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Pentecostés: testigos de la fe en el mundo

Pentecostés: testigos de la fe en el mundo

Este domingo es la Solemnidad de Pentecostés, el día de la Acción Católica y el Apostolado Seglar, una jornada para «reflexionar sobre la misión que los laicos reciben de ser testimonios vivos del Evangelio de Jesucristo en las realidades seculares», afirma el delegado de Apostolado Seglar, Salvador Gil
Encarni Llamas Fortes – 17/05/2013 Actualizado a 19/05/2013. 152 vistas.
«Existen voces que quieren retroceder. Esto se llama ser testarudos, querer domesticar al Espíritu Santo es convertirse en necios y lentos de corazón», son palabras del papa Francisco, refiriéndose al cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II. «Después de cincuenta años, ¿hemos hecho todo lo que nos dijo el Espíritu Santo en el Concilio?», nos pregunta el Papa. En el siguiente reportaje analizamos la fiesta del Espíritu Santo en la Diócesis de Málaga, desde diversos puntos de vista.

La fiesta de Pentecostés es también la fiesta de los seglares, la del Espíritu Santo, del Rocío, de la Acción Católica… El Espíritu Santo es protagonista en la administración de sacramentos, en la liturgia y en el día a día de la Iglesia. El delegado de Apostolado Seglar, Salvador Gil, afirma que este domingo es «una ocasión para compartir la fe y convivir entre los distintos movimientos y asociaciones laicales de nuestra Diócesis. Pentecostés es el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, dos realidades eclesiales de especial importancia que queremos cuidar y potenciar en la Iglesia particular de Málaga».

JÓVENES AL ROCÍO

La Aldea del Rocío es punto importante en la fiesta de Pentecostés, y este año, de forma especial, para los jóvenes de las diócesis andaluzas que vivirán del 25 al 28 de julio la Jornada de Pastoral Juvenil “El Rocío 2013”. Una jornada que se desarrollará en comunión con la JMJ de Río de Janeiro. Muchos de los jóvenes andaluces no podrán asistir a dicha jornada en Brasil, por el alto coste económico que supone el viaje, así que las delegaciones de Juventud están organizando esta alternativa en la Aldea del Rocío. Ya se ha puesto en marcha el plazo de inscripción, la salida se hará desde Málaga el jueves 25 de julio, a las 9.30 horas, desde la explanada de Martiricos. Los destinatarios son adolescentes y jóvenes a partir de 15 años. El precio completo de los cuatro días es de 90€. La información ya se encuentra en la web pjmalaga.es. Para más información, pueden enviar un e-mail ajuventud@diocesismalaga.es o llamar al teléfono 952 30 30 76.

PENTECOSTÉS EN EL ROCÍO (ALMONTE, HUELVA)

Las hermandades del Rocío de Málaga capital, Fuengirola, Ronda, Málaga-La Caleta, Estepona y Marbella comenzaron su camino a la Aldea del Rocío el pasado fin de semana. Son seis hermandades filiales las que han iniciado sus peregrinaciones, celebrando la Eucaristía en las parroquias donde se encuentran sus respectivas sedes. La primera en salir fue la de Málaga-La Caleta, que celebró la Eucaristía en la parroquia de San Miguel de Miramar e hizo una visita a la Patrona de la Diócesis, Santa María de la Victoria, antes de seguir su camino hasta Doñana. También hizo su visita a la Patrona la Real Hermandad de Málaga tras celebrar la Eucaristía en la parroquia de la Purísima Concepción.

La hermandad de Fuengirola la celebró en la parroquia de San José, en el Boquetillo; la de Estepona, también en la parroquia de San José de esta localidad; la de Ronda, en la iglesia de Santa María la Mayor y la de Marbella, en la parroquia de la Encarnación. Todos comenzaron su camino de peregrinación. «No se trata de una excursión, sino de una peregrinación interior a los pies de María», afirma un romero de la capital.

¿QUÉ ES LA ACCIÓN CATÓLICA GENERAL?

La Acción Católica General es la asociación de los laicos que viven y trabajan normalmente en la evangelización en el entorno de la parroquia y en todos sus ámbitos. La forman los laicos asociados, teniendo como consiliario habitual al propio párroco. La espiritualidad cristiana es la base. Espiritualidad que lleva a la misión evangelizadora. Para vivir bien esa espiritualidad e ir teniendo la formación adecuada, los componentes de la Acción Católica General se organizan en tres sectores: infancia, jóvenes y adultos.

La diócesis de Málaga cuenta también con varios grupos de Acción Católica especializada en el mundo obrero: la Hermandad Obrera de Acción Católica, cuya tarea es evangelizar, en corresponsabilidad con la diócesis, en el campo concreto del mundo del trabajo.

PENTECOSTÉS EN LOS SACRAMENTOS, por José Luis Linares, sacerdote y profesor emérito de Sacramentos

El Espíritu Santo es, como dice el papa Francisco, «fuente inagotable de la vida de Dios en nosotros» nos ofrece a los hombres que peregrinamos como el agua viva que nos refresca en las horas de sofoco y sacie nuestros deseos profundos de amor, armonía y paz”.

BAUTISMO

El Espíritu es el don del Resucitado en el bautismo nos purifica, nos ilumina y nos transforma, haciéndonos hijos partícipes de la vida de Dios.

CONFIRMACIÓN

En la confirmación, la fuerza del Espíritu nos fortalece para poder vivir en medio de las dificultades de la vida con los mismos sentimientos y criterios de Jesús, convirtiéndonos en testigos auténticos del Resucitado.

EUCARISTÍA

En la Eucaristía transforma el pan y el vino en su cuerpo entregado y su sangre derramada, verdadero pan del cielo, haciéndonos partícipes de su vida glorificada, sembrando nuestra existencia, limitada, de eternidad. En la misma Eucaristía, el Espíritu Santo es invocado sobre la comunidad que celebra para que nos unifique y haga de la diversidad una comunidad de amor y servicio.

RECONCILIACIÓN Y UNCIÓN DE ENFERMOS

Al soplo, al don del Espíritu Santo, el Señor resucitado une el poder de perdonar y restaurar (Jn 20,23). El perdón que nos viene de su sangre derramada nos renueva con el amor de su entrega. A través de su costado abierto entra en el mundo la gracia del perdón que nos transforma y nos pacifica.

ORDEN SACERDOTAL

Esta escena del Pentecostés joánico también nos habla del ministerio sacerdotal. Cuando el Señor dice la paz con vosotros, la paz contigo, se da a sí mismo, pues Él mismo es la paz (Ef 2, 14). Como el buen pastor, el presbítero debe guiar al rebaño, alimentarlo y defenderlo. Será en la celebración de la Eucaristía donde el Señor se nos dé continuamente y se convierta en la fuente de paz y unidad de la comunidad que lo celebra.

MATRIMONIO

El matrimonio, comunidad de amor, sólo puede vivirse por el Espíritu. La atmósfera del dar y recibir mutuo que hacen del yo y el tú un nosotros, es el Espíritu. El matrimonio, misterio del amor, por el Espíritu, convierte a la pareja en signo de la trinidad, misterio de amor y de fecundidad. Todos los que somos insertados por los sacramentos de la Iglesia al misterio de Cristo debemos dejarnos conducir por el soplo de su Espíritu, para que esa vida recibida no la encerremos egoístamente en los límites de nuestras comunidades, sino que impulsados por el gozo del Resucitado lo llevemos a los que sufren, los que dudan y también los reacios (Jn 20,21). Estas dimensiones son las que el papa Francisco nos están recordando continuamente cuando invita a la Iglesia a salir a la periferia.

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Categorías:Accion Catolica

Jornada Mundial de Oracion por la Santificacion de los Sacerdotes

         conprocleris

Sacratísimo Corazón de Jesús

7 de junio de 2013

Jornada Mundial de Oración

por la Santificación de los Sacerdotes

 

 

 

Queridos hermanos en el sacerdocio y amigos:

Con ocasión de la próxima solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, el 7 de junio de 2013, en la cual celebramos la Jornada Mundial de Oración por la santificación de los Sacerdotes, os saludo cordialmente a todos, a cada uno de vosotros, y doy gracias al Señor por el don inefable del sacerdocio y por la fidelidad al amor de Cristo.

La invitación del Señor a «permanecer en su amor» (cfr. Jn 15, 9) vale para todos los bautizados, pero en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús resuena con renovada fuerza en nosotros, los sacerdotes. Como nos ha recordado el Santo Padre en la apertura del Año Sacerdotal, citando al Santo Cura de Ars, «el sacerdocio es el amor al Corazón de Jesús» (cfr. Homilía en la celebración de las Vísperas de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, 19 de junio de 2009). De este Corazón —y no lo podemos olvidar nunca— brotó el don del ministerio sacerdotal.

Hemos hecho experiencia de que «permanecer en su amor» nos impulsa con fuerza hacia la santidad. Una santidad —lo sabemos bien— que no consiste en llevar a cabo acciones extraordinarias, sino en permitir que Cristo actúe en nosotros y hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. El valor de la santidad está en la estatura que Cristo alcanza en nosotros, en cuánto, con el vigor del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida.

Los presbíteros hemos sido consagrados y enviados para hacer actual la misión salvífica del Hijo Divino encarnado. Nuestra función es indispensable para la Iglesia y para el mundo y requiere nuestra plena fidelidad a Cristo y nuestra incesante unión con Él. Así, sirviendo humildemente, somos guías que llevan a la santidad a los fieles encomendados a nuestro ministerio. De ese modo, se reproduce en nuestra vida el deseo que expresó Jesús en su oración sacerdotal, después de instituir la Eucaristía: «Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que Tú me diste, porque son tuyos (…). No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno (…). Santifícalos en la verdad (…). Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17, 9.15.17.19).

En el Año de la Fe

Estas consideraciones asumen una importancia especial en relación a la celebración del Año de la Fe —que el Santo Padre Benedicto XVI convocó con el Motu proprio Porta Fidei (11 de octubre de 2011)— que comenzó el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y que terminará en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, el próximo 24 de noviembre. La Iglesia con sus Pastores debe seguir en camino, para sacar a los hombres del “desierto” y llevarlos hacia la comunión con el Hijo de Dios, que es la Vida para el mundo (cfr. Jn 6, 33).

En esta perspectiva, la Congregación para el Clero dirige la presente carta a todos los sacerdotes del mundo, para ayudar a cada uno a renovar el compromiso de vivir el evento de gracia al que estamos llamados, de modo particular a ser protagonistas y animadores diligentes para un descubrimiento de la fe en su integridad y en todo su atractivo; por tanto, estimulados a considerar que la nueva evangelización está orientada precisamente a la trasmisión genuina de la fe cristiana.

En la Carta Apostólica Porta Fidei el Papa interpreta los sentimientos de los sacerdotes de no pocos países: «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas» (n. 2).

La celebración del Año de la Fe se presenta como una oportunidad para la nueva evangelización, para superar la tentación del desánimo, para dejar que nuestros esfuerzos se muevan cada vez más bajo el impulso y la guía del actual Sucesor de Pedro. Tener fe significa principalmente estar seguros de que Cristo, venciendo la muerte en su carne, hizo posible también para quien cree en Él compartir ese destino de gloria, y satisfacer el anhelo, que alberga en el corazón de todo hombre, de una vida y un gozo perfectos y eternos. Por esto, «la Resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza, es el tesoro más valioso. ¿Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza? No es sólo para nosotros; es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es precisamente nuestro testimonio» (Papa Francisco, Audiencia General, 3 de abril de 2013).

Como sacerdotes debemos prepararnos para guiar a los demás fieles hacia una maduración de la fe. Sentimos que nosotros somos los primeros que tenemos que abrir más nuestros corazones. Recordemos las palabras del Maestro en el último día de la fiesta de las Cabañas en Jerusalén: «Jesús, en pie, gritó: “el que tenga sed, que venga a mí y beba, el que cree en mí. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva”. Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 37-39). También del sacerdote, alter Christus, pueden manar ríos de agua viva, en la medida en que él beba con fe las palabras de Cristo, abriéndose a la acción del Espíritu Santo. De su “apertura” a ser signo e instrumento de la gracia divina depende en última instancia, no sólo la santificación del pueblo que se le ha encomendado, sino también el orgullo de su identidad: «El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco —no digo “nada” porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción— se pierde lo mejor de nuestro pueblo, lo que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor “ya tienen su paga”, y puesto que no se juegan ni la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con “olor a oveja” — esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note—, en vez de ser pastores en medio de su rebaño y pescadores de hombres» (Papa Francisco, Homilía de la S. Misa crismal, 28 de marzo de 2013).

 

 

 

Transmitir la Fe

Cristo encomendó a los Apóstoles y a la Iglesia la misión de predicar la Buena Nueva a todos los hombres. San Pablo siente el Evangelio como «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1, 16). Jesucristo mismo es el Evangelio, la “Buena Nueva” (cfr. 1Cor 1, 24). Nuestra tarea es ser portadores de la fuerza del amor inconmensurable de Dios, que se manifestó en Cristo. La respuesta a la generosa Revelación divina es la fe, fruto de la gracia en nuestras almas, que requiere la apertura del corazón humano. «Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios» (Porta Fidei, n. 7). Que tras años de ministerio sacerdotal, con frutos y con dificultades, el presbítero pueda decir con San Pablo: «He completado el anuncio del Evangelio de Cristo» (Rom 15, 19; 1Cor 15, 1-11; etc.).

Colaborar con Cristo en la transmisión de la fe es una tarea de todo cristiano, dentro de la característica cooperación orgánica entre fieles ordenados y fieles laicos en la Santa Iglesia. Este dichoso deber implica dos aspectos profundamente unidos. El primero, la adhesión a Cristo, que significa hacer un encuentro personal con Él, seguirlo, ser sus amigos, creer en Él. En el contexto cultural actual, resulta particularmente importante el testimonio de la vida —condición de autenticidad y credibilidad— que hace descubrir que por la fuerza del amor de Dios su Palabra es eficaz. No debemos olvidar que los fieles buscan en el sacerdote al hombre de Dios y su Palabra, su Misericordia y el Pan de la Vida.

Un segundo punto del carácter misionero de la transmisión de la fe se refiere al hecho de aceptar con gozo las palabras de Cristo, las verdades que nos enseña, los contenidos de la Revelación. En este sentido, un instrumento fundamental será precisamente la exposición ordenada y orgánica de la doctrina católica, anclada en la Palabra de Dios y la Tradición perenne y viva de la Iglesia.

En particular, tenemos que comprometernos a vivir y a hacer vivir el Año de la Fe como una ocasión providencial para comprender que los textos que los Padres conciliares nos dejaron como herencia, según las palabras del beato Juan Pablo II: «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia […]. Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 6 de enero de 2001, 57: AAS 93 [2001], 308, n. 5).

 

Los contenidos de la fe

El Catecismo de la Iglesia Católica —que el Sínodo de los Obispos extraordinario de 1985 indicó como instrumento al servicio de la catequesis y se realizó mediante la colaboración de todo el Episcopado— ilustra a los fieles la fuerza y la belleza de la fe.

El Catecismo es un auténtico fruto del Concilio Ecuménico Vaticano II, que hace más fácil el ministerio pastoral: homilías atractivas, incisivas, profundas, sólidas; cursos de catequesis y de formación teológica para adultos; la preparación de los catequistas, la formación de las distintas vocaciones en la Iglesia, especialmente en los Seminarios.

La Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe (6 de enero de 2012), ofrece un amplio abanico de iniciativas para vivir este tiempo privilegiado de gracia muy unidos al Santo Padre y al Cuerpo episcopal: las peregrinaciones de los fieles a la Sede de Pedro, a Tierra Santa, a los Santuarios marianos, la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro en el inminente mes de julio; los simposios, congresos y reuniones, incluidos los de nivel internacional y, en particular, los dedicados a redescubrir las enseñanzas del Concilio Vaticano II; la organización de grupos de fieles para la lectura y la profundización común del Catecismo con un compromiso renovado de difundirlo.

En el actual clima relativista parece oportuno poner de relieve cuán importante es el conocimiento de los contenidos de la auténtica doctrina católica, inseparable del encuentro con testigos atractivos de la fe. De los primeros discípulos de Jesús en Jerusalén se narra en libro de los Hechos que «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42).

En este sentido el Año de la Fe es una ocasión especialmente propicia para escuchar con más atención las homilías, las catequesis, las alocuciones y las demás intervenciones del Santo Padre. Para numerosos fieles, tener a disposición las homilías y los discursos de las audiencias será una gran ayuda para transmitir la fe a otros.

Se trata de verdades que nos dan vida, como dice san Agustín cuando, en una homilía sobre la redditio symboli, describe la entrega del Credo: «Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón, y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis; algo en lo que mantengáis despierto el corazón, aun cuando vuestro cuerpo duerme» (Agustín de Hipona, Sermón 215, sobre la Redditio Symboli).

En Porta Fidei se traza un recorrido para ayudar a comprender de modo más profundo los contenidos de la fe y el acto con el cual nos encomendamos libremente a Dios: el acto con el que se cree y los contenidos a los que damos nuestro asentimiento están marcados por una profunda unidad (cfr. n. 10).

 

Crecer en la fe

El Año de la fe representa, por tanto, una invitación a la conversión a Jesús único Salvador del mundo, a crecer en la fe como virtud teologal. En el prólogo al primer volumen de Jesús de Nazaret, el Santo Padre escribe acerca de las consecuencias negativas si se presenta a Jesús como una figura del pasado de quien se sabe poco de cierto: «Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío» (p. 8).

Vale la pena meditar muchas veces estas palabras: «la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende». Se trata del encuentro personal con Cristo. Encuentro de cada uno de nosotros, y de cada uno de nuestros hermanos y hermanas en la fe, a los que servimos con nuestro ministerio.

Encontrar a Jesús, como los primeros discípulos —Andrea, Pedro, Juan— como la samaritana o como Nicodemo; acogerlo en casa propia como Marta y María; escucharle leyendo muchas veces el Evangelio; con la gracia del Espíritu Santo, este es el camino seguro para crecer en la fe. Como escribía el Siervo de Dios Pablo VI: «La fe es el camino a través del cual la verdad divina entra en el alma» (Insegnamenti, IV, p. 919).

Jesús nos invita a sentir que somos hijos y amigos de Dios: «Os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca. De modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé» (Jn 15, 15-16).

 

 

Medios para crecer en la Fe. La Eucaristía

Jesús nos invita a pedir con plena confianza, a rezar con las palabras “Padre nuestro”. Propone a todos, en el discurso de las Bienaventuranzas, una meta que a los ojos de los hombres parece una locura: «Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Para ejercer una buena pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a las circunstancias y los ritmos de cada persona, debemos ser amigos de Dios, hombres de oración.

En la oración aprendemos a llevar la Cruz, esa Cruz abierta al mundo entero, para su salvación, que, como revela el Señor a Ananías, acompañará también la misión de Saulo, recién convertido: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre» (Hch 9, 15-16). Y a los fieles de Galacia, san Pablo hará esta síntesis de su vida: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 19-20).

En la Eucaristía se actualiza el misterio del sacrificio de la Cruz. La celebración litúrgica de la Santa Misa es un encuentro con Jesús que se ofrece como víctima por nosotros y nos transforma en Él. «Por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo» (Benedicto XVI, Exhort. Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 64). No sorprende entonces que en la Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe se sugiera intensificar la celebración de la fe en la liturgia y, en particular, en la Eucaristía, donde se proclama, se celebra y se refuerza la fe de la Iglesia (cfr. n. IV, 2). Si la liturgia eucarística se celebra con gran fe y devoción, los frutos son seguros.

 

El Sacramento de la Misericordia que perdona

La Eucaristía es el Sacramento que edifica la imagen del Hijo de Dios en nosotros, mientras que la Reconciliación es lo que nos hace experimentar la fuerza de la misericordia divina, que libera el alma de los pecados y le hace saborear la belleza de volver a Dios, verdadero Padre enamorado de cada uno de sus hijos. Por esto, el sagrado ministro en primera persona debe estar convencido de que «sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desalentarnos por nuestras caídas, por nuestros pecados, sintiéndonos amados por Él, nuestra vida será nueva, animada por la serenidad y la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza!» (Papa Francisco, Audiencia general, 10 de abril de 2013).

El sacerdote debe ser sacramento en el mundo de esta presencia misericordiosa: «Jesús no tiene casa porque su casa es la gente, somos nosotros, su misión es abrir a todos las puertas de Dios, ser la presencia de amor de Dios» (Papa Francisco, Audiencia general, 27 de marzo de 2013). No podemos, pues, enterrar este maravilloso don sobrenatural, ni distribuirlo sin tener los mismos sentimientos de Aquel que amó a los pecadores hasta el culmen de la Cruz. En este sacramento el Padre nos ofrece una ocasión única para ser, no sólo espiritualmente, sino nosotros mismos, con nuestra humanidad, la mano suave que, como el Buen Samaritano, vierte el aceite que alivia las llagas del alma (Lc 10, 34). Debemos sentir como nuestras estas palabras del Pontífice: «Un cristiano que se cierra en sí mismo, que oculta todo lo que el Señor le ha dado, es un cristiano… ¡no es cristiano! ¡Es un cristiano que no agradece a Dios todo lo que le ha dado! Esto nos dice que la espera del retorno del Señor es el tiempo de la acción —nosotros estamos en el tiempo de la acción—, el tiempo de hacer rendir los dones de Dios no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para los demás; el tiempo en el cual buscar siempre hacer que crezca el bien en el mundo. […] Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles» (Papa Francisco, Audiencia general, 24 de abril de 2013).

El sacramento de la Reconciliación, por tanto, es también el sacramento de la alegría: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su Hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y comenzaron a celebrar el banquete» (Lc 15, 11-24). Cada vez que nos confesamos encontramos la alegría de estar con Dios, porque hemos experimentado su misericordia, quizás muchas veces cuando manifestamos al Señor nuestras faltas debidas a la tibieza y la mediocridad. Así se fortalece nuestra fe de pecadores que aman a Jesús y saben que son amados por Él: «Cuando a uno le llama el juez o tiene un juicio, lo primero que hace es buscar a un abogado para que le defienda. Nosotros tenemos uno, que nos defiende siempre, nos defiende de las asechanzas del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados. Queridísimos hermanos y hermanas, contamos con este abogado: no tengamos miedo de acudir a Él para pedir perdón, bendición, misericordia. Él nos perdona siempre, es nuestro abogado: nos defiende siempre. No olvidéis esto» (Papa Francisco, Audiencia general, 17 de abril de 2013).

En la adoración eucarística, podemos decir a Cristo presente en la Hostia Santa, con santo Tomás de Aquino:

Plagas sicut Thomas no intúeor

Deum tamen meum Te confiteor

Fac me tibi semper magis crédere

En Te spem habére, Te dilígere.

Y también con el apóstol Tomás podemos repetir con nuestro corazón sacerdotal, cuando tenemos a Jesús en nuestras manos: Dominus meus et Deus meus!

«Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). Con estas palabras Isabel saludó a María. Recurramos a aquella que es Madre de los sacerdotes y que nos precedió en el camino de la fe, a fin de que cada uno de nosotros crezca en la Fe de su divino Hijo y así llevemos al mundo la Vida y la Luz, el calor, del Sacratísimo Corazón de Jesús.

 

 

Card. Mauro Piacenza

Prefecto

 

 

+ Celso Morga Iruzubieta

Secretario

 

Se proponen algunas sugerencias para un momento de oración para el Obispo y el presbiterio, que se puede organizar como Vigilia de preparación a la Jornada, o bien, hacer durante el mismo día.

 

 

Adoración Eucarística

 

 

Canto de entrada

 

Saludo litúrgico del Obispo. Sigue la oración.

 

Oremos.

Padre santo y misericordioso, Tú que hiciste fieles a los apóstoles en la confesión de tu nombre, confórtanos con la gracia de tu Espíritu y concede a tus siervos permanecer arraigados en la integridad de la fe y resplandecer por sabiduría y santidad de vida en el servicio asiduo a tu Iglesia. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

 

 

Evangelio (Se puede elegir entre los siguientes pasajes: Mc 16, 15-20; Lc 5, 1-11; Lc 10, 1-9; Jn 10, 11-16; Jn 15, 9-17; Jn 21, 1-14).

 

Homilía

 

Renovación de las promesas sacerdotales como en la Misa crismal.

 

*   *   *

 

Sigue la exposición del SS. Sacramento. Canto (Adoro te devote)

 

Adoración silenciosa. Durante la oración personal se pueden meditar algunos pasajes como los que se citan a continuación.

 

Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto «Presbyterorum Ordinis» acerca de la vida de los presbíteros, n. 3.

 

Los presbíteros en el pueblo de Dios

 

Los presbíteros, tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para que ofrezcan sacrificios por los pecados, viven con los demás hombres como hermanos. Así también, el Señor Jesús, el Hijo de Dios, hombre enviado por el Padre a los hombres, vivió entre nosotros y quiso ser semejante a sus hermanos en todo, pero sin pecado. Ya le imitaron los santos Apóstoles, y san Pablo, doctor de las gentes, “escogido para el Evangelio de Dios” (Rom 1, 1), testimonia que se hizo todo a todos para salvar a todos. Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, en cierto sentido están segregados en medio del pueblo de Dios, no para estar separados de él o de cualquier hombre, sino para consagrarse totalmente a la obra para la que el Señor los ha elegido. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y administradores de la vida de esta tierra, pero tampoco podrían servir a los hombres si fueran ajenos a la vida y condiciones de los mismos. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se identifiquen con este mundo. Al mismo tiempo, sin embargo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas y busquen atraer incluso a las que no son de este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y haya un solo rebaño y un solo pastor. Para poder conseguir esto, ayudan mucho las virtudes que con razón se aprecian en el trato humano, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza y constancia de ánimo, la preocupación constante por la justicia, la amabilidad y otras que recomienda san Pablo, cuando dice: “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8).

 

 

Papa Francisco, Homilía de la S. Misa crismal (28 de marzo de 2013)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas, también el Salmo, nos hablan de los «Ungidos»: el siervo del Señor de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos… Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo 133: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (v. 2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cfr. Éx 28, 6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cfr. Éx 28, 21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se limita a perfumar su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema…». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales —pero lo son sólo en apariencia— el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos —futuros sacerdotes— todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cfr. Lc 8, 42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco —no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción— se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja» —esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note—; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción —y no la función— y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquel de quien nos hemos fiado: Jesús.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido. Amén.

 

 

Benedicto XVI, Homilía en la conclusión del Año Sacerdotal (11 de junio de 2010)

 

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal; queridos hermanos y hermanas:

El Año sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del santo cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que realiza un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo las palabras de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transubstanciación, palabras que lo hacen presente a él mismo, el resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar; esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido considerar y comprender de nuevo. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que él se confíe a nuestra debilidad; que él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia de hoy, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdote: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús y vivirse a partir de él. Quiero meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 — «El Señor es mi pastor»—, en el que el Israel orante acoge la autorrevelación de Dios como pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi pastor, nada me falta». En este primer versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida del hombre. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ez 34, 11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en definitiva, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con ellas. El Dios único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10, 14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Señor. Dios me conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un pequeño punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad con Dios.

Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23, 3 s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza de modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, esta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el camino. Sabemos por el Evangelio que él es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: «Sí, vivir ha sido algo bueno». El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran Salmo 119 es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el camino, cómo podemos caminar de manera justa. La vida de Jesús es una síntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. Así comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el camino justo.

Después viene una palabra referida a la «cañada oscura», a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. “Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro”, dice el Salmo 139. Sí, tú estás presente también en la última fatiga, y así el salmo responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz.

«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.

Al final del Salmo se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el Salmo esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este Salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de él este mandato: «Haced esto en memoria mía»? Alegres porque él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las palabras del Salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23, 6).

Por último, veamos brevemente los dos cantos de comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, está la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixión de Jesús: «Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19, 34). El corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del costado traspasado del Señor, de su corazón abierto, brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El corazón abierto es fuente de un nuevo río de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida (Ez 47): Jesús mismo es el nuevo templo, y su corazón abierto es la fuente de la que brota un río de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.

La liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como canto de comunión otra palabra, afín a esta, extraída del evangelio de san Juan: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. Jn 7, 37 s). En la fe bebemos, por así decir, del agua viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en María que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los demás. Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has abierto tu corazón; porque en tu muerte y resurrección te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.

 

*   *   *

 

Los ritos de reposición eucarística pueden ir precedidos de la Oración universal.

 

C – Queridos hermanos, unidos en oración como los Apóstoles en el Cenáculo, pedimos a Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, que acoja nuestras súplicas, por nosotros, por la santa Iglesia y por el mundo entero. Por esto digamos con fe: Padre, haz que seamos testigos auténticos y solícitos de tu amor.

 

  1. Por el      Santo Padre Francisco, nuestro Obispo N.      y por todos los Pastores de la Iglesia: para que la guíen con bondad y      sabiduría, y firmes en la fe ante todo el mundo den testimonio heroico de      fidelidad a la Palabra de salvación que recibieron de los Apóstoles.      Oremos.
  1. Por todos los sacerdotes: para que las dificultades de su ministerio no los desanimen, sino que los impulsen a mantener la mirada siempre fija en Aquel que hizo de la Cruz el instrumento de amor de la misericordia divina que transforma el corazón de todo hombre. Oremos.
  2. Por todos aquellos a quienes Jesús llama a seguirlo para continuar su obra de salvación en el mundo: para que sean fuertes frente a las seducciones del maligno y respondan con generosidad a la invitación del divino Maestro, aprendiendo, como los Apóstoles en el Tabor, a saborear la belleza de estar con Él. Oremos.
  3. Por los Rectores de los Seminarios y por quienes son llamados a forman a los candidatos al ministerio sagrado: para que desempeñen siempre su tarea con amor paterno, alentando y ayudando a cada joven a crecer en sabiduría, edad y gracia, y a sacar fruto de los buenos talentos que Dios ha puesto en su corazón en beneficio de todos. Oremos.
  4. Por todos los fieles cristianos: para que, en espíritu  de comunión y colaboración con todos los ministros, sepan ver en ellos la misteriosa presencia de Jesús Buen Pastor, que llama continuamente a sus ovejas, y los sostengan constantemente con la oración, a fin de que sean para ellos cada día un ejemplo y un punto de referencia seguro para vivir de modo auténtico la fe en el Hijo de Dios. Oremos.
  5. La sagrada unción sacramental hace que el sacerdote sea tal eternamente: para que todos los sacerdotes difuntos continúen, junto a Cristo ascendido a la derecha del Padre y en unión con Su santo Sacrificio, la ofrenda de amor de sí mismos, y preparen así un lugar junto a Él en la gloria a todos aquellos que escuchan su voz. Oremos.

C – Padre, tu obra de salvación, llevada a cabo a través de tu Hijo, por medio del Espíritu, es reflejo del misterio trinitario, que es misterio de amor. Acoge nuestras oraciones y ayúdanos a mantenernos siempre fieles a ti. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.

 

Se canta el Tantum ergo, y después, antes de las Aclamaciones habituales, se puede utilizar el esquema de las Letanías de Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote y Víctima (tomadas del libro Don y misterio de Juan Pablo II)

 

Kyrie, eleison                                                 Kyrie, eleison

Christe, eleison                                              Christe, eleison

Kyrie, eleison                                                 Kyrie, eleison

Christe, audi nos                                            Christe, audi nos

Christe, exaudi nos                                        Christe, exaudi nos

Pater de cælis, Deus,                                     miserere nobis

Fili, Redemptor mundi, Deus,                       miserere nobis

Spiritus Sancte, Deus,                                   miserere nobis

Sancta Trinitas, unus Deus,                           miserere nobis

Iesu, Sacerdos et Victima,                             miserere nobis

Iesu, Sacerdos in æternum

secundum ordinem Melchisedech,                miserere nobis

Iesu, Sacerdos quem misit

Deus evangelizare pauperibus,                      miserere nobis

Iesu, Sacerdos qui in novissima cena

formam sacrificii perennis instituisti,             miserere nobis

Iesu, Sacerdos semper vivens

ad interpellandum pro nobis,                                     miserere nobis

Iesu, Pontifex quem Pater

unxit Spiritu Sancto et virtute,                      miserere nobis

Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte,         miserere nobis

Iesu, Pontifex pro hominibus constitute,       miserere nobis

Iesu, Pontifex confessionis nostræ,               miserere nobis

Iesu, Pontifex amplioris præ Moysi gloriæ,   miserere nobis

Iesu, Pontifex tabernaculi veri,                      miserere nobis

Iesu, Pontifex futurorum bonorum,               miserere nobis

Iesu, Pontifex sancte,

innocens et impollute,                                    miserere nobis

Iesu, Pontifex fidelis et misericors,               miserere nobis

Iesu, Pontifex Dei

et animarum zelo succense,                           miserere nobis

Iesu, Pontifex in æternum perfecte,              miserere nobis

Iesu, Pontifex qui per proprium

sanguinem cælos penetrasti,                          miserere nobis

Iesu, Pontifex qui nobis

viam novam initiasti,                                     miserere nobis

Iesu, Pontifex qui dilexisti nos

et lavisti nos a peccatis in sanguine tuo,        miserere nobis

Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum

Deo oblationem et hostiam,                           miserere nobis

Iesu, Hostia Dei et hominum,                        miserere nobis

Iesu, Hostia sancta et immaculata,                miserere nobis

Iesu, Hostia placabilis,                                   miserere nobis

Iesu, Hostia pacifica,                                     miserere nobis

Iesu, Hostia propitiationis et laudis,              miserere nobis

Iesu, Hostia reconciliationis et pacis,            miserere nobis

Iesu, Hostia in qua habemus

fiduciam et accessum ad Deum,                    miserere nobis

Iesu, Hostia vivens in sæcula sæculorum,     miserere nobis

Propitius esto!                                                parce nobis, Iesu

Propitius esto!                                                exaudi nos, Iesu

A temerario in clerum ingressu,                     libera nos, Iesu

A peccato sacrilegii,                                      libera nos, Iesu

A spiritu incontinentiæ,                                 libera nos, Iesu

A turpi quæstu,                                              libera nos, Iesu

Ab omni simoniæ labe,                                  libera nos, Iesu

Ab indigna opum

ecclesiasticarum dispensatione,                     libera nos, Iesu

Ab amore mundi eiusque vanitatum,             libera nos, Iesu

Ab indigna Mysteriorum

tuorum celebratione,                                      libera nos, Iesu

Per æternum sacerdotium tuum,                    libera nos, Iesu

Per sanctam unctionem, qua a Deo Patre

in sacerdotem constitutus es,                                    libera nos, Iesu

Per sacerdotalem spiritum tuum,                   libera nos, Iesu

Per ministerium illud, quo Patrem tuum

super terram clarificasti,                                libera nos, Iesu

Per cruentam tui ipsius immolationem

semel in cruce factam,                                   libera nos, Iesu

Per illud idem sacrificium

in altari quotidie renovatum,                         libera nos, Iesu

Per divinam illam potestatem, quam

in sacerdotibus tuis invisibiliter exerces,       libera nos, Iesu

Ut universum ordinem sacerdotalem

in sancta religione conservare digneris,         Te rogamus, audi nos

Ut pastores secundum cor tuum

populo tuo providere digneris,                      Te rogamus, audi nos

Ut illos spiritus sacerdotii tui

implere digneris,                                            Te rogamus, audi nos

Ut labia sacerdotum scientiam custodiant,    Te rogamus, audi nos

Ut in messem tuam operarios

fideles mittere digneris,                                 Te rogamus, audi nos

Ut fideles mysteriorum tuorum

dispensatores multiplicare digneris,               Te rogamus, audi nos

Ut eis perseverantem in tua voluntate

famulatum tribuere digneris,                         Te rogamus, audi nos

Ut eis in ministerio mansuetudinem,

in actione sollertiam et

in oratione constantiam concedere digneris,             Te rogamus, audi nos

Ut per eos sanctissimi Sacramenti

cultum ubique promovere digneris,               Te rogamus, audi nos

Ut qui tibi bene ministraverunt,

in gaudium tuum suscipere digneris,             Te rogamus, audi nos

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,            parce nobis, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,            exaudi nos, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,            miserere nobis, Domine

Iesu, Sacerdos,                                              audi nos

Iesu, Sacerdos,                                              exaudi nos

 

OREMUS

Ecclesiæ tuæ, Deus, sanctificator et custos, suscita in ea per Spiritum tuum idoneos et fideles sanctorum mysteriorum dispensatores, ut eorum ministerio et exemplo christiana plebs in viam salutis te protegente dirigatur. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

Deus, qui ministrantibus et ieiunantibus discipulis segregari iussisti Saulum et Barnabam in opus ad quod assumpseras eos, adesto nunc Ecclesiæ tuæ oranti, et tu, qui omnium corda nosti, ostende quos elegeris in ministerium. Per Christum Dominum nostrum. Amén.

 

Bendición eucarística, Aclamaciones y reposición del Santísimo. Canto: Laudate Dominum.

 

 

Al término de la celebración se reza el Acto de consacración de los sacerdotes a la Santísima Virgen, según la fórmula que utilizó Benedicto XVI en la conclusión del Año Sacerdotal.

 

Madre Inmaculada, en este lugar de gracia,

convocados por el amor de tu Hijo Jesús,

sumo y eterno Sacerdote,

nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos,

nos consagramos a tu Corazón materno,

para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que sin Jesús

no podemos hacer nada (cfr. Jn 15, 5)

y de que, sólo por Él, con Él y en Él,

seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo,

alcánzanos el don inestimable

de la transformación en Cristo.

Por la misma potencia del Espíritu que,

extendiendo su sombra sobre ti,

te hizo Madre del Salvador,

ayúdanos para que Cristo, tu Hijo,

nazca también en nosotros,

y, de este modo, la Iglesia

sea renovada por santos sacerdotes,

transfigurados por la gracia de Aquel

que hace nuevas todas las cosas.

Madre de misericordia,

ha sido tu Hijo Jesús

quien nos ha llamado a ser como él:

luz del mundo y sal de la tierra (cfr. Mt 5, 13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión,

a no desmerecer esta vocación sublime,

a no ceder a nuestros egoísmos,

ni a las lisonjas del mundo,

ni a las tentaciones del Maligno.

Presérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad

y rodéanos con tu amor maternal, que se refleja en tantas almas consagradas a ti

y que son para nosotros auténticas madres espirituales.

Madre de la Iglesia, nosotros, los sacerdotes, queremos ser pastores

que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos,

encontrando en esto la felicidad.

Queremos repetir cada día humildemente

no sólo de palabra sino con la vida, nuestro «aquí estoy».

Guiados por ti, queremos ser apóstoles de la Misericordia divina,

llenos de gozo por poder celebrar diariamente el santo sacrificio del altar

y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tú que estás totalmente unida

a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios para nosotros

un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas

y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.

Repite al Señor esas eficaces palabras tuyas:

«No tienen vino» (Jn 2, 3), para que el Padre y el Hijo

derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo.

Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros,

en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar:

«¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1, 43)

Madre nuestra desde siempre, no te canses de «visitarnos», consolarnos y sostenernos.

Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan.

Con este acto de ofrecimiento y consagración,

queremos acogerte de un modo más profundo y radical,

para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal.

Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol

en nuestras tinieblas, y haga que vuelva la calma después de la tempestad,

para que todo hombre vea la salvación del Señor,

que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones,

unidos para siempre al tuyo. Así sea.

Canto final: Salve Regina

Categorías:Magisterio

Lectura actualizada de las «notas» de la A.C.

lectura actualizada notas ac portada

Lectura actualizada de las «notas» de la A.C.

Fuente: Acción Católica Española Documentos

La Acción Católica se ha realizado históricamente en formas concretas. Como es habitual, las formas concretas que ha encarnado la Acción Católica en el pasado han respondido a lo esencial de su más honda naturaleza.

La más honda y substancial naturaleza de la Acción Católica está constituida por las cuatro Notas que el Concilio Vaticano II sancionó autorizadamente como definitorias de la Acción Católica en el Decreto sobre Apostolado de los Seglares (AA 20). Estas cuatro Notas conjuntamente la identifican como organización singular del Apostolado Seglar en la Iglesia.

Pretendemos recoger lo sustantivo de cada una de esas cuatro Notas para distinguirlo de las formas concretas, y por ello accidentales, en las que la Acción Católica se ha encarnado a través de su historia. Este esfuerzo nos ayudará, sin duda, a encontrar la configuración peculiar que hoy ha de adoptar la Acción Católica para responder a la sensibilidad y exigencias del presente sin traicionar su naturaleza e identidad.

PRIMERA NOTA: APOSTOLICIDAD, ECLESIALIDAD DE LA ACCIÓN CATÓLICA

«El fin inmediato de estas organizaciones es el fin apostólico de la Iglesia, es decir, la evangelización y “santificación de los hombres y la formación cristiana de sus conciencias de tal manera que puedan imbuir del espíritu del Evangelio las diversas comunidades y los diversos ambientes” (AA 20, a).

En la fisonomía genuina de la Acción Católica se destaca su «eclesialidad». Sin esta referencia a la Iglesia, manifiesta y vivida, no existe la Acción Católica.

El camino recorrido desde los comienzos de su historia ha sido una larga experiencia, realizada con la fuerza del Espíritu Santo. Ha sido un aprendizaje para la teología del laicado, como si primero hubiera sido la vida y después la teología. El proceso se inició describiendo a la Acción Católica como una «participación en el apostolado jerárquico de la Iglesia». Posteriormente se habló de «una cooperación» con él (cf. AA 20). Hasta descubrir que la relación radical es, ante todo, con la misma Iglesia. Este arranque del Concilio es luminoso.

A la luz del Vaticano II y de la experiencia vivida por los Movimientos destacamos tres aspectos eclesiológicos que definen a la Acción Católica.

1.- «EL FIN GENERAL APOSTOLICO DE LA IGLESIA (AA 20; CF, A A 19}

Este «fin general» de la Iglesia está claramente especificado en los tres objetivos esenciales de la Iglesia: evangelizar y santificar (cf. Mt 28, 18-20), formar cristianos adultos, para llevar el Evangelio a todos los ambientes. Dicho de otro modo, es propagar el Reino y extenderlo a todos los hombres ordenando el universo entero en Cristo. Esto recibe el nombre de apostolado (AA 2).

Es el Señor mismo quien destina también a los laicos con los carismas recibidos del Espíritu (LG 30, 33; AA 3) (cf. ChL 24).

El decreto Christus Dominus anima a los obispos para que urjan a los fieles este deber de apostolado, recomendándoles que «tomen parte y colaboren en los diversos campos del apostolado seglar, sobre todo en la Acción Católica» (n. 17).

La Acción Católica, pues, no tiene fin propio, sino que hace suyo el triple objetivo de la Iglesia, en cualquier campo, en cualquier ambiente y también en el ámbito de la comunidad.

La Acción Católica nace y vive para la evangelización. Es como su pasión. Esto supone conocer, vivir y celebrar el anuncio del Evangelio, una fidelidad generosa al Señor, el estar atenta a la historia, iluminar la vida desde el Evangelio, ser sensible para plantar el Evangelio en las zonas más áridas, más yermas. Evangelio y cultura humana, fe e historia interpelan a la Acción Católica. La Evangelii Nuntiandi hinchó sus pulmones y su corazón con un rico y esperanzador haz de luz.

La Acción Católica impulsa la vocación universal a la santidad y la promueve por diversos medios —los sacramentos y la oración, la acción y la formación, la escucha de la Palabra y la revisión de vida…—; anima a todos los laicos en el seguimiento de Jesucristo —concreta así la llamada universal y común a la santidad sin diferencia de grado (cf. LG 39)—; orienta asimismo la coherencia y unidad entre la fe y la vida; y, por último, acompaña la fidelidad de los laicos a Jesucristo en los diversos ámbitos y tareas de la vida pública en que están presentes activamente (LG 41). De esta forma la Acción Católica ayuda a los militantes a llevar en el mundo una «vida según el Espíritu» (cf. Rm 6, 22; Gal 5, 22), cuyo fruto es la santificación (ChL 16) y cuya expresión es su inserción y participación en la vida pública (LG 40; ChL 17; cf. CVP 60-61).

Otro empeño permanente de la Acción Católica es la formación de laicos adultos.,

•  Para «impregnar todas las realidades del espíritu del Evangelio» (AA 20; LG 33, 34, 36), tarea propia y peculiar del laico (LG 31, EN 70; C/C225; ChL 15, 36), aunque no exclusiva (GS 43), la Acción Católica hace suyo el proyecto de los dos grandes documentos del Vaticano II, la Lumen Gentium y la Gaudium et Spes. A su luz vive el fin general de la Iglesia.

2.- EN LA IGLESIA PARTICULAR

El fin general de la Iglesia no se vive en abstracto; tiene una concreción histórica y geográfica: la Iglesia particular, en la que se hace presente y actúa la Acción Católica (ChD 11).

La identidad de la Acción Católica se define ante todo por su fundamental referencia a la Parroquia ahí es donde desarrolla su misión, a La Iglesia particular (Diócesis) por ser esencialmente diocesana, y en consecuencia, a la Conferencia del Episcopado mexicano. Así, pues, en todos los niveles ha de asumir los objetivos pastorales, pensarlos con quienes los proyectan, realizarlos, experimentarlos y evaluarlos.

Por eso la Acción Católica consolida la misma comunidad parroquial, diocesana, y nacional. En cada diócesis, la Junta Diocesana de la Acción Católica es una forma de expresar de esas comunidades; a ellas les aporta su experiencia de asociación, su estilo de formación, su modo eclesial de vivir y celebrar la fe en Cristo, su compromiso, y su impulso misionero.

3. PLANTAR IGLESIA.

Hay un texto del Vaticano II, que ha sido especialmente subrayado y que define de forma gráfica y según la tradición de la Iglesia la misión de la Acción Católica, en comunión con el fin general de la misma Iglesia. Se encuentra en el decreto Ad Gentes, n. 15. La expresión es «plantar la Iglesia».

«Plantar la Iglesia» significa consolidarla en terrenos abonados, plantarla más allá de las parcelas cultivadas. En el mundo obrero, rural, marítimo, universitario; en el matrimonio y en la familia; en la juventud y en la infancia (cf. EN 70)

Este texto conciliar al que nos referimos da a la Acción Católica un título singular, le da el carácter de un «ministerio», junto al ministerio ordenado o de los catequistas: «Para la plantación de la Iglesia y el desarrollo de la comunidad cristiana son necesarios varios ministerios, que todos deben favorecer y cultivar diligentemente, con la vocación divina suscitada de entre la misma congregación de los fieles, entre los que se cuentan las funciones de los sacerdotes, de los diáconos y de los catequistas y la Acción Católica.»

Este modo de presentar la Acción Católica fue indicado por el Papa Pablo VI (25-IV-1977) como una «singular forma de ministerialidad laical», desarrollado por el Papa Juan Pablo II en sus discursos a la Asamblea General de la Acción Católica Italiana (9-XII-1983; 26-111-1986) y repetido en la Exhortación postsinodal Christifideles Laici (n. 23) recogiendo las sugerencias de los padres sinodales (1987).

En resumen, podemos afirmar que es distintivo de la Acción Católica el asumir, sin restricciones, el mismo fin apostólico general de la Iglesia.

SEGUNDA NOTA: SEGLARIGAD PROTAGONISMO DE LOS LAICOS O SECULARIDAD DE LA ACCIÓN CATÓLICA

«Los laicos, cooperando, según el modo que les es propio, con la jerarquía, aportan su experiencia y asumen responsabilidad en la dirección de estas organizaciones, en el examen diligente de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia y en la elaboración y desarrollo del método de acción» (AA 20, b).

Como prólogo a esta segunda nota se deberán recordar los siguientes puntos:

1.- El capítulo IV de la Lumen Gentium. Junto con los números 1 al 3 de Apostolicam Actuositatem ponen las bases teológicas del reconocido derecho y deber de los laicos en la misión de la Iglesia. El Ministerio Pastoral no les da ese derecho-deber: se lo reconoce.

La Acción Católica, que asume el fin general apostólico de la Iglesia, es obra de laicos. La Acción Católica es «muy secular». En esta Nota las palabras claves son «res­ponsabilidad» y «experiencia», que los laicos aportan.

2.- A ello hay que añadir un nuevo aspecto. «Nada hagáis sin el obispo» es una norma eclesial, que nos viene de la tradición viva de la Iglesia. Esta norma puede ser traducción correcta de la eclesiología de comunión, que afirma también esta segunda Nota. Es la expresión del rico principio paulino de la «comunión y diversidad»: participación y corresponsabilidad.

Quienes van a realizar el fin apostólico general de la Iglesia (AA 19) son los laicos, y lo realizan del único modo correcto posible: en comunión y en cooperación con el Ministerio apostólico de los obispos y del Papa.

3.- En tercer lugar, esta Nota se ha de leer a la luz de la   Gaudiun et spes. En el apostolado hay un lugar irreemplazable: los laicos. Y habría que destacar los cuatro campos que el Papa Juan Pablo II propuso al Apostolado Seglar y en concreto a la Acción Católica, en su discurso de Toledo (4-XI-1982): la familia, el mundo del trabajo, el campo de la política y el mundo de la cultura. Hay que añadir, ahora, como fuente de inspiración de esta especial responsabilidad, la Sollicitudo reí socialis.

4.- Finalmente, prólogo explicativo de esta Nota es la larga experiencia vivida por la Acción Católica. La dignidad de los laicos, su misión, sus derechos y deberes, su responsabilidad en la evangelización. Son, en esa historia, hechos más que afirmaciones. Hechos vividos, a veces, con tensión, superada por el diálogo eclesial, por el Espíritu y por el amor a la misma Iglesia.

En general hay que decir que los laicos viven en la Acción Católica, al igual que en otras asociaciones y en su vida individual, la triple y necesaria función de «sacerdotes», «profetas» y «reyes». Es más, su testimonio, gesto y palabra, es absolutamente imprescindible en lugares y ambientes donde sólo ellos pueden darlo y hacer presente a la Iglesia.

Surge, por tanto, en el obispo y en los presbíteros el deber de escucharlos fraternalmente, de promover la responsabilidad que les corresponde en la misión de la Iglesia, de encomendarles con confianza organismos en servicio de la propia Iglesia, dejándoles libertad y campos de acción, hasta invitarles a que emprendan también obras por su cuenta (PO 9; cf. LG 37).

Más en concreto, el protagonismo de los laicos, referido a la Acción Católica, se concreta en ofrecer su experiencia y responsabilidad en tres órdenes:

  • Los laicos son responsables inmediatos y directos en la «dirección» de la Acción Católica.
  • Es interesante destacar la responsabilidad que hay que tener de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia». Se dice «de la Iglesia» y no sólo de la acción y proyecto evangelizador de la Acción Católica. La Acción Católica no ha nacido para sí misma. Vive para la Iglesia, vive en la Iglesia.
  • Por último, los laicos tienen una especial «experiencia y responsabilidad en la elaboración, seguimiento y evaluación de los programas de trabajo», tanto de los propios Movimientos, como de la comunidad eclesial local y particular.

 

Con esta triple responsabilidad, los laicos, «al cooperar según su condición específica con el Ministerio Pastoral» asumen el fin apostólico general de la Iglesia; son agentes de la evangelización, que es proclamada por ellos, viven la solidaridad con los hombres y procuran su promoción, plantan la Iglesia en lugares inhóspitos y la hacen presente en cada ambiente o situación humana donde ellos viven o trabajan, denuncian la injusticia y la desigualdad, fortalecen la comunión en el interior de la Iglesia, potencian su acción misionera, se responsabilizan de la formación de los militantes para hacer nacer un laicado adulto, celebran la fe, la vida, sus luchas, sus esperanzas, viven la espiritualidad propia de su condición (AA 4), para que los hombres sean santificados y el mundo sea imbuido del espíritu evangélico (primera Nota), hasta «instaurar todo en Cristo, el Señor».

TERCERA NOTA: ORGANICIDAD, UNIDOS A MANERA DE CUERPO ORGÁNICO

«Los laicos trabajan unidos a la manera de un cuerpo orgánico de forma que se manifieste mejor la comunidad de la Iglesia y resulte más eficaz el apostolado» (AA 20, c).

Después de afirmar la responsabilidad de los laicos en la dirección y en el método de la Acción Católica, para que sirva al fin que la hizo nacer, la tercera Nota expresa el «modo eclesial» de su trabajo.

La plena madurez del laicado cristiano (cf. AG 21) se expresa por su responsabilidad en la misión (segunda Nota). Pero necesita también un «modo» de realizarla. La misión exige una permanente formación cultural, doctrinal, un intenso cuidado de la fe y una preocupación por celebrarla, un empeño en vivir el seguimiento de Cristo.

 

1.- AL ESTILO DE LA IGLESIA.

El Señor ha puesto en la Iglesia la llamada permanente a construirse como comunidad y a vivir la comunidad. La comunidad, que nace del Espíritu, es signo visible de unidad y es instrumento y matriz para la misión.

La Acción Católica recibe un poderoso chorro de luz y de aliento para autodefinirse de toda la teología sobre la Iglesia. Pero recibe igualmente la luz para su estilo de trabajar en la misión. De la Iglesia la Acción Católica aprende a ser Acción Católica. Esta es la aportación radical de la Iglesia a la Acción Católica. Veámoslo en concreto:

ü  Unidos (AA 20, c). El texto de Apostolicam Actuositatem afirma que los militantes de la Acción Católica trabajan «unidos».

Hay Acción Católica, si hay unidad en los distintos niveles. Unidad cualificada y plasmada en todas las articulaciones de cada Movimiento. Unidad nacida y mantenida entre todos los Movimientos, respetándose y valorándose. Unidad que asume lo espe­cífico de cada Movimiento, su experiencia asociativa, sus carismas. Unidad realizada conforme a la identidad de cada asociación de la Acción Católica, según nace del Concilio, del Magisterio de la Iglesia, de las orientaciones de la Conferencia Episcopal y de la larga experiencia de la misma Acción Católica.

Unidad abierta al campo más ancho de la comunidad eclesial en el plano nacional, diocesano y parroquial. Esta apertura a la comunidad eclesial es específica de la Acción Católica, tanto por su ser orgánico como por su peculiar relación con el Ministerio Apostólico. Como quiere el Papa Juan Pablo II, la Acción Católica está llamada a ser una gran fuerza de comunión intraeclesial.

Unidad abierta a la misión entera de la Iglesia. Desde la unidad de los distintos Movimientos de la Acción Católica es desde donde se asume la misión general de la Iglesia en los distintos ambientes y situaciones que viven los hombres.

Unidad fundada en la fuerza unitiva del amor cristiano.

En consecuencia ningún movimiento de Acción Católica es él solo, por separado, la Acción Católica. La Acción Católica es, pues, el conjunto de todos los Movimientos que la integran.

ü  A modo de cuerpo orgánico (cfr. también AA 19). Esta afirmación declara a la Acción Católica como una realidad asociativa y orgánica.

La tercera Nota quiere reafirmar que la Acción Católica obra no sólo a través de cada uno de sus miembros, sino como asociación en cuanto tal. Y ésa es su forma peculiar. Expresa, ante todo, una realidad de comunión —laicos unidos— y una realidad asociativa y orgánica —a modo de cuerpo orgánico.

Como «cuerpo orgánico», dentro de cada Movimiento y en el conjunto de todos ellos, la Acción Católica tiene en cuenta la variedad de situaciones del hombre, tiene en cuenta los campos diversos en que ha de prestar su servicio.

Por eso, modalidad necesaria de los Movimientos de la Acción Católica es la de «obrar unidos a modo de cuerpo orgánico».

Y, como ocurre en la Iglesia, la Acción Católica es consciente de que esta unidad orgánica exige esfuerzo y renuncias; es consciente de que esta unidad orgánica se mantiene viva por la escucha de la Palabra, por la oración, por la fe compartida y celebrada en los sacramentos.

ü  El asistente Eclesiástico: función e importancia de su presencia en la Acción Católica:

v  La función del asistente eclesiástico en la Acción Católica es una forma de vivir la vocación sacerdotal como lo es vivirla en la parroquia y en otros campos específicos (Pontificio Consejo para los Laicos: Los sacerdotes en las  asociaciones de fieles). Es un Cristiano con los laicos y por ellos sacerdote, pastor y profeta (San Agustín)

v  Preside en nombre de Jesucristo la celebración de la Eucaristía y acompaña con los sacramentos, alimenta con la Palabra y sirve con la entrega de su vida.

v  Uno, en nombre del obispo, al servicio de todos para que todos sean uno en Jesucristo.

v  Alienta la pluralidad de carismas, con que el Espíritu construye la comunión eclesial.

v  Acompaña el proceso educativo.

2. LO QUE LA AC APORTA O PUEDE APORTAR A LA COMUNIDAD

Como recibe de la Iglesia su razón de ser y su estilo, la Acción Católica puede y debe aportar a la comunidad eclesial experiencia asociativa de laicos. Experiencia que se traduce en una propuesta variada de caminos de formación para la asociación y para la misión. Puede ofrecer, como cuerpo orgánico, la experiencia de análisis de situación, de programas de acción, realizados siempre comunitariamente. La Acción Católica se ha ejercitado en el discernimiento y en el juicio cristiano vividos en grupo y con sentido de grupo. Ha vivido, a veces con paciente esfuerzo, el desarrollo de relaciones interpersonales y puede ofrecer un extendido tejido de articulaciones en regiones, en diócesis, en parroquias, en lugares de servicio y de misión (cf. la nota anterior).

La Acción Católica ofrece una constante disponibilidad para la colaboración responsable en los servicios de la comunidad eclesial. Y ella misma ha de responder a la invitación de cooperar fraternalmente en la Iglesia con las demás formas de apostolado (cf. AA 20, al final).

Finalmente, la Acción Católica se ofrece, como asociación, a todos los laicos que acepten sus fines y metodología. Como asociación tiene en cuenta a los laicos de una comunidad concreta en la variedad de situaciones y condiciones de vida, en la diversidad de compromisos y ambientes. Y, como asociación, trabajará preferentemente desde los pobres, con ellos y para ellos.

CUARTA NOTA: JERAQUICIDAD BAJO LA SUPERIOR DIRECCIÓN O EN COMUNIÓN ORGÁNICA CON EL MINISTERIO PASTORAL

«Los laicos, o bien ofreciéndose, o bien invitados a la acción y directa cooperación con el apostolado jerárquico, actúan bajo la dirección de la misma jerarquía, que puede sancionar esta cooperación incluso por un mandato explícito» (AA 20).

Como punto de arranque estimamos que la cuarta Nota no puede leerse como la primera de todas, aunque sea muy específica de la Acción Católica, sino que hay que leerla después de las tres anteriores.

Una palabra clave para entender la «superior dirección» es la «cooperación» de que se habla en las Notas 2.a y 4.a

En la Iglesia siempre se coopera, bien sea como hermanos, bien sea, en nuestro caso, con los hermanos y con los pastores, que son también hermanos, y siempre se coopera pobremente con el Señor, que es la Vid verdadera, que es el arquitecto y la Piedra angular, y nosotros albañiles, que podemos cansarnos fácilmente

Cooperar indica un trayecto, una trayectoria. Crea un estilo, un hábito. Cooperar es una forma estable de trabajar, supone un trayecto común asumido. Es roce, es cercanía, es ir en la misma dirección. Cooperar indica humildad, porque otros también son necesarios.

En suma: cooperar es la expresión plástica y verificación de la eclesiología de comunión (cf. Sínodo Extraordinario de los Obispos, 1985).

En cuanto al contenido de esta cuarta Nota vamos a analizarlo en tres pasos sucesivos:

RELACIONES CON EL MINISTERIO PASTORAL, TERMINOLOGIA.

• Se habla de una «cooperación». La Acción Católica pertenece al grupo de asociaciones que con «muchísima frecuencia fueron definidas como “cooperación” de los laicos en el apostolado jerárquico»

(AA 20).

Unas veces se habla de «cooperación» y otras de «unión». Unas veces se aplica el adjetivo de «muy estrecha» (AA 20), otras de «más estrecha» (AA 24) y otras de «más inmediata» (LG 33).

  • Estas sencillas observaciones,  recogidas del Concilio,  nos ofrecen  luz para interpretar el sentido de la «cooperación» de los laicos asociados con el Ministerio Pastoral de la jerarquía. En la Iglesia hay diversidad de ministerios y servicios, pero es una y única la misión de toda la Iglesia (AA 2, cf. LG 31).
  • La cooperación «más directa» no pertenece a la naturaleza y obligatoriedad del apostolado de todos los laicos (LG 33, 3). Sin embargo está pedida para la Acción Católica y es constitutiva de su naturaleza y actividad.

A esta cooperación «más estrecha» hay referencia en dos lugares de las notas: en la segunda, cuando se habla de la responsabilidad propia de los laicos en la asociación, y en la cuarta, cuando se habla de que «obran bajo la superior dirección de la jerarquía».

La Lumen gentium da pie para interpretar esta concreta cooperación y unión con los pastores al poner, como punto de referencia, a «aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización» (cf. Fil 4, 3; Rom 16, 3 ss.; LG 33).

•  De todo ello puede deducirse un espectro amplio y coherente de concreciones al definir las relaciones de los laicos con el Ministerio Pastoral:

a) LO NECESARIO Y OBLIGATORIO

v  Todos los creyentes —clérigos y laicos— son llamados al trabajo necesario para hacer presente hoy la misión única de la Iglesia (LG 31, 32; AA 2).

v  Este deber y derecho -lo realiza cada uno según los sacramentos y carismas recibidos, «incluso los más sencillos»,. Es la unidad y la diversidad (LG 32; AA 2, 3).

v  Este obrar común exige, como expresión de la comunión necesaria, la cooperación y la colaboración de los laicos con el Ministerio Pastoral (AA 24; CD 17).

b) LO VOLUNTARIO Y LIBRE

v La cooperación se da en la Iglesia de diversas formas. Entre ellas, algunas por su específica finalidad (AA 19) o por el objeto de u actividad comportan una colaboración no común, sino «más directa, más estrecha, más inmediata» con el Ministerio Pastoral (LG 33; A A 24). Esta colaboración así definida es característica y necesaria en la Acción Católica.

v Una consecuencia correlativa es, como se dice en AA 24, que el Ministerio Pastoral asume, respecto a estas asociaciones llamadas Acción Católica, una responsabilidad especial. En el decreto Christus Dominus se pide a los obispos que encarezcan a los laicos que tomen parte y ayuden a las varías obras de apostolado y señaladamente a la Acción Católica (n. 17).

v Un dato significativo, por lo tanto, es que la cooperación «más estrecha» con el apostolado de la jerarquía no es exigida tanto por el bautismo cuanto por los fines y objetivos de la peculiar asociación que es la Acción Católica y va, por tanto, más allá de la comunión necesaria en todas las asociaciones de laicos.

2. EL MANDATO O MISION CANONICA.

Es otro paso para clarificar las relaciones con el Ministerio Pastoral y profundizar en ellas.

  • Del «mandato» se habla concretamente en dos lugares del decreto Apostolicam Actuosüatem (n. 20, d, y 24). El segundo texto es más explícito y parece que a la luz de él ha de interpretarse el primero.
  • Leyendo con atención AA 24, descubrimos luces coherentes con toda la enseñanza del mismo Concilio. Estos son los pasos:

—  Hay diversidad de formas y grados de relacionarse los laicos con el Ministerio Pastoral (AA 2, 3, 19).

—El Ministerio Pastoral puede elegir y promover algunas de las asociaciones,

—Pero esto lo debe realizar bajo dos condiciones:

—Que, al participar, estrechamente unidos en la única misión salvadora de la Iglesia, no se confundan la forma de apostolado jerárquico y la que es propia de los laicos.

  • Y que no se prive, por lo tanto, a los laicos de la necesaria facultad de obrar por propia iniciativa. Se entiende que las dos condiciones deben ser tenidas en cuenta tanto por parte del Ministerio Pastoral como de los laicos.
  • Con la palabra «mandato» se describen estas relaciones específicas. Es verdad que se le atribuye un significado amplio, lejos de lo que este término expresa en el lenguaje jurídico. Tal vez sea por esta razón por lo que el término «mandato» no aparece en el nuevo Código de Derecho Canónico, aplicado al apostolado de los laicos, aunque se discutió su utilización. Y parece que se evita, entre otras razones, por las controversias a que dio y da lugar en el ámbito jurídico.
  • Sin embargo, esta lectura de AA 24 da luz para entender la vinculación más estrecha, la razón de ella, las condiciones en que se ha de realizar y la reciprocidad de tal vinculación. Todo ello parece claro, si se tiene en cuenta que el «mandato» está considerado como la expresión más alta de la vinculación Ministerio Pastoral laicado, puesto que se dice que «esta superior dirección de la propia jerarquía puede sancionar esta cooperación incluso con un mandato explícito» (AA 20, d).

3. LA SUPERIOR DIRECCION DE LA JERAQUIA (COMUNION ORGANICA CON EL MINISTERIO PASTORAL)

Vengamos ya al término clave de la cuarta Nota, la «superior dirección» o, como hemos subtitulado, a la comunión orgánica con el Ministerio Pastoral.

La «superior dirección» nace de la teología viva, de la fe en el ministerio de la unidad y nace del trabajo continuado, como jornaleros todos —obispos y laicos— por cuenta ajena, trabajadores de Cristo, el Señor, como viene a decir Pablo. Trabajadores en la Iglesia, casa de todos, para construir el Reino.

Son diversos los datos y matices que pueden perfilar su sentido eclesial más hondo.

  • De ello se puede deducir que la «superior dirección» no es la dirección necesaria del obispo que ejerce en todas las asociaciones (AA 24); no puede suprimir la dirección responsable, que en la Acción Católica corresponde a los laicos; no puede minimizar la condición laical; ni es, por tanto, una dirección permanente en la marcha habitual de los Movimientos de Acción Católica; no responde al esquema de mandante y mandado. Tampoco, por ello, puede reducirse la Acción Católica a un instrumento meramente ejecutivo de lo mandado. Ni, por otra parte, el Ministerio Pastoral, con la «superior dirección», puede limitarse sólo a funciones de vigilancia, de guía o de coordinación, puesto que este deber y derecho lo tiene el Ministerio Pastoral con todas las asociaciones. ¿De dónde nace y qué expresa la «superior dirección»?
  • Nace como consecuencia del trabajo en común entre pastores y laicos, que es peculiar de la Acción Católica. Hay una palabra clave, tal es el término «asocia». Es un trabajo evangelizador y misionero en común, desde el proyecto hasta la realización y evaluación. Es un trabajo fuertemente asociado. Por eso, por parte del Ministerio Pastoral se adquiere una especial responsabilidad.  El laico se sabe Iglesia y, como tal, en estrecha cooperación con el servicio que a la Iglesia y a la evangelización ha de ofrecer su ministerio apostólico.

Es muy importante subrayar este trabajo y este camino en común.

  • Nace también de la «ministerialidad» de la Acción Católica (cf. AG 15), como un ministerio orientado a «plantar la Iglesia» más allá de los solares habituales. Esta ministerialidad de la Acción Católica, como ocurre con otros ministerios, exige una unión más estrecha, más inmediata con el Ministerio ordenado.
  • Nace del contenido de la primera Nota, por el hecho de asumir el mismo fin apostólico de la Iglesia.
  • La «superior dirección» se concreta en relaciones específicas. como son no sólo la aprobación de los Estatutos, sino el nombramiento del presidente y del asistente eclesiástico.

Requiere diálogo, acogida, estima cordial, trabajo común, profunda comunión y unidad, y, en este clima, la Acción Católica acepta gozosamente la última palabra de quien tiene este servicio en la Iglesia y con quien está trabajando de forma cercana, corresponsable y asociada.

Las asociaciones de la Acción Católica son necesarias para el fin de la Iglesia. Hay pocas formas más claras de expresar hondamente la comunión de los laicos y pastores en la vida y en la misión de la Iglesia. Como es enriquecedor para la Iglesia el trabajo cercano de laicos y pastores, es igualmente enriquecedor para los laicos trabajar en comunión con los pastores bajo su «superior dirección».

La Acción Católica que hoy es necesaria

Estimamos necesario diseñar una nueva Acción Católica, que facilite su desarrollo en una nueva etapa en su ya larga historia. Este diseño ha de ser compartido por el Ministerio Pastoral y los actuales Movimientos de Acción Católica para que pueda ser ofrecido a nuestras Iglesias particulares y a nuestras parroquias en orden a colaborar en la nueva evangelización de la sociedad actual.

Urge, pues, más que nunca apostar por el servicio que siempre se le ha pedido a la Acción Católica. Esta nueva configuración trata de dar un perfil más definido y estable a lo intensamente buscado durante los últimos quince años.

Recordemos las palabras de su Santidad Benedicto XVI dirigió a AC Italiana por sus 140 años de existencia:

“La Acción católica nació como una asociación particular de fieles laicos, caracterizada por un vínculo especial y directo con el Papa, que muy pronto se convirtió en una valiosa forma de “cooperación de los laicos en el apostolado jerárquico”, recomendada “encarecidamente” por el concilio Vaticano II, que describió sus irrenunciables “notas características” (cf. Apostolicam actuositatem, 20). Esta vocación sigue siendo válida también hoy. Por tanto, os animo a proseguir con generosidad en vuestro servicio a la Iglesia. Asumiendo su fin apostólico general con espíritu de íntima unión con el Sucesor de Pedro y de corresponsabilidad operante con los pastores, prestáis un servicio en equilibrio fecundo entre Iglesia universal e Iglesia local, que os llama a dar una contribución incesante e insustituible a la comunión.”

Categorías:Accion Catolica

Espiritualidad política y práctica política con «Espíritu»

Espiritualidad política y práctica política con «Espíritu»

F. Javier Vitoria Cormenzana,

Caracteres: 24.800

Palabras: 3.900

«Sal Terrae», Santander, 973(noviembre 1994)811-821

1. La política, cita inexcusable con Dios en la historia.

El compromiso político del laicado está sobrado de argumentos que lo justifiquen. Tanto la teología política como, más específicamente, la del laicado se han encargado de suministrarlos. El pensamiento cristiano tiene «razones» para afirmar que el laicado en su conjunto se encuentra convocado por el Espíritu en el mundo de la política como lugar inexcusable de su cita con Dios en la historia.

Pero, además, contamos con la «propuesta práctica» que los movimientos apostólicos, a pesar de sus muchas limitaciones, posibilitaron entre nosotros en tiempos mucho más adversos y peligrosos que los actuales. Una tradición que supo concentrar la tensión escatológica del compromiso cristiano en el «ya sí» de la «consecratio mundi», típicamente laical. Ellos nos han transmitido algo más que ideas sobre la militancia política. Su legado consiste, sobre todo, en un «modo de estar en la realidad» política que supo conjugar «realismo» militante, «coherencia moral» personal, talante «profético y utopía» cristiana.

Sin embargo, el laicado actual tiene enormes dificultades para poner en práctica aquellas razones y recrear esa tradición que se le ha entregado, garantizando así una práctica política con Espíritu. Sigue sin contestar a la invitación que en plena dictadura franquista hacía A.C. Comín a los católicos españoles. Se trataba de salir «fuera del Templo y de los templos subsidiarios construidos por la institución» -o por uno mismo añadiré yo ahora- y caminar historia adentro1 parece hacerse activamente presente, justamente «allí donde parece más difícil y hostil hacerlo», en la arena de los asuntos públicos, con el fin de servir a la liberación de los hijos de Dios.

En general, el laicado carece de «motivaciones espirituales» para el compromiso político, porque no ha sido jamás iniciado en la política como práxis mística. Esta ausencia de mistagogía y pedagogía para el compromiso, como experiencia espiritual, explica el panorama con que nos encontramos.

a) «El crónico absentismo político de los laicos»

Tradicionalmente, los católicos han contemplado el «toro» de la cosa política desde la «barrera» de los intereses privados. Durante demasiado tiempo, su participación se realizó «por procurador»: la iglesia-institución lidiaba en su nombre semejantes asuntos. La cuadrilla de laicos, presentes en el «ruedo» de los asuntos públicos, se ocupaba de las tareas subalternas y echaba una mano a quienes invariablemente eran los protagonistas de la faena: los obispos.

A partir del concilio, la teoría sobre las que se sustentaba esta praxis política cambió, pero los comportamientos no registraron novedades dignas de reseñar. Generalmente, los laicos han seguido practicando el absentismo político. Como explicación a semejante abdición ciudadana y a tanta excedencia voluntaria del tajo del compromiso bautismal de la política y a las enormes resistencias que la trama de intereses creados por él ofrece a cualquier tratamiento capaz de regenerar su ecosistema y de recuperar sus condiciones de habitabilidad.

No se puede negar que esta desafección política, ya crónica, se ha visto incentivada últimamente por la notoriedad de la miseria y de los aspectos más sórdidos de la democracia (la corrupción, la «partitocracia», las intrigas, etc.). El espectáculo político, está provocando una serie de sentimientos negativos (indiferencia, desprecio y rechazo) que de manera creciente se van apoderando del ciudadano normal y ordinario y, obviamente, también de los cristianos. Pero en la mayoría de los casos el recurso al estado comatoso de la política sólo es una coartada exculpatoria de unas prácticas cristianas que giran exclusivamente en torno a los tres polos de interés de una sociedad tan fuertemente privatizada como la nuestra: la familia, el trabajo y el consumo. Sólo se trata de una estrategia encubridora de las razones reales de ese abandono masivo.

No es ésta la ocasión para referirme a todas ellas, pero sí al déficit de espiritualidad que sufre un laicado que mayoritariamente percibe el espacio político como un medio ajeno, extraño e incluso hostil a la vivencia de su fe.

Si, sepásmolo o no, vivimos de política y estamos sumergidos en ella como en el aire que respiramos2 , y si hablar de espiritualidad cristiana no es sólo hablar de una «parte» de la vida, sino de «toda» la vida3 , entonces todo comportamiento que ignore la vida política, «pase» de ella o le niegue prácticamente su pertinencia para el despliegue de la vocación laical, estará dando lugar a un cristianismo alineado en su espiritualidad y rebelde a la llamada del Señor, aunque se autoestime sostenido por una singular experiencia interior del Espíritu y viva intensamente involucrado en actividades supuestamente más espirituales que las políticas. Nos encontramos ante una de las versiones más repetidas del «espiritualismo» y de la «fuga mundi».

b) «El abandono del compromiso político»

Un desencanto inclemente parece envolver al sistema democrático. Asistimos a la insistente demanda de su transformación, radicalización, profundización o renovación…; pero el sistema sigue atrapado por la fuerza de los viejos modales y procedimientos. Crece la impresión de que se quiere cambiar, pero «políticamente» no se puede. Lo deseable e incluso lo necesario se ve constantemente amenazado por el imperio de lo dominante. El pragmatismo conservador y su obediencia ciega a lo posible lastra habitualmente la praxis política y social. Este conjunto de cosas genera una sensación de destemple que acusan singularmente algunas organizaciones laicales de marcada vocación socio-política. Todavía en tiempos muy recientes, sus militantes estaban «enganchados» a la política y entusiasmados con sus posibilidades de futuro.

La constatación de lo resistente que es la realidad a dejarse transformar y de la insuficiencia, limitación e irracionalidad de los medios democráticos esta provocando una nueva desbandada entre ese laicado potencialmente militante en los ámbitos políticos. Se «pasa» de los partidos y de los sindicatos, que son las herramientas clásicas de la acción transformadora, y se emprende una «huida»: en el mejor de los casos, hacia el mundo de las ONG y del asociacionismo; en el peor, hacia el exilio interior y/o los «espacios siderales» de las místicas de «ojos cerrados».

Se trata de una reciente y postmoderna versión de la «fuga mundi». Narra historias y comportamientos de cristianos románticos, voluntaristas y con enormes sentimientos de solidaridad y justicia, pero muy poco operativos en orden a la construcción real de una sociedad más justa. Sin más pertrechos que sus «sueños de papel» (mojado además, como consecuencia de «lo que está cayendo»), e instalados en un tiempo inexistente -un pasado añorado o un futuro imaginario-, terminan por franquear a las propuestas neoconservadoras el acceso al presente.

La desproporción entre los costos del compromiso y la entidad de sus resultados, la corrupción de los partidos o su falta de democracia interna, el corporativismo de los sindicatos, la desvertebración de los movimientos sociales alternativos… suelen ser algunos de sus argumentos habituales. Sin embargo, las biografías personales y grupales responden a una trama diferente. Se suele empezar por amar más las propias ideas sobre la realidad que la realidad misma; se continúa invirtiendo todo el capital afectivo en imaginar las metas y dejando la determinación del camino y el aquilatamiento de sus costos en manos de la razón pragmática; y se termina instalándose, aburrido y cansado, en la sección de asuntos propios o compensándose de tanto desencanto con «la plusvalía» que genera una sabia administración de la utopía racional. El resultado final es siempre el mismo: la realidad queda abandonada a la suerte, y la fe condenada a la irrelevancia y la infecundidad perpetuas. El impulso mesiánico del cristianismo se desvanece, y los pobres de la tierra se quedan sin el amparo histórico de Dios.

La baja intensidad de la energía espiritual impide soportar y superar las resistencias que la realidad política ofrece a todo impulso realmente democratizador, y se deja de contribuir a taladrar el espesor de su miseria y tratar de recrearla reformulando sus objetivos y renovando sus medios.

c) «La confesionalidad política»

Muy frecuentemente, las minorías laicales que participan en la política terminan convirtiendo su adscripción y su credo políticos en instancias de sentido que compiten con su credo religioso y con su pertenencia eclesial. Todos conocemos a católicos cuya militancia en un partido político ha llegado a ser una referencia de sentido más global que su propia fe. Sin ella les resultaría del todo imposible encontrar sentido a su vivir diario. Los conflictos planteados por la doble identidad siempre se decantan en favor de la obediencia al partido; y, puestos en la tisura de elegir, la balanza se inclinaría del lado de la afiliación política (el PSOE, el PNV, el PP, IU o CIU), en detrimento de la eclesial.

La privatización de la espiritualidad y el confesionalismo de la actividad política son las alteraciones que dan lugar a semejantes comportamientos anómalos.

2. Una espiritualidad para tiempos de desencanto político

La repuesta del laicado a la convocatoria divina en la política necesita ser iniciada y acompañada. Se hace preciso «saborear», no simplemente saber, las claves fundamentales de la espiritualidad cristiana. Solamente así los tan bienintencionados como genéricos deseos de fidelidad vocacional se materializarán y concretarán en el compromiso político en estos tiempos de desencanto político.

a) «La experiencia espiritual del pobre»

El compromiso político de los cristianos no ha de ser fruto exclusivo del voluntariosos entusiasmo de los corazones generosos de los militantes. Necesita ser movilizado y sostenido por una mística de ojos abiertos4 . Esta experiencia de interioridad se cultiva en la práctica del dejarse mirar por el Dios de Vida en los ojos de los pobres cuando se contempla la realidad. Y da lugar al encuentro con Dios, pero no con cualquier Dios. La experiencia del pobre franquea el acceso en el Espíritu al Dios que acompaña y com-padece la historia de las víctimas, y seduce, provoca y consuela a todos los que luchan contra tanto dolor y tanta injusticia. Esa experiencia revela al Dios-de-los-pobres (el joánico Dios Amor) y, no sin superar antes la experiencia del escándalo y la locura (cf. 1 Cor 1, 21-25), habla de la vigencia y la actualidad de su Promesa también en este final de siglo.

Esta experiencia da lugar a una espiritualidad política que hace compatibles la sumisión a las condiciones adversas de la historia con la resistencia a la desesperanza y al desengaño, mientras arraiga confiadamente en la experiencia de estar, a pesar de todo, «en las buenas manos» del Dios de la Promesa.

Desde ella se percibe un potencial de posibilidades inéditas en la realidad. Un laicado cristiano con esta experiencia espiritual tiene fe en la posibilidad real de que «esta» historia pueda ser construida de otra manera y, consiguientemente, debe serlo. Esta fe en las posibilidades abiertas de la realidad histórica se sostiene en una sabiduría práctica recibida del Espíritu, que recuerda constantemente que la Promesa de Dios, aunque tenga como horizonte inalcanzable la fraternidad del Reino de Jesús, brota ya aquí y ahora, durante el reinado de la injusticia y desde el seno mismo de las trágicas condiciones actuales5 . Este descubrimiento faculta para pensar la política, no como el simple «arte de lo posible», sino como el «oficio de hacer real» aquello que históricamente se ha hecho ya viable para la liberación de los pobres.

La crisis de muchos militantes políticos no radica exclusivamente en la problematicidad de los modelos referentes y de las mediaciones políticas y culturales. Se concreta también en una pérdida de fe en la historia y en las posibilidades humanas. Esto les impide contar con una energía capaz de movilizar las fuerzas, la imaginación y la generosidad necesarias para proponer y poner en práctica políticas alternativas.

La participación en la experiencia espiritual del pobre dota de suficiente lucidez y excentricidad como para negarse a aceptar la interpretación de la realidad que constituye la opinión mayoritaria. Esta experiencia resulta incompatible con los talantes derrotistas y no se hace cómplice de ninguna claudicación ante el espesor y las dificultades del presente.

Las dificultades del momento son tales que el «viaje» de los cristianos por la política suele terminar muy frecuentemente en el arrecife de ese «hiperrealismo» grosero que demandan la nueva religión del monoteísmo del mercado y sus servidores de las políticas neoliberales. La plaza pública está abarrotada de antiguos vendedores de sueños, reconvertidos hoy en «alquimistas» del más obtuso de los pragmatismos. Entre sus filas se pueden encontrar antiguos militantes cristianos. Las causas de tanto abandono son muchas, pero conviene mencionar una que suele pasar más inadvertida: muchos de ellos, mientras se entonaban cánticos triunfales, olvidaron que su Mesías sólo garantizaba la victoria final de la Promesa de Dios, pero no el éxito histórico de sus caminos concretos, y mucho menos aún una victoria espectacular. Al no poder soportar el desencanto producido por las tardanzas de la historia en llegar a su meta, se desprendieron de la visión movilizadora y crítica de la fe y renunciaron a seguir soñando. Su nueva cantinela es: ¡Realismo, estúpidos , realismo! Y así el gran desafío del presente es cómo no terminar atrapados en el nuevo «constantinismo» que, auspiciado por los mandamases de la economía de mercado, pretende hacer de la religión un paliativo del sufrimiento de sus víctimas y un factor de cohesión que permita alcanzar la paz social en el interior de su imperio mundial.

En esta hora, cargada de desencantos y de humillaciones para las propuestas políticas de izquierda, esta mística aporta un plus de esperanza tozuda. Semejante gratificación se concreta, no sólo en la terquedad de las visiones y de los sueños utópicos, sino también en la lucidez de las propuestas de acción. La praxis sin visión está condenada a deambular dando palos de ciego, sin saber adónde ni dónde quedarse, sin motivaciones para seguir caminando. Las visiones sin propuestas practicables de acción son inútiles, pues no abren caminos de futuro al presente.

Una espiritualidad nacida de la experiencia del Dios de los pobres habilitará un laicado capaz también de sortear en su singladura política el arrecife del «irrealismo» de algunas pretendidas visiones cristianas de la política.

Se trata de una espiritualidad fuente de realismo político, que asume la «disciplina del éxodo» (Alvarez Bolado) y que, trabajosa y pacientemente, pretende transformar, con los instrumentos imperfectos que tenemos, las realidades históricas en la dirección apuntada por el Reino de Dios. Las propuestas testimoniales no convierten por sí solas las «piedras» de la democracia de baja intensidad en el «pan» de la democracia integral. El «rigorismo», a la hora de mantener la utopía cristiana, y la «inflexibilidad» ante la parcialidad de sus realizaciones históricas, fruto muchas veces de costosos compromisos, ha colocado bajo sospecha de antievolutivos algunos de los mejores dinamismos evangélicos. La estrategia del «todo y ahora» resulta siempre infiel a la ley de la encarnación y fatal para la vida de los pobres.

b) «Espiritualidad liberadora y compromiso político»

La espiritualidad cristiana tiene como fuente la experiencia espiritual del Amor gracioso y liberador de Dios; como finalidad, hacer salvación o liberación en este mundo, solar del Templo del Espíritu Dios; y como andura, el recrear históricamente el camino de Jesús. El compromiso político del laicado ha de responder a este diseño. En primera instancia, por tanto, no se encuentra motivado por ningún interés «añadido» a su espiritualidad (p.e., motivos estratégicos de política eclesiástica). La actividad política de los cristianos es un modo específicamente laical de respuesta agradecida, al saberse agraciados por el amor de Dios. Solamente pretende hacer rentable para el crecimiento de la causa del Reino y de la propia salvación (cf. Mt 25, 31-46) lo recibido gratuitamente del Padre (cf. Mt 25, 14-30). La autenticidad de la experiencia espiritual cristiana no se acredita en el sentimiento (es verdadera porque la siento), sino en el intento práctico de alcanzar asintóticamente la plenitud de la Promesa del Dios del Reino por medio de la realización de lo todavía inédito, pero ya viable históricamente, de esa Promesa (es verdadera porque me empuja a salvar). El laicado está emplazado a proseguir el ministerio jesuánico de la «curación y liberación» de los miserables de nuestro tiempo (cf. Mt 11, 2-6), y la mediación de la política resulta imprescindible para alcanzar este objetivo.

No es ni escuchando complacidos cómo los contertulios de la COPE les «dan caña» a los políticos, ni contemplando escandalizados y juzgando airados los desmanes de los partidos como mejor se contribuye a darles vida. Los laicos están llamados a luchar desde dentro del entramado político contra «la metástasis» del pecado estructural que ha deteriorado el sistema democrático y a innovar fórmulas y procedimientos políticos que permitan avanzar paulatinamente en la dirección de una sociedad mundial cuyo paradigma de bienestar sea universalizable y cuyas normas de convivencia posean mayor y más plena calidad democrática que las actuales. Sin su presencia activa en la parcela política de la viña del Señor, las funciones sacerdotal (cf. «Lumen Gentium», 34) y real (cf. ibid., 36) de su vocación se frustrarán, y las tareas de consagración a Dios de la realidad mundana y de construcción de su Reino en la historia se quedarán sin sus protagonistas naturales. El compromiso con la construcción de la «polis» forma parte de la respuesta laical a la muestra de confianza en las posibilidades humanas manifestada por Dios, el cual ha puesto en manos de los hombres no sólo el destino de la aventura humana, sino el de su propia gloria: la vida de los hombres. El absentismo político renuncia a la dimensión liberadora de la espiritualidad cristiana, hurta las cualidades del Reino de Dios a las realidades temporales e inmoviliza esa «longa manus» de Dios en la política que son los laicos.

c) Seguimiento, discernimiento y vocación política

La espiritualidad cristiana es docilidad a los impulsos del Espíritu y recreación histórica del seguimiento de Jesús de Nazaret. El Espíritu suscita hoy relatos biográficos de cuño evangélico que hacen correr por el mundo «rumores» sobre Jesús; provoca historias de discípulos empeñados como él en convertir en realidades buenas la Buena Nueva de Dios sobre la salvación integral del hombre y en realizar la unidad del universo, lo terrestre y lo celeste, por medio de Cristo (cfr. Ef 1-3; 1 Cor 2,7). El espacio político, como lugar de la cita con Dios, no posee un carácter tan universal como el del trabajo. No todos los laicos están llamados por el Señor a seguirle implicados activamente en los partidos y en las organizaciones sociales. Pero la elección del lugar del encuentro con Dios no es una mera cuestión de gustos o aficiones personales, sino de obediencia a la Voluntad del Señor Jesús. El ejercicio del discernimiento de esa voluntad y la prontitud en la obediencia son dos de las exigencias universales del seguimiento de Jesús que cualquier vocación cristiana ha de poner en práctica. Desde la perspectiva del compromiso político, a todo laico se le pide: a) la responsabilidad de llegar a conocer con lucidez evangélica si Dios le emplaza o no en el mundo de la política (algo que supone el discernimiento de las aptitudes y las destrezas personales para esa actividad, aunque no coincida simplemente con él, y que por eso mismo se percibe como fidelidad); y b) la disposición para acudir puntualmente al lugar de la convocatoria divina (algo que, porque siempre «violenta» el mundo de los hábitos, actitudes, comportamientos, deseos y aficiones personales, se experimenta como obediencia). Cuando no se ejercitan estas prácticas espirituales, se asume la responsabilidad de privar del «estilo» del Espíritu de Jesús de Nazaret al quehacer político.

d) «Espiritualidad y laicidad de la política

La fe cristiana no tiene proyectos ni medios ni estrategias originales para abrir camino a la Promesa de Dios. El cristianismo necesita echar mano de las herramientas con que los hombres construyen la realidad política y social. Sólo ellas hacen posible que la Salvación escatológica se vaya haciendo historia. Si se desea que la solidaridad sea algo más que un «sentimiento superficial por los males de tanta personas, cercanas o lejanas,» y se tiene la «firme y perseverante determinación» de trabajar por el «bien común» (cf. «Sollicitudo rei socialis», 38) en la lucha contra las «estructuras de pecado» que destruyen lo humano (cf. ibid., 40), entonces es preciso hacer todo lo posible por encarnar ese deseo y esa determinación en formas y programas adecuados a la realidad que se quiere combatir. En las actuales circunstancias de nuestro mundo, no se podrá alcanzar estos objetivos sin una praxis política encaminada a modificar paulatinamente dichas circunstancias. Obviamente esta praxis -como todas las actividades humanas- responde a unas leyes de funcionamiento propias y autónomas que los cristianos han de saber respetar si quieren vivir una espiritualidad respetuosa con la laicidad del mundo.

En ciertos círculos cristianos flota en el aire un cierto maniqueísmo en la comprensión del poder como instrumento político de transformación de la realidad. Participan de la sensibilidad de algunas propuestas de políticas alternativas que dan la impresión de haber hecho, de la «necesidad» de renunciar al poder, como consecuencia de su escasa incidencia democrática, la «virtud» de una política-sin-poder. Sería peligroso negar la ambigüedad del poder e ignorar su enorme potencial concupiscente, que le lleva a autodivinizarse al menor descuido y que ha propiciado el holocausto de millones de hombres a lo largo de la historia. Pero igualmente peligroso es renunciar a su ejercicio por sistema, sin llegar a comprender que de lo que se trata es de desembarazarlo del influjo de sus falsas imágenes, que lo emparentan necesariamente con el dominio, la prepotencia y la arrogancia, lo ubican con exclusividad en el Estado y sus organismos6 y olvidan que su calidad democrática depende de su disponibilidad en favor de los intereses de los pobres. Evidentemente, todo esto puede sonar a ingenuo; pero está demostrado que plantear la política y el ejercicio del poder «etsi pauperes non darentur» suele conducir al tópico de los «intereses generales» y a satisfacer en ellos únicamente los deseos siempre insatisfechos de los beneficiarios de la cultura de la satisfacción7 .

Una espiritualidad militante deficitaria en laicidad ha contribuido a crear ese clima. En la palestra del debate sobre la presencia pública de la fe existen demasiados cristianos que, desencantados por lo que la democracia y sus instituciones dan de sí, estructuran su compromiso desde el «todavía no» de la Promesa de Dios, típica de la reserva escatológica que encarnan los religiosos, y se limitan a ejercer la función críticoprofética de su fe. Sin embargo, los laicos no pueden contentarse con criticar, sentados en el «banquillo» de la reserva escatológica, los logros siempre parciales de la sociedad moderna. Ellos protagonizan una espiritualidad que los convierte en expertos en abrir espacios al «ya sí» de la Promesa. Y esto no se consigue sin saltar al terreno de juego de la política y sin sumar allí esfuerzos y aportar soluciones en la construcción de este mundo provisional. En el fondo, una actitud de permanente reserva hacia lo político, a causa de lo que la trama del poder significa, revela una cierta reticencia a aceptar la laicidad del mismo. La política no es una realidad ni divina ni diabólica. Se trata de una actividad sometida a reglas humanas de juego y, precisamente por ello, limitada y cargada de imperfecciones, como constantemente pone de manifiesto su desmedida proclividad a convertirse en inhumana o en infrahumana. No obstante, esta perversión no debe servir como excusa para abandonarla, sino como acicate para permanecer o hacerse presente en ella, con el fin de evitar semejante deterioro.

Notas:

  • 1 Cf. F.J. VITORIA, Vivir el Espíritu Santo historia adentro, «Iglesia Viva» 130-131(1987)373-389.
  • 2 Cf. E. PINTACUDA, Breve curso de política, Sal Terrae, Santander 1994, p. 9.
  • 3 Cf. J.M. RAMBLA, «La espiritualidad cristiana en la lucha por la justicia», en (VARIOS, La justicia que brota de la fe, Sal Terrae, Santander 1982, p. 181.
  • 4 Cf. D. MOLLA, Hacia una ‘mística de ojos abiertos’. Propuestas para el fin del milenio, en CRISTIANISME I JUSTICIA, De cara al tercer milenio. Lecciones y desafíos, Sal Terrae, Santander 1994, pp. 149-170.
  • 5 Cf. J.I.GONZALEZ FAUS, «La Humanidad Nueva», Sal Terrae, Santander 1984, pp. 130-133.
  • 6 Cf. E. PINTACUDA, «op. cit.», pp. 129-130.
  • 7 La legitimidad de un pluralismo político entre los cristianos no debe conducir a una especie de «liberalismo» por el que se pueda llegar a pensar que cualquier opción política es compatible con la fe cristiana. Del evangelio se desprende no sólo impulso, sino también dirección y criterios teóricoprácticos que limitan este pluralismo y que contribuyen eficazmente a la elaboración de una política solidaria con los más pobres, que tiene que ser siempre la finalidad última de los cristianos en el compromiso político.


 

Categorías:DSI

Convocatoria a la Celebración del Centenario de la ACJM

Asunto: Convocatoria a la Celebración del Centenario de la ACJM
1 de mayo de 2013

A todos los Militantes y Asistentes Eclesiásticos

Anteponemos un cordial saludo en la alegría de Cristo resucitado. Con enorme júbilo nos dirigimos a todos para convocar a la celebración de los 100 años de vida de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, primera organización laical juvenil en nuestro país, formadora de grandes líderes y semillero de santidad entre la juventud mexicana.

La celebración nacional se llevará a cabo los días 2, 3 y 4 de agosto del presente año en la Ciudad de México, lugar donde hace un siglo comenzó nuestra historia.

Se iniciará el viernes 2 de agosto durante la mañana con el registro y se concluirá el domingo 4 de agosto a las 16:00 horas. 

Las Celebraciones Eucarísticas serán en tres lugares muy simbólicos:
Viernes (17:00 hrs): Templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús, Patrono de la ACJM.
Sábado (12:00 hrs.): Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, Reina y Madre de nuestra nación.
Domingo (12:00 hrs.): Catedral Metropolitana de la Arquidiócesis Primada de México.

El programa formativo tendrá momentos de reflexión sobre la historia, la actualidad y el futuro de la ACJM que juntos forjaremos. Además de eventos culturales y de convivencia. 

En la alegría de estar celebrando el "Año de la Fe" tendremos manifestaciones públicas de fe como una Peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la que la Junta Nacional invitará a toda la Acción Católica del país; además de una Marcha Juvenil en la que la Pastoral Juvenil Nacional y la de la Arquidiócesis de México se unirán en acción de gracias a Dios y en apoyo a nuestra organización.

Los exacejotaemeros también son parte importante de esta celebración, por lo tanto también serán convocados por la Junta Nacional a uno de los festejos y para realizar un acto conmemorativo con ellos.

CONVOCADOS

• Militantes de la ACJM a todo el programa de la celebración.

• Todas las organizaciones y movimientos de la Acción Católica Mexicana a la Peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, el sábado 3 de agosto, partiendo a las 10:00 horas de la Glorieta de Peralvillo por la Calzada de los Misterios; y participando de la Misa en la Basílica a las 12:00 (favor de llevar banderas, posteriormente la Junta Nacional dará más detalles).

• A los obispos y sacerdotes a las Celebraciones Eucarísticas.

• A los exacejotaemeros a la Peregrinación mencionada anteriormente y la Celebración Eucarística; al terminar habrá un momento muy especial para todos los ex militantes que asistan (en breve la Junta Nacional dará más detalles al respecto, será un acontecimiento único que viviremos en el Tepeyac).

• A todos los grupos juveniles del país que deseen unirse a los festejos para dar gracias a Dios por tantas bendiciones concedidas en tantos jóvenes que lo han seguido, ya sea en nuestra organización o en otras. Se les invita a la Marcha Juvenil el domingo 4 de agosto a las 9:00 horas en el Ángel de la Independencia para llegar a Misa a Catedral a las 12:00 horas, ahí donde se encuentran las reliquias de San Felipe de Jesús.

COSTOS

Para los militantes que van a participar de todo el programa el costo es de: $ 1,000.00 pesos y el registro se cierra el 19 de julio. 
Incluye: 
•	2 noches de hospedaje (viernes 2 y sábado 3 de agosto).
•	Alimentos del viernes por la noche al domingo al mediodía.
•	Material de trabajo.
•	Participación en todas las actividades del programa.

REGISTRO MILITANTES

	Favor de contactar a: Rafael Rodríguez Ozuna
	Teléfonos: 7561146592
	Correo: acjm-nacional@hotmail.com

REGISTRO EXACEJOTAEMEROS

	Favor de contactar a: Jorge Alberto Rivera Armendáriz 
	Teléfonos: 5554235264
	Correo: jorgeriv@yahoo.com

	Se les invita a participar en la Peregrinación y Misa en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y posteriormente una Ceremonia. Es muy importante el registro porque 	se realizará por única ocasión una teseración especial como militantes honorarios sólo por este año jubilar para la ACJM, y que mejor que en el Tepeyac.

CONFIRMACIÓN DE ASISTENCIA

Las organizaciones y movimientos de la Acción Católica Mexicana de todo el país que vayan a asistir a la Peregrinación del sábado y la Misa en la Basílica de Guadalupe, favor de confirmar asistencia con la Junta Nacional para una mejor organización.

La Pastoral Juvenil Nacional y de las Diócesis que vayan a participar de la Marcha Juvenil y Misa en la Catedral del domingo 4 de agosto, les pedimos confirmar asistencia por favor a: 
Enrique Cruz Vargas 
Teléfono: 044 7221095917 
Correo: Ing.em_jecv@hotmail.com 
Lo anterior con la finalidad de estar en comunicación para ultimar detalles y organizarnos mejor en la unidad.

EXHORTACIÓN

A todos los militantes los invitamos a hacer un gran esfuerzo para vivir este acontecimiento histórico que Dios nos regala en su infinita bondad.

A los exacejotaemeros les pedimos encarecidamente que apoyen a los jóvenes de sus diócesis para que vivan esta experiencia.

A toda la Acción Católica le pedimos promover y animar a todos los acejotaemeros del país.

Los invitamos a unirnos en oración para que este acontecimiento revitalice a la ACJM para gloria de Dios y servicio de la Iglesia y la Patria.

Agradecemos de antemano las atenciones brindadas a la presente, así como la difusión la misma. Imploramos al Señor que los bendiga abundantemente, a la Santísima Virgen de Guadalupe que los cubra con su manto y a los Santos y Beatos Mártires de la Acción Católica que intercedan por todos.

Atentamente.- 
Asociación Católica de la Juventud Mexicana
Comité Nacional 2010-2013
100 años trabajando: “Por Dios y por la Patria"
“Año de la Fe”
Asunto: Convocatoria a la Celebración del Centenario de la ACJM
1 de mayo de 2013

A todos los Militantes y Asistentes Eclesiásticos

Anteponemos un cordial saludo en la alegría de Cristo resucitado. Con enorme júbilo nos dirigimos a todos para convocar a la celebración de los 100 años de vida de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, primera organización laical juvenil en nuestro país, formadora de grandes líderes y semillero de santidad entre la juventud mexicana.

La celebración nacional se llevará a cabo los días 2, 3 y 4 de agosto del presente año en la Ciudad de México, lugar donde hace un siglo comenzó nuestra historia.

Se iniciará el viernes 2 de agosto durante la mañana con el registro y se concluirá el domingo 4 de agosto a las 16:00 horas.

Las Celebraciones Eucarísticas serán en tres lugares muy simbólicos:
Viernes (17:00 hrs): Templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús, Patrono de la ACJM.
Sábado (12:00 hrs.): Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, Reina y Madre de nuestra nación.
Domingo (12:00 hrs.): Catedral Metropolitana de la Arquidiócesis Primada de México.

El programa formativo tendrá momentos de reflexión sobre la historia, la actualidad y el futuro de la ACJM que juntos forjaremos. Además de eventos culturales y de convivencia.

En la alegría de estar celebrando el “Año de la Fe” tendremos manifestaciones públicas de fe como una Peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la que la Junta Nacional invitará a toda la Acción Católica del país; además de una Marcha Juvenil en la que la Pastoral Juvenil Nacional y la de la Arquidiócesis de México se unirán en acción de gracias a Dios y en apoyo a nuestra organización.

Los exacejotaemeros también son parte importante de esta celebración, por lo tanto también serán convocados por la Junta Nacional a uno de los festejos y para realizar un acto conmemorativo con ellos.

CONVOCADOS

• Militantes de la ACJM a todo el programa de la celebración.

• Todas las organizaciones y movimientos de la Acción Católica Mexicana a la Peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, el sábado 3 de agosto, partiendo a las 10:00 horas de la Glorieta de Peralvillo por la Calzada de los Misterios; y participando de la Misa en la Basílica a las 12:00 (favor de llevar banderas, posteriormente la Junta Nacional dará más detalles).

• A los obispos y sacerdotes a las Celebraciones Eucarísticas.

• A los exacejotaemeros a la Peregrinación mencionada anteriormente y la Celebración Eucarística; al terminar habrá un momento muy especial para todos los ex militantes que asistan (en breve la Junta Nacional dará más detalles al respecto, será un acontecimiento único que viviremos en el Tepeyac).

• A todos los grupos juveniles del país que deseen unirse a los festejos para dar gracias a Dios por tantas bendiciones concedidas en tantos jóvenes que lo han seguido, ya sea en nuestra organización o en otras. Se les invita a la Marcha Juvenil el domingo 4 de agosto a las 9:00 horas en el Ángel de la Independencia para llegar a Misa a Catedral a las 12:00 horas, ahí donde se encuentran las reliquias de San Felipe de Jesús.

COSTOS

Para los militantes que van a participar de todo el programa el costo es de: $ 1,000.00 pesos y el registro se cierra el 19 de julio.
Incluye:
• 2 noches de hospedaje (viernes 2 y sábado 3 de agosto).
• Alimentos del viernes por la noche al domingo al mediodía.
• Material de trabajo.
• Participación en todas las actividades del programa.

REGISTRO MILITANTES

Favor de contactar a: Rafael Rodríguez Ozuna
Teléfonos: 7561146592
Correo: acjm-nacional@hotmail.com

REGISTRO EXACEJOTAEMEROS

Favor de contactar a: Jorge Alberto Rivera Armendáriz
Teléfonos: 5554235264
Correo: jorgeriv@yahoo.com

Se les invita a participar en la Peregrinación y Misa en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y posteriormente una Ceremonia. Es muy importante el registro porque se realizará por única ocasión una teseración especial como militantes honorarios sólo por este año jubilar para la ACJM, y que mejor que en el Tepeyac.

CONFIRMACIÓN DE ASISTENCIA

Las organizaciones y movimientos de la Acción Católica Mexicana de todo el país que vayan a asistir a la Peregrinación del sábado y la Misa en la Basílica de Guadalupe, favor de confirmar asistencia con la Junta Nacional para una mejor organización.

La Pastoral Juvenil Nacional y de las Diócesis que vayan a participar de la Marcha Juvenil y Misa en la Catedral del domingo 4 de agosto, les pedimos confirmar asistencia por favor a:
Enrique Cruz Vargas
Teléfono: 044 7221095917
Correo: Ing.em_jecv@hotmail.com
Lo anterior con la finalidad de estar en comunicación para ultimar detalles y organizarnos mejor en la unidad.

EXHORTACIÓN

A todos los militantes los invitamos a hacer un gran esfuerzo para vivir este acontecimiento histórico que Dios nos regala en su infinita bondad.

A los exacejotaemeros les pedimos encarecidamente que apoyen a los jóvenes de sus diócesis para que vivan esta experiencia.

A toda la Acción Católica le pedimos promover y animar a todos los acejotaemeros del país.

Los invitamos a unirnos en oración para que este acontecimiento revitalice a la ACJM para gloria de Dios y servicio de la Iglesia y la Patria.

Agradecemos de antemano las atenciones brindadas a la presente, así como la difusión la misma. Imploramos al Señor que los bendiga abundantemente, a la Santísima Virgen de Guadalupe que los cubra con su manto y a los Santos y Beatos Mártires de la Acción Católica que intercedan por todos.

Atentamente.-
Asociación Católica de la Juventud Mexicana
Comité Nacional 2010-2013
100 años trabajando: “Por Dios y por la Patria”
“Año de la Fe”
Categorías:ACJM