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IV ORIGENES DE LA ACCION CATOLICA

IV ORIGENES

I.       ES ANTIGUA, VENERANDA Y SANTA

Sabía que aquellos amados hijos, (los ahí presentes), gozaban en lo íntimo de su corazón, y con toda razón, al ver que la Acción Católica, de ellos y del Papa, es tan antigua, tan veneranda y tan santa; y que llega a nosotros justamente de las manos de los primeros Apóstoles, pudiendo decirse, en alas de la palabra divinamente inspirada, sobre la ola de sangre de los primeros mártires. Magnífica cosa es este llamamiento de los seglares a participar en la salud de las almas, en la salvación, como diría el poeta, en la acción salvadora del mundo.

Del discurso del Santo Padre el 19 de abril de 1931 a la Junta Diocesana de Ac¬ción Católica Romana.

II.      SUS ORIGENES EN EL EVANGELIO

La Iglesia siempre ha amado, apreciado y querido, la ayuda de la Acción Católica. A algunos puede parecer, esta Acción Católica, como una novedad; pertenece, sin embargo, a la más venerable antigüedad. La Acción Católica es, precisamente, una de aquellas antigüedades que nos llevan a los tiempos de los Apóstoles y de Nuestro Señor. Porque también El se valía de la ayuda y contribución de mujeres buenas y piadosas que lo seguían, pues se lee a través de las líneas del Evangelio que ellas proveían a las necesidades del Colegio Apostólico. Es Jesús quien llama en ayuda de su predicación y de la predicación de los Apóstoles, a la Acción Católica.

Del discurso del Santo Padre el 5 de marzo de 1933 a la juventud Femenina de Acción Católica de Roma.

III.     EL EJEMPLO DE LA IGLESIA NACIENTE

Basta un conocimiento siquiera superficial de la antigua literatura cristiana, de las antiguas páginas literarias y de historia de la Iglesia naciente—y entre estas páginas es necesario colocar las Cartas Apostólicas, los Hechos de los Apóstoles—páginas inspiradas por Dios mismo, que la Divina Providencia ha querido hacer llegar hasta nosotros con el fin de que las leyésemos para nuestra  continua consolación y para continuo estímulo y edificación—para convencerse de cómo, precisamente así, ha comenzado la Iglesia, pues los Apóstoles se valen de la obra de los seglares hasta entonces paganos; y apenas encuentran algún adepto, algún discípulo, lo hacen instrumento de su actividad, lo hacen participar de su trabajo, de su apostolado, de la obra evangelizadora que andaban realizando.

Y he aquí a San Pablo recomendado a las oraciones comunes a “aquellos y a aquellas”, y especialmente a “aquellas”: excelentes hombres, excelentes mujeres, y excelentes hijos, que han trabajado con él: “…rnecum lahoraverunt in Evangelio”.

Del discurso del Santo Padre el 19 de abril de 1931 a las Asociaciones Católicas de Roma.

Apostólica, en verdad, es la Acción Católica. Y la prerrogativa más hermosa, más simpática, más atrayente de la Acción Católica actual, es el haber sido la compañera fiel de los primeros apóstoles, del primer apostolado. Es esto algo que le seduce cuantas veces se detiene a considerarlo. Es algo que recuerda lo que fueron los grandes apóstoles, los primeros apóstoles.

Del discurso del Santo Padre el 12 de marzo de 1936 a los Institutos Eclesiásticos de Roma.

IV.     NO ES UNA INVENCION DE LOS ULTIMOS TIEMPOS

Sería un gran error el pensar que la Acción Católica es una cosa nueva, una invención de los últimos tiempos. No; no hay nada más antiguo. Fue precisamente con el auxilio de la Acción Católica, cómo el Apostolado Jerárquico de los Apóstoles comenzó y pudo realizarse con eficacia pronta, vasta, rápida y factible. La Acción Católica explica en gran parte lo que entonces sucedió, y de ello da testimonio toda la antigua y gloriosa literatura cristiana, de la cual resulta, y no como cosa de poca importancia, que la Acción Católica mereció la atención y la gratitud misma de los Apóstoles. San Pablo termina frecuentemente sus cartas con saludos para éste o para ésta, recomendando a aquel o a aquella. Y no se trata de Obispos, ni de sacerdotes, sino que frecuentemente son mujeres, jóvenes doncellas, amadas hijitas, de las cuales dice el Apóstol, mecum lahoraverunt in Evangelio. Aquí se encuentra la Acción Católica en su esencia verdadera y genuina. He aquí lo que debe ser la Acción Católica, para que sea lo que el Papa quiere, coma él la entiende, como es y ha sido siempre, y para que conserve su belleza y su mérito.

Del discurso del Santo Padre el 8 de septiembre de 1929 al Congreso de Universitarios de Acción Católica Italiana.

La Acción Católica, entendida como participación de los seglares en el apostolado verdadero y propio de la Iglesia, no es una hermosa novedad de nuestros tiempos, como a algunos se les ha puesto en la cabeza, o algunos que no están dispuestos a recibirla y que no aman bastante esta hermosa novedad. Existía como existe ahora, y mejor que ahora y desde mucho tiempo atrás.

La primera difusión del Cristianismo, aquí mismo en Roma, ha tenido lugar de este modo, se ha verificado con la Acción Católica. Y, ¿podía realizarse de otra manera?.. . ¿Qué habrían hecho los doce, perdidos en la inmensidad del mundo, si no hubieran llamado gente a su alrededor, hombres, mujeres, viejos, niños, diciéndoles: “Traemos el tesoro del cielo, ayudadnos a repartirlo”. Es hermoso ver los documentos históricos de esta antigüedad; San Pablo cierra sus cartas con una letanía de nombres entre los que hay pocos sacerdotes, y muchos seglares, y entre éstos también hay mujeres “adiuva illas quae macum lahoraverunt in Evangelio”. Parece decir: son de la Acción Católica.

Del discurso del Santo Padre el 19 de marzo de 1927 a las Obreras de la Juventud Femenina de Acción Católica Italiana.

V.      SUSTANCIA ANTIGUA Y FORMA NUEVA

Como lo hemos hecho notar muchas veces en documentos semejantes a éste, según que las circunstancias Nos presentaban la oportunidad, la Acción Católica no es cosa nueva, sino que en sustancia es tan antigua como la Iglesia, no obstante que en su forma actual se haya venido delineando y precisando, cada vez mejor, en estos últimos tiempos. Por una parte, se deriva de la necesidad que la Jerarquía Eclesiástica ha experimentado siempre, de tener cooperadores entre los seglares católicos, y por otra, del vivo deseo que los mismos seglares católicos deben experimentar de dar al clero su cooperación propia y voluntaria para el triunfo pacífico del Reino de Jesucristo. Por esto ya el Apóstol de las gentes hace mención en su carta a los Filipenses (IV, 3), de sus cooperadores y pide sean ayudadas aquellas piadosas mujeres, que unidas a él lahoraverunt in Evangelio. Y Nuestros Predecesores durante el curso de los siglos, han apelado muchas veces al celo laborioso de los fieles, invitándolos, según lo pedían el tiempo y las circunstancias, a dar con entusiasmo su ayuda para el triunfo de la causa católica, “Mientras más terribles fueron los trances en que se vieron la Iglesia y la sociedad, con tanto mayor empeño, como tocando a reunión, exhortaron a todos los fieles para que, bajo la dirección .de los Obispos, combatiesen las santas batallas y según sus fuerzas, proveyesen a la eterna salvación del prójimo (Carta al Card. Ber- tram).

Pero si, como dejamos dicho arriba, la Acción Católica en su sustancia es tan antigua como la Iglesia, sin embargo, en su forma actual ha venido formándose y constituyéndose en estos últimos tiempos, según las indicaciones dadas por Nuestros Predecesores inmediatos y según las normas directivas manifestadas muchas ve- ces por Nos.

De la carta del Santo Padre el 6 de noviembre de 192Q al Card. Primado de España.

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