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CONTRIBUCIONES DE LA ACCIÓN CATÓLICA AL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL

CONTRIBUCIONES DE LA ACCIÓN CATÓLICA AL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL

Alberto J ara Ahumada[1] lbjara@uc.cl

Resumen

El presente ensayo se propone investigar y/o revisar los planteamientos doctrinales que la Acción Católica chilena sostuvo en materias políticas, sociales y económicas, durante mediados del siglo pasado. Ellas dan cuenta de la preocupación suya por la dimensión material de la persona, ya no sólo espiritual -que fue su principal cometido y que, por lo tanto, nos parece que queda ajeno a cualquier discusión-.

El desarrollo humano integral nos remite a una comprensión del individuo como ser corpóreo- espiritual, dotado de alma y cuerpo, como lo ha afirmado desde siempre la tradición antropológica clásica. En este sentido, sostenemos que la Acción Católica sí cultivó inquietudes sociales -en el sentido más extenso de la palabra-, que pusieron como centro a la persona integralmente considerada, no sólo afanes orientados estrictamente a la salvación eterna de los cristianos.

Para estos efectos, revisaremos cuidadosamente los artículos que la revista del movimiento publicó entre 1951 y 1954, con el objeto de verificar la existencia de inquietudes por un desarrollo humano integralmente considerado y también, lo que es más discutible todavía, medir el grado de compromiso que la Acción Católica asumió con algunas causas temporales.

Palabras clave

Acción Católica; desarrollo humano integral; revista Ecclesia; laicos; jerarquía eclesiástica; temáticas sociales.

Introducción

Las inquietudes por el desarrollo humano integral no son patrimonio exclusivo de nuestros días. Desde siempre, a lo largo de la historia, debido a la naturaleza social y relacional del hombre, han existido motivaciones de genuino interés por el prójimo.

En el pueblo de Israel se prescribía otorgar especial cuidado a las viudas, huérfanos y forasteros. En la Cristiandad Latina surgieron las órdenes hospitalarias, que se ocupaban de atender a los peregrinos. En Chile, durante el siglo XIX, fueron célebres los Patronatos y las Conferencias de San Vicente de Paul -destinadas a la instrucción de los obreros-. Luego vendrían los Círculos de Obreros, el Hogar de Cristo, hasta llegar rápidamente a las innumerables obras de voluntariado de nuestros días, que existen a nivel país como al interior de la Universidad Católica[2].

Detrás de la preocupación por el bienestar material, hay también un intento por conquistar el alma de quienes se ven beneficiados. Nuestra sociedad aparece desprendiéndose de resabios individualistas y se empieza a interesar por los lazos comunitarios y el bienestar integral del otro. Se ha ido instaurando, a empujones no pocas veces, una cultura de solidaridad humana, aspiración profundamente sentida por Juan Pablo II. Para el Pontífice, en efecto, la solidaridad no era otra cosa que la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, creando un sentido de responsabilidad de todos por todos1.

En este contexto, una de las instituciones que ha asumido el afán por un progreso humano íntegro, de una cercanía cronológica bastante reciente, es la Acción Católica chilena de mediados del siglo pasado.

Por lo tanto, en este trabajo estudiaremos el corpus de ideas que desarrolló la Acción Católica a través de las páginas de Ecclesia, su revista oficial. Se trata de un estudio a nivel de planteamientos doctrinales y líneas pastorales, que omite, por lo tanto, la relación de hechos y circunstancias históricas que protagonizó el movimiento. Porque lo que interesa mostrar, para efectos de este Congreso Social, no es el devenir de sucesos materiales que experimentó la Acción Católica sino, más bien, probar que también ella hizo suyas las banderas de una promoción auténticamente humana y cristiana.

La metodología que usaremos en este trabajo consistirá en analizar fuentes primarias y secundarias sobre nuestro objeto de estudio. Por una parte, estudiaremos cada una de las publicaciones de la revista Ecclesia, que aparecieron desde 1951 hasta finales de 1954, donde se contienen las ideas matrices del movimiento y que darán cuenta de si tuvo o no inquietudes sociales. Por otra parte, revisaremos bibliografía referida al movimiento y a su contexto histórico-doctrinal, con el objeto de hacer una reflexión con perspectiva acerca de las contribuciones del movimiento al ideal de un desarrollo humano integral.

Orígenes y conformación de la acción católica

La Acción Católica nace formalmente en el primer tercio del siglo XX[3], aunque el mismo Pío XI hizo presente que, como realidad material o fondo substancial, es posible rastrear su existencia ya en los orígenes de la Iglesia[4].

En Chile, la Acción Católica se instauró en todas las jurisdicciones eclesiásticas del país, con fecha 25 de octubre de 1931, por una Carta Pastoral emanada del Episcopado, presidido en aquél entonces por Monseñor José Horacio Campillo. El primer Asesor General de la Acción Católica fue el obispo Rafael Edwards[5].

La historiadora María Antonieta Huerta distingue tres etapas en la vida de la Acción Católica en Chile. De todas ellas, la tercera etapa va desde 1946 en adelante, donde encontramos a la Acción Católica especializada[6]. Allí hay una formulación más acabada del movimiento y una mayor consolidación en la sociedad chilena[7]. Nuestro trabajo, por lo mismo, se centra en este último período histórico.

Según las orientaciones principales, la Acción Católica adoptó ocho frentes de trabajo: la formación y preparación espiritual e intelectual de las conciencias; la restauración cristiana de la familia; la educación cristiana de la niñez y de la juventud; la difusión de la prensa católica en todas sus formas y la defensa contra la prensa mala y peligrosa; la defensa de la moralidad social y pública; el fomento y orientación cristiana de la beneficencia y del servicio social; la Acción Social Católica y principalmente la Acción Social Obrera Católica; la defensa o conservación de la libertad y derechos de la Iglesia[8].

La Acción Católica contó con el “Boletín de la Acción Católica de Chile” medio impreso de difusión y propaganda. Circuló hasta finales de 1950, pues a partir de 1951 experimentó dos cambios: su soporte comunicacional mudó de boletín a revista, por una parte, y, por la otra, estrenó un nuevo nombre-Ecclesá[9]-. La revista Ecclesia se presenta con pretensiones más altas: “Será una revista de cultura católica, dedicada no sólo a la Acción Católica, sino a todo el público culto’[10]. A contar de 1951, Ecclesia será el medio de difusión oficial de la Acción Católica en la opinión creyente nacional[11]. Con todo, aunque la Acción Católica fue una plataforma dispuesta para laicos, el control de su revista estuvo en manos de los clérigos[12]. Una posible explicación de este fenómeno podría ser que las ideas y reflexiones no podían quedar en manos de los seglares, inexpertos en materias sacras. El enemigo a combatir eran las malas doctrinas, luego los remedios y ataques debían ser proporcionales, donde los clérigos aparecían como los más capacitados para ello[13].

Sin embargo, al margen de estos guaripolas de la revista, no es razonable sostener que los laicos fueron excluidos de la Acción Católica. Hubo seglares que participaron en algunas instancias de renombre como, por ejemplo, la delegación de la Acción Católica Chilena que acudió al Congreso de Apostolado Seglar[14], realizado en Roma del 7 al 14 de octubre de 1951.

Relevancia de la acción católica

Desde la fundación de Santiago del Nuevo Extremo, en el año 1541, hasta nuestros días, advertimos que pocos movimientos intelectuales han incidido tan hondamente en la configuración de nuestra sociedad como lo ha hecho la Acción Católica.

En primer lugar, esto se evidencia en la configuración ideológica de nuestra política de partidos, especialmente en sus vertientes de centro y de derecha. El papa León XIII estableció las bases doctrinales de la Democracia Cristiana italiana y orientó la participación de los laicos en política hacia ella[15]. Esto explica que, al menos en sus orígenes, los dirigentes de la Falange chilena fueron casi todos destacados ex dirigentes de la Acción Católica[16]. A partir de sus coordenadas espirituales se estructuró una narrativa o relato político empapado de referencias cristianas y clericales, como con elocuencia demuestran, por ejemplo, los discursos de Eduardo Frei Montalva.

En segundo lugar, el clima mental generado en los años sesenta en torno al Concilio Vaticano II parece haber sido fruto, en alguna medida, de la inserción de los laicos en materias propias del clero, como patrocinó la misma Acción Católica. Ella, como señaló Pío XI, consistió en la participación de los laicos en la función específica de la jerarquía[17]. De este modo, cuando en los agitados sesenta los seglares demandaron una mayor participación en la Iglesia -o, mejor dicho, participar de la vida interna de la Jerarquía-, lo que hicieron fue correr un poco más la cerca que ya había desplazado, una generación antes, el Papa Pío XI al definir a la Acción Católica en los términos que lo hizo[18].

En tercer lugar, la Acción Católica ejerció un influjo en variados ambientes de la población nacional. En los campos actuó por medio de la Acción Católica Rural, con el objeto de formar militantes seglares con auténtico espíritu apostólico[19]. Algo parecido sucedió con su influencia en el mundo de los obreros y de cómo sentó las bases del sindicalismo cristiano, a través de la Juventud Obrera Católica. Asimismo, las universidades contaron con órganos de la Acción Católica, que tenían por objeto inculcar el sentido cristiano de la vida en la juventud y futura clase dirigente del país.

Y en cuarto lugar, la Acción Católica tuvo importancia gravitante no sólo en el clero diocesano o secular -donde se originó-, sino también en el clero religioso. Es elocuente el buen concepto que de la Acción Católica tuvo el sacerdote jesuita Alberto Hurtado: “Tiempo esya de despertar dellargo sueño en que hemos estado sumergidos y de emprender la restauración cristiana de nuestra Patria. Al despertar hemos echado una mirada al campo y hemos visto tanta cizaña en medio del trigo. El enemigo la ha sembrado aprovechando nuestro largo sopor. Para emprender este movimiento de restauración, la Divina Providencia nos ha dado un medio elmás adaptado a nuestros tiempos: la Acción Católica, brotada como raudal de aguas vivas del seno mismo de la Iglesia y que en esta hora es el llamado mismo de Dios para la salvación del mundo ”1.

Ahora bien, la influencia que la Acción Católica realizó en los ámbitos social, político, cultural y religioso se expresó en coordenadas muy definidas y concretas. No sólo se encargó de meditar las verdades eternas, sino que además la Acción Católica se afanó por los problemas contingentes de su tiempo.

Hay algunos que sostienen que la Acción Católica no tuvo inquietudes sociales. Ella no sería otra cosa, en la década de los cincuenta, que un conjunto de “niñitos bien” que se juntaba a rezar, conversar y nada más. El autor José Antonio Díaz se refirió a la Acción Católica como “un organismo piadoso conformista”[20], que cultivó una “mística de la evasión” y que concibió al laico como “un cristiano de segunda zona”[21]. Otros vieron en el movimiento una actitud ambigua, a medio camino entre dedicarse sólo a lo espiritual o sólo a lo contingente. Monseñor Alan Ancel, presidente de la Comisión Episcopal del Mundo Obrero, recogió la crítica que acusaba a la Acción Católica de no ser una entidad definida: “Algunos dicen: ‘La Acción Católica se ocupa sólo de lo temporal, no evangeliza ‘. Otros afirman: ‘La Acción Católica se niega a comprometerse en la acción temporaly quiere limitarse a una evangelización meramente espiritual’. Es cierto que los militantes de la Acción Católica se ocupan de lo temporal; también es cierto que el Movimiento se niega a adquirir compromisos temporales. Estas actitudes, evidentemente, plantean problemas”4.

Nosotros, sin embargo, creemos que la Acción Católica sí tuvo inquietudes por un desarrollo humano integral y que consideró al hombre como una unidad corpóreo-espiritual. Para ello, se ocupó tanto de la dimensión trascendente de la persona como de las circunstancias contingentes en que debatía su existencia. Lo que puede ser discutido es el grado de compromiso de la Acción Católica con las materias sociales y económicas. Es decir, qué tan a fondo llegó en la aplicación de las ideas social cristianas. Pero creemos que no puede cuestionarse, como veremos, su interés por el bien de todo el hombre y de todos los hombres.

Las preocupaciones de la acción católica

La Acción Católica tuvo, de manera principal, una ocupación por la dimensión espiritual del ser humano. En efecto, la Acción Católica fue concebida como la participación de los seglares en el apostolado verdadero y propio de la Iglesia, esto es, en el apostolado que le corresponde a la Jerarquía

Eclesiástica[22]. No obstante esto, el movimiento también se ocupó de las condiciones materiales e históricas que hacían posible una vida plenamente humana.

Estas inquietudes por un desarrollo humano integral se reflejan, por ejemplo, en las diversas materias que abordó la revista[23]. En consecuencia, como la preocupación de la Acción Católica por el bien espiritual y trascendente está fuera del foco de la discusión, conviene centrarse en aquellos asuntos que nos hablan de un catolicismo de aproximación más social y que nos resultan más desconocidos.

En lo que se refiere a la política, Ecclesia optó por no repasar los principios de este orden de cuestiones, sino ofrecer vidas ejemplares que encarnaran la participación cristiana en las esferas del poder. Así ocurrió con la vida de Alcide de Gasperi, puesto como modelo de un hombre público plenamente sintonizado con los principios católicos[24]. Además, se publicó una semblanza del abate Luis de Sturzo, considerado prototipo del político católico. Este hecho nos causa extrañeza, pues muestra a un clérigo, cuya misión es netamente espiritual, fundando y dirigiendo una estructura temporal como lo es un partido político[25].

Sobre la vida obrera hubo bastante que decir, si se considera que una de las tres ramas de la Acción Católica especializada fue la Acción Católica Obrera. Las otras dos ramas fueron la Acción Católica Rural y la Acción Católica General. En su artículo Una luz cristiana en medio del mundo obrero de Chile” Carlos Sandoval Munita indicó que el nacimiento y crecimiento de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Chile vino a solucionar uno de los problemas apostólicos más apremiantes de nuestra patria: el favorecer la existencia de apóstoles seglares auténticamente cristianos y auténticamente obreros. Y es que hasta antes de la JOC, extender el reino de Cristo entre los obreros no era fácil[26]. Por otro, lado el Papa Pío XII reiteró la misión social que debe realizar el empresariado católico y que Ecclesia publicó en sus páginas[27].

Una variante de esta temática fueron los curas obreros. En este terreno la revista Ecclesia libró una de las batallas más épicas, como previendo que, en la década posterior, sería una bandera agitada por los sectores católicos más revolucionarios y que convenía combatir desde su génesis. En general, si bien se valoraron los esfuerzos por reconquistar las comunidades obreras para la Iglesia, se criticó con dureza el hecho de que estos sacerdotes presentaran su acción en ruptura con la tradición anterior[28].

En relación con las cooperativas, esta institución fue mirada como un medio verdaderamente eficaz para servir a los necesitados en los aspectos económico y social. Hubo conciencia de que era una poderosa escuela de formación cultural y moral, capaz de captar el interés de los asociados. Por otro lado, las cooperativas fueron vistas como la base para la creación de futuras empresas y desarrollar la formación cooperativista de los socios[29]. Pero, por sobre todo, servían para que la gente se acercara a la parroquia, conociera íntimamente al sacerdote, y éste puediera tener así mucho mayor margen para un efectivo apostolado[30].

La Acción Católica tuvo un actuar decidido en los campos, donde a través de la constitución de la Acción Católica Rural quiso formar militantes seglares y con un auténtico espíritu apostólico[31]. En este ámbito se consideró, por un lado, el aporte moral que significaba un patrón cristiano para la formación de los campesinos[32], y, por el otro, las importantes realizaciones sociales que podían lograrse. A este último respecto, se narró el caso de Carlos Ariztía y la cooperación de los inquilinos del fundo Longotoma. En dicho campo se trabajaba con el sistema de mediería, de forma que al quedar excedentes tras las cosechas, las utilidades eran repartidas. Por lo que Ariztía, a fin de invertir esos dineros de manera más eficiente y segura, creó la Cooperativa Agrícola Longotoma Ltda., que la revista explicó al detalle[33].

La educación fue, también, motivo de ocupación por parte de la Acción Católica. Pero lo que a fines del siglo XIX fue materia de acaloradas disputas entre la Iglesia y el Estado, parece ahora estar lejos del tenor de aquellas controversias decimonónicas. Si bien ahora no se trata de la libertad de la Iglesia para abrir y mantener colegios en medio de una sociedad laica o secularizada en sus instituciones, sí se trata del contenido que debe involucrar la instrucción. Sin embargo, la Acción Católica no abordará la materia que compone las asignaturas científicas o humanistas propiamente tales, sino el fondo moral y religioso que subyace a la labor docente[34].

Un tema muy recurrente en la revista fue el relacionado con el comunismo. Hay que tener en cuenta la publicación que, en 1937, el Papa Pío XI hiciera de la encíclica “DiviniRedemptoris” advirtiendo de los peligros del comunismo ateo. En este clima mental, Ecclesia publicó una serie de noticias que daban cuenta de las prácticas hostigosas y persecutorias que, por ejemplo, los creyentes experimentaban en China[35]. Además, la revista se encargó de presentar a nivel conceptual el sistema comunista y las razones de su incompatibilidad con el cristianismo[36].

También el arte fue materia de análisis de la Acción Católica, en especial el arte sagrado. Se le definió como aquél que contribuye en la mejor manera posible al decoro de la casa de Dios y promueve la piedad y la fe de los que se reúnen en el templo para asistir a los divinos oficios e implorar los dones celestiales[37]. Esta dimensión del ser humano no fue excluida de la revista, lo que demuestra el interés por formar cierto sentido estético-religioso en el mundo católico de mediados del siglo XX. Los criterios o lineamientos al respecto fueron bastante claros[38].

Por último, los medios de comunicación fueron una de las inquietudes más recurrentes de la Acción Católica. El principal medio de difusión fue la radio, a través de la cual se promovería la defensa del orden moral y se difundirían las buenas ideas[39]. Pío XII, de hecho, adquirió celebridad por la gran serie de radiomensajes que grabó. Y encomendó una gran responsabilidad a este medio, cuando inauguró la Radio Católica de Chile[40]. El cine tampoco estuvo ajeno al tratamiento eclesiástico, tanto en un sentido negativo como en su aspecto valioso y positivo para la causa santificadora[41]. Por otro lado, la publicidad fue otro tópico que ameritó un par de palabras de parte de Ecclesia, donde se analizó crudamente el destape y riesgo para la salud moral que significaba la ausencia de límites claros para mantener una sociedad sanamente constituida; en este asunto hubo, por cierto, constantes tensiones con la autoridad, que, a juicio de la Iglesia, no cumplía debidamente su papel[42].

Los enigmáticos silencios

En frente de los grandes tópicos sociales que abordó la Acción Católica por medio de su revista, hay otros que brillaron por su ausencia. Consideramos que estos grandes temas se resumen básicamente en cinco: la vivienda obrera digna, como solución al hacinamiento y al deterioro moral de las familias. El salario justo, para que el trabajador y su familia pudieran llevar una existencia no básica, sino realmente humana. Las migraciones desde el campo a la ciudad. La extensión de la jornada laboral, como medida razonable en la triple división del día que consagra un tiempo para el trabajo, otro para la familia y otro para el debido descanso. Y, por último, una mirada crítica sobre el capitalismo económico inspirado en las filosofías materialistas y utilitaristas. Estas materias fueron recurrentes en el magisterio de León XIII en adelante y que, en general, asumió como propias la corriente del social catolicismo chileno[43], por ejemplo a través de la revista Estudios, dirigida por Jaime Eyzaguirre[44].

Sin ahondar en este momento en las razones de por qué esos tópicos no fueron abordados por Ecclesia, conviene tener en consideración el fenómeno de que la mayor parte de la historiografía detiene el estudio de la cuestión social, al menos en Chile, en los años cercanos a 1925. La cuestión social sería una realidad presente, en cifras redondas, desde 1870 hasta 1930. Desde la década del treinta en adelante, con el advenimiento de una nueva concepción del Estado, más social y menos liberal, pareciera que el conjunto de flagelos que constituyeron la cuestión social hubieran desaparecido de la noche a la mañana. Sin embargo, publicaciones recientes de algunos historiadores, como Gabriel Salazar -que estudia la aparición de las “poblaciones callampa” en plena era CORFO-, demuestran que los males de comienzos de siglo seguían presentes. Más ocultos, es posible, pero siempre ahí, afectando a muchos chilenos[45].

Del hecho de que la Acción Católica no hubiera abordado estas cinco temáticas que fueron patrimonio del social catolicismo, podrían valerse los detractores del movimiento para insinuar que ella no tuvo interés en las grandes problemáticas de su tiempo. La Acción Católica no se habría ocupado de un desarrollo humano integralmente considerado. Sin embargo, nos parece que debe realizarse un juicio más amplio y matizado acerca del rol del movimiento en los años que hemos estudiado, en base a las siguientes consideraciones.

En primer lugar, hay que tener presente que durante los cuatro años que circuló la Ecclesia, vieron la luz una serie de temáticas que correspondían materialmente al objeto de la doctrina social de la Iglesia. Hubo constantes referencias a las cooperativas, la redención obrera, la vida campesina, la política, el comunismo o los medios de comunicación, entre otros asuntos conexos. La Acción Católica, en consecuencia, no promovió una visión del catolicismo de espaldas a los grandes problemas humanos. Al contrario, estuvo siempre presente iluminando con los principios eternos la marcha de las realidades terrenas. Con esta actitud, la Acción Católica se adelantó a la enseñanza que se elaboraría con mayor perfección en las sesiones del Concilio Vaticano II, en el sentido de que es misión de la Iglesia, concretamente de sus laicos, la renovación de todo el orden temporal.

En segundo lugar, las grandes directrices católicas que la revista transmitió, sin cesar, para remediar los dramas humanos de la época, estuvieron en directa relación con los principios morales y espirituales del cristianismo. Se trató de un catolicismo integral, que desde su esencia sobrenatural comunicó ideas y planteamientos orientados a la contingencia. En ningún caso se trató de una propuesta secularizada o de un catolicismo que razona las grandes cuestiones desde una óptica inmanente, intramundana, naturalista o no-teológica. Por ejemplo, al tratar de las cooperativas, Ecclesia no sólo ponderó las ventajas sociales y económicas que tal institución podía aportar a sus asociados, sino que, sobre todo, puso en evidencia la gran oportunidad que se le abría al sacerdote para realizar, de una manera más cotidiana, el imprescindible apostolado.

En tercer lugar, se insistió hasta el cansancio en la labor que los laicos debían desempeñar en la extensión del reino de Cristo en la sociedad. Como decía Pío XI: “La Acción Católica no es otra cosa sino la ayuda                                    que prestan los    seglares    a la Jerarquía                 Eclesiástica en el ejercicio del apostolado.                                                 Y

porque es apostolado, no solamente procura la santificación propia, sino que tiende a la mayor santificación de los demás por medio de la acción organizada de los católicos, quienes, siguiendo en todo la dirección impuesta porla Jerarquía, ayudan valiosamente a dilatar en las naciones elreinado de Cristo ”9. Monseñor Larraín estuvo convencido de que la acción sacerdotal y la acción del seglar, aunque idénticas en su fin, eran diversas en su forma: “Por tanto, ni laicismo, que pretende independizar a los seglares de la Jerarquía, ni clericalismo, que hace invadir a los sacerdotes el campo de los seglares, sino coordinación de ambas formas de apostolado, en una acción donde el sacerdote asiste, inspira y mueve y elseglar da cumplimiento al mandato recibido, santificando y cristianizando el ambiente”0. Estos hechos vienen a derribar el mito contemporáneo de que recién a partir del concilio Vaticano II los laicos habrían sido tomados en serio.

En cuarto lugar, la Acción Católica, a través de Ecclesia, emprendió una santa cruzada en contra del comunismo y su totalitarismo irreligioso en naciones cristianas. Por una parte, denunciaba la intrínseca perversidad de sus principios. Y por la otra, hacía ver la inviabilidad práctica que un sistema como el descrito representaba para las sociedades. En este combate no hacía sino prolongar el grito de

guerra que Pío IX, en el Syllabus, y León XIII, en Rerum Novarum y otras encíclicas, habían dirigido en contra de las tesis de Carlos Marx y Federico Engels. Alfredo Barros Errázuriz, años antes, ya había sido bastante categórico: “Este antagonismo social amenaza conducirnos a una ruina total. Como dice muy bien el Padre Curci para el eterno antagonismo entre pobres y ricos, no hay en la Historia de la humanidad sino dos soluciones: ola civilización cristiana, fundada en el Decálogo y en los Evangelios, o la esclavitud pagana. Hay que elegir entre Roma o Moscou, entre el Papa o Lenin”1. Llama la atención, a este respecto, que el dilema era presentado entre cristianismo y comunismo. ¿Pero qué pasaba con el capitalismo liberal, inspirado en Adam Smith? ¿Acaso no merecía reparos?

En este sentido y en quinto lugar, es llamativo que la revista, durante los cuatro años que analiza este trabajo, silenciara sistemáticamente las críticas hacia el modelo económico capitalista. No era que tuviera tampoco palabras de benevolencia hacia estos postulados. Pero, por un sentido de ecuanimidad, es razonable sostener que si se criticó tan ardientemente al marxismo -por ser materialismo teórico-, también debió criticarse con semejante celo al capitalismo, que es materialismo práctico. Más todavía si consideramos que Romanos Pontífices como Pío IX y León XIII lo habían hecho. Y en Chile mismo, un nutrido grupo de intelectuales, como Juan Enrique Concha y más tarde los miembros de la Liga Social, como Fernando Vives, Julio Philippi u Osvaldo Lira, hicieron una crítica descarnada hacia el espíritu burgués y hacia los principios que emanaban de la filosofía de Adam Smith[46].

En sexto lugar, aún cuando la revista contenga publicaciones enmarcadas dentro de un catolicismo social, la actitud de la Acción Católica a la hora de hacer aplicación de esas ideas socialcristianas fue bastante moderada, tibia y poco comprometida. En la obra “ElPadre Hurtado,, Apóstol de Jesucristo ”, biografía escrita por el sacerdote jesuita Alvaro Lavín, se evidencian las polémicas que tuvo San

Alberto con monseñor Augusto Salinas, roces que se fundaron, precisamente, en las distintas maneras de comprender el catolicismo en temas sociales. El mismo padre Hurtado consigna que, en el trasfondo de su apartamiento como Asesor Nacional de la Juventud Católica, estaban acusaciones en su contra que giraban en torno a tres puntos directamente relacionados con estos asuntos: falta de espíritu jerárquico, injerencia en política e ideas avanzadas en materia social[47].

Por último, cabe considerar que las publicaciones de índole social y económica de Ecclesia representaron sólo un tercio del total de los artículos de la revista[48]. La gran mayoría, como es lógico, correspondió a materias piadosas o estrictamente sagradas. No deja de llamar esto la atención, porque hay un tema más de fondo, que es la vinculación entre gracia y naturaleza que no resplandece suficientemente en la revista. En la generalidad de los casos, la gracia aparece correteando por su propio derrotero, divorciada de su misión respecto de la naturaleza. No aparecen los grandes temas como la economía, la política o la sociedad entera, repensados desde la sabiduría perenne de los principios cristianos. Es cierto que monseñor Larraín tuvo palabras muy sabias al respecto: “Esto [el encarnarse] exige la preocupación y el interés por todos los problemas del ambiente, no sólo los espirituales y morales, sino igualmente los de orden materialy temporal. En esta forma haremos el terreno permeable a la gracia de Cristo ”[49]. Pero estas palabras cargadas de sabiduría no tuvieron, aparentemente, un correlato sostenido en las páginas de Ecclesia, que fuera más allá de chispazos intermitentes[50].

Conclusiones

La Acción Católica no abordó todas las temáticas sociales y económicas de su tiempo, como pudiera haberse deseado, pero sí afrontó grandes desafíos culturales de la época. Por otra parte, pese a las imperfecciones, tibiezas o temores que exhibió la revista Ecclesia en el tratamiento de algunos temas, no puede negarse que hubo aportes en la línea de un desarrollo humano integralmente considerado. Y fue un aporte en doble perspectiva de integralidad.

En primer lugar, porque abarcó materias de naturaleza teológica junto con materias de orden doméstico de una familia cristiana, lo que presentó al catolicismo como una unidad de vida. Y en segundo lugar, fue integral porque su énfasis estuvo en el plano más excelente del ser humano, aquello donde radica su dignidad de ser racional: su inteligencia y su voluntad. Usando una analogía a este respecto, podemos decir que la Acción Católica quiso elevar al hombre caído a la manera como un individuo levanta una marioneta desde los hilos más altos. Así también la Acción Católica no se quedó en las consideraciones materiales de la existencia, sino que se dirigió a lo más hondo y elevador de la persona: su alma espiritual, capaz de conocer y amar a Dios.

Las inquietudes de la Acción Católica fueron, en definitiva, las de un cristiano con los pies bien puestos en la tierra, pero con los ojos clavados en el Cielo.

Es evidente que no somos los primeros quienes hemos puesto el desarrollo humano integral como meta de nuestras aspiraciones. Allí está la Acción Católica, con sus méritos e imperfecciones, para demostrar que en los días del ayer también existía amor al prójimo. Puede sucedernos que, en materia de dignidad humana, nos sintamos como haciendo y escribiendo historia. Pero no. Muchos movimientos de los siglos anteriores han desarrollado idénticas motivaciones.

tácitamente el orden humano -las realidades de este mundo-. Es lo que el filósofo Francisco Canals Vidal denominó “cristianismo de trascendencia ”presente en siglos previos bajo los nombres de monofisismo, eutiquismo, catarismo o jansenismo, todos los cuales bebieron del gnosticismo y del maniqueísmo. Por lo tanto, quizá fueron resabios de aquella tendencia los que constituyeron una barrera mental relativamente infranqueable cuando se trató de difundir un pensamiento más pendiente de los dramas terrenos; esto es, parafraseando a Santa Teresa de Avila, con una fe que sabía encontrar a Cristo en los pucheros. En definitiva, no era fácil para algunos espíritus aceptar un catolicismo que no veía contradicciones entre la vida de piedad y la acción en favor del prójimo. Por este motivo, José Antonio Díaz llega a sostener que la Acción Católica postuló una “mística de la evasión” (Cfr. DÍAZ, José Antonio, “La crisis permanente de la Acción Católica’’, Editorial Nova Terra, Barcelona, Primera Edición 1966, p. 88).

Por lo tanto, corresponde que nos comportemos como enseña aquel adagio de la Cristiandad Latina: ser como enanos sobre hombros de gigantes. Sólo si aprendemos de nuestros mayores y predecesores, sin renegar de su legado moral e histórico, podremos mirar más lejos y consolidaremos una auténtica civilización cristiana. Allí donde la persona de Jesucristo ocupe el centro y, por Él y en Él, la familia de todos los hombres.

Como corolario final, cabe notar que el curso de la historia muestra que las soluciones más integrales a los grandes problemas humanos no parecen provenir ni de los modelos marxistas ni de los diseños liberales, sino de la concepción de hombre y sociedad que subyace a la cultura católica. Una vez más en la historia, aparece que es el pensamiento cristiano quien da forma a una civilización más humana. Constatar esta realidad y convencerse de ella es fundamental frente a la hora presente que nos toca vivir.

La posmodernidad se caracteriza por confesar la superación de la razón y, en consecuencia, el agotamiento de cualquier metarrelato o absoluto que dote de sentido a la existencia. Por eso no es raro encontrarse, incluso entre los católicos, con severos complejos de inferioridad relativos a la identidad, a la confesión religiosa o a los proyectos de trascendencia.

Frente a este relativismo cultural, creemos que corresponde sacudirse los miedos paralizantes y entrar esperanzados al debate público. Es hora de desempolvar nuestras banderas y confiar en que nuestros ideales aportarán sustancialmente al cambio cultural que el país requiere. No será posible edificar la civilización del amor si no asumimos este sacrificio.

 

Referencias Bibliográficas Fuentes primarias

ACCIÓN CATÓLICA CHILENA, “RevistaECCLESIA ”, Santiago, 1951-1954, números 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14 y 15.

Fuentes secundarias

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CONFERENCIA EPISCOPAL CHILENA, “Carta al Cleroyñeles de la República”, 24 de julio de 1956.

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3 Cfr. PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, “ Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia ” Editorial San Pablo, segunda edición, Santiago, 2008, p. 143.

  • HURTADO CRUCHAGA, Alberto, “¿Es Chile un país católico?” Editorial Ercilla, edición especial, 2005, p. 119.

24 ANCEL, Alfred, “Ante la crisis actual de la Acción Católica”, Editorial Nova Terra, Barcelona, 1966, p.17.

49 PÍO XI, “Carta al Episcopado Argentino ”, 4 de febrero de 1931.

50 LARRAÍN ERRAZURIZ, Manuel, “Acción Católicayrealidadesmodernas” Impresiones Casa Hogar San Pancracio, Santiago, 1947, p. 13.

51 BARROS ERRÁZURIZ, Alfredo, “Acción Católica” Dirección General de Prisiones-Imp., Santiago, 1933, p.199.

[1] Alumno de Derecho y Certificado Académico en Historia de Chile, ambos en la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.

[2] Cada vez es más frecuente constatar que van floreciendo, a lo largo y ancho del país, obras de voluntariado de diversa naturaleza. La Fundación San Josépara la Adopción, Desafío Levantemos Chile, Caritas, Fundación Pro Bono, Idea Paísy Un Techo para Chile son no más que algunos ejemplos de esta tendencia de ocuparse por el prójimo. En la misma Universidad Católica, sin ir tan lejos, se encuentran iniciativas como Belén, Calcuta, Prácticas Solidarias, Trabajos San Alberto, entre otros proyectos, que hacen carne el ideal del servicio desinteresado. A nivel de grandes firmas, ha tomado vuelo aquella rama denominada Responsabilidad Social Empresarial (RSE), en virtud de la cual las sociedades mercantiles contribuyen, de manera activa y voluntaria, con medidas concretas tendientes al mejoramiento social, cultural o ambiental de ciertos grupos de la población. Por otro lado, pareciera que buena parte del empresariado nacional ha abandonado las concepciones más puristas acerca del modelo económico de raíz neoliberal. Ya no se rasgan demasiadas vestiduras cuando autoridades de gobierno, por ejemplo, alzan la voz en favor de una economía social de mercado y de un Estado más subsidiario, que beneficie directamente a los pobres de Chile. En las movilizaciones estudiantiles de 2011, al menos a nivel de discurso de sus dirigentes, se buscaba una mayor equidad en el acceso a la educación. La formación universitaria fue percibida como un bien y, en consecuencia, como perfectiva de los sujetos que la reciben. La Prueba de Selección Universitaria (PSU) ha incorporado para este año 2012 nuevas variables, donde destacan hábitos intelectuales y morales, ya no sólo acumulación de conocimientos. Por su parte, la tasa de interés del llamado Crédito con Aval del Estado se rebajó desde un seis a un 2%, favoreciendo principalmente a los quintiles medios del país. Asimismo, hemos podido ver, a través de la televisión y medios escritos de circulación electrónica, cómo ha cobrado fuerza y sentido el periodismo investigativo. De acuerdo a la idea de que los medios de comunicación representarían una suerte de cuarto poder del Estado, ellos se han auto-impuesto la tarea de ser los tutores de los más desprotegidos -por ejemplo, los consumidores-, denunciando los atentados a los intereses de estos grupos y poniendo en evidencia las infracciones cometidas por los prestadores de servicios. En consecuencia, se percibe que, en general, vamos mejorando en calidad humana, aunque aquí y allá estallen a menudo conflictos de diversa índole. Pero incluso ante hechos dramáticos, la reacción primaria no es la indiferencia, sino el interesarse por sus causas y las posibles soluciones.

[3] Cabe precisar, sin embargo, que los albores de la Acción Católica, a nivel mundial, se remontan a la encíclica Ubi Arcano Dei, publicada en el año 1922 por el Papa Pío XI. En ella, el Romano Pontífice señala que fruto del ardiente celo por las almas es aquél “conjunto de instituciones, programas y obras, que se conoce con el nombre de Acción Católica y que es de Nos muy estimada ”(Cfr. PÍO XI, “Ubi Arcano Dei Consilio”n° 18). Con todo, ya en 1905, en su encíclica Il Firmo Proposito, el Papa Pío X había dispuesto una reorganización del movimiento católico italiano, donde sentó las bases de la constitución de la Acción Católica como actividad organizada de los laicos, en orden a unificar sus fuerzas para situar de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela y en la sociedad. No obstante, fue Pío XI el gran arquitecto del edificio doctrinal que sostuvo a la Acción Católica robusta y extendida por variadas regiones del globo.

[4] PÍO XI, “Carta dirigida al Episcopado Argentino” 04/02/1931. Véase también, del mismo autor, el discurso dirigido a las obreras de la Juventud Católica Italiana, del 19/03/1927, donde sostiene la misma idea.

[5] La Acción Católica se formó con parte importante de los ex miembros de la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC), fundada en 1915 por el Pbro. Julio Restat y en conjunto con los estudiantes universitarios Eduardo Cruz Coke y Emilio Tizzoni. Además, la Acción Católica fue el resultado de las inquietudes que promovieron, entre otros grupos, los “Círculos de Estudio”, de la mano del sacerdote Fernando Vives del Solar (cfr. ALIAGA ROJAS, Fernando, “Historia de los movimientos apostólicos juveniles de Chile” Editorial Equipo de Servicios de la Juventud (ESEJ), Santiago de Chile, 1973, p. 45).

[6] Cfr. HUERTA MALBRAN, María Antonieta, “Catolicismo Social en Chile. Pensamiento y praxis de los movimientos apostólicos” Ediciones Paulinas, Santiago, 1991, pp. 431-461.

[7] El 24 de julio de 1956, la Conferencia Episcopal de Chile, en una carta pastoral dirigida al clero y a los fieles de la República, elogió el vigésimo quinto aniversario que cumplía la Acción Católica en el país. Asimismo, no dejó de bendecir la hora en que se fundó este movimiento apostólico que, como fue calificado por Pío XI, constituía el remedio específico a los males del mundo moderno. La carta de 1956 tuvo una triple finalidad: ser una voz de aprobación y aliento a lo que la Acción Católica había hecho; despertar en sus miembros la responsabilidad de la misión que la Iglesia les ha confiado; y llamar a todos los fieles a incrementar sus filas (Cfr. CONFERENCIA EPISCOPAL CHILENA, “Carta al Clero y fieles de la República” 24 de julio de 1956). En definitiva, es evidente que por aquellos años había un optimismo creciente acerca de la labor que, en beneficio de las almas y de la restauración cristiana de la sociedad, podía desempeñar la Acción Católica. Optimismo que, por cierto, no da cuenta de la crisis de esta institución que Fernando Aliaga documenta en el año 1947 (Cfr. ALIAGA ROJAS, Fernando, “Historia de los movimientos apostólicos juveniles de Chile”, Editorial Equipo de Servicios de la Juventud (ESEJ), Santiago de Chile, 1973, p. 58).

[8] Cfr. SILVA SANTIAGO, Alfredo, “Nociones de Acción Católica”, Colección Ecclesia N° 4, Segunda Edición, Santiago, 1932, pp. 169-246.

[9] En el primer número de la revista Ecclesia, correspondiente al año 1951, se recuerda a los suscriptores del Boletín de la Acción Católica Chilena que, por acuerdo de la Comisión Episcopal, este Boletín había cambiado al nombre de “Ecclesia .

[10] ECCLESIA, año I, N° 1, Santiago, 1951, p. 2.

[11] La revista Ecclesia, dependiente del Secretariado Nacional de Prensa -que, a su vez, dependía de la Junta Nacional de la Acción Católica de Chile-, fue publicada en números irregulares por año. Así, en el año de 1951 se publicaron dos números. En 1952 se publicaron cinco. En 1953, cuatro números. Y en 1954, igualmente cuatro.

[12] El gran “poder en las sombras” o “eminencia gris” detrás de la Acción Católica fue su Asesor General, monseñor Manuel Larraín Errázuriz. Además, si atendemos a quienes firmaban los artículos de la revista, excluyendo a las plumas internacionales -en especial francesas- cuyos escritos se reproducían en Ecclesia, vemos a otros eclesiásticos como Bernardino Piñera, Alfredo Silva, Carlos Sandoval Munita y Sergio Venegas. En cuanto a la presencia de laicos colaborando con artículos en Ecclesia, encontramos, ocasionalmente, las figuras de Alejandro Silva Bascuñán, Santiago Bruron y, en menor medida, Carlos Ariztía y Sara García de la Huerta. De forma que, entre todo el universo de articulistas de la revista, los escritos de clérigos ocupaban la mayor parte de Ecclesia. Esta escasa participación seglar llama la atención, ya que la Acción Católica fue una tarima pensada y dispuesta para laicos. Es decir, la Acción Católica era propiamente negocio de seglares, no de los curas.

[13] Sin embargo, esto es susceptible de una crítica. Porque los graves males que denunciaba la revista eran combatidos en sede religiosa, no temporal, en circunstancias que la naturaleza de tales males era, a nuestro juicio, bifronte: espiritual y temporal. Luego, el combate se hizo trunco, cojo, manco. Se declamaron perfectamente los principios, pero nadie sabía cómo dar soluciones prácticas, aplicarlos convenientemente a las realidades de este mundo. Eso sí, se puede replicar a esto con lo que decía san Alberto Hurtado: “Las obras de carácter social no caen dentro del campo de la Acción Católica para ser realizadas por ella misma; pero a ella le incumbe formar el criterio social de sus miembros y ponerlos en contacto con las instituciones llamadas a realizar esta labor socialcristíana” (HURTADO CRUCHAGA, Alberto, “¿Es Chile un país católico?” Editorial Ercilla, edición especial, 2005, p. 122). Con todo, el hecho de la escasa participación de los laicos en la dirección de la revista nos parece de una relevancia no menor, aunque esta no radica, por cierto, en una comprensión de lucha dialéctica o antagonismo que pudiéramos apreciar entre “curas” y “laicos”. La relevancia de la composición del comité de la revista estriba en un punto objetivo y que es el siguiente. La formación del sacerdote es en torno a los principios morales; la del laico, en cambio, se centra en el desarrollo de una disciplina secular, específica, contingente, aplicada a la luz de los principios entregados por los pastores. Sin embargo, aquella formación de los sacerdotes les lleva a no ver la secularización que se da al interior de las propias disciplinas o profesiones. Porque una cosa es ser un abogado justo o un médico competente en su ciencia, pero otra cosa muy distinta es ser un abogado piadoso, de misa diaria, pero inicuo en el ejercicio de su actividad. No siempre coinciden esos dos ámbitos en los sujetos. De manera que, teniendo presente esta falta de competencia del clero en los asuntos temporales, los que de suyo no son de su jurisdicción, es comprensible que el contenido de la revista Ecclesia girara en torno a cuestiones espirituales y en sí mismas buenas, pero insuficientes para una época y una cultura que iban dando síntomas de descomposición cristiana. Los remedios ofrecidos por la Acción Católica parecen no haber sido proporcionales a la gravedad de los males. No fue capaz de frenar la ola de revoluciones que se producirían en la convulsa década de los sesenta y que llevaron a que J acques Maritain hablara, más tarde, de una Iglesia de rodillas ante el mundo (Cfr. MARITAIN, Jacques, “El campesino del Carona, Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao-España, 1967, pp. 89-100). Pero esto sería, quizás, achacar culpas a la Acción Católica de las que pareciera no tener arte ni parte.

[14] Dicha comitiva estuvo integrada por las siguientes personas: Mons. Manuel Larraín E. (Asesor General de la Acción Católica Chilena), Mons. Francisco Vives (Párroco de Santa Ana en Santiago), Sra. María Larraín de Valdés (Presidenta de la Asociación de Mujeres), Sra. Virginia Larraín de Irarrázaval (Delegada del Consejo Nacional de la Asociación de Mujeres), Sra. Sara Izquierdo de Philippi y Sr. William Thayer A. (Secretario de la Junta Nacional).

[15] Cfr. HUERTA MALBRAN, María Antonieta, “Catolicismo Social en Chile. Pensamiento y praxis de los movimientos apostólicos” Ediciones Paulinas, Santiago, 1991, pp. 216-219.

[16] HUERTA MALBRAN, María Antonieta, “Catolicismo Social en Chile. Pensamiento y praxis de los movimientos apostólicos” Ediciones Paulinas, Santiago, 1991, p. 434.

[17] La naturaleza y finalidad propia de la Acción Católica consistió en la participación, cooperación o auxilio que los laicos prestan al apostolado Jerárquico o apostolado propio y verdadero de la Iglesia. Este apostolado específico consiste, fundamentalmente, en la predicación de la Palabra y en la administración de los Sacramentos. De esta manera, “la Acción Católica no serájamás de orden material sino espiritual, no de orden terreno sino celestial, no de orden político sino religioso” (Cfr. SILVA SANTIAGO, Alfredo, “Nociones de Acción Católica” Colección Ecclesia N° 4, Segunda Edición, Santiago, 1932, pp. 22-36).

[18] Sin embargo, conviene hacer matices, porque si en la década del treinta la promoción del laicado fue una apuesta pastoral, parece que en la década de los sesenta fue una movida revolucionaria. Con todo, no deja de ser interesante este nuevo paradigma: la acción de los laicos entendida admira de la ordenación jerárquica. Porque siempre se había proclamado y promovido una mayor participación de los laicos, pero en la vida social, en la esfera pública. Clamorosa fue la encíclica Rerum Novarum, en 1891, donde el Papa León XIII denunciaba dos sistemas antagónicos -el capitalismo y el

marxismo-, ninguno de los cuales era fruto de una visión y acción genuinamente católica. O sea, ya en el siglo XIX se evidenció una secularización cultural patente de las ideas cristianas en la economía, el trabajo, la prensa, el ámbito político, etc. Y el Papa pedía contrarrestar ello, mediante una acción más decidida de los laicos en el orden temporal. En 1962, sin embargo, serán en otro sentido (en otra “clave hermenéutica”) las exigencias o demandas de participación. De manera que algunos se han preguntado, no sin razón, si la concepción de los laicos como “curas que no llegaron a serlo” -en vez de miembros con atribuciones específicas- no significaría un retroceso en cuanto a la identidad de la vocación laical. Este complejo del seglar, que para superarlo debía usurpar funciones a los sacerdotes, fue un planteamiento pastoral que contribuyó, a nuestro juicio, poderosamente a la secularización. Pues ocurrió lo que algunos autores, como Jean Ousset, llaman la “clericalización de los laicos”, que les llevó a afanarse, por ejemplo, en preciosismos litúrgicos, pero a descuidar su cometido específico de formar ambientes, costumbres e instituciones cristianas, cediendo estos ámbitos al laicismo y al neo-paganismo.

  • DOMÍNGUEZ C., Oscar, “El campesino chileno y la Acción Católica Rural”, Centro de Investigaciones y Acción Social, Santiago, 1961.

[20] DÍAZ, José Antonio, “La crisis permanente de la Acción Católica, Editorial Nova Terra, Barcelona, Primera Edición 1966, p. 86.

[21] DÍAZ, José Antonio, “La crisis permanente de la Acción Católica, Editorial Nova Terra, Barcelona, Primera Edición 1966, p. 88.

[22] Cfr. SILVA SANTIAGO, Alfredo, “Nociones de Acción Católica” Colección Ecclesia N° 4, Segunda Edición, Santiago, 1932, p. 13.

[23] Durante el tiempo que transcurrió entre comienzos de 1951 y finales de 1954, la revista Ecclesia alcanzó a publicar 15 números. Cada número contiene una serie promedio de 10 artículos, de forma que este trabajo se basa en el análisis de poco más de 150 artículos que publicó Ecclesia en el período. En esas páginas se contiene el ideario o el mensaje que la Acción Católica quiso transmitir al mundo católico más culto y/o cercano a los ambientes de piedad. Porque en este mundo, de un catolicismo de élite, recaía la esperanza de alcanzar, mediante la cooperación laical en la labor propia de la Jerarquía, a aquellos sectores que aparecían más dejados de la mano de Dios. Como se señaló por aquella época, la Acción Católica debía ser el colaborador fiel del párroco, las manos del sacerdote que llegan donde él no puede llegar (Cfr. HURTADO CRUCHAGA, Alberto, “¿Es Chile un país católico?” Editorial Ercilla, edición especial, 2005, p. 126). Hubo en los números de la revista algunos tópicos más recurrentes que otros. Y dentro de ellos, los que más interesan a efectos de este trabajo son aquellos que tienen mayor relación con las materias del orden social en general. Éstos corresponden a un tercio de los artículos publicados. Los otros dos tercios aluden a temáticas de índole teológica o estrictamente religiosa, respecto de las cuales omitiremos mayores referencias, puesto que no se relacionan con el propósito de este trabajo. Sólo indicaremos, a título ilustrativo, que tales temáticas correspondieron a escritos sobre la eucaristía, noticias conventuales, vidas ejemplares, lecciones de catecismo, ascesis y mística, reflexiones marianas, investigaciones arqueológicas relacionadas con la Sagrada Escritura, discursos magisteriales, sacramentos, milagros, indulgencias, penitencias y otras.

[24] Cfr. ECCLESIA, N° 14, 1954.

[25] Benedicto XV, en 1915, nombró a Sturzo como secretario general de la Acción Católica. Y con el consentimiento de la Santa Sede, Sturzo fundó, en 1919, el Partido Popular, a fin de insertar a los católicos en la vida política italiana. Eso sí, Benedicto XV puso una condición esencial: la Iglesia no se responsabilizaba en nada del nuevo partido, inspirado en el pensamiento social católico, y que dicho partido evitara todo lo que fuera susceptible de comprometer al Vaticano. Más tarde, fiel a la consigna de no crear dificultades a la Santa Sede, el abate Sturzo renunció al partido que había fundado,

cuando el régimen fascista reveló su política tiránica, y se desterró a Londres, sucediéndole en el partido Alcide de Gasperi (Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, pp. 30-32).

[26] Al respecto se señala: “Pensamos muchas veces que su recrístíanízacíón era posible realizarla desde fuera, es decir, por su gente que no era obrera, teniéndola inmensa mayoría de las veces como consecuencia el producir un cristianismo ‘semi- patronal, como algunos le han llamado. Ha sido la Acción Católica la que ha comprendido la urgencia de llevar el mensaje cristiano al fondo mismo de cada ambiente en manos de aquellos que forman ese mismo ambiente ”(ECCLESIA, N° 9,

  • 25).

[27] En 1954, una empresa de la ciudad de Florencia decide cerrar su fábrica, pero los obreros se niegan a dejar el trabajo.

Este conflicto social lleva al alcalde de la ciudad, Jorge La Pira, a dirigirle una carta al Santo Padre para que intervenga “con su serena y augusta autoridad”. En la respuesta que Pío XII emite a través del Prosecretario de Estado y tras manifestar su congoja por este hecho, recuerda la doctrina sobre la función social que corresponde al empresario: “Ya sean los promotores las empresas, ya la autoridadpública (…) siempre se esforzarán aún más acrecentando sus esfuerzos para garantizara estas clases obreras aquella indispensable seguridad de vida, que resulta de una relativa continuidad de empleo y va unida a una honesta suficiencia de pan y de habitación, que abra el espíritu, siempre generoso y noble, a las serenas visiones déla convivencia cristiana, a la paz social y a las esperanzas sobrenaturales de la religión” (ECCLESIA, N° 12,

  • 10).

[28] El padre Fontez comenta a través de EcdesíaXa controversial novela “Los santos van al infierno” del autor Robert Laffont. El padre Fontez alaba que en la novela se muestre la vida de los sacerdotes obreros en los suburbios parisienses, lo que demuestra el esfuerzo de la Iglesia en Francia para reconquistar la masa obrera para Dios. Y no escatima elogios para celebrar la visión real que se presenta de la clase obrera, conocida, en general, tan superficialmente. Ciertas páginas, llega a decir el P. Fontez, pertenecen a lo mejor de Bloy y Bernanos. Sin embargo, no tardan en aparecer los problemas: “Al

recorrer esta obra, que reconocemos notable bajo muchos aspectos, nos acecha el peligro de condenara príorí todo lo que huela a organización -aparentemente anticuada- déla parroquia actual, tal cual es, proponiendo, en cambio, como una panacea, la fórmula sacerdote-obrero” ( Cfr. ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 29). La novela, en efecto, había retratado dos tipos de sacerdote. Por un lado, el “párroco conservador”, satisfecho de vivir en su conformismo tradicionalista aparentemente estéril. Y por el otro, el joven sacerdote moderno, angustiado por la miseria de la clase obrera, afanado en hacer funcionar todos los resortes para procurarle un mejor pasar. Dicha caricatura, ciertamente, dejaba muy mal parado al cura de siempre, ése que no abrazaba causas temporales sino que se dedicaba a desempeñar fielmente el ministerio espiritual. No era decoroso para Fontez, por lo tanto, dejar esta insolencia sin contestación. “No negamos que los sentimientos aquí expuestos [en la novela] brotan de una conciencia recta, pero que no cuadran en la boca de un sacerdote; es verdad que el autores laico… ¿pero le da este derecho a no desarrollar mejor su pensamiento que tan fácilmente se interpretaría en un sentido heterodoxo de la peor ley?” se quejaba Fontez (Cfr. ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 29). El P. Fontez aprovecha la ocasión de fustigar, además, la traducción antojadiza que el autor hace de pasajes de la Misa, las ofensas a la piedad tradicional, la mirada laxa sobre el pecado y una expresión curiosa que casi no ve manera de salvar: “Las almas son quienes nos llaman y no Dios” (ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 31). En 1954, la revista es categórica sobre la situación de los curas obreros: “Después de diez años de existencia, la experiencia de los sacerdotes obreros, tal como ha evolucionado hasta hoy, no puede ser mantenida en su forma actual” (ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 8). No obstante, se valora que mantengan un apostolado sacerdotal en un ambiente tan necesitado de Dios. Por lo tanto, se dan directrices para conjurar los males de lo que se llamó “elproblema de los sacerdotes obreros”: que sean seleccionados por un obispo, que reciban formación apropiada, que no vivan solos y que no acepten empleos temporales que vayan en perjuicio de su ministerio más del tiempo debido. ¿Cuáles fueron las razones de esta suerte de animadversión hacia los sacerdotes obreros? ¿Acaso simple capricho jerárquico? Son razones doctrinales. “Ser sacerdote y ser obrero son dos funciones, dos estados diferentes y es imposible unirlos en la misma persona sin alterarla noción del sacerdocio. El sacerdote está hecho para consagrar su vida a Dios y al servicio délas almas, el obrero realiza una obra temporal” señala el cardenal Lienart (ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 9). Con todo, el Santo Padre alienta a continuar el apostolado en este ambiente, aunque por medios nuevos.

  • Sergio Venegas informa en 1953, con evidente regocijo, que en Chile hay 34 Cooperativas de Ahorro. Sólo dos de ellas no han sido patrocinadas por el Departamento que para este objeto tiene la Acción Católica. De las 32 que se han organizado, 28 son parroquiales y las otras cuatro son de carácter general (Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 23).
  • ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 24.

[31] DOMÍNGUEZ C., Óscar, “El campesino chilenoyla Acción Católica Rural”, Centro de Investigaciones y Acción Social, Santiago, 1961, pp. 40-44.

[32] Bernardino Piñera, en su artículo “La Acción Católica que queremos para Chile en 1953” se refiere a la organización de la Acción Católica Rural. Sostiene que cuando el patrón no es creyente, se le instará a que permita que los trabajadores del fundo se organicen bajo la asesoría del clero. Pero si los patrones son católicos, sería un error prescindir de ellos, aunque su presencia deberá ser, en todo caso, discreta e indirecta, para que no inhiba la formación de verdaderos militantes y dirigentes campesinos (Cfr. ECCLESIA, N° 8, 1953, p. 8).

[33] Cfr. ECCLESIA, N° 15, 1954, pp. 10-12.

[34] En la “Carta pastoral sobre la educación ” se insiste en que la formación debe ser doctrinal y también formación piadosa. Debe inculcarse en los educandos el “sentido de la Iglesia”, de pertenencia a ella y a obrar conforme a sus enseñanzas; además, debe forjarse el espíritu apostólico a fin de ganar almas para Cristo (Cfr. ECCLESIA, N° 10, 1953, pp. 11-13).

[35] La revista publicó con frecuencia noticias de cristianos que, en diversas regiones del mundo, eran víctimas de persecución a causa de su fe. En un estremecedor relato, Ecclesia publicó el testimonio del padre Alfeo Emaldi, misionero en la China comunista, a quien la policía de Mao le requirió que confesara nombres de católicos para aprisionarlos. Para no cometer esta traición, el padre Emaldi, solo en su cuarto, tomó una navaja Gilletey se cortó en varios pedazos la lengua, hasta que ya no pudo articular nunca más palabras (Cfr. ECCLESIA, N° 13, 1954, pp. 23-24).

[36] En un dossier de diez páginas, titulado “Una aplicación estudiada de los métodos comunistas”, la revista analiza las tácticas de esta ideología y cómo, mediante sus ideas dialécticas y de lucha de clases, se cierne sobre el núcleo interno de la Iglesia en China. Señala que tal intento de conquistar internamente a la Iglesia es el propósito del “Movimiento Patriótico” religioso. Con ocasión de estos temas, Ecclesiarefresca nociones acerca de la virtud del patriotismo y de cómo la entiende el marxismo, a la vez que expone el juicio cristiano sobre el imperialismo y las anexiones, materias éstas propias de orden internacional (Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, pp. 11-21).

[37] Cfr. ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 27.

[38] No debe ocurrir nada en el templo que perturbe, o aun simplemente disminuya, la piedad y la devoción de los fieles. Nada que dé motivo razonable de disgusto o de escándalo. Por esto han de velar los sacerdotes y obispos. Y se precisa: “La arquitectura sagrada, aunque puede adoptar formas nuevas, no debe en modo alguno asemejarse ala délos edificios profanos “(ECCLESIA, N° 9, 1953, p. 28).

[39] Cfr. ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 7.

[40] Al inaugurar las transmisiones de la Radio Católica de Chile, Pío XII se mostró convencido de la trascendental importancia de este medio de difusión en la batalla que la Iglesia pelea, con armas pacíficas, en pro de la auténtica verdad, de la indispensable moralidad, de la estricta justicia y del sincero amor. Y señala los tres cometidos que tendrá la radio: “La defensa de una creencia alevosamente insidiada por el enemigo malo, en el terreno mismo de la Radio (…); el fomento de la mutua comprensión y de la unión entre los católicos (…) para llevar siempre a la victoria sus ideas y sus principios; y como medio general para alcanzar todo esto, la difusión inteligente y generosa de la doctrina de la Iglesia, especialmente

deesa doctrina social que en vuestro solar ha tenido apóstoles como el inolvidable Prelado González Eyzaguírre (…) como el famoso Congreso Social Católico de 1910 y ha producido obras como esas Ligas y esos Círculos que tanta utilidad han procurado a toda la nación” (ECCLESIA, N° 12, 1954, p. 7).

[41] En primer lugar, en un sentido negativo. En la carta de monseñor Montini a las Jornadas Internacionales del Cine, celebradas en Colonia, elogiaba que en ellas se tratara la clasificación moral de las películas, es decir, de la actitud firme y prudente que todo católico consciente de sus deberes y responsabilidades ha de adoptar con respecto a la producción cinematográfica contemporánea (Cfr. ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 23). Porque su diagnóstico era claro: “Demasiados cristianos, en efecto, se aglomeran en nuestros días en las salas de cine sin estarsuñcíentemente informados de la calidad religiosa y moral del espectáculo; algunos, incluso, demuestran no tener conciencia de su deber en esta materia; los jóvenes sobre todo no están generalmente bastante protegidos contra la seducción del cine” (ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 23). Grave es el deber que pesa, en consecuencia, en las comisiones encargadas de la censura moral. Sin perjuicio de esto, el cine, en segundo lugar, también fue mirado con ojos positivos. Porque, como dice Montini, no se debe perder de vista que la clasificación moral de las películas debe contribuir a la educación del criterio del cristiano. “Esta, como toda educación, implica una elevación progresiva del sentido moral, una búsqueda positiva de los más altos valores y una delicadeza creciente de apreciación ” señala (ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 24). Con todo, la actitud general en cuanto al cine es de cautela y prudente distancia. No cabe duda que estamos ante un fenómeno nuevo para la época y que atrae el interés de la Jerarquía. Así lo manifiesta la “Declaración del Consejo General”de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC): “Que teólogos se especialicen en el estudio de los problemas que plantea el hecho cinematográfico. Que psicólogos desarrollen nuestros conocimientos referentes a la acción del cine sobre el espectador, especialmente del punto de vista de la higiene mental. QueJomadas de Estudios reúnan, bajo la égida déla OCIC, a especialistas délas dos disciplinas, con el fin de enunciar cientíñcamente los principios morales y filoso fíeos que constituyen la base de la doctrina de la Iglesia referente al cine y que permitan una aplicación cada día ma’s^juiciosa” (ECCLESIA, N° 14, 1954, p. 25).

[42] En el “Informe sobre abusos de publicidad y los esfuerzos para procurarla higiene moral y psicológica de la juventud”, del año 1954, se exponen crudamente los hechos: “Es evidente que existe un aumento grande de espectáculos en los que la sensualidad y lujuria son la base de sus exhibiciones y de su ^propaganda” (ECCLESIA, N° 15, 1954, p. 1). Y se enumeran a lo menos cinco teatros donde se avanza hacia extremos graves de desnudo, insinuaciones inmorales, elogio de la prostitución y aún de la inversión sexual. En torno a boítesy cabarets habría notoria explotación de mujeres, generalmente jóvenes, y algunas chicas de 12 a 15 años. Sus clientes serían varones de la primera juventud y hombres maduros. También denuncia a los diarios que publican réclamesdemasiado audaces, aparte de fotografías y relatos groseros y chabacanos. Y lamenta que revistas pornográficas circulen en mayor número y vayan a parar a colegios, además, por cierto, de las aficiones de ciertos escolares a rotativas cinematográficas (Cfr. ECCLESIA, N° 15, 1954, p. 1). Los remedios a esta explosión publicitaria “subida de tono” son una formación recta de la conciencia, valoración de la dignidad humana y elevación del ambiente moral de la sociedad. Estas medidas básicas son, por cierto, sin perjuicio de la posibilidad de recurrir a las municipalidades y directores de diarios para que retiren las propagandas y afiches que ofenden el pudor. En la “Circular sobre la defensa de la paz moral psíquica de la juventud”, la Acción Católica fue todavía más lejos. Junto con

pedir a los fieles rezar mucho, organizó equipos de denuncia a los gobernadores, demandas patrocinadas por abogados y que se intensificara el control de entrada de menores a sitios de vida dudosa. Incluso propició el boicot a revistas y diarios que contribuyeran a la pornografía en sus ventas. Porque veía que era la única manera de evitar, lisa y llanamente, la presencia de degenerados a la salida de escuelas y colegios (Cfr. ECCLESIA, N° 15, 1954, p. 2).

[43] El social catolicismo fue un movimiento intelectual nacido al interior de la Iglesia, arraigado en la encíclica “Rerum Novarum ” que pretendió aplicar la doctrina social católica a los problemas de la vida popular. Concretamente, a los problemas derivados de la revolución industrial durante el siglo XIX y que trajeron pobreza, concentración urbana, analfabetismo, alcoholismo y otros males. Fernando Berríos Medel define al social catolicismo en estos términos: “Por catolicismo social se entiende aquí un fenómeno histórico eclesialque se expresó en una nueva vertiente del Magisterio Pontificio, las primeras encíclicas sociales; pero también como un amplío y profundo movimiento acontecido con anterioridad a dichos documentos en grupos católicos que fueron capaces de captaren toda su gravedad la ‘cuestión social’ surgida en la sociedad capitalista industrial europea ‘(BERRIOS MEDEL, Fernando, “El catolicismo social: inculturación del Evangelio en Chile”, artículo disponible en internet). En efecto, la cuestión social en Chile irrumpió en la mesa de las clases dirigentes desde fines de la década de 1870; “La migración campo-ciudad y las condiciones de trabajo en la industria y la minería, producto del proceso de incorporación de Chile en la ‘era del capital’, hicieron visible un proletariado cuyas aspiraciones, necesidades y motivaciones lo distanciaban crecientemente del proyecto oligárquico” (Cfr. STUVEN, Ana María, “El ‘Primer Catolicismo Social’ ante la cuestión social: un momento en el proceso de consolidación nacional”, artículo disponible en internet). Frente a estos problemas, no fueron ni los Liberales ni los Radicales quienes arremetieron contra los flagelos que se cernían sobre la república, sino los católicos militantes de las filas del Partido Conservador. Con todo, al interior de este partido hubo dos concepciones muy diferentes para entender la promoción social (Cfr. BOTTO, Andrea, “Algunas tendencias del catolicísimo social en Chile: reflexiones desde la historia”, artículo disponible en internet).

[44] Cfr. VIAL, Gonzalo, et alter, “JaimeEyzaguirre en su tiempo” Coeditado por Universidad Finis Terrae y Editorial Zig­Zag, Santiago, 2002, pp. 108-113.

[45] No deja de ser elocuente que por aquellos años de los que sabemos muy poco en materias sociales, el padre Alberto Hurtado Cruchaga soliera recoger niños de las riberas del río Mapocho y fundar hogares para mendigos. Sin mencionar, por cierto, muchas otras obras misericordiosas que llevaban a cabo, en silencio y anónimamente, no pocos católicos.

[46] Expresiones como “La utilidadpuede ser un aliciente más o menos poderoso, pero jamás el fundamento de un régimen moral”, o bien “La libertad no basta y es necesario restablecerlos preceptos económicos del decálogo, y en materia de relaciones entre patrones y obreros es preciso reconstituir el Patronato cristiano “(CONCHA SUBERCASEAUX, Juan Enrique, “Cuestiones Obreras” Memoria de Prueba para optar al grado de Licenciado en la Facultad de Leyes, Santiago de Chile, 1899, pp. 11-12), no sonaron con la fuerza debida en las páginas de la revista de la Acción Católica. Pareciera que, al igual que para Alfredo Barros Errázuriz, la disyuntiva era entre cristianismo y marxismo. El capitalismo liberal no era tema.

[47] Cfr. LAVÍN S.J., Alvaro, “El Padre Hurtado, apóstol deJesucristo”. Disponible en: www. cpalsj. org/publique/media/Biograf_ a_Lav_n. doc

[48] Recuérdese que la revista sólo circuló desde comienzos de 1951 hasta finales de 1954.

[49] LARRAÍN ERRAZURIZ, Manuel, “Acción Católicayrealidadesmodernas” Impresiones Casa Hogar San Pancracio, Santiago, 1947, p. 21.

[50] Aunque no es el objeto de este trabajo, creemos que dos causas pueden explicar esta doctrina social expuesta con excesivo pudor. En primer lugar, las vinculaciones sociales de la jerarquía con una clase dirigente que pensaba y vivía en torno a un capitalismo práctico más o menos conscientemente asumido. Y denunciar esto no era fácil. Al contrario, suponía exponerse a una forma de martirio. Cuando Juan Enrique Concha Subercaseaux, por ejemplo, emprendió la tarea de replantear la economía política desde criterios cristianos, en abierta crítica hacia el liberalismo económico de Adam Smith, esta actitud le significó rápidamente su salida del Partido Conservador. En segundo lugar, esta falta de compromiso de la Acción Católica por hacer una aplicación integral del catolicismo social, tal y como lo formulaba el pensamiento leonino de 1891, quizá encontró resistencias en la mente de no pocos eclesiásticos, fruto de una defectuosa formación doctrinal. En efecto, durante el siglo XIX estuvo bastante extendida una desviación teológica llamada jansenismo, que, en resumidas cuentas, afirmaba a tal punto el orden sobrenatural -el mundo de la gracia-, que terminaba negando

 

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Categorías:Accion Catolica
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