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PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL APOSTOLADO

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Título primero  PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL APOSTOLADO

 

Fuente: TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES Y RELIGIOSOS LAICOS, JOAQUÍN SABATER MARCH

Capítulo primero MISIÓN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

 

SUMARIO: § 9. Fin sobrenatural de la Iglesia. — § 10. Comunicación del orden sobrenatural. — § 11. Manifestación visible de orden sobrenatural. — § 12. El Cuerpo Místico de Cristo. — § 13. La actividad del Cuerpo Místico. — § 14. a) El poder de representación.— § 15. b) La actividad privada o libre.

 

§ 9. FIN SOBRENATURAL DE LA IGLESIA

La reparación y elevación de la humanidad caída al orden sobrenatural efectuada por Cristo se aplica a todos los hombres mediante su incorporación a la Iglesia. El hombre ha sido elevado al orden sobrenatural al objeto de que, conociendo a Dios de un modo superior a cuanto le pueda suministrar la razón puramente natural y obteniendo fuerzas y auxilios que rebasan la potencialidad de la naturaleza humana, tenga que dirigirse a Dios, como su último fin, dentro de ese mismo orden sobrenatural. No es posible a la humana criatura llegar a Dios en el orden puramente natural, renunciando a su felicidad sobrenatural que es la posesión beatífica del mismo Dios, porque ello implicaría desprecio a la verdad y bondad divinas. La consecución de su bienaventuranza eterna se impone al hombre en forma que no le es dable escoger entre su felicidad puramente natural y la sobrenatural, sino que necesariamente tiene que dirigirse a esta última para conseguir su fin supremo.

Jesucristo ha confiado a la Iglesia la perpetuación y aplicación de su obra redentora; y llama a todos los hombres sin distinción de raza, tribu, pueblo o nación a ingresar en ella, confiriendo a la misma Iglesia todos los medios necesarios conducentes al fin sobrenatural del hombre. Por esto Jesucristo ha depositado en la Iglesia, no sólo la enseñanza de las verdades de orden sobrenatural, sino que también le ha otorgado exclusivamente los auxilios eficaces por los que el hombre pueda obtener su perfección sobrenatural y, de este modo, llegar a su último fin necesario. De tal manera Dios ha vinculado ese depósito de la fe o magisterio y ese tesoro de gracias a la Iglesia, que fuera de ella no hay salvación. Pertenecer a la Iglesia se impone como necesario con necesidad de medio para salvarse, al menos con el deseo implícito a cuantos la desconocen o no les ha sido suficientemente propuesta, o con el deseo explícito a los que, queriendo ingresar en ella, no les ha sido posible efectuarlo mediante el bautismo sacramental, cuyo efecto interno-social es incorporar al bautizado a la Iglesia de Cristo.

En méritos de la misión divina que Jesucristo señaló a su Iglesia al instituirla y promulgarla, su actividad, es decir, su vida interior y social, es esencialmente de orden espiritual y sobrenatural. Porque si los medios para ser aptos han de guardar proporción con su fin, y siendo el fin de la Iglesia esencialmente de orden sobrenatural, síguese que los medios de que tendrá que valerse para lograrlo, deberán ser superiores a cuanto la sola naturaleza humana pudiese suministrar.

Nacida la Iglesia del costado abierto de Cristo, como organismo viviente, no debe ni puede quedar ociosa o indiferente en la prosecución de su fin. Podrá haber defecciones en sus miembros, propias de la flaqueza humana proclive de suyo al mal, ya que el hombre, por su perversidad, es capaz de corromper el plan trazado por Dios, pero la Iglesia siempre tenderá a su fin, continua e indefectiblemente estará unida a Cristo, su Esposo, y nunca podrá pararse en el camino ascensional que le señalara su Divino Fundador.

Mas esa actividad de la Iglesia presupone y exige una acción intermitente de Dios sobre ese organismo integrado por los hombres regenerados por las aguas bautismales, la cual no es más que el cúmulo incesante y sobreabundante de gracias y dones sobrenaturales que derrama sobre la Iglesia para que pueda cumplir su misión santificadora y llevar, de este modo, las almas al fin para el que han sido creadas. La vida de la Iglesia es primordialmente la vida de la gracia sobrenatural, y así como todo organismo viviente está caracterizado por una actividad interna, sea la circulación de la sangre o el nutrimiento de la savia, así también la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Jesucristo, está vivificada por la gracia y dones sobrenaturales. Ser miembro de este organismo, o sea; ser cristiano, equivale, según la ordenación divina, a desarrollar actividad bajo el influjo de la gracia. Por consiguiente, la condición de cristiano es operosa en el orden sobrenatural de la gracia; es un concepto que, si bien expresa una realidad estable, incluye, a la vez, dinamismo, acción, cooperación y perfección.

§ 10. COMUNICACIÓN DET. ORDEN SOBRENATURAL

La redención del género humano mediante el sacrificio cruento de la Cruz, fundación de la Iglesia e institución de los sacramentos, comunica al hombre la vida sobrenatural con una riqueza insondable de maravillas que colocan el alma en intimidad con Dios.

La elevación del hombre a ese orden, y de su actividad en él, se verifica por un sinnúmero de favores divinos que exceden todo cuanto la humana naturaleza pudiera desear.

De Dios recibe el hombre sin cesar favores ilimitados para su santificación personal y la del prójimo y también para ornamento de la Iglesia. Unos le son comunicados sin interposición alguna entre Dios y el alma; otros le vienen a través de una causa instrumental, como son los sacramentos o las oraciones de la Iglesia. Unos caen dentro del plan ordinario de santificación, y otros son verdaderamente excepcionales y extraordinarios.

El alma se pone en contacto con Dios en fuerza de los múltiples y variadísimos auxilios divinos que en forma gratuita le son conferidos. Se compendian ellos en las llamadas gracias actuales, consistentes en iluminaciones en el entendimiento y en ilustraciones o mociones en la voluntad que Dios causa en el alma.

De la cooperación a estas gracias dimana para el alma lo más excelso que en esta vida puede alcanzar: la posesión de la gracia santificante o habitual, o estado de gracia que, como se expondrá, es cierta participación analógica de la naturaleza divina. Con ella el hombre adquiere un nuevo ser, el ser sobrenatural que tanto le ensalza y tantas prerrogativas le proporciona. La gracia santificante es la esencia y fundamento sustancial dél orden sobrenatural en el hombre. El que esté privado de la gracia santificante estará fuera de dicho orden; quien la posea, vivirá en intimidad sobrenatural con Dios.

Esta vida divina en el interior del alma, aunque de suyo no se extinga, perdura mientras quiere el hombre. Mas, por estar dotado de libertad, es capaz el hombre de privarse de la gracia santificante con actos personales opuestos a su fin sobrenatural. Dios, por su parte, con la gracia habitual le infunde las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad para que el hombre pueda adherirse a su último fin, y no se aparte del mismo, con esa creencia, esperanza y amor que le son convenientes o adecuados por participar de la naturaleza divina[1].

Como derivaciones de las tres virtudes teologales, enriquece Dios el alma con los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Llámanse del Espíritu Santo porque se dan sin ánimo de retribución, es decir, importan una donación gratuita, cuya causa es el amor. Ahora bien, el Espíritu Santo procede como amor, y por este motivo es considerado como el primer don. A este respecto dice San Agustín que “por el don que es el Espíritu Santo, son repartidos muchos estrictos dones entre los miembros de Cristo”[2]

Tales dones son ciertas perfecciones del hombre, por las que éste se dispone a obrar siguiendo el instinto divino[3]. Pues para obrar en relación con el último fin sobrenatural no es suficiente la sola moción o dictamen de la razón, sino que es menester el instinto y moción del Espíritu Santo, “porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios… y también herederos”[4]; y además: “tu buen espíritu me guiará a tierra de rectitud”[5]. Sobre lo cual dice el Doctor Angélico que a la herencia de aquella tierra de bienaventurados nadie puede llegar si no es movido y guiado por el Espíritu Santo[6].

Existen, además, las virtudes intelectuales[7] y morales, cuyos principios son los expresados dones divinos. Con lo que son tres los géneros de las virtudes: las teologales, por las que la mente humana se adhiere a Dios; las intelectuales, por las que queda perfeccionada la razón, y las morales, por las que las fuerzas del apetito se perfeccionan para obedecer a la razón. Los dones del Espíritu Santo hacen que todas las potencias del alma se dispongan a obrar bajo la moción divina[8].

De los dones, tres radican en el apetito racional o voluntad, a saber: el don de la fortaleza, el de la piedad y el del temor; los restantes están en la parte cognoscitiva[9]. Pero todos guardan tal conexión que, teniendo uno, se poseen todos y con ellos la caridad; y a la inversa, faltando uno, faltan todos.

Diferente es la función o finalidad a que se ordenan los dones y las virtudes. Los primeros perfeccionan el hombre para seguir los toques que Dios da al alma; las otras lo perfeccionan para seguir el dictamen de la razón[10]. Con todo, los dones se extienden también a todas las cosas a las que se ordenan las virtudes intelectuales y morales, ya que todas las fuerzas del alma existen para ser guiadas y movidas por la acción divina como por cierta potencia superior[11].

Comunicación de vida sobrenatural es también el carácter que en el alma imprimen indeleblemente los sacramentos del bautismo, confirmación y orden. Son estos caracteres cierta participación del sacerdocio de Cristo, es decir, por ellos los fieles son configurados en el sacerdocio de Cristo, pero no todos de la misma manera. Jesucristo nació sacerdote: “un mediador entre Dios y los hombres”[12] y “sacerdote para siempre”[13]; y toda su vida fue un verdadero sacerdocio cuyo acto principal culminó en el sacrificio de la Cruz. El carácter sacramental es un signo, un distintivo de Cristo, que Él mismo imprime en el alma. De ahí que por el carácter se participe del sacerdocio de Cristo. Esta participación es común a todos cuantos reciben los sacramentos del bautismo y de la confirmación, pero se diferencia de la que tienen cuantos han recibido el carácter del sacramento del orden, en que sólo por éste se obtiene la participación del sacerdocio de Cristo para reproducir real e incruentamente el sacrificio del Calvario mediante el sacrificio del altar.

Como el sacerdocio de Cristo es fuente inagotable de vida sobrenatural, la participación en ese sacerdocio es también comunicación de vida divina en las almas, la cual se opera en ellas por medio del carácter sacramental.

Todavía en la comunicación de ese orden sobrenatural, además de la acción divina dirigida directa e inmediatamente a que el hombre se justifique por ella, existen las gracias gratis dadas o carismas, los cuales tienden a que los hombres cooperen a la justificación de su prójimo.

La acción divina en las almas, que global y sucintamente se ha perfilado, se reduce a los medios ordinarios de que se vale Dios para la santificación de las almas. Pero hay, además, otra acción divina sobrenatural que bien puede llamarse extraordinaria, constituida por los carismas verdaderamente extraordinarios que Dios otorga a algunas almas. Tales son las revelaciones privadas, el poder de realizar milagros, el profetizar, etc., que ha dado Dios a no pocos fieles. Cualesquiera que sean los designios divinos en el otorgamiento de esas gracias, coinciden todos en dotar a las almas de una mayor perfección de vida sobrenatural. Por eso toda la acción ordinaria y excepcional de Cristo en las almas tiende a una comunicación de vida sobrenatural.

§11. MANIFESTACIÓN VISIBLE DE ORDEN SOBRENATURAL

La constitución de la Iglesia en sociedad visible, la naturaleza del hombre, que es un compuesto de alma y cuerpo, la administración de la gracia divina por causas instrumentales y sensibles, como son los sacramentos, y la finalidad de la concesión de las gracias gratis dadas o carismas en producir efectos externos para comunicarse uno con el prójimo, causan de continuo manifestaciones externas de orden sobrenatural.

Ya en la Iglesia primitiva o naciente abundaron los carismas, incluso extraordinarios; e intervenciones excepcionales de Dios se dieron en la elección del Apóstol Matías[14], en la vocación de Paulo[15], en la admonición de Pedro para la admisión de paganos[16], y en simples fieles[17].

Toda esa manifestación externa de los efectos de la gracia y la administración de los sacramentos quedan supeditadas enteramente a la decisión de la jerarquía eclesiástica; de modo que, contra su voluntad, ni puede haber aquella manifestación, aunque se tratase de carismas cuya finalidad fuese la de enseñar, ni tampoco la colación de sacramentos. Jesucristo confió a la sola jerarquía el gobierno de lo religioso. Por donde, todo fiel, aunque sea vidente, está sujeto a la autoridad eclesiástica en esas exteriorizaciones de religiosidad, puesto que cuantos ejercen cargos jerárquicos en la Iglesia han recibido verdaderos carismas de gobierno para juzgar de toda manifestación que se produzca en el orden social.

De este principio es consectario de ineluctable evidencia que todo apostolado externo u organizado tiene que estar bajo la entera dependencia de la jerarquía eclesiástica so pena de ser apostático, en vez de apostólico. Nadie, por carismas sobrenaturales de que se crea estar investido o adornado, podrá sustraerse de esa completa sujeción a la jerarquía de la Iglesia so pretexto, incluso, de que se descuida determinada acción apostólica o de que determinada labor cosecharía abundantes frutos en bien de los fieles. Pues, por un lado, tenemos certeza manifiesta de la concesión de poderes a San Pedro y sus sucesores, por Cristo, y su extensión a todos los apóstoles, bajo la sujeción a aquél: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, “a ti te doy las llaves del reino de los cielos”[18]; “toda potestad me es dada en el cielo y sobre la tierra. Por tanto, id y amaestrad todas las gentes”[19]; y, por otro, existe el ejemplo de la Iglesia naciente, en que todos los fieles que habían sido enriquecidos con carismas extraordinarios para una mayor y más rápida difusión y propagación del cristianismo se sujetaban a los apóstoles y sus sucesores a fin de comprobar la verdadera genuinidad de sus carismas divinos y qué dones especiales habían recibido de Dios[20].

§ 12. EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

Por el magisterio eclesiástico se ha dicho que la denominación Cuerpo Místico de Cristo, fundadísima en la Sagrada Escritura y los Santos Padres[21], frecuente en la historia y la tradición, familiar en el pueblo fiel, es la definición cristiana de la Iglesia. Verdad fecunda de aplicaciones prácticas en la vida religiosa. Buen fundamento teológico constituye para la colaboración de los seglares en el apostolado de la jerarquía eclesiástica, es decir, para la Acción Católica[22].

La doctrina del Cuerpo Místico, insinuada con metáforas por los profetas[23], fue enseñada por el mismo Jesucristo con la parábola de la vid: “ Yo soy la vid verdadera — nos dice —, y mi padre es el labrador… vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése lleva mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permaneciere en mí, es arrojado fuera como el sarmiento, y se seca, y lo recogen y echan en el fuego, y se quema”[24]. Y después de su admirable ascensión a los cielos la recuerda a Paulo al llamarle a la fe, cuando éste se dirigía a Damasco, y, cegado por una luz celestial, cayó en tierra y “ oyó una voz que le decía: Sau- lo, Saulo, ¿por qué me persigues?… Yo soy Jesús, a quien tú persigues”[25]. Perseguir a los cristianos es perseguir a Jesús. Esa identidad se basa en la unidad de ese cuerpo místico que forman los fieles con Cristo, el cual es su cabeza y cuya alma es el Espíritu Santo que se comunica a los miembros, los cristianos, por la gracia santificante, virtudes y dones sobrenaturales. Los fieles son, pues, miembros de ese cuerpo[26].

Luego Paulo, ya constituido apóstol de Jesucristo, explana con amplitud esa doctrina y describe la función de cristiano como miembro de ese cuerpo. Véase, pues, el desarrollo de la idea de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, según San Pablo:

“Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.

“Porque en un solo Espíritu todos nosotros somos bautizados, ya judíos, ya griegos, ya esclavos, ya libres, en razón de formar un solo cuerpo. Y a todos se nos dio a beber un mismo Espíritu.

“Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos…

“Mas ahora Dios dispuso los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo, como quiso.

“Que si fueran todos ellos un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

“Mas ahora muchos son los miembros, uno, empero, el cuerpo.

“Ni puede el ojo decir a la mano: “No tengo necesidad de ti”; ni tampoco la cabeza a los pies: “No tengo necesidad de vosotros.”

“Antes mucho más los miembros del cuerpo que parecen ser más débiles son necesarios; y los que pensamos ser menos honrosos del cuerpo, a ésos los cercamos de mayor honor; y los indecorosos en nosotros son tratados con mayor decoro. Que los decorosos en nosotros no lo necesitan. Mas Dios concertó el cuerpo, dando mayor honor a lo que más lo necesitaba, a fin de que no haya escisión en el cuerpo, sino que los miembros tengan la misma solicitud los unos de los otros.

“Y si padece un miembro, juntamente padecen todos los miembros; y si se goza un miembro, juntamente se gozan todos los miembros. Y vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros cada uno por su parte”[27].

Todo el linaje humano “pertenece verdaderamente a la persona de Cristo, como cuerpo suyo, mas no de un modo tan íntimo que la independencia y personalidad de los demás miembros — como ocurrió en la humanidad que fue asumida — quedasen absorbidas por completo en la Persona del Verbo. Los demás miembros conservan su subsistencia personal. Mas así como la unidad de linaje perdura no obstante la subsistencia personal y aun en ésta misma, como esta subsistencia no es aislada, cerrada, pueden las personas pertenecientes al linaje ser también asumidas de un modo más elevado y misterioso por una Persona que domina todo el linaje, pueden con su personalidad ser propiedad de esta personalidad más alta, ser abarcadas y penetradas por ella, de modo que pertenecen más a ésta que a sí misma, y en este sentido más amplio forman con ella una sola persona, de un modo análogo a la humanidad propia de Cristo, despojada por completo de su subsistencia.

“El linaje suele llamarse Cuerpo místico de Cristo; la humanidad propia de Cristo se denomina el Cuerpo real de Cristo, así como también la unidad del linaje con Cristo se llama mística, y la de su propio cuerpo con su Persona divina se designa como unidad real”[28].

En esa realidad mística lo fundamental es el rasgo de la unidad de los cristianos con Cristo, y como derivación de esa misma unidad está el rasgo de la unidad de los fieles entre sí. A esa unidad completa va ordenada toda la acción sobrenatural de Dios en las almas para edificación del Cuerpo Místico de Cristo. La absorción moral de la personalidad de cada uno por la del Cristo total, que hizo exclamar a San Pablo: “Vivo no ya yo, más vive Cristo en mí”[29], marca la meta de toda la actividad de los fieles en la unión con Cristo y en la de todos sus miembros. Por eso, antecedentemente a todo mandato de la Iglesia, y sólo de la disposición del orden sobrenatural en la actual economía divina, los fieles han de procurar ser excelentes en la edificación de la Iglesia[30]30, haciéndolo todo para edificación del Cuerpo Místico de Cristo[31]. He aquí, pues, que el fundamento o razón de todo apostolado en la Iglesia estriba en la misma organización del orden sobrenatural comunicado por Jesucristo a los hombres, es decir, arranca de esa misma existencia del orden sobrenatural para marcar, dirigir e imponer el fin inmediato y necesario a todo fiel en su actuación dentro del plan divino: “hacedlo todo para edificación” del Cuerpo Místico de Cristo. La interdependencia, por tanto, de los miembros de ese Cuerpo es forzosa y universal. Es menester que actúen para estar unidos a la Cabeza — la cual significa al mismo tiempo comunidad de unidad a modo de entrega[32] — y para que los miembros lo estén también entre sí. De esta manera se comprende cómo deben latir al unísono los esfuerzos para trabajar en la santificación personal y en la de los demás.

La savia divina que comunica la vida sobrenatural a las almas, incorporándolas al Cuerpo Místico de Cristo, es la gracia santificante con el noble cortejo de las virtudes, gracias y dones del Espíritu Santo. Sin la gracia habitual no es posible ser miembro vivo de ese Cuerpo Místico y cumplir la misión que le está señalada a cada miembro. De aquí que la posesión de la gracia santificante sea la condición indispensable en todo momento y para cualquier actuación en orden a contribuir para la edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

§ 13. LA ACTIVIDAD DEL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

En este organismo sobrenatural, cuya Cabeza es Cristo y cuyos miembros son cada uno de los fieles, cabe distinguir perfectamente dos actividades: la propia del ser colectivo u organismo como tal, y la de cada uno de sus miembros en cuanto están unidos a Jesucristo. Una y otra actividad, que, aunque distintas, se complementan y perfeccionan, tienen idéntica meta, van encaminadas a un mismo fin: hacerlo todo para edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

Pasando de este lenguaje ascético al simplemente teológico, se distingue también esa doble actividad: la de la Iglesia o ser de orden sobrenatural, y la de cada uno de sus fieles; y, trasladándonos a la esfera canónica, se hablará de la actividad pública u oficial, y de la actividad privada o particular.

Significado idéntico tienen las expresiones de función del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia, o función o actividad pública; como también se expresa idéntica realidad al hablar de la acción de los miembros, de los fieles y de la actividad privada.

§14. a) EL PODER DE LA REPRESENTACIÓN

Es necesario y propio de todo ser moral, y, por consiguiente, de la Iglesia, el que actúe por sus órganos de representación. Necesita de quien la represente mediante la investidura de las oportunas facultades. Esta representación está vinculada a la sagrada jerarquía eclesiástica. El miembro de este Cuerpo Místico, el fiel que es asumido, de entre muchos, para quedar incorporado a la jerarquía eclesiástica, adquiere esa representación dentro de la actividad que le ha sido asignada. Todo partícipe de la potestad jerárquica, sea de orden, sea de jurisdicción, siempre que opere en virtud de la misma y no se exceda en sus atribuciones, obra en nombre de la Iglesia, actúa representando al Cuerpo Místico de Cristo, su acción es pública aunque se realice en secreto; siempre es la Iglesia el autor principal del acto que pone, el sujeto a quien se atribuye la acción eclesial. Se vale para ello de su representante, que es el ejecutor del acto o su causa instrumenta.

Lo que realiza el obispo, el párroco, el sacerdote, el diácono u otro partícipe de la potestad sagrada, se atribuye, principalmente, a la Iglesia e, instrumentalmente, al ejecutor del acto, siempre que aquéllos obren en virtud de lo que al cargo o representación compete; sus actos son siempre eclesiales, públicos, son obra del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia. Por esto los actos de la jerarquía eclesiástica son las obras de las personas que tienen carácter público; por lo que también el apostolado de la jerarquía será el apostolado público[33].

Pero ese representante del Cuerpo Místico no queda despojado de la condición de miembro; continúa percibiendo todo el cúmulo de gracias y dones sobrenaturales que Dios derrama en los fieles, y, por lo mismo que están en pie todos sus derechos de miembro de la Iglesia, persisten igualmente sus obligaciones con Dios, con la Iglesia y con sus prójimos. Pues no sólo debe ser miembro vivo, es decir, vivificado y santificado por la gracia y favores divinos, sino que ha de crecer interiormente en santidad y llevar dentro de ese organismo social del Cuerpo Místico una vida interior y exterior cual corresponda a quien es ministro representante de Cristo y de la Iglesia. A esta función y principio responde la admonición que el Código de la Iglesia da a los clérigos, que son quienes la representan: “Los clérigos deben llevar una vida interior y exterior más santa que los laicos y sobresalir como modelos de virtud y buenas obras”[34].

§ 15. b) LA ACTIVIDAD PRIVADA O LIBRE

Cualquier actividad realizada por quienes no forman parte de la jerarquía eclesiástica, por meritoria que sea sobrenaturalmente, lo cual equivale a decir que responde a las gracias que Dios derrama sobre las almas y que, por consiguiente, está enteramente conforme a lo que exige el ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, nunca podrá revestir ese carácter de obra oficial de la Iglesia, porque siempre será obra privada, cuya responsabilidad irá ligada únicamente a la de un particular.

Como se echa de ver, trátase aquí de la actividad de los miembros que se ejerce bajo el influjo de la divina gracia, esto es, de la que en realidad sirve para edificación de la Iglesia y que, por lo mismo, se realiza en completo acuerdo con la acción general del Cuerpo Místico de Cristo.

Con todo, es de notar que en dos ocasiones el miembro de la Iglesia, es decir, el simple fiel, adquiere verdadera representación de la Iglesia por voluntad del mismo Jesucristo, por lo que, con su actuación dentro de los límites que se dirán, actúa la Iglesia, pone un acto público u oficial de ese organismo llamado Cuerpo Místico de Cristo.

En efecto, en la administración del sacramento del bautismo y en la del matrimonio, el simple fiel puede ser, en el primer caso, y necesariamente es, en el segundo, el ministro que confiere dichos sacramentos; él asume la representación de Cristo y de la Iglesia desde el momento que se propone hacer y hace lo que con aquellos actos quiere hacer la Iglesia. El acto que él pone ora cuando dice: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, al tiempo que infunde el agua sobre el que se bautiza, ora dando y recibiendo el consentimiento matrimonial, se atribuye a la Iglesia. Por voluntad del mismo Jesucristo, todo hombre obtiene esa representación al objeto de facilitar el ingreso en la Iglesia; como también los que se unen en matrimonio cristiano simbolizan y representan la unión de la Iglesia con Cristo. El ministro de estos sacramentos, aun siendo simple fiel, y, para el bautismo, incluso también pagano, actúa como representante oficial de la Iglesia y obtiene directamente de Jesucristo esa representación al disponerse a hacer lo que hace la Iglesia en semejantes actos.

Excepcionalmente, un simple fiel obraría en nombre de la Iglesia si obtuviese del Romano Pontífice participación de la potestad pública eclesiástica para determinados actos. Así, actúan por especial disposición pontificia y concordada, que es derogación parcial de la disciplina común eclesiástica, los jueces seglares italianos que conocen de las causas eclesiásticas de separación conyugal, cuyas sentencias, siempre que sean a tenor de las leyes canónicas, son decisiones de la Iglesia[35]. A tales jueces, que son instrumentos de la Iglesia y portadores oficiales de su voz y potestad jurisdiccional, les incumbe el deber de ser no sólo miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, sino el de exteriorizarse en todo momento como representantes dignos y santos de la Iglesia, ya que, al participar de esa potestad judicial que es de derecho divino, obtienen también mayores gracias y luces sobrenaturales para cumplir con su cometido que redundan en el bien espiritual de su alma. A quien recibe comisión o delegación de la Iglesia no le faltará una ayuda especial del cielo para que todo se haga para edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

Pero además de esa representación eclesial de orden jurídico-canónico, existe la representación, que puede ser conferida por la Iglesia jerárquica, incluso a seglares, de índole moral y espiritual con eficacia en la vida religioso social. Aquella representación es formalmente jerárquica; esotra, en cambio, carece de potestad pública, porque no va aneja al mandato o misión canónica con que se otorga.

Reservamos para más adelante abordar el tema de la representación moral y espiritual, por la que los simples fieles pueden representar a la Iglesia, no para poner actos de orden jurídico, sino sólo ante Dios y en el orden moral.

Ahora bien, existiendo en la Iglesia esas dos actividades: la del ser moral o cuerpo místico como tal, que es pública u oficial, y la que corresponde a cada fiel o miembro de la Iglesia, que, como se ha expuesto, es de orden privado, interesa indagar a qué género de actividad pertenece la de la Acción Católica. ¿Es de carácter oficial o público su apostolado o, a la inversa, es privado? El apostolado de la Acción Católica, siendo oficial por el mandato o misión canónica que reciben sus miembros, no lleva involucrado ejercicio de potestad jerárquica.

Aunque ya sepamos qué resolución se da a ese dilema, interesará exponer las razones por las que se llega a dicha conclusión.

[1] Summa Theol., 1-2, q. 58, 3 ad 5; q. 61, 1 ad 2; q. 62, 1.

[2] De Trinitate, 15, 24: ML 42, 1088.

[3] Summa Theol., 1, q. 38, 2 c; q. 43, 5 ad 1.

[4] Rom 8 14, 17.

[5] Ps 142 10.

[6] Summa Theol., 1-2, q. 68, 2 c.

[7] Sabiduría, entendimiento, ciencia, prudencia y arte.

[8] Summa Theol., 1-2, q. 68, 8 c.

[9] Summa Theol., 2-2, q. 8, 6 c.

[10] Summa Theol., 2-2, q. 52, 1 c.; q. 121, 1 c.; 3, q. 7, 5 c.

[11] Summa Theol., 1-2, q. 68, 4 c.

[12] 12.      Tim 2 5.

[13] 13.      Ps 109 4.

[14] 14.      Ac 1 15-26.

[15] 15.      Ac 9 1 s.

[16] 16.      Ac 10 9 s.

[17] 17.      Me 16 17.— 1 Cor 12 7 s.

4 S. MARCH • Teología.

 

[18] 18.      Mt 16 18-19.

[19] 19.      Mt 28 18-19.

[20] 20.      1 Cor 14 29. — Véase: I. A. ZEIGER, Historia inris canonici: vol. n. De historia institntorum canonicorum, Roma, 1940, p. 35.

[21] 21.      S. IRENEUS, Adversus haereses, 5, 18, 2: MG 7, 1173. — ORÍGENES, Contra Celsum, 6, 48: MG 11, 1373. — S. AUGUSTINUS, Enarrationes in Psalmos, 90, 2, 1: ML 37, 1159; id., Sermo, 267, 4, 4: ML 38, 1231; id., De agone christiano, 20: ML 40, 301. — Sancti Thomae Aquinatis Doctoris Angelici opera omnia, Parma, 1852, s., 11, 451; Id., De vertíate, q. 29, a. 4.

[22] 22.      J. MADOZ, La Iglesia de Jesucristo, Madrid, 1935, p. 239.

[23] 23.      Is 5 1-7. — Ez 15 2-6. — Ece 24 25.

[24] 24.      Ioh 15 1, 5-6.

 

[25] 25.      Ac 9 1-5.

[26] 26.      Col 1 18.

[27] 27.      1 Cor 12 12 s.

[28] 28.      J. M. SCHEEBEN, Los misterios del cristianismo, trad. de A. Sancho, Barcelona, 1953, p. 391.

[29] 29,      Gal 2 20.

[30] 30.      1 Cor 14 2.

[31] 31.      1 Cor 14 26.

[32] 32.      J. M. SCHEEBXN, o. c., p. 372, nota 7.

[33] 33. No está por demás advertir el significado equívoco que tiene en la disciplina canónica el término “público”. Unas veces expresa lo que ‘es externo, visible o que puede probarse ante la sociedad; otras, indica lo que se realiza con potestad sagrada, En este último sentido se habla en el texto de apostolado público de la Iglesia.

[34] 34 C. 124.

[35] 35, Concordato da Petrán, art, 34 | 3; AAS 21, 351.

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