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Espiritualidad política y práctica política con «Espíritu»

Espiritualidad política y práctica política con «Espíritu»

F. Javier Vitoria Cormenzana,

Caracteres: 24.800

Palabras: 3.900

«Sal Terrae», Santander, 973(noviembre 1994)811-821

1. La política, cita inexcusable con Dios en la historia.

El compromiso político del laicado está sobrado de argumentos que lo justifiquen. Tanto la teología política como, más específicamente, la del laicado se han encargado de suministrarlos. El pensamiento cristiano tiene «razones» para afirmar que el laicado en su conjunto se encuentra convocado por el Espíritu en el mundo de la política como lugar inexcusable de su cita con Dios en la historia.

Pero, además, contamos con la «propuesta práctica» que los movimientos apostólicos, a pesar de sus muchas limitaciones, posibilitaron entre nosotros en tiempos mucho más adversos y peligrosos que los actuales. Una tradición que supo concentrar la tensión escatológica del compromiso cristiano en el «ya sí» de la «consecratio mundi», típicamente laical. Ellos nos han transmitido algo más que ideas sobre la militancia política. Su legado consiste, sobre todo, en un «modo de estar en la realidad» política que supo conjugar «realismo» militante, «coherencia moral» personal, talante «profético y utopía» cristiana.

Sin embargo, el laicado actual tiene enormes dificultades para poner en práctica aquellas razones y recrear esa tradición que se le ha entregado, garantizando así una práctica política con Espíritu. Sigue sin contestar a la invitación que en plena dictadura franquista hacía A.C. Comín a los católicos españoles. Se trataba de salir «fuera del Templo y de los templos subsidiarios construidos por la institución» -o por uno mismo añadiré yo ahora- y caminar historia adentro1 parece hacerse activamente presente, justamente «allí donde parece más difícil y hostil hacerlo», en la arena de los asuntos públicos, con el fin de servir a la liberación de los hijos de Dios.

En general, el laicado carece de «motivaciones espirituales» para el compromiso político, porque no ha sido jamás iniciado en la política como práxis mística. Esta ausencia de mistagogía y pedagogía para el compromiso, como experiencia espiritual, explica el panorama con que nos encontramos.

a) «El crónico absentismo político de los laicos»

Tradicionalmente, los católicos han contemplado el «toro» de la cosa política desde la «barrera» de los intereses privados. Durante demasiado tiempo, su participación se realizó «por procurador»: la iglesia-institución lidiaba en su nombre semejantes asuntos. La cuadrilla de laicos, presentes en el «ruedo» de los asuntos públicos, se ocupaba de las tareas subalternas y echaba una mano a quienes invariablemente eran los protagonistas de la faena: los obispos.

A partir del concilio, la teoría sobre las que se sustentaba esta praxis política cambió, pero los comportamientos no registraron novedades dignas de reseñar. Generalmente, los laicos han seguido practicando el absentismo político. Como explicación a semejante abdición ciudadana y a tanta excedencia voluntaria del tajo del compromiso bautismal de la política y a las enormes resistencias que la trama de intereses creados por él ofrece a cualquier tratamiento capaz de regenerar su ecosistema y de recuperar sus condiciones de habitabilidad.

No se puede negar que esta desafección política, ya crónica, se ha visto incentivada últimamente por la notoriedad de la miseria y de los aspectos más sórdidos de la democracia (la corrupción, la «partitocracia», las intrigas, etc.). El espectáculo político, está provocando una serie de sentimientos negativos (indiferencia, desprecio y rechazo) que de manera creciente se van apoderando del ciudadano normal y ordinario y, obviamente, también de los cristianos. Pero en la mayoría de los casos el recurso al estado comatoso de la política sólo es una coartada exculpatoria de unas prácticas cristianas que giran exclusivamente en torno a los tres polos de interés de una sociedad tan fuertemente privatizada como la nuestra: la familia, el trabajo y el consumo. Sólo se trata de una estrategia encubridora de las razones reales de ese abandono masivo.

No es ésta la ocasión para referirme a todas ellas, pero sí al déficit de espiritualidad que sufre un laicado que mayoritariamente percibe el espacio político como un medio ajeno, extraño e incluso hostil a la vivencia de su fe.

Si, sepásmolo o no, vivimos de política y estamos sumergidos en ella como en el aire que respiramos2 , y si hablar de espiritualidad cristiana no es sólo hablar de una «parte» de la vida, sino de «toda» la vida3 , entonces todo comportamiento que ignore la vida política, «pase» de ella o le niegue prácticamente su pertinencia para el despliegue de la vocación laical, estará dando lugar a un cristianismo alineado en su espiritualidad y rebelde a la llamada del Señor, aunque se autoestime sostenido por una singular experiencia interior del Espíritu y viva intensamente involucrado en actividades supuestamente más espirituales que las políticas. Nos encontramos ante una de las versiones más repetidas del «espiritualismo» y de la «fuga mundi».

b) «El abandono del compromiso político»

Un desencanto inclemente parece envolver al sistema democrático. Asistimos a la insistente demanda de su transformación, radicalización, profundización o renovación…; pero el sistema sigue atrapado por la fuerza de los viejos modales y procedimientos. Crece la impresión de que se quiere cambiar, pero «políticamente» no se puede. Lo deseable e incluso lo necesario se ve constantemente amenazado por el imperio de lo dominante. El pragmatismo conservador y su obediencia ciega a lo posible lastra habitualmente la praxis política y social. Este conjunto de cosas genera una sensación de destemple que acusan singularmente algunas organizaciones laicales de marcada vocación socio-política. Todavía en tiempos muy recientes, sus militantes estaban «enganchados» a la política y entusiasmados con sus posibilidades de futuro.

La constatación de lo resistente que es la realidad a dejarse transformar y de la insuficiencia, limitación e irracionalidad de los medios democráticos esta provocando una nueva desbandada entre ese laicado potencialmente militante en los ámbitos políticos. Se «pasa» de los partidos y de los sindicatos, que son las herramientas clásicas de la acción transformadora, y se emprende una «huida»: en el mejor de los casos, hacia el mundo de las ONG y del asociacionismo; en el peor, hacia el exilio interior y/o los «espacios siderales» de las místicas de «ojos cerrados».

Se trata de una reciente y postmoderna versión de la «fuga mundi». Narra historias y comportamientos de cristianos románticos, voluntaristas y con enormes sentimientos de solidaridad y justicia, pero muy poco operativos en orden a la construcción real de una sociedad más justa. Sin más pertrechos que sus «sueños de papel» (mojado además, como consecuencia de «lo que está cayendo»), e instalados en un tiempo inexistente -un pasado añorado o un futuro imaginario-, terminan por franquear a las propuestas neoconservadoras el acceso al presente.

La desproporción entre los costos del compromiso y la entidad de sus resultados, la corrupción de los partidos o su falta de democracia interna, el corporativismo de los sindicatos, la desvertebración de los movimientos sociales alternativos… suelen ser algunos de sus argumentos habituales. Sin embargo, las biografías personales y grupales responden a una trama diferente. Se suele empezar por amar más las propias ideas sobre la realidad que la realidad misma; se continúa invirtiendo todo el capital afectivo en imaginar las metas y dejando la determinación del camino y el aquilatamiento de sus costos en manos de la razón pragmática; y se termina instalándose, aburrido y cansado, en la sección de asuntos propios o compensándose de tanto desencanto con «la plusvalía» que genera una sabia administración de la utopía racional. El resultado final es siempre el mismo: la realidad queda abandonada a la suerte, y la fe condenada a la irrelevancia y la infecundidad perpetuas. El impulso mesiánico del cristianismo se desvanece, y los pobres de la tierra se quedan sin el amparo histórico de Dios.

La baja intensidad de la energía espiritual impide soportar y superar las resistencias que la realidad política ofrece a todo impulso realmente democratizador, y se deja de contribuir a taladrar el espesor de su miseria y tratar de recrearla reformulando sus objetivos y renovando sus medios.

c) «La confesionalidad política»

Muy frecuentemente, las minorías laicales que participan en la política terminan convirtiendo su adscripción y su credo políticos en instancias de sentido que compiten con su credo religioso y con su pertenencia eclesial. Todos conocemos a católicos cuya militancia en un partido político ha llegado a ser una referencia de sentido más global que su propia fe. Sin ella les resultaría del todo imposible encontrar sentido a su vivir diario. Los conflictos planteados por la doble identidad siempre se decantan en favor de la obediencia al partido; y, puestos en la tisura de elegir, la balanza se inclinaría del lado de la afiliación política (el PSOE, el PNV, el PP, IU o CIU), en detrimento de la eclesial.

La privatización de la espiritualidad y el confesionalismo de la actividad política son las alteraciones que dan lugar a semejantes comportamientos anómalos.

2. Una espiritualidad para tiempos de desencanto político

La repuesta del laicado a la convocatoria divina en la política necesita ser iniciada y acompañada. Se hace preciso «saborear», no simplemente saber, las claves fundamentales de la espiritualidad cristiana. Solamente así los tan bienintencionados como genéricos deseos de fidelidad vocacional se materializarán y concretarán en el compromiso político en estos tiempos de desencanto político.

a) «La experiencia espiritual del pobre»

El compromiso político de los cristianos no ha de ser fruto exclusivo del voluntariosos entusiasmo de los corazones generosos de los militantes. Necesita ser movilizado y sostenido por una mística de ojos abiertos4 . Esta experiencia de interioridad se cultiva en la práctica del dejarse mirar por el Dios de Vida en los ojos de los pobres cuando se contempla la realidad. Y da lugar al encuentro con Dios, pero no con cualquier Dios. La experiencia del pobre franquea el acceso en el Espíritu al Dios que acompaña y com-padece la historia de las víctimas, y seduce, provoca y consuela a todos los que luchan contra tanto dolor y tanta injusticia. Esa experiencia revela al Dios-de-los-pobres (el joánico Dios Amor) y, no sin superar antes la experiencia del escándalo y la locura (cf. 1 Cor 1, 21-25), habla de la vigencia y la actualidad de su Promesa también en este final de siglo.

Esta experiencia da lugar a una espiritualidad política que hace compatibles la sumisión a las condiciones adversas de la historia con la resistencia a la desesperanza y al desengaño, mientras arraiga confiadamente en la experiencia de estar, a pesar de todo, «en las buenas manos» del Dios de la Promesa.

Desde ella se percibe un potencial de posibilidades inéditas en la realidad. Un laicado cristiano con esta experiencia espiritual tiene fe en la posibilidad real de que «esta» historia pueda ser construida de otra manera y, consiguientemente, debe serlo. Esta fe en las posibilidades abiertas de la realidad histórica se sostiene en una sabiduría práctica recibida del Espíritu, que recuerda constantemente que la Promesa de Dios, aunque tenga como horizonte inalcanzable la fraternidad del Reino de Jesús, brota ya aquí y ahora, durante el reinado de la injusticia y desde el seno mismo de las trágicas condiciones actuales5 . Este descubrimiento faculta para pensar la política, no como el simple «arte de lo posible», sino como el «oficio de hacer real» aquello que históricamente se ha hecho ya viable para la liberación de los pobres.

La crisis de muchos militantes políticos no radica exclusivamente en la problematicidad de los modelos referentes y de las mediaciones políticas y culturales. Se concreta también en una pérdida de fe en la historia y en las posibilidades humanas. Esto les impide contar con una energía capaz de movilizar las fuerzas, la imaginación y la generosidad necesarias para proponer y poner en práctica políticas alternativas.

La participación en la experiencia espiritual del pobre dota de suficiente lucidez y excentricidad como para negarse a aceptar la interpretación de la realidad que constituye la opinión mayoritaria. Esta experiencia resulta incompatible con los talantes derrotistas y no se hace cómplice de ninguna claudicación ante el espesor y las dificultades del presente.

Las dificultades del momento son tales que el «viaje» de los cristianos por la política suele terminar muy frecuentemente en el arrecife de ese «hiperrealismo» grosero que demandan la nueva religión del monoteísmo del mercado y sus servidores de las políticas neoliberales. La plaza pública está abarrotada de antiguos vendedores de sueños, reconvertidos hoy en «alquimistas» del más obtuso de los pragmatismos. Entre sus filas se pueden encontrar antiguos militantes cristianos. Las causas de tanto abandono son muchas, pero conviene mencionar una que suele pasar más inadvertida: muchos de ellos, mientras se entonaban cánticos triunfales, olvidaron que su Mesías sólo garantizaba la victoria final de la Promesa de Dios, pero no el éxito histórico de sus caminos concretos, y mucho menos aún una victoria espectacular. Al no poder soportar el desencanto producido por las tardanzas de la historia en llegar a su meta, se desprendieron de la visión movilizadora y crítica de la fe y renunciaron a seguir soñando. Su nueva cantinela es: ¡Realismo, estúpidos , realismo! Y así el gran desafío del presente es cómo no terminar atrapados en el nuevo «constantinismo» que, auspiciado por los mandamases de la economía de mercado, pretende hacer de la religión un paliativo del sufrimiento de sus víctimas y un factor de cohesión que permita alcanzar la paz social en el interior de su imperio mundial.

En esta hora, cargada de desencantos y de humillaciones para las propuestas políticas de izquierda, esta mística aporta un plus de esperanza tozuda. Semejante gratificación se concreta, no sólo en la terquedad de las visiones y de los sueños utópicos, sino también en la lucidez de las propuestas de acción. La praxis sin visión está condenada a deambular dando palos de ciego, sin saber adónde ni dónde quedarse, sin motivaciones para seguir caminando. Las visiones sin propuestas practicables de acción son inútiles, pues no abren caminos de futuro al presente.

Una espiritualidad nacida de la experiencia del Dios de los pobres habilitará un laicado capaz también de sortear en su singladura política el arrecife del «irrealismo» de algunas pretendidas visiones cristianas de la política.

Se trata de una espiritualidad fuente de realismo político, que asume la «disciplina del éxodo» (Alvarez Bolado) y que, trabajosa y pacientemente, pretende transformar, con los instrumentos imperfectos que tenemos, las realidades históricas en la dirección apuntada por el Reino de Dios. Las propuestas testimoniales no convierten por sí solas las «piedras» de la democracia de baja intensidad en el «pan» de la democracia integral. El «rigorismo», a la hora de mantener la utopía cristiana, y la «inflexibilidad» ante la parcialidad de sus realizaciones históricas, fruto muchas veces de costosos compromisos, ha colocado bajo sospecha de antievolutivos algunos de los mejores dinamismos evangélicos. La estrategia del «todo y ahora» resulta siempre infiel a la ley de la encarnación y fatal para la vida de los pobres.

b) «Espiritualidad liberadora y compromiso político»

La espiritualidad cristiana tiene como fuente la experiencia espiritual del Amor gracioso y liberador de Dios; como finalidad, hacer salvación o liberación en este mundo, solar del Templo del Espíritu Dios; y como andura, el recrear históricamente el camino de Jesús. El compromiso político del laicado ha de responder a este diseño. En primera instancia, por tanto, no se encuentra motivado por ningún interés «añadido» a su espiritualidad (p.e., motivos estratégicos de política eclesiástica). La actividad política de los cristianos es un modo específicamente laical de respuesta agradecida, al saberse agraciados por el amor de Dios. Solamente pretende hacer rentable para el crecimiento de la causa del Reino y de la propia salvación (cf. Mt 25, 31-46) lo recibido gratuitamente del Padre (cf. Mt 25, 14-30). La autenticidad de la experiencia espiritual cristiana no se acredita en el sentimiento (es verdadera porque la siento), sino en el intento práctico de alcanzar asintóticamente la plenitud de la Promesa del Dios del Reino por medio de la realización de lo todavía inédito, pero ya viable históricamente, de esa Promesa (es verdadera porque me empuja a salvar). El laicado está emplazado a proseguir el ministerio jesuánico de la «curación y liberación» de los miserables de nuestro tiempo (cf. Mt 11, 2-6), y la mediación de la política resulta imprescindible para alcanzar este objetivo.

No es ni escuchando complacidos cómo los contertulios de la COPE les «dan caña» a los políticos, ni contemplando escandalizados y juzgando airados los desmanes de los partidos como mejor se contribuye a darles vida. Los laicos están llamados a luchar desde dentro del entramado político contra «la metástasis» del pecado estructural que ha deteriorado el sistema democrático y a innovar fórmulas y procedimientos políticos que permitan avanzar paulatinamente en la dirección de una sociedad mundial cuyo paradigma de bienestar sea universalizable y cuyas normas de convivencia posean mayor y más plena calidad democrática que las actuales. Sin su presencia activa en la parcela política de la viña del Señor, las funciones sacerdotal (cf. «Lumen Gentium», 34) y real (cf. ibid., 36) de su vocación se frustrarán, y las tareas de consagración a Dios de la realidad mundana y de construcción de su Reino en la historia se quedarán sin sus protagonistas naturales. El compromiso con la construcción de la «polis» forma parte de la respuesta laical a la muestra de confianza en las posibilidades humanas manifestada por Dios, el cual ha puesto en manos de los hombres no sólo el destino de la aventura humana, sino el de su propia gloria: la vida de los hombres. El absentismo político renuncia a la dimensión liberadora de la espiritualidad cristiana, hurta las cualidades del Reino de Dios a las realidades temporales e inmoviliza esa «longa manus» de Dios en la política que son los laicos.

c) Seguimiento, discernimiento y vocación política

La espiritualidad cristiana es docilidad a los impulsos del Espíritu y recreación histórica del seguimiento de Jesús de Nazaret. El Espíritu suscita hoy relatos biográficos de cuño evangélico que hacen correr por el mundo «rumores» sobre Jesús; provoca historias de discípulos empeñados como él en convertir en realidades buenas la Buena Nueva de Dios sobre la salvación integral del hombre y en realizar la unidad del universo, lo terrestre y lo celeste, por medio de Cristo (cfr. Ef 1-3; 1 Cor 2,7). El espacio político, como lugar de la cita con Dios, no posee un carácter tan universal como el del trabajo. No todos los laicos están llamados por el Señor a seguirle implicados activamente en los partidos y en las organizaciones sociales. Pero la elección del lugar del encuentro con Dios no es una mera cuestión de gustos o aficiones personales, sino de obediencia a la Voluntad del Señor Jesús. El ejercicio del discernimiento de esa voluntad y la prontitud en la obediencia son dos de las exigencias universales del seguimiento de Jesús que cualquier vocación cristiana ha de poner en práctica. Desde la perspectiva del compromiso político, a todo laico se le pide: a) la responsabilidad de llegar a conocer con lucidez evangélica si Dios le emplaza o no en el mundo de la política (algo que supone el discernimiento de las aptitudes y las destrezas personales para esa actividad, aunque no coincida simplemente con él, y que por eso mismo se percibe como fidelidad); y b) la disposición para acudir puntualmente al lugar de la convocatoria divina (algo que, porque siempre «violenta» el mundo de los hábitos, actitudes, comportamientos, deseos y aficiones personales, se experimenta como obediencia). Cuando no se ejercitan estas prácticas espirituales, se asume la responsabilidad de privar del «estilo» del Espíritu de Jesús de Nazaret al quehacer político.

d) «Espiritualidad y laicidad de la política

La fe cristiana no tiene proyectos ni medios ni estrategias originales para abrir camino a la Promesa de Dios. El cristianismo necesita echar mano de las herramientas con que los hombres construyen la realidad política y social. Sólo ellas hacen posible que la Salvación escatológica se vaya haciendo historia. Si se desea que la solidaridad sea algo más que un «sentimiento superficial por los males de tanta personas, cercanas o lejanas,» y se tiene la «firme y perseverante determinación» de trabajar por el «bien común» (cf. «Sollicitudo rei socialis», 38) en la lucha contra las «estructuras de pecado» que destruyen lo humano (cf. ibid., 40), entonces es preciso hacer todo lo posible por encarnar ese deseo y esa determinación en formas y programas adecuados a la realidad que se quiere combatir. En las actuales circunstancias de nuestro mundo, no se podrá alcanzar estos objetivos sin una praxis política encaminada a modificar paulatinamente dichas circunstancias. Obviamente esta praxis -como todas las actividades humanas- responde a unas leyes de funcionamiento propias y autónomas que los cristianos han de saber respetar si quieren vivir una espiritualidad respetuosa con la laicidad del mundo.

En ciertos círculos cristianos flota en el aire un cierto maniqueísmo en la comprensión del poder como instrumento político de transformación de la realidad. Participan de la sensibilidad de algunas propuestas de políticas alternativas que dan la impresión de haber hecho, de la «necesidad» de renunciar al poder, como consecuencia de su escasa incidencia democrática, la «virtud» de una política-sin-poder. Sería peligroso negar la ambigüedad del poder e ignorar su enorme potencial concupiscente, que le lleva a autodivinizarse al menor descuido y que ha propiciado el holocausto de millones de hombres a lo largo de la historia. Pero igualmente peligroso es renunciar a su ejercicio por sistema, sin llegar a comprender que de lo que se trata es de desembarazarlo del influjo de sus falsas imágenes, que lo emparentan necesariamente con el dominio, la prepotencia y la arrogancia, lo ubican con exclusividad en el Estado y sus organismos6 y olvidan que su calidad democrática depende de su disponibilidad en favor de los intereses de los pobres. Evidentemente, todo esto puede sonar a ingenuo; pero está demostrado que plantear la política y el ejercicio del poder «etsi pauperes non darentur» suele conducir al tópico de los «intereses generales» y a satisfacer en ellos únicamente los deseos siempre insatisfechos de los beneficiarios de la cultura de la satisfacción7 .

Una espiritualidad militante deficitaria en laicidad ha contribuido a crear ese clima. En la palestra del debate sobre la presencia pública de la fe existen demasiados cristianos que, desencantados por lo que la democracia y sus instituciones dan de sí, estructuran su compromiso desde el «todavía no» de la Promesa de Dios, típica de la reserva escatológica que encarnan los religiosos, y se limitan a ejercer la función críticoprofética de su fe. Sin embargo, los laicos no pueden contentarse con criticar, sentados en el «banquillo» de la reserva escatológica, los logros siempre parciales de la sociedad moderna. Ellos protagonizan una espiritualidad que los convierte en expertos en abrir espacios al «ya sí» de la Promesa. Y esto no se consigue sin saltar al terreno de juego de la política y sin sumar allí esfuerzos y aportar soluciones en la construcción de este mundo provisional. En el fondo, una actitud de permanente reserva hacia lo político, a causa de lo que la trama del poder significa, revela una cierta reticencia a aceptar la laicidad del mismo. La política no es una realidad ni divina ni diabólica. Se trata de una actividad sometida a reglas humanas de juego y, precisamente por ello, limitada y cargada de imperfecciones, como constantemente pone de manifiesto su desmedida proclividad a convertirse en inhumana o en infrahumana. No obstante, esta perversión no debe servir como excusa para abandonarla, sino como acicate para permanecer o hacerse presente en ella, con el fin de evitar semejante deterioro.

Notas:

  • 1 Cf. F.J. VITORIA, Vivir el Espíritu Santo historia adentro, «Iglesia Viva» 130-131(1987)373-389.
  • 2 Cf. E. PINTACUDA, Breve curso de política, Sal Terrae, Santander 1994, p. 9.
  • 3 Cf. J.M. RAMBLA, «La espiritualidad cristiana en la lucha por la justicia», en (VARIOS, La justicia que brota de la fe, Sal Terrae, Santander 1982, p. 181.
  • 4 Cf. D. MOLLA, Hacia una ‘mística de ojos abiertos’. Propuestas para el fin del milenio, en CRISTIANISME I JUSTICIA, De cara al tercer milenio. Lecciones y desafíos, Sal Terrae, Santander 1994, pp. 149-170.
  • 5 Cf. J.I.GONZALEZ FAUS, «La Humanidad Nueva», Sal Terrae, Santander 1984, pp. 130-133.
  • 6 Cf. E. PINTACUDA, «op. cit.», pp. 129-130.
  • 7 La legitimidad de un pluralismo político entre los cristianos no debe conducir a una especie de «liberalismo» por el que se pueda llegar a pensar que cualquier opción política es compatible con la fe cristiana. Del evangelio se desprende no sólo impulso, sino también dirección y criterios teóricoprácticos que limitan este pluralismo y que contribuyen eficazmente a la elaboración de una política solidaria con los más pobres, que tiene que ser siempre la finalidad última de los cristianos en el compromiso político.


 

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