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“PRESENCIA EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA EN LOS NUEVOS ESCENARIOS SOCIALES”

“PRESENCIA EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA EN LOS NUEVOS ESCENARIOS SOCIALES”

XX Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI, 10-12 de septiembre de 2012

Lourdes Azorín Ortega
ACCIÓN CATÓLICA

Lo primero que creo conveniente hacer es echar un vistazo al contexto social y religioso de la sociedad en la que nos movemos. No voy a hacer un examen detallado, un análisis pormenorizado de la realidad que vivimos.

Me conformaré con unos brochazos que enmarquen el terreno de juego en el que nos movemos.  Como rasgos sociales destaco, entre otros, los siguientes:

  • Individualismo que ha llevado al traste a los ideales asociados de compromiso y nos aboca a una privacidad y comodidad individual.
  • Primacía del sentimiento y exaltación de la libertad. La razón está modulada por una exaltación del sentimiento y de la afectividad que da cabida al imperio del hedonismo.
  • Cambio continuo y acelerado de la sociedad que lleva a las personas con la lengua de fuera detrás del último cacharro que se ha inventado sin haber podido experimentar y sacar el rendimiento posible al anterior. Nos embarca en el deseo de cosas que nos aboca al consumismo.
  • Mentalidad científico-técnica como forma de pensamiento dominante.
  • Enganchados a la red. La Generación.com están totalmente instalados en esta nueva era de las comunicaciones y las relaciones se despersonalizan y se descomprometen todavía mas.
  • Pluralismo de ofertas de sentido. La sociedad cristiana europea se ha transformado, tras confrontarse con la Ilustración, en una sociedad pluralista donde la fe cristiana, en cuanto cosmovisión global que otorga sentido a la realidad, tiene que compartir este puesto con otras visiones del mundo, no solo religiosas sino también agnósticas y ateas.
  • Crisis económica profunda que pone en riesgo los cimientos del estado del bienestar con muchísimas personas que están en procesos de marginalización por el desempleo y la pobreza que sufren. Esta crisis económica ha hecho despertar a muchos de la embriaguez de consumo y deseo de tener y puede ser ocasión para que redimensionemos y redefinamos la escala de valores, muchas personas están experimentando como nunca la importancia de la familia para afrontar la vida en circunstancias tan críticas.

En la aproximación religiosa a esta sociedad destaco tres rasgos.

  • La cultura de la increencia. Durante los últimos doscientos años ha nacido en Europa una nueva cultura en la que apenas ha penetrado el espíritu evangélico. El abismo existente entre la fe y la cultura moderna es un drama de nuestro tiempo.
  • El proceso de la secularización por el que la religión pasa del ámbito de lo público al privado, con la consiguiente falta de relevancia a la hora de organizar y administrar la sociedad.
  • La vuelta de lo religioso. Estamos asistiendo a un florecimiento de prácticas religiosas de todo tipo.

En este contexto nos encontramos y es aquí donde tenemos que asumir el reto de evangelización.

También ahora nos llama Benedicto XVI en la convocatoria del Año de la Fe: “La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de la Verdad que el Señor Jesús nos dejó.”… “El Año de la Fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo.”[1]

El papa nos llama a convertirnos seriamente al seguimiento de Jesús, a enraizarnos hondamente en la experiencia del encuentro con Jesucristo y desde ahí, seguirle. Para que esto sea posible necesitamos un laicado formado, adulto y corresponsable, una profunda formación de la identidad cristiana. Una formación que nos permita encarnar la fe en la cultura actual y en el aquí y ahora de cada uno de nosotros, una formación experiencial que ponga en pie una identidad cristianas que aúne nuestra forma de sentir, pensar y actuar de forma que seamos un laicado articulado que asuma la pretensión publica de la fe y su significatividad social. Un laicado que puede dar razón de la esperanza que lo habita, una formación que aúne logos y ágape con el eje vertebrador de la fe.

Esta formación nos hará reasumir y reapropiarnos de la gracia bautismal que nos constituye en sacerdotes, profetas y reyes y que no solo asumamos el mandato del amor como motivo vital, que también asumamos el mandato de la evangelización y seamos así apóstoles. La formación ha de propiciarnos una síntesis personal y actual de la fe de forma que esta sea operativa, de compromiso cristiano que no sea un activismo sino que despliegue una acción cristiana, eclesial y política que sea respuesta amorosa a aquél que nos amo primero, un compromiso cristiano que sea caridad que se mueva por la misericordia y compasión.

En la exhortación Ecclesia in Europa Juan Pablo II hacía un llamamiento a la formación de los laicos en Europa, cuando dice: “La actual situación cultural y religiosa de Europa exige la presencia de católicos adultos en la fe y de comunidades cristianas misioneras que testimonien la caridad de Dios a todos los hombres. El anuncio del Evangelio de la esperanza comporta, por tanto, que se promueva el paso de una fe sustentada por costumbres sociales, aunque sean apreciables, a una fe más personal y madura, iluminada y convencida.

Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos.

La formación de la que hablamos tiene como objetivo la conciencia cristiana unitaria integral capaz de armonizar nuestros deseos, sentimientos, pensamientos y acciones. Que desarrolla de un modo armónico las dimensiones fundamentales de la misma:

DIMENSIÓN PERSONAL DE LA FE CRISTIANA

La identidad cristiana tiene una dimensión fundamental que es la dimensión personal, este aspecto de conformar yo mis deseos, mis sentimientos con Cristo, construirme como  una persona que pueda decir: No soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí. Esto, como veis, es para toda la vida.

DIMENSIÓN SOCIOPOLÍTICA

La identidad cristiana tiene una dimensión sociopolítica que  hay que desplegar. Si  no, no hay una identidad cristiana plena.

La dimensión política de la caridad, la caridad política de la que se ha hablado en muchos momentos, supone asumir con conciencia la necesidad y la gracia de colaborar en la construcción del reino de Dios. Esto es política en el mejor y  más genuino sentido de la palabra, es hacernos cargo de la ciudadanía, de las relaciones humanas y transformar la realidad.

DIMENSIÓN ECLESIAL

La identidad cristiana tiene una dimensión, que está basada en la radical sociabilidad del ser humano, que es la dimensión eclesial. No somos personas aisladas.

El ser humano no es un individuo. Esta es una concepción que se nos ha querido  meter, pero  no es verdad. No somos individuos, venimos de una comunión, de una comunidad, de ese Dios trino; siempre estamos referidos a otros en comunidad y en comunión y a la comunión estamos destinados.

En este contexto socio-cultural, nuestros procesos de formación tienen que tener como eje conductor la búsqueda permanente de la unidad fe-vida mediante una formación integradora y unificadora. Quiere contribuir a vivir en la unidad “dimensiones que, siendo distintas, tienden con frecuencia a escindirse:

  • vocación a la santidad y misión de santificar el mundo;
  • ser miembro de la comunidad eclesial y ciudadano de la sociedad civil;
  • condición eclesial e índole secular, en la unidad de la novedad cristiana;
  • solidario con los hombres y testigos del Dios vivo;
  • servidor y libre;
  • comprometido en la liberación de los hombres y contemplativo;
  • empeñado en la renovación de la humanidad y en la propia conversión personal;
  • vivir en el mundo, sin ser del mundo, como el alma en el cuerpo, así los cristianos en el mundo”[2].

El compromiso y la presencia de los cristinos es al servicio de la dignidad humana y esto se concreta en el compromiso en las realidades más cercanas

Esta es la clave de nuestro quehacer en medio del mundo. Yo empezaría con la familia. La familia es la célula de la sociedad, el ámbito en el que todos estamos presentes. Hemos de tomar en consideración los problemas que vive la familia, pero no la familia en abstracto, sino las familias concretas del pueblo, las familias concretas del  barrio, las familias concretas del ámbito social. Ahí hay problemas de todo tipo, laborales, políticos, humanos, psicológicos, en las relaciones del hombre y la mujer, de la pareja, de los padres con los hijos.

Esos problemas humanos son los que en todos los ámbitos, desde los más cercanos a los más generales, exigen de una reflexión constante. Después, a través de nuestro vivir y de actuar en cristiano, en primer lugar, y luego con nuestras propuestas, nuestras acciones y con nuestro compromiso, hacer posible que la familia sea una familia de acuerdo con el plan de Dios para la familia.

Vamos a otro ámbito, el mundo laboral. En el mundo laboral me voy a encontrar con problemas y situaciones de todo tipo y la ley interna de la evangelización me dice encárnate en esos problemas, tómalo en consideración, con seriedad, discierne con conciencia cristiana y propón soluciones, propón alternativas, para que esos problemas se puedan solucionar. Esto significa que lo que caracteriza a los laicos cristianos en el terreno social es un quehacer de presencia en la vida, en toda su riqueza, en la vida social, la vida política, la vida cultural, una presencia en la vida en donde nuestra aportación específica cristiana va a ser intentar ver, juzgar esos problemas y proponer soluciones en diálogo con todos. Presencia por lo tanto encarnada.

El lugar adecuado, más específico y más humano de la vida apostólica y la misión primordial del laico sabemos que no es otra que el vivir su fe en la realidad de cada día, transmitir su fe en la vida y expresar su fe en los ambientes que vive y  comprometerse en la transformación y la renovación continua de la sociedad de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia. Esa es su tarea social.

A la luz de la Doctrina Social de la Iglesia

Un segundo elemento en el quehacer social del laico sería la Doctrina Social de la Iglesia. La actuación se tiene que caracterizar por anunciar, proclamar y practicar la Doctrina Social de la Iglesia.

Esto implica que la formación de los laicos ha de estar continuamente al día mediante la profundización en la Doctrina Social de la Iglesia que no consiste en saberse de memoria las encíclicas de los Papas, sino que es una praxis comunitaria del discernimiento cristiano en orden a la acción a partir de los criterios fundamentales para el compromiso en la vida pública.

Vamos a señalar a continuación los criterios que en armonía con la fe y la Doctrina Social de la Iglesia permiten a cada cristiano juzgar por sí mismo y realizar el compromiso político social que estime conveniente:

    • El reconocimiento teórico y práctico de la prioridad de la persona. En primer lugar la dignidad de la persona humana. La Iglesia me dice que juzgue, valore los problemas y actúa sobre ellos, a la luz que da el reconocer que cada persona tiene una dignidad. Esto implica que en la óptica del cristiano tiene que estar presente esta valoración de la dignidad de la persona humana, y de ahí se deduce un conjunto de posicionamientos y de actuaciones que son ineludibles. Esta valoración abarca a todos los ámbitos de la vida: familia, vida, trabajo, cultura, ocio, política, relaciones humanas…
    • La coherencia de la actividad y del compromiso político del cristiano con la fe y la espiritualidad que la fe genera. Esta coherencia sólo puede adquirirse a través de una formación explícita en este campo.
    • El bien común, la exigencia de la solidaridad, que consiste en el conjunto de condiciones que hacen posible la liberación y plena realización de cada persona y de todas las persona, de cada pueblo y de todos los pueblos.
    • La preferencia hacia los pobres y oprimidos, expresada en una solidaridad activa y en comunión efectiva con ellos.
    • La prioridad de la sociedad sobre el estado, exigencia del principio de subsidiariedad.
    • El progreso de la democracia real para que la sociedad sea sujeto de sí misma, como expresión de corresponsabilidad y de verdadera vida comunitaria.
    • El fomento de la cultura popular y de la ética social sin las que la sociedad no puede ser protagonista de su propia vida ni el hombre puede alcanzar su realización.
    • La tendencia a la autogestión económica como expresión de la democracia real en ese campo.
    • El realismo en los objetivos y en el modo de trabajar por ellos.

Todos estos principios y criterios aplicados convenientemente permiten emitir un juicio sobre las situaciones, las estructuras, los sistemas, las leyes, los proyectos políticos y los programas que se presentan en la sociedad. Los cristianos no nos limitaremos a proponer los principios, sino que hay que hacer posible un discernimiento de manera que todos se puedan orientarse con suficiente claridad y saber qué es y no es coherente con los principios y criterios cristianos.

Se trata de reflexionar, discernir e iluminar la conciencia de los cristianos. Una reflexión que  respeta la libertad de opción política a que cada uno tiene derecho. Se trata de promover actitudes de crítica objetiva y constructiva.

El seguimiento de Jesús nos constituye discípulos del Buen Samaritano no dejamos a nadie en la cuneta librado a su suerte.

Sostener un compromiso enraizado en la experiencia del encuentro con Jesucristo, del que nace la fe y que nos vierte al amor y a la entrega, solo se puede sostener en una dinámica de esperanza, la de aquellos que saben de quién se han fiado. Una dinámica de la esperanza que afirma la vida, la reconstrucción antropológica de la persona humana que es religiosa, que tiene sed de verdad, de bien, de belleza. Estamos abiertos a la trascendencia y aunque ceguemos esa sed con cualquier ídolo, estamos destinados a la bondad para ser felices y el mundo espera que se le anuncie y se le muestre cómo ser más plenamente humanos y felices, que se les acerque a aquél que puede dar vida eterna.


[1] Carta Apostólica en forma de motu propio PORTA FIDEI. 6

  1. Cf. CLIM 77.
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