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Los laicos y la predicación. La misión de ser profeta

laico predicacion

 

Los laicos y la predicación. La misión de ser profeta[1]

Jubileo Dominicano 2006-2016

El Laicado Dominicano y la Predicación

 

Estaba meditando acerca de lo que nos dice el lema de este año dentro del novenario rumbo a los 800 años de la Confirmación de la Orden: un versículo de la Sagrada Escritura, con sentido escatológico pues el capítulo se titula “el día del Señor y el juicio de las naciones”.

Inicia este Capítulo con lo que el lema nos invita a vivir, pero el centro del mensaje de la Palabra de Dios que se nos cita está encerrado en la frase “Los Laicos y la Predicación”, esto es el ser profeta.

El ser profeta que inicia con el Bautismo en donde Dios derrama su Espíritu, que nos conduce a ser Imagen de Él en Cristo. El profetismo conlleva en sí el anuncio y la denuncia.

Este mismo profetismo contiene los elementos constitutivos de la vida dominicana, la vida fraterna, la oración, el estudio y la misión apostólica, todos ellos orientados a la predicación, sin ellos, nuestro profetismo estaría incompleto.

Yo debo anunciar de lo que soy testigo, testigo de la Buena Nueva, testigo de la esperanza en un mundo que parece carecer de ella, testigo del amor en un mundo que parece carente de humanidad, de justicia y de paz.

Recordemos que la participación en el oficio profético de Cristo, «que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra», habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía.

Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los  fieles  laicos  son  hechos  partícipes  tanto  del  sobrenatural  sentido  de  fe  de  la  Iglesia,  que  «no  puede equivocarse cuando cree», cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y valentía, en medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza en la gloria «también a través de las estructuras de la vida secular». (CFL)

Las dominicas y los dominicos participan de esta misión profética de Cristo, predicando en los diferentes espacios que existen en el mundo, tanto en medio de los bautizados como de los que no conocen a Dios. Conscientes de la realidad de su entorno socio-cultural-económico, asumen su compromiso de llevar la Buena Nueva de Jesucristo, contribuyendo en la construcción del Reino de Dios y promoviendo en el mundo las prioridades  evangelizadoras  de  nuestra  Orden,  a  saber:  la  catequesis  en  un  mundo  descristianizado,  la evangelización en el contexto pluricultural, el empleo de los medios de comunicación social y electrónica para la evangelización y, de manera muy especial, la promoción de la Justicia y de la Paz. (D.L.O.P. 3)

 

Misión de sacerdote, profeta y rey en la Iglesia que inicia con el bautismo

La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera  en  la  unción  del  Bautismo,  su  desarrollo  en  la  Confirmación,  y  su  cumplimiento  y  dinámica sustentación  en  la  Eucaristía.  Se  trata  de  una  participación  donada  a  cada  uno  de  los  fieles  laicos individualmente; pero les es dada en cuanto que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa.

De este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P 2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión eclesial,  la  participación  de  los  fieles  laicos  en  el  triple  oficio  de  Cristo  exige  ser  vivida  y  actuada  en  la comunión y para acrecentar esta comunión. Escribía San Agustín:

«Así como llamamos a todos cristianos en virtud del místico crisma, así también llamamos a todos sacerdotes porque son miembros del único sacerdote».

Los  fieles  laicos,  precisamente  por  ser  miembros  de  la  Iglesia,  tienen  la  vocación  y  misión  de  ser anunciadores  del  Evangelio:  son  habilitados  y  comprometidos  en  esta  tarea  por  los  sacramentos  de  la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo.

En la vida de la Iglesia, específicamente en la Vida de nuestra Orden, los fieles laicos, anunciadores del Evangelio, profetas llenos del Espíritu Santo, nos han dejado ejemplo de fidelidad a esta vocación como lo fueron Santa Catalina de Siena, Santa Rosa de Lima, el Beato Pier Giorgio Frasati y muchos más que a lo largo del tiempo han dado respuesta al llamado de vivir el Bautismo que nos hace con Cristo y en Él, sacerdotes, profetas y reyes.

[1] 1.- Fernando Vargas, laico dominico de la Fraternidad Laical de la Provincia de México. Enero 2014.

 

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Categorías:Laicos

La paciencia cristiana Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

La paciencia cristiana

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

“Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia”. Así escribe Santiago Apóstol en la primera lectura de hoy (Sant 1,1-11).

¿Y qué significa ser pacientes en la vida y ante las pruebas? No es tan fácil de entender. No es lo mismo la paciencia cristiana que la resignación o la actitud de derrota, pues la paciencia en la virtud de quien está en camino, no del que está quieto o encerrado. Y cuando se está en camino suceden muchas cosas que no siempre son buenas. A mí me dice mucho de la paciencia como virtud en camino, la actitud de los padres cuando tienen un hijo enfermo o discapacitado, porque nace así. “¡Gracias a Dios que está vivo!”: ¡esos sí que son pacientes! Y llevan toda la vida a ese hijo con amor, hasta el final. ¡Y no es fácil llevar durante años y años a un hijo discapacitado, a un hijo enfermo! Pero la alegría de tener ese hijo les da la fuerza para seguir adelante. Y eso es paciencia, no resignación: o sea, es la virtud que viene cuando uno está en camino.

¿Además, qué puede enseñarnos la etimología de la palabra paciencia? Su significado lleva consigo el sentido de responsabilidad, porque el paciente no deja el sufrimiento: lo lleva a cuestas, y lo hace con gozo, con alegría, “para que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, y que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia”, dice el apóstol. La paciencia significa “llevar a cuestas” y no dejar a otro que cargue con el problema, o lleve la dificultad: la llevo yo, porque es mi dificultad, es mi problema. ¿Me hace sufrir? ¡Pues claro! Pero lo llevo. Cargar a cuestas. Y también la paciencia es la sabiduría de saber dialogar con la limitación. Hay tantas limitaciones en la vida, pero el impaciente no las quiere, las ignora porque no sabe dialogar con las limitaciones. Hay cierta fantasía de omnipotencia o de pereza… ¡Pero no sabe!

Y la paciencia de la que habla Santiago no es solo un consejo para los cristianos. Si miramos la historia de la Salvación, podemos ver la paciencia de Dios, nuestro Padre, que guio y sacó adelante a su pueblo testarudo cada vez que hacía un ídolo e iba de una parte a otra. Y paciencia es también la que el Padre tiene con cada uno de nosotros, acompañándonos y esperando nuestros tiempos. Dios que también envió a su Hijo para que entrase en paciencia, tomase su misión y se ofreciese con decisión a la Pasión. Y aquí pienso en nuestros hermanos perseguidos en el Oriente Medio, expulsados por ser cristianos… Y ellos están orgullosos de ser cristianos: han entrado en paciencia, como el Señor entró en paciencia.

Con estas ideas, tal vez, podemos hay rezar, rezar por nuestro pueblo: “Señor, da a tu pueblo paciencia para cargar con sus pruebas”. Y también rezar por nosotros. Tantas veces somos impacientes: cuando algo no va, gritamos… “Pero, párate un poco, piensa en la paciencia de Dios Padre, entra en paciencia como Jesús”. Es una bonita virtud la paciencia, pidámosla al Señor.

 

Fuente: https://www.almudi.org/homilia-santa-marta/homilia/97356/la-paciencia-cristiana

 

 

 

Categorías:Homilias

Papa Francisco Homilía Adorar en silencio

Adorar en silencio

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

La Primera Lectura de hoy (1Re 8,1-7.9-13) narra que el rey Salomón convoca al pueblo para subir al Templo, y llevar el Arca de la Alianza del Señor al Sancta Sanctórum. Un camino empinado, en cuesta que, al contrario que el llano, no siempre es fácil. Un camino en subida para llevar la Alianza, durante el cual el pueblo cargaba a cuestas con su propia historia: la memoria de la elección. Sólo contenía dos tablas de piedra, las tablas de la Ley, desnudas, tal como Dios las había entregado a Moisés, y no como el pueblo la aprendió de los escribas, que la habían barroquizado, hecho barroca con tantas prescripciones. La Alianza desnuda: “yo te amo, tú me amas”. El primer mandamiento, amar a Dios, y el segundo, amar al prójimo. En el Arca no había nada más que esas dos tablas de piedra.

Así pues, introdujeron el arca en el santuario y, en cuanto los sacerdotes salieron, una nube, la gloria del Señor, llenó el Templo. Entonces el pueblo entró en adoración: pasó de los sacrificios que hacía durante el camino empinado al silencio, a la humillación de la adoración. Muchas veces pienso que no enseñamos a nuestro pueblo a adorar. Sí, les enseñamos a rezar, a cantar, a alabar a Dios, pero ¿a adorar? La oración de adoración, esa que nos anonada sin destruirnos: el anonadamiento de la adoración nos da nobleza y grandeza. Y aprovecho hoy, aquí con tantos párrocos recién nombrados, para decir: ¡enseñad al pueblo a adorar en silencio, a adorar!

Aprendamos desde ahora lo que haremos en el Cielo: la oración de adoración. Pero, solo podemos llegar allí con la memoria de haber sido elegidos, llevando dentro del corazón una promesa que nos empuja a caminar, y con la alianza en la mano y en el corazón. Pero siempre en camino: camino difícil, camino en cuesta, pero en camino hacia la adoración.

Ante la gloria de Dios, las palabras desaparecen, no se sabe qué decir. Como veremos en la Liturgia de mañana (cfr. 1Re 8,30), Salomón solo consigue decir dos palabras: “escucha y perdona”. Así que os invito a adorar en silencio, con toda la historia a cuestas, y pedir: “Escucha y perdona”. Nos vendrá bien, hoy, sacar un poco de tiempo de oración, con la memoria de nuestro camino, la memoria de las gracias recibidas, la memoria de la elección, de la promesa, de la alianza, y procurar ir arriba, hacia la adoración, y en medio de la adoración, con mucha humildad decir solo esta pequeña jaculatoria: “Escucha y perdona”.

Fuente: https://www.almudi.org/homilia-santa-marta/homilia/97354/adorar-en-silencio

 

 

Categorías:Homilias

Los ministerios laicales

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Los ministerios laicales

Los ministerios laicales

Es un ministro quien sirve en la misión y carisma que el Señor a través de la Iglesia le ha confiado

 

Por: Arturo Reyes | Fuente: Catholic.net

http://es.catholic.net/op/articulos/18452/los-ministerios-laicales.html

 

«Las acciones litúrgicas… pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este Cuerpo recibe un influjo diverso, según la diversidad de órdenes, funciones y activa participación.» (sc 26)

«En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas.» (SC 28) «Los acólitos, lectores, comentadores y cuantos pertenecen a la schola cantorum, desempeñan un auténtico ministerio litúrgico.

Ejerzan, por lo tanto, su oficio con sincera piedad y con el orden que a tan gran ministerio conviene y que con razón les exige el pueblo de Dios.

Con ese fin, es preciso que cada uno de a su manera esté profundamente penetrado del espíritu de la Liturgia, y que sea instruido para cumplir su función debida y ordenadamente.» (SC 29)

Generalidades

Una de las novedades más significativas de la última reforma litúrgica ha sido que también los laicos participan ahora en los varios ministerios, proclamándolas lecturas, animando la oración o el canto, incluso distribuyendo la Eucaristía.

Veamos algo del significado del término “ministerio” y su resonancia en la Iglesia para una mayor comprensión de nuestro tema:

La acepción “ministerios” puede entenderse de varias maneras como lo relacionado con el cargo público de ministro en la esfera de lo político o como la que responde a su etimología: la palabra ministerio proviene del latín «ministerium» que significa “servicio”, y «minister» que significa “servidor” (en esta acepción etimológica se envuelve el significado religioso del término).

Podemos decir, basándonos en la segunda acepción (etimológica) que, ministerio en la Iglesia significa servicio, y es un ministro quien sirve en la misión y carisma que el Señor a través de la Iglesia le ha confiado. En la Iglesia “somos reyes sirviendo” y por eso ante los ojos del mundo los hombres de Iglesia somos un poco especiales (cf. 1 Pe 2,9; Jn 13,14-15; Flp, 2,5-7).

Y es así que debemos “servir de verdad” en do, desde lo más insignificante ante lo más magnificente.

Servir no es tan malo ni rebaja; depende. Si se hace como esclavo, sí; tanto el que sirve como el que impone el servicio. Si se sirve por amor, con libertad y dignidad, no rebaja, mas bien dignifica: esto hace crecer al que sirve con solidaridad y por caridad como el que es servido por necesidad (reciprocidad y fraternidad que hacen madurar).

Recordemos: el que por antonomasia aparece como «ministro» es Cristo Jesús, que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por todos” (Mt 20,28) («non venit ministrari sed ministrare»: en griego «diakonesthai, diakonesai»).

Diversas clases de ministerios en la comunidad

En la comunidad cristiana hay ministerios ordenados (diaconado, presbiterado, episcopado), por los que una persona es configurada por medio de un sacramento especial a Cristo como Pastor y Maestro.

Hay otros ministerios instituidos: es la terminología que ha quedado en la Iglesia desde que Pablo VI, en 1972 suprimiera las “ordenes menores” y dejara dos ministerios instituidos: lector y acólito (“Ministeria Quaedam”) con la posibilidad que las Conferencias Episcopales instituyeran otros ministerios como, por ejemplo, el de catequistas, sacristanes, distribuidores de la comunión, salmistas, etc.

Hay ministerios no instituidos, pero que de alguna manera tienen carácter oficial y más o menos permanente: son los que se pueden llamar reconocidos, como el nombramiento de ministros extraordinarios de la comunión. Pero los más numerosos de los laicos que ejercen ministerios en la liturgia son los que de hecho ejercen la proclamación de las lecturas, la animación del canto y la oración, el servicio en torno al altar (una especie de sustitución o de prolongación de lo que en principio harían los diáconos o los ministros instituidos como 3 lectores y acólitos).

En el caso de estos ministerios “de hecho” o los “reconocidos” no hay distinción entre hombre o mujer. Mientras que en los ministerios “ordenados” o “instituidos” sólo se pueden encomendar a varones.

Este es uno de los motivos por lo que en algunas diócesis se ha recurrido a otro concepto: el de los laicos con misión pastoral (asumen hombres y mujeres varios ministerios para el bien de la comunidad en coordinación con los ministros ordenados: el cuidado de los enfermos, la preparación a los sacramentos, la pastoral de los marginados, la labor en organismos económicos, celebración litúrgica, etc.).

La mujer y los ministerios

Uno de los aspectos en que la comprensión ha sido más dubitativa y la praxis más insegura ha sido la admisión de las mujeres a los ministerios propios de los laicos.

No sólo los ministerios ordenados, que todavía no se vislumbra que puedan ser abiertos a la mujer: tampoco los “instituidos” como tales, o sea, como ministerios oficiales y establemente conferidos, se dan a la mujer. Aunque en este caso ha habido peticiones formulada por personas muy autorizadas, para que se revise esta norma, ya que “de hecho” estos mismos ministerios los realizan ya las mujeres (lecturas, distribución de la comunión, etc.).

La mujer tiene un papel privilegiado en tantos campos de la vida eclesial: la catequesis, los medios de evangelización, la pastoral de los marginados y enfermos, la asistencia social…

Es lógica que también en la liturgia haya entrado con toda naturalidad, en estos últimos años, a realizar los ministerios de la lectura, la animación del canto y de la oración, la distribución de la comunión, el servicio de la acogida, etc. Así la imagen de la comunidad queda mucho más representativamente retratada en el modo mismo de la celebración.

Esto ha sucedido con los titubeos iniciales que todos recordamos. Cuando en 1969 apareció la primera redacción de la Introducción al Misal Romano, se decía que si las lecturas eran proclamadas por una mujer, ésta no podía subir al presbiterio (por tanto, al ambón) (IGMR 66).

Pero luego en la Instrucción de 1970, ya se dejaba este extremo a la decisión de las Conferencias Episcopales, criterio que luego pasó a la segunda edición típica del Misal. Entre nosotros se entiende claramente la igualdad entre hombres y mujeres respecto a estos ministerios.

Continúan, sin embargo, los titubeos, porque todavía hoy la mujer, que sí puede recibir el encargo de distribuir la comunión a sus hermanos presentes o a los enfermos, no puede actuar de ayudante del altar, llevando, por ejemplo, el agua y el vino en el ofertorio (presentación de los dones) (instrucción “Inaestimabile Donum”, de 1980).

Ha sido una riqueza el que con naturalidad se haya admitido a ala mujer a los muchos ministerios litúrgicos, sin excesiva distinción entre hombre y mujer. Sin que tengamos que caer en el extremo opuesto: que ahora sólo ellas aparezcan realizando estos ministerios.

El por qué de estos ministerios

No es porque haya pocos sacerdotes la apertura a los ministerios laicales (esto sería una motivación realista, pero poco profunda). Ni de dar más entrada a la nueva sensibilidad democrática (sería una acomodación razonable, pero tampoco demasiado consistente. Si lo que se persigue es una mejor pedagogía para que la celebración, siguiendo una leyes propias de dinamismos de grupos, sea más eficaz con la ayuda de sus miembros, también sería legítimo, pero no la razón más convincente.

En el fondo lo que ha hecho que nuestra generación haya comprendido la identidad de los ministerios laicales y les haya dado cauce es la teología nueva que ha surgido del concilio. La eclesiología de la “Lumen Gentium”, basada en la identidad de toda la comunidad como Pueblo sacerdotal asociado a Cristo Sacerdote, es lo que motiva más profundamente la participación de los laicos no sólo en la celebración misma, sino en sus varios ministerios (cf. IGMR 58).

Es la imagen de la Iglesia, su teología, la que ha motivado esta diversidad de los ministerios. Una Iglesia que no está constituida por los clérigos, sino también por los laicos. Ellos son admitidos por el deber y el derecho que tienen por su condición de bautizados sacerdotes, profetas y reyes). (cf. IGMR 58).

Antes se decía que los laicos tenían un ministerio delegado, no propio, así se decía en la Instrucción sobre la Música y la Liturgia de 1958. Ahora el Concilio afirma que los laicos realizan ministerios legítimamente litúrgicos (cf. SC 29).

Estos mismos ministerios no se consideran como un “desglose” del ministerio ordenado, a modo de ayudantes instrumentales, sino como un desarrollo del carácter bautismal, que hace que, aunque no tengan “derecho” a ejercitar los ministerios, sí tengan la “capacidad” radical de que se les encomienden por parte de los responsables.

Rasgos comunes para los buenos ministerios

Existen pistas comunes, evidentes para una buena realización de los ministerios.

¿Cuáles son?:

  1. a) Lo más noble que hacen los laicos en la celebración litúrgica no son los ministerios sino su participación. (cf. IGMR 62)

 

b)Todo ministerio en la comunidad se entiende como servicio y no como privilegio de poder. (cf. IGMR 60)

Estos ministerios deben concebirse desde una visión de pastoral de conjunto:

  • Dentro de las programación de la vida comunitaria, que tiene en cuenta las diversas funciones de sus miembros esta el equipo de animación litúrgica con sus diversos ministerios (para ello coordinación es la palabra clave: un buen ministro sabe trabajar en equipo).
  • Que los laicos que actúan en la celebración aportando sus ministerios, no limiten su trabajo a este campo de la liturgia. Por eso es bueno que tengan otro apostolado (pe: el lector que intervenga en la catequesis, prepare a otros lectores, intervenga en la organización de cursos bíblicos).

 

  1. d) Los ministerios, a ser posible, deberían distribuirse entre varios y no acumularse en una persona.
  2. e) Todo ministro se supone que tiene un conocimiento técnico de su intervención, y por lo tanto requiere una preparación.

Los ministros ganarían eficacia en su servicio a la comunidad si recibieran una formación bíblica y litúrgica.

Todos estos ministerios no son sólo técnicos, sino que piden ser hechos desde una actitud de fe y de sensibilidad litúrgica

El ministerio del animador de las celebraciones

La “animación” de la celebración de la Eucaristía es un ministerio complejo, que puede abarcar varios de los servicios que ayudan a una comunidad a celebrar: el del “monitor” o “comentador”, el de “guía” y conductor que trata de coordinar los demás ministerios, así como el del ritmo de la celebración, al modo como lo hace el “Maestro de Ceremonias” en las celebraciones más solemnes, sobre todo con la presidencia del Obispo; a veces el animador se encarga también de la dirección de la parte de la asamblea.

El monitor o comentador

El misal lo describe así: “entre los ministros que ejerce su oficio fuera del presbiterio está el comentarista (en latín se le llama “commentator”, como también lo hacía el Concilio en SC 29), que es el que hace las explicaciones y da avisos (“admonitiones”: queda pobre la traducción con “avisos”), para introducirlos en la celebración y disponerlos a entenderla mejor” (IGMR 68).

Las moniciones

Hay varias clases de intervenciones: “indicativas” (posturas corporales, el modo de realizar una procesión), otras “explicativas” (ambientar una lectura desde un contexto histórico) y otras “exhortativas” (desde qué actitud espiritual podemos cantar un salmo responsorial).

  • Cualidades de la Buena monición:
  • Que sean breves: no a los tonos pesados, escolásticos y farfallosos por la largueza de la monición.
  • Que sean sencillas, diáfanas: ayudar a captar mejor el contenido del rito o de las lecturas (evitar frases alambicadas, a base de oraciones subordinadas, queriendo decirlo todo).
  • Que sean fieles al texto: que la monición ayude a escuchar la lectura desde la actitud justa (sin manipular su interpretación, dejándola abierta) y realizar el gesto simbólico (por ejemplo, el gesto de la paz) exactamente dentro de su identidad y finalidad.
  • Que sean discretas: discretas en número (hacer las convenientes y no siempre las mismas), evitando la palabrería.
  • Que sean pedagógicas: producir el efecto deseado (despertar el interés por la lectura, suscitar la actitud interna).
  • Que estén bien preparadas: normalmente por escrito y además en coordinación con el presidente (es importante que haya confluencia de direcciones entre el presidente con su homilía, el que hace las moniciones y el que escoge y dirige los cantos).
  • Pistas sencillas sobre el modo de hacerlas:
  • Que las diga la misma persona: para dar unidad al conjunto (el que proclama la lectura no debe ser el que también dice la monición, así distinguiremos la “palabra nuestra” de la “Palabra de Dios”).
  • Las moniciones no se tienen que hacer desde el ambón: el ambón es para la proclamación de la Palabra (cf. IGMR 68 y 272; OLM 33).
  • Es mejor “decirlas” aunque estén escritas (la monición pide una comunicatividad especial).
  • Las moniciones que ofrecen los libros o las hojas pastorales las tiene que considerar el monitor (o el equipo que prepara la celebración) como sugerencias, como material que tendrá mucho de aprovechable, pero no como dogmáticas. A partir de lo que allí se dice, con sentido litúrgico y sintonía con la comunidad, deben llegar al lenguaje más válido de una monición.
  • Monición de entrada:
  • Que motive próximamente la celebración que empieza, conectarla con la vida, con la fiesta o las circunstancias especiales del día.
  • Monición a la “Palabra”:
  • Que no sea una homilía anticipada, o un resumen de lo que ya la lectura misma va a decir (que no adelante el contenido o lo resuma).
  • Que prepare la escucha, motive la actitud de interés y de “obediencia a la fe”.
  • Es útil que presente el contexto histórico de una lectura.
  • Que despierte la atención de la comunidad a partir de las circunstancias que estamos viviendo en la actualidad o que suscite una pregunta reflexiva sobre nuestro modo de comportarnos frente a esta situación, sobre si se aplican estas palabras de increpación o de alabanza.

 

“La monición lo que hace es presentar que la lectura que vamos a escuchar es de interés también para nosotros (abrir el apetito)”

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Homilía del papa Francisco en Santa Marta Sobre la Muerte

El Papa Francisco celebra la Misa en la Casa Santa Marta. Foto: Vatican Media

Homilía del papa Francisco en Santa Marta Sobre la Muerte

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Lunes, 1 de febrero de 2018

La primera lectura nos habla de la muerte: la muerte del rey David (cfr. 1Re 2,1-4.10-12). Los días de David se acercaban a la muerte, porque hasta él, el gran rey, el hombre que precisamente había consolidado el reino, debe morir, porque no es el dueño del tiempo: el tiempo continúa, y él también continúa en otro estilo de tiempo, pero continúa. Está en camino. Además, no somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. Y esto nos hace pensar que es bueno rezar y pedir la gracia del sentido del tiempo, para no volvernos prisioneros del momento, que siempre está encerrado en sí mismo. Así pues, ante este pasaje del primer libro de los Reyes que relata la muerte de David, quisiera proponer tres ideas: la muerte es un hecho, la muerte es una herencia y la muerte es una memoria.

 

En primer lugar, la muerte es un hecho: podemos pensar muchas cosas, incluso imaginarnos que somos eternos, pero el hecho llega. Antes o después llega, y es un hecho que nos toca a todos. Porque estamos en camino, no somos ni errantes ni encerrados en un laberinto. No, estamos en camino, y hay que hacerlo. Pero existe la tentación del momento, que se adueña de la vida y te lleva a dar vueltas en ese laberinto egoísta del momento sin futuro, siempre ida y vuelta, ida y vuelta. ¡Pero el camino acaba en la muerte: todos lo sabemos! Por esa razón, la Iglesia siempre ha procurado que pensemos en ese final nuestro: la muerte. A este propósito, recuerdo que, cuando estábamos en el seminario, nos obligaban a hacer el ejercicio de la buena muerte(*): asustaba un poco, porque parecía una morgue… Pero el ejercicio de la buena muerte cada uno puede hacerlo dentro de sí: yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré. Repetir esto ayuda, porque es un dato puramente real que nos salva de la ilusión del momento, de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido. En cambio, la realidad es que estoy en camino y debo mirar adelante. Me acuerdo también que aprendí a leer con cuatro años, y una de las primeras cosas que aprendí a leer, porque mi abuela me lo hizo leer, era un letrero que ella tenía debajo del cristal de la cómoda y decía así: «Piensa que te mira Dios. / Piensa que te está observando. / Piensa que morirás / y tú no sabes cuándo». Esa frase la recuerdo todavía y me ha hecho mucho bien, especialmente en los momentos de suficiencia, de encerramiento, donde el momento era el rey. Así pues, el tiempo, el hecho: ¡todos moriremos! Al acercarse la muerte, David dice a su hijo: «Yo emprendo el viaje de todos». Y así fue.

 

La segunda idea es la herencia. Sucede a menudo que cuando, al morir, hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro. Y esta historia es tan antigua como la historia del mundo. En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio: ¿qué herencia dejo yo? Volviendo al pasaje bíblico de hoy, ¿qué herencia deja David? David también fue un gran pecador: ¡cometió muchos! Pero fue también un gran arrepentido, hasta llegar a ser un santo, a pesar de las cosas gordas que hizo. Y David es santo precisamente porque la herencia es esa actitud de arrepentirse, de adorar a Dios antes que a uno mismo, de volver a Dios: la herencia del testimonio, del buen ejemplo. Por eso, siempre es oportuno que nos preguntemos: ¿qué herencia dejaré a los míos? Seguramente la herencia material, que es buena, porque es el fruto del trabajo. Pero, ¿qué herencia personal, qué ejemplo dejo? ¿Como la de David, o una vacía? Por eso, a la pregunta “¿qué dejo?” no se debe responder solo señalando las propiedades, sino principalmente el testimonio de la vida.

 

Es cierto que, si vamos a un velatorio, el muerto siempre “era un santo”, tanto que hay dos sitios para canonizar a la gente: ¡la Plaza de San Pedro y los velatorios, porque siempre “era un santo” y porque ya no será una amenaza! La herencia verdadera es el testimonio de la vida. Es oportuno preguntarse: ¿qué herencia dejo si Dios me llamase hoy? ¿Qué herencia dejaré como testimonio de vida? Es una buena pregunta para hacerse, e irnos preparando, porque todos —ninguno quedará “de reliquia”, no—, todos iremos por esa senda, con la cuestión fundamental: ¿Cuál será la herencia que dejaré como testimonio de vida?

 

La tercera idea —junto al «hecho» y la «herencia»— es «la memoria». Porque también el pensamiento de la muerte es memoria, pero memoria anticipada, memoria hacia atrás. Memoria y también luz en este momento de la vida. Y la pregunta que hacerse es: cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy? Es una memoria anticipada que ilumina el momento de hoy. Se trata, en definitiva, de iluminar con el hecho de la muerte las decisiones que debo tomar cada día.

 

Es bonito este pasaje del segundo capítulo del primer libro de los Reyes. Si hoy tenéis tiempo leedlo, es bellísimo, y os hará bien. Pensar: estoy en camino, y es un hecho que moriré; cuál será la herencia que dejaré y cómo me sirve la luz, la memoria anticipada de la muerte, sobre las decisiones que debo tomar hoy. Una meditación que nos vendrá bien a todos.

 

(*) Don Bosco llamaba al retiro mensual “ejercicio de la buena muerte”, en el que invitaba a enfrentarse a lo verdaderamente esencial: los verdaderos valores que están por encima de la misma muerte, aunque la vida de cada día los olvide. La mejor manera de encontrarse dispuesto a vivir bien, es vivir como si se estuviera dispuesto a morir en cualquier momento (ndt).

 

Almudi.org – Información en abierto sobre la Iglesia y el mundo actual. Cuestiones de pensamiento, filosóficas y teológicas<suscripciones@almudi.org>

Hoy, 06:06 p.m.Tú

 

 

Fuente: https://www.almudi.org/component/almudi/homilia/97353/sobre-la-muerte

 

Categorías:Homilias

Jesús modelo de pastor

Jesús modelo de pastor

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

El Evangelio de San Marcos recoge dos curaciones que son más para contemplar que para pensar, porque señalan cómo era una jornada en la vida de Jesús, modelo de la que debería ser también la de los pastores, sean obispos o sacerdotes.

El Apóstol describe a Jesús una vez más rodeado de una gran muchedumbre, de gente que le seguía a lo largo del camino o a orillas del mar, y de los que Jesús se preocupaba. Dios había prometido acompañar así a su pueblo, estando en medio de él. Jesús no abre una oficina de consultas espirituales con un cartel: “El profeta recibe los lunes, miércoles y viernes de 3 a 6. La entrada cuesta tanto o, si queréis, podéis dar una ofrenda”. No, Jesús no hace eso. Tampoco abre un estudio médico con el cartel: “Los enfermos deben venir tal día, tal día, tal día, y serán curados”. Jesús se mete en medio del pueblo.

Esa es la imagen de pastor que Jesús nos da. Había un sacerdote santo que acompañaba así a su pueblo y que, por la noche, por ese motivo, estaba cansado, pero con un cansancio real, no ideal, de quien trabaja y está en medio de la gente. A Jesús le gusta salir al encuentro de las dificultades cuando se lo pide la gente.

Pero el Evangelio de hoy enseña también que Jesús iba acompañado de mucha gente que lo apretujaba y lo tocaba. Hasta cinco veces aparece este verbo en esta página de Marcos, que es lo mismo que hace el pueblo también hoy en las visitas pastorales, y lo hace para obtener gracia, y eso el pastor lo siente. Y nunca Jesús se echa atrás, es más, paga haciendo el bien, incluso a pesar de la vergüenza y de la burla. Estos son los rasgos del modo de obrar de Jesús y, por tanto, las actitudes del auténtico pastor. El pastor es ungido con óleo el día de su ordenación: sacerdotal y episcopal. Pero el verdadero óleo, el interior, es el óleo de la cercanía y de la ternura. Al pastor que no sabe hacerse cercano, le falta algo: quizá sea dueño del campo, pero no es pastor. Un pastor al que le falta ternura será rígido, y pegará a las ovejas. Cercanía y ternura: lo vemos aquí. Así era Jesús.

También el pastor, como Jesús, acaba su jornada cansado, cansado de hacer el bien, y si su actitud es así, el pueblo sentirá la presencia de Dios. Hoy podemos rezar en la Misa por nuestros pastores, para que el Señor les dé esta gracia de caminar con el pueblo, estar presentes en el pueblo con tanta ternura, con tanta cercanía. Y cuando el pueblo encuentra a su pastor, siente eso especial que solo se siente en presencia de Dios –y así acaba el pasaje del Evangelio–: “Y quedaron llenos de asombro”. El asombro de sentir la cercanía y la ternura de Dios en el pastor.

 

Fuente: https://www.almudi.org/liturgia/homilias-de-santa-marta/homilia/97352/jesus-modelo-de-pastor

 

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Foto: S. Fenosa

 

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