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Una iglesia de laicos

UNA IGLESIA DE LAICOS

Juan A. Estrada

La Iglesia son los curas, es decir, el papa, los obispos y los religiosos (as). Esta ha sido la mentalidad dominante durante siglos y la que todavía hoy se expresa en el lenguaje eclesiástico y en la conciencia popular. El sacerdote es el que representa a la Iglesia, es decir, toma las decisiones en nombre de todos y, a lo más, se puede asesorar por algunos seglares que colaboran en las parroquias y en los movimientos apostólicos. Esta mentalidad ha sido oficial hasta el concilio Vaticano II. Desde entonces, se encuentra constantemente erosianada e impugnada, tanto por la teología como por la vida de la Iglesia, aunque mucha gente no se ha enterado todavía, o no quiere enterarse, del profundo cambio eciesiológico que se ha producido.

1. Una nueva manera de entender la Iglesia

Por una parte, la Iglesia ha redescubierto la misión. Hoy las misiones no son ya los países del tercer mundo, sino las calles de nuestras ciudades, los centros educativos y las familias. Vivimos en una sociedad secularizada y crecientemente emancipada del influjo de la Iglesia y del mismo evangelio. Abundan los paganos bautizados, es decir, aquellos que en la práctica han prescindido de los valores del evangelio en su vida y que reducen su contacto con la Iglesia a algunos momentos puntuales (bautismo, primera comunión, matrimonio y funerales) o a algunos actos religiosos específicos (procesiones, romerías, peregrinaciones, fiestas, etc). Las viejas cristiandades son hoy tierra de misión y la reevangelización de Europa es el reto para las Iglesias.

El seglar, es decir, el cristiano que vive en el mundo, es hoy el agente primero y preferente de esta evangelización con los no cristianos, los bautizados no creyentes y los mismos cristianos (Redemptoris Missio 33). Hay que crear un renovado tejido social del cristianismo que favorezca la identidad eclesial y evangélica de los cristianos. Hoy no se es cristiano por inculturación en Occidente, ni por presión social, ni siquiera por el influjo de la educación (en la que o no hay formación religiosa o ésta no responde a las necesidades catequéticas y formativas de la fe cristiana).

La familia sigue siendo el primer lugar del crecimiento de la fe, desde una educación basada en el testimonio y en la interpelación, más que en la información religiosa y en la imposición doctrinal o moral. Necesitamos testigos de Dios que hablen de él en función de su propia experiencia y vivencias, en lugar de basarse en lo que han leído, escuchado o aprendido. Más que recitar doctrinas sobre Dios hay que comunicar itinerarios biográficos, búsquedas personales, dudas e interrogantes desde las que Dios se ha convertido en el referente fundamental de la propia vida.

El laico es el testigo de Dios en la sociedad, el misionero, que no puede confundirse con el proselitista. No se trata tanto de incrementar el número de los miembros de la Iglesia, cuanto de vivir, de tal manera que se testimonie una identidad cristiana. Ser cristiano no es ser alguien sin pecados (esa es la mentalidad farisaica que critica el evangelio), sino esforzarse por vivir en sintonía con Jesús. Hay que «recrear» y «reinventar» el evangelio en cada época histórica, de acuerdo con cada personalidad y circunstancia. Desde ahí surge <<el testigo>> que intenta vivir el seguimiento de Jesús desde la creatividad del Espíritu, que habita en cada persona. No se transmiten tanto credos y doctrinas cuanto convicciones y experiencias, actitudes y valores que forman parte de la propia identidad.

Surge así el testimonio ante los propios hijos, familiares y amigos, a los que se manifiestan las convicciones que dan sentido a la propia vida. No sólo hay que dejar a los otros una herencia material, sino también los valores y las orientaciones que han dado sentido a la propia vida. Esto forma parte de la misión laical de los padres, los educadores y otros agentes eclesiales.

Aparece así la testificación pública de la fe, perdiendo el miedo y la vergüenza a presentarse ante los demás como cristianos. Un gran problema para la misión de la iglesia son los cristianos vergonzantes, que pretenden reducir la fe a su vida privada, a costa de su actuación pública. Esto no es simplemente lo que se espera del clero, sino que hay que demandado a cada cristiano, siendo los seglares los testigos privilegiados en las realidades mundanas y temporales.

1.1. La misión determina a la Iglesia

Se ha dado también un descentramiento de la misma Iglesia. Lo importante es anunciar y construir el reinado de Dios en el mundo, es decir, que los pobres, los enfermos y los pecadores reciban la buena noticia del evangelio. Jesús vino a devolvernos la esperanza, a fortalecernos ante la experiencia del mal y del sufrimiento, y a enseñarnos que el amor a Dios y a los demás son las dos caras de una misma realidad. Para Jesús no hay separación entre lo natural y lo sobrenatural. Hay que ayudar a los demás corporal y espiritualmente, combatir el pecado que genera miseria humana y empobrecimiento espiritual, y denunciar las estructuras injustas de la sociedad y de la religión.

Jesús viene a ofrecernos una manera nueva de vivir, a construir una fraternidad en la que el hombre deje de ser lobo del hombre y a mostrarnos a un Dios paterno y materno, compañero y amigo, que nos llama a asumir nuestra libertad y a seguir un camino en el que nos ha precedido Jesús. A partir de ahí, no es posible separar ya lo humano y lo divino, lo natural y lo espiritual.

Hay que humanizar a Dios, viéndolo en el rostro del prójimo, y divinizar lo humano, evaluando y discerniendo los signos de los tiempos a la luz del mensaje del Reino de Dios. No hay que poner la identidad cristiana tanto en las prácticas sacramentales y la frecuencia en las devociones, que son necesarias como fuentes de la identidad y creatividad espiritual, cuanto en la forma de vivir y de relacionarse con uno mismo, con los demás y con Dios. Ser bueno y misericordioso ante la miseria propia y ajena es más importante que ser piadoso y religioso, aunque la piedad y la religión deben ser la plataforma que potencia la capacidad de darse a los demás.

No hay que confundir el fin con los medios, como ocurre a los padres que se lamentan del distanciamiento religioso de sus hijos, que tienen pocas prácticas sacramentales y devociones, y, en cambio, no valoran adecuadamente la capacidad de bondad, de entrega y de servicio a los demás que, a veces, muestran. La piedad está al servicio de la vida cristiana, basada en el amor a Dios que pasa por la entrega a los otros, por eso debe fomentarse y ayudarla a madurar. Pero piedad y vida cristiana no son lo mismo, como tampoco la religiosidad suple la entrega a los demás.

El seglar ha sido siempre receptivo a la dimensión humana del evangelio. «Todo lo humano es nuestro» proclamaban los cristianos en los siglos II y III. Allí donde hay valores genuinamente humanos, ahí está Dios. Por eso, el criterio fundamental del reinado de Dios son las relaciones personales (Mt 25, 31-46) y no el cumplimiento de algún precepto religioso. En última instancia, la forma de reaccionar ante las situaciones humanas (tuve hambre, sed, estuve enfermo, me encontré sólo y abandonado, etc.) es lo que decide la pertenencia al Reino, y no simplemente la incorporación a la Iglesia.

En la Iglesia, ni están todos los que son ni son todos los que están. De ahí la mezcla de signo y contrasigno que constituye la historia de la comunidad eclesial. Una teología del laicado no puede construirse en base a un conjunto de devociones y prácticas religiosas, sino desde la forma de relacionarse con las cosas y las personas. Cuando más se muestra la identidad cristiana no es precisamente cuando nos relacionamos con Dios, sino en nuestra forma de percibir y valorar las realidades de la creación.

Hay que completar por ello el eslogan del humanismo cristiano “todo lo humano es nuestro, pero nada inhumano nos es indiferente”. De ahí surge el compromiso de fe que lleva a la lucha por la justicia y a la defensa de los derechos humanos. El Reino de Dios no es algo espiritual que pasa por encima de las realidades históricas. La santidad se traduce en un crecimiento humano, porque Jesús viene a enseñarnos a ser personas. No todo lo humano es cristiano porque hay formas de vivir incompatibles con el evangelio, pero todo lo cristiano es humano, porque Jesús nos muestra un camino en las encrucijadas de la vida, una forma de reaccionar ante los acontecimientos, que es la que lleva a que el reinado de Dios se haga presente en la sociedad humana. Primero a partir de Jesús, luego desde los suyos, cuando se esfuerzan por vivir y establecer relaciones que testimonien la fraternidad humana y la filiación de todos respecto del Dios universal, el Padre de Jesús.

1.2. Humanizar el espíritu, espiritualizar lo humano

Junto a esto surge una nueva espiritualidad. Durante mucho tiempo, la espiritualidad, es decir, los distintos modelos de vida cristiana inspirados por el Espíritu, seguían las pautas de la vida religiosa. Las distintas órdenes y congregaciones religiosas han seguido la línea de que hay que renunciar al mundo (y a las realidades temporales como el dinero, la profesión o la política), dar prioridad a la oración y a la contemplación, y dedicarse al apostolado desde la movilidad que ofrece el celibato y el voto de castidad.

La doble imagen de Marta y María, es decir, de la actividad y la contemplación, se resolvía en favor de la segunda, a la que se subordinaba la primera. De ahí, que los modelos de santidad de la Iglesia católica han sido abrumadoramente clericales y religiosos. Los votos de pobreza, de castidad y de obediencia han servido de fundamento para las distintas es cuelas de espiritualidad, que luego se aplicaron a los laicos1.

En la segunda mitad de¡ siglo XX, sobre todo a partir del concilio Vaticano II, ha surgido un nuevo modelo de espiritualidad. Hay que buscar a Dios en el mundo y en la historia. Lo sobrenatural se da en lo natural, lo divino en lo humano y lo espiritual en lo mundano. El cristiano del futuro será alguien que ha experimentado a Dios y que se ha comprometido con los demás (K. Rahner).

No hay que renunciar al mundo, sino ordenarlo según el plan de Dios. Por eso, el matrimonio es un camino tan válido para la santidad cristiana como el celibato, y la renuncia no es el centro de la espiritualidad, sino la acción de gracias y la transformación de las realidades terrenas.

Vivimos en un mundo imperfecto, bueno pero inmaduro y afectado por el pecado. El séptimo día, Dios descansó y comienza la historia. Cada ser humano está llamado a ser cocreador con Dios, colaborando en la creación y aportando su propia contribución a un mundo más humano, más acorde con el plan de salvación y más perfecto.

De ahí, la valoración cristiana del trabajo, de la economía, del arte y de la política, es decir, de los ámbitos profanos en los que tiene que vivir y realizarse el hombre. El laico está llamado a ser instrumento de salvación, ya que Dios no desplaza al ser humano, sino que lo llama a asumir su papel histórico en la transformación del orden de la creación.

Éste es el fundamento mismo de la espiritualidad laical y de las vocaciones laicas. No es verdad que haya crisis de vocaciones en la Iglesia. Lo que ha entrado en crisis es una manera de entender la vocación a la vida religiosa y al sacerdocio ministerial que se ha quedado obsoleta. Mientras florecen y se multiplican las vocaciones laicales cristianas. Esto es también un signo de los tiempos que exige discernimiento e interpela a la Iglesia.

Surge así un modelo de santidad en el mundo de la economía y de la política. No se puede evangelizar la sociedad sin trabajadores, economistas y empresarios cristianos, ni es posible luchar por una construcción evangélica de la sociedad humana si no hay políticos que luchen contra la corrupción y que busquen proteger a los más débiles de la sociedad. La espiritualidad pasa por los ámbitos mundanos, en los que tiene que hacerse presente la fuerza del evangelio. Dios llama a ser cocreadores y corredentores, es decir, a luchar contra el mal y el pecado que cristaliza en estructuras sociales injustas que condenan al ser humano a la marginación, el subdesarrollo y condiciones de vida infrahumanas.

Podemos hablar de una ecología del pecado, según la cual, el pecado del mundo nos afecta y nos condiciona, y nuestros pecados personales contribuyen al mal social y a las estructuras que oprimen a la persona humana. Somos víctimas y culpables al mismo tiempo, de ahí nuestra responsabilidad privada y pública. A partir de aquí, hay que desarrollar aportaciones propias en el orden de la creación y de la redención. La vocación de cada cristiano es irreemplazable e insustituible en el plan de Dios. Nadie puede ocupar el lugar y las circunstancias del otro, que descubre a su prójimo y que se siente concernido por cuanto oprime al hombre.

“Nada inhumano nos es indiferente”, porque es Dios mismo quien nos llama a reconocerlo en el rostro del otro y quien interpela nuestra inteligencia y libertad para ponerla al servicio de su plan de salvación. Si el mundo está mal y hay mucho sufrimiento evitable, no es Dios el culpable, sino la humanidad, y, entre ella, los cristianos y la misma Iglesia. Es el valor divino de lo humano, responder a Dios sirviendo a los demás.

Así se resume el núcleo mismo de lo que significa la identidad cristiana en un mundo secularizado pero capaz de captar la salvación. Los no cristianos la ven sólo como emancipación y liberación humana, porque no son capaces de descubrir al Dios que actúa con y desde el hombre en favor de los demás. Para el cristiano, es Dios mismo quien actúa por medio de sus profetas y testigos.

Por eso, Teresa de Calcuta no fue sólo una mujer buena y entregada a los demás, sino un testigo de Dios en el mundo de hoy, a pesar de sus limitaciones humanas, de su falta de cultura política y económica, e incluso de sus posibles contradicciones como figura pública. Fue testigo de Dios, porque él fue la fuente y el origen de su misericordia para con los más pobres.

El pecado no es tanto una acción puntual e individual -en la mayoría de los casos fruto de la debilidad y fragilidad humana, más que una decisión deliberada de rompimiento con Dios-, cuanto una acción relacional que repercute en los otros. “La gloria de Dios es que el hombre viva y crezca” (S. Ireneo de Lyon). El pecado es lo que impide crecer y vivir a uno mismo y a los demás, todo aquello que se convierte en un obstáculo para el plan de Dios que siempre es la vida humana.

Cada cual tiene que interrogarse por lo que impide el crecimiento y la vida propia y ajena. Dios no quiere sacrificios humanos a mayor gloria de Dios, sino que el Dios cristiano viene a darse a los hombres, para que éstos tengan vida. Por eso es la misericordia y no el sacrificio el núcleo de la identidad cristiana. El sacerdocio de Jesús es el de una vida toda ella consagrada al amor y la misericordia. Supo generar vida a mayor gloria de Dios y encontrar a Dios en medio de las acciones humanas. En esto consiste la gloria humana, en encontrar a Dios en la historia y en la vida (S. Ireneo de Lyon).

Este es el centro mismo de la existencia sacerdotal cristiana, que es la laical, y a la que tiene que servir el ministerio sacerdotal. Hay que encontrar a Dios en la vida, percibir la trascendencia en la propia historia, asumir los conflictos y los avatares relacionándolos con Dios. Así surge un Dios trascendente y encarnado, tan humano en Jesús como sólo podía ser Dios, tan divino cómo para generar esperanza y ganas de vivir.

Para ello no hay que apartarse del mundo, al contrario, hay que volver siempre a él y convertirse en representante de Dios ante los hombres (desde la oración, la experiencia de fe, la participación en los sacramentos y la confirmación de la comunidad). También, en interpelante ante Dios, en nombre de la humanidad, presentando a Dios las angustias, temores y expectativas de todos los hombres.

Así surge una oración que brota de la vida y que lleva a ella, una experiencia de fe que se expresa en los sacramentos y que se expresa en los sacramentos y que sacramentaliza toda la vida, y una forma de ser personas desde la hondura de lo humano que es lo que nos muestra la identidad cristiana2. Esta es la vocación laical por excelencia. Permite ser contemplativo en la acción y comprometido en la oración, sacralizar todo lo profano, relacionándolo con Dios (al que incluso se encuentra  entre los pucheros, como afirmaba Teresa de Jesús), y mundanizar el Espíritu (haciéndolo presente en las realidades de la vida). Dios nos llama a vivir con hondura las realidades humanas y a encontrarle en el centro mismo de la existencia de cada persona (S. Agustín).

Estos tres cambios fundamentales: una nueva idea de la misión de la Iglesia, una vuelta a la proclamación y construcción del reinado de Dios en la sociedad humana, y una manera distinta de concebir la espiritualidad han convergido en la teología del laicado. La teología de los laicos irrumpe hoy en la eclesiología e impregna todos los ámbitos de la misión de la Iglesia. El paso a los laicos no obedece a una moda coyuntural, sino a un replanteamiento teológico, eclesiológico y misional.

2. ¡Paso a los laicos!

En el viejo código de Derecho canónico se definía a los laicos como los no-sacerdotes y no religiosos, es decir, se les describía por lo que no eran. Dado que el sacerdote y el religioso eran los representantes por antonomasia de la institución eclesial, se veía a los laicos como objeto de la misión pastoral de la Iglesia, identificada con el clero y la vida religiosa.

A partir del concilio Vaticano II ha cambiado radicalmente esta teología. El sacramento de consagración a Dios no es el del Orden, sino el Bautismo y la Confirmación (que inicialmente eran un único sacramento que generalmente se administraba a los adultos). Los consagrados en la Iglesia de Jesús son los bautizados («cristianos», es decir, otros Cristos, otros ungidos por el Espíritu), mientras que los no consagrados son los que todavía no han recibido el mensaje cristiano. La Iglesia antes que una institución es una comunidad de discípulos y el bautizado es el vicario de Cristo (el representante de Cristo en el mundo), enviado por él y fortalecido con la fuerza de su Espíritu (confirmado).

A partir de ahí, el laico es el cristiano sin más, el que no necesita más descripciones, predicados ni especificidades. Hay que definir lo que es un presbítero, diácono u obispo (es decir, cómo impregna el sacramento del Orden a la vida bautismal y qué exigencias le plantea), y hay que fundamentar la vida religiosa como otra forma de seguimiento de Jesús (y no como el único camino a la santidad y la perfección), pero el laico es el bautizado, el otro Cristo que no necesita ulteriores definiciones3.

2.1. Consagrados a Dios por el bautismo

A partir de aquí, el laico se convierte en el prototipo del cristiano (capítulo II de la Lumen Gentium) y la mundanidad o secularidad es su rasgo más específico (capítulo IV), aunque no sea su dimensión exclusiva. En cuanto experto en mundanidad y en cuanto miembro activo de la Iglesia, tiene el derecho y el deber de manifestar su opinión sobre todos los asuntos de la Iglesia (LG 37), incluido el derecho a la opinión pública, de participar en su vida interna (LG 33) y de constituirse en la vanguardia de su acción misionera (LG 36), alcanzando así su mayoría de edad en la Iglesia (LG 37).

Esto implica un cambio en profundidad de toda la Iglesia, otra manera de plantear las parroquias, los movimientos apostólicos y las comunidades, y una nueva forma de entender la relación entre el clero y los seglares.

Es toda la iglesia la que es apostólica, no sólo los clérigos. Por eso, la iglesia en cuanto comunidad universal y local tiene una pluralidad de ministerios (clericales y laicales) y de carismas, sin que haya oficios que sean monopolio del clérigo.

El laico puede ser el ministro del bautismo (canon 230 &3; 861 &2), el testigo oficial que presida el sacramento del matrimonio (canon 1112), cuyos ministros son los laicos contrayentes, y el que asuma funciones pastorales, incluido, en caso necesario, la dirección y animación de las parroquias y comunidades (canon 517 &2). El cura ya no es el ministro que tiene todas las funciones, ni tampoco una figura aislada al margen de la comunidad.

Pasamos de una teología individualista y centrada en las potestades y autoridad del ministro, a otra comunitaria, participativa y misional. El ministro que preside una comunidad, generalmente tras recibir el sacramento del Orden, debe valorarse desde su función de animador de ésta, desde su capacidad de revitalizarla y orientarla, y desde su capacidad misional que es constitutiva de su ministerio.

En la Iglesia antigua había una gran cantidad de ministerios, suscitados por el Espíritu, sin que se diera una concentración en el clero y mucho menos un monopolio. Desde el Vaticano II, la “Ministeria quaedam” (1972) de Pablo VI interpela a la creatividad eclesial en favor de una desclericalización de los ministerios, de una cogestión y participación laical, incluida la formación de un consejo de pastoral (canon 536) y un consejo económico en las parroquias (canon 537), que descargue al clero de funciones que pueden ser asumidas por los laicos.

El presupuesto de una Iglesia más laical y participativa depende de los mismos laicos, de su formación y preparación teológica, que es el requisito indispensable para una cogestión en las parroquias y en los movimientos apostólicos, y de su disponibilidad y creatividad para asumir responsabilidades en lugar de delegarlas en el clero.

El problema de una iglesia laical es similar al de una Iglesia con participación creciente de las mujeres. Hay que superar el clericalismo y el machismo reinante, tanto entre el clero como entre los mismos laicos. Se trata de un cambio de mentalidad, de un nuevo paradigma teológico, que exige tiempo, renovación generacional y, sobre todo, un cambio de actitudes y de mentalidades. De ahí, las inevitables resistencias al cambio, el peso de la inercia y la desesperanza de los que captan la lentitud de los cambios y la resistencia de la misma Iglesia en su conjunto, especialmente en los ámbitos de mayor edad y responsabilidad jerárquica, para esta transformación del marco eclesiológico.

Hoy vivimos una época de transición entre un modelo en declive de la Iglesia, el que se construyó a partir de Trento y que culminó en el Vaticano I, y otro todavía balbuceaste e inmaduro que se inspira en la época neotestamentaria y patrística, es decir, en los orígenes del cristianismo.

2.2. un nuevo marco eclesial

Pasamos así de una eclesiología basada en la desigualdad (la Iglesia como una sociedad perfecta y desigual, en la que unos mandan y otros obedecen, unos enseñan y otros aprenden) a otra basada en la fraternidad y la igualdad, que permite la estructuración de una multiplicidad de carismas y ministerios. Cada uno sirve a la Iglesia en cuanto miembro de ella.

Todos somos iguales desde el carisma y el ministerio recibido (que es un don y un imperativo, una gracia y una tarea), siempre en un contexto comunitario. La Iglesia es la «familia de Dios», y, en ella, el lugar del padre queda vacío para Dios y su Cristo.

Toda paternidad y maternidad en la Iglesia se realiza desde la común dignidad cristiana, en la que todos somos iguales y el papa no es más cristiano que el último de los laicos. Esa paternidad y maternidad espiritual implica, sin embargo, la diversidad de tareas y ministerios, siempre en función del don recibido, de la elección comunitaria y de la consagración o institución en el correspondiente ministerio. Todo don de Dios es también una responsabilidad y una tarea que hay que asumir en la comunidad.

Es toda la comunidad la que discierne y evalúa (lTes 5,19-22) y no sólo una parte de ella (la jerarquía). La Iglesia se constituye así en sacramento del Reino de Dios, es decir, “en germen y principio de este Reino” (LG 5). Para ello, la Iglesia tiene que ser un lugar de encuentro entre Dios y el hombre, que es lo que constituye a los sacramentos, desde una fraternidad en la que el ministerio es servicio y no dominio, los destinatarios preferentes los miembros más débiles, y los consagrados el conjunto de los cristianos.

La ausencia de dominio es la otra cara de la fraternidad eclesial, en la que cada carisma es un servicio y no simplemente una potestad, una tarea y no sólo una dignidad. Así la Iglesia se constituye en signo de comunión para una humanidad plural, conflictiva y frecuentemente enfrentada. La unidad no equivale a la homogeneidad ni a la uniformidad, sino a la comunión desde el respeto a la diferencia, la pluralidad de identidades cristianas inculturadas y la común pertenencia a la Iglesia universal, que es una comunidad de comunidades.

Si la obediencia era la virtud cardinal de la vieja eclesiología, el discernimiento (individual y comunitario) es la base de la nueva eclesiología. De ahí, el respeto a la propia conciencia, la necesaria cooperación con la jerarquía (LG 33), que pasa también por la interpelación, la representación y en caso dado la crítica respetuosa y bien fundada y la aceptación de que son los laicos los que mejor pueden juzgar los asuntos temporales (LG 37), precisamente porque viven inmersos en el mundo y no apartados de él.

La contradicción surge cuando se quiere integrar esta orientación a en la vieja eclesiología, en la que el clero se convertía en la instancia definitoria de lo que había que hacer en el mundo, a pesar de vivir segregado de los ámbitos seculares, relegando a los laicos a aplicar sus principios y orientaciones4.

El precio de este dualismo era el irrealismo y la falta de operatividad de muchas orientaciones eclesiásticas (en el ámbito de la familia, de la sexualidad, de la política, del dinero); el de la culpabilización de los laicos (incapaces de llevar a cabo estas orientaciones desencarnadas y poco atentas a los contextos y situaciones históricas); y el de la permanente minoría de edad del laicado Esta postura tradicional es la que hace comprensible el “creo en Dios, pero no en la Iglesia”, identificando a ésta misma con el clero que es una parte de ella pero nunca puede identificarse ni sustituir a la comunidad de los creyentes.

De esta forma el laico dejaba de ser el concepto matriz de la eclesiología, consagrado y miembro del pueblo de Dios, para adquirir una connotación sociológica, la de inculto, falto de formación teológica y miembro de la plebe que necesita ser orientado por la cúspide jerárquica. Es lo contrario a la eclesiología de comunión de los primeros siglos, establecida de forma ejemplar por San Cipriano de Cartago, que defendía que había que consultar a toda la comunidad en los asuntos que concernieran a los laicos y al conjunto de la Iglesia.

Y es que el mismo concepto de Iglesia significa pueblo en asamblea, congregación, reunión de los creyentes convocados por Dios y enviados al mundo. Sólo desde ahí, es posible un laicado mayor de edad y una jerarquía enraizada y apoyada por la comunidad a la que representa y sirve desde el ministerio de dirección pastoral.

Por eso, la Iglesia es católica, es decir plena y universal, cuando es capaz de asumir las diferencias y canalizar los inevitables conflictos que genera una sociedad pluralista desde el discernimiento y la comunión. Ya no es simplemente la obediencia y la sumisión a la jerarquía lo que caracteriza a los laicos, sino la capacidad de discernimiento personal y de evaluación comunitaria, desde los criterios del amor y de la atención a los miembros más débiles de la comunidad.

Un laicado creativo, mayor de edad y consciente de su responsabilidad eclesial es la alternativa eclesiológica para el siglo XXI. Los mismos ministros, clericales o laicos, deben ser elegidos teniendo en cuenta esa capacidad para el diálogo, su atención preferente por los miembros más débiles y su testimonio ante e mundo de la increencia y de la indiferencia religiosa. Difícilmente puede ser la Iglesia signo del reinado de Dios en el mundo si no puede mostrar que hay formas de vivir la pluralidad que no son incompatibles con la unidad entendida como comunión.

La eclesiología de comunión es por ello el marco de una renovada teología del laicado, ambas se relacionan y dependen la una de la otra. Al cambiar al laicado transformamos a la misma Iglesia y al modificar el modelo eclesiológico replanteamos la teología del laicado. En buena parte aquí se juega el futuro del cristianismo en el siglo XXI.

El laicado es el gigante dormido de la Iglesia católica, su mayor esperanza evangelizadora y renovadora, la vanguardia del cristianismo en el tercer milenio. Esta renovación de los laicos es también la que permitiría replantear el ministerio sacerdotal y los diversos grados del sacramento del orden.

No se trata de proponer una iglesia laical a la meramente clerical, sino de recuperar la corresponsabilidad de laicos y clérigos en el contexto del pueblo de Dios, reequilibrando la eclesiología que se ha desarrollado en el segundo milenio. Por eso, el futuro pasa por los laicos, que constituyen el gran reto y la gran esperanza cristiana del futuro para el tercer milenio.

Juan A. Estrada

Misión Joven, Noviembre 1997, pgs. 5-13

1 Cf. J.A. ESTRADA, La espiritualidad de los laicos, Ed. San Pablo, Madrid 1992, 75-151.

2 He intentado desarrollar este modelo de oración en J.A. ESTRADA, Oración: liberación y compromiso de fe, Ed. Sal Terrae, Santander 1986, 253-299.

3 Cf. J.A. ESTRADA, La identidad de los laicos, Ed. San Pablo, Madrid 1990, 153-166.

4. Cf. R. PARENT, Una Iglesia de bautizados, Ed. Sal Terrae, Santander 1987, 43-68.

Categorías:Laicos

Acción Católica, el “seminario” de los laicos diocesanos

Acción Católica, el “seminario” de los laicos diocesanos

José Manuel Marhuenda Salazar. Consiliario General de ACG

Publicado en la Revista VIDA NUEVA

http://www.accioncatolicageneralsevilla.es/

 

En la Asamblea Constitucional de la Acción Católica General (ACG), celebrada en Cheste en 2009, Salvador Pié-Ninotdescribía así el recorrido histórico de la Acción Católica: “La AC no se presenta como una asociación más de laicos entre otras, sino que al gozar de un vínculo peculiar con la jerarquía, formulado como ‘mandato’ [AA 20], y explicitado más acertadamente como ‘una particular relación con la jerarquía’ [ChL 31], adquiere un valor oficial y público en la Iglesia, y así goza de una eclesialidad más institucional. Por eso, Pablo VI y Juan Pablo II, la describían siempre como ‘una singular forma de ministerialidad eclesial’. ¿Y qué significa esta ‘singular ‘forma de ministerialidad eclesial’? Significa que, tal como afirman los obispos: ‘La AC no es una asociación más, sino que en sus diversas realizaciones -aunque pueda ser sin estas siglas concretas- tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de ‘los laicos de la diócesis’, como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana’ [CLIM, 95]. En efecto, así como a nivel territorial la diócesis se estructura fundamentalmente en parroquias, de forma similar la AC tiene la vocación de agrupar habitualmente ‘los laicos de la diócesis’. Y esto no es fruto de un carisma fundacional o de un privilegio específico de este grupo, sino que surge de la misma teología de la Iglesia diocesana y de la necesidad que tiene de estimular y asegurar su misión evangelizadora en el mundo por medio de sus laicos”.

Bien se puede deducir que esa vinculación estrecha para hacer posible la promoción del laicado diocesano por parte de los obispos ha significado una apuesta de la Iglesia por la AC. Y esta apuesta la podríamos comparar con el seminario diocesano.

En una diócesis podemos encontrar el seminario diocesano y también noviciados de órdenes religiosas. Los obispos tienen la obligación de cuidar y potenciar sus seminarios. No así los noviciados, que dependen de las órdenes religiosas. Y no hace falta indicar que el que los obispos cuiden y potencien el seminario diocesano no supone un desprecio a los noviciados.

A mí me gusta llamar a la ACG el “seminario de los laicos”, pues como dicen los obispos en Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo (CLIM),“la AC no es una asociación más, sino que en sus diversas realizaciones -aunque pueda ser sin estas siglas concretas- tiene la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de ‘los laicos de la diócesis’, como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana”. (95)

La AC no tiene un fundador con un carisma específico. Como indica Pié-Ninot, su identidad “surge de la misma teología de la Iglesia diocesana y de la necesidad que tiene de estimular y asegurar su misión evangelizadora en el mundo por medio de sus laicos”. Por eso, la AC no tiene sus propios y particulares objetivos apostólicos, no puede tener otro objetivo apostólico diferente del fin global de la Iglesia, la evangelización, que ha de poner en práctica a través de los planes pastorales y prioridades que le marca la Iglesia, y concretamente la propia diócesis.

De ahí que la 4ª Nota definitoria de la AC señale la comunión orgánica con el ministerio pastoral. Se subraya de este modo que las cotas de comunión necesarias para toda asociación de fieles cuya finalidad es el apostolado, adquieren en la AC un mayor nivel, que surge como voluntad de una mutua y explícita implicación entre los pastores y el laicado para llevar adelante la misión de la Iglesia. De ahí que el ministerio pastoral promueva tales organizaciones y adquiera respecto a ellas una responsabilidad especial.

Esta mayor vinculación también significa que el ministerio pastoral se compromete especialmente con la AC, “asociándola más estrechamente a su propia misión apostólica (…) sin privar, por ello, a los seglares de su necesaria facultad de obrar espontáneamente”.

¿Esto quiere decir que los obispos, por esa vinculación más estrecha con la AC, no estén a favor de las otras formas de apostolado seglar o de los nuevos movimientos? No. Los pastores deben promover y orientar la vitalidad y acción de todas las formas de apostolado; pero en el caso de la AC, es preciso ir más lejos. La AC tiene la vocación de agrupar habitualmente a “los laicos de la diócesis”, y esto significa que, de acuerdo con el espíritu de los textos conciliares, el ministerio pastoral ha de proporcionar a la AC una orientación más concreta sobre las prioridades pastorales, a la programación de actividades y al estilo eclesial de acción. La comunión orgánica con el ministerio pastoral ha de traducirse en un diálogo constante y confiado.

Y del mismo modo que podemos llamar a la AC “el seminario de los laicos”, podemos pensar en los nuevos movimientos como “el noviciado de los laicos”. Estos movimientos han surgido del carisma que el Espíritu ha suscitado en un fundador, con sus propios y particulares objetivos apostólicos. Y así, como ese “noviciados de los laicos”, y desde su carisma concreto, se ponen al servicio de la Iglesia en la diócesis.

Es verdad que no todas las órdenes religiosas están presentes en todas las diócesis, pero sí vemos que en todas ellas se procura que haya un seminario diocesano. Igualmente, es verdad que no todos los nuevos movimientos, por ser tantos y tan plurales en sus carismas, pueden estar presentes en todas las diócesis. Pero la AC, con estas u otras siglas, sí debe de estar presente en todas las diócesis, por tener la vocación de manifestar la forma habitual apostólica de “los laicos de la diócesis”, como organismo que articula a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral diocesana.

Por eso, si decimos que la AC es el “seminario de los laicos” y que los obispos la deben apoyar, cuidar y potenciar, esta afirmación no supone un desprecio ni minusvaloración de los nuevos movimientos, como “noviciado de los laicos”. Todos, como miembros de un mismo cuerpo (cfr. 1Cor 12), nos necesitamos y colaboramos para el crecimiento de la Iglesia.

Pero, del mismo modo que no sería lógico que un obispo potenciase en su diócesis un noviciado concreto en detrimento del seminario diocesano, tampoco cabría en la cabeza que un obispo en su diócesis apoyase a los nuevos movimientos en detrimento de la AC.

Fernando Sebastián en “Evangelizar” (pp. 221-222), escribe: “La importancia que hoy tienen los grupos y movimientos dentro de la Iglesia, hace que el obispo diocesano se encuentre a veces sin saber a quién recurrir para impulsar sus proyectos pastorales: unos sacerdotes están en los movimientos y cumplen sus respectivas consignas, otros forman parte de otras asociaciones parecidas; lo mismo ocurre con grupos importantes de seglares. Todos ellos viven y trabajan ejemplarmente, pero cada grupo responde a sus propios dirigentes y a sus propias consignas: no se sienten afectados por las convocatorias del obispo. Sólo cuando sus respectivos superiores lo recomiendan así, acuden a los actos diocesanos. En estas condiciones las posibilidades de actuación del obispo están muy reducidas y a veces no tiene más salida que ponerse en manos de un movimiento o de una institución particular, distinta de la Diócesis. Si además las parroquias, en vez de imitar el fervor de estos cristianos asociados, viven tibiamente, dominadas por la crítica, más o menos al margen de la comunión diocesana, el obispo se siente impotente para impulsar la vida de la Diócesis. La unidad de vida y acción en nuestras Iglesias es hoy un problema real, a veces un problema agudo, que oscurece la alegría de la comunión eclesial y merma nuestra capacidad apostólica y misionera; bien merecería una revisión de conjunto, humilde y sincera”.

En mi corto recorrido como consiliario general de ACG estoy viendo que en algunas diócesis y entre algunos obispos se ve a la AC como un movimiento más. Ya no la ven como el “seminario de los laicos” de la diócesis, sino como un “noviciado de los laicos”, junto a otros, y sin sentir ninguna vinculación especial hacia ella. Con lo que me surgen preguntas: si la AC deja de ser el “seminario de los laicos” en España, ¿quién se va a ocupar ahora de la formación de los laicos diocesanos que no se identifican con ningún carisma particular, grupo o Movimiento de la Iglesia, sino que son precisamente eso, laicos diocesanos, sin otro “apellido”?

Y, si una diócesis, aunque tenga noviciados de órdenes religiosas, no debe estar sin seminario diocesano para la formación de los futuros presbíteros, ¿puede esa misma diócesis estar sin ese “seminario de los laicos” diocesanos que es la AC?

Como respuesta a la Nueva Evangelización, a la revitalización parroquial, a alentar el dinamismo misionero de la comunidad parroquial, se aprobó el Proyecto de Acción Católica General “A vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2, 22), y hace dos años que la Conferencia Episcopal, en su XCIII Asamblea Plenaria, aprobó sus Estatutos. En “Evangelizar”, Sebastián habla de la Acción Católica Parroquial, y en uno de sus capítulos, el VII, lo titula “A vino nuevo, odres nuevos”. Y si se lee este libro y el Proyecto de Acción Católica General se verá que está en total sintonía, en esa misma clave misionera.

Hay un gran desconocimiento del Proyecto, lo que impide que se pueda apostar por él. Sería muy importante hacer el esfuerzo de conocerlo para hacerlo realidad. Así, todas las diócesis tendrían su “seminario de los laicos diocesanos”, porque en todas ellas, junto a las demás formas de apostolado seglar y los nuevos movimientos, estaría presente la AC para, en comunión con el ministerio pastoral, articular a los laicos de forma estable y asociada en el dinamismo de la pastoral parroquial y diocesana.

Categorías:Accion Catolica

98 Aniversario de la ACJM

12/ags/2011

98 ANIVERSARIO DE LA ACJM

POR JORGE OJEDA RAMÍREZ

Hoy se cumplen 98 años de la fundación de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM). Para quienes sobrevivimos después de haber militado en sus filas, es un día inolvidable, recordamos nuestra juventud, vuelven a nuestra memoria caras de amigos y amistades que perduran, también sentimos tristeza porque no encontramos que la Iglesia Católica Mexicana esté apoyando  o formando una nueva organización que llene su espacio y esté formando una juventud como aquella, que a uno años de su fundación estuviera dándole líderes, sacerdotes, catequistas y mártires.

Se necesitaba en aquel entonces, una organización que le recordara a la juventud que ser joven es una gran responsabilidad, pues los jóvenes tienen la inquietud, la fuerza, la inconformidad con respecto a su mundo y a su tiempo; que a los jóvenes corresponde gritar contra las injusticias, reclamar a los adultos el que no hayan sido capaces de formar un mundo justo y tomar la estafeta: ¡Si tú no lo hiciste, lo haré yo!

El Padre Bernardo Bergöend, S.J. decía al primer Consejo Federal en 1922 que en “el año de 1911…se entretenía con un compañero en hacer consideraciones acerca del porvenir que esperaba a tanta juventud…el pronóstico era más bien desolador…se echaba de ver la más completa falta de ideales que se relacionaran con la Patria y la Religión…urgía, pues…darles una idea exacta de la situación y de sus peligros y prepararlos para desempeñar un papel salvador en los destinos de la Patria.”(1)

No era sólo el Padre Bergöend el preocupado por esta situación, en México, D.F. algunos jóvenes católicos entre los que se encontraban Luis Beltrán y Mendoza, René Capistrán Garza y …, habían fundado la Liga Nacional de Estudiantes Católicos e invitado a otro jesuita, el R.P. Carlos Ma. Heredia para que los dirigiera. Cuando estos jóvenes decidieron invitar a otros para que pertenecieran a la Liga, algunos pronosticaron que fracasarían, porque a la juventud de principios del siglo XX  no le interesaría un grupo así; ellos con valor se atrevieron a invitar a sus compañeros de escuela o de trabajo y ¡oh sorpresa!, en un mundo de carbón, encontraron diamantes, tantos que en poco tiempo fundaron cuatro centros.

El Padre Heredia fue comisionado para otra actividad y debió retirarse; en ese tiempo llegó a México el P. Bergöend y “al tomar la dirección del Centro de Estudiantes Católicos, se encontró con que la mesa directiva estaba discutiendo sus estatutos”, aprovechó para darles a conocer aquella idea que había comenzado a gestarse en Guadalajara, los jóvenes se resistieron al principio, pero acordaron convertir la Liga en la ACJM. No podían haber tomado mejor decisión, pues al transformar su idea de una liga de estudiantes católicos en una Asociación Católica de la Juventud, ampliaban sus horizontes, creando una organización Patriótica y Católica.

Escribe Heriberto Navarrete (2) “El círculo de estudios al cual ingresé estaba formado por unos dieciséis jóvenes…que estudiaban…como yo, su bachillerato…el Centro local…estaba formado por unos quince grupos…que hacían un total aproximado de poco más de doscientos socios.” Heriberto Navarrete participaría después en la guerra cristera y al terminar esta, se hizo sacerdote jesuita.

El 31 de julio de 1926 entró en vigor la “Ley de cultos”, el Episcopado ordenó el cierre de iglesias porque el gobierno del “Presidente Plutarco” al que tanto mencionó Beatriz Paredes como fundador del PRI, expulsaba a los sacerdotes extranjeros, limitaba el número de sacerdotes mexicanos, intentaba crear una Iglesia Mexicana e iniciaba una persecución religiosa que bañó en sangre a México.

Ese fue un momento estelar para la ACJM, los jóvenes formados en sus filas se adhirieron a la Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa unos, otros de plano se unieron al ejército cristero y algunos tuvieron la gloria de verter su sangre y hoy son santos o beatos y por tanto, modelos para la juventud: el “Maestro” Anacleto González Flores, Miguel Gómez Loza y tantos más.

Hoy, 12 de agosto del año 2011, estamos viviendo un tiempo parecido: existe una guerra al pensamiento católico, una exclusión de Dios en los aspectos públicos, una aprobación de aquello que aún la Biblia condena, como la sodomía; hemos llegado al colmo de la burla y de la estupidez, al grado de que ya hasta hay un día para festejar el orgasmo femenino. ¿Y nuestros jóvenes?, en general están más dedicados a hablar por teléfono celular, a abstraerse en la computadora, a visitar antros, a drogarse o a ahogarse en estudios para obtener maestría y doctorados, con el fin de ganar dinero y prestigio. Podemos decir con el Padre Bergöend: Hay que prepararlos para que tengan una idea exacta de la situación y de sus peligros y prepararlos para que desempeñen un papel salvador en el destino de la Patria.

En las Bodas de Oro de la ACJM (1963), llenamos calles, hicimos concursos, trajimos líderes para que homenajearan a los fundadores y a quienes en algún momento tomaron el estandarte. Han pasado 48 años, ¿qué ha sido de aquella institución formadora de mexicanos que lucharon por Dios y por la Patria? ¿Dónde están los jóvenes que darán la cara por su Patria y por su Fe?

De cualquier manera, bendita seas ACJM, benditos sea tus mártires y tus santos, México te debe ahora, porque pagaste tu mexicanismo con tu propia sangre.

1.- Barquín y Ruíz, Andrés; Bernardo Bergöend, S.J. Editorial JUS, México, 1968.

2.- Navarrete Heriberto, S.J. Por Dios y por la Patria, Editorial Tradición, México, 1980

Categorías:ACJM

Agradecimiento de ONIR a la Junta Nacional de la Acción Católica Mexico

Agosto 10 del 2011

Presidentes y Asistentes Eclesiásticos Nacionales

Presidentes y Asistentes Eclesiásticos de Juntas Diocesanas

Presidentes Diocesanos de los Organismos y Movimientos

Asistentes Eclesiásticos Diocesanos

Muy apreciables hermanos:

Les expresamos un afectuoso y cordial saludo, y los mejores deseos para los integrantes de su organismo diocesano.

Con verdadera alegría les comunicamos:

a)    Nuestro agradecimiento a la Junta Nacional por su generoso apoyo a los servicios de la Obra Nacional de Instrucción Religiosa, según lo expresado en la circular No. 2011-14, que seguramente ya obra en su poder.

b)    Ratificar a ustedes el propósito fundamental de este proyecto:

Que todos aprovechemos, para el estudio y la reflexión, el interesante programa cental que se publica en CULTURA CRISTIANA:

–          “La Catequesis del siglo XXI ante los grandes retos del momento histórico”

–          El análisis del docuemento “Verbum Domini” , de Benedicto XVI, sobre “la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”

–          “La Iglesia en México en los últimos 80 años”.

Además de esa trilogía se presenta un conjunto de temas de actualidad orientados a fortalecer la formación cristiana de la persona.

Otro aspecto interesante: es la información sobre los eventos más destacados que realizan las organizaciones de la Accion Católica, como lo podrán apreciar en los últimos números.

c)    Esta iniciativa permitirá un mayor conocimietno de los servicios de la ONIR, por parte de los dirigentes de la AC, de manera que ellos puedan ofrecer una visión crítica de dichos servicios para que respondan mejorar las necesidades de los grupos de la base.

d)    Finalmente, deseamos la bondad de ustedes para considerar este esfuerzo como un “simbólico regalo” que la AC brinda a la ONIR, al cumplir sus 80 años de labor ininterrumpida a favor de la Iglesia y en particular de la Acción Católica.

Nuestra sincera gratitud a ustedes en nombre de los dirigentes de ayer y de hoy, que buscamos afanosamente impulsar la evangelización y la catequesis.

Seguimos adelante, guiados por el Espíritu Santo, en comunión con nuestros Obispos y apoyados en la confianza y la valiosa amistad que ustedes nos muestran.

Un cordial abrazo de sus hermanos en Cristo

Miguel Angel Portillo Solis

Alejandra Osorio Fuentes

Categorías:ONIR

Circular 17 Proceso de Inscripción para la convención Nacional de lideres

Circular: 2011-17

Asunto: Proceso de inscripción para Convención Nacional de Líderes.

8 de agosto de 2011.

 

 

 

Presidentes y Asistentes Eclesiásticos Nacionales

Presidentes y Asistentes Eclesiásticos de Juntas Diocesanas

Presidentes Diocesanos de los Organismos y Movimientos

Asistentes Eclesiásticos Diocesanos

 

Anteponemos un cordial saludo, deseando para ustedes y sus familias, paz y bien. Por medio de la presente les invitamos a retomar y recordar las circulares 3 y 11 que se refieren a la Convención Nacional de Líderes.

 

Fecha:                  28, 29 y 30 de octubre del presente año.

Horario:              Del viernes 28 a las 11:00 horas al domingo 30 a las 16:00 horas. Sede:  Arquidiócesis de Monterrey.

 

 

 

Objetivo: reunir a los dirigentes nacionales y diocesanos para unificar criterios, tomar decisiones importantes y renovarnos con diversas herramientas para implementar el Proyecto Renovador aprobado en la Asamblea.

 

Convocados:

a)   Los Comités Nacionales en pleno de todas las organizaciones.

b)   Los Presidentes de Juntas Diocesanas y dos miembros de la misma que ellos elijan.

c)   Los Presidentes Diocesanos de todos los organismos y movimientos y dos miembros de su equipo. d)   Todos los Asistentes Eclesiásticos Nacionales, Diocesanos y Parroquiales.

 

 

 

Cuota de recuperación: $1,200.00 pesos por participante.

Incluye: 2 noches de hospedaje en hotel en habitación doble (de dos camas), paseo, convivencia, alimentos del viernes al mediodía al domingo al mediodía y por supuesto participación en el programa del evento.

 

Nota: quienes deseen hospedarse una noche anterior o posterior al evento, el costo adicional será de $400.00 pesos por persona por cada noche adicional y            deben solicitarlo por correo electrónico a lideresdeacm@gmail.com, este costo solo incluye hospedaje, todos alimentos fuera del horario y fechas del evento corren por cuenta de cada persona.

 

 

 

Fecha límite de inscripción: viernes 14 de octubre de 2011. No habrá ningún tipo de excepción después de esa fecha.

 

Para una mejor atención el evento será CUPO LIMITADO.

 

 

Requisitos para participar:

1.   Estar teserado y llevar consigo la tésera 2010-2011.

2.   Registrarse y pagar antes de la fecha límite.

3.   Estar presente en el programa completo los 3 días, dentro de los horarios señalados.

4.   Comprometerse a llevar a la aplicación práctica en la diócesis todo lo aprendido.

 

 

 

Procedimiento de inscripción:

 

Para trabajar en unidad y facilitar el proceso la inscripción se hará por Diócesis, para lo cual la Junta Diocesana debe  realizar un solo registro por todos. En donde no haya Junta las organizaciones existentes se deben coordinar y hacer un solo registro.

 

Los pasos a seguir serán los siguientes:

 

1.- Llenar el formato anexo con los datos de los militantes que van a participar, enviarlo por correo a lideresdeacm@gmail.com y en breve recibirán notificación de confirmación. Es importante hacer el registro a la brevedad para asegurar el lugar y programar el pago para más adelante.

 

2.- Al recibir la notificación de confirmación se les proporcionará el número de cuenta bancaria y la cantidad a depositar, teniendo como fecha límite para hacer el depósito el viernes 14 de octubre.

 

3.- Una vez hecho el depósito deberán enviar la ficha escaneada al mismo correo o bien los datos de: importe, fecha, hora y número de autorización, todos esos datos vienen en el tiket que entregan los empleados de las cajas del banco al depositar.

 

4.- Una vez detectado el depósito recibirán el número de confirmación de cada militante y con ese número se presentarán en el evento para recoger material y asignar su habitación de hotel.

 

 

 

Les pedimos de favor difundir esta información, reenviando el correo o imprimiendo para entregar a los militantes que no aun no usan correo electrónico. Rogamos a Dios que derrame abundantes bendiciones en sus familias y en su apostolado, pedimos a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe que los cubra con su manto.

 

Atentamente.-

Junta Nacional 2010-2013

“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”

 

Pbro. Nicolás Valdivia de León

Asistente Eclesiástico de la Junta Nacional

Omar Florentino Peña Briones

Presidente de la Junta Nacional

Categorías:Junta Nacional

Circular 16 Campaña Nacional revista Cultura ONIR

Circular: 2011-16

Asunto: Campaña Nacional “Cultura Cristiana”.

8 de agosto de 2011.

Presidentes y Asistentes Eclesiásticos Nacionales

Presidentes y Asistentes Eclesiásticos de Juntas Diocesanas

Presidentes Diocesanos de los Organismos y Movimientos

Asistentes Eclesiásticos Diocesanos

 

Anteponemos un cordial saludo, deseando para ustedes y sus familias, paz y bien. Nos dirigimos a ustedes  para lanzar la Campaña: “Cultura Cristiana”, la cual consiste en lograr que la mayor cantidad de militantes realicen una suscripción a esta revista editada por la Obra Nacional de Instrucción Religiosa (ONIR).

La revista Cultura Cristiana tiene una doble finalidad:

a)  Dar  una  mejor  formación  a  todas  aquellas  personas  que  quieran  evangelizar  la  sociedad  en cualquiera sus ambientes, militantes y no militantes; con temas de actualidad.

b)  Proporcionar las herramientas necesarias de actualización constante a los militantes para que estén mejor  preparados  para  su  integración  en  el  trabajo  organizado  de  las  áreas  de  pastoral  de  las parroquias  y   diócesis;  es  decir  que  los  militantes  de  nuestra  organización  se  distingan  por  su preparación y actualidad para servicio del Evangelio.

Existe un grupo de editorialistas integrado por sacerdotes y laicos, expertos en los temas tratados, con estudios de maestría y doctorado, para asegurar la calidad de la información publicada.

En cada emisión podemos encontrar cursos, talleres, reflexiones del Evangelio de todo el mes, los acontecimientos más sobresalientes en el mundo y en la Iglesia, y ahora apartados especiales para difundir noticias, temas y materiales de las diversas organizaciones de la Acción Católica.

Conscientes de que la revista Cultura Cristiana es una herramienta de gran valor queremos impulsar su expansión,  por ello se ha hecho un gran esfuerzo para otorgar algún beneficio a todos los que se suscriban durante el mes de agosto.

La suscripción anual tiene un costo de $180.00 pesos.

Todos los que se suscriban dentro de este mes recibirán por parte de la Junta Nacional los siguientes libros como obsequio:

1.– Taller de Espiritualidad (10 temas desarrollados para reuniones).

2.– Taller del Laico (10 temas desarrollados para reuniones).

3.– 2 ejemplares del Estatuto General de la Acción Católica.

Lo anterior tiene un valor de $80.00 pesos, por lo que la suscripción del 2011 estará costando en realidad $100.00 pesos y recibirán todos los ejemplares de este año con los temas del programa anual que les servirán para formación, además de las revistas de lo que resta del año en curso.

El material de obsequio será enviado junto con la próxima revista que reciban luego de la suscripción. Para realizar las suscripciones favor de comunicarse a las oficinas de la ONIR:

Teléfonos: (55) 55-25-06-33 y (55) 55-25-25-97. Correo electrónico: culturaonir@yahoo.com.mx

Además la diócesis que realice más suscripciones en el plazo mencionado recibirá un pase para una persona para la Convención Nacional de Líderes que se celebrará en Monterrey para que se rife entre los militantes, esto  tiene un valor de $1,200.00 pesos e incluye: 2 noches de hospedaje en hotel, alimentos, material y paseos; quien resulte ganador ya solo cubrirá el costo de su pasaje.

Les pedimos de favor difundir esta información, reenviando el correo o imprimiendo para entregar a los militantes que no aun no usan correo electrónico.

Rogamos a Dios que derrame abundantes bendiciones en sus familias y en su apostolado, pedimos a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe que los cubra con su manto maternal, y a San Luis Batis, San Manuel Morales, San David Roldán y San Salvador Lara que intercedan por todos nosotros.

Atentamente.-

Junta Nacional 2010-2013

“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”

Pbro. Nicolás Valdivia de León

Asistente Eclesiástico de la Junta Nacional

Omar Florentino Peña Briones

Presidente de la Junta Nacional

Categorías:Junta Nacional

Circular 15 Dia del Asistente Eclesiatico

Circular: 2011-15

Asunto: Día del Asistente Eclesiástico.

4 de agosto de 2011.

 

 

 

Presidentes y Asistentes Eclesiásticos Nacionales Presidentes y Asistentes Eclesiásticos de Juntas Diocesanas Presidentes Diocesanos de los Organismos y Movimientos Asistentes Eclesiásticos Diocesanos

 

Anteponemos un cordial saludo, deseando para ustedes y sus familias, paz y bien. Es importante recordar que la Acción Católica siempre ha tenido establecida la Fiesta de San Juan María Vianney como el “Día del Asistente Eclesiástico”, es decir el día de hoy 4 de agosto.

 

Por ello nos llenamos de júbilo hace dos años cuando S.S. Benedicto XVI proclamó un Año Sacerdotal bajo el ejemplo e intercesión del Santo Cura de Ars, declarándolo además Patrono Universal de los Párrocos.

 

Por todo lo anterior, hoy más que nunca debemos unirnos en oración por todos los sacerdotes del mundo y muy en especial por nuestros Asistentes Eclesiásticos. Exhortamos a que durante este mes cada grupo parroquial  y  cada  diócesis  programen  momentos  de  espiritualidad  grupal  con  esta  intención  ya  sea  la Celebración de la Eucaristía, Hora Santa, Visita al Santísimo o Rosario.

 

Y por supuesto una felicitación a todos los Sacerdotes que impulsan, promueven, apoyan y orientan a la Acción Católica. A todos los Asistentes Eclesiásticos Nacionales, Diocesanos y Parroquiales “gracias por ser el alma de nuestra organización”; que el Señor rico en generosidad premie todo su trabajo y dedicación.

 

Les pedimos de favor difundir esta información, reenviando el correo o imprimiendo para entregar a los militantes que no aun no usan correo electrónico. Sobre todo hacerla llegar a sus Asistentes Eclesiásticos.

 

Rogamos a Dios que derrame abundantes bendiciones en sus familias y en su apostolado, pedimos a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe que los cubra con su manto y a San Juan María Vianney que interceda por todos los Sacerdotes.

 

Atentamente.-

Junta Nacional 2010-2013

“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”

 

 

Pbro. Nicolás Valdivia de León

Asistente Eclesiástico de la Junta Nacional

Omar Florentino Peña Briones

Presidente de la Junta Nacional


Categorías:Junta Nacional