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¿Los laicos viven una espiritualidad distinta a la de los sacerdotes o los religiosos?

El laico santifica el mundo, desde el mundo, con su profesión y su familia

¿Existe una espiritualidad laical hoy? Y si existe, ¿cuál es esta espiritualidad? ¿No hay demasiadas espiritualidades (monástica, sacerdotal, matrimonial…)? Son preguntas que hoy se plantean frecuentemente cuando se habla de la pastoral de los laicos, de su servicio a la Iglesia.

Quien responde a estas preguntas  es el profesor de Teología Espiritual de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Vicente Bosch, valenciano y sacerdote de la prelatura del Opus Dei, en una entrevista publicada en la revista Temes d’avui.

“La espiritualidad cristiana es única –dice el profesor Bosch—en el sentido de que hay una sola fe, un solo bautismo, un solo Cristo, un solo Espíritu, y la meta es siempre la misma: la santidad. Pero todo esto se ha de encarnar en la vida, y las personas somos muchas y muy distintas, de modo que se podría decir que a fin de cuentas hay tantas espiritualidades como cristianos hay”.

“Sin embargo, esta multiforme expresión de la vida cristiana también muestra características muy diversas. Por ejemplo -señala Vicente Bosch- el hecho de ser sacerdote, monje o laico, marca la vida espiritual, porque en las relaciones con Dios no se puede dejar a un lado, respectivamente, el ministerio sacerdotal, los votos y regla religiosos o bien los deberes familiares y cívicos de los laicos. En ellos se conforma un estilo de vida que origina una espiritualidad propia”.

O sea que los laicos necesitan una espiritualidad propia, distinta de los sacerdotes y de los religiosos. ¿Cuál es esa espiritualidad? “La secularidad –asegura el profesor Bosch—. El fiel laico es un bautizado que ha sido llamado por Dios, y con su presencia en el mundo debe devolver las cosas creadas a su belleza original, dañada por el pecado”.

La misión del laico es precisamente “encaminar el mundo hacia Dios, impregnar de sentido cristiano las estructuras temporales”.

Vicente Bosch habla de la “espiritualidad laical” y no de “espiritualidad de los laicos”. ¿Dónde está la diferencia? Muchas veces, a lo largo de la historia, se ha aplicado a los laicos una espiritualidad ya existente (san Francisco de Sales, los terciarios…).

El cambio radical –señala– vino en el Concilio Vaticano II, que revalorizó el mundo y las realidades terrenas, y las consideró como un camino de santidad que Cristo recorrió y dejó abierto a todos los hombres”. Lo recorrió Jesús en sus treinta años de vida familiar y de trabajo y así convirtió estas realidades en santas y santificables.

“Es así como nace –continúa el doctor Vicente Bosch—una espiritualidad laical caracterizada por el entrecruzamiento entre lo humano y lo cristiano, la valoración positiva de las cosas cotidianas, la competencia profesional y el sentido de responsabilidad, un acentuado sentido de la libertad personas y una fuerte conciencia de la misión de ordenar las cosas hacia Dios”.

Esto suena muy bien, pero ¿cómo se hace? Y responde: “Si los fieles laicos llevan a Cristo en sus almas, esto necesariamente se hará visible en el exterior, en sus obras. Está claro que no basta trabajar bien para santificar el mundo: además de la coordenada horizontal de la acción en el ámbito social (trabajo), es necesaria la coordenada vertical del trato con Dios en la oración y los sacramentos. Sin eso, no se puede santificar nada. Por otro lado, también es necesaria la formación doctrinal y religiosa correspondiente para que el laico pueda aplicar el Evangelio, de manera libre y responsable, en cada situación concreta”.

Desde luego, señala el profesor, se advierten resistencias a la hora de entender que “la secularidad es dimensión  y responsabilidad de la Iglesia, ya que su misión no solo consiste en salvar almas, sino también en perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico”.

Es cierto que la Iglesia, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, ha hecho un esfuerzo para reconocer el papel de los laicos, y estos se han corresponsabilizado en la gestión de las parroquias y las diócesis, pero esta “no es la única vía de santificación, ni siquiera la más importante, la cual continúa siendo su vida familiar y profesional”.

A este respecto, indica el doctor Vicente Bosch, “algunos sacerdotes caen en el prejuicio de pensar que la madurez de un laico se mide por el tiempo y las energías que dedica a los locales parroquiales.

El papa Francisco ha lamentado recientemente la existencia de un clericalismo que “funcionaliza al laicado” y que genera una élite laical para trabajar en cosas de la Iglesia, pero que no cuida al  creyente en su vida pública y en su vida cotidiana”.

 

Fuente: https://es.aleteia.org/2017/07/27/los-laicos-viven-una-espiritualidad-distinta-a-la-de-los-sacerdotes-o-los-religiosos/

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Jesucristo en el centro de la vida cristiana y de la evangelización

Francisco ha subrayado la centralidad de Cristo en la vida y en la misión cristianas. A los cristianos corresponde conocerlo, amarlo y seguirlo

Cristo resucitado es el alfa y omega, el origen de todo y el punto final de la transformación del mundo, por la fuerza atractiva de la Cruz y de la Resurrección. Eso no significa que no cuente con nuestra colaboración.

Cristo es el centro de la misión de la Iglesia en todas sus formas: anuncio de la fe, celebración de los sacramentos, existencia cristiana como vida de servicio a las personas y al mundo.

En su exhortación apostólica y programática Evangelii gaudium señala el Papa Francisco: “Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza […]. Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. […] Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo” (EG, nn. 275-276). Cabe preguntarse de qué tipo es esa fuerza, cómo se traduce en la vida cristiana y cómo influye en la evangelización. Joseph Ratzinger, hacia el final de la sección que dedica a la Resurrección en Jesús de Nazaret, observa que no se trata simplemente de la reanimación de un cadáver, ni tampoco de la aparición de un fantasma o de un espíritu que viene del mundo de los muertos. Por otra parte, los encuentros de Jesús resucitado con sus discípulos no son fenómenos de mística colectiva (cfr. Jesús de Nazaret, II, Roma-Madrid 2011, pp. 316 ss.).

La Resurrección −sostiene el ahora Papa emérito− es un acontecimiento bien real, que sucede en la historia y a la vez transciende la historia. Supone un salto cualitativo u ontológico, una nueva dimensión de la vida humana, pues un cuerpo humano es transformado en un “cuerpo cósmico”, como lugar en que los hombres entran en comunión con Dios y entre ellos formando el misterio de la Iglesia. Aunque la resurrección no la contempló ningún ser humano (no era posible), a Cristo resucitado lo vio una multitud de testigos. Al mismo tiempo la resurrección es un acontecimiento discreto: no se impone, sino que quiere llegar a los hombres a través de la fe de los discípulos y de su testimonio, de modo que este suscite la fe en otros a lo largo del tiempo.

El Misterio de Cristo es el centro de la vida cristiana y de la Iglesia. En su relación con nosotros ese centro podría ser descrito trazando el marco del plan salvífico de la Trinidad como una elipse y en su interior dos focos que se atraen mutuamente: la Resurrección y la Eucaristía. Atraídos por esos dos focos, podemos Vivir con mayúsculas extendiendo, gracias al misterio de la Iglesia, el misterio de Cristo a todas las realidades humanas, pues en Él nos movemos y existimos los cristianos (cfr. Hch 17, 28). El Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. nn. 638-655) señala que la Resurrección es obra de la Santísima Trinidad, como confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Nos abre a una nueva vida, la de los hijos de Dios, y es principio y fuente de nuestra resurrección futura.

Todo ello tiene que ver con la fuerza de la Eucaristía, que nos da la vida de Cristo resucitado, nos une en la Iglesia como sujeto histórico “portador de la visión integral de Cristo sobre el mundo” (en expresión de R. Guardini), de sus sentimientos y de sus actitudes. La Eucaristía alimenta el desarrollo y ejercicio del carácter sacerdotal que recibimos con el bautismo y que nos configura como mediadores entre Dios y los hombres.

De ahí la necesidad de ser conscientes de la predilección que Dios nos ha mostrado. Y de que ese agradecimiento se traduzca en nuestra correspondencia de amor a la Trinidad y en la participación activa en la evangelización.

Cristo resucitado vive en los cristianos

Cristo es el centro de la vida cristiana, que es vida in Ecclesia, familia de Dios. La Iglesia es, en efecto, la “extensión” o la continuación de la acción de Cristo resucitado, gracias a la unción de los cristianos por el Espíritu Santo, según las dimensiones del tiempo y del espacio, de las épocas y de las culturas.

Según san Pablo, Dios Padre se propuso recapitular en Cristo todas las cosas (cfr. Ef 1, 10; cfr. Hch 3, 21). Por eso nos escogió en Él (cfr. Ef 1, 4), nos incluyó en el proyecto de Cristo resucitado como etapa final y definitiva de la salvación, por Amor a Él y a nosotros.

Cristo presente en los cristianos, es el título de una homilía pronunciada por san Josemaría (cfr. Es Cristo que pasa, nn. 102-116): eso es la Iglesia, y en ella estamos llamados a ser no ya otro Cristo, sino el mismo Cristo en unión con todos los cristianos de todos los tiempos. La vida de Cristo es vida nuestra, afirma san Josemaría (n. 103).

Cristo resucitado es el alfa y el omega, cabría decir, el origen de todo y el punto final de la evolución y de la transformación del mundo; y no por la mera dinámica intrínseca de la creación material o del espíritu humano (Cristo no es el fruto de la evolución ni tampoco del progreso humano), sino por la fuerza atractiva de la Cruz y de la Resurrección (cfr. Jn 12, 32). Esto no significa que Cristo desprecie u olvide nuestra colaboración. Al contrario, cuenta con ella, la de cada uno y especialmente la de aquellos que son, por el bautismo y gracias al Espíritu Santo, miembros suyos. Todos estamos llamados a colaborar en esa “atracción” que ejerce Cristo sobre todas las cosas.

Jesucristo, centro de la vida cristiana

Los cristianos colaboramos en esa tarea inmensa −vivir la vida de Cristo en el mundo− que tiene su centro en la Resurrección y se hace posible por la Eucaristía. Lo hacemos con el fundamento de la vida de la gracia. Y la Iglesia desea que lo hagamos del modo más consciente y pleno posible, a partir del encuentro con Cristo (cfr. san Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, nn. 4 ss.) por la contemplación de sus “misterios” en la oración, por la identificación progresiva con Él gracias a nuestra participación en la Eucaristía, por el servicio que, como consecuencia, prestamos a los demás.

A esto estamos llamados cada uno de los fieles cristianos, según nuestra condición y dones en la Iglesia y en el mundo. Contando con nuestras flaquezas y pequeñeces, procuramos vivir el amor mismo del Corazón, ahora glorioso, del Señor, que sigue teniendo su predilección por los más débiles y se identifica con ellos (cfr. Mt 25, 35 ss.). Esto quiere decir que nuestra identificación con Cristo pasa por “identificarle” a Él en los más necesitados, acercarnos a ellos, servirle a Él en ellos, como subraya el Papa Francisco (cfr. EG, n. 270).

A la vez, la contemplación de Cristo y la vida con Él es necesaria para que nuestro servicio a los demás sea constante y eficazmente cristiano, es decir, plenamente humano a la medida de Cristo: “Solo si miramos y contemplamos el Corazón de Cristo, conseguiremos que el nuestro se libere del odio y de la indiferencia; solamente así sabremos reaccionar de modo cristiano ante los sufrimientos ajenos, ante el dolor”, dice san Josemaría (homilía “El corazón de Cristo, paz de los cristianos”, en Es Cristo que pasa, n. 166).

La resurrección del Señor se revive sacramentalmente en la celebración litúrgica más importante: la vigilia pascual. La estructura de la celebración con sus característicos elementos (como el rito del lucernario, las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y la liturgia bautismal) expresa la realidad de la Resurrección, sus consecuencias en nosotros, su capacidad para cambiar y transformar los corazones y la creación entera.

Ahora bien, Cristo solo puede ser el centro de nuestra vida cristiana si es contemporáneo nuestro, y esto se deriva sencillamente del hecho de que Él vive ahora con nosotros, o más bien nosotros con Él. La contemporaneidad con Cristo ha interpelado a cristianos como san Agustín, santa Teresa de Jesús y Søren Kierkegaard. Cristo es contemporáneo a nosotros por su presencia, por su cercanía, por la Vida suya que nos da a participar. Y la presencia de Cristo junto a nosotros abarca formas diversas e interconectadas, como la Iglesia y la Eucaristía. Lo hemos visto ya.

Según san Agustín, Cristo también se hace contemporáneo nuestro cuando le recibimos en los necesitados (cfr. Mt 25, 40): “Así pues, el Señor fue recibido en calidad de huésped, él, que vino a su casa, y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirtiéndolos en coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: ‘Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa’. No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Sermón 103, 2).

En su mensaje a los participantes en el Simposio internacional de catequética, celebrado en julio de 2017 en Buenos Aires, ha escrito el Papa Francisco: “Cuanto más toma Jesús el centro de nuestra vida, tanto más nos hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos hace ser próximos a los otros”. Y en la clausura del simposio, Mons. Luis Ladaria −actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe− ha subrayado que Cristo es el centro de la fe porque es el único y definitivo mediador de la salvación al ser “testigo fiel” (Ap. 1, 5) del amor de Dios Padre. La fe cristiana es fe en ese amor, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo y dominar el tiempo. El amor concreto de Dios que se deja ver y tocar en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Y nos llega a nosotros gracias a que estamos ungidos por el Espíritu Santo desde nuestro bautismo.

La humanidad de Cristo “ampliada” en la nuestra por el Espíritu Santo −la Iglesia− es el sacramento universal de salvación, es decir el signo e instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo (cfr. Lumen gentium, nn. 1, 9, 48 y 59). Este es uno de los significados principales de la terminología “Misterio de Cristo”: el plan salvífico de Dios uno y trino, que se ha hecho visible y operativo en la Iglesia, a partir de la encarnación del Verbo por la acción del Espíritu Santo. Tal es el contexto en que estamos llamados a revivir los “misterios” −ahora en plural− de la vida de Cristo, muchos de los cuales contemplamos en el rezo del rosario, como momentos intensivos de ese único “Misterio” o “sacramento” de salvación.

En sentido sumo, Cristo es el único y definitivo mediador de la salvación. Y derivadamente, la Iglesia es la única mediadora, también en sentido profundo, de la salvación. Ningún otro camino por el que los hombres eventualmente puedan llegar a Dios, es independiente de Cristo y de la Iglesia (cfr. Congregación para la Doctrina de la fe, Declaración Dominus Iesus de 2000). Esto ayuda a discernir los valores distintos de las religiones y a dialogar, desde la identidad cristiana, con ellas.

Como todos los “misterios” de la vida de Cristo −y en este caso de modo central respecto a ellos−, el de la Resurrección es misterio de revelación, de redención y de recapitulación. Estos tres aspectos pueden verse en paralelo con las tres dimensiones del triple munus de Cristo: profético, sacerdotal y real o regio). Nos revela el amor fiable y misericordioso del Padre. Nos redime del pecado y de la muerte eterna, y nos vuelve libres y capaces de transformar las culturas. Nos reasume bajo Cristo, Cabeza de la Iglesia y del mundo, y nos hace participar de su realeza, cuyo contenido central es la ofrenda a Dios y el servicio a los demás.

Cristo en el centro de la evangelización

La centralidad de Cristo resucitado en la vida cristiana se prolonga y completa con su centralidad en la evangelización. Cristo es el centro de la misión de la Iglesia en todas sus formas: anuncio de la fe, celebración de los sacramentos, existencia cristiana como vida de servicio a las personas y al mundo, centrado en la caridad.

En la educación de la fe esta centralidad de Cristo (subrayémoslo de nuevo: del Misterio completo de Cristo) se manifiesta tanto en los contenidos como en los métodos, si cabe hablar así, puesto que las dos esferas no son completamente separables.

El cristocentrismo de la fe cristiana es −como estamos viendo− un cristocentrismo trinitario, puesto que Cristo no podría ser el centro sino en el marco de la acción salvadora de Dios uno y trino. Esto tiene consecuencias importantes para la educación de la fe. Así lo señalan especialistas como Cesare Bissoli.

En una época de fragilidad en las formas tradicionales de transmisión de la fe, la atención al misterio total de Cristo y al encuentro personal con él contribuye no solo a consolidar los fundamentos de la fe, sino también a reforzar los cimientos de los valores humanos y el sentido de la vida. Lo vienen remarcando los Papas y lo enseña el magisterio de la Iglesia de modo creciente a partir del Concilio Vaticano II.

El misterio de Cristo no solo es criterio objetivo para la educación de la fe (como centro de los contenidos de la fe) sino también criterio interpretativo (es el centro que ilumina todos los demás misterios, verdades o aspectos de la fe, e incluso es el centro del sentido de la historia y de todos los acontecimientos). Cristo es también el centro de la espiritualidad y de la formación de los educadores, formadores y catequistas, puesto que solo en la comunión personal con Cristo encuentran su luz y su fuerza: Cristo es el centro de su vida, de su reflexión y de la comunicación de la fe que comienza con el testimonio de su encuentro personal con Cristo.

Como la catequesis tiene no solamente dimensiones teológicas sino también antropológicas y didácticas, los educadores habrán de descubrir la centralidad de Cristo para iluminar aspectos del mensaje cristiano más difíciles de explicar en la actualidad (como muchos referentes a la escatología y a la moral), así como los destellos de belleza, verdad y bien que emiten los valores humanos nobles.

Desde el punto de vista del método, se ha destacado que el cristocentrismo en la educación de la fe puede tomar dos caminos: un camino más ontológico (exponer la fe a la luz de la revelación de Cristo) o un camino más fenoménico (exponer la fe a partir de la experiencia de Jesús mismo, y desde ahí profundizar en el misterio de Dios y del hombre), este segundo más bíblico.

Todo ello no se opone, antes bien pide que el misterio de Cristo ilumine las experiencias actuales y cotidianas de los hombres y que estas interpelen nuestra manera de comprender y transmitir el misterio de Cristo.

En su conjunto, una educación cristocéntrica requiere un itinerario pedagógico, lo que implica que sea paulatino. Esto, conviene insistir, comienza por el testimonio que de Cristo ha de dar el educador o catequista en primera persona, ante todo con su vida y luego con las razones (argumentos) de su esperanza. Es así como podrá hacer de aquellos que se le confían testigos del Señor.

En su primera homilía de este año en Santa Marta (el 9-I-2017), Francisco ha subrayado la centralidad de Cristo en nuestra vida y en nuestra misión cristiana. A nosotros nos corresponde conocerlo −a través de la oración y el Evangelio−, adorarlo −en la unidad con Dios Padre y el Espíritu Santo− y seguirlo −poniéndolo en el centro de nuestra vida cristiana a partir de la Eucaristía, también en las circunstancias ordinarias−, lo que implica participar en la misión evangelizadora de la Iglesia, familia de Cristo a la que pertenecemos.

 

Ramiro Pellitero

Fuente: Revista Palabra.

https://www.almudi.org/articulos/12067-jesucristo-en-el-centro-de-la-vida-cristiana-y-de-la-evangelizacion

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Neoclericalismo y carrerismo laical

El mal del clericalismo

Sería nefasta la utilización del laicado para validar a una estructura de poder religioso que nunca debió llegar a ser la Iglesia

(M. A. Velásquez Uribe).- Según la Real Academia de la Lengua Española, se entiende por clericalismo alguna de las siguientes acepciones: “influencia excesiva del clero en los asuntos políticos; intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, que impide el ejercicio de los derechos a los demás miembros del pueblo de Dios; o marcada afección y sumisión al clero y a sus directrices”.

En dichas comprensiones, las dos primeras suponen un protagonismo y responsabilidad directa del clero; mientras que en la última tanto la responsabilidad como el ejercicio del clericalismo le cabe directamente al laicado.

En cualquiera de sus distinciones, el clericalismo es una desviación de la sana religiosidad y espiritualidad, por lo que, lejos de la virtud, es un mal eclesial que debe ser combatido y erradicado, para realizar de mejor forma el bien social que le cabe a la Iglesia.

Pese a haber plena conciencia de los serios males que produce en la Iglesia el clericalismo, su resistencia y erradicación se dificulta porque, el mismo, es parte de la cultura eclesial católica. Consecuentemente existe una suerte de connivencia con esta nociva costumbre y se tolera porque su erradicación supone conversión pastoral.

Sin embargo, no ha faltado orientación magisterial para combatir esta lacra del clericalismo. Los tres Papas recientes lo han condenado con distintos énfasis.

Mientras Francisco lo hace de manera sistemática, pública y aguda; Benedicto XVI lo hacía de manera esporádica, reservada ante el clero y con la misma agudeza. Sin embargo, la condena pontificia más contundente la hizo Juan Pablo II, y la expresó en la exhortación apostólica Christifideles laici, dirigida precisamente al laicado católico.

 

 

En efecto, Juan Pablo II dedicó uno de sus documentos pontificios expresamente al laicado católico, donde sin mencionar la palabra clericalismo, expresó una de las críticas más incisivas de la Iglesia en esta materia.

En la introducción de dicho documento señala:

“El Sínodo ha notado que el camino posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros. En particular, se pueden recordar dos tentaciones a las que no siempre han sabido sustraerse: la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas.” ChL 2.

En esto hay una crítica frontal a la desviación del camino postconciliar del laicado, que a veinte años del Concilio, lo había llevado a obsesionarse por las cuestiones intra-eclesiales, abandonando las responsabilidades sociales específicas a su identidad y vocación primordial, como son el servicio de las “realidades temporales”.

Al respecto, hay que concordar con el magisterio, que la identidad del clero y del laicado deslinda precisamente en su ámbito de acción ordinario. De manera que, siendo lo propio del clero el servicio preferente de la Iglesia o de la ecclesía (la comunidad cristiana), lo propio del laicado es el servicio preferente en la sociedad, inmerso en cada cultura. Sin ser excluyentes, ambas dinámicas de la identidad del clero y del laicado, son un criterio orientador fundamental de las capacidades de servicio de la Iglesia.

Sólo así, es posible comprender que, gracias a un laicado maduro, libre de todo vestigio de clericalismo, esa tierna y consoladora alegría del Evangelio, así como esa capacidad de sanar las estructuras de pecado en las que sostienen muchos males del mundo, pueda extenderse a los más recónditos espacios de la vida humana y del mundo.

En esto, no es que la Iglesia, con su magisterio, faculte ni conceda al laicado una potestad de servicio de alto impacto en la vida y en la sociedad, sino que es reconocer las potencialidades que el mismo Dios confía a un laicado que asume concientemente las consecuencias de su bautismo.

A 52 años del Concilio y a 29 años de la Christifideles laici, el camino del laicado ha continuado desviándose por nuevos atajos y peligros, que lo alejan y distraen de su misión esencial, precisamente por el creciente proceso de clericalización, que le arrebata su fecundidad apostólica y domestica su parresía profética.

En este sentido, la coyuntura de la escasez de clero y de miembros de la vida religiosa, es ante todo una excusa para justificar a ese enorme contingente humano que pulula en torno a las parroquias, sacristías y una amplia gama de distracciones eclesiásticas. En ello se olvida que el laico no es para la Iglesia sino para el mundo.

Con la llegada de Papa Francisco a Roma, portador de nuevas y grandes esperanzas para la Iglesia, aparecen nuevos peligros. Precisamente cuando comienzan a discutirse temas impensados, como la mayor participación de la mujer y del laicado en la vida de la Iglesia, hay quienes parecen descubrir nuevas oportunidades para iniciar una suerte de “carrerismo laical”.

En efecto, y en ese anhelo de mayor participación, algunos parecen descubrir un espacio para integrar al laicado en las estructuras de poder de la Iglesia. Así, se interpretan como grandes avances eclesiales la integración de laicado, incluyendo a algunas mujeres y hombres, en puestos claves de ciertos dicasterios romanos.

De ser ese el anhelo de reforma de la Iglesia, sería nefasta la utilización del laicado para validar a esa estructura de poder religioso que nunca debió llegar a ser la Iglesia. Sería participar al laicado de esa monarquía eclesial, de la cual esta vocación numerosa de la Iglesia siempre ha estado excluida, en virtud de esa viciada jerarcología que afortunadamente lo marginó.

La gran reforma de la Iglesia apunta necesariamente a redescubrir las potenciales de un laicado maduro, para transformar las realidades temporales torcidas por el pecado; ello implica redescubrir las posibilidades y potencialidades del sacerdocio común de los fieles para despertar a ese gigante dormido que es el laicado católico.

 

 

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/09/25/religion-iglesia-opinion-marco-antonio-velasquez-uribe-neoclericalismo-y-carrerismo-laical-males-eclesiales-que-hay-que-combatir.shtml

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La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

Estudio de Raúl Lanzetti, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en “Romana” nº 9 (1989).

Trabajo27 de Mayo de 2015
Opus Dei - La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

En la conclusión de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos se daba casi por descontado que el enfoque de la unidad de vida, como testimonio esencial pedido al cristiano por el mundo contemporáneo, habría de encontrar un puesto de relevancia en la exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, en la 5ª proposición, los Padres sinodales habían calificado esta exigencia como de «grandísima importancia»[1]; no sorprende, pues, que el Santo Padre, acogiendo tales indicaciones, haya querido hacer de ella uno de los ejes portadores del documento ya desde su apertura, allá donde en la falta de la unidad de vida se localiza una de las dificultades más importantes de superar, o sea una de las dos principales “tentaciones” del camino post-conciliar: «la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[2].

El fin del presente estudio es el de ofrecer una visión de la articulación teológica y pastoral de dicha enseñanza. En el desarrollo del trabajo quedarán patentes, además, los puntos de coincidencia con la doctrina que, ya desde 1928, enseñó al respecto el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer[3]. Estamos, en efecto, ante un rasgo esencial de la vida espiritual de los fieles de la Prelatura del Opus Dei, como se refleja en el Codex Iuris Particularis[4]. Es obvio que la Christifideles laici considera el horizonte de la Iglesia entera, en la actuación pluriforme de su misterio de comunión, y que por tanto no se pueda esperar una completa superposición entre la doctrina del documento postsinodal y la de Mons. Escrivá. Sin embargo, existe un núcleo de convicciones esenciales en las que se verifica una estrecha afinidad, la cual merece ser explicitada.

A. La unidad de vida como exigencia de la misión de los laicos

1. Los motivos de una elección

En la Christifideles laici, la unidad de vida no aparece —como por otra parte no sucede en ningún texto magisterial[5]– como un tema abstracto, ni como una meta ideal para proponer a algunos aventajados en la vida espiritual. Se trata, al contrario, de una auténtica exigencia de la misma vida cristiana y de la misión de los laicos en el mundo contemporáneo, ya que está en relación con los grandes desafíos propuestos a la Iglesia por la situación actual de la familia humana.

En efecto, la descripción trazada en el n. 34 delinea una realidad del todo grave. Por una parte, el «continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo»[6]. Desde este punto de vista el elemento característico nos lo da el hecho de que «la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—, tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir»[7]. Si en estos momentos fundamentales y radicales de la vida humana no está presente la luz de la fe, es explicable «el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas»[8]. Es la situación del llamado primer mundo.

Por otro lado, existen regiones y países en los que «se conservan hasta hoy muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas»[9].

Todo esto hace necesaria una nueva evangelización, que pueda asegurar «el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad»[10].

Ahora bien, el empeño apostólico de los laicos en tales ámbitos se hace particularmente urgente y decisivo: «les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[11].

Para encontrar acentos similares en el Magisterio de la Iglesia, hace falta remontarse a otros momentos cruciales en la historia. Éstas que hemos descrito son, en efecto, circunstancias de crisis profunda, de cuya resolución positiva dependerá por mucho tiempo la vida de los hombres. En efecto, los interrogantes hoy abiertos hacen referencia al significado del nacer, del sufrir y del morir, o sea a las raíces mismas de cualquier cultura y civilización.

Se puede decir, entonces, que el horizonte apostólico de los laicos se ha radicalizado. Y es precisamente al proyectarse este salto de calidad en la misión de los laicos donde emerge la exigencia de la unidad de vida. En efecto, el testimonio de dicha «única respuesta plenamente válida» a los interrogantes actuales será posible, según Juan Pablo II, «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad esa unidad de vida que en el evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[12].

En la lógica de lo que se ha puesto de relieve esto quiere decir que, antes aún que en los demás, el fiel laico deberá pensar en sí mismo, en el sentido de verificar hasta qué punto las dimensiones más profundas de su ser hombre encuentran en la fe su pleno significado; y de examinar hasta qué punto el propio comportamiento diario sale adelante con la luz y con la fuerza de tales convicciones.

Como confirmación de todo esto, el Santo Padre relaciona tales exigencias con el “grito apasionado” que se ha hecho casi emblemático de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo»[13]. Es como decir: ya que «los estados, los sistemas económicos y los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo»[14], se confían a la responsabilidad, aunque no exclusiva, de los laicos, a ellos compete el abrir “los confines” de todas estas realidades a la potestad salvadora de Cristo. Esta percepción de los hechos nos trae a la cabeza el paradójico dato puesto de relieve por Juan XXIII en la Pacem in terris (11 de abril de 1963): «Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad»[15].

2. Cristología y síntesis vital en el Magisterio.

En esta línea es necesario dar relevancia a un dato decisivo para los desarrollos sucesivos. Se trata del núcleo cristológico de la unidad de vida. En efecto, la «única respuesta plenamente válida» a todos los interrogantes planteados por la existencia humana se encuentra en Jesucristo: «Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre», dice la constitución pastoral Gaudium et sepes (n. 22); y Juan Pablo II recuerda esta convicción de fe ya en la Encíclica Redemptor hominis (n. 8). La unidad de vida del fiel laico, así pues, deberá reflejar otra unidad que la precede y la hace posible: «El Hijo de Dios con su encarnación —citamos ahora la Gaudium et spes (n. 22)— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Toda la naturaleza humana ha sido entonces «ensalzada a una dignidad sublime»[16]. Haciendo una lista de los aspectos más significativos de tal unión, la misma constitución pastoral enseña que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[17]. Así pues, contemplando en Jesús la naturaleza humana, encontramos también el pleno y definitivo significado de nuestra existencia. Por tanto, el fiel laico está llamado a ser consciente de esta “sublime dignidad” y a reflejarla, en la medida de lo posible, en la propia vida. Por esto la Christifideles laici concluye que, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se constituyan nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana»[18].

En síntesis, sólo identificándose con Jesús el fiel laico podrá estar a la altura de esta radicalidad de misión que el mundo contemporáneo reclama.

3. La Encarnación como fundamento de la unidad de vida, en Mons. Escrivá.

En la predicación de Mons. Josemaría Escrivá, la llamada del cristiano a iluminar el mundo entero aparece como un principio fundante. En tal sentido, es significativo que ya en el n. 1 de Camino (publicado en 1939), se diese relevancia a esta exigencia: «Que tu vida no sea una vida estéril —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[19]. La expresión «unidad de vida» se encuentra ya en sus primeros escritos. En efecto, ya en 1940 escribía: «Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor de Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a lo humano valor divino: esta es la unidad de vida sencilla y fuerte, que hemos de tener y enseñar»[20]. Y he aquí un texto de 1945: «No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones»[21]. En 1954 escribía: «Es esa unidad de vida la que nos lleva a que, siendo dos las manos, se unan en la oración y en el trabajo…: la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida»[22].

Pero son numerosísimos los textos que, de un modo u otro, hacen referencia a la relación entre Encarnación y unidad de vida[23]. Tomaremos sólo dos de ellos, que nos parecen particularmente pertinentes para nuestro fin. El primero dice así: «En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el bautismo, es la corredención»[24].

El pasaje siguiente vuelve sobre el tema en un modo más amplio y particularizado: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz»[25].

Son textos que se remontan a los años sesenta[26], pero su sintonía con los del Magisterio posterior resulta evidente. La conciencia subyacente es que toda la existencia del hombre se ilumina por el misterio de la Encarnación, en el sentido de que ninguna realidad humana ha quedado fuera de su alcance. Se deriva de aquí la necesidad de que el cristiano se deje iluminar por esta realidad y la exprese en la vida diaria.

B. La formación de los fieles laicos en la unidad de vida

1. La síntesis vital como fin de la formación.

La unidad de vida, exigencia fundamental de la misión de los laicos, tiene un lugar prioritario en su formación: «En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana»[27].

Después de esta afirmación de principio, la Christifideles laici explicita las consecuencias que se derivan de él: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, es decir, la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son ‘ocasiones providenciales para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad'(Apostolicam actuositatem, 4)»[28].

Con un énfasis similar y un lenguaje bastante parecido se expresa el Beato Josemaría Escrivá en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, casi un riepilogo del ministerio pastoral que había desarrollado desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[29].

2. Dimensión personal de la unidad de vida.

Entre los muchos aspectos que se podrían subrayar en los textos citados, destaca de un modo particular el carácter estrictamente personal de la unidad de vida, en el sentido de que tal realidad tiene como sujeto exclusivo a la persona. Y aquí se imponen dos reflexiones, que se implican mutuamente.

Por una parte, en negativo, se debe excluir la comunidad —ya sea eclesial o civil— como sujeto de la unidad de vida. La Iglesia y la comunidad política —en cuanto realidades colectivas— están en función de la persona. La constitución pastoral Gaudium et spes (n. 76) dice que «son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre». Así pues, la unidad de vida sería fatalmente malentendida si se le pusiese a la comunidad como sujeto: se iría hacia una teocracia o hacia la restauración del regalismo, de tal modo que se conceda a la estructura eclesiástica o a la civil el primado sobre el cuerpo social. La improponibilidad de tales hipótesis salta a la vista.

En positivo, sin embargo, se debe evidenciar el carácter de totalidad que asume la unidad de vida. En efecto, en la posición de la persona como sujeto de aquella son asumidos todos los aspectos de la existencia humana: de un modo emblemático, el ser miembro de la Iglesia y ciudadano de la sociedad humana, como diría la Christifideles laici; o el alma y el cuerpo, la carne y el espíritu, según la terminología empleada por Mons. Escrivá. Así pues, la unidad de vida se constituye en cada cristiano como un encuentro entre dos totalidades: la del entero existir humano —«todo sector de la actividad y de la existencia»[30]– y la del misterio de Cristo, como plenitud de la revelación y de la realización histórica del designio de Dios[31]. Y dicho encuentro es, precisamente, el arraigamiento del “sarmiento” —el fiel laico— en la “vid”, que es Cristo: verdadero leit-motiv de toda la exhortación apostólica, junto al de la centralidad de la persona[32].

De dichas premisas Mons. Escrivá obtenía con ejemplar coherencia todas las consecuencias. En efecto, considerar a la persona como “lugar” de la unidad de vida comporta la exigencia de respetar la libertad personal, por lo que respecta tanto a las legítimas opciones temporales como sobre todo a la apertura total del cristiano en su enfrentarse a Cristo. Entre sus varias expresiones al respecto, es necesario subrayar la siguiente: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana»[33].

3. Los diferentes aspectos de la formación de los fieles laicos.

Desde esta perspectiva, la formación en la unidad de vida tiene como finalidad el alcanzar la maduración personal de la síntesis vital y de la integralidad en la formación: «Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos»[34].

Del aspecto espiritual de la formación se hablará más adelante. Por lo que respecta a la formación doctrinal, la Christifideles laici indica la necesidad de una profundización. Más allá de aquel carácter de globalidad y plenitud que deben caracterizar a la catequesis como tal, los fieles laicos deberán recibir una formación doctrinal específica que les haga capaces de cristianizar la cultura, dando una «respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[35]. La conexión establecida entre la formación de los laicos y la necesidad de ofrecer una respuesta a los desafíos planteados a la Iglesia por la cultura contemporánea subraya que el fiel laico no está tan sólo llamado a vivir esta unidad, sino también a expresarla con palabras y con hechos, en el empeño por dar razón de la esperanza que está en él y en abrir a los demás el sendero de su encuentro personal con Cristo.

Sigue la llamada a la formación en la doctrina social de la Iglesia, que retoma la proposición 22 del Sínodo[36]. Es bastante indicativo que la Christifideles laici haya querido retomar el grande y sugestivo tema del crecimiento en los valores humanos, citando en la carta un texto conciliar: «Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(Los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana» (Apostolicam actuositatem, 4)»[37].

También este aspecto aparece muy presente en la predicación y en los escritos del Beato Josemaría Escrivá, que situaba a Cristo, perfectus homo, como fundamento y modelo de la plenitud humana para el cristiano. Destaca en este sentido una homilía del 6 de septiembre de 1941, dedicada a las virtudes humanas. He aquí dos pasajes decisivos: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)»[38]. «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo»[39],

Leamos, finalmente, el párrafo conclusivo del número 60 de la Christifideles laici, que nos pone ante el aspecto central y sintético de la formación en la unidad de vida, esto es, el espiritual, del que trataremos ahora: «Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida»[40].

C. La caridad, principio dinámico de la unidad de vida

1. El “puesto privilegiado” de la formación espiritual

La enseñanza de la Christifideles laici sobre la formación espiritual es concisa en la expresión, pero cargada de singular densidad en el contenido: «Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer divino» (Apostolicam actuositatem, 4)»[41].

La unidad de vida aparece aquí como noción y realidad global, que supera la dicotomía entre interioridad y actividad, entre vida espiritual y apostolado. El fundamento, como ya hemos visto, es el misterio de la Encarnación. En este cuadro, al hablar de la vida espiritual, la Christifideles laici no se pone como ante una alternativa en la que es necesario realizar una elección, sino que expresa un orden en el camino hacia la actuación de tal síntesis de vida. Este dato parece decisivo, porque hace comprender que el “puesto privilegiado” de la formación espiritual adquiere significado dentro de una visión genética de la unidad de vida; lo que quiere decir que dicha formación es, en cierto sentido, la base sobre la que se apoyan los otros aspectos de la formación y es, al mismo tiempo, la estructura que soporta la totalidad de la formación de los fieles laicos.

Con esta observación se quiere dar relieve también a la especificidad de la formación espiritual de los laicos, en el sentido de que ella debe mantenerse necesariamente abierta, desde dentro de sí misma, hacia los demás aspectos de la formación, y no cerrarse ni absolutizarse en los propios contenidos. Por ejemplo, si los valores humanos adquiriesen significado tan sólo en cuanto factores simplemente atrayentes en la relación con los demás, como simple anzuelo de apostolado, y al mismo tiempo toda la sustancia de la vida espiritual fuese colocada en el alma espiritual, entonces estaría claro que no nos encontramos ante una propuesta de unidad de vida, sino tan sólo ante una yuxtaposición accidental —instrumental— del hombre y del cristiano. Así pues, la formación espiritual indispensable para los fieles laicos no puede buscar cualquier fuente de inspiración, prescindiendo de la propia relación orgánica con los otros ambientes de la formación integral (doctrinal, social, valores humanos); sino que deberá tener en cuenta esta esencial exigencia de comunión con la totalidad del existir.

Es en este sentido en el que quiere expresarse la Christifideles laici, aun en su concisión, indicando los trazos fundamentales de una espiritualidad que dé vida a una síntesis capaz de superar toda posible fractura en la existencia diaria de los fieles laicos. La llave maestra es la unión con Cristo, como se expresa el decreto Apostolicam actuositatem, o la intimidad con Cristo, como dice la Christifideles laici. En qué pueda consistir tal unión se especifica por la indicación de que la actividad humana se desarrolla «según el querer divino»[42]. Para profundizar debidamente en este punto retomaremos un pasaje del número precedente de la Christifideles laici.

2. Unión con Cristo y unidad de vida en los fieles laicos.

«El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos»[43].

En la interpretación de este texto hace falta recordar sobre todo que la unidad de vida en el cristiano deriva de la unión con Cristo. En efecto, el enraizamiento en la Vid —que es Jesús— es lo que da “fruto” en cada ámbito de la vida de los fieles laicos. Ahora bien, en el cuadro de la formación espiritual va incluido el principio en torno al cual dicha unión con Cristo se puede desarrollar hasta alcanzar la unidad de vida. La respuesta de la Christifideles laici a dicha pregunta sería esta: sólo en la gradual y constante identificación con el amor de Jesús al Padre y a su diseño salvífico, el fiel laico llevará a cumplimiento la unidad de la propia existencia. En efecto, lo que se debe manifestar y realizar en la vida diaria no es el amor del cristiano en cuanto hombre, sino la «caridad de Jesucristo por la gloria del Padre y en servicio de los hermanos». Así pues, dicha síntesis vital no se da sobre la base, por decirlo así, de una “composición” entre las exigencias del propio yo y las de Jesús, sino más bien a fuerza de negarse a sí mismo para reencontrar en Cristo toda la propia existencia. Dicha afirmación merece ser profundizada en sus fundamentos.

A este respecto se recuerda, sobre todo, la plena participación del Hijo de Dios en la naturaleza y en la historia humana. En este sentido, es significativo el texto de la Gaudium et spes que retoma la Christifideles laici (n. 15) al plantear la índole secular de los fieles laicos: «El mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (…). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[44]. Así pues, el punto de partida está constituido por la unión de Dios con todo el hombre y toda su existencia. Nada de lo que es bueno en el hombre ha quedado como extraño a dicha unión, ya que «naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, similar a nosotros en todo menos en el pecado»[45]. Todo el horizonte de la vida humana ha sido asumido por el Verbo de Dios.

Pero lo que es más característico de Jesús no es tanto esta asunción de la “materia”, por llamarla así, de nuestra existencia, como el “espíritu” con que la asumió. El Verbo de Dios ha querido hacerse hombre para participar en nuestra historia y para redimirnos desde dentro de ella. Él quiso entrar en el corazón del drama de nuestro vivir sobre la tierra —de nuestra relación vital con Dios rota por el pecado— con el fin de establecer la paz, la comunión con Dios Padre, e instaurar la unión fraterna entre los hombres pecadores[46]. Y dicha obra redentora ha sido un acto de obediencia a la voluntad —al designio misericordioso— de Dios, sostenido por el mismo amor del Hijo hacia el Padre (cfr. Mt 26, 39.42; Mc 14, 36; Lc 22, 42: Hebr 5, 7s). Ciertamente, la redención alcanza su propio culmen en el misterio pascual; pero la Cruz y la Resurrección no son momentos aislados en la vida de Jesús. El amor obediente del Hijo al Padre ilumina ya la misma Encarnación y toda la vida de Cristo aparece marcada por este continuo ocuparse de las “cosas del Padre” (cfr. Lc 2, 49). El Hijo ha sido “mandado por el Padre”, y dicha misión está en el mismo centro del ser teándrico de Jesús y de toda su obra salvífica[47],

Pues bien, la identificación con el amor obediente de Jesucristo deberá llevar al fiel laico a asumir toda su existencia en la perspectiva de la redención, ya que —como dice la misma Christifideles laici (59b)— «todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos». Así pues, la edificación de la unidad de vida es un proceso en el cual el fiel laico se aleja de sí mismo y se identifica con Cristo en su amor obediente al Padre, “recuperando” la propia existencia en el mundo en una perspectiva nueva. A este respecto, Mons. Escrivá ha escrito: «Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad»[48].

En síntesis, a través de los fieles laicos el amor redentor de Jesús actúa capilarmente en todos los espacios de la vida de los hombres: toda la creación, de este modo, es renovada.

3. Plenitud de la caridad y plenitud humana.

Todo esto habría que relacionarlo con el número 17 de la Chritifideles laici, titulado Santificarse en el mundo. En efecto, la búsqueda asidua de la identificación con el amor de Jesús no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, de la plenitud de la caridad cristiana[49]. Desde este punto de vista se puede decir que la unidad de vida de los fieles laicos ha de ser buscada en el esfuerzo por vivir el cristianismo seriamente; de otro modo se quedará en una aspiración insatisfecha.

Por otra parte, si recordamos que la unidad de vita se pone como condición de la misión en el mundo contemporáneo, o sea como el camino que hace posible a los demás hombres recuperar el sentido y la dignidad de la existencia[50], entonces la búsqueda de la santidad no parecerá una especie de lujo refinado, sino una urgencia vital para el crecimiento de la Iglesia de nuestro tiempo.

Esta conciencia palpitaba con fuerza en la caridad pastoral de Mons. Escrivá y en su vigoroso anuncio de la doctrina sobre la santidad en medio del mundo: «Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra —ésa que hemos de pretender— una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el principal requisito que se nos pide —bien conforme a nuestra naturaleza—, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3, 14); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad»[51].

Hace falta, pues, rechazar una tentación: la de imaginar esta plenitud cristiana, que lleva consigo la plenitud humana, como algo que necesariamente se impone con sonoridad a nivel de opinión pública. Sin excluir que en algún caso pueda suceder así, esto no sucederá en la inmensa mayoría de los fieles laicos, sin que esto signifique una disminución de la eficacia de su testimonio en la historia. Juan Pablo II escribe al respecto: «Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia»[52].

De este carácter paradójico de la santidad y de la unidad de vida fue heraldo tenaz el Beato Josemaría Escrivá. La percepción inicial, como siempre, es cristológica: la vida escondida de Jesús rebosa una fuerza ejemplar: «Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[53].

De dicha simplicidad de una existencia plenamente santificada en el mundo Nuestra Señora es el modelo emblemático: «A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

»Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario»[54].

En este marco el trabajo humano asume el significado más profundo: eje de la existencia humana sobre la tierra, constituye también el núcleo de la vida espiritual, el “lugar” de la identificación con aquella vida de trabajo que llevó Jesús en el amor obediente a la voluntad del Padre, en espíritu de oración: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas»[55].

Así pues, el trabajo no es simplemente “actividad”; sería reductivo ponerlo en relación tan sólo con el sujeto que lo lleva a cabo, sin considerar que todo trabajo en el mundo forma parte además —para lo bueno y para lo malo— de un conjunto de relaciones más vasto, algunas veces de auténticas iniciativas colectivas de amplio alcance. Es esto siempre participación responsable en el esfuerzo de la humanidad. Y el cristiano está llamado a llevarlo a cabo orientándolo al reino de Dios y haciendo partícipes de esta misma tensión a todos los demás hombres, comenzando por los propios colegas. También a este respecto la sensibilidad de Mons. Escrivá se revela agudísima, al poner en evidencia el papel del trabajo en la corredención: «Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles… Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella primera época de la era de nuestra salvación»[56].

Este texto nos remite a las consideraciones iniciales. El mundo contemporáneo plantea desafíos radicales a la misión de la Iglesia. La reflexión sinodal ha identificado esta urgencia de síntesis vital con la misión de los fieles laicos, llamados a iluminar a todos los hombres con el amor de Cristo, que sostiene la existencia diaria del cristiano en medio del mundo.

Raúl Lanzetti

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] El texto completo, transcrito de la misma Ex. Ap. Christifideles laici (17a) decía así: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».

[2] Ex. Ap. Christifideles laici, 2i.

[3] Entre los muchos títulos de la bibliografía sobre el tema, se pueden citar esencialmente: ILLANES, J.L., Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 80-90, 222-225; CASCIARO, J.M., La santificación del cristiano en medio del mundo: AA.VV., “Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei”, Pamplona 1985, pp. 161-168; CELAYA, I. DE, Unidad de vida y plenitud cristiana, ibid., pp. 321-340; Vocación cristiana y unidad de vida, in AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987, pp. 951-965; RODRÍGUEZ, P., Vocación Trabajo Contemplación, Pamplona 1986, pp. 118-122, 212-218; HERRANZ, J., L’unità di vita del laico: “Studi Cattolici” 312 (febbraio 1987), pp. 103-108; TORELLÓ, G.B., La santità dei laici: AA.VV., “Chi sono i laici. Una teologia della secolarità”, Milano 1987, pp. 81-109.

[4] «Spiritus Operis Dei aspectus duplex, asceticus et apostolicus, ita sibi adaequate respondet, ac cum charactere saeculari Operis Dei intrinsice et harmonice fusus ac compenetratus est, ut solidam ac simplicem vitæ —asceticæ, apostolicæ, socialis et professionalis— unitatem necessario secum ferre ac inducere semper debeat» (Tit. III, cap.I., n. 79 §1: DE FUENMAYOR, A.—GÓMEZ-IGLESIAS, V.—ILLANES, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 639. La cursiva es nuestra).

[5] La exigencia de la unidad de vida ha sido subrayada muchas veces por el Magisterio, que la ha desarrollado gradualmente y en diversos contextos. Los lugares fundamentales al respecto me parecen ser los siguientes: JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11-IV-1963): AAS 55 (1963) 297; CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), n. 43: EV 1 (1985) n. 1454; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8-XII-1975), n. 20: AAS 68 (1976) 19. Ha sido ésta también solicitada para los presbíteros (cfr. Presbyterorum Ordinis, 14) y los religiosos (cfr. Decr. Perfectæ caritatis, 18).

[6] Ex. Ap. Christifideles laici, 34a.

[7]Ibid.[8]Ibid.[9] Ex. Ap. Christifideles laici, 34b.

[10]Ibid.[11] Ex. Ap. Christifideles laici, 34d.

[12]Ibid.[13] JUAN PABLO II, Homilía al comienzo del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): AAS 70 (1978) 947.

[14]Ibid.[15] AAS 55 (1963) 297. Versión castellana de El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992.

[16] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

[17]Ibid.[18] Ex. Ap. Christifideles laici, 34g.

[19] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 1.

[20] Cit. por RODRíGUEZ, P., o.c., p. 212.

[21]Ibid.[22]Ibid. p. 213. La cursiva es nuestra.

[23] Ver la bibliografía señalada en la nota 3.

[24] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 120.

[25]Ibid., n. 112.

[26] El primero de los últimos dos textos citados ha sido sacado de la homilía pronunciada el día de la Ascensión de 1966 (19 de mayo); el segundo pertenece a la homilía de la Pascua de 1967 (26 de marzo). Cfr. ibid., nn. 117 y 102 (a pie de página).

[27] Ex. Ap. Christifideles laici, 59a.

[28]Ibid., 59b.

[29]Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114.

[30] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[31] Cfr. ibid.[32] Ver, de modo particular, la insistencia del n. 58 sobre este tema.

[33] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 99.

[34] Ex. Ap. Christifideles laici, 60a.

[35]Ibid., 60c.

[36] «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Instr. sobre la libertad cristiana y la liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (Ex. Ap. Christifideles laici, 60d).

[37] Ex. Ap. Christifideles laici, 60e

[38] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 74.

[39]Ibid., n. 75.

[40] Ex. Ap. Christifideles laici, 60f.

[41]Ibid., 60b.

[42] CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4.

[43] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[44] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 32.

[45]Ibid., 22.

[46] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Ad gentes, 3.

[47] Dicha verdad permea toda la predicación de Mons. Escrivá: «Este fuego, el deseo ardiente de cumplir el decreto salvífico del padre, informa toda la vida de Cristo, ya desde su nacimiento en Belén» (Es Cristo que pasa, ed. cit., n. 95). Sobre ella se apoya su propuesta de santidad en medio del mundo: «Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (ibid., 20).

[48] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 20.

[49] Es significativo en este sentido el fragmento inicial: «La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el Apóstol nos amonesta diciendo: “Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: “Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida” (Apostolicam actuositatem, 4)» (Ex. Ap. Christifideles laici, 17a).

[50] Cfr. Ex. Ap. Christifideles laici, 3ss.

[51] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 6.

[52] Ex. Ap. Christifideles laici, 17b.

[53] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 14.

[54]Ibid., n. 172.

[55]Ibid., nn. 47 y 48.

[56] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, nn. 62 y 63.

 

Fuente: http://www.opusdei.es/es-es/article/la-unidad-de-vida-y-la-mision-de-los-fieles-laicos-en-la-exhortacion-apostolica-christifideles-laici/

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Claves para entender el rol de los laicos en el mundo

Foto: ACI Prensa

“Los fieles laicos, en virtud del Bautismo, son protagonistas en la obra de evangelización y promoción humana”, dijo el Papa Francisco hace pocos días en un encuentro con los responsables de las agregaciones laicales eclesiales y de inspiración cristiana, promovido por la Diócesis de Roma. Pero ¿qué significa ser laicos protagonistas en el mundo de hoy? Comparto algunas claves ofrecidas por el Cardenal Ricardo Ezzati, Arzobispo de Santiago.

1. Vocación diferente pero complementaria

El Cardenal Ezzati, en diálogo con ACI Prensa, nos explica que “la misión de los laicos forma parte del proyecto pastoral de nuestra arquidiócesis”. Esto surge “de la experiencia vocacional de la Iglesia”. Hay que recordar que “la Iglesia tiene una sola vocación: la de ser signo de Cristo Jesús en el mundo y continuar en la historia la acción salvadora de Jesucristo, a través de la predicación del Evangelio, la vida comunitaria, la celebración de los misterios de la fe, y la diaconía, el servicio a los hombres”. Esta vocación “está conformada de vocaciones diferentes y complementarias. Entonces ser laico significa ser discípulo misionero de Jesucristo luz del mundo, en el mundo, en una relación muy directa con el mundo”.

2. Luz del mundo…en el mundo

“Participando de la única vocación y de la única misión de ser Iglesia”, el laico está “muy estrechamente relacionado con el mundo, con sus semejantes, con la construcción de la historia en clave cristiana, como discípulo de Cristo, como misionero suyo, privilegiando la metodología de la misión propia de un laico”, dijo el Cardenal, y explicó que para entender esta metodología particular, es necesario comprender que “Al laico no se lo pide ser un presbítero en el mundo”, sino ser un “buen esposo, buen trabajador, o buen profesional, como hombre o una mujer”, comprendiendo que desde su lugar y vocación debe será discípulo del Señor y misionero.

3. Campo apostólico de los laicos

La exhortación apostólica Christi Fideles Laici del Beato Juan Pablo II define la primera tarea del laico. Esta consiste en “hacer del mundo un anticipo de lo que será definitivo: el Reino definitivo de Dios”. Pero ¿en qué parte del mundo debe hacerlo?, “En varios campos: en la familia, haciendo la Iglesia doméstica, en el ámbito de la cultura, educando a los hijos y promoviendo una cultura cristiana de la vida.”

4. ¿Realmente tienen espacio en el mundo?

“¡Cuánto espacio para un laico!, ¡Cuánto espacio para un laico para hacer del mundo, del trabajo y de la vida diaria, Reino de Dios; en los sindicatos, en las empresas!, ¿Cómo no pensar en la misión que los cristianos tienen en la vocación política?”, enfatiza el Cardenal Ezzati, y continúa diciendo que cuando existen fallas en estos campos, sobre todo en Latinoamérica que es un continente mayoritariamente cristiano, es porque existe la “dificultad de encarnar el Evangelio en el día de hoy”. Para el Purpurado es “fundamental que los laicos sientan que su adhesión a Jesucristo es vocación de construir realidades humanas impregnadas de los valores del Evangelio”, y no quedarse mirando la historia desde el balcón, como dijo el Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud.

5. La misión del laico es fundamental para la Iglesia

“Sin los laicos no sería la Iglesia de Jesucristo. Sin la participación de los laicos, una Iglesia clericalista no sería la Iglesia de Jesucristo”, agrega el Cardenal Ezzati, ya que su misión “tiene relación con el crecimiento de la misma Iglesia”, a través de una tarea específica. “Ahí radica la importancia de que los “laicos ocupen de verdad su espacio vocacional, su identidad vocacional al interior de la misma Iglesia. Cada vocación no puede vivirse sin las otras, cada una está llamada a aportar desde la esencia de la propia identidad bautismal, de confirmado, lo que es especifico ya que entre todos somos el cuerpo de Cristo.”

6. Formación permanente: un desafío

Muchas veces nos topamos con personas que no se atreven a hacer apostolado por la falta de conocimiento. Ante esto, el Cardenal recuerda que “los laicos viven y se forman en la Iglesia, y por consiguiente, encuentran todos los domingos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios, de celebrar, de vivir en comunidad, de ejercer el servicio de la caridad”. Pero además tienen la responsabilidad continua de formarse. “La Iglesia ofrece ayuda de formación en varios campos”, pero también “entra en juego la disponibilidad y el deseo de ser servidores a la altura del hombre, de la mujer de hoy”. Este “gran desafío no es solamente para los laicos, es desafío para nosotros los consagrados, para las religiosas, los religiosos; ya que se trata de responder a nuestra vocación, a través de un proceso de formación permanente, respuesta concreta al llamado que el Señor nos ha regalado”.

 

Fuente: https://www.aciprensa.com/blog/claves-para-entender-el-rol-de-los-laicos-en-el-mundo/

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Los Laicos o Seglares de la Iglesia

Los Laicos o Seglares de la Iglesia
Jerarquía de la Iglesia. Eclesiología

Son los encargados de que el Reino de Dios se haga una realidad en los diversos campos que forman su vida, donde el sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar.

Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

¿Quiénes son los laicos, los seglares de la Iglesia?

Se oye tanto hablar de esa palabra que muchas veces nos perdemos en el vocabulario y no sabemos a quiénes se refieren cuando oímos expresiones como “Ha llegado la hora de los laicos”. “Los seglares deben colaborar con la Iglesia”.

La respuesta podría ser muy fácil: Los laicos son todas las personas que pertenecen a la Iglesia católica, a través del Bautismo pero que no son obispos, sacerdotes, o pertenecen a algún grupo de vida consagrada.De esta forma, los laicos son todos los fieles que han sido bautizados dentro de la Iglesia.

Para ser más precisos, escuchemos lo que dice el Concilio Vaticano II en el documento Lumen Gentium, número 31 y que recoge el Catecismo de la Iglesia católica en el número 897: “Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”.

Elemento muy importante para distinguir a los laicos es el de su bautismo. Por este sacramento, los laicos o fieles del pueblo de Dios se hacen acreedores al derecho de llamarse y de ser Hijos de Dios y participar de esa filiación divina. Pero también comparten la obligación de trabajar para que el mensaje de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra. Esta obligación es más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo.

La acción que realizan los laicos dentro de la Iglesia no es indiferente. Su participación no es indiferente ni debe reducirse a la recepción de los sacramentos, antes bien, debe ser muy activa de forma que ayuden a que todas las realidades en las que ellos trabajan sean invadidas por el espíritu del evangelio. Por lo tanto, la familia, la profesión y el trabajo que desempeñan, sus actividades sociales, deportivas y de descanso, todo, absolutamente todo lo que conforma su vida, debe quedar informado por el espíritu del evangelio. En pocas palabras, los laicos son los encargados de que el Reino de Dios se haga una realidad en los diversos campos que forman su vida. Por lo tanto, ahí donde el sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar, ahí es donde el laico debe comprometerse para hacer llegar el mensaje de Cristo.

Juan Pablo II ha dicho de los laicos: “El Reino de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo para obrar el bien. A esta labor de animación evangélica están llamados, junto con todos los hombres de buena voluntad, todos los cristianos y de manera especial los laicos”. (Cfr. Centesimus annus, número 25).

El apostolado que deben llevar a cabo los laicos no se reduce solamente al testimonio de su vida, lo cual ya es una labor fundamental para construir el Reino de Dios en la sociedad. Deben ser “sanamente agresivos” con el fin de buscar todas aquellas oportunidades para hacer real en todos los ámbitos dela sociedad, el mensaje de Cristo. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia, como apuntaba el Papa Pío XII en su discurso del 20 de febrero de 1946 y que fue citado por Juan Pablo II en su documento Christifideles laici, número 9: “Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia.

 

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Los Laicos en la Iglesia de Hoy

 

Los Laicos en la Iglesia de Hoy

Jean Landousies C.M.

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Landousies, Jean C.M. (2002) “Los Laicos en la Iglesia de Hoy,” Vincentiana: Vol. 46: No. 4, Article 66. Available at: http://via.library.depaul.edu/vincentiana/vol46/iss4/66

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Los laicos en la Iglesia de hoy

por Jean Landousies, C.M.

Provincia de París 9.VII.2002

Introducción

El título dado a esta exposición engloba un campo muy amplio: «Los laicos en la Iglesia hoy». Por otra parte, la diversidad de origen, de profesión, de trabajo, de situación y de las opciones locales de todos ustedes, hace todavía más difícil el proyecto. Por eso he tenido que optar entre los temas posibles para nuestra reflexión. Me he visto obligado a limitarme a elementos bastante generales, esperando que en el trabajo de grupo van a poder expresar sus experiencias. Les propongo, pues, algunas orientaciones que me parecen importantes para la vocación y la misión de los laicos en las evoluciones actuales del mundo y de la Iglesia. Voy a desarrollar mi intervención en cinco puntos:

  1. Los laicos en la Iglesia-Comunión;
  2. Laicos apasionados por el hombre: la llamada a anunciar el Evangelio a los pobres;
  3. Laicos apasionados por Dios: la llamada a la santidad;
  4. Trabajar como Iglesia, colaborar con los hombres de buena voluntad;
  5. La necesidad de la formación.

Antes de entrar en nuestra reflexión, quisiera también poner de relieve dos puntos que me parece importante tener presentes como telón de fondo en nuestro debate:

El primero es el interés que Vicente de Paúl dio al lugar de los laicos en la misión de la Iglesia. Recordemos que la primera de sus fundaciones fue la de las Caridades. Reunió a laicos para que los pobres fueran servidos. Este tema lo trataremos más tarde. El segundo punto es la inquietud que debemos tener no solamente por el laicado vicenciano «constituido», sino también por todos los laicos que a través del mundo siguen, explícitamente o no, a San Vicente de Paúl, y que no tienen ninguna intención de unirse a una rama constituida de la Familia Vicenciana. Ellos también, solos o junto con otros, hacen que los pobres sean servidos.

  1. Laicos en la Iglesia comunión

1.1. ¿Qué Iglesia? En un primer momento, les invito a reflexionar un instante sobre la Iglesia en la que los bautizados tienen que vivir su vocación.

Desde el Concilio Vaticano II, la reflexión sobre la Iglesia comunión se ha desarrollado ampliamente. Nos encontramos aquí en el corazón del misterio de la Iglesia: una Iglesia que procede del Dios-Trinidad, es decir, de un Dios que es Él mismo comunión; una Iglesia cuyos miembros deben vivir en comunión con ese Dios que los llama y los envía; una comunión con Dios de donde procede la comunión de los miembros entre sí. Por último, como consecuencia de lo que ella misma es en lo más profundo de su ser, esta Iglesia ha recibido la misión de trabajar en la realización de la comunión de todos los hombres entre ellos y con Dios.

Tres imágenes importantes expresan y completan la presentación de este misterio de la Iglesia comunión: las imágenes de la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu.

  1. La Iglesia, Pueblo de Dios. La Iglesia es un pueblo que procede de Dios, que vive de Dios y que pertenece a Dios. Antes de toda distinción de funciones, de servicios o de ministerios, lo que es primordial es el ser una asamblea de cristianos. Lo que no excluye, por supuesto, la necesidad que tiene el Pueblo de Dios, como todo pueblo, de contar con responsables, tomados de entre sus miembros. Pero es preciso ir aún más lejos, pues es grande el riesgo de que ese Pueblo se encierre en sí mismo, excluyendo a quienes no forman parte de él. Es lo que podría llamarse el riesgo ‘sectario’. La Iglesia es un pueblo enviado a misión con el Espíritu Santo, un pueblo abierto a todos los pueblos de la tierra, invitándoles a formar todos juntos el único Pueblo de Dios. Conocemos bien el bello pasaje de Lumen Gentium, empleado después muchas veces en la enseñanza del Magisterio: «la Iglesia es, en Cristo, en cierta manera, el sacramento, es decir, el signo y a la vez el medio de la unión íntima con Dios y de la unidad con todo el género humano» (n. 1).
  2. La Iglesia Cuerpo de Cristo. En estos últimos años, quizá se ha hablado con frecuencia exclusivamente de la Iglesia como Pueblo de Dios, sin duda, para evitar caer de nuevo en una visión piramidal de la Iglesia. Sin embargo, la imagen del pueblo no agota el misterio de la Iglesia. Es preciso articularla con otras imágenes y, ante todo, con esta imagen esencial de la ‘Iglesia – Cuerpo de Cristo’. Esta imagen expresa a la vez la unidad profunda de la Iglesia con Cristo y su dependencia con respecto a Él que es la cabeza del cuerpo. Esta imagen muestra también, al mismo tiempo, la unidad y la diversidad de la Iglesia. Todos son miembros de ella, pero todos no tienen en ella la misma función (Cf. 1 Co 12, 12-30). En la Iglesia hay una diversidad y una complementariedad de vocaciones y de condiciones de vida, de ministerios, de carismas y de responsabilidades. Por otra parte, esta imagen del Cuerpo es importante para la comprensión de la misión. Pues si el cuerpo es lo que nos permite entrar en relación con los demás, la Iglesia – Cuerpo de Cristo permite a Cristo entrar concretamente en relación con los hombres y mujeres de todas las épocas, de todas las culturas.
  3. La Iglesia Templo del Espíritu. Por último, una tercera imagen, unida a las dos precedentes es la de la ‘Iglesia – Templo del Espíritu’. Es el mismo Espíritu quien es el principio dinámico de la variedad y de la unidad de la Iglesia y en la Iglesia. Es el Espíritu de comunión el que reúne a la Iglesia en toda la diversidad de sus miembros y el que hace de ella un solo Pueblo y un solo Cuerpo. La Iglesia es el Templo del Espíritu porque es construida, edificada por el Espíritu Santo, al mismo tiempo que por los cristianos. El Espíritu es la fuente de todos los carismas, esos dones confiados a todos los cristianos en beneficio de la Iglesia y de su misión. Esto significa también que, puesto que todos los bautizados han recibido el Espíritu Santo, todos tienen derecho a la palabra en la Iglesia, todos tienen el derecho a ser escuchados. En este punto es donde se podría hablar de lo que se llama el sensus fidei, es decir, el sentido sobrenatural de la fe que es el del Pueblo entero (Cf. LG 12).

Si tuviéramos tiempo, tendríamos que hablar aquí también del sacerdocio común de los fieles, que no es el sacerdocio de los laicos sino el de todos los miembros de la Iglesia; un sacerdocio común, dado a todos por el Espíritu Santo… (Cf. LG 10).

1.2. ¿Para qué laicos? En esta Iglesia comunión, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu y Pueblo de Dios, es donde yo quisiera situar la vocación y la misión de los laicos. Recordemos lo que dice el Vaticano II en Lumen Gentium : Con el nombre de laicos se designan […] los cristianos que en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde (n. 31). Los laicos no se definen, pues, con relación a los sacerdotes o a los religiosos. Se trata, ante todo, de bautizados que, por su bautismo, están habilitados para participar en la vida y en la misión de la Iglesia, que están unidos a Cristo y que viven de su vida y de su Espíritu. Por otra parte, viven en comunión de unos con otros, constituyendo un mismo cuerpo y un mismo Pueblo. Por último, su misión se ejerce en la Iglesia y en el mundo. Observemos también, de paso, que el laico no se define únicamente por su presencia en el mundo. Es también responsable de la vida de la Iglesia y participa en su misión.

  1. El compromiso de los laicos en el mundo. Este aspecto se desarrolla ampliamente en los textos del Vaticano II, y también después. Hablaré de esto luego. Digamos ya que la vocación apostólica de los laicos no les viene de un ‘mandato’ que les estuviera confiado por el Obispo sino que está fundada en su bautismo y en su confirmación. Los textos muestran claramente que evangelizar, misión primordial de la Iglesia, no consiste solamente en anunciar el Evangelio en el sentido estricto de la expresión (predicación, catequesis, etc…), sino que consiste también en transformar el mundo haciéndolo más conforme con el Evangelio. Hay asimismo un apostolado que consiste en evangelizar las realidades del mundo, mediante el testimonio de vida y mediante la palabra.
  2. El compromiso de los laicos en la Iglesia. Se asiste desde el Vaticano II a una renovación considerable en este aspecto. El lugar de los laicos en la Iglesia no se reduce a una asistencia pasiva, ni siquiera a un servicio litúrgico, por otra parte bastante limitado. Pensemos en el desarrollo de la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales en la vida de las comunidades, desde la liturgia hasta la transmisión de la fe, la catequesis o la contribución en diversos servicios y estructuras pastorales. Cada región tiene su modo de actuar para ayudar a los laicos a participar activamente en la vida de la Iglesia, según las necesidades. Pero, de manera general, podemos hacer notar también, por ejemplo, que la creación de consejos y de sínodos ayuda a los laicos no solamente a desarrollar ‘actividades’ sino a sentirse efectivamente más responsables de la misión de la Iglesia y responsables como laicos, en comunión con los obispos y los sacerdotes. Aunque, evitando los riesgos de una «clericalización» de los laicos, éstos necesitan participar en la vida interna de la Iglesia por el hecho de su bautismo y de su confirmación.

En resumen, podemos repetir lo que escribe Juan Pablo II en la carta apostólica Christifideles Laici: “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y la misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo” (n. 33). Los laicos están, pues, plenamente comprometidos en la misión de la Iglesia, por el hecho de su bautismo y de su confirmación. Es lo que quisiera tratar ahora.

  1. La pasión por el hombre: laicos llamados a anunciar el Evangelio a los Pobres

Quisiera ahora abordar de manera más concreta el lugar de los laicos en la misión de la Iglesia y, sobre todo aquí, a través de su servicio a la sociedad.

La misión primordial de los laicos que voy a poner de relieve es, ante todo, que a través de toda su vida deben dar testimonio de que la fe en Jesucristo es la respuesta fundamental a los interrogantes y a las expectativas del hombre y de las sociedades. Al comprometerse en los diferentes sectores de la vida del mundo, anuncian concretamente esta Buena Noticia que es la salvación en Jesucristo. Se trata de una responsabilidad esencial confiada a los laicos en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. No voy a extenderme aquí sobre la diversidad de compromisos misioneros de los laicos ni

sobre la necesidad de un análisis de las situaciones humanas y de las mutaciones de las sociedades. Ustedes son sensibles a ello en sus países.

Pero en estos aspectos, me parece que nosotros, vicencianos, debemos tener la preocupación especial por recordar, a tiempo y a destiempo, que los laicos tienen una vocación particular para trabajar en la promoción de la dignidad de todo hombre. Y, ante todo, de los más pobres, de los más débiles.

Un campo privilegiado, unido al compromiso en favor de la dignidad del hombre, es la presencia en los lugares de pobreza y de sufrimiento: asistencia a los enfermos, minusválidos, ancianos, enfermos terminales, víctimas de las nuevas enfermedades (SIDA y otras). Los cristianos que ahí se implican, mediante su encuentro y su comprensión de las personas, son expresión esencial del rostro amoroso y misericordioso de Cristo y de su Iglesia con relación a quienes están atravesando la prueba. El corazón del mensaje evangélico es precisamente esta Buena Noticia: ¡el hombre es amado por Dios! La palabra y la vida de cada cristiano deberían ser un anuncio claro de ello. Ocurre lo mismo con todo lo que se refiere al campo de la caridad y de la solidaridad, la participación en los movimientos caritativos, de apostolado o de educación, para construir una sociedad más justa donde cada uno encuentre su lugar y pueda vivir decentemente. Nosotros, vicencianos – especialmente – no podemos olvidar que el combate por la justicia es un elemento esencial de la misión de la Iglesia: todo esto en las parroquias, comunidades diversas, en la vida asociativa de los barrios o pueblos, en colaboración con las demás personas de otras corrientes de pensamiento que animen servicios de ayuda mutua o de solidaridad.

Otro campo en el que es urgente que trabajen los laicos es en el de la promoción y defensa del respeto por la vida. Sabemos que esto engloba muchos campos y que plantea cuestiones a menudo muy difíciles, pero que nosotros no podemos eludir. Pienso especialmente en los desafíos lanzados por las cuestiones relativas a la bioética.

La diversidad de los compromisos, que aquí no desarrollaré más, debe ayudar a cubrir todos los aspectos de la existencia humana en sus dimensiones individuales y colectivas: desde los problemas de la persona, de la familia, hasta los de la cultura, de la paz, de la política… O también, la necesidad de tener una conciencia clara de la dignidad del trabajo, concebido con miras a la realización del hombre y del cumplimiento de su vocación.

Por otra parte, de una manera general, para llegar a un auténtico cambio en las relaciones humanas y en el conjunto de la vida de la sociedad, me parece importante que los movimientos de laicos sean lugares de educación y de apoyo para quienes tienen responsabilidades políticas, económicas, sociales, a fin de ayudarles a cumplir sus tareas con integridad, con la inquietud por dar la

prioridad al bien de las personas, conscientes del impacto humano que tienen sus opciones.

Permítanme ahora, para terminar este punto, que me detenga en dos dimensiones de estos compromisos que, a mi juicio, son esenciales hoy para la misión: la calidad de los encuentros y la universalidad de la mirada. Es, por otra parte, lo que podemos encontrar ampliamente expresado en Vicente de Paúl.

Primero, la importancia y la calidad de los encuentros. Esto es verdad en la vida de todo cristiano, pero quisiera subrayarlo en la vida de los laicos hoy, pues con frecuencia existe la tentación de atenerse a la calidad del hacer, del contenido intelectual o material de un encuentro, de una reunión, de una acción etc…. Para nosotros, hay ciertamente ahí algo que es necesario profundizar para vivir según el espíritu de Vicente de Paúl. Los laicos están en primera línea para ir ‘naturalmente’ y en todos los campos, al encuentro de los demás, en nombre de Cristo, sin exclusividad; para llevar a cabo encuentros hechos de escucha del otro, para ayudarle a crecer, tomándolo en serio, respetando su dignidad a fin de que pueda vivir plenamente su propia vocación humana y espiritual. En esta perspectiva, quisiera también añadir que es urgente que en nuestras reacciones, en nuestra propia visión de las personas y de las situaciones, hayamos integrado elementos tan importantes como el diálogo ecuménico o el diálogo interreligioso. Éstos son hoy lugares de encuentro y, por tanto, de anuncio del Evangelio, que no podemos ignorar. Si existen todavía tantas incomprensiones, y por desgracia se dan hoy entre personas de religiones diferentes, es a menudo por falta de conocimiento verdadero, por falta de respeto mutuo de las diferencias.

Todo esto nos lleva también a favorecer la universalización de la mirada, tanto más urgente cuanto que en la vida social nos encontramos en un contexto de mundialización. Ya tendrán la ocasión de volver a hablar sobre este tema. En numerosos países nos encontramos, cada vez más, en presencia de poblaciones de origen muy diverso, de diferente origen social, cultura, o religión. Podríamos añadir indudablemente el desarrollo rápido de las comunicaciones, del turismo, etc. Ya no es posible permanecer replegados sobre el entorno tradicional inmediato. Además, sabemos también que el descubrimiento de esta ampliación de horizontes puede engendrar muchos temores, con sus consecuencias a menudo desastrosas. Los laicos tienen ciertamente ahí un campo ilimitado para la apertura del corazón y del espíritu misionero.

  1. La pasión por Dios : laicos llamados a la santidad

Les propongo ahora que demos un paso más, situando la vocación de los laicos a la misión en la perspectiva de la llamada a la santidad que es, en cierto modo, una consecuencia del bautismo.

La vocación del laico en la Iglesia no es un puro activismo, mientras que las ‘cosas espirituales’ estarían reservadas a los sacerdotes, religiosos y religiosas. La experiencia cristiana del laico no se reduce a sus encuentros con el hombre, sino que se lleva a cabo al mismo tiempo en un encuentro íntimo con Dios. La experiencia espiritual de Vicente de Paúl es particularmente esclarecedora a este respecto. Su experiencia de Cristo es indisociable de su experiencia de los pobres. Al buscar a uno descubre a los otros, descubriendo a los pobres encuentra a Cristo, y cuanto más descubre a Cristo en su misterio, más se ve impulsado a ir al encuentro de los pobres para vivir con ellos lo que ha descubierto. La vida espiritual que cada bautizado está llamado a desarrollar en sí mismo no es una huida del mundo. Es esencial volver a la llamada universal a la santidad, dirigida a todos y cada uno de los fieles laicos, pues esta llamada hunde sus raíces en el bautismo y se refuerza por medio de los demás sacramentos. El bautizado debe ser, por tanto, un apasionado de Dios que avanza con valentía por el camino de la renovación evangélica.

La respuesta a la llamada a la santidad no es un camino abstracto, perdido entre las nubes; no es un puro deseo lejano y desencarnado. Se trata, en realidad, de la búsqueda de la perfección del ser, de la realización total de la persona, tal como Dios la ha creado, tal como Dios quiere verla desarrollarse plenamente; es la búsqueda de la verdadera felicidad para sí – y también junto con los demás y para los demás – en cierto modo; una dicha, una perfección que se encuentran en una auténtica comunión con Dios y con los hermanos. Se trata, pues, de algo muy concreto que engloba toda la vida, que concierne a todos los campos de la existencia, no solamente a lo que llamamos estrictamente la vida espiritual. Al buscar la santidad, el cristiano desea encontrar su pleno desarrollo, su plena perfección, configurándose con Cristo. Este camino no es fácil, pero es esencial proponerlo como el corazón de la vocación cristiana, de donde se desprende todo lo demás, y mostrar que la marcha por este camino no es solitaria sino solidaria, a la vez con Cristo y con los demás bautizados.

Esta vocación de los laicos a la santidad se expresa, de manera especial, a través de su inserción en las realidades temporales y de su participación en las actividades del mundo. Esto significa que la vocación cristiana a la santidad está íntimamente unida a la vocación a la misión. Es la vida cotidiana, con todos sus compromisos, en particular al servicio de los demás en la Iglesia y en el mundo, la que debe convertirse en una ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad. Así, los laicos contribuyen a la edificación del Reino de Dios.

En resumen, como lo ha recordado Juan Pablo II en su Carta apostólica al final del gran Jubileo, poner la vida pastoral bajo el signo de la santidad es una opción de importantes consecuencias. Esto significa expresar la convicción de que, si el Bautismo hace verdaderamente entrar en la santidad de Dios mediante

la inserción en Cristo y de la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida bajo el signo de una ética minimalista y de una religiosidad superficial » (Novo millennio ineunte, 31).

  1. En sociedades pluralistas: necesidad de un trabajo como Iglesia y de colaboración con los hombres de buena voluntad

En las sociedades nuestras es necesario tener en cuenta el pluralismo que en ella se expresa cada vez más y sacar las consecuencias para la misión de los laicos. Me parece que aquí el cometido de los asesores de los diferentes grupos y movimientos tiene una gran importancia.

Para esto, lo primero que hay tener en cuenta es que la Iglesia misma es pluralista. Como hemos dicho ya, a imagen de la Santísima Trinidad, la unidad de la Iglesia es una unidad de comunión entre diferentes carismas que se manifiestan en ella. Esto constituye su riqueza, que muestra a la vez la diversidad de los dones del Espíritu y la posibilidad que tiene de llegar a todas las situaciones vividas por los hombres para anunciar en ellas el Evangelio y dar testimonio de él de manera auténtica.

Esta riqueza de los dones del Espíritu, que manifiesta la riqueza y la diversidad del Evangelio, nadie ni ningún grupo eclesial puede pretender poseerla totalmente. Por otra parte, es el Evangelio en su totalidad el que debe transmitirse a los hombres y mujeres de hoy. Se da aquí la expresión de una realidad importante para la vida de la Iglesia. Ser fiel al Evangelio y a su anuncio requiere que se viva en ese anuncio una auténtica comunión, no solamente a nivel del Credo, sino en su misma expresión misionera. Las exigencias que de ello se desprenden son de dos tipos: por una parte, al interior de nuestras mismas comunidades católicas y, por otra, en la búsqueda de la unidad de los cristianos.

Para hablar más concretamente, un punto esencial en la misión de los laicos es su dimensión colectiva, comunitaria o, más bien, sencillamente eclesial. La tentación de muchos grupos consiste en ¡replegarse sobre sí mismos! Hay muchos que deben hacer una necesaria toma de conciencia de que la misión que han recibido, personalmente o en grupo, es una misión confiada por Cristo a su Iglesia, y que los diferentes grupos que existen en su seno son la expresión de la diversidad de los carismas. Ciertamente, por lo que nos atañe más de inmediato, es legítimo dar cuerpo a lo que llamamos la Familia Vicenciana. Pero esto debe conducir a una profundización del carisma vicenciano, a su extensión. Ya entre nosotros, en esta familia, podemos sentir las diferentes facetas de este carisma. Este conjunto es el que debemos aportar a la única misión de la Iglesia. El replegarse sobre sí mismas de algunas comunidades o de grupos no puede sino conducir a un empobrecimiento de la Iglesia y, finalmente, a un empobrecimiento de estos grupos, que terminarán por morir o desprenderse del árbol vivo de la Iglesia para encerrase en prácticas sectarias. Tenemos que construir una Iglesia fraterna, comunidad de creyentes pero también comunidad o comunión de comunidades; una Iglesia abierta, en la que cada persona ocupa su lugar reconocido por los demás; una Iglesia donde todos colaboran con sus diferencias. Volvemos a encontrar aquí lo que debe vivirse en las sociedades humanas tentadas de individualismo.

Por nuestro carisma vicenciano, tenemos la responsabilidad de contribuir a hacer del mundo un lugar donde se haga realidad el compartir, la fraternidad; un lugar donde se viva bien juntos, ampliamente abierto a los demás, comenzando por el respeto a las legítimas diferencias que son un enriquecimiento mutuo y por no mantener unas fronteras herméticas.

Esto nos lleva pues a dar todavía un paso más, a abrir nuestros horizontes. Es lo que yo llamaría la urgencia de un compromiso común con los hombres de buena voluntad. Los laicos se encuentran en el corazón de las sociedades pluralistas, donde se expresan una multitud de corrientes religiosas o no religiosas, culturales, etc. Tienen que afrontar directamente estas corrientes en su vida de familia, de vecindario, de trabajo, de ocio etc… Ahí es donde, de múltiples maneras, viven su compromiso apostólico. Por tanto, es necesario abrirlos a todos estos campos de lo «religioso» o de lo cultural que, cada vez más, tienen que conocer. Con demasiada frecuencia no están preparados para ello – los sacerdotes se encuentran a veces en el mismo caso – . Me parece urgente que ante todos los desbordamientos actuales, ante las manipulaciones de religiones, los laicos se sientan incitados al encuentro, al trabajo común, al servicio de la sociedad, junto con todos los hombres de buena voluntad, más allá de las divergencias religiosas o ideológicas. Pienso que no solamente viviendo los unos al lado de los otros es como puede darse un auténtico conocimiento o una apreciación recíproca, sino desde el compartir cotidiano de la vida, desde un compromiso común por el progreso de las personas y de las sociedades.

  1. La formación de los laicos

Llego a mi último punto, que tiene ciertamente una gran importancia para ustedes, primero como asesores pero, sobre todo, para los laicos, para consolidar el presente de su vocación y de su misión, y para asegurar su futuro. Es la cuestión de la formación.

Si deseamos un laicado que dé pruebas de madurez, que sea consciente de sus responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad, y si queremos ampliar los horizontes de la evangelización, es necesario dar a los laicos una formación humana y espiritual sólida. Se trata con ello de ayudarles a descubrir y a vivir su vocación; a estructurarse, haciendo realidad la unidad de su vida. En el mundo de hoy, que se ha hecho complejo y exigente, es indispensable que los cristianos, sobre todo los que están comprometidos en movimientos, puedan actuar con competencia; una competencia que no sea solamente material o técnica sino también, y quizá ante todo, espiritual, para que el Evangelio sea anunciado con autenticidad y audacia. La competencia en el servicio es una forma de respeto a los pobres. Es indispensable que los laicos sean formados para una reflexión cristiana sobre las situaciones que se les presentan en su vida y apostolado. Todos sabemos que es importante tener corazón, pero sabemos también que esto no basta. Hace falta, al mismo tiempo, hacer funcionar la razón. Y esto es verdad, especialmente en el ejercicio de la caridad, de las obras de caridad, en que uno, con frecuencia, se ve tentado a dejar hablar y actuar exclusivamente a los sentimientos.

Sin querer limitar la formación a este aspecto de las cosas, quisiera subrayar aquí, para nosotros vicencianos, la importancia de la formación en la Doctrina Social de la Iglesia. Nos toca a nosotros ser especialmente sensibles en este punto, si queremos proponer una visión del hombre y de la sociedad acorde con los valores humanos fundamentales, y trabajar para promover el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana, empezando por los más pobres y los más débiles de nuestras sociedades.

Conclusión

Como conclusión de esta exposición quisiera retomar un pasaje de la carta apostólica dirigida a toda la Iglesia por Juan Pablo II, al final del gran Jubileo del año 2000, Novo millennio ineunte : Nuestro paso al principio de este nuevo siglo debe hacerse más ágil al recorrer los senderos del mundo. Los caminos por los que avanza cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias son muchos, pero no hay distancia entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de la vida (n. 58).

La vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo conllevan exigencias tan fuertes como las demás vocaciones eclesiales. No son vocaciones “con rebaja”. Como acompañantes, tenemos una responsabilidad especial, no solamente junto a los grupos que seguimos, sino más ampliamente aún en la Iglesia, a fin de que todos los bautizados adquieran una conciencia viva de la dignidad de su vocación y de las consecuencias que de ello se desprenden en su vida personal y eclesial.

(Traducción: CENTRO DE TRADUCCIÓN – HIJAS DE LA CARIDAD, París)

 

Fuente:

DePaulUniversity

UNIVERSITY LIBRARIES

Vincentiana

 

Volume 46

Number 4 Vol. 46, No. 4-5 7-2002

 

Categorías:Laicos