¿Qué forma de iglesia?

Papa Francisco y las reformas
Papa Francisco y las reformas

«Ratzinger expresó así lo que pensaba el movimiento renovador preconciliar: la Iglesia católica debe dejar de conservar la forma de la Edad Media, apenas cambiada por la reforma tridentina y el ultramontanismo del siglo XIX»

«Un problema importante es que muchos no ven la necesidad de la «transición» y defienden para la Iglesia en el mundo actual las soluciones de la antigua época eclesial del 2º milenio, que ahora está viviendo su canto del cisne»

«Es precisamente en la cuestión de los laicos donde se nota la dificultad de los obispos y de la cúpula de la Iglesia romana: parecen estar más preocupados por la identidad del sacerdocio jerárquico que por promover el sacerdocio común y la corresponsabilidad laical»

«Dada la estructura de la Iglesia católica, mucho dependerá de la propia ‘audacia’ del Papa, de su valor y determinación para cambiar, de su capacidad para adoptar el ‘tutiorismo de la audacia'»

31.03.2022 | Mariano Delgado, decano de la Facultad de Teología de Friburgo

«Debemos admitir por fin que el cristianismo, en la forma que se ha conservado durante siglos, no se entiende básicamente mejor aquí que en Asia y África. No sólo es extranjero allí, sino también entre nosotros, porque se ha omitido un paso: el de la Edad Media a los tiempos modernos. El cristianismo no vive aquí en la forma de nuestro tiempo, sino en una forma que nos es en gran medida ajena, la forma de la Edad Media». 

Así se expresaba el joven teólogo Joseph Ratzinger en 1960, en vísperas del Concilio, en relación con la discusión sobre la acomodación del cristianismo europeo en los «territorios de misión». Y añadía: «Así pues, la principal tarea que se plantea la teología con respecto a la misión no es la ‘acomodación’ a las culturas orientales o africanas, sino la ‘acomodación’ a nuestro propio espíritu actual». 

Rhaner y Ratzinger, Cardenal Frings y Ratzinger
Rhaner y Ratzinger, Cardenal Frings y Ratzinger

Ratzinger expresó así lo que pensaba el movimiento renovador preconciliar: la Iglesia católica debe dejar de conservar la forma de la Edad Media, apenas cambiada por la reforma tridentina y el ultramontanismo del siglo XIX. La Iglesia católica debe encontrar su forma moderna.

En su discurso a la Curia del 21 de diciembre de 2019, el Papa Francisco citó las palabras del cardenal milanés Carlo Maria Martini en su última entrevista en agosto de 2012, pocos días antes de su muerte: «La Iglesia ha estado parada durante doscientos años. ¿Por qué no se mueve? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de valor? Mientras que la fe es el fundamento de la Iglesia. Fe, confianza, valor. […] Sólo el amor supera el cansancio».

Un problema importante es que muchos no ven la necesidad de la «transición» y defienden para la Iglesia en el mundo actual las soluciones de la antigua época eclesial del 2º milenio, que ahora está viviendo su canto del cisne. Pero ni en términos de sociología de la religión, ni en términos de política religiosa, ni en términos de experiencia religiosa personal, las condiciones son hoy como lo eran en la época del Concilio de Trento o del Ultramontanismo. Pensar que la crisis de la iglesia puede ser superada de nuevo con un esfuerzo intensificado por más «clero» y con un esfuerzo renovado para reevangelizar al «pueblo» es una falacia.  

Concilio
Concilio

Para dar forma a la transición a la nueva época eclesiástica, necesitamos hoy un triple valor: En primer lugar, el valor de «releer» o recuperar creativamente «la» tradición que realmente importa: La fe en el Dios de la vida (Jn 10,10), el Dios de Jesucristo y la difusión de su mensaje del reino de Dios, lo inmutable que subyace a todo cambio (Gaudium et spes 10); en ocasiones, esto llevará a una crítica de diferentes tradiciones, incluso a una ruptura con ellas, cuando se hayan vuelto ajenas a la vida y ya no sean útiles para la evangelización. Como decía G. K. Chesterton, la tradición viva consiste en salvar el «fuego», no en conservar las «cenizas».

En segundo lugar, necesitamos el valor (y un Karl Rahner lo ha reclamado repetidamente) de inaugurar los desarrollos propios de nuestro tiempo y acompañarlos de un «tutiorismo de la audacia». Esto requiere la virtud profética de la parrhesia, de la libertad de expresión, de la denuncia de los agravios y de los callejones sin salida. 

Y en tercer lugar, también necesitamos el valor de convertirnos en «minorías cognitivas», pero que permanezcan abiertas al mundo y no tomen el camino hacia el «gueto» de las personas afines. Este repliegue, que iría acompañado de un adiós a la «iglesia del pueblo», es tentador para muchos; sin embargo, a largo plazo, llevaría a la iglesia a una existencia sectaria socialmente marginal, que es precisamente lo que el Concilio quería evitar con su programa de Aggiornamento.

Levadura en la masa

Muchos asocian la necesaria «conversión», de la que habla el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica «Evangelii gaudium», con este triple valor para que la nueva época eclesial tome forma. El hecho de que muchas cosas están en movimiento, pero aún no se han resuelto satisfactoriamente, puede demostrarse precisamente con la cuestión del clero y los laicos.

El 11 de febrero de 1906, Pío X argumentó en su encíclica «Vehementer nos» todavía en el terreno del paradigma de la reforma gregoriana del 2º milenio. Aclara, por ejemplo, que la Iglesia es una sociedad «desigual» «en cuanto a su poder y constitución» con los dos estados de pastores y rebaño:

«Estos estados se distinguen de tal manera entre sí que el derecho y el poder de estimular y guiar a los miembros de la Iglesia a la consecución de su fin corresponde a la jerarquía, mientras que los fieles tienen el deber de someterse al gobierno de la Iglesia y seguir obedientemente la dirección de sus gobernantes».

Desde el Concilio nos encontramos en la fase de transición hacia una nueva estructura eclesial, en la que los laicos deben ejercer naturalmente una mayor corresponsabilidad y codecisión en nombre del sacerdocio común de todos los creyentes en Cristo. Pero es precisamente en la cuestión de los laicos donde se nota la dificultad de los obispos y de la cúpula de la Iglesia romana: parecen estar más preocupados por la identidad del sacerdocio jerárquico que por promover el sacerdocio común y la corresponsabilidad laical.

Iglesia laical

Pues el Concilio afirma también: «El sacerdote ministerial, en virtud de la sagrada autoridad que ostenta, educa y guía al pueblo sacerdotal» (Lumen Gentium 10). El abandono de la antigua forma eclesial se ha quedado a medio camino… y no todas las Facultades de teología se esfuerzan por promover una nueva imagen de los sacerdotes y de los laicos que reconozca las diferentes tareas de ambos en la Iglesia, pero que renuncie a la exaltación sacral de un estado en el «pueblo sacerdotal» (1 Pedro 2,9) de Dios.

Lo mismo podría decirse de la «reforma estructural» de la Iglesia, que está en el aire desde el Concilio, se espera especialmente de este Papa, pero al final apenas se pone en marcha. Francisco sabe que las cosas no pueden seguir como están. Por eso pretende una renovación espiritual y una reforma de la Iglesia. Se trata de una conversión espiritual y de un nuevo estilo de evangelización tras las huellas de Jesús: una «Iglesia samaritana» que se ocupe prioritariamente de los pobres y ofrezca misericordia antes que derecho canónico ante las necesidades de los fieles, porque ha comprendido que el Señor vino al mundo «para salvar, no para juzgar; para servir, no para ser servido» (Gaudium et spes 3).

La reforma de la Iglesia sólo es perceptible a grandes rasgos. Su principio es decir adiós a las estructuras eclesiales «que pueden impedir una dinámica de evangelización» (Evangelii gaudium 26). No sabemos hasta dónde llegará Francisco con las reformas. Pero ha insinuado algunas cosas: menos corte curial, mayor eficacia, mayor participación de los laicos, sobre todo de las mujeres, y de la Iglesia universal, es decir, más sinodalidad; una reforma del Banco Vaticano, que debería conducir a una mayor transparencia y a una banca ética; la descentralización en el sentido de una mayor autonomía de las conferencias episcopales y de las iglesias locales; la superación del clericalismo; y, por último, una «conversión del papado» (Evangelii gaudium 32) en el sentido de una mayor colegialidad y de una forma de ejercer el primado que favorezca el ecumenismo.

Sueño con una Iglesia
Sueño con una Iglesia

Dada la estructura de la Iglesia católica, mucho dependerá de la propia «audacia» del Papa, de su valor y determinación para cambiar, de su capacidad para adoptar el «tutiorismo de la audacia». Que la Pascua de Resurrección de 2022 lleve a la renovación de la Iglesia y del mundo y a centrarse en lo esencial: salvar el «fuego» de la evangelización, no conservar las «cenizas» de una forma eclesial pasada.  

Fuente: https://www.religiondigital.org/opinion/forma-iglesia-Papa-Francisco-reformas-Concilio_0_2436956304.html

Categorías: Iglesia
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