como el desempeño de las tareas concretas que han sido asignadas a un creyente por parte de los superiores de su congregación, orden, parroquia, etc. Desde esta perspectiva, el “apostolado” tiene más relación con el ejercicio de la obediencia, y se concreta en la realización de tareas de la más diversa índole, desde una actividad consistente en la traducción de textos extranjeros al castellano hasta el compromiso activo con actividades que tienen que ver con la lucha contra el aborto.

Sin embargo, el significado original de la palabra “apostolado”, cuyo origen hay que referir al propio Evangelio, no es ése ni mucho menos, sino que tiene que ver con la misión específica de los apóstoles, que no es otra que la de anunciar y predicar a Jesucristo al mundo entero. ¿Donde reside, pues, la causa de esta desviación? Desde mi punto de vista, hay que buscarla en ciertas reminiscencias de clericalismo presentes, sobre todo, en entornos altamente tradicionalistas.

Hasta el Concilio Vaticano II se consideraba como una de las misiones específicas del ordenado presbítero precisamente la tarea de dar continuidad a la labor de los apóstoles en lo tocante al anuncio y predicación del Evangelio de Jesucristo al mundo entero. Hoy se sigue considerando a los obispos como los “sucesores de los apóstoles”, expresión perfectamente correcta cuando expresa la concreción del imprescindible orden jerárquico que debe estructurar la vida de la Iglesia Católica.

Y sin embargo, desde el punto de vista de la “misión”, el Vaticano II dejó meridianamente claro que el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado para la salvación de la Humanidad es tarea y misión de todos los fieles católicos, no una exclusiva y concreta dedicación de los que han recibido el orden sacerdotal. Esta insistencia en la exigencia de “ser apostol” para todos los bautizados supuso una profundización en la vida de fe de los laicos, pues vino a poner de manifiesto que la vida de la gracia tiene como consecuencia natural e inevitable la “salida al mundo” para dar testimonio de lo que “hemos visto y oído”.

Pero como todos los cambios, no se produjo éste sin que quedaran resistencias e inercias de muchos siglos concibiendo la misión de la Iglesia de un modo estamental: el clero como pastor y depositario de la responsabilidad de la salvación de las almas y de la predicación al mundo de la Buena Nueva de Jesucristo, y el laico como miembro del rebaño que como buen borrego sólo debe ocuparse de obedecer y mantenerse fiel en lo cotidiano. Y ya de paso, comprometido a realizar las tareas que se le asignen.

De esta forma es posible encontrar todavía ancianos párrocos para los que el buen laico es el que se compromete a limpiar la parroquia todas las semanas, a realizar las lecturas en las celebraciones eucarísticas y a buzonear octavillas por todo el barrio, tareas sin duda que deben seguir realizándose y que no deben corresponder de ninguna forma al párroco del lugar. Y al desempeño de tales tareas se le ha asignado el erróneo título de “apostolado”, de forma que es posible encontrar todavía personas que se sienten “apóstoles” cuando van a correos a depositar la correspondencia parroquial para toda la feligresía.

Y sigue resultando extraño en ciertos entornos la aparición cada vez más frecuente de laicos que sienten como suya, personal y vocacional, la llamada a ser Pablo de Tarso, el Gran Apóstol. Y aún se sigue confundiendo esta llamada como una vocación al sacerdocio, cuando no es sino la prueba más palpable de que la llamada al anuncio y la predicación de Jesucristo como el Señor muerto y resucitado es universal y general para todos los bautizados.

Es más, la propia perífrasis “hacer apostolado” no es más que una muestra de la errónea concepción del mismo, pues el apostolado no es propiamente “algo que se hace” al modo de una obligación impuesta, sino que tiene que ver con un desbordamiento “hacia fuera” de una vida interior que bebe en la inagotable fuente del amor de Dios, que es expansivo por su propia naturaleza y que no requiere de un “hacer”, sino de un “dejar salir”. Otra cosa es que si no desborda “hacia fuera” quepa preguntarse el porqué de esa sequía.

Y es esta realidad la que Benedicto XVI ha querido potenciar con el ya clausurado “año paulino”, precisamente como muestra de que en la Iglesia de nuestro siglo XXI es difícil que el católico pueda estar en el mundo sin ser del mundo y sin ser a su vez, un nuevo Pablo de Tarso. Y esto aún sigue chocando en los entornos más tradicionalistas en los que pervive el antiguo reparto de tareas entre el “estamento” clerical, que hoy más parece pastoril que pastoral, y el “estamento” laico, que aún se mantiene borreguil y no realmente apostólico.

 

 

Categorías:Laicos

Una misión en tu vida: el apostolado

Una misión en tu vida: el apostolado

Fuente: es.catholic.net

http://mercaba.org/ARTICULOS/U/una_mision_en_tu_vida.htm

 

Cristo Jesús nos llama a todos para anunciar su Reino. Es nuestro derecho y misión tomar la bandera del apostolado en nuestras vidas.

 

Índice

1.- Reporte médico

2.- ¿Podemos meternos en la vida de los demás?

3.- El apostolado es algo natural

4.- ¡El mundo necesita de grandes apóstoles!

5.- Para ser un verdadero apóstol

6.- Medita y actúa: Una misión en tu vida

Reporte médico

Hospital Santa Fe

Montevideo, Uruguay

 

Fecha:       1 de junio de 1994

Nombre del paciente:         Mariana de la Mora

Fecha de nacimiento:        1 de junio de 1994

Peso al nacer:          3.950 kg.

Estado general al nacer:   completamente sana. Sus miembros están completos. Sus reacciones fueron normales.

Fecha:       27 de junio de 1994

Se le practica un cateterismo y se descubre que Mariana tiene un defecto en las arterias que salen del corazón, pues una de ellas se encuentra estrangulada… Es necesario operarla para que pueda sobrevivir.

Fecha:       3 de agosto de 1994

La pequeña es sometida a la operación y durante la misma sufre un paro respiratorio. Le falta oxígeno unos cuantos minutos y al salir de la operación, la niña, que antes sonreía al ver a su madre, se chupaba el dedo y pataleaba sin cesar, ha quedado ciega e incapaz de mover sus piernas.

Fecha:       15 de agosto de 1994

Resultados del análisis de los ojos: todo está bien: la córnea, el globo ocular, el nervio óptico, no hay defecto ni enfermedad en ninguna de sus partes. Sin embargo, la niña no puede ver. ¿Qué ha sucedido? ¡Los ojos han perdido la conexión con el cerebro!

Resultado del análisis de las piernas: el tono muscular, la formación de los huesos, la irrigación de sangre, todo funciona a la perfección, pero la pequeña no puede moverlas porque… ¡no están conectadas al cerebro!

Fecha:       15 de junio de 1995

Los ojos de Mariana han perdido su brillo, quedando opacos y sin vida, y sus piernas se han ido deformando poco a poco hasta quedar volteadas hacia atrás, totalmente rígidas como si fuera una bailarina de porcelana.

Es natural, ya que el cuerpo de Mariana se “ha dado cuenta” de que esos miembros, ojos y piernas, no le sirven y no le servirán jamás y han dejado de recibir irrigación. Son miembros atrofiados y el resto de los órganos del cuerpo han dejado de “gastar energías” para mantenerlos con vida…

Lo mismo que sucedió en el cuerpo de Mariana es lo que sucede en la vida de la Iglesia. Todos formamos un cuerpo cuya cabeza es Cristo. Cuando un miembro pierde la conexión con la Cabeza, por el pecado mortal, se vuelve inútil. Cuando los demás miembros dejan de “prestarle atención” a cualquier órgano, éste corre el peligro de atrofiarse y morir. Ahí radica la importancia del apostolado: en la Iglesia todos necesitamos trabajar para mantenernos vivos y mantener vivos a los demás. No podemos aislarnos del resto del cuerpo, pues todos necesitamos de todos.

 


Capítulo 2: ¿Podemos meternos en la vida de los demás?

Seguramente, en algún momento de tu vida, te has encontrado con alguien que te diga: “No te metas en mi vida, no te importa lo que yo hago o dejo de hacer”. Tal vez seas tú mismo el que se lo ha dicho a alguien, buscando que te dejen usar tu libertad como te plazca y pensando en que lo que haces a nadie afecta más que a ti.

Sin embargo, para todos los que formamos parte de la Iglesia esta frase no es válida, pues al igual que en el cuerpo humano, todos somos importantes y necesarios y, por eso, el mismo Cristo nos ha autorizado a meternos y entrometernos en la vida de los demás.

Nos cuenta san Mateo al final de su Evangelio que, después de la Resurrección de Jesús, acudieron los once discípulos a un monte en Galilea donde Él los había citado.

Estando ahí, se les apareció Jesús y les dijo:

Se me ha dado todo poder en el cielo y la tierra. Vayan pues y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y estén ciertos de que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo

(Mt. 28, 18-20).

Él mismo nos ha llamado a participar de su misión, a meternos en la vida de los demás para que sean felices aquí en la tierra y alcancen el cielo para el que han sido creados. Hemos recibido el mandato de extender su Reino: reino de verdad, de vida, de justicia, de amor y de paz.

Tenemos derecho a meternos en la vida de los demás porque todos formamos un cuerpo. En todos nosotros fluye la misma vida de Cristo. Y si un miembro se encuentra enfermo, débil o quizá muerto, todo el cuerpo queda afectado: padece Cristo y sufren también los miembros sanos.

El derecho a influir en la vida de los demás por medio del apostolado se convierte en un deber para todos los cristianos: debemos ser levadura que fermente la masa, sal que sazone, luz que ilumine.

Debemos aprovechar las oportunidades que se presentan y también aprender a suscitar otras que nos den ocasión de acercar más almas al Señor: sugiriéndoles la lectura de un buen libro, dándoles un consejo, hablándoles claramente de la necesidad de acudir al sacramento de la confesión, prestándoles un pequeño servicio.


Capítulo 3: El apostolado es algo natural

A todos nos ha sucedido alguna vez que, al asistir a un espectáculo muy bueno o ir de viaje a un lugar hermoso —o al conocer y platicar con alguien famoso—, inmediatamente surgen en nosotros deseos de platicárselo a los amigos, de compartir esa experiencia con aquellos que queremos.

Cuando estás emocionado con algo, quieres hablar de ello todo el día y con todas las personas que te encuentres. En eso consiste el apostolado: hablar de ese tesoro que has encontrado, de ese camino a la verdadera felicidad que has descubierto.

El apostolado es una señal de amistad. Sería muy egoísta guardarte el secreto para ti solo dejando que tus amigos se vayan por rutas incorrectas. Hacer apostolado significa compartir, significa guiar, significa iluminar a todos los que te rodean para que todos lleguen a su fin, que es Dios.

Sin embargo, tal vez en este momento te hagas una pregunta: ¿de qué manera puedo asumir mi llamado al apostolado?

Hay diversos tipos de apostolado

  • El apostolado del testimonio: consiste en actuar siempre bien, en privado y en público; en convencer a los demás del camino a seguir, caminando tú primero. Que al verte feliz y realizado los demás deseen seguirte e imitarte.
  • El apostolado de la palabra: consiste en hablar de lo que has descubierto. Puedes realizarlo escribiendo libros, dando conferencias o en pláticas informales, durante un rato de convivencia o en la comida, en donde compartas con los demás tus experiencias y tus conocimientos sobre el camino a la felicidad.
  • El apostolado de la acción: consiste en organizar, dirigir o colaborar en alguna obra o acción específica de ayuda a los demás. Esto se puede realizar a través de la acción social, las misiones o cualquier otra acción que dé a conocer a Dios a los demás.
  • El apostolado de la oración y el sacrificio: consiste en orar, rezar y sacrificarse por los demás. Muchas veces te encontrarás con personas a las que es imposible convencer mediante las palabras o el testimonio. Con ellas, necesitas más que nunca el poder de Dios, recurrir a Él y pedirle su ayuda.

 

En cierta ocasión los discípulos de Jesús llegaron con Él muy desanimados por no poder sacar un demonio, y Cristo les contestó: “Ese tipo de demonios sólo pueden expulsarse con la oración y el sacrificio”.

(Mt. 17, 21)

 

 

 


Capítulo 4: ¡El mundo necesita de grandes apóstoles!

Si miras un poco a tu alrededor encontrarás un mundo que se está muriendo por no conocer a Cristo Jesús:

  • La humanidad, que busca la felicidad en las cosas materiales y, al no encontrarla, se desbarranca en un pozo sin fondo en el que se vale por lo que se tiene y no por lo que se es.
  • La juventud, marchita, buscando la felicidad en el sexo, la diversión, el alcohol y la droga, porque nadie le ha señalado el camino correcto.
  • La familia, tambaleante por los embates del divorcio, la infidelidad, el miedo a los hijos, el egoísmo y la falta de comunicación, porque sus miembros no conocen a Cristo.
  • La Iglesia, sumamente debilitada y herida por los innumerables miembros que se quedaron con una fe infantil, de catequesis de primera comunión y, al no conocer profundamente a Cristo, la abandonan buscando la felicidad en piedras de cuarzo, en los poderes de la mente o en sectas que ofrecen recompensas terrenales.
  • Cientos de iglesias vacías porque muchos cristianos han dejado de valorar la presencia de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, porque no hay sacerdotes suficientes para atenderlas, porque los pocos sacerdotes que hay son ancianos o enfermos, porque los laicos no nos hemos dado cuenta de que somos necesarios para que el Cuerpo funcione a la perfección.

Ante esta situación, no podemos quedarnos parados contemplando cómo el mundo se muere por falta de un sentido para su vida. Todos debemos actuar: sacerdotes y laicos; jóvenes y adultos; hombres y mujeres, solteros y casados.

El mundo necesita grandes apóstoles, apóstoles de primera división, del tamaño de san Pablo, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola o santa Teresa de Jesús. Tú puedes, si quieres, ser uno de ellos. La decisión está en ti.

Pero si te da flojera, si lo dejas para más adelante, si no deseas hacerlo, debes tener en cuenta que lo que tú no hagas, nadie lo hará por ti. Eres un miembro insustituible de la Iglesia, pues tienes una misión específica y de ti depende el buen funcionamiento de muchos otros dentro de ella.

 

 


Capítulo 5: Para ser un verdadero apóstol

Los apóstoles no nacen de la noche a la mañana. Un gran apóstol se forja día tras día a lo largo de toda su vida. Sin embargo, así como aprendes a hablar hablando y a caminar caminando, la mejor manera de aprender a ser apóstol es haciendo apostolado.

Desde este mismo momento puedes empezar a hacer apostolado en cada momento de tu vida: por medio del testimonio, la acción, la palabra y la oración. Poco a poco irás descubriendo que, además de entusiasmo, necesitas también de la formación, la oración y los sacramentos para ser más eficaz en tu actividad apostólica, cualquiera que ésta sea.

1 Formación sólida, continua y sistemática

Como decíamos antes, hay muchos cristianos que lo único que conocen de su religión es aquello que les enseñaron para la primera comunión. Tú no puedes ser uno de ellos. Tu fe necesita ir creciendo y fortaleciéndose mediante el estudio profundo de la Sagrada Escritura, de la doctrina católica y de las enseñanzas de la Iglesia. Un medio excelente de formación es la lectura del Evangelio, pues así conocerás a Jesucristo, su pensamiento y su forma de actuar ante todas las situaciones de la vida. Si esta lectura es frecuente, poco a poco te irás pareciendo a Él, así como te pareces en muchos gestos y expresiones a tus papás. Si conoces bien tu fe, si conoces los lineamientos y fundamentos de toda la doctrina, si conoces las últimas noticias dadas por el Papa, estarás mucho mejor preparado para divulgar, anunciar, resolver dudas y defender tu fe con la palabra y la acción.

2 Oración

Nadie puede dar lo que no tiene. Si tu intención en el apostolado es dar a Dios a los demás, debes primero llenarte de Dios. Esto lo lograrás mediante la oración y el contacto frecuente con Él. Si no oras, tarde o temprano te pasará lo que sucedió con los ojos y piernas de Mariana: dejaron de servir porque se desconectaron del cerebro. Si quieres iluminar, debes llenarte de luz, y la luz es Dios. Si no mantienes esta unión frecuente con Dios a través de la oración, tu apostolado se convertirá fácilmente en una acción vacía y sin frutos. El mismo Jesús nos lo dijo: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El sarmiento que permanece unido a la vid da mucho fruto. Sin mí nada podéis hacer” (Jn. 15, 5).

3 Sacramentos

Jesús nos dejó los sacramentos como herramientas para sobrevivir como Iglesia. Sin los sacramentos, sin la fuerza de Dios que recibimos en ellos, es muy difícil perseverar, pues nuestra naturaleza es débil a causa de estar herida por el pecado. Un gran apóstol se debe alimentar frecuentemente con la Eucaristía y acudir a la confesión para levantarse de las caídas que pueda tener.

 

 


Capítulo 6: Medita y actúa: Una misión en tu vida

 

Para meditar personalmente

  • Ya sabes que la Iglesia te necesita. Ahora bien, de acuerdo con tus cualidades, intereses y habilidades, ¿en dónde le puedes ser más útil?
  • Piensa en la situación de la Iglesia en tu provincia o país: ¿puedes imaginar un plan de apostolado ?

 

Ideas para Recordar

  • El apostolado es algo indispensable dentro de la Iglesia, pues cada miembro es importante y necesario para la vida de los otros miembros.
  • Jesucristo nos ha autorizado a influir en la vida de los demás, siendo levadura, sal y luz que ilumine su camino.
  • El apostolado es una señal de amistad; es compartir el tesoro que he encontrado con aquellos que quiero.
  • El apostolado puede realizarse a través de la palabra, el testimonio, la acción y la oración.
  • El mundo necesita de grandes apóstoles y tu puedes ser uno de ellos.
  • No debes olvidar que aquello que tú no hagas, nadie lo hará por ti.
  • Para ser un gran apóstol se requiere de una sólida formación, de mucha oración y de frecuencia en los sacramentos.

 

 

Decisiones

Sí, no basta con conocer lo que pasa en nuestra Iglesia. Tú necesitas hacer algo concreto por el Cuerpo Místico de Cristo, así que aquí tienes algunas propuestas al respecto: ¡la decisión está en ti!

  • Haré un serio análisis de mi vida como miembro de la Iglesia para darme cuenta de cuál es mi misión dentro de ella.
  • Mantendré mi contacto con Jesucristo, cabeza de la Iglesia, por medio de la oración, para no convertirme en un miembro atrofiado e inútil.
  • Empezaré con el apostolado de la palabra y la oración el día de hoy, aprovechando cualquier oportunidad para predicar y anunciar el camino de la felicidad.
  • Analizaré cuáles son las necesidades de la Iglesia en mi localidad y me involucraré en alguna acción concreta para solucionarlas.

 

Categorías:Laicos

Domingo XXVI DEL Tiempo Ordinario – C

conprocleris

Domingo XXVI DEL Tiempo Ordinario – C

Citaciones di:

Am 6,1-7:                   www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9absuhf.htm

1Tim 6,11-16:               http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ara2mf.htm

Lc 16,19-31:                  www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a3nylp.htm

 

 

El tema de la riqueza, sobre el cual hemos meditado el domingo pasado, prosigue en la liturgia de la Palabra de hoy: ella pretende advertir al cristano, acerca de los riesgos que se corren cuando la fortuna no sirve para tender puentes de fraternidad entre los hombres o para crear relaciones de solidaridad con los pobres y necesitados. En definitiva, todo será aclarado cuando nos encontremos delante de la infinita justicia de Dios.

El domingo pasado, Jesús les había dado a conocer a los cristianos el camino seguro para alcanzar el Reino, un camino abierto también para los que poseen riquezas, de manera que les sirvan para ayudar a quienes pasan necesidad y para crecer en el amor a Dios.

Hoy, la palabra de Dios nos lleva a reflexionar sobre el peligro que corren quienes se enfrentan con las riquezas, en sí mismos y cara los otros, como el “administrador infiel”: se gozan egoístamente con sus bienes, sin pensar en otra cosa.

Este peligro no es imaginario sino concreto, y el relato evangélico crea, en quien lo escucha, la impresión de encontrarse frente a un asunto real, tomado por Jesús como modelo de la dureza de los corazones en la relación con los hermanos necesitados, por parte del hombre concentrado solo en la riqueza.

En esta línea nos guía ya la primera lectura, tomada del libro del profeta Amós, el cual, como defensor de los pobres, arremete contra los que se han enriquecido rápidamente en tiempos de ganancias fáciles, denunciando su lujo desenfrenado.

El profeta describe sus sentimientos, destacando el contraste entre los pocos que viven en la riqueza y la mayoría de la gente, que vive en la miseria. Él condena a los privilegiados que viven en palacios suntuosos, banqueteando al sonido de la música y bebiendo sin medida, perfumándose con perfumes refinados y sin preocuparse de las dificultades en las que se encuentran sus conciudadanos.

Todo ese esplendor, sin embargo, no hace más que anticipar y simbolizar la destrucción de Samaría. Ella debe afrontar una suerte terrible, reservada a los ricos y a todos los que, como ellos, no se convierten, permaneciendo ciegos cara a la miseria del prójimo y sordos frente a los reclamos de los profetas, los cuales, hablando en nombre de Dios, les invitan a socrrer a los pobres, a los huérfanos, a las viudas.

También la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro, narrada en el Evangelio de hoy, presenta de forma dramática toda la fuerza destructiva de la riqueza. Cuando se reduce a ser solamente un medio de satisfacción personal, ella cierra de tal manera el corazón a las necesidades ajenas que lleva a ni siquiera advertirlas. Por esto, precisamente, Lucas usa un lenguaje fuerte, para que quede claro que el episodio es simbólico, pero el mensaje que contiene no puede minimizarse.

El relato de Jesús está ambientado en dos escenarios distintos, el primero de los cuales describe la situación de un rico y de un pobre.

El hombre rico, del cual no se dice el nombre, es el típico bonvivant que se preocupa únicamente de saborear las alegrías de la vida presente, sin pensar ni en Dios ni en los otros, y tampoco en la vida eterna. Aparentemente, no hace nada de malo gozando de la vida… pero ni siquiera se da cuenta de que en la puerta de su casa yace un pobre, enfermo, con el cuerpo lleno de llagas… Más aún, el pobre es atormentado no sólo por sus llagas, sino más bien por el hambre que padece y, a pesar de todo, debe contentarse con las migas que caen de la mesa del rico.

La escena que describe san Lucas es una escena terrenal, provisoria, destinada a cambiar radical e irreversiblemente después de esta vida.

He aquí la segunda representación, que se desarrollla en el más allá, donde los destinos se revelan tan diferentes: Lázaro está en en el lugar reservado a los justos, que se sientan con Abraham en la mesa celestial; el rico, en cambio, está en el lugar reservado a los pecadores, un lugar de tormentos e infelicidad.

El contraste entre los protagonistas de esta parábola, ya evidente en la tierra, es acentuado en la vida ultraterrena y con tonos realmente dramáticos en su diversidad.

Lázaro no pedía nada, mientras yacía a la puerta del rico; éste, en cambio, invoca clemencia para sí y para sus parientes, pidiéndole a Abraham, que no puede acceder a la súplica puesto que la situación es ya irremediable…

Por esto, en la segunda lectura, el apóstol Pablo exhorta a combatir la nueva batalla de la fe para alcanzar la vida eterna, una vida que Cristo nos ha mostrado cuando dio a todos el testimonio de fe en la Cruz. Por tanto, es necesario el testimonio de los cristianos que hagan resplandecer en su ambiente cotidiano el amor de Dios en Cristo Jesús. También un rico puede convertirse y abrir su corazón al prójimo, compartiendo sus bienes y haciéndose instrumento de fraternidad y de amor, y asegurándose un lugar en la vida eterna.

Categorías:Magisterio