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La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

Estudio de Raúl Lanzetti, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en “Romana” nº 9 (1989).

Trabajo27 de Mayo de 2015
Opus Dei - La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

En la conclusión de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos se daba casi por descontado que el enfoque de la unidad de vida, como testimonio esencial pedido al cristiano por el mundo contemporáneo, habría de encontrar un puesto de relevancia en la exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, en la 5ª proposición, los Padres sinodales habían calificado esta exigencia como de «grandísima importancia»[1]; no sorprende, pues, que el Santo Padre, acogiendo tales indicaciones, haya querido hacer de ella uno de los ejes portadores del documento ya desde su apertura, allá donde en la falta de la unidad de vida se localiza una de las dificultades más importantes de superar, o sea una de las dos principales “tentaciones” del camino post-conciliar: «la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[2].

El fin del presente estudio es el de ofrecer una visión de la articulación teológica y pastoral de dicha enseñanza. En el desarrollo del trabajo quedarán patentes, además, los puntos de coincidencia con la doctrina que, ya desde 1928, enseñó al respecto el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer[3]. Estamos, en efecto, ante un rasgo esencial de la vida espiritual de los fieles de la Prelatura del Opus Dei, como se refleja en el Codex Iuris Particularis[4]. Es obvio que la Christifideles laici considera el horizonte de la Iglesia entera, en la actuación pluriforme de su misterio de comunión, y que por tanto no se pueda esperar una completa superposición entre la doctrina del documento postsinodal y la de Mons. Escrivá. Sin embargo, existe un núcleo de convicciones esenciales en las que se verifica una estrecha afinidad, la cual merece ser explicitada.

A. La unidad de vida como exigencia de la misión de los laicos

1. Los motivos de una elección

En la Christifideles laici, la unidad de vida no aparece —como por otra parte no sucede en ningún texto magisterial[5]– como un tema abstracto, ni como una meta ideal para proponer a algunos aventajados en la vida espiritual. Se trata, al contrario, de una auténtica exigencia de la misma vida cristiana y de la misión de los laicos en el mundo contemporáneo, ya que está en relación con los grandes desafíos propuestos a la Iglesia por la situación actual de la familia humana.

En efecto, la descripción trazada en el n. 34 delinea una realidad del todo grave. Por una parte, el «continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo»[6]. Desde este punto de vista el elemento característico nos lo da el hecho de que «la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—, tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir»[7]. Si en estos momentos fundamentales y radicales de la vida humana no está presente la luz de la fe, es explicable «el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas»[8]. Es la situación del llamado primer mundo.

Por otro lado, existen regiones y países en los que «se conservan hasta hoy muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas»[9].

Todo esto hace necesaria una nueva evangelización, que pueda asegurar «el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad»[10].

Ahora bien, el empeño apostólico de los laicos en tales ámbitos se hace particularmente urgente y decisivo: «les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[11].

Para encontrar acentos similares en el Magisterio de la Iglesia, hace falta remontarse a otros momentos cruciales en la historia. Éstas que hemos descrito son, en efecto, circunstancias de crisis profunda, de cuya resolución positiva dependerá por mucho tiempo la vida de los hombres. En efecto, los interrogantes hoy abiertos hacen referencia al significado del nacer, del sufrir y del morir, o sea a las raíces mismas de cualquier cultura y civilización.

Se puede decir, entonces, que el horizonte apostólico de los laicos se ha radicalizado. Y es precisamente al proyectarse este salto de calidad en la misión de los laicos donde emerge la exigencia de la unidad de vida. En efecto, el testimonio de dicha «única respuesta plenamente válida» a los interrogantes actuales será posible, según Juan Pablo II, «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad esa unidad de vida que en el evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[12].

En la lógica de lo que se ha puesto de relieve esto quiere decir que, antes aún que en los demás, el fiel laico deberá pensar en sí mismo, en el sentido de verificar hasta qué punto las dimensiones más profundas de su ser hombre encuentran en la fe su pleno significado; y de examinar hasta qué punto el propio comportamiento diario sale adelante con la luz y con la fuerza de tales convicciones.

Como confirmación de todo esto, el Santo Padre relaciona tales exigencias con el “grito apasionado” que se ha hecho casi emblemático de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo»[13]. Es como decir: ya que «los estados, los sistemas económicos y los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo»[14], se confían a la responsabilidad, aunque no exclusiva, de los laicos, a ellos compete el abrir “los confines” de todas estas realidades a la potestad salvadora de Cristo. Esta percepción de los hechos nos trae a la cabeza el paradójico dato puesto de relieve por Juan XXIII en la Pacem in terris (11 de abril de 1963): «Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad»[15].

2. Cristología y síntesis vital en el Magisterio.

En esta línea es necesario dar relevancia a un dato decisivo para los desarrollos sucesivos. Se trata del núcleo cristológico de la unidad de vida. En efecto, la «única respuesta plenamente válida» a todos los interrogantes planteados por la existencia humana se encuentra en Jesucristo: «Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre», dice la constitución pastoral Gaudium et sepes (n. 22); y Juan Pablo II recuerda esta convicción de fe ya en la Encíclica Redemptor hominis (n. 8). La unidad de vida del fiel laico, así pues, deberá reflejar otra unidad que la precede y la hace posible: «El Hijo de Dios con su encarnación —citamos ahora la Gaudium et spes (n. 22)— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Toda la naturaleza humana ha sido entonces «ensalzada a una dignidad sublime»[16]. Haciendo una lista de los aspectos más significativos de tal unión, la misma constitución pastoral enseña que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[17]. Así pues, contemplando en Jesús la naturaleza humana, encontramos también el pleno y definitivo significado de nuestra existencia. Por tanto, el fiel laico está llamado a ser consciente de esta “sublime dignidad” y a reflejarla, en la medida de lo posible, en la propia vida. Por esto la Christifideles laici concluye que, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se constituyan nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana»[18].

En síntesis, sólo identificándose con Jesús el fiel laico podrá estar a la altura de esta radicalidad de misión que el mundo contemporáneo reclama.

3. La Encarnación como fundamento de la unidad de vida, en Mons. Escrivá.

En la predicación de Mons. Josemaría Escrivá, la llamada del cristiano a iluminar el mundo entero aparece como un principio fundante. En tal sentido, es significativo que ya en el n. 1 de Camino (publicado en 1939), se diese relevancia a esta exigencia: «Que tu vida no sea una vida estéril —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[19]. La expresión «unidad de vida» se encuentra ya en sus primeros escritos. En efecto, ya en 1940 escribía: «Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor de Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a lo humano valor divino: esta es la unidad de vida sencilla y fuerte, que hemos de tener y enseñar»[20]. Y he aquí un texto de 1945: «No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones»[21]. En 1954 escribía: «Es esa unidad de vida la que nos lleva a que, siendo dos las manos, se unan en la oración y en el trabajo…: la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida»[22].

Pero son numerosísimos los textos que, de un modo u otro, hacen referencia a la relación entre Encarnación y unidad de vida[23]. Tomaremos sólo dos de ellos, que nos parecen particularmente pertinentes para nuestro fin. El primero dice así: «En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el bautismo, es la corredención»[24].

El pasaje siguiente vuelve sobre el tema en un modo más amplio y particularizado: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz»[25].

Son textos que se remontan a los años sesenta[26], pero su sintonía con los del Magisterio posterior resulta evidente. La conciencia subyacente es que toda la existencia del hombre se ilumina por el misterio de la Encarnación, en el sentido de que ninguna realidad humana ha quedado fuera de su alcance. Se deriva de aquí la necesidad de que el cristiano se deje iluminar por esta realidad y la exprese en la vida diaria.

B. La formación de los fieles laicos en la unidad de vida

1. La síntesis vital como fin de la formación.

La unidad de vida, exigencia fundamental de la misión de los laicos, tiene un lugar prioritario en su formación: «En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana»[27].

Después de esta afirmación de principio, la Christifideles laici explicita las consecuencias que se derivan de él: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, es decir, la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son ‘ocasiones providenciales para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad'(Apostolicam actuositatem, 4)»[28].

Con un énfasis similar y un lenguaje bastante parecido se expresa el Beato Josemaría Escrivá en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, casi un riepilogo del ministerio pastoral que había desarrollado desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[29].

2. Dimensión personal de la unidad de vida.

Entre los muchos aspectos que se podrían subrayar en los textos citados, destaca de un modo particular el carácter estrictamente personal de la unidad de vida, en el sentido de que tal realidad tiene como sujeto exclusivo a la persona. Y aquí se imponen dos reflexiones, que se implican mutuamente.

Por una parte, en negativo, se debe excluir la comunidad —ya sea eclesial o civil— como sujeto de la unidad de vida. La Iglesia y la comunidad política —en cuanto realidades colectivas— están en función de la persona. La constitución pastoral Gaudium et spes (n. 76) dice que «son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre». Así pues, la unidad de vida sería fatalmente malentendida si se le pusiese a la comunidad como sujeto: se iría hacia una teocracia o hacia la restauración del regalismo, de tal modo que se conceda a la estructura eclesiástica o a la civil el primado sobre el cuerpo social. La improponibilidad de tales hipótesis salta a la vista.

En positivo, sin embargo, se debe evidenciar el carácter de totalidad que asume la unidad de vida. En efecto, en la posición de la persona como sujeto de aquella son asumidos todos los aspectos de la existencia humana: de un modo emblemático, el ser miembro de la Iglesia y ciudadano de la sociedad humana, como diría la Christifideles laici; o el alma y el cuerpo, la carne y el espíritu, según la terminología empleada por Mons. Escrivá. Así pues, la unidad de vida se constituye en cada cristiano como un encuentro entre dos totalidades: la del entero existir humano —«todo sector de la actividad y de la existencia»[30]– y la del misterio de Cristo, como plenitud de la revelación y de la realización histórica del designio de Dios[31]. Y dicho encuentro es, precisamente, el arraigamiento del “sarmiento” —el fiel laico— en la “vid”, que es Cristo: verdadero leit-motiv de toda la exhortación apostólica, junto al de la centralidad de la persona[32].

De dichas premisas Mons. Escrivá obtenía con ejemplar coherencia todas las consecuencias. En efecto, considerar a la persona como “lugar” de la unidad de vida comporta la exigencia de respetar la libertad personal, por lo que respecta tanto a las legítimas opciones temporales como sobre todo a la apertura total del cristiano en su enfrentarse a Cristo. Entre sus varias expresiones al respecto, es necesario subrayar la siguiente: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana»[33].

3. Los diferentes aspectos de la formación de los fieles laicos.

Desde esta perspectiva, la formación en la unidad de vida tiene como finalidad el alcanzar la maduración personal de la síntesis vital y de la integralidad en la formación: «Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos»[34].

Del aspecto espiritual de la formación se hablará más adelante. Por lo que respecta a la formación doctrinal, la Christifideles laici indica la necesidad de una profundización. Más allá de aquel carácter de globalidad y plenitud que deben caracterizar a la catequesis como tal, los fieles laicos deberán recibir una formación doctrinal específica que les haga capaces de cristianizar la cultura, dando una «respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[35]. La conexión establecida entre la formación de los laicos y la necesidad de ofrecer una respuesta a los desafíos planteados a la Iglesia por la cultura contemporánea subraya que el fiel laico no está tan sólo llamado a vivir esta unidad, sino también a expresarla con palabras y con hechos, en el empeño por dar razón de la esperanza que está en él y en abrir a los demás el sendero de su encuentro personal con Cristo.

Sigue la llamada a la formación en la doctrina social de la Iglesia, que retoma la proposición 22 del Sínodo[36]. Es bastante indicativo que la Christifideles laici haya querido retomar el grande y sugestivo tema del crecimiento en los valores humanos, citando en la carta un texto conciliar: «Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(Los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana» (Apostolicam actuositatem, 4)»[37].

También este aspecto aparece muy presente en la predicación y en los escritos del Beato Josemaría Escrivá, que situaba a Cristo, perfectus homo, como fundamento y modelo de la plenitud humana para el cristiano. Destaca en este sentido una homilía del 6 de septiembre de 1941, dedicada a las virtudes humanas. He aquí dos pasajes decisivos: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)»[38]. «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo»[39],

Leamos, finalmente, el párrafo conclusivo del número 60 de la Christifideles laici, que nos pone ante el aspecto central y sintético de la formación en la unidad de vida, esto es, el espiritual, del que trataremos ahora: «Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida»[40].

C. La caridad, principio dinámico de la unidad de vida

1. El “puesto privilegiado” de la formación espiritual

La enseñanza de la Christifideles laici sobre la formación espiritual es concisa en la expresión, pero cargada de singular densidad en el contenido: «Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer divino» (Apostolicam actuositatem, 4)»[41].

La unidad de vida aparece aquí como noción y realidad global, que supera la dicotomía entre interioridad y actividad, entre vida espiritual y apostolado. El fundamento, como ya hemos visto, es el misterio de la Encarnación. En este cuadro, al hablar de la vida espiritual, la Christifideles laici no se pone como ante una alternativa en la que es necesario realizar una elección, sino que expresa un orden en el camino hacia la actuación de tal síntesis de vida. Este dato parece decisivo, porque hace comprender que el “puesto privilegiado” de la formación espiritual adquiere significado dentro de una visión genética de la unidad de vida; lo que quiere decir que dicha formación es, en cierto sentido, la base sobre la que se apoyan los otros aspectos de la formación y es, al mismo tiempo, la estructura que soporta la totalidad de la formación de los fieles laicos.

Con esta observación se quiere dar relieve también a la especificidad de la formación espiritual de los laicos, en el sentido de que ella debe mantenerse necesariamente abierta, desde dentro de sí misma, hacia los demás aspectos de la formación, y no cerrarse ni absolutizarse en los propios contenidos. Por ejemplo, si los valores humanos adquiriesen significado tan sólo en cuanto factores simplemente atrayentes en la relación con los demás, como simple anzuelo de apostolado, y al mismo tiempo toda la sustancia de la vida espiritual fuese colocada en el alma espiritual, entonces estaría claro que no nos encontramos ante una propuesta de unidad de vida, sino tan sólo ante una yuxtaposición accidental —instrumental— del hombre y del cristiano. Así pues, la formación espiritual indispensable para los fieles laicos no puede buscar cualquier fuente de inspiración, prescindiendo de la propia relación orgánica con los otros ambientes de la formación integral (doctrinal, social, valores humanos); sino que deberá tener en cuenta esta esencial exigencia de comunión con la totalidad del existir.

Es en este sentido en el que quiere expresarse la Christifideles laici, aun en su concisión, indicando los trazos fundamentales de una espiritualidad que dé vida a una síntesis capaz de superar toda posible fractura en la existencia diaria de los fieles laicos. La llave maestra es la unión con Cristo, como se expresa el decreto Apostolicam actuositatem, o la intimidad con Cristo, como dice la Christifideles laici. En qué pueda consistir tal unión se especifica por la indicación de que la actividad humana se desarrolla «según el querer divino»[42]. Para profundizar debidamente en este punto retomaremos un pasaje del número precedente de la Christifideles laici.

2. Unión con Cristo y unidad de vida en los fieles laicos.

«El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos»[43].

En la interpretación de este texto hace falta recordar sobre todo que la unidad de vida en el cristiano deriva de la unión con Cristo. En efecto, el enraizamiento en la Vid —que es Jesús— es lo que da “fruto” en cada ámbito de la vida de los fieles laicos. Ahora bien, en el cuadro de la formación espiritual va incluido el principio en torno al cual dicha unión con Cristo se puede desarrollar hasta alcanzar la unidad de vida. La respuesta de la Christifideles laici a dicha pregunta sería esta: sólo en la gradual y constante identificación con el amor de Jesús al Padre y a su diseño salvífico, el fiel laico llevará a cumplimiento la unidad de la propia existencia. En efecto, lo que se debe manifestar y realizar en la vida diaria no es el amor del cristiano en cuanto hombre, sino la «caridad de Jesucristo por la gloria del Padre y en servicio de los hermanos». Así pues, dicha síntesis vital no se da sobre la base, por decirlo así, de una “composición” entre las exigencias del propio yo y las de Jesús, sino más bien a fuerza de negarse a sí mismo para reencontrar en Cristo toda la propia existencia. Dicha afirmación merece ser profundizada en sus fundamentos.

A este respecto se recuerda, sobre todo, la plena participación del Hijo de Dios en la naturaleza y en la historia humana. En este sentido, es significativo el texto de la Gaudium et spes que retoma la Christifideles laici (n. 15) al plantear la índole secular de los fieles laicos: «El mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (…). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[44]. Así pues, el punto de partida está constituido por la unión de Dios con todo el hombre y toda su existencia. Nada de lo que es bueno en el hombre ha quedado como extraño a dicha unión, ya que «naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, similar a nosotros en todo menos en el pecado»[45]. Todo el horizonte de la vida humana ha sido asumido por el Verbo de Dios.

Pero lo que es más característico de Jesús no es tanto esta asunción de la “materia”, por llamarla así, de nuestra existencia, como el “espíritu” con que la asumió. El Verbo de Dios ha querido hacerse hombre para participar en nuestra historia y para redimirnos desde dentro de ella. Él quiso entrar en el corazón del drama de nuestro vivir sobre la tierra —de nuestra relación vital con Dios rota por el pecado— con el fin de establecer la paz, la comunión con Dios Padre, e instaurar la unión fraterna entre los hombres pecadores[46]. Y dicha obra redentora ha sido un acto de obediencia a la voluntad —al designio misericordioso— de Dios, sostenido por el mismo amor del Hijo hacia el Padre (cfr. Mt 26, 39.42; Mc 14, 36; Lc 22, 42: Hebr 5, 7s). Ciertamente, la redención alcanza su propio culmen en el misterio pascual; pero la Cruz y la Resurrección no son momentos aislados en la vida de Jesús. El amor obediente del Hijo al Padre ilumina ya la misma Encarnación y toda la vida de Cristo aparece marcada por este continuo ocuparse de las “cosas del Padre” (cfr. Lc 2, 49). El Hijo ha sido “mandado por el Padre”, y dicha misión está en el mismo centro del ser teándrico de Jesús y de toda su obra salvífica[47],

Pues bien, la identificación con el amor obediente de Jesucristo deberá llevar al fiel laico a asumir toda su existencia en la perspectiva de la redención, ya que —como dice la misma Christifideles laici (59b)— «todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos». Así pues, la edificación de la unidad de vida es un proceso en el cual el fiel laico se aleja de sí mismo y se identifica con Cristo en su amor obediente al Padre, “recuperando” la propia existencia en el mundo en una perspectiva nueva. A este respecto, Mons. Escrivá ha escrito: «Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad»[48].

En síntesis, a través de los fieles laicos el amor redentor de Jesús actúa capilarmente en todos los espacios de la vida de los hombres: toda la creación, de este modo, es renovada.

3. Plenitud de la caridad y plenitud humana.

Todo esto habría que relacionarlo con el número 17 de la Chritifideles laici, titulado Santificarse en el mundo. En efecto, la búsqueda asidua de la identificación con el amor de Jesús no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, de la plenitud de la caridad cristiana[49]. Desde este punto de vista se puede decir que la unidad de vida de los fieles laicos ha de ser buscada en el esfuerzo por vivir el cristianismo seriamente; de otro modo se quedará en una aspiración insatisfecha.

Por otra parte, si recordamos que la unidad de vita se pone como condición de la misión en el mundo contemporáneo, o sea como el camino que hace posible a los demás hombres recuperar el sentido y la dignidad de la existencia[50], entonces la búsqueda de la santidad no parecerá una especie de lujo refinado, sino una urgencia vital para el crecimiento de la Iglesia de nuestro tiempo.

Esta conciencia palpitaba con fuerza en la caridad pastoral de Mons. Escrivá y en su vigoroso anuncio de la doctrina sobre la santidad en medio del mundo: «Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra —ésa que hemos de pretender— una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el principal requisito que se nos pide —bien conforme a nuestra naturaleza—, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3, 14); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad»[51].

Hace falta, pues, rechazar una tentación: la de imaginar esta plenitud cristiana, que lleva consigo la plenitud humana, como algo que necesariamente se impone con sonoridad a nivel de opinión pública. Sin excluir que en algún caso pueda suceder así, esto no sucederá en la inmensa mayoría de los fieles laicos, sin que esto signifique una disminución de la eficacia de su testimonio en la historia. Juan Pablo II escribe al respecto: «Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia»[52].

De este carácter paradójico de la santidad y de la unidad de vida fue heraldo tenaz el Beato Josemaría Escrivá. La percepción inicial, como siempre, es cristológica: la vida escondida de Jesús rebosa una fuerza ejemplar: «Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[53].

De dicha simplicidad de una existencia plenamente santificada en el mundo Nuestra Señora es el modelo emblemático: «A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

»Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario»[54].

En este marco el trabajo humano asume el significado más profundo: eje de la existencia humana sobre la tierra, constituye también el núcleo de la vida espiritual, el “lugar” de la identificación con aquella vida de trabajo que llevó Jesús en el amor obediente a la voluntad del Padre, en espíritu de oración: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas»[55].

Así pues, el trabajo no es simplemente “actividad”; sería reductivo ponerlo en relación tan sólo con el sujeto que lo lleva a cabo, sin considerar que todo trabajo en el mundo forma parte además —para lo bueno y para lo malo— de un conjunto de relaciones más vasto, algunas veces de auténticas iniciativas colectivas de amplio alcance. Es esto siempre participación responsable en el esfuerzo de la humanidad. Y el cristiano está llamado a llevarlo a cabo orientándolo al reino de Dios y haciendo partícipes de esta misma tensión a todos los demás hombres, comenzando por los propios colegas. También a este respecto la sensibilidad de Mons. Escrivá se revela agudísima, al poner en evidencia el papel del trabajo en la corredención: «Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles… Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella primera época de la era de nuestra salvación»[56].

Este texto nos remite a las consideraciones iniciales. El mundo contemporáneo plantea desafíos radicales a la misión de la Iglesia. La reflexión sinodal ha identificado esta urgencia de síntesis vital con la misión de los fieles laicos, llamados a iluminar a todos los hombres con el amor de Cristo, que sostiene la existencia diaria del cristiano en medio del mundo.

Raúl Lanzetti

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] El texto completo, transcrito de la misma Ex. Ap. Christifideles laici (17a) decía así: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».

[2] Ex. Ap. Christifideles laici, 2i.

[3] Entre los muchos títulos de la bibliografía sobre el tema, se pueden citar esencialmente: ILLANES, J.L., Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 80-90, 222-225; CASCIARO, J.M., La santificación del cristiano en medio del mundo: AA.VV., “Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei”, Pamplona 1985, pp. 161-168; CELAYA, I. DE, Unidad de vida y plenitud cristiana, ibid., pp. 321-340; Vocación cristiana y unidad de vida, in AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987, pp. 951-965; RODRÍGUEZ, P., Vocación Trabajo Contemplación, Pamplona 1986, pp. 118-122, 212-218; HERRANZ, J., L’unità di vita del laico: “Studi Cattolici” 312 (febbraio 1987), pp. 103-108; TORELLÓ, G.B., La santità dei laici: AA.VV., “Chi sono i laici. Una teologia della secolarità”, Milano 1987, pp. 81-109.

[4] «Spiritus Operis Dei aspectus duplex, asceticus et apostolicus, ita sibi adaequate respondet, ac cum charactere saeculari Operis Dei intrinsice et harmonice fusus ac compenetratus est, ut solidam ac simplicem vitæ —asceticæ, apostolicæ, socialis et professionalis— unitatem necessario secum ferre ac inducere semper debeat» (Tit. III, cap.I., n. 79 §1: DE FUENMAYOR, A.—GÓMEZ-IGLESIAS, V.—ILLANES, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 639. La cursiva es nuestra).

[5] La exigencia de la unidad de vida ha sido subrayada muchas veces por el Magisterio, que la ha desarrollado gradualmente y en diversos contextos. Los lugares fundamentales al respecto me parecen ser los siguientes: JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11-IV-1963): AAS 55 (1963) 297; CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), n. 43: EV 1 (1985) n. 1454; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8-XII-1975), n. 20: AAS 68 (1976) 19. Ha sido ésta también solicitada para los presbíteros (cfr. Presbyterorum Ordinis, 14) y los religiosos (cfr. Decr. Perfectæ caritatis, 18).

[6] Ex. Ap. Christifideles laici, 34a.

[7]Ibid.[8]Ibid.[9] Ex. Ap. Christifideles laici, 34b.

[10]Ibid.[11] Ex. Ap. Christifideles laici, 34d.

[12]Ibid.[13] JUAN PABLO II, Homilía al comienzo del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): AAS 70 (1978) 947.

[14]Ibid.[15] AAS 55 (1963) 297. Versión castellana de El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992.

[16] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

[17]Ibid.[18] Ex. Ap. Christifideles laici, 34g.

[19] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 1.

[20] Cit. por RODRíGUEZ, P., o.c., p. 212.

[21]Ibid.[22]Ibid. p. 213. La cursiva es nuestra.

[23] Ver la bibliografía señalada en la nota 3.

[24] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 120.

[25]Ibid., n. 112.

[26] El primero de los últimos dos textos citados ha sido sacado de la homilía pronunciada el día de la Ascensión de 1966 (19 de mayo); el segundo pertenece a la homilía de la Pascua de 1967 (26 de marzo). Cfr. ibid., nn. 117 y 102 (a pie de página).

[27] Ex. Ap. Christifideles laici, 59a.

[28]Ibid., 59b.

[29]Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114.

[30] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[31] Cfr. ibid.[32] Ver, de modo particular, la insistencia del n. 58 sobre este tema.

[33] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 99.

[34] Ex. Ap. Christifideles laici, 60a.

[35]Ibid., 60c.

[36] «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Instr. sobre la libertad cristiana y la liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (Ex. Ap. Christifideles laici, 60d).

[37] Ex. Ap. Christifideles laici, 60e

[38] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 74.

[39]Ibid., n. 75.

[40] Ex. Ap. Christifideles laici, 60f.

[41]Ibid., 60b.

[42] CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4.

[43] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[44] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 32.

[45]Ibid., 22.

[46] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Ad gentes, 3.

[47] Dicha verdad permea toda la predicación de Mons. Escrivá: «Este fuego, el deseo ardiente de cumplir el decreto salvífico del padre, informa toda la vida de Cristo, ya desde su nacimiento en Belén» (Es Cristo que pasa, ed. cit., n. 95). Sobre ella se apoya su propuesta de santidad en medio del mundo: «Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (ibid., 20).

[48] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 20.

[49] Es significativo en este sentido el fragmento inicial: «La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el Apóstol nos amonesta diciendo: “Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: “Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida” (Apostolicam actuositatem, 4)» (Ex. Ap. Christifideles laici, 17a).

[50] Cfr. Ex. Ap. Christifideles laici, 3ss.

[51] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 6.

[52] Ex. Ap. Christifideles laici, 17b.

[53] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 14.

[54]Ibid., n. 172.

[55]Ibid., nn. 47 y 48.

[56] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, nn. 62 y 63.

 

Fuente: http://www.opusdei.es/es-es/article/la-unidad-de-vida-y-la-mision-de-los-fieles-laicos-en-la-exhortacion-apostolica-christifideles-laici/

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Categorías:General, Laicos

El apostolado seglar y Acción Católica

El apostolado seglar y Acción Católica

JULIÁN BÁSCONES/

FUENTE: http://www.elnortedecastilla.es/prensa/20070527/palencia/apostolado-seglar_20070527.html

 

PENTECOSTÉS es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, la fiesta de la fuerza que llega de lo alto en forma de aliento misionero. La que precisan los laicos si quieren cumplir con su tarea en la parcela que les compete, en el vasto y complejo mundo de la política, de lo social, de la economía, de la cultura, de las ciencias y de las artes. En esta fecha tan significativa, en esta solemnidad litúrgica, la Diócesis de Palencia quiere renovar su apoyo al laico individual y asociado, y seguir impulsando el apostolado seglar, especialmente a través de los diferentes movimientos de la Acción Católica.

Aunque con cierta socarronería, se viene preguntando en los últimos tiempos: ¿pero aún existe la Acción Católica? Una pregunta que queda en la duda si la gracia encierra sorpresa espontánea o manifiesta la añoranza de algo de lo que se carece. La historia de casi sesenta años invita a que se tome en serio esta propuesta. Porque, a pesar de su tan cacareada crisis y de su posterior condición minoritaria, la Acción Católica sigue siendo un sólido instrumento evangelizador. Y, en la actualidad, busca responder en cada parroquia a la demanda creciente de un laicado eclesial y militante, activo y responsable, así como en una sociedad donde la fe se ha vuelto irrelevante.

Es verdad que en teoría hoy todas las parroquias quieren ser misioneras y en ellas trabajan muchos seglares. Asimismo, no lo es menos que la mayoría lo hacen en el interior de la comunidad cristiana como catequistas, visitadores de enfermos, monitores de liturgia, cantores… Y solo un número reducido proyecta su acción más allá de las puertas parroquiales, cuando ahí debe estar la formación de esta asociación laical, a la que compete extender la labor de la parroquia hasta establecer su presencia en todas las encrucijadas de la vida. Además, ¿quién puede entender que se halle ausente de aquellas parroquias tan necesitadas de una apoyatura válida y unitaria para la promoción, formación y vertebración de los laicos?

Ciertamente, este movimiento está sufriendo un importante proceso de adaptación a la sociedad del momento y a las exigencias de la nueva evangelización en nuestro país. Y, por supuesto, también en la iglesia palentina, en donde también la indiferencia religiosa, el secularismo, la separación entre la vida y la fe y la pérdida de los valores del humanismo cristiano se han instalado en esta tierra resignada y humillada, abnegada y sacrificada. Pero a la vez también siempre dispuesta a promover y llevar adelante la tarea evangelizadora.

Así lo manifestaba un grupo de mujeres, profundamente conocedoras del movimiento, al dar a conocer la programación anual. Un programa que no solo asume las claves diocesanas y trata de acercarse al mundo de las prisiones, de los gitanos, de la droga, del sida y de las mujeres maltratadas, sino que insiste igualmente en la urgente necesidad de revitalizar la asociación.

Para que la vida y la fe no se desdoble, utilizan el método de la revisión de vida, que les permite ir definiendo el ámbito propio en el que expresar un compromiso más estable como militantes cristianos. Una militancia que quieren seguir consolidando, sin olvidar la metodología y la participación en las parroquias, marco de su misión transformadora y evangelizadora.

La fe dañada

Allí donde se encuentran las realidades que buscan y que son como la zarza ardiendo del Sinaí, y el lugar sagrado para el desempeño de su acción. Allí donde se juega constantemente el futuro de nuestra sociedad y cultura.

La Acción Católica de adultos, al igual que cualquier otro movimiento de esta misma asociación, tiene una estructura diocesana, y ella es la protagonista de su desarrollo, de la organización y de la toma de decisiones, en corresponsabilidad con los planes pastorales de la diócesis por medio del consiliario.

Claro que como personas en formación necesitan el acompañamiento en la fe de este consiliario, sobre todo cuando la misma fe que las impulsa a situarse en la realidad se ve dañada y herida por la dureza y hostilidad de esa realidad que pisan.

Ciertamente, esta asociación de seglares cuenta con una historia fecunda de militancia cristiana. Por eso, este movimiento, al margen de dificultades, mira al futuro con mucho optimismo y también con esperanza, al comprobar que todavía gente joven se está interesando en la última etapa y que bastantes sacerdotes están dando una respuesta positiva a esta oferta, lo que no es poco para continuar adelante hacia la consecución de todos sus fines.

 

Categorías:Accion Catolica, General

Espiritualidad cristiana para la participación ciudadana

Espiritualidad cristiana para la participación ciudadana

Fuente http://imdosoc.org

 

La espiritualidad cristiana se forja en primer lugar a partir del encuentro con el Señor a través de la escucha de su palabra, de la identificación de sus opciones, de la contemplación de su vida para hacer nuestras sus actitudes.

 

El Evangelio testimonia cómo la vida de Jesús está atravesada permanentemente por la acción del Espíritu de Dios, desde el bautismo hasta la Cruz. De ahí que una característica del discípulo de Jesús está dada por el dejarse conducir por el Espíritu, dejarse enseñar por Él y dejar que el mismo Espíritu ayude al discernimiento ante las situaciones inéditas de cada época.

 

Me han pedido que comparta con ustedes algunas reflexiones sobre la espiritualidad que podría llevarnos a una mayor participación ciudadana.

 

Comenzaré por recordar algunas ideas sobre lo que se entiende por espiritualidad. Juan Pablo II en Ecclessia in America escribía: “Espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias cristianas, la cual es la vida en Cristo y en el Espíritu… En este sentido por espiritualidad se entiende no una parte de la vida, sino la vida guiada por el Espíritu Santo” (EA 29).

 

La espiritualidad lleva al cristiano a convertirse en hombre nuevo. Esto se realiza mediante un proceso, que en América Latina hemos llamado seguimiento de Jesús, en donde la persona va asumiendo el estilo del Señor, su forma de vida, su disponibilidad al Espíritu. La acción del Espíritu va disponiendo al hombre a la comunión con Dios y con los hermanos, mediante un proceso en el que lo libera de los egoísmos, en que lo ha sumido el pecado.

 

La meta es siempre la comunión, a la que no se accede, sino por un profundo proceso de conversión. Sin embargo, la comunión llama permanentemente a la solidaridad puesto que se constata cada día, cuántos hermanos están lejanos de esta realidad. Nuestro mundo roto y dividido, como nos recordó el mismo Papa Juan Pablo II en su último documento sobre la Eucaristía, espera de nosotros los cristianos un servicio que parece no le puede venir de ningún lado.

 

Quisiera proponer a ustedes el texto de las bienaventuranzas desde donde podríamos encontrar algunas líneas que sustenten una espiritualidad que nos lleve a la participación ciudadana.

 

Bienaventurados los pobres:

La primera bienaventuranza no es una loa a la miseria y a lo que destruye la vida del hombre. Es en primer lugar un reconocimiento a los que no están llenos de sí mismos, los que en su trabajo cotidiano no han colocado la búsqueda del prestigio, del poder o del dinero como el centro de su vida. Es una exaltación de la vida que se empeña por renunciar a postrarse ante los ídolos que la cultura contemporánea coloca delante de los hombres.

 

Esta bienaventuranza tiene su fundamento en una profunda confianza en Dios que le permite al hombre avanzar con las manos vacías, sin temor a ser despojado de sus bienes, porque se vive como si nada se poseyera y, con la frente en alto, porque se siente libre de tener que aceptar componendas que dañen la propia dignidad y la de los demás.

 

Quien asume la pobreza desde esta perspectiva tiene el coraje de luchar y comprometerse con todas sus fuerzas en el escenario público pues sabe que nada tiene que perder pues lo que tiene le viene de Dios. Es capaz de superar los miedos que paralizan la acción de las personas y las comunidades, pues su seguridad le viene de Dios.

 

Si hay un elemento que hoy impide con fuerza la participación ciudadana, es el miedo que de distintas maneras impide los procesos de organización, que alienta la apatía y el conformismo.

 

Bienaventurados los mansos:

No hay nada más lejano al espíritu del Evangelio que la resignación y la fatalidad. El Evangelio en cambio propone siempre la tenacidad y la perseverancia. A la luz de la figura de Jesús, quien contempla con los ojos de Dios la realidad, brota naturalmente la indignación ética ante la injusticia, que con sus múltiples facetas, daña la vida de las personas. Ser manso no significa aguantarlo todo como si no hubiera nada que hacer para transformar el mundo; es la expresión de un corazón que no pierde del todo la armonía a pesar de la adversidad. El hombre manso evita el camino de la dominación y está permanentemente por el servicio.

 

Para la participación ciudadana se requieren cristianos que cultivando la mansedumbre sean capaces de dialogar en medio de las diferencias; que sean capaces de aceptar que la verdad se conquista paulatinamente, mediante el ejercicio de escuchar la verdad de los demás. El cristiano con la mansedumbre se faculta para luchar contra todo tipo de autoritarismos y se convierte en promotor de una sociedad incluyente y plural.

 

Alentar la participación ciudadana requiere un ejercicio que cultive en el corazón de las personas la paciencia histórica, para confiar que a pesar de la resistencia de la realidad a transformarse ningún esfuerzo deja de producir sus frutos. El desaliento en muchos casos puede ser expresión de un acercamiento a la realidad de manera simplista, de una

incapacidad de perseverar ante los problemas.

 

Bienaventurados los que lloran:

Jesús se acercó a la realidad siempre desde la compasión. No se detuvo sólo en el intento de comprenderla, sino que aceptó compartir el sufrimiento de sus hermanos. No sólo lloró con ellos, sino que tomó partido a favor de los que lloran. Sus lágrimas, sin embargo, no lo detuvieron, en el lamento, sino que se dispuso a luchar para superar cuanto oprimía su vida.

 

En México, alentar la participación ciudadana, ha de estar motivado, en primer lugar, por las actitudes de Jesús ante el dolor de los hermanos. Para que sea expresión de nuestro seguimiento del Señor, hay que estar dispuestos a compartir ese dolor. Hoy son tantos los rostros que sufren que sería imposible enumerarlos. Sin embargo, quisiera detenerme a afirmar que la situación de los millones de pobres y de hermanos viviendo en la miseria es ya, desde la perspectiva de la fe, algo que debe empujarnos a la acción. Muchas manifestaciones de dolor están tocando a las puertas de nuestro corazón: el desempleo, la migración, la violencia contra grupos concretos como las mujeres trabajadoras, la desolación del campo, el abandono de los indígenas, la frustración de los jóvenes y la vulnerabilidad de los niños y los ancianos.

Llorar mantiene el corazón sensible ante tanta contradicción y muerte. Llorar traerá siempre como recompensa la consolación.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia:

Esta es la bienaventuranza no de los saciados, sino de los profundamente insatisfechos puesto que saben que en el proyecto de Dios hay vida plena para los hermanos. Esta es la bienaventuranza que permite mantener la pasión por el hombre. Quien vive conforme a esta bienaventuranza no se cansa de exigir justicia para los desposeídos, no se cansa de denunciar las abismales desigualdades que ubican a unos en la opulencia y a otros los sume en la miseria. Propone que dar a cada quien lo que le pertenece debe entenderse en primer lugar en términos de la dignidad de la persona. Bienaventurados pues los que hacen de la lucha por la justicia expresión de su fidelidad a Dios porque Dios mismo los saciará.

Bienaventurados los misericordiosos:

En una sociedad tendiente a la división y a la confrontación esta bienaventuranza adquiere una importancia singular. No se puede alentar la participación ciudadana desde la vida del cristiano si antes no se tiene un auténtico deseo de reconciliación. No habrá avances sustantivos en la vida de nuestra sociedad si las rencillas o los rencores de personas o de grupos se sitúan como el resorte que empuja a la acción. La misericordia capaz de perdonar las ofensas recibidas permite no claudicar ante la frustración que el trabajo social en muchos momentos trae consigo.

 

La reconciliación, misión fundamental de la Iglesia, implica la capacidad de tender puentes, de sumar esfuerzos, de acercar a los diversos, de hacer descubrir lo mucho que nos une, de operar en el mundo, pensando que aun los peores agravios, pueden ser transformados para crecimiento de las sociedades.

Bienaventurados los limpios de corazón:

 

La limpieza del corazón es una cualidad necesaria para el cristiano llamado a la participación ciudadana. De modo especial en nuestro México, en donde durante mucho tiempo se afirmó que entrar a la política era como estar dispuesto a nadar en agua turbia y sucia, como haber cedido a la tentación de la trampa y de la mentira.

Las promesas incumplidas, los arreglos por debajo del agua, las patadas debajo de la mesa durante mucho tiempo han caracterizado la participación política en México. El cristiano que se dispone a participar en la vida pública está llamado a ser persona de una sola palabra, aquel para quien un si es un si, y un no es un no. Está llamado a desenmascarar todo aquello que huela a corrupción en las organizaciones sociales como en los puestos públicos. Ellos son los que verán a Dios.

 

Bienaventurados los que trabajan por la paz:

La discordia y la sospecha, la división y la descalificación las cuales imperan en nuestra realidad política son enemigas de la paz. Una espiritualidad para la participación ciudadana ha de estar dispuesta a buscar siempre la paz desde las propias contradicciones y debilidades.

Hacer del adversario político un enemigo nunca será expresión de lucha por la paz. La paz surgirá cuando la lucha por la justicia sea llevada adelante, cuando se siga creyendo que es posible construir a partir de lo que ha quedado por debajo de los escombros. La paz significa también la disposición a ceder en aquellas cosas que no son esenciales y a mantenerse firme en lo no negociable: la dignidad de la persona y sus derechos.

 

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia:

La cruz se encuentra siempre al final del camino de aquel que se compromete con la justicia. Las trincheras que resguardan la propia comodidad y que nos aseguran no correr riesgos nos alejan de vivir esta bienaventuranza. El Evangelio da testimonio de la incomprensión y el rechazo de muchos a la persona de Jesús. Da testimonio en la misma persona del Maestro, de la gran posibilidad que se tiene de ser objetos de traición.

México y todas las naciones cuentan entre sus altares a mártires que murieron por la confesión de su fe en el Dios que hace justicia a los oprimidos. Su sangre ha abonado el camino de la democracia, de la superación, de la desigualdad y de la paz.

La espiritualidad cristiana que promueve la participación ha de ser consciente de que la cruz está siempre delante. Pero después de la cruz siempre vendrá la manifestación de la Gloria.

 

Monseñor Sergio Obeso

Arzobispo de la Arquidiócesis de Xalapa, Mexico

 

 

Categorías:DSI, General

Carlos Escribano: “La refundación de la Acción Católica General no es un intento, es una realidad”

Carlos Manuel Escribano

 

“El laicado tiene que dar un paso al frente y responder a Iglesia y sociedad”

Carlos Escribano: “La refundación de la Acción Católica General no es un intento, es una realidad”

“La apuesta es que los saglares aborden la tarea evangelizadora de una manera ‘moderna'”

José Manuel Vidal, 08 de agosto de 2017 a las 10:47

(José Manuel Vidal).- Gallego recriado en Aragón, Carlos Manuel Escribano (Carballo, 1964) es obispo de La Rioja-Calzada-Logroño y goza de la confianza de sus pares, no en vano le han encomendado ‘tres joyas de la corona’ de la Iglesia en España: Manos Unidas, Juventud y la Acción Católica General. Como consiliario de esta institución, que vuelve por sus fueros, presidió su Asamblea general la pasada semana en Compostela. El prelado apuesta por los seglares para la misión y por la “refundación” de la ACG.

¿Usted y la Acción Católica han venido a Santiago a hacer lío?

En parte, sí. Hemos venido sobre todo a pedir un don del Espíritu para que nos ayude en nuestra tarea de evangelización, que es lo más importante de todo. Una experiencia de comunión en una actitud abierta de la Acción Católica general, que sacrifica un espacio muy íntimo de cualquier asociación que es una asamblea, para ponerla al servicio de la Iglesia en España, y poder crear este espacio donde se puedan debatir aspectos que nos lleven a tomar ideas e inercias, para poner nuestras parroquias en una situación de salida. Creo que ese es el gran reto que tenemos delante en este momento.

¿Hay un intento, digamos serio, de refundación de la Acción Católica?

Creo que no es un intento, pienso que es una realidad. La Acción Católica general en Cheste predefine un proyecto que desde mi punto de vista, y yo no estaba entonces en Acción Católica, es un don del Espíritu muy evidente, con una serie de elementos muy marcados de lo que tiene que ser el laicado y una acción que se proyecta. Y se están empezando a ver los frutos. Se vieron en Madrid hace cuatro años y se están viendo ahora aquí, en Compostela. Frutos que están iluminando incluso el proceso que está haciendo la Acción Católica especializada.

Creo que es un tiempo distinto para la Acción Católica, desde la percepción de que hay una necesidad de un trabajo de un laicado que tiene que dar un paso al frente, para dar respuestas a la Iglesia y a la sociedad de hoy y que todos somos necesarios en este trabajo que hay que llevar adelante.

¿El intento busca, en el fondo, conseguir una implantación de la ACG en las parroquias similar a la que tiene Cáritas?

El intento es que la Acción Católica recupere lo que es. Porque la Acción Católica en sí es un don para la Iglesia. Con el Santo Padre celebrábamos hace unos dos meses el 150 aniversario de la Acción Católica italiana.

La Acción Católica en España ha tenido sus momentos más álgidos, más brillantes y otros momentos más decadentes, ¿por qué no decirlo?. Pero creo que también, en este contexto actual, al final es volver a recuperar una identidad que puede dar una gran proyección. En una conciencia de que todos tenemos una necesidad compartida.

Y en eso está la Acción Católica General: en intentar ponerse al servicio, para que realmente pueda haber un papel donde nuestros seglares puedan abordar de una manera “moderna” lo que tiene que ser la tarea evangelizadora. Cuando digo moderna quiero decir en consonancia con la realidad que tenemos delante, y que hay que intentar evangelizar. Es una gran apuesta.

 

 

 

Lo demás pueden ser elementos que aproximan el cómo nos gustaría que fuese. Pero al final es devolver a la Acción Católica la esencia que tiene. Que es un gran don para la Iglesia. El Concilio la define “apostolicam actuositatem”. Marca una serie de hitos y esos hitos, después de haber sido desarrollados durante unos cuantos años de cogerlos el Concilio, hacerlos propios y lanzarlos para la Iglesia Universal. Que la Iglesia española esté recuperando ese espacio yo creo que es una gracia, indudablemente.

¿Está asumido ese don, por parte de los obispos y por parte del clero en general?

Los procesos cuestan. Pero también es verdad que muchas veces es importante ser capaz de definir proyectos ilusionantes. Que es la gran fuerza que tiene, en este momento, la Acción Católica General.

A partir de Cheste, de la asamblea de Huesca, de la unificación de los tres sectores hay una visión muy evidente de lo que tienen que ser los itinerarios. Porque al final, la conjunción de las tres edades no es por una cuestión práctica, sino por un dinamismo evangelizador que busca los itinerarios. Eso facilita mucho las cosas. A la hora, sobre todo, de mirar en la vida parroquial, y que luego la vida parroquial sea capaz de impregnar la vida social.

Al fin, lo que interesa es tener gente que tenga una formación sistemática bien asumida. Que pueda dar esperanza, con una espiritualidad arraigada, que sea misionera y que transmita esa capacidad a otra gente. Que pueda iluminar a la sociedad en la que estamos viviendo.

Pienso que todos éramos conscientes de que había ciertos aspectos que estaban languideciendo y, por eso, nos ponemos a trabajar, para poder vencerlo. Y eso es lo que ha hecho la Acción Católica, recuperar ese dinamismo, que entiendo que es un don del Espíritu, es una gracia y, poco a poco, vamos viendo sus frutos.

¿Vamos hacia una parroquia comunidad de comunidades? ¿Qué papel va a jugar la Acción Católica en cada una de las parroquias?

La Acción Católica es la servidora de todos. Tiene que servir como signo de comunión y de unidad dentro el entorno parroquial, independientemente de de lo que tenga que hacer fuera de la vida parroquial que es el gran cometido de los seglares.

 

 

 

¿En este momento, hay Acción Católica en todas las parroquias?

No. Ojalá, ya nos gustaría.

Lo ha conseguido Cáritas, pero ustedes, todavía no.

Sí. Pero también es verdad que también muchas veces, en la vida parroquial, los elementos que conjugaría la Acción Católica están asumidos sin el nombre de Acción Católica. Cuando un párroco tiene a sus seglares dándoles una formación adecuada, cuida su espiritualidad, les pide que le ayuden en tareas de evangelización dentro de la parroquia o fuera, no le llamamos Acción católica, pero lo es. Falta el asociacionismo.

Pero al final, esa decisión queda en manos del párroco de turno, o del obispo de turno.

Creo que la Acción Católica tampoco está en una cuestión de proselitismo para que todo sea Acción Católica, sino en un servicio para la Iglesia que nos lleve a jugar juntos un partido, porque tenemos un interés muy grande en evangelizar. Fernando Sebastián lo decía muy bien: No no es indiferente que la gente crea o no. Esto tiene que estar en el sentir de todos los presentes y de toda la Acción Católica. Y hay que buscar caminos y estrategias para conseguirlo. La Acción Católica es un instrumento magnífico que la Iglesia española tiene que hay que recuperar y desempolvar y, que en ocasiones, hay que resucitar, porque es verdad que la historia marca.

 

 

 

Hay que soltar ese lastre y a veces la mala imagen del pasado.

Y redescubrirnos. Si tú le planteas a un párroco, que tiene una mínima sensibilidad cultural, si quiere en su parroquia seglares que tengan una espiritualidad fuerte, te va a decir que sí. Que tengan ganas de evangelizar, también te va a decir que sí.

Que les podamos dar una mínima disposición orgánica para que los grupos formen equipos de vida y tengan un acompañamiento por encima, incluso, de los cambios de párroco que pueda haber. Esos elementos, los aporta la Acción Católica. También tenemos que hacer el esfuerzo de acompañarles, de formarles, y esto, al final, produce nuevos dinamismos.

¿Problemas con los movimientos?

Siempre los hay.

¿Hay roces?

Los hay, pero pienso que son elementos a superar. En ese sentido soy muy positivo. Tú puedes hacer la descripción de lo que son. Ayer en la sala salía alguna cuestión en la que se describen situaciones que todos conocemos: de los departamentos estancos, de un cura o un seglar que se convierte en barrera y no deja que las cosas fluyan…Es la descripción de nuestra propia realidad. Nosotros describimos lo que nos pasa y, a partir de ahí, poder compartir esas limitaciones se convierte en terapia colectiva. A partir de ahí, hay que construir. Eso es un diagnóstico de lo que nos pasa, y tenemos que proponer qué hacer, para superar ese tipo de situaciones. Ése es el reto. Y lo tenemos como Acción Católica y como Iglesia de España.

Lo demás, nos lleva a recrearnos en situaciones, que es verdad que están presentes y que hay que partir de ellas para superarlas. Pero que, muchas veces, conlleva tener claro hacia dónde queremos ir y por dónde queremos ir.

 

 

 

Eso engancha muy bien con la dinámica actual del papa Francisco: la Iglesia en salida. Y por eso estamos aquí escuchando constantemente ese tipo de referencias bergoglianas.

Claro. La referencia constante a Evangelii Gaudium, a las intuiciones de Francisco. Todo ese tipo de cosas deben iluminar nuestro presente. Para construir un futuro.

¿Sus compañeros obispos, están tan ilusionados como usted con la ACG? ¿Están en la misma línea?

Bueno, la ilusión de cada uno depende del carácter. Yo me ilusiono muy fácil.

Hay un clamor en la asamblea, pidiéndoles a los obispos corresponsabilidad real ¿Sigue habiendo reticencias respecto a esto?

Yo les pido a los laicos que den ese paso. Llevo muchos años trabajando con laicos. No hay una contraposición. Yo me siento miembro de la misma Iglesia, quizá porque llevo muchos años trabajando con seglares. Y cuando trabajas con una actitud de confianza hacia ellos, muchas veces no se produce la contraposición. Nos sentimos miembros de la misma Iglesia, donde nos podemos exigir mutuamente.

Claro que pueden exigir espacios, y deben exigirlos. Pero a la vez tienen que estar en disposición de dar pasos y a veces de sacrificar mucho, y lo hacen. Porque la Iglesia exige mucho, en el buen sentido. Exige la donación de la vida en favor de los demás, y hay gente que tiene familias y que, sin embargo, sabe sacar tiempo de donde no lo hay y se pone al servicio de la Iglesia. Y eso, es algo que hay que alabar.

Y, a partir de ahí, nunca perder de vista todo lo que hace referencia a la comunión. Porque no se trata de una yuxtaposición de protagonismos, sino de la creación de una comunión para la misión.

Al final es la espiritualidad del Concilio que impregna nuestra acción misionera y creo que ‘Christifideles Laici’ lo marca muy bien. Los puntos que hablan de la comunión para la misión y que la misión es para la comunión expresan muy bien lo que es el sentir de la Iglesia. A partir de ahí, hay que construir.

Nosotros no trabajamos desde la yuxtaposición de protagonismo, sino desde un deseo real de generar comunión para la misión, porque somos Iglesia y ahí tenemos que trabajar juntos.

Ahora me contaba Antonio Cartagena, el director del secretariado de Apostolado Seglar, que, en 1948, Manuel Aparisi viene a Santiago con los jóvenes de Acción Católica y aquí surgem los Cursillos de cristiandad. ¿Puede ser esto un reinicio de la Acción Católica?

No lo sé.

Un reinicio simólico, a los pies del Apóstol

La peregrinación que hemos hecho ha sido muy bonita, ha sido un gozo. Henos tenido momentos de gran intensidad con los chicos. Muy bonito. Los chicos se han ido muy contentos.

O sea, que el camino ¿sigue marcando?

El camino, ¿a quién no le marca? Es una maravilla. Yo lo he hecho diez veces ya.

¡Diez veces!

Pero entero, ¿eh?. Siempre con dimensión pastoral. Siempre con gente, cuando estaba de cura, de obispo. Ahora, lo he hecho entero también. Lo he hecho con ellos, con los jóvenes.

El camino tiene una fuerza que realmente entusiasma. Y creo que a los jóvenes que han participado, también les ha entusiasmado. No todos se han quedado, porque, al final, también el Departamentos de la Juventud de la Conferencia Episcopal lo apoyó y ha habido diócesis que han venido con jóvenes de delegaciones. Ha sido un momento de gracia, muy intenso. Ha sido una preparación espiritual para vivir esto.

Independientemente de que mucha gente mayor no haya peregrinado, ha rezado por ellos. Y se ha empezado a generar una comunión desde que salimos de Tui. Bastaba ver las redes sociales. Se ha generado una expectativa como que algo iba a ocurrir. Y ese tipo de situaciones suscitan una riqueza, para crear comunión y para fortalecer la misión. Y yo creo, que eso es lo fundamental.

¿Se nota en el ambiente, se percibe que esto va en serio y que, de aquí, puede salir algo potente para la Iglesia?

Dios da el incremento. A mí me gustaría. Recuerdo la perspectiva de la Asamblea de Madrid y vas viendo ésta y, bueno, Dios sabe más y Él va marcando el camino. Es la columna de fuego y la nube que antecede, como decíamos ayer. Es la experiencia de Moisés. La experiencia del pueblo de Israel. El Señor nos antecede. Y nos acompaña siempre. Eso nos esponja y nos da confianza.

A veces la nube nos quita el sol y la columna de fuego disipa las tinieblas, pero es signo de una presencia que nos llena de esperanza y eso, realmente, nosotros lo palpamos en estos momentos. No sabía el pueblo de Israel dónde le llevaba Dios en ese caminar por el desierto, pero confiaba, porque sentía su presencia. Y esa es la acción con la que la Iglesia vive este tipo de encuentros. Que no son fáciles de gestionar, porque la pluralidad es mucha. Las sensibilidades son grandes. La realidad de cada diócesis es distinta. Pero sin embargo hay una expresión y un deseo de comunión para lanzarnos a la misión.

Un obispo afortunado: Acción Católica, Manos Unidas y una diócesis. No se puede tener más, ¿no?

Y el departamento de Juventud de la Conferencia episcopal.

Enhorabuena y que esto cuaje

Gracias. Dios dirá.

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/08/08/carlos-escribano-la-refundacion-de-la-accion-catolica-general-no-es-un-intento-es-una-realidad-iglsia-religion-dios-jesus-papa-camino-compostela-acg.shtml

Categorías:Accion Catolica, General

Eduardo Martín y Maitane Campos Sainz, nuevos líderes de la Juventud Estudiante Católica

Noticias de la Acción Católica de España:

Diócesis de Salamanca

L@s post-milenials y el Espíritu: XXXVII Asamblea General de la JEC

Eduardo Martín y Maitane Campos Sainz, nuevos líderes de la Juventud Estudiante Católica

Salen elegidos en un encuentro en Plasencia lleno de evangelio y esperanza

José Manuel Vidal, 08 de agosto de 2017 a las 15:43

La Asamblea ha sido un milagro y signo del Espíritu que renueva a la Iglesia mucho más allá de nuestros pesimismos y nuestros miedos

 

(José Moreno Losada, sacerdote).- A la sombra de las catedrales de Plasencia, viviendo “el alma de esta ciudad”, en los locales del Seminario Diocesano se han reunido del 2 al 7 de agosto casi un centenar de militantes -de Badajoz, Cáceres, Madrid, Salamanca, Sevilla, Granada, Bilbao, Palencia, Valladolid, Plasencia y del equipo internacional de París- junto a animadores y consiliarios, del movimiento de la Juventud Estudiante Católicapara celebrar su 37 asamblea general.

El lema del Encuentro refleja el espíritu de lo que allí se ha movido estos días:“JEC, Iglesia en la Escuela”.

Han escudriñado la realidad del joven estudiante y su ambiente, tanto a nivel de instituto como de universidad, preguntándose por la realidad, sus límites y posibilidades, tanto para crecer humanamente como para avanzar en la construcción del Reino en esos lugares tan propios.

Acompañados por expertos que les han iluminado en temas de actualidad, y les han acompañado en el juzgar evangélico, han diseñado las líneas de orientación para el próximo trienio.

“L@s post-milenials y el Espíritu”

Tres cuestiones fundamentales son las que han analizado con respecto al joven y la universidad actual, con la guía de Trinidad Ruiz.

Se han asomado a la “universidad de l@s post-milenials”, en un mundo hiperconectado, con unas velocidades de cambios vertiginosos y con una economía basada en intangibles, descubriendo que el reto es apasionante y novedoso.

 

 

 

 

No vale lo pasado y nos toca el reto de vivir en novedad y evangelizar la realidad tal cual es, aceptándola y viviendo dentro de ella. Es ahí en esa realidad nueva y compleja donde se han planteando la vocación y misión de la JEC, especialmente en la realidad de la pastoral estudiantil, de los institutos y las universidades, analizando tanto la perspectiva jurídico-eclesiástica -qué son en la iglesia- como en la perspectiva bíblica y cristológica, en el espíritu de lo creativo.

Para esta dimensión han contado con Raquel del secretariado para la pastoral universitaria de la Conferencia Episcopal y con Roberto Vidal, presidente de Profesionales Cristianos de Bilbao. De cara al actuar ha profundizado en el proyecto evangelizador del movimiento en el contexto actual. Los de instituto han contado con la ayuda de animadores expertos como Luis Monrobel y José Ortiz, ambos de la diócesis de Mérida-Badajoz.

Apóstoles de Agosto: protagonismo juvenil

En la apertura de la asamblea, presidida por Monseñor José Luis Retama, obispo de Plasencia, manifestaba el pastor que era significativo que casi un centenar de jóvenes estudiantes en pleno agosto, con el calor tremendo que hacía, se reunieran cinco días para profundizar, pensar, decidir y optar por el evangelio encarnado y comprometido en la realidad estudiantil.

Veía un signo de jóvenes del Reino que muestran la Iglesia que queremos y necesitamos, encarnada, misionera y en salida, con la alegría del Evangelio y comprometida en un amor sincero y compasivo. Y ha sido así, lo que hemos vivido en estos días sólo se puede comprender desde la acción de un Espíritu vivo que se mueve a gusto en el corazón de los jóvenes que se abren a procesos de vida y de comunión, ofreciendo el éxito para vivir en la entrega y cediendo en la seguridades para vivir el riesgo de lo creativo y lo novedoso en la propia historia y en el encuentro con los demás.

Muchos han sido los signos de esta vida y esta gracia: allí estaba un lugar almado en medio de la ciudad. Sí, eran jóvenes almados, anónimos pero profundos, débiles pero con fundamento, pocos para llenos de vida e ilusión. Para mí un milagro y signo del Espíritu que renueva a la Iglesia mucho más allá de nuestros pesimismos y nuestros miedos.

 

 

 

 

Eduardo y Maitane: Arriesgados y disponibles

Y en medio de este misterio, la gracia de la renovación de responsabilidades en el movimiento que son un termómetro más de cómo Dios confunde a los fuertes con su debilidad amada. Álvaro Mota y Carmen Ledesma ya han culminado sus tres años de servicio a este movimiento en una entrega sin límites, totalmente dedicados en alma y cuerpo a la evangelización de los jóvenes, como verdaderos apóstoles en camino y en salida. Tocaba reemplazarlos y tras un largo discernimiento de Espíritu y vida aparecen dos nuevos candidatos dispuestos a arriesgar y confiar en el Padre a favor de los hermanos, tocados por el tesoro del proceso que ellos mismos han vivido en sus vidas como fruto de la fe animada y experimentada en este movimiento especializado de jóvenes: Eduardo Martín, natural de Plasencia y estudiante en Salamanca, y Maitane Campo Sainz, de Bilbao.

Dos vidas llenas de juventud y de gracia, que como la virgen María, ante la invitación de Dios en la vida. No se han echado atrás sino que han aceptado el reto y ahí están sus tres años puestos en el altar para darlos sin ningún límite a la Iglesia en su apostolado del ambiente estudiantil.

Estos procesos vuelven a ser signos de la acción reveladora de Dios en la historia que continúa actuando en lo sencillos de corazón, en aquellos que se abren a procesos evangelizadores, lentos pero profundos, anónimos pero comprometidos, más allá de lo que nosotros podemos prever y programar.

Volver a las aulas…

Ahora toca volver a las aulas, con todo este Espíritu, donado y recibido, para seguir construyendo el reino de lo humano y de lo divino entre los jóvenes estudiantes.

Las líneas de orientación construidas , desde su proyecto evangelizador renovado a la luz de las indicaciones pastorales de la Iglesia hoy, se convertirán en enseña de lo que queremos dar y vivir en la escuela. Nos animarán estos apóstoles jóvenes y el Espíritu, a través de la JEC, seguirá siendo fecundo. Y todo esto lo hacemos confiados de que nada nos separará del tesoro encontrado: del amor de Dios…

 

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/juventud/2017/08/08/religion-iglesia-espana-juventud-eduardo-martin-y-maitane-campos-sainz-nuevos-lideres-de-la-juventud-estudiante-catolica-asamblea-general-jec.shtml

 

 

 

 

 

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La Acción Católica General se ofrece a las parroquias como cauce de renovación pastoral

 

 

Barrio, en la misa de la Acción Católica

Los movimientos pierden fuelle y se buscan parroquias sin ‘marcas’

La Acción Católica General se ofrece a las parroquias como cauce de renovación pastoral

Monseñor Barrio pide que una ACG renovada “recupere su papel” y sea “sal y luz”

José Manuel Vidal, 05 de agosto de 2017 a las 08:39

(José M. Vidal, Santiago de Compostela).- Una marca blanca para formar en todas las parroquias españolas laicos comprometidos e iglesias en salida. Es lo que está pidiendo Francisco y lo que ésta refundida Acción Católica General (ACG) ofrece a las diócesis españolas. La pelota está en el tejado de los obispos y de sus curas, que son los que tienen que subirse con decisión a este carro, para que sus diócesus y sus parroquias vuelvan a florecer.

La ACG busca en Compostela un nuevo renacer. En 1948, aquí mismo, Manuel Aparisi, líder entonces de la Acción Católica, peregrino a Compostela con un grupo de jóvenes y en esa peregrinación nacieron los Cursillos de Cristiandad. En estos momentos, la Acción Católica tiene mucha gente joven y de mediana edad y un presidente, Antonio Muñoz, con carisma. Como dice el secretario de la comisión episcopal de Apostolado Seglar, Antonio Cartagena, que lleva años luchando por este resurgir: “Esto va en serio y creo que ha llegado el momento del renacer”.

En la Asamblea que la ACG está celebrando desde ayer en Compostela, a los pies del Apóstol, se palpa una nueva realidad pastoral: la Iglesia española está pasando de los movimientos (Kikos, Cl, focolares, Opus Dei…), aunque sigan teniendo su valor y su presencia. Pero su momento álgido ha pasado.

La conversión pastoral que pide Francisco se nuclea, ahora, en torno a parroquias abiertas, flexibles, misioneras y encarnadas en la realidad. Y eso es lo que ofrecen realidades pastorales antiguas y renovadas como Acción Catolica, Caritas y los diversos catecumenados diocesanos. Parroquias sin marcas, auténticas comunidad de comunidades.

A eso dedicaron el segundo día de su asamblea compostelana, con mesas redondas, presentadas con creatividad en forma de programas televisivos por Cristina y Cecilio. Ante la presencia, en primera fila, de más de una quincena de obispos. Entre ellos, Barrio, Osoro, Braulio, Lemos, Lozano, Atilano, Argüello, Salinas, Escribano, Iceta, Menéndez, Carrasco, Jesus Fernández o Aznárez.

Para abordar la problemática de “construir parroquias en salida” y “llegar incluso al borde de los infiernos del mundo” se plantearon tres mesas redondas. La primera, con Emilio Inzáurraga, presidente de la FIAC, Jorge Lozano, arzobispo argentino de San Juan de Cuyo, y Tote Barrera, coordinador de Alpha-España.

 

 

Para monseñor Lozano, en una parroquia “no sobra nadie”, de ahí que recalcase la importancia de los consejos de pastoral, “para discernir juntos” y de la primera acogida, en la que es clave “el despacho parroquial”. Y, sobre todo, superar el clericalismo “superándolo por parte de todos”. Y contó que a él mismo y a su grupo de Acción Católica un cura los echó de la parroquia y se siguieron reuniendo en el bar, hasta que el siguiente cura los acogió de nuevo y volvieron a pasar del bar a la parroquia.

Por su parte, el presidente de la FIAC propone “pasar las parroquias por el tamiz de la misión” y eso exige “obispos con olor a oveja y laicos maduros y corresponsables”.

Tote Barrera presentó el método de Alpha-España, un instrumento pastoral centrado en el primer anuncio, para pasar de “cristianos que son meros usuarios a convertidos o de discípulos”, porque, en estos momentos, la parroquia “mantiene la fe en el que la tiene, pero falla a la hora de provocarla en el que no la tiene o la perdió”. Porque, a su juicio, “la conversión pastoral es un cambio de paradigma y de visión”.

Tras las intervenciones, varias peticiones de palabra. Una señora que recriminó a Tote Barrera que llamase a algunos cristinos usuarios, porque “en la Iglesia no hay usuarios” y “nadie puede medir la fe que hay en el corazón de los sencillos”. Y el obispo Salinas, presidente de la CEAS, que dijo que soñaba “con una ACG que tenga capacidad de comunicar el Evangelio en la vida diaria, para cuya comunicación, a veces, no estamos entrenados”.

 

 

Parroquias alegres y misericordiosas

En la segunda mesa redonda se abordaron las “claves para vivir y transmitir la misericordia”. Con el delgado de Cáritas de Tui-Vigo, Jaime Barrencheguren, el secretario general de Manos Unidas, Ricardo Loy, y el obispo auxiliar de Santiago y consiliario de Cáritas Española, Jesús Fernández.

Jaime Barrencheguren recordó que “Cáritas es un sacramento de Dios en medio del mundo” y que, por eso, “la caridad no es algo opcional para los cristianos”. Ricardo Loy destacó la labor de Manos Unidas que, en 2016, ayudó a dos millones de desfavorecidos e invirtió 39 millones de euros en todo el mundo, porque “hay mucho dolor y sufrimiento, que tenemos que paliar”.

 

 

Un sacerdote asistente a la Asamblea denunció, en el turno de preguntas, la “vergüenza de que se acaben de pagar 222 millones de euros por un futbolista”. Y la sala prorrumpió en un aplauso de asentimiento.

Monseñor Fernández, por su parte, subrayó que para descubrir la misericordia hay que “contemplarla, celebrarla y vivirla”. Es decir, “convertirla en acto con los nuevos pobres”. Y, entre ellos, además de los ancianos abandonados, emigrantes, refugiados, señaló a los suicidas. “Mucha gente se está suicidando. Es una noticia que se oculta, pero es una realidad”.

Además, para transmitir misericordia, hay que “cultivar la mirada, para ver a los pobres en su verdad, porque su mundo no es un espectáculo”, amén de “cuidar el corazón o la capacidad compasiva, y aproximarse”.

 

 

La tercera mesa redonda abordó las claves para vivir “la alegría del Evangelio”, con Tote Barrera, Silvia Martínez Cano y Raúl Tinajero. Barrera volvió a insistir en que las parroquias “necesitan métodos de nueva evangelización y de primer anuncio”, porque, a veces, seguimos con métodos “de hace 200 años”.

Silvia Martínez, presidente de la Asociación de Teólogas Españolas, centró su intervención en la “alegría y la creatividad para vivir el Evangelio”, porque estamos en un tiempo propositivo y de creatividad, “para iniciar procesos de intervención, que piensen de forma diferente, toquen la realidad y la transformen”.

Para eso aportó algunas claves, como “la búsqueda de comunidad, un lenguaje propositivo o la parroquia como espacio de fiesta y de encuentro”. ¿Cómo se consigue algo así? Según Martínez Cano, con “la praxis del cariño y el cuidado de los demás, con la toma de decisiones, con la participación de todos en los órganos de coordinación y, sobre todo, con la visibilización y participación de las mujeres en las parroquias”.

Se tarta, pues, de “vivir la espiritualidad de la intemperie”, evitando “mirar siempre igual, dialogando con la cultura, haciendo una transición generacional, con alegría y siendo soñadores de esperanza”.

Por último, el director del departamento de juventud de la CEE, Raúl Tinajero, aseguró que “los laicos son el ventanal por el que entra el futuro de nuestra Iglesia” y les invitó a aprovechar su momento, a “experimentar y transmitir la alegría de la fe”, a formarse y a corresponsabilizarse en la misión. Para eso, se necesita, a su juicio, “un proyecto claro, en comunión y coordinación, yendo en un mismo barco a un mismo puerto con diversidad de remos”.

 

 

Eucaristía del envío

Al final del día de ayer, misa solemne en la catedral, presidida por el arzbispo de Santiago, Julián Barrio. Con decenas de curas y una veintena de obispos. A los asistentes a la asamblea se sumaron Demetrio Fernández, el cardenal Omella y el cardenal Blázquez.

En la homilía, monseñor Barrio recalcó que “Santiago fue, según la tradición, nuestro primer evangelizador y hoy nos pide recoger su testigo”.

El prelado cita a la Acción Católica en varias ocasiones como “nuestra” y recuerda que, en 1948, Manuel Aparisi vino a Santiago con una peregrinación de Acción Católica, de la que surgieron los Cursillos de Cristiandad.

Aprovechando ese hito, Barrio invita a la ACG a “salir a aunciar la alegría del Evangelio” y le pide que “recupere su papel histórico y actual, porque una Acción Católica renovada es motivo de esperanza”.

Y es que, en la actualidad, “tenemos laicos, pero carecemos de un laicado militante”, decía el arzobispo. Y añadía: “La Iglesia necesita testigos y profetas creíbles, con espíritu de encarnación“, dispuestos a transformar la sociedad “según el “espíritu de las Bienaventuranzas”.

Monseñor Barrio recordando a la ACG que “Santiago la invita a responder a la llamada del Señor y a ser sal y luz del mundo. A su protección os encomiendo. Dios nos ayude y Santiago, también”.

A continuación, tomó la palabra Antonio Muñoz, el presidente de la ACG, para hacer la ofrenda al Apóstol. Con voz sentida y profunda, comenzó diciendo: “Acudimos a ti, para renovar nuestro compromiso. Ofrecemos lo que somos, gente sencilla con sus luces y sus sombras, pero que queremos mantener viva la llama de la fe”.

Y añadía: “Somos Iglesia que se encarna en le mundo. Santo Apóstol, ayúdanos a ir a la fuente, dános fuerza para transmitir la fe; haznos discípulos misioneros como tú y que nuestra solidaridad tenga el amor de Dios como motor”

Emocionado, Muñoz concluía así su ofrenda: “Señor Santiago, ayúdanos a dialogar con la gente de hoy y a construir un mundo más justo. Ayúdanos a salir y a sembrar siempre de nuevo“.

Un excelente programa de refundación de la nueva ACG, que puede ser una de las realidades más florecientes de la Iglesia de la primavera de Francisco en España. Si obispo y curas lo permiten.

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/08/05/la-acg-se-ofrece-a-las-parroquias-como-cauce-de-renovacion-pastoral-iglesia-religion-dios-jesus-compostela-accion-catolica.shtml

 

 

Categorías:Accion Catolica, General

La Acción Católica General busca una nueva forma de presencia social

 

La mesa de la familia de la ACG

Debatidos y aprobados los objetivos de la ACG para el próximo cuatrienio

La Acción Católica General busca una nueva forma de presencia social

Monseñor Iceta: “La familia no está en crisis, lo que está en crisis es la cultura actual”

José Manuel Vidal, 06 de agosto de 2017 a las 08:31

(José M. Vidal, Compostela).- En el tercer día de Asamblea, que se está celebrando desde el jueves en Santiago de Compostela, la Acción Católica General busca, por medio de su clásico método del ‘ver, juzgar y actuar’ y con sendas mesas redondas, los cuatro ámbitos de presencia a los que está llamada a santificar: familia, trabajo, cultura y política.

En la mesa de la familia, cuatro participantes, el obispo de Bilbao y presidente de la Subcomisión de Familia de la CEE, Mario Iceta, la escritora y terapeuta familiar, Mari Patxi Ayerra, y un matrimonio de Toledo, formado por Jesús Manuel y su mujer, Mercedes.

Con su verbo fácil y lleno de humor e ingenio, Mari Patxi Ayerra conecta con facilidad con el auditorio y transmite mensajes serios con formas seductoras y ejemplos de la vida diaria. “Lo más bonito que me ha pasado en la vida es vivir en romance con Dios y con mi marido. Primero con Dios, aunque quizás mi marido se vaya al oírlo y baje mi cotización en bolsa”, comenzó, divertida.

Y hace un canto a la familia, “la institución que ha sobrevivido a más cambios en la historia”, porque “todo ser humano lleva en la chepa una familia, que es donde se hace individuo y persona”. Y es que “Dios tiene para cada uno de nosotros un sueño: nuestra familia, el lugar donde se nutren los afectos, no los estómagos”.

Por eso, a su juicio, es importante “decir el amor en familia” y, desgraciadamente, “hay “familias donde no se atreven a decir el cariño”. Como cualquier otra institución, la familia va cambiando. “Yo tengo 77 años, estoy casada y tengo 3 hijos y 6 nietos. En mi época, intentamos dejar de ser mujeres-florero y, ahora, las chicas jóvenes son mimosinas-pink y van siempre vestidas de rosa”.

Ayerra es partidaria de “enseñar a los niños a no tener tanto y a compartir lo que tienen”. Desde los juguetes a la ropa. Y evitar el ‘me aburro’, que es algo que la aterra. Y, como es lógico, en una familia católica, “enseñar a conocer a Dios”, porque a “Dios se le conoce en la vida familiar y con Él se vive mejor”.

 

 

A su juicio, “vivir es un arte y nuestra tarea es convertir nuestra vida en una obra de arte”. Y, para eso, es fundamental la familia, porque, al final, “todos repetimos comportamientos y costumbres aprendidas en la familia”.

Mercedes es la coordinadora del grupo de mujeres separadas que viene funcionando en la diócesis de Toledo y que, recientemente, fue recibido por el Papa Francisco, que les pidió que sean “hospital de puertas abiertas”.

Por su parte, el obispo de Bilbao centró su intervención en glosar la Amoris Laetitia (de la que se está convirtiendo en un consumado experto), para, desde ella, “ver la familia con ojos de discípulos” y, así, poder hacer frente a los desafíos actuales que la institución plantea.

Y es que, según Mario Iceta y en contra de lo que suele sostenerse, “la familia no está en crisis, lo que está en crisis es la cultura actual”. Una cultura a la que describió con los siguientes rasgos: individualistas, inestable, cambiante y con afectividad narcisista”. Y concluyó con una metáfora: “En este desierto, es imposible plantar tomates”.

En medio de esta cultura de lo provisorio en la que se compran cosas que duran como mucho tres años y en la que muchos entienden el ‘para siempre’ como ‘mientras dure’, se le pide a la gente que sea feliz y se comprometa para siempre. Y, aunque sea contracorriente, “la verdad es que lo que la Iglesia proclama es lo que responde a lo que pide el corazón”. Por eso, hay que seguir proclamando el “Evangelio del matrimonio”, porque “en el fondo, la gente sigue teniendo hambre de Dios”.

 

 

De ahí la urgencia de seguir a Francisco en este camino. Porque “lo que quiere hacer el Papa es familiarizar las parroquias, centrar las parroquias en las familias, porque sólo la familia es capaz de unificar una pastoral fragmentada”.

Sostiene, además, Iceta que la Iglesia “tiene que aprender a mirar a sus fieles tal y como son”. Y, entonces, reconocerá a las parejas de hecho y a los que se cansa por el juzgado y a los divorciados vueltos a casar. “Porque Cristo tiene cien ovejas y le interesan las cien”, explica.

Y añade: “No hay situación que el Señor no abra camino para ella, porque abre el Mar Rojo para todo ser humano y porque aporta esperanza para cada persona. Y la Iglesia tiene que mirar con amar y sin juzgar. Como la mirada de Cristo sobre la adúltera”.

Un Mar Rojo que el Señor abre también para los ancianos. Y nosotros con Él, porque vamos hacia una sociedad envejecida y con muchos ancianos que viven solos. Por eso, de cara a los ancianos, monseñor Iceta pide que las parroquias se comprometan en una atención personalizada, ya incluso antes de la enfermedad y también en la enfermedad. “Tenemos que pasar de la pastoral del funeral a la del duelo y a la de hacernos presentes en la enfermedad”.

En el turno de preguntas, le plantean al obispo de Bilbao la situación de los homosexuales en las familias y en la Iglesia, y responde, como en él es habitual, con la receta de la Amoris Laetitia: Acompañamiento personal y personalizado. Porque, como escribió ya en un artículo hace años, “también los homosexuales están llamados a la santidad”.

 

 

Otras mesas y objetivos del cuatrienio

Las otras mesas redondas se celebraban al mismo tiempo y en diversas sedes. La mesa del trabajo, presidida por monseñor Atilano Rodríguez, obispo de Guadalajara y presidente de la comisión de pastoral social, con José Fernando Almazán, presidente saliente de la HOAC y Loli Fernández, presidenta de Mujeres Trabajadoras Cristianas.

La mesa de la cultura, presidida por monseñor Alfonso Carrasco, obispo de Lugo, con María Teresa Compte, directora del master en Doctrina Social de la Iglesia de la UPSA, y Francisco Ramón Durán, decano de la Facultad de Geografía e Historia de Santiago.

 

 

La mesa de ámbito socio-político, presidida por Luis Argüello, obispo auxiliar de Valladolid, con Rosa Quintana, consejera de pesca de la Xunta, y Carlos García de Andoin, miembro de ‘Cristianos socialistas’.

En cada una de las mesas se subrayó la importancia de la presencia de cristianos comprometidos en medio del mundo y la necesidad de trabajar desde la realidad social en la que nos encontramos. Los ponentes hicieron una llamada a repensar cómo observamos el mundo y cómo nos percibimos entre nosotros.

A lo largo de la tarde, el trabajo por grupos estuvo centrado en los objetivos del próximo cuatrienio de la ACG. En su elaboración participaron todos los inscritos y fueron aprobados por unanimidad por los asociados.

 

 

Los objetivos son:

ESPIRITUALIDAD: Desde la fuente parroquial y diocesana, cultivar y vivir, personal y comunitariamente, un encuentro con Cristo que lleve a una espiritualidad laical que forje discípulos misioneros.

MISIÓN: Enraizados en la Parroquia, renovar en nuestras vidas un compromiso misionero, concreto, creativo, transformador de personas, ambientes y estructuras, encarnado de manera especial en los últimos, los pobres y alejados.

FORMACIÓN: General procesos formativos e itinerarios sólidos adaptados a las distintas edades, que lleven a la misión y al compromiso asegurando acompañantes que conozcan dichos procesos. Trabajar juntos para conocer más a Jesús, y así ser capaces de ir cambiando nuestro mundo y compartirlo con los demás.

ORGANIZACIÓN: Seguir construyendo una organización verdaderamente corresponsable y al servicio de la misión, con especial énfasis en la comunión cristiana de bienes y el protagonismo de los tres sectores.

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/08/06/la-accion-catolica-general-busca-una-nueva-forma-de-presencia-social-iglesia-religion-dios-compostela-santiago-acg.shtml

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