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Los Laicos o Seglares de la Iglesia

Los Laicos o Seglares de la Iglesia
Jerarquía de la Iglesia. Eclesiología

Son los encargados de que el Reino de Dios se haga una realidad en los diversos campos que forman su vida, donde el sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar.

Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

¿Quiénes son los laicos, los seglares de la Iglesia?

Se oye tanto hablar de esa palabra que muchas veces nos perdemos en el vocabulario y no sabemos a quiénes se refieren cuando oímos expresiones como “Ha llegado la hora de los laicos”. “Los seglares deben colaborar con la Iglesia”.

La respuesta podría ser muy fácil: Los laicos son todas las personas que pertenecen a la Iglesia católica, a través del Bautismo pero que no son obispos, sacerdotes, o pertenecen a algún grupo de vida consagrada.De esta forma, los laicos son todos los fieles que han sido bautizados dentro de la Iglesia.

Para ser más precisos, escuchemos lo que dice el Concilio Vaticano II en el documento Lumen Gentium, número 31 y que recoge el Catecismo de la Iglesia católica en el número 897: “Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”.

Elemento muy importante para distinguir a los laicos es el de su bautismo. Por este sacramento, los laicos o fieles del pueblo de Dios se hacen acreedores al derecho de llamarse y de ser Hijos de Dios y participar de esa filiación divina. Pero también comparten la obligación de trabajar para que el mensaje de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra. Esta obligación es más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo.

La acción que realizan los laicos dentro de la Iglesia no es indiferente. Su participación no es indiferente ni debe reducirse a la recepción de los sacramentos, antes bien, debe ser muy activa de forma que ayuden a que todas las realidades en las que ellos trabajan sean invadidas por el espíritu del evangelio. Por lo tanto, la familia, la profesión y el trabajo que desempeñan, sus actividades sociales, deportivas y de descanso, todo, absolutamente todo lo que conforma su vida, debe quedar informado por el espíritu del evangelio. En pocas palabras, los laicos son los encargados de que el Reino de Dios se haga una realidad en los diversos campos que forman su vida. Por lo tanto, ahí donde el sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar, ahí es donde el laico debe comprometerse para hacer llegar el mensaje de Cristo.

Juan Pablo II ha dicho de los laicos: “El Reino de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo para obrar el bien. A esta labor de animación evangélica están llamados, junto con todos los hombres de buena voluntad, todos los cristianos y de manera especial los laicos”. (Cfr. Centesimus annus, número 25).

El apostolado que deben llevar a cabo los laicos no se reduce solamente al testimonio de su vida, lo cual ya es una labor fundamental para construir el Reino de Dios en la sociedad. Deben ser “sanamente agresivos” con el fin de buscar todas aquellas oportunidades para hacer real en todos los ámbitos dela sociedad, el mensaje de Cristo. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia, como apuntaba el Papa Pío XII en su discurso del 20 de febrero de 1946 y que fue citado por Juan Pablo II en su documento Christifideles laici, número 9: “Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia.

 

Categorías:Laicos

Los Laicos en la Iglesia de Hoy

 

Los Laicos en la Iglesia de Hoy

Jean Landousies C.M.

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Recommended Citation

Landousies, Jean C.M. (2002) “Los Laicos en la Iglesia de Hoy,” Vincentiana: Vol. 46: No. 4, Article 66. Available at: http://via.library.depaul.edu/vincentiana/vol46/iss4/66

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Los laicos en la Iglesia de hoy

por Jean Landousies, C.M.

Provincia de París 9.VII.2002

Introducción

El título dado a esta exposición engloba un campo muy amplio: «Los laicos en la Iglesia hoy». Por otra parte, la diversidad de origen, de profesión, de trabajo, de situación y de las opciones locales de todos ustedes, hace todavía más difícil el proyecto. Por eso he tenido que optar entre los temas posibles para nuestra reflexión. Me he visto obligado a limitarme a elementos bastante generales, esperando que en el trabajo de grupo van a poder expresar sus experiencias. Les propongo, pues, algunas orientaciones que me parecen importantes para la vocación y la misión de los laicos en las evoluciones actuales del mundo y de la Iglesia. Voy a desarrollar mi intervención en cinco puntos:

  1. Los laicos en la Iglesia-Comunión;
  2. Laicos apasionados por el hombre: la llamada a anunciar el Evangelio a los pobres;
  3. Laicos apasionados por Dios: la llamada a la santidad;
  4. Trabajar como Iglesia, colaborar con los hombres de buena voluntad;
  5. La necesidad de la formación.

Antes de entrar en nuestra reflexión, quisiera también poner de relieve dos puntos que me parece importante tener presentes como telón de fondo en nuestro debate:

El primero es el interés que Vicente de Paúl dio al lugar de los laicos en la misión de la Iglesia. Recordemos que la primera de sus fundaciones fue la de las Caridades. Reunió a laicos para que los pobres fueran servidos. Este tema lo trataremos más tarde. El segundo punto es la inquietud que debemos tener no solamente por el laicado vicenciano «constituido», sino también por todos los laicos que a través del mundo siguen, explícitamente o no, a San Vicente de Paúl, y que no tienen ninguna intención de unirse a una rama constituida de la Familia Vicenciana. Ellos también, solos o junto con otros, hacen que los pobres sean servidos.

  1. Laicos en la Iglesia comunión

1.1. ¿Qué Iglesia? En un primer momento, les invito a reflexionar un instante sobre la Iglesia en la que los bautizados tienen que vivir su vocación.

Desde el Concilio Vaticano II, la reflexión sobre la Iglesia comunión se ha desarrollado ampliamente. Nos encontramos aquí en el corazón del misterio de la Iglesia: una Iglesia que procede del Dios-Trinidad, es decir, de un Dios que es Él mismo comunión; una Iglesia cuyos miembros deben vivir en comunión con ese Dios que los llama y los envía; una comunión con Dios de donde procede la comunión de los miembros entre sí. Por último, como consecuencia de lo que ella misma es en lo más profundo de su ser, esta Iglesia ha recibido la misión de trabajar en la realización de la comunión de todos los hombres entre ellos y con Dios.

Tres imágenes importantes expresan y completan la presentación de este misterio de la Iglesia comunión: las imágenes de la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu.

  1. La Iglesia, Pueblo de Dios. La Iglesia es un pueblo que procede de Dios, que vive de Dios y que pertenece a Dios. Antes de toda distinción de funciones, de servicios o de ministerios, lo que es primordial es el ser una asamblea de cristianos. Lo que no excluye, por supuesto, la necesidad que tiene el Pueblo de Dios, como todo pueblo, de contar con responsables, tomados de entre sus miembros. Pero es preciso ir aún más lejos, pues es grande el riesgo de que ese Pueblo se encierre en sí mismo, excluyendo a quienes no forman parte de él. Es lo que podría llamarse el riesgo ‘sectario’. La Iglesia es un pueblo enviado a misión con el Espíritu Santo, un pueblo abierto a todos los pueblos de la tierra, invitándoles a formar todos juntos el único Pueblo de Dios. Conocemos bien el bello pasaje de Lumen Gentium, empleado después muchas veces en la enseñanza del Magisterio: «la Iglesia es, en Cristo, en cierta manera, el sacramento, es decir, el signo y a la vez el medio de la unión íntima con Dios y de la unidad con todo el género humano» (n. 1).
  2. La Iglesia Cuerpo de Cristo. En estos últimos años, quizá se ha hablado con frecuencia exclusivamente de la Iglesia como Pueblo de Dios, sin duda, para evitar caer de nuevo en una visión piramidal de la Iglesia. Sin embargo, la imagen del pueblo no agota el misterio de la Iglesia. Es preciso articularla con otras imágenes y, ante todo, con esta imagen esencial de la ‘Iglesia – Cuerpo de Cristo’. Esta imagen expresa a la vez la unidad profunda de la Iglesia con Cristo y su dependencia con respecto a Él que es la cabeza del cuerpo. Esta imagen muestra también, al mismo tiempo, la unidad y la diversidad de la Iglesia. Todos son miembros de ella, pero todos no tienen en ella la misma función (Cf. 1 Co 12, 12-30). En la Iglesia hay una diversidad y una complementariedad de vocaciones y de condiciones de vida, de ministerios, de carismas y de responsabilidades. Por otra parte, esta imagen del Cuerpo es importante para la comprensión de la misión. Pues si el cuerpo es lo que nos permite entrar en relación con los demás, la Iglesia – Cuerpo de Cristo permite a Cristo entrar concretamente en relación con los hombres y mujeres de todas las épocas, de todas las culturas.
  3. La Iglesia Templo del Espíritu. Por último, una tercera imagen, unida a las dos precedentes es la de la ‘Iglesia – Templo del Espíritu’. Es el mismo Espíritu quien es el principio dinámico de la variedad y de la unidad de la Iglesia y en la Iglesia. Es el Espíritu de comunión el que reúne a la Iglesia en toda la diversidad de sus miembros y el que hace de ella un solo Pueblo y un solo Cuerpo. La Iglesia es el Templo del Espíritu porque es construida, edificada por el Espíritu Santo, al mismo tiempo que por los cristianos. El Espíritu es la fuente de todos los carismas, esos dones confiados a todos los cristianos en beneficio de la Iglesia y de su misión. Esto significa también que, puesto que todos los bautizados han recibido el Espíritu Santo, todos tienen derecho a la palabra en la Iglesia, todos tienen el derecho a ser escuchados. En este punto es donde se podría hablar de lo que se llama el sensus fidei, es decir, el sentido sobrenatural de la fe que es el del Pueblo entero (Cf. LG 12).

Si tuviéramos tiempo, tendríamos que hablar aquí también del sacerdocio común de los fieles, que no es el sacerdocio de los laicos sino el de todos los miembros de la Iglesia; un sacerdocio común, dado a todos por el Espíritu Santo… (Cf. LG 10).

1.2. ¿Para qué laicos? En esta Iglesia comunión, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu y Pueblo de Dios, es donde yo quisiera situar la vocación y la misión de los laicos. Recordemos lo que dice el Vaticano II en Lumen Gentium : Con el nombre de laicos se designan […] los cristianos que en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde (n. 31). Los laicos no se definen, pues, con relación a los sacerdotes o a los religiosos. Se trata, ante todo, de bautizados que, por su bautismo, están habilitados para participar en la vida y en la misión de la Iglesia, que están unidos a Cristo y que viven de su vida y de su Espíritu. Por otra parte, viven en comunión de unos con otros, constituyendo un mismo cuerpo y un mismo Pueblo. Por último, su misión se ejerce en la Iglesia y en el mundo. Observemos también, de paso, que el laico no se define únicamente por su presencia en el mundo. Es también responsable de la vida de la Iglesia y participa en su misión.

  1. El compromiso de los laicos en el mundo. Este aspecto se desarrolla ampliamente en los textos del Vaticano II, y también después. Hablaré de esto luego. Digamos ya que la vocación apostólica de los laicos no les viene de un ‘mandato’ que les estuviera confiado por el Obispo sino que está fundada en su bautismo y en su confirmación. Los textos muestran claramente que evangelizar, misión primordial de la Iglesia, no consiste solamente en anunciar el Evangelio en el sentido estricto de la expresión (predicación, catequesis, etc…), sino que consiste también en transformar el mundo haciéndolo más conforme con el Evangelio. Hay asimismo un apostolado que consiste en evangelizar las realidades del mundo, mediante el testimonio de vida y mediante la palabra.
  2. El compromiso de los laicos en la Iglesia. Se asiste desde el Vaticano II a una renovación considerable en este aspecto. El lugar de los laicos en la Iglesia no se reduce a una asistencia pasiva, ni siquiera a un servicio litúrgico, por otra parte bastante limitado. Pensemos en el desarrollo de la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales en la vida de las comunidades, desde la liturgia hasta la transmisión de la fe, la catequesis o la contribución en diversos servicios y estructuras pastorales. Cada región tiene su modo de actuar para ayudar a los laicos a participar activamente en la vida de la Iglesia, según las necesidades. Pero, de manera general, podemos hacer notar también, por ejemplo, que la creación de consejos y de sínodos ayuda a los laicos no solamente a desarrollar ‘actividades’ sino a sentirse efectivamente más responsables de la misión de la Iglesia y responsables como laicos, en comunión con los obispos y los sacerdotes. Aunque, evitando los riesgos de una «clericalización» de los laicos, éstos necesitan participar en la vida interna de la Iglesia por el hecho de su bautismo y de su confirmación.

En resumen, podemos repetir lo que escribe Juan Pablo II en la carta apostólica Christifideles Laici: “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y la misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo” (n. 33). Los laicos están, pues, plenamente comprometidos en la misión de la Iglesia, por el hecho de su bautismo y de su confirmación. Es lo que quisiera tratar ahora.

  1. La pasión por el hombre: laicos llamados a anunciar el Evangelio a los Pobres

Quisiera ahora abordar de manera más concreta el lugar de los laicos en la misión de la Iglesia y, sobre todo aquí, a través de su servicio a la sociedad.

La misión primordial de los laicos que voy a poner de relieve es, ante todo, que a través de toda su vida deben dar testimonio de que la fe en Jesucristo es la respuesta fundamental a los interrogantes y a las expectativas del hombre y de las sociedades. Al comprometerse en los diferentes sectores de la vida del mundo, anuncian concretamente esta Buena Noticia que es la salvación en Jesucristo. Se trata de una responsabilidad esencial confiada a los laicos en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. No voy a extenderme aquí sobre la diversidad de compromisos misioneros de los laicos ni

sobre la necesidad de un análisis de las situaciones humanas y de las mutaciones de las sociedades. Ustedes son sensibles a ello en sus países.

Pero en estos aspectos, me parece que nosotros, vicencianos, debemos tener la preocupación especial por recordar, a tiempo y a destiempo, que los laicos tienen una vocación particular para trabajar en la promoción de la dignidad de todo hombre. Y, ante todo, de los más pobres, de los más débiles.

Un campo privilegiado, unido al compromiso en favor de la dignidad del hombre, es la presencia en los lugares de pobreza y de sufrimiento: asistencia a los enfermos, minusválidos, ancianos, enfermos terminales, víctimas de las nuevas enfermedades (SIDA y otras). Los cristianos que ahí se implican, mediante su encuentro y su comprensión de las personas, son expresión esencial del rostro amoroso y misericordioso de Cristo y de su Iglesia con relación a quienes están atravesando la prueba. El corazón del mensaje evangélico es precisamente esta Buena Noticia: ¡el hombre es amado por Dios! La palabra y la vida de cada cristiano deberían ser un anuncio claro de ello. Ocurre lo mismo con todo lo que se refiere al campo de la caridad y de la solidaridad, la participación en los movimientos caritativos, de apostolado o de educación, para construir una sociedad más justa donde cada uno encuentre su lugar y pueda vivir decentemente. Nosotros, vicencianos – especialmente – no podemos olvidar que el combate por la justicia es un elemento esencial de la misión de la Iglesia: todo esto en las parroquias, comunidades diversas, en la vida asociativa de los barrios o pueblos, en colaboración con las demás personas de otras corrientes de pensamiento que animen servicios de ayuda mutua o de solidaridad.

Otro campo en el que es urgente que trabajen los laicos es en el de la promoción y defensa del respeto por la vida. Sabemos que esto engloba muchos campos y que plantea cuestiones a menudo muy difíciles, pero que nosotros no podemos eludir. Pienso especialmente en los desafíos lanzados por las cuestiones relativas a la bioética.

La diversidad de los compromisos, que aquí no desarrollaré más, debe ayudar a cubrir todos los aspectos de la existencia humana en sus dimensiones individuales y colectivas: desde los problemas de la persona, de la familia, hasta los de la cultura, de la paz, de la política… O también, la necesidad de tener una conciencia clara de la dignidad del trabajo, concebido con miras a la realización del hombre y del cumplimiento de su vocación.

Por otra parte, de una manera general, para llegar a un auténtico cambio en las relaciones humanas y en el conjunto de la vida de la sociedad, me parece importante que los movimientos de laicos sean lugares de educación y de apoyo para quienes tienen responsabilidades políticas, económicas, sociales, a fin de ayudarles a cumplir sus tareas con integridad, con la inquietud por dar la

prioridad al bien de las personas, conscientes del impacto humano que tienen sus opciones.

Permítanme ahora, para terminar este punto, que me detenga en dos dimensiones de estos compromisos que, a mi juicio, son esenciales hoy para la misión: la calidad de los encuentros y la universalidad de la mirada. Es, por otra parte, lo que podemos encontrar ampliamente expresado en Vicente de Paúl.

Primero, la importancia y la calidad de los encuentros. Esto es verdad en la vida de todo cristiano, pero quisiera subrayarlo en la vida de los laicos hoy, pues con frecuencia existe la tentación de atenerse a la calidad del hacer, del contenido intelectual o material de un encuentro, de una reunión, de una acción etc…. Para nosotros, hay ciertamente ahí algo que es necesario profundizar para vivir según el espíritu de Vicente de Paúl. Los laicos están en primera línea para ir ‘naturalmente’ y en todos los campos, al encuentro de los demás, en nombre de Cristo, sin exclusividad; para llevar a cabo encuentros hechos de escucha del otro, para ayudarle a crecer, tomándolo en serio, respetando su dignidad a fin de que pueda vivir plenamente su propia vocación humana y espiritual. En esta perspectiva, quisiera también añadir que es urgente que en nuestras reacciones, en nuestra propia visión de las personas y de las situaciones, hayamos integrado elementos tan importantes como el diálogo ecuménico o el diálogo interreligioso. Éstos son hoy lugares de encuentro y, por tanto, de anuncio del Evangelio, que no podemos ignorar. Si existen todavía tantas incomprensiones, y por desgracia se dan hoy entre personas de religiones diferentes, es a menudo por falta de conocimiento verdadero, por falta de respeto mutuo de las diferencias.

Todo esto nos lleva también a favorecer la universalización de la mirada, tanto más urgente cuanto que en la vida social nos encontramos en un contexto de mundialización. Ya tendrán la ocasión de volver a hablar sobre este tema. En numerosos países nos encontramos, cada vez más, en presencia de poblaciones de origen muy diverso, de diferente origen social, cultura, o religión. Podríamos añadir indudablemente el desarrollo rápido de las comunicaciones, del turismo, etc. Ya no es posible permanecer replegados sobre el entorno tradicional inmediato. Además, sabemos también que el descubrimiento de esta ampliación de horizontes puede engendrar muchos temores, con sus consecuencias a menudo desastrosas. Los laicos tienen ciertamente ahí un campo ilimitado para la apertura del corazón y del espíritu misionero.

  1. La pasión por Dios : laicos llamados a la santidad

Les propongo ahora que demos un paso más, situando la vocación de los laicos a la misión en la perspectiva de la llamada a la santidad que es, en cierto modo, una consecuencia del bautismo.

La vocación del laico en la Iglesia no es un puro activismo, mientras que las ‘cosas espirituales’ estarían reservadas a los sacerdotes, religiosos y religiosas. La experiencia cristiana del laico no se reduce a sus encuentros con el hombre, sino que se lleva a cabo al mismo tiempo en un encuentro íntimo con Dios. La experiencia espiritual de Vicente de Paúl es particularmente esclarecedora a este respecto. Su experiencia de Cristo es indisociable de su experiencia de los pobres. Al buscar a uno descubre a los otros, descubriendo a los pobres encuentra a Cristo, y cuanto más descubre a Cristo en su misterio, más se ve impulsado a ir al encuentro de los pobres para vivir con ellos lo que ha descubierto. La vida espiritual que cada bautizado está llamado a desarrollar en sí mismo no es una huida del mundo. Es esencial volver a la llamada universal a la santidad, dirigida a todos y cada uno de los fieles laicos, pues esta llamada hunde sus raíces en el bautismo y se refuerza por medio de los demás sacramentos. El bautizado debe ser, por tanto, un apasionado de Dios que avanza con valentía por el camino de la renovación evangélica.

La respuesta a la llamada a la santidad no es un camino abstracto, perdido entre las nubes; no es un puro deseo lejano y desencarnado. Se trata, en realidad, de la búsqueda de la perfección del ser, de la realización total de la persona, tal como Dios la ha creado, tal como Dios quiere verla desarrollarse plenamente; es la búsqueda de la verdadera felicidad para sí – y también junto con los demás y para los demás – en cierto modo; una dicha, una perfección que se encuentran en una auténtica comunión con Dios y con los hermanos. Se trata, pues, de algo muy concreto que engloba toda la vida, que concierne a todos los campos de la existencia, no solamente a lo que llamamos estrictamente la vida espiritual. Al buscar la santidad, el cristiano desea encontrar su pleno desarrollo, su plena perfección, configurándose con Cristo. Este camino no es fácil, pero es esencial proponerlo como el corazón de la vocación cristiana, de donde se desprende todo lo demás, y mostrar que la marcha por este camino no es solitaria sino solidaria, a la vez con Cristo y con los demás bautizados.

Esta vocación de los laicos a la santidad se expresa, de manera especial, a través de su inserción en las realidades temporales y de su participación en las actividades del mundo. Esto significa que la vocación cristiana a la santidad está íntimamente unida a la vocación a la misión. Es la vida cotidiana, con todos sus compromisos, en particular al servicio de los demás en la Iglesia y en el mundo, la que debe convertirse en una ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad. Así, los laicos contribuyen a la edificación del Reino de Dios.

En resumen, como lo ha recordado Juan Pablo II en su Carta apostólica al final del gran Jubileo, poner la vida pastoral bajo el signo de la santidad es una opción de importantes consecuencias. Esto significa expresar la convicción de que, si el Bautismo hace verdaderamente entrar en la santidad de Dios mediante

la inserción en Cristo y de la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida bajo el signo de una ética minimalista y de una religiosidad superficial » (Novo millennio ineunte, 31).

  1. En sociedades pluralistas: necesidad de un trabajo como Iglesia y de colaboración con los hombres de buena voluntad

En las sociedades nuestras es necesario tener en cuenta el pluralismo que en ella se expresa cada vez más y sacar las consecuencias para la misión de los laicos. Me parece que aquí el cometido de los asesores de los diferentes grupos y movimientos tiene una gran importancia.

Para esto, lo primero que hay tener en cuenta es que la Iglesia misma es pluralista. Como hemos dicho ya, a imagen de la Santísima Trinidad, la unidad de la Iglesia es una unidad de comunión entre diferentes carismas que se manifiestan en ella. Esto constituye su riqueza, que muestra a la vez la diversidad de los dones del Espíritu y la posibilidad que tiene de llegar a todas las situaciones vividas por los hombres para anunciar en ellas el Evangelio y dar testimonio de él de manera auténtica.

Esta riqueza de los dones del Espíritu, que manifiesta la riqueza y la diversidad del Evangelio, nadie ni ningún grupo eclesial puede pretender poseerla totalmente. Por otra parte, es el Evangelio en su totalidad el que debe transmitirse a los hombres y mujeres de hoy. Se da aquí la expresión de una realidad importante para la vida de la Iglesia. Ser fiel al Evangelio y a su anuncio requiere que se viva en ese anuncio una auténtica comunión, no solamente a nivel del Credo, sino en su misma expresión misionera. Las exigencias que de ello se desprenden son de dos tipos: por una parte, al interior de nuestras mismas comunidades católicas y, por otra, en la búsqueda de la unidad de los cristianos.

Para hablar más concretamente, un punto esencial en la misión de los laicos es su dimensión colectiva, comunitaria o, más bien, sencillamente eclesial. La tentación de muchos grupos consiste en ¡replegarse sobre sí mismos! Hay muchos que deben hacer una necesaria toma de conciencia de que la misión que han recibido, personalmente o en grupo, es una misión confiada por Cristo a su Iglesia, y que los diferentes grupos que existen en su seno son la expresión de la diversidad de los carismas. Ciertamente, por lo que nos atañe más de inmediato, es legítimo dar cuerpo a lo que llamamos la Familia Vicenciana. Pero esto debe conducir a una profundización del carisma vicenciano, a su extensión. Ya entre nosotros, en esta familia, podemos sentir las diferentes facetas de este carisma. Este conjunto es el que debemos aportar a la única misión de la Iglesia. El replegarse sobre sí mismas de algunas comunidades o de grupos no puede sino conducir a un empobrecimiento de la Iglesia y, finalmente, a un empobrecimiento de estos grupos, que terminarán por morir o desprenderse del árbol vivo de la Iglesia para encerrase en prácticas sectarias. Tenemos que construir una Iglesia fraterna, comunidad de creyentes pero también comunidad o comunión de comunidades; una Iglesia abierta, en la que cada persona ocupa su lugar reconocido por los demás; una Iglesia donde todos colaboran con sus diferencias. Volvemos a encontrar aquí lo que debe vivirse en las sociedades humanas tentadas de individualismo.

Por nuestro carisma vicenciano, tenemos la responsabilidad de contribuir a hacer del mundo un lugar donde se haga realidad el compartir, la fraternidad; un lugar donde se viva bien juntos, ampliamente abierto a los demás, comenzando por el respeto a las legítimas diferencias que son un enriquecimiento mutuo y por no mantener unas fronteras herméticas.

Esto nos lleva pues a dar todavía un paso más, a abrir nuestros horizontes. Es lo que yo llamaría la urgencia de un compromiso común con los hombres de buena voluntad. Los laicos se encuentran en el corazón de las sociedades pluralistas, donde se expresan una multitud de corrientes religiosas o no religiosas, culturales, etc. Tienen que afrontar directamente estas corrientes en su vida de familia, de vecindario, de trabajo, de ocio etc… Ahí es donde, de múltiples maneras, viven su compromiso apostólico. Por tanto, es necesario abrirlos a todos estos campos de lo «religioso» o de lo cultural que, cada vez más, tienen que conocer. Con demasiada frecuencia no están preparados para ello – los sacerdotes se encuentran a veces en el mismo caso – . Me parece urgente que ante todos los desbordamientos actuales, ante las manipulaciones de religiones, los laicos se sientan incitados al encuentro, al trabajo común, al servicio de la sociedad, junto con todos los hombres de buena voluntad, más allá de las divergencias religiosas o ideológicas. Pienso que no solamente viviendo los unos al lado de los otros es como puede darse un auténtico conocimiento o una apreciación recíproca, sino desde el compartir cotidiano de la vida, desde un compromiso común por el progreso de las personas y de las sociedades.

  1. La formación de los laicos

Llego a mi último punto, que tiene ciertamente una gran importancia para ustedes, primero como asesores pero, sobre todo, para los laicos, para consolidar el presente de su vocación y de su misión, y para asegurar su futuro. Es la cuestión de la formación.

Si deseamos un laicado que dé pruebas de madurez, que sea consciente de sus responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad, y si queremos ampliar los horizontes de la evangelización, es necesario dar a los laicos una formación humana y espiritual sólida. Se trata con ello de ayudarles a descubrir y a vivir su vocación; a estructurarse, haciendo realidad la unidad de su vida. En el mundo de hoy, que se ha hecho complejo y exigente, es indispensable que los cristianos, sobre todo los que están comprometidos en movimientos, puedan actuar con competencia; una competencia que no sea solamente material o técnica sino también, y quizá ante todo, espiritual, para que el Evangelio sea anunciado con autenticidad y audacia. La competencia en el servicio es una forma de respeto a los pobres. Es indispensable que los laicos sean formados para una reflexión cristiana sobre las situaciones que se les presentan en su vida y apostolado. Todos sabemos que es importante tener corazón, pero sabemos también que esto no basta. Hace falta, al mismo tiempo, hacer funcionar la razón. Y esto es verdad, especialmente en el ejercicio de la caridad, de las obras de caridad, en que uno, con frecuencia, se ve tentado a dejar hablar y actuar exclusivamente a los sentimientos.

Sin querer limitar la formación a este aspecto de las cosas, quisiera subrayar aquí, para nosotros vicencianos, la importancia de la formación en la Doctrina Social de la Iglesia. Nos toca a nosotros ser especialmente sensibles en este punto, si queremos proponer una visión del hombre y de la sociedad acorde con los valores humanos fundamentales, y trabajar para promover el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana, empezando por los más pobres y los más débiles de nuestras sociedades.

Conclusión

Como conclusión de esta exposición quisiera retomar un pasaje de la carta apostólica dirigida a toda la Iglesia por Juan Pablo II, al final del gran Jubileo del año 2000, Novo millennio ineunte : Nuestro paso al principio de este nuevo siglo debe hacerse más ágil al recorrer los senderos del mundo. Los caminos por los que avanza cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias son muchos, pero no hay distancia entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de la vida (n. 58).

La vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo conllevan exigencias tan fuertes como las demás vocaciones eclesiales. No son vocaciones “con rebaja”. Como acompañantes, tenemos una responsabilidad especial, no solamente junto a los grupos que seguimos, sino más ampliamente aún en la Iglesia, a fin de que todos los bautizados adquieran una conciencia viva de la dignidad de su vocación y de las consecuencias que de ello se desprenden en su vida personal y eclesial.

(Traducción: CENTRO DE TRADUCCIÓN – HIJAS DE LA CARIDAD, París)

 

Fuente:

DePaulUniversity

UNIVERSITY LIBRARIES

Vincentiana

 

Volume 46

Number 4 Vol. 46, No. 4-5 7-2002

 

Categorías:Laicos

El apostolado seglar y Acción Católica

El apostolado seglar y Acción Católica

JULIÁN BÁSCONES/

FUENTE: http://www.elnortedecastilla.es/prensa/20070527/palencia/apostolado-seglar_20070527.html

 

PENTECOSTÉS es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, la fiesta de la fuerza que llega de lo alto en forma de aliento misionero. La que precisan los laicos si quieren cumplir con su tarea en la parcela que les compete, en el vasto y complejo mundo de la política, de lo social, de la economía, de la cultura, de las ciencias y de las artes. En esta fecha tan significativa, en esta solemnidad litúrgica, la Diócesis de Palencia quiere renovar su apoyo al laico individual y asociado, y seguir impulsando el apostolado seglar, especialmente a través de los diferentes movimientos de la Acción Católica.

Aunque con cierta socarronería, se viene preguntando en los últimos tiempos: ¿pero aún existe la Acción Católica? Una pregunta que queda en la duda si la gracia encierra sorpresa espontánea o manifiesta la añoranza de algo de lo que se carece. La historia de casi sesenta años invita a que se tome en serio esta propuesta. Porque, a pesar de su tan cacareada crisis y de su posterior condición minoritaria, la Acción Católica sigue siendo un sólido instrumento evangelizador. Y, en la actualidad, busca responder en cada parroquia a la demanda creciente de un laicado eclesial y militante, activo y responsable, así como en una sociedad donde la fe se ha vuelto irrelevante.

Es verdad que en teoría hoy todas las parroquias quieren ser misioneras y en ellas trabajan muchos seglares. Asimismo, no lo es menos que la mayoría lo hacen en el interior de la comunidad cristiana como catequistas, visitadores de enfermos, monitores de liturgia, cantores… Y solo un número reducido proyecta su acción más allá de las puertas parroquiales, cuando ahí debe estar la formación de esta asociación laical, a la que compete extender la labor de la parroquia hasta establecer su presencia en todas las encrucijadas de la vida. Además, ¿quién puede entender que se halle ausente de aquellas parroquias tan necesitadas de una apoyatura válida y unitaria para la promoción, formación y vertebración de los laicos?

Ciertamente, este movimiento está sufriendo un importante proceso de adaptación a la sociedad del momento y a las exigencias de la nueva evangelización en nuestro país. Y, por supuesto, también en la iglesia palentina, en donde también la indiferencia religiosa, el secularismo, la separación entre la vida y la fe y la pérdida de los valores del humanismo cristiano se han instalado en esta tierra resignada y humillada, abnegada y sacrificada. Pero a la vez también siempre dispuesta a promover y llevar adelante la tarea evangelizadora.

Así lo manifestaba un grupo de mujeres, profundamente conocedoras del movimiento, al dar a conocer la programación anual. Un programa que no solo asume las claves diocesanas y trata de acercarse al mundo de las prisiones, de los gitanos, de la droga, del sida y de las mujeres maltratadas, sino que insiste igualmente en la urgente necesidad de revitalizar la asociación.

Para que la vida y la fe no se desdoble, utilizan el método de la revisión de vida, que les permite ir definiendo el ámbito propio en el que expresar un compromiso más estable como militantes cristianos. Una militancia que quieren seguir consolidando, sin olvidar la metodología y la participación en las parroquias, marco de su misión transformadora y evangelizadora.

La fe dañada

Allí donde se encuentran las realidades que buscan y que son como la zarza ardiendo del Sinaí, y el lugar sagrado para el desempeño de su acción. Allí donde se juega constantemente el futuro de nuestra sociedad y cultura.

La Acción Católica de adultos, al igual que cualquier otro movimiento de esta misma asociación, tiene una estructura diocesana, y ella es la protagonista de su desarrollo, de la organización y de la toma de decisiones, en corresponsabilidad con los planes pastorales de la diócesis por medio del consiliario.

Claro que como personas en formación necesitan el acompañamiento en la fe de este consiliario, sobre todo cuando la misma fe que las impulsa a situarse en la realidad se ve dañada y herida por la dureza y hostilidad de esa realidad que pisan.

Ciertamente, esta asociación de seglares cuenta con una historia fecunda de militancia cristiana. Por eso, este movimiento, al margen de dificultades, mira al futuro con mucho optimismo y también con esperanza, al comprobar que todavía gente joven se está interesando en la última etapa y que bastantes sacerdotes están dando una respuesta positiva a esta oferta, lo que no es poco para continuar adelante hacia la consecución de todos sus fines.

 

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Espiritualidad cristiana para la participación ciudadana

Espiritualidad cristiana para la participación ciudadana

Fuente http://imdosoc.org

 

La espiritualidad cristiana se forja en primer lugar a partir del encuentro con el Señor a través de la escucha de su palabra, de la identificación de sus opciones, de la contemplación de su vida para hacer nuestras sus actitudes.

 

El Evangelio testimonia cómo la vida de Jesús está atravesada permanentemente por la acción del Espíritu de Dios, desde el bautismo hasta la Cruz. De ahí que una característica del discípulo de Jesús está dada por el dejarse conducir por el Espíritu, dejarse enseñar por Él y dejar que el mismo Espíritu ayude al discernimiento ante las situaciones inéditas de cada época.

 

Me han pedido que comparta con ustedes algunas reflexiones sobre la espiritualidad que podría llevarnos a una mayor participación ciudadana.

 

Comenzaré por recordar algunas ideas sobre lo que se entiende por espiritualidad. Juan Pablo II en Ecclessia in America escribía: “Espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias cristianas, la cual es la vida en Cristo y en el Espíritu… En este sentido por espiritualidad se entiende no una parte de la vida, sino la vida guiada por el Espíritu Santo” (EA 29).

 

La espiritualidad lleva al cristiano a convertirse en hombre nuevo. Esto se realiza mediante un proceso, que en América Latina hemos llamado seguimiento de Jesús, en donde la persona va asumiendo el estilo del Señor, su forma de vida, su disponibilidad al Espíritu. La acción del Espíritu va disponiendo al hombre a la comunión con Dios y con los hermanos, mediante un proceso en el que lo libera de los egoísmos, en que lo ha sumido el pecado.

 

La meta es siempre la comunión, a la que no se accede, sino por un profundo proceso de conversión. Sin embargo, la comunión llama permanentemente a la solidaridad puesto que se constata cada día, cuántos hermanos están lejanos de esta realidad. Nuestro mundo roto y dividido, como nos recordó el mismo Papa Juan Pablo II en su último documento sobre la Eucaristía, espera de nosotros los cristianos un servicio que parece no le puede venir de ningún lado.

 

Quisiera proponer a ustedes el texto de las bienaventuranzas desde donde podríamos encontrar algunas líneas que sustenten una espiritualidad que nos lleve a la participación ciudadana.

 

Bienaventurados los pobres:

La primera bienaventuranza no es una loa a la miseria y a lo que destruye la vida del hombre. Es en primer lugar un reconocimiento a los que no están llenos de sí mismos, los que en su trabajo cotidiano no han colocado la búsqueda del prestigio, del poder o del dinero como el centro de su vida. Es una exaltación de la vida que se empeña por renunciar a postrarse ante los ídolos que la cultura contemporánea coloca delante de los hombres.

 

Esta bienaventuranza tiene su fundamento en una profunda confianza en Dios que le permite al hombre avanzar con las manos vacías, sin temor a ser despojado de sus bienes, porque se vive como si nada se poseyera y, con la frente en alto, porque se siente libre de tener que aceptar componendas que dañen la propia dignidad y la de los demás.

 

Quien asume la pobreza desde esta perspectiva tiene el coraje de luchar y comprometerse con todas sus fuerzas en el escenario público pues sabe que nada tiene que perder pues lo que tiene le viene de Dios. Es capaz de superar los miedos que paralizan la acción de las personas y las comunidades, pues su seguridad le viene de Dios.

 

Si hay un elemento que hoy impide con fuerza la participación ciudadana, es el miedo que de distintas maneras impide los procesos de organización, que alienta la apatía y el conformismo.

 

Bienaventurados los mansos:

No hay nada más lejano al espíritu del Evangelio que la resignación y la fatalidad. El Evangelio en cambio propone siempre la tenacidad y la perseverancia. A la luz de la figura de Jesús, quien contempla con los ojos de Dios la realidad, brota naturalmente la indignación ética ante la injusticia, que con sus múltiples facetas, daña la vida de las personas. Ser manso no significa aguantarlo todo como si no hubiera nada que hacer para transformar el mundo; es la expresión de un corazón que no pierde del todo la armonía a pesar de la adversidad. El hombre manso evita el camino de la dominación y está permanentemente por el servicio.

 

Para la participación ciudadana se requieren cristianos que cultivando la mansedumbre sean capaces de dialogar en medio de las diferencias; que sean capaces de aceptar que la verdad se conquista paulatinamente, mediante el ejercicio de escuchar la verdad de los demás. El cristiano con la mansedumbre se faculta para luchar contra todo tipo de autoritarismos y se convierte en promotor de una sociedad incluyente y plural.

 

Alentar la participación ciudadana requiere un ejercicio que cultive en el corazón de las personas la paciencia histórica, para confiar que a pesar de la resistencia de la realidad a transformarse ningún esfuerzo deja de producir sus frutos. El desaliento en muchos casos puede ser expresión de un acercamiento a la realidad de manera simplista, de una

incapacidad de perseverar ante los problemas.

 

Bienaventurados los que lloran:

Jesús se acercó a la realidad siempre desde la compasión. No se detuvo sólo en el intento de comprenderla, sino que aceptó compartir el sufrimiento de sus hermanos. No sólo lloró con ellos, sino que tomó partido a favor de los que lloran. Sus lágrimas, sin embargo, no lo detuvieron, en el lamento, sino que se dispuso a luchar para superar cuanto oprimía su vida.

 

En México, alentar la participación ciudadana, ha de estar motivado, en primer lugar, por las actitudes de Jesús ante el dolor de los hermanos. Para que sea expresión de nuestro seguimiento del Señor, hay que estar dispuestos a compartir ese dolor. Hoy son tantos los rostros que sufren que sería imposible enumerarlos. Sin embargo, quisiera detenerme a afirmar que la situación de los millones de pobres y de hermanos viviendo en la miseria es ya, desde la perspectiva de la fe, algo que debe empujarnos a la acción. Muchas manifestaciones de dolor están tocando a las puertas de nuestro corazón: el desempleo, la migración, la violencia contra grupos concretos como las mujeres trabajadoras, la desolación del campo, el abandono de los indígenas, la frustración de los jóvenes y la vulnerabilidad de los niños y los ancianos.

Llorar mantiene el corazón sensible ante tanta contradicción y muerte. Llorar traerá siempre como recompensa la consolación.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia:

Esta es la bienaventuranza no de los saciados, sino de los profundamente insatisfechos puesto que saben que en el proyecto de Dios hay vida plena para los hermanos. Esta es la bienaventuranza que permite mantener la pasión por el hombre. Quien vive conforme a esta bienaventuranza no se cansa de exigir justicia para los desposeídos, no se cansa de denunciar las abismales desigualdades que ubican a unos en la opulencia y a otros los sume en la miseria. Propone que dar a cada quien lo que le pertenece debe entenderse en primer lugar en términos de la dignidad de la persona. Bienaventurados pues los que hacen de la lucha por la justicia expresión de su fidelidad a Dios porque Dios mismo los saciará.

Bienaventurados los misericordiosos:

En una sociedad tendiente a la división y a la confrontación esta bienaventuranza adquiere una importancia singular. No se puede alentar la participación ciudadana desde la vida del cristiano si antes no se tiene un auténtico deseo de reconciliación. No habrá avances sustantivos en la vida de nuestra sociedad si las rencillas o los rencores de personas o de grupos se sitúan como el resorte que empuja a la acción. La misericordia capaz de perdonar las ofensas recibidas permite no claudicar ante la frustración que el trabajo social en muchos momentos trae consigo.

 

La reconciliación, misión fundamental de la Iglesia, implica la capacidad de tender puentes, de sumar esfuerzos, de acercar a los diversos, de hacer descubrir lo mucho que nos une, de operar en el mundo, pensando que aun los peores agravios, pueden ser transformados para crecimiento de las sociedades.

Bienaventurados los limpios de corazón:

 

La limpieza del corazón es una cualidad necesaria para el cristiano llamado a la participación ciudadana. De modo especial en nuestro México, en donde durante mucho tiempo se afirmó que entrar a la política era como estar dispuesto a nadar en agua turbia y sucia, como haber cedido a la tentación de la trampa y de la mentira.

Las promesas incumplidas, los arreglos por debajo del agua, las patadas debajo de la mesa durante mucho tiempo han caracterizado la participación política en México. El cristiano que se dispone a participar en la vida pública está llamado a ser persona de una sola palabra, aquel para quien un si es un si, y un no es un no. Está llamado a desenmascarar todo aquello que huela a corrupción en las organizaciones sociales como en los puestos públicos. Ellos son los que verán a Dios.

 

Bienaventurados los que trabajan por la paz:

La discordia y la sospecha, la división y la descalificación las cuales imperan en nuestra realidad política son enemigas de la paz. Una espiritualidad para la participación ciudadana ha de estar dispuesta a buscar siempre la paz desde las propias contradicciones y debilidades.

Hacer del adversario político un enemigo nunca será expresión de lucha por la paz. La paz surgirá cuando la lucha por la justicia sea llevada adelante, cuando se siga creyendo que es posible construir a partir de lo que ha quedado por debajo de los escombros. La paz significa también la disposición a ceder en aquellas cosas que no son esenciales y a mantenerse firme en lo no negociable: la dignidad de la persona y sus derechos.

 

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia:

La cruz se encuentra siempre al final del camino de aquel que se compromete con la justicia. Las trincheras que resguardan la propia comodidad y que nos aseguran no correr riesgos nos alejan de vivir esta bienaventuranza. El Evangelio da testimonio de la incomprensión y el rechazo de muchos a la persona de Jesús. Da testimonio en la misma persona del Maestro, de la gran posibilidad que se tiene de ser objetos de traición.

México y todas las naciones cuentan entre sus altares a mártires que murieron por la confesión de su fe en el Dios que hace justicia a los oprimidos. Su sangre ha abonado el camino de la democracia, de la superación, de la desigualdad y de la paz.

La espiritualidad cristiana que promueve la participación ha de ser consciente de que la cruz está siempre delante. Pero después de la cruz siempre vendrá la manifestación de la Gloria.

 

Monseñor Sergio Obeso

Arzobispo de la Arquidiócesis de Xalapa, Mexico

 

 

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“Ya es el tiempo de los laicos: el futuro de la Iglesia depende de nosotros”

RD

“Los líderes que hacen falta en una verdadera época de cambio”

“Ya es el tiempo de los laicos: el futuro de la Iglesia depende de nosotros”

“Somos los más numerosos, pero también los que menos papel oficial tienen”

Gabriel Mª Otalora, 13 de agosto de 2017 a las 08:56

Francisco recuerda al estilo de Jesús cuando transmite sus mensajes. Es el estilo del pastor que va delante de sus ovejas a pesar del mal tiempo

(Gabriel Mª Otalora).- Leo la noticia del nombramiento de Alexandre Awi Mello, obispo brasileño, como nuevo secretario de Laicos, Familia y Vida. Dependerá jerárquicamente del cardenal norteamericano Kevin Farrell, quien se estrenó el 1 de septiembre de 2016 como el primer Prefecto al frente del Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida.

Dicen que “huele a oveja” y vive en total sintonía con el Papa Francisco. Parece que al fin se ha impuesto la lógica de crear una congregación específica para laicos (solo existe un Consejo Pontificio para los Laicos, cuando somos los más numerosos en la Iglesia católica cuando hace tiempo que existe una congregación para obispos, otra para sacerdotes y otra más para religiosos).

Pero lo que me ha llamado la atención es que, en los dos puestos de mayor responsabilidad en este nuevo organismo, no haya ningún laico al frente, máxime cuando entre las primeras declaraciones del cardenal Farrell dejaba claro que el futuro de la Iglesia depende de nosotros.

No parece la declaración más adecuada cuando muchos templos reducen misas porque no llega el relevo de laicos ni de curas; y la tónica general es que un puñado de personas mayores, mayoritariamente mujeres, son las que más acuden y, oh paradoja, menos papel oficial tienen en la institución eclesial.

Pero ahí siguen, al pie del altar. Un gran mayoría social no quiere pisar más una iglesia, aparte de su presencia social en funerales o bodas, que decrecen en beneficio de las ceremonias laicas (ya se celebran funerales laicos en dependencias municipales, siguiendo la estela de las bodas civiles).

Si lo miramos en positivo, la excelente noticia de la exhortación papal Alegría del Amor, ha dado paso a esta nueva oficina vaticana para laicos, aunque falta mucho camino a recorrer. En un contexto más amplio, crece el número de agnósticos y creyentes no católicos que siguen con atención las andanzas de este Papa.

 

 

 

 

Francisco recuerda al estilo de Jesús cuando transmite sus mensajes. Es el estilo del pastor que va delante de sus ovejas a pesar del mal tiempo. En este principio del siglo XXI nos encontramos ante un verdadero cambio de era. Los católicos debemos afrontarlo conscientes de esta realidad, de la que solo sabemos que estamos saliendo de una gran etapa y que entramos inexorablemente en otra realidad nueva, por tanto llena de incertidumbres y esperanzas, a construir necesariamente entre toda la humanidad.

La crisis general y de fe ha golpeado directamente a las vocaciones religiosas a tiempo que se ha incrementado el número de agnósticos e indiferentes. Los laicos y las laicas también hemos sufrido muchas bajas. Nuestro mensaje no es una Buena Noticia para demasiadas personas a pesar de nuestras potencialidades teologales (fe, esperanza, amor) que tenemos para ser luz del mundo y experiencia luminosa para quienes buscan y no encuentran hoy en nuestra oferta religiosa.

El mestizaje cultural, que ya es un hecho, y la apertura hacia un diálogo interreligioso más profundo, no debe hacernos olvidar que la lógica reivindicación por una presencia eclesial más activa y responsable, tiene dos caras: la necesidad de reforzar institucionalmente nuestro papel de laicos, pero también la obligada mejora de nuestra responsabilidad cristiana.

Es cierto que hemos sido “mal educados” en la fe con un papel pasivo, inmersos en un nacionalcatolicismo que todavía se siente y hace mucho daño. Pero no es menos cierto que nos ha venido muy bien para escudarnos en una indolencia a rebufo de “lo que digan los curas”.

En medio de esta crisis generalizada, los laicos tenemos que transformarnos cada uno para transformar nuestra Iglesia en una verdadera comunidad de vida a la escucha, prestos para trabajar más en serio por el Reino. Solo así podremos transformar con hechos nuestras realidades sociales. Pero necesitamos caminos en la Iglesia en lugar de dificultades a cada paso. “El siglo XXI es el siglo de los laicos”, y quien lo dijo hace tiempo es Juan María Laboa, experto en el tema.

 

 

Fuente: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/08/13/religion-iglesia-opinion-gabriel-maria-otalora-ya-es-el-tiempo-de-los-laicos-el-futuro-de-la-iglesia-depende-de-nosotros-crisis-vocaciones-clericalismo-papa.shtml

 

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El compromiso social de los fieles laicos

La Delegación de Pastoral Social de la Diócesis celebró el pasado 8 de noviembre en la Casa de la Iglesia una mesa de experiencias bajo el título: “La fe en el compromiso público”.
En la misma participaron Eduardo García (gerente territorial de Servicios Sociales), José Jolín (director gerente del Complejo Hospitalario del Río Carrión), Mauricio Bugidos (juez magistrado de la Audiencia Provincial), e Isidro Prieto (jefe de estudios del IES Jorge Manrique y secretario de la fundación de becas Trinidad Arroyo). Todos ellos compartieron los retos y dificultades con las que se encuentran en el ejercicio de su profesión siempre desde su opción de Fe.
A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Mediante el Bautismo, los laicos son injertados en Cristo y hechos partícipes de su vida y de su misión, según su peculiar identidad.
Las realidades temporales: Es tarea propia del fiel laico anunciar el Evangelio con el testimonio de una vida ejemplar, enraizada en Cristo y vivida en las realidades temporales: la familia; el compromiso profesional en el ámbito del trabajo, de la cultura, de la ciencia y de la investigación; el ejercicio de las responsabilidades sociales, económicas, políticas. Todas las realidades humanas seculares, personales y sociales, ambientes y situaciones históricas, estructuras e instituciones, son el lugar propio del vivir y actuar de los cristianos laicos.
La espiritualidad del fiel laico: En la experiencia del creyente, en efecto, «no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura». La síntesis entre fe y vida requiere un camino regulado sabiamente por los elementos que caracterizan el itinerario cristiano: la adhesión a la Palabra de Dios; la celebración litúrgica del misterio cristiano; la oración personal; la experiencia eclesial auténtica…
La doctrina social y los grupos eclesiales: La doctrina social de la Iglesia es de suma importancia para los grupos eclesiales que tienen como objetivo de su compromiso la acción pastoral en ámbito social. Estos constituyen un punto de referencia privilegiado, ya que operan en la vida social conforme a su fisonomía eclesial y demuestran, de este modo, lo relevante que es el valor de la oración, de la reflexión y del diálogo para comprender las realidades sociales y mejorarlas. En todo caso vale la distinción «entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en comunión con sus pastores».
El fiel laico y la vida económica: Ante la complejidad del contexto económico contemporáneo, el fiel laico se deberá orientar su acción por los principios del Magisterio social. Es necesario que estos principios sean conocidos y acogidos en la actividad económica misma: cuando se descuidan estos principios, empezando por la centralidad de la persona humana, se pone en peligro la calidad de la actividad económica.
El fiel laico y la vida política: Para los fieles laicos, el compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás. La búsqueda del bien común con espíritu de servicio; el desarrollo de la justicia con atención particular a las situaciones de pobreza y sufrimiento; el respeto de la autonomía de las realidades terrenas; el principio de subsidiaridad; la promoción del diálogo y de la paz en el horizonte de la solidaridad: éstas son las orientaciones que deben inspirar la acción política de los cristianos laicos.
Las políticas contrarias a la fe cristiana: Cuando en ámbitos y realidades que remiten a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el Magisterio enseña que «la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral».
El principio de laicidad: El principio de laicidad conlleva el respeto de cualquier confesión religiosa por parte del Estado… Por desgracia todavía permanecen, también en las sociedades democráticas, expresiones de un laicismo intolerante, que obstaculizan todo tipo de relevancia política y cultural de la fe, buscando descalificar el compromiso social y político de los cristianos sólo porque estos se reconocen en las verdades que la Iglesia enseña y obedecen al deber moral de ser coherentes con la propia conciencia; se llega incluso a la negación más radical de la misma ética natural.
La elección de un partido político: Las instancias de la fe cristiana difícilmente se pueden encontrar en una única posición política: pretender que un partido o una formación política correspondan completamente a las exigencias de la fe y de la vida cristiana genera equívocos peligrosos. El cristiano no puede encontrar un partido político que responda plenamente a las exigencias éticas que nacen de la fe y de la pertenencia a la Iglesia: su adhesión a una formación política no será nunca ideológica, sino siempre crítica, a fin de que el partido y su proyecto político resulten estimulados a realizar formas cada vez más atentas a lograr el bien común, incluido el fin espiritual del hombre.
Transformar la historia desde Cristo: También en lo que respecta a la «cuestión social» se debe evitar «la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste».
Construir la «civilización del amor»: La finalidad inmediata de la doctrina social es la de proponer los principios y valores que pueden afianzar una sociedad digna del hombre… Sólo la caridad puede cambiar completamente al hombre. «La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: “Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará” (Lc 17, 33)». Pero la caridad tampoco se puede agotar en la dimensión terrena de las relaciones humanas y sociales, porque toda su eficacia deriva de la referencia a Dios.
Fuente: http://iglesiapalencia.blogspot.mx/2013/11/el-compromiso-social-de-los-fieles.html
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Dificultades y retos para lograr un compromiso socio-político en la CVX México

Dificultades y retos para lograr un compromiso socio-político en la CVX México

Andrés Mayorquín Rios

Junio 2014, Mérida, Yuc., México

“Jesús les contestó: Denles ustedes de comer.”

(Mr  6, 37)

 

Introducción

¡Denles ustedes de comer!

Esa frase se me ha quedado grabada en lo más profundo de mí ser y cada vez que la leo o escucho surgen en mí fuertes emociones, muchas ideas y cuestionamientos, deseos e impulsos. Seguramente la había escuchado varias veces antes, pero recuerdo bastante bien la Eucaristía donde la escuché y me dejó vibrando. Fue hace unos 8 años, había ido solo a la misa esa noche. Un diácono que hacía buenas homilías era el celebrante. Tuvo tanto impacto que mi esposa y yo elegimos ese Evangelio para nuestra boda, pues simbolizaba que nuestro matrimonio también tenía que responder en algún momento a esa petición de Jesús, de alguna manera teníamos que encontrar el modo de ser solidario con quienes más lo necesitan. Es por esto que para mí la política resulta un espacio importante de acción, donde se pueden lograr muchas grandes transformaciones y en el cual tengo interés de incidir.
El presente ensayo pretende ser una mirada a la experiencia que, como ignaciano y cevequiano, he tenido en los intentos burdos de responder a esta frase imperiosa de mi Dios y cómo sigo buscando la mejor manera de aportar, desde mi espacio y tiempo, soluciones a las grandes necesidades de mi país. En este recorrido abordaré mi percepción de:

  1. Cómo los laicos nos enfrentamos a grandes dificultades, retos, peligros y tentaciones al momento de optar por el lugar donde ejercer nuestro encargo misionero.
  2. De igual manera trataré de identificar los principales factores que afectan  a la comunidad CVX México (particular, local, nacional) cuando sus miembros pretenden promover, responder y vivir el compromiso político y social.

Desarrollo

La política, hoy por hoy en México, tiene el grave prejuicio de ser una vocación sólo para los corruptos, para los inmorales, para los egoístas, para los aprovechados y los tranzas. Se le considera un medio para obtener fama y éxito, dinero y riqueza, poder e influencia. La mayoría de las personas tienen una percepción negativa del político y de su trabajo, pues a lo largo de las últimas décadas se ha acumulado suficiente evidencia de que la mayoría de los funcionarios se aprovechan de sus cargos para beneficiarse o dar beneficio a sus familiares y amigos cercanos, a través de una red de complicidades, de tráfico de influencias, de corruptelas, de acuerdos por fuera de la ley.

Las encuestas de opinión lo confirman. Palazuelos Covarrubias (2012) documenta con mucha claridad esta situación: los partidos políticos son la institución que recibe menos confianza de los ciudadanos en Latinoamérica, con un promedio de 35.8%. En México estamos ligeramente debajo de ese promedio con un 35.3%.

Pero esta percepción no se limita a los políticos y a sus partidos. La idea de que la política no sirve para lo que debería servir, el bien común, ha permeado tanto en el imaginario colectivo, que, como lo describe Jiménez (2013) en un artículo del periódico La Jornada, el apoyo a la democracia mexicana ha pasado del 49% en 1995 a un 37% en el 2013.

Con apenas estos 2 datos, nos damos cuenta perfectamente de que los políticos no han trabajado adecuadamente para lograr satisfacer las necesidades de la población, lo cual ha redundado en una imagen negativa del quehacer político. Esta imagen puede ser un prejuicio, y como tal, promover generalizaciones dramáticas sobre las personas que han decidido buscar el desarrollo de la sociedad en su conjunto de una forma honesta y decidida. Sin embargo, definitivamente es una barrera importante para todo aquél que con buenas intenciones quiere participar en la política, como una respuesta concreta a la experiencia de Dios.

Por otro lado, la mayoría de los políticos mexicanos son abiertamente hombres de fe, muchos de ellos católicos. Es más, un partido político está en el espectro de lo que se conoce como democracia cristiana: el Partido Acción Nacional (PAN). Sus principios son muy similares a los que presenta la Doctrina Social de la Iglesia, porque se nutren y se fundamentan en la filosofía humanista (González Carrillo, A., Magaña Duplancher, A., s.f.). Aún en los partidos de izquierda, en donde las ideas comunistas que promueven el ateísmo tienen gran cabida, existen políticos creyentes.

¿Cómo explicamos entonces esta ruptura entre la ideología partidista de los políticos actuales en México, que aunque con diversidad de propuestas, pregonan la búsqueda del bien común, y la vivencia real de un actuar alejado de dichos valores? ¿Cómo entender que la mayoría de los políticos sean católicos y sin embargo, den muestra que no hay una relación directa entre la fe que se profesa y la actividad a la que se dedican?

Mauricio López (2014) da en el clavo cuando, en su presentación, retoma la frase del Papa Francisco dicha a alumnos y exalumnos de colegios jesuitas: “¿No será que la política está llena de porquería y de corrupción porque no hemos llevado los valores y una ética desde nuestra propia visión del Evangelio a estos espacios?”. Es una pregunta directa y retadora a todo aquel cristiano que opina mal de los políticos, a todo aquél que piensa que de la política, entre más lejos mejor. Es un cuestionamiento crucial para la CVX, la cual pretende ser un elemento clave en la instauración del Reino en la Tierra.

Juan Pablo II (1988), en la exhortación Christifideles Laici menciona los dos graves peligros y tentaciones a las que se enfrentan los laicos católicos : “la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas”.

Ambas tentaciones se relacionan y entrelazan con la problemática planteada. Por un lado está el católico que con buena intención, cree que haciendo solamente servicios dentro de la Iglesia puede realizar la misión de ser obreros en la viña. De esta forma, la política es menospreciada como un espacio auténtico a donde nos manda  el Señor: “Id también vosotros a mi viña”. Nos negamos a reconocer como un espacio de misión y de apostolado precisamente aquél donde hay más urgencia en que se vivan con mayor plenitud los valores del Reino.

No se puede negar que también hay algunos católicos que, comprometidos con su fe, pretenden trabajar de forma recta y honesta en la política para lograr mejoras sustanciales a las condiciones de vida de la población más marginada, más pobre, más excluida. Sin embargo, lo que llamamos “el sistema”, las formas y maneras en que se llevan a cabo las relaciones y las acciones dentro de la vida política, genera barreras, minimiza espacios, excluye de los acuerdos, obstaculiza la participación de estos laicos bien intencionados.

En el otro caso, están aquellos laicos que han optado por trabajar en la política y que tratan de explicar y justificar sus actos incongruentes con los valores cristianos, estableciendo una clara separación entre lo que dicen creer y lo que hacen a diario. “El Estado es laico”, “No se debe mezclar religión con política”, dicen. Para ellos la espiritualidad nada tiene que ver con la forma de actuar en los diversos ambientes de su realidad concreta, no hay correlación entre la fe y la vida. Al final, el resultado del quehacer político de estos laicos se aleja del bien común.

Estos peligros a los que se han hecho referencia son consecuencia de una experiencia espiritual muy deficiente, superficial y, en algunos casos, nula. Muchos laicos han limitado o reducido su espiritualidad al cumplimiento de algunos pocos deberes rituales o litúrgicos; realizan los sacramentos una vez en la vida, como marca el canon social; asisten a misa los domingos; recitan oraciones de memoria; se forman en la fe con las homilías del sacerdote.

Es claro que, en estas circunstancias, difícilmente puede surgir un compromiso real y profundo para abordar los problemas y realidades temporales y ordenarlos según el Evangelio de Jesús. Se requiere que la vivencia espiritual, la relación con Dios que ama al hombre sea personal, profunda, íntima, en confianza. Como decía José Luis Caravias (s.f.): Hemos de volver a experimentar vitalmente a Dios. Sentir al Dios vivo. Dejando a un lado, como basura inservible, las imágenes obscurantistas de Dios, caídas ya por tierra.”

La Iglesia debe encontrar mecanismos y herramientas que permitan a todos los laicos recuperar esta experiencia del Dios vivo, del Dios que ama infinitamente, que no se enoja, que no castiga. Los cristianos tenemos que esforzarnos para experimentar en nuestra vida el amor del Padre que nos muestra Jesús en la parábola del hijo pródigo, aquél Padre que está a la espera, atento a nuestro regreso a casa, deseoso de abrazarnos, porque ya ha perdonado todo en su gran misericordia, que festeja y celebra nuestro arrepentimiento.

Pero también los católicos hemos de reconocer, en nuestra relación con Dios, que él es un Dios activo, siempre presente en nuestro espacio y nuestro tiempo, un Dios encarnado. Mauricio (2014) lanzó una cuestión al respecto: “¿creemos o no creemos en ese Cristo que se hace presente, que camina en medio de nosotros y que nos presenta un itinerario que nos obliga a salir de nuestro sitio tranquilo y a buscar hacer algo para transformar la realidad?”

En la CVX México se viven estas mismas dificultades y retos en cuanto al compromiso socio-político. Si bien, los Principios Generales de la CVX (1990) establecen que “la espiritualidad de nuestra Comunidad está centrada en Cristo y en la participación en el Misterio Pascual. Brota de la Sagrada Escritura, de la liturgia, del desarrollo doctrinal de la Iglesia, y de la revelación de la voluntad de Dios a través de los acontecimientos de nuestro tiempo… consideramos los Ejercicios Espirituales de san Ignacio como la fuente específica y el instrumento característico de nuestra espi­ritualidad. Nuestra vocación nos llama a vivir esta espiri­tualidad, que nos abre y nos dispone a cualquier deseo de Dios en cada situación concreta de nuestra vida diaria”, esto no implica que en automático los miembros estén en plena disponibilidad de asumir un compromiso socio-político que los lleve “a trabajar en la reforma de las estructuras de la sociedad tomando parte en los esfuerzos de liberación de quienes son víctimas de toda clase de discriminación y, en particular, en la supresión de diferencias entre ricos y pobres.”

Los cevequianos no estamos exentos de enfrentarnos a estas mismas tentaciones, mencionadas en la exhortación Christifideles Laici a las que se hizo referencia anteriormente. Muchos cevequianos en México han desarrollado con gran compromiso y eficacia servicios dentro de la Iglesia. Como ejemplos claros de este servicio se pueden mencionar la creación en diversas ciudades de los centros ignacianos de espiritualidad o de casas de retiros, el apoyo en las parroquias o capillas asignadas a la Compañía de Jesús, dando catequesis en las parroquias a las que pertenecen, apoyando experiencias misioneras, siendo ministros extraordinarios de la Eucaristía o lectores de la Palabra. Pero, sin que sea una regla, muchos de estos miembros han limitado su apostolado a estos servicios, dejando de lado otros campos de misión a los que también son invitados y requeridos.

En parte, esto también puede ser resultado de que hay un desconocimiento de las opciones de participación política, se cree que los únicos caminos son los partidos políticos y como ya se ha mencionado, estos tienen un gran desprestigio en la sociedad, por lo cual muchos cevequianos deciden no optar por este camino.

Otras situaciones que se presentan en la CVX cuando sus miembros se inclinan por participar de alguna manera en la vida política son las que bien describe David Martínez (2013):

1)   el conflicto se hace presente en la comunidad, generando incomprensión, falta de solidaridad, descalificaciones y hasta rencores;

2)   Existe un falso respeto por las opciones políticas de los demás, hay indiferencia a éstas, y por lo tanto no hay afectación en la vida comunitaria porque no hay verdadera comunidad.

Ambas situaciones terminan por generar desaliento y desánimo en estas tareas de participación o involucramiento en política. En la primera, los miembros prefieren no compartir sus deseos y acciones de compromiso político con tal de no iniciar el conflicto, de recibir críticas o rechazo. La política se vuelve tema prohibido, tabú, porque de lo contrario las diferencias pueden ser tan grandes que se genere un rompimiento interno. En la segunda, aunque las aspiraciones políticas  pueden ser compartidas en la comunidad, no se profundiza en ellas ni se apoya el discernimiento personal ni se hace discernimiento comunitario sobre el tema. La política no forma parte de la experiencia espiritual comunitaria ni se desprende y alimenta de ella.

Pero hay una circunstancia no contemplada en estas dos opciones a las que se acaba de hacer referencia: la comunidad en general no se interesa en el compromiso socio-político; son muy pocos los miembros que perciben a la política como un espacio idóneo para desarrollar su misión apostólica; a veces sólo uno de los miembros siente esta inquietud, este llamado a participar activamente en organizaciones civiles o partidistas que trabajen por la transformación de las estructuras de la sociedad. Si la comunidad no ha asumido como práctica común el Discernir, Enviar, Acompañar y Evaluar (DEAE), los miembros que se inclinan por la política como apostolado se sienten realmente aislados, solos en misión, sin el apoyo de sus compañeros de camino.

Los miembros que se enfrentan a estas circunstancias no solo batallan con los retos que la política de natural ofrece, sino además, encuentran poco eco de las propuestas que pudiera hacer al resto de su comunidad. Cuando el miembro comparte a la comunidad sus intereses, sus inquietudes, sus miedos, ésta responde con un “Sí, te apoyamos”, pero que no trasciende más allá de palabras de aliento; cuando propone algún proyecto, alguna idea, alguna vía en la que se requiere que la comunidad asuma una postura o realice alguna acción concreta, la respuesta puede ser un “Mejor no, nos podemos involucrarnos o comprometernos de esa forma” o un “Adelante, lo que tu decidas se hará”, pero dejando toda la responsabilidad del hacer en quien generó la propuesta. Esta situación desmotiva a los miembros e impide que la comunidad sea el espacio ideal donde se podría y debería compartir con sinceridad y confianza los conflictos, las tentaciones a las que se enfrentan las personas cuando se involucran en la política; la comunidad deja de ser el lugar donde se revive y consolida el compromiso con el Reino a través de experiencias espirituales profundas, que confrontan, que motivan.

Hay otro factor que también incide en el compromiso político de las comunidades: la edad de los miembros. En la gran mayoría de las comunidades locales del país el promedio de edad está por arriba de los 50 años, y en algunos casos muy por encima de esta edad. Estas comunidades tienden a preferir otro tipo de apostolados, más del tipo asistencialista. Consideran que el compromiso político demanda demasiado tiempo, o que ya no están en condiciones de involucrarse de ese modo. Si hay comunidades de jóvenes, les dejan este tipo de actividades a ellos. Hay que considerar que si bien el discernimiento de la CVX mundial sobre la importancia del apostolado en la política llevó a que quedara definido en los Principios Generales en 1990 como una opción en la misión, es hasta en los últimos años, en las últimas asambleas mundiales en donde ha adquirido fuerza y ha recibido más promoción hacia adentro de la comunidad. Por lo tanto, las comunidades que ya tienen muchos años de ser CVX (algunas que aún existen se desprendieron de las Congregaciones Marianas) han considerado que esta opción no es para ellas o no se han sentido con la fortaleza de orientarse hacia esa frontera.

Se dijo también que los Ejercicios de San Ignacio son la fuente y el instrumento de la espiritualidad cevequiana. Se requiere un proceso constante de formación en el estilo de vida cevequiano, fundamentado en la experiencia de los Ejercicios Espirituales para poder comprender la necesidad de un compromiso socio-político. Sólo aquellos miembros que perseveran en la práctica de los Ejercicios pueden ordenar su vida y poco a poco sentir el deseo de participar más activamente en ordenar las realidades temporales. Es por eso que también las comunidades tienen dificultad de consolidar el compromiso político, ya que hay desfases en los procesos personales de los miembros en este tipo de experiencia. En las comunidades de adultos jóvenes que se han formado en lo últimos años en México, hay muchos miembros que no han vivido los Ejercicios Espirituales mientras que otros de la misma comunidad los han tomado en varias ocasiones, lo que lleva a que haya diferentes grados de compromiso.

Un gran reto que debe superar la CVX México es la falta de relaciones y comunicación entre los miembros de diferentes comunidades particulares y locales, para lograr establecer redes de apoyo y grupos de acción cuando las personas tiene intereses similares. Si bien las Asambleas nacionales son una gran oportunidad de conocer miembros de otras comunidades, escuchar experiencias previas, recibir propuestas, estas reuniones se limitan a muy pocos asistentes de cada comunidad local y con poco tiempo para hablar sobre los apostolados y las diversas formas en que estos se están viviendo en cada comunidad. No existen formalmente los medios ni las herramientas para que se establezcan relaciones entre miembros que puedan generar proyectos y propuestas relacionadas con política.

Conclusiones

La CVX México enfrenta muchos retos en cuanto a la consolidación del compromiso socio-político de sus miembros. Algunos de estos retos están relacionados más con la calidad de laicos católicos, como son el preferir aportar sólo en servicios a la Iglesia o vivir un rompimiento o separación entre la espiritualidad y la vida cotidiana de la persona.

Pero hay otras muchas dificultades que las comunidades cevequianas tienen que superar: el desconocimiento de opciones de participación política; mejorar la formación de los miembros en estos temas; la polarización de las comunidades cuando los miembros tienen ideologías políticas diferentes; la superficialidad con la que se abordan estos temas y se hace discernimiento; la edad y los intereses de los miembros; la falta de experiencias en Ejercicios Espirituales y la ausencia de redes de comunicación que no sean a través de los órganos directivos, entre otros.

Se requiere que la comunidad nacional de México establezca metas claras que permitan que cada vez más miembros asuman y compartan el compromiso político, de forma que puedan minimizarse las dificultades a las que ya se han hecho mención. Se ha caminado en este sentido, con el impulso que se desprende del discernimiento comunitario que se hace en la comunidad mundial, pero es necesario que este mismo discernimiento se haga en la comunidad nacional para adaptarlo a nuestros propios modos y cultura, así como entenderlo en el contexto de la política mexicana.

Es importante que la CVX México promueva la formación de grupos intercomunidades que pudieran tener inquietudes apostólicas similares, de tal forma que se conviertan también en espacios de discernimiento personal y comunitario. Considero importante que durante las asambleas nacionales se dedique un tiempo suficiente al trabajo que impulse la elección de apostolados socio-políticos. También se requiere que se profundice en el DEAE, de tal manera que se convierta en una herramienta catalizadora de este tipo de apostolados.

En las comunidades regionales se vuelve indispensable que compartan los procesos nacionales y mundiales respecto a los apostolados y que los miembros de las mesas de servicio sean intermediarios eficaces entre la comunidad nacional con las comunidades particulares. También redundará en buenos resultados en el compromiso socio-político la creación de nuevas comunidades de personas jóvenes. En los procesos formativos recomendados por la comunidad local se debe incluir una sección de conocimiento y profundización de la realidad social, de formación política y la identificación de oportunidades  de participación de manera organizada.

Se debe poder replicar el DEAE en las comunidades particulares, pero también es importante que se consolide el sentimiento de pertenencia a la comunidad mundial. Cada miembro debe hacer un esfuerzo por dedicar un tiempo a la realización de Ejercicios Espirituales, ya sean en retiro o en la vida diaria. También debe procurarse que todos los miembros conozcan las fronteras definidas en la comunidad mundial y que hagan discernimiento para encontrar a cuál se sienten llamados a participar.

 

 

Bibliografía

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Publicado por Andrés Mayorquin en 17:19

Etiquetas: CVX, Discernimiento, Doctrina Social de la Iglesia, Incidencia Socio-política, Política

 

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