Archivo

Archive for 29 abril 2012

Viva Cristo Rey

¡Viva Cristo Rey!

VARIOS PRIMERA LLAMADA

29 Abril 2012, http://www.am.com.mx

 

“Quien no ha tenido tribulaciones que soportar, es que no ha comenzado a ser cristiano de verdad”.

San Agustín

El subtítulo de la estupenda película recientemente exhibida “Cristiada”, es “la historia que quisieron ocultar”, pero yo no estoy de acuerdo con el verbo ‘quisieron’; me parece que le iría mejor ‘lograron’, ya que lograron ocultarla durante 70 años, y ocultar algo durante todo ese tiempo es todo un logro.

En ninguna escuela, oficial o privada, se mencionó nunca el hecho. Fue como si esa guerra nunca hubiera existido.

La historia oficial no la registraba. Lo más extraño fue que a pesar de que esa guerra tuvo lugar en pleno Siglo XX, nadie hablara de ella.

Fue muy raro que por los años 70, en una escuela particular, se usara como libro de texto “Tierra de Volcanes”, de J.H.L. Schlarman, en el cual sí hablaba de ella.

Otros 2 extranjeros, subyugados por lo absurdo de que a un País con 95% de católicos, su Gobierno le prohibiera practicar su fe, fueron los primeros que revelaron los horrores a los que estuvo sometido el pueblo mexicano.

En 1926, el presidente Plutarco Elías Calles, había publicado una ley, conocida como Ley Calles, con el fin de eliminar a la Iglesia católica. Determinaba, entre otras cosas, el número de sacerdotes que se permitirían en cada estado, que deberían ser mayores de 50 años y casados. Se expulsaba a las religiosas de sus conventos, se prohibía usar en la calle el hábito o la sotana, y muchas otras disposiciones que impedían la práctica de la religión.

El primero en revelar abiertamente que los católicos habíamos sido perseguidos por nuestra fe fue Graham Green, un escritor inglés convertido al catolicismo, que estuvo en México durante ese tiempo.

En “El poder y la gloria”, relató magistralmente la historia de un solitario sacerdote católico, como hubo muchos, que varias veces pudo haber abandonado el País o plegarse a las disparatadas y arbitrarias disposiciones de las autoridades, pero que se quedó para auxiliar espiritualmente a quienes lo necesitaban. Todavía, a punto de ser fusilado, humildemente temía no estar a la altura de las circunstancias.

El otro es el historiador francés Jean Meyer, que en 1973 -casi 50 años después de la persecución-, publicó finalmente, la historia de la “Cristiada”, en donde relata la época nefasta de tremenda injusticia en la que ser sacerdote era un delito que merecía la muerte, y asistir a misa podía costar varios años de cárcel.

Ante tales aberraciones, la Iglesia suspendió los cultos, por lo que la vida litúrgica y sacramental prácticamente desapareció.

El pueblo, sin la anuencia de sus obispos, se levantó en armas, y esa guerra es la “Cristiada”, la guerra de los cristeros, guerra terrible de un pueblo contra sus dirigentes, contra su Estado y contra su ejército por no permitirle adorar a Dios.

La película es estupenda, y a algunos nos llega más porque fue un drama cercano del que hablaron durante 40 años, y sólo en privado, los que pertenecimos a las familias de los perseguidos o a las de los perseguidores.

Se siente raro escuchar a los actores hablar en inglés, pero se hizo así para hacerla más accesible al público internacional.

José Pablo Barroso, el director, es un hombre muy joven, talentoso y audaz, que le apostó todo al éxito de su película. El que esté emparentado con una familia leonesa, aumenta aún más el deseo de ir a verla. Un dato simpático es el que Peter O’Toole no haya tenido problema para desempeñar el papel de sacerdote por haber sido monaguillo en su infancia.

Esta es una película que llega al corazón. Es necesario admirar y honrar a los que dieron su vida para que nosotros fuéramos libres de practicar nuestra fe.

No se cambió entonces la Constitución, pero ya no se aplicó completamente. Cierto es que durante muchos años quedaron absurdas prohibiciones, como no poder invocar a Dios en los medios de comunicación. Hubo que esperar a que el presidente Salinas de Gortari, en 1992, quitara finalmente, esas leyes irracionales y disparatadas.

Colaboradora del clubdelapluma@hotmail.com

Anuncios
Categorías:Iglesia

Cristiada

Cristiada

JOSÉ MARTÍNEZ COLÍN

29 Abril 2012, www.am.com.mx

 

“Como un río de paz” vislumbra bellamente Isaías desde la lejanía de lo siglos que sería el paso de Jesucristo, Redentor del mundo (cfr. Isaías 45,18). Así está siendo. Y han sido como un río de paz las palabras y acciones de Benedicto XVI durante los siete años que acaba de cumplir en su misión de Vicario de Cristo, como 265 sucesor de Pedro. Así fue su reciente viaje a México y Cuba, tan esperado y acogido por todos.

***

“Vengo como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad. Deseo confirmar en la fe a los creyentes en Cristo, afianzarlos en ella y animarlos a revitalizarla con la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos y la coherencia de vida. Así podrán compartirla con los demás, como misioneros entre sus hermanos, y ser fermento en la sociedad, contribuyendo a una convivencia respetuosa y pacífica, basada en la inigualable dignidad de toda persona humana, creada por Dios, y que ningún poder tiene derecho a olvidar o despreciar. Esta dignidad se expresa de manera eminente en el derecho fundamental a la libertad religiosa, en su genuino sentido y en su plena integridad”. Son sus primeras palabras, todavía en el aeropuerto de Guanajuato, al llegar a México el 23 de marzo.

Ya durante el vuelo de Roma a México había respondido algunas preguntas en conferencia de prensa con los periodistas. Tras recordarle María Collins, de la televisión Univision, que México es un País con posibilidades maravillosas, pero en estos años también es tierra de violencia por el problema del narcotráfico, la segunda pregunta a Benedicto XVI fue ésta: “¿Cómo afronta la Iglesia católica esta situación? ¿Usted tendrá palabras para los responsables, para los traficantes que a veces se profesan católicos o incluso benefactores de la Iglesia?”.

Ésta fue la respuesta del Papa: “México, además de todas sus grandes bellezas, tiene el grave problema del narcotráfico y de la violencia. Ciertamente es una gran responsabilidad de la Iglesia católica en un País con el 80% de católicos. Tenemos que hacer lo posible contra este mal, destructivo para la humanidad y para nuestra juventud”.

Ahonda el Papa: “Ante todo hay que anunciar a Dios. Dios que es juez y nos ama. Pero nos ama para llamarnos al bien y a la verdad contra el mal. Por lo tanto, es una gran responsabilidad de la Iglesia la de educar las conciencias y de educar a la responsabilidad moral y desenmascarar el mal. Desenmascarar esta idolatría del dinero que esclaviza a los hombres; desenmascarar estas falsas promesas, la mentira, el engaño. Debemos ver que el hombre tiene necesidad del infinito. Es importante la presencia de Dios que nos guíe, que nos señale la verdad y, en este sentido, la Iglesia desenmascara el mal: hace presente la bondad de Dios, hace presente su verdad (de Dios), el verdadero infinito”.

*****

Ese “río de paz”, anunciado por Isaías, nos invade también estos días en México, gracias a un esfuerzo admirable en la realización de la película llamada “Cristiada”.

La historia que le habían ocultado a muchos -nada saben de “la Cristiada”-, viene ahora presentada en una magnífica película, Cristiada. Bien recibida por la fría crítica cinematográfica internacional, se ocupa con rigor histórico de lo sucedido en la mayor persecución religiosa que ha sufrido México (1926 a 1929). Que, lejos de acabar con los creyentes, llenó nuestra historia de gloriosos testimonios de fe. Está basada en el libro del historiador Jean Meyer sobre el tema (“La Cristiada”, tres volúmenes, México 1973-1975, 20ª edición año 2000). Meyer es un historiador mexicano de origen francés, nacido en 1942, en Niza, Francia.

Según el productor, Pablo José Barroso, “hay poco material escrito sobre este tema; Además del libro de Meyer; visitamos la ‘Ruta Cristera’, donde pudimos hablar con algunos descendientes de cristeros. También nos apoyamos en obras literarias como ‘Entre las patas de los caballos’, de Luis Rivero del Val (1909-1990). Vamos a salir en Estados Unidos el 1° de junio en más de 750 cines y de ahí se irá al resto del mundo”.

****

Con razón nos recordó también Benedicto XVI en Guanajuato el sábado 24 da marzo: “El discípulo de Jesús no responde al mal con el mal, sino que es siempre instrumento del bien, heraldo del perdón, portador de la alegría, servidor de la unidad. Él quiere escribir en cada una de las vidas una historia de amistad. Ténganlo, pues (a Jesús, nos dice a todos), como el mejor de sus amigos. Él no se cansará de decirles que amen siempre a todos y hagan el bien. Esto lo escucharán, si procuran en todo momento un trato frecuente con él, que les ayudará aun en las situaciones más difíciles”. 

Categorías:Reflexiones

Reflexión sobre la Parroquia y el rol del Párroco

Reflexión sobre la Parroquia y el rol del Párroco

a partir de los estudios realizados

Gabriel Valdivieso, CISOC – Bellarmino

  1. 1.   – Relevancia y actualidad de la Parroquia

La actual imagen de la parroquia se ve enjuiciada por un doble tipo de argumento: de orden sociológico (el desarrollo urbano estaría haciendo estallar y volviendo inútiles sus estructuras) y del orden pastoral (la evangelización exigirá una liberación del freno que constituye el aparato administrativo parroquial)”.

(Síntesis textual de las críticas a la parroquia a las cuales respondía el Padre Hernán Alessandri en 1967 en su intervención sinodal.)

Han pasado casi 30 años y todavía hay quienes siguen formulando las mismas críticas a la Parroquia. Pese a ellas, los hechos demuestran que la estructura de la Parroquia aun mantiene su vigencia. Aparte de las razones teológicas y religiosas que permiten explicar la permanencia de la Parroquia – que ciertamente las hay – existen factores de índole sociocultural que quisiéramos reseñar a continuación.

  •                      En primer lugar, la Parroquia ofrece una referencia clara y concreta de presencia eclesial. Tal como expresó el Papa en la Christifideles Laici : “Ella (la Parroquia) es en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas.”(Ch.L. 26). Su sola presencia física es una referencia reconocible, La gente sabe que ahí está la Iglesia.
  •                      Aunque no es el único, la Parroquia es un ámbito abierto a la iniciación cristiana, la formación de la fe, el culto y los sacramentos.
  •                       La Parroquia está vinculada a hechos vitales, como son el nacimiento y la muerte de los bautizados, cualquiera que sea su grado de cercanía y participación eclesial.
  •                       Semanalmente, la Parroquia es capaz de reunir a un alto porcentaje de los católicos, superando, con creces, la capacidad de convocación de cualquier otra institución.
  •                       En algunos sectores, especialmente en los ambientes rurales y urbano-populares, la Parroquia tiene un importante rol social y comunitario, no sólo por que representa un lugar físico segura donde pueden acudir y reunirse sin problemas las personas de cualquier edad, sino que también, por tratarse de una institución reconocida por los organismos sociales centrales y comunitarios, públicos y privados.

 

 

  1. 2.   – Diversidad y rasgos comunes en las Parroquias

No hace falta salir de los límites de la Arquidiócesis de Santiago para darse cuenta de la enorme diversidad que caracteriza a las parroquias. Diferencas en la edad y la historia de cada parroquia; en los rasgos personales de los párrocos; en las carácteristicas socioculturales de la gente; en la experiencia de trabajo pastoral de sus equipos humanos. Variedad en la calidad de la atención al que llega, en la calidez del trato, en la mística de las celebraciones litúrgicas, la música y la belleza de sus ambientes.

En suma, la diversidad es tal, que no es realista proponer planes homogéneos para todas las parroquias. Por el contrario, es más razonable que las metas y objetivos parroquiales sean objeto de un discernimiento y de un proceso de definición y jerarquización, que respetando la realidad y la singularidad, puedan ser planificados y ejecutados con sentido de proceso.

Sin embargo, a pesar de las diferencias, también es posible destacar algunos rasgos comunes a algunas parroquias. A ellos nos referimos en las líneas siguientes.

Al ser consultados las personas que asisten a la Misa dominical, se aprecia que sus principales expectativas se dirigen a que la parroquia responda a sus necesidades espirituales. En segundo término, que entregue formación en materia de solidaridad social; luego en temas morales, necesidades materiales y Derechos Humanos. En general se manifiestan en desacuerdo con que las parroquias tengan una posición de carácter oficial ante hechos de política contingente y se rechaza la posibilidad de prestar locales parroquiales para esos fines.

Los resultados de los estudios muestran, en general, que el área mejor evaluada en el trabajo parroquial es la catequesis, seguida de la liturgia, la labor comunitaria y la acción solidaria, destacándose las mayores carencias en el ámbito misionero.

Sin embargo, es preciso señalar que cada una de estas áreas oculta una enorme diversidad de contenidos implícitos, sin que exista en muchas parroquias, un esfuerzo serio por definir operacionalmente cada una de estas áreas y aplicarlas a sus propias realidades. Esta carencia constituye una seria limitación para una planificación pastoral que se traduzca en acciones concretas.

A pesar de la diversidad, a la luz de los estudios realizados es posible esbozar un comentario sobre algunas de estas áreas para las que se dispone de información.

  1. 1.   – Hemos dicho que la catequesis aparece generalmente como el área mejor calificada. Sin duda se trata de una actividad que resulta visible para todas las personas vinculadas en mayor o menor grado a la parroquia, y que posee una delimitación y especificación clara de las actividades que comprende. Por sobre otras áreas, la catequesis tiene grandes ventajas, entre ellas, la de contar con una programación perdurable en el tiempo, tener personas asignadas a cada una de las tareas, disponer de contenidos y materiales preestablecidos, etc., todo lo cual favorece su efectividad.

Aparte de lo anterior, la catequesis tiene valor como actividad constitutiva y aglutinante de comunidades y grupos parroquiales, muchos de los cuales se han formado y se mantienen en torno a esta labor.

En materia de carencias, las principales de ellas se relacionan con las personas tanto con las catequistas como los catequizados. De los primeros se reclama con frecuencia una mayor preparación, compromiso y dedicación. En cuanto a los catequizados, las mayores quejas tienen que ver con su insuficiente motivación inicial y la falta de interés para incorporarse a las actividades eclesiales cuando terminan la catequesis.

  1. 2.   – Al contrario de la catequesis, la dimensión comunitaria es traducida de maneras muy distintas en diversas parroquias, siendo también diversa la importancia que se le asigna. Desde un punto de vista sociológico, la dimensión comunitaria se ve favorecida por el sentido de pertenencia al grupo local, cuya fuerza difiere enormamente en los diversos sectores sociales y geográficos de la ciudad. El peso de la dimensión comunitaria se relaciona también con la importancia social de la parroquia o capilla en su entorno, de modo que en sectores poblacionales que carecen de centros de formación, de lugares de reunión y de entretención, la parroquia o la capilla juegan un papel aglutinante de la comunidad local. Existen experiencias parroquiales en que el solo hecho de acoger a los jóvenes, permitiéndoles que se reúnan en la parroquia ha facilitado la incorporación posterior de muchos de ellos a las actividades parroquiales.

En algunas parroquias donde lo comunitario aparece como una dimensión prioritaria, existe una fuerte presión a que la gente participe en grupos y comunidades a que se comprometa con la Iglesia. Sin embargo, sabemos que hoy, más que nunca, existe temor a todo tipo de compromisos, especialmente si se trata de compromisos definitivos. Muchas personas estarían dispuestas a participar en actividades específicas, pero temen que la participación en la comunidad parroquial les exija de manera creciente y se resisten a ese riesgo. Por otra parte, el individualismo y la nuclearización de la vida social contribuyen a ese recelo. El resultado de todo esto produce frustración en comunidades parroquiales que sienten que sus expectativas y sus esfuerzos distan demasiado de los resultados obtenidos. En este sentido, resulta aconsejable explorar formas creativas de incorporación, aceptar que haya diversos grados de inserción en la parroquia y tener paciencia con los cambios en las personas.

Así como hay expectativas muy altas en materia de incorporación y participación de la gente en las comunidades, suelen plantearse metas también muy elevadas para la vida comunitaria de los propios grupos ya formados. Hay quienes esperan que el solo hecho de constituir una comunidad cristiana garantizará que todos sus miembros se van a entender automáticamente con todos, sin roces ni diferencias y negándose a aceptar que una comunidad cristiana pueda pasar por crisis, conflictos o rivalidades. Hay grupos que pueden llegar a paralizarse en el afán de autoevaluar su calidad de comunidades cristianas a la luz de los ideales que se han impuesto.

En todas las parroquias estudiadas, los trabajos con personas separadas, convivientes y madres solteras aparecen como las áreas más deficitarias. Hemos observado que en estas materias existe una enorme desinformación que lleva a muchas personas a sentirse, erróneamente, excluidas por completo de la Iglesia. Por lo mismo, se hace evidente la necesidad no sólo de clarificar los aspectos doctrinales, sino de compartir las diferentes actitudes y experiencias parroquiales -que sabemos que existen- para ofrecer caminos de acogida, consuelo y esperanza. Esta necesidad no proviene sólo desde las personas que se encuentran en estas situaciones familiares sino que ella es sentida por los propios sacerdotes de parroquias que destacan la atención a separados y convivientes como uno de los problemas más difíciles en su trabajo, y para el cual 7 de cada 10 sacerdotes parroquiales se sienten “poco” o “muy poco” preparados, constituyendo una de las principales carencias que ellos reconocen en su formación.

  1. 3.   – Las actividades más destacadas en la dimensión misionera son las visitas casa a casa, cuyo impulso a través de la Misión General es innegable y ha significado un verdadero estímulo renovador para la acción parroquial. El hecho de que la Iglesia vaya a las casas tiene un fuerte impacto en los visitados, infunde mística evangélica y sentido de la Iglesia a los misioneros y por su intermedio, a la comunidades parroquiales. Sin embargo, hay que reconocer que las visitas misioneras, casa a casa, resultan una actividad exigente y difícil. Supone vencer la vergüenza o el temor a ser rechazados o cuestionados, siendo difícil sobrepasar las resistencias culturales implícitas. Ahora bien, desde el punto de vista de los visitados, la necesidad de recibir la presencia de la Iglesia en sus casas es un hecho evidente que se expresa en que la inmensa mayoría de los asistentes a Misa de las parroquias y capillas quieren ser visitadas por misioneros laicos, y en que el deseo de recibir la visita de un sacerdote resulta prácticamente unánime. Por su parte, sólo un 28% de los párrocos y vicarios parroquiales afirma que realiza personalmente las visitas misioneras casa a casa, y la mayor parte de ellos estima que esa actividad debiera delegarse en los laicos. Todo lo anterior hace evidente la necesidad de que las parroquias pueden compartir sus diversas experiencias, y la conveniencia de brindar un apoyo aun más decidida a esta misión.

La gran mayoría de las personas que llega por primer a vez a las parroquias lo hace para asistir a Misa (cerca del 50%) o para recibir una sacramento (alrededor de un 20%). Son muy pocos quienes se acercan por razones muy profundas de búsqueda de Dios. Esto avala la crítica que suela hacerse a las parroquias de ser “centros de servicios”. Es cierto que hay personas que se acercan a los sacramentos -especialmente al Bautismo y al Matrimonio – por motivaciones sociales y culturales más bien ajenas a un sentido religioso más profundo y que eso resulta decepcionante y cansador para una proporción importante de párrocos y vicarios parroquailes. (De hecho, un porcentaje cercano al 20% de los sacerdotes parroquiales reconoce que imparte con disgusto las bendiciones, funerales y sacramentos a personas alejadas de la Iglesia.)

A pesar de lo anterior, nos parece que las celebraciones de sacramentos, funerales, bendiciones, etc., pueden ser ocasiones muy propicias para la acción misionera que no son siempre bien dimensionadas en las parroquias. El desafio que se plantea es poder rescatar los elementos positivos que hay en las motivaciones de índole cultural, sirviéndose” de ellas para el mensaje evangelizador. ¿Será posible destacar los valores que pueden tener la fiesta, el compadrazgo, el vestido blanco, y tantos otros elementos culturales arraigados en nuestra cultura? Nos parece que esa es una de las tareas que propone la inculturación del Evangelio.

Por último, conviene recordar que una parte importante de quienes participan activamente en las diversas actividades parroquiales ha llegado buscando algún servicio, y desde ahí, ha ido madurando su fe y su compromiso eclesial.

  1. 3.   – Los Párrocos

Las líneas que siguen presentan algunos datos referentes al trabajo real de los sacerdotes en las parroquias, tomando como base fundamental los resultados preliminares de la encuesta respondida por 167 párrocos y vicarios parroquiales de Santiago.

a)     En primer lugar, se advierte que los sacerdotes parroquiales realizan una enorme gama de actividades. Por cierto, algunas de ellos son más comunes a todos ellos; otras en cambio, son realizados sólo por algunos sacerdotes. Entre las más comunes a todos ellos, destacan la celebración de la Eucaristía, confesiones, matrimonios, bautizos y funerales, como también dar consejo, visitar a enfermos y personas necesitadas. La participación en reuniones dentro o fuera de la parroquia es también una actividad común a la mayoría de los párrocos y vicarios parroquiales.

b)    Las consultas a los sacerdotes parroquiales sobre la delegación potencial de tareas muestra datos interesantes que sintetizamos a continuación:

  •      Aparte de labores como la celebración de la Eucaristía y la Confesión, las actividades que la mayor parte de los párrocos y vicarios parroquiales consideran que deben ser realizadas por ellos mismos, son la predicación de la Palabra en la Misa, la dirección espirital y la presidencia del consejo parroquial, entre las principales.
  •                      En general, los sacerdotes se muestran más dispuestas a delegar tareas en los laicos que en los diáconos, y en éstos, más que en las religiosas. Esto ocurre en diversas materias, tales como la catequesis presacramental, pastorales específicas, visitas a enfermos, visitas misioneras casa a casa, consejería a matrimonios, conseguir recursos económicos, etc. Por otra parte, la posibilidad concedida a los Decanatos para coordinar algunas actividades resulta prácticamente nula.
  •                      Existe un alto porcentaje de sacerdotes parroquiales – entre 40 y 50%- que delegaría a los diáconos las celebraciones de funerales, matrimonios, bautizos y bediciones en ceremonias oficiales. Cabe recordar, por otra parte, que la realización de estas actividadesespecialmente cuando se trata de personas alejadas de la Iglesia, es fuente de disgusto para algunos párrocos y vicarios parroquiales.Por el contrario, las actividades para las que los sacerdotes parroquiales desearían tener más tiempo, son principalmente, labores de consejería, oración personal, visitas a los colaboradores y a personas necesitadas.

Todos estos datos sobre delegabilidad abren la posibilidad de aventurar algunas conjeturas:

  •                      En primer lugar, podría pensar que una proporción importante de sacerdotes parroquiales le asigna a los diáconos un rol de substituto “intraparroquial” más que un rol “en el mundo.”
  •                      La posibilidad de delegar en los diáconos las actividades mencionadas, hace suponer que hay, de parte de los párrocos, diferencias de apreciación acerca de las funciones que son encomendadas especialmente a ellos por el Derecho Canónico.
  •                       Se constata que muchos párrocos realizan a disgusto- tal vez por saturación- algunas de las funciones que el Derecho Canónico les encomienda especialmente, y que desearían poder tener más tiempo para otras actividades como son la consejería, el acompañamiento de personas y la oración.
  •        Por último, cabe preguntarse sobre los factores que puedan explicar la baja delegabilidad en las religiosas.

c)     La abundancia de reuniones, la excesiva demanda de los fieles y, en general, la falta de tiempo, son los principales problemas que enfrentan los párrocos y vicarios parroquiales, existiendo una sensación de agobio bastante generalizada. Otros problemas destacados mayoritariamente por los sacerdotes parroquiales son: la carencia de propuestas de la Iglesia ante el modelo económico, la compatibilización de las expectativas de la gente con las expectativas de la Jerarquía que recaen en ellos, la escasez de recursos en las parroquias y la atención a los convivientes o vueltos a casar, por citar sólo los problemas principales.

d)   En lo referente a carencias en la formación, las materias que son destacadas por la inmensa mayoría de los sacerdotes parroquiales son la capacidad de conseguir recursos económicos, la atención a los separados y la planificación pastoral.

Al concluir esta breve presentación de resultados preliminares- que esperamos profundizar y publicar posteriormente en un informe más completo- quisiéramos proponer algunas reflexiones.

  •   Es probable que detrás del universo de demandas y expectativas que configuran el rol de los párrocos, está la creencia de que ellos deben ser “múltiples”y que pueden cumplir labores de otros profesionales – asistentes sociales, educadores, psicólogos y otros – incluso mejor que ellos. También es posible que algunos sacerdotes parroquiales sean capaces de dar respuesta a la enorme amplitud de sus tareas. Sin embargo, creemos que todo esto explica la existencia, en muchos párrocos, de una sensación de estar “fundidos” y de tener carencias en su formación. Por estas razones, nos parece que un análisis en profundidad del rol de párrocos, debería comenzar por discriminar las funciones y tareas esenciales de aquéllas que no lo son, para que de esta manera, la formación enseñe también a “delegar” y a “derivar” en otras personas con mayor preparación o experiencia.
  •                  Por último, las pocas expectativas de los sacerdotes parroquiales en relación a los Decanatos sugiere la conveniencia de realizar un análisis serio sobre el tema. Esta necesidad se ve confirmada por los testimonios de algunos párrocos que hablan de poca claridad en la misión de los Decanatos, sensación de ineficacia, dependencia de la persona del decano, etc. Nos parece que varios de los aspectos tocados en este informe, pueden servir como material para “pensar” o “repensar” el Decanato.
Categorías:Magisterio

Circular 2012-11 Encuentro Nacional de Asistentes Eclesiásticos

Circular: 2012-11

Asunto: Encuentro Nacional de Asistentes Eclesiásticos

24 de abril de 2012

A todos los Militantes y Asistentes Eclesiásticos

Anteponemos un cordial saludo deseando para ustedes y sus familias: paz y bien. En ésta ocasión nos dirigimos a todos para dar a conocer la siguiente:

C O N V O C A T O R I A ENCUENTRO NACIONAL DE ASISTENTES ECLESIÁSTICOS

Objetivo: Reunir a Asistentes Eclesiásticos para coordinar esfuerzos encaminados a apoyar las estrategias del Proyecto Renovador de la Acción Católica, buscando unificar criterios clarificando el papel tan importante del Asistente dentro de la organización.

Alcance: Se pretende reorganizar el Colegio Nacional de Asistentes Eclesiásticos y crear una red de comunicación a nivel nacional entre los sacerdotes que asisten a la ACM y de esa manera ir diseñando los subsidios y herramientas necesarias para el establecimiento o fortalecimiento de la organización.

Convocados: Asistentes Eclesiásticos Nacionales, Diocesanos y Parroquiales. También pueden participar Diáconos y Seminaristas de Teología que colaboren con la ACM en alguna de sus agrupaciones. Además el evento está abierto a Sacerdotes que tengan el interés de conocer más sobre la Acción Católica.

Fecha: Del 31 de julio al 2 de agosto de 2012 (martes, miércoles y jueves).

Horario: del martes a las 10:00 a.m. al jueves a las 4:00 p.m.

Sede: Arquidiócesis de Monterrey.

Recinto :              Hospedaje en el Gran Hotel Ancira.

Sesiones en salones del hotel y en lugares externos.

Programa: Celebraciones Eucarísticas.

Momentos de oración y reflexión.

Conferencias.

Mesas de análisis.

Foros de discusión.

Asamblea para restablecer el Colegio Nacional de Asistentes Eclesiásticos.

Presentación de materiales de trabajo.

Diálogo con la Junta Nacional.

Paseos por interesantes sitios turísticos.

Convivencia.

Costos:                  $ 2,500.00 pesos en habitación sencilla.

$ 1,800.00 pesos en habitación compartida (doble).

Incluye:                Hospedaje en el tipo de habitación elegida.

Material de trabajo.

Comida y cena del martes.

Desayuno, comida y cena del miércoles.

Desayuno y comida del jueves.

Paseos (trasportación local y entradas).

-Realizar el registro a la brevedad para asegurar el lugar (cupo limitado). -Llevar cada quien su alba para las Celebraciones Eucarísticas.

-Llevar Biblia.

-Llevar Liturgia de las Horas.

-Llevar calzado cómodo para los recorridos turísticos.

Fecha límite: lunes 16 de julio de 2012.

Procedimiento: Enviar ficha de registro a la brevedad y pagar antes de la fecha mencionada.

Petición a todos los militantes:

-Les invitamos a todos a motivar a sus Asistentes Eclesiásticos a participar.

-Les suplicamos hacer un esfuerzo para apoyar económicamente a sus Asistentes Eclesiásticos para que participen de éste Encuentro, ya sea con la inscripción, con el pasaje o con ambas. Recuerden que comprando boletos de transportación con tiempo se pueden conseguir buenas tarifas. Se les recomienda hacer alguna actividad sencilla para recaudar fondos para ello.

Más adelante se les estará enviando el programa del Encuentro. No olviden que está dirigido a los Asistentes Nacionales, Diocesanos y Parroquiales. Se anexa la ficha de registro y las instrucciones del mismo.

Sin más por el momento nos reiteramos a sus órdenes, rogando al Señor por ustedes, a la Santísima Virgen de Guadalupe que los cubra con su manto y a los Santos Mártires de la Acción Católica que intercedan por todos.

Atentamente.-

Junta Nacional 2010-2013

“La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo”

Pbro. Sergio de la Cruz Godoy Asistente Eclesiástico Nacional

Omar Florentino Peña Briones Presidente Nacional

Categorías:Junta Nacional

Laicos teologia

 

Laicos. Teología

 

1.  Significado de la palabra laico. Una imprescindible exigencia de precisión conceptual obliga en primer lugar a distinguir dos conceptos diversos: el de fiel (christifidelis) y el de laico (laicos). En efecto, ha estado muy extendida, y sigue estándolo bajo bastantes aspectos, la equiparación entre ambas nociones, y eso ha causado muchas confusiones en la doctrina, tanto teológica como canónica. En el fondo de esta confusión hay una verdadera falacia etimológica, que examinaremos brevemente.

La palabra fiel (v.) se ha usado desde su adopción por la comunidad cristiana para expresar la condición de miembro del Pueblo de Dios, adquirida por el Bautismo (v.). Ahora bien, durante mucho tiempo se ha pensado que laico, derivado del término griego laos (puebla), significaría etimológicamente un miembro del Pueblo de Dios, lo mismo que ciudadano deriva de ciudad, y designa a un miembro de esa comunidad natural: se llegó así a establecer una identificación entre fiel y laico. Aparte de que el sentido etimológico no parece ser el indicado, hay que advertir también que, en la evolución del lenguaje, la palabra laico ha llegado a poseer un significado distinto del primitivo.

Desde los primeros siglos del cristianismo hasta la Edad Media, con el nombre de laico se designó a los fieles cristianos inmersos en las realidades profanas, los cuales se distinguen tanto de los monjes como de los clérigos. A la vez, la condición común de todos los miembros del Pueblo de Dios se expresaba con palabras como «discípulos», «hermanos», «fieles», etc. Queda así claro que fiel y laico son dos conceptos distintos: todos los laicos son fieles, pero no puede decirse, por el contrario, que todos los fieles sean laicos.

A partir de la Edad Media presenciamos un desdoblamiento de la palabra laico:

a)  Se pierde paulatinamente el sentido de participación activa del laicado en el ámbito propio de la Iglesia, tan vivo en los primeros siglos, hasta el punto de que la misión de la Iglesia llega a identificarse de modo casi exclusivo con el ministerio de los clérigos. A la vez, se piensa que la plenitud de la vida cristiana corresponde solamente a clérigos y religiosos, mientras que los l. han de contentarse con vivir las virtudes comunes en el ejercicio de sus tareas profanas, consideradas por muchos como un obstáculo para la verdadera santidad. En este contexto ideológico, la palabra laico designará a un miembro meramente pasivo de la Iglesia -no ordenado ni religioso-, sin ningún elemento positivo que especifique su condición, puesto que, como hemos dicho, la inserción en el orden temporal se ve sólo como algo negativo, como reflejo de una falta de vocación más alta.

b)  A la vez, la palabra laico se aplicará a los señores seculares, que pretenden arrogarse prerrogativas en el gobierno de la Iglesia durante la época de lucha entre el Imperio y el Pontificado.

Claramente se ve que la palabra laico ha asumido un significado bivalente: de una parte, se referirá a la posición de un fiel dentro de la Iglesia sin ninguna referencia a lo temporal; de otra, se aplicará a una forma de inserción en lo temporal, pero sin hacer relación a la condición eclesial del fiel. En su evolución sucesiva, la palabra laico conservó prevalentemente la segunda acepción, es decir, la relación con la realidad profana, sin referencia al aspecto eclesial (v. LAICISMO).

Al producirse posteriormente una mayor profundización en la teología de las realidades terrenas, la aludida ambivalencia del término laico ha dado lugar a no pocas confusiones, pues se empleará a veces en su sentido aparentemente originario (laico=miembro del Pueblo de Dios), llegándose a decir que todos los fieles, incluso el Papa, son laicos; en otras ocasiones, y volviendo a su acepción medieval y negativa, se entenderá por laico a todo fiel no ordenado, tanto si está inmerso en las realidades temporales como si se ha apartado de ellas por la profesión religiosa; finalmente, y éste es su sentido originario en la Iglesia, por laico se entenderá al fiel bautizado a quien compete la santificación directa de lo profano, distinto, por tanto, del clérigo y del religioso. De esta última acepción trataremos a lo largo de nuestro artículo.

2.  La condición de fiel. Como ha puesto de relieve el Conc. Vaticano II, todas las personas que pertenecen a la Iglesia participan del sacerdocio de Jesucristo (v. IGLESIA III, 4) y poseen una misma fundamental condición teológica y jurídica: «Hay, pues, un único Pueblo de Dios elegido… es común la dignidad de todos los miembros por su regeneración en Cristo, común la gracia de la adopción filial, común la llamada a la perfección, una sola salvación,” una sola esperanza y una sola caridad indivisible. No hay, pues, ninguna desigualdad en Cristo y en la Iglesia» (Const. Lumen gentium, n. 32). Y el texto conciliar sigue diciendo: «si bien algunos, por voluntad de Cristo, están puestos como doctores, dispensadores de los misterios y pastores de los demás, también es cierto que entre todos vige una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y a la actividad común a todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo» (ib.). Los textos que acabamos de citar manifiestan claramente una verdad que quizá no se ha considerado suficientemente hasta ahora: la condición primaria y fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios (v.), es decir, de todos los fieles, es la igualdad radical en cuanto a la dignidad -todos son Iglesia en la misma medida- y en cuanto a la actividad o responsabilidad en la consecución de la misión única de la Iglesia.

La afirmación que acabamos de hacer podría ser mal entendida si no añadiésemos inmediatamente que junto a esa radical igualdad existe también en la Iglesia una diversidad funcional, puesto que, a la vez que la unidad de misión, vige asimismo la diversidad de ministerio (Decr. Apostolicam actuositatem sobre el apostolado seglar, n. 2). Y esta distinción es de esencia, y no sólo de grado -pues tiene un fundamento ontológico-, con respecto a aquellos que han recibido el Sacramento del Orden (cfr. Conc. de Trento, ses. 21, cap. 4 y can. 6: Denz. 1767-1770 y 1776; Const. Lumen gentium, n. 10). Dentro, pues, de la unidad radical que les caracteriza, los miembros del Pueblo de Dios se especificarán por su diversidad funcional.

La noción de fiel (v.) se nos presenta, por tanto, como requisito indispensable para entender rectamente las respectivas nociones de clérigo (v. SACERDOCIO v), de religioso (v.) o de laico. En efecto, todos tienen en común la condición de fieles y, a la vez, poseerán las notas especificadoras que determinan su inclusión dentro de una de las tres situaciones a que nos hemos referido. Por eso, según la vigorosa imagen de J. Escrivá de Balaguer, «fijarse sólo en la misión específica del laico, olvidando su simultánea condición del fiel, sería tan absurdo como imaginarse una rama, verde y florecida, que no hcncnezca a ningún árbol. Olvidarse de lo que es específico, propio y peculiar del laico, o no comprender suficientemente las características de estas tareas apostólicas seculares y su valor eclesial, sería como reducir el frondoso árbol de la Iglesia a la monstruosa condición de puro tronco» (Conversaciones, 5 ed. Madrid 1970, 25).

De la misma manera que la vida y la acción de todos los que pertenecen al Pueblo de Dios deben entenderse a partir de su condición de fieles, así también la confección de un estatuto jurídico común a todos los fieles, en el que se detallen los derechos y obligaciones que les competen, será requisito previo y fundamental para determinar las especificaciones propias de los respectivos estatutos de clérigos, laicos y religiosos.

Sin pretender agotar esta materia, que se ha tratado ampliamente en las obras citadas en la bibliografía, dentro del estatuto de todos los fieles habrán de enumerarse, entre otros, los derechos fundamentales referentes a la recepción de auxilios espirituales, los derechos y deberes en orden a la formación doctrinal religiosa y a la enseñanza, el deber de obediencia a la Jerarquía, el derecho a una propia espiritualidad dentro de la doctrina de la Iglesia, los derechos y deberes en orden al apostolado, el derecho de asociación, el derecho a la libre elección de estado, a la buena fama y a la opinión pública dentro de la Iglesia, etc.: en una palabra, todos los derechos y deberes fundamentales de los fieles, que les competen por su condición humana y por el hecho de su misma pertenencia a la Iglesia, independientemente de cualquier especificación ulterior.

3.  Hacia una noción de laico. Partiendo de la noción básica de fiel, nos parece que el fundamento de lo que hemos llamado diversidad funcional será también la nota específica en virtud de la cual cabe hablar en la Iglesia de clérigos, laicos o religiosos; y esa nota se convertirá a su vez en elemento positivo caracterizador de los distintos tipos.

Es necesario hacer aquí una precisión importante: si, como ya hemos recordado, todos los fieles participan de la misma dignidad y están llamados a la plenitud de la vida cristiana (v. SANTIDAD iv), que consiste en la perfección de la caridad, sería arbitrario distinguir entre las diversas categorías de fieles por un seguimiento más o menos radical de las exigencias de la vida cristiana: los fieles laicos no se especifican por unas pretendidas menores disposiciones en el orden de la vocación a la santidad, o por una situación, sin ningún fundamento real, de miembros pasivos en orden al apostolado (v.). Tampoco puede atribuirse valor a un planteamiento que, quizá por influencia de la pastoral de los s. xvi y ss., buscaba definir al laico por su relación con el matrimonio.

El fundamento de esa diversidad no puede ser otro que la multiplicidad de funciones (cfr. Rom 12,4-5), o sea, la variedad de ministerios (cfr. 1 Cor 12,28; Lumen gentium, n. 32; Apostolicam actuositatem, n. 2). Veamos, pues, cuál es el ministerio propio y peculiar de los laicos -en cuanto tales, y sin perder nunca de vista su condición de fieles-, para llegar así a una caracterización positiva.

Ese ministerio se describe con palabras densas de contenido en el n° 31 de la Const. Lumen gentium: «Pertenece a los laicos, por su propia vocación, buscar el reino de Dios tratando y ordenando las cosas temporales según el querer de Dios.» Para entender rectamente este texto del Conc. Vaticano 11, es preciso tener en cuenta tres observaciones fundamentales: a) lo propio y específico de los laicos no es el simple hecho de tratar y ordenar las cosas temporales -lo que, en sí mismo, no tendría ninguna relación directa o inmediata con el fin para el que ha sido instituida la Iglesia-, sino buscar el reino de Dios a través de ellas; b) la tarea de dirigir a Dios el orden de la creación pertenece a la misión única de toda la Iglesia (cfr. Apostolicam actuositatem, n. 2), pero, dentro de la diversidad funcional, corresponde a los laicos, como nota propia y especificadora, el trabajo directo e inmediato en las cosas temporales, para llevarlas hacia Dios: efectivamente, los que han recibido el orden sagrado se caracterizan por su dedicación al ministerio, y participan en la misión de la Iglesia de conducir hacia Dios las cosas temporales administrando abundantemente los medios a través de los cuales llega la gracia a los fieles y formando rectamente su conciencia, según el Evangelio y los principios del Magisterio, para que los laicos asuman libre y responsablemente su tarea directa en el orden de la creación; por su parte, los religiosos renuncian al mundo (cfr. Decr. sobre la renovación de la vida religiosa, n. 5) y se apartan voluntariamente de la dinámica de lo temporal: pero este apartamiento, lejos de llevarles a desentenderse de las cosas de esta tierra, tiene como fruto una estrecha cooperación con los demás miembros de la Iglesia, para que la edificación de la ciudad terrena se fundamente siempre en el Señor y a Él se dirija (cfr. Lumen gentium, n. 46); c) insistimos además en que la inserción del laico en lo temporal es su nota característica y especificadora. pero no significa esto que su tarea pueda reducirse a ello: efectivamente, en cuanto fieles participan con los demás miembros del Pueblo de Dios en toda la vida y misión de la Iglesia, que alcanza su culminación en la Eucaristía (v.).

Laico es, pues, el cristiano que está de lleno inmerso en el mundo, con todos los deberes y derechos que dimanan de esta situación; es, como los demás hombres, el constructor de la ciudad terrena. Por ser hombre y por ser cristiano tiene un «compromiso temporal», una vinculación efectiva y afectiva con el mundo salido de las manos de Dios, que mereció de su Creador el calificativo de valde bonus (Gen 1,31).

El I. es, por tanto, aquel miembro de la Iglesia que pertenece radicalmente a la civitas terrena y que participa, de modo inmediato y propio, en su edificación. De ahí que condición necesaria para que el laico sea buen cristiano es que sea un buen miembro de la civitas terrena, con la necesaria competencia en su profesión u oficio y con aquellas virtudes humanas, naturales, que son fundamento de las sobrenaturales: sólo así, y a través de la acción de la gracia, podrá alcanzar su propia santidad, hacer un apostolado eficaz con su conducta y con su palabra y llevar a Dios todo el orden temporal.

Vemos así cómo, además de lo que es propio de todos los fieles, también lo específico del laico -su búsqueda del reino de Dios a través de la actividad temporal- supone un ejercicio del sacerdocio común a todos los bautizados. Efectivamente, esa actividad dirigida a Dios es participación en la realeza de Cristo (v. IGLESIA 111, 6), que no puede entenderse como instauración de un reinado propio por parte del hombre, sino como reconocimiento por el cristiano de la soberanía de Cristo: para vencer en uno mismo al pecado, conducir a los demás hombres hacia el reino de Dios y ordenar toda la creación según el querer divino (cfr. 1 Cor 3,23). A su vez, este ejercicio del munus regale constituye ya en sí mismo un testimonio que se da a los demás hombres, a través de la propia vida inserta en lo temporal y dirigida a Dios (munus propheticum: v. IGLESIA 111, 5). Finalmente, toda esa actividad carecería de su sentido último si no encontrase su culminación en la Eucaristía, participación por excelencia en el munus sacerdotale, ofreciendo a Dios el sacrificio de la propia vida ordinaria en unión con el Sacrificio del Cuerpo y Sangre del Señor (cfr. Rom 12,1).

4.  El estatuto del laico. Advierte el Conc. Vaticano II que los laicos han de realizar su tarea como ciudadanos entre los demás ciudadanos (Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado seglar, n. 7). Por tanto, su trabajo en lo temporal se regulará por las normas de Derecho civil vigente en cada nación, y no por leyes eclesiásticas: si no fuera así, perderían los laicos cristianos su condición de ciudadanos iguales a los demás -con paridad de derechos y obligaciones-, para quedar reducidos a la condición de instrumentos en manos de un poder que condicionaría sus opciones temporales. Por eso, al desarrollarse la mayor parte de la vida de los laicos en el marco de actividades que caen fuera del ámbito de la ley eclesiástica, parece evidente que su estatuto canónico -en lo que tiene de específico, no en lo que tiene de común con los demás fielesha de abarcar, por fuerza, muy pocas prescripciones: por lo que se refiere a la actuación terrena -actividades temporales y civiles de orden social, político, profesional, etcétera-, el Derecho canónico habrá de limitarse necesariamente a proclamar y defender la plena libertad de que gozan los laicos en sus legítimas opciones. A la vez, la acción pastoral de los ministros sagrados habrá de tender a la, formación de una conciencia cristiana recta y madura, que lleve a los laicos a asumir libre y responsablemente sus propias decisiones.

Si, como hemos dicho, lo propio y específico de los laicos cae fuera del ámbito de la ley eclesiástica, los derechos y obligaciones que les competen en la Iglesia serán fundamentalmente aquellos que son propios de todos los fieles, a los que se han de añadir los matices peculiares que pertenecen al laicado en lo que se refiere a su propia espiritualidad, a su apostolado específico y a las facultades de que goza en la vida intraeclesial (derecho a exponer la propia opinión; facultad o capacidad para aconsejar a la Jerarquía -si un laico es consultado en atención a la ciencia y competencia que posea-; facultad para realizar determinados ministerios litúrgicos; etc.).

Ha de tenerse a la vez en cuenta que, en el orden de los derechos fundamentales del cristiano, no cabe hacer ninguna distinción entre hombre y mujer: ésta no puede recibir las órdenes sagradas, y no es, por tanto, sujeto capaz de los derechos y obligaciones que dimanan de este Sacramento. Pero, con esta única excepción, todo lo que se afirma de los laicos varones se ha de aplicar en igual medida a las mujeres.

5.  Misión y tareas del laico. Como ya hemos dicho, el laico se caracteriza por estar radicalmente inmerso en lo temporal. Dentro de esta condición habrá de realizar su trabajo para cumplir la misión de la Iglesia, que, con palabras del Decr. Apostolicam actuositatem, n° 2, consiste en «hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora -santificación personal de sus miembros y cooperación de éstos en el acercamiento a Dios y santidad de los demás- y, por medio de ellos, conseguir que todo el mundo (el orden temporal) se oriente verdaderamente hacia Cristo». El texto conciliar advierte inmediatamente que el cumplimiento de toda esta misión recibe el nombre de apostolado. Sin embargo, por razones de claridad, emplearemos en adelante la palabra apostolado para designar, según el uso habitual en castellano, la tarea que tiende a acercar a los hombres a Dios y promover su santidad personal.

Tarea fundamental del laico será, pues, la edificación de la ciudad terrena según el querer de Dios. En esta tarea, y a través de ella, ha de realizarse el apostolado laical, no sólo mediante un testimonio de vida auténticamente cristiana en las diversas actividades familiares, profesionales y sociales, sino también con la palabra (Apostolicam actuositatem, n. 6). Hay que advertir que los laicos reciben este derecho y deber de hacer apostolado (v.) del mismo Cristo -no a través de una delegación por parte de la jerarquía eclesiástica- por la recepción de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación (Lumen gentium, 33; Apost. act., 3).

6.  Las asociaciones de laicos. Además de realizar un apostolado personal, los laicos pueden también unirse entre sí, tanto en asociaciones libremente promovidas y dirigidas por ellos mismos como en las que hayan sido constituidas por la jerarquía (V. ASOCIACIONES V).

El derecho de asociación no se funda en una concesión de la autoridad humana, sino que compete a todos los fieles por su condición de hombres y miembros de la Iglesia: su fundamento radica en la naturaleza social del hombre y de la comunidad de los hijos de Dios, y se trata de un derecho nativo y fundamental que responde a las exigencias tanto humanas como cristianas de los fieles. Por eso, el Conc. Vaticano 11 ha proclamado que «guardando la debida relación con la autoridad eclesiástica, los laicos tienen derecho a fundar y dirigir asociaciones, y a inscribirse en las ya fundadas» (Apostolicam actuositatem, 19). Se tratará, como es obvio, de asociaciones cuyas finalidades se encuentren dentro del ámbito de la misión de la Iglesia, pues en otro caso habrían de calificarse necesariamente como asociaciones de ciudadanos -fieles cristianos o no- regidas exclusivamente por las leyes civiles vigentes en el país respectivo: los fieles pueden pertenecer también a estas asociaciones civiles en su condición de ciudadanos, dentro siempre de los límites de la fe y de la moral. En la Iglesia, por tanto, la iniciativa para la formación de esas asociaciones corresponde jurídicamente a los fieles; y esta iniciativa -que, desde luego, puede ser promovida e impulsada por consejos- constituye un verdadero derecho, y, en consecuencia, si se cumplen los requisitos establecidos, la Jerarquía no puede rechazar arbitrariamente esas asociaciones, aunque sí caen -como es lógico- bajo su vigilancia general, de la que se tratará en el apartado siguiente.

El ejercicio del derecho de asociación ha provocado en algunos casos situaciones de conflicto, pues se han creado a veces grupos que propugnan ideas contrarias a la recta doctrina o fomentan el desorden y la falta de unión con la autoridad eclesiástica; tampoco han faltado quienes, atribuyéndose una inexistente representación de la Iglesia, han tenido actuaciones desafortunadas en materias políticas o sociales. Estos abusos indudables no deben, sin embargo, llevar a la conclusión precipitada de que la libertad de asociación es perjudicial para el buen orden en la Iglesia: junto a las desviaciones a que hemos hecho referencia existen también otras muchas formas de asociación que están dando frutos abundantes de santidad y de apostolado. En todo caso, el problema estriba en discernir qué asociaciones concretas merecen el aliento de la jerarquía y cuáles, por el contrario, han de ser reprobadas por constituir una manifestación viciosa del derecho de asociación.

Además de las que hayan sido libremente constituidas por los fieles (sólo por clérigos, sólo por laicos o mixtas), existen también otras asociaciones que de diversas formas han recibido la aprobación explícita de la autoridad eclesiástica o han sido erigidas por ella: en este caso hay siempre una dependencia de la Jerarquía, que admite diversos grados, desde la simple aprobación o reconocimiento de los estatutos hasta la dependencia jurisdiccional en lo que se refiere a las actividades de la asociación.

Por lo que se refiere a sus finalidades, entre las asociaciones «se han de considerar en primer lugar aquellas que fomentan y exaltan la unión más íntima entre la fe y la vida práctica de sus miembros» (Apostolicam actuositatem, 19). Son muchas las que hasta ahora han contribuido de manera muy eficaz a la formación doctrinal de los laicos, a fomentar su vida de piedad o a ayudarles en el ejercicio del apostolado, y es de esperar que el ejercicio de este derecho, dentro de un cauce suficientemente elástico establecido por el ordenamiento canónico, siga contribuyendo en medida no pequeña al bien de la Iglesia y de las almas.

7.  El apostolado de los laicos y su relación con la jerarquía. El apostolado (v.) de los laicos en forma tanto individual como asociada, de la misma manera que el de los demás fieles, cae bajo la vigilancia general de la jerarquía (v.), en virtud de la cual corresponde a ésta «fomentar ese apostolado, dar los principios y auxilios espirituales, ordenar su ejercicio al bien común de la Iglesia y vigilar para que se conserven la buena doctrina y el recto orden» (Apostolicam actuositatem, n. 24).

Compete, por tanto, a la Jerarquía una función de fomento, que se realizará fundamentalmente proporcionando de manera abundante los medios necesarios para la vida cristiana, que los fieles pueden y deben esperar de sus Pastores: recta organización del culto público y administración de los auxilios espirituales, especialmente los sacramentos y la predicación de la palabra de Dios; y, a la vez, una función de vigilancia, incluso mediante el ejercicio de la jurisdicción, para corregir todo lo que se aparte de la buena doctrina y del recto orden o sea nocivo al bien común. De este modo, los 1.- en su propio ambiente y condiciones de vida, y dejándose guiar por las inspiraciones del Espíritu Santo, que obra en toda la Iglesia y en la Jerarquía, pero también en los demás fieles- se encontrarán capacitados para ejercer de manera cada vez más activa la parte que les corresponde en la misión de la Iglesia, y sólo en circunstancias extraordinarias la jerarquía deberá asumir con carácter supletorio actividades que de por sí no le competen específicamente, siempre de modo temporal y procurando que cesen las causas que hicieron necesaria esa suplencia.

En algunos sectores del clero se observa una tendencia que -con el intento en sí laudable de coordinar el apostolado, para obtener frutos más abundantes- degenera bastantes veces en una planificación que de hecho intenta poner todas las planifestaciones de apostolado bajo el control jurisdiccional de la autoridad. En el fondo de esa visión -que consideramos desenfocada- parece latir el equívoco, aún no superado, de identificar la misión de la jerarquía con la misión de toda la Iglesia; como consecuencia, dentro de esta perspectiva la responsabilidad de los laicos en la edificación del Cuerpo Místico de Jesucristo es concebida y valorada no en lo que es precisamente la función propia y específica del laico -el quehacer temporal dirigido hacia Dios-, sino en la inserción de los laicos dentro de estructuras organizativas eclesiásticas, creadas todas y dirigidas directamente por la misma Jerarquía.

Esa total planificación desde arriba del apostolado difícilmente podrá evitar en la práctica el peligro de dificultar y poner obstáculos a la libre acción del Espíritu Santo en las almas, pues se expone con frecuencia a rechazar no pocas manifestaciones auténticas de vida y apostolado cristianos, por el simple hecho de que esas iniciativas no se encuentren previstas dentro de la planificación previamente elaborada. Además, esa misma tendencia a planificar y dirigir desde el nivel jerárquico todo el apostolado laical es fácil que dé lugar -aunque no se desee- a ilegítimas injerencias eclesiásticas en la vida civil, porque la Iglesia misma aparecería comprometida en asuntos exclusivamente temporales, debido a la actuación de laicos que obedeciesen, o dijesen obedecer, a indicaciones más o menos concretas de la Jerarquía. Todo esto, sin contar que esa anormal coordinación del apostolado -tal como algunos la entienden- exige un gran despliegue de aparato organizativo y burocrático, con multiplicidad de organismos en los distintos niveles del gobierno eclesiástico, lo que acapara gran parte del tiempo de bastantes sacerdotes, que se ven así impedidos para dedicarse al verdadero ministerio pastoral con la debida intensidad (v. PASTORAL, ACTIVIDAD).

Si, por desconocer las exigencias ascéticas y apostólicas del Bautismo recibido, determinados laicos se mostrasen pasivos o remisos, la solución no consistiría en hacerles instrumentos inertes de la autoridad, sino más bien en poner los medios pastorales necesarios para que esos fieles participen conscientemente en la vida sacramental y adquieran la formación cristiana adecuada a sus propias circunstancias, de manera que se hagan cada vez más capaces de cumplir libre y responsablemente la tarea específica que corresponde a los laicos en la edificación del Cuerpo Místico de Jesucristo, individualmente o asociados con otros.

Por otra parte, el intento de planificar todo el apostolado de los laicos podría desembocar en dos extremos opuestos, aunque igualmente perniciosos: que los laicos se conviertan -como se ha dicho- en instrumentos pasivos o meros ejecutores de consignas provenientes de la autoridad, con lo que difícilmente podría hablarse de una responsabilidad específica y personal en la edificación de la Iglesia; o bien que, al ver encuadrada toda su actividad dentro de las estructuras jerárquicas, entiendan los laicos que su propia responsabilidad y su condición activa en la Iglesia se han de manifestar a través de una intervención en el gobierno de esas mismas estructuras en todos los niveles, llegándose a crear lo que ha sido designado con el nombre de «la otra jerarquía»: se conseguiría así solamente clericalizar la responsabilidad de los laicos despojándola de su verdadero sentido. La doctrina clara de que en la Iglesia no hay miembros pasivos, ya que todos deben participar activamente en esa misión, cada uno según su propia condición eclesial y sus propios dones personales, quedaría así reducida -con un paradójico retroceso- a una participación masiva en los actos de gobierno eclesiástico, quedando de lado que el campo propio y específico de acción para los fieles laicos es precisamente su inserción apostólica en las cosas temporales y el perfecto cumplimiento cristiano de sus obligaciones personales, familiares, profesionales y sociales.

Parece necesario, por eso, que la acción pastoral -es decir, la actividad pública y oficial de los ministros sagrados- parta siempre como presupuesto del legítimo campo de autonomía personal en la vida cristiana -primacía de la persona-, en el que se da una gran variedad de vocaciones: que deben descubrirse, estimularse y formarse, pero que a la vez han de ser respetadas con delicadeza. Parte importante de la función de la Jerarquía es discernir los carismas de los fieles, rechazando los falsos y favoreciendo los verdaderos, dejándoles además el espacio de iniciativa y acción necesario para que puedan desarrollarse debidamente, al servicio de la misión total de la Iglesia.

8.  Cooperación con la jerarquía eclesiástica. Además de lo expuesto anteriormente, los laicos, como los restantes fieles, tienen la capacidad -no derecho, ni tampoco deber- de cooperar con la Jerarquía eclesiástica en algunos aspectos de la tarea pastoral que corresponde a ésta: concretamente, en aquellas actividades que no exigen necesariamente la recepción del sacramento del Orden en alguno de sus grados (episcopado, presbiterado o diaconado), por no tratarse de un derecho ni de un deber -a no ser que urjan determinadas circunstancias de suplencia-, realizarán esa cooperación únicamente aquellos laicos que sean llamados por la autoridad eclesiástica competente y deseen libremente corresponder a esa invitación.

Hay que precisar que la cooperación en la función específica de la jerarquía no puede entenderse en ningún caso como una mayor plenitud cristiana de la vida laical, pues ésta encuentra ya el cauce completo para su desarrollo en el cumplimiento de lo que es propio y específico del laico -es decir, de lo que le corresponde por ser laico y por ser fiel-: lo normal será que un laico acuda a la iglesia o se relacione con entidades eclesiásticas únicamente para participar en el culto, recibir los sacramentos y oír la predicación de la palabra de Dios. Por eso, puede decirse que, como regla general, la gran mayoría de los laicos -aun cuando todos sientan y vivan una auténtica comunión eclesial y unidad delicada con los ministros sagrados- no se considerarán llamados a cooperar en el apostolado propio de la Jerarquía: por no disponer de tiempo, o simplemente por no sentirse inclinados a ello, sin que de ahí se siga que contribuyan menos eficazmente al bien de la Iglesia.

Esta cooperación de laico en tareas propias de la Jerarquía puede realizarse en forma tanto individual como asociada: individualmente, mediante el desempeño de ciertos cargos que llevan consigo el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica -p. ej., juez en tribunales eclesiásticos-, o con una función meramente consultiva, como sucede en el caso de los miembros del Consejo pastoral, que puede instituirse en las diócesis donde el respectivo obispo lo estime oportuno; en forma asociada, cuando la autoridad eclesiástica competente instituye una asociación o confiere el mandato a una ya existente, para que coopere en tareas jerárquicas, siempre bajo la dependencia y dirección de la autoridad en todo lo que se refiere a las modalidades concretas de esa determinada cooperación.

V. t.: APOSTOLADO I y 11; IGLESIA III, 4-6; SANTIDAD IV; MUNDO III, 1; TRABAJO HUMANO VII.

 

ALVARO DEL PORTILLO.

 

BIBL.: Para la amplísima bibl. anterior a 1957, remitimos a la obra L’apostolato dei laici. Bibliografia sistematica, Milán 1957; obras posteriores a esa fecha: Y. M.-J. CONGAR, Sacerdote et laicat devant leurs taches d’évangélisation et de civilisation, París 1962; VARIOS, Les laica et la mission de PÉglise, dir. J. DANIÉLOU, París 1963; W. ONCLIN, Principia generalia de fidelium associationibus, «Apollinaris» 36 (1963) 68-109; VARIOS, Ministéres et laicat, Taizé 1964; J. B. TORELLO, La espiritualidad de los laicos, Madrid 1964; J. L. ILLANES, La santificación del trabajo, tema de nuestro tiempo, 3 ed. Madrid 1967; P. LOMBARDÍA, Los laicos en el Derecho de la Iglesia, «Ius Canonicum» 6 (1966) 339-374; G. PHILIPs, El laicado en la época del Concilio, Hacia un cristianismo adulto, San Sebastián 1966; VARIOS, La Iglesia del Vaticano 11, dir. G. BARAÚNA, Barcelona 1968; G. PHILIPs, La Iglesia y su misterio, Barcelona 1968-69; J. HERVADA, La definición nominal de laico, «Ius Canonicum» 8 (1968) 471-534; A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, Bases de sus respectivos estatutos jurídicos, Pamplona 1969; J. R. W. STOT, One Peóple: Clergy and Laity in God’s Church, Londres 1969; KL. MSRSDORF, Die andere Hierarchie, «Archiv für katholisches Kirchenrecht» 1969/11, 461-509; P. J. VILADRICH, Teoría de los derechos fundamentales del fiel, Pamplona 1969; J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones, 8 ed. Madrid 1971; VARIOS, L’apostolat des laica, Décret «Apostolicam actuositatem», dir. Y. M.-J. CONGAR, París 1970; G. MAY, Demokratisierung der Kirche, Móglichkeiten und Grenzen, Viena-Munich 1971.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

www.mercaba.org

 

 

 

 

Categorías:Laicos

¿Qué quiere decir ser fieles laicos hoy?

¿Qué quiere decir ser fieles laicos hoy?

S.Em. Card. Stanisław Ryłko

Presidente del Pontificio Consejo para los laicos.

 

¿Qué quiere decir ser fieles laicos hoy?

La identidad más profunda del cristiano laico es constituida por su relación con los tres sujetos fundamentales:

  1. La persona de Cristo. Es el corazón mismo de nuestra identidad cristiana. El papa Benedicto XVI escribe en la Deus Caritas est: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (núm. 1). Y añade: “La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito…” (núm. 12). Ser cristianos laicos es una verdadera y auténtica vocación. El Maestro nos llama siempre por nombre: “¡Sígueme!”. Insertado en Cristo como el renuevo en la vid por medio del sacramento del bautismo, el cristiano ha recibido el don de la “vida nueva”, el ser “creatura nueva”. Es un cambio admirable que le hace decir con el Apóstol: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20). Por ello, está llamado a dar testimonio precisamente de esta “novedad de vida”.
  2. La Iglesia. El cristiano nunca está solo, aislado, sino que nace y vive en una gran comunidad, vive junto a “una importante compañía” (Benedicto XVI), la Iglesia. Se trata de una comunidad que no es atribuible a un dato puramente humano, sociológico, porque según su origen es sobrenatural. La Iglesia es una “comunión orgánica”, en la que coexisten y se integran la diversidad y complementariedad de vocaciones, ministerios, servicios, encargos, carismas y responsabilidades. Non hay contraposiciones, sino reciprocidad y coordinación (Cfr. Christifideles Laici, núms. 20-21). Por ello, la Iglesia se configura como icono de la comunión trinitaria, por lo que en ella ningún fiel laico puede quedarse pasivo, como simple observador. Cada uno es responsable de la misión particular que le ha sido encomendada por Cristo. El Concilio Vaticano II destaca con fuerza: “El apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia” (Apostolicam Actuositatem, núm. 1). De aquí surge la necesidad de una participación activa y responsable de los laicos en la vida de sus comunidades eclesiales. Tienen que saber asumir sus propias responsabilidades para con la Iglesia y su misión en el mundo.
  3. El mundo. El Concilio Vaticano II indica con claridad lo que diferencia a los fieles laicos de los demás estados de vida de la Iglesia: es su especial relación con el mundo, la llamada “índole secular”. “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad” (Lumen Gentium, núm. 31). Este carácter secular le da una índole específica no sólo al apostolado de los fieles laicos, sino también a su espiritualidad y a su camino de santidad. El fiel laico no huye del mundo, sino que está llamado a santificarse viviendo en el mundo. En este contexto emerge un importante desafío pastoral, de cómo ayudar a los fieles laicos a defender su identidad de “cristianos inmersos en el mundo” frente a la tentación de “clericalizarse”, o frente a las actitudes de huída del mundo (por ejemplo un refugio cómodo en el intimismo, una espiritualidad desencarnada, o un completo encerrarse en asuntos intraeclesiales, olvidándose del espíritu misionero). Volvamos a leer al respecto algunas de las hermosas páginas de la antigua Carta a Diogneto: “[Los cristianos] están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. […] Mas para decirlo brevemente, lo que es el alma al cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo: los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo”. El autor concluye: “Tal es el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él”.
Categorías:Laicos

Algunas reflexiones sobre la Accion Catolica

 

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA ACCION CATOLICA
 

Card. Eduardo F. Pironio

 

“CONCORDIA” – AÑO XII – N° 25 – ENERO DE 1992 forum 07-10/11/1991

 

INTRODUCCIÓN

 

Deseo comenzar con tres observaciones previas:

 1. Una invitación a la esperanza: “Dios prepara una nueva primavera del Evangelio” “Si se mira superficialmente a nuestro mundo, impresionan no pocos hechos negativos que pueden llevar al pesimismo. Mas éste es un sentimiento injustificado: tenemos fe en Dios Padre y Señor, en su bondad y misericordia. En la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo” (R. M. 86). La Acción Católica debe expresar esta esperanza y ayudar a que florezca esta nueva primavera.

 2. Un llamado a un urgente compromiso eclesial: “Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización” (Ch. L. 34). Los fieles laicos, protagonistas en esta nueva evangelización. La Acción Católica está particularmente llamada a serlo por exigencia intrínseca de su compromiso eclesial.

 3. Una propuesta de camino comunional: El Espíritu de Dios está recreando la Acción Católica en el interior de una Iglesia misterio de comunión misionera:

             a – Misterio: itinerario y escuela de santidad;         

            b – Comunión: con los Pastores, con el resto del Pueblo de Dios, con otras asociaciones… 

            c – Misión: presencia, anuncio, envío “ad gentes”; 

  • en una sincera fidelidad a Cristo, a la Iglesia, al hombre;
  • en una profunda comunión eclesial con la Jerarquía;
  • en una especial apertura a las diversas asociaciones de Acción Católica en otros países, manteniendo siempre la irrenunciable configuración con la Iglesia local en comunión con Pedro;
  • en una más honda, evangélica y eclesial presencia en el mundo, como especial forma de una Iglesia “sacramento universal de salvación”.

 

I. UN POCO DE HISTORIA

 

      Gran parte de la promoción asociativa, espiritual y apostólica de los laicos en la Iglesia, especialmente durante la primera mitad del siglo XX, se concentró en la propuesta y desarrollo de la Acción Católica. La referencia a la “acción católica” emerge ya en tiempos del Pontificado de Pío IX y del Concilio Vaticano I, siendo utilizada entonces para abarcar a muy diversas iniciativas, obras e instituciones del llamado “movimiento católico” de fines del siglo pasado y comienzos del actual. Sabemos que adquirirá una  orientación y estructuras más precisas con el Pontificado de Pío XI, quien la consideraba “inspiración providencial”. Este Papa llamado “de la Acción Católica”, por los numerosos documentos publicados y las iniciativa emprendidas para su desarrollo fue también el “Papa de las misiones”, ambos apelativos se conjugan en una exigencia creciente de evangelización ante los retos planteados por la “descristianización” y por nuevas formas de inculturación y de presencia del cristianismo.

            El desarrollo de la Acción Católica puede considerarse como uno de aquellos “movimientos de reforma”, que, sin proponérselo ni pudiendo saberlo entonces, “preparaban” el Concilio Vaticano II. Hay una compenetración entre ese desarrollo de la Acción Católica y los movimientos de renovación litúrgica, eclesiológica, ecuménica, etc. Las reflexiones eclesiológicas – y sobre la “teología del laicado” – desde los años 30 al 60 presuponen y hacen explícita referencia a la Acción Católica. La Acción Católica ayudó a re-descubrir y realizar la vocación y dignidad del laico en la Iglesia, la significación más radical y plena de los sacramentos de iniciación cristiana para todos los bautizados, la condición del “sacerdocio común”, la participación del pueblo en la liturgia, la renovada autoconciencia de la Iglesia como Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, una más viva pertenencia y común responsabilidad en las comunidades cristianas.

            Por todo esto, puede concluirse que la Acción Católica, en su diversidad de formas, ha significado una gran siembra y escuela multiplicadora en la formación, participación y promoción de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. “!Sois Iglesia!” (Pío XII). En ella se han forjado generaciones de un laicado militante con fuerte sentido de fidelidad eclesial y de ella procedieron líderes católicos en los más diversos ámbitos de la vida eclesial y secular.

  

            El Concilio Vaticano II retomó y coronó esta tradición asociativa de la Acción Católica. En las diversas fases de su preparación y realización no faltaron dificultades y malentendidos y mucho se debatió sobre ella. Hubo variedad de concepciones y posiciones, al punto que en textos preparatorios se señalaban ya “máximas dificultades” para llegar a acuerdos claros. Eso se reflejó también en los debates en el aula conciliar. Al fin, se tomó una decisión clara, alentadora, pero flexible para abarcar realidades diversas según la diversidad de sus formas, en Iglesias de diferentes contextos y tradiciones.

            E el dinamismo de la “promoción del laicado”, a la luz de la renovada “eclesiología de comunión”, recomendando vivamente el “apostolado asociado de los fieles” y las “formas organizadas del apostolado seglar” en cuanto respuesta adecuada “a las exigencias humanas y cristianas de los fieles” y al mismo tiempo, signo de comunión y de unidad de la Iglesia en Cristo” ( cfr. AA, 18), el Concilio Vaticano II destacó la importancia de la Acción Católica y precisó sus notas características (cfr. AA, 20, 21). Destacó la necesaria simultaneidad de estas cuatro notas:

  • el fin apostólico de la Iglesia
  • responsabilidad propia de los laicos en la dirección
  • organicidad de comunión
  • bajo la dirección superior de la propia Jerarquía: directa colaboración con los pastores.

    

Hacia fines de la década del ’50 y comienzos de la del ’60, la Acción Católica daba signos de debilitamiento respecto de su ciclo de mayor vigor y pujanza en la catolicidad. Se asiste así a la paradoja del aprecio y recomendación tributados por el Concilio y del desinterés, marginalización y hasta desaparición de la Acción Católica en muchas Iglesias locales, a veces acompañadas del rechazo como residuo “preconciliar”. En muchas situaciones desaparece de la realidad y de las prioridades eclesiales. En otras, emprende un arduo camino de redefinición teológica, pastoral y estatutaria según las indicaciones del Concilio y del riquísimo magisterio “post – conciliar”sobre la Acción Católica de Pablo VI y de Juan Pablo II. Hoy día, la realidad de la Acción Católica, aunque limitada a una minoría de países, ha vivido un positivo y fecundo camino de renovación. Por consiguiente, de positiva y fecunda esperanza. Después del “tiempo de prueba” – y muchas instituciones pasaron por él en la primera fase post–concilio – se asiste al de serenas y fecundas maduraciones. Y también al de un relanzamiento a nivel universal, del que el presente Forum Internacional es un signo promisor. 

  

II. MIRANDO AL FUTURO DESDE LA RIQUEZA DEL PRESENTE          

         

             Ahora asistimos a una nueva etapa de renovación. Es exigencia de “comunión y colaboración” – como afirma la Christifideles Laici –, en un tejido pluriforme de experiencias asociativas, dentro del cual la Acción Católica ha tenido que profundizar su propio perfil, su originalidad, su peculiaridad (cfr, Ch. L. 31).

            Otro aspecto importante a tener en cuenta deriva de las profundas mutaciones acontecidas mediante una más vasta, capilar y diversificada participación de los fieles en la vida de las Iglesias locales y de sus comunidades. Han surgido “planes pastorales”, nuevas estructuras pastorales y de concentración – consejos pastorales, consejos de laicos, Sínodos locales, comunidades eclesiales de base… –, desarrollo de ministerios no ordenados variedad de iniciativa y circuitos, nuevas obras… En ese nuevo escenario la Acción Católica ha tenido también que profundizar su papel de animación, de formación, de impulsión.

            La descristianización creciente planteaba nuevos retos a la Iglesia, exigiéndole una más honda comprensión se su ser misionero y una más participada y eficaz evangelización. Ciertas realidades de la Acción Católica estaban demasiado recostadas sobre un pueblo que mayoritariamente continuaba a confesarse cristiano, sin una mayor incisividad y madurez de fe comprometida. El Concilio fue esencialmente un acontecimiento misionero. Pablo VI dejaba como testamento la extraordinaria “Evangelli Nuntiandi” y Juan Pablo II no se cansa de convocar a una “nueva evangelización”. La Acción Católica queda desafiada a demostrar su vitalidad misionera, su contribución indispensable a ese designio misionero de toda la Iglesia, su carisma evangelizador que estuvo desde sus mismos orígenes y que ahora debe expresarse en las nuevas condiciones sociales y culturales contemporáneas.

 

 

            Dentro del nuevo tejido participativo de comunión en la Iglesia y de la pluriformidad de modalidades asociativas, ¿cuál es la identidad, la originalidad, la novedad de la Acción Católica y su contribución singular para la edificación y la misión de la comunidad cristiana? Para dar respuesta a ello, hay que proceder a una re-lectura y profundización de las notas características indicadas por el Concilio. Creo, sobre todo, que las notas a y deberían profundizarse como base d la singularidad de la Acción Católica en la Iglesia hoy, conforme a su tradición.

 

a – En efecto, “el fin inmediato” de la Acción Católica “es el fin apostólico de la Iglesia”“es decir, el evangelizar y santificar a los hombres y formar cristianamente su conciencia, de suerte que puedan imbuir de espíritu evangélico las diversas comunidades y los diversos ambientes” (AA 20, a). La Acción Católica no está definida – como otras Asociaciones – por finalidades específicas, como objetivos o ambientes específicos de apostolado, realización de obras de misericordia o de caridad, pedagogías especiales de formación, espiritualidades propias… Funda su identidad en el mismo “fin apostólico de  la Iglesia”. Ese fin apostólico es la misión de evangelización, en cuanto edificación de la Iglesia, sacramento de salvación y de unidad del género humano. Pero ese fin general se concreta, se traduce, resulta “inculturado”mediante el camino pastoral de las comunidades cristianas guiadas por sus Pastores. Por eso, la Acción Católica se define, más concretamente, por las prioridades y objetivos pastorales de la Iglesia particular en la que está integrada, tomados en su globalidad, en su organicidad y en su cotidianidad. Se podría concluir diciendo que el fin de la Acción Católica es la cotidiana y orgánica edificación de la comunidad eclesial al servicio de los hombres. Pablo VI así lo definía el 25 de abril de 1977: “Ella está llamada a realizar una singular forma de ministerialidad laical, finalizada a la plantatio ecclesiae y al desarrollo de la comunidad cristianan, en estrecha unidad con los ministerios ordenados”. En ese mismo sentido ha sido retomado por Juan Pablo II en sus discursos a la IV Asamblea de la Acción Católica Italiana (27/X/80), a la V Asamblea (8/X/83) y a la VI (25/IV/86)…

            De todo esto se deduce que la Acción Católica se coloca esencialmente, orgánicamente, al servicio de la Iglesia local y de su proyecto pastoral. La Acción Católica no ha querido darse nunca una superestructura internacional. Desde su afectiva y efectiva comunión con el Sucesor de Pedro, sus referencias y lugares de inserción resultan, sobre todo, las diócesis y las parroquias, allí donde se expresan los más variados componentes del pueblo de Dios en la unidad. Su lugar teológico es la comunidad cristiana, centrada en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en el crecimiento de la fe de los bautizados, en la irradiación de la caridad. Si la “plantatio ecclesiae” es necesaria en todos los ambientes – y de allí la importancia de los “sectores” o “especializaciones” –, la Acción Católica no puede perder nunca su organicidad y su raigambre “popular” (en cuanto manifestaciones del Pueblo de Dios y singular ministerialidad para su camino. En esta “nueva evangelización” la Acción Católica está particularmente llamada a “la formación de comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con Él, de existencia vivida en la caridad y en el servicio” (Ch. L. 34). “Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos, vivida en la caridad como alma de existencia moral. En efecto, “buena nueva” tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y la adhesión a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la vida según el Espíritu” (Ch. L. 33).

 

            b-  Otra característica distintiva de la Acción Católica es su comunión estrecha, orgánica, su especial disponibilidad, con la Jerarquía. Esto se da en una doble vertiente. Por parte de la Jerarquía se reconoce, se autentica y se asocia más estrechamente a la Acción Católica como servicio de edificación y desarrollo eclesial. Los Obispos son pastores de toda la grey. Disciernen todos los carismas. A todos convocan y educan en la comunión de la verdad y de la caridad. Pero tienen el derecho y la necesidad asociar más estrechamente a algunos colaboradores, a semejanza de aquellos hombres y mujeres que colaboraban más inmediatamente, con especial cercanía, con los apóstoles  en la evangelización, fatigando mucho por el Señor. Por otra parte, la Acción Católica queda definida y comprometida en una exigencia que es mayor responsabilidad y no mera relación de “privilegio” con la Jerarquía. La Acción Católica es una asociación pública por excelencia. Esa relación caracteriza desde adentro la “superior dirección de la Jerarquía”. Esta vale para todas las asociaciones y movimientos. Pero para la Acción Católica tiene una connotación especial. Es la Jerarquía quien establece el cuadro general y los objetivos que la Acción Católica hace suyos. Tiene además todos los poderes de intervención en la vida asociativa que le otorga el Código. Pero no quiere decir que venga anulada la responsabilidad de sus dirigentes laicos ni la libre iniciativa de sus asociados.

 

            c- Otro elemento fundamental caracterizante de la Acción Católica es su tradición de formación cristiana de sus asociados y su irradiación pedagógica en el seno de todo el pueblo de Dios, a través de su inserción en parroquias y diócesis. La Acción Católica no se da un programa específico de formación, sino que colabora en la catequesis general de las comunidades cristiana. Su servicio formativa está especialmente dirigido a todos los componentes del Pueblo de Dios, a través de variados itinerarios y quiere ser integral, orgánica, teológico, evolutivo, comprendiendo la formación espiritual, teológica, apostólica, pastoral y humana. Si sus destinatarios son sobre todo los laicos, la Acción Católica promueve en modo especial todas las vocaciones que son indispensables y enriquecen al Pueblo de Dios.

 

 

          

 

            Estas son sólo algunas reflexiones y comentarios referidos a nuestras raíces comunes, a la grande y noble tradición en la que ustedes se reconocen, a una identidad asociativa – espiritual, eclesial, apostólica – que es propia del patrimonio de la Acción Católica.

            Todo ello es fruto del carisma peculiar que ustedes han recibido. Sí, ¡el carisma de la Acción Católica! ¿Acaso Pío XI no se refirió a una“inspiración providencial” en su desarrollo al servicio de la Iglesia? No se cualifican aquellas raíces y tradición simplemente por las “funciones” que la Acción Católica cumple, sino por los dones del Espíritu Santo que la animan y la guían, que suscitan una formación y una vida nueva de “fieles laicos”, que caracterizan íntimamente el estilo, el servicio, las obras que son de Acción Católica.

            Ahora bien, estas raíces, tradición e identidad de la Acción Católica han sido vividas a través de muy diversos caminos en las variadas Iglesias locales, en las parroquias, en las diócesis, en las naciones.

            Si bien la Acción Católica Italiana tuvo siempre un carácter ejemplar ya que fue la primera en surgir, la más cercana e inmediata a la presencia y orientación de los sucesivos Pontífices, no puede hablarse de un “modelo” uniforme de Acción Católica. Digamos que ella vivió un proceso de “inculturación” en las diversas realidades sociales, culturales y eclesiales en las que fue promovida y en las que creció como preciosa articulación asociativa e irradiación catequística y apostólica de presencia cristiana. Ustedes descubren aquí y ahora, muy unidos en aquella raíz, tradición e identidad, pero diversos en los caminos recorridos y en las formas organizativas propias. También para la Acción Católica puede hablarse de unidad en la pluriformidad. Quizá podría esto señalarse destacando el Magisterio Pontificio sobre la Acción Católica como la base fundamental se du unidad y la incorporación de la Acción Católica en las Iglesias locales como el despliegue de su multiformidad

 

 

III. EL FORUM

 

            En esa dialéctica indisociable entre la universalidad y localización que es propia de la Iglesia Católica, quisiera terminar refiriéndome explícitamente a este Forum. Al Forum Internacional de la Acción Católica.

            Desde la génesis misma de esta iniciativa, el Pontificio Consejo para los Laicos la ha apoyado con entusiasmo y esperanza. La hemos visto y percibido como un signo y una promesa de relanzamiento de la Acción Católica en la Iglesia universal, ya lejano aquel período de “prueba” y ahora en plena pujanza expansiva. No por azar la iniciativa comenzó a cuadrarse durante la VII Asamblea mundial del Sínodo de Obispos y se desarrolló a la luz de la Exhortación Apostólica postsinodal “Christifideles Laici” (cfr. Ch. L. 31).

            ¿Acaso no es ésta una síntesis luminosa de las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobe los laicos, un discernimiento de su actuación durante los primeros 20 años post-conciliares y el cuadro orgánico y orientador para un relanzamiento de la participación de todos los laicos en la vida y misión de la Iglesia?

 

           

            Se podría también decir que el Forum Internacional inaugura una etapa de mayor apertura y encuentro de la Acción Católica a nivel universal. Nunca faltaron la apertura ni los contactos internacionales. Pero cada  Acción Católica a nivel nacional mantenía sólo esporádicos vínculos con las otras “Acciones Católicas nacionales”. Quizá eso fue acentuado por las dificultades sufridas en aquel período de crisis, de prueba durante la primera fase del postconcilio. De tal modo, mientras otras asociaciones y movimientos eclesiales se daban una articulación y dinámica internacional, potenciando su protagonismo, la realidad de la Acción Católica se expresaba sólo a niveles nacionales. Y esto en un mundo cada vez más socializado e interdependientes , en el despliegue sorprendente de la universalidad de la Iglesia y ante acontecimientos internacionales cada vez más significativos y relevantes. Hasta el mismo Pontificio Consejo para los Laicos encontraba así dificultades para tener a la Acción Católica como interlocutora a nivel internacional. No faltaron buenas, fecundas relaciones con la Acción Católica Italiana, con la española, con la argentina… pero cuando se trataba de eventos y organizaciones internacionales, en el mismo elenco de la OIC y de los movimientos eclesiales, faltaba la realidad unitaria de la Acción Católica como bien de la Iglesia Universal.

                       

           

            ¡Bienvenido sea, pues este FORUM! Está llamado a expresar, a nivel universal, la vitalidad renovada de una tradición, que se vuelve propuesta asociativa y apostólica para todas las Iglesias… Para aquellas Iglesias que han de reconstruirse, también en su laicado, pasados los tiempos de sufridas persecuciones. Para aquellas Iglesia jóvenes, misioneras, que necesitan un laicado adulto para que la comunidad cristiana esté plenamente formada y sea más transparente testimonio de la comunión de la que es sacramento. Para aquellas Iglesias en donde muchos Pastoras continúan algo desconsolados a decir: “tenemos buenos laicos, pero no un laicado”.

            Ahora bien, es cierto que en la historia de la Acción Católica siempre fue rechazada la idea de un super organismo internacional, que tuviera funciones directivas sobre las asociaciones locales, nacionales. Eso hubiera desnaturalizado lo que es peculiar, identificante, de la común tradición de cada “Acción Católica”, o sea su fecunda obediencia a la Jerarquía local (Ordinarios diocesanos, Conferencias Episcopales) y su directa, prolongada, fiel referencia de servicio a sus orientaciones y programas pastorales. Por eso mismo, importa que el Forum sea sólo eso, “forum” es decir, lugar de encuentro, de intercambio, de colaboraciones, de promoción de la Acción Católica, sin caer en la tentación de constituir una superestructura directiva. Es éste el espíritu que ha guiado las observaciones del Pontificio Consejo para los Laicos al cuadro normativo del Forum que ustedes están ahora estudiando y que no dudo ustedes bien comprenderán y aceptarán. 

 

CONCLUSIÓN:

 

            Estamos en un momento providencial de profunda renovación en el Espíritu de la Acción Católica:

– dada por los nuevos desafíos

– por la nueva conciencia de una Iglesia comunión misionera

– por el llamado urgente del Papa a una nueva evangelización

           

Nos guíe un auténtico amor obediencial al Papa y a los Pastores.

            Nos guíe el Espíritu Santo. Nos acompañe siempre María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia, “Estrella de la Evangelización”, primera y ejemplar discípula del Señor.-

 

 

EDUARDO CARDENAL. PIRONIO

 

Roma, 8 de noviembre de 1991

Forum Internacional Acción Católica

                                            

 

Categorías:Documentos AC