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Archive for 12 diciembre 2015

EL NUEVO LAICADO: TENDENCIAS, PROMESAS E INCERTIDUMBRES

EL NUEVO LAICADO: TENDENCIAS, PROMESAS E INCERTIDUMBRES
                                               
Jeffrey Klaiber, S.J.
 
(Publicado como capítulo en el libro editado por Margit Eckholt y Fernando Barredo, S.J., Cuidadana y memoria: reflexiones en vista a la conmemoración del bicentenario de la Independencia, Quito: Abya-Yala, 2012, págs. 259-276).
    
Desde la perspectiva del Concilio Vaticano II, creo que podemos afirmar que el fenómeno más importante en la historia de la Iglesia latinoamericana entre 1930 y 1989 fue la emergencia de un laicado comprometido eclesial, política y socialmente.  Por cierto,  hubo grupo precursores en el siglo XIX y comienzos del XX que surgieron para defender la Iglesia y el catolicismo frente al liberalismo y al positivismo, pero estos grupos funcionaban en un marco muy estrechamente clerical y no tenían un proyecto social muy definido.  En cambio, la Acción Católica , que surgió en toda América Latina en los años 20 y 30 como una respuesta a los reiterados llamados del papa Pío XI, tenía un proyecto común y gozaba de gran vitalidad.  Los católicos militantes que formaban parte de la Acción Católica tomaron como modelo la Acción Católica italiana,  que establecía la parroquia como su base principal y dividía los miembros en secciones para hombres, mujeres y jóvenes. Con el tiempo surgieron también secciones especializadas, como la JOC (Juventud Obrera Cristiana), y grupos para profesionales, secretarias, etc.  La Acción Católica respondía a los retos de su tiempo: el liberalismo anticatólico, el marxismo y el protestantismo.
        Aunque la Acción Católica insistía en que no era un movimiento político, no obstante, en el trasfondo y entre líneas, subyacía el ideal de una nueva Cristiandad.  Se proponía retomar el control de la sociedad que había sido arrebatada por los liberales, quienes se habían esforzado en marginar la Iglesia del foro público con el fin de crear una sociedad puramente laica.  Por lo tanto, los militantes de la Acción Católica respondieron fundando partidos políticos católicos, sindicatos católicos, y dentro de las universidades, asociaciones de estudiantes católicos, etc.  El gran ideólogo de la Acción Católica fue Jacques Maritain quien, inspirándose en el concepto de la “democracia cristiana” previamente anunciada por León XIII, instó a los católicos a volver al foro público y retomar el terreno perdido.   A diferencia de la época anterior, en la que predominaban clérigos, los portavoces intelectuales de esta restauración católica eran laicos: en Brasil Jackson de Figueiredo y Alceu Amoroso Lima; en el Perú,  José de la Riva Agüero y Víctor Andrés Belaúnde, Laureano Gómez en Colombia, etc.  Sin embargo, no todos compartían la misma visión.  Algunos eran francamente integristas que soñaban con una sociedad católica con rasgos corporativos como en el caso de Portugal bajo Salazar o luego la España de Franco.  Otros, como Eduardo Frei Montalva y la generación de los socialcristianos en Chile, buscaban una sociedad cristiana, pero también socialmente justa y democrática.  Las semillas de las futuras divisiones entre católicos ya existían desde los años 30.
        En los años de la pos-guerra, por distintas razones, la Acción Católica comenzó a decaer.  Entre otras razones, algunos de sus dirigentes laicales sentían el llamado al sacerdocio, como por ejemplo, Helder Câmara, Gustavo Gutiérrez y José Dammert.  Otros dirigentes entraron directamente en la política, generalmente con el fin de fundar los nuevos partidos de la Democracia Cristiana.   Pero la razón principal de su decadencia fue el hecho de que la Acción Católica ya no respondía a los nuevos retos de la modernidad que encontró su expresión máxima en el Concilio Vaticano II.  En el Concilio se enfatizaba, ya no la confrontación, sino el diálogo, ya no la apologética, sino la persuasión y la profundización bíblica, con miras hacia la unión con los otros cristianos. En una palabra,  ya no la defensa cerrada frente al mundo hostil, sino la apertura hacia todas las personas de buena voluntad, sean católicos, protestantes o humanistas no creyentes.
        Antes de pasar a la etapa de la “Iglesia moderna”, sería conveniente resaltar los aportes positivos de la Acción Católica.   En primer lugar, representó una etapa de transición, de una Iglesia muy conservadora y cerrada frente al mundo moderno, a una Iglesia mucho más abierta.  También, la Acción Católica servía como una escuela de formación para los laicos, que se sentían un llamado a asumir un papel protagónico en defensa de la Iglesia.  En general, los militantes provenían de las clases medias urbanas.  Pero, hubo excepciones.  Rigoberta Menchú, por ejemplo, fue activista en la Acción Católica de su pueblo en Guatemala.  Ella atribuyó su capacidad de organizar como dirigente sindical a su experiencia en la Acción Católica en su juventud[1].  También, los militantes de la Acción Católica se empaparon de la doctrina social de la Iglesia.  No entraban en el foro público sólo para defender los intereses de la Iglesia , sino también para cambiar la sociedad y eliminar injusticias.  Finalmente, del lado positivo, la Acción Católica dio a los militantes un sentido de formar parte de una Iglesia latinoamericana: antes de los obispos, los laicos tenían un concepto de una Iglesia latinoamericana.
        Por otra parte, como ya hemos señalado, la Acción Católica a veces asumía una actitud demasiado defensiva frente al mundo moderno.  Al mismo tiempo, al enfatizar la formación intelectual, no atendía  los problemas afectivos o familiares.  Tampoco ofrecía una buena formación bíblica o litúrgica, lo cual sería una tarea más bien propia de la Iglesia pos-conciliar.
La Iglesia moderna: 1945-1968 
En los años de la pos-guerra surgió lo que podemos llamar la “Iglesia moderna” (1945-1968): “moderna” porque tomó como marco de referencia la Iglesia de las democracias occidentales,  sus valores y  actitudes, en el contexto de la Guerra Fría.   Entre los valores que se estimaban y que se priorizaban eran la democracia misma, el pluralismo, la eficacia y, por supuesto, el rechazo al comunismo.  En 1955 se creó el CELAM y al mismo tiempo se crearon las distintas conferencias episcopales: signos de una nueva mentalidad que privilegiaba la cooperación intercontinental como un medio más eficaz que los esfuerzos aislados de los obispos individuales.  A nivel pastoral surgieron ciertos movimientos que llenaron vacíos no atendidos por la Acción Católica : el Movimiento Familiar Cristiano y los Cursillos de Cristiandad.  Los cursillos, nacidos en España en 1949, gozaron de bastante popularidad entre hombres de clase media y en muchos casos sirvieron para que volvieran a la práctica de la religión.  Compartieron con la Acción Católica su carácter militar (y podemos agregar, “machista”).  Llama la atención el hecho de que la mayor parte de los militares en el gabinete de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) en el Perú y de Juan Onganía en Argentina (1966-69) fueran cursillistas.  También, en la época de la modernidad se construyeron seminarios y templos “modernos”, caracterizados por los espacios amplios y libres de “santos”.  Al mismo tiempo llegaron misioneros de las democracias occidentales en respuesta a los llamados de los papas (Pío XII y Juan XXIII especialmente) para enfrentar la crisis de la escasez sacerdotal.  En el trasfondo de esta nueva cruzada también había una preocupación creciente acerca de los avances del comunismo.  Efectivamente, aparecieron movimientos guerrilleros en varias partes que tomaron como su modelo la revolución cubana. 
El momento cumbre de la Iglesia moderna fue el mismo Concilio Vaticano II (1962-1965) que de forma solemne celebró la apertura de la Iglesia hacia el mundo moderno.  Las palabras “aggiornamento” y “diálogo” se pusieron de moda.  En sí, el Concilio no impactó notablemente en América Latina.  No obstante, el Concilio fue importante como una experiencia eclesial que abrió los ojos de muchos obispos y teólogos hacia la realidad de América Latina.   Un ejemplo notable fue el obispo Samuel Ruiz de Chiapas.  Cuando llegó a su diócesis como el obispo más joven de la Iglesia mexicana, se escandalizó al ver la multitud de idiomas mayas y la persistencia de prácticas pre-cristianas.  Durante el Concilio y a lo largo de los años sesenta llegó a apreciar el nuevo concepto de “inculturación”.  Al volver a su diócesis puso en marcha un programa para formar a catequistas indígenas que, por cierto, evangelizaban en sus propios idiomas.

La Iglesia popular: 1968-1992

 

         La etapa de la Iglesia moderna llegó a su fin muy rápido.  Había un sentimiento entre algunos de que la modernidad era un proyecto un tanto superficial que no respondía al llamado del Concilio en el contexto latinoamericano.  Como Samuel Ruiz en Chiapas, quien originalmente pensaba  “modernizar” su diócesis (enseñar castellano a los mayahablantes e imponer una Iglesia occidental), muchos llegaron a pensar que la nueva evangelización debería ser un proyecto nacido desde abajo y no impuesto desde afuera o desde arriba.  Mucho antes del Concilio ciertos obispos preclaros como Manuel Larraín de Talca eran concientes de la necesidad de aplicar el concilio a América Latina, pero tomando en cuenta la problemática propia de América Latina.  Así surgió la asamblea episcopal de Medellín en 1968.
        En ese contexto nació la Iglesia “popular” (1968-1992), que era creación de un proceso desde abajo y de corrientes intelectuales que se inspiraron en el proceso y que a su vez influyeron en el proceso.  En primer lugar, la teología de la liberación, que se presentó como un contraste a las teologías del desarrollo que correspondían a la etapa de la Iglesia moderna, se inspiró en el libro del Éxodo aplicado al mundo contemporáneo.  Así como Dios acompañó a los hijos de Israel en su búsqueda de la Tierra Prometida , en la actualidad también está acompañando a los pobres del Tercer Mundo en su búsqueda de la Tierra Prometida de paz y justicia.  Se trata de un proceso de liberación de estructuras injustas, y de la esclavitud de la ignorancia y del pecado individual y social que se manifiesta en esas estructuras injustas.  Al mismo tiempo, Paulo Freire aportó al proceso el concepto de “concientización”: en la medida en que los oprimidos se hacen concientes de la realidad social que los rodea, se hacen libres.  Un tercer concepto, que ya mencionamos en relación a Samuel Ruiz, es el de la “inculturacion”, originalmente asociado con las teologías de las iglesias jóvenes de Asia y África, pero que muy pronto se aplicó también a América Latina.  El concepto de la inculturación enriquece los conceptos de liberación y concientización porque propone la idea de que la cultura misma puede ser una fuente de esperanza o de resignación fatalista.  Evangelizar dentro de las categorías culturales de cada pueblo o cada etnia es aportar al proceso de la auto- conciencia y liberación.  Desde luego, hubo etapas en este proceso.  Juan Luis Segundo señaló dos etapas en la historia de la teología de la liberación[2].  En la primera etapa, que corresponde a los años iniciales, se priorizaba el diálogo con el mundo académico y con los universitarios.  Con frecuencia se recurría a categorías marxistas.  Se cuestionaba la religiosidad popular, al menos algunos aspectos, como alienantes.  Pero, luego, en la medida en que la misma teología llegaba al pueblo popular, y sobre todo bajo la persecución desatada por los escuadrones de la muerte en Centroamérica o las dictaduras militares en el Cono Sur y Bolivia o Sendero Luminoso en el Perú, hubo un cambio dramático en los enfoques.  Se acentuaba mucho más la Biblia como fuente de  inspiración.  Hubo una mayor comprensión de la religiosidad popular, y, como se observa en las obras del teólogo argentino Juan Carlos Scannone, un mayor aprecio de la religiosidad popular como una fuente y expresión de sabiduría popular[3].  
        Sería interesante tomar casos concretos de conversión, de la Iglesia moderna a la Iglesia popular, en la que influyeron todos estas nuevas corrientes.  El caso de los padres de Maryknoll en el Sur andino peruano sirve como ejemplo.  Los padres de Maryknoll llegaron al departamento de Puno en 1943 a solicitud del obispo como una respuesta a la escasez de sacerdotes.  Los padres de Maryknoll eran ejemplos por excelencia de sacerdotes “modernos”: norteamericanos, eficaces, con la mentalidad típicamente norteamericana de  know how, sin prejuicios clasistas ni racistas, dispuestos a trabajar codo a codo con la gente local.  Asumieron la dirección del seminario menor de Puno con el objetivo “moderno” de formar sacerdotes futuros.  Sin embargo, en el año 1969 cerraron el seminario menor.  Durante los 26 años en que funcionaba, cerca de 800 jóvenes de toda la región habían pasado por sus aulas.  Sólo 12 llegaron a ser sacerdotes[4].  Muy desanimados por ese hecho, pero también bajo la influencia de las nuevas corrientes en la Iglesia , los padres de Maryknoll cambiaron radicalmente su estrategia pastoral.  Decidieron ir a los pueblos y formar una Iglesia desde abajo.  Se dedicaron a formar catequistas adultos, en este caso quechua o aymara hablantes.  En  pocos años ya existía una red de centenares de catequistas indígenas por toda la región.  En realidad, los padres de Maryknoll estaban haciendo exactamente lo que Samuel Ruiz en Chiapas, Leonidas Proaño en Riobamba y muchos otros obispos, sacerdotes y laicos comprometidos en otras partes de América Latina estaban haciendo: dando origen a una Iglesia auténticamente indígena.    
En Chiapas, el padre Mardonio Morales, quien formó parte de una misión jesuita que se estableció  en la región en 1958, habla de cuatro etapas en el proceso de la creación de una iglesia indígena.  En la primera etapa, los jesuitas, con la típica mentalidad prevaticana, creían que su misión  consistía en “civilizar” a los indios, es decir, enseñarles a hablar y escribir castellano, con el fin de incorporarlos a la cultura del resto de la nación.  En su misión sólo el 6 % de los indios (en su mayoría de la etnia tzeltal) hablaba castellano.   Los misioneros también construyeron escuelas y clínicas, dieron clases de catecismo (por cierto en castellano) y organizaron una campaña contra el alcoholismo.  En una segunda etapa, que coincidió con el comienzo del Concilio Vaticano II (1962), los jesuitas comenzaron a cuestionar sus métodos y su estrategia pastoral.  Entre otras novedades, empezaron a apreciar la importancia de las fiestas locales.   En la tercera etapa, que empieza a fines de la década de los 60, las nuevas ideas acerca de la inculturación ya habían comenzado a influir en los misioneros.  En este contexto, los jesuitas invitaron a un grupo de antropólogos y sociólogos de la Universidad Iberoamericana para ayudarles a replantear su manera de trabajar.  La idea clave ahora era fomentar el desarrollo: fundar cooperativas de crédito, programas de alfabetización, enseñar nuevos métodos de agricultura, etc.  También, ahora los misioneros usaban el idioma nativo en la liturgia.  En la cuarta etapa, que comienza en 1971, y que claramente refleja la asamblea episcopal de Medellín y la teología de la liberación, los jesuitas comenzaron a denunciar la injusticia social.  Al mismo tiempo animaron a los nativos a participar directamente en la política con el fin de enfrentar las injusticias en la misma estructura del poder[5].  Finalmente, podemos hablar de una quinta etapa: los jesuitas se dedicaron a formar a catequistas adultos quienes se comunicaban con el pueblo en su propio idioma.   En 1970 había cerca de 400 catequistas.  En 1974 se realizó el primer Congreso Indígena que dio origen a varios grupos de autodefensa y de derechos humanos[6].   
        Desde luego, había consecuencias políticas y sociales directas de estos nuevos enfoques pastorales.  Los catequistas rurales, influidos por la teología de la liberación o sencillamente por el llamado de ser laicos comprometidos, entendieron la acción cívica y la participación en la política como una expresión de su compromiso como cristianos.  Desde luego, muchos cristianos participaron directamente en el movimiento sandinista para derrocar a Somoza en Nicaragua, y durante el régimen sandinista también participaron en las campañas de la alfabetización y ocuparon puestos en el gobierno[7].  En el caso de Chiapas, era un hecho conocido de que muchos de los zapatistas eran catequistas formados por el obispo Samuel Ruiz[8].  Este hecho explica  porqué el mediador propuesto por las bases zapatistas  para tratar con el gobierno federal fue el mismo Samuel Ruiz.   En el Perú, muchos catequistas rurales eran ronderos formados por el obispo Dammert de Cajamarca, y en el Sur andino, los catequistas formados en la nueva línea de Medellín constituían una red de resistencia frente al avance de Sendero Luminoso[9].   

Las comunidades eclesiales de base

        Paralelamente a este movimiento de catequistas rurales surgieron las comunidades eclesiales de base, sin duda uno de los fenómenos más importantes en la historia de la Iglesia latinoamericana.  Las comunidades tienen su origen en Brasil a comienzos de los años 60[10].  A mediados de los años 80, sólo en Brasil había alrededor de 80,000 comunidades eclesiales de base, y cada comunidad tenía entre 50 y 100 participantes [11].   En el resto de América Latina había a la sazón también unas 80,000 comunidades.  Si bien se crearon en parte para enfrentar la crisis de la escasez de sacerdotes, muy pronto adquirieron su propia fisonomía y dinámica interna.  Sobre todo, el propio Concilio Vaticano II, al proponer a la Iglesia misma como una comunidad, y no meramente una estructura jurídica, dio un impulso grande a la estrategia pastoral de formar pequeñas comunidades dentro de las parroquias.  La gran mayoría de los miembros es de escasos medios económicos,  y, según un estudio en el caso de Chile, el 70% son mujeres[12].  En los años 70 y 80 las fuentes principales de inspiración eran la misma Biblia y la teología de la liberación.  A diferencia de las antiguas cofradías, las comunidades tienen una conciencia eclesial bastante bien definida y crítica.  También, aunque muy pocos de los participantes han alcanzado estudios universitarios, no obstante, muestran un conocimiento bastante sofisticado de la política y la economía.   Suelen reflexionar sobre la problemática social y política desde una perspectiva bíblica y teológica.   Durante las dictaduras, las comunidades constituyeron los pocos espacios donde los cristianos podían reunirse y discutir libremente la situación social.  Las comunidades eran especialmente importantes para las mujeres de clase popular, ya que les ofrecían espacios donde podían sentirse protegidas al amparo de la  Iglesia.  También , como en el caso de Rigoberta Menchú en la Acción Católica , las comunidades, sin querer, se convirtieron en escuelas de liderazgo, ya que las discusiones les  abrieron los ojos acerca de realidades que no habían aprendido en el colegio.  Al mismo tiempo,  el compartir en grupos pequeños fortalecía su auto-estima y capacidad de expresarse.  También, las comunidades dieron origen a otras asociaciones populares para las mujeres de carácter más secular[13].    El crecimiento y el impacto de las comunidades fueron tan notables que el teólogo Leonardo Boff afirmó que ellas estaban “reinventando la Iglesia ” desde abajo[14].  Tal vez esa afirmación es un poco exagerada, no obstante, tiene mucho de verdad.  
        Mucho se ha escrito acerca de las comunidades eclesiales de base, tanto su crecimiento como su posterior declinación en número.  Algunos autores afirman que el pentecostalismo ha ocupado un espacio dejado por las CEBs ya que ofrece soluciones eficaces a problemas más inmediatos y apremiantes como, por ejemplo, el alcoholismo, el machismo, la violencia doméstica, etc.  En cambio, para muchos pobres es demasiado agobiante analizar los grandes problemas sociales, lo cual exige la teología de la liberación, y enfrentar al mismo tiempo los problemas cotidianos.   Al mismo tiempo, se notaba que la falta de crecimiento coincidía con el retorno a la democracia (Argentina, 1983; Brasil, 1985; Chile, 1990).   Algunos autores señalan que la teología de la liberación y la Iglesia popular, con su énfasis en el reino de Dios, creaba expectativas utópicas y casi mesiánicas.  Durante la gran lucha (contra las dictaduras, la pobreza, el imperialismo, y otros signos del pecado social) los militantes reforzaban los lazos de solidaridad en preparación para la gran liberación.  Desde luego, no eran fundamentalistas ni ingenuos.  Siempre creían que el “reino” es un proyecto de Dios que se realizará sólo al final de los tiempos.  Sin embargo, el retorno a la democracia, curiosamente, produjo cierto desencanto: la democracia no solucionaba los problemas más agravantes y al mismo tiempo se perdió algo de la mística de lucha, en parte porque nadie quería luchar contra la democracia, aunque por cierto, se seguía criticando el capitalismo neo-liberal, y en parte, porque en tiempo de paz es difícil vivir en constante tensión en preparación para la venida del Reino (una lección que aprendieron los primeros cristianos).  Con el retorno a la democracia, que coincidía con el advenimiento de la posmodernidad, los pobres volvieron a centrar su atención en los problemas cotidianos que se prestaban a algún tipo de solución, y dejaron los grandes problemas sociales para los políticos e intelectuales[15].  Además, los obispos conservadores desconfiaban de las comunidades eclesiales de base, y frecuentemente las tacharon de ser una “Iglesia paralela”.    Finalmente, en el contexto del retorno a la democracia, la teología de la liberación entró en una nueva fase “populista”.  En efecto, se convirtió en una suerte de teología populista que legitima y acompaña el movimiento popular[16].   

Movimientos bíblicos

         El movimiento de las comunidades eclesiales de base es el más conocido y estudiado, pero no es el único a nivel popular.  En Lima en 1981 un laico, Juan Huaylinos, fundó el Servicio Bíblico Católico que actualmente cuenta con alrededor de 1,000 miembros en todo el país.  Los participantes se reúnen en pequeños grupos durante la semana para rezar y estudiar la Biblia.  El SBC se parece en algo a las comunidades eclesiales de base y a la vez a las asambleas pentecostales.  No tiene la misma apertura a la problemática social que las comunidades, ya que enfatiza más bien la problemática familiar.  Movimientos parecidos han aparecido en toda América Latina y se han reunido en la Federación Bíblica Católica.  Éste y otros  movimientos similares, que claramente representan una respuesta católica al pentecostalismo, ponen de manifiesto la existencia de una nueva conciencia bíblica entre católicos de clase popular.   Algo parecido es el Camino Neocatecumenal, de origen español, que forma pequeñas comunidades en las parroquias y, en este caso, privilegia la liturgia que a veces puede durar dos horas.  También, fomenta la formación de fuertes lazos comunitarios que a su vez han ayudado a muchas personas a enfrentar y resolver problemas personales.  Por otro lado, el Camino Neocatecumenal ha sido criticado por sus tendencias sectarias y exclusivistas: sus comunidades no suelen compartir con otros grupos de la misma parroquia o bien, realizan sus actividades con poca referencia a la parroquia.   También, durante un tiempo, el movimiento carismático católico ( la Renovación Carismática Católica), que apareció en los años 70, tuvo una acogida notable entre ciertos sectores de las clases medias y populares.  Según estudios recientes parece que ha llegado a un tope y ya no crece como antes.

Otros Grupos en la línea del Conclio Vaticano II

        También existen grupos a nivel de clase media y clase media popular que tienen una historia más larga que la Iglesia popular.  Por ejemplo, las comunidades de Vida Cristiana de los jesuitas, antiguamente conocidas como las congregaciones marianas.  Las antiguas congregaciones estaban estrechamente vinculadas a los colegios y las parroquias de la Compañía de Jesús.  En los años 60 experimentaron una profunda renovación al calor del Concilio y las nuevas orientaciones de la Compañía durante el generalato de Pedro Arrupe.  Se inspiran en la espiritualidad ignaciana, y los miembros hacen los ejercicios espirituales anualmente.  Las comunidades son muy parecidas a las comunidades eclesiales de base: consisten en grupos relativamente pequeños, hacen una revisión de vida, y estudian la Biblia o algún documento eclesial, como, por ejemplo, el documento de la asamblea episcopal de Aparecida.  Ya no están vinculadas necesariamente a los centros educativos de la Compañía , sino, más bien, acogen a todos los que sienten un llamado a compartir  la espiritualidad ignaciana.   En otro ámbito, también existe una rama de seglares de los franciscanos: la Orden Franciscana Seglar, antiguamente conocida como la Tercera Orden Franciscana.  También ha experimentado una renovación al calor del Concilio y fue refundada con una nueva regla que fue aprobada por Pablo VI en 1978.   En 1992 había 120,000 miembros, todos laicos, de la Orden Seglar Franciscana en toda América Latina[17].  Hay otras asociaciones pre-vaticanas como la Legión de María (fundada en los años 20) que se han ajustado a los cambios.  Finalmente, hay muchos católicos comprometidos que laboran en asociaciones por la paz y  los derechos humanos.  Estas asociaciones u organizaciones no gubernamentales no están vinculadas necesariamente a la Iglesia oficial (como lo fueron, por ejemplo, la Vicaría de la Solidaridad en Chile o Tutela Legal en El Salvador); no obstante, los miembros son católicos comprometidos que consideran su trabajo como una expresión  de su fe. 

Los grupos conservadores

         Después del Concilio surgieron varias nuevas asociaciones laicales que, juntamente con algunas de la época pre-vaticana, constituyen una verdadera fuerza en la Iglesia, y muchas -no todas- son de corte muy conservador.  Entre estos movimientos podemos mencionar: el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, el Sodalicio de la Vida Cristiana, Schoenstatt, Comunión y Liberación, Tradición, Familia y Propiedad, y desde luego, el Camino Neocatecumenal y la Renovación Carismática, que mencionamos antes.
Para algunos autores la palabra “conservador” no precisa bien el carácter de estos movimientos; antes bien, reúnen muchos rasgos de una “secta”.  Entre otros rasgos, se establecen como enclaves autónomos en el seno de la Iglesia y no suelen cooperar con otros  grupos eclesiales, sobre todo si los últimos siguen los lineamientos del Concilio Vaticano II.  Con frecuencia se presentan ante el mundo como el verdadero portavoz de la Iglesia y critican a los que no están de acuerdo con su manera de pensar. Tachan a otros grupos identificados con el Concilio Vaticano II o los ideales propuestos por la asamblea episcopal de Medellín como “marxistas” o “herejes”.    Desde luego, su manera de ser y de obrar es típicamente pre-vaticana.  El ejemplo más claro es la Fraternidad de San Pío XI (que, por cierto, no es un movimiento laical), fundada por el obispo francés, Marcel Lefebvre.  Este grupo sencilla y llanamente rechaza el Concilio Vaticano II, y ellos mismos han sido separados de la Iglesia.   Aunque estos movimientos  hayan comenzado como asociaciones laicales, casi todos se han “clericalizado”, y hasta han creado sus propias ramas de sacerdotes que gozan de un estatus especial en la organización. Al interior de los movimientos, las líneas de autoridad suelen ser verticales y la organización ejerce un control estricto sobre los miembros.  Entre otros signos de este control, se desanima el compartir con personas fuera de la institución y no se fomenta el libre intercambio de ideas.   La sobre exaltación de la figura fundadora es otro rasgo que, curiosamente, comparten con ciertas denominaciones de índole para cristiana: los mormones, por ejemplo.  Casi todos estos movimientos dan prioridad al servicio de las elites económicas.  Desde luego, administran obras para los pobres, pero lo hacen dentro de un molde paternalista y conservador.  Inculcan en los estudiantes en sus colegios o en los pobres con quienes tienen contacto la importancia del trabajo, la honestidad, la auto-disciplina y la fe religiosa como elementos claves para avanzar en la vida.  Fomentan el “marianismo”: el hábito de sobre dimensionar la figura de María, que el propio Concilio Vaticano II ya no aprobaba.  Tienen una visión social muy individualista: cuando citan la doctrina social de la Iglesia , lo hacen de una forma tan abstracta y desconectada del mundo real, que la doctrina no tiene un significado verdadero en las vidas de los miembros.  Casi todos estos grupos enseñan una moral sexual rígida, típicamente pre-vaticana.  Desde luego, no practican ni creen en el ecumenismo.
        Si no lo tuvieron antes, casi todos estos grupos llegaron a adquirir un estatus jurídico dentro de la Iglesia , gracias a Juan Pablo II, que los apreciaba porque no criticaban a la misma Iglesia y porque reforzaban los vínculos entre la Iglesia y grupos políticos del centro y de la derecha.  Los miembros generalmente provienen de las clases medias y altas. En Brasil destaca Tradición, Familia y Propiedad, fundada en 1960 en São Paulo por Plinio Corrêa de Oliveira, antiguo integrista.  TFP organizó marchas contra el gobierno de João Goulart, que los militares aprovecharon para legitimar su golpe de estado en 1964.   A causa de sus actitudes extremistas (idealiza la Edad Media y condena el Concilio Vaticano II por haber abierto las puertas al diálogo con los protestantes y judíos) y sus críticas hostiles a  personas (en particular, a  Helder Câmara) en la misma Iglesia que no comparten sus ideas, fue desautorizada por los obispos brasileños[18].    El Opus Dei es ampliamente conocido.  Con alrededor de 30,000 miembros en América Latina en  2003, el Opus Dei tiene una fuerte presencia en México, Argentina y Chile, aunque, numéricamente, la mayor parte de sus obispos (inclusive uno de sus dos cardenales en el mundo) se encuentra en el Perú[19].  La Obra tiene numerosos colegios y algunas universidades.  Los Legionarios de Cristo fueron fundados en 1941 en México por el sacerdote Marcial Maciel. Posteriormente, en 1959, él fundó el Movimiento Regnum Christi, el brazo laical.  Los legionarios, con aproximadamente 65,000 miembros en el mundo, están presentes en casi toda América Latina (y en los Estados Unidos).  Igual que el Opus Dei, tienen muchos colegios (145) y varias  (9) universidades.  Sodalicio de la Vida Cristiana fue fundada en 1971 en el Perú por el laico Luis Fernando Figari.   Jurídicamente, goza del estatus de una “Sociedad de Vida Apostólica”.  Tiene una rama para mujeres y promueve la ordenación de sus propios sacerdotes (actualmente cuenta con dos obispos en el Perú).  Está presente en 26 países.  La prensa asociada con Sodalicio, ACI Prensa, se caracteriza por sus ataques a la teología de la liberación y sus comentarios, casi siempre distorsionados, acerca de los jesuitas y otros grupos en la Iglesia.  Comunión y Liberación fue fundada en 1954 por el sacerdote italiano Luigi Giussani.  Cuenta con 48,000 miembros en 64 países.  Está presente en casi toda América Latina.  Es conocida por su apoyo abierto al partido de la Democracia Cristiana en Italia.  Schoenstatt (el nombre del lugar donde se fundó) es el más antiguo de todos los demás movimientos.  Fundado originalmente en Alemania en 1914, tiene una presencia notable en Chile, Paraguay y Argentina.  Regenta colegios para las clases medias y altas.  De todos los movimientos es el que más destaca por el culto a María.  Hay otros grupos entre los nuevos movimientos como los Focolares (fundada en Italia en 1943) que son más discretos.  Los Focolares se dedican principalmente a promover los valores familiares.   Ya hemos señalado que el Camino Neocatecumenal y la Renovación Carismática tienen algunos rasgos de una secta.
        Se ha discutido ampliamente el porqué de estas tendencias tan marcadamente conservadoras en la Iglesia , sobre todo durante el pontificado de Juan Pablo II.  Por un lado, el propio Papa favorecía grupos y movimientos que, además de su entusiasmo y vitalidad, no cuestionan la misma Iglesia y que cierran filas frente a los críticos externos.  Al mismo tiempo, el mismo Papa socavaba ciertas reformas importantes del Concilio como, por ejemplo, la colegialidad episcopal.  Los obispos conservadores que él nombraba en todo el mundo eran, con frecuencia, hombres formados en el Derecho Canónigo y con poca experiencia o sensibilidad pastoral.  Desde luego, ellos reforzaban estas tendencias conservadoras en sus respectivas diócesis.  Obispos como el cardenal Alfonso López Trujillo en Medellín (y que posteriormente llegó a ser presidente de la Congregación de la Familia en Roma) y el arzobispo de Managua, Miguel Obando y Bravo, públicamente se parcializaron con la derecha política y rehusaron dialogar con católicos de otras tendencias. 
De otro lado, para muchos católicos, los cambios puestos en marcha por el Concilio pusieron en tela de juicio su propia fe religiosa.  Ellos anhelan, más bien, la paz y la seguridad que ofrece una Iglesia inmovilizada en el tiempo, con ritos que les recuerdan  su infancia y con estructuras de autoridad bien definidas. Sobre todo, añoran la seguridad de tener respuestas claras en un mundo donde todo cambia y todo se cuestiona.  Parafraseando a Eric Fromm, muchos cristianos, católicos y evangélicos, sienten “miedo a la libertad”: libertad religiosa, política o social.   Por otra parte, los años 60, 70 y 80 constituyeron una época de gran inseguridad en América Latina: hubo revoluciones, movimientos armados, y un nuevo movimiento popular que surgía con fuerza en todas partes.  A estas realidades habría que añadir otro factor obvio: para las elites económicas, el Opus Dei, los Legionarios, los Sodálites y otros grupos similares, constituyen refugios donde no se cuestionan sus valores y, antes bien, se inculcan en los miembros la creencia de que su manera de ser católico es superior a la de todos los demás[20].  

Conclusiones

         Los movimientos laicales se fundaron con el fin de influir en el curso de la historia, pero ellos también a su vez son productos de los tiempos en que nacieron.  La Acción Católica, con su carácter militante, respondía a los retos del liberalismo, positivismo, socialismo, protestantismo, etc.  Sin embargo, no todos los militantes compartían la  misma visión acerca de la sociedad y del catolicismo.  Los integristas propusieron cerrar filas frente a la modernidad y al pluralismo.  Pero los socialcristianos aceptaban la necesidad de convivir con la modernidad, después de distinguir entre los valores compatibles con el cristianismo de los valores que no eran.  Para ellos, la construcción de una democracia cristiana era el ideal.
        En la época de la Iglesia Moderna , muchos cristianos entendieron la modernidad como un llamado a ser más eficaces, más responsables socialmente, más dialogantes con otros sectores en la sociedad y más abiertos intelectualmente a nuevas corrientes.  Al mismo tiempo, en el contexto de la Guerra Fría , favorecían partidos de corte reformista como una alternativa a movimientos izquierdistas. También, al calor de la Alianza por el Progreso,  promovían proyectos de desarrollo.  Otros cristianos, de mentalidad integrista, apoyaron las dictaduras que se legitimaron bajo el concepto de la Seguridad Nacional (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Bolivia, Guatemala, entre otros). 
        En la etapa de la Iglesia Popular (Medellín hasta Santo Domingo), surgió en toda América Latina un movimiento popular que reclamaba el derecho de una mayor participación política.  Paralelamente, surgió un movimiento popular en la misma Iglesia que se expresó concretamente en las comunidades eclesiales de base, o bien, en distintos movimientos bíblicos, el Camino Neocatecumenal o la Renovación Carismática   y otros grupos similares.  Las comunidades eclesiales de base constituyeron, sin duda, el fenómeno más significativo en la historia de la Iglesia latinoamericana, ya que por primera vez los laicos de las clases populares se sentían verdaderamente protagonistas en la construcción de su propia Iglesia. 
        Pero, al mismo tiempo, surgió un movimiento conservador, fuertemente respaldado por el papa Juan Pablo II y los nuevos obispos conservadores.  El movimiento conservador en la Iglesia también era un reflejo de tendencias políticas y sociales de las elites económicas que desconfiaban del movimiento popular y más bien promovían el modelo neoliberal bajo la bandera de libertad.
        Al final de la década de los 80 y hasta hoy, y como consecuencia en buena parte de los nombramientos de obispos conservadores de mentalidad prevaticana, la Iglesia se encontraba y se encuentra actualmente profundamente polarizada.   Es tentador comparar esta época con la Independencia , ya que también en esa época había grandes divisiones internas: curas criollos enfrentados a obispos realistas, etc.   Si bien hay puntos de comparación, también destaca una gran diferencia.  En la época de la Independencia no se discutía el modelo de Iglesia, sólo la necesidad de convertir una Iglesia española en una Iglesia criolla.  Pero, después del Concilio Vaticano II y Medellín, lo que está en juego es el modelo mismo de Iglesia: o una Iglesia prevaticana, elitista, clerical, paternalista, autoritaria, o una Iglesia más pluralista, sensible pastoralmente a los problemas sociales y personales, ecuménica y que promueve el diálogo interno y la verdadera y real participación de los laicos, de todas las clases sociales.    A nivel político, el gran debate gira en torno a la pregunta de qué modelo de sociedad quieren los latinoamericanos.  Al mismo tiempo,  a nivel eclesial los católicos latinoamericanos se preguntan qué modelo de Iglesia prevalecerá.  Al comienzo del siglo XXI estas dos preguntas no se han resuelto.   Con toda seguridad, las tensiones que resultan de estas incertidumbres  se sentirán en  las discusiones y  los debates en torno a estos temas durante mucho tiempo.  
         


[1] Menchú, Rigoberta; Elizabeth Burgos Debray, Me llamo Rigoberta Menchú (Habana, Cuba: Casa de las Américas, 1983), pág. 208.
[2] Juan Luis Segundo, “The Shift within Liberation Theology”, The Month (octubre de 1984): 321-327.
[3] Juan Carlos Scannone, Teología de la liberación y doctrina social de la Iglesia (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987), pp. 133-144
[4] Jeffrey Klaiber,  La Iglesia en el Perú: su historia social desde la Independencia 3ªed.(Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1996), pp. 381-382.
[5] Jeffrey Klaiber, Los jesuitas en América Latina, 1459-2000 (Lima: Universidad Antonio Ruiz de Montoya, 2007), pp. 414-415.
[6] Ibid., pp. 415-416,
[7] Jeffrey Klaiber, Iglesia, dictaduras y democracia en América Latina (Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1997), 321-358.
[8] Ibid.,  pp. 425-426.
[9] Sobre el obispo Dammert y los catequistas rurales, véase Luis Mujica Bermúdez, Poncho y sombrero, alforja y bastón.  la Iglesia en Cajamarca: 1962-1992,  (Lima: Instituto Bartolomé de las Casas; Instituto Superior de Estudios Teológicos Juan XXIII; Centro de Estudios y Publicaciones, 2005); sobre los catequistas del Sur andino, véase la tesis doctoral de Esteban Judd, M.M., “The Emergent Andean Church: Inculturation and Liberation in Southern Peru, 1968- 1986” (Berkeley, California: Graduate Theological Union, 1987), pág. 41.
[10] Sobre los orígenes de las comunidades eclesiales de base, véase Marcello Azevedo, Comunidades eclesiais de base de inculturaçâo da fe (São Paulo: Ediçoes Loyola, 1986); Scott Mainwaring The Catholic Church and Politics in Brazil, 1916-1985 (Stanford, California: Stanford University Press, 1986); Guillermo Cook, The Expectations of the Poor.  Latin American Base Ecclesial Communities in Protestant Perspective (Maryknoll, Nueva York: Orbis Books, 1985) y Andrew Dawson, The Birth and Impact of the Base Ecclesial Communities and Liberation Theological Discourse in Brazil (San Francisco: Catholic Scholars Press, 1999). 
[11] Cook, The Expectation of the Poor, págs. 68.
[12] Gabriel Valdivieso R. y Carmen Silva D., Animadores de comunidades eclesiales de base: una promesa de corresponsabilidad laical (Santiago de Chile: Centro Bellarmino, Centro de Investigaciones Socioculturales,    [CISOC], 2001), pág. 7. 
[13] Sonia E. Alvarez, “Politicizing Gender and Engendering Democracy”, en Alfredo Stepan (ed.), Democratizing Brazil (Nueva York: Oxford University Press, 1989), pág. 210.
[14] Leonardo Boff,  Eclesiogénesis: las comunidades de base reinventan la Iglesia (Santander: Sal Terrae, 1979)
[15] Manuel A. Vásquez, The Brazilian Popular Church and the Crisis of Modernity (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1998),
[16] Véase Jeffrey Klaiber, “Prophets and Populists: Liberation Theology, 1968- 1986” , The Americas ( Academy of American Franciscan History ), XLVI, num. 1 (Julio de 1989): 1-15.
[17] Manuel Domínguez, O.F.M., La Orden Franciscana Seglar en el Perú: pasado y presente (Lima, 1992), págs.277-278.
[18] Sobre Tradición, Familia y Propiedad  véase Penny Lernoux, The People of God.  The Struggle for World Catholicism (Nueva York: Viking Penguin, 1989), págs. 338-346.
[19] John Allen, Opus Dei (Nueva York: Doubleday, 2005), págs. 253-255.
[20] Sobre los nuevos movimientos, véase el artículo de Daniel Moya, “Los nuevos movimientos en la Iglesia desplazan a los ejércitos más arraigados”, Revista Andar, año XXI, Nº 203 (diciembre de 2003), que ha sido reproducido en la página web de Pépe Rodríguez: http://www.peperodríguez.com/cristianismo/totalitarismo_católico_poder_es.htm. ; Michael A. Hayes, New Religious Movements in the Catholic Church (London: Burns & Oates, 2005).
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LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA

LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA

En el marco del Año de la Fe, del 3 al 5 de octubre, la Diócesis de Tacna – Moquegua organizó el Primer Congreso Diocesano, denominado “El Laico: Vocación y Misión a la Luz del Concilio Vaticano II”, y que se desarrollara en el coliseo del Colegio “Santa Ana” de Tacna.

El congreso se inició con una Solemne Eucaristía, que será presidida por Monseñor Marco Antonio Cortez Lara, Obispo de Tacna – Moquegua. Siguió luego con el tema: “La Constitución Lumen Gentium: Los laicos y la llamada universal a la santidad”.

En tanto, el viernes 4 de octubre se llevaron a cabo las ponencias: “Especificidad de la condición laical”, “Los fieles y las realidades temporales”, “Responsabilidad de los laicos en el desarrollo social”, y “¿Católico y político? Compatibilidad entre la fe y la tarea política” (Dr. Luis Solari de la Fuente, médico, Decano de la Facultad Ciencias de la Salud)

El evento culminaró el sábado 5 de octubre, con la ponencia: “Los laicos en la vida de la Iglesia” (Dr. José Antonio Benito, historiador, director CEPAC).

Finalmente, se proclamaron las conclusiones y los compromisos de los participantes del congreso (se abrieron varios libros en los que se estampó la firma y se dejó la dirección) y una Santa Misa de Clausura presidida por el Nuncio de Su Santidad. El objetivo del evento ha sido  “redescubrir la importancia de la misión de los laicos en la Iglesia y su compromiso en el mundo, desde las enseñanzas del Concilio Vaticano II”.

Les comparto mi ponencia, muy agradecido por la invitación y por el entusiasmo contagiante de los 1.500 participantes.

LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA

Congreso Diocesano “EL LAICO: VOCACIÓN Y MISIÓN A LA LUZ DEL CONCILIO VATICANO II”,

Tacna, 5 de octubre 2013

José Antonio Benito /30 abril 2013; joseantoniobenito1@gmail.com; blog:jabenito

http://jabenito.blogspot.mx/2013/10/los-fieles-laicos-en-la-vida-de-la.html

¡Recordando a Manolo un fiel laico de nuestro tiempo!

El 7 de mayo del 2012, lunes, a las 7.30 de la mañana, me encontré caído en la calle a un fiel laico que dio su vida por la Iglesia. Estaba con una cartera, apuntes para las clases, exámenes corregidos…iba presuroso para llegar en punto pero el Señor se lo llevó a sus 62 años, un día después de haber celebrado con sus alumnos del colegio San Martín de Porres, el jubileo de los 50 años de su canonización en la catedral de Lima. Y se ha convertido para mí en un modelo cercano de un fiel laico en la vida de la Iglesia. Manolo Tomás Amorós, cruzado de Santa María, que vivió de lleno su bautismo y aprendió la misión aquí en Tacna, en el Colegio Champagnat y en las diversas actividades que organizó para los jóvenes. Quiero comenzar mis palabras agradeciendo a Nuestra Señora del Rosario por haberle dado la oportunidad de vivir aquí en su querida Tacna los primeros años de su misión en el Perú y América. Y le agradezco por su entrega a los jóvenes, por disfrutar de la vida saboreando siempre la comida y los momentos de convivencia, por sus canciones, sus chistes, sus charlas y meditaciones. Como buen alumno salesiano y profesor de colegio marista, llevaba el rosario de María Auxiliadora en su bolsillo. Pendiente de sus queridos jóvenes multiplicaba sus “razones” para creer, para esperar, para amar.

El testimonio de este laico cualificado nos habla de la grandeza y la debilidad del ser humano, de sus dolores y gozos, como magistralmente recoge el Concilio Vaticano II

 Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los  hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren,  son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos  de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su  corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos  en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el  reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para  comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente  solidaria del género humano y de su historia”. (Proemio, Gaudium et spes)

Este conocido texto del Vaticano II –a los 50 años de su convocatoria- sin duda que nos conecta de inmediato con nuestro congreso y en concreto con algo muy familiar los dolores y gozos de los laicos en la vida de nuestra Iglesia.

I. LAICO, EL FIEL DE CRISTO PARA EL MUNDO:

¿Qué no es la espiritualidad laical?

a- Prácticas espirituales. No confundir la beatería o cucufatería con la espiritualidad auténtica. Ni siquiera hemos de pensar que es solamente algo cultual: novenas, procesión,…Hay que vivificar todas estas prácticas. De cultual a cultural, de doctrinal a comprometido con la vida.  En este sentido hemos de cuidar en vivificar las numerosas prácticas cultuales

b. Sustitutos del clero. No hay que olvidar que no somos religiosos ni sacerdotes ministeriales; ellos dejan el mundo por el convento. Nuestro monasterio, nuestra celda son las calles, las clases, la familia, el trabajo… Hay que evitar el peligro de clericalizarnos, de recargarnos de funciones y de actividades eminentemente propias de sacerdotes o de religiosos.

A este propósito cuenta el Beato Cardenal Newman: “Cuentan que un recién convertido preguntó al sacerdote la víspera de bautizarse cuál es el papel del laico en la Iglesia. Aquél le respondió: “La posición del laico en nuestra Iglesia es doble: ponerse de rodillas ante el altar, es la primera; sentarse frente al púlpito es la segunda”. El cardenal añadía con cierta ironía: “se le olvidó añadir una tercera: meter la mano en el portamonedas”.

¿Qué es?

1. “Cristo-fideles” de a pie ungidos en el BAUTISMO por el Espíritu. Triple unción: profética, sacerdotal, regia.

“Ungidos por el Espíritu Santo en el bautismo y la confirmación, el cristiano puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres” CFL (Christifideles laici, 13).

2. En las circunstancias ordinarias de la vida diaria. En la calle.

Lo que caracteriza con más fuerza a los laicos no es tanto la espiritualidad propia de todo bautizado sino su secularidad, su vivencia del cristianismo en las realidades temporales, fuera de los ámbitos conventuales. Se trata de rescatar su lugar teológico, más allá del lugar sociológico. El grito paulino “Para mi vivir es Cristo” (Flp. 3,7-11) debe traducirse en un estar en el mundo pero sin ser.

Nuestra vida persigue el convertir la prosa cotidiana, lo ordinario (nuestro trabajo, nuestras relaciones…) en un extraordinario poema heroico.

“Los fieles laicos han de considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándolos a la comunión con Dios en Cristo”, CFL 17.

Las “dimensiones esenciales de la espiritualidad del laico serán: encontrar al Señor en las realidades temporales, dar a sus actividades el sentido de la caridad cristiana, renovar su presencia e identidad cristiana con la Palabra de Dios, la Eucaristía, los sacramentos y la oración” Puebla, III CELAM, nn. 796-8.

“Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo en la competencia profesional, en el trabajo, en la familia, en el servicio social y político son ocasiones providenciales para un continuo ejercicio de la fe, esperanza y caridad” CFL 59

3. Estar sin ser. En el mundo, para el mundo, por el mundo, desde el mundo, pero sin ser del mundo, sin mundanizarnos. Toda nuestra tarea la desarrollamos no como un revestimiento o ropaje, sino como el ámbito natural de santificación, lugar teológico, en el que se desarrolla su vida. Amamos al mundo porque Dios lo hizo bueno, y porque -si el hombre lo hace malo por el pecado- nosotros tenemos el deber de restaurar todo en Cristo.

4. Cumplimiento ejemplar del deber de estado, nuestra profesión, para renovar el orden temporal. El trabajo es cantera de todos los valores humanos. Les proporciona el material indispensable. Reflexión, constancia, responsabilidad, corazón viven y se desarrollan en el mundo sin fin del trabajo, entendido en su sentido más amplio. Para un bautizado, trabajo, amor, es toda su vida. La vida para él se reduce a trabajar amando, o amar trabajando, con y en Jesús, a vivir «en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma» (Ef 5,2). Trabajo para extirpar defectos y plantar virtudes. León XIII denunciaba como «cosa vergonzosa e inhumana, explotar a los hombres como si fuesen mercancías» (Rerum novarum). Hoy se olvida que la dignidad del trabajo, sea manual o intelectual, arranca de la grandeza sublime de la persona humana que lo presta.

5.  Vocación universal a la santidad; “sed perfectos”.

“La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las realidades terrenas” CFL, 13. Por otra parte, toda la actividad secular, que tan profundamente está herida por el pecado, ha de ser santificada por Cristo en los cristianos y a través de ellos. Según esto, «es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de instaurar rectamente el orden de los bienes temporales, ordenándolos hacia Dios por Jesucristo. Corresponde a los pastores manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo, y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el orden de las cosas temporales. Pero es preciso que los laicos asuman como obligación suya propia la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, actúen directamente y en forma concreta» (Vat.II, AA 7de). Santos en el mundo antes de que naciesen las modernas instituciones seculares: Contardo Ferrini, catedrático de Universidad; José Moscati, médico de Nápoles; Matt Talbot, cargador de muelle; Claudio López Bru, marqués de Comillas, financiero; J. Dorado, empleado de Banco martirizado en el Cerro de los Ángeles; León Harmel, empresario en Vals-les-Bois… «No sólo se ha de hacer buena la profesión y santificarla. Debe ser considerada como santificante, como camino de perfección» (Pablo VI a los juristas católicos, 15-XII-63).

6. En todos los lugares: la familia, iglesia doméstica; la vida cívica: asociaciones profesionales, locales, políticas, sociales, culturales…Hay que promover un sano humanismo cívico en el compromiso de un mundo más justo y solidario. Ello conlleva una participación en asociaciones barriales, cívicas…Los nuevos areópagos como las redes sociales, el 6º planeta.

II.           NUESTRA RESPUESTA A LOS DESAFÍOS ACTUALES

Cada uno de nosotros -como nos dijese el penúltimo sínodo de los obispos sobre la palabra de Dios en la Iglesia- es fruto de una Palabra: Las mías fueron escuchadas en unos Ejercicios Espirituales: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”…”El que sabe hacer bien y no lo pone en práctica, peca”. Y en un Movimiento, la Milicia de Santa María, al que pertenezco desde los 15 años. Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra

1. La Nueva Evangelización (en su ardor, expresión y métodos) o se hace con los laicos o no se hace. Y si nosotros, laicos cualificados, no nos ponemos en marcha, la movilización del laicado quedará en proyecto. “Hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (Puebla) en los nuevos areópagos. Imaginación de la caridad. Santos laicos: La mayor necesidad de nuestro tiempo: Responder a los retos del secularismo y relativismo posmoderno: Ayuda a los pobres Diálogo interreligioso. Entre los retos actuales más importantes cabe enunciar: Guerras catastróficas, Desequilibrio ecológico, Derechos humanos, Comprometerse en la defensa de la vida humana, Las biotecnologías, Valores humanos, La caridad como servicio: la política, la economía, la familia, la cultura…

2. Laicos en marcha. La llama si no se propaga, se apaga. Hay en la curación del endemoniado de Gerasa un claro modelo de lo que debe ser el apostolado laical. El que ha sido curado por Jesús quiere seguirle, “dejar el mundo”, pero el Señor le da otro mensaje: “Vete a tu casa y a los tuyos y cuéntales cuanto el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de Ti. Y él se fue y comenzó a predicar en la Decápolis cuanto le había hecho Cristo” (Mc 5, 19).Soy otro Cristo. Hoy Cristo no tiene otra boca, otros pies, otro corazón que el mío. Me espera la Universidad, me esperan los Pueblos Jóvenes, las familias, los medios de comunicación, los niños, los hermanos separados en las sectas…Todos buscan sin saberlo la seguridad maternal de la Iglesia, “una roca, pero una roca que navega” (Pablo VI).

3. Nos urge a todos descubrir nuestra propia vocación y disponibilidad para vivirla en la misión. Decía Teresa de Calcuta que lo importante en la vida es tener una vocación y entregarse a ella por entero. Decía León XIII: No hay profesiones indignas, sino indignos profesionales. Tu profesión para la misión.

4. Formación integral para vivir como miembro de la Iglesia y de la sociedad (CFL 59); corazón de la Iglesia en la sociedad y corazón de la sociedad en la iglesia, de acuerdo con las áreas siguientes:

– Área instrumental: Idiomas, informática, mass media, estilo pedagógico, formación catequética, oratoria-redacción-pensar creativamente, dinámica de grupos…

– Área propia de cada instituto: Dar razón de nuestra esperanza: Fundador, historia de la espiritualidad, estilo genuino, Constituciones…

– Área teológica: fundamental, dogma, moral, Sagrada Escritura, Formación espiritual (oración viva, liturgia activa, sacramentos dinámicos, María), Pastoral, Derecho Canónico

– Área antropológica:

a. El hombre: Quién es (Antropología), Cómo es (Psicología), Cómo debe ser (Pedagogía; asunto capital de nuestra exposición); Por qué (Ética).

b. Ser social: Doctrina Social de la Iglesia…

c. Ser histórico: Síntesis histórica, desde la realidad del hombre actual, conectando con la filosofía, cultura, economía, política…

Cuatro puntos cardinales en la forja de hombres según el P. Morales: Mística de exigencia, espíritu combativo, cultivo de la reflexión, escuela de constancia.

5. Actualidad y belleza de nuestra misión. Transformar el mundo desde dentro. No podemos dejar a la jerarquía o a los consagrados el protagonismo de la evangelización. Todos somos Iglesia

Un gran desafío, transformarse en agente de una nueva síntesis entre la máxima adhesión posible a Dios y a su voluntad y la máxima participación posible en las alegrías y esperanzas, angustias y dolores del mundo, para orientarlos hacia el proyecto de salvación integral que Dios Padre nos ha manifestado en Cristo y que continuamente pone a nuestra disposición por el don del Espíritu Santo.

Testigos de Cristo.  Levadura y sal del mundo

6. En la Escuela de María, nuestro modelo

María. Ella vivió siempre en su casa, sin necesidad de buscar un lugar especial en un monasterio o convento. El mariscal alemán, Hindenburg, decía que en su tienda de campaña figuraba la imagen de la Virgen porque en ella veía “la encarnación de los valores que necesito para mi vida”. El primero de ellos, el “fiat”, “hágase” (generosidad de la Anunciación), “stabat” (perseverancia junto a la cruz del Calvario), maduraba todas las cosas en su corazón, en Caná (“haced lo que Él os diga”), en grupo (perseveraban unánimes en la oración, con María).

CONCLUSIÓN CON LA PALABRA DE NUESTROS PASTORES Propuestas del reciente Sínodo de la Nueva Evangelización, la “Lumen Fidei”,  y la Jornada Mundial de la Juventud en Río:

EL ROL DE LOS FIELES LAICOS EN LA NUEVA EVANGELIZACIÓN (SNE, 45J

La vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las estructuras terrenas, para que cada comportamiento y actividad humana sea informada por el Evangelio. Este es el motivo por el cual es tan importante orientar a los laicos cristianos hacia un conocimiento íntimo de Cristo, a fin de formar una conciencia moral por medio de una vida en Cristo. El Concilio Vaticano II señala cuatro aspectos principales de la misión de los bautizados: el testimonio de sus vidas, las obras de caridad y de misericordia, la renovación del orden temporal y la evangelización directa (cf. Lumen GentiumApostolicam actuositatem). De esta manera, serán capaces de dar testimonio de una vida que sea verdaderamente coherente con su fe cristiana, como individuos y como comunidad.

LOS JÓVENES Y LA NUEVA EVANGELIZACIÓN (SNE, 51)

En la Nueva Evangelización, los jóvenes no solo son el futuro sino también el presente (y regalo) en la Iglesia. No son solo destinatarios sino también agentes de evangelización, especialmente con sus coetáneos. Los jóvenes están en el proceso de búsqueda de la verdad y del sentido de la vida que Jesús, que es la Verdad, y su amigo, puede proporcionar. A través de cristianos adultos ejemplares, de los santos, especialmente los santos jóvenes, y a través de los ministros comprometidos con jóvenes, la Iglesia es visible y creíble para los jóvenes.

Donde quiera que estén, en casa, en la escuela o en la comunidad cristiana, es necesario que los evangelizadores encuentren a los jóvenes y pasen tiempo con ellos, que les propongan y los acompañen en el seguimiento de Jesús, les guíen a descubrir su vocación en la vida y en la Iglesia. Mientras que los medios de comunicación influyen mucho en la salud física, emocional, mental y espiritual de los jóvenes, la Iglesia, a través de la catequesis y de la pastoral juvenil, se esfuerza en capacitarles y equiparles para discernir entre el bien y el mal, para elegir los valores del Evangelio en lugar de los valores del mundo y a formar sólidas convicciones de fe. Las celebraciones de la Jornada Mundial de la Juventud y el YouCat, son herramientas especiales de la Nueva Evangelización.

MARÍA, ESTRELLA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN (SNE, nº 58)

El Concilio Vaticano II presentó a María en el contexto del misterio de Cristo y de la Iglesia (cfr. Lumen gentium, 52-68). El papa Pablo VI la declaró “Estrella de la Evangelización”. Ella es por lo tanto el modelo de la fe, de la esperanza y del amor. Ella es el primer apoyo que lleva a los discípulos al Maestro (cf. Jn. 2). En el Cenáculo, es la madre de los creyentes (cf. Hch. 1,14). En cuanto Madre del Redentor, María se convierte en testigo del amor de Dios: Ella cumple libremente la voluntad de Dios. Ella es la mujer fuerte, que junto con Juan, permanece al pie de la Cruz. Ella intercede siempre por nosotros y acompaña a los fieles en su camino hacia la cruz del Señor. Como Madre y Reina, es un signo de esperanza para los pueblos que sufren y los necesitados. Hoy ella es el “misionero” que nos ayudará en las dificultades de nuestros tiempos, y con su cercanía abrirá los corazones de los hombres y de las mujeres a la fe.

Fijemos nuestra mirada en María. Ella nos ayudará a proclamar el mensaje de salvación a todos los hombres y mujeres, para que ellos también puedan convertirse en agentes de evangelización. María es la Madre de la Iglesia. A través de su presencia, la Iglesia puede convertirse en un hogar para muchos y Madre de todos los pueblos.

PAPA FRANCISCO “LUMEN FIDEI”: Fe y bien común. La Doctrina Social de la Iglesia en acción

50. Al presentar la historia de los patriarcas y de los justos del Antiguo Testamento, la Carta a los Hebreos pone de relieve un aspecto esencial de su fe. La fe no sólo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás. El primer constructor es Noé que, en el Arca, logra salvar a su familia (cf. Hb 11,7). Después Abrahán, del que se dice que, movido por la fe, habitaba en tiendas, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos (cf. Hb 11,9-10). Nace así, en relación con la fe, una nueva fiabilidad, una nueva solidez, que sólo puede venir de Dios. Si el hombre de fe se apoya en el Dios del Amén, en el Dios fiel (cf. Is 65,16), y así adquiere solidez, podemos añadir que la solidez de la fe se atribuye también a la ciudad que Dios está preparando para el hombre. La fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos. No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable.

51. Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La unidad entre ellos se podría concebir sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar. La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza. La Carta a los Hebreos pone un ejemplo de esto cuando nombra, junto a otros hombres de fe, a Samuel y David, a los cuales su fe les permitió « administrar justicia » (Hb 11,33). Esta expresión se refiere aquí a su justicia para gobernar, a esa sabiduría que lleva paz al pueblo (cf. 1 S 12,3-5; 2 S 8,15). Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios.

EL EJEMPLO DE SANTO TORIBIO

Santo Toribio fue un joven laico que escuchó la voz del Señor y respondió generosamente. Toribio, vivía en el marco de una buena familia de Mayorga, pueblecito de Valladolid-León; Hizo su secundaria en Valladolid, en ese momento, el centro del mundo hispánico, luego en Salamanca, de ahí supo levantarse para ser juez inquisidor…y cuando tenía 39 años, simple laico, le llaman para ser arzobispo. Sintió que era superior a sus fuerzas, pero aceptó… Durante la juventud, estuvo a punto de ingresar en la orden cisterciense como recuerda una escultura del Museo Provincial de Salamanca. En Granada, ya como juez inquisidor, ve claramente que Dios le habla a través de la autoridad personificado en el Consejo de Indias, el Rey Felipe II y el Papa Gregorio XIII. Me impresionó en Huánuco como hay un colegio y convento fundados por la autorización del Santo y que fue debido a la petición popular. Él respondió a pesar de faltarle las órdenes ministeriales y movido por la necesidad del momento. El Perú tiene unos 10 millones de jóvenes, sólo en Lima hay más de 400 pandillas; miles de jóvenes lejos de Dios… ¿No sientes la voz del Señor? Él te dice: “Ven, sígueme; si no cuento contigo, laico, mi amigo…con quién voy a contar”. Así resume su vida su primer biógrafo, A. León Pinelo: “Fue su vida una rueda, un movimiento perpetuo, que nunca paraba. Y si la del hombre, es milicia en la tierra, bien mereció el título de soldado de Cristo Señor Nuestro, pues nunca faltó a lo militante de su Iglesia, para conseguir el premio en la triunfante, que piadosamente entendemos que goza”.

Su ejemplo sigue iluminándonos. Recuerdo lo que supuso para los GAM (Grupos de Apoyo Misionero) en Tacna, cuando veníamos desde España grupos de universitarios para trabajar en la Sierra, o los centenares de jóvenes tacneños que acudían a los poblados para tener una experiencia misionera.

Ser cristiano, fiel de Cristo, es ser misionero. Nos lo recuerda Aparecida. La campana de la misión nos recuerda que ahora nos toca a nosotros. UN MOMENTO CRUCIAL PARA EL MUNDO, PARA LA IGLESIA, PARA TI. Todos podemos, todos debemos, con el auxilio de María lo conseguiremos. Apoyemos al Papa Francisco, “dulce Cristo en la Tierra” en la tarea de “restaurar la Iglesia” “con olor a oveja y a pastor, hasta la periferia pero sin perder el centro”. Que el Señor y Nuestra Señora del Rosario nos lo concedan.

Categorías:General, Laicos

El concilio Vaticano II y el derecho de asociación de los fieles

El concilio Vaticano II y el derecho de asociación de los fieles

Escrito por Miguel Delgado Galindo

Publicado: 22 Diciembre 2012

 

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Partiendo del derecho humano de asociación, el autor estudia su fundamento eclesiológico y su contenido

Laici.va

Tomando ocasión de la celebración del L aniversario del Concilio Vaticano II y la importancia decisiva de dicha asamblea en el reconocimiento del derecho de asociación de los fieles en la Iglesia, el autor escoge este tema para su participación en la jornada en memoria del Prof. Ribelot. Partiendo del derecho humano de asociación, estudia su fundamento eclesiológico y su contenido. Describe los diversos tipos canónicos de asociación de fieles, así como sus criterios de eclesialidad. También estudia la cuestión desde el punto de vista ecuménico

Sumario: 1. Recuerdo del Prof. Alberto Ribelot Cortés. – 2. El derecho de asociación como derecho humano. – 3. Fundamento eclesiológico del derecho de asociación. – 4. Contenido del derecho de asociación de los fieles. – 5. Tipología de las asociaciones de fieles según su naturaleza canónica. – 6. Las asociaciones laicales y los criterios de eclesialidad. – 7. La posición de los cristianos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales y de los creyentes de otras religiones en las asociaciones de fieles.

  1. Recuerdo del Prof. Alberto Ribelot Cortés

Querría comenzar esta ponencia agradeciendo la amable invitación que me han dirigido el Prof. José María Ribas Alba, Director del Departamento de Ciencias Jurídicas Básicas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, y el Prof. Martín Serrano-Vicente, Secretario de la misma facultad, para participar en la V Jornada en memoria del Prof. Alberto Ribelot Cortés (q.e.p.d.), que nos dejó en plena madurez humana y profesional el 30 de diciembre de 2007, a los cuarenta y cinco años de edad. Dios sabe infinitamente más que nosotros, y aunque nos cuesta esta separación, nos consuela confiar en que Alberto goza ya de una felicidad que no terminará nunca.

Alberto Ribelot, profesor titular de Derecho Eclesiástico del Estado, fue muy querido tanto por sus compañeros en esta facultad, donde se estudia Derecho desde hace casi quinientos años, como por los estudiantes de la Universidad Hispalense que asistieron a las clases que impartió con tanta dedicación y entusiasmo. Buena prueba de ello es la continuidad de estas jornadas en su recuerdo. Fueron cientos los universitarios que desde 2001 cursaron la asignatura de libre configuración “Derecho de las cofradías”, una de las más solicitadas en la Universidad de Sevilla por alumnos de distintos centros, que tuvo el mérito de elevar el fenómeno cofradiero al nivel de los estudios universitarios.

El profesor Ribelot fue discípulo del catedrático Alberto Bernárdez Cantón, quien dirigió su tesis doctoral acerca de la cesión del palacio de San Telmo a la Junta de Andalucía[1]. Entre sus numerosas publicaciones destaca la obra Las cofradías y su mundo jurídico, que ha alcanzado varias ediciones, fruto de su investigación sobre la religiosidad popular, así como de las explicaciones a los estudiantes que asistieron a sus clases. Era miembro de las Hermandades de la Sagrada Mortaja y de la Sagrada Cena.

Apasionado de Sevilla y de su historia, Alberto Ribelot prologó la reedición del libro Curiosidades sevillanas, a cargo del secretariado de publicaciones de la Universidad de Sevilla, que contiene artículos del periodista Alfonso Álvarez-Benavides sobre temas sevillanos: la historia de la Giralda y de la Torre del Oro, del puente de Triana, de la muralla de la judería, etc.

Deseo recordar también que Sevilla acogió del 27 al 31 de octubre de 1999 el I Congreso internacional de hermandades y religiosidad popular, promovido por la Archidiócesis y el Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla, que contó con el patrocinio del Consejo Pontificio para los Laicos y la presencia de los superiores del dicasterio. Objeto de reflexión del congreso fue la historia y el desarrollo de las hermandades, su contribución a la nueva evangelización, así como la valorización de la religiosidad popular y la necesidad de una pastoral de las hermandades adecuada a los tiempos actuales[2].

Como ustedes saben, el pasado 11 de octubre se cumplieron cincuenta años de la solemne apertura del Concilio Vaticano II y del comienzo del Año de la fe, convocado por el Papa Benedicto XVI. Teniendo en cuenta que este Concilio ecuménico ha tenido una importancia decisiva en el reconocimiento del derecho de asociación de los fieles en la Iglesia, me ha parecido oportuno escoger este tema para mi exposición en la jornada en memoria del Prof. Ribelot que celebramos hoy.

  1. El derecho de asociación como derecho humano

El derecho de asociación es, sobre todo, un derecho fundado en la naturaleza humana[3]. Deriva del carácter social y comunitario de la persona, la cual tiende espontáneamente a aunar sus esfuerzos con otras —en la Iglesia, al menos tres[4]— de modo estable para alcanzar más eficazmente fines de diversa naturaleza (política, económica, cultural, religiosa, etc.) que trascienden al propio individuo. El artículo 20 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1948 proclamó el derecho de asociación ya sea en sentido positivo, afirmando che toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas; ya sea en sentido negativo, manifestando que nadie podrá ser obligado a pertenecer a una asociación. El derecho de asociación es un derecho humano de libertad reconocido en la actualidad por todos los Estados democráticos.

Por su parte, el magisterio de la Iglesia, a partir de finales del s. XIX, con la encíclica de León XIII Rerum Novarum (15.V.1891), ha siempre reconocido el derecho natural de asociación de la persona[5]. Sin embargo, salvo algún pronunciamiento aislado de la Sede Apostólica, hasta el Concilio Vaticano II el derecho de asociación de los fieles no ha encontrado una expresa formulación eclesiológica y, posteriormente, canónica. La razón de esta demora es debida a que en el modelo eclesiológico preconciliar no podía entenderse cabalmente este derecho de los bautizados porque se consideraba que la autoridad eclesiástica era el único sujeto activo que disponía de la capacidad de constituir y gobernar las asociaciones de fieles. Desde esta perspectiva, el principio de socialidad en la Iglesia, que es esencial para una apropiada comprensión del derecho de asociación en la comunidad eclesial, era contemplado desde el prisma de la relación Jerarquía-fieles y, consecuentemente, el fenómeno asociativo era considerado una forma de organización de la estructura jerárquica de la Iglesia[6].

  1. Fundamento eclesiológico del derecho de asociación

Es de señalar que el fenómeno asociativo goza de una larga tradición en la Iglesia. A lo largo de los siglos han surgido muchas formas asociativas de fieles: hermandades, cofradías, pías uniones, terceras órdenes, misericordias, obras pías, movimientos, comunidades, ecc. La reflexión eclesiológica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II constituyó el ámbito apropiado para ubicar adecuadamente el derecho de asociación eclesial. La imagen de Pueblo de Dios como síntesis de la esencia de la Iglesia que se encuentra en los documentos del Concilio Vaticano II (LG, cap. II)[7] supone que el principio de socialidad en la Iglesia se encuentra en la comunión de los fieles, es decir, en la unión de todos los bautizados en orden a la consecución del fin último de la Iglesia, que es la salvación eterna.

Fruto de esta reflexión, el decreto conciliar Apostolicam actuositatem[8], además de recordar la importancia del ejercicio del apostolado en forma individual, afirma que «el apostolado asociado de los fieles responde muy bien a las exigencias humanas y cristianas, siendo al mismo tiempo expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Pues donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt., 18,20)» (18/a). En la Exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici, el beato Juan Pablo II encontró en esta definición del Concilio Vaticano II la “razón eclesiológica” que justifica que los fieles laicos se asocien (29/e). El Concilio reconoció expresamente el derecho de asociación de los fieles laicos con estas palabras: «Guardada la debida relación con la autoridad eclesiástica, pueden los laicos fundar y regir asociaciones, y una vez fundadas, darles un nombre» (AA, 19/d).

En lo que hace referencia a los sacerdotes diocesanos, en el decreto Presbyterorum Ordinisse lee: «Hay que tener también en mucha estima y favorecer diligentemente las asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, por una apta y convenientemente aprobada ordenación de la vida y por la ayuda fraterna, pretenden servir a todo el orden de los presbíteros» (8/c). Como se puede observar, la mente del Concilio Vaticano II fue reconocer también a los clérigos seculares el derecho de asociación, teniendo en cuenta que se trata de un verdadero derecho fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios[9]. El derecho de asociación de los fieles se distingue del derecho humano de asociación de las personas respecto a sus fines, teniendo en cuenta que las finalidades de una asociación de fieles han de corresponder a la vocación de los miembros de la Iglesia, como son el fomento de una vida cristiana más perfecta; la promoción del culto público, o la doctrina cristiana; la realización de iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación del orden temporal con espíritu cristiano[10].

El derecho de asociación de los fieles estaba contemplado en el c. 15 del último esquema de la Ley Fundamental de la Iglesia[11], común para la Iglesia latina y las Iglesias orientales católicas, que debería haber dado unidad a todo el sistema normativo canónico y haberse colocado en el lugar más alto de las fuentes formales del derecho de la Iglesia, si bien nunca fue promulgada[12]. Por tanto, el derecho de asociación de los fieles no quedó definitivamente formalizado hasta la promulgación del vigente Código de derecho canónico. Efectivamente, en el c. 215 leemos: «Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para procurar en común esos mismos fines». Esta disposición relativa al derecho de asociación de los fieles está ampliamente desarrollada en los cc. 298-329 CIC[13].

  1. Contenido del derecho de asociación de los fieles

El derecho de asociación de los fieles delineado por el CIC contempla la facultad de fundar asociaciones a través de un contrato asociativo que expresa la voluntad de los miembros fundadores de llevar a cabo finalidades concretas que corresponden a los criterios de eclesialidad, a los que más adelante haré referencia. Queda sobrentendido que todos los bautizados tienen el derecho de adherir libremente a una asociación de fieles ya existente, según las normas propias que regulan la incorporación al ente. Unido a la libertad de fundar una asociación de fieles se encuentra el derecho de gobernar el mismo ente y a dirigir sus actividades. Los miembros de las asociaciones de fieles tienen el derecho de autoorganizar la vida asociativa según normas propias que se dan, observando, como es lógico, las normas superiores del derecho canónico común y particular, que no pueden ser derogadas ni contradecidas (principio de jerarquía normativa). Como se puede observar, el principio de subsidiariedad encuentra en las asociaciones de fieles un amplio campo de aplicación. En efecto, los miembros de las asociaciones de fieles tienen el derecho de elaborar los estatutos de la propia asociación, que deberán presentar a la autoridad eclesiástica para conseguir el reconocimiento del ente.

  1. Tipología de las asociaciones de fieles según su naturaleza canónica

El CIC 1917 se limitaba a consentir la adhesión de los fieles a una asociación que hubiera sido erigida o aprobada por la autoridad eclesiástica. Asimismo, regulaba detalladamente tres tipos de asociaciones: las terceras órdenes, cuyos miembros tienden a buscar la perfección cristiana en el mundo viviendo el carisma de un instituto religioso; las pías uniones, erigidas para la realización de alguna obra de piedad o caridad; y las cofradías, destinadas al ejercicio de obras de piedad o caridad y, además, a la promoción del culto público[14].

Según la relación que tuvieran con la autoridad eclesiástica, se podía distinguir entre asociaciones erigidas (dotadas de personalidad jurídica), aprobadas (sin personalidad jurídica) y recomendadas por la autoridad. Las terceras órdenes, las pías uniones constituidas a modo de cuerpo orgánico (sodalitia) y las cofradías debían erigirse siempre por medio de un decreto formal. Algunas pías uniones podían ser solamente aprobadas; en este caso no gozaban de personalidad jurídica canónica.

La clasificación asociativa del CIC 1917 pronto se reveló insuficiente para comprender a todas las asociaciones de fieles existentes en la Iglesia. La Resolutio Corrientensis de la Sagrada Congregación del Concilio, de 1920[15], supuso una integración de las disposiciones del CIC 1917 en materia asociativa. La Resolución distinguía entre asociaciones eclesiásticas (erigidas o aprobadas por la autoridad eclesiástica) y las asociaciones laicales, que surgían a través de un pacto entre los fieles, quienes gobernaban la asociación. Con el transcurso del tiempo, las denominadas asociaciones laicales pasarán a ser las asociaciones privadas de fieles.

El CIC 1983 expresa jurídicamente la eclesiología del Concilio Vaticano II y formaliza el derecho fundamental de asociación de los fieles, proclamado en los documentos conciliares. De acuerdo con el CIC 1983, las asociaciones de fieles pueden ser públicas o privadas. Las asociaciones públicas son aquellas asociaciones de fieles erigidas por la autoridad eclesiástica competente (Obispo diocesano, Conferencia Episcopal, Santa Sede) para la realización de finalidades que por su propia naturaleza están reservadas a la autoridad (la enseñanza de la doctrina cristiana en nombre de la Iglesia, la promoción del culto público u otras) o para otros fines espirituales no expresamente reservados, a los que no se provea de manera suficiente con la iniciativa privada (c. 301). La erección confiere personalidad jurídica a la asociación pública, que recibe la misión para los fines que se propone alcanzar en nombre de la Iglesia (c. 313). La alta dirección de las asociaciones públicas de fieles corresponde a la autoridad eclesiástica (c. 315), la cual ejercita sobre ellas determinadas funciones que manifiestan estrechos vínculos de unión con la jerarquía: intervención en el nombramiento y remoción del presidente, nombramiento y remoción del capellán o asistente eclesiástico, nombramiento de un comisario en circunstancias especiales, supresión de la asociación, etc. Los bienes de las asociaciones públicas de fieles tienen la consideración de bienes eclesiásticos (c. 1257 § 1) y son administrados según los propios estatutos, bajo la alta dirección de la autoridad eclesiástica. Asimismo, las asociaciones públicas de fieles deben rendir cuentas anualmente de la administración económica ante la autoridad eclesiástica (c. 319).

Las asociaciones privadas de fieles se constituyen a través de un pacto entre los fieles con el objetivo de alcanzar finalidades espirituales y apostólicas que estén de acuerdo con la condición bautismal y el recto ejercicio del sacerdocio común en la Iglesia, con excepción de las reservadas a la autoridad eclesiástica. En algunas asociaciones de fieles existen carismas recibidos por un fundador (son los movimientos eclesiales).

Las asociaciones privadas de fieles pueden obtener el reconocimiento solamente después de que de la autoridad eclesiástica competente haya examinado sus estatutos (c. 299 § 3). Este examen comporta una declaración de conformidad de los fines que se propone con la doctrina, la moral y la disciplina de la Iglesia. Cuando una asociación privada desee conseguir personalidad jurídica es necesario que sus estatutos sean aprobados por medio de un decreto de la autoridad (c. 322 § 2), en el cual se expresa un juicio positivo acerca de los aspectos particulares de la asociación contenidos en los estatutos.

Las asociaciones de fieles pueden ser alabadas o recomendadas por la autoridad eclesiástica (c. 298 § 2). Con este acto la autoridad garantiza una particular legitimidad de la asociación en relación con la comunidad de fieles. Asimismo, para llamarse “católica” la asociación necesita el consentimiento de la autoridad competente (c. 300).

Probablemente algunos de ustedes se preguntarán si después de la entrada en vigor del actual CIC es posible constituir nuevas hermandades y cofradías, teniendo en cuenta que el CIC 1983, a diferencia del CIC 1917, no las cita expresamente. Para responder adecuadamente a esta pregunta hay que partir del principio de continuidad del Derecho canónico, en virtud del cual el Supremo Legislador renunció a establecer una tipología cerrada de asociaciones de fieles, sin que esto signifique que haya modificado la continuidad y el régimen jurídico general de las cofradías. De ahí que la creación de nuevas hermandades y cofradías sea siempre posible, mientras se observe cuanto dispone el CIC 1983 en materia de asociaciones de fieles[16].

  1. Las asociaciones laicales y los criterios de eclesialidad

Merecen una especial reflexión las asociaciones integradas por fieles laicos, debido a que la misión propia y peculiar de ellos en la Iglesia y en el mundo tiene la connotación de la índole secular, que consiste en «buscar el reino de Dios tratando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios» (LG 31/b). La importancia de las asociaciones laicales reside en el hecho de que sus miembros, según su propia vocación en la Iglesia, están llamados a impregnar de espíritu cristiano el orden temporal, fomentando la conexión entre la fe y la vida.

En el ámbito de las asociaciones laicales la formación cristiana adquiere una relevancia particular porque contribuye a profundizar el sentido de la vocación propia de los fieles laicos, además de promover los fines de la asociación. En consecuencia, la formación general y específica en vista del apostolado constituye un deber para los responsables de la asociación y, al mismo tiempo, un derecho para sus miembros. El capítulo VI del decreto Apostolicam actuositatem está dedicado íntegramente a la formación para el apostolado de los fieles laicos, del mismo modo que el capítulo V de la exhortación apostólica Christifideles laici.

La necesidad de establecer criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales en vista de su discernimiento y eventual reconocimiento por parte de los pastores de la Iglesia se hizo sentir durante los trabajos del Sínodo de los Obispos de 1987, que tuvo como tema la vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En el n. 30 de la exhortación, el beato Juan Pablo II trata de cinco criterios de eclesialidad:

  1. El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad. Las asociaciones laicales están llamadas a ser un instrumento al servicio de la santidad de los miembros del pueblo de Dios, vocación que todos los cristianos han recibido con el sacramento del bautismo.
  2. La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre la Iglesia y el hombre, en obediencia a las enseñanzas de la Iglesia, que la interpreta auténticamente.
  3. El testimonio de una comunión firme y convencida, vivida en relación filial con el Papa y con los Obispos, que se manifiesta en la disponibilidad a acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales. La comunión en la Iglesia exige de sus pastores el reconocimiento de la legítima pluralidad de las diversas formas asociativas, así como la disponibilidad a la recíproca colaboración.
  4. La conformidad y la participación en el fin apostólico de la Iglesia, que es la evangelización y la santificación de los hombres y la formación cristiana de la conciencia.
  5. El compromiso de una presencia en la sociedad humana, que a la luz de la doctrina social de la Iglesia se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre.

Como se puede constatar, estos cinco criterios, que deben darse siempre conjuntamente, pueden ser considerados como un conjunto de orientaciones para que la autoridad eclesiástica competente pueda discernir la eclesialidad de una asociación de fieles.

La exhortación enumera también los frutos concretos que deben acompañar la vida de las asociaciones laicales y en cuya realización se pueden comprobar los criterios de eclesialidad mencionados. Estos frutos son los siguientes: el renovado gusto por la oración, la contemplación, la vida litúrgica y sacramental; el estímulo para que florezcan vocaciones al matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada; la disponibilidad a participar en los programas y actividades de la Iglesia sea a nivel local, sea a nivel nacional o internacional; el empeño catequético y la capacidad pedagógica para formar a los cristianos; el impulsar a una presencia cristiana en los diversos ambientes de la vida social, y el crear y animar obras caritativas, culturales y espirituales; el espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que lleva a desarrollar una generosa caridad para con todos; la conversión a la vida cristiana y el retorno a la comunión de los bautizados “alejados”».

  1. La posición de los cristianos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales y de los creyentes de otras religiones en las asociaciones de fieles

En un contexto social caracterizado por la globalización y la multiculturalidad interesa también reflexionar acerca de la modalidad de participación de cristianos no católicos y también de los no cristianos en la vida de las asociaciones de fieles. Se trata de un tema abierto, teniendo en cuenta la complejidad y las implicaciones eclesiológicas que suponen en el diálogo ecuménico e interreligioso, que necesita de ulteriores consideraciones y de precisas tomas de posición de la Sede Apostólica. Por otro lado, actualmente es posible describir algunas líneas generales, haciendo referencia a la praxis seguida hasta ahora por la Santa Sede al reconocer la actividad de algunas asociaciones de fieles comprometidas en el ecumenismo y el diálogo interreligioso.

En primer lugar, es preciso distinguir entre las asociaciones fundadas por católicos y compuestas por católicos entre cuyas finalidades se encuentra el establecimiento de relaciones de comunión y de testimonio común con cristianos no católicos, miembros de otras Iglesias o comunidades eclesiales, en vista del restablecimiento de la plena unidad[17], de las asociaciones que acogen en su seno en calidad de miembros a católicos y a cristianos no católicos[18]. Estas últimas son denominadas “asociaciones ecuménicas”, o bien “interconfesionales”. En relación a ellas, en la ya citada Exhortación apostólica Christifideles laici, recibiendo una de las proposiciones del Sinodo de los Obispos de 1987, se lee: «El Consejo Pontificio para los Laicos está encargado de preparar un elenco de las asociaciones que tienen la aprobación oficial de la Santa Sede (este encargo está ya cumplido; la lista se puede consultar en la página web oficial del dicasterio: www.laici.va), y de definir, juntamente con el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, las condiciones en base a las cuales puede ser aprobada una asociación ecuménica con mayoría católica y minoría no católica, estableciendo también los casos en los que no podrá llegarse a un juicio positivo» (n. 31/d). (Esta tarea, en cambio, no ha sido realizada debido a la complejidad teológica de la materia).

El Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenismo (1993), tratando de las formas más importantes para promover la unidad y la colaboración ecuménicas, señala que pueden formar parte de los Consejos cristianos, además de las Iglesias, también las organizaciones y los grupos cristianos, y que la decisión de asociarse a un Consejo compete a los Obispos de la región en la que el Consejo opera, siendo ellos los responsables de cuidar de la participación católica en dichos Consejos (nn. 166 y 168).

Por lo que se refiere más concretamente a las asociaciones católicas, nada impide que cristianos no católicos puedan unirse, con determinadas condiciones, a las asociaciones privadas de fieles, como se puede constatar en la praxis del Consejo Pontificio para los Laicos de los últimos veinte años. Sin embargo, la posición de los cristianos non católicos dentro de la asociación no puede ser idéntica a la de los católicos, teniendo en cuenta que los primeros no se encuentran en plena comunión con la Iglesia. En este caso, los cristianos no católicos no pueden gozar de los mismos derechos que los católicos, como son, por ejemplo, el derecho a ocupar puestos de dirección en la asociación, el derecho al voto deliberativo en las asambleas de la asociación, etc.

Hay que destacar que tanto los católicos como los cristianos no católicos pueden pertenecer a “organizaciones de inspiración cristiana”. Los miembros de tales organizaciones, actuando en virtud del derecho civil de asociación, actúan en el ámbito temporal y contribuyen a llevar adelante iniciativas de acción social, de defensa de la vida y de la familia, etc., promoviendo de este modo aquello que el beato Juan Pablo II denominó el «ecumenismo de las obras que el Concilio Vaticano II autorizadamente impulsó (UR, 12; GS, 90)»[19].

Quienes pertenecen a otras religiones, al no ser miembros de la Iglesia fundada por Cristo, pueden participar a la vida de una asociación de fieles solamente si tienen la posibilidad de asumir de algún modo el espíritu que la anima y participar en sus fines. La modalidad de su implicación en la asociación puede ser identificada con la calificación de “colaboradores” o “cooperadores”.

Concluyo mi intervención. Como ustedes saben, el pasado 28 de octubre finalizó en el Vaticano la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tuvo como tema la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. El punto número 8 del mensaje pastoral del sínodo hace una mención expresa de las asociaciones de fieles, que pone de relieve la estima de los padres sinodales hacia estas realidades eclesiales: «Mirando a los laicos, una palabra específica se dirige a las varias formas de asociación, antiguas y nuevas, junto con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. Todas ellas son expresiones de la riqueza de los dones que el Espíritu concede a la Iglesia. También a estas formas de vida y compromiso en la Iglesia expresamos nuestra gratitud, exhortándoles a la fidelidad al propio carisma y a la convencida comunión eclesial, de modo especial en el ámbito de las Iglesias particulares»[20].

Mons. Miguel Delgado Galindo
Subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos

Notas

[1] Cfr. A. RIBELOT CORTÉS: La cesión institucional del Seminario de San Telmo a la Junta de Andalucía: presupuestos históricos y jurídicos, Sevilla 1998; ID., Vida azarosa del Palacio de San Telmo: su historia y administración eclesiástica, Sevilla 2001.

[2] Cfr. VV.AA., Actas del I Congreso internacional de hermandades y religiosidad popular, Sevilla 1999.

[3] Cfr. L. NAVARRO, Diritto di associazione e associazioni di fedeli, Milano 1991, 7-17; G. FELICIANI, Il popolo di Dio, Milano 2003, 143-145; Ll. MARTÍNEZ SISTACH, Las asociaciones de fieles, Barcelona 2000, 16-19; G. RIVETTI, Il fenomeno associativo nell’ordinamento della Chiesa tra liberta e autorità, Milano 2008, 41-56.

[4] Cfr. CIC, c. 115 § 2.

[5] Cfr. también PÍO XI, Enc. Quadragesimo anno (15.V.1931); PÍO XII, Enc. Sertum laetitiae(1.XI.1939); JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11.IV.1963).

[6] A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia. Bases de sus respectivos estatutos jurídicos, Pamplona 1991, 121-122.

[7] Cfr. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, «Temas selectos de Eclesiología», enDocumentos (1969-1996). Veinticinco años de servicio a la teología de la Iglesia, Madrid 1998, 336-337; J. RATZINGER, «La eclesiología del Vaticano II», en Iglesia, ecumenismo y política. Nuevos ensayos de eclesiología, Madrid 1987, 18-25.

[8] Para un estudio de la génesis del derecho de asociación en este documento del Concilio Vaticano II véase Ll. MARTÍNEZ SISTACH, El derecho de asociación en la Iglesia, Barcelona 1973; V. MARANO, Il fenomeno associativo nell’ordinamento ecclesiale, Milano 2003, 16-20.

[9] J. HERVADA, Elementos de Derecho constitucional canónico, Pamplona 2001, 127-129.

[10] Cfr. CIC, c. 298 § 1.

[11] “Integrum est christifidelibus, sive clericis sive laicis, ut libere condant atque moderentur consociationes, quibus fines prosequuntur opera caritatis vel pietatis, quorum prosecutio non uni Ecclesiae auctoritati natura sua reservatur, quibusve vocationem christianam in mundo fovendam intendunt, utque conventus habeant ad eosdem fines in communi persequendos”. Cfr. V. MARANO,Il fenomeno associativo nell’ordinamento ecclesiale, op. cit., 55-63.

[12] Cfr. P. LOMBARDÍA, «Una ley fundamental para la Iglesia», en Ius Canonicum, 8/2 (1968), 325-347; D. CENALMOR PALANCA, La Ley fundamental de la Iglesia. História y análisis de un proyecto legislativo, Pamplona 1991.

[13] En el Código de los cánones de la Iglesias orientales, el c. 18 recoge idéntica disposición, desarrollada sucesivamente en los cc. 573-583.

[14] Cfr. J. ANDRADE ORDÓÑEZ, «Las cofradías en el Código de Derecho Canónico de 1917», enExcerpta e dissertationibus in Iure Canonico, IV, Pamplona 1986, 295-372.

[15] Cfr. SAGRADA CONGREGACIÓN DEL CONCILIO, Resolutio Corrientensis (13.XI.1920): AAS 13 (1921) 135-144.

[16] Cfr. W. SCHULZ, «Confraternite: persone giuridiche pubbliche o private?», en G. BARBERINI (a cura di), Raccolta di scritti in onore di Pio Fedele, I, Perugia 1984, 394-395; J. BOGARÍN DÍAZ, «Notas sobre el concepto canónico de archicofradía: el caso de las hermandades penitenciales de Sevilla», en Revista Española de Derecho Canónico, 53 (1996), 465-513.

[17] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo.

[18] Cfr. D. SALACHAS, «Dimensione ecumenica delle associazioni dei fedeli e associazioni interconfessionali», en VV.AA., Le associazioni nella Chiesa, Città del Vaticano 1999, 117-130; G. FELICIANI, «La partecipazione di cristiani di altre Chiese e Comunità ecclesiali e di credenti di altri religioni alla vita delle associazioni di fedeli cattolici», en P.C. pro LAICIS, Ecumenismo e dialogo interregligioso: il contributo dei fedeli laici, Città del Vaticano 2002, 159-170.

[19] JUAN PABLO II, Enc. Evangelium vitae, 91/c.

[20] SÍNODO DE LOS OBISPOS, «Mensaje del Sínodo de los Obispos al pueblo de Dios», enL’Osservatore Romano (edición en lengua española), 4 de noviembre de 2012, 5

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José Guadalupe Martínez Osornio, sacerdote experto en Liturgia


José Guadalupe Martínez Osornio (der.) y su hermano, Javier (izq.), se convirtieron en Sacerdotes; en la imagen con el Obispo de Querétaro, Faustino Armendáriz Jiménez FOTO: ARON COVALIU

Autor: Andrés Garrido del Toral

http://www.plazadearmas.com.mx/noticias/columnas/2015/12/06/andres_garrido_del_toral_376929_1009.html

 José Guadalupe Martínez Osornio, sacerdote experto en Liturgia

Lo veo llegar de mañana o de tarde en tarde a su sencilla oficina de la Notaría Parroquial ubicada en el anexo de San Felipe Neri, a veces apoyado en su bastón y cubriéndose de las inclemencias del tiempo y del candente sol con una gorra de beisbol. Al igual que su hermano Javier, pareciera que levita por las callejuelas de Ocampo y Balvanera, en olor a santidad, iluminando el severo edificio de la improvisada Catedral queretana. Su sonrisa y palabra siempre reconfortan, lo mismo desde el púlpito que en confesión o en charlas privadas. Lo defino como hombre sabio, no solamente por su dominio de los aspectos litúrgicos, sino porque la sabiduría no viene de acumular conocimientos, sino de aplicar éstos en favor de tu prójimo. Está correoso, es sano, alegre, positivo, pero tan sencillo y humilde como el Siervo de Asís.
Nació el 12 de septiembre de 1940, en el barrio de La Cruz. Le impactó mucho la ceremonia en que fue coronada la Santísima Virgen Pueblito, pontificiamente, el 17 de octubre de 1946, en el campo del cementerio de La Cruz, hoy instalaciones deportivas del Indereq y de la Secretaría de la Juventud. No admitían niños, en ese tiempo no había renta de sillas, a cada feligrés le pidieron sillas, recuerda que sus padres llevaron cuatro. Asistieron de seis mil a siete mil personas en una celebración que Querétaro recuerda con entusiasmo, bajo el obispado de don Marciano Tinajero y Estrada.
Su familia guardaba puntualmente las buenas costumbres de un Querétaro parroquial: su papá era un hombre disciplinado, puntual en su trabajo, siempre pendiente de que asistiera al colegio, en el Centro Educativo.
Su amistad con el padre Javier, su hermano, es grandísima, de amor incondicional. Entró con él al Seminario sólo para acompañarlo (su hermano quería ser sacerdote desde un principio, mientras que para José Guadalupe la vocación fue descubierta con el andar del tiempo).
Una vez al mes podían salir de 9am a 6pm, si se portaban bien; sus padres emigraron a Soria, Guanajuato, en busca de mejores oportunidades laborales para el jefe de la familia. Ellos, los hijos, se quedaron en el Seminario ubicado entonces en el anexo de Teresitas, en la calle de Reforma.
Miguel Estrada Lara era un padre que los quería mucho, y por ello José Guadalupe se le acercó y le comentó que ya no quería continuar en el Seminario, pero le hizo mucho bien comentárselo a tan virtuoso varón y de ahí su decisión de quedarse y continuar con la vida religiosa. En ese tiempo Guadalupe era quinto ayudante del secretario de Economía, entraba a ver cuentas y ayudaba en lo administrativo del Seminario.
La familia creció y su padre decidió construir una casa en Celaya, donde la mayoría de sus hermanos acudieron a estudiar al entonces Tecnológico Regional de esa ciudad.
Entre los maestros que le dejaron huella en la vida y en primaria están Antonio Peralta, Antonio Ramírez y José Guadalupe Corona. En el Seminario le marcó el padre Luis Landaverde, su primer director en la Escuela Apostólica, que le enseñó todos los secretos que hay en el idioma Español. Cuando pasó al Seminario Menor tuvo la oportunidad de que el padre Landaverde le enseñara francés, tanto en segundo como en tercer año de latín.
Fue ordenado sacerdote el día 26 de marzo de 1966. El señor obispo don Alfonso Toriz lo designó como asesor y asistente diocesano de la juventud en la ACJM desde que era diácono, en Ocampo y Madero. Después fue vicario en Jalpan de Serra por un año y vuelve a Querétaro como asistente diocesano de las jornadas de vida cristiana, femenina y masculina. Después fue de vicario en San Juan del Río, Tequisquiapan, y luego lo enviaron a Misión de Palmas, en Peñamiller.
De Palmas a Santa Catarina son 16km; de San Miguel Palmas a Peñamiller 28km; de San Miguel Palmas a Tolimán 35km; por lo que salía por San Miguel Palmas. Luego el camión se iba por Peñamiller, entrando al arroyo, pero se quedaba atascado y la gente siempre ayudaba a empujarlo. Los choferes eran muy amables, cosa que se extraña hoy. En San Miguel Palmas estuvo seis años, él sabía que era el mejor lugar que podía tocarle en la vida, de 1970 a1976.
Cuando estuvo en San Miguel Palmas se dio cuenta que era complicado estudiar, por lo que buscaba reuniones y congresos a nivel nacional y siguió adquiriendo conocimiento. Había veces que tenía que caminar cuatro horas para llegar a diferentes lugares de su jurisdicción eclesiástica más el regreso. Dice con seriedad que “en la soledad se da uno cuenta que hay que orar, que hay que platicar con Dios”, al que siempre le pide dos cosas: “O saber un poco de su palabra para poder explicar mejor los contenidos, o de aprender a gustar lo que celebro para disfrutarlo, que es la Liturgia”. Después lo enviaron a estudiar a Roma.
Cuando habló a Alemania para seguir estudiando, se enteró que radicaba allá Rogelio Cabrera -que es ahora Arzobispo de Monterre- y estaban otros dos seminaristas de Querétaro, Rubén Díaz y Marcelino Sánchez; entonces el sacerdote José Guadalupe se comunica con Rogelio y a éste le dice que quiere estudiar Teología Bíblica; le comentó su interlocutor que él ya estaba en ese campo y le comunicó que lo inscribirían en el Pontificio Instituto Litúrgico, porque era lo mejor que había. Estudió Liturgia el joven José Guadalupe y en dos años cursó cuarenta y cinco materias. Le pidió permiso al obispo queretano, Alfonso Toriz Cobián, de hacer cursos de doctorado en Liturgia y los realizó, pero no se tituló porque no hizo la tesis.
El monje Salvatore Marsilli, Cipriano Bagagini y Tomasso Federici fueron sus autores preferidos, sin olvidar a otros autores clásicos como San Gregorio Magno que le gustaba mucho consultar y estudiar. Reconocieron finalmente al joven Guadalupe como alumno en el Pontificio Instituto Litúrgico cuando presenta una serie de exámenes en latín y griego
El lugar que más disfrutó en su largo peregrinar es San Miguel Palmas, en Peñamiller, Querétaro, aunque también gozó su apostolado en Hércules (en la Inmaculada Concepción), donde lo confundían con su señor padre nombrándolo “Lucho”.
Siempre ha honrado la amistad y por ello, desde que estaba ordenándose de sacerdote, se reúne con sus amigos sacerdotes mes con mes, entre los que se cuentan Javier Martínez Osornio (su hermano), Salvador Rincón, Nazario García, Mario Sánchez, Enrique Ugalde, Alejandro Ledesma, con quienes se junta para platicar, estudiar, reír, orar; por lo regular sus reuniones son en el municipio de Tequisquiapan y cada mes le corresponde a uno ser anfitrión o paganoni. También se reunían con ellos los ahora finados José Ordaz, Ismael Hernández, Ausencio Morales y Lupe Galván.
En su paso por la parroquia de Ezequiel Montes dejó excelentes amistades, como la que tiene con las familias Pérez y Trejo Feregrino. En la cabecera de este municipio estuvo nueve años y medio.
Muchacho y hombre sano, practicó toda su vida deporte, como el basquetbol, donde en 1968 compitió en el campeonato estatal; el equipo lo integraban seis sacerdotes, cuatro seminaristas y dos muchachos de fuera, los que nunca perdieron con ningún equipo de primera fuerza. En el seminario le ganaron al equipo estatal A y B. Su entrenador fue Domingo Guerrero, el hoy flamante y judío dueño del bar “La Carreta”. Su entrenador en atletismo era el destacado maestro Mario Rodríguez Estrada, el hoy experto en tango y trova yucateca.
Le tocó al joven José Guadalupe representar al Estado en atletismo, concretamente al sector obrero, y recuerda que recibió sus uniformes en Plaza de Armas de manos del abogado Sergio Herrera Trejo, secretario particular del entonces gobernador Juventino Castro.
El mejor regalo que le hizo Dios, aparte de la vida, fue su familia, hermanos y papás, aclarando que su mamá aún vive. Dios le dejó participar en el sacerdocio y presidir la eucaristía hasta la fecha, diciéndome esto visiblemente emocionado y con lágrimas de felicidad en sus expresivos ojos de hombre de bien. Ve a Dios en los acontecimientos, sobre todo cuando va a visitar enfermos; platicando con ellos, los enfermos y más necesitados, se aprende mucho, se ve la vida de otra forma, afirma seguro.
Empezó a trabajar con el obispo don Marciano Tinajero desde 1958 y no ha dejado de hacerlo con los tres obispos que le sucedieron hasta la fecha. Hoy pedimos por su estado de salud, en horas de dolencia y camas de hospital, pero sé que el Supremo Creador le dará más vida en favor de sus semejantes y su grey. Dios lo bendiga amigo mío. Un abrazo a su hermano Javier, mi sanador.

LA CELDA DEL MONJE
El próximo jueves 10 de diciembre, en el bello Palacio Municipal, sito en Madero 81 poniente, presentaremos el libro “Breve Historia de Querétaro”, de los grandes maestros universitarios queretanos María Isabel Gómez Labardini, Gabriel Rincón Frías y José Rodolfo Anaya Larios. No falten, Chicovel Francisco Xavier Alcocer financió la clásica obra y regalará hasta quinientos ejemplares. Si no llegan no estén molestando después.

LAS SIRENAS DE LANDA
A la muy espiritual Peregrinación que encabezó el excelentísimo Obispo Faustino Armendáriz desde Santiago de Querétaro a Santiago de Jalpan yo no le llamaría “Camino de San Junípero Serra”, sino “Camino por San Junípero Serra”, sencillamente por la razón de que el santo muy nuestro no anduvo por esos caminos de Querétaro a La Cañada, Colón, Tolimán y Peñamiller para ir a la Sierra Gorda. San Junípero llegó a Jalpan por la vía corta, es decir, Ciudad de México, Pachuca, Zimapán, Pacula, atravesó el río Moctezuma, llegó a “La Maroma” (garita de peaje), hoy Matzacintla y giró a la izquierda para llegar a Jalpan, donde fue recibido por una multitud el 16 de junio de 1750.
He sostenido con mucha seriedad que solamente encuentro una visita de Junípero a La Cruz, en 1767 rumbo a Las Californias, pero mi estudiosa amiga Araceli Ardón ya documentó otra visita de Juni a La Cruz en diciembre de 1772 rumbo a la Ciudad de México a solicitar recursos al virrey de Bucareli.
Un abrazo amadas hermanas peregrinas y amados hermanos peregrinos, de parte de este Peregrino de Amor, y que esta Peregrinación local y muy nuestra siga por muchos años. Felicidades al señor Obispo por esta hermosa iniciativa que nos hace encontrarnos más con Dios.
Les vendo un cordero asado a la leña de encino en “El Pastorcito”, con mi dilecto amigo don Chava Mata García. El no te roba como otros…

El ser humano: sacerdote del mundo

El ser humano: sacerdote del mundo

| diciembre 4, 2015

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

manos-mundoLa Encíclica del Papa Francisco Laudato si’ ha generado una serie de respuestas positivas en diversos ambientes: en lo cultural, lo político, lo científico, etc., y por supuesto en el ambiente eclesial. Estas reacciones se han dado probablemente por ser “el cuidado de la casa común”, como afirmó el Obispo ortodoxo Ioannis Zizioulas, un tema del “ecumenismo existencial”.

Los griegos tenían un concepto fundante de toda una cosmovisión: oikos (que significa casa, vivienda, habitación, pueblo) y del que se derivan entre otros: oikeiotes (relación, emparentado, amistad), oikeiow (habitar, cohabitar, reconciliarse, estar familiarizado), oikonomeo (administración, encargo, responsabilidad de la casa), oikoumene (tierra habitada, mundo conocido y civilizado, universo).

Oikos significa, pues, casa, lugar donde se mora, espacio habitable y habitado. De este concepto los Griegos derivaron, dijimos, el de oikoumene, que en un sentido primigenio significó el mundo habitado hasta donde se extendía la influencia griega, la cosmovisión helénica; más allá era el mundo de los bárbaros. Es un poco la idea que siempre ha tenido el imperio en turno, que impone su cosmovisión y cultura: su lengua, su moneda, su comercio, etc. La oikoumene llegó después a significar el mundo habitado en el que coexiste una variedad de pueblos con sus respectivas lenguas y culturas. Una perspectiva geográfica y otra cultural constituían entre los Griegos el fundamento principal de la casa común.

En el ambiente eclesial de los últimos años “ecuménico” ha llegado a significar en general todo esfuerzo para alcanzar la unidad de los cristianos.

En la presentación oficial de la Encíclica del Papa Francisco fue invitado a comentar el texto Ioannis Zizioulas, un Obispo de la Iglesia ortodoxa y uno de sus más grandes teólogos de los últimos años. Este hecho es ya un ejercicio de ecumenismo por parte del Papa. Con motivo de este acontecimiento histórico, pues es la primera vez que un obispo ortodoxo es invitado a un acontecimiento de este género, hizo una serie de afirmaciones en una entrevista que concedió al Padre Antonio Spadaro, sacerdote jesuita. Dice Zizioulas que el tema de la casa común es un tema de ecumenismo existencial porque “los problemas como la justicia social y la salvaguarda de la creación deben revestir un puesto central en las relaciones ecuménicas”. En efecto, los problemas de contaminación, por ejemplo, afectan a todos, sin distinción de credo religioso. Plantar árboles en común con cotos los vecinos, es algo que a todos nos beneficia.

Para Zizioulas la crisis ecológica es esencialmente un problema espiritual, y afirma, la Encíclica lo dice con claridad. Hay entre este teólogo ortodoxo y el Papa un bagaje cultural-religioso común, el de una espiritualidad cristiana que fue común el primer milenio de cristianismo y que ahora juntos redescubren: además de las Sagradas Escrituras, el de los Padres de la Iglesia. Por eso, el pensamiento de ambos coincide en que en nuestra cultura actual reina un individualismo, nos concentramos en buscar la felicidad como si fuera un bien individual, y perdemos de vista las conexiones de las cuales el Papa habla con frecuencia en la Encíclica: el ser humano está ligado a Dios, los hermanos y la creación. Este individualismo nos hace perder de vista también la responsabilidad que tenemos respecto a las futuras generaciones.

Frente a esto, Zizioulas propone que debemos redescubrir los cristianos dos fuentes fundamentales de la tradición cristiana: la vida eucarística y litúrgica, así como la ascética. En la primera, lo creado (pan y vino) es santificado hasta llegar a ser el Cuerpo y Sangre de Cristo, ahí el ser humano actúa como “sacerdote” de la creación. La práctica del ascetismo pone límites a la ambición humana y al egoísmo, causas de la crisis ecológica de nuestro tiempo. Al ser el hombre sacerdote de la creación toma el mundo en sus manos para presentarlo a Dios, y en respuesta recibe de Dios la bendición sobre lo ofrecido. Como dice el Papa, el mundo salido de las manos de Dios, regresa a él en adoración.

Por esto tampoco es casual las afirmaciones del Papa que son extraordinarias y que maravillan a más de uno, por ejemplo, lo que afirma en su Carta con la que concede la indulgencia con ocasión del Jubileo extraordinario de la misericordia: “En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad”.

Esto significa que somos imagen y semejanza de Dios, y nada puede borrar absolutamente es don que Dios nos ha dado. Tomemos conciencia de ello.

Categorías:DSI, General

Que es un Carisma

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 1 de octubre de 2014

Vídeo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Desde los inicios el Señor colmó a la Iglesia con los dones de su Espíritu, haciéndola así cada vez más viva y fecunda con los dones del Espíritu Santo. Entre estos dones se destacan algunos que resultan particularmente preciosos para la edificación y el camino de la comunidad cristiana: se trata de los carismas. En esta catequesis queremos preguntarnos: ¿qué es exactamente un carisma? ¿Cómo podemos reconocerlo y acogerlo? Y sobre todo: el hecho de que en la Iglesia exista una diversidad y una multiplicidad de carismas, ¿se debe mirar en sentido positivo, como algo hermoso, o bien como un problema?

En el lenguaje común, cuando se habla de «carisma», se piensa a menudo en un talento, una habilidad natural. Se dice: «Esta persona tiene un carisma especial para enseñar. Es un talento que tiene». Así, ante una persona particularmente brillante y atrayente, se acostumbra decir: «Es una persona carismática». «¿Qué significa?». «No lo sé, pero es carismática». Y decimos así. No sabemos lo que decimos, pero lo decimos: «Es carismática». En la perspectiva cristiana, sin embargo, el carisma es mucho más que una cualidad personal, que una predisposición de la cual se puede estar dotados: el carisma es una gracia, un don concedido por Dios Padre, a través de la acción del Espíritu Santo. Y es un don que se da a alguien no porque sea mejor que los demás o porque se lo haya merecido: es un regalo que Dios le hace para que con la misma gratuidad y el mismo amor lo ponga al servicio de toda la comunidad, para el bien de todos. Hablando de modo un poco humano, se dice así: «Dios da esta cualidad, este carisma a esta persona, pero no para sí, sino para que esté al servicio de toda la comunidad». Hoy, antes de llegar a la plaza me encontré con muchos niños discapacitados en el aula Pablo VI. Eran numerosos y estaban con una asociación que se dedica a la atención de estos niños. ¿Qué es? Esta asociación, estas personas, estos hombres y estas mujeres, tienen el carisma de atender a los niños discapacitados. ¡Esto es un carisma!

Una cosa importante que se debe destacar inmediatamente es el hecho de que uno no puede comprender por sí solo si tiene un carisma, y cuál es. Muchas veces hemos escuchado a personas que dicen: «Yo tengo esta cualidad, yo sé cantar muy bien». Y nadie tiene el valor de decir: «Es mejor que te calles, porque nos atormentas a todos cuando cantas». Nadie puede decir: «Yo tengo este carisma». Es en el seno de la comunidad donde brotan y florecen los dones con los cuales nos colma el Padre; y es en el seno de la comunidad donde se aprende a reconocerlos como un signo de su amor por todos sus hijos. Cada uno de nosotros, entonces, puede preguntarse: «¿Hay algún carisma que el Señor hizo brotar en mí, en la gracia de su Espíritu, y que mis hermanos, en la comunidad cristiana, han reconocido y alentado? ¿Y cómo me comporto respecto a este don: lo vivo con generosidad, poniéndolo al servicio de todos, o lo descuido y termino olvidándome de él? ¿O tal vez se convierte en mí en motivo de orgullo, de modo que siempre me lamento de los demás y pretendo que en la comunidad se hagan las cosas a mi estilo?». Son preguntas que debemos hacernos: si hay un carisma en mí, si este carisma lo reconoce la Iglesia, si estoy contento con este carisma o tengo un poco de celos de los carismas de los demás, si quería o quiero tener ese carisma. El carisma es un don: sólo Dios lo da.

La experiencia más hermosa, sin embargo, es descubrir con cuántos carismas distintos y con cuántos dones de su Espíritu el Padre colma a su Iglesia. Esto no se debe mirar como un motivo de confusión, de malestar: son todos regalos que Dios hace a la comunidad cristiana para que pueda crecer armoniosa, en la fe y en su amor, como un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. El mismo Espíritu que da esta diferencia de carismas, construye la unidad de la Iglesia. Es siempre el mismo Espíritu. Ante esta multiplicidad de carismas, por lo tanto, nuestro corazón debe abrirse a la alegría y debemos pensar: «¡Qué hermosa realidad! Muchos dones diversos, porque todos somos hijos de Dios y todos somos amados de modo único». Atención, entonces, si estos dones se convierten en motivo de envidia, de división, de celos. Como lo recuerda el apóstol Pablo en su Primera Carta a los Corintios, en el capítulo 12, todos los carismas son importantes ante los ojos de Dios y, al mismo tiempo, ninguno es insustituible. Esto quiere decir que en la comunidad cristiana tenemos necesidad unos de otros, y cada don recibido se realiza plenamente cuando se comparte con los hermanos, para el bien de todos. ¡Esta es la Iglesia! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en la comunión, no puede equivocarse: es la belleza y la fuerza del sensus fidei, de ese sentido sobrenatural de la fe, que da el Espíritu Santo a fin de que, juntos, podamos entrar todos en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida.

Hoy la Iglesia festeja la conmemoración de santa Teresa del Niño Jesús. Esta santa, que murió a los 24 años y amaba mucho a la Iglesia, quería ser misionera, pero quería tener todos los carismas, y decía: «Yo quisiera hacer esto, esto y esto», quería todos los carismas. Y rezando descubrió que su carisma era el amor. Y dijo esta hermosa frase: «En el corazón de la Iglesia yo seré el amor». Y este carisma lo tenemos todos: la capacidad de amar. Pidamos hoy a santa Teresa del Niño Jesús esta capacidad de amar mucho a la Iglesia, de amarla mucho, y aceptar todos los carismas con este amor de hijos de la Iglesia, de nuestra santa madre Iglesia jerárquica.

 

Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, venidos de tantos países. Saludo asimismo a Monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, así como a los fieles de la Prelatura aquí presentes para dar gracias a Dios por la beatificación de Monseñor Álvaro del Portillo. Que la intercesión y el ejemplo del nuevo beato les ayude a responder con generosidad al llamado de Dios a la santidad y al apostolado en la vida ordinaria, al servicio de la Iglesia y de la humanidad entera. Muchas gracias y que Dios los bendiga.

Categorías:General, La voz del papa

Fray Junípero Serra

Fray Junípero Serra:

I.- Mallorquín universal

Petra estará de fiesta las próximas semanas. Petra, localidad situada en el centro de Mallorca, que cuenta alrededor de tres mil habitan…

Fray Junípero es considerado el “apóstol de California"Fray Junípero es considerado el “apóstol de California”

Fray Junípero es considerado el “apóstol de California”. Allí fundó numerosas misiones católicas, que años después darían lugar a ciudades tan importantes como Los Ángeles, San Diego, San José o San Francisco. En el salón estatuario del Capitolio, en Washington, se puede contemplar una estatua de fray Junípero de tamaño natural, junto a otras 37, en representación de los próceres del Estado de California. Francisco ha calificado a fray Junípero como “uno de los padres fundadores de los Estados Unidos”.

Cuando fray Junípero nació, existía en Petra el convento franciscano de san Bernardino de Siena, que se encontraba cerca del hogar de la familia Serra. Los padres, Antonio y Margarita, agricultores muy modestos, tuvieron también una hija, Juana María. Fray Junípero realizó sus primeros estudios en la escuela aneja al convento de san Bernardino, revelándose un niño inteligente; fue allí donde germinó su vocación religiosa, que la familia acogió con alegría. A pocos kilómetros de Petra se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Bonany, donde brotó la devoción mariana de fray Junípero, que practicó a largo de toda su vida; allí predicó su último sermón en Mallorca.

En 1730, con dieciséis años, fray Junípero abandonó Petra, para dirigirse a Palma de Mallorca. Ese mismo año entró como novicio en la orden franciscana en el convento de Santa María de los Ángeles de Jesús, situado en las afueras de Palma. Terminado el año de prueba satisfactoriamente, el joven Miquel Josep hizo la profesión religiosa el 15 septiembre de 1731, decidiendo cambiar su nombre por el de Junípero (Ginepro), uno de los primeros compañeros de san Francisco de Asís. En el convento de san Francisco, en Palma, donde permanecería durante veinte años, fray Junípero cursó los estudios de filosofía y teología. Fue ordenado sacerdote en diciembre de 1737, con veinticuatro años, y aquel mismo año fue nombrado profesor de filosofía; en 1740 lo será en teología. Al finalizar los estudios la primera promoción, dijo a sus alumnos: “Ya no soy vuestro profesor, sino vuestro más humilde servidor”. Fray Junípero ejercitó también el ministerio sacerdotal predicando y confesando en comunidades rurales del interior de Mallorca. Con apenas treinta años, fue nombrado catedrático de filosofía en la Universidad de Mallorca, conocida comúnmente como “Universidad Lulliana”, en honor del beato Ramón Llull, célebre intelectual y místico mallorquín del Medievo.

La muerte de uno de sus mentores, fray Antonio Perelló, natural también de Petra, estimuló en fray Junípero los deseos de ir misionero a México, entonces llamado virreinato de Nueva España, con el deseo de difundir el Evangelio entre los pueblos indígenas. La tarea de anunciar a Cristo a personas con culturas y creencias muy diversas al cristianismo no se presentaba una tarea fácil: requería instaurar relaciones de confianza con la población, construir prácticas de vida que no desbancaran completamente las costumbres locales, así como contribuir al progreso material de los nativos; esto fray Junípero lo aprendería con la experiencia. Junto a otro franciscano más joven, fray Francisco Palóu, que con el correr de los años se convertiría en su biógrafo, zarparon del puerto de Palma en la primavera de 1749 en dirección a Málaga, desde donde navegaron hacia Cádiz. Allí permanecieron durante cuatro meses antes de partir hacia el continente americano, el 29 de agosto, en el buque Nuestra Señora de Guadalupe, donde viajaba un grupo de veinte franciscanos. Después de una escala de dos semanas en Puerto Rico, el 4 de diciembre la nave atracó en el puerto de Veracruz, el más importante de Nueva España. El último día del año, tras un trayecto extenuante que fray Junípero quiso recorrer a pie, pernoctaron en el santuario de la Virgen de Guadalupe, en el cerro del Tepeyac, a las afueras de la Ciudad de México, donde la Virgen María se apareció a san Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1531. Fray Junípero llegó a Nueva España dos siglos después del arribo de los doce primeros franciscanos, llamados los “doce apóstoles” (1524).

Fray Junípero fue acogido en el convento de san Fernando, que tenía la misión de formar misioneros por un período de dos años, para evangelizar posteriormente en territorios de frontera. Pero pronto se presentó la oportunidad a fray Junípero de ofrecerse voluntario para evangelizar en las misiones de la región de la Sierra Gorda, al norte de la capital del virreinato, donde vivían dos pueblos indígenas: los Pames y los Jonace, ambos pertenecientes a la etnia chichimeca. La primera de las cinco misiones que allí fundó fray Junípero fue la de Santiago de Jalpan, en la tierra de los Pames, que con el tiempo dio lugar a la ciudad que hoy es conocida como Jalpan de Serra, en el Estado de Querétaro. Con gran fe y optimismo, así como con notable liderazgo personal y capacidad organizativa, fray Junípero afrontó su tarea apostólica entre aquellas gentes. Además de la atención espiritual y la formación catequética, fray Junípero enseñó a los indígenas nuevas técnicas de agricultura y de cría de ganado, que contribuyeron a aumentar la producción agropecuaria y garantizaban el sustentamiento de las misiones. Los misioneros franciscanos consideraron que si la población indígena se convertía en sedentaria, esta circunstancia favorecería la evangelización; por eso ayudaron a los nativos a estructurarse como comunidad. Cada poblado disponía de un alcalde y de funcionarios municipales elegidos democráticamente.

Fueron construidos cinco templos de estilo barroco, que todavía se conservan, que son una manifestación concreta de la inculturación de la fe en México. Fray Junípero participó en la construcción de estas iglesias como un albañil más. Por otro lado, fue designado responsable de esas misiones, y tuvo que hacerse cargo no sólo de los misioneros franciscanos y los indígenas, sino también de las relaciones con los militares y los colonos. Fue en esta época cuando fray Junípero defendió el derecho de la población indígena de seguir utilizando la propia tierra, que había sido invadida por los colonos, obteniendo la ayuda del virrey. Esto supuso para fray Junípero ser denunciado falsamente de maltrato a los nativos. En cambio, ellos mismos se ocuparon de desmentir estas calumnias ante las autoridades coloniales.

En 1758, fray Junípero y el inseparable P. Palóu fueron destinados por los superiores a la misión de san Saba, en Texas, donde los Comanches habían destruido la misión y asesinado a dos franciscanos. Sin embargo, las autoridades españolas consideraron demasiado peligroso el restablecimiento de la misión de san Saba. Así que ambos frailes regresaron a la Ciudad de México, donde permanecieron en el convento de san Fernando hasta 1768. Durante estos diez años, fray Junípero fue maestro de novicios y realizó junto con otros franciscanos largos viajes, siempre a pie, para predicar la palabra de Dios en misiones populares y administrar los sacramentos, especialmente el de la penitencia, en lugares donde los fieles no veían un sacerdote durante años. Conociendo las capacidades de fray Junípero, sus superiores decidieron confiarle en 1769 la tarea de dar inicio a las misiones en la Alta California. Ese año comenzó otra gran aventura apostólica para fray Junípero.

II. Junípero Serra: la evangelización de la Alta California

Fray Junípero dedicó los últimos años de su vida a administrar los sacramentos del bautismo y de la confirmación a miles de indígenas Fray Junípero dedicó los últimos años de su vida a administrar los sacramentos del bautismo y de la confirmación a miles de indígenas

La expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la corona española, decretada por el rey Carlos III en 1767, motivó que la evangelización en el virreinato de Nueva España fuera encomendada a los franciscanos y a los dominicos. Teniendo en cuenta las grandes dotes apostólicas y organizativas de fray Junípero, sus superiores decidieron confiarle la misión en las tierras de California. El 1 de julio de 1769, procedente de la misión de Loreto, llegó por tierra a lomos de mulo al puerto de San Diego, en la llamada “Alta California”, región que se extendía desde las actuales ciudades de San Diego hasta San Francisco, un territorio de 750 km en línea recta, y cuyo nombre recuerda que fueron fundadas como misiones. Por aquel tiempo, los indígenas que poblaban la Alta California eran alrededor de 60.000. La Baja California se encuentra en la península que lleva el mismo nombre, en el noroeste del actual México. El período que va desde 1769, año en que fue fundada la primera misión, hasta 1810, año en que comenzaron las guerras de independencia en América Latina, fueron fundadas 19 misiones en la Alta California; 9 de ellas por fray Junípero.

Al frente de la primera expedición hacia la Alta California, que comprendía misioneros, soldados y colonos, se encontraba Gaspar de Portolà, gobernador militar de la provincia de Las Californias. Fray Junípero se puso enseguida a trabajar en la misión de San Diego: se construyeron cabañas y una sencilla iglesia con pinturas y otros objetos religiosos traídos desde la Baja California, confiando en que la belleza del arte atraería a los pobladores, los Kumeyaay. Sin embargo, los indígenas robaron y atacaron la misión. Una vez pacificada la situación, fray Junípero partió en nave desde San Diego hasta Monterey, donde fundó en 1770 la misión de San Carlos (no hay que confundir la ciudad de Monterey en California, al sur de San Francisco, con la de Monterrey, que se encuentra en el norte de México). Además de las dificultades que comportaba la misión en esas tierras, fray Junípero tuvo que vérselas también con el obstruccionismo del sucesor de Portolà al mando de las tropas en la Alta California, Pedro Fages, en los proyectos evangelizadores del santo, que hubiera querido establecer misiones con más rapidez.

El trabajo evangelizador con los pobladores de Monterey -los Rumsen– era lento y con resultados muy modestos. Eran pocos los indígenas adultos que aceptaban la fe católica y manifestaban a los misioneros el deseo de ser bautizados. En cambio, algunos consentían que sus hijos recibieran el sacramento del bautismo. Esta situación no desalentó el espíritu apostólico de fray Junípero; todo lo contrario: sugería a sus superiores la fundación de nuevas misiones (las tres siguientes en crearse fueron las de San Antonio y San Gabriel, en 1771, y San Luis Obispo, en 1772). Uno de los problemas que encontró fray Junípero fue la limitación del número de indígenas que podían entrar en la misión, impuesta por las autoridades militares. Fray Junípero se opuso a estas interferencias, afirmando: «Si no se nos permite entrar en contacto con ellos, ¿qué hacemos entonces aquí?». Conviene recordar que la fundación de las misiones requería la conjunción de la tarea propia de los misioneros con la presencia de tropas que garantizaban la seguridad de los evangelizadores, a la vez que los militares descubrían y tomaban posesión de nuevos territorios hasta entonces inexplorados. Los fines que perseguían unos y otros, por tanto, eran distintos; de ahí que las autoridades religiosas y políticas entraran a menudo en conflicto. Los misioneros necesitaban la protección de los soldados, aunque defendían su autonomía y se oponían a las injerencias que sufrían en su trabajo. Por ejemplo, denunciaron con fuerza a las autoridades la violencia de los militares hacia la población indígena.

En 1771, Antonio María de Bucareli y Ursúa sustituyó como virrey de Nueva España a Carlos Francisco de Croix, el cual había protegido la actividad misionera de fray Junípero. Bucareli fue uno de los mejores administradores que tuvo la monarquía española en el siglo XVIII, y un buen virrey de Nueva España. De carácter sereno y reflexivo, Bucareli logró mantener en paz el virreinato e impulsar las reformas borbónicas. En estas circunstancias, fray Junípero realizó un gesto audaz: emprender viaje hacia la Ciudad de México para entrevistarse con el nuevo virrey. Considerando la urgencia de hablar con Bucareli, fray Junípero partió de la Alta California después de haber tratado el tema con sus hermanos franciscanos, pero sin haber solicitado previamente el permiso de su superior, fray Rafael Verger. Este modo de proceder fue debido a que una carta desde la Alta California hasta la Ciudad de México podía llegar a tardar alrededor de un año, y el santo quería llevar noticias de primera mano acerca de las misiones al virrey; temía que las informaciones que le pudieran llegar del comandante Pedro Fages condicionaran negativamente la actitud del virrey respecto a la acción evangelizadora de los franciscanos en la Alta California. El virrey recibió a fray Junípero, quien le informó directamente de la situación en las misiones. Bucareli pidió a fray Junípero que escribiera un documento con todas las sugerencias que deseaba presentarle. Fray Junípero escribió el 13 de marzo de 1773 un largo memorándum con 32 peticiones concretas, que se podrían agrupar en cuatro grandes temas: 1) El abastecimiento de las misiones de la Alta California; 2) La carencia de mano de obra cualificada en las misiones; 3) La distribución de competencias entre los misioneros y los soldados; y 4) La autoridad y la conducta de los soldados. En una solicitud de este último capítulo pide al virrey que respecto a los indígenas bautizados «ningún castigo ni maltratamiento se haga en alguno de ellos, ni por el oficial ni por soldado alguno sin el dictamen del padre misionero, por ser lo dicho costumbre inmemorial del reino desde su conquista, muy conforme al derecho natural (…)».

A fray Junípero se le concedió casi todo lo que había solicitado al virrey, especialmente lo relativo a la autoridad sobre los indígenas. Sugirió también la sustitución de Pedro Fages por otro comandante, cosa que sucedió en 1775 en la persona de Fernando de Rivera y Moncada. Cuando fray Junípero regresó a la Alta California en 1773, encontró las misiones de la Alta California notablemente desarrolladas. Entonces propuso la creación de una nueva misión, la de San Juan de Capistrano, pero mientras se estaba por empezar, seiscientos indios Kumeyaay atacaron la misión de San Diego y la destruyeron totalmente, asesinando a un misionero, fray Luis Jayme, y a dos artesanos. Fray Junípero escribió al virrey para pedirle que se perdonara a los asesinos si hubiesen sido capturados, y no fuesen castigados muy severamente. Le recordaba también que él mismo había manifestado años antes que si los indígenas le mataban se les había de perdonar. Apenas fue posible, se reconstruyó la misión de San Diego y se estableció, no tan solo la misión de San Juan de Capistrano, sino también la de San Francisco, ambas en 1776, y la de Santa Clara, 1777.

En 1777, teniendo en cuenta el desarrollo de las misiones en la Alta California, la sede del gobernador de Las Californias se trasladó a Monterey, y fue nombrado gobernador Felipe de Neve, el cual comenzó un proceso de secularización de las misiones, siendo esto motivo de sufrimiento para fray Junípero. Neve pretendía que no hubiera más misiones en la Alta California, sino sólo “doctrinas”. Las doctrinas eran misiones secularizadas, es decir, parroquias autónomas bajo la jurisdicción de un obispo, y no de una orden religiosa. La transformación de las misiones en doctrinas era el modo con el que las autoridades coloniales pretendían disminuir el influjo de las órdenes religiosas y aumentar el del poder secular. Fray Junípero se propuso evitar que las misiones se convirtieran en territorios sometidos al sistema de dominación colonial, con los misioneros concebidos al servicio de una estrategia de conquista, en la que la evangelización fuese sólo un elemento accidental. Pero fray Junípero, siguiendo las disposiciones de sus superiores religiosos, tuvo que aceptar el nuevo modelo organizativo de las misiones que la administración borbónica estaba imponiendo en el Nuevo Mundo.

En 1782 fray Junípero fundó la misión de San Buenaventura. Dedicó los últimos años de su vida a administrar los sacramentos del bautismo y de la confirmación a miles de indígenas. Antes de cumplir setenta años, y después de haber trabajado treinta y cuatro en Nueva España, sus fuerzas disminuyeron notablemente. Después de haberse confesado con el P. Palóu, falleció en la misión de San Carlos de Monterey el 28 de agosto de 1784. Cuando fray Junípero murió, alrededor de seis mil indígenas habían sido bautizados en las misiones por él fundadas. Fue un religioso dotado de un enorme dinamismo evangelizador; lo único que le movió fue el deseo de anunciar a Cristo, de testimoniar la alegría del Evangelio. De san Junípero Serra dijo el Papa Francisco el día de su canonización: «Tuvo un lema que inspiró sus pasos y plasmó su vida: supo decir, pero sobre todo supo vivir diciendo: “siempre adelante”. Esta fue la forma que Junípero encontró para vivir la alegría del Evangelio, para que no se le anestesiara el corazón. Fue siempre adelante, porque el Señor espera; siempre adelante, porque el hermano espera; siempre adelante, por todo lo que aún le quedaba por vivir; fue siempre adelante. Que, como él ayer, hoy nosotros podamos decir: “siempre adelante”».

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