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LAICOS EN MISION: Relaciones entre la autoridad eclesial y los laicos

 

LAICOS EN MISION: Relaciones entre la autoridad eclesial y los laicos

Una de las mayores urgencias teológicas de nuestro tiempo sigue siendo la de comprender y difundir la vocación del cristiano laico. Esto, no sólo por conveniencia pastoral ante la disminución del número de sacerdotes o religiosos/as, sinopor exigencia de la común vocación bautis­mal y de la complementariedad de las vocaciones específicas en la iglesia.

Sin embargo, antes de entrar en el estudio de esa vocación y la respectiva misión del laico, de los diversos servicios y ministerios que puede prestar dentro de la iglesia, hay que reflexionar sobre su identidad misma. En tal sentido, me parecen especialmente importantes tres puntos de reflexión:

1º. ¿Cuáles son las implicaciones reales de la vocación bautismal y de la corresponsabilidad eclesial que de ella dimana?

¿Cuál es -en de la Iglesia actual- la “real realidad” del laico, con sus luces y sus sombras, sus responsabilidades y sus dere­chos, la expresión de sus carismas y dones y sus relaciones con la Jerarquía y con las Instituciones religiosas?

3º.  ¿Pueden nuestra iglesia, o nuestros Institutos religiosos, encarar, con un mínimo de garantías de acierto y éxito, su compromiso evangelizador, frente a las complejas y difíciles realidades del mundo actual, si empieza por ignorar, consciente o inconscientemente, buena parte de los valores y motivaciones que conforman a la humanidad más avanzada de nuestro siglo, en su expresión laical?. ¿Por ejemplo, la igualdad esencial, la par­ticipación, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos?

El problema, en el fondo, es de autoridad. Porque ciertamente parece indispensable la necesidad de una autoridad en toda sociedad, sea civil, sea religiosa. Pero una autoridad rectamente entendida, que para, en el caso de cualquier institución cristiana, debe estar basada en unos criterios evangélicos. Mucho más en la propia Iglesia. Para un seguidor de Jesús no cabe entender la autoridad sino como auténtico servicio, alejado de toda connotación de ambición, poder o superioridad, y por tanto, en permanente vigilancia para no caer en la no por sutil menos atractiva y frecuente tentación de querer usurpar un poder que sólo Dios tiene. 

Enfocada así es obvio que el laico debe aceptar unos niveles razonables de  autoridad en sus relaciones dentro de la comunidad eclesial, y en ese sentido tanto los clérigos y los religiosos o religiosas como los laicos pueden estar situados en alguno de esos niveles, cuando desempeñan una función concreta, por encargo expreso del obispo.

Pero de este hecho no se deduce que tal autoridad pueda ser ejercida de cualquier modo, y por supuesto se invalida cuando pretende afirmarse mediante medios y talantes ajenos al evangelio.

Una autoridad concebida en primer lugar como una referencia de unión en la fe y que se ejerce sirviendo cada vez mejor al creci­miento de la comunidad, sin pretender imponer la aceptación de sus criterios y opiniones puramente humanos al tratar sobre cues­tiones abiertas, es no sólo aceptable, sino deseable.

Por el contrario cuando se intenta, incluso de buena fe, forzar la aceptación de unas ideas en materias alejadas del depósito de la fe y de lo esencial de unas costumbres reconocidas por la iglesia universal, y se refuerza la presión alegando el hecho de que se actúa en nombre de Dios, se está precediendo, como mínimo, con una grave imprudencia, y se cae en una injusticia que priva de su auténtica libertad al pueblo de Dios.

Se pretende muchas veces justificar el ejercicio de la autoridad por los clérigos y religiosos, sobre todo a niveles altos de la jerarquía eclesiás­tica o de la organización congregacional, diciendo que la iglesia no somos una sociedad democrática y que la actual estructura piramidal es voluntad expresa de Dios; lo cual es cierto sólo en parte. Porque es verdad que, desde el comienzo de la Iglesia, se ha reconocido en ella un cierto principio de autori­dad, e incluso cierta jerarquía inicial -obispos, presbíteros, ministros- con ánimo de continuidad. Pero esa jerarquía inicial no se pa­recía (en su actuación práctica, ni en los modos de ejercer la autoridad, ni en su valor autocrítico y de corrección fraterna, ni en su manera de ser designada) a como se ha ido desarrollando históricamente en la iglesia con su peculiar concepción del poder.

Y si es cierto que sus virtudes le vienen del Maestro, sus defectos no, y por lo tanto es cuestión de fidelidad a Jesús el esforzarnos por que se vaya purifi­cando.

 

Fuente: http://estrenandodia.blogspot.mx/2014/04/laicos-en-mision-relaciones-entre-la.html

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Categorías:Laicos

LA PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS Y LAICAS EN LA IGLESIA

https://parroquiasanjosemariabu.files.wordpress.com/2014/05/construyendo-iglesia-positivo.jpg?w=848

 

LA PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS Y LAICAS EN LA IGLESIA

Estrella Moreno Laiz

Instituto diocesano de Pastoral Bilbao

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Estrella Moreno es una cristiana de la diócesis de Bilbao con encomienda pastoral y remuneración desde hace 14 años. Comienza su estudio afirmando el resurgir de la vocación laical en la Iglesia. Un resurgir motivado por cuestiones teológicas e histórico-coyunturales. En su argumentación ve luces en este proceso y, también, algunas sombras. Propone seguir avanzando en colaboración y corresponsabilidad.

 

¿Es posible hoy describir la realidad de la Iglesia sin referirse a los laicos y laicas? En mi opinión, no. Gracias a la eclesiología del Pueblo de Dios y a la recuperación de la figura del laico surgidas del Concilio, en las últimas décadas hemos asistido a un renacimiento de la realidad laical de la Iglesia, que puede calificarse como una muy buena noticia para el conjunto de la comunidad eclesial. Se podría decir que nunca como hoy en la historia de la Iglesia ha habido tantos laicos vocacionalmente conscientes y corresponsables con la misión global de la Iglesia. Sin embargo, como todo en la vida, esta es una realidad con luces y sombras, con logros y retos pendientes, que es lo que voy a intentar desgranar a lo largo de esta exposición, según mi humilde experiencia y opinión.

Tengo que decir, también, para que vosotros, lectores, os situéis respecto a quién escribe, que soy una cristiana de la diócesis de Bilbao, laica, con encomienda pastoral y remuneración desde hace 14 años. Por lo tanto, escribiré desde lo que mi propia vivencia como persona eclesialmente comprometida me ha aportado, y desde las dificultades que he detectado, también en otros laicos, para poder ser realmente miembros adultos y corresponsables en nuestra Iglesia.

 

1.- Una realidad de laicos participando

La realidad laical de la Iglesia no sólo es amplia en número sino en formas. Comprende desde las vivencias más básicas de pertenencia eclesial a las más conscientes y comprometidas. Vamos a intentar recorrer esta pluralidad, pero desde una mirada concreta: la participación en la dinamización de la vida eclesial. En la descripción voy de menor a mayor participación y responsabilidad. También este es el orden temporal: en los últimos años se ha vivido con intensidad cómo los laicos se han hecho más presentes en el desarrollo de la acción evangelizadora, primero, y se han ido incorporando, después, a tareas de responsabilidad.

 

a) Los dominicales

El grupo más amplio dentro de los laicos sigue siendo aquel que mantiene un nivel básico de pertenencia eclesial, sobre todo a través de la celebración de la eucaristía. Es difícil hablar de este grupo como un verdadero colectivo, porque también en él podríamos diferenciar subgrupos con características propias. Se declaran creyentes y miembros de la Iglesia, pero en general no se plantean dar pasos hacia una mayor implicación con ella. No son dinamizadores, sino receptores de la acción eclesial, fundamentalmente litúrgica. Muchos necesitarían pasar de ser meros bautizados a ser creyentes conscientes de su vocación y misión, a vivirse como seguidores de Jesús. El reto, en este caso, es buscar espacios y herramientas adecuados para ir propiciando un encuentro transformador de estas personas con Jesús, que desemboque en una vivencia más consciente y comprometida de su fe.

 

b) Laicos implicados en el desarrollo de un área pastoral

Hoy hay un gran número de laicos y laicas participando en todas las áreas pastorales, desde la catequesis o los procesos con jóvenes y adolescentes, a otras que han ido tomando importancia como son la pastoral familiar (los procesos que preparan a los novios y a los padres que piden el bautismo para sus hijos, y los espacios que posteriormente se generan), la liturgia (desde los lectores que participan en la eucaristía a personas que dinamizan celebraciones de la Palabra entre semana o personas que dirigen las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero), y Caritas (que además de trabajadores cuenta con una infinidad de voluntarios en los que se apoyan los diferentes programas). Es decir, hay laicos implicados en todas las dimensiones de la acción eclesial: en el anuncio de la Palabra y la iniciación a la fe, en la celebración de la fe, en la práctica de la caridad y en la animación de la comunidad cristiana.

Son creyentes de todas las edades, aunque, mirados en conjunto, predominan los que se sitúan en la franja 50-65 años. En una mayoría abrumadora, mujeres: ellas son el sustento de la acción evangelizadora de la Iglesia hoy, en su dimensión real y práctica, aunque esto no se corresponda con el nivel de responsabilidad que detentan. Destacan también los jóvenes, que si bien son una minoría dentro de su colectivo juvenil, son muy activos. Debemos valorar mucho su compromiso en este contexto social apático e individualista, y religiosamente tan indiferente, sobre todo en este grupo de edad.

Estos laicos y laicas son los engranajes que hacen que los proyectos funcionen y el rostro visible y cercano de la Iglesia para muchas personas. Son personas entregadas, muchas de las cuales dedican un número muy importantes de horas y de desvelos, en un compromiso que se prolonga durante muchos años de la vida.  Pero más habitualmente de lo que nos gustaría son meros peones, sin oportunidad para participar en el diseño de los proyectos en los que participan. Generalmente son entendidos como colaboradores del párroco o cura correspondiente, pero no como co-responsables o responsables. Raramente han recibido un envío público por parte del responsable pastoral que les hace tomar conciencia a ellos y a la comunidad, por una parte, de que son encomendados por ella a desarrollar esa tarea, y por otra, del valor y la importancia de su participación. Se mueven en el terreno del voluntariado, generalmente durante muchos años de compromiso con un proyecto, habitualmente con dificultades para encontrar relevos que les sustituyan pasado un tiempo razonable. Muchos necesitarían reforzar su capacitación teológico-pastoral, pero a veces no reciben las ofertas adecuadas para ello, y otras veces, las propias urgencias pastorales impiden que puedan dedicar un tiempo a este menester.

 

c) Laicos responsabilizados en la coordinación-dinamización de un área pastoral.

Son personas responsables de áreas o de proyectos concretos que pueden referirse a una unidad pastoral o arciprestazgo (por ejemplo, la responsable del equipo de catequistas de la unidad pastoral, o la coordinadora de Caritas),  o de un nivel vicarial o diocesano (por ejemplo el delegado de Apostolado Seglar de una diócesis, o la directora del Secretariado Diocesano de Juventud). Estos laicos y laicas tienen un encargo pastoral que proviene de la comunidad parroquial, de una congregación religiosa, de las Unidades Pastorales, Arciprestazgos o vicarías, o de la cabeza diocesana. En algunas ocasiones este encargo tiene un reconocimiento institucional y se recoge por escrito en un documento oficial que llamamos encomienda donde se detalla en qué consiste la tarea a desarrollar y durante cuánto tiempo. Pero esta es una práctica aún poco extendida, lamentablemente.

Como he mencionado, hay algunas congregaciones religiosas, como la escolapia, que comenzaron favoreciendo la creación de comunidades de cristianos adultos que caminan en comunión con los religiosos, pero han dado un paso más proponiendo a personas de esas comunidades el ejercicio de ministerios en clave de corresponsabilización pastoral con los escolapios de la Provincia de Vasconia. Es todavía una experiencia incipiente que intenta responder a la nueva realidad de las congregaciones, la Iglesia y el mundo.

Los laicos y laicas que englobo en este grupo tienen un mayor nivel de responsabilidad y generalmente coordinan y dinamizan a un equipo de personas del perfil que hemos descrito en el apartado anterior. Normalmente están en relación directa con el párroco o consiliario responsable final del área, aunque en algunas diócesis, todavía como experiencias minoritarias, se han ido constituyendo equipos ministeriales donde se incorporan estos laicos. Estos son equipos donde, además de los curas, participan los laicos y/o religiosos responsables de las diferentes áreas, y en los que se intenta plantear y decidir la estrategia pastoral de conjunto. Las encomiendas de nivel diocesano, debido a sus características propias, tienen otros espacios de coordinación y control directamente gestionados por la cabeza diocesana.

Estos laicos son personas muy implicadas, con un compromiso en cuanto a horas invertidas y dedicación muy fuerte. Viven experiencias diversas, pero demasiado habitualmente, sobre todo cuando se refiere a los voluntarios, hablan de un déficit de acompañamiento en la tarea, la falta de responsabilidad real sobre ella y la dificultad de encontrar nuevas personas que vayan sustituyendo a las de más edad.

Cuando el volumen de la tarea así lo requiere, se ha abierto la vía de la remuneración para facilitar la dedicación necesaria de la persona a la misma, pero también ésta es una experiencia aún minoritaria, al menos cuando nos referimos al caso español, porque si extendiéramos nuestra mirada a la realidad europea, nos quedaríamos asombrados de la cantidad de laicos dedicados a la pastoral y remunerados que existen en Iglesias como la alemana, la francesa o la suiza[1]. La diócesis con más laicos dedicados a tareas pastorales con encomienda y liberación en  España es la de Bilbao, que actualmente cuenta con 35 personas en esta situación.

En el caso de la diócesis de Bilbao, se da gran importancia a la formación de estos laicos y laicas, especialmente de los que tienen remuneración, que deben cursar, al menos, la diplomatura en Ciencias Religiosas.

Un apartado especial merecen los profesores de religión. Son un colectivo numéricamente amplio y con una importante tarea a desarrollar. Estos laicos necesitan obligatoriamente el aval que otorga la Missio Canonica en virtud de una formación teológica y pedagógica obligatoria. Estos laicos sí reciben un envío o misión eclesial por parte de su obispo, casi los únicos en algunas diócesis. Es un colectivo muy heterogéneo, con distintos grados de vinculación eclesial y recorrido cristiano.

 

d) Laicos enviados participando en el ámbito secular

Una mención también a estos laicos, realmente minoría. No porque no haya muchos cristianos, que los hay, participando en el espacio civil desde su condición de creyentes y en una clave de compromiso transformador, sino porque pocos se sienten en esta tarea enviados por la comunidad cristiana, y muchos menos reciben explícitamente tal encomienda o envío. En este caso, es muy importante la labor que han hecho en este campo los movimientos apostólicos, que por una parte, han creado conciencia entre los laicos de la necesidad del compromiso transformador en medio del mundo, y que por otra, acompañan a los militantes a vivir desde la fe el conjunto de su vida.

 

2.- Elementos que han favorecido esta realidad

Yo distinguiría dos tipos de razones: las teológicas y las histórico-coyunturales.

 

a) Razones teológicas

La eclesiología del Pueblo de Dios por la que apostó el Vaticano II, supera un modelo eclesial piramidal y basado en el binomio clérigos-laicos, para sustituirlo por una Iglesia de comunión y misión que apuesta por el de comunidad-ministerios. En este marco, el Concilio recupera y revitaliza la figura del laico. Se le reconoce miembro del Pueblo de Dios, incorporado a Cristo por el bautismo, hecho partícipe de la función sacerdotal, profética y real de Cristo (LG 31). Por primera vez se reconoce la vocación laical como tal (vocación admirable LG 34).

Por otra parte, se considera que hay una única misión de todo el pueblo cristiano, la misión de la Iglesia, que es dilatar el Reino de Dios. El apostolado de los laicos, por tanto, no es uno derivado del de la jerarquía, sino que es expresión del único apostolado que es el de la Iglesia (LG 33). Aunque a la vocación laical se la sitúa prioritariamente en la construcción del Reino en la sociedad, se abre la posibilidad a los laicos a una “cooperación más inmediata con el apostolado de la jerarquía” (LG 33) en el ejercicio de determinados cargos eclesiásticos. Y se da un paso más cuando se plantea la posibilidad de llegar a suplir al clero en tareas propias (LG 35,4).

Con estas breves referencias sólo quiero poner de manifiesto que el Concilio abrió unas posibilidades enormes para la participación y la corresponsabilidad de los laicos en la Iglesia. Las Iglesias que han querido hacerlo, tenían razones para promover una nueva realidad eclesial con mayor protagonismo laical.

 

b) Razones coyunturales

Es evidente que la realidad eclesial actual ha favorecido una mayor participación de los laicos en la vida de la Iglesia.

En primer lugar, la precariedad que se vive entre el colectivo de curas con sus diferentes manifestaciones ha sido determinante:

 

  • Por un lado, el descenso del número de vocaciones al presbiterado y el envejecimiento del colectivo ha sido el factor fundamental. El número total de curas no tiene nada que ver con lo que era hace 30 años, y la gran mayoría de los que están en activo son mayores de 50 años.
  • Esto ha provocado una sobrecarga de tareas de los presbíteros en activo que se dan cuenta cada vez más de que no llegan a todo y de que necesitan ayuda. Así, se han visto en la tesitura de elegir entre dejar desatendida una parroquia o un área pastoral, o pensar en nuevas soluciones, que se han movido entre la reorganización territorial  y la incorporación de los laicos y laicas.
  • Por otro lado,  ha habido un colectivo importante de curas y obispos que han asumido la eclesiología conciliar y que han intentando hacerla realidad en sus parroquias y diócesis.

 

En segundo lugar, entre algunos laicos ha ido naciendo la conciencia de su vocación y su misión, ayudados por algunos curas, los movimientos apostólicos y otras organizaciones laicales. Eso ha favorecido tanto una disponibilidad mayor para participar eclesialmente, como que ellos mismos hayan tomado la iniciativa ofreciéndose para realizar diferentes tareas y generando nuevos proyectos. Pero en este terreno, aún queda mucho por hacer.

En tercer lugar, la secularización, la imagen negativa de la Iglesia entre muchos sectores sociales y el progresivo alejamiento de fieles de la Iglesia,  han obligado a replantear el papel de ésta en la sociedad y las formas de evangelización. De esta manera, el contexto social e histórico ha marcado un terreno de juego más propicio para que los laicos comiencen a ser un nuevo rostro de Iglesia, más aceptable para muchos.

Creo que todos estos factores deberían ser leídos positivamente, como oportunidades que el Espíritu ofrece a la Iglesia para renovarse.

 

3.- Luces en esta experiencia

La incorporación del laicado a la tarea evangelizadora ha supuesto poner en práctica una Iglesia más corresponsable y participativa, que está generando, gracias a la aportación laical:

 

  • Nuevas formas, nuevas maneras de llevar adelante la pastoral. Al cambiar los actores (de varones célibes centrados en el mundo eclesial a hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, solteros y casados, incorporados al mundo laboral o estudiantil, o disfrutando de la jubilación tras haber pasado por él, ciudadanos con distintas preocupaciones y sensibilidades respecto a la realidad social, con una relación distinta a la pastoral con el resto de vecinos del barrio,…) cambia también el análisis de la realidad, las preocupaciones e intereses, los medios desde los cuales afrontarlos, el lenguaje utilizado, las formas, las relaciones… Por ejemplo, necesariamente la pastoral familiar será distinta cuando las entrevistas personales a las parejas y los encuentros con ellos son llevados adelante por laicos. Aún cuando ellos no hayan decidido qué es lo que se tiene que hacer (por ejemplo qué proceso debe llevarse con los novios, en qué se concreta y qué temas hay que abordar), lo harán de manera distinta a la de un cura, probablemente en mayor conexión con el sujeto que se acerca demandando un sacramento.
  • Una mayor sensibilidad hacia los problemas del mundo y de la vida cotidiana. Los laicos y laicas viven inmersos en lo secular: ese es el espacio que el Concilio les señala como más propio, aunque no exclusivo. Son la cara y la voz de la Iglesia en la vida cotidiana, pero también tienen que ser la voz del mundo y de sus problemas dentro de la Iglesia. Son los que trasladan al conjunto de la Iglesia los desvelos y las ilusiones de la gente, las búsquedas de sentido y espiritualidad de muchas personas, las demandas y las críticas que le lanzan a la Iglesia como institución…. Porque ellos no dejan de ser parte de ese mundo, de esa gente, aunque con una conciencia y una mirada peculiar: la que les aporta la fe. En realidad, estas afirmaciones no deberían ser exclusivas de los laicos. Esta es una tarea de todos, y no de un solo grupo, porque toda la Iglesia es secular: la Iglesia es mundo y está en el mundo. Está formada por hombres y mujeres como los demás, configurada como institución, incluso como Estado, sujeta a las leyes de la biología y de las circunstancias históricas, con la misión de, desde su ser en el mundo, hacer presente en él la vida de Dios y su acción transformadora. Sin embargo, habitualmente ¿no funciona aún la lógica de que para acercarse a Dios hay que separarse del mundo? ¿Realmente asumimos que el encuentro con Dios es mediado por lo humano, por lo profano, por el mundo? ¿No están haciendo dejación de su responsabilidad el resto de las vocaciones cuando encargan a los laicos de la secularidad?
  • Una imagen de Iglesia renovada. La gente de la calle identifica la imagen pública de la Iglesia con sus dirigentes: el Papa, los obispos, los curas. Llegar a la parroquia y encontrarse en la acogida con una mujer, por ejemplo, puede sorprender pero, en general, agradablemente. Entre los no creyentes funciona una imagen negativa de la Iglesia, a lo que contribuye ver a los curas como los hombres “distintos”, separados de la realidad que ellos viven todos los días. Encontrar un laico desmonta esa imagen, siempre que sea una persona acogedora, dialogante, resolutiva, práctica.
  • Una organización con espacios más plurales. Se han dado algunos pasos en el terreno organizativo importantes. En la mayoría de parroquias existe el Consejo Parroquial como espacio de información y corresponsabilidad; también en muchas diócesis existe el Consejo Pastoral Diocesano, presidido por el Obispo y en el que participan laicos, religiosos y presbíteros. En muchas diócesis hay experiencias de participación en la elaboración de los Planes Pastorales y de Evangelización, además de experiencias de Sínodos y Asambleas diocesanas. La participación del conjunto de vocaciones aporta pluralidad, riqueza, diversidad.
  • Una nueva reflexión sobre los ministerios. La incorporación laical a tan diversas tareas, que implican a todas las dimensiones de la acción eclesial, obliga a repensar el tema de la ministerialidad en la Iglesia. Como hemos visto, la realidad de participación laical es variada, pero lo cierto es que existen casos de personas formadas, que se sienten vocacionalmente llamadas, ejerciendo tareas pastorales con un envío y una encomienda, algunos dedicados a jornada completa con una retribución económica, algunos también con largos años de dedicación y con disponibilidad para permanecer al servicio… Creo que hay situaciones donde deberían utilizarse sin miedo las palabras ministerio laical y reconocerse oficialmente. Es cierto que es un tema complicado:
    • Por una parte, porque entre los propios laicos hay muy poca reflexión hecha sobre el tema, y porque había que definir qué es un servicio pastoral y qué es un ministerio.
    • Por otra, porque esto supone repensar también el ministerio ordenado, su ser y misión, y su papel en una Iglesia toda ministerial. Esto es, a mi juicio, lo más complicado de hacer hoy porque genera muchos miedos y recelos entre la jerarquía eclesial, en mi opinión, no justificados.

Aún es un tema muy incipiente, en el que se han dado muy pocos pasos, pero lo menciono aquí porque probablemente lo poco que se ha hecho ha sido empujado por la constatación de la realidad de la participación laical.

  • Unos laicos más formados. En la medida en que los laicos han ido desarrollando tareas, han descubierto la necesidad que tenían de herramientas pastorales y de profundización teológica. La formación contribuye a ahondar en la identidad creyente, aporta claves para el diálogo con la Modernidad y la Post-modernidad, ayuda a tomar conciencia de la vocación y tarea del laicado y de la Iglesia, y aporta criterios y herramientas para llevarla adelante.

 

4.- Sombras

Sin embargo, dentro de esta experiencia hay también sombras y cuestiones graves que la oscurecen. Son verdaderos retos a afrontar si queremos consolidar esta experiencia.

 

  • Colaboradores, no corresponsables. Hasta ahora he destacado cómo ha habido una incorporación de los laicos en la acción de la Iglesia que es en sí misma muy positiva. Pero sus realizaciones más generalizadas no lo son tanto. La mayoría de la veces, el laico vive la experiencia del clericalismo, del paternalismo clerical y de vivir en una permanente minoría de edad en la Iglesia. Se siente trabajador y responsable, ilusionado con el proyecto en el que se ha implicado, pero a la vez decepcionado con el párroco, obispo o curia que sólo le considera “fuerza de trabajo”, pero que no le consulta, y cuando lo hace, le recuerda que los órganos de participación son meramente consultivos; que toma decisiones por él, arrogándose en perfecto conocedor de sus intereses y necesidades; que quiere que sea correa de transmisión de mensajes con los que ni siquiera sabe si está de acuerdo o no… Es cierto que en esto pesan mucho la historia y la costumbre: los laicos estamos poco acostumbrados a tomar la iniciativa y sentir que tenemos algo que decir, y los curas no están acostumbrados a trabajar en equipo, y menos con otros a los que consideran menos preparados y con poco criterio. Pero en este caso, claramente la responsabilidad mayor la tiene el ministerio ordenado.

 

La Comisión Episcopal de Apostolado Seglar reconocía esta situación así:

    • Los Obispos apenas consultamos a los seglares ni les ofrecemos puestos de alguna responsabilidad pastoral.
    • Los sacerdotes, por su parte,cuentan con los seglares para problemas concretos ya decididos previamente por ellos, o simplemente, prescinden de los seglares por considerar que complican más que ayudan en la vida pastoral.
    • En ocasiones todavía el ministerio pastoral es concebido como un poder más que como un servicio y la parroquia como un patrimonio personal.”[2]

Estas prácticas ponen en entredicho la eclesiología del Pueblo de Dios[3].  La igualdad fundamental de los hijos de Dios que nos hace hermanos (“…se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y la acción común de todos los fieles para edificación del cuerpo de Cristo” LG32) necesita visibilizarse realmente en estructuras. Toda actuación de la comunidad exige la participación de sus miembros en su diseño y puesta en práctica. De lo contrario, ¿cómo puede ser, si no, “de la comunidad”? ¿Cómo se pueden sentir los laicos concernidos e involucrados en ella?

La corresponsabilidad no pone en cuestión que en la Iglesia exista un principio de autoridad, pero ni ese principio debe estar ejerciéndose permanentemente (en la mayoría de nuestros procesos y decisiones eclesiales no se pone en juego la comunión ni la verdad de la fe) ni el ministerio ordenado tiene sentido sin la comunidad: ese servicio ministerial no puede ejercerse al margen de la vocación a la corresponsabilidad eclesial y el sentido de la fe fundados en el bautismo.

Nos encontramos con muchos casos de hombres y mujeres adultos, con responsabilidades familiares, con formación superior, en puestos de dirección en sus trabajos, que al llegar a la Iglesia son tomados por gente necesitada de permanente tutela y dirección. Con estas actitudes estamos provocando el hastío, la decepción, el éxodo de personas muy valiosas, en un contexto, además, en el que la gente se acerca a la Iglesia por convicción, no por costumbre ni obligación. Ni siquiera por razones utilitaristas, esta es una buena práctica.

Una cosa es la inexperiencia o la falta de formación y otra es la falta de capacidad. Las dos primeras sólo se solucionan si dejamos que los laicos se curtan en el terreno pastoral y tomen responsabilidad: es precisamente el ejercicio de esta lo que nos hace crecer.

 

  • Laicos realmente adultos en su fe. Los laicos que participan en la acción pastoral son los más eclesialmente identificados, los que viven mayor grado de pertenencia a la comunidad creyente y por tanto, con una fe más elaborada. Pero aún quedan muchos pasos que dar en ese sentido. Hay que avanzar en la experiencia de fe de este colectivo para que sea una fe basada en un encuentro personal con el Dios revelado en Jesucristo y que se traduzca en unión fe-vida. Es importante también ayudar a descubrir la condición laical como una verdadera vocación y de qué forma ésta se va concretando. En la medida en que seamos conscientes de nuestra dignidad y de nuestras posibilidades podremos también demandarlas.
  • Laicos insuficientemente formados. En el punto anterior decía que hoy tenemos un laicado con más formación, pero todavía son minoría en el conjunto.  La formación, en este caso me refiero a la teológico-pastoral, es un elemento que aporta al laico seguridad, criterios y opinión. Lamentablemente, para algunos curas esto le convierte en un elemento molesto, porque ante él van a necesitar argumentar sus decisiones. Pero para llegar a ser considerados adultos dentro de la Iglesia, este es un elemento irrenunciable.
  • Laicos no organizados. La mayoría de los laicos que participan en la acción pastoral de la Iglesia no pertenecen a un movimiento o una comunidad laical. Esto, a mi entender, no es imprescindible, pero es muy conveniente. Los movimientos apostólicos y las pequeñas comunidades son espacios donde cultivar la fe, donde crecer en formación, pero también son escuelas de participación y corresponsabilidad. Sobre todo la Acción Católica, que en una de sus notas señala como elemento de identidad de los movimientos el protagonismo laical. En los movimientos y comunidades se aprende a pensar juntos, a analizar la realidad a la luz de la Palabra, a plantear estrategias de acción con otros, a llevarlas adelante entre todos. Estos son elementos muy necesarios en cualquier ámbito de la vida, también para la vivencia eclesial. Pero además los laicos y laicas experimentan que existe verdadera corresponsabilidad también dentro de la Iglesia, que se puede ser adulto responsable en ella, que es posible el disenso y la pluralidad sin que eso signifique “estar fuera”. Por otra parte, la organización siempre tiene más fuerza que el individuo a la hora de tomar iniciativas o elevar una palabra pública.
  • Laicos cuestionados en su laicidad. Hay algunas voces, que cada vez se oyen más frecuentemente, que dicen que, siendo lo secular el ámbito propio del laicado, la dedicación a la pastoral supone una traición a la verdadera vocación y tarea del laico, y que genera una “clericalización” del colectivo. Me parece que este argumento esconde un deseo de alejar a los laicos de la responsabilidad eclesial, que han llegado a convertirse en un elemento molesto que no deja campar a algunos curas a sus anchas en lo que ellos consideran su feudo. Ante esta idea, hay diversos argumentos que esgrimir: los teológicos, los históricos y los prácticos.

 

    • Los primeros se refieren a que la misión de la Iglesia es una y para el conjunto de la Iglesia, y que separar lo secular para los laicos y lo eclesial para los ordenados no tiene razón de ser: todos debemos estar implicados en dilatar el Reino de Dios en el mundo, y en el mantenimiento de la comunidad eclesial que debe ser signo de la voluntad salvífica de Dios en medio de él.
    • Desde el punto de vista de la historia eclesial, por ejemplo, Pedro tenía suegra (Mc1, 29-31), es decir, tenía esposa; Pablo tenía un oficio y lo considera un signo de autenticidad apostólica (2Tes 3); en la carta de Timoteo, al mencionar las características de un obispo se dice que “ha de regir su familia con acierto,…, pues si uno no sabe regir la propia familia ¿cómo se ocupará de la Iglesia de Dios?” (1Tim 3, 1-7). ¿Debemos pensar, entonces, que estas personas no desempeñaban bien su tarea eclesial por su condición secular, o viceversa, que la secularidad no formaba parte de su identidad, anulada por su dedicación eclesial?
    • Por otro lado, pensar que dedicar tiempo a la tarea intraeclesial, aún cuando sea tanto como una jornada laboral, cuestiona la secularidad del laico es no conocer a los laicos. Por ser encomendados a una tarea eclesial no dejamos de ser padres y madres, hijos e hijas, amigos, ciudadanos, trabajadores, aficionados a diferentes hobbies,  consumidores,…, y uniendo todo eso, creyentes. ¿Acaso no es esto vivir en medio del mundo? ¿Acaso se puede pensar que nuestra familia nos preocupa menos que el proyecto pastoral en el que trabajamos? ¿Acaso no estamos llamados a construir Reino en todos los ambientes en los que nos movemos, en todos los ámbitos de la vida? ¿Acaso en ellos no está Dios?

 

Sólo recojo este argumento si quiere ser un aviso para que los laicos no caigamos en las prácticas que detectamos en algunos curas y que criticamos: acaparar información, acaparar poder, tender al autoritarismo respecto a otros laicos…

 

  • Una experiencia aún poco extendida y consolidada. Si pensamos en números absolutos, todavía somos pocos. Muy pocos en puestos de responsabilidad, muy pocos plenamente dedicados a la evangelización. Queda mucho por andar.
  • Los nuevos movimientos laicales. En los últimos tiempos asistimos al desarrollo de nuevos movimientos de laicos de corte tradicional, con una manera de vivir la fe más intimista y menos preocupada por el diálogo con el mundo y el compromiso transformador. Con esto quiero indicar que entre los laicos, como en el resto de la comunidad creyente, hay pluralidad y distintas apuestas respecto a qué modelo de Iglesia impulsar y qué papel deben jugar los laicos en ella. Y esta pluralidad tiene muy pocos lugares de encuentro y diálogo donde poder dejar caminos en paralelo y empezar a definir una vía por la que todos podamos avanzar.

 

5.- Mirando hacia delante

Por un lado, se constata que en la Iglesia en los últimos años vivimos una involución hacia posiciones más conservadoras en todos los campos. Desde ahí, podemos esperar que los máximos responsables eclesiales nogenerarán grandes avances en lo que se refiere a la corresponsabilidad laical. El modelo de laicado a potenciar será el laico colaborador, mero ejecutor de las indicaciones que el cura correspondiente le indique.

 

Sin embargo, también confío en que la realidad se irá imponiendo: la Iglesia no se sostiene, y cada vez menos se va a sostener, sólo con los curas. Contar con los laicos y laicas para desarrollar su tarea evangelizadora no será una opción que se pueda elegir o no, sino una obligación. Confío también, que las nuevas generaciones laicales, nuestros jóvenes de hoy, que mayoritariamente están viviendo unos procesos de iniciación cristiana más vivenciales y participativos, que toman la iniciativa cuando se trata de iniciar a otros jóvenes, que tienen mayor formación…, precisamente porque están viviendo otros modelos eclesiales, puedan seguir recreándolos y demandándolos. Creo que no podemos renunciar a nuestra tarea como laicos de reivindicar y buscar nuestro espacio en la Iglesia, pero un espacio de calidad, que reconozca nuestra dignidad y nuestras capacidades. Para eso es importante organizarse para no quedar diluidos en la globalidad eclesial. También apoyarse en los curas y obispos más proclives a ello, generando prácticas de corresponsabilidad al menos a niveles locales.

Lo fundamental es situarse en claves de cooperación y no de competencia. Los laicos no están ahí como adversarios en una lucha de poder, sino como seguidores de Jesús que quieren responder a su llamada y colaborar en la edificación de una Iglesia cada vez más fiel a Jesucristo. Confiemos en el Espíritu y su fuerza renovadora.

 

 

ESTRELLA MORENO LAIZ

 

[1] Una descripción detallada, también del caso español, en Jesús Martínez Gordo, Los laicos y el futuro de la Iglesia. Una revolución silenciosa,PPC, 2002.

[2] CEAS, El seglar en la Iglesia y en el Mundo , Edice, Madrid, 1987, p.28.

[3] De hecho, es sintomático que ya se haya sustituido este término, en el mejor de los casos, por el de eclesiología de comunión, porque generalmente se presenta la eclesiología conciliar como de comunión jerárquica.

 

Fuente: http://www.pastoraljuvenil.es/la-participacion-de-los-laicos-y-laicas-en-la-iglesia/

https://parroquiasanjosemariabu.files.wordpress.com/2014/05/construyendo-iglesia-positivo.jpg?w=848

Categorías:Laicos

VOCACIÓN DEL LAICO UN POCO DE HISTORIA

 

VOCACIÓN DEL LAICO UN POCO DE HISTORIA

TEMA 1

 

La historia de la Iglesia aporta una gran luz para captar la común vocación cristiana que subyace a las diferenciaciones que, desde ella, fueron apareciendo después.

 

 

1.- Nuevo testamento e Iglesia primitiva: Un pueblo de sacerdotes.

En el N.T. y en la Iglesia primitiva no se habla de laicos, ni de clero, ni de vida Religiosa. Se habla de la comunidad de los bautizados, de los hermanos, de los santos y elegidos, de los que siguen el Camino y se comienzan a llamar cristianos, que son Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu.

Y es que los evangelios y los escritos del N.T. narran la vida de Jesús y la interpretan mostrándonos una nueva idea de religión, un modo nuevo de vincularse con Dios y de lo que es una verdadera actividad sacerdotal que reconcilia y comunica con la divinidad, fr4ente el modo de concebir la religión que tenía el judaísmo de la época.

Los evangelios descalifican los comportamientos religiosos judíos tradicionales, sus mediaciones absolutas (la ley y el culto) y sus mediadores (los sacerdotes) para poner el acento en un modo de existencia humana que es la que permite conocer a Dios, relacionarse con él y vivir en comunión con la divinidad: la de Jesús. Él es el ejemplo y el que genera los comportamientos del hombre que vive según Dios.

Esto no lo entendieron las autoridades religiosas judías para quienes el cumplimiento perfecto de la Ley, las ofrendas y sacrificios del culto son lo esencial. Para ellas es incomprensible que sea misericordia y no el sacrificio lo que sea agradable a Dios y que el Dios Amor llame al hombre a amar de forma especial a los pobres, los marginados y pecadores (que son los más lejanos de él).

Jesús pone de manifiesto que el hombre “religioso” puede ser cumplidor de la ley y de sus obligaciones de culto y, sin embargo, no haya aprendido a querer a los demás y a confiar en Dios. Esto lo comprenden bien los pecadores que son los que se abren a esta afirmación de Jesús. Para ellos Jesús es la Palabra misma de Dios, el Hijo de Dios, porque les asoma a un horizonte en el que pueden confiar en Dios, abrirse al amor y afirmar su propia dignidad a pesar de su existencia pecadora. Jesús da un nuevo sentido a sus vidas y les revela el rostro de Dios.

Vivir como Jesús es tener libre acceso a Dios. En Jesús lo sacerdotal es su vida misma; al conocerlo, se conoce a Dios. Por eso para los sacerdotes y autoridades religiosas de Israel el comportamiento de Jesús era revolucionario y blasfemo. En Jesús se radicaliza la crítica de los profetas de Israel que denunciaban la separación entre culto y vida (ver Is. 29, 13; 1, 15 y ss; Os 6, 6; Am 5, 21; Mt 15, 3 y ss; etc).

Lo básico es la vida, y las relaciones con los demás cobran un nuevo significado. Los ritos no tienen un sentido en sí, al margen de la vida, sino que las actitudes y los comportamientos tienen significado de culto y sacrificio (Rom 12, 1-2). Es la vida la que da sentido al culto y a los ritos. Por eso el centro del culto está en el comportamiento cotidiano y la relación con Dios exige la solidaridad con los otros.

La vida de Jesús es una vida toda ella sacerdotal que se expresa en la conducta y el estilo con que afronta los acontecimientos. La Última cena es la síntesis y la plenitud de su entrega sacerdotal al Padre y a los hombres.

Lo sacerdotal y lo profético convergen en Jesús y en sus seguidores: el culto tiene que generar una vida santa y ser su expresión más adecuada. Es un sacerdocio profético. Se es sacerdote viviendo de una determinada manera, según el estilo de Jesús; no basta con ejercer funciones rituales y de culto.

Desde las tradiciones del N.T. y las comunidades primitivas no hay mas que un sacerdocio, el de Cristo, del que participa el conjunto de los cristianos que son un pueblo de sacerdotes de Dios y Cristo y siempre en una perspectiva existencial, no ritual.

Prevalece el polo comunitario de la Iglesia. Toda la comunidad participa de la vida eclesial, toda la Iglesia es misionera, toda la Iglesia se enfrenta a un mundo pagano y hostil, el Imperio romano, el Dragón apocalíptico, toda la Iglesia martirial, toda la Iglesia mantiene la tradición apostólica, toda la Iglesia recibe y asimila la Escritura, toda la Iglesia ora, toda la Iglesia es solidaria con los pobres, toda la Iglesia participa activamente en sínodos y concilios y en la elección de sus ministros, toda la Iglesia profundiza en su fe, actúa en el catecumenado y en la reconciliación de penitentes, toda la Iglesia es servidora y ministerial.

La primitiva comunidad, que vive en situaciones de desarraigo social y que espera impaciente la llegada de Cristo resucitado, tiene un sentido sacerdotal en cuanto testigo y seguidora de Cristo y de su proyecto de construcción del reino de Dios.

La vivencia que tienen del Espíritu es la que les hace subsistir en medio de persecuciones y hostilidad ambiental y participar en la misión como una comunidad profética y sacerdotal al mismo tiempo.

Es importante recalcar que estas afirmaciones se hacen en escritos del N.T. que conocen la existencia de ministros, de cargos y de dirigentes, ya que las comunidades cristianas están estructuradas jerárquicamente desde la pluralidad de carismas y ministerios. No todos son iguales en la comunidad ni todos tienen las mismas funciones, pero todos son sacerdotes y no hay mención de sacerdocio alguno que no sea el comunitario.

El pueblo de Dios consiste en esta Iglesia de hermanos que tienen una misma fe sin que jamás haya alusión al binomio clero/laicos. Hay una igualdad fundamental basada en la consagración bautismal. De ella se deduce una forma de vivir y de comportarse que es el sacramento de consagración por excelencia de la vida cristiana (Rom 6; 1 Cor 6, 15 – 20).

La originalidad de la comunidad cristiana respecto de la judía está en que en ella todos son sacerdotes y no sólo algunos; todos tienen acceso directo a Dios que les ha sido abierto por Cristo y les es dado por el Espíritu y todos son iguales en cuanto discípulos de Cristo.

Y, sin embargo, se trata de comunidades jerárquicas, con una estructuración ministerial y una gran pluralidad de funciones, carismas y ministerios. Esta variedad nunca puede desplazar la dignidad e igualdad común, la fraternidad en el estilo de vida y el ejercicio respetuoso y no autoritario de los cargos y responsabilidades.

La contraposición consagrado/no consagrado, sacerdotal/no sacerdotal se da siempre en el contraste entre cristianos y no cristianos y nunca como diferencia dentro de la comunidad.

Sin embargo, en el N.T. hay una diferencia sustancial entre los apóstoles, testigos de Cristo, y el pueblo de carismáticos, entre un ministerio apostólico y los diversos comunitarios. Esta diferencia no permite hablar de los primeros como sacerdotes y negar el sacerdocio a los segundos. Lo que afirma el N.T. es que todos son sacerdotes y que las dimensiones sacerdotales del ministerio apostólico, de las que sólo se cita la predicación de Pablo del evangelio, están al servicio del sacerdocio de todos.

El desarrollo posterior de las dimensiones sacerdotales del ministerio apostólico, que dará origen al “sacerdocio ministerial”, tiene que respetar y potenciar este sacerdocio de los fieles y no frenarlo o perjudicarlo.

Además, tanto el sacerdocio como el culto cristiano se dan en la vida y tienen consecuencias existenciales, más de comportamiento que de ritos. La división sagrado/profano es rebasada por una consagración personal, la bautismal, que hace todo en nuestra vida sagrado, toda ella en relación con Dios y ofrecida, como culto vivo, a Dios. La orienta toda a Dios y al servicio de los demás.

Las categorías sacerdotales del A.T. se leen en el N.T. desde la existencia profana y, sin embargo, sacerdotal de Jesús.

 

PARA REFLEXIONAR Y COMPARTIR

  • Jesús no vivió como sacerdote sino como laico y “profeta”; como ellos denunció el culto que no va unido a la confianza en Dios y a actitudes de amor y misericordia ¿recuerdas algunos pasajes evangélicos en los que se recoge esta actitud profética de Jesús ante la Ley o el Templo…?
  • Pero la carta a los Hebreos llama a Jesús “sacerdote”. Su vida y muerte fue mediación entre Dios y los hombres. Él es el único verdadero mediador. Los seguidores de Jesús estamos llamados a reproducir en nuestra propia vida el “sacerdocio profético” de Jesús.
  • En las primeras comunidades cristianas no hay diferencia entre clero y laicos, pero sí de funciones, ministerios y carismas. El ministerio apostólico es el primero y con el tiempo dará origen al “ministerio sacerdotal” (Ver 1Cor 12, 28 – 30)
  • En Jesús lo sacerdotal es toda su vida. Adhiriéndonos a Él por el bautismo también somos sacerdotes, profetas y reyes a su estilo. Lee Rom 12, 1 – 2 y piensa y expresa cómo podemos todos los cristianos ser sacerdotes de nuestra propia vida, ese “culto” de actitudes y comportamientos, de vida “ofrecida…”

 

 

2.- La Iglesia de cristiandad. De la “comunidad sacerdotal” a “el clero y los laicos”

A comienzos del s.III tenemos testimonios de que se designa con el título de sacerdotes a los ministros cristianos, se llama Sumo Pontífice al Obispo y se habla de funciones sacerdotales reservadas a los ministros ordenados.

Parece que todo esto está muy unido al desarrollo sobre la conciencia de la Eucaristía, su carácter de sacrificio que simboliza, representa y actualiza el sacrificio de Cristo que se entregó por nosotros. Se establecen correlaciones entre la Eucaristía y los sacrificios judíos y paganos a los que supera y anula, y los que presiden la Eucaristía acaban llamándose sacerdotes por analogía con los que ofrecen sacrificios judíos y paganos. Esta evolución histórica, teológica y eclesial constituye la base de la tradición dogmática que ve la fundación por Jesús del ministerio sacerdotal.

Además la expansión progresiva del cristianismo exige una multiplicación de presbíteros para atenderlos presidiendo pequeñas comunidades y Eucaristías en comunión con el obispo, pero con autonomía de él. El obispo, sin embargo, aunque al comienzo era el presidente nato de la Eucaristía, va siendo absorbido por funciones de gobierno y de administración de la Iglesia local y de enseñanza magisterial.

Desde el s. IV la sociedad se abre al cristianismo, primero como religión lícita y luego oficial. Surge la “cristiandad” y se anuncian los problemas que se agudizarán en la Edad Media. Decae el celo misionero, hay progresivamente un desplazamiento de lo bautismal a lo eucarístico y un alejamiento de las teologías del sacerdocio común. Se constituye una carrera clerical por grados, hasta llegar al último: el episcopal. Se crea poco a poco un cuerpo estamental con un estatus social, reconocido por el estado romano. Se desarrollan los privilegios que reciben los eclesiásticos de las autoridades y de los patricios. Se asemejan cada vez más a los funcionarios del estado y se distancian del pueblo. Padres de la Iglesia y teólogos protestaron, pero esta evolución prosperó.

También afectó a las condiciones de vida del pueblo cristiano y del sacerdote. Comienzan estos a “vivir del altar”, liberados por sus comunidades, y renuncian a una profesión profana. Se agrandan las diferencias entre el estado clerical y el pueblo. En el concilio de Elvira se adopta el celibato obligatorio para los clérigos de occidente.

Resumiendo, con el Constantinismo y la Cristiandad medieval, cuando desaparece la tensión Iglesia/mundo, porque todo el mundo ha sido bautizado, se agudizan las diferencias intraeclesiales: el ministerio apostólico se organiza en una estructura aparte, el clero, que sacraliza a los ministros haciéndolos mediadores entre Dios y el pueblo, los sitúa y ordena por encima de la comunidad, monopolizando los demás carismas, impone en occidente el celibato, margina a la comunidad de la elección de sus ministros, que se convierten así en funcionarios, dependientes, incluso económicamente, de la institución eclesiástica.

Como consecuencia, y al desarrollarse una parte de la comunidad (la jerarquía con su dimensión ministerial), surge un nuevo equilibrio eclesiológico. Surge el laicado, como el polo opuesto al clero y dentro de la Iglesia se hacen pasivos. Se empieza a equiparar Iglesia a clero y esto resta protagonismo a los laicos en la Iglesia.

Es verdad que en la eclesiología medieval siempre permanece la idea de que la Iglesia es una comunidad de personas, un pueblo, y el concepto de Iglesia designa indistintamente al conjunto de la Iglesia y a la sociedad. Hay una tendencia a resaltar la dimensión jerárquica pero se conserva una eclesiología comunitaria y personal.

Pero junto a esta teología comienza a abrirse paso otra que tiende a equiparar Iglesia y clero.

En una sociedad donde los señores laicos utilizaban los puestos eclesiásticos a su antojo como feudo o beneficio propio, los papas y eclesiásticos reformadores comienzan la lucha por liberar a la Iglesia del poderío laical. Uno de los instrumentos de reforma es precisamente éste: que los laicos se ocupen de los asuntos de la sociedad y los eclesiásticos de la vida interna de la Iglesia. La sociedad (el mundo) es de competencia de los laicos, la Iglesia es de incumbencia de los clérigos.

Esta contraposición de ámbitos dura hasta nuestros días y desde ella se hace plenamente comprensible la idea de que la Iglesia consiste principalmente (incluso a veces se equipara sin más) a los clérigos.

Esta visión se mantendrá hasta comienzos del siglo XX.

 

Pío X en la Vehementer Nos (1906) consagra esta visión eclesial: “La Iglesia es por su propia esencia, una sociedad desigual, es decir una sociedad que incluye a dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que ocupan un rango en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estas categorías son de tal forma distintas entre sí, que únicamente en el cuerpo pastoral reside el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir todos los miembros hacia el fin de la sociedad. Por lo que se refiere a la multitud, no tiene otro derecho sino el de dejarse guiar y, como rebaño fiel, seguir a sus pastores”.

La idea de Iglesia que subyace a esta visión es claramente vertical, jerárquica y piramidal. Esta eclesiología es la que ha consumado la separación de los ministros y los laicos y no ha desaparecido totalmente, a pesar de las correcciones del Vaticano II. Subsiste en muchas afirmaciones y documentos eclesiásticos, así como en la mentalidad popular. Cuando se dice: “la Iglesia afirma, piensa o hace algo”, se está pensando casi siempre en la jerarquía.

Con esta mentalidad no hay mucho lugar para acentuar la común igualdad y dignidad de todos los cristianos, que es anterior a la pluralidad de carismas y ministerios; el papel del Espíritu, que actúa en toda la comunidad de la que forma parte la jerarquía (sin que se niegue su función de autoridad jerárquica); la importancia del Bautismo y la Confirmación que hace de cada cristiano sujeto de derechos y obligaciones, tanto dentro como fuera de la Iglesia.

El Vaticano II ofrece un nuevo enfoque eclesial más comunitario, igualitario y espiritual (del Espíritu…) tanto de la Iglesia como del papel de los laicos.

PARA REFLEXIONAR Y COMPARTIR

  • Durante los siglos III, IV y V, el desarrollo y profundización en la Eucaristía, la importancia de las funciones sacramentales en la Iglesia y el aumento masivo de los bautizados van haciendo del clero un estamento cada vez más alejado del pueblo cristiano.
  • Surge la división clero/laicos, aunque se conserve una visión de la Iglesia como comunidad y se tenga claro que hay un sacerdocio de todo el pueblo de Dios.
  • En la Edad Media se añade un motivo más que va a separar en la Iglesia al clero de los laicos. Comienza en el siglo X, se consolida en el XI y llega prácticamente hasta el Vaticano II. Los laicos, el pueblo cristiano, se ocupa de las cosas seculares (del mundo, del siglo), los clérigos, de las cosas de la Iglesia. La visión de la Iglesia en este último caso es vertical, jerárquica y piramidal.
  • ¿Crees que la historia nos sirve para explicar mucha de la pasividad que existe aún hoy en nuestros laicos dentro y fuera de la Iglesia? Pon ejemplos.
  • ¿Qué idea de Iglesia crees que hay en los laicos que conocemos? ¿Y en nosotros?

 

Fuente: https://www.adcspinola.org/index.php/descargas-adcspinola/laicos-spinola/materiales-1/148-tema-1-vocacion-del-laico-haciendo-un-poco-de-historia-para-empezar

 

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La labor de los laicos en la Iglesia

Introducción.

Cuando escuchamos hablar sobre qué es un laico en la Iglesia muchas personas piensan en cristianos de segunda categoría, hombres cuya labor en la Iglesia no es más que receptiva o meramente pasiva, frente a una “élite escogida” –la Jerarquía de la Iglesia– llamada a evangelizar y anunciar el Evangelio a las personas del mundo. Nada más equivocado de lo que es la realidad, y de lo que en es en verdad el Christifideles Laici o Laico cristiano.

La comprensión a través del tiempo sobre qué es fiel laico ha ido madurando a lo largo de la historia de la Iglesia. El laico no es un término inventado luego del Concilio Vaticano II para designar al resto fiel no clérigo como piensan algunas personas, es más bien una expresión hermosa de la diversidad de la Iglesia y de las múltiples funciones que hay en ella. Recordemos lo que nos dice S. Pablo: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo (1Co 12, 12)”.

En las primeras generaciones de cristianos convertidos por las misiones de los primeros apóstoles a lo largo del mundo, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Cristo, de ser parte de la comunión que se vive en torno a una persona que es Hombre-Dios, llegaba hasta el extremo de dar la vida por la fe. Vivir la vida cristiana era en serio. Llamarse “cristiano” era para muchos: sentencia de muerte. El amor que invadía los ardorosos corazones de estas personas por Dios y la Buena Nueva se expresaba en la sangre de su martirio, que a su vez eran semilla de nuevos cristianos. Ser cristiano era un don precioso, que ni la misma muerte podía arrebatar. Esto sin duda, a pesar de las diferencias del tiempo y del contexto, muestra el verdadero espíritu de lo que es ser cristiano ayer, hoy y siempre.

Siguiendo un poco más adelante en la historia, vemos la emergente santidad de diversos laicos cristianos que –a pesar de no ser muchos–, tuvieron un decidido compromiso con su fe y fueron testimonio para muchos de radical opción por seguir a Cristo y vivir los mandamientos hasta las últimas consecuencias. Entre ellos encontramos a los famosos eremitas y anacoretas como San Antonio, San Pacomio, Evagrio, entre otros. Además de estos, algunos laicos, gracias a la inspiración del Espíritu Santo fueron grandes fundadores de familias religiosas que persisten incluso hasta los días de hoy, como por ejemplo los benedictinos.

Con este pequeño recorrido de los primeros tiempos del cristianismo nos damos cuenta de cómo los laicos pueden contribuir de una manera original al desenvolvimiento del conocimiento y la práctica de la fe. Estos son y seguirán siendo una gran fuerza de la Iglesia para el cambio del mundo.

Ahora bien, el papel del laico y una cierta visión reducida sobre su identidad han existido en algunos sectores de la Iglesia en su historia. Eso, hay que aclarar, no es producto de que la misma Iglesia estuviese corrompida o no entendiera el mensaje cristiano, sino más bien producto de una natural madurez y comprensión de sus miembros. Una madurez, cabe decir, que va tomando forma más clara en las reflexiones y en el mismo resultado del Concilio Vaticano II.

El Concilio Vaticano II fue el principal acontecimiento eclesial del siglo XX, se realizó entre octubre de 1962 y diciembre de 1965 en un clima eclesial de renovación y apertura a los signos de los tiempos. Fue inaugurado por el “papa bueno” Juan XXIII que a los pocos años fue convocado a la casa del Padre y clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. El Concilio Vaticano II buscó responder a las inquietudes de la Iglesia y del mundo yendo a lo esencial, a su identidad más profunda, y desde ahí responder de manera renovada a los desafíos del mundo de hoy.

Uno de estos grandes desafíos que tuvo la Iglesia fue el de comprender mejor el lugar que ocupan los laicos en la misión de la Iglesia y lo sumamente necesarios que son para la construcción de la civilización del amor, en la que los mismos laicos –o seglares– son protagonistas esenciales.

El concilio tuvo 4 Constituciones, 4 columnas que sostienen el gran edificio de lo dicho por el magisterio pontificio en el Concilio Vaticano II. Una de ellas es la constitución dogmática “Lumen Gentium” que trata sobre la Iglesia; en ella separa el capítulo IV para hablar sobre los laicos, su papel y función dentro de la Iglesia y su misión en el mundo. También de los 9 decretos que existen del Concilio Vaticano II, uno habla sobre el apostolado de los Seglares: la Apostolicam Actuositatem. De estas dos perlas conciliares partirá mi reflexión sobre los laicos en el mundo de hoy.

¿Qué se entiende por laico?

La constitución Lumen Gentium nos da una definición a este término, dice:

“Con el nombre de laico se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo, según la parte que le corresponde”[1].

De aquí podemos extraer varios elementos que nos podrán ayudar a comprender la naturaleza del fiel laico:

a. Son miembros de la Iglesia: El laico se convierte en miembro de la Iglesia, se incorpora a Cristo como todo cristiano por medio del sacramento del bautismo. “Este carácter se aplica evidentemente también a los sacerdotes y a los religiosos; pero, puesto que el Concilio trata de estas dos categorías en otros lugares, limita aquí su punto de vista a los que no han recibido la ordenación sacerdotal ni se cuentan entre los miembros de un instituto religioso”[2]. Su participación activa en la Iglesia lo hace de manera consecuente llamado a la misión de la misma según las características particulares de su vocación laical.

Los laicos están “llamados a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación. El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia y a él todos están destinados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación. El laico es testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia”[3].

b. Participación a su manera de los 3 munus: La participación del laico en la Iglesia posee rasgos particulares pero se fundamenta en la misma de todo cristiano, es decir, en la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo.

Todo cristiano laico participa de la función sacerdotal por el hecho de ser bautizado. Es lo que se llama el sacerdocio común de los fieles. Como nos dice la constitución Lumen Gentium: «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque se diferencian esencialmente y no sólo en grado (essentia et non gradu tantum), se ordenan sin embargo el uno al otro; porque uno y otro participan a su peculiar manera (suo peculiari modo) del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad de la que goza, modela y dirige al pueblo sacerdotal, realiza in persona Christi el sacrificio eucarístico y lo ofrece en nombre de todo el Pueblo de Dios; los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la oblación de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y con la caridad operativa[4]». De esta manera los seglares están llamados según el modo que los caracteriza, a dar culto a Dios para la salvación de los hombres. Este culto es un “culto espiritual agradable al Padre[5]” que se expresa en la “entrega sincera de uno mismo a los demás[6]”. Los seglares dedican el mundo a Dios, y de este modo lo “consagran” –no el sentido de consecratio mundi– tanto por sus actos de adoración como por su actividad cotidiana. “El seglar consagra el mundo por el uso de los bienes terrenos con rectitud de conciencia, y por el respeto de su destino según los designios del espíritu[7]”. “Los laicos en cuanto adoradores, obrando santamente en todo lugar, consagran a Dios el mundo mismo”[8].

Con respecto a la función profética de los seglares “La misión que los seglares reciben de Cristo no implica la función de enseñar con autoridad en su nombre –como los clérigos–, pero sí la de rendirle testimonio por su fe e incluso por el don de la palabra. Tal carisma les es concedido para que aparezca la fuerza del Evangelio no sólo en el culto más o menos solemne sino también en la vida de cada día”[9]. El carácter de esta misión profética del laicado estará en dar a la palabra eficiente de Dios la ocasión de manifestar su fuerza en la familia y en la sociedad anunciando así que la existencia temporal no encuentra explicación, ni fin, ni satisfacción sino más allá de las fronteras terrenas.

La participación de los seglares en el servicio real se fundamente en el llamado de Jesús a que todos sus apóstoles y sucesores participen con Él en su “reino”. “Este reino no se consuma en un instante. En vías aún de perfeccionamiento, no está sino en su periodo inicial … la consumación, incluso para Él, se realizará más tarde, al final de los siglos, cuando Él someta a su Padre no sólo su propia persona sino toda la creación y cuando ya no quede ninguna resistencia”[10]. Y este reinado de Cristo se ve prístinamente en su entrega por nosotros en la cruz, dejando bien en claro que el camino que conduce a este reinado es el del servicio. El Señor no nos concede sólo los frutos del reino sino el mismo poder. Esto se realiza por medio de la conversión personal, del cambio de vida, de vivir una vida cada vez más santa. De esta manera nuestro mismo anuncio y testimonio extenderá el reino de Dios y arrastrará a muchos hermanos nuestros. Como nos dice S. Hilario “Reyes son, sobre quienes ya no tiene ningún poder el pecado; al contrario, tiene ellos el dominio de su propia persona, dominan esta carne que les obedece y les está sumisa. Son reyes y su Señor es el mismo Dios. Son también Señores, no los esclavos del pecado”[11].

c. Misión en la Iglesia y en el mundo: ¿Cuál es la misión de la Iglesia en el mundo? La misión de la Iglesia Católica es llevar a todos el mensaje que Cristo nos enseñó para nuestra felicidad y salvación, hacer lo que Él nos dice: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Sin embargo la gran obra de la Iglesia no la realiza cada persona de la misma manera. De acuerdo con propio llamado de cada uno se va realizando la gran misión de la Iglesia. En ese sentido, podemos encontrar diferentes maneras de cumplir esta misión evangelizadora. En cuanto a los laicos cuyo carácter secular es propio y peculiar de ellos “(les) pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor”[12].

La manera como el laico o cualquier estado de vida cumple la misión de la Iglesia es al fin y al cabo realizar ese llamado a la santidad que tenemos todos para mutua edificación del Cuerpo de Cristo.

La profundización de la identidad laical ha ido madurando a través del tiempo. Ha sido fundamental el desarrollo de la identidad laical que encontramos en la Lumen Gentium cap. IV y la Apostilicam Actuositatem; sin embargo esta era aún insuficiente y necesitaba de una mayor comprensión de esta realidad eclesial que llamamos “laicos”. El Sínodo de los Obispos en el año 1987 “sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo” fue un hito fundamental para esta madurez, siendo de esta el mayor fruto la publicación de la exhortación post-sinodal “Christifideles Laici” del Papa Juan Pablo II. En ella encontramos luces preciosísimas sobre quién es el laico. Recordemos que la definición que nos de la LG 31 no termina de ser conclusiva. Por ejemplo, cuando nos dice que el laico es un fiel cristiano incorporado a Cristo podemos decir que esto igual se aplica a los sacerdotes y los religiosos. O cuando nos habla de que el laico ordena las realidades temporales según Dios, también lo podemos aplicar en un sentido a los sacerdotes; miremos la realidad actual, hay muchos sacerdotes que son psicólogos, profesores o administradores, y eso no significa que estén traicionando su vocación sacerdotal.

Entonces ¿qué es lo propio del laico? Y ante esa pregunta la Christifideles Laici puede darnos algunas pistas fundamentales. Nos dice el Papa en esta exhortación que “no es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios”[13], es decir, lo fundamental del laico es ante todo que se reconozca como cristiano, llamado a asumir radicalmente su propio bautismo. “La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios”[14] ya sean clérigos o no clérigos, todos somos corresponsables con la misión de la Iglesia. Sin embargo, la dignidad bautismal que todo fiel cristiano tiene “asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado esta modalidad en la índole secular”[15]. Esta índole secular nos ayuda a captar completa, adecuada y específicamente la condición eclesial del fiel laico.

¿Y qué significa “índole secular”? más adelante la misma CL lo explica de esta manera: “Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar» de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular»”[16]. Hay una distinción que se hace aquí entre dimensión secular e índole secular; ambas cosas se refieren a dos cosas distintas. La dimensión secular es propia de toda la Iglesia, es esa misión que tiene la Iglesia de estar en el mundo pero sin ser del mundo. La índole secular sería como el modo en que se plasma este “ser del mundo sin ser del mundo” en el laico. El laico está llamado a transformar el mundo desde dentro, esta llamado no a salir del mundo, sino ser como fermento mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, manifestando a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad. El lugar y contexto donde el laico se desenvuelve no es una realidad solamente social, sino una realidad teológica y eclesial. Es decir, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, (ellos) no han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales[17].

Podemos concluir diciendo entonces que “La condición eclesial de los fieles laicos (su identidad más profunda) se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular.

Vocación al apostolado del laico

Los laicos son miembros del cuerpo de Cristo que cooperan en el desarrollo interno y externo de todo el cuerpo. Y como todo miembro de la Iglesia han sido llamados, convocados a una misión particular. El laico esta llamado por Dios al apostolado[18], y por medio del bautismo, la confirmación y la eucaristía –alma de todo apostolado– participa en la misma misión salvífica de la Iglesia. “Esta participación activa en la misión misma de la Iglesia no es simplemente ocasional o supletoria, de tal suerte que los seglares sean movilizados sólo cuando el clero sea escaso o falto de posibilidades. La misión de los seglares que aquí se describe es su tarea normal y universal, puesto que en su calidad de miembros ellos “son” la Iglesia”[19]. La responsabilidad por el cambio del mundo no recae pues en algunos pocos escogidos como mencionaba en la introducción, el cambio del mundo se realiza por que cada parte del cuerpo de la Iglesia realice lo que está llamado a ser y hacer, reconociendo su valor y protagonismo en la gran gesta evangelizadora en el mundo de hoy[20]. Si el laico no reconoce su verdadera identidad, sino vive con intensidad su vocación laical al apostolado estamos poco a poco haciendo que el gran gigante de la Iglesia siga adormecido y confundido sin saber a dónde ir.

[pullquote]Es importante también recordar que la fecundidad del apostolado laical depende de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor: “Permaneced en mí y yo en vosotros. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí nos podéis hacer nada” (Jn 15, 4-5). No existe, pues auténtico apostolado si es que primero no nos hemos hecho amigos del Señor, ya que nuestro anuncio brota de un encuentro profundo e íntimo con la persona de Cristo que transforma nuestras vidas y nos llama al anuncio[21] y el testimonio[22] de su persona en medio de este mundo adverso y que muchas veces no quiere oír el mensaje de salvación.[/pullquote]

Este apostolado por parte de la Iglesia a través de los laicos se puede realizar tanto individual como comunitariamente[23]. “El apostolado que ejerce cada uno[24] y fluye con abundancia de la fuente de la vida verdaderamente cristiana (ver Jn 4, 14), es el principio y fundamento de todo apostolado seglar, incluso asociado, y nada puede sustituirlo”[25]. Y a partir de este fundamento los laicos podrán reunirse en asociaciones, expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20), y cumplir el fin propuesto.

Los fines que el laico debe alcanzar están ordenados a su misma vocación y llamado; estos son principalmente participar en la obra redentora de Cristo en todos los órdenes[26], esto es, impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Cuando hablamos de orden temporal nos referimos a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas semejantes[27]. “Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo. Es preciso, con todo, que los laicos tomen como obligación suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos especiales y su responsabilidad propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme con los últimos principios de la vida cristiana, adaptándose a las variadas circunstancias de lugares, tiempos y pueblos[28].

A modo de conclusión

Termino estas reflexiones con el título de este trabajo “despertando al gigante dormido” que refleja muy bien la intención del trabajo: reavivar y tomar una conciencia cada vez mayor de que nosotros, los laicos, somos protagonistas importantísimos de la misión salvífica de la Iglesia, corresponsables con este llamado a evangelizar al mundo entero. El laico es ese gigante no solo por la cantidad de sus miembros que son la gran parte de la Iglesia sino por la fuerza y el ímpetu que tiene que tener para llegar a transformar el mundo desde sus cimientos.

Me uno de todo corazón a lo que nos dijo el Papa Juan Pablo II en la conclusión de la Christifideles Laici: “Toda la Iglesia, Pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”[29].

¡Despertemos del sueño de la pasividad y la ignorancia, asumamos con renovado esfuerzo y ardor nuestra vocación y misión de ser luz para el mundo, luz que nace desde dentro y que ilumina hasta las más oscuras realidades de este mundo!

[1] LG 31

[2] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 17

[3] Cf. LG 33

[4] LG 10

[5] 1 Pe 2, 5.

[6] GS 24

[7] Cf. La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 43-44

[8] Cf. LG 34

[9] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 45

[10] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 57

[11] San Hilario, In Ps., 67, 30; PL 9, 465; CSEL 22, p. 306

[12] LG 31

[13] CL 10

[14] CL 15

[15] CL 15

[16] CL 15

[17] Ver CL 15

[18] “La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”. AA 2

[19] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 35

[20] “En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad” CL 32

[21] “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo” CL 33

[22] “Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud”. CL 34

[23] Cf. AA 15 y sgtes.

[24]Aquí se remarca la importancia del apostolado personal como una clave para comprender el apostolado laical. Sin apostolado personal no se puede hablar de apostolado.

[25] AA 16

[26] Ver AA 5

[27] Ver AA 7

[28] AA 7

[29] CL 64

 

© 2016 – Luis Alfonso Sánchez Mercado para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 

Fuente: http://www.conectacec.com/despertando-al-gigante-dormido-la-labor-de-los-laicos-en-la-iglesia/

 

 

Categorías:Laicos

¿Cualquier bautizado es sacerdote?

¿Cualquier bautizado es sacerdote?

No sólo sacerdote, sino también profeta y rey, en la medida en que participa de estas tres dignidades de Cristo

El sacramento del bautismo introduce a las personas que lo reciben en la triple función sacerdotal, profética y real de Jesús.

En la medida en que cualquier fiel laico vive su identidad bautismal, participa de estas importantes prerrogativas cristológicas.

La Iglesia que fundó Jesús es el nuevo pueblo de Dios: un pueblo sacerdotal, profético y real. “Jesucristo es Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido ‘Sacerdote, Profeta y Rey’. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas”, indica el Catecismo (783).

Pero, ¿qué significa el verbo participar? Participar significa que se “tiene parte de algo” o compartir algo, o que parte de algo o de alguien se tiene personalmente. Es decir que todo bautizado tiene una parte de la triple función sacerdotal, profética y real de Jesús.

Todos los laicos son los fieles “incorporados a Cristo por el bautismo y constituidos en pueblo de Dios y hechos participes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo”, señala la Constitución Lumen Gentium (31).

De manera pues que todo bautizado, al ser miembro de Cristo (Catecismo, 1213) Sacerdote, Profeta y Rey, pertenece a una estirpe real y sacerdotal (1Pe 2, 9).

 

Cada bautizado también es sacerdote, profeta y rey

El aceite es uno de los tres símbolos del bautismo. El ministro, después de ungir con el Santo Crisma al recién bautizado, le proclama sacerdote, profeta y rey. Con la siguiente fórmula: “Dios todopoderoso… te consagra N.N… para que incorporado a su Pueblo, la Iglesia, seas siempre miembro de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, para la vida eterna”.

Los bautizados son sacerdotes 

“Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia “un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,6; cf. Ap 5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal.

Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.

Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son “consagrados para ser […] un sacerdocio santo” (LG 10)” (Catecismo, 1546). Los fieles gozan de una dignidad sacerdotal.

Pero el sacerdocio que reciben los fieles con el bautismo es muy diferente del sacerdocio ministerial. El de los fieles es previo y más importante: es un sacerdocio que los hace partícipes del único sacerdocio de Cristo. Tan importante es el sacerdocio de los fieles que el sacerdocio ministerial está a su servicio.

El sacerdocio común de los fieles, por el cual todos están llamados a dar testimonio de Cristo, es un sacerdocio que se nutre y se expresa en la participación de los sacramentos.

De esta manera Cristo se asocia íntimamente a los fieles laicos, a su vida y a su misión, y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan un culto espiritual.

Todo cristiano es sacerdote y está llamado a hacer de su vida una continua alabanza al Padre; es el que bendice, el que alaba al Señor.

Los fieles laicos también ejercen su sacerdocio al santificarse en todo lo que hacen y al ayudar a otros cristianos a ser santos. Nos dice la Iglesia que todos los laicos tienen la misión, al participar del sacerdocio de Jesús, de consagrar el mundo (LG, 34).

Los fieles son sacerdotes cada vez que se dirigen a Dios y le presentan sus preocupaciones, sus ilusiones, sus inquietudes, sus dificultades, sus alegrías, sus necesidades y las del mundo entero; cuando su oración es universal y no se centran en sí mismos.

Y, así como la figura del sacerdote evoca imágenes de ofrecimiento de sacrificios y de mediación, así también los fieles laicos toman parte de este oficio sacerdotal de Jesús cada vez que le ofrecen, por sí mismos o por otros, sacrificios espirituales a Dios que Él acepta (1 Pe 2, 5).

¿De qué sacrificios hablamos? Hablamos de la vida de cada día, con sus ilusiones, sus esfuerzos y trabajos. Estos sacrificios se ofrecen también para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo.

Y ofrecer no sólo sacrificios pues todos los bautizados son sacerdotes para ofrecer los cuerpos como hostia viva. Lo dice san Pablo: “Os exhorto… a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios; tal será vuestro culto espiritual” (Rm 12, 1).

Y el fiel ejerce su sacerdocio también al ser un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es esta más propiamente la verdadera función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

Y finalmente donde más plenamente los fieles laicos desempeñan su oficio sacerdotal es en la Eucaristía. “El sacerdote oficia el sacrificio y los fieles concurren” (LG, 10) a la ofrenda de la Eucaristía: Ofrecen juntamente con el sacerdote a Cristo al Padre, y se ofrecen juntamente con Cristo.

Los bautizados son profetas 

Cristo profeta cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria no solo a través de la jerarquía, sino por medio de los laicos (LG, 35).

En el Bautismo somos consagrados profetas ya que tenemos que llevar la Palabra divina a los demás.

El cristiano es alguien llamado a proclamar las maravillas de Dios, a dar testimonio público de Jesucristo, a ser promotor de la verdad y de la paz, a denunciar la injusticia y la mentira, a oponerse a todo lo que daña a la sociedad y al individuo.

Somos profetas para hablar a los hombres de Dios y aquí tenemos el apostolado o la evangelización.

Somos profetas cuando anunciamos, con nuestra vida, a la divina persona de Jesucristo, cuando somos consecuentes con nuestra condición de creyentes y vivimos en verdad, sin querer esconder ante los otros nuestra fe.

El pueblo de Dios participa del carácter y misión profética de Cristo, dando testimonio de Él con su vida de fe y de amor a semejanza de los Apóstoles que transmitieron lo que habían visto y oído.

Los fieles toman parte en el oficio de Jesús de ser profetas llevando el evangelio a todos los ámbitos de la vida tanto con la palabra como con las obras.

La misión de dar razón de nuestra fe, de ser apóstoles, no es sólo oficio de los sacerdotes ordenados, sino de todo el pueblo de Dios, ya que con Cristo los fieles son profetas, anunciadores del evangelio en todos los ambientes y lugares, y denunciadores de todo aquello que se manifiesta contrario a nuestra fe.

Para que los fieles puedan llevar a cabo ésta misión más eficazmente, “dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con insistencia el don de la sabiduría” (LG, 35).

El profeta es aquel que vive dos realidades. De una parte está inmerso en la sociedad actual y de consecuencia conoce y entiende las luchas y los trabajos del pueblo, en medio del cual es llamado a servir.

Y por otra parte está en la presencia de Dios y de consecuencia conoce su voluntad y la conoce desde dentro.

Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros, de manera que se entienda y se siga.

El profeta asume, pues, el desafío de vivir esta doble realidad, para participar así en la acción evangelizadora de la Iglesia.

El sensus fidei es la capacidad del profeta que le permite percibir la verdad de la fe y de saberse oponer a lo que le es contrario (LG, 12 – Dv, 8).

El profeta no es el que adivina el futuro, sino el que lee los acontecimientos a la luz del Evangelio, y así tiene las claves para interpretar la historia presente y la futura.

Los fieles como profetas son capaces de ver y comprender las personas, las cosas y los acontecimientos con los ojos y la mente de Dios.

Los bautizados son reyes

Cristo es rey y es el primero en todo, “pero no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida” (Mt 20,28).

Y Cristo comunicó su poder y su realeza a sus discípulos para que también ellos dispusieran de una libertad soberana y vencieran el reino del pecado.

Los cristianos ejercen su realeza sirviendo a Cristo en sus hermanos. Por esto los fieles toman parte en la función de Jesús de regir (de ser reyes) sirviendo. Por eso para el cristiano reinar es servir como Cristo sirve (Catecismo 786).

Los fieles participan del Señorío al llevar el Reino de Jesús a los hombres. Dice el Concilio Vaticano II que “también por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (LG, 36).

Esta misión de regir de los laicos también se realiza cuando se toma parte en cualquier gobierno o institución, intentando que “el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz” (LG, 36).

Es así como la realeza de Cristo llegará a través de los fieles laicos a todos los rincones del mundo y todas las estructuras de la sociedad.

Somos constituidos reyes, porque se nos da la libertad de los hijos de Dios, y esta libertad es para servir; servir a Dios en el prójimo es reinar.

Y el cristiano es rey: los reyes no están sometidos a nadie, son libres. Se ha arrancado de la vida del cristiano la raíz de toda esclavitud, que es el pecado, y así es libre para hacer el bien. La libertad se realiza sólo en el bien. El mal no nos hace libres, sino esclavos.

Somos reyes cuando sabemos dominar y acallar todo aquello que nos aparta de Dios, cuando somos dueños de nosotros mismos y de las circunstancias que nos rodean.

La autoridad divina otorgada a Cristo es la misma autoridad que Él transmite a sus seguidores para hacerles capaces de testificar su servicio en el mundo. Los bautizados estamos llamados a ejercer esta autoridad en el mundo para transformarlo a través del testimonio.

Conclusión

Jesús fue sacerdote, profeta y rey; hacia Él tenemos que mirar si de verdad queremos ser coherentes con el Bautismo que recibimos. Tomar conciencia de nuestro compromiso bautismal es todo un programa de vida. Profundicemos en este sacramento para valorar este don de Dios y así ejercer las funciones de Cristo como Él las ejerció.

 

Fuente: https://es.aleteia.org/2015/11/10/cualquier-bautizado-es-sacerdote/

 

Categorías:Laicos

RAZONANDO SOBRE CLERICALISMO Y OTRAS INSIDIAS.

Entrevista a Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Comisión pontificia para América Latina

Guzman Carriquiry Lecour

Guzman Carriquiry Lecour

 

Guzman Carriquiry está trabajando en vistas a un congreso a nivel continental que se llevará a cabo entre el 27 y el 31 del próximo mes de agosto, organizado por el CELAM y la Comisión Pontificia para América Latina, en colaboración con los Episcopados de Estados Unidos y Canadá. Es algo grande, que se repite desde que comenzó el pontificado del Papa Francisco y que convocará en Bogotá a cientos de representantes de las diversas realidades nacionales. “Habrá más de 100 obispos de todos los países de América Latina”, confirma Carriquiry, que se reunirán con otros provenientes del norte, Estados Unidos y Canadá, como era la voluntad de San Juan Pablo II, quien comenzó estos encuentros que retomó luego el Papa Francisco. Este último, en una audiencia con los principales representantes de la Conferencia Episcopal de América Latina, ya dio el punto de arranque para la reflexión con una nota irónica sobre los laicos: desde hace 50 años, dijo el Papa latinoamericano, se está diciendo que “esta es la hora de los laicos”, pero parece que se ha parado el reloj…”. Una broma que el profesor Carriquiry considera que no se debe dejar pasar. “Es obvio que los obispos reconocen y aprecian las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la dignidad y responsabilidad de los laicos como uno de los contenidos fundamentales de la renovación. Y también es notorio que los laicos están por doquier presentes, como corresponsables, en la edificación de las más diversas comunidades cristianas, en asociaciones, movimientos, instituciones y todo tipo de servicios. Y no hay duda de que tenemos muchos buenos pastores, que comienzan su ministerio “de rodillas” –como recomienda frecuentemente el Papa-, personas sencillas cercanas al pueblo, llenas de celo apostólico…

Entonces, ¿a qué se debe este juicio?

Impresiona que el Papa haya afrontado de nuevo y de manera tan decidida el “clericalismo” en América Latina. Ya lo había hecho, a comienzos de su pontificado, en Río de Janeiro, ante la cúpula del CELAM. Y ahora lo hace en una carta de mucha trascendencia que envió al Cardenal Marc Ouellet, presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, a  cuya redacción se ha dedicado mucho personalmente, pese a sus innumerables ocupaciones. Hay que prestar atención. El Papa no se refiere a los residuos de clericalismo de los tiempos tardo-tridentinos del “pre-concilio”, sino a los signos que se manifiestan hoy, bajo las apariencias de una Iglesia “post-conciliar”.

Si no me equivoco lo ha definido como “una de las deformaciones más grandes que debe afrontar América Latina”.

El clericalismo se cuela allí donde los pastores no viven suficientemente esa proximidad misericordiosa, evangelizadora y solidaria con la propia gente que el Papa Francisco está reclamando insistentemente con sus palabras y mostrando con gestos concretos. Cuando no expresan el gozo de estar en medio de su pueblo, cuando no conocen a fondo la experiencia viva y concreta de quienes les han sido confiados, porque falta esa compenetración afectiva que da el amor, cuando no sienten la urgencia y la pasión de responder con el Evangelio a los sufrimientos y esperanzas de sus pueblos. Por eso repite, en esta reciente carta a la PCAL, que el Santo Pueblo de Dios es “el horizonte al que estamos invitados a mirar y desde donde reflexionar (…) es al que como pastores estamos continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir. Un padre no se entiende a sí mismo sin sus hijos (…). Un pastor no se concibe sin un rebaño al que está llamado a servir. El pastor es pastor de un pueblo, y al pueblo sólo se le sirve desde dentro (…). Mirar al Santo Pueblo de Dios y sentirnos parte integrante del mismo nos posiciona en la vida”, salva de abstracciones, de meras especulaciones teóricas, de interminables planes pastorales, de encierros funcionales. Incluso más: “cuando nos desarraigamos como pastores de nuestro propio pueblo, nos perdemos”. Nos perdemos en encierros y refugios clericales – se podría bien proseguir – si estamos alejados de nuestras gentes, si no abrazamos con amor misericordioso a todos evitando discriminaciones preventivas, precondiciones morales y exclusiones; si no tocamos la carne de los pobres y las heridas que tantos sufren en el cuerpo y en el alma.

También hay un clericalismo de los laicos, ¿no le parece?

Hay una correlación entre clericalismo de los pastores y clericalismo de los laicos que se observa en la medida en que existe lo que el Papa llama “tendencia a la funcionalización del laicado”, tratándolo como si fuera un “mandadero”. A tal punto, que algunos laicos comienzan a considerar más importante para su vida cristiana, para su participación en la misión de la Iglesia, si tienen o no voto consultivo o deliberativo en tal o cual organismo eclesiástico, si pueden o no ejercer tal o cual función pastoral, que el hecho de tener que tomar todos los días decisiones importantes en la vida familiar, laboral, social y por qué no política. Correlativamente, los sacerdotes terminan considerando más a los laicos como meros colaboradores parroquiales y pastorales, cuando deberían en cambio buscar las modalidades más adecuadas para educar, valorizar, acompañar y apoyar, junto con toda la comunidad cristiana, su presencia en el mundo, su presencia “secular” para construir formas de vida más humanas. No se trata obviamente de despreciar la muy positiva y generosa corresponsabilidad de los laicos en la edificación de las comunidades cristianas, sino dejarse interpelar por lo que el papa Benedicto XVI dijo en su discurso inaugural de Aparecida y luego retomó el Episcopado latinoamericano en su documento conclusivo (cuya redacción estuvo a cargo del entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio): hay “una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas”.

¿Realmente es así? Usted que es latinoamericano y visita muy seguido los países de América Latina, recibe informes y está diariamente en contacto con la jerarquía de estos países, ¿comparte esta idea?

Resulta, en efecto, sorprendente -e inquietante- que en un continente donde el 80% de la población está bautizada, donde la tradición católica está tan presente en la historia y en cultura de sus pueblos, donde la Iglesia católica ha jugado un papel muy importante en los procesos de democratización de América Latina, la presencia y contribución de los laicos católicos en la vida pública sea tan poco relevante en las últimas décadas del siglo XX y en lo que va del siglo entrante. Todos conocemos testimonios ejemplares al respecto, la confesión cristiana de muchos “dirigentes” como un homenaje a la tradición de nuestros pueblos, pero ¿dónde se aprecian corrientes vivas que irradien la novedad cristiana en la vida pública de América Latina? Las hubo a finales del siglo XIX, en las décadas del ’30 al ’50, en el inmediato “post-concilio. ¡No después! Los laicos parecen haberse quedado esperando a la sombra los pronunciamientos episcopales o presionando para que se hagan, sin ser ellos mismos adelantados que abren caminos al Evangelio en el quehacer social y político. Y los pastores multiplican declaraciones sobre diversas cuestiones planteadas en la vida pública de nuestros países, pero de hecho conocen poco los “recursos” humanos y cristianos con que cuentan entre los laicos, no generan ni alientan “nuevas formas de organización y celebración de la fe (…), de oración y comunión” – como sugiere el Papa en su carta – para dar compañía y sostén a quienes asumen responsabilidades en la cosa pública. Toman distancia de ellos para no “comprometer” la posición de la Iglesia y los escuchan bastante poco, incluso a veces los consideran sólo como brazos ejecutivos de consignas jerárquicas.

¿Cómo se hace para superar el clericalismo? ¿Hay manera de superarlo realmente? Cincuenta años de post concilio no lo lograron…

En la carta dirigida al cardenal Ouellet, el Papa hace dos afirmaciones terminantes. La primera es que laico es el bautizado, todo bautizado, sin laicos de serie A y de serie B, sin ese elitismo de raíz neo farisaica que lleva a autodifinirse como “laicos adultos”, “laicos comprometidos”, “laicos militantes”, utilizando esos calificativos como un autoelogio. La segunda es que hablar de laicos, como ya dije, implica evocar el horizonte del Santo Pueblo de Dios al que pertenecen, en toda su consistencia teologal e histórica de pueblo en camino hacia el Reino de Dios, según sus diferentes modalidades de inculturación y según los diferentes niveles de adhesión, pertenencia y participación (como ocurre en cualquier pueblo…).

Desde estas dos inescindibles perspectivas – bautizados en el Santo Pueblo de Dios – la “revolución evangélica” que el papa Francisco lleva adelante, implica y requiere una dinámica de conversión personal por un renovado encuentro con Jesucristo. Lo dice de manera solemne al comienzo de su Exhortación “Evangelii Gaudium” cuando invita a “cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (n. 3). Si no damos respuesta a esta invitación, nos contentamos sólo con el anecdotario del pontificado. No prestamos atención a lo que el Espíritu le está diciendo a la Iglesia y a las Iglesias, a cada uno de los bautizados, mediante el testimonio del Papa Francisco.

Me viene a la memoria la Conferencia de Aparecida de 2007, cuando Benedicto XVI todavía era Papa y Bergoglio Presidente de la Comisión que debía redactar el documento final…

En efecto, el Santo Padre ha retomado la expresión de la Conferencia de Aparecida que habla de la “conversión pastoral” y de la “conversión misionera” de la Iglesia, de toda comunidad cristiana. Hay quienes reducen la “conversión pastoral” a un reajuste de planes pastorales o renovación de obras pastorales. Y es cosa buena. Si la evangelización procede por atracción, atracción de una belleza que es irradiación de la verdad en la vida, es también cosa buena que toda comunidad cristiana se sumerja en un profundo examen de conciencia respecto a cuánto resulta transparente e irradiante en ella la presencia de Cristo, el milagro de su unidad, el testimonio de santidad, su amor a los pobres y excluidos, más allá de la opacidad del pecado.  Sin embargo, “conversión pastoral” evoca ante todo conversión de los Pastores, o sea, de los Obispos y de sus colaboradores en el ministerio pastoral. Esto es fundamental si se desea que esta “revolución evangélica” encuentre, por una parte, multiplicadores que la difundan y se evite, por otra parte, que mucha gente termine manifestando sus cálidas simpatías por el papa Bergoglio pero mantenga distancia crítica respecto a la Iglesia y no la perciba como el misterio de Dios presente.

Hay una expresión recurrente en las intervenciones del Papa a religiosos, clero y jerarquía: Iglesia en salida…

Es exactamente lo contrario de la auto-referencia eclesiástica, de toda autosuficiencia,  del ensimismamiento, del repliegue temeroso, de todo refugio autocomplaciente, donde se anida el clericalismo. ¡Salir e ir al encuentro! Y hacerlo con la confianza de que el Evangelio de Cristo es la respuesta sobreabundante y correspondiente, totalmente satisfactoria, a los anhelos de amor y verdad, de justicia y felicidad, connaturales a la persona humana. El Espíritu Santo nos precede en el corazón de las personas y en la cultura de los pueblos. ¡Hay que salir fuera de los recintos eclesiásticos! No hay que quedarse esperando a los fieles, mientras – como dice el Papa Francisco – hay 99 ovejas perdidas y solo una ha quedado en el corral. Hay que estar atentos para discernir los signos de la presencia de Dios en las más diversas experiencias de fe, esperanza y caridad. La desatención y la ausencia son signos de clericalismo.

Es un momento turbulento para América Latina, con Venezuela al bordo de la bancarrota y quizás de una ruptura institucional que podría incluso tener un desenlace violento; con Brasil que ha destituido a su presidente y Argentina que está por juzgar a Cristina Kirchner por corrupción después que fue derrotada en las urnas por un gobierno de centro derecha…

Terminó la fase de las “vacas gordas” alimentadas por los altos precios del petróleo, de los minerales, de los productos agropecuarios, por la disponibilidad abundante de capitales extranjeros, por el efecto China, que hizo posible un fuerte crecimiento económico sudamericano, aproximadamente de un 5% promedial y la emergencia de una clase media popular, aunque en condiciones vulnerables de un trabajo generalmente “informal” y precario, gracias a algunas decenas de millones de personas que superaron el umbral de pobreza. Eso sí, no dejó de seguir existiendo la brecha abismal entre las super-oligarquías y los excluidos y descartados. 

Hemos entrado en un tiempo de vacas flacas…

Así es. Se desplomaron los precios que nos importan en el mercado mundial y países muy importantes, como Brasil primero y después el Venezuela retrocedieron hasta situaciones dramáticas y explosivas, con gravísimas crisis política y económica que tiran para abajo, en deflación y depresión, al conjunto de América Latina, aunque no falten países de gobiernos muy diversos que siguen teniendo performances económicas positivas (Paraguay, Bolivia, Perú…). Quedan abiertos los interrogantes sobre el futuro cubano bajo los impactos de su “apertura al mundo” – como auspiciaba San Juan Pablo II – que hoy consiste principalmente en la apertura a los Estados Unidos, y sobre el proceso de paz en Colombia tras un ciclo de 50 años de guerra y violencia.

El péndulo se movió hacia el otro lado…

Y lamentablemente hay muchos que repiten juicios indiscriminados y demoledores, condenas maniqueas contra “los que estaban antes”, sin ser capaces de valorizar todo lo bueno del camino andado, desechando todo lo que han sido límites y miserias. Sin políticas de Estado a largo plazo al servicio de los pueblos se suceden alternantes políticas de gobiernos de corto respiro. Oscilamos entre un centralismo estatista y un neoliberalismo tecnocrático, padeciendo las deficiencias de unos y otros. Cambian las elites de gobierno, pero están siempre muy presentes y determinantes los mismos poderes fácticos.

Y la corrupción política.

La corrupción política es dramáticamente bien real, pero como se trata de un problema endémico cabe también suponer que se usa como instrumento de batalla según los intereses y oportunidades políticas. Los que se muestran más sensibles ante el derroche de dineros públicos son precisamente esas emergentes clases medias populares, beneficiadas en tiempos de “vacas gordas”, que reclaman mejores servicios de salud, transporte, educación, administración pública y subsidios sociales que ahora se ven amenazados, sobre todo pensando en el futuro de sus hijos. Lo peor, más allá de los vaivenes políticos, sería que entráramos, como ya es visible aquí y allá, en una nueva fase de empobrecimiento e inequidad social en el seno de los países. Lo peor sería también que las polarizaciones políticas y sociales llegaran a transformarse en refriegas sangrientas, de imprevisibles consecuencias.

Pareciera que hoy la mediación de la Iglesia es más importante que nunca, y no solo para derribar muros seculares, sino también para prevenir guerras incipientes.

La Iglesia católica, consustanciada con los sufrimientos y esperanza de nuestros pueblos, con la credibilidad que sigue teniendo como ninguna otra institución en los países latinoamericanos, desde ese amor preferencial a los pobres de neto cuño evangélico que el papa Francisco no ceja de testimoniar cotidianamente, tiene que discernir a fondo esta nueva fase coyuntural que se está abriendo en América Latina y las graves implicaciones que esta tiene para su misión educativa y misionera, misericordiosa y solidaria. De ninguna manera su misión consiste en ser antagonista o “capellana” política, sostener, abatir o sustituir gobiernos.  Tiene, eso sí, desde la originalidad de su misión, mantener muy altos los mejores ideales que vienen de nuestra historia, colaborar en la construcción de un proyecto histórico para América Latina y ayudar a cuajar grandes movimientos populares y consensos nacionales sin los cuales todo queda en retórica. Mientras tanto, el servicio de la Iglesia a las naciones puede ser indispensable para desarmar los ánimos recalcitrantes, promover actitudes públicas de perdón y reconciliación en las que se aprecie la magnanimidad humana y las búsquedas convergentes de reconstrucción nacional, suscitar caminos de diálogo, promover acuerdos y ofrecerse también como mediadora cuando las circunstancias lo permitan. ¡Dios también hace milagros en la vida de las naciones

 

Fuente: http://www.tierrasdeamerica.com/2016/06/19/razonando-sobre-clericalismo-y-otras-insidias-entrevista-guzman-carriquiry-vicepresidente-de-la-comision-pontificia-para-america-latina/

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Los laicos en la misión de la Iglesia

Los laicos en la misión de la Iglesia

Índice

1 Cuestiones introductorias

2 Los laicos: su identidad eclesial

3 Los laicos: su vocación y misión

4 Conclusión

5 Referencias bibliográficas

1 Cuestiones introductorias

El Concilio Vaticano II definió toda la Iglesia como misionera. En esta dimensión de totalidad, se manifiestan con más fuerza, y ​​con un tono totalmente nuevo, aquellos y aquellas que se denominan laicos, y que ahora de forma más expresiva y razonada, desempeñan un papel preponderante en la misión de toda la Iglesia. Es preciso destacar que esta es una visión que se renueva porque la tradición eclesial que llega hasta el Concilio conlleva para el término laico una connotación ampliamente negativa, construida social y culturalmente, pero también eclesiológicamente, ya que la visión que se tenía antes era marcadamente pasiva y sumisa, sin autonomía y sin ningún tipo de independencia en su manera de ser y hacer iglesia. Culturalmente, el laico fue visto como uno que no sabe, no entiende, que no está preparado para el ejercicio de una función en la Iglesia. Eclesiológicamente, el laico fue visto de forma pasiva y sumisa a la jerarquía eclesiástica, siendo tratado frecuentemente como inferior (KUZMA 2015 p.528-31). Esta definición se basa en la nueva comprensión eclesiológica de que se afirma con el Concilio Vaticano II, que presenta a la Iglesia como Pueblo de Dios, en la que todos los bautizados son parte importante y constitutiva de su misión, sustentados por algo que es común a todos y que proviene de una experiencia fundamental: el bautismo – que une cada fiel a Cristo y lo convierte en miembro activo del cuerpo eclesial. Por el bautismo, todos son Iglesia, lo que garantiza a los laicos una nueva identidad y una nueva conciencia de su vocación y misión.

La Iglesia del Vaticano II se entiende como communio, reproduciendo en su estado visible e histórico un reflejo de la comunión trinitaria (KASPER, 2012, p. 256-7). Nadie y / o ninguna vocación ocupan el centro de la Iglesia, porque sólo Cristo es el centro. Él es el fundamento del que nace y vive en la fuerza de su Espíritu, y así camina, peregrina hacia la consumación del plano del Padre (LG 48). Alrededor de Cristo y del misterio que lo rodea, circulan los diversos ministerios, enriquecidos con dones y carismas, dejándose tocar y definir por el mismo misterio, y que colaboran y cooperan para la edificación del cuerpo y al servicio de esta Iglesia en mundo: el anuncio y la vivencia del Reino de Dios.

De este modo, y en esta nueva concepción, los laicos son comprendidos (e inseridos) en la misión de toda la Iglesia, con una especificidad que le es propia y que les permite actuar en los asuntos internos de la Iglesia (ad intra) y / o en problemas externos (ad extra) en el mundo y en las realidades en que se encuentran, sin exclusivismos. Sobre esto, dice Bruno Forte: “Todos comparten la responsabilidad, tanto en el centro de la vida eclesial, cuanto en la relación con el mundo; comprometidos en poner sus dones al servicio, donde quiera que el espíritu suscite la acción de cada uno, en una articulada y dinámica relación entre los diversos ministerios y carismas “(FORTE, 2005, p.43). Corresponde a toda la Iglesia, por tanto, en la responsabilidad que le es conferida, despertar la vocación y misión de los laicos, alimentándola y fortaleciéndola en todas sus acciones, respetando su autonomía y especificidad, siempre promoviendo la comunión.

2 Los laicos: su identidad eclesial

La identidad eclesial de los laicos está garantizada por el bautismo. He aquí el punto principal que une los laicos a todos los fieles, asegurándoles a todos la misma dignidad, lo que también les habilita en la misión y los distingue en vocación, en aquello que es específico de su forma de ser y de manifestar/vivenciar su fe. El bautismo ofrece a todos una nueva manera de existir, “el existir cristiano” (BINGEMER 1998, p.32). Este sacramento – fundante y único para la vida cristiana – confiere a ellos y a todo el pueblo de Dios la marca del ser cristiano e incorpora todos los fieles a Cristo, despertando en gracia, la vocación y la misión de cada uno. Afirmamos:

  1. por el bautismo, todos están unidos a Cristo;
  2. por el bautismo, todos están llamados a la misión;
  3. por el bautismo todos son Iglesia; y, por esta razón ofrecen al mundo un testimonio auténtico de que y en quién y por aquello y por aquel en quien creen están dispuestos a servir al mundo con el fin de transformarlo desde el punto de vista del Reino de Dios, haciendo de la vida concreta un verdadero camino de santidad y de encuentro con Dios. Aquí tenemos la base de toda la eclesiología que quiere tratar sobre los laicos, su vocación y su misión.

El bautizado – cualquiera que sea el carisma recibido y el ministerio ejercido – es, ante todo, homo christianus, aquel que por el bautismo se ha incorporado a Cristo (cristiano, de Cristo), ungido por el Espíritu (Cristo de chris = ungido), por eso constituido pueblo de Dios. Esto significa que todos los bautizados son Iglesia, partícipes de las riquezas y de las responsabilidades que la consagración bautismal implica. Todos están inequívocamente llamados a ofrecerse como “un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1). En todas partes den testimonio de Cristo. Y a los que lo pidan, den razones de su esperanza de vida eterna (cf. 1 Pe 3,15) “(LG 10). (FORTE, 2005, p.31).

Podemos decir que con el bautismo no falta nada en la vida cristiana, porque a través de él inserta en el misterio de Cristo, siendo con él, y a partir de él, una nueva criatura (cf. 2 Cor 5,17). Se coloca en el camino y en la práctica de su reino, viviendo en la esperanza y la anticipación del Reino que está llamado a construir como Iglesia, pues también a él, por su condición y posición en la Iglesia y en el mundo, está destinada la invitación del Señor: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20,4). Esta llamada se fortaleció con el Vaticano II, que valoró la esencia de esta vocación y abrió nuevas perspectivas, más acordes con el Evangelio mismo inaugurado por Cristo, estableciendo que esta llamada y esta presentación fueron y son llevadas a cabo por el mismo Cristo (AA 33) . Esto fue confirmado por el Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Christifideles laici, diciendo que estos laicos –fieles laicos – están llamados a trabajar en la viña del Señor, que es todo el mundo, y allí ofrecen su vida y su testimonio, lo que obliga a toda la Iglesia y sus estructuras a la valorización y la toma de consciencia de esta importante vocación (JUAN PABLO II, 1989 n.1-2). Por lo tanto, dado el bautismo es la experiencia fundante, ocurrirá que, a continuación, en la vida cristiana, surgirán la vivencia eclesial y la comunidad, la práctica cotidiana, el servicio al mundo, el ejercicio de la solidaridad y los demás sacramentos, que junto con otras realidades servirán de alimento y de búsqueda de aquello que se fortalece en la fe y la esperanza.

Por el bautismo, los laicos están incluidos en la misión de toda la Iglesia (interna y externamente), pues ellos pasan a ser y a formar parte con ella; e incluso en un espíritu de comunión con todos los demás bautizados, viven la fe de manera autónoma y libre, con una forma única y propia de ser y hacer como Iglesia (KUZMA de 2009, p.85). Los laicos son aquellos hombres y mujeres que están en mayor número en el cuerpo eclesial y, por tanto, deben ser valorados en lo que compete y compromete a su vocación y misión, sin perjuicio de nadie, pero en vista de la comunión de toda la Iglesia que camina en misión en el horizonte del Reino de Dios; misión a la que todos los cristianos están llamados – como ekklesia (iglesia) – para trabajar, cada uno a su manera y en aquello que le es específico. Estos cristianos tradicionalmente llamados laicos, tienen una dignidad conferida por Cristo y no pueden ser tratados como un pueblo conquistado, como objetos de evangelización, o como alguien que siempre recibe y que sólo escucha, que acepta todo de forma pasiva, sin entender y que no cuestiona críticamente, su situación y su fe. Estos laicos que son parte constitutiva e importante del cuerpo eclesial, quieren contribuir a su manera y en comunión para construir el Reino de Dios, una misión que es su derecho, pues es parte de la vocación a la que fueron llamados.

¿Pero quiénes son estos los laicos? ¿Tenemos claridad de la respuesta? ¿Vemos en su vocación y misión, su identidad? Veamos. Os documentos de la Iglesia proporcionan definiciones importantes de lo que son en la Iglesia, así como su función específica adquirida por el bautismo, que hemos mencionado antes. Sin embargo, como ya se ha señalado, no se puede negar que la palabra laico en sí tiene una carga negativa, históricamente adquirida, también en el seno de eclesial (CONGAR, 1966, p.14-41), lo que hace pasar a estos fieles parte de esta intención negativa, dejando pequeña y sin valor su posición. Durante mucho tiempo, se definió al laico por su negatividad, por lo que no era: no clérigo o alguien sin votos religiosos. Esta intención era tanto más grave cuanto que quitaba de los fieles la práctica activa del ejercicio de la fe, limitándolos a solo escuchar y recibir. Cuando había una acción, ésta era a partir de un ordenado, dejando al laico un servicio de colaboración, sin autonomía. La historia de la Iglesia nos muestra los avances y retrocesos de esta vocación, así como las percepciones, interpretaciones y nuevos y / o viejos entendimientos (ALMEIDA, 2006).

El Concilio Vaticano II, por la Constitución dogmática Lumen Gentium (LG), sobre la Iglesia, no anuló esta condición de no clérigo y de no religioso, pues es un hecho, pero se ofreció a todos los fieles un carácter fundante, inicial, teniendo en cuenta que todos bautizados integran y son la iglesia de Cristo y forman el nuevo Pueblo de Dios, en la que hay diversidad de funciones y servicios, pero igual dignidad e importancia (LG 32). Ninguna vocación está por encima o en el centro, todos en comunión, cada uno con su propio don y carisma, asumidos y puestos al servicio de todos (cf. 1 Cor 12,7). Cristo – la fuente y el destino de toda la fe – está en el centro, lo que garantiza a la Iglesia su sentido del misterio, de dónde ella nace (LG 3) y el destino escatológico (LG 48) al cual está destinada (FORTE, 2005, p. 63-4). El Vaticano II rescata el sentido primero de la palabra laico, que es laikós (griego y un término ausente de la tradición bíblica), es decir, aquel (aquella) que pertenece al Pueblo de Dios, Laos (en griego y un término presente en la tradición bíblica).

Así, del Vaticano II extraemos esta nueva e importante definición que señala la identidad de los laicos en la misión de toda la Iglesia:

Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde. (LG 31ª).

A partir de esta definición, los laicos comenzaron a tener importancia y su condición pasa a tener un nuevo enfoque. Ahora se justifica una eclesiología sobre ellos, como trataron de argumentar en el pre-concilio teólogos como Y. Congar, E. Schillebeeckx, G. Philips, Karl Rahner y otros (ALMEIDA, 2012, p.13-33), cuya influencia y urgencia del tema se hizo valer recurre en el Consejo. Esta definición y sus consecuencias – que aunque todavía insuficiente, ¡merecen hoy nueva audacia! – fueron un gran logro (SCHILLEBEECKX 1965, p.981-90). Sin embargo, lo que se discute hoy en día es si el término laico es suficiente para designar la vocación y la misión establecida, ya que la carga negativa sobre el término fue grande y se prolongó durante siglos. Por el contrario, sólo cambiar el término por otro, o especificando su actividad pastoral, no siempre puede garantizar una valorización de su condición y posición eclesial. Lo correcto sería avanzar en la comprensión de ser cristiano a partir de lo que el bautismo nos ofrece y del camino de seguimiento que decidimos recorrer en busca de la madurez de la fe (BINGEMER, 2013). Pero esto aún es algo que debe ser buscado, precisando ahora una reinterpretación del contenido de ser un cristiano laico y un reconocimiento y valorización de su identidad eclesial.

3 Los laicos: su vocación y misión

Habiendo definido la identidad del laico, no por su aspecto negativo, como antes, sino por aquello que los garantiza la eclesiásticamente – el bautismo – y por su misión con toda la Iglesia, el Vaticano II trató de definir el ejercicio de esta vocación y misión, pidiendo para ellos – preferencialmente – la responsabilidad en el mundo secular, el lugar en el que ellos ya se encuentran y dónde son llamados para el ejercicio de su fe y búsqueda de su santidad como los laicos. De este modo, hacemos uso aquí de lo que fue señalado por el Concilio al describir el carácter secular como característica particular (pero no exclusiva) de su condición, texto que sigue al ya utilizado anteriormente. Aquí, para discernir mejor quiénes son esos laicos, el documento conciliar los define por su acción, por aquello que están llamados a ejercer y cooperar, de modo propio y autónomo:

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor. (LG 31b).

En este texto se establece que es específico de los laicos iluminar y organizar las cosas temporales, es decir, la realidad del mundo donde se encuentran y viven y donde deben vivir como levadura en la masa, desde dentro, convirtiéndose en luz para las personas, una luz que viene de Cristo y que brilla en sus acciones (LG 1). Así, los laicos – hombres y mujeres insertados en la sociedad – se presentan como auténticos testigos del Evangelio y se comprometen con la causa del Reino, iluminando y organizando todo a su alrededor, “ejerciendo funciones temporales y ordenándolas según Dios” (LG 31b). Sin embargo, para entender la amplitud de esta definición en su matriz teológico fundamental, es necesario asimilar el proyecto de Dios, que es lo que hace el Vaticano II en sus definiciones (LG 1-5, 1-6 DV AG 1- 5), y con él, el principio mayor de nuestra fe, que está basado en un Dios que se hizo hombre y que como humano asumió toda nuestra condición (GS 22), involucrándose en la trama de nuestra existencia, haciendo que nuestras esperanzas humanas se convirtiesen en una gran esperanza anunciada por él, que era el Reino de Dios, una buena noticia para todo el mundo. Miremos, entonces, a Jesús de Nazaret.

Jesús de Nazaret, ocupándose de las cosas de su tiempo, nos ha abierto una nueva perspectiva de la vida y por eso nos presentó un nuevo rostro de Dios, más próximo y más libre, más presente en nuestra propia realidad, que resultó importante para él, ya que la asumió plenamente dando su vida por amor a nosotros. Por lo tanto, la atención del texto conciliar que aquí reproducimos para señalar la vocación y misión de los laicos es para afirmar la presencia de la Iglesia en el mundo, de manera concreta, dispuesta a presentar al mundo la propuesta que la garantiza y que la fundamenta, que es Cristo y su Reino. Basado en el texto conciliar de LG 31b percibimos que la Iglesia pretende hacer esto de una manera concreta por los fieles, por todos, pero aquí destaca este papel especialmente a los laicos, que están  integrados en la sociedad directamente y allí ofrecen un testimonio firme y verdadero.

Esto no quiere decir que la experiencia de fe en el mundo será invasiva, sino en la práctica del servicio, en el hacer el bien, en la autenticidad y la coherencia con lo que dice creer y profesar, como se destaca en el documento de Aparecida en 2007 ( DAp n.210). Asimismo, el Decreto Apostolicam actuositatem (AA), que trata sobre el apostolado de los laicos, dice: ” Prueba de esta múltiple y urgente necesidad, y respuesta feliz al mismo tiempo, es la acción del Espíritu Santo, que impele hoy a los laicos más y más conscientes de su responsabilidad, y los inclina en todas partes al servicio de Cristo y de la Iglesia. “(AA n.1c). En una relectura y frente al contexto actual, también en su Exhortación Apostólica Christifideles Laici, el Papa Juan Pablo II dice, ” por medio de ellos la Iglesia de Cristo está presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y de amor ” (Juan Pablo II, 1989 n.7). Y añade: “A nadie le es lícito permanecer ocioso ” (Juan Pablo II en 1989, n ° 3). Si miramos al tiempo presente, las acusaciones y apuntes pastorales que Francisco Papa coloca en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium son aún más firmes, en la reivindicación del papel de una Iglesia – sobre todo aquí los laicos – en salida y rompiendo con todo lo que pueda obstaculizar su misión y verdadera vocación:¡la de anunciar el Evangelio de hoy! (FRANCISCO, 2013 n.110-121). Y siempre de modo dialógico, en la coherencia entre fe y vida, un verdadero y auténtico testimonio. También en esta línea, es digno de mención que, en la actualidad, el Papa Francisco ha pedido mucho la presencia de los laicos, su valorización y una mayor presencia de los jóvenes y las mujeres en la Iglesia. Por cierto, también acusa la pasividad, adquirida históricamente – a veces sin culpa – pero también llama la atención sobre una nueva audacia, para avanzar a nuevos rumbos y nuevos descubrimientos eclesiales. Hacemos hincapié en que aquí la creación del nuevo Dicasterio sobre los Laicos la Familia y la Vida, anunciado durante el Sínodo de los Obispos en octubre de 2015.

Otro punto importante es que los laicos están llamados a la vocación y misión como laicos. ¡No necesitan ser otra cosa! ¡Ellos son laicos! Forman parte del Laos (pueblo) de Dios donde viven, ofrecen su testimonio y las razones de su esperanza. Esto es fundamental, sobre todo cuando se ve hoy en día como avanzan clericalismos (FRANCISCO, 2013, n.102), ya mencionados en varias ocasiones y que no permitan que la Iglesia pueda dar responder eficazmente a los problemas actuales (cf. Conferencia de Santo Domingo n. 96), pues intentan restaurar una imagen de iglesia que se sustenta por sí sola y que se cierra en sí misma, casi como una fuga (KUZMA, 2009, p. 43-7) o alienación de la realidad. “Dios no cambia su condición, sino que lleva a plenitud su estado, los hace llenos de vida y de gracia en el Espíritu. Así, ellos son verdaderos adoradores y santifican el mundo con la propia vida “(KUZMA y SANTINON, 2014, p.137). Y más: “Los laicos no están llamados a ser lo que no son y vivir donde no están, pero están llamados a vivir plenamente lo que son y a estar efectivamente donde ya están, y dentro de su vida, encontrar a Dios y anunciarlo a los demás “(KUZMA y SANTINON, 2014, p.137). En el curso de sus vidas, “preparan el campo del mundo para mejor recibir la semiente de la palabra divina y abren las puertas a la iglesia, para que actúe como anunciadora de la paz” (LG 36c).

Con toda la Iglesia, los laicos están llamados a servir, y sirven con la propia vida, donde la experiencia con Cristo produce un auténtico testimonio. ¡Aquí está su vocación y su misión!

4 Conclusión

De aquello que el Vaticano II definió sobre los laicos en la misión de la Iglesia, podemos sacar puntos importantes aquí:

  • el bautismo los incorpora a Cristo y los constituye como miembros del Pueblo de Dios, lo que acentúa un punto importante en la definición de Iglesia del Vaticano II (en la Lumen Gentium);
  • ellos se convierten en partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, de donde reciben el mandato – de Cristo – par el testimonio en el mundo y en la Iglesia de aquello que es la razón de su esperanza. Al modo de Cristo, un sujeto común – laicos – de su tiempo, ellos pasan a ofrecer sus vidas a Dios y a los hermanos a través de la práctica del Reino; ellos son en el mundo y en la Iglesia anunciadores de la verdad y tratan de gobernar, gestionar y transformar todo, desde la perspectiva del Reino de Dios;
  • asumen su parte en la misión: es cuando los laicos, hombres y mujeres de fe, pasan a servir en el lugar donde se encuentran, y la base que sustenta su servicio es la experiencia concreta y vivificante con Jesús de Nazaret. Y donde se encuentra el trabajo es en el mundo secular, vivido especialmente, pero no exclusivamente, pues la Iglesia es misionera en su conjunto y no en parte.

El Concilio dio pasos importantes. Es importante hoy en día abrirse al Espíritu que lo concibió y se dispone a los nuevos desafíos que el mismo Espíritu que nos hace ver, siempre abierto, sensible y de diálogo, en la acogida y la construcción de un Reino que necesita de todos nosotros ¡porque todos estamos llamados a la viña del Señor!

Cesar Kuzma. PUC Rio. Texto original Portugués.

5 Referencias bibliográficas

ALMEIDA, A. J. Leigos em quê? Uma abordagem histórica. São Paulo: Paulinas, 2006.

__________. Apostolicam actuositatem: texto e comentário. São Paulo: Paulinas, 2012.

BINGEMER, M. C. L. Identidade crística: sobre a identidade, a vocação e a missão dos leigos. São Paulo: Loyola, 1998.

__________. Ser cristão hoje. São Paulo: Ave Maria, 2013.

CONGAR, Y. Os leigos na Igreja: escalões para uma teologia do laicato. São Paulo: Herder, 1966.

FORTE, B. A Igreja: ícone da Trindade. 2.ed. São Paulo: Loyola, 2005.

FRANCISCO. Evangelii Gaudium. São Paulo: Loyola, 2013.

JOÃO PAULO II. Christifideles Laici. São Paulo: Paulinas, 1989.

KASPER, W. A Igreja Católica: essência, realidade, missão. São Leopoldo: Unisinos, 2012.

KUZMA, C. Leigos e leigas: força e esperança da Igreja no mundo. São Paulo: Paulus, 2009.

__________. Leigos. In: PASSOS, J. D.; SANCHEZ, W. L. (orgs). Dicionário do Concílio Vaticano II. São Paulo: Paulinas, 2015, p.527-33.

______; SANTINON, I. T. G. A teologia do laicato no Concílio Vaticano II. In: PASSOS, J. D. (org.). Sujeitos no mundo e na Igreja. São Paulo: Paulus, 2014, p.123-44.

SCHILLEBEECKX, E. A definição tipológica do leigo cristão conforme o Vaticano II. In: BARAÚNA, G. (dir.). A Igreja do Vaticano II. Petrópolis, RJ: Vozes, 1965.

Fuente: http://theologicalatinoamericana.com/?p=1387

 

 

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