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CAPITULO VI ORGANIZACIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA

CAPITULO VI ORGANIZACIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA

SUMARIO: 1. Concepto de organización. – 2. Organización de la Acción Católica. – 3. Principios de organización. – 4. Formas unitaria y federativa. – 5. La organización. – 6. Organismos coordinadores.

 

Libro “Apostolado Seglar y Acción Católica”, Autor Pbro Luis Maria Acuña, Edit Difusión, 2ª edición, 1953

 

1.-CONCEPTO DE ORGANIZACIÓN. –

La Acción Católica es un apostolado organizado jerárquicamente. Después de haber dado a conocer la naturaleza de este apostolado, debemos referirnos a su organización.

La palabra organización tiene un sentido propiamente biológico. Supone fundamentalmente dos cosas: diferenciación de miembros y unidad de vida.

“El ser organizado, dice Cuvier, forma como un sistema cerrado, cuyas partes concurren a una acción común por una reacción recíproca”.

Los tratadistas de la Acción Católica no han perdido de vista este concepto biológico de la organización. Sobre él y aplicando rigurosamente sus consecuencias, han presentado las propiedades de la organización de la Acción Católica. Mons Pizzardo, ante el Seminario francés, en Diciembre de 1930, define la palabra organización diciendo que, “significa unión de miembros múltiples, cada uno de los cuales tiene su naturaleza, su movimiento y su vida propia; pero todos en conjunto convergen hacia una finalidad común y concurren a la formación de un solo cuerpo, subordinado a la vez a un único principio vital”.

La sociedad también es un organismo, tiene sus miembros múltiples que, en las sociedades elementales, son los hombres; y en las compuestas, las sociedades inferiores con finalidad común. El principio vital intrínseco ordena toda la actividad del organismo a su fin propio, dirigiéndola con la influencia propia de la causa formal; ese principio es la autoridad.

2. ORGANIZACIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA.-

La organización es un elemento esencialmente constitutivo de la Acción Católica. Sin él no puede ésta concebirse, al menos tal como hoy la presentan los Pontífices, especialmente Pío XI.

“Con el mismo título que el apostolado y el elemento seglar, dice Fontenelle, la organización es un elemento esencial de la Acción Católica”.

Y Mons. Pizzardo confirma la apreciación de Fontenelle, al decir que “la organización, no solamente tiene una importancia particular sino que es el tercer elemento esencial de la Acción Católica”.

No es necesario insistir mucho para llegar al íntimo convencimiento de la eficacia y necesidad de la organización de la Acción Católica,

“La organización, dice el Consiliario general de la Acción Católica italiana, es una exigencia de estos tiempos, responde a las nuevas necesidades”.

Y el Papa Pío XI, hablando a los dirigentes italianos de la Acción Católica, decía: “Es preciso reducir a una unión moral, cada vez más estrecha, todas las ramas de la Acción Católica, verdadero cuerpo orgánico y, por tanto compuesto de partes distintas que no se confunden, pero que concurren todas a una misma vida, teniendo cada una su propio fin, pero con la mira puesta en la unión de los esfuerzos, de pensamiento y de acción, sin la cual no son posibles éxitos halagüeños” (28 de Junio de 1930).

Picar y Hoyois, en su excelente obra “La Asociación Católica de la Juventud belga”, han procurado dar un toque de atención sobre una ciencia especial, aplicada ya a la dirección de las industrias y de los ejércitos y frecuentemente descuidada en las obras católicas: la ciencia de la organización y de la dirección. “No dudamos – dicen ellos – en recomendar a los directores de las obras de apostolado la lectura y estudio de numerosas y excelentes obras publicadas recientemente sobre la organización y la dirección de las empresas industriales”. Allí se nos citan hechos impresionantes de industrias, que, puestas en peligro tras una vida próspera, han vuelto a la- normalidad por la hábil aplicación de estos métodos de dirección. La obra organizada gana en eficacia. Aun suponiendo que cada uno de los elementos que forman parte de la organización no rindiera en la acción conjunta más que en la dispersa e individual, todavía la organización, señalando objetivos comunes y aplicándolos, a la vez, al esfuerzo general, multiplicaría evidentemente el trabajo útil y la eficacia.

Pero como los elementos organizados son hombres, y es en éstos tan importante el factor psicológico, viene a resultar que la organización, no solamente a una la acción individual, en provecho del resultado último, sino que mejora a la vez esta aportación de cada uno, siendo nueva fuente de energía que no podemos desatender.

“Esta organización, dice Pío XI, contribuye a maravilla a producir ese estado de conciencia y conocimiento de pertenecer a un solo organismo, que actuando de poderoso estimulante, alivia el trabajo común, comunica los triunfos y diluye las amarguras del desaliento” (28 de Junio de 1930).

Por eso el Pontífice ha defendido siempre con empeño, la organización misma de la Acción Católica, describiendo cuidadosamente sus cuadros y disipando las dificultades que surgieron en algunos Estados, en los que llegó a pensarse en la -disolución de la Acción Católica, precisamente porque se temía a su formidable organización. “La Iglesia y la Jerarquía, dice en la carta al Cardenal Schuster, que tienen ei derecho y el deber de constituir y dirigir la Acción Católica, tienen asimismo el deber y el derecho de organizaría del modo más a propósito para que pueda conseguir sus fines espirituales y sobrenaturales, atendidas las costumbres y las necesidades de los diversos tiempos y de los diferentes lugares”.

3 PRINCIPIOS DE ORGANIZACIÓN. –

El apostolado de la Acción Católica es un apostolado jerárquico, y por lo tanto, jerárquicamente organizado. Sigue, pues, en líneas generales, la organización misma de la Iglesia. Por eso la Acción Católica tiene base parroquial y es esencialmente diocesana.

Porque dentro de la organización eclesiástica las dos grandes divisiones se resumen en la parroquia y en la diócesis.

Sobre la organización parroquial y diocesana solamente se encuentra la organización universal de la Iglesia, que en razón de la mayor eficacia del apostolado, que tantos puntos de contacto tiene con la vida pública que intenta cristianizar, admite una división superior a la diócesis, formada por cada uno de los Estados, inmediatamente sometidos a una dirección pontificia.

a)  La Parroquia. Se la ha llamado con razón la célula vital de la Iglesia. De ella arranca la organización de la Acción Católica en todas sus ramas. Aplicando a la Parroquia la definición de Acción Católica, podemos decir que la Acción Católica parroquial es “la participación de los seglares en el apostolado del párroco”. La Jerarquía, por tanto, para la Acción Católica parroquial, es el mismo párroco bajo cuya alta dirección debe realizar su programa. Así lo dice expresamente el reglamento de la Acción Católica italiana, en su título III, Art. 29. “El consejo parroquial -dice- tiene carácter de órgano directivo y coordinador de la Acción Católica general de la Parroquia, en lo que concierne a la actividad parroquial, y funciona bajo la alta dirección del párroco”.

El Santo Padre ha dedicado una atención expresa a la Acción Católica parroquial. En el discurso a los predicadores de Cuaresma de 1929, les señalaba el retorno a los deberes parroquiales como un objetivo inmediato, que habían de conseguir en el pueblo; y en audiencias a los fieles de las diversas parroquias de Roma, destacaba el deber de ayuda al Párroco, que incumbe a las organizaciones de la Acción Católica por su valiosa cooperación. Ciertamente que estas Asociaciones de Acción Católica cumplen el programa que Benedicto XV les señalaba al decir “que son los brazos dados por Dios y por la Iglesia a la mente y al corazón del Párroco”.

La base parroquial de la Acción Católica puede entenderse en dos sentidos: ya positivo, ya exclusivo.

En sentido positivo, la base parroquial da a todas las parroquias el derecho de constituir las Asociaciones diversas de la Acción Católica, y concreta la obligación general de llegar a esas organizaciones. En este sentido positivo, todos los tratadistas convienen en suscribir la base parroquial. Cada Parroquia es un centro .de Acción Católica.

Pero los organismos de Acción Católica ¿han de ser .únicamente parroquiales? La cuestión no puede resolverse de una manera general. Ni en los principios de la Acción Católica, ni en su historia, ni en su constitución actual puede fundarse una regla de carácter necesario. Queda, por tanto, al juicio prudente de la Jerarquía, autorizar asociaciones de Acción Católica que no radiquen en alguna parroquia, y sean, por lo tanto, extra-parroquiales. De la misma manera pueden autorizarse Juntas y organizaciones de carácter interparroquial, cuando el Prelado diocesano, para la mejor eficacia del apostolado de la Acción Católica, lo juzgare conveniente. Algún argumento en favor de lo expuesto, puede derivarse de la última parte de la carta al Episcopado colombiano.

b)  La Diócesis. Repetidas veces ha declarado la Santa Sede que la Acción Católica es esencialmente diocesana. Así consta en el documento con que dio por terminado el conflicto entre la Santa Sede y el gobierno italiano, el 3 de Septiembre de 1931. “Los Principios y Bases” publicados en 1934 para la reorganización de la Acción Católica en España, recuerdan el principio de San Ignacio de Antioquía: “Nihil sine Episcopo”, que, aplicado a la Acción Católica, tiene la siguiente glosa:’ “No sólo nada contra el Obispo, sino nada sin el Obispo; es decir, sin su consentimiento y apoyo”.

Por eso el Papa, cuando habla de la Acción Católica en sus empresas y reglamentos particulares, señala el centro disciplinador de toda esta actividad es los obispos de la Iglesia católica. “Considerando todo cuando habéis propuesto -dice a la Presidenta de la Unión Internacional de Ligas femenina- para el ulterior y más vasto desarrollo de la Unión, el Episcopado concederá solícitamente su aprobación plena, a la vez que su apoyo benévolo”. Y al subrayar la subordinación jerárquica de la Juventud de Acción Católica, añadía: “De los consiliarios y de su obra debe poder repetirse lo que tan admirablemente decía San Ignacio: Nihil sine Episcopo. Todo se haga siempre de acuerdo y con filial obediencia al Obispo” (3 de Noviembre de 1929).

Estas palabras no son otra cosa que la aplicación natural a la Acción Católica de lo que de tiempo inmemorial repite el Derecho de la Iglesia. Por él sabemos que el Obispo posee en el orden sacramental la plenitud del sacerdocio, tiene jurisdicción completa en su propio territorio, en el cual no tiene superior jerárquico fuera de la Santa Sede. La dirección, propia y auténtica dirección, que al Obispo compete de la Acción Católica diocesana, no tiene otro límite que el expreso de la dirección pontificia.

La dirección parroquial, diocesana y pontificia actúan inmediatamente en toda la acción católica respectivamente parroquial, diocesana y general, por medio de las Juntas que son, al decir de Pío XI, “sus órganos especiales, cualificados, inmediatos, para poner en práctica sus mandatos, como lo exige la naturaleza de las cosas”   (10 de Mayo de 1926). De ellas hablaremos más adelante.

4.  – FORMAS UNITARIA Y FEDERATIVA. – En la organización práctica de la Acción Católica hemos de distinguir dos formas fundamentales: la unitaria y la federativa. La primera divide a los miembros de la Acción Católica según la división natural del sexo y de la edad; la segunda, agrupa y coordina obras ya existentes, diversas entre sí por sus fines propios, armonizando su actividad y ordenándolas al fin común de la Acción Católica. La organización italiana, pasaba, hasta tiempos muy recientes, por ser el tipo de la organización unitaria. Como tal la presenta Mons. Pizzardo al Seminario francés, atribuyendo el feliz éxito de esta organización a circunstancias diversas, entre ellas a la de haber sido objeto de especial solicitud por parte del Santo Padre.

Como ejemplo de organización federativa puede proponerse la incipiente de la Acción Católica en Inglaterra, que, según la carta pastoral de los Obispos ingleses para la organización de la Acción Católica, tiende inmediatamente a “coordinar”, bajo la dirección de la Jerarquía las diferentes actividades de numerosas asociaciones católicas que ella ha aprobado ya para fines especiales, a fin de llegar inmediatamente esta cooperación mutua a los mejores resultados posibles. “No tiene intención de intervenir en manera alguna en la autonomía y carácter distintivo de las diferentes organizaciones religiosas, cada una de las cuales tiene sus fines especiales y su vocación propia. Se ordena más bien a la coordinación de esfuerzos y a la acción concertada de las asociaciones católicas con un fin común”.

Entre estas dos formas, no cabe dudar que la forma unitaria es la que más ventajas ofrece. La división por razón del sexo y de la edad es la división natural apuntada por el mismo Pío XI en las grandes Cartas sobre la Acción Católica. En la carta al Cardenal Bertram dice “que la práctica de la Acción Católica ha de ser diversa según la e’dad, el sexo y la condición de los tiempos y lugares”. Y en Laetum sane, dice “que es propio de esa Acción formar como una cohorte de ciudadanos probos – hombres y mujeres mayormente jóvenes de uno y otro sexo – que nada estimen tanto como participar a su manera del sagrado ministerio de la Iglesia” (Direcciones Pontificias, 343 al 349. Azpiazu).

Por otra parte, por la organización unitaria mejor que por la federativa se llega a la influencia que el Papa tan gráficamente comparaba con el impulso vital del corazón, que llega de los centros propulsores hasta los últimos capilares, mediante “la disciplina firme”, que es un deber, “deber de sentimiento, de espíritu, de deseo y de acción” (L’Action Catholique, pág. 114).

Últimamente puede aducirse como argumento de fuerza en favor de esta organización unitaria la complacencia con que el Papa habla de “cuantos quieren modelar las nuevas eflorescencias de la Acción Católica sobre lo que se ha hecho en Italia” (Osservatore Romano. 22, 23 de Julio de 1934).

“La organización unitaria puede armonizar con la autonomía, en primer lugar en cada una de las ramas que forman la gran familia de la Acción Católica; autonomía, en cada una de las circunstancias diocesanas y parroquiales en lo que no excede los límites respectivos; y autonomía en todas aquellas secciones que se crean dentro de los cuadros de la Acción Católica para mejor acomodar el apostolado único a los medios en que se actúa”.

“No se trata de unificar sino de coordinar, de unir”. Es el pensamiento fundamental que repite muchas veces en sus discursos el Pontífice: “Cuanto mas grande es el número, tanto mayor es la necesidad que tiene de llevar consigo el aglutinante que les recuerde siempre las grandes líneas sobre las cuales han de apoyar y unir todas las actividades en unidad orgánica: de las unidades menores a las unidades mayores y a la unidad plenaria”.

5.-LA ORGANIZACIÓN. – Hasta ahora nos hemos referido a la organización general de la Acción Católica. En cuanto a la organización de la Acción Católica chilena, refiriéndonos al tema que actualmente tratamos, dicen los Estatutos generales de nuestra Acción Católica, en su Art. 29: “Para la consecución de estos fines (afirmación, difusión, actuación y defensa de los principios católicos en la vida individual, familiar y social): La Acción Católica chilena tiene por base los elementos esenciales constitutivos señalados a la Acción Católica por Su Santidad Pío XI: a) organización a base unitaria, nacional, diocesana y parroquial; b) coordinación de todas las fuerzas católicas organizadas que realizan apostolado externo. Por tanto se propone:

1)  Unir a los católicos chilenos en diversas asociaciones específicas,  adecuadas  a la  edad y  condición social  de sus miembros,  donde  todos,  debidamente organizados  y  debida mente formados y preparados, pueden cumplir, bajo la apli cación de normas comunes, con el sagrado deber de apostolado, orando, trabajando y sacrificándose   (S. S. Pío XI).

2)  Coordinar, mediante la   adhesión a las instituciones católicas de piedad, de cultura religiosa, de beneficencia y de carácter económico social que  tengan entre sus fines algún apostolado externo.

3)  Formar un   plan general de trabajo  para la  acción organizada de los católicos en que, respetando la autonomía de las diversas instituciones, señaladas en el número anterior, se obtenga una mayor coordinación y un mejor aprovecha miento de  todas las fuerzas católicas organizadas.

4)  La organización ideal. En el título: “Organización de la Acción Católica chilena” se lee en su Art. 13:  “Los católicos chilenos entran a formar parte de la  Acción Católica chilena,  ingresando,  según sus  características  individuales y sociales y según los requisitos exigidos por los reglamentos correspondientes,  a una de las siguientes  organizaciones nacionales:

a)  Asociación de Hombres Católicos;

b)  Asociación de Jóvenes Católicos;

c)  Asociación de Mujeres Católicas; y

d) Asociación de la Juventud Católica Femenina,

Bajo su dirección y responsabilidad cada una de estas Asociaciones podrá tener diversas Secciones o bien otras asociaciones según lo que se disponga en los respectivos Estatutos y reglamentos.

Éstas organizaciones Nacionales constituyen la “Acción Católica oficial de la República de Chile”. Todas las organizaciones de Acción Católica se reducen a una de estas cuatro ramas fundamentales. Las que por su afinidad con algunos de los fines de la Acción Católica pudieran cooperar a su fin genérico de apostolado, pero que por su propia organización no forman parte de la Acción Católica oficial, deben estar conectadas con la Acción Católica parroquial y diocesana en una u otra forma. Estas obras reciben el nombre de. obras adheridas. Las conexiones de las obras adheridas suelen realizarse a través de la Unión diocesana, constituida por, miembros de condición análoga a la suya. Cuando esta condición es diversa, la conexión puede verificarse por medio de la Junta diocesana correspondiente.

He aquí lo que sobre el particular disponen nuestros Estatutos: “Las obras coordinadas mediante la adhesión a las cuales se refiere el Artículo 2<? de estos Estatutos, constituyen las “Obras auxiliares de la Acción Católica” oficial de la República de Chile. El “Reglamento de Adhesión” de dichas obras de la Acción Católica, forma parte integrante de los presentes Estatutos generales”.

6.  – ORGANISMOS COORDINADORES.-Son las llamadas Juntas de Acción Católica, que en sus tres planos, parroquial, diocesano y central, dirigen la Acción Católica.

 

En ellas suelen estar representadas las diversas ramas de Acción Católica y tienen un fin predominantemente coordinador.

En contacto íntimo con la Jerarquía que constituye “su centro disciplinador”, las Juntas ejercen verdadera autoridad dentro de los límites de su función coordinadora.

Esa dirección supone estudio y vigilancia y lleva consigo frecuentemente iniciativas comunes que den impulso a la Acción Católica general.

Por otra parte, la Junta de Acción Católica puede llevar la representación general de los católicos ante las instituciones y las personas públicas y privadas. La estrecha unión de la Acción Católica con la Jerarquía eclesiástica y la misma Iglesia hace razonable este alto honor que muchos de los reglamentos explícitamente atribuyen a la Acción Católica al detallar las funciones de las Juntas.

Así, podemos decir que, en plano parroquial, bajo la alta dirección del Párroco, corresponde a la Junta parroquial de Acción Católica el coordinar las actividades de las diversas ramas en la respectiva parroquia, dictando para ello las directivas pertinentes y la de llevar a efecto dentro de los límites de la misma las disposiciones generales acordadas por la Junta diocesana.

De manera semejante ésta cumple las mismas funciones con respecto a la Acción Católica diocesana, bajo la dirección episcopal, y la Junta central bajo la dirección pontificia de Acción Católica.

La Junta, por tanto, “dirige y es a la vez dirigida”, según la fórmula feliz de Pío XI. Quizás el mejor comentario de ella, lo constituyan estas palabras del Cardenal Gasparri, en la Carta Mi sonó recato de 2 de Octubre de 1923: “Y puesto que la actividad de los Católicos organizados, en cuanto constituyen la participación de los seglares en la misión propia de la Iglesia, no es una acción política sino religiosa, no directora en el orden teórico, sino ejecutora en el orden práctico, es necesario que las varias formas de actividad encuentren en la Jerarquía su centro disciplinador. Por eso funcionan los Consejos parroquiales, las Juntas diocesanas y la Junta Central con dependencia directa de la Jerarquía eclesiástica. Naturalmente estos organismos deben tener, respecto a las varias Asociaciones o ramas, funciones elevadas y de autoridad, supuesto que de esa manera únicamente todas las energías de los Católicos tendrán una dirección única y un vigoroso impulso”.

Las líneas generales de organización de toda la Acción Católica se van repitiendo también en cada una de las ramas. Por ello, sin entrar ya en la descripción de sus reglamentos, hemos de pasar a tratar de los fines generales de la Acción Católica.

Nuestros Estatutos en su Art. 14, disponen acerca del tema lo siguiente: “Las cuatro Asociaciones se regirán por estos Estatutos generales de la Acción Católica en la parte que les incumbe, y por los Estatutos y reglamentos propios aprobados por el Episcopado. Para su acción interna y específica, en virtud de dichos reglamentos, tendrán sus propios organismos directivos bajo cuya dirección procederán con plena autonomía en cuanto a la consecución de sus fines propios, y sobre todo, en cuanto a la formación y preparación de sus miembros en el ejercicio de sus deberes de la Acción Católica. Para la consecuencia de los fines comunes de toda la Acción Católica y la coordinación de sus actividades, procederán bajo la dirección superior de la Junta Nacional de la Acción Católica.

Centros directivos coordinadores (art. 15). La acción común de la Acción Católica chilena estará dirigida por una Junta Nacional para todo el país, la cual, para esa acción común, ha recibido autoridad en las diócesis o territorios por delegación del Episcopado chileno; una Junta diocesana o territorial en la Diócesis o Vicaría Apostólica, la cual ejerce sus funciones propias bajo la autoridad del respectivo Ordinario del lugar; y una Junta Parroquial en la Parroquia, la cual bajo la dirección superior del Párroco, desarrolla las funciones que le están encomendadas.

Las Juntas diocesanas o territoriales se hallan bajo la directa dependencia de la Junta Nacional. Las Juntas parroquiales por medio de las Juntas diocesanas o territoriales a que están subordinadas, tienen igual dependencia. Sin embargo, la Junta Nacional ejerce sus funciones por medio de las Juntas diocesanas o territoriales, y no directamente.

Podemos resumir este capítulo sobre la organización de la Acción Católica, con aquellas palabras de Pío XI al Cardenal Segura: “Como la Acción Católica tiene naturaleza y finalidad propias, así ella debe tener una propia organización, única disciplinada y coordinadora de todas las fuerzas católicas, de modo que cada una por su parte guarde y cumpla escrupulosamente las obligaciones y los puestos que le son encomendados y todas juntamente coordinen su actividad dentro de una justa dependencia de la Autoridad Eclesiástica”.

Palabras que Mons. Pizzardo, comentó de esta manera ante el Cardenal Verdier y varios Obispos franceses: “La Acción Católica propiamente dicha y de la cual nosotros hablamos, es, por decirlo así, una cosa canónicamente definida. La organización y la coordinación son, pues, los elementos esenciales constitutivos de la Acción Católica y justifican su existencia y su eficacia”.

“Ahora bien, esta organización que vemos en la Iglesia y en la Jerarquía, es de orden providencial, es querida por Dios como condición del progreso del Evangelio y de la propagación del reino fíe Cristo. San Pablo en la primera carta a los Corintios nos da, por decirlo así, un comentario inspirado de la organización de la Acción Católica, semejante a la de la Iglesia católica: Multa quiclem membra, unum au-tem corpus. “Muchos miembros pero un solo cuerpo” (Beytía “Apostolado de los Seglares”). (I, 12, 20).

 

Cuan extraordinario es lo ordinario

 

Cuan extraordinario es lo ordinario

EDUCAR HOY

POR PEDRO J. BELLO GUERRA.

Periódico AM, Querétaro México, 090821

 

A veces es muy difícil imaginar cuan extraordinario es lo ordinario. Una sonrisa, un atardecer, un paisaje, el poder caminar, el tener un trabajo, el tener qué comer, un gracias, un lo siento…son todas experiencias cotidianas que pocas veces nos ponemos avalorar.

Con frecuencia nos quejamos de la lluvia, y nos olvidamos de los que sufren los que viven en el desierto; otras veces nos enfada que el auto no funciona o el autobús tarda en pasar y tenemos que caminar, pero pocas veces nos acordamos dé los paralíticos o de los que no tienen piernas; también suele suceder que nos quejemos porque en casa la comida incluye por tercera vez en la semana pollo o verduras, y nos olvidamos que hay quienes no tienen qué comer.

Pero el problema no es sólo que nos quejemos de lo que no tenemos, sino que no valoramos lo que sí tenemos y es un don precioso… pensemos cuántas veces agradecemos porque tenemos unos padres que nos aman, unos hermanos con quienes compartir lo bueno y lo malo, la oportunidad de estudiar, el tener un trabajo, el tener la dicha de contar con amigos, el haber nacido en un país con gran riqueza humana, cultural y espiritual, el tener una buena capacidad intelectual y gozar de la plenitud de nuestras facultades mentales.

Si a esto agregamos que pocas veces valoramos la importancia de los pequeños detalles y las oportunidades valiosas para ir atesorando riquezas en el cielo.. .,cuánto vale un sonrisa que dediquemos a la familia, al empleado que nos atiende en la oficina, al portero… y cuan poco nos cuesta; si supiéramos lo que vale un gracias, un por favor, un los siento…los diríamos más a menudo. Si supiéramos lo que vale para un indigente que le demos una moneda o una torta, sin malas caras…; si supiéramos lo que vale cumplir con nuestro deber sin quejarnos, ya sea estudiar, trabajar en la ofician o cocinar y planchar para mi familia… Y es que nuestra vida está llena de cosas ordinarias, que hechas con y por amor adquieren un valor extraordinario.

Dicen que al final de los tiempos seremos juzgados en el amor, es decir, lo que más le importa a Dios no es si hicimos obras extraordinarias, grandiosas, sino si hicimos con extraordinario amor las cosas más sencillas de la vida.

Cuentan que “después de una vida sencilla y serena, una mujer murió y se encontró inmediatamente en una larga y ordenadísima procesión de personas que caminaban lentamente hacia el Juez Supremo. En cuanto se acercaba a la meta, escuchaba cada vez más claramente las palabras del Señor. Así oyó que el Señor le decía a uno:

-Tú me socorriste cuando estaba herido en la autopista y me llevaste al hospital, entra en mi Paraíso.

Luego a otro:

-Tú hiciste un préstamo a una viuda sin cobrar intereses: ven a gozar del premio eterno.

Y otra vez:

-Tú hiciste gratuitamente unas operaciones quirúrgicas muy difíciles, ayudándome a dar esperanzas a muchos: entra en mi Reino.

Y así con todos.

La pobre mujer se llenó de angustia porque, por más que se esforzaba, no podía recordar haber hecho nada de importancia en toda su vida. Trató de dejar su lugar en la fila para tener tiempo de pensar. Pero no le fue posible: un ángel sonriente pero decido no le permitió abandonar la larga fila.

Con el corazón latiendo muy fuerte y con mucho temor, llegó ante el Señor. De pronto se sintió envuelta por su sonrisa,

-Tú planchaste todas mis camisas… Entra a compartir mi felicidad.

Esta anécdota nos recuérdalas palabras de Jesús refiriéndose a las obras de misericordia practicadas con el prójimo: “En verdad les digo que cuando lo hicieron con alguno de estos mis hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo”. Pero también nos recuerda aquellas palabras dirigidas a sus apóstoles cuando ven a una pobre mujer que da de limosna en el templo dos moneditas de muy escaso valor, en comparación con los ricos que daban grandes limosnas: “Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos ellos. Pues todos han dado dinero que les sobraba; en cambio ella ha dado lo que había reunido con sus privaciones, eso mismo que necesitaba para vivir”.

El valor extraordinario de lo pequeño y ordinario está en el amor y cuidado con que se hace.

Categorías:Reflexiones

Reunión nacional de mesas directivas de las Juntas Diocesanas de ACM

México, D. F. 29 de Agosto de 2008

  TERCER  COMUNICADO

  

Presidentes de Juntas Diocesanas de la ACM

Presidentes Diocesanos de Organizaciones y Movimientos

de la ACM donde no hay Junta Diocesana.

Presidentes Nacionales de Organizaciones y Movimientos de la ACM

Asistentes Eclesiásticos Nacionales, Diocesanos de la ACM

 

Queridos Hermanos en Cristo:

 Después de haber vivido un encuentro especial en nuestra VI Peregrinación a Chalchihuites, Zacatecas, con alegría nos dirigimos a ustedes para recordarles que ya está en puerta nuestra 

 Reunión nacional de mesas directivas de las Juntas Diocesanas de ACM

 

D.M. se llevará a cabo el próximo sábado 27 y domingo 28 de septiembre del año en curso a las 10:00 am  

El lugar de nuestro encuentro será en Casa Lago, sede de la Conferencia del Episcopado, ubicado en Calle Juan Pablo II s/n Col. Colinas del Lago, Cuautitlán Izcalli, Estado de México. CP 54744. Tels. (55) 58 77 2023. Fax. (55) 58 77 2663. 

Participantes:  

a)    En las diócesis donde hay Junta Diocesana esperamos a quienes integran la mesa directiva (Presidente, vicepresidente, secretario, tesorero así como del responsable de estudio y formación).

b)   En las diócesis donde falta integrarse la Junta Diocesana: Presidentes diocesanos de cada organización o movimiento vigente.  

Costo: 

Sin transporte

Con transporte

desde las oficinas generales de la CEM***

$550.00

$600

Incluye:

Hospedaje

Alimentos

Refrigerio

Material de trabajo

 

Notas importantes:

 

R        Por favor, informar a sus obispos sobre esta reunión

R        Con la finalidad de tomar las previsiones necesarias para el hospedaje y transporte, gracias por confirmar su participación a la brevedad.

R        El transporte ofrecido es en autobús para 37 personas, el punto de salida es en las oficinas generales de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), en Prolongación de los misterios Núm. 26 Col. Tepeyac-Insurgentes CP 07020 México DF. Tel.(55) 57 81 8462 / 57 81 8069 / 57 81 4901 (Atrás de la Basílica de Ntra. Sra.de Guadalupe) La salida será a las 9:00 am por favor llegar antes de esa hora.

R        Les sugerimos considerar el uso del transporte ofrecido ya que desde cualquier punto del DF, el costo de un taxi es caro.  Para quienes vienen del norte del país, una alternativa es llegar a la caseta de Tepozotlán y de ahí tomar taxi, así ahorrarán tiempo y dinero.

 Mayores informes:

 Esmeralda Serrato García.- Vicepresidenta de la Junta Nacional

Tel. 0457224192664 / correo electrónico: es1509@hotmail.com

 Lupita Chávez.- Tesorera Nacional de la ACM

Tel. 0455538887680 / correo electrónico: jnreydechocolate@terra.com.mx

 

 

Unidos en oración, pedimos a nuestros Santos patronos de la ACM que muevan nuestros corazones para acudir con entusiasmo a esta reunión que sin duda alguna es un signo de nuestro interés por ser “una comunidad continuamente evangelizada y evangelizadora” (DC. c321) reciban un saludo fraterno.

 

 

 

 

“LA PAZ DE CRISTO EN EL REINO DE CRISTO”

 

 

 

 

 

 

    Sra. Ana María Todd de Croda                        Pbro. Nicolás Valdivia de León

 Presidenta Nacional de la ACM                Asistente Eclesiástico Nacional de la ACM

 

 

 

 

c.c.p. Mons. Ricardo Watty Urquidi.- Presidente de la DELAI

c.c.p. Presidentes Nacionales de Organismos y Movimientos de ACM

c.c.p. archivo

Capitulo V La Acción Católica En La Mente De Pió XI

Capitulo V LA ACCIÓN CATÓLIC A EN LA MENTE DE PIÓ XI

https://i1.wp.com/www.biografiasyvidas.com/biografia/p/fotos/pio_xi.jpg

SUMAERIO: 1. Pío XI, el Papa constructor de la Acción Católica. – 2. La Acción Católica en las Encíclicas. – 3. La Acción Católica en las Cartas Pontificias. – 4. La Acción Católica en las Cartas de la Secretaría de Estado. – 5, La Acción Católica en los Concordatos.

l.- PIO XI, EL PAPA CONSTRUCTOR DE LA ACCIÓN CATÓLICA. 

Serían necesarias muchas lecciones para exponer la doctrina social de Pío XI. Hizo ésta su aparición en el pontificado de Pío IX; la dotó de un cuerpo de doctrina en sus incomparables Encíclicas, León XIII; la consideró un instrumento poderoso para restaurar todas las cosas en Cristo, Pío X; la juzgó a propósito para la educación cristiana, Benedicto XV, y Pío XI con claridad meridiana, la definió, la concretó, la extendió por el mundo, elevó el apostolado seglar a la sublime dignidad de participación del sacerdocio de apostolado religioso-social, de colaborador de la divina misión de la Iglesia.

No hay Encíclica, ni Carta, ni Alocución, ni mensaje donde no hable del apostolado seglar.

La Acción Católica es el pensamiento central de Pío XI. Quiere asociar a todos los católicos del mundo, organizarlos para la obra de la conquista espiritual; tal fue su divisa, su ideal.

El ha recogido la herencia de cuatro pontífices, dice un escritor: de Pío IX, creador de la Juventud Católica italiana; de León XIII, Pontífice de la Democracia; de Pío X, protector de las damas católicas; de Benedicto -XV, que fijó la noción específica de la Acción Católica, y Pío XI que ha fijado los rasgos de la fisonomía esencial de esta acción, ha constituido un código doctrinal y práctico, completo en sus líneas fundamentales; ha dado un vigoroso impulso a su desarrollo y encarecido esta obra en todos sus documentos. Pero estudiemos su pensamiento comenzando por las grandes Encíclicas.

2.-LAS GRANDES ENCICLICAS.-

La primera de todas es la Encíclica “Ubi arcano”, publicada el 23 de Diciembre de 1922. Contiene un elogio expresivo para la aportación de los seglares a la obra de la Iglesia. Destaca la importancia de la Acción Católica, cuya definición clásica hemos comentado: “Participación de los seglares en el apostolado jerárquico”.

La parte más interesante del documento es la que se refiere a los fines de la Acción Católica, especialmente al fin próximo de formación de conciencias, que ha encontrado en las palabras de Pío XI su expresión definitiva. “A esto (al reinado social de Jesucristo), se encamina también todo ese conjunto de instituciones, de programas y obras que se conocen con el nombre de Acción Católica y que es de Nos muy estimada, y por Nuestros antecesores tan cuidadosa y providencialmente suscitada y nutrida, dirigida y disciplinada en tantos y tan luminosos documentos solemnes, acomodada al desarrollo y sucesión de las diversas situaciones sociales, con el fin de preparar cristianos cada vez más perfectos y con ello mejores ciudadanos, y de formar conciencias tan exquisitamente cristianas, que sepan en todo momento y en toda situación cíe la vida privada y pública, encontrar, o al menos entender bien y aplicar, la solución cristiana de los múltiples problemas que se presentan en una u otra condición de la vida”.

Todos los tratadistas de Acción Católica se han de servir en adelante de esta admirable fórmula. La Acción Católica ha pasado al primer plano de las obras de apostolado, ya que, aunque parezcan “cosa ardua y llena de trabajo para los pastores y los fieles, son sin duda necesarias y se han de contar entre los principales deberes del oficio pastoral y de la vida cristiana”.

Pío XI siente en su paternal corazón un inmenso cariño por las obras del apostolado seglar. “Nos es sumamente querido, dice, lo tenemos en el corazón y es, como expresamente hemos manifestado, la pupila de nuestros ojos”. La Encíclica citada está palpitando esta inefable ternura, rebosando amor hacia “esta compacta falange” que tanta parte toma “en la restauración de todas las cosas en Cristo”, como se desprende de aquellas bellas palabras: “Bendigo todas las hermosas y santas obras de santificación, de adoración, de honor a Dios, de bien a. las almas, de veneración; obras santas que lleguen a buscar, a socorrer, a consolar los trabajos de los obreros y la pobreza de los más desgraciados; todas estas hermosas obras que florecen bajo la dirección de vuestros pastores, en la actividad y cooperación de vuestros sacerdotes, con vuestra cooperación, amadísimos hijos, que Nos hemos visto con signos por demás indubitables manifestarse en aquellas santas obras, que Nos tan gustosamente resumimos en una palabra: las obras de Acción Católica, porque son todo lo que quiere decir verdaderamente esta palabra, ya que acción significa vida. ¿Qué sería la vida sin acción? ¿Qué sería la acción sin vida? Por eso es evidente que decir Acción Católica, es decir obras dé vida católica”.

Después en la “Rite expiatis” querrá unir el nombre de la Acción Católica a la excelsa figura de San Francisco de Asís, renovando su declaración de celestial patrono de la obra; en la “iniquis afflictisque”, tras de la importantísima carta “Paterna sane sollicitudo”, querrá el Papa pasar revista a todas las asociaciones de Acción Católica que en México constituyen el ejército auxiliar de la Iglesia vejada; en la “Mens nostra” hará notar la importancia que para la Acción Católica tiene el impulso de la vida espiritual dado por los Ejercicios espirituales; en la “Quinquagesimo anno” señalará para la Iglesia oriental, en la misma línea, el interés que tiene la redacción de un Código de derecho oriental y la promoción de la Acción Católica; y, por fin en la “Divini illius magistri” sobre el problema de la escuela; en la “Casti Connubii”, acerca del matrimonio cristiano; en la “Quadragesimo” sobre la cuestión social, y en la “Caritati Christi compulsi”’, sobre los males del ateísmo organizado y del estatismo panteísta, reservará un lugar para la Acción Católica, atribuyéndole un objetivo determinado y hablando de la universalidad de su programa.

Hay otro grupo de Encíclicas: “Non abbiamo bisogno”, de 29 de Junio de 1931, la “Acerca nimis”’, de 29 de Septiembre de 1932; y la “Dilectisima nobis” de 3 de Junio de 1933.

La primera constituye un documento apologético de primer orden, que pone de relieve lo que para el Papa significa en la sociedad moderna la obra de la Acción Católica, obra que a toda costa debe mantenerse, y las dos últimas, dirigidas a los católicos de México y España, en circunstancias especialmente aciagas, encierran un valor ejemplar para todos los pueblos que se hallan “en la crisis de semejantes calamidades”, y servirán para afirmar la esperanza de todos los católicos en esta obra solemnemente declarada más eficaz que cualquiera otra obra de apostolado.

En la primera se tocan, además, puntos de interés muy destacado, desde el punto de vista de las relaciones de la Iglesia y del Estado; se hace una crítica admirable de la filosofía del integralismo estatista.

3.-CARTAS AL EPISCOPADO.-

En ellas esclarece- la doctrina acerca de la Acción Católica. Las principales son éstas:

1)  Carta “Paterna sane sollicitudo”, al Episcopado mejicano, el 2 de Febrero de 1926. Prohíbe en ella a los católicos mexicanos el formar, como tales católicos, un partido político, declara más que nunca necesaria la obra de la Acción Católica y señala la formación de las conciencias como el medio más eficaz para infundir en la vida pública el espíritu cristiano.

2)  Carta  “Peculiari quadam” al arzobispo lituano de Kaunas, el 24 de Junio de 1928.  Insiste en la independencia política de la Acción Católica, la universalidad de sus fines y la importancia de las minorías selectas. La Acción Católica es una acción eminentemente religiosa.

3)  Carta Cum ex epístola, al Cardenal Van Roey, Arzobispo de Malinas, el 15 de Agosto de 1928. Se alegra de la incorporación   de   la  Juventud  católica   flamenca   a  la  obra de la Acción Católica,  complemento del ministerio pastoral de los Obispos, obra de apostolado que  pretende “extender cada día más el reino de Dios”. Exige a sus miembros “ánimos inflamados por la caridad hacia sus hermanos y sus prójimos sin distinción alguna”.

4)  Carta Quae Nobis, al Arzobispo de Breslau, Cardenal Bertram, del 13 de Noviembre de 1928.

Es quizás el documento más completo acerca de la Acción Católica. Tiene dos partes, en las cuales va desarrollando la doctrina acerca de la naturaleza o y fines de la Acción Católica y sus relaciones con la sociedad civil.

He aquí la suma de sus ideas principales. Destaca la necesidad del Apostolado seglar y el cuidado que el Papa ha puesto en la definición de la naturaleza de la Acción Católica. La Acción Católica constituye un cuerpo orgánico bajo la dirección de la Jerarquía. Desarrolla una actividad de orden religioso-social, es acción universal de todos los católicos “sin excepción de edad, de sexo, condición social, cultura, tendencias nacionales o políticas”, coordinar todas las actividades de los católicos, “valorizando y encaminando al apostolado social toda clase de obras y asociaciones, sobre todo las religiosas”.

En la segunda parte declara a esta obra fuera y por encima de todos los partidos políticos, aunque no excluye la participación individual en la vida pública. Proporciona a la sociedad los mejores ciudadanos, promueve la prosperidad pública, contribuye a la tranquilidad y seguridad de la sociedad humana, y es tan fecunda, que merece el apoyo de los jefes y magistrados de los Estados.

5)  Carta Communes  litteras al Episcopado suizo (8 de Septiembre de 1929). Es un sencillo resumen de la carta anterior  al cardenal Bertram, que  insiste  principalmente en la idea de la necesidad de la Acción Católica [1] .

6)  Carta Laetum sane nunúiim al cardenal Segura, arzobispo   de  Toledo   (6 de  Noviembre  de   1929).  Tiene unas palabras ponderativas de la dignidad eminente de la Acción Católica, y completa la doctrina de la naturaleza de la Obra.

La parte más importante del documento se dedica a estudiar las relaciones de la Acción Católica con las obras económico-sociales y las organizaciones políticas. De las  primeras  dice que en su aspecto técnico son independientes de la Acción Católica, pero que en el moral y religioso dependen de ella de manera semejante a como dependen de la Iglesia misma; de las segundas desarrolla parecida doctrina, “la  abstención total de la Acción Católica con respecto a los partidos políticos” y la influencia que  puede ejercitar  cuando  la agitación política toca de cualquier modo a la religión y a  las costumbres cristianas. “Propio es de la Acción Católica entonces interponer de tal suerte su fuerza y autoridad, que todos los católicos, con ánimo concorde, pospuestos los intereses y designios de los partidos, sólo tengan delante de los ojos el provecho de la Iglesia y de las almas y con sus obras lo favorezcan”.

Termina la carta enumerando los fines de la Acción Católica, el inmediato y el último, la importancia de la unidad de dirección y las causas que hoy hacen necesaria la Acción Católica como obra universal.

El texto latino de esta carta autógrafa apareció en Acta Apostolicae Sedis el 12 de Diciembre de 1929. Fue solemnemente leída en su traducción castellana el 13 de Noviembre del mismo año, en la sesión inaugural del Congreso de Acción Católica celebrado en Madrid por aquellos mismos días.

7)  Carta al Episcopado argentino (4 de Febrero de 1931). L’Osservatore Rofnano, comparando este documento con las dos cartas principales que hemos reseñado, la dirigida al cardenal Bertram y la del cardenal Segura, dice que la primera contiene la exposición completa de la  doctrina de Acción  Católica,   la  segunda  especifica  las  relaciones  entre la Acción Católica y las obras económico-profesionales, y en la carta al Episcopado Argentino se completa esta doctrina con la exposición de la relativa a las obras auxiliares[2].

Ciertamente que esta cuestión, tocada al principio y al fin del documento, queda resuelta definitivamente en sus fundamentos; pero además nos parece característico de este documento el llamamiento impresionante del clero a los hombres selectos, que, sin desnaturalizar la obra de Acción Católica, deben infundirle, vida abundante mediante una formación más profunda en esta nueva disciplina.

8) Carta Dobbiamo intratenerlo al cardenal Alfredo Ildefonso  Schuster,   arzobispo  de  Milán.  Fue provocado  este documento por un discurso del ministro M. Giüriati, pronunciado en Milán en Abril de 1931. Dos días -después :de su publicación en IL Popolo d’Italia, refutaba el mismo Pontífice los equivocados puntos de vista del ministro fascista, Defiende el Pontífice la insubrogabiliclad de la Acción Católica y el derecho absoluto de la Iglesia a organizar la Acción Católica sin ingerencias extrañas ([3]).

9) Carta  al cardenal Patriarca de Lisboa Manuel González Cerejeira. Insiste en la necesidad de la preparación de dirigentes, sacrificando el número a la calidad y fundamentando sobrenaturalmente  el  trabajo  de  formación,   principio seguro de la acción. Detalla más que otra alguna la relación de la Acción Católica con las obras  de carácter sindical,  y termina recomendando a la Acción Católica el trabajo en las catequesis y la prensa ([4]).

10) La Carta al arzobispo de Bogotá, Monseñor Perdomo (14 de Febrero de  1934). Este interesante documento constituye la última de las grandes cartas pontificias hasta el momento presente. Ninguna de las precedentes había penetrado tanto en  la doctrina de la intervención del clero en las obras de Acción Católica, presentando con  claridad  la figura jurídica del consiliario de Acción Católica en toda su grandeza. Por otra parte, descubre el Pontífice la preocupación que le merece la suerte de la juventud estudiantil, para la cual ha de reservar la Acción Católica un cuidado especial.  El documento es completo porque no deja de tocar ninguno de los puntos fundamentales de la doctrina de Acción Católica; en fórmula breve resume la influencia indirecta que la educación  de  la Acción  Católica ejercerá  en  la vida  política ([5]).

 

4.-CARTÁS DE LA SECRETARIA DE ESTADO.

1.) Carta Fra le molteplici cure, del cardenal Pedro Gasparri a los Obispos de Italia (2 de Octubre de 1922).

Este documento se enviaba a los obispos de Italia junto con el esquema del nuevo reglamento que había de reorganizar la Acción Católica en Italia haciéndola universal en sus fines y en sus miembros y definiendo más su dependencia de la Iglesia jerárquica.

Contiene ya esta carta las frases que después se han utilizado más en los tratados de Acción Católica acerca de su propia naturaleza y extensión de sus fines. Véase este breve párrafo: “Vuestra Señoría lima, y Rdma. no ignora la extensión y la necesidad de este apostolado, de esta participación de los seglares en la misión propia de la Iglesia. No se trata de una actividad de dirección en el orden teórico, sino de ejecución en el orden práctico; una acción ordenada, no a fines materiales y terrenos sino espirituales y celestiales; no política, sino religiosa, y por ello dependiente enteramente de la autoridad eclesiástica. ([6]) .,

2) Carta Mi son recato del cardenal Pedro Gasparri al presidente de la Junta Central de la Acción Católica Italiana (2 de Octubre de 1923).

Tiene por objeto comunicar a D. Luis Colombo, presidente de la Acción Católica en Italia, la aprobación de los nuevos Estatutos, en los cuales todo el Episcopado italiano había colaborado, revisando y anotando el esquema propuesto.

Los problemas que suscita y resuelve dan a este documento un interés, que sobrepasa con mucho las particulares circunstancias en que fue utilizado. Pocos, en efecto, han detallado tanto la unidad de dirección indispensable en obras de esta índole y la obligación general de coordinar toda acción de apostolado con la de la Acción Católica.

“Entra ahora -dice- la Acción Católica Italiana en un período de vigoroso desarrollo; los solemnes documentos pontificios han expresado claramente cuan querida es al Augusto Pontífice y cuan gran fruto se prometía él de su actuación para la defensa y propagación de la fe, y para la restauración de la sociedad en Jesucristo.

“Por tanto, como todo católico debe sentir la necesidad y el deber de dedicarse o al menos de contribuir a esta obra de apostolado, de la misma manera debe sentir la necesidad y el deber de coordinarse, según sea posible, con los organismos de acción reconocidos, si no quiere exponerse al peligro de hacer estéril su trabajo, cuando no perturbador y dañoso” ([7]).

3)  Carto ll Santo Padre ha appreso del cardenal Eugenio Pacelli al presidente de la AcciónI Católica Italiana, comendador Augusto Ciriaci  (30 de Marzo de 1930).

Es el documento principal para el estudio de la relación entre las organizaciones oficiales de la Acción Católica y las obras auxiliares. Enumera las diversas ramas que constituyen la Acción Católica Italiana y reconoce que además de estas asociaciones existen otras que ejercitan un grande y eficacísimo apostolado individual y social, pero que, por no tener la organización propia de la Acción Católica, no pueden considerarse como específicamente integrantes de esta obra, bien que pueden y deben llamarse verdaderas y providenciales auxiliares de la misma.

Detalla lo que pudiéramos llamar el código de mutuos deberes, cuyo cumplimiento favorecerá a las mismas asociaciones y, mediante ellas, a la misma Iglesia ([8]).

4)  Carta Oficiosas Hileras del cardenal Eugenio Pacelli a S. E. Mons. Kordac, arzobispo de Praga   (30 de Noviembre de 1930) .

La prestigiosa revista francesa Documentation Catholque ha publicado este interesantísimo documento, que no había aparecido ni en Acta Apostolícae Sedis ni en L’Osservatore Romano. El texto latino, afirma la misma publicación en Acto Curiae Episcopalis Brunensis con la inscripción siguiente: “Responsum ad officiosas litteras ex conventu antistitum Checoslovachiae, Pragae habito a. 1930 de proposita fidelium Romam peregrinatione et de modo instruendae et dirigendae juventutis”.

La circunstancia de no haber aparecido en Acta Apostolícete Sedis explica la escasa difusión de esta carta, decisiva en la debatida cuestión de los límites de la educación política en los cuadros de Acción Católica.

La Acción Católica enseña aquellos principios ya propuestos por la Iglesia como fundamento de todo orden político. “Mas, si pareciere oportuno dar en esta misma materia una enseñanza más desarrollada y más apropiada a la juventud, es preciso hacerlo, no en las reuniones y organizaciones de la Acción Católica, sino en un lugar diferente y por hombres que se distingan por su probidad de costumbres y por una profesión absoluta y firme de la doctrina cristiana”.

El periódico Deutsche Presse de Praga sacaba inmediatamente las consecuencias ofreciendo la organización del partido popular alemán cristiano-social para esa formación ulterior, que la Acción Católica no puede dar ([9]).

5. – CONCORDATOS. – Giannini, en su obra I Concordati postbellici señala ocho puntos cardinales que servirán a la Historia para juzgar la política exterior del Pontificado de Pío XI. Entre ellos se halla su política concordatoria con los nuevos Estados y la difusión mundial de la obra de la Acción Católica.

 

En nuestro caso estos dos puntos se unen en, uno solo, ya que no sólo el Papa Pío XI ha impulsado la Acción Católica en el mundo, sino que ha querido hacerla clave de los Concordatos importantes, elevándola así de categoría hasta introducirla, por la fuerza jurídica del Concordato, en la misma legislación civil.

Todos los tratadistas de Derecho Concordatorio han notado que una de las características principales de los Concordatos de Pío XI es el avance de las disposiciones del Código de Derecho Canónico.

 “Después de haber estudiado – dice el P- Ivés de la Briére en recentísimo trabajo – un cierto número de los textos concordatorios, puede tenerse hoy por demostrado e irrecusable este hecho positivo que hace veinte años hubiera parecido la más extravagante e increíble de las utopías: el renacimiento canónico en muchas de las legislaciones seculares de la Europa contemporánea” ([10]).

Cierto que no en todos los Concordatos ha sido incluida la cláusula referente a la Acción Católica. Pero no deja de ser significativo que hayan sido los Estados nuevos, como Letonia y Lituania, y los que, teniendo larga historia, han sufrido, sin embargo, el cambio más radical en su estructura interna, como Italia, Alemania y Austria, los escogidos para dar carta de ciudadanía internacional a la Acción Católica, haciendo de ella una institución no sólo eclesiástica, sino civil.

1)  Letonia. Es un Estado de mayoría luterana, en el cual los católicos no son más que un quinto de la población total. El artículo 13 del Concordato letón se refiere, sin nombrarla, a la Acción Católica. Dice así: “La República de Letonia no pondrá obstáculos a la actividad, vigilada por el arzobispo de Riga, de las asociaciones reconocidas por el Estado”.

La timidez misma del texto, meramente negativo en un principio, su implícita referencia a la Acción Católica y la fecha de su estipulación (3 de Noviembre de 1922), primer año del Pontificado de la Acción Católica, hacen más interesante este Concordato.

2)  Lituania.  País  clásico  en multiplicidad de confesiones religiosas. Su legislación concordada en materia de enseñanza es notable por su espíritu de equidad. En él se internacionaliza por vez primera el nombre de Acción Católica, explícitamente así llamada en su artículo 25, que dice: “El Estado concederá plena libertad de organización y funcionamiento a las asociaciones que persiguen fines principal mente religiosos, que forman parte de la Acción Católica y como tales dependen de la autoridad del Ordinario”.

Este artículo concordatorio fue inmediatamente explicado en una carta del mismo Pontífice al arzobispo de Kaunas. La constitución de la Acción Católica, a pesar de todo, no careció de dificultades, y de nuevo el Papa se dirigió al Episcopado lituano en carta de 27 de Diciembre de 1930, en la cual se recomienda la perseverancia en la obra por encima de todos los obstáculos. Tras estos documentos, !a paz renació en Lituania.

3)  Italia. El 11 de febrero de 1929 se firmó el Concordato entre la Santa Sede e Italia, cómo anejo al Tratado de Letrán, qué solucionaba  la cuestión romana.

El art. 43 de este Concordato se refiere a la Acción Católica. “El Estado italiano -dice- reconoce las organizaciones dependientes de la Acción Católica Italiana, en tanto que éstas, como la Santa Sede lo tiene dispuesto, desarrollen su actividad alejadas de todo partido político, y bajo la inmediata dependencia de la Jerarquía de la Iglesia para la difusión y aplicación de los principios católicos. La Santa Sede aprovecha la ocasión de la estipulación del presente Concordato para repetir a_ los eclesiásticos y religiosos de Italia la prohibición de inscribirse y militar en cualquier partido político que sea”.

La interpretación caprichosa que muchos de los afectos al régimen fascista quisieron dar a este artículo del Concordato italiano provocó los atropellos de Mayo de 1931, en los que se saquearon círculos de la Juventud Católica Italiana y se disolvieron sus organizaciones. Entonces publicó el Papa dos documentos a los que ya hemos hecho referencia, la carta del cardenal Giurati en la misma ciudad, y la encíclica Non abbiamo bisogno.

Por su parte, el partido fascista declaraba el 9 de Julio: “De orden de su excelencia el Duce del fascismo, queda revocada la compatibilidad entre la inscripción en el partido fascista y la inscripción en las organizaciones dependientes de la Acción Católica Italiana”.

El conflicto duró hasta el 3 de Septiembre. El documento que termina este enojoso incidente es como sigue:

“La Acción Católica Italiana es esencialmente diocesana y depende directamente de los obispos, los cuales eligen los directores eclesiásticos y seglares. No podrán ser elegidos directores quienes pertenecieron a partidos contrarios al régimen. Conforme a sus fines de orden religioso y sobrenatural, la Acción Católica no se ocupa de ningún modo en política, y en sus formas exteriores de organización se abstiene de cuanto es propio y tradicional de los partidos políticos. La bandera de las asociaciones locales será la nacional.

“La Acción Católica no tiene en su programa la constitución de asociaciones de profesionales y sindicatos de oficios; por consiguiente, no tiene por blanco cometidos de orden sindical. Las secciones internas profesionales, que hay ahora y están previstas por la ley de 3 de Abril de 1926, están formadas con fines únicamente espirituales y religiosos y además procuran contribuir a que el sindicalismo constituido jurídicamente responda cada vez mejor a los principios de colaboración entre las clases y a los fines sociales y nacionales que, en un país católico, pretende el Estado conseguir con el ordenamiento actual.

“Los Círculos juveniles pertenecientes a la Acción Católica se llamarán Asociaciones Juveniles de Acción Católica. Podrán tener tarjetas y distintivos conforme a su fin religioso, y para las diversas asociaciones no tendrán otra bandera que la nacional y los propios estandartes religiosos. Las asociaciones locales se abstendrán de toda actuación de tipo atlético y deportivo, limitándose sólo a entretenimientos de índole recreativa y educativa con finalidad religiosa”.

Días después, el 30 de Septiembre, se revocaba la incompatibilidad entre las organizaciones de Acción Católica y las fascistas. La Junta Central desaparecía y en su lugar se constituía, el mes de Noviembre, una oficina de relación presidida por Monseñor Pizzardo.

El 31 de Diciembre, en el Boletín oficial de la Acción Católica Italiana, aparecían los nueve Estatutos, en cuyos artículos 16 al 19 se reglamenta el funcionamiento de la oficina central, constituida por la Presidencia General, que ocupa el comendador Augusto Ciriaci y el consiliario Mons. Pizzardo. Ambos cargos son de directo nombramiento pontifició ([11]).

4)  Alemania. El Concordato alemán se firmó el 20 de julio de 1933 y se ratificó el 10 de septiembre del mismo año. Su artículo 31 se refiere a la Acción Católica.

“Las organizaciones y asociaciones católicas que tengan fines exclusivamente religiosos, culturales, caritativos y como tales dependen de la autoridad eclesiástica, serán protegidas en sus instituciones y en su actividad.

 

“Las organizaciones católicas que además de los fines religiosos, culturales y caritativos, tienen otros fines, entre los cuales están los sociales o profesionales, gozarán, sin perjuicio de su eventual inserción en las uniones del Estado, de la protección mencionada en el Art. 31, apartado 1?, en tanto den garantía de desarrollar su actividad al margen de todo partido político”.

La determinación de las organizaciones y asociaciones que caen bajo las disposiciones de este artículo se reserva a un acuerdo ulterior entre el Gobierno del Reich y el Episcopado alemán.

La interpretación de este artículo, como poco antes en Italia, ha producido no pocos sinsabores a los católicos alemanes, que unas veces sordamente, otras con la violencia más extremada, han visto atacados sus derechos solemnemente reconocidos.

5)  Austria. Su Concordato, firmado en la Ciudad del Vaticano el 5 de junio de 1933, fue solemnemente ratificado el 1? de mayo de 1934. En el Protocolo adicional al artículo 14 se lee: “A las Asociaciones que persiguen fines principalmente religiosos y forman parte de la Acción Católica y como tales dependen de la autoridad de los Ordinarios diocesanos, el Gobierno federal concede plena libertad de organización y de actuación”.

“El Estado cuidará de asegurar la conservación y la posibilidad de desarrollo de las organizaciones de las juventudes católicas reconocidas por las autoridades eclesiásticas competentes, y que, en las organizaciones de juventud instituidas por el Estado, se asegure a la Juventud Católica el cumplimiento en una manera digna de sus deberes religiosos y de su educación, en sentido religioso moral, según los principios de la Iglesia”.

Estaba reservado al pequeño Estado austriaco el estipular el modelo de legislación concordada en materia de Acción Católica. El Estado federal no sólo reconoce el derecho de las asociaciones de Acción Católica, sino que además se compromete a “asegurar la posibilidad de desarrollo” de tales asociaciones, concretando estos deberes a las asociaciones juveniles reconocidas por las autoridades eclesiásticas, que han sido el caballo de batalla entre la Iglesia y el Estado, principalmente en estos últimos tiempos.

Hemos expuesto el pensamiento del Pontífice codificador de la Acción Católica. Movilizar todas las fuerzas para conquistar el mundo y restablecer el reinado de Cristo; devolverle el lugar que se le ha negado en la escuela, en la legislación, en la familia, en la vida pública y privada de los pueblos; combatir por medios legales y justos la legislación anticristiana y reparar sus estragos; sostener y defender los derechos de Dios y de la Iglesia; irradiar en el seno de las organizaciones civiles esa luz y esa virtud de la vida cristiana, que hace grandes a los pueblos y felices a los ciudadanos; saturar la atmósfera social del esplendor del cristianismo, vida del cuerpo social, alma que todo lo vivifica, sangre que lo regenera, medicina que lo cura, ideal que lo guía, alimento que lo sostiene; ¡qué empresa, qué gigantesca cruzada para conquistar, no un sepulcro vacío como el de Cristo en Jerusalén, o un templo de piedra, sino las almas, templos vivos vivientes donde Cristo quiere reinar!

La Acción Católica es la misma Iglesia, saliendo del santuario y reivindicando, en el inmenso campo del trabajo filosófico, social, profesional, artístico y político, en el cual elabora la humanidad febril e inquieta su porvenir, el honor de aportar bajo formas rejuvenecidas y adaptadas a las actuales necesidades, toda la riqueza de sus tradiciones seculares. Los seglares, bajo la dirección del Papa y de los Obispos, trabajan por infundir en la sociedad esa savia cristiana que produjo en el mundo las bellas flores y óptimos frutos de la verdadera civilización.   (Beytia, “El Apostolado de los Seglares”).

A este inmenso movimiento se le ha llamado “La Internacional blanca” que oponen a la “Internacional roja”.

Al grito de guerra de Marx: “¡Proletarios de todos los países, unios!” se han organizado sus huestes para defender y propagar sus ideales. ¿Por qué los católicos de todos los países no debíamos unirnos en la justicia y caridad para bien de las almas y salvación de la sociedad? Unión, acción, cooperación a los anhelos del Pontífice debe ser el lema de todos los católicos en la hora presente.

 

 



[1] (1)   D. C.,  t. 23, cois. 330-332.

[2] D.C., t. 28, cois. 393-397.

[3] D.C., t. 26, cois. 808-812.

[4]  L’Ossevatore  Romano,  13  febrero   1934.

[5]  D.C., t. 31, cols. 1457-1461.

[6] CAVAGNA, Pío XI e l’ Azione Cattolica, pag. 332

[7] CAVAGNA, Ibidem, pág. 312.

[8] CAVAGNA, Apéndice de la 2ª edición, pág. V

[9] D. C., t 25 cols 1547-1548

[10] Bulletin de l’lnstitut Catholique de París, 25 diciembre 19S4.

[11] La D. C. ha hecho un estudio documental lleno de interés en varios números de su publicación: t. 26, cois. 451-476 y 771-896; t. 27, cois. 899-1024 y 1219-1280.

Simplemente congruencia

Simplemente congruencia

Educar Hoy

Por Pedro J. Bello Guerra.

Periodico AM Queretaro, Mexico, 080907

Hace unos días fuimos testigos de dos hechos poco usuales en nuestro país y de cierta manera contrapuestos, por una parte, mimos testigos del fallo de la Suprema Corte de Justicia rechazando el juicio de inconstitucionalidad contra la ley que permite el aborto en el Distrito Federal, es decir, ratificando que el aborto es algo lícito, porque un grupo de personas cree que la mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo y que el cuerpo de un bebé no nacido todavía no es un ser humano y no tiene derecho a la vida; quizá a estos magistrados se les olvidó considerar las dos caras de la moneda, no sólo el derecho de la mujer al uso de su cuerpo como le de la gaña, sino también el derecho de un inocente que se está gestando en el vientre materno y que se le condena a muerte sin haber cometido ningún delito.

También fuimos testigos de la marcha pacífica “iluminemos México” en donde familias completas en varias ciudades de la república, se congregaron para manifestar su rechazo a la violencia, inseguridad y delincuencia que de manera creciente están azotando a México. Un clamor general de YA BASTA Y QUEREMOS PAZ PARA MÉXICO, que nos recuerda el derecho de la ciudadanía a exigir y apoyar medidas de combate a estos males sociales. Vale la pena mencionar la siguiente anécdota:

“Dos gorriones estaban plácidamente tomando-el fresco sobre un mismo árbol, un sauce.

Uno de ellos estaba en la cima del sauce, el otro en la parte baja, en la juntura de las ramas.

Pasó un rato y después de la siesta, el gorrión que estaba arriba, como para romper el hielo, dijo:

-¡Oh, qué hermosas son estas hojas verdes!

El gorrión que estaba abajo tomó aquello como una provocación. Y le contestó de mal modo:

-¿Estás ciego? ¿No ves que son blancas? El de arriba, indignado:

-¡El ciego eres tú! ¡Son verdes! Y el otro, abajo, levantando el pico

-Te apuesto las plumas de la cola a que son blancas.

¡Tú no entiendes nada; eres un loco!

El gorrión de arriba sintió que le hervía la sangre y sin pensarlo dos veces se precipitó sobre su adversario para darle una lección. El otro no se movió de su sitio.

Cuando estuvieron frente a frente, con las plumas del cuello rizadas de rabia, antes de empezar el duelo tuvieron la lealtad de mirar en la misma dirección, hacia arriba.

El gorrión que venía de arriba no pudo contener un “Oh” de admiración:

-¡Mira, son blancas! Pero dijo al amigo:

-Ven arriba, a donde estaba yo antes.

Volaron a la rama más alta del sauce y esta vez dijeron a coro:

-Mira, son verdes!”

Pensando en lo anterior creo que una manera eficaz de combatir la inseguridad, la delincuencia y las demás lacras sociales es de tipo preventiva, promoviendo que la ciudadanía salga del aletargamiento  y pasividad que le han llevado a permitir que se aprueben leyes contra la vida o en bien común o simplemente a quedarse callados ante una injusticia, un asalto en el metro o un robo al vecino, por temor a represalias, también conviene desarrollar la virtud de la paciencia y la tolerancia, pues en las relaciones interpersonales frecuentemente tendremos diferencias sustanciales con los demás y debemos aprender a sumar fuerzas centrándonos más en los puntos de coincidencia que en los puntos de conflicto.

pjbellog@colegioalamos.edu.mx

Categorías:Cuentos para educar

La misión del laico en la Iglesia

XXVª Asamblea Federal de la Acción Católica Argentina

Rosario, 29 de abril al 1 de Mayo de 2006

www.accioncatolica.org.ar

Encuentro de Asesores

Colegio María Auxiliadora, 30 de abril

 

La misión del laico en la Iglesia

 

Oscar Campana

 

Consideraciones previas
¿Qué dirían ustedes si yo les cuento que a dos cuadras de aquí un grupo de 300 laicos están debatiendo y reflexionando sobre “la misión del presbítero en la Iglesia”? Seguramente, cuanto menos causaría sorpresa. A algunos perplejidad. Quizás a unos pocos espanto. ¿Qué tienen que decir los laicos sobre el sacerdocio? Respondo: tanto como los sacerdotes sobre el laicado.

            Es imposible en la Iglesia, a la luz de la eclesiología recuperada por el Concilio Vaticano II, pensar en la misión de algunos de sus miembros sin implicar a los otros. Cuando en 1953 Yves J.-M. Congar publicó Jalons pour une théologie du laïcat, estaba proponiendo una eclesiología “total”. En una Iglesia pensada desde la primacía de la gracia (Lumen gentium I), toda ella pueblo de Dios (Lumen gentium II), en una Iglesia que ha recuperado la dignidad esencial del sacerdocio bautismal y su doble carácter místico y visible a la vez, resulta imposible hablar del laicado sin hablar del ministerio ordenado, no se puede reflexionar sobre los carismas sin referirse a la institución, resulta temerario plantear cuestiones en el ad intra sin percibir sus repercusiones en el ad extra.

            Es desde esta perspectiva eclesiológica que hoy propongo algunas reflexiones sobre la misión de los laicos en la Iglesia.

 

Una mirada a la historia

            La reforma gregoriana del siglo XI, motivada por la necesidad de conquistar la anhelada “libertad para la Iglesia” para arrancarla de las garras del poder feudal, nos dejó como legado la distinción clero/laicado, más inspirada en el modelo imperial que en la tradición de la Iglesia. La reacción frente a la reforma protestante del siglo XVI no hizo otra cosa que profundizar esta distinción, ante una presentación de la fe que negaba el sacerdocio ordenado a favor de un exclusivo sacerdocio bautismal. El eco de la “eclesiología del segundo milenio” aún vibra entre nosotros.

            Por caminos paradójicos, la actitud de la Iglesia ante la ilustración y el liberalismo moderno hizo reaparecer la nueva importancia otorgada al laicado. Precisamente, en una sociedad que se ha hecho laica, son los laicos los que pueden llegar allí donde la jerarquía, hasta hace no mucho tiempo, estaba por derecho propio. Desde principios del siglo XX tratará de organizarse al laicado para que dé la batalla en el nuevo territorio propuesto por la Modernidad. Así van surgiendo desde sindicatos y partidos políticos cristianos hasta la propia “acción católica”, la gran expresión del “laicado organizado”.

            Los fines de la acción católica, confirmados por el Concilio Vaticano II[1], proceden del pensamiento del pontífice que institucionalizó una experiencia que ya estaba en marcha desde fines del siglo XIX. Desde él en adelante, se avanzó desde una institución pensada como la forma de la “participación de los laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia” hacia aquella de la “cooperación de los laicos” en el mismo apostolado. Sin la experiencia de la acción católica, hoy no estaríamos hablando del laicado, tal como lo hacemos. Y sin ella, hasta el Concilio Vaticano II hubiera sido difícil de pensarse.

            Pero el surgimiento y el primer desarrollo de la acción católica coincidieron con lo que podríamos denominar una etapa de transición entre dos modelos eclesiológicos. Siempre resulta interesante reparar en la fraseología que acompañó a esta etapa de transición. Algunos elementos de ella aún conviven con nosotros, aunque la mayor parte de las veces nadie sepa qué quiere decirse. Algunos ejemplos. “El laico es el brazo largo de la jerarquía”, o sea, apenas una “extremidad” que llega allí por “delegación” de los sacerdotes, a los que la cultura de la modernidad relegó de la vida pública. “El laico es el hombre del mundo en la Iglesia y el hombre de la Iglesia en el mundo”, reza otro dicho, de lo que se deduce que el clero no está en el mundo. ¿Dónde estará, entonces? ¿Existirá otro lugar para el clero, que no es ni el mundo ni la eternidad? El año pasado, en una reunión de obispos y teólogos, le oí decir convencido a un obispo del Gran Buenos Aires: “tenemos buenos laicos, pero lo que necesitamos es un laicado fuerte”. Me pregunto: ¿qué se pide cuando se reclama un “laicado fuerte”? Porque las versiones que de él ha conocido nuestra historia aún no han sido rescatadas, evaluadas y purificadas, y en muchos casos no constituyen un modelo a seguir…[2]

Esta etapa de transición encontró su fin –“de derecho, no de hecho”, al decir de Congar– en el cambio de paradigma propuesto por el Concilio Vaticano II.

Ya no se trata de una Iglesia aquí, donde reina la gracia y la salvación se realiza, cual oasis en medio del desierto, y un mundo allí, abandonado en el pecado y la condenación, ante el que hay que darse estrategias y mediaciones para ir trayendo a los individuos de allí hacia aquí. Se trata de creer en el designo salvífico universal de Dios –del cual la Iglesia es sacramento– que nos desborda por todas partes, y pone al mundo, dentro del cual la Iglesia habita, como destinatario de la gracia de Dios. Ya no se trata de discutirle poder a la sociedad y al Estado, sino de saberse Iglesia servidora de los hombres y los pueblos, reconociendo la autonomía de lo temporal (ver Gaudium et Spes, 36). Ya no se trata de tener un “laicado organizado ¡y fuerte!” o un partido político cristiano para representar los “intereses de la Iglesia”, porque la Iglesia no tiene otro interés que el amor y el servicio a los hombres, ni otro compromiso que con la dignidad humana. Ya no se trata de acordarse del laicado cuando el clero es relegado socialmente, sino de recordar que toda la Iglesia es pueblo sacerdotal por el bautismo y que en ella encontramos diversos ministerios, carismas y funciones que no tienen otro fin que el servicio a una comunidad que no se explica a sí misma sino en función de su misión: anunciar a los hombres el misterio del Reino inaugurado en Jesús de Nazaret, el crucificado, anunciado como Cristo tras su Resurrección.[3]

 

Repercusiones en el ad intra eclesial

            La superación de la distinción clero/laicado, tal como la habíamos heredado, y la recuperación del sacerdocio común de los fieles, nos permite pensar la misión de toda la iglesia desde otra perspectiva. Nos dice Bruno Forte:

El ministerio aparece como un carisma en estado de servicio, recibido por la comunidad. Se puede decir que toda la Iglesia es ministerial y que las formas personales y comunitarias de ministerialidad no agotan la posibilidad de los dones recibidos en el bautismo. El binomio inadecuado jerarquía-laicado es entonces superado mediante otro binomio, que indica sobre todo la unidad total y, hacia el interior de ella, la diversidad articulada de los servicios: el binomio comunidad-ministerios. Si jerarquía-laicado distingue mucho, porque deja en la sombra la ontología de la gracia común a todos, y distingue muy poco, por reducir la ministerialidad de la Iglesia a la sola forma del sacerdocio, pensando a los otros negativamente (laicos = no clérigo), en el binomio comunidad-ministerio la comunidad bautismal aparece como la realidad englobante al interior de la cual los ministerios se sitúan como servicio en vista de lo que la Iglesia toda debe ser y hacer. En este sentido resulta más claro cómo la relación entre los ministerios, ordenados o no, no sea una relación de superioridad de los unos sobre los otros, sino de complementariedad en la diversidad, de recíproco servicio en la irreductible diferencia. La Iglesia, imagen de la Trinidad, es una en el misterio del Agua, del Pan, de la Palabra y del Espíritu, y variada en la riqueza de los dones y de los servicios de los cuales está llena.[4]

            Ya en una obra de 1956, cuando ni se sospechaba del Concilio, Hans Urs von Balthasar afirmaba que “el futuro de la Iglesia está en los nuevos movimientos laicales”[5]. Y podríamos pensar –como ya lo hace el propio Concilio– que las cuatro notas características de la acción católica pensadas por la Apostolicam actuositatem, hoy se cumplen en infinidad de movimientos e iniciativas –más o menos estructuradas– a lo ancho y lo largo de la Iglesia.[6]

            La primera gran repercusión de todo ello fue la aparición de nuevos ministerios llamados laicales, desde el restablecimiento, por iniciativa del Concilio, de diaconado permanente.[7] Desde aquí, buena parte de la discusión sobre la misión del laicado en la Iglesia estuvo circunscripta a su vida interior: la catequesis, la liturgia, los sacramentos, la coordinación pastoral y hasta la reflexión teológica[8]. En los hechos, esta dimensión de la vida laical se pareció más a una derivación supletoria de funciones hasta entonces monopolizadas por el ministerio ordenado que a un verdadero desarrollo de la realidad ministerial encerrada en las funciones sacerdotal, profética y real comunes a todos los miembros de la Iglesia. La escasez de clero no ha tenido poco que ver en ello.

            Personalmente, no creo que la cuestión se dirima solamente en qué actividades hace cada quién. Una imagen del sacerdocio aún ligada al “poder” derivada del sacramento del Orden sagrado, dio lugar a la aparición de un neo-clericalismo, en este caso laical: la detentación de ese poder es directamente proporcional a la cercanía al altar y al ambón. Desde una eclesiología total, la Iglesia necesita ser repensada desde la perspectiva de una comunidad toda ella celebrativa y misionera, servidora de los hombres de su tiempo, abandonando la otra perspectiva de la “administración de poderes sagrados”, que lleva, inevitablemente, a distinguir y a delegar más que a reunir y a enviar. Cito, por ello, otra vez a Bruno Forte:

El binomio comunidad-carismas y ministerios intenta responder a este requisito: en la realidad englobante del nuevo pueblo de Dios muestra la variedad de los dones, donados por el Espíritu Santo en vista de la utilidad común y configurados en formas ministeriales de vida personal y comunitaria. Es necesario llevar a sus consecuencias últimas el primado que el Concilio ha reconocido a la ontología de la gracia respecto a toda otra ulterior especificación al interior de ella: el uso del binomio comunidad-carismas y ministerios no se reduce a un simple traslado de acentos o a un juego verbal. Se trata de pasar de una eclesiología piramidal, jerarcológica, a una eclesiología de comunión, donde la dimensión pneumatológica es puesta en primer plano, y el Espíritu es visto como actuante sobre toda la comunidad, suscitando en ella la multiplicidad de carismas, que luego se configuran en la variedad de los ministerios al servicio del crecimiento de la misma comunidad. La Iglesia entera viene así a ser pensada dinámicamente.[9]

 

Repercusiones en el ad extra eclesial

Pero la misión del laico se juega también, y primordialmente, de cara al acontecer humano. Hace unos años Lucio Gera, antiguo asesor de la acción católica, decía en un reportaje:

Es el momento en que el país necesitaría la voz del laico, la propuesta del laico cristiano, que aunque no tenga “escudito” tenga inteligencia laica. Está todo el tema de un laicado que entra a participar en ministerios, en operaciones dentro de la Iglesia (liturgia, catequesis,…). Todo eso me parece bien, hay que ampliarlo y asumirlo con generosidad. Pero en este momento de la historia pienso que sería interesante que el laico apareciera en su otro lado, en el lado típicamente secular: su palabra y su conducción en este mundo, en esta sociedad argentina, en esta crisis.[10]

            La demanda de una “inteligencia laica” está referida a la vida social y política del país. Y aquí surgen algunas preguntas, alentadas, entre otros motivos, por la historia argentina de la segunda mitad del siglo XX.

            Cuando se reclama el compromiso del laico en la sociedad, ¿se está pidiendo una acción organizada y uniforme o se piensa más bien en que ese compromiso laical asume el pluralismo propio de la sociedad democrática contemporánea? Porque cuando se lamenta la falta de participación del laicado en Argentina, sospecho que se lo hace desde el modelo de un movimiento orgánico, que responde más bien a los esquemas mentales comunes en la Iglesia en la primera mitad del siglo XX.

            En realidad, hay mucho más “apostolado laico” actuando en nuestra sociedad que aquel que habitualmente reconocemos. Y dicho apostolado se da tanto en el nivel individual como en el de las instituciones de la sociedad civil. Alguien objetará: “pero no es orgánico”. Y yo respondo: ¿debe serlo? La demanda de la “organicidad”, ¿no responde más bien a un sueño de cristiandad del que nunca nos hemos despertado del todo? ¿Cuándo acabará el duelo de ese modo de existir de la Iglesia en Occidente para despertar a la realidad eclesial propuesta por el Concilio Vaticano II, más cercana, en este punto, a la levadura y a la sal evangélicas?

            Si así son las cosas, lo que falta en nuestra Iglesia más que compromiso laical en la sociedad es capacidad para reconocerlo, para alentarlo y para acompañarlo. Y esta debiera ser la tarea del ministerio ordenado en las comunidades de nuestra patria.

 

Algunas conclusiones provisorias

En algún momento pensé en concluir estas palabras con el ambicioso subtítulo “Una agenda para el laicado en Argentina”. Quizás también a veces me traicionen viejos pensamientos. No hay “agenda para el laicado” si no hay “agenda para la Iglesia”. La cuestión radicará, entonces, en cómo construimos esa agenda. Y sin lugar a dudas el proceso de discernimiento comunitario exigirá, como lo quería Paulo VI, la ayuda del Espíritu Santo, la comunión eclesial y el diálogo y la cooperación con los otros cristianos, con los creyentes no cristianos y con todos los hombres de buena voluntad[11].

Habíamos planteado tres actitudes esenciales ante el compromiso laical en el ad extra: reconocer, alentar, acompañar.

  • Reconocer… Aún está pendiente un trabajo en que los aquí presentes debieran implicarse: si se hiciera un elenco –desde el posconcilio hasta hoy– de las múltiples iniciativas, instituciones, movimientos y organizaciones que tuvieron como “fundadores” a quienes habían sido miembros activos de la acción católica doy fe que se asombrarían. Junto a ellos, habrá que reconocer a la multitud de cristianas y cristianos que cotidianamente sostienen a la Iglesia y a la sociedad con su “fe que obra por la caridad” (Ga 5,6).
  • Alentar… Por cada laico que asuma un activo compromiso en las instituciones que integran nuestra sociedad, probablemente habrá un laico menos merodeando nuestras sacristías. ¡Cuántas veces nos hemos encontrado que frente a esto la reacción ha sido la del lamento, cuando no la de la queja!
  • Acompañar… Ser capaces de estar pastoralmente presentes en aquel compromiso de los laicos, desde la propia función ministerial, supondrá abrirse a otras lógicas que no son, muchas veces, las de la vida intra eclesial, lo que demanda eso que tanto le reclaman a los laicos: formación. Es decir pensamiento. Si Lucio Gera lamentaba la ausencia de una “inteligencia laica”, yo lamento la escasez de una “inteligencia eclesial” capaz de asumir todos los desafíos que la laicidad del mundo impone.

Los que están aquí presentes asesoran –o lo harán en el futuro– al que en el siglo XX fue el movimiento laical más importante de la vida de la Iglesia. Cuando indago en los antecedentes tanto de obispos como de sacerdotes, muchos de ellos teólogos, que se destacaron tanto en el desarrollo del Concilio Vaticano II como en su implementación, en forma casi unánime asoma un dato significativo: fueron asesores de la acción católica, fundamentalmente de la especializada. En nuestro país, basta leer los índices de la sencilla y célebre revista Notas de pastoral jocista para encontrarnos con quienes una década después serían algunos de los protagonistas más dinámicos de la reforma conciliar: Angelelli, Capellaro, Gera, Iriarte, Karlic, Llorens, O’Farrell, Pironio, Quarracino, Ramondetti, Rau, Tello, Trusso… La comunidad que no es capaz de leerse a sí misma en una historia corre el riesgo de no saber de dónde viene, ni quién es, ni adónde va.


[1] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem, 20.

[2] Cf. O. Campana, “Iglesia y política: una cuestión irresuelta”, Vida Pastoral 255 (2005) 39-40.

[3] Campana, “Iglesia y política: una cuestión irresuelta”, 40-41.

[4] B. Forte, La chiesa icona della Trinità, Breve ecclesiologia, Brescia 41986, 32-33 (la traducción es nuestra).

[5] H. U, von Balthasar, El problema de Dios en el mundo actual, Madrid 1956, Conclusión.

[6] “[…] Entre estas y otras instituciones semejantes más antiguas hay que recordar, sobre todo, las que, aun con diversos sistemas de obrar, produjeron, sin embargo, ubérrimos frutos para el reino de Cristo, y que los Sumos Pontífices y muchos Obispos recomendaron y promovieron justamente y llamaron Acción Católica. La definían de ordinario como la cooperación de los laicos en el apostolado jerárquico. Estas formas de apostolado, ya se llamen Acción Católica, ya con otro nombre, […] Las organizaciones en que, a juicio de la jerarquía, se hallan todas estas notas a la vez han de entenderse como Acción Católica, aunque por exigencias de lugares y pueblos tomen varias formas y nombres. […].” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem, 20; el subrayado es nuestro).

[7] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 29.

[8] Cf., por ejemplo, Documento de Puebla, 804 y ss.

[9] Forte, La chiesa icona della Trinità, 34.

[10] O. Campana, “La Iglesia presenta el anhelo de los pueblos. Reportaje a Lucio Gera”, Vida pastoral 233 (2002) 23.

[11] Cf. Paulo VI, Carta apostólica Octogesima adveniens, 4; Encíclica Eclesiam suam, 85-111.

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