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Archive for 30 septiembre 2012

El arbol de manzanas que hay en mi casa

El árbol de manzanas que hay en mi casa

RELIGIÓN Y FAMILIA, http://www.am.com.mx

P. Dennis Doren L.C.

De vez en cuando conviene detenernos un momento y ver a nuestro alrededor; en esa contemplación, aparecerá la figura, esperamos, siempre presente de nuestros padres, ellos que nos han cobijado durante tantos años.

Hace mucho tiempo, existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y él nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.

Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó: “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles, lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”. “Lo siento, -dijo el árbol- pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas, así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz, tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz, pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar, debo trabajar para mi familia, necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu casa” -contestó el árbol-. El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.

Cierto día de un cálido Verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “Vienes a jugar conmigo?”, -le preguntó el árbol-. El hombre contestó: “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó: “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote, luego se fue a navegar por un largo tiempo.

Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas”. El hombre replicó: “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, sólo un lugar para descansar, estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El árbol, son nuestros padres. No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices, seamos siempre agradecidos.

Visita la página web: www.regnumchristi.org

El árbol de manzanas que hay en mi casa

RELIGIÓN Y FAMILIA, http://www.am.com.mx

P. Dennis Doren L.C.

De vez en cuando conviene detenernos un momento y ver a nuestro alrededor; en esa contemplación, aparecerá la figura, esperamos, siempre presente de nuestros padres, ellos que nos han cobijado durante tantos años.

Hace mucho tiempo, existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y él nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.

Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó: “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles, lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”. “Lo siento, -dijo el árbol- pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas, así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz, tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz, pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar, debo trabajar para mi familia, necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu casa” -contestó el árbol-. El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.

Cierto día de un cálido Verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “Vienes a jugar conmigo?”, -le preguntó el árbol-. El hombre contestó: “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó: “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote, luego se fue a navegar por un largo tiempo.

Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas”. El hombre replicó: “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, sólo un lugar para descansar, estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El árbol, son nuestros padres. No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices, seamos siempre agradecidos.

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Categorías:Cuentos para educar

Caundo no se entiende la logica de Dios

CUANDO NO SE ENTIENDE LA LÓGICA DE DIOS

LA VOZ DEL PAPA, http://www.am.com.mx

José Martínez Colín*

A mediodía del domingo, Benedicto XVI acostumbra acudir al patio interior de Castel Gandolfo para rezar el Ángelus con los fieles allí reunidos.

El domingo pasado comentó el Evangelio de San Marcos en que “Jesús comienza a hablar abiertamente de qué le sucederá al final”. “Es evidente -dijo- que entre Jesús y los discípulos hay una distancia interior profunda; se encuentran, por así decir, en dos longitudes de onda diversas: no entienden o sólo comprenden superficialmente las palabras del Maestro”.

Por ejemplo, Pedro “después de haber manifestado su fe en Jesús, lo reprende porque predice que será rechazado y asesinado”. A su vez, después del segundo anuncio de la pasión, los discípulos “empiezan a discutir sobre cuál de ellos será el más grande” y, por último, tras el tercer anuncio, “Santiago y Juan piden a Jesús que los siente a su derecha y a su izquierda cuando esté en la gloria”.

Pero hay otros signos de esta distancia: “los discípulos no consiguen curar a un muchacho epiléptico, al que después Jesús sana con la fuerza de la oración; o cuando llevan a Jesús unos niños, los discípulos los regañan y, en cambio, Jesús, indignado, hace que se queden y afirma que sólo quien es como ellos puede entrar en el Reino de Dios”.

Todo esto, explicó el romano Pontífice, “nos recuerda que la lógica de Dios es siempre ‘otra’, respecto a la nuestra (…) Por eso seguir al Señor requiere siempre del ser humano una profunda conversión, un cambio del modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.

“Un punto clave en que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo -nos explica Benedicto XVI-: en Dios no hay orgullo porque Él es la plenitud total, tendiente a amar y dar la vida. Por el contrario, en nosotros, los hombres, el orgullo está muy enraizado y exige una vigilancia y una purificación constante. Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a ser grandes, a ser los primeros, mientras Dios no teme rebajarse y hacerse último”.

En noviembre de 1944 muere en París Alexis Carrel, nacido en 1873, galardonado con  el Premio Nobel en Fisiología, converso a la fe católica tiempo atrás y practicante de su fe. Nos había dejado escrito: “Yo quiero creer, yo creo todo aquello que la Iglesia católica quiere que creamos y, para hacer esto, no encuentro ninguna dificultad, porque no encuentro en la verdad de la Iglesia ninguna oposición real con los datos seguros de la ciencia”.

Como es sabido, Carrel atendió médicamente en el tren de enfermos que lo llevó hasta Lourdes, a Marie Bailly, joven afectada de peritonitis tuberculosa en último estadio, y fue testigo cualificado de la curación extraordinaria de Bailly. La experiencia espiritual que sacudió a Carrel en los siguientes cinco días fue descrita por él de manera novelada en un manuscrito que fue publicado en 1948, bajo el título “Le voyage de Lourdes”. En 1950 fue publicado en inglés.

Eduardo De la Hera hace una descripción de los conversos que quizá se corresponda con la de Alexis Carrel, converso a la fe largo tiempo después de ser testigo como médico de oficio en Lourdes: “Los conversos son esas personas que, después de haber vivido al margen de toda fe religiosa, un día inolvidable dieron un viraje tan intenso a la trayectoria de su vida que cambiaron de rumbo. Y comenzaron, si se me permite la expresión, a “tomarse en serio a Dios”. Dios trastocó sus vidas. En cierto sentido, se las complicó. Alguien pudo ver en ellos a seres sugestionados, alucinados o alienados. Pero no, ellos no se salieron de este mundo: el suyo y el de todos, el único que tenemos. (…) Tampoco se transformaron en fanáticos de lo religioso. Supieron, simplemente, mostrarse coherentes con su verdad y respetuosos con la verdad de los otros.”

En su libro póstumo “Viaje a Lourdes”, el protagonista lleva el seudónimo de “Dr. Lerrac”, que es su apellido al revés, Carrel. Allí, Alexis Carrel escribió:

“Y él se fue a la gruta, a contemplar atentamente la imagen de la Virgen, las muletas que, como exvotos, llenaban las paredes iluminadas por el resplandor de los cirios, cuya incesante humareda había ennegrecido la roca… Lerrac tomó asiento en una silla al lado de un campesino anciano y permaneció inmóvil largo rato con la cabeza entre las manos, mecido por los cánticos nocturnos, mientras del fondo de su alma brotaba esta plegaria: «Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo en ti, has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionada y ciegamente sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el Sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador, que con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas se agita, corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en ti y amarte como te aman los monjes de alma pura…» Eran las 3 de la madrugada y a Lerrac le pareció que la serenidad que presidía todas las cosas había descendido también a su alma, inundándola de calma y dulzura. Las preocupaciones de la vida cotidiana, las hipótesis, las teorías y las inquietudes intelectuales habían desaparecido de su mente. Tuvo la impresión de que bajo la mano de la Virgen, había alcanzado la certidumbre y hasta creyó sentir su admirable y pacificadora dulzura de una manera tan profunda que, sin la menor inquietud, alejó la amenaza de un retorno a la duda.”

Emilio Palafox Marqués

•          José Martínez Colín es sacerdote, ingeniero en Computación por la UNAM y doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Categorías:Reflexiones

XXV Domingo Año B reflexion dominical

XXV Domingo Año B

 

 

Citas:

Sg 2,12.17-20:                                      www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayx14t.htm

Iac 3,16-4,3:                                          www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayxq1c.htm

www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abr2qd.htm

Mc 9,30-37:                                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bomvii.htm

«Durante el camino habían estado discutiendo entre ellos sobre quién sería el mayor».

Jesús, Nuestro Señor, no ha venido para disminuirnos. Cristo ha venido para dar una respuesta verdadera a nuestro deseo de grandeza, porque en el hombre, puesto por Dios mismo, se encuentra un deseo de grandeza, de expansión, de posesión.

Las tres grandes concupiscencias que, según san Juan, mueven el mundo -la concupiscencia de los ojos, la de la carne y la soberbia de la vida- son las expresiones corrompidas de esta tensión hacia la posesión de todo lo que caracteriza al hombre: una posesión que manifieste la grandeza, puesto que el designio de Dios para el hombre es que él sea el señor-custodio de todo.

¿Cómo llegar a ser, en este sentido, realmente grandes delante de Dios?

Con el pecado lo hemos olvidado, más aún,  hemos construido sustitutos terribles que, en su parcialidad, en la hipocresía, en la envidia, en la violencia (esta palabra, violencia, lo resume todo) encuentran su última expresión.

Cristo, en cambio, nos invita a mirar el gesto de Aquel que solamente es grande: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, lo puso en medio, de manera que todos lo vieran, y abrazándolo les dijo: «El que recibe a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a Mí; y el que a Mí me recibe, no me recibe a Mí, sino a Aquel que me ha enviado», al más grande de todos, al Padre, fuente también de nuestra verdadera grandeza.

«Solo Dios es grande»; solamente el Padre es grande, y esta grandeza suya se ha manifestado en nuestra historia, en una especie de humillación extrema, de modo que el Padre, para mostrarnos que es Él verdaderamente, envió a su Hijo, afirmó a su Hijo para mostrarse a nosotros incluso en el sacrificio de la Cruz, que antes que nada es su sacrificio: “Quien me ve a Mí, ve al Padre”, lo cual también quiere decir: yo, el Padre, me manifiesto sólo manifestándolo a Él, exaltándolo a Él, glorificándolo a Él, mi Hijo unigénito.

Esto es así porque es la naturaleza más íntima de Dios, que es Amor. Dios es Dios porque entre sus personas rige una sola ley: ser ellos mismos afirmándolo al otro, y esta es toda la ley de la caridad y el único camino hacia la amistad como auténtica reciprocidad.

El Padre es Padre sólo porque engendra al Hijo, afirma al Hijo, y lo glorifica, así como el Hijo lo glorifica a Él, como en una especie de superior “cortesía divina” en la que uno le dice al otro: primero tú; no, por favor, primero tú… Y esta gloria común se manifiesta en la humillación del gesto con el cual el Padre, en Cristo, se abaja para abrazar y servir nuestras existencias, como en el lavatorio de los pies en la última cena.

Sólo mirando continuamente este gesto nace un verdadero deseo de pertenecer a la grandeza del Padre, de manera que ella llegue a ser también nuestra grandeza y nos tensione hacia el sacrificio, sabiendo que el camino para conseguir la grandeza es el servicio de los hermanos: “Yo soy el que tú amas y tu, amándome, haces que yo sea”.

Este deseo de pertenecer al Padre se hace deseo de pertenencia al signo que prolonga el gesto de su servicio y permanece como el lugar donde servirlo para llegar a ser grandes: la Iglesia, empresa cristiana de la grandeza y del servicio.

Sólo en la Iglesia comienza el verdadero camino de la grandeza del hombre, y esta grandeza, nos dice el apóstol Santiago, es antes que nada petición, oración, porque la estatura del hombre consiste y se realiza por completo en la verdad de su petición: «Codiciáis y no tenéis […]. No tenéis porque no pedís; pedís y no recibís porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones», y no para gastar vuestra vida para la gloria de Dios.

El que no pide, o pide mal, discute, es decir, habla y se mueve no por una grandeza que está delante de él, sino que lo hace por un “sueño de grandeza”, por un proyecto de afirmación de sí mismo que lo sacude por dentro.

Toda conversación, a lo largo del camino de la vida, debe en cambio nacer de Dios, del hecho de la dedicación de Dios al hombre, hecho conmovedor e inesperado, de un modo humanísimo, porque es el abrazo de un niño que tiene necesidad de todo, como nosotros la tenemos, y en este abrazo está la grandeza de Dios y nuestra grandeza: la Iglesia, o es este abrazo o es una guerra de habladurías.

Si los apóstoles hubiesen vivido de este recuerdo mientras caminaban hacia Cafarnaúm, después de haber escuchado a Jesús, no habrían perdido el tiempo en discusiones, sino que habrían comenzado por servirse los unos a los otros, sabiendo que era así como se construye el Reino, en nuestras vidas, en la Iglesia y en el mundo.

María Santísima, la Servidora del Señor, Esclava de nuestra salvación, la más pequeña y, por ello, la más grande de las criaturas, mantenga en nosotros la memoria del abrazo tierno de Dios, fuente única del auténtico servicio a los hermanos.

Categorías:Magisterio

Resumen Del Encuentro De Asistentes Eclesiásticos 2012

ACCIÓN CATÓLICA MEXICANA

Junta Nacional 2010-2013

RESUMEN DEL ENCUENTRO DE ASISTENTES ECLESIÁSTICOS

SEDE: ARQUIDIÓCESIS DE MONTERREY

FECHA:    DEL 31 DE JULIO AL 2 DE AGOSTO DE 2012

http://www.accioncatolicamexicana.net/Noticias.htm

Con gratas satisfacciones se llevó a cabo el Encuentro de Asistentes Eclesiásticos, con la participación de 23 sacerdotes, un diácono permanente y un seminarista. Las diócesis participantes fueron: Monterrey, Puebla, Guadalajara, Valle de Chalco, Tlaxcala, Tampico, León, Tenancingo, San Luis Potosí, Toluca y Chilpancingo Chilapa.

Estuvieron presentes todos los Asistentes Eclesiásticos Nacionales.

Entre los temas de estudio tuvieron una Conferencia titulada: “Impulsar a los militantes a vivir el Año de la Fe”; además se hicieron mesas de trabajo para revisar un material que está por editarse que llevará por título: “El Asistente Eclesiástico, animador de la Acción Católica”.

También se reunieron con sus respectivos Asistentes Nacionales para dialogar sobre asuntos propios de cada organismo. En otro momento realizaron aportaciones muy interesantes sobre tres cuestiones concretas: 1) ¿cómo debe ser un grupo parroquial para que sea atractivo a los sacerdotes?, 2) ¿qué recomendaciones dan a la Acción Católica para crecer en calidad y cantidad?, 3) Sugerencias e ideas para la realización del video promocional dirigido a obispos, presbíteros y seminaristas.

Los objetivos del Encuentro eran reorganizar el Colegio de Asistentes Eclesiásticos, informar sobre el Proyecto Renovador y fomentar la fraternidad y convivencia, gracias a Dios todo se logró con éxito.

El Colegio de Asistentes Eclesiásticos queda reestablecido con todos los Asistentes Nacionales:

Presidente: Pbro. Sergio de la Cruz Godoy (Junta Nacional) (Monterrey)

Miembros: Pbro. José Guadalupe Méndez Gallegos (UFCM) (Valle de Chalco)

Pbro. Miguel Jaime Caballero Becerril (UCM) (Toluca)

Pbro. Alberto Guadalupe Medellín Alanís (JCFM y ACJM) (Monterrey)

Pbro. Rafael Hernández Sosa (ACAN) (Puebla)

Pbro. Silverio Chávez Ayala (MEAC) (León)

Pbro. Gabriel Espinoza Íñiguez (MORAC) (Guadalajara)

A ellos se unieron otros sacerdotes integrando comisiones de apoyo:

Espiritualidad: Pbro. Daniel Márquez Garza (San Luis Potosí)

Economía: Pbro. Eduardo Aguirre Solís (Guadalajara)

Secretaría y Comunicación: Pbro. Gustavo Solís Guillú (Tampico)

Pbro. Hermilo Hernández García (Tenancingo)

Pbro. Rafael Eduardo García González (Toluca)

Entre los primeros acuerdos del Colegio de Asistentes quedaron:

1.  Diseñar un manual de identidad y un reglamento interno para el Colegio.

2.  Diseñar un escudo y para ello dieron ya unas ideas.

3.  Solicitar a la Conferencia del Episcopado Mexicano que nombre a San Luis Bátiz como Patrono de los Asistentes Eclesiásticos de la Acción Católica Mexicana.

4.  Apoyar en la revisión de materiales formativos que edite la Junta Nacional.

5.  Pedir apoyo a toda la militancia para integrar un directorio nacional de Asistentes Eclesiásticos.

6.  Diseñar un Curso para Asistentes Eclesiásticos.

7.  Difundir la fiesta de San Juan María Vianey (4 de agosto), como el día del Asistente Eclesiástico.

8.  Sede y fecha para el próximo Encuentro: Arquidiócesis de Guadalajara del 23 al 25 de julio, queda pendiente solicitar el consentimiento del Arzobispo para luego difundir este evento.

Fue muy interesante ver la armonía entre sacerdotes de distintas ciudades y variadas edades, ha sido un gran paso y nos llena de esperanza el amor que todos tienen por la Acción Católica, estamos seguros que esto se irá contagiando en otros.

Los consejos y aportaciones que nos hagan serán de gran utilidad por la experiencia y preparación de todos como sacerdotes y por el gran amor que ponen en su ministerio; además de eso entre ellos hay licenciados en teología dogmática, bíblica y moral, además en bioética, formación permanente del clero, así como también psicólogo, abogado, arquitecto y médico. Además de que ocupan o han ocupado cargos en sus diócesis en distintas actividades y eso los hace tener una visión más amplia del acompañamiento a los laicos.

Se les dio a conocer los avances y estrategias del Proyecto Renovador, además de darles información general del trabajo y los materiales de cada una de las organizaciones y movimientos, esto con el fin de retroalimentar y buscar trabajar en sinergia; ellos sugieren que para el próximo Encuentro los Comités Nacionales monten una Expo y se tengan más espacios para dialogar con los Presidentes Nacionales.

La parte de convivencia fue muy buena, tuvieron recorridos turísticos y eventos sociales muy interesantes, todo con el fin de consolidar los lazos de amistad y hacer de este Colegio una verdadera fraternidad de sacerdotes que apoyan el trabajo de la Acción Católica. La Celebración Eucarística de cada día fue el centro de todas las actividades.

Un agradecimiento muy especial a la Junta Diocesana de Monterrey, a su Presidente Gilberto Villalobos y todos los Presidentes Diocesanos por su hospitalidad y muestras de cariño; de igual manera a todos los militantes de Monterrey que colaboraron en la organización, que el Señor les recompense su generosidad y disposición de servicio.

Encomendemos a Dios a todos los sacerdotes y fortalezcamos los lazos de unidad con nuestros Asistentes Eclesiásticos.

Atentamente.-

Acción Católica Mexicana

Junta Nacional 2010-2013

“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”

Categorías:General

IV ORIGENES DE LA ACCION CATOLICA

IV ORIGENES

I.       ES ANTIGUA, VENERANDA Y SANTA

Sabía que aquellos amados hijos, (los ahí presentes), gozaban en lo íntimo de su corazón, y con toda razón, al ver que la Acción Católica, de ellos y del Papa, es tan antigua, tan veneranda y tan santa; y que llega a nosotros justamente de las manos de los primeros Apóstoles, pudiendo decirse, en alas de la palabra divinamente inspirada, sobre la ola de sangre de los primeros mártires. Magnífica cosa es este llamamiento de los seglares a participar en la salud de las almas, en la salvación, como diría el poeta, en la acción salvadora del mundo.

Del discurso del Santo Padre el 19 de abril de 1931 a la Junta Diocesana de Ac¬ción Católica Romana.

II.      SUS ORIGENES EN EL EVANGELIO

La Iglesia siempre ha amado, apreciado y querido, la ayuda de la Acción Católica. A algunos puede parecer, esta Acción Católica, como una novedad; pertenece, sin embargo, a la más venerable antigüedad. La Acción Católica es, precisamente, una de aquellas antigüedades que nos llevan a los tiempos de los Apóstoles y de Nuestro Señor. Porque también El se valía de la ayuda y contribución de mujeres buenas y piadosas que lo seguían, pues se lee a través de las líneas del Evangelio que ellas proveían a las necesidades del Colegio Apostólico. Es Jesús quien llama en ayuda de su predicación y de la predicación de los Apóstoles, a la Acción Católica.

Del discurso del Santo Padre el 5 de marzo de 1933 a la juventud Femenina de Acción Católica de Roma.

III.     EL EJEMPLO DE LA IGLESIA NACIENTE

Basta un conocimiento siquiera superficial de la antigua literatura cristiana, de las antiguas páginas literarias y de historia de la Iglesia naciente—y entre estas páginas es necesario colocar las Cartas Apostólicas, los Hechos de los Apóstoles—páginas inspiradas por Dios mismo, que la Divina Providencia ha querido hacer llegar hasta nosotros con el fin de que las leyésemos para nuestra  continua consolación y para continuo estímulo y edificación—para convencerse de cómo, precisamente así, ha comenzado la Iglesia, pues los Apóstoles se valen de la obra de los seglares hasta entonces paganos; y apenas encuentran algún adepto, algún discípulo, lo hacen instrumento de su actividad, lo hacen participar de su trabajo, de su apostolado, de la obra evangelizadora que andaban realizando.

Y he aquí a San Pablo recomendado a las oraciones comunes a “aquellos y a aquellas”, y especialmente a “aquellas”: excelentes hombres, excelentes mujeres, y excelentes hijos, que han trabajado con él: “…rnecum lahoraverunt in Evangelio”.

Del discurso del Santo Padre el 19 de abril de 1931 a las Asociaciones Católicas de Roma.

Apostólica, en verdad, es la Acción Católica. Y la prerrogativa más hermosa, más simpática, más atrayente de la Acción Católica actual, es el haber sido la compañera fiel de los primeros apóstoles, del primer apostolado. Es esto algo que le seduce cuantas veces se detiene a considerarlo. Es algo que recuerda lo que fueron los grandes apóstoles, los primeros apóstoles.

Del discurso del Santo Padre el 12 de marzo de 1936 a los Institutos Eclesiásticos de Roma.

IV.     NO ES UNA INVENCION DE LOS ULTIMOS TIEMPOS

Sería un gran error el pensar que la Acción Católica es una cosa nueva, una invención de los últimos tiempos. No; no hay nada más antiguo. Fue precisamente con el auxilio de la Acción Católica, cómo el Apostolado Jerárquico de los Apóstoles comenzó y pudo realizarse con eficacia pronta, vasta, rápida y factible. La Acción Católica explica en gran parte lo que entonces sucedió, y de ello da testimonio toda la antigua y gloriosa literatura cristiana, de la cual resulta, y no como cosa de poca importancia, que la Acción Católica mereció la atención y la gratitud misma de los Apóstoles. San Pablo termina frecuentemente sus cartas con saludos para éste o para ésta, recomendando a aquel o a aquella. Y no se trata de Obispos, ni de sacerdotes, sino que frecuentemente son mujeres, jóvenes doncellas, amadas hijitas, de las cuales dice el Apóstol, mecum lahoraverunt in Evangelio. Aquí se encuentra la Acción Católica en su esencia verdadera y genuina. He aquí lo que debe ser la Acción Católica, para que sea lo que el Papa quiere, coma él la entiende, como es y ha sido siempre, y para que conserve su belleza y su mérito.

Del discurso del Santo Padre el 8 de septiembre de 1929 al Congreso de Universitarios de Acción Católica Italiana.

La Acción Católica, entendida como participación de los seglares en el apostolado verdadero y propio de la Iglesia, no es una hermosa novedad de nuestros tiempos, como a algunos se les ha puesto en la cabeza, o algunos que no están dispuestos a recibirla y que no aman bastante esta hermosa novedad. Existía como existe ahora, y mejor que ahora y desde mucho tiempo atrás.

La primera difusión del Cristianismo, aquí mismo en Roma, ha tenido lugar de este modo, se ha verificado con la Acción Católica. Y, ¿podía realizarse de otra manera?.. . ¿Qué habrían hecho los doce, perdidos en la inmensidad del mundo, si no hubieran llamado gente a su alrededor, hombres, mujeres, viejos, niños, diciéndoles: “Traemos el tesoro del cielo, ayudadnos a repartirlo”. Es hermoso ver los documentos históricos de esta antigüedad; San Pablo cierra sus cartas con una letanía de nombres entre los que hay pocos sacerdotes, y muchos seglares, y entre éstos también hay mujeres “adiuva illas quae macum lahoraverunt in Evangelio”. Parece decir: son de la Acción Católica.

Del discurso del Santo Padre el 19 de marzo de 1927 a las Obreras de la Juventud Femenina de Acción Católica Italiana.

V.      SUSTANCIA ANTIGUA Y FORMA NUEVA

Como lo hemos hecho notar muchas veces en documentos semejantes a éste, según que las circunstancias Nos presentaban la oportunidad, la Acción Católica no es cosa nueva, sino que en sustancia es tan antigua como la Iglesia, no obstante que en su forma actual se haya venido delineando y precisando, cada vez mejor, en estos últimos tiempos. Por una parte, se deriva de la necesidad que la Jerarquía Eclesiástica ha experimentado siempre, de tener cooperadores entre los seglares católicos, y por otra, del vivo deseo que los mismos seglares católicos deben experimentar de dar al clero su cooperación propia y voluntaria para el triunfo pacífico del Reino de Jesucristo. Por esto ya el Apóstol de las gentes hace mención en su carta a los Filipenses (IV, 3), de sus cooperadores y pide sean ayudadas aquellas piadosas mujeres, que unidas a él lahoraverunt in Evangelio. Y Nuestros Predecesores durante el curso de los siglos, han apelado muchas veces al celo laborioso de los fieles, invitándolos, según lo pedían el tiempo y las circunstancias, a dar con entusiasmo su ayuda para el triunfo de la causa católica, “Mientras más terribles fueron los trances en que se vieron la Iglesia y la sociedad, con tanto mayor empeño, como tocando a reunión, exhortaron a todos los fieles para que, bajo la dirección .de los Obispos, combatiesen las santas batallas y según sus fuerzas, proveyesen a la eterna salvación del prójimo (Carta al Card. Ber- tram).

Pero si, como dejamos dicho arriba, la Acción Católica en su sustancia es tan antigua como la Iglesia, sin embargo, en su forma actual ha venido formándose y constituyéndose en estos últimos tiempos, según las indicaciones dadas por Nuestros Predecesores inmediatos y según las normas directivas manifestadas muchas ve- ces por Nos.

De la carta del Santo Padre el 6 de noviembre de 192Q al Card. Primado de España.

La Evangelización no es obra de algunos especialistas, sino de todo el Pueblo de Dios: Benedicto XVI

La Evangelización no es obra de algunos especialistas, sino de todo el Pueblo de Dios: Benedicto XVI

Publicado por 
http://ofsmexico.blogspot.mx/2012/09/la-evangelizacion-no-es-obra-de-algunos.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebookCiudad del Vaticano (Sistema de Información del Vaticano).-”Como miembros del colegio episcopal, debéis tener siempre una solicitud especial por la Iglesia universal, en primer lugar fomentando y defendiendo la unidad de la fe (…) Esto es particularmente urgente en nuestra época que os llama a ser audaces a la hora de invitar a los hombres, de cualquier condición, al encuentro con Cristo y a reforzar la fe”.

Así habló el Papa a los obispos, nombrados recientemente, que participan en el congreso promovido por las Congregaciones para los Obispos y para las Iglesias Orientales, este pasado 20 de septiembre de 2012.

El Papa señaló que la peregrinación de los obispos a la tumba de San Pedro asume este año una importancia especial ya que estamos en vísperas del Año de la Fe, del 50 aniversario del Concilio Vaticano II y de la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre el tema: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. A estos eventos se une el XX aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica

La preocupación prioritaria de los obispos, debe ser “promover y sostener un compromiso más decidido de la Iglesia en favor de la nueva evangelización para volver a descubrir la alegría de creer y reencontrar el entusiasmo de comunicar la fe’. En este ámbito -subrayó el Papa- también estáis llamados a fomentar y favorecer la comunión y la colaboración entre todas las realidades de vuestras diócesis. La evangelización, de hecho, no es la obra de algunos especialistas, sino de todo el Pueblo de Dios, bajo la guía de los pastores. Cada uno de los fieles, en y con la comunidad eclesial debe sentirse responsable de anunciar y testimoniar el Evangelio”.

Benedicto XVI recordó que el beato Juan XXIII durante la apertura del Concilio Vaticano II afirmó: “Es necesario que esta doctrina cierta e inmutable, que debe ser fielmente respetada, se profundice y se presente de una forma que responda a las exigencias de nuestro tiempo”. “Podríamos decir- observó- que la nueva evangelización comenzó precisamente con el Concilio, que el beato Juan XXIII consideraba como una nueva Pentecostés, que habría hecho florecer a la Iglesia en su riqueza interior y en su extenderse, maternalmente, a todos los ámbitos de la actividad humana. A pesar de las dificultades de los tiempos, los efectos de aquella nueva Pentecostés, se han prolongado, tocando la vida de la Iglesia en todas sus formas: desde la institucional a la espiritual, desde la participación de los fieles laicos, aI florecimiento carismático y de santidad”.

Esa herencia fue confiada también al cuidado pastoral de los obispos a los que el Papa invitó a inspirarse en ese “patrimonio de doctrina, espiritualidad y santidad”, para “formar en la fe a los fieles de modo que su testimonio sea más creíble”. “Al mismo tiempo, vuestro servicio episcopal os pide ‘dar razón de la esperanza que hay en vosotros’ a cuantos están en busca de la fe o del sentido último de la vida y en los que también ‘obra de modo invisible la gracia’. Cristo, efectivamente, murió por todos, y la vocación última del hombre es, en realidad, una sola: la divina. Os animo, pues a empeñaros para que, a todos, -según sus diferentes edades y condiciones de vida- les sean presentados los contenidos esenciales de la fe, -de forma sistemática y orgánica- para responder a los interrogantes que plantea nuestro mundo globalizado y tecnológico (…) Para ello, es fundamental el Catecismo de la Iglesia Católica; una norma segura para la enseñanza de la fe y de la comunión en un único credo. La realidad que vivimos exige que el cristiano tenga una sólida formación”.

La fe pide “testigos creíbles, que confían en el Señor (…) para ser “signos vivos de la presencia del Resucitado en el mundo’”. De ahí que el Obispo, “primer testigo de la fe deba acompañar el camino de los creyentes dando ejemplo de vida en el abandono confiado a Dios. No se puede estar al servicio de los hombres, sin ser antes siervo de Dios”.

El Papa concluyó indicando a los prelados cómo el “compromiso personal a la santidad” debe llevarles diariamente a “asimilar la Palabra de Dios en la oración y nutrirse de la Eucaristía”. La caridad, ha de impulsarles a estar cerca de sus sacerdotes porque son “sus primeros y más preciosos colaboradores para llevar a Dios a los hombres y los hombres a Dios”. El amor del Buen Pastor los conducirá a “prestar atención a los pobres y a los que sufren, para apoyarlos y consolarlos, así como para guiar a aquellos que han perdido el sentido de la vida”. También deben estar “cerca de las familias (…)para que puedan construir su vida sobre la roca sólida de la amistad con Cristo” y “cuidar de los seminaristas,(…) para que la comunidad tenga pastores maduros y alegres y guías seguras en la fe”.

Categorías:La voz del papa

XXV Domingo Año B

Congregarition Pro Clereis

 

XXV Domingo Año B

 

 

Citas:

Sg 2,12.17-20:                                      www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayx14t.htm       

Iac 3,16-4,3:                                          www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayxq1c.htm

                                                                       www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abr2qd.htm

Mc 9,30-37:                                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bomvii.htm          

 

 

«Durante el camino habían estado discutiendo entre ellos sobre quién sería el mayor».

Jesús, Nuestro Señor, no ha venido para disminuirnos. Cristo ha venido para dar una respuesta verdadera a nuestro deseo de grandeza, porque en el hombre, puesto por Dios mismo, se encuentra un deseo de grandeza, de expansión, de posesión.

Las tres grandes concupiscencias que, según san Juan, mueven el mundo -la concupiscencia de los ojos, la de la carne y la soberbia de la vida- son las expresiones corrompidas de esta tensión hacia la posesión de todo lo que caracteriza al hombre: una posesión que manifieste la grandeza, puesto que el designio de Dios para el hombre es que él sea el señor-custodio de todo.

¿Cómo llegar a ser, en este sentido, realmente grandes delante de Dios?

Con el pecado lo hemos olvidado, más aún,  hemos construido sustitutos terribles que, en su parcialidad, en la hipocresía, en la envidia, en la violencia (esta palabra, violencia, lo resume todo) encuentran su última expresión.

Cristo, en cambio, nos invita a mirar el gesto de Aquel que solamente es grande: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, lo puso en medio, de manera que todos lo vieran, y abrazándolo les dijo: «El que recibe a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a Mí; y el que a Mí me recibe, no me recibe a Mí, sino a Aquel que me ha enviado», al más grande de todos, al Padre, fuente también de nuestra verdadera grandeza.

«Solo Dios es grande»; solamente el Padre es grande, y esta grandeza suya se ha manifestado en nuestra historia, en una especie de humillación extrema, de modo que el Padre, para mostrarnos que es Él verdaderamente, envió a su Hijo, afirmó a su Hijo para mostrarse a nosotros incluso en el sacrificio de la Cruz, que antes que nada es su sacrificio: “Quien me ve a Mí, ve al Padre”, lo cual también quiere decir: yo, el Padre, me manifiesto sólo manifestándolo a Él, exaltándolo a Él, glorificándolo a Él, mi Hijo unigénito.

Esto es así porque es la naturaleza más íntima de Dios, que es Amor. Dios es Dios porque entre sus personas rige una sola ley: ser ellos mismos afirmándolo al otro, y esta es toda la ley de la caridad y el único camino hacia la amistad como auténtica reciprocidad.

El Padre es Padre sólo porque engendra al Hijo, afirma al Hijo, y lo glorifica, así como el Hijo lo glorifica a Él, como en una especie de superior “cortesía divina” en la que uno le dice al otro: primero tú; no, por favor, primero tú… Y esta gloria común se manifiesta en la humillación del gesto con el cual el Padre, en Cristo, se abaja para abrazar y servir nuestras existencias, como en el lavatorio de los pies en la última cena.

Sólo mirando continuamente este gesto nace un verdadero deseo de pertenecer a la grandeza del Padre, de manera que ella llegue a ser también nuestra grandeza y nos tensione hacia el sacrificio, sabiendo que el camino para conseguir la grandeza es el servicio de los hermanos: “Yo soy el que tú amas y tu, amándome, haces que yo sea”.

Este deseo de pertenecer al Padre se hace deseo de pertenencia al signo que prolonga el gesto de su servicio y permanece como el lugar donde servirlo para llegar a ser grandes: la Iglesia, empresa cristiana de la grandeza y del servicio.

Sólo en la Iglesia comienza el verdadero camino de la grandeza del hombre, y esta grandeza, nos dice el apóstol Santiago, es antes que nada petición, oración, porque la estatura del hombre consiste y se realiza por completo en la verdad de su petición: «Codiciáis y no tenéis […]. No tenéis porque no pedís; pedís y no recibís porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones», y no para gastar vuestra vida para la gloria de Dios.

El que no pide, o pide mal, discute, es decir, habla y se mueve no por una grandeza que está delante de él, sino que lo hace por un “sueño de grandeza”, por un proyecto de afirmación de sí mismo que lo sacude por dentro.

Toda conversación, a lo largo del camino de la vida, debe en cambio nacer de Dios, del hecho de la dedicación de Dios al hombre, hecho conmovedor e inesperado, de un modo humanismo, porque es el abrazo de un niño que tiene necesidad de todo, como nosotros la tenemos, y en este abrazo está la grandeza de Dios y nuestra grandeza: la Iglesia, o es este abrazo o es una guerra de habladurías.

Si los apóstoles hubiesen vivido de este recuerdo mientras caminaban hacia Cafarnaúm, después de haber escuchado a Jesús, no habrían perdido el tiempo en discusiones, sino que habrían comenzado por servirse los unos a los otros, sabiendo que era así como se construye el Reino, en nuestras vidas, en la Iglesia y en el mundo.

María Santísima, la Servidora del Señor, Esclava de nuestra salvación, la más pequeña y, por ello, la más grande de las criaturas, mantenga en nosotros la memoria del abrazo tierno de Dios, fuente única del auténtico servicio a los hermanos.

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