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Urge la influencia seglar en todos los campos de la vida

Urge la influencia seglar en todos los campos de la vida

http://www.semanario.com.mx/ps/2012/11/urge-la-influencia-seglar-en-todos-los-campos-de-la-vida/

Publicado en web el 22 de noviembre, 2012

Exhortación Christifideles Laici

A nadie es lícito permanecer ocioso

De franca continuidad con el Concilio Vaticano II, y fruto del Sínodo Mundial de Obispos de 1987, es la Exhortación dedicada a los Laicos y redactada por el Papa Juan Pablo II, la cual es muy importante conocer en estas fechas, por celebrar el Día del Laico.

Mónica Livier Alcalá Gómez

Lightstalkers0018AA largeEn los primeros siglos de la Iglesia, el Pueblo de Dios, sobre todo los Laicos, tenían una participación activa en las decisiones y desarrollo del Reino de Dios; tan es así, que el primer impulso evangelizador de la Iglesia se realizó a través de Laicos, hasta que, poco a poco, la creencia de que la perfección cristiana obligaba a retirarse y concentrarse más en la vida interior, esa participación fue disminuyendo. Esta idea fue muy extendida y, hasta la fecha, predomina en gran parte de la feligresía, creyendo que la inmensa tarea pastoral es exclusivamente propia de los clérigos.
En la celebración del Concilio Vaticano II, una de las tareas fundamentales fue restituir la importancia de la labor de los Laicos y su lugar imprescindible dentro de la Iglesia, como protagonistas y responsables de la Evangelización. Por tanto, es provechoso recordar un Documento que habla precisamente de este protagonismo del laicado: La Exhortación Apostólica Post-sinodal sobre la vocación y misión de los Laicos en la Iglesia y en el mundo.

La dignidad del laico

Desde la acción sacramental del Bautismo, cada creatura se convierte en hijo de Dios, miembro de la Iglesia y templo del Espíritu Santo. La Exhortación recalca una de las funciones claves del Laico: la santificación del mundo desde la índole secular propia de su estado.
Con las palabras de los Padres Sinodales, el Papa subrayaba esta idea al decir que “el carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la Creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales” (No. 15, Proposición 4 del Sínodo).

El papel de los laicos dentro de la Iglesia misionera

Juan Pablo II indicaba con claridad la urgencia de emprender una “Nueva Evangelización”. Al mismo tiempo, señalaba los diversos ámbitos de acción de los Laicos, como la defensa de la dignidad de la persona, de la vida, de la familia; la caridad como esfuerzo por vivir de modo solidario; el compromiso político, superando miedos que impiden a muchos intervenir activamente en la vida pública; el mundo del trabajo y de la economía; el vasto campo de la cultura, para superar el divorcio entre la cultura y el Evangelio, que ya había sido denunciado por Paulo VI en Evangelii nuntiandi (citada en el No. 44).

Situaciones de la vida del laico

Desde la niñez hasta la ancianidad, en la salud y en la enfermedad, y en la rica y complementaria distinción entre hombres y mujeres (a las mujeres la Christifideles laici se dedican casi por entero las reflexiones de los números 49-52).
Subraya, además, que los jóvenes no pueden ser simples destinatarios de la evangelización, sino protagonistas, llamados a renovar las Sociedades a las que pertenece: “En tantos países del mundo, ellos representan la mitad de la entera población y, a menudo, la mitad numérica del mismo Pueblo de Dios que vive en esos países. Ya bajo este aspecto, los jóvenes constituyen una fuerza excepcional y son un gran desafío para el futuro de la Iglesia. En efecto, en los jóvenes la Iglesia percibe su caminar hacia el futuro que le espera, y encuentra la imagen y la llamada de aquella alegre juventud, con la que el Espíritu de Cristo incesantemente la enriquece. En este sentido, el Concilio ha definido a los jóvenes como la esperanza de la Iglesia”(168).
Cultivar la relación entre
cada bautizado y Cristo

IMG 3943Esto implica la “formación integral y permanente de los fieles laicos” (No. 57), que permita conocer y vivir la propia vocación y misión, y que sea no sólo algo pasivo sino activo. El Laico bien formado puede ayudar de modo eficaz a la formación de otros laicos.
“El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a crecer, a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede dejar de asumir su personal responsabilidad”.
Todos los Laicos pueden, así, descubrir su importante función en el mundo; pero, sobre todo, reconocer que el Amor de Dios no excluye a nadie, sino que se abre a cualquier ser humano. Desde Dios, cada uno tiene una misión propia, una tarea que llevar a cabo, un talento que ofrecer a los demás (Cf. No. 56).
Esta idea fue recordada por el Papa Benedicto XVI en su viaje a Francia (Discurso en Notre-Dame, 12 de septiembre de 2008): “Nadie sobra en la Iglesia, nadie. Todo el mundo puede y debe encontrar su lugar”. Lo cual es posible desde el encuentro personal, único, irrepetible, de cada bautizado con Cristo; un encuentro que nos transforma íntimamente en Él”.

La palabra «Laico», es un derivado del término latino “laos” que significa “pueblo”. Es una palabra acuñada por el Cristianismo para diferenciarlos de los Clérigos.

Se puede consultar la Christifideles laici en su versión digital en:
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_30121988_christifideles-laici_sp.html

Entrevista a Pepe Prado
La tarea de evangelizar debe ser radicalmente novedosa

Ésta es la segunda parte de la charla con un calificado laico que fue expresamente invitado por la Santa Sede entre un selecto grupo internacional de seglares que actuaron como Observador de la más reciente Reunión del Papa con Pastores de la Iglesia Universal. La primera parte la publicamos antes de su viaje a Roma.

Orfeón Sanjuanense

Francisco Javier Cruz Luna

A su regreso de la Ciudad Eterna, en la que estuvo participando como Observador en el recientemente concluido Sínodo Mundial de los Obispos para la Nueva Evangelización, José “Pepe” Prado nos concedió la siguiente entrevista:

– Pepe: Tras haber tomado parte como observador en el Sínodo, ¿qué valoración haces del mismo?

-Depende del aterrizaje pastoral y evangelizador. Es preciso que no se quede en las nubes de ideas, sino que la “evangelización” sea, en verdad, “evangeli-acción”; es decir, acción evangélica, y no sólo reflexión teórica. Si es “nueva” debe haber una novedad radical, no sólo periférica. Si no, entonces sería mejor llamarla con otro nombre.

-¿Crees que este Sínodo va a insuflar un nuevo aliento de aire fresco a la Iglesia?

-Dios actúa con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros; pero, si anunciamos el Evangelio, que es dynamis, (Rom 1,16), vamos a experimentar el Poder de Dios. Lo que no crece, perece.

-En tu participación como Observador, y en calidad de Director Internacional de las Escuelas de Evangelización San Andrés, ¿en qué se centró tu intervención en el Sínodo?

Luz de luz-Yo expuse que el principal problema de la Iglesia Católica no es que no evangelice, sino que intentan hacerlo aquéllos que no están evangelizados. En el peregrinar de la Iglesia nos pasa lo que a José y María, que regresan en peregrinación con cantos, antorchas y ritos, pero sin Jesús, pues lo han olvidado en Jerusalén. Hay que volver a Jerusalén. ¿Por qué a Jerusalén? Porque en Jerusalén hay una tumba vacía. Afirmé, y lo sostengo, que perdimos el Primer Anuncio y lo dejamos en los hermanos de la Reforma. Por eso se llevan a tantos católicos a sus iglesias. También dije que a pesar de bellos Documentos, no hemos encontrado “La Palabra” que perdimos hace siglos. Como prueba, pregunté cuántos Padres Sinodales llevaban la Biblia en la mano… El amor a la Palabra no se logra por Decretos ni Documentos, sino caminando con Jesús a Emaús para que Él haga arder nuestro corazón con el fuego de su Palabra. También cuestioné, con una sonrisa en la boca y brillo en mis ojos, si acaso no habremos perdido a Jesús, porque la alegría de haber encontrado el tesoro escondido se ve muy poco.

-¿Se ha tomado ya realmente conciencia de que la evangelización no es una dimensión más de la Iglesia, sino que forma parte de su misma esencia?

-Si por evangelización entendemos el Primer Anuncio del Evangelio, aún no hay conciencia de su importancia. Se da por supuesto o se le añade todo tipo de Catequesis, Doctrina y Teología, perdiendo la fuerza del Primer Anuncio o Kerygma.

-Nuevo ardor, nueva expresión, nuevos métodos… ¿Qué es lo que para ti define la Nueva Evangelización? ¿Existe la tentación de aplicar nuevos métodos y nuevos lenguajes, pero sin recibir el aliento del Espíritu?

-Sin Espíritu Santo, simplemente no hay Nueva Evangelización. Sin un Nuevo Pentecostés no puede haberla. Es preciso orar y estar atentos para dejar hablar al Espíritu Santo como lo hizo en aquella Asamblea de Antioquía, cuando Bernabé y Saulo fueron enviados a traspasar fronteras y culturas.

-Dentro del actual dinamismo eclesial, ¿qué papel se sienten llamadas a jugar las Escuelas de Evangelización San Andrés, que tú diriges?

Yo confirmo que la dimensión kerygmática que estamos siguiendo desde hace más de 30 años es la dirección del viento del Espíritu Santo. De esto depende el futuro de la Iglesia. Es más, no basta con evangelizar; hay que formar evangelizadores y formar formadores de evangelizadores, como ya lo hacemos en 67 países de los cinco Continentes.

-Finalmente, ¿quién es Jesús para Pepe Prado? ¿En qué ha cambiado tu vida? ¿Por qué crees que el encuentro personal con Jesús es el único camino para la felicidad verdadera?

-Jesús es Quien me amó y se entregó por mí, el que cambió mi vida de fariseo y me confió un ministerio no oficial en la Iglesia y para la Iglesia. Quiero llegar a decir, con San Pablo, que “mi vivir es Cristo”; pero, en vez de su expresión: “Ay de mí si no evangelizara”, yo proclamo: “Qué feliz soy cuando evangelizo”, presentando a Jesús como el único Salvador y Señor.

Los laicos debemos hacernos notar dentro de la Iglesia

Pese a que la Iglesia la conformamos en su mayoría los Laicos o Seglares que hemos sido bautizados y somos parte del Pueblo de Dios, pocos son los que ejercen el compromiso cristiano de formarse y transformar sus entornos. La Iglesia de Guadalajara ofrece diversas alternativas, de acuerdo al gusto y espiritualidad de cada quien.

Sonia Gabriela Ceja Ramírez

cover-manos-levantadasEn la Arquidiócesis de Guadalajara existen 73 Organismos Laicales Eclesiales registrados y pertenecientes a la Comisión que lleva ese mismo nombre, la cual es asistida eclesiásticamente por el Padre Santiago Navarro Chávez, Párroco de San Francisco, en Tesistán, y coordinada por el Licenciado Joaquín Rivera Meza desde hace cinco años.
“En etapa de surgimiento, de formación, existen aproximadamente 30 más. Éstos están en una etapa de prueba. Generalmente surgen de la iniciativa de algunos hermanos Laicos que le presentan su proyecto al señor Obispo, en este caso don José Trinidad González Rodríguez, quien es el Encargado a nivel diocesano de los Organismos Laicales Eclesiales; él les orienta y canaliza a la Comisión que los apoya para la creación de sus Estatutos, los cuales posteriormente son revisados y, en su caso, aprobados”, señaló en entrevista Rivera Meza.
“De estos organismos, hay algunos que están autorizados por Roma; por tanto, ya tienen un caminar, cuentan con una espiritualidad propia, tienen su ser y quehacer. Hay organismos de índole internacional, nacional, local, e incluso parroquial. Cuando un organismo quiere comenzar a trabajar en nuestra Arquidiócesis, necesita acudir al Obispo y solicitar su autorización; él los canaliza al Padre Santiago Navarro y a un servidor. Nos apoyan, además, especialistas, expertos en Pastoral o según se requiera, y formulamos propuestas a las que después se hacen correcciones y sugerencias, y pueden ser finalmente autorizados por el Obispo para una etapa de experimentación durante tres años”.

Según las cualidades de cada quien

Al ser Organismos Eclesiales, se requiere que las nuevas instituciones tengan clara su visión de Iglesia y de eclesialidad: “Cada uno tiene su propio carisma, y nosotros trabajamos organismos en tres líneas: con espiritualidad mariana, eucarísticos y de caridad o espiritualidad evangelizadora; éstas son las tres Secciones que integran la Comisión. Buscamos que todos los organismos tengan muy claro su ser y quehacer dentro de la Iglesia; que tengan una misión, visión y objetivos.
Actualmente, son aproximadamente 30 Grupos en la Sección de Evangelización; entre ellos, por ejemplo, la Renovación Carismática Católica y los Cursillos de Cristiandad; 20 en Grupos Marianos y 20 en Eucarísticos; entre ellos, la Adoración Nocturna. Según su carisma, cada Grupo realiza su propio apostolado”.
Se calcula que en estos Movimientos participan de manera activa al menos 250 mil Laicos.
“Cabe señalar, añadió el Licenciado Rivera Meza, que quienes pertenecemos a la Comisión de Organismos Laicales Eclesiales no somos los únicos seglares trabajando en la Iglesia de Guadalajara, pues existen muchos otros laicos integrados en la Pastoral Familiar: Jóvenes y Adolescentes; en la Pastoral Social, Pastoral de la Salud; en fin, en todas las Pastorales, Secciones y Comisiones Diocesanas”.

Cada quien jala agua para su molino

Joaquín Rivera inició su caminar apostólico en un organismo laical, la Renovación Carismática Católica de la Arquidiócesis de Guadalajara, trabajando a nivel parroquial, decanal, vicarial, diocesano y nacional desde hace 25 años; posteriormente, a invitación del Obispo José Trinidad, se integró a la Comisión de Organismos Laicales. En todos estos años de experiencia, Joaquín percibe que continúa pendiente el que los Laicos asumamos nuestro papel protagónico en la vida de la Iglesia: “Jugamos un papel importante, pero deberíamos tomarlo más en serio.
“Los seglares deberíamos tomar más en cuenta nuestra formación y verdaderamente hacer Iglesia. En cada Movimiento se recibe formación, pero muy particular de cada organismo; nos falta formación a nivel global del pensamiento de la Iglesia. En cada Movimiento hacemos nuestra propia Iglesia, como quien dice, y somos muy celosos creyendo que sólo nosotros poseemos la verdad; entonces, falta crear una verdadera comunión con los demás organismos y Movimientos laicales eclesiales. En eso consiste la verdadera eclesialidad”.
Respecto a si la voz de los Laicos es escuchada dentro de la Iglesia, Joaquín Rivera señaló: “Sí hay esa apertura por parte de los Pastores; sin embargo, muchas veces somos los propios Laicos los que no hacemos escuchar nuestra voz, y es por eso que ya se trabaja en la reestructuración de un Consejo de Laicos que labore, de la mano con la Jerarquía, para lograr no sólo una mejor Iglesia, sino una mejor Sociedad. Posteriormente se piensan integrar Laicos a este Consejo, no solamente de los que ya trabajan en la Iglesia y para la Iglesia, sino quienes juegan un papel importante en nuestra Sociedad, cuidando que no se politice este Consejo o que se caiga en la falsa idea de que la Iglesia es una democracia”.
Joaquín Rivera precisó, asimismo, que los laicos podemos encontrar el camino a la santidad adhiriéndonos a alguno de los Organismos Laicales Eclesiales que ya existen, y a los que pertenecieron muchos de nuestros Santos y Beatos Mexicanos: “Ellos y muchos otros, trazaron los rieles. Nos toca a nosotros recorrer ese camino”.

Vocabulario Eclesiástico

El Laico en la Iglesia Católica

El redescubrimiento del término ‘Laico’ fue impulsado principalmente en el Concilio Vaticano II.
Desde dicho Concilio, se destaca cada vez más que el Laico en la Iglesia Católica es una auténtica vocación. El contenido de esta vocación es la santificación de las obligaciones ordinarias del cristiano y, en primer lugar, las familiares. Así, la Constitución Dogmática Lumen Gentium afirma que su vocación consiste en “iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el Espíritu de Jesucristo, y se desarrollen y sean para la Gloria del Creador y del Redentor” (No. 31).
El Decreto conciliar Apostolicam Actuositatem indica que forma parte de esta vocación el apostolado, entendido como deber de acercar almas a Dios. Según este Documento, “ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico, de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres” No. 2).

Celebremos el Día del Laico

El domingo 25 la Iglesia de Guadalajara celebrará el Día del Laico en el Santuario de los Mártires.
Entre las 10 y las 11.30 de la mañana se promoverá el encuentro con el Cardenal José Francisco Robles Ortega; posteriormente, a las 12, la Misa, presidida por Monseñor J. Trinidad González Rodríguez, Obispo Auxiliar, para después concluir con una convivencia.

La mujer laica en la Iglesia
Formadora por excelencia

Las mujeres han sido siempre indispensables en el contexto eclesial. Prácticamente, el genio femenino está dentro de cada área pastoral. Una mujer de Iglesia, Lupita Venegas Leiva, exhorta, por tanto, a no olvidar este papel fundamental

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Mónica Livier Alcalá Gómez

“En la Exhortación Apostólica Christifideles Laici se nos dice de manera expresa a los Laicos, en general, que no sólo pertenecemos a la Iglesia, sino que somos Iglesia, y que estamos llamados a la santidad para contribuir desde dentro, a modo de fermento, en la santificación del mundo, siendo sal, luz y levadura. Este llamado debe cumplirse de manera particular en la mujer, quien es eminentemente transmisora de códigos de conducta”, señaló en una entrevista la Fundadora del Proyecto Comunicativo Valora, A.C., conferencista y defensora de la vida y la familia, Licenciada Lupita Venegas Leiva, quien dio respuesta a las siguientes preguntas:

-¿Qué papel desempeña la mujer en el mundo?

“La mujer es la formadora por excelencia; en sus manos está el corazón de sus hijos, hombres y mujeres, que tienen un estrecho y único vínculo con ella. Si hoy estamos sufriendo por una extrema violencia y falta de sentido, es en gran parte porque la mujer ha olvidado esta misión básica y se ha inclinado al individualismo que tanto proponen las ideologías reinantes. El mundo se paganiza cuando la mujer deja de anunciar y modelar la vocación primera que todos tenemos al amor”.

-¿En qué situación se encuentra el laicado femenino en la Iglesia?

“Haciendo un breve análisis de la realidad actual en nuestro país, responde la entrevistada, yo propondría cuatro tipos de Laicas:
a) Laica liberal. Es la mujer hipermoderna que no se siente atraída por las cosas de Dios. Vive en las novedades, en lo superficial. Está bautizada, pero no muestra ningún interés en vivir su Fe. No tiene formación religiosa.
b) Laica sentimental. Es aquélla que ha sido bautizada y practica actos de piedad, pero no tiene formación alguna y no se ajusta a las exigencias morales que implican el seguimiento de Cristo. No es capaz de dar razones de su Fe, pero no deja a la Virgen por nada, y “siente bonito” ir a Misa.
c) Laica tibia. Es una mujer bautizada que conoce su Fe y la practica a medias. Ha tenido oportunidad de prepararse, tal vez por haberse formado en colegios católicos, pero no colabora con la Iglesia. No ayuda en su Parroquia ni se involucra en Catequesis y otras formas de servicio. Vive en privado lo que cree.
d) Laica comprometida. Es la mujer bautizada que se interesa por su Fe y se prepara constantemente. Se ha involucrado en un apostolado de manera responsable. Conoce, vive y transmite a Cristo.
Considero que podríamos distribuir estos cuatro tipos de mujeres en una Curva de Gauss, siendo minoría los tipos de los extremos a y d, y mayoría los tipos b y c”.

“Las mujeres somos la esperanza de una Humanidad plena. Somos humanizadoras por vocación. Una mujer se realiza cuando se entrega a sí misma para el bien de los que ama. Estamos llamadas, en primer lugar, a hacer familia; pero, desde luego, tenemos también la capacidad y el deber de aportar a nuestra Sociedad y a nuestra Iglesia todos nuestros talentos. No guardemos lo recibido bajo el colchón, sino que debemos multiplicar nuestros regalos. Es tiempo de trabajar por y para Cristo”.

-¿Cómo se ha desarrollado tu labor como parte de la Iglesia?

“Yo me considero, con toda honestidad y humildad, una Laica comprometida. Después de haberme formado en escuelas católicas y recibir una educación congruente de parte de mis padres, era casi inevitable que me enamorara de la Santísima Trinidad. Cuando una mujer tiene una relación personal con este Dios Amor, no tiene más remedio que darlo. Toda mi vida he sido llevada por el Señor a su servicio, y desde hace 12 años inicié un apostolado en Medios de Comunicación. La Misión que Dios me ha regalado es la de permear los Medios de Comunicación con los valores del Evangelio. El Obispo Trinidad González nos ha instruido señalándonos que ésta es la vocación primera del Laico, hombres y mujeres en comunión con la Iglesia, seguidores de Jesucristo, pero que no viven en el Convento, que no traen un hábito, sino que viven en el corazón del mundo, y el corazón del mundo son las familias, las fábricas, las oficinas, la política, le economía, el deporte, las comunicaciones; ahí, la vocación del Laico es santificar el ambiente”.

-¿Cómo te diste cuenta de que tu labor era importante?

“Hace 12 años yo era una madre de familia joven, que se sentía ofendida con los contenidos de los Medios de Comunicación que pretendían deformar a mis hijos. Reunida con otras mamás, comentamos la necesidad de tener opciones sanas para ellos y para las familias. Decidimos no quejarnos más y hacer algo al respecto. Así fue como surgió la idea de fundar una organización que se ocupara de llevar contenidos dignos a través de los Mass Media.
Es un hecho probado que los Medios influyen negativamente en las Sociedades promoviendo la violencia, el sexo banalizado, la desesperanza y la desintegración familiar. Debemos luchar por corregir esa tendencia”.

-¿Qué experiencias significativas de este apostolado podrías señalar?

“Las mujeres tenemos el don de tocar los corazones. Tuve el honor de ser bautizada por un buen amigo e importante representante de los Medios, Ignacio Martín del Campo Ramírez, como “la voz del corazón”. Esto me hizo percatarme de que yo estaba llevando a los Medios lo que el Papa Juan Pablo II llamó el genio femenino; o sea, esa capacidad que Dios nos otorga a nosotras para transformar vidas tocando la esencia humana. Son muchos los encuentros con hombres, mujeres, jóvenes y niños agradecidos por los contenidos que les hago llegar mediante la Radio, la Televisión y la Prensa”.

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La misión del laico es ordenar el mundo a Dios, no construir la democracia.

La misión del laico es ordenar el mundo a Dios, no construir la democracia.

Mons. Giampaolo Crepaldi

http://www.infovaticana.com/2013/06/28/la-mision-del-laico-es-ordenar-el-mundo-a-dios-no-construir-la-democracia/

En esta entrevista, Monseñor Giampaolo Crepaldi, Arzobispo de Trieste, reflexiona acerca del papel de los laicos en la sociedad, de la Acción Católica y de los desafíos del mundo moderno.

Famoso por sus habituales declaraciones en defensa de los Principios No Negociables y por haber sido víctima del acoso del lobby gay, el Arzobispo de Trieste es uno de los prelados más claros a la hora de hablar de la participación de los fieles laicos en la vida política.

Excelencia, en su homilía durante la clausura de la procesión del Corpus Christi del domingo 2 de junio, tuvo duras palabras hacia la aprobación de leyes que pueden “poner en peligro los pilares de nuestra existencia humana: la vida, la familia, y nuestra libertad.  Ahora, ¿cuál debe ser el alcance del compromiso de los fieles laicos. Su discurso fue una llamada a los laicos?

No hay duda de que este debe ser el tiempo de los laicos. Pero por desgracia, al laicado católico no se le oye. Tal vez por eso luego se quejan de que los obispos hablan demasiado.

¿Por qué, en su opinión, ésta es la hora de los laicos?

Ciertamente cada hora es la hora de los laicos, porque no hay un momento en el que el hombre no tenga, por  su bautismo, la misión de orientar a Dios los asuntos temporales. Pero esta es la hora de los laicos en particular: La política y las leyes están metiendo la mano en el orden de la creación, la naturaleza de la familia y las relaciones naturales básicas, la que existe entre los padres y entre padres e hijos. Es algo nuevo y sorprendente que requiere una presencia particularmente convencida y activa.

¿Por qué dice que los laicos católicos no se hacen sentir?

Hay muchos católicos laicos en la familia, en el trabajo, en la sociedad, encarnando con lealtad  su fe cristiana. Esto se hace, sin embargo, solamente en la vida cotidiana. Lo que se echa en falta es una presencia claramente coordinada y unificada en la sociedad civil y un testimonio coherente y claro en la política, la vida jurídica y las instituciones públicas.

Sin embargo, existen varias organizaciones en la red de entre los católicos y en el pasado han sido capaces de sacar a la calle, con el Día de la Familia, a muchas personas.

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Sí, es verdad que los hay, sin embargo, es necesario tener en cuenta algunos aspectos. Aunque es verdad que algunas de estas redes se han creado, no se han consolidado, son la punta de lanza pero más de eso no pueden hacer.

Por otra parte, me parece que algunas redes muy activas en estos temas -Pienso por ejemplo en la Ciencia y la Vida o en el Foro de las Asociaciones Familiares- tienen un poco de “agarre suelto”, se han rendido a la tentación de desviar la atención hacia otros temas menos importantes.

Por último, me gustaría señalar que, incluso de las asociaciones y movimientos individuales que toman una postura sobre las cuestiones que he mencionado anteriormente es escaso, tanto a nivel nacional como a nivel local, el peso de su actividad.

¿Podría explicar qué quiere decir con “testimonio coherente a nivel político, legislativo y en las instituciones públicas”?

En las administraciones públicas hay católicos declarados como tal, pero cuando se trata de lidiar con estos problemas, utilizan la forma de pensar de todos los demás y se escudan en la aconfesionalidad de la política para no tomar una posición que sin duda les costaría a nivel político, pero que me gustaría ver en el plano humano, en aras a un poco de coherencia.

 Una de las asociaciones históricas de los fieles laicos es la Acción Católica. ¿Qué me puede decir al respecto?

Me inspiro en un libro reciente de Luigi Alici titulado “Los católicos y el país. Provocaciones para  la política “, publicado por “La Scuola”.

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Pero Luigi Alici ya no es presidente de la Acción Católica…

Pero lo fue durante largo tiempo y se puede decir que es un intelectual muy involucrado en las asociaciones de laicos católicos. Recientemente ha realizado giras por toda Italia – fue también a Friuli, Venezia Giulia, y también a Trieste-. Por supuesto que su libro no representa a la Acción Católica, sin embargo, puede ser indicativo de una forma de pensar, que prevalece dentro de la asociación.

¿Qué fue lo que más le llamó la atención en el libro?

Su libro pertenece a la categoría del “Sí, pero …” : se trata de afirmar los principios al mismo tiempo que se abren espacios que no los respetan. He buscado en este libro la afirmación de la fidelidad al Magisterio y de la adhesión a los principios de la protección de la vida o de la familia: los he encontrado. Sin embargo, la exposición siempre es deliberadamente ambigua: dice, pero se niega y está lleno de “sin embargos”

¿Puede dar un ejemplo?

Alici tiene muy bellas palabras acerca de la familia, pero luego se pronuncia a favor del reconocimiento legal de las parejas del mismo sexo. Se refiere al cardenal Martini, pero no a los obispos italianos que, en una nota de 2007,  aclararon la cuestión: Los derechos de las personas homosexuales han de abordarse en términos de derecho privado. El reconocimiento de la convivencia como tal, no es aceptable ni para las llamadas parejas de hecho heterosexuales ni para las homosexuales. Les falta el requisito del valor público.

¿Cuáles son los argumentos de Luigi Alici al respecto?

Los argumentos de que el derecho evoluciona. Según él, una pareja homosexual no tiene derecho a ser considerada una familia, puesto que no lo es, pero sin embargo tiene el derecho de ser considerada algo más que dos estudiantes que comparten apartamento. Este argumento no es aceptable, lo que está mal no puede ser una fuente de derechos reconocidos públicamente, y no puede haber en ello ningún progreso.

¿Qué significa esto?

Creo que este libro expresa una cierta cultura existente en el mundo católico. Los laicos que se inspiran y se mueven siempre hacia adelante en la barra de los “no possumus”: la adaptación al mundo.

En el libro de Alici hay una continua referencia a la “paradoja” de los fieles laicos cristianos que haría que una persona esté constantemente luchando con su fuero interno al que sólo la respuesta de su propia conciencia le indicará el camino.

La paradoja cristiana no debe interpretarse como una loca contradicción interna del cristiano, porque la fe y la razón, como nos enseña la doctrina, van de la mano y sólo el pecado introduce la división. Lo de Alici es una manera de asegurarse que la fe de los católicos que toman parte en la sociedad y en la política se relegue únicamente a su propia conciencia.

Alici sostiene que hay un ámbito de la participación política no directamenta partidista donde debería darse la colaboración de los católicos con todos los demás y una parte estrictamente partidista en la que se está compitiendo. ¿Está de acuerdo?

No sólo entre los partidos, sino también en la sociedad actual hay antropologías en conflicto. De hecho, en la actualidad estamos asistiendo a la discusión entre los que dicen que existe una antropología, una verdadera visión del hombre, y quién dice que no la hay. En estos campos – pienso en la cultura, el entretenimiento social, la formación de los jóvenes, la comunicación – no sólo puede haber colaboración. Vamos a dejar de engañarnos y engañar en este punto. El diálogo y el respeto no deben faltar nunca, pero la cooperación se lleva a cabo sobre la verdad.

¿De qué depende todo esto?

Creo que viene de haber cambiado el propósito de la presencia de los laicos cristianos en el mundo. Los laicos tienen el propósito de ordenar a Dios el orden temporal – como dice el Concilio – o, en otras palabras, la construcción de la sociedad según el plan de Dios En su lugar, el objetivo de los fieles laicos se ha reducido a  lograr el bien común , la construcción de la democracia, realizar la Constitución y hacer funcionar a las instituciones.

¿Y el objetivo del bien común no es bueno?

Es bueno, pero a condición de que sea para recuperar el respeto del orden de la creación y el bienestar de las personas, espiritual y religioso. No hay bien común real cuando Dios se pone entre paréntesis, y cuando Dios no tiene su lugar reconocido en el mundo.

Acción Católica ha tenido una larga historia. ¿Cuál fue el momento crítico en su opinión?

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Prefiero dejar esta tarea a los historiadores. Sólo puedo plantear algunas suposiciones. La denominada “opción religiosa” fue interpretada por los hombres de la Acción Católica de una manera ambigua. Tenía que implicar el centrarse en la esencia de la Acción Católica: eso que Benedicto XVI ha llamado “el lugar de Dios en el mundo.” Y ha sido más bien vista como una aparente retirada de  una presencia visible y organizada, condenada precipitadamente como pre-conciliar. Digo “aparentemente” porque – por extraño que parezca – desde entonces, muchos líderes de la Acción Católica se implicaron directamente en política, sobre todo en los partidos de izquierda. El último ejemplo participó en las últimas elecciones: Ernesto Preziosi.

¿Entonces para usted la Acción Católica no va bien?

Yo creo en la Acción Católica, sigo siendo un partidario incondicional y, aparte de unos pocos, estoy muy agradecido a la de la diócesis por lo que hace y tengo grandes expectativas hacia ella. Pero creo que la Acción Católica – y estoy hablando en términos generales – ahora tiene que reconsiderar su línea y su papel. Esto sería de gran beneficio no sólo para la misión pastoral de nuestra diócesis, sino también para otras formas de asociacionismo de los fieles laicos.

¿De qué manera?

Se trata de ser fiel, por completo, y con generosidad espiritual, según la enseñanza del CVII: ser laicos en el mundo para ordenarlo a Dios, poniendo en primer plano la necesidad y la urgencia de ordenar el mundo a Dios.

Esto para la Acción Católica significa recuperar la esencia de su pasado, incluso en lo que se recuerda hoy con un cierto desprecio inexplicable; recuperar la doctrina social de la Iglesia en todas sus conexiones importantes con la doctrina cristiana; entender la laicidad en la forma en que Benedicto XVI nos ha enseñado, es decir, pensar que no hay que adaptarse al mundo, si usted realmente desea servirle; superar una visión inadecuada del concilio, recuperando toda la enseñanza en consonancia con la tradición de la Iglesia y no las habituales dos o tres frases que se han utilizado de manera retórica; no minimizar los ataques que ahora son llevados a la naturaleza humana y la fe cristiana, acusando a los que tratan de reaccionar a querer volver a establecer una mentalidad fundamentalista del pasado. La Iglesia tiene una inmensa necesidad de una Acción Católica así, que incluya la formación de laicos capaces de dar forma a la sociedad según el corazón de Dios y el plan de Dios, y por esto sigo rezando y esperando…

 Publicado en Semanario Vita Nuova y traducido al español por Infovaticana.com

Categorías:DSI

¿Y tú, sabes que eres Apostolado Seglar?

EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

“¿Y tú, sabes que eres Apostolado Seglar?”

Conferencia Antonio Cartagena

 ACMasamblea2013 051

Consideraciones previas

  1. ¿En la actualidad de dónde nacen los reales problemas de la Iglesia? Nacen de la afirmación masiva del ateísmo, del laicismo dominante, del relativismo que lleva al individualismo, de la secularización de muchas conciencias, del cambio que experimenta lo sdgrado en la sociedad, de la dificultad de encontrar caminos éticos que dignifiquen el ejercicio moral de la vida e integren las conquistas de la ciencia, de la economía y de la política, de una cultura de la inmediatez y de la opulencia, que olvidan al prójimo pobre y rechazan al diferente. Ante esta situación, ¿cuál debe ser nuestro compromiso y qué actitud hay que tener, como Iglesia y dentro de ella el laicado? ¿Qué podemos hacer?
  2. La palabra “apóstol” está en la base de la palabra “apostolado”, de origen reciente, al menos en el sentido que aquí nos interesa; a saber, la participación en el oficio apostólico de la Iglesia. La realidad, si no la palabra, existía desde el principio: las acciones que denominamos apostólicas, o parte del apostolado, aparecen frecuentemente en el Nuevo Testamento y en la tradición patrística. En la tradición medieval, la palabra “apostolado” tendía a usarse en relación con el oficio de los apóstoles originarios. Parte del contenido que hoy asignamos a la palabra “apostolado” se colocaba entonces bajo la denominación de “vida activa”;» Hasta el siglo XIX la palabra “apostolado” no se usó referida a los laicos. En el siglo XX se difundió la idea de la Acción Católica. Pío X fue el primer Papa en usarlo. Pero fue Pío XI quien habló del valor de la labor de los laicos: “Unidos a sus pastores y obispos, participan en las labores del apostolado, tanto individual como social”(AA, 14 ( 1925) 695.
  3. Una Teología del Laicado como la que plantea el Concilio Vaticano II, la exhortación del Papa “Christifideles Laici” y el documento de nuestros Obispos “Los Cristianos Laicos, Iglesia en el Mundo”, exige una verdadera transformación del funcionamiento de nuestras iglesias locales y de la pastoral que en ellas se realiza. En la actual organización difícilmente tiene cabida un laicado como el que plantean esos documentos.

l. El APOSTOLADO LAICAL

1.1.      En el proceso de los debates conciliares empieza a verse el apostolado de los laicos como una tarea encomendada por Cristo a través del bautismo y de la confirmación. Tiene su origen en los dones específicos que estos han recibido. Pueden además ser llamados “a una colaboración más inmediata con el apostolado de lajerarquía” (LG, 33)

1.2.      El Decreto sobre el apostolado de los laicos considera el apostolado de los seglares como una participación en la misión de la Iglesia que les es propia y, al mismo tiempo, es indispensable para ésta (AA, 1), habla de su participación en los oficios sacerdotal, profético y real de Cristo (LG, 34~36); el decreto señala además la llamada a la santidad en su propio estado de vida (AA, 4), actividades, formación, campos de apostolado en los que uno debe comprometerse según su vocación y sus dotes (AA, 10) … Con este decreto, la Iglesia adquiere una visión del apostolado más amplia, como tarea que incumbe a todos y cada uno de los laicos.

1.3.      Las concepciones del Vaticano II son desarrolladas y aclaradas en la Chistifideles laici (1988) sobre la vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En línea con Apostolicam actuositatem, desarrolla la variedad de las vocaciones y formas de apostolado de los laicos en la Iglesia y en el mundo (CL, 45-57); y trata por último de la maduración y de la formación (CL, 57-63).

1.4.      El apostolado de los laicos tiene dos centros de gravedad: por un lado, participan en la misión general de la Iglesia como miembros de ella y, por otro, tienen un papel especial en la difusión del Evangelio en el mundo. Pero hay que evitar el peligro de considerar lo sagrado ligado al clero, relegando a los laicos a lo secular. Al laicado le corresponde un apostolado genuino en la Iglesia.

Es tarea de la teología pastoral reconocer este apostolado y tratar de no clericalizarlo. Cuanto más firmemente enraizado esté en los sacramentos de iniciación, menos peligro habrá de caer en esta aberración; la clericalización surge cuando se considera que el laicado colabora en las tareas del clero en lugar de realizar una misión específica. Las diferentes Iglesias locales, las diferentes culturas y tiempos determinarán el modo en que obispos, sacerdotes, laicos y religiosos habrán de comprometerse en la única misión de la Iglesia a través de las actividades del apostolado.

II. CAUCES DE PARTICIP ACION PARA LA MISION DE LA IGLESIA EN LA HISTORIA Y EN EL MUNDO.

Vivir la misión de la Iglesia, participando en el dinamismo de la historia es, para los laicos, un desafío a arraigarse con más profundidad en la comunión eclesial. Esto les exige.

2.1. Participar activamente en la vida de las comunidades eclesiales. Así pues:

  • Deben estar presentes en las estructuras de corresponsabilidad pastoral: Consejo Diocesano de Pastoral, Delegaciones Diocesanas, Apostolado Seglar (CLIM, 110, pág. 81), Consejo parroquial, Comisiones, etc.;
  • Deben de buscar nuevas formas de responsabilidad; se les debe confiar servicios adecuados a su índole secular;
  • Tienen que descubrir que su servicio no es exclusivo, sino complementario con otros; la diócesis, parroquia, comunidad, asociación o movimiento tienen que hacer visible la unidad de la misión. El sujeto que evangeliza es toda la Iglesia y la Iglesia toda;
  • Debe participar activamente en la vida sacramental y litúrgica; o sea, sentir con y como Iglesia.
  • Al participar en la vida de las comunidades, los laicos aportan la riqueza de su propia existencia y su competencia “seculares”:
  • Deben de contribuir, ante todo, haciendo presentes en la Iglesia los problemas, situaciones y conflictos del mundo que viven.
  • Su presencia debe recordar a la Iglesia, a sus comunidades, y de manera incansable que ella es, por su misma naturaleza, misionera y enviada al mundo.
  • De igual forma deben recordar continuamente la disponibilidad al diálogo, la apertura, la capacidad de escucha, la solidaridad, el compartir, la presencia activa en el mundo.

2.3. Al organizarse en grupos, movimientos y asociaciones, en el seno de la Iglesia, los laicos encuentran nuevas fuentes de mutua ayuda y colaboración que les permiten incorporarse más profundamente a la Iglesia para testimoniar y comprometerse con y como Iglesia para la liberación-salvación del mundo. Estos deben lograr ser:

  • plataformas de diálogo e intercambio intraeclesiales.
  • ayudas concretas y específicas para que haya una presencia cristiana en la sociedad.
  • lugar, instrumento y cauce de formación.
  • apoyo de una comunidad.
  • expresiones comunitarias de la fe y de las diversas opciones.
  • expresiones de colaboración entre sacerdotes, laicos, religiosos, as.
  • tejido eclesial que vertebra la Iglesia particular.

2.4.      Los laicos que no son miembros de grupos o movimientos, y no pertenecen a las estructuras parroquiales o diocesanas, deben recibir una ayuda concreta para poder realizar su vocación y misión:

Atención de los obispos y sacerdotes y demás responsables de la Iglesia, concretada en:

  • formación
  • dialogo
  • programas pastorales

De igual forma las estructuras existentes y/o los grupos o movimientos deben complementarse aún más al servicio de todos los seglares con:

  • iniciativas abiertas
  • buscar nuevas formas de colaboración e intercambio
  • respeto de la diversidad y de la complementariedad
  • renuncia al “elitismo”
  • respeto a la autonomía y a la originalidad.

En resumen, para que la Iglesia cumpla su misión en el mundo actual, es indispensable hacer hincapié en la calidad (santidad, oración … estilo) de la participación de los laicos en la evangelización.

Se deberá ayudar a los laicos a contemplar su compromiso partiendo de las raíces culturales e históricas de su propio pueblo. Es el fundamento sobre el cual podrán prepararse a construir una nueva sociedad según los criterios y valores del Evangelio. El método, ya clásico, del “ver, juzgar y actuar”, que ha contribuido, a lo largo de toda la historia de la Acción Católica, a formar laicos capaces de participar en la vida social y política como testigos del Evangelio, puede adaptarse a las necesidades de los laicos, hoy, y dar todavía muchos frutos en cuanto a su formación.

III. LOS CAUCES DE LA COMUNIÓN ..

Recordemos brevemente los cuatro grandes cauces por los que los laicos acceden a la corresponsabilidad con su Iglesia:

3.1. El de la participación en estructuras comunitarias de consulta, principalmente los Consejos Pastorales.

En la Exhortación apostólica “Christifideles laici” el Papa afirma que “el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca la creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a los que se pueda recurrir según las ocasiones. Ellos son la principal forma de colaboración y de diálogo, como también de discernimiento, a nivel diocesano. La participación de los fieles laicos en estos Consejos podrá ampliar el recurso a la consulta, y hará que el principio de colaboración -que en determinados casos es también de decisión- sea aplicado de un modo más fuerte y extenso “(CFL, 25).

Mucho se ha debatido el carácter consultivo o deliberativo de los Consejos y sus repercusiones sobre la corresponsabilidad. A este respecto hay que considerar la siguiente reflexión de E. Corecco: El voto consultivo de los presbíteros y de los laicos es parte integrante del proceso a partir del cual surge el juicio vinculante de fe del obispo … Por eso el voto consultivo posee una fuerza vinculante intrínseca, que le viene de la complementariedad estructural existente entre el oficio episcopal, los presbíteros y los laicos. Su función puede aparecer como una reducción indebida de la participación en la gestión del servicio eclesial sólo desde un enfoque mundano, incapaz de comprender la fuerza vinculante de la communio y del significado constitucional de la sinodalidad eclesial, que no está fundada en el principio de división del poder, sino sobre el hecho de que la responsabilidad del obispo es indivisible y no puede ser sustituida por la responsabilidad de la mayoría” (Sinodalidad NDT).

  • El de las asociaciones laicales, particularmente aquéllas de carácter público que, según el Derecho Canónico, actúan “en nombre de la Iglesia[1], y las que hayan sido “elegidas” y “promovidas de un modo peculiar” por la autoridad eclesiástica, “asumiendo respecto de ellas responsabilidad especial” (AA, 24). En este terreno hay que situar a muchas de las asociaciones que forman parte del Foro y a la propia plataforma que él mismo es.

3.2. El de los ministerios confiados a laicos. Cuestión que no planteamos.

3.3 Y, por último, el de aquellos que “han sido llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía … Por lo demás, los laicos poseen aptitud para ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual   (LG,33)predicar,   juez, la cura pastoral de una parroquia).

¿En qué lugar de este cuadro habremos de situar al apostolado individual, cuya legitimidad e importancia se ha reconocido? El problema no es saber cuál es el cauce, sino lograr que el laico que realiza su apostolado de forma individual tenga y quiera tener (si quiere, la encontrará) una conexión válida con alguna de las estructuras de corresponsabilidad; así evitará el riesgo de “correr en vano” o sea, de ser un evangelizador por libre. A través de su pertenencia y vinculación con la Parroquia, principalmente, habrá de mantener el espíritu de comunión que le llevará a ser consciente de los proyectos comunes de evangelización y a orientar su apostolado en esa misma línea.

Digamos para cerrar este apartado que ese modo de pertenencia eclesial –pertenencia de corresponsabilidad-reclama adultez humana y cristiana. Amparándose en la deficiente vitalidad de una fe adulta, que a veces se constata en nuestra Iglesia, se ha mantenido a muchos cristianos bajo tutela en no pocas comunidades eclesiales. Hay que terminar de una vez con esta situación, que compromete la propia vitalidad de nuestra Iglesia: si los cristianos no han madurado mínimamente como para asumir las responsabilidades que se derivan de su participación eclesial, todos hemos de poner manos a la obra para que esta laguna se supere; pero quienes tienen. el ministerio de unidad, coordinación y dirección de las comunidades no deberían seguir invocando acríticamente esta excusa, si es que todavía la usan, y entrar francamente en un régimen de responsabilidad compartida ( corresponsabilidad) que tiene toda la fuerza vinculante de la comunión eclesial.

IV.     BREVE SINTESIS DE LA DOCTRINA SOBRE EL APOSTOLADO LAICAL

Esta síntesis catequética constituye una breve CARTA MAGNA del apostolado laical individual y organizado:

  • sus fundamentos teológicos y sociológicos,
  • su fuerza y su autonomía, su respaldo canónico,
  • su eclesialidad
  • su necesaria variedad y unidad,
  • su imprescindible comunión con la Jerarquía.

4.1.   Apostolado individual indelegable.

El Concilio Vaticano II, al dar un nuevo impulso al apostolado de los laicos, tuvo la solicitud de afirmar que la primera, fundamental e insustituible forma de actividad para la edificación del cuerpo de Cristo es la que llevan a cabo individualmente, los miembros de la Iglesia (AA.16). Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio, participando en la misión de la Iglesia. Eso presupone e implica una convicción personal, que brota de la fe y del “sensus Ecclesiae” que la fe enciende en las almas. Quien cree y quiere ser Iglesia, no puede menos de estar convencido de la “tarea original, insustituible e indelegable” que cada fiel “debe llevar a cabo para el bien de todos” (CFL 28).

4.2.   Edificación de la Iglesia y animación de lo temporal.

Es preciso vincular constantemente en los fieles la conciencia del deber de cooperar en la edificación de la Iglesia, en la llegada del Reino. A los laicos corresponde también la animación evangélica de las realidades temporales. Muchas son las posibilidades de compromiso, especialmente en los ambientes de la familia, el trabajo, la profesión, los círculos culturales y recreativos, etc.; y muchas son también en el mundo de hoy las personas que quieren hacer algo para mejorar la vida, para hacer más justa la sociedad y para contribuir al bien de sus semejantes. Para ellas, el descubrimiento de la consigna cristiana del apostolado podría constituir el desarrollo más elevado de la vocación natural al bien común, que haría más válido, más motivado, más noble y, tal vez, más generoso su compromiso.

4.3.     La vocación a asociarse.

Pero existe otra vocación natural que puede y debe realizarse en el apostolado eclesial: la vocación a asociarse. En el plano sobrenatural, la tendencia de los hombres a asociarse se enriquece y se eleva al nivel de la comunión fraterna en Cristo: así se da el “signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, quien dijo: “Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18,20)” (AA.18).

4.4.   Origen teológico y sociológico de la asociación.

Esta tendencia especial al apostolado asociado tiene, sin lugar a dudas, su origen sobrenatural en la “caridad” derramada en los corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5,5), pero su valor teológico coincide con la exigencia sociológica que, en el mundo moderno, lleva a la unión y a la organización de las fuerzas para lograr objetivos comunes. También en la Iglesia, dice el Concilio, “la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los objetivos del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes” (ib ). Se trata de unir y coordinar las actividades de todos los que quieren influir, con el mensaje evangélico, en el espíritu y la mentalidad de la gente que se encuentra en las diversas condiciones sociales. Se trata de llevar a cabo una evangelización capaz de ejercer influencia en la opinión pública y en las instituciones, y para lograr este objetivo se hace necesaria una acción realizada en grupo y bien organizada (cf. ib).

4.5.   Derecho de los laicos a asociarse.

La Iglesia, por consiguiente, impulsa tanto el apostolado individual como el asociado, y, con el Concilio, afirma el derecho de los laicos a formar asociaciones para el apostolado “Guardada la relación debida con la autoridad eclesiástica, los seglares tienen el derecho de fundar y dirigir asociaciones y el de afiliarse a las fundadas (ib. 19).

4.6.   El derecho a asociarse nace del bautismo.

La relación con la autoridad eclesiástica implica que se quiere mantener la armonía y la cooperación eclesial. Pero no impide la autonomía propia de las asociaciones. Si en la sociedad civil, el derecho a crear una asociación es reconocido como un derecho de la persona, basado en la libertad que tiene el hombre de unirse con otros hombres para lograr un objetivo común, en la Iglesia el derecho a fundar una asociación para alcanzar finalidades religiosas brota, también para los fieles laicos, del bautismo, que da a cada cristiano la posibilidad, el deber y la fuerza para llevar a cabo una participación activa en la comunión y en la misión de la Iglesia (CFL,29). En este sentido se expresa también el Código de Derecho Canónico: “Los fieles tienen la facultad de fundar Y. dirigir asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para conseguir en común esos mismos fines” (Cn. 215).

4.7. Asociaciones antiguas y nuevas.

De hecho, en la Iglesia, cada vez con más frecuencia, los laicos hacen uso de esa facultad. En el pasado, a decir verdad, no han faltado asociaciones de fieles, que adoptaron las formas posibles en esos tiempos. Pero no cabe duda de que hoy el fenómeno tiene una amplitud y una variedad nuevas. Junto a las antiguas fraternidades, misericordias, pías uniones, terceras órdenes, etc., se desarrollan por doquier nuevas formas de asociación. Son grupos, comunidades o movimientos que buscan una gran• variedad de fines, métodos y campos de actividad, pero siempre con una única finalidad fundamental: el incremento de la vida cristiana y la cooperación en la misión de la Iglesia (Cf. CFL 29).

4.8.   Variedad y unidad necesarias.

Esa diversidad de formas de asociación no es algo negativo; al contrario, es una manifestación de la libertad soberana del Espíritu Santo, que respeta y alienta la variedad de tendencias, temperamentos, vocaciones, capacidades, etc., que existe entre los hombres. Es cierto, sin embargo, que dentro de la variedad hay que conservar siempre la preocupación por la unidad, evitando rivalidades, tensiones, tendencias al monopolio del apostolado o a primados que el mismo Evangelio excluye, y alimentando siempre entre las diversas asociaciones el espíritu de participación y comunión, para contribuir de verdad a la difusión del mensaje evangélico.

4.9.   Los criterios de eclesialidad.

Los criterios que permiten reconocer la eclesialidad, es decir, e] carácter auténticamente católico de las diversas asociaciones, son:

  1. a) La primacía concedida a la santidad y a la perfección de la caridad como finalidad de la vocación cristiana;
  2. b) el compromiso de profesar responsablemente la fe católica en comunión con el magisterio de la Iglesia;
  3. e) la participación en el fin apostólico de la Iglesia con un compromiso de presencia y de acción en la sociedad humana;
  4. d) el testimonio de comunión concreta con el Papa y con el propio obispo (cf. CFL 30).

4.10. Criterios válidos en todos los niveles y ambientes.

Estos criterios se han de observar y aplicar a nivel local, diocesano, regional, nacional, e incluso en la esfera de las relaciones internacionales entre organismos culturales, sociales o políticos, de acuerdo con la misión universal de la Iglesia, que trata de infundir en pueblos y Estados, y en las nuevas comunidades que forman, el espíritu de la verdad, la caridad y la paz.

4.11. Relaciones con la autoridad eclesiástica.

Las relaciones de las asociaciones de los laicos con la autoridad eclesiástica pueden tener también reconocimientos y aprobaciones particulares, cuando ello resulte oportuno o incluso necesario a causa de su extensión o del tipo de su compromiso en el apostolado (cf. ib. 31 ). El Concilio señala esta posibilidad y oportunidad para “asociaciones y obras apostólicas que tienden inmediatamente a un fin espiritual” (AA. 24). Por lo que respecta a las asociaciones “ecuménicas” con mayoría católica y minoría no católica, corresponde al Consejo Pontificio para los Laicos establecer las condiciones para aprobarlas (cf. CFL. 31 ).

4.12. La Acción Católica.

Entre las formas de apostolado asociado, el Concilio cita expresamente la Acción Católica (AA, 20). A pesar de las diferentes formas que ha tomado en los diversos países y los cambios que se han producido en ella a lo largo del tiempo, la Acción Católica se ha distinguido por el vínculo más estrecho que ha mantenido con la jerarquía. Esa ha sido una de las principales razones de los abundantísimos frutos que ha producido en la Iglesia y en el mundo durante sus muchos años de historia.

4.13. Características de la Acción Católica.

Las organizaciones conocidas con el nombre de Acción Católica – y

también con otros nombres -, o las asociaciones semejantes, tienen como fin la evangelización y la santificación del prójimo, la formación cristiana de las conciencias, la influencia en las costumbres y la animación religiosa de la sociedad. Los laicos asumen su responsabilidad en comunión con el obispo y los sacerdotes. Actúan “bajo la dirección superior de la propia Jerarquía, la cual puede sancionar esta cooperación incluso con un mandato explícito” (ib ). De .su grado de fidelidad a la Jerarquía y de concordia eclesial depende y dependerá siempre su grado de capacidad para edificar el cuerpo de Cristo, mientras la experiencia demuestra que, si en la base de su acción se coloca el disenso y se plantea casi sistemáticamente una actitud conflictiva, no sólo no se edifica la Iglesia, sino que se pone en marcha un proceso de autodestrucción que hace inútil el trabajo y, por lo general, lleva a la propia disolución.

4.14. Que el laicado manifieste la unidad eclesial.

La Iglesia, el Concilio y el Papa desean y piden a Dios para que en las formas asociadas del apostolado de los laicos, y especialmente en la Acción Católica, sea siempre manifiesta la irradiación de la comunidad eclesial en su unidad, en su caridad y en su misión de difundir la fe y la santidad en el mundo.

V.      LA IGLESIA ESTÁ EN EL MUNDO GRACIAS A LOS LAICOS.

En el momento actual de la reflexión teológica es lo menos que podemos decir. Se ha hablado de la Iglesia, toda ella volcada hacia el mundo, por vocación, para anunciarle la gozosa esperanza del Reino de Dios. El documento de nuestros Obispos pone de relieve que “la inserción de la Iglesia toda en el mundo y para el mundo “ se hace concreta a través de la vivencia eclesial y misionera de la “índole secular” de los laicos (CLIM, 26-29).

Naturalmente, el hecho de que el sujeto de la evangelización sean las comunidades impone la incorporación de los laicos y laicas a sus tareas y la atribución a este sector inmenso del pueblo de Dios de un papel de protagonista en el desarrollo de la tarea evangelizadora. Un papel, que se deriva para los laicos, no de una delegación de la jerarquía, sino de su condición de bautizados que comparten con Jesús su condición real, sacerdotal y profética. No olvidemos que el Concilio les había atribuido antes la llamada a la santidad de vida, raíz de su condición de testigos; y que su forma de vida en la más estrecha relación con los hombres y mujeres que con ellos comparten las tareas de construcción de la sociedad les facilita lo esencial de la evangelización: “poner el evangelio en contacto con las necesidades y los problemas de la vida” “Amar es lo primero”.

[1] 1 No se ha aclarado satisfactoriamente qué significa actuar “nomine Ecclesiae” (can. 313). Algunos piensan que “significa nomine auctoritatis agere, es decir, las personas públicas jurídicas actúan en nombre de aquella autoridad eclesiástica que las constituye” (vid. L. Martínez Sistach. “Las asociaciones de fieles”, Barcelona 1986, pág. 53) En cambio la Instrucción de la Junta de Asuntos Jurídicos de la Conferencia Episcopal sobre las Asociaciones de Fieles dice expresamente que no puede entenderse “nomine auctoritatis agere”, sino que actúan con una vinculación mayor que la de las asociaciones privadas.

Categorías:Laicos

Laicos en medio del mundo, alegres en la misión

DAS

PONENCIA EN LA JORNADA DE APOSTOLADO

SEGLAR

(11 de abril de 2015)

PONENCIA_MANUEL_LAICOS

Manuel María Bru Alonso
*                                                                                                *           m

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /1

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Laicos…

¿Quiénes sois los laicos? El Concilio Vaticano II, en el número 31 de la Constitución Apostólica Lumen Gentium, dejo bien claras cuáles son las notas características de la vocación laical: obtener el Reino de Dios, viviendo en el siglo, gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.

CONCILIO
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Concilio
Vaticano II
INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /2

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

•           Laicos…

Definiciones y consideraciones:

•           Cardenal James Francis Stafford: “la identidad del laicado ha de ser definida desde su especial relación con la reserva escatológica del Reino de Dios, que tanto tiene que ver con la vocación laical a transformar evangélicamente las realidades humanas y las estructuras sociales”

•           La reserva escatológica es lo que hace que si Dios quiere que un día entremos en su Reino, este no será como un hotel en cuya recepción pedimos la llave de la habitación que nos corresponde, sino donde podremos reconocer cual es el ladrillo, la ventana, o el mueble que cada uno haya aportado.

•           Para mí, lo que mejor define al laico es una expresión de Chesterton, la de los “santos del lunes”, aquellos a los que se refería don Abundio García Román, fundador de las Hermandades del Trabajo, cuando explicaba que “Cristo volverá a hombros de trabajadores”.

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /3

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Laicos…
Explica el Papa Francisco que “si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad” (EG 102).
INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /4

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• En medio de mundo…
“Id por todo el mundo.” ¿Por todo el mundo? ¿Qué mundo? ¿el mundo del que estamos tentados a huir porque nos abruma? ¿El mundo que asociamos al pecado y a la carne?

¡No! Hablamos del mundo del que nos habla Jesús: “Y tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo” (Jn. 3, 16).

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /5

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• En medio de mundo…
Explicaba San Juan Pablo II que los fieles
laicos “son personas que viven la vida
normal en el mundo, estudian, trabajan,
entablan relaciones de amistad, sociales,
profesionales, culturales, etc (…) De este
modo, el mundo se convierte en el ámbito
el medio de la vocación cristiana de los
fieles laicos (CL, 6).
INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /6

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• En medio de mundo…
Pero, ¿de que mondo estamos hablando?

Nos referimos al “mundo mundano” del que hablaba Karl Rhaner, que es esta tierra, una tierra, un mundo, que para los hombres es “demasiado hermoso para que lo puedan despreciar y demasiado pobre para que los pueda enriquecer”, pero que es nuestro mundo, aquel al que vino el Hijo de Dios no como “el breve episodio” de “un fantasma por la escena del mundo”, sino el mundo al que Dios ha querido “descender y estar como luz bienhadada permanente e irrumpir como resplandor del oscuro seno de la tierra”.

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /7

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• En medio de mundo…
Así es como vio don Carlos, nuestro obispo, este minúsculo, pero apabullante pedazo del mundo que es Madrid, cuando al venir desde Valencia por la carretera vislumbró las altas torres de la Castellana, y sobrecogido se preguntaba por que la providencia divina le había enviado aquí, y se sentía abrumado al saberse enviado a evangelizar esta metrópolis, signo de este mundo globalizado y cosmopolita.
INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /8

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…

Evangelizar este mundo supone dos
cosas: anunciarle el Evangelio y
transformarlo según el Evangelio.

En palabras de sabio papa emérito
Benedicto XVI, “informarlo y
preformarlo”. Al mundo se le informa
con la Buena Noticia, y se le preforma
con ella, se le transforma con el
Evangelio.

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /9

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…
SANCTI
ANCTI
■AULII
CANONIZZAZIONE DI GIOVANNI XXIIU E GIOVANNI PAOLO*
V AZIONE 1>II XXIII K PAOLO II
ROMA
• Para ello la Providencia de Dios nos ha regalado y nos esta

regalando un tiempo de gracia que, objetivamente, nos vino con la irrupción del Espíritu a través del Concilio Vaticano II y de los papas de este tiempo, todos ellos sabios y santos. Y subjetivamente, a través del fortalecimiento de los carismas y de

los itinerarios laicales de antaño, y del surgimiento de nuevos

• • – • •

carismas y nuevos itinerarios.

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /10

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…
• Cuando San Juan Pablo II promovió la Nueva
Evangelización sólo indico que debía ser nueva en
tres aspectos: en su ardor, en sus métodos, y en sus
expresiones” (Haití 1983). A partir de entonces han
sido tres las sucesivas concreciones con respecto a la
Nueva Evangelización, una por cada pontificado:

•        por parte de San Juan Pablo II, la de los
“Nuevos areópagos para la evangelización”,

•        por parte de Benedicto XVI, el “Atrio de los
Gentiles”,

•        y por parte del Papa Francisco, “la Iglesia en
salida a las periferias existenciales”

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /11

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…
• Los nuevos areópagos de la misión: San Juan
Pablo II puso de relieve la dimensión
antropológica, más allá de la geográfica, de la
misión, a través de sus “nuevos areópagos”:
los cinco ámbitos de la humanidad
globalizada, como si fueran “agujeros negros”
sobre todo en el universo del occidente
cristiano, siguen ajenos al Evangelio: el mundo
de la cultura, de la ciencia, de la economía, de
la política, y de la comunicación social (RM,
37-38).
INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /12

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…

El atrio de los gentiles: Benedicto XVI,
siguiendo con el símil del “areópago”
como lugar de encuentro con los ámbitos
existenciales de la modernidad promovió
por parte de la Iglesia la recreación de
aquel “atrio de los gentiles” de la antigua
Grecia para buscar el encuentro y el
diálogo, sin pretensiones ni
imposiciones, con el mundo de hoy

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /13

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…
La Iglesia en salida a las periferias existenciales:

“Evangelizar supone celo apostólico. Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de si misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias existenciales:

las del misterio del pecado,
las del dolor,
las de la injusticia,

las de la ignorancia y prescindencia religiosa,

las del pensamiento, las de toda miseria”

(Nota Congregaciones Generales del Cardenal Jorge Mario Bergoglio).

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /14

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…
Si el “atrio de los gentiles” fue una propuesta muy concreta y valiente para la Nueva Evangelización, la propuesta del Papa Francisco supone algo más: se trata de un enorme impulso pero a la vez, a mi modo de ver, de una reorientación de la Nueva Evangelización:

se enriquece la perspectiva, tomando un tono más social, más acorde con la opción preferencial por los pobres, tanto en la terminología (la periferia es más distante y más exigente que el areópago) como en la concrección de sus ámbitos.

INTRODUCCIÓN: LAICOS, MUNDO, MISIÓN /15

“Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Marcos 16,15-20)

• Alegres en la misión…
Podríamos, a la luz del magisterio tanto del Papa como de nuestro arzobispo, concretar en tres movimientos fruto de un nuevo discernimiento, movimientos que nos parten de la confianza de la de en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que exigen de nosotros una conversión en la manera de ver el mundo, la Iglesia, y la identidad del “christefideles laici”, del fiel laico cristianos (y que entrarían en esa “Pastoral de la mirada” a la que nos invita nuestro arzobispo, porque para la evangelización “no valen nuestros diagnósticos”):

•        Confiar en el Padre para mirar al mundo.

•        Confiar en el Hijo para mirar la Iglesia.

•        Confiar en el Espíritu para mirarnos a nosotros mismos.

Para cada una de estas tres partes trataré de ofrecer tres elementos: referencias al magisterio del Papa, referencias al magisterio del obispo, y propuesta personal para la reflexión y el debate.
1° CONFIAR EN EL PADRE PARA MIRAR AL MUNDO /1

Conversión: De ver un mundo lleno de calamidades a ver un mundo lleno de oportunidades.

1.1.    – La llamada del Papa:

El Papa Francisco reconoce en su exhortación apostólica
Evangelii Gaudium los no pocos elementos negativos de la
cultura dominante:

•        Indiferencia relativista (n° 61)

•        Predominio de los superficial (n° 62)

•        Deterioro de las raíces culturales (n° 62)

•        Colonialismo cultural mediático (n° 62)

•        Proliferación de nuevos movimientos religiosos (n° 63)

•        Privatización de la fe (n° 64)

•        Crisis de identidad de la familia (n° 66)

•         Individualismo postmoderno que desnaturaliza los vínculos
(n° 67)

•        Ruptura en la transmisión generacional de la fe (n° 70)

1° CONFIAR EN EL PADRE PARA MIRAR AL MUNDO /2

Conversión: De ver un mundo lleno de calamidades a ver un mundo lleno de oportunidades.

1.1.                      – La llamada del Papa:

Pero a pesar de ello, el Papa ve no pocas oportunidades para la
evangelización en este contexto cultural:

•         Reserva moral de auténtico humanismo cristiano en la cultura
popular (n° 68)

•         Presencia de Dios en la ciudad, que no se oculta a quienes lo
buscan con un corazón sincero (n° 71)

•         Las “nuevas culturas” que se gestan en estas nuevas geografías
humanas” expresan “un lugar privilegiado de la NE” (n° 73)

•         Por un lado, llegando “allí donde se gestan los nuevos relatos y
paradigmas”, y ofreciendo un diálogo intercultural (n° 74)

•         Dando una respuesta cristiana a las contradicciones de la ciudad
moderna, que provoca entre ellos sufrimientos lacerantes (n° 74)

Se trata de la oportunidad de restaurar desde el Evangelio la dignidad de
la vida humana en los contextos urbanos de la desconfianza (n° 75)

1° CONFIAR EN EL PADRE PARA MIRAR AL MUNDO /3

Conversión: De ver un mundo lleno de calamidades a ver un mundo lleno de oportunidades.

1.2.                      – La llamada del obispo:

Don Carlos nos ha dejado varias indicaciones en esta línea

que merece la pena, como mero botón de muestra, reconocer:

•            Doble fidelidad: “Bienaventurados los que se dan cuenta que estamos
viviendo un nuevo tiempo, que se esta fraguando una nueva época (…) Un
tiempo de confluencia de valores que requiere una doble fidelidad: al
mensaje que cada uno puede proponer, pero también al destinatario”.

•            Provocar un ethos urbano: Los cristianos no pueden prescindir de nadie
que esté viviendo junto a ellos, sino que son capaces de crear un “ethos
urbano” que provoque en todos los que la habitan pasar de ser
“desconocidos” a ser “hermanos”.

•            Buscar lugares de encuentro: “Y ello les da una capacidad creativa para
buscar lugares de encuentro donde todos son reconocidos y tratados en la
dignidad que todo ser humano tiene y le ha dado como estatuto de
existencia en medio del mundo Dios mismo”.

1° CONFIAR EN EL PADRE PARA MIRAR AL MUNDO /4

Conversión: De ver un mundo lleno de calamidades a ver un mundo lleno de oportunidades.

1.3.                     – Las oportunidades desde la perspectiva cultural:

1.3.1.- ¿Desde que concepto de cultura?

Entendemos aquí el concepto de cultura

perspectiva dinámica, no estática, la que le dio Ortega y
Gasset desde su racio-vitalismo: Cultura es “el sistema de
ideas desde los que cada tiempo vive. Porque no hay remedio
ni evasión posible: el hombre vive siempre desde unas ideas
determinadas, que constituyen el suelo donde apoyar su
existencia” (Misión de la Universidad, 1930). Solía decir que la
cultura salva al hombre del “naufragio vital” pues le
proporciona un sentido a su vida.

1° CONFIAR EN EL PADRE PARA MIRAR AL MUNDO /5

Conversión: De ver un mundo lleno de calamidades a ver un mundo lleno de oportunidades.

1.3.2.              – La oportunidad de la sociedad
Transparente (Gianni Vátimo):

Cultura del encuentro como diálogo
con las nuevas generaciones.

•           Del pensamiento fuerte (verdad, unidad, totalidad) al pensamiento débil: no

de un nihilismo trágico y nostágico (Nietzsche), sino de un nihilismo resignado (Gianni Vattimo), que supone, en sintonía con el concepto de postmodernidad de Lyotard:

•        Crisis de los mega-relatos, las cosmovisiones, y las religiones.

•        Renuncia a las utopías e ideologías del progreso.

•         Recreación por los MCS de la “sociedad transparente”: “Los medios no son el instrumento diabólico de una inevitable esclavitud totalitaria, sino la premisa en acto del posible advenimiento de una humanidad desubicada capaz de vivir en un mundo de culturas plurales”.

•           Las nuevas generaciones, más desideologizadas que las nuestras, no entienden de mega relatos, pero si de micro relatos, de experiencias, de topías.

1° CONFIAR EN EL PADRE PARA MIRAR AL MUNDO /6

Conversión: De ver un mundo lleno de calamidades a ver un mundo lleno de oportunidades.

1.3.3.              – La oportunidad
de la sociedad desvinculada
(Josep Miro):

cultura del encuentro como diálogo
desde la acogida.

• Josep Miró Ardévol explica como la crisis moral de nuestro tiempo se produce a base de un proceso de desvinculación social y cultural que deviene en lo que los clásicos llaman anomia, que es la situación que se produce cuando las instituciones sociales son incapaces de aportar a los individuos los marcos de referencia necesarios para lograr los hitos que la propia sociedad requiere. Una sociedad desvinculada es una sociedad sedienta de vínculos familiares, sociales, culturales, y por tanto, también religiosos.

1° CONFIAR EN EL PADRE PARA MIRAR AL MUNDO /7

Conversión: De ver un mundo lleno de calamidades a ver un mundo lleno de oportunidades.

1.3.4.- La oportunidad del encuentro
en “la tierra de nadie”

(Francess Torralba):

cultura del encuentro

como diálogo en las fronteras de la fe.

La tierra de nadie es aquel espacio en la que ni la esperanza en un mundo mejor pueda excluir la esperanza religiosa, ni la esperanza religiosa pueda reconocerse ajena a la esperanza en un mundo mejor. Se trata de “espacios de intersección” como son creencias y esperanzas comunes entre los que abrazan la fe religiosa y los que no. Distingue tres círculos concéntricos: los de la espiritualidad, la religiosidad y la confesionalidad. Mal hacen aquellos que tanto desde la creencia como desde la increencia religiosas reducen estos círculos al último de ellos. En el círculo más amplio se puede establecer el diálogo siempre y cuando ni a los creyentes les falte la dimensión humano-religiosa de la inquietud, ni a los no creyentes la dimensión humano-religiosa del asombro.
2° CONFIAR EN EL HIJO PARA MIRAR A LA IGLESIA /1

Conversión: de una “Iglesia estufa” a una “Iglesia en salida” .

2.1.  – La llamada del Papa:

•           Dejar que Cristo salga de la Iglesia: “En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir (…) Hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí y para sí” (Nota Congreg.Gles).

•           Evangelizar es saber esperar: “La Iglesia en salida es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino” (EG, 46).

2° CONFIAR EN EL HIJO PARA MIRAR A LA IGLESIA /2

Conversión: de una “Iglesia estufa” a una “Iglesia en salida” .

2.2.- La llamada del obispo:
*          Laicos de una Iglesia “en salida”: “llamados a anunciar el Evangelio: en la cultura, en la familia, en el trabajo, en los medios de comunicación social, en el deporte, en el tiempo libre, en la animación del orden social, en la vida pública”.

*          Buscar lugares de encuentro: “para establecer un diálogo abierto y una comunicación de hondura con todos los hombres: todo lo que hagamos por tener lugares de encuentro con los hombres que en la gran ciudad andan y viven mucha soledad, es misión de la Iglesia”.

2° CONFIAR EN EL HIJO PARA MIRAR A LA IGLESIA /3

Conversión: de una “Iglesia estufa” a una “Iglesia en salida” .

2.3.    – Hagamos una Iglesia más pobre,

más libre, y más amable.

2.3.1.- La imagen de la Iglesia como “hospital de campaña” del Papa Francisco:

•           Les resulta a algunos demasiado humana, demasiado parecida a la del Concilio de “Pueblo de Dios” que ha quedado un poco relegada ante la de “Misterio de Comunión”.

•           Y puede no resultar tan bella como la imagen de la Iglesia como barco al que todos pueden subir y salvarse del naufragio en medio de las tempestades de la historia para encaminarse, con el Señor como capitán, brújula y timonel, al puerto definitivo de la gloria de Dios.

•           Pero esconde otra belleza, una belleza que emana de la belleza de la cruz.

•           Es la imagen de una Iglesia que es más madre que maestra. Porque es una imagen que muestra más a Cristo que cura que a Cristo que enseña.

2° CONFIAR EN EL HIJO PARA MIRAR A LA IGLESIA /4

Conversión: de una “Iglesia estufa” a una “Iglesia en salida” .

2.3.  – Hagamos una Iglesia más pobre,
más libre, y más amable.
2.3.2.- Una Iglesia más pobre.
*          Un hospital de campaña no es un palacio renacentista. Ni siquiera un templo gótico. Se parece más a un campo de refugiados. ¡Esa es la nueva imagen de la Iglesia: la de un campo de refugiados!

*          A muchos clérigos, y de todos los grados de la jerarquía eclesiástica, les ha caído como un jarro de agua fría el testimonio de pobreza del Papa Francisco. Algunos lo han acogido como una llamada a la conversión. Otros, además, han dado pasos para secundar su ejemplo. Pero algunos han visto en los gestos del Papa una actuación demagógica y se han aferrado a sus honores y prebendas.

2° CONFIAR EN EL HIJO PARA MIRAR A LA IGLESIA /5

Conversión: de una “Iglesia estufa” a una “Iglesia en salida”

2.3.    – Hagamos una Iglesia más pobre,
más libre, y más amable.

2.3.2.                 – Una Iglesia más pobre.

¿Y a los lacios? Pues más de lo mismo. Una Iglesia pobre y samaritana no es una Iglesia en la que nadie pueda tener licencia:

•        Ni para aspirar ni para acomodarse al lujo de los ricos, mientras dos ciertos de la humanidad viven en la miseria.

•        Ni para educar a las nuevas generaciones en la mentalidad competitiva, ni

siquiera en la excelencia que divide socialmente bajo el pretexto de la formación de liderazgos.

•        Ni para asumir acríticamente los postulados del mundo en relación a las libertades civiles, los derechos humanos y la dignidad de los trabajadores.

•        Ni para excluir, marginar, y “descartar”, que los que hacemos por inercia cuando no nos queremos hacer amigos de los pobres.

•        Ni para encubrir todo esto sustituyéndolo por una caridad asistencial e incluso promocional que por otra parte es una obligación de justicia.

2° CONFIAR EN EL HIJO PARA MIRAR A LA IGLESIA /6

Conversión: de una “Iglesia estufa” a una “Iglesia en salida”

2.3.                      – Hagamos una Iglesia más pobre,

más libre, y más amable.

2.3.4.- Una Iglesia más libre.

*           Una Iglesia que es como un hospital de campaña es una
Iglesia sin ataduras al poder, sin estrategias de poder, sin
pretensiones, preferencias y compromisos políticos.

*           ¡Cuántos eclesiásticos durante siglos, y también ahora, han
buscado en la complicidad de los laicos leales a la Iglesia
cuotas de poder mundano, aunque sea bajo el pretexto de
poder influir mejor en las leyes y las costumbres!

*           ¡Y cuantos laicos han aceptado esa complicidad a veces
ingenuamente, otras interesadamente!

2° CONFIAR EN EL HIJO PARA MIRAR A LA IGLESIA /7

Conversión: de una “Iglesia estufa” a una “Iglesia en salida”

2.3.      – Hagamos una Iglesia más pobre,
más libre, y más amable.
2.3.4.- Una Iglesia más amable.
•           Una Iglesia que es como un hospital de campaña es una Iglesia que esta llamada en tercer lugar a curar las heridas de esta humanidad maltrecha.

•           Y esto cambia la prioridad de las preguntas de la evangelización: ¿Cuántas heridas abiertas habrá en Madrid? Y por tanto anteponer esta pregunta a la de cuantos no han desarrollado algún proceso de iniciación catequética, o cuantos no frecuentan los sacramentos.

•           Y esto significa que una Iglesia que antes de nada cura, como dice el Papa, es una Iglesia que no veda las heridas sin haberlas curado, no “despacha” a nadie con un discurso memorizado, ni tampoco “hurga” en las heridas, con un mensaje moralizante que no respeta ni los procesos ni los tiempos de las personas (Cf. EG, 34).

•           Es una Iglesia que ama, que sirve, que es toda misericordia. Que denuncia al mal, pero no condena a nadie. Que no sólo dialoga sino que se postra ante todos porque en todos reconocer a su Señor.

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /1

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.1.  – La llamada del Papa:

•           Todos somos discípulos y misioneros: “Si uno

de verdad ha hecho una experiencia del amor
de Dios que lo salva, no necesita mucho
tiempo de preparación para salir a anunciarlo,
no puede esperar que le den muchos cursos o
largas instrucciones” (EG, 120).

•           Que no nos incomode el Espíritu: “El Espíritu
Santo nos da fastidio. Porque nos mueve, nos
hace caminar, impulsa a la Iglesia a ir adelante
(…) Pero que no nos dé fastidio. Queremos
que el Espíritu Santo se amodorre. Queremos
domesticar al Espíritu Santo” (Santa Marta 16
abril 2013).

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /2

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.2.  – La llamada del obispo:

•           Primero: acoger la misericordia: “¿Cómo va a anunciar a Dios quien no lo ha escuchado? Para tener un corazón que entienda y convierta nuestra vida en palabras y obras que anuncien al Señor el secreto está en formarnos un corazón capaz de escuchar”.

•           Segundo: regalar la misericordia: “La comunidad cristiana, la Iglesia, está llamada a pacificar los ánimos, a moderar las tensiones, a superar las divisiones, a sanar las heridas que se abren entre los hombres, a no agudizar las opciones en el campo de lo opinable, a buscar lo que es esencial para la fe y para la vida cristiana”.

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /3

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.                    – Las tentaciones del laico

(como testigo y como apóstol)

Estamos llamados a discernir estas tentaciones confiados en la libertad de la Palabra: “La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir (…) La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas” (EG, 22).

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /4
Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado
3.3.- Las tentaciones del laico
3.3.1.- La tentación de la autosuficiencia
•            Hay una autosuficiencia pagana, que está mezclada en la mentalidad moderna con un sano valor de la dignidad y de la libertad. Es la autosuficiencia del hombre que se cree el centro no sólo de su vida, sino de la de los que le rodean y si le apuras de todo el mundo. No es sólo una tentación de los que no creen en Dios. Ningún cristiano es ajeno a la tentación de esta autosuficiencia.

•            Y hay una autosuficiencia religiosa. Para el clérigo es la autosuficiencia para manipular su ministerio. Pero también hay una específica autosuficiencia del laico, que cree que él es el que controla y debe controlar su vida y hasta buscar la perfección por sus propias fuerzas, y la de su familia para que sea modélica al menos en apariencia, la de su trabajo llevado a su antojo que para eso es su espacio de autonomía, la del mundo en el que está porque para eso su vocación es mejorarlo. Pero el mundo se ríe de él, y Dios se ríe de sus planes y de sus seguridades.

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /5

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.- Las tentaciones del laico

3.3.2.              – La tentación del aislamiento

El Papa describe diversas variantes de esta tentación (EG, 89-92):

•            La “espiritualidad del bienestar”, del que cree que no necesita una comunidad donde confrontarse, donde ser acogido y acompañado, donde ser querido y corregido, donde aprender y celebrar el misterio de Dios en su vida. A veces es fruto de decepciones eclesiales, otras de desconfianzas, de considerar la pertenencia comunitaria con algo sectario.

•            La del atraído por una “iglesia estufa”. Acepta un reducido ámbito (no lo llamaría normalmente comunitario) de refugio cristiano. Lo llamará “de los que piensan como nosotros”. Pero se resistiría a salir de sus ambientes hacia el encuentro de los que son distintos, y sobre todo, de “los periféricos”.

•            La del “turista religioso”. Necesita vivir experiencias religiosas, las busca en las manifestaciones más llamativas, como si fueran modas pasajeras, o las más extraordinarias (apariciones, milagros). Con todo las exprime y busca otras.

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /6

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.      – Las tentaciones del laico

3.3.3.       – La tentación de la mundanidad

Para el Papa Francisco la tentación de la mundanidad (EG, 93-97) tiene tres variantes: una más personal, otra más eclesial, y otra más social, a la que nos referiremos al hablar de la tentación de las ideologías.

• Las más personal tiene que ver con la búsqueda de la gloria humana

a través de recursos vinculados a la pertenencia eclesial, como pueden ser:

–           Fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas.

–           Vanagloria ligada a la gestión funcionalista de asuntos prácticos, estadísticas, planificaciones y evaluaciones.

–           Embeleso por las dinámicas de autoayuda y realización autorreferencial.

–           Vanidoso entretenimiento en el “habriaquerismo” de quienes siempre hablan de “lo que habría que hacer”.

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /7
Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado
3.3.      – Las tentaciones del laico

3.3.3.       – La tentación de la mundanidad

Las más eclesial tiene que ver con la resistencia a la novedad del Espíritu, y se manifiesta en estos rasgos descriptivos:

•        Una fe encerrado en el subjetivismo de los propios razonamientos y sentimientos (que deriva a su vez en la tentación del aislacionismo)

•        Un neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes sólo confían en ellos mismos y se sienten superiores.

•        Una inquebrantable fidelidad a la cierto estilo católico propio del pasado que bajo una supuesta defensa de seguridad doctrinal y disciplinaria se esconde un elitismo narcisista y autoritario.

•        Un afán por pretender analizar y clasificar a los demás moralmente.

•        Una defensa ritualista de los elementos secundarios y ostentosos de la liturgia.

•        Una defensa virulenta del prestigio de la Iglesia y de su doctrina.

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /8

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.    – Las tentaciones del laico
3.3.4.- La tentación de la indiferencia

El Papa nos alertaba en el mensaje de la cuaresma de este año a no ser “participes de la globalización de la indiferencia”, que tiene consecuencias personales pero también sociales:

•            “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad (..) Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (EG, 53).

•            La tentación de la distancia: “A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás” (EG, 270).

39 CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /9

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.5.- La tentación de la negatividad
•            Psicología de la tumba: que “poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo”, que por estar “desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como el más preciado de los elixires del demonio” (EG, 81-83).

•            Pesimismo estéril: Recordando la lamentación de San Juan XIII por los “profetas de calamidades”, el Papa alerta de la tentación de convertirnos en “quejosos y desencantados con cara de vinagre”. En medio del desierto los cristianos estamos llamados a ser “personas cántaros” para dar de beber a los demás (EG, 85-86).

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /10

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.7.- La tentación de la autorreferencialidad
•            El sueño del Papa: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG, 27).

•            “El discipulado misionero es vocación: llamado e invitación. Se da en un hoy pero en tensión. No existe el discipulado misionero estático. No admite la autorreferencialidad: o se refiere a Jesucristo o se refiere al pueblo a quien se debe anunciar. Sujeto que se trasciende. Sujeto proyectado hacia el encuentro: el encuentro con el Maestro (que nos unge discípulos) y el encuentro con los hombres que esperan el anuncio” (Río: 28 de junio de 2013).

3.3.8.- La tentación del inmovilismo
•            La opción que inquietó las conciencias: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG, 49).

•            Desde todos sin exclusión: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide para salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG, 20).

•            Hacia todos sin exclusión: “Es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (EG, 23).

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /11

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /12

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.9.- La tentación de las ideologías

Nos hemos preocupado tanto por la ideologización de la fe por el contagio del marxismo que

hemos descuidado la ideologización de la fe por parte del liberalismo. Estas son algunas de las

denuncias anti-sistema del Papa que han escandalizado a los católicos liberales (EG, 53-60. 204):

•            No a la cultura del descarte: “Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”.

•            No a la cultura del derrame: “que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo”.

•            No a la idolatría del dinero: “La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”.

•            No por tanto a “esta” economía de mercado: “hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata (…) Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil (…) Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera”.

•            Urge corregir el sistema. “Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado (…) Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”.

3° CONFIAR EN EL ESPÍRITU PARA MIRARSE A UNO MISMO /13

Conversión: de un cristiano valiente a un cristiano arriesgado

3.3.10.- La tentación de la confrontación:

•            El Papa esta insistiendo en la vocación al diálogo, esta “desempolvando” la encíclica Ecclesiam
Suam del Beato Pablo VI, publicada durante el transcurso del Concilio para afianzar el verdadero
espíritu y la verdadera finalidad del Concilio. Nos esta diciendo que:

•            “Vuestra tarea principal no es construir muros, sino puentes; es la de establecer un diálogo con
todos los hombres, también con quienes no comparten la fe cristiana, pero cultivan los bienes
esclarecidos del espíritu humano; y hasta con aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen
de varias maneras” (Civiltà Cattolica 14 de junio 2013).

•            “Dialogar significa estar convencidos de que el otro tiene algo bueno que decir, dar espacio a
su punto de vista, a su opinión, a sus propuestas, sin caer, obviamente, en el relativismo. Y para
dialogar es necesario bajar las defensas y abrir las puertas”.

•            El relativismo no se combate con la dialéctica, sino con la caridad, porque a ante los gestos de
la caridad se desvanece. También de la caridad intelectual, de la caridad en la evangelización, de

la caridad por el dialogo. Por eso, urge un cambio:

•         de provocar en lugar de converger y dialogar,

•         de persuadir en lugar de suscitar,

•         de discutir el relativismo a curar la soledad que provoca,

•         de pretender en lugar de amar desinteresadamente

CONCLUSIONES /1
1°/ Conclusión: Sirva como primera conclusión los cuatro

movimientos de la Iglesia en Salida que propone el Papa:

Primerear,
involucrarse,
acompañar,
fructificar
y festejar (EG, 24)

CONCLUSIONES /2
23/ Conclusión: Sirva como segunda conclusión la llamada del Papa a la opción preferencial por los pobres como primera expresión del amor contemplativo:

•            “El verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia: Del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le dé algo gratis. El pobre, cuando es amado, es estimado como de alto valor, y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses personales o políticos” (EG, 199).

•            Cuando un joven le preguntó a monseñor Kike Figaredo si podía ir en verano a su misión en Camboya, este le dijo que antes tenía que pasar por un pequeño examen en el que le preguntarían a que pobres conoce en su ciudad, que problemas tiene, como se llaman, si son amigos suyos…

CONCLUSIONES /3
•            Nuestro arzobispo quiere que el Plan Diocesano de Evangelización, al igual que la primera evangelización, nazca o brote de lectura atenta y de la meditación de la Palabra de Dios, hecha en común por los fieles cristianos de la diócesis, reunidos en grupos de entre 10 y 15 personas.

•            Estamos llamados a ser el alma del mundo (el alma de Madrid): “Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (EG, 273).

CONCLUSIONES /4
Sirva para glosar este ser “alma del mundo” este bello texto literario de la sierva de Dios Chiara Lubich:
He aquí el gran atractivo

del tiempo moderno:

abismarse en la más alta contemplación

y permanecer mezclado con todos,

hombre entre los hombres.

diría aún más:

perderse en la muchedumbre
para informarla de lo divino,
como se empapa
un trozo de pan en el vino.

Y diría más todavía:

hechos partícipes de los designios de Dios

sobre la humanidad,

trazar sobre la multitud estelas de luz

y al mismo tiempo,

compartir con el prójimo

la deshonra, el hambre, los golpes,

las pequeñas alegrías.

Porque el atractivo
del nuestro,

como el de todos los tiempos
es lo más humano y lo más divino
que se puede pensar: Jesús y María,
el Verbo de Dios, hijo de un carpintero.

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Categorías:Laicos

Una oracion

Una oración

Los escritos del fraile

www.amqueretaro.com

 

“Danos, señor, gobernantes como Salomón, que tengan sabiduría y juicio para conducir a tu pueblo. Que con sabiduría lleven a nuestro pueblo a gozar, como en tiempos de Salomón, de bienestar económico y de progreso, de tal suerte que hasta las naciones lejanas se admiren de lo que tú has hecho a través de gobernantes tan sabios”.

Así inicia la denominada ‘Oración para elegir buenos gobernantes’ que ha sido difundida, profusamente, por la organización Acción Católica Mexicana, formada por laicos comprometidos con la iglesia y con el mundo.

El texto completo de la referida oración está contenido en el folleto ‘¿Quieres un México mejor? Tu oportunidad está en las urnas’. Además de esta plegaria, el folletín contiene un análisis sobre el proceso electoral. Desde quiénes organizan las elecciones hasta el análisis de los candidatos y candidatas (capacidad y honestidad, los aspectos claves para elegir), de los partidos políticos y hasta del papel que juegan las redes sociales.

Cierto es que no es un documento elaborado y distribuido por la iglesia católica, ni mucho menos. Sin embargo, está claro qué el escrito sí cuenta con el aval de la institución religiosa, cuyos principios ideológicos establecen que un católico debe participar en la vida política y social de su nación.

“Ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral’, estableció el Papa Francisco en su Evangelii Gaudium. El ordenamiento hoy se convierte en una guía de actuación.

La oración que os mencioné al inicio, refiere en su párrafo final: “Nos abrimos a tu amor para que seas tú quien elija, a través de nosotros, a las personas que nos guiarán y nos ayudarán a construir tu reino aquí en nuestro amado país. Escucha a tu pueblo, Señor, te lo pedimos, por la intercesión de nuestra Madre Santísima la Virgen de Guadalupe, quien nos prometió tu asistencia en nuestros momentos más importantes. Amén”.

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Categorías:Accion Catolica

“¿POLÍTICOS CRISTIANOS?”

“¿POLÍTICOS CRISTIANOS?” (Fe y política)

José Moreno Losada. Capellán en la UEx y consiliario de Acción Católica

“Quien tiene un por qué para vivir resiste cualquier como” así reza una máxima  nietzscheana que traigo a colación respecto al tema de la fe y la política.  Ahora que el vaticano acaba de condecorar al  embajador español ante la Santa Sede que se le define como católico practicante, recuerdo que más de una vez he oído al Presidente de la autonomía de Extremadura  hablar de su fe cristiana en relación con su participación activa en la política dentro de la Junta de Extremadura, entiende que  la inquietud que le provoca el Evangelio de Jesús de Nazaret la realiza desde un quehacer en el sistema  público desde el ámbito político, desde donde se puede trabajar por  todos y para todos sin distinción. En estos días he recibido con gozo la noticia de Pedro Luis Arias, cristiano comprometido, como viceconsejero de universidades en el País Vasco. Desde este  contexto considero que es pertinente la cuestión que plantea el “por qué” del político ¿Qué es lo que hace que un político llegue a serlo y ocupe cargos públicos en la gestión de la sociedad? ¿qué convicciones pueden mover a una persona en este terreno? ¿Puede tener algo que ver la fe y el ser cristiano con respecto  al  ejercicio de la política?

LA CONVICCIÓN

Todos actuamos dirigidos por un  “por qué”, por unas convicciones, aunque sean más o menos conscientes.  En política nos preocupa que la razón sea ocupada por conveniencias personales (profesionalización) o inercias ideológicas no maduradas ni elaboradas por el sujeto; no entiendo que a veces se juzgue a un político por la familia a la que pertenece, ni si quiera por momentos  de iniciación de su vida que pudieron estar en  otros ámbitos y ondas, ¡y menos en España claro¡. Me parece tan digno que Zapatero haga en su discurso de investidura confesión de fe de palabras “sagradas” de su abuelo, si él las tiene elaboradas y asimiladas por opción propia y adulta, como que el  ministro socialista Bono hable de que su padre era falangista y que él “no es más honrado que su padre”. En ninguno de los dos casos creo que el pasado  les de, ni les quite, pedigrí de buenos políticos; será su propia persona y sus procesos los que vayan dando testimonio de su verdad, su coherencia y su convicción. Todo político tendrá que elaborar  y dar cuenta de su propio credo. Nos hacemos políticos en el ejercicio de la política y no en los previos. Pero en este sentido, y volviendo al punto de partida que tomé, considero que una persona puede llegar al ámbito de la política, y al ejercicio de cargos públicos en la misma por convicciones de fe, en concreto por ser cristiano; aunque esto claramente, y a la vista está, no quiere decir que los cristianos que están implicados directamente en política – ya sea en las izquierdas o en las derechas – lo estén por ser cristianos. Dato que por cierto debería extrañarnos mucho a todos los creyentes. ¿Pero qué podemos decir de la relación entre el ser cristiano y el ser político?

EL POLÍTICO CRISTIANO

El primer dato a tener en cuenta es que venimos de una historia, todavía reciente en nuestra España,  en la que se ha entendido que no debería relacionarse una cuestión con otra, aunque en el fondo bien que lo estaban; necesitamos recobrar otra visión que es la propia de la fe  cristiana y que viene exigida por la encarnación. A los cristianos se les pide  entrar hasta el fondo de la realidad para servirla y dignificarla, es decir, que hay que “ensuciarse las manos con la masa de lo común y lo público” para que avance el reino proclamado por Jesús de Nazaret. Quiero decir con esto, que ha de ser de lo más normal en un cristiano con coherencia el compromiso político, y lo extraño el que se mantenga al margen o lo viva por inercias de cualquier tipo. Pero ¿Qué ha de ser lo propio y específico de un creyente en estos espacios?

Por una parte, en comunión con los demás políticos  con sus propias convicciones, habrá de ser un hombre de gestión y de acción que tenga desarrolladas las habilidades necesarias para el cargo y el puesto que ocupe, con una buena formación, teniendo como criterio fundamental el servicio a la sociedad y el bien común y  no aceptando nunca aquello para lo que no se encuentre realmente preparado ,ni buscando un protagonismo que le ponga a él por encima de su servicio; amén de saber trabajar en común y corresponsablemente.

Por otra, será algo específico en él su motivación de fondo y las claves con las que quiere ejercer su modo político. En su fuero interno  le estará motivando la construcción del Reino de Dios, esa fraternidad utópica y esperanzada que nos mueve continuamente  desde nuestra fe en la resurrección y  que baila a gusto con el nuevo slogan de que “otro mundo es posible”; la utopía le empujará a claves inexcusables como la opción por lo público y lo común; la predilección por los pobres y los más débiles de la sociedad; saber relativizar el aparataje de la política y la burocracia, incluso la ideología de partido,  ante la dignidad de las personas y la vida, el criterio de la igualdad y la justicia, y la imparcialidad para promover el derecho y la participación activa y ciudadana, que integre a las personas de un modo vivo y corresponsable en la gestión de la sociedad y de lo público, al margen de sus creencias, ideologías y pertenencias políticas; por ello no hará de la designación de los cargos de gestión y de técnicos lugar de apropiación ideológica y partidista; sabrá aceptar e integrar fecundamente el fracaso cuando este venga por haber sido coherente y fiel con los valores fundamentales que proclama; nunca estará dispuesto a perder su libertad radical, ni su espíritu de diálogo   y de encuentro común en la búsqueda de la verdad y del bien hacer; habrá de ejercer  la denuncia  profética con la ternura de los que buscan el bien común y de los débiles y no la destrucción ni el vencimiento de nadie.

Ni que decir tiene que mantenerse en la brecha con este talante es inviable si el político cristiano no tiene raíces profundas,  si no las alimenta en su silencio y soledad, y si no se ve acompañado por una comunidad que le mira como hermano y le apoya sabiendo que él está llevando adelante una labor que es muy necesaria desde el Reino que queremos, pero que es bien dura si se quiere ejercer con verdad, por lo que necesita de la comunidad que ayude a ir leyendo en creyente los signos de vida, de muerte, de fracaso y de éxito,  de pasión, conflicto y resurrección.  Por todo esto  me siento agradecido a todos los que movidos por su fe se adentran en la gestión política de nuestra sociedad extremeña y que trabajan por ser coherentes y fieles con  sus principios fundantes. Estos  cristianos  nos  interpelan para acompañar a  personas creyentes –ahora  especialmente jóvenes universitarios en mi quehacer pastoral-  en la dimensión socio-política  de su fe, y  reclaman, con todo derecho, en la propia iglesia espacios  que les ayuden a mantenerse desde una lectura creyente y comunitaria de su quehacer.

(José Moreno Losada. Capellán en la UEx y consiliario de Acción Católica.  Email: jmorenol@unex.es) 19 de Junio de 2009 22:28

Categorías:DSI

EL ACOMPAÑAMIENTO LAICAL

EL ACOMPAÑAMIENTO LAICAL

Escrito por parroco Jose Moreno, Viernes, 23 de Enero de 2009 23:54

http://www.parroquiavirgendeguadalupe.es/index.php?view=article&id=118%3Ael-acompanamiento-laical&option=com_content&Itemid=63

El acompañamiento  es un valor en alza en un sector importante de nuestra Iglesia; aunque no para otros, que desconocen la fuerza de esta mediación y desconfían de ella tildándola de adoctrinamiento unos, de psicologismos otros.

La pastoral del acompañamiento es un verdadero ministerio en la Iglesia, no reservado solo a los obispos y sacerdotes. Requiere de formación y sensibilidad espiritual. Santa Teresa nos viene a decir que es un arte: “Es muy necesario el maestro, si es experimentado; que si no, mucho puede errar y traer un alma sin entenderla ni dejarla a sí misma entender. Porque, no entendiendo el espíritu afligen alma y cuerpo y estorban el aprovechamiento” (Teresa de Jesús, Libro de la Vida, cap. 13, 8). San Juan de la Cruz (Llama de amor viva, 3, n. 30) recomienda buscar como acompañante espiritual a una persona sabia, discreta y experimentada en el trato con Dios.

En el fondo del Acompañamiento necesariamente se encuentra una teología, una forma de comprender a Dios.

I.- Qué es acompañar.-

Acompañamiento viene de “campaña” y, a su vez, campaña se deriva de “cum-panis” que significa compartir el pan. Es decir, caminar con el otro, poniéndose a su servicio, para que éste un día pueda caminar hacia donde crea mejor

El Acompañamiento espiritual es un proceso en el cual —mediante la acogida afectuosa y fiel, la escucha atenta, la comprensión integral de las realidades personales, el diálogo, y la iluminación creyente, — se ayuda a cada persona para que se acepte a sí misma, entre en procesos de reconciliación consigo misma y con los demás, discierna la voluntad de Dios para su vida, abriéndose así a la experiencia liberadora del amor de Dios. Acompañar en la vida cotidiana es ayudar a descubrir la manifestación de Dios, buscar a Dios en la realidad, en los acontecimientos y en las personas. Es, en definitiva, una mediación que posibilita la toma de conciencia y la personalización del encuentro de libertad, de gracia y de amor entre el ser humano y Dios.

Acompañar es sacramento de un Dios que espera, que da la vida. Un acompañamiento en la vida cotidiana sólo cumple su función adecuada si se entiende como mediación de la Iglesia que ayuda a aquél que desea seguir a Jesús, a encontrarse consigo mismo y con el Señor, y a discernir cómo ser y actuar en este mundo a la luz del Espíritu. El acompañante media para alentar, clarificar y discernir cuanto se está viviendo a la luz de los valores del Evangelio del Reino, buscando la transformación de la criatura en una persona nueva en Cristo. Se trata de ayudar al acompañado a ir estructurando lo concreto de su vida desde sus opciones de fondo; de hacerle ver que “las prioridades en la intención” se han de concretar en un “modo y orden” de organizar la propia vida, que muchas veces chocará con el “modo y orden” que parece lógico desde otros parámetros vitales.

El Acompañamiento espiritual es una experiencia eclesial. El acompañante acompaña a una persona enviado por la Iglesia, sostenido por su vivencia de Iglesia, en la fidelidad a la Iglesia y desvelando el sentido de Iglesia en el otro. Es un enviado, lo cual quiere decir que el Acompañamiento Espiritual no procede de una iniciativa personal, ni es un trabajo en el que uno se da cuenta a sí mismo, sino que es una misión que la Iglesia delega y confía. Es alguien sostenido por su vivencia eclesial, en cuanto su propia vida, su vocación cristiana y su ministerio, han surgido de su crecimiento humano y cristiano en comunidad. Es alguien fiel, en cuanto la forma como realiza el Acompañamiento Espiritual no responde a pareceres u opiniones personales, sino a la doctrina anunciada y vivida por la Iglesia.

El acompañamiento es un servicio, y eres tú el que se pone a los pies. Dar plenamente sin depender del afecto, el agradecimiento, la estima o la valoración que se recibe. Saber y vivir que, por mucho que hagas y sepas, de solo Dios y su gracia depende el que la persona que acompañas se “conforme” interior y exteriormente, en plenitud, con el Señor Jesús.

El Acompañamiento no es una experiencia puntual, sino una experiencia con continuidad, con prolongación en el tiempo. Aunque una sesión puede llegar a ser muy intensa, ésta no puede estar desligada de otras sesiones, anteriores y posteriores, que permitan un verdadero proceso de crecimiento en las personas. Las claridades no se obtienen en un momento, uno no se acepta en un momento, uno no se perdona en un momento, uno no ve claro lo que Dios quiere en un momento; por eso, el Acompañamiento espiritual es progresivo, y lento.

Aquí nos vamos a referir al acompañamiento laical, cuya especificidad, según veremos posteriormente, es su carácter secular, ya que ellos por su novedad cristiana e índole secular, propia pero no exclusiva, concretan la inserción de la Iglesia en el mundo y para el mundo (cf. LG 30).

Por eso, el acompañamiento laical no se debe hacer al margen de su teología, su especificidad y del contexto en el que vive el acompañado. El Acompañamiento Espiritual necesita de un conocimiento real del contexto cultural, social y económico de las personas con las cuales se va a realizar.

Actualmente el acompañamiento laical hay que hacerlo hoy dentro de un contexto de secularización y de crisis económica generalizada en todo el mundo. “Secularización” no significa esencialmente desaparición o eliminación de la religión; significa fundamentalmente un cambio radical en la forma de presencia del factor religioso en la sociedad y en la cultura. Consiste en que la religión, que antes era factor por excelencia de la cohesión social, y el que regía, orientaba y prestaba sentido a las diferentes esferas de la vida social y personal, tras la emancipación de éstas de la dependencia de la religión y del influjo de la institución que gestionaba esa religión, pasa a ser un factor más junto a los otros, que comparte esas funciones con otros factores o deja sencillamente de ejércelo.

En este contexto de secularización, que origina la privatización de la fe, será necesario perfilar procesos de acompañamientos desde los que podamos entender que las situaciones personales, sociales o culturales de ocultamiento de Dios pueden constituir un modo privilegiado para que el creyente ahonde su experiencia de fe, supere la tentación de confundir a Dios con los sentimientos que su experiencia pueda producir en su psiquismo, se desprenda los obstáculos que le impiden trascenderse de sí mismo, y consienta a ese radical descentramiento, que le lleve a vivir para el Reino de Dios.

Al mismo tiempo, estamos en una situación de globalización, marcada por la insolidaridad y la desigualdad generalizada. Contemplar a Dios en lo real no ha sido nunca una tarea fácil para el ser humano. Por eso, una de las tareas de este proceso de acompañamiento laical será ayudar a situarse al laico desde ese lugar teológico desde el que se descubre a Dios en los pobres-empobrecidos, en los vencidos y excluidos de la tierra, llegando a descubrir como la llamada ausencia de Dios se convierte en una presencia que denuncia la injusticia y demanda compromiso.

Partimos de estos dos contextos fundamentales, que deberán estar muy presentes en cualquier proceso laical. Considero que hoy deberemos tener cuidado para no caer en la muy extendida “herejía emocional”, es decir, caer en el peligro de un acompañamiento espiritual que derive hacia formas intimistas. También habrá que cuidar no caer en una especie de “mercadillo de espiritualidades”: una especie de sincretismo a la carta cuya pega no está, por supuesto, en la apertura a las múltiples manifestaciones del Espíritu sino en que, al buscarlas y vivirlas según los cánones del consumo, no estructuran el interior de las personas que viven de ese mercadillo espiritual.

Desde estas premisas, que nos sirven para situarnos contextualmente y presentar desde donde partimos, vayamos dando pasos partiendo de Aquél Hombre, Jesucristo, auténtico sacramento de acercamiento y acompañamiento de Dios.

II.- Jesucristo: auténtico sacramento de acercamiento y acompañamiento de Dios.

El Acompañamiento implica una  experiencia de Dios como Padre de nuestro Señor Jesucristo, lo que supone una iniciativa Creadora y un sentido universal, y una calidad de amor que únicamente se predica de Dios y que se manifestó plenamente en la entrega de Jesús. El  Nuevo Testamento no es otra cosa que la persona de Jesús que revela el  rostro de su Padre.

Jesús es el enviado por el Padre para traer la Buena noticia de su Reino: somos amados por el Padre Dios. La paternidad divina revelada por Jesús, es el fondo  teológico desde el cual el acompañante ve a la persona  independientemente  de sus dificultades, perversiones o dolores—, creada y deseada por Dios  y, por ende, digna de aceptación, merecedora de perdón, capaz de conversión, llamada a la vida eterna. La única manera de permitirle a Dios hacer del Acompañamiento un lugar para cuidar su creación, para acogerla y arroparla con su misericordia, es garantizando que el acompañante tiene esa experiencia espiritual en su corazón.

El Padre desea que todos vivamos en este mundo como hijos y hermanos, que experimentemos y hagamos vida la fraternidad universal, que nace de su paternidad; quiere que edifiquemos un mundo lleno de vida, de justicia, de paz, de solidaridad. Nuestro Dios es el Dios del amor, el Dios amigo de la vida, que viene a salvar, a liberar, a dar vida en totalidad. Consiguientemente, resulta claro que Dios no quiere que la humanidad sufra degradación. Lejos de ocurrir de acuerdo con un decreto divino, los sufrimientos de los pobres, oprimidos y excluidos son contrarios, al designio divino. Las estructuras deshumanizadoras y mortíferas que crean y mantienen esa degradación son ocasión de pecado social. Pecan contra el Dios de la vida, que crea el mundo por amor y se gloría cuando la amada creación prospera, no cuando es violada.

Nuestra fe sostiene que en Jesucristo el Dios incomprensible se encarnó en el mundo: “La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Viviendo una vida histórica auténticamente judía en la Galilea del siglo I, condicionada por los límites físicos y psicológicos de nuestra especie, Jesús predicó el Reino de Dios, sanó a personas que sufrían, buscó a los perdidos y ofreció hospitalidad y consuelo a los que acudían a él. De ese modo manifestaba lo que Dios es y no deja de ser: amor pródigo, amor cercano y compasivo, amor seductor e íntimo, amor que acompaña y sostiene al hombre en su caminar por la vida. Por eso, los franciscanos, encabezados por Duns Scoto, opinaban que el motivo de la encarnación  es el amor. La Palabra se hizo carne para que Dios, que es amor, pudiera establecer una profunda unión personal con el mundo, el amado. Y eso habría sucedido aunque los seres humanos no hubieran pecado.

Rahner dirá que “la encarnación es primera en intención divina”, en el sentido de que Dios, que es amor, desea eternamente comunicar el yo divino al “otro”, que no es divino, y por eso crea un mundo que permite que ello suceda. Por eso, desde el principio hasta el final toda la actividad de Jesús es acercamiento y acompañamiento al ser humano, especialmente al pobre, y al que está descarriado, porque ha perdido la meta y horizonte de su vida.

Los evangelios, narran con riqueza de ejemplos, cómo acompaña y se deja acompañar por los pobres, los niños, los condenados, los desorientados y los enfermos:

  • Él entra en contacto con los poseídos y su parte oscura, demoníaca, con quienes sus semejantes no saben hacer otra cosa que ponerles grilletes en los brazos mandarles a los sepulcros, (Mc 5, 1-20). – Él se deja tocar por la mujer impura y se arriesga a sí a ser considerado él mismo como “impuro” a los ojos de los servidores de la ley. Tan sólo a través de este arriesgado acercamiento y acompañamiento es capaz de ayudar a la mujer a conseguir su auto-estima femenina, (Mc 5,21-34). – Parecido es su acercamiento y acompañamiento a la mujer adúltera. Jesús no condena; él, como nos dice Jn. 3, 17, “no ha venido a condenar al mundo, sino a que el mundo se salve por él”. De ahí que se convierta junto a ella en el blanco de las pedradas y del ansia de matar (Jn 8, 1-16). – Él se acerca cuando el hombre con la mano seca tiene que mantenerse postergado entre inhumanos mandamientos del sábado y rituales litúrgicos. En la medida en la que Jesús lleva al marginado desde el borde hasta el medio, le devuelve desde la zona de la muerte social, de vuelta a la vida. A la vez, demuestra inconfundiblemente la postura de Dios como firme con su propósito de estar al lado de los que sufren, (Lc. 6,6-11).

La praxis de Jesús de acercarse y acompañar es la del Dios del Reino (Cf. Mc. 1,15; Lc 4, 14-30; 21, 29-31). El reino de Dios consiste dar la buena noticia al pobre, reencontrar al descarriado, perdonar las culpas, sentar en la mesa al marginado, ofrecer el año de gracia del Señor. Su intención al acompañar es hacer que las personas se encuentren con el Dios Padre, amigo de la vida; experimenten que Dios viene a salvarlos, se curen, sean transformados, y acojan la Buena Nueva del Reino de Dios.

En la muerte y resurrección de Jesús, Dios se ha “acercado” realmente al ser humano condicionado en su historia personal y social, y le es fiel, amándole y entregándose a él.

Jesús se convierte en el guía de la humanidad en su camino hacia la vida que viene de Dios. De su resurrección se origina la esperanza de que nos hemos convertido, como hermanos suyos, en coherederos de la resurrección y de la radical curación a ella unida. De ahora en adelante toda historia es “recuperación de la resurrección”. Así, en Jesucristo se encuentra la intención curativa de Dios para todo lo humano y el conjunto de la creación. Él es auténtico sacramento de acercamiento y acompañamiento, que nos induce a recuperar la resurrección en cualquier ser humano y en todo lo creado.

Su forma de acercarse y acompañar, previas a la Pascua, constituyen el detallado texto que reúne en palabras claves la leyenda de Emaús.

III. La Iglesia, Sacramento del Dios acompañante.

Aquellos que han entrado en contacto con Jesucristo y viven de su Espíritu introducen en los tiempos y espacios de los seres humanos el acercamiento y acompañamiento de Dios. En sus vidas y acciones se ha de ver cómo el mismo Dios acompaña y se solidariza con el ser humano. La comunión de los creyentes es así señal, sacramento del Dios acompañante.

El Vaticano II nos dirá que la Iglesia es, en Cristo, el sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (LG 1). Ella es la casa de la acogida, del acompañamiento humano. “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia, se acerca al ser humano con entrañas de compasión, quiere hacerse “diálogo”, “coloquio” con ella, como diría Pablo VI (cf. Eclesian suan).

La Iglesia no puede desarrollar su misión al margen de cuanto sucede en el corazón de la humanidad, en el corazón del ser humano. Desde la cercanía, desde la presencia gratuita, quiere hacer visible y llevar a cabo lo que en la resurrección de Jesucristo comenzó y ofreció Dios. Busca la comunión del hombre con Dios y la unidad del género humano, y para ello sabe que el hombre es el camino de la Iglesia: “este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión…, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la encarnación y de la redención” (CA 53).

La misión de la Iglesia no es, por eso, en primer lugar el llevar, si es posible autoritariamente, la corriente de gracia y de salvación al hombre o a la mujer, tampoco lo es detenerlos en lo “indigno”, negando la oferta de curación y de vida, sino representar “expresamente” el siempre presente acompañamiento de Dios. Por eso ha de iniciar, sobre todo, en el secreto de que la vida de cada ser humano siempre es hermosa ante Dios, “somos valiosos” para Dios.

Tendrá la Iglesia que llevar ese proceso de acompañamiento que permita al ser humano contemplar más que estudiar a fondo en las profundidades de su persona, este misterio de Dios en su vida, experimentando cómo es amado, perdonado y rehabilitado por el mismo Jesucristo. Se convierte así la Iglesia en embajadora de la alegría, de la liberación, de la vida, de la confianza en el ser humano, de la esperanza en las posibilidades internas que hay en cualquier ser humano. En consecuencia, la misión de la Iglesia no es “importar” la salvación sino reflejar la imperturbable pasión de Dios por el ser humano, dándole a conocer en su acompañamiento cómo Dios ya está en el corazón de cada uno y del mundo como salvador.

La comunidad eclesial, y los acompañantes dentro de ella, han de conducir al ser humano hasta el misterio de su historia con Dios, y al mismo tiempo, han de iniciar un proceso de salvación, curación y liberación para el conjunto de la persona. Así es como llevan a cabo aquella misión encomendada por Jesús: “Y les envió a anunciar el reino de Dios y a curar a los enfermos” (Lc 9,2). Anunciación y curación son por lo tanto las características de un acercamiento y acompañamiento laical.

IV.- El Laico en el corazón del mundo.

Al laico hay que acompañarlo en su caminar por la vida. El mundo es para el laico el ámbito y medio par realizar su vocación bautismal (Cf. ChL 15). El bautismo no lo saca del mundo. Desde dentro del mundo (acto encarnacionista), realiza el acto creador (colabora con el Dios creador), el acto redentor (libera al mundo del mal y del pecado), y el acto santificador (responde a la vocación de la santidad en sus circunstancias y según su condición y edad): “la condición eclesial de los laicos, su pertenencia y participación en la vida y misión de la Iglesia, está caracterizada por su índole secular. Los laicos por su novedad cristiana e índole secular, propia, pero no exclusiva, concretan la inserción de la Iglesia en el mundo y para el mundo. Los laicos viven en el mundo, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social. Y son llamados por Dios para santificar el mundo desde dentro, a modo de fermento” (CEE, Cristianos Laicos, Iglesia en el mundo, 26).

El laico percibe la sociedad como la Creación de Dios a la que es llamado a participar. Cuanto acontece en su ámbito familiar y social tiene eco en su persona. Porque ha de amar al mundo como Dios lo ama le duele cuanto sucede en él. Todo cuanto se está entretejiendo en este mundo ha de tener incidencia en su vida de ciudadano creyente. Y es la solidaridad con este mundo la que le lleva a actuar por un impulso dentro de sí mismo. En él está en el anhelo de una vida vivida y celebrada, una forma y estilo de vida, que nace del Reino de Dios, al lado de otras maneras de vivir o actuar o servir. Por eso, su condición laical se identifica, se expresa, crece y se culmina en y dentro del acontecimiento humano. La misma vida constituye su campo de acción. La vida interior auténtica pide “cuerpo”, “encarnación”… La vida “exterior” actúa sobre la interior: la fortalece o la mina… Y ambas –la unidad de ambas, no ninguna de ellas por separadas- constituyen lo que llamamos “vida espiritual”, vida según el Espíritu.

La espiritualidad laical debe beber en las comunes fuentes de la fe, pero en virtud de su condición secular. Ellos están llamados s vivir su condición de creyentes “no huyendo de las realidades temporales y terrenas par buscar al Señor, sino sabiendo encontrarlo en ellas, guiados por la fe y el amor, al descubrir la presencia de Dios y sus llamadas a través de la vida, cumpliendo con actitud evangélica y evangelizadora sus deberes en el mundo familiar; profesional, social, político, cultural…; trabajando con todos los que se empeñan en las causas de la justicia, de la solidaridad, de la libertad y de la paz; cultivando con especial interés, virtudes humanas como la competencia y honradez profesional, la acogida de los otros, especialmente de los más pobres, la capacidad de dialogar y, en general, cuantas virtudes hoy son especialmente apreciadas entre los hombres; presentándose libres frente alas riquezas, al placer y al poder; viviendo la esperanza cristiana en medio de un mundo que pasa y dando testimonio de alegría y de paz” .

Pero el paso hacia la participación y la implicación con el mundo debe ser progresivo. No hay que correr. Es un proceso que se hace en el espacio y en el tiempo. Respeta el propio ritmo de la persona acompañada que se convierte en sacramento. Quien quiere darse a la sociedad para colaborar en la transformación de sus problemas, debe iniciar una andadura descubriéndose a sí mismo como persona, a los individuos de su propio entorno, su relación y actitud ante ellos, y actuar en consecuencia para servirles en sus necesidades o desarrollo. Más tarde descubrirá los condicionantes sociales y los problemas de conjunto.

El estilo de Jesús fue ir sembrando en este y aquél corazón una semilla de cambio y esperanza. Esa atención a la persona concreta, individual, en toda su situación y contexto vital, es el punto de referencia para todas las fases previas y las ulteriores del compromiso temporal.

De ahí, que debamos acompañar al laico con una progresiva educación de sus motivaciones, de su campo de visión, de sus necesidades y deseos… Quien quiera volar alto debe tener siempre los pies en el suelo, que es en definitiva donde se desarrolla vida de los hombres. El suelo es siempre el individuo concreto en todo su contexto vital.

El acompañamiento personal, social y temporal del laico pasa por la atención y cuidado a la persona concreta, y al proceso de su crecimiento. Y desde él edifica toda la acción institucional y colectiva. La iniciación y el proceso hacia el compromiso social no es más que un aspecto de la evolución general de la persona. La llegada consciente al compromiso secular tiene que acompasarse al ritmo de la maduración espiritual del laico.

4.1.- Su contexto y estructura vital actual.-

¿Qué le está sucediendo al laico en el contexto actual de nuestra sociedad? ¿Cómo se está situando?, ¿Cómo es acompañado para que evangelice desde dentro del mundo?

El laico llega a sentir el desencanto por las situaciones de insolidaridad, injusticias, violencias, guerras y atropellos a los derechos humanos y sociales de las personas y los pueblos. Como aquellos discípulos de Emaús, vive situaciones de frustración, tristeza, lamento y desesperanza ante este mundo. ¿Para qué ha servido esperar y entregarse si todo termina en fracaso?, ¿para qué esperar una globalización solidaria si termina siendo una globalización trazada por los ricos?, ¿para qué esperar una Iglesia habitable para los pobres y sencillos cuando no se estructura y se organiza desde ellos?, ¿para qué esperar en una Iglesia viva y encarnada cuando el laico no llega a tener  protagonismo y todas las decisiones son tomadas por la jerarquía?, ¿para qué esperar en el renacer del hombre nuevo cuando sigue venciendo el hombre viejo con su afán de poder, de manipular, de dominar, de tener?. Poco a poco va surgiendo el desengaño, y junto a él la ira. Es una ira contra Dios: ¿dónde estás?, ¿por qué tu silencio da razón a los que no creen?, ¿por qué permites el sufrimiento de  tantos inocentes? Es ira contra los que detentan el poder social y político, que actúan con total indiferencia ante el ser humano que sufre, y vive en la exclusión y la pobreza. Es ira contra sí mismo por encontrarse a diario con sus incoherencias y sus farisaísmos. Y, por supuesto, es ira contra la misma Iglesia, de la que suele alejarse.

Y en medio se destaca también la tristeza, porque se sienten solos en el caminar. Se sienten abandonados en el mundo, sin que se les acompañe, solo recibiendo normas y reproches de cuanto han de hacer para poder someterse a la moral emanada de Dios. Están solos. Todo está confuso en sus corazones: tristeza, dolor, miedo, ira y terribles dudas.

Esta es la situación con la que nos vamos progresivamente encontrando: un laico desencantado, apocado, sin rumbo, triste, desconcertado, sumergido en los cuarteles de invierno… Ciertamente no se trata de todos los laicos, pero gran parte de ellos se encuentran bien fotografiados en el relato de los discípulos de Emaús:

  • “Sus ojos estaban cegados” (Lc. 24, 26).- Ciegos para descubrir a Dios en su caminar por la historia y en la cultura actual, ciegos para detectar los signos de esperanza de nuestro mundo, ciegos para reconocer a Dios dentro de sí mismo, ciegos para poder ver el sufrimiento y el dolor de los hermanos. En la oscuridad de la tristeza y la desesperanza se hace difícil a los seres humanos saberse acompañados por Dios. – “Con rostros tristes” (v. 18).- La tristeza es fruto de la pérdida, consecuencia del duelo, que hay que ir afrontando. La tristeza se origina también cuando nuestras esperas no están fundamentada en la esperanza, que es Jesucristo. Habíamos educado a un laico para vivir en una sociedad  de cristiandad, y la pérdida de la misma, lleva a la tristeza, al lamento, y, a veces, a querer volver a recristianizar a la sociedad. – “Nosotros esperábamos” (v. 21).- La esperanza que se puso en Jesús de Nazaret, se ha roto. Con este Jesús se ha fracasado. Basar en él la vida y la felicidad fue un error. Y se comienza a buscar otras ofertas más placenteras, más inmediatas: “carpe die”. Está en juego las imágenes de Dios, las ideas preconcebidas de Dios, que deberán ser evangelizadas a través del Dios revelado en y por Jesús.

Acompañar supone no estar al margen de lo que acontece normalmente. El acompañamiento conlleva el conocimiento con objetividad de lo que es y de cuanto rodea al laico, conocerse a sí mismo, captar el interior de la persona, descubrir las estructuras colectivas, el misterio y la grandeza de la vida es un momento fundamental en el proceso de maduración o desarrollo integral de la persona, y necesario en la maduración de la fe. Todos sabemos que en la Revisión de Vida el “Ver” cultiva y potencia esta dimensión antropológica fundamental.

4.2.- El acompañante laical.-

El acompañante es la mediación sacramental para el acompañado que busca el sentido de su vida desde la coherencia interna. El acompañante es profeta que ilumina, anima y ayuda a discernir cuanto acontece en el acompañado y en su entorno, ayudándole a descubrir propuestas de futuro en su caminar. El acompañante debe ser responsable en este servicio y estar abierto permanentemente a su formación

El modelo de humanidad del Acompañamiento Espiritual es justamente el revelado en Cristo. El Acompañamiento Espiritual es seguimiento del Jesús encarnado que se abaja para compartir el dolor de los que sufren (“…los vio como ovejas sin pastor.”), que invita a la conversión, que llama a los pecadores, que suscita el cambio radical en las personas, que lleva de la enfermedad a la salud, que devuelve la capacidad de ver la realidad, que levanta de la fosa a los que llevan días postrados en la muerte.     La actitud básica del acompañante, al estilo de Jesús, es la empatia o capacidad de situarse en lugar del otro, creer profundamente en él, acogerlo y mantener con él un diálogo revalorizador.

Veamos cuál es el proceso y el estilo concreto con el que ha de actuar el acompañante laical.

4.2.1.- “Se les acercó Jesús y caminó con ellos” (v. 15). La Koinonía.

Se trata de acompañar, como lo hizo Jesús. Él, nos dice Heb. 4, 15, es el “sym-páthikos”  con todos nosotros, el que es capaz de “con-sentir” con nosotros, el que “com-padece” con nosotros. Él es aquél a quien “se le conmueven las entrañas”, como tantas veces se nos dice de él en el NT (cf. sólo en Mc.: 1, 41; 6, 34; 8, 8, 2; 9, 22) ante el sufrimiento de todo aquel que lo está pasando mal.

Cuando nuestra vida transcurre a través del desengaño y la tristeza, la depresión y la crisis, y no aparece ninguna brizna de luz en el camino, el acompañante se hace presente, camina con el otro y junto al otro. Así lo hizo Yahvé cuando acompañaba en el camino a su pueblo a través del desierto en forma de una nube, o al joven Tobías en forma de su ángel Rafael. Ésta es la misión del acompañante: vivir en comunión con el otro (la Koinonía), acercarte al otro, acompañarle, mostrándole un camino en su situación de abandono. El primer paso, es estar, hacer que el otro se sienta acompañado, querido, sin que perciba ningún tipo de enjuiciamiento. La Koinonía requiere amor cercano y silencioso: caminar al lado del otro, sin imponer nada, dejando que el otro pueda volcar sobre ti todo su sufrimiento.

El acompañamiento es precisamente esto: “Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Permaneced en ese amor que os tengo” (Jn 15,9). Y hay que permanecer en el amor en todos los momentos de la vida del otro, en los momentos de alegría y dolor, en los momentos de gracia y pecado, en las situaciones de oscuridad y de gran luz. Y permanecer con él desde las opciones que el otro vaya tomando en su vida. Es decir, “acompañar” debe decir relación con actuar en favor de alguien, con paciencia histórica, respetando sus ritmos, aunque no sean como los nuestros ni como los que a nosotros nos gustan.

Como Jesús, el acompañante no sólo procurará realizar una praxis de misericordia, sino que procurará encarnarse, abajarse, anonadarse, para comprender a los que llamará a la conversión y al cambio de mentalidad. El gran peligro del acompañante es el anuncio de sí mismo. Cuando lo que cura, lo que salva, lo que anima, lo que alegra, es la genialidad del acompañante (su afecto, sus  conocimientos, su manera de ser, su cercanía), la persona, lejos de curar, sólo cambiará de adicción. Si antes estaba adicta a la droga, a la tristeza, o a la autocompasión, pasará ahora a estar adicta al acompañante del cual necesitará dosis cada vez más fuertes y cada vez más frecuentes. El Acompañamiento Espiritual se hace en el seguimiento Cristo, llamando hacia Cristo, llenando de Cristo, viviendo con Cristo.

4.2.2.- “El les preguntó” (v. 17). La Diakonía.

El acompañante no permanece siempre mudo, él se incluye en aquello que conmueve a aquellos dos discípulos. De él vienen preguntas, y no cualquiera; son preguntas que dan exactamente en el punto que les afecta a ellos. “¿Qué conversación es ésta que lleváis entre vosotros en el camino?”. Se trata de preguntas que conducen al núcleo de la otra persona, a su situación vital.

En nuestra pastoral tendemos a ofrecer más respuestas, que a hacer preguntas. Sin embargo, hoy es necesario ayudar a la persona a adentrarse en su ser desde el mismo silencio de su vida. No tenemos costumbre de entrar dentro de nuestro corazón, pero es hay donde hay que hacer que afloren preguntas que van desde lo más cotidiano hasta lo más íntimo y profundo de la persona: ¿estaré acertando con la decisión que he tomado?, ¿por qué me encuentro hoy tan desorientado y tan mal?, ¿qué me está pasando en mi trabajo? etc. Y las preguntas más hondas: ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿Qué busco en definitiva?, ¿qué he de hacer para vivir de manera más plena?, ¿por qué he ido perdiendo contacto con Dios?, ¿por qué no lo dejo entrar en mi vida?, ¿por qué habita en mí la desesperanza?

En el acompañamiento no se trata de preguntar con las intenciones morbosas de otros tiempos, sino queriendo ayudar al otro, para que llegue al centro de su misma existencia y pueda descubrir cómo es amado por Dios.  Se trata de invitar y orientar en ese deseo de querer vivir en el mundo como creyente, ayudarle a ser seguidor de Jesús en el corazón del mundo.

4.2.3.- “Él les explicó lo que estaba sobre Él escrito en las escrituras” (v. 27). Martyria.-

Ciertamente la realidad es lugar teológico, es decir, lugar donde Dios está presente y se revela, pero necesita la iluminación de Evangelio para que nos ayude a objetivar, a no confundir nuestra sensibilidad con los valores del Reino de Dios. De ahí que haya que escuchar a estas dos fuentes constantemente: la Realidad y la Revelación. Acompañar es vivir una doble fidelidad: fidelidad a Dios en su Iglesia y fidelidad al otro en todo su contexto.

La misión del acompañante será la de ayudar al otro a descubrir el hilo conductor de su historia a la luz de la fe. Ofrece al otro las herramientas necesarias, para que pueda hacer una lectura creyente de su historia. Ahora se trata de revisar de nuevo cuanto ha sucedido, mirar de nuevo la vida, en profundidad, de manera más consciente y desde la óptica o perspectiva de la fe: “Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas” (GS. 4. cf. 44).  Y en el número 11 se nos dice: “El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas” (GS 11).

En este momento del acompañamiento se trata de iluminar la vida con la Palabra, desde la tradición eclesial,  es decir, abrir los ojos por la lectura de la Escritura, a la luz del Espíritu. El acompañante sirve la Palabra de Dios de manera que alimente la lectura creyente de la realidad. Es el momento de la escucha contemplativa, para descubrir la Buena Noticia del Reino, momento para que sea la Palabra hecha carne la que ilumine, aliente, abra camino, invite a la conversión, transforme el pensar y el sentir de la persona. Esta Palabra es la que hace que lo que estaba muerto comience a recobrar vida, los corazones de los discípulos comenzaron a arder. La Palabra de Dios es curativa y resucitadora. Pero el que narra y ayuda a interpretar deberá hacerlo con pasión, con “ardor”, diría Juan Pablo II. Porque en el relato de la Palabra se les está contando a las personas la cercanía de Dios, y esta cercanía se hace presente cuando nos entregamos en ese relato o narración.

El Acompañamiento es un lugar para asumir una vida que se  construye tomando decisiones responsables, decisiones que se construyen en la  escucha del querer de Dios, escucha que se realiza a través del discernimiento. Un Acompañamiento Espiritual que se quede varado en la comprensión, en el  abrazo afectuoso y en el “yo te quiero así”, sin desembocar en la decisión  existencial, en la responsabilidad humana, en el ejercicio de la libertad y en la escucha del Espíritu, no pasa de ser un mal plagio de un consultorio de la “doctora corazón”; pero ya no es, de ninguna manera, un lugar de evangelización.

Será el al acompañante quien ha de ayudar para que no se disocie la fe de la vida, tratando de descubrir en la realidad, a la luz del Evangelio, la presencia y la acción del Espíritu. Se trata de momentos que reclaman escucha, silencio, oración, a fin de que el laico discierna y conozca cuál es la voluntad de Dios, a la luz de la Palabra, que Dios viene a revelar al hombre como a un amigo: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y a dar conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al padre en el Espíritu Santo y se hacen consorte de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación Dios invisible habla a los hombre como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (DV 2).

Y al acompañante le corresponde garantizar la apostolicidad de la Palabra, es decir, cuidar del ajuste entre la Iglesia de hoy y la de los orígenes de acuerdo con la tradición viva de la Iglesia.

4.2.4.- “El partió el pan y se lo dio” (v. 30). Liturgia.-

A continuación, después de habernos sumergidos en los sentimientos y en la cabeza de la persona, y dar pasos en el proceso de iluminar cuanto sucede a la luz de la Palabra, tenemos que celebrar los signos del Reino que hemos descubierto, las llamadas que hemos sentido, la luz que hemos recibido, los avances de las personas. No hay acción que sea transformadora y evangelizadora si no se celebra.

El acampamiento tiene que llevar a que la experiencia que media en este proceso desemboque en reconocer a Cristo en la Fracción del Pan y en la escucha de la Palabra como centro de la vida de fe manifestada en el compromiso por la construcción del Reino.

Y como en todo, hay que respetar cierta progresividad: para llegar a celebrar la Eucaristía habrá que celebrar muchas veces los logros y avances alrededor de unos refrescos y una convivencia.

4.2.5.- “Entonces se les abrieron los ojos, y le reconocieron… Ellos se levantaron y volvieron a Jerusalén” (31-33).

La pedagogía de la acción parte de la vida para volver a ella; pero se ha de volver a ella percibiendo y situándose ante la realidad con otras actitudes. En el acompañamiento se ha llevado a cabo todo un proceso, que ha permitido que el laico reconozca a Jesús en su vida, se encuentre con él, goce de su presencia, y con Jesús y desde Él comience a ver el mundo con los ojos de Dios y ame al mundo con la pasión propia del Reino de Dios.

Un discernimiento debe terminar con una experiencia que nos evoque la Palabra de Dios tal y como Pablo la expresa: “Sigo pensando que nada vale en comparación con este bien proceso que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él renuncié a todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Fil 3,8).

El encuentro y el reconocimiento de Jesús en su propia historia llevan a dejar a un lado los intereses personales. El creyente es capaz de descentrarse, comienza a poner como centro y pasión de su vida el Reino de Dios, que provoca una inversión de los valores. Ahora podrá volver de nuevo a Jerusalén no ya como una persona derrotada, desencantada y desmotivada en su vida. Volverá a Jerusalén con esperanza y con deseos de transformar la realidad, de escuchar en su corazón las llamadas que la misma realidad demandan, de contagiar a otros su alegría, de hacerse apóstol e invitar a otras personas para que hagan su mismo recorrido vital. Ahora hay que ponerse de nuevo en camino, haciéndolo con mucha sencillez y humildad, porque cuanto ha acontecido no ha sido fruto de su voluntad, sino de la acción amorosa de Dios en su vida. Vuelve a la realidad con el corazón transformado. Desanduvieron el camino del desencanto y, llenos de alegría y esperanza, recuperaron el sentido de la vida. Se dirigieron, no al templo, sino donde están los Once, que es la nueva Iglesia donde comparten su fe y la novedad de sus vidas. “Y ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo le reconocieron en la fracción del paz” ((Lc 24,35)

Ellos han sentido la necesidad de unirse a la comunidad, para caminar con ella, para discernir juntos, apoyarse en la lucha y en el compromiso, compartir, orar y celebrar la presencia de Jesús resucitado en sus vidas y en la vida de los más pobres y sencillos.

Ahora se sabe que Jesús sale siempre al encuentro del ser humano y que se le puede encontrar en el camino de la vida (sobre todo, allí donde los pobres sufren y son excluidos y empobrecidos), en las Escrituras, en la Fracción del Pan y en la comunidad.

Para llevar a cabo todo este proceso de acompañamiento, una herramienta fundamental será planear y llevar a cabo el proyecto personal de vida.

V.- Conclusiones.-

A la luz de este recorrido podemos extraer algunas conclusiones de cuanto conlleva el acompañamiento laical:

Qué es acompañar

5.1.-  Acompañamiento viene de “campaña” y, a su vez, campaña se deriva de “cum-panis” que significa compartir el pan. Es decir, caminar con el otro, poniéndose a su servicio, para que éste un día pueda caminar hacia donde crea mejor. Se trata de un servicio de misericordia y esperanza, de acogida y animación que realiza la Iglesia a través de sus fieles, como expresión de su misión: anunciar la Buena Noticia de Jesús.

5.2.- El Acompañamiento espiritual es un proceso en el cual —mediante la acogida afectuosa y fiel, la escucha atenta, la comprensión integral de las realidades personales, el diálogo, y la iluminación de la Palabra, — se ayuda a cada persona para que se acepte a sí misma, entre en procesos de reconciliación consigo misma y con los demás, discierna la voluntad de Dios para su vida, abriéndose así a la experiencia liberadora del amor de Dios.

El acompañante es un mediador.

5.3.- La paternidad divina revelada por Jesús, es el fondo  teológico desde el cual el acompañante ve a la persona  independientemente  de sus dificultades, perversiones o dolores—, creada y deseada por Dios  y, por ende, digna de aceptación, merecedora de perdón, capaz de conversión, llamada a la vida eterna. La única manera de permitirle a Dios hacer del Acompañamiento un lugar para cuidar su creación, para acogerla y arroparla con su misericordia, es garantizando que el acompañante tiene esa experiencia espiritual en su corazón.

5.4.- Quien acompaña sirve de mediación para que el otro pueda descubrir la manifestación de  Dios Padre en su vida. El acompañante media para alentar, clarificar y discernir cuanto se está viviendo a la luz de los valores del Evangelio del Reino. Si Dios es quien ha tomado la iniciativa de acompañarnos en la vida a través de su propio Hijo, Dios será siempre el autor del proceso de cualquier acompañamiento, y el acompañante no es más que una vasija de barro desde la que él actúa.

5.5.- El acompañante no actúa en nombra propio, sino en nombre de la comunidad eclesial, de la que se siente enviado, para reflejar la imperturbable pasión de Dios por el ser humano, dándole a conocer en su acompañamiento cómo Dios ya está en el corazón de cada uno y del mundo como Salvador.

Su misión.

5.6.- La misión del acompañante  es la de estar pendiente y atento a los signos de Dios, sabiendo leer en la historia y en la vida los signos del paso y la presencia de Dios, para lo cual deberá poseer una sensibilidad contemplativa. Su finalidad a la hora de acompañar será la misma que mantuvo Jesús al acompañar a los niños, a los excluidos, a los pobres, a los condenados, a los desorientados y a los enfermos: hacer que se encuentren con el Dios del Reino, el Dios amigo de la vida, y experimenten que Dios viene a salvarlos, a curarlos, a transformar sus vidas y corazones, a reavivar sus esperanzas. El acompañante va desvelando en su acompañamiento el rostro de Dios, va dando a conocer el contenido de la Buena Noticia de Jesús, a fin de que el acompañado se haga fiel seguidor de Jesús de Nazaret.

Las actitudes del acompañante

5.7.- El centro del Acompañamiento es una experiencia de encuentro y seguimiento de Jesús. Por eso, será Jesús la meta y el modelo de acompañamiento. Jesucristo es el auténtico sacramento de acercamiento y acompañamiento, que nos induce a recuperar la resurrección en cualquier ser humano y en todo lo creado.  Al estilo de Jesús un buen acompañante es aquel capaz de mirar “com-pasivamente”, “sym-páthi-kamente” la vida, sabiendo que sólo así podrá ayudar a poner nombre y a iluminar todas esas zonas oscuras que existen en la vida de cada uno de nosotros y que preferiríamos dejar tapadas, porque tocan puntos muy sensibles nuestros que nos producen dolor.

5.8.- Las actitudes básicas del acompañante son: la empatia o capacidad de situarse en lugar del otro, creer profundamente en él, acogerlo y mantener con él un diálogo revalorizador. El acompañante ha de ser una persona con capacidad de escucha, con una actitud de aceptación y de acogida incondicional a las personas que se le confían, ha de poseer un gran equilibrio personal  para desarrollar la pedagogía de la paciencia y de la esperanza, respetando los ritmos de los acompañados.

El acompañamiento es un servicio, y eres tú el que se pone a los pies. Dar plenamente sin depender del afecto, el agradecimiento, la estima o la valoración que se recibe. Saber y vivir que, por mucho que hagas y sepas, de solo Dios y su gracia depende el que la persona que acompañas se “conforme” interior y exteriormente, en plenitud, con el Señor Jesús.

La finalidad del acompañamiento.

5.9.- El Acompañamiento es un lugar para asumir una vida que se  construye tomando decisiones responsables, decisiones que se construyen en la  escucha del querer de Dios, escucha que se realiza a través del discernimiento. Un Acompañamiento Espiritual que se quede varado en la comprensión, en el  abrazo afectuoso y en el “yo te quiero así”, sin desembocar en la decisión  existencial, en la responsabilidad humana, en el ejercicio de la libertad y en la escucha del Espíritu, no pasa de ser un mal plagio de un consultorio de la “doctora corazón”; pero ya no es, de ninguna manera, un lugar de evangelización.

Se trata de ayudar al acompañado a ir estructurando lo concreto de su vida desde sus opciones de fondo; de hacerle ver que “las prioridades en la intención” se han de concretar en un “modo y orden” de organizar la propia vida, que muchas veces chocará con el “modo y orden” que parece lógico desde otros parámetros vitales. En este sentido, hay que ayudar al acompañado para ponerle de manifiesto los autoengaños y ambigüedades que tienen su seguimiento de Jesús.

Acompañar al laico

5.10.- No es lo mismo acompañar a un laico que a un religioso o sacerdote. En el acompañamiento laical hay que partir de cuanto es el laico, de su teología, de su especificidad, sabiendo que el campo propio de su acción evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, etc. (Cf. EN 70). En su acompañamiento es necesario descubrir el valor de lo real: la vida, los hechos, los acontecimientos, etc., como lugar de presencia desde donde Dios nos habla y se comunica. Se trata de un acompañamiento en el que vamos haciendo lectura creyente de lo que se vive, orientando al laico para que su espiritualidad no derive hacia formas intimistas o puramente intraeclesiales, ya que su actividad evangelizadora es la vida pública.

5.11.- Al laico hay que acompañarlo, por tanto, en su caminar por el mundo, que es para él el ámbito y medio par realizar su vocación bautismal (Cf. ChL 15). El bautismo no lo saca del mundo. De ahí el valor del contacto personal y del acompañamiento cercano en las situaciones concretas por las que pasa el laico. La espiritualidad laical debe beber en las comunes fuentes de la fe, pero en virtud de su condición secular.

Proceso del acompañamiento laical

5.12.- El Acompañamiento laical es un proceso en el cual —mediante la acogida afectuosa y fiel, la escucha atenta, la comprensión integral de las realidades personales, el diálogo, y la iluminación creyente, — se ayuda a cada persona para que se acepte a sí misma, entre en procesos de reconciliación consigo misma y con los demás, discierna la voluntad de Dios para su vida, abriéndose así a la experiencia liberadora del amor de Dios en su compromiso con el mundo.

5.13.- El acompañamiento conlleva el conocimiento con objetividad de lo que es y de cuanto rodea al laico, que se conozca a sí mismo, que llegue a captar el interior de su persona y su propia estructura personal, sus imágenes de Dios, etc. La vida interior auténtica pide “cuerpo”, “encarnación”… La vida “exterior” actúa sobre la interior: la fortalece o la mina… Y ambas –la unidad de ambas, no ninguna de ellas por separadas- constituyen lo que llamamos “vida espiritual”, vida según el Espíritu.

5.14.- El paso hacia la participación y la implicación con el mundo debe ser progresivo. Hay que acompañar al laico con una progresiva educación de sus motivaciones, de su campo de visión, de sus necesidades y deseos… Quien quiera volar alto debe tener siempre los pies en el suelo, que es en definitiva donde se desarrolla vida de los hombres. El suelo es siempre el individuo concreto en todo su contexto vital. La llegada consciente al compromiso secular tiene que acompasarse al ritmo de la maduración espiritual del laico.

Pasos en el acompañamiento.

5.15.- El acompañante en su cercanía y comunión con el acompañado ha de realizar las siguientes funciones:

  • Escuchar, para meterse en las profundidades del otro, en sus reflexiones y emociones, en toda su vida. Escuchar para saber lo que está pasando por dentro de la persona, poder detectar sus imágenes de Dios, y aquello que está haciendo que el laico esté tomando determinadas opciones en su vida, que le hacen situarse de una manera concreta en el mundo.   – Dialogar creando interrogantes, que ayuden a discernir y poder pasar de un ver exterior a un ver profundo. Se trata de una función objetivadora, ya que hay que situar a la persona ante la verdad sobre sí mismo, sobre Cristo, sobre la Iglesia, sobre el mundo de hoy.
  • Iluminar cuanto acontece a la luz de la Revelación. Ofrecer la  Palabra de Dios en clave iluminadora, haciendo que el acompañado entre en contacto con la Palabra en su propio contexto. Es una función confrontadora, ya que el acompañado, a la luz de la Palabra, ha de desenmascarar sus engaños y sus incongruencias, y detectar los valores que afloran en medio de sus sentimientos, aspiraciones y deseos. En esta función, el acompañante ilumina la vida de la persona dando al Dios revelado en y por Jesús. Al mismo tiempo, e una función motivadora, generando esperanza, y transformando los mismos deseos. En esta etapa del acompañamiento es necesario que el acompañado vaya conociendo la Palabra, la conozca y la estudie, también que vaya orando desde la vida, a fin de ir encontrándose con la persona de Jesucristo. Para alimentar la esperanza cristiana, es preciso que el acompañado recupere los hábitos de oración, de silencio, de meditación, de contemplación del misterio de Dios.
  • Enseñar a celebrar los signos del Reino de Dios en la vida, pues la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde manda toda su fuerza” (SC 10), En efecto, la Eucaristía “da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas” (Eclesia de Eucharistía, 20).
  • Animar al acompañado para que se incorpore a la comunidad, para cuidar, alimentar, fortalecer y avivar la fe y la esperanza en su vida. La fe y la esperanza amenazadas necesitan el refuerzo de la comunidad. Así lo entendió el autor de la Carta a los hebreos, que exhorta a los destinatarios a permanecer unidos a la comunidad y constantes en las prácticas de la misma: “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y de las buenas obras, sin abandonar nuestra propia asamblea, como algunos acostumbran, antes bien, animándoos” (Heb 10,24-25).
  • Motivar al acompañado para que vuelva a mirar y relacionarse con el mundo y la humanidad con compasión y misericordia. El autor de la Carta a los hebreos apela a la compasión y la misericordia de Cristo para animar la esperanza de los cristianos: “Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4,15). “Y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados por estar también él envuelto en flaqueza” (Heb 5,2).

Como Juan Bautista, el acompañante es un profeta mediador que va indicando por dónde y cómo Dios se está haciendo presente en el mundo del laico, y en ese itinerario progresivo del acompañamiento irá alimentando su esperanza con la misericordia, que nace de Dios, porque somos seres vulnerables y vivimos en una historia llena de heridas. Y desde la compasión y la misericordia, e iluminado por la Palabra, el laico irá superando la apatía o la indiferencia ante el mundo, evitando la antipatía o la condena sistemática del mismo, e irá adoptando una actitud de empatía o simpatía frente al mundo, comprometiéndose con él para ser sacramento del Reino en su propio ambiente. Será este proceso el que lleve al laico a desprenderse de su ceguera para poder ir reconociendo al Señor en su historia, pudiendo ahora mirar y relacionarse con el mundo y la humanidad con simpatía, con misericordia y compasión, convirtiéndose en una persona esperanzada que se implica y participa en la transformación del mundo, acompañado por su comunidad..

Allí donde se realiza un acompañamiento al estilo de Jesús, allí donde llegan la compasión y la misericordia, siempre hay lugar para una nueva oportunidad; siempre hay una ventana abierta al futuro y a la esperanza, porque desde la resurrección de Jesús toda historia es “recuperación de la resurrección”.

EL ACOMPAÑAMIENTO LAICAL

SINTESIS

La pastoral del acompañamiento es un verdadero ministerio en la Iglesia. Requiere de formación y sensibilidad espiritual. Santa Teresa nos viene a decir que es un arte: “Es muy necesario el maestro, si es experimentado; que si no, mucho puede errar y traer un alma sin entenderla ni dejarla a sí misma entender. Porque, no entendiendo el espíritu afligen alma y cuerpo y estorban el aprovechamiento” (Teresa de Jesús, Libro de la Vida, cap. 13, 8).

En el fondo del Acompañamiento necesariamente se encuentra una teología, una forma de comprender a Dios.

I.- Qué es acompañar.-

Acompañamiento, que significa compartir el pan, es caminar con el otro, para ayudarle a descubrir la manifestación de Dios, buscar a Dios en la realidad, en los acontecimientos y en las personas. Es, en definitiva, una mediación que posibilita la toma de conciencia y la personalización del encuentro de libertad, de gracia y de amor entre el ser humano y Dios.

En el acompañamiento laical hay que tener muy presente que ellos por su novedad cristiana e índole secular, propia pero no exclusiva, concretan la inserción de la Iglesia en el mundo y para el mundo (cf. LG 30). Su acompañamiento no se debe hacer al margen del contexto en el que vive el acompañado. Este contexto se caracteriza actualmente por una situación de secularización (descubrir a Dios en este ocultamiento), y una crisis económica generalizada en todo el mundo (descubrir a Dios desde el lugar de los pobres).

Hay que evitar en el proceso de acompañamiento: no caer en el peligro de un acompañamiento espiritual que derive hacia formas intimistas. También habrá que cuidar no caer en una especie de “mercadillo de espiritualidades”: una especie de sincretismo a la carta.

II.- Jesucristo: auténtico sacramento de acercamiento y acompañamiento de Dios.

El Acompañamiento implica una  experiencia de Dios como Padre de nuestro Señor Jesucristo, lo que supone una iniciativa Creadora y un sentido universal, y una calidad de amor que únicamente se predica de Dios y que se manifestó plenamente en la entrega de Jesús.

Jesús es enviado por el Padre para traer la Buena Noticia del Reino. Toda la actividad de Jesús es acercamiento y acompañamiento al ser humano, especialmente al pobre, y al que está descarriado, porque ha perdido la meta y horizonte de su vida.

Jesús es el enviado por el Padre para traer la Buena noticia de su Reino: somos amados por el Padre Dios. La paternidad divina revelada por Jesús, es el fondo  teológico desde el cual el acompañante ve a la persona  independientemente  de sus dificultades, perversiones o dolores—, creada y deseada por Dios  y, por ende, digna de aceptación, merecedora de perdón, capaz de conversión, llamada a la vida eterna. La única manera de permitirle a Dios hacer del Acompañamiento un lugar para cuidar su creación, para acogerla y arroparla con su misericordia, es garantizando que el acompañante tiene esa experiencia espiritual en su corazón.

La praxis de Jesús de acercarse y acompañar es la del Dios del Reino (Cf. Mc. 1,15; Lc 4, 14-30; 21, 29-31). El reino de Dios consiste dar la buena noticia al pobre, reencontrar al descarriado, perdonar las culpas, sentar en la mesa al marginado, ofrecer el año de gracia del Señor. Su intención al acompañar es hacer que las personas se encuentren con el Dios Padre, amigo de la vida; experimenten que Dios viene a salvarlos, se curen, sean transformados, y acojan la Buena Nueva del Reino de Dios.

Jesús se convierte en el guía de la humanidad en su camino hacia la vida que viene de Dios. De su resurrección se origina la esperanza de que nos hemos convertido, como hermanos suyos, en coherederos de la resurrección y de la radical curación a ella unida. De ahora en adelante toda historia es “recuperación de la resurrección”.

III. La Iglesia, Sacramento del Dios acompañante.

El Vaticano II nos dirá que la Iglesia es, en Cristo, el sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (LG 1). Ella es la casa de la acogida, del acompañamiento humano. “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia, se acerca al ser humano con entrañas de compasión, quiere hacerse “diálogo”, “coloquio” con ella, como diría Pablo VI (cf. Eclesian suan).

La misión de la Iglesia no es, por eso, en primer lugar el llevar, si es posible autoritariamente, la corriente de gracia y de salvación al hombre o a la mujer, tampoco lo es detenerlos en lo “indigno”, negando la oferta de curación y de vida, sino representar “expresamente” el siempre presente acompañamiento de Dios. Por eso ha de iniciar, sobre todo, en el secreto de que la vida de cada ser humano siempre es hermosa ante Dios, “somos valiosos” para Dios.

Tendrá la Iglesia que llevar ese proceso de acompañamiento que permita al ser humano contemplar más que estudiar a fondo en las profundidades de su persona, este misterio de Dios en su vida, experimentando cómo es amado, perdonado y rehabilitado por el mismo Jesucristo. Se convierte así la Iglesia en embajadora de la alegría, de la liberación, de la vida, de la confianza en el ser humano, de la esperanza en las posibilidades internas que hay en cualquier ser humano.

IV.- El Laico en el corazón del mundo.

Al laico hay que acompañarlo en su caminar por la vida. El mundo es para el laico el ámbito y medio par realizar su vocación bautismal (Cf. ChL 15). El bautismo no lo saca del mundo. “Son llamados por Dios para santificar el mundo desde dentro, a modo de fermento” (CEE, Cristianos Laicos, Iglesia en el mundo, 26). La misma vida constituye su campo de acción.    La espiritualidad laical debe beber en las comunes fuentes de la fe, pero en virtud de su condición secular. Ellos están llamados s vivir su condición de creyentes no huyendo de las realidades temporales y terrenas par buscar al Señor, sino sabiendo encontrarlo en ellas… Pero el paso hacia la participación y la implicación con el mundo debe ser progresivo. Respetar el propio ritmo de la persona acompañada se convierte en sacramento.

El acompañamiento personal, social y temporal del laico pasa por la atención y cuidado a la persona concreta, y al proceso de su crecimiento. Y desde él edifica toda la acción institucional y colectiva. La iniciación y el proceso hacia el compromiso social no es más que un aspecto de la evolución general de la persona. La llegada consciente al compromiso secular tiene que acompasarse al ritmo de la maduración espiritual del laico.

4.1.- Su contexto y estructura vital actual.-

¿Qué le está sucediendo al laico en el contexto actual de nuestra sociedad? ¿Cómo se está situando?, ¿Cómo es acompañado para que evangelice desde dentro del mundo ?

Esta es la situación con la que nos vamos progresivamente encontrando: un laico desencantado, apocado, sin rumbo, triste, desconcertado, sumergido en los cuarteles de invierno… Ciertamente no se trata de todos los laicos, pero gran parte de ellos se encuentran bien fotografiados en el relato de los discípulos de Emaús:

  • “Sus ojos estaban cegados” (Lc. 24, 26).- Ciegos para descubrir a Dios en su caminar por la historia y en la cultura actual, ciegos para detectar los signos de esperanza de nuestro mundo – “Con rostros tristes” (v. 18).- Habíamos educado a un laico para vivir en una sociedad  de cristiandad, y la pérdida de la misma, lleva a la tristeza, al lamento, y, a veces, a querer volver a recristianizar a la sociedad. – “Nosotros esperábamos” (v. 21).- La esperanza que se puso en Jesús de Nazaret, se ha roto. Con este Jesús se ha fracasado. Basar en él la vida y la felicidad fue un error. Y se comienza a buscar otras ofertas más placenteras, más inmediatas: “carpe die”. Está en juego las imágenes de Dios, las ideas preconcebidas de Dios, que deberán ser evangelizadas a través del Dios revelado en y por Jesús.

El acompañamiento conlleva el conocimiento con objetividad de lo que es y de cuanto rodea al laico: “ver” antropológica y teológicamente su realidad.

4.2.- El acompañante laical.-

El acompañante es la mediación sacramental para el acompañado, es profeta que ilumina, anima y ayuda a discernir, ofreciendo propuestas de futuro.

La actitud básica del acompañante es la empatia o capacidad de situarse en lugar del otro, creer profundamente en él, acogerlo y mantener con él un diálogo revalorizador. Su misión es la de estar pendiente y atento a los signos de Dios, haciéndolo con suma humildad y modestia.

Veamos cuál es el proceso y el estilo concreto con el que ha de actuar el acompañante laical.

4.2.1.- “Se les acercó Jesús y caminó con ellos” (v. 15). La Koinonía.

Se trata de acompañar, como lo hizo Jesús, con compasión, hacer que el otro se sienta acompañado, querido, sin que perciba ningún tipo de enjuiciamiento. La Koinonía requiere amor cercano y silencioso: caminar al lado del otro, sin imponer nada, dejando que el otro pueda volcar sobre ti todo su sufrimiento.

4.2.2.- “El les preguntó” (v. 17). La Diakonía.

El acompañante no permanece siempre mudo, él se incluye en aquello que conmueve a aquellos dos discípulos. De él vienen preguntas, y no cualquiera; son preguntas que dan exactamente en el punto que les afecta a ellos. “¿Qué conversación es ésta que lleváis entre vosotros en el camino?”. Se trata de preguntas que conducen al núcleo de la otra persona, a su situación vital.

4.2.3.- “Él les explicó lo que estaba sobre Él escrito en las escrituras” (v. 27). Martyria.-

Ciertamente la realidad es lugar teológico, es decir, lugar donde Dios está presente y se revela, pero necesita la iluminación de Evangelio para que nos ayude a objetivar, a no confundir nuestra sensibilidad con los valores del Reino de Dios. De ahí que haya que escuchar a estas dos fuentes constantemente: la Realidad y la Revelación. Acompañar es vivir una doble fidelidad: fidelidad a Dios en su Iglesia y fidelidad al otro en todo su contexto.

La misión del acompañante será la de ayudar al otro a descubrir el hilo conductor de su historia a la luz de la fe. Ofrece al otro las herramientas necesarias, para que pueda hacer una lectura creyente de su historia.

El acompañante ayuda a no disociar la fe de la vida, tratando de descubrir en la realidad, a la luz del Evangelio, la presencia y la acción del Espíritu. Se trata de momentos que reclaman escucha, silencio, oración, a fin de que el laico discierna y conozca cuál es la voluntad de Dios.

4.2.4.- “El partió el pan y se lo dio” (v. 30). Liturgia.-

El acampamiento tiene que llevar a que la experiencia que media en este proceso desemboque en reconocer a Cristo en la Fracción del Pan y en la escucha de la Palabra como centro de la vida de fe manifestada en el compromiso por la construcción del Reino.

Y como en todo, hay que respetar cierta progresividad: para llegar a celebrar la Eucaristía habrá que celebrar muchas veces los logros y avances alrededor de unos refrescos y una convivencia.

4.2.5.- “Entonces se les abrieron los ojos, y le reconocieron… Ellos se levantaron y volvieron a Jerusalén” (31-33).

La pedagogía de la acción parte de la vida para volver a ella, pero se ha de volver a ella percibiendo y situándose ante la realidad con otras actitudes, las que nacen del encuentro con Jesucristo, ya que un discernimiento debe terminar con una experiencia que nos evoque la Palabra de Dios tal y como Pablo la expresa: “Sigo pensando que nada vale en comparación con este bien proceso que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él renuncié a todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Fil 3,8).

El encuentro y el reconocimiento de Jesús en su propia historia llevan a dejar a un lado los intereses personales. El creyente es capaz de descentrarse, comienza a poner como centro y pasión de su vida el Reino de Dios, que provoca una inversión de los valores. Ahora podrá volver de nuevo a Jerusalén no ya como una persona derrotada, desencantada y desmotivada en su vida.

Y en el acompañamiento la persona irá sintiendo la necesidad de unirse a la comunidad, para caminar con ella, para discernir juntos, apoyarse en la lucha y en el compromiso, compartir, orar y celebrar la presencia de Jesús resucitado en sus vidas y en la vida de los más pobres y sencillos.

Ahora se sabe que Jesús sale siempre al encuentro del ser humano y que se le puede encontrar en el camino de la vida (sobre todo, allí donde los pobres sufren y son excluidos y empobrecidos), en las Escrituras, en la Fracción del Pan y en la comunidad.

V.- Conclusiones.-

A la luz de este recorrido podemos extraer algunas conclusiones de cuanto conlleva el acompañamiento laical:

Qué es acompañar

5.1.-  Acompañamiento viene de “campaña” y, a su vez, campaña se deriva de “cum-panis” que significa compartir el pan. Es decir, caminar con el otro, poniéndose a su servicio, para que éste un día pueda caminar hacia donde crea mejor. Se trata de un servicio de misericordia y esperanza, de acogida y animación que realiza la Iglesia a través de sus fieles, como expresión de su misión: anunciar la Buena Noticia de Jesús.

5.2.- El Acompañamiento espiritual es un proceso en el cual —mediante la acogida afectuosa y fiel, la escucha atenta, la comprensión integral de las realidades personales, el diálogo, y la iluminación de la Palabra, — se ayuda a cada persona para que se acepte a sí misma, entre en procesos de reconciliación consigo misma y con los demás, discierna la voluntad de Dios para su vida, abriéndose así a la experiencia liberadora del amor de Dios.

El acompañante es un mediador.

5.3.- La paternidad divina revelada por Jesús, es el fondo  teológico desde el cual el acompañante ve a la persona  independientemente  de sus dificultades, perversiones o dolores—, creada y deseada por Dios  y, por ende, digna de aceptación, merecedora de perdón, capaz de conversión, llamada a la vida eterna. La única manera de permitirle a Dios hacer del Acompañamiento un lugar para cuidar su creación, para acogerla y arroparla con su misericordia, es garantizando que el acompañante tiene esa experiencia espiritual en su corazón.

5.4.- Quien acompaña sirve de mediación para que el otro pueda descubrir la manifestación de  Dios Padre en su vida. El acompañante media para alentar, clarificar y discernir cuanto se está viviendo a la luz de los valores del Evangelio del Reino. Si Dios es quien ha tomado la iniciativa de acompañarnos en la vida a través de su propio Hijo, Dios será siempre el autor del proceso de cualquier acompañamiento, y el acompañante no es más que una vasija de barro desde la que él actúa.

5.5.- El acompañante no actúa en nombra propio, sino en nombre de la comunidad eclesial, de la que se siente enviado, para reflejar la imperturbable pasión de Dios por el ser humano, dándole a conocer en su acompañamiento cómo Dios ya está en el corazón de cada uno y del mundo como Salvador.

Su misión.

5.6.- La misión del acompañante  es la de estar pendiente y atento a los signos de Dios, sabiendo leer en la historia y en la vida los signos del paso y la presencia de Dios, para lo cual deberá poseer una sensibilidad contemplativa. Su finalidad a la hora de acompañar será la misma que mantuvo Jesús al acompañar a los niños, a los excluidos, a los pobres, a los condenados, a los desorientados y a los enfermos: hacer que se encuentren con el Dios del Reino, el Dios amigo de la vida, y experimenten que Dios viene a salvarlos, a curarlos, a transformar sus vidas y corazones, a reavivar sus esperanzas. El acompañante va desvelando en su acompañamiento el rostro de Dios, va dando a conocer el contenido de la Buena Noticia de Jesús, a fin de que el acompañado se haga fiel seguidor de Jesús de Nazaret.

Las actitudes del acompañante

5.7.- El centro del Acompañamiento es una experiencia de encuentro y seguimiento de Jesús. Por eso, será Jesús la meta y el modelo de acompañamiento. Jesucristo es el auténtico sacramento de acercamiento y acompañamiento, que nos induce a recuperar la resurrección en cualquier ser humano y en todo lo creado.  Al estilo de Jesús un buen acompañante es aquel capaz de mirar “com-pasivamente”, “sym-páthi-kamente” la vida, sabiendo que sólo así podrá ayudar a poner nombre y a iluminar todas esas zonas oscuras que existen en la vida de cada uno de nosotros y que preferiríamos dejar tapadas, porque tocan puntos muy sensibles nuestros que nos producen dolor.

5.8.- Las actitudes básicas del acompañante son: la empatia o capacidad de situarse en lugar del otro, creer profundamente en él, acogerlo y mantener con él un diálogo revalorizador. El acompañante ha de ser una persona con capacidad de escucha, con una actitud de aceptación y de acogida incondicional a las personas que se le confían, ha de poseer un gran equilibrio personal  para desarrollar la pedagogía de la paciencia y de la esperanza, respetando los ritmos de los acompañados.

El acompañamiento es un servicio, y eres tú el que se pone a los pies. Dar plenamente sin depender del afecto, el agradecimiento, la estima o la valoración que se recibe. Saber y vivir que, por mucho que hagas y sepas, de solo Dios y su gracia depende el que la persona que acompañas se “conforme” interior y exteriormente, en plenitud, con el Señor Jesús.

La finalidad del acompañamiento.

5.9.- El Acompañamiento es un lugar para asumir una vida que se  construye tomando decisiones responsables, decisiones que se construyen en la  escucha del querer de Dios, escucha que se realiza a través del discernimiento. Un Acompañamiento Espiritual que se quede varado en la comprensión, en el  abrazo afectuoso y en el “yo te quiero así”, sin desembocar en la decisión  existencial, en la responsabilidad humana, en el ejercicio de la libertad y en la escucha del Espíritu, no pasa de ser un mal plagio de un consultorio de la “doctora corazón”; pero ya no es, de ninguna manera, un lugar de evangelización.

Se trata de ayudar al acompañado a ir estructurando lo concreto de su vida desde sus opciones de fondo; de hacerle ver que “las prioridades en la intención” se han de concretar en un “modo y orden” de organizar la propia vida, que muchas veces chocará con el “modo y orden” que parece lógico desde otros parámetros vitales. En este sentido, hay que ayudar al acompañado para ponerle de manifiesto los autoengaños y ambigüedades que tienen su seguimiento de Jesús.

Acompañar al laico

5.10.- No es lo mismo acompañar a un laico que a un religioso o sacerdote. En el acompañamiento laical hay que partir de cuanto es el laico, de su teología, de su especificidad, sabiendo que el campo propio de su acción evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, etc. (Cf. EN 70). En su acompañamiento es necesario descubrir el valor de lo real: la vida, los hechos, los acontecimientos, etc., como lugar de presencia desde donde Dios nos habla y se comunica. Se trata de un acompañamiento en el que vamos haciendo lectura creyente de lo que se vive, orientando al laico para que su espiritualidad no derive hacia formas intimistas o puramente intraeclesiales, ya que su actividad evangelizadora es la vida pública.

5.11.- Al laico hay que acompañarlo, por tanto, en su caminar por el mundo, que es para él el ámbito y medio par realizar su vocación bautismal (Cf. ChL 15). El bautismo no lo saca del mundo. De ahí el valor del contacto personal y del acompañamiento cercano en las situaciones concretas por las que pasa el laico. La espiritualidad laical debe beber en las comunes fuentes de la fe, pero en virtud de su condición secular.

Proceso del acompañamiento laical

5.12.- El acompañamiento conlleva el conocimiento con objetividad de lo que es y de cuanto rodea al laico, que se conozca a sí mismo, que llegue a captar el interior de su persona y su propia estructura personal, sus imágenes de Dios, etc. La vida interior auténtica pide “cuerpo”, “encarnación”… La vida “exterior” actúa sobre la interior: la fortalece o la mina… Y ambas –la unidad de ambas, no ninguna de ellas por separadas- constituyen lo que llamamos “vida espiritual”, vida según el Espíritu.

5.13.- El paso hacia la participación y la implicación con el mundo debe ser progresivo. Hay que acompañar al laico con una progresiva educación de sus motivaciones, de su campo de visión, de sus necesidades y deseos… Quien quiera volar alto debe tener siempre los pies en el suelo, que es en definitiva donde se desarrolla vida de los hombres. El suelo es siempre el individuo concreto en todo su contexto vital. La llegada consciente al compromiso secular tiene que acompasarse al ritmo de la maduración espiritual del laico.

Pasos en el acompañamiento.

5.14.- El acompañante en su cercanía y comunión con el acompañado ha de realizar las siguientes funciones:

  • Escuchar, para meterse en las profundidades del otro, en sus reflexiones y emociones, en toda su vida. Escuchar para saber lo que está pasando por dentro de la persona, poder detectar sus imágenes de Dios, y aquello que está haciendo que el laico esté tomando determinadas opciones en su vida, que le hacen situarse de una manera concreta en el mundo.
  • Dialogar creando interrogantes, que ayuden a discernir y poder pasar de un ver exterior a un ver profundo. Se trata de una función objetivadora, ya que hay que situar a la persona ante la verdad sobre sí mismo, sobre Cristo, sobre la Iglesia, sobre el mundo de hoy.
  • Iluminar cuanto acontece a la luz de la Revelación. Ofrecer la  Palabra de Dios en clave iluminadora, haciendo que el acompañado entre en contacto con la Palabra en su propio contexto. Es una función confrontadora, ya que el acompañado, a la luz de la Palabra, ha de desenmascarar sus engaños y sus incongruencias, y detectar los valores que afloran en medio de sus sentimientos, aspiraciones y deseos. En esta función, el acompañante ilumina la vida de la persona dando al Dios revelado en y por Jesús. Al mismo tiempo, e una función motivadora, generando esperanza, y transformando los mismos deseos. En esta etapa del acompañamiento es necesario que el acompañado vaya conociendo la Palabra, la conozca y la estudie, también que vaya orando desde la vida, a fin de ir encontrándose con la persona de Jesucristo. Para alimentar la esperanza cristiana, es preciso que el acompañado recupere los hábitos de oración, de silencio, de meditación, de contemplación del misterio de Dios.
  • Enseñar a celebrar los signos del Reino de Dios en la vida, pues la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde manda toda su fuerza” (SC 10), En efecto, la Eucaristía “da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas” (Eclesia de Eucharistía, 20).
  • Animar al acompañado para que se incorpore a la comunidad, para cuidar, alimentar, fortalecer y avivar la fe y la esperanza en su vida. La fe y la esperanza amenazadas necesitan el refuerzo de la comunidad. Así lo entendió el autor de la Carta a los hebreos, que exhorta a los destinatarios a permanecer unidos a la comunidad y constantes en las prácticas de la misma: “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y de las buenas obras, sin abandonar nuestra propia asamblea, como algunos acostumbran, antes bien, animándoos” (Heb 10,24-25).
  • Motivar al acompañado para que vuelva a mirar y relacionarse con el mundo y la humanidad con compasión y misericordia. El autor de la Carta a los hebreos apela a la compasión y la misericordia de Cristo para animar la esperanza de los cristianos: “Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4,15). “Y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados por estar también él envuelto en flaqueza” (Heb 5,2).

Como Juan Bautista, el acompañante es un profeta mediador que va indicando por dónde y cómo Dios se está haciendo presente en el mundo del laico, y en ese itinerario progresivo del acompañamiento irá alimentando su esperanza con la misericordia, que nace de Dios, porque somos seres vulnerables y vivimos en una historia llena de heridas. Y desde la compasión y la misericordia, e iluminado por la Palabra, el laico irá superando la apatía o la indiferencia ante el mundo, evitando la antipatía o la condena sistemática del mismo, e irá adoptando una actitud de empatía o simpatía frente al mundo, comprometiéndose con él para ser sacramento del Reino en su propio ambiente. Será este proceso el que lleve al laico a desprenderse de su ceguera para poder ir reconociendo al Señor en su historia, pudiendo ahora mirar y relacionarse con el mundo y la humanidad con simpatía, con misericordia y compasión, convirtiéndose en una persona esperanzada que se implica y participa en la transformación del mundo, acompañado por su comunidad..

Allí donde se realiza un acompañamiento al estilo de Jesús, allí donde llegan la compasión y la misericordia, siempre hay lugar para una nueva oportunidad; siempre hay una ventana abierta al futuro y a la esperanza, porque desde la resurrección de Jesús toda historia es “recuperación de la resurrección”.

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