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La paciencia cristiana Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

La paciencia cristiana

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

“Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia”. Así escribe Santiago Apóstol en la primera lectura de hoy (Sant 1,1-11).

¿Y qué significa ser pacientes en la vida y ante las pruebas? No es tan fácil de entender. No es lo mismo la paciencia cristiana que la resignación o la actitud de derrota, pues la paciencia en la virtud de quien está en camino, no del que está quieto o encerrado. Y cuando se está en camino suceden muchas cosas que no siempre son buenas. A mí me dice mucho de la paciencia como virtud en camino, la actitud de los padres cuando tienen un hijo enfermo o discapacitado, porque nace así. “¡Gracias a Dios que está vivo!”: ¡esos sí que son pacientes! Y llevan toda la vida a ese hijo con amor, hasta el final. ¡Y no es fácil llevar durante años y años a un hijo discapacitado, a un hijo enfermo! Pero la alegría de tener ese hijo les da la fuerza para seguir adelante. Y eso es paciencia, no resignación: o sea, es la virtud que viene cuando uno está en camino.

¿Además, qué puede enseñarnos la etimología de la palabra paciencia? Su significado lleva consigo el sentido de responsabilidad, porque el paciente no deja el sufrimiento: lo lleva a cuestas, y lo hace con gozo, con alegría, “para que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, y que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia”, dice el apóstol. La paciencia significa “llevar a cuestas” y no dejar a otro que cargue con el problema, o lleve la dificultad: la llevo yo, porque es mi dificultad, es mi problema. ¿Me hace sufrir? ¡Pues claro! Pero lo llevo. Cargar a cuestas. Y también la paciencia es la sabiduría de saber dialogar con la limitación. Hay tantas limitaciones en la vida, pero el impaciente no las quiere, las ignora porque no sabe dialogar con las limitaciones. Hay cierta fantasía de omnipotencia o de pereza… ¡Pero no sabe!

Y la paciencia de la que habla Santiago no es solo un consejo para los cristianos. Si miramos la historia de la Salvación, podemos ver la paciencia de Dios, nuestro Padre, que guio y sacó adelante a su pueblo testarudo cada vez que hacía un ídolo e iba de una parte a otra. Y paciencia es también la que el Padre tiene con cada uno de nosotros, acompañándonos y esperando nuestros tiempos. Dios que también envió a su Hijo para que entrase en paciencia, tomase su misión y se ofreciese con decisión a la Pasión. Y aquí pienso en nuestros hermanos perseguidos en el Oriente Medio, expulsados por ser cristianos… Y ellos están orgullosos de ser cristianos: han entrado en paciencia, como el Señor entró en paciencia.

Con estas ideas, tal vez, podemos hay rezar, rezar por nuestro pueblo: “Señor, da a tu pueblo paciencia para cargar con sus pruebas”. Y también rezar por nosotros. Tantas veces somos impacientes: cuando algo no va, gritamos… “Pero, párate un poco, piensa en la paciencia de Dios Padre, entra en paciencia como Jesús”. Es una bonita virtud la paciencia, pidámosla al Señor.

 

Fuente: https://www.almudi.org/homilia-santa-marta/homilia/97356/la-paciencia-cristiana

 

 

 

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Categorías:Homilias

Papa Francisco Homilía Adorar en silencio

Adorar en silencio

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

La Primera Lectura de hoy (1Re 8,1-7.9-13) narra que el rey Salomón convoca al pueblo para subir al Templo, y llevar el Arca de la Alianza del Señor al Sancta Sanctórum. Un camino empinado, en cuesta que, al contrario que el llano, no siempre es fácil. Un camino en subida para llevar la Alianza, durante el cual el pueblo cargaba a cuestas con su propia historia: la memoria de la elección. Sólo contenía dos tablas de piedra, las tablas de la Ley, desnudas, tal como Dios las había entregado a Moisés, y no como el pueblo la aprendió de los escribas, que la habían barroquizado, hecho barroca con tantas prescripciones. La Alianza desnuda: “yo te amo, tú me amas”. El primer mandamiento, amar a Dios, y el segundo, amar al prójimo. En el Arca no había nada más que esas dos tablas de piedra.

Así pues, introdujeron el arca en el santuario y, en cuanto los sacerdotes salieron, una nube, la gloria del Señor, llenó el Templo. Entonces el pueblo entró en adoración: pasó de los sacrificios que hacía durante el camino empinado al silencio, a la humillación de la adoración. Muchas veces pienso que no enseñamos a nuestro pueblo a adorar. Sí, les enseñamos a rezar, a cantar, a alabar a Dios, pero ¿a adorar? La oración de adoración, esa que nos anonada sin destruirnos: el anonadamiento de la adoración nos da nobleza y grandeza. Y aprovecho hoy, aquí con tantos párrocos recién nombrados, para decir: ¡enseñad al pueblo a adorar en silencio, a adorar!

Aprendamos desde ahora lo que haremos en el Cielo: la oración de adoración. Pero, solo podemos llegar allí con la memoria de haber sido elegidos, llevando dentro del corazón una promesa que nos empuja a caminar, y con la alianza en la mano y en el corazón. Pero siempre en camino: camino difícil, camino en cuesta, pero en camino hacia la adoración.

Ante la gloria de Dios, las palabras desaparecen, no se sabe qué decir. Como veremos en la Liturgia de mañana (cfr. 1Re 8,30), Salomón solo consigue decir dos palabras: “escucha y perdona”. Así que os invito a adorar en silencio, con toda la historia a cuestas, y pedir: “Escucha y perdona”. Nos vendrá bien, hoy, sacar un poco de tiempo de oración, con la memoria de nuestro camino, la memoria de las gracias recibidas, la memoria de la elección, de la promesa, de la alianza, y procurar ir arriba, hacia la adoración, y en medio de la adoración, con mucha humildad decir solo esta pequeña jaculatoria: “Escucha y perdona”.

Fuente: https://www.almudi.org/homilia-santa-marta/homilia/97354/adorar-en-silencio

 

 

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Homilía del papa Francisco en Santa Marta Sobre la Muerte

El Papa Francisco celebra la Misa en la Casa Santa Marta. Foto: Vatican Media

Homilía del papa Francisco en Santa Marta Sobre la Muerte

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Lunes, 1 de febrero de 2018

La primera lectura nos habla de la muerte: la muerte del rey David (cfr. 1Re 2,1-4.10-12). Los días de David se acercaban a la muerte, porque hasta él, el gran rey, el hombre que precisamente había consolidado el reino, debe morir, porque no es el dueño del tiempo: el tiempo continúa, y él también continúa en otro estilo de tiempo, pero continúa. Está en camino. Además, no somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. Y esto nos hace pensar que es bueno rezar y pedir la gracia del sentido del tiempo, para no volvernos prisioneros del momento, que siempre está encerrado en sí mismo. Así pues, ante este pasaje del primer libro de los Reyes que relata la muerte de David, quisiera proponer tres ideas: la muerte es un hecho, la muerte es una herencia y la muerte es una memoria.

 

En primer lugar, la muerte es un hecho: podemos pensar muchas cosas, incluso imaginarnos que somos eternos, pero el hecho llega. Antes o después llega, y es un hecho que nos toca a todos. Porque estamos en camino, no somos ni errantes ni encerrados en un laberinto. No, estamos en camino, y hay que hacerlo. Pero existe la tentación del momento, que se adueña de la vida y te lleva a dar vueltas en ese laberinto egoísta del momento sin futuro, siempre ida y vuelta, ida y vuelta. ¡Pero el camino acaba en la muerte: todos lo sabemos! Por esa razón, la Iglesia siempre ha procurado que pensemos en ese final nuestro: la muerte. A este propósito, recuerdo que, cuando estábamos en el seminario, nos obligaban a hacer el ejercicio de la buena muerte(*): asustaba un poco, porque parecía una morgue… Pero el ejercicio de la buena muerte cada uno puede hacerlo dentro de sí: yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré. Repetir esto ayuda, porque es un dato puramente real que nos salva de la ilusión del momento, de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido. En cambio, la realidad es que estoy en camino y debo mirar adelante. Me acuerdo también que aprendí a leer con cuatro años, y una de las primeras cosas que aprendí a leer, porque mi abuela me lo hizo leer, era un letrero que ella tenía debajo del cristal de la cómoda y decía así: «Piensa que te mira Dios. / Piensa que te está observando. / Piensa que morirás / y tú no sabes cuándo». Esa frase la recuerdo todavía y me ha hecho mucho bien, especialmente en los momentos de suficiencia, de encerramiento, donde el momento era el rey. Así pues, el tiempo, el hecho: ¡todos moriremos! Al acercarse la muerte, David dice a su hijo: «Yo emprendo el viaje de todos». Y así fue.

 

La segunda idea es la herencia. Sucede a menudo que cuando, al morir, hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro. Y esta historia es tan antigua como la historia del mundo. En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio: ¿qué herencia dejo yo? Volviendo al pasaje bíblico de hoy, ¿qué herencia deja David? David también fue un gran pecador: ¡cometió muchos! Pero fue también un gran arrepentido, hasta llegar a ser un santo, a pesar de las cosas gordas que hizo. Y David es santo precisamente porque la herencia es esa actitud de arrepentirse, de adorar a Dios antes que a uno mismo, de volver a Dios: la herencia del testimonio, del buen ejemplo. Por eso, siempre es oportuno que nos preguntemos: ¿qué herencia dejaré a los míos? Seguramente la herencia material, que es buena, porque es el fruto del trabajo. Pero, ¿qué herencia personal, qué ejemplo dejo? ¿Como la de David, o una vacía? Por eso, a la pregunta “¿qué dejo?” no se debe responder solo señalando las propiedades, sino principalmente el testimonio de la vida.

 

Es cierto que, si vamos a un velatorio, el muerto siempre “era un santo”, tanto que hay dos sitios para canonizar a la gente: ¡la Plaza de San Pedro y los velatorios, porque siempre “era un santo” y porque ya no será una amenaza! La herencia verdadera es el testimonio de la vida. Es oportuno preguntarse: ¿qué herencia dejo si Dios me llamase hoy? ¿Qué herencia dejaré como testimonio de vida? Es una buena pregunta para hacerse, e irnos preparando, porque todos —ninguno quedará “de reliquia”, no—, todos iremos por esa senda, con la cuestión fundamental: ¿Cuál será la herencia que dejaré como testimonio de vida?

 

La tercera idea —junto al «hecho» y la «herencia»— es «la memoria». Porque también el pensamiento de la muerte es memoria, pero memoria anticipada, memoria hacia atrás. Memoria y también luz en este momento de la vida. Y la pregunta que hacerse es: cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy? Es una memoria anticipada que ilumina el momento de hoy. Se trata, en definitiva, de iluminar con el hecho de la muerte las decisiones que debo tomar cada día.

 

Es bonito este pasaje del segundo capítulo del primer libro de los Reyes. Si hoy tenéis tiempo leedlo, es bellísimo, y os hará bien. Pensar: estoy en camino, y es un hecho que moriré; cuál será la herencia que dejaré y cómo me sirve la luz, la memoria anticipada de la muerte, sobre las decisiones que debo tomar hoy. Una meditación que nos vendrá bien a todos.

 

(*) Don Bosco llamaba al retiro mensual “ejercicio de la buena muerte”, en el que invitaba a enfrentarse a lo verdaderamente esencial: los verdaderos valores que están por encima de la misma muerte, aunque la vida de cada día los olvide. La mejor manera de encontrarse dispuesto a vivir bien, es vivir como si se estuviera dispuesto a morir en cualquier momento (ndt).

 

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Hoy, 06:06 p.m.Tú

 

 

Fuente: https://www.almudi.org/component/almudi/homilia/97353/sobre-la-muerte

 

Categorías:Homilias

Jesús modelo de pastor

Jesús modelo de pastor

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

El Evangelio de San Marcos recoge dos curaciones que son más para contemplar que para pensar, porque señalan cómo era una jornada en la vida de Jesús, modelo de la que debería ser también la de los pastores, sean obispos o sacerdotes.

El Apóstol describe a Jesús una vez más rodeado de una gran muchedumbre, de gente que le seguía a lo largo del camino o a orillas del mar, y de los que Jesús se preocupaba. Dios había prometido acompañar así a su pueblo, estando en medio de él. Jesús no abre una oficina de consultas espirituales con un cartel: “El profeta recibe los lunes, miércoles y viernes de 3 a 6. La entrada cuesta tanto o, si queréis, podéis dar una ofrenda”. No, Jesús no hace eso. Tampoco abre un estudio médico con el cartel: “Los enfermos deben venir tal día, tal día, tal día, y serán curados”. Jesús se mete en medio del pueblo.

Esa es la imagen de pastor que Jesús nos da. Había un sacerdote santo que acompañaba así a su pueblo y que, por la noche, por ese motivo, estaba cansado, pero con un cansancio real, no ideal, de quien trabaja y está en medio de la gente. A Jesús le gusta salir al encuentro de las dificultades cuando se lo pide la gente.

Pero el Evangelio de hoy enseña también que Jesús iba acompañado de mucha gente que lo apretujaba y lo tocaba. Hasta cinco veces aparece este verbo en esta página de Marcos, que es lo mismo que hace el pueblo también hoy en las visitas pastorales, y lo hace para obtener gracia, y eso el pastor lo siente. Y nunca Jesús se echa atrás, es más, paga haciendo el bien, incluso a pesar de la vergüenza y de la burla. Estos son los rasgos del modo de obrar de Jesús y, por tanto, las actitudes del auténtico pastor. El pastor es ungido con óleo el día de su ordenación: sacerdotal y episcopal. Pero el verdadero óleo, el interior, es el óleo de la cercanía y de la ternura. Al pastor que no sabe hacerse cercano, le falta algo: quizá sea dueño del campo, pero no es pastor. Un pastor al que le falta ternura será rígido, y pegará a las ovejas. Cercanía y ternura: lo vemos aquí. Así era Jesús.

También el pastor, como Jesús, acaba su jornada cansado, cansado de hacer el bien, y si su actitud es así, el pueblo sentirá la presencia de Dios. Hoy podemos rezar en la Misa por nuestros pastores, para que el Señor les dé esta gracia de caminar con el pueblo, estar presentes en el pueblo con tanta ternura, con tanta cercanía. Y cuando el pueblo encuentra a su pastor, siente eso especial que solo se siente en presencia de Dios –y así acaba el pasaje del Evangelio–: “Y quedaron llenos de asombro”. El asombro de sentir la cercanía y la ternura de Dios en el pastor.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97352/jesus-modelo-de-pastor

 

Categorías:Homilias

Misa en Temuco, Chile: “Señor, haznos artesanos de unidad”

Misa en Temuco, Chile: “Señor, haznos artesanos de unidad”

Homilía de Francisco en el Aeródromo de Maquehue (Texto completo)

El Papa Francisco celebra la Misa por el progreso de los pueblos en Temuco © L'Osservatore Romano

El Papa Francisco celebra la Misa por el progreso de los pueblos en Temuco © L’Osservatore Romano

(ZENIT – 17 enero 2018).- “Nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad”.

Son palabras del Papa Francisco en la homilía que ha ofrecido a las 150.000 personas que han participado en la “Misa por el progreso de los pueblos”, celebrada en el Aeródromo de Maquehue, en Temuco, capital de La Araucanía (sur de Chile), en la mañana de este miércoles 17 de enero de 2018.

Francisco ha comenzado su reflexión con unas palabras en lengua mapuche: «Mari, Mari» (Buenos días); «Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes), y ha recordado a “todos los que sufrieron y murieron” en este aeródromo de Maquehue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos, y ha pedido “por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias”.

Solidaridad para tejer la unidad

El Santo Padre ha señalado de la importancia de la “unidad” al pueblo chileno: “La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos. Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia”.

“La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin”, ha anunciado Francisco.

Cultura del reconocimiento mutuo

En primer lugar –ha explicado–“Debemos estar atentos a la elaboración de ‘bellos’ acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan `borrando con el codo, lo escrito con la mano´. Esto también es violencia, porque frustra la esperanza”, ha advertido el Pontífice.

Es imprescindible defender –en segundo lugar– que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas.

“La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa”, ha asegurado el Papa. “La violencia –ha continuado– termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos `no a la violencia que destruye´, en ninguna de sus dos formas”.

RD

A continuación sigue el texto completo de la homilía del Papa Francisco en Temuco.

Homilía del Papa Francisco

«Mari, Mari» (Buenos días)
«Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes) (Lc 24,36).

Doy gracias a Dios por permitirme visitar esta linda parte de nuestro continente, la Araucanía: Tierra bendecida por el Creador con la fertilidad de inmensos campos verdes, con bosques cuajados de imponentes araucarias —el quinto elogio realizado por Gabriela Mistral a esta tierra chilena—,[1] sus majestuosos volcanes nevados, sus lagos y ríos llenos de vida. Este paisaje nos eleva a Dios y es fácil ver su mano en cada criatura. Multitud de generaciones de hombres y mujeres han amado y aman este suelo con celosa gratitud. Y quiero detenerme y saludar de manera especial a los miembros del pueblo Mapuche, así como también a los demás pueblos originarios que viven en estas tierras australes: rapanui (Isla de Pascua), aymara, quechua y atacameños, y tantos otros.

Esta tierra, si la miramos con ojos de turistas, nos dejará extasiados, pero luego seguiremos nuestro rumbo sin más; pero si nos acercamos a su suelo, lo escucharemos cantar: «Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar».[2]

En este contexto de acción de gracias por esta tierra y por su gente, pero también de pena y dolor, celebramos la Eucaristía. Y lo hacemos en este aeródromo de Maquehue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos. Esta celebración la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias. La entrega de Jesús en la cruz carga con todo el pecado y el dolor de nuestros pueblos, un dolor para ser redimido.

En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús ruega al Padre para que «todos sean uno» (Jn 17,21). En una hora crucial de su vida se detiene a pedir por la unidad. Su corazón sabe que una de las peores amenazas que golpea y golpeará a los suyos y a la humanidad toda será la división y el enfrentamiento, el avasallamiento de unos sobre otros. ¡Cuántas lágrimas derramadas! Hoy nos queremos agarrar a esta oración de Jesús, queremos entrar con Él en este huerto de dolor, también con nuestros dolores, para pedirle al Padre con Jesús: que también nosotros seamos uno; no permitas que nos gane el enfrentamiento ni la división.

Esta unidad clamada por Jesús es un don que hay que pedir con insistencia por el bien de nuestra tierra y de sus hijos. Y es necesario estar atentos a posibles tentaciones que pueden aparecer y «contaminar desde la raíz» este don que Dios nos quiere regalar y con el que nos invita a ser auténticos protagonistas de la historia.

1. Los falsos sinónimos

Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir unidad con uniformidad. Jesús no le pide a su Padre que todos sean iguales, idénticos; ya que la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores. Un bello «chamal» requiere de tejedores que sepan el arte de armonizar los diferentes materiales y colores; que sepan darle tiempo a cada cosa y a cada etapa. Se podrá imitar industrialmente, pero todos reconoceremos que es una prenda sintéticamente compactada. El arte de la unidad necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los «talleres» de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes. No es un arte de escritorio, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar.

La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan sólo «recibir información sobre los demás… sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros».[3] Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad. (Aplauso)

Otra tentación puede venir en la consideración de cuales son las armas de la unidad.

2. Las armas de la unidad

La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos. En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, porque frustra la esperanza (Aplauso)

En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas.

Estas actitudes son como lava de volcán que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso sólo esterilidad y desolación. Busquemos, en cambio, el camino de la no violencia activa, «como un estilo de política para la paz».[4] Busquemos, en cambio, y no nos cansemos de buscar el diálogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad.

Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2,7) estamos llamados al Buen vivir (Küme Mongen) como nos los recuerda la sabiduría ancestral del pueblo Mapuche. ¡Cuánto camino a recorrer, cuánto camino para aprender! Küme Mongen, un anhelo hondo que brota no sólo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creación. Por eso, hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jesús al Padre: que también nosotros seamos uno; Señor, haznos artesanos de unidad. (Aplausos)

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[1] Gabriela Mistral, Elogios de la tierra de Chile.
[2] Violeta Parra, Arauco tiene una pena.
[3] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 246.
[4] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017.© Librería Editorial Vaticano

 

Fuente: https://es.zenit.org/articles/senor-haznos-artesanos-de-unidad/

Categorías:La voz del papa

La autoridad, don de Dios, Homilia Papa Francisco 09/01/2018

La autoridad, don de Dios

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

El Evangelio de San Marcos (1,21-28) nos muestra a Jesús que enseña “como quien tiene autoridad”. Se trata de una enseñanza nueva, y la novedad de Cristo es precisamente el don de la autoridad recibido del Padre. Ante las enseñanzas de los escribas y doctores de la ley, que también decían la verdad, la gente pensaba en otra cosa, porque lo que decían no llegaba al corazón: enseñaban desde la cátedra, pero no se interesaban por la gente. En cambio, la enseñanza de Jesús provoca asombro, movimiento del corazón, porque lo que da autoridad es precisamente la cercanía, y Jesús se acercaba a la gente, y por eso comprendía sus problemas, dolores y pecados. Porque era cercano, comprendía; y acogía, curaba y enseñaba con cercanía. Lo que a un pastor le da autoridad o despierta la autoridad que le dio el Padre, es la cercanía: cercanía a Dios en la oración –un pastor que no reza, un pastor que no busca a Dios está perdido– y la cercanía a la gente. El pastor separado de la gente no llega a la gente. Cercanía, esa doble cercanía. Esa es la unción del pastor que se conmueve ante el don de Dios en la oración, y se puede conmover ante los pecados, problemas y enfermedades de la gente: ¡deja que el pastor se conmueva!

Los escribas habían perdido la capacidad de conmoverse porque no eran cercanos ni a la gente ni a Dios. Y cuando se pierde la cercanía, el pastor acaba en la incoherencia de vida. Jesús es claro en esto: “Haced lo que dicen” –dicen la verdad– “pero no lo que hacen”. La doble vida. Qué feo ver pastores de doble vida: es una herida en la Iglesia. Los pastores enfermos, que han perdido la autoridad y llevan esa doble vida. Hay muchos modos de llevar una doble vida: pero es doble… Y Jesús es muy fuerte con ellos. No solo dice a la gente que les escuchen, sino que no hagan lo que hacen. Y a ellos, ¿qué les dice? “Sois como sepulcros blanqueados”: hermosísimos en la doctrina, por fuera, pero dentro, podredumbre. Ese es el final del pastor que no tiene cercanía con Dios en la oración ni con la gente en la compasión.

En la Primera Lectura están las figuras de Ana, que reza al Señor para tener un hijo varón, y del sacerdote, el viejo Elí, que era débil, había perdido la cercanía, a Dios y a la gente, y pensó que Ana estaba borracha. Ella, en cambio, rezaba en su corazón, moviendo solo los labios. Fue ella la que explicó a Elí que estaba amargada y que “si he estado hablando hasta ahora, ha sido de pura congoja y aflicción”. Y mientras ella hablaba, Elí fue capaz de acercarse a aquel corazón, hasta decirle que se fuera en paz: “Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido”. Se dio cuenta que se había equivocado, e hizo salir de su corazón la bendición y la profecía, porque luego Ana dio a luz a Samuel.

Yo diría a los pastores que han llevado una vida separados de Dios y del pueblo, de la gente: “No perdáis la esperanza. Siempre hay una posibilidad. A este le fue suficiente mirar, acercarse a una mujer, escucharla y despertó su autoridad para bendecir y profetizar; esa profecía se cumplió y el hijo le nació a la mujer”. La autoridad, don de Dios: solo viene de Él, y Jesús la da a los suyos. Autoridad al hablar, que viene de la cercanía con Dios y con la gente, siempre las dos juntas. Autoridad que es coherencia, no doble vida. Autoridad, y si un pastor la pierde, al menos que no pierda la esperanza, como Elí: siempre hay tiempo para acercarse y despertar la autoridad y la profecía.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97348/la-autoridad-don-de-dios

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La gracia de la compasión, homilia del Papa 08/01/2018

La gracia de la compasión

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

La primera Lectura de hoy, tomada del primer libro de Samuel (1,1-8), cuenta la historia de los padres del profeta, Elcaná y de Ana. Elcaná tenía dos mujeres: Ana era estéril, y la otra, Fenina, tenía hijos. Fenina, en vez de consolar a Ana no pierde ocasión de humillarla, y la maltrata con dureza recordándole su esterilidad.

También en otras páginas de la Biblia sucede lo mismo, como entre Agar y Sara, las mujeres de Abraham, de las que la segunda era estéril. Pero burlarse y despreciar al más débil es también una actitud de los hombres, como en el caso de Goliat ante David, o pensemos también en la mujer de Job, o en la de Tobías, que desprecian a sus maridos porque están sufriendo.

Y yo me pregunto: ¿qué hay dentro de esas personas? ¿Qué hay dentro de nosotros, que nos lleva a despreciar, a maltratar, a burlarnos de los más débiles? Se entiende que uno se meta con alguien más fuerte: puede ser por envidia… ¿Pero, con los más débiles? ¿Qué tenemos dentro que nos lleva a eso? Es algo habitual, como si necesitase despreciar al otro para sentirme seguro, como una necesidad…

Pero también pasa esto entre los niños. Recuerdo que cuando era pequeño, en mi barrio vivía una mujer, Angiolina, enferma mental, que estaba todo el día en la calle. Las mujeres le daban algo de comer, algún vestido, pero los niños se metían con ella. Decían: “vamos a buscar a Angiolina para divertirnos un poco”. ¡Cuánta maldad también en los niños, meterse con el más débil!

Y hoy lo vemos continuamente, en las escuelas, con el fenómeno del bullying, del acoso escolar, atacar al débil, porque eres gordo o porque eres así o eres extranjero o porque eres negro, por esto… agredir, arremeter… Los niños, los jóvenes… No solo Fenina, o Agar o las mujeres de Tobías y de Job: también los niños. Lo que significa que hay algo dentro de nosotros que nos lleva a la agresión del débil. Y creo que es una de las huellas del pecado original. Quizá los psicólogos den sus explicaciones de esa voluntad de aplastar al otro porque es débil, pero yo digo que esa es una de las huellas del pecado original. Eso es obra de Satanás, porque en Satanás no hay compasión.

Y así, como cuando tenemos el deseo de hacer una obra buena, una obra de caridad, decimos “es el Espíritu Santo quien me inspira a hacer esto”, pues cuando nos demos cuenta de que tenemos dentro ese deseo de agredir a aquel porque es débil, no lo dudemos: ahí está el diablo. Porque eso es obra del diablo: meterse con el débil.

Pidamos al Señor que nos dé la gracia de la compasión: esa es de Dios, que tiene compasión de nosotros y nos ayuda a caminar.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97347/la-gracia-de-la-compasion

 

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