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PIO XII LOS LAICOS EN LA CRISIS DEL MUNDO MODERNO

 

PIO XII LOS LAICOS EN LA CRISIS DEL MUNDO MODERNO

II Congreso Mundial del Apostolado Laico

EDICIONES PAULINAS

SANTIAGO DE CHILE

EDICIONES PAULINAS

 IIcongresolaicos

ELEVADAS EXHORTACIONES Y SABIAS NORMAS DEL SUMO PONTIFICE PIO XII A LOS PARTICIPANTES EN EL II CONGRESO MUNDIAL DEL APOSTOLADO SEGLAR

 

He aquí una traducción del venerado Discurso dirigido en francés por el Sumo Pontífice Pío XII a Todos participantes en el II Congreso Mundial del Apostolado Seglar, en la solemne Audiencia de la tarde del sábado 5 de octubre en la Basílica Vaticana.

 

“Han pasado seis años, amados hijos y amadas hijas, desde cuando, hablando al primer Congreso Mundial del Apostolado Seglar, Nós dijimos al final de Nuestro discurso: “Si existe en el mundo una potencia capaz de disponer a las almas para una franca reconciliación y una fraternal unión entre los pueblos, esta es la Iglesia Católica. Podéis alegraros de ello con firmeza. A vosotros os toca contribuir con todas vuestras fuerzas” (Discursos y Radiomensajes, vol. XIII página 301).

Hoy Nos contemplamos con alegría la selecta asamblea que reúne, en este segundo Congreso Mundial, a dos mil representantes que han venido de más de ochenta naciones, y entre los cuales se cuentan Cardenales, Obispos, sacerdotes, y seglares eminentes.

Os enviamos nuestro saludo paternal y cordial y os felicitamos por el considerable trabajo llevado a cabo en el espacio de unos años para realizar los objetivos que se os habían señalado. La documentación recogida por el “Comité Permanente de Congresos Internacionales del Apostolado Seglar”, revela en primer lugar que gran número de Obispos han consagrado a este tema Cartas pastorales; recuerda en seguida la serie de Congresos nacionales e internacionales provocados por el de 1951 y destinados a prolongar la acción del mismo en la India, en el Sudán, en Suiza, en Bélgica (donde más de tres mil dirigentes seglares se reunieron en Lo- vaina), en México, en España, en Portugal; en Kisubi (Uganda) para toda África, en Manila para Asia, en Santiago y Montevideo para trece países de la América central y meridional. Añadamos aún las reuniones destinadas a preparar el segundo Congreso Mundial y que se han celebrado en Gazzada, Castel Gandolfo, Roma, Wiirzburg y París.

Sin duda alguna, el primer Congreso Mundial para el Apostolado de los Seglares fue como un llamamiento poderoso, que tuvo en todas partes múltiples ecos. Ha incitado a los católicos a considerar no solamente sus deberes para consigo mismos, sino también los que tienen con respecto a la Iglesia, con respecto a la sociedad civil y a toda la humanidad. Ha puesto de relieve con fuerza la importancia del compromiso personal de los seglares cuando se hacen cargo y llevan a cabo numerosas tareas en los campos religioso, social y cultural. Ha fortificado de este modo en ellos el sentido de sus responsabilidades en la sociedad moderna y el valor para afrontarlas, y ha contribuido notablemente a promover la colaboración y la coordinación entre las diversas formas de apostolado seglar.

Como tema del presente Congreso, que fue cuidadosamente preparado por teólogos y por especialistas de cuestiones sociales e internacionales, habéis elegido: “Los seglares en la crisis del mundo moderno: responsabilidades y formación”. Si, para responder a vuestro deseo, Nós os dirigimos la palabra al principio de vuestro Congreso, es con la intención de completar lo que dijimos, hace seis años, con algunas observaciones sobre los principios directores del apostolado de los seglares y sobre ciertos puntos prácticos, relativos a la formación y a la acción del apostolado seglar.

I.- ALGUNOS ASPECTOS FUNDAMENTALES

DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

 

Jerarquía y apostolado

Tomaremos como punto de partida de estas consideraciones una de las cuestiones destinadas a precisar la naturaleza del apostolado de los seglares: “El seglar encargado de enseñar la religión con “misión canónica”, con el mandato eclesiástico de enseñar, y cuya enseñanza constituye tal vez la única actividad profesional, ¿no pasa, por ello mismo, del apostolado seglar al “apostolado jerárquico”?

Para contestar a esta pregunta hay que recordar que Cristo confió a sus mismos Apóstoles un doble poder: en primer lugar, el poder -sacerdotal de consagrar, que fue otorgado en plenitud a todos los Apóstoles, y en segundo lugar, el de enseñar y gobernar, es decir de comunicar a los hombres, en nombre de Dios, la verdad infalible que les obliga a fijar las normas que regulan la vida cristiana.

Estos poderes de los Apóstoles pasaron al Papa y a los Obispos. Estos, por la ordenación sacerdotal, transmiten a otros, en medida determinada, el poder de consagrar, mientras que el de enseñar y de gobernar es propio del Papa y de los Obispos.

Cuando se habla de “apostolado jerárquico” y “apostolado de los seglares”, hay que tener, por lo tanto, presente una doble distinción: en primer lugar, entre el Papa, los Obispos y los sacerdotes por un lado, y el conjunto del elemento seglar por otro; luego, entre el mismo clero, entre los que tienen en su plenitud el poder de consagrar y de gobernar, y los demás clérigos. Los primeros (Papa, Obispos y sacerdotes) pertenecen necesariamente al clero; si un seglar fuese elegido Papa, no podría aceptar la elección más que a condición de ser apto para recibir la ordenación y estar dispuesto a ser ordenado; el poder de enseñar y de gobernar, asi como el carisma de la infalibilidad, le serian concedidos a partir del instante de su aceptación, incluso antes de su ordenación.

Ahora bien, para responder a la cuestión planteada, es importante considerar las dos distinciones propuestas. Se trata, en el caso presente, nó de poder de orden, sino del de enseñar. De éste son depositarios únicamente los que están investidos de autoridad eclesiástica. Los demás, sacerdotes y seglares, colaboran con ellos en la medida en que les conceden confianza para enseñar’ fielmente y dirigir a los fieles (cfr. can. 1327 y 1328). Los sacerdotes (que actúan vi muneris sacerdotalis) y los seglares también, pueden recibir el mandato que, según los casos, puede ser el mismo para los dos. Se distinguen, sin embargo, por el hecho de que el uno es sacerdote y el otro seglar y que, por consiguiente, el apostolado del uno es sacerdotal y el del otro es seglar. En cuanto al valor y a la eficacia del apostolado ejercido por el que enseña religión, dependen de la capacidad de cada uno y de sus dones sobrenaturales. Los profesores seglares, las religiosas, los catequistas en países de misión, todos los que han sido encargados por la Iglesia de enseñar las verdades de la fe, pueden igualmente con perfecto derecho aplicarse la .palabra del Señor: “Vosotros sois la sal de la tierra”, “vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5, 13-14).

Es claro que el simple fiel puede proponerse —y es sumamente deseable que se lo proponga— colaborar de una manera más organizada con las autoridades eclesiásticas, ayudarlas más eficazmente en su labor apostólica. Se pondrá entonces más estrechamente a la dependencia de la Jerarquía, la única responsable ante Dios del gobierno de la Iglesia. La aceptación por el seglar de una misión particular, de un mandato de la Jerarquía, si le asocia más de cerca a la conquista espiritual del mundo, que despliega la Iglesia bajo la dirección de sus Pastores, no basta para convertirle en un miembro de la Jerarquía, para darle los poderes de orden y de jurisdicción que siguen estrechamente ligados a la recepción del sacramento del orden, en sus diversos grados.

Hasta aquí no hemos considerado las ordenaciones que preceden al sacerdocio, y que, en la práctica actual de la Iglesia, no se confieren más que como preparación para la ordenación sacerdotal. La función encomendada a las órdenes menores la ejercen desde hace tiempo los seglares. Nós sabemos que en la actualidad se piensa en introducir un orden de diaconado concebido como función eclesiástica independiente del sacerdocio. La idea, hoy al menos, no está madura todavía. Si lo llegara a estar un día, nada cambiaría de cuanto acabamos de decir, excepto que este diaconado ocuparía su lugar con el sacerdocio en las distinciones que Nos hemos indicado.

Responsabilidad de los seglares

Sería desconocer la verdadera naturaleza de la Iglesia y su carácter social el distinguir en ella un elemento puramente activo, las autoridades eclesiásticas, y, por otra parte, un elemento puramente pasivo, los seglares. Todos los miembros de la. Iglesia, como hemos dicho en la Encíclica “Mystici Corporis Christi”, están llamados a colaborar en la edificación y perfeccionamiento del Cuerpo místico de Jesucristo (cfr. Acta Ap. Sectis, a. 35, 1943, pág. 241). Todos son personas libres y deben ser por lo tanto activos. Se abusa, a menudo, del término “emancipación de los seglares”, cuando se utiliza con un sentido que deforma el verdadero carácter de las relaciones que existen entre la Iglesia que enseña y la Iglesia enseñada, entre sacerdotes y seglares. A propósito de estas últimas relaciones, observamos simplemente que las tareas de la Iglesia son hoy día demasiado vastas para permitir que se entregue a disputas mezquinas. Para mantener la esfera de acción de cada uno, basta que todos posean el suficiente espíritu de fe, desinterés, estima y confianza recíproca. El respeto de la dignidad del sacerdote fue siempre uno de los rasgos más típicos de la comunidad cristiana. Por el contrario, también el seglar tiene sus derechos, y el sacerdote debe reconocerlos por su parte.

El seglar tiene derecho a recibir de les sacerdotes todos los bienes espirituales, con el fin de lograr la salvación de su alma y de llegar a la perfección cristiana (can. 8Y, 682): cuando se trata de derechos fundamentales del cristiano, puede hacer valer sus exigencias (can. 467, 1; 892, 1); el sentido y la finalidad misma de toda la vida de la Iglesia se hallan aquí en juego, así como, la responsabilidad ante Dios tanto del sacerdote como del seglar.

Se provoca inevitablemente un malestar cuando no se tiene en cuenta más que la función social. Esta no es un fin en sí mismo en general ni en la Iglesia, ya que la comunidad, en definitiva, está al servicio de los individuos, y no inversamente. Si la Historia demuestra que desde los orígenes de la Iglesia los seglares tenían participación en la actividad que el sacerdote despliega al servicio de la Iglesia, es verdad que hoy más que nunca deben prestar esta colaboración con tanto más fervor, “para la edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef. 4, 12), en todas las formas de apostolado, especialmente cuando se trata de hacer penetrar el espíritu cristiano en toda la vida familiar, social, económica y política.

Uno de los motivos de este llamamiento al elemento seglar es, sin duda, la escasez actual de sacerdotes; pero, incluso en el pasado, el sacerdote esperaba la colaboración de los seglares. Mencionemos únicamente la considerable aportación que los maestros y maestras católicos, así como las religiosas, han dado a la enseñanza de la religión y, en general, a la educación cristiana y a la formación de la juventud. Piénsese, por ejemplo, en las escuelas católicas de los Estados Unidos. La Iglesia les está agradecida: ¿no se trataba de un necesario complemento del trabajo sacerdotal? El hecho es que la escasez de sacerdotes es hoy particularmente sensible y amenaza de serlo aun más; Nos pensamos de modo especial en los -inmensos territorios de la América Latina, cuyos pueblos y Estados están conociendo en la época presente un rápido desarrollo. La labor de los seglares es allí más que necesaria.

Por otra parte, incluso independientemente del reducido número de sacerdotes, las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles seglares. La “consecratio mundi” es, en lo esencial, obra de los seglares mismos, de hombres que se hallan mezclados íntimamente con la vida económica y social, que forman parte del gobierno y de las asambleas legislativas. Del mismo modo, las células católicas, que deben crearse entre los trabajadores, en cada fábrica y en cada ambiente de trabajo, para conducir de nuevo a la Iglesia a los que se hallan separados de ella, no pueden ser constituidas más que por los mismos trabajadores.

Que la autoridad eclesiástica aplique también aqui el principio general de la ayuda subsidiaria y complementaria; que se le confíe al seglar las tareas que puede cumplir tan bien o incluso mejor que el sacerdote, y que, dentro dé los límites de su función o de los que traza el bien común de la Iglesia, pueda actuar libremente y ejercer su responsabilidad.

Además, habrá de recordarse que la palabra del Señor: “Dignus est… operarius mercede sua” (Le. 10, 7), se aplica a él también. A menudo Nós hemos quedado sorprendido al ver recordar en los Congresos misionales para el apostolado de los seglares la obligación de dar a estos colaboradores el salario que les corresponde; el catequista se ve a menudo totalmente ocupado en su tarea misionera y, por consiguiente, él y su familia dependen para vivir de lo que la Iglesia les da. Por lo demás, el apóstol seglar no debe considerarse ofendido si se le pide que no formule, ante la misión para la que trabaja, pretensiones exageradas.

En ocasión precedente Nos hemos evocado la figura de estos seglares que saben asumir todas sus responsabilidades. Son, dijimos, “hombres constituidos en su integridad inviolable como imágenes de Dios; hombres orgullosos de su dignidad personal y de su sana libertad; hombres justamente celosos de ser los iguales de sus semejantes en todo lo que se refiere al fondo de lo más íntimo de la dignidad humana; hombres apegados de manera estable a su tierra y a su tradición” (Alocución a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946. Discurso y Radiomensajes, vol. VII, pág. 393). Tal conjunto de cualidades supone que se ha aprendido a dominarse, a sacrificarse, y que se sacan sin cesar luz y fuerza de las fuentes de salvación que ofrece la Iglesia.

El materialismo y el ateísmo de un mundo en el que millones de creyentes tienen que vivir aislados, obliga a formar en todos ellos personalidades sólidas. Si no, ¿cómo resistirán al empuje de la masa que los rodea? Lo que es verdad para ‘todos, lo es en primer lugar para el apóstol seglar, obligado no solamente a defenderse sino también a conquistar.

Esto no quita nada al valor de las medidas de precaución, como las leyes de protección de la juventud, la censura de films, y todas las demás disposiciones que toman la Iglesia y el Estado para preservar de la corrupción al clima moral de la sociedad. Para educar al joven en sus responsabilidades de cristiano, conviene conservar su espíritu y su corazón en una atmósfera sana. Podría decirse que las instituciones deben ser tan perfectas que puedan por sí solas asegurar la salvaguardia del individuo, mientras que el individuo debe formarse en la autonomía del católico adulto, como si no tuviera que contar más que consigo mismo para triunfar sobre todas las dificultades.

El apostolado de los seglares

Nos elaboramos aquí el concepto de apostolado de los seglares en el sentido estricto, conforme a cuanto hemos explicado anteriormente sobre el apostolado jerárquico: Consiste en la asunción por los seglares de tareas que se derivan sde la misión confiada por Cristo a su Iglesia. Hemos visto que este apostolado es siempre apostolado de seglares, y que no llega a ser “apostolado jerárquico” ni siquiera cuando se ejerce por mandato de la Jerarquía.

De ello se deduce que es preferible designar el apostolado de la oración y del ejemplo personal como apostolado en el sentido más vasto o impropio del nombre. A este respecto, Nós no podemos dejar de confirmar las observaciones que hicimos en Nuestra Carta al III Congreso Mundial de la Unión Mundial de Maestros cristianos en Viena: “Pertenezca o no. la actividad profesional de los maestros y de las maestras católicas al apostolado de los seglares en sentido propio, estad convencidos, queridos hijos e hijas, de que ei maestro cristiano, que por su formación y su abnegación está a la altura de su tarea, y, profundamente convencido de su fe católica, da ejemplo de ella a la juventud que le ha sido confiada, como cosa espontánea y que se ha transformado en él en una segunda naturaleza, ejerce al servicio de Cristo y de su Iglesia una actividad parecida al mejor apostolado de los seglares” (5 de agosto de 1957). Puede repetirse esta afirmación de todas las profesiones, y principalmente de las de los médicos o ingenieros católicos, sobre todo en la hora actual en que están, llamados en los territorios poco desarrollados y en las zonas de misión, al servicio de los gobiernos locales o de la UNESCO y de otras Organizaciones internacionales, y dan con su vida y el ejercicio de su profesión el ejemplo de una vida cristiana plenamente madura.

La acción católica lleva siempre el carácter de un apostolado oficial de los seglares. Dos observaciones se imponen aquí: el mandato, sobre todo de enseñar, no se ha dado a la Acción Católica en su conjunto, sino a sus miembros organizados en particular, con arreglo a la voluntad y elección de la Jerarquía. La Acción Católica no puede tampoco reivindicar el monopolio del apostolado de los seglares, ya que a su lado subsiste el apostolado seglar libre. Los individuos o grupos pueden ponerse a disposición de la Jerarquía, viéndose confiar por ella, por cierto período fijo o indeterminado, tareas para las que reciben el mandato. Cabe preguntarse ciertamente, entonces, si no se transforman también en miembros de la Acción Católica. El punto importante es que la Iglesia jerárquica, los Obispos y los sacerdotes, pueden elegirse colaboradores seglares cuando encuentran personas capaces y dispuestas a ayudarles.

Parece necesario, al llegar a este punto, dar a conocer, al menos a grandes rasgos, una sugerencia que nos ha sido hecha muy recientemente. Se señala que reina en la actualidad un penoso malestar, de muy vasta extensión, que tendría su origen sobre todo en el uso del vocablo de “Acción Católica”. Este término, en efecto, parecería reservado a ciertos tipos determinados de apostolado seglar organizado, para los que crea, ante la opinión, una especie de monopolio; todas las organizaciones que no entran en el cuadro de la Acción Católica así concebida —se afirma— resultan de ‘menor autenticidad, de importancia secundaria, menos apoyadas por la Jerarquía, y permanecen como al margen del esfuerzo apostólico esencial del elemento seglar. La consecuencia parece ser que una forma particular de apostolado seglar, es decir, la “Acción Católica”, triunfa en perjuicio de las otras, y que se asiste ál secuestro de la especie sobre el género. Más aún, prácticamente, se le concedería la exclusiva, cerrando las diócesis a los movimientos apostólicos que no lleven la etiqueta de la “Acción Católica”.

Para resolver esta dificultad, se piensa en dos reformas prácticas: una de terminología, y, como corolario, otra de estructura. En primer lugar, sería necesario devolver al término de “Acción Católica” su sentido general y aplicarlo únicamente al conjunto de movimientos apostólicos seglares organizados y reconocidos como tales, nacional o internacionalmente, ya sea por los Obispos en el ámbito nacional, o por la Santa Sede en cuanto a los movimientos que aspiran a ser internacionales. Bastaría, pues, que cada movimiento particular fuera designado por su nombre y caracterizado en su forma específica, y no según el género común. La reforma de estructura seguiría a la de determinación del sentido de los términos. Todos los grupos pertenecerían a la Acción Católica y conservarían su nombre y su autonomía, pero todos ellos juntos formarían, como acción católica, una unidad federativa. Cada uno de los Obispos quedaría libre de admitir o de rechazar a determinado movimiento, de confiarle o no un mandato, pero no le correspondería rechazarlo por no ser de la “Acción Católica” por su misma naturaleza. La realización eventual de semejante proyecto requiere, naturalmente, atenta y prolongada reflexión. Vuestro Congreso puede ofrecer una ocasión favorable para discutir y examinar este problema, al mismo tiempo que otras cuestiones similares.

Queda por decir aún una palabra, para terminar estas consideraciones de principio, sobre las relaciones del apostolado de los seglares con la autoridad eclesiástica. Basta repetir lo que ya en 1951 Nos planteamos como regla general: que el apostolado de los seglares debe, en sus formas más varias, “mantenerse siempre dentro de los límites de la ortodoxia y no oponerse a las legítimas prescripciones de las autoridades eclesiásticas competentes” (Discursos y Radiomen- sajes, vol. XIII, página 298). Mientras tanto, nos hemos visto obligados a rechazar una opinión errónea sobre la “teología seglar”, opinión que se derivaba de una concepción inexacta de la responsabilidad del seglar (Aloe. “Si diligis”, 31 de mayo de 1954, Disc. y Radiomensajes, vol. XVI, pág. 451. El término de “teología seglar” carece de todo sentido. La norma, que se aplica en general al apostolado de los seglares y que Nós acabamos de recordar, vale también, como es natural, y aún más por lo que se refiere al “teólogo seglar”; pero si éste quiere publicar escritos sobre materia teológica, necesita él también de la explícita aprobación del Magisterio eclesiástico.

La actividad del seglar católico es particularmente oportuna en los campos en los que la Investigación teológica costea la de las ciencias profanas. Recientemente, por iniciativa de la “Gorres-Gesellschaft”, un grupo de teólogos y de naturalistas se han puesto de acuerdo para discutir en reuniones regulares sobre las cuestiones comunes que les interesan. No podemos dejar de felicitarles por semejante iniciativa.

II.- FORMACION DE APOSTOLES SEGLARES. EJERCICIO

DEL APOSTOLADO DE LOS SEGLARES

Bastarán algunas observaciones en relación con la formación de los apóstoles seglares.

No todos los cristianos son llamados al apostolado seglar en sentido estricto. Ya hemos dicho que el Obispo debería poder escoger colaboradores entre los que considera dispuestos y capaces, ya que la simple disposición no basta. Los apóstoles seglares constituirán, por lo tanto, una “elite”, no porque estén apartados de los demás, sino por el contrario porque son capaces de atraer a los demás y de influir sobre ellos. Así se comprende que deben poseer, a más del espíritu apostólico que los anima,” una cualidad sin la cual harían más mal que bien: tacto.

Para adquirir, por otra parte, la requerida competencia, es preciso evidentemente aceptar el esfuerzo de una formación seria: ésta, cuya necesidad por lo que se refiere a los que se dedican a la enseñanza nadie pone en duda, se impone igualmente para cualquier otro apóstol seglar, y Nós hemos sabido con placer que la reunión de Kisubi ha insistido de modo especial sobre la formación intelectual. En cuanto a los seglares que se ocupan de la administración de los, bienes eclesiásticos, sean escogidos con prudencia y conocimiento de causa. Cuando los incapaces ocupan cargos, no sin perjuicio para los bienes eclesiásticos, la culpa no es tanto de ellos mismos como de las autoridades que los han llamado a su servicio.

En la hora actual, hasta el apóstol seglar que trabaja entre los obreros en las fábricas y en toda clase de empresas.

Tiene necesidad de conocimientos sólidos en materia canónica, social y política, y deberá conocer igualmente la doctrina social de la Iglesia. Es conocida una Obra de apostolado para hombres que forma sus miembros en un “Seminario social” que recibe a 300 participantes durante cada semestre de invierno y cuenta con los servicios de veinte conferenciantes: catedráticos de Universidad, jueces, economistas, juristas, médicos, ingenieros, conocedores de lenguas .y de ciencias. Este ejemplo merece, nos parece, ser seguido.

La formación de los apóstoles seglares correrá a cargo de la mismas obras de apostolado seglar, que hallarán ayuda en el clero secular y en las Ordenes religiosas apostólicas. Los Institutos seculares les prestarán también, estamos seguro de ello, una colaboración apreciada. En cuanto a la formación de las mujeres para el apostolado seglar, las religiosas cuentan ya en su activo con hermosas realizaciones, en países de misión y en otras partes.

Nos quisiéramos llamar de modo especial vuestra atención sobre un aspecto de la educación de los jóvenes católicos: la formación de su espíritu apostólico. En lugar de ceder a una tendencia un poco egoísta, pensando solamente en la salvación de su alma, que tengan también conciencia de su responsabilidad con respecto a los demás y de los medios para ayudarles. Nadie duda, por lo demás, de qué la oración, el sacrificio, la acción audaz para conquistar a los demás para Dios, no sean ya prendas muy seguras de salvación personal. No entendemos en absoluto censurar cuanto se ha hecho en el pasado, ya que las realizaciones numerosas y notables a este respecto no faltan. Nós pensamos, entre otras cosas, en los semanarios católicos, que han absorbido el celo de muchos en cuanto a las obras de caridad y de apostolado. Movimientos como la Obra de la Santa Infancia tuvieron en ese sentido iniciativas fecundas. Sin embargo, el espíritu católico se instila en el corazón del niño no solamente en la escuela, sino mucho antes de la edad escolar, por mediación de la misma madre. El niño aprenderá cómo se debe rezar en Misa, cómo ofrecerla con una intención que abrace el mundo entero y sobre todo los grandes intereses de la Iglesia. Al examinarse sobre los deberes para con el prójimo, no se preguntará solamente: “¿He hecho mal al prójimo?’’, sino también: “¿Le he mostrado el camino que lleva a Dios, a Cristo, a la Iglesia y a la salvación?”

En cuanto al ejercicio del apostolado seglar, dado que las reflexiones hechas antes sobre las cuestiones de principio han tocado ya varios puntos, trataremos aquí de ciertos campos de apostolado, de los que surge en este momento un llamamiento más urgente.

La Parroquia

¿No es una señal consoladora el que en nuestros días, incluso los adultos, consideren como un honor el servir en el altar? Y los que, con la música y el canto, contribuyen a la alabanza de Dios y a la edificación de los fieles, ejercen sin duda alguna un apostolado seglar digno de elogio.

El apóstol seglar entregado al apostolado de barrio, y al que se le confía uno de los grupos de casas de la parroquia, debe procurar informarse con exactitud sobre la situación religiosa de los habitantes. Las condiciones en que viven ¿son malas o insuficientes? ¿Quiénes tienen necesidad de las obras de caridad? ¿Hay matrimonios que regularizar? ¿Y niños que bautizar? ¿Qué valen los quioscos de periódicos, las librerías y bibliotecas circulantes del barrio? ¿Qué leen los jóvenes y los adultos? La complejidad y a veces el carácter delicado de los problemas a resolvér en este tipo de apostolado invitan a no dedicar a él más que una “elite” escogida, dotada de tacto y de auténtica caridad.

Prensa, radio, cine y televisión

Las empresas editoriales y las librerías son para el apostolado seglar un campo de elección. Tenemos la satisfacción de saber que la mayor parte de los editores de librerías católicas consideran su profesión como un servicio de la Iglesia.

La biblioteca parroquial puede ser dirigida convenientemente por los seglares, que serán por lo general lectores y lectoras experimentados. En las bibliotecas circulantes, los buenos católicos tendrán ocasión de hacer bien.

El periodista católico, que ejerce su misión con espíritu de fe, es, naturalmente, un apóstol seglar. El Congreso de Manila pidió para Asia periodistas católicos y una prensa católica. Por otra parte, es normal que los católicos colaboren con la prensa, incluso la de interés local.

Por lo que se refiere a la radio, el cine y la televisión, nos remitimos a lo que ya dijimos en la Encíclica “Miranda prorsus’’ del 8 de septiembre de este año. Una doble tarea queda por realizar: evitar todo elemento de corrupción y promover los valores cristianos. Se cuentan en la actualidad en todo el mundo doce mil millones de personas que asisten cada año a salas locales de espectáculos. Pues bien, demasiados espectáculos, entre los que les son ofrecidos, no alcanzan el nivel cultural y moral que se tendría derecho a esperar. El hecho más lamentable es que el film presenta muy a menudo un mundo en el que los hombres viven y mueren como si Dios no existiera. Se trata, pues, de evitar aquí peligros morales para la fe y la vida cristiana. Jamás podría eludirse de plantear ante Dios la responsabilidad por la tolerancia de semejante situación, y a toda costa debe procurarse que sea modificada. Por lo tanto, Nos manifestamos Nuestra gratitud a los que emprenden en el campo de la radio, del film y de la televisión un trabajo valiente, inteligente y sistemático, que se ha visto recompensado ya por resultados que autorizan serias esperanzas. Recomendamos de modo especial las asociaciones y ligas que se proponen hacer prevalecer los principios cristianos en el uso del cine.

En las parroquias o por lo menos en los decanatos, los grupos de trabajo formarán a sus miembros y a sus colaboradores, pero también al público en sus deberes con respecto a la radio, el cine y la televisión, y les ayudarán a cumplirlos. Por lo que se refiere a la televisión, es indispensable que la Iglesia esté representada en los comités encargados de elaborar los programas y que especialistas católicos figuren entre los productores. Los sacerdotes, lo mismo que los seglares, son invitados a esa tarea —el sacerdote puede poseer en ello una competencia igual a la del seglar—, pero en todo caso la intervención de los seglares se requiere.

El mundo del trabajo

Veinte millones de jóvenes entran cada año en el trabajo -en todo el mundo. Se encuentran entre ellos católicos, pero también a millones de otros que se hallan bien dispuestos para una formación religiosa. De todos ellos debéis sentiros responsables. ¿Cómo la Iglesia los conserva? ¿Cómo los reconquista? Dado que el clima de la empresa es nefasto para el hombre joven, la “célula” católica debe intervenir en los talleres, pero también en los trenes, en los autobuses, en las familias y en los barrios; en todas partes actuará, dará el tono y ejercerá una influencia bienhechora y difundirá una vida nueva. Y asi, un capataz católico será el primero en ocuparse, por ejemplo, de los recién llegados para encontrarles una vivienda conveniente, les procurará buenas amistades, les pondrá en relación con la vida eclesiástica local y velará con el fin de que se adapten fácilmente a su situación.

E1 llamamiento que Nós hicimos el año pasado a los católicos alemanes se dirige también a los apóstoles seglares de todo el mundo, donde quiera que reinen la técnica y la industria; “Una tarea importante incumbe sobre vosotros —les decíamos—, la de dar a este mundo de la industria una forma y una estructura cristianas… Cristo, por quien todo ha sido creado, el Dueño del mundo, sigue siendo también Dueño del mundo actual, pues también éste está llamado a ser . un mundo cristiano. A vosotros toca conferirle la huella de Cristo” (Mensaje Radiofónico al Kolner Katholikentag, 2 de septiembre de 1956. Discursos y Radiomensajes, Vol. XVIII, pág. 397). Esa es la más pesada, pero también la tarea más grande del apostolado del elemento seglar católico.

la C. E. C. A.

Recientemente se ha celebrado en Luxemburgo un Congreso sobre los problemas sociales en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. El informe que el ICARES (Instituto Internacional Católico de Investigaciones Socioeclesiásticas) presentó al mismo, contenía tres puntos, que nos parecen de una Importancia particular en la cuestión aquí examinada. En. primer lugar, la población minera del territorio de la Comunidad que se extiende desde el Ruhr hasta Bélgica y los Pirineos, se compone en su mayor parte de emigrantes pertenecientes a los diversos países de Europa. En segundo lugar: en cuanto a la práctica religiosa, los mineros, en comparación con el medio social en el que se mueven, no representan más que la más débil minoría, porque son apartados más fácilmente que las otras categorías de trabajadores. Por consiguiente, tienen necesidad de una reintegración social. En tercer lugar, y esto se aplica a la vida de la comunidad católica, la conducta religiosa del minero emigrado depende estrechamente de la situación de su familia, de las condiciones de la vivienda, de la integración más o menos rápida en el ambiente que le recibe. El informe dijo, incluso, que el apostolado seglar debe proponerse aplicar concretamente a los emigrados las normas de la Constitución Apostólica “Exsul familia”.

Es preciso absolutamente evitar que los mineros de la C. E. C. A. sean la presa de movimientos ateos y hacer todo lo necesario para que sean salvados y vayan a Dios y a Cristo,

La América Latina

La situación de la Iglesia en América Latina se caracteriza por un rápido crecimiento de la población: ésta, que en 1920 contaba 92 millones de personas, contará pronto 200. En las grandes ciudades la población se acumula en masas enormes; el progreso técnico e industrial avanza rápidamente; por el contrario, los sacerdotes constituyen un número insuficiente; en lugar de los 160.000 que serían los estrictamente necesarios, apenas si se cuenta con 30.000. Por último, cuatro peligros mortales amenazan a la Iglesia: la invasión de las sectas protestantes, la secularización de toda la vida, el marxismo, que se manifiesta en las Universidades como el elemento más activo y que tiene en sus manos casi todas las organizaciones de trabajadores, y, en fin, un inquietante espiritismo.

En estas circunstancias, el apostolado seglar nos parece cargado con tres responsabilidades principales: en primer lugar, ia formación de apóstoles seglares para suplir la escasez de sacerdotes en la acción pastoral. En ciertos países donde el comunismo se encuentra en el poder, se dice que la vida religiosa ha podido continuar después de la detención de los sacerdotes, en forma clandestina,1 gracias a la intervención de los apóstoles seglares. Lo que es posible en períodos de persecución, debe serlo también en período de relaciones pacíficas. Hay que dedicarse, por consiguiente, en primer lugar a formar sistemáticamente y a utilizar a los apóstoles seglares en las parroquias gigantes de cincuenta a clon mil fieles, por el tiempo al menos que dure la falta de sacerdotes. Además, hay que introducir en la enseñanza, de la escuela primaria a la universidad, hombres y mujeres católicos ejemplares como profesores y como educadores. En tercer lugar, hay que introducirlos en la dirección de la vida económica, social y política. Se lamenta que en la América Latina la doctrina social de la Iglesia sea demasiado poco conocida. Se siente, por consiguiente, la necesidad de una formación social profunda y de la acción de una “elite” obrera católica para arrancar con paciencia a las organizaciones de trabajadores de la influencia del marxismo. Ya en la actualidad asociaciones obreras católicas trabajan en forma notable en varios lugares. Nós les manifestamos nuestra viva gratitud. Sin embargo, esto no debiera ser la excepción, sino más bien la regla en uir continente católico como la América Latina.

En las misiones de Asia y de Africa

Entre los numerosos problemas que Nós podríamos tratar aquí, nos referiremos solamente a algunos de ellos que estimamos los más importantes. Con ocasión del Congreso de los seglares en Manila, una voz autorizada ha puesto de relieve una tarea, cuya naturaleza precisa y concepción exacta puede fijar la jerarquía eclesiástica, para que, en mil formas, deba ser llevada a cabo por los seglares. Se trata de la utilización de las fuerzas católicas —que pueden ser muy considerables— con el fin de que la vida nacional se desarrolle armoniosamente, libre del nacionalismo extremista y del odio nacional, a pesar de todas las amarguras que las épocas de agitación pueden haber acumulado, uniendo los valores de la cultura occidental a los de la cultura nacional, adaptando los usos de la Iglesia a las costumbres y hábitos del país que nada tienen de reprensibles.

Con excepción de las Filipinas, los católicos de Asia, como en su mayor parte los de Africa, constituyen ;en su población unas minorías. Deben distinguirse, por lo tanto, mucho más por su ejemplo. Se interesarán aún más, especialmente, por la vida pública, económica, social y política. Donde, en efecto, lo hacen, se han ganado la estima de los no católicos; pero no habrán de participar en la vida pública más que después de haberse preparado bien. La doctrina social católica es aún poco conocida en Asia. Por lo tanto, las Universidades católicas de América y de Europa prestarán de buen grado su ayuda a los cristianos de Asia y de Africa que desean prepararse para los cargos públicos.

Se formarán profesores de valía para las escuelas de todos los grados. En Asia, como en Africa, las escuelas católicas son muy apreciadas por los no católicos. Nós deseamos por nuestra parte que la enseñanza de la religión tienda aún más a no separar la doctrina de la vida.

Una palabra sobre el empleo de los catequistas. Asia y Africa cuentan con mil quinientos millones de habitantes, unos 25 millones de católicos, con 20 a 25.000 sacerdotes y 74.000 catequistas. Si se añade a ese número los maestros, que son, a menudo los mejores catequistas, se llega a 160.000. El •catequista representa quizás el caso más clásico de apostolado seglar por la naturaleza misma de su profesión y porque suple a la escasez de sacerdotes. Se calcula, por los misioneros de Africa al menos, que un misionero acompañado de 6 catequistas consigue más que 7 misioneros; el catequista competente trabaja en efecto en un ambiente familiar, del que conoce lengua y costumbres; se pone en contacto con los individuos mucho más fácilmente que un misionero que viene de lejos.

Los catequistas son, por lo tanto, apóstoles seglares autóctonos; pero existe además un apostolado de seglares y de ayudantes: seglares misioneros extranjeros. Médicos, ingenieros, trabajadores manuales de diversas profesiones quieren apoyar en las misiones la labor de los sacerdotes con su ejemplo y su actividad profesional, sobre todo en la formación de los indígenas. Al mismo tiempo que su formación profesional, o después de ella, reciben una formación espiritual con vistas a su actividad misionera. Existen en la actualidad doce de estos movimientos u obras, coordinadas por un Secretariado General en Milán. Pero el apostolado seglar misionero se encuentra aún en los comienzos de su expansión, y, por lo demás, no puede aceptar más que una “élite”.

Por su economía, Asia sigue siendo en un 70% una región de agricultura, y con razón se ha dicho que si el agricultor es el hombre más importante de Asia, es también el más descuidado. A este respecto, los católicos tienen que reflexionar. En las Filipinas, los seglares católicos que con el sacerdote se ocupan de la elevación social y religiosa de los agricultores, son los apóstoles seglares más apreciados.

Las mujeres de Asia y de África ofrecen al apostolado seglar femenino incontables ocasiones para su acción en las escuelas de todo tipo, en la lucha centra los matrimonios de niños, contra los matrimonios forzosos, el divorcio y la poligamia. Del mismo modo sucede para la preparación de las jóvenes para el matrimonio, que es llevado a cabo con fruto por religiosas, por ejemplo en Hong Kong, en el Congo Belga y en Uganda, y para la formación de grupos de mujeres católicas que se ayudan recíprocamente y que prestan su caritativa ayuda a las mujeres no católicas de su barrio.

Un Apostolado difícil, indudablemente, es el de las mujeres, pero igualmente lleno de esperanza. Ya que en todos los territorios do misión en donde el catolicismo se ha desarrollado, la experiencia demuestra que la dignidad femenina es más respetada.

En Africa especialmente, Nos vemos con alegría y agradecimiento el extraordinario dinamismo de las jóvenes generaciones de católicos en las tareas culturales, sociales y políticas. Que cooperen, pues, en los movimientos sindicales de inspiración cristiana, como en Vietnam y en Africa ecuatorial y occidental, y formen’ cooperativas de ventas y de consumo; que participen en la representación nacional y en los asuntos municipales: la Iglesia no exhorta solamente a la piedad, sino que responde á todas las cuestiones de la vida. Portador de riquezas espirituales de su continente, el joven elemento seglar africano será testimonio de ellas y las cultivará en su vida y en su acción.

Para terminar, os damos dos directrices: en primer lugar, colaborar con los movimientos y organizaciones neutras y no católicas, si y en la medida en que, de este modo, sirváis al bien común y a la causa de Dios. En segundo Íu-J gar, participad aun más en las organizaciones internacionales. Esta recomendación se dirige a todos, pero concierne de modo especial a los técnicos de la agricultura.

Conclusión

Siempre hubo en la Iglesia de Cristo un apostolado de los seglares. Santos, como el Emperador Enrique II; Esteban, el creador de la Hungría católica; Luis IX de Francia, eran apóstoles seglares, aun cuando, en los comienzos, no se haya tenido conciencia de ello, y no obstante que el término de apóstol seglar no existiera aún en aquella época. También mujeres, como Santa Pulquería, hermana del Emperador Teo- dosio II, o Mary Ward, eran apóstoles seglares.

Si hoy esta conciencia se ha despertado y si el término de “apostolado seglar” es uno de los más empleados, cuando se habla de la actividad de la Iglesia, es porque la colaboración de los seglares con la Jerarquía no fue nunca tan necesaria como ahora, ni fue practicada de manera tan sistemática.

Esta colaboración se traduce en mil formas diversas, desde el sacrificio silencioso ofrecido por la salvación de las almas, hasta la buena palabra y el ejemplo, que obliga a la estima de los mismos enemigos de la Iglesia, y hasta la cooperación en las actividades propias de la Jerarquía, comunicables a los simples fieles, y hasta las audacias que se pagan con la propia vida, pero que tan sólo Dios conoce y no figuran en ninguna estadística. Y acaso este apostolado seglar oculto es el más preciso y el más fecundo de todos.

El apostolado seglar tiene, como cualquier otro apostolado, por otra parte, dos funciones: la de conservar y la de conquistar, y ambas se imponen con carácter de urgencia a la Iglesia actual. Y, para decirlo claramente, la Iglesia de Cristo no piensa abandonar sin lucha el terreno a su enemigo declarado, el comunismo ateo. Este combate continuará hasta el fin, pero con las armas de Cristo.

Poned manos a la obra con una fe más fuerte todavía que la de San Pedro, cuando ante el llamamiento de Jesús abandonó su barca y marchó sobre las olas para salir al encuentro de su Señor (Cfr. Mt. 14, 30-31).

Durante estos años tan agitados, María, la Reina gloriosa y poderosa del cielo, ha dejado sentir en las más diversas reglones de la tierra su asistencia de forma tan tangible y maravillosa que Nós la recomendamos con confianza ilimitada a todas las formas de apostolado seglar.

En prenda de la fuerza y del amor de Jesucristo, que se manifiesta también en el apostolado seglar, Nós concedemos a los Eminentísimos Cardenales aquí presentes, a Nuestros Venerables Hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes que participan en nuestro Congreso y a todos vosotros, hombres y mujeres del apostolado seglar, a todos los que aquí han venido y a los que trabajan en el mundo entero, nuestra paternal Bendición Apostólica.

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Sacralización del Orden Temporal

Misión específica de los laicos en el apostolado del Mensaje de Fátima

El apostolado de San Francisco Javier en el Japón trajo para la Iglesia Católica un número incontable de almas. Sin embargo, como era de prever, se desató una persecución que produjo una cohorte de mártires en Nagasaki, Shimabara y varios otros lugares, y finalmente un decreto prohibió todo culto católico en aquella nación.

Solamente 250 años después, aprovechando un tratado comercial de Japón con las naciones occidentales, se autorizó a algunos misioneros católicos la asistencia religiosa a extranjeros y para ese fin levantaron una iglesia.

Cierto día uno de los misioneros, el Padre Petitjean, observó a un grupo de cerca de quince personas, hombres, mujeres y niños, frente a la iglesia. Movido por un feliz presentimiento, el sacerdote abrió la puerta, entró en la iglesia y se arrodilló frente al altar mayor. Pocos minutos después, tres mujeres de unos 50 ó 60 años de edad se arrodillaron al lado del sacerdote y una de ellas le dijo: “el corazón de todas nosotras es el mismo que el vuestro”.

Sobrecogido por una profunda emoción, el misionero se enteró de la existencia de una comunidad católica que permaneció fiel a la Iglesia, en la clandestinidad, sin la asistencia de sacerdotes ni sacramentos ¡durante dos siglos y medio!

Pío XI

El catolicismo poco a poco se expandió en el país del sol naciente.

Sin embargo, numerosos inmigrantes japoneses —descendientes de aquellos héroes que habían resistido siglos de persecución— emigraron a países occidentales en donde se fueron alejando de la práctica de la Fe hasta volverse ateos.

¡Las consecuencias de la decadencia moral y de la secularización del mundo occidental fueron más devastadoras que la persecución de una sociedad pagana!

Consagración del mundo y secularización: conceptos antagónicos

Ante todo, para dejar claros los principios, es necesario reconocer con alegría y veneración que la misión propia de la Sagrada Jerarquía es incomparablemente superior a la del laico.

Nada nos impide considerar, sin embargo, la grandeza de la misión que la Iglesia señala a los laicos, desde los tiempos apostólicos.

La naturaleza de esta misión fue siendo explicada con mayor claridad en el siglo XX, especialmente bajo los Pontificados de Pío XI y Pío XII.

En la alocución del 5 de octubre de 1957, para el II Congreso Mundial del apostolado Laico, Pío XII afirmaba: “Las relaciones entre la Iglesia y el mundo exigen la intervención de los apóstoles laicos, La consecratio mundi es, esencialmente, obra de los propios laicos” (Discorsi e Radiomessaggi, vol. XIX, p. 459).

La magnífica expresión consecratio mundi (consagración del mundo) se opone a la secularización del mundo, término utilizado con frecuencia en documentos de la Santa Sede para designar la laicización del mundo moderno. El secularismo puede ser definido como el exilio de Dios, el exilio de lo sagrado, sea de la vida individual, sea de la vida familiar, social o política.

Podemos decir que, en oposición al secularismo, la sacralización del mundo consiste en impregnar la esfera temporal con los principios del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, tarea esencialmente de los laicos católicos, de acuerdo con las enseñanzas del Papa Pío XII.

Sacralización: el Reino de María

Este es un aspecto del apostolado de Fátima que debe ser puesto en esencial realce.

De hecho, la acción de los laicos no tiene un fin meramente negativo (es decir, combatir el secularismo), sino que debe aspirar a la sacralización del orden temporal, o sea, la implantación del Reino de Cristo en la Tierra.

Es precisamente lo que Nuestra Señora prometió en Fátima cuando afirmó: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

— ¿Y en qué consiste el triunfo del Inmaculado Corazón de María?

San Luis María Grignion de Montfort lo describe en el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen:

“¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso en que la excelsa María sea establecida como Señora y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su excelso y único Jesús? ¿Cuándo respirarán las almas a María como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces en la tierra, donde el Espíritu Santo, al encontrar a su querida Esposa como reproducida en las almas, vendrá a ellas con la abundancia de sus dones y las llenará de ellos, especialmente del de sabiduría, para realizar maravillas de gracia… Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariae — ¡Señor, para que venga tu reino, venga el reino de María!” (op. cit., nº 217).

El Reino de María en la perspectiva de Fátima, será específicamente el Reino de su Inmaculado Corazón, es decir, el reino del corazón materno de la Madre de Dios.

Pío XII

De esta forma es fácil comprender que el Reino de María es idéntico al Reino de Cristo. Así lo define Pío XI en la encíclica Quas Primas, del 11 de diciembre de 1925, al instituir la fiesta de Cristo Rey: “El principado de nuestro Redentor comprende a todos los hombres (…) no hay diferencia alguna entre los individuos y las sociedades domésticas y civiles, pues los hombres reunidos en sociedad no están menos en poder de Cristo que individualmente.

La misma es, a la verdad, la fuente de la salud privada y de la común (…) el mismo es, tanto para los ciudadanos en particular como para la cosa pública toda, el autor de la prosperidad y de la auténtica felicidad” (op. cit., Nº 12).

¡Qué lejos estamos de ese ideal! Cuánto se caminó, hasta en dirección opuesta al mismo, meta sin embargo señalada por el Mensaje de Fátima!

Mensaje de Fátima, más urgente que nunca

Juan Pablo II, en su primer viaje a Fátima el 13 de mayo de 1982, llamó la atención sobre la secularización del mundo moderno y la actualidad del Mensaje de Fátima: “El pecado adquirió así un fuerte derecho de ciudadanía y la negación de Dios se difundió en las ideologías, en las concepciones de los programas humanos”.

De donde concluye el Pontífice: “Precisamente por eso, la invitación evangélica a la penitencia y a la conversión, expresada con las palabras de la Madre, continúa aún actual. Más actual que hace sesenta y cinco años. Y ahora más urgente” (Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Librería Editrice Vaticana, 1982, vol. V, p. 1575).

La civilización cristiana es fundamentalmente sacral

El apostolado específico de Fátima que compete a los laicos consiste en combatir el secularismo dominante en el mundo moderno. Y en procurar reconstituir la civilización cristiana, fundamentalmente sacral. Los laicos católicos dedicados a esa tarea la llevan a cabo con convicción tanto mayor cuanto saben que, de acuerdo con el Mensaje de Fátima, Dios finalmente intervendrá en los acontecimientos humanos y hará que los días tenebrosos y llenos de angustia del secularismo cedan lugar a otros, en los cuales la Santa Ley de Dios sea acatada por las naciones y los hombres, en la feliz perspectiva de la salvación eterna.

Será éste, según entendemos, el glorioso cumplimiento de la magnífica profecía de Nuestra Señora en Fátima: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

Fuente: http://www.tesorosdelafe.com/articulo-122-la-sacralizacion-del-orden-temporal-mision-especifica-de-los-laicos

Categorías:Laicos

Promoción del laicado: “Estar todos en la Iglesia en condiciones de igualdad”

El Foro Gaspar García Laviana, ante el nuevo dicasterio de Laicos, Familia y Vida

Promoción del laicado: “Estar todos en la Iglesia en condiciones de igualdad”

“En la Curia romana, apenas el 15% de los cargos son ocupados por mujeres y la mayoría, en trabajos auxiliares”

Redacción, 28 de agosto de 2016 a las 15:08

Creo que sería más acertado dar más protagonismo a los seglares, pues con ello se puede favorecer el ir desclericalizando a la Iglesia, que es una necesidad imperiosa para que la Iglesia sea cada vez más una comunidad de hermanos

(Foro Gaspar García Laviana).- Después de ser nombrado el obispo de Dallas, Kevin Farrell, Prefecto del nuevo Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, la agencia de información católica ZENIT le ha hecho una entrevista en la que se le hace la siguiente pregunta: ¿Cree que con la creación de este dicasterio quien desea una mayor presencia de los laicos estará satisfecho? Y esta ha sido su repuesta: “Sobre todo creo sea este el tiempo de los laicos. El papa Francisco quiere promover a los laicos en todos los niveles de la administración de la Iglesia. Todos los órganos consultivos, en el interior de la Iglesia o de la Curia, necesitan tener a laicos en roles especializados. Si se leen los estatutos del nuevo dicasterio, por primera vez se ve que los subsecretarios de cada departamento deberán ser laicos; y los laicos tienen que estar presentes incluso en los órganos consultivos o en los que se ocupan de promover organizaciones internacionales, movimientos, estudios, etc…”

Subrayo yo dónde quiere el nuevo prefecto centrar la novedad de la promoción del laicado que el Papa Francisco quiere hacer: que esté presente “en todos los niveles de la administración de la Iglesia”, “incluso en los órganos consultivos, en el interior de la Iglesia o de la Curia”.

¿Cómo están hoy las cosas?

En el caso de la organización parroquial no suele caber otra posibilidad que esté sostenida por seglares, hombres y mujeres. El principal problema será la falta de interés por parte del clero en crear instituciones participativas que tengan operatividad, al igual que la falta de interés de los seglares en participar.

Si nos fijamos en la curia administrativa diocesana ya cambia la situación. En la mía, no importa que sea una u otra, en concreto nos encontramos con los siguientes datos: podemos observar que entre los trece cargos dependientes del Canciller-Secretario General hay dos seglares (hombres): el Director de Estadística y Sociología Religiosa y el Técnico Asesor del Secretariado de Obras Diocesanas. En la Administración Diocesana destaca la presencia de laicos en el Consejo Diocesano de Asuntos Económicos, donde entre los once miembros seis son seglares (todos hombres). En la Vicaría Judicial entre los nueve cargos hay uno desempeñado por una mujer que es Notaria y Actuaria. En la Curia Pastoral de las veinte Delegaciones hay cuatro mujeres que desempeñan el cargo de Delegadas: Catequesis y Enseñanza, Apostolado Seglar, Manos Unidas y Medios de Comunicación Social. La conclusión puede sacarla cada uno.

En la Curia romana, apenas el 15% de los cargos son ocupados por mujeres y la mayoría, en trabajos auxiliares. Los puestos de mayor relevancia dirigidas por mujeres son dos subsecretarias. Es de esperar que el interés del Papa en la promoción de los laicos haga posible que veamos pronto cardenales laicos -hombres y mujeres- , quizás nuncios, que son cargos principalmente políticos, al menos vistos desde la perspectiva de los países donde están, y así sucesivamente en otros sectores de la Iglesia, cuyas funciones no tienen por qué estar en manos del clero.

 

 

¿Cuál es el quid de la cuestión?

Como se le preguntaba al nuevo Prefecto si los laicos estarían satisfechos con la creación de tal dicasterio para promocionar su presencia, yo en este momento, como laico que soy ahora, me sentí implicado y diré que ni mucho menos ello es suficiente para satisfacer todas las expectativas que los laicos de hoy tienen de participación al interior de la Iglesia. Conseguir que haya laicos presentes en todos los niveles organizativos eclesiásticos es una buena meta que hay que conseguir, haciendo hincapié sobre todo en el laicado femenino, pero, con todo, creo que ello no es lo más importante. El quid de la cuestión no es sólo estar, sino cómo llegar a estar y para qué.

Todos conocemos bien cómo orgánicamente la Iglesia está estructurada piramidalmente. Hay una ancha base de fieles organizados fundamentalmente en parroquias, al frente de las cuales están los párrocos como primeros responsables y todos ellos bajo la autoridad del obispo diocesano correspondiente, los cuales, a su vez, deben obediencia total al Papa, el cual “tiene, en virtud de su función, una potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente” (c.331). Esta estructura, que es la básica, es la que da un carácter fuertemente clerical a la Iglesia.

La cuestión, como decía antes, no es que los laicos participen en todos los organismos que hay en cada uno de los niveles administrativos o pastorales de la Iglesia, sino cómo llegar a ellos y para qué estar en ellos. Si los laicos son escogidos y nombrados por la “autoridad competente clerical”, es como disfrutar de una participación otorgada. Ha de ser la comunidad correspondiente quien ejerza la función al menos de escoger a quienes ella crea que mejor pueden dirigir los distintos organismos que han nacido para su servicio. Por otra parte, si los laicos o laicas están en unos cargos simplemente para ejecutar obedientemente lo que decide el párroco, el obispo o el Papa, no es eso lo que esperamos. Si la meta es situar a los laicos en organismos que son simplemente consultivos, tampoco es eso lo que quiere el laicado.

¿Dónde centrar la promoción del laicado?

Una auténtica promoción del laicado ha de llevar consigo previamente una primera meta estructural fundamental: estar todos en la Iglesia en condiciones de igualdad, superar la sociedad estamentaria eclesiástica, constituirse en una fraternidad afectiva y efectiva, en el ser y en el hacer. Al menos como meta se debe marcar el gran objetivo de terminar con el clericalismo estatutario e ideológico que impregna el Código de Derecho Canónico y la mentalidad no sólo de la mayoría del clero sino también, lamentablemente, de los seglares.

El laicado quedará satisfecho cuando esté participando por derecho propio y con capacidad de decisión en la gestión de los asuntos que sean de su competencia. Nunca puede resultar satisfactorio estar en organismos que son meramente “consultivos” al servicio de un clérigo que en definitiva es el que tiene la potestad de decidir incluso por encima del parecer de los consultados. Habrá mil posibilidades de organizarse para conseguir que ello no sea así. Pero por encima de todo es necesario un cambio en la concepción de la autoridad en la Iglesia. De poco sirve un trabajo sinodal bien hecho o trabajosos debates en un consejo económico o pastoral, si después termina uno solo, que está por encima de los demás, determinando las conclusiones definitivas de cómo hay que pensar o qué hay que hacer.

Los pasos para ir consiguiendo cambios profundos estructurales habrán de ir dándose poco a poco. Algunos parecen bien sencillos. No creo que hubiera dificultades doctrinales, quizás sí intereses creados, para que todas las cuestiones administrativas empiecen a estar en manos del laicado ejerciendo estas funciones con plena autonomía. Se puede empezar por los asuntos económicos: ¿por qué no puede ser un seglar (hombre o mujer) gerente parroquial o diocesano…, con autoridad propia e independiente del párroco o del obispo, condicionado solamente por las leyes canónicas y civiles? Una persona individual o un grupo donde haya clérigos y laicos, hombres y mujeres. Ello liberaría a los clérigos de ocuparse de asuntos tan temporales como son los económicos y podrían dedicarse más de lleno al servicio pastoral y espiritual de los fieles. En algunos casos ya es notoria la falta de atención debido a la escasez de sacerdotes.

 

 

 

El diaconado permanente

Al menos todos los cargos organizativos se podrían poner en manos de los seglares dándoles plena responsabilidad. Cabría pensar que se les podría dar esta responsabilidad a los diáconos o diaconisas permanentes que parece se intenta también promocionar ahora en la Iglesia. Desde mi perspectiva no creo que fuera lo mejor. Más bien pienso que el diaconado debiera tener una función más en relación con el servicio que el sacerdote ejerce como tal en la comunidad, como puede ser presidir celebraciones de la Palabra de Dios y distribuir la Eucaristía, preparar a los fieles para la celebración del sacramento de la penitencia, asistir a los enfermos, bautizar, presidir las celebraciones matrimoniales, acompañar a los difuntos al cementerio…etc.

El fortalecimiento del diaconado permanente, tanto de mujeres como de hombres, no me acaba de convencer, pues creo que con ello se corre el grave riesgo de reforzar el estamento clerical, del que forma parte el diaconado. Ninguna objeción a ordenar mujeres sacerdotes o diaconisas, pues todos debemos estar en la Iglesia en situación de igualdad. Lo importante es cómo van a ejercer su ministerio, con qué talante, los nuevos sacerdotes o sacerdotisas, los nuevos diáconos o diaconisas. Me da mala sensación ver a los clérigos, sean mujeres o hombres, significarse como tales vistiendo el traje talar o el clergyman, signo distintivo del estamento clerical, que por lo mismo los separa de los fieles. Nunca me gustó estar re-vestido de alba, estola o casulla. Todas las vestimentas, litúrgicas o de calle, hacen aparecer como “segregados” a quienes tienen que ser vistos cercanos. No son propias para un pastor que ha de oler a oveja. Creo que sería más acertado dar más protagonismo a los seglares, pues con ello se puede favorecer el ir desclericalizando a la Iglesia, que es una necesidad imperiosa para que la Iglesia sea cada vez más una comunidad de hermanos donde todos son tratados por igual.

Categorías:Laicos

“El Laico: Hombre y Mujer llamados por Jesús”

PROGRAMA “MAGIS”

  

 

Ensayo:

“El Laico: Hombre y Mujer llamados por Jesús”

 

Neyda Alfonso Jiménez

CVX, Cuba

Junio del 2000.

 

ÍNDICE:

1 – Introducción

2-   1 El medio

3-   II La evangelización lleva a la conversión.

4-   III La Pre-comunidad.

5-   IV La identidad del laico.

6-   V El laico edifica la Iglesia.

7-   VI El laico en la Iglesia y en el mundo.

8-   Conclusiones

9-   Bibliografía

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

Este trabajo se propone presentar algunas reflexiones sobre el papel del laico en el mundo contemporáneo y, particularmente, hacer referencia a la situación de éste en la Cuba de hoy.

En su visita pastoral a Cuba el Papa Juan Pablo II puntualizó que “…la tarea de un laicado católico comprometido es abrir los ambientes de la cultura, la economía, la política y los medios de comunicación social para trasmitir, a través de los mismos, la verdad y la esperanza sobre Cristo y el hombre…”

Pero cuando estos medios están vedados los laicos no podemos cruzarnos de brazos, tenemos que encontrar esos medios por nuestra cuenta. Trabajar y hacer sentir el espíritu de la Iglesia, que “está inmersa en la sociedad, sin buscar ninguna forma de poder político para desarrollar su misión, sino que quiere ser germen fecundo del bien común…” (S.S. Pablo VI).

Al no tener acceso a los medios de comunicación social el laico cubano tiene que ser, con mayor responsabilidad, luz y sal en el medio donde se desenvuelve, adoptando una actitud de diálogo y reconciliación; desarrollando la capacidad de iniciativa para colaborar eficazmente en la búsqueda de la verdad y anunciar la Buena Noticia.

Ante este reto el laicado cubano está dispuesto a evangelizar hasta el último rincón de nuestras diócesis y para ello debe formarse adecuadamente y defender este derecho y los espacios de libertad que necesitamos en la misión a la que estamos llamados para testimoniar a Cristo en el servicio de los más pobres y necesitados.

 

1-    El medio

 

En un ambiente donde prevalezca lo enunciado en la Introducción, cuando se hace referencia a lo puntualizado por el Papa en cuanto a la tarea de un laico católico comprometido, quizás sea más factible la labor de éstos porque la tarea evangelizadora se desarrolla sobre la base de valores positivos que estén en armonía con los valores evangélicos.

Al no presentarse esta situación, el laico debe atender a otras situaciones previas a la evangelización porque no se puede trabajar en un medio hostil, con actitudes negativas de rechazo y de enfrentamiento.

La persona que llega al barrio marginado con la idea de anunciar el Evangelio, primero tiene que ser uno más entre ellos. Tiene que “inculturarse” con ellos. Participar de sus muchas penas y de sus pocas alegrías, tratando de aliviar las primeras y de acrecentar las segundas. No hablarles, sino construir con ellos; dedicarles a los ancianos y a los niños lo mejor de su tiempo y entre estos dos extremos unir las familias, valorar sus intereses y desde ellos, que son los de Cristo, ir introduciendo la experiencia de fe, llevarles el sentido de comunidad, de relación con los demás.

Hay que llevar la evangelización, no podemos tomar como excusa las dificultades para realizarla; transformar los antivalores, humanizar el medio. Suplir o apoyar al ministro consagrado hasta donde sea permisible.

El mundo nuevo al que nos enfrentamos tenemos que vivirlo con su óptica, puesto que también genera hombre nuevos con expresiones, sensibilidad y audacia igualmente nuevos. No mirar hacia atrás para añorar lo pasado; poner corazón y acción en el presente, con visión profética para integrar y promover hacia una plena evangelización.

 

II   – La Evangelización lleva a la conversión.

La Iglesia, desde su mismo seno, debe mostrarse propicia a la evangelización para que se efectúe la conversión. Que cada uno de los cristianos sea abierto a los demás, sea sincero, aprenda de los más pobres, que infunda valentía. Que tome conciencia de su papel mediador, de acogida a los hombres, que sea presencia de Cristo en el mundo.

Si el laico hace suyo este enunciado no tendrá que esforzarse mucho para influir en la conversión de los evangelizados, porque si lo interioriza y lo vive brotará de su ser como el agua del manantial que se convierte en torrente. En ese darlo todo, porque siento que convivo contigo, que en mi solidaridad he llegado a la hermandad, porque de compenetrarme en tus sueños, tus necesidades, tu abandono, tu marginación… he llegado a sentirla en carne propia y hago que tú entiendas que hay esperanza, que existe Alguien que no te abandona, que te llama, que te ofrece su Vida, que te da aliento.

Cuando en mi barrio marginado, al que llegué para ver cómo vivían, qué pensaban y qué querían, yo comencé a lograr los cambios de mente y corazón y los iba llevando a sentir que “algo nuevo estaba surgiendo en ellos” estaba dando los primeros pasos para andar el camino de la conversión.

Va quedando atrás la etapa de acompañamiento, de reconocimiento, de acercamiento. Se estrechan los lazos y nace algo más íntimo. Ellos esperan, piensan qué más me vas a dar; tú traes algo distinto para nosotros. Y su intuición los hacen más atrayentes y la fe rudimentaria va tomando forma, va moviendo sus vidas y quieren saber más, conocer mejor a Ése que tú anuncias y abren el corazón para que tú siembres y tú esparces los granos y confías, sabiendo que el Señor los hará germinar… y tú, laico comprometido, sin miedo a las dificultades, sin evadir tu misión, sin dejar de dialogar, abriendo espacios increíbles vas armando, pieza a pieza, el rompecabezas de una comunidad en un barrio marginal que Dios te entregó.

 

III-   La Pre-Comunidad.

Qué alegría la del laico cuando ve germinar, aún débil, la semillita plantada. Los primeros pasos, inseguros, que van fortaleciéndose poco a poco. La voz que pide algo para hacer. La mano que se levanta en señal de cooperación. Y se forma el grupo que atenderá a las personas de la tercera edad; otro que visitará a los enfermos, aquellos que auxiliarán en la catequesis… Todos están dispuestos a formarse para ser agentes en su propio barrio. La Palabra es acogida. La Palabra penetra y mueve. La celebración va nutriéndose en participantes; cantan y oran en Comunidad.

Los bautizados de pequeños y los no bautizados reciben la Buena Noticia; los primeros asumen el compromiso de hijos de Dios y los segundos también. Los primeros renuevan las promesas del Bautismo; los segundos las profesan y ya están en evangelización permanente; adheridos a Cristo, el único que salva. Y con una conciencia clara de la entrega comparten su gracia con la comunidad. El Evangelio de Jesús se hace presencia y vida; ahora la Iglesia tiene que insistir, como mediadora, con la Palabra, el Culto, en la Caridad, tal como se señalara en el Concilio Vaticano II.

Esta comunidad irá integrándose a la Iglesia particular hasta entender la Iglesia en su totalidad, es decir, universal. Los laicos han de preparar su evangelización de manera tal que induzca a una buena relación con el clero y otros grupos; tampoco puede olvidarse la caridad, puesto que la obra misericordiosa de la Iglesia es una de las principales dimensiones de ésta.

Existe una corriente, cada vez más fortalecida, en América Latina que opta preferentemente por los pobres (Puebla, Teología de la Liberación, etc.), y entre éstos se misiona y se desarrolla la labor pastoral de la Iglesia. En Cuba se está llegando hasta los barrios más apartados y también con el sector campesino. Dada la escasez de sacerdotes y el no contar con espacios en los medios de comunicación masiva (todos son estatales y no nos permiten su uso) los laicos se han preparado para la animación de comunidades y es, a través de ellos, que la Buena Noticia se lleva a estos sectores alejados y se van convirtiendo en pequeñas comunidades de base, donde Jesús es reconocido entre los pobres (Mt 25,40) y se va construyendo el Reino con y entre ellos.

 

IV-   La identidad del laico

En Latinoamérica las comunidades eclesiales de base son una rica experiencia para la Iglesia y muchos obispos del Continente apoyan esta forma de ser Iglesia, e incluso la califican como “altamente positiva” (Hist. Del Sínodo de América, 95) ya que en “ella se expresa el amor preferencial… por el pueblo sencillo, se valora su religiosidad y se brinda la oportunidad de participar en la tarea eclesial y la transformación del mundo…” y en el nº 96 se hace un llamado para revisar los criterios sobre los ministerios laicales, partiendo de que “todos los miembros del Cuerpo de Cristo reciben dones del Espíritu Santo para el bien común”.

Sin embargo, no siempre se aceptan estos criterios y la acción del laico se ve limitada y en muchas ocasiones se siente en una esfera inferior, esperando a que le digan lo que tiene que hacer, sin voz ni para sugerir, a pesar de que desde su realidad e inmersión en el mundo puede discernir con elementos propios lo cotidiano y está capacitado por el Espíritu a tomar decisiones y es capaz de organizar, dialogar y participar con responsabilidad y compromiso.

Al no ser reconocidos muchos se van replegando sobre sí mismos y se limitan sólo a “cumplir” y su responsabilidad va quedando cada día más atrás. Muchas veces se habla del laico no comprometido, apático y poco evangelizador, pero ante esto hay que analizar la situación eclesial respecto a ellos. Son menos los que reclaman su derecho y hacen valer su corresponsabilidad porque se sienten “fermento de santificación en el mundo” (LG 31). Si vamos a las primeras comunidades cristianas (Hechos) vemos cómo cada cual tenía, según su carisma, el cumplimiento de una misión y eso no ha cambiado porque tenemos la misma Iglesia fundada por Cristo y cada miembro tiene su servicio; por tanto, la identidad del laico le viene de Jesús y cada uno es sujeto eclesial en el mundo.

La Iglesia, dentro de su misión y conversión, tiene la responsabilidad de formar a los laicos según su vocación, porque ésta está encaminada a “buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (LG 31). Además de la familia, el trabajo y otras ocupaciones, el laico tiene que vincularse con la jerarquía, porque aporta sus servicios en liturgia, en catequesis, en Cáritas, etc., por lo que deben ser reconocidos y apoyados.

 

V-   El laico edifica la Iglesia.

“El trabajo es el centro de la Doctrina Social de la Iglesia” (LE 3). El laico que santifica y se santifica a través del trabajo y a la vez busca la santificación de los demás desarrolla una labor meritoria dentro del mundo. En su trabajo debe de ser profesional, ético, cuidando de la moral y de las virtudes cristianas en su práctica diaria, en el servicio a los demás.

Cuando el trabajo es enaltecido como don y ofrecimiento a Dios mostramos a Jesús de Nazaret, a José el Carpintero, a la Virgen en su humilde casita. Si trabajamos con el gusto de colaborar en el bien común y la alegría del servicio, atraemos y contagiamos a los que nos rodean y ahí está nuestro pequeño aporte a la edificación de la Iglesia.

Los carismas y la espiritualidad de los laicos pueden contribuir a ampliar los horizontes eclesiales actuales si se comparte con ellos, si se les ofrece la oportunidad de una participación activa, si se les reconoce su responsabilidad y disponibilidad para animar la evangelización, sobre todo en los sectores más pobres y oprimidos de la sociedad.

Hoy son muchos los consagrados que levantan sus voces para pedir que “a nivel de conferencias episcopales se organice un proyecto con objetivos, medios y métodos aplicables en todas las diócesis, para orientar y ayudar a los fieles laicos en su misión en la Iglesia y en el mundo” (H. S. De América # 150) y en el # 176 señalan que “una de las páginas más brillantes de la historia de la Iglesia es la que han escrito los laicos en América Latina en estos últimos años…”

En Cuba también se ha hecho sentir el despertar del laico y la conciencia de la misión que tiene que cumplir en el mundo, sobre todo en la renovación de la familia y de la sociedad. El Santo Padre en su visita a Cuba indicó firmemente que “es necesario recuperar los valores religiosos en el ámbito familiar y social fomentando la práctica de las virtudes que conformaron los orígenes de la Nación Cubana, en el proceso de construir un futuro con <todos y para el bien de todos> como lo pedía Martí… “(Sta. Clara 27 de enero 1998). El laico cubano contribuye eficazmente en la misión evangelizadora a partir de su experiencia y de los dones recibidos del Espíritu Santo, así fomentan el seguimiento a Cristo en y desde sus familias para proyectarse en la sociedad como “fermento”.

 

VI- El laico en la Iglesia y en el mundo.

El espacio vital del laico es la Iglesia, pero, como dijera el Papa Pablo VI “su tarea primaria e inmediata es la gran actualización de todas las potencialidades cristianas y evangélicas ocultas, aunque ya presentes y operantes, en la realidad del mundo… El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo” (EN 71).

El laico tiene que vivir su vida íntegra: actividades sociales, profesionales y vida religiosa. Tenemos ante nosotros los signos de los tiempos que nos convocan a anunciar el Reino, a evangelizar nuestro medio, abriendo nuevos horizontes y siendo trascendentes, oyendo la voz del Espíritu, encarnándose en la realidad que vive en el mundo de hoy, siendo fieles a la Historia.

Uno de los postulados de la IV Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en Santo Domingo, enuncia: “ésta es la hora de los laicos”. Esta hora es también y de manera muy especial para los laicos cubanos que “bajo la acción del Espíritu Santo, en un sacrificado y generoso apostolado individual, con gran fidelidad a la Iglesia, han ido aprendiendo y encontrando, poco a poco, su identidad en estos años” (Sínodo para Laicos. Rev. “Espacios”, No. 4).

Toda la Iglesia vive para la misión, cada uno según su carisma. En Cuba, al enfrentar la escasez de sacerdotes, el laico ha tenido que hacer suya, con una tremenda responsabilidad, la exclamación de Pablo: “Ay de mí si no evangelizara” (1 Cor 9, 16), porque sin esta acción la voz de la Iglesia no se hubiera hecho escuchar en tantos pueblitos alejados de las grandes ciudades, o en las montañas, o en los caseríos periféricos.

La comunión, la participación y la corresponsabilidad expresada en el Sínodo extraordinario de 1985 (Relato fin. 11, c. 6) se constata en la realidad eclesial cubana, donde el papel del laico es reconocido y valorado en cuanto miembros activos en la evangelización. La identificación Iglesia-pueblo, en unas diócesis con mayores consecuencias que en otras, pero en general, es lo que predomina en la comunidad de creyentes, aunque no podemos asegurar que todo está estructurado así; hay mentalidades clericales que aún deben cambiar, porque ni el paso del tiempo, ni las vicisitudes las han erradicado.

 

Conclusiones

Nos encontramos en los umbrales del Tercer Milenio y con ello hay una mezcla de incertidumbre y vacilación, pero también de mucha esperanza. Se presentan situaciones nuevas, tanto políticas, económicas como sociales; y en medio de todo ello está la Iglesia caminando con la Historia, siempre a la luz de la fe, buscando el llamado de Dios. Dentro de ella y formando parte viva de ella, el laico, que vive y convive desde el Evangelio, recibiendo dones del Espíritu y desarrollando cada carisma para ofrecerse como un servidor de todos; sin buscar privilegios, siendo coprotagonista en la evangelización, en el anuncio de la Buena Noticia.

En el futuro de la Iglesia hay un largo camino para reflexionar, discernir, revitalizarse. Eliminar miembros activos y pasivos: reconocer que la estructura evangélica es la de comunión y participación, donde la autoridad suscite obediencia acogedora, no interpretada en términos de poderes, animando la Vida que el Espíritu le da a cada bautizado, sin domesticar carismas, ya que “el Espíritu sopla donde quiere” (Is 3,8).

El Papa ha sido claro. Los laicos tenemos ante sí un tiempo de esperanza para el futuro: “Tomen parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada del Tercer Milenio” (Ch Faici,3).

Bibliografía:

 

  • La Santa Biblia
  • Juan Pablo II en Cuba, Memorias y Proyectos
  • Los laicos y la Evangelización, Borobio Dionisio.
  • Historia del Sínodo de América, García González, Javier LC-
  • Revista “Espacio”, Cuba, 2º Trimestre 2000.
  • Pliego, Revista “Vida Nueva”, Cuba. Abril 2000.
Categorías:Laicos

LOS LAICOS ¿LOS TOMAMOS EN SERIO?

LOS LAICOS ¿LOS TOMAMOS EN SERIO?

 Franklin Ibáñez

CVX-Magis – Perú

 

 

Creo que los laicos debemos comenzar por tomarnos en serio a nosotros mismos como Dios lo hace.  Escribo enamorado de la vocación que el Señor me regaló y que, por el hecho de ser un don de Dios, merece ser puesto al servicio del Reino.  Quiero ser crítico pero especialmente agradecido de la Iglesia que tanto amo, aunque a veces no comprendo.  La Iglesia refleja lo que sus miembros somos y queremos ser.  Sueño con una verdadera Iglesia de comunión que sea testimonio fiel del amor de Dios por la humanidad entera.

 

Esa tarea no podrá alcanzarse si las relaciones dentro de la Iglesia son asimétricas, con los criterios del mundo y no con los de Dios.  Por eso, es importante revalorar el laicado, especialmente en estos tiempos en que la mayoría de identidades está en crisis y busca afirmarse de cualquier forma.  Escribo también para animar a otros laicos y laicas a que discernamos juntos qué es aquello que Dios espera de nosotros.

 

Voy a dividir el artículo en dos partes.  La primera se ocupa de reflexionar qué significó y puede significar la palabra laico y el modo de vida que connota.  En la segunda parte realizo una invitación para que la Iglesia entera, incluidos nosotros mismos, nos tome más en serio.

 

 

  1. ¿Quiénes somos los laicos?

 

Confieso que no he encontrado muchos escritos de laicos hablando sobre su ser laical, sobre lo que significa ser laico.  Hasta ahora, la mayoría de veces, esperamos que la jerarquía nos diga lo que somos y lo que debemos hacer.  Actualmente las identidades en la Iglesia atraviesan muchas dificultades.  Entonces, al poner en tela de juicio lo que es un laico, estamos también poniendo en tela de juicio el resto de roles en la Iglesia.

 

Normalmente entendemos por laico al fiel cristiano bautizado, no sacerdote ni religioso, que tiene familia o no y vive como un ciudadano normal ocupado en la política, la economía, la cultura, etc.   En pocas palabras, hombres y mujeres de familia y ciudadanos.  Esta definición es demasiado sencilla y será problematizada más adelante.  Ahora examinemos el ser de los laicos según la Biblia, la historia de la Iglesia y el momento actual.

 

v      En la Biblia

 

Quiero empezar con una clave que nos dejó José Luis Caravias: aunque no me crean, si me hubieran pedido escribir sobre las raíces bíblicas de la identidad religiosa, me hubiera sido más difícil que escribir sobre las raíces bíblicas de la identidad laical. ¿Por qué?  Está claro  ¿No es obvio que la mayoría de personajes en la historia de la salvación, en la revelación, han sido laicos como se muestra en la Biblia?[1]  Esta clave de lectura bíblica puede ser muy fuerte y generar rechazos automáticos; pero si la tomamos en serio, puede aportarnos muchas luces sobre las identidades en la Iglesia.  Espero que esta parte demuestre que Dios siempre toma en serio a los laicos.

 

Los patriarcas fueron laicos en todo el sentido de la palabra.  La historia de Israel, el pueblo elegido para la salvación, comenzó con la invitación de Dios a un matrimonio: Abraham y Sara, una pareja, una familia, una comunidad[2]!  Dios se revela a una familia y usando el lenguaje familiar.  Su primera promesa a la humanidad es aquello que toda familia desea: descendencia y trabajo.  En el AT, el símbolo de la bendición son los hijos.  Por eso, Dios les promete gran descendencia, pese a lo avanzado de su edad.  En esta primera Alianza, la pareja  tiene también una parte que cumplir: debe confiar en Dios.  No basta adoptar un hijo (Gen 15) ni obtenerlo por medio de la esclava (Gen 16).  Estos medios eran legales en ese contexto cultural; sin embargo, la promesa de Dios se cumplirá en ellos y Dios no requiere que le den ese tipo de ayudas sino sólo que confíen en él.  El amor se revela en la descendencia prometida.  Lo mismo se les promete a Isaac y luego a Jacob, Israel.

 

Siglos más tarde, un personaje tan importante como Moisés está mucho más cerca de la definición actual de laico que de sacerdote.  Moisés era pastor de su suegro cuando Dios lo llamó.  Lo mismo su sucesor Josué.  Ambos libertadores de Israel eran hombres de familia ocupados a los asuntos de su tiempo.  Luego viene el periodo de los jueces, instrumentos de la justicia de Dios y no jueces en tribunales como pensaríamos nosotros.  Débora, Gedeón, Jefte y Sansón (los jueces más célebres) no tenían las características de los sacerdotes de aquel tiempo ni de la actualidad.  Resaltemos el caso de Débora: casada, profeta y juez (Jue 4 y 5)[3].  Cuando todos los varones se habían rendido, es ella la que inspira valor y confianza al pueblo entero.  Por eso se dijo que la victoria correspondió a mano de mujer (Jue 4,8-9).

 

Luego viene la época de los profetas.  Como se ve en el AT,  a pesar de que Israel tiene sus reyes y sus sacerdotes, son los profetas los que hablan por Dios y transmiten su mensaje al pueblo.  Ellos marcan un hito en la concepción religiosa de Israel.  Ellos no hablan tanto de cultos y rituales en que Israel no fallaba (y en los que a veces nosotros nos concentramos más) sino de una práctica de vida que es el verdadero culto que agrada a Dios.  No se trata de ofrecer palomas, ayunar, purificarse como de ser solidario con el pobre, atender a la viuda y al huérfano.  Los textos son abundantes.  En Amos Dios quiere la justicia (5,24) y defiende a los oprimidos (8,4-6).  Lo mismo en Isaías (1,23) pero resaltando además la denuncia de la religiosidad vacía (1,11-15; 29,13).  Jer 7: el templo y los sacrificios no sirven si las obras no agradan al Señor.

 

Cabe resaltar la pugna que se establece entre los sacerdotes y los profetas.  Los textos más anticlericales, si entendemos lo clerical como lo referido al culto y a la profesionalidad de la religión, son de los profetas.  Denuncian el vacío del culto y el sacerdocio con expresiones muy duras.   Los sacerdotes aparecen en sus textos como vigilantes celosos de la ley, moralistas, hombres de los ritos.  Muchas veces se aprovechan de su situación para vivir cómodamente (Miq 3,11); muchas veces se mercantilizaba su función y se olvidaban de la santidad en la solidaridad con los pobres (Sof 3,4 Ez 22,26).  Los pecados sociales no son denunciados por ellos (Jer 5,20-31).  Malaquías tiene palabras durísimas para los sacerdotes (Mal 2).  Muchas de las críticas también van a los profetas y jefes, pero está claro que el grupo crítico y autocrítico era el de los profetas.  No son hombres ungidos ni de la tribu sacerdotal (levita), sino más cercanos a lo que hoy conocemos como laicos[4].

 

Otros personajes del AT son los sabios, presentes en los libros sapienciales.  Todos ellos son laicos.  Citemos algunos ejemplos.  Ruth es una mujer moabita (pagana por no ser judía) que, tras haber enviudado joven de un israelita, se vuelve a casar con un descendiente de David y será pariente de Jesús.  Judith es la mujer que, ante la cobardía de los hombres, se resiste al enemigo.  En el Cantar de los cantares no encontramos personajes históricos pero sí páginas bellísimas que dignifican la unión del hombre y la mujer como modelo de la alianza de Dios y su pueblo.

 

Ya en el NT, el mismo Jesús, como había sucedido con los profetas, está en constante enfrentamiento con los sacerdotes de su tiempo.  Su desacuerdo no es sólo con las personas que ejercen el sacerdocio, sino con el sacerdocio mismo como institución[5].  Hay muchas tensiones y cabe resaltar el papel que jugaron lo sacerdotes para juzgar a Jesús y sentenciarlo.  Definitivamente él no era sacerdote en los términos de ellos.  Los evangelios y las cartas de Pablo tienen mucho cuidado en no llamar sacerdote a Jesús.  Sólo la Carta a los Hebreos y el Apocalipsis lo hacen, pero para marcar el fin de un sacerdocio tradicional y el inicio del nuevo sacerdocio que acompaña a todos los que deciden seguir a Jesús.

 

Finalmente, en el NT los primeros cristianos son José y María: un matrimonio, una familia, una primera comunidad.  Son ellos los primeros que acogen el mensaje y colaboran con él.  Luego nos encontramos con los discípulos.  Probablemente la mayoría de ellos eran casados como Pedro.  Eran hombres de familia que, dedicados a su cotidiano, reciben el mensaje y deciden seguir a Jesús.  Cuando los invitó Jesús a dejar casa y familia por el Reino, no puede entenderse ello como una exigencia de celibato.  Se trata de ampliar el horizonte de familia, es decir, los cristianos son una nueva familia: quienes reconocen como Padre al Dios de Jesús y, por tanto, se consideran más hermanos entre ellos.

 

v      En la historia de la Iglesia

 

En las primeras comunidades hubo personas célibes que jugaron un rol clave como Pablo.  Pero no podemos olvidarnos del importante papel de los matrimonios en la predicación del evangelio.  Los matrimonios llevan el evangelio a muchas partes como lo demuestran los casos de Pedro y su esposa (1 Cor 9,5), Aquila y Prisca (Rom 16,3-5), Andrónico y Junia (Rom 16,7)[6].  Ellos eran tan apóstoles como Pablo y él mismo lo reconoce y agradece.  Además existen muchas mujeres misioneras (Fil 4,2 Rom 16,12) profetizas y predicadoras (1 Cor 12,11).

 

El rol de los matrimonios es clave además porque prestan sus casas (hogares) para la celebración de la Eucaristía.  Así el ágape, celebración eucarística, tenía un sentido eminentemente sagrado sin dejar de ser un acto hogareño, íntimo y fraterno como lo es el banquete familiar.  Las primeras comunidades eran el primer ambiente donde se practicaba la solidaridad desde el modelo de familia: se compartía bienes, se buscaba trabajo a los desempleados, etc.  Además muchos prestaban sus casas para alojar a cristianos (mensajeros, predicadores o simples viajeros)[7].  Se fue tejiendo una red solidaria gracias a los laicos asentados en sus hogares estables y sus tareas cotidianas.

 

En las primeras comunidades, la dignidad y responsabilidad, en cuanto seguidores de Jesucristo, era común.  El llamado a ser santo y colaborar en la misión era común a todo creyente.  Esa era la más profunda comunión y relación entre ellos: creer que Jesús era Hijo de Dios y que anunciaba un nuevo orden para la humanidad.  Jesús había formado una comunidad para que fuera extendiéndose y convirtiéndose en signo de esperanza siendo sociedad de contraste[8] porque no los mantendría unidos el poder ni la organización, sino la fe, esperanza y caridad.

 

Sin embargo, los primeros seguidores comprendieron rápidamente la necesidad de organizarse y dividir funciones para el mejor anuncio de Jesús y sus sueños para el hombre.  La organización aparece como una necesidad para la misión, no como un bien ni un fin independiente.  El único fin es la unidad del género humano en Cristo[9].  Toda la Iglesia se consideraba ministerial aunque los ministerios (servicios) estuviesen repartidos.  Se trata de poner los servicios, dones, en beneficio de la misión y la comunidad, como bellamente lo recuerda reiteradas veces Pablo (1 Cor 12).

 

En el Nuevo testamento no existe la palabra laico, ni un término equivalente a lo que hoy entendemos por laico.  Pronto también apareció otro problema ¿cómo distinguir entre ministros y no ministros?  Para cuestiones prácticas de la vida de esta naciente Iglesia, era necesario precisar más los roles sin que eso llevara a una distinción de dignidades.   Se tenía que distinguir las funciones, no las dignidades ni los grados dentro de los cristianos.  Por ello, se comenzó a emplear el término laico[10].

 

En la cultura grecorromana laós (de allí laico y laicado) significa el pueblo, la plebe, y trae una carga un tanto despectiva: persona no cultivada, ruda, analfabeta, primitiva.  <<El laico es, por consiguiente, un profano, el que no pertenece al círculo de los levitas, el que no está consagrado a Dios>>[11].  <<No tiene ningún cargo. No es autoridad, alcalde, concejal, policía, oficial, juez y no tiene ninguna otra función. Nosotros diríamos: “es base”, “es pueblo”>>[12].  Se importó el término en la Iglesia primitiva pero liberándolo de connotaciones negativas puesto todos eran comunidad, ekklesia.

 

Sin embargo, la degradación del laicado se dio con la degradación del mundo, lo secular, siglos más tarde con la llegada del medioevo y la Iglesia de cristiandad.  Como sabemos en el siglo IV el cristianismo se convirtió en la religión oficial de Roma.  Este hecho supuso un control de la Iglesia en cuanto organización e incluso doctrina, por parte del Estado, especialmente del emperador Constantino.  Eso generó tensiones y enfrenamientos que con el tiempo fueron separando a la Iglesia del mundo político, social y cultural.  Algunos quisieron mantener la fidelidad al evangelio fugándose del mundo, escapando a su control y su pobreza moral.  En este momento, son los monjes quienes representan un modo de vida alternativo y santo frente a una sociedad corrupta y decadente[13].  Este distanciamiento del mundo tenía sentido, mas el problema llegó con algunas interpretaciones.

 

Este periodo de la Iglesia está marcado por un fuerte dualismo proveniente del mundo grecolatino con el que había entrado en diálogo el cristianismo. Al adoptar las categorías del pensamiento clásico, la cultura cristiana medieval reconoce dualismos como alma-cuerpo, inmortal-mortal, sagrado-profano, eterno-temporal, contemplación-acción, celibato-matrimonio, Dios-mundo, Iglesia-mundo, etc.  El problema es que los segundos términos son vistos como menos perfectos o negativos.  Los monjes y el clero fueron instalándose del primer lado y los laicos, ocupados de los asuntos del mundo, del otro por lo que empezaron a verse como menos cristianos o “cristianos de segunda”.

 

Ésta fue la interpretación que prevaleció durante muchos siglos.  Basta recordar todas las imágenes del cuerpo como algo negativo, como cárcel del alma, como fuente de pecado; o la sociedad como lugar de tentaciones y con valores contrarios a los designios de Dios y la misión de su Iglesia; etc.  El laico, como ser corporal que vive en condiciones normales en la sociedad, heredó esa condición negativa.  Para recuperar la dignidad del laico, debemos recuperar la dignidad del cuerpo, de los asuntos sociales, etc.  Durante la modernidad hubo tímidos intentos porque la jerarquía de la Iglesia miraba al mundo por encima del hombro, y el laico seguía en el extremo bajo.  Éste fue el gran cambio que se dio en el siglo XX….

 

v      En la actualidad

 

Son muchas las novedades y giros que el Concilio Vaticano II introduce en la vida de la Iglesia.  Se dice que el gran logro fue el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno y la revalorización de éste, además de recuperar su autonomía.   Iglesia y mundo moderno no deberían verse enfrentados necesariamente, sino en cuanto a temas puntuales que se oponen claramente a los designios de Dios para la humanidad.  La revalorización de los asuntos temporales incluye también la del laicado.

 

Por otra parte, a partir del rescate de la noción bíblica de pueblo de Dios, es posible pensar la Iglesia como un pueblo de sacerdotes en Cristo donde la dignidad es común a todos los bautizados, ya que es una misma filiación y un mismo Espíritu el que los une. (LG 10).  La definición de la Iglesia como pueblo de Dios destaca ante todo esa comun-unidad de sus miembros, por encima de las diferencias en organización que todo grupo humano tiene.  La Iglesia de Comunión, como concepto teológico y realidad eclesial, prevalece sobre la organización y las jerarquías de roles[14].

 

En este contexto tenemos los primeros intentos de definición actual del laicado[15].  Podemos reconocer un gran avance y connotaciones más positivas.   Vaticano II ha sido realmente un signo de Dios en el camino recorrido!!!… Sin embargo, este artículo se ocupa más de los pasos lentos, los retrocesos y estancamientos en la vida de la Iglesia… especialmente me ocupo de los pasos que faltan dar.  Por eso, expongo las definiciones críticamente porque todavía hay mucho camino por recorrer.

 

Ha surgido un debate importante sobre la definición del laicado.  ¿Se trata de una definición de lo que es (definición positiva) o de lo que no es (definición negativa)?  Gracias a la filosofía, sabemos que las definiciones incluyen ambos aspectos: expresan lo que algo es distinguiéndolo de lo que no es.  Ambos aspectos son necesarios siempre y cuando expliquen con claridad la definición.  Tenemos además dos formas de definir que van estrechamente juntas: en cuanto al género, conjunto, o clase a que pertenecen, y en cuanto a la función que cumplen.

 

Así, aplicando el párrafo anterior, leemos en LG 31,1:  <<Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia>>.   Entonces ¿cuál es el género o conjunto al que pertenece? Laico es todo fiel cristiano (conjunto de los bautizados) no ordenado, no es clérigo (grupo del que se diferencia).  El énfasis en lo que no es, en el grupo al que no pertenece, ha hecho sentir y pensar a los laicos nuevamente que su identidad es “de segunda” ya que depende de precisar quiénes son los ordenados.  Aquí el orden ministerial aparece como un plus, algo más, que elevaría de categoría a quienes lo reciben y dejaría en la plebe a los que no[16].  Ése es el problema de esta primera definición negativa del laicado.

 

En el párrafo siguiente LG 31,2 leemos: <<…A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es

decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social…>>.  Aquí se trata de una definición positiva porque se destaca lo que sí les corresponde, la tarea y función que les es propia: ordenar y santificar el mundo, iluminar las cosas temporales de modo que progresen según Dios.  El espíritu del concilio quiere valorar a los laicos a partir de esta importante e insustituible misión que les encomienda.

 

El decreto Apostolicam Actuositatem (1965) desarrolla en su riqueza el contenido de la misión de los laicos.  Aquí se habla de familia, política, medios de comunicación, cultura, profesiones, ciencia, pastoral, etc.  La misión es muy amplia, por lo que implica una gran responsabilidad.  No obstante, el problema es el lenguaje empleado que hace excesivo énfasis en el “orden temporal”.   Pareciera que implícitamente hay dos órdenes: uno temporal y profano para los laicos, y el otro sagrado para los ministros ordenados.   Este límite se observa en la definición clásica del LG 31: a ellos les corresponde la santificación del mundo en el que están insertos, las realidades temporales, asuntos seculares, asuntos temporales.

 

En ChL 9, el papa insiste: esta definición es positiva y supera definiciones precedentes que eran sobre todo negativas.   Claramente esta definición junto con todas las tareas que se explicitan más adelante, sobre todo en Apostolicam Actuositatem, tiene aspectos muy positivos especialmente en cuanto roles concretos.   De hecho, luego del concilio han florecido los movimientos laicales, se han creado nuevas instancias de participación para los laicos y el lenguaje cambia respecto de ellos.  No obstante, si leemos atentamente todos los documentos del Concilio notaremos que el uso del lenguaje todavía demuestra mayor honor y respeto a las autoridades eclesiásticas.  Tenemos que admitir que, en todos los grupos humanos, ensalzar a unos significa valorarlos más que a otros.  En nuestro caso concreto, podríamos decir que, por ejemplo, se llena muchas veces de elogios a las autoridades a costa de presentar a los fieles como los simples laicos.

 

El laicado ha recuperado valor, sin embargo, esta definición tiene límites y si connota o  no calificativos negativos dependerá de cómo valoremos el mundo y la tarea de evangelizarlo ya que el laico vive en él y se ocupa de él.   Como señala bien Remi Parent[17], todavía no hemos podido superar el dualismo sagrado-profano, y el problema de la definición anterior es que todavía identifica a los sacerdotes como hombres de Iglesia que se ocupan de lo sagrado mientras que el laico es el hombre del mundo que se ocuparía de lo profano.  El sacerdote estaría más cerca de Dios y el laico, como muchas veces se dice, es mundano.  Todavía los dualismos clérigo-laico, Iglesia-mundo, etc, son muy fuertes.

 

El laico aparece como el enviado al mundo desde la Iglesia.  Pero ¿no está la Iglesia inserta en el mundo?  ¿no está la Iglesia también constantemente necesitada de conversión?  ¿no es el mundo el lugar donde debemos escrutar los signos de Dios?  ¿En definitiva, no es Dios el creador del mundo y del hombre para que en una armónica relación le alaben, sirvan y reverencien[18]?  Al laico le toca evangelizar diversas realidades del mundo, entre otras: la familia, el amor, la educación, el trabajo profesional, el sufrimiento. ChL (23) ¿Si eso es lo propio de los laicos, qué harían tantos clérigos y religiosos en dichas tareas?  ¿Ellos también no aman y sufren como los laicos?  Identificar al laico sólo con lo del mundo puede llevar a una pérdida de identidad eclesial o, en el peor de los casos, a tener dos vidas separadas: la del ciudadano y la del laico.

 

Al enviar a los laicos al mundo, la Iglesia, sus asuntos, organización, doctrina y magisterio quedarían reservados sólo para unos pocos profesionales al respecto: los clérigos.  Como sucede muchas veces, el laico tendría que ir a cambiar un mundo con directrices, criterios, normas, etc, que han sido dados por otros que no pertenecen al mundo pero que sí poseen el derecho de decirle al mundo y a los laicos cómo deben ser…. Se produce entonces una paradoja que nos recuerda el caso del rey que se creía amo del universo y que enviaba al Principito como su embajador a lugares que el mismo rey no conocía y sobre los que no tenía ningún control[19].  Por eso, el laico no puede perder nunca su identidad eclesial…

 

B. Una invitación a tomarnos en serio

 

La posición del laico en la Iglesia

 

Uno que se preparaba para el bautismo de adultos preguntó a un sacerdote católico cuál era la posición del laico en la iglesia. La posición del laico en nuestra iglesia -respondió el sacerdote – es doble: ponerse de rodillas ante el altar, es la primera; sentarse frente al púlpito, es la segunda. El cardenal Gasquet añade: “Olvidó una tercera: meter la mano en la monedera”[20]

 

Muchas veces decimos “la Iglesia dice… piensa… hace, etc” identificando la Iglesia con unos pocos, con sus autoridades.  Muchas veces pagamos caro el exceso de abdicar de nuestra condición de miembros responsables de la Iglesia.   El crédito o descrédito de opiniones y acciones personales no puede generalizarse a toda la Iglesia sobre todo cuando la gran mayoría, laicas y laicos, no participamos en ellos.  Los laicos somos también la Iglesia y del testimonio que demos depende enormemente que el mundo crea…  Por eso realizo una invitación a repensar la participación del laicado en la Iglesia.   La invitación es en el fondo la misma, pero la separo según las tareas que cada uno puede asumir en tres grupos: la jerarquía, los religiosos y los laicos.

 

v      A la jerarquía

 

La tarea de la jerarquía no es fácil ni siempre bien comprendida.  Muchos obispos y sacerdotes han demostrado que es posible vivir sirviendo desde la autoridad.  Sin embargo, entiendo que es necesario se crítico para tratar de mejorar juntos.  Esta primera invitación podría ser suscrita por los religiosos, quienes en la estructura jerárquica están considerados iguales que los laicos.

 

Que no dialogue consigo misma.  Podemos preguntarnos cuáles son los niveles de participación, tanto de los laicos como de los religiosos, en la estructura y organización de la Iglesia.  El Concilio alentó la formación de instancias como consejos en los cuales los fieles puedan presentar su opinión y parecer en los asuntos de la Iglesia según el nivel (parroquia o diócesis u obra de que se trate)[21].  De hecho, vemos como un signo positivo la implementación de consejos de laicos.  Sin embargo, constatamos que muchas veces el rol “consultivo” es estrecho.  Consulta no significa corresponsabilidad.  De todos modos, queda en manos de la jerarquía el decidir.  Muchas veces se actúa y se decide como si no hubiera habido verdadero diálogo.  Incluso constatamos que a veces las instancias de diálogo se convierten en “tapa huecos” de la organización o excelentes excusas para santificar pareceres personales.  ¿Es sólo consultiva la opinión del laico? ¿qué nos garantiza que la autoridad no haya dialogado sólo consigo misma?

 

Habría que recuperar la práctica de la “recepción” del pueblo de Dios[22].  Entendemos por recepción la participación activa de la Iglesia en aceptar determinaciones que el mismo cuerpo eclesial no se ha dado.   Durante el primer milenio, por recepción se aceptaron los concilios, el canon bíblico, prácticas litúrgicas, canonización de santos.   Lo contrario es la “contestación”:  el rechazo eclesial a algo que no ha sido bien mandado o bien expresado.

 

Que no monopolice los poderes en la Iglesia.  En las sociedades democráticas, se suele hablar de tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.  Es cierto que la democracia no es una forma de gobierno perfecta ni tiene que imponerse en ámbitos que no son de su competencia, como lo es la Iglesia.  Sin embargo, dado que la democracia nos ha enseñado mucho sobre lo sano de la repartición de poderes y roles, creo que la comparación puede arrojar luces.  Así, aunque no lo justifiquen los documentos de la Iglesia, en la práctica los tres poderes son detentados completamente por la jerarquía:

 

  1. a) el poder ejecutivo corresponde a la curia romana encabezada por el papa, luego vienen los obispos en sus diversas jurisdicciones, y los párrocos.  El nombramiento de autoridades y la definición de tareas es responsabilidad final del clero.  ¿No corresponde también una palabra más fuerte a los fieles sobre las autoridades más idóneas para el gobierno eclesial? ¿Y una vez nombradas las autoridades, el laico es sólo un ejecutor ciego y obediente en la tarea del Reino, o puede también ayudar a escrutar los signos de los tiempos y colaborar en la planificación y organización apostólica de la Iglesia?.  Citemos un ejemplo <<Hasta  el siglo XIII, la elección episcopal se realizaba por toda la comunidad local.  Los testimonios son abundantísimos y revelan lo habitual de dicha práctica>>[23].
  2. b)  el poder legislativo corresponde a las Congregaciones alrededor de la curia[24] y a quienes promulgaron el derechos canónico, y en parte a quienes aprueban los documentos conciliares (obispos) ¿no tienen también los laicos palabras competentes sobre los diversos asuntos de los que se ocupa el derecho canónico como de las observaciones en los asuntos doctrinales, especialmente cuando todo ello tiene que ver con los asuntos del mundo? Por ejemplo, ¿cuánto participan los laicos en los asuntos sobre el matrimonio y la sexualidad? ¿se obtiene la perspectiva correcta sobre el matrimonio desde el celibato?
  3. c) el poder judicial, la administración de las sanciones y la resolución de diversos conflictos y dificultades que aparecen en la vida también corresponde a la jerarquía a través de los tribunales eclesiásticos.  Es cierto que pueden ser asistidos por laicos (como abogados civiles) pero los fallos corresponden al clero.  ¿Qué colocó al clero del lado que permite juzgar las acciones de los fieles mientras que a ellos sólo les queda aceptar su veredicto?  Por ejemplo, todos los temas referentes a la nulidad o separación del matrimonio aparecen como temas especialmente polémicos en los tribunales.  La nulidad y/o separación no concedida en algunos casos obedece más a una cerrazón y un apego estricto a ciertos conceptos que en efecto al bienestar de las personas implicadas, como también a lo engorroso del trámite.

 

Qué confíen más en el laicado.  No me refiero sólo a la trasmisión de responsabilidades, o concesión de ministerios como se suele decir.  La palabra concesión, encargo, envío, remite a que  siempre hay alguien que tiene el poder de conceder, encargar y enviar.  Y muchas veces hemos entendido esto como una tarea tácita de la jerarquía[25].  La experiencia de laicos en comunidades demuestra que es posible, rico y un don de Dios el envío comunitario dentro del propio estilo laical[26].   Todavía tenemos que precisar más el tipo de autoridad que compete al laicado y su autonomía.

 

Por otra parte, se dice que una de las principales misiones de la jerarquía es examinar los carismas y discernir cuáles son o no propios del Espíritu[27].  Definitivamente es una tarea delicada y, tal vez, demasiada responsabilidad.  ¿Por qué no confiar más en el propio discernimiento del laicado?  ¿por qué no tratarnos más como adultos: personas maduras y autónomas?   El lenguaje de las ovejas y pastores es muy tierno pero a veces ingenuamente podemos caer en paternalismo, heteronomía (dependencia de otro), y pasamos de ser ovejas a ser ovejitas tiernas que dicen “Amen” a todo y pierden toda perspectiva crítica y originalidad.  ¿Dónde quedó la doctrina de la conciencia como lugar privilegiado donde el Creador se comunica con su criatura y que, por tanto, tiene no sólo la posibilidad sino el deber de la responsabilidad última sobre sus acciones?  La Iglesia discierne también por medio del laico[28].

 

Repensar qué nos constituye como Iglesia.  Está claro que la Iglesia tiene una misión: ser sacramento de salvación.  La Iglesia será la Iglesia de Jesús si es fiel a la misión encomendada: la unidad de la humanidad, la comunión con Dios[29].  Eso es lo más importante, lo que nos constituye Iglesia por encima de la organización.  Esta tarea encuentra su núcleo en la  celebración de la eucaristía como anticipo real, como fuente y cima de toda la vida cristiana (LG 11, SC 9-13).  Si es el acto central de nuestras vidas, cabe preguntarse qué papel cumplen los laicos en ella.  Recordemos que “la Iglesia hace la eucaristía y la eucaristía hace a la Iglesia”.  ¿Los laicos son sujetos activos para que la eucaristía se realice?

 

La constitución sobre la Liturgia, Sacrosantum Concilum (1963), introdujo enormes cambios en la celebración.  Por fin la mayoría de laicos podía entender lo que se dice en la misa ya que se permitía que se celebre en el idioma de la Iglesia local.  Además, se intentó promover una participación activa de los fieles para que no sean sólo extraños y mudos espectadores.  Pero la participación activa consiste en aclamar, responder, orar, cantar y en algunas acciones o gestos y posturas corporales (SC 30 y 48).  Esto es un paso importante, por ejemplo el hecho de que las peticiones de los fieles sean incorporadas.  No obstante, está claro que toda la autoridad sobre la liturgia pertenece a la jerarquía (SC 22).   Puede un sacerdote solo celebrar la eucaristía pero mil laicos o religiosas no.  Entonces no dejamos de ser espectadores.  La eucaristía es central en nuestra vida, mas nuestra participación en ella sigue restringida como ante un espectáculo en el que también aclamamos, cantamos y movemos el cuerpo.  ¿Podemos ser más actores?

 

v      A los religiosos

 

Admiro la entrega de muchos religiosos.  Su estilo, su gratuidad y compromiso me cuestionan siempre.  Dado que el próximo número de Cuadernos de Espiritualidad (107) estará dedicado al tema de la vida religiosa con un pedido expreso de parte de los laicos a ellos, sólo quiero indicar dos ideas que serán desarrolladas en el próximo número.

 

No contraponer modos de vida.  El religioso se ha distinguido tradicionalmente del laico por vivir con mayor radicalidad el evangelio, por estar más disponible a cualquier tipo de misión en cualquier parte del mundo, por tener un amor más multiplicador.  ¿Realmente es así, al menos en la mayoría de casos?   Rotundamente creo que es dañino para ambos contraponer los modos de vida y hacerlos competir en dignidad o radicalidad de seguimiento.  Afirmemos categóricamente: el seguimiento cristiano coherente es tan difícil para un laico como par un religioso si es que es llevado hasta sus últimas consecuencias.  Ninguno está exento de la pasión y, afortunadamente, tampoco de la resurrección.

 

Tal vez habría que cambiar el lenguaje o la concepción tradicional de los consejos evangélicos.  Así, los votos de castidad, pobreza y obediencia tienen su contraparte en la vida laical.  Podemos hablar también de fidelidad, austeridad y disponibilidad desde las condiciones propias de un matrimonio.  Hay muchos laicos que viven estos tres valores; y desgraciadamente también hay muchos religiosos que no viven los suyos.  Los estados y estilos religioso y laical no pueden compararse en radicalidad porque son distintos y complementarios.  No podemos caer en esa tentación de compararnos.

 

Por ejemplo, considero inconcebible que se pueda revalorar el matrimonio y ofrecerlo como verdadero camino de santidad mientras hay textos como: <<La virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor [como el matrimonio????] aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo como el único valor definitivo.  Por eso la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio…>>[30].  Poco antes el texto había afirmado la igual dignidad de virginidad y matrimonio.  ¿qué podemos pensar?

 

Sentirnos compañeros en la misión.  Los tiempos actuales de globalización de la economía, cultura, etc., requieren nuevas estrategias apostólicas y, sobre todo, volver a la experiencia fundante del cristianismo: ser una comunidad unida por la fe al servicio de la humanidad.  Esta idea puede traducirse en diversas expresiones.  Los miembros de la Iglesia, más allá de las diferencias jurídicas y de roles, debemos considerarnos comunidad en misión, pueblo de Dios, templos del Espíritu, etc.  Todas estas frases definen algo de lo que la Iglesia es y está llamada a ser.  Si la Iglesia es sacramento de la salvación (LG 1), señal para que el mundo crea, entonces las relaciones de sus miembros deben ser también sacramentales.

 

Debemos vivir entre nosotros, laicas, laicos, religiosos, religiosas y clérigos relaciones basadas en la caridad de modo que podamos algún día recuperar el atractivo y fascinación que ejercieron las primeras comunidades.  No solamente debemos sentirnos y actuar como compañeros en la misión para dar más fruto; sino que al vivir como amigos en el Señor[31] seremos testimonio verídico del amor de Dios.   En las diversas plataformas dentro de la Iglesia (parroquias, colegios, obras diversas, etc.) como fuera de ella (espacios públicos) los cristianos estamos llamados a vivir la fraternidad de quienes se consideran hijos de un mismo Padre.

 

A la vez esto puede ser una estrategia importante para la evangelización.  A propósito de nuevas experiencias de colaboración y corresponsabilidad en la misión, se habla de crear redes, de vínculos especiales, incluso sea ha creado un término: el nuevo sujeto apostólico[32].   Por ejemplo, la experiencia de la Red Apostólica Ignaciana en el Perú está demostrando que podemos dar más y mejor fruto si pescamos juntos.  Las relaciones de horizontalidad y especialmente de cariño que vivimos allí son un signo visible de la presencia de Dios con nosotros.   Debemos repotenciar todos los espacios eclesiales y favorecer el encuentro de carismas y espiritualidades.

 

v      A los laicos

 

La invitación especial es al laicado en general, hombres y mujeres, jóvenes y adultos de cualquier espiritualidad.  Nadie puede tomar en serio a quien no se toma en serio a sí mismo.  Por tanto, requerimos de una conversión hacia nuestra propia vocación laical.  Tenemos una gran tarea y una gran deuda para con nosotros mismos.  ¿Qué me pediría a mí mismo y a los demás laicos?

 

  • No encerrarnos en lo eclesial ni dedicarnos sólo a lo del mundo. Debemos ganar en participación dentro de la Iglesia, pero no podemos olvidar que la Iglesia no tiene como fin a ella misma, sino la evangelización del mundo.  Nuestra presencia activa en ambos espacios consolidará nuestra identidad.  ¡Desde la Iglesia y el mundo a la Iglesia y al mundo… como laicos y ciudadanos!

 

  • No separar fe y vida. El laico de hoy vive en una permanente tensión.  Por un lado, no puede abdicar de su ser iglesia, de su condición eclesial, de su sacerdocio cristiano.  Por otro lado, no puede abdicar de su ser ciudadano, ser agente político, económico y social en la esfera más pública como tampoco puede abdicar de su ser pareja, padre o madre, hijo, en la esfera más privada.  Siendo siempre íntegros y auténticos, daremos un mejor testimonio.

 

  • No ser clericalistas. Tenemos que eliminar la concepción de que el laico es mejor laico cuanto más se parece a un clérigo.  Tal vez, los más grandes clericalistas de nuestra época somos los propios laicos.  Quitémonos la pereza de pensar y discernir por nosotros mismos y sirvamos así a la misión de la Iglesia.

 

  • Mayor creatividad e intrepidez. Precisamos audacia para poder salir del letargo, no por un afán reivindicativo, sino por fidelidad a quien tanto nos ama y al sueño que tiene para la humanidad.  Hay que innovar en fidelidad a la Iglesia y dejar que el Espíritu se trasparente a través de nosotros.  Confiemos en que Dios actúa a través de nosotros.

 

  • Tomarnos más en serio la formación. Todo lo anterior requiere tomarnos más en serio la formación.  No podemos ser sólo excelentes profesionales si la mayoría de veces descuidamos nuestra formación integral para concentrarnos en una especialidad según el mercado, y especialmente descuidamos la formación teológica.  Si queremos mayor participación en la Iglesia, tratemos de que nuestra palabra sea significativa.  El primer medio de evangelización deben ser nuestras acciones, pero debemos estar preparados para hablar de Dios en los lenguajes que Dios requiera.

 

  • Profundizar nuestro ser laical. El laicado es una vocación, una tara por asumir, un estilo de vida por construir cada vez más cristianamente según lo que Dios pida en nuestros contextos sociales y personales.   Por tanto, estamos llamados a descubrir constantemente la riqueza de esta vocación y ponerla al servicio del Reino.

 

  • Vivir radicalmente nuestro sacerdocio. No podemos olvidar que el laico es ungido sacerdote con Cristo al ser bautizado en su Espíritu.  Tiene la misión de ofrendar su vida y su quehaceres para gloria de Dios.  Compartimos también el oficio profético (incluyendo el anuncio y la denuncia) y el linaje real de Cristo.

 

  • Recibir nuestra vocación como un don de Dios. Finalmente, no podemos ser laicos por negligencia: porque no pude ser religioso ni porque me case demasiado joven o algo así.  El ser laico o laica es una vocación cristiana, debemos asumirla agradecidamente como un regalo de Dios, como algo que Dios nos ofrece para nuestra felicidad, como un camino de santidad, un tesoro, una gracia.

 

Quiero y valoro mucho la diversidad de estilos laicales y estoy muy agradecido de laicos y laicas tan diversos que me han enseñado demasiado.  Son un don y enriquecen la Iglesia.  Sin embargo, escribí especialmente esta parte pensando en rostros muy concretos de los miembros de las CVXs a las que me toca servir estos años.  Espero que la Comunidad Mundial de Vida Cristiana siga aportando cada vez más a profundizar la identidad laical[33].

Categorías:Laicos

El clericalismo se cuela allí donde los pastores no viven la proximidad

Congreso del CELAM

Agencias

Bogotá alberga desde hoy y hasta el 30 de agosto un congreso continental sobre la misericordia

Guzmán Carriquiry: “El clericalismo se cuela allí donde los pastores no viven la proximidad”

“Desde hace 50 años se viene diciendo que es la hora de los laicos, pero parece que se ha parado el reloj”

Jesús Bastante, 27 de agosto de 2016 a las 12:33
    Hay una correlación entre clericalismo de los pastores y clericalismo de los laicos que se observa en la medida en que existe lo que el Papa llama “tendencia a la funcionalización del laicado”, tratándolo como si fuera un “mandadero”

(Alver Metalli, en Terras de America).- Guzmán Carriquiry está preparando una convención de alcance continental que se llevará a cabo en Bogotá, Colombia, entre el 27 y el 30 de agosto, organizado conjuntamente con la Pontificia Comisión para América Latina (Cal) y el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), en colaboración con los Episcopados de Estados Unidos y Canadá.

Es un evento de gran importancia que se repite en los años del Papa Francisco, quien ya ha grabado un videomensaje que dura más de 30 minutos, para el mismo. Tomarán parte delegaciones representativas de las 22 Conferencias Episcopales de la región latinoamericana y se ha confirmado la presencia de prelados de la Curia Romana y de organismos de solidaridad eclesiales que están presentes en América Latina apoyando muchos proyectos e iniciativas nacionales y diocesanos.

El Congreso será presidido por el cardenal Marc Oullet, Prefecto de la Congregación para los Obispos y Presidente de la Cal, y por el cardenal Rubén Salazar Gómez, arzobispo de la capital colombiana. Después de la celebración eucarística de apertura se llevará a cabo un gesto significativo: el Rosario continental por la paz.

Asistirán más de 180 obispos de todos los países de América Latina“, confirma Carriquiry, “y cerca de veinte cardenales, por lo menos”, a los que se unirán otros provenientes del Norte, Estados Unidos y Canadá, como era la voluntad de San Juan Pablo II cuando comenzó estos encuentros que Francisco ha continuado. El Papa Francisco, cuando recibió a los máximos representantes de la Conferencia Episcopal Latinoamericana a fines de mayo, comenzó la reflexión con un comentario irónico sobre los laicos: desde hace 50 años, dijo el Papa latinoamericano, se viene diciendo que «”esta es la hora de los laicos”, pero parece que se ha parado el reloj…».

Una broma que Guzmán Carriquiry considera que de ninguna manera se debe dejar pasar. “Es obvio que los obispos reconocen y aprecian las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la dignidad y responsabilidad de los laicos como uno de los contenidos fundamentales de la renovación. Y también es sabido que los laicos están presentes en todas partes, como corresponsables, en la edificación de las diversas comunidades cristianas, en asociaciones, movimientos, en una inmensa cantidad de servicios. No hay duda de que tenemos muchos buenos pastores que empiezan su ministerio “de rodillas” – como recomienda frecuentemente el Papa -, personas sencillas, cercanas al pueblo, llenas de celo apostólico…

Entonces, ¿a qué se debe este juicio?

Impresiona que el Papa haya afrontado de nuevo y de manera tan decidida el “clericalismo” en América Latina. Ya lo había hecho, a comienzos de su pontificado, en Río de Janeiro, ante la cúpula del CELAM. Y ahora lo hace en una carta de mucha trascendencia que envió al Cardenal Marc Ouellet, presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, a cuya redacción se ha dedicado mucho personalmente, pese a sus innumerables ocupaciones. Hay que prestar atención. El Papa no se refiere a los residuos de clericalismo de los tiempos tardo-tridentinos del “pre-concilio”, sino a los signos que se manifiestan hoy, bajo las apariencias de una Iglesia “post-conciliar”.

Si no me equivoco lo ha definido como “una de las deformaciones más grandes que debe afrontar América Latina”.

El clericalismo se cuela allí donde los pastores no viven suficientemente esa proximidad misericordiosa, evangelizadora y solidaria con la propia gente que el Papa Francisco está reclamando insistentemente con sus palabras y mostrando con gestos concretos. Cuando no expresan el gozo de estar en medio de su pueblo, cuando no conocen a fondo la experiencia viva y concreta de quienes les han sido confiados, porque falta esa compenetración afectiva que da el amor, cuando no sienten la urgencia y la pasión de responder con el Evangelio a los sufrimientos y esperanzas de sus pueblos. Por eso repite, en esta reciente carta a la PCAL, que el Santo Pueblo de Dios es “el horizonte al que estamos invitados a mirar y desde donde reflexionar (…) es al que como pastores estamos continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir. Un padre no se entiende a sí mismo sin sus hijos (…). Un pastor no se concibe sin un rebaño al que está llamado a servir. El pastor es pastor de un pueblo, y al pueblo sólo se le sirve desde dentro (…). Mirar al Santo Pueblo de Dios y sentirnos parte integrante del mismo nos posiciona en la vida”, salva de abstracciones, de meras especulaciones teóricas, de interminables planes pastorales, de encierros funcionales. Incluso más: “cuando nos desarraigamos como pastores de nuestro propio pueblo, nos perdemos”. Nos perdemos en encierros y refugios clericales – se podría bien proseguir – si estamos alejados de nuestras gentes, si no abrazamos con amor misericordioso a todos evitando discriminaciones preventivas, precondiciones morales y exclusiones; si no tocamos la carne de los pobres y las heridas que tantos sufren en el cuerpo y en el alma.

También hay un clericalismo de los laicos, ¿no le parece?

Hay una correlación entre clericalismo de los pastores y clericalismo de los laicos que se observa en la medida en que existe lo que el Papa llama “tendencia a la funcionalización del laicado”, tratándolo como si fuera un “mandadero”. A tal punto, que algunos laicos comienzan a considerar más importante para su vida cristiana, para su participación en la misión de la Iglesia, si tienen o no voto consultivo o deliberativo en tal o cual organismo eclesiástico, si pueden o no ejercer tal o cual función pastoral, que el hecho de tener que tomar todos los días decisiones importantes en la vida familiar, laboral, social y por qué no política. Correlativamente, los sacerdotes terminan considerando más a los laicos como meros colaboradores parroquiales y pastorales, cuando deberían en cambio buscar las modalidades más adecuadas para educar, valorizar, acompañar y apoyar, junto con toda la comunidad cristiana, su presencia en el mundo, su presencia “secular” para construir formas de vida más humanas. No se trata obviamente de despreciar la muy positiva y generosa corresponsabilidad de los laicos en la edificación de las comunidades cristianas, sino dejarse interpelar por lo que el papa Benedicto XVI dijo en su discurso inaugural de Aparecida y luego retomó el Episcopado latinoamericano en su documento conclusivo (cuya redacción estuvo a cargo del entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio): hay “una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas”.

¿Realmente es así? Usted que es latinoamericano y visita muy seguido los países de América Latina, recibe informes y está diariamente en contacto con la jerarquía de estos países, ¿comparte esta idea?

Resulta, en efecto, sorprendente -e inquietante- que en un continente donde el 80% de la población está bautizada, donde la tradición católica está tan presente en la historia y en cultura de sus pueblos, donde la Iglesia católica ha jugado un papel muy importante en los procesos de democratización de América Latina, la presencia y contribución de los laicos católicos en la vida pública sea tan poco relevante en las últimas décadas del siglo XX y en lo que va del siglo entrante. Todos conocemos testimonios ejemplares al respecto, la confesión cristiana de muchos “dirigentes” como un homenaje a la tradición de nuestros pueblos, pero ¿dónde se aprecian corrientes vivas que irradien la novedad cristiana en la vida pública de América Latina? Las hubo a finales del siglo XIX, en las décadas del ’30 al ’50, en el inmediato “post-concilio. ¡No después! Los laicos parecen haberse quedado esperando a la sombra los pronunciamientos episcopales o presionando para que se hagan, sin ser ellos mismos adelantados que abren caminos al Evangelio en el quehacer social y político. Y los pastores multiplican declaraciones sobre diversas cuestiones planteadas en la vida pública de nuestros países, pero de hecho conocen poco los “recursos” humanos y cristianos con que cuentan entre los laicos, no generan ni alientan “nuevas formas de organización y celebración de la fe (…), de oración y comunión” – como sugiere el Papa en su carta – para dar compañía y sostén a quienes asumen responsabilidades en la cosa pública. Toman distancia de ellos para no “comprometer” la posición de la Iglesia y los escuchan bastante poco, incluso a veces los consideran sólo como brazos ejecutivos de consignas jerárquicas.

¿Cómo se hace para superar el clericalismo? ¿Hay manera de superarlo realmente? Cincuenta años de post concilio no lo lograron…

En la carta dirigida al cardenal Ouellet, el Papa hace dos afirmaciones terminantes. La primera es que laico es el bautizado, todo bautizado, sin laicos de serie A y de serie B, sin ese elitismo de raíz neo farisaica que lleva a autodifinirse como “laicos adultos”, “laicos comprometidos”, “laicos militantes”, utilizando esos calificativos como un autoelogio. La segunda es que hablar de laicos, como ya dije, implica evocar el horizonte del Santo Pueblo de Dios al que pertenecen, en toda su consistencia teologal e histórica de pueblo en camino hacia el Reino de Dios, según sus diferentes modalidades de inculturación y según los diferentes niveles de adhesión, pertenencia y participación (como ocurre en cualquier pueblo…).

Desde estas dos inescindibles perspectivas – bautizados en el Santo Pueblo de Dios – la “revolución evangélica” que el papa Francisco lleva adelante, implica y requiere una dinámica de conversión personal por un renovado encuentro con Jesucristo. Lo dice de manera solemne al comienzo de su Exhortación “Evangelii Gaudium” cuando invita a “cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (n. 3). Si no damos respuesta a esta invitación, nos contentamos sólo con el anecdotario del pontificado. No prestamos atención a lo que el Espíritu le está diciendo a la Iglesia y a las Iglesias, a cada uno de los bautizados, mediante el testimonio del Papa Francisco.

Me viene a la memoria la Conferencia de Aparecida de 2007, cuando Benedicto XVI todavía era Papa y Bergoglio Presidente de la Comisión que debía redactar el documento final…

En efecto, el Santo Padre ha retomado la expresión de la Conferencia de Aparecida que habla de la “conversión pastoral” y de la “conversión misionera” de la Iglesia, de toda comunidad cristiana. Hay quienes reducen la “conversión pastoral” a un reajuste de planes pastorales o renovación de obras pastorales. Y es cosa buena. Si la evangelización procede por atracción, atracción de una belleza que es irradiación de la verdad en la vida, es también cosa buena que toda comunidad cristiana se sumerja en un profundo examen de conciencia respecto a cuánto resulta transparente e irradiante en ella la presencia de Cristo, el milagro de su unidad, el testimonio de santidad, su amor a los pobres y excluidos, más allá de la opacidad del pecado. Sin embargo, “conversión pastoral” evoca ante todo conversión de los Pastores, o sea, de los Obispos y de sus colaboradores en el ministerio pastoral. Esto es fundamental si se desea que esta “revolución evangélica” encuentre, por una parte, multiplicadores que la difundan y se evite, por otra parte, que mucha gente termine manifestando sus cálidas simpatías por el papa Bergoglio pero mantenga distancia crítica respecto a la Iglesia y no la perciba como el misterio de Dios presente.

Hay una expresión recurrente en las intervenciones del Papa a religiosos, clero y jerarquía: Iglesia en salida…

Es exactamente lo contrario de la auto-referencia eclesiástica, de toda autosuficiencia, del ensimismamiento, del repliegue temeroso, de todo refugio autocomplaciente, donde se anida el clericalismo. ¡Salir e ir al encuentro! Y hacerlo con la confianza de que el Evangelio de Cristo es la respuesta sobreabundante y correspondiente, totalmente satisfactoria, a los anhelos de amor y verdad, de justicia y felicidad, connaturales a la persona humana. El Espíritu Santo nos precede en el corazón de las personas y en la cultura de los pueblos. ¡Hay que salir fuera de los recintos eclesiásticos! No hay que quedarse esperando a los fieles, mientras – como dice el Papa Francisco – hay 99 ovejas perdidas y solo una ha quedado en el corral. Hay que estar atentos para discernir los signos de la presencia de Dios en las más diversas experiencias de fe, esperanza y caridad. La desatención y la ausencia son signos de clericalismo.

Es un momento turbulento para América Latina, con Venezuela al bordo de la bancarrota y quizás de una ruptura institucional que podría incluso tener un desenlace violento; con Brasil que ha destituido a su presidente y Argentina que está por juzgar a Cristina Kirchner por corrupción después que fue derrotada en las urnas por un gobierno de centro derecha…

Terminó la fase de las “vacas gordas” alimentadas por los altos precios del petróleo, de los minerales, de los productos agropecuarios, por la disponibilidad abundante de capitales extranjeros, por el efecto China, que hizo posible un fuerte crecimiento económico sudamericano, aproximadamente de un 5% promedial y la emergencia de una clase media popular, aunque en condiciones vulnerables de un trabajo generalmente “informal” y precario, gracias a algunas decenas de millones de personas que superaron el umbral de pobreza. Eso sí, no dejó de seguir existiendo la brecha abismal entre las super-oligarquías y los excluidos y descartados.

Hemos entrado en un tiempo de vacas flacas…

Así es. Se desplomaron los precios que nos importan en el mercado mundial y países muy importantes, como Brasil primero y después el Venezuela retrocedieron hasta situaciones dramáticas y explosivas, con gravísimas crisis política y económica que tiran para abajo, en deflación y depresión, al conjunto de América Latina, aunque no falten países de gobiernos muy diversos que siguen teniendo performances económicas positivas (Paraguay, Bolivia, Perú…). Quedan abiertos los interrogantes sobre el futuro cubano bajo los impactos de su “apertura al mundo” – como auspiciaba San Juan Pablo II – que hoy consiste principalmente en la apertura a los Estados Unidos, y sobre el proceso de paz en Colombia tras un ciclo de 50 años de guerra y violencia.

El péndulo se movió hacia el otro lado…

Y lamentablemente hay muchos que repiten juicios indiscriminados y demoledores, condenas maniqueas contra “los que estaban antes”, sin ser capaces de valorizar todo lo bueno del camino andado, desechando todo lo que han sido límites y miserias. Sin políticas de Estado a largo plazo al servicio de los pueblos se suceden alternantes políticas de gobiernos de corto respiro. Oscilamos entre un centralismo estatista y un neoliberalismo tecnocrático, padeciendo las deficiencias de unos y otros. Cambian las elites de gobierno, pero están siempre muy presentes y determinantes los mismos poderes fácticos.

Y la corrupción política.

La corrupción política es dramáticamente bien real, pero como se trata de un problema endémico cabe también suponer que se usa como instrumento de batalla según los intereses y oportunidades políticas. Los que se muestran más sensibles ante el derroche de dineros públicos son precisamente esas emergentes clases medias populares, beneficiadas en tiempos de “vacas gordas”, que reclaman mejores servicios de salud, transporte, educación, administración pública y subsidios sociales que ahora se ven amenazados, sobre todo pensando en el futuro de sus hijos. Lo peor, más allá de los vaivenes políticos, sería que entráramos, como ya es visible aquí y allá, en una nueva fase de empobrecimiento e inequidad social en el seno de los países. Lo peor sería también que las polarizaciones políticas y sociales llegaran a transformarse en refriegas sangrientas, de imprevisibles consecuencias.

Pareciera que hoy la mediación de la Iglesia es más importante que nunca, y no solo para derribar muros seculares, sino también para prevenir guerras incipientes.

La Iglesia católica, consustanciada con los sufrimientos y esperanza de nuestros pueblos, con la credibilidad que sigue teniendo como ninguna otra institución en los países latinoamericanos, desde ese amor preferencial a los pobres de neto cuño evangélico que el papa Francisco no ceja de testimoniar cotidianamente, tiene que discernir a fondo esta nueva fase coyuntural que se está abriendo en América Latina y las graves implicaciones que esta tiene para su misión educativa y misionera, misericordiosa y solidaria. De ninguna manera su misión consiste en ser antagonista o “capellana” política, sostener, abatir o sustituir gobiernos. Tiene, eso sí, desde la originalidad de su misión, mantener muy altos los mejores ideales que vienen de nuestra historia, colaborar en la construcción de un proyecto histórico para América Latina y ayudar a cuajar grandes movimientos populares y consensos nacionales sin los cuales todo queda en retórica. Mientras tanto, el servicio de la Iglesia a las naciones puede ser indispensable para desarmar los ánimos recalcitrantes, promover actitudes públicas de perdón y reconciliación en las que se aprecie la magnanimidad humana y las búsquedas convergentes de reconstrucción nacional, suscitar caminos de diálogo, promover acuerdos y ofrecerse también como mediadora cuando las circunstancias lo permitan. ¡Dios también hace milagros en la vida de las naciones!

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El Papa a los institutos Seculares “Sois el ala avanzada de la Iglesia en la Nueva Evangelización”

La importancia de los laicos

RD

El Papa, a los Institutos Seculares

“Sois el ala avanzada de la Iglesia en la Nueva Evangelización”

Les pide “ser escuelas de santidad”

Redacción, 27 de agosto de 2016 a las 15:43

Secularidad y consagración deben caminar juntos, uno necesita del otro, no se es primero laico y luego consagrado, ni mucho menos, primero consagrado y después laico

Laicos en la Iglesia/>

(RV).- “Están llamados por el Señor a seguirlo por el mundo, llevando el amor por el mundo, ante todo amándolo a Él con todo el corazón y amando a cada hermano con un corazón paterno y materno”, es el aliento del Papa Francisco a los miembros de la Conferencia Mundial de Institutos Seculares (CMIS), que se reunieron en Asamblea General en Roma, del 21 al 25 de agosto.

En su mensaje, enviado a través del Secretario de Estado Vaticano, el Cardenal Pietro Parolin, el Pontífice recuerda que “la originalidad y la peculiaridad de la consagración secular se actúa cuando secularidad y consagración caminan juntos en unidad de vida”. Podemos decir, afirma el Papa, que hoy es justamente esta síntesis el desafío más grande para los Institutos Seculares.

“Hoy, se exige a los Institutos Seculares una síntesis renovada, teniendo siempre fija la mirada en Jesús y estando al mismo tiempo inmersos en la vida del mundo”. Hacer una síntesis entre consagración y secularidad – agrega el Obispo de Roma – significa sobre todo mantener juntos los dos aspectos, sin separarlos jamás. Significa componerlos y no sobre ponerlos, ya que la sobre posición conduce a vivir de manera formalista, sin que se llegue a un cambio verdadero en el modo de vivir. “Hacer una síntesis, precisa el Sucesor de Pedro, significa también que no se debe subordinar un elemento a otro: secularidad y consagración deben caminar juntos, uno necesita del otro, no se es primero laico y luego consagrado, ni mucho menos, primero consagrado y después laico, se es contemporáneamente laicos consagrados”.

Para lograr esta síntesis, agrega el Papa, es necesario e importante un discernimiento continuo, que ayude a obrar con equilibrio; una actitud que ayude a encontrar a Dios en todas las cosas. Para ello, señala el Pontífice, es fundamental la formación, que debe guiar a los miembros de los Institutos Seculares a responder plenamente a la misión de sus respectivos Institutos. “Tal formación es particularmente exigente, porque requiere un esfuerzo continuo para formar la unidad entre consagración y secularidad, entre acción y contemplación”. Por esto, se necesita educar en mantener una intensa relación personal con Dios que sea al mismo tiempo enriquecida con la presencia de los hermanos.

En este sentido, el Papa Francisco invita a los laicos consagrados a saber interpretar los signos de los tiempos, a moverse con libertad de espíritu sobre los vastos horizontes de la historia, para comprenderlos e interpretarlos. “Esta vocación implica por lo tanto una constante tensión a actuar una síntesis entre el amor de Dios y el amor por los hombres, viviendo una espiritualidad capaz de conjugar los criterios que vienen ‘de arriba’, de la gracia de Dios, y los criterios que vienen ‘de abajo’, de la historia humana”. Para hacer eficaz esta misión, subraya el Obispo de Roma, debemos dejarnos guiar por el Espíritu Santo, gracias a Él podremos ejercitar esta profecía que implica discernimiento y creatividad. Pues, están llamados, afirma el Papa a ser signos e instrumentos del amor de Dios en el mundo, signos visibles de un amor invisible que quiere redimir el mundo.

“Para ser el ala avanzada de la Iglesia en la nueva evangelización, señala el Papa, es importante y urgente mantener la vida de oración: ser hombres y mujeres de oración, de íntima amistad con Jesús; y al mismo tiempo cuidar la vida familiar: ser comunidades a las cuales muchos hermanos puedan acercarse para recibir luz y calor para la vida en el mundo”. Porque, ninguna nueva evangelización será posible – advierte el Papa – si no inicia con la novedad de la vida, que hace suyos los sentimientos de Cristo y su oblación hasta la muerte. En este sentido, concluye el Pontífice, el desafío más grande también para los Institutos Seculares, es aquella de ser escuelas de santidad. En este estilo de santidad encarnada en las actividades de cada día, donde florece la creatividad de la fe, de la esperanza y de la caridad, la Virgen María es el modelo perfecto de esta espiritualidad encarnada, ella conduciendo una vida normal colaboraba con la obra de Dios.

 

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