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Carta sobre el compromiso del laico en la vida pública

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
AL CARDENAL MARC OUELLET,
PRESIDENTE DE LA PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA

 

https://i2.wp.com/www.sotodelamarina.com/2014/02/AI3/papafrancisco3.jpg

 

A Su Eminencia Cardenal
Marc Armand Ouellet, P.S.S.
Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina

Eminencia:

Al finalizar el encuentro de la Comisión para América Latina y el Caribe tuve la oportunidad de encontrarme con todos los participantes de la asamblea donde se intercambiaron ideas e impresiones sobre la participación pública del laicado en la vida de nuestros pueblos.

Quisiera recoger lo compartido en esa instancia y continuar por este medio la reflexión vivida en esos días para que el espíritu de discernimiento y reflexión “no caiga en saco roto”; nos ayude y siga estimulando a servir mejor al Santo Pueblo fiel de Dios.

Precisamente es desde esta imagen, desde donde me gustaría partir para nuestra reflexión sobre la actividad pública de los laicos en nuestro contexto latinoamericano. Evocar al Santo Pueblo fiel de Dios, es evocar el horizonte al que estamos invitados a mirar y desde donde reflexionar. El Santo Pueblo fiel de Dios es al que como pastores estamos continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir. Un padre no se entiende a sí mismo sin sus hijos. Puede ser un muy buen trabajador, profesional, esposo, amigo pero lo que lo hace padre tiene rostro: son sus hijos. Lo mismo sucede con nosotros, somos pastores. Un pastor no se concibe sin un rebaño al que está llamado a servir. El pastor, es pastor de un pueblo, y al pueblo se lo sirve desde dentro. Muchas veces se va adelante marcando el camino, otras detrás para que ninguno quede rezagado, y no pocas veces se está en el medio para sentir bien el palpitar de la gente.

Mirar al Santo Pueblo fiel de Dios y sentirnos parte integrante del mismo nos posiciona en la vida y, por lo tanto, en los temas que tratamos de una manera diferente. Esto nos ayuda a no caer en reflexiones que pueden, en sí mismas, ser muy buenas pero que terminan funcionalizando la vida de nuestra gente, o teorizando tanto que la especulación termina matando la acción. Mirar continuamente al Pueblo de Dios nos salva de ciertos nominalismos declaracionistas (slogans) que son bellas frases pero no logran sostener la vida de nuestras comunidades. Por ejemplo, recuerdo ahora la famosa expresión: “es la hora de los laicos” pero pareciera que el reloj se ha parado.

Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10). Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo (LG 9). El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción.

A su vez, debo sumar otro elemento que considero fruto de una mala vivencia de la eclesiología planteada por el Vaticano II. No podemos reflexionar el tema del laicado ignorando una de las deformaciones más fuertes que América Latina tiene que enfrentar —y a las que les pido una especial atención— el clericalismo. Esta actitud no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente. El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como “mandaderos”, coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarias para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político. El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14) Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados.

Hay un fenómeno muy interesante que se ha producido en nuestra América Latina y me animo a decir: creo que uno de los pocos espacios donde el Pueblo de Dios fue soberano de la influencia del clericalismo: me refiero a la pastoral popular. Ha sido de los pocos espacios donde el pueblo (incluyendo a sus pastores) y el Espíritu Santo se han podido encontrar sin el clericalismo que busca controlar y frenar la unción de Dios sobre los suyos. Sabemos que la pastoral popular como bien lo ha escrito Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, tiene ciertamente sus límites. Está expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religión, pero prosigue, cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de evangelización, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción. Teniendo en cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente “piedad popular”, es decir, religión del pueblo, más bien que religiosidad … Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo. (EN 48). El Papa Pablo VI usa una expresión que considero clave, la fe de nuestro pueblo, sus orientaciones, búsquedas, deseo, anhelos, cuando se logran escuchar y orientar nos terminan manifestando una genuina presencia del Espíritu. Confiemos en nuestro Pueblo, en su memoria y en su “olfato”, confiemos que el Espíritu Santo actúa en y con ellos, y que este Espíritu no es solo “propiedad” de la jerarquía eclesial.

He tomado este ejemplo de la pastoral popular como clave hermenéutica que nos puede ayudar a comprender mejor la acción que se genera cuando el Santo Pueblo fiel de Dios reza y actúa. Una acción que no queda ligada a la esfera íntima de la persona sino por el contrario se transforma en cultura; una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida (EG 68).

Entonces desde aquí podemos preguntarnos, ¿qué significa que los laicos estén trabajando en la vida pública?

Hoy en día muchas de nuestras ciudades se han convertidos en verdaderos lugares de supervivencia. Lugares donde la cultura del descarte parece haberse instalado y deja poco espacio para una aparente esperanza. Ahí encontramos a nuestros hermanos, inmersos en esas luchas, con sus familias, intentando no solo sobrevivir, sino que en medio de las contradicciones e injusticias, buscan al Señor y quieren testimoniarlo. ¿Qué significa para nosotros pastores que los laicos estén trabajando en la vida pública? Significa buscar la manera de poder alentar, acompañar y estimular todo los intentos, esfuerzos que ya hoy se hacen por mantener viva la esperanza y la fe en un mundo lleno de contradicciones especialmente para los más pobres, especialmente con los más pobres. Significa como pastores comprometernos en medio de nuestro pueblo y, con nuestro pueblo sostener la fe y su esperanza. Abriendo puertas, trabajando con ellos, soñando con ellos, reflexionando y especialmente rezando con ellos. Necesitamos reconocer la ciudad —y por lo tanto todos los espacios donde se desarrolla la vida de nuestra gente— desde una mirada contemplativa, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas… Él vive entre los ciudadanos promoviendo la caridad, la fraternidad, el deseo del bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero (EG 71). No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros. No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles. Como pastores, unidos a nuestro pueblo, nos hace bien preguntamos cómo estamos estimulando y promoviendo la caridad y la fraternidad, el deseo del bien, de la verdad y la justicia. Cómo hacemos para que la corrupción no anide en nuestros corazones.

Muchas veces hemos caído en la tentación de pensar que el laico comprometido es aquel que trabaja en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis y poco hemos reflexionado como acompañar a un bautizado en su vida pública y cotidiana; cómo él, en su quehacer cotidiano, con las responsabilidades que tiene se compromete como cristiano en la vida pública. Sin darnos cuenta, hemos generado una elite laical creyendo que son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas “de los curas” y hemos olvidado, descuidado al creyente que muchas veces quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir la fe. Estas son las situaciones que el clericalismo no puede ver, ya que está muy preocupado por dominar espacios más que por generar procesos. Por eso, debemos reconocer que el laico por su propia realidad, por su propia identidad, por estar inmerso en el corazón de la vida social, pública y política, por estar en medio de nuevas formas culturales que se gestan continuamente tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe. ¡Los ritmos actuales son tan distintos (no digo mejor o peor) a los que se vivían 30 años atrás! Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas —especialmente— para los habitantes urbanos. (EG 73) Obviamente es imposible pensar que nosotros como pastores tendríamos que tener el monopolio de las soluciones para los múltiples desafíos que la vida contemporánea nos presenta. Al contrario, tenemos que estar al lado de nuestra gente, acompañándolos en sus búsquedas y estimulando esta imaginación capaz de responder a la problemática actual. Y esto discerniendo con nuestra gente y nunca por nuestra gente o sin nuestra gente. Como diría San Ignacio, “según los lugares, tiempos y personas”. Es decir, no uniformizando. No se pueden dar directivas generales para una organización del pueblo de Dios al interno de su vida pública. La inculturación es un proceso que los pastores estamos llamados a estimular alentado a la gente a vivir su fe en donde está y con quién está. La inculturación es aprender a descubrir cómo una determinada porción del pueblo de hoy, en el aquí y ahora de la historia, vive, celebra y anuncia su fe. Con la idiosincrasia particular y de acuerdo a los problemas que tiene que enfrentar, así como todos los motivos que tiene para celebrar. La inculturación es un trabajo de artesanos y no una fábrica de producción en serie de procesos que se dedicarían a “fabricar mundos o espacios cristianos”.

Dos memorias se nos pide cuidar en nuestro pueblo. La memoria de Jesucristo y la memoria de nuestros antepasados. La fe, la hemos recibido, ha sido un regalo que nos ha llegado en muchos casos de las manos de nuestras madres, de nuestras abuelas. Ellas han sido, la memoria viva de Jesucristo en el seno de nuestros hogares. Fue en el silencio de la vida familiar, donde la mayoría de nosotros aprendió a rezar, a amar, a vivir la fe. Fue al interno de una vida familiar, que después tomó forma de parroquia, colegio, comunidades que la fe fue llegando a nuestra vida y haciéndose carne. Ha sido también esa fe sencilla la que muchas veces nos ha acompañado en los distintos avatares del camino. Perder la memoria es desarraigarnos de donde venimos y por lo tanto, nos sabremos tampoco a donde vamos. Esto es clave, cuando desarraigamos a un laico de su fe, de la de sus orígenes; cuando lo desarraigamos del Santo Pueblo fiel de Dios, lo desarraigamos de su identidad bautismal y así le privamos la gracia del Espíritu Santo. Lo mismo nos pasa a nosotros, cuando nos desarraigamos como pastores de nuestro pueblo, nos perdemos.

Nuestro rol, nuestra alegría, la alegría del pastor está precisamente en ayudar y estimular, al igual que hicieron muchos antes que nosotros, sean las madres, las abuelas, los padres los verdaderos protagonistas de la historia. No por una concesión nuestra de buena voluntad, sino por propio derecho y estatuto. Los laicos son parte del Santo Pueblo fiel de Dios y por lo tanto, los protagonistas de la Iglesia y del mundo; a los que nosotros estamos llamados a servir y no de los cuales tenemos que servirnos.

En mi reciente viaje a la tierra de México tuve la oportunidad de estar a solas con la Madre, dejándome mirar por ella. En ese espacio de oración pude presentarle también mi corazón de hijo. En ese momento estuvieron también ustedes con sus comunidades. En ese momento de oración, le pedí a María que no dejara de sostener, como lo hizo con la primera comunidad, la fe de nuestro pueblo. Que la Virgen Santa interceda por ustedes, los cuide y acompañe siempre,

Vaticano, 19 de marzo de 2016

Francisco

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Fuente: https://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2016/documents/papa-francesco_20160319_pont-comm-america-latina.html

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Papa Francisco: Diálogo “entre el tesoro y el barro”

Papa Francisco: Diálogo “entre el tesoro y el barro”

El Santo Padre Francisco celebra la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta.

16/06/2017 10:06
(RV).- Tener “conciencia” de que somos débiles, vulnerables y pecadores: sólo el poder de Dios nos salva y nos cura. Es la exhortación que hizo el Santo Padre en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Ninguno de nosotros “puede salvarse a sí mismo”. Tenemos necesidad “del poder de Dios” para ser salvados. Francisco reflexionó sobre la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios – en la que el Apóstol se refiere al misterio de Cristo – afirmando que “tenemos un tesoro en vasijas de barro” y exhorta a todos a tomar “conciencia” de ser, precisamente “barro, débiles y pecadores”. Sí porque sin el poder de Dios – recordó el Papano podemos “ir adelante”. Este tesoro de Cristo –  explicó el Pontífice – lo tenemos “en nuestra fragilidad: nosotros somos barro”. Porque es “el poder de Dios, la fuerza de Dios lo que nos salva, nos cura y nos pone de pie”. Y esto, en el fondo, es “la realidad de nuestra vulnerabilidad”:

“Todos nosotros somos vulnerables, frágiles, débiles, y tenemos necesidad de ser curados. Y Él lo dice: estamos llenos de tribulaciones, estamos trastornados, somos perseguidos, afectados como manifestación de nuestra debilidad, de la debilidad de Pablo, manifestación del barro. Ésta es nuestra vulnerabilidad. Y una de las cosas más difíciles en la vida es reconocer la propia vulnerabilidad. A veces, tratamos de encubrir la vulnerabilidad, para que no se vea; o de camuflarla, para que no sea vea; o disimularla… El mismo Pablo, al inicio de este capítulo dice: ‘Cuando he caído en las disimulaciones vergonzosas. Las disimulaciones son vergonzosas. Siempre. Son hipócritas”.

Además de la “hipocresía hacia los demás” – prosiguió diciendo el Papa Francisco – existe también la de “la confrontación con nosotros mismos”, o sea, cuando creemos que “somos otra cosa”, pensando “que no tenemos necesidad de curación” y “apoyo”. En una palabra, cuando decimos: “no estoy hecho de barro”, tengo “un tesoro mío”.

“Éste es el camino, el camino hacia la vanidad, la soberbia, la autorreferencialidad de aquellos que no sintiéndose barro, buscan la salvación, la plenitud de sí mismos. Pero el poder de Dios es el que nos salva, y Pablo reconoce nuestra vulnerabilidad: ‘Padecemos tribulaciones, pero no estamos aplastados’. No aplastados, porque el poder de Dios nos salva. ‘Estamos trastornados’ – reconoce – ‘pero no desesperados’. Hay algo de Dios que nos da esperanza. Somos perseguidos, pero no abandonados; golpeados, pero no asesinados. Siempre está esta relación entre el barro y el poder, el barro y el tesoro. Nosotros tenemos un tesoro en vasijas de barro. Pero la tentación es siempre la misma: encubrir, disimular, no creer que somos barro. Esa hipocresía con nosotros mismos”.

El Apóstol Pablo – subrayó el Papa – con este modo “de pensar, de razonar, de predicar la Palabra de Dios” nos conduce, por tanto, a un diálogo “entre el tesoro y el barro”. Un diálogo que continuamente debemos hacer, “para ser honestos”. Francisco propuso el ejemplo de la confesión, cuando “decimos los pecados como si fuera una lista de precios del mercado”, pensando “blanquear un poco el barro” para ser más fuertes. En cambio, debemos aceptar la debilidad y la vulnerabilidad, incluso si resulta “difícil” hacerlo: es aquí donde entra en juego “la vergüenza”:

“Es la vergüenza la que ensancha el corazón para que entre el poder de Dios, la fuerza de Dios. La vergüenza de ser barro y no ser una vasija de plata o de oro. De ser barro. Y si nosotros llegamos a este punto, seremos felices. Seremos muy felices. El diálogo entre el poder de Dios y el barro: pensemos en el lavatorio de los pies, cuando Jesús se acerca a Pedro y Pedro dice: ‘No, a mí no, Señor, ¡pero por favor! ¿Qué haces?’. Pedro no había entendido que tenía necesidad del poder del Señor para ser salvado”.

De manera que está en la “generosidad” reconocer “que somos vulnerables, frágiles, débiles y pecadores”. Sólo si aceptamos que somos barro – terminó diciendo el Santo Padre – el “extraordinario poder de Dios vendrá a nosotros y nos dará la plenitud, la salvación, la felicidad, la alegría de ser salvados”, recibiendo así el “tesoro” del Señor.

 

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97302/llevamos-un-tesoro-en-vasos-de-barro

Topografía del espíritu cristiano

Topografía del espíritu cristiano

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta, 25/05/2017

Las Escrituras nos indican tres palabras y tres lugares de referencia para el camino cristiano. La primera palabra es la memoria, y el primer lugar es Galilea. Jesús resucitado dice a los discípulos que le precedan en Galilea, que es donde tuvo lugar el primer encuentro con el Señor. Y cada uno de nosotros tiene su propia Galilea, donde Jesús se nos manifestó por primera vez, lo conocimos y tuvimos esa alegría y ese entusiasmo de seguirlo. Para ser un buen cristiano es necesario siempre tener la memoria del primer encuentro con Jesús o de los sucesivos encuentros. Es la gracia de la memoria que en el momento de la prueba me da certeza.

La segunda palabra es la oración y el segundo lugar es el Cielo. Cuando Jesús sube al Cielo no se separa de nosotros. Físicamente sí, pero siempre está vinculado a nosotros para interceder por nosotros. Muestra al Padre sus llagas, el precio que pagó por nosotros, por nuestra salvación. Así pues, debemos pedir la gracia de contemplar el Cielo, la gracia de la oración, el trato con Jesús en la oración, que en ese momento nos escucha, está con nosotros.

Y la tercera palabra es la misión y el tercer lugar es el mundo. Jesús, antes de irse –lo vimos ayer en el Evangelio de la Ascensión*– dice a los discípulos: Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos. Id: el sitio del cristiano es el mundo para anunciar la Palabra de Jesús, para decir que estamos salvados, que Él vino para darnos la gracia, para llevarnos a todos con Él ante el Padre.

Esta es la topografía del espíritu cristiano, los tres lugares de referencia de nuestra vida: la memoria, la oración, la misión, y las tres palabras para nuestro camino: Galilea, Cielo y mundo. Un cristiano debe moverse en esas tres dimensiones y pedir la gracia de la memoria. Decid al Señor: Que no me olvide del momento en que tú me elegiste, que no me olvide de los momentos en que nos hemos encontrado. Y luego, rezar, mirando al Cielo, porque Él está allí para interceder por nosotros. Y luego ir de misión: o sea, no quiere decir que todos deban ir al extranjero; ir en misión es vivir y dar testimonio del Evangelio, es hacer saber a la gente cómo es Jesús. Y eso, con el ejemplo y con la Palabra, porque si yo digo cómo es Jesús, cómo es la vida cristiana, pero vivo como un pagano, eso no sirve; la misión no va.

Si, en cambio, vivimos en la memoria, en la oración y en misión, la vida cristiana será hermosa y también gozosa. Y esa es la última frase que Jesús nos dice hoy en el Evangelio: el día en que viváis la vida cristiana así, se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Nadie, porque tengo la memoria del encuentro con Jesús, tengo la certeza de que Jesús está en el Cielo en este momento e intercede por mí, está conmigo, y yo rezo y tengo el valor de hablar, de salir de mí y hablar a los demás y dar testimonio con mi vida de que el Señor resucitó, está vivo. Memoria, oración, misión. Que el Señor nos dé la gracia de entender esta topografía de la vida cristiana e ir adelante con alegría, con esa alegría que nadie nos podrá quitar.


* En el Vaticano, la Ascensión del Señor se celebró ayer jueves. En casi todos los demás lugares se traslada al domingo próximo (ndt).

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97293/topografia-del-espiritu-cristiano

Categorías:La voz del papa, Laicos

Sta. Marta: ser cristianos no es un estatus, es dar testimonio de Jesús hasta el martirio

 

Sta. Marta: ser cristianos no es un estatus, es dar testimonio de Jesús hasta el martirio

El Santo Padre invitó a pedir a Dios que el Espíritu Santo nos haga testigos

El Santo Padre en Santa Marta (Osservatore @ Romano)

El Santo Padre en Santa Marta (Osservatore @ Romano)

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Jueves, 27 de abril de 2017

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“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Es la respuesta de Pedro llevado con los apóstoles ante el sanedrín después de haber sido liberados de la cárcel por un Ángel. Se les prohibió enseñar en el nombre de Jesús, recordaba el sumo sacerdote, “en cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza” (Hch 5,27-33).

Para comprender esto hay que ver lo narrado antes en los Hechos de los Apóstoles, en los primeros meses de la Iglesia, cuando la comunidad crecía y había tantos milagros. Estaba la fe del pueblo, pero también había “listillos”, que querían hacer carrera, como Ananías y Safira. Lo mismo pasa hoy. Y así había quien despreciaba, considerándolo ignorante, a ese pueblo creyente que llevaba en peregrinación a los enfermos a los apóstoles. El desprecio al pueblo fiel de Dios, que nunca se equivoca. Entonces Pedro, que por miedo había traicionado a Jesús el jueves santo, esta vez, valiente, responde que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Esa respuesta hace comprender que el cristiano es testigo de obediencia, como Jesús, que se anonadó y en el huerto de los olivos dijo al Padre: “hágase tu voluntad, no la mía”.

 

El cristiano es un testigo de obediencia, y si no estamos en esa senda de crecer en el testimonio de la obediencia no somos cristianos. Al menos, caminar por ese camino: testigo de obediencia, como Jesús. No es testigo de una idea, de una filosofía, de una empresa, de un banco, de un poder: es testigo de obediencia, como Jesús.

Pero convertirse en testigo de obediencia es una gracia del Espíritu Santo. Solo el Espíritu puede hacernos testigos de obediencia. ‘No, yo voy a aquel maestro espiritual, y leo este libro…’. Todo eso está bien, pero solo el Espíritu puede cambiarnos el corazón y puede hacernos a todos testigos de obediencia. Es una obra del Espíritu y tenemos que pedirla, es una gracia que pedir: ‘Padre, Señor Jesús, enviadme vuestro Espíritu para que yo sea un testigo de obediencia’, o sea, un cristiano.

Ser testigo de obediencia comporta consecuencias, como cuenta la primera lectura: tras la respuesta de Pedro, “se consumían de rabia y trataban de matarlos”. Las consecuencias del testigo de obediencia son las persecuciones. Cuando Jesús enumera las Bienaventuranzas, acaba: “Bienaventurados cuando os persigan y os insulten”. La cruz no se puede quitar de la vida de un cristiano. La vida de un cristiano no es un status social, no es un modo de vivir una espiritualidad que me hace bueno, que me hace un poco mejor. Eso no basta. La vida de un cristiano es el testimonio de la obediencia, y la vida de un cristiano está llena de calumnias, habladurías, persecuciones.

Para ser testigos de obediencia como Jesús, hay que rezar, reconocerse pecadores, con tantas mundanidades en el corazón. Y pedir a Dios la gracia de llegar a ser un testigo de obediencia y no asustarse cuando lleguen las persecuciones, las calumnias, porque el Señor dijo que cuando sean llevados ante el juez, será el Espíritu quién les dirá lo que responder.

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“Características de la primera comunidad cristiana”

“Características de la primera comunidad cristiana”

Homilia del 29 de marzo de 2014

 

 

Con tres pinceladas queda retratada la primera comunidad cristiana en los Hechos de los Apóstoles: ser capaz de plena concordia “por dentro” (cfr. Hch 4,32), dar testimonio de Cristo “por fuera” (cfr. Hch 4,33), e impedir que ninguno de sus miembros padezca miseria (cfr. Hch 4,34). Son las tres peculiaridades del pueblo renacido de lo Alto (cfr. Jn 3,7), del Espíritu que da vida al primer núcleo de los nuevos cristianos, cuando aún no se llamaban así.

1. En primer lugar, una comunidad armónica. Tenían un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32). Una comunidad en paz. Eso significa que en aquella comunidad no había lugar para murmuraciones, envidias, calumnias, difamaciones. ¡Paz! ¡Y perdón: el amor lo cubría todo! Para identificar una auténtica comunidad cristiana, debemos preguntarnos cómo es la actitud de esos cristianos. ¿Son mansos y humildes? ¿Se pelean entre ellos por el poder? ¿Hay peleas de envidia? ¿Hay murmuraciones? Si es así, no van por el camino de Jesucristo. Y esta peculiaridad es muy importante, mucho, porque el demonio siempre intenta dividirnos: es el padre de la división. Y no es que les faltaran problemas a la primera comunidad cristiana: luchas internas, doctrinales, de poder, que también volvieron a aparecer luego. Por ejemplo, cuando las viudas se quejaban por no ser bien atendidas y los Apóstoles tuvieron que ordenar diáconos. Pero ese momento fuerte de los comienzos fija para siempre la esencia de la comunidad renacida del Espíritu.

2. En segundo lugar, una comunidad de testigos de la fe, con la que hay que comparar toda comunidad actual. ¿Es una comunidad que da testimonio de la resurrección de Jesucristo? (cfr. Hch 4,33) ¿Esa parroquia, esa comunidad, esa diócesis cree de verdad que Jesucristo ha resucitado? ¿O lo dice solo de boquilla: Sí, ha resucitado, porque lo cree así, pero su corazón está lejos de esa fuerza? Hay que dar testimonio de que Jesús está vivo, está entre nosotros. Así se puede comprobar cómo va esa comunidad.

3. La tercera característica con la que medir la vida de una comunidad cristiana es la pobreza. Y aquí, podemos distinguir dos aspectos (cfr. Hch 4,34-35). Primero: ¿Cómo es tu actitud o el de tu comunidad hacia los pobres? Segundo: ¿Esa comunidad es pobre: pobre de corazón, pobre de espíritu? ¿O pone su confianza en las riquezas, en el poder?

Armonía, testimonio, pobreza y cuidado de los pobres. Es lo que Jesús le explica a Nicodemo: hay que renacer de lo Alto (cfr. Jn 3,7). Porque el único que puede hacer eso es el Espíritu. Es obra del Espíritu. La Iglesia la hace el Espíritu. El Espíritu hace la unidad. El Espíritu te empuja al testimonio. El Espíritu te hace pobre, porque Él es la riqueza y hace que te preocupes de los pobres. Que el Espíritu Santo nos ayude a caminar por la senda de los renacidos por la fuerza del Bautismo.


N.B. Traducción libre del original italiano de Radio Vaticano. Como el Papa habla sin papeles, no se debe –y muchas veces, no se puede– transcribir literalmente todo lo que dice (porque hay repeticiones, medias palabras, gestos imposibles de transcribir…). Por eso, lo adapto para ser escrito y leído. También he añadido las citas de las lecturas del día a las que se hace referencia. Por tanto, no se deben tomar como palabras literales del santo Padre, aunque sí recogen fielmente sus enseñanzas. (N. del T.).

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/96335/caracteristicas-de-la-primera-comunidad-cristiana

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La pereza del paralítico

La pereza del paralítico

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Homilía del Papa Francisco en Santa Marta, 28/03/2017

El Evangelio de hoy (Jn 5,1-16) nos ha narrado la curación del paralítico. Un hombre enfermo desde hace 38 años, yacía al borde de una piscina en Jerusalén, llamada en hebreo Betesda, con cinco pórticos, bajo los cuales había un gran número de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Se decía que, cuando bajaba un ángel y agitaba las aguas, los primeros que se sumergían quedaban curados. Jesús, viendo a este hombre, le dice: ¿Quieres curarte? Es bonito, Jesús siempre nos dice eso: ¿Quieres curarte? ¿Quieres ser feliz? ¿Quieres mejorar tu vida? ¿Quieres estar lleno del Espíritu Santo? ¿Quieres curarte?, ¡qué palabras de Jesús! Todos los demás que estaban allí, enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, habrían dicho: ¡Sí, Señor, sí! Pero este es un hombre extraño, y le responde a Jesús: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado. La respuesta es una queja: Pero mira, Señor, qué fea, qué injusta ha sido la vida conmigo. Todos los demás pueden andar y curarse, pero yo llevo hace 38 años intentándolo, pero…

Este hombre era como el árbol plantado a lo largo del torrente, del que habla la primera Lectura (Ez 47,1-9.12), pero tenía las raíces secas y esas raíces no llegaban al agua, no podía tomar la salud del agua. Esto se comprende por su actitud, por sus quejas y siempre intentando echar la culpa a otro: ‘Son los demás los que llegan antes que yo, yo soy un pobrecillo aquí desde hace 38 años…’. Esto es un pecado feo, el pecado de la pereza. Este hombre estaba enfermo no tanto por la parálisis sino por la pereza, que es peor que tener el corazón tibio, peor aún. Es vivir porque vivo pero sin tener ganas de ir adelante, sin ganas de hacer algo en la vida, habiendo perdido la memoria de la alegría. Este hombre ni siquiera de nombre conocía la alegría, la había perdido. Ese es el pecado. Es una enfermedad fea: ‘Pues yo estoy cómodo así, me he acostumbrado… La vida ha sido injusta conmigo…’. Se ve el resentimiento, la amargura de ese corazón.

Jesús no le regaña, sino que le dice: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. El paralítico se cura, pero como era sábado, los doctores de la Ley le dicen que no le es lícito llevar la camilla y le preguntan quién le había curado en ese día: ‘Va contra la ley, no es de Dios ese hombre’. El paralítico ni siquiera le había dado las gracias a Jesús, no le había preguntado ni su nombre. Se levantó con aquella pereza que hace vivir porque el oxígeno es gratis, hace vivir siempre mirando a los demás que son más felices que yo, y se está en la tristeza, se olvida la alegría. La pereza es un pecado que paraliza, nos vuelve paralíticos. No nos deja caminar. También hoy el Señor nos mira a cada uno, todos tenemos pecados, todos somos pecadores, pero mirando ese pecado nos dice: Levántate. Hoy el Señor nos dice a cada uno: ‘Levántate, toma tu vida como sea, bonita, fea, como sea, tómala y ve adelante. No tengas miedo, ve adelante con tu camilla’ – ‘Pero Señor, no es el último modelo…’. ¡Pues sigue adelante! ¡Con esa camilla fea, quizá, pero ve adelante! Es tu vida, es tu alegría. ¿Quieres curarte?, es la primera pregunta que hoy nos hace el Señor. ‘Sí, Señor’ – ‘Pues, levántate’. Y en la antífona de entrada estaba ese comienzo tan bonito: Sedientos, acudid por agua -dice el Señor-, venid los que no tenéis dinero y bebed con alegría. Y si decimos al Señor: ‘Sí, quiero curarme. Sí, Señor, ayúdame que quiero levantarme’, sabremos cómo es la alegría de la salvación.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97274/la-pereza-del-paralitico

Categorías:La voz del papa

El misterio del perdón

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta, 21/03/2017

Todas las lecturas de hoy nos hablan del perdón. Y el perdón es un misterio difícil de entender. Con la Palabra de hoy, la Iglesia nos hace entrar en ese misterio del perdón, que es la gran obra de misericordia de Dios.

Y el primer paso es la vergüenza de nuestros pecados, una gracia que no podemos obtener solos. Es capaz de sentirla el pueblo de Dios triste y humillado por sus culpas, como narra en la primera Lectura el profeta Daniel (3,25.34-43); mientras que el protagonista del Evangelio de hoy (Mt 18,21-35) no logra hacerlo. Se trata del siervo a quien el dueño le perdona todo a pesar de sus grandes deudas, pero que a su vez luego es incapaz de perdonar a sus deudores. No ha comprendido el misterio del perdón. Si yo os pregunto: ¿Todos vosotros sois pecadores? –Sí, padre, todos. ¿Y qué hacéis para obtener el perdón de los pecados? –Nos confesamos. ¿Y cómo vas a confesarte? –Pues voy, digo mis pecados, el cura me perdona, me pone tres Avemarías de penitencia y me voy en paz. ¡Pues no lo has entendido! Tú solo has ido al confesionario como el que va a realizar una operación bancaria, a hacer una gestión administrativa. No has ido allí avergonzado por lo que has hecho. Has visto unas manchas en tu conciencia, pero te has equivocado porque has creído que el confesionario es una tintorería para quitar las manchas. Has sido incapaz de avergonzarte de tus pecados.

Vergüenza pues, pero también conciencia del perdón. El perdón recibido de Dios, la maravilla que ha hecho en tu corazón, debe poder entrar en la conciencia; de lo contario, sales, te encuentras a un amigo o una amiga, y empiezas a criticar a otro, y sigues pecando. Solo puedo perdonar si me siento perdonado. Si no tienes conciencia de ser perdonado, nunca podrás perdonar, nunca. Siempre tenemos la tentación de querer pedir cuentas a los demás. Pero el perdón es total. Y solo se puede hacer cuando siento mi pecado, me arrepiento, me da vergüenza y pido perdón a Dios y me siento perdonado por el Padre, y así puedo perdonar. Si no, no se puede perdonar, somos incapaces. Por eso, el perdón es un misterio.

El siervo, protagonista del Evangelio, tiene la sensación de “haberlo logrado”, de haber sido astuto; en cambio, no ha entendido la generosidad del dueño. Y cuántas veces, saliendo del confesionario sentimos eso, sentimos que “lo hemos conseguido”. Eso no es recibir el perdón, sino la hipocresía de robar un perdón, un falso perdón. Pidamos hoy al Señor la gracia de comprender ese “setenta veces siete”. Pidamos la gracia de la vergüenza ante Dios. ¡Es una gran gracia! Avergonzarse de los propios pecados y así recibir el perdón y la gracia de la generosidad de darlo a los demás, porque si el Señor me ha perdonado tanto, ¿quién soy yo para no perdonar?

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97272/el-misterio-del-perdon

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