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Archive for 30 diciembre 2013

La Natividad de Jesús y la paz social

La Natividad de Jesús y la paz social

Es Jesús, y no Augusto, el único Mesías: el que trae la verdadera paz

Rafael Luciani

http://www.aleteia.org/es/religion/articulo/la-natividad-de-jesus-y-la-paz-social-5059684612440064

Luego del año 70 d.C., tras la destrucción de Jerusalén, quedó la pregunta por esa paz que no llegaba y había sido anunciada por Jesús, ya que siempre se veía tentada por movimientos violentos. Era algo parecido a lo que ocurre en nuestros días. En ese contexto, las comunidades judeocristianas, inspiradas en la espiritualidad de los anawin, recuerdan a Jesús y renuevan su fe en él como el único Mesías no violento ni revolucionario político, dándose a la tarea de redactar los relatos de la Natividad para recordarnos que cuando nos consume la desesperanza, Jesús no ofrece la paz del «pan y circo», sino una que nos hace sujetos y fraterniza, pero sólo si cada uno lo quiere y asume sin temor (2 Tim 1,7).

Una realidad conflictiva

Jesús nace entre el año 6 y 4 a.C., entre los meses de marzo y abril, justo antes de la muerte de Herodes El Grande. El emperador era Augusto, sucedido luego por Tiberio. El prefecto en el año 15 d.C. era Valerio Grato, quien nombra a Caifás como sumo sacerdote en el año 18 d.C. Caifás hará una alianza con Pilato, el nuevo prefecto a partir del año 26 d.C. Juntos llevarán adelante el proceso que dará muerte a Jesús.

Luego de la muerte de Herodes, en el 4 a.C., la región entró en un proceso de inestabilidad sociopolítica y empobrecimiento económico, agravado por una crisis de identidad religiosa. Se cuestionaba la presencia romana que deificaba al César oprimiendo a los que se le oponían. El mismo Juan el Bautista describirá la situación de corrupción, extorsión y falsa religiosidad (Lc 3,10-15).

¿Era posible la «paz» en un contexto así? Para la cultura mediterránea, la paz era lo que César Augusto había logrado: él había unificado al Imperio trayendo «la paz al mundo», pero lográndola por medio de la violencia, la dominación de los pueblos, el saqueo de los bienes y la esclavitud. Era una paz que favorecía la abundancia de pocos y la escasez de bienes para muchos, haciendo uso de la moneda romana para generar mecanismos cambiarios que producían inmensos beneficios económicos, tanto al Imperio romano como a los líderes de los pueblos dominados. Todo esto bajo una estricta censura política respecto de cualquier disidencia.

En este contexto, las comunidades de Mateo y Lucas releen la Natividad de Jesús como el anuncio de una «Buena noticia» que les había sido dada y reafirman que sí es posible construir un «mundo más humano» donde reine la justicia y se favorezca el bienestar (Mt 5,9-10).

La impotencia de un niño

Jesús nace en la más absoluta pobreza. Carente de símbolos de poder o estatus: sin armas, ejércitos, propiedades. A la intemperie. El anuncio que el ángel da a los pastores acontece en medio de condiciones de vida adversas, como las que vivían los más pobres. Nace así uno que representa a Dios y está en medio de ellos, el Emmanuel. Esa es la verdadera gloria que se anuncia esa noche porque Dios tomará postura en esta historia a través de la vida de Jesús.

Según Lucas, César Augusto ordenó un censo que se realizó bajo el mandato de Quirinio, gobernador de Siria. Tal censo no existió nunca. Con ello, se quiso simbolizar el poder sin límites que tenía el emperador, quien gobernaba hasta los confines del mundo. En las inscripciones colocadas en las ciudades se le llamaba «El salvador del mundo».

Los relatos del nacimiento de Jesús ayudaron a discernir esa dura realidad. Primero, era un mensaje en contra de la propaganda imperial que divinizaba el ejercicio del poder político, justificando la opresión y la muerte en nombre de una paz ideologizada. Y segundo, ponía en cuestión a los que se creían dueños de Dios, los líderes religiosos cuyas prácticas carecían de compasión e imponían pesadas cargas de llevar en las conciencias de las personas.

Ese niño «envuelto en pañales y en un pesebre» marca un nuevo camino para alcanzar la paz posible entre los hombres de «buena voluntad»: sin armas, sin lujos y sin prácticas autoritarias. La humanidad de este niño desmontaría los intentos por ideologizar la religión y sacralizar la política. ¿Cómo podía ser comunicado este mensaje?

El anuncio a los pobres de Yahveh

María participaba de la espiritualidad de los pobres de Yahveh, que se recoge en el Magnificat. Ahí se le ora a un Dios que se aparta de los que se aferran al poder y al dinero, y se hace cercano a los problemas de los humildes y hambrientos (Lc 1,51-53). Jesús, como su madre, se entiende como un pobre de Yahveh. Él cree en un Dios que, en cuanto Padre compasivo, no trae la salvación por medio de prácticas religiosas, sino sanando los corazones y viviendo compasivamente (Sal 50), como el buen samaritano.

Este anuncio es también recibido por los pastores, que eran considerados laxos en el cumplimiento de la ley y por tanto impuros, pecadores. Los evangelistas hacen uso del recurso literario llamado angelofanía: muestran una multitud de «legiones» de ángeles para dar gloria a Dios «en las alturas» y anunciar en la tierra «paz a todos» porque «el Señor los ama» (Lc 2,13-14). Se trata de un himno que contrapone la paz impuesta por las «legiones romanas» con esta otra anunciada por las «legiones angélicas». Así se simboliza el querer divino; la «gloria de Dios» es que todo hombre viva sin miedos ni tiranos que lo gobiernen.

El anuncio se da en medio de la noche y ofrece una nueva «luz», una esperanza que permitirá ver la realidad de otro modo (Lc 1,78-79). Es una luz que no tendrá su origen en el dios Apolo, el padre de César, pero tampoco en el Dios del Templo. Esta luz proviene de las «entrañas de misericordia de Dios» que quiere iluminar a todos sus hijos para que no vivan con miedo y desesperanza. La luz permite ver un modo de ser humano que se realiza construyendo «la paz social», la que fraterniza porque busca el bien del otro y la justicia para todos, independientemente de creencias religiosas o adhesiones ideológicas. Es una invitación a dejar atrás la venganza, el odio, la envidia y el resentimiento para construir caminos de «bienestar común». Pero, ¿cómo lograrlo si Jesús no nace para ser un revolucionario político?

Ha nacido el único Mesías

El nacimiento de Jesús se representa en Belén, siguiendo la tradición mesiánica (Miq 5,1; Mt 2,5-6; Jn 7,42). Es anunciado por un ángel a los pastores (Lc 2,11) y su primer mensaje es: «no teman» (Lc 2,10). Lucas ha desmontado una proclamación imperial: es Jesús, y no Augusto, el único Mesías; es Belén, y no Roma, la ciudad donde se inicia la verdadera paz; fueron los pobres, y no los ricos y poderosos, los que apostaron por un cambio. Hay esperanza: «no teman».

Se nos recuerda que la fe y la esperanza trascienden las creencias religiosas y las adhesiones políticas, y asumen a todos sin mirar la condición moral. Es una buena nueva universal porque une a «todos los que tienen buena voluntad», mostrando que sí es posible un camino hacia un modo de ser más humano.

La fuerza de David queda superada por la impotencia del niño; él será el modelo de una nueva humanidad que vivirá al estilo del «Hijo del hombre» (Mt 11,19), vivificando un modo de ser que humaniza: «¡qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz» (Is 52,7). ¿Seremos capaces de construir y reencontrar nuestra humanidad?

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Historia de la salvación e itinerancia

Historia de la salvación e itinerancia

Autor: Raúl Lugo Rodríguez

http://www.vidapastoral.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=296

 

 

 

Mentiríamos si decimos que el problema de la inmigración es propiedad de los países del Primer Mundo. También en nuestras sociedades latinoamericanas podemos observar el renacimiento de los separatismos y el desprecio a quienes son distintos.

El rechazo a los inmigrantes es, precisamente, un signo de nuestro miedo a la diversidad. Rechazamos a los que vienen a vivir en medio de nosotros porque nos inquietan nuevas maneras de vivir y de ver las cosas. Los inmigrantes visten distinto, comen distinto, piensan distinto, celebran fiestas distintas de las nuestras, tienen modismos de lenguaje que no entendemos. Y aunque eso se manifiesta de manera especial en los extranjeros, es también un fenómeno que no tiene que ver con fronteras estatales y/o regionales, y sí, en todos los casos, con fronteras humanas.

La emigración, sin embargo, como fenómeno sociológico, es tan antigua como la humanidad misma. Incluso aquellos países que aprecian su identidad y remarcan sus diferencias de otros pueblos tienen que reconocer que, al menos en sus inicios, fueron pueblos compuestos de emigrados de otras partes. La Biblia no es la excepción en este vasto campo del peregrinaje humano. Ya desde sus inicios, como veremos a continuación, la historia de la salvación está marcada por la itinerancia.

La emigración en el Primer Testamento

Los relatos bíblicos iniciales son una reflexión sapiencial sobre los orígenes de Israel. Estos relatos incluyen en variadas ocasiones el fenómeno de la errancia. Adán y Eva, por ejemplo, son expulsados del paraíso y tienen que abandonarlo después de haber desobedecido las órdenes de Dios: El Señor Dios los expulsó del Paraíso… echó al ser humano y colocó a los querubines y la espada llameante que oscilaba para cerrar el camino del árbol de la vida (Gén 3,23-24). Caín es también condenado a la errancia después de que asesina a su hermano Abel: Si me expulsas hoy de la superficie de la tierra y tengo que ocultarme de tu presencia, andaré errante y vagando por el mundo; y cualquiera que me encuentre me matará (Gén 4,14). Y el Señor le marca la frente para evitar que fuera asesinado por otros, pero no le dispensa la errancia.

La prehistoria bíblica termina también con una imagen de emigración. Se trata del relato de la torre de Babel (Gén 11,1-9). La rebeldía contra Dios termina en un decreto divino: Confundamos su lenguaje, de modo que no se entiendan los unos a los otros. Así Yahvé los dispersó sobre la superficie de la tierra… (Gén 11,7-8). En la prehistoria bíblica, pues, la errancia aparece como fruto de un error humano, de una rebeldía contra Dios. El estado ideal perdido, en cambio, es el de un paraíso fijo, estable, tierra de felicidad.

Las narraciones del Génesis sobre la época patriarcal reflejan un ambiente de pueblos pastores nómadas, que se mueven a través de territorios organizados en ciudades-estado. El clan semita de Abrahán, que habita en tiendas, procede de Jarán (Gén 12,4) y, más remotamente de Ur de los Caldeos (Gén 11,31). La movilidad de Abrahán es digna de llamar la atención: Siquem, Betel, Négueb, Egipto, regreso a Betel, Hebrón, etc. todo el territorio israelita recorrido por este viajero incansable, de Dan (norte) a Bersheba (sur), pasando por Jerusalén, donde se encuentra con Melquisedec. Perpetuamente emigrante, Abrahán no encuentra reposo sino hasta que compra un pedazo de tierra para enterrar a su esposa (Gén 23), acción relatada en un texto de indudable significación simbólica, donde comienza a perfilarse entonces un elemento que tendrá después una carga teológica fundamental para Israel: el concepto de tierra de promisión.

El nomadismo es, pues, el ambiente en el que surgió la primitiva revelación de Dios según la Biblia (Dt 26,6-10).

Los extranjeros y la tierra prometida

Dos consecuencias inmediatas tiene el problema de la emigración entre los judíos: la teología de la tierra prometida, y el trato debido a los extranjeros.

La tierra prometida

Podemos decir que existe una mística de la Tierra Santa1 al origen de la costumbre de las peregrinaciones. La posesión de la tierra se halla como hilo conductor de toda la historia bíblica. Para un seminómada como Abrahán, no existe meta más preciada que tener un suelo propio y defender sus derechos sobre esa tierra. Por eso es que el texto bíblico le da tanta importancia a la compra del primer terreno por parte de Abrahán: el campo de Makpelá, en Hebrón, donde su mujer habrá de ser enterrada (Gén 23,1-20; 25,9-10: 50,12-13). Este simbolismo toma mayor fuerza cuando se traslada a Jacob, después de muerto, para que sea enterrado en esa tierra y, más tarde, cuando el pueblo emigrado de Egipto toma posesión de la tierra. Por eso la adecuada repartición de la tierra va a convertirse en un símbolo del cumplimiento de la alianza con Dios que lleva a la construcción de un pueblo fraterno. Sólo la fidelidad del pueblo al proyecto de Dios le garantiza la posesión de la tierra. Por eso cuando el pueblo peca, Dios lo lleva al destierro.

La tierra aparece así como signo de felicidad. Es la tierra que mana leche y miel (Éx 3,8; Lv 20,24). La meta del bienestar consiste en poseer la tierra en tranquilidad (1Re 5,5). En el Nuevo Testamento esta simbolización se volverá trascendente: la Jerusalén celestial, meta del nuevo pueblo redimido que camina a través del desierto de este mundo (Ap 20-21).

El trato a los extranjeros

El tema de la posesión de la tierra viene junto con el reto del trato a los extranjeros inmigrantes. En los inicios del pueblo israelita había dos clases de extranjeros: los mokri, que eran extranjeros que se encontraban de paso por el país, viajeros o comerciantes. Eran protegidos por la Ley de Moisés y se tenía con ellos deber de hospitalidad, pero no podían entrar en el Templo (Ez 44,7.9), ni ofrecer sacrificios (Lv 22,25), ni comer la cena de pascua (Éx 12,43).

La segunda clase era el guer o extranjero residente. Era especialmente apreciado si se convertía al judaísmo. Abrahán había sido guer en Hebrón (Gén 23,24), Moisés lo fue en Madián (Éx 2,22), un hombre de Belén se va de guer a Moab y se casa con Rut (Rut 1,1), los israelitas fueron guerim en Egipto (Éx 22,20). Al llegar a Canaán, los hebreos eran guerim hasta que se convirtieron en los dueños del país y los extranjeros comenzaron a ser los otros. Había con ellos una especial obligación de hospitalidad.

En relación con estos inmigrantes, las leyes eran de defensa total (Lv 19,34): Dios no hace acepción de personas y proporciona pan y vestido al extranjero (Dt 10,18; Lev 19,33). El amor al extranjero está mandado a Israel, que sufrió la misma situación en Egipto (Dt 10,19). No puede violentarse el derecho del extranjero residente (Dt 27,19) y deben ser juzgados con equidad por los jueces locales (Dt 1,6).

Como recibían muchos desprecios y estaban en situación de desventaja, la Ley de Moisés colocaba a los inmigrantes en la categoría de marginados –por ello se les concedía ciertos privilegios–. Se les enumera junto con las viudas y los huérfanos (Jr 7,6), se les ofrece asilo en las ciudades de refugio (Núm 35,15); se les concede el derecho de rebuscar en el terreno de cosecha (Lv 19,10) y de comer de la cosecha del año sabático (Lv 25,6), etc. Sin embargo, el extranjero no es tratado igual que el judío, porque al extranjero sí se le puede exigir interés en los préstamos (Dt 23,20) y estaban obligados a hacer ciertos trabajos (cfr. 1Cr 22,2). Normalmente, aunque eran libres, no podían tener propiedades (Dt 24,14). Si se circuncidaban, adquirían obligaciones y derechos religiosos (Éx 12,48) y los profetas anuncian que entrarían a formar parte del pueblo de Dios en el reino del Mesías (Is 14,1; Ez 47,22)2.

La multiplicación de leyes para el trato a los extranjeros demuestra que el número de ellos se multiplicó después de la monarquía y comenzaron a ser problemáticos. Muchos fueron los que se convirtieron y comenzaron a llevar el nombre de prosélitos3.

Jesucristo, emigrante que muere fuera de la ciudad

El Nuevo Testamento nos muestra a Jesús compartiendo la suerte de los emigrantes. Nace fuera de su hogar, al amparo de la caridad de una familia, lejos de su casa y su parentela (Lc 2). Más tarde, el mismo Jesús decide por una vida itinerante, sin residencia propia, al punto que se proclama sin lugar en donde reposar la cabeza (Lc 9,58). Sabemos que, mientras ejerció su  ministerio en Cafarnaúm, Jesús se alojaba en la casa de Pedro (Mc 1,29; 2,1) y que cuando visitaba Jerusalén, le gustaba hospedarse en casa de Marta, María y Lázaro (Lc 10,38-42). No es extraño, por ello, que la virtud de la hospitalidad fuera altamente apreciada también entre la primitiva comunidad cristiana (Heb 13,2).

Jesús rompe con muchas de las costumbres de su tiempo en su trato con los extranjeros, sean samaritanos o paganos de otras regiones. Cura al siervo de un soldado romano (7,2-10), libera al endemoniado geraseno (Mc 5,1-20), aprende la lección de la universalidad de una mujer cananea (Mt 15,21-28). En su parábola del juicio final, conocida como “la parábola de las ovejas y los cabritos”, Jesús va a señalar como uno de los gestos de amor la ayuda a los forasteros y se identifica con ellos (Mt 25,35).

Para la Carta a los Hebreos es un dato muy significativo la muerte de Jesús fuera de la ciudad, como señal de desprecio (Heb 13,12-14) y la considera una invitación a la ciudad permanente. No es tampoco menor el hecho de que Marcos, el evangelio de la revelación del Mesías crucificado, no reconozca a Jesús como Hijo de Dios sino como un extranjero (Mc 15,39).

La Iglesia, casa para los que no tienen casa

Uno de los puntos culminantes en la reflexión bíblica acerca de la emigración es la Primera Carta de Pedro. Sus destinatarios están descritos desde el inicio: son los que viven dispersos como extranjeros en las provincias romanas del Asia Menor. Las comunidades mencionadas: Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, son comunidades, a excepción de Asia, formadas por pequeños poblados, no por grandes ciudades. El ser extranjero en nuestra Carta, es mucho más que una postura existencial de las comunidades. De hecho, las reflexiones posteriores que ven la vida cristiana como un camino hacia el cielo, se basan en una experiencia concreta de destierro (1,17). El texto parece hablar de una condición de no-ciudadanía. La mención de los cristianos de estas ciudades como forasteros y emigrantes (1Pe 2,11) nos habla también de su condición social de pobreza y de su lugar en la sociedad.

Recientes estudios4 muestran que la expresión forasteros de 1Pe 2,11, en griego paroikoi, literalmente traducida quiere decir extranjeros residentes. Esa expresión era usada para describir a los extranjeros que habían adquirido el derecho de residencia, pero que no disfrutaban del derecho de ciudadanía. Podían vivir y trabajar en un país, pero no tenían derechos plenos. Entre sus deberes estaban: pagar tributos, tasas y cuotas de producción. Entre los derechos de los que estaban excluidos se cuentan: voto, posesión de la tierra, matrimonio con ciudadanos, herencia y transferencia de bienes.

Otro grupo referido en 2,11 es el de los peregrinos, en griego parepidémoi: eran extranjeros que no tenían ni siquiera derecho de permanencia en el país. Eran los extraños y no poseían ningún derecho. No podemos decir que todos los cristianos a los que va dirigida la Carta fueran extranjeros, pero sí que a una buena parte de la comunidad le correspondía esta descripción y caracterizaba a la comunidad como un todo5.

La aportación mayor de la Primera Carta de Pedro en el tema que hoy tratamos estriba en la introducción de la fórmula forasteros y peregrinos como título de los cristianos. Queda así expresado uno de los principios básicos de la existencia cristiana: el cristiano necesita de libertad frente a los antivalores del mundo en que está inmerso, de manera que pueda ser testigo de la genuina vida plena que ha recibido y que lo distingue de los demás. Dándose cuenta, con un inteligente análisis, que la sociedad mantiene una serie de ideas y costumbres extrañas y opuestas a la nueva vida que trae el evangelio y a la visión de ser humano que de él se desprende. El autor de la Carta apuesta, no obstante todo, en favor de una espiritualidad en el mundo, en lugar de refugiarse en una espiritualidad alienante6. La exhortación de Pedro está concebida como un auxilio a los cristianos en la salvaguarda de su identidad en medio de un mundo de valores opuestos a los criterios evangélicos. La fórmula forasteros y peregrinos manifiesta una idea teológica característica: los cristianos deben considerar su existencia como una permanencia transitoria en un mundo al cual no pertenecen.

Los destinatarios de la Carta, es decir los cristianos, trabajan como personas sin techo y sin tierra, en un lugar que no les pertenece, pagan tributos en un país que no es el suyo y que no les otorga derecho alguno. El espacio afectivo de familia era, pues, muy importante. La Primera Carta de Pedro ofrece a estos desabrigados una casa, un abrigo, una referencia de familia: es la comunidad. Los que no tienen casa, son abrigados por la casa de Dios, los que no tienen derecho de ciudadanos, pueden llamar padre a Dios. La comunidad es lugar de refugio y resistencia para no dejar, con su testimonio, de denunciar las injusticias de la sociedad7.

También el texto de 1Pe 4,7-11 es clave en el argumento que nos interesamos. Su contenido nos lleva a responder a la pregunta: ¿qué tipo de comunidad deben formar los extranjeros en resistencia? Una comunidad de amor (4,8), que se traduce en solidaridad con los hermanos para no desmayar. Se recomienda también la práctica de la hospitalidad (4,9) como apreciada práctica del mandamiento del amor: que consiste en recibir bajo el propio techo a personas que no tienen dónde ir ni dónde vivir; hacer del techo un abrigo para el hermano.

Desde esta perspectiva, la Primera Carta de Pedro parece recordarnos que cada intento por fortalecer los lazos afectivos de los inmigrantes, por promover su organización y participación en la sociedad, por luchar por la conservación de su identidad cultural, son intentos que, aun navegando contra la corriente, permiten a los inmigrantes no desmayar en la búsqueda de vida plena para ellos y sus familias.

Conclusión

Al igual como ha sucedido en la historia de salvación, hoy día somos testigos de una gran comunidad forastera y emigrante. Son el tipo de gente que no sufren solamente la falta de tierra y de arraigo, sino también la falta de familia y de afecto, porque se han roto muchos lazos de solidaridad y no poseen ni siquiera un espacio cultural propio. Ellos también, como las comunidades petrinas, son calumniados y combatidos por su forma de ser y de vivir. A pesar de construir ciudades con sus propias manos, son vistos como bandidos, como gente peligrosa y sus manifestaciones culturales son ridiculizadas.

Ante la creciente ola de intolerancia anti-inmigrante, la Iglesia está llamada a convertirse en una ciudad de refugio, en un espacio de socialización fraterna donde no haya distinciones de origen geográfico. En el interior de la comunidad los extranjeros tienen que encontrar, además de acogida, un espacio donde resistir estos tiempos malos en la práctica de la solidaridad y del amor. Al hacerlo así, la Iglesia desafiará las estructuras que los oprimen y anunciará un nuevo tipo de sociedad, en la que todos tengamos derecho de vivir como hermanos.

Acerca del autor

El P. Raúl Lugo Rodríguez es discípulo de Jesús y presbítero católico (en ese orden). Le gusta la literatura y, en ocasiones, hasta ha cometido versos y cuentos. Es un apasionado de la justicia. Estudió la Biblia y, actualmente, junto con un grupo de maravillosas mujeres trabaja en la defensa de los derechos humanos desde 1991. Vive y trabaja, junto con otros dos presbíteros, compañeros de sueños, en contacto con campesinos y campesinas mayas de Yucatán. Es autor de varios libros: Las trampas del poder (Dabar, 1994), Flor que nace de la muerte (UPM, 1995), La biblia es verde (Comisión Episcopal de Pastoral Bíblica, 1998), Los primeros profetas cristianos (UPM, 1999), Mujeres de la biblia, mujeres para hoy (UPM, 2005), La Iglesia católica y la homosexualidad (Nueva Utopía, Madrid 2006), además de numerosos artículos en revistas especializadas y de divulgación.

 

Nota de comunicación

¿Qué necesitamos saber sobre la comunicación intercultural que nos ayude a relacionarnos con los otros de mejor manera? Lo que sigue son una serie de pautas para maximizar el encuentro con personas de distinta cultura:

a). Reconocer que cada individuo tiene emociones, necesidades y sentimientos, y que son tan importantes como los nuestros.

b). Intentar comprender y respetar la gran diversidad de normas culturales existentes.

c). Escuchar activamente en un encuentro de comunicación con aquellos de distinta cultura.

d). Aprender a lidiar con la incertidumbre y la anciedad que se produce en la comunicación con personas ajenas a nuestra cultura.

e). No estereotipar a la gente que es distinta de nosotros.

f). Tener conciencia de nuestro propio etnocentrismo, es decir: reconocer que, como humanos, tendemos a creer que nuestra cultura es la mejor.

 

Citas Bibliográficas

1.  Cfr. A.A.V.V. La Biblia en su entorno, en la colección Introducción al estudio de la Biblia, Verbo Divino, Estella 1990, pp. 67-69.

2.  Cfr. A.A.V.V. Enciclopedia de la Biblia, Voz Peregrinaciones, Barcelona 1969, p. 396.

3.  Cfr. De Vaux Roland, Instituciones del Antiguo Testamento, Herder, Barcelona 1976, pp. 117-119.

4.  Cfr. Paulo de Souza Nogueira, O Evangelho dos sem teto, Río de Janeiro, São Paulo 1993.

5.  Un aspecto que puede resultar interesante en el tratamiento de nuestro tema en esta Carta es el de la fuerte presión que parecía existir en contra de los cristianos de parte de quienes los rodeaban. Los motivos de esta presión social en el exilio, era que los cristianos llevaban una vida separada de los demás (4,3-4) y eran acusados de no participar en el culto a las divinidades paganas. Los cristianos, así, son perseguidos porque incomodan al sistema: afectaban todo el sistema comercial construido en orden a las necesidades del culto –como aparece en la carta de Plinio al emperador Trajano–. Esta es una de las razones que inició el proceso de discriminación y calumnia a que fueron sometidos los extranjeros cristianos. En este sentido, es esta alternatividad de la Iglesia en medio del mundo la que queda de manifiesto. La comunidad cristiana es una sociedad de contraste  y, como tal, tendrá que sufrir marginación y desprecio.

6.  Cfr. Senior-Donald, 1 & 2 Peter, Delaware 1980, p.40.

7.  Un estudio de John Elliot subraya la relación directa que hay entre el término forastero (paroikos) y el término casa (oikos). Cfr. John H. Elliot, Un hogar para los que no tienen patria ni hogar. Estudio crítico social de la Carta Primera de Pedro y de su situación y estrategia, Verbo Divino, Estella 1995.

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Medios Impresos: Un Medio Para Evangelizar

MEDIOS IMPRESOS: UN MEDIO PARA EVANGELIZAR

Por: Enrique Alejandro González Cano

http://www.vidapastoral.com/

Las encuestas realizadas en México por el Instituto Nacional de estadística y geografía (INEGI) muestran que el número de personas que profesan la fe cristiana se mantiene en un 80%; sin embargo, esta cifra puede ser engañosa ya que de este 80%, el 70% se confiesa como católica. Pese a ello, el número de personas que profesan la religión católica es elevada; podríamos decir que del total de la población, somos aproximadamente 65 millones de personas católicas (de todas las edades, practicantes y no practicantes; comprometidos y no comprometidos, por convicción o por tradición). Ahora bien, el número si es exacto o no, está de más: lo que importa es que los católicos deben estar formados e informados, para ello es necesario tener acceso a una información veraz. De ahí el compromiso de Aparecida: “estar presente en los medios de comunicación social: prensa, radio y TV, cine digital, sitios de Internet, foros y tantos otros sistemas para introducir en ellos el misterio de Cristo” (DA 486).

Los medios de comunicación impresa con los que cuenta la Iglesia Católica son innegables; empero, resultan ser pocos si tomamos en cuenta el número de católicos, por un lado, y el poco acceso a ellos, por otro. Y es que la mayoría de las revistas, periódicos y boletines son distribuidos en un espacio reducido: los templos y las librerías especializadas. La distribución de revistas tales como La Familia Cristiana, Inquietud Nueva y Aguiluchos (por mencionar algunos) depende de su promoción en algunos templos los días domingo. Distribución, además, que realizan ya sea seminaristas o religiosas. Esta manera de distribuir las revistas católicas está por debajo de las demandas de la población. ¿Existen impedimentos jurídicos para su distribución y promoción? ¿Por qué no se puede adquirir este tipo revistas en los puestos de periódicos?

La Constitución de los Estados Unidos Mexicanos (máximo órgano jurídico de nuestra nación) en su artículo 7, promociona, defiende y garantiza la libertad de expresión escrita. El artículo dice: “es inviolable la libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia. Ninguna ley ni autoridad pueden establecer la previa censura, ni exigir fianza a los autores o impresores, ni coartar la libertad de imprenta, que no tiene más límites que el respeto a la vida privada, a la moral y a la paz pública”. Así las cosas, no existe interdicto alguno para anunciar el misterio de salvación a partir de los medios impresos. Si son posibles las publicaciones de revistas que en ocasiones están distantes de una formación humanista, cuanto más aquellas que promueven un humanismo, una moral, un respeto a la vida y la paz pública, como nuestras revistas católicas.

Los puestos de periódicos exhiben y venden revistas de casi todo tipo: revistas sobre la farándula, sobre oficios y manualidades, deportivas e incluso pornográficas. Y si bien hay algunas revistas formativas, en realidad son pocas. ¿Por qué no atacar esos espacios para dar a conocer la Buena Nueva? El monopolio (característico de nuestro país) en la distribución de los medios impresos imposibilita el acceso a la información. Un caso claro de dicho monopolio son los costos y comisiones que los distribuidores mayoristas exigen para que los productos impresos puedan ser vendidos en los puestos de periódico. Hace algunos años el periódico Reforma tuvo conflictos con los distribuidores mayoristas y ante tal conflicto optó por hacer su propia distribución. Este ejemplo nos permite ver que, si bien hay libertad de expresión escrita, la distribución de los medios impresos se ve coaccionada por las comisiones que deben pagarse, encareciendo los costos de producción de los mismos medios impresos de comunicación.

Jurídicamente, nada impide la promoción y distribución de medios impresos (revistas y periódicos) que otorgue información confiable a las personas católicas; sin embargo, la distribución de los mismos —para hacer más accesible su adquisición— está amenazado por los monopolios y comisiones que deben ser pagados si lo que se quisiera es colocarlos en los principales puntos de venta: los puestos de periódicos.

El panorama, o mejor, las condiciones para informar al gran número de creyentes a través de medios impresos de fácil acceso es negativo, pero no es un impedimento para realizar la tarea. Reforma puso un buen ejemplo: solucionó su problema distribuyendo por cuenta propia sus productos. Todos vemos a sus vendedores en las esquinas. En este sentido, y dadas las condiciones poco favorables para acceder a los puestos de periódicos, es necesario recurrir a otras estrategias más allá de la simple venta en los templos y los días específicos (domingo). Es urgente y necesario recurrir a la imprenta, a los medios impresos en nuestra era para mantener informados a los creyentes católicos, en un época en la cual parece carecer de sentido.

En suma, se trataría de atrevernos a invertir en los medios impresos sin fines lucrativos para hacer llegar el Misterio de Salvación a un mayor número de personas. Pero este atrevimiento requiere de una inversión sin fines lucrativos; requiere de laicos comprometidos que estén dispuestos a ser promotores; de buscar espacios abiertos; de una recomendación de viva voz para promover la lectura de nuestras revistas. Y no sólo necesitamos de una “publicidad” eficaz, sino —y lo que es más importante— que el formato y estilo de nuestras revistas católicas sean adecuadas tanto al mundo que vivimos como al tipo de lectores.

Sin afán de ufanísmos, la revista Familia Cristiana busca llegar a un gran número de lectores ofreciéndoles información variada y confiable en cada publicación. Para ello, renueva constantemente sus temáticas, presenta diversas secciones de acuerdo a un tipo de lector (adultos, jóvenes y niños; estudiantes, padres de familia, educadores; etcétera). Ha mejorado su diseño. Y si bien busca la novedad, la originalidad y la formación de sus lectores, mantiene su esencia: buscar la verdad y aprender a comunicarla. Y es que para todo católico la buena nueva también es noticia y debe ser comunicada por todos los medios que disponemos. La demanda es mucha y el trabajo es de todos.

Categorías:Evangelizacion

Conservemos nuestra cultura mexicana, feliz Navidad

 

 

Conservemos nuestra cultura mexicana, feliz Navidad

Autor Luis E. Alverde Montemayor

http://plazadearmas.com.mx/luis-e-alverde-montemayor-8

Estas fiestas navideñas son fechas muy importantes de nuestra cultura y tradiciones. El 12 de diciembre que es el día de la Virgen de Guadalupe, arranca el famoso puente Guadalupe-Reyes que termina con el día de los Reyes Magos el 6 de enero, tiempo lleno de tradiciones y símbolos de nuestra cultura.

Sin darnos cuenta, las empresas y gobiernos están cambiando sus frases navideñas con toques culturales, históricos y religiosos por simples buenos deseos de fin de año como si dejáramos de creer en nuestra cultura, nuestra tradición y nuestra historia. No nos debemos permitir cambiar el desear Feliz Navidad por un simple Felices Fiestas.

Ahora resulta que las personas que dicen no creer en Dios se ofenden alegando que no se debe desear una feliz Navidad sino solamente unas felices fiestas. Parece que este pequeño grupo que no llega ni al 10% de la población total de nuestra nación, los que se declaran ateos, son lo suficientemente influyentes para provocar que cambiemos nuestra tradición, cultura y religiosidad y dejar de desear Feliz Navidad, frase americana traducida al español de Happy Holidays.

Si seguimos así, en Semana Santa celebraremos un spring break y Halloween en vez de día de muertos.

¿Por qué cambiar nuestra cultura y valores?, ¿por qué las empresas y los políticos no pueden tener la libertad de manifestar su fe y fervor?, ¿por qué se cuidan tanto?, ¿a quién le tienen miedo?, al contrario eso provocará mostrar más lado humano y humildad de cara a la vida.

Por otro lado, ¿por qué empresas americanas como Wallmart y otras trasnacionales nos vienen a cambiar nuestra cultura y celebrar día de Holloween en vez de día de muertos?, ¿por qué ellos nos invitan a dejar fuera nuestros deseos navideños por sólo fiestas de año?

En fin, en estos días de reflexión donde nuestra cultura nos ha dicho por muchas generaciones que lo que celebramos es la venida de Dios hecho hombre a nuestros corazones, los invito a que esto suceda: debemos permitirnos estar más cerca de Dios, y no solamente estar pensando en una cena donde intercambiemos regalos, abrazos y buenos deseos.

Los invito a que rescatemos nuestras posadas, con piñatas en forma de estrellas, con los dulces típicos, que cantemos villancicos, pidiendo posadas, etc. Señores si no rescatamos nuestras tradiciones y valores seremos un pueblo sin esencia ni sabor.

El tiempo es nuestro y el momento es ahora, no nos dejemos llevar por una cultura única, seamos mexicanos que celebremos la Navidad como lo hemos hecho desde nuestros orígenes. ¡Feliz Navidad a todos ustedes!

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Encíclica Ubi Arcano Pio XI

 

Ubi arcano

Encíclica de PÍO XI

La paz de Cristo en el reino de Cristo

Del 23 de diciembre de 1922

 

I. INTRODUCCIÓN

1. Ascensión al trono pontificio. Preocupaciones Y dolores.

Desde el momento en que por inescrutable designio de Dios Nos vimos exaltados, sin mérito alguno, a esta Cátedra de verdad y caridad, fue Nuestro ánimo, Venerables Hermanos, dirigiros cuanto antes y con el mayor afecto Nuestra palabra, y con vosotros a todos Nuestros amados hijos confiados directamente a vuestros cuidados. Un indicio de esta voluntad Nos parece haber dado cuando, apenas elegidos, desde lo alto de la Basílica Vaticana, y en presencia de una grandísima muchedumbre, dimos la bendición a la urbe y al orbe; bendición que todos vosotros, con el Sagrado Colegio de Cardenales al frente, recibisteis con tan grata alegría que para Nos, en el imponente momento de echar sobre Nuestros hombros casi de improviso el peso de este cargo, fue muy oportuno, y después de la confianza en el auxilio divino, muy grande consuelo y alivio. Ahora, por fin, al llegar al Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y al comienzo del nuevo año, Nuestra boca se abre para vosotros[1]; y sea Nuestra palabra como solemne regalo que el padre envía a sus hijos para felicitarles.

El hacer esto antes de ahora, como habríamos deseado, Nos lo impidieron diversas causas. Lo primero, fue preciso corresponder a la atención y delicadeza de los católicos, de quienes cada día llegaban innumerables cartas para dar con expresiones de la más ardiente devoción al nuevo sucesor de San Pedro. Luego comenzamos al punto a experimentar lo que el Apóstol llama los cuidados que urgen cada día, la solicitud de todas las Iglesias[2]; y a cuidados ordinarios de Nuestro Oficio se juntaron otros, como el de proseguir los gravísimos negocios que encontramos ya incoados, respecto a la Tierra Santa y al estado de aquellos cristianos y de aquellas Iglesias que son de las más ilustres; el defender, según demanda Nuestro oficio, la causa de la caridad junto con la de la justicia en las conferencias de las naciones vencedoras, en las que se trataba la suerte de las otras naciones, exhortando especialmente a que se tuviera la debida cuenta con los intereses espirituales, que no son de menor, antes de más valer que los otros; el procurar con todo empeño el socorro de inmensas muchedumbres de gentes lejanas consumidas por el hambre y por todo género de calamidades, lo cual hemos llevado a cabo mandando el mayor subsidio que Nos fue posible en las actuales estrecheces implorando socorros de todo el mundo el trabajar por componer en el mismo pueblo en que habíamos nacido, y en medio del cual Dios colocó la Sede de Pedro, las luchas violentas que desde largo tiempo y con frecuencia ocurrían y que parecían poner en inminente peligro la suerte de la nación para Nos tan querida.

Gozos y consuelos. 

No faltaron, sin embargo, en el mismo tiempo acontecimientos que Nos llenaron de gozo. A la verdad, tanto en los días del XXVI Congreso Eucarístico internacional, como en los del III Centenario de Propaganda Fide, Nos experimentamos tanta abundancia de consuelos celestiales cuanta difícilmente habríamos esperado poder gozar en los comienzos de Nuestro Pontificado. Tuvimos ocasión de hablar con casi todos y cada uno de Nuestros amados hijos, los Cardenales, lo mismo con los Venerables Hermanos, los Obispos, en tanto número, cuantos difícilmente habríamos podido ver en muchos años. Pudimos también dar audiencia a grandes muchedumbres de fieles, como a otras porciones escogidas de la innumerable familia que el Señor Nos había confiado, de toda tribu y lengua y pueblo y nación, según se lee en el Apocalipsis, y dirigirles, como vivamente lo deseamos, Nuestra paternal palabra.

Congreso Eucarístico Internacional de Roma. 

En aquellas ocasiones Nos parecía asistir a espectáculos divinos: cuando Nuestro Redentor Jesucristo bajo los velos eucarísticos era llevado en triunfo por las calles de Roma, seguido de un innumerable y apiñado acompañamiento de devotos, venidos de todos los países, y parecía haber vuelto a granjearse el amor que se le debe como a Rey de los hombres y de las naciones; cuando los sacerdotes y piadosos seglares, como si sobre ellos hubiera de nuevo descendido el Espíritu Santo, se mostraban inflamados del espíritu de oración y del fuego del apostolado y cuando la fe viva del pueblo romano, para mucha gloria de Dios y para salvación de muchas almas, otra vez en tiempos pasados se manifestaba a la faz del universo mundo.

Devoción a María. 

Entre tanto la Virgen Marí, Madre de Dios y benignísima Madre de todos nosotros, que Nos había sonreído ya en los Santuarios de Czenstochowa y de Ostrabrarna, en la gruta milagrosa de Lourdes y sobre todo en Milán desde la aérea cúspide del Duomo y desde el vecino santuario de Rho, pareció aceptar el homenaje de Nuestra piedad, cuando en el santísimo santuario de Loreto, después de restaurados los destrozos causados por el incendio, quisimos que se repusiese su venerable imagen, que junto a Nos ha bía sido rehecha con toda perfección y por Nuestra propias manos había sido consagrada y coronada. Fue éste un magnifico y espléndido triunfo de la Santísima Virgen, que desde el Vaticano hasta Loreto, dondequiera que pasó la santa imagen, fue honrada por la religiosidad de los pueblos con una no interrumpida serie de obsequios, hechos por gentes de toda clase que en gran número salían a recibirla y con vivísimas expresiones mostraban su devoción a María y al Vicario de Cristo.

Objetivo de la Encíclica y del Pontificado: la pacificación del mundo. 

Con el aviso de estos sucesos, tristes y ale gres, cuya memoria queremos quede aquí consignada para la posteridad, se iba poco a poco haciendo para Nos cada vez más claro qué es lo que debíamos llevar más en el alma durante Nuestro Pontificado, y aquello de que debíamos hablar en la primera Encíclica.

Nadie hay que ignore que ni para los hombres en particular, ni para la sociedad, ni para los pueblos, se ha conseguido todavía una paz verdadera después de la guerra calamitosa, y que todavía se echa de menos la tranquilidad activa y fructuosa que todos de sean. Pero de este mal es preciso ante todo examinar la grandeza y gravedad, e indagar después las causas y las raíces, si se quiere, como Nos queremos, poner el oportuno remedio. Y esto es lo que por deber de Nuestro Apostólico oficio Nos proponemos comenzar con esta Encíclica, y esto lo que nunca después cesaremos de procurar. Es decir, que así como las condiciones de los presentes tiempos son las mismas que tanto preocuparon a Benedicto XV, Nuestro llorado Predecesor, en todo el tiempo de su Pontificado, es lógico que los mismos pensamientos y cuidados que él tuvo, Nos mismo los hagamos Nuestros. Y es de desear que todos los buenos tengan un mismo sentir y querer con Nos, y que con Nos trabajen para impetrar de Dios en favor de los hombres una reconciliación de verdad y duradera.

II. LOS MALES PRESENTES

2. La falta de paz.

Admirablemente cuadran a nuestra Edad aquellas palabras de los Profetas: Esperamos la paz y este bien no vino, el tiempo de la cu ración, y he aquí el terror[3]; el tiempo de restaurarnos, y he aquí a todos turbados[4]. Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas…; y la justicia, y no viene; la salud, y se ha alejado de nosotros[5]Pues aunque hace tiempo en Europa se han depuesto las armas, sin embargo sabéis cómo en el vecino Oriente se levantan peligros de nuevas guerras, y allí mismo, en una región inmensa como hemos antes dicho, todo está lleno de horrores y miserias, y todos los días una ingente muchedumbre de infelices, sobre todo de ancianos, mujeres y niños, mueren de hambre, de peste y por los saqueos; y donde quiera que hubo guerra no están todavía apagadas las viejas rivalidades, que se dan a conocer: o con disimulo en los asuntos políticos, o de una manera encubierta en la variedad de los cambios monetarios, o sin rebozo en las páginas de los diarios y periódicos; y hasta invaden los confines de aquellas cosas que por su naturaleza deben permanecer extrañas a toda lucha acerba, como son los estudios de las artes y de las letras.

3. Falta la paz internacional.

De ahí que los odios y las mutuas ofensas entre los diversos Estados no den tregua a los pueblos. ni perduren solamente las enemistades entre vencidos y vencedores, sino entre las mismas naciones vencedoras, ya que las menores se quejan de ser oprimidas y explotadas por las mayores, y las mayores se lamentan de ser el blanco de los odios y de las insidias de las menores. Y los Estados. sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasada guerra; peores ciertamente los vencidos, y no pequeños los mismos que no tomaron parte alguna en la guerra. Y los dichos males van cada día agravándose más, por irse re tardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de Estado para remediar tan tristes condiciones de cosas han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado. Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y con eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor de la raza y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.

4. Falta la paz social y política.

Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamiento sociales, sino la misma trabazón de la sociedad.

Debe contarse en primer lugar la “lucha de clases”, que, inveterada ya como llaga mortal en el mismo seno de las naciones, inficiona las obras todas, las artes, el comercio; en una palabra, todo lo que contribuye a la prosperidad pública y privada y este mal se base cada vez más pernicioso por la codicia de bienes materiales de una parte, y de la otra por la tenacidad en conservar los, y en ambas a dos por el ansia de riquezas y de mando. De aquí las frecuentes huelgas, voluntarias y forzosas; de aquí los tumultos públicos y las consiguientes represiones, con descontento y daño de todos.

Añádanse las luchas de partido para el gobierno de la cosa pública, en la que las partes contendientes suelen de ordinario hostilizarse con la mira puesta, no sinceramente, según las varias opiniones, en el bien público, sino el logro del propio provecho con daño del bien común. Y así vemos cómo van en aumento las conjuras, cómo se originan insidias, atentados contra los ciudadanos y contra los mismos ministros de la autoridad; cómo se acude al terror, a las amenazas, a las francas rebeliones y a otros desórdenes semejantes, tanto más perjudiciales cuanto mayor es la parte que en el gobierno tiene el pueblo, cual sucede con las modernas formas representativas. Estas formas de gobierno, si bien no están condenadas por la doctrina de la Iglesia (como no está condenada forma alguna de régimen justo y razonable), sin embargo, conocido es de todos cuán fácilmente se prestan a la maldad de las facciones.

5. Falta la paz doméstica.

Y es verdaderamente doloroso ver cómo un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta en las familias, cuya disgregación base tiempo iniciada ha sido como muy favorecida por el terrible azote de la guerra, merced al alejamiento del techo doméstico de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentada. Así se ve muchas veces olvidado el honor en que debe tenerse la autoridad paterna; desatendidos los vínculos de la sangre: los amos y criados se miran como adversarios; se viola con demasiada frecuencia la misma fe conyugal, y son conculcados los deberes que el matrimonio impone ante Dios y ante la sociedad.

Falta la paz del individuo.

De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principal mente hace que también los otros miembros, aun los más pequeños, sufran, así también es natural que las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos. Vemos, en efecto, cuan extendida se halla entre los hombres de toda edad y condición una gran inquietud de ánimo que les hace exigentes y díscolos, y cómo se ha hecho ya costumbre el desprecio de la obediencia y la impaciencia en el trabajo. Observamos también cómo ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres y de las niñas, especial mente en el vestir y en el bailar, con tanto lujo y refinamiento, que exacerba las iras de los menesterosos. Vemos, en fin, cómo aumenta el número de los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejército de los perturbadores del orden.

Resumen de males. 

En vez, pues, de la confianza y seguridad reina la congojosa incertidumbre y el temor; en vez del trabajo y la actividad, la inercia y la desidia; en vez de la tranquilidad del orden, en que consiste la paz, la perturbación de las empresas industriales, la languidez del comercio, la decadencia en el estudio de las letras y de las artes; de ahí también, lo que es más de lamentar, el que se eche de menos en muchas partes la conducta de vida verdadera mente cristiana, de modo que no sola mente la sociedad parece no progresar en la verdadera civilización de que suelen gloriarse los hombres, sino que parece querer volver a la barbarie.

6. Falta la paz religiosa. Daños espirituales.

Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hombre animal[6]pero que son, sin embargo, los más graves de nuestro tiempo. Queremos decir los daños causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales daños, como fácilmente se comprende, son tanto más de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la materia. Porque fuera de tan extendido olvido de los deberes cristianos, arriba recordado, cuán grandes penas nos causa, Venerables Hermanos, lo mismo que a vosotros, el ver que de tantas Iglesias destinadas por la guerra a usos profanos no pocas están todavía sin abrirse al culto divino; que muchos seminarios, cerrados entonces, y tan necesarios para la formación de los maestros y guías de los pueblos, no pueden todavía abrir se; que en todas partes haya disminuido tanto el número de sacerdotes arrebatados unos por la guerra mientras se ocupaban en el ministerio, extraviados otros de su santa vocación por la extra ordinaria gravedad de los peligros, y que por lo mismo en muchos sitios se vea reducida al silencio la predicación de la palabra divina, tan necesaria para la edificación del cuerpo místico de Cristo[7].

 Efectos en las Misiones y en la Patria. Daño en aquéllas; aprecio del sacerdote en ésta. 

¿Y qué decir al recordar cómo desde los últimos confines de la tierra y del centro mismo de las regiones en que reina la barbarie nuestros misioneros, llamados frecuentemente a la patria para ayudar en las fatigas de la guerra, debieron abandonar los campos fertilísimos, donde con tanto fruto vertían sus sudores por la causa de la Religión y de la civilización, y cuán pocos de ellos pudieron volver incólumes? Es cierto que estos daños los vemos compensados también en alguna parte con excelentes frutos, por que apareció entonces más en el corazón del Clero el amor a la patria y la conciencia de todos sus deberes, de modo que muchas almas, a las puertas mismas de la muerte, admirando en el trato cotidiano los hermosos ejemplos de magnanimidad y de trabajo del Clero, se llegaron de nuevo al sacerdocio y a la Iglesia. Pero en esto hemos de admirar la bondad de Dios, que aun del mal sabe sacar bien.

III. CAUSAS DE ESTOS MALES

Introducción al tercer punto. 

Hasta aquí hemos hablado de los males de estos tiempos. Indaguemos ahora sus causas más detenidamente, si bien ya, sin poderlo evitar, algo hemos indicado.

Y ante todo, parécenos oír de nuevo al divino Consolador y Médico de las humanas enfermedades repetir aquellas palabras: Todos estos males proceden del ínteríor[8].

7. El olvido de la caridad.

Firmóse, sí, la paz solemnemente entre beligerantes, pero quedóse escrita en los documento s públicos, mas no grabada en los corazones; vivo está todavía en esto, el espíritu bélico y de él brotan cada día los mayores daños a la sociedad. Porque el  derecho de la fuerza paseóse mucho tiempo triunfante por todas partes, y poco a poco fue apagando en los hombres los sentimientos de benevolencia y compasión que, recibidos de la naturaleza, son por la ley cristiana perfeccionados, y hasta la fecha no han vuelto a renacer ni con la reconciliación de una paz hecha más en apariencia que en realidad. De aquí que el odio, al que se han habituado los hombres por largo tiempo, se haya hecho en muchos una segunda naturaleza, y que predomine aquella ley ciega que el Apóstol lamen taba sentir en sus miembros, guerreando contra la ley del espíritu[9]Y así sucede con frecuencia que el hombre no parece ya, como debería considerarse según el mandamiento de Cristo, hermano de los demás, sino extraño y enemigo; que perdido el sentimiento de la dignidad personal y de la misma naturaleza humana, sólo se tiene cuenta con la fuerza y con el número, y que procuran los unos oprimir a los otros por el solo fin de gozar cuanto puedan de los bienes de esta vida.

8. El ansia inmoderada de los bienes de la tierra.

Nada más ordinario entre los hombres que desdeñar los bienes eternos que Jesucristo propone a todos continuamente por medio de su Iglesia y apetecer insaciables la consecución de los bienes terrenos y caducos. Ahora bien: los bienes materiales, por la misma naturaleza, son de tal condición, que en buscarlos desordenadamente se halla la raíz de todos los males, y en especial del descontento y de la degradación moral, de las luchas y las discordias. En efecto, por una parte esos bienes, viles y finitos como son, no pueden saciar las nobles aspiraciones del corazón humano que, criado por Dios y para Dios, se halla necesariamente inquieto mientras no descanse en Dios. Por otra parte, como los bienes del espíritu, comunicados con otros, a todos enriquecen, sin padecer mengua, así, por el contrario, los bienes materiales, limitados como son, cuanto más se re parten tanto menos toca a cada uno. De donde resulta que los bienes terrenos incapaces de contentar a todos por igual, ni de saciar plenamente a ninguno, son causas de divisiones y de tristeza, verdadera vanidad de vanidades y aflicción del espíritu[10]como las llamó el sabio Salomón, después de bien experimentado. Y esto que acaece a los individuos acaece lo mismo a la sociedad. ¿De dónde nacen las guerras y contiendas entre nosotros?pregunta Santiago Apóstol, ¿No es verdad que de vuestras pasiones?[11].

9. Las tres concupiscencias.

Porque la concupiscencia de la carne, o sea el deseo de placeres, es la peste más funesta que se puede pensar para perturbar las familias y la misma sociedad: de la concupiscencia de los ojos, o sea de la codicia de poseer, nacen las despiadadas luchas de las clases sociales, atento cada cual en demasía a sus propios intereses; y la soberbia de vida es decir, el ansia de mandar a los demás, ha llevado a los partidos políticos a contiendas tan encarnizadas, que no se detienen ni ante la rebelión, ni ante el crimen de lesa majestad, ni ante el parricidio mismo de la patria.

Y a esta intemperancia de las pasiones, cuando se cubre con el especioso manto de bien público y del amor a la patria, es a quien hay que atribuir las enemistades internacionales. Pues aun este amor patrio, que de suyo es fuerte estímulo para muchas obras de virtud y de heroísmo cuando está dirigido por la ley cristiana, es también fuente de muchas injusticias cuando pasados los justos límites se convierte en amor patrio desmesurado. Los que de este amor se dejan llevar olvidan no sólo que los pueblos todos están unidos entre sí con vínculos de hermanos, como miembros que son de la gran familia humana, y que las otras naciones tienen derecho a vivir y a prosperar, sino también que no es licito ni conveniente el separar lo útil de lo honesto. Porgue la justicia eleva las gentes y el pecado hace miserables a los pueblos[12]Y si el obtener ventajas para la propia familia, ciudad o nación con daño de los demás puede parecer a los hombres una obra gloriosa y magnífica, no hay que olvidar, como nos advierte San Agustín, que ni será duradera, ni se verá libre del amor de la ruina: vitrea laetitia fragiliter splen dida, cui timeatur horribilius ne repen te frangatur. Una vidriosa alegría, frágilmente espléndida de la cual se teme, de un modo terrible, el repentino rompimiento[13].

10. El olvido de Dios, causa de la inestabilidad.

Pero el que se haya ausentado la paz, y que después de haberse remediado tantos males toda vía se le eche de menos, tiene que tener causa más honda que la que hasta ahora hemos visto. Porque ya mucho antes que estallara la guerra europea venía preparándose por culpa de los hombres y de las sociedades la principal causa engendradora de tan grandes calamidades, causa que debía haber desaparecido con la misma espantosa grandeza del conflicto si los hombres hubieran entendido las significación de tan grandes acontecimientos. ¿Quién no sabe aquello de la Escritura: Los que abandonaron al Señor serán consumidos?[14]; ni son menos conocidas aquellas gravísimas palabras del Redentor y Maestro de los hombres Jesucristo: Sin mí nada podéis hacer[15], y aquellas otras: El que no allega conmigo, dispersa[16].

Sentencias éstas de Dios que en todo tiempo se han verificado y ahora sobre todo las vemos realizarse ante Nuestros mismos ojos. Alejáronse en mala hora los hombres de Dios y de Jesucristo, y por eso precisamente de aquel estado feliz han venido a caer en este torbellino de males y por la misma razón se ven frustradas y sin efecto la mayor parte de las veces las tentativas para re parar los daños y para conservar lo que se ha salvado de tanta ruina. Y así, arrojados Dios y Jesucristo de las leyes y del gobierno, haciendo derivar la autoridad no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que, además de quitar a las leyes verdaderas y sólidas sanciones y los primeros principios de la justicia, que aun los mismos filósofos paganos, como Cicerón, comprendieron que no podían tener su apoyo sino en la ley eterna de Dios, han sido arrancados los fundamentos mismos de la autoridad, una vez desaparecida la razón principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. Y he ahí las violentas agitaciones de toda la sociedad, falta de todo apoyo y defensa por alcanzar el poder atentos a los propios intereses y no a los de la patria.

Es también ya cosa decidida que ni Dios ni Jesucristo han de presidir el origen de la familia, reducido a mero contrato civil el matrimonio, que Jesucristo había hecho un sacramento grande[17], y había querido que fuese una figura, santa y santificante, del vinculo indisoluble con que él se halla unido a su Iglesia. Y debido a esto hemos visto frecuentemente cómo en el pueblo se hallan oscurecidas las ideas y amortiguados los sentimientos religiosos con que la Iglesia había rodeado ese germen de la sociedad que se llama familia: vemos perturbados el orden doméstico y la paz doméstica; cada día más insegura la unión y estabilidad de la familia; con tanta frecuencia profanada la santidad conyugal por el ardor de sórdidas pasiones y por el ansia mortífera de las más viles utilidades, hasta quedar inficionadas las fuentes mismas de la vida, tanto de las familias como de los pueblos.

Educación laica y antirreligiosa. 

Finalmente, se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud; pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente combatida y que los niños se llegasen a persuadir que para bien vivir son de ninguna o de poca importancia las verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio. Pero así excluidos de la enseñanza Dios y su ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco cómo puedan irse formando para la familia y para la sociedad hombres morigerados, amantes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad.

La guerra es el producto de todo ello. Desatendidos, pues, los preceptos de la sabiduría cristiana, no nos debe admirar que las semillas de discordias sembradas por doquiera en terreno bien dispuesto viniesen por fin a producir aquélla tan desastrosa guerra, que lejos de apagar con el cansancio los odios entre las diversas clases sociales, los encendió mucho más con la violencia y la sangre.

IV. REMEDIOS DE ESTOS MALES

Ya hemos enumerado brevemente, Venerables Hermanos, las causas de los males que afligen a la sociedad; veamos los remedios aptos para sanarla, sugeridos por la naturaleza misma del mal.

12. La paz de Cristo.

Y ante todo es necesario que la paz reine en los corazones. Porque de poco valdría una exterior apariencia de paz, que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es necesaria una paz que llegue al espíritu, los tranquilice e incline y disponga a los hombres a una mutua benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo; y la paz de Cristo triunfe en nuestros corazones[18]; ni puede ser otra la paz suya, la que Él da a los suyos[19], ya que siendo Dios, ve los corazones[20], y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo derecho pudo Jesucristo llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: Todos vosotros sois hermanos[21], y promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado[22]soportad los unos las  cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo[23].

13. La paz de Cristo, garantía del derecho y fruto de la caridad.

Síguese de ahí claramente que la verdadera paz de Cristo no puede apartarse de las normas de justicia, ya porque es Dios mismo el que juzga la justicia[24], ya porque la paz es obra de la justicia[25]; pero no debe constar tan sólo de la dura e inflexible justicia. sino que a suavizarla ha de entrar en no menor parte la caridad que es la virtud apta por su misma naturaleza para reconciliar los hombres con los hombres. Esta es la paz que Jesucristo conquistó para los hombres; más aún, según la expresión enérgica de San Pablo, El mismo es nuestra paz; porque satisfaciendo a la divina justicia con el suplicio de su carne en la cruz, dio muerte a las enemistades en sí mismo…, haciendo la paz[26], reconcilió en sí a todos[27] y todas las cosas con Dios; y en la misma redención no ve y considera San Pablo tanto la obra divina de la justicia, como en realidad lo es, cuanto la obra de la reconciliación y de la cari dad: Dios era el que reconciliaba consigo al mundo en Jesucristo[28]de tal manera amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito[29]. Con el gran acierto que suele, escribe sobre este punto el Doctor Angélico que la verdadera y genuina paz pertenece más bien a la caridad que a la justicia, ya que lo que ésta hace es remover los impedimentos de la paz, como son las injurias, los daños, pero la paz es un acto propio y peculiar de la caridad[30]. 

El reino de la paz está en nuestro interior. Por tanto, a la paz de Cristo, que, nacida de la caridad, reside en lo íntimo del alma, se acomoda muy bien a lo que SAN PABLO dice del reino de Dios que por la caridad se adueña de las almas: no consiste el reino de Dios en comer y beber[31]; es decir, que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de los espirituales y eternos, cuya excelencia y ventaja el mismo Cristo declaró al mundo y no cesó de persuadir a los hombres. Pues por eso dijo: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? o ¿qué cosa dará el hombre en cambio te su alma?[32]. Y enseñó además la constancia y firmeza de ánimo que ha de tener el cristiano: ni temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma, sino temed a los que puedan arrojar el alma y el cuerpo en el infierno[33].

Los frutos de la paz. 

No que el que quiera gozar de esta paz haya de renunciar a los bienes de esta vida; antes al contrario, es promesa de Cristo que os tendrá en abundancia: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura[34]. Pero: la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento[35], y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer,

   Refrenadas, pues, con la virtud las pasiones, y dado el honor debido a las cosas del espíritu, seguiráse como fruto espontáneo la ventaja de que la paz cristiana traerá consigo la integridad le las costumbres y el ennoblecimiento le la dignidad del hombre; el cual, después que fue redimido con la sangre de Cristo, está como consagrado por la adopción del Padre celestial y por el parentesco de hermano con el mismo Cristo, hecho con las oraciones y sacramentos participante de la gracia y consorte de la naturaleza divina, hasta el punto de que, en premio de haber vivido bien en esta vida, llegue a gozar por toda una eternidad de la posesión de la gloria divina.

Fortalece el orden y la autoridad. 

Y ya que arriba hemos demostrado que una de las principales causas de la con fusión en que vivimos es el hallarse muy menoscabada la autoridad del derecho y el respeto a los que mandan -por haberse negado que el derecho y el poder vienen de Dios, creador y gobernador del mundo-, también a este desorden pondrá remedio la paz cristiana, ya que es una paz divina, y por lo mismo manda que se respeten el orden, la ley y el poder. Pues así nos lo enseña la Escritura: Conservad en paz la disciplina[36]Gran paz para aquellos que aman tu ley, Señor[37]El que teme el precepto, se hallará en paz[38]. y nuestro Señor Jesucristo, no sólo dijo aquello de: Dad al César lo que es del César[39], sino que declaró respetar en el mismo Pilato el poder que le había sido dado de lo alto[40], de la misma manera que había mandado a los discípulos que reverenciasen a los Escribas y Fariseos que se sentaron en la cátedra del Moisés[41]. Y es cosa admirable la estima que hizo de la autoridad paterna en la vida de familia, viviendo para dar ejemplo, sumiso y obediente a José y María. Y de Él es también aquella ley promulgada por sus Apóstoles: Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios[42].

14. La Iglesia depositaria de esta paz.

Y si se considera que todo cuanto Cristo enseñó y estableció acerca de la dignidad de la persona humana, de la inocencia de vida, de la obligación de obedecer, de la ordenación divina de la sociedad, del sacramento del matrimonio y de la santidad de la familia cristiana; si se considera, decimos, que estas y otras doctrinas que trajo del cielo a la tierra las entregó a sola su Iglesia, y con promesa solemne de su auxilio y perpetua asistencia, y que le dio el encargo, como maestra infalible que era, que no dejase nunca de anunciarlas a las gentes todas hasta el fin de los tiempos, fácilmente se entiende cuán gran parte puede y debe tener la Iglesia para poner el remedio conducente a la pacificación del mundo.

Porque, instituida por Dios única intérprete y depositaria de estas verdades y preceptos, es ella únicamente el verdadero e inexhausto poder para alejar de la vida común, de la familia y de la sociedad la lacra del materialismo, tantos daños en ellas ha causado, y para introducir en su lugar la doctrina cristiana acerca del espíritu, o sea sobre la inmortalidad del alma, doctrina muy superior a cuanto enseña la mera filosofía; también para unir entre sí las diversas clases sociales y el pueblo en general con sentimiento de elevada benevolencia y con cierta fraternidad[43], y para elevar hasta el mismo Dios la dignidad humana, con justicia restaurada, y, finalmente, para procurar que, corregidas las costumbres públicas v privadas, y más conformes con las leyes sanas, se someta todo plenamente a Dios que ve los corazones[44], y que todo se halle informado íntimamente de sus doctrinas y leyes, que, bien penetrado de la ciencia de su sagrado deber el ánimo de todos, de los particulares, de los gobernantes, y hasta de los organismos públicos de la sociedad civil, sea Cristo todo en todos[45].

Las enseñanzas de la Iglesia aseguran la paz. 

Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el ánimo de los hombres, ella es la única que puede, no sólo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir, conjurando los peligros de nuevas guerras que dijimos nos amenazan. Porque únicamente la Iglesia es la que por orden y mandato divino enseña que los hombres deben conformarse con la ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan, lo mismo en la vida pública que en la privada, lo mismo como individuos que unidos en sociedad. Y es cosa clara que es de mucha mayor importancia y gravedad todo aquello en que va el bien y provecho de muchos.

Pues bien: cuando las sociedades y los estados miren como un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y prescripciones de Jesucristo en sus relaciones interiores y exteriores, entonces sí llegarán a gozar, en el interior, de una paz buena, tendrán entre sí mutua confianza y arreglarán pacíficamente sus diferencias, si es que algunas se originan.

15. La Iglesia sola tiene la autoridad de imponerla.

Cuantas tentativas se han hecho hasta ahora a este respecto han tenido ninguno muy poco éxito, sobre todo en los asuntos con más ardor debatidos. Es que no hay institución alguna humana que pueda imponer a todas las naciones un Código de leyes comunes, acomodado a nuestros campos, como fue el que tuvo en la Edad Media aquella verdadera sociedad de naciones que era una familia de pueblos cristianos. En la cual, aunque muchas veces era gravemente violado el derecho, con todo, la santidad del mismo derecho permanecía siempre en vigor, como norma segura conforme a la cual eran las naciones mismas juzgadas. 

   Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma  que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada.

16. La paz de Cristo en el Reino de Cristo. Extensión y carácter de este reino

Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. Ya que reina Jesucristo en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma el nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret. Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas -pues cada una en su orden es legítima-, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.

De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo.

El programa papal. 

Cuando, pues, el Papa Pío X se esforzaba por “restaurar todas las cosas en Cristo”, como si obrara inspirado por Dios, estaba preparando la obra de pacificación, que fue después el programa de Benedicto XV.

Nos, insistiendo en lo mismo que se propusieron conseguir Nuestros Predecesores, procuraremos también con todas Nuestras fuerzas lograr “la paz de Cristo en el reino de Cristo”, plenamente confiados en la gracia de Dios, que al hacernos entrega de este supremo poder Nos tiene prometida su perpetua asistencia.

 

17. Medios especiales: Misión de los obispos y su cooperación.

Esperando que todos los buenos han de concurrir con su apoyo a esta obra, Nos dirigimos en primer lugar a vosotros, Venerables Hermanos, a quienes nuestro mismo Jefe y Cabeza, Jesucristo, que a Nos con fió el cuidado de toda su grey, llamó: a una parte y la más excelente en Nuestra solicitud; a vosotros, puestos por el Espíritu  Santo para regir la Iglesia de Dios[46]; a vosotros honrados de manera principal con el ministerio de la reconciliación, y corno embajadores en nombre de Cristo[47], hechos participen de su mismo magisterio divino y dispensadores de los misterios de Dios[48] y por lo mismo llamados sal de la tierra y luz del mundo[49], doctores y padres de los pueblos cristianos, verdaderosdechados de la grey[50], destina dos a ser llamados grandes en el reino de los cielos[51]; a vosotros todos, en fin, que sois corno los miembros principales y corno los lazos de oro con que se levanta compacto y bien unido todo el cuerpo de Cristo[52], que es la Iglesia fundada en la solidez de la Piedra.

Insinuación de la Reapertura del Concilio Vaticano. 

Una nueva y reciente prueba de vuestra insigne diligencia y actividad la tuvimos cuando con la ocasión al principio mencionada, del Congreso Eucarístico de Roma y de las fiestas centenarias de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, vinisteis muchísimos de todas las partes del mundo a esta santa ciudad al sepulcro de los Apóstoles. Aquella reunión de Pastores, dignísima por su concurso y autoridad, Nos sugirió la idea de convocar a su tiempo en esta misma ciudad, Cabeza del orbe católico, una solemne asamblea de la misma clase para hallar reparo oportuno a las ruinas causadas en tan grande convulsión de la sociedad, y se aumenta la dulce esperanza de esta reunión con la proximidad de las alegres solemnidades del Año Santo.

No por eso, sin embargo, Nos atrevemos por ahora a emprender la reapertura de aquel Concilio Ecuménico, que en Nuestra juventud dio comienzo la Santidad de Pío IX, pero que no pudo llevarse a efecto sino en parte, aunque era muy importante. Y la razón a que también Nos, como el célebre caudillo de Israel, estamos como pendientes de la oración, esperando que la bondad y misericordia de nuestro Dios Nos de a conocer más claramente los designios de su voluntad.

18. Obra insigne del clero. Exhortación a superarse.

Mientras tanto, aun que sabemos muy bien que no hay necesidad de estimular vuestro celo y actividad, antes que son dignos de los mayores elogios, sin embargo, la conciencia del cargo apostólico y de Nuestros deberes de padre para con todos, Nos advierte y casi Nos fuerza a infla mar con Nuestros ardores el ya encendido celo de todos vosotros, de manera que venga a suceder que cada uno de vosotros ponga cada día mayor afán y empeño en el cultivo de aquella parte de la grey del Señor que le cupo en suerte apacentar.

Y a la verdad cuántas cosas y cuán excelentes y cuán oportunas hayan sido sabiamente proyectadas, y felizmente iniciadas, y con gran provecho llevadas a cabo, y cuanto las circunstancias lo permitían gloriosamente terminadas, entre el Clero y el pueblo fiel, por iniciativa y a impulso de Nuestros Predecesores y vuestro, lo sabemos por la fama pública propagada por la prensa y confirmada por otros documentos y por las noticias a Nos llegadas, bien de vosotros, bien de otros muchos; y de ello damos cuantas gracias podemos a Dios.

El cuadro de las actividades pastorales. 

Entre estas obras admiramos especialmente las muchas y muy pro videnciales instituciones para instruir a los hombres con sanas doctrinas y para imbuirlos en la virtud y en santidad; lo mismo las asociaciones de clérigos y seglares, o las llamadas pías uniones, con el fin de sostener y llevar adelante las misiones entre infieles, de propagar el reino de Cristo Dios, y pro curar a los pueblos bárbaros la salvación temporal y eterna; ya también las congregaciones de jóvenes, que han crecido en número y en devoción singular a la Santísima Virgen, y especialmente la Sagrada Eucaristía, junto con una fe, una pureza y un amor fraterno muy acrisolados. Añádanse las asociaciones, tanto las de hombres como las de mujeres, particularmente las eucarísticas, que procuran honrar el augusto Sacramento con cultos más frecuentes y solemnes y con muy magnificas procesiones por las calles de las ciudades; y también con la reunión de Congresos muy concurridos, regionales, nacionales e internacionales, con representantes de casi todos los pueblos, donde todos se muestran admirablemente unidos en la misma fe, en el mismo culto, oración y participación de los bienes celestiales.

Apostolado, caridad y Acción Católica. 

A esta piedad atribuimos el espíritu de sagrado apostolado, mucho más extendido que antes, es decir, aquel celo ardentísimo de procurar, primero con la oración frecuente y con el buen ejemplo, luego con la propaganda de palabra y por escrito, y también con las obras y socorros de la caridad, que de nuevo se tributen al Corazón divino de Cristo Rey, lo mismo que en los corazones de los individuos que en la familia  y en la sociedad, el amor, el culto y el imperio que le son debidos.

A eso se encamina también el buen certamen diríamos pro aris et focis[53], que se ha de emprender, y la batalla que se ha de trabar en muchos frentes en favor de los derechos de la sociedad religiosa y doméstica, de la Iglesia y de la familia, derivados de Dios y de la naturaleza, sobre la educación de los hijos. A esto, finalmente, se dirige también todo ese conjunto de instituciones, programas y obras, que se conoce con el nombre de Acción Católica y que es de Nos muy estimada.

Todo eso es deber pastoral necesario y principal. 

Pues bien: todas estas cosas y otras muchas semejantes, que se ría muy largo referir, no sólo se han de conservar firmemente, sino que se las ha de llevar adelante cada día con más empeño y acrecentar con nuevos aumentos según lo exige la condición de las cosas y de las personas. Y si parecen cosa ardua y llena de trabajo para los pastores y para los fieles, empero son, sin duda, necesarias, y se han de contar entre los principales deberes del oficio pastoral y de la vida cristiana. Por las mimas razones aparece claro -tanto que estaría de más todo esclarecimiento- cuán relacionadas se hallan entre sí todas estas obras, y cuán estrechamente unidas con la deseada restauración del reino de Cristo y con la pacificación cristiana, propia tan sólo de este reino: Pax Christi in regno Christi, La paz de Cristo en el Reino de Cristo“.

Aprecio del Papa y estímulo a mayor unión con Roma. 

Y sería Nuestro deseo que digáis a vuestros sacerdotes, Venerables Hermanos, que Nos, testigo y compañero en otro tiempo y partícipe de los trabajos denodadamente tomados en pro de la grey de Cristo, siempre tu vimos y tenemos en grande estima su magnanimidad en soportar los trabajos, y su industria en hallar siempre nuevos medios de subvenir a las nuevas necesidades que consigo trae el cambio de los tiempos, y que ellos estarán unidos a Nos con vínculo más estrecho de unidad y Nos a ellos con el de la paternal benevolencia, cuanto con adhesión más pronta y apretada, mediante una vida santa y una obediencia perfecta, se unan como al mismo Cristo a sus pastores, que son sus guías y maestros.

Papel del clero regular. 

No hay para qué extenderse en declarar, Venerables Hermanos, cuánto es lo que esperamos del Clero regular para poner por obra Nuestras ideas y proyectos, siendo cosa clara cuánto es lo que contribuye a esclarecer el reino de Cristo dentro y a dilatarle fuera. Pues siendo propio de los religiosos el guardar y practicar, no sólo los preceptos, sino también los consejos de Cristo, lo mismo cuando dentro del claustro se dedican a las cosas espirituales, que cuando salen a trabajar a campo abierto, por ser en su vida modelo de perfección cristiana y por renunciar, consagrados por entero al bien común, a los bienes y comodidades terrenas, para más abundante mente conseguir los bienes espirituales, son para los fieles un constante ejemplo que los incita a aspirar a cosas mayo res; y felizmente lo consiguen merced también a las insignes obras de beneficencia cristiana con que atienden a las enfermedades todas del cuerpo y del alma. Y a tanto han llegado en este punto, a impulsos de la caridad divina, según lo atestigua la historia eclesiástica, que en la predicación del Evangelio dieron su vida por la salvación de sus almas, y con su muerte ensancharon los límites del reino de Cristo en la propagación de la unidad de fe y de la fraternidad cristiana.

19. Exhortación a los fieles. Misión de los seglares.

Recordad también a los fieles que, cuando tomando por guías a vosotros y a vuestro Clero, trabajan en público y en privado porque se conozca y ame a Jesucristo, entonces es cuando sobre todo merecen que se les llame linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista[54]; que entonces es cuando, estrechamente unidos a Nos y a Cristo, al propagar y restaurar con su celo y diligencia el reino de Cristo, presta los más excelentes servicios para establecer la paz entre los hombres, Porque en el reino de Cristo está en vigor, florece una cierta igualdad de derechos, por la que distinguidos todos con la misma, nobleza, todos se hallan conde corados con la misma preciosa sangre de Cristo, y los que parecen presidir los demás, siguiendo el ejemplo dado por el mismo Cristo nuestro Señor, con  razón, se llaman, y lo son, administra dores de los bienes comunes, y, por ende, siervos de todos los siervos, especialmente de los más pequeños y del todo desvalidos.

Peligros sociales. 

Pero los cambios sociales que trajeron la necesidad, o la aumentaron, de tales colaboradores para llevar adelante la obra divina, han creado también a los poco peritos peligros nuevos, ni pocos ni ligeros. Pues apenas terminada la desastrosa guerra perturbados los Estados con la agitación de los partidos políticos, se enseñorearon de la mente y del corazón de los hombres, pasiones tan desenfrenadas e ideas tan perversas, que ya es de temer que aun los mejores de entre los fieles y aun de los sacerdotes, atraídos por la falsa apariencia de la verdad y del bien, se inficionen con el deplorable contagio del error.

Precave contra el modernismo moral, jurídico y social. 

Porque, ¿cuántos hay que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la sociedad civil y en el respeto que se le ha de tener, o al derecho de propiedad, y a los derechos y deberes de los obreros industriales y agrícolas, o a las relaciones de los Estados entre sí, o entre patronos y obreros, o a las relaciones de la Iglesia y el Estado, o a los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice y a los privilegios de los Obispos, o finalmente a los mismos derechos de nuestro Creador, Redentor y Señor Jesucristo sobre los hombres en particular y sobre los pueblos todos? y sin embargo, esos mismos, en sus conversaciones, en sus escritos y en toda su manera de proceder no se portan de otro modo que si las enseñanzas y preceptos promulgados tantas veces por los Sumos Pontífices, especialmente por León XIII, Pío X y Benedicto XV, hubieran perdido su fuerza primitiva o hubieran caído en desuso.

En lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda energía a una con aquel modernismo dogmático.

Hay, pues, que traer a la memoria las doctrinas y preceptos que hemos dicho; hay que avivar en todos el mismo ardor de la fe y de la caridad divina, que es el único que puede abrir la inteligencia de aquellas y urgir la observancia de éstos. Lo cual queremos que se lleve a cabo sobre todo en la educación de la juventud cristiana, y todavía más en especial en aquella que se está formando para el sacerdocio; no sea que en este tan gran trastorno de cosas y tanta confusión de ideas, ande fluctuando, como dice el Apóstol, y se deje llevar de aquí para elle de todos los vientos de opiniones por la malicia de los hombres, que engañan con astucia para introducir el error[55]. 

20. Atraer a los que están fuera de la Iglesia.

Y mirando Nos en derredor desde esta como atalaya y a manera de alcázar de la Sede Apostólica, ofrécense todavía a Nuestra vista, Venerables Hermanos, muchos en demasía que, o por desconocer del todo a Cristo, o por no conservar íntegra y pura la doctrina o la unidad requerida, no son todavía de este redil, al cual, sin embargo, están destinados por Dios. Por lo cual el que hace las veces de Pastor eterno no puede menos que, inflamado en los mismos sentimientos, echar mano de las mismas expresiones, muy breves ciertamente, pero llenas de amor y de la más tierna compasión: Debo recoger también aquellas ovejas[56]; y traiga a la memoria con la mayor alegría aquel vaticinio del mismo Cristo: y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo pastor[57]Dios quiera, Venerables Hermanos, que lo que Nos con vosotros, y con la porción de la Iglesia a vosotros encomendada, con un mismo corazón imploramos en Nuestras oraciones, veamos con el resultado más satisfactorio realizada cuanto antes esta tan consola dora y cierta profecía del divino Corazón.

Aprecio universal con que se distingue hoy a la Santa Sede. 

Un como feliz augurio de esta unidad religiosa pare ció haber brillado en el hecho memorable de estos últimos tiempos, por vos otros sin duda advertido, para todos inesperado, para algunos tal vez desagradable; para Nos y para vosotros ciertamente gratísimo, de que la mayor parte de los personajes principales y los gobernantes de casi todas las naciones, como si obedecieran a un mismo impulso y deseo de la paz, han querido como a porfía, o restablecer las antiguas relaciones con esta Sede Apostólica, o hacer con ella por primera vez pactos de concordia. Lo cual con razón Nos llena de gozo, no solamente por lo que se acrecienta la autoridad de la Iglesia, sino también por el esplendor que cobra su beneficencia y la experiencia a todos ofrecida del poder en ver dad admirable que sólo posee esta Iglesia de Dios, para procurar a la sociedad todo linaje de prosperidades, incluso la civil y terrena. 

Relación del poder eclesiástico con el civil. 

Porque, aunque ella por ordenación divina entiende directamente en los bienes espirituales e imperecederos, sin embargo, por la estrecha conexión que reina en todas las cosas, es tanto lo que ayuda a la prosperidad aun terrena, lo mismo de los individuos que de la sociedad, que más no ayudaría si para fomentarla hubiera sido primaria mente instituida.

Y si la Iglesia mira como cosa veda da el inmiscuirse sin razón en el arreglo de estos negocios tenemos y meramente políticos, sin embargo, con todo derecho se esfuerza para que el poder civil no tome de ahí pretexto; o para oponer se de cualquier manera a aquellos bienes más elevados de que depende la salvación eterna de los hombres, o para intentar su daño y perdición con leyes y decretos inicuos, o para poner en peligro la constitución divina de la Iglesia, o finalmente, para conculcar los sagrados derechos del mismo Dios en la sociedad civil.

Intangibilidad de los derechos de la Iglesia. 

Así que enteramente con el mismo propósito, y valiéndonos también de las mismas palabras que usó el muy llorado Predecesor Nuestro, Benedicto XV, a quien tantas veces Nos hemos referido, en su última alocución de 21 de noviembre del año pasado (1921), que versó sobre las relaciones mutuas entre la Iglesia y el Estado, Nos también declaramos, como él santamente declaró, y de nuevo confirmamos: “que jamás Nos consentiremos que en tales convenios se introduzca nada que desdiga de la dignidad y libertad de la Iglesia,. la cual que quede a salvo e incólume es de suma importancia, sobre todo en este tiempo aun para la misma prosperidad de la sociedad civil[58].

La “Cuestión Romana” y los Estados pontificios usurpados. 

Y siendo esto así, no hay para qué decir con qué dolor vemos que entre tantas naciones que viven en relaciones amistosas con esta Sede Apostólica falte Italia; Italia, Nuestra patria querida, escogida por el mismo Dios, que con su providencia dirige el curso y orden de todas las cosas y tiempos, para colocar en ella la Sede de su Vicario en la tierra, para que esta santa ciudad, asiento un tiempo de un imperio muy extendido, pero al fin limitado a ciertos términos, llegase un día a ser cabeza de todo el orbe de la tierra. Puesto que, como Sede de un Principado divino, que por su naturaleza trasciende los fines de todas las gentes y naciones, abarca las naciones y los pueblos todos. Pero tanto el origen y la naturaleza divina de este principado, como el sagrado derecho de los fieles todos que habitan en toda la tierra, exige que este sagrado Principado no parezca hallarse sujeto a ningún poder humano, a ninguna ley (aunque éste prometa, mediante ciertas defensas o garantías, proteger la libertad del Romano Pontífice), sino que debe ser y aparecer bien clara y completamente independiente y soberano.

Pero aquellas defensas de la libertad, con que la divina Providencia, señora y árbitro de los acontecimientos huma nos había protegido la autoridad del Romano Pontífice, no sólo sin detrimento de Italia, sino con grande pro hecho suyo; aquellas defensas que por tantos siglos se habían mostrado muy a propósito para el designio divino de asegurar la dicha libertad, y para cuya sustitución ni la divina Providencia ha indicado nada a propósito hasta el presente, ni los hombres han hallado entre sus proyectos nada semejante; aquellas defensas fueron echadas por tierra por fuerza enemiga y siguen hasta ahora violadas, y con eso se han creado al Romano Pontífice condiciones de vida tan extrañas que tienen perpetuamente llenos de tristeza los corazones de los fieles todos esparcidos por todo el mundo. Nos, pues, herederos, lo mismo de los pensamientos que de los deberes de Nuestros Predecesores, investidos de la misma autoridad, a quien únicamente corresponde decidir en materia de tamaña importancia, movidos no ciertamente por una vana ambición de reino temporal (pues sería un motivo cuyo menor influjo Nos avergonzaría grande mente), sino que, puesto el pensamiento en la hora de Nuestra muerte, acordándonos de la rigurosa cuenta que hemos de dar al divino Juez, renovamos desde este lugar, según lo pide la santidad de Nuestro cargo, las protestas que hicieron Nuestros dichos Predecesores en defensa de los derechos y de la dignidad de la Sede Apostólica.

21. Deseos de pacífico arreglo de la Cuestión Romana y pacificación universal.

Por lo demás, jamás Italia tendrá que temer daño alguno de esta Sede Apostólica; pues el Romano Pontífice, séalo el que lo fuere, siempre podrá decir con toda verdad aquello del Pro feta: Yo tengo pensamiento de paz y no de aflicción[50], de paz verdadera digo, y por lo mismo inseparable de la justicia; de modo que pueda añadirse: la justicia y la paz se dieron ósculo[60]. A Dios, omnipotente y misericordioso, toca el hacer que llegue por fin a alborear día tan alegre, que será muy fecundo en toda clase de bienes, ya para la restauración del reino de Cristo, ya para el arreglo de los asuntos de Italia y del mundo entero; y para que no quede frustrado, trabajen diligentemente todos los hombres de recto sentir.

Oración por la paz en Navidad. 

Y para que cuanto antes se otorguen a los hombres los regalados dones de la paz, encarecidamente exhortamos a todos los fieles que a una con Nos insten con santas oraciones, especialmente en estos días del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Rey Pacífico, en cuya venida a este mundo por primera vez cantaron las huestes angélicas: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz a los hombres de buena voluntad[61].

Bendición Apostólica

Finalmente, como una prenda de esta paz, queremos Venerables Hermanos, que sea Nuestra Apostólica Bendición la que presagian do a cada uno del clero y del pueblo fiel y también a los mismos Estados y familias cristianas, toda suerte de dichas, lleve la prosperidad a los vivos y a los difuntos descanso y felicidad eterna; bendición que como testimonio de Nuestra benevolencia damos de todo corazón a vosotros y a vuestro clero y pueblo.

   Dado en Roma, en San Pedro, día 23 de diciembre de 1922, de Nuestro Pontificado el año primero. PÍO XI.    


[1] II Cor. 11, 28.

[2] II Cor. 11, 28.

[3] Jer. 8, 15.

[4] Jer. 14, 19.

[5] Is. 59, 9, 11

[6] 1 Cor. 2, 14.

[7] Efes. 4, 12.

[8] Marc. 7, 23.

[9] Rom. 7, 2

[10] Ecl. 1, 2. 14.

[11] Santiago 4, 1.

[12] Prov. 14. 34.

[13] De Civ. Dei, 1, 4, c. S.

[14] Is. 1, 28.

[15] Juan 15; 5.

[16] Luc. 11, 23.

[17] Efes. 5, 32.

[18] Col. 3, 15.

[19] Juan 14. 17.

[20] I Reg. 16, 7. 

[21] Mat. 23. 8.

[22] Juan 15, 12.

[23] Gal. 6, 2.

[24] Salmo 9, 5. 

[25] Is. 32, 17.

[26] Efes. 2. 14. 

[27] II Cor. 5, 18; Efes. 2, 16.

[28] II Cor. 5, 18.

[29] Juan 3, 6.

[30] Suma Theol. 2, 2, q. 29 a. 3 ad 3.

[31] Rom. 14,17.

[32] Mat. 16, 26.

[33] Mat. 10, 28.

[34] Mat. 6, 33; Luc. 12, 31.

[35] Filip. 4, 7.

[36] Eccles. 41,17.

[37] Salmo 118, 165.

[38] Prov. 13. 13. 

[39] Mat. 22, 21.  

[40] Juan 19. 11. 

[41] Mat. 23, 2.

[42] Rom. 13, 1. 

[43] S. August. De mor. Eccl. cath., 1, 30. 

[44] III Reg. 16, 7.

[45] Col. 3, 11. 

[46] Act. 20, 26.

[47] II Cor. 5, 18. 20. 

[48] I Cor. 4. 1. 

[49] Mat. 5, 14. 

[50] I Pedro 5, 3.

[51] Mat. 5, 19.

[52] Efes. 4, 15. 

[53] “Por los altares  y los hogares”.

[54] I Pedro 2, 9.

[55] Efes. 4, 14.

[56] Juan 10, 16.

[57] Juan 10, 16.

[58] Alocución In hac quidcm renovata laetitia, pronunciada en el Consistorio Secreto del 21-XI- 1921; AAS. 13 (1921) 522.

[59]  Jer, 29, 11.

[60] Salmo 81, 11.

[61] Luc. 2, 14.

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El Papa Francisco a los chicos de Acción Católica: Sed piedras vivas, unidas a Jesús

El Papa Francisco a los chicos de Acción Católica: Sed piedras vivas, unidas a Jesús

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Discurso del Papa Francisco a una delegación de muchachos de la Acción Católica Italiana (20-12-2013)

Queridos chicos: ¡Buenos días! Os doy las gracias por haber venido a felicitarme la Navidad en nombre de la Acción Católica Muchachos y de toda la Acción Católica Italiana, representada aquí por los responsables adultos que os han acompañado. Yo también os felicito de todo corazón a vosotros, a vuestros seres queridos, a vuestros amigos y a toda la Asociación.

La Acción Católica Muchachos es una bonita realidad, extendida y activa en casi todas las diócesis de Italia. Os animo a ser siempre en la Iglesia «piedras vivas» para edificar la Iglesia, unidas a Jesús. La Acción Católica, sin Jesús, no sirve; se convierte en una ONG como tantas, no va bien. Es otra cosa: ¡ser piedras vivas, unidas a Jesús!

He oído que vuestro camino de este año pretende que descubráis a Jesús como presencia amiga en nuestra vida. El eslogan lo dice bien: «No hay juego sin Ti». Pues bien: la Navidad es precisamente la fiesta de la presencia de Dios, que viene entre nosotros para salvarnos. ¡El nacimiento de Jesús no es un cuento! Es una historia que sucedió realmente, en Belén, hace dos mil años. La fe nos hace reconocer en aquel Niño, nacido de María Virgen, al verdadero Hijo de Dios, que por nuestro amor se hizo hombre.

En el rostro del pequeño Jesús contemplamos el rostro de Dios, que no se revela en la fuerza, en el poder, sino en la debilidad y en la fragilidad de un recién nacido. Así es nuestro Dios: se acerca tanto, en un niño. Este Niño muestra la fidelidad y la ternura del amor sin límites con el que Dios rodea a cada uno de nosotros. Por eso festejamos la Navidad, reviviendo la misma experiencia de los pastores de Belén y junto con muchos padres y madres que se afanan cada día afrontando muchos sacrificios; junto con los pequeños, con los enfermos, con los pobres, hacemos fiesta, porque es la fiesta del encuentro de Dios con nosotros en Jesús.

Queridos chicos: Jesús os quiere, quiere ser vuestro amigo; ¡quiere ser amigo de todos los chicos! ¿Estáis convencidos de ello? ¿Es así? No parecéis estar muy convencidos, ¿no? ¿Estáis convencidos o no? [Los muchachos responden: «¡Sí!»]. ¡Muy bien! Si estáis convencidos de ello, seguramente sabréis difundir la alegría de esta amistad por todas partes: en casa, en la parroquia, en el colegio, con los amigos… Y una pregunta para los chicos. He dicho: «En casa, en la parroquia, en el colegio, con los amigos».

¿Y con los enemigos, con los que no nos quieren? ¿Qué hay que hacer? ¿Quién me lo sabe decir? ¿Qué hay que hacer? ¿Declararles guerra? [Un muchacho: «¡Rezar por ellos!»]. Así es: ¡rezar por ellos! Para que se acerquen a Jesús; hay que ser buenos con ellos. Esto es lo que hay que hacer: la cercanía, hacerse cercanos. Y sabréis testimoniarlo comportándoos como auténticos cristianos: dispuestos a echar una mano a quien lo necesite. Y si el que no te quiere necesita algo, ¿le echarás una mano? No estáis seguros, ¿no? ¡Sí! ¡Sí! Sin juzgar a los demás, sin hablar mal de ellos. ¡Qué fea es la gente que habla mal de los demás! ¿Los chismorreos son cristianos o no? ¡No! ¿Chismorrear es una oración? ¿Chismorrear es como rezar, o no? ¡No! Chismorrear es una cosa mala. Nunca se debe hacer. Y tenemos que empezar desde ahora mismo: nunca chismorrear, no hablar mal. ¡Adelante así! Feliz camino, pues, siempre unidos a Jesús. Os encomiendo a la Virgen. Os bendigo junto con vuestros familiares, vuestros educadores, vuestros consiliarios y todos los amigos de la Acción Católica Muchachos. ¡Feliz Navidad, y rezad por mí! Y ahora, antes de recibir la bendición, recemos a la Virgen un Avemaría: «Dios te salve, María…».

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

Propuestas Para Una Navidad Diferente

Propuestas Para Una Navidad Diferente

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“LA PALABRA SE HIZO CARNE Y PUSO SU MORADA ENTRE NOSOTROS” (JN 1,14)

Hacernos pequeños. Hacernos pequeños para entrar en el Reino. A contracorriente del ambiente, que nos empuja constantemente a ser más grandes que los otros, a colocarnos por encima de todos los pequeños. Como Jesús, que se hizo pequeño por amor. “¿Quién te ha hecho tan pequeño?”, le preguntaba un día san Bernardo a Jesús. Y Jesús le respondía: “Me ha hecho el amor”.

Hacernos inteligibles de los últimos. Se hace inteligible de los demás quien está cerca y se acerca, quien se dice con gestos sencillos y palabras de verdad. Jesús se hizo como uno de nosotros, se colocó abajo, donde están los más abajados de la tierra. La experiencia de su Abbá le llevó a arriesgar en el anonadamiento. Enseguida le entendieron los pastores de las afueras de Belén, los enfermos que se hacinaban en torno a los caminos, los niños, las mujeres, los pecadores arrojados de toda mirada, los extranjeros.

Mostrar la bondad en los límites de nuestra vida. No hace falta ser grandes para ser significativos. La bondad puede hacerse visible en medio de la enfermedad, en la monotonía del día a día, en la comunidad de vecinos, en los lugares de trabajo. Es posible asumir con alegría las pobrezas. Jesús, encarnándose, hizo de la fragilidad humana un signo de amor y cercanía a todo ser humano. “¡Qué bueno es este Bien nuestro!”, exclamaba admirada santa Teresa.

Mirar la creación como algo bueno. Vemos al mundo con una visión esperanzada, a pesar de todo. Es posible el encuentro de la fe y de la cultura de nuestro tiempo. Cada día podemos entrar en diálogo con “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (GS 1). Cuando miramos nuestras manos descubrimos una tarea: reconciliar a los hombres y mujeres con la vida. Jesús no es amenaza del ser humano, es salvación. El roble está latente en el fondo de la bellota y el reino está dentro de nosotros (cf Lc 17,21).

Dejarnos afectar por los que peor lo pasan en el mundo. En vez de mirar hacia otra parte, volvemos la mirada para ver de cerca el rostro de los que sufren, estén cerca o lejos. Plantamos cara a la pereza de dejar para mañana lo que ya hoy puede hacernos descubrir la vida que llevamos dentro. Los pobres nos evangelizan, sacan de nosotros lo mejor. Los que vienen de lejos, distintos y distantes, son personas concretas hacia las que hay que andar, moverse, alcanzarlos para hacerse prójimos, para entablar relaciones con ellos. Jesús, en su encarnación, siempre está en éxodo hacia la humanidad, el Espíritu le unge para salir al encuentro de que le han perdido el rastro a la alegría. Jesús se interesa por cada persona, por la vida de cada persona.

Ir contracorriente de los criterios del mundo. Solo a los peces muertos se los lleva la corriente, los peces vivos se esfuerzan con denuedo por llegar a las fuentes. No se compaginan los criterios de calidad de vida que tiene el mundo con los que criterios del Evangelio. Jesús, al encarnarse, abre paso a la misericordia, que es la cualidad del corazón sensible a lo que les pasa a los otros. Jesús pasa por su corazón el rostro de que tienen la vida debilitada y le sale a borbotones la ternura. Su grito apasionado es éste: “Que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y su tarea confiada a todo el que quiera seguirle: “Sed misericordiosos como misericordioso es vuestro Padre” (Lc 6,36).

Ser signos de vida y alegría. En lo que somos y hacemos, porque no todo da lo mismo. Donde hay creatividad y belleza, se origina expectación ante el Misterio. La encarnación de Jesús genera alegría, fragancia que se extiende por los valles, buena noticia que se cuentan los pobres, unos a otros. Más allá de todo cansancio y agotamiento, se abre imparable la frescura de la vida. Así canta Juan de la Cruz, al contemplar el Misterio de la Navidad, el admirable intercambio: “El llanto del hombre en Dios, y en el hombre la alegría”.

Ver en las historias de las gentes parábolas del Dios vivo. Descubrir toda la creación, mirada por la mirada del Creador, llena de huellas. Como Jesús, que habla del Padre con su humanidad, pero que habla también del Padre con las historias que recoge de la calle y con los detalles de una creación expectante que no le deja nunca indiferente. Las semillas, el viento, la lluvia, los niños, la tierra, el color del cielo, la generosidad tan escondida de los pobres, la mujer que da a luz, el samaritano que desvía su camino para atender a malherido… todo serán parábolas vivas que hablan de un Padre que sigue actuando en el mundo.

Anunciar lo que hemos visto y oído junto al Misterio de Belén. Contrarrestar tanta palabrería que deja vacío el corazón con esa tarea, de hoy y siempre, de oírnos unos a otros la fe. Comunicar a Jesús al mundo de hoy. “Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos” (1Jn 1,3) para que la comunión y la alegría sean completas, para lograr entre todos, viviendo la Encarnación, lo que era imposible.

Mirar la vida de las personas con atención. Para que nada se pierda. Para hacer un mundo mejor hay que empezar a mirarlo con mejores ojos. Jesús se hace carne, se hace mirada. A su paso, nada queda escondido, todo queda levantando en una dignidad y belleza inigualable. La creación a su paso se recrea.

Escuchar los sonidos de la vida. Oír voces, que antes no eran nuestras, ni nos decían nada. Jesús dejó por los caminos una música, y ahora quien la escucha, descubre lo hermosa que es la danza de la fraternidad. Jesús dirá “dichosos” a los que se pongan como tarea diaria la de la escucha.

Compartir lo pequeño. Belén es pequeña, un niño es pequeño, María y José son una familia escondida en el trabajo y el gozo de cada día. Todo es pequeño, pero Dios escoge ese lenguaje para hacerse presente en medio del mundo. Poner en el candelero lo que no cuenta, esa es su estrategia. Y lo poquito, compartido, empieza a ser una fiesta inacabable.

Arrimar el hombro para tareas solidarias. Jesús vino llamando a nuestra puerta, por si queríamos dejarle trabajar con nuestras pobrezas. El Espíritu se mueve, su imaginación nunca se agota. Donde menos se espera surgen iniciativas, siempre a favor de la vida. Hacen falta manos que apoyen, sensibilidades que se pongan al servicio del bien, dones múltiples colocados en una mesa común para continuar la transfiguración que Jesús inició en una cuna.

 

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