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En mayo, 31 días de oración por la “creatividad” de los laicos

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En mayo, 31 días de oración por la “creatividad” de los laicos

Intención de oración del Papa Francisco

(ZENIT – 1 mayo 2018).- En este mes de mayo de 2018, el Papa Francisco invita a los bautizados a orar “para que los fieles laicos cumplan su misión específica poniendo su creatividad al servicio de los desafíos del mundo actual”.

“En este mes de María, nos volvemos hacia ella y le pedimos que interceda por nosotros para que todos los fieles laicos pongan su creatividad al servicio de los desafíos del mundo”, como invita el padre Daniel Régent sj, director nacional francés Red Mundial de Oración del Papa.

 

Por los laicos creativos al servicio del mundo

 

¡Creatividad! Orando este mes por la misión específica de los fieles laicos, la palabra que viene a los labios del Papa es la de la “creatividad”, una creatividad al servicio de los desafíos del mundo actual. En todos los dominios, son gigantescos. La paz, las migraciones, el hambre, el clima, la justicia, las familias, el compartir, el respeto, la belleza, etc.

De cara a todo esto, la creatividad. Una palabra pequeña que no tiene miedo porque no busca confrontarse o a rivalizar a qué o a quién sea. La creatividad se pone en práctica simplemente, en confianza. Ella ofrece lo que tiene para responder a una llamada percibida aquí y ahora.

La creatividad es el Espíritu que sopla en el corazón de cada uno, libremente. La creatividad avanza en gratuidad. El Papa no duda de que cada uno posee este tesoro en él y hace la llamada. Esta supone que cada uno descienda en él y escuche el dulce murmullo de la fuente que fluye y le responda.

La creatividad no es solamente artística. Se ejerce en todos los dominios. Así se construye sin que nadie pueda tener una vista de conjunto un inmenso mosaico hecho de los aportes de cada uno. ¿No es lo que Jesús quiere evocar cuando hablaba del Reino de Dios?.

María acogiendo al ángel Gabriel escuchó la fuente en ella. Hizo obra de audacia y de creatividad para que la obra de Dios se cumpla en ella y a través de ella por su Espíritu. La verdadera creatividad viene de Dios. Él es el Creador y ha dado a sus criaturas la capacidad de creatividad.

En este mes de María, nos volvemos hacia ella y le pedimos que interceda por nosotros afín que todos los fieles laicos pongan su creatividad al servicio de los desafíos del mundo.

P. Daniel Régent sj

Fuente: https://es.zenit.org/articles/en-mayo-31-dias-de-oracion-por-la-creatividad-de-los-laicos/

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Categorías:General, Laicos

El Papa subraya el papel de los laicos para superar el clericalismo

«El Papa subraya el papel de los laicos para superar el clericalismo»

Entrevista con Dario Vitali, profesor de Eclesiología en la Gregoriana: «Los contenidos de la carta a la Comisión para América Latina van mucho más allá de aquel contexto. El Papa habla del ‘Santo Pueblo fiel de Dios’, una expresión que describe su belleza y su grandeza»
AP-LAPRESSE

El Santo Pueblo fiel de Dios en la Plaza San Pedro

Pubblicato il 29/04/2016
Ultima modifica il 29/04/2016 alle ore 19:17
Andrea Tornielli
ciudad del vaticano
«Con la elección de Papa Bergoglio la categoría de Pueblo de Dios ha vuelto al centro de la vida de la Iglesia y, como consecuencia, también de la discusión teológica. En la carta de Francisco a la Pontificia Comisión para América Latina (CAL) la insistencia sobre el papel y el espacio de los laicos pretende superar una visión persistente de clericalismo, en la que la Iglesia se ve regulada por una relación asimétrica: la de los sacerdotes que asumen el papel de guía de la Iglesia, con el laicado, visto como ‘mandatario’, es decir destinatario pasivo de la acción y de la autoridad de los pastores». Lo afirma don Dario Vitali, profesor de Eclesiología en la Pontificia Universidad Gregoriana, al comentar en esta entrevista con Vatican Insider la carta que envió hace algunos días Papa Francisco al cardenal Marc Ouellet, presidente de la CAL. Un documento cuya importancia y alcance tal vez todavía no ha sido comprendida por completo.

El Papa escribió la carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina. ¿Según su opinión, el contenido va más allá del especifico contexto latinoamericano?

La carta del Papa al cardenal Ouellet se relaciona con un evento preciso: el encuentro de los miembros de la Comisión para América Latina y el Caribe, de la que el cardenal es presidente, que se concentró sobre la participación del laicado en la vida pública en el contexto de América Latina. Sin embargo, el contenido de la carta va mucho más allá de aquel contexto y de aquel horizonte, y traza un marco de enorme significado para la reflexión eclesiológica y para la praxis eclesial en general. Todo lo que el Papa dice se puede aplicar a cualquier contexto, no porque fije principios o normas generales, sino porque ofrece una lectura de aquella situación que (‘mutáis mutandis’) interpela a cualquier realidad eclesial.

Francisco vuelve a subrayar la importancia del «Santo Pueblo de Dios» en su carta. ¿Qué significa para la vida de la Iglesia?

Es muy hermosa la fórmula que usó Francisco. Él no habla solo de «Santo Pueblo de Dios», sino que usa con repetición la fórmula «Santo Pueblo fiel de Dios». La expresión expresa la belleza y la grandeza de este Pueblo, y la estima y la ternura con la que el Papa habla sobre él. La formula parece reflejar la atención que él reserva a las personas durante las audiencias o durante sus diferentes encuentros, en los que demuestra una cercanía que es el rasgo más evidente de su acción de pastor de la Iglesia. Para comprender la importancia de la referencia al Pueblo de Dios basta pensar en dos elementos en evidente contraste de la historia reciente de la Iglesia. El primero: la eclesiología conciliar se funda en el Pueblo de Dios. El capítulo II de «Limen gentium» constituye la que se llama, con una formula estereotipada, la «revolución copernicana» del Vaticano II. Todo lo que indica el primer capítulo de la constitución, sobre la Iglesia como sacramento, o como misterio, o como cuerpo de Cristo, o como Ecclesia de Trinitate, recuperando la dimensión teológica de la Iglesia, descuidada durante cuatro siglos debido a la polémica contra las tesis de la Reforma, tiene como sujeto histórico al Pueblo de Dios. Muchos intérpretes del Concilio adoran decir que ese Pueblo es el cuerpo de Cristo, para evitar las interpretaciones sociológicas.

¿Qué opina sobre esta definición?

Me parece que es necesario usar también la formula correspondiente: el «corpus Christi mysticum» es este Pueblo, históricamente delimitado, en camino hacia el Reino de Dios. El «Santo Pueblo fiel de Dios», justamente. Desgraciadamente, inmediatamente después del Concilio se impuso una lectura sociológica del Pueblo de Dios, contrapuesto a la eclesiología del cuerpo de Cristo. El enfrentamiento entre estas dos eclesiologías, fácilmente resumible en el contraste irreducible entre carisma e institución (que ha provocado muchísimas polémicas durante veinte años del camino post-conciliar), llevó al Sínodo extraordinario de 1985 a introducir la famosa «eclesiología de comunión como eclesiología de los documentos del Vaticano II», poniendo fin, de hecho, a cualquier referencia al Pueblo de Dios. Desde ese momento todo ha girado alrededor de la categoría de comunión, y solo con la elección de Papa Bergoglio la categoría de Pueblo de Dios ha vuelto al centro de la vida de la Iglesia y, como consecuencia, también la discusión teológica.

Como dice el proverbio: lo que sale por la puerta, entra por la ventana…

Sería fácil citar este proverbio. En realidad hay que hacer las cuentas no solo con esta categoría eclesiológica, sino también con el hecho de haberla excluida del debate. Hay que preguntarse por qué fue aquel el resultado de la discusión, por qué se prefirió pasar a otra categoría, y hay que volver a reanudar los hilos con el Concilio, volviendo a encontrar aquella perspectiva que es capaz de integrar la eclesiología del Pueblo de Dios en cierta vivencia eclesial que no logra recibir el Vaticano II por diferentes motivos, y no hay que menospreciar la distancia del evento conciliar. ¡Un buen desafío para la teología!

¿Qué significa, en esta óptica, hablar sobre el papel y el espacio para los laicos?

En la carta del Papa, la insistencia sobre el papel y el espacio de los laicos pretende superar una visión persistente de clericalismo, en la que la Iglesia se ve regulada por una relación asimétrica: la de los sacerdotes que asumen el papel de guía de la Iglesia, con el laicado, visto como ‘mandatario’, es decir destinatario pasivo de la acción y de la autoridad de los pastores. Bien visto, se trata de una versión actualizada de la «Ecclesia docens – Ecclesia discens» que ha regulado a la Iglesia del segundo milenio, atribuyendo a la jerarquía cualquier capacidad activa y relegando a los fieles (debido a la concepción monárquica de la Iglesia) ¡al papel de súbditos! Si bien hemos superado el lenguaje y hablamos de laicos en lugar de fieles o de súbditos, no se ha superado el esquema de fondo que sostiene al clericalismo, que no solo es duro de matar, sino que está viviendo, paradójicamente, una estación de inesperada vitalidad. En contra de esta actitud, el Papa insiste en el hecho de que la Iglesia es el Pueblo de Dios, que la identidad cristiana está marcada por el bautismo, que «a nadie han bautizado cura, ni obispo»: «nos hará bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los obispos, de los consagrados, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios».

Usted pone mucha importancia en el «Santo Pueblo fiel de Dios», citando la frase «a nadie han bautizado cura, ni obispo», pero no cita la frase que dice que a todos «nos han bautizado laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar». ¿Hay algún motivo?

En realidad sí. Comprendo el sentido de la frase, pero prefiero distinguir los términos. Su se lee con atención el texto del Papa, todas las referencias (directas e indirectas) llevan al segundo capítulo de «Lumen gentium», que habla del Pueblo de Dios todos formamos este Pueblo, cuya identidad es «la dignidad y la libertad de los hijos de Dios» (LG, 9), «consagrados para formar un templo espiritual y un sacerdocio santo» (LG, 10). En la propuesta de constitución sobre la Iglesia (eso que se llama, justamente, esquema de Ecclesia), que los padres conciliares discutieron en el aula, después del capítulo sobre la jerarquía aparecía un capítulo que tenía este título: «De Populo Dei et speciatim de laicis». En el capítulo sobre los laicos, presente en el primer esquema que nunca fue discutido en aula, la Comisión doctrinal permitió algunos párrafos sobre el Pueblo de Dios. El capítulo acabó funcionando según dos criterios diferentes: el de la igualdad para todos los miembros de la Iglesia y el de la diferencia con respecto a la jerarquía para los laicos. En razón de esta diversidad de perspectivas, el cardenal Leo Suenens propuso redactar un capítulo sobre el Pueblo de Dios para que fuera incluido antes del capítulo sobre la jerarquía. Fue este simple cambio, y no nuevas afirmaciones, lo que determinó la revolución copernicana en eclesiología. Antes que las diferencias en cuanto el papel, la vocación, la función, el estado de vida, estaba la radical igualdad de todos los bautizados. El título más grande de pertenencia a la Iglesia no es (y se lo digo siempre a mis estudiantes) ser sacerdote, obispo o incluso Papa, sino hijo de Dios.

¿Y si digo laico?

Si digo laico recuerdo el capítulo IV, y el sitio y las funciones atribuidas a los que no son sacerdotes. El peligro, según mi opinión, es el de volver a la lógica alternativa y a la relación asimétrica entre los que tenían cualquier papel y quieren mantenerlo y los que quieren asumir cierto protagonismo en la Iglesia, ocupando sitios libres por la falta de sacerdotes. El Concilio distingue ambas cosas: Juan Pablo II, en «Christifideles laici», pero también Papa Francisco en esta carta unen los dos pedazos. Pero está claro que el discurso insiste en la condición bautismal. Por otra parte, si evoco la pareja de términos, los pastores están al servicio del «Santo Pueblo fiel de Dios»; si, por el contrario digo sacerdocio común / sacerdocio ministerial, el acento va inmediatamente a la función del ministro sacro, y los laicos vuelven a ser colocados en un papel auxiliar de colaboración. Lo importante es aclarar los términos, para no producir, como dice el Papa, «una manera equivocada de vivir la eclesiología propuesta por el Vaticano II».

¿Quién es el laico y quién es el bautizado en la Iglesia?

Bautizado es cualquier miembro de la Iglesia. «Lumen gentium» cita una frase de San Agustín: «Desde los obispos hasta el último de los fieles laicos»; nosotros podríamos decir: desde el Papa hasta el último fiel laico. Decir bautizado significa insistir en la radical igualdad de todos los miembros de la Iglesia. Nadie es más grande que nadie en cuanto a dignidad, porque todos somos hijos. Laico indica, en cambio, el estado en la Iglesia que el Concilio describe en dos registros: uno más negativo, cuando quiere decir «todos aquellos fieles con excepción de los miembros de la orden sacra y del estado religioso reconocido en la Iglesia»; uno más positivo, cuando añade que se trata de «todos aquellos fieles que, incorporados en Cristo con el bautismo, constituidos Pueblo de Dios y a su modo hechos partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, por su parte cumplen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG, 31). Se podría decir que bautizado se refiere a la condición, laico a la función propia que desempeña en la iglesia y, sobre todo, en el mundo. No es casual que el Concilio subraye aquí el carácter seglar, que es propio y exclusivo de los laicos, quienes por vocación son llamados a «buscar el Reino de Dios tratando y ordenando según Dios las cosas temporales». La teología se ha interrogado y sigue interrogándose si es posible hablar de un estado de vida laica, que especifique aún más la condición bautismal. Más allá de ello, está claro que aquí entra en juego el tema del empeño de los laicos en el ámbito público, indicado por el Papa a los miembros de la Comisión para América Latina.

El Papa habla del clericalismo como de un peligro que resurge. ¿Por qué?

El clericalismo es evidente. Se está verificando un nuevo flujo impresionante. Hay que investigar con atención los motivos, pero los signos de este fenómeno son evidentes e inequívocos. Se trata de una actitud construida, como indicaba, sobre la relación asimétrica entre quien tiene un papel y tiene el poder que tal papel da, y quien está sujeto a tal poder. Se puede entender que esta actitud de poca consideración por el «Santo Pueblo fiel de Dios», que para el clericalismo es más bien «pueblo buey» que no comprende y que debe ser mandado. El clericalismo, además de no tener confianza en el «Santo Pueblo fiel de Dios», no se abre al Espíritu, que guía a la verdad entera. Por este motivo, el clericalismo usa la verdad como criterio y trata de monopolizarla. Me impresiona lo que dice el Papa, que «sin darnos cuenta, hemos generado una elite laical creyendo que son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas ‘de los curas’». El clericalismo no puede ver la acción del Espíritu, «porque está más preocupado por dominar espacios que por generar procesos», le interesa más asegurarse un poder (incluso con buenas intenciones) que compartir un camino.

¿Existe el peligro de que los pastores ‘clericalicen’ a los laicos y que los laicos deseen ser ‘clericalizados’?

El Papa lo dice claramente. Hay un clericalismo de los laicos impresionante. Parece que el único espacio de compromiso en la Iglesia sea el de los ministerios, ¡sobre todo litúrgicos! Ya no se escucha hablar de dimensión seglar del laicado. La clericalización de los laicos es el papel de tornasol de un cristianismo infantil, en el que uno forma más parte de una realidad entre más se repita el estándar de los que tienen la función del poder. En cierto sentido, la clericalización de los laicos es proporcional al clericalismo de los sacerdotes.

¿Qué función de pastor surge de la carta de Papa Francisco, y cómo se sitúa en relación con el pueblo?

Es la función del pastor que tiene «el olor de las ovejas», porque está en medio del Pueblo de Dios (a veces delante, a veces atrás, a veces en medio, pero siempre con el Pueblo de Dios, a su servicio). Ninguna posición de renta, o de privilegio: «un pastor no se concibe sin un rebaño, al que está llamado a servir. El pastor es pastor de un pueblo, y a un pueblo se le sirve desde dentro», dice el Papa, que usa los verbos con los que hay que conjugar el ministerio: «ver, proteger, acompañar, sostener, servir». Los recorridos de formación en los seminarios deberían insistir sobre estas dimensiones. Pero para cambiarlas no hay que dejarse afectar por el clericalismo… Estamos frente al peligro de un círculo vicioso, que acabaría por retener a los que todavía van al espacio cerrado de las sacristías, sin advertir el desafío de la «Iglesia en salida».

 

 

Fuente: http://www.lastampa.it/2016/04/29/vaticaninsider/es/reportajes-y-entrevistas/el-papa-subraya-el-papel-de-los-laicos-para-superar-el-clericalismo-nitSIy1AnmdpDx2X2SZ7KP/pagina.html

 

Categorías:Laicos

Una Iglesia de laicos

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Una Iglesia de laicos

Juan A. Estrada 

Juan Antonio Estradaes profesor en la Universidad­ de Granada.

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El autor propone un nuevo modelo de eclesiología, el del «pueblo de Dios» y el de «Iglesia como comunión de comunidades», en el que es posible replantear el papel activo de los laicos, su cogestión en la vida interna de la Iglesia y su aportación misional. A par­tir de aquí, se define en qué consiste la identidad del laico, su espiritualidad y sus contribuciones al cristianismo.

La iglesia son los curas, es decir el papa, los obispos y religiosos (as)

Esta ha sido la mentalidad dominante durante siglos y la que todavía hoy se expresa en el lenguaje eclesiástico y en la conciencia popular. El sacerdote es el que representa a la Iglesia, es decir, toma las decisiones en nombre de todos y, a lo más, se puede asesorar por algunos segla­res que colaboran en las parroquias y en los movimientos apostólicos. Esta mentalidad ha sido oficial hasta el concilio Vaticano II. Desde entonces, se encuentra constantemente ero­sianada e impugnada, tanto por la teología co­mo por la vida de la Iglesia, aunque mucha gente no se ha enterado todavía, o no quiere enterarse, del profundo cambio eclesiológico que se ha producido.

1. Una nueva manera de entender la Iglesia

Por una parte, la Iglesia ha redescubierto la misión. Hoy las misiones no son ya los paí­ses del tercer mundo, sino las calles de nuestras ciudades, los centros educativos y las familias. Vivimos en una sociedad secularizada y crecientemente emancipada del influjo de la Iglesia y del mismo evangelio. Abundan los pa­ganos bautizados, es decir, aquellos que en la práctica han prescindido de los valores del evangelio en su vida y que reducen su contac­to con la Iglesia a algunos momentos puntua­les (bautismo, primera comunión, matrimonio y funerales) o a algunos actos religiosos especí­ficos (procesiones, romerías, peregrinaciones, fiestas, etc). Las viejas cristiandades son hoy tierra de misión y la reevangelización de Euro­pa es el reto para las Iglesias.

El seglar, es decir, el cristiano que vive en el mundo, es hoy el agente primero y preferente de esta evangelización con los no cristianos, los bautizados no creyentes y los mismos cris­tianos (Redemptoris missio 33). Hay que crear un renovado tejido social del cristianismo que favorezca la identidad eclesial y evangélica de los cristianos. Hoy no se es cristiano por incul­turación en Occidente, ni por presión social, ni siquiera por el influjo de la educación (en la que o no hay formación religiosa o ésta no respon­de a las necesidades catequéticas y formati­vas de la fe cristiana).

La familia sigue siendo el primer lugar del crecimiento de la fe, desde una educación ba­sada en el testimonio y en la interpelación, más que en la información religiosa y en la imposi­ción doctrinal o moral. Necesitamos testigos de Dios que hablen de él en función de su pro­pia experiencia y vivencias, en lugar de basar­se en lo que han leído, escuchado o aprendi­do. Más que recitar doctrinas sobre Dios hay que comunicar itinerarios biográficos, búsque­das personales, dudas e interrogantes desde las que Dios se ha convertido en el referente fundamental de la propia vida.

El laico es el testigo de Dios en la sociedad, el misionero, que no puede confundirse con el proselitista. No se trata tanto de incrementar el número de los miembros de la Iglesia, cuanto de vivir, de tal manera que se testimonie una identidad cristiana. Ser cristiano no es ser al­guien sin pecados (esa es la mentalidad farisai­ca que critica el evangelio), sino esforzarse por vivir en sintonía con Jesús. Hay que «recrear» y «reinventar» el evangelio en cada época históri­ca, de acuerdo con cada personalidad y cir­cunstancia. Desde ahí surge «el testigo», que in­tenta vivir el seguimiento de Jesús desde la cre­atividad del Espíritu, que habita en cada perso­na. No se transmiten tanto credos y doctrinas cuanto convicciones y experiencias, actitudes y valores que forman parte de la propia identidad.

Surge así el testimonio ante los propios hijos, familiares y amigos, a los que se manifiestan las convicciones que dan sentido a la propia vida. No sólo hay que dejar a los otros una herencia material, sino también los valores y las orienta­ciones que han dado sentido a la propia vida. Esto forma parte de la misión laical de los pa­dres, los educadores y otros agentes eclesiales.

Aparece así la testificación pública de la fe, perdiendo el miedo y la vergüenza a presentarse ante los demás como cristianos. Un gran pro­blema para la misión de la iglesia son los cristia­nos vergonzantes, que pretenden reducir la fe a su vida privada, a costa de su actuación pública. Esto no es simplemente lo que se espera del cle­ro, sino que hay que demandarlo a cada cristia­no, siendo los seglares los testigos privilegiados en las realidades mundanas y temporales.

1.1. La misión determina a la Iglesia

Se ha dado también un descentramiento de la misma Iglesia. Lo importante es anunciar

y construir el reinado de Dios en el mundo, es decir, que los pobres, los enfermos y los peca­dores reciban la buena noticia del evangelio. Jesús vino a devolvernos la esperanza, a forta­lecernos ante la experiencia del mal y del sufri­miento, y a enseñarnos que el amor a Dios y a los demás son las dos caras de una misma re­alidad. Para Jesús no hay separación entre lo natural y lo sobrenatural. Hay que ayudar a los demás corporal y espiritualmente, combatir el pecado que genera miseria humana y empo­brecimiento espiritual, y denunciar las estruc­turas injustas de la sociedad y de la religión.

Jesús viene a ofrecernos una manera nueva de vivir, a construir una fraternidad en la que el hombre deje de ser lobo del hombre y a mos­trarnos a un Dios paterno y materno, compa­ñero y amigo, que nos llama a asumir nuestra libertad y a seguir un camino en el que nos ha precedido Jesús. A partir de ahí, no es posible separar ya lo humano y lo divino, lo natural y lo espiritual.

Hay que humanizar a Dios, viéndolo en el rostro del prójimo, y divinizar lo humano, eva­luando y discerniendo los signos de los tiem­pos a la luz del mensaje del Reino de Dios. No hay que poner la identidad cristiana tanto en las prácticas sacramentales y la frecuencia en las devociones, que son necesarias como fuentes de la identidad y creatividad espiritual, cuanto en la forma de vivir y de relacionarse con uno mismo, con los demás y con Dios. Ser bueno y misericordioso ante la miseria propia y ajena es más importante que ser piadoso y religio­so, aunque la piedad y la religión deben ser la plataforma que potencia la capacidad de dar­se a los demás.

No hay que confundir el fin con los medios, como ocurre a los padres que se lamentan del distanciamiento religioso de sus hijos, que tie­nen pocas prácticas sacramentales y devo­ciones, y, en cambio, no valoran adecuada­mente la capacidad de bondad, de entrega y de servicio a los demás que, a veces, mues­tran. La piedad está al servicio de la vida cris­tiana, basada en el amor a Dios que pasa por la entrega a los otros, por eso debe fomentar­se y ayudarla a madurar. Pero piedad y vida cristiana no son lo mismo, como tampoco la religiosidad suple la entrega a los demás.

El seglar ha sido siempre receptivo a la di­mensión humana del evangelio. «Todo lo humano es nuestro» proclamaban los cristianos en los siglos II y III. Allí donde hay valores ge­nuinamente humanos, ahí está Dios. Por eso, el criterio fundamental del reinado de Dios son las relaciones personales (Mt 25, 31-46) y no el cumplimiento de algún precepto religioso. En última instancia, la forma de reaccionar ante las situaciones humanas (tuve hambre, sed, estuve enfermo, me encontré sólo y abandonado, etc.) es lo que decide la pertenencia al Reino, y no simplemente la incorporación a la Iglesia.

En la Iglesia, ni están todos los que son ni son todos los que están. De ahí la mezcla de signo y contrasigno que constituye la historia de la comunidad eclesial. Una teología del lai­cado no puede construirse en base a un con­junto de devociones y prácticas religiosas, si­no desde la forma de relacionarse con las co­sas y las personas. Cuando más se muestra la identidad cristiana no es precisamente cuan­do nos relacionamos con Dios, sino en nues­tra forma de percibir y valorar las realidades de la creación.

Hay que completar por ello el eslogan del hu­manismo cristiano “todo lo humano es nuestro, pero nada inhumano nos es indiferente”. De ahí surge el compromiso de fe que lleva a la lucha por la justicia y a la defensa de los derechos hu­manos. El Reino de Dios no es algo espiritual que pasa por encima de las realidades históri­cas. La santidad se traduce en un crecimiento humano, porque Jesús viene a enseñarnos a ser personas. No todo lo humano es cristiano, porque hay formas de vivir incompatibles con el evangelio, pero todo lo cristiano es humano, porque Jesús nos muestra un camino en las encrucijadas de la vida, una forma de reaccio­nar ante los acontecimientos, que es la que lleva a que el reinado de Dios se haga presen­te en la sociedad humana. Primero a partir de Jesús, luego desde los suyos, cuando se es­fuerzan por vivir y establecer relaciones que testimonien la fraternidad humana y la filiación de todos respecto del Dios universal, el Padre de Jesús. 

1.2. Humanizar el espíritu, espííritualizar lo humano

Junto a esto surge una nueva espirituali­dad. Durante mucho tiempo, la espiritualidad, es decir, los distintos modelos de vida cristia­na inspirados por el Espíritu, seguían las pau­tas de la vida religiosa. Las distintas órdenes y congregaciones religiosas han seguido la línea de que hay que renunciar al mundo (y a las re­alidades temporales como el dinero, la profe­sión o la política), dar prioridad a la oración y a la contemplación, y dedicarse al apostolado desde la movilidad que ofrece el celibato y el voto de castidad.

La doble imagen de Marta y María, es decir, de la actividad y la contemplación, se resolvía en favor de la segunda, a la que se subordina­ba la primera. De ahí, que los modelos de san­tidad de la Iglesia católica han sido abruma­doramente clericales y religiosos. Los votos de pobreza, de castidad y de obediencia han servido de fundamento para las distintas es­cuelas de espiritualidad, que luego se aplica­ron a los laicos[1].

En la segunda mitad del siglo XX, sobre to­do a partir del concilio Vaticano Ii, ha surgido Un nuevo modelo de espiritualidad. Hay que buscar a Dios en el mundo y en la historia. Lo sobrenatural se da en lo natural, lo divino en lo humano y lo espiritual en lo mundano. El cris­tiano del futuro será alguien que ha experi­mentado a Dios y que se ha comprometido con los demás (K. Rahner).

No hay que renunciar al mundo, sino orde­narlo según el plan de Dios. Por eso, el matri­monio es un camino tan válido para la santi­dad cristiana como el celibato, y la renuncia no es el centro de la espiritualidad, sino la ac­ción de gracias y la transformación de las rea­lidades terrenas.

Vivimos en un mundo imperfecto, bueno pe­ro inmaduro y afectado por el pecado. El sép­timo día, Dios descansó y comienza la histo­ria. Cada ser humano está llamado a ser cocreador con Dios, colaborando en la creación y aportando su propia contribución a un mun­do más humano, más acorde con el plan de salvación y más perfecto.

De ahí, la valoración cristiana del trabajo, de la economía, del arte y de la política, es decir, de los ámbitos profanos en los que tiene que vivir y realizarse el hombre. El laico está llama­do a ser instrumento de salvación, ya que Dios no desplaza al ser humano, sino que lo llama a asumir su papel histórico en la transforma­ción del orden de la creación.

Éste es el fundamento mismo de la espiri­tualidad laical y de las vocaciones laicas. No es verdad que haya crisis de vocaciones en la Iglesia. Lo que ha entrado en crisis es una ma­nera de entender la vocación a la vida religio­sa y al sacerdocio ministerial que se ha que­dado obsoleta. Mientras florecen y se multipli­can las vocaciones laicales cristianas. Esto es también un signo de los tiempos que exige discernimiento e interpela a la Iglesia.

Surge así un modelo de santidad en el mun­do de la economía y de la política. No se pue­de evangelizar la sociedad sin trabajadores, economistas y empresarios cristianos, ni es po­sible luchar por una construcción evangélica de la sociedad humana si no hay políticos que luchen contra la corrupción y que busquen proteger a los más débiles de la sociedad. La espiritualidad pasa por los ámbitos munda­nos, en los que tiene que hacerse presente la fuerza del evangelio. Dios llama a ser cocrea­dores y corredentores, es decir, a luchar con­tra el mal y el pecado que cristaliza en estruc­turas sociales injustas que condenan al ser humano a la marginación, el subdesarrollo y condiciones de vida infrahumanas.

Podemos hablar de una ecología del peca­do, según la cual, el pecado del mundo nos afecta y nos condiciona, y nuestros pecados personales contribuyen al mal social y a las es­tructuras que oprimen a la persona humana. Somos víctimas y culpables al mismo tiempo, de ahí nuestra responsabilidad privada y públi­ca. A partir de aquí, hay que desarrollar apor­taciones propias en el orden de la creación y de la redención, La vocación de cada cristiano es irreemplazable e insustituible en el pian de Dios. Nadie puede ocupar el lugar y las cir­cunstancias del otro., que descubre a su próji­mo y que se siente concernido por cuanto oprime al hombre.

“Nada inhumano nos es indiferente”, por­que es Dios mismo quien nos llama a recono­cerlo en el rostro del otro y quien interpela nuestra inteligencia y libertad para ponerla al servicio de su plan de salvación. Si el mundo está mal y hay mucho sufrimiento evitable, no es Dios el culpable. sino la humanidad, y, en­tre ella, los cristianos y la misma Iglesia. Es el valor divino de lo humano, responder a Dios sirviendo a los demás.

Así se resume el nucleo mismo de lo que significa la identidad cristiana en un mundo secularizado pero capaz de captar la salva­ción. Los no cristianos la ven sólo como eman­cipación y liberación humana, porque no son capaces de descubrir al Dios que actúa con y desde el hombre en favor de los demás. Para el cristiano, es Dios mismo quien actúa por me­dio de sus profetas y testigos.

Por eso, Teresa de Calcuta no fue sólo una mujer buena y entregada a los demás, sino un testigo de Dios en el mundo de hoy, a pesar de sus limitaciones humanas, de su falta de cultura política y económica, e incluso de sus posibles contradicciones como figura pública. Fue testi­go de Dios, porque él fue la fuente y el origen de su misericordia para con los más pobres.

El pecado no es tanto una acción puntual e individual -en la mayoría de los casos fruto de la debilidad y fragilidad humana, más que una decisión deliberada de rompimiento con Dios-, cuanto una acción relacional que repercute en los otros. “La gloria de Dios es que el hombre viva y crezca” (S. Ireneo de Lyon). El pecado es lo que impide crecer y vivir a uno mismo y a los demás, todo aquello que se convierte en un obstáculo para el plan de Dios que siempre es la vida humana.

Cada cual tiene que interrogarse por lo que impide el crecimiento y la vida propia y ajena. Dios no quiere sacrificios humanos a mayor gloria de Dios, sino que el Dios cristiano viene a darse a los hombres, para que éstos tengan vi­da. Por eso es la misericordia y no el sacrificio el nucleo de la identidad cristiana. El sacerdo­cio de Jesús es el de una vida toda ella consa­grada al amor y la misericordia. Supo generar vida a mayor gloria de Dios y encontrar a Dios en medio de las acciones humanas. En esto consiste la gloria humana, en encontrar a Dios en la historia y en la vida (S.Ireneo de Lyon).

Este es el centro mismo de la existencia sa­cerdotal cristiana, que es la laical, y a la que tiene que servir el ministerio sacerdotal. Hay que encontrar a Dios en la vida, percibir la trascendencia en la propia historia, asumir los conflictos y los avatares relacionándolos con Dios. Así surge un Dios trascendente y encar­nado, tan humano en Jesús como sólo podía ser Dios, tan divino cómo para generar espe­ranza y ganas de vivir.

Para ello no hay que apartarse del mundo, al contrario, hay que volver siempre a él y con­vertirse en representante de Dios ante los hombres (desde la oración, la experiencia de fe, la participación en los sacramentos y la con­firmación de la comunidad). También, en inter­pelante ante Dios, en nombre de la humani­dad, presentando a Dios las angustias, temo­res y expectativas de todos los hombres.

Así surge una oración que brota de la vida y que lleva a ella, una experiencia de fe que se expresa en los sacramentos y que sacramen­taliza toda la vida, y una forma de ser personas desde la hondura de lo humano que es lo que nos muestra la identidad cristiana[2]. Esta es la vocación laical por excelencia. Permite ser con­templativo en la acción y comprometido en la oración, sacralizar todo lo profano, relacionán­dolo con Dios (al que incluso se encuentra en­tre los pucheros, como afirmaba Teresa de Je­sús), y mundanizar el Espíritu (haciéndolo pre­sente en las realidades de la vida). Dios nos llama a vivir con hondura las realidades huma­nas y a encontrarle en el centro mismo de la existencia de cada persona (S. Agustín).

Estos tres cambios fundamentales: una nue­va idea de la misión de la Iglesia, una vuelta a la proclamación y construcción del reinado de Dios en la sociedad humana, y una manera distinta de concebir la espiritualidad han con­vergido en la teología del laicado. La teología de los laicos irrumpe hoy en la eclesiología e impregna todos los ámbitos de la misión de la iglesia. El paso a los laicos no obedece a una moda coyuntural, sino a un replanteamiento teológico, eclesiológico y misional.

2. ¡Paso a los laicos!

En el viejo código de Derecho canónico se definía a los laicos como los no-sacerdotes y no religiosos, es decir, se les describía por lo que no eran. Dado que el sacerdote y el reli­gioso eran los representantes por antonomasia de la institución eclesial, se veía a los laicos co­mo objeto de la misión pastoral de la Iglesia, identificada con el clero y la vida religiosa.

A partir del concilio Vaticano II ha cambiado radicalmente esta teología. El sacramento de consagración a Dios no es el del Orden, sino el Bautismo y la Confirmación (que inicialmente eran un único sacramento que generalmente se administraba a los adultos). Los consagrados en la Iglesia de Jesús son los bautizados «<cris­tianos», es decir, otros Cristos, otros ungidos por el Espíritu), mientras que los no consagra­dos son los que todavía no han recibido el men­saje cristiano. La Iglesia antes que una institu­ción es una comunidad de discípulos y el bau­tizado es el vicario de Cristo (el representante de Cristo en el mundo), enviado por él y fortale­cido con la fuerza de su Espíritu (confirmado).

A partir de ahí, el laico es el cristiano sin más, el que no necesita más descripciones, predi­cados ni especificidades. Hay que definir lo que es un presbítero, diácono u obispo (es de­cir, cómo impregna el sacramento del Orden a la vida bautismal y qué exigencias le plantea), y hay que fundamentar la vida religiosa como otra forma de seguimiento de Jesús (y no co­mo el único camino a la santidad y la perfec­ción), pero el laico es el bautizado, el otro Cris­to que no necesita ulteriores definiciones[3].

2.1. Consagrados a Dios por el bautismo

A partir de aquí, el laico se convierte en el prototipo del cristiano (capítulo II de la Lumen Getium) y la mundanidad o secularidad es su rasgo más específico (capítulo IV), aunque no sea su dimensión exclusiva. En cuanto exper­to en mundanidad y en cuanto miembro activo de la Iglesia, tiene el derecho y el deber de ma­nifestar su opinión sobre todos los asuntos de la Iglesia (LG 37), incluido el derecho a la opi­nión pública, de participar en su vida interna (LG 33) y de constituirse en la vanguardia de su acción misionera (LG 36), alcanzando así su mayoría de edad en la Iglesia (LG 37).

Esto implica un cambio en profundidad de toda la Iglesia, otra manera de plantear las pa­rroquias, los movimientos apóstolicos y las co­munidades, y una nueva forma de entender la relación entre el clero y los seglares.

Es toda la iglesia la que es apóstolica, no sólo los clérigos. Por eso, la iglesia en cuanto comunidad universal y local tiene una plurali­dad de ministerios (clericales y laicales) y de carismas, sin que haya oficios que sean mo­nopolio del clérigo.

El laico puede ser el ministro del bautismo (canon 230 &3; 861 &2), el testigo oficial que presida el sacramento del matrimonio (canon 1112), cuyos ministros son los laicos contra­yentes, y el que asuma funciones pastorales, incluido, en caso necesario, la dirección y ani­mación de las parroquias y comunidades (ca­non 517 &2). El cura ya no es el ministro que tiene todas las funciones, ni tampoco una fi­gura aislada al margen de la comunidad.

Pasamos de una teología individualista y centrada en las potestades y autoridad del ministro, a otra comunitaria, participativa y mi­sional. El ministro que preside una comuni­dad, generalmente tras recibir el sacramento del Orden, debe valorarse desde su función de animador de ésta, desde su capacidad de revitalizarla y orientarla, y desde su capacidad misional que es constitutiva de su ministerio.

En la iglesia antigua había una gran cantidad de ministerios, suscitados por el Espíritu, sin que se diera una concentración en el clero y mucho menos un monopolio. Desde el Vatica­no II, la “Ministeria quaedam” (1972) de Pablo VI interpela a la creatividad eclesial en favor de una desclericalización de los ministerios, de una cogestión y participación laical, incluida la formación de un consejo de pastoral (canon 536) y un consejo económico en las parroquias (canon 537), que descargue al clero de funcio­nes que pueden ser asumidas por los laicos.

El presupuesto de una Iglesia más laical y participativa depende de los mismos laicos, de su formación y preparación teológica, que es el requisito indispensable para una coges­tión en las parroquias y en los movimientos apostólicos, y de su disponibilidad y creativi­dad para asumir responsabilidades en lugar de delegarlas en el clero.

El problema de una iglesia laical es similar al de una Iglesia con participación creciente de las mujeres. Hay que superar el clericalismo y el machismo reinante, tanto entre el clero como entre los mismos laicos. Se trata de un cambio de mentalidad, de un nuevo paradigma teológi­co, que exige tiempo, renovación generacional y, sobre todo, un cambio de actitudes y de mentalidades. De ahí, las inevitables resisten­cias al cambio, el peso de la inercia y la deses­peranza de los que captan la lentitud de los cambios y la resistencia de la misma Iglesia en su conjunto, especialmente en los ámbitos de mayor edad y responsabilidad jerárquica, para esta transformación del marco eclesiológico.

Hoy vivimos una época de transición entre un modelo en declive de la Iglesia, el que se construyó a partir de Trento y que culminó en el Vaticano I, y otro todavía balbuceante e in­maduro que se inspira en la época neotesta­mentaria y patrística, es decir, en los orígenes del cristianismo.

2.2. Un nuevo marco eclesial

Pasamos así de una eclesiologiá basada en la desigualdad (la Iglesia como una sociedad

perfecta y desigual, en la que unos mandan y otros obedecen, unos enseñan y otros apren­den) a otra basada en la fraternidad y la igual­dad, que permite la estructuración de una mul­tiplicidad de carismas y ministerios. Cada uno sirve a la iglesia en cuanto miembro de ella.

Todos somos iguales desde el carisma y el ministerio recibido (que es un don y un impe­rativo, una gracia y una tarea), siempre en un contexto comunitario. La Iglesia es la «familia de Dios», y, en ella, el lugar del padre queda vacío para Dios y su Cristo.

Toda paternidad y maternidad en la iglesia se realiza desde la común dignidad cristiana, en la que todos somos iguales y el papa no es más cristiano que el último de los laicos. Esa pater­nidad y maternidad espiritual implica, sin em­bargo, la diversidad de tareas y ministerios, siempre en función del don recibido, de la elec­ción comunitaria y de la consagración o institu­ción en el correspondiente ministerio. Todo don de Dios es también una responsabilidad y una tarea que hay que asumir en la comunidad.

Es toda la comunidad la que discierne y evalúa (1 Tes 5,19-22) y no sólo una parte de ella (la jerarquía). La Iglesia se constituye así en sacramento del Reino de Dios, es decir, “en germen y principio de este Reino” (LG 5). Pa­ra ello, la Iglesia tiene que ser un lugar de encuentro entre Dios y el hombre, que es lo que constituye a los sacramentos, desde una fra­ternidad en la que el ministerio es servicio y no dominio, los destinatarios preferentes los miem­bros más débiles, y los consagrados el con­junto de los cristianos.

La ausencia de dominio es la otra cara de la fraternidad eclesial, en la que cada carisma es un servicio y no simplemente una potestad, una tarea y no sólo una dignidad. Así la Iglesia se constituye en signo de comunión para una humanidad plural, conflictiva y frecuentemen­te enfrentada. La unidad no equivale a la ho­mogeneidad ni a la uniformidad, sino a la co­munión desde el respeto a la diferencia, la plu­ralidad de identidades cristianas inculturadas y la común pertenencia a la Iglesia universal, que es una comunidad de comunidades.

Si la obediencia era la virtud cardinal de la vieja eclesiología, el discernimiento (individual y comunitario) es la base de la nueva eclesio­logía. De ahí, el respeto a la propia conciencia, la necesaria cooperación con la jerarquía (LG 33), que pasa también por la interpelación, la representación y en caso dado la crítica res­petuosa y bien fundada, y la aceptación de que son los laicos los que mejor pueden juzgar los asuntos temporales (LG 37), precisamente por­que viven inmersos en el mundo y no aparta­dos de él.

La contradicción surge cuando se quiere in­tegrar esta orientación en la vieja eclesiología, en la que el clero se convertía en la instancia definitoria de lo que había que hacer en el mundo, a pesar de vivir segregado de los ám­bitos seculares, relegando a los laicos a apli­car sus principios y orientaciones[4].

El precio de este dualismo era el irrealismo y la falta de operatividad de muchas orienta­ciones eclesiásticas (en el ámbito de la familia, de la sexualidad, de la política, del dinero); el de la culpabilización de los laicos (incapaces de llevar a cabo estas orientaciones desen­carnadas y poco atentas a los contextos y si­tuaciones históricas); y el de la permanente minoría de edad del laicado. Esta postura tra­dicional es la que hace comprensible el “creo en Dios, pero no en la Iglesia”, identificando a ésta misma con el clero, que es una parte de ella pero nunca puede identificarse ni sustituir a la comunidad de los creyentes.

De esta forma el laico dejaba de ser el con­cepto matriz de la eclesiología, consagrado y miembro del pueblo de Dios, para adquirir una connotación sociológica, la de inculto, falto de formación teológica y miembro de la plebe que necesita ser orientado por la cúspide je­rárquica. Es lo contrario a la eclesiología de comunión de los primeros siglos, establecida de forma ejemplar por San Cipriano de Carta­go, que defendía que había que consultar a toda la comunidad en los asuntos que concer­nieran a los laicos y al conjunto de la Iglesia.

Y es que el mismo concepto de Iglesia sig­nifica pueblo en asamblea, congregación, reu­nión de los creyentes convocados por Dios y enviados al mundo. Sólo desde ahí, es posible un laicado mayor de edad y una jerarquía en­raizada y apoyada por la comunidad a la que representa y sirve desde el ministerio de di­rección pastoral.

Por eso, la Iglesia es católica, es decir plena y universal, cuando es capaz de asumir las di­ferencias y canalizar los inevitables conflictos que genera una sociedad pluralista desde el discernimiento y la comunión. Ya no es sim­pierriente la obediencia y la sumisión a la je­rarquía lo que caracteriza a los laicos, sino la capacidad de discernimiento personal y de evaluación comunitaria, desde los criterios del amor y de la atención a los miembros más dé­biles de la comunidad.

Un laicado creativo, mayor de edad y cons­ciente de su responsabilidad eclesial es la al­ternativa eclesiológica para el siglo XXI. Los mismos ministros, clericales o laicos, deben ser elegidos teniendo en cuenta esa capacidad para el diálogo, su atención preferente por los miembros más débiles y su testimonio ante el mundo de la increencia y de la indiferencia re­ligiosa. Difícilmente puede ser la Iglesia signo del reinado de Dios en el mundo si no puede mostrar que hay formas de vivir la pluralidad que no son incompatibles con la unidad en­tendida como comunión.

La eclesiología de comunión es por ello el marco de una renovada teología del laicado, ambas se relacionan y dependen la una de la otra. Al cambiar al laicado transformamos a la misma Iglesia y al modificar el modelo ecle­siológico replanteamos la teología del laicado. En buena parte aquí se juega el futuro del cristianismo en el siglo XXI.

El laicado es el gigante dormido de la Igle­sia católica, su mayor esperanza evangeliza­dora y renovadora, la vanguardia del cristia­nismo en el tercer milenio. Esta renovación de los laicos es también la que permitiría replan­tear el ministerio sacerdotal y los diversos gra­dos del sacramento del orden.

No se trata de proponer una iglesia laical a la meramente clerical, sino de recuperar la co­rresponsabilidad de laicos y clérigos en el con­texto del pueblo de Dios, reequilibrando la ecle­siología que se ha desarrollado en el segundo milenio. Por eso, el futuro pasa por los laicos, que constituyen el gran reto y la gran esperan­za cristiana del futuro para el tercer milenio.

Juan A. Estrada

 

[1] Cf. J.A. ESTRADA, La espiritualidad de los laicos, Ed. San Pablo, Madrid 1992, 75-151.

[2] He intentado desarrollar este modelo de oración en J.A. ESTRADA, Oración: liberación y compromiso de fe, Ed. Sal Terrae, Santander 1986, 253-299.

[3] Cf. J.A. ESTRADA, La identidad de los laicos, Ed. San Pablo, Madrid 1990, 153-166.

[4] Cf. R. PARENT, Una Iglesia de bautizados, Ed. Sal Te­rrae, Santander 1987, 43-68.

 

Fuente: http://www.pastoraljuvenil.es/una-iglesia-de-laicos/

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Categorías:Laicos

La misión del laico es ordenar el mundo a Dios, no construir la democracia.

La misión del laico es ordenar el mundo a Dios, no construir la democracia.

Gabriel Ariza
28 junio, 2013

Monseñor Giampaolo Crepaldi 03

En esta entrevista, Monseñor Giampaolo Crepaldi, Arzobispo de Trieste, reflexiona acerca del papel de los laicos en la sociedad, de la Acción Católica y de los desafíos del mundo moderno. Famoso por sus habituales declaraciones en defensa de los Principios No Negociables y por haber sido víctima del acoso del lobby gay, el Arzobispo de Trieste es uno de los prelados más claros a la hora de hablar de la participación de los fieles laicos en la vida política.

Excelencia, en su homilía durante la clausura de la procesión del Corpus Christi del domingo 2 de junio, tuvo duras palabras hacia la aprobación de leyes que pueden “poner en peligro los pilares de nuestra existencia humana: la vida, la familia, y nuestra libertad.  Ahora, ¿cuál debe ser el alcance del compromiso de los fieles laicos. Su discurso fue una llamada a los laicos?

No hay duda de que este debe ser el tiempo de los laicos. Pero por desgracia, al laicado católico no se le oye. Tal vez por eso luego se quejan de que los obispos hablan demasiado.

¿Por qué, en su opinión, ésta es la hora de los laicos?

Ciertamente cada hora es la hora de los laicos, porque no hay un momento en el que el hombre no tenga, por  su bautismo, la misión de orientar a Dios los asuntos temporales. Pero esta es la hora de los laicos en particular: La política y las leyes están metiendo la mano en el orden de la creación, la naturaleza de la familia y las relaciones naturales básicas, la que existe entre los padres y entre padres e hijos. Es algo nuevo y sorprendente que requiere una presencia particularmente convencida y activa.

¿Por qué dice que los laicos católicos no se hacen sentir?

Hay muchos católicos laicos en la familia, en el trabajo, en la sociedad, encarnando con lealtad  su fe cristiana. Esto se hace, sin embargo, solamente en la vida cotidiana. Lo que se echa en falta es una presencia claramente coordinada y unificada en la sociedad civil y un testimonio coherente y claro en la política, la vida jurídica y las instituciones públicas.

Sin embargo, existen varias organizaciones en la red de entre los católicos y en el pasado han sido capaces de sacar a la calle, con el Día de la Familia, a muchas personas.Marcia_per_la_Vita_Roma_201

Sí, es verdad que los hay, sin embargo, es necesario tener en cuenta algunos aspectos. Aunque es verdad que algunas de estas redes se han creado, no se han consolidado, son la punta de lanza pero más de eso no pueden hacer. Por otra parte, me parece que algunas redes muy activas en estos temas -Pienso por ejemplo en la Ciencia y la Vida o en el Foro de las Asociaciones Familiares- tienen un poco de “agarre suelto”, se han rendido a la tentación de desviar la atención hacia otros temas menos importantes. Por último, me gustaría señalar que, incluso de las asociaciones y movimientos individuales que toman una postura sobre las cuestiones que he mencionado anteriormente es escaso, tanto a nivel nacional como a nivel local, el peso de su actividad.

¿Podría explicar qué quiere decir con “testimonio coherente a nivel político, legislativo y en las instituciones públicas”?

En las administraciones públicas hay católicos declarados como tal, pero cuando se trata de lidiar con estos problemas, utilizan la forma de pensar de todos los demás y se escudan en la aconfesionalidad de la política para no tomar una posición que sin duda les costaría a nivel político, pero que me gustaría ver en el plano humano, en aras a un poco de coherencia.  

Una de las asociaciones históricas de los fieles laicos es la Acción Católica. ¿Qué me puede decir al respecto?

Me inspiro en un libro reciente de Luigi Alici titulado “Los católicos y el país. Provocaciones para  la política “, publicado por “La Scuola”. persone_-_luigi_alici_presidente_nazionale_di_azione_cattolica_imagelarge

Pero Luigi Alici ya no es presidente de la Acción Católica…

Pero lo fue durante largo tiempo y se puede decir que es un intelectual muy involucrado en las asociaciones de laicos católicos. Recientemente ha realizado giras por toda Italia – fue también a Friuli, Venezia Giulia, y también a Trieste-. Por supuesto que su libro no representa a la Acción Católica, sin embargo, puede ser indicativo de una forma de pensar, que prevalece dentro de la asociación.

¿Qué fue lo que más le llamó la atención en el libro?

Su libro pertenece a la categoría del “Sí, pero …” : se trata de afirmar los principios al mismo tiempo que se abren espacios que no los respetan. He buscado en este libro la afirmación de la fidelidad al Magisterio y de la adhesión a los principios de la protección de la vida o de la familia: los he encontrado. Sin embargo, la exposición siempre es deliberadamente ambigua: dice, pero se niega y está lleno de “sin embargos”

¿Puede dar un ejemplo?

Alici tiene muy bellas palabras acerca de la familia, pero luego se pronuncia a favor del reconocimiento legal de las parejas del mismo sexo. Se refiere al cardenal Martini, pero no a los obispos italianos que, en una nota de 2007,  aclararon la cuestión: Los derechos de las personas homosexuales han de abordarse en términos de derecho privado. El reconocimiento de la convivencia como tal, no es aceptable ni para las llamadas parejas de hecho heterosexuales ni para las homosexuales. Les falta el requisito del valor público.

¿Cuáles son los argumentos de Luigi Alici al respecto?

Los argumentos de que el derecho evoluciona. Según él, una pareja homosexual no tiene derecho a ser considerada una familia, puesto que no lo es, pero sin embargo tiene el derecho de ser considerada algo más que dos estudiantes que comparten apartamento. Este argumento no es aceptable, lo que está mal no puede ser una fuente de derechos reconocidos públicamente, y no puede haber en ello ningún progreso.

¿Qué significa esto?

Creo que este libro expresa una cierta cultura existente en el mundo católico. Los laicos que se inspiran y se mueven siempre hacia adelante en la barra de los “no possumus”: la adaptación al mundo.

En el libro de Alici hay una continua referencia a la “paradoja” de los fieles laicos cristianos que haría que una persona esté constantemente luchando con su fuero interno al que sólo la respuesta de su propia conciencia le indicará el camino.

La paradoja cristiana no debe interpretarse como una loca contradicción interna del cristiano, porque la fe y la razón, como nos enseña la doctrina, van de la mano y sólo el pecado introduce la división. Lo de Alici es una manera de asegurarse que la fe de los católicos que toman parte en la sociedad y en la política se relegue únicamente a su propia conciencia.

Alici sostiene que hay un ámbito de la participación política no directamenta partidista donde debería darse la colaboración de los católicos con todos los demás y una parte estrictamente partidista en la que se está compitiendo. ¿Está de acuerdo?

No sólo entre los partidos, sino también en la sociedad actual hay antropologías en conflicto. De hecho, en la actualidad estamos asistiendo a la discusión entre los que dicen que existe una antropología, una verdadera visión del hombre, y quién dice que no la hay. En estos campos – pienso en la cultura, el entretenimiento social, la formación de los jóvenes, la comunicación – no sólo puede haber colaboración. Vamos a dejar de engañarnos y engañar en este punto. El diálogo y el respeto no deben faltar nunca, pero la cooperación se lleva a cabo sobre la verdad.

¿De qué depende todo esto?

Creo que viene de haber cambiado el propósito de la presencia de los laicos cristianos en el mundo. Los laicos tienen el propósito de ordenar a Dios el orden temporal – como dice el Concilio – o, en otras palabras, la construcción de la sociedad según el plan de Dios En su lugar, el objetivo de los fieles laicos se ha reducido a  lograr el bien común , la construcción de la democracia, realizar la Constitución y hacer funcionar a las instituciones.

¿Y el objetivo del bien común no es bueno?

Es bueno, pero a condición de que sea para recuperar el respeto del orden de la creación y el bienestar de las personas, espiritual y religioso. No hay bien común real cuando Dios se pone entre paréntesis, y cuando Dios no tiene su lugar reconocido en el mundo.

Acción Católica ha tenido una larga historia. ¿Cuál fue el momento crítico en su opinión?logo_azione_cattolica Prefiero dejar esta tarea a los historiadores. Sólo puedo plantear algunas suposiciones. La denominada “opción religiosa” fue interpretada por los hombres de la Acción Católica de una manera ambigua. Tenía que implicar el centrarse en la esencia de la Acción Católica: eso que Benedicto XVI ha llamado “el lugar de Dios en el mundo.” Y ha sido más bien vista como una aparente retirada de  una presencia visible y organizada, condenada precipitadamente como pre-conciliar. Digo “aparentemente” porque – por extraño que parezca – desde entonces, muchos líderes de la Acción Católica se implicaron directamente en política, sobre todo en los partidos de izquierda. El último ejemplo participó en las últimas elecciones: Ernesto Preziosi.

¿Entonces para usted la Acción Católica no va bien? Yo creo en la Acción Católica, sigo siendo un partidario incondicional y, aparte de unos pocos, estoy muy agradecido a la de la diócesis por lo que hace y tengo grandes expectativas hacia ella. Pero creo que la Acción Católica – y estoy hablando en términos generales – ahora tiene que reconsiderar su línea y su papel. Esto sería de gran beneficio no sólo para la misión pastoral de nuestra diócesis, sino también para otras formas de asociacionismo de los fieles laicos.

¿De qué manera?

Se trata de ser fiel, por completo, y con generosidad espiritual, según la enseñanza del CVII: ser laicos en el mundo para ordenarlo a Dios, poniendo en primer plano la necesidad y la urgencia de ordenar el mundo a Dios. Esto para la Acción Católica significa recuperar la esencia de su pasado, incluso en lo que se recuerda hoy con un cierto desprecio inexplicable; recuperar la doctrina social de la Iglesia en todas sus conexiones importantes con la doctrina cristiana; entender la laicidad en la forma en que Benedicto XVI nos ha enseñado, es decir, pensar que no hay que adaptarse al mundo, si usted realmente desea servirle; superar una visión inadecuada del concilio, recuperando toda la enseñanza en consonancia con la tradición de la Iglesia y no las habituales dos o tres frases que se han utilizado de manera retórica; no minimizar los ataques que ahora son llevados a la naturaleza humana y la fe cristiana, acusando a los que tratan de reaccionar a querer volver a establecer una mentalidad fundamentalista del pasado. La Iglesia tiene una inmensa necesidad de una Acción Católica así, que incluya la formación de laicos capaces de dar forma a la sociedad según el corazón de Dios y el plan de Dios, y por esto sigo rezando y esperando…    Publicado en Semanario Vita Nuova y traducido al español por Infovaticana.com

 

Fuente: https://infovaticana.com/2013/06/28/la-mision-del-laico-es-ordenar-el-mundo-a-dios-no-construir-la-democracia/

 

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Categorías:Laicos

Francisco reclama “un laicado en salida” para “salir al encuentro e invitar a los excluidos”

La Evangelii Gaudium y la Amoris Laetitia, ejes del nuevo dicasterio de Laicos y Familia

Francisco reclama “un laicado en salida” para “salir al encuentro e invitar a los excluidos”

“Queda mucho por hacer, ampliando horizontes y recogiendo desafíos que la realidad nos presenta”

Redacción, 17 de junio de 2016 a las 15:38
Levanten la mirada, miren ‘fuera’, a los muchos ‘lejanos’ de nuestro mundo, a las tantas familias en dificultad y necesitadas de misericordia, a los tantos campos de apostolado aún por explorar
Se espera que en esta reunión se terminen de delinear dos nuevos dicasterios: uno sobre caridad, justicia y paz y otro sobre laicos, familia y vida/>

Se espera que en esta reunión se terminen de delinear dos nuevos dicasterios: uno sobre caridad, justicia y paz y otro sobre laicos, familia y vida

(RV).- Laicos, familia y vida. «Iglesia en salida – laicado en salida», mirando con renovada esperanza al futuro y dando gracias al Señor por el servicio y apostolado desarrollado en casi medio siglo, cumpliendo el mandato del Concilio Vaticano II. Son algunas de las exhortaciones del Papa Francisco, al recibir a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos.

Con su cordial bienvenida, el Papa recordó que, como ya anunció, este Consejo «asumirá una nueva fisonomía. Se trata de la conclusión de una etapa importante y de la apertura de una nueva, para el Dicasterio de la Curia Romana, que ha acompañado la vida, la maduración y las transformaciones del laicado católico, desde el Concilio Vaticano II hasta hoy».

Destacando el importante servicio desarrollado por el Dicasterio – que el beato Pablo VI no dudó en calificar como «uno de los mejores frutos del Concilio Vaticano II» – el Papa Bergoglio se refirió, entre otros importantes logros, al acompañamiento de tantos movimientos y comunidades nuevas con gran impulso misionero, al papel de la mujer en la Iglesia, a las Jornadas Mundiales de la Juventud, que creó san Juan Pablo II. Y, agradeciendo al Señor por los abundantes frutos recibidos, exhortó a acoger con esperanza la reforma de la Curia Romana:

«A la luz del camino recorrido, es hora de mirar nuevamente con esperanza al futuro. Queda aún mucho por hacer, ampliando los horizontes y recogiendo los nuevos desafíos que la realidad nos presenta. De aquí nace el proyecto de reforma de la Curia, en particular la unión de vuestro Dicasterio con el Pontificio Consejo para la Familia, en conexión con la Academia para la Vida. Los invito, por lo tanto a acoger esta reforma, que los verá implicados, como signo de valorización y de estima por el trabajo que desarrollan y como signo de renovada confianza en la vocación y misión de los laicos en la Iglesia de hoy. El nuevo Dicasterio que nacerá tendrá como ‘timón’, para proseguir su navegación, por un lado la Christifideles laici y, por otro, la Evangelii gaudium y la Amoris laetitia, teniendo como campos privilegiados de trabajo la familia y la defensa de la vida».

«En este particular momento histórico y en el contexto del Jubileo de la Misericordia, la Iglesia está llamada a tomar cada vez más conciencia de la necesidad de ser «la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 47). De ser Iglesia en permanente salida, ‘comunidad evangelizadora’, que sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (ibid 24)», reiteró el Papa Francisco, con una propuesta:

«Quisiera proponerles, como horizonte de referencia para su futuro inmediato, un binomio que se podría formular así: ‘Iglesia en salida – laicado en salida’. Así pues, también ustedes levanten la mirada, miren ‘fuera’, a los muchos ‘lejanos’ de nuestro mundo, a las tantas familias en dificultad y necesitadas de misericordia, a los tantos campos de apostolado aún por explorar, a los numerosos laicos con corazón bueno y generosos, que con gusto pondrían al servicio del Evangelio, sus energías, su tiempo, sus capacidades, si se les implicara, valorizara y acompañara con afecto y dedición, de parte de los pastores y de las instituciones eclesiásticas. Tenemos necesidad de laicos bien formados, animados por una fe escueta y límpida, cuya vida ha sido tocada por el encuentro personal y misericordioso con el amor de Cristo Jesús».

«Es el momento en que los jóvenes tienen necesidad de los sueños de los ancianos: en esta cultura del descarte, no nos acostumbremos a descartar a los ancianos. Animémoslos para que sueñen, para que como dice el profeta Joel, tengan sueños, aquella capacidad de soñar que nos dé la fuerza de nuevas visiones apostólicas», pidió el Obispo de Roma.

Y, renovando su agradecimiento, el Papa Francisco los alentó a abrirse «con docilidad y humildad a las novedades de Dios», «como hizo María, nuestra madre y maestra en la fe».

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2016/06/17/francisco-reclama-un-laicado-en-salida-para-salir-al-encuentro-e-invitar-a-los-excluidos-religion-iglesia-vaticano-laicado-familia.shtml

 

Categorías:Laicos

Es necesario que nosotros, los pastores, no tengamos miedo a los laicos

Monseñor Severino Clasen

Es necesario que los documentos de la Iglesia lleguen a las bases, pues cuando existe en los laicos ese conocimiento, “su misión empieza a cambiar…. empezamos a tener una Iglesia en salida, una Iglesia que vuelve a poner los pies en la tierra

(Luis Miguel Modino).- Uno de los grandes desafíos de la Iglesia católica en este siglo XXI es acabar de una vez por todas con el pecado del clericalismo. Ese es uno de los aspectos siempre presentes en el Papa Francisco, trayendo de vuelta lo que el Concilio Vaticano II había apuntado más de cincuenta años atrás y que poco a poco fue quedando en el tintero, una Iglesia Pueblo de Dios.

Este año, se está celebrando en Brasil el Año Nacional del Laicado, con el tema “Cristianos laicos y laicas, sujeto en la “Iglesia en salida”, al servicio del Reino”, y el lema “Sal de la Tierra y Luz del Mundo”. Los laicos muchas veces son olvidados o poco valorados dentro de la Iglesia, lo que no deja de ser un tirar piedras contra el propio tejado, pues eso hace perder cada vez más fuerza a la propia Iglesia.

En esta entrevista, Monseñor Severino Clasen, obispo de Caçador y Presidente de la Comisión Episcopal para el Laicado de la CNBB, Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, por sus siglas en portugués, nos ayuda a reflexionar sobre lo que puede significar este Año del Laicado, destacando que “los laicos y laicas están muy interesados en dar vida, ese nuevo vigor a la Iglesia”, que tienen que ser protagonistas, como recogen los últimos documentos del episcopado brasileño.

Para Monseñor Clasen es necesario hacerse presente en las periferias, una presencia donde pueden jugar un papel decisivo los laicos, pero para eso es necesario que “los laicos en las periferias también tengan derecho a tomar decisiones”, que a través de ministerios “ellos puedan de hecho tener autoridad y autonomía para hablar del Evangelio en nombre de nuestra Iglesia”. De hecho, el papel de esos ministerios puede llegar inclusive a la presidencia de la Eucaristía, “la Iglesia tiene que tener también valentía y ultra pasar algunas estructuras y culturas históricas”, según el obispo de Caçador. Es necesario que se dé un diálogo entre los obispos para buscar nuevos caminos que hagan posible que “ningún cristiano se quede sin Eucaristía”.

Junto con eso, los laicos tienen que “pedir que los pastores sean servidores, y no aquellos que están esperando el servicio de los laicos”. La Iglesia debe reflexionar sobre la formación de los futuros sacerdotes, quienes deben sentir el deseo de hacerse presentes entre la gente, de conocer y compartir su vida, pues “cuando los pastores insisten en estar lejos del rebaño el peligro aparece”.

 

 

Es necesario que los laicos se formen, “que los documentos de la Iglesia lleguen a las bases”, pues cuando existe en los laicos ese conocimiento, “su misión empieza a cambiar…. empezamos a tener una Iglesia en salida, una Iglesia que vuelve a poner los pies en la tierra”.

Como Presidente de la Comisión Episcopal para el Laicado de la CNBB, Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, ¿qué es lo que usted piensa que puede significar el Año del Laicado para la Iglesia de Brasil?

En este mundo en que vivimos y ante la falta de una espiritualidad más encarnada del seguimiento de Jesucristo, percibimos que este es un año para despertar la conciencia y la madurez de los cristianos, aquellos que de hecho asumen la gracia del bautismo.

En el fondo se trata de revitalizar las decisiones del Concilio Vaticano II, los documentos post-concilio, y sobre todo dar fuerza y énfasis a las decisiones del Papa Francisco. Percibimos que los laicos y laicas están muy interesados en dar vida, ese nuevo vigor a la Iglesia, siendo fermento en esa masa de la sociedad.

¿Podríamos decir que el futuro de la Iglesia no es posible sin una mayor participación y responsabilidad de los laicos y laicas en la vida pastoral del día a día?

El Documento 105 que la CNBB publicó en 2016, y ahora el Año del Laicado, quieren exactamente afirmar que los cristianos laicos y laicas deben ser sujetos eclesiales, deben ser sujetos de la sociedad, y al mismo tiempo protagonistas. No veo otro camino, a no ser que los cristianos laicos y laicas muestren su madurez en la fe y también en su fuerza y conciencia de ciudadanos. Es allí donde vamos a transformar y hacer realidad un mundo nuevo, por la conciencia y madurez de los cristianos laicos y laicas.

El Papa Francisco nos habla mucho sobre la necesidad de la presencia en las periferias. ¿Esa presencia en las periferias resultaría más fácil en la medida en que los cristianos laicos y laicas puedan asumir esa misión como algo propio?

Necesitamos salir de los centros y usar la estrategia de Jesucristo. Jesús no comenzó en Jerusalén, Él comenzó en las periferias y es allí donde El anunció, y de las periferias Él fue para el centro. Nosotros estamos mucho en el centro, tenemos miedo a las periferias, y por eso la Iglesia católica está dejando de ser referencia en muchas ciudades, muchas periferias. Es necesario ser más presencia efectiva, dar más poder, más fuerza, más valentía y también conciencia, que los laicos en las periferias también tengan derecho a tomar decisiones, pero siempre en comunión con la jerarquía, con los pastores.

De hecho, esa presencia en las periferias de las Iglesias evangélicas, donde el protagonismo de los laicos parece estar más presente en la vida de la gente, con más visitas y una mayor dimensión misionera, es mayor. En ese sentido, ¿cómo católicos no deberíamos fijarnos en ese modo de ser presencia en la vida cotidiana de la gente?

He insistido mucho en los grupos, inclusive en la comisión del laicado, que se formen los ministerios de los cristianos laicos para que ellos puedan de hecho tener autoridad y autonomía para hablar del Evangelio en nombre de nuestra Iglesia y pedir que los pastores sean servidores, y no aquellos que están esperando el servicio de los laicos, que los laicos levanten la bandera de la fe y de la esperanza y actúen.

Por eso, la Iglesia tiene que dar más preparación, conciencia, madurez y hacer que la red de evangelización abarque y llegue con más libertad, con más ternura y rapidez a nuestras periferias.

Una de las grandes críticas del Papa Francisco, y que se escuchan a los propios laicos contra el clero, obispos y sacerdotes, es el problema del clericalismo. ¿Cómo superar ese clericalismo, un problema que en los últimos tiempos se ha acentuado demasiado dentro de la Iglesia católica?

Haciendo que los documentos de la Iglesia lleguen a las bases. Cuando los laicos conocen los derechos y también los deberes, ellos tienen la valentía de hablar. Nosotros muchas veces escondemos nuestros propios documentos, y cuando los laicos tienen conciencia y conocimiento de los documentos que hay detrás, su misión empieza a cambiar. He insistido y también descubierto en muchos lugares, que donde los laicos estudian, ellos tienen la conciencia, la madurez, el saber, ellos tienen argumentos para hablar, y cuando tienen argumentos empezamos a tener una Iglesia en salida, una Iglesia que vuelve a poner los pies en la tierra.

Todos los documentos, y sobre todo las exhortaciones, las cartas, los mensajes del Papa Francisco nos están dando una avalancha de posibilidades y también de necesidades, de llegar a las periferias con la fuerza del Evangelio, que la Iglesia, con los documentos que produce, sea ese ancla que da firmeza y hace aparecer lo nuevo. Ahí sí, podemos percibir que allí se está siendo sal, está teniendo sabor, está brillando el Evangelio, porque se tiene el conocimiento y también la iluminación interior del Espíritu Santo.

No sólo los documentos del Papa como también los documentos de la CNBB. Se vemos rápidamente, el documento sobre la Parroquia comunidad de comunidades y el documento sobre el laicado, insisten mucho en esa dimensión del trabajo pastoral y protagonismo de los laicos. ¿Podríamos decir que algunos sacerdotes tienen miedo de formar a los laicos? A veces se escuchan comentarios que dicen que cuando el laico se forma se vuelve contra el sacerdote, ¿por qué se dan esos comentarios, cuando en realidad la formación del laicado sería potenciar la misión evangelizadora de la Iglesia?

Yo hablaría de la misma preocupación del Papa Francisco en su viaje a Chile y Perú, cuando habla sobre la situación de la sociedad y del mundo, y se pregunta también ¿qué tipo de sacerdote estamos formando? Por eso, es necesario ver bien el tipo de seminaristas. Suelo decir a mis seminaristas, ¿vosotros os parecéis con nuestra diócesis? ¿Vosotros conocéis los principios, las directrices, las pastorales de la diócesis de Caçador, en este caso mi diócesis?

Es en esa dirección que tenemos que actuar, comenzar a preparar agentes. Hacer que los documentos, y acreciento aquí, los tres últimos documentos de la CNBB, el número 100, comunidad de comunidades, que quiere mostrar el espacio, el suelo, el 105, los laicos como sujetos protagonistas, y el 107, la preparación, la iniciación a la vida cristiana. Significa que esos tres documentos, los tres últimos de la CNBB, vienen como un guante dentro de ese pedido que el Papa hace y también dentro de la necesidad que la Iglesia tiene hoy de ser más fermento en la masa.

En ese viaje a Chile, el Papa Francisco fue claro en el encuentro con seminaristas, religiosos y sacerdotes, diciendo que la Iglesia no necesita superhombres, que necesita pastores. Esa dimensión pastoral, esa asimilación con el Buen Pastor que cuida de las ovejas, ¿se ha perdido un poco dentro de la Iglesia católica?

Cuando los pastores insisten en estar lejos del rebaño el peligro aparece. En el 14º Intereclesial de las Comunidades Eclesiales de Base, fui invitado a hospedarme en el seminario, pero también las familias querían, y escogí quedarme en una familia, porque las familias, ellas quieren el contacto con el pastor. Hubo muchas lágrimas de emoción escuchando a otros colegas hermanos en el episcopado, relatando la emoción de las familias al acoger padres y obispos.

Algunos decían, un obispo nunca estuvo en mi casa, y ahora viene para vivir una semana con nosotros, y sentir el calor, el afecto. Si conseguimos dejar de lado ese poder, la distancia del pastor y aproximarnos, resolvemos muchas cosas, porque ahí sí que tenemos el olor de las ovejas que nos dice el Papa Francisco.

Ahí tenemos también la valentía de hablar, de denunciar, y si fuese necesario llegar al martirio. Es así que el Evangelio funciona, fue así que nació. Fue así que los primeros cristianos actuaron. Es esa convicción, esa proximidad, esa espiritualidad, ese asumir la cruz y la carne que aparece en el documento 105, espiritualidad de la proximidad, espiritualidad del seguimiento, del seguimiento de Jesucristo, ahí encontramos la cruz y la carne, cruz es sufrimiento y enfrentamiento, carne es relación, amistad, proximidad.

Para usted, ¿qué supuso esa convivencia durante una semana con una familia que no conocía. Qué es lo que usted aprendió con esa experiencia?

Aquello que es la realidad del día a día de los cristianos laicos y laicas y que debe ser también nuestra realidad de pastores. No podemos crear categorías diferentes de vidas, nosotros como pastores, tenemos que estar al servicio, próximos. Esa convivencia, esa simplicidad, para mí fortaleció mis principios y convicción como obispo, para continuar teniendo esa proximidad, y dentro del Consejo Nacional del Laicado convencer también a toda la Iglesia en esa dimensión de la proximidad con el laicado, que nosotros pastores no tengamos miedo a los laicos y laicas.

Ellos quieren, ellos imploran, ellos necesitan la proximidad de sus pastores. Y en esa proximidad nos entendemos y comenzamos a disminuir las tensiones, empieza a crecer el seguimiento y la adhesión a la Iglesia católica.

Si hay una región donde la presencia activa y comprometida del laicado es importante, esa es la Amazonia. Está programado para 2019, y ya han comenzado las reuniones preparatorias, el Sínodo de la Amazonia. El objetivo principal, según el Papa Francisco, es buscar nuevos caminos para la evangelización de la Amazonia, especialmente de los pueblos indígenas. Una de las situaciones que provoca interrogantes en la Amazonia es el tema de la Eucaristía, que en muchas comunidades es celebrada sólo una o dos veces por año. Ante esa situación, surgen voces en la Amazonia, de misioneros, sacerdotes, obispos, para buscar como hacer realidad esa celebración de la Eucaristía en la Amazonia. ¿Podría ser una posibilidad la creación de un ministerio de la presidencia eucarística donde esa presencia sacerdotal es muy pequeña?

El sacramento de la Eucaristía es uno de los sacramentos de lo cotidiano, es el alimento diario, y cuando falta ese alimento tenemos peligros, porque nos falta aquello que es hacer eso en memoria mí. Por tanto, no podemos imaginar un cristiano sin eucaristía. Ahora bien, el cristiano tiene que tener derecho a tener la Eucaristía con más frecuencia, y por eso la Iglesia tiene que tener también valentía y ultra pasar algunas estructuras y culturas históricas, y no quedarse apenas en el siempre fue así, sino ver más la necesidad, la realidad.

Es necesario dar pasos, pero tenemos que descubrir que el Espíritu Santo tiene el camino. Tenemos que pedir al Espíritu Santo y dejar que Él nos hable al corazón, y cuando el Espíritu Santo habla al corazón de la Iglesia, la Iglesia tiene valentía para hacer cambios. A partir de ahí podremos ver sacerdotes diferentes de la manera a la que conocemos hoy. Ahora, ¿cuál? Vamos a dejar al Espíritu Santo actuar. No vamos a quedarnos presos y dejar al Espíritu Santo en remojo para ver que es lo que podemos hacer. Pero es necesario que la Iglesia sea más orante, valiente, profética y sea osada.

El Papa Francisco, ante esa realidad, espera de las conferencias episcopales propuestas valientes. ¿Están apareciendo esas propuestas, existe esa valentía, como usted dice, para dejar de hacer lo que siempre fue hecho?

Aquí está la fuerza del diálogo que tenemos que tener entre el episcopado. Existen iniciativas, el diálogo comenzó, las provocaciones ya existen, el pedido de una osadía existe. Ahora necesitamos, quien sabe si en la próxima asamblea, dar un paso a más. Así vamos rompiendo ese bloqueo, esa piedra empieza a ser disuelta y vamos a poder atender, porque no es sólo Amazonas.

Amazonas es la gran bandera, y estoy de plenamente de acuerdo con ese Sínodo, y esa es también mi esperanza. Es desde dentro del conflicto desde donde tenemos que saber abrir puertas, es dentro del conflicto, de la miseria y de la pobreza que somos obligados a cambiar la estructura, porque es desde la carencia que vamos a llegar a la suficiencia. Por eso es necesario tener ese principio, y yo creo que vamos a dar un paso y continuo pidiendo a Dios que ninguna familia, ningún cristiano se quede sin Eucaristía.

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2018/02/25/monsenor-severino-clasen-es-necesaria-la-proximidad-con-el-laicado-que-nosotros-pastores-no-tengamos-miedo-a-los-laicos-religion-iglesia-dios-jesus.shtml

 

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Los laicos y la predicación. La misión de ser profeta

laico predicacion

 

Los laicos y la predicación. La misión de ser profeta[1]

Jubileo Dominicano 2006-2016

El Laicado Dominicano y la Predicación

 

Estaba meditando acerca de lo que nos dice el lema de este año dentro del novenario rumbo a los 800 años de la Confirmación de la Orden: un versículo de la Sagrada Escritura, con sentido escatológico pues el capítulo se titula “el día del Señor y el juicio de las naciones”.

Inicia este Capítulo con lo que el lema nos invita a vivir, pero el centro del mensaje de la Palabra de Dios que se nos cita está encerrado en la frase “Los Laicos y la Predicación”, esto es el ser profeta.

El ser profeta que inicia con el Bautismo en donde Dios derrama su Espíritu, que nos conduce a ser Imagen de Él en Cristo. El profetismo conlleva en sí el anuncio y la denuncia.

Este mismo profetismo contiene los elementos constitutivos de la vida dominicana, la vida fraterna, la oración, el estudio y la misión apostólica, todos ellos orientados a la predicación, sin ellos, nuestro profetismo estaría incompleto.

Yo debo anunciar de lo que soy testigo, testigo de la Buena Nueva, testigo de la esperanza en un mundo que parece carecer de ella, testigo del amor en un mundo que parece carente de humanidad, de justicia y de paz.

Recordemos que la participación en el oficio profético de Cristo, «que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra», habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía.

Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los  fieles  laicos  son  hechos  partícipes  tanto  del  sobrenatural  sentido  de  fe  de  la  Iglesia,  que  «no  puede equivocarse cuando cree», cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y valentía, en medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza en la gloria «también a través de las estructuras de la vida secular». (CFL)

Las dominicas y los dominicos participan de esta misión profética de Cristo, predicando en los diferentes espacios que existen en el mundo, tanto en medio de los bautizados como de los que no conocen a Dios. Conscientes de la realidad de su entorno socio-cultural-económico, asumen su compromiso de llevar la Buena Nueva de Jesucristo, contribuyendo en la construcción del Reino de Dios y promoviendo en el mundo las prioridades  evangelizadoras  de  nuestra  Orden,  a  saber:  la  catequesis  en  un  mundo  descristianizado,  la evangelización en el contexto pluricultural, el empleo de los medios de comunicación social y electrónica para la evangelización y, de manera muy especial, la promoción de la Justicia y de la Paz. (D.L.O.P. 3)

 

Misión de sacerdote, profeta y rey en la Iglesia que inicia con el bautismo

La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera  en  la  unción  del  Bautismo,  su  desarrollo  en  la  Confirmación,  y  su  cumplimiento  y  dinámica sustentación  en  la  Eucaristía.  Se  trata  de  una  participación  donada  a  cada  uno  de  los  fieles  laicos individualmente; pero les es dada en cuanto que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa.

De este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P 2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión eclesial,  la  participación  de  los  fieles  laicos  en  el  triple  oficio  de  Cristo  exige  ser  vivida  y  actuada  en  la comunión y para acrecentar esta comunión. Escribía San Agustín:

«Así como llamamos a todos cristianos en virtud del místico crisma, así también llamamos a todos sacerdotes porque son miembros del único sacerdote».

Los  fieles  laicos,  precisamente  por  ser  miembros  de  la  Iglesia,  tienen  la  vocación  y  misión  de  ser anunciadores  del  Evangelio:  son  habilitados  y  comprometidos  en  esta  tarea  por  los  sacramentos  de  la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo.

En la vida de la Iglesia, específicamente en la Vida de nuestra Orden, los fieles laicos, anunciadores del Evangelio, profetas llenos del Espíritu Santo, nos han dejado ejemplo de fidelidad a esta vocación como lo fueron Santa Catalina de Siena, Santa Rosa de Lima, el Beato Pier Giorgio Frasati y muchos más que a lo largo del tiempo han dado respuesta al llamado de vivir el Bautismo que nos hace con Cristo y en Él, sacerdotes, profetas y reyes.

[1] 1.- Fernando Vargas, laico dominico de la Fraternidad Laical de la Provincia de México. Enero 2014.

 

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