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FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

Capítulo segundo

FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

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SUMARIO: § 16. Lo perenne y accidental en la Acción Católica. — § 17. Aspecto teológico y aspecto disciplinar de la Acción Católica.— § 18. Primeros esbozos evangélicos de la Acción Católica.— § 19. — La institución de la Acción Católica por Jesucristo y su promulgación solemne. — § 20. La Acción Católica en la evangeli- zación de San Pablo.

§ 16. LO PERENNE Y ACCIDENTAL EN LA ACCIÓN CATÓLICA

El apostolado, por el mero hecho de ser tal, tiende a exteriorizarse porque lo externo es el medio exigido por la naturaleza del hombre para ayudar a nuestros semejantes. La Acción Católica, verdadero apostolado, tendrá, pues, que manifestarse en la vida social de la Iglesia según la forma o formas que mejor le cuadren para acomodarse a las circunstancias de cada lugar, tiempo y personas.

Efectivamente, de muchas y diversas maneras se ha exteriorizado este movimiento o actividad externo-social llamado Acción Católica. Preséntase, unas veces, configurado en pías uniones o cofradías; otras, como simples asociaciones eclesiásticas, ora colectivas o morales, sin ulterior determinación; y otras también, al margen de todo organismo estrictamente tal, aunque no tome dicha denominación, pero que en verdad entra de lleno y en estricto rigor en el referido movimiento del laicado en la Iglesia. Ejemplo de esto último nos lo ofrecen los catequistas seglares de las misiones de la Guinea española, los cuales, nimbados de verdadero espíritu apostólico, ayudan constantemente en todo y por todo a los ínclitos misioneros claretianos, especialmente durante sus ausencias, en la evangelización de los territorios coloniales continentales e insulares[1]. No ha faltado tampoco en el decurso de la historia, y acaso haya sido la más numerosa, la colaboración ocasional del laicado a la jerarquía de la Iglesia, motivada por las circunstancias diversas y particulares de cada lugar, sin sujeción a formas estables y canónicamente prefijadas.

Ante esta variedad de formas, cabe preguntar, ¿qué es lo básico o esencial de la Acción Católica? Ciertamente que los diferentes matices de organización eclesiástica pregonan a las claras lo accidental y variable de esta institución que se remonta a los mismos orígenes del cristianismo, y cuyas huellas o vestigios aparecen manifiestamente en las correrías apostólicas de San Pablo.

Lo perenne, inmutable, que da vida e impulso a ese variado movimiento, es su entronque inmediato o nexo íntimo y forzoso con las instituciones de derecho divino en la Iglesia, y cuyo concepto preciso nos ha sido puntualizado merced a la definición clásica que de la Acción Católica trazó el papa Pío IX, de un valor teológico inestimable: “la colaboración del laicado en el apostolado jerárquico”[2]  de la Iglesia.

§ 17. ASPECTO TEOLÓGICO Y ASPECTO DISCIPLINAR DE LA ACCIÓN CATÓLICA

El expresado concepto eminentemente teológico está desligado por completo de cualquier plasmación de tipo jurídico- disciplinar o canónico-administrativo; pero es aptísimo para ser acomodado a cualquier organización o manifestación del laicado en los diferentes territorios de la Iglesia y en los diversos tiempos o épocas. Por donde la Acción Católica, mientras en su aspecto teológico es algo perenne y perfectamente definido y típicamente configurado, resulta amorfa, variable e imprecisa, porque sólo dice relación con lo meramente accidental, en su aspecto administrativo-disciplinar[3].

Con la distinción esbozada, se deslindan debidamente dos campos que, si se enlazan y completan de un modo perfectísimo, son muy diversos, y cuyas manifestaciones y apreciaciones podrían dar por resultado consecuencias también distintas y, a veces, opuestas por no considerar suficientemente los rasgos fundamentales y los accidentales de esta institución.

El título y subtítulo de la presente obra indican ya en qué zona debemos movernos, al menos, preferentemente. La consideración teológica de la Acción Católica es la que debe abrirnos el camino para examinar, exponer y concretar la moción divina de la gracia sobre el alma de los seglares llamados a participar y colaborar en la misión de la Iglesia jerárquica.

Antes, empero, de analizar la riqueza doctrinal de la referida definición pontificia, es preciso dar una idea de la Acción Católica tal como se nos presenta en las fuentes sagradas y, de esta manera, apreciar el nexo o correlación entre dicho concepto y la realidad sobrenatural que nos ofrecen los libros del Nuevo Testamento.

§ 18. PRIMEROS ESBOZOS EVANGÉLICOS DE LA ACCIÓN CATÓLICA

La dicción “Acción Católica”, o apostolado de los seglares, no se halla, desde luego, en los libros sagrados; pero el concepto de participación y colaboración de los laicos en el apostolado jerárquico se presupone y va incluido en algunos hechos referidos en las sagradas escrituras.

En la vida pública de Jesucristo hallamos no sólo una imagen de la Acción Católica o, mejor, su arquetipo, porque le supera en dignidad y perfección, sino que además vemos en ella la promulgación del apostolado de los simples fieles junto con el de los apóstoles y, luego, obispos.

El arquetipo o imagen perfecta de la Acción Católica sobresale o emerge de la conjunción de los siguientes hechos o realidades : Cristo, que fue concebido y nació sacerdote, elige un puñado de hombres, los apóstoles, a quienes bautiza y a los que asocia a su ministerio divino; y a los que, finalmente, consagra sacerdotes u obispos en la noche en que, después, fue entregado a sus enemigos para ser crucificado.

Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, es sacerdote eterno: “ Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec”[4]; y con esta función sacerdotal inaugura su obra mesiánica. Los actos que pondrá durante toda su vida pública, responderán a este carácter de sacerdote y pastor supremo de las almas; nunca dejará de actuar como tal porque su sacerdocio se funda en la unión hipostática del Verbo divino con la humanidad sacratísima de Cristo.

Y da comienzo a esta misión evangelizadora eligiendo a doce discípulos, que le acompañarían, como así le siguieron, durante el resto de su vida terrena, y los asocia en forma permanente a su obra redentora después de haberles bautizado.

Los evangelios no nos dicen cuándo fueron bautizados los apóstoles con el sacramento del bautismo, pero sí sabemos ciertamente que lo fueron por el mismo Jesucristo. Primero, porque Jesús encarece a Nicodemo la necesidad absoluta del bautismo sacramental con las siguientes palabras: “quien no renaciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios ”[5]; y además, porque Él mismo delegó a los discípulos para que bautizaran a las gentes — “bien que Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos” [6]—. Con esto advierte San Agustín: “no faltó el ministerio de bautizar, para tener siervos bautizados, por los que bautizase a los demás”[7], del mismo modo que para darles ejemplo de humildad les lavó Cristo los pies[8]. Si Cristo quería, pues, que cuantos creyesen en Él fuesen bautizados, y que todos fuesen humildes, para lo cual Él mismo quiso lavar los pies a los apóstoles, también les bautizó a fin de que sus discípulos bautizaran a los demás y diesen a todos ejemplo de humildad.

Conocidos son otros ministerios que Jesús confió a sus discípulos cuando le acompañaban de aldea en aldea y de ciudad en ciudad por los confines de Palestina[9].

Pero sus discípulos no fueron ungidos sacerdotes, obispos, hasta la última cena, cuando después de haber instituido la Sagrada Eucaristía les dijo Cristo: “Haced esto en memoria de mí”[10]. Ellos, durante la vida terrena de Cristo, eran simples cristianos o, empleando la terminología teológico-canónica, seglares, si bien adornados con carismas extraordinarios y personalísimos por su condición privilegiada de apóstoles de Cristo.

Por la expresada función que ejercieron con Jesús, sin haber recibido la colación del sacerdocio, son los discípulos de Cristo el modelo ejemplar o arquetipo del apostolado de la Acción Católica, como es el de la obra apostólica de los seglares —en este caso, de los apóstoles antes de su consagración sacerdotal — en unidad con los que representan a Jesucristo en la vida social y sobrenatural, y que son el Romano Pontífice y los obispos y cuantos participan de los poderes divinos. No puede negarse, por tanto, que el primer vestigio que tuvo la Acción Católica arrancó de la elección de los apóstoles por Cristo y de su colaboración durante los años de su vida pública. Sin duda se tendrá como excepcional este ejemplo, pero no deja de ser el prototipo que supera todo otro cualquiera por la elevación sobrenatural y carismática de las personas evangelizadoras que intervinieron: Jesucristo, único y sempiterno sacerdote, y los Apóstoles, sus colaboradores continuos y entregados totalmente a la misión de salvar las almas.

Pero obsérvese ya que los apóstoles inician su colaboración con el Maestro, no por propia iniciativa, sino por el llamamiento que a cada uno de ellos les hizo Cristo. Con este llamamiento recibían los discípulos el cúmulo de gracias para ellos mismos y, a la vez, para santificar a los demás. Igualmente, pues, ser miembro de la Acción Católica, es decir, militante ante Dios, sólo es posible por un llamamiento de Cristo, por el cual derrame Dios sobre el alma las gracias de la propia santificación personal y carismas para utilidad de la Iglesia.

§ 19. LA INSTITUCIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA POR JESUCRISTO Y su PROMULGACIÓN SOLEMNE

La proclamación solemne de la Acción Católica, que, en síntesis, es la unidad de apostolado de los seglares con el jerárquico, fue hecha por Jesús en la última parte de su oración sacerdotal[11].

Después de rogar Jesús por sí mismo y por sus discípulos, en forma separada de la oración por los otros fieles, dirije a su Padre celestial la siguiente oración: “ Como tú me enviaste al mundo, yo también los envié al mundo. Y por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad. No ruego por éstos solamente sino también por los que crean en mí por medio de su palabra; que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos en nosotros sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste”.

Jesús en esta oración destaca su carácter de “Enviado” para su misión redentora. Dice que la vida eterna consiste en “que te conozcan a ti, el solo Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo”[12]; y pondera su misión al decir: “manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo”[13]; “las palabras que me confiaste, yo las he comunicado a ellos [los discípulos] ”[14]; “cuando yo estaba con ellos, yo los guardaba en tu nombre; a los que me has dado, los custodié”[15]; “yo les he comunicado tu palabra”[16].  Y al final de esta oración insiste en la idea que expresa el carácter de su misión divina entre los hombres: “yo les he comunicado la gloria que tú me has dado”[17] ; “para que conozca el mundo que tú me enviaste”[18]; y, por última vez, dice: “yo les manifesté tu nombre, y se lo manifestaré”[19].

En el pensamiento de Cristo rebosa la idea de “Enviado” y la de que como tal ha actuado y actuará hasta la total glorificación del Hijo, que será a la vez la glorificación del Padre.

En fuerza, pues, de su obra redentora como Enviado, dijo Jesús, refiriéndose a sus discípulos: “como tú me enviaste al mundo, yo también los envié al mundo ”[20]; y a tal fin pedía: “ conságralos en la verdad ”[21], lo cual significa: destínalos al servicio de Dios, según mi misión; pues la santidad del Antiguo Testamento era sombra y figura, la del Nuevo Testamento es realidad y verdad. Con esta santificación pide Jesús al Padre que santifique a los discípulos: consagrados en la verdad para anunciar la palabra de Dios, que es verdad[22].

Jesús ruega por sus discípulos, sobre todo en su calidad de “enviados”, en su misión para los demás, pues dice: “no ruego por éstos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra”[23]. Cristo se dirige al Padre presentándole sus discípulos como evangelizadores, y en esta función ruega primordialmente por ellos para que los otros crean en Él; y nunca, en toda su oración sacerdotal, deja de considerarles en calidad de enviados por Él. Y después que Cristo ha rogado por sus discípulos como “enviados”, pasa en seguida a rogar por todos los demás, y quiere “que todos sean uno” para el supremo fin de todo apostolado: “para que el mundo crea que tú me enviaste”[24]. Cristo, por tanto, pide unidad de todos los bautizados o creyentes con los apóstoles, a quienes y por quienes ruega “como enviados”, mensajeros, como hombres que ejercen actividad divina y sobrenatural, y pide que los demás creyentes estén unidos con los apóstoles y sus sucesores en la expresada actividad de “enviados”, en la misión divina que han recibido, cuyo fin es “para que el mundo crea que tú me enviaste”. Con ello, pues, Jesucristo traza la unidad de apostolado de los simples fieles con la obra de la jerarquía eclesiástica, representada, primero, por los apóstoles y, luego, por los obispos, sus sucesores. Esta unidad dinámica es precisamente la Acción Católica en su puro aspecto teológico, con abstracción omnímoda de la organización canónico-positiva que pudiera tener en el fuero social. Por consiguiente, Cristo quiere, y por esto ruega al Padre, que los simples fieles formen una unidad con los apóstoles en cuanto éstos son “enviados” y en cuanto, como tales, ejercen una actividad, que es su misión divina. Ahora bien, la unidad de los simples fieles con los apóstoles o sus sucesores, los obispos, en el ministerio que éstos ejercen es precisamente la realidad teológica de la Acción Católica.

Pero obsérvese que Cristo no se limita a señalar la unidad de los simples fieles al decir “que todos sean uno” con los apóstoles en su calidad de enviados, sino que hace más: ruega por ellos a fin de que formen la referida unidad. Con lo que Cristo ruega por la Acción Católica, y con su ruego al Padre le obtiene todas las gracias y auxilios que podrá necesitar en el decurso de todos los tiempos. Por esta unidad entre los apóstoles como “enviados” y los otros creyentes, sellada con la oración sacerdotal de Cristo y robustecida por el cúmulo de dones que el Padre derramará por la intercesión de su Divino Hijo, la Acción Católica adquiere la cualidad de institución perenne y sobrenatural en la Iglesia y el título apelativo a las gracias divinas que podrá necesitar para el logro del fin prefijado por Jesucristo.

La Acción Católica es, por tanto, obra de Jesucristo, y subsistirá mientras actúe la Iglesia militante con la exhuberante fecundidad que le proporciona el ruego u oración de Cristo a su Padre celestial.

§ 20. LA ACCIÓN CATÓLICA EN LA EVANGELIZACIÓN DE SAN PABLO

Siendo la Acción Católica obra de Jesucristo mismo, fue lógico que aparecieran ya manifestaciones de su actividad en el propio albor de la Iglesia naciente, cuando empezaba a extenderse por doquier merced a las fatigas de sus discípulos. Y así la vemos cómo florece o fructifica frondosamente en las primeras comunidades de cristianos fundadas y dirigidas por los apóstoles.

San Pablo, el gran Doctor de los gentiles, valióse para la evangelización de los pueblos y fundación de las primeras comunidades cristianas, no sólo de sacerdotes y diáconos, sino también de simples fieles, e incluso mujeres. Así lo declaran algunos pasajes bíblicos. Escribiendo a los romanos, dice: “Os recomiendo a Febe[25], nuestra hermana, que es, además, diaconisa de la Iglesia de Cencreas ”[26]; y “ saludad a Prisca y Aquila, mis colaboradores en Cristo, quienes por mi vida expusieron su cabeza”, “y a la Iglesia que se congrega en su casa”[27].

En la Epístola a los filipenses dice el Apóstol: “Recomiendo a Evodia, y recomiendo a Síntique[28] que tengan un mismo sentir en el Señor. ¡Ea!, a ti también te ruego, mi leal compañero, que les prestes ayuda, ya que ellas lucharon a mi lado en pro del Evangelio a una con Clemente y los demás colaboradores míos”[29].

A Filemón, el amigo querido, le llama San Pablo “colaborador nuestro”, y le habla de la iglesia que se reúne en casa de él[30].

También a este respecto vienen al caso los relatos sobre las comunidades cristianas de Filipo[31] y de Tesalónica[32], a cuya fundación prestaron ayuda o apoyo varias mujeres.

Merece notarse que los textos sagrados, tratando de la colaboración de los seglares en el apostolado jerárquico, lo hacen en forma general; no la limitan a determinadas materias. No es que no existan límites, puesto que la misma condición de seglar los impone para todas aquellas obras cuya realización exige ora potestad de orden ora de jurisdicción; pero sí que, dentro de la aptitud o capacidad que tiene el simple fiel respecto a sus actividades apostólicas, San Pablo no pone cortapisas a esa labor apostólica seglar en unidad con la de los miembros de la jerarquía; y por eso habla simplemente de los “colaboradores”, de quienes trabajan en pro del Evangelio, de las que están consagradas al ministerio de la Iglesia, para expresar una deputación y actividad permanente o perpetua y universal en ese apostolado de los seglares. En este concepto de oblación para dichas obras y de aceptación universal y permanente del seglar en pro del Evangelio, sin limitarlo a esta o aquella obra apostólica, va incluido el de la Acción Católica, que con mano maestra y entendimiento sutil nos ha legado el papa Pío XI.

Del expresado concepto estrictamente teológico de la Acción Católica se desprende que este apostolado nunca podrá consistir en la sola agregación externa o inscripción canónica a determinado organismo o actividad social; sino que, ante todo, requiere o exige el ofrecimiento u oblación interna del seglar a Dios para contribuir o colaborar en el apostolado jerárquico. Ante la Iglesia, o sea, canónicamente, será militante de Acción Católica todo aquel que externamente se hubiese ofrecido para tal fin; mas ante Dios, o teológicamente, sólo milita en este movimiento apostólico quien de todo corazón se ha ofrecido para dicho apostolado y ha obtenido la correspondiente aceptación por parte de la jerarquía eclesiástica.

Para aquel acto simplemente externo o social, bastan las solas fuerzas humanas de toda persona bautizada, pero para efectuar el otro acto interno, que se presupone en el externo o social, ya es menester un auxilio especial y sobrenatural de Jesucristo, el cual viene a integrar lo que los teólogos llaman precisamente “el carisma de la Acción Católica”[33]. Pues si para invocar saludable y meritoriamente el nombre de Jesús, como nos enseña San Pablo, necesitamos de la gracia divina[34], con mucha mayor razón debemos necesitar de auxilios o gracias sobrenaturales para disponernos a obrar, y luego actuar de hecho, en todo aquello que es capaz de realizar el simple fiel en favor del prójimo, según la voluntad de la jerarquía de la Iglesia, incluso hasta verter la propia sangre en defensa de los ministros del Señor, como así se ofrecieron los esposos Prisca y Aquila para liberar de la muerte a San Pablo, del cual eran abnegados colaboradores apostólicos, y, de este modo, pudiese el Apóstol continuar propagando aún más a todas las gentes el evangelio de Jesucristo.

Dedúcese de lo anterior que la idea genuina de la Acción Católica está contenida no sólo en germen, sino sustancialmente puntualizada en los escritos paulinos, los cuales nos la presentan o describen como la oblación total y perpetua del seglar, dentro de sus condiciones de vida, al entero servicio de la jerarquía eclesiástica, la cual, en méritos de dicho ofrecimiento sincero y manifestado, recaba del seglar las operaciones para cuya prestación debe estar dispuesto a soportar toda clase de trabajos, fatigas y sacrificios, no sin excluir la posibilidad de ofrecer el derramamiento de su propia sangre. Cuán grave, dificultoso y abnegado sea este apostolado en no pocos casos, y del que han aflorado ya mártires en la Iglesia, no es difícil entrever; como tampoco puede dudar nadie de cuántos auxilios sobrenaturales no necesita continuamente el seglar consagrado a esta obra apostólica para no defraudar a la jerarquía en su misión de conquistar el mundo para Cristo y conservarlo según el ideal prefijado por Dios.

 

[1] 1. Leoncio FERNÁNDEZ, Quince años de evangelización, Barcelona, 1939, p. 34 s.; íd., Memorias de un viejo colonial y misionero sobre la Guinea continental española, Madrid, 1950, pp. 147, 149, 151, 163, 188, 213.

[2] 2. Plus xi, Encycl. “Ubi arcano”, 23 dic. 1922: AAS 14, 681; Epist. “Laetus sane”, ad Card. Segura, 6 nov. 1929: AAS 21, 665; Epist. “Quae nobis”, ad Card. Bertram, 13 nov. 1928: AAS 20, 384.

 

[3] Para estudiar la organización jurídico-disciplinar de la A. C., vv.: J. SATÍATFR MAKCH, O. C., pp. 180-189, 209 ss.A. ALONSO LOBO, O.C.} p. 287 ss.

[4] Ps 109 4. — Heb 5 6; 7- 17.

[5] lab 3 5.

[6] loh 4 2.

[7] S. AUGUSTINUS, Epíst. Ad Seleucianum, ep. 265: ML 33, 1088.

[8] Ioh 13 5.

[9] Lo 9 16.

[10] Mt 26 26-29.— Me .14 22-25. — Le 22 19-20. — 1 Cor 11 23-26.

[11] loh 17 18-21.

5 S March • Teología.

[12] Ioh 17 2.      .

[13] Ioh 17 6.

[14] Ioh 17 8.

[15] Ioh 17 12.

[16] Ioh 17 16.

[17] Ioh 17 22.

[18] Ioh 17 23.

[19] Ioh 17 26.

[20] Ioh 17 18.

[21] Ioh 17 17.

[22] J. M.a BOVER — F. CANTERA, Sagrada Biblia, cometit. Toh 17 17.

[23] Ioh 17 20.

[24] Ioh 17 21.

[25] Tenía esta mujer los carismas del ministerio y de la asistencia; pero que fuese verdadera diaconisa, en el sentido técnico-canónico que más tarde se dio a esta palabra, no consta. Sin embargo, su ejemplo fue considerado como modelo de las dia- conisas, conforme a una inscripción del siglo vi, hallada en Monteoliveti, según la cual Sofía es denominada segunda Febe (J. M.ft BOVER-F. CANTERA, O. C., coment. Rom 16 1).

[26] Commendo autem vobis Phoeben sororem nostram, quae c.st in ministerio Ec- clesiae, quae est in Cenchris (Rom 16 1).

[27] Salutate Priscam, et Aquilam adiutores meos in Christo Icsu; (qui pro anima mea suas cervices supposuerunt…) et domesticam Ecclesiam eorum (Rom 16 3*5).

[28] Eran dos mujeres que tenían preponderancia en la comunidad filipense, y entre las que habían surgido disensiones.

[29] Evodiam rogo, et Syntychen deprecor idipsum sapere in Domino. Etiara rogo et te, germane compar, adiuva illas, quae mecum lavoraverunt in Evangelio cum Clemente, et ceteris adiutoribus meis (Phil 4 2-3).

[30] Paulus, vinctus Christi Iesu, et Timotheus frater: Philemoni dilecto, et adiu- tori nostro, et Appiae sorori charissimae… et Ecclesiae, quae in domo tua est (Phi- lem 1-3).

[31] Ac 16 13-15, 40.

[32] 17 4, 12.

[33] J. M.* BOVER, Teología de San Pablo, Madrid, 1952, p. 844.

[34] 34.   “Nadie puede decir: ‘Señor Jesús’, sino por el Espíritu Santo” (1 Cor 12 3).

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