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XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario – B

 

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario – B

 

Citas:

Da 12,1-3:                                                                 www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abr1ql.htm

He 10,11-14.18:                                                www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9arbi0j.htm

Mc 13,24-32:                                                     www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bfegpm.htm

 

 

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas» (Mc 13,29). La Liturgia de la Iglesia quiere hoy conducirnos a contemplar el último Día, quiere dirigir nuestra mirada hacia Aquel que es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de todas las cosas, hacia Aquel del cual, el próximo Domingo, celebraremos su Realeza universal: Jesucristo Dios. En Él todo se recapitula, todo tiende hacia Él, todo el cosmos y la historia corren hacia Él, toda la creación “gime con los dolores del parto”, diría San Pablo, y nosotros mismos vivimos en esta continua, dulce espera.

«Cuando veáis que suceden estas cosas, saben que Él está cerca, que está a las puertas». Cristo nos ama tanto, su Corazón de tal manera arde de Amor y de deseo por cada uno de nosotros, que anticipa –antes de inmolarse en la Cruz- lo que sucederá en los últimos tiempos. Y es lo propio de quien ama, despertar en el amado la espera de su regreso, de manera que, esperándolo, ellos lo deseen y, deseándolo, lleven a cabo los actos de amor que les sugiere el corazón para prepararse al encuentro, para acogerlo dignamente, demostrarle el amor y agradarle.

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas”. Cuando el corazón se carga de espera por el amado, sucede además algo singular: todo lo que nos rodea se “transfigura” a nuestros ojos y se convierte en ocasión, en pretexto para amar. Aún más sucede así con Cristo. Cuando en el corazón se enciende y se renueva el amor y el deseo de Él, todo encuentra su sentido, todo –cada encuentro, cada circunstancia, cada alegría y dolor, todo deber- asume un gusto nuevo, puesto que recibe de Él luz y consistencia: porque en Él, nuestro Creador y Redentor, encuentra su propio significado.

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas». Hablándonos de los últimos días, no obstante, el Señor no nos señala un término temporal preciso. Agrega, en efecto: “Respecto a aquel día o a aquella hora, ninguno lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sólo el Padre » (Mc 13,32). Por esto nos dice: “cuando veáis que suceden estas cosas”… es decir, nos llama a mirar la realidad, nos invita a leer los signos ciertos de su retorno. No es refugiándonos en una religiosidad intimista y subjetiva, incapaz de regir la vida, de obedecer a la realidad, como nos preparamos para el último Día. Más bien, adentrémonos siempre con mayor seguridad en la realidad, fiándonos de Aquel que la ha hecho y la ha redimido, fiándonos de ella y de los signos del Misterio cada vez más numerosos que descubriremos. La realidad, en efecto, es la verdadera maestra en el camino que lleva al Cielo, puesto que, como dice también el Apóstol, «la realidad es Cristo» (Col 2,17).

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas». Pero nuestra espera, la espera cristiana, no se refiere solamente a un futuro cierto pero lejano. El Día futuro al que tendemos, el Último Día al que todo nos llama, ya está presente. Ya viene, puesto que este Día es Cristo, el Hijo Unigénito de Dios que viene a visitarnos desde lo Alto, como el Sol que nace (cf. Lc 1,78). No podemos vivir la espera en la tristeza, en el deseo de un bien ausente: debemos vivirla en la alegría de su presencia, que nos llega en la Iglesia, de modo especial a través de los sacramentos y por el anuncio de la Palabra. Es la Presencia que podemos experimentar en la comunión con los hermanos, que es un don del Espíritu Santo. Es la Presencia que resplandece de modo eminente sobre el Altar, donde Cristo, nuestro Futuro, entra en nuestro Presente para atraernos hacia Él, a su Corazón y, por medio de Él, al Padre.

«Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, que está a las puertas». Dejemos que la espera de su presencia encienda en deseos nuestro corazón, lo dilate y lo haga capaz de un amor atento y premuroso, que reconoce a Cristo en cada hermano y que se abrirá en el Día que no tiene fin. Que María Santísima, Mujer de la espera e insuperable Modelo de amor, prepare siempre nuestro corazón para el encuentro con su Hijo, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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Categorías:Magisterio
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