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XV Domingo – Tiempo Ordinario -B

XV Domingo – Tiempo Ordinario -B

 

Citas:

Am 7,12-15:                                             www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9asr3pg.htm

Eph 1,3-14:                                              www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aewp3a.htm

Mc 6,7-13:                                               www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ak1jqf.htm

 

 

El envío en misión de los Doce es el momento culminante de la vocación de los discípulos: llamados de la dispersión al seguimiento, del seguimiento a la comunión con el Señor, de la comunión con Él a la misión.

Aquel grupo de hombres, el primero de una ininterrumpida Tradición, no tiene otro objetivo que reproducir, en el mundo, el rostro de Aquel que los ha enviado: no se hay, de hecho, auténtico discipulado ni fructuosa misión si no es por la identificación con Cristo.

La fuente y el origen, así como el centro y el sentido de actuar de los Doce, es el Señor Jesús. Ellos se ponen en marcha  porque fueron llamados por Él y es por esto que pueden actuar con poder y autoridad como Él.

Pero aquel envío no es extraño para el hombre de hoy, sino que es un reclamo, fuerte y claro, de lo que realmente es la “vocación del cristiano”: dar testimonio de la persona de Cristo y del poder de Su presencia. En el envío en misión está en juego toda la dimensión humana del discípulo. Por esto, las indicaciones de Jesús no son teóricas, sino extremadamente prácticas. Más que preocuparse por lo que han de decir, Jesús se preocupa por lo que es necesario que sean.

Para ser creíble y fecundo, todo el anuncio cristiano requiere el testimonio de la vida; el contra-testimonio tiene el dramático poder de hacer no-creíble la verdad del anuncio. La pobreza pedida por Jesús a quienes emprenden el camino de la misión, no es de tipo estoico o ideológico, sino que es la condición del que renuncia a todo, para afirmar la riqueza del tesoro encontrado en el Señor Jesús. Es una pobreza que proviene de la alegría y lleva a la victoria sobre el pecado del mundo que, por el contrario, se muestra preocupado por el tener, por el poder, por aparentar. La pobreza, así, se hace la condición para amar.

Precisamente en la pobreza del ser del hombre, Dios realiza maravillas; en la finitud de nuestro ser humano, Dios ofrece todo de sí mismo. «Dios se sirve de pobres hombres para estar, por medio de Él,  presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se confía a sí mismo a los hombres conociendo nuestras debilidades, necesita hombres capaces de actuar y de estar presentes en lugar suyo. Esta audacia de Dios es lo verdaderamente grande que se esconde en la palabra “sacerdocio” ». (Benedicto XVI – Homilía al concluir el Año Sacerdotal).

La experiencia que hacen los Doce, y con ellos los discípulos de hoy, es constatar continuamente que la Gracia sirve solo como una “vía de escape” de la eficacia humana, pero no se apoya en ella; la eficacia divina del anuncio es inversamente proporcional a la presunta eficacia de los medios humanos.

El envío en misión y la obediencia al mandato de Cristo, no es simplemente un encargo para cumplirlo con diligencia, sino el modo que se la ha dado al hombre para participar de la gloria misma de Dios (II Lectura).

La humilde Esclava del Señor, la que ha dicho “fiat” delante del misterio, nos conceda dar siempre nuestro “sí” y participar así de la gloria divina.

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