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Archive for 31 marzo 2013

La identidad, la mision y la espiritualidad de los laicos

LA IDENTIDAD, LA MISIÓN Y LA ESPIRITUALIDAD DE LOS LAICOS

http://www.esglesiaplural.cat/modules.php?name=News&file=article&sid=654

Resum de la ponència del teòleg Juan Antonio Estrada, exposada a Manresa, el 19 d’octubre de 2007, davant de més de 200 persones (45 minuts de col•loqui), en una sessió organitzada pel Moviment Cristià Comunitari d’aquella Ciutat.

 

Los laicos están de moda tanto en la teología como en la praxis de la Iglesia. Sin embargo, entre los mismos laicos, surgen los interrogantes. ¿La promoción de los laicos es coyuntural y responde a una moda pasajera o tiene raíces más profundas y obedece a un cambio estructural en la vida de la Iglesia? ¿No es la crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas la que lleva a la revalorización de los laicos? ¿Hasta qué punto es posible la renovación de la teología de los laicos en el contexto de la involución eclesial actual y de la mentalidad clerical que pervive en gran parte de los ministros y los mismos laicos?

Una teología desfasada del laicado.

La identidad del laicado proviene de la eclesiología. Según y como comprendamos a la Iglesia, así resultan los laicos. Cuando la Iglesia se comprendió como una institución jerárquica y sacerdotal, entendida de forma verticalista y piramidal, la identidad eclesial vino dada por los sacerdotes, que se convirtieron en los auténticos protagonistas de la Iglesia y redujeron a los laicos a “pueblo” que era objeto de la atención pastoral de los clérigos. De ahí el eslogan desde el que se entendía la “libertad” de la Iglesia: que los laicos se ocupen de los problemas de la sociedad mientras que los asuntos de la Iglesia corresponden a los sacerdotes. Esta mentalidad ha pervivido hasta hoy. Por eso cuando hablamos de “la Iglesia” entendemos que nos referimos al papa, los obispos y los sacerdotes. Es decir, el clero, confundiendo la parte (la jerarquía) con el todo (la Iglesia). Dentro de este modelo, el ministerio eclesial era exclusivamente el de los sacerdotes, desplazando los antiguos ministerios eclesiales de los laicos y convirtiendo oficios y funciones desempeñadas por seglares en actividades propias del estamento eclesiástico. Desde esta perspectiva hay que comprender incluso movimientos laicales renovado-res como, en parte, la Acción Católica, que surgieron como “brazo secular” de la Iglesia en las sociedades secularizadas y “laicas”, y que participan de la misión de la jerarquía, siempre por delegación y bajo el estricto control de la misma (representa-da por los delegados consiliarios). Esta eclesiología influye en algunos movimientos laicos y constituye un sustrato de algunos grupos y movimientos laicales conserva-dores actuales. El laico queda reducido a cristiano de segunda fila. A lo largo de la historia se han acumulado distintas designaciones minusvaloradoras del concepto de “laico”, que son la expresión de este enfoque elitista y prorreligioso: carnales, mundanos, seculares, iletrados, inexpertos, etc. El canon de los santos de la Iglesia católica, así como las virtudes y elementos de la santidad que se enzalzan en los panegíricos de los santos canonizados, son el mejor ejemplo de un modelo de santidad discriminatorio para los laicos.

Por un nuevo modelo a partir del Vaticano II.

El cambio se prepara antes del Vaticano II y cristaliza en él. En este proceso confluyen la reflexión teológica, la acción pastoral y la misma experiencia de los movimientos laicales como la Acción Católica, sobre todo la rama de la JOC. La nueva situación sociopolítica y cultural de nuestras sociedades favorecen el surgimiento primero, y el desarrollo y consolidación posterior, de la renovada teología del laicado. El concepto de “pueblo de Dios” se convierte en la idea central desde la que se desarrolla una eclesiología de comunión y una teología de la comunidad como claves centrales de la nueva eclesiología. Hay que superar el dualismo clero/laicos en favor del nuevo binomio comunidad/ multiplicidad de carismas y ministerios. Hay que partir de la comunidad de los fieles, del conjunto de la Iglesia de la que todos formamos parte. La jerarquía ya no es el punto de partida ni está encima de la comunidad eclesial, sino que es parte esencial de ésta, a la que se subordina y sirve. Es decir, la jerarquía no es un fin en sí ni es la Iglesia la que tiene que subordinarse a la jerarquía, sino que ésta sirve (ministerio) a la Iglesia representada por el conjunto de los fieles. Hay que replantear toda la eclesiología en un trasfondo de teología de comunión, de comunidad y de pueblo de Dios.

Desde esta perspectiva el laico revaloriza su identidad y su misión. El bautismo y la confirmación son los sacramentos eclesiológicos por excelencia, los de la consagra-ción a Dios, desbancando al sacramento del orden como punto de partida para construir la identidad eclesial. La Iglesia como pueblo todo él sacerdotal, consagra-do y misionero es el marco para comprender la identidad cristiana que materialmen-te es la identidad laical. El laico es el cristiano por antonomasia, la identidad referencial, tanto en el orden cronológico como diacrónico. No hay que definir al laico en función del sacerdote o del religioso, sino a la inversa. Materialmente “laico” designa al cristiano que no necesita de ulteriores especificaciones, formalmente es un concepto diferenciador respecto de la jerarquía y de los religiosos. Lo mismo ocurre analógicamente con el concepto de ciudadano. Todos somos ciudadanos (el gobierno y los integrantes del pueblo llano), todos formamos parte de la sociedad. Sin embargo, hablamos también del Gobierno (o los “políticos”, los partidos, etc.) y de los ciudadanos, entendiendo aquí a los dirigentes y los miembros de la sociedad como distintos, en cuanto que desempeñan distintas funciones sociales. No hay nada que diferencie al ciudadano de a pie de la definición de miembro de la sociedad civil. Materialmente, miembro de un Estado equivale a ser parte del pueblo, pero si se entiende el pueblo en contraposición al Estado o Gobierno, entonces ciudadano no equivale a dirigente.

De ahí las demandas por una mayor democratización en el ejercicio del ministerio; por una participación de los laicos en los asuntos internos de la Iglesia, incluida la designación y elección de los ministros; el intento de constituir las parrroquias en comunidad de comunidades; el replanteamiento de la figura, ministerio y forma de actuar de los ministros; el reclamo laical respecto a los cargos de gobierno, la enseñanza de la teología, la administración de los bienes económicos de la comunidad eclesial, la orientación de la “política” eclesiástica y la determinación de las relaciones con el poder civil, etc. Se busca un modelo de cogestión y de participación activa, que sea compatible con la estructuración jerárquica de la Iglesia pero que cambie su configuración actual. Este nuevo modelo se inspira más en la eclesiología del primer milenio que en el segundo, que ha sido el de mayor clericalización.

La misión de los laicos en la sociedad y en la Iglesia

También cambia la misión de la Iglesia. Al hablar de la Iglesia como sacramento de salvación y abrir nuevos cauces al ecumenismo se crea una nueva dinámica misional en la que el peso de la evangelización recae sobre los seglares. El futuro del cristianismo pasa por la transformación cristiana de la sociedad. La misión compete a todos, se da en la vida cotidiana en nuestras sociedades modernas, y no sólo en los lejanos países del tercer mundo. En esta misión los laicos tienen un protagonismo reconocido. A veces pueden juzgar mejor sobre los asuntos tempora-les que la misma jerarquía, a la que pueden y deben informar, apoyar y, en caso dado, expresar sus críticas y reservas.

Esta misión es especialmente importante en el contexto de la nueva sociedad secular y laica en la que vivimos. Lo nuevo es la pérdida de referencia total de la sociedad y de la persona a Dios. Este deja de ser el referente global en función del cual se articula toda la sociedad. Surge un mundo secular, profano, con tareas y funciones que tienen una especificidad y entidad propias, al margen de la referencia religiosa. La religión se refugia en el ámbito de la conciencia personal, sin que haya una identificación entre ciudadanía y religiosidad. Es decir, se abre espacio a la religión en cuanto decisión personal, que ya no se apoya en la presión social. Ya no hay referencias externas, ni instancias fundantes, sino que la sociedad se basa en sí misma y negocia constantemente sus valores, abriendo espacio a la libertad personal y también a crisis de identidad, por falta de apoyos. Se asumen valores nuevos, aportados por otros grupos sociales, y se rompen los ámbitos culturales replegados en sí mismos.

En cuanto que la religión deviene objeto de elección, más que el resultado de haber nacido y crecido en una sociedad cristiana, hay una mayor personalización y autenticidad de la opción religiosa. Pero ésta, al perder apoyos sociales y culturales, se vuelve menos estable y exige un mayor compromiso personal. El cristianismo sociológico comienza a retroceder en la medida en que sectores de la población rompen con la religión, o la asumen como referencia global, pero toman distancia respecto de las iglesias, y de las prácticas y creencias cotidianas. Se extiende un cristianismo no practicante, difuso y poco institucionalizado, y aumenta también el número de personas sin religión, en la doble línea del agnosticismo y el ateísmo. Se impone una forma de vida secular y una convivencia profana y laical, en la que los bienes simbólicos culturales compartidos ya no son religiosos. Cada vez hay más dimensiones de la vida que tienen valor y entidad por sí mismas, sin referencias religiosas.

En este contexto, la religión se refugia en el ámbito de la conciencia personal, sin que haya identificación entre ciudadanía y religiosidad. Se impone una forma de vida secular y una convivencia profana, en la que ya no es posible legislar en función de los valores religiosos. Si en la sociedad tradicional lo que es pecado no podía ser aprobado por una ley, ahora la legislación es independiente, a veces incluso contraria, a los valores cristianos. Las formas de convivencia mayoritarias en la sociedad se reflejan en las leyes, emitidas por el parlamento y sin legitimación alguna por parte de las iglesias. La pérdida de poder político por parte de la jerarquía eclesiástica forma parte de la estricta división entre la Iglesia y el Estado, y tiene consecuencias también para la legislación social. El progreso, el mercado y la democracia son los nuevos referentes que desplazan el sobrenaturalismo y la concepción cristiana de la vida, y que suscitan otros valores cívicos que regulen la vida de los ciudadanos. Esto tiene sus reflejos en las leyes, comenzando por la misma Constitución política que no alude a Dios y proclama la no confesionalidad del Estado, es decir, su laicidad.

Este es el contexto social nuevo para la misión de los laicos. El laico aparece como experto en “mundanidad” en una misión que es de todos y como una instancia a la que puede y debe aplicarse el principio de subsidiaridad. Deja de ser una figura sumisa y acrítica respecto a la jerarquía para convertirse en un compañero, a veces conflictivo y molesto para ésta, que exige un nuevo estilo de ejercer la autoridad. Se pone el acento no sólo en la capacidad jurídica del cargo sino también en la autoridad moral y en la capacidad de arrastrar desde un liderazgo cristiano asumido y expresado de forma respetuosa y franca con el laico. Desde la revalorización del derecho a la opinión pública en la Iglesia se ganan también nuevos cauces de expresión y participación laical. No es extraño que este nuevo modelo, mucho más exigente que el anterior, provoque desconcierto y rechazo en parte de la Jerarquía, inculturada en el antiguo modelo eclesiológico y con dificultades para comprender que la lealtad y la fidelidad a la Iglesia puede pasar por el conflicto y la crítica y no sólo por la aceptación incondicional literalista.

Juan A. Estrada

(Universidad de Granada)

 

Bibliografía

Juan A. Estrada, El cristianismo en una sociedad laica, Bilbao, Desclée, 2006.

 

 

 

           

 

 

 

 

 

 

                                                                                         

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El papel de los laicos en la Iglesia que es Una

http://padrefabian.com.ar/el-papel-de-los-laicos-en-la-iglesia-que-es-una/

 

Partamos de la descripción que hace el Catecismo:

“«Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica» (LG 8). Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí (cf. DS 2888), indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades.” (811)

(Para estudiar con más detalle las cuatro notas consulten el Catecismo de la Iglesia Católica, de los N° 811 al 870.)

A esos cuatro atributos (o notas) de la Iglesia la Constitución Dogmática Lumen Gentium los desarrolla en varias partes.En los números 32 y 33 se detiene especialmente a considerar el papel de los laicos en esta Iglesia considerada como “Una”. Este es un dato muy interesante para que avancemos en la comprensión de la Iglesia como una totalidad y no como la suma de dos compartimentos estancos y separados como serían el de los laicos y el del clero (tres si le sumamos el de los religiosos).

Ya vimos como esta consideración de la totalidad estaba presente en el capítulo 1 dedicado al Misterio de la Iglesia y en el 2 que habla de la Iglesia como Pueblo de Dios. Los puntos que desarrollaremos a continuación simplemente siguen esa lógica de argumentación.

Lo primero que se constata es lo que sería una aparente contradicción de la Unidad de la Iglesia: su pluralidad. En la Iglesia somos Uno pero sin perder la propia identidad con la cual fuimos llamados a participar. Esto es así desde los mismos orígenes:

“Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una admirable variedad. «Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rm 12,4-5).”(32)

Pero esta aparente pluralidad tiene como fundamento aquello que nos hace iguales, homogéneos:

“Por tanto, el Pueblo de Dios, por El elegido, es uno: «un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, de consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois “uno” en Cristo Jesús» (Ga 3,28 gr.; cf. Col 3,11).

Si bien en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han alcanzado idéntica fe por la justicia de Dios (cf. 2 P 1,1).”(32)

Unidad en la diversidad. Pero es de esa diversidad que se construye la unidad al aceptar el camino distinto que el otro tiene. Aceptación que debe ser reconociendo la obra de Dios en el otro, reconociendo, también, que su camino es una riqueza para mí y para todos.

En este marco se presenta la acción de los pastores y de los laicos. Lo que dice debe ser muy meditado por aquellos que se basan en el concilio para hacer oposiciones ficticias:

“Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo. Pues la distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad.”(32)

A los pastores nos invita a ponernos “al servicio los unos de los otros y al de los restantes fieles”. A los laicos se les recuerda que somos, ante todo, hermanos suyos:

“Los laicos, del mismo modo que por la benevolencia divina tienen como hermano a Cristo, quien, siendo Señor de todo, no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28), también tienen por hermanos a los que, constituidos en el sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo, apacientan a la familia de Dios, de tal suerte que sea cumplido por todos el nuevo mandamiento de la caridad. A cuyo propósito dice bellamente San Agustín: «Si me asusta lo que soy para ustedes, también me consuela lo que soy con ustedes. Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación»” (32).

Luego de esta introducción, diríamos así, se describe cual es el papel de los laicos en el seno de la Iglesia que es Una. A esto está dedicado todo el número 33. Primero se deja establecido que su apostolado no viene derivado de una colaboración con la jerarquía sino de su misma dignidad de bautizado/confirmado:

“Los laicos congregados en el Pueblo de Dios e integrados en el único Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados, como miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y las otorgadas por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su continua santificación.

Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado”. (33)

Pero este apostolado de los laicos tiene una característica que le viene de la índole secular de su vivencia de la fe:

“Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7).

(…)Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia.” (33)

Ya desarrollaremos más adelante lo que implica de manera concreta esto de ser testigo e instrumento de esta misión eclesial N° 34 al 36).

El concilio recuerda que, además de ser fermento de Cristo en medio del mundo, el laico también tiene la misión de colaborar en el crecimiento hacia adentro de la Iglesia:

“Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos también pueden ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía, al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Flp 4,3; Rm 16,3ss). Por lo demás, poseen aptitud de ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual.”(33)

En el punto 37 se desarrolla lo que podríamos definir como los derechos y deberes de los laicos en la Iglesia:

“Los laicos, al igual que todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y los sacramentos. Y manifiéstenles sus necesidades y sus deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia. Esto hágase, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo.

Los laicos, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el dichoso camino de la libertad de los hijos de Dios, acepten con prontitud de obediencia cristiana aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes. Ni dejen de encomendar a Dios en la oración a sus Prelados, que vigilan cuidadosamente como quienes deben rendir cuenta por nuestras almas, a fin de que hagan esto con gozo y no con gemidos (cf. Hb 13,17).

Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos. En cuanto a la justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán respetuosamente.

Son de esperar muchísimos bienes para la Iglesia de este trato familiar entre los laicos y los Pastores; así se robustece en los seglares el sentido de la propia responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores. Estos, a su vez, ayudados por la experiencia de los seglares, están en condiciones de juzgar con más precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia entera, robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.” (37)

Como podemos ver, el laico no es un elemento secundario en la vida de la Iglesia. Tiene su papel propio: ni superior ni inferior al de la jerarquía. Papel que debe ser vivido en plenitud:

“Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo. Todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Ga 5, 22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados (cf. Mt 5, 3-9). En una palabra, «lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo».” (38)

Sobre todo esto hablaremos hoy en nuestro programa de radio Concilium (FM Corazón, 104.1 de Paraná). Pueden escucharlo online desde este link. Y si se lo perdieron, está la grabación en este otro link. Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

Categorías:Laicos

El derecho de los laicos a la libertad temporal

 

EL DERECHO DE LOS LAICOS A LA LIBERTAD EN LO TEMPORAL*

 

José T. MARTÍN DE AGAR

 

http://bibliotecanonica.net/docsac/btcacf.htm

 

btcacf  [PDF]

 

I. PRESUPUESTOS FUNDAMENTALES

 

1. Santificación del mundo y misión de la Iglesia

 

2. La autonomía de lo temporal y su ordenación a Dios

 

3. Unidad de misión y diversidad de funciones

 

4. La vocación específica de los laicos y la santificación del mundo

 

II. LA LIBERTAD DE LOS LAICOS EN LO TEMPORAL COMO DERECHO FUNDAMENTAL

 

1. Naturaleza jurídica

 

2. Sujetos

 

3. Contenido y alcance específico del derecho

 

4. Límites

 

5. Realización del derecho

 

 

 

I. PRESUPUESTOS FUNDAMENTALES

 

1. Santificación del mundo y misión de la Iglesia

 

La misión de la Iglesia es la misma que Jesucristo vino a cumplir y le confió para realizarla en su nombre a lo largo de los siglos: la salvación de las almas (AA 6a; cf. LG 5). Misión que incluye, como aspecto esencial e inseparable, la restauración del orden temporal. “La obra redentora de Cristo, aunque de suyo se refiere a la salvación de los hombre, se propone también la restauración de todo el orden temporal. Por ello, la misión de la Iglesia no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino también impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico” (AA 5).

 

Esta instauración de todas las cosas en Cristo que constituye un aspecto esencial de la única misión de la iglesia[1], tiene como centro y fuente de irradiación al hombre, que es el culmen de la creación visible y principal beneficiario de la redención. De ahí que la propagación del reino de Cristo en la tierra consiste en “hacer a todos los hombres partícipes de la redención salvadora y, por medio de ellos, ordenar realmente hacia Cristo todo el universo” (AA 2a; cf. GE proemio).

 

2. La autonomía de lo temporal y su ordenación a Dios

 

Iluminar las realidades temporales con la luz del Evangelio, para ordenarlas al Creador y liberarlas del desorden introducido por el pecado, no significa sin embargo que la Iglesia, como sociedad jurídica de orden espiritual, adquiera un poder sobre esas realidades, ni se proponga la construcción de un modelo concreto de orden temporal (GS 43c). La misión de la Iglesia es exclusivamente religiosa, sobrenatural; no pretende un dominio de carácter político, económico o social (GS 11 y 42), ni “quiere mezclarse de modo alguno en el gobierno de la ciudad terrena” (AG 12c)[2].

 

El orden temporal goza de una autonomía natural respecto al orden religioso que no significa independencia del Creador. El recto orden de lo creado exige, en primer término, el respeto de sus leyes y principios peculiares, impresos por Dios en él. La restauración cristiana del orden temporal no consiste en sustituir esas leyes por otras de carácter sobrenatural, sino, conociéndolas lo mejor posible, conseguir que el dominio del hombre sobre esas realidades le sirva de medio y camino para alcanzar su propia perfección y no lo aparte de ella (GS 35, 36).

 

Al igual que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la sana y eleva, la santificiación de las realidades creadas requiere el respeto de su legítima autonomía, de su verdad y bien propios, que el hombre va conociendo progresivamente, y el uso adecuado de esas realidades según el designio de su Autor.

 

Además, las cosas temporales adquieren también una dimensión moral en cuanto se relacionan con el hombre, con su fin temporal y eterno. En esta dimensión encuentran ellas a su vez su más alta dignidad (AA 7b). Precisamente sobre estos aspectos morales de lo temporal se proyecta la acción de la Iglesia para elevarlo al plano sobrenatural: “las Bienaventuranzas permiten situar el orden temporal en función de un orden trascendente que, sin quitarle su propia consistencia, le confiere su verdadera medida”[3].

 

3. Unidad de misión y diversidad de funciones

 

La acción de la Iglesia en relación a las cosas terrenas participa, en el modo de llevarse a cabo, de la estructuración fundamental de la Iglesia, que resume el n. 2 del Decreto Apostolicam actuositatem: “hay en la Iglesia diversidad de ministerios pero unidad de misión”; todos los miembros cooperan igualmente, en cuanto fieles, a su consecución, pero cada uno según su propia condición[4].

 

Esta participación constituye el aspecto dinámico de la común vocación cristiana a la santidad y al apostolado (AA 2a y 7d). En efecto, como enseña la Constitución dogmática Lumen gentium (40 b): “perspicuum est, omnes fideles cuiuscumque status vel ordinis ad vitae christianae plenitudinem et caritatis perfectionem vocari, qua sanctitate, in societate quoque terrena, humanior vivendi modus promovetur”.

 

Pero la unidad de misión y diversidad de funciones que caracterizan la constitución social del Pueblo de Dios, tienen respecto de las relaciones Iglesia-mundo una proyección peculiar. Las raíces teológicas son ciertamente las mismas, la fe y los sacramentos (LG 11), pero las consecuencias jurídicas son distintas.

 

En el ámbito de la Iglesia como sociedad jurídicamente organizada, el sacramento del orden, al configurar a quienes lo reciben con Cristo Cabeza, constituye la jerarquía, a la que corresponde junto a la dispensación de los misterios divinos (cf. I Cor IV, 1) la potestad de régimen, en virtud de la cual gobierna con poder jurídico a los demás fieles, en todo lo que concierne a la vida y a la misión de la Iglesia (los negotia ecclesiastica).

 

En esta perspectiva, a los fieles -laicos o no- les corresponde también la posición fundamental de súbditos, posición que no se identifica ni se agota en el hecho de ser meros sujetos pasivos de la actividad ministerial de la jerarquía. La participación en el sacerdocio común que todos han recibido por el bautismo, les confiere derechos, facultades, funciones activas, peculiares y propias en la vida litúrgica, sacramental y apostólica de la Iglesia (LG 10-12) [5]; pero la ordenación de esas materias corresponde a los pastores (LG 27)[6].

 

En la edificación de la ciudad terrena las posiciones jurídicas que derivan de la mutua ordenación sacerdocio común-sacerdocio ministerial son diferentes[7].

 

La misión de la jerarquía no comporta una competencia jurídica para dirigir o coordinar la actividad de los laicos, sino que se extiende a “manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el orden de las realidades temporales”. Mientras que a los laicos “les incumbe tamquam proprius munus instaurar el orden temporal y actuar de forma concreta y directa en dicho orden, guiados por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad” (AA 7d y e).

 

A lo largo de este trabajo nos hemos de detener sobre estas diversas funciones de la jerarquía y de los laicos respecto al mundo. De la relación que se da entre ambas surgen derechos y deberes relativos, entre los que se encuentra la libertad en asuntos temporales: derecho que resume la posición del laico -en cuanto tal- en la sociedad eclesiástica, señala la línea de frontera entre los ordenamientos canónico y civil y punto clave para una renovada visión canónica de la misión de la Iglesia en el mundo.

 

4. La vocación específica de los laicos y la santificación del mundo

 

Al hablar de la vocación específica de los laicos se ha puesto repetidamente de relieve la necesidad de entenderla sobre la base común de su previa condición de fieles cristianos. Esta capital observación, desde un plano puramente teórico, puede hacerse con igual validez respecto de los clérigos y de los religiosos[8], pero tiene mayor significado respecto de los laicos por el hecho de que esta condición no se adquiere por un acto específico concreto distinto del bautismo, que constituye en fieles cristianos a quienes lo reciben. Tiene, a la vez, la intención de resaltar que la condición laical es un modo específico de encarnar y cumplir la común dignidad y vocación cristiana, con un contenido propio, dentro de la única e igual condición de fiel. Es decir, la vocación laical se construye, sobre la base de la unidad de vocación y misión cristianas, en virtud del principio de variedad de ministerios, que vige en la Iglesia (LG 18).

 

Concretamente, la vocación de los laicos se determina por dos coordenadas fundamentales: a) su condición de fieles iguales a los demás en la dignidad y responsabilidad de miembros del Pueblo de Dios; b) su secularidad, es decir, el hecho de vivir y desenvolverse en las circunstancias y situaciones que derivan de su presencia en el mundo, de su condición de ciudadanos.

 

Son estos los parámetros que conjuga el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen gentium (n. 31), al dar la conocida descripción funcional de laico[9].

 

En un primer momento los define comparativamente, como fieles (con todas las características de esta condición) que no han recibido el orden sagrado ni asumido el estado religioso, para añadir luego lo que constituye su característica específica positiva, de la que deriva su vocación: “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde.

 

Laicis indoles saecularis propria et peculiaris est (…) A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condicones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento”. A ellos -los laicos- “peculiari modo spectat iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se relicen y progresen conforme a Cristo” (ibid.), les incumbe “como función propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden” (AA 7d)[10].

 

De esta definición conciliar de la condición y misión de los laicos se deducen variadas consecuencias, algunas de las cuales hacen referencia a nuestro tema y le sirven de fundamento.

 

En primer lugar es importante observar que la misión eclesial específica de los laicos no consiste en ocuparse de las realidades temporales, sino en santificarlas ordenándolas según la voluntad divina[11].

 

La secularidad es una característica extraeclesial, no se adquiere canónicamente. El título por el que un cristiano actúa en el orden temporal no es el bautismo, sino su condición de hombre, miembro de la sociedad[12].

 

El laico es el fiel que vive dedicado a los asuntos temporales, en relación a los cuales debe ejercitar la participación en el sacerdocio de Cristo recibida por el bautismo. Como ciudadano debe gestionar las cosas de la ciudad terrena, como fiel cristiano está llamado -por vocación propia, sin que necesite otro título- a realizar esa gestión según el querer de Dios, que incluye desde luego el respeto de los valores y leyes propios del orden temporal, como medio necesario para su elevación sobrenatural (GS 43b, AA 7e).

 

De aquí se deduce que la misión de los laicos en el orden temporal es la parte que a ellos toca en la misión única de la Iglesia, pero no es una misión jerárquica, ni de representación de la Iglesia, ni da origen a un estado de vida canónico[13].

 

Sería un error traducir canónicamente la doctrina del Vaticano II sobre los laicos en el sentido de constituirlos en un estamento eclesiástico[14].

 

No puede extrañar por tanto que las normas codiciales relativas a los laicos continúen siendo pocas en comparación con los clérigos y religiosos, y muchas veces contengan sólo preceptos morales o exhortaciones, porque los laicos no son personas eclesiásticas. Su vida no es canónica, ni su misión es eclesiástica sino eclesial.

 

Estas características de la condición laical determinan las bases de su específico estatuto jurídico-canónico, que, como dice Viladrich, “constitutye una modalidad jurídica de la condición común de fiel;… sus concretos derechos y deberes, que constituyen el estatuto laical, más que fruto de una consideración autónoma del laicado, son matizaciones que la nota de secularidad y el principio de autonomía de lo temporal producen en los derechos fundamentales del fiel”[15].

 

Articulados en torno a estas bases se deducen los derechos y deberes propios de los laicos, entre ellos el de libertad en asuntos temporales, que está relacionado con los demás, cuyos perfiles jurídicos pueden deducirse a partir de la definición de laico estudiada.

 

Al ocuparse de las cosas temporales para elevarlas a Dios, los fieles laicos ejercitan la participación en los munera Christi que han recibido. No es esta una ocupación secundaria, que haya de subordinarse a las funciones y ministerios que los laicos pueden desempeñar en y para la Iglesia, sino su propia misión en la Iglesia y en el mundo (cf. AA 5a), pues en su condición de fieles y de ciudadanos están llamados a armonizar -sin confundirlos- el orden espiritual y el temporal. La promoción del laicado consiste principalmente en fomentar el pleno cumplimiento de su misión eclesial, no en buscar para los laicos un quehacer eclesiástico que les vincule a la organización de la Iglesia asimilándolos a los clérigos[16].

 

En la correcta inteligencia de los distintos aspectos de la vocación de los laicos, se sitúa el punto de partida de una adecuada atención pastoral, que les impulse a asumirla con plenitud. El problema está claramente planteado en los lineamenta preparatorios del próximo Sínodo de Obispos, cuando se detecta que «in determinate situazioni presenti in alcune chiese locali si registra una tendenza a ridurre l’attività apostolica (de los laicos) ai soli “ministeri ecclesiali” e ad interpretarli secondo una “imagine clericale”. E ciò può comportare il pericolo di una qualche confusione nei giusti rapporti, che devono intercorrere tra il clero e il laicato nella Chiesa, e di un impoverimento della misione salvifica della Chiesa stessa, chiamata com’è -in modo specifico attraverso i laici- ad attuarsi “nel” e “per” il mondo delle realtà temporali e terrene». Y continúa citando la Exhortación Apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi (n. 70): “Il loro (dei laici) compito primario e inmediato non è l’istituzione e lo sviluppo della comunità ecclesiale -che è ruolo specifico dei Pastori- ma è la messa in atto di tutte le possibilità cristiane ed evangeliche nascoste, ma già presenti e operanti nelle realtà del mondo”[17].

 

De estas consideraciones arranca el derecho a la libertad en lo terreno. Siendo la instauración cristiana del orden creado misión propia de los laicos -no recibida de la jerarquía-, el ministerio concreto en el que deben realizar su vocación cristiana, y gozando las realidades temporales de una legítima autonomía de principios, valores, leyes y métodos, es lógico que quienes viven esas realidades tengan, de una parte el deber de conocerlas y respetar su orden propio y, a la vez, el correspondiente derecho de libertad para orientarse en ese campo según sus propias opiniones y experiencias, con el criterio de su conciencia cristiana (GS 43b, AA 5), libertad que han de respetar los pastores (LG 37c, PO 9b).

 

Las consecuencias de cuanto llevamos dicho, fundándonos sobre todo en los textos del Concilio, son de muy diversa naturaleza: teológicas, pastorales, ascéticas, etc. Nosotros hemos de ceñirnos sobre todo al propósito de desarrollar la autonomía temporal de los laicos en el derecho canónico (c. 227), que aunque tiene, por así decir, carácter instrumental respecto a otros derechos y deberes de mayor calado sustantivo[18], adquiere cualidad de principio ordenador en relación a la recta realización de éstos.

 

Sólo un cabal entendimiento de la autonomía de los laicos en la vida secular, permitirá orientar adecuadamente los esfuerzos pastorales para impulsarlos a cumplir su misión y sostenerles en ella. Lo contrario podría tal vez presentar el atractivo aparente de la actuación social unitaria, compacta y dirigida, pero sería injusto para la Iglesia y para los fieles y, además, ineficaz.

 

II. LA LIBERTAD DE LOS LAICOS EN LO TEMPORAL COMO DERECHO FUNDAMENTAL

 

A la hora de analizar los elementos que configuran la libertad en asuntos temporales como derecho integrante del estatuto canónico de los laicos, nos parece asaz sugestiva la síntesis que hace Hervada: “La posición jurídica del laico ante la sociedad eclesiática y la sociedad civil está configurada por dos derechos fundamentales: el derecho de libertad religiosa ante la sociedad civil, y el derecho de libertad en materias temporales ante la sociedad eclesiástica. En materias religiosas el Estado es incompetente, y en materias temporales lo es la Iglesia”[19].

 

Esta simetría entre libertad religiosa y libertad temporal señala los trazos maestros de unas relaciones entre orden espitirual y orden temporal que tienen su centro en la persona. Al mismo tiempo nos puede ser muy útil metodológicamente para construir la figura jurídica de la libertad en lo temporal. En efecto, el c. 227 ofrece los elementos fundamentales, en una síntesis del magisterio conciliar[20], pero el desarrollo y consecuencias de este derecho lo podremos tomar, en buena medida, del tratamiento -no exento de precisas referencias jurídicas- que hace la Declaración Dignitatis humanae de la libertad religiosa civil.

 

1. Naturaleza jurídica

 

La libertad en los asuntos temporales es un derecho fundamental de los llamados derechos de libertad, cuyo contenido jurídico se expresa radicalmente en términos negativos, como inmunidad de coacción. Una esfera de actuación dentro de la que no puede ser impuesta al fiel un conducta determinada, porque pertenece a su condición de ciudadano[21].

 

Esta libertad fundamental es configurada en el c. 227 como un derecho subjetivo erga omnes, lo que implica primariamente el correspondiente deber de la jerarquía y de los demás fieles de respetarla.

 

Se trata de un derecho originario, nativo, que no está fundado en una concesión de la ley por causas coyunturales o de conveniencia táctica, sino que protege un bien que está por encima de consideraciones de ese tipo, por eso, como bien expresa el tenor del canon, ha de ser reconocido[22].

 

Como hemos visto, el fundamento de este derecho está en la legítima autonomía de las cosas terrenas, respecto de la sociedad eclesiástica, que responde al querer divino. Y en la nota de secularidad que caracteriza a los laicos, que significa tanto como el reconocimiento de que su condición ciudadana constituye la base y como la materia de su peculiar modo de vivir la común vocación de cristianos[23].

 

Por eso el c. 227, al señalar la extensión de esta libertad, determina con precisión que es ea quae omnibus civibus competit, ya que los laicos son ciudadanos iguales a los demás y su condición de fieles católicos no mediatiza ni restringe en absoluto aquella ciudadanía, al contrario, les obliga a asumirla plenamente. Y, para esto, la Iglesia les proporciona la asistencia pastoral adecuada.

 

Con esas palabras quae omnibus civibus competit, se está poniendo de manifiesto: a) que esta libertad tiene como titular la persona -el cives-, sea o no fiel; b) que este derecho de la persona no viene a menos porque ésta sea, además, fiel -miembro de la Iglesia-. Es decir: se trata de un derecho de la persona, que ha de ser reconocido en la sociedad eclesiástica[24].

 

Nos encontramos ante un derecho de libertad que surge en el ámbito canónico, del que los fieles gozan en el fuero eclesiástico, cuyo ejercicio debe ser regulado y garantizado por la autoridad de la Iglesia dentro del bien común (c. 223 §2).

 

2. Sujetos

 

La autonomía temporal, al constituirse como derecho público fundamental engendra situaciones jurídicas subjetivas, activas y pasivas, que afectan de alguna manera a cuantos forman parte de la Iglesia como sociedad organizada, puesto que define la situación característica del laico entre los demás fieles y ante quienes ejercen funciones públicas. Se hace necesario pues, al estudiar los sujetos, distinguir las diversas situaciones.

 

a) Titulares del derecho de libertad en lo temporal.

 

El c. 227 está incluido sistemáticamente en el conjunto de cánones que constituyen el estatuto jurídico de los laicos, su mismo texto se refiere explícitamente a esta clase de fieles. Esta delimitación subjetiva del derecho corresponde directamente a la situación normal de los distintos grupos de fieles, tal como se describe en el n. 31 de la Const. Lumen gentium[25].

 

En efecto, todos los cristianos participan en la misión apostólica de la Iglesia en el mundo y, dentro de esa misión, a los laicos les incumbe “como función propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden” (AA 7d).

 

Precisamente porque esa instauración del orden terreno debe llevarse a cabo “de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana y se mantenga adaptado a las variadas circunstancias de lugar, tiempo y nación” (ibid.), es por lo que les corresponde específicamente el uso de la legítima autonomía de los asuntos terrenos, que incluye el deber de guiarse por su conciencia cristiana (AA 5). Hay que advertir que los laicos gozan de esta libertad por su condición secular, no porque sean portadores de una misión pública eclesiástica -ya hemos visto que no lo es-, sino como personas privadas, cuya actuación no puede nunca atribuirse a la Iglesia, sino a ellos.

 

Los laicos gozan de esta libertad tanto individualmente como cuando unidos a otros, tratan de afrontar conjuntamente los problemas de la sociedad civil (profesionales, familiares, económicos, culturales, políticos etc.) y darles una respuesta conforme al espíritu cristiano (GS 43b). El ejercicio colectivo de la libertad temporal engendra consecuencias interesantes, de que habremos de ocuparnos de propósito más adelante, al hablar del derecho de iniciativa[26].

 

b) Sujetos pasivos: la jerarquía y los demás fieles

 

El derecho a la libertad en lo temporal es un derecho público subjetivo erga omnes, cualquier otro sujeto de la sociedad eclesiástica está obligado a respetarlo.

 

Este respeto implica, primariamente, abstención de todo aquello que pudiera lesionarlo o menoscabarlo. Pero en un momento posterior la obligación de respetarlo exige además actuaciones positivas, que son diferentes según se trate de los poderes públicos -la jerarquía- o de los demás fieles.

 

Como portadora de las funciones públicas de la Iglesia, la jerarquía encuentra en el respeto a la libertad temporal de los laicos un límite preciso a su propia competencia jurídica: la necesidad de abstenerse de intervenir directamente en esa esfera de libertad que delimita el derecho. La inmunidad de coacción en que consiste determina, en primer lugar, un ámbito de incompetencia de la jerarquía, un espacio al que no alcanza el ministerio pastoral, dentro del cual no caben mandatos ni magisterio.

 

Como ha escrito Lombardía “Esto lleva consigo unos deberes negativos, de omisión, que pesan sobre la jerarquía y sobre cuantos con ella cooperan -incluidos los laicos que actúen con mandato jerárquico-, de no incluir en el ejercicio de la misión de regir o enseñar a los fieles cuestiones de índole temporal; es decir, decisiones políticas, sociales, económicas o técnicas u opiniones o conclusiones que sean fruto del cultivo de saberes o de aplicación de métodos que deban considerarse profanos”[27].

 

En varios lugares de los documentos conciliares aparecen expresados claramente estos límites a la función de los Pastores, quizá el más expresivo sean estas palabras de la Constitución Gaudium et spes (43b): “De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poder dar inmediatamente solución concreta a todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es esta su misión: asuman más bien los laicos su propia función ilustrados con la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio”.

 

Este límite no es sino consecuencia de un adecuada comprensión de la misión exclusivamente religiosa de la Iglesia, y de su misma independencia respecto de las concretas formas de afrontar y resolver los problemas de la ciudad terrena, que exige que la Iglesia se presente ante esos problemassólo como Iglesia, portadora de un mensaje trascendente del que derivan luz y fuerza para la recta construcción de la vida social, pero que no incluye un modelo social específico ni unas respuestas concretas a aquellos problemas (GS 42).

 

La Iglesia, como dice Viladrich “no es el nuevo orden temporal, ni siquiera el nuevo orden moral de lo temporal”[28], porque la dimensión moral es intrínseca a las cosas creadas y su respeto obliga a todo hombre. La Iglesia conoce y enseña con certeza esas exigencias morales, a la luz de la Revelación, pero no las constituye.

 

Esta incompetencia postula en primer término el deber de abstenerse de toda acción que coarte la libertad de los fieles en sus opciones temporales. Concretamente, y sin ánimo exhaustivo, pueden señalarse las siguientes exigencias:

 

a) No tratar de imponer opciones temporales concretas (ideológicas, económicas, políticas, profesionales, etc.);

 

b) ni siquiera emitir opiniones sobre esas materias libres, pues los fieles podrían confundir esos pronunciamientos con actos de magisterio y sentirse vinculados por ellos: la iglesia no posee un programa o proyecto propio en esas materias[29];

 

c) que la jerarquía no se presente como representante de los ciudadanos católicos en asuntos temporales, ni trate de utilizar el peso social de éstos para influir en el gobierno de comunidad política;

 

d) no hacer acepción de personas en la Iglesia en razón de sus ideas en asuntos terrenos, que sería discriminatorio.

 

Pero junto a este deber primario de abstención, como consecuencia, aparecen también exigencias de actuación positiva, que pueden resumirse diciendo que a la jerarquía corresponde promover y garantizar la verdadera libertad temporal de los fieles, y esto tanto en el ámbito interno de la sociedad eclesiástica como en las relaciones institucionales que, como sociedad jurídica, mantiene la Iglesia con la comunidad civil.

 

Internamente corresponde a la autoridad eclesiástica delimitar el contenido material y alcance de este derecho, promoverlo y otorgarle la protección jurídica conveniente de modo que sea efectivo. Lo cual, en definitiva, corresponde a la misión esencial de los pastores: formar con sus enseñanzas las conciencias de los fieles y sostener su acción apostólica con los auxilios espirituales; y también tutelar jurídicamente, en el seno de la comunidad eclesial, la libertad de los cristianos.

 

Externamente hemos afirmado que la Iglesia no representa a los ciudadanos católicos en asuntos temporales, pero si los representa (y esta representación compete a la jerarquía) en cuanto sujeto colectivo del derecho civil de libertad religiosa[30].

 

Desde esta perspectiva la afirmación inicial del c. 227 de que los “laicos tienen derecho a que se les reconozca, en los asuntos de la ciudad terrena, la misma libertad que a todos los demás ciudadanos”, adquiere también un significado de Derecho Público Externo, en cuanto la condición de católico no puede ser origen de restricciones o discrimen -ni tampoco de privilegios- en la sociedad civil[31].

 

Los católicos tienen el mismo derecho que los demás ciudadanos a que no se les impongan obligaciones civiles contra su conciencia ni se les impida actuar conforme a ella, dentro del respeto al orden público.

 

En resumen: toca también a la jerarquía eclesiástica procurar que sea respetada la libertad religiosa de los cristianos, como parte muy principal de la libertas Ecclesiae. Lo cual implica que al tratar de establecer el estatuto jurídico civil de la Iglesia ante un determinado Estado o comunidad política, se entienda por Iglesia (y por misión de la Iglesia) no sólo la jerarquía, ni sólo las entidades jurídicas canónicas (públicas o privadas), sino también todos los fieles laicos, en cuanto su actuación como ciudadanos constituye, al mismo tiempo, inseparablemente, su modo propio de realizar su vocación de cristianos y de cooperar en la misión de la Iglesia. Cualquier traba, discrimen o restricción a su condición civil, que tenga por causa la fe que profesan o la finalidad de impedir que la practiquen, es -además de una lesión a un derecho de la persona- un obstáculo a la misión de la Iglesia[32].

 

Estos nuevos horizontes en las relaciones Iglesia-Estado, que aporta la comprensión de la común participación de todos los fieles en la misión de la Iglesia, de la principal función que en esas relaciones corresponde a los laicos, de la libertad religiosa, tendrá sin duda manifestaciones jurídicas en el Derecho Público Externo. De hecho los más modernos concordatos -en el sentido amplio del término-[33]

 

reflejan ya esta apertura cuando no se limitan a asegurar en sus claúsulas la autonomía jurisdiccional de la Iglesia sino, ante todo, el ejercicio libre de las actividades que exige su misión apostólica, entre las que, desde luego,se encuentra el ministerio jerárquico, pero también las iniciativas de los católicos en el uso de sus derechos civiles[34], a través del cual tratarán de construir una sociedad cristiana[35].

 

Un ejemplo de esta sensibilidad constituyen también los cc. 793 y 796-799, que concretan un aspecto eclesial del derecho natural de los padres sobre la educación de sus hijos (c. 226 §2). En efecto, el CIC de 1917 solamente reivindicaba los derechos de la Iglesia-institución (CIC 17 c. 1375); ahora estos mismos derechos se reclaman también, en primer lugar, para los padres, como un derecho civil suyo.

 

Mas el deber de respetar la libertad temporal de los laicos no incumbe sólo a los Pastores, sino a todos los fieles individualmente o en grupo. El Concilio ha sido claro al respecto[36]

 

y la insistencia del magisterio se ha reflejado en el derecho canónico positivo: el c. 227 termina, en efecto, advirtiendo que nadie puede “proponer como doctrina de la Iglesia su propia opción en materias opinables”[37].

 

En efecto, si antes hemos visto que los Pastores no representan en lo temporal a los ciudadanos católicos, más motivo hay para que ningún otro fiel trate de aprovechar la unidad de la Iglesia en materias de fe y moral o de régimen, para extenderla a las cosas opinables, pretendiendo presentar sus propias opiniones terrenas como las soluciones católicas[38].

 

De aqui deriva que tampoco puede ningún fiel o grupo de fieles monopolizar determinadas actividades temporales (políticas, familiares, culturales, etc.) pretendiendo que la jerarquía le atribuya la exclusiva sobre ellas. Ni siquiera es lícito al católico pretender que la jerarquía “bendiga” sus posiciones particulares, en los aspecto técnicos o prudenciales, puede sí -y deberá en algunos casos- pedir consejo o juicio a los pastores sobre la moralidad de dichas posturas, para poder decidir personal y responsablemente con mayor certeza de conciencia.

 

3. Contenido y alcance específico del derecho

 

Ya hemos visto que la libertad en lo temporal se configura como inmunidad de coacción, pero que este primario aspecto negativo se refiere a unas determinadas conductas positivas de los fieles, en las que la autoridad no debe intervenir para impedirlas o tratar de dirigirlas. Lo mismo que de la libertad religiosa surgen o derivan otros derechos que constituyen su contenido positivo (creencias, culto, apostolado, observancia, asociación, bienes, etc.), del derecho a la libertad en asuntos temporales se pueden también extraer muy variadas consecuencias positivas. En concreto me parece importante resaltar:

 

a) El derecho a mantener libremente cualquier opinión temporal que no sea contraria a la fe ni a la moral cristianas, a comunicarla, difundirla y actuar conforma a ella, y a cambiar de opciones temporales, de acuerdo con la propia conciencia. Sin que puedan ser impuestos canónicamente determinadas actitudes o modelos de actuación.

 

b) El derecho de iniciativa, esto es, la facultad de unirse a otros ciudadanos (católicos o no) para llevar a cabo las propias ideas sobre la sociedad, creando instituciones o asociaciones civiles a tal fin. Esto implica negtivamente que no se puede impedir o limitar al fiel el ejercicio de sus derechos de ciudadano, ni encuadrarle en determinados grupos o entes confesionales contra su voluntad.

 

a) La especificidad de lo temporal.

 

Pero más que intentar extraer una relación exhaustiva de los contenidos jurídico-positivos de la libertad en lo temporal, (cosa por demás imposible), estimo que es imprescindible, para entender el alcance de este derecho, el reconocer la especificidad jurídica de la materia sobre la que versa: los asuntos temporales, la edificación de la ciudad terrena, materias que, en sí mismas, no están confiadas a la Iglesia, que constituyen losnegotia saecularia que se definen precisamente por contraste con los negotia ecclesiastica. Esto es: que las materias sobre las que se realizan los aspectos positivos de la libertad en lo temporal, son materias que pertenecen al campo civil y se gobiernan por el derecho propio de ese ámbito[39].

 

La esfera de autonomía jurídica, que esencialmente constituye el derecho, señala el límite del derecho canónico: lo que ocurre dentro de esa esfera es, por naturaleza, civil. La secularidad que caracteriza a los laicos es la secularidad de los asuntos y problemas en los que están inmersos. Una secularidad que no se puede ‘organizar’ desde la Iglesia, que no consiente una ‘canonización’ porque dejaría de ser tal.

 

A la Iglesia le interesa y compete que los fieles laicos gocen de la justa libertad en lo temporal y de la libertad religiosa civil, precisamente como condición para que puedan desplegar con toda eficacia su vocación de ser sal, luz y fermento en la sociedad, unidos a los demás[40].

 

No es coincidencia que el redescubrimiento y potenciación del papel que corresponde a los laicos en la misión de la Iglesia, haya dado origen a una correlativa precisación y formalización canónica de esta libertad en cuestiones temporales.

 

Pero una vez delimitada canónicamente esa esfera de autonomía, a la Iglesia -al derecho canónico- no le interesa ni compete lo que suceda dentro de ella: las múltiples posibilidades concretas que caben; eso es objeto del derecho civil.

 

Lo mismo que el Estado, al promover la libertad religiosa, no puede pretender organizar ni dirigir las prácticas inherentes a esa libertad, sino que debe limitarse a garantizar un espacio de autonomía, dentro del cual es incompetente, la Iglesia, al promover la libertad temporal, no trata de “organizarla” creando unos cauces canónicos para el ejercicio del pluralismo terreno, sino que se limita a proclamar que no intervendrá en esas materias, porque no son eclesiásticas sino seculares, civiles: “la gestión política y económica de la sociedad no entra directamente en su misión”[41].

 

Este es, a mi entender, el contenido específico del derecho a la libertad en lo temporal. Un contenido esencialmente formal: la Iglesia que reconoce que la realización del orden temporal, en sí mismo, como orden de lo creado, no pertenece a su misión religiosa y que, por tanto, la condición de fiel no implica unos compromisos concretos (una opción) en cuanto al modo de comportarse en ese orden. Cualquier conducta que un cristiano adopte en esas materias es legítima, siempre que sea compatible con la fe y la moral cristianas y esté asumida con rectitud de conciencia.

 

b) Distinción de órdenes y de derechos y deberes en cada uno.

 

El reconocimiento de esta especificidad de lo temporal es lo que reclama también el Concilio cuando, en varios momentos, recuerda a los laicos que “aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana” (LG 36d) y “entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos, de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan en nombre de la Iglesia, en unión con sus pastores” (GS 76a); añadiendo siempre que tales distingos no significan en absoluto separación, pues los fieles “en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios” (LG 36d)[42].

 

Los fieles laicos poseen un patrimonio jurídico integrado por sus derechos en cuanto ciudadanos y en cuanto fieles. Los ámbitos en los que surgen, se realizan y deben ser protegidos esos derechos son diferentes y marcan la distinción entre los órdenes jurídicos canónico y civil. La libertad en lo temporal del c. 227 significa, en este contexto, que en el ejercicio de sus derechos civiles el laico no está determinado o comprometido por su condicón de súbdito de la Iglesia, que no corresponde al derecho canónico regular para los católicos el ejercicio de esos derechos civiles, ni -como hemos dicho- la Iglesia puede asumir la representación o la responsabilidad de los fieles ante la sociedad política en esas materias.

 

Pero también significa que no puede transferirse la condición que se goza en un orden al otro. De una parte “el cristiano -dice Viladrich-, en cuanto miembro de la Iglesia o de sus instituciones apostólicas, no puede pretender realizar en ellas aquellas actividades que le corresponden como ciudadano de la comunidad política, ni puede intentar servirse de la Iglesia o de sus instituciones apostólicas para el cumplimiento de aquellos objetivos que el cristiano ha asumido en cuanto miembro del orden temporal y de la sociedad política”[43].

 

De otro lado, el laico no puede valerse de su condición de tal ante la sociedad civil, es ese un título de orden eclesial. En el ámbito secular el laico es igual que los demás hombres: su condición eclesial no le priva de los derechos ni le excusa de los deberes comunes a todos los ciudadanos.

 

La libertad en lo temporal es un derecho del laico, que, como hemos dicho, surge en el ámbito canónico y en él debe ser respetada, pero no es un derecho civil, ni puede confundirse con la libertad de todo ciudadano -católico o no- en la comunidad política[44].

 

c) Lo eclesiástico, lo católico, lo canónico, lo eclesial, lo civil.

 

Esta distinción de ámbitos jurídicos -que es reflejo de la distinción entre el plano espiritual y el temporal y entre los órdenes sociales que se generan en uno y otro- puede resultar menos clara cuando se trata de materias o actividades que encuentran cauce para su desarrollo en uno y otro orden.

 

Efectivamente hay actividades seculares en sí mismas que, sin embargo, pueden ser realizadas por causa de religión, por ejemplo educativas, asistenciales, de prensa, culturales, etc[45].

 

A la Iglesia (jerarquía o fieles en cuanto tales) le interesa promoverlas, sobre todo en determinados países y circunstancias, como medios auxiliares para el mejor cumplimiento de su misión.

 

En el seno de la sociedad eclesiástica está reconocido a los fieles el derecho de asociación y de iniciativa (cc. 215, 216), en el ejercicio de los cuales, éstos pueden promover y dirigir actividades congruentes con la misión de la Iglesia (cc. 114, 298).

 

Según su distinta relación con el ministerio jerárquico y el modo de llevar a cabo sus fines, esas empresas podrán calificarse de públicas, privadas, jerárquicas, católicas, religiosas, seculares, etc. Pero, sin que estos títulos sean excluyentes entre sí ni sea necesario analizar aquí el contenido de cada uno, un factor los alcanza a todos: el canónico. Son obras que nacen y se desarrollan dentro del derecho de la Iglesia, en el cual encuentran fundamento positivo su existencia, las normas que los rigen y su mayor o menor dependencia de la autoridad eclesiástica. Su estatuto jurídico-civil se determina precisamente en base a su condición canónica (allí donde ésta es reconocida) o (en otros lugares) a su naturaleza y fines específicamente religiosos.

 

Pues bien, el derecho -canónico- a la autonomía en lo temporal es algo distinto. Mientras señala los límites entre los dos órdenes, está llamado a desplegar su eficacia positiva en el ámbito civil, en cuanto reconoce la autonomía de las opciones y actividades de los laicos como ciudadanos de la comunidad política. En la base de este reconocimiento está el respeto por el carácter propio -civil- de esas actuaciones.

 

El derecho civil de libertad religiosa exige que el Estado respete la autonomía de los ciudadanos en sus activiades de carácter religioso y dé cauce para el ejercicio -individual y colectivo- de estas actividades, respetando su naturaleza específica, sin intentar politizarlas, dirigirlas o de algún modo ponerlas a su servicio, porque no es competente en esa materia (salvo el orden público). De manera correspondiente, la libertad en lo temporal requiere que la jerarquía reconozca el carácter secular y la completa autonomía de las iniciativas que los laicos, en cuanto ciudadanos, emprenden en el ámbito de la sociedad civil, sin tratar de convertirlas en “asuntos eclesiásticos” o clericalizarlas directa ni indirectamente.

 

El carácter secular específico de esas iniciativas no se pierde por el hecho de que quienes las promuevan, o colaboren en ellas, sean católicos empeñados en llevarlas a cabo según el espíritu del Evangelio. Esas actividades no se convierten en católicas ni canónicas porque quienes las dirijan sean católicos ni porque -como consecuencia- tengan una inspiración cristiana y una motivación apostólica. Son fruto del ejercicio del derecho civil de iniciativa social que corresponde a todo ciudadano.

 

Esta distinción entre los dos campos jurídicos, en los que pueden los laicos ejercitar el apostolado y la iniciativa, está recogida en el n. 24 del Decreto Apostolicam actuositatem donde, tras describir distintas posibilidades de obras apostólicas que surgen en el ámbito canónico (y la relación de cada una de ellas con la jerarquía), termina refiriéndose a las iniciativas de carácter exclusivamente civil: “en lo que atañe a obras e instituciones del orden temporal, la función de la Jerarquía eclesiástica es enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que deben observarse en las cosas temporales; tiene también el derecho de juzgar, tras madura consideración y con ayuda de peritos, acerca de la conformidad de tales obras e instituciones con los principios morales, y dictaminar sobre cuanto sea necesario para salvaguardar y promover los bienes de orden sobrenatural”.

 

Por tanto estas iniciativas guardan con la jerarquía eclesiástica la misma relación que el orden temporal en el que nacen, o sea, la que deriva del hecho de que los laicos deben guiarse en los aspectos morales de ese orden según las enseñanzas del magisterio: no existe una dependencia jurídica, porque esas iniciativas no son oficial ni oficiosamente católicas[46].

 

4. Límites

 

El c. 227, al reconocer la libertad temporal de los laicos advierte que estos han de cuidar “ut suae actiones spiritu evangelico imbuantur, et ad doctrinam attendant ab Ecclesiae magisterio propositam”. Se trata de una libertad basada en la verdad.

 

Efectivamente la autonomía de las realidades temporales no significa desconexión o independencia respecto del Creador, además estas realidades en cuanto se relacionan con el hombre -con su fin- adquieren una dimensión moral que constituye su mayor dignidad (AA 7b). El magisterio sobre estos aspectos éticos de lo temporal constituye el fundamento de la distinción entre situaciónes jurídicas de libertad y de sujeción de los cristianos.

 

La Iglesia “columna y fundamento de la verdad” (I Tim III, 15), en cuanto tiene confiada la custodia y enseñanza de la Revelación, conoce y enseña la verdad sobre el hombre y sobre la sociedad en lo que atañe a la salvación, es decir: la ley divina (natural y positiva) sobre los asuntos temporales.

 

De estas leyes morales, aplicadas a las condiciones de vida de cada época, se deducen los principios fundamentales que deben inspirar la sociedad civil en su organización. El magisterio de fe y costumbres sobre estos principios es lo que se llama doctrina social de la Iglesia. Se trata de un magisterio que se construye sobre dos componentes diversas, que le dan una características propias y peculiares. Un primer elemento es, como acabamos de decir, la ley divina sobre la dimensión social del hombre, que es inmutable y universal, como inmutable y universal es la naturaleza humana y su dimensión social.

 

El segundo componente son las circunstancias históricas concretas a las que ha de aplicarse esa ley, los signos de los tiempos (cf. GS 63e), que hacen aparecer problemas nuevos a los que hay que dar solución de acuerdo con aquella ley perenne. De todo esto se deduce que la doctrina social de la Iglesia debe ser estudiada y comprendida siempre en relación con los problemas concretos que pretende iluminar.

 

Precisamente por esto no se le puede pedir que anticipe respuestas siempre válidas y actuales[47]. La Iglesia permanece atenta a los signos de los tiempos, pero ella misma está inserta en la historia y no la dirige (GS 11 y 40).

 

Si se pone todo esto en relación con cuanto hemos afirmado antes de que el cristianismo no contiene un modelo concreto y definido de orden temporal, se entiende que la Iglesia proponga su doctrina social no sólo a los católicos sino a todos los hombres de buena voluntad, pues los contenidos de esa doctrina son “principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana” (DH 14c), que no requieren ni presuponen la fe para ser comprendidos y aceptados[48].

 

Pero también señala el Concilio que no corresponde al magisterio eclesiástico aportar soluciones concretas a los problemas políticos, económicos, profesionales, técnicos, culturales, etc. que se plantean an la vida de la ciudad terrena. Porque esas soluciones concretas no se encuentran en el Evangelio, sino que han de buscarse mediante el conocimiento de la materias específicas de cada tema, la competencia en esas áreas. Además son problemas que admiten soluciones muy diversas, compatibles con el mensaje cristiano.

 

En esta perspectiva puede decirse que el magisterio católico señala a los fieles el ámbito dentro del cual deben buscarse y encontrarse las soluciones a los interrogantes que la vida plantea. Fuera de ese ámbito la solución sería ciertamente falsa. De ahí que los laicos guiados por el magisterio están más capacitados para colaborar en la construcción de la ciudad terrestre que quienes carecen de esa guía, de esa luz.

 

Pero, al mismo tiempo, como los demás hombres deben esforzarse por conocer los axiomas y leyes peculiares de las diversas áreas del quehacer terreno. Sin esa competencia científica o técnica tampoco sería posible contribuir a encontrar verdaderas soluciones, o a mejorar las situaciones actuales que lo requieran.

 

Desde el punto de vista técnico jurídico se puede afirmar, teniendo en cuenta estas premisas, que el límite del derecho a la libertad temporal de los laicos es el orden público eclesial[49], es decir: la comunión en materias de fe y costumbres, de sacramentos y de disciplina, que constituye la sociedad de la Iglesia. En este caso especialmente -puesto que no existe potestad de régimen en materias temporales- las exigencias de obediencia al magisterio en lo referente al orden social (cc. 212 y 747 §2).

 

Pero el orden público, como ha puesto de relieve la doctrina jurídica y la misma Iglesia (DH 7), no es nunca un límite arbitrario, ni puede entenderse dialécticamente, como recurso en manos de la autoridad para comprimir los derechos. Es factor de armonización de los principios fundamentales de un sistema jurídico.

 

En concreto, y por lo que se refiere a nuestro tema, al tratarse de un derecho de libertad, juega el principio de que ha de reconocerse a los laicos la máxima libertad posible con el mínimo de restricciónes imprescindible (DH 7)[50].

 

La diversidad de soluciones y actitudes entre los fieles, que trae consigo la libertad en asuntos temporales, es positiva y contribuye a hacer presente a la Iglesia en los más variados ambientes y grupos sociales; no puede considerarse de ningún modo contraria o perjudicial a la comunión eclesiástica, porque no la integra.

 

Precisamente, decía en 1967 el Fundador del Opus Dei, experto conocedor de la vocación laical, “este necesario ámbito de autonomía que el laico católico precisa para no quedar capitidisminuido frente a los demás laicos, y para poder realizar con eficacia su peculiar tarea apostólica en medio de las realidades temporales, debe ser siempre cuidadosamente respetado por todos los que en la Iglesia ejercemos el sacerdocio ministerial. De no ser así -si se tratase de instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico- se incurriría en un anacrónico y lamentableclericalismo. Se limitarían enormemente las posibilidades apostólicas del laicado -condenándolo a perpetua inmadurez-, pero sobre todo se pondría en peligro -hoy especialmente- el mismo concepto de autoridad y de unidad en la Iglesia. No podemos olvidar que la existencia, también entre los católicos, de un auténtico pluralismo de criterio y de opinión en las cosas dejadas por Dios a la libre discusión de los hombres, no sólo no se opone a la ordenación jerárquica y a la necesaria unidad del Pueblo de Dios, sino que las robustece y las defiende contra posibles impurezas”[51].

 

Por lo mismo, va también contra la unidad clasificar a los fieles en razón de categorías terrenas (políticas, sociales, económicas).

 

Es mejor considerar que, como concluye la Const. Gaudium et spes (92b) “las cosas que unen a los fieles son más fuertes que las que los dividen”, porque son de orden superior (la común filiación al Padre en Cristo, la fe y las demás virtudes, especialmente la caridad, etc.), de ahí la consecuencia: “sit in necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas” (ibid.).

 

A su vez, la necesaria distinción de derechos y deberes en uno y otro orden, tiene aquí una concreta aplicación. Los límites de la autonomía temporal de los laicos, que dimanan de la necesaria comunión en materias de fe y moral, no pueden considerarse restricciones a la libertad religiosa, que es un derecho civil, no canónico. Es una confusión invocar un derecho extraeclesial para fundamentar un supuesto derecho intraeclesial a disentir del magisterio. Una nueva versión del clericalismo que intenta hacer valer en la Iglesia la condición ciudadana, para eludir las obligaciones que implica ser christifidelis, tan intolerable como lo sería invocar la propia condición eclesial para incumplir las leyes civiles justas[52].

 

5. Realización del derecho

 

Ya hemos dicho que el reconocimiento de la legítima libertad temporal está relacionado con los demás derechos y deberes de los laicos, y resume el matiz específico que, respecto de ellos, adquieren los comunes derechos fundamentales de todos los fieles, en orden al cumplimiento de su peculiar vocación: buscar la perfección cristiana a través de las tareas seculares, tratando de impregnar esas realidades del espíritu evangélico.

 

La realización del derecho a la libertad temporal, requiere al mismo tiempo la actuación de los otros contenidos que integran el estatuto canónico de los laicos. Especialmente aquellos que se relacionan más directamente con su objeto y finalidad.

 

Visto así, el derecho-deber a los auxilios espirituales (c. 213) y a una adecuada educación cristiana (c. 217), que incumbe a todos los fieles, adquiere matices concretos en relación con la santificación de las realidades terrenas que deben cumplir los laicos.

 

Puesto que han de realizar esta tarea guiados de su conciencia cristiana (GS 43b), todo lo que contribuya a la adecuada formación de los laicos adquiere valor de medio para que pueda la Iglesia, a través de ellos, iluminar eficazmente al mundo con la luz del Evangelio. Ello implica, en definitiva, una adecuada atención pastoral de los laicos y el deber de éstos de recibir esos medios que les capacitan para el cumplimiento de su misión[53].

 

De nuevo nos encontramos ante la unidad de misión y diversidad de funciones, ante la mútua ordenación del sacerdocio ministerial y el sacerdocio real. La santificación del mundo es un aspecto esencial de la única misión de la Iglesia, en la que cooperan todos los fieles. Su consecución exige no sólo el reconocimiento del papel principal que corresponde a los laicos y de su libertad en esta tarea, sino también la necesaria actuación de los pastores en relación con ella.

 

El Concilio ha resumido con claridad esta unidad y diversidad señalando los respectivos papeles que, en este campo, coresponden a los miembros de la jerarquía y a los laicos: “Incumbe a toda la Iglesia trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Cristo. Toca a los Pastores enunciar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo, y proporcionar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el orden de las cosas temporales.

 

“Pero es preciso que los laicos asuman la instauración del orden temporal tamquam proprium munus, y actúen en él directa y concretamente, guiados por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana; que cooperen como conciudadanos con los demás, bajo su específica y propia responsabilidad; y busquen doquiera y en todas las cosas la justicia del reino de Dios. El orden temporal debe instaurarse de modo que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los superiores principios de la vida cristiana, y se adapte a las varias condiciones de lugar, tiempo y nación” (AA 7)[54].

 

Distingue este texto dos aspectos en la misión de los pastores que están enlazados estrechamente, de modo que difícilmente pueden darse separados, pero que podemos -hecha esta advertencia- exponer separadamente en cuanto corresponden respectivamente a las funciones de enseñar y de santificar. Conviene observar que ambas constituyen la esencail misión de la jerarquía de “apacentar a los fieles y reconocer sus ministerios y carismas, de suerte que todos, a su modo, cooperen unánimemente en la tarea común” (LG 30a).

 

a) Magisterio.

 

La función de magisterio que compete a los pastores en relación con materias de la ciudad terrena, se extiende, como hemos leído hace un momento, a exponer con claridad los supremos principios morales del orden social[55]. Ya hemos visto también que se trata de contenidos de ley natural y, por eso, válidos para todos los hombres y que son principios inspiradores, no un modelo concreto de sociedad.

 

En este plano hablar de un orden social cristiano o de un modelo cristiano de sociedad, no significa la construcción de una ciudad terrena en base a contenidos fideísticos, con datos de origen revelado, que sólo los bautizados pueden conocer y compartir, sino de un orden social basado en el respeto a la naturaleza y la dignidad del hombre, cuya dimensión espiritual y cuyo fin trascendente han de tenerse principalmente en cuenta en las relaciones sociales y en el uso de las cosas creadas[56].

 

Son la certeza, inerrancia y autoridad con que la Iglesia conoce, interpreta y expone, en cada situación histórica “los valores naturales contenidos en la completa consideración del hombre redimido por Cristo” (GE 2), lo que constituye el núcleo de la aportación del cristianismo a la construcción de la sociedad temporal, junto a la ayuda espiritual necesaria para hacer vida esos principios. No existe por tanto una sociedad cristiana, sino que cualquier sociedad en cuanto se estructura de acuerdo con la ley de Dios es cristiana.

 

Un matiz importante incluye el texto del Concilio que acabamos de citar, respecto a la misión de los pastores: la claridad. Parece oportuno insistir en esta característica ya que de ella depende la eficacia de la doctrina. En un mundo como el nuestro en el que la complejidad de los problemas, la tendencia al secularismo y la pluralidad de ideologías pueden fácilmente inducir a error, el cristiano que vive inmerso en esas realidades y tiene el deber de ordenarlas rectamente, tiene derecho a conocer con claridad las exigencias de su misión. El riesgo de que la falta de formación adecuada lleve a los laicos a “mundanizarse” renunciando “alla loro identità, assumendo criteri e metodi che la fede non può condividere”, de modo que su secularidad degenere en secularismo, ha sido tambien puesto de relieve en los lineamenta del próximo Sínodo de Obispos[57].

 

Claridad que debe llegar al esfuerzo por proponer las enseñanzas sobre el orden social de modo asequible, tempestivo y adecuado a la mentalidad y circunstancias de los destinatarios. Empeño arduo pero capital para evitar la falta de sintonía entre pastores y fieles que, a veces, ha podido detectarse.

 

En relación con cuanto acabamos de decir está otro aspecto de la función de magisterio sobre la vida temporal: el ius-onus de emitir juicios morales sobre situaciones e instituciones concretas, poniendo de relieve su conformidad o contradicción con el Evangelio, cuando estén en juego los derechos fundamentales de la persona o la salus animarum (GS 76e, AA 24g).

 

Estos pronunciamientos de la autoridad tienen en sí mismos naturaleza moral, no jurídica, y vinculan la conciencia de los fieles. Pero pueden dar lugar también, a veces, a concretas exigencias canónicas, en cuanto el deber, jurídicamente exigible, de obediencia al magisterio (c. 212 §1) incluye también las enseñanzas sobre el orden social (c. 747 §2).

 

Para que constituyan un vínculo juridico es preciso que esos juicios -aparte de referirse a materias competentes-, manifiesten la voluntad de imponer o prohibir a los fieles determinadas conductas externas y reúnan los requisitos sustantivos y formales de las normas jurídicas[58].

 

La doctrina se ha ocupado amplia y diversamente de este tema, que representa una más completa concepción de la intervención de la Iglesia en asuntos temporales, en relación con teoría clásica de la potestas indirecta in temporalibus, que ha caracterizado las construcciones del Derecho Público Externo de la Iglesia prácticamente hasta el último Concilio[59].

 

En cualquier caso, como ha observado agudamente Lo Castro, la doctrina del Concilio sobre la actuación temporal de los laicos no significa -como alguién ha podido recelar- “la riproposizione ammodernata della vecchia tesi della potestas Ecclesiae in temporalibus ratione spiritualium: l’autorità ecclesiastica, anzichè intervenire direttamente in forme che si pretenderebbero rilevanti giuridicamente secondo i postulati di quella tesi… lo farebbe ora\’per ripercussione`, attraverso l’opera dei fedeli-citadini, che si impegnerebbero nelle strutture secolari della società seguendo gli indirizzi o i mandati imperativi dell’autorità medesima… non si avrebbe più una iurisdictio in temporalibus, ma un potere magisteriale che toccherebbe la vita dello Stato attraverso l’azione dei fedeli citadini…” y concluye que “è necessario riuscire ad affrancarsi, all’interno dell’ordinamento canonico, dalla tendenziale impostazione, e non solo dalle concrete proposizioni, dello ius publicum ecclesiasticum externum in materia di rapporti Stato-Chiesa; all’esterno di tale ordinamento, è necessario evitare di guardare le moderne formulazioni del magistero ecclesiastico alla luce delle tesi del potere della Chiesa (diretto, indiretto, mediato o di qualsivoglia altra natura) nelle realtà temporali. Ci si preclude altrimenti la possibilità di ammetere un diritto de libertà dei laici nelle realtà temporali da vantare e da difendere anche nei confronti della autorità ecclesiastica; ovvero l’afermazione di tale diritto resterà priva di conseguenze a livello sia teorico sia pratico”[60].

 

Sólo añadiremos que estos juicios tienen más trascendencia práctica, mayor valor orientativo, cuando son de carácter negativo, esto es, cuando denuncian la incompatibilidad de una determinada actividad u organización con la norma moral, precisamente porque en estos casos se establecen con mayor precisión los límites de la autonomía de lo temporal y, consiguientemente, de la esfera subjetiva de libertad que corresponde a los laicos en su actuación en ese campo. En cambio el juicio positivo sobre un concreto orden de cosas o sistema, por sí solo no significará la exclusión de otras soluciones o métodos posibles y legítimos de afrontar situaciones semejantes. Aunque, sin duda, tiene también un valor de orientación y certeza.

 

b) Auxilios espirituales.

 

La gran perspectiva que se abre para la Iglesia al redescubrir la necesaria corresponsabilidad de los laicos en la difusión de Evangelio en el mundo, constituye para la jerarquía un exigente compromiso de carácter pastoral.

 

Se trata de preparar y sostener la actuación de los laicos en sus fundamentos espirituales, para que sean eficaces instrumentos de renovación de la sociedad. Las consecuencias de este panorama son amplísimas y no es objetivo nuestro analizarlas ni siquiera brevemente. Sólo haremos algunas consideraciones que inciden más de cerca en el objeto de nuestro estudio.

 

La Iglesia presta su ayuda a todos los fieles principalmente mediante la predicación de la palabra de Dios y la celebración de los sacramentos. Es en este campo donde se resume también la actividad de la jerarquía respecto a los fieles laicos[61], toda vez que las demás facetas de su vida -como hemos visto- se desenvuelven en el ámbito civil.

 

El compromiso pastoral de que venimos hablando, no puede significar ni una extensión de la presencia jurisdiccional de la jerarquía a momentos de la vida de los fieles de naturaleza secular, ni tampoco una reducción de la presencia en el mundo de esos fieles[62]. Se trata más bien de conseguir que estén dotados de la formación y atención suficientes que les permitan vivir coherentemente, como cristianos, todos los aspectos de su vida.

 

Las vías para lograr estos fines son variadísimas, desde la catequesis hasta la formación a nivel universitario en las ciencias sagradas, desde la creación de estructuras pastorales especializadas hasta una adecuada predicación y celebración de los sacramentos, que forme profundamente su conciencia en las responsabilidades familiares, sociales, ciudadanas.

 

Ya se entiende que de estas consideraciones se desprenden consecuencias jurídicas relacionadas con el ejercicio de la libertad en lo temporal. Algunas han sido formuladas explícitamente en el CIC, como el derecho-deber primario de los padres sobre la educación de sus hijos (c. 226 §2), o el deber de los pastores de cumplir diligentemente su ministerio en favor de los fieles que les están encomendados (cf. p.e. cc. 383, 386, 387, 528 y 529).

 

Estas exigencias engarzan con el deber de todos los fieles de buscar la santidad personal y cooperar en el apostolado de la Iglesia (cc. 210, 211) y también con el deber de adquirir una formación adecuada (c. 217), que el Código canónico reitera de modo específico también para los laicos en el c. 229.

 

Parece pues importante constatar que la pastoral de los laicos, más que en estructuras de acción o militancia cristiana de grupos dirigidos por la jerarquía, debe consistir en la eficaz realización de las funciones de enseñar y de santificar, en relación con la peculiar vocación que están llamados a realizar, para sostener y hacer operativa su vida cristiana. “Si la acción pastoral constituye la manifestación más genuina de los ministerios jerárquicos, al orientarse en función de estas exigencias, estará matizando la organización de la Iglesia en el sentido de servicio que el Concilio ha señalado como propio de los ministerios eclesiásticos”[63].

 

La libertad temporal de los laicos representa en términos jurídicos un límite a la potestad jerárquica -que ahora queda formalizado positivamente en el c. 227- pero lejos de tener una significación meramente negativa, pone de manifiesto la gran tarea de los pastores de orientar y alentar con vigor y constancia a los laicos, para que desarrollen con responsabilidad el contenido de esa libertad[64]. Haciendo eficaz el principio formulado por el Concilio: “toca a la conciencia bien formada del los laicos conseguir que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena” (GS 43b).

 

 

 

 

 


 

* En «Ius Canonicum», XXVI (1986), p. 531-562.

 

[1] Sobre la unidad de misión de la Iglesia y sus diversos aspectos, vid. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, 2ª ed. Pamplona 1981, p. 35; P. RODRÍGUEZ, Iglesia y ecumenismo, Madrid 1979, pp. 173-220.

 

[2] “Las energías que la Iglesia puede infundir a la sociedad humana actual consisten en esa fe y en esa caridad, aplicadas a la vida práctica; no en un dominio exterior ejercido con medios meramente humanos (…) en virtud de su misión y de su naturaleza (la Iglesia) no está ligada a ninguna forma particular de cultura ni sistema político, económico o social” (GS 42cd).

 

Esta doctrina significa la superación de cualquier planteamiento que traduzca en términos de potestad jurídica o supremacía política, la indudable excelencia de las dimensiones espiritual, eterna y sobrenatural sobre lo meramente terreno, temporal o humano, en sus respectivas manifestaciones institucionales.

 

[3] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 22.III.1986, n. 62.

 

[4] Cf. LG 13, 32, 46b. Sobre este tema, vid. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos…, cit. pp. 33-45.

 

[5] Y la capacidad de colaborar en el ejercicio del munus hierarchicum. Cf. L. PORTERO SÁNCHEZ, El papel del laicado en la Iglesia, en AA. VV. “Temas fundamentales en el nuevo Código”, Salamanca 1984, pp. 169-185.

 

[6] Cf. J.I. ARRIETA, Jerarquía y laicado, en “Ius Canonicum” (1986), p. 123 (nota 27).

 

[7] “Que los laicos no pertenezcan a la sagrada jerarquía no quiere decir que su misión eclesial específica consista en ejecutar en la ordenación de lo temporal los proyectos de la ‘Ecclesia regens’. La razón es mucho más profunda: los laicos no tienen enla Iglesia una misión de poder, porque su tarea específica no tiene un sentido jerárquico, ya que la Iglesia no gobierna las estructuras temporales”. (P. LOMBARDÍA, Los laicos en el Derecho de la Iglesia, en “Escritos de Derecho canónico” II, Pamplona 1973, pp. 170-171).

 

[8] Así p.e. J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones, 14ª ed., Madrid 1985, n. 9; A. DEL PORTILLO, Voz Laicos (I. Teología), en Gran Enciclopedia Rialp, Madrid 1973, tomo 13, p. 849; P. LOMBARDÍA, Los laicos…, loc. cit., pp. 153-158, 162-166; J. HERRANZ, The juridical Status of the Laity: The Contribution of the Conciliar Documents and the 1983 Code of Canon Law, en “Communicationes” (1985), p. 294.

 

[9] El concepto de laico que maneja el Concilio no pretende ser tanto una definición teológica cuanto una descripción tipológica. De todas formas, la riqueza de aspectos y consecuencias que ese concepto contiene, constituyen la base para construir una definición esencial. Vid. p.e. la valoración de esta tipificación que se hace en los lineamenta del próximo Sínodo de Obispos; (Vocazione e missione dei laici nella Chiesa e nel mondo a vent’anni dal Concilio Vaticano II. Lineamenta, n.22, Libreria Editrice Vaticana 1985, pp. 20-21. En adelanteLineamenta). Cf. “Communicationes” (1985), pp. 168-174; A. DEL PORTILLO, El Obispo diocesano y la vocación de los laicos, en AA. VV. “Episcopale Munus”, Assen 1982, p. 190; G. DALLA TORRE, Il laicato,en “Il Diritto nel mistero della Chiesa” II, Roma 1981, pp. 183-186.

 

[10] Por ser esta la condición propia de los laicos, el Concilio establece en ese mismo punto el contraste con los clérigos y religiosos, cuya situación canónica, de ordinario, no les permite ocuparse -por distintas razones- en los saecularia negotia (cf. LG 46b). Es claro pues que la secularidad de la que habla aquí el Concilio, distingue a los laicos, tanto de los clérigos como de los religiosos. Cf. AA 2b, AG 21.

 

[11] Cf. A. DEL PORTILLO, Voz Laicos, loc. cit., p. 850.

 

[12] Cf. P.J. VILADRICH, Compromiso político, mesianismo y cristiandad medieval, Pamplona 1973, p. 29.

 

[13] La mayor parte de los aspectos de la vida de los laicos corresponde a su condición de ciudadanos, por tanto las relaciones de justicia que derivan de ellos se rigen por el derecho civil, no por el derecho canónico. El derecho canónico incide en la vida de los laicos en razón de su condición de fieles (recepción de los medios de santificación: sobre todo munus docendi y munus sactificandi), y también cuando legítima y voluntariamente intervienen en los negotia ecclesiastica (cf. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos…, cit. p. 176-177).

 

[14] Que conduciría, dice GONZÁLEZ DEL VALLE, a “identificar la elevación de las actividades terrenas al orden sobrenatural con la clericalización del orden temporal” (La autonomía en lo temporal, en “Ius Canonicum” nº 24, XII (1972), p. 41). LOMBARDÍA observa que “no deja de ser significativo que sean precisamente los laicos, es decir aquellos miembros del Pueblo de Dios privados de poder eclesiástico, queienes tengan confiada -por el mismo Cristo, no por misión o mandato de la jerarquía eclesiástica- la tarea de dar un sentido cristiano al orden temporal. Es necesario, por tanto, dejar sentado que la edificación de la ciudad terrena no es una labor eclesiástica -propia de la jerarquía-, aunque sea una misiòon eclesial, relacionada con la participación en el ‘munus regale’ de Cristo del sacerdocio común de los simples fieles. Consideración esta que me parece fundamental para comprender el sentido de la posición del laico en la Iglesia” (El Derecho público eclesiástico según el Vaticano II, en “Escritos de Derecho canónico” II, Pamplona 1973, p. 396).

 

[15] Voz Laicos (III. Derecho Canónico), GER, Madrid 1973,tomo 13, p. 857.

 

[16] La Constitución Gaudium et spes (GS 43b), afirma la preeminecia de esta misión peculiar de los laicos sobre cualquier otro tipo de cooperación que puedan asumir en la Iglesia, porque es la suya, la que les impone su condición secular: “a los laicos corresponde propiamente, aunque no exclusivamente, saecularia offica et navitates”. También la Constitución Lumen gentium (35d) advierte que “si algunos de ellos, cuando faltan los sagrados ministros o cuando éstos se ven impedidos por un régimen de persecución, les suplen en ciertas funciones sagradas, según sus posibilidades, y si otros muchos agotan todas sus energías en la acción apostólica, es necesario, sin embargo, que todos contribuyan a la dilatación y al crecimiento del reino de Dios en el mundo”.

 

[17] Lineamenta, n.8, p.9.

 

[18] Cf. p.e., sobre todo, los de los cc. 225 y 226.

 

[19] Comentario al c. 227, en AA. VV., Código de Derecho Canónico. Edición anotada, EUNSA, Pamplona 1984.

 

[20] Cf. G. FELICIANI, Le basi del diritto canonico, Bologna 1984, pp. 132-133.

 

[21] Pero tanto la libertad religiosa como la autonomía en asuntos temporales tienen, a nivel ontológico, un significado radicalmente positivo, que les sirve de fundamento: el del respeto a la persona en el último e infranqueable ámbito de la conciencia y en los compromisos que -por ser persona- adquiere en relación a la verdad y a su realización.

 

Ambas libertades señalan el derecho de la persona (que es un deber moral) a conformar su conducta a la ley de Dios, según los dictados de la propia conciencia, sin que pueda ser suplantada por ninguna potestad. Es, en definitiva, el problema de la libertad, que no excluye la ley pero tampoco puede ser suplida por ella.

 

Los nn. 16 y 17 de la Constitución Gaudium et spes son una síntesis muy expresiva de lo que aquí consideramos. Especialmente tienen interés las palabras siguientes: “La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en él éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad” (n. 16).

 

[22] Cf. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos…, cit. pp. 66-67.

 

[23] LOMBARDÍA ha expresado eficazmente esta realción afirmando que “el reconocimiento de la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia y el de la libertad en el orden temporal son, sustancialmente, dos únicos aspectos de la cuestión” (Los laicos en…, loc. cit. pp. 166-167).

 

[24] Vid. “Communicationes” (1985) pp. 175-176.

 

[25] Vid. sup. nota (6). Como explica GONZÁLEZ DEL VALLE, esta sistemática responde a un planteamiento tipológico de los derechos fundamentales, ligado a la misión eclesial propia de cada tipo de fiel; (La autonomía en lo temporal, cit. pp. 45-48).

 

Esto no empece que, en ocasiones, los clérigos y los religiosos puedan ocuparse también de tareas seculares, con licencia de la autoridad. Entonces deberá también reconocérseles la misma autonomía que a los laicos, para desempeñarlas según su carácter propio y bajo su responsabilidad. Pero esa autonomía no constituye un componente característico del estatuto canónico de clérigo o de religioso, por el contrario, esas personas, por su vocación, están llamadas a apartarse -bien que por razones teológicas diversas- de los negocios seculares (cf. entre otros los cc. 278 §3, 285, 286, 287, 289, 573, 607 §3 y 671). Vid. et. P.J. VILADRICH, La declaración de derechos y deberes de los fieles, en “El proyecto de Ley Fundamental de la Iglesia”, Pamplona 1971, p. 157.

 

[26] Cf. infra, 3.c).

 

[27] Los laicos en…, loc. cit. pp. 167-168.

 

[28] Compromiso político…, cit. p. 14.

 

[29] No nos referimos aqui al derecho-deber de la jerarquía eclesiástica de emitir juicios morales sobre situaciones o instituciones temporales concretas, valorando su conformidad con el Evangelio, que es parte de la misión de orientar y formar la conciencia de los fieles (cf. infra 5. a), sino a la toma de postura en cuestiones opinables.

 

[30] También los laicos, individualmente o unidos a otros, pueden y deben reivindicar, como ciudadanos, su libertad religiosa ante el Estado.

 

[31] En este sentido L. SPINELLI-G. DALLA TORRE, Il Diritto Pubblico Ecclesiastico dopo il Concilio Vaticano II, 2ª ed. Milano 1985, p. 60.

 

[32] Cf. O. FUMAGALLI-CARULLI, Libertà di scelta religiosa: principio fondamentale dello “ius publicum ecclesiasticum” e della revisione concordataria italiana, en AA.VV. “Les Droits Fondamentaux du Chrétien dans l’Eglise et dans la Société”; Fribourg (Suise) 1981, pp. 883-884.

 

[33] Que se entienden como convenciones, no ya entre “dos Poderes”, sino entre los representantes de dos órdenes sociales distintos pero inseparables, que se encuentran en el común empeño -deber- de servir al hombre (GS 76c).

 

[34] En este sentido los Acuerdos con España (1976-1979) y con Italia (1984). Es interesante contrastar p.e. el Art. II.1 del Concordato español de 1953, con el Art. I.1 del Acuerdo sobre asuntos jurídicos de 1979. Los Artículos 1 y 2 del nuevo Acuerdo italiano son también elocuentes.

 

[35] Estas precisiones son importantes pues persisten ideologías y grupos que, mientras proclaman la libertad religiosa, quisieran reducirla a una mera libertad de cultos y de conciencia; y consideran fanatismo el legítimo empeño de los católicos por imbuir en las instituciones y en el ordenamiento civiles su visión cristiana.

 

[36] “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienden fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que, en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia” (GS 43c).

 

[37] A esto se añade la gran cautela y sentido restrictivo con que se regula en el Codex el uso del título “católicas” para llamar a determinadas iniciativas (cf. cc. 216, 300, 803, 808). La autoridad, al permitir u otorgar esta calificación canónica, deberá dejar a salvo la libertad temporal de los fieles, en el sentido de que esas iniciativas que surgen en el campo canónico, no excluyen otras que, sin ese título, pueden promover los cristianos en la sociedad civil, bajo su responsabilidad, sin involucrar a la Iglesia.

 

[38] Sería un doble error: vincular a la Iglesia con determinadas soluciones o sistemas y tratar de representarla en esas inexistentes opciones temporales. Cf. GS 42d.

 

[39] Esta es una de las más importantes adquisiciones del magisterio moderno, en cuanto supera la concepción de la Iglesia como “civitas christiana” dentro de la cual y bajo la potestad espiritual de los clérigos, han de realizar los laicos la recta ordenación de lo temporal. Sobre la confusión Iglesia-mundo en la relación clérigos-laicos, vid. J. HERVADA, Tres estudios sobre el uso del término laico, Pamplona 1973, especialmente pp. 142-159.

 

[40] Si les faltara la libertad religiosa no podrían recibir los auxilios de la Iglesia ni realizar el apostolado que deben; si les faltara la libertad en lo temporal, y se les impusieran dogmas terrenos, serían un grupo de ciudadanos separado de los demás, no podrían ser fermento.

 

[41] S.C.D.F., Instr. Libertad cristiana y liberación (22-III-86), n. 61.

 

[42] “Ambos órdenes, aunque distintos, están íntimamente relacionados en el único propósito de Dios… El laico, que es al tiempo fiel y ciudadano, debe guiarse, en uno y otro orden, siempre y sólo por su conciencia cristiana” (AA 5).

 

[43] Compromiso político…, cit. p. 26. El subrayado es del autor.

 

[44] Cf. Ibid. p. 56.

 

[45] En general las que corresponden al ejercicio de las obras de misericordia (GS 42b).

 

[46] El CIC p.e., distingue entre escuelas en las que se imparte una educación católica -que no tienen necesariamente un estatuto canónico (c. 798)- de las escuelas católicas que define el c. 803.

 

Sobre este tema de la educación y las distinciones que la materia requiere, vid. J.M. GONZÁLEZ DEL VALLE, Comentarios a los cc. 793-821, en AA. VV. Código de Derecho Canónico. Edición anotada, EUNSA, Pamplona 1984. Cf. GE 8 y 9.

 

[47] En este sentido conviene recordar las palabras de GS 33b: “La Iglesia, que custodia el depósito de la palabra de Dios, del que manan los principios del orden religioso y moral, aunque no tenga siempre a mano respuesta a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación a todo el saber humano, para iluminar el camino que la humanidad ha emprendido recientemente”.

 

[48] Un resumen precioso de la naturaleza y contenido fundamental de la doctrina social de la Iglesia, se encuentra en la citada Instrucción de la C.D.F., Libertatis conscientia, nn. 72-80.

 

[49] Lo mismo que el límite de la libertad religiosa es el orden público civil.

 

[50] En otros términos afirma FUENMAYOR que el Derecho de libertad en materias temporales “se presume, mientras no se demuestre lo contrario” (El juicio moral…, loc. cit. p. 124).

 

[51] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 14ª ed. Madrid 1985, n. 12, p. 42.

 

[52] Cosa bien distinta es que la Iglesia, como grupo que integra la sociedad civil, deba respetar -en ese ámbito exterior a ella- la libertad religiosa de todos (DH 6a, c. 748). Pero aún en este contexto, no debe olvidarse que también la Iglesia es titular de libertad religiosa. Cuando su derecho entra en conflicto con el de otro sujeto, debe defenderlo. Piénsese p.e. en el derecho a la salvaguarda de su identidad, que le llevará a protegerse también civilmente, de quienes dicen obrar (enseñar, predicar, administrar los sacramentos, etc.) en su nombre sin representación legítima: de quienes se atribuyan, en definitiva, el título de católico sin consentimiento de la jerarquía.

 

[53] Sobre las características y exigencias concretas de estos derechos y deberes, vid. J. HERVADA, Comentarios a los cc. 213 y 217, en AA. VV. Código de Derecho Canónico…, cit.

 

[54] Cf. GS 43.

 

[55] Cf. et. IM 6; AA 24g.

 

[56] Como dice Viladrich “ante las exigencias de las dimensión moral de lo temporal -ajustarse al orden querido por Dios para la ciudad terrena- no sólo están obligadas las conciencias de los cristianos, sino las de todo hombre, por su condición de tal” (Compromiso político…, cit. p. 14). Vid. G. DALLA TORRE, Il laicato, loc. cit., pp. 195-196.

 

[57] Loc. cit. p. 10.

 

[58] Sobre esta posibilidad y sus condiciones de ejercicio, J.M. GONZÁLEZ DEL VALLE, La autonomía…, cit. pp. 32-37 y 49-50.

 

[59] LOMBARDÍA plantea con vigor las principales cuestiones que surgen en torno al tema en El Derecho público…, loc. cit. p. 407. Vid. A. FUENMAYOR, El juicio moral…, loc. cit. pp. 109-126; P.J. VILADRCIH, Compromiso político…, cit. pp. 62-67; A. DE LA HERA, Posibilidades actuales de la teoría de la potestad indirecta, en AA.VV., «Iglesia y Derecho», Salamanca 1965, 245-270; G. SARACENI, La potestà della Chiesa in materia temporale e il pensiero degli ultimi cinque Pontefici, Milano 1951; P. BELLINI, “Potestas Ecclesiae circa temporalia”. Concezione tradizionale e nuove prospettive, en “Ephemerides Iuris Canonici” (1968), pp. 68-154.

 

[60] Ordine temporale, ordine spirituale e promozione umana, en “Il Diritto Ecclesiastico” (1984) pp. 550-551.

 

[61] “Los laicos, al igual que todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y los sacramentos” (LG 37a). “Esta vida de íntima unión con Cristo en la Iglesia se alimenta con los auxilios espirituales que son comunes a todos los fieles, principalmente la activa participación el la Sagrada Liturgia; los laicos deben emplearlos de tal modo que, mientras cumplen rectamente sus obligaciones del mundo, en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen de su vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella, ejerciendo su trabajo según la voluntad de Dios… Ni las preocupaciones familiares ni los demás negocios temporales deben ser ajenos a su vida espiritual” (AA 4a; cf. c. 213).

 

[62] Sobre el peligro de una “fuga del mundo” de los laicos, como consecuencia de una incorrecta comprensión de la doctrina conciliar (GS 43), vid. Lineamenta, loc. cit. pp. 10-11.

 

[63] P. LOMBARDÍA, Los laicos…, loc. cit. p. 188.

 

[64] Cf. J.I. ARRIETA, Jerarquía y laicado, cit. (punto 8).

 

 

 

Categorías:Laicos

Domingo de Ramos 2013

congregatioproclericis

Domingo de Ramos

 

Citas:

Is 50,4-7:                                     www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aggyjbr.htm

Phil 2,6-11:                               www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ajjvpb.htm

Lc 23,1-49:                                www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ab2ciw.htm

 

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa. Estamos por vivir los días más importantes del año litúrgico, estamos por celebrar el misterio Pascual que, por su densidad de significado, cdelebramos durante varios días.

En la primera Lectura contemplanos al “Siervo sufriente”, aquel que escuchó la Palabra de Dios y, a pesar de ser justo, acepta el sufrimiento como proyecto de Dios para él: la fe lo sostendrá en el momento de la prueba.

Desde siempre, la Iglesia ha interpretado esta figura como una anticipación profética de las vicisitudes de Jesús, el siervo del Padre que obedece lleno de amor y sirviendo en el sufrimiento nos redime y cumple el plan del Padre.

Es Jesús quien nos dirige a nosotros, y a este mundo desconfiado,  palabras de consuelo. Es Jesús quien sufre pero no se desespera, padece pero no esquiva el sufrimiento, continúa sin pararse, recorriendo la vía dolorosa.

Jesús nos enseña a no achicarnos ante la prueba. Ser discípulos significa escuchar la palabra que salva pero pide exponerse. Ser discípulos significa estar disponibles a la palabra, recibirla pero sabiendo también “llevarla”, estar dispuestos a exponerse por ella y a sufrir el rechazo. La aceptación del sufrimiento y la fe en Dios nos ayudan a prepararnos al gran Triduo pascual.

En la segunda lectura podemos descubrir el movimiento de la humillación-exaltación. El Verbo se hace carne, se abaja, asume nuestra naturaleza humana, es en todo semejante a nosotros con excepción del pecado, anuncia el Reino, mueve el centro de gravedad del mundo, cerrado a los ricos y a los poderosos. Jesús hace de los pobres y de los pecadores el centro de su anuncio y de su actuación. Obedece amorosamente al Padre y cumple su voluntad. “Humillándose”, despojándose a sí mismo, es exaltado por el Padre, que le da un nombre que está sobre todo nombre. El nombre indica auroridad, poder; la solidaridad de Jesús con todos lo hace llegar a ser punto de referencia universal, la única vía para la salvación.

Escuchando la Pasión según el Evangelio de Lucas, nos preparamos a revivir los acontecimientos de nuestra salvación. Escucharemos, contemplaremos la pasión con la que Jesús redime al mundo. Podremos detenernos a reflexionar acerca del término “pasión”.

Si por una parte nos recuerda el sufrimiento que padeció Jesús, por otra nos recuerda que este sufrimiento no es un sin sentido, no es absurdo, sino que fue vivido con “pasión” por nosotros, por amor al Padre, por amor nuestro Jesús vive la “pasión”.

Los relatos de la pasión ocupan una tercera parte de todos los evangelios, el gran anuncio del Reino de Dios es la introducción. Nos encontramos ante el trono de Jesús, que es la Cruz. Desde su trono el rey proclama su juicio, el perdón, y entra en su Reino con un pecador. La realeza de Cristo consiste en revelar el verdadero rostro del Padre, en proclamar la misericordia de Dios, en el actuar benévolo con los pecadores.

Todo está pronto para el espectáculo, el cortejo que está bajo la cruz comienza a gritar “¡sálvate a ti mismo!”. Es la lógica del mundo, de nuestra sociedad; salvarse a sí mismos. Jesús no evita la muerte y no nos evitará a nosotros la muerte: Jesús nos quita el miedo a morir, nos salva de la muerte eterna dándonos la vida. La muerte es donde todos temblamos y tenemos frío, donde todos nos sentimos solos, donde todos sentimos la tentación del olvido; allí Dios nos ofrece su amistad, la comunión y la vida eterna.

En nuestra reflexión podremos detenernos en una de la siete palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Séneca y Cicerón nos cuentan que los condenados a muerte gritaban y maldecían el día de su nacimiento: los espectadores esperaban esto. Quién sabe con qué acentos oían palabras de condena, blasfemias, gritos y lamentos horrorosos. Quién sabe con qué paciencia esperaban la prueba que habría desenmascarado a Jesús delante de todos: no sólo la crucifixión pública, sino también sus mismas palabras de acusación y de maldición… a él que todo lo había hecho bien, que predicaba el amor.

Todos esperaban escuchar cómo su fuerza de ánimo era derrotada por las heridas. Se quedarán desilusionados: no se oyó ningún grito, ninguna blasfemia, ninguna maldición, sino una oración amorosa y suave, palabras de perdón.

¿Por quién intercede Jesus? Por todos: por los soldados que lo abofetearon; por Pilatos, que lo vendió por diplomacia; por Herodes, que se burló de él; por todos, absolutamente por todos y de todos los tiempos. Jesús borra el pecado, intercede para que un pecado imperdonable –condenar y matar al Verbo hecho carne- se perdone a causa de la ignorancia. Cristo agonizante es todavía el buen pastor que trata de salvar a sus ovejas: “no saben lo que hacen”.

¿Sabemos nosotros? ¿Sabemos qué terrible es el pecado? ¿Sabemos cuánto amor hay en nuestra vida? ¿Sabemos cuántas gracias nos ha concedido el Señor? ¿Sabemos que fuimos rescatados a gran precio? ¿Sabemos lo valiosos que somos delante de Dios? Si lo supiéramos y continuáramos lejos de Cristo y de la Iglesia estaríamos perdidos. Pero en Cristo tenemos al sumo y eterno sacerdote que, de una vez por todas, se sacrificó por nosotros y continúa intercediendo por nosotros.

Categorías:Magisterio

Retiro Nacional Para Laicos De Acción Católica Mexicana

Retiro Nacional Para Laicos De Acción Católica Mexicana

“DISCÍPULOS DE JESUCRISTO Y MISIONEROS DE LA IGLESIA DESDE LA

ACCIÓN CATÓLICA”

 

ACCIÓN CATÓLICA MEXICANA

JUNTA NACIONAL

2004 – 2007

 

 

RETIRO NACIONAL PARA LAICOS DE ACCION CATOLICA 2006

“DISCIPULOS DE JESUCRISTO Y MISONEROS DE LA IGLESIA EN LA ACM”

PREMISA

La Iglesia que peregrina en Latinoamérica se prepara a celebrar la V Conferencia del CELAM, los laicos de ACM nos unimos a esta celebración, desde los mismos acontecimientos de la vida y marcha de la ACM. En el 75 aniversario de la ONIR celebramos nuestro Retiro Nacional “agradeciendo a Dios los bienes recibidos y descubriendo los retos de hoy y de mañana”.

OBJETIVO

Profundizar en nuestra vocación misionera desde la AC como fruto de llamado personal de Jesucristo.

DESTINATARIOS

Dirigentes diocesanos y nacionales de todos las Organizaciones y Movimientos de la Acción Católica.

FECHA

22 y 23 de Julio de 2006.

LUGAR SEDE

 

Casa de Ejercicios Virgen de Schoenstatt

Camino a Los Olvera Km.2

C.P. 76900

A la altura de Tejeda, Qro.

México, D.F.

Tel: 01 (442) 228-1220 y 228-1400

 

PROGRAMA

Sábado 22

9:00- 9:30 CHARLA: “UNA NUEVA HUMANIDAD”

9:40-10:00 Reflexión personal

10:15-10:45 Reflexión en grupos

11:00-11:30 CHARLA: “PASO HACIENDO EL BIEN”

11:40-12:10 Café

12:15-12:35: Reflexión personal

12:45-13:30 Reflexión en grupos (Inicia la Reflexión con el rezo del Ángelus)

13:40-15:00 COMIDA DESCANSO

15:15-15:45 CHARLA “SERVICO DESTINADO A LAS DIOCESIS Y A LAS PARROQUIAS”

16:00-16:00 Reflexión personal

16:10-16:50 Reflexión en grupos

17:00-17:30 CONFERENCIA: “UN MINISTERIO DE LA COMUNION”

17:40-18:20 Reflexión personal

18:30-19:00 Reflexión en grupos

19:15-20:00 Eucaristía con Vísperas

20:10 Cena

21:30 Rosario en grupos-Descanso

 

Domingo 23

7:30- 7:50 Laudes

8:00- 50 Desayuno

9:00- 9:30 CONFERENCIA: “SERVIR A LA PERSONA Y A LA SOCIEDAD”

9:40-10:00 Reflexión personal

10:15-10:45 Reflexión en grupos

11:00-11:30 CHARLA: “PARTICIPACION DE LOS LAICOS EN LA MISION DE LA IGLESIA”

11:40-12:30 Reflexión en grupos (Inicia la Reflexión con el rezo del Ángelus)

12:40 13:30 Misa

13:40-14:30 Comida-Despedida

15:00

 

NOTAS IMPORTANTES:

1.  Llevar su libro de Oraciones: Diálogos con Dios (Manual de oraciones de la ACM).

2.  El cupo es limitado.

3.  Cuota de recuperación: $500.00, para cubrir hospedaje y alimentación de una noche y cinco comidas, (noche y una comida extra $220.00).  Realizar el depósito de inscripción a nombre de Estela González Contreras, en Santander Serfín No. 60 516 315 705 Sucursal 0100 en Toluca.

4.  Favor de comunicar su participación  a:

Presidenta Nacional de la Junta, Srita. Gloria Isabel Alanís Escamilla:

Tel: 01(81) 8354-7594         Fax: 01 (81) 8355 7242      juntanacional@accioncatolicamexicana.org

 

“La Paz de Cristo en el Reino de Cristo”

 

México, D. F., a 13 de Junio de 2006.

 

Srita Gloria Isabel Alanís Escamilla                            Pbro. Nicolás Valdivia de León

Presidenta de la Junta Nacional de ACM                                   Asistente de la Junta Nacional de ACM

 

 

 

TEMA 1 UNA NUEVA HUMANIDAD

Examen

v     ¿Es importante la persona del Señor en mi vida? ¿Influye de algún modo en mis opciones, decisiones o pensamientos? ¿Le tengo presente en las diferentes situaciones en las que me encuentro?

v     ¿Soy consciente de lo que el Señor ha conseguido hacer en mi vida? ¿Valoro lo que el Señor ha ido construyendo en mi vida interior?

v     ¿Me fío de Dios, de su Palabra? ¿Creo de verdad que Él puede sanar todas mis deficiencias y limitaciones? ¿Sé que mis fuerzas no van a bastar para superarlas?

v     ¿Dejo que el Señor me exija? ¿Estoy dispuesto a darle lo que me vaya pidiendo? ¿Sigo poniéndole ‘peros’ o condiciones a sus exigencias?

v     ¿Soy apostólico? ¿Tengo afán real y práctico por hablar de Dios, y acercar a los que me rodean al Señor? ¿Pido a Jesucristo por ellos? ¿Ofrezco sacrificios por esta intención?

v     ¿Me acobardo a la hora de hablar con claridad de Cristo? ¿Qué dificultades reales encuentro? ¿Me busco excusas para no tener que ‘complicarme la vida’?

v     ¿Creo que el Señor ha venido a salvar también a aquellos con los que convivo aunque ellos no lo vivan así? ¿Confío que Cristo puede recrear la vida de todos los hombres, incluso de los que parecen más lejanos?

v     ¿Busco a María como medianera de todas las gracias? ¿Le confío mis inquietudes? ¿Le pido ayuda para avanzar en el camino de la santidad personal que el Señor quiere de mí?

 

Texto

El Concilio Vaticano II, al dar un nuevo impulso al apostolado de los laicos, tuvo la solicitud de afirmar que la primera, fundamental e insustituible forma de actividad para la edificación del cuerpo de Cristo es la que llevan a cabo individualmente los miembros de la Iglesia (cf. Apostolicam actuositatem, 16). Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio, participando en la misión de la Iglesia. Eso presupone e implica una convicción personal, que brota de la fe y del sensus Ecclesiae que la fe enciende en las almas. Quien cree y quiere ser Iglesia, no puede menos de estar convencido de la “tarea original, insustituible e indelegable” que cada fiel “debe llevar a cabo para el bien de todos” (Christifideles laici. 28).

Es preciso inculcar constantemente en los fieles la conciencia del deber de cooperar en la edificación de la Iglesia, en la llegada del Reino. A los laicos corresponde también la animación evangélica de las realidades temporales. Muchas son las posibilidades de compromiso, especialmente en los ambientes de la familia, el trabajo, la profesión, los círculos culturales y recreativos, etc.; y muchas son también en el mundo de hoy las personas que quieren hacer algo para mejorar la vida, para hacer más justa la sociedad y para contribuir al bien de sus semejantes. Para ellas, el descubrimiento de la consigna cristiana del apostolado podría constituir el desarrollo más elevado de la vocación natural al bien común, que haría más válido, más motivado, más noble y, tal vez, más generoso su compromiso.

Pero existe otra vocación natural que puede y debe realizarse en el apostolado eclesial: las vocaciones a asociarse. En el plano sobrenatural, la tendencia de los hombres a asociarse se enriquece y se eleva al nivel de la comunión fraterna en Cristo: así se da el “signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, quien dijo: “Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt 18, 20)” (Apostolicam actuositatem, 18).

Esta tendencia eclesial al apostolado asociado tiene, sin lugar a dudas, su origen sobrenatural en la “caridad” derramada en los corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5), pero su valor teológico coincide con la exigencia sociológica que, en el mundo moderno, lleva a la unión y a la organización de las fuerzas para lograr objetivos comunes. También en la Iglesia, dice el Concilio, “la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes” (Ibid.). Se trata de unir y coordinar las actividades de todos los que quieren influir, con el mensaje evangélico, en el espíritu y la mentalidad de la gente que se encuentra en las diversas condiciones sociales, Se trata de llevar a cabo una evangelización capaz de ejercer influencia en la opinión pública y en las instituciones; y para lograr este objetivo se hace necesaria una acción realizada en grupo y bien organizada (cf. ibid.). Juan Pablo II, Audiencia General, 23-111-1994


TEMA 2 PASO HACIENDO EL BIEN

Examen

  • ¿Vivo la vida cristiana como una vocación? ¿Me doy cuenta que todo lo que hay en mí es importante para Dios? ¿Acepto con agrado que el Señor me exija a vivir con verdadero espíritu evangélico mis quehaceres ordinarios?
  • ¿Busco lo primero de todo el Reino de Dios y su justicia? En mi vida concreta ¿Ocupa Cristo el primer lugar? ¿Le tengo presente en mis decisiones y en mis ocupaciones? ¿Le dedico a Él un rato cada día?
  • ¿Me planteo mi vida de fe como algo costoso, arduo y lastimoso? ¿Me doy cuenta que ser cristiano no es un mero cumplimiento de unas determinadas normas de conducta o un aceptar una serie de principios filosóficos y teológicos, sino un seguimiento libre a la persona de Cristo?
  • ¿Soy consciente del privilegio que tengo de haber sido llamado por Dios a seguir las huellas de su Hijo? ¿Se lo agradezco con frecuencia? ¿Le pido ayuda para hacerlo con verdadero amor?
  • Como cristiano y como militante de Acción Católica ¿Intento implantar el Reino de Dios, es decir el amor de Cristo, entre los hombres, en el trabajo, la familia, los amigos, los vecinos y conocidos? ¿Pongo los medios para que quienes me conocen se encuentren también con el Señor?
  • ¿Vivo con el espíritu de conversión que el Señor nos exige? ¿Procuro ser sincero conmigo mismo a la hora de ver mis pecados y fallos? ¿Soy sincero también con mi Director Espiritual para que me pueda ayudar en la lucha de cada día?
  • ¿Me apoyo en la ayuda de la Virgen María? ¿Le invoco con frecuencia a lo largo del día?

Texto

Después que Juan fue preso, marchó Jesús a galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertios y creed en la Buena Nueva’” (Me 1, 15). “Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos” (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre el “elevar a los hombres a la participación de la vida divina”(LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra “el germen y el comienzo de este Reino” (LG 5). Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como “familia de Dios”. Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la cruz y su Resurrección. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). a esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf. Lg 3).

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús: La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Le 4, 18; cf. 7,22). Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3); a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Me 2, 23-26; Mt 21, 18), la sed (cf. Jn 4, 6-7; 19, 28) y la privación (cf. Le 9, 58). aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf.Mt 25, 31-46).

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Me 2, 17; cf. 1 Tm 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Le 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Le 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

Catecismo de la Iglesia Católica. 541-545.


TEMA 3 SERVICIO DESINTERESADO A LAS DIÓCESIS Y A LAS PARROQUIAS

Examen

v     ¿Soy de los que me fabrico fantasías bonitas en la cabeza? ¿Intento vivir con los pies en el suelo, cumpliendo con mis obligaciones concretas sin hacerme ideas excéntricas y extrañas?

v     ¿Concreto mi afán apostólico? ¿Busco modos nuevos de hacer mi apostolado entre las personas que me son queridas? ¿Tengo compromisos ejecutables?

v     ¿Rezo y me mortifico por la diócesis, sus obispos, sacerdotes y fieles? ¿Me preocupo de enterarme del plan pastoral de la diócesis? ¿Quiero apoyar con mi trabajo y mi compromiso las propuestas que en él se hacen?

v     ¿Participo en la medida de mis posibilidades en los actos diocesanos, tanto convocados por el arzobispado  como  en   los  que  convoca  la  Acción  Católica?  ¿Ayudo  con  generosidad  al mantenimiento de la Iglesia?

v     ¿Intento comprometerme en las actividades de mi parroquia? ¿Conozco los cauces que la parroquia me ofrece de formación, de apostolado y de caridad? ¿Ayudo a que sea un lugar de encuentro y de amistad con Dios y con los demás cristianos?

v     ¿Encomiendo las actividades que se realizan en la Acción Católica? ¿Me ofrezco en la medida que sé y puedo para colaborar? ¿Me alegro de sus ‘éxitos’, y me duelen sus ‘fracasos’?

v     ¿Tengo presente a María? ¿Le presento también al resto de la Diócesis? ¿Y del Movimiento? ¿Me apoyo en ella en mis problemas?

Texto

Al servicio de la construcción de la comunidad eclesial Como todos los carismas, el de la Acción Católica “es para común utilidad” (1 Cor 12, 7) y hace que sus militantes estén más comprometidos “al servicio de los demás” (1 Pe 4, 10), entregados a la obra del Reino en la construcción de la comunidad eclesial y en la consagración del mundo, mediante el testimonio de vida.

“Se trata de un servicio concreto, destinado a las diócesis y a las diversas parroquias… En efecto, de poco serviría formular propósitos genéricos, si luego, en la realidad, no se actuase activamente en las estructuras de la Iglesia local a la que se pertenece… y la necesidad de la Iglesia en las diócesis y en las parroquias es -hoy como ayer- la de constituirse en comunidad para servir de punto de referencia y de atención… a fin de que niños, jóvenes y adultos respondan a la llamada de Cristo”. “La identidad de la Acción Católica se define ante todo por su fundamental referencia a la Iglesia particular”.

Esta tarea sólo se puede realizar acertada y eficazmente siguiendo la orientación que el mismo Santo Padre expresamente nos señala: “urge rehacer el entramado cristiano de la sociedad. Pero la condición es que se consolide la cristiana trabazón de la misma comunidad eclesial”.

Carácter universal

Este carisma de la Acción Católica, este “sentido de Iglesia”, exige a los militantes y a sus mismas estructuras una “clara apertura a la Iglesia universal… Los cristianos más sencillos, más evangélicos, más abiertos al verdadero sentido de Iglesia tienen una sensibilidad espontánea con respecto a esta dimensión universal, sienten instintiva y profundamente su necesidad… vibran con ella, sufren… cuando se les quiere imponer una iglesia regionalista y sin horizontes”. Esta dimensión universal se presenta a todos los fieles. El mismo Código de Derecho Canónico afirma “todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del universo entero” .

Este sentido de la Iglesia universal se manifiesta en una gozosa adhesión al Papa y en una activa preocupación por la obra misionera de la Iglesia.


TEMA 4 UN MINISTERIO DE LA COMUNIÓN

Examen

v     ¿Busco en todas mis cosas servir a la Iglesia? ¿procuro que mi corazón no se aborrezca o juzgue otras realidades eclesiales? ¿aspiro realmente a la unidad?

v     ¿Me alegro con las alegrías de los demás? ¿Me preocupo por ayudar en la medida de mis posibilidades en las dificultades de los demás? ¿Me intereso por el resto de los grupos y asociaciones que hay en la parroquia o diócesis?

v     ¿Rezo y me mortifico por el resto de los apostolados? ¿Encomiendo los frutos apostólicos de los demás grupos? ¿Pongo dificultades para su implantación o para que su trabajo de frutos?

v     ¿Me cuesta trabajo aceptar a los demás? ¿Sé que debo buscar vínculos de unión y de servicio mutuo entre todos los que hay a nuestro alrededor? ¿Hago presente mi  carisma ante los demás, sabiendo aceptar el del resto?

v     ¿Defiendo con valentía a los demás grupos o personas? ¿Intento hacer ver la bondad de la comunión fraterna? ¿Lo muestro con mis actitudes?

v     ¿Evito todo tipo de comentarios que puedan hacer daño a otros? ¿Me escudo en una ‘crítica constructiva’ para decir cualquier barbaridad de otros?

v     ¿Invoco a María? ¿Le pido por la unidad de todos los que creemos en Cristo su hijo? ¿Le presento las dificultades que tengo para aceptar a los demás y le pido ayuda para superarlas? ¿La invoco como madre de la Iglesia?

Texto

La Acción Católica General realiza esta comunión eclesial sirviendo a la Iglesia, en las diversas comunidades en las que orgánicamente se hace presente, en las que “ha de contribuir y revalorizary renovar las instituciones comunitarias eclesiales. evitando peligrosas incitaciones centrífugas”.

Primaria y esencialmente la Acción Católica es una organización diocesana. “Se necesita que todos los Movimientos especializados y la nueva Acción Católica General estén enraizados en las iglesias particulares. Sin esta inserción no es posible seguir caminando” . Y como la misma Iglesia diocesana, para mejor realizar su servicio, se articula y organiza de diversas formas, entre las que destaca por su validez la división en Centros parroquiales . “Centrándonos en la Acción Católica General su importancia nace de la necesidad de cohesionar al laicado que surge como consecuencia de la labor de la parroquia y en la necesidad de ofrecer cauces para impulsar su presencia evangelizadora en la sociedad” . A los jóvenes de todo el mundo les decía Juan Pablo II “es justamente la Iglesia diocesana la que debéis descubrir. La Iglesia no es una realidad abstracta y desencarnada; al contrario, es una realidad muy concreta: cabalmente una Iglesia diocesana reunida en torno al Obispo. Es también la Iglesia parroquial la que debéis descubrir, su vida, sus necesidades… De esta Iglesia concreta, debéis ser sarmientos vivos y fecundos, es decir, conscientes y responsablemente partícipes de su misión…”.

La Acción Católica General no es una comunidad, sino un grupo diversificado al servicio de la propia comunidad (diocesana y parroquial). Por ser una asociación y un ministerio no puede constituirse nunca como ‘comunidad1 en la que la Iglesia se realice por el ejercicio de sus funciones esenciales.

Forma, pues, parte de su propia comunidad, junto con los otros fieles y grupos, enriquecido cada uno por su parte, con carismas diversos, procedentes de un mismo Espíritu y dados para la construcción de un único cuerpo que es la comunidad de la Iglesia.

Se integra en la comunidad: compartiendo sus objetivos y problemas; ayudando a sus fines, bajo la guía de los Pastores propios de la comunidad; y participando de su vida misionera, evangelizadora, litúrgica y caritativa . “La Acción Católica potencia el funcionamiento de las estructuras pastorales de corresponsabilidad y participación, por las que se expresa también la comunión en la Iglesia. La Acción Católica ofrece una constante disponibilidad para la colaboración responsable en los servicios de la comunidad eclesial” .

Actúa en la comunidad como ‘fermento’ al servicio de todos los miembros, los grupos y la comunidad entera para conseguir que toda ella sea evangelizadora

 


TEMA 5 SERVIR A LA PERSONA Y A LA SOCIEDAD

Examen

1.  ¿Tengo miedo a lo que el mundo me propone? ¿Prefiero refugiarme en mis quehaceres parroquiales o eclesiales? ¿Salgo al mundo convencido de que no salgo a un lugar “extraño”?

2.  ¿Estoy abierto a las realidades buenas de nuestro mundo? ¿Valoro lo que los hombres, también los no creyentes, pueden aportarme? ¿Me siento a gusto en medio de la sociedad en la que Dios me ha puesto?

3.  ¿Me siento responsable de la situación de nuestra sociedad? ¿Aporto mi forma cristiana de enfrentarme a los problemas, retos y proyectos? ¿Sé que tengo muchas cosas que aportar a los hombres de hoy?

4.  ¿Me doy cuenta que el camino de la Iglesia es el hombre? ¿Lo vivo yo personalmente? ¿Me ayuda este convencimiento a buscar nuevos modos de servir a la persona?

5.  ¿Qué hago por promover el respeto y la dignidad de la persona? ¿Soy sensible a las injusticias en las que viven muchas personas alrededor mía? ¿Se me ocurren medios para ayudar a construir un mundo mejor?

6.  ¿Qué significa para mí ser sal de ia tierra? ¿A qué me mueve? ¿De qué forma intento ahogar el bien en abundancia de mal? ¿Cómo ayudo a que el buen olor de Cristo se difunda entre los míos?

7.  ¿Qué significa para mí ser luz del mundo? ¿Verdaderamente la fe ilumina mi vida? ¿Dejo que la luz del Evangelio me enseñe a ver las cosas de otro modo? ¿Cómo soy luz para otros? ¿Qué medios pongo para que todos lleguen a la luz de Cristo?

8.  ¿Pones en manos de la Virgen tu vida y la vida de los tuyos? ¿La invocas con frecuencia para que te ayude en las exigencias de tu vocación laical?

Texto

Es sabido que el Concilio Vaticano II al distinguir, entre los miembros de la Iglesia, a los laicos de los que pertenecen al clero o a los institutos religiosos, reconoce como nota distintiva del estado laical el carácter secular, “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” afirma, señalando así una condición de vida que especifica la vocación y la misión de los laicos, como el orden sagrado y el ministerio sacerdotal especifican el estado de los clérigos, y la profesión de los consejos evangélicos el de los religiosos, sobre la base de la consagración bautismal, común a todos.

Se trata de una vocación especial, que precisa la vocación cristiana común, por la que todos estamos llamados a obrar según las exigencias de nuestro ser, es decir, como miembros del Cuerpo místico de Cristo, y, en El, hijos adoptivos de Dios. Siempre según el Concilio, los ministros ordenados están llamados a desempeñar las funciones sagradas con una especial concentración de su vida en Dios para procurar a los hombres los bienes espirituales, la verdad, la vida y el amor de Cristo. Los religiosos, a su vez, dan testimonio de la búsqueda de lo único necesario con la renuncia a los bienes temporales por el reino de Dios: son, por tanto, testigos del cielo. Los laicos, como tales, están llamados y destinados a honrar a Dios en el uso de las cosas temporales y en la cooperación al progreso temporal de la sociedad. En este sentido, el Concilio habla del carácter secular del laicado en la Iglesia. Cuando aplica esta expresión a la vocación de los laicos, el Concilio valoriza el orden temporal y, podemos decir, el siglo; pero el modo como define luego esa vocación demuestra su trascendencia sobre las perspectivas del tiempo y sobre las cosas del mundo..

Juan Pablo II, Audiencia general, 3 de noviembre de 1993

 


TEMA 6 PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Examen

1.  ¿Participo de la urgencia por llevar el evangelio a todos los hombres? ¿Encomiendo en mi oración  las tareas apostólicas de  la Iglesia Universal? ¿Encomiendo muy especialmente el apostolado que se realiza desde la Acción Católica?

2.  ¿Medito con frecuencia las parábolas de la luz. de ia levadura o de la sal de la tierra? ¿descubro en ellas mi vocación al apostolado? ¿Siento la responsabilidad que Cristo me está pidiendo?

3.  En la familia ¿vivo con alegría mi fe? ¿Hablo con naturalidad de lo que creo y vivo? ¿doy mi opinión con libertad? ¿me preocupo de la fe y de vida cristiana de quienes forman

4.  4.    En el trabajo ¿Escondo mis creencias? ¿aprovecho ocasiones para hablar de Dios a mis compañeros? ¿me conformo con no dar un mal ejemplo? ¿propongo el criterio cristiano en temas a veces controvertidos? ¿busco algún momento para tener relaciones personales en las que pueda hablar de lo que es mi vida de fe?

5.  Con los amigos y compañeros de ocio ¿soy libre para dar a conocer mis opiniones? ¿defiendo con valentía a la Iglesia, sus pastores y su doctrina? ¿dejo de hacer cosas que debo como cristiano por no quedar mal? ¿me sirve la amistad para hablar de Dios? ¿rezo por la fe de mis amigos y conocidos?

6.  ¿Qué excusas pongo para evitar dar un testimonio de fe? ¿son verdaderas razones o simples excusas?

7.  ¿Tengo a la Virgen presente en mi oración? ¿le encomiendo mis afanes apostólicos? ¿Le encomiendo los apostolados de la Acción Católica y de la Iglesia?

Texto

El concilio Vaticano II, al dar un nuevo impulso al apostolado de los laicos, tuvo la solicitud de afirmar que la primera, fundamental e insustituible forma de actividad para la edificación del cuerpo de Cristo es la que llevan a cabo individualmente los miembros de la Iglesia. Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio, participando en la misión de la iglesia. Eso presupone e implica una convicción personal, que brota de la fe y del sensus Ecclesiae que la fe enciende en las almas. Quien cree y quiere ser Iglesia, no puede menos de estar convencido de la “tarea original, insustituible e indelegable” que cada fiel “debe llevar a cabo para el bien de todos”.

Es preciso inculcar constantemente en los fieles la conciencia del deber de cooperar en la edificación de la Iglesia, en la llegada del Reino. A los laicos corresponde también la animación evangélica de las realidades temporales. Muchas son las posibilidades de compromiso, especialmente en los ambientes de la familia, el trabajo, la profesión, los círculos culturales y recreativos, etc.; y muchas son también en el mundo de hoy las personas que quieren hacer algo para mejorar la vida, para hacer más justa la sociedad y para contribuir al bien de sus semejantes. Para ellas, el descubrimiento de la consigna cristiana del apostolado podría constituir el desarrollo más elevado de la vocación natural al bien común, que haría más válido, más motivado, más noble y tal vez, más generoso su compromiso.

Juan PabloII, Audiencia general, 23 de marzo de 1994

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La Accion Catolica estuvo con el Papa Francisco

La AC estuvo con el Papa Francisco

Mar 21, 2013 – Destacados

http://www.accioncatolica.org.ar/?p=9424

La AC estuvo con el Papa FranciscoUna pequeña delegación del FIAC y de la ACI y nuestro Asesor Nacional Mons. Eduardo García, estuvieron junto al Papa Francisco en la mañana del 20 de marzo. A él le llevaron el saludo de la AC de todo el mundo y le aseguraron que se continuará con la cadena de oración iniciada desde la Acción Católica Argentina. María Grazi Tibaldi, Secretaria del Foro Internacional de Acción Católica, nos relata el Encuentro.

Todos juntos, familiares y amigos argentinos hemos saludado al Papa Francisco en la mañana del miércoles 20 de marzo, entre ellos una pequeña delegación del FIAC y de la ACI, que de modo informal ha llevado al Papa el saludo de toda la Acción Católica del mundo.

Estuvieron presentes Mons. Domenico Sigalini, Franco Miano – Codruta Fernea, Mark Sposito , Teresa Borrelli, Silvia Correale y María Grazia Tibaldi

El Coordinador del Secretariado del FIAC, Emilio Inzaurraga, presidente nacional de la Acción Católica Argentina, no participó de este encuentro, ya que decidió no viajar a Roma, siguiendo el deseo del Santo Padre, de acompañarlo espiritualmente y destinar el dinero del viaje a los pobres. Hemos llevado su saludo de un modo especial al Santo Padre.

En el encuentro estuvo presente Mons Eduardo García, auxiliar de Buenos Aires y asesor general de la Acción Católica Argentina, que acompañó al Santo Padre desde el viernes 15.

Como FIAC le hemos asegurado al Papa Francisco que continuaremos una cadena de oración permanente por él, iniciada por la Acción Católica Argentina, especialmente entre los aspirantes y jóvenes recordando la pertenencia del Cardenal Jorge Bergoglio como aspirante y joven en la Parroquia San José de Flores en Buenos Aires.

El clima vivido fue muy festivo y familiar, animado por el canto mariano. Luego de una breve presentación del Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina Mons. José María Arancedo, el Papa agradeció y saludó a cada uno con gran afecto y pidió que oráramos por él, luego nos impartió la bendición apostólica a todos los presentes.

 

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El apostolado de los laicos

EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

“¿Y tú, sabes que eres Apostolado Seglar?”

Antonio Cartagena, seglarterrassa.org

Consideraciones previas

a)                   ¿En la actualidad de dónde nacen los reales problemas de la Iglesia? Nacen de la afirmación masiva del ateísmo, del laicismo dominante, del relativismo que lleva al individualismo, de la secularización de muchas conciencias, del cambio que experimenta lo ságrado en la sociedad, de la dificultad de encontrar caminos éticos que dignifiquen el ejercicio moral de la vida e integren las conquistas de la ciencia, de la economía y de la política, de una cultura de la inmediatez y de la opulencia, que olvidan al prójimo pobre y rechazan al diferente. Ante esta situación, ¿cuál debe ser nuestro compromiso y qué actitud hay que tener, como Iglesia y dentro de ella el laicado? ¿Qué podemos hacer?

b)                  La palabra “apóstol” está en la base de la palacra “apostolado”, de origen reciente, al menos en el sentido que aquí nos interesa; a saber, la participación en el oficio apostólico de la Iglesia. La realidad, si no la palabra, existía desde el principio: las acciones que denominamos apostólicas, o parte del apostolado, aparecen frecuentemente en el Nuevo Testamento y en la tradición patrística. En la tradición medieval, la palabra “apostolado” tendía a usarse en relación con el oficio de los apóstoles originarios. Parte del contenido que hoy asignamos a la palabra “apostolado” se colocaba entonces bajo la denominación de “vida activa”.«Hasta el siglo XIX la palabra “apostolado” no se usó referida a los laicos. En el siglo XX se difundió la idea de la Acción Católica. Pío X fue el primer Papa en usarlo. Pero fue Pío XI quien habló del valor de la labor de los laicos: “Unidos a sus pastores y obispos, participan en las labores del apostolado, tanto individual como social”(AA,14 (1925) 695.

c)                   Una Teología del Laicado como la que plantea el Concilio Vaticano II, la exhortación del Papa “Christifideles Laici” y el documento de nuestros Obispos “Los Cristianos Laicos, Iglesia en el Mundo”, exige una verdadera transformación del funcionamiento de nuestras iglesias locales y de la pastoral que en ellas se realiza. En la actual organización difícilmente tiene cabida un laicado como el que plantean esos documentos.

I. El APOSTOLADO LAICAL

1.1.     En el proceso de los debates conciliares empieza a verse el apostolado de los laicos como una tarea encomendada por Cristo a través del bautismo y de la confirmación. Tiene su origen en los dones específicos que estos han recibido. Pueden además ser llamados “a una colaboración más inmediata con el apostolado de la jerarquía” (LG, 33).

1.2.             El Decreto sobre el apostolado de los laicos considera el apostolado de los seglares como una participación en la misión de la iglesia que les es propia y, al mismo tiempo, es indispensable para ésta (AA, 1), habla de su participación en los oficios sacerdotal, profètico y real de Cristo (LG, 34-36); el decreto señala además la llamada a la santidad en su propio estado de vida (AA, 4), actividades, formación, campos de apostolado en los que uno debe comprometerse según su vocación y sus dotes (AA, 10) …Con este decretóla Iglesia adquiere una visión del apostolado más amplia, como tarea que incumbe a todos y cada uno de los laicos.

1.3.             Las concepciones del Vaticano II son desarrolladas y aclaradas en la Chistifideles laici (1988) sobre la vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En línea con Apostolicam actuositatem, desarrolla la variedad de las vocaciones y formas de apostolado de los laicos en la Iglesia y en el mundo (CL, 45-57); y trata por último de la maduración y de la formación (CL, 57-63).

1.4.             El apostolado de los laicos tiene dos centros de gravedad: por un lado, participan en la misión general de la Iglesia como miembros de ella y, por otro, tienen un papel especial en la difusión del Evangelio en el mundo. Pero hay que evitar el peligro de considerar lo sagrado ligado al clero, relegando a los laicos a lo secular. Al laicado le corresponde un apostolado genuino en la Iglesia.

Es tarea de la teología pastoral reconocer este apostolado y tratar de no clericalizarlo. Cuanto más firmemente enraizado esté en los sacramentos de iniciación, menos peligro habrá de caer en esta aberración; la clericalización surge cuando se considera que el laicado colabora en las tareas del clero en lugar de realizar una misión específica. Las diferentes Iglesias locales, las diferentes culturas y tiempos determinarán el modo en que obispos, sacerdotes, laicos y religiosos habrán de comprometerse en la única misión de la Iglesia a través de las actividades del apostolado.

  1. II.     CAUCES DE PARTICIPACION PARA LA MISION DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA Y EN EL MUNDO.

Vivir la misión de la Iglesia, participando en el dinamismo de la historia es, para los laicos, un desafío a arraigarse con más profundidad en la comunión eclesial. Esto les exige.

2.1.     Participar activamente en la vida de las comunidades eclesiales. Así

pues:

                      Deben estar presentes en las estructuras de corresponsabilidad pastoral: Consejo Diocesano de Pastoral, Delegaciones Diocesanas, Apostolado Seglar (CLIM9 110, pág. 81), Consejo parroquial, Comisiones, etc.;

                      Deben de buscar nuevas formas de responsabilidad; se les debe confiar servicios adecuados a su índole secular;


                      Tienen que descubrir que su servicio no es exclusivo, sino
complementario con otros; la diócesis, parroquia, comunidad, asociación o movimiento tienen que hacer visible la unidad de la misión. El sujeto que evangeliza es toda la Iglesia y la Iglesia toda;

                      Debe participar activamente en la vida sacramental y litúrgica; o sea, sentir con y como Iglesia.

2.2.             Al participar en la vida de las comunidades, los laicos aportan la riqueza de su propia existencia y su competencia “seculares”;

                      Deben de contribuir, ante todo, haciendo presentes en la Iglesia los problemas, situaciones y conflictos del mundo que viven.

                      Su presencia debe recordar a la Iglesia, a sus comunidades, y de manera incansable que ella es, por su misma naturaleza, misionera y enviada al mundo.

                      De igual forma deben recordar continuamente la disponibilidad al diálogo, la apertura, la capacidad de escucha, la solidaridad, el compartir, la presencia activa en el mundo.

2.3.             Al organizarse en grupos, movimientos y asociaciones, en el seno de la Iglesia, los laicos encuentran nuevas fuentes de mutua ayuda y colaboración que les permiten incorporarse más profundamente a la Iglesia para testimoniar y comprometerse con y como Iglesia para la liberación-salvación del mundo. Estos deben lograr ser:

plataformas de diálogo e intercambio intraeclesiales.

                      ayudas concretas y específicas para que haya una presencia cristiana en la sociedad.

                      lugar, instrumento y cauce de formación.

                      apoyo de una comunidad.

                      expresiones comunitarias de la fe y de las diversas opciones.

                      expresiones de colaboración entre sacerdotes, laicos, religiosos, as.

                      tejido eclesial que vertebra la Iglesia particular.

2.4.             Los laicos que no son miembros de grupos o movimientos, y no pertenecen a las estructuras parroquiales o diocesanas, deben recibir una ayuda concreta para poder realizar su vocación y misión:

Atención de los obispos y sacerdotes y demás responsables de la Iglesia, concretada en:

*                     formación

*                     dialogo

*                     programas pastorales

De igual forma las estructuras existentes y/o los grupos o movimientos deben complementarse aún más al servicio de todos los seglares con:

*                     iniciativas abiertas

*                     buscar nuevas formas de colaboración e intercambio

*                     respeto de la diversidad y de la complementariedad

*                     renuncia al “elitismo”

*                     respeto a la autonomía y a la originalidad.

En resumen, para que la Iglesia cumpla su misión en el mundo actual, es indispensable hacer hincapié en la calidad (santidad, oración…estilo) de la participación de los laicos en la evangelización.

Se deberá ayudar a los laicos a contemplar su compromiso partiendo de las raíces culturales e históricas de su propio pueblo. Es el fundamento sobre el cual podrán prepararse a construir una nueva sociedad según los criterios y valores del Evangelio. El método, ya clásico, del “ver, juzgar y actuar”, que ha contribuido, a lo largo de toda la historia de la Acción Católica, a formar laicos capaces de participar en la vida social y política como testigos del Evangelio, puede adaptarse a las necesidades de los laicos, hoy, y dar todavía muchos frutos en cuanto a su formación.»

  1. III.      LOS CAUCES DE LA COMUNIÓN.

Recordemos brevemente los cuatro grandes cauces por los que los laicos acceden a la corresponsabilidad con su Iglesia:

3.1.      Ei de la participación en estructuras comunitarias de consulta, principalmente los Consejos Pastorales.

En la Exhortación apostólica “Christifideles laici” el Papa afirma que “el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca la creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a los que se pueda recurrir según las ocasiones. Ellos son la principal forma de colaboración y de diálogo, como también de discernimiento, a nivel diocesano. La participación de los fieles laicos en estos Consejos podrá ampliar el recurso a la consulta, y hará que el principio de colaboración -que en determinados casos es también de decisión- sea aplicado de un modo más fuerte y extenso”(C FL, 25).

Mucho se ha debatido el carácter consultivo o deliberativo de los Consejos y sus repercusiones sobre la corresponsabilidad. A este respecto hay que considerar la siguiente reflexión de E. Corecco: El voto consultivo de los presbíteros y de los laicos es parte integrante del proceso a partir del cual surge el juicio vinculante de fe del obispo… Por eso el voto consultivo posee una fuerza vinculante intrínseca, que le viene de la complementariedad estructural existente entre el oficio episcopal, los presbíteros y los laicos. Su función puede aparecer como una reducción indebida de la participación en la gestión del servicio eclesial sólo desde un enfoque mundano, incapaz de comprender la fuerza vinculante de la communio y del significado constitucional de la sinodalidad eclesial, que no está fundada en el principio de división del poder, sino sobre el hecho de que la responsabilidad del obispo es indivisible y no puede ser sustituida por la responsabilidad de la mayoría” (Sinodalidad NDT).

El de las asociaciones laicales, particularmente aquéllas de carácter público que, según el Derecho Canónico, actúan “en nombre de la Iglesia1, y las que hayan sido “elegidas” y “promovidas de un modo peculiar” por la

‘ No se ha aclarado satisfactoriamente qué significa actuar “nomine Ecclesiae” (can. 313). Algunos piensan que “significa nomine auctoritatis agere, es decir, las personas públicas jurídicas actúan en nombre de aquella autoridad eclesiástica que las constituye” (vid. L. Martínez Sistach. “Las asociaciones de fieles”, Barcelona 1986, pág. 53) En cambio la Instrucción de la Junta de Asuntos Jurídicos de la Conferencia Episcopal sobre las Asociaciones de Fieles dice expresamente que no puede entenderse “nomine auctoritatis agere”, sino que actúan con una vinculación mayor que la de las asociaciones privadas.

autoridad eclesiástica, “asumiendo respecto de ellas responsabilidad especial” (AA, 24). En este terreno hay que situar a muchas de las asociaciones que forman parte del Foro y a la propia plataforma que él mismo es.

3.2,. El de los ministerios confiados a laicos. Cuestión que no planteamos.

3.Jf. Y, por último, el de aquellos que “han sido llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía… Por lo demás, los laicos poseen aptitud para ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual (LG,33)predicar, juez, la cura pastoral de una parroquia).

¿En qué lugar de este cuadro habremos de situar al apostolado individual, cuya legitimidad e importancia se ha reconocido?El problema no es saber cuál es el cauce, sino lograr que el laico que realiza su apostolado de forma individual tenga y quiera tener (si quiere, la encontrará) una conexión válida con alguna de las estructuras de corresponsabilidad; así evitará el riesgo de “correr en vano” o sea, de ser un evangelizador por libre. A través de su pertenencia y vinculación con la Parroquia, principalmente, habrá de mantener el espíritu de comunión que le llevará a ser consciente de los proyectos comunes de evangelización y a orientar su apostolado en esa misma línea.

Digamos para cerrar este apartado que ese modo de pertenencia eclesial —pertenencia de corresponsabilidad—reclama adultez humana y cristiana. Amparándose en la deficiente vitalidad de una fe adulta, que a veces se constata en nuestra Iglesia, se ha mantenido a muchos cristianos bajo tutela en no pocas comunidades eclesiales. Hay que terminar de una vez con esta situación, que compromete la propia vitalidad de nuestra Iglesia: si los cristianos no han madurado mínimamente como para asumir las responsabilidades que se derivan de su participación eclesial, todos hemos de poner manos a la obra para que esta laguna se supere; pero quienes tienen, el ministerio de unidad, coordinación y dirección de las comunidades no deberían seguir invocando acríticamente esta excusa, si es que todavía la usan, y entrar francamente en un régimen de responsabilidad compartida (corresponsabilidad) que tiene toda la fuerza vinculante de la comunión eclesial.

  1. IV.    BREVE SINTESIS DE LA DOCTRINA SOBRE EL APOSTOLADO LAICAL

Esta síntesis catequética constituye una breve CARTA MAGNA del apostolado laical individual y organizado:

*                    sus fundamentos teológicos y sociológicos,

*                    su fuerza y su autonomía, su respaldo canónico,

*                    su eclesialidad

*                    su necesaria variedad y unidad,

*                    su imprescindible comunión con la Jerarquía.

4.1.            Apostolado individual indelegable.

El Concilio Vaticano II, al dar un nuevo impulso al apostolado de los laicos, tuvo la solicitud de afirmar que la primera, fundamental e insustituible forma de actividad para la edificación del cuerpo de Cristo es la que llevan a cabo individualmente, los miembros de la Iglesia (AA.16). Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio, participando en la misión de la Iglesia» Eso presupone e implica una convicción personal, que brota de la fe y del “sensus Ecclesiae” que la fe enciende en las almas. Quien cree y quiere ser Iglesia, no puede menos de estar convencido de la “tarea original, insustituible e indelegable” que cada fiel “debe llevar a cabo para el bien de todos” (CFL 28).

4.2.            Edificación de la Iglesia y animación de lo temporal. Es preciso vincular constantemente en los fieles la conciencia del deber de cooperar en la edificación de la Iglesia, en la llegada del Reino. A los laicos corresponde también la animación evangélica de las realidades temporales. Muchas son las posibilidades de compromiso, especialmente en los ambientes de la familia, el trabajo, la profesión, los círculos culturales y recreativos, etc.; y muchas son también en el mundo de hoy las personas que quieren hacer algo para mejorar la vida, para hacer más justa la sociedad y para contribuir al bien de sus semejantes. Para ellas, el descubrimiento de la consigna cristiana del apostolado podría constituir el desarrollo más elevado de la vocación natural al bien común, que haría más válido, más motivado, más noble y, tal vez, más generoso su compromiso.

4.3.            La vocación a asociarse.

Pero existe otra vocación natural que puede y debe realizarse en el apostolado eclesial: la vocación a asociarse. En el plano sobrenatural, la tendencia de los hombres a asociarse se enriquece y se eleva al nivel de la comunión fraterna en Cristo: así se da el “signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, quien dijo: “Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18,20)” (AA.18).

4.4.            Origen teológico y sociológico de la asociación.

Esta tendencia especial al apostolado asociado tiene, sin lugar a dudas, su origen sobrenatural en la “caridad” derramada en los corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5,5), pero su valor teológico coincide con la exigencia sociológica que, en el mundo moderno, lleva a la unión y a la organización de las fuerzas para lograr objetivos comunes. También en la Iglesia, dice el Concilio, “la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los objetivos del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes” (ib). Se trata de unir y coordinar las actividades de todos los que quieren influir, con el mensaje evangélico, en el espíritu y la mentalidad de la gente que se encuentra en las
diversas condiciones sociales. Se trata de llevar a cabo una evangelización capaz de ejercer influencia en la opinión pública y en las instituciones, y para lograr este objetivo se hace necesaria una acción realizada en grupo y bien organizada (cf. ib).

4.5.             Derecho de los laicos a asociarse.

La Iglesia, por consiguiente, impulsa tanto el apostolado individual como el asociado, y, con el Concilio, afirma el derecho de los laicos a formar asociaciones para el apostolado “Guardada la relación debida con la autoridad eclesiástica, los seglares tienen el derecho de fundar y dirigir asociaciones y el de afiliarse a las fundadas (ib. 19).

4.6.             El derecho a asociarse nace del bautismo.

La relación con la autoridad eclesiástica implica que se quiere mantener la armonía y la cooperación eclesial. Pero no impide la autonomía propia de las asociaciones. Si en la sociedad civil, el derecho a crear una asociación es reconocido como un derecho de la persona, basado en la libertad que tiene el hombre de unirse con otros hombres para lograr un objetivo común, en la Iglesia el derecho a fundar una asociación para alcanzar finalidades religiosas brota, también para los fieles laicos, del bautismo, que da a cada cristiano la posibilidad, el deber y la fuerza para llevar a cabo una participación activa en la comunión y en la misión de la Iglesia (CFL,29). En este sentido se expresa también el Código de Derecho Canónico: “Los fieles tienen la facultad de fundar y dirigir asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para conseguir en común esos mismos fines” (Cn. 215).

4.7.             Asociaciones antiguas y nuevas.

De hecho, en la Iglesia, cada vez con más frecuencia, los laicos hacen uso de esa facultad. En el pasado, a decir verdad, no han faltado asociaciones de fieles, que adoptaron las formas posibles en esos tiempos. Pero no cabe duda de que hoy el fenómeno tiene una amplitud y una variedad nuevas. Junto a las antiguas fraternidades, misericordias, pías uniones, terceras órdenes, etc., se desarrollan por doquier nuevas formas de asociación. Son grupos, comunidades o movimientos que buscan una gran variedad de fines, métodos y campos de actividad, pero siempre con una única finalidad fundamental: el incremento de la vida cristiana y la cooperación en la misión de la Iglesia (Cf. CFL 29).

4.8.             Variedad y unidad necesarias.

l


Esa diversidad de formas de asociación no es algo negativo; al contrario, es una manifestación de la libertad soberana del Espíritu Santo, que respeta y alienta la variedad de tendencias, temperamentos, vocaciones, capacidades, etc., que existe entre los hombres. Es cierto, sin embargo, que dentro de la variedad hay que conservar siempre la preocupación por la unidad, evitando rivalidades, tensiones,

 

tendencias al monopolio del apostolado o a primados que el mismo Evangelio excluye, y alimentando siempre entre las diversas asociaciones el espíritu de participación y comunión, para contribuir de verdad a la difusión del mensaje evangélico.

4.9.             Los criterios de eclesialidad.

Los criterios que permiten reconocer la eclesialidad, es decir, el carácter auténticamente católico de las diversas asociaciones, son:

a)                   La primacía concedida a la santidad y a la perfección de la caridad como finalidad de la vocación cristiana;

b)                  el compromiso de profesar responsablemente la fe católica en comunión con el magisterio de la Iglesia;

c)                   la participación en el fin apostólico de la Iglesia con un compromiso de presencia y de acción en la sociedad humana;

d)                  el testimonio de comunión concreta con el Papa y con el propio obispo (cf. CFL 30).

4.10.         Criterios válidos en todos los niveles y ambientes.

Estos criterios se han de observar y aplicar a nivel local, diocesano, regional, nacional, e incluso en la esfera de las relaciones internacionales entre organismos culturales, sociales o políticos, de acuerdo con la misión universal de la Iglesia, que trata de infundir en pueblos y Estados, y en las nuevas comunidades que forman, el espíritu de la verdad, la caridad y la paz.

4.11.         Relaciones con la autoridad eclesiástica.

Las relaciones de las asociaciones de los laicos con la autoridad eclesiástica pueden tener también reconocimientos y aprobaciones particulares, cuando ello resulte oportuno o incluso necesario a causa de su extensión o del tipo de su compromiso en el apostolado (cf. ib. 31). El Concilio señala esta posibilidad y oportunidad para “asociaciones y obras apostólicas que tienden inmediatamente a un fin espiritual” (AA. 24). Por lo que respecta a las asociaciones “ecuménicas” con mayoría católica y minoría no católica, corresponde al Consejo Pontificio para los Laicos establecer las condiciones para aprobarlas (cf. CFL. 31).

4.12.         La Acción Católica.

Entre las formas de apostolado asociado, el Concilio cita expresamente 1a. Acción Católica (AA, 20). A pesar de las diferentes formas que ha tomado en los diversos países y los cambios que se han producido en ella a lo largo del tiempo, la Acción Católica se ha distinguido por el vínculo más estrecho que ha mantenido con la jerarquía. Esa ha sido una de las principales razones de los abundantísimos frutos que ha producido en la Iglesia y en el mundo durante sus muchos años de historia.

4.13.         Características de la Acción Católica.

Las organizaciones conocidas con el nombre de Acción Católica – y
también con otros nombres -, o las asociaciones semejantes, tienen como fin la evangelización y la santificación del prójimo, la formación cristiana de las conciencias, la influencia en las costumbres y la animación religiosa de la sociedad. Los laicos asumen su responsabilidad en comunión con el obispo y los sacerdotes. Actúan “bajo la dirección superior de la propia Jerarquía, la cual puede sancionar esta cooperación incluso con un mandato explícito” (ib). De ,su grado de fidelidad a la Jerarquía y de concordia eclesial depende y dependerá siempre su grado de capacidad para edificar el cuerpo de Cristo, mientras la experiencia demuestra que, si en la base de su acción se coloca el disenso y se plantea casi sistemáticamente una actitud conflictiva, no sólo no se edifica la Iglesia, sino que se pone en marcha un proceso de autodestrucción que hace inútil el trabajo y, por lo general, lleva a la propia disolución.

4.14.       Que el laicado manifieste la unidad eclesial.

La Iglesia, el Concilio y el Papa desean y piden a Dios para que en las formas asociadas del apostolado de ios laicos, y especialmente en la Acción Católica, sea siempre manifiesta la irradiación de la comunidad eclesial en su unidad, en su caridad y en su misión de difundir la fe y la santidad en el mundo.

  1. V.               LA IGLESIA ESTÁ EN EL MUNDO GRACIAS A LOS LAICOS.

En el momento actual de la reflexión teológica es lo menos que podemos decir. Se ha hablado de la Iglesia, toda ella volcada hacia el mundo, por vocación, para anunciarle la gozosa esperanza del Reino de Dios. El documento de nuestros Obispos pone de relieve que “la inserción de la Iglesia toda en el mundo y para el mundo” se hace concreta a través de la vivencia eclesial y misionera de la “índole secular” de los laicos (CLIM, 26-29).


Naturalmente, el hecho de que el sujeto de la evangelización sean las comunidades impone la incorporación de los laicos y laicas a sus tareas y la atribución a este sector inmenso del pueblo de Dios de un papel de protagonista en el desarrollo de la tarea evangelizadora. Un papel, que se deriva para los laicos, no de una delegación de la jerarquía, sino de su condición de bautizados que comparten con Jesús su condición real, sacerdotal y profètica. No olvidemos que el Concilio les había atribuido antes la llamada a la santidad de vida, raíz de su condición de testigos; y que su forma de vida en la más estrecha relación con los hombres y mujeres que con ellos comparten las tareas de construcción de la sociedad les facilita lo esencial de la evangelización: “poner el evangelio en contacto con las necesidades y los problemas de la vida” “Amar es lo primero”.

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