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Después del Concilio, ¿tiene todavía razón de ser la A. C. y por qué?

CHARLA A LA . A. C. PARROQUIAL

 

Por Mons.: Roberto Juan González Raeta

Párroco

http://www.inmaculadamg.org.ar/images/stories/instituciones/ACA_parroquial/charla_ACA_20031122.html

 

  • Breve diagnóstico sobre nuestra hora.

 

  • El rol del laico en el anuncio del Reino y la defensa y afirmación del nombre         católico.

 

  • La A. C. antes y después del Concilio.

 

 

 

Pregunta a trabajar:

 

Después del Concilio, ¿tiene todavía razón de ser la A. C. y por qué?

2-XI-2003.-

Santa Cecilia.

Paz y Bien.

Charla a la A. C. Parroquial.

 

  • Breve diagnóstico de nuestra hora:

 

“La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo” (EN 20).

En nuestra cultura se dan condiciones favorables a la negación radical, a la crítica demoledora, a la búsqueda de un presunto realismo fundamentalmente ateo (ateísmo práctico: “exagera tanto el deseo de independencia del hombre que hace difícil cualquier dependencia con respecto a Dios. Los que profesan este ateísmo pretenden que la libertad consiste en que el hombre es fin en sí mismo, único artífice y demiurgo de su propia historia” (G. S. 20).

Hoy el ateísmo se manifiesta como “secularismo: una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios; Dios resultaría, pues, superfluo y hasta un obstáculo. Por reconocer el poder del hombre, acaba de sobrepasar a Dios e incluso por renegar de El” (EN 54).- A esto llamamos el drama del humanismo ateo. “En que los hombres revelan sus peores cualidades, en que la verdad y el derecho y Dios son puestos en duda” (Ana Frank).

Dios es presentado como problema; y la solución del problema es, por un complejo de causas, dirigido a desilusionar el pensamiento de poder asignar a Dios un puesto en la certeza y un influjo irradiante sobre la vida del hombre. Otras veces el “itinerarium mentis” estaba espontáneamente dirigido a la conquista de algo superior y de un iluminado conocimiento de Dios; más aún, de cierta relación con El, que imprimía a la vida un sentido propio, un orden propio, un movimiento propio. Hoy el “itinerarium” tiende al alejamiento, al apartamiento de Dios, ya sea que este alejamiento se detenga en la sustitución de la teología por la antropología, esto es, hacer del hombre el ser primero, el valor absoluto y medido de todas las cosas, este “itinerarium” lleva al abismo de la nada o al menos de lo absurdo; y a menudo de la locura o de la desesperación. Este itinerarium” es el del drama del humanismo ateo.

La hora exige reforzar las convicciones religiosas, poniéndolas en contraste con las corrientes de pensamiento que las someten a una impugnación problemática y sistemática. (Objetivo de la pastoral universitaria y de profesionales).

Es una hora incierta y revuelta del pensamiento humano; éste ha perdido confianza en sí mismo. No quiere ni lógica formal ni metafísica; no quiere sistemas orgánicos de verdades, por autorizados que sean; no quieren razonamientos probatorios y silogísticos; no quieren esquemas prefijados y ordenados; todo es mito (regresión: del logos al mito); todo es discutible, todo es incierto; solo el pensamiento científico conserva un valor provisional, sin que el mismo pueda esclarecer los profundos problemas de la inteligencia y pueda dar a la vida y sus exigencias espirituales y religiosas cualquier útil respuesta. El pragmatismo, suple de algún modo este vacío, pero a menudo más para agudizar el hambre de verdades supremas que para saciarlas.

El servicio de la A. C. es especialmente a la Verdad: la caridad de la verdad; que trata de descubrir algún nuevo sendero que nos saque de la “selva salvaje, áspera y fuerte” para el hombre que está necesitado de encontrar un renovado sentido religioso y, en la fe el concepto de la vida humana y de su destino, “el pastor (también el laico) debe tener siempre los ojos abiertos sobre el mundo” (Pablo VI), ya que el progreso de la fe y el desarrollo de la Iglesia están íntimamente relacionados con el descubrimiento de la realidad temporal. En la exploración de la realidad descubrimos el abandono del “ars cogitandi”que nos lleva a perder la brújula de una orientación hacia la verdad, a la cual se tiende sin tener ya la guía de criterios seguros de razonamientos. Pregunto ¿miembros de la A. C., es el caso de ustedes o no por estar anclados en la certeza de la formación cristiana?; pero sí es el caso de tantos hermanos que piensan con el cerebro de otros y que son conducidos por las corrientes de la opinión pública. Mirando a esta situación del pensamiento humano se comprende como la afirmación de Dios se oscurece y casi se disuelve, generando el espectáculo impresionante del desastre mental que lleva a los contemporáneos a caminar, peregrinar por arenas movibles. (Cáp. 4, Cultura adolescente. Card. Bergoglio) Este es fruto del abandono del arte de pensar al que Pablo VI hacía alusión, cuando escribía en 1931; “El tiempo no es bueno para la filosofía. La estación no es favorable. La juventud está desorientada; y pierde la confianza no solo en la idea, sino también en el ideal (….). No temer al pensamiento. No sustituir la molesta concentración de la mente por el color afectivo de la devoción. No divagar en la simplicidad operativa del bien por desconfianza en la especulación conquistadora de la verdadera. No rechazar las ascensiones doctrinales solo porque éstas son arduas, difíciles, no populares. Nada de empirismos en las acciones misioneras por la gula de rápidos y amplios sucesos” (Le idee di San Paolo…”, in “Studium” 27,1931, p. 43).

El de ustedes; miembros de la A. C., es sobretodo un apostolado que es servicio, servicio de la verdad.

“Tras el Concilio Vat. II, el laicado – decía Juan Guitton_ como en la Iglesia primitiva, ha recibido más que nunca la carga de la Verdad”. Más aún, se puede notar que antes incluso del Concilio, especialmente en Francia, fueron escritores laicos (Claudel, Blondel, Wilson, Maritain Gabriel Marcel, Francois Mauriac, Julián Green, Barnanos y otros), quienes mostraron más atrevimiento en decir lo que consideraban verdad. Fueron los laicos quienes, de hecho, tuvieron más audiencia.

De suerte que el deber de romper el silencio sobre lo esencial corresponde más al elemento laico de la Iglesia. ¡Cuántas veces habré oído al Papa Pablo VI decirme (el que fue posiblemente el primer Papa de espíritu laico), que la tarea de un laico no es transmitir la verdad revelada a la manera de un sacerdote, sino que el laico debe brindar un testimonio personal, fundado sobre su propia historia, sobre su propia experiencia. Pablo VI aprobaba el brindis del Card. Newman, que al final de un banquete decía: “Bebo a la salud de mi conciencia, en primer lugar, y a continuación a la salud del Papa”. (“Diálogos con Pablo VI”).

No tengan miedo, pues debemos recordar que si existe un itinerario nuestro hacia Dios, existe también y mucho más valioso, mucho más misterioso, mucho más bello, un itinerario de Dios hacia nosotros.

 

  • El rol del Laico en el anuncio del Reino y en la defensa y afirmación del nombre católico.

 

El reconocimiento que el Concilio viene proclamando de la dignidad del laicado, de su vocación a la plenitud de la vida cristiana y de su misión de apostolado, todavía se está por decepcionar.

Es necesario un programa concreto de trabajo, que sensibilice las conciencias, encienda las voluntades y haga crecer el sentido de responsabilidad en todos los creyentes; es necesario sacudir cierta pereza, que parece en ocasiones adueñarse de los buenos ante las formas más vistosas de ciertas maneras de ser incisivas, malsanas y provocativas; es necesario comunicar grandes ideas, alimentar fuertes convicciones sobre la grandiosa misión de una vida íntegramente cristiana que nace de la conciencia de su inserción en la comunidad de amor y de gracia, que se nos ofrece en el misterio de la Iglesia, y que quiere vivir a fondo sus exigentes compromisos, con la ayuda siempre presente de Cristo Santificador.

 

Ustedes han rastreado las huellas de la A. C., han dirigido la mirada hacia el pasado, para profundizar en su naturaleza y misión, ya que en el pasado se encuentra la guía y estímulo para el presente y el futuro. La A. C. podemos decir que también ayuda a preparar el Concilio Vat. II (Juan y Margarita).

Los invito, como duda metodológica, que nos preguntemos: después del Concilio, ¿tiene todavía razón de ser la A. C.; y por qué? Ustedes saben mi respuesta, sí, la A. C. tiene razón de ser; más aún, tiene motivos para continuar con conciencia y vigor y ponerse a actuar, hoy más que nunca; pero debe recuperar la autoconciencia de quien es, cuál es su naturaleza y misión.

“Nos atrevemos a decir que nunca ha habido un momento como el nuestro en el curso de la historia contemporánea que tanto necesita fundamento y defensa para las conquistas humanas modernas: la justificación y tutela de la persona, la dignidad y sacralidad de la vida, la libertad moral, y civil del hombre, las razones superiores e intangibles de la fraternidad entre los hombres, es decir, de la solidaridad entre los pueblos y de la paz interna y externa de las naciones, etc.…Diremos con grandes voces: hijos fieles de la Iglesia, católicos ansiosos de dar testimonio de vuestra fe, jóvenes creyentes y ardientes que andáis buscando ideas y formas dignas de comprometer vuestra vida con un grandioso programa, la A. C. es la fórmula buena, digna de almas que han comprendido el deber fundamental del cristiano, deber tan aclamado por el Concilio, de ser activos defensores y difusores de la fe, es digno de quien quiera dar a su prosaica existencia un valor ideal, no efímero o egoísta, fútil o utópico, sino denso en verdad y misterio, efectivo y generoso, útil, con una finalidad, con esa caridad que salva la vida propia y la de los demás…La A. C. es la fórmula buena” (a los dirigentes de la A. C. 20-III-1966, Pablo VI).

La A. C. debe ponerse a la cabeza de la reforma Conciliar, debe ser la primera en vivir a fondo la vocación laical; “vocación específica que los coloca en el corazón del mundo, en las más variadas tareas temporales, ejerciendo por lo mismo una forma singular de evangelización” (EN 70).

En la línea de grandes directrices que el Concilio propone a toda la Iglesia y que llama a seguir a todo el laicado con fervor ejemplar y renovada fidelidad, debe la A. C. ponerse al frente de este desafío – la hora es grande, y no hay lugar para los mediocres, pusilánimes y acomodaticios. Recordemos que el cristiano quedó en esta vida expuesto al pecado y no puede por consiguiente prevalerse de su bautismo como título seguro de salvación (M. de la Hist., J. Danielou).

Todo esto exige ante todo una profunda renovación interior, porque ello debe ser, ante todo interior. Lo decía S. Pablo: “Es preciso que renovéis vuestra mente y os revistáis del hombre nuevo” (Ef. 4,23). Y lo repite el Concilio, lo exhortaba de Pablo VI: “os exhortamos a entrar en el espíritu del Concilio, espíritu que exige de cada uno de nosotros un esfuerzo interior que no nos disponga a pensar y a realizar las cosas buenas, vitales y cristianas que el Concilio propone a todos; a vosotros los laicos, especialmente: el sentido de la Iglesia, la santidad y la actividad apostólica”.

Solo renovarán a la A. C. sí se renueva el corazón: “El alma de la reforma es la reforma del alma”.

“¡Ha llegado el momento de ser cristianos Verdaderos y fuertes! Bendecid al Señor que os ha llamado en este grande y peligroso momento de nuestra historia: ¡No desertéis de las filas!, ¡Tened fe y coraje! Que la Virgen Madre de la Iglesia los bendiga y acompañe”. (Pablo VI).

 

 

 

  1. in D.
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