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Los Laicos o Seglares de la Iglesia

Los Laicos o Seglares de la Iglesia
Jerarquía de la Iglesia. Eclesiología

Son los encargados de que el Reino de Dios se haga una realidad en los diversos campos que forman su vida, donde el sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar.

Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

¿Quiénes son los laicos, los seglares de la Iglesia?

Se oye tanto hablar de esa palabra que muchas veces nos perdemos en el vocabulario y no sabemos a quiénes se refieren cuando oímos expresiones como “Ha llegado la hora de los laicos”. “Los seglares deben colaborar con la Iglesia”.

La respuesta podría ser muy fácil: Los laicos son todas las personas que pertenecen a la Iglesia católica, a través del Bautismo pero que no son obispos, sacerdotes, o pertenecen a algún grupo de vida consagrada.De esta forma, los laicos son todos los fieles que han sido bautizados dentro de la Iglesia.

Para ser más precisos, escuchemos lo que dice el Concilio Vaticano II en el documento Lumen Gentium, número 31 y que recoge el Catecismo de la Iglesia católica en el número 897: “Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”.

Elemento muy importante para distinguir a los laicos es el de su bautismo. Por este sacramento, los laicos o fieles del pueblo de Dios se hacen acreedores al derecho de llamarse y de ser Hijos de Dios y participar de esa filiación divina. Pero también comparten la obligación de trabajar para que el mensaje de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra. Esta obligación es más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo.

La acción que realizan los laicos dentro de la Iglesia no es indiferente. Su participación no es indiferente ni debe reducirse a la recepción de los sacramentos, antes bien, debe ser muy activa de forma que ayuden a que todas las realidades en las que ellos trabajan sean invadidas por el espíritu del evangelio. Por lo tanto, la familia, la profesión y el trabajo que desempeñan, sus actividades sociales, deportivas y de descanso, todo, absolutamente todo lo que conforma su vida, debe quedar informado por el espíritu del evangelio. En pocas palabras, los laicos son los encargados de que el Reino de Dios se haga una realidad en los diversos campos que forman su vida. Por lo tanto, ahí donde el sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar, ahí es donde el laico debe comprometerse para hacer llegar el mensaje de Cristo.

Juan Pablo II ha dicho de los laicos: “El Reino de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo para obrar el bien. A esta labor de animación evangélica están llamados, junto con todos los hombres de buena voluntad, todos los cristianos y de manera especial los laicos”. (Cfr. Centesimus annus, número 25).

El apostolado que deben llevar a cabo los laicos no se reduce solamente al testimonio de su vida, lo cual ya es una labor fundamental para construir el Reino de Dios en la sociedad. Deben ser “sanamente agresivos” con el fin de buscar todas aquellas oportunidades para hacer real en todos los ámbitos dela sociedad, el mensaje de Cristo. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia, como apuntaba el Papa Pío XII en su discurso del 20 de febrero de 1946 y que fue citado por Juan Pablo II en su documento Christifideles laici, número 9: “Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia.

 

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Los Laicos en la Iglesia de Hoy

 

Los Laicos en la Iglesia de Hoy

Jean Landousies C.M.

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Landousies, Jean C.M. (2002) “Los Laicos en la Iglesia de Hoy,” Vincentiana: Vol. 46: No. 4, Article 66. Available at: http://via.library.depaul.edu/vincentiana/vol46/iss4/66

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Los laicos en la Iglesia de hoy

por Jean Landousies, C.M.

Provincia de París 9.VII.2002

Introducción

El título dado a esta exposición engloba un campo muy amplio: «Los laicos en la Iglesia hoy». Por otra parte, la diversidad de origen, de profesión, de trabajo, de situación y de las opciones locales de todos ustedes, hace todavía más difícil el proyecto. Por eso he tenido que optar entre los temas posibles para nuestra reflexión. Me he visto obligado a limitarme a elementos bastante generales, esperando que en el trabajo de grupo van a poder expresar sus experiencias. Les propongo, pues, algunas orientaciones que me parecen importantes para la vocación y la misión de los laicos en las evoluciones actuales del mundo y de la Iglesia. Voy a desarrollar mi intervención en cinco puntos:

  1. Los laicos en la Iglesia-Comunión;
  2. Laicos apasionados por el hombre: la llamada a anunciar el Evangelio a los pobres;
  3. Laicos apasionados por Dios: la llamada a la santidad;
  4. Trabajar como Iglesia, colaborar con los hombres de buena voluntad;
  5. La necesidad de la formación.

Antes de entrar en nuestra reflexión, quisiera también poner de relieve dos puntos que me parece importante tener presentes como telón de fondo en nuestro debate:

El primero es el interés que Vicente de Paúl dio al lugar de los laicos en la misión de la Iglesia. Recordemos que la primera de sus fundaciones fue la de las Caridades. Reunió a laicos para que los pobres fueran servidos. Este tema lo trataremos más tarde. El segundo punto es la inquietud que debemos tener no solamente por el laicado vicenciano «constituido», sino también por todos los laicos que a través del mundo siguen, explícitamente o no, a San Vicente de Paúl, y que no tienen ninguna intención de unirse a una rama constituida de la Familia Vicenciana. Ellos también, solos o junto con otros, hacen que los pobres sean servidos.

  1. Laicos en la Iglesia comunión

1.1. ¿Qué Iglesia? En un primer momento, les invito a reflexionar un instante sobre la Iglesia en la que los bautizados tienen que vivir su vocación.

Desde el Concilio Vaticano II, la reflexión sobre la Iglesia comunión se ha desarrollado ampliamente. Nos encontramos aquí en el corazón del misterio de la Iglesia: una Iglesia que procede del Dios-Trinidad, es decir, de un Dios que es Él mismo comunión; una Iglesia cuyos miembros deben vivir en comunión con ese Dios que los llama y los envía; una comunión con Dios de donde procede la comunión de los miembros entre sí. Por último, como consecuencia de lo que ella misma es en lo más profundo de su ser, esta Iglesia ha recibido la misión de trabajar en la realización de la comunión de todos los hombres entre ellos y con Dios.

Tres imágenes importantes expresan y completan la presentación de este misterio de la Iglesia comunión: las imágenes de la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu.

  1. La Iglesia, Pueblo de Dios. La Iglesia es un pueblo que procede de Dios, que vive de Dios y que pertenece a Dios. Antes de toda distinción de funciones, de servicios o de ministerios, lo que es primordial es el ser una asamblea de cristianos. Lo que no excluye, por supuesto, la necesidad que tiene el Pueblo de Dios, como todo pueblo, de contar con responsables, tomados de entre sus miembros. Pero es preciso ir aún más lejos, pues es grande el riesgo de que ese Pueblo se encierre en sí mismo, excluyendo a quienes no forman parte de él. Es lo que podría llamarse el riesgo ‘sectario’. La Iglesia es un pueblo enviado a misión con el Espíritu Santo, un pueblo abierto a todos los pueblos de la tierra, invitándoles a formar todos juntos el único Pueblo de Dios. Conocemos bien el bello pasaje de Lumen Gentium, empleado después muchas veces en la enseñanza del Magisterio: «la Iglesia es, en Cristo, en cierta manera, el sacramento, es decir, el signo y a la vez el medio de la unión íntima con Dios y de la unidad con todo el género humano» (n. 1).
  2. La Iglesia Cuerpo de Cristo. En estos últimos años, quizá se ha hablado con frecuencia exclusivamente de la Iglesia como Pueblo de Dios, sin duda, para evitar caer de nuevo en una visión piramidal de la Iglesia. Sin embargo, la imagen del pueblo no agota el misterio de la Iglesia. Es preciso articularla con otras imágenes y, ante todo, con esta imagen esencial de la ‘Iglesia – Cuerpo de Cristo’. Esta imagen expresa a la vez la unidad profunda de la Iglesia con Cristo y su dependencia con respecto a Él que es la cabeza del cuerpo. Esta imagen muestra también, al mismo tiempo, la unidad y la diversidad de la Iglesia. Todos son miembros de ella, pero todos no tienen en ella la misma función (Cf. 1 Co 12, 12-30). En la Iglesia hay una diversidad y una complementariedad de vocaciones y de condiciones de vida, de ministerios, de carismas y de responsabilidades. Por otra parte, esta imagen del Cuerpo es importante para la comprensión de la misión. Pues si el cuerpo es lo que nos permite entrar en relación con los demás, la Iglesia – Cuerpo de Cristo permite a Cristo entrar concretamente en relación con los hombres y mujeres de todas las épocas, de todas las culturas.
  3. La Iglesia Templo del Espíritu. Por último, una tercera imagen, unida a las dos precedentes es la de la ‘Iglesia – Templo del Espíritu’. Es el mismo Espíritu quien es el principio dinámico de la variedad y de la unidad de la Iglesia y en la Iglesia. Es el Espíritu de comunión el que reúne a la Iglesia en toda la diversidad de sus miembros y el que hace de ella un solo Pueblo y un solo Cuerpo. La Iglesia es el Templo del Espíritu porque es construida, edificada por el Espíritu Santo, al mismo tiempo que por los cristianos. El Espíritu es la fuente de todos los carismas, esos dones confiados a todos los cristianos en beneficio de la Iglesia y de su misión. Esto significa también que, puesto que todos los bautizados han recibido el Espíritu Santo, todos tienen derecho a la palabra en la Iglesia, todos tienen el derecho a ser escuchados. En este punto es donde se podría hablar de lo que se llama el sensus fidei, es decir, el sentido sobrenatural de la fe que es el del Pueblo entero (Cf. LG 12).

Si tuviéramos tiempo, tendríamos que hablar aquí también del sacerdocio común de los fieles, que no es el sacerdocio de los laicos sino el de todos los miembros de la Iglesia; un sacerdocio común, dado a todos por el Espíritu Santo… (Cf. LG 10).

1.2. ¿Para qué laicos? En esta Iglesia comunión, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu y Pueblo de Dios, es donde yo quisiera situar la vocación y la misión de los laicos. Recordemos lo que dice el Vaticano II en Lumen Gentium : Con el nombre de laicos se designan […] los cristianos que en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde (n. 31). Los laicos no se definen, pues, con relación a los sacerdotes o a los religiosos. Se trata, ante todo, de bautizados que, por su bautismo, están habilitados para participar en la vida y en la misión de la Iglesia, que están unidos a Cristo y que viven de su vida y de su Espíritu. Por otra parte, viven en comunión de unos con otros, constituyendo un mismo cuerpo y un mismo Pueblo. Por último, su misión se ejerce en la Iglesia y en el mundo. Observemos también, de paso, que el laico no se define únicamente por su presencia en el mundo. Es también responsable de la vida de la Iglesia y participa en su misión.

  1. El compromiso de los laicos en el mundo. Este aspecto se desarrolla ampliamente en los textos del Vaticano II, y también después. Hablaré de esto luego. Digamos ya que la vocación apostólica de los laicos no les viene de un ‘mandato’ que les estuviera confiado por el Obispo sino que está fundada en su bautismo y en su confirmación. Los textos muestran claramente que evangelizar, misión primordial de la Iglesia, no consiste solamente en anunciar el Evangelio en el sentido estricto de la expresión (predicación, catequesis, etc…), sino que consiste también en transformar el mundo haciéndolo más conforme con el Evangelio. Hay asimismo un apostolado que consiste en evangelizar las realidades del mundo, mediante el testimonio de vida y mediante la palabra.
  2. El compromiso de los laicos en la Iglesia. Se asiste desde el Vaticano II a una renovación considerable en este aspecto. El lugar de los laicos en la Iglesia no se reduce a una asistencia pasiva, ni siquiera a un servicio litúrgico, por otra parte bastante limitado. Pensemos en el desarrollo de la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales en la vida de las comunidades, desde la liturgia hasta la transmisión de la fe, la catequesis o la contribución en diversos servicios y estructuras pastorales. Cada región tiene su modo de actuar para ayudar a los laicos a participar activamente en la vida de la Iglesia, según las necesidades. Pero, de manera general, podemos hacer notar también, por ejemplo, que la creación de consejos y de sínodos ayuda a los laicos no solamente a desarrollar ‘actividades’ sino a sentirse efectivamente más responsables de la misión de la Iglesia y responsables como laicos, en comunión con los obispos y los sacerdotes. Aunque, evitando los riesgos de una «clericalización» de los laicos, éstos necesitan participar en la vida interna de la Iglesia por el hecho de su bautismo y de su confirmación.

En resumen, podemos repetir lo que escribe Juan Pablo II en la carta apostólica Christifideles Laici: “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y la misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo” (n. 33). Los laicos están, pues, plenamente comprometidos en la misión de la Iglesia, por el hecho de su bautismo y de su confirmación. Es lo que quisiera tratar ahora.

  1. La pasión por el hombre: laicos llamados a anunciar el Evangelio a los Pobres

Quisiera ahora abordar de manera más concreta el lugar de los laicos en la misión de la Iglesia y, sobre todo aquí, a través de su servicio a la sociedad.

La misión primordial de los laicos que voy a poner de relieve es, ante todo, que a través de toda su vida deben dar testimonio de que la fe en Jesucristo es la respuesta fundamental a los interrogantes y a las expectativas del hombre y de las sociedades. Al comprometerse en los diferentes sectores de la vida del mundo, anuncian concretamente esta Buena Noticia que es la salvación en Jesucristo. Se trata de una responsabilidad esencial confiada a los laicos en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. No voy a extenderme aquí sobre la diversidad de compromisos misioneros de los laicos ni

sobre la necesidad de un análisis de las situaciones humanas y de las mutaciones de las sociedades. Ustedes son sensibles a ello en sus países.

Pero en estos aspectos, me parece que nosotros, vicencianos, debemos tener la preocupación especial por recordar, a tiempo y a destiempo, que los laicos tienen una vocación particular para trabajar en la promoción de la dignidad de todo hombre. Y, ante todo, de los más pobres, de los más débiles.

Un campo privilegiado, unido al compromiso en favor de la dignidad del hombre, es la presencia en los lugares de pobreza y de sufrimiento: asistencia a los enfermos, minusválidos, ancianos, enfermos terminales, víctimas de las nuevas enfermedades (SIDA y otras). Los cristianos que ahí se implican, mediante su encuentro y su comprensión de las personas, son expresión esencial del rostro amoroso y misericordioso de Cristo y de su Iglesia con relación a quienes están atravesando la prueba. El corazón del mensaje evangélico es precisamente esta Buena Noticia: ¡el hombre es amado por Dios! La palabra y la vida de cada cristiano deberían ser un anuncio claro de ello. Ocurre lo mismo con todo lo que se refiere al campo de la caridad y de la solidaridad, la participación en los movimientos caritativos, de apostolado o de educación, para construir una sociedad más justa donde cada uno encuentre su lugar y pueda vivir decentemente. Nosotros, vicencianos – especialmente – no podemos olvidar que el combate por la justicia es un elemento esencial de la misión de la Iglesia: todo esto en las parroquias, comunidades diversas, en la vida asociativa de los barrios o pueblos, en colaboración con las demás personas de otras corrientes de pensamiento que animen servicios de ayuda mutua o de solidaridad.

Otro campo en el que es urgente que trabajen los laicos es en el de la promoción y defensa del respeto por la vida. Sabemos que esto engloba muchos campos y que plantea cuestiones a menudo muy difíciles, pero que nosotros no podemos eludir. Pienso especialmente en los desafíos lanzados por las cuestiones relativas a la bioética.

La diversidad de los compromisos, que aquí no desarrollaré más, debe ayudar a cubrir todos los aspectos de la existencia humana en sus dimensiones individuales y colectivas: desde los problemas de la persona, de la familia, hasta los de la cultura, de la paz, de la política… O también, la necesidad de tener una conciencia clara de la dignidad del trabajo, concebido con miras a la realización del hombre y del cumplimiento de su vocación.

Por otra parte, de una manera general, para llegar a un auténtico cambio en las relaciones humanas y en el conjunto de la vida de la sociedad, me parece importante que los movimientos de laicos sean lugares de educación y de apoyo para quienes tienen responsabilidades políticas, económicas, sociales, a fin de ayudarles a cumplir sus tareas con integridad, con la inquietud por dar la

prioridad al bien de las personas, conscientes del impacto humano que tienen sus opciones.

Permítanme ahora, para terminar este punto, que me detenga en dos dimensiones de estos compromisos que, a mi juicio, son esenciales hoy para la misión: la calidad de los encuentros y la universalidad de la mirada. Es, por otra parte, lo que podemos encontrar ampliamente expresado en Vicente de Paúl.

Primero, la importancia y la calidad de los encuentros. Esto es verdad en la vida de todo cristiano, pero quisiera subrayarlo en la vida de los laicos hoy, pues con frecuencia existe la tentación de atenerse a la calidad del hacer, del contenido intelectual o material de un encuentro, de una reunión, de una acción etc…. Para nosotros, hay ciertamente ahí algo que es necesario profundizar para vivir según el espíritu de Vicente de Paúl. Los laicos están en primera línea para ir ‘naturalmente’ y en todos los campos, al encuentro de los demás, en nombre de Cristo, sin exclusividad; para llevar a cabo encuentros hechos de escucha del otro, para ayudarle a crecer, tomándolo en serio, respetando su dignidad a fin de que pueda vivir plenamente su propia vocación humana y espiritual. En esta perspectiva, quisiera también añadir que es urgente que en nuestras reacciones, en nuestra propia visión de las personas y de las situaciones, hayamos integrado elementos tan importantes como el diálogo ecuménico o el diálogo interreligioso. Éstos son hoy lugares de encuentro y, por tanto, de anuncio del Evangelio, que no podemos ignorar. Si existen todavía tantas incomprensiones, y por desgracia se dan hoy entre personas de religiones diferentes, es a menudo por falta de conocimiento verdadero, por falta de respeto mutuo de las diferencias.

Todo esto nos lleva también a favorecer la universalización de la mirada, tanto más urgente cuanto que en la vida social nos encontramos en un contexto de mundialización. Ya tendrán la ocasión de volver a hablar sobre este tema. En numerosos países nos encontramos, cada vez más, en presencia de poblaciones de origen muy diverso, de diferente origen social, cultura, o religión. Podríamos añadir indudablemente el desarrollo rápido de las comunicaciones, del turismo, etc. Ya no es posible permanecer replegados sobre el entorno tradicional inmediato. Además, sabemos también que el descubrimiento de esta ampliación de horizontes puede engendrar muchos temores, con sus consecuencias a menudo desastrosas. Los laicos tienen ciertamente ahí un campo ilimitado para la apertura del corazón y del espíritu misionero.

  1. La pasión por Dios : laicos llamados a la santidad

Les propongo ahora que demos un paso más, situando la vocación de los laicos a la misión en la perspectiva de la llamada a la santidad que es, en cierto modo, una consecuencia del bautismo.

La vocación del laico en la Iglesia no es un puro activismo, mientras que las ‘cosas espirituales’ estarían reservadas a los sacerdotes, religiosos y religiosas. La experiencia cristiana del laico no se reduce a sus encuentros con el hombre, sino que se lleva a cabo al mismo tiempo en un encuentro íntimo con Dios. La experiencia espiritual de Vicente de Paúl es particularmente esclarecedora a este respecto. Su experiencia de Cristo es indisociable de su experiencia de los pobres. Al buscar a uno descubre a los otros, descubriendo a los pobres encuentra a Cristo, y cuanto más descubre a Cristo en su misterio, más se ve impulsado a ir al encuentro de los pobres para vivir con ellos lo que ha descubierto. La vida espiritual que cada bautizado está llamado a desarrollar en sí mismo no es una huida del mundo. Es esencial volver a la llamada universal a la santidad, dirigida a todos y cada uno de los fieles laicos, pues esta llamada hunde sus raíces en el bautismo y se refuerza por medio de los demás sacramentos. El bautizado debe ser, por tanto, un apasionado de Dios que avanza con valentía por el camino de la renovación evangélica.

La respuesta a la llamada a la santidad no es un camino abstracto, perdido entre las nubes; no es un puro deseo lejano y desencarnado. Se trata, en realidad, de la búsqueda de la perfección del ser, de la realización total de la persona, tal como Dios la ha creado, tal como Dios quiere verla desarrollarse plenamente; es la búsqueda de la verdadera felicidad para sí – y también junto con los demás y para los demás – en cierto modo; una dicha, una perfección que se encuentran en una auténtica comunión con Dios y con los hermanos. Se trata, pues, de algo muy concreto que engloba toda la vida, que concierne a todos los campos de la existencia, no solamente a lo que llamamos estrictamente la vida espiritual. Al buscar la santidad, el cristiano desea encontrar su pleno desarrollo, su plena perfección, configurándose con Cristo. Este camino no es fácil, pero es esencial proponerlo como el corazón de la vocación cristiana, de donde se desprende todo lo demás, y mostrar que la marcha por este camino no es solitaria sino solidaria, a la vez con Cristo y con los demás bautizados.

Esta vocación de los laicos a la santidad se expresa, de manera especial, a través de su inserción en las realidades temporales y de su participación en las actividades del mundo. Esto significa que la vocación cristiana a la santidad está íntimamente unida a la vocación a la misión. Es la vida cotidiana, con todos sus compromisos, en particular al servicio de los demás en la Iglesia y en el mundo, la que debe convertirse en una ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad. Así, los laicos contribuyen a la edificación del Reino de Dios.

En resumen, como lo ha recordado Juan Pablo II en su Carta apostólica al final del gran Jubileo, poner la vida pastoral bajo el signo de la santidad es una opción de importantes consecuencias. Esto significa expresar la convicción de que, si el Bautismo hace verdaderamente entrar en la santidad de Dios mediante

la inserción en Cristo y de la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida bajo el signo de una ética minimalista y de una religiosidad superficial » (Novo millennio ineunte, 31).

  1. En sociedades pluralistas: necesidad de un trabajo como Iglesia y de colaboración con los hombres de buena voluntad

En las sociedades nuestras es necesario tener en cuenta el pluralismo que en ella se expresa cada vez más y sacar las consecuencias para la misión de los laicos. Me parece que aquí el cometido de los asesores de los diferentes grupos y movimientos tiene una gran importancia.

Para esto, lo primero que hay tener en cuenta es que la Iglesia misma es pluralista. Como hemos dicho ya, a imagen de la Santísima Trinidad, la unidad de la Iglesia es una unidad de comunión entre diferentes carismas que se manifiestan en ella. Esto constituye su riqueza, que muestra a la vez la diversidad de los dones del Espíritu y la posibilidad que tiene de llegar a todas las situaciones vividas por los hombres para anunciar en ellas el Evangelio y dar testimonio de él de manera auténtica.

Esta riqueza de los dones del Espíritu, que manifiesta la riqueza y la diversidad del Evangelio, nadie ni ningún grupo eclesial puede pretender poseerla totalmente. Por otra parte, es el Evangelio en su totalidad el que debe transmitirse a los hombres y mujeres de hoy. Se da aquí la expresión de una realidad importante para la vida de la Iglesia. Ser fiel al Evangelio y a su anuncio requiere que se viva en ese anuncio una auténtica comunión, no solamente a nivel del Credo, sino en su misma expresión misionera. Las exigencias que de ello se desprenden son de dos tipos: por una parte, al interior de nuestras mismas comunidades católicas y, por otra, en la búsqueda de la unidad de los cristianos.

Para hablar más concretamente, un punto esencial en la misión de los laicos es su dimensión colectiva, comunitaria o, más bien, sencillamente eclesial. La tentación de muchos grupos consiste en ¡replegarse sobre sí mismos! Hay muchos que deben hacer una necesaria toma de conciencia de que la misión que han recibido, personalmente o en grupo, es una misión confiada por Cristo a su Iglesia, y que los diferentes grupos que existen en su seno son la expresión de la diversidad de los carismas. Ciertamente, por lo que nos atañe más de inmediato, es legítimo dar cuerpo a lo que llamamos la Familia Vicenciana. Pero esto debe conducir a una profundización del carisma vicenciano, a su extensión. Ya entre nosotros, en esta familia, podemos sentir las diferentes facetas de este carisma. Este conjunto es el que debemos aportar a la única misión de la Iglesia. El replegarse sobre sí mismas de algunas comunidades o de grupos no puede sino conducir a un empobrecimiento de la Iglesia y, finalmente, a un empobrecimiento de estos grupos, que terminarán por morir o desprenderse del árbol vivo de la Iglesia para encerrase en prácticas sectarias. Tenemos que construir una Iglesia fraterna, comunidad de creyentes pero también comunidad o comunión de comunidades; una Iglesia abierta, en la que cada persona ocupa su lugar reconocido por los demás; una Iglesia donde todos colaboran con sus diferencias. Volvemos a encontrar aquí lo que debe vivirse en las sociedades humanas tentadas de individualismo.

Por nuestro carisma vicenciano, tenemos la responsabilidad de contribuir a hacer del mundo un lugar donde se haga realidad el compartir, la fraternidad; un lugar donde se viva bien juntos, ampliamente abierto a los demás, comenzando por el respeto a las legítimas diferencias que son un enriquecimiento mutuo y por no mantener unas fronteras herméticas.

Esto nos lleva pues a dar todavía un paso más, a abrir nuestros horizontes. Es lo que yo llamaría la urgencia de un compromiso común con los hombres de buena voluntad. Los laicos se encuentran en el corazón de las sociedades pluralistas, donde se expresan una multitud de corrientes religiosas o no religiosas, culturales, etc. Tienen que afrontar directamente estas corrientes en su vida de familia, de vecindario, de trabajo, de ocio etc… Ahí es donde, de múltiples maneras, viven su compromiso apostólico. Por tanto, es necesario abrirlos a todos estos campos de lo «religioso» o de lo cultural que, cada vez más, tienen que conocer. Con demasiada frecuencia no están preparados para ello – los sacerdotes se encuentran a veces en el mismo caso – . Me parece urgente que ante todos los desbordamientos actuales, ante las manipulaciones de religiones, los laicos se sientan incitados al encuentro, al trabajo común, al servicio de la sociedad, junto con todos los hombres de buena voluntad, más allá de las divergencias religiosas o ideológicas. Pienso que no solamente viviendo los unos al lado de los otros es como puede darse un auténtico conocimiento o una apreciación recíproca, sino desde el compartir cotidiano de la vida, desde un compromiso común por el progreso de las personas y de las sociedades.

  1. La formación de los laicos

Llego a mi último punto, que tiene ciertamente una gran importancia para ustedes, primero como asesores pero, sobre todo, para los laicos, para consolidar el presente de su vocación y de su misión, y para asegurar su futuro. Es la cuestión de la formación.

Si deseamos un laicado que dé pruebas de madurez, que sea consciente de sus responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad, y si queremos ampliar los horizontes de la evangelización, es necesario dar a los laicos una formación humana y espiritual sólida. Se trata con ello de ayudarles a descubrir y a vivir su vocación; a estructurarse, haciendo realidad la unidad de su vida. En el mundo de hoy, que se ha hecho complejo y exigente, es indispensable que los cristianos, sobre todo los que están comprometidos en movimientos, puedan actuar con competencia; una competencia que no sea solamente material o técnica sino también, y quizá ante todo, espiritual, para que el Evangelio sea anunciado con autenticidad y audacia. La competencia en el servicio es una forma de respeto a los pobres. Es indispensable que los laicos sean formados para una reflexión cristiana sobre las situaciones que se les presentan en su vida y apostolado. Todos sabemos que es importante tener corazón, pero sabemos también que esto no basta. Hace falta, al mismo tiempo, hacer funcionar la razón. Y esto es verdad, especialmente en el ejercicio de la caridad, de las obras de caridad, en que uno, con frecuencia, se ve tentado a dejar hablar y actuar exclusivamente a los sentimientos.

Sin querer limitar la formación a este aspecto de las cosas, quisiera subrayar aquí, para nosotros vicencianos, la importancia de la formación en la Doctrina Social de la Iglesia. Nos toca a nosotros ser especialmente sensibles en este punto, si queremos proponer una visión del hombre y de la sociedad acorde con los valores humanos fundamentales, y trabajar para promover el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana, empezando por los más pobres y los más débiles de nuestras sociedades.

Conclusión

Como conclusión de esta exposición quisiera retomar un pasaje de la carta apostólica dirigida a toda la Iglesia por Juan Pablo II, al final del gran Jubileo del año 2000, Novo millennio ineunte : Nuestro paso al principio de este nuevo siglo debe hacerse más ágil al recorrer los senderos del mundo. Los caminos por los que avanza cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias son muchos, pero no hay distancia entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de la vida (n. 58).

La vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo conllevan exigencias tan fuertes como las demás vocaciones eclesiales. No son vocaciones “con rebaja”. Como acompañantes, tenemos una responsabilidad especial, no solamente junto a los grupos que seguimos, sino más ampliamente aún en la Iglesia, a fin de que todos los bautizados adquieran una conciencia viva de la dignidad de su vocación y de las consecuencias que de ello se desprenden en su vida personal y eclesial.

(Traducción: CENTRO DE TRADUCCIÓN – HIJAS DE LA CARIDAD, París)

 

Fuente:

DePaulUniversity

UNIVERSITY LIBRARIES

Vincentiana

 

Volume 46

Number 4 Vol. 46, No. 4-5 7-2002

 

Categorías:Laicos

“Ya es el tiempo de los laicos: el futuro de la Iglesia depende de nosotros”

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“Los líderes que hacen falta en una verdadera época de cambio”

“Ya es el tiempo de los laicos: el futuro de la Iglesia depende de nosotros”

“Somos los más numerosos, pero también los que menos papel oficial tienen”

Gabriel Mª Otalora, 13 de agosto de 2017 a las 08:56

Francisco recuerda al estilo de Jesús cuando transmite sus mensajes. Es el estilo del pastor que va delante de sus ovejas a pesar del mal tiempo

(Gabriel Mª Otalora).- Leo la noticia del nombramiento de Alexandre Awi Mello, obispo brasileño, como nuevo secretario de Laicos, Familia y Vida. Dependerá jerárquicamente del cardenal norteamericano Kevin Farrell, quien se estrenó el 1 de septiembre de 2016 como el primer Prefecto al frente del Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida.

Dicen que “huele a oveja” y vive en total sintonía con el Papa Francisco. Parece que al fin se ha impuesto la lógica de crear una congregación específica para laicos (solo existe un Consejo Pontificio para los Laicos, cuando somos los más numerosos en la Iglesia católica cuando hace tiempo que existe una congregación para obispos, otra para sacerdotes y otra más para religiosos).

Pero lo que me ha llamado la atención es que, en los dos puestos de mayor responsabilidad en este nuevo organismo, no haya ningún laico al frente, máxime cuando entre las primeras declaraciones del cardenal Farrell dejaba claro que el futuro de la Iglesia depende de nosotros.

No parece la declaración más adecuada cuando muchos templos reducen misas porque no llega el relevo de laicos ni de curas; y la tónica general es que un puñado de personas mayores, mayoritariamente mujeres, son las que más acuden y, oh paradoja, menos papel oficial tienen en la institución eclesial.

Pero ahí siguen, al pie del altar. Un gran mayoría social no quiere pisar más una iglesia, aparte de su presencia social en funerales o bodas, que decrecen en beneficio de las ceremonias laicas (ya se celebran funerales laicos en dependencias municipales, siguiendo la estela de las bodas civiles).

Si lo miramos en positivo, la excelente noticia de la exhortación papal Alegría del Amor, ha dado paso a esta nueva oficina vaticana para laicos, aunque falta mucho camino a recorrer. En un contexto más amplio, crece el número de agnósticos y creyentes no católicos que siguen con atención las andanzas de este Papa.

 

 

 

 

Francisco recuerda al estilo de Jesús cuando transmite sus mensajes. Es el estilo del pastor que va delante de sus ovejas a pesar del mal tiempo. En este principio del siglo XXI nos encontramos ante un verdadero cambio de era. Los católicos debemos afrontarlo conscientes de esta realidad, de la que solo sabemos que estamos saliendo de una gran etapa y que entramos inexorablemente en otra realidad nueva, por tanto llena de incertidumbres y esperanzas, a construir necesariamente entre toda la humanidad.

La crisis general y de fe ha golpeado directamente a las vocaciones religiosas a tiempo que se ha incrementado el número de agnósticos e indiferentes. Los laicos y las laicas también hemos sufrido muchas bajas. Nuestro mensaje no es una Buena Noticia para demasiadas personas a pesar de nuestras potencialidades teologales (fe, esperanza, amor) que tenemos para ser luz del mundo y experiencia luminosa para quienes buscan y no encuentran hoy en nuestra oferta religiosa.

El mestizaje cultural, que ya es un hecho, y la apertura hacia un diálogo interreligioso más profundo, no debe hacernos olvidar que la lógica reivindicación por una presencia eclesial más activa y responsable, tiene dos caras: la necesidad de reforzar institucionalmente nuestro papel de laicos, pero también la obligada mejora de nuestra responsabilidad cristiana.

Es cierto que hemos sido “mal educados” en la fe con un papel pasivo, inmersos en un nacionalcatolicismo que todavía se siente y hace mucho daño. Pero no es menos cierto que nos ha venido muy bien para escudarnos en una indolencia a rebufo de “lo que digan los curas”.

En medio de esta crisis generalizada, los laicos tenemos que transformarnos cada uno para transformar nuestra Iglesia en una verdadera comunidad de vida a la escucha, prestos para trabajar más en serio por el Reino. Solo así podremos transformar con hechos nuestras realidades sociales. Pero necesitamos caminos en la Iglesia en lugar de dificultades a cada paso. “El siglo XXI es el siglo de los laicos”, y quien lo dijo hace tiempo es Juan María Laboa, experto en el tema.

 

 

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/08/13/religion-iglesia-opinion-gabriel-maria-otalora-ya-es-el-tiempo-de-los-laicos-el-futuro-de-la-iglesia-depende-de-nosotros-crisis-vocaciones-clericalismo-papa.shtml

 

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UNA IGLESIA CATÓLICA Y… LAICA

UNA IGLESIA CATÓLICA Y… LAICA

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El vocablo “laico” es un viejo término que la Iglesia utiliza para designar a sus miembros que no forman parte del “clero”. A escala mundial, el clero católico cuenta alrededor de 413 000 miembros, mientras que el número oficial de laicos –por cierto no todos practicantes- asciende más o menos a 1 195 600 000.

Ya que el clero representa el 0.0003% y los laicos, el 99.9997%, pende de un pelo que la iglesia católica sea enteramente laica.

El mismo Jesús no formaba parte de ningún clero; no era sacerdote. En nuestro lenguaje, era “laico” (Hebreos 8, 4). Aunque después de su muerte, la fe de sus seguidores lo haya proclamado sacerdote para servir de puente entre Dios y los humanos, Jesús, mientras vivía en la tierra, no fue más que un laico.

Lo cual no impidió que fuera religioso.

Pero religioso ¿de qué religión?

La religión del laico Jesús era la de sus antepasados judíos tal como la entendía la gran mayoría de la gente religiosa de su pueblo. Pero, dentro de esta religión, Jesús hacía papel de verdadero revolucionario. Decía y hacía cosas que sorprendían.

¿El Dios de los antepasados? Sí, decía él, pero no exactamente como lo ven. ¿La religión heredada de los sabios y santos? Sí, pero no exactamente como la entienden.

Dios no tiene dueños. Nadie tiene el derecho de encerrarlo en los conceptos y las declaraciones de ninguna época. No se le puede guardar en una jaula de hierro cuya llave quedaría para la eternidad en manos de una casta de individuos ungidos para ser los intérpretes exclusivos y los portavoces infalibles de él.

El Dios que vive es el Dios de hoy para los humanos de hoy. No alumbra primero por medio de leyes y tradiciones del pasado, por muy sagradas que sean, sino por su Espíritu, que no se puede encadenar, pues no es una cosa fija. Por lo contrario, él es la energía creadora del mundo. Está siempre en acción. Sopla en todas las direcciones del universo.

El Espíritu de Dios no lleva bandera. No obedece a las normas de ninguna religión en particular y de ninguna secta. Es como el viento. No conoce barreras ni fronteras (Juan 3, 8).

Este Espíritu, Dios lo derrama amplia, alegre y gratuitamente sobre todos aquellos y aquellas que tienen hambre y sed de colmarse de vida (Joel 3, 1; Hechos 2, 14-17; Lucas 11,13).

Los molestosos cuestionamientos del laico Jesús exasperaron tanto a los “dueños” de la religión (o sea el clero de su época) que rápidamente se lo sacaron de encima mandándole a crucificar.

Tras el laico Jesús, tenemos el deber nosotros también de distinguir entre religión y religión, entre iglesia e iglesia.

Existe una iglesia que sabe hacer esta distinción.

Siguiendo al laico Jesús, y dentro de la gran corriente de la laicidad de la sociedad moderna, esta iglesia se pone al servicio de la libertad de los humanos. No acepta más que haya separación entre lo sagrado y lo profano, entre clérigos y no clérigos, cristianos y paganos, hombres y mujeres.

Esa iglesia, no solo no teme conciliar los grandes valores del mundo moderno con el evangelio, sino que, muy al contrario, estimulada por ellos, reanuda con el increíble espíritu de libertad de Jesús y las más hermosas audacias de los primeros testigos del Evangelio.

Ahora bien, esta iglesia no es herética ni cismática. Es genuinamente “una, santa, católica, apostólica” y… ¡LAICA!

Sacerdotes, obispos, religiosos y religiosas forman parte de esta comunidad de laicos en la que prestan servicios determinados, sin hacerse por ello los amos de la misma.

La laicidad moderna, de por sí, no se opone al evangelio. Puede mirar con ojo crítico, pero no suele burlarse del testimonio glorioso de centenas de millares de hombres y mujeres de iglesia que, durante siglos, y por amor al evangelio de Jesús, se han echado entre pecho y espalda la miseria del mundo. Lo que rechaza es el clericalismo.

No sin razón, los laicistas se sublevan contra el sistema eclesiástico que, acorazándose abusivamente detrás del evangelio, desarrolló un poder inmenso, absolutamente extraño al propio evangelio.

Convencido de ser conducido por la mano de Dios, este poder, durante siglos, no escatimó esfuerzos para imponer su dominio a toda la sociedad. Resguardándose detrás de un derecho pretendidamente divino, nunca se molestó demasiado al pisar las libertades más elementales de la persona y de la comunidad humana.

En reacción a esta amenaza del control de la religión sobre todos los aspectos de la vida humana, el mundo laico moderno no admite que el gobierno de los pueblos se someta a los dogmas de toda especie de ayatolas, incluyendo a los ayatolas católicos… Porque el mundo moderno es, antes que nada, la comunidad humana que se hace cargo de sí misma y asume la plena responsabilidad de todo lo que la atañe.

Aunque muchos de sus partidarios no sean creyentes, la laicidad del mundo moderno no se opone tanto a Dios como a lo que avasalla la sociedad, la infantiliza, la vuelve dependiente de absolutos que hacen peligrar el ejercicio de su libertad y de sus derechos.

La laicidad del mundo moderno no es una amenaza para Dios, ya que ella misma es la madre de las libertades civiles, de las cuales van al frente la libertad de religión y la libertad de conciencia.

De hecho, dicha laicidad, que no se identifica con ningún credo o religión, hace un gran favor a los cristianos. Porque la gloria de ese Dios de Jesús, del que los cristianos tienen la misión de dar testimonio, se puede comparar a la gloria de todo buen padre o madre de la tierra. Después de haber sufrido con sus hijos para que se emancipen y se liberen, los padres no tienen orgullo más grande que verlos volar, por fin, con sus propias alas.

¿Emanciparse de Dios, liberarse de él? ¡Qué satanismo! Pero no, pues nadie se puede liberar de Dios, porque Dios es pura libertad. Y el varón y la mujer son su imagen.

Las personas que creen en Dios que es la fuente inteligente y amorosa de todo lo que existe, saben muy bien que este Dios, contrariamente a lo que se dice, cree en el ser humano. Tiene una confianza profunda en los seres de carne que somos, a pesar de que a menudo lo rechazamos y crucificamos la vida.

Los creyentes de este Dios saben que la humanidad no está trabajada solo por fuerzas de destrucción sino que también por grandes energías de sabiduría y de vida. Saben que el mundo de los humanos tiene todo cuanto necesita para realizarse en medio de sus contradicciones, y que un día saldrá victorioso. Con heridas, por cierto, pero rebosando de vida.

Si no, ¿cómo podrían creer aún que el Espíritu de Dios llena el universo y que Él mismo da aliento al gran proyecto de la humanidad? …

Es aquí donde el mundo laico, sin darse cuenta, sintoniza con el laico Jesús, el que nunca ha admitido que en nombre de Dios o de leyes supuestamente divinas, el más sencillo de los mortales esté perseguido, discriminado, oprimido, marginalizado o abandonado. El que por haber “emancipado” a mucha gente cuyas espaldas doblaban bajo la carga que les imponía el mundo religioso, fue, a causa de ello y por ello, asesinado por… la religión.

Gracias a Dios, existen actualmente en la Iglesia católica corrientes que se sitúan en esta línea “laica” según el espíritu de Jesús… Y eso, bajo las mismas narices de venerables “padres” que desde sus cátedras se rasgan las vestiduras, multiplican advertencias y amenazas y condenan al limbo a esos atrevidos que rasguñan su poder.

Se sabe también de otros padres que bendicen discretamente a esos “perturbadores”. Como la valentía no es su carisma, lo hacen con infinita discreción hasta que los vientos les sean favorables…

Lo cierto es que va a venir el día en que, sobre todos los techos, se escuchará de nuevo una iglesia liberada de sus trabas proclamar con credibilidad que “Dios tanto ama a nuestro mundo – con sus errores, sus sueños, sus audacias y sus bellezas – que le da su hijo, no para condenarlo, sino para que por él halle vida (Juan 3, 16-17), y la halle en abundancia” (Juan 10, 10).

Esta es la palabra que el mundo moderno tiene sed de oír. Una palabra verdaderamente buena, que libere y sea fuente de un constante renacer.

 

Eloy Roy

Fuente: http://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/2909-una-iglesia-cat%C3%B3lica-y-laica.html

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La hermosura del Bautismo

BAUTISMO

 

La hermosura del Bautismo

Es el más bello y magnífico don de Dios y hasta que lleguemos al cielo no seremos realmente conscientes de su valor incalculable

Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net

 

 

 

Vamos a hablar de la hermosura del Bautismo. Así habla de él un santo padre, San Gregorio Nacianceno. La cita la recoge el Catecismo de la Iglesia en el punto 1216. Dice así.

El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios […] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40,3-4).

En la Iglesia no tenemos nada más grande que la Eucaristía, pero nada hay más decisivo que el Bautismo, el sacramento más importante en el sentido de que es el que posibilita toda la vida cristiana. El bautismo es el sacramento-llave, o si se prefiere, el sacramento-puerta. El Bautismo posibilita la Eucaristía en grado de necesidad, aunque en este se da una unión con Cristo que no es alcanzable en el primero.

Del Bautismo vamos a tratar y para ello empezaré diciendo dos ideas a modo de introducción, que nos sirvan para centrar el contenido de esta charla: una sobre la grandeza del Bautismo, otra sobre la importancia que la Iglesia concede a este sacramento.

A) Una. Sobre la grandeza del Bautismo.

El Bautismo es muy muy grande y hasta que lleguemos al cielo no seremos realmente conscientes de su valor incalculable y de su hermosura. Ontológicamente, en el orden del ser, hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un bautizado y un ángel. También se podría decir que hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un hombre y un animal, aunque sea el más perfecto de los animales. Me temo que esto puede no sonar bien, pero no es hacer de menos ni de más ni al hombre ni al animal. Trataré de explicarlo con un ejemplo que parcialmente (solo parcialmente) sí puede servir: hay más diferencia entre una manzana real y otra idéntica pero de plástico, que entre una manzana y un manzano. Estas afirmaciones pueden parecer chocantes y pueden sonar a exageración, pero la cosa no está en qué nos parezca o cómo suene, sino en si hay o no hay verdad en lo que se dice. Porque si en ellas hay verdad -y la hay-, debemos mantenerlas y hay que decirlo porque la verdad es un derecho de todo hombre.

¿Cómo puede ser eso? La razón es muy sencilla. El Bautismo nos hace hijos de Dios. Hijos adoptivos, hijos gracias al Único Hijo, Jesucristo, pero hijos. Esto no es un invento nuestro, ni una salida de tono; no se le ha ocurrido a ninguna cabeza especialmente iluminada ni a ningún sabio brillante. Que por el Bautismo somos hijos de Dios pertenece a la revelación y quien da testimonio de ello, mejor aún, quien lo certifica es, ni más ni menos, que el mismo Espíritu Santo. En Rom 8, 15 – 17 podemos leer lo siguiente:

“No habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que si sufrimos con él, seremos también glorificados con Él”.

Coherederos quiere decir que lo que el hombre Jesucristo ha recibido del Padre como herencia, eso mismo es lo que nos espera a nosotros; su herencia y nuestra herencia son la misma herencia. En el evangelio de San Juan hay abundantes textos que apuntan a lo mismo.

“No solo ruego por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno” (Jn 17, 20 – 23).

B) Segunda cosa. Sobre la importancia que la Iglesia da al Bautismo.

Del mismo modo que he dicho que hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un bautizado y un ángel, o que entre un no bautizado y un animal, hay que decir -sin pararse a respirar- que si puede darse esa grandeza en el Bautismo es porque en otro orden, también hay mucha grandeza en el hecho de ser hombre. La naturaleza animal no tiene capacidad para la amistad con Dios pero la naturaleza humana sí. Adán, por ser hombre, tenía trato directo con Dios. Más aún, a un animal no se le bautiza porque no puede recibir a Jesucristo, su naturaleza se lo impide; a un hombre en cambio se le puede bautizar porque la naturaleza humana tiene capacidad para soportar la divinidad. Es verdad que tiene esa capacidad por gracia, es verdad que no la tendría si Jesucristo no se hubiera hecho hombre, pero una vez que Cristo se ha hecho hombre, el hombre puede recibir a la divinidad, y “por Cristo, con Él y en Él”, el hombre es capaz de unirse a Dios.

La condición para entrar en relación con Dios es ser hombre; la condición para recibir el Bautismo es recibir a Jesucristo, creer en su nombre.

“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a los que le recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios si creen en su nombre” (Jn 1, 11)

Dios hace maravillas, sus obras rezuman una sabiduría infinita. Dios hace cosas que no entendemos, a las que no podemos llegar con nuestra pobre mente, pero sus acciones están cargadas de racionalidad y de sentido; Dios no hace cosas absurdas, ni actúa al buen tuntún, ni a base de caprichos, ni hace cosas sin sentido. Dios ni da ni pide cosas irrealizables. Dios, que es la sabiduría infinita, si a esta criatura que es el hombre le ha dado el poder de ser hijo suyo es porque antes le ha dotado de una naturaleza capaz de recibir ese don. Esta naturaleza nuestra, la naturaleza humana, no merece la filiación divina, pero tiene capacidad para recibirla si creemos en su nombre, el único nombre que se nos ha dado con el poder ser salvos.

Ya veis que ser hombre no es cualquier cosa. Llevamos ya unos años sufriendo una campaña terrible de la que no sé si somos conscientes, que consiste en rebajar la condición humana para nivelarnos con el animal. Es una campaña con muchos frentes, uno de cuales consiste en elevar al animal hasta igualarle con nosotros. No podemos caer en la trampa de aceptar esa postura y socialmente hemos caído. Muchos de nuestros animales gozan de mayores atenciones, mayores cuidados y mayor protección que algunos de entre nosotros, pienso especialmente en los que son abandonados, maltratados, esclavizados o directamente eliminados, entre los cuales no podemos olvidar a las víctimas del aborto o la eutanasia.

Ser hombre es mucho. El salmo 8 lo pregunta y aunque no da la respuesta, sí nos pone en la pista de poder medio entender la maravilla de ser hombre.

¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,

el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y dignidad,

le diste el mando sobre las obras de tus manos,

todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,

y hasta las bestias del campo,

las aves del cielo, los peces del mar,

que trazan sendas por el mar.

Pues bien, es muy grande ser hombre y mucho más aún, ser bautizado. Ya he apuntado de dónde viene esa grandeza. Ahora quiro fijarme en tres datos que, en el orden práctico, nos pueden ayudar a entender algo de esa grandeza y esa hermosura.

– El primero es un dato que en mi opinión es muy desconocido, tanto a nivel general de bautizados, como entre los que tenemos alguna inquietud religiosa. También entre nosotros es poco sabido. El dato es el siguiente: la Iglesia tiene concedida de manera ordinaria indulgencia plenaria -siempre que se cumplan las condiciones habituales- a todo cristiano con motivo de la renovación de las promesas bautismales dos veces al año: en la Vigilia Pascual, la noche de Pascua, y en el día del aniversario del Bautismo.

Por aniversario de matrimonio se concede en los aniversarios redondos: 25, 50 y 60 años. En el Orden creo que es igual. Por aniversario de bautismo, una vez al año. ¿Significa esto algo? A mi entender está significando mucho. Una indulgencia plenaria es el premio gordo de Navidad a nivel espiritual pero sin medida. Es muy importante el Bautismo, muy importante, probablemente mucho más de lo que podamos alcanzar a vislumbrar.

– En segundo lugar hay otro dato que también nos indica la importancia que la Iglesia concede al Bautismo. Este es más conocido pero también conviene recordarlo y es la absoluta manga ancha que tiene la Iglesia para facilitar el Bautismo. Sabemos que el ministro ordinario del Bautismo es el obispo y el presbítero y en la Iglesia latina también el diácono, pero “en caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar (cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar”[1].  En caso de necesidad urgente un musulmán, por ejemplo, podría bautizar a otro y dejarle bautizado para siempre.

– En tercer lugar hay un dato que puede parecer contradictorio. Es el siguiente. La Iglesia tiene dispuesto el Bautismo de niños recién nacidos. Esto no deja de ser muy llamativo porque el Bautismo es tan decisivo que se podría pensar que debería administrarse cuando la persona sea consciente de lo que hace y en cambio la Iglesia, desde los inicios del cristianismo ha aconsejado vivamente el Bautismo de los recién nacidos. La Madre Iglesia, que respeta como nadie la voluntad personal, que tiene un tacto exquisito en no forzar voluntades, que por un defecto de libertad puede declarar inexistentes un matrimonio o una ordenación sacerdotal, es misma Iglesia cuando se trata de bautizar a alguien no quiere esperar a preguntarle.

2. QUÉ ES UN BAUTIZADO

¿Qué tiene el Bautismo?, ¿qué ocurre en el bautizado para que la Iglesia tenga tanto mimo con este sacramento?

El gran efecto del Bautismo es que sobredimensiona la naturaleza humana. El bautismo no es una añadido a la naturaleza, no es una cualidad que nos enriquece, ni es una segunda capa, como puede ocurrir con los aprendizajes. Es una perfección de la totalidad de nuestro ser. El Bautismo perfecciona el ser sin mudarle, sin introducir ninguna alteración ni añadido. ¿En qué sentido perfecciona el ser?

2.1 El Bautismo no anula nuestra naturaleza humana sino que la eleva a la categoría de Dios, situándonos por encima de los mismos ángeles, tanto que en el último día los juzgaremos, nosotros a ellos. “¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles?” (I Co 6, 3)[2].  El Bautismo perfecciona el ser en el sentido de que el ser meramente humano, sin dejar de ser humano, recibe por la gracia, la condición divina. El bautismo hace al bautizado uno con Cristo. Esto es literalmente en lo que consiste un matrimonio, en que dos, que son distintos, se hacen una sola carne. Con el bautismo se establece una unidad del bautizado con Cristo que está llamada a ser un verdadero matrimonio, místico, ciertamente, pero real. (Conviene caer en la cuenta de que místico no quiere decir exclusivamente espiritual porque la unión no es solo espiritual, es espiritual y es corporal; no es una unión sexual como la unión del hombre con la mujer, pero sí es corporal y mucho más plena aunque no sea placentera. Gracias al Bautismo el bautizado podrá comulgar en su día).

El Bautismo perfecciona el ser porque todo mi ser, sin dejar de ser el mismo que era antes del Bautismo, tras el Bautismo, se encuentra enriquecido con lo que no era. Mis capacidades (mi inteligencia, mi memoria, mis deseos y expectativas, mi sentido del humor, mis recuerdos, etc.) siendo las mismas que eran antes del Bautismo, ahora cuentan con el aporte de la gracia de modo que puedo entender las cosas con los mismos criterios de Cristo, o sea de Dios, pensar como piensa Cristo, tener los sentimientos de Cristo, los gustos de Cristo, sufrir dolor por lo mismo que sufre él, etc.

¿Cómo sabemos que el Bautismo perfecciona el ser? ¿Tenemos alguna prueba? Sí, las obras. A un bautizado le corresponde hacer las mismas obras de Cristo, o si se prefiere, Cristo que sigue y seguirá actuando hasta el fin de los tiempos, ahora no lo hace con su cuerpo físico como antes de morir en la cruz, sino con su cuerpo místico, que es la Iglesia, o sea nosotros. Es muy significativo caer en la cuenta de qué está diciendo Jesús cuando dice “Yo soy la vid, vosotros lo sarmientos”. Todo el que conozca una vid sabe que las uvas no salen del tronco, los frutos son dados por los sarmientos. En la vid no cuelgan racimos del tronco sino del sarmiento. Las uvas las da la vid, sí, pero en los sarmientos. Porque la cepa y los sarmientos son uno, son la misma planta, su fruto es el mismo y aunque es cierto que no hay fruto en los sarmientos si no están unidos a la vid, tampoco la cepa los da si no hay sarmientos.

El Bautismo nos configura con Cristo. Esto es lo que se significa muy especialmente con el rito de la crismación. Se trata de un rito complementario con el bautismo propiamente dicho, en el cual al recién bautizado se le unge con el Santo Crisma. En virtud del crisma se nos consagra, se nos hace sagrados. Dice el sacerdote a los bautizados en la crismación que se les unge “para que, incorporados a su pueblo y  permaneciendo unidos a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, viváis eternamente”.

Por la unión con Cristo somos constituidos en lo mismo que es él. Cristo es Sacerdote, Profeta y Rey y eso mismo somos nosotros una vez bautizados: sacerdotes, profetas y reyes.

2.2 El Bautismo nos sepulta con Cristo.

El Bautismo nos hace morir con Él. Esta es la parte más áspera, la que menos gusta. Todo lo anterior es muy agradable de oír, pero esto aunque sea menos gustoso también hay que decirlo porque pertenece a la misma entrega de la revelación. En Rom 6, 4-5, San Pablo escribe:

“Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Puers si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”.

Aquí entra todo el amplísimo campo de la ascética cristiana que consiste en ir dando muerte a todo aquello que es contrario a Dios. Aquí entra el tema de la mortificación y de la cruz.

3. EL OFICIO DE SACERDOTE.

3.1 Sacerdote es aquel que ofrece sacrificios a Dios.

La palabra sacrificio, para entenderla bien y no hacernos demasiado lío con ella, la podemos sustituir por la palabra “regalo”. Ofrecer sacrificios a Dios es ofrecer regalos a Dios.

La Sagrada Escritura nos habla de sacrificios aceptados por Dios, como los que ofrecieron Abel, Melquisedec, Abraham y tantos otros, y sobre todos ellos, y a enorme distancia, el de Jesucristo en la cruz. Todos ellos ofrecieron sacrificios (regalos), que en distinta medida le fueron gratos a Dios.

¿Qué sacrificios agradables podemos nosotros ofrecer a Dios? ¿Cómo ejercer esta condición sacerdotal nuestra, común, que procede del Bautismo? Nuestros sacrificios se nos presentan en tres frentes: con nuestras tareas laicales, especialmente las profesionales, en la Santa Misa y con la palabra.

Nuestras tareas laicales constituyen la dimensión básica y fundamental de nuestro ser laicos. Nuestro trabajo, nuestra dedicación a la familia y nuestras relaciones sociales son los ámbitos idóneos en los que ejercer el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Estas tareas hechas según Dios, santifican y nos santifican; nos santifican pero no como añadido a una supuesta santidad previa, no añaden santidad porque sin el cumplimiento de ellas tal como Dios quiere no cabe santidad posible.

La Santa Misa porque es lo mejor que podemos ofrecer. Es la renovación de la misma ofrenda de Cristo en la Cruz, que actualizada en cada misa, Cristo lleva a cabo con todo su cuerpo místico del que nosotros formamos parte. El santo Sacrificio de la Misa es ofrecido por el sacerdote y conjuntamente con él es ofrecido por todo fiel  que participe en la celebración.

Acerca de los sacrificios ofrecidos a través de la palabra, basta con una idea: ¿Qué sacrificio se puede hacer con la palabra? Recuerdo lo dicho líneas atrás. Si sustituimos el término sacrifico por el de regalo, nuestra palabra bien puede ser, debería ser, el sacrificio -el regalo- de unos labios puros capaces de ofrecer “un sacrificio de alabanza”. La expresión no es mía sino de la propia Palabra de Dios que en la Carta a los Hebreos (13, 15) dice lo siguiente:

“Por su medio [por medio de Jesucristo] ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre”.

3.2 Sacerdote es aquel que intercede por su pueblo.

Ser sacerdote quiere decir, en segundo lugar, ser intercesor, presentar oraciones y súplicas por los demás. Esto solo se puede hacer si los demás me importan, si los entiendo como lo que son, o sea míos, si me duelen. El Papa, en el mensaje para esta cuaresma nos ha alertado sobre la indiferencia, sobre lo que él ha llamado la globalización de la indiferencia. El Papa llama la atención sobre el hecho citando la pregunta que Dios hace a Caín sobre su hermano Abel. “¿Dónde está tu hermano?” La respuesta de Caín es terrible porque sus palabras se sitúan justamente en el el extremo contrario al oficio de sacerdote. “¿Soy acaso yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4, 9). A mí esta expresión me parece una de las más duras que encuentro en la Sagrada Escritura. Por una parte me parece irreverente, irrespetuosa, chulesca, y por otra de una enorme crueldad porque hace daño al padre no directamente en la persona del padre, sino haciendo daño al hijo. Y me recuerda esos actos de redoblada maldad que cometen algunos hombres o mujeres que han roto su matrimonio y que para vengarse del otro, hacen daño a los hijos, convirtiéndolos en víctimas inocentes del odio a la mujer o al marido.

Para terminar este punto, un dato que por asociación, me recuerda al último día de la novena de la Divina Misericordia, basada en las revelaciones privadas del Señor a Sta. Faustina Kowalska. Dice el Señor a esta santa para el día noveno:

“Hoy, tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia”.

4. EL OFICIO DE PROFETA.

El profeta es el que habla de parte de Dios. Si somos profetas a esto estamos llamados, a hablar, a enseñar de palabra, pero no cualquier cosa, sino lo que Dios nos mande. ¿De qué tenemos que ser profetas hoy nosotros? Los sacerdotes ministeriales lo tienen muy definido: explicación de la Palabra de Dios y de los misterios del Reino. También los laicos estamos llamados a esto, trabajando en las Parroquias y en grupos apostólicos, pero no es lo específico nuestro. Lo nuestro son los asuntos de este mundo. Lo nuestro es gestionar los asuntos de este mundo, “según Dios” (LG 31). Según Dios podría quedar explicado, a mi entender, diciendo que nuestra misión consiste en ser profetas del bien, de la verdad y de la belleza.

a) Profetas del bien. La prudencia nos indicará cuándo debemos callar y cuándo debemos hablar, y además cómo, pero en todo caso, siempre que hablemos, hemos de hablar bien y hablar del bien, no como los informativos habituales que no se centran sino en el mal. Hablar mal y hablar del mal es una estrategia de Satanás, que quiere convencernos de que el mundo está todavía mucho más podrido de lo que realmente está, y de este modo cualquier pecado puede ser legitimado por la ley de la abundancia. Quienes nos oyen, sean quienes sean, necesitan oírnos hablar bien y hablar del bien. Podemos hacer mucho bien con la palabra, y podemos hacer mucho mal. Ojo a esto. La lengua es un  arma poderosa, mucho más de lo que a veces se piensa. Hay palabras que se clavan en el corazón y te cambian la vida. Por experiencia sabemos que hay palabras que no se olvidan. Las recomendaciones a hablar bien son constantes en la Sagrada Escritura: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis” (Rm 12, 14), “malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4, 29), “no os quejéis, hermanos, unos de otros” (St 5, 9)… El beato Josemaría Escrivá de Balaguer, en su escrito más conocido, Camino, recomienda, de la manera más tajante, el callarse cuando no se puede decir algo bueno de otro.

b) Profetas de la verdad.

  • Ser profeta es hablar de parte de Dios. El Gran Profeta es Jesucristo, cuyo precursor, Juan el Bautista, es a su vez un ejemplo admirable de profetismo, hasta costarle la vida. Y luego tenemos testimonios preciosos de profetismo en los grandes papas contemporáneos: Pablo VI, por ejemplo, o Benedicto XVI.
  • Si no fuera por esta condición recibida en el Bautismo, de qué nos íbamos a atrever a hablar los unos a los otros. Esto es justamente lo que hacemos cuando no nos vemos como profetas, escondernos, inhibirnos y disimular nuestra inhibición en una supuesta prudencia.
  • Es muy duro ser profeta. Cuando se lee a los profetas uno constata que su oficio les ha costado beber lágrimas a borbotones, ser rechazados, perseguidos, sufrir destierro y hasta la propia vida. Ahora bien, ser profeta es entrar en el camino de la libertad porque quien habla la verdad anda en caminos de libertad (¡ojo!, la verdad en el amor, “veritas in caritate” o “caritas in veritate”, que tanto monta). Instalarnos en la verdad, y cuando corresponda decirla, es ser libre, porque solo la verdad puede hacernos libres.  Un ejemplo: una de las batallas ganadas por los provida en la guerra del aborto en Estados Unidos hace ya algunos años se ha ganado porque las autoridades dispusieron que a quien quisiera abortar se le informara previamente del contenido de lo que iba a hacer, de lo que es un aborto. Los pro-abortistas pusieron el grito en el infierno, porque no les interesaba la verdad; sabían que mucha gente, al conocer la verdad, dejarían de abortar. La prudencia nos dirá cuándo, cómo y a quién debemos decir la verdad, pero no llamemos prudencia al silenciamiento continuo o al mutismo cobarde.
  • Yo sé, y lo sé por experiencia, que muchas veces lo que Dios nos pide es callar, a menudo lo exigen la discreción y la cordura; ahora bien, no he visto por ninguna parte el mandato de que haya que callar por sistema, callar siempre. Sí se nos ha mandado que nuestro hablar sea escueto, “sí, sí; no, no” (Mt 5, 37), pero el testimonio de la palabra es imprescindible.
  • Hablar bien y decir la verdad es una manera de evangelizar. No es la única, ya sé que evangelizar es hablar expresamente del misterio pascual de Jesucristo, a través del cual se nos muestra el amor que Dios nos tiene, pero ejercer nuestra misión profética hablando del bien y de la verdad acerca de los asuntos de este mundo no es extraño a la evangelización. No me lo invento yo, lo dice la Iglesia en un documento de tanto peso como la Evangelii Nuntiandi: “Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (EN 19). Esta tarea es primordialmente nuestra, de los laicos. El gran problema es que estamos ausentes del mundo de la cultura, de la ciencia, del deporte, de la política, etc. ¿Dónde están hoy los cineastas cristianos, los poetas cristianos, los novelistas cristianos, los diseñadores de moda cristianos…? Esta idea me viene bien para enganchar con el punto siguiente: profetas de la belleza.

c) Profetas de la belleza. Creo que el ámbito de la belleza es clave. Con él estamos apuntando al centro de la diana de la recuperación del mundo. A mi entender, si queremos hacer un mundo nuevo tenemos que arrancar de aquí; no debemos descuidar el bien y la verdad, pero hoy el campo de la belleza es clave porque la belleza entra por los sentidos y el hombre actual tiene una propensión quizá mayor que en otras épocas a valorar mucho lo que le llega por los sentidos. Vivimos en el mundo de la imagen y del sonido. Al Gran Papa San Juan Pablo II le gustaba mucho repetir una cita de Dostoievsky: “la belleza salvará al mundo”[3]. Urge cultivar la belleza. Cultivar la belleza es hacer cultura como Dios manda, que es justo lo contrario de lo que cultiva el mundo de hoy, que se ha rendido a la fealdad y está rindiendo culto a la fealdad. Hoy en los libros de arte se estudia el feísmo como movimiento del arte contemporáneo. No podemos aceptarlo. El sector más divulgado del arte actual es aquel que se ha centrado en lo esperpéntico, en lo ridículo, lo pornográfico y lo violento. Denunciémoslo, llamemos a las cosas por su nombre. ¿Desde cuándo la belleza se ha basado en el absurdo, desde cuándo lo que ha producido terror o asco ha merecido ser llamado bello?

Voy a pasar al último punto, el oficio de rey, y después para terminar quiero volver a la cuestión de la belleza para concluir.

5. EL OFICIO DE REY.

El reinado del que hablamos es el de Jesucristo. Cristo es rey en la cruz, rey coronado de gloria y de espinas. Su reinado es un reinado que se muestra con el servicio en bien del otro,no hasta dar la sangre sino hasta la última gota, servicio hasta el extremo. Como esto lo tenemos muy predicado, yo me voy a centrar en hacer un comentario relativo a la confianza tos:

  • Ser rey es ser señor. Señor de uno mismo y señor de las circunstancias que rodean la vida en cada momento. Señor de uno mismo no en el sentido de autosuficiencia, que eso no es cristiano, sino señor en cuanto a que un hijo de Dios no se sabe solo ni abandonado nunca.
  • Ser rey es no angustiarse por nada, es tener una confianza sin límites en que Dios Padre no puede permitir que nos ocurra nada, absolutamente nada que de verdad sea dañoso. Esta confianza sin límite (“aunque me mates confiaré en tí”, le decía Santa Faustina al Señor) es muy bella, pero no se improvisa. Cuando alguien le dice a otro: tú confía en el Señor, eso suele servir de muy poco porque la actitud (yo diría mejor la virtud) de la confianza no se improvisa. ¿Sabéis de donde nace la confianza en el Señor? Nos lo dice San Juan en su primera carta: de que la conciencia no nos aprieta. “Queridos, –dice el apóstol- si nuestra conciencia no nos acusa, tenemos confianza ante Dios, y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de Él”.
  • Ser reyes es disfrutar de todo sin estar atado a nada, abierto a todos sin apegos que esclavicen, ser reyes es poder cumplir el mandato e amar más a Dios que a nuestro padre o nuestra madre. “Queridos, si nuestra conciencia no nos acusa, tenemos confianza ante Dios, – y, continúa San Juan- y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos y en su presencia hacemos las cosas que le agradan”.
  • Ser reyes es tener autoridad, la que se nos haya concedido en el lugar que hemos sido puestos.

Somos reyes, luego ejerzamos como tales. Lo propio de un rey es organizar su reino, tener autoridad y usarla. A cada uno se nos ha encomendado el reino sobre algo, pues reinemos. No con los criterios del mundo, sino con los que nos enseñó Jesucristo (Cfr Lc 22, 25-26). Ejerzamos la autoridad que poseemos cada uno sobre lo que se nos ha encomendado: el párroco en su parroquia, los padres de familia en su casa, yo en mi aula, etc.

No tengamos miedo a las palabras. La crisis de autoridad, de la que vengo oyendo hablar en mi profesión desde que entré en el Magisterio, es sobre todo la crisis personal en la que viven quienes, detentando la autoridad, no saben qué tienen que hacer con ella. Me refiero a gobernantes, padres, curas y maestros. Entendamos bien qué es la autoridad, para qué la tenemos y qué se hace con ella. La autoridad, en su significado más radical y más profundo, no es otra cosa que la capacidad que tenemos de ser autores. Uno tiene autoridad sobre algo o sobre alguien cuando es capaz de sacarlo adelante. Solemos entenderlo mal: confundimos la autoridad con el poder (los romanos tenían muy clara la diferencia entre auctoritas y potestas) y nos fijamos siempre más en la cara externa de la autoridad -el poder y los medios que emplea para hacerse valer- y en sus efectos inmediatos, que en sus funciones educadora y promocionante de quienes se nos han encomendado, si es que hablamos de personas, o en su función creativa y de servicio, si es que hablamos de tareas.

En el caso de las personas, el ejercicio de la autoridad rectamente entendida es una obligación de quien la posee y un derecho de quienes deben ser gobernados, instruidos y educados.

6. CONCLUSIÓN

El Bautismo es un sacramento que implica la vida entera, es para estar viviéndole hora tras hora, día a día. Si llevamos adelante nuestra vida de fe como debemos, la vida de fe nos transforma, en el cuerpo y en el alma, o, si se prefiere, al revés, en el alma y también en el cuerpo. En esta vida no podemos ver la belleza y la hermosura del alma pero sí podemos ver sus manifestaciones en el cuerpo porque el alma se expresa y actúa con el cuerpo y en el cuerpo. Con la totalidad del cuerpo, pero hay una parte que manifiesta especialmente al alma; esa parte es el rostro. La vida de fe se demuestra con las obras pero se muestra y se hace visible en el rostro, en el rostro en acción.

Esto se hace patente en la vida de los santos. Fueran más guapos o menos, han ejercido un atractivo físico que no deja indiferente a nadie. Y es que cuando la persona está realmente unida a Dios, su rostro resplandece. En la Sagrada Escritura tenemos el ejemplo de Moisés, que tenía que cubrirse con un velo porque los judíos no podían aguantar ver reflejada la gloria de Dios en su rostro.

No es fácil encontrar definiciones de belleza, la belleza es una dimensión de los seres que resulta inaprensible, se nos escapa; y es también inefable, solo torpemente podemos hablar de ella. En la mejor tradición filosófica antigua y medieval se define a la belleza como el esplendor del orden, de la verdad, o bien del orden y la forma. Me quedo con esta fórmula que viene a resumir la anterior: “La belleza es el esplendor del orden y de la realidad”[4]. Pues bien, eso es lo que va haciendo el Bautismo en nosotros si nos dejamos y en la medida en que nos dejamos, hacer que con nuestro rostro reflejemos el esplendor del orden y de la realidad. Esto suena a filosofía. Lo es, pero no está lejos de la Palabra de Dios, al contrario se sitúa en la misma línea de que dice San Pablo en una de sus cartas:

“Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (II Co 3, 18).

Hablamos de un rostro vivo, dinámico, en acción, no de un rostro de fotografía. He aquí el gran efecto visible del Bautismo. ¿Cómo se consigue un rostro así? Solo hay una forma: contemplando, adorando, dedicando largos ratos a estar postrados ante el Señor, en relación personal con Él. No podemos aspirar a más y no debemos quedarnos en menos.

Que el Señor Jesús, verdadero icono del Padre, nos lo haga comprender y el Espíritu Santo nos mueva a desearlo.

 

[1]     CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 1256.

[2]     Esto hay que entenderlo bien porque se refiere al juicio que hará Jesucristo a toda la creación, lo que pasa es que Jesucristo, desde Pentecostés, desde el envío del Espíritu Santo (bautismo de fuego para los apóstoles) no actúa solo, sino con su cuerpo místico que es la Iglesia.

[3]     Carta a los artistas, nº 16.

[4]     GARCÍA HOZ, V (1993). Introducción general a una pedagogía dela persona, p. 54. (Madrid, Rialp).

 

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Categorías:Laicos

Los laicos en la misión de la Iglesia

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Los laicos en la misión de la Iglesia

Índice

1 Cuestiones introductorias

2 Los laicos: su identidad eclesial

3 Los laicos: su vocación y misión

4 Conclusión

5 Referencias bibliográficas

1 Cuestiones introductorias

 El Concilio Vaticano II definió toda la Iglesia como misionera. En esta dimensión de  totalidad, se manifiestan con más fuerza, y ​​con un tono totalmente nuevo,  aquellos y aquellas  que se denominan laicos, y que ahora de forma más expresiva y razonada, desempeñan un papel preponderante en la misión de toda la Iglesia. Es preciso destacar que esta es una visión que se renueva porque la tradición eclesial que llega hasta el Concilio conlleva para el término laico una connotación ampliamente negativa, construida social y culturalmente, pero también eclesiológicamente, ya que la visión que se tenía antes era marcadamente pasiva y sumisa, sin autonomía y sin ningún tipo de independencia en su manera de ser y hacer iglesia. Culturalmente, el laico fue visto como uno que no sabe, no entiende, que no está preparado para el ejercicio de una función en la Iglesia. Eclesiológicamente, el laico fue visto de forma pasiva y sumisa a la jerarquía eclesiástica, siendo tratado frecuentemente como inferior  (KUZMA 2015 p.528-31). Esta definición se basa en la nueva comprensión eclesiológica de que se afirma con el Concilio Vaticano II, que presenta a la Iglesia como Pueblo de Dios, en la que todos los bautizados son parte importante y constitutiva de su misión, sustentados  por algo que es común a todos y que proviene de una experiencia fundamental: el bautismo – que une cada fiel a Cristo y lo convierte en miembro activo del cuerpo eclesial. Por el bautismo, todos son Iglesia, lo que garantiza a los laicos una nueva identidad y una nueva conciencia de su vocación y misión.

La Iglesia del Vaticano II se entiende como communio, reproduciendo en su estado visible e histórico un reflejo de la comunión trinitaria (KASPER, 2012, p. 256-7). Nadie y / o ninguna vocación ocupan el centro de la Iglesia, porque sólo Cristo es el centro. Él es el fundamento del que nace y vive en la fuerza de su Espíritu, y así camina, peregrina hacia la consumación del plano del Padre (LG 48). Alrededor de Cristo y del misterio que lo rodea, circulan los diversos ministerios, enriquecidos con dones y carismas, dejándose tocar y definir por  el mismo misterio, y que colaboran y cooperan para la edificación del cuerpo y al servicio de esta Iglesia en mundo: el anuncio y la vivencia del Reino de Dios.

De este modo, y en esta nueva concepción, los laicos son comprendidos (e inseridos) en la misión de toda la Iglesia, con una especificidad que le es propia y que les permite  actuar en los asuntos internos de la Iglesia (ad intra) y / o en problemas externos (ad extra) en el mundo y en las realidades en que se encuentran, sin exclusivismos. Sobre esto, dice Bruno Forte: “Todos comparten la responsabilidad, tanto en el centro de la vida eclesial, cuanto en la relación con el mundo; comprometidos en poner sus dones al servicio, donde quiera que el espíritu suscite la acción de cada uno, en una articulada y dinámica relación entre los diversos ministerios y carismas “(FORTE, 2005, p.43). Corresponde a toda la Iglesia, por tanto, en la responsabilidad que le es conferida, despertar la vocación y misión de los laicos, alimentándola y fortaleciéndola en todas sus acciones, respetando su autonomía y especificidad, siempre promoviendo la comunión.

2 Los laicos: su identidad eclesial

 La identidad eclesial de los laicos está garantizada por el bautismo. He aquí el punto principal que une los laicos a todos los fieles, asegurándoles a todos la misma dignidad, lo que también les habilita en la misión y los distingue en  vocación, en aquello que es específico de su forma de ser y de manifestar/vivenciar su fe. El bautismo ofrece a todos una nueva manera de existir, “el existir cristiano” (BINGEMER 1998, p.32). Este sacramento – fundante y único para la vida cristiana – confiere a ellos y a todo el pueblo de Dios la marca del ser cristiano e incorpora todos los fieles a Cristo, despertando en gracia, la vocación y la misión de cada uno. Afirmamos: 1) por el bautismo, todos están unidos a Cristo; 2) por el bautismo, todos están llamados a la misión; 3) por el bautismo todos son Iglesia; y, por esta razón ofrecen al mundo un testimonio auténtico de que y en quién y por aquello y por aquel en quien creen están dispuestos a servir al mundo con el fin de transformarlo desde el punto de vista del Reino de Dios, haciendo de la vida concreta un verdadero camino de santidad y de encuentro con Dios. Aquí tenemos la base de toda la eclesiología que quiere tratar sobre los laicos, su vocación y su misión.

El bautizado – cualquiera que sea el carisma recibido y el ministerio ejercido – es, ante todo, homo christianus, aquel que por el bautismo se ha incorporado a Cristo (cristiano, de Cristo), ungido por el Espíritu (Cristo de chris = ungido), por eso constituido pueblo de Dios. Esto significa que todos los bautizados son Iglesia, partícipes de las riquezas y de las  responsabilidades que la consagración bautismal implica. Todos están inequívocamente llamados a ofrecerse como “un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1). En todas partes den testimonio de Cristo. Y a los que lo pidan, den razones de su esperanza de vida eterna (cf. 1 Pe 3,15) “(LG 10). (FORTE, 2005, p.31).

 

Podemos decir que con el bautismo no falta nada en la vida cristiana, porque a través de él inserta en el misterio de Cristo, siendo con él, y a partir de él, una nueva criatura (cf. 2 Cor 5,17). Se coloca en el camino y en la práctica de su reino, viviendo en la esperanza y la anticipación del Reino que está llamado a construir como Iglesia, pues también a él, por su condición y posición en la Iglesia y en el mundo, está destinada la invitación del Señor: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20,4). Esta llamada se fortaleció con el Vaticano II, que valoró la esencia de esta vocación y abrió nuevas perspectivas, más acordes con el Evangelio mismo inaugurado por Cristo, estableciendo que esta llamada y esta presentación fueron y son llevadas a cabo por el mismo Cristo (AA 33) . Esto fue confirmado por el Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Christifideles laici, diciendo que estos laicos –fieles laicos – están llamados a trabajar en la viña del Señor, que es todo el mundo, y allí ofrecen su vida y su testimonio, lo que obliga  a toda la Iglesia y sus estructuras a la valorización y la toma de consciencia de esta importante vocación (JUAN PABLO II, 1989 n.1-2). Por lo tanto, dado el bautismo es la experiencia fundante, ocurrirá que, a continuación, en la vida cristiana, surgirán la vivencia eclesial y la comunidad, la práctica cotidiana, el servicio al mundo, el ejercicio de la solidaridad y los demás sacramentos, que junto con otras realidades servirán de alimento y de búsqueda de aquello  que  se fortalece en la fe y la esperanza.

Por el bautismo, los laicos están incluidos en la misión de toda la Iglesia (interna y externamente), pues ellos pasan a ser y a formar parte con ella; e incluso en un espíritu de comunión con todos los demás bautizados, viven la fe de manera autónoma y libre, con una forma única y propia de ser y hacer como Iglesia (KUZMA de 2009, p.85). Los laicos son aquellos hombres y mujeres que están en mayor número en el cuerpo eclesial y, por tanto, deben ser valorados en lo que compete y compromete a su vocación y misión, sin perjuicio de nadie, pero en vista de la comunión de toda la Iglesia que camina en misión en el horizonte del Reino de Dios; misión a la que todos los cristianos están llamados – como ekklesia (iglesia) – para trabajar, cada uno a su manera y en aquello que le es específico. Estos cristianos tradicionalmente llamados laicos, tienen una dignidad conferida por Cristo y no pueden ser tratados como un pueblo conquistado, como objetos de evangelización, o como alguien que siempre recibe y que sólo escucha, que acepta todo de forma pasiva, sin entender y que no cuestiona críticamente, su situación y su fe. Estos laicos que son parte constitutiva e importante del cuerpo eclesial, quieren contribuir a su manera y en comunión para construir el Reino de Dios, una misión que es su derecho, pues es parte de la vocación a la que fueron llamados.

¿Pero quiénes son estos los laicos? ¿Tenemos claridad de la respuesta? ¿Vemos en su vocación y misión, su identidad? Veamos. Os documentos de la Iglesia proporcionan definiciones importantes de lo que son en la Iglesia, así como su función específica adquirida por el bautismo, que hemos mencionado antes. Sin embargo, como ya se ha señalado, no se puede negar que la palabra laico en sí tiene una carga negativa, históricamente adquirida, también en el seno de eclesial (CONGAR, 1966, p.14-41), lo que hace pasar a estos fieles parte de esta intención negativa, dejando pequeña y sin valor su posición. Durante mucho tiempo, se definió al laico por su negatividad, por lo que no era: no clérigo o alguien sin votos religiosos. Esta intención era tanto más grave cuanto que quitaba de los fieles la práctica activa del ejercicio de la fe, limitándolos a solo escuchar y recibir. Cuando había una acción, ésta era a partir de un ordenado, dejando al laico un servicio de colaboración, sin autonomía. La historia de la Iglesia nos muestra los avances y retrocesos de esta vocación, así como las percepciones, interpretaciones y nuevos y / o viejos entendimientos (ALMEIDA, 2006).

El Concilio Vaticano II, por la Constitución dogmática Lumen Gentium (LG), sobre  la Iglesia, no anuló esta condición de no clérigo y de no religioso, pues es un  hecho, pero se ofreció a todos los fieles un carácter fundante, inicial, teniendo en cuenta que todos bautizados integran y son la iglesia de Cristo y forman el nuevo Pueblo de Dios, en la que hay diversidad de funciones y servicios, pero igual dignidad e importancia (LG 32). Ninguna vocación está por encima o en el centro, todos en comunión, cada uno con su propio don y carisma, asumidos y puestos al servicio de todos (cf. 1 Cor 12,7). Cristo – la fuente y el destino de toda la fe – está en el centro, lo que garantiza a la Iglesia su sentido del misterio, de dónde ella nace (LG 3) y el destino escatológico (LG 48) al cual está destinada (FORTE, 2005, p. 63-4). El Vaticano II rescata el sentido primero de la palabra laico, que es laikós (griego y un término ausente de la tradición bíblica), es decir, aquel (aquella) que pertenece al Pueblo de Dios, Laos (en griego y un término presente en la tradición bíblica).

Así, del Vaticano II extraemos esta nueva e importante definición que señala la identidad de los laicos en la misión de toda la Iglesia:

Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde. (LG 31a).

A partir de esta definición, los laicos comenzaron a tener importancia y su condición pasa a tener  un nuevo enfoque. Ahora se justifica una eclesiología sobre ellos, como trataron de argumentar en el pre-concilio  teólogos como Y. Congar, E. Schillebeeckx, G. Philips, Karl Rahner y otros (ALMEIDA, 2012, p.13-33), cuya influencia y urgencia del tema se hizo valer  recurre en el Consejo. Esta definición y sus consecuencias – que aunque todavía insuficiente, ¡merecen hoy nueva audacia! – fueron un gran logro (SCHILLEBEECKX 1965, p.981-90). Sin embargo, lo que se discute hoy en día es si el término laico es suficiente para designar la vocación y la misión establecida, ya que la carga negativa sobre el término fue grande y se prolongó durante siglos. Por el contrario, sólo cambiar el término por otro, o especificando su actividad pastoral, no siempre puede garantizar una valorización de su condición y posición eclesial. Lo correcto sería avanzar en la comprensión de ser cristiano a partir de lo que el bautismo nos ofrece y del camino de seguimiento que decidimos recorrer en busca de la madurez de la fe (BINGEMER, 2013). Pero esto aún es algo que debe ser buscado, precisando ahora una reinterpretación del contenido de ser un cristiano laico y un reconocimiento y valorización de su identidad eclesial.

 3 Los laicos: su vocación y misión

Habiendo definido la identidad del laico, no por su aspecto negativo, como antes, sino por aquello que los garantiza la eclesiásticamente – el bautismo – y por su misión con toda la Iglesia, el Vaticano II trató de definir el ejercicio de esta vocación y misión, pidiendo para ellos – preferencialmente  – la responsabilidad en el mundo secular, el lugar en el que ellos ya se encuentran y dónde son llamados para el  ejercicio de su fe y  búsqueda de su santidad como los laicos. De este modo, hacemos uso aquí de lo que fue señalado  por el Concilio al describir el carácter secular como característica particular (pero no exclusiva) de su condición, texto que sigue al ya utilizado anteriormente. Aquí, para discernir mejor quiénes son esos laicos, el documento conciliar los define por su acción, por aquello que están llamados a ejercer y cooperar, de modo propio y autónomo:

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor. (LG 31b).

En este texto se establece que es específico de los laicos iluminar y organizar las cosas temporales, es decir, la realidad del mundo donde se encuentran y viven y donde deben vivir como levadura en la masa, desde dentro, convirtiéndose en  luz para las personas, una luz que viene de Cristo y que brilla en sus acciones (LG 1). Así, los laicos – hombres y mujeres insertados en la sociedad – se presentan como auténticos testigos del Evangelio y se comprometen con la causa del Reino, iluminando y organizando todo a su alrededor, “ejerciendo funciones temporales y ordenándolas según Dios” (LG 31b). Sin embargo, para entender la amplitud de esta definición en su matriz teológico fundamental, es necesario asimilar el proyecto de Dios, que es lo que hace el Vaticano II en sus definiciones (LG 1-5, 1-6 DV AG 1- 5), y con él, el principio mayor de nuestra fe, que está basado en un Dios que se hizo hombre y que como humano asumió toda nuestra condición (GS 22), involucrándose en la trama de nuestra existencia, haciendo que nuestras esperanzas humanas se convirtiesen en una gran esperanza anunciada por él, que era el Reino de Dios, una buena noticia para todo el mundo. Miremos, entonces, a Jesús de Nazaret.

Jesús de Nazaret, ocupándose de las cosas de su tiempo, nos ha abierto una nueva perspectiva de la vida y por eso nos presentó un nuevo rostro de Dios, más próximo y más libre, más presente en nuestra propia realidad, que resultó importante para él, ya que la asumió plenamente dando su vida por amor a nosotros. Por lo tanto, la atención del texto conciliar que aquí reproducimos para señalar la vocación y misión de los laicos es para  afirmar la presencia de la Iglesia en el mundo, de manera concreta, dispuesta a presentar al mundo la propuesta que la garantiza y que la fundamenta, que es Cristo y su Reino. Basado en el texto conciliar de LG 31b percibimos que la Iglesia pretende hacer esto de una manera concreta por los fieles, por todos, pero aquí destaca este papel especialmente a los laicos, que están   integrados en la sociedad directamente y allí ofrecen un testimonio firme y verdadero.

Esto no quiere decir que la experiencia de fe en el mundo será invasiva, sino en la práctica del servicio, en el  hacer el bien, en  la autenticidad y la coherencia con lo que dice creer y profesar, como se destaca en el documento de Aparecida en 2007 ( DAp n.210). Asimismo, el Decreto Apostolicam actuositatem (AA), que trata sobre el apostolado de los laicos, dice: ” Prueba de esta múltiple y urgente necesidad, y respuesta feliz al mismo tiempo, es la acción del Espíritu Santo, que impele hoy a los laicos más y más conscientes de su responsabilidad, y los inclina en todas partes al servicio de Cristo y de la Iglesia. “(AA n.1c). En una relectura y frente al contexto actual, también en su Exhortación Apostólica Christifideles Laici, el Papa Juan Pablo II dice, ” por medio de ellos la Iglesia de Cristo está presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y de amor ” (Juan Pablo II, 1989 n.7). Y añade: “A nadie le es lícito permanecer ocioso ” (Juan Pablo II en 1989, n ° 3). Si miramos al tiempo presente, las acusaciones y apuntes  pastorales que Francisco Papa coloca en su Exhortación Apostólica  Evangelii Gaudium son aún más firmes, en la reivindicación del papel de una Iglesia – sobre todo aquí los laicos – en salida y rompiendo con todo lo que pueda obstaculizar  su misión y verdadera vocación:¡la de anunciar el Evangelio de hoy! (FRANCISCO, 2013 n.110-121). Y siempre de modo dialógico, en la coherencia entre fe y vida, un verdadero y auténtico testimonio. También en esta línea, es digno de mención que, en la actualidad, el Papa Francisco ha pedido mucho la presencia de los laicos, su valorización y una mayor presencia de los jóvenes y las mujeres en la Iglesia. Por cierto, también acusa la pasividad, adquirida históricamente – a veces sin culpa – pero también llama la atención sobre una nueva audacia, para avanzar a nuevos rumbos y nuevos descubrimientos eclesiales. Hacemos hincapié en que aquí la creación del nuevo Dicasterio sobre los Laicos la Familia y la Vida, anunciado durante el Sínodo de los Obispos en octubre de 2015.

Otro punto importante es que los laicos están llamados a la vocación y misión como laicos. ¡No necesitan ser otra cosa! ¡Ellos son laicos! Forman parte del Laos (pueblo) de Dios donde viven, ofrecen su testimonio y las razones de su esperanza. Esto es fundamental, sobre todo cuando se ve hoy en día como avanzan clericalismos (FRANCISCO, 2013, n.102), ya mencionados en varias ocasiones y que no permitan que la Iglesia pueda dar responder eficazmente a los problemas actuales (cf. Conferencia de Santo Domingo n. 96), pues intentan restaurar una imagen de iglesia que se sustenta por sí sola y que se cierra en sí misma, casi como una fuga (KUZMA, 2009, p. 43-7) o alienación de la realidad. “Dios no cambia su condición, sino que lleva a plenitud su estado, los hace llenos de vida y de gracia en el Espíritu. Así, ellos son verdaderos adoradores y santifican el mundo con la propia vida “(KUZMA y SANTINON, 2014, p.137). Y más: “Los laicos no están llamados a ser lo que no son y vivir donde no están, pero están llamados a vivir plenamente lo que son y a estar  efectivamente  donde ya están, y dentro de su vida, encontrar a Dios y anunciarlo a los demás “(KUZMA y SANTINON, 2014, p.137). En el curso de sus vidas, “preparan el campo del mundo para mejor recibir la semiente de la palabra divina y abren las puertas a la iglesia, para que actúe como anunciadora de la paz” (LG 36c).

Con toda la Iglesia, los laicos están llamados a servir, y sirven con la propia vida, donde la experiencia con Cristo produce un auténtico testimonio. ¡Aquí está su vocación y su misión!

 4 Conclusión

 De aquello que el Vaticano II definió sobre los laicos en la misión de la Iglesia, podemos sacar puntos importantes aquí: 1) el bautismo los incorpora a Cristo y los constituye como miembros del Pueblo de Dios, lo que acentúa un punto importante en la definición de Iglesia del Vaticano II (en la Lumen Gentium); 2) ellos se  convierten en partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, de donde reciben el mandato – de Cristo – par el testimonio en el mundo y en la Iglesia de aquello que es la razón de su esperanza. Al modo de Cristo, un sujeto común – laicos – de su tiempo, ellos pasan a ofrecer sus vidas a Dios y a los hermanos  a través de la práctica del Reino; ellos son en el mundo y en la Iglesia anunciadores de la verdad  y tratan de gobernar, gestionar y transformar todo, desde la perspectiva del Reino de Dios; 3) asumen su  parte en la misión: es cuando los laicos, hombres y mujeres de fe, pasan a servir en el lugar donde se encuentran, y la base que sustenta su servicio es la experiencia concreta y vivificante con Jesús de Nazaret. Y donde se  encuentra el trabajo es en el mundo secular, vivido especialmente, pero no exclusivamente, pues la Iglesia es misionera en su conjunto y no en parte.

El Concilio dio pasos importantes. Es importante hoy en día  abrirse al Espíritu que lo concibió y se dispone a los nuevos desafíos que el mismo Espíritu que nos hace ver, siempre abierto, sensible y de diálogo, en la acogida y la construcción de un Reino que necesita de todos nosotros ¡porque todos estamos llamados a la viña del Señor!

Cesar Kuzma. PUC Rio. Texto original Portugués.

5 Referencias bibliográficas

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__________. Apostolicam actuositatem: texto e comentário. São Paulo: Paulinas, 2012.

BINGEMER, M. C. L. Identidade crística: sobre a identidade, a vocação e a missão dos leigos. São Paulo: Loyola, 1998.

__________. Ser cristão hoje. São Paulo: Ave Maria, 2013.

CONGAR, Y. Os leigos na Igreja: escalões para uma teologia do laicato. São Paulo: Herder, 1966.

FORTE, B. A Igreja: ícone da Trindade. 2.ed. São Paulo: Loyola, 2005.

FRANCISCO. Evangelii Gaudium. São Paulo: Loyola, 2013.

JOÃO PAULO II. Christifideles Laici. São Paulo: Paulinas, 1989.

KASPER, W. A Igreja Católica: essência, realidade, missão. São Leopoldo: Unisinos, 2012.

KUZMA, C. Leigos e leigas: força e esperança da Igreja no mundo. São Paulo: Paulus, 2009.

__________. Leigos. In: PASSOS, J. D.; SANCHEZ, W. L. (orgs). Dicionário do Concílio Vaticano II. São Paulo: Paulinas, 2015, p.527-33.

______; SANTINON, I. T. G. A teologia do laicato no Concílio Vaticano II. In: PASSOS, J. D. (org.). Sujeitos no mundo e na Igreja. São Paulo: Paulus, 2014, p.123-44.

SCHILLEBEECKX, E. A definição tipológica do leigo cristão conforme o Vaticano II. In: BARAÚNA, G. (dir.). A Igreja do Vaticano II. Petrópolis, RJ: Vozes, 1965.

Categorías:Laicos

“Sal, luz y fermento.” La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia

 

 

“Sal, luz y fermento”

La misión de los laicos en la Iglesia es llevar, como los primeros cristianos, el mensaje de Jesús a todos los ambientes. Así lo explicaba don Álvaro en este artículo que proponemos ahora -también en audio- con motivo de su centenario.

NOTICIAS7 de Marzo de 2014

(Publicado originalmente en la revista Catholic Familyland , de los EEUU, número XXVII, pp. 11-14, 1998)

SAL, LUZ Y FERMENTO. La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia

El encargo que recibió un puñado de hombres en el Monte de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana primaveral allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas las características de una “misión imposible”.

“Recibiréis el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra” (Act 1, 8). Las últimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión parecían una locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos hombres sencillos – ni ricos, ni sabios, ni influyentes – tendrían que llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.

 

 

Menos de trescientos años después, una gran parte del mundo romano se había convertido al cristianismo. La doctrina del crucificado había vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todavía hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. Sólo la gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través de hombres que se sabían investidos de una misión y la cumplieron.

Cristo no presentó a sus discípulos esta tarea como una posibilidad, sino como un mandato imperativo. Así leemos en San Marcos: “Andad a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; mas el que no crea, se condenará” (Mc 16, 15-16). Y San Mateo recoge las siguientes palabras de Cristo: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

Son palabras que traen a nuestra memoria las pronunciadas por Jesús en la Última Cena – “como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado Yo al mundo” (Jn 17, 18) -, de las que el Concilio Vaticano II ha hecho el siguiente comentario: “Este mandato solemne de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo ha recibido de los Apóstoles con el encargo de llevarlo hasta el fin de la tierra” (1).

Tarea de todos

Cuando se habla de la misión de la Iglesia, se corre el riesgo de pensar que es algo que corresponde a quienes hablan desde el altar. Pero la misión que Cristo encomienda a sus discípulos ha de ser llevada a cumplimiento por todos los que constituyen la Iglesia.

Todos, cada uno según su propia condición, han de cooperar de modo unánime en la común tarea (2). “La vocación cristiana – precisa el Concilio Vaticano II – es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (…). Hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero una única misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el ministerio de enseñar, de santificar y de gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero los laicos, al participar de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en el mundo su función específica dentro de la misión de todo el pueblo de Dios” (3).

Todo cristiano es asimilado a Cristo por el Bautismo y participa de su misión redentora; es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús.

La dimensión apostólica de la vocación cristiana ha estado siempre presente en la vida de la Iglesia; pero ha habido una larga época en la que la realización de su misión salvadora parecía estar encomendada a unos pocos cristianos; el resto era tan sólo sujeto pasivo de la misma.

 

 

El Concilio Vaticano II ha supuesto en este campo un retorno a los principios, al poner repetidamente de manifiesto la universalidad de esa llamada al apostolado, que constituye no sólo una posibilidad entre otras, sino un auténtico deber: “Les ha sido impuesta, por tanto, a todos los fieles la gloriosa tarea de esforzarse para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra” (4).

Donde sólo llegan los laicos

Pero ¿corresponde a los laicos alguna parcela concreta dentro de esa misión? El Concilio Vaticano II había dado ya algunas orientaciones precisas. Los fieles corrientes – se lee en la Constitución Lumen gentium – “son llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo, mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad”(5).

Y más adelante: “Los laicos están particularmente llamados a hacer presente y operante la Iglesia en los lugares y condiciones donde no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos”(6). Es decir, en un hospital la Iglesia no está sólo presente por el capellán: también actúa a través de los fieles que, como médicos o enfermeros, procuran prestar un buen servicio profesional y una delicada atención humana a los pacientes. En un barrio, el templo será siempre un punto de referencia indispensable: pero el único modo de llegar a los que no lo frecuentan será a través de otras familias.

La Exhortación Apostólica Christifideles laici, recogiendo el trabajo realizado en el sínodo de 1987, ha profundizado en esta doctrina. Refiriéndose a la función de los laicos, el Papa recordaba dos peligros que podían presentarse al intentar definirla: “la tentación de reservar un interés tan fuerte a los servicios y tareas eclesiales, de llegar con frecuencia a un práctico olvido de su específica responsabilidad en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre la fe y la vida, entre la recepción del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas” (7).

Frente a estos dos extremos, el Papa advertía que lo que distingue a los laicos es “la índole secular”, pues Dios les ha llamado a que “se santifiquen a sí mismos en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las varias actividades sociales” (8).

De este modo, el Sínodo trató de evitar ese doble riesgo señalado por el Papa: al estimular la tarea de los laicos en los asuntos temporales, soslaya la tentación de un repliegue en las estructuras de la Iglesia, frente a una sociedad hostil o indiferente; y al pedir una fuerte coherencia entre fe y vida, quiere impedir una disolución de la identidad cristiana. Pues, para ser sal de la tierra, hace falta estar en el mundo, pero también no volverse insípido.

 

 

La misión específica de los laicos queda así claramente descrita: se trata de llevar el mensaje de Cristo a todas las realidades terrenas – la familia, la profesión, las actividades sociales… – y, con la ayuda de la gracia, convertirlas en ocasiones de encuentro de Dios con los hombres.

Los primeros cristianos

Sin embargo, no respondería a la realidad considerar todo lo hasta ahora expuesto como una novedad posterior al Concilio Vaticano II. Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misión. Su conversión les llevaba a un mayor empeño por cumplir los deberes correspondientes a su posición en el mundo. Tertuliano, por ejemplo, escribe: “Vivimos como los demás hombres; no nos pasamos sin la plaza, la carnicería, los baños, las tabernas, los talleres, los mesones, las ferias y los demás comercios. Con vosotros también navegamos, con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de oficios y exponemos nuestras obras para vuestro uso” (9).

Y en un venerable documento de la antigüedad cristiana leemos: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres: porque no habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida distinto de los demás (…). Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres del país, dan muestra de un tenor peculiar de conducta que es admirable y, según confesión de todos, sorprendente” (10).

Lo que poco más adelante se escribe en el mismo documento, nos hará comprender que, permaneciendo en su sitio, los primeros cristianos habían cambiado notablemente de conducta. “Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no abandonan a los que nacen (…), están en la carne, pero no viven según la carne, pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida superan las leyes (…). Para decirlo brevemente, lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo” (11).

Como consecuencia de esa actitud y de su celosa actividad apostólica, el cristianismo se extendió en poco tiempo de una manera asombrosa: indudablemente, aquellos hermanos nuestros contaban con la gracia de Dios, pero, junto a eso, sabemos que su respuesta fue siempre heroica: no sólo frente al tormento, sino también en todos los momentos de su vida.

No extraña, por tanto, que el mismo Tertuliano pudiera escribir: “Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, los poblados, las villas, las aldeas, el ejército, el palacio, el senado, el foro. A vosotros os hemos dejado sólo los templos” (12).

El espíritu del Opus Dei

Permitidme ahora una digresión que me parece de justicia. La llamada universal a la santidad y al apostolado, tan clara en los primeros cristianos y recordada por el último Concilio(13), es una de las realidades que están en la base del espíritu de la Prelatura del Opus Dei.

Desde 1928 su fundador, Josemaría Escrivá, no cesó de repetir que la santidad y el apostolado eran derecho y deber de todo bautizado. Así, por ejemplo, escribía en 1934: “Tienes obligación de santificarte. – Tú también. – ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto” (14).

Y, refiriéndose al apostolado, escribe: “Aún resuena en el mundo aquel grito divino: “Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?” – Y ya ves: casi todo está apagado… ¿No te animas a propagar el incendio?” (15).

Justamente, pues, puede considerarse a Josemaría Escrivá como un pionero de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en este campo. Lo afirmaba claramente el Cardenal Poletti en el Decreto de Introducción de la Causa de beatificación del fundador del Opus Dei con las siguientes palabras: “Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio, precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia” (16).

Con el ejemplo y la palabra

En un mundo cada vez más materializado, la labor del cristiano del siglo XX se asemeja a la que hubieron de realizar los primeros discípulos de Cristo. Como ellos, tendrá que transmitir la Buena Nueva con su ejemplo y con su palabra.

Nunca podremos conocer completamente en esta vida los efectos de nuestra actuación – el buen ejemplo o el escándalo causado – en las personas que han estado a nuestro alrededor. Hay una primera y esencial obligación para cualquier cristiano: actuar de acuerdo con su fe, ser coherente con la doctrina que profesa. “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que hay en la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14-16).

Sin embargo, no basta con el ejemplo. “Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a un mayor fervor de vida” (17).

Esto no es una cuestión de “especialistas”. El Concilio Vaticano II ha recordado la obligación que cada uno de los laicos tiene de hacer apostolado individualmente: “El apostolado que las personas singulares deben realizar, brotando abundantemente de la fuente de una verdadera vida cristiana, es la primera forma y la condición de todo apostolado de los laicos, incluso del asociado, y es insustituible. A tal apostolado, siempre y en todas partes fructífero, pero en ciertas circunstancias el único adecuado y posible, son llamados y obligados todos los laicos de cualquier condición, incluso si les falta la ocasión o la posibilidad de colaborar en las asociaciones” (18).

Las ocasiones en que ese apostolado puede realizarse son innumerables: en realidad, toda la vida ha de ser un continuo apostolado. Me gustaría sin embargo centrarme en dos de las circunstancias que constituyen los ejes en la vida de la mayoría de las personas: el trabajo y la familia.

A través del trabajo profesional

Entre los diversos motivos que hacen a los hombres tratarse, entablar una amistad, se encuentra sin lugar a dudas el ejercicio de la propia profesión. Podría parecer que el ámbito de apostolado es reducido, pero no se debe olvidar que, normalmente, es ahí donde se establecerán relaciones profundas de confianza, que – en muchas ocasiones – permiten ayudar de forma decisiva a las personas con las que uno se relaciona.

Algunos trabajos – pienso, por ejemplo, en los relacionados con la docencia o con los medios de comunicación social – constituyen una oportunidad de transmitir ideas a centenares o millares de personas.

Pero sería un error pensar que sólo esas profesiones pueden ser ocasión de apostolado; en cualquier ocupación, en cualquier circunstancia, el cristiano debe ayudar a que los demás den un sentido cristiano a su vida.

Ordinariamente, no será necesario hacer grandes discursos, sino llevar a cabo lo que el fundador del Opus Dei llamaba “apostolado de amistad y confidencia” y que describía en los siguientes términos: “Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo… Todo eso es apostolado de la confidencia” (19).

Este empeño se convierte en interés real por cada persona y se encauza normalmente en la conversación personal de dos amigos. “El apostolado cristiano – y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales – es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina” (20).

Un empeño apostólico que, a través de la iniciativa libre y responsable de los cristianos, se manifestará también en el esfuerzo por lograr que las estructuras sociales faciliten a los demás el acercamiento a Dios.

Se realizará de esa manera la animación cristiana del orden temporal que, como hemos visto, el Concilio considera misión característica de los laicos. En este contexto, pueden entenderse las llamadas que en la Exhortación Apostólica Christifideles laici el Papa ha dirigido a los laicos empeñados en la ciencia y la técnica, en la medicina, en la política, en la economía y en la cultura (21), para que no abdiquen de su responsabilidad en hacer un mundo más humano y, por tanto, más cristiano.

Para eso cuentan con las inspiraciones y principios que presenta la doctrina social de la Iglesia. Pero esa doctrina sólo se hará vida a través de los hombres y mujeres que, en Wall Street o en un pequeño comercio del barrio, conciban su trabajo como algo más que una fuente de ganancias o un medio de escalar puestos: a través de ciudadanos que, en la alcaldía o en la asociación de vecinos, se preocupen por hacer más acogedora lo sociedad; a través de intelectuales que, en la Universidad y en la escuela, creen cultura con sentido cristiano.

Empezar por la familia

Junto a toda esa labor apostólica en torno al trabajo – a la profesión de cada uno -, ocupa un lagar fundamental la que se realiza a través de la familia. En el caso de los padres, es ése su primer campo de apostolado, el lugar en que han sido puestos por Dios para realizar una tarea insustituible: la educación de los hijos.

La familia es “la célula primera y vital de la sociedad” (22), y de su salud o enfermedad dependerá la salud o enfermedad del entero cuerpo social. La sociedad será más fraterna, si los hombres aprenden en la familia a sacrificarse unos por otros. Habrá más tolerancia y respeto en las relaciones humanas, en la medida en que se comprendan los padres y los hijos. La lealtad ganará terreno en la vida social, si se valora también la fidelidad entre los cónyuges. Y el materialismo estará en retirada, cuando el norte de la felicidad familiar no sea el creciente consumo.

En cuanto a la atención de los propios hijos, importa recordar de nuevo el papel primordial del ejemplo. Juan Pablo II, en una de las contadas ocasiones en que ha hablado de sí mismo, comentaba refiriéndose a su padre: “Mi padre fue una persona admirable y casi todos mis recuerdos de infancia y adolescencia se refieren a él (…). El simple hecho de verle arrodillarse ha tenido una influencia decisiva en mis años de juventud. Era tan severo consigo mismo, que no necesitaba serlo con su hijo: bastaba su ejemplo para enseñar la disciplina y el sentido del deber”(23).

Y el Card. Luciani – luego, Juan Pablo I – escribía: “El primer libro de religión que los hijos leen son sus padres. Es bueno que un padre le diga a su hijo: “Ahora hay en la iglesia un confesor; ¿no crees que podrías aprovechar la oportunidad?”. Pero es mucho mejor si le habla de este modo: Voy a la iglesia a confesarme, ¿quieres venir conmigo?” (24).

El ejemplo ofrecido en las más diversas facetas de la vida – de lealtad a los amigos, de laboriosidad, de sobriedad y templanza, de alegría ante las contrariedades, de preocupación por los demás, de generosidad… – quedará grabado de forma indeleble en las almas de los hijos.

Y, junto al ejemplo, la atención generosa a su educación. “El negocio que más habéis de cuidar – solía decir el fundador del Opus Dei a los hombres de empresa – es la formación de vuestros hijos”. Una educación que será eficaz si los padres saben hacerse amigos de sus hijos; si, desde que son pequeños, éstos se acostumbran a confiar en ellos, a abrirles su corazón cuando tienen alguna dificultad.

Escribía Santo Tomás Moro: “Una vez vuelto a casa, hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte de mi vida cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser un extraño en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros” (25).

El ritmo de la vida moderna parece no favorecer esta dedicación. Cada vez tenemos más de todo, excepto tiempo. Y se corre el riesgo de que los padres queden absorbidos por el trabajo, aun con el noble deseo de asegurar lo mejor posible el porvenir de los hijos.

Pero este porvenir dependerá más del tiempo que se les ha dedicado personalmente que del confort que se les ha ofrecido. Y así, cuando los hijos se quejan, no es por lo que sus padres no les han dado, sino porque no han sabido darse a sí mismos.

Familia abierta a los demás

Esto ya es mucho, pero no es todo. Un cristiano consciente de su misión de levadura en la masa, no puede conformarse con la atención a los suyos. Ciertamente, en un mundo competitivo y duro, es normal el deseo de buscar en la propia familia el afecto y la seguridad que muchas veces falta fuera. Como también es comprensible que, ante los diversos tipos de familia que hoy existen en la sociedad, unos padres cristianos traten de proteger y cultivar el suyo. Pero la familia cristiana es una familia “abierta”.

“La familia – decía Pablo VI -, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia (…). Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive” (26).

El ejemplo de una familia cristiana que, con sus limitaciones y dificultades, intenta vivir su ideal, es siempre atractivo, incluso humanamente. Sobre todo si esa familia está abierta a la amistad con otras – de parientes, de colegas, de vecinos, de los amigos de sus hijos -, animada con un espíritu apostólico.

De este modo, se hará realidad el ideal que señalaba Juan Pablo II al decir que la “Iglesia doméstica [la familia] está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los “alejados”, para las familias que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente con la fe recibida” (27).

Por otra parte, toda familia está sujeta a las influencias exteriores, que provienen de las leyes, de la escuela o la opinión pública. De ahí que, tanto para proteger la propia familia como para ayudar a los demás, un cristiano deba preocuparse por que en la sociedad exista un clima favorable a la institución familiar.

“Las familias – se lee en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio – deben ser las primeras en procurar que las leyes e instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser “protagonistas” de la llamada “política familiar”, y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad” (28).

Ante una nueva evangelización

Los primeros cristianos supieron cambiar su sociedad, poniendo todo su esfuerzo al servicio del mandato de Cristo: “Entonces, ellos partieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor estaba con ellos y confirmaba la palabra con los prodigios que la acompañaban” (Mc 16, 20).

A las puertas del tercer milenio, ante una sociedad que parece huir alocadamente de Dios, los cristianos de este siglo hemos sido llamados a realizar una nueva evangelización “en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir” (29).

Y, con palabras de Juan Pablo II, “esto sólo será posible si los fieles laicos saben superar en sí mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su cotidiana actividad en la familia, en el trabajo y en la sociedad la unidad de vida que encuentra en el Evangelio inspiración y fuerza para realizarse en plenitud” (30).

El mundo espera cristianos sin fisuras, cristianos de una pieza. Con fallos, con errores, pero con la firme voluntad de rectificar cuanta voces sea preciso y seguir adelante en el camino que, de la mano de la Virgen, nos lleva al Padre a través de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

Notas

1. Lumen gentium, 17.

2. Cfr. ibid., 30.

3. Apostolicam actuositatem, 2.

4. Ibid., 3

5. Lumen gentium, 31.

6. Ibid., 33.

7. Christifideles laici, 2.

8. Ibid., 15.

9. Tertuliano, Apologético, 42.

10. Epístola a Diogneto, 5.

11. Ibid.

12. Tertuliano, Apologético, 1.

13. Ha escrito Juan Pablo II: “Esta llamada universal a la santidad ha sido la consigna fundamental confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovación evangélica de la vida cristiana. Consigna que no es una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia” (Christifideles laici, 16).

14. Josemaría Escrivá, Camino, 291.

15. Ibid., 801.

16. Card. Ugo Poletti, Decreto di Introduzione della Causa di Beatificazione del Servo di Dio Josemaría Escrivá.

17. Apostolicam actuositatem, 6.

18. Ibid., 16.

19. Josemaría Escrivá, Camino, 973.

20. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 149.

21. Cfr. Christifideles laici, 38 y 42 a 44.

22. Apostolicam actuositatem, 11.

23. André Frossard, Non abbiate pausa!, Rusconi, Milano, 1983, 19.

24. Card. Albino Luciani, Ilustrísimos señores, Bac, Madrid, 1979, 276.

25. Santo Tomás Moro, Utopía, Introducción.

26. Evangelii nuntiandi, 71.

27. Familiaris consortio, 54.

28. Ibid., 44.

29. Josemaría Escrivá, Conversaciones, 114.

30. Christifideles laici, 34.

Revista Mundo Cristiano (España), abril de 1999
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