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Catolicismo: mayoría numérica, minoría cultural

Santiago García Álvarez

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Resulta paradójico que profesar la religión de la mayoría en muchos espacios de nuestro país, deviene en lo políticamente incorrecto. Cuando comenzaba a escribir en Excélsior, me llamó la atención un consejo, no a mí, sino a una persona quien también hacía sus pininos en otro medio: “No escribas como católico ni muestres abiertamente tu fe; eso significaría el fin de tu carrera”. Me sorprendió por lo que ya refería en el párrafo inicial, pero más por un sesgo discriminatorio en ello.

La Iglesia católica ha sufrido distintas crisis. La más reciente, vinculada a los conocidos abusos sexuales. Siglos atrás, la estrecha relación con el poder político. Incluso, la violencia religiosa, la piedad sin contenido o la ambigüedad de los propios católicos, como lo advertía con sentido autocrítico el propio cardenal Ratzinger. Evidentes fallos humanos.  

Cuando se juzga al catolicismo y al cristianismo, se suele omitir la otra cara de la moneda. Me refiero al testimonio de millones de personas que han vivido coherentemente con su fe, quizá de forma más bien discreta, haciendo bien en su entorno inmediato. Hay otros acontecimientos más notorios en los que también se pasa por alto la identidad cristiana. El menú es amplísimo; se me ocurre las centenarias universidades de París, Bolonia y Oxford, fundaciones vinculadas a la Iglesia católica. 

La ciencia no sería lo que es actualmente sin el cristianismo. Pensemos en la religiosidad de Nicolás Oresme, Nicolás de Cusa, Copérnico, Pascal, Newton o Kepler. Una lista similar saldría si hacemos referencia a la música, la literatura o la pintura. Lo mismo de la labor asistencial y la atención a los desprotegidos, áreas en que católicos han marcado diferencia a través de numerosas iniciativas. En nuestro país se puede consultar la Cuenta Satélite de Instituciones sin Fines de Lucro, del Inegi. Tampoco se puede pasar por alto que la dignidad de la persona y el respeto a la libertad son dos fundamentos de la actualidad que el cristianismo impulsó mucho antes que la Ilustración. Tal vez, que Francisco de Vitoria sea el padre del Derecho Internacional moderno, uno de los principales defensores de derechos humanos de los pueblos originarios americanos y fraile dominico es más que coincidencia.

Una de las molestias que genera el catolicismo es su postura moral hacia determinados temas. Lo que no suele considerarse es que la consistencia católica en doctrina y moral se debe a que sus fieles defienden una tradición y una revelación cuyas partes esenciales no ven conveniente modificar; siendo razonables, están convencidos que fueron dadas por su bien por una inteligencia más grande que ellos mismos. Es difícil de entender en un mundo democrático, quizá sea un sello de garantía para quienes piensan que existe una lógica que, si les trasciende, es compatible con su razón y que no está sujeta a la fragilidad de las pasiones.

Otro hecho frecuente es el alejamiento de las religiones, especialmente la católica, debido a conductas incoherentes de sus fieles. Sentirse decepcionado de la conducta de los cristianos es comprensible, pero no al grado de despreciar su espiritualidad, cuya esencia pone el acento en la sublimidad de su fundador, a quien entienden como un Dios hecho hombre, que es al único que realmente quieren imitar. Fundador, cuya existencia, incluyendo la celebración de hoy, es respaldada por fuentes históricas no menores a las de Platón o Aristóteles. En Nietzsche se expresa aquel grito desesperado: ¡Dios ha muerto! Precisamente el mismo relato del viernes pasado, sin final feliz. Ahora se nos quiere preparar para una teología después de la muerte de Dios, pero, ¿basada en qué? ¿Cuáles serían los pilares o sus fundamentos? ¿Son sólidos? ¿Realmente el ser humano puede ocupar el lugar de Dios y servir de imparcial y desinteresadamente, sin abusos?

Posturas como la referida contrastan con los recientes escritos de Dave Rubin, líder mediático americano contemporáneo, proveniente de una familia judía. Es homosexual y vive con su pareja. Aunque ha sido agudo crítico de las religiones, le ha preocupado que el posmodernismo rechace sistemáticamente la verdad objetiva a cambio de sentimientos subjetivos. En su opinión, las sociedades funcionan mejor cuando se sustentan en sistemas de creencias intemporales, como puede ser la Biblia. El código ético como una realidad objetiva externa a la propia persona es un ancla más segura, pues evita que la puedan cambiar a conveniencia o manipular en nombre de supuestas mayorías. Esas religiones basan su grandeza, según Rubin, en defender algo más grande que ellos. El mundo tiene cerca de 2 mil 500 millones de cristianos y católicos, pero en las esferas intelectuales y sociales, los católicos tienen rasgos más bien de minorías. Pienso que los poderes mediáticos y culturales no deberían discriminar a ninguna persona por ser creyente de cualquier religión. La fe y la razón son dos accesos a la realidad que en los tiempos actuales necesitan más diálogo que nunca, no sólo por el bien de la religión, sino de la ciencia y las humanidades.  

Escribir como católico no consiste en imponer un punto de vista desconectado de la realidad misma, a la que hay que entender a profundidad, con su enorme complejidad y sus variados matices. Es dialogar desde el estudio riguroso de las distintas áreas del conocimiento, alejados del dogmatismo y con respeto a todos, con una visión trascendente que abre horizontes tan optimistas como realistas. Curiosamente, el misterio más oscuro de la fe –Semana Santa– es el signo más claro de una luminosa esperanza que responde a las inquietudes más profundas, y que celebramos hoy.

Fuente: https://www.excelsior.com.mx/opinion/santiago-garcia-alvarez/catolicismo-mayoria-numerica-minoria-cultural/1510202

Categorías: Reflexiones
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