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EL LAICO EN EL CORRER DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN Y EN APARECIDA

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EL LAICO EN EL CORRER DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN Y EN APARECIDA

El laico en el correr de la Historia de la Salvación y en Aparecida

¿QUIENES  SON LOS  LAICOS?

 

Los fieles laicos son

Los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdotes, profetas y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Aparecida 209

Está claro que la Iglesia no se puede reducir o limitar a la actividad de la Jerarquía. Normalmente las actividades de la Iglesia  discurren por el campo de los cristianos corrientes, a los que se les conoce  con el nombre de laicos. El término laico deriva  del griego “laos” y significa “hombres del pueblo” o “ciudadanos”. Los laicos (o seglares) son por tanto, todos los fieles cristianos, no sacerdotes ni religiosos, que, incorporados  a Cristo por el bautismo, forman parte de la Iglesia y desde su vocación concreta: matrimonio, soltería, etc, se esfuerzan en santificarse en el ejercicio de su trabajo y en el cumplimiento de sus responsabilidades.

  1. ¿CUÁL ES LA MISIÓN DE LOS LAICOS?

  

el ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también  de la cultura, de las ciencias  y de las artes, de la  vida internacional, de los “mass media”, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento”

  • Su misión propia y específica  se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyen a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios  del Evangelio.
  • Además, tienen el deber de hacer creíble la fe  que profesan, mostrando  autenticidad   y coherencia en su conducta.
  •  Los laicos  también están llamados  a participar en la acción  pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía  de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles  espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano.
  • Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación  doctrinal, pastoral, espiritual  y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural.
  1. El laico en el correr de la Historia
  1. a) ¿Había laicos al principio?

La Biblia es el testimonio vivo de la fe de un pueblo elegido por Dios, en el antiguo testamento, no existe ni se usa el término laico para designar a los creyentes que sirven y temen al Dios único Yavé, ni se concibe  al creyente aislado del pueblo, Dios está presente en su pueblo y camina con su pueblo hasta el día de su revelación plena en su Hijo Jesucristo.

En el Nuevo Testamento no aparece nunca la palabra “laikós” para denominar a los que siguen a Jesús. Se habla de “creyentes”… y, sobre todo, de “hermanos”. Aunque el término está ausente, el N.T. aplica a toda la comunidad las características que en el A.T. quedaban reservadas a lo más sagrado del Pueblo de Israel, (Templo, sacerdocio…). Por Cristo toda la comunidad (y no sólo un grupo) son pueblo, “laós”, sacerdocio real, nación consagrada, propiedad querida de Dios. (Cfr. 1 Pe. 1,9).

La distinción no se establece entre ministros y no ministros dentro de la comunidad, sino entre pueblo y no pueblo.

Esta unidad radical está sazonada por una rica variedad de dones y carismas suscitados por el Espíritu de Jesús. Este mismo Espíritu preside la mutua subordinación de los carismas en el amor y garantiza la existencia de una dirección dentro de la comunidad.

La acentuación de la unidad frente a la distinción dentro del pueblo de Dios prevalece sustancialmente en los tres primeros siglos. La Iglesia se asoma al balcón de la historia presentándose como alternativa y fermento. La sociedad helenista y romana la rechaza y persigue. La comunidad experimenta en carne viva y martirial la novedad de su mensaje en tensión con el mundo circundante.

Aunque prevalezca en estos siglos el aspecto comunitario (radical unidad) sobre el jerárquico (diferencias internas), no significa que no exista una organización interna. El conjunto de los bautizados que no participan de un ministerio jerárquico se comienza a distinguir de la estructura jerárquica de la comunidad. A finales del siglo I, encontramos el término “laico” para designar al pueblo en cuanto distinto de los ministros del culto.

Ya desde finales del siglo I, encontramos, y con creciente intensidad, cómo las comunidades cristianas se articulan jerárquicamente en torno a sus Obispos. A principios del tercer siglo cristiano, aparece el término “clero” para designar al grupo de los ministros de la comunidad.

Este proceso de organización no significa que el clero acapare los carismas y ministerios.

La tarea de la evangelización es obra de todos y abundan los profetas y evangelizadores laicos itinerantes. “Laicos son los primeros teólogos y defensores del cristianismo” (Justino, Taciano, Tertuliano…).

Conocemos incluso, la existencia de ministerios femeninos dentro de las comunidades. En Siria, por ejemplo, existían diaconisas para bautizar a las mujeres ya desde el siglo II. Hipólito, en Roma, nos habla de un “orden de viudas” (siglo III) cuyo ministerio estaba ligado a las obras existenciales dentro y fuera de la comunidad.

  1. b) ¿Ha perdido sabor la sal?

La Época histórica que se abre con el Edito de Milán (313) significa para la Iglesia una situación nueva. Decrece la tensión entre el mensaje cristiano y la altura circundante. La sociedad comienza a inculturar los valores cristianos. Ciertamente la Iglesia se encarna mucho más en la sociedad como factor de progreso social y humano. Ya no vive en situación de “paroikía”, de peregrinación por tierra extraña, y se convierte en “parroquia”, comunidad asentada en un territorio y protegida por el Imperio.

La tensión, inexistente en lo exterior, se desplaza poco a poco al interior de la comunidad, afectando a las relaciones entre sus miembros. el clero se hace “orden” o categoría social. La liturgia se va haciendo cada vez más “cosa de curas” y el pueblo va perdiendo protagonismo.

Se multiplican los signos externos de separación entre el clero y el pueblo (hábito especial, privilegios, espacios reservados en el templo, derecho en exclusiva a enseñar y catequizar…). Comienza a prevalecer la distinción sobre la unidad dentro de la comunidad, aun cuando no faltan voces discrepantes y acciones claras del laicado (espiritualidad, obras asistenciales, administración de los bienes de la comunidad, participación en la pastoral…

  1. c) Las luces y sombras del laicado en la Edad Media

Durante la Edad Media existe un denominador común como tendencia con respecto al laicado: su progresiva devaluación. El Matrimonio se considera una concesión a la debilidad humana. Laico es lo mismo que ignorante. La separación entre clero y pueblo se institucionaliza en el Derecho

El laicado queda excluido del ámbito de lo sagrado y se refugia en una espiritualidad devocional separada de la liturgia.

A partir del siglo XII, Europa va a conocer cambios profundos en los que instituciones como las Universidades y la nueva clase burguesa van a tener un papel de primer orden. En sintonía con el nuevo espíritu, el laicado adquiere en la Iglesia conciencia de su misión que se expresará en la búsqueda de una Iglesia más cercana al Evangelio. Irán surgiendo movimientos que contestan a la Iglesia oficial, rica y poderosa, en nombre del evangelio leído en lengua vulgar.

Su influjo fue evidente y beneficioso para la Iglesia a través, sobre todo, de Francisco de Asís que con su obra y su familia religiosa va a “recuperar” los carismas laicales en la Iglesia.

Aunque ya en la Edad Media contamos con los primeros santos laicos, no existe aún una espiritualidad laical. Parece necesario distanciarse de las cosas, acercarse lo más posible a la vida monacal, para lograr la santidad.

  1. d) El laicado en la época de las Reformas

A partir de finales del siglo XIV, la sociedad Medieval se desintegra. Aparece la conciencia individual, el espíritu de nación, la autonomía de lo secular frente a la tutela de la Iglesia… Mucha gente empieza a experimentar que en la Iglesia no se dan las condiciones para alcanzar la salvación. Se prefiere la propia experiencia subjetiva o las pequeñas comunidades de vida cristiana a la Iglesia institucional.

Lutero, desde su propia vivencia de la salvación, recogerá muchos de estos elementos y tratará de eliminar las distancias entre clérigos y laicos dentro de la Iglesia. El Concilio de Trento, respondiendo a Lutero, reafirmará la naturaleza jerárquica de la Iglesia, (diferencias) aunque afirma también el sacerdocio bautismal de todos los creyentes (unidad).

El laicado, bastantes años antes de Lutero, estaba empezando a reformar la Iglesia desde abajo. A partir de su experiencia de encuentro con el Jesús presente en la Eucaristía y en los más necesitados, el laicado católico va a ir preparando la Reforma interna de la Iglesia que Trento tratará de aplicar en sus decretos conciliares

A pesar de este innegable y beneficioso influjo, los laicos siguen siendo tenidos como menores de edad, incapaces de asumir responsabilidades dentro de la Iglesia.

  1. e) Notas sobre el laicado en los siglos XIX y XX

Durante el siglo XIX, el laicado vive un despertar inaudito que proseguirá a lo largo de nuestro siglo. La Iglesia está siendo asediada por la sociedad civil, que quiere fundar la nueva sociedad sobre valores distintos de los cristianos. La tarea principal de los laicos va a ser la defensa de los valores cristianos a través de la cultura, la educación, la ciencia y la política.

Este movimiento laical no logrará romper la imagen clerical de la Iglesia. Los laicos son simplemente los instrumentos ejecutores de los planes elaborados por la jerarquía. La participación en el apostolado se entiende como una generosa concesión de los pastores a sus fieles.

Durante el siglo XIX hay que colocar a Antonio María Claret. En sus trabajos apostólicos ve la necesidad de integrar a los laicos, no tanto en asociaciones piadosas o devocionales, cuanto en grupos de marcada acción apostólica en todos los campos: catequesis, cultura, promoción, social, alejados…

En el siglo XX, Acción Católica es quien tiene el papel de protagonista en la revitalización de la conciencia laical. Desde la experiencia de su labor apostólica, cambian las relaciones clérigo-lacio. Este último ya no es un “intruso”, sino un “colaborador”.

La misma experiencia de AC suscitará reflexiones muy ricas y profundas en los teólogos acerca del puesto de los laicos en la Iglesia. Estas reflexiones contribuirán decisivamente a “reequilibrar” la imagen de Iglesia y Vaticano II.

  1. f) Lo que ha supuesto el Vaticano II

Aunque hoy lo niegan o discuten gentes importantes, el hecho es que el Concilio Vaticano II supuso una  gran novedad respecto a la conciencia eclesial. La exuberancia de vida, movimientos, reflexión… estaba pidiendo a gritos un nuevo replanteamiento de la identidad de la Iglesia (“Iglesia, qué dices de tí misma”).

Buceando en su propio misterio que brota del corazón de la Trinidad (Cap. I de la L.G.) la Iglesia se descubre a sí misma como Pueblo de Dios. (Cap. II) donde todos los bautizados, independientemente de su tarea o ministerio dentro de este pueblo, participan de las riquezas y de las responsabilidades que comporta la identidad cristiana.

Al descubrirse a sí misma como “imagen de la Trinidad” (Cap. 2-6 de la Constitución sobre la Iglesia), la Iglesia subraya la fundamental unidad y la maravillosa variedad de carismas y ministerios que el Espíritu hace nacer en su seno. Con ello se supera el clásico sacerdotes religiosos- laicos en favor del binomio de raíz neotestamentaria: comunidad (radical unidad) ministerios (diversidad). Con ello hemos demolido la monstruosa pirámide que pesaba sobre las relaciones dentro de la Iglesia. Emerge de sus ruinas una Iglesia que es sobre todo comunión y “sinfonía”.

Además, el Vaticano II al redescubrir la dimensión “futura” (escatológica) de la Iglesia, hacer ver lo que falta todavía para ser la Iglesia “una, santa y católica”. Se subraya la necesidad de vivir en constante “abierto por reformas”, superando aquello de “sociedad perfecta” en relación permanente de cruzada contra el mundo. Toda la Iglesia, según el carisma que el Espíritu da a cada creyente, está llamada a asumir el diálogo con la historia.

  1. g) Algunas “cosas” que quedan por hacer

Durante los trabajos previos al Concilio y durante su desarrollo, daba la impresión de que una de las tareas primordiales era hacer una buena teología del laicado, sin embargo, los años posteriores a la clausura del Vaticano II parecieron contradecir esa impresión. Pasado el entusiasmo por algunas reformas estructurales, los verdaderos problemas doctrinales, espirituales y prácticos respecto al laicado en la Iglesia se desdibujaron, perdiendo actualidad.

Había cosas más importantes de qué ocuparse: la crisis de identidad del clero y el consiguiente malestar plagado de abandonos, la crisis de obediencia provocada por la “Humanae Vitae”, el retroceso alarmante de las prácticas religiosas… sin olvidar otros factores como la “re clericación” de algunas funciones de Iglesia que habían sido confiados a los laicos, el estancamiento de las estructuras de participación, el desencanto…

Todo ello ha motivado el arrinconamiento de la cuestión del laicado en la reflexión teológica.

En los últimos diez años, sin embargo, estamos asistiendo a un renovado interés por la cuestión del laicado. El auge de los movimientos eclesiales y su presencia casi omnipresente en amplias esferas eclesiales, la inserción de laicos en tareas pastorales permanente y el pasado Sínodo sobre los laicos, pueden ser las causas de este “renacimiento”.

Sin embargo, quedan aún algunas cuestiones serias que resolver:

La primera de ellas es si de verdad existen los laicos o hay que hablar simplemente de bautizados con carismas o ministerios específicos dentro de la comunidad. Hacer una teología específica del laicado ¿no es, en definitiva, agostar los brotes de comunión que apuntan ya en el Vaticano II? ¿No habría que hacer, más bien una buena teología de la Iglesia que dé razón de la unidad y la diversidad como factores necesarios de comunión?

  1. El laico GEGÚN  Aparecida

 Realidad

Inicialmente, en la Iglesia no existe el concepto de “laico”. En el Nuevo Testamento se habla de discípulos, de cristianos, de fieles o de creyentes, de elegidos, de santos, etc. Se resalta así lo comunitario y la dignidad común de todos. Esto no quita para que desde los comienzos haya discípulos que tienen funciones ministeriales importantes: apóstoles, profetas, maestros, doctores. La diferencia comienza a establecerse cuando se acentúa el papel y la significación de los ministerios sobre la condición de cristianos. Pero originalmente no fue así: el cristiano sigue siendo un discípulo de Jesús, y el ministro en la Iglesia tiene una clara conciencia de que no es un grupo aparte de los cristianos, sino que participa de la común dignidad cristiana, aunque tiene unas funciones específicas propias: las de su ministerio.

El término laico tiene un uso pre-cristiano. En la cultura romana se utilizaba para designar a los miembros del pueblo llano, a los que pertenecían al “pueblo”. Laico es un miembro del pueblo (el no dirigente). Este uso determina su utilización en el cristianismo para designar a los no ministros. En consecuencia, se favorece la idea de que los laicos son hombres y mujeres profanos y los ministros personas consagradas. De esta forma se mete en el cristianismo un dualismo que no es cristiano, ya que lo típicamente cristiano es que todos están consagrados a Dios, que no hay ningún cristiano que tenga una vida profana. Todos son sacerdotes desde el sacerdocio de Cristo, afirma el Nuevo Testamento. Se erosiona el sacerdocio común y se margina la importancia del bautismo como consagración a Dios.

En suma, la historia del laicado es la de la lenta erosión de sus bases teológicas, nunca negadas pero sí relegadas a un segundo plano; es la historia de un progresivo distanciamiento de las líneas de fuerza comunitarias del Nuevo Testamento y de la tradición de los primeros siglos, a favor de una concepción jerarquizante, desigual y clerical. En esa concepción y su consecuente práctica, los sujetos eclesiales son el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos. El clero es el responsable de la vida eclesial. Puede delegar en los laicos, invitarles a participar, pero está claro quiénes son los sujetos históricos de la Iglesia. Los laicos y laicas son el objeto de la vida eclesial. No tienen un papel protagónico y, en el mejor de los casos, se constituyen en auxiliares de aquellas labores menores que no logran cubrir los clérigos.

Hasta el Vaticano II la repuesta usual para definir a los laicos era siempre la misma: un laico es el que no es sacerdote ni religioso. Es decir, se definía al laico no por lo que era, sino por lo que no era. El Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas, abrió una visión positiva de los laicos: afirmó la plena pertenencia de los laicos a la Iglesia. Los laicos se conciben como los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, pertenecen al pueblo de Dios y son partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo (LG, n. 31, 32). La concepción negativa se superó, pero la práctica de esa nueva visión sigue siendo insuficiente o está amenazada por la tendencia a querer clericalizar todo movimiento seglar.

¿Qué aporta el documento de Aparecida a esta visión positiva de los laicos y laicas? ¿Qué medidas concretas propone para superar la marginación de los laicos en el quehacer eclesial?

En primer lugar, se reconoce el escaso acompañamiento dado a los laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en la diversas estructuras del orden temporal (DA 100c). Este descuido es grave, si consideramos que la Iglesia estima “que el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos” (DA 174).

En segundo lugar, se constata que en la Iglesia existe un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable (DA 286). Una de las causas de este hecho es la falta de formación permanente que propicie madurez en la fe y erradique el infantilismo religioso. De ahí la urgencia de la formación de los laicos y laicas para que puedan tener una incidencia significativa tanto hacia fuera de la Iglesia, como hacia dentro de la misma (DA 283).

En tercer lugar, se acepta que la evangelización del Continente no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos. Esto supone: que laicos y laicas han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales, una mayor apertura de mentalidad para que los pastores entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia y el fortalecimiento de variadas asociaciones laicales (DA 213,214). La participación de los laicos en la evangelización es en virtud de su carácter de discípulo y misionero (DA 213), es decir, es en razón de su propia vocación y no por razones sucedáneas (no por escasez de sacerdotes, por ejemplo).

Fundamentos teológicos

El Documento de Aparecida retoma la visión del Vaticano II, al definir a los laicos como “los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”. Son hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia (DA 209).

En esta visión positiva, se reconoce en los laicos su vocación de discípulos y misioneros de Jesús. Por tanto, de un laico y una laica debe esperarse lo propio de todo seguidor de Jesús de Nazaret: oración, subversión de los falsos valores vigentes en la sociedad, fidelidad a los criterios evangélicos de la vida, amor prioritario y práctico a los pobres, solidaridad, sentido de Iglesia.

El ser discípulos o discípulas lleva a asumir desde la perspectiva del Reino las tareas (las causas de Jesús) prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano: el amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, socorrer en las necesidades urgentes, colaborar con otros organismos o instituciones para organizar estructuras más justas en los órdenes nacionales e internacionales, crear estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos, posibilitar estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales (DA 384).

La misión de los laicos es hacia fuera y hacia dentro de la Iglesia:

Hacia fuera, “su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio” (DA 210).

Hacia dentro, “los laicos están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano…” (DA 211).

Los laicos, según lo señalado antes, son corresponsables de la misión de la Iglesia. Y la corresponsabilidad no tiene que ver con tareas accesorias o auxiliares de la misión, sino con lo fundamental de la misión: ” (Jesús) Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues, Jesús lo hace partícipe de su misión… Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma” (DA 144).

Ahora bien, sea hacia fuera de la Iglesia o hacia dentro, deberá realizar la misión propia de la identidad cristiana con su estilo propio, con el sello de la laicidad. En su momento, Medellín planteó que lo típicamente laical está constituido por el compromiso en el mundo, entendido este como marco de solidaridades humanas, como trama de acontecimientos y hechos significativos. En ese compromiso, según Medellín, el laico goza de autonomía y responsabilidad propias, sin esperar pasivamente consignas y directrices (cf. Medellín, 10,9). Aparecida, poniendo más énfasis en las debilidades, sostiene que para cumplir su misión los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento (cf. DA 212).

 Perspectivas

¿Qué significa ser discípulo de Jesús en la perspectiva laical? ¿Qué desafíos se les presenta a los laicos y laicas en las actuales circunstancias históricas?

La laicidad no es un carisma de un grupo de gente de la Iglesia, sino que es una característica de toda la Iglesia. Toda la Iglesia ha de ser laica, en el sentido de estar encarnada en el mundo. El primer elemento de la estructura de la vida de Jesús es la encarnación. Encarnación es un modo de estar en la realidad, es decir: capacidad de dejarse afectar por la realidad (no ser indolentes), talante compasivo ante el sufrimiento (no pasar de largo ante las víctimas), construir reino de Dios en la historia (que nos encamine hacia una vida animada por la justicia y el amor), encargarse de lo que hay de antirreino en el mundo (lucha contra la exclusión).

¿Cómo es el mundo en el que está encarnada la Iglesia latinoamericana? En el número 65 del documento se habla de los rostros sufrientes del continente: muchas mujeres que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica; jóvenes, que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidad de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado de trabajo para desarrollarse y constituir una familia; muchos pobres desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, quienes buscan sobrevivir en la economía informal; una globalización sin solidaridad que afecta negativamente a los sectores más pobres (generadora de exclusión social).
Ante esa forma de globalización, Aparecida plantea una globalización diferente, marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos (cf. DA 64).

Ahora bien, desarrollar esa forma de globalización implica el ejercicio de la laicidad – masculina y femenina – asumiendo responsabilidades en el ámbito social, económico, cultural y político. Pero, según Aparecida, la realidad actual del continente pone de manifiesto que hay una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas (cf. DA 502).

En cuanto discípulos y misioneros de Cristo, a toda la Iglesia se le exige “entrar en la dinámica del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores (Lc 5, 29-32), que acoge a los pequeños y a los niños (Mc 10,13-16), que sana a los leprosos (Mc 1, 40-45), que perdona y libera a la mujer pecadora (Lc 7, 36-49; Jn 8, 1-11) que habla con la Samaritana (Jn 4, 1-26)” (DA 135).

De los laicos laicas se espera que iluminen con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social (DA 501); que actúen a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios (DA 505); que contribuyan al logro de un consenso moral sobre los valores fundamentales que hacen posible la construcción de una sociedad justa (DA 506); que estén presentes en la oposición contra las injusticias (DA 508); que construyan ciudadanía, en el sentido más amplio, y eclesialidad (DA 215). Todo ello no porque también sean Iglesia, sino porque deben y son efectivamente Iglesia.

Categorías:Laicos
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