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La contribución de Juan Pablo II al papel eclesial de los laicos

La contribución de Juan Pablo II al papel eclesial de los laicos

Por Arturo Cattaneo
Publicado el 21 de noviembre de 2012

http://www.temesdavui.org/es/revista/43/temas_de_portada/la_contribucion_de_juan_pablo_ii_al_papel_eclesial_de_los_laicos_

 

ESPECIAL: 50º Aniversario del Concilio Vaticano II. Papel eclesial de los laicos

Misión de los laicos: Juan Pablo II desarrolla el Vaticano II

Para situar en su contexto la contribución del beato Juan Pablo II en la misión eclesial de los fieles laicos, hay que tener en cuenta, en primer lugar, que uno de los principales progresos eclesiológicos del Concilio Vaticano II fue precisamente la comprensión del papel de los laicos en la Iglesia. Se hablaba del tema en el capítulo IV de la Lumen gentium (LG) y luego fue ampliado en el decretoApostolicam actuositatem (AA), que ilustra la naturaleza, el carácter y la variedad del apostolado de los laicos. Varios documentos volvieron a tratar el tema, sobre todo la constitución pastoral Gaudium et spes(GS).

Este progreso conciliar fue posible gracias a varios factores de tipo teológico, pastoral y apostólico que surgieron en las décadas anteriores al Concilio. Entre los factores teológicos, cabe mencionar el desarrollo de la misionología y el redescubrimiento del sacerdocio común. Entre los eclesiólogos que más contribuyeron sobresale Yves Congar con la monografía Jalons pour une théologie du laïcat (1953). Entre quienes supieron combinar la claridad teológica con una gran capacidad de realización, cabe recordar a san Josemaría Escrivá, el cual con el Opus Dei dio vida, a partir del 1928, a un vasto fenómeno apostólico y pastoral «que desde el principio anticipó –en palabras de Juan Pablo II– la teología del Laicado, que después caracterizaría a la Iglesia del Concilio y posterior al Concilio».1

Después del Concilio se habló mucho de los laicos, pero a menudo más con la intención de abrirles nuevos espacios de colaboración en los organismos eclesiales y no de ayudarles a comprender y a realizar su vocación específica. Sin duda, los laicos pueden cumplir, en el ámbito eclesiástico, varias funciones, y esto a veces puede ser razonable y hasta oportuno. Nos referimos a la participación en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis, o la suplencia de algunas funciones íntimamente ligadas con el ministerio ordenado, actividades que no requieren el carácter de orden. Sería, sin embargo, un grave malentendido de la misión propia de los laicos reducir esta última a las funciones mencionadas, con el peligro de una «clericalización» de los laicos. Desde este punto de vista se entiende el valor del compromiso insistente de Juan Pablo II para que no quedara ofuscada la misión eclesial específica de los laicos.

En realidad, Karol Wojtyla, desde el inicio de su ministerio sacerdotal, tenía un gran interés en la misión eclesial de los laicos. Esta «pasión» se plasmó, durante su pontificado, en numerosas iniciativas, entre las que sobresale la invención de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Desde el punto de vista teológico, cabe mencionar, en especial, el sínodo de los obispos convocado por él a fin de reflexionar sobre la vocación y la misión de los fieles laicos, cuyo fruto, la Exhortación apostólica Christifideles laici(1988) se ha convertido en la carta magna del laicado católico. Hay que recordar, además, el primer documento magisterial totalmente dedicado a la dignidad y a la vocación de la mujer, como un canto al «genio femenino». Otra iniciativa de gran relieve consistió en reunir, en mayo de 1998, a los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades que, en varias ocasiones, definió como «providenciales» para la Iglesia. A todo esto hay que añadir los numerosos encuentros con las familias, con los trabajadores, los empresarios, los universitarios, los políticos, los artistas, etc. En estos encuentros siempre se hacía patente su compromiso para que Cristo fuera anunciado en todos los ambientes de la vida.

Juan Pablo II era bien consciente de que el Concilio constituía el amanecer del tercer milenio –como observó él mismo–, «el fundamento y el inicio de una gigantesca obra de evangelización del mundo moderno, además de un nuevo giro en la historia de la humanidad, en la que empresas de una importancia y amplitud inmensas esperan a la Iglesia».2 Sabía alentar de muchas maneras a los fieles laicos en el compromiso por la nueva evangelización: nueva por el empuje, el método y el lenguaje. Invitaba a los jóvenes a convertirse en «centinelas de la mañana»; exhortaba a todos a «abrir las puertas a Cristo», a comprometerse en la vida pública, en el mundo de la cultura, del trabajo, de las comunicaciones…

No es nada fácil, con tan pocos años de distancia, sopesar todo el alcance de lo que Juan Pablo II hizo por la Iglesia y, de modo particular, para fomentar la vocación y la misión eclesial de los fieles laicos. En las páginas que vienen a continuación trataré de explicar los aspectos más relevantes de su contribución.

Diversidad y complementariedad entre las distintas vocaciones

Una de las ideas centrales del Concilio, cuya relevancia se reconoció gradualmente en el periodo postconciliar, es la de la comunión, que permite, entre otras cosas, combinar diversidad y unidad. El tema ha sido tratado en la Carta Communionis notio (28.V.1992); su cuarto capítulo se titula, precisamente, «Unità e diversità nella comunione ecclesiale» [Unidad y diversidad en la comunión eclesial]. El capítulo se abre con la siguiente afirmación de Juan Pablo II: «La universalidad de la Iglesia conlleva, por una parte, la más sólida unidad y, por otra, una pluralidad y una diversificación que no obstaculicen la unidad, sino que, por el contrario, le confieran el carácter de comunión»3 (n. 15).

En la infinita variedad de carismas, Juan Pablo II ha señalado tres grandes líneas carismáticas que se despliegan en torno a tres modos fundamentales de participar los fieles en la misión de la Iglesia en relación con el mundo, con el Reino escatológico y con su mediación sacerdotal: la secularidad específica de los laicos, la vida consagrada y el ministerio sagrado. En la Exhortación apostólica Vita consecrata (1996), el Papa, de hecho, considera «paradigmáticas» las vocaciones a la vida laical, a la vida consagrada y al ministerio ordenado (n. 31). De una manera sintética, se puede decir que los laicos tienen como característica peculiar la secularidad, los consagrados la «tensión escatológica»4 y los pastores el carácter ministerial.

A lo largo de los siglos ha habido un notable desarrollo de la vida religiosa (hoy llamada sobre todo «vida consagrada») y, en parte, de la sacerdotal. La vida espiritual de los fieles laicos había quedado mucho menos desarrollada. Juan Pablo II ha remarcado que, en realidad, cada vocación en la Iglesia es manifestación del único misterio de Cristo; de hecho, «en la unidad de la vida cristiana, las distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo» (Exhortación apostólica Vita consecrata, 16).

La dimensión secular, la escatológica y la de mediación son propias de toda la Iglesia y, por tanto, de cada fiel, pero adquieren, para unos o para los otros (laicos, religiosos y sacerdotes), un carácter propio y peculiar . Esto determina su específica vocación-misión eclesial.

Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Christifideles laici, ha reflexionado sobre la complementariedad de los diversos estados de vida, afirmando que «en la Iglesia-Comunión, los estados de vida están tan relacionados entre sí, que se ordenan el uno en función del otro. […] Son modalidades a la vez diversas y complementarias, de modo que cada una de ellas tiene una característica original e inconfundible y, al mismo tiempo, cada una de ellas se pone en relación con las otras y a su servicio. Así, el estado de vida laical tiene en el carácter secular su especificidad y realiza un servicio eclesial en el hecho de testimoniar y recordar, a su manera, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, el significado que las realidades terrenas y temporales tienen en el proyecto salvífico de Dios. El sacerdocio ministerial, a su vez, constituye la garantía permanente de la presencia sacramental, en lugares y tiempos diferentes, del Cristo Redentor. El estado religioso testimonia el carácter escatológico de la Iglesia, es decir, su tensión hacia el Reino de Dios, que es prefigurado y, en cierto modo, anticipado y disfrutado de antemano gracias a los votos de castidad, pobreza y obediencia» (n. 55).

La dimensión teológica del carácter secular propio de los laicos

La enseñanza conciliar, según la cual «el carácter secular es propio y peculiar de los laicos» (LG 31), no tuvo una acogida pacífica: no faltaron críticas o malentendidos respecto a esta forma de especificar la identidad de los laicos.5 Algunos quisieron relativizar el significado del «carácter secular», considerándolo un mero dato exterior, sociológico, en vez de propiamente teológico o eclesial. La identidad del fiel laico, decían algunos, cabe deducirla del bautizo y no de un dato externo, como, según ellos, era precisamente la inserción en las realidades seculares. Otros argumentaban que toda la Iglesia tiene una relación íntima con el mundo y que, por tanto, esto no puede servir para diferenciar los laicos de los demás fieles. Así pues, algunos propusieron sustituir la palabra «laico» por «cristiano».

Sobre esta problemática, la Exhortación ofrece una respuesta clara en el n. 15, que ratifica por encima de todo la doctrina conciliar, afirmando que «la dignidad bautismal común asume en el fiel laico unamodalidad que lo distingue, sin por ello separarlo del presbítero, del religioso y de la religiosa». Al poco añade: «De hecho, para entender de una manera completa, adecuada y específica la condición eclesial del fiel laico, es necesario profundizar el alcance teológico del carácter secular a la luz del proyecto salvífico de Dios y del misterio de la Iglesia».

Con esta finalidad, recuerda que toda la Iglesia está llamada a continuar la obra redentora de Cristo en el mundo; y tiene una dimensión secular intrínseca, las raíces se hunden en el misterio de la Palabra Encarnada. Por ello, todos los fieles son «partícipes de la dimensión secular, pero lo son de varias formas. La participación de los fieles laicos, en particular, tiene una modalidad de actuación y de función que, según el Concilio, les es “propia y peculiar”».

La inserción de los laicos en la realidad secular, explica la Exhortación, no es simplemente un dato exterior y ambiental, sino «una realidad destinada a encontrar en Jesucristo la plenitud de su significado». El carácter secular no es un dato que se añade desde el exterior a la realidad cristiana. De hecho –recuerda el texto–, como había evidenciado el Vaticano II, «la misma Palabra Encarnada quiso ser partícipe de la convivencia humana […]. Santificó las relaciones humanas, sobre todo las familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso hacer la vida de un trabajador de su tiempo y de su región» (GS 32).

Así queda claro el sentido propio y peculiar de la vocación divina destinada a laicos. Ellos no son llamados a abandonar la posición que tienen en el mundo, ya que el bautismo no les aparta del mundo, como señala el apóstol Pablo: «Que cada uno, hermanos, continúe delante de Dios en la condición en que se encontraba cuando fue llamado» (1C 7:24). Dios les confía una vocación que afecta precisamente a la situación intramundana.

La Exhortación, respondiendo a las críticas o malentendidos arriba mencionados, concluye: «El estar y actuar en el mundo son para los fieles laicos una realidad no sólo antropológica y sociológica, sino también específicamente teológica y eclesial. En su situación intramundana, en efecto, Dios manifiesta su proyecto y comunica la particular vocación de “buscar el Reino de Dios tratando las cosas temporales y ordenándolas según Dios” (LG 31). A este respecto, los Padres sinodales han dicho: “El carácter secular del fiel laico no debe definirse sólo en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. La característica secular se entiende a la luz del acto creativo y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres para que participen en la obra de la creación, liberen la creación misma de la influencia del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en la vida célibe, en la profesión y en las diversas actividades sociales” (Propositio 4)» (n. 15).6

El “munus regendi” de los laicos

El Vaticano II ha ilustrado la misión de la Iglesia y, por tanto, de todos los fieles, recurriendo al esquema de los «tria munera Christi»: sacerdote, profeta y rey. La tarea donde el carácter secular propio de los laicos tiene mayor incidencia es la función real. El Vaticano II ha subrayado la importancia de la contribución de los laicos, afirmando que ellos “deben reconocer la naturaleza íntima de toda la creación, su valor y su ordenación a la alabanza de Dios, y ayudarse mutuamente a llevar una vida más santa incluso con las obras seculares, de modo que el mundo quede impregnado del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin en la justicia, en la caridad y en la paz» (LG 36).

En la Christifideles laici, Juan Pablo II ha denunciado «la tendencia a la “clericalización” de los fieles laicos» (n. 23), que proviene de una forma reductiva de entender su misión eclesial. La Exhortación subraya varias veces que el campo donde los fieles laicos están llamados a cumplir su misión original e insustituible es el vasto mundo de las realidades seculares. El aspecto peligroso de la tendencia denunciada por el Papa es que la participación de algunos laicos en ámbitos eclesiásticos se haga en detrimento de la vocación y de la misión que les es propia. Habrá que distinguir, atentamente, las auténticas necesidades de la Iglesia de los deseos eventuales de llevar a cabo una promoción del laicado entendida de manera inadecuada.

Juan Pablo II volvió a hablar de la cuestión, aprobando de forma específica la Instrucción pluridicasterialEcclesiae de mysterio (1997). A propósito de las tareas eclesiásticas arriba mencionadas que pueden cumplir los fieles laicos, el Papa afirma: «Como se trata de tareas muy íntimamente relacionadas con los deberes de los pastores –que por serlo deben estar investidos del sacramento del Orden–, se pide, por parte de todos los que participan de una manera u otra, especial cuidado para que queden bien salvaguardados tanto la naturaleza y la misión del ministerio sacro como la vocación y el carácter secular de los fieles laicos. Colaborar no significa sustituir» (Premisa).

Teniendo en cuenta la novedad de la enseñanza conciliar sobre los laicos, no sorprende mucho que una teoría tan espléndida todavía esté lejos de aplicarse en la vida de la Iglesia. El Papa y los obispos eran muy conscientes y han aprovechado la ocasión de aquel Sínodo para relanzar con fuerza la llamada de Cristo: «Id también vosotros a mi viña», llamada dirigida a todos los fieles laicos para que asuman de una manera responsable y activa su misión eclesial. Juan Pablo II ha descrito así el objetivo de la Exhortación: «Suscitar y alimentar una toma de conciencia más decidida del don y de la responsabilidad que todos los fieles laicos, y cada uno de ellos en particular, tienen en la comunión y en la misión de la Iglesia» (n. 2).

La urgencia de una nueva evangelización

Juan Pablo II indicó la necesidad de una «nueva evangelización» a finales del 1979 y esta idea se convirtió en uno de los hilos conductores de su compromiso pastoral y misionero.7

En la tercera parte de la Christifideles laici, habla de la corresponsabilidad de los laicos en la misión de la Iglesia y, en particular, en el n. 34, que tiene un título muy significativo: «Ha llegado la hora de iniciar una nueva evangelización».

Vale la pena recordar aquí sus palabras: «Países y naciones enteras, donde la religión y la vida cristiana eran en otro tiempo florecientes y capaces de crear comunidades de fe vivas y activas, ahora pasan por una dura prueba y a veces incluso experimentan transformaciones radicales debido a la difusión continua del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo. Se trata, en particular, de los países y de las naciones del llamado Primer Mundo, donde el bienestar económico y el consumismo, si bien mezclados con situaciones escalofriantes de pobreza y de miseria, inspiran y sostienen una vida vivida “como si Dios no existiese”» (n. 34).

La importancia que da el Pontífice a esta llamada impresionante se ve en el número final de la Exhortación, cuando dice: «En el umbral del tercer milenio, toda la Iglesia, Pastores y fieles, deben sentir más fuerte su responsabilidad de obedecer el mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a toda criatura” (Mc 16:15), renovando su entusiasmo misionero. A la Iglesia se le ha confiado una gran empresa, ardua y magnífica: una nueva evangelización; el mundo actual tiene una inmensa necesidad. Los fieles laicos deben participar de manera viva y responsable en esta empresa, porque son llamados a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de la persona y de la sociedad» (n. 64).

En el umbral del Sínodo de 2012, que Benedicto XVI ha querido dedicar precisamente a este tema, se constata una vez más la fecundidad y la clarividencia del magisterio de Juan Pablo II. La creación del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización se puede considerar fruto de su compromiso.

*      *      *

Estos no son, evidentemente, todos los aspectos de la contribución de Juan Pablo II al papel eclesial de los laicos. Habríamos podido recordar el impulso que dio a los nuevos movimientos eclesiales (que en la mayoría de los casos son movimientos laicales), así como sus reflexiones sobre la unidad de vida de los fieles laicos (cf. Christifideles laici, n. 17) o sobre su necesaria participación en el proceso de inculturación. Lo que acabo de exponer, sin embargo, me parece más que suficiente para poner de relieve el gran valor de una contribución que continuará iluminando a la Iglesia para que cumpla cada vez mejor su misión salvífica.

Arturo Cattaneo
Prof. ordinario en la Facultad de Derecho canónico de Venecia
y profesor visitante en la Facultad de Teología de Lugano (Suiza)

1 Juan Pablo II, Gesù vivo e presente nel nuestras cotidianas cammino, Homilía de la Misa celebrada en 19.VIII.1979, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II / 2 (1979), pág. 142.

2 Discurso a los participantes en el VI Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa, 11 de octubre de 1985.

3 Discorso nell’Udienza generale, 27-IX-1989, n. 2, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XII / 2 (1989), pág. 679.

4 Dado que «la vida consagrada anuncia y en cierto modo anticipa los tiempos futuros» (n. 32).

5 Sobre esta cuestión, cf. J.L.Illanes, La discusion teológica sobre la noción de laico, en «Scripta Theologica» 22 (1990), pág. 771-789.

6 La relevancia teológica de la definición de laico ofrecida por LG 31 había sido reconocida claramente por A. del Portillo en su importante contribución Laici e fedeli nella Chiesa, Milán 1969, cap. IV, n. 4. El libro también fue editado en España como Fieles y laicos en la Iglesia, EUNSA 1969.

7 La primera vez que usó esa expresión fue el 9 de junio de 1979 en Nowa Huta. Sobre la cuestión, cf. P.J. Cordes, La nuova evangelizzazione secondo papa Wojtyla, en «L’Osservatore Romano», 5.VI.2011.

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LAICOS-SEGLARES

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NDC

SUMARIO: I. La condición del laico en la Iglesia: 1. Consideraciones generales; 2. El laico a la luz de los documentos conciliares. II. Misión del laico en la Iglesia y en el mundo: 1. Principios generales; 2. Protagonismo del seglar en la comunidad eclesial; 3. Los laicos y la presencia de la Iglesia en el mundo. III. La espiritualidad laical: 1. El punto de partida; 2. Principales rasgos. IV. Aportación específica del laico a la acción catequética.

I. La condición del laico en la Iglesia

1. CONSIDERACIONES GENERALES. El estatuto del laico en la Iglesia actual descansa sobre la doctrina del Vaticano II. La doctrina conciliar en torno a los laicos retorna la gran tradición de la Iglesia, hecho decisivo a la hora de inspirar la renovación de la visión teológica de los laicos.

Aun admitiendo que la doctrina conciliar sobre los laicos adolece de cierta ambigüedad[1], la gran aportación conciliar consiste en reconocer que los laicos son el elemento central de la acción de la Iglesia en el mundo y sujetos activos y responsables de la comunidad eclesial. Esta condición laical arranca de los sacramentos, que son los que hacen a los seglares ontológicamente iguales a todos los cristianos, sin diluir la diversidad de carismas y de ministerios que se dan en la Iglesia.

Antes del Vaticano II, el laico era considerado corno una persona pasiva, sometida siempre a la jerarquía. El Concilio define ahora al laicado de forma positiva. En su reflexión sobre la Iglesia (LG), el Vaticano II ha puesto las bases para una visión eclesiológica renovada, al optar por poner delante del capítulo sobre la jerarquía un capítulo sobre el pueblo de Dios.

La Iglesia es un misterio, y la categoría fundamental que lo define no es la de jerarquía, sino la de pueblo de Dios. De este modo, se han puesto las bases de una eclesiología de comunión en la que todos los miembros de la Iglesia son participantes y responsables: «La realidad de la Iglesia-comunión es entonces parte integrante, más aún, representa el contenido central del misterio, o sea, del designio divino de salvación de la humanidad»[2].

Dentro de la Iglesia-comunión emerge con fuerza la vocación de los laicos, «llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo» (LG 31). De ella se hace eco Christifideles laici (ChL). En una doble dimensión:

1) ante todo, vocación de los laicos a la santidad, que «está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos» (ChL 9);

2) y desde esta premisa fundamental, vocación de los laicos a realizar la misión salvífica de la Iglesia: «ellos son llamados a trabajar en la viña del Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo» (ChL 3; cf LG 33; AA 33).

2. EL LAICO A LA LUZ DE LOS DOCUMENTOS CONCILIARES.

1)    El laico es un miembro pleno del pueblo de Dios. La Iglesia es una comunidad homogénea a la que todos sus miembros pertenecen por el bautismo (LG 2). Por el bautismo, el bautizado participa del profetismo, del sacerdocio y de la realeza de Cristo (LG 31). Esta condición común cristiana precede teológica y cronológicamente a la diversidad de carismas y de ministerios.

2)    Esta dignidad igual de todos los miembros de la Iglesia surge de la participación en el bautismo (LG 32; CD 1 I ). Una dignidad igual, a la que corresponde una responsabilidad comunitaria, compartida por todos en la Iglesia y en la misión pastoral de esta en el mundo.

3)    El laico tiene su participación propia a la totalidad de lo que es el pueblo de Dios (LG 30, 31, 33; AA 2, 10, 33; AG 21; CD 11; PO 9). Porque en la Iglesia hay ministerios diversos (LG 32), el laico participa de la vida de la Iglesia de forma corresponsable y complementaria con la jerarquía y con los religiosos (LG 30, 37; AA 25; PO 9; GS 92), para la edificación de la Iglesia en el mundo y la inspiración cristiana del orden temporal (LG 43; AA 5).

4)    La LG indica como específico y característico de la identidad laical la secularidad: esta manera de ser fiel que es el laicado, realiza su participación plena en la vida del pueblo de Dios y en su ministerio, permaneciendo en su situación secular (LG 31, 43; AA 2, 7; AG 21; GS 43). Al seglar le pertenece, por derecho propio, la «ciudadanía del mundo» (LG 31), de manera específica pero no exclusiva (LG 34; AA 6; GS 43)[3]. Todo el pueblo de Dios es responsable de la totalidad de su vida y de su apostolado. Los laicos son protagonistas de pleno derecho en la evangelización (AA 18; AG 11); la participación en el apostolado y en la vida interna de la Iglesia es un derecho de todo cristiano y no una concesión jerárquica (AA 3).

5)     El fundamento teológico de la identidad laical es el bautismo. El concilio recupera el sentido teológico del concepto laico: miembro del pueblo de Dios por el bautismo. Teológicamente hablando, no existe diferencia alguna entre laico y cristiano, entre seglar y miembro de la Iglesia. Esta identidad entre vocación cristiana y condición laical fundamenta y clarifica el protagonismo de los laicos y realza el valor de su vocación y de sus tareas en la Iglesia. Los derechos y responsabilidades del seglar emanan no del mandato jerárquico, sino de su bautismo y de su estado secular (LG 31; AA 1).

II. Misión del laico en la Iglesia y en el mundo

1. PRINCIPIOS GENERALES.

La actividad del seglar es participar en la totalidad de la misión salvífica que la Iglesia ha recibido de Cristo (LG 31, 33, 35; AA 2, 10; AG 21; PO 9; CD 11):

1)    La finalidad del apostolado de los seglares consiste en anunciar el evangelio, santificar el mundo y animar el orden de las cosas temporales, como testigos de Cristo y con el espíritu evangélico, a través del cual transforman el mundo en que viven (LG 43; AA 2, 5-6; AG 21).

2)    El fundamento de la acción apostólica de los seglares radica en su bautismo, por el que se han convertido en miembros de la Iglesia, incorporados y configurados a Cristo. A su manera, el seglar tiene que ser testigo e instrumento de toda la «misión salvífica de la Iglesia» (LG 33) por exigencia bautismal, y no sólo por fervor o por haber dado el nombre a una organización apostólica (AA 3).

3)     Las afirmaciones fundamentales del Vaticano II en torno a los laicos se han visto recogidas en ChL 9-10, 21, 23-25.

2. PROTAGONISMO DEL SEGLAR EN LA COMUNIDAD ECLESIAL.

a)     En el ámbito profético. El laico tiene el derecho y el deber de tomar la palabra en la Iglesia. El don profético que ha recibido le habilita no sólo para escuchar, sino para hablar y hacerse escuchar. En concreto, el Vaticano II reconoce en el seglar el derecho «y en algunos casos la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que tienen relación con el bien de la Iglesia» (LG 37). Se acepta su protagonismo, libertad y competencia en el orden temporal, lo cual puede ayudar a los pastores a «juzgar con más precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como temporales» (LG 37).

 

b)    En relación con la predicación.

1)    El Concilio reconoce al seglar el derecho y el deber de la predicación en sentido amplio: como anuncio del evangelio a través del testimonio y de la palabra en su vida cotidiana, familiar y social (LG 11, 35; AA 6, 10, 24; AG 21) y como iluminación y enjuiciamiento de las realidades temporales a través del evangelio (LG 2, 4; AA 19, 31; AG 22). En relación con la predicación en sentido estricto (predicación en las asambleas de fieles), el Vaticano II guarda un silencio total. No obstante, cuando la LG dice que «algunos de los seglares, al faltar los sagrados ministros o estar impedidos estos en caso de persecución, les suplen en determinados oficios sagrados» (35), se puede sacar la conclusión razonable de que los laicos pueden asumir la función de predicar en sentido estricto[4].

2)     Además, y en referencia al contenido de la fe y a su predicación, no debe olvidarse nunca que la expresión actualizada de la fe solamente puede elaborarse con la contribución activa de los fieles seglares (cf LG 12). 3) El Concilio recomienda expresamente a los seglares dar catequesis (LG 11; AA 11, 30; GS 52; GE 3).

c) En el campo sacramental.

1)    En el ámbito litúrgico, SC subraya el carácter comunitario y eclesial de los sacramentos y del culto cristiano mediante la «activa participación de los fieles» (SC 14, 30, 41, 48, 50).

2)    Además, cualquier seglar, en caso de necesidad, puede bautizar en la ausencia del diácono o del sacerdote (SC 68).

3)     Y también, aunque el Vaticano II no diga nada al respecto, un laico puede ser delegado para asistir a la celebración de un matrimonio, como se recoge en el CIC (1112).

d) Responsabilidades de gobierno.

1)    En el campo del gobierno de la Iglesia, el Vaticano II reconoce la aptitud de los laicos para el ejercicio de cargos eclesiásticos, e incluso la suplencia de los ministerios en algunos oficios (en circunstancias excepcionales) (LG 33, 35).

2)     Además, el Concilio manifiesta el deseo de que, en todas las diócesis, los obispos establezcan los «Consejos diocesanos de pastoral» (CD 27; cf AA 26; AG 30). ChL insiste en este mismo deseo (25). 3) El Concilio prevé la participación de los seglares en la Curia romana (CD 10), en la Curia diocesana (CD 27) y en la administración de los bienes de la Iglesia (PO 17, 21); e incluso en cargas más directamente relacionadas con los deberes de los pastores (AA 5).

3. LOS LAICOS Y LA PRESENCIA DE LA IGLESIA EN EL MUNDO.

El laico participa también —y más específicamente— en la instauración cristiana del orden temporal. Por su presencia y por su situación en el mundo, el laico es responsable directo de la presencia eficaz de la Iglesia en la organización de la sociedad conforme al evangelio (LG 31). Esta secularidad reviste una significación teológica clara.

Si la Iglesia está ordenada a la salvación del mundo (LG 36), la vocación del laico cobra una significación teológica profunda por el lugar clave que ocupa en la misión de la Iglesia. El laico actúa siempre eclesialmente, como miembro y representante de la Iglesia; no es posible que actúe como cristiano (en nombre de Cristo) sin que su actividad afecte a su vinculación eclesial[5]. Esta situación exige corresponsabilidad entre la jerarquía y los laicos, especialmente en todo lo que guarda relación con la misión en el mundo (LG 33, 37). Corresponsabilidad que ha de respetar la autonomía de los seglares y hacer posible el diálogo.

La presencia del laico en el mundo se realiza por el testimonio del evangelio, común a todos los bautizados, mediante el cumplimiento de sus deberes de estado (LG 11, 35; AA 6; AG 21) y mediante un mayor grado de compromiso apostólico: inserción del laico en la sociedad humana para promover una conformación cristiana de las estructuras políticas y sociales (LG 3, 6; AA 7).

a) El mundo como ámbito del apostolado de los laicos.

1) El campo de presencia: antes del Vaticano II, el apostolado de los laicos se entendía como apostolado auxiliar del apostolado de la jerarquía. Esta concepción tenía, entre otras, la consecuencia de reducir el campo del apostolado laical. El laico sólo se hacía presente en aquellos sectores del mundo que eran problemáticos para la Iglesia o para la jerarquía. El Concilio, sin embargo, propone que la acción del apostolado laical debe estar, sin más, en el mundo concreto en que los laicos se desenvuelven: en la vida matrimonial, en la familia, en su propia profesión, en la comunidad ciudadana en la que viven, en la nación en y de la que ellos son ciudadanos responsables.

2) El modo de presencia: anteriormente, el laico debía limitarse a ser una especie de brazo de la jerarquía movido a voluntad de los eclesiásticos. Pero el Vaticano II proclama que el laico participa «en la misión salvífica de la Iglesia» por derecho propio, un derecho que dimana de su bautismo-confirmación y no de un mandato de la jerarquía (AA 3). El Concilio sugiere, incluso, que los laicos son los más indicados para captar las exigencias de lo temporal y de lo espiritual y para darles su verdadero valor en el orden de la conciencia (LG 36).

b) Dimensiones concretas del apostolado de los laicos en la sociedad.

El testimonio es la plataforma de la acción de los católicos en la vida pública. El testimonio cristiano tiene que ser un acontecimiento profético, es decir, una manifestación de la presencia de Dios entre los hombres. Los cristianos no sólo tienen que anunciar el Reino; también tienen que esforzarse en crearlo a través de actuaciones que tengan un contenido interpelativo. El testimonio cristiano ha de manifestar la actualidad de Jesucristo y de su poder liberador en cada contexto particular de la historia de los hombres. Para ello la comunidad debe «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina» (GS 44). Estas múltiples voces son «los acontecimientos, las exigencias y los deseos, de los cuales (la comunidad cristiana) participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios» (GS 11). El anuncio del evangelio se hará creíble en la medida en que la presencia de los cristianos en el mundo ponga de manifiesto que lo que los hombres están viviendo como más significativo y esperanzador, tiene algo que ver con lo que ellos, como cristianos, creen, y con aquello a lo que ellos, como cristianos, aspiran.

Las formas concretas de la presencia testimonial de los laicos en la vida pública (cf AA 15-19; ChL 28-29): una forma de presencia pública personal es de absoluta necesidad. Por ella la irradiación del evangelio puede hacerse extremadamente capilar, llegando a los lugares y ambientes de la vida cotidiana y concreta de los laicos. Una irradiación del evangelio que es además constante e incisiva (AA 16 citado por ChL 28).

Las formas de presencia pública asociada son necesarias igualmente como formas de presencia fundamental para la libertad y para dotar a la sociedad de mayor protagonismo. En la medida en que el laico va madurando su conciencia ciudadana, cae en la cuenta de que la participación individual no es suficiente para impregnar la vida pública de los valores evangélicos que puedan favorecer mejor el desarrollo del bien temporal. Perciben, pues, la necesidad de una participación asociada, cuyas riquezas son evidentes; entre otras, «el apostolado asociado es un signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo» (AA 16; ChL 29).

Esta presencia pública asociada debe ser:

1) una presencia defensora de los derechos humanos inalienables: el laico debe asumir el compromiso radical de su fe en favor de la justicia y de los derechos del hombre (ChL 36-44);

2) una presencia crítica ante el abuso de las ideologías: el laico tiene que hacer una crítica a toda concepción ideológica que no busque una transformación profunda del hombre; el laico cristiano vivirá la urgencia de «redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana, (lo cual constituye) una tarea esencial» (ChL 37; cf 38-39);

3) una presencia desde la libertad de opción socio-política: el laico cristiano hace su opción socio-política en una situación histórica concreta; es una opción crítica que, desde la fe, busca con realismo lo más favorable para el bien común y para los principios cristianos; se trata de una opción ciertamente inspirada por la fe, pero es una opción táctica, coyuntural, en una palabra, socio-política; en este campo es preciso defender la autonomía del laico y la posibilidad de divergencias dentro del pluralismo socio-político (cf LG 31, 37);

4) una presencia, finalmente, que discierna los signos de los tiempos: los cristianos tienen la obligación cristiana de llevar a cabo este discernimiento a la luz de la fe (GS 4, 1 I ; cf 36); es el discernimiento que ha llevado a la Iglesia en estos últimos tiempos a plantearse el problema más grave que aqueja a la humanidad: la injusticia en el mundo (cf GS 29, 66, 69, 71).

III. La espiritualidad laical

ChL atribuye la máxima importancia a la espiritualidad de los laicos al llamarlos a una profundización exigente de su vocación, a fin de evitar caer en una especie de activismo (ChL 3). «Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana la raíz primera que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su profunda fisonomía, la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos» (ChL 9). ChL recuerda que la misión tiene un origen (el encuentro vital con Cristo) y una meta (el compromiso de servir al designio de Dios en la historia de los hombres). Antes de ser una tarea, la misión es una conversión.

1. EL PUNTO DE PARTIDA. El Vaticano II presenta con fuerza el bautismo como sacramento de consagración que imprime una cualidad sacerdotal (LG 11; cf 10, 31-34). A partir de la consagración bautismal, el sacerdocio de los laicos se halla directamente vinculado con el sacerdocio de Cristo, cuya novedad determina, por tanto, el sacerdocio laical: después de Cristo, la relación con Dios no se realiza sólo a base de un culto ritual y sacrificial, sino principalmente haciendo de la propia vida un sacrificio que sea agradable a Dios (LG 10). El sacerdocio de los laicos comporta, pues, una consagración existencial. En la vida diaria es donde se da culto a Dios, a partir de una vida consagrada que se dirige a Dios como Padre y a los hombres como hermanos. El culto (los sacramentos), para ser cristiano, tiene que causar esta doble dinámica[6].

2. PRINCIPALES RASGOS.

a) El laico, cristiano en el mundo. Las realidades temporales tienen su consistencia y su autonomía propias. Pero el laico que vive estas realidades desde su consagración las asume en su vida consagrada y las integra en el proyecto del reino de Dios. De este modo transforma las realidades y hace de su existencia un culto a Dios que determina su forma de asumir el trabajo, la familia, la profesión, la política (LG 34).

1) La vida espiritual del laico es la del testigo que se ofrece a sí mismo como ofrenda agradable a Dios desde una vida responsable y, al mismo tiempo, actúa sacerdotalmente acercando a Dios a los hombres desde su propio testimonio (cf GS 43). Lo específico del laico es, por tanto, no la renuncia del mundo, sino su aceptación y transformación cristiana. De ahí surge una espiritualidad del trabajo, de la familia, de la política, como ámbitos de realización a la vez humana y cristiana.

2) El laico tiene la función de consagrar a Dios todas las realidades temporales, pero a partir de una referencia a Dios que no excluye la mundanidad de las cosas. El vínculo entre estas y Dios se establece a partir de la experiencia cristiana. El laico ha de poner a Cristo en el centro de la existencia humana en todos los campos de la vida. El cristiano vive la vida de cualquier hombre, pero con una referencia última a Dios, que es lo que constituye la clave de la consagración del mundo. Todo ello tiene que reflejarse en el culto (GS 43). En este sentido, el culto (los sacramentos) es necesario en cuanto momento específico en el que se encarna y expresa la experiencia de Dios, pero lleva luego al compromiso activo en la sociedad, a ofrecer la propia vida como sacrificio agradable a Dios.

b) El laico, profeta en medio del mundo. La función sacerdotal del seglar en medio del mundo encuentra el complemento adecuado en su vocación profética, en conexión con la dimensión profética de Cristo, a través del testimonio de vida y de palabra del cristiano en medio del mundo (LG 35).

1) El ministerio profético de los laicos consiste en un anuncio del evangelio que surge de la vida; viene a ser la expresión de la propia experiencia del Espíritu en medio de las estructuras del mundo. La dimensión profética del laico, de la cual dimana una de las fuentes esenciales de toda espiritualidad laical, está enraizada en esta experiencia del Espíritu. En virtud de ella, el laico juega su propio rol en la Iglesia y nada impide que desarrolle un magisterio real y activo.

2) Una de las funciones características del profetismo es el discernimiento. El laico, en cuanto sacerdote en el mundo, hace de lo mundano un culto cristiano al establecer desde la fe la correlación entre los acontecimientos y Dios. Esto exige el discernimiento, evaluar los signos de los tiempos para ver en ellos la voluntad de Dios, que interpela y compromete (GS 11)[7].

3) El Espíritu puede hablar a la Iglesia por boca de cualquier cristiano. De ahí arranca la espiritualidad de la fraternidad. En la Iglesia no cabe una espiritualidad de dependencia como prototipo de las relaciones intracomunitarias. Toda espiritualidad cristiana genuina posibilita el discernimiento y lleva a la moral adulta y responsable (cf Rom 8,19-23). El hombre está llamado a usar su propia libertad y responsabilidad y mantener que la última instancia es su propia conciencia.

c) El laico, testigo de la esperanza. «Los laicos se muestran como hijos de la promesa cuando, fuertes en la fe y la esperanza, aprovechan el tiempo presente y esperan con paciencia la gloria futura. Pero que no escondan esa esperanza en la interioridad del alma, sino manifiéstenla en diálogo continuo y en un forcejeo con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos, incluso a través de las estructuras de la vida secular» (LG 35). Hoy el mundo margina a Dios y la sociedad crea nuevos ídolos. El cristiano, y de forma especial el laico, desempeña su papel profético denunciando estos ídolos. El cristiano vive de la esperanza y, por tanto, afirma siempre la provisionalidad de la historia. Aquí es donde los laicos tienen hoy una importancia decisiva para que la Iglesia sea en verdad una Iglesia profética.

IV. Aportación específica del laico a la acción catequética

La catequesis tiene que conceder una atención grande al ambiente cultural en el que se presenta el mensaje cristiano. «De la catequesis podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. Para ello, la catequesis procurará conocer estas culturas y sus componentes esenciales; aprenderá sus expresiones más significativas, respetará sus valores y riquezas propias. Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto y ayudarlas a hacer surgir de su propia tradición viva expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristianos» (CT 53)[8].

Se trata de aprender a analizar las culturas para discernir en ellas los obstáculos, pero también las potencialidades que encierran respecto a la recepción del evangelio. El catequista, para ser fiel y eficaz servidor de los catequizandos, necesita una plena comprensión de las realidades de la fe y, al mismo tiempo, de las realidades culturales implicadas en la catequesis. La fe se vive de veras solamente cuando se convierte en cultura, es decir, cuando transforma las mentalidades y los comportamientos. La catequesis contribuye a la inculturación del evangelio y de la fe.

Esta inculturación significa que la catequesis deberá llegar a las mentalidades, a los modos de pensar, a los estilos de vida, para hacer que penetre en ellos la fuerza salvadora del evangelio. Entre nosotros concretamente, hay que hacer penetrar la luz del evangelio en unas mentalidades y en unos ambientes provocados por la indiferencia y por el agnosticismo, corrientes de espíritu que tienden a difundirse por todos los sitios en que ha penetrado la modernidad.

Esta situación viene a realzar la aportación específica e irremplazable del laico en la catequesis. Si nuestra cultura está vacunada contra lo religioso, en tales circunstancias parece que el diálogo de acercamiento pueden hacerlo mejor quienes viven vida más semejante. Ahora bien, el laico es quien está más plenamente en el mundo y, en consecuencia, puede ofrecer mejor testimonio de seguir a Cristo en el mundo. «Al vivir de ordinario la misma forma de vida que el que recibe la catequesis, el catequista seglar puede tener una especial capacidad para encarnar la transmisión del evangelio en la vida concreta del grupo catequético… De ahí la necesaria presencia de los seglares en el servicio de la catequesis» (CF 35).

Esta presencia de los seglares en el servicio de la catequesis demanda obviamente algunas condiciones. Ante todo, es preciso que el catequista sea una persona en situación. Estar en situación significa tener conciencia de dónde se está, de cuáles son las circunstancias, los condicionantes y las perspectivas del entorno en que uno se halla. Hay que reconocer que para bastantes cristianos no resulta fácil armonizar el estar en el mundo y el pertenecer a la Iglesia, con todas sus consecuencias.

Sin embargo, el catequista ha de encontrarse situado en su cultura, presente en su mundo concreto. En determinadas circunstancias, el catequista puede sucumbir a la tentación de aislarse del exterior y de encerrarse en su pequeño mundo privado. El exterior (sociedad, calle, barrio, vecindad, trabajo) suele presentar problemas abundantes y poco atractivos como para animarse a estar presentes y activos en él. De producirse esta situación de fuga, el catequista difícilmente podrá ayudar a los creyentes a hacer un proceso de conversión al mundo; un proceso tanto más necesario cuanto que el mundo es el lugar de la manifestación de Dios y el lugar en el que se ha de anunciar el evangelio e implantar el Reino.

De ahí que esta presencia consciente y activa del catequista en su cultura, en su mundo, es la condición sine qua non para su catequesis, a fin de conocer por dónde va el mundo, de ser sensible a sus inquietudes, búsquedas, angustias y alegrías, para descubrir en ellas no sólo el pecado, sino las semillas del Verbo que están ya en la realidad humana del catequizando. Dios actúa permanentemente en cada persona.

El catequista se pone a la escucha de la intervención de Dios. Por tanto, no intenta solamente revelar las maravillas de Dios, sino que al mismo tiempo pretende interpretar a la luz de la revelación la vida de los hombres, las realidades del mundo; en definitiva, los signos de los tiempos. Para ello naturalmente el catequista precisa tener una mirada (una visión) positiva del mundo, a fin de hacer emerger interrogantes, intereses; sacar a la superficie angustias y esperanzas, para ayudar a buscar el sentido último de las cosas. «La catequesis -afirma CT 24- tiene una íntima unión con la acción responsable de la Iglesia y de los cristianos en el mundo».

BIBL.: COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS, El catequista y su formación. Orientaciones pastorales, Edice, Madrid 1985; CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Los católicos en la vida pública (1986); Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo (1991); ESTRADA J. A.. La identidad de los laicos. Ensayo de eclesiología, San Pablo, Madrid 19912; La espiritualidad de los laicos. En una eclesiología de comunión, San Pablo, Madrid 19978; FORTE B., Laicado, en PACOMIO L. (ed.), Diccionario teológico interdisciplinar III, Sígueme, Salamanca 1983, 252-269; OCHOA J. M., Laicos en el mundo: presencia de los cristianos en el orden temporal, Teología y catequesis 22 (1987) 229-250; La exhortación apostólica «Christifideles laico: riqueza y cuestión pendiente, Lumen 38 (1989) 353-381; RAHNER K., Fundamentación sacramental del estado laical en la Iglesia, en Escritos de Teología VII, Taurus, Madrid 1971, 357-379.

José M. Ochoa Martínez de Soria

http://mercaba.org/Catequetica/L/laicos_seglares.htm

 

 


[1] 1. G. BENTIVEGNA, La nozione del «laico» nei documenti del Vaticano IL certezze e acquisizioni, Rassegna di teologia 8 (1969) 335-342; J. A. ESTRADA, La Iglesia: identidad y cambio. El concepto de Iglesia del Vaticano 1 a nuestros días, Cristiandad, Madrid 1985, 137-142. —

[2] 2. ChL 19; cf también el sínodo extraordinario de 1985, que subraya en los textos conciliares la dimensión de la Iglesia como misterio y la importancia de una eclesiología de comunión: El Vaticano II, don de Dios, Relación final II, A y C, PPC, Madrid 1986, 71-88. —

[3] 3. Cada vez que el Vaticano II recuerda la secularidad como propia de los laicos utiliza adjetivos que advierten de que esta característica no es exclusiva de los seglares: cf por ejemplo LG 33, 35, 36; GS 43

[4] 4. El nuevo CIC (1983) abunda en esta interpretación que hacemos de LG 35. Los cánones 759 y 766 establecen que los laicos pueden ser llamados a predicar en una iglesia u oratorio en determinadas circunstancias. El canon 767 reserva la homilía al sacerdote y al diácono por ser parte integrante de la liturgia; con todo, parecen existir varias posibilidades de que el seglar predique en asambleas litúrgicas, dentro de la ordenanza canónica: cf el comentario al canon 767 en Código de Derecho canónico, edición bilingüe comentada por los profesores de Derecho canónico de la Universidad Pontificia de Salamanca, BAC, Madrid 1985, 400-401. —

[5] 5. La jerarquía no puede monopolizar el protagonismo de la Iglesia en el mundo. Siempre se actúa eclesialmente, aunque no siempre con representación oficial de la Iglesia, que entrañaría un mandato jerárquico expreso. No existe un monopolio jerárquico respecto a la misión, sino diversidad de grados de actuación y de compromiso eclesial en el mundo, según la función de sus protagonistas: cf J. A. ESTRADA, La identidad de los laicos. Ensayo de eclesiología, San Pablo, Madrid 1990, 180 y nota 21.

[6] En la reflexión sobre la espiritualidad laical son numerosos los autores que toman como base la consagración bautismal; cf por ejemplo S. D1ANICH, Laicos y laicidad de la Iglesia, Páginas 13 (1988) 91-122; J. A. ESTRADA, La identidad de los laicos, o.c., 168-169;Por una espiritualidad laical, Proyección 34 (1987) 189-198.

[7] 7. Cf el excelente estudio de J. M. CASTILLO, El discernimiento cristiano, Sígueme, Salamanca 1984, 98-104, 151-155.

[8] 8 El CCE manifiesta con insistencia la necesidad de atender a la cultura por parte de la catequesis; cf por ejemplo CCE 24, 814, 1075, 1202 y passim.

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Solemnidad de Santa María, Madre de Dios – 2013

conprocleris 

solemnidad de santa maría, madre de dios – 2013

 

Citas:

Nb 6,22-27:                                                             www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bcawkf.htm

Ga 4,4-7:                                                                  www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aggmzd.htm

Lc 2,16-21:                                                                 www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayxwpb.htm

 

 

La Iglesia, en su gran sabiduría, a pocos días de celebrar la Solemnidad de la Navidad, de la memoria viva del Verbo hecho carne que vino a habitar entre nosotros, nos invita a mirar a la Madre del  Creador, a la Madre de las madres, a la Virgen María.

Desde  los primeros siglos, la Santísima Virgen fue venerada por sus hijos con este título, confirmado definitivamente por la Iglesia en el Concilio Ecuménico de Éfeso del año 431. Este título es consecuencia inmediata del gran Misterio de la Encarnación, que ve al Logos eterno abrazando la naturaleza humana con un “abrazo” tan fuerte,  que elige hacerse hombre –nos dice San Pablo- naciendo “de mujer” como todo ser humano. Contemplando, por eso, al Niño de Belén, admiramos la belleza de la Madre y no podemos menos que agradecer el valor de María, que consintió al maravilloso designio de Dios y, de este modo, se hizo parte fundamental de él.

En este proyecto asistimos, además, a una singular prioridad “cronológica” de María. En el pasaje del evangelio de Lucas, en efecto, se nos describe el encuentro de los pastores con Jesús  y, según lo que cuenta el evangelista, antes que el Niño ellos “encontraron a María”: antes de reconocer en el Niño el signo anunciado por los ángeles, los pastores admiraron la belleza de la mujer que lo había engendrado y, posteriormente, adoraron el Santísimo Cuerpo del Salvador niño.

La misma prioridad cronológica le reconoce San Pablo a María, el cual, en la Carta a los Gálatas, describiendo el Misterio de la Encarnación, afirma que el Hijo de Dios fue “nacido de mujer” y, solo después, añade: “nacido bajo la Ley”. Esta prioridad “cronológica” de la Madre es el mismo criterio que anima la vida de la Iglesia, que ha elegido confiar la humanidad entera, al comenzar un nuevo año, a la intercesión, a la guía y a la maternidad de María de Nazaret, indicando de este modo a todos “la vía maestra” para encontrar a Cristo.

No se puede, en efecto, llegar a Jesús si no es pasando por María, Madre de Dios y Madre nuestra. No se puede tratar de comprender el Misterio de la Encarnación, si no se mira a la real semejanza humana que el Hijo tiene con la Madre. No se puede ser verdaderamente cristiano si no se es auténticamente mariano.

¡Qué maravilla la maternidad de María! Afirma San Atanasio: “Para esto María recibió su existencia en el mundo: para que Cristo tomara de Ella este cuerpo y lo ofreciera, en cuanto suyo, por nosotros”. Jesús toma de ella las fatigas físicas, se alimenta de su pecho bendito, se deja abrazar por su ternura materna y es educado por la sabia Mamá. Amando la humanidad inmaculada de su Madre, amando esa humanidad concebida sin pecado original, Cristo ama más aún nuestra humanidad y desea nuestra total salvación. Él, en efecto, mirando a la Virgen Madre, tiene siempre delante de sus ojos el primigenio proyecto de Dios, anterior al pecado original; ese proyecto por el que, después de habernos creado y hecho libres, nos ha querido hijos.

Haciéndonos sus hermanos y, por esto, hijos de Dios, Cristo nos ofrece la posibilidad de contar con una Madre poderosa que lo conoce bien, puesto que lo llevó en eu seno virginal y lo siguió durante toda la vida, y que conoce bien también a nosotros, hombres, porque ella es totalmente criatura de Dios.

Por tanto, miremos a María, a Aquella que “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Miremos a Aquella que, antes, contempló el eterno Misterio;  que, a través de su “sí” y de su maternidad entraba en la historia. Miremos el seno de María, que durante nueve meses custodió el Santísimo Cuerpo de Jesús,  ese seno que es el Arca de la nueva y eterna Alianza, la Puerta del Cielo a través de la cual Dios entró en el mundo siendo el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Miremos, en fin, los ojos de la Virgen, porque nadie como Ella, habiendo vivido una tal e irrepetible intimidad con el Hijo, en cuanto que está “anclada” biológicamente en Él, además de espiritualmente, puede enseñarnos a reconocer, a conocer, a adorar y a amar a Cristo Jesús.

Pidamos, pues, a Ella, que nos sostenga y que interceda por nosotros para comenzar bajo su manto materno este nuevo año y, como los pastores, que encontremos a Jesús, Hijo de Dios, hijo de María.

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