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Archive for 27 febrero 2013

La Barca no se hunde

“LA BARCA NO SE HUNDE”

Testamento de fe.

Última Audiencia General del Santo Padre

27 de febrero, última audiencia general del Santo Padre, los ojos del mundo se vuelcan a la Plaza de San Pedro que se encuentra abarrotada; el Santo Padre con un rostro sereno, con voz elocuente y llena de la fuerza del Espíritu Santo, dirige su catequesis y mensaje al mundo entero, en diversos idiomas. ¡Qué testimonio, Santo Padre!, no sólo me ha conmovido su mensaje, sino que me a confortado y llenado de esperanza; ¡Qué amor por nuestra Iglesia!

Hay quienes piensan o quieren ver la Barca de la Iglesia hundida, pero eso no pasará, no se hundirá; nos deja en claro que la Barca de la Iglesia, es del Señor y que Él la conduce por medio de hombres, no se hundirá.

Su catequesis y su mensaje nos invita a ser agradecidos siempre a Dios, a fortalecer nuestra fe y poner toda nuestra confianza en el Señor, y sobre todo a unirnos en la oración por nuestra Iglesia que está viva, a pesar de todas sus dificultades.

Su mensaje nos invita a ser agradecidos:

Muchas gracias por haber venido a esta última audiencia general de mi pontificado. Doy gracias a Dios por sus dones y también a tantas personas que con generosidad y amor a la Iglesia me han ayudado en estos años con espíritu de fe y  humildad.

Agradezco a todos el respeto y la comprensión con la que han acogido esta decisión  importante  que he tomado con plena libertad

Su mensaje nos ayuda a fortalecer nuestra fe en que la Barca de la Iglesia es del Señor:

Desde que asumí el ministerio petrino en nombre del Señor he servido a su Iglesia con la certeza de que es El quien me ha guiado, y también que la barca de la Iglesia es suya y que El la conduce por medio de hombres, mi corazón está colmado de gratitud porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz.

Nos invita a tener confianza en el Señor, que nunca nos ha dejado solos:

“En este año de la fe invito a todos a renovar la  firme confianza en Dios con la seguridad de que El nos sostiene y nos ama, haciéndonos sentir a todos la alegría de ser cristianos”. 

Un mensaje que nos compromete a orar por SS. Benedicto, y por los cardenales que tienen la delicada tarea de elegir un nuevo sucesor en la cátedra de Pedro.

“os suplico que os acordéis de mi en su oración y que sigáis pidiendo por los señores cardenales, llamados a la delicada tarea de elegir un nuevo sucesor en la cátedra del apóstol  Pedro, imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María madre de la Iglesia”.

Gracias Santo Padre por tan hermoso testamento de fe, por no abandonar la cruz al continuar tu servicio a la Iglesia, en oración, reflexión y dedicación al Señor.

Pbro. Lic. Saúl Ragoitia Vega

sedipafqro@yahoo.com.mx

Categorías:Magisterio

Segundo Domingo de Cuaresma – C 2013

congregatioproclericis

 

Segundo Domingo de Cuaresma – C

 

Citas:

Gen 15,5-12.17-18:                  www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abuqvo.htm 

Phil 3,17-4,1:                             www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a0jlbc.htm     

Lc 9,28b-36:                               www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9blj5ei.htm

                              

 

El Domingo pasado, la liturgia nos presentó a Jesús en el desierto, combatiendo victoriosamente contra el demonio, rechazando las grandes seducciones a las que habían cedido nuestros primeros padres “en el comienzo”, y también el pueblo hebreo durante los cuarenta años del éxodo.

 Hoy la liturgia nos trae a Jesús en el monte de la Transfiguración, vencedor del pecado y de la muerte, fulgurante en su divina luz. En el camino cuaresmal, el acontecimiento de la Transfiguración es como un anticipo de la gloria pascual, que da a nuestro itinerario penitencial la certeza de un fondo de gloria y de luz, en medio de las pruebas de nuestra vida.

El evangelista Lucas coloca este acontecimiento en el contexto de la oración. Es más, Lucas es el único evangelista que subraya que Jesús “subió al monte a orar” (9,28), tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan. Como si dijera: la oración es la verdadera Transfiguración, de la cual la otra –el rostro de Jesús que “cambia de aspecto” (Lc 9,29) – no es más que la consecuencia y el fruto. Es la profunda comunión de Jesús con el Padre, es su apertura de corazón y de mente hacia el Padre el espacio interior y exterior que hace posible la transformación del rostro y de la persona de Jesús. Comprendemos el evento de la Transfiguración de Jesús solamente si entramos en su oración, o sea, en su relación profunda con el Padre y en su inmersión en el proyecto histórico del Padre, que comprende, en un único abrazo, la antigua alianza, significada por Moisés y Elías, y la nueva, participada por todos los creyentes, representados aquí por Pedro, Santriago y Juan.

En el texto griego de Lucas –otra característica respecto a los otros dos relatos de los sinópticos- se dice también que el rostro de Jesús en la oración “se hizo otro”. No dice, como en los relatos de Mateo y Lucas, que Jesús se “transfiguró”, sino que dice que el rostro de Jesús es otro respecto al de cualquier otra persona. No es un detalle sin importancia. Jesús no es simplemente Elías, o el Bautista, o uno de los profetas, sino “el Cristo de Dios” (cf. Lc 9, 19-20). Su identidad plena no proviene de la tierra, sino del cielo. Jesús refleja en su rostro visible la gloria del Dios invisible, porque Jesús es “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero” (Símbolo Niceno-constantinopolitano). Y esta gloria del Hijo de Dios se da a la Iglesia para siempre: “nosotros hemos contemplado su gloria, gloria como del Hijo unigénito, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

En la oración, el rostro del hombre se hace partícipe de la alteridad de Dios. En su relación con Dios el hombre no sale de la historia, sino que permanece en ella con una mirada distinta de la realidad: es la mirada misma de Dios, que no se detiene en las apariencias, en la opacidad y en las tinieblas del mundo, sino que es una mirada de luz que da sentido al todo.

Jesús ha permanecido en las dificultades de nuestra historia hasta el fin, muriendo en la cruz. Por esto, al terminar el acontecimiento de la Transfiguración se habla de “éxodo” (otra característica de Lucas), que evoca la salvación de Israel de Egipto, para que la muerte de Jesus esté llena de significado pascual y salvífico.

En el monte de la Transfiguración, la nube luminosa envuelve también a los discípulos, es decir, a la Iglesia naciente, la Iglesia de todos los tiempos y, por tanto, a la Iglesia de hoy, que refleja –a pesar del pecado de los discípulos de Jesús- la “luz de las gentes” que es el Señor Jesús (“Lumen gentium cum sit Christus…”). El acontecimiento de la Transfiguración le da al monte Tabor un fuerte valor antropológico, porque se dice que el hombre está hecho para la luz, también aunque se encuentre  inmerso en el “valle oscuro” (salmo 23) del mal, del sufrimiento y de la muerte. Toda la vida cristiana es un éxodo, un ir de las tinieblas a la luz, del pecado a la gracia (sacramento de la penitencia), de las aguas de la muerte a las aguas de la vida (sacramento del bautismo), del maná– “un alimento que no dura” (Jn 6, 27), tan es así que “vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron” (Jn 6, 49). Al “pan que baja del cielo” (Jn 6, 50) (sacramento de la eucaristía), del hombre exterior, que se va desmoronando, al hombre interior que se renueva de día en día, por el cual “la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente (2Cor 4, 16-17).

El éxodo es el paso por la Cruz del Viernes Santo al alba de la mañana de Pascua. Es el paso del mundo viejo, donde todo está inexorablemente expuesto a la caducidad, al mundo nuevo, al mundo de la Pascua de Jesús, anticipada en el acontecimiento de la Transfiguración y donado sacramentalmente en el bautismo y en la Eucaristía. La vida cristiana no es sólo espera de la gloria futura, sino acogida de todos los destellos de luz que el Señor nos da en nuestro camino cotidiano. Desde el día de la creación, Dios mismo, contemplando su obra, estalla en un grito de alegría: “¡Que hermoso!”. También en nuestra existencia cotidiana el Señor nos da las semillas de luz y de gloria que aclaran la oscuridad de nuestra vida: cuando encontramos a una persona amiga, cuando contemplamos las bellezas de la creación, cuando admiramos una obra de arte, cuando experimentamos la maravilla de una música, cuando nos enriquecemos con un escrito sabio, cuando dos esposos se aman… Cuando tenemos la experiencia de lo “bello”, de lo “verdadero” y del “bien”, entonces encontramos una luz distinta de las luces efímeras del mundo que pasa. Estas luces son como un “Evangelio abreviado”, un pequeño Tabor, un pedacito de cielo que nos ayuda a caminar en el valle de nuestra vida sin dejarnos atrapar por la disconformidad, por el miedo, por el peso de los acontecimientos.

La Transfiguración trae consigo otro don: es la voz del Padre, que no solo declara la identidad de Jesús: Éste es mi Hijo, el elegido, como había sucedido en el bautismo en el Jordán, sino que agrega: “¡Escuchadlo!” (Lc 9,35). El gran mandamiento que Dios había dado a Israel, el Shemà Israel (“Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, es el único Señor” Dt 6,4), se realiza por completo en Jesús: en Él se ha hecho visible la Palabra de Dios, se a hecho carne y voz. En Él resuena la plenitud de la Palabra del Padre, una Palabra a la que no podemos ponerle nuestros límites, que no es manipulable por las modas y por los cambiantes intereses mundanos, que no es efímera y pasajera como las palabras humanas, porque “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35).

La eucaristía dominical es como un Tabor semanal, que nos permite tener una luz distinta en el ritmo de nuestro vivir. En la divina liturgia, Jesús se hace una vez más luz que ilumina nuestro camino, dándonos su Palabra y su Carne. Y de este modo nuestra vida también se hace distinta  porque es transfigurada por la gloria del Señor resucitado.

 

 

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La revolución silenciosa

La revolución silenciosa

http://www.tribunadequeretaro.com/

Por: Omar Árcega E.

Es inevitable hablar sobre un acontecimiento que tenía 600 años sin ocurrir. Después de siete años y 10 meses el líder de la Iglesia católica, Benedicto XVI, decide renunciar al cargo de Papa, algo pocas veces visto en la historia del occidente cristiano, un movimiento de esta naturaleza impactará el desarrollo y dinámicas del catolicismo e indirectamente repercutirá en las naciones donde éste tiene presencia, es decir en prácticamente todo el mundo.

El pontificado de Benedicto XVI es uno de los más impresionantes de los últimos 50 años, pues en relativamente poco tiempo transformó dinámicas institucionales, generó una serie de reformas políticas-administrativas y planteó la posibilidad de que el alto clero muestre un rostro más humano.

Camino de purificación

Al hablar de cambio de dinámicas nos referiremos al multiconocido caso de la pederastia. En lugar de optar por una política de encubrimiento, decidió destapar la coladera, no le tembló la mano al tratar públicamente con dureza a varios obispos irlandeses, norteamericanos e ingleses que habían sido cómplices silenciosos, del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel expresó que era un individuo “sin escrúpulos y sin verdadero sentimiento religioso” y le ordenó abandonar la dirección de esa congregación y le prohibió apariciones públicas.

En más de una ocasión pidió disculpas públicas por estas terribles conductas de ministros consagrados; con la finalidad de que hechos de esta naturaleza no se repitieran mandó una serie de disposiciones que deben cumplir todos los seminarios del mundo, las cuales van encaminadas a que durante los procesos formativos se tenga la capacidad de descubrir si los candidatos a sacerdotes presentan condiciones para desarrollar conductas desviadas en un futuro y si es así, expulsarlos inmediatamente, en estos lineamientos también se obliga a que los obispos denuncien a las autoridades civiles a los sacerdotes que presenten este tipo de conductas. Pero no sólo se avocó a castigar a los culpables, también tuvo gestos con las víctimas, en diversas partes del mundo se reunió con ellos, los escuchó y los testigos de dichos encuentros confiaron a la prensa que salía de ellos visiblemente conmovido y con lágrimas en los ojos.

Eficiencia y transparencia

Inició una reforma administrativa en las secretarías del Vaticano, prácticamente la prensa no habló sobre el tema. Pero la reingenería que hizo tuvo la finalidad no sólo de eficientar la toma de decisiones, sino sobre todo de hacerla más transparente y menos discrecional. Fruto de estos cambios, se mostró cómo se beneficiaban a ciertos proveedores aunque los precios que ofrecían eran desproporcionadamente mayores al mercado; estas prácticas están siendo ya atacadas y se empieza a reportar una disminución en los gastos del Vaticano. En este sentido no dudó en hacer reformas al banco Vaticano para hacerlo más transparente y desterrar cualquier posibilidad de que fuera usado para lavar recursos mal habidos.

Cuidado de la tierra

Aunque el tema de la ecología no es nuevo para el catolicismo, Benedicto XVI decidió dar un impulso decidido al cuidado de la naturaleza, por ello publicó la encíclica “Caritas in veritate”, en donde recuerda a los católicos que es su deber cuidar y proteger a la creación, es decir a la naturaleza y que todo acto en contra de ella, es un acto contra el bienestar de la propia humanidad. En este mismo escrito y en otros más señala las prácticas económicas injustas que ocasionan las crisis globales y enumera algunas distorsiones del desarrollo: una actividad financiera “en buena parte especulativa”, los flujos migratorios “frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra”. En el mismo sentido expresa: “La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona”. La misma centralidad de la persona debe ser el principio guía “en las intervenciones para el desarrollo” de la cooperación internacional”.

La sorpresa

Tras estas acciones de denuncia o transformación, Benedicto XVI reconoce una falta de vigor para continuarlas. Habrá quienes digan que le faltó mucho por hacer, y es verdad, pero la vejez no perdona. Ahora la Iglesia está en una encrucijada, optar por un Papa que continúe con las reformas de Benedicto XVI o uno que las sepulte. Como toda organización formada por hombres está sujeta a las miserias y egoísmos de quienes las forman, pero también reconocemos que tiene dos mil años de vida y ha visto morir y nacer imperios, lo que nos habla de su capacidad de entender el “espíritu del tiempo” sin traicionar sus principios. Sólo queda esperar quién será el sucesor, y dado que la Iglesia tiene influencia sobre millones de personas esperemos que sea otro hombre valiente y buscador de la verdad.

Categorías:Iglesia

Benedicto XVI, una gran lección de liderazgo

Benedicto XVI, una gran lección de liderazgo

Por Pablo Álamo

http://www.finanzaspersonales.com.co/trabajo-y-educacion/articulo/benedicto-xvi-gran-leccion-liderazgo/48921

 

Decía Stephen Covey que los actos siempre hablan más alto y más claro que las palabras. La renuncia de Benedicto XVI al papado “por falta de fuerzas” ha sido un clarísimo ejemplo.

El motivo de la renuncia, que ha dado la vuelta al mundo y ha conmocionado a millones de personas, podría parecer una falta de liderazgo y de entrega.

Así lo han interpretado algunos analistas como, por ejemplo, Juan Manuel de Prada y Salvador Sostres, quienes, comparando a Benedicto XVI con Juan Pablo II, concluyen que éste fue un ejemplo de “humildad y grandeza, de sacrificio y esperanza”, mientras que Benedicto XVI ha demostrado su fragilidad y debilidad. “Si el Santo Padre no aguanta, ¿por qué tendríamos que hacerlo nosotros?”, se pregunta Sostres.

Respeto otras opiniones y, sin embargo, no comparto, por principio, las críticas a las decisiones libres, ponderadas, llenas de sentido común y que, además, se pueden interpretar como una egregia lección de liderazgo.

Pienso que, por encima de todo, está la conciencia de las personas y su libertad de actuar llevado por las propias convicciones, siempre y cuando éstas no sean causa de males a terceros y violaciones de derechos fundamentales.

Puedo aceptar que Benedicto XVI no haya sido un Papa carismático, en el sentido latino y sentimental del término. En cambio, veo positivo el otro lado de la moneda: ha sido un Papa sabio, culto, lógico, racional y honesto intelectualmente.

He dicho que la renuncia que Benedicto XVI se puede interpretar –y yo lo hago- como una gran lección de liderazgo. Los motivos son los siguientes:

1. Un buen líder es una persona coherente. Benedicto XVI dice haber tomado la decisión después de una larga y ponderada reflexión, y no hay motivos para no creerle.

Precisamente el Papa, en el viaje que hizo a Croacia en el 2011, apeló al redescubrimiento de la conciencia como lugar de escucha de la verdad y el bien, que tiene que estar fundada en el don y no en el interés económico o en una ideología, sino en el amor: “La calidad de vida social y civil, la calidad de la democracia, dependen en buena parte de este punto ‘crítico’ que es la conciencia, de cómo se la comprende y de cuánto se invierte en su formación“.

Sólo así se logrará, afirmaba el Papa, construir una polis –una sociedad- acogedora, hospitalaria y llena de ricos contenidos humanos. Si para Benedicto XVI, la conciencia de las personas es inviolable y debe ser respetada y seguirse, ha predicado con el ejemplo.

2. Los buenos líderes aman el cambio. El cambio es bueno y ayuda a las personas a encontrarse más profundamente. El cambio es sano sobre todo en personas que están en ámbitos de alta responsabilidad y de poder, porque éste cambia a las personas, cuando no las corrompe. Decía G. B. Shaw, premio Nobel de Literatura: “La vida no consiste en buscarse a sí mismo, sino en crearse a sí mismo”, cosa que se logra en cada proceso de cambio voluntario y libre.

3. Los buenos líderes son humildes. Dejar el poder es más una señal de humildad que de debilidad. La humildad no tiene que ver con la blandenguería sino con la serenidad y firmeza para defender lo que uno cree. Carlos Llano, un experto en liderazgo, sostenía que en la humildad está la base de las decisiones radicales y firmes.

La renuncia de Benedicto XVI lo es sin lugar a dudas, pues se atrevió a romper una tradición que duraba siete siglos. “El dominio de sí”, escribió Carlos Llano, “es el mejor de los imperios. Por contra, el afán de dominar es la verdadera obsesión de los débiles. Su afán efímero de superioridad no es más que el anverso de un complejo de inferioridad que les acompañará toda la vida”.

4. Los buenos líderes saben sacrificarse y saben cuándo hacerlo. Como el poder ejerce una enorme atracción, el liderazgo muchas veces es envidiado. Sin embargo, el buen liderazgo requiere renuncias, sacrificios y superar miedos.

Un líder sabe cuándo debe ceder el poder y cuándo debe retirarse para que otros continúen con la misión, porque el líder no identifica como un absoluto a la persona con la misión. Se requiere de mucha inteligencia y finura de espíritu para saber distinguir y ser flexibles sin perder la identidad personal y el compromiso con la misión. En economía hay un concepto que se llama “coste de oportunidad”, que, como enseña Maxwell, a veces requiere incluso renunciar a una parte importante de la vida personal.

Paulo Coelho tiene una frase magistral al respecto: “No tenía miedo a las dificultades: lo que la asustaba era la obligación de tener que escoger un camino. Escoger un camino significaba abandonar otros”. Hay que ser muy fuerte –intelectual y moralmente- para dar ese paso.

En la vida hay cinco etapas importantes: “aprender a hacer”, “hacer”, “enseñar a hacer”, “hacer hacer” y, finalmente, “dejar hacer”; para la mayoría de los líderes, la más difícil de todas es la última, porque el poder cambia a las personas, y te hace sentir indispensable.

Tomar la decisión de retirarte, cuando estás en lo más alto, cuando todo el mundo te mira como un referente, como una columna, no es nada fácil. No es fácil decir la verdad, hay que tener mucha humildad y fortaleza para decir: “Me voy, porque no tengo fuerzas; lo dejo, porque soy prescindible”. Y si es una decisión que será muy criticada o incomprendida, implica una gran valentía.

Pienso que Benedicto XVI, a sus 85 años, ha conseguido superar esas cinco etapas. No me corresponde juzgar a nadie y mucho menos a un Papa. Como todo ser humano, habrá cometido errores, pero la otra cara de moneda, a mi modo de ver, es una gran lección de liderazgo. Y me permito decirle, por tanto, desde lo más profundo: ¡Gracias!

 

Pablo Álamo

PH. D. c. Economía y Empresa Universidad de Comillas

Empresa y humanismo

Universidad Sergio Arboleda

Twitter: @pabloalamo

Categorías:Iglesia

1er Domingo de Cuaresma – C

 

 conprocleris

 

 

 

1er Domingo de Cuaresma – C

 

 

 

Citas:

 

Deut 26,4-10:                                             www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9agg3wz.htm

 

Rom 10,8-13:                                          www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9an3zuj.htm    

 

Lc 4,1-13:                                                     www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abtzrd.htm

 

                              

 

 

 

El primer Domingo de Cuaresma nos ofrece siempre el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Cuenta el evangelista Lucas que Jesús, después de haber recibido el bautismo, “lleno del Espíritu Santo regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo”. (Lc 4,1-2). Al final del pasaje, Lucas afirma que, cuando el Tentador deja a Jesús, fue “terminada toda tentación” (Lc 4,13). Aparece como evidente que las tentaciones de Jesús “no fueron un incidente aislado, sino la consecuencia de que Jesús eligió seguir la misión que le había confiado el Padre” (Benedicto XVI, 21 de febrero 2010). En el desierto, Jesús vive y enfrenta las pruebas que Israel y la humanidad han experimentado y experimentan en su transcurrir histórico y existencial. El desierto es el lugar de la verdad: por eso es también el lugar de la lucha, es el lugar de la elección, el lugar de la conversión. En el desierto se decide de qué parte está cada uno: si de parte de Dios o de parte de Satanás; si de parte de la verdad y la fidelidad o de parte del engaño y de las traiciones. La Cuaresma es el sacramento de los cuarenta días de Jesús, para “probar” nuestro corazón y nuestra fe en Dios, para probar, reconocer y vencer nuestras más profundas seducciones.

 

 

 

Las tres tentaciones de Jesús son las tentaciones de todo hombre, que es probado, antes que en su comportamiento moral, en la fe. Satanás sabe bien, desde los orígenes de la creación, que el hombre quiere ocupar el lugar de Dios. Su juego es un juego de altura. Satanás buscar arrojar una sombra de descrédito sobre Dios, mostrándolo como el antagonista de nuestra libertad y de nuestra autonomía; y, al mismo tiempo, busca alienar también al hombre, cultivando sus apetitos más negativos y seductores.

 

 

 

La primera tentación pone al pan como símbolo de todos los bienes que el hombre necesita para vivir. Satanás busca encerrar al hombre en el cerco de los bienes terrenos: “Dí que estas piedras se conviertan en pan” (Lc 4,3). El hambre del hombre es reducida al hambre de los bienes materiales. Si el hombre cediera a la tentación, Satanás podría estar seguro de que el camino del hombre hacia Dios se cerraría para siempre, puesto que “el hombre en la prosperidad no comprende: se parece a las bestias que mueren” (Salmo 49,21). Y Satanás quiere la muerte del hombre, para que no darle la gloria a Dios. Frente a esta reducción antropológica obrada por Satanás, que cierra al hombre en el horizonte de este mundo, Jesús le recuerda cuál es nuestro auténtico horizonte, cuál nuestra verdadera y más profunda hambre: “No sólo de pan vive el hombre” (Lc 4,4), citando un pasaje de Dt 8,3 (que en Mt 4,4 es citado íntegramente: “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”). La respuesta de Jesús es un gran himno a la dignidad del hombre, cuya vocación es irreductible a las preocupaciones mundanas. Jesús quiere decirnos: no pongas tu corazón en los tesoros de este mundo que pasa, porque has sido creado y constituido para bienes más grandes;  no empobrezcas tus deseos limitándolos a lo que puedes tocar y ver de inmediato, porque tus objetivos son muy otros. Esta es la primera verdad del camino cuaresmal que nos revela Jesús: recuerda, hombre, que tú estás hecho por Dios y nada de lo que es inferior a Dios te puede saciar.

 

 

 

En la segunda prueba, el Tentador levanta el nivel: “te daré poder sobre todo slos reinos del mundo, si te arrodillas delante de mí” (cf. Lc 4,6-7). Es la seducción engañosa del poder, bien posible para quien, antes de adorar a Dios, fuente del amor y de la verdad, adora los ídolos, que son la caricatura de Dios. El Tentador sabe bien qué atractivo fascinante tiene el poder en el corazón humano: un poder que, cuando es conquistado, recurre a todo y termina siendo abuso, violencia, dominio del más fuerte sobre el más débil, astucia, compromiso…  Satanás dice a cada uno de nosotros: ¿quieres poseer el mundo? Usa entonces la fuerza, ocupa los puestos claves en la sociedad, hazte espacio, domina sobre los otros. Esta experiencia atraviesa toda la historia humana: apoderarse de los otros, usarlos para los propios proyectos, doblegar y manipular las conciencias, borrar los límites entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira.  Los totalitarismos del siglo pasado y los relativismos de tantas partes de nuestro clima cultural, son los signos evidentes de la fuerza seductora del poder. En la lucha contra Satanás, Jesús sale venecedor. A la divinización del poder, Jes{us contrapone la adoración a Dios, citando nuevamente el Deuteronomio (6,13): “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto” (Lc 4,8). “El mandamiento fundamental de Israel es también el mandamiento fundamental de los cristianos: se debe adorar solamente a Dios” (J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 2007, p. 68). El Tiempo de la Cuaresma nos invita a dejar de ser adoradores del Tentador y volver a ser adoradores de Dios.

 

 

 

La tercera tentación es la más sutil, porque pone en peligro, pervirtiéndola, la relación de Jesús con Dios Padre. El Tentador sugiere a Jesús poner a prueba a Dios pidiéndole un milagro: “Arrójate abajo desde lo más alto del Templo, y Dios te salvará enviándote sus ángeles” (cf. Lc 4 10-11). Es la forma suprema de perversión y de desafío: Satanás pide a Jesús que haga un gesto con el cual “costrinja” a Dios a dar una prueba de su presencia y de su poder. ¡Es el hombre quien le dice a Dios cómo comportarse! Es el hombre que impone la propia voluntad a Dios, en lugar de acoger de Dios la Suya. El hombre reduce a Dios a objeto de sus experimentos. Jesús, una vez más citando el Deuteronomio (6,16) anula el asunto y responde: “No tentarás al Señor tu Dios” (Lc 4,12), es decir: no pretendas que Dios obedezca a tus requerimientos, sino que deja a Dios toda la libertad de ser Dios; no pretendas que se pliegue a tus deseos, porque entonces encontrarás un ídolo entre tus manos, una especie de juguete  que se romperá entre tus dedos en cuanto haya en tu vida algo serio.

 

 

 

El relato evangélico ilumina todo el camino cuaresmal, que nos pone frente a una elección entre Dios y Satanás. Podemos vivir siguiendo a Cristo, eligiendo “lo que está escrito”, o sea, Dios y su Palabra; o podemos vivir cediendo a las grandes seducciones del Tentador, que nos hechizan con toda la fascinación de una libertad a fácil precio.

 

 

 

Jesús ha vencido todas las pruebas, también por nosotros. Y las ha vencido hasta el fin, cuando Satanás, reapareciendo en el “momento fijado”, lo tentará, en vano, por última vez, proponiéndole rechazar el proyecto de Dios, es decir, de salvarse bajando de la Cruz. Pero Jesús, en el evangelio de Lucas, dará una gran voz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (23,46).

 

 

 

 

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

 

 

 

Introducción del sacerdote

 

Con la sencillez de los hijos y la humildad de los pecadores, dirijamos a Dios nuestra oración: 

 

1.    Señor Jesús, te confiamos al Papa Benedicto y a toda la Iglesia. Danos amor y confianza. Que el tiempo de Cuaresma nos conduzca hacia tu Pascua con la obediencia de la fe.

 

Te rogamos: SEÑOR, ESCUCHA NUESTRA ORACIÓN

 

 

 

  1. Señor Jesús, que venciste a Satanás y sus tentaciones, haznos fuertes y fieles en el corazón, en la mente, en las obras. Danos la gracia de vencer el mal con la oración y los sacramentos.

 

   Te rogamos: SEÑOR, ESCUCHA NUESTRA ORACIÓN

 

 

 

3.    Te confiamos todos los pueblos del mundo. Oh, Señor, que tu gracia nos dé justicia y libertad, paz y fraternidad.

 

Te rogamos: SEÑOR, ESCUCHA NUESTRA ORACIÓN

 

 

 

4.    Señor, danos la gracia de vivir la fe en la caridad. Te confiamos todas las familias que acompañan a sus hijos en el camino de los sacramentos del Bautismo, de la Confesión, de la Eucaristía y de la Confirmación.

 

 Te rogamos: SEÑOR, ESCUCHA NUESTRA ORACIÓN

 

 

 

Conclusión del sacerdote

 

En este tiempo tan importante y también tan dramático, ponemos delante de Ti, Señor, nuestras peticiones y nuestra vida, con la confianza de los hijos. 

 

 

 

Categorías:Magisterio

V Domingo del Tiempo Ordinario – C

V Domingo del Tiempo Ordinario – C

 

Citas:

Is 6,1-2a.3-8:                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abty3f.htm

1Cor 15,1-11:                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abtnlo.htm

Lc 5,1-11:                                     www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abtnhe.htm

 

Después de habernos mostrado cómo delante de Cristo, delante de la excepcionalidad de Cristo, el ánimo humano pueda defenderse hasta el punto de rechazarlo, reduciendo la realidad que tiene ante él, la Iglesia nos introduce hoy en la experiencia de la familiaridad con Jesús, que está en el origen de la llamada de los primeros discípulos, de su fe y de sus vidas.

El pasaje evangélico que hemos escuchado, tomado del evangelio de san Lucas, comienza mostrándonos de qué modo tan concreto la gente se relacionaba con Jesús: «Mientras la gente se apretujaba en torno a Él para escuchar la palabra de Dios…» (Lc 5,1). La gente “se apretujaba en tono a Él”, es decir, lo vislumbraba, lo seguía, se le acercaba para escucharlo, hasta el punto de que el Señor corre el riesgo de verse aplastado y, con extraordinaria prontitud, con el sentido práctico que se revela en cada uno de sus gestos, sube a una barca aparcada en la orilla y le pide a Pedro que se aparte un poco, de manera que pueda hablar a la gente.

¡Qué misterio! La Palabra de Dios, el eterno Hijo del Padre, haciéndose carne ha asumido, ha “tomado” toda nuestra humanidad y la vive por completo, sin ahorrarse nada de lo que es humano, comprendida la fragilidad propia de nuestra naturaleza: la Palabra eterna, por medio de la cual el Padre ha creado el mundo, necesita “levantar la voz” para hacerse oír; necesita sustraerse a la muchedumbre, de esa muchedumbre a la que ama con todo su ser, para evitar ser “aplastado”; necesita pedir a Simón Pedro hospitalidad sobre su barca.

A los ojos de los israelitas, Cristo aparece siempre, en todo y en todas partes, como un hombre, con un cuerpo sujeto al cansancio físico, al hambre y a la sed, a la intemperie, como otro hombre cualquiera, y no obstante, no podían estar lejos de ese hombre, no podían apartar la vista de Él. Ni siquiera el hambre –aquella hambre que el Señor sació con la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6, 1ss)- puede distraerlos de Él.

Además, es conmovedor ver cómo, con Cristo, nada sucede por casualidad. Él no sube a cualquier barca, sino a la de Simón; este ya había encontrado al Señor, cuando su hermano Andrés, llegando jadeante a casa, le había dicho: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). Simón ya había compartido un tiempo con Él, de manera que a la invitación del Señor de ir mar adentro, en pleno día, el momento menos favorable para pescar –incluso un inexperto en la pesca lo sabe- y a la invitación de tirar nuevamente las redes después de una noche infructuosa, le lleva a exclamar: “Maestro nos hemos fatigado toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu nombre, echaré las redes” (Lc 5, 5).

¿Que podía llevar a Simón a hacer esta afirmación aparentemente tan ilógica? Porque parece ilógico, después de una noche de trabajo completamente inútil, intentar una nueva pesca en el día, cuando la luz alejaría a todos los peces y el cansancio físico reclamaría descanso. ¡Es ilógico! Y sin embargo, Simón dice: “En tu nombre echaré las redes”. ¿Por qué? ¿Cómo puede un pescador profesional decir algo así? Todo se encierra en ese “pero” inicial: “Pero en tu nombre…”.

En lo ordinario de la vida, en lo previsible de los sucesos cotidianos, en la rutina del propio trabajo o en el calor del hogar, de improviso, empezaba a abrirse camino un “pero”. En la vida de Simón, pocos días antes, había comenzado a abrirse camino este “pero”, cuando Andrés lo había llevado a conocer a Jesús y, transcurriendo algún tiempo con Él, volviendo a casa para prepararse, como todas las tardes, para la pesca nocturna, hablando consigo mismo, había comenzado lentamente a tomar conciencia de que le había sucedido algo nuevo, algo que no sabía expresar por completo, pero que no podía ignorar.

Es en esta familiaridad con Cristo, progresiva y diaria, que crece y se forma en el corazón de Simón Pedro una nueva certeza: Cristo es un factor de absoluta novedad, una novedad en la cual, misteriosamente, parece converger toda la realidad. Esta novedad es Él mismo, su misma persona, Jesús. Paradójicamente para Simón, delante de Cristo, lo realmente ilógico no era fiarse de Él contra toda evidencia, sino decir, lo que parecería más normal: “Es absurdo, Maestro, intentar ahora una nueva pesca. ¡Es una broma!”. Delante de cualquier otro hombre habría sido normal pensar que se trataba de una burla y seguir arreglando las redes para volver a casa a descansar. Pero con Jesús, no. Con Él habría sido ilógico no intentarlo, no tomar en serio su palabra, a pesar de que la experiencia humana parecería decir otra cosa.

Para Simón comenzó así una experiencia nueva, que se renovará durante tres años y hasta el último respiro: con Cristo, la realidad jamás desilusiona; ¡Cristo no desilusiona jamás!

La pesca llega, la barca no es suficiente para recoger todo ese fruto asombroso, las dos barcas parecen hundirse y el hermano de Andrés se echa a los pies de Jesús y exclma: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5, 8). Habría sido lo mismo decir: “¡Señor, todo lo tuyo me supera; no soy digno, pero no puedo menos que estar pegado a ti, de arrodillarme delante de ti!”

Pidamos a la Samtísima Virgen, que en su vida terrena transcurrió más años con su Hijo que sin Él, que sepamos crecer en la familiaridad con Cristo, en este cotidiano contacto con Él, por medio de una mirada atenta a la realidad, por medio de la oración constante. Que sepamos fijarnos en este “pero” que entró en el mundo, para no dejarlo jamás. Y unidos a él, unidos a Pedro, decimos también nosotros hoy y siempre: «Fiat mihi secundum verbum tuum – Señor, que se haga en mí según tu palabra», «Señor, en tu nombre echaré las redes». Amén.

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